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LA INVENCIÓN

DEL PUEBLO
E l su r g im ie n to d e la so b e r a n ía
popular e n In g la terra
y E s ta d o s U n id o s

por
Edm und S. M organ
m

Siglo veintiuno editores Argentina s.a.


TUCUMÁN 1621 V N (C1050AAG), BUENOS AIRES, REPÚBLICA ARGENTINA

Siglo veintiuno editores, s.a. de c.v.


CERRO DEL AGUA 248, DEIEGAC5ÓN COYOACÁN, 04310, MÉXICO, D. F.

Siglo veintiuno de España editores, s.a.


C/MENÉNDEZ PiDAL, 3 BIS (28036) MADRID__________________________

Morgan, Edmund
La invención del pueblo : el surgimiento de la soberanía popular
en Inglaterra y Estados Unidos - la ed. - Buenos Aires : Siglo XXI
Editores Argentina, 2006.
368 p. ; 21x14 cm. (Historia y cultura; 24 dirigida por Luis Alberto
Romero)

ISBN 987-]220-61-8

Traducido por:Julio Sierra.

1. Historia Estadounidense. I. Título


CDD 973

T ítulo original: Inventing the People: The Rise of Popular Sovereignty


England and America
© 1988, E dm und Morgan
© 1988, W. W. N orton & Company, Inc.

Revisión técnica: María Inés Tato

Portada: Peter Tjebbes

© 2006, Siglo XXI Editores Argentina S. A.

ISBN-10: 987-1220-61-8
ISBN-1S: 978-987-1220-61-8

Im preso en Artes Gráficas Delsur


Alte. Solier 2450, Avellaneda,
en el m es de octubre de 2006

H ech o el depósito que marca la ley 11.723


Im preso en A rgentina - Made in Argentina
Para Marie

In d ice

Agradecimientos 11

Primera Parte - Orígenes 13


1. El derecho divino de los reyes 17
2. El enigma de la representación 39
3. La invención del pueblo soberano 57
4. Los dos cuerpos del pueblo m
5, La revolución cautelosa 97
6, Pueblos coloniales 127

Segunda Parte - Ambigüedades útiles 159


7. El pueblo en armas: el invencible yeoman 161
8. La decisión del pueblo: elecciones y campañas
electorales 185
9. La voz del pueblo: instrucciones, peticiones,
asociaciones 223

Tercera Parte - La vía estadounidense 251


10. La revolución imprudente 253
11. La invención del pueblo estadounidense 279

Epílogo: De la deferencia al liderazgo 305

Notas 327
A grad ecim ien to s

La elaboración de este libro ha llevado mucho tiempo. Algunas


de sus partes, en sus versiones más tempranas, fueron presentadas y
comentadas en la Universidad de Cornell (en las conferencias Cari
Becker), en el Seminario Lionel Trilling de la Universidad de
Columbia y en el centro Davis de la Universidad de Princeton. He
tratado de sacar provecho de los debates que surgieron en esas
ocasiones y también de las lecturas realizadas por amigos mejor in­
formados que yo. Linda Colley leyó un borrador del manuscrito
completo y me salvó de numerosos errores. Varios estudiosos me
dieron buenos consejos, a los que no siempre presté atención, so­
bre el prim er capítulo: Paul Christianson, Jack Hexter, el difunto
Joel Hurstfield, Barbara Malament, Conrad Russell, Lawrence Stone
y David Underdown. Probablemente ninguno de ellos coincidirá
con la interpretación ofrecida en él. Marie Caskey Morgan yjames
L. Mairs también leyeron el manuscrito entero y me ayudaron a
darle la claridad que pueda tener. Avery Hudson ha sido el tipo de
editor que todo escritor desea. Finalmente quiero agradecer a los
muchos bibliotecarios que me han facilitado las cosas en la British
Library, la Bodleian, la Virginia Historical Society y, especialmen­
te, la biblioteca de la Universidad de Yale y la biblioteca Henry E.
Huntington.
Partes del segundo capítulo fueron publicadas en la YaleReviewde
abril de 1983 y se reimprimen aquí con el permiso correspondiente.
PRIM ERA PARTE

O ríg en es
Nada es más sorprendente para aquellos que se ocupan de los asuntos hu­
m anos con mirada filosófica, que ver la facilidad con la que las mayorías
son gobernadas por las minorías; y observar la implícita sum isión con la
que los hombres renuncian a sus propios sentim ientos y pasiones a cambio
de los de sus gobernantes. Cuando investigamos por qué m edios se produ­
ce esta maravilla, encontrarem os que así com o la Fuerza está siempre del
lado de ios gobernados, quienes gobiernan no tienen otra cosa que los
apoye más que la opinión. Es, por lo tanto, sólo en la opinión donde se fun­
da el gobierno, .y esta máxima se aplica a los más despóticos y más militares
de los gobiernos, así com o a los más libres y populares.

David H um e, “D e los prim eros principios del g o b ie rn o ”,


Ensayos y tratados sobre varios ternas, 1758.

Podemos tal vez preguntarnos si hoy la fuerza está siempre del


lado de los gobernados, e incluso si siempre lo ha estado, pero en
general las observaciones de Hume pueden ser aceptadas. Dicho
de otra manera, todo gobierno descansa en el consentimiento, ob­
tenido de alguna m anera, de los gobernados. Ya la larga, la me­
ra fuerza, por más que esté totalm ente a disposición de los po­
cos que gobiernan, no constituye una base suficiente para
inducir el consentim iento. Los seres humanos, aunque más no
sea para m antener una apariencia de dignidad, deben ser per­
suadidos. El consentim iento debe ser sostenido por opiniones.
Los pocos que gobiernan se ocupan de alimentar esas opinio­
nes. No es tarea fácil, pues las opiniones que se necesitan para ha­
cer que las mayorías se sometan a las minorías, a menudo se dife­
rencian de los hechos observables. Así pues, el éxito de un gobierno
requiere la aceptación de ficciones, requiere la suspensión volun­
taria de la incredulidad, requiere que nosotros creamos que el em­
perador está vestido aunque podamos ver que no lo está. Y, para
reordenar lo dicho por Hume, la máxima se extiende a los más li­
bres y más populares gobiernos, así como a los más despóticos y
más militares. Los gobiernos populares de Gran Bretaña y los Es­
tados Unidos descansan en ficciones tanto como los gobiernos de
Rusia y China.
Todo gobierno necesita hacer creer en algo. Hacer creer que
el rey es divino, que es justo y que la voz del pueblo es la voz de
Dios. Hacer creer que el pueblo tiene una voz o hacer creer que los
representantes del pueblo son el pueblo. Hacer creer que los go­
bernantes están al servicio del pueblo. Hacer creer que todos los
hombres son iguales o hacer creer que no lo son.
El mundo político de las simulaciones se mezcla con el mun­
do real de extrañas maneras, pues el mundo de las simulaciones
puede con frecuencia dar forma al mundo real. Para ser viable, pa­
ra cumplir con su propósito, sea cual fuere ese propósito, una fic­
ción debe tener una cierta semejanza con los hechos. Sí se aparta
demasiado de los hechos, la suspensión voluntaria de la increduli­
dad se desmorona. Y, a la inversa, podría desmoronarse si los he­
chos se alejan demasiado de la ilusión a la que queremos que se
parezcan. Dado que las ficciones son necesarias, dado que no po­
demos vivir sin ellas, a m enudo nos esforzamos, para prevenir su
desmoronamiento, por cambiar los hechos con el propósito de
que coincidan con la ficción, para hacer que nuestro m undo se
amolde más a lo que queremos que sea. A esto a veces lo llama­
mos, de manera muy apropiada, “reform a”, cuando la ficción asu­
me el mando y modifica la realidad.
Aunque las ficciones perm iten a las minorías gobernar a las
mayorías, no sólo las mayorías se ven limitadas por ellas. En la
mezcla extraña de la simulación política y la realidad, los pocos
que gobiernan, al igual que los muchos gobernados, pueden en­
contrarse a sí mismos limitados — incluso podríam os decir “re­
form ados”— por las ficciones de las que su autoridad depende.
No sólo la autoridad, sino también la libertad, pueden depender
de las ficciones. Es más, la libertad podría depender, por artero
que parezca, de las propias ficciones que sostienen la autoridad.
Tal ha sido el caso, por lo menos en el m undo anglonorteam eri­
cano; y la libertad m oderna, para bien o para mal, nació, o quizá
deberíamos decir fue inventada, en ese m undo y continúa nu­
triéndose de él.
Dado que es un tanto incómodo reconocer que dependemos *
tanto de las ficciones, les damos por lo general algún nombre más
enaltecedor. Podemos proclamar que son verdades evidentes por sí
mismas, y esa designación no es inapropiada, porque implica nues­
tro compromiso con ellas y al mismo tiempo las protege de todo
desafío. Entre las ficciones que aceptamos en la actualidad como
evidentes por sí mismas están las que Thomas jefferson consagró
en la Declaración de la Independencia, la de que todos los hom­
bres son creados iguales y la de que deben obediencia al gobierno
sólo si es su propio agente, si esta autoridad deriva de su consenti­
miento. Sería difícil, si no imposible, demostrar estas proposiciones
con pruebas fácticas. Podría ser un tanto más fácil, con la clase de
pruebas que generalmente requerimos para dem ostrar cualquier
proposición discutible, demostrar que los hombres no son creados
iguales y que no han delegado autoridad alguna a ningún gobier­
no. Pero las verdades evidentes por sí mismas no son discutibles, y
desafiarlas desgarraría la trama misma de nuestra sociedad.
No es el propósito de este libro desafiarlas, y mi uso de la pa­
labra “ficción” no tiene esa intención. Me han molestado las con­
notaciones peyorativas de esa palabra, pero no he podido encon­
trar otra mejor para describir los diferentes fenóm enos a los que
la he aplicado. Sólo puedo esperar que los lectores que perseve­
ren hasta el final del libro reconozcan que las cualidades Acció­
nales de la soberanía popular sostienen más que amenazan los
valores hum anos asociados a ella. Espero que también reconoz­
can que no atribuyo engaño o fingimiento por parte de aquellos
que em plearon o sostuvieron las ficciones aquí examinadas, fic­
ciones en las que suspendieron voluntariamente \a incredulidad.
Mi propósito no es desacreditar sino explorar la maravilla que
Hume señala, el hecho de que la mayoría de nosotros se somete
voluntariam ente a ser gobernada por una m inoría de nosotros.
Las opiniones a las que Hume atribuye esta maravilla son indu­
dablem ente de muchas clases, pero me preocupan aquellas que
parecen desafiar toda demostración. Prefiero llamarlas ficciones
en lugar de verdades evidentes por sí mismas, porque lo que
aceptamos ahora como evidente por sí mismo no parecía serlo
hace tres o cuatro siglos.
En la época en que se fundaron las colonias norteamericanas de
Inglaterra, las ficciones que sostenían al gobierno —y a la libertad—
eran casi todo lo contrario de lo que aceptamos hoy. Los ingleses
del siglo xvi y principios del x v i i afirmaban que los hombres ha­
bían sido creados desiguales y que le debían obediencia al gobier­
no porque el Creador había dotado a su rey con su propia autori­
dad sagrada. Estas proposiciones también eran ficciones, requerían
la suspensión de la incredulidad, y desafiaban toda demostración
tanto como aquellas que ocuparon su lugar. ¿Cómo fue entonces
que una ficción cedió su lugar a la otra? ¿Cómo es que el derecho
divino de los reyes dio lugar a la soberanía del pueblo? ¿Y cómo las
nuevas ficciones sostienen tanto al gobierno de las minorías y refre­
nan a las minorías para beneficio de las mayorías? En otras palabras,
¿de qué manera el ejercicio y la autenticación del poder en el mun­
do anglonorteamericano tal como lo conocemos comenzaron a
existir? Éstas son las preguntas para las que he buscado respuestas.
La búsqueda empieza con la vieja ficción, el derecho divino
de los reyes. Dado que hace mucho tiempo hemos dejado de sus­
pender nuestra incredulidad en este aspecto, no tendríamos que
tener ninguna dificultad en percibir sus características de ficción.
De todas maneras, gozó de una duración mucho más prolongada
que la alcanzada hasta ahora por la soberanía del pueblo. Al exa­
minar su funcionamiento durante los años anteriores a su de­
rrum be, podemos alcanzar alguna comprensión inicial de la ma­
nera en que las ficciones políticas pueden a la vez sostener y
limitar la autoridad del gobierno.
1. El d e re ch o d ivin o d e lo s reyes

La monarquía siempre ha necesitado estrechos lazos con la di­


vinidad y, en el mundo occidental por lo menos, la política se ha
mezclado promiscuamente con la teología. Si las teologías cristiana
yjudía crearon para nosotros una deidad antropomórfica, la políti­
ca cristiana, y la inglesa en particular, creó un rey teomórfico. En al­
gunas ocasiones, como ha mostrado Ernst Kantorowicz, los reyes
fueron concebidos a imagen de Cristo, el hijo; en otras, a imagen
del Dios padre. Y en Inglaterra, las ficciones jurídicas que acompa­
ñaban las funciones cotidianas del gobierno del rey lo dotaron con
todos los atributos de la divinidad. El era, por ejemplo, inmortal: no
podía admitirse que el rey alguna vez muriera. Y como Dios, el rey
era perfecto: no podía cometer ninguna injusticia, de modo que
ninguna acción legal podía jamás ser lanzada contra él. Efectiva­
mente, igual que Dios, era el dador de las leyes, pero, también co­
mo Dios, actuaba de acuerdo con las leyes que él dictaba. Como
Dios, era omnipresente, pues en sí mismo él constituía el “cuerpo
político” sobre el que reinaba. Pero como el hijo a quien Dios en­
vió para salvar a la hum anidad, él era hom bre a la vez que Dios;
tenía un “cuerpo naturar5a la vez que su cuerpo político, y ambos
eran inseparables como las personas de la Trinidad.1
Las racionalizaciones necesarias para sostener estos absurdos
eran tan complicadas como las necesarias para explicar la existencia
del mal en un m undo creado por un Dios benévolo y omnipotente.
Se los sostenía, al principio, para justificar la autoridad de un hom­
bre en vez de otro, un rey en vez de un emperador, un emperador o
un rey en vez de un papa, y para reconciliar a las mayorías con el go­
bierno de ese hombre. Pero finalmente y tal vez de manera menos
obvia, la ficción fue mantenida en Inglaterra como un instrumento
que daba a las mayorías un cierto control sobre el hombre al que la
ficción parecía someterlos de manera tan absoluta.
En la Inglaterra de la primera mitad del siglo x v i i , la doctrina
del derecho divino de los reyes, tal como fue expuesta por Jacobo I
e interpretada por su hijo Carlos I, llegó a su punto más alto. En
esa época, cuando se estaban estableciendo las primeras colonias
norteamericanas de Inglaterra, la contrarreforma estaba en pleno
apogeo, y el derecho divino de los reyes se había convertido en
una ficción necesaria en los países protestantes. El papa se procla­
maba a sí mismo como el vicario de Dios en la tierra, único posee­
dor del poder de legitimar la autoridad secular, ya fuera directa­
mente o controlando la lealtad de los súbditos. Además, el papa
no tenía la costumbre de legitimar la autoridad de reyes protestan­
tes. La manera de luchar contra la divinidad era con la divinidad.
Y Jacobo I, que reinó en Inglaterra desde 1603 hasta 1625, se ha­
bía mostrado como el campeón del protestantismo al demostrar,
para satisfacción de los ingleses por lo menos, que Dios no tenía
trato alguno con el papa (quien no era otra cosa que el Anticris­
to). Dios confería la autoridad directamente a los gobernantes le­
gítimos, incluyendo a Jacobo I, y especialmente a Jacobo I. Cual­
quiera, incluyendo al papa, y especialmente el papa, que desafiara
la autoridad de un rey desafiaba al mismo Dios.2
Los ingleses aplaudían a su monarca concedido por Dios y
manifestaban una extravagante hostilidad contra Roma como
prueba no sólo de la verdadera religión, sino también de patriotis­
mo. El derecho divino del rey se convirtió en una declaración de
independencia, en la base de la libertad de Inglaterra ante una po­
tencia extranjera. Para parafrasear un dicho famoso del historia­
dor Cari Becker en otro contexto, si la divinidad del rey era tan
esencial para el gobierno independiente de la patria, difícilmente
podría permitirse que fuera ignorada en la patria misma. Jacobo
no tenía la menor intención de que eso ocurriera. Al defender su
título contra el papa se tomó el trabajo de informar también a sus
súbditos acerca de la enorm e autoridad que sobre ellos le daba
Dios al designarlo rey. Como él era el lugarteniente de Dios, no
podía hacer el mal, y dentro de su reino, el derecho que se le ha­
bía conferido y la autoridad que iba con él no podían ser cuestio­
nados.3 Podía pedir consejo e información a sus súbditos en el
Parlamento, pero la suya era una autoridad concedida por Dios.
Jacobo jamás perdió una oportunidad de serm onear a sus
Parlamentos sobre este tema, y los Comunes en general aceptaban
esos sermones de buena gana. Es más, con frecuencia se hacían
eco de sus reclamos con tan buena disposición que nos lleva a sos­
pechar un poco de sus intenciones. En la apertura de una sesión,
el presidente de la cámara repetiría la obvia fórmula de “que los
reyes eran dioses visibles y Dios, un rey invisible”.4 Cuando el rey
reprendía a la Cámara de los Comunes por algo, ellos responde­
rían con una aparentem ente humilde reverencia: “Porque el rey
es un Dios sobre la tierra le responderé como le responderíamos a
Dios en el cielo, es decir, con una plegaria”.5John Pym (que por su
comportamiento político posterior él mismo fue llamado “rey”), al
proponer una medida en la década de 1620, fue un paso más allá de
las atribuciones acostumbradas de omnipotencia y rectitud, y le re­
conoció al rey la omnisciencia: “aunque sé que no podemos plan­
tearle a Su Majestad nada que él ya no sepa, es bueno en ocasiones
que el hombre exponga sus ideas ante sí mismo”.6 Incluso cuando
Carlos I disolvió el Parlamento en 1629 (para no llamar a otro has­
ta 1640) porque los Comunes insistían en obtener derechos que él
no reconocía, respondieron que ellos “obedecían al rey en todas
las cosas ya que era lo más alto debajo de Dios”.7
Dado que el rey era el lugarteniente de Dios, de ello se seguía
que era supremo entre los hombres, o por lo menos entre los in­
gleses. El gobierno era su gobierno, el pueblo, incluyendo a los
miembros del Parlamento, eran sus súbditos. Los miembros de la
Cámara de los Lores, aunque ocupaban esos sitios por derecho
propio, eran súbditos, y los Comunes, que representaban al resto
del pueblo, eran súbditos, tanto de m anera individual como en su
calidad de representantes. En cuanto súbditos, no participaban de
la autoridad del rey. Pero los súbditos tenían derechos y los súbdi­
tos ingleses tenían más derechos que los súbditos de otros reyes.
Era acerca de estos derechos que el rey y los Comunes a veces dis­
cutían. El rey insistía en que esos derechos eran favores concedi­
dos por él o por sus predecesores (y, por lo tanto, se podía pensar
que eran revocables). Los Comunes, por su parte, aseguraban que
los derechos eran sencillamente derechos, asegurados por leyes
que podrían derivar su autoridad del lugarteniente de Dios, pero
que de todas maneras lo obligaban a él porque eran justos, porque
expresaban su voluntad divina, incluso si momentáneamente pen­
sara de otra manera.
Las luchas entre el rey y los Comunes en las primeras tres déca­
das del siglo x v i i fueron en otros tiempos el punto central de los es­
tudios históricos sobre ese período. Investigaciones más recientes
han mostrado que aquellas luchas no fueron totalmente lo que pare­
cían ser. Muchas de ellas eran reflejo de divisiones que existían en la
propia corte del rey o en las filas de las oligarquías locales, y no ex­
presiones de oposición al rey. Resulta que los líderes de las disputas
en la Cámara de los Comunes eran con frecuencia clientes de seño­
res nobles. Y la Cámara de los Comunes aparece ahora considerable­
mente disminuida como fuerza institucional con ideas y voluntad
propias en el gobierno. Se nos ha mostrado que no usó el poder de
la tesorería de manera eficaz. Se nos ha mostrado que la obtención
de la iniciativa legislativa significó poco, pues durante estas décadas
no se aprobó ninguna legislación importante.8
De todas maneras, en los registros de los debates aparecen de
manera abundante genuinas luchas entre el rey y los Comunes, lo
cual da muestras de una fuerte conciencia institucional entre los
miembros de la Cámara de los Comunes acerca de la independen­
cia de su Cámara respecto del rey y su corte. La Cámara de los Co­
munes puede haber sido, como en el siglo xvi, un organismo usa­
do por el rey para gobernar a su pueblo, pero también era, y no
sólo nominalmente, un organismo del pueblo al que gobernaba.
Los representantes, como trataremos de mostrar en el próximo ca­
pítulo, han sido siempre tanto gobernados como gobernantes, y si
bien actuaban como una rama del gobierno, ellos no pudieron, ni
tampoco lo intentaron, librarse de su condición de súbditos. Co­
mo súbditos, estaban obligados a considerar al gobierno algo sepa­
rado, algo respecto de lo cual era posible, sin bien de manera muy
respetuosa, disentir y enfrentarse. Cualesquiera que fueran las di­
visiones externas que pueden estar reflejadas en sus contiendas,
esos intrusos, incluyendo cortesanos y señores nobles, que lleva­
ban sus disputas a esta arena, tenían que aceptar las reglas del jue­
go. Buscar apoyo en la Cámara de los Comunes era buscar el apo­
yo de los representantes de los gobernados, precisamente porque
eran representantes de los gobernados. Pienso que todavía hay al­
go que aprender acerca del gobierno de las mayorías ejercido por
las minorías, de esas disputas, de la manera en que la Cámara de
los Comunes exaltaba al rey y disminuía a sus súbditos en el mismo
acto de luchar por los derechos de éstos dentro de un gobierno
del que formaban parte y, a la vez, del que se m antenían aparte.
Las reglas del juego, si podemos llamarlas así, eran simples: la
primera era que el lugarteniente de Dios no podía equivocarse; la se­
gunda era que todos los demás (incluyendo a cualquiera que ocupa­
ra una banca en el Parlamento) eran simplemente súbditos. El some­
timiento aceptado a una autoridad intachable parecería dejar poco
margen para la maniobra política. Pero la divinidad, cuando es asu­
mida por mortales (o les es impuesta) puede resultar más opresora
que la sumisión. Efectivamente, la atribución de la divinidad al rey
probablemente siempre haya estado motivada, en cierta medida, por
el deseo de constreñirlo a acciones dignas de un dios. En la década
de 1690 los Comunes lo exaltaron a una altura tal que le impedía mo­
verse sin riesgo de fracturar su divinidad, y desde el sometimiento a
él elaboraron maniobras para dirigir su gobierno.
Antes de analizar en detalle la manera en que lo hicieron, de­
bemos tener presente que ambos estaban actuando de acuerdo
con una ficción, que ni el rey ni los Comunes eran lo que cada
uno fingía ser. Resulta bastante obvio que los primeros dos reyes
Estuardo no estuvieron del todo a la altura del carácter que se atri­
buían. Jacobo I, que hizo las reivindicaciones más extravagantes
de divinidad, era un hombre como cualquier otro, con muy poco
de divino en él. Y su hijo Carlos I, que lo sucedió en el trono en
1625 y que creó una excelente fachada de majestad, resultó ser un
mentiroso em pedernido. Finalmente logró que se lo decapitara
porque sencillamente no era posible confiar en que cumpliera
con los acuerdos que había hecho. No hay necesidad de insistir en
la decadencia hum ana de estos dos reyes, ni en sus pretensiones
extravagantes de autoridad. El hecho de que la ficción del dere­
cho divino haya llegado a un punto alto en los reinados de dos
monarcas inverosímiles es quizás una indicación de la necesidad
que los ingleses sentían de ella en un mundo bajo la sombra de la
contrarreforma.
Pero si ni Jacobo ni Carlos parecían estar cerca de la imagen
de Dios o de actuar como tai, tampoco los Comunes se mostraron
o actuaron como meros súbditos, a pesar de la repetición ritual de
la alegación de no ser más que eso. Lo cierto es que constituían el
nivel más alto de un orden de hombres que apenas estaban un po­
co más abajo que la nobleza, es decir, la gentry *, a la que los reyes
y reinas Tudor del siglo xvi habían usado para dar poder y autori­
dad a la monarquía en todo el país. Muchos de los que ocupaban
lugares en la Cámara de los Comunes eran los hijos menores o los
parientes de los pares del reino o los hijos mayores que todavía no
habían heredado el título. No es necesario considerar si la gentry
en general estaba ascendiendo o decayendo económicamente, un
tema sobre el que los historiadores no se ponen de acuerdo. Lo
que parece indiscutible es que estaban ascendiendo o habían as­
cendido políticamente. El aum ento del poder real en Inglaterra
en el nivel local se había producido en gran medida aumentando
la cantidad y las funciones de los jueces de paz en todos los conda­
dos a expensas de las instituciones locales. Los nombramientos
reales recaían siempre en caballeros, a menudo los mismos caba­
lleros que se sentaban en la Cámara de los Comunes. En West­
minster podían declarar su sumisión al mejor de los reyes; en su
localidad proclamaban la sumisión de todos los demás y ejercían
la autoridad del rey como si fuera propia.
Pero losjueces no eran burócratas. Eran aficionados, caballeros
que prestaban su propio peso en sus comunidades para respaldar la
ley y el orden de los que dependían su prosperidad y la autoridad
del rey. Ciertamente, no todos los caballeros eran jueces y no todos
los jueces eran miembros del Parlamento; pero todos los-jueces
eran caballeros y muchos de los integrantes de la Cámara de los Co­
munes eran o había sido jueces. Durante los dos siglos precedentes,
con la ayuda (a menudo exigida) de sus contactos nobles, la gentry

* G rupo social de propietarios rurales ubicado inm ediatam ente por debajo d e la alta
nobleza. Aunque el grueso de sus ingresos procedía d e las rentas de la tierra, en m uchos
casos también estaban ligados a actividades económ icas urbanas. Gozaban de influencia
local, y ejercían funciones delegadas por el estado, pero a diferencia de la alta nobleza,
carecían de privilegios e inm unidades. Se trataba d e una posición social preem inente n o
hereditaria, adscripta a m edios econ óm icos. [T.J
prácticamente se había hecho cargo de la Cámara de los Comunes,
desplazando a los burgueses locales de las bancas de sus distritos mu­
nicipales. Mientras esto ocurría, los monarcas de Inglaterra habían
sonreído, ampliando el número de bancas en la Cámara de los Co­
munes, así como ampliaban el número de jueces en cada condado,
para conseguir de esa manera el apoyo de la geníry a las reformas
drásticas en la organización religiosa y política de todo el país. Pero
el apoyo político nunca se consigue a cambio de nada. Los hombres
exaltados yjueces de los tribunales del rey en los condados se mostra­
ban cada vez menos como súbditos cuando eran convocados a West­
minster para ayudar a redactar las leyes que ellos iban a hacer cum­
plir. Si bien el rey se proclamaba como la fuente de toda ley y el
dador de todo lo bueno, él sabía y los Comunes sabían (y sabían que
él sabía) que ellos y sus pares eran una parte esencial de su gobierno,
que sin ellos, a menos que se desarrollara una nueva e inmensa bu­
rocracia real, el gobierno no podía funcionar. Si el gobierno es el go­
bierno de las minorías sobre las mayorías, los miembros de la Cáma­
ra de los Comunes, en sus localidades o en Westminster, deben ser
contados entre los pocos.9
Sería erróneo, pues, aceptar en sentido literal la identifica­
ción de la Cámara de los Comunes con los súbditos. Pero sería
igualmente equivocado descartarla como carente de sentido. Los
miembros de la Cámara de los Comunes no ocupaban sus lugares
por derecho propio, como lo hacían los miembros de la Cámara de
los Lores. Los Comunes era representantes, o como solían decir a
menudo “representadores”. Ellos, en efecto, alegaban representar a
todos los súbditos. La totalidad de las implicaciones de esa afirma­
ción debe ser reservada para capítulos posteriores. Baste aquí seña­
lar las limitaciones que esa representación imponía a los Comunes.
La representación es en sí misma una ficción, y al igual que otras
ficciones, podía restringir las acciones de aquellos que adhirieran a
ella. Porque afirmaban representar a todos los súbditos, los caballe­
ros que ocupaban bancas en Westminster tenían que actuar no sim­
plemente para los de su clase, sino para todos los demás. Si le daban
dinero al rey, lo daban en nombre de todos, y de la misma mane­
ra, si luchaban por los derechos de los súbditos, tenían cierta obli­
gación de luchar por todos los súbditos. No necesitaban hacerlo
por altruismo. No todo el pueblo de Inglaterra disfrutaba de los
mismos derechos, dentro o fuera del Parlamento. Los caballeros
tenían derechos que no eran propios de los hombres comunes. A
comienzos de su reinado, el rey Jacobo había insistido ante la Cá­
mara de los Comunes para que se aprobaran leyes relativas a la ca­
za, para que ésta “fuera sólo exclusiva para los caballeros, y eso
dentro del estilo de los caballeros. Pues no es adecuado que los pa­
yasos practiquen estos deportes”.10 Y los Comunes, caballeros to­
dos, habían respondido con penas estrictas para proteger a los fai­
sanes de los campesinos. Pero cuando se trató de la libertad de
arrestar, cuando se trató de la seguridad de la propiedad, cuando
se trató del juicio por jurados, los Comunes no pensaron que estas
cosas fueran demasiado buenas para los payasos. Estaban, induda­
blemente, más preocupados por proteger sus propias propiedades
que por proteger las de los hombres de m enor nivel, pero cuando
hablaban de los derechos de los súbditos, no decían, ni querían
decir, los derechos de los caballeros, ni siquiera simplemente los
derechos de los propietarios. Como representantes de los súbdi­
tos, hacían todo lo que podían en su posición, reconociendo tal
vez que había cierta majestad en la humanidad misma que podía
ser colocada en la balanza contra la divinidad del rey.
El hecho de que afirmaran ser súbditos, simples hombres que
trataban con el lugarteniente de Dios, impulsó a los Comunes, co­
mo incluso pudo haber impulsado a los barones en 1215, a expre­
sar sus derechos en términos universales. Cuando enfrentaron al
reyjuan en Runnymede, se nos ha dicho, los barones reclamaban,
en realidad, derechos sólo para los barones, pero no fue eso lo
que dijeron. En su Carta Magna hicieron que el rey, ya en proceso
de deificación, prometiera que no haría varias cosas desagradables
a ningún hombre libre. De forma semejante, los Comunes del si­
glo x v i i , en sus protestas, reclamos y peticiones, y particularmente
en la Petición de Derechos de 1628, afirmaron los derechos de to­
dos los súbditos del rey a no tener que pagar impuestos ni a ser en­
cerrados sin “el consentimiento común por ley del Parlamento” y
el “debido proceso legal”.11Limitar su reclamo lo habría debilitado.
El rey era el lugarteniente de Dios, y se decía que Dios no respetaba
demasiado a las personalidades. La Biblia, que los miembros del
Parlam ento eran aficionados a citar, no tenía mucho para decir
sobre los derechos de los caballeros.
Las afirmaciones de los Comunes sobre los derechos universa­
les estaban de alguna manera dictadas por las premisas de las que
provenían. La ficción de su propio estatus como representantes y
la ficción del estatus del rey como lugarteniente de Dios exigían
que ellos hablaran en términos universales si es que iban a hablar.
Incluso cuando reclamaban un privilegio exclusivo del Parlamen­
to, como la libertad de no ser arrestados durante las sesiones, los
Comunes tenían cuidado de declararlo esencial para los derechos
de todos los súbditos. “La vida del reino”, dijo sir John Eliot, “pro­
cede del privilegio de esta Cámara”.12 “La libertad de esta Cáma­
ra,” dijo sir Edward Coke, “es la libertad de todo el país”.13 Haber
dicho menos habría sido reducir su elocuencia a impertinencia.
Es muy posible que los miembros del Parlamento no tuvieran
la intención de ser tomados de manera literal, no más que los ba­
rones en 1215, o que el Congreso Continental estadounidense en
1776 cuando declaró que todos los hombres habían sido creados
iguales. De todas maneras, a juzgar por lo que dijeron en los deba­
tes internos y en su Petición de Derechos en 1628, la Cámara de
los Comunes aceptó las implicaciones de su posición. Ellos se con­
sideraban representantes no sólo de su propia clase, y ni siquiera
de los votantes calificados, sino también del resto de la población.
Su insistencia en que ellos eran simples súbditos, por poco realis­
ta que fuera, dio como resultado una definición de derechos que
se extendía a todos los ingleses. La Cámara de los Comunes no só­
lo redactó la Petición de Derechos en términos absolutos y se opu­
so con fuerza a todo intento de suavizar esos términos, sino que
obligó al rey a aceptarla de tal manera que finalmente debió in­
cluirla en los libros de leyes, junto con la Carta Magna, donde to­
dos los hombres pudieran reclamar sus beneficios.14
No es, quizá, sorprendente que la Cámara de los Comunes, al
interpretar su papel elegido, se haya sentido obligada a exigir los
derechos para todos los súbditos. Lo que es más extraordinario es
que ellos pudieran convertir el sometimiento de los súbditos y la
exaltación del rey en un medio para limitar la autoridad de éste.
Al poner la rectitud, la sabiduría y la autoridad del rey en el plano
de la divinidad, la Cámara de los Comunes negaba la posibilidad
de que’cualquier otro mortal compartiera estos atributos reales;
en particular, negaba la posibilidad de que el rey los transfiriera a
cualquier súbdito. La autoridad divina debía ser autoridad inalie­
nable, y la Cámara de los Comunes se convirtió en su guardiana,
en contra de cualquier súbdito que pudiera arrogarse una parte
de ella. Aquellos que hacían cosas en nombre del rey las hacían por
su propia cuenta y riesgo, porque sería una especie de delito de lesa
majestad tomar alguna decisión en su nombre en un caso que él pu­
diera probar. Nada podía ser más ofensivo que equivocarse en nom­
bre de quien no puede cometer errores.
Esto no significa que el rey no pudiera delegar autoridad pa­
ra hacer cumplir sus leyes. Thomas Egerton, que se iba a conver­
tir en canciller del rey y quien ya era un campeón de la prerroga­
tiva real, explicó en 1604 que el rey podía estar presente en sus
tribunales de justicia a través de sus jueces, porque los jueces tan­
to como aquellos que eran juzgados tenían las leyes para infor­
marse sobre la “conocida voluntad” del rey. Lo que el rey no po­
día transferir era su “participación con Dios”, que lo dotaba de un
poder absoluto “sólo propio de él, de su posición y de su perso­
n a ”. Era imposible que él “infundiera” en otros “la sabiduría, el
poder y los dones que Dios, debido a su posición, le había otorga­
do”.15 Eran esta sabiduría y este poder sobrehumanos, no nego­
ciables e inalienables, lo que los Comunes, aceptando la palabra
del rey, le atribuían a él y le negaban a cualquiera que actuara en
su nombre.
En el nivel más simple podemos ver cómo funcionaba esta estra­
tegia en ocasión de la indignación de los Comunes en 1628 por una
elección parlamentaria en Cornualles, en la que un grupo de mag­
nates locales trató de impedir la reelección de dos ex miembros, sir
John Eliot y William Coryton que se habían destacado en el Parla­
mento por su insistencia sobre los derechos de los súbditos. Ambos
se habían negado a pagar el préstamo forzoso de 1626, que el rey ha­
bía exigido de los principales ciudadanos después de que el Parla­
mento le hubiera negado los fondos que necesitaba. Eliot y Coryton,
como muchos otros ingleses, habían considerado que esto era una
manera de tomar su propiedad sin consentimiento. Habían sido en­
carcelados hasta que el rey, habiendo convocado a un nuevo Parla­
mento, afortunadamente menos estricto, los liberó de mala gana co­
mo una señal de reconciliación. En la época de la elección, Cornua-
lles estaba pidiéndole al rey la concesión de algunos privilegios, y
varios de los señores del condado se mostraban deseosos de dar una
señal de paz no eligiendo a los dos hombres para Westminster. Les
dijeron a Eliot y Coryton que se habían enterado de “cuántas mane­
ras Su Majestad había expresado su desagrado contra ustedes. Y Su
Majestad interpretará que la elección de ustedes es una afrenta a su
servicio; y así atraeremos hacia nosotros el disgusto del rey”. Si Eliot
y Coryton insistían en presentarse a las elecciones, sus vecinos más
poderosos “nos opondremos a ustedes todo lo que podamos”. De to­
das maneras, Eliot y Coryton, que no eran hombres menos podero­
sos, fueron elegidos; y dado que eran hombres experimentados en el
Parlamento, no es sorprendente que sus adversarios fueran llevados
a la justicia y enviados a la Torre por un tiempo; además, exigieron
que hicieran una confesión pública de su culpa en el tribunal del
condado donde actuaban como jueces.36
Lo que es significativo no es que los Comunes castigaran un
intento de influir en las elecciones, sino los fundamentos sobre los
que lo hicieron. Sir Robert Phelips, quizás el miembro más astuto
de la Cámara de los Comunes en cada enfrentamiento con el rey,
explicó la necesidad de proceder con particular severidad contra
los poderosos de Cornualles: “Si la razón no me falla”, dijo en el
prim er discurso después de conocido el asunto de Cornualles,
“debemos ser muy precisos ante esta injuria para que ningún súb­
dito se atreva a arrogarse el juicio de Su Majestad”.17 Los hombres
de Cornualles habían tratado de anticiparse al rey, y aunque eran
hombres im portantes en su condado, había que recordarles que
no eran más que simples súbditos. Como dijo sir Edward Coke, al
exigir que hicieran un reconocimiento público y local de su falta,
“lo que me conmueve es que han entrado en el pecho del rey como
si quisieran decir: ‘Su Majestad se sentirá justamente provocado, y su­
pondrá que apoyamos a Eliot y Coryton en contra de él\ Así pues, se
trepan al corazón del rey”.18A ningún súbdito se le debe permitir su­
bir tan alto como para que hable o actúe en lugar del rey. Deben ser
obligados a bajarse y a morder el polvo, y deben hacerlo en Cornua-
lies, de modo que los súbditos comunes del lugar sean testigos de su
humillación.
Los magnates de Cornualles fueron derrotados fácilmente, ya
que no pudieron alegar autorización del rey para lo que habían
hecho.19 ¿Pero qué habría ocurrido si el rey hubiera venido en su
ayuda y ratificado que tenían un lugar en su corazón y que habían
hecho lo que él en su sabiduría y rectitud había querido que ellos
hicieran o hubiera aprobado lo hecho por ellos? Algo parecido ya
había ocurrido en el caso de Richard Montagu en 1625.
Montagu era un clérigo que había argumentado que la Iglesia
de Roma y la Iglesia de Inglaterra estaban menos apartadas que
Cristo y el Anticristo, y podrían algún día reconciliarse. Los Comu­
nes lo pusieron en prisión, lo censuraron por sus doctrinas, las
cuales, tuvieron el cuidado de señalar, eran contrarias a la demos­
tración hecha por el rey Jacobo de que el papa era el Anticristo.
Por este leve deshonor hecho al rey, la Cámara de los Comunes se
disponía a presentar a Montagu a la Cámara de los Lores para un
castigo más grave del que ellos mismos se atrevían a imponer,
cuando Carlos I, que acababa de ascender al trono, los disuadió
con un mensaje en el que les informaba que había nom brado a
Montagu su capellán.20 ¿Había otra manera más clara de decir que
él aprobaba las doctrinas de Montagu? De todas maneras, aunque
los Comunes no estaban seguros de cómo continuar con el caso,
no sacaron precipitadamente la conclusión de que debían dejar ir
a Montagu porque el rey parecía haberle dado protección en su
propio círculo de intocable divinidad. Sea lo que fuere que el rey
pudiera decir, por muy alto que el rey pudiera tratar de elevarlo,
lo cierto era que Montagu era solamente un súbdito. Aunque no
estaba constitucionalmente claro que la religión estuviera dentro
del alcance de la Cámara de los Comunes, Edward Alford, uno de
los parlamentarios más experimentados de la Cámara, dijo que se­
ria la ruina del Parlamento si ellos no procedían contra Montagu
simplemente porque el rey les había dicho que no lo hicieran.21
La Cámara de los Comunes continuó insistiendo en las acusacio­
nes contra él en subsiguientes sesiones y solicitó al rey que lo cas­
tigara e hiciera quemar su libro. El rey hizo quem ar el libro, pero
castigó a Montagu convirtiéndolo en obispo de Chichester.22
Aunque la Cámara de los Comunes quedó en segundo lugar
en el caso de Montagu, el hecho de que continuara insistiendo
muestra su decisión de impedir que el rey com partiera algún as­
pecto de su divinidad con un súbdito. Otro ejemplo de esta deci­
sión se produjo en 1629, cuando, al inaugurarse las sesiones, un
miembro hizo saber que los funcionarios de aduana le habían
em bargado algunos artículos por negarse a pagar tonelaje y una
tasa por cada libra de peso. El Parlam ento norm alm ente había
votado estos impuestos sobre las importaciones para el monarca
por la duración de su reinado, pero se había negado expresa­
mente a votárselos a Carlos, y éste lo había convocado para pedir
la concesión de otros impuestos. Los miembros del Parlam ento
se dieron cuenta rápidam ente de que a menos que los artículos
embargados fueran devueltos, la concesión de nuevos impuestos
implicaría que el embargo había sido válido y que el rey podía
cobrar tonelaje y una tasa por cada libra de peso sin su consenti­
m iento.25 Si el rey lo hacía, en opinión del Parlam ento estaría
claram ente com etiendo un error, pero el rey no podía cometer
errores. Por lo tanto, los que debían de estar equivocados eran
los funcionarios de aduana, por no m encionar al tribunal de ha­
cienda, que había aprobado el embargo. Todos ellos eran súbdi­
tos y habían hecho cosas malas en nombre del rey. Se necesitaba
un gran esfuerzo de la imaginación para disociar a estos funcio­
narios del rey, particularm ente cuando éste las había encargado,
es decir, les había dado la concesión escrita que los autorizaba a
cobrar tonelaje y una tasa por cada libra de peso. Pero exaltar la
rectitud del rey a la vez que se condenaba la culpabilidad de los
funcionarios era una manera de confinar al rey dentro de su di­
vinidad y m antener a los súbditos fuera de ella. El erudito John
Elden estaba seguro de que “aquello que hagamos de manera co­
rrecta y justa no disgustará a Su Majestad”,24 y redactó la acusa­
ción contra uno de los oficiales de esta manera: “Al no haber una
concesión de tonelaje y tasa por cada libra de peso por una ley
del Parlamento, el funcionario se concedió a sí mismo y a sabien­
das el permiso para su propio beneficio”. Que quien no podía
com eter ningún error había, a sabiendas, otorgado una conce­
sión, era algo que no podía admitirse.-0
Como en el caso del asunto Montagu, el rey también intervi­
no. Al afirmar que los funcionarios habían actuado según sus ór­
denes, aparentemente destruyó la acusación que los Comunes es­
taban preparando.26 Esta vez la Cámara de los Comunes estaba en
suelo más seguro. Selden presentó otra vez el dilema: “Si un cri­
men cometido por un súbdito es un acto suyo, o si al seguir las ór­
denes del rey se nos impide a nosotros actuar”.27 No lo impidió,
aunque les dio un respiro. Al final fue necesario m antener al pre­
sidente de la Cámara en su banca por la fuerza mientras aproba­
ban resoluciones que condenaban no sólo a los funcionarios de
aduana, sino a cualquier otro súbdito que propagara opiniones
equivocadas sobre religión o sobre tonelaje y tasa por cada libra de
peso. Todas esas personas, incluyendo comerciantes que pagaran
los impuestos y ios funcionarios de aduana que los cobraran, las
personas que aconsejaran pagar esos impuestos y también perso­
nas que trataran de introducir el papismo o el arminianismo; to­
das debían ser consideradas enemigos capitales del reino.28 Sencilla­
mente no se podía admitir que tenían órdenes del rey para lo que
hicieran o dijeran. Mientras el presidente de la Cámara se resistía en
su silla, sir John Eliot hizo la profesión de fe formal que disociaba al
rey de tales enemigos capitales. “Hemos manifestado en todo lo que
hacemos,” dijo, “obediencia a él como lo más alto por debajo de Dios
[...]. Nada se ha hecho entre nosotros que no sea aceptable para la
justicia de Su Majestad; y como él es justo, no tenemos dudas de que
hace lo que es justo, que es lo que deseamos de él”.29
Como se habrá observado, en tanto los Comunes castigaban
el atrevimiento de los otros súbditos, se habían trepado ellos mis­
mos al corazón del rey. No se dijeron a sí mismos: “El rey es sabio
y bueno. Por lo tanto, hagamos lo que él quiere”, sino que dijeron:
“El rey es sabio y bueno. Por lo tanto, debe querer lo que quere­
mos”. Su manera de pensar se manifiesta claramente en el caso de
Roger Manwaring, otro de los capellanes del rey, que había defen­
dido e) préstamo forzoso en un sermón que se había publicado.
John Pym, al solicitar su castigo, dedicó la mayor parte de su argu­
mento a demostrar que Manwaring en realidad había defendido
el préstamo. Para demostrar a la Cámara que esto era razón para
el castigo, era suficiente manifestar que el rey debe despreciar a
cualquiera que aprobara lo que la Cámara de los Comunes desapro­
baba. “Grande es el amor y la devoción de Su Majestad para sus súb­
ditos”, dijo Pym “se puede ver entonces fácilmente que él debe abo­
rrecer a este hombre que lo aleja de la justicia y la devoción”.30 De
esta manera los Comunes daban por supuesto que sabían lo que que­
ría el rey mejor que sus funcionarios designados, m ejor incluso
que el rey mismo.
De hecho, los Comunes estaban exaltando al rey hasta colo­
carlo en un punto en que quedara fuera del alcance de cualquier
mortal, salvo el de ellos mismos; hasta un punto también en que
su cuerpo político podría perder contacto con su cuerpo natural.
Un gran núm ero de cortesanos ambiciosos, según la opinión de
los Comunes, continuamente se acercaban al oído natural del rey
para informarlo mal y así conseguir beneficios para ellos mismos.
Pero el rey, con su cuerpo político, deseaba siempre lo mejor para
sus súbditos, para todos ellos, y seguramente ningún súbdito esta­
ba más capacitado para saber lo que era mejor para todos que los
representantes de todos los súbditos del rey reunidos. “Si algo no
sale como es debido,” dijo sir Robert Phelips, “no es el rey Carlos
quien se aconsejó a sí mismo, sino el rey Carlos mal aconsejado
por otros y engañado por consejos desviados”.31 Cuando se pre­
sentaron pruebas de que el rey había actuado contra la ley vigen­
te, la Cámara de los Comunes o bien se negó a creer en ellas (co­
mo dijo sir Thomas Wentworth: “Detesto a quien crea que el rey
debe dirigir esto. Sabemos que el rey no puede tener conocimien­
to directo de estas cosas”),32 o bien le echó toda la culpa a quienes
realizaron el hecho (como dijo John Glanville: “Nuestra ley dice
que una orden del rey que contraríe la ley es nula, y el agente del
acto queda solo. Si hubo una orden, fue en base a información
errónea 5 ).
>\

