Вы находитесь на странице: 1из 17

La fe de los demonios

lo satánico del caso ya no es sólo conducir a la Cruz, es también Tercera Lección


impedirlo; ya no es sólo la crueldad del verdugo, es también la

compasión del sentimental. Y esa falsa compasión podría co­ La lucidez de las tinieblas
rresponder a la peor crueldad, porque con sus mil caricias haría

fracasar a la verdadera Vida. Podemos sacar esta muy proba­

ble conclusión: en su doble ciencia, el demonio busca asesinar

a Cristo tanto como hacer que sea amado de mala manera. Y

protegiéndolo de esa atroz humillación por la cual salvará a los

hombres, podría hacer que lo proclamarán rey temporal de Is­

rael. Reúne, pues, a las multitudes a su alrededor, hace que lo

aclamen como taumaturgo, que lo persigan como zelote vic­ ¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: "Tengo

torioso, que lo admiren como al mayor sabio de este mundo. fe", si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarlo la fe? Si un her­

Comentando la alegoría de la Caverna, Heidegger señala que mano o una hermana están desnudos y carecen del sustento

la forma contemporánea de dar muerte al filósofo es hacerlo diario, y alguno de vosotros les dice: "Idos en paz, calentaos

célebre. Nada más eficaz para neutralizar al sabio que hacer de y hartaos", pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de

él people, nada mejor tampoco para eclipsar su estrella que hacer qué sirve? Así también la fe, si no tiene obras, está realmente

de él una estrella de los medios. Una vez seccionada su palabra muerta. Y al contrario, alguno podrá decir: "¿Tú tienes fe?;

en eslóganes que van de boca en boca, ya no hay nada que te­ pues yo tengo obras. Pruébame tu fe sin obras y yo te pro­

mer. Ya no cuestiona nada, contribuye a la cháchara. ¿Quién baré por las obras mi fe. ¿Tú crees que hay un solo Dios?

sabe si esa fama basada en el malentendido no es uno de los Haces bien. También los demonios lo creen y tiemblan".

primeros objetivos del diablo? ¿Y quién sabe si algunos pseudo­ St 2, 1 4 - 1 9

apóstoles, de nuestros días, no se quedan en esa fe?

No obstante, tenemos que reconocer la evidencia siguiente:

por muy coriácea que sea, la incredulidad de los discípulos vale Creer a Dios y creer en Dios

más que la fe de los demonios (lo mismo que la desobediencia

del leproso purificado que, a pesar de la "severa advertencia" de La Epístola de Santiago es el lugar donde la fe de los demonios

callarse, difunde la noticia de su curación vale más que la obe­ se afirma como tal: También los demonios creen, y tiemblan. El

diencia del espíritu impuro que se calla cuando Jesús se lo orde­ verbo que usa el apóstol, pisteyein, no es distinto del que designa

na -(Me 1 , 40-45). Pero, ¿cómo un desconocimiento puede casi en todas partes el creer de los fieles (por ejemplo, cuando

ser mejor que ese saber angélico? ¿Cómo cierto ateísmo puede Jesús se dirige al jefe de la sinagoga a propósito de la muerte -y

ser, en el fondo, menos malo que ese conocimiento de Jesús? de la resurrección- de su hija: No temas; solamente ten fe (Me

¿Habrá que desconfiar de la misma fe? Hasta nueva orden sólo 5, 36). En cuanto a ese otro verbo que expresa el efecto de esa

podemos exclamar como el padre del endemoniado epiléptico: fe, pbrissein, sólo aparece aquí en todo el Nuevo Testamento y

¡Creo, ayuda a mi poca fe! (Me 9, 24). alude a la vez al miedo, al estremecimiento y al frío.

66 67
La fe de los demonios La lucidez de las tinieblas

La costumbre es referir el contexto de esta afirmación a la Beda el Venerable retoma esta distinción diciendo que una

cuestión de la relación entre la fe y las obras y hallar en ella cier­ cosa es creer algo ( credere illum) y otra es creer en algo ( credere

ta divergencia entre Santiago y Pablo, ya que este último había in illum): "Creer que Dios es, creer que lo que Él dice es ver­

escrito que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley dad, eso pueden hacerlo los demonios. Pero creer en Dios, eso

(Rm 3, 2 8 ) . También Lutero califica esta carta de "epístola de sólo se alcanza a los que aman a Dios, es decir, a los que no son

paja" y la rechaza del canon de sus Escrituras. Le parece muy cristianos sólo por el nombre, sino también por la vida y por los
2
alejada del sola fides, de la fe que justifica por sí sola, de acuerdo actos". Creer en Dios (acusativo) implica ir hacia Él, y como
1
con su propia lectura de la Carta a los Romanos. No es cues­ lo que nos hace salir de nosotros mismos para tender hacia el

tión de entrar aquí en ese debate. Nótese solamente que ese otro es el amor, puesto que el que ama tiene puestos su corazón

Jacob del Nuevo Testamento, como el del Antiguo, combate y su espíritu intencionalmente en su bienamado más que en sí

con el Ángel. No pretende tanto oponer la fe y las obras cuanto mismo, sólo la caridad divina nos da el creer verdaderamente en

que oponer una fe a otra fe, cosa mucho más profunda y de más Dios. Desde ese punto de vista, los demonios no creen en, sino

graves consecuencias: no sólo nuestras obras, sino ni siquiera fuera de Dios, es decir, sin amor.

nuestra fe, bastan para salvarnos. ¿Cómo no iba a quedarse cojo

el cristiano con una revelación como ésa? Imposible mantenerse San Agustín subraya que la diferencia se encuentra bajo afir­

en pie como el fariseo de la parábola, imposible fiarse demasia­ maciones idénticas: "Pedro dice: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios

do de las propias piernas. vivo. Los demonios dicen también: Sabemos quién eres, el Hijo

de Dios, el Santo de Dios. Lo que dice Pedro lo dicen los demo­

Pero, ¿de qué fe se nos habla aquí? Tú crees que hay un solo nios t amb ién: las mismas palabras, pero no el mismo espíritu.

Dios, dice Santiago. No se trata de un movimiento voluntario, ¿ Y dónde está la prueba de que Pedro decía de otra forma las

de un creer a o en alguien, que implique someterse a él o al mismas palabras? En que la fe del cristiano va acompañada de

menos otorgarle la propia confianza. Se trata de una certeza es­ dilección, la del demonio no. Los demonios hablaban de esa

peculativa, de un creer que esto es verdad, sin que esté en juego forma para que Cristo se alejara de ellos. Porque, antes de de­

ningún abandono a la palabra del otro. Una fe sin confianza, cir: Sabemos quién eres, etc., habían dicho: ¿Qué tenemos nosotros

desconfiada incluso, una fe con canguelo, si es que la teología se contigo? ¿Ha venido a destruirnos antes del tiempo señalado? Así

puede permitir un poco de argot. pues, una cosa es confesar a Cristo para atarse a Cristo y otra
3
es confesar a Cristo para arrojarlo lejos de ti" . Confesión esta

última, pues, que no va a confesarse; recepción de la hostia en

la boca para, medio masticada, escupirla mejor.

1
Hay otro aspecto de esta epístola que repugna especialmente a Lutero. Que en ella se encuen­

tra el fundamento escriturfstico del sacramento de la unción de los enfermos: "Afirmo, escribe,

que si alguna vez se ha delirado es sobre todo en esta carra" (De captivitate Babylonis, citado por

Joseph Chaine, L 'Épitre de saint Jacques, París, 1927). Que Lutero vea en ella un ejemplo de

delirio interesa especialmente a nuestra reflexión: los demonios, cuando creen, apenas deliran,

2
mientras que el fiel se adentra en cierra necedad (la méria tou kérygmatos, la necedad de la pre­ Jacques-Paul Migne, Patrología Latina, XCIII, 22.

3
dicación, de la que habla San Pablo -1 C o l , 2 1 ) . San Agustín, Sobre la Primera Epístola de San juan, tratado X, capítulo 1 .

