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Sección primera.

<Distinción entre fenómenos físicos y psíquicos> <Fenómenos psíquicos en general


y presentaciones>
<Por qué el término ‘presentación’, y no ‘representación’, para volcar «Vorstellung»>
<Opiniones de los contemporáneos de Twardowski y Husserl respecto de la
presentación: Zimmermann, Ueberweg, Bolzano, Brentano, Sigwart, Lotze. >
<Lo involucrado en el presentar. >
<¿A qué nos referimos con ‘lo presentado’? Ambigüedad del término.>

Lo presentado. La analogía twardowskiana entre el pintar y el presentar.

Con miras a salvar esta ambigüedad, Twardowski se sirve de una división —cuya
importancia, tal como él mismo reconoce, había notado ya antes Brentano, al defender la
reductibilidad de las proposiciones categóricas todas a proposiciones existenciales—1 que
concierne al modo en el que opera un término determinativo cualquiera, según la cual los
adjetivos calificativos aplicables a un objeto funcionan o bien de modo atributivo (esto es,
puramente determinativo), o bien de modo modificativo. Si el adjetivo enriquece el
significado de la expresión a la que se une, sin importar si lo hace positiva o negativamente,
entonces funciona de modo atributivo; si, por el contrario, cambia por completo el
significado de dicha expresión, entonces opera como modificativo.2 Así, dice Twardowski,
teniendo en cuenta esta distinción, la expresión ‘objeto presentado’ bien puede designar un
objeto de presentación en toda forma, bien algo que, estrictamente hablando, no es un
objeto. Lo primero sucede toda vez que ‘presentado’ funge como atributivo; lo segundo,
cuando opera como modificativo. En este último caso, según Twardowski, con ‘objeto
presentado’ nos referimos a un contenido y no a un objeto de presentación: tal como

1
Brentano, Franz. Psychologie vom Empirischen Standpunkte. Leipzig: Verlag von Duncker & Humblot, 1874,
pp. 287 – 288.
2
Twardowski, Kasimir. Zur Lehre vom Inhalt und Gegenstand der Vorstellungen. Viena: Alfred Hölder, 1894,
pp. 12 – 13.
‘hombre falso’ no designa a un hombre si ‘falso’ es tomado en función modificativa,3 ‘objeto
presentado’ no designa a un objeto si ‘presentado’ funciona como modificante. Queda, por
supuesto, la cuestión de esclarecer con precisión qué ha de entenderse por ‘presentado’ en
uno y otro caso, es decir, de distinguir con precisión una y otra acepciones del término
‘presentado’, para así evitar la ambigüedad que subyace al uso de este determinante; cuestión
que al punto remite a la relación entre una presentación, su objeto, y su contenido. Para hacer
frente a todo ello, Twardowski recurre a una analogía.
Considérese el caso de un pintor que realiza un cuadro en el que se muestra un cierto
paisaje, es decir, una cierta porción de un territorio según se la observa desde un lugar
determinado. Al llevar a cabo su obra, el pintor pinta, es verdad, un paisaje efectivo que un
espectador cualquiera podría observar si se colocara en el lugar adecuado; pero es también
verdad que pinta una pintura. Decimos así que, por medio de una sola y misma acción, el
pintor pinta a la vez un paisaje y una pintura. Pero con esto, por supuesto, no queremos
afirmar que el pintor pinta la pintura del mismo modo que pinta el paisaje, o mejor dicho,
que en ‘el pintor pinta una pintura’ ‘pinta’ guarda el mismo sentido que posee en ‘el pintor
pinta un paisaje’. En un caso, ‘pintar’ remite a la acción de disponer ciertos elementos
materiales con arreglo a un cierto arte —y según ciertas leyes— y configurar, con ello,
texturas y colores diversos con miras a obtener por producto una cierta composición; en el
otro, a la acción de poner en imagen, en y con determinados materiales, y mediante una cierta
actividad, un objeto, retratándolo. El participio ‘pintado’ —que no es sino un adjetivo
determinativo— conlleva ambos sentidos, los cuales se corresponden, precisamente, con su
uso como atributivo, por una parte, y como modificativo, por la otra. Por consiguiente, quien
habla de un paisaje pintado se sirve de una expresión ambigua, cuyo sentido debe ser
aclarado, explícita o tácitamente, en el discurso mismo; el paisaje pintado es, o bien cierta
porción de un territorio según se la observa desde un determinado lugar, o bien una
composición efectuada sobre una superficie, producto de una cierta actividad creativa, que
ofrece al ojo del espectador, de un cierto modo mediato, el aspecto de aquella parte así
observada. Cuál de estos objetos es designado mediante la expresión ‘paisaje pintado’
depende del uso que el hablante haga del determinativo ‘pintado’: si como atributivo,