Incluso aquellos que sufrieron por negarse a pagar el préstamo


forzoso no pudieron permitirse admitir que el rey tuviera algún cono­
cimiento de actos tan malvados. SirJohn Eliot, recién salido de la pri­
sión, se expresó con elocuencia acerca de la perfección del monarca:
“La bondad del rey”, gritó, “es como la gloria del sol, incapaz por sí
mismo de toda oscuridad o eclipse, y sólo la nubes oscuras que se in­
terponen nos dan la impresión de eclipse y oscuridad. Del mismo
modo, debido a la obstrucción de algunos, la bondad del rey pue­
de parecemos oscura”.34 Era tarea del Parlamento disipar las nu­
bes, liberar al rey de los falsos consejos ofrecidos por súbditos ma­
lévolos, para que prevaleciera su verdadera sabiduría y justicia.35
Los miembros del Parlamento, indudablemente, eran también súb­
ditos, pero habían sido investidos con la responsabilidad de repre­
sentar a sus iguales, los demás súbditos, y de informar al rey de
cualquier abuso cometido por quienes pretendían actuar siguien­
do sus órdenes. Estaba bien que ellos, pero sólo ellos, subieran has­
ta el corazón del rey y expresaran las verdades colocadas allí por
Dios, aun cuando el mismo rey no se hubiera dado cuenta de ellas.
Al mismo tiempo, y de manera más significativa, correspondía
al Parlamento, en su calidad de más alto tribunal del país, castigar
a quienes engañaban al rey, despojándolos de los privilegios espe­
ciales obtenidos del rey gracias a sus mentiras, y volver a ponerlos
en el mismo nivel de los demás súbditos. Durante los reinados de
Jacobo I y Carlos I, la Cámara de los Comunes se mantuvo ocupa­
da castigando a hombres malvados y corrigiendo las aprensiones
del rey acerca de lo que él mismo realmente quería. No eran sola­
mente algunos intrigantes funcionarios de aduana los que lo acon­
sejaban mal para que les permitiera cobrar impuestos no autoriza­
dos ni algunos clérigos perversos que trataban de engañarlo para
que volviera a someterse a Roma. Los súbditos más temibles eran
los propios ministros y los favoritos del rey que lo rodeaban en su
corte. Se necesitaba mucho coraje para atacar a hombres a quie­
nes el rey aprobaba tan directamente, y la Cámara de los Comunes
no podría haberse atrevido a hacerlo sin el estímulo de rivales en
la misma corte del rey. Siempre existía el peligro de que él simple­
mente disolviera el Parlamento, siguiendo tal vez los pasos de
otros monarcas europeos hacia la monarquía absoluta.
La Cámara de los Comunes abordó el problema al principio
de manera oblicua, yendo tras los favoritos de los favoritos. En 1621
enfrentaron a sir Giles Mompesson, un cortesano del marqués
(después duque) de Buckingham, el principal favorito de Jacobo I.
Gracias a la influencia de Buckingham, Mompesson había conse­
guido varios monopolios, lo que por supuesto no podía suponerse
que el rey hubiera aprobado. La Cámara de los Comunes, guiada
por sir Edward Coke, resucitó un procedimiento legal antiguo que
equivalía a una acusación de incumplimiento de los deberes de fun­
cionario contra Mompesson. Como los Comunes carecían de pode­
res de Justicia, lo entregaron a la Cámara de los Lores; ésta respon­
dió, de manera condescendiente, con una condena a cadena
perpetua, que Mompesson eludió huyendo del país.36
Con este éxito a cuestas, la Cámara de los Comunes se lanzó a
perseguir a los peces gordos, y la corte dejacobo I estaba tan llena
de corrupción que los peces gordos abundaban. El nom bre del
lord Canciller, Francis Bacon, había emergido durante la lucha
contra Mompesson y otros monopolistas como uno de los que po­
dría haber conspirado para engañar al rey Cuando la Cámara co­
menzó a investigar, encontró testigos que demostraron que Bacon
había recibido sobornos en su propio tribunal. La Cámara de los
Comunes presentó otra vez el caso ante la Cámara de los Lores, y
cuando inevitablemente ésta lo encontró culpable, el rey no tuvo
más remedio que apartarse de él.37 Fue una experiencia embriaga­
dora para la Cámara de los Comunes. Si bien estaban alentados
por grupos cortesanos, de todas maneras fueron los Comunes los
que hicieron las acusaciones y así adquirieron la experiencia de
humillar a los más poderosos súbditos.
Cinco años más tarde, después de que Carlos ascendió al tro­
no y concedió al duque de Buckingham toda una serie de cargos y
poderes que ofendían a la Cámara de los Comunes y de hecho po­
nían en peligro al reino, los Comunes estaban listos para lanzarse
contra este potentado lleno de cargos. Habiéndose perfeccionado
el proceso de acusación por faltas a los deberes de funcionario, co­
menzaron los procedimientos contra él en junio de 1626, pero
Carlos lo salvó disolviendo el Parlamento.38 Cuando volvió a reunir­
se otra vez en 1628, primero presentaron la Petición de Derechos y
luego pusieron otra vez los ojos sobre Buckingham.
Esta vez, después de fracasada la acusación, prepararon un me­
morial de reivindicaciones (remonstrance) en el que se informaba al
rey acerca de todo lo que fallaba en su reino, cosas “que o bien Su Ma­
jestad desconoce, o bien algunos de los ministros de Su Majestad han
ocultado con engaños que pudieran esconder sus propias malas in­
tenciones”. La lista era larga: innovaciones en religión, innovaciones
en el gobierno, incompetencia en el ejército y la marina. Al final
de la lista, venía el punto importante: el origen de todos estos pro­
blemas era el duque de Buckingham.39 En los debates que prece­
dieron al documento, Coke había establecido el tono al manifes­
tar que “el duque de Buckingham es la causa de todas nuestras
miserias, y hasta que el rey sea informado por este documento,
nunca saldremos de esta sala con honor, ni con honor podremos
permanecer aquí. Este hombre es la queja de las quejas”.40 Otros
miembros adhirieron agregando que “este hombre es demasiado
grande para ser un súbdito”, que “actúa como si fuera el propio hi­
jo del rey”. “Ningún poder por debajo del rey”, dijo Selden, “debe
ser tan grande como el poder que este hombre tiene”.41 La Cáma­
ra de lo Comunes resolvió en consecuencia, incluso antes de que
el memorial de reivindicaciones fuera redactado, que “el poder
excesivo del duque de Buckingham y el abuso de ese poder son la
causa principal de estos males y peligros para el rey y para el rei­
no”.42 Cuando el rey recibió el memorial, inmediatamente después
de la Petición de Derechos, no hizo ningún intento por disimular su
irritación. Una semana después hizo pasar a cuarto intermedio al
Parlamento, y antes de que la Cámara de los Comunes volviera a
reunirse, un asesino les robó la presa.
No puede saberse cómo podría haber continuado el enfrenta­
miento si Buckingham hubiera vivido. Parece claro, sin embargo,
que la Cámara de los Comunes estaba aislando al rey en su majes­
tad, al reducir a sus súbditos más poderosos a un nivel en el que
pudieran ser controlados por el Parlamento, cercándolos con el
derecho divino, manteniendo a todos sus súbditos en su lugar, es
decir, el lugar de súbditos. De hecho, en la medida en que la Cá­
mara de los Comunes tuviera éxito, le estaban negando al rey el
derecho de delegar autoridad, salvo cuando lo hacía a satisfacción
del Parlamento. El rey era divino y no tenía que rendir cuentas, pe­
ro aquellos a los que él autorizaba a actuar en su nombre, no com­
partían ni la divinidad ni el privilegio de no rendir cuentas, que le
eran propios. Para los Comunes todos sus funcionarios eran súbdi­
tos, y si actuaban en el nombre del rey, lo hacían por su propia cuen­
ta. Se ha señalado que la Cámara de los Comunes no podría haber
tenido éxito en sus ataques sin el concurso del rey, pero también
puede uno preguntarse si el rey podría haberse mantenido al mar­
gen ante una Cámara de los Comunes tan decidida. Al lugarte­
niente de Dios podría haberle resultado imposible insistir de ma­
nera indefinida en su apoyo a aquellos a los que la Cámara de los
Comunes consideraba indignos de la divinidad.
Desafortunadamente para Carlos, pensó que podía ganar la
partida dándola por terminada. Después de 1629 se las arregló sin
convocar al Parlamento durante once años, durante los cuales al­
gunos de sus miembros debieron de haber reflexionado acerca de
las consecuencias posibles de exaltar al rey, especialmente a un rey
que parecía estar llevando a la Iglesia inglesa cada vez más cerca
de Roma. Los más puritanos debieron, incluso, haber evaluado la
responsabilidad divina que los pensadores políticos calvinistas les
habían atribuido a los magistrados menores o incluso al pueblo de
tener que corregir al gobernante equivocado. Pero cuando Car­
los, que necesitaba desesperadamente fondos, convocó lo que dio
en llamarse el Parlamento Largo, en noviembre de 1640, la Cáma­
ra de los Comunes volvió de inmediato a la tarea de derribar a
aquellos que habían subido por encima del lugar adecuado de los
súbditos. Los culpables incluían a casi todos los que estaban cerca
del rey: el conde de Strafford, el arzobispo Laúd, el presidente del
tribunal de justicia Finch, los jueces del tribunal del rey, la mayo­
ría de los obispos. Y otra vez las acusaciones eran las mismas. Straf­
ford se había “trepado al trono”, había “asumido para sí el poder
real”, había tratado de “equipararse al soberano”.43 Laúd era toda­
vía peor: “ha llegado al punto de colocarse por encima del rey, ha­
ciendo del trono su escabel”.44 Los obispos que lo siguieron ha­
bían jugado con el monarca, habían “puesto sus manos sobre la
corona”.45 Los jueces del tribunal del rey eran culpables de “gran­
des ambiciones”.46 Debido a que todos estos hombres se habían
elevado por encima del nivel de súbditos, eran todos culpables de
alta traición.
El rey mismo debía quedar sin mácula. Y otra vez los miembros
se deshicieron en loas a su perfección. Cuando cada una de las víc­
timas de la cólera de la Cámara de los Comunes acudía al rey en
busca de auxilio, aquélla convertía el pedido en un agravamiento
del delito. Todos los funcionarios del rey estaban “obligados a dar
buenos consejos al rey. Y si por falta de esto, él les ordenaba hacer
algo en contra de la ley, su culpa y su castigo no disminuyen, sino
que se agravan por esa orden”.47 O btener la aprobación del rey pa­
ra un hecho ilegal era lo mismo que tratar de poner la culpa en el
lugarteniente de Dios, de esconder la perversidad de un súbdito
detrás del escudo de la divinidad del rey.
Pero si bien los Comunes parecieron retom ar la política par­
lamentaria donde la habían dejado en 1629, ya no se podía seguir
manteniendo la farsa. Las ficciones del derecho divino y del some­
timiento de los súbditos habían sido forzadas demasiado, no sólo
por parte del rey, sino también por parte de los Comunes mismos.
En sus esfuerzos iniciales de poner a los otros súbditos en suJngar.
los Comunes mismos habían comenzado a elevarse a. una altura
que no correspondía a un súbdito. En su propia insistencia de que
la autoridad del rey era inalienable y no podía ser compartida, ha­
bían descubierto una manera de compartirla ellos mismos. Lo cierto
es que, ya en 1628, estaban en el camino que conduciría un siglo y
medio después a la responsabilidad ministerial en manos del Par-
lamento. Phelips les había dicho entonces que “el Parlamento
sirve tanto para dar nuestro consejo como para dar nuestros dine­
ros Nunca hemos sido más gloriosos que cuando el rey no va­
lora tanto el consejo de quienes lo rodean como valora el consejo
del Parlamento”.48 Y Selden había querido incluir una cláusula en
la Petición de Derechos por la que se pedía que “todos los minis­
tros del rey deben servirlo sabiendo que de lo contrario responde­
rán al tribunal superior que es el Parlam ento”.49 Después de ha­
berse subido al corazón del rey, los Comunes estaban ya pensando
en su trono. /
En 1628 y 1629 lo único que habían hecho era mirarlo desde
lejos. No aceptaron la propuesta de Selden y no se veían a sí mis­
mos desafiando la autoridad del rey. Sin embargo, no podían de­
j ar de mantener un ojo en el trono mientras muchos de los otros
súbditos del rey parecían decididos a compartirlo con él. v en la ta­
rea de impedírselo a los otros, se acercaban cada vez más a compar-
tirlo ellos mismos. El movimiento se aceleró cuando el cierre obliga­
do de diez años de la Cámara de los Comunes llegó a su fin en 1640.
Se aceleró no sólo porque encontraron a tantos delincuentes para
castigar, sino también porque la majestad del rey había sido de al­
gún modo manchada, su divinidad diluida, por la compañía que
había preferido mientras evitaba la compañía del Parlamento. El
“Dios visible” se había ido alejando demasiado del verdadero Dios.
El cuerpo natural del rey había traicionado a su cuerpo político.
Los hombres que se reunieron en Westminster en noviembre de
1640 hacían los gestos de la sumisión, pero a pesar de sus expresio­
nes persistentes de reverencia hacia el monarca, a pesar de la con­
centración de su ira sobre perversos consejeros, ya le hablaban al
rey con una severidad que desmentía esa subordinación que fin­
gían. Incluso antes de lanzarse sobre Strafford, aprobaron la Ley
Trienal y consiguieron la aprobación del rey. De ahí en más, él ya no
podría evitar su compañía. El Parlamento iba a reunirse cada tres
años, lo convocara o no. Lord Digby, que iba después a votar en con­
tra de la condena de Strafford y a retirarse al lado del rey, era uno
de los partidarios más fuertes de la Ley Trienal; y dio como razón
que no sería bueno “castigar y expulsar a los malos ministros [...] si
no había una manera establecida para mantener a los buenos [... ] ”.5Q
Impedir al rey que gobernara sin Parlamento era una manera
de retener a los buenos ministros. Pero la mecánica de acusación
por incumplimiento de los deberes de funcionario público que es­
taba usando el Parlamento era torpe. Los estados escoceses indica­
ron un camino mejor cuando lograron, en septiembre de 1641, el
acuerdo del rey para elegir a sus consejeros sólo con “el consejo y
la aprobación” de los estados de ese país. Un mes más tarde, el
Parlamento estaba discutiendo la misma idea. Los más audaces
sostenían que “todo lo que hemos hecho en este Parlamento no es
nada, salvo una voz negativa en los nombramientos de los más im­
portantes funcionarios del rey y de sus consejeros, de los que Su
Majestad estaba cautivo”.31 Si el rey iba a ser un cautivo, debía ser­
lo de la Cámara de los Comunes. Y los miembros del Parlamento
consiguieron suficiente acuerdo como para cerrar su Gran Memo­
rial de Reivindicaciones ( Grand Remonstrance) del 1 de diciembre
con un pedido de aprobación parlamentaria de los consejeros.^2
Aunque el Grand Remonstrance no produjo inmediatamente la
responsabilidad ministerial que solicitaba, marcó el final de la políti­
ca del derecho divino, como sir Edward Dering señaló al oponérse­
le: “Cuando oí hablar por primera vez de un memorial de reivin­
dicaciones [...] pensé que se denunciaban ante el rey los consejos
perversos de los consejeros perniciosos [...]. No soñé que íbamos
a reclamar hacia abajo, a contar historias al pueblo y a hablar del rey
como de una tercera persona”/’3 Pero a eso había conducido la exal­
tación del rey. Al prohibir a otros trepar a los lugares de la majestad,
l°s Comunes se habían elevado a sí mismos hasta el punto en que es-
taban enfrentando al rey menos como súbditos que como rivales. Y
ese tipo de enfrentamiento no podía ser realizado según las antiguas
reglas. En última instancia requirió una transferencia de la sanción
divina del rey a su pueblo y sus representantes.
El derecho divino de los reyes nunca había sido más que una
ficción, y usado como lo hicieron los Comunes, condujo a la fie-
ción que lo reemplazó, la soberanía del pueblo. Aunque ambas fic­
ciones parecen estar en polos opuestos, tienen mucho más en co­
mún entre ellas de lo que a primera vista puede parecer. Al
aceptar el derecho divino del rey, al insistir en que su autoridad
era pura e indivisible, la Cámara de los Comunes había avanzado
un gran trecho haciendo que la autoridad fuera inviable, salvo en
las condiciones que ella dictaba. Al elevar al rey prepararon su des­
trucción, y al humillar a los súbditos poderosos, hicieron lugar pa­
ra el ascenso de los humildes; hicieron lugar, en efecto, para las
nuevas ficciones de un mundo dónde todos los hombres son crea­
dos iguales y los gobiernos obtienen sus poderes de aquellos a
quienes gobiernan. Esa no era seguramente la intención de los
hombres que se sentaban en Westminster y cantaban loas a un rey
perfecto, pero ellos no fueron los primeros a los que la historia les
jugó bromas.
2. El en ig m a d e la rep resen ta ció n

La ficción que reemplazó al derecho divino de los reyes es


nuestra ficción, y en consecuencia nos parece menos ficticia. Sola­
mente un cínico entre nosotros se burlará de la dedicación de Lin­
coln “al gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”.
Cualquier pensamiento serio podría decirnos que todos los go­
biernos son del pueblo, que todos declaran ser para el pueblo y
que ninguno puede ser literalmente ejercido por el pueblo. Pero
el pensamiento serio también nos dirá que la soberanía del pue­
blo, por ficticia que sea, ha funcionado. En Inglaterra y en Estados
Unidos, al menos, ha funcionado durante tres siglos, suministran­
do a las minorías la justificación para su gobierno de las mayorías
y reconciliando a éstas con ese gobierno. Ha proporcionado la es­
tabilidad que los más recalcitrantes partidarios del derecho divino-
habían declarado imposible, y también ha proporcionado la fuer­
za para los cambios políticos y sociales que han llevado a nuestras
instituciones a una cercanía más estrecha con sus propuestas.
Todas esas propuestas, de una manera u otra, ratifican el poder,
la autoridad y los derechos del pueblo sobre su gobierno, a la vez que
sostienen el poder, la autoridad y los derechos del gobierno en vir­
tud de la autorización dada por el pueblo. El pueblo está conforma­
do por los gobernados, y los gobernantes también son, por lo menos
en esta ficción, a la vez súbditos y gobernantes. De qué manera esa
contradicción llegó a ser aceptada por la elite gobernante, así como
también por las mayorías a quienes aquéllos gobiernan, es lógica­
mente desconcertante, pero históricamente explicable. La explica­
ción nos llevará desde el Parlamento que desafió al rey en el siglo XVH
en Inglaterra hasta la convención que redactó la Constitución de los
Estados Unidos en 1787, pero debe comenzar con una mirada más
detenida al enigma principal de la soberanía popular, la institución
que expresa sus contradicciones de manera más obvia.
La representación en Inglaterra comenzó antes de que se
pensara en el gobierno representativo o en la soberanía popular.
Comenzó en el siglo xm como un modo de asegurar o facilitar, y fi­
nalmente de obtener, el consentimiento al gobierno del rey. El rey
convocó a representantes de condados y municipios para acudir a
su Parlamento provistos de plenos poderes legales a fin de com­
prometer a sus electores a aceptar los impuestos o las leyes que
aprobaran. Los poderes de representación tenían que ser totales
{plenapotestas), de manera que ningún representante pudiera ale­
gar que debía regresar y consultar a sus electores. Su consenti­
miento, dado en el Parlamento, debía ser tan pleno como si los
electores hubieran asistido en persona.54 “Como si”. La represen­
tación desde el principio fue en sí misma una ficción. Si el repre­
sentante aprobaba algo, sus electores tenían que simular que ellos
lo habían aprobado.
La manera en la que un grupo de súbditos fue convencido por
primera vez para fingir que uno de ellos iba a sustituirlos a todos no
está totalmente clara. Es posible que originariamente un represen­
tante sólo pudiera aprobar en nombre de los individuos que especí­
ficamente le habían otorgado poderes y que aquellos que no lo ha­
bían hecho, aun cuando formaran parte de la misma comunidad,
no estuvieran obligados por sus acciones. Aunque los registros no
muestran una situación como ésa en los primeros Parlamentos in­
gleses, sí podemos observarlo en las primeras asambleas representa­
tivas reunidas en la colonia inglesa de Maryland en la década de
1630. Mientras Carlos estaba gobernando sin una asamblea repre­
sentativa en Inglaterra, no otorgó esa libertad para gobernar a quie­
nes había autorizado a fundar colonias en Norteamérica. La carta
de concesión a su amigo, lord Baltimore, le daba a éste el poder de
dictar leyes para Maryland, pero sólo con el consentimiento de los
hombres libres (liberi homines) establecidos allí.55
Baltimore delegó su autoridad en un gobernador, y en el pri­
mer año después de la llegada de los colonos, el gobernador apa­
rentemente convocó a los hombres libres para conseguir su consen­
timiento a varias leyes, como se había dispuesto. No tenemos
ningún registro de esta asamblea ni de cuántas personas asistieron.
Pero para la siguiente asamblea, en 1638, los registros muestran que
algunos hombres libres asistieron en persona, mientras que otros
enviaron delegados representantes, cada uno de los cuales tenía de­
recho a su propio voto y también a todos los votos de aquellos que
lo habían elegido como su representante. No representaba a nadie
que no le hubiera otorgado poderes específica e individualmente, y
cualquiera podía cambiar de idea, revocar la delegación de su voto
y asistir en persona. Así pues, descubrimos en los registros del se­
gundo día de reunión: "Se presentó John Langford de la Isla de
Kent, caballero [...] que había dado su voz al elegir a Robert Phil-
pott, caballero, para que fuera uno de los representantes de los
hombres libres de esa isla, y deseó revocar su decisión y estar perso­
nalmente presente en la asamblea, y fue admitido”. Uno también
podía cambiar esa delegación de un hombre a otro después de que
la sesión hubiera comenzado. Así, “Richard Lusthead deseó revocar
su delegación (dada a Richard Gannett) y fue admitido e hizo que
Robert Clark fuera su delegado”. Los registros insinúan que se rea­
lizaron elecciones de representantes en ciertas comunidades, pero
aquellos que votaron en contra del ganador no estaban obligados a
reconocerlo como su representante. Así, Cuthbert Fenwick asistió a
la asamblea y “alegó que no apoyaba la elección del representante
de St. Mary y fue admitido”.56
El resultado era una situación políticamente absurda: dentro
de la asamblea algunos hombres tenían solamente su propio voto,
mientras que otros tenían los votos de todos sus representados
además del propio. En una ocasión un político aspirante llamado
Giles Brent tuvo suficientes poderes (setenta y tres) como para
constituir una mayoría de la asamblea por sí sólo. En la década de
1640 la asamblea fue gradualmente reducida a ser sólo un cuerpo
estrictamente representativo, y cada comunidad en la colonia ele­
gía a un representante, por simple mayoría, que acudía en nom­
bre de toda la comunidad, incluyendo a la minoría de hombres.li­
bres que habían votado en contra de él. Y él tenía un voto solo en
al asamblea, sin tener en cuenta el tamaño de la comunidad que
represe n taba.3/
El desarrollo original de la ficción de la representación en In­
glaterra puede no haber seguido este mismo patrón. Cuando la re­
presentación comenzó en Inglaterra, las comunidades locales ya
estaban más desarrolladas de lo que podían estar en una colonia
recién fundada, y las primeras convocatorias legales dirigidas a los
caballeros de la jurisdicción en el siglo x i i i especificaban que de­
bían tener poderes para consentir por sí y por toda la comunidad
del condado (pro se et tota communitate comitatus illa) del que prove­
nían.58 Pero el ejemplo de Maryland muestra de manera gráfica el
caíácter original (y continuo) del representante como agente de
aquellos a quienes representaba.
Fuera en Maryland o en Inglaterra o en cualquier otro lugar
en el mundo anglonorteamericano, cuando los representantes de­
jaron de ser, como hasta entonces habían sido, meros apoderados
de personas individuales, las comunidades que ellos representa­
ban fueron definidas geográficamente. En Inglaterra representa­
ban condados o municipios. En Maryland y Virginia representa­
ban plantaciones, secciones de condados o condados; en Nueva
Inglaterra representaban ciudades o pueblos; en las Carolinas, pa­
rroquias. Era posible extender la ficción de un hombre en lugar
de otro o de varios hasta el punto de representar a toda una comu­
nidad, incluso a aquéllos en la comunidad que no lo habían auto­
rizado específicamente. Pero, en Inglaterra y en Norteamérica al
menos, la comunidad estaba definida geográficamente. Era la isla
de Kent o el municipio de St. Mary; era Shropshire o Staffordshi-
re, Norwich o Bristol; nunca fue la congregación religiosa de ten­
deros o zapateros, nunca la asociación de agricultores de tabaco o
la asociación de dueños de barcos. En los siglos XVIII y XIX la fic­
ción de la representación fue en ocasiones explicada y defendida
como un medio por el cual todos los diferentes “intereses” econó­
micos o sociales en un país tenían una voz en su gobierno, pero la
representación en Inglaterra y Norteamérica nunca se basó en
realidad en otra cosa que no fuera comunidades geográficamente
definidas.
Podría decirse que el único interés, aparte del geográfico, que
la Cámara de los Comunes inglesa representaba en el siglo XVII era,
como hemos visto, el interés de la gentry de Inglaterra, hombres cu­
yo nacimiento y cuya riqueza no eran suficientes para brindarles un
sitio en la Cámara de los Lores, pero sí para hacer que fuera desea­
ble para ellos, para el rey y para algunos de sus súbditos, que tuvie­
ran un lugar en el gobierno. Sin embargo, no venían sólo como ca­
balleros o como representantes de caballeros. Fueran cuales fuesen
sus poderes, en el país o en el exterior, estaban en Westminster co­
mo representantes, no de su clase, sino de sus localidades.
De esto no se sigue que ciertas comunidades especiales fueran
elegidas para ser representadas porque la gente dentro de ellas así
lo hubiera deseado. La representación comenzó como una obliga­
ción impuesta desde arriba, y con el paso de los años, especial­
mente en el siglo XVI, el rey o la reina ampliaron la obligación asig­
nando representantes a nuevos municipios, no porque los
residentes lo exigieran, sino más bien porque caballeros rurales
con poderosas relaciones persuadieron al monarca para que con­
cediera el voto a municipios donde podían estar seguros de con­
trolar las elecciones. El resultado fue que muchas comunidades
pequeñas obtuvieron la representación, mientras que otras más
grandes fueron ignoradas. Para principios del siglo x v i i la mayoría
de los 462 miembros de la Cámara de los Comunes (cuyo número
había aum entado de los 296 de principios del siglo xvi) estaba
compuesta de caballeros hacendados que en realidad no eran re­
sidentes de los municipios que los habían elegido.09
El núm ero de personas que participaba en la elección de re­
presentantes dentro de un condado o municipio se amplió de la
misma forma, sin que nadie lo pidiera. El voto de los miembros
del condado había sido restringido por una ley parlamentaria de
1430 a los varones adultos, propietarios de tierras que produjeran
cuarenta chelines al año en rentas o productos. En esa época cua­
renta chelines eran una suma importante, pero para el siglo xvii la
inflación había hecho que la cantidad fuera meramente nominal,
expandiendo el sufragio en los condados hasta quizás una quinta
parte de los varones adultos.
La votación en los municipios se regía por la costumbre y va­
riaba mucho de un lugar a otro; en algunos, se extendía a casi to­
dos los habitantes varones libres; en otros, estaba limitada a los
miembros de las corporaciones que gobernaban el municipio. Las
votaciones municipales se ampliaron durante el siglo xvn, cuando
la Cámara de los Comunes empezó a dirimir las disputas electora­
les. Tales disputas aparecían en general cuando un candidato am­
bicioso traía votantes no calificados a las mesas de sufragio y abru­
maba a' su adversario con ellos. Si el audaz candidato era favoreci­
do por la mayoría de la Cámara de los Comunes, ésta lo declaraba
elegido, y el sufragio en ese municipio era legalmente ampliado a
partir de ese momento.60
La composición de la Cámara de los Comunes era, por lo tan-
to, resuelta en gran medida por el rey al asignar la representación,
o por la misma Cámara al decidir las disputas. Pero ni el rey ni los
Comunes trataron de hacer que la base legal de la representación
fuera otra que la geográfica. Los miembros podían, en efecto, ser
elegidos dentro de un estrato social estrecho, pero seguían siendo
representantes de condados y municipios. Ningún caballero podía
presentarse ante la Cámara de los Comunes sin la certificación de
un funcionario del gobierno de que había sido elegido por una
mayoría de votantes como representante de un condado o muni­
cipio específico. Y ese condado o municipio era considerado una
totalidad que incluía a todos los residentes dentro de sus límites,
todos súbditos del rey, estuvieran o no en condiciones de votar.
Esta conexión local de cada representante en la Cámara de los
Comunes puede haber sido un accidente histórico surgido de la ma­
nera en la que la gentry había tratado de obtener escaños en el Par­
lamento. Pero para el siglo xvn la definición geográfica local de la
representación se había convertido en un ingrediente esencial de
ella, de la misma manera que la representación se había vuelto un
ingrediente esencial del gobierno inglés. Otra vez, el comporta­
miento de los ingleses que se habían trasladado a Norteamérica
puede ilustrar el punto. La colonia de Massachusetts fue fundada
por una sociedad comercial, la Massachusetts Bay Company, en la
que los accionistas, identificados como “hombres libres”, tenían la
facultad de reunirse cuatro veces al año en una “Corte General”, a
fin de dictar leyes para la compañía y para su colonia, y de elegir a
los funcionarios de la compañía, es decir, un gobernador y diecio­
cho “ayudantes”. A la compañía se le había acordado el poder, igual
que a lord Baltimore en Maryland, para gobernar la colonia como
considerara adecuado, pero no se le exigía obtener el consenti­
miento de los habitantes para sus leyes. La mayoría de la compañía
decidió en 1629 transferir el lugar de reunión de la compañía a la
colonia, y una vez allí, el pequeño número de hombres libres (accio­
nistas) que había hecho el viaje abrió sus filas a todos los miembros
varones de la iglesia puritana ortodoxa. Acompañaron esta jugada,
sin embargo, con una transferencia de la autoridad legislativa al
gobernador elegido y a sus ayudantes.61
Ahora bien, la carta de constitución de la compañía no auto­
rizaba esa delegación del poder legislativo de los hombres libres.
Por otro lado, tampoco ofrecía a colonos corrientes que no eran
hombres libres (es decir, que no eran miembros de la compañía)
ningún derecho a ser consultados acerca de las leyes que la com­
pañía pudiera dictar. Pero en 1632, cuando los ayudantes, actuan­
do en su recientem ente asignada capacidad legislativa, aprobaron
un impuesto, el pueblo de Watertown se negó a pagarlo con el ar­
gumento de que el gobierno no tenía autoridad “para dictar leyes
o exigir impuestos sin el pueblo”. El gobernador John Winthrop
les explicó que los ayudantes eran como un Parlamento, que fue­
ron votados por los hombres libres y por lo tanto podían hacer las
cosas que el Parlamento hacía en Inglaterra.62
Esto pareció satisfacer a la gente de Watertown por el momen­
to, pero lo cierto es que los ayudantes no eran como un Parlamen­
to, porque habían sido elegidos en general y no representaban
ningún distrito o ciudad en particular. Aparentemente este hecho
fue rápidamente reconocido, pues dos meses después Winthrop
registraba que “cada pueblo eligió a dos hombres para que estuvie­
ran en la próxima corte, para opinar con el gobernador y los asis­
tentes acerca de la venta de acciones públicas, de modo que aque­
llo que ellos acordaran debía obligarlos a todos”.63 Dos años
después los hombres libres de los pueblos revocaron el poder le­
gislativo de los asistentes e insistieron en que todas las leyes fueran
elaboradas en la Corte General, que ya entonces debía incluir a re­
presentantes (“diputados”) elegidos por los hombres libres de ca­
da pueblo.64 Los hombres “no libres” todavía no participaban en
la elección, así como la mayoría de los ingleses estaba excluida de
votar por los miembros del Parlamento, pero este defecto no pare­
ce haber afectado la viabilidad de la ficción. Lo que se necesitaba
no era que cada hombre, mujer y niño participaran en la elección
de un representante, sino que la elección fuera percibida como la
de una comunidad geográfica. Un representante tenía que repre­
sentar al pueblo de un lugar determinado; dejaba de representar
cuando perdía su identificación local. Una asamblea representati­
va tenía que ser constituida. Tenía que estar compuesta de las par­
tes del todo. La ficción de !a representación desaparecería si se la
estiraba para que todos los legisladores fueran elegidos en general
por todos los votantes, incluso en una sociedad tan pequeña como
la Bahía de Massachusetts en la década de 1630. Este carácter local
de la representación estaba presente desde el principio en Ingla­
terra, así como en las colonias de Inglaterra, y ha seguido siendo
esencial hasta el día de hoy para la credibilidad de la ficción.65
Estrechamente relacionada con el requisito de que el represen­
tante estuviera ligado a una localidad, estaba la necesidad ya señala­
da de que fuera percibido como un súbdito del gobierno. Para po­
der representar a otros súbditos, debía él mismo ser un súbdito. Los
ayudantes de Massachusetts, aunque elegidos anualmente, estaban
en el otro lado de la cerca de los gobernados. Aunque obligados por
las leyes que ellos tenían que hacer cumplir, eran percibidos como
gobernantes, no como gobernados, igual que el rey y el consejo que
él nombraba, aunque limitados por la ley, eran gobernantes, no go­
bernados. El rey y su consejo, el gobernador y los ayudantes, estaban
ahí para ejercer la autoridad sobre toda la sociedad. Los representan­
tes estaban ahí para dar o negar el consentimiento de sus condados
o pueblos o distritos particulares a lo que los gobernantes hicieran.
Aunque la distinción empezó muy pronto a hacerse borrosa, siguió
siendo un ingrediente esencial en la ficción de la representación y
en la manera en que la gente pensaba acerca del gobierno. En Mas­
sachusetts, el reverendo John Cotton, que no era de ninguna mane­
ra un ingenuo, pensaba que un sistema político que confundiera a
gobernantes con gobernados, es decir, una democracia, era una con­
tradicción en los términos. “Si el pueblo fuera gobernador”, se pre­
guntaba, “¿quién sería el gobernado?”.66 Y en su opinión y en la de
John Winthrop, los representantes del pueblo, los diputados envia­
dos por las distintas ciudades a la Corte General de Massachusetts
después de 1634, eran súbditos, meros sustitutos de los pueblos que
los habían elegido.6/ Eran como los primeros representantes a los
que el rey convocó a un Parlamento para hacer que obligaran a sus
electores locales a obedecer las leyes y a pagar los impuestos propues­
tos por el rey y sus consejos de barones y otros magnates. El consen­
timiento dado por los caballeros y burgueses electos era el consenti­
miento de las localidades particulares que representaban, y el mismo
acto del consentimiento los identificaba como súbditos.
Si los representantes hubieran en verdad sido, o hubieran se­
guido siendo, meros súbditos, si hubieran sido simplemente los
agentes de sus electores, con poderes sólo para consentir en nom­
bre de otros súbditos a las medidas propuestas por la autoridad de
un gobierno del cual no eran, estrictamente hablando, una parte,
entonces, la ficción de la representación habría sido mucho más
simple y un tema más plausible de lo que siempre en realidad ha
sido. Es posible que en Inglaterra, la Cámara de los Comunes, du­
rante algún tiempo después de su creación, continuara siendo
considerada de la manera en la que sus miembros tan a menudo
pretendieron que se la considerara: una reunión de meros súbdi­
tos, representando a varias comunidades de súbditos de todo el
país. Todavía en 1677, un miembro de la Cámara de los Comunes
podía argumentar que “No nos consideramos parte del gobierno,
pues entonces el gobierno no sería una m onarquía”.68 El significa­
do seguía siendo todavía suficientemente familiar como para que
alguien se sintiera llamado a negar esa declaración. Pero ya para
esa época era un poco arcaico, pues hacía mucho que los miem­
bros del Parlamento habían dejado de actuar como meros súbdi­
tos. No se contentaban con dar o no su asentimiento a medidas
que les presentaban el rey y su consejo. En cambio, casi desde el
principio, habían elaborado medidas propias, presentándolas co­
mo peticiones al rey, pero en realidad haciendo políticas de go­
bierno, haciendo leyes propiam ente dichas.59
De forma semejante, en las colonias, las asambleas represen­
tativas tomaron la iniciativa en el gobierno casi desde el principio.
En Maryland los hombres libres y sus apoderados, incluso antes de
que la representación fuera desarrollada completamente, no espe­
raron a que lord Baltimore o su gobernador les presentaran leyes
para su aprobación, sino que ellos mismos prepararon sus leyes y
se las presentaron a él, como las leyes que regulaban la esclavitud
y la herencia, leyes sobre el cultivo del maíz, la venta de licor y el
comercio con los indios.70 En Massachusetts, una vez que la Corte
General recuperó la autoridad legislativa en 1634, no hubo duda de
que los representantes compartirían esa autoridad. Pero fueron más
lejos. La Corte General era también la autoridad judicial suprema
de la colonia. Winthrop insistió en que los diputados enviados por
las ciudades no debían compartir esa autoridad, porque eran meros
súbditos, pero los diputados exigieron el derecho a ocupar un lugar
en los juicios sobre temas judiciales y consiguieron lo que querían.71
En Virginia la autoridad para hacer leyes estaba en la Compañía de
Virginia, con sede en Londres, pero la compañía convocó .una
asamblea representativa en la colonia, en 1619, y esa asamblea pre­
sentó a la compañía una serie de leyes que, con la aprobación de la
compañía, se convirtieron en las primeras leyes promulgadas por
una asamblea representativa en Norteamérica.72
Tan pronto como los representantes empezaron a hacer leves y
políticas para una sociedad más amplia que aquella a la que sus co­
munidades pertenecían, no dejaron de ser súbditos, pero sí dejaron
de ser meros súbditos. De la misma manera, aunque no dejaron de ser
agentes de las diferentes localidades, sí dejaron de ser meramente
eso. Las leyes que dictaban no sólo obligaban a sus propias comuni­
dades, sino a todo el reino, a todo el país, a toda la sociedad. Al hacer
política para un cuerpo más grande, tuvieron que pensar en otros
términos diferentes de los de las necesidades y deseos de sus localida­
des; compartían la autoridad real, tenían que pensar a la manera del
rey, teman que pensar para la nación en lugar de para su localidad.
El bien estar de la sociedad en su conjunto podría ser diferente del
de cualquiera de sus partes o incluso de la suma de todas las partes,^
En la medida en que asumieron la autoridad y dirigieron su atención!
a lo que fuera que ellos percibían como el bierffestar dé la totalidad,
los representantes necesariamente perdieron algo de su carácter de
súbditos y de agentes locales para adoptar los atavíos de una clase go­
bernante nacional.
Lógicamente, esto representaba una transformación en el signi­
ficado de la representación, pero cronológicamente, históricamente,
no fue tanto una transformación como una paradoja o un conflicto
presente en la representación desde el principio o casi desde el prin­
cipio. El poder mismo que se requería que una comunidad local otor-
¡gara a su representante abría el camino para que ese representante se
elevara por encima de la comunidad- El rey requería que la comuni­
dad local le otorgara plenos poderes (plena potestas) para actuar en
nombre de ella de manera tal que sus habitantes no pudieran repu­
diar sus acciones si no les gustaba lo que él hacía. Además, las perso­
nas seleccionadas por una comunidad para que la representaran en
el Parlamento pertenecían desde el principio al grupo de los que po­
dían conseguir el asentimiento de esa comunidad en virtud de su
propio poder y prestigio.
El carácter de súbdito más que de gobernante del represen­
tante fue, pues, un tanto dudoso desde el principio. Y su nexo con
la localidad que representaba también fue viciado ya desde el siglo
xrv, cuando la gentry no residente empezó a comprar y a conseguir
por la fuerza las bancas del municipio, dejando de lado a dignata­
rios locales, pero menos poderosos. Una ley parlam entaria de
1413 requería que un representante fuera residente del municipio
que lo elegía, pero los abogados en la Cámara de los Comunes
pronto interpretaron que éste no necesitaba ser residente del mu­
nicipio que lo escogía.73 Una cierta conexión se mantuvo a través
de la práctica de dar instrucciones al representante para votar a fa­
vor o en contra de tal o cual medida, o de asegurar legislación que
otorgaba ciertas ventajas locales. Pero los plenos poderes del repre­
sentante significaban que sus votos serían válidos aun cuando estu­
vieran en directa violación de las instrucciones./4
A medida que los representantes adoptaban el jnanto_de la au-
toridad. estiraron la ficción de la representación para justificar la ate­
nuación de sus lazos con los electorados locales. Puede ser conside­
rado un paso en esta dirección cuando comenzaron, ya en el siglo
xiv, a argumentar que colectivamente representaban a todo el reino
y podían dar el consentimiento de cada uno de los ingleses para lo
que hacían en el Parlamento. El Parlamento inglés nunca había in­
cluido a representantes de cada comunidad, de cada pueblo, de ca­
da ciudad. Ya hemos visto que, aunque todos los condados enviaban
representantes, sólo los municipios seleccionados —seleccionados
caprichosamente, dicho sea de paso— podían hacerlo o se les exigía
que lo hicieran. Pero sir Thomas-Smith pudo decir como una obvie­
dad en 1565 que “se supone que todo inglés está aquí presente [en
el Parlamento] [...] y se considera que el consentimiento del Parla­
mento es el consentimiento de todo hombre”/ 3
A partir de esta premisa era posible, aunque podría requerir
una lógica poco usual, argumentar que cada representante podía y
debía hablar y actuar, no para la comunidad local que lo había ele­
gido, sino para todo el pueblo del reino. Sir Edward Coke, que era
bueno para esta clase de lógica, quizás haya sido el primero en ma­
nifestar la idea de esa manera. “Aunque uno sea elegido por un con­
dado o municipio en particular”, dijo, “cuando es enviado y ocupa
su lugar en el Parlamento, está al servicio de todo el reino, pues el
objetivo de venir aquí, como dice en los documentos de su elección,
es general”.76 De la ficción de que un hombre puede presentarse en
lugar de toda una comunidad y obligar a esa comunidad por sus ac­
ciones, Coke extrapoló la ficción más amplia de que un hombre
puede representar a todo el pueblo de un país, la mayoría del cual
no ha tenido nada que ver en su designación para ese propósito.
La exposición clásica de esta idea, por supuesto, iba a venir en
el siglo siguiente, cuando Edmund Burke explicó a los electores
de Bristol por qué les debía a ellos nada más que la cortesía de es-
cuchar sus deseos antes de actuar según él pensara que era mejor
para todo el país.77 Pero ya en la formulación de Coke estamos
muy cerca del punto en que la representación se convierte en go­
bierno representativo. En la época en que Coke escribía, sea cual
fuere la autoridad que los representantes podían atribuirse a ellos
mismos sobre los demás súbditos, presumiblemente provenía del
rey. Pero era sólo una distancia muy breve la de pasar de represen­
tar a todo el pueblo a hacer derivar la autoridad de ese pueblo.
Cuando los ingleses dieron ese paso en la década de 1640, no
afirmaron la soberanía de cada condado o municipio. Ni siquiera
se les ocurrió pensar de esa manera. Estaban reemplazando la au­
toridad del rey, y el rey había sido el rey de toda Inglaterra. No era
cuestión de que los condados o los municipios declararan de ma­
nera individual su independencia del gobierno del rey, así como
tampoco iban a ser las ciudades o condados de sus colonias nor­
teamericanas los que de manera individual iban a declarar la inde­
pendencia en 1776. No habría habido ninguna barrera lógica pa­
ra pensar en el pueblo de cada comunidad como un cuerpo
soberano, pero no fue eso lo que ocurrió. El pueblo cuya sobera­
nía se proclamaba era el pueblo de todo el país o la colonia, un
grupo demasiado numeroso como para deliberar o actuar como
un cuerpo. Fueron sus representantes los que reclamaron en nom-
brejie_ellQsJa_autoridad que sólo un cuerpo representativo podía
ejercer. No se dijo que la soberanía del pueblo residiera en los
electorados particulares que elegían representantes. Ella residía
en el pueblo en general y alcanzaba a los representantes sin que el
pueblo en general hiciera nada para otorgarla.
Otra vez, no habría habido ninguna barrera lógica para que el
pueblo confiriera la autoridad por medio de una elección general
en todo el país a un grupo de hombres para que cumplieran las
funciones de gobernantes, pero no fue eso lo que ocurrió. Lo que
ocurrió fue que los representantes elegidos por ciudades y conda­
dos individuales asumieron los poderes de gobierno sobre todo
un país y alegaron que sus poderes provenían, no de la ciudad o el
condado que los eligieron, sino del pueblo soberano como un to­
do. Y si bien habría sido lógicamente posible que una elección na­
cional otorgara poderes de gobierno a un cierto número de hom­
bres, tal procedimiento difícilmente les habría convenido a los
miembros del Parlamento en su lucha con el rey.
El pueblo al que atribuían el poder supremo era él mismo fic­
ticio y podía muy útilmente quedar así, como un cuerpo místico,
existente como pueblo sólo en las acciones del Parlamento que
afirmaba actuar en su nombre.
Quizá no sería exagerado decir que esos representantes inventa­
ron la soberanía del pueblo a fin de reclamarla para sí, justificar su
propia resistencia, no la resistencia de sus electores de manera indi­
vidual o colectiva, frente a un rey antes soberano. La soberanía del
pueblo fue un instrumento por el cual los representantes se elevaron
ellos mismos a la distancia máxima por encima de^grupo de perso-
nas que los habían elegido. Fue en nombre del pueblo que se convir­
tieron en todopoderosos en el gobierno, liberándose lo más posible
del aspecto local y del carácter de súbditos que los habían converti­
do en representantes de un particular grupo de personas.
Lo máximo posible. La revolución inglesa se desvió, en efec­
to, cuando el Parlamento Largo se volvió demasiado largo, cuan­
do los representantes se negaron a regresar a sus electorados para
la reelección o el rechazo. El carácter de autoridad de alcance na­
cional del representante no puede ser magnificado hasta el punto
de eliminar completamente su carácter de súbdito local sin des­
truir al mismo tiempo la ficción de la representación p oniendo fin
.al gobierno representativo. El conflicto no puede ser eliminado,
tiene que ser acallado y contenido. Un elemento puede ser desta­
cado sobre los demás en diversas ocasiones y lugares, y la historia
del gobierno representativo puede leerse como un proceso dialéc­
tico en el que un elemento asciende o desciende a expensas del
otro. Pero si cualquiera de ellos falta por completo, o bien cesa de
ser gobierno, o bien deja de ser representativo. Cuando el carác­
t e r local y de súbdito del representante es destacado demasiado, se
hace difícil percibirlo como el depositario legítimo de la autori­
dad nacional con la que el pueblo soberano supuestamente lo ha
investido. Cuando su función nacional como gobernante de todo
el pueblo adquiere la primacía, puede perder la credibilidad co­
mo portavoz de los otros súbditos en su comunidad local. La fic­
ción de la representación tiene que resistir la tensión constante de
ambas direcciones en sentido opuesto.
Las dimensiones del conflicto no siempre han sido evidentes,
incluso para aquellos involucrados en él, pero nosotros podemos
verlo funcionando en una etapa ligeramente posterior, en la expli­
cación dada por Algernon Sidney sobre la autoridad nacional del
representante. “No es”, argumentó Sidney a principios de la década
“en nombre de Kent o Sussex, Léwis o Maidstone, sino en
nombre de toda la Nación, que los miembros elegidos en esos luga­
res son enviados para cumplir funciones en el Parlamento, si bien es
adecuado que ellos, como amigos y vecinos (hasta donde se pueda),
escuchen las opiniones de los electores, para una mejor informa­
ción de sus decisiones [...], sin embargo, no están estricta y apropia­
damente obligados a dar cuentas de sus acciones a nadie, salvo que
todo el cuerpo de la Nación al que sirven, y que está igualmente
involucrado en sus resoluciones, pudiera ser reunido. Al ser esto
imposible, el único castigo al que están sujetos, si traicionan su
confianza, es el desprecio, la infamia, el odio y la seguridad de ser
rechazados, cuando busquen obtener otra vez el mismo honor”.78
Sidney se esfuerza aquí para distinguir las obligaciones del re­
presentante respecto de toda la nación, de sus obligaciones res­
pecto de los electores que lo eligieron como su agente. Sin embar­
go, él depende de sus electores para ser removido si traiciona su
confianza. ¿Qué confianza? ¿La confianza depositada en él por Kent
o Sussex, por Lewis o Maidstone? No, la confianza puesta en él por
todo el cuerpo de la nación, que no puede ser reunido para remo­
verlo, y que por ía misma razón, en primer lugar, nunca se reunió pa­
ra confiar en él. Si traiciona la confianza tan misteriosamente puesta
en él, se supone que será sometido al desprecio, la infamia y el odio.
¿Pero el desprecio, la infamia y el odio de quién? ¿Acaso no sería po­
sible que el hombre que se gana el desprecio, la infamia y el odio del
resto del país, pueda ganarse el elogio, la fama y el amor en Kent o
Sussex, en Lewis o Maidstone? Ya la inversa, el hombre que es fiel a
la confianza de la nación puede ganarse el desprecio, la infamia y el
odio en Kent o Sussex, Lewis o Maidstone.
Sidney no se preocupó por esta posibilidad y habría respondido
a ella, probablemente, como lo hizo a otras objeciones, que si bien
una asamblea representativa no era infalible, de todas maneras “una
Cámara de los Comunes compuesta de aquellos que son los más es­
timados por sus vecinos en todas las ciudades y condados de Inglate­
rra” estaría como mínimo menos “expuesta a error o corrupción
que un hombre, mujer o niño que da la casualidad de que es el pa­
riente de sangre más cercano del último rey”.79 En el peor de los ca­
sos posibles, en otras palabras, el gobierno representativo probable­
mente saldría favorecido en la comparación con la monarquía
hereditaria. Un grupo de hombres elegidos por el pueblo, por fuer­
tes que sean sus lazos locales y sean cuales fueren sus flaquezas, cons
tituye un depositario más seguro del poder que un rey hereditario.
Dado que el gobierno representativo descansa sobre ficciones
contradictorias o sobre una sola ficción con notorias contradicciones
internas, con frecuencia ha requerido este tipo de defensas forzadas.
Es un último recurso, mejor que las alternativas. Pero el hecho de
que Sidney ignore el conflicto posible entre los intereses locales y los
nacionales es un recordatorio de que el gobierno representativo, pa­
ra que funcione, para acallar el conflicto dentro de la ficción, requie­
re que las diferentes comunidades representadas puedan y quieran
la mayor parte del tiempo y en la mayoría de los temas percibir sus
propios intereses locales como involucrados con, si no idénticos a,
los intereses de la sociedad en sentido más amplío.
Esa percepción era más fácilmente mantenida cuando la autori­
dad del gobierno derivaba del rey que cuando el cuerpo representa­
tivo aseguraba que la obtenía del pueblo en general. Cuando la auto­
ridad provenía del rey, el gobierno era palpablemente algo distinto,
una fuerza contra la que los representantes protegían a sus electores
o a cuyas acciones se sometían y hacían que sus votantes las aproba­
ran. Los representantes, como aquellos a los que representaban, po­
dían ser considerados sujetos pasivos y no actores. Por la misma ra­
zón, aquellas comunidades que no enviaban representantes al
Parlamento no parecían tan claramente diferenciadas de las que sí
lo hacían. Todas eran súbditas del mismo gobierno nacional, y se
podía pensar fácilmente que los representantes que protegían de
la autoridad externa a los súbditos en Lewis o Maidstone podían tam­
bién defender de esa misma autoridad a, digamos, los de Sheffield o
Birmingham.
Además, esa autoridad misma era menos susceptible de ser in­
clinada a favor de cualquier combinación de intereses locales. Un
rey podía convertirse en un tirano, pensando en sus propios intere­
ses en lugar de los de sus súbditos. Pero no era tan esperable que él,
a diferencia de la mayoría de una asamblea representativa, favore­
ciera los intereses de alguna parte especial de su reino por encima
de los intereses de otras o de los del conjunto.80 Debido a que el mo­
narca no era, con seguridad, geográficamente parcial, había menos
necesidad de que en los gobiernos populares cada comunidad tu­
viera sus propios representantes para proteger sus intereses especia­
les contra los de otras comunidades. Más bien se necesitaba protec­
ción contra el peligro más general de un gobierno arbitrario por
parte del monarca, y ésta podía ser proporcionada con la misma efi­
cacia por uno o por otro grupo de súbditos representantes.
Antes de que los representantes se hicieran cargo de lleno del
gobierno, era coherente que no hubiera demasiada agitación por
parte de las comunidades excluidas para integrar el cuerpo repre­
sentativo. La gran expansión de la representación en el Parlamen­
to en el siglo XVI ocurrió, como hemos visto, no debido a las exi­
gencias de las comunidades antes excluidas, sino debido a que la
ascendente gentry en crecimiento quería bancas en la Cámara de
los Comunes y porque el rey los quería allí. En las colonias, donde
la autoridad del rey estaba diluida por la distancia y los represen­
tantes eran, en consecuencia, más poderosos (de hecho y no en
teoría), había un poco más de preocupación respecto de ampliar
equitativamente la representación. Pero incluso allí, en Pensilva-
nia y en las colonias del sur, donde la representación era más injus­
ta, parece haber sido poca la preocupación por el tema hasta po­
co antes de la revolución norteamericana.
Cuando la autoridad del rey fue removida, como ocurrió en
Inglaterra en el período de la república y en Norteamérica des­
pués de 1776, el conflicto de ios intereses locales con la soberanía
del pueblo en general se hizo mucho más agudo. En un Parlamen­
to donde los representantes elegidos por un puñado de votantes
tenían autoridad total sobre comunidades que no podían votar en
absoluto, hubo exigencias inmediatas de una manera más racional
y equitativa de ejercitar ía recién descubierta soberanía del pue­
blo. De hecho, en la Inglaterra del período de la república, se
adoptó un plan racional de representación parlamentaria, sólo pa­
ra ser abandonado durante casi otros dos siglos después de la res­
tauración del monarca en 1660. Y en los estados independientes de
América del Norte, después de 1776, la distribución de la represen­
tación se convirtió en una muy importante preocupación, porque
las comunidades y las regiones particulares temían que sin la apro­
piada representación no estarían adecuadamente protegidos de sus
soberanos compatriotas.
En esta transformación, el gobierno siguió siendo, como co­
rresponde, algo diferente del resto, algo externo a la comunidad
local, pero ese a¿g~oya no era más un rey. Ahora se trataba del cuer­
po representativo mismo, o por lo menos de los representantes de
otras localidades, que eran activos más que pasivos, ejerciendo una
autoridad obtenida de un pueblo que no podía ejercerla por sí
mismo. Cuando la autoridad de los representantes se vio aumen­
tada de esta manera, su función como agentes de una población
de súbditos necesariamente se vio disminuida. Con el pueblo fic-
cional devenido de pronto en supremo, el pueblo real, encarnado
en las comunidades locales, se encontró con que sus derechos y li­
bertades tradicionales estaban en peligro, amenazados por un
cuerpo representativo que reconocía solamente a un superior, que
era una ficción. Los miembros de un Parlamento como agentes de
las comunidades locales se habían visto a sí mismos, y así habían
actuado a menudo, como protectores de los derechos populares
contra las acciones arbitrarias de una autoridad más alta. Cuando
el Parlamento o, más especialmente, la Cámara de los Comunes se
convirtió ella misma en gobierno, ¿quién quedaba para proteger
al pueblo real de sus acciones arbitrarias?
El rey había alegado que su autoridad provenía de Dios, y se
sabía que Dios gobernaba el universo por medio de leyes, leyes
que habían sido convertidas en disposiciones positivas que defi­
nían lo que era correcto y lo que era incorrecto, y cuya observan-
cia y aplicación eran el deber del rey. El rey no podía equivocarse.
Y si su gobierno, engañado por consejeros malvados, hacía algo
malo, el Tribunal Superior del Parlamento podía llamarlo a rendir
cuentas. ¿Pero quién podía llamar al Parlamento para rendir
cuentas cuando el Parlamento hiciera algo malo y no hubiera rey?
¿El Parlamento estaba obligado por sus propias leyes? Si el Parla­
mento hacía las leyes, ¿no podía deshacerlas? Quis custodiet ipsos
custodes? ¿Había alguna manera en que el pueblo, todo el pueblo,
el pueblo ficcional, pudiera materializarse y actuar separado de
sus representantes para protegerse?
Estas preguntas han preocupado a los defensores de la sobera­
nía popular desde sus inicios hasta el día de hoy. Cada tanto, se in­
ventan nuevas respuestas, nuevos dispositivos para que los hechos se
acerquen a la ficción. Las respuestas de Estados Unidos han sido un
tanto diferentes de las de Inglaterra. Pero los caminos seguidos tan­
to por Inglaterra como por Estados Unidos fueron trazados primero
en la Inglaterra del siglo xvii, cuando el Parlamento desafió al rey y
reemplazó el derecho divino con la soberanía del pueblo. Si quere­
mos comprender cómo nuestras propias ficciones fueron creadas y
siguen funcionando, debemos regresar a los años tormentosos en
que los hombres y las mujeres ingleses las probaron por primera vez.
3. La in v en ció n d e l p u e b lo so b er a n o

