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1. Dios no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por nosotros (Rm 8,32).

La primera lección de este 2º domingo de cuaresma: Dios es desprendido. No se reserva


nada, no se guarda nada, es generoso, dadivoso. Lo ha demostrado de modo maravilloso
en la creación del universo material, de los seres vivos y el ser humano; pero de modo más
sobreabundante lo ha demostrado en la restauración de su obra maestra, el hombre
mediante la entrega de su Hijo en cruz. No se ha guardado nada que no pueda darnos, nos
lo ha dado todo en su Hijo: “El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó
por todos nosotros. ¿Cómo no nos dará todo con Él?
Lo bello y radiante que vieron Pedro, Santiago y Juan en el monte alto, fue el misterio
de la generosidad de Dios, del desprendimiento de Dios por amor a los hombres: la entrega
del Hijo amado. “Este es mi Hijo, el amado”. Y en ese Hijo amado nos ama a nosotros.
¡Qué misterio tan grande!: el Padre nos regala al Hijo, y el Hijo no hace otra cosa en la
tierra que hablar de su Padre, revelarnos a su Padre. No saben hablar de sí mismos, y entre
los dos nos donan el Espíritu Santo. El misterio de la Santísima Trinidad es un misterio
de generosidad, de desprendimiento.
Pero el misterio de la Transfiguración en el monte Tabor esconde todavía un
significado más hondo. En ese blanco deslumbrador que emana de la corporeidad de Jesús
se entrevé la grandeza del ser humano, el fin del hombre, el sueño de Dios al crearlo. Ver
a Jesús transfigurado es ver ahí al verdadero HOMBRE, con mayúsculas, ver el modelo,
la imagen perfecta de Dios en el hombre, lo que ansiaba todo el Antiguo Testamento
representado aquí en Moisés y Elías. Por eso observar un cuadro o imagen de la
Transfiguración es contemplar el verdadero humanismo, lo más alto a lo que puede aspirar
y llegar todo hombre y toda mujer: una cúspide tan alta que ningún humanismo naturalista
o ateo se atrevería a proponer o balbucear con sus mezquinas y miopes visiones. El super-
hombre de Nietzsche, la raza-aria de Hitler, el hombre-bueno de Rousseau, el dios
reducido a hombre de Feuerbach, el hombre autónomo de Sartre… no le llega ni a los
tobillos a este Jesucristo transfigurado en el Tabor. Y Jesús nos indica que alcanzarlo a Él
es imposible sin una transformación profunda del hombre interior, pues es irrealista decir
que ‘el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe’, pues un dato fundamental de
nuestra vida es este: estamos heridos.
Como decía Pablo VI: El cristianismo no se fía del humanismo naturalista; sabe que
el hombre es un ser herido desde sus orígenes, que en la compleja riqueza de sus
facultades lleva consigo desequilibrios extremadamente peligrosos y que necesita una
disciplina austera y prolongada. Por eso cada año, en el 2º dom de Cuaresma, la Iglesia
nos presenta el Evangelio de la Transfiguración cuyo monte Tabor nos proyecta hacia otro
monte: el Calvario.
2. A un desprendido, a un pobre, a un libre, dan ganas de escucharlo. Como lo que
ocurrió en la sala de la ONU cuando la Madre Teresa de Calcuta pronunció su discurso.
Los que antes se dormían en largas sesiones de discusiones y proyectos, ahora estaban con
los ojos abiertos y oídos bien atentos a lo que decía esa pequeña mujer desprendida. Esta
es la segunda lección: “Este es mi Hijo amado, escúchenlo”: escuchar al Hijo amado.
3. Llamamiento a la generosidad: Consecuencia de escuchar a Jesús: no reservarse
nada. Es la tercera lección. Como lo hizo Abraham: “Toma a tu hijo único, al que amas,
y vete a la tierra de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio”. Dios le hace a Abraham un
llamamiento a la generosidad: le pide lo que más ama y la respuesta de Abraham nos
