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Aunque la Humanidad llevaba milenios contemplando el firmamento nocturno, la

astronomía tuvo la poca fortuna de alcanzar su edad adulta en una Europa enfrentada por
un sinfín de conflictos religiosos. Ni la Iglesia de Roma ni los protestantes de
centroeuropa recibieron bien los nuevos hallazgos y teorías de los dos observadores del
cielo más revolucionarios del siglo XVII: Galileo y Kepler.
Galileo Galilei, nacido en Pisa en 1564, es el científico que mejor simboliza la ruptura con
el mundo medieval y la irrupción del método hipotético-deductivo, es decir, el método de
la ciencia moderna por excelencia. La gran ruptura que provocó este sistema de estudio
se debe a que no se limitaba a argumentar en abstracto, sino que se apoya
en observaciones y experimentos que otros investigadores pueden confirmar por sí
mismos y que reafirman o refutan la hipótesis de la que se parte.
Fascinado por las nuevas posibilidades de la óptica, Galileo fabricó su propio telescopio
y comenzó a estudiar la Luna entre 1609 y 1610. Ese mismo año se publicaba en
Venecia 'Siderius nuncius' (Mensajero sideral), la obra que contiene todas las
observaciones de este científico sobre nuestro satélite. Analizando cuidadosamente las
variaciones del terminador (la frontera entre la parte iluminada de la Luna y la zona que
permanece oscura), descubrió la existencia de valles y montañas lunares. También
dedujo que las zonas oscuras (los cráteres) eran las más bajas, por lo que estas deberían
corresponderse con los mares, de acuerdo con la visión pitagórica de la Luna como
un mundo similar a la Tierra. Galileo, que no era muy amigo de la antigua filosofía
griega, no apoyó directamente esta teoría, sino que se limitó a mostrar que, de existir
mares, estos deberían ser las manchas más oscuras.

Sistema Solar de Kepler. | E.M.

Galileo era católico, pero despreciaba sobre todas las cosas los argumentos
basados en el principio de autoridad. Al parecer, este irreducible espíritu crítico lo había
heredado de su padre, quien, según sus propias palabras, le había enseñado: "Me parece
que aquellos que solo se basan en argumentos de autoridad para mantener sus
afirmaciones, sin buscar razones que las apoyen, actúan de forma absurda. Desearía
poder cuestionar libremente y responder libremente sin adulaciones. Así se
comporta aquel que persigue la verdad". Educado en esta mentalidad, y armado con las
sólidas pruebas que le proporcionaba su telescopio, no tuvo ningún reparo en despojarse
de la tesis aristotélica de que la Luna era un cuerpo perfecto, muy extendida entonces
entre los académicos cristianos.

Por el contrario, Galileo consideraba que haber descubierto la verdadera naturaleza del
satélite era una especie de regalo divino. "Doy infinitas gracias a Dios por haber sido tan
bondadoso de permitirme solo a mí ser el primer observador de maravillas que se habían
mantenido escondidas en la oscuridad durante todos los siglos anteriores", escribió. El
jesuita Cristóbal Clavius, uno de los impulsores del calendario gregoriano, no creía que
fuese posible que la Luna tuviese irregularidades, pero Galileo logró convencerlo
mostrándoselas con un telescopio. Pese a haberse resistido a creer en su existencia,
Clavius daría nombre después a un inmenso cráter lunar. La Iglesia no pudo nunca
oponerse a los descubrimientos del toscano sobre la Luna por la sencilla razón de
que cualquiera podía verlos con sus propios ojos. Los problemas vendrían después.

Animado por sus éxitos, Galileo apuntó su telescopio hacia nuevos planetas. Su aversión
por el aristotelismo y el argumento de autoridad abarcaba todos los campos, desde la
mecánica hasta la astronomía. Pero en esta última disciplina, además, contaba con el
apoyo de una obra monumental publicada medio siglo antes y que Galileo conocía muy
bien: 'De Revolutionibus Orbium Coelestium' (Sobre las revoluciones de los orbes
celestes), de Nicolás Copérnico.
Este astrónomo polaco había pasado veinticinco años estudiando los movimientos de los
astros y había descrito un sistema cosmológico en el que todos los planetas, incluida
la Tierra, giraban alrededor del Sol en órbitas circulares, mientras que las estrellas
seguían una órbita aún más alejada pero también alrededor del Sol. Teniendo en cuenta
las limitaciones de su tiempo, en el que el universo no excedía el sistema solar, el modelo
de Copérnico era básicamente correcto. Dos de sus errores, además, se corregirían
enseguida: Kepler demostró que las órbitas de los planetas no son circulares, sino
elípticas; y Galileo descubrió que la Tierra no es el único planeta sobre el que gira un
satélite, ya que Júpiter tenía hasta cuatro lunas a su alrededor. Cada nuevo
descubrimiento parecía despojar a nuestro planeta de todas sus peculiaridades para
relegarlo a un lugar secundario en la inmensidad del cosmos.