Cuando el Parlamento empezó a “contarle historias al Pueblo”


en la Grand Remonstrance de 1641, los miembros no tenían ningu­
na intención de derrocar a su rey. Les había molestado su intento
de gobernar sin ellos, de recaudar impuestos sin el consentimien­
to de ellos y, quizá principalmente, su decisión de cubrir cargos en
la iglesia con hombres sospechados de catolicismo encubierto. Pe­
ro se necesitaron siete años y las sucesivas purgas de disidentes an­
tes de que aquellos restantes terminaran de decidirse a deshacer­
se del monarca y la monarquía. Mucho antes, sin embargo,
estaban dispuestos a ir más allá de las protestas y las peticiones. En
febrero de 1642, la famosa ordenanza militar (llamada “ordenan­
za” porque, aunque aprobada por ambas cámaras del Parlamento,
no recibió la aprobación del rey y, por lo tanto, no podía llamarse
“ley”) redraba el mando de la fuerza militar del país de manos del
rey para que fuera ejercido por el Parlamento. La resistencia co­
menzó en abril, cuando la guarnición militar de Hull le prohibió
al rey la entrada a la ciudad. A partir de ese momento, cada lado
se puso a reunir tropas. Antes de que term inara el verano, el rey y
el Parlamento se enfrentaban en la guerra civil.
Aun entonces el Parlamento siguió pretendiendo que el rey
en cuanto rey estaba de su lado, que su cuerpo real y su cuerpo le­
gal estaban con ellos en Westminster, mientras que su equivocada
persona dirigía su ejército contra el ejército del Parlamento.81 Pe­
ro mientras el Parlamento y sus partidarios continuaban con la vie­
ja ficción, las ficciones que se centraban en el derecho divinó de
los reyes no eran adecuadas para respaldar el desafío que el Parla­
mento estaba planteando a la autoridad del rey. Se necesitaba una
nueva ideología, una nueva razón fundamental, un nuevo conjun­
to de ficciones para justificar un gobierno en el que la autoridad de
los reyes estaba por debajo de la del pueblo o sus representantes. La
soberanía del pueblo no era un rechazo de la soberanía de Dios.
Dios seguía siendo la fuente última de toda autoridad guberna­
mental, pero la atención se centraba en ese momento en la fuen­
te inmediata, el pueblo. Aunque Dios daba la autoridad al gobier­
no, lo hacía a través del pueblo, y al hacerlo lo colocaba por
encima de sus gobernantes.
La idea no era completamente nueva. Era por lo menos tan
antigua como los griegos, y en el siglo precedente había servido
para justificar los llamados a la rebelión de los protestantes contra
los reyes católicos y de los católicos contra los reyes protestantes.
Estos “monarcómanos” habían depositado sobre el pueblo el de­
ber de controlar el acatamiento de la voluntad de Dios por parte
de su gobierno y de destituir o matar a cualquier monarca que no
pasara la prueba de la ortodoxia, católica o protestante según fue­
ra el caso.82 La nueva soberanía popular tal como era expuesta por
los partidarios del Parlamento en la década de 1640 le debía mu­
cho a las luchas contra los reyes, así como también le debía algo a
la doctrina del derecho divino que vino a reemplazar, pero el cam­
bio de énfasis era crucial: el deber hacia Dios cedió el paso a los
derechos de los hombres.
El cambio puede ser visto en la transformación de uno de los
argumentos que justifican la resistencia a un rey herético. Los que
luchaban contra los reyes habían asignado un papel clave en esa
resistencia a los magistrados subordinados, aquellos debajo del
rey, sobre la base de que, aunque nombrados por él, su autoridad
provenía directamente de Dios. Cuando las órdenes del rey iban
contra la voluntad de Dios, era su deber obedecerlo a El, de quien
provenía la autoridad. En Inglaterra, el mismo argum ento entró
enjuego al principio en la forma acostumbrada de prescribir yjus-
tificar la resistencia por parte de los funcionarios nombrados por
el rey contra las órdenes del rey.83 Pero a medida que el conflicto
se desarrollaba, los términos cambiaron gradualmente: antes de
1647 se argumentaba que los funcionarios públicos, sin importar
quién los había nombrado, obtenían su autoridad del pueblo y
por ello eran sólo responsables ante el pueblo por sus actos en
funciones. Debían cumplir con la voluntad del pueblo, no con las
órdenes contrarias de quienquiera que los hubiera nom brado.S4
Incluso el texto bíblico más habitualmente usado para desalentar
la resistencia popular al gobierno (Romanos Xlil, “que cada alma
sea sometida a los poderes más altos”) podría ser interpretado pa­
ra justiñcarlas simplemente afirmando que el pueblo es un poder
más alto que su gobierno: “Aunque no es legal que los inferiores
se resistan a los superiores [...] es, sin embargo, muy loable que el
superior resista al inferior. Por lo tanto es indudablem ente legal
que el pueblo, o su representante, resista al rey [...]. El poder del
pueblo es el más alto, el poder supremo”.85
Aunque tal cambio directo del discurso común era poco
usual, las revoluciones del pensamiento frecuentem ente toman la
forma de cambios en el énfasis, no negando las viejas ideas, sino
dándoles un nuevo uso. La vieja ideología del derecho divino no
había excluido en general al pueblo de un papel nominal en la
creación de los reyes. Una vaga suerte de consentimiento o elec­
ción popular en un pasado distante, renovado cada tanto en la ce­
remonia de la coronación, estaba por lo menos implícita. Incluso
los más ardientes monárquicos habían vacilado en fundar la auto­
ridad del rey (o su función como el lugarteniente de Dios) en la
simple conquista. Aunque el hecho de que los reyes ingleses des­
cendieran de Guillermo el Conquistador invitaba a esa atribución,
los publicistas habían preferido a m enudo basar los derechos al
trono de Guillermo (y el de sus sucesores) en algún otro fundamen­
to aparte de la subyugación de sus compatriotas. Con ese fin postula­
ban un acto contractual en el que él aceptaba las leyes inglesas y los
ingleses lo aceptaban a él. El origen del gobierno inglés podía
pues ubicarse en las acciones de los ingleses mismos en un pasado
cómodamente distante y nebuloso. No era necesario, entonces,
que los partidarios del Parlamento contra Carlos I inventaran una
base popular para el gobierno, sino que sólo tenían que ampliar y
hacer más explícito el supuesto papel del pueblo como origen y
definición del gobierno.86 La definición, por supuesto, tendría
que conferir al Parlamento poderes de gobierno independientes
de los que el pueblo pudiera haber conferido al rey, y preferible­
mente superiores. El objetivo inmediato del cambio en las ficcio­
nes era ampliar el poder no del pueblo mismo, sino de los repre­
sentantes del pueblo. No se originó en manifestaciones populares
contra el rey, sino en la disputa entre el rey y el Parlamento, una
disputa que había crecido hasta un punto difícilmente contempla­
do por los votantes que eligieron a los miembros del Parlamento.
En consecuencia, las primeras formulaciones de soberanía popu­
lar en Inglaterra, de las que nunca escapó del todo, otorgaron al
pueblo el poder supremo al elevar a sus representantes elegidos.
El portavoz más elocuente de la nueva ideología fue Henry
Parker, un abogado que se convirtió en secretario del ejército del
Parlamento. Ya en 1642 él y otros parlamentarios imaginaron un
país que existió antes de tener algún rey o cualquier otro funcio­
nario de gobierno. Según esta opinión, el pueblo de la nación, ha­
ciendo uso de sus poderes otorgados por Dios, decidió ser gober­
nado por reyes de sucesión hereditaria (podrían haber escogido
cualquier otra forma de gobierno). Al hacer la elección, pusieron
límites a los poderes del rey en leyes fundamentales y previeron
posibles limitaciones subsiguientes para ser impuestas por sus re­
presentantes en el Parlamento. Los poderes que otorgaron al rey
estaban condicionados a su observancia de esas limitaciones. Si in­
fringiera la confianza puesta en él, el pueblo a través de sus repre­
sentantes podía resistirse con todo derecho y en última instancia
deponerlo, aunque los voceros parlamentarios negaron por mu­
cho tiempo cualquier intención de hacerlo.87
Las nuevas ficciones parlamentarias estiraban la credulidad tan­
to como las antiguas. El derecho divino de los reyes había destacado
el carácter divino de la autoridad del rey sin prestar demasiada aten­
ción al acto en el que se suponía que Dios lo había nombrado. De la
misma manera, la soberanía del pueblo, al destacar el carácter popu­
lar de la autoridad gubernamental, reposaba en supuestos actos del
pas3rlr.g y p r e se n te s, que resultaban casi tan difíciles de revi­
sar como los actos de Dios. La existencia misma de algo como “el pue­
blo”, capaz de actuar para otorgar poderes, definir y limitar nn go­
bierno antes inexistente, requería una suspensión de la incredulidad.
La historia no registraba un acto semejante.
Pero la imposibilidad de una demostración empírica es una
característica necesaria de las ficciones políticas. Ante la falta de
registro histórico, Parker y sus amigos pudieron reconstruir la do­
nación original del pueblo en términos que daban al Parlamento
un poder decisivo en su disputa con el rey. Que el Parlamento re­
presentaba a todo el reino al aprobar leyes e impuestos era, como
hemos visto, ya una parte aceptada de la ideología.88 Parker y sus
amigos convirtieron esta ficción m enor en un fundamento para la
soberanía popular. Era verdad que reconocían que el pueblo co­
mo tal no podía haberse reunido para otorgar el poder a alguien.
La “inmensidad de su propio tamaño” hacía que la acción directa
por parte del pueblo fuera imposible.89 Las naciones en su totali­
dad, en general, no podían “reunirse, ni ser consultadas, ni ser re­
dimidas de la confusión”. De ello se seguía, por lo tanto, que “tan­
to los reyes como las leyes eran producidos y aprobados por
cuerpos de hombres, como nuestro Parlamento es ahora”. Y Par­
ker pasaba fácilmente de cuerpos imaginarios “como nuestro Par­
lamento es ahora” al Parlamento de Inglaterra tal como era en ese
momento y, supuestamente, lo había sido desde tiempos inmemo­
riales. “Podemos decir de él”, argumentaba, “que por su Real Con­
sentimiento él mismo fue fundado al principio, y la realeza misma
fue limitada y atenuada para ser lo que es”.90
Dado que por este razonamiento el Parlamento había efecti­
vamente creado al rey y le había puesto límites, resultaba obvio
que el Parlamento era el mejor juez de esos límites: “por esa supre­
ma razón, la naturaleza de esa limitación y atenuación no sólo de­
bía seguir siendo conocida, sino que también la limitación debía
ser buscada. Pues, ¿quién mejor para exponer lo que los reyes y las
leyes son, y para lo que han sido creados, que ese poder incuestio­
nable, que aquel que por su propio beneficio creó a ambos?”.91
Esta formulación involucraba una circularidad que ni Parker
ni ningún otro vocero parlamentario jamás reconocieron: hacía
del Parlamento su propio creador. Pero tenía la gran ventaja de
dotar al Parlamento no sólo de una parte de los poderes de go­
bierno, sino también del poder inherente al pueblo, el poder de
dar comienzo, cambiar y dar por terminados a los gobiernos. Ypor
circular que fuera el razonamiento, la atribución alcanzaba un gra­
do de credibilidad a partir de la elección de la Cámara de los Comu­
nes, que pasaba por ser el voto popular. Aunque era una pequeña
ftiinoría de la población la que votaba, sólo se necesitaba un es-
fuerzo de la imaginación para ver a las elecciones parlamentarias
como el acto por el que “el pueblo” confería al Parlamento su poder
soberano.
Que la acción directa del supuesto pueblo debía seguir sien­
do ficticia, aparte del elemento de realidad de las elecciones par­
lamentarias, era algo que estaba totalmente de acuerdo con las ne­
cesidades y los deseos del Parlamento en la disputa con el rey. El
Parlamento necesitaba el apoyo popular, necesitaba hombres que
lucharan contra los ejércitos del rey, y necesitaba dinero para pa­
garles, pero no quería que ningún cuerpo popular fuera del Par­
lamento metiera manos en el asunto, fu n g u e la nueva ideología
podía alentar sin peligro un mayor grado de participación popu-
lar en el gobierno que la antigua, su propósito seguía siendo el
mismo; persuadir a las mayorías para que se sometieran al gobier­
no de las minorías. No tenía sentido alentar a los revoltosos a refu­
giarse en la ilusión de que ellos eran “el pueblo”. El mero pueblo,
por muchos que lo formaran en número, no era “el pueblo”, y la
soberanía del pueblo no debe ser confundida con las acciones no
autorizadas de individuos o de multitudes o incluso de grupos or­
ganizados fuera del Parlamento.
El hecho de que la nueva ideología invitaba a esa confusión
fue evidente desde el principio. Era imposible apelar al pueblo pa­
ra que se resistiera a su rey sin parecer estar apelando a personas
individuales, reales, o a grupos de personas. Efectivamente, la so­
beranía del pueblo habría perdido gran parte de su utilidad para
el Parlamento si hubiera sido necesario negar toda relación entre
“el pueblo” y el pueblo real fuera del Parlamento. El resultado de
la disputa con el rey iba a depender del número de cuerpos de car­
ne y hueso que cada lado pudiera reunir, y el Parlamento contaba
con su propia afirmación de representar al pueblo como un me­
dio de conseguir el apoyo popular.
El rey y sus partidarios no ignoraban las ventajas que la nueva
ficción, si era aceptada, iba a dar a sus adversarios. El gobierno del
rey, como cualquier otro gobierno, se basaba en la opinión, y la
disputa entre el rey y el Parlamento era necesariamente una dispu­
ta de opiniones. El hecho de que los monárquicos descartaran el
papel del pueblo como fuente de la autoridad no reducía su nece-
sidad de aoovo popular v. en última instancia, sus propios llama-
dos al pueblo se convirtieron en apelaciones al “pueblo”. Mientras
los caballeros luchaban contra los “cabeza redonda”* en las bata­
llas, sus voceros libraban la guer_ra_de.las ficciones en letra impre-
„sa. Las proclamas y pronunciamientos oficiales, las protestas y las
declaraciones, las acusaciones y las refutaciones que acompaña­
ban cada jugada de ambos bandos estaban diseñadas para el con­
sumo del público, todas apuntaban a conseguir el apoyo popular.
Y junto con estos extensos llamados oficiales aparecían los abun­
dantes e igualmente novedosos folletos y boletines no oficiales di­
rigidos a una audiencia popular.92
Dado que las nuevas ficciones forzaban la credulidad, los mo­
nárquicos hicieron todo lo posible para lograr que el esfuerzo
fuera insoportable. Y si la pura lógica hubiera decidido el resulta­
do, la soberanía del pueblo podría muy bien haber caído en el ol­
vido bajo el ataque violento de los monárquicos. ¿De dónde, se
preguntaban, viene el pueblo que supuestamente ejerció su sobe­
ranía para iniciar un gobierno, de Inglaterra o de alguna otra
parte? No deben haber tenido ni madres ni padres, “como los sal­
tamontes y las langostas que nacen del viento, o como Cadmo, cu­
yos hombres salieron de la tierra”.93 Todos los hombres mortales
qu e alguna vez se han visto han nacido sujetos a la autoridad. Si/
h an nacido súbditos, difícilmente podrían otorgar a otros un po­
der o una autoridad que ellos mismos no poseían. Toda la idea de
lft.,voluntad popular era ridicula en cualquier caso, “pues el pue­
blo, hablando con verdad y propiedad, es una cosa o cuerpo en
constante cambio y alteración, nunca es igual de un m om ento a
otro, estando compuesto de una multitud de partes diversas que
continuamente decaen y perecen, y otras que se renuevan y las su­
ceden”. De esto se seguía que “los que en este m om ento son el
pueblo, en el mom ento siguiente ya no lo son”.94 Además, el Par­
lamento, que afirmaba representar esta entidad cambiante, en
realidad sólo representaba a una pequeña fracción. Mujeres, ni­
ños e incluso la mayoría de los adultos varones poco o nada te­
nían que ver con la elección de los representantes. Y mientras

* Roundheads. A podo dad o a los partidarios del Parlam ento por su corte de pelo al esti­
lo puritano. [T.]
algunos pequeños municipios y ciudades del país tenían asigna­
dos representantes, algunos de los más grandes no los tenían.95
Pero incluso cuando ridiculizaban la idea de un pueblo-sobe­
rano encarnado en un parlamento, los monárquicos no podían re­
sistir la tentación y tomaban la idea en sentido literal, para volver­
la contra sus adversarios. Supongamos que los ingleses salieron de
la tierra y se dispusieron de m anera unánime a delegar cualesquie­
ra poderes que tuvieran, o parte de esos poderes, ¿qué parte ha­
bían delegado al Parlamento y qué parte ai rey? ¿Y en quién, si es
que había alguien, habían delegado el poder para cambiar la dis­
tribución original, cualquiera hubiera sido ésta?
Una referencia a las órdenes judiciales que convocaban a los
votantes a las urnas sugería una respuesta objetiva a estas pregun­
tas. La pequeña minoría de la población que votaba lo hacía por
órdenes del rey, v su orden especificaba el propósito para el que él
necesitaba que ellos eligieran representantes, es decir, para acon­
sejarlo y dar el consentimiento a los actos de su gobierno, “para
ser nuestros consejeros, no com andantes”. No había nada en
aquellas órdenes legales que indicara que a los representantes se
les otorgaban poderes para hacer otra cosa, y ciertamente no, co­
mo el rey se los recordaba, para “cambiar el gobierno de la Iglesia
y del estado”.96 Si el pueblo efectivamente poseía el poder de crear
y destruir gobiernos y también podía otorgar ese poder a otros,
¿qué pruebas había de que alguna vez lo hubiera otorgado al Par­
lamento? “Claramente”, dijo sir John Spelman, uno de los monár­
quicos más capaces, “no hay ningún encargo de esa naturaleza im­
partido a la Cámara de los Comunes. Su tarea está limitada por la
orden judicial impartida para aconsejar al rey, no para aprobar leyes
y ordenanzas que de ninguna manera vayan contra él”.97
Incluso suponiendo que la Cámara de los Comunes represen­
tara a todo el pueblo con algún propósito, por el mismo razona­
miento que le otorgaba soberanía al pueblo, aquellos que elegían
representantes debían también tener poder para despedirlos. Los
voceros del Parlamento argumentaron que el pueblo podía revo­
car los poderes que supuestamente había otorgado al rey. Si ése
fuera el caso, decían los monárquicos, podían también revocar los
poderes que habían otorgado a sus representantes.98
Para confirm ar este último punto, los monárquicos asumie­
ron la voz de los votantes y anunciaron su intención de volver a
llamar al Parlamento por “haber violado la confianza que depo­
sitamos en vosotros”.99 “Nosotros aconsejamos a todos nuestros
caballeros y representantes13, dijeron, “no votar más contra nues­
tro gracioso Soberano Y así como protestamos contra tales
ordenanzas dictadas contra el rey, o sin su consentimiento, retira­
remos nuestra confianza y poder de representación a todos los
que continúen haciéndolo”.100 Un grupo de “caballeros y propie­
tarios” de una docena de condados, ocho ciudades y cincuenta y
dos municipios se dirigieron a sus representantes por su nombre,
repudiando sus acciones, y declararon que “revocaban y recupera­
ban toda aquella confianza, poder y autoridad que antes delega­
mos y entregamos a ellos”.303 Los autores monárquicos llegaron
incluso a sugerir que el pueblo podía retirar todo el poder de la
Cámara de los Comunes y colocarlo en el rey solo.102 Si el pueblo
era soberano, podía poner el poder donde quisiera. Y ésta no era
ninguna amenaza estéril. A medida que la disputa continuó, aun­
que el ejército parlamentario llevaba ventaja, sus voceros en la
prensa estaban dispuestos a reconocer que “el partido más grande
es el del rey”.103
En la medida en que los monárquicos rechazaban en general la
soberanía popular, estaban discutiendo una causa perdida. Pero al
desafiar la afirmación del Parlamento de ser el único depositario de
esa soberanía, ampliaron las dimensiones de la ficción y colabora-,
r¿>n en su futuro éxito como base del gobierno m oderno. Las ficcioJ
fles políticas, ya lo hemos observado, pueden imponer restricciones
a las minorías que gobiernan tanto como a las mayorías que son go­
bernadas; y la soberanía del pueblo podía ser usada para refrenar a
los pocos que gobernaban en el Parlamento, así como el derecho
divino había sido usado para refrenar al rey. Los monárquicos fue­
ron los primeros que trataron de usarla de esta manera, y a ellos los
siguieron otros con objetivos más grandes en mente.
El objetivo para ambos, en la medida en que aceptaban la
nueva ficción, era acercar los hechos de la vida política, no sólo pa­
ra hacer que el Parlamento fuera más receptivo a quienes lo ha- ■
bían elegido, sino también para hacer más aceptable la existencia
misma del cuerpo imaginario que podía crear tanto reyes como par­
lamentos y poner límites a sus acciones. Aun cuando ese cuerpo
mismo no podía ser visto ni oído en ningún momento o lugar, sí po­
día dar, sin embargo, pruebas de su existencia, como la existencia de
Dios, si aquellos en el poder pudieran ser llevados a reconocer
que un conjunto de principios, mandamientos, límites, un conjun­
to de “elementos constitucionales fundamentales”, superior al go­
bierno mismo, emanaba de él. Semejante reconocimiento podría
requerir un acto de fe, como el hecho de considerar al rey lugar­
teniente de Dios, pero podría haberle dado al Parlamento un de­
recho más creíble para ejercer los poderes en nombre del pueblo
que el que habría podido conseguir en las décadas de 1640 y 1650.
El desarrollo de la soberanía popular después de que rev v Parla­
mento fueron a la guerra estuvo más en los esfuerzos de los mo­
nárquicos y los radicales contra el Parlamento que en la ciega
identificación de lo popular con el poder parlamentario como se
decía desde Westminster.
Las limitaciones de la opinión parlamentaria se pusieron en
evidencia en las primeras respuestas al desafio monárquico, que
no fue más allá de dolorosas sorpresas y dogmáticas negativas. A la
vez que reconocían implícitamente la popularidad monárquica,
los voceros parlamentarios se quejaban de deserción. Aquellos
que abandonaban al Parlamento para ir con el rey, decían, “se
abandonan a sí mismos, a su religión, a sus leyes y propiedades, y
todo aquello que puede ser llamado propiam ente suyo”.104 El Par­
lamento no era simplemente el representante del pueblo, era el
pueblo: “los hombres del Parlamento no son otra cosa que noso­
tros mismos y, por lo tanto, no podemos abandonarlos, salvo que
nos abandonemos a nosotros mismos”.103 O, como lo dijo otro
apologista parlamentario, “su criterio es nuestro criterio, y aque­
llos que se oponen al criterio del Parlamento se oponen a su pro­
pio criterio”.106Abandonar al Parlamento no sólo era autodestruc-
tivo, sino que era perverso. “Nada puede haber bajo el cielo”, dijo
Parker, “después de renunciar a Dios, que pueda ser más pérfido y
más pernicioso en la gente que esto”.507 Otros sugirieron que
* aquellos culpables “de falta de respeto desagradecida e indigna al
Parlamento [...} sólo podían ser corregidos con el látigo del Par­
lam ento”.108 A partir de semejantes premisas no debe sorprender
que se encuentren abogados del lado parlamentario argumentan­
do que el Parlamento “no puede equivocarse”, que “ninguna cosa
deshonrosa debe ser imaginada de ellos, y que “reyes seducidos
podrían perjudicar al bien común, pero los Parlamentos n o ”.109
, Oue^un cuerpo tan infalible pudiera estar sujeto a la destitu­
ción o la reprim enda por parte de aquellos que lo habían elegido
era inimaginable. Aunque el Parlamento podría apropiadamente
apoyar al rey a quien, actuando en nombre del pueblo, había crea­
do, el pueblo no tenía un derecho similar en relación con el Par­
lamento, porque el pueblo y el Parlamento eran la misma cosa. 3^1
acto de otorgar el poder a sus representantes por parte del pueblo
“¡ana vez ejecutado era imposible de revocar”. Además, el poder
que otorgaron era total: “El pueblo”, según uno de los más ardien­
te s portavoces parlamentarios, “no se ha reservado ningún poder
para sí, desde sí, en el Parlamento”.110
Al dotar al pueblo con la autoridad suprema, pues, el Parla­
mento pensó solamente en dotarse a sí mismo. Esa intención do­
minó su respuesta a la presión popular, incluso en la forma tradi­
cional de las peticiones. Cuando “los más importantes habitantes
de la ciudad de Londres” hicieron una petición de una menor in­
transigencia en las negociaciones parlamentarias con el rey, el Par­
lamento respondió que su condición de depositario de los dere­
chos de todo el reino no le perm itía satisfacer a una parte del
reino (es decir, los peticionarios), y en un estallido de franqueza
admitió que “no queremos que el pueblo nos solicite nada en ab­
soluto, en ningún caso, salvo cuando nos apartemos manifiesta­
mente de nuestro deber”.113 No decía quién iba a decidir que tal
apartamiento era manifiesto. Para 1647, cuando al Parlamento se
le hizo una petición de un amplio espectro de reformas, incluyen­
do una mayor libertad religiosa, el cuerpo ordenó que la petición
fuera quemada por el verdugo com ún.112
El Parlamento que asumió esta arrogante posición es apropia­
damente conocido como el Parlamento Largo. Votado en 1640, si­
guió siendo el cuerpo gobernante del reino hasta 1653. Durante
ese tiempo la mayoría de sus miembros partieron para unirse al
rey, o murieron, o fueron expulsados, y la mayoría no fue reempla­
zada en nuevas elecciones* El ejército que creó obligó a renunciar
a once miembros en el verano de 1647, y en diciembre de 1648,
durante la Purga del Pride, prohibió por la fuerza a más de 110
miembros el acceso a sus escaños, dejando a solamente unos dos­
cientos miembros en la Cámara de los Comunes. Fue esta minoría
siempre en disminución. la mayoría de ellos elegidos en 1640. ja
qpe decidió expresar hasta 1653 la voluntad del pueblo.115
Gracias a sus ejércitos, el Parlamento sobrevivió al desafío mo­
nárquico en el campo de batalla. Pero la debilidad misma de su
afirmación de representar al pueblo, combinada con su larga du­
ración y la creciente lejanía de sus electores, invitaba a desafíos
que iban más allá del representado por los monárquicos, desafíos
en los que la relación de la soberanía popular con las personas
reales fue analizada de manera tan penetrante como jamás lo ha­
bía sido. Mientras la cuestión de la guerra estuvo dudosa, los más
ardientes defensores de la nueva ficción se contentaron con cerrar
filas detrás del Parlamento.114 Para el verano de 1645, mientras las
fuerzas del rey trastabillaban hacia la rendición, voces desde den­
tro de las propias filas comenzaron a exponer las deficiencias de la
pretensión parlamentaría y a solicitar reformas que achicaran la
brecha que separaba la ficción de los hechos.
Las voces venían de muchas direcciones. El derrocamiento in­
minente del rey, su ejecución en 1649 y el establecimiento de un
gobierno republicano hicieron que muchos hombres reexamina­
ran todas sus viejas suposiciones acerca de sí mismos y del mundo
en que vivían.115 Un grupo, creyendo que la Quinta Monarquía
anunciada en el Apocalipsis estaba cerca, solicitó el establecimien­
to inmediato de un gobierno teocrático en manos de santos. Otro
grupo, que llegó a ser conocido como los diggers ('cavadores), de­
cidió abandonar casi todas las relaciones y las instituciones que los
habían ligado a otros hombres hasta ese momento. Armados sola­
mente con azadas y visiones místicas, empezaron a cavar en los te-
rrenos comunes y solicitan poner fin a la propiedad privada y a las
diferenciaciones sociales. Estas personas apacibles eran demasiado
pocas en número y demasiado imaginativas en sus objetivos como
para afectar seriamente la forma que finalmente iba a adquirir la
soberanía popular. Pero otro grupo, etiquetado por sus adversa-
nos como levellers (niveladores), aunque no logró conseguir la ma­
de sus objetivos, estuvo m ucho más cerca,116 Los objetivos
y o r ía
que se propusieron no estaban fuera del alcance, y muchos, de he­
cho, han sido alcanzados en el desarrollo de la soberanía popular
que todavía continúa.
Que los levellers llegaran a estar tan cerca del éxito como lo es­
tuvieron en su propio tiempo se debió a la influencia que ejercie­
ron sobre otro grupo que también estaba insatisfecho con el Par­
lamento, concretamente el ejército que libraba las batallas de éste.
Tanto el ejército como los levellers, dentro y fuera del Parlamento,
estaban comprometidos con la supremacía del Parlamento sobre
ej rey. Pero al igual que los monárquicos, con los que en algún
punto casi unieron fuerzas, _se fueron sintiendo cada vez más des­
contentos con el Parlamento tal como existía, Ysu descontento los
impulsó, como había ocurrido con los monárquicos, a pensar en
■áLsigmfieadP-.de la soberanía popular con más seriedad de lo que
los miembros del Parlamento estaban dispuestos.
Lo que inicialmente provocó la insatisfacción de los levellers y
del ejército, e incluso de otros grupos, no fue tanto lo que el Par­
lamento era o no era, sino lo que hacía o dejaba de hacer. La dis­
puta del Parlamento con el rey había estado fuertemente influen­
ciada por sus políticas religiosas. Sus miembros temían que el rey
deseara conducir a la Iglesia de Inglaterra de regreso a Roma, y
que incluso pudiera llegar a convocar a las tropas católicas de
Francia o de Irlanda para lograr ese objetivo, un miedo agudizado,
si no confirmado, por sus esfuerzos por obtener ayuda exterior
después de iniciada la guerra. El Parlamento, en su hostilidad al
catolicismo, probablemente disfrutaba de un amplio apoyo popu­
lar. Pero de ello no se sigue que los ingleses estuvieran de acuerdo
con las ideas religiosas de sus miembros. Con la abolición de las
restricciones después de 1641, las creencias religiosas y eclesiásti­
cas se multiplicaron. Algunos apoyaron la continuación del epis­
copado, algunos una cierta forma presbiteriana de Iglesia nacio­
nal, y otros, que representaban una gran variedad de doctrinas
teológicas, se inclinaban por la libertad para que cualquier grupo
organizara su propia Iglesia independiente sin ninguna necesidad
de una organización que abarcara a todo el país.
Lo que ocurrió fue que los miembros del Parlamento se fue­
ron inclinando cada vez más a favor de una Iglesia presbiteriana
nacional, y fueron empujados en esta dirección por la necesidad
de ayuda militar de Escocia, donde los presbiterianos tenían el
control. Hacia 1645 parecía que el Parlamento, dado su curso, iba
a im poner el presbiterianismo a todos. Pero, tal como estaban las
cosas, los hombres que componían el ejército se inclinaban cada
vez más a apoyar la Independencia, es decir, la libertad religiosa y
la independencia de las diferentes congregaciones. O.liver Croro-
well en particular, que condujo a la caballería en victorias especta­
culares sobre las fuerzas del rey, apoyaba la libertad religiosa, al
igual que j^hn Lilburne, un teniente coronel tan intrépido con la
pluma y la tinta como lo era Cromwell con la espada. jLilburne,
junto con Richard Overton, u n impresor, y William Walwyn, un co­
merciante de Londres, produjeron un torrente de escritos que íes
valieron el nombre de levellers a ellos y sus partidarios. Iiran todos
“independientes” en sus opiniones acerca de la Iglesia, y fue en
aposición a las políticas presbiterianas del Parlamento que formu­
laron por primera vez sus propuestas de reforma.
Las propuestas mismas, aunque apuntaban a cambios en las
políticas parlamentarias, iban más allá de medidas específicas.
Proponían cambiar lo que el P a r la m e n t o h a c ía , c a m b i a n d o lo
que era y, al mismo tiempo, proponían ponerle límites, en nom­
bre del pueblo, a lo que podía hacer. No sólo querían dar una
mayor participación a la gente para la elección del Parlamento, si­
no también dar “al pueblo” una manera de ejercer su soberanía
finiera del Parlamento y con una necesaria superioridad respecto
dg éste. El hecho de que los levellers y la mayoría de los otros refor­
madores del período fracasaran se debió a que tomaron las nue­
vas ficciones demasiado literalmente, dotando a “el pueblo” con
capacidades de acción que un cuerpo tan ideal —ideal en sentido
filosófico—jamás podría poseer. Pero por ello mismo dejaron ex­
puesto el fracaso del Parlamento en no tomar demasiado en serio
sus propias ficciones y alertaron a quienes aceptaban las nuevas
ficciones sobre la necesidad de limitar las acciones de cualquier
poder gobernante, cualquiera que fuera su supuesta fuente de
autoridad.
Las propuestas de los levellers desmentían el nombre que sus ad­
versarios les habían puesto. La palabra 11leveller” (nivelador) implica-
lya un deseo de nivelar las diferencias sociales y económicas, y ha­
bría descrito con mayor precisión a los dimers (cavadores), a quienes
e$ efecto se les aplicó en su primera aparición, probablemente co­
mo parte del esfuerzo constante de desacreditar a los levellers. Tam­
bién podría haber sido aplicada a algunos panfletistas aislados de la
época, que denunciaron a los votantes por votar para el Parlamento
“a los más nobles y más ricos del condado”, argumentando que “son
ellos quienes los oprimen, de modo que la esclavitud de los votantes
es la libertad de ellos, la pobreza de aquéllos es la prosperidad de és-
t o s 1i'LLos mismos levellers se quejaban muy poco acerca de la com­
posición social de la Cámara de los Comunes. Ellos expresamente
negaban tener alguna intención de nivelar los patrimonios, y que­
rían que la Cámara también lo negara.11^ Sus propuestas para refor­
mar la Cámara estaban dirigidas, no tanto contra el hecho de que
estaba dominada por una elite social como contra la desigual distri­
bución geográfica de las bancas y su larga duración. Querían elec­
ciones anuales y una asignación de escaños entre los condados de
Inglaterra proporcional a su población. Habrían ampliado el dere­
cho al sufragio, excluyendo sólo a las mujeres, a los niños, a los cri­
minales, a los sirvientes y a los indigentes,119 y le habrían negado a
la Cámara de los Comunes el derecho de expulsar a un miembro
sin el consentimiento de sus componentes. A una Cámara de los Co­
munes reformada de esta manera le habrían dado todos los poderes
del gobierno central, eliminando totalmente del gobierno a la Cá-
jn a ra de los Lores junto con el rey.120 ____________________
La extensión del sufragio y de la representación podría muy
bien haber dado como resultado una cierta ampliación en la com­
posición de la Cámara de los Comunes para que incluyera a hom­
bres de m enor rango, pero si ése fue el objetivo de los levellers, no
lo expresaron. La eliminación de la Cámara de los Lores, por cier­
to, habría impedido a los rangos más altos de la aristocracia una
participación automática en la autoridad política. Pero al propo­
ner la abolición de la Cámara de los Lores, los levellers no propusie­
ron la abolición de la nobleza. Es más, invitaban a que cualquier
lord que todavía abrigara la ilusión del poder político se presenta­
ra a las, elecciones para la Cámara de'los Comunes,121 y no es im­
probable, dada la influencia económica de la mayoría de los lores
y la deferencia popular que en general se les dispensaba, que mu­
chos podían haber ganado escaños en una Cámara del upo pro­
puesto por los levellers. No es evidente que este resultado pudiera
haber molestado a los levellers. La soberanía del pueblo, tal como
ellos la veían, no requería ningún cambio radical en la estructura
social, de hecho, lo prohibía.
Sí se requería, sin embargo, más que una reforma en la elec­
ción y la distribución de los representantes en una Cámara de los
Comunes más fuerte. Aunque la reforma de la Cámara de los Co­
munes propuesta por los levellers apuntaba a perm itirle hablar
más sinceramente de lo que ellos consideraban la voluntad del
pueblo, nunca reclamaron, como hizo Henry Parker, que el Par-
lamento fuera “el pueblo” mismo. Y a medida que se fueron sin­
tiendo más v más desilusionados con el Parlamento existente, fue­
ron pensando cada vez más en términos no m eram ente de
reformarlo, sino de encontrar maneras adicionales, alternativas,
más directas, de expresar la voluntad popular, y con ello controlar
a cualquier parlamento futuro que escapara al control popular,
¡como lo había hecho éste.
Los levellers, efectivamente, habían identificado el problem a j
principal de la soberanía popular, el asunto de poner límites a un
gobierno que hacía derivar su autoridad de un pueblo por quien
sólo él, según aseguraba, tenía el derecho de hablar. ¿Cómo podía
el pueblo, suponiendo que existiera algo semejante, hablar por sí
mismo y dar órdenes al gobierno que supuestamente él había
creado? En particular, ¿cómo podía el pueblo dirigirse a un Parla­
mento que reclamaba para sí, en nombre de ese mismo pueblo,
una autoridad que carecía de límites?
La primera línea de una aproximación a la limitación popular
del Parlamento provino de una dirección marcada por los m onár­
quicos. Estos habían argumentado repetidam ente que el pueblo
podía otorgar a sus representantes sólo aquellos poderes, cuales­
quiera que fueran, que ese mismo pueblo poseía. La visión monár­
quica respecto a cuáles poderes poseía el pueblo era, por supues­
to, limitada: el pueblo tenía el poder de aprobar la legislación y no
mucho más. Cuándo se volvió evidente que el Parlamento estaba
empeñado en establecer el presbiterianismo como la religión del
estado, aquellos que tenían una visión más amplia de los poderes
del pueblo, pero apoyaban la libertad religiosa, recogieron y am­
pliaron el argumento monárquico. A comienzos de 1645, Walwyn
lo reformuló y transformó para prohibir toda regulación parla­
mentaria sobre religión: “El pueblo de un país”, dijo, “al elegir un
Parlamento, no puede, entonces, otorgar más poder que el que él
mismo posee; la fórmula sencilla es que aquello que un hombre
no puede obligarse voluntariamente a hacer, o prohibirse hacer
sin pecar, no puede ordenar o hacer que alguien ordene a otro
que haga”.122 Richard Overton reiteró la idea el siguiente año al
decir a los miembros del Parlamento: “ni ustedes, ni nadie más
puede tener poder alguno para involucrar al Pueblo en los temas
que conciernen a la adoración de Dios [...] pues no podemos
conferir un poder que no estaba en nosotros, pues no hay ningu­
no de nosotros que pueda sin pecar deliberadamente comprome­
terse a venerar a Dios de ninguna otra manera, sólo así, según
nuestro particular entender, aprobaremos lo que sea justo”.123 El
argum ento fue presentado de manera más dramática en 1648
cuando los levellers en el ejército discutieron el tema con sus oficia­
les. En respuesta a la sugerencia de los oficiales de que el magistra­
do civil podría tener algún poder limitado para suprimir la blasfe­
mia y regular la religión, Thomas Collier, un capellán con
tendencias baptistas, preguntó cómo el magistrado podía tener
ese poder. Dios mismo podía dárselo, reconoció: “Si Dios mismo le
ha dado ese nombramiento, nada podemos hacer para limitarlo”.
Pero el derecho divino tendría que ser demostrado: “ Si Dios mis­
mo le ha dado ese nombramiento, entonces, que lo demues­
tre”.124 No era necesario aclarar que nadie podía mostrar un nom­
bramiento firmado y sellado por el Todopoderoso. La divinidad se
apartaba del gobierno.
Una vez que se admitió que había poderes que el pueblo no
podía conferir a su gobierno, era natural extender la limitación
aberra de lo qne e.1 pueblo podía otorgar, así como limitar la am­
plitud de los poderes que otorgaba o había otorgado. Overton
proporcionó una base teórica para la prim era clase de limitación
postulando un poder igual en todos los hombres sobre sus propios
.cuerpos. A partir de esta propiedad individual del yo deben deri­
varse todos los poderes confiados al gobierno. Todo el propósito
de ese otorgamiento de poderes era para los “diferentes benefi­
cios, seguridades y libertades” de aquellos que los concedieron.
Por lo tanto, argumentaba, sólo se podían otorgar aquellos pode­
res que servían a ese propósito, “pues por naturaleza, ningún
hombre puede abusar de sí mismo, atorm entarse o afligirse a sí
mismo, de modo que por naturaleza, ningún hombre puede dar
ese poder a otro, dado que no puede hacerlo consigo m is m o 123
John Cook, un abogado y simpatizante de los levellers, lo expresó
de manera más positiva: “los hombres libres no pueden entregar
su libertad más allá de lo que conduce a la justicia universal y a la
privada”.126 En otras palabras, en un lenguaje de tiempos posterio­
res, algunos derechos y poderes humanos eran inalienables.
Mientras Overton y Cook estaban form ulando estas teorías
precoces, Overton, Lilburn y otros también estaban en busca de
alguna forma de materialización de los derechos específicos del
pueblo en leyes fundamentales que contrarrestaran cualquier
disposición en contrario que hubiera sido aprobada por el Parla­
mento. En esta búsqueda se veían obstaculizados por las ficcio­
nes históricas que habían creado ai argum entar a favor de la abo­
lición del rey y la Cámara de los Lores. Mientras que los
monárquicos habían evitado en general basar los derechos de los
reyes ingleses en la conquista de Guillermo, los levellers adopta­
ron esa atribución como un medio de desacreditar no sólo al rey
y a la Cámara de los Lores, sino también a gran parte de la legis­
lación inglesa, incluyendo el derecho consuetudinario (que tra­
dicionalmente había sido considerado el baluarte de la libertad).
Todo ello era producto del “yugo n orm ando”, del que los ingle­
ses debían entonces librarse. Y los levellers continuaron atacando
el derecho consuetudinario y a los abogados que eran necesarios
para descifrar sus intrincados vericuetos en latín y francés.127 En
consecuencia, mientras Lilburn y sus amigos buscaban una ex­
presión legal de la voluntad del pueblo fuera de Parlamento, tu­
vieron que recurrir a lo ocurrido antes de 1066 para hallar “cons­
tituciones y costumbres fundam entales”;128 de otra m anera
debían contentarse con las concesiones que habían logrado
arrancarles a los monarcas subsiguientes. Consideraban que es­
tas concesiones, incluyendo la Carta Magna y la Petición de De­
rechos, “no eran más que una parte de los derechos y libertades
del pueblo [...] arrancadas de las garras de aquellos reyes que
habían conquistado al país, habían cambiado las leyes y por la
fuerza los m antenían subyugados”.129
Los levellers habían llegado a adoptar esta posición incluso an­
tes de que el rey fuera sometido. Después de que sus ejércitos fue­
ron derrotados y ei rey mismo se había convertido en un prisione-
.rp. dejó de ser necesario buscar en el pasado las constituciones
fundamentales o hacer reposar las libertades del pueblo en las
¿eoncesiones de los tiranos. Había llegado el momento de hacer
una declaración completa de los derechos del pueblo y de estable­
cer los límites de los poderes que la gente podía y debía conceder
a sus representantes en una Cámara de los Comunes reformada y
suprema. Lo que los levellers proponían era un “Acuerdo del Pue­
blo” que debía ser firmado por todos los ingleses que estuvieran
de acuerdo con transferir a sus representantes los poderes allí es­
pecificados. (No está del todo claro qué habría ocurrido con aque­
llos que no estuvieran de acuerdo.)130
Las prohibiciones y requerimientos específicos para el Parla­
mento sin rey y sin pares del reino que se iban a incluir en ese
acuerdo reflejaban la experiencia de los años precedentes. Entre
otras cosas, además de las limitaciones contenidas en la Carta Mag­
na y la Petición de Derechos, el Parlamento no podía legislar so­
bre religión, no podía reclutar hombres para el ejército o la mari­
na, no podía otorgar privilegios o exenciones legales a ninguna
persona individual ni a ningún grupo, no podía enviar a prisión
por deudas ni im poner penas graves para delitos triviales, así co­
mo tampoco podía exigir a los acusados que respondieran a pre­
guntas que pudieran comprometerlos, “ni nivelar los patrimonios
ni destruirlos, ni convertirlos en com unes”.133 Muchas de las dis­
posiciones eran imprecisas en su redacción, producto de los com­
promisos y las discusiones no sólo entre los levellers mismos, sino
también entre los levellers de dentro y fuera del ejército, por una
parte, y los oficiales del ejército, por la otra.
Como consecuencia de tales discusiones, el Acuerdo sufrió un
gran número de metamorfosis y se publicaron varias versiones di­
ferentes de él en distintos momentos. Para nuestros propósitos,
sin embargo, las-disposirion^ pspprífíra.s son menos im portantes
que la idea, en él contenida, del pueblo actuando separado de sus
^representantes en el Parlamento. En la primera versión publicada,
del 3 de noviembre de 1647, el razonamiento era claro: “Ninguna
ley del Parlamento es o puede ser inalterable, y por lo tanto no
puede constituir una seguridad suficiente para evitar daño a al­
guien por lo que otro Parlamento pueda decidir, en caso de que
sea corrupto; y además, los Parlamentos deben recibir la totalidad
de su poder, y la confianza de aquellos que se lo otorgan; y, por lo
tanto, el pueblo debe declarar cuál es su poder y su confianza, que
es el propósito de este Acuerdo”.132 En consecuencia, la versión fi­
nal expresamente prohibía que cualquier representante “entrega­
ra, dispusiera o eliminara alguna parte de este Acuerdo”.133 La res­
puesta del Parlamento existente a la propuesta fue como podía
esperarse: el Acuerdo del Pueblo, proclamó la Cámara de los Co­
munes, es sedicioso, “destructor de la esencia de los Parlamentos y
del gobierno fundamental del Reino”.134 Un Parlamento que alega­
ba poseer autoridad omnipotente otorgada por el pueblo no podía
permitirse admitir la posibilidad de que el pueblo se corporizara en
cualquier lugar fuera de las paredes de Westminster.
Si alguna vez hubo alguna posibilidad de que el Acuerdo del
Pueblo pudiera haber sido implementado, habría sido a través del
ejército, que para 1647 había empezado a verse a sí mismo como re­
presentando al pueblo más directamente que el Parlamento. El Par­
lamento había reclutado el “Nuevo Ejército Modelo” (Ñew Model
Army), como se lo llamó, en la primavera de 1645, y había logrado
un éxito casi inmediato. Tuvo menos éxito en lo que se refería a re­
caudar el dinero para pagarlo. En la primavera y el verano de 1647,
cuando el Parlamento decidió, sin embargo, disolverlo, los soldados
reclutados formaron su propia organización para protegerse, eli­
giendo a dos “agitadores” de cada regimiento. En junio los soldados
asumieron un “Solemne Compromiso” de no disolverse hasta que
sus exigencias fueran satisfechas, y sus exigencias incluían no sólo el
pago de sus propios sueldos atrasados, sino también algunos de los
cambios políticos que los levellers habían propuesto. El mismo día en
que asumieron el Compromiso, uno de ellos, el famoso Cornetjoy-
ce, secuestró al rey de manos de sus guardianes parlamentarios,
dándoles de esta manera a los soldados una carta de triunfo políti­
ca, pues el rey, aunque ya no era una fuerza militar, seguía siendo
una fuerza importante desde el punto de vista político. Los soldados
crearon entonces un Consejo del Ejército, formado por sus agitado­
res y dos oficiales de cada regimiento, junto con varios oficiales de
estado mayor. Fue en ese cuerpo y sus comisiones donde fueron ela­
borados los términos del Acuerdo del Pueblo, y era ese cuerpo el
que podría haber encontrado una manera de instrumentarlo por
medio de alguna suerte de aprobación por voto popular.133
Aunque los levellers mismos continuaron insistiendo en la adop­
ción del Acuerdo del Pueblo como una constitución fundamental,
el Consejo del Ejército, cada vez más dominado por Oliver Crom-_
well y su yerno Henry Ireton, desvió sus esfuerzos e hizo del ejército
rq-ismo el instrumento para el supuesto control popular del Parla­
mento. Los soldados, en su Compromiso de junio de 1647, habían
señalado especialmente que ellos “no eran un ejército de mercena­
rios contratados para servir a algún poder arbitrario de un estado,
sino que habían sido convocados y requeridos por varias Declaracio­
nes del Parlamento, para la defensa de las libertades y derechos de
nosotros mismos y del pueblo”.136 Con el rey en sus manos, en
Hampton Court, habían marchado sobre Westminster en agosto de
1647 y forzado la dimisión o el retiro del Parlamento de los líderes
presbiterianos. Cuando el rey escapó a la Isla de Wight y los monár­
quicos se unieron a él en una segunda guerra civil, el ejército actuó
otra vez no sólo para derrotar a los monárquicos, sino también para
poner fin a las negociaciones parlamentarias con él. El 6 de diciem­
bre de 1648, el coronel Pride, en las puertas de la Cámara de los Co­
munes, prohibió la entrada a todos los miembros del Parlamento
que apoyaban esas negociaciones. Al cabo de dos meses lo que que­
daba del Parlamento Largo había juzgado, condenado y decapita­
do al rey, y en marzo de 1649, había abolido tanto a la monarquía
como a la Cámara de los Lores.
Al hacerse cargo del gobierno, el ejército continuó actuando
a través del Parlamento. Fue un Parlamento que debía su existen-
cia más a los mandatos del ejército que a la elección directa, pero
el ejército justificaba sus dictados en nombre del pueblo. Incluso
mientras continuaban debatiendo un posible Acuerdo del Pueblo,
los portavoces del ejército explicaban que aunque era reclutado
por el Parlamento, en realidad era el agente apropiado del pue­
blo: “Es verdad, el ejército recibió su mandato del Parlamento, así
como el Parlamento recibió el suyo del pueblo; de modo que el
ejército es igualmente nombrado por el pueblo, tal como lo ha si­
do por el Parlamento, o el Parlamento por el pueblo”. Así como el
Parlamento había anteriormente afirmado estar apoyando al ver­
dadero ser del rey al resistirse a él, en ese momento, el dominio
del Parlamento por parte del ejército no era “desobediencia y opo­
sición al Parlamento, sino defensa del Parlam ento”. E¡ Parlamen­
to, considerado correctamente, debe querer lo que el ejército que­
ría, porque el ejército quería lo que el pueblo quería.137
Al comienzo de la Purga de Pride, se ofreció una identifica­
ción más fuerte con el pueblo, quizá sin que el ejército tuviera que
buscarla. William Sedgwick, un capellán del ejército, después de
argumentar que el poder había pasado del Parlamento al pueblo,
declaró que “este ejército es realmente el pueblo de Inglaterra, y tie­
ne la naturaleza y el poder de su totalidad en él”. Era, dijo, “el pe­
cho y la fortaleza mismos de Inglaterra”. Tenía en él “el alma y la
vida de la nación”. Tenía “de manera incuestionable que recibir el
título de pueblo de Inglaterra’'. A la luz de tan perfecta identificación
con “todo el reino en su sentido verdadero y correcto” era ridículo
que el ejército se siguiera ocupando del Acuerdo del Pueblo.138
El razonamiento por el que Sedgwick llegó a esta conclusión re­
veló una tendencia que iba a dar forma a muchas futuras apologías
para cualquier poder que alegara actuar en nombre del pueblo. El
habló del pueblo solamente “en su sentido verdadero y correcto”,
que no era el sentido más literal que los levellers tenían en mente. El
ejército, de acuerdo con Sedgwick, era “verdaderamente elpueblo, no
como torpe montón, o como un cuerpo pesado y tosco, sino de una mane­
ra seleccionada, selecta. Es el pueblo en virtud, espíritu y poder, reunido
en corazón y en unión, y por ello muy capaz y apto para el trabajo
que tiene entre manos. El pueblo, en torpe montón, es un monstruo,
una inmanejable y rústica turba que no sirve para nada”.539
Como la autoridad del gobierno se alejaba cada vez más de to­
da verdadera designación por elección popular, las caracterizacio­
nes del pueblo se hicieron cada vez menos halagadoras. Era la
“m ultitud frívola”, “bestias en forma de hom bres”, que se iban a
destruir a ellos mismos a la m enor oportunidad. No era “vox, sino
saluspopuli” lo que debía predominar; “la mayor razón” debía pre­
valecer sobre la “mayor, voz”,140 Éstos no eran los sentimientos de
los monárquicos, sino de los partidarios tanto del P.arla.me.nJ-n-r.o-
mo del ejército. Así pues, el reverendo John Goodwin, un frecuen­
te vocero de los poderes de turno, justificó la Purga de Pride sobre
la base de que era correcto “salvar la vida de un lunático o de una
persona desviada, aun contra su voluntad”, y pasaba a argumentar
que “si un pueblo es depravado y corrupto, de modo que confiere
lugares de poder y confianza a hombres perversos y no merecedo­
res, pierde su poder en este sentido, el cual pasa a aquellos que
son buenos, aunque sean pocos. De modo que nada que se quiera
argumentar a partir de la falta de acuerdo entre el pueblo y el ejér­
cito tendrá sentido”.141 Que no se podía confiar en el pueblo en
masa para su propio bienestar era evidente a partir del "amor infan­
til que la gente común y corriente deposita en la persona poco
atractiva de un rey”.142 Había que salvarlos de ellos mismos, pues
estaban “tan engañados con la grandeza del rey” que pensaban
que habría sido impropio resistirse a él.143
Los levellers no compartían esta opinión acerca del pueblo y
continuaron insistiendo en un Acuerdo del Pueblo, para ser im-
plem entado por el consentimiento expreso de los individuos en
toda Inglaterra y para ser tratado también como un contrato entre
los representantes y sus votantes. Después de la ejecución del rey, que
fue más allá de la deposición que los levellers proponían, protestaron
con vehemencia contra “las nuevas cadenas de Inglaterra” impuestas
por el ejército y por lo que quedaba del Parlamento Largo al gober­
nar sin la autorización del pueblo y sin consideración de los límites
que habrían sido fijados por un Acuerdo del Pueblo.144 El ejército
respondió en marzo de 1649, arrestando a Lilburne, Overton,
Walwyn y Thomas Prince (un comerciante que había aparecido re­
cientemente como líder del movimiento). Desde la Torre de Lon­
dres estos cuatro continuaron denunciando al nuevo régimen, pe­
ro la estridencia de sus protestas revelaba la inutilidad de su causa.
Aunque conservaban seguidores entre los soldados comunes, no
eran suficientes como para preocuparse. Un motín producido por
sus parddarios en mayo de 1649 fue rápidamente aplastado, y con
él desapareció toda esperanza de un Acuerdo del Pueblo. En sep­
tiembre, el infatigable Lilburne hizo público un llamamiento a la
acción popular para elegir una nueva asamblea representativa que
reemplazara y derrocar al Parlamento existente y establecer los
principios del Acuerdo. Pero para entonces la debilidad de la res­
puesta dejó en claro que la causa leveller estaba perdida.145
4. L os d o s cu erp o s d el p u e b lo