3
En función modificativa, el término ‘falso’ tomaría la acepción de «fingido o simulado», o de «inauténtico»;
en función atributiva, la de «que miente o que no manifiesta lo que realmente piensa o siente».
entonces la parte de un territorio; si como modificativo, la composición. En este último caso,
con ‘pintado’ ha cambiado por completo el significado de ‘paisaje’, y el paisaje pintado al que
se refiere no es un paisaje, sino una pintura. Y no obstante que son dos los objetos
designables mediante ‘paisaje pintado’, el pintor, con una y la misma acción, ha pintado
ambos, aunque, de nuevo, no en el mismo sentido. Para aclarar el asunto, quizá diríase que,
hablando propiamente, aquello que el pintor atiende y pinta mediante la realización de la
pintura es la porción del terreno, mientras que aquello que pinta en dicha realización es la
pintura misma; que durante tal realización pictórica el pintor, teniendo en cuenta una cierta
parte de un terreno a tenor de su apariencia desde cierto punto de vista, ha elaborado
(pintado) una obra por medio de la cual es retratado (pintado) esa misma parte conforme a
esa misma apariencia suya. Pues bien: de acuerdo con Twardowski, dada una presentación
cualquiera de un objeto, nos hallamos, mutatis mutandis, ante el mismo caso.4
Sirviéndose de terminología en parte acuñada por Zimmermann —la cual, cabe
mencionar, hemos tomado también nosotros arriba—, Twardowski explica que en una
presentación cualquiera las partes involucradas de la misma se relacionan entre sí a la manera
de las partes de la realización pictórica. El objeto de la presentación corresponde al paisaje,
el contenido de la misma a la pintura, y el acto de pintar al acto de presentación. El objeto
es aquello presentado a través del contenido de una presentación, o a través del acto de
presentación; el contenido, lo presentado en el acto de presentación. Ambos, objeto y
contenido de una presentación dada, son presentados, aunque no en el mismo sentido. De
acuerdo con esto, la confusión entre el objeto de una presentación y el contenido de la misma
tiene su raíz, por lo menos desde el punto de vista lingüístico-lógico, en la ambigüedad del
adjetivo ‘presentado’ (y del verbo ‘presentar’, claro está), que, tal como sucede con ‘pintado’
(y con ‘pintar’), conlleva dos acepciones distinguibles, pero inseparables. Con ‘lo presentado’
podemos referirnos tanto al contenido de una presentación como al objeto de la misma; un
objeto presentado es, o bien el objeto de una presentación, o bien su contenido, dependiendo
del uso que los hablantes hagan de ‘presentado’. De ahí, sostiene Twardowski, que la
confusión entre objeto y contenido prevalezca en el curso de numerosas investigaciones
psicológicas aun tras haber sido efectuada bajo ellas una minuciosa y rigurosa separación de

4
Íbid. Zur Lehre vom Inhalt und Gegenstand der Vorstellungen, p. 14.
ambos. Pues, por lo usual, quien los toma bajo su consideración pasa por alto aquella
ambigüedad, y termina por referirse a uno u otro indiscriminadamente; ello, debido, sí, a lo
que a primera vista parece ser una mera carencia lingüística, pero además y sobre todo, a la
peculiar relación que hay entre los mismos. Ella nos ocupará inmediatamente.

Objeto intencional, contenido, concepto.

Bajo la tesis de Twardowski, que un objeto y un contenido sean tales respecto de una
presentación determinada no obsta en modo alguno para que ese mismo contenido sea, a su
vez, objeto —esto es, objeto de presentación en sentido estricto—; así, afirma él que la
diferencia entre objeto y contenido de presentación no es absoluta, sino, «como lo pone
Kerry, relativa».5 Sin embargo, tal relatividad no se contrapone a la distinción objeto-
contenido. Si bien cualquier contenido es susceptible de ser objeto de una presentación
determinada, ciertamente ninguno puede serlo de la presentación, o mejor dicho, del acto de
presentación, respecto del cual es, precisamente, contenido. Bajo una y la misma
presentación, el contenido de la misma no puede ser su objeto, y viceversa. Pero, sin duda,
todo contenido puede ser objeto de una presentación, o como quizá podríamos decir en
palabras de Husserl, puede ser objetivado en un acto intencional.
Lo mismo no puede decirse, desde luego, en el caso inverso. No todo objeto es
susceptible de ser contenido de una presentación. La razón es sencilla: el contenido de una
presentación es un contenido mental o psíquico, cuya existencia sólo es posible en virtud del
ser presentado un objeto, y que solamente tiene lugar bajo el acto de presentación. Por lo
general, los objetos no pueden fungir como resultado de fenómenos psíquicos, ni como
medios en un acto de presentación. Una silla, un número, la diferencia entre dos cosas, no
pueden, en absoluto, ser contenidos de una presentación, ni aun de una distinta a aquella
respecto de la cual son objetos en sentido estricto; no pueden fungir como enlaces entre un
acto y un objeto de tal modo que, por medio de ellos, aquel primero (el acto) tienda a este