Universo Heliocéntrico según Andreas Cellarius. | E.M.

Kepler recibió una copia de El mensajero sideral de Galileo y redactó una nueva obra
como respuesta a la misma, llamada Conversación con el mensajero sideral. Allí avalaba
los descubrimientos de su colega, tanto sobre la Luna como sobre los cuatro satélites
jovianos, de cuya existencia algunos aún dudaban. Kepler, sin embargo, tenía una
visión de la Luna algo distinta a la de Galileo, y mucho más fantástica; el alemán
pensaba que en ella había océanos, vegetación y vida inteligente, mientras que su
colega italiano no prestaba demasiada credibilidad a estas ideas, a las que consideraba
una herencia de los pitagóricos. Ambos investigadores se habían conocido unos años
atrás cuando Galileo escribió a Kepler para felicitarlo por su exposición de un modelo
heliocéntrico en 'Mysterium cosmographicum' (Misterio cosmográfico), obra publicada en
1695. La tesis de que el Sol está en el centro del universo, compartida por ambos
desde antes de tener pruebas concluyentes que la demostraran, comenzaba por fin a
cobrar sentido gracias al telescopio.

A finales de 1610, Galileo envió a Kepler y otros conocidos un enigmático mensaje en


latín: "Haec immatura a me iam frustra leguntur o y" ("Esto ya había sido intentado antes
sin éxito por mí"). Kepler estaba ya acostumbrado a recibir anagramas de su colega
toscano, así que sabía que se trataba de un nuevo hallazgo en clave cifrada. No pudo
aguantar la curiosidad y pidió a Galileo que enviara la solución cuanto antes. La respuesta
llegó en enero de 1611. Cambiando el orden de las letras y formando con ellas nuevas
palabras, se puede obtener este otro enunciado, también compuesto en clave de enigma,
pero de una importancia capital en la historia de la ciencia: "Cynthiae figuras aemulatur
mater amorum" ("La madre del amor emula las figuras de Cynthia").

El derrocamiento del sistema geocéntrico


Cynthia era otro de los nombres que recibía la diosa Artemisa, y se refiere,
evidentemente, a la Luna. La madre del amor, por tanto, no puede ser otra más que
Venus. Y las figuras de Cynthia son las fases lunares. En otras palabras, Galileo había
visto con sus propios ojos, a través de su flamante telescopio, que el planeta Venus
también cambia ligeramente sus fases. Este descubrimiento, por sí solo, bastaba para
derrocar al sistema geocéntrico. Hasta entonces, no había nada que pudiera desbancar
definitivamente a la Tierra del centro del universo, pese a que el modelo de Copérnico era
más simple, preciso y elegante. Ahora las cosas habían cambiado: no había modo
alguno en que la Tierra pudiese ser el centro del universo si Venus cambiaba su
rostro como mostraba el telescopio. Galileo y Kepler tuvieron desde entonces la certeza
de que la victoria era suya. El descubrimiento se publicó en 1613 y, esta vez, tampoco
intervino la Iglesia.
Más bien al contrario, hubo varios religiosos que se sintieron fascinados por la nueva
astronomía de Galileo y Kepler y trataron de congeniar sus hallazgos con los postulados
tradicionales del catolicismo. Fue el caso del carmelita italiano Paolo Foscarini,
que defendió en público a Galileo y redactó una obra en la que trataba de demostrar
que el heliocentrismo no estaba reñido con la Biblia. No era el primer libro de estas
características escrito por un católico, ya que el agustino Diego de Zúñiga había publicado
uno con el mismo fin en 1594.
Las jerarquías católicas no se sintieron nada cómodas con esta situación: una cosa era
que los astrónomos hablaran de lo que veían con sus telescopios y otra bien distinta es
que sus observaciones ejercieran un poderoso -e incontrolable- influjo en el
pensamiento teológico. En 1616, un decreto de la Congregación del Índice prohibió por
completo la obra de Foscarini y censuró en buena parte las de Zúñiga y Copérnico. El
motivo de que el astrónomo polaco cayera en desgracia junto a los dos teólogos
reprobados radica en que Copérnico -canónigo de la catedral de Frombork y sobrino del
obispo católico Ukasz Watzenrode- también había tratado de compatibilizar sus teorías
con las Sagradas Escrituras. Los pasajes sobre las revoluciones que incurrían en esta
práctica fueron eliminados, aunque no así el modelo heliocéntrico que se presentaba en
dicha obra. Lo que sí se hizo fue incorporar nuevos pasajes en los que se explicaba que
la visión heliocéntrica era tan solo una hipótesis, ahondando en lo que ya había hecho
casi un siglo antes, previendo que algo así podía pasar, el editor original de la obra,
Andreas Osiander.
Galileo ante la Inquisición romana. | E.M.