68 69
La fe de los demonios La lucidez de las tinieblas

Tomás de Aquino es más preciso aún en su terminología. Al usar el verbo "creer" no cometemos, pues, una usurpación

A la distinción entre credere in Deum (creer en/hacia Dios) y del término, aunque describa en este caso cierta usurpación. Es

credere Deum (creer que tal es Dios) añade él la de credere Deo equívoco en relación con el carácter infuso (credere Deo) y salví­
4
(creer a Dios). En el primero de los casos, se trata del objeto de fico (credere in Deum) de la fe teologal, puesto que designa una

la fe considerado desde el punto de vista del fin, como aquello fe adquirida y condenada: desde ese ángulo se podría hablar más

que realiza la bienaventuranza; en el segundo, el objeto de la fe bien de "saber". Pero el término es adecuado con respecto a la

se considera desde el punto de vista material, es decir, en tanto definición general, natural, de la creencia concebida no como

que tal o cual artículo propuesto referido a Dios; en el tercer opinión probable, sino como conocimiento cierto de lo que no

caso, el objeto de la fe se considera desde el punto de vista for­ se ve: lo mismo que yo creo con certeza, deduciéndolo de nume­

mal, como aquello que la motiva, a saber, la autoridad de Dios rosos testimonios, que Ravaillac asesinó a Enrique IV, así cree

que se revela. Si en el primer caso el objeto de la fe, percibido el demonio que Jesús es el Hijo de Dios por los prodigios que

como bien soberano, pone en movimiento la voluntad (credere lo rodean y que hablan a su espíritu con elocuencia suficiente:

in Deum), en los demás casos, el objeto de la fe concierne a la "En los demonios, la fe no es un don de la gracia; sino que se

inteligencia y se presenta como aquello en lo que creo (quod ven constreñidos más bien a creer por la perspicacia de su inteli­
5
creditur) y como aquello por lo que creo (quo creditur). Ahora gencia natural" . Bajo esta constricción, tiemblan, sin duda, for­

bien, por lo que respecta al quo creditur, el motivo de la fe de­ zados a acercarse a esa inocencia que denuncia su negrura. Pero

moníaca no es el mismo que el de la fe teologal. El credere Deo también experimentan esta gran satisfacción: poder descifrar un

(dativo) es más que un acto de confianza. Es un creer a partir jeroglífico con el qué la razón humana, por sus propias fuerzas,

de Dios que se revela: el Eterno mismo ilumina la inteligencia sólo puede romperse la cabeza. Es el placer de saberlo todo por

y la lleva a acoger una Revelación que supera sus fuerzas natu­ adquisición, de conocerlo todo por posesión, de ser iluminado

rales. Ahora bien, los demonios, ante todo, no quieren nada sin hacerse vulnerable a una luz más elevada que deslumbra y

que los sobrepase, tanto del lado de la voluntad como del de traspasa. Es el contentamiento de un saber totalitario. A ese pro­

la inteligencia. Creen, y se enorgullecen de ello, a partir de su pósito, el padre Bonino señala muy justamente: "La pretensión
6
propia penetración de espíritu: los milagros que rodean a Jesús de cerrar la sociedad sobre sí misma tiene algo de diabólico".

y la verdad que sale de su boca bastan para hacerles deducir su

identidad mesiánica: "Ven muchos indicios y muy claros [a sus ' del " creer-que " , el " creer-a " y el " creer-en " , S an M ar-
Ad emas

ojos] por medio de los cuales perciben que la enseñanza de la cos, propone desde el comienzo una cuarta posibilidad, que re­

Iglesia viene de Dios, mientras que esas mismas cosas que la toma el dativo de la segunda y la preposición de la tercera: crede­

Iglesia enseña no las ven . . . " re in Deo, creer en Dios, no en el sentido de ir hacia Él, sino en

el de encontrarse dentro de Él, como en el hueco de su mano.

En efecto, los demonios no poseen la visión beatífica. Creer

no es ver, sino conocer por mediación de signos o testimonios.

s lbidem, II-11, 5, 2.

6
Serge-Thornas Bonino OP, Les anges et les demons, Parole et Silence, col. "Bibliotheque de la

• Sanco Tomás de Aquino, Summa Theologiae, 11-II, 2, 2. Revue thornisre", Paris, 2007, p. 154.

70 71
La fe de los demonios La lucidez de las tinieblas

La fórmula aparece con exactitud en las primeras palabras de Cómo se pasa de ángel a demonio (1)

Cristo, las que inauguran su predicación en Marcos: Convertíos La soberbia y la envidia

y creed en la Buena Nueva (Me 1 , 1 5 ) . "La construcción 'creer

dentro de', pisteyo + e n + dativo, comentaJean Delorme, es ex­ El demonio sabe lo que hace mucho mejor que nosotros.

cepcionalmente rara y sólo se encuentra aquí, en Marcos. No Considerando únicamente el plano especulativo, es mejor teó­

se encuentra ni en el griego clásico ni en el griego común de logo que nosotros. No hay en él ninguna debilidad de la carne:

los papiros. Está atestiguada en los Setenta y algunos textos del no conoce la fatiga, no es aficionado al alcohol, no se complace

Nuevo Testamento se le parecen. Ordinariamente, se explica en las obscenidades genitales, no tiene apetito desordenado por
9
como un giro semítico o como una confusión, frecuente en el los bienes materiales. Es casto y pobre sin votos, es decir, por

griego común, entre las preposiciones en (con dativo, "dentro naturaleza. Tampoco hay en él ignorancia alguna del lado de su

de" sin movimiento) y eis (con acusativo, "dentro de" o "ha­ inteligencia natural: no tiene necesidad de aprender a hablar,

cia" con movimiento)".7 Para pronunciar el esencial creer en la no va a la escuela, no ha de formular como nosotros arriesgados

buena nueva hace falta como subvertir el griego de la sabiduría razonamientos. Por naturaleza, igualmente, es sabio sin esfuer­

natural con el hebreo de la Revelación. El barbarismo resulta zo, maestro sin rabí -lleva integrado en su sustancia misma

en este caso una finura divina. Le dice hasta a la gramática lo el más potente motor de búsqueda. ¿Cuál es su mal, entonces?

que opera la verdadera fe: la infusión del Espíritu Santo en el Exclusivamente espiritual. Lo expone San Agustín: "Es infini­

corazón del hombre, que se asemeja a la intrusión de la lengua tamente soberbio y envidioso"." Dicho esto, no hay que caer

de Moisés en la lengua de Esquilo. en una imaginería más engañosa que la del macho cabrío o la

del duende maligno (estos últimos, aunque hagan perderse la

Ante tal posibilidad al diablo no le gustaría nada perder su grie­ esencia espiritual del ángel, no dejan de expresar la duplicidad

go. Se parece a "esos hombres que ponen más cuidado en obser­ demoníaca). Su envidia es rica en sutileza. Su soberbia está llena
8
var las leyes de los gramáticos que las de Dios". "Creer dentro de refinamiento.

de Dios", como quien viviera en sus entrañas, ¿qué habría más

repugnante para él? Ese giro hace que uno se vuelva en exceso. Pero, de esos dos vicios, ¿cuál es el primero? Algunos Padres

Expresa con fuerza aquello de lo que uno se vuelve. Marcos no de la Iglesia, y no de los menores, insisten en la envidia. Estaría

podía dejar de emplearlo -como una luz y un contrapeso- en en el principio del pecado angélico. Algunos ángeles habrían

el umbral de un relato que no cesa de atestiguar la infalibilidad cobrado celos de los arcillosos Adán y Eva, de que estuvieran

demoníaca. El demonio sabe, sin duda, pero no está. Como dice también, como ellos, llamados a la bienaventuranza divina. San

mi vecino que toca el trombón: "Cuando se interpreta música, Bernardo tiene una página admirable acerca de este particular:

una cosa es conocer la partitura y otra estar 'dentro"'. "Lucifer, 'lleno de sabiduría y perfecto en belleza', pudo saber

de antemano que un día habría hombres y que alcanzarían tam-

7
Jean Delorme, L 'hereuse annonce selon Marc, Cerf, col. "Lectio divina", nº 2 1 9 , Paris, 2007,
9
p. 78. Cf. Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, !, 63, 2.
8 10
San Agustín, Confesiones, libro I, capítulo XVIII. San Agustln, La ciudad de Dios, libro XIV, III.
La Je de los demonios La lucidez de las tinieblas

bién una gloria igual a la suya. Pero además de saberlo de an­ cayó de las moradas celestes porque envidió al hombre hecho

temano, sin duda alguna lo vio en el Verbo de Dios y, en su a imagen de Dios. Pero la envidia sigue a la soberbia y no la

rabia, concibió la envidia. Así es como proyectó tener súbditos, precede: la envidia, en efecto, no es causa de orgullo, pero la so­

rechazando con desdén tener compañeros. Los hombres, dijo, berbia sí da razones para envidiar". La envidia de la que se trata

son débiles e inferiores por naturaleza: no les conviene ser mis supone el previo rechazo al designio generoso de Dios. Cuando

conciudadanos ni mis iguales en la gloria" . ' 1 Lo apreciable de los obreros de la primera hora se irritan de que los de la última

esta tesis es que, en ella, el diablo se muestra puritano. Y nada reciban el mismo salario, rechazan primeramente la voluntad

lo motiva más que su puritanismo a empujar a los hombres a la del dueño. Ese rechazo manifiesta la soberbia: quiero definir

lujuria, para revolcarlos mejor en ese vergonzoso fango y pavo­ por mí mismo lo que debe ser el bien para mí.