La desaparición de los levellers y su Acuerdo del Pueblo dejó


sin respuesta la pregunta de cómo las personas reales podrían
ejercer la reconocida soberanía “del pueblo” sobre un gobierno
cuya afirmación de representarlo se estaba haciendo cada vez más
difícil de acreditar. La credibilidad del gobierno sin reyes sólo se
hacía más dudosa por el esfuerzo de fortalecerla a través de un
“Compromiso” (que no debe confundirse con el Compromiso de
los soldados de junio de 1647) al que se suponía que todos los ciu­
dadanos suscribían. El nuevo compromiso decía simplemente que
los firmantes “serían leales y fieles a la República de Inglaterra, tal
como está establecida ahora sin rey ni Cámara de los Lores”.146 En
lugar de un Acuerdo del Pueblo que pondría límites al gobier­
no, éste ofrecía al Parlam ento y a sus amos militares un cheque
en blanco para gobernar como quisieran, ni siquiera limitado por
las restricciones tradicionales que habían puesto coto al antiguo
gobierno del rey.
En apoyo de una apuesta por el poder tan audaz, los voceros
del ejército del Parlamento ofrecieron argumentos que entrega­
ban la soberanía del pueblo a los batallones más fuertes en una nue­
va especie de derecho divino. Todo gobierno, descubrían entonces
sus apologistas, descansaba en la fuerza,
Y así era como Dios lo quería. Era el solemne deber de todos
los hombres obedecer a quien tuviera la fuerza, porque “no es po­
sible que nadie pueda llegar a la cima del poder sin que Dios lo
hubiera dispuesto así”.147 No tenía sentido cuestionar la autoridad
del gobierno existente porque no había ningún gobierno rival y
“nada puede obligar a algo que no existe”. De esto se seguía “que
quienes poseen los puestos y realizan los deberes defacto deben, de
jure y ex debito, recibir las dignidades correspondientes a la autoridad
pública”.148
A la vez que se glorificaba de esta manera la fuerza bruta (“el
poder de la espada es, y siempre ha sido, el fundamento de todos
los títulos para gobernar”) Marchamont Nedham, que iba a obte­
ner una reputación no merecida como pensador político, procla­
maba la superioridad del gobierno existente tanto sobre la monar­
quía como sobre la clase de gobierno prevista en el Acuerdo del
Pueblo. El Acuerdo, acusaba, con la inclusión de la propuesta leveller
de elecciones anuales y la ampliación del sufragio, habría dado co­
mo resultado que “personas incultas e ignorantes, sin estudios ni
fortuna, alcanzaran posiciones de autoridad”. La “multitud dog­
mática” habría votado a “lo bajo del pueblo” que se habría ocupado,
como algunos de sus predecesores romanos, de “ordeñar y castrar
los monederos de los ricos”, un resultado que abriría el “camino a
toda clase de licencias y males, a la mera anarquía y confusión”.149
Aunque el Acuerdo del Pueblo se había convertido en una cau­
sa perdida, estas denuncias histéricas eran muestras de la debilidad
del apoyo popular al régimen existente. Nedham escribía con el ob­
jetivo de persuadir a la gente para que se sumara al compromiso, pe­
ro el compromiso mismo alentaba a otros a desafiar la legitimidad
del régimen. En la anterior Liga Solemne y el Pacto de 1643, el Par­
lamento había pronunciado la promesa de “preservar y defender la
persona y la autoridad de la majestad del rey, en preservación y de­
fensa de la verdadera religión y las libertades de los reinos (de Ingla­
terra, Escocia e Irlanda), que el mundo sea testigo de nuestras con*
ciencias y de nuestra lealtad, y de que no tenemos ideas ni
intenciones de disminuir el poder justo y la grandeza de Su Majes­
tad”.150 Pero después, el remanente de la Cámara de los Comunes
había no sólo matado al rey, sino también transformado el gobierno
para excluir al rey, a la monarquía y a la Cámara de los Lores. En el
compromiso le estaban pidiendo al pueblo que aprobara, después
de consumadas, acciones que ellos mismos admitían que no habían
contado, ni contaban, con la aprobación del pueblo.
La respuesta de los que tuvieron el valor de darla fue negar
que los miembros de la Cámara de los Comunes pudieran otorgar­
se a ellos mismos el poder supremo: “Si tal concesión podía crear
un derecho, pocos hombres que pudieran conseguir la fuerza ca­
recerían de preferencias”.151 Si el gobierno del rey, los Lores y los
Comunes, juram entados en la Liga Solemne y el Pacto, iba a ser
modificado, debía serio por el pueblo mismo, no por los represen­
tantes elegidos por el ejército entre los representantes elegidos
por el pueblo para formar parte de ese gobierno que. el ejército y
lo que quedaba del Parlamento Largo habían destruido (“pues es­
tá más allá del poder de los constituidos, y sólo en el de los consti­
tuyentes, la posibilidad de hacer tal alteración en la Constitución
fundam ental”).352 El compromiso mismo era prueba suficiente de
que el pueblo no había autorizado el cambio: “Si lo hubiera he­
cho, ¿con qué objetivo se le ofrecía este compromiso? En efecto,
ya lo había suscrito antes, y sin duda se m antendría fiel a lo que ya
había hecho”. Aunque aquellos que se manifestaban contra el
compromiso no ofrecían ningún plan acerca de cómo el pueblo
podría llegar a formar un nuevo gobierno, si es que efectivamen­
te deseaba hacerlo, estaba claro que no podría haberlo hecho en
las elecciones para la Cámara de los Comunes: ‘Jamás se le dio,
confirió o encargó a la Cámara de los Comunes un poder de cons­
tituir un gobierno nuevo fundamental y supremo, ni antiguamen­
te ni últimamente, de lo que tengamos noticia o estemos seguros.
Todo lo que (según nuestro entender) ellos pueden alegar haber
recibido del pueblo, es un poder para ser parte integrante del go­
bierno y la Constitución; no el poder de ser constituyentes, como
actores, ni como plenipotenciarios para transformarlo, ni para
fundar otro”.103
Los adversarios del compromiso, como los levellers antes que
ellos, se habían aferrado a una distinción que iba a volverse funda-
mental para el desarrollo posterior de las ficciones que constituye-
ron la soberanía del pueblo: la diferencia entre el poder de legis-
lar expresado en una asamblea represen tatiyaelegida, por un lado,
y lo
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es decir, el poder de
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comenzar, terminar o cambiar el gobierno del que esa asamblea era


una parte, por otro lado. El poder constituyente tenía que ser supe­
rior al poder legislativo. Debía ser considerado el trabajo del pueblo,
como algo diferente de sus meros agentes o representantes. El ejér­
cito, en efecto, alegaba para sí ese poder, alegó ser el pueblo cuando
purgó la Cámara de los Comunes de aquellos miembros que, pre­
suntamente, habían traicionado su confianza. Tal afirmación, por
difícil de creer que parezca, respetaba la distinción, como no po­
día hacerlo la misma Cámara de los Comunes al reclamar para sí
el derecho de cambiar el gobierno.
El ejército hizo valer su reclamo otra vez cuando Cromwell di­
solvió sucesivamente lo que quedaba del Parlamento Largo y lue­
go el Parlamento Barebones, cuyos miembros había nombrado él
mismo para tomar su lugar. Pero para entonces el reclamo era to­
davía más difícil de creer, ya que Cromwell lo tomó completamen­
te para sí mismo. En diciembre de 1653 decretó una nueva consti­
tución, el “Instrumento de Gobierno”, que le concedía la mayoría
de los poderes que antes correspondían al rey, asistido por un
Consejo de Estado y un Parlamento elegido. En una “Humilde Pe­
tición y Consejo” de 1657 el Parlamento elegido creó una nueva
Cámara de lores vitalicios e invitó a Cromwell a llamarse rey.154
Cromwell, satisfecho con la sustancia de la petición, rechazó el tí­
tulo. Su muerte en 1658 fue seguida de otra serie de cambios, in­
cluyendo la destitución de los miembros sobrevivientes del Parla­
mento Largo y finalmente la restauración de la monarquía en
1660.
La mayoría de estos cambios fueron hechos en nombre del
pueblo soberano. Aunque muchos de los monárquicos que dieron
la bienvenida al regreso del rey estaban dispuestos a reafirmar su
derecho divino, otros se daban cuenta de que el derecho divino ya
no era necesario para la monarquía. En los años transcurridos des­
de 1642, se había vuelto evidente que la soberanía popular no ne­
cesariamente definía una forma de gobierno determinada. Mien­
tras el compromiso de 1650 había requerido una república, la
Liga Solemne, el Pacto de 1643 y la Humilde Petición y Consejo
de 1657 habían pasado a requerir una monarquía. La soberanía
del pueblo no ofrecía ningún obstáculo a la restauración del rey.
Lo que la soberanía popular requería, por lo menos a los ojos
de aquellos que pensaban seriamente en ello, era un medio por el
que algún cuerpo o varios capaces de hacerlo pudieran hablar de
manera decisiva y auténtica en nombre del pueblo para controlar al
gobierno, fuera monárquico o no, dentro del marco y los límites
que ese cuerpo con voz determinara para él. Se reconocía amplia­
mente que el pueblo no podía hablar por sí mismo, ya que estaba
compuesto de demasiada gente. Yia pregunta acerca de quién po­
día hablar por él se complicaba por el claro alejamiento de ia mayo­
ría de la población de aquellos más dispuestos a hablar por ella, más
deseosos de afirmar la soberanía popular.153 Para muchos esto pare­
cía, al principio, una dificultad temporaria, circunstancial. A medi­
da que pasara el tiempo, razonaban, los partidarios de la monarquía
terminarían por reconocer los beneficios del poder popular. Pero el
problema de conciliar los deseos, las necesidades y los derechos del
pueblo real con la voluntad primordial de un pueblo soberano ficti­
cio no era temporario. Se trataba, efectivamente, de algo inherente
a las nuevas ficciones. Hasta que pudiera ser solucionado, y sólo si se
lo solucionaba, la soberanía del pueblo plantearía amenazas para
los deseos y para los derechos y las libertades de las personas reales
más graves que las que alguna vez hubiera planteado el derecho di­
vino de los reyes. La manera de solucionarlo estaba en aprender la
lección del problema más viejo de reconciliar el derecho divino con
ía debilidad humana.
A lo largo de los siglos los guardianes de la antigua ficción ha­
bían dividido a la persona del rey en dos cuerpos: uno simbólico,
eterno y divino; el otro concreto, limitado por el tiempo y huma­
no. La división había provisto el medio por el que una parte del
gobierno (el Parlamento) podía someter a la parte nominalmen-
te suprema (el rey) a un cierto patrón de conducta. Se podía espe­
rar, ya que no requerir legalmente, que el poder verdadero se ajus­
tara al ideal, que lo hum ano se ajustara a lo divino. Las viejas
ficciones también habían estado claras al distinguir al lugartenien­
te de Dios de sus súbditos y al otorgar a los súbditos derechos y pri­
vilegios que aquél no podía violar sin poner en peligro su derecho
a la divinidad y, por lo tanto, a la autoridad. En prim er lugar, por
lo menos, la nueva ficción carecía de estas diferencias. Cuando el
Parlamento o el ejército proclamaban ser “el pueblo”, no dejaban
espacio para ninguna expresión más alta de la voluntad de éste. Y
cuando el pueblo se hizo soberano, aparentemente quienes lo for­
maban dejaron de ser súbditos y, por lo tanto, no podían ya recla­
mar derechos como súbditos de sí mismos, como John Lilburne y
los levellers habían descubierto cuando estuvieron en prisión. Para
la década de 1650 era evidente que la nueva ficción, en ausencia
de una clara distinción entre soberano y súbdito, y en ausencia de
otra expresión más alta que la voluntad popular, podía dotar a un
gobierno existente con poderes absolutos y arbitrarios, mayores
que aquel que los reyes de Inglaterra alguna vez habían ejercido.
Bajo la apariencia de soberanía popular, tanto un Parlamento que
no llamaba a elecciones como un ejército que desafiaba a sus crea­
dores o un Protector que creaba y derribaba gobiernos a voluntad
podían afirmar estar actuando como único agente del mismo pue­
blo al que estaba oprimiendo. Las nuevas ficciones, al poner la au­
toridad y la sumisión, lo superior y lo inferior, en las mismas ma­
nos, podían privar al pueblo, que estaba compuesto en realidad de
súbditos, del control efectivo de un gobierno que pretendía ha­
blar por él, una forma de tiranía que la soberanía popular conti­
núa trayendo a los pueblos en todo el mundo.
Lo que se necesitaba era lo que los levellers habían estado bus­
cando a tientas, una división que se pareciera a aquella entre los
dos cuerpos del rey, una división que protegiera al pueblo en
cuanto súbdito del pueblo en cuanto gobernante, una división en­
tre el poder de gobernar y el poder de decidir la forma y los lími­
tes del gobierno. En los años siguientes a 1649, cuando Cromwell
y el Parlamento elegido le dieron a probar a Inglaterra el sabor de
un gobierno arbitrario, no fueron pocos los que, siguiendo lo pro­
puesto por los levellers, se propusieron buscar una manera de dar
al pueblo dos o más cuerpos, de modo que uno pudiera controlar
al otro y así proteger a los súbditos concretos de los gobernantes.
La mayoría de aquellos que se ocuparon del problema recono­
cieron la necesidad de establecer o restituir un conjunto de leyes
fundamentales o “Constituciones fundamentales” que expresaran la
voluntad del pueblo de una manera perdurable, superior a las nece­
sidades y ambiciones cambiantes de las personas que pudieran ser
designadas para llevar a cabo las tareas cotidianas de gobierno.156
Algunos se contentaron con establecer prohibiciones y disposicio­
nes legales específicas, sin intentar decir cómo podía impedirse que
un Parlamento elegido las violara. Pero otros, apuntando directa­
mente a la estructura del gobierno, trataron de crear maneras que
dieran una voz institucional distinta y superior al pueblo, para que
lo protegiera como súbdito, de sí mismo o como gobernante.
Uno de los más perspicaces fue Isaac Penington, hijo, cuyo pa­
dre había representado a Londres en el Parlamento Largo. Pening-
ton, él mismo un revolucionario místico, partió de ia premisa de
que “aquellos que van a gobernar con leyes deben tener poco o na­
da que ver en la elaboración de las leyes con las que van a gober­
nar”.157 El reconocía que el pueblo como tal sólo podía actuar a
través de sus representantes y aceptaba al Parlamento como el cuer­
po a través del cual generalmente había actuado. Pero en 1651,
cuando él escribía, el Parlamento consistía en lo que quedaba de
aquel cuerpo y había asumido todos los poderes d el gobierno. Al
observar el resultado, Penington llegó a la conclusión de que este
Parlamento no sólo era poco representativo, sino que estaba reali­
zando funciones de las que debía haber sido excluido, incluso si
hubiera sido* perfectamente representativo. El Parlamento, como
el mismo pueblo, era “demasiado numeroso [...] y por ello no ade­
cuado para demasiadas actividades, sino sólo para aquellas que de­
bían ser lentas y seguras”.158 Idealmente, el Parlamento debía ejer­
cer el poder soberano del pueblo “de manera tal que fuera,
apropiado para el pueblo ejercitarlo si podía hacerlo de manera
conjunta y ordenada”.li>9 Como ei pueblo estaba limitado a ser súb­
dito del gobierno, a la vez que también su amo teórico, los miem­
bros del Parlamento debían conservar ellos mismos la condición
de súbditos. No debían intentar administrar el gobierno, debían
ser lo que el nom bre mismo de la Cámara de los Comunes implica­
ba. personas comunes y corrientes, y debían regresar.
mente como fuera posible a ser
efectos de las medidas que_ello_s_afirr>hahan romQ_cepr-esen.taartes.
Al indicar cuáles debían ser esas medidas, Penington no intentó
excluir al Parlamento de hacer cambios constitucionales en la estruc­
tura de gobierno. Describía sus poderes constituyentes, correctivos y
modificatorios como poderes extraordinarios, “por encima del po­
der común existente”, con lo cual parece haber querido referirse al
poder ejecutivo o “administrativo ”.360 Se abstuvo de especificar de
qué manera debían ser seleccionados aquellos que iban a ejercer
este poder. A parentem ente serían elegidos, al menos de manera
indirecta, por el voto popular, pe:LQ_dai:axiisn te debían ser, diferen­
tes del Parlamento. Lo que se había desviado en Inglaterra era
que el Parlamento había asumido este alto poder que anteriormen­
te se centraba en el rey. El resultado fue que no había ningún cuer­
po para proteger los intereses de los súbditos y que sirviera de amor­
tiguador entre el gobierno y el pueblo. “El, correcto uso de los
parlamentos”, dijo, “es ser un límite a las extravagancias del poder,
del poder en el nivel más alto. Pero si ellos mismos se convertían en ese
poder más alto, ¿cómo podían ser un freno apto para él? [...] De mo­
do que si los parlamentos ocupaban el lugar del supremo poder admi­
nistrativo, se necesitaría alguna otra cosa que se interpusiera entre el
pueblo y ellos, así como ellos habían estado entre el pueblo y el po­
der real, porque al estar ellos en ese lugar y autoridad, el pueblo co­
rre el mismo peligro con ellos que el que corría con el poder de los
reyes”.161 La solución de Penington no era crear un nuevo cuerpo re­
presentativo, sino restaurar el Parlamento para devolverlo a su viej o
carácter, con un reconocimiento de su supremacía sobre aquellos,
de cualquier manera que hubieran sido elegidos, que ejercerían los
poderes habituales de gobierno.
El análisis de Penington no era muy original. Otros también
vieron la necesidad de distinguir entre los poderes ejecutivo y le­
gislativo.162 La virtud de su plan radicaba en su reconocimiento de
que el pueblo era tanto el conjunto de los súbditos concretos, co­
mo la ficción del soberano, y que necesitaba la protección como
súbdito de quien ejercía el poder como soberano. Penington ofre­
cía una manera de ajustar la estructura del gobierno a los dos as­
pectos del pueblo sin crear ningún aparato institucional nuevo o
poco conocido.
No podía decirse lo mismo de otro análisis y prescripción
más agudo que también buscaba ubicar los derechos del pueblo
como súbditos dentro de la estructura de un gobierno que reco­
nociera su soberanía. lames H arrington, cuya obra circulaba de
manera mucho más amplia y era mejor conocida que la de Pe­
nington, ofrecía en su Commonwealth of Oceana un modelo de go­
bierno tan desconcertante en sus detalles que difícilmente podría
haber tenido muchos lectores. Pero su análisis de la sociedad y la
política de Inglaterra fue llevado al público en una forma más sim­
ple, en una variedad de folletos más breves, incluyendo muchos
escritos por el mismo H arrington.163
Harrington estaba convencido de que la distribución del po­
der político en cualquier gobierno estable debe depender de la
distribución de las tierras. En Inglaterra tanto la tierra como el po­
der habían estado alguna vez en manos del rey y de la nobleza, pe­
ro durante el siglo precedente la tierra se había distribuido mucho
más extensamente entre la pentry y la yeovianrv*. Las guerras civi­
les, argumentaba, eran el producto del desequilibrio producido
mientras el gobierno se ajustaba al cambio. El gobierno estable en
Inglaterra debía ser, entonces, republicano, que era en eso en lo
que se había convertido, con el poder político extensamente dis­
tribuido. Harrington deseaba congelar la situación prohibiendo la
acumulación de más de una cierta cantidad de tierra en manos de
una sola persona y manteniendo al gobierno constantemente sin­
tonizado con la resultante estructura de la sociedad. De todas ma­
neras, habría una numerosa y no muy aristocrática aristocracia, y
también un cuerpo mucho más numeroso de gente común, del
cual una cantidad nim portante, si no la mayoría, estaría compues­
ta de terratenientes. El gobierno, a su vez, estaría compuesto de
una gran cámara de representantes, más grande y más representa­
tiva que la existente Cámara de los Comunes, y también por una
pequeña cámara de lores o senado, elegidas por voto popular, la
prim era directamente, la otra de manera indirecta.
H arrington no tenía esperanzas de establecer su república
por la acción del pueblo o de sus representantes. En lugar de ello,
tenía sus ojos puestos en un héroe conquistador, un Cromwell, pa­
ra poner en práctica su plan. Una vez en su puesto, proporcionaría
estabilidad a través de una variedad de dispositivos, como la rotación
en los cargos y las votaciones secretas. El dispositivo esencial, sin em­
bargo, en el que los diferentes aspectos del pueblo como soberano y
como súbdito estarían materializados, era el límite puesto a los re­
presentantes elegidos por voto popular de sólo aprobar o rechazar
sin enmienda las leyes que pudieran ser formuladas por el senado.

* Estrato m edio rural, integrado por propietarios y por arrendatarios que trabajan direc­
tamente la derra. Estaban separados de la ggntrypor su estilo de vida antes que por su nivel
de riqueza. Yeoman es la expresiónen singular, yeomen en plural, y yeomamy alude al con­
junto del grupo social. (T.j
Los representantes debían estar limitados a su carácter local de
súbditos. Debían ser los más aproximado posible a una réplica del
pueblo en general y, como sus votantes, serían no sólo demasiado
numerosos, sino demasiado incompetentes intelectualmente co­
mo para crear leyes y desarrollar políticas. Serían, sin embargo,
completamente competentes para com prender de qué modo una
ley propuesta, diseñada por el senado republicano, los afectaría
como súbditos, y por lo tanto para aceptarla o rechazarla.
Harrington, como veremos, iba a tener una larga y continua
influencia en la historia posterior de la soberanía popular, espe­
cialmente en las colonias norteamericanas, pero su senado delibe­
rativo y su cámara de representantes de sí-o~no fueron quizá las
menos exitosas de sus propuestas. Aunque la separación de los po­
deres dentro de la estructura de gobierno se convirtió en un in­
grediente usual del gobierno anglonorteamericano, y aunque la
separación incluía la división del poder legislativo en dos cámaras,
no fue la separación que Harrington había previsto para proteger
al pueblo como súbdito del pueblo como gobernante. El futuro,
especialmente en América del Norte, estaba más cerca de la ruta
que los levellers habían empezado a explorar dando una voz de au­
toridad al pueblo putativo fuera del gobierno que él creaba y ex­
presando sus derechos como súbditos en los mandatos que de esa
manera le daba a su gobierno.
El plan de los levellers de un Acuerdo del Pueblo para lograr
este objetivo se había ido a pique con su aplicación demasiado li­
teral. Para entrar en vigor, el Acuerdo del Pueblo habría requeri­
do, estrictamente hablando, la firma de cada hombre, mujer y ni­
ño para ser gobernado y protegido por él. Pero la idea detrás d e
él, de un pueblo que actúa separado de su gobierno para crearlo y
limitarlo es lo que está en el corazón de la soberanía popular.
Después de descartado ese acuerdo, varias personas continua­
ron pensando en el tema de dar al pueblo una voz de control fue­
ra de la estructura de gobierno.
Uno de los que pensó en las implicaciones teóricas de esa acción
popular extralegal o paralegal fue George Lawson, un clérigo mode­
rado que había respaldado la causa parlamentaria.164 Lawson tomó
prestada la jerga de teóricos políticos anteriores para distinguir los
poderes del pueblo en su supuesta condición natural, antes de que
formara una sociedad, de los poderes del gobierno que la sociedad
creó. El pueblo en su “estado original de libertad” (lo que sería lla­
mado después un estado de naturaleza) primero se había juntado
para formar una “comunidad”. Esa comunidad disfrutaría entonces
de una “legítima” majestad o soberanía, que era el poder para crear
un “estado común” (commonwealth.) con un gobierno de la forma que
la comunidad pudiera designarlo. El gobierno así creado tenía el po­
der menor de la majestad “personal” o soberanía, de la que el pue­
blo habría devenido súbdito. Como súbdito no podía resistir ni cam­
biar el gobierno que, actuando como comunidad, había creado,
siempre que aquellos dotados con la majestad personal actuaran de
acuerdo con las condiciones impuestas por la comunidad al princi­
pio. En Inglaterra, según Lawson, la comunidad había puesto la ma­
jestad personal en las manos colectivas del rey y del Parlamento.
Cuando el rey abandonó al Parlamento, destruyó el gobierno y toda
la majestad personal que poseía. Al hacerlo dejó al Parlamento sin
poderes residuales. Una vez que el rey lo abandonó, el Parlamento
como tal dejó de existir, como dejó de existir también el “estado co­
mún” del que era una parte.
'■■■Lo que quedaba era la comunidad, que no fue destruida por
la destrucción del “estado com ún” o Commonwealth. Después de
haber desarrollado este ejercicio de definiciones, Lawson llega a la
cuestión crucial de cómo la comunidad, privada tanto del rey co­
mo del Parlamento, podía seguir funcionando. Aunque estaba de­
masiado preocupado por sus definiciones como para ocuparse
con claridad de la pregunta, 3o mismo se ocupó de ella y sugirió en
publicaciones diferentes dos respuestas posibles.
La primera sugerencia de Lawson, hecha al pasar, sin elabora­
ción alguna, era una que ya había surgido entre aquellos que estaban
desencantados con la sucesión de gobiernos que alegaban tener po-
der sobre ellos. Era simplemente una afirmación de la continuidad,
resistencia y superioridad de las instituciones locales cuando el go­
bierno central fallaba. Ya en 1645, William Ball había argumentado
que “los condados, las ciudades y los pueblos, todos juntos” podían
alzarse en armas contra un Parlamento que los traicionara, porque
condados, ciudades y pueblos constituían la “esencia”.165 Más adelan­
te, las .propuestas de los levellers habían incluido una reducción en el
poder del gobierno central y un aumento de los poderes administra­
tivos locales, sugerencia de la que hicieron eco reformadores poste­
riores.166 Lawson, al prever la destrucción del “estado común” y la su­
pervivencia de la comunidad, sugirió que la comunidad estaba
corporizada en los condados. La comunidad, decía, no podía actuar
a través del Parlamento para modificar el gobierno porque el Parla­
mento era parte del “estado común”. En cambio, “el pueblo debe re­
gresar al estado original de libertad, y a una comunidad, que en In­
glaterra no es un Parlamento sino los cuarenta condados”.157 La idea
resultaba atractiva porque era mucho más plausible concebir al pue­
blo actuando sin el gobierno y aparte de éste en vecindarios locales
pequeños que en todo un reino o país, pero dejaba sin responder la
pregunta de cómo cuarenta condados podían constituir una sola co-
munidad en ausencia de un rey o Parlamento.
La otra sugerencia de Lawson, también sin desarrollar, era sim­
plemente una repetición del juego de manos realizado por Henry
Parker al hablar acerca del pueblo que actuaba a través de un cuer­
po como “es ahora nuestro Parlamento”. Sin identificar al cuerpo
que todavía seguía llamándose Parlamento, Lawson sugirió que “si el
gobierno es disuelto y la comunidad de todos modos sigue unida, el
pueblo puede hacer uso de una Asamblea como ésa, como un Parla­
mento, para cambiar al anterior gobierno y constituir uno nuevo, pe­
ro esto no lo puede hacer en cuanto Parlamento, sino concebida co~
mo otra idea, como un inmediato representante de una comunidad,
no como un ‘estado común* o CommonwealtK' En otras palabras,
si el Parlamento se llamaba a sí mismo “convención” o cualquier otro
nombre diferente del viejo, podría proceder con seguridad para eri­
gir cualquier gobierno que escogiera, un procedimiento al que los
ingleses recurrirían en 1660 y otra vez en 1689.
Una sugerencia mucho más detallada y más audaz provino de
sir Henry Vane, que h abía adquirido experiencia en una contro­
versia política veinte años antes al debatir con el gobernador John
Winthrop en la Bahía de Massachusetts. En 1656, en A Healing
Quesüon, propuso al ejército y a Cromwell una manera de dar sus­
tancia al reclamo del ejército de ser el pueblo. Vane había perdido
la paciencia con la serie de gobiernos que habían asumido cada
vez más y más poderes en nombre del pueblo a la vez que se dis­
tanciaban más y más del pueblo real. El ejército, decidió, era lo
que más se acercaba a una encarnación del pueblo. En cierto sen­
tido, se podía pensar en él como el pueblo actuando en su capaci­
dad militar. Y en esa capacidad se había convertido en “irresistible,
absoluto y comprehensivo en su poder, que por ello contiene en sí
la sustancia de todo el gobierno”.169 Había llegado el m om ento
para que el ejército usara ese poder y así alcanzara los objetivos
por los cuales había luchado contra el rey y destituido a un Parla­
mento irresponsable; debí acelere er la soberanía del pueblo para
estahlerenx.oristi tuciones. fundamentales de gobierno^
Vane no entró en detalles acerca del contenido específico de es­
tas constituciones, aunque dejó en claro que debían incluir una dispo­
sición legal contra el establecimiento de alguna denominación reli­
giosa en particular v que también impidiera a la legislatura participar
en la aplicación de las leyes que ella creaba. La manera de llevar a ca­
bo el establecimiento de constituciones fundamentales era a través de
un “consejo general o convención de hombres fieles, honestos y capa­
ces de discernir, elegido para ese propósito por el consentimiento li­
bre de todo el cuerpo de partidarios de esta causa”.170 Correspondía
al general al mando del ejército encargarse de las elecciones y decidir
el momento y lugar de la reunión. Tal yez la más importante de las re­
comendaciones de Vane fue la de que esta “convención no se ocupa
precisamente de legislar, sino sólo de debatir libremente y acordar los
detalles que, a modo de constituciones fundamentales, se establezcan
y sean inviolablemente observados, como condiciones sobre las cua­
les todo el cuerpo así representado dé su consentimiento para incor­
porarlo en la organización civil y política, y bajo la forma visible de go-
bierno allí decidida”. Cuando el documento estuviera terminado,
debía ser “subscripto por cada uno de los miembros del cuerpo de
manera individual en testimonio del consentimiento particular de ca­
da uno o de todos dado por ese mismo acto”.171
Resultará obvio que lo que Vane proponía era diferente del vie­
jo Acuerdo del Pueblo, que había sido redactado por agitadores ele­
gidos en los regimientos del ejército y por el Consejo General del
ejército. No debe sorprender, pues, que esto le desagradara tanto
a Cromwell como Protector, como el Acuerdo del Pueblo le había
desagradado al Parlamento. Ninguno deseaba ser expuesto a una
expresión tan directa y dominante de la voluntad popular. Crom-
well y su Consejo de Estado sentenciaron que la propuesta era se­
diciosa y encarcelaron a su autor.
La acusación de sedición tanto contra Vane como contra los
levellers puede recordarnos que la soberanía popular seguía sien­
do, como las ficciones que la precedieron, una manera de conci­
liar a las mayorías con el gobierno de las minorías, ge había origi­
nado no tanto en el descontento entre las mayorías gobernadas
como en el desacuerdo entre las minorías que gobernaban. Aque-
llos que la invocaban temían que fuera invocada contra ellos, tan
celosos de su propio derecho de exclusividad para hablar en nom­
bre del pueblo como lo había estado el rey cuando afirmaba ha­
blar en nombre de Dios. Instalar una convención con un derecho
a una más alta autoridad popular que el Parlamento o el Protector
era un poco como ubicar al papa con una reivindicación mayor de
autoridad divina que la del rey.
Pero la soberanía popular, al igual que el derecho divino, te­
nía una vida y una lógica propias que ponía exigencias a quienes
la usaban. En cuanto ficción, requería la suspensión voluntaria de
la incredulidad, lo cual significaba que la realidad percibida no
debía apartarse tanto de la ficción como para quebrar esa suspen­
sión. Así como el rey no debía actuar de manera tal que traiciona­
ra su derecho a ser el lugarteniente de Dios, un Parlamento (o un
nuevo estilo de rey) no debía aislarse tanto del pueblo como para
convertir en absurdo el reclamo de hablar en nombre de él. Por
otro lado, una ficción tomada demasiado literalmente podía des­
truir al gobierno que se suponía debía sostener. Un gobierno que
se rindiera a la acción popular directa dejaría de gobernar. La fic-
ciónjdebe acercarse al hecho, pero nunca llegar a él.
Los gobiernos que se sucedieron desde 1642 hasta 1660 no
llegaron a lograr el equilibrio correcto. Cada cambio sucesivo
produjo un aislamiento más grande del pueblo y una mayor des­
confianza de cualquier moción hecha por otro en su nombre. Las
propuestas de Vane y de los levellers pueden haber sido demasiado
literales al pedir la firma de cada persona individual para dar un
apoyo popular directo a las leyes fundamentales. Pero la idea de
una convención elegida que expresara la voluntad popular perdura­
ble para constituciones fundamentales superiores al gobierno era
una manera viable de hacer que la creación y la limitación del go­
bierno por parte del pueblo fuera creíble. Era ficticio, pues atribuía
a un conjunto de representantes elegidos reunidos en una conven­
ción un carácter más popular, v por consiguiente, una mayor autori­
dad que la de cada conjunto posterior de representantes que se reu-
niera como legislatura. Pero no era demasiado ficticia como pará ser
creída, ni tan literal como para poner en peligro la efectividad del
gobierno. Nunca se puso en práctica en Inglaterra, pero fue reinven-
tada en la revolución norteamericana. No hay ninguna prueba de
que los hombres que se reunieron en Filadelfia en 1787 supieran
que estaban poniendo en práctica la Healing Question de Henry Vane
o la distinción de George Lawson entre comunidad y “estado co­
m ún”, Pero la dinámica interna de la soberanía popular recreó la
propuesta de Vane y las distinciones de Lawson (sin su desconcertan­
te nomenclatura) en la Norteamérica de la década de 1780, como las
había creado en la Inglaterra de la década de 1650.
La falta de predisposición del Parlamento o del Protector para
considerar esas propuestas en las décadas de 1640 y 1650 es un sínto­
ma de su fracaso en el intento de conseguir una suspensión volunta­
ria de la incredulidad en su reclamo de tener derecho a hablar en
nombre del pueblo. Quizá ningún gobierno sin un rey podría haber
confirmado ese derecho reclamado, pues era ampliamente aceptado
en ese momento que el pueblo, si hubiera podido hablar por sí mis­
mo, habría repudiado cualquier otro gobierno. Diecinueve de cada
veinte, se decía, habrían preferido el gobierno que tuvieron cuando
regresó Carlos II.172 Ese cálculo puede exagerar las proporciones, pe­
ro incluso los apologistas de los diversos gobiernos del interregno re­
conocían que carecían de una mayoría popular. Lo que era más im­
portante, para fines de la década del 1650, probablemente carecían
de la mayoría de aquellos que importaban, aquellos cuya posición en
la sociedad les aseguraba la deferencia del resto. Harrington puede
haber estado en lo cierto al pensar que la redistribución de la tierra
en el siglo precedente había incrementado de manera notable el nú­
mero de aquellos que importaban. Pero se trataba todavía de un pe­
queño porcentaje de la totalidad. La mayor parte de la población ca­
recía de propiedad, no tenía el fanatismo religioso que animó la dispu­
ta con el rey y las disputas que siguieron entre los vencedores, ni siquie­
ra la capacidad de leer los folletos en los que debatían unos con otros.
La mayor parte de la población pertenecía a lo que Richard Baxter lla­
mó “la multitud turbulenta que no puede leer”, dispuestos a seguir a lo
que él llamó la “pandilla sensual” entre ellos más que a los santos.173
Mientras que los alfabetizados y los santos propietarios consti­
tuyeran una mayoría de su propia clase, podían arrastrar al resto del
país con ellos. Por un tiempo podían suprimir las obras de teatro,
los bailes de primavera y el Libro de Oración Común. Por un tiem­
po podían poner impuestos más altos que todos los anteriores. Pe­
ro había límites en cuanto a las medidas que tenían tan poco entu­
siasmo popular.174 Sin un fuerte apoyo de la gente im portante, los
límites se estrecharían. Y mientras se desgastaba la sucesión de go­
biernos del interregno, más y más de aquellos que im portaban se
preocupaban por la falta de restricciones que habían protegido a
todos los súbditos bajo el rey.
Ninguna de las propuestas como las de Vane, Harrington y Pe­
nington fue considerada seriamente, y era discutible que, si se hubiera
adoptado cualquiera de ellas, alguna habría brindado una seguridad
comparable a la que los ingleses habían conseguido bajo la “antigua
constitución”, bajo la Carta Magna, la Petición de Derechos y el dere­
cho consuetudinario. Si la masa del pueblo prefería el gobierno de un
rey, Lores y Comunes antes que un Protector que no reconocía a nin­
gún superior efectivo, quizás eso era lo que la soberanía popular recla­
maba en Inglaterra como la manera más eficaz de mantener la volun­
tad popular dentro de la ley fundamental. No era sólo la “pandilla
sensual” y sus seguidores de la “multitud turbulenta” los qué claramen­
te abandonaban la buena y vieja causa para favorecer a la antigua cons­
titución, sino también los hombres que tomaban en serio a la sobera­
nía popular. Vista de esta manera, la Restauración no fue un repudio
de la soberanía popular, sino un triunfo de ella. Era la nueva ficción
que se establecía en una relación viable con los hechos. Lamentable­
mente, ni Carlos II ni aquellos que organizaron su regreso pudieron
ver la utilidad de la soberanía popular de esta manera, y las lecciones
de las décadas de 1640 y 1650 tuvieron que ser aprendidas otra vez en
las décadas de 1670 y 1680, y una vez más en las de 1770 y 1780.
5 . La rev o lu ció n ca u telo sa