5
Twardowski, Zur Lehre vom Inhalt und Gegenstand der Vorstellungen, p. 63.
último (el objeto) y a ningún otro, lo cual, de acuerdo con Twardowski, es rasgo distintivo
de todo contenido.6
Considerada esta peculiaridad, es fácil advertir, por una parte, la imprescindibilidad del
contenido para con el objeto, y por otra, la brecha insalvable que separa a uno y otro. Puesto
que, en general, un objeto es considerable en cuanto tal, i.e., abstracto de su relación con el
sujeto que se lo presenta, sólo tras ser presentado (esto es, tras ser objeto de una
presentación), parece ser que no hay objeto alguno al que no se acceda por medio de un
cierto contenido. ‘Objeto’ (‘Gegenstand’), para Twardowski, es aplicable a todo aquello que
«es designado por un sustantivo o por una locución substantiva»;7 el objeto queda así
virtualmente definido, si bien sólo nominalmente,8 como aquello susceptible de ser
presentado en un acto de presentación por medio de un contenido. De acuerdo con todo
esto, a todo objeto toca al menos un contenido; y, si bien, según lo dicho antes, no todo
puede ser contenido, resulta que todo puede ser (¿es?) objeto. 9 El género objeto es, por
consiguiente, más abarcante10 que el género contenido, siempre y cuando las expresiones
‘objeto’ y ‘contenido’ sean entendidas a partir de su relación con la presentación en general:
objeto es género supremo.11 Twardowski llega así a la conclusión de que lo que él llama objeto
no es otra cosa que el ens escolástico, y que, por cuanto —contrario a lo que, según él, algunos
escolásticos opinaron— este no es sino idéntico al también escolástico aliquid, el género objeto
«trasciende todos los géneros».12
Que a todo objeto toque un contenido no implica, empero, que tal o cual contenido
sea arbitrariamente asignable a un objeto determinado cualquiera, ni que a cada objeto toque
un contenido y necesariamente sólo uno. La postura de Twardowski al respecto es clara. En
una presentación dada, la relación que el objeto guarda con el contenido es tal que se ofrece
como simple si el objeto es —o es presentado como— simple, y compleja si el objeto es —
o es presentado como— complejo. En el primer caso, dice Twardowski, nada más puede

6
Twardowski, Zur Lehre vom Inhalt und Gegenstand der Vorstellungen, p. 31.
7
Zur Lehre vom Inhalt und Gegenstand der Vorstellungen, p. 37.
8
Sólo nominalmente por cuanto, como se hará manifiesto de inmediato, sería imposible obtener una
definición real esencial de objeto, la cual exigiría dar con el género del cual objeto es especie.
9
Twardowski, Zur Lehre vom Inhalt und Gegenstand der Vorstellungen, p. 37.
10
Aunque no necesariamente de mayor extensión.
11
Twardowski, Zur Lehre vom Inhalt und Gegenstand der Vorstellungen, p. 37.
12
Twardowski, Zur Lehre vom Inhalt und Gegenstand der Vorstellungen, p. 38.
agregarse: la relación última entre el objeto y el contenido de presentación es, precisamente,
la de ‘ser presentado un objeto a través de un contenido, en un acto de presentación’.13 En
el segundo, la relación da lugar a otra muy peculiar, distinta pero correlativa a ella, según la
cual por medio de las partes del contenido son presentadas partes del objeto en un modo
que es enteramente determinado por la manera en que estas últimas se hallan unidas en un
objeto uniforme (einheitlich) íntegro (ganz);14 en palabras de Ueberweg, que el mismo
Twardowski saca a colación para explicar su propio parecer,15 esto puede expresarse también
diciendo que en la relación de las presentaciones parciales o partes de la presentación16 —la
totalidad de las cuales es el contenido de presentación— entre sí y con la presentación total
es reflejada la relación real que guardan las características 17 del objeto entre sí y con este
último.18 Lo singular de esta relación compleja no restringe, como quizá podría pensarse, el
número de distintos contenidos posibles para la presentación de un mismo objeto, ni hace
de esta variedad de contenidos un caso inusual: por el contrario, Twardowski reconoce, de
ordinario nos dirigimos al mismo objeto mediante múltiples y diversos contenidos de
presentación.19 En esta posibilidad de dirigirnos a un mismo objeto por medio de diferentes
contenidos funda él la posibilidad de la equivalencia entre presentaciones al definir las
presentaciones intercambiables (Wechselvorstellungen) —o equivalentes— como aquellas «en
las que un contenido diferente, pero a través de las cuales un mismo objeto, es presentado».20
Ahora bien, a las partes <<<Esclarecimiento a detalle de la relación entre las partes de
un contenido y de un objeto según la concibe Twardowski.>>>