En cuanto a Galileo, que se había mantenido alejado de la teología, la Iglesia se limitó a


advertirle de que siguiera las nuevas directrices y no se excediera demasiado en su
defensa del copernicanismo. Fue un amigo personal suyo, el cardenal jesuita Roberto
Belarmino, quien le avisó del nuevo decreto, así como de las denuncias que, sin ningún
efecto, se habían presentado en Roma contra él. Galileo aceptó el consejo y continuó
manteniendo una buena relación con la Iglesia, pero pronto se extendieron rumores de que
había sido obligado a abjurar.

La realidad es que, durante algunos años más, siguió estudiando el universo con su
telescopio y publicando sus obras con normalidad (al menos, con toda la normalidad que
podía esperarse en aquellos tiempos). Los inquisidores aceptaban que el sistema de
Galileo era más elegante que el de Ptolomeo y consentían de buen grado que se usara
como método de trabajo, pero aún pensaban que la Biblia, tal y como había sido
interpretada por los padres de la Iglesia, reflejaba la realidad científica del cosmos. La
situación, en el fondo insostenible, se mantuvo así durante algún tiempo: mientras Galileo
moderara su entusiasmo, la Inquisición no se metería en sus asuntos.

Tras leer el libro prohibido de Foscarini, Belarmino escribió una carta al autor en la que
queda reflejada, en un lenguaje algo rebuscado, la postura oficial de la Iglesia: "Las
palabras 'el Sol se levantó y el Sol descendió, y se apresuró al lugar por el que se había
levantado, etc.' fueron pronunciadas por Salomón, quien no solo hablaba por inspiración
divina, sino que fue un hombre sabio como ningún otro y más educado en ciencias
humanas y en el conocimiento de todas las cosas creadas, y su sabiduría provenía de
Dios. Por eso es muy poco probable que afirmara algo contrario a una verdad que ya
había sido demostrada o con posibilidades de ser demostrada. Y si me dices que Salomón
hablaba solo de acuerdo con las apariencias, y que parece que el Sol da vueltas cuando
realmente es la Tierra la que se mueve, igual que a alguien que va en un barco le
parece que la playa se está alejando del barco, yo responderé que alguien que se está
marchando de la playa, aunque le parezca que la playa se está alejando, sabe que está en
un error y lo corrige, viendo claramente que es el barco el que se mueve y no la playa.
Pero con respecto al Sol y la Tierra, ningún hombre sabio necesita corregir el error, ya
que nota claramente que la Tierra está quieta y que su ojo no está siendo engañado
cuando interpreta que la Luna y las estrellas se mueven».
La Iglesia calificaba a los pitagóricos de paganos heréticos. | E.M.