demuestra que en nuestro ADN Dios ha puesto algo que es propiamente suyo: la
generosidad, el desprendimiento y nos indica hasta qué grado de amor puede el hombre
responder a las peticiones divinas. Es el valor del sacrificio que Dios felicita: no te has
reservado a tu hijo.
También a nosotros el Señor nos pide que le sacrifiquemos algo. No nos pide cosas
accesorias, sino algo que si se lo entregamos, nos liberaremos, encontraremos la alegría.
Continúa Pablo VI: Para vivir bien el cristianismo es necesario adoptar continuas
reparaciones, oportunas reformas, repetidas renovaciones. La vida cristiana no es fácil,
no es cómoda y formalista, no es ciegamente optimista, moralmente acomodaticia; es
alegre, pero no hedonista (…). La penitencia cristiana está al servicio del hombre nuevo
y perfecto. Es funcional. No es fin de sí misma; no es disminución del hombre: es un arte
para restaurar en él su primigenia fisonomía, aquella que refleja la imagen de Dios, como
Dios había concebido al hombre al crearlo y para imprimir en el rostro humano, después
de la aflicción de la penitencia, el esplendor pascual de Cristo resucitado. Éste es nuestro
humanismo (24.07.1968).
Precisamente la Transfiguración nos enseña el valor del sacrificio y la penitencia
cristianas para llegar a ser hombres nuevos: su fin es el esplendor pascual. Decía el Siervo
de Dios: “Sacrificio, sacrificio, sacrificio, bendita palabra que nos limpiará el
corazón”. De un corazón que escucha a Jesús, de un corazón verdaderamente contrito
brota la necesidad de penitencia y sacrificio: procurar que ninguno de nuestros tiempos
libres sea para nosotros, sino que sean para convertirlos en tiempo de servicio a los demás;
ser los primeros en elegir el último lugar para que los demás se queden con el primero;
ser rápidos y eficientes en los deberes, para poder disponer de más tiempo para los demás;
apretarme más en el estudio poniendo a trabajar la cabeza en modo activo, sin pereza ni
rutina; aprender a ser más sufridos en las enfermedades o pestes -no hacernos los mártires-
, en las dificultades de cada día, ante el frío o el calor; ante aquel cuya presencia me
desagrada por mi egoísmo; no permitir que se nos escapen quejas, desahogos o malas
caras, ni siquiera por el panghasius, el dragón o la berenjena; evitar molestar y ser
cargosos para los demás…
Decía también el Padre: De los que dan a Dios cosas, no espero nada. De los que se
dan a sí mismos, lo espero todo. Cuánto valen ciertos actos costosos que son únicos, como
el de Abraham: “por haber hecho esto. Por no haberte reservado tu hijo único”, te colmaré
de bendiciones y multiplicaré a tus descendientes. Porque has escuchado mi voz.
De todas estas bendiciones nos podemos perder y efectivamente nos perdemos por no
entregarnos, nos perdemos de ser fecundos, felices, fieles… “Este es mi Hijo amado,
escúchenlo”. Dijo Dios: “Toma a tu hijo único, al que amas, y ofrécemelo en sacrificio”.
Preguntémonos hoy: ¿Qué es aquello que tanto ama mi corazón que el Hijo amado me
está insinuando que tome y se lo sacrifique? ¿Qué pasaría en mi vida, en mis relaciones
con Dios y con el prójimo, en mi apostolado… si tuviera la valentía de sacrificarlo? Frente
a un Dios que no se ha reservado nada, ¿le voy a negar eso que me está pidiendo?
En la Eucaristía asistimos otra vez al monte del calvario, pero también al monte del
Tabor. En la misa aprendemos a ser hombres, el valor del sacrificio y el desprendimiento.
Pidamos, por tanto, al Señor, por medio de la Virgen fiel, la que no se guardó nada para
sí, aquella en la que no cabía ningún gusto, que nos permita ser desprendidos como ella y
obedientes a sus palabras que nos invitan a escuchar a su Hijo amado: “Hagan lo que él
les diga”, o en otras palabras, “despréndete de lo que él te pida”.

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