13
Twardowski, Zur Lehre vom Inhalt und Gegenstand der Vorstellungen, p. 81.
14
Twardowski, Zur Lehre vom Inhalt und Gegenstand der Vorstellungen, p. 69.
15
Vid. Twardowski, Zur Lehre vom Inhalt und Gegenstand der Vorstellungen, p. 70.
16
Para Ueberweg, estas expresiones son equivalentes: según él, toda parte de una presentación (esto es, de
un contenido de presentación) es una presentación parcial. No así para Twardowski, quien considera que las
presentaciones parciales son sólo algunas de las partes de un contenido de presentación.
17
Ueberweg se sirve de la expresión ‘Merkmal’, que hasta aquí hemos puesto como ‘caracteristica’,
tomándola en un sentido mucho más amplio que Twardowski. Mientras que este último la reserva para ciertos
constitutivos del objeto, Ueberweg se refiere con ella a «todo aquello mediante lo cual [el objeto] se distingue
de otros objetos». Vid. Ueberweg, Friedrich. System der Logik und Geschichte der Logischen Lehren. Bonn:
Adolph Marcus, 1874, p. 106.
18
Ueberweg, System der Logik und Geschichte der Logischen Lehren, p. 106. Twardowski yerra al remitir al
lector al parágrafo cuadragésimo noveno de esta obra: las palabras que cita pertenecen al §50.
19
Más aún, si se extraen las consecuencias de sus tesis, el hecho, o mejor dicho, la mera posibilidad de que
esto sea así, parece ser necesaria.
20
Twardowski, Zur Lehre vom Inhalt und Gegenstand der Vorstellungen, p. 32.
Al contenido de una presentación Twardowski también lo llama el objeto intencional
(intentionale Object) o inmanente (--) de la misma;21 si damos crédito a su argumentación,
mediante estos nombres designamos lo mismo. Esto resulta particularmente relevante por
cuanto, en la terminología de Husserl, el objeto intencional es el objeto al que se dirige la
presentación, o lo que es lo mismo para Twardowski, el objeto presentado, supuesto que
‘presentado’ funge como meramente atributivo. Husserl discrepa así de Twardowski en lo
que concierne al uso de estas expresiones (si bien nunca de modo explícito),22 y no sólo eso:
con miras a echar por tierra el argumento twardowskiano, sostiene él tácitamente que lo que
Twardowski llama objeto inmanente es nada menos que lo que él mismo (Husserl) llama
objeto intencional.23 De esta manera, según la crítica que Husserl lleva a cabo sobre ella, la
postura de Twardowski conlleva el absurdo de que, no obstante que una de sus afirmaciones
capitales es la que dice que a toda presentación toca un objeto, concede ella asimismo que
en innumerables casos el objeto de presentación es sólo un objeto inmanente y no uno
verdadero, lo cual no es sino decir —de nuevo, según la crítica husserliana— que en tales
casos tenemos presentaciones a las que no toca objeto alguno. Mas este intento de refutación
no logra, como es de esperarse, el éxito que Husserl cree: en él se presupone que Twardowski
sostiene algo que, de hecho, no sostiene, a saber, que, correspondiendo a cada presentación
un objeto al que esta se dirige, el objeto inmanente en cada caso no es otro que ese objeto al
que la presentación se dirige. Lo cierto es que la propia postura de Husserl guarda mucho
más en común con la de Twardowski de lo que él admite o reconoce; en ambas hallamos,
por ejemplo, que el objeto genuinamente inmanente de la presentación (que para

21
Vid. Twardowski, Zur Lehre vom Inhalt und Gegenstand der Vorstellungen, p. 40.
22
Van der Schaar ya ha notado y puesto de relieve esto antes; dice ella [Schaar, van der, Maria. Kazimierz
Twardowski: A Grammar for Philosophy. [s.l.]: Brill, 2015, p. 67.]: […] in contrast to Husserl, Twardowski does
not use the term “intentional object” for this act-trascending object. He uses that term for the immanent
content of the act».
23
Cfr. las palabras con las que Husserl resume lo que, de acuerdo con él, sostienen quienes son partidarios de
la distinción (que, como veremos más adelante, para Husserl es meramente terminológica) entre existencia
intencional y existencia «verdadera» [Husserl, Edmund. Aufsätze und Rezensionen (1890-1910). ED.Karl
Schuhmann, Rang Bernhard. La Haya: Martinus Nijhoff, 1979, p. 308.]: «Aber man glaubt doch, eine Lösung
zu haben, und man glaubt, diesem Unterschied einen solchen Gehalt geben zu können, dass jeder Vorstellung
ein immanenter Gegenstand, aber nicht jeder ein wahrer Gegenstand zugeteilt wird»; y, asimismo, la
aclaración que, a modo de oración parentética, pone Husserl justo antes de argüir en contra de lo que, de
nuevo, según él mismo, implica todo aquello para con el objeto inmanente y la genuina existencia [Husserl,
Aufsätze und Rezensionen (1890-1910), p. 309.]: «Ist der „immanente“ Gegenstand (so sagt man geradezu
statt der „intentionale“ Gegenstand) der Vorstellung im eigentlichen Sinne immanent...».
Twardowski es el contenido —y no el objeto— de presentación) existe en toda regla, tal
como el acto mismo de presentación. El intento de separarse radicalmente del parecer de
Twardowski resulta fallido precisamente porque Husserl toma indistintamente estas
expresiones tanto en el sentido que guardan bajo su propia terminología como en el que
guardan bajo la twardowskiana. Uno se ve obligado a preguntarse si acaso Husserl no
comprendió del todo el modo en que Twardowski se sirvió de ellas, ni, por ende, lo
verdaderamente afirmado por él (lo cual sostiene, por ejemplo, Van der Schaar)24, o si decidió
pasar por alto la argumentación que pretendía esclarecerlo en beneficio de su propia
exposición. En cualquier caso, Husserl achaca a Twardowski una posición que no coincide
del todo con la que este profesa y que, peor aún, discrepa enormemente de ella, al punto de
reconocerse como otra diferente y contrapuesta a la misma.
Por otro lado, no es de extrañarse que a Twardowski se le reproche a veces defender
una postura insostenible.25 Pues, prima facie, parece ser consecuencia de sus afirmaciones, no
sólo que todo se nos ofrece únicamente de modo mediato (no sólo lo que, en términos
kantianos, se da mediante conceptos, sino asimismo lo que se da en intuición) y que el
contenido de presentación puede ser propiamente considerado medio presentativo, sino
asimismo que en cada caso de presentación tiene lugar una suerte de doble intención, por
cuanto nos dirigimos al objeto de presentación necesariamente dirigiéndonos primero a un
cierto «ente mental». Son justamente consideraciones como esta las que llevan a Husserl a
equiparar lo postulado por Twardowski con lo que él llama la «teoría de las imágenes», según
la cual «toda representación se refiere a su objeto por medio de una “imagen mental”» 26;
aduciendo él que, a la manera de lo que ocurre bajo dicha teoría, una duplicación injustificada
—y artificiosa— del ente al que tiende el acto presentativo tiene lugar en la presentación tal
como la concibe Twardowski, le imputa a este el ser partidario de esa «falsa duplicación».27
Pero lo cierto es que semejante reprensión no acierta al identificar lo afirmado en uno y otro
caso; más aún, la lectura que de Twardowski presupone tal reprensión yerra al atribuirle a
este la tesis de que todo acto de presentación tiende primero a un objeto inmanente, y luego,