Al Vaticano le preocupaba la ciencia moderna por dos motivos: el primero es que


promovía interpretaciones libres de las Sagradas Escrituras, algo a lo que Roma era
especialmente sensible desde las escisiones protestantes y que ya había prohibido el
Concilio de Trento, clausurado en 1563. El segundo es que la nueva astronomía
recuperaba una cosmovisión pagana cuyo origen se remontaba a los pitagóricos, una
secta que guardaba demasiadas similitudes con muchas de las herejías que había
combatido la Iglesia desde los primeros siglos de nuestra era. No en vano, el decreto
contra el copernicanismo de 1616 se refería insistentemente a la supuesta influencia
pagana de este sistema.
Al parecer, la Congregación del Índice no consideraba que los defensores del
heliocentrismo se basaran en las observaciones telescópicas, sino que creía que trataban
de recuperar las antiguas doctrinas de Pitágoras. Esta interpretación estaría avalada
por el libro de Foscarini, en el que se denominaba al heliocentrismo 'nuevo sistema
pitagórico del mundo'. En realidad, Galileo no mostraba ningún respeto por las teorías de
la antigua Grecia, y eso incluía a la secta de matemáticos tanto como a Aristóteles. El
apoyo de Foscarini, por tanto, no le hizo ningún bien. Lo más probable es que el científico
toscano tuviera escaso -o nulo- interés en las viejas herejías de inspiración pagana y que,
empecinado como estaba en combatir a las nuevas élites aristotélicas, no cayera en la
cuenta de que estaba despertado a un dragón dormido. Y vaya si lo hizo...
Por cuanto tú, Galileo, hijo del difunto Vincenzio Galilei, de Florencia, de setenta años de edad,
fuiste denunciado, en 1615, a este Santo Oficio, por sostener como verdadera una falsa doctrina
enseñada por muchos, a saber: que el Sol está inmóvil en el centro del mundo y que la Tierra se
mueve y posee también un movimiento diurno; así como por tener discípulos a quienes instruyes
en las mismas ideas; así como por mantener correspondencia sobre el mismo tema con algunos
matemáticos alemanes; así como por publicar ciertas cartas sobre las manchas del Sol, en las que
desarrollas la misma doctrina como verdadera; así como por responder a las objeciones que se
suscitan continuamente por las Sagradas Escrituras, glosando dichas Escrituras según tu propia
interpretación; y por cuanto fue presentada la copia de un escrito en forma de carta, redactada
expresamente por ti para una persona que fue antes tu discípulo, y en la que, siguiendo la
hipótesis de Copérnico, incluyes varias proposiciones contrarias al verdadero sentido y autoridad
de las Sagradas Escrituras; por eso este sagrado tribunal, deseoso de prevenir el desorden y
perjuicio que desde entonces proceden y aumentan en menoscabo de la sagrada fe, y atendiendo
al deseo de Su Santidad y de los eminentísimos cardenales de esta suprema universal Inquisición,
califica las dos proposiciones de la estabilidad del Sol y del movimiento de la Tierra, según los
calificadores teológicos, como sigue:

1. La proposición de ser el Sol el centro del mundo e inmóvil en su sitio es absurda,


filosóficamente falsa y formalmente herética, porque es precisamente contraria a las Sagradas
Escrituras.

2. La proposición de no ser la Tierra el centro del mundo, ni inmóvil, sino que se mueve, y
también con un movimiento diurno, es también absurda, filosóficamente falsa y, teológicamente
considerada, por lo menos, errónea en la fe.

Pero, estando decidida en esta ocasión a tratarte con suavidad, la Sagrada Congregación, reunida
ante Su Santidad el 25 de febrero de 1616, decreta que su eminencia el cardenal Bellarmino te
prescriba abjurar del todo de la mencionada falsa doctrina; y que si rehusares hacerlo, seas
requerido por el comisario del Santo Oficio a renunciar a ella, a no enseñarla a otros ni a
defenderla; y a falta de aquiescencia, que seas prisionero; y por eso, para cumplimentar este
decreto al día siguiente, en el palacio, en presencia de su eminencia el mencionado cardenal
Bellarmino, después de haber sido ligeramente amonestado por dicho cardenal, fuiste conminado
por el comisario del Santo Oficio, ante notario y testigos, a renunciar del todo a la mencionada
opinión falsa y, en el futuro, no defenderla ni enseñarla de ninguna manera, ni verbalmente ni por
escrito; y después de prometer obediencia a ello, fuiste despachado.

Y con el fin de que una doctrina tan perniciosa pueda ser extirpada del todo y no se insinúe por
más tiempo con grave detrimento de la verdad católica, ha sido publicado un decreto procedente
de la Sagrada Congregación del índice, prohibiendo los libros que tratan de esta doctrina,
declarándola falsa y del todo contraria a la Sagrada y Divina Escritura.