La década de) radical experim ento de gobierno en Inglate­


rra llegó a su ñn en 1659, cuando lo que quedaba del Parlamen­
to Largo, disuelto en 1653, se reunió en Westminster. El ejército
había creado a este Parlam ento en 1648, cuando el coronel Pri~
de purgó la Cámara de los Comunes de todos los miembros que
apoyaban seguir reconociendo al ya debilitado monarca. La di­
solución de este Parlam ento era en sí misma una señal del de­
sencanto general con los sucesivos regímenes, y el reloj fue atra­
sado todavía más en febrero de 1660, cuando el general George
Monk revirtió la Purga de Pride, restituyendo a los miembros
excluidos. En menos de un mes el reconstituido cuerpo final­
m ente se disolvió a sí mismo para dejar lugar a un nuevo Parla­
m ento al estilo antiguo. Aunque fue llamado Convención por­
que no había sido convocado por un rey, los miembros
dem ostraron rápidam ente su convicción de que un Parlam ento
restaurado requería un rey restaurado. Dos semanas después de
reunirse hicieron proclam ar a Carlos II en Londres.
El Parlamento Convención, como se lo llamó en ese momento,
continuó reuniéndose por el resto del año y dio muestras de algo de
la vieja independencia parlamentaria. En su primera presentación
ante el rey, hecha por Denzil Holies, un veterano del Parlamento
Largo de 1641, ellos aseguraron ser “el verdadero representante de
toda la nación”. Como tal, procedieron a aprobar proyectos de ley
para abolir la posesión feudal de la tierra y para confirmar tanto la
Carta Magna como la Petición de Derechos. Incluso aprobaron pro­
yectos que hacían recordar los viejos tiempos, castigando las viola­
ciones del descanso dominical, los excesos de alcohol y los profanos
juram entos y maldiciones.170 Pero a comienzos del año siguiente,
1661, las nuevas elecciones produjeron un Parlamento cuyos miem­
bros, que permanecerían allí durante los próximos dieciocho años,
mostraron desde el principio una deferencia hacia el rey que pare­
ció significar la muerte definitiva de la soberanía popular. Como
una de sus primeras medidas, el nuevo Parlamento ordenó que la
Liga Solemne y el Acuerdo de 1643 fueran quemados por el verdu­
go común. Por una ley específica Ios-miembros negaron cualquier
autoridad legislativa aparte de la del rey y con su aprobación restrin­
gieron las peticiones populares, dejaron sin efecto la Ley Trienal y
le restauraron a la Iglesia de Inglaterra la preeminencia, disponien­
do severos castigos para cualquier tipo de disenso respecto de ella,
católico o protestante, laico o clerical.176
El clero de la Iglesia restaurada respondió con gratitud con
reafirmaciones del derecho divino del rey. Durante los siguientes
treinta años, con la ayuda de autores seculares de la misma idea,
hicieron lo máximo que pudieron para desmantelar todos los ins­
trumentos de opinión que ubicaban el origen y la justificación del
gobierno en el pueblo. El gobierno, descubrieron, no se originó
en un contrato entre el rey y el pueblo, o entre el pueblo mismo.
¿Quién ha visto alguna vez este célebre documento —se pregunta­
ban—, dónde está guardado? En ningún lugar, porque tales con­
tratos no “tuvieron existencia alguna, excepto enMas mismas cabe­
zas que los inventaron”.177
El pueblo, en esta nueva etapa, no tenía nada que ver con los
gobiernos iniciales. No podía conferir poderes de gobierno a na­
die porque no tenía él mismo ningún poder. Los gobiernos co­
menzaron en la autoridad natural de los padres sobre sus hijos.
Los hombres no nacían libres (se daba por sobreentendido que
las mujeres no nacían libres) y nunca lo habían sido desde los
tiempos de Adán. Tampoco podía el pueblo poner límites al go­
bierno en las constituciones fundamentales de las que tanto se ha­
bía hablado. Incluso si lo inimaginable fuera admitido, que el pue­
blo pudiera designar a la persona que sería su rey, no podía
reservarse ningún poder para sí mismo ya que nunca había tenido
ningún poder que reservar. De esto se seguía que las leyes diseña­
das por los representantes del pueblo en el Parlamento obtenían
jtoda su autoridad sólo del m onarca que las aprobaba. Sólo el rey
poseía soberanía, “la Cámara de los Comunes comparte J:anto-co-
mo se le concede, es decir, nadá\l7&El rey no puede equivocarse,
y si lo hiciera, el pueblo debe soportarlo. Dios prohibía toda resis-
tencia, hiciera lo que hiciese.
Los argumentos eran todos conocidos desde los folletos mo­
nárquicos de la década de 1640, pero entonces eran defensivos.
En la nueva etapa eran dominantes. Su incidencia en los sermones
y la prensa pública puede haberse debido en parte a la censura del
gobierno o al miedo a ella. Pero veinte años de guerra e incerti-
dumbre fueron ampliamente atribuidos a la soberanía popular, así
como a las fantasías que presuntam ente promovió: “¿Acaso no fui­
mos engañados para formar un estado libre”, se preguntaba un
ministro en 1661,

hasta q u e n o h u b o m ás q u e c a d en a s para ver? ¿Acaso n o se im ­


p u siero n gu a rd ia n es d e las lib erta d es hasta q u e n o q u e d ó n in ­
g ú n p rivilegio para los súbditos? ¿Y u n a C o m isió n d e S egu rid ad
hasta q u e n in g ú n h o m b r e estuvo segu ro, sin o q u e to d o h o m b re
te m ió p o r su vida? ¿Y se h a b ló d e la pureza d el E van gelio hasta
q u e n o s q u itaron n u estra fe o rto d o x a ? 179

En esta atmósfera, era tentador para el rey y sus ministros


creer que podían conducir a Inglaterra hacia la clase de gobierno
que los monarcas del continente europeo, libre de parlamentos, ha­
bían ido creando. Esta era la época en que el primo de Carlos II, Luis
XIV, estaba estableciendo el régimen más absoluto de la historia
francesa. Con la ayuda de Luis, Carlos y su herm ano y sucesor Ja-
cobo, se dirigieron, al principio con cautela y luego de manera
irreflexiva, en la misma dirección. Si hubieran tenido éxito, Ingla­
terra podría muy bien haberse convertido en un satélite de Fran­
cia, con un monarca despótico cuyo derecho divino provendría de
Roma, vía París. Aunque no tuvieron éxito y probablem ente no
podrían haberlo tenido, incluso si hubieran actuado con más inte­
ligencia política de la que ninguno de los dos poseía, les tomó ca­
si treinta años a sus súbditos term inar de convencerse de que la su­
pervivencia de la antigua Constitución requería una vez más el
retiro del monarca reinante. Cuando eso se produjo, en 1689, e]
derecho divino de los reyes m urió d espués de una agonía pro-
longada. Sin embargo, era tan fuerte la repugnancia que seguía
produciendo la buena y vieja causa de las décadas de 1640 y 1650
que los hombres que destituyeron a íacobo II fueron sumamente
cautelosos en cuanto a la afirmación de la soberanía popular.180
Aunque apenas podían haber prescindido de ella en 1689, el mo­
do en que la usaron y el modo en que encontró su expresión en
las instituciones inglesas a lo largo de los siguientes dos siglos te­
nían las marcas de su crecimiento atrofiado durante esos años de
ambiciones reales, años en los que el derecho divino estimuló una
incursión tras otra en el camino hacia la monarquía absoluta.
Diversas circunstancias salvaron a Inglaterra de seguir el mis­
mo camino que Francia y aseguraron la supervivencia y finalmen­
te el resurgimiento de la soberanía popular, aunque fuera atenua­
da, como la ficción política que guiaría al país. Una de ellas fue la
falsedad de Carlos II, tan mentiroso como su padre, cuyo disimu­
lo habitual, incluso con sus propios ministros, al final provocó des­
confianza en todos, incluyendo los miembros de los Parlamentos
que tuvieron que lidiar con él. Otra fue la temeridad de su herm a­
no Jacobo cuando ascendió al trono en 1685, al hacer caso omiso
o subestimar la hostilidad hacia el catolicismo romano, no sola­
mente del pueblo en general, sino también de la elite dirigente.
Pero probablemente la diferencia fundamental que distinguió a la
política inglesa de la francesa fue el hecho de que la Restauración
había restaurado al Parlamento y fue el Parlamento el que restau­
ró al rey y continuó sosteniéndolo. A pesar de los largos períodos
desde 1629 hasta 1640 y nuevamente desde 1642 hasta 1660, en los
que la interacción tradicional entre el Parlamento y el rey había si­
do interrumpida —o tal vez precisamente por eso—, y a pesar del
período igualmente largo desde 1661 hasta '1679, en el que los
miembros del Parlamento no habían sido obligados a enfrentar
una elección, éstos dieron muestras de un fuerte sentido de la con­
tinuidad institucional y de sus obligaciones para con sus votantes.
Repetidamente en sus debates citaron actas de los parlamentos de
Jacobo I y Carlos I, e incluso de Isabel, aunque pocos de los miem­
bros podían haber estado personalmente presentes en las sesiones
realizadas antes de 1640.181
Sería demasiado decir que la Cámara de los Comunes des­
pués de 1660 deliberadamente adoptó una política de retener una
renta perm anente para el rey para asegurarse que éste dependie­
ra de si aquélla se reunía o no. Pero ni el Parlamento Convención
de 1660 ni sus sucesores bajo Carlos II votaron el dinero suficien­
te para cubrir las necesidades del rey. Por cierto, si Carlos hubiera
estado dispuesto a reducir sus gastos, podría haber vivido muy
bien durante bastante tiempo con lo que le asignaron. Pero Carlos
alegremente acumulaba deudas, y cuando los comunes descubrie­
ron que él les m entía con regularidad acerca de para qué necesi­
taba el dinero, se volvieron cada vez más precavidos respecto a
concederle las sumas que él pedía sin algún tipo de garantía de
que lo gastaría como él prom etía y como ellos especificaban que
debía hacerlo al concedérselo. Como resultado de las crecientes
necesidades del rey y la parsimonia de la Cámara de los Comunes,
el Parlamento estuvo en sesiones durante la mayoría de los años
de su reinado, y después de los primeros diez años, en una muy
constante agitación debido a la conducta del rey y de sus ministros
en el gobierno, y a los peligros que él y su herm ano representaban
para la religión.182
El fanatismo religioso o, para darle un nombre menos atracti­
vo, la intolerancia, había sido una fuerza motriz en el surgimiento
de la soberanía popular. Los monarcómanos del siglo xvi habían in­
vocado el poder del pueblo con el propósito expreso de destronar
o matar a los gobernantes con cuyas opiniones religiosas estaban en
desacuerdo. No era la libertad religiosa lo que pedían, sino la elimi­
nación de las religiones equivocadas. Aunque jacobo I al defender
el derecho divino de los reyes había exhibido su compromiso con la
religión correcta identificando al papa con el Anticristo, sus Parla­
mentos habían encontrado que su celo no era suficientemente es­
tricto en la persecución de los católicos dentro del país ni con la
causa protestante en el extranjero. Los Parlamentos de Carlos I tam­
bién lo consideraron demasiado permisivo y se alarmaron ante el
apoyo que demostraba hacia los clérigos que parecían estar acercan­
do a la Iglesia inglesa hacia Roma. Un historiador ha llegado inclu­
so a sugerir que las guerras civiles inglesas deben ser consideradas
no como la primera revolución moderna, sino como la última de las
guerras de religión (aunque es evidente en el. siglo,xx_que todavía
no hemos visto la última de esas guerras) .'18S
Aunque el Parlamento Largo de 1641, una vez que se liberó
del control real, había usado algo de sus energías en intensificar la
persecución a los católicos, las leyes penales de vieja data en su
contra estaban todavía en los libros cuando Carlos II regresó para
recuperar el trono. De allí en adelante, bajo la guía de un nuevo
arzobispo, el Parlamento promulgó leyes adicionales para castigar
cualquier tipo de disenso con la restaurada Iglesia de Inglaterra.
Pero el mismo Carlos II no era de ninguna manera intolerante y
sus ambiciones políticas incluían adquirir libertad del movimien­
to tanto respecto de la Iglesia como del Parlamento. Su primera
prueba en aguas turbulentas fue una Declaración de Indulgencia
en 1662 por la que habría suspendido la vigencia de las leyes contra
el disenso tanto católico como protestante de la Iglesia de Inglate­
rra, asociando de esa manera la libertad religiosa con el ejercicio de
la real prerrogativa y desafiando los estatutos parlamentarios. La ola
de protestas que debió enfrentar le indicó que el momento no era
el adecuado. Cuando lo intentó otra vez diez años después, el Parla­
mento ya había comenzado a sospechar de su buena fe (con buena
razón, pues sin que el Parlamento lo supiera, Carlos ya había hecho
un acuerdo secreto con Francia en el que se comprometía a decla­
rar su conversión al catolicismo). La Cámara de los Comunes res­
pondió con una resolución de “que leyes parlamentarias penales,
en temas eclesiásticos, sólo pueden ser derogadas por ley del Par­
lamento”. Procedieron luego a aprobar un proyecto de ley impo­
niendo a todos los funcionarios públicos una renuncia total al ca­
tolicismo y sus doctrinas, y obligaron al rey a retirar la Declaración
y a firmar el proyecto para convertirlo en ley (la Ley de Prueba de
1673) antes de concederle el dinero que, como de costumbre, él
necesitaba con urgencia.184
Ninguna afirmación de soberanía popular acompañó este
despliegue de poder parlamentario, pero dos años más tarde otro
avance fallido hacia el absolutismo dio como resultado una denun­
cia del derecho divino extensamente leída. El conde de Danby, en
ese momento principal ministro del rey, consiguió impulsar en la Cá­
mara de los Lores un proyecto de ley que encaraba la Ley de Prueba
de 1673. Esta habría requerido un juram ento de todos los funcio­
narios públicos por el que renunciarían “a cualquier pretensión
de alzarse en armas contra el rey o contra aquellos designados por
él y a todo intento de alterar el gobierno establecido. El proyecto
nunca llegó a la Cámara de los Comunes porque Danby y el rey
pensaron que sería mejor posponer en el Parlamento para un pe­
ríodo largo de calma. Pero la oposición al proyecto, liderada por
el conde de Shaftesbury, dio a conocer sus opiniones en un folle­
to que revelaba de qué manera lo habían condenado en el debate
parlamentario como un resurgimiento de las teorías absolutistas
del arzobispo Laúd y de qué manera se había argumentado la ne­
cesidad de resistir a un rey que violara las leyes establecidas por sus
Parlamentos. Esas leyes podrían muy bien ser alteraciones del go­
bierno, dijeron, “pues, ¿cuál es si no la tarea de los Parlamentos si­
no la alteración, sea añadiendo, sea quitando alguna parte, del go­
bierno Era posible, dijeron, estar demasiado a favor del rey
al tratar de darle más poder “que el que la ley y la Constitución del
gobierno le han dado”. Pero si bien condenaban el derecho divi­
no y excusaban la resistencia, los Lores de la oposición no habían
ido tan lejos como para volver a formular los principios de la sobe­
ranía popular, por más que muchas de sus ideas parecían implicar
esos principios. Habían tomado aquella posición en contra del de­
recho divino de mala gana, porque según decía el folleto “varios
de ellos rogaron al iniciarse el debate que no entraran en esas dis­
putas, ya que inevitablemente los llevaría a tocar temas que era
preferible no tocar”.183
Estaba claro que nadie se mostraba demasiado interesado en
recurrir a las doctrinas que habían conducido a 1649, y los Comu­
nes efectivamente trataron al principio de insistir en sus esfuerzos
por controlar al rey dentro de los límites que habían respetado en
la década de 1620, cargando las culpas de todo a los malos conse­
jeros “que se arrogaban el poder real”, impidiendo al rey hacer to­
das las cosas buenas que de otra manera haría, “interceptando” su
gracia y favor para que no llegaran a su pueblo.186 Cuando los mo­
nárquicos duros les recordaron a los otros miembros del Parla­
mento que las guerras civiles habían comenzado con el mismo ti­
po de “gritos contra los malos consejeros", se les respondió que
“algunos cerca del rey” le estaban haciendo creer que era 1641 y
querían “llevarnos a eso”.187 Si con “eso” querían decir la guerra
civil, ésta no se produjo, pero sí hizo que estuvieran muy cerca de
poner a los hombres, dentro y fuera del Parlamento, a buscar otra
vez una manera de asegurarse un rey que no sólo no pudiera ha­
cer el mal, sino que de hecho no lo hiciera. Y el peor mal que un
rey podría hacer sería imponer el catolicismo a su pueblo.
Los avances de Carlos II hacia el absolutismo habían sido bastan­
te preocupantes, pero él nunca cumplió su promesa secreta a Luis
XTV de declararse católico. De su hermano Jacobo, sin embargo, más
serio que Carlos, se suponía correctamente que era católico. Como
poco a poco se hizo evidente que Carlos no tendría hijos legítimos,
Jacobo, entonces duque de York, se convirtió en heredero forzoso.
Un rey católico era una posibilidad alarmante, y la alarma fue mag­
nificada hasta el punto del pánico por un charlatán con un cuento
acerca de una conspiración, que se ganó la aceptación de casi todos,
menos del rey y los supuestos conspiradores.
En el otoño de 1678, un tal Titus Oates, clérigo renegado que
había vivido con los jesuítas, declaró ante el Consejo Privado que
éstos estaban planeando asesinar al rey (para colocar a su herma­
no católico en el trono). También planeaban volver a incendiar
Londres (ya habían sido culpados del gran incendio de 1666)188y,
además, organizar a los católicos ingleses para dar la bienvenida a
una invasión extranjera. No importó que sus supuestos planes pa­
recieran contradecirse unos con otros o que el mismo rey hubiera
atrapado a Oates en varias mentiras. Poner en duda la existencia
del complot era invitar a la sospecha de complicidad con él, y el
duque de York, como principal beneficiario, se volvió cada vez más
sospechoso.189
El rey mismo, aunque con toda razón nada impresionado por
Oates y sus seguidores, se vio obligado a enviar a su herm ano fue­
ra del país por un tiempo y a lidiar con una sucesión de Parlamen­
tos que destituían a sus ministros y trataban de excluir a Jacobo de
la sucesión al trono. En esa puja, en la que Carlos disolvió cuatro
Parlamentos en poco más de dos años, en varias ocasiones ofreció
aceptar medidas que protegieran a la Iglesia y m antener la admi­
nistración regular del gobierno en manos protestantes en caso de
una sucesión papista. Pero se mantuvo firme en su insistencia de
no permitir que se alterara la sucesión.190 Sobre esta cuestión el
Parlamento y ei país se dividieron por primera vez en whigs, que
apoyaban la exclusión, y tories, cuyo miedo a alterar la Constitu­
ción interfiriendo en la sucesión superaba su miedo a un rey pa­
pista.191 El clero, aunque se trataba de su Iglesia la que estaba ame­
nazada, era mayoritariamente tory, y con otros tories inundaron las
imprentas con un diluvio de sermones y folletos alabando el dere­
cho divino en general y la sucesión hereditaria en particular. En
esta campaña sumaron el apoyo postumo de sir Robert Filmer, un
monárquico de la década de 1640 cuyos escritos habían aparecido
hasta entonces sólo en fragmentos. Estos fueron impresos otra vez
junto con la obra hasta ese momento inédita, Patriarcha„que, co­
mo su título implicaba, derivaba toda autoridad de la paternidad y
suministraba una base lógica más respetable para la sucesión here­
ditaria que la que los tories podrían haber sido capaces de elaborar
por su cuenta.192
Fueron los whigs, en sus esfuerzos por alterar la sucesión, los
que revivieron la soberanía del pueblo. La forma en la que expu­
sieron el argum ento reflejaba tanto la causa en la que la invoca­
ban, como la precaución con la que los ingleses deseaban en esta
ocasión limitar la aplicación de ideas que anteriorm ente habían
justificado no sólo la exclusión sino también la ejecución de un
rey. Las limitaciones al monarca —la Carta Magna, la Petición de
Derechos— habían sido una característica de la antigua constitu­
ción a la que presumiblemente Inglaterra había regresado en
1660. Pero en la histeria producida por el com plot papista, los
whigs temían que Jacobo o cualquier otro soberano católico, una
vez en el trono y apoyado por fuerzas siniestras e inescrupulosas
dentro y fuera del país, eliminara todas las barreras constituciona­
les contra el catolicismo y el gobierno arbitrario que iba con él.
Cuando los amigos del rey en el Parlamento insistieron en las li­
mitaciones que él había sugerido como una alternativa a la altera­
ción de la sucesión, los whigs consideraron que la oportunidad
era una trampa: “Me encantaría que me m ostraran”, dijo sir Ni-
cholas Carew, “alguna traba o im pedim ento que un príncipe,
cuando acceda a la corona, no rom pa con facilidad”.193 La única
garantía posible era excluir del trono al duque o a cualquier otro
católico.
En la búsqueda de su objetivo, los whigs tuvieron que pasar
por, encima de las ideas vigentes acerca del derecho divino, en el
que la sucesión hereditaria estaba tan firmemente instalada. Para
oponerse a esa sucesión, era conveniente, si no esencial, quitarle
su carácter sagrado, situando los orígenes tanto del gobierno co­
mo de la monarquía en la elección o el contrato popular. Pero los
whigs decidieron no avanzar en esa línea de pensamiento, por lo
menos públicamente, hasta el punto de hacer del Parlamento (co­
mo había hecho Henry Parker en 1642) el sucesor de la primige­
nia asamblea que dio comienzo y definió al gobierno. Era mejor
dejar intacto el “contrato original” en el distante y, de hecho ficti­
cio pasado, no fuera a ser que su resurrección en ese momento pro­
dujera otra oleada de levellers, diggers y ranters por un lado, o un Pro­
tector apoyado en un Nuevo Ejército Modelo por el otro. Un cambio
en la sucesión, aunque necesario para dejar fuera al catolicismo, no
debía ser una invitación a un cambio en la estructura de gobierno, ni
siquiera a una monarquía electiva.
El tipo de soberanía popular de los whigs hacía hincapié, de
manera consecuente, en la adhesión a la antigua constitución de
rey, Cámara de los Lores y Cámara de los Comunes. Negaron vigo­
rosamente la afirmación tory de que la autoridad legislativa deriva­
ba únicamente del rey y reafirmaron el reclamo de principios de
la década de 1640 de que el poder del Parlamento, otorgado di-
rectamente por el pueblo, estaba coordinado con el ._o.torgado.-al
mismo tiempo al rey. Pero esto no significaba que el Parlamento
era superior al rey. Aunque ratificaban el derecho del pueblo a re­
sistir a un monarca papista, sus esfuerzos concretos para excluir a
Jacobo daban por supuesta la continuidad inalterada del gobierno
existente, que habría requerido el consentimiento del rey y de la
Cámara de los Lores tanto como el de la de los Comunes. La histo­
ria de Inglaterra, como podían fácilmente mostrar, registraba más
de un caso en el que los Lores y los Comunes, con el consenti­
miento del monarca, había decidido la sucesión al trono, el más
reciente de esos casos convenientemente ubicado en el reinado de
|la reverenciada Isabel.194 Tanto su estrategia como la aplicación de
la^-soberanía del pueblo sobre la que se apoyaba requerían la coo-
peración de un monarca reinante que no hubiera perdido, por lo
menos hasta ese momento, su derecho al trono. El rey podía de esa
manera anular sus esfuerzos disolviendo el Parlamento, pero ellos
no estaban dispuestos a llegar tan lejos como el Parlamento hizo en
1641 al recurrir a una ordenanza (que no requería el asentimiento
del rey) en lugar de una ley.
Los u>higs no estaban dispuestos a llegar tan lejos porque esó
probablemente habría significado una guerra civil con todas las
miserias e incertidumbres que la acompañaban y que estaban to­
davía frescas en la memoria. Además, los whigs estaban liderados
por un par del reino, el conde de Shaftesbury, cuya idea de sobe­
ranía popular asignaba un papel principal en el gobierno a la no­
bleza.195 H abía, sostenía, solamente dos maneras en las que un
monarca podía m antener su autoridad. Una era con un ejército
permanente, como había hecho Cromwell, que debía ser aborre­
cida por todos los buenos ingleses. La otra era con la nobleza: “Si
no adoptaba una, debía adoptar la otra”, le dijo a sus pares en la
Cámara de los Lores, “de no ser así, el monarca no podrá sostener­
se por mucho tiempo sin caer en una república democrática”. No
había que explicar que nadie quería que Inglaterra cayera allí.196
Shaftesbury gustosamente habría aceptado una ampliación del ca­
rácter popular de la Cámara de los Comunes con una más equita­
tiva distribución de la representación, pero habría limitado tanto
eHierecho a voto como el de ocupar cargos públicos a los “mejo­
res”, es decir, a los grandes propietarios. El electorado existente te­
nía a demasiadas personas “de fortuna humilde y miserable en el
m undo”. Tales hombres eran demasiado fácilmente “corrompidos
y seducidos por los atractivos de un poco de dinero para una jarra
de cerveza, mientras que aquellos cuyas circunstancias son más am­
plias también tienen pensamientos más amplios, por lo que están
mas allá de esas tentaciones” 19/
Incluso la afirmación más audaz de la soberanía popular pu­
blicada en esa época, Plato Redívivus,l9S de Henry Neville, era su­
mamente cautelosa en otorgarle a pueblo un papel en el gobier­
no, salvo con la orientación de los mejores. La anarquía, sentía
Neville, sería el resultado inevitable de dejar que el pueblo, bajo la
influencia de algún líder popular, cambiara el gobierno estableci­
do. Y “lo que causa este desorden originalmente es admitir (en el
comienzo de un gobierno o después) a lo más bajo del pueblo,
que "no posee tierras, en igualdad con los demás para el ordena­
miento del estado”.199 Neville seguía a H arrington al vincular el
poder a la posesión de tierras. Dada la amplia distribución de la
propiedad de la tierra en Inglaterra y la relativamente pequeña
parte que correspondía al rey, la estabilidad que todos los ingleses
anhelaban no se iba a conseguir ampliando las prerrogativas del
rey, como los defensores del derecho divino proponían, porque el
rey tenía “ya un poder mayor del que la propiedad en sus manos
en el presente admite, sin confusión y desorden” 200 Neville habría
renovado el gobierno para darle más poder al Parlamento, pero
no propuso, como Harrington, que esos cambios los hiciera algún
héroe conquistador. Neville escribía en 1681 y rechazaba la sola
idea de un héroe conquistador La soberanía del pueblo en 1681 re-
quería que cualquier cambio fuera hecho legaímente, como trata­
ban los whigs de cambiarla sucesión, con el consentimiento unánime
del rey, los Lores y los Comunes.201
Neville estaba bien aconsejado al hablar tan cautelosamente.
La Crisis de Exclusión alentó a por lo menos otros dos whigs, Tohn
Locke y Algernon Sidney, a escribir defensas más radicales cfeTa
soberanía popular, pero ninguno de ellos creyó conveniente pu­
blicar lo que escribieron en ese mom ento. Sidney fue ahorcado en
1683 por traición sólo por unas pocas páginas de notas, secuestra­
das en su domicilio, en las que atribuía el origen y la limitación del
gobierno al pueblo, con el derecho de deponer a los gobernantes
que traicionaran su confianza.202 La misión de Sidney acerca de la
manera en la que el pueblo podía actuar difícilmente invitara al al­
zamiento popular espontáneo. Él atribuía la decadenciá de la an­
tigua constitución, al igual que Harrington, a la decadencia de la
nobleza y a la pérdida de los servicios militares de sus tenentes. Sin
contar con hombres armados, no podían ni proteger al débil, ni
dominar al insolente. “De esta manera todo ha quedado en las ma­
nos del rey y de los Comunes”. Esto quería decir “que aquello que
podía haber sido fácilmente realizado cuando el pueblo estaba ar­
mado, y tenía una grande, fuerte y virtuosa nobleza para liderarlo,
se ha vuelto difícil ahora que la gente está desarmada y aquella
nobleza, abolida”.203
Sidney escribió todo su tratado en la forma de una refutación
línea por línea de Filmer, a quien él y otros whigs interesados en la
filosofía identificaban como el más temible intelectual opuesto a
cualquier forma de soberanía popular. La mayor parte de los Two
Treatises of Government, de John Locke, habría tenido la misma for­
ma, si no hubiera perdido o suprimido la mejor parte del prim er
tratado. Salvo por algunos párrafos añadidos después, evidente-'
mente escribió ambos tratados entre 1679 y 1681, e indudable­
mente habían sido pensados originalmente para justificar la exclu­
sión. Locke era un protegido del conde de Shaftesbury, escapó
con él a Holanda ien 1682 y buscó refugio allí otra vez en 16837
cuando Sidney fue ejecutado por escribir una mucho más mode­
rada afirmación de la soberanía popular que la de Locke.204
Locke es un caso especial, en parte porque su Segundo Tratado
se fea convertido en la exposición clásica de la soberanía popular y
en parte porque no ocupó ese lugar hasta mucho tiempo después
de ser escrito. Hasta el siglo actual, se pensaba que los tratados de
Locke, publicados por prim era vez en 1690, se habían inspirado
en la revolución de 1688. Su exposición deí origen popular del go­
bierno y del derecho del pueblo de deponer al rey o a cualquier
otro gobernante que traicionara su confianza era mucho más radi­
cal de lo que puede encontrarse en cualquier folleto publicado so­
bre la Crisis de Exclusión. No es sorprendente que ambos parezcan
diseñados para justificar la revolución que precedió cercanamente
a su publicación, más que para -oí -in
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de diez años
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antes. Efectivamente, parece ahora que Locke fue más lejos de lo


que los otros whigs de 1688 estaban dispuestos a ir, y su trabajo co­
menzó a proporcionar la justificación usual de la gloriosa revolu­
ción recién después de que el gobierno que se apoyaba en esa re­
volución demostró su estabilidad y la revolución misma había
quedado cómodamente ubicada en un pasado le ja n o .^ En la me­
dida en que la obra de Locke dio forma a las ficciones de la sobe­
ranía popular, lo cierto es que lo hizo después de que la aplicación
de las ficciones al gobierno de Inglaterra fue definida en las nego­
ciaciones que instalaron a Guillermo de Orange y a su esposa, Ma­
ría (la hija de Jacobo II), en el trono. Dado que esas negociaciones
tuvieron lugar sin la participación de Locke, podemos reservar
otras consideraciones sobre su versión de la soberanía popular
hasta que las hayamos examinado.
Después de la disolución de su último Parlamento en 1681,
Carlos tomó medidas para asegurar que cualquier futuro Parla­
mento que pudiera tener que convocar fuera más dócil que los
que habían tratado de excluir a su hermano. Dado que la mayoría
de los miembros representaban a los municipios, dio comienzo a
un ambicioso proyecto para reducir y controlar los cuerpos ejecu­
tivos y el electorado de los municipios “regulando” sus cartas. Con
la ayuda de los tribunales, que estaban descubriendo simultánea­
mente traiciones en todas las actividades de los whigs, Carlos tuvo
tanto éxito que cuando murió en 1685, Jacobo lo sucedió en el
trono con un mínimo de oposición organizada. Una rebelión en­
cabezada por el hijo bastardo (y protestante) de Carlos, el duque
de Monmouth, fue rápidamente dominada, y el nuevo Parlamen­
to que se reunió en mayo de 1685 contó con una gran mayoría de
tories, enviados por los recientem ente depurados electorados de
los municipios.
A partir de los acontecimientos posteriores, es difícil no llegar
a la conclusión de que Jacobo, a pesar de los años de experiencia
en la administración de su hermano, era un imbécil político. Ser­
moneaba a su dócil Parlamento tory como un irritable director de
escuela, y cuando éste se mostró menos que completamente servil
lo disolvió y se embarcó en una campaña para llenar al próximo
Parlamento con candidatos que prometieran votar por la revoca­
ción de las leyes contra los católicos. Abandonó totalmente a los to­
ries y apostó a conseguir el apoyo de los disidentes con dos Decla­
raciones de Indulgencia, comparables a aquellas con las que
Carlos se había quemado los dedos en 1662 y 1672. Algunos disi­
dentes mordieron el anzuelo, pero el resultado real fue el de unir
a whigs y tories en una causa común contra un rey que parecía deci­
did o.a cumplir con todas las predicciones hechas por aquellos que
habían buscado su exclusión.
Desafortunadamente para Jacobo, el conde de Danby, en una
tentativa anterior en busca de la aprobación popular, había arre­
glado el matrimonio de María, la hija de Jacobo, con Guillermo de
Orange, al campeón de la causa protestante contra la católica
Francia. María no compartía el entusiasmo de su padre por Roma
y, en ausencia de un hermano varón, era la prim era en la línea de
sucesión al trono inglés. El 10 de junio de 1688 perdió ese lugar
cuando Jacobo, además de todos sus otros pecados, se convirtió en
padre de otro vástago, un varón. Los buenos protestantes no que­
rían creer que aquello había sucedido, y con el acuerdo de Gui­
llermo hicieron correr la historia de que en realidad no había ocu­
rrido, que el niño había sido introducido a escondidas en el lecho
de la reina dentro de un calentador de cama. La historia fue diseña­
da no sólo para m antener las aspiraciones de María al trono, sino
también para convocar la intervención de Guillermo, aparentemen­
te en su nombre. El 10 de octubre, Guillermo, con la asistencia de
un gran número de importantes políticos ingleses, dio a conocer
una declaración en la que se detallaban las muchas violaciones del
rey a la ley inglesa y al derecho constitucional, y la sospecha genera­
lizada de que su supuesto nuevo heredero no había sido dado a luz
por la reina. Guillermo convocó a un Parlamento libre, con los anti­
guos requisitos electorales restituidos. A ese cuerpo enriaría la cues­
tión de la sucesión legítima al trono, así como la reparación de los
agravios que había sufrido el país.206
Este era, en efecto, un ultimátum, hecho público antes del de­
sembarco de Guillermo con un ejército para llevarlo a cabo. El
ejército no tuvo que dar un solo golpe. Para el final del año Jaco­
bo había huido a Francia y una reunión de ex miembros del Parla­
mento le había pedido a Guillermo que asumiera la administra­
ción temporaria del gobierno y que convocara a una convención
para hacer de todo ello una situación perm anente.
El uso de la palabra “Convención” en vez de “Parlamento” era
deliberado. Constituía un reconocimiento de que Jacobo era toda­
vía oficialmente rey, y que sólo un rey podía legalmente convocar
un Parlamento. Antes de partir, Jacobo no sólo había retirado las
órdenes para elegir un nuevo Parlamento, sino que además había
arrojado el Gran Sello de Inglaterra al Támesis.
La Convención, aunque elegida de la misma manera que el vie­
jo Parlamento (antes de que fueran reguladas las corporaciones),
con los mismos electorados votando la misma cantidad de miem­
bros, no podía por lo tanto, en rigor, ser llamada “Parlam ento”.
Pero este tecnicismo legal no era la única manera en la que sería
diferente de un Parlamento a los ojos de aquellos que en ese mo-
■mentó deseaban restablecer la soberanía del pueblo. Una conven­
ción elegida de nuevo, sin un rey que pudiera vetarla, podría ser la
oportunidad de Inglaterra para establecer su constitución por me­
dio de esa clase de contrato original del que los voceros de la sobe­
ranía popular habían estado hablando desde la década de 1640.
Con el derrum be de la autoridad real, la prensa se abrió como
nunca lo había hecho desde el regreso de Carlos II, y un torrente
de publicaciones y folletos, dirigidos a la Convención, explicaba a
los miembros el alcance de sus grandes poderes en virtud de no
ser un parlamento.207
Los voceros de la soberanía popular de ese momento, casi to­
dos ellos anónimos, reconocían que los miembros de la conven­
ción podrían mostrarse renuentes a interpretar el papel que la fic­
ción les asignaba. La mayoría de los miembros habían sido antes
miembros del Parlamento, y ellos mismos podrían considerar-po­
seer una autoridad m enor que la que hubieran tenido como un
Parlamento normal, convocado por orden real. En realidad, se les
decía, lo cierto era lo contrario. “Nunca”, escribía el reverendo Ed­
mund Hickeringill de Colchester, “tuvo ningún inglés una mayor
confianza puesta en él, ni un poder más grande puesto en sus manos
[...]. Vosotros tenéis prácticamente en vosotros mismos el poder de
todas las leyes, y de todos los reyes y Parlamentos que alguna vez
existieron o alguna vez vuelva a haber en Inglaterra, hasta el fin de
los tiempos”.208 Esto era un poco extravagante, pero otros autores
también destacaban que la Convención tenía “una oportunidad
como la que nunca más volverá a tener en el m undo”.209 Era la
oportunidad de reorganizar el gobierno de la manera que mejor
considerara para beneficiar el bienestar del pueblo. Los autores
en general estaban de acuerdo en que la mejor forma era la anti­
gua constitución, caracterizada por com partir la autoridad entre
una monarquía hereditaria, una nobleza hereditaria y un cuerpo
de representantes elegidos por voto popular. Pero lo importante
era que la convención reconociera que tenía la autorización de todo
el pueblo, ya unido en una comunidad, para hacer un contrato con
cualquier gobernante que eligiera y para establecer las condiciones
para que esos gobernantes pudieran ejercer la autoridad. La Con­
vención tenía “la oportunidad de oro de portar la corona en una
mano, y sus Términos o Condiciones en la otra”.210
Para dejar claro este punto, los autores le daban a la Con­
vención breves lecciones acerca del origen popular de los go­
biernos y de su disolución. A partir de las distinciones desarro-
liadas en las décadas de 1640 y 1650, especialm ente por George
Lawson, explicaban que la Convención representaba a la comu­
nidad que había comenzado a existir antes que el gobierno por
un “contrato popular” entre toda la g en te. Fue la com unidad,
actuando a través de los representantes, la que prim ero estable­
ció el estado com ún o gobierno por m edio de un “contrato de
g obierno”, en el que la com unidad era una parte y el rey otra.
M ientras el contrato de gobierno estuviera vigente, el pueblo
eran los súbditos y, en cuanto individuos, no tenían ningún de­
recho de juzgar o resistir al gobierno que habían creado. Ni
tampoco podía un Parlam ento norm al juzgar al rey que lo con­
vocaba, porque el Parlam ento era él mismo una parte del go­
bierno y no una parte del contrato de gobernabilidad. La Con;
vención, sin embargo, podía hacer lo que un mero Parlam ento
no podía: “ella puede resolver si la Constitución del Reino y el
...Contrato de Gobierno, han sido violados por parte del rey des-
de que entraron en vigencia”. Podían hacerlo porque “eran una
de las partes contratantes con sus reyes y su estirpe, a los que no
estaban subordinados y no debían ser considerados tales, pues
no eran súbditos en ese contrato, ni sus reyes soberanos, sino
que lo serían por ese contrato y a p artir de él”.-211
La Convención no sólo podía juzgar la actuación anterior del
rey Jacobo y cancelar su contrato, sino que también podía com­
prom eter a la comunidad en un nuevo contrato sobre las mismas
bases, u otras diferentes, con un nuevo rey o una nueva reina.
Aunque podría ser apropiado convertir a María en reina, no había
necesidad de m antener la corona en la familia que había abusado
de la paciencia de los ingleses durante cuatro reinados. Y podría
bien ocurrir, dadas las recientes prédicas acerca del derecho divi­
no y la sucesión hereditaria, que la comunidad dejara en claro su
libertad de acción entregando la corona a alguien cuya herencia
no le daba derecho a ella. ¿Quién mejor que Guillermo, que espe­
raba cerca con un ejército detrás de él?212
También sería im portante ejercer la autoridad de la comuni­
dad exponiendo los térm inos explícitos, antiguos o nuevos, del
contrato según el cual el gobierno del nuevo estado operaría. Es-
tas serían las leyes fundamentales del estado, su constitución. Un
Parlamento, si así lo autorizaba esa constitución, podía hacer le­
yes, pero no leyes fundamentales, pues una ley hecha por un Par­
lamento podía ser revocada o modificada por otra, por lo tanto no
podía ser fundamental. La mayoría de los fundamentos de la anti­
gua constitución de Inglaterra eran bien conocidos, pero había al­
gunos que la Convención debía desarrollar más específicamente;
en particular, la exclusión de cualquier futuro heredero papista al
trono.213
Probablemente de manera deliberada, aquellos que argu­
mentaron a favor de los poderes extraordinarios de la Convención
no hicieron mención alguna del “estado de naturaleza”, una ex­
presión que ya alarmaba debido a la escena que evocaba de activi­
dad popular descontrolada o de guerra de hom bre contra hom-
bre que Thomas Hobbes había descrito. El punto de la distinción
entre una comunidad sin gobierno y un estado establecido con un
gobierno era que la disolución del gobierno no destruía los lazos
de la comunidad ni reducía a la gente al estado de naturaleza que
existía antes de que se asociara por medio del contrata 4xqm lar.
Era igualmente importante insistir en que el gobierno estaba di­
suelto y necesitaba ser reconstituido (aunque la Convención po­
dría parecer un Parlamento a los ojos de los legos en cuanto a so­
beranía popular, en realidad no lo era) y al mismo tiempo en que
la comunidad no estaba disuelta y que podía actuar a través de su
Convención.
Cuando la Convención, votada debidamente a la vieja mane­
ra de los Parlamentos, se reunió el 22 de enero y se puso a traba­
jar, los miembros no dieron muestras de ninguna de las certezas
de los autores de folletos en cuanto a quiénes eran y cuál era su
función. La mayoría de los miembros era o había sido whig, pero
una minoría importante era tory.214 Estaban de acuerdo en una co­
sa: que ajacobo, conservara o no el título de rey, no se le debía
permitir regresar a Inglaterra, por lo menos en el futuro inmedia­
to. En el prim er día de sesión, sin demasiado debate, votaron una
misiva de agradecimiento a Guillermo por haberlos librado del pa­
pismo y le pidieron que continuara la administración del gobier­
no “hasta que hagamos una solicitud adicional”.215 El 28 de enero,
después de seis días, presumiblemente a la espera de que se pre­
sentaran más miembros, la cámara baja (organizada como la Cá­
mara de los Comunes parlamentaria) empezó el debate sobre el
estado de la nación. Al final de la jornada había aprobado una re­
solución que expresaba su acuerdo acerca de Jacobo y su compro­
miso con los principios básicos de la soberanía popular, a la vez
que dejaba sin precisar la aplicación específica de esos principios
a su situación. La resolución decía:

Q u e el rey ja c o b o II, d esp u és d e haber subvertido la C on stitu ción


d el R ein o, violando el contrato original en tre el rey y el p u eb lo , y,
co n el con sejo de los jesuítas y otras p ersonas p erversas, v io la n d o
las le y e s fu n d a m e n ta le s , y h a b ie n d o sa lid o d e e ste r e in o , ha
a b d ic a d o al g o b ie r n o , q u e d a n d o p o r e llo el tr o n o vacante.216

La redacción, que era más cautelosa de lo que puede parecer


a prim era vista, no podía satisfacer a los whigs más radicales ni a los
más conservadores de los tories presentes. La posición de los tories
había sido expuesta de manera muy efectiva por sir Robert Sawyer
en un discurso que revelaba la clase de adaptación que los tories
podían hacer a la soberanía popular, así como el hábil uso de sus
principios para satisfacer sus propios objetivos. Sawyer tenía en
claro que Jacobo había “abusado” de la real prerrogativa “estirán­
dola para hacerle daño al pueblo”, que había violado la ley funda­
mental y que al hacerlo abdicaba al gobierno y “que todas nuestras
obligaciones para con él son nulas”. Pero de ello no se seguía, se­
gún Sawyer, “que el pueblo tuviera el poder de disponer de la co­
rona”. E incluso si lo tuviera, negaba que la Convención represen­
tara al pueblo y que éste le hubiera otorgado poderes para actuar
en este sentido. Si el gobierno incumbiera al pueblo colectivamen­
te, cosa que él negaba, entonces todo el pueblo tendría derecho a
participar en la elección de una convención para establecer un
nuevo gobierno. La cámara baja de la Convención había sido elegi­
da como una Cámara de los Comunes, por un electorado que, se­
gún Sawyer, no representaba “ni siquiera a la cuarta parte del país,
pues hay propietarios libres de menos de 40 chelines al año y todos
los arrendatarios, además de las mujeres, los niños y los criados”. La
Convención era, pues, meramente el tercer estado en el gobierno
existente, sin derecho a actuar en nombre de toda la comunidad.
¿Cuál era, entonces, la situación del país? Sencillamente, que el tro­
no estaba vacío, momentáneamente, como si el rey hubiera muerto
y el heredero en la línea de sucesión debiera ocuparlo. Sawyer no
dijo si él pensaba que el heredero era María o el hijo recién nacido
del rey (en cuyo caso se necesitaría una regencia).217
La opinión de Sawyer era la acostumbrada reductio ad absur-
dum monárquica de Ja soberanía popular y no tuvo éxito. Pero la
respuesta de los whigs no llegó a ratificar los poderes de la conven­
ción en los términos en que los autores de folletos habían instado.
A la acusación de Sawyer de que la Convención no representaba a
todo el pueblo, ellos contestaron solamente que representaba “la
parte valiosa, y a todos aquellos que merecen participar del gobier­
no”.218 Pero esto era un círculo vicioso. Ni siquiera trataron de ocu­
parse de la distinción que subyacía a esa acusación entre el pueblo
actuando como una comunidad antes de la creación del gobierno y
los propietarios actuando como el tercer estado en un gobierno ya
existente. Sir Robert Howard se acercó bastante al decir que el go­
bierno “incumbe al pueblo, que está aquí en sociedad civil y cons­
titución para salvarlo”.219 Esto parecería implicar la continuidad
de la comunidad, que actuaba a través de la Convención después
de que el gobierno, con su contrato de gobierno., se hubiera di­
suelto. Pero Howard no avanzó sobre esta idea ni aclaró la distin­
ción, y ni él ni ningún otro whig respondían con ello, como po­
drían muy bien haber hecho, al argumento del íory Heneage
Finch de que un trono vacío implicaba un estado de naturaleza,
en el que todo título privado de propiedad se habría perdido.220
Los whigs insistieron en que las acciones de Jacobo, fuera su viola-
ición de la Constitución o su deserción del reino, dejaron el tres­
no vacante, pero preferían hacer que la vacante fuera una con-
[secuencia directa de las acciones del rey, no de ellos mismos
como representantes de la comunidad que continuaba. El rey había
“renunciado” o “desertado” o “abdicado”, pero evitaban la palabra
“depuesto”. No era necesario, decían, decidir si la Convención tenía
poder para deponerlo. “La cuestión”, dijo Serjeant Maynard, “no es
si podemos o no deponer al rey, sino si el rey no se ha depuesto a sí
mismo”.221 O, como lo expresó sir George Treby, “hemos encontra­
do la corona vacante y estamos para solucionar esa carencia. La
encontramos así, no la dejamos vacante nosotros”.222
Pero la idea de un trono vacante, cualquiera fuera la causa de
ello, tenía implicaciones inaceptables para muchos tories, si no pa­
ra todos. Había sido una premisa de la ley inglesa que el rey nun­
ca muere. Al fallecimiento de un rey, el trono era ocupado instan­
táneamente por su legítimo sucesor, aunque se tratara de un niño.
Al declarar vacante el trono, la Convención no sólo suponía que el
rey legalmente había muerto, sino también que el pueblo, actuan­
do a través de la Convención, tenía autoridad para nombrar un su­
cesor diferente de su heredero legal automático. Cuando la reso­
lución de la Cámara de los Comunes llegó a la Cámara de los
Lores, éste resultó ser un punto difícil. Los Lores se mostraron sor­
prendentem ente dispuestos a aceptar la idea de un “contrato ori­
ginal” y, por lo tanto, el origen popuiar del gobierno en un nebu­
loso pasado distante.223 Pero, dada la suposición tory de que toda
autoridad del gobierno existente provenía del rey (incluso si él no
la obtenía directamente de Dios), no deseaban insinuar la disolu­
ción del gobierno, como pensaban que la palabra “abdicar” y el
trono vacante parecían implicar. En una reunión de comisión con
la Cámara de los Comunes objetaron que un trono vacante pudie­
ra significar una monarquía electiva o siquiera una república. La
Cámara de los Comunes negó tener alguna inclinación hacia cual­
quiera de esas opciones, pero sí aseguró que “el establecimiento
de la Constitución es el tema principal del que tenemos que ocu­
parnos”.224 Los Lores, después de una semana de debate, cedieron
y aceptaron la resolución tal como estaba, y de inmediato votaron
a favor del ofrecimiento del trono a Guillermo y María.223 Mien­
tras tanto, la Cámara de los Comunes estaba considerando el tema
principal del que tenían que ocuparse, el establecimiento de la
Constitución.
Casi ni había necesidad de explicar que la Constitución que
iban a establecer era la antigua constitución del rey, la Cámara de
los Lores y la Cámara de los Comunes. Pero los términos de la rela­
ción entre los tres habían sido motivo de tantas disputas durante la
mayor parte del siglo, que establecer la Constitución requería la
afirmación de principios específicos que evitaran la repetición de
los conflictos que habían provocado la ejecución de un rey y la abdi­
cación de otro. Después de tanto hablar de un contrato original que
en ese momento se había roto, tal vez había llegado el momento de
un contrato nuevo, más visible, más específico. Cuando la Cámara
de los Comunes se ocupó de esta cuestión el 29 de enero, al día si­
guiente de declarar vacante el trono, la discusión reveló lo vacilan­
te, para no decir tentativo, que era su nuevo compromiso con la so­
beranía popular y lo poco dispuestos que estaban sus defensores
zvkiga aplicarla a la Convención. Fueron los tories quienes tomaron
la delantera instando a proclamar una declaración de derechos que
limitara a los futuros reyes. Tal vez los impulsaba un deseo de poner
más límites a una monarquía originada en el consentimiento popu­
lar que los que hubieran puesto a una a la que atribuyeran derecho
divino; o tal vez incluso pueden haber deseado frustrar cualquier
cambio en la sucesión imponiendo condiciones que Guillermo se­
guramente no iba a aceptar. Pero de todas maneras, los miembros
whig se mostraron más vacilantes que los tories en dar a la Conven-
ción, como representantes del pueblo, un poder para atar a un
nuevo rey a nuevas leyes fundamentales.226
No es que los whigs fueran contrarios a una declaración clara de
los principios que habían sido violados no sólo por Jacobo II sino
también por Carlos II y que debían ser protegidos en el futuro. Wi­
lliam Sacheverell pensaba que la Convención debía “mirar muy ha­
cia atrás” no sólo a las acciones del rey, sino también a las leyes que
Parlamentos complacientes y corruptos habían aprobado. No podía
él, dijo, “encontrar tres leyes, en los últimos veinte años, que mere­
cieran seguir vigentes”. Pero la denuncia radical de Sacheverell re­
vela al mismo tiempo la limitación o la confusión de las ideas de los
whigs acerca del papel de la Convención. El remedio propuesto por
él para esa situación era “que esta Cámara asegurara que los Parla­
mentos fueran elegidos debidamente y no pudieran ser disueltos
caprichosamente”.227 Sacheverell evidentemente identificaba a la
Convención con el Parlamento y “esta Cámara” con la Cámara de
los Comunes normal. Su colega abogado, Henry Pollexfen, tam­
bién un tvhig, estaba menos confundido, pero al diferenciar la Con­
vención del Parlamento, le negaba todos los poderes extraordina­
rios que los autores de los folletos le habrían conferido. Quería que
se tomaran medidas para ocupar el trono y restablecer el gobierno,
pero pensaba que “hacer leyes para limitar a su príncipe” estaba más
allá del poder de la Convención precisamente porque no era un
Parlamento. “No se puede hacer una le y hasta que no haya un rey”,
le dijo a los miembros, “lo que ustedes quieren hacer es imposible”.
Lam anera correcta de hacer las cosas, entonces, sería ocupar el tro­
no y luego lograr que el Parlamento, formado por el rey, la Cámara
de los Lores y la Cámara de los Comunes, aprobara todas las leyes
necesarias para corregir los males de los reinados precedentes, Ob~
viamente creía que la legislación corriente tendría una mayor fuer­
za vinculante que cualquier contrato hecho por la Convención en
nombre de la comunidad.228
Esta opinión no se impuso de inmediato. La Cámara resolvió
que antes de ocupar el trono debían “proceder a asegurar nuestra
religión, leyes y libertades” y nombraron una gran comisión para
hacer una lista de los agravios que necesitaban ser corregidos.229
(La sola idea de esos agravios implicaba, por supuesto, algo menos
que una interrupción total de la autoridad real.) La comisión en­
tregó una lista de veintitrés agravios (a los que la Cámara añadió
cinco más), muchos de ellos idénticos a los que Guillermo había
enum erado en su declaración, pero con algunos que se remonta­
ban al reinado de Carlos II.230 Corregirlos todos habría requerido
nuevas limitaciones a las prerrogativas reales. Fueron otra vez los
whigs]os que se abstuvieron de dar ese paso, sugiriendo que la rea­
firmación de las antiguas limitaciones al rey fuera separada de la
afirmación de las nuevas, Y otra vez revelaron su inseguridad acer­
ca de la validez de cualquier cosa que pudieran hacer como Con­
vención mientras el trono estuviera todavía vacío. Al proponer
una separación de las viejas y las nuevas limitaciones, el mayorjohn
Wildman (él mismo un antiguo levellerconvertido en whig) argumen­
tó que “lo referente a derechos y gracias no tendrán efecto, sin
distinciones”, como si el establecimiento de nuevas limitaciones al
rey sólo pudiera realizarse por gracia. Wildman citó la Petición de
Derechos de 1628 como el modelo correcto. Ysir Richard Temple, al
apoyarlo, observó que “el trono debe ser ocupado antes de entregar
esa petición”.231
Se le pidió a la comisión que revisara su informe y ésta lo de­
volvió para que, después de algunas enmiendas, fuera aprobado
tanto por los Lores como por los Comunes como una Declaración
de Derechos. Comenzaba con un preámbulo en el que se citaban
las muchas maneras en las que Jacobo II se “ocupó de subvertir y
extirpar la religión protestante, y las leyes y libertades de este rei­
no”. Sin la mención de ningún contrato original, se decía queja-
cobo había abdicado y dejado el trono vacante, especificaba una
serie de actos reales anteriores (algunos de ellos se aplicaban tan­
to a Carlos como a Jacobo) considerados ilegales y otra serie de co­
sas que no debían hacerse. Terminaba ofreciéndole el trono a
Guillermo para toda su vida, haciendo recaer la sucesión en María
y en los herederos de María, luego en la herm ana de María, Ana,
y luego en los herederos de Guillermo. La Declaración también
contenía dos juramentos, que sustituirían los antiguos Juramentos
de Lealtad y Supremacía, en los que quien juraba manifestaba su
rechazo a Roma y al poder romano y prometía “ser fiel y m antener
auténtica lealtad a Sus Majestades, el rey Guillermo y la reina Ma­
ría”. La redacción estaba diseñada para apaciguar las conciencias
de los puntillosos tories, omitiendo toda afirmación de que Guiller­
mo y María eran soberanos “legítimos y legales”. De esa manera
era posible que los tories más recalcitrantes los aceptaran como go­
bernantes de facto, sin renunciar al continuado reconocimiento
de Jacobo.232
Tal compromiso estaba de acuerdo con la ambigüedad y el in-
cierto estatus de la Declaración de Derechos. Entre las cosas que
se declaraban ilegales, presumiblemente por considerarlas viola­
ciones a leyes existentes o a principios constitucionales, se in­
cluían algunas que no habían sido consideradas así anteriorm en­
te, como la suspensión de la aplicación de leyes en casos especiales
o el mantenimiento de un ejército en tiempos de paz. Algunas de
las cosas afirmadas más tentativamente como lo que no debería
hacerse tenían por lo menos una base tan antigua como la de
aquellas declaradas ilegales, como impedimentos a la libertad de
expresión y de debate en el Parlamento.233 Pero viejos o nuevos,
los principios no fueron presentados como un nuevo-contrato ori­
ginal, y no se le pidió a Guillermo que los aceptara como una con­
dición para acceder al trono. Él, por supuesto, había acusado en
su propia Declaración, antes de desembarcar, la violación cometi­
da por Jacobo de la mayoría de ellos. Y había aceptado que la De­
claración de Derechos fuera leída al comienzo de la ceremonia
que lo proclamaría rey el 14 de febrero, de modo que podía inter­
pretarse que tenía su consentimiento antes de su acceso al trono.
Pero las dudas que habían surgido en los debates de la Conven­
ción acerca del estatus tanto del documento como de los poderes
de la Convención para dictarlo no desaparecieron.
Tan pronto como Guillermo estuvo en el trono, pidió dine­
ro a la Convención. Los miembros, por lo tanto, tuvieron que de­
cidir si tenían el poder de recaudar impuestos, algo que ellos
mismos habían dicho en su propia Declaración que sólo un Par­
lam ento podía hacer. La solución alcanzada, después de muchas
cavilaciones, fue declararse Parlam ento sin tener que llamar a
nuevas elecciones. Se sintieron mucho más cómodos reuniéndo­
se como un Parlam ento con una infracción m enor de la ley rela­
cionada con la m anera original de convocatoria de lo que se ha­
bían sentido al atreverse a actuar como una convención de la
com unidad que continuaba después de la supuesta disolución
del gobierno. La Declaración misma, en su redacción final, ha­
bía evitado la suposición de que la abdicación del rey había di­
suelto el gobierno: Jacobo sólo había tratado de subvertirlo. Ha­
bían asumido como una convención para hacer ocupar el trono
que Jacobo había dejado vacío, pero en cuanto el trono estuvie­
ra ocupado era posible que existiera un Parlam ento. Los tories
querían una nueva elección para hacerlo com pletam ente legal
(también esperaban obtener más bancas en esa elección), pero
los whigs (que esperaban perder bancas) se contentaban con
aceptar la transformación (los tories los ridiculizaron hablando
de una “transubstanciación”) que fue llevada a cabo por votación
el 20 de febrero.234
E] estatus de la Declaración de Derechos continuó incierto.
Pero antes de que el autoproclamado Parlamento fuera disuelto
por decisión real un año después, transformó la Declaración de
Derechos con algunas enmiendas en un proyecto de ley de Dere­
chos. Cuando el rey Guillermo firmó el proyecto el 16 de diciem­
bre de 1689, se convirtió en una ley parlamentaria regular (aun­
que curiosamente ha conservado su nom bre de proyecto sin
firmar como Proyecto de Ley de Derechos) .235
La aparente timidez de la Convención para asumir los pode­
res que los autores de los folletos insistían en que tenía, en nom­
bre de la soberanía popular, puede ser explicada de muchas ma­
neras. Todos los miembros sentían una necesidad urgente de
asegurarse contra un regreso de Jacobo con un ejército francés de­
trás de él. Sólo Guillermo se alzaba entre ellos y esa posibilidad, y
él había hecho saber en privado a los miembros que seguramente
no se quedaría, a menos que se le ofreciera el trono sin condicio­
nes que le dieran menos autoridad que a sus predecesores. Aun­
que los toñes tomaron la delantera en proponer esas condiciones,
ellos estaban menos comprometidos que los whigs con el tema de
la soberanía popular y no avanzaron en su apoyo a poner condi­
ciones al ofrecimiento del trono. Los whigs, por otro lado, si bien
más comprometidos que los tories con el tema de la soberanía po­
pular, también estaban más dispuestos a excluir a Jacobo. No que­
rían correr ningún riesgo de producir una dem ora que les diera a
él y a Luis XIV la oportunidad de preparar una invasión. Además,
tanto los tories como los whigs estaban deseosos de conseguir car­
gos bajo el nuevo régimen y preocupados por no ofender a Gui­
llermo dando la impresión de imponerle condiciones.236
Estas consideraciones pragmáticas coincidían con el modo de
aplicar la soberanía popular que había prevalecido en Inglaterra
desde su primera aplicación. Cuando el Parlamento Largo de
1640 asumió el poder supremo del gobierno, afirmó representar
al pueblo de manera tan completa que él era efectivamente el
pueblo. Los intentos de los levellers de una expresión más elevada
de la soberanía popular en un Acuerdo del Pueblo fueron recha­
zados por sediciosos. El ejército también había alegado ser una ex­
presión más alta de la soberanía popular y lo había hecho valer
por la fuerza bruta durante un tiem po. Pero eso era precisamente
lo que había hecho que la doctrina fuera tan im popular durante
tanto tiempo. Ycuando los whigs la revivieron en la Crisis de Exclu­
sión, habían centrado toda su atención en una ley del-Parlamento
que excluyera a Jacobo y rechazara la propuesta de Carlos de acep­
tar las limitaciones como algo inútil, lo cual en ese momento podría
haber sido así efectivamente.
La misma actitud respecto de las limitaciones hizo que algu­
nos whigs en 1689 se mostraran menos entusiastas acerca de mal­
gastar el tiempo en ellas mientras el trono continuaba vacío y
mientras Jacobo podía estar preparando un contraataque. Sir
Henry Capel, un líder whig que había atravesado la Crisis de Ex­
clusión, expresó este escepticismo en el primer día del debate. “Es­
toy seguro”, dijo, “de que tal era la idea de los dos Parlamentos an­
tes de que la corona recayera en este desdichado rey, que era
apropiado excluirlo, pero entonces estábamos ocupados con en­
gañosas pretensiones de poner limitaciones. ¿Cómo se lo limitará
ahora?”.23/ La respuesta que podrían haber dado los levellers, o
Henry, o George Lawson, o los muchos autores de folletos que
presionaban a la Convención, era que la Convención debía hacer­
lo por ser una más alta expresión de la soberanía popular que la
que podía reclamar para sí el Parlamento. Considerado de mane-¡
ra abstracta, aparte del problema de lograr que Guillermo estuvie-:
ra de acuerdo, habría sido una respuesta viable, como demostró!
Estados Unidos en 1787. Pero esa no iba a ser la respuesta inglesa,!
y a ios miembros de la Convención no les pareció viable. j
La soberanía deí pueblo era una ficción conveniente, quizá
necesaria, para una convención em peñada en desheredar y des­
plazar a un monarca cuyas creencias y conducta ofendían a lo que
se suponía (probablemente con toda la razón) la vasta mayoría de
sus súbditos. Pero la soberanía del pueblo. como.Dtr.as-ficciones.
perdería su utilidad si se la tomaba. literalmente. Los tañes de la dé­
cada de 1680, como los monárquicos de la de 1640, reconocían su
vulnerabilidad en este sentido. Habrían desarmado a sus adversa­
rios exigiendo una aplicación literal. Obviamente habría sido im­
posible reunir a todo el pueblo para aprobar la “constituciones
fundamentales”. Los defensores de la soberanía popular lo habían
admitido así desde el principio. Lo que era sólo un poco menos ob­
vio era que una convención representativa elegida por todo el pue­
blo era igualmente imposible. Cuando sir Robert Sawyer sugirió que
la Convención no podía ejercer la soberanía del pueblo porque las
mujeres, los niños y los criados no habían participado en su elec­
ción, estaba exigiendo un cierto grado de literalidad con el cual él
sabía que los whigs no iban a estar de acuerdo, y no podían estar de
acuerdo. Intentar una cosa semejante era una invitación a la anar­
quía y a la disolución de la estructura social existente.
La idea de la que la anarquía y la ausencia de toda estructura
social precedían a la formación del gobierno en el “estado de na­
turaleza” era parte de la ficción de la soberanía popular. Pero se
suponía que esto había ocurrido en el pasado distante. Nadie, por
lo menos entre quienes disfrutaban de los beneficios principales
del.gobierno, especialmente su protección de la propiedad priva­
da, deseaba un regreso al estado de naturaleza. Este era el sentido
de la distinción que hacían los folletistas entre el contrato popular.
que creaba una sociedad o comunidad, v el .con trato--d.e..gabíemo,
por el que la comunidad creaba un gobierno. La disolución del
gobierno dejaba intacta a la sociedad, pero no había necesidad de
ningún regreso al estado de naturaleza. Pero incluso los defenso­
res más distinguidos de la soberanía popular dieron muestras de
alguna confusión acerca de la condición en la que una disolución
del gobierno dejaba al pueblo.
John Locke no era precisamente una persona que invitara a la
anarquía. Al describir el estado de naturaleza como un estado de
igualdad perfecta entre los hombres, ciertamente no estaba pro­
poniendo que Inglaterra regresara a esa condición al excluir aja-
cobo del trono, y al escribir o corregir su capítulo final y funda­
mental acerca de la disolución del gobierno comenzó insistiendo
en que “quien con toda claridad hable de la disoluáón del gobierno,
debería, en el primer lugar, distinguir entre la disolución de laso de-
dad v la disoluáón del gobierno”.238 Pasa luego a argumentar que el
acuerdo que sacó a los hombres “del libre estado de naturaleza,
para ponerlos en una sociedad política” sólo podía ser disuelto
por una invasión extranjera y conquista.239 Pero ^i bien la disolu-
,ción de la sociedad por la conquista extranjera necesariamente
disolvería al gobierno al mismo tiempo que a la sociedad, la diso­
lución del gobierno por otros medios no necesariamente disolve­
ría a la sociedad. La disolución del gobierno podía ocurrir siem­
pre que aquellos a cargo de él abusaran torpem ente de los
poderes confiados a ellos y la sociedad, al quedar intacta, reorga­
nizaba el gobierno “cambiando a las personas, o las formas, o am­
bas cosas, según considerara adecuado para su seguridad y bienes­
tar”.240 Muy claro. Pero Locke, en un párrafo quizás añadido a su
texto después de la abdicación de Jacobo, describe la disolución
del gobierno por el fracaso del ejecutivo de ejecutar las leyes (la
suspensión de la Ley de Prueba de Jacobo) diciendo que destruye
los “lazos de la sociedad”, por lo que “el pueblo se convierte en
una multitud confundida, sin orden ni conexión”.241 Además, en
el capítulo precedente sobre la tiranía, Locke había argumentado
que cuando un príncipe se pone en estado de guerra con su pue­
blo, disolviendo con ello el gobierno, sus acciones “dejan que ca­
da uno se defienda, como corresponde a cada uno en el estado de
naturaleza”.242 Si el mismo Locke podía sugerir que la disolución
del gobierno podía arrojar al pueblo a un estado de naturaleza, los
miembros de la Convención podían ser disculpados por querer evi­
tar la implicación de una disolución del gobierno relacionada con
el hecho de que ellos mismos se consideraban representantes de la
sociedad que continuaba. Parecía mucho más seguro pensar en sí
mismos como parte del viejo gobierno, temporal y parcialmente
incapacitado por una vacante en el poder ejecutivo.
La cautela de la Convención significó que Inglaterra no llegó
—y nunca lo haría— a una formulación y establecimiento de su
constitución por una sanción popular o autoridad separada de su
gobierno. La soberanía popular en Inglaterra iba a ser ejercida
desde el comienzo por el Parlamento, o más precisamente por la
Cámara de los Comunes. Cuando pasó bastante tiempo y el go-
bierno alcanzó una estabilidad desconocida en el sigloxvn —la In­
glaterra de Walpole no corría ningún peligro de regresar a un esta­
do de naturaleza—fue posible considerar lo ocurrido en 1689 como
una disolución deLgobierno V la continuación de la comunidad. Pe­
ro incluso entonces la Declaración de Derechos tuvo que ser inter­
pretada no como una innovación, sino como una restauración de la
antigua constitución, establecida por primera vez cuando antepa­
sados sabios salieron de un estado de naturaleza y crearon el go­
bierno en el que la Cámara de los Comunes continuaba hablando
en nombre del pueblo.
i^sí pues, de manera cautelosa y casuística, los ingleses resta-
blecieron la soberanía popular como la ficción de gobierno impe­
rante. con el Parlamento sin j’eformar como su beneficiario. El ca­
rácter de este cuerpo, como se desarrolló en el siglo x v i i i , pareció
desmentir los miedos generados por la anterior ejecución de un
rey y la destitución de otro. Los días de los levellers, los diggers y los
partidarios de la Quinta Monarquía habían pasado. Ysí se necesi­
taban más pruebas d eja u tilidad de la soberanía popular correcta-
, mente entendida, podían encontrarse en las colonias norteameri­
canas de. Inglaterra. Allí la soberanía popular sustentaba un
gobierno ordenado sin generar jamás el tipo de ideas que alguna
vez había amenazado con poner cabeza abajo a] mundo inglés.
6. P u e b lo s c o lo n ia le s

Mientras los ingleses en su país elaboraban las implicaciones


y las aplicaciones de la soberanía popular, aquellos que establecie­
ron las colonias inglesas en América del Norte construían socieda­
des en las que la autoridad del rey de Inglaterra seguía ostensible­
mente inalterada por su indisciplinado Parlamento inglés. Las
primeras colonias inglesas fueron fundadas mientras el derecho
divino de los reyes seguía siendo la ficción dominante del gobier­
no inglés. Era, además, el rey y sólo el rey quien autorizaba a sus
súbditos a crear colonias y a gobernarlas en su nombre. Y esto si­
guió siendo así incluso después de 1630. Ninguna de las colonias
que luego participaron en la revolución norteamericana había si­
do autorizada por ley del Parlamento y ninguna fue invitada a en­
viar representantes al Parlamento. Sea que el rey otorgara poderes
a una corporación, o a una familia, o a varias familias juntas, o a
los habitantes mismos, la autoridad legal de los gobiernos de las
colonias, en última instancia descansaba sobre el rey de Inglaterra
y sólo sobre él.
Pero una autoridad que se derivaba de un rey a casi cinco mil
kilómetros de distancia nunca podía ser tan sobrecogedora como
cuando su séquito de cortesanos y emisarios exhibían su majestad
a poca distancia. Si bien la autoridad inglesa siguió siendo un in­
grediente clave en el gobierno colonial antes de 1776, la realidad
cotidiana en América del Norte im ponía a los ingleses (cuando
no a los españoles o a los franceses) un cierto grado de participa­
ción popular en el gobierno que haría que la soberanía del pue­
blo —del pueblo de las colonias— llegara a ser una ficción más
plausible, una ficción más cercana a la realidad que en la propia In­
glaterra. Aunque los pobladores de la mayoría de las colonias aban­
donaron la madre patria con la intención de formar un gobierno
que se sustentara en la concesión del rey (que de esa manera les
daba el derecho a ser defendidos por él ante cualquier enemigo),
las circunstancias imprevistas y los imperativos geográficos combi­
nados a veces hicieron que esa concesión fuera inadecuada. Los
Peregrinos que desembarcaron en Plymouth en 1620 habían teni­
do la intención de asentarse dentro de los límites de Virginia, ba­
jo el gobierno de la Virginia Company de Londres. En Plymouth
se encontraron fuera de la jurisdicción de ese gobierno, como se
expresaba en los estatutos del rey para esa compañía. La gente que
se trasladó del área de Boston hacia Hartford en 1636 igualmente
se encontró fuera de los límites del gobierno autorizado en el es­
tatuto real de la Massachusetts Bay Company. Aquellos que se
asentaron en New Haven dos años más tarde se trasladaron delibe­
radamente fuera de esos límites, mientras que Roger Williams y
los demás fundadores de Rhode Island fueron desterrados de
ellos.
En cada caso los colonos prefirieron el gobierno a la anar­
quía. Se pusieron de acuerdo entre sí para someterse a un gobier­
no diseñado por ellos mismos que luego se llamaría “contrato so­
cial”, y a veces establecieron limites a ese contrato en lo que
llamaron “constitución fundam entar’. La Declaración del Mayflo-
wer, aprobada a bordo de la nave antes de que los colonos desem­
barcaran fue luego elogiada por John Quincy como “tal vez el úni­
co caso en la historia humana, de un positivo y original pacto
social que los filósofos especulativos habían imaginado como el
origen legitimo del gobierno”.243 Y el estado de Connecticut aho­
ra se proclama el “estado de la constitución” debido a las llamadas
“Ordenes Fundamentales” que los colonos acordaron en 1639. Es­
tos instrumentos improvisados fueron luego confirmados o reem­
plazados por concesiones reales, pero proporcionaron los cimien­
tos concretos sobre los cuales se elevaría la soberanía del pueblo.
Las necesidades de la situación colonial que generaron pactos
y órdenes fundamentales también dictaron la creación de asam­
bleas representativas populares, totalmente independientes de cual­
quier creencia en la soberanía popular. Ya hemos visto los inicios de
estas asambleas en Massachusetts y Maryland como sustitutos conve­
nientes para las reuniones de los hombres libres, como se estipu­
laba en los estatutos reales de esas colonias. Paradójicam ente,
los requerimientos reales no sólo crearon algunas asambleas y die­
ron validez legal a todas ellas, sino también, como veremos, pudie­
ron ser una fuente de fuerza para ellas en los enfrentamientos con
otros agentes designados por autoridad real dentro de sus gobier­
nos. Yaun en ausencia de directivas reales o en contradicción con
ellas, aquellos que tenían a cargo el gobierno de las colonias en­
contraron difícil funcionar en la práctica sin el apoyo de las asam­
bleas. La Virginia Company de Londres, después de décadas de
ensayo y error, reconoció que las órdenes generadas en Inglaterra
podían producir confusión y desastres en una colonia cuyas nece­
sidades y circunstancias cambiantes nunca podrían ser entendidas
del todo en Londres. En 1618, en consecuencia, la Compañía dio
instrucciones a sus gobernadores en el lugar para que convocaran
una asamblea para sancionar leyes para la colonia sujetas a veto por
la Compañía y dio seguridades de que sus propias órdenes estarían
en última instancia sujetas al veto de la asamblea. Sin embargo,
cuando la Compañía quebró seis años más tarde y devolvió la colo­
nia al rey, éste específicamente decidió eliminar la asamblea. Pero
los hombres que envió para gobernar en su nombre advirtieron de
inmediato que no podían hacer su trabajo efectivamente sin el con­
sentimiento de la gente. Sin el consejo o el consentimiento real, los
sucesivos gobernadores convocaron regularmente reuniones de re­
presentantes electos hasta 1639, cuando el rey, al punto de convo­
car su propia y abandonada asamblea en Inglaterra, reconoció ofi­
cialmente la necesidad de una asamblea en Virginia, necesidad
que fue satisfecha en las instrucciones reales a todos los siguientes
gobernadores de Virginia.-44
Un reconocimiento real igualmente renuente de la necesidad
pragmática de una asamblea ocurrió en Nueva York, que los ingle­
ses com praron a los holandeses en 1664. Los holandeses habían
gobernado su colonia en desordenado crecimiento (las actuales
Nueva York, Nueva Jersey y Delaware) sin el auxilio de una asam­
blea. Cuando el rey otorgó la nueva posesión a su herm ano Jaco­
bo, duque de York, éste no vio razón alguna de molestar a su go­
bierno con un cuerpo que, según su opinión, sólo serviría para
refutar su autoridad más que para ayudar a ejercerla. Pero el du­
que nunca visitó su colonia, y los hombres a los que nombró para
gobernarla pronto descubrieron, como había ocurrido con los go­
bernadores de Virginia anteriorm ente, que sin una asamblea de
representantes que los informara de las necesidades y condiciones
populares y les diera el consentimiento previo, sus decretos eran
difíciles de formular de manera inteligente o de hacer cumplir
con eficacia. Aun conociendo los sentimientos del duque acerca
de las asambleas, sensibilizado tal vez por la manera en que una
asamblea inglesa había tratado a su padre, los gobernadores de
Nueva York de todas maneras insistían constantemente ante él en
que su tarea sería aliviada de manera considerable por una asam­
blea representativa. La respuesta de Jacobo fue de mala gana:

O s h e escrito ya a n tes acerca d e las a sam b leas e n a q u ella s tie­


rras y d esd e e n to n c e s h e o b serv a d o lo q u e varias d e vuestras ú l­
tim as cartas su gieren acerca d e ese tem a. P ero a m e n o s q u e se
im p o n g a n los req u isitos aco stu m b ra d o s y a p ro p ia d o s para tales
asam bleas, n o p u e d o m e n o s q u e so sp e ch a r q u e sus c o n s e c u e n ­
cias serán p eligrosas, p u es es b ien sab id o q u e es p r o p io d e eso s
cu erp o s asum ir para sí m u c h o s p rivilegios q u e resu ltan d estru c­
tivos para el g o b ie r n o q u e lo s a u torizó y a m e n u d o p ertu rb an la
paz d e ese m ism o g o b ie r n o . T a m p o c o v eo para q u é p u e d a ser­
vir, p u es tod o ya ha sido estip u lad o, m ientras vos y vuestro c o n se ­
j o d e g o b iern o g o b ern éis segú n las leyes estab lecid as P ero
si d e todas m aneras co n tin u áis sien d o d e esa m ism a o p in ió n , es­
taré disp u esto a con sid erar cu alq u ier p rop u esta q u e m e en viéis
en ese se n tid o .243

El resultado final fue la primera asamblea representativa de


Nueva York, que se reunió en 1683 y pronto realizó los pronósticos
del duque al aprobar una gran cantidad de leyes que dictaban la ma­
nera de gobernar y afirmaban los derechos de los súbditos. Después
de que el duque ascendió al trono de Inglaterra, su Consejo Privado
rechazó esta “carta de libertades y privilegios” y disolvió la asam­
blea.246 Pero cuando el breve reinado de Jacobo terminó en revolu­
ción, Guillermo restituyó la asamblea, que a partir de entonces mu­
chas veces hizo la vida difícil a los gobernadores de Nueva York, pero
sin la cual apenas si podrían haber gobernado en absoluto.
Si bien los gobiernos coloniales desde el principio dependían
más visiblemente del consenso popular que el gobierno de Ingla­
terra, había menos ocasión en las colonias que en Inglaterra para
el desarrollo o la articulación de las ideas sobre la soberanía popu­
lar. Los colonos disfrutaban de un mayor grado de autonomía en
sus asambleas representativas, pero habría sido im prudente provo­
car a la intervención real con afirmaciones acerca de una base po­
pular del gobierno para justificar esa autonomía. Haberlo hecho
podría haber planteado una cuestión que hasta entonces nadie
había querido enfrentar: si se pensaba que la autoridad de los go­
biernos coloniales derivaba de una concesión original por parte
del pueblo, ¿qué pueblo se suponía había hecho la concesión? ¿El
pueblo de Inglaterra? ¿O los pueblos de cada colonia en particu­
lar? ¿O ambos pueblos juntos?
Sólo en Nueva Inglaterra o en las áreas colonizadas por ella,
los colonos del siglo xvii sintieron la necesidad de volver a los pri­
meros principios tanto para criticar como para justificar las accio­
nes de gobierno. Los puritanos habían estado hablando del ori­
gen, las funciones y los límites de gobierno durante casi un siglo
antes de la fundación de Nueva Inglaterra. Durante el reinado de
María Tudor (1553-58) habían propuesto ideas radicales no sólo
acerca del origen contractual y popular del gobierno, sino tam­
bién acerca de las obligaciones del pueblo, que otorgaba los pode­
res gubernamentales, para controlar que esos poderes fueran usa­
dos apropiadamente. Los puritanos, a partir de lo ocurrido con
los opositores franceses al monarca, decidieron que el uso impro­
pio que había hecho María de su autoridad (al restaurar el catoli­
cismo romano en Inglaterra) obligaba a sus súbditos a deponerla,
una empresa qu'e no pudieron llevar a cabo antes de que ella mu­
riera. Sus sucesores, Isabel I yjacobo I, si bien no estuvieron a la al­
tura de los requerimientos puritanos, se acercaron bastante, de
modo que durante sus reinados hubo muchos menos análisis acer­
ca de las iniciativas populares para crear y controlar al gobierno.
El ataque de Jacobo al poder papal con el derecho divino de los
reyes como arma tendió de alguna manera a frenar las afirmacio­
nes puritanas de soberanía popular, ya que en ese contexto cual­
quier debilitamiento de la directa comisión de Dios al rey parecía
hacer sitio para el poder papal, un resultado que ningún puritano
deseaba provocar. Pero las inclinaciones romanas de Carlos I y su
hostilidad hacia el Parlamento hicieron que los puritanos regresa­
ran a los primeros principios otra vez y envió a quince mil de ellos
a Nueva Inglaterra con la carta que de algún modo habían conse­
guido y que les permitía gobernar la Bahía de Massachusetts.
En Nueva Inglaterra era más seguro hablar abiertamente de
los primeros principios que hacerlo en la Inglaterra de Carlos I, y
al establecer un gobierno los puritanos no se contentaron sólo
con hacer descansar la autoridad exclusivamente sobre la conce­
sión del rey. John Winthrop, que llevaba consigo la carta de Massa­
chusetts, estaba particularmente interesado en hacer derivar sus
poderes de una concesión popular tanto como de una real. Consi­
deraba que el cargo de gobernador, para el que fue votado con re­
gularidad, gozaba de un derecho divino por sí mismo. Pero, al
igual que los puritanos en el Parlamento después, sostenía que
Dios operaba a través de organismos populares no sólo para desig­
nar a las personas para gobernar, sino también para establecer el
gobierno mismo. Con el recurso a las mismas tradiciones políticas
que el Parlamento revivió en la década de 1640, Winthrop soste­
nía que el origen de cualquier cuerpo político estaba en “el con­
sentimiento de un cierto grupo de gente que vivía junta, bajo un
gobierno para su mutua seguridad y bienestar”.247 Aunque el go­
bierno de Massachusetts seguía lo más prolijamente posible la for­
ma prescripta por la carta del rey, el pueblo que se sometió a él lo
hizo voluntariamente por el solo hecho de trasladarse a Massachu­
setts. Esa migración, explicaba W inthrop, era un acto de consenti­
miento; es más, era un contrato con Dios, con los demás y con el
gobierno.248
Si bien la carta determinaba una forma de gobierno para la
Compañía de la Bahía de Massachusetts, no indicaba qué podía
hacer o no el gobierno, salvo la prohibición de hacer leyes contra­
rias a las leyes de Inglaterra. Era por lo tanto posible argumentar
que los colonos se habían comprometido, según la carta, a crear
un gobierno que se rigiera por las leyes de Dios, aquellas que el
gobierno de Carlos I estaba manifiestamente dejando de respetar
en Inglaterra. Y mientras Winthrop pensaba que la Biblia ofrecía
una guía suficiente respecto a lo que las leyes de Dios requerían
tanto de los gobernantes como de los súbditos, otros puritanos
sentían que dependía del pueblo o de los representantes del pue­
blo especificar los términos del contrato, la aplicación de las leyes
de Dios en su caso particular. Sin tener los términos ante ellos, en
lo que pronto los ingleses iban a llamar “constituciones funda­
mentales”, los súbditos no podrían hacer que los gobernantes se li­
mitaran a su tarea correspondiente. Como dijo John Cotton, “es
por lo tanto adecuado que cada hombre conozca los límites que el
Señor ha establecido y que el pueblo, del que básicamente todo
poder proviene, otorgue tanto poder como Dios en sus palabras
otorga a los hombres (...) Así pues, que los límites debidos sean fi­
jados”.249 Los representantes del pueblo, en consecuencia, redacta­
ron y promulgaron en 1641 un “Cuerpo de Libertades” que fijaba
los debidos límites en noventa y ocho artículos que especificaban
qué debía hacer su gobierno y qué no debía hacer para cumplir con
el contrato al que (junto con la carta) le debía su existencia.250 Los
líderes de Connecticut ya habían hecho lo mismo para su gobierno
en las Ordenes Fundamentales de 1639.
En Virginia y Maryland, las únicas colonias inglesas tempra­
nas en América del Norte, aparte de Nueva Inglaterra, no hubo
expresiones comparables de origen popular y limitación del go­
bierno, sí bien durante el interregno en Inglaterra tanto Virginia
como Maryland se gobernaron a sí mismas de alguna manera. La
restauración de Carlos II y la renovación del derecho divino en In­
glaterra coincidieron con un renovado interés en las colonias y en
la colonización entre los consejeros y amigos del rey. Se produje­
ron dos efectos: primero, el otorgamiento, a cortesanos en posi­
ciones elevadas, de poderes para fundar y gobernar nuevas colo­
nias en Norteamérica, no sólo en aquellas áreas arrancadas a los
holandeses en 1664, sino también en las Carolinas y Pensilvania; y
segundo, un más estricto control inglés sobre las colonias existen­
tes. Ningún movimiento fue calculado para promover los senti­
mientos de soberanía popular en América del Norte, pero a pesar
del continuo crecimiento de los mecanismos de control real hasta el
siglo siguiente, el curso de la política en Inglaterra se combinó con
las condiciones de la colonización para producir un reconocimiento
extendido de los derechos populares y del poder popular, e incluso
de las afirmaciones de soberanía popular.
Las primeras colonias habían comenzado en un momento en
que Inglaterra parecía estar superpoblada. Durante más de un si­
glo la población había crecido más rápidamente que la economía,
que no podía ofrecer nuevos puestos de trabajo, por lo que las ca­
lles se habían llenado de gente sin hogar. Para mediados del siglo
xvii, la explosión demográfica ya había terminado y los ingleses no
estaban tan dispuestos a partir a tierras desconocidas al otro lado
de un peligroso océano. Los cortesanos a los que el rey había otor­
gado dominios espléndidos en América de Norte de todas mane­
ras esperaban hacerse ricos con la renta y la venta de tierras a los
colonos. Para tentar a los cada vez más renuentes emigrantes, tu­
vieron que ofrecerles “concesiones y acuerdos” que estipularan
términos generosos para la concesión de tierras, además de la par­
ticipación en el gobierno a las personas que recibían esas conce­
siones. Buscaron colonos no sólo en Inglaterra sino también en
Nueva Inglaterra, donde la población puritana había obedecido el
mandato de “creced y multiplicaos” y donde la gente ya disfrutaba y
esperaba una mayor participación en el gobierno de la que había
en Inglaterra.251
Los colonos de Nueva Inglaterra que se mudaron al norte de
Nueva jersey exigieron su propia asamblea de representantes.252
Aunque los propietarios se negaron a reconocer este reclamo en
particular, sus Concesiones y Acuerdos de 1664 garantizaban a to­
dos los colonos de Nueva jersey una asamblea representativa, que
sería elegida por el voto de los dueños de tierras, con poder no só­
lo para la recaudación de todos los impuestos, sino también para
hacer “leyes, estatutos y constituciones” para la provincia.253 Dado
que algunos de esos mismos propietarios estaban entre aquellos a
los que el rey había concedido las Carolinas, el mismo deseo de
atraer a los pobladores de Nueva Inglaterra los llevó a em itir un
conjunto casi idéntico de concesiones y acuerdos en 1665.234
Pero las reverencias al poder popular hechas por los propieta­
rios de las colonias de la Restauración no se limitaron a las concesio­
nes pragmáticas necesarias para atraer a los colonos. Para 1669, el
principal propietario de las Carolinas era Anthony Ashley Cooper,
barón Ashley, después conde de Shaftesbury y el líder de la cam­
paña whig-pava. excluir al duque de York del trono. El secretario de
Ashley era John Locke, que aparentem ente en esa época, al igual
que el mismo Ashley, seguía muy de cerca las ideas de James Ha­
rrington. En 1669 Locke redactó para el gobierno de las Carolinas
un conjunto de “Constituciones Fundamentales” sobre el modelo
de Oceana de H arrington, para reemplazar las Concesiones y
Acuerdos de 1665. Como en Oceana, las constituciones debían ser
establecidas por decreto, en este caso el decreto de los propieta­
rios, pero ellos se ocuparían de la distribución de la tierra y de la
distribución del poder político sobre el modelo de Harrington. El
harringtonianismo de Shaftesbury, como ya se ha señalado, pone
de relieve el papel de la nobleza, y el plan para las Carolinas daba
dos quintas partes de la tierra a perpetuidad a un conjunto de aris­
tócratas hereditarios de nombres extravagantes que formarían la
cámara alta de la legislatura con el exclusivo poder harringtonia-
no de introducir nueva legislación. La cámara baja, que represen­
taba las otras tres quintas partes de los propietarios de tierras de la
colonia, sólo debía aceptar o rechazar las propuestas de la cámara
alta sin modificaciones. Tal como estaba redactado el plan, por re­
publicana que fuera su filosofía, era también complicado de llevar
a la práctica y resultó ser inaceptable para los habitantes, no por­
que le diera demasiado poder a la asamblea, sino más bien porque
le daba demasiado poco.250
O tro cortesano a quien Carlos II favoreció con una colonia in­
mensa propia, también la organizó al principio con un gobierno
harringtoniano. Tal vez no sea justo llamar cortesano a William
Penn, porque él era ante todo un cuáquero. Pero era el hijo de un
almirante de la marina y era él mismo amigo de Carlos II y amigo
íntim o del duque de York. Penn nunca permitió que sus relacio­
nes con los altos niveles suavizaran su celo religioso o su igualmen­
te ardiente apego a las libertades populares. Se interesó por pri­
mera vez en la colonización cuando él y varios otros cuáqueros
com praron a otros propietarios la colonia de Jersey occidental.
Penn presumiblemente participó de manera importante en la pre­
paración del nuevo conjunto de Concesiones y Acuerdos que el gru­
po propuso a los posibles colonos en 1676. Los términos, aunque
después fueron modificados, ofrecían a los habitantes más dere­
chos políticos y legales de los que la mayoría de la gente tuvo en
ninguna parte jamás, ni antes ni ahora. La asamblea de represen­
tantes de Nueva Jersey occidental debía ser elegida anualmente
por todos los habitantes (presumiblemente varones adultos). Se le
otorgaron poderes totales y exclusivos de legislación y tributación,
pero se le prohibió restringir los juicios por jurados tanto en casos ci­
viles como criminales y dictar la pena de muerte para cualquier otro
crimen que no fuera homicidio o traición. Sus reuniones y las de to­
dos los tribunales debían estar abiertas al público y sus miembros,
sujetos a las instrucciones de sus votantes.236
En 1681, cuando el rey le concedió a Penn una colonia pro­
pia, éste creó para ella un gobierno en que él o su representante
tendrían el poder ejecutivo, pero le dio una legislatura harringto-
niana, que consistía en una cámara alta, con la única facultad de
iniciar la legislación, y una cámara más grande de representantes
para aceptarla o rechazarla. Ambas cámaras serían elegidas por los
propietarios de tierras de la colonia. Penn indudablemente espe­
raba que ellos eligieran hombres de mayor riqueza para la cámara
alta y no para la cámara baja, pero Pensilvania no tendría aristo­
cracia hereditaria del tipo intentado para las Carolinas. Aun así, la
cámara baja de representantes no estaba contenta con las limita­
das funciones que le asignaron. Al final, Penn permitió que los re­
presentantes redactaran ellos mismos su constitución. En ésta se
eliminaba totalmente la cámara alta y todo el poder legislativo,
sujeto al veto presidencial, recaía sobre ellos mismos.257
La soberanía del pueblo en Inglaterra comenzaba y termina­
ba en la soberanía de sus representantes. Las asambleas represen­
tativas de las colonias mostraron la misma tendencia a magnificar
sus propios poderes, pero hasta que no disputaron con Inglaterra
no reclamaron todo. Los ingleses en América del Norte seguían
refiriéndose a Inglaterra como el hogar, y los ingleses en Inglaterra
hablaban de las colonias como sus colonias. Nadie preguntó de­
masiado detenemidamente lo que esas palabras podrían querer
decir, pero quedaba claro que los gobiernos coloniales obtenían
por lo menos parte de su autoridad no de los pueblos a los que go­
bernaban sino de Inglaterra y específicamente del rey de Inglaterra.
Y a medida que las colonias crecían en tamaño y en importancia
económica, el interés del gobierno inglés en ejercer la autoridad
sobre ellas también creció.
Ese interés se expresó en las Leyes de Navegación, aprobadas
por el Parlamento en 1660 y 1663, destinadas a hacer que el cada
vez mayor comercio exterior colonial beneficiara a Inglaterra y a
los mercaderes ingleses. La aplicación de las leyes se convirtió en
el objetivo principal de la política colonial inglesa primero y britá­
nica después, un objetivo que fue dificultado por la autonomía
que las cartas reales dieron a los gobiernos coloniales bajo la toma
de sociedades privadas y propietarios. Aun cuando el rey otorgaba
de manera desordenada nuevas cartas coloniales con poderes de
gobierno a sus amigos y favoritos, incluido William Penn, sus conse­
jeros apuntaban a poner a los gobiernos coloniales más directamen­
te bajo su control, con gobernadores nombrados por él. New
Hampshire, sobre la cual Massachusetts había asumido (o usurpado)
jurisdicción, tuvo un gobernador real en 1679. En los años siguien­
tes, las Carolinas, Nueva Jersey y Nueva York (en virtud de que el du­
que de York se convirtió en rey) quedaron bajo el gobierno real. Pe­
ro el impedimento más grande para esta ampliación del control
inglés estaba en las colonias de Nueva Inglaterra y especialmente en
Massachusetts.
Cuando las Leyes de Navegación fueron aprobadas, los fun­
cionarios de Massachusetts al principio hicieron de cuenta que
esas leyes no tenían ninguna aplicación allí, sobre la base de que
su carta los eximía de aceptar leyes que no fueran aprobadas por
su propia legislatura. Cuando fueron informados por el mismo
rey de que eso no era así, evitaron las confrontaciones directas pe­
ro continuaron haciendo las cosas a su m anera hasta 1684, cuan­
do una corte inglesa declaró nula su carta. En ese punto, cuando
Jacobo II accedió al trono, los consejeros del rey pusieron en
práctica un plan que parecía realizar sueños burocráticos de un
control centralizado del creciente imperio norteamericano de In­
glaterra. Se lo llamó el Dominio de Nueva Inglaterra, y propor­
cionaba un solo gobierno a toda el área de las actuales Nueva In­
glaterra, Nueva York y Nueva Jersey. Este vasto dominio iba a ser
gobernado por un gobernador y un consejo nombrados por el
rey, con plenos poderes de legislación y tributación, libre de toda
asamblea de representantes.238
Como tantos otros planes inventados por burócratas poco fa­
miliarizados con la gente afectada por ellos, éste ignoraba las rea­
lidades políticas. En otras palabras, hacía caso omiso de las opinio­
nes sobre las cuales se había apoyado el gobierno en Nueva
Inglaterra hasta ese momento. Los habitantes de Nueva Inglaterra
habían vivido durante más de cincuenta años bajo un gobierno
que los satisfacía, por mucho que no gustara a los nuevos arquitec­
tos del imperio en Londres. Se les dijo entonces que cualesquiera
derechos que pudieran haber tenido según la carta real, queda­
ban a partir de ese momento eliminados, que sus antepasados ha­
bían dejado en Inglaterra cualquier derecho que pudieran haber
tenido simplemente como ingleses, de modo que “no eran muy di­
ferentes de los esclavos, y que la única diferencia consistía en que
no eran comprados o vendidos”.209
El conjunto de personas a las que se les envió este mensaje no
se habían mostrado hasta el mom ento demasiado pacientes y no
tuvieron que serlo por mucho tiempo. Afortunadam ente para
ellos, la capacidad de Jacobo II para reconocer las realidades polí­
ticas en su país no era más grande que la de sus consejeros para
evaluarlas en las colonias. Jacobo abdicó al trono en vez de enfren­
tar a un ejército que invadía su país por invitación. Y el goberna­
dor de Jacobo en el dominio de Nueva Inglaterra, sir Edmund An-
dros, si bien estaba dispuesto a luchar por su amo, apenas si
encontró a alguien dispuesto a pelear junto a él. Fue fácil e in­
cruentamente depuesto por el pueblo de Boston y enviado de re­
greso a Londres.
Aunque el nuevo rey de Inglaterra no tenía instrucciones para
la autonomía colonial, ni él ni sus sucesores inmediatos cometieron
el error de suponer que los colonizadores podían ser sometidos a
un gobierno en cuya elección no tuvieran alguna participación. En
Inglaterra Guillermo debía su título de rey en gran parte, si no com­
pletamente, a uná asamblea de representantes, y se entendía, al
principio tácitamente y después de manera explícita, que a partir de
ese momento esa asamblea sería el elemento más importante y
esencial, el centro propiamente dicho, del gobierno de Inglaterra.
En esa época estaba menos claro cuál debía ser la relación del
rey con los gobiernos coloniales (y de ninguna m anera estaba
claro cuál debía ser la relación que el suprem o Parlam ento de
Inglaterra debía tener con las asambleas de representantes de
las colonias). Más adelante, Jo h n Adams argum entaría que así
como el pueblo de Inglaterra, a través del Parlam ento, otorgó
poderes a Guillermo en un contrato para gobernar Inglaterra, el
pueblo de Massachusetts hizo su propio “contrato original expreso”
con él.260
Que Adams pudiera producir ese argumento se debía no sólo
a la carta real que Massachusetts recibió en 1691, sino también al
hecho de que Guillermo y sus sucesores gobernaron las colonias a
través de sus respectivas asambleas de representantes. A pesar de
las continuas recomendaciones dadas por los burócratas del tipo
de los que habían diseñado el Dominio, no se volvieron a produ­
cir los torpes intentos (hasta las décadas de 1760 y 1770) de impo­
ner el gobierno inglés por decreto. Aunque la campaña para for­
talecer y centralizar el gobierno inglés en las colonias continuó
después de 1689, se daba por supuesto que los gobernadores nom­
brados para ejercer el control tendrían que hacerlo dentro del
marco de referencia del gobierno representativo.261 Y los diseña­
dores de la política inglesa descubrieron que podría haber venta­
jas en ello. En Virginia, el régimen de explotación de los magnates
locales había empujado a la colonia a la rebelión en 1676 y la ha­
bía mantenido cerca de la rebelión por mucho tiempo después. A
partir de eso se convirtió en una estratagema real, tanto antes co­
mo después de 1689, el hecho de aliarse con la asamblea represen­
tativa en contra de ellos.262 Cuando Pensilvanía y Maryland queda­
ron temporalmente bajo el control real como consecuencia de la
revolución de 1688, los propietarios descubrieron, una vez que re­
cuperaron sus provincias, que sus asambleas representativas ha­
bían adquirido una porción considerablem ente más grande de
poder mientras fueron gobernadas por el rey.263
En los primeros años de su reinado, Guillermo estuvo dema­
siado ocupado como para prestar mucha atención a las colonias, y
en 1695 el Parlamento estuvo a punto de crear un cuerpo adminis­
trativo especial para ocuparse de ellas. Si el Parlamento lo hubiera
hecho, la confrontación entre la soberanía de los representantes
del pueblo en Inglaterra y los representantes del pueblo en las co­
lonias podría haberse producido mucho antes. Pero Guillermo se
anticipó a la jugada del Parlamento con el real nombramiento de
una Junta de Comercio y Plantaciones para formular la política
imperial, actualizar la legislación colonial y redactar las instruccio­
nes por las cuales los gobernadores reales deberían presentar los
deseos del rey a sus súbditos norteamericanos. Durante toda su exis­
tencia lajunta fue siempre un organismo real y como tal recibió po­
co estímulo de un Parlamento que había aprendido a ser cauteloso
acerca de medidas que pudieran aumentar la prerrogativa del
r e y , 264