24
Schaar, van der, Kazimierz Twardowski: A Grammar for Philosophy, p. 67.
25
Vid., por ejemplo, Husserl, Aufsätze und Rezensionen (1890-1910), p. 309.
26
Husserl, Aufsätze und Rezensionen (1890-1910), p. 305.
27
Vid. Husserl, Aufsätze und Rezensionen (1890-1910), p. 308.
si es el caso que lo hay para el acto en cuestión, a un objeto verdadero. Si bien es verdad que
el contenido es medio presentativo para Twardowski, él de ninguna manera asevera, como
quiere Husserl, que en el acto de presentación hallamos dos objetos a los que dicho acto se
dirige sucesivamente, el inmanente y el verdadero, ni que la distinción entre estos está
fundada en otra que divide, a su vez, a la existencia en intencional y verdadera. Más adelante
habremos de volver a esta última. Por ahora, para terminar de delimitar las nociones que
subyacen al antagonismo que Husserl supone entre él y Twardowski, será menester
puntualizar algunos aspectos de lo que Husserl, a su vez, y en contraste con Twardowski,
entiende por ‘contenido’.

Contenido, objeto <contenido Husserl-Twadowski: por qué el contenido no puede ser


significado del nombre, según Husserl>

Husserl tiene en mente justo estas dificultades cuando considera aquella susodicha
duplicación que de acuerdo con él tiene lugar en la «teoría de las imágenes» y que atribuye
también —erróneamente, según lo dicho antes— a Twardowski. Al hacerlo, no obstante,
Husserl se guarda de adjudicarle también dicha teoría. Su argumento en contra del contenido
como Twardoski lo entiende establece, como hemos visto, no que Twardowski concibe el
contenido como un «retrato», sino que lo tiene por un «ente mental» al que el acto
presentativo se dirige como a su objeto. Pero, además de este, Husserl tiene otro argumento
contra ello mismo. En él, acusa a Twardowski de cometer el «error fundamental» de
identificar «la significación de un nombre con el contenido de la presentación
correspondiente».28 La significación de una expresión y el contenido como lo entiende
Twardowski no coinciden, según Husserl. De acuerdo con esto, si bien uno puede inteligir
lo que otro quiere decir al usar el nombre ‘árbol’, bien es posible que ambos tengan
contenidos presentativos diferentes, v.gr., mientras que uno se figura un olmo, otro hace lo
propio figurándose un pino, y aún un tercero «tiene en mente» meras grafías o sonidos
correspondientes a la escritura o locución de ‘árbol’. Pero tal reprensión no es, sin embargo,

28
Husserl, Aufsätze und Rezensionen (1890-1910), p. 349. Nota al pie.
enteramente precisa. En primer lugar, el caso del que Husserl se sirve se ajusta
convenientemente a sus propósitos: parte, para lograr su cometido, de lo que Twardowski
llama una presentación general, es decir, de una que se ajusta a varios objetos. De acuerdo
con Twardowski, tales presentaciones son efectuables sólo merced a presentaciones
individuales que se suceden con ellas y, por así decirlo, las acompañan. Husserl arguye que
la diferencia de aquellos contenidos, que son traídos «ante los ojos» de varios por uno y el
mismo nombre, prueba que el significado de una expresión y el contenido de la presentación
correspondiente no son idénticos. Pero, para Twardowski, los contenidos presentativos de
los que habla Husserl aquí serían en todo caso contenidos, no de la presentación evocada
por ‘árbol’, sino de las correspondientes presentaciones particulares que acompañan a la
presentación general (en nuestro ejemplo, tales presentaciones particulares serían las
evocadas mediante las expresiones ‘este olmo’, ‘este pino’, ‘este signo gráfico’, ‘este signo
sonoro’); el contenido de la presentación que excita el término ‘árbol’ conviene a cualquier
árbol, y no es idéntico a esos otros contenidos, los cuales, por su parte, no convienen a
cualquier árbol, sino sólo a un cierto olmo, a un cierto pino, etcétera —o, incluso, a ningún
árbol en absoluto, como es el caso del contenido que concierne a las grafías o sonidos—.
Los contenidos que Husserl coloca en la presentación que corresponde a ‘árbol’ no pueden,
por ende, ser contenidos de esa presentación para Twardowski. En segundo lugar, Husserl
supone que por ‘contenido’ (‘Inhalt’) Twardowski entiende un mero contenido psicológico
subjetivo, lo cual, para él, implica que dicho contenido está «constantemente fluctuando», y
que, a diferencia de la significación, es algo advertible o detectable (ein Bemerkbares),29 por lo
que, pese a que es verdadero contenido, o justamente debido a ello, de ningún modo puede
fungir como significado común, esto es, como «significación objetiva» (objektive Bedeutung).
Mas, como veremos enseguida, esta afirmación tampoco es exacta.
Para Husserl, al tomar bajo nuestra consideración el contenido de una presentación
dada, debemos distinguir entre el contenido en sentido subjetivo, por un lado, y en sentido
objetivo, por el otro: entre el contenido psicológico y real (den realen, psychologischen Gehalt) y
el contenido lógico e ideal (den idealen, logischen Gehalt). El primero se distingue, a su vez, del
acto presentativo; el segundo, por su parte, del objeto. Husserl halla por tanto en el contenido