nearse en su superioridad incorpórea (por eso, algunos de entre

nosotros experimentamos un placer maligno cuando los demás Finalmente, la primacía de la envidia permite pensar a Satán

se arrastran en el estupro, mientras que nosotros seguimos sin como un dominador que desprecia a los hombres, pero impide

mancha a ese respecto -para llevar entonces la suciedad al fon­ representárselo como un pseudo-liberador. Ahora bien, con­

do de nuestra alma). siderando sólo sus iniciativas más recientes sería de ciegos no

verlo como profesor de dignidad, doctor en autonomía y, por

Aquí lo tenemos, por tanto, protestando: -¿Cómo? ¿ Tene­ consiguiente, verdadero anticristo o contra-Mesías. Le sugiere

mas que soportar a esas paletadas de tierra en el Cielo? Jamás! a cada uno que se salve a sí mismo. Lo anima a fabricarse su

¡Os lo juro! Mean y cagan, ¿y van a ser llamados a la misma pequeño cielo privado. Sólo la primacía de la soberbia sobre la

gloria que los espíritus puros? Y no os digo lo peor: ¡copulan! envidia autoriza a pensar esta seducción pródiga: Satán, gerente

¡Ufl ¡Entre los dos forman la bestia de las dos espaldas y vamos de la suficiencia y padre de la utopía.

a tener que decir nosotros amén a esa monstruosidad como a

no sé qué viscosa imagen de la Trinidad!. . . ¡Impidamos ese ab­

surdo! ¡Hagamos pensar que la carne es mala por sí misma o, al Cómo se pasa de ángel a demonio (11)

menos, que no tiene nada que ver con el espíritu! La parábola de los dos hijos

Nadie le puede negar su valor explicativo a esa tesis de la caída He preferido el término "soberbia" al de "orgullo" para seña­

envidiosa. Pero sigue siendo parcial y no se remonta lo bastante lar mejor la inteligencia, el brío, la casi sabiduría o la "verdad

lejos. Aunque el libro de la Sabiduría dice que por envidia del menos un poco" del pecado demoníaco. Para hablar de él sin re­

diablo entró la muerte en el mundo (Sb 2, 24), no dice que tam­ bajarlo con una soberbia comparable, para explicitarlo un poco

bién por ella entró la muerte en el diablo. Por otra parte, el libro como lo siente él, habría que afirmar que el demonio es EL QUE

de Ben Sirá nos recuerda: El comienzo del pecado es el orgullo (Si DIJO sr, o también EL QUE NO CESA DE REPETIR: ¡SEÑOR! ¡SEÑOR!

1 0 , 1 5 ) . San Agustín observa: "Algunos dicen que el demonio Esta definición puede resultar provocadora. No la aventuraría si

no se encontrara en la Palabra de Dios. Por lo demás, la Epístola

de Judas nos advierte que es peligroso despreciar al demonio:

ll San Bernardo de Claraval, Sermones sobre el Cantar de los Cantares, XVII, 5-6. En cambio el arcángel Miguel, cuando altercaba con el diablo, no

74 75
La fe de los demonios La lucidez de las tinieblas

se atrevió a pronunciar contra él juicio injurioso, sino que dijo: justicia? Pero, ¿cómo pensarlo también? El santo es el que dice

"Que te castigue el Señor': Debemos, pues, esforzarnos, para imi­ no, pero cuyo no se convierte en un sí, tras un arrepentimiento.

tar a San Miguel, en dar a Satán nombres de ángel mejor que El maligno es el que dijo sí, pero cuyo sí disimula un no, sin

nombres de pájaro. Concedámosle todo el crédito compatible remordimiento alguno.

con su condenación.

Para entenderlo mejor, hay que subrayar las dos palabras em­

¿Dónde están los versículos que autorizan a llamarlo "el que pleadas por el segundo hijo. Comencemos por la segunda: Se­

no cesa de repetir: ¡Señor! ¡Señor!"? En Mateo, al final del Ser­ ñor. El otro hijo había dicho solamente: No quiero. No llama

món de la Montaña: Muchos me dirdn aquel Día: "Señor, Señor, a su padre "Señor". Ese empleo manifiesta en el segundo una

¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos de­ relación menos filial que servil, basada en el temor más que en

monios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?" Y entonces les el amor. Quizás en la burla, como yo diría a mi mujer: "¡Sí,

declararé: '¡Jamds os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad!" jefe!" Pero resulta que la primera palabra se traduce con fre­
12
(Mt 7, 22-23). ¿Para quién son estas últimas palabras, sino para cuencia por "Entendido", "Voy", "Sí, Señor". Sólo se trata de

el condenado? Ahora bien, si son para el condenado, valen tam­ un pronombre griego que no es necesario traducir: Ego. En el

bién para el diablo. ¿No es él el que comete iniquidad? ¿No es contexto, significa: "¡Aquí estoy! ¡A tu servicio!" Pero este O.K.

él al que Cristo jamás conoció? ¿No llega incluso a expulsar un encubre su Good Bye. Este "¡Aquí estoy!" significa "Aquí estoy

demonio para colocar a otro, más competente? Hay que dedu­ Yo". En eso está la soberbia. No tanto en el rechazo al servicio

cir de ello, pues, que forma parte de los que, el día del juicio, como en el deseo de servir según su criterio, un poco como el

repiten: Señor, Señor, etc. esclavo de la dialéctica hegeliana: sirve de manera que el amo

se convierte en deudor suyo y, al final, en siervo del siervo (esa

¿Dónde están los versículos que autorizan a llamarlo "el que inversión constituye toda la intriga de The Servant, de Harold

dijo sí"? En Mateo también, al día siguiente de la expulsión de Pinter: el mayordomo acaba siendo efectivamente el amo de su

los mercaderes del Templo: "Pero ¿qué os parece? Un hombre amo, por medio de un servicio que lo embauca artificiosamen­

tenía dos hijos. Llegdndose al primero, le dijo: 'Hijo, vete hoy a te): "Soy yo, Señor, que vengo en tu ayuda. Yo no soy como mi

trabajar en la viña: Y él respondió: 'No quiero: pero después se hermano. Yo no digo que no. Déjame, por tanto, servir como

arrepintió y foe. Llegdndose al segundo, le dijo lo mismo. Y él res­ yo quiero".

pondió: 'Voy, Señor: y no foe. ¿Cudl de los dos hizo la voluntad

del padre?" - "El primero"- le dicen. Díceles jesús: "En verdad Eso nos permite penetrar, a su vez, en el sentido profundo de

os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros ese No quiero del hijo que se arrepiente. ¿No es ya una especie

al Reino de Dios" (Mt 2 1 , 28-31). No hacer la voluntad del de confesión? ¿No se podría leer: "Está por encima de mis fuer­

Padre es el pecado mismo. Pero lo que lo radicaliza es haber zas, por encima de mi voluntad"? Pero resulta que va a trabajar

prometido antes que esa voluntad se iba a cumplir. ¿Cómo no a la viña. ¿De dónde le viene esta repentina capacidad de hacer

pensar, si el pecado demoníaco es radical, que se trata de un sí

sin continuación, de una promesa no mantenida, como antes,


12
de una doble evocación del Justo (¡Señor! ¡Señor.� sin acto de Respectivamente la TOB, la Biblia de Jerusalén y la traducción litúrgica oficial.

76 77
La fe de los demonios La lucidez de las tinieblas

lo que no quería, quizás lo que no podía? Hay en ello como la codiciar una igualdad absurda con Dios, sino querer cierta si­

secreta irrupción de una gracia. Recibe desde fuera una fuerza militud con Él de manera desordenada.

nueva que no ha merecido. No hay de qué enorgullecerse: Yesto

no viene de vosotros, sino que es don de Dios (Ef 2, 8). Lo acepta Pero sabe también otra cosa más extraña y sobre la que se in­

humildemente. No sirve sólo según sus propios planes, sino se­ siste menos: que, siendo un ángel, por naturaleza, es mensajero

gún el designio de su padre. o siervo del Altísimo. ¿Cómo lo iba a ignorar? Realiza siempre

una función en la gran sinfonía del universo, hasta sus disonan­

cias formarán parte de la partitura, sus ataques se emplearán,

Cómo se pasa de ángel a demonio (111) como para J ob, en manifestar la fe del j usto. Tampoco es menos