El resultado fue una situación en la cual la soberanía del pue­


blo podía ser aceptada como la base del gobierno en las colonias
sin que nadie tuviera que decidir qué pueblo otorgaba qué pode­
res a quién. Podía haber una gran variedad de opiniones acerca de
la cuestión, pero bien podían quedar sin ser expresadas y sus im­
plicaciones sin ser analizadas mientras los diferentes elementos
dentro de cada gobierno colonial compitieran unos con otros. En
cada colonia se desarrollaron tres centros de poder: el goberna­
dor, el consejo del gobernador y la sala de representantes, pero
antes de que comenzara la disputa con Inglaterra en 1764 ningu­
no de ellos desafió la autenticidad o legitimidad de los otros. Aun­
que sus disputas podían ser acaloradas, por lo general se detenían
antes de tener que apelar a un principio más alto que significara la
interrupción de la política pacífica.
El grado de autoridad real y su ejercicio a través del goberna­
dor y el consejo variaba de colonia en colonia. Era casi inexistente
en Connecticut y en Rhode Island, donde el rey no nom braba a
ninguno de los funcionarios de gobierno, y apenas visible en Pen­
silvania y Maryland, donde los propietarios residentes en Inglate­
rra seguían nom brando al gobernador y al consejo del goberna­
dor (aunque el rey asumió ese poder en Pensilvania desde 1792
hasta 1794 y en Maryland desde 1689 hasta 1715). En Massachu­
setts, una nueva carta real de 1691, si bien hacía del gobernador un
funcionario nombrado por el rey, permitía que la Cámara o los Re­
presentantes, junto con el consejo precedente, eligiera anualmente
al consejo. En todas las demás colonias el rey nom braba tanto al
gobernador como al consejo, y en todas las colonias, excepto
Pensilvania, los consejos servían también como la cámara alta de
la legislatura.
El hecho de que el rey nombrara tanto al gobernador como al
consejo en la mayoría de las colonias (en general por períodos lar­
gos, cuando no de manera vitalicia) no quiere decir que el gober­
nador y el consejo estuvieran siempre aliados en los enfrentamien­
tos políticos. Tanto en las colonias como en Inglaterra se suponía
que los nombramientos a los cargos de gobierno debían recaer en
personas cuyos rango social y fortuna material les daban derecho
a la deferencia del resto de la población. Si bien el hecho de ocu­
par un cargo aum entaba su prestigio, su prestigio propio realzaba
la autoridad del cargo.265 En Inglaterra, a través de los siglos, el rey
siempre estuvo preocupado por los súbditos demasiado poderosos
que amenazaban su gobierno, y al hacer nombramientos para cargos
administrativos debía tener cuidado de escoger hombres que fueran
suficientemente poderosos como para serle útiles, pero no tan pode­
rosos como para convertirse en rivales. En las colonias no había
hombres tan poderosos como para ser rivales de un rey, y en la ma­
yoría de las colonias había apenas unos pocos con el prestigio ne­
cesario para dar peso a un consejo de gobernador. Era a esos hom­
bres, identificados por sus gobernadores y por la Junta de
Comercio, a los que el rey nombraba. Pero en América del Norte,
en virtud de la distancia y de las circunstancias diferentes, los hom­
bres poderosos de una colonia en particular podrían haber desa­
rrollado intereses propios de la localidad, intereses económicos,
religiosos o de otro tipo que se opusieran a las políticas imperiales
que el gobernador tenía instrucciones de poner en práctica, inte­
reses que los harían alinearse más bien con sus vecinos menos
poderosos de la sala de representantes que con el gobernador.
Por otro lado, personas que eran suficientemente poderosas
como para añadir peso al consejo de un gobernador también po­
dían ser lo suficientemente poderosas como para tener intereses
que difirieran, sólo en virtud de su magnitud, de los de aquellos
hombres con posibilidades de ser elegidos para una asamblea de
representantes. Tales hombres, si bien prom inentes en el nivel
local, en general estaban por debajo de aquellos nombrados para
el consejo del gobernador Y donde la unidad de la representación
era pequeña, como en Nueva Inglaterra, la mayoría de los repre­
sentantes eran personas corrientes, de ninguna manera ricas.
El funcionamiento de los gobiernos coloniales, por lo tanto,
era el producto de una tríada de fuerzas, cada una de las cuales po­
dría estar tirando en diferente dirección. En esta confrontación de
tres puntas, cualquiera de las partes podía buscar apoyo fuera del
gobierno local. Había dos posibles opciones. La primera estaba en
Inglaterra. Un gobernador del rey, por supuesto, tenía allí un acce­
so más directo a los corredores del poder, pero su acceso no era ex­
clusivo. Dado que el gobierno de Inglaterra estaba dividido no só­
lo en rey, Cámara de los Lores y Cámara de los Comunes, sino
también en partidos y facciones políticas, era posible para los
miembros del consejo de un gobernador o de una sala de repre­
sentantes solicitar ayuda a personas en posiciones de poder o in­
fluencia que estuvieran en desacuerdo con una política diseñada
por sus adversarios políticos, y expresada en las instrucciones de al­
gún gobernador. Desde finales del siglo xvii, las diversas asambleas
coloniales comenzaron a emplear agentes de manera regular para
ejercer presión en Inglaterra a favor o en contra de cualquier me­
dida que afectara a las colonias. El gobierno central, a su vez, desea­
ba tener cerca agentes coloniales para obtener información sobre
las condiciones locales, y esos agentes coloniales llegaron a ser re­
conocidos —aunque no del todo oficialmente— como represen­
tantes de las colonias en Londres. Un agente inteligente era aquel
que sabía dónde buscar ayuda en el laberinto de la política británi­
ca y sus instituciones. Con frecuencia los colonizadores utilizaron a
hombres que no sólo fueran entendidos, sino también influyentes
por sí mismos, miembros del Parlamento de quienes se podía espe­
rar cierto peso en los salones donde se hacía la política británica.265
De este modo era posible que una asamblea colonial o una
facción dentro de ella m ontara una campaña de intrigas en Ingla­
terra contra un gobernador a cuyas políticas, dictadas en Inglaterra,
se oponía. Los gobernadores coloniales eran vulnerables a los cam­
bios del clima político en Inglaterra. Las gobernaciones eran pre­
mios políticos otorgados a amigos leales o parientes de personas
suficientemente influyentes como para conseguir esos nombra­
mientos. Aunque la designación provenía del rey, los principales
miembros del partido o facción que controlaba una mayoría en el
Parlamento podían hacer en general que los cargos fueran a ma­
nos de sus partidarios. Pero un partido en el poder hoy no estaría
en el poder mañana. Cuando un consejo o una asamblea encon­
traba que algún gobernador era particularm ente odioso, podía
ejercer presión en Inglaterra para su reemplazo en el partido que
tenía más probabilidades de suceder al ministerio existente. Esa
táctica funcionó particularm ente bien durante el tiempo en que
whigs y tories se sucedían unos a otros rápidam ente en el control
del Parlamento, antes de 1715. Alison Olson ha descrito el proce­
so y sostiene que la sucesión de un ministerio por otro “era a me­
nudo la señal para colonizadores hostiles de empezar una campa­
ña transatlántica para destituir al gobernador. Whitehall era
inundado por cartas que se quejaban de su corrupción, resolucio­
nes de un condado que se oponían a ciertas políticas, protestas no
oficiales contra el favoritismo de un grupo de representantes en la
asamblea provincial, peticiones firmadas por prom inentes habi­
tantes de las ciudades. A los capitanes de los barcos que iban a
Londres se les daba información en contra del gobernador y se los
enviaba para que se encontraran con las ‘personas adecuadas”’.267
Después de 1715, cuando los tories (como supuestos partida­
rios de los pretendientes Estuardo al trono) fueron excluidos de los
cargos públicos, ya no fue tan fácil explotar las divisiones políticas in­
glesas en favor de las disputas coloniales. Pero las apelaciones a Ingla­
terra en las luchas coloniales por el poder continuaron hasta la revo­
lución. En 1764, por ejemplo, la asamblea de Pensilvania, en
desacuerdo con el gobernador nom brado por los Penn, envió a
Benjamín Franklin a Inglaterra para hacer una petición al rey solici­
tándole que retirara la gobernación de Pensilvania de manos de la
familia Penn y asumiera él mismo el gobierno. La presunción era
que el gobierno real reforzaría a la asamblea. Dada la disputa sub­
siguiente de todas las colonias con Inglaterra, la suposición era du­
dosa y el mom ento mal elegido, pero es una ilustración de cómo
las asambleas representativas podían buscar aliados en los lugares
menos adecuados.268
La otra fuente de apoyo fuera del gobierno local estaba en los
votantes (uno está tentado de decir en el pueblo). Los votantes en
las colonias —probablemente una mayoría de varones adultos en
todas las colonias y una gran mayoría en casi todas ellas— consti­
tuía una proporción mucho más grande de la población que en
Inglaterra.269 La ficción de la representación estuvo, por lo tanto,
algo más cerca de los hechos y la opinión pública fue más influyen­
te. Los medios para influir y darle forma estaban a mano en la ubi­
cua prensa colonial. Para mediados del siglo xvm, cada colonia de
considerables dimensiones tenía al menos un periódico, en el que
a veces aparecían los temas debatidos en la asamblea. El impresor
que publicaba el periódico estaba también disponible para los fo­
lletos en los que cualquiera de las partes de una cuestión podía ex­
poner su opinión detalladamente. En 1754, una disputa acerca de
la propuesta de un impuesto sobre el consumo y venta de ron en
Massachusetts generó más folletos en esa colonia que la Ley del
Azúcar y la Ley de Estampillado una década después.
Era posible apelar al público de otras maneras, aparte de la
prensa. Un gobernador podía conseguir la simpatía de la gente
con lujosos espectáculos abiertos a todo el m undo. Podía hacer
favores políticos a personas con amplias conexiones familiares y
comerciales. Pero la mayoría de los gobernadores tenía interés
en hacer dinero desde su posición, no en gastarlo en espectácu­
los, y en la mayoría de las colonias había pocos cargos políticos
lucrativos para distribuir y menos todavía al alcance del goberna­
dor.2^ Lo mismo puede decirse en general de los consejeros. Los
miembros de una asamblea de representantes, por otro lado, po­
dían afirmar que hablaban en nombre del pueblo en sus propias
personas. Como veremos, podían en ocasiones sentir la necesi­
dad de fabricar pruebas del apoyo popular en las peticiones e
instrucciones, y ese recurso estaba también abierto a sus adversa­
rios. Pero gobernadores y consejeros podían conseguir el apoyo
popular de manera más efectiva tratando de orientarlo hacia la
elección de representantes apropiados. Los esfuerzos destinados
a influir en la opinión acerca de algún tema en especial no te­
nían efectos duraderos en las disputas dentro del gobierno, pero
una asamblea influenciable podía inclinar el poder en dirección
del gobernador o del consejo, o de ambos, mientras durara la
asamblea.
La política de Virginia a fines del siglo xvil y principios del
x v i i i proporciona un buen ejemplo de la manera en la que el po­

der dentro de un gobierno podía alterarse por medio de apelacio­


nes al apoyo popular, por un lado, y de mover los hilos adecuados
en Inglaterra, por otro.271 Francis Nicholson, gobernador de Vir­
ginia desde 1698 hasta 1705 y otra vez desde 1690 hasta 1692, era
un rudo oficial del ejército que jugaba el juego del poder con de­
leite. En continua disputa con sus consejeros, al principio trató de
pasar por encima tanto del consejo como de la Cámara de Burgue­
ses (la asamblea de representantes) con intentos directos de cons­
truir un apoyo popular.
Los consejeros adujeron que él no sólo trataba de obtener “la
buena opinión de la gente común, sino también de provocar en
ellos tales recelos y desconfianza respecto del consejo, que le harían
imposible a éste oponerse a sus arbitrarias medidas”. La acusación
fue promovida a raíz de los esfuerzos de Nícholson por enrolar una
milicia especial, aparentemente para proteger la colonia contra el
ataque francés e indio, pero capaz de usos más siniestros. Después
de que Nicholson vio frustrado su intento, centró su atención en la
Cámara de Burgueses. Si bien había sido acusado anteriormente de
querer “gobernar el país sin asambleas”, hizo después una exitosa
campaña para que gente dispuesta favorablemente hacía él fuera
votada para ingresar a la Cámara. Una vez que lo logró, hizo que ésta
aprobara una resolución condenando las acusaciones del consejo en
su contra.
Los consejeros reaccionaron con una exitosa cam paña en
Inglaterra para asegurar el retiro de Nicholson, pero también
habían aprendido una lección en política popular. El siguiente
gobernador real de Virginia, Alexander Spotswood, que estuvo
en el cargo desde 1710 hasta 1723, se encontró ante una Cáma­
ra de Burgueses que le pareció llena de “gente de poca calidad
y personalidad”. Ellos han recibido, dijo, “una opinión ajena a
ellos, de que el mejor patriota es el que más violentamente se
opone a toda propuesta de recaudar d in e ro ”. La respuesta de
Spotswood fue com prarlos convenciéndolos de que aprobaran
una ley de inspección del tabaco, creando lucrativos cargos de
inspector para los que nom bró a veinticinco de ellos. De allí en
adelante, no le causaron más problemas. Pero en la siguiente
elección, los consejeros hicieron con éxito una campaña contra
este “partido cortesano” que los votantes rechazaron, salvo die­
cisiete de los antiguos miembros (sólo dos de los diecisiete ha­
bían aceptado cargos de inspectores). Spotswood se quejó de
que había sido “acusado por el señor Ludwell [un consejero] y
sus seguidores (que se consideraban a sí mismos Patriotas del
Pueblo) por dedicarse a oprim ir al pueblo am pliando la Prerro­
gativa de la C orona”. Pero los consejeros no desdeñaban ellos
mismos las prerrogativas políticas. Nuevamente uno de ellos hi-
zo un viaje a Inglaterra y pudo conseguir el retiro de Spotswood.
En Nueva York, aún más que en Virginia, las fuerzas en la lu­
cha tripartita por el poder hicieron valer su mejor juego en Ingla­
terra, pero aquí también los gobernadores nombrados por el rey
después de 1689 inclinaron sus cabezas ante el poder popular.
Aunque el consejo de Nueva York generalmente se ponía de parte
del gobernador, su apoyo no era suficiente para garantizar el éxi­
to contra una asamblea pequeña cuyos miembros podían por lo
general igualarse a la mayoría de los consejeros en rango y fortu­
na. Los votantes en Nueva York, a pesar de un ampliado derecho a
voto, votaban con regularidad a ese tipo de hombres para repre­
sentarlos, pero la elite de Nueva York estaba plagada de luchas de
familias y de facciones que con frecuencia encontraban expresión
en la política. Se convirtió en un objetivo necesario del goberna­
dor real asegurarse una asamblea compuesta, hasta donde fuera
posible, de las facciones y las familias que estuvieran dispuestas a
trabajar con él. Con ese fin tenía que elegir sus candidatos cuida­
dosamente y hacer campaña por ellos entre los votantes de todos
los niveles. El gobernador William Cosbyy sus partidarios podrían
quejarse de que sus adversarios buscaban el apoyo de la “más baja
canalla del pueblo, sin crédito ni reputación, arrancada de las casas
de mala vida y del arroyo”. Pero la acusación fue devuelta: que Cosby
se “hizo más amigo del pueblo e invitaba a muchos de bajo rango a
cenar con él, a gente que nunca habría esperado ni pretendido tal
consideración '272
En Pensilvania, al triángulo del poder se le dio una vuelta más
cuando el gobernador nombrado por el anciano William Penn en
1717, William Keith, se alió con un partido popular y superó a sus
adversarios en agitación y demagogia. Se decía que Keith recurría
“a lo peor de la hum anidad” para de esa manera poder dominar la
política de Pensilvania, hasta que sus enemigos consiguieron que
finalmente los descendientes de Penn en Inglaterra lo despidie­
ran en 1726. El ex gobernador entonces pasó a ser él mismo can­
didato para la asamblea y a hacerle la vida difícil al siguiente go­
bernador “recorriendo la ciudad, entrando en los peores bares y
cervecerías y lugares de pelea, donde podía encontrar un gran nú­
mero de estadistas m odernos y algunos patriotas que resolvían
asuntos, para insultar a algunos y elogiar a otros, para inventar le­
yes y jurando que las haría aprobar por mayoría”.273
Los asuntos por los que gobernadores, consejos y asambleas
discutían, variaban de colonia a colonia y de una época a otra. La
legislación que afectaba los intereses regionales, la especulación
inmobiliaria, la política monetaria, las preferencias religiosas y
otras preocupaciones locales podía ser defendida por un sector
del gobierno contra otro o por una facción dentro del gobierno
contra otra. Pero fueran cuales fueren los temas concretos inme­
diatos, la fuente más perdurable de conflicto estaba en los poderes
que alegaban para sí los representantes del pueblo en la cámara
baja de las asambleas. Las cámaras bajas se consideraban a sí mis­
mas, no sin razón, el análogo de la Cámara de los Comunes en In­
glaterra, y reclamaban para sí los poderes y privilegios que la Cá­
mara de los Comunes había obtenido en el transcurso del siglo
x v i i . El más im portante de éstos era el poder de sancionar impues­

tos, es decir, el poder exclusivo de ser el origen de todos los pro­


yectos de ley que propusieran un nuevo impuesto y de prohibir a
la cámara alta enm endarlos. Los representantes en cada colonia
adoptaron para sí este derecho, y sólo encontraron una prolonga­
da resistencia de los consejos en Carolina del Sur.274
En Inglaterra el poder de sancionar impuestos había sido la pa­
lanca con la cual la Cámara de los Comunes, después de la Restaura­
ción y la revolución, se elevó por encima de la Cámara de los Lores y
del rey. Los representantes coloniales no tuvieron tanto éxito en usar
su poder para elevarse por encima del gobernador del rey y del con­
sejo del gobernador. Aunque ningún monarca inglés después de la
reina Ana osó vetar una ley del Parlamento, los gobernadores reales
vetaban leyes coloniales con regularidad, que también podían ser ve­
tadas por el rey incluso después de ser aprobadas por un goberna­
dor. Pero los representantes coloniales llegaron muy lejos en su emu­
lación de la Cámara de los Comunes por la supremacía local. Al
retener la aprobación de impuestos, podían conseguir la aprobación
por parte de un gobernador de medidas que se le había instruido ve­
tar. Usaron el poder de controlar los gastos del dinero recaudado
por impuestos. Incluso invadieron la administración ejecutiva del go­
bierno en la supervisión de las obras y los servicios públicos y algunos
asuntos militares. Para mediados del siglo xvni, si bien no estaban
por sobre los gobernadores reales, estaban claramente por encima
de los consejos de los gobernadores.
Las disputas en las que habían conseguido esa posición, a dife­
rencia de aquellas que invocaban las muchas afirmaciones de sobe­
ranía popular en Inglaterra en la década de 1640, no fueron san­
grientas. Incluso la derrota del Dominio de Nueva Inglaterra se
había conseguido sin derramamiento de sangre, salvo brevemente
en Nueva York, donde los antagonismos internos salieron a la super­
ficie. Las asambleas coloniales de representantes maniobraron hasta
alcanzar una posición dominante dentro de sus gobiernos respecti­
vos a través de permanentes negociaciones con los otros actores, un
proceso que no requería la exploración de los problemas y dudas in­
herentes al tema de la soberanía popular que habían preocupado a
los ingleses en la década de 1640 y continuaron preocupándolos en
1689. Los representantes coloniales justificaron sus reclamos de po­
der haciendo generalizaciones a partir de los poderes que la Cáma­
ra de los Comunes ya había obtenido en Inglaterra, citando prece­
dentes en vez de teoría política. Insistían en que los colonos eran
ingleses, con todos los derechos de los ingleses que la Constitución
expresaba en la Cámara de los Comunes. Traían a colación las cartas
reales que reconocían esos derechos. Incluso citaban precedentes en
su propia historia, de la misma forma en que la Cámara de los Comu­
nes había hecho tan a menudo en sus primeros enfrentamientos con
el rey.275
Las más amplias discusiones teóricas acerca del origen popu­
lar del gobierno provenían, como era de esperar, de los clérigos
de Nueva Inglaterra, que continuaban exhibiendo la predilección
puritana por los primeros principios. El clero ocupó un lugar es­
pecial en lajerarquía social norteamericana y especialmente en la
de Nueva Inglaterra. Los feligreses allí esperaban que sus minis­
tros dieran muestras de una sabiduría y erudición dignas de su al­
ta vocación. Aunque la gente de Nueva Inglaterra se abstenía cui­
dadosamente de votar a ministros para cargos públicos (para
evitar que la Iglesia se ensuciara con la corrupción temporal o el
poder temporal fuera amenazado por la usurpación eclesiástica),
se esperaba que los clérigos enseñaran a sus rebaños no sólo las
complejidades de la teología puritana, sino también las ramifica­
ciones políticas y sociales de esa teología. AI hablar como figuras
de autoridad, jamás se cansaban de dem ostrar que Dios era un
dios del orden, un orden que requería m antener su lugar en una
sociedad jerárquica, donde los intelectuales y los hombres de acti­
vidades superiores, incluidos ellos mismos, estaban cerca de la cús­
pide. La deferencia que los inferiores debían a los superiores era
el cemento que mantenía unida a esa sociedad.
En el siglo x v i i i , como en el x v t i , los ministros rendían hono­
res al origen popular y a la limitación del gobierno, y podían apli­
car sus lecciones a las disputas del m omento, pero no parece que
las hayan aplicado a las disputas de las asambleas de representan­
tes contra los gobernadores. En 1717 el reverendo John Wise de
Ipswich, Massachusetts, brindó una descripción explícitamente
detallada de los comienzos del gobierno entre los hombres en es­
tado de naturaleza. Distinguía, siguiendo el esquema diseñado
por Samuel von Pufendorf, en DeJure Naturae et Gentium, tres pac­
tos sucesivos que transformaban a un grupo de individuos en una
sociedad y los sometía al gobierno. Primero debían acordar entre
ellos someterse al gobierno de la mayoría, luego la mayoría debía
acordar una forma de gobierno y, finalmente, “aquellos a los que se
les confiere la soberanía” deben acordar proteger “la paz y el bienes­
tar común. Y los súbditos, por su parte, acuerdan asegurar obedien­
cia fiel”. Wise no tenía duda en cuanto a afirmar que los poderes de
gobierno otorgados por el pueblo le podían ser retirados “cuando
un gobierno establecido de esta manera se aparte de sus funda­
mentos [...] o subvierta o viole la Constitución”. Pero Wise, aun­
que antes había sufrido bajo el dominio de Nueva Inglaterra, no
sugería en ese momento que el gobierno, de Inglaterra o de Nue­
va Inglaterra, estuviera apartándose de sus fundamentos. Lo que
lo preocupaba era que las iglesias de Nueva Inglaterra parecían es­
tar apartándose de los suyos. Su argumento a partir de la sobera­
nía popular no estaba dirigido contra los gobernadores reales o
sus consejos, sino contra una reforma eclesiástica propuesta que
habría ampliado la autoridad de clérigos como él mismo.276
Otro clérigo de Nueva Inglaterra, Elísha Williams, habló de
los primeros principios en un texto dirigido a limitar las activida­
des del gobierno, pero Williams también estaba más preocupado
por la religión que por la política. Al comienzo del Gran Desper­
tar, el amplio resurgimiento religioso de 1741, la asamblea de Con­
necticut había aprobado leyes que restringían la actividad de los
predicadores itinerantes y limitaban la creación de nuevas iglesias.
Williams, siguiendo tal vez sin saberlo los pasos de los levelkrsy del
otro Williams, Roger, negaba que el gobierno tuviera autoridad
para hacer leyes que limitaran las actividades religiosas. Los argu­
mentos del siglo x v i i en general habían partido de la premisa de
que Dios no le había otorgado al pueblo poder alguno sobre la re­
ligión, de modo que éste no podía otorgar ese poder al gobierno.
Williams, siguiendo a John Locke, no se preocupaba por los pode­
res que el pueblo pudiera no tener, sino que se concentraba en los
que se reservó para sí mismo cuando abandonó el estado de natu­
raleza para crear el gobierno. No confirió ni podía conferir nin­
gún poder para limitar el derecho natural de todo hombre de ado­
rar de acuerdo a su conciencia. Ese derecho, decía, permanecía
con el individuo y “estaba tan lejos de haber sido abandonado por
los individuos de una comunidad que no podía ser abandonado
por ellos aunque fueran tan débiles como para ofrecerlo”.277
El argumento de Williams podría muy bien haber estado di­
rigido contra algunas de las leyes todavía vigentes en los libros
de derecho en Inglaterra, pero no lo aplicó de esa manera, ni a
ninguna de las disputas internas de las colonias entre los gober­
nadores reales y sus asambleas. Sólo estaba reprendiendo a los
representantes del pueblo en una de las colonias que no tenía
ningún funcionario real.
Probablemente la exposición más audaz de la soberanía popu­
lar antes de la revolución fue el famoso sermón de Jonathan May-
hew, A Discourse Concerning Unlimited Submission and Non Resistance to
te Higher Powers: With some Rejlections on the Resistance made to King
Charles I (Discuso sobre la sumisión y la falta de resistencia ilimitadas
a los más altos poderes. Algunas reflexiones sobre la resistencia a
Carlos I). Al predicar en Boston en 1750, en el aniversario del regi­
cidio, Mayhew lo justificó más por exégesis bíblica, en términos del
siglo xvi!, que por una exposición del derecho natural y el contrato
social. No le interesaba pronunciar una advertencia a los reyes si­
guientes o a los gobernadores reales, sino reprender a los anglica­
nos que celebraban a Carlos como un mártir y observaban el aniver­
sario de su muerte como, un día de ayuno y humillaciÓn.2/8
Otros ministros de Nueva Inglaterra en sermones predicados
en días de elecciones exponían las doctrinas de Locke y hablaban
del origen popular del gobierno, sin examinar las implicaciones
que sus opiniones podrían tener para los enfrentamientos de las
asambleas representativas con los gobernadores reales. El dere­
cho divino de los reyes nunca había tenido mucho sentido en las
colonias, e incluso si lo hubiera tenido, los gobernadores del rey
habrían tenido dificultades para expresar un reclamo plausible
en ese sentido. Para el siglo x v i i i , la soberanía de pueblo se daba
por supuesta. Su aceptación está confirmada no sólo en las expo­
siciones no polémicas del tema por parte de los ministros de Nue­
va Inglaterra, sino también por la popularidad en todas las colo­
nias de los autores ingleses que hablaban a favor de ella, de
H arrington, Sidney y Locke y sus descendientes intelectuales del
siglo x v i i i , John Trenchard y Thomas Gordon, y de otros pensado­
res del siglo x v i i i conocidos como “hom bres de Commonwealth”
[Si bien T renchard y G ordon pueden ser adscriptos a la tradi­
ción del radicalismo británico, constituyeron una corriente muy
influyente sobre la revolución norteam ericana. (La prim era vez
que aparece el térm ino en inglés: Commonwealtkmen.)]. En 1752-
53, un im portante abogado de Nueva York, William Livingston,
publicó en un periódico semanal, The Independent Reflector, que
imitaba al Independet Whig de Trenchard y Gordon, afirmaciones
similares de los derechos populares. The Independent Reflector no
vacilaba en reflejar las controversias políticas locales, pero no pa­
ra desafiar la autoridad real.2/9
Ha sido demostrado convincentemente que las ideas de estos
hombres del Commonwealth del siglo xvm afectaron profunda­
mente a las asambleas coloniales respecto de los gobernadores
reales. Destacaron los peligros para la soberanía popular que sig­
nificaban los ejecutivos ambiciosos: el pueblo debe estar siempre
atento a los abusos del poder, pero especialmente del poder ejecu­
tivo. Las asambleas coloniales, por lo tanto, sospechaban hasta el
punto de la paranoia de cada movimiento que un gobernador ha­
cía, y sus sospechas se agudizaban por el hecho de que las instruc­
ciones y comisiones reales parecían otorgar a los gobernadores
más autoridad de la que ningún gobernador podía en la práctica
ejercer.280 Pero al limitar su ejercicio por medio de su propio po­
der sobre el tesoro, las asambleas coloniales no invocaban las im­
plicaciones radicales de la soberanía popular que habrían desafia­
do a la misma autoridad. Ciertamente conocían bien esas
implicaciones y aceptaban sin dificultad la soberanía popular co­
mo la base del gobierno. No tenían ninguna de las aprensiones
que las guerras civiles habían producido en Inglaterra y que se
.
prolongaron hasta entrado el siglo x v i i i Pero antes de que comen­
zara el enfrentamiento con la autoridad británica en la década de
1760, se mostraron curiosamente reticentes a explicar la base po­
pular del gobierno como una manera de poner a los gobernado­
res reales en su lugar. En una mirada retrospectiva —la única de
que disponen los historiadores— es posible sugerir unas cuantas
razones para ello.
Para comenzar, el sistema político dentro del que operaban, a
pesar de sus tensiones, funcionaba. Cualquier diferencia que pu­
diera haber existido entre los intereses de Gran Bretaña y los de
los colonizadores, era superada por los beneficios del imperio.
Aunque la política británica expresada en las leyes de navegación
estaba diseñada para que los intereses coloniales se subordinaran
a los británicos en caso de conflicto, ambos intereses eran más
complementarios que conflictivos. Las colonias, donde la tierra y
los recursos eran abundantes, y el trabajo, escaso y caro en compa­
ración con Gran Bretaña, se dedicaban principalmente a la pro­
ducción de materias primas, sobre todo agrícolas. La política bri­
tánica simplemente reforzaba esa tendencia. Si bien esa política
requería que las colonias compraran artículos manufacturados
que venían de la madre patria, la madre patria se los brindaba más
baratos que lo que los colonos podrían haber logrado por sí mis­
mos. Dentro de este sistema los colonos prosperaron. Con excep­
ción de los esclavos de los que eran dueños, disfrutaban de un ni­
vel de vida más alto que la mayoría del resto del mundo, más alto
también del que iban a disfrutar durante algún tiempo después de
independizarse. Con este sistema Gran Bretaña también prosperó
en la misma medida o incluso más, y llegó a convertirse en la po­
tencia más grande del mundo. Si bien ambas partes podían discu­
tir detalles en las disputas entre los gobernadores reales y las asam­
bleas, ninguna estaba dispuesta a llevar la disputa demasiado lejos,
por lo menos hasta que los políticos parlamentarios de Gran Bre­
taña se convirtieron en estadistas imperiales en las décadas de
1760 y 1770, haciendo que ambas partes comenzaran a hablar de
derechos.281
Resulta difícil decir si la relativa ausencia de discusión del te­
ma en las primeras disputas era consecuencia de la propia con­
ciencia de hacia dónde podían conducir. Dado que ambas partes
reconocían la soberanía del pueblo, era muy probable que cual­
quier disputa que condujera a un enfrentamiento planteara la
cuestión de si los colonos eran un pueblo diferente de los británi­
cos. En la medida en que la madre patria y las colonias estuvieran
de acuerdo en los fundamentos y discutieran sólo acerca de los de­
talles específicos, era fácil suponer que eran un solo pueblo. Una
vez que chocaran acerca de cuestiones de derecho, esa suposición
inevitablemente sería sometida a examen, y una cierta anticipa­
ción de las consecuencias podría haber inhibido la posibilidad de
apelar a los primeros principios entre las partes en pugna.
Mientras el sistema funcionó, ambas partes podían sentirse
bastante orgullosas de él, y de hecho lo hicieron, atribuyendo ade­
más esos buenos resultados al funcionamiento de la soberanía po­
pular en la creación de un gobierno diseñado para proteger los
derechos de los gobernados. Las deficiencias de las que los hom­
bres dé Commonwealth se quejaban estaban en el gobierno mis­
mo de Gran Bretaña, más que en su despliegue en las colonias. La
constitución que el pueblo en su antigua sabiduría había adopta­
do se suponía que restringía al rey dentro de leyes hechas por los
representantes del pueblo. Pero, tal como la veían los hombres de
Commonwealth, la representación en Inglaterra se había conver­
tido en una parodia del original. Las costumbres arcaicas, los vo­
tantes venales, el crecimiento de ciudades nuevas y la decadencia
de otras, más las usurpaciones del poder tanto por parte de los
monarcas como de otros magnates, habían producido una Cáma­
ra de los Comunes alejada del pueblo, desconocedora de sus nece­
sidades y poco dispuesta a prestar atención a sus deseos. Un puña­
do de votantes de un pueblo en decadencia elegía miembros para
la Cámara de los Comunes, mientras que miles de habitantes en
ciudades en plena actividad no elegían nada. Los ministros del rey
podían comprar sin restricciones escaños en el Parlamento para
los aduladores a los que manejaban con la distribución de puestos
lucrativos en el gobierno. Las leyes aprobadas por semejante gru­
po de gente no ponían restricción alguna a un monarca ambicio­
so o a los ministros que manejaban su gobierno. Para reducir el
costo de comprar votantes cada tres años, incluso llegaron a reem­
plazar la ley electoral trienal por otra que establecía períodos de
siete años, con lo cual los representantes quedaban más lejos, tan­
to en el tiempo como en el espacio, del pueblo al que se suponía
debía representar, y los hacía más sensibles a las influencias que
podían ejercerse en Londres.
Nada de esto había ocurrido en las colonias. Cuando un colo­
no leía los alegatos de los hombres de Commonwealth a favor de
la reforma, podía sentirse horrorizado ante la lamentable situa­
ción del Parlamento británico, pero sabía que el enviado del rey
en su colonia se enfrentaba a una sala de representantes mucho
más estrechamente identificada con el pueblo al que representa­
ba que la Cámara de los Comunes con la que los ministros del rey
tenían que vérselas en Westminster. Aunque la población en las
colonias estaba creciendo m ucho más rápidam ente que en In­
glaterra, la asignación de la representación seguía el ritmo del
avance hacia nuevas áreas con mucha más precisión que en Ingla­
terra. Podía estar rezagada, más en las colonias desde Pensilvania
hacia el sur que en el norte y el este, pero en ningún lugar era tan
desproporcionada respecto de la distribución de la población co­
mo en Inglaterra, donde ningún nuevo escaño en el Parlamento
se había creado (ni eliminado) después de 1675. Mientras los re­
presentantes parlamentarios enfrentaban elecciones sólo cada sie­
te años, la mayoría de las asambleas coloniales realizaban las elec­
ciones anuales que los reformadores ingleses habían estado
pidiendo durante más de un siglo con el argumento de que era,
supuestamente, la práctica original de la antigua constitución.
Mientras la distribución de escaños y las restricciones al sufragio
excluían del voto a la mayoría de los varones adultos en Inglaterra
y perm itían que una pequeña fracción de votantes eligiera a una
gran parte de los representantes, la mayoría de los varones en to­
das las colonias, y una gran mayoría en muchas de ellas, podía vo­
tar. Y si bien la mayoría de las colonias no excluía específicamente
a funcionarios en ejercicio (sobre todo en lucrativos cargos de go­
bierno) de sus legislaturas —otra de las exigencias de los hombres
de Commonwealth en Inglaterra—, había muy pocos de esos fun­
cionarios en la mayoría de las colonias, y los puestos que ocupaban
tenían muy poco valor como para considerarlos una amenaza a la
calidad de la representación.
En suma, la mayoría de los males que los hombres de Com­
monwealth denunciaban no existía en las colonias, y la mayoría de
las soluciones que ellos proponían ya estaban en práctica allí. La
soberanía del pueblo en las colonias, en la medida en que era ex­
presada en la representación, no se había apartado tanto de los
hechos como para producir la clase de protesta que provocaba en
Inglaterra. Y el hecho de que los representantes en la mayoría de
las colonias (en todas, menos en Rhode Island y Connecticut) es­
taban comprometidos en controversias con los gobernadores, en
cuya elección el pueblo no tenía nada que ver, no hacía más que
fortalecer la identificación de los representantes con el pueblo
que los había elegido.
El mayor avance en el desarrollo de la soberanía popular en
Inglaterra durante las guerras civiles y el interregno se había pro­
ducido cuando los representantes asumieron todo el poder ellos
mismos, afirmando que eran el pueblo. En ese contexto, como
siempre que los representantes del pueblo llevan la ficción dema­
siado lejos, se hizo necesario diferenciar al pueblo de sus represen­
tantes y buscar una manera en la que el pueblo pudiera actuar
aparte de ellos para limitarlos y controlarlos. En las colonias, la ne­
cesidad de esa diferenciación no aparecería en la medida en que
los representantes no pudieran arrogarse todo el poder. Al enfren­
tarse con los gobernadores reales, conservaban su carácter local
de súbditos como agentes del pueblo para protegerlo de una auto­
ridad gubernamental que era algo ajeno, algo más allá de la elec­
ción del pueblo. Mientras la autoridad exterior subsistiera y mien­
tras la protección que ellos mismos ofrecían fuera adecuada, no
había necesidad de recurrir a las ideas que habían sido enuncia­
das por primera vez por los levellers, no había necesidad de discutir
la ‘Verdadera majestad” del pueblo descripta por Lawson y sobre
la que se insistió en vano en el Parlamento Convención de 1689.
La renuencia de esa Convención de apelar al pueblo, salvo co­
mo sus representantes legales en el Parlamento, puede ser atribui­
da a un miedo de reavivar las agitaciones populares de las décadas
de 1640 y de 1650. Por lo menos visto en retrospectiva, parece que
en aquellos días el orden social había sido invertido, con “lo peor
del pueblo tratando despóticamente a los mejores y superiores”.282
Los colonos no habían experimentado semejante subversión, sal­
vo, quizás, en la Rebelión de Bacon de 1676, en Virginia. La jerar­
quía social en las colonias en ninguna parte alcanzó las alturas
eminentes que alcanzó en Inglaterra, pero de todas maneras exis­
tía una jerarquía y ella persistió en todas las colonias. Los hombres
a los que el pueblo elegía para representarlo en sus asambleas, es­
pecialmente en las colonias al sur de Nueva Inglaterra, eran en ge­
neral aquellos cuyo nacimiento y fortuna los situaban un poco, o
incluso mucho, más arriba que sus vecinos. Incluso en Nueva In­
glaterra, donde la mayoría de los escaños estaban ocupados por
hombres comparativamente comunes, aquellos que estaban social
y económicamente más arriba parecen haber disfrutado de una cier­
ta deferencia por parte de los otros representantes, pues eran nom­
brados en las comisiones que conducían la acción legislativa.283
Estos hombres, si bien se identificaban con el pueblo, no tenían
más deseo de subvertir el orden social que el que tenían los gober­
nadores con los que se enfrentaban. Las apelaciones al pueblo,
tanto en las colonias como en Inglaterra, venían de arriba hacia
abajo.
En otras palabras, la soberanía popular, en las colonias como
en Inglaterra, se convirtió en la ficción predominante en una so­
ciedad donde el gobierno era tradicionalmente el terreno de una
elite relativamente pequeña. Aunque la nueva ficción amplió len­
tamente la participación popular en el proceso de gobernar, aque­
llos que la utilizaron en general pertenecían a esa elite y la usaron
en los enfrentamientos con otros miembros de ella. Al hacerlo, te­
nían que ser cautelosos, para no invitar a una más amplia partici­
pación de la que les interesaba. Por esa razón, además de otras, los
contendientes dentro de un gobierno colonial, si bien hacían sus
apelaciones al pueblo, eran renuentes a desarrollar las implicacio­
nes de la soberanía popular hasta que fuera obvio que era seguro
hacerlo. Aunque nunca fue completamente seguro, el crecimien­
to de las ideas y las instituciones en torno a ella en el siglo o más
que había transcurrido desde que apareció redujeron el riesgo,
como veremos en los capítulos siguientes.
S E G U N D A PARTE