29
Husserl, Aufsätze und Rezensionen (1890-1910), p. 350. Nota al pie.
un enlace entre el acto y el objeto, tal como Twardowski, pero reprocha a este que, puesto
que no ha logrado distinguir entre esas dos caras del contenido y ha considerado
consecuentemente sólo la subjetiva, ha fallado al querer dar cuenta del mismo. Husserl enlista
las principales maneras en las que el contenido psicológico se relaciona con el objeto; de
acuerdo con ello, el contenido, respecto del objeto, puede: 1) ser intrínsecamente ajeno a él,
2) ser una cara, «parte o “aspecto”» de él, 3) ser enteramente similar a él o a un aspecto de él,
o bien 4) ligarse con él de alguna otra manera por asociación. En cada una de estas
encontramos, dice él, que este contenido es un fragmento real de la presentación, es decir,
que tal puede ser localizado al analizar la presentación misma: uno puede reparar y fijar la
atención en él precisamente por cuanto es un constitutivo de la presentación total. En sus
propias palabras, este contenido es «un datum psíquico individual, un ente que es aquí y
ahora».30 Esta precisión parece ser correcta y, ante el discurso twardowskiano, cobra
verdadera relevancia. No obstante, que ella se contrapone realmente a tal discurso es
sumamente controvertible. La razón es que lo que Twardowski tiene por contenido es de
cierto una parte o «fragmento» de la presentación toda (y no sólo del acto, como quiere
Husserl), pero no por ello es, en cuanto contenido de presentación, contenido presentativo,
en el sentido que Husserl da a esta expresión. En el caso de los contenidos de presentación
complejos, algunos de sus constitutivos (los materiales) ciertamente son contenidos
presentativos en ese sentido, y a través de ellos son presentados ciertos constitutivos del
objeto, tanto materiales como formales, mientras que algunos otros (los formales), de hecho,
no, y de ninguna manera es presentado constitutivo alguno del objeto a través de ellos. En
el caso de los contenidos simples, por cuanto el contenido no consta de partes, sería absurdo
decir que tal puede ser notado o advertido, esto es, que es diferenciable dentro del todo
unitario que es el contenido mismo. Lo que Twardowski denomina ‘contenido’, considerado
en cuanto tal, es decir, como un todo que consta también a su vez tanto de constitutivos
materiales como de formales, o bien, como totalidad , forma una sola realidad psíquica con
el acto, por lo cual es, sí, un ente real psíquico que es aquí y ahora; mas, tal como el listado
mismo de Husserl permite ver, no es aquel datum del que él habla. No es algo intrínsecamente
ajeno al objeto, ni es el caso que a través de él algo intrínsecamente ajeno al objeto sea

30
Husserl, Aufsätze und Rezensionen (1890-1910), p. 350. Nota al pie.
presentado; no es una cara, parte o aspecto del objeto, ni es el caso que solamente algo tal
sea presentado a través de él; y no se relaciona con el objeto sólo merced a otra presentación
asociativa, distinta de aquella de la que es contenido. Pues, de conceder que el contenido es,
o cumple su papel en la presentación, tal como lo expresan 1), 2), o 4), nos veríamos en la
necesidad de admitir además —bajo el supuesto de que consideramos el contenido desde la
perspectiva twardowskiana, claro está— verdaderos sinsentidos, que llevan a concluir que el
contenido de una presentación cualquiera no es el contenido de esa misma presentación, o
en otras palabras, que el contenido y el objeto de una presentación se relacionan en virtud
de una relación distinta de la que guardan el contenido y el objeto de una presentación. 31
Ha quedado momentáneamente a un lado el tercer inciso del listado husserliano, aquél
según el cual el contenido de una presentación y el objeto de la misma pueden relacionarse
de modo que el primero sea enteramente similar al segundo, o a una parte de él, porque tal
inciso constituye un caso especial, y merece ser tratado aparte. De acuerdo con lo dicho hasta
ahora, el contenido twardowskiano no parece ajustarse a la descripción husserliana de él; no
parece ser algo meramente subjetivo, por lo menos no en el sentido que quiere Husserl.
Hemos hecho notar que la relación objeto-contenido, tal como la detalla Twardowski, es
ciertamente sui generis: el contenido no es copia ni retrato pictórico mental del objeto, ni hace
las veces de él tomando momentánea o definitivamente su lugar como aquello a lo que se
dirige el acto presentativo, pero está , de suerte tal que a través de un cierto contenido un
cierto objeto, y sólo ese mismo, puede sernos ofrecido. El contenido según lo concibe
Twardowski bien puede ser considerado, a causa de todo ello, y si acaso es admisible aquí el
uso de tal expresión, objetivo, lo cual quiere decir que está enteramente determinado por el