Hacer el bien según los propios proyectos absurdo a sus ojos pretender escapar al poder del Todopodero­

so. El demonio no sabría querer escapar de Él por cuanto Él es

Tomás de Aquino hace notar, contra un error común, que si su Creador. Lo rechaza únicamente en tanto que, por añadidu­

bien el demonio deseó ser como Dios, no quiso, sin embargo, ra, Él quiere ser su Esposo, porque no podría haber matrimonio

igualarlo: "Sabía, por conocimiento natural, que ello era impo­ sin consentimiento mutuo. Pero no por eso le rinde menos ser­

sible". A ciencia cierta él se sabe criatura y sabe que un abismo vicio. Es incluso un siervo útil (sólo los santos son siervos inútiles

infinito lo separa del Altísimo. Además, precisa el Aquinate, -Le 17 , 1 O- es decir, salen de la lógica utilitaria, funcional,

"ninguna realidad perteneciente a un grado de naturaleza infe­ para entrar en la libertad del amor). Su pecado no es, por tanto,

rior puede desear un grado superior: el burro no desea conver­ no servir, sino estar sirviendo sin amor, trabajar en la viña, sin

tirse en caballo, porque dejaría de ser él mismo. Pero es verdad duda, pero sin acoger el orden sobrenatural o bien trabajar en

que, en algunas cosas, la imaginación nos engaña". Cambiar de ella como el Botrytis Cinerea, llamado también "podredumbre

naturaleza, aunque fuera por una naturaleza superior, equivale a noble" : un hongo que por sí mismo no hace más que arruinar

una destrucción de sí. El burro no desea convertirse en caballo, las cosechas, pero que en ciertas condiciones de humedad y de

pero eventualmente desea, sin dejar de ser burro, adquirir cuali­ sol, al absorber el agua de las uvas, hace que se concentre en ellas

dades equinas, como la velocidad y la elegancia. La imaginación el azúcar y que se forman esos racimos de oro y miel de donde

puede hacer nacer en nosotros vanas pretensiones: "¡Ah! ¡Si yo se saca el vino de Sauternes.

fuera un ángel!" o con más frecuencia: "¡Si yo fuera un perro!"

Ahora bien, el demonio no tiene imaginación: es inteligencia Pero, ¿cómo definir mejor ese desorden en el impulso por

pura, sin otro defecto que su coraza. Sabe muy bien que no se servir a D ios y parecerle? Santo Tomás emplea palabras sor­
13
puede querer cambiar de naturaleza. Su pecado no es, pues, prendentes. Lo llama "posesión de la bienaventuranza postrera
14
por las propias fuerz as" . ¿No es ésa la virtud primordial del

hombre lleno de confianza en sí mismo? Y sin embargo, querer


13
Tampoco el hombre se convierte nunca en Dios, pero puede ser divinizado sin que nada de su obtener la propia felicidad y la de los demás por uno mismo
personalidad sea alienado. Ni la gracia ni la gloria cancelan la naturaleza humana para transus­

tanciarla en naturaleza divina. Muy al contrario, la preservan, la restauran, la elevan y hacen al

hombre tanto más humano cuanto que participa más en la divinidad-tanto más carnal cuanto

14
que más espiritual, habría dicho Péguy. Santo Tomás de Aquino, Summa Tbeologiae, I, 63, 3.

78 79
La fe de los demonios La lucidez de las tinieblas

supone cambiar necesariamente la providencia por el planning, al desgarro de su esposo. Yo quiero ser la Virgen no esposada,

seguir una rutina sin acontecimientos, no encontrar la resisten­ que no es rescatada por nadie. Yo quiero ser el Hijo sin padre,

cia del otro, en fin, no acoger a Aquel que viene. El diablo es un que se aparta de su origen y sólo se encuentra a gusto en lo que

hacedor. Sabe hacer caridad en tanto que no sea para vivir de él inventa a partir de la nada. Yo quiero ser el siervo absoluto,

ella. La hace de la misma manera que se dice también "hacer el que sabe enseñar a cada uno a no depender de nadie. Yo quie­

amor", es decir, transformando el lugar de una posesión amoro­ ro ser el Verbo que no ha sido proferido, la Palabra que no

sa por una cadena de montaje del placer. procede de ninguna escucha, el puro Monologos . . . Y además

ese orden de la gracia perturba demasiado el orden de la natu­

Las propias fuerzas, o sea, las fuerzas naturales, ya las recibe raleza: ¡Nosotros, ángeles, podemos acabar siendo iguales que

el ángel del Dios creador, claro está; pero, una vez creado, Dios los hombres! ¡Nosotros, ángeles, tendríamos que adorar la hu­

se las da como por justicia y débito. No ocurre lo mismo con la manidad de Cristo! ¡Nosotros, ángeles, tendríamos que venerar

gracia: no se le debe a la criatura, es un don de amor gratuito. como reina nuestra a esa hebreíta: a la virgen María! ¿ Virgen de

No exige a cambio absolutamente nada, y precisamente eso es qué, si se deja abrazar incestuosamente por el Espíritu del Padre

lo más difícil para quien se cree algo. Reclama de nosotros no y del Hijo? Lo repito, yo soy la verdadera Virgen, la criatura

hacer, sino dejar que Dios haga en nosotros. Y nosotros respon­ que menos contacto tiene con su Creador . . . ¿Y os gustaría que

demos no siendo obstáculos a ese amor libre y divino que ella esa injusticia sangrante nos dejara sin capacidad de reacción, os

misma suscita en nosotros. Pero el demonio no quiere aban­ gustaría que no aplaudiéramos la amargura del hijo mayor ante

donarse. Prefiere ser un self-made-man. Me lo imagino perfec­ la acogida del hijo pródigo? Esas obscenas bodas de la gracia,

tamente montando un curso de desarrollo personal -convir­ esa orgullosa comunión en la divinidad, las rechazamos. Pero

tiéndose en el coach de los winners, abasteciendo de almohadas decimos "Sí" a la naturaleza pura. Respondemos "Aquí estoy" a

a quien no tenga dónde reclinar la cabeza, aplicándole la euta­ cualquiera que quiera fabricar su felicidad, no sin Dios-Causa­

nasia al varón de dolores. primera, por supuesto, porque por fuerza salimos de él, pero sí

sin Dios-Esposo-último, porque podemos no volver a él. Cada

uno debe poder alcanzarla solo del todo, como un adulto. Cada

Verdadero monólogo uno, sin ser forzado a acoger en su seno esa semilla del Verbo,

¡como está escrito en su abyecta parábola del sembrador! En

-Dame lo que se debe a mi naturaleza y, en cuanto a lo de­ fin, contempladme, ¡yo soy el verdadero siervo sufriente que

más, estamos en paz. No quiero de esa gracia que reclama como sufre con un sufrimiento eterno! Apenco, a pesar de todo, para

respuesta nuestra Alianza. Quiero ser el único en fabricar mi el Altísimo, sin tener el reposo del sábado ni el del domingo.

propia felicidad y animar a los demás a fabricar la suya por sus Acepto a los Job más ingratos. Porque, ¿quién les da brillo a sus

propios medios o, al menos, a rechazar esa felicidad envenenada bonitos santos, quién les quita el óxido y los hace relucir? ¡Mi

que nos propones, ese don que, por muy gratuito que sea, nos menda! Los tiento con la desgracia, toco sus propiedades, pudro

obliga, nos convierte en deudores hasta el infinito, nos impone su carne, corroo sus huesos, como hice con el tío del país de

no sé qué clase de muerte a nosotros mismos en la ofrenda a Ti Us; o bien los tiento con la comodidad, enriquezco sus propie­

de nuestra vida como la virgen que ofrece sus piernas abiertas dades, acaricio su carne, endurezco sus huesos, como hago con

80 81
La fe de los demonios La lucidez de las tinieblas

todos los consumidores del país de Jauja; pero si no sucumben, otro mundo. Ocurre a veces, como con la Génitrix de Mauriac,

si conservan el gusto por la bendición, su gloria acabará sien­ que la madre y el asesino son la misma persona sofocante. Es

do mayor. ¿Creéis que obtengo a cambio siquiera un agradeci­ que todo odio se enraíza en un amor. Si yo no amara nada, no

miento? Todo eso lo hago como una máquina suya, sin esperar podría odiar nada. Si amo algo, odiaré todo lo que sea contrario

recompensa. ¡Humilde, muy humilde es mi amor, puesto que a la cosa amada. Así, el santo ama a Dios y, por consiguiente,

no está interesado en su bienaventuranza! Puro, muy puro es mi detesta el pecado. Y Satán se ama también, intensamente, a sí

amor: ¡alcohol de cien grados que procura una borrachera de la mismo y sus propios puntos de vista. El amor a uno mismo

que uno no se desembriaga nunca! Entendedme bien. El otro no es malo, si es para la comunión que Dios da -es incluso el

está en el Cielo desde entonces, en su esplendor, con sus ángeles fundamento del amor al prójimo: amo la Vida, la amo también

postrados y sus llagas chorreando de luz, ¿mientras que yo? Yo en mí y deseo comunicarla a los demás. Pero ese amor a uno

soy la víctima auténtica y pura sin propiciación. ¿El Verbo se mismo llega a ser perverso en la medida en que no se abre a lo

hizo carne? Yo caí como el rayo. Y nunca me levantaré . . . Mi que lo supera. Se transforma en ese amor propio del que Santa

dolor, lo mismo que mi placer, son sin retorno . . . Brígida decía que mejor se debería llamar "odio propio". La

ventaja de su nombre habitual y, por así decir, impropio es que

Ese discurso aparentará estar lleno de orgullo y de envidia. El señala la máscara seductora bajo la que se presenta ese vicio:

demonio llama a eso humildad y justicia. Su encadenamiento al "Yo soy propiamente el amor y el otro, el que exige el éxtasis y

pecado lo considera emancipación, en tanto que la santidad le el abandono en brazos de otro más grande, no es más que des­

parece el colmo del orgullo. Su odio a Dios lo ve como desha­ precio a uno mismo".

cedor de entuertos: "¿Por qué no se ha limitado a la naturaleza?