Y por cuanto después ha aparecido un libro publicado en Florencia el último año, cuyo título
demostraba ser tuyo, a saber: El diálogo de Galileo Galilei sobre los dos sistemas principales del
mundo: el ptolomeico y el copernicano; y por cuanto la Sagrada Congregación ha oído que a
consecuencia de la impresión de dicho libro va ganando terreno diariamente la opinión falsa del
movimiento de la Tierra y de la estabilidad del Sol, se ha examinado detenidamente el
mencionado libro y se ha encontrado en él una violación manifiesta de la orden anteriormente
dada a ti, toda vez que en este libro has defendido aquella opinión que ante tu presencia había
sido condenada; aunque en el mismo libro haces muchas circunlocuciones para inducir a la
creencia de que ello queda indeciso y sólo como probable, lo cual es asimismo un error muy
grave, toda vez que no puede ser en ningún modo probable una opinión que ya ha sido declarada
y determinada como contraria a la Divina Escritura. Por eso, por nuestra orden, has sido citado en
este Santo Oficio, donde, después de prestado juramento, has reconocido el mencionado libro
como escrito y publicado por ti. También confesaste que comenzaste a escribir dicho libro hace
diez o doce años, después de haber sido dada la orden antes mencionada. También reconociste
que habías pedido licencia para publicarlo, sin aclarar a los que te concedieron este permiso que
habías recibido orden de no mantener, defender o enseñar dicha doctrina de ningún modo.
También confesaste que el lector podía juzgar los argumentos aducidos para la doctrina falsa,
expresados de tal modo, que impulsaban con más eficacia a la convicción que a una refutación
fácil, alegando como excusa que habías caído en un error contra tu intención al escribir en forma
dialogada y, por consecuencia, con la natural complacencia que cada uno siente por sus propias
sutilezas y en mostrarse más habilidoso que la generalidad del género humano al inventar, aun en
favor de falsas proposiciones, argumentos ingeniosos y plausibles.

Y después de haberse concedido tiempo prudencial para hacer tu defensa, mostraste un certificado
con el carácter de letra de su eminencia el cardenal Bellarmino, conseguido, según dijiste, por ti
mismo, con el fin de que pudieses defenderte contra las calumnias de tus enemigos, quienes
propalaban que habías abjurado de tus opiniones y habías sido castigado por el Santo Oficio; en
cuyo certificado se declara que no habías abjurado ni habías sido castigado, sino únicamente que
la declaración hecha por Su Santidad, y promulgada por la Sagrada Congregación del índice, te
había sido comunicada, en la que se declara que la opinión del movimiento de la Tierra y de la
estabilidad del Sol es contraria a las Sagradas Escrituras, y que por eso no puede ser sostenida ni
defendida. Por lo que al no haberse hecho allí mención de dos artículos de la orden, a saber: la
orden de ‘no enseñar’ y ‘de ningún modo’, argüiste que debíamos creer que en el lapso de catorce
o quince años se habían borrado de tu memoria, y que ésta fue también la razón por la que
guardaste silencio respecto a la orden, cuando buscaste el permiso para publicar tu libro, y que
esto es dicho por ti, no para excusar tu error, sino para que pueda ser atribuido a ambición de
vanagloria más que a malicia. Pero este mismo certificado, escrito a tu favor, ha agravado
considerablemente tu ofensa, toda vez que en él se declara que la mencionada opinión es opuesta
a las Sagradas Escrituras, y, sin embargo, te has atrevido a ocuparte de ella y a argüir que es
probable. Ni hay ninguna atenuación en la licencia arrancada por ti, insidiosa y astutamente, toda
vez que no pusiste de manifiesto el mandato que se te había impuesto. Pero considerando nuestra
opinión de no haber revelado toda la verdad respecto a tu intención, juzgamos necesario proceder
a un examen riguroso, en el que contestaste como buen católico.

Por eso, habiendo visto y considerado seriamente las circunstancias de tu caso con tus confesiones
y excusas, y todo lo demás que debía ser visto y considerado, nosotros hemos llegado a la
sentencia contra ti, que se escribe a continuación:

Invocando el sagrado nombre de Nuestro Señor Jesucristo y de Su Gloriosa Virgen Madre María,
pronunciamos ésta nuestra final sentencia, la que, reunidos en Consejo y tribunal con los
reverendos maestros de la Sagrada Teología y doctores de ambos derechos, nuestros asesores,
extendemos en este escrito relativo a los asuntos y controversias entre el magnífico Cario
Sincereo, doctor en ambos derechos, fiscal procurador del Santo Oficio, por un lado, y tú, Galileo
Galilei, acusado, juzgado y convicto, por el otro lado, y pronunciamos, juzgamos y declaramos que
tú, Galileo, a causa de los hechos que han sido detallados en el curso de este escrito, y que antes
has confesado, te has hecho a ti mismo vehementemente sospechoso de herejía a este Santo
Oficio al haber creído y mantenido la doctrina (que es falsa y contraria a las Sagradas y Divinas
Escrituras) de que el Sol es el centro del mundo, y de que no se mueve de este a oeste, y de que
la Tierra se mueve y no es el centro del mundo; también de que una opinión puede ser sostenida
y defendida como probable después de haber sido declarada y decretada como contraria a la
Sagrada Escritura, y que, por consiguiente, has incurrido en todas las censuras y penalidades
contenidas y promulgadas en los sagrados cánones y en otras constituciones generales y
particulares contra delincuentes de esta clase. Visto lo cual, es nuestro deseo que seas absuelto,
siempre que con un corazón sincero y verdadera fe, en nuestra presencia abjures, maldigas y
detestes los mencionados errores y herejías, y cualquier otro error y herejía contrarios a la Iglesia
Católica y Apostólica de Roma, en la forma que ahora se te dirá.