31
Tales son los siguientes. Respecto de 1): a) Si el contenido de una presentación fuera algo intrínsecamente
ajeno al objeto de la misma, sería entonces un contenido distinto de él mismo y tocante a otra presentación,
o un objeto de presentación, distinto de aquel primero, que sólo podría relacionarse con él mediante una
presentación distinta que los asociara a ambos, es decir, mediante una relación que no consistiría en ser
presentado el objeto a través del contenido en un acto presentativo. b) Si a través del contenido fuera
presentado algo ajeno al objeto presentado a través de él, dicho contenido no ofrecería a través de sí a tal
objeto. Respecto de 2): a) Si el contenido de una presentación fuera una parte, cara o lado del objeto de la
misma, sería stricto sensu un constitutivo material del mismo, y no ya el contenido a través del cual se
ofrecería el objeto. b) Si a través del contenido fuera presentada únicamente una parte, cara o lado del objeto,
esa misma parte, cara o lado sería el objeto de la presentación, y el contenido sería en consecuencia un
contenido distinto de sí mismo y tocante a otra presentación. Respecto de 4): si el contenido se relacionara
con su objeto sólo en virtud de una relación asociativa, y por ende a través de una presentación distinta que
tomara a ambos como términos de tal asociación, sería imposible que el objeto en cuestión fuera presentado
a través de tal contenido.
objeto que es presentado a través de él, y de ninguna manera por el sujeto para el que es una
realidad psíquica; sus determinaciones concuerdan, en todo caso, también con las que
Husserl adjudica al contenido lógico (el cual, dicho sea de paso, se asemeja enormemente al
sentido (Sinn) fregeano). En otras palabras, el contenido, bajo la doctrina twardowskiana, es
una . Y, no obstante, estas razones no parecen oponerse a que al mismo, así considerado, se
lo tenga con justeza por un símil, expresamente, uno del objeto presentado a través de él, si
es que por ello se entiende que ambos, contenido y objeto, guardan una cierta semejanza
apenas precisada, de modo más bien vago. Que el contenido en sentido twardowskiano no
puede ofrecer a través de sí sólo algo enteramente semejante a tal parte o al objeto todo, es
más o menos claro: como en los casos a los que nos referimos antes, en este también nos
veríamos obligados a admitir un absurdo, negando lo que apenas antes habíamos afirmado.32
No así cuando consideramos si puede ser enteramente semejante al objeto todo, o a una
parte de él. Sería menester, en todo caso, esclarecer en qué consiste esa relación bajo la cual
se sitúan objeto y contenido cuando se dice de ellos que son semejantes, análogos, que uno
es símil o réplica del otro, etcétera.
Ahora bien, no es necesaria una reflexión a conciencia para advertir las dificultades que
arrastra consigo la admisión de que aquello que puede llamarse contenido de presentación
es una suerte de réplica o un símil del objeto al que se dirige la presentación. En primer lugar,
y en el sentido más estricto, si esto fuera efectivamente el caso, tendríamos dos objetos, y no
un contenido y un objeto, fungiendo respectivamente como contenido y como objeto de
una misma presentación. O lo que es lo mismo, al ofrecérsenos, por ejemplo, una pared, en
un acto de presentación, tendríamos que nuestro contenido mental sería tan genuinamente
una pared como aquella de la cual sería réplica, y que consistiría, también como esta, de
ladrillos y argamasa, dispuestos según un cierto orden. Esto, por supuesto, lo encontrarían
sostenible muy pocos, si acaso alguno. Segundamente, si, entendiendo por ‘réplica’ más bien
una suerte de retrato, dijéramos que el contenido es un retrato mental del objeto presentado,
esto es, una reproducción pictórica mental de la figura del objeto de presentación, nos
enfrentaríamos, por un lado, con la —nada despreciable— dificultad de dar cuenta cuál es

32
Pues si a través del contenido fuera presentado sólo algo enteramente semejante al objeto, o sólo algo
enteramente semejante a una parte del objeto, tendríamos que el contenido no correspondería al objeto que
se suponía presentado a través de ella, sino a cualquiera de estos otros.
la figura que del objeto de presentación «retratamos mentalmente» en casos de
presentaciones como las que evocamos mediante los términos ‘lógica’, ‘inteligencia’,
‘simetría’, y ‘justicia’, y por el otro, con la más anonadante de explicar cómo es que tal réplica
«está» en la mente, incluso cuando aquello de lo que es «retrato» no existe. Tanto estas
cuestiones como la interpretación de la que se desprenden entrañan una cierta imprecisión
que hace posible adjudicarle esta «tesis del símil» a un sinnúmero de opiniones, y que, a la
vez, nos disuade de desecharla de modo expeditivo. Tal imprecisión la conlleva el uso de
términos como ‘réplica’, ‘copia’, ‘retrato’, y sobre todo, ‘símil’ e ‘imagen’.

El asunto de las presentaciones sin objeto según Twardowski.