¿Por qué esa supererogación, ese don de lo sobrenatural que nos Dios es amor, ¡enhorabuena! El diablo también, sólo que

coloca en igualdad de condiciones con inferiores y nos obliga amor propio. Su odio únicamente corresponde a ese amor y a

a agradecerlo con toda nuestra existencia, sin que quede nada su deseo de difundirlo. Eso le confiere una especie de vigilancia

para uno solo?" maternal sobre ese mal que es su bien, así como el instinto de

ese sobrenatural del que quiere mantenerse virgen. Con sólo

acercarse lo sobrenatural, él lo reconoce por todos los poros de

El diablo es amor . . . propio su sustancia y exclama de pronto: ¿Qué tengo yo contigo, Hijo

de Dios? ¿Has venido para atormentarnos antes de tiempo? (Mt

Ese odio por lo sobrenatural, que electriza la transparencia de 8, 29; Me 5, 7; Le 8, 28). Lo que teme aquí no es la reclusión

su inteligencia, le da también al demonio cierto instinto de las en el infierno, puesto que es el lugar que con todas sus fuerzas

cosas divinas, una clarividencia comparable a la de los santos. ha elegido como domicilio. Lo que le hace temblar, lo que lo

Ese odio adivina como el amor. Su adivinación es exterior y atormenta, es la cercanía de la alegría, esa alegría que Jesús viene

superficial, pero no menos perspicaz y detallada. No hay como a dar gratuitamente por su cruz. La presión que hace sobre él

la madre para estar atenta a los menores males de su hijo, pero ese bien gracioso al que se ha cerrado para siempre provoca su

no hay como el asesino para gozar de los sufrimientos de la víc­ miedo y su indignación. Porque la alegría en cuestión tiene que

tima, no quiere perderse ni uno, y con su trabajo la manda al romper nuestra compostura en una alabanza sin fin. Horrible

82 83
La fe de los demonios La lucidez de las tinieblas

herida en el costado del amor propio. Frente al grito de alaban­ nada proporciona mejor acceso a sus sugerencias que creerlo

za contenido en el nombre del arcángel Miguel: Quis ut Deusi, más estúpido que nosotros. Y entre todas las estupideces que se

"¿Quién es como Dios?", él lanza hacia la multitud su grito de le imputan, la peor es hacerlo ignorante de las consecuencias de

asamblea: Quis ut ego?, "¿Quién como Yo solo?". la caridad, porque supone que uno no ha comprendido su su­

blime exigencia. Con el diablo no se trata de jugar al más fuerte,

Muchos hacen como si el ángel malo ignorara que Dios es sino de reconocerse débil. No se trata de jugar al más listo, sino

amor: ¡Pobre diablo, qué ignorante! Se contentan esos tales con de quererse más amante.

citar su primer eructo: Jesús de Nazaret, ¿has venido a perdernos?

(Me 1 , 24). ¡Qué flagrante error: tomar al Salvador por alguien

que nos pierde! ¡Claro que no! ¡Viene a salvarnos! ¡Es el ABC Liturgia del pandemónium

del catecismo! Imposible, por lo tanto, que el demonio no lo

sepa. Lo sabe, en todo caso, mejor que los que creen que la Para hacernos percibir mejor el peligro que se cierne sobre no­

Redención es una bromita. Su Evangelio de la Perdición es más sotros y que se vuelve tanto más terrible cuanto más a salvo nos

cierto que el de la comodidad. No quiero decir que él sueñe con creemos, nos recuerda Santo Tomás que "el pecado del ángel

la gehenna prometida a los machos cabríos. Habla de la caridad. no supone la ignorancia, sino sólo la ausencia de consideración

Del amor verdadero, del amor al que reclama la noche nupcial de lo que se debe, es decir, del orden requerido por la voluntad

y la ofrenda de los cuerpos. Sabe que el amor a Dios nos pierde. divina", y lo compara con "alguien que decide rezar y lo hace
15
Cristo lo dirá más adelante: Quien pierda su vida por mí y por el sin observar las reglas litúrgicas instituidas por la Iglesia". Este

Evangelio, la salvará (Me 8, 3 5 ) . Lo que escandaliza al demonio ejemplo siempre me ha asustado. Nos confirma rigurosamente

y lo hace encabritarse espontáneamente al acercarse es preci­ que lo demoníaco no es tanto querer el mal como querer hacer

samente esa pérdida de la criatura que se transforma en hostia el bien sin obedecer a la fuente de todo bien, querer hacer el

viva. Quiere luchar contra esa perdición. Prefiere salvarse de bien según la propia regla, como un don que pretende no reci­

ella . . . en el infierno. Que todo el mundo pueda ir malviviendo, bir nada, en una especie de generosidad que coincide con el más

darle al Señor su finiquito, agradecerle sus servicios como a un fino orgullo. No hay en ello una ignorancia especulativa, sino

profesional, lo mismo que uno se despide de un buen sirvien­ una ignorancia práctica, activa, que se esfuerza en no considerar

te . . . ¡Pues no! ¡Ese sirviente quiere seguir en la habitación, y las mediaciones queridas por el Altísimo para nuestra mutua co­

acostarse conmigo, y arrancarme ese grito que me arranca de mí munión, para nuestra dependencia de los unos respecto de los

mismo! Ésa es la depravación divina. ¿Por qué no se contenta otros. Es oír hablar de reglas litúrgicas, de derecho canónico, de

con un agradecimiento cordial? ¿Por qué nos quiere enteramen­ magisterio y el demonio empieza a cocear: lo hace en nombre

te en ese amor abandonado? de su tradicionalismo, más viejo que la tradición, o de su pro­

gresismo, más up to date que el mundo futuro. En todo caso, lo

Los que creen que el demonio desconoce la radicalidad del hemos visto más arriba, él reza con ardiente fervor: ¡ Te conjuro

amor divino cometen el más grave error con respecto a él, pues­

to que la causa de su rebeldía es ese amor. Así, no sólo lo excu­


15
san, sino que se convierten más fácilmente en juguetes suyos: Ibídem, I, 63, l .

84 85
La fe de los demonios La lucidez de las tinieblas

POR DIOS que no me atormentes! (Me 5, 7). Siempre que sea con Jean-Joseph Surin nos informa, en efecto, de que "el infierno

un misal confeccionado ad hoc, para su uso personal, o para su se encuentra en una confusión continua": en un P DG (Pro­

secta del momento, en una espiritualidad que oscila entre lo fessional Development Group) como ése, obsesionado por la

masturbatorio y lo orgiástico. productividad, el príncipe esclaviza a los demonios subalternos,

especialmente "cuando no consiguen hacer todo el mal que él

La liturgia del pandemónium no posee la unidad viviente de quisiera"; y éstos, que golpean a su vez a sus propios inferiores,

la de la Iglesia. Cuando pretende ser una se bloquea. Cuando " sólo lo obedecen a su pesar, y en lo que es conforme a su pa­
17
pretende ser viva hormiguea. Como la fe de los demonios no sión, que es el odio a D ios". El genio violento de Santa Tere­

tiene su fuente en la visión de Cristo, sino en la inteligencia na­ sita prolonga la experiencia del gran exorcista (Surin fue el que

tural de cada uno, no se puede hablar con propiedad entre ellos luchó contra el ejército demoníaco que había tomado posesión

de una sola fe (Ef 4, 1 6 ) , dependiente del don único de Dios, de las religiosas de Loudun). En una "pieza piadosa", El triunfo

sino de un conocimiento dividido, que uno puede reivindicar de la humildad, muestra ella las querellas litúrgicas que desga­

contra otro como fruto de sus propios esfuerzos. Sus creencias rran el pandemónium. Beelzebul grita a su príncipe Lucifer:

son individualistas. Dividualistas incluso. Esa división mutua "Non serviam!. . . ¿Eres tú quien me ha dado esa divisa y crees

se complica, en efecto, con una división individual: habiendo que te obedeceré después de haberme negado a abajarme ante

desviado el pecado el impulso primordial hacia Dios de su natu­ . . . . ·N o.I


D.ros 1 J amas,
' J. am as
' .... 1 Aqm' ca da uno es su prop10
. due-
1

raleza, su libre arbitrio se vuelve contra su vocación esencial, su ño; por eso tenemos una unión tan grande, nuestras legiones es­

voluntad ut voluntas se opone a su voluntad ut natura, porque tán tan admirablemente entrenadas, por eso nuestros adorado­
16
"el alma del perverso está desgarrada por las facciones". El de­ res no cesan de disputar sobre los particulares de nuestros ritos

monio no puede recogerse. Entonces se divierte. sagrados . . . Tú sabes mejor que nadie, vieja serpiente astuta, que

la discordia es la marca de tu realeza . . . Nuestro único punto de

¿Cuál es el solo principio unificador de este reino desmigaja­ acuerdo es el odio implacable que profesamos a los mortales. Es

do, el punto de encuentro litúrgico en el país de Legión? El odio verdad que eso no nos impide llamarlos muy queridos amigos
"18
al mismo Enemigo. La filosofía política de Carl Schmitt se le nuestros . . .

aplica bastante bien al pandemónium. El acuerdo del demonio

consigo mismo y con los demás no se realiza más que en razón La ejemplaridad de Lucifer se vuelve contra él, pues se fun­

de ese odio. Sólo remienda su ser por medio de su rabiosa pasión damenta en la desobediencia. Diciendo a su vez: No serviré, se

por deshacer la obra del Altísimo. Para ese menester, los diablos le sirve tanto como se le perjudica. Cada uno es su esclavo en la

se entienden como ladrones en feria, con vistas a una rapiña que medida en que cree ser el único dueño. Cuando se desobedece

exige, aunque sólo sea por mor de la eficacia, obrar en conserva. a Dios se le obedece a él. Cuando se le desobedece a él, se sigue

Pero esta asociación de malhechores se disloca en cuanto se trata

de repartir el botín. La feria se convierte en agarrada.


17
Jean-Joseph Surin, Triompbe de l'amour divin sur les puissances de l'Enfar, seguido de Science

expérimentale des cboses de l'autre vie ( 1 6 5 3 - 1 6 6 0 ) , Jeróme Millon, Grenoble, 1990, p. 360.
18
Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz, Théátre au Carmel, Cerf-DDB, Paris, 1985,
16
Aristóteles, Ética a Nicámaco. IX, 1 1 6 6 b. p. 252.

86 87
La fe de los demonios La lucidez de las tinieblas

también su ejemplo, aun cuando sea "para condenación suya", puedo ser causa primera de la nada. En lugar de ser hijo en este

literalmente. Obtiene un mal de ello para sí mismo, pero se universo, a la vez el más trágico y el más gozoso, prefiero reinar

satisface contra Dios. De todas formas, lo que le produce placer solo en un mundo virtual. Así ocurre cuando me siento lesio­

no puede, por otro lado, más que causarle sufrimiento. Tiene nado, acuso a los demás y me niego a reconciliarme con ellos:

razón el padre Bonina cuando escribe: "Prefirió seguir siendo el sufro y no alcanzo a más que a hurgar en mi herida, pero disfru­

primero en un orden inferior que llegar a ser uno entre tantos to viéndome en el centro de un pequeño mundo ilusorio donde

en un orden superior";'? El hombre que peca, como decía San me alzo como juez supremo. Ello implica, sin duda, en alguna

Bernardo, se hace súbdito suyo: al perder esa gracia que lo eleva parte de mi naturaleza, cierta infeudación al diablo. Pero aun

por encima de su naturaleza cae por debajo de la naturaleza an­ cuando este último me haya tentado, sólo yo soy formalmente

gélica, incluso de la viciada. Pero decir sólo eso sería perder de responsable de la culpa (si la culpa no procediera de mi volun­

vista lo que constituye la fascinación del mal, es decir, ese "bien tad, yo no sería culpable) y él no puede retirarme el mezquino

negativo" que el pecado proporciona a quien sea. Porque si yo placer de reinar sobre mis quimeras.

lo elijo resueltamente no es porque quiera ser súbdito de Satán.

Tras ese sometimiento hay otra cosa, como una especie de de­ Así pues, en el infierno, reza cada uno por su cuenta, por sí

mocracia, digamos de liberación, aunque fuera una caída en la solo, con una oración que pretende saber exactamente lo que a

vida: "Aquí cada uno es su propio dueño", dice Beelzebul. él le hace falta. Y cuando se reza por los demás (¿por qué no?)

es porque uno los representa y para obtenerles un bien que se

Para entender esta situación hay que pensar el pecado de ma­ ha decidido por y para ellos -por ejemplo, alojarse en unos

nera metafísica. Dios es Causa primera del ser. Toda obra bue­ puercos . . . Pero, en ocasiones, también rezan todos juntos si es

na, es decir, abierta a la plenitud del ser, la realizamos, pues, con para rechazar una ofensiva del Santo. La liturgia demoníaca es

él, bajo su impulso último. Por el contrario, a la obra mala, es unas veces masiva y otras dispersa. Cuando se trata de oponerse

decir, desviada por una carencia de ser, el Creador le confiere su al Verbo hecho judío, es una fascinante ceremonia de Nüren­

parte de positividad, pero su parte de negatividad, propiamente berg. Cuando la cosa es codiciar el bien propio, es una for­

pecaminosa, no procede más que de mí, criatura sacada de la midable cacofonía. Pulverización libertaria en el amor propio,

nada y capaz de aniquilar en mí el influjo del ser. Por ejemplo, solidificación totalitaria en el odio a Dios. Orgía impersonal en

la fuerza de mis brazos se basa en última instancia en la bondad funcionamiento, competencia feroz entre individuos. Así es la

del Creador que quiere que me sirva de ellos para ayudar al po­ pulsación infernal.

bre; pero, si yo los empleo para degollarlo, desvío el impulso de

dicha fuerza, arruino su plenitud en la comunión (con Dios así

como con el prójimo), es decir, en una existencia más dilatada. ¿Jesús contra la apologética?

Y esa desviación se debe sólo a mí mismo. Tal es la delectación

que procura el mal: yo no puedo ser causa primera del ser, pero ¿La fe de los demonios es una posibilidad para el hombre?

Un hombre, por su sola inteligencia, frente a los milagros o a

la doctrina del Mesías, ¿puede adquirir la misma certeza que


19
Bonino, Les anges et les démons, p. 2 1 1 . los espíritus impuros de Cafarnaúm o de Gerasa? Es una cues-

88 89
La fe de los demonios La lucidez de las tinieblas

tión decisiva. Podría relacionarse con el conflicto que enfrentó a son suficientes para que la inteligencia preste un asentimiento

protestantes y jesuitas, por ejemplo, a Lutero y a Malina. que no sea absurdo; pero son insuficientes para producir una

adhesión forzada como, por ejemplo, la que se pueda dar ante

El pesimismo de Lutero le hace concebir como arruinada la la evidencia del teorema de Pitágoras. Para que se dé ese asen­

inteligencia humana: la fe es para nosotros puro don de la gra­ timiento hace falta, bajo el impulso de la gracia, un acto libre y

cia y corresponde, como más tarde desarrollará Kierkegaard, a personal de la voluntad.

un salto en el absurdo. Ningún argumento racional, ningún

motivo de credibilidad podrían apuntalar el acto de fe. El hu­ Así, los mismos milagros, las mismas palabras, bastan para

manismo de Malina lo conduce, por el contrario, a concebir la forzar la inteligencia del ángel, pero no bastan para obligar la

fe teologal como pura continuidad de la razón: se puede demos­ del hombre. ¿Por qué? Desde el punto de vista del sujeto se ex­

trar la credibilidad del cristianismo y producir, como al término plica fácilmente: la inteligencia angélica es incomparablemente

de una clase magistral, un acto de fe natural, razonable, que la más perspicaz que la nuestra. Pero, ¿y desde el punto de vis­

gracia podrá hacer salvífica. De un lado, credo quia absurdum; ta del objeto? ¿Por qué no ha querido Dios producir signos lo

del otro, credo quia rationale. Lo cual implica dos posturas con­ bastante fuertes para nosotros? ¿Por qué en el momento de la

trarias en el anuncio de la fe: para el luterano, las arengas de la . consagración eucarística no se abre el cielo para que descienda

predicación y la sola scriptura; para el molinista, las demostra­ visiblemente Jesús? ¿Por qué las palabras de todo predicador

ciones de la apologética y la prima ratio. no van acompañadas de llamas que salgan de su boca? ¿Y por

qué no se alarga la nariz de los herejes como la de Pinocho?