Pero para que tu lastimoso y pernicioso error y transgresión no queden del todo sin castigo, y para
que seas más prudente en lo futuro y sirvas de ejemplo para que los demás se abstengan de
delincuencias de este género, nosotros decretamos que el libro Diálogos de Galileo Galilei sea
prohibido por un edicto público, y te condenamos a prisión formal de este Santo Oficio por un
periodo determinable a nuestra voluntad, y por vía de saludable penitencia, te ordenamos que
durante los tres próximos años recites, una vez a la semana, los siete salmos penitenciales,
reservándonos el poder de moderar, conmutar o suprimir, la totalidad o parte del mencionado
castigo o penitencia.

La fórmula de abjuración que a consecuencia de esta sentencia fue obligado Galileo a pronunciar,
decía como sigue:
Yo, Galileo Galilei, hijo del difunto Vincenzio Galilei, de Florencia, de setenta años de edad, siendo
citado personalmente a juicio y arrodillado ante vosotros, los eminentes y reverendos cardenales,
inquisidores generales de la república universal cristiana contra la depravación herética, teniendo
ante mí los sagrados evangelios, que toco con mis propias manos, juro que siempre he creído y,
con la ayuda de Dios, creeré en lo futuro todos los artículos que la Sagrada Iglesia Católica y
Apostólica de Roma sostiene, enseña y predica. Por haber recibido orden de este Santo Oficio de
abandonar para siempre la opinión falsa que sostiene que el Sol es el centro e inmóvil, siendo
prohibido el mantener, defender o enseñar de ningún modo dicha falsa doctrina; y puesto que
después de habérseme indicado que dicha doctrina es repugnante a la Sagrada Escritura, he
escrito y publicado un libro en el que trato de la misma condenada doctrina y aduzco razones con
gran fuerza en apoyo de la misma, sin dar ninguna solución; por eso he sido juzgado como
sospechoso de herejía; esto es, que yo sostengo y creo que el Sol es el centro del mundo e
inmóvil, y que la Tierra no es el centro y es móvil, deseo apartar de las mentes de vuestras
eminencias y de todo católico cristiano esta vehemente sospecha, justamente abrigada contra mí;
por eso, con un corazón sincero y fe verdadera, yo abjuro, maldigo y detesto los errores y herejías
mencionados, y, en general, todo otro error y sectarismo contrario a la Sagrada Iglesia; y juro que
nunca más en el porvenir diré o afirmaré nada, verbalmente o por escrito, que pueda dar lugar a
una sospecha similar contra mí; asimismo, si supiese de algún hereje o de alguien sospechoso de
herejía, lo denunciaré a este Santo Oficio o al inquisidor y ordinario del lugar en que pueda
encontrarme. Juro, además, y prometo que cumpliré y observaré fielmente todas las penitencias
que me han sido o me sean impuestas por este Santo Oficio. Pero si sucediese que yo violase
algunas de mis promesas dichas, juramentos y protestas (¡que Dios no quiera!), me someto a
todas las penas y castigos que han sido decretados y promulgados por los sagrados cánones y
otras constituciones generales y particulares contra delincuentes de este tipo. Así, con la ayuda de
Dios y de sus sagrados evangelios, que toco con mis manos, yo, el antes nombrado Galileo Galilei,
he abjurado, prometido y me he ligado a lo antes dicho; y en testimonio de ello, con mi propia
mano he suscrito este presente escrito de mi abjuración, que he recitado palabra por palabra.

En Roma, en el convento de Minerva, 22 de junio de 1633; yo, Galileo Galilei, he abjurado


conforme se ha dicho antes con mi propia mano.