Twardowski distingue tres casos ejemplares de «presentaciones sin objeto», casos en los que,
según él, es plenamente constatable la imposibilidad de que algo tal como una presentación
sin objeto tenga lugar. Tenemos así las «presentaciones» que involucran la negación de todo
objeto (el ejemplo por antonomasia es aquella presentación evocada mediante la expresión
‘nada’), las que se dirigen a objetos «posibles» que, sin embargo, la experiencia no nos ha
ofrecido todavía (v.gr., la que evocamos por ‘planeta extrasolar habitado por vida racional’),
y las que tienden hacia objetos cuyas determinaciones entrañan patente contradicción. De
acuerdo con esta distinción, quienes hablan de tales «presentaciones», o bien se sirven
erróneamente del término ‘presentación’ al llamar así a algo que, estrictamente hablando, no
es una presentación, o bien toman (también erróneamente) la inexistencia de un objeto de
presentación por el no-ser presentado del mismo, identificándolos. Pues, para Twardowski, que
un objeto de presentación no exista —aún cuando tal inexistencia no sea meramente fáctica
y contingente, sino además, necesaria— no implica la posibilidad o imposibilidad de que dicho
objeto sea presentado (entendido esto en el sentido de ‘presentado’ según el cual dicho
adjetivo es tomado en su función atributiva), ni viceversa; o, dicho con otras palabras, la
objetualidad (i.e., la propiedad de ser presentado)33 de un objeto es distinta e independiente
de su existencia. Una tetera que orbita al sol elípticamente entre la Tierra y Marte, el
emperador del Sacro Imperio Romano Germánico regente durante la primera década del
siglo XXI, un vehículo capaz de ir de un punto A a otro B en un tiempo menor o igual al
que le tomaría a la luz en el vacío recorrer la distancia entre esos mismos puntos, el
hecatonquiro Briareo, el cíclope Estéropes, la erinia Alecto, son todos objetos de
presentación en sentido estricto, aunque no existan; y de igual modo lo son un gato no felino,
un sápido absolutamente insípido, un cuadrado oblongo, un triángulo recto equilátero, y un
número menor que cero cuyo cuadrado es un número negativo. En última instancia, la única
diferencia entre estos objetos reside, de acuerdo con Twardowski, en cuán manifiesta resulta
para nosotros la incompatibilidad que guardan entre sí las partes o caracteres de unos y otros:
si bien de cosas como un diamante del tamaño de un pie cúbico generalmente se admite que
aun cuando no han sido halladas efectivamente su existencia es ciertamente posible por
cuanto sus determinaciones son enteramente compatibles, mientras que de otras como un
cuadrado redondo se rechaza al punto y de modo rotundo la mera posibilidad de que existan,
aduciendo que combinan en sí determinaciones incompatibles, lo cierto, dice él, es que nada
asegura que aquellas primeras no encierran determinaciones contradictorias. La existencia de
un objeto inexistente bien podría ser tenida por posible en un momento dado, y sólo después
de una exhaustiva indagación acerca de sus constitutivos y del hallazgo de la incompatibilidad
de estos, ser declarada imposible. Esto conlleva, ante los ojos de Twardowski, no sólo la
extrañeza de que una ordinaria presentación con objeto puede, de súbito y sin más razón que
el mero examen de este objeto que se nos ofrece a través de ella, no ser tal, sino asimismo el
absurdo que subyace a esto, a saber, que esa misma presentación, habiéndose dirigido hasta
ese momento a un objeto portador de ciertos caracteres o atributos considerados
compatibles, repentinamente no «tiene» ya objeto alguno, justamente cuando uno descubre
la incompatibilidad de dichos atributos o caracteres y cae en la cuenta de ella. ¿Qué combina
en sí entonces, pregunta Twardowski, los atributos o propiedades que ahora se saben
contradictorios? Para él, esta pregunta es usualmente desechada como superflua, y su
importancia, que detallaremos a continuación según la concibe él mismo, minimizada.

33
Twardowski, Zur Lehre vom Inhalt und Gegenstand der Vorstellungen, p. 37.
La respuesta con la que de ordinario se cree despachar de un plumazo esta interrogante
es la que nos dice que, si una presentación que parecía tener objeto es de pronto
desenmascarada como una que no lo tiene, nada hay de qué extrañarse: esto simplemente
pone al descubierto que los atributos que adjudicábamos a un objeto pertenecían en verdad
a un objeto meramente presentado —esto es, a un contenido de presentación, en el sentido
twardowskiano— y que errábamos al tener a aquella presentación por una con objeto.
Twardowski observa que esto, antes que solucionar la cuestión o arrojar luz sobre ella y sus
pormenores, trae consigo dificultades aún mayores. Pues, por un lado, si el contenido
poseyera lo que en el acto de presentación se atribuye, si bien no de modo judicativo ni a
través de un acto distinto, al objeto (v.gr., la sapidez y la insipidez en el caso del sápido
absolutamente insípido, la trilateralidad, la rectangularidad y la equilateridad en el del
triángulo recto equilátero), dicho contenido no sería ya contenido de esa presentación, sino
objeto de la misma, dado que no es al contenido de la presentación, sino a su objeto, a lo
que se adjudican de esta manera tales atributos; si, por el otro, el contenido poseyera los
atributos considerados incompatibles, se seguiría que, aun cuando su existencia está
garantizada por cuanto es contenido mental de un acto de presentación, dicho contenido
sería inexistente. Es debido a esto que Twardowski cree hallar en aquella cuestión una prueba
decisiva de que a toda presentación corresponde un objeto de presentación, el cual, en el
caso de las —así llamadas— presentaciones sin objeto, no es otro que aquel que, aun cuando
inexistente, combina en sí o porta los caracteres o atributos considerados contradictorios o
incompatibles.