Ahora bien, en los dos casos se da un error acerca de la rela­ ¿No serían mejor de esa forma las cosas? Y eso no sólo para el

ción entre la naturaleza y la gracia. El primero afirma una rup­ orden de la Revelación, también para el de la naturaleza. La luz

tura violenta, el segundo supone una continuidad niveladora y, natural de nuestra razón es capaz, sin duda, a partir de las cosas

así, el diablo, como siempre pasa con las oposiciones estériles, de aquí abajo, de remontarse hasta la necesidad de una Causa

puede frotarse las alas. La posición pesimista hace de la fe un primera y alcanzar una prueba de la existencia de Dios. Pero esa

acto tan separado del orden racional que dicha fe tiende a con­ prueba no es inmediata y las preocupaciones de esta vida, las

vertirse en ciega y, recortando poco a poco los dogmas, a adorar debilidades de nuestra reflexión, los meandros de nuestro co­

una Iglesia sin visibilidad, a un Cristo sin objetividad, a un Dios razón, nos extravían con tanta facilidad . . . ¿No podía habernos

sin rostro, moldeable según los caprichos de uno. Más peligrosa implantado Dios un auricular que sintonizara sólo su palabra

todavía es, no obstante, la posición humanista: la fe a la que cree en directo, sonora y convincente? ¿No podía haber firmado sus

dar lugar su apologética no es nada más que la fe de los demo­ obras a la vista, como un pintor, para hacer crecer su popula­

nios. Se adhiere uno a la Revelación como a una fe exterior, con ridad? Una palabrita en cada flor (lo cual implica que no basta

la inteligencia solamente, y no con el corazón. Pero ni una cosa su belleza). ¡O al menos un murmullo de consuelo cada vez

ni la otra corresponden a la realidad del hombre. Éste usa siem­ que uno sufre que nos garantizara la ternura cautivadora del

pre de su razón, hasta en el ámbito de la fe. Pero esta razón no Eterno, articulado, no por las páginas de un libro, tampoco por

basta para hacerlo creer en Jesús, incluso ante motivos reales de la voz de un rabino y menos todavía por el sacramento que

credibilidad. Dicho de otra forma, los motivos de credibilidad administra un cura, sino por ti, Señor -tan claro como que el

90 91
La fe de los demonios La lucidez de las tinieblas

agua moja- evidentemente por ti! ¡Cuántas guerras de religión te a los leprosos que cura tocando: Mira, no digas nada a nadie,

evitadas! ¡Cuántos errores imposibilitados! Nada de anticristia­ sino vete, muéstrate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda

nismo. Nada de ateísmo tampoco. Al menos en el plano espe­ que prescribió Moisés para que les sirva de testimonio. Con ello da

culativo. Porque en el plano práctico . . . a entender Jesús, sin duda, que su misión es un cumplimiento,

y no una superación, de la ley judía. Pero esa llamada a la dis­

Tocamos aquí la condición de posibilidad objetiva de la in­ creción sigue siendo extraña. El leproso no consigue contener

creencia atea o anticristiana, que pone de manifiesto la insufi­ la lengua, difunde la noticia, de modo que ya no podía jesús pre­

ciencia intelectual de los signos proporcionados por Dios. No sentarse en público en ninguna ciudad, sino que se quedaba a las

son signos absolutamente oscuros. Pero tampoco son lo bastan­ afueras, en lugares solitarios. Y acudían a él de todas partes (Me 1 ,

te claros. ¿Deberían serlo más? ¿Hay culpa en ello por parte de 44-45). ¡Vaya afirmación tonta: ya no podía presentarse en públi­

Dios? Se trata de ese signo de tipo deslumbrante que también co allí mismo donde con más éxito sería acogido! De la misma

querían los sumos sacerdotes al pie de la Cruz. Sus burlas eran forma, tras la resurrección de la hija de jairo, jefe de sinagoga,

una petición; su incredulidad, fe a condición del milagro últi­ les insistió mucho en que nadie lo supiera (Me 5, 43). ¿No pone

mo. Imagino la angustia que oprimía sus almas en ese instante: trabas él mismo a su propia revelación? ¡Y al mismo pueblo

"¿ Y si estuviéramos equivocados? ¿Y si ése fuera el Mesías de elegido! Una operación de publicidad más juiciosa, con signos

verdad?" Entonces, para no perder la cara, pasan de contraban­ convincentes, ¿no habría evitado esa herida de la historia que

do esta oración, so capa de mofa: A otros salvó y a sí mismo no pasa por mi propia familiai" Pero, después de cada multiplica­

puede salvarse. Rey de Israel es: que baje ahora de la cruz, y cree­ ción de los panes, Jesús huye: arregla redes en una barca, pone

remos en él. Ha puesto su confianza, en Dios; que lo salve ahora, si entre él y los demás la barrera del agua. Cuando no es la barrera

es que de verdad lo quiere; ya que dijo: "Soy Hijo de Dios': (Mt de la roca: Al ver la gente la señal que había realizado, decía: ''Éste

27, 42-43). No puedo escuchar esas palabras sin sentir un alda­ es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo': Dándose

bonazo en el corazón. Es la queja de todos los que vacilan y le cuenta jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza, para

piden a Dios más visibilidad. Pero, ¿ese más no sería un menos? hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo (jn 6, 1 4 - 1 5 ) . ¡Qué

Si Jesús hubiera bajado de su Cruz para probar irrefutablemente ocasión desperdiciada! ¡Cuántos católicos trabajan para que se

su divinidad, ¿qué fe tendríamos ahora nosotros, con nuestra realice el Reino social de Cristo y resulta que Él, en su época, lo

bajeza, sino la del demonio que adora? rechaza! ¿A qué jugaba, entonces?

No se debería dudar, al menos, de su inocencia: en Dios no

Por qué se esconde Dios hay diversiones perversas, no hay manipulaciones del estilo de

"yo-tampoco-te-quiero", no hay placer cobrado al precio del

A lo largo de todo el Evangelio de Marcos, como hemos en­ suplicio de Támalo. Su discreción no son secretitos, lo mismo

trevisto más arriba, Cristo exige que se silencien las exclamacio­

nes que declaran su identidad y que se oculten los milagros que

atestiguan su poder. Si a los demonios que lo designan como e [No se debe olvidar que, aunque de nombre árabe y de confesión católica, el autor, Fabrice

Hijo de Dios los reduce al silencio, también advierte seueramen- Hadjadj, es de ascendencia judía. De ahí la referencia a su familia. N. del T.]

92 93
La je de los demonios La lucidez de las tinieblas

que su anuncio no es exhibición. Es necesario, por tanto, man­ Por otra parte, desde el punto de vista del sujeto de la fe, esta

tener la paradoja: esa reticencia es una palabra. Lejos de ahogar reticencia dificulta que el Anuncio se reciba como una ciencia

la proclamación, la despliega en profundidad. Lejos de rechazar más que como una vida. No se trata con la Revelación de una

su Reino (cada Padrenuestro pide su advenimiento), lo afirma, doctrina que haya que transmitir, sino de una Alianza que hay

pero como un Reino de amor, no de fuerza, como un Reino que consumar. Por lo que respecta a la doctrina, al sistema de

para los miserables que necesitan Misericordia, y no como una valores que el cristianismo contendría, los demonios conocen

monarquía donde todos están fascinados por el espectáculo de todas las respuestas; por lo que respecta a la Alianza, no quieren

la proeza. saber nada. Tanto es así que su manía recurrente es borrar de

la Revelación el misterio nupcial para reducirla a un moralismo

Por una parte, desde el punto de vista del objeto de la fe, esa (o a un inmoralismo, por otra parte), a una dogmática inerte (o

reticencia impide el malentendido sobre la misión de Cristo, a un pragmatismo puro), con tal de que no se trate de un en­

que es una misión de humildad. Sus milagros pudieran hacer­ cuentro. Por eso se revela Jesús a través de un secreto: no viene a

lo pasar por un taumaturgo. Como han de manifestar algo de proponer una teoría perfecta pero exterior a nuestros corazones;

su poder divino, corren el riesgo de ofuscar algo de su divino no quiere un saber tan resplandeciente que nos cautive como a

amor. Ahora bien, una fascinación ante el Profeta de los cien mariposas en la bombilla. Nadie ha de acogerlo como sabio más

retornos haría tanto más inadmisible el camino de su Pasión. que como amigo -en ello está la sabiduría más alta, inflamada

La desventura con Herodes lo demuestra. Ha oído hablar de los por el amor. Por eso se deja buscar. La Alianza del Eterno con

prodigios, así, cuando le llevan a Jesús arrestado, experimenta un alma exige ese deseo y esa intimidad personal de la habi­

una gran alegría al verlo, espera que le muestre alguna maravilla. tación de bodas. El don de la Revelación no se da nunca, por

El padre había ordenado la masacre de los inocentes, el hijo tanto, sin cierto repliegue, cierto pudor. Jesús podía hacer bajar

espera del Inocente un milagro. Pero como el Inocente no le ejércitos de ángeles más eficaces que nuestros mejores expertos

responde nada presentándose tan desarmado como aquellos pe­ en marketing operativo. Pero él no es precisamente el Seductor.

queños matados en otro tiempo por su padre, acaba por bur­ Se puede forzar una adhesión intelectual. No se puede forzar

larse de él, lo viste con un manto cómico y lo remite a Pilato. un corazón.

Cuanto más se reduzca a Cristo a un milagrero, menos se le

podrá reconocer como Salvador en la Cruz. Cuanto más se le Los signos que ofrece respetan nuestra inteligencia. La pre­

exalte como Rey temporal, como el día de los Ramos, menos servan de la violación de lo absurdo, pero también la protegen

se le soportará como cordero para el matadero, lo mismo que contra la violencia de la gloria. Si, para nosotros, no producen

los que lo habían aclamado en su entrada a Jerusalén se ponen evidencias tan deslumbradoras que nos fuercen como esclavos,

a abuchearlo en su salida hacia el Gólgota. Finalmente, en el es porque quiere liberarnos como hermanos. Esa penumbra es

momento en que Pedro quiere para su Maestro la corona de para mendigar el plus de un consentimiento libre. Ciertamente,

oro mejor que la de espinas, es calificado de Satán. Porque el su poder podría hacer que en cada eucaristía una columna de

Maestro no es un Führer. Va contra la voluntad de poder. No fuego abrasara el altar, pero ¿qué sería de esa penumbra amo­

quiere ser un modelo de struggle far life y de supervivencia del rosa? Nuestra adoración sería exterior, forzada, servil, mientras

más fuerte, sino de atención a los pequeños y de merey far all: que, viniendo en pobres especies, Dios nos da el darle nuestra

94 95
La fe de los demonios La lucidez de las tinieblas

confianza, nos mendiga el amor que Él nos insufla en secreto sus signos para preservarnos de la soberbia más negra. Decir no

y nos lleva a volvernos, a nuestra vez, hacia los pobres. El cual, en la luz es más tenebroso que decirlo en la penumbra; pero

siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais también decir sí en la penumbra es más meritorio que decirlo

con su pobreza (2 Co 8, 9 ) . en la luz. Esta semioscuridad, para nosotros, de la Revelación

nos preserva, por un lado, de una fe absolutamente demoníaca,

Pascal es el pensador de esa pobreza que es nuestra riqueza, de adquirida en el orgullo; por otro lado, nos hace experimentar

ese repliegue que es un don, de esa oscuridad que permite una nuestra miseria -hace que nuestra oración no sea una pose ni

luz más íntima. Repite sin cesar que no se le puede reprochar una exhibición de valentía, sino un abandono y un grito; en fin,

a la Revelación esa oscuridad de los signos y de las profecías. nos hace participar del Amor divino, donde la izquierda ignora

Contra aquellos que se lamentan: "¡Ay, si Miqueas o Isaías nos lo que hace la derecha -donde Dios da sin hacerse ver, y su

hubieran proporcionado de antemano una filiación indudable Criatura da gracias sin estar obligada a hacerlo.

del Mesías!", Pascal observa que Isaías y Miqueas dicen que den­

tro de la vocación mesiánica está precisamente sufrir el despre­ Pero hay un cuarto motivo, deducible de los otros tres, que

cio: "¿Qué dicen los profetas? ¿Que será evidentemente Dios? hace bendita esa sombra: si todo el mundo fuera "vidente", Cris­

No, sino que es un Dios verdaderamente escondido, que será to no tendría Cuerpo, quiero decir, no tendría Cuerpo místico.

ignorado, que no se pensará que sea él, que será una piedra de No tendríamos que encontrarlo los unos en los otros. No sería­

escándalo en la que muchos tropezarán, etc. Que no se nos re­ mos miembros los unos de los otros. Al no revelarse inmediata­

proche, pues, la falta de claridad, puesto que hacemos profesión mente, Dios deja espacio para la mediación de sus criaturas. Ya se
20
de ella". Aunque no hable de la fe de los demonios, Pascal deja trate de una peonía o de un tigre, de un mendigo o del arzobispo,

entrever que la razón última de esta sombra es arrancarnos de cada uno en su orden, les concede a todos la dignidad de ser por­

nuestras tinieblas: "Dios quiere disponer más la voluntad que tavoces suyos, voz suya que grita en el desierto. De esta forma,

el entendimiento; la claridad perfecta serviría al entendimiento no podemos ir hacia él sin ir hacia los demás, de suerte que su

y perjudicaría a la voluntad. Quiere abajar la soberbia"." En santo pudor no es sólo para nuestra alianza con él, solo, separada­

otro fragmento precisa: "Si no hubiera oscuridad, el hombre no mente, sino para que esa alianza nos obligue a acogernos en una

notaría su corrupción; si no hubiera luz, el hombre no espera­ comunión, siendo cada uno para el otro testigo del misterio.

ría remedio. Así pues, no sólo es justo, sino también útil para

nosotros, que Dios esté parcialmente escondido, y parcialmente Por esa disposición misericordiosa, el Eterno corre un riesgo:

descubierto, puesto que es igualmente peligroso para el hombre se hacen posibles el ateísmo o el anticristianismo o la herejía.

conocer a Dios sin conocer su miseria y conocer su miseria sin Pero aunque esa incredulidad de los hombres llegara a hacer de
22
conocer a Dios". El Señor calibra para nosotros la claridad de ellos perseguidores, sigue siendo menos grave que la fe sin tacha

de los demonios. Porque tiene la excusa de la ignorancia. Se

debe a la pesadez de nuestra razón y a la resistencia de nuestros

corazones. Pero, al menos, es cuestión de corazón. La fe de los


20
Pascal, Pensées, § 2 1 3 .
21 demonios se debe a la celeridad de sus inteligencias y no hay
Ibídem,§ 2 1 9 .
22
Ibidem, § 4 1 6 . corazón en ella, ni lo habrá jamás. Entre el desconocimiento

96 97
La fe de los demonios

del que conserva laborable su corazón y la certeza del que lo ha

cerrado para siempre, la segunda es infinitamente peor.

Dios se oculta, pues, en buena parte, para que el hombre lo

busque con deseo y lo busque a través de sus hermanos, es decir,

tanto en su suegra como en un petirrojo. Para mantener despierta

su atención hacia las cosas pequeñas. Para darle un espacio en el

que arriesgar su propio camino. Para que su voluntad no se quede,

respecto de su inteligencia, fatalmente retrasada. La idea de que

la reserva es, en este caso, el lugar de una ofrenda no está lejos del
S E G U N D A P A R T E
tsimtsum de la mística judía: Dios crea el mundo como el océano

hace aparecer la tierra, retirándose de ella. Encuentra su más bella

expresión en esa historia de un nieto y de su abuelo, el rabí Baruj, PADRE NUESTRO DE LA MENTIRA

nieto a su vez de Baal Shem Tov: "Yehiel, el nieto de rabí Baruj,

jugaba un día al escondite con otro niño. Encontró un escondrijo (o de cómo la fe de los demonios fecunda los errores

estupendo, se metió y esperó a que su compañero viniera a descu­ de los hombres)

brirlo. Pero, después de haber esperado mucho tiempo, acabó por

salir y no vio en ninguna parte a su amigo. Se dio cuenta entonces

de que el otro niño no lo había buscado en absoluto y rompió a

llorar y llorar. Fue corriendo, y todavía sollozando, a buscar a su

abuelo para quejarse a gritos de la maldad de su compañero, de

aquel malvado niño que no había querido buscarlo, ¡y eso que él

estaba tan bien escondido! Sólo con gran trabajo consiguió aguan­

tarse las lágrimas el mismo Justo: -Es exactamente lo mismo que


23
dice Dios: "Me escondo y nadie quiere buscarme".

¿A qué juega Dios? Juega al escondite. Quizás sea ése uno de los

sentidos esenciales de la palabra: Yo os aseguro: el que no reciba el Rei­

no de Dios como niño, no entrará en él (Me 1 O, 1 5 ) . Dios nos da los

signos precisos para que veamos bien que es invisible. Así podemos

jugar con él a ese escondite a la vez trágico y travieso como la músi­

ca judía: su espíritu de infancia nos preserva del espíritu impuro.

23
Martín Bubber, Récits bassidiques, Édítions du Rocher, París, 1978, pp. 157 - 1 5 8 .

98