A m b ig ü ed a d es ú tiles

Antes de que el derecho divino de los reyes pudiera ser ente­


rrado sin peligro, la soberanía del pueblo tenía que ser domestica­
da, y su funcionamiento y significado establecidos de tal manera
que no amenazaran al gobierno de la minoría, por un lado, ni los
derechos de las mayorías, por el otro. Había que darle una seme­
janza suficientemente cercana a la realidad como para permitir la
suspensión voluntaria de la incredulidad, pero no debía ser inter­
pretada de manera tan literal como para invitar a la subversión,
fuera del orden social, fuera de la autoridad política diseñada pa­
ra sostenerlo, que lo acompañaba. Para expresar el problema en
términos de Hume, el significado de la soberanía popular tenía
que ser resuelto con opiniones que apoyaran al gobierno.
Según el relato del propio Hume, eso había ocurrido en Gran
Bretaña durante el medio siglo posterior a 1689. Al escribir en
1741, observó que para esa época el derecho divino de los reyes
había expirado: “la sola palabra ‘rey’”, escribió, “ya no inspira res­
peto, y hablar de un rey como el ‘viceregente’ de Dios en la tierra
u otorgarle alguno de esos títulos magníficos que en otros tiempos
deslumbraban a la humanidad sólo provocaría risas en todos aho­
ra”.284 Los desarrollos que produjeron esta transformación y esta­
blecieron la soberanía del pueblo como la ficción dominante son
numerosos y complejos. Tuvieron lugar tanto en las colonias nor­
teamericanas de Inglaterra como en Inglaterra misma, como vere­
mos, pero son más fácilmente observables en Inglaterra, donde las
ficciones de la soberanía popular siguieron estando más distantes
de los hechos de la realidad que en las colonias, y por ello requi­
rieron mayor explicación, interpretación y defensa.
La historia de la soberanía popular tanto en Inglaterra como
en Norteam érica después de 1689 puede ser leída como una his­
toria de los esfuerzos sucesivos de generaciones diferentes por
hacer que los hechos se acercaran más a ia ficción, esfuerzos que
transformaron gradualmente la estructura misma de la sociedad.
Pero en las primeras etapas del gobierno popular, el problema era
el de adquirir credibilidad para la ficción sin alterar esa estructu­
ra, sin amenazar los patrones de deferencia que daban estabilidad
a la sociedad y permitían que la minoría dominara a las mayorías
en todas las transacciones de la vida cotidiana.
Como ya hemos visto, los caballeros ingleses que primero ubi­
caron el origen de la autoridad gubernamental en el pueblo pen­
saron en depositar su ejercicio exclusivo en ellos mismos. La Cá­
mara de los Comunes en la década de 1640 aparentem ente tenía
la intención de hablar en nombre de un pueblo soberano pero si­
lente, así como hasta entonces el rey había hablado en nombre de
un Dios soberano pero silente. Pero el pueblo había demostrado
ser más expresivo de lo que había previsto y la minoría que gober­
naba, que afirmaba hablar en nombre de él, continuó, durante un
siglo o más, preocupada acerca de lo que podría ocurrir si un nú­
mero importante de personas reales decidieran todas comenzar a
hablar por sí mismas.
El problema era desarrollar instituciones y hábitos de pensa­
miento que reconocieran el poder del pueblo, pero que a la vez
orientaran su expresión en dirección al apoyo de la autoridad exis­
tente. Antes de inventar al pueblo soberano, la Cámara de los Co­
munes había encontrado una manera de restringir al rey, colocán­
dolo por encima del resto de la humanidad. La exaltación del
pueblo podía ser sometida a una inversión similar. Exaltar al yeo­
man como la encarnación del poder popular, reverenciar a los vo­
tantes en extravagantes campañas electorales, alentar a los electo­
res a dar instrucciones a las personas a las que elegían para
representarlos eran, todas ellas, diferentes maneras en que las mi­
norías que gobernaban, tanto en Inglaterra como en América del
Norte, dieron su reconocimiento al poder popular; en cada caso
el poder era real, como lo había sido el poder del rey. Pero en ca­
da caso, la exaltación misma del poder popular suministró los me­
dios de controlarlo y dirigirlo. Los tres capítulos siguientes tratan
de mostrar cómo.
7. El p u e b lo e n armas: el in v en cib le yeoman

La soberanía del pueblo es una ficción mucho más compleja,


uno podría decir mucho más ficticia, que el derecho divino de los
reyes. Un rey, por dudosa que pudiera parecer su divinidad, no te­
nía que ser imaginado. Tenía una presencia visible, con una coro­
na en su cabeza y portando un cetro. El pueblo, por otra parte,
nunca es visible como tal. Antes de atribuirle la soberanía al pue­
blo, tenemos que imaginar que existe ese pueblo, algo que perso­
nificamos como si fuera un cuerpo único, capaz de pensar, de ac­
tuar, de tomar decisiones y de realizarlas, algo totalmente aparte
del gobierno, superior al gobierno y capaz de cambiar o remover
un gobierno a voluntad, una entidad colectiva más poderosa y me­
nos falible que un rey o que cualquier individuo dentro de ella, o
que cualquier grupo de individuos que elija para gobernarlo.
Sostener una ficción tan palpablemente contraria a los hechos
no es fácil. Y para empezar, tuvo que abrirse paso en sociedades
—Inglaterra y las colonias de Inglaterra— en las que la autoridad
política estaba fuertemente relacionada con la clase social. El he­
cho de que se convirtiera en la ficción dominante en ese tipo de so­
ciedades no es fácil de explicar. Pero parte de la explicación puede
estar en el funcionamiento de otra ficción que la acompañaba y
apoyaba. Ésta era la idea de que la capacidad del pueblo para ejer­
cer la soberanía y controlar a su gobierno reposaba en la rectitud,
la independencia y el poder militar del yeoman, el hombre que era
dueño de su propia tierra, vivía de ella y estaba dispuesto a defen­
derla al igual que a su país con la fuerza de las armas.
La idea se rem onta por lo menos hasta Aristóteles, pero rea­
pareció con nuevo vigor en Inglaterra y América del Norte duran­
te los siglos xvn y xvill. Los gérmenes de la idea, tal como llegó a
imponerse en Inglaterra, pueden ser encontrados incluso antes
del surgimiento de la soberanía popular, por lo menos ya en sir
John Fortescue en el siglo xv y en Nicolás Maquiavelo en el siglo
xvi. Fortescue elogió las leyes de Inglaterra porque protegían la
propiedad de los súbditos y contrastó la condición de los ingleses
comunes con la de los sometidos campesinos franceses, atorm en­
tados por alquileres e impuestos arbitrarios. El pueblo de Inglate­
rra, según Fortescue, era “rico, con abundante oro y plata y todas
las cosas necesarias para la vida”. Y como prueba mencionaba una
serie de cosas característicamente inglesas. “No beben agua”, de­
cía, “salvo aquellos que a veces se abstienen de otras bebidas por
celo devoto o como penitencia”. Los ingleses comían bien, bebían
bien, vivían bien porque su propiedad estaba segura frente a im­
posiciones arbitrarias. Y para Fortescue la propiedad, a pesar de la
mención del oro y la plata, seguramente significaba la propiedad
de la tierra.285
Parece poco probable que Maquiavelo haya leído a Fortescue,
pero él tenía la misma idea de éste acerca de los ingleses, e hizo su
propia comparación odiosa entre ingleses y franceses. “No hace
m ucho”, escribió en algún momento de comienzos del siglo xvi,
“el rey de Inglaterra atacó al reino de Francia, y usó para ello sol­
dados que no eran otros que sus propios súbditos, aunque su pro­
pio reino había estado en paz completa durante más de treinta
años, de modo que al principio no tenía soldados ni capitanes que
hubieran estado en servicio militar activo. Pero él no vaciló en
asaltar con esas tropas un reino que tenía muchos comandantes
experimentados y buenos soldados, que habían estado continua­
mente en armas en las guerras de Italia”.286
Entre Fortescue y Maquiavelo aportaron los elementos básicos
para la idea del invencible yeoman. Inglaterra era un país qüe estaba
lleno de prósperos propietarios, que se convertían en buenos solda­
dos sin experiencia previa. En 1622 Francis Bacon combinó los dos
elementos en su biografía de Enrique VII, dándole a este rey el cré­
dito de mantener la propiedad de la tierra ampliamente extendida
entre toda la población por medio de un estatuto que prohibía la
venta de tierras de granjas de veinte acres o más. De esta manera,
Enrique perpetuó y aumento la fuerza los yeomen en su conjunto,
impidiendo a la nobleza y a la gentry, siempre ansiosas por adquirir
tierras, que las rebajaran. Al fortalecer a la yeomanry Enrique hizo
fuerte a Inglaterra, y para demostrarlo, Bacon pasa a hacer la com­
paración con Francia, frente a la cual, escribió: “Inglaterra, aunque
mucho m enor en territorio, había sido un contrincante superior;
en cuanto al pueblo medio de Inglaterra, son buenos soldados, algo
que los campesinos de Francia no son”.287
Incluso antes de la exposición de Bacon, esta opinión sobre el
yeoman inglés se había convertido en algo habitual en los debates
parlamentarios, lo cual era muy apropiado porque la seguridad de
la propiedad que presuntamente —y efectivamente— diferencia­
ba a Inglaterra de Francia se basaba en la autoridad exclusiva del
Parlamento inglés para recaudar impuestos. Los monarcas euro­
peos, incluyendo a los de Inglaterra, habían utilizado a los Parla­
mentos para obtener beneficios impositivos sobre las tierras, pero
salvo en Inglaterra esos beneficios por lo general se habían con­
vertido en perpetuos. Los ingleses se las habían arreglado de al­
gún m odo para hacer que la mayoría de esos beneficios fueran
temporarios. Ahora bien, cuando el rey, necesitado de ingresos,
am enazaba con recaudar impuestos sin el consentim iento del
Parlamento, se le advertía acerca de la debilidad nacional que se­
guiría a una reducción de la seguridad de la propiedad de los
súbditos. La fuerza del rey, se argumentaba, provenía de la fuer­
za del pueblo, y la fuerza del pueblo provenía de la seguridad de
su propiedad.288
Esto era antes de la década de 1640, cuando Oliver Cromwell
apareció en escena y demostró que la fuerza del pueblo podía ser
usada contra el rey, así como a favor de él. Inglaterra se convirtió
en una república; sólo faltaba que James H arrington le diera a la
expresión clásica de la creencia en el yeoman invencible un toque
republicano. La versión de H arrington de la ahora familiar com­
paración entre Inglaterra y Francia era diferente de otras anterio­
res sólo en su énfasis: “La verdadera causa de que Inglaterra haya
sido superior en las armas ante Francia está en la distribución y ex­
pansión de la propiedad hasta los niveles más bajos”. Y por la mis­
ma razón, los niveles más bajos resultaron superiores a su rey. Ha­
rrington, citando libremente a Bacon, mostró cómo las medidas
tomadas por Enrique VII para proteger las tierras de la yeomanry
habían dado comienzo a un proceso que, poco a poco, en el
transcurso de un siglo, había reducido la propiedad tanto de la co-
roña'como de la nobleza, aumentando la de la yeomanry y la gentry.
Con menores ingresos provenientes de la tierra, la corona se hizo
más dependiente de la tributación, un terreno propio de la Cáma­
ra de Comunes. Y de esa manera, concluye Harrington, “poco a
poco, la Cámara de los Comunes llegó a alzar su cabeza, la que
desde entonces ha estado tan alta y formidable sobre sus prínci­
pes, que éstos han empalidecido ante esas asambleas”. Y de allí,
Harrington pasa a afirmar no sólo que los yeomen ingleses son me­
jores soldados que los campesinos franceses, sino que un ejército
armado o comprado por un rey a partir de campesinos degrada­
dos o indigentes inevitablemente caerá ante un ejército de ciuda­
danos yeomen, “por lo cual no se encuentra en el mundo un ejem­
plo de un ejército así (es decir, un ejército de yeomen) que haya
sido superado por las armas de un m o n a r c a .. 289
De allí en adelante, la tradición que comenzó con Maquiave-
lo y Fortescue, o tal vez antes, floreció en Inglaterra y América del
Norte en la versión de Harrington. En esa forma contenía tres o
cuatro proposiciones distintivas:

1) Que la libertad característica de los gobiernos populares


depende de la independencia de la población que puede
votar y de sus representantes, y que su independencia, a su
vez, se basa en la posesión segura de la propiedad de la tie­
rra para apoyarlos y de esa manera liberarlos de la coer­
ción de empleadores o terratenientes, una coerción a la
que quienes no poseen tierras deben ceder o, si no, perder
su medio de vida. La vulnerabilidad de quienes no poseen
tierras los hacía inadecuados para ejercer el sufragio. La
capacidad de votar de manera independiente hacía que
los yeomen se convirtieran en los guardianes políticos de la
libertad interna de un gobierno popular.
2) Que estos yeomen independientes, armados y reunidos en
milicia popular, son también la mejor protección de un go­
bierno popular contra sus enemigos, sean estos un monar­
ca extranjero agresivo o demagogos intrigantes dentro del
mismo país.
3) Como corolario de la segunda proposición, que los ejérci­
tos permanentes de soldados profesionales son una ame­
naza interna a la libertad y que los gobiernos populares de­
ben evitarlos a toda costa. Una milicia popular es la única
forma segura de poder militar a la que un gobierno popu­
lar puede recurrir. Y como está compuesto de yeomen arma­
dos, se impondrá sobre los profesionales mercenarios que
forman los ejércitos de los monarcas cercanos. La superio­
ridad de los ingleses respecto de los franceses se ha conver­
tido, en Harrington, en la superioridad de la milicia popu­
lar respecto de un ejército profesional.
4) Una proposición adicional destacada por Aristóteles no
aparecía en Harrington, pero resultó muy atractiva para
los norteamericanos. La proposición era que los granjeros
son, de algún modo, más virtuosos que otra gente, y el éxi­
to del gobierno popular debía descansar, en parte, en su
virtud, así como en sus armas y su propiedad.

Harrington expuso, o más bien sepultó, estas ideas en su fati­


gosa fantasía utópica. Pero el hecho de que Oceana sea práctica­
mente ilegible no impidió que sus ideas se abrieran camino hasta
los folletos populares y ganaran amplia aceptación tanto en Ingla­
terra como en América del Norte en los siglos x v i i y xvril.
Las proposiciones de Harrington no se habrían impuesto tan
ampliamente si no hubieran tenido alguna relación con la reali­
dad. La clase de ios yeomen ingleses tenía algo por lo que valía la
pena luchar: tenían, por definición, tierras propias, y su propie­
dad estaba protegida por un gobierno sobre el cual tenían por lo
menos más control que el que tenía la clase campesina francesa
sobre el suyo. Disfrutaban, hablando de manera relativa, de un
grado im portante de independencia económica y política, y sus
homólogos en América del Norte, que allí constituían una mayo­
ría de varones adultos, disfrutaban de todavía más. A ambos lados
del océano se enorgullecían de los derechos de los ingleses, de los
cuales ninguno era más sagrado que la seguridad de su propiedad.
De todas maneras, si bien las proposiciones de Harrington se
basaban en un sustrato de realidad, eran más ficción que realidad.
Debe servirnos de advertencia para no tomarlas como si fueran
realidades el serio error hacia el que el mismo Harrington fue con­
ducido por ellas. Al escribir en 1656, mientras Inglaterra era una re­
pública, pronosticó que la amplia distribución de la propiedad entre
el pueblo armado de Inglaterra, entre la yeomanry, haría imposible a
partir de ese momento que Inglaterra fuera otra cosa que una repú­
blica. Cuatro años más tarde, el pueblo armado se sometía a su rey
hereditario.290
Pero aparte de este erro r de cálculo, las proposiciones de
H arrington revelaban su carácter ficcional cuando se las ponía
a prueba comparándolas con el papel que los yeomen en realidad
desem peñaban en el gobierno y en las guerras en Inglaterra y
en América del Norte. El papel de estos yeomen en el gobierno
no iba mucho más allá de votar por los m iembros del Parlamen­
to, y el modo en que daban sus votos revela los estrechos limites
de su independencia. Antes de la revolución inglesa, durante la
república de Cromwell y después de la restauración del rey, los
yeomen nunca tuvieron la costumbre de elegir a los de su propia
clase. A través de todos los cambios de gobierno usaron sus vo­
tos, como siempre lo habían hecho tradicional m ente, para dar
a la Cámara de los Comunes nobles sin título y miembros de la
alta gentry.
La perdurable deferencia de los yeomen ingleses para con sus
superiores sociales no significa que estuvieran reducidos a la posi­
ción que los ingleses atribuían a los franceses. Los ingleses del si­
glo x v ii i todavía se enorgullecían de su nivel de vida, tanto mejor
que el de aquellos campesinos al otro lado del canal, que usaban
zapatos de madera y se alimentaban con pan negro y gachas. Li­
bertad y propiedad y no zapatos de madera era lo que se coreaba
para oponerse a cualquier medida ministerial que pareciera ame­
nazar la seguridad de la propiedad en Inglaterra.291 Sin embargo,
sabemos que la Cámara de los Comunes estuvo durante todo el si­
glo x v ii i en manos de una oligarquía que accedía a los cargos por
intimidación o comprándolos. ¿Y a quiénes Ies compraba los vo­
tos? ¿A quiénes intimidaba? Entre otros, intimidaba a esos mismos
yeomen cuya robusta independencia se suponía era su defensa con­
tra las intimidaciones y los sobornos.
La independencia del voto que se suponía proporcionaba la
propiedad de la tierra a los yeomen se basaba en la suposición de
que un hom bre dueño de su tierra sería menos susceptible de
coerción o soborno que otro que no lo fuera. Podría haber cierta
validez en esa suposición, pero no mucha. Como veremos, la limi­
tación del sufragio a los propietarios de hecho no eliminó la coer­
ción y la corrupción extendidas en las elecciones del siglo x v i i i . En
realidad, puede argumentarse de manera más convincente que la
limitación del sufragio a los dueños de tierras invitaba a la forma
más efectiva de soborno. En las campañas electorales inglesas no
era demasiado habitual que un candidato com prara sus votos di­
rectamente a los individuos sino que se recurría a la promesa de
dar a los municipios o condados ciertos beneficios, como ayuda a
los pobres o la construcción de un puente o de un edificio para el
mercado.292 ¿Yquién se beneficiaría con estas promesas? Obviamen­
te los dueños de las tierras —la yeomanry y los terratenientes—, quie­
nes de otra manera tendrían que pagar impuestos para la realiza­
ción de esas obras. La misma propiedad de la tierra, pues, se
convirtió en el medio por el que los votantes podían ser soborna­
dos como un cuerpo. La propiedad era el asa por la que podían
ser tomados y forzados a inclinarse hacia un lado u otro, tal vez
con la misma facilidad con la que cualquier peón podría haber si­
do forzado por amenazas a su medio de vida si hubiera podido vo­
tar. Un voto comprado ya no era más un voto independiente, co­
mo no lo era un voto forzado, y parece que los yeomen estaban muy
bien dispuestos a dejarse comprar en masa.
Pero el soborno rara vez era necesario, porque a los votantes
rara vez se les ofrecía la posibilidad de elegir entre candidatos. Pa­
ra evitar el gasto de una campaña electoral, las grandes familias de
un condado cada vez más se ponían de acuerdo de antemano res­
pecto de un solo conjunto de candidatos para los escaños locales.
Y como las elecciones eran tan costosas cuando no podían ser evi­
tadas, los miembros de la Cámara de los Comunes en 1716 reduje­
ron su número prolongando el intervalo entre elecciones de tres
a siete años. Así pues, el deseo de preservar el propio patrimonio
incluía tanto a los caballeros candidatos como a los yeomen votan­
tes. Por supuesto, hubo ingleses que condenaron las elecciones
cada siete años como una traición a la libertad popular. Pero los
yeomen mismos parecen haber aceptado la situación sin resistencia
seria, a menos que contemos como resistencia los intentos frustra­
dos de hacer volver a los Estuardo al trono, y requiere un cierto
grado de excentricidad interpretar este movimiento como un im­
pulso en dirección al gobierno popular.293 La robusta clase de los
yeomen del siglo xviii incluso permitió que se los desarmara por
medio de leyes que sus representantes aprobaron para preservar
los placeres de la caza de la nobleza y la gentry,294
Las cosas eran un tanto diferentes en las colonias norteameri­
canas, donde la propiedad de la tierra y de las armas estaba mu­
cho más extendida que en Inglaterra y donde las elecciones sin
candidatos en pugna parecen haber sido menos habituales. El po­
der y la independencia de los yeomen, por lo tanto, estaban más en
evidencia, especialmente en Nueva Inglaterra, donde los yeomen
granjeros realmente elegían a hombres de su propia clase para re­
presentarlos. En las confrontaciones políticas de las colonias del
centro y del sur, sin embargo, podemos ver el mismo uso que se
hacía en Inglaterra de la propiedad como el asa con la que arras­
trar a los votantes hacia un lado u otro. Los candidatos podían ga­
nar la elección aceptando oponerse a los impuestos y también
aceptando trabajar sin paga,290 una forma de soborno que no era
posible en Inglaterra, donde los representantes no estaban remu­
nerados en ningún caso y buscaban ganar las elecciones por el
prestigio y las ganancias relacionadas con el cargo. Los candidatos
también recurrían a formas más directas de soborno, también co­
munes en Inglaterra, agasajando a los votantes con comidas y be­
bidas en cantidades sorprendentes. Y en las colonias del sur, el lu­
gar de los más ardientes defensores del yeomen independiente, los
candidatos no vacilaban en aplicar la intimidación directa a los vo­
tantes que preferían un candidato diferente.296 Pero esto es parte
del próximo capítulo. Baste decir que, incluso en las colonias, la
supuesta independencia y virtud del yeoman como votante apenas
si coincide con los hechos.
Igualmente apartado de los hechos está el preciado dogma
del yeoman armado, materializado en la milicia popular, como la
mejor y única forma de protección militar para una república.
¿Cuál era el rendim iento comprobado en tiempos de guerra de
esos maravillosos yeomen ingleses que podían, presuntamente, de­
rrotar con tanta facilidad a los campesinos degradados o a los mer­
cenarios de los ejércitos de Francia? Es verdad que Inglaterra po­
día organizar fuerzas eficaces contra Francia en la era del arco
largo, antes de que Maquiavelo ofreciera su análisis halagador de
la fortaleza de los ingleses. Pero durante un siglo y medio después
de lo escrito por Maquiavelo, hasta la década de 1690, cuando In­
glaterra creó un ejército profesional perm anente, no organizó
ninguna gran fuerza terrestre contra Francia ni contra ningún
otro país.297 No fue porque Inglaterra estuviera en paz con el
mundo durante esos años. Entró en guerra varias veces con Espa­
ña, con Francia y con los Países Bajos. Y efectivamente construyó
una poderosa armada. Pero sus soldados, sus ejércitos de tierra,
no resultaron invencibles para nadie. Los marineros ingleses po­
dían chamuscar la barba del rey de España, pero las únicas fuerzas
de tierra enviadas al continente eran débiles y poco efectivas, com­
puestas principalmente por los indigentes y los inútiles del país, en
lugar de los valiosos yeomen. Nunca sabremos si a los yeomen les ha­
bría ido mejor, porque se quedaron cómodamente junto a sus ho­
gares. En efecto, Inglaterra derrotó a Francia en una larga serie de
guerras que term inaron con la paz de París en 1763, pero eso fue
después de que hubiera creado un ejército profesional. Las gue­
rras del siglo x v i i i fueron libradas por ambos bandos con ejércitos
profesionales, y en sus filas los yeomen brillaron por su ausencia.
Los yeomen de Inglaterra siguieron siendo invencibles, para los
enemigos extranjeros por lo menos, en virtud de no tener que pe­
lear.
En las colonias norteamericanas de Inglaterra, la milicia de
yeomen resultó suficiente para el esporádico tipo de guerra de gue­
rrillas que los primeros colonos tuvieron que pelear con los. in­
dios. Pero el éxito de los colonos se debió mucho al simple hecho
de poseer armas de fuego. Yaunque los indios rápidamente adqui­
rieron también armas de fuego, no tenían la destreza ni el equipo
para su mantenim iento y reparación, así como tampoco para fa­
bricar sus propias municiones. Además su organización social y su
cultura estaban todavía menos adaptadas a operaciones militares
continuadas de lo que estaba el sistema de milicia popular del que
dependían Jos colonos. Las cosas fueron diferentes cuando los in­
dios fueron organizados y abastecidos por los franceses. En el en­
frentamiento ñnal por el continente, la llamada guerra francesa e
india, que duró desde 1754 hasta 1763, la victoria no fue de la mi­
licia colonial sobre los indios, sino de profesionales británicos,
ayudados por colonos, sobre profesionales franceses, ayudados
por indios.298
Los colonos se sintieron vejados por la posición subordinada
que les asignaron en esa guerra y pueden haber alimentado ilusio­
nes sobre sus propias habilidades militares. En 1775, cuando desa­
fiaron a los profesionales que habían derrotado a los franceses re­
cientemente, sus éxitos iniciales en Concord y Bunker Hill
sirvieron de apoyo a la idea de la invencibilidad de los aficionados
e impidieron la creación de un ejército norteamericano profesio­
nal. El Congreso Continental se mostró demasiado dispuesto a
creer que los valientes granjeros norteamericanos, enrolados por
un breve período, ganarían prontam ente la guerra contra los mer­
cenarios contratados por Jorge III.299 Pero George Washington no
cometió ese error. Incluso antes de que los profesionales lo aplas­
taran en la batalla de Long Island, sabía que necesitaba profesio­
nales para derrotarlos. Al final obtuvo sus profesionales: se le per­
mitió enrolar a una pequeña cantidad de hombres por períodos
suficientemente largos como para convertirlos en profesionales.
Pero éstos eran principalmente hombres que no tenían propiedad
alguna que los hiciera querer quedarse en su casa para cuidarla.
En las palabras del comisario general Jeremíah Wadsworth, el ejér­
cito continental en última instancia estaba formado por “tipos
muy ociosos e inútiles, lo que no les impidió cumplir con su de­
ber”.300 Cumplían con su deber porque podían ser obligados a ha­
cerlo, porque no había ningún hogar esperando para protegerlos
de la disciplina severa que un ejército requería. Y a los ojos de sus
contemporáneos no obtenían ningún crédito por someterse a esa
disciplina.
La hostilidad popular respecto de un ejército permanente sur­
gió no sólo por el peligro que significaba para el gobierno republica­
no sino también por desprecio a las personas que se sometían a
la tiranía de la disciplina militar. “¿Puede acaso un amigo de la li­
bertad”, se preguntaba un folletista, “tener una tierna estima por
hombres que, sin otro motivo que la aversión al trabajo, han re­
nunciado voluntariamente a las bendiciones de la libertad, a cam­
bio de un estado en el que son golpeados arbitrariam ente como
esclavos?” Los soldados regulares eran “una especie de animales,
completamente a disposición del gobierno”. Eran “lo peor del
pueblo”, y lo que los hacía “adecuados instrum entos de la tiranía
y la opresión” era “la severidad de la disciplina” por la cual ellos
mismos eran reducidos “a un grado de esclavitud”.301
Puede discutirse si los hombres del ejército continental fueron
movidos por aversión al trabajo o por patriotismo, pero los estudios
estadísticos confirman el hecho de que eran reclutados en los nive­
les más bajos de la sociedad, entre los más pobres y sin tierras.302 El
problema era que nunca había suficiente de estos “tipos ociosos” en
América del Norte, la tierra del yeoman granjero. Los despreciados
campesinos del rey francés, entrenados para convertirse en un ejér­
cito regular cuando su monarca lo ordenaba, contribuyeron a la vic­
toria final norteamericana de Yorktown tanto como los hombres li­
bres norteamericanos lo hicieron a las órdenes de sus gobiernos
populares. Cornwallis se rindió a Washington, pero las fuerzas de
Washington en Yorktown, si incluimos las indispensables fuerzas na­
vales, incluían más franceses que norteamericanos.
Sería difícil demostrar que la milicia popular tanto en Inglate­
rra como en América del Norte se impuso en algún enfrentamien­
to sostenido con profesionales. Lo que los convertía en poco efi­
cientes era la cualidad misma que Bacon, H arrington y otros
consideraban la fuente de la supuesta superioridad de la milicia
popular, es decir, su espíritu independiente, que acompañaba a la
posesión de su propiedad. Después de que Inglaterra llegó a de­
pender de un ejército profesional, un conocedor miembro del
Parlamento explicó por qué el ejército no estaba ni debía estar
compuesto por hombres con propiedades. “Las batallas”, dijo, “no
se ganan con furia sino con disciplina”. Los yeomen podían mostrar
cierta furia contra el enemigo por poco tiempo —su espíritu inde­
pendiente—, pero era demasiado difícil disciplinar a un ejército for­
mado por hombres como ésos. Y explicaba con inusual franqueza:
“El último hombre que deseo tener a mis órdenes es el arrendata­
rio rico o el propietario líbre [...] sería una empresa poco agrada­
ble hacer que un votante porte una alabarda, o demasiado amar­
go tener que reconvenir por embriagarse a quien cortésmente
supliqué e invité con el ejemplo a hacer lo mismo apenas ayer”. 303
En América del Norte, George Washington expresó una opi­
nión similar. Como general, fue la amargura de su existencia el
hecho de que hubiera tenido que depender de milicias populares
tan a menudo para cubrir las deficiencias de su ejército continen­
tal. A esos “hombres apenas arrancados de las tiernas escenas de
la vida doméstica, poco acostumbrados al estrépito de las armas”
los encontraba peores que inútiles en el campo de batalla. Su im­
paciencia por volver a sus casas los hacía desertar en hordas y era
decididamente imposible someterlos a la disciplina. “Hombres”,
observó, “acostumbrados a la libertad sin límites, a ningún con­
trol, no pueden tolerar el dominio necesario de manera indispen­
sable para el buen gobierno de un ejército sin el cual el libertina­
je y todo tipo de desorden terminan im poniéndose”. Confiar en
la milicia, en opinión de Washington, era la manera de perder
una guerra. La milicia simplemente no puede enfrentar a tropas
regulares.304
Si pasamos a ocuparnos de la cuestión de la seguridad inter­
na, de que la milicia no constituye un peligro a las libertades po­
pulares como ocurre con un ejército profesional, la ficción otra
vez es desmentida por los hechos. A primera vista podría parecer
que la milicia, en virtud de su propia ineficiencia, no podría haber
sido una amenaza seria en absoluto. Además, la milicia en ocasio­
nes pareció respaldar la libertad al unirse a una protesta popular
a la que había sido llamada a sofocar. El pueblo, como se ha di­
cho tantas veces, difícilmente se oprim a a sí mismo. La misma in­
dependencia que hacía que la milicia fuera poco fiable en la ba­
talla, la llevaría a negarse a cumplir las órdenes de un gobierno
que deseara usarla contra sus conciudadanos.300
Pero los registros de los hechos, si bien contienen ejemplos
de este tipo, están igualmente repletos de casos en que el gobier­
no usó milicias con éxito para sofocar el disenso popular. En Ingla­
terra durante los siglos xvi y x v i i el gobierno sufrió una cantidad
de cambios abruptos y profundos que provocaron resistencia y re­
belión de los súbditos afectados de manera adversa. Para sofocar
la resistencia, el gobierno, cualquiera fuera su composición del
momento, recurría mucho a la milicia. Cuando el gobierno se hi­
zo católico bajo María Tudor, las milicias sofocaron a los protestan­
tes. Cuando se hizo protestante bajo Isabel, las milicias desarma­
ron a los católicos. Aunque las milicias le fallaron a Carlos I. ello
fue en circunstancias que, en última instancia, requerían la forma­
ción de un ejército profesional. Y cuando Carlos II reclamó el tro­
no, fue otra vez la milicia la que aplastó a los que se oponían a la
Restauración o eran sospechosos de oponérsele. La milicia desar­
mó a los puritanos recalcitrantes, los colgó, los deportó, derribó
las fortificaciones de sus ciudades y destruyó los conventículos en
los que realizaban sus ceremonias dominicales.306
En las colonias, como en el siglo xvi y x v i i en Inglaterra, la mi­
licia era el principal —es más, era el único— método de controlar
por la fuerza el descontento no sólo de los esclavos, sino también
de los hombres libres. Es verdad que en la mayor rebelión colonial
antes de la revolución norteamericana, la de Nathaniel Bacon en
1676, la milicia fue al principio completamente inútil (la mayoría
de ella estaba con Bacon) e Inglaterra enrió una fuerza expedicio­
naria para sostener al gobierno de Virginia. Pero antes de que és­
ta llegara, la rebelión se había apagado y el gobernador Berkeley
había recuperado el control con un puñado de milicianos leales.
Contra la mayoría de los demás rebeldes norteamericanos, la mili­
cia resultó suficiente: contra los Reguladores de Carolina del Nor­
te en Allamance en 1771, contra la Rebelión de Shay en Massachu­
setts en 1787, contra la Rebelión del Whisky en Pensilvania en
1794. En todos los casos la milicia permitió al gobierno establecido
hacer caso omiso de las quejas que habían llevado al pueblo a to­
mar las armas. Y el pueblo sofocado con tanta decisión por la mili­
cia de yeomen no eran muchedumbres urbanas ni un proletariado,
sino otros yeomen granjeros.
En suma, parece que tanto en Inglaterra como en América
del Norte la experiencia concreta no coincidía con las creencias
que elevaban al yeoman a un lugar tan alto en el folclore del gobier­
no popular. Nos quedamos con la duda de por qué. Si los yeomen
granjeros eran vulnerables al soborno y la intimidación en la polí­
tica’, ¿por qué se insistía en que eran independientes y virtuosos
defensores de la libertad civil? Si como milicia no eran ni eficaces
en la guerra ni un baluarte contra la tiranía y la opresión, ¿por qué
la gente insistía en que sí lo eran? ¿Acaso la exaltación política y
militar del yeoman contribuyó al gobierno popular de una manera
que no aparece en los elogios repetidos pero inmerecidos del pue­
blo armado? Si decimos que sí, si continuamos con la suposición,
como pienso que debemos hacer, de que la persistencia de un
conjunto de creencias en aparente desafío a los hechos debe ha­
ber servido a algún propósito social y político no tan obvio, se nos
presentan un par de posibilidades.
La prim era se relaciona sólo con la idea de que la milicia
constituye una fuerza más poderosa que un ejército profesional.
Obviamente esta idea era viable solamente allí donde la seguridad
de un país no fuera amenazada seriamente por vecinos agresivos.
Podía prosperar en Inglaterra y en América del Norte porque el
Canal de la Mancha, en un caso, y la superior tecnología de los co­
lonos, en. el otro, hicieron posible prescindir de un ejército profe­
sional durante más de un siglo. Durante ese tiempo, el predom i­
nio de la idea de una milicia poderosa hizo que el gobierno
eliminara lo que es siempre la parte más grande en el presupues­
to de cualquier país. La milicia poderosa ofrecía un sustituto retó­
rico barato para un gasto que de otra m anera habría sido una
carga pesada e innecesaria sobre la economía. Ayudó a impedir
que el gobierno cargara al pueblo con impuestos para pagar un
ejército en tiempos en que no era necesario.
Eso por sí mismo era suficiente para hacer que la ficción fue­
ra atractiva, pero el alivio impositivo puede también señalar la ma­
nera intrincada en la que esta particular ficción dio forma a la rea­
lidad y ayudó a moldear una sociedad en la que la ficción más
grande de la soberanía popular podía prosperar. Al aliviar al yeoman
de los impuestos que los gobiernos arbitrarios recaudaban para sus
costosos ejércitos, la ficción de la poderosa milicia permitió que
aquél conservara su tierra, aum entara su superficie, libre de hi­
potecas y libre de alquileres, libre de embargos por impuestos.
Y le daba a cada vez más y más personas el ingreso disponible pa­
ra adquirir tierras y convertirse en yeomen. Así pues, la ficción de
una milicia poderosa, al nutrir la independencia económica del yeo~
man granjero ayudó a crear la base real sobre la que podía descan­
sar la ficción. No es, quizás, una coincidencia que el surgimiento de
la soberanía popular en Inglaterra y en América del Norte fuera
acompañado durante tanto tiempo por la confianza en la milicia y
por la aceptación de la idea, por dudosa que fuera, de que el yeo­
man inglés podía pelear mejor que los campesinos franceses y de
que esa milicia podía superar a los ejércitos profesionales.
Pero la magnificación de la milicia fue solamente una de las
maneras en que la glorificación ficcional del yeoman podría haber
colaborado en el éxito de la soberanía popular. La idea del yeoman
independiente como el baluarte de la libertad civil, como lo he­
mos visto, fue igualmente persistente a pesar de los hechos. En es­
te caso, podemos encontrar una pista de la perseverancia de la
idea y del propósito al que servía si nos preguntamos de qué que­
rían los campeones del yeoman del siglo xvii y XV M que éste fuera
independiente y de cuáles libertades querían que él fuera el guar­
dián. Se trataba de la independencia no de sus señoriales vecinos,
sino del rey y su corte y de cualquiera que pudiera amenazar la se­
guridad de la propiedad de la tierra. Los voceros del partido del
País en Inglaterra, a la vez que alababan al pequeño propietario
agricultor, instaban a la gentry a que ejerciera sobre ellos y sobre to­
dos sus inferiores “esa influencia que su familia y fortuna les brin­
dan”.307 Ellos tenían, se les decía, “el derecho de interferir en
aquellas elecciones que se realicen cerca de vosotros”.308 La liber­
tad que el pequeño propietario debía proteger era la libertad de
seguir a sus superiores locales en sus desafíos a la influencia de la
corte y sus favoritos.
En el siglo x v i i , Harrington, aunque contrario a los reyes he­
reditarios, no había sido enemigo de la aristocracia. Y los neoha-
rringtonianos en el siglo x v i i i destacaban la necesidad de la aristo­
cracia propietaria de tierras, así como la de los yeomen, también
dueños de sus tierras, para el mantenimiento de la libertad popu­
lar.309 El peligro, tal como ellos lo veían, era que un rey ambicioso
buscara el poder arbitrario a través de un ejército perm anente y
de una aristocracia comercial sobornable. La manera de rechazar
avances reales como éstos era por medio de los yeomen, expresados
en una milicia popular, por una parte, y por medio de la aristocra­
cia terrateniente, expresada en Parlamento, por la otra. Ambos
grupos estaban estrechamente ligados: los miembros de la aristo­
cracia terrateniente eran los líderes naturales de los yeomen. Así
pues, los neoharringtonianos, los ingleses más notorios en su en­
tusiasmo por los yeomen, no mostraban ningún interés en hacer
que los yeomen fueran independientes de los grandes caballeros
hacendados y las grandes familias del condado que habían tradi­
cionalmente requerido sus votos y conducido su milicia. Y los yeo~
men, seguros en su idealizada independencia, no mostraban nin­
gún interés por embarcarse por su cuenta en un curso político
independiente poco conocido para ellos.
En otras palabras, la glorificación del yeoman en Inglaterra y
en América del Norte durante el siglo xviíí funcionaba como una
expresión de solidaridad entre terratenientes, grandes y peque­
ños, contra las amenazas cambiantes pero ininterrumpidas para la
seguridad de su propiedad. O tal vez sería más justo decir que era
una exhortación de los grandes terratenientes a seguirlos frente a
los cambiantes peligros políticos que los amenazaban.
En Inglaterra la amenaza más grande todavía provenía de la
Corte, a la que se había sumado el apoyo del creciente poder del
dinero, una clase comercial y financiera contra la cual los grandes
y pequeños terratenientes debían mantenerse unidos. Los malva­
dos en Inglaterra eran los ministros corruptos que rodeaban al rey
y los especuladores y financistas que iban de la mano de los minis­
tros en los planes para hacerse ricos con los bolsillos tanto de los
pequeños propietarios como de los caballeros por medio de mani­
pulaciones financieras. Podemos recordar que las famosas Cato’s
Letters de Trenchard y Gordon comenzaron en 1720 en el London
Journal de Londres como un ataque al escándalo financiero de
las acciones de la South Sea Company, conocido como la Burbu­
ja de South Sea, así como también a los ministros que perm itían
a los especuladores esquilmar al público.310
Los colonos en América del Norte, ávidos lectores de Tren­
chard y Gordon, tenían miedo de que esas maniobras ministeria­
les atravesaran el mar, y después de declarar la independencia con
la revolución, siguieron alertas ante cualquier peligro similar en
su nuevo país. Lo encontraron en los programas de Alexander Ha-
milton. En la década de 1790, cuando Madison y Jefferson trata­
ron de organizar a los yeomen de Norteamérica en lo que iba a con­
vertirse en el Partido Republicano, actuaban contra el poder del
dinero, contra la aristocracia antinatural creada y cultivada por
Hamilton, no contra hombres como ellos mismos que tradicional-
mente, desde el principio, desde los comienzos mismos de la orga­
nización, habían proporcionado los líderes al país. Aquellos líde­
res, fueran cuales fueren sus faltas personales, habían demostrado
durante la revolución estar vigilantes contra las amenazas a los de­
rechos de propiedad de los colonos. Una vez obtenida la indepen­
dencia, su vigilancia se necesitó más que nunca para rechazar nue­
vas y más insidiosas amenazas. Para los votantes, ser intimidados o
comprados por sus líderes naturales, que habían demostrado ser
verdaderos protectores de su propiedad, no era causa de alarma
alguna. De lo que los votantes necesitaban protección, es más, de lo
que todo el país necesitaba protección, era de la siniestra y oculta in­
fluencia de la “aristocracia de papel” que Hamilton parecía estar
fabricando.
Una amenaza diferente pero relacionada a la propiedad, más
grande en Inglaterra que en América del Norte, venía de los po­
bres. La glorificación del yeoman había comenzado con una deni­
gración del campesino y había continuado con una denigración
de los indigentes y los peones de campo sin tierras, que gastaban
sus ingresos en bebida y vivían de la ayuda cuando se terminaban
los puestos de trabajo; gente a la que los terratenientes tenían que
m antener con impuestos que iban comiendo su propiedad.311 La
glorificación del yeoman tampoco implicaba mucha simpatía por
los esclavos que trabajaban en las plantaciones norteamericanas
del sur. Cuando Thomas Jefferson hablaba de aquellos que traba­
jaban la tierra diciendo que eran el pueblo elegido de Dios, no se
refería a los esclavos. Los ingleses y los norteamericanos del siglo
XVIII consideraban a los esclavos, a los indigentes y trabajadores sin
tierras un siempre presente peligro para la libertad y para la pro­
piedad. Con los pobres un monarca o un poder ejecutivo ambicio­
sos podían forjar un ejército e im poner una tiranía. Y ellos eran
también la fuente de donde los nuevos capitalistas iban a reclutar
a los obreros para sus fábricas. Si se les perm itiera votar, sus em­
pleadores podrían enviarlos a votar para eliminar a los indepen­
dientes yeomen. La mejor manera que tenía el yeoman para vérselas
con el peligro era apoyar a su vecino más grande, que tenía la ex­
periencia, los recursos y la influencia política para defender la tie­
rra y la libertad de ambos.
En otras palabras, la glorificación del yeoman en los siglos x v ii
y XVIII, que parecía elevar al hombre corriente, sirvió, paradójica­
mente, como dogma ideológico central de la política condescen­
diente (en especial para los llamados partidos del país, tanto en
Inglaterra como en Norteamérica). La paradoja aparece sólo des­
de nuestra moderna perspectiva. Suponemos demasiado fácilmen­
te que la soberanía popular fue el producto deí reclamo popular,
un levantamiento de las mayorías contra las minorías. Pero no fue
así. Fue una cuestión de algunos de la minoría que enrolaron a las
mayorías contra el resto de esa minoría. Los yeomen no declararon
ellos mismos su independencia. Sus aristocráticos vecinos lo hicie­
ron, en un pedido de apoyo contra aquella otra m inoría a la que
temían y de la que desconfiaban como enemiga de la libertad y de
la seguridad de la propiedad, contra reyes irresponsables, contra
cortesanos y banqueros, agentes de bolsa inescrupulosos y especu­
ladores, y también contra aquella porción poco segura de las ma­
yorías a los que también temían y de la que desconfiaban por la
misma razón: los pobres y los trabajadores que no poseían tierras.
Como último recurso, los yeomen podrían tener que ser intimi­
dados o comprados, igual que otros votantes; pero así como la
exaltación ficcional del rey podía ser un medio para controlarlo,
de la misma manera la exaltación ficcional del yeoman podía ser un
medio de controlarlo. Los caballeros hacendados, aquellos que se
consideraban a sí mismos “el país” contra “la corte”, proclamaron
la independencia del yeoman y reclamaron su voto como el adecua­
do ejercicio de esa independencia. Eran los superiores “naturales”
a los que el yeoman debía deferencia, si su independencia no era
subvertida por las artimañas de ios cortesanos y políticos de la cor­
te (incluso cuando esos cortesanos eran caballeros hacendados co­
mo ellos mismos). En su característica común de poseer tierras,
los yeomen y los caballeros podían hacer causa común y unir sus
fuerzas, en época de elecciones, por lo menos, en una curiosa
combinación de camaradería y condescendencia por parte de los
hombres poderosos y de deferencia y respeto por sí mismos por
parte de los más débiles.512
O tra mirada a la milicia revelará que la glorificación militar
del yeoman podía servir igualmente como un apoyo para la políti­
ca condescendiente. La milicia, además de sofocar revueltas, era
también un medio de anticiparlas y de promover el asentimiento
al gobierno no por la fuerza sino por la instrucción. El servicio en
la milicia era una escuela de subordinación, donde la estructura
de la sociedad estaba más visiblemente exhibida, especialmente
durante los días de entrenamiento anual, semestral o incluso men­
sual. Los oficiales de la milicia en los siglos XVI y x v i i en Inglaterra,
y en los siglos x v i i y x v m en América del Norte, eran seleccionados
no por su destreza militar, sino por su posición social. Hay casos re­
gistrados, no sólo en la Inglaterra isabelina, sino también en la
Norteamérica revolucionaria, de milicias que se negaron, o por lo
menos pusieron objeciones, a servir a las órdenes de oficiales de ni­
vel social insuficiente.313 Una alta posición social ayudaba a los oficia­
les a asegurarse la obediencia de sus subordinados y, por otro lado, la
subordinación a un oficial en uniforme ayudaba a asegurarle la su­
bordinación a él sin uniforme. En algunas colonias los oficiales de la
milicia eran elegidos por votación y sus hombres por lo tanto se sen­
tían más ligados a ellos. Los oficiales a quienes elegían eran en gene­
ral hombres a quienes reconocían como sus superiores sociales.314
Ante la falta de títulos de honor, que ningún gobierno colo­
nial tenía autoridad para conferir y que, por supuesto, estaban for­
malmente prohibidos por los artículos tanto de la Confederación
como de la Constitución, los títulos militares eran la designación
más im portante de estatus social en Norteamérica y rara vez eran
alcanzados salvo por los grandes terratenientes, que también lleva­
ban la parte del león en los cargos políticos. Las competencias para
los grados de capitán o de coronel en la milicia eran a menudo más
duras que para los cargos políticos.315 Y los ganadores se sentían en
consecuencia más orgullosos de sus títulos militares que de los que
podrían estar relacionados con un cargo político. John Leverett,
que fue gobernador de Massachusetts desde 1673 hasta 1679, con­
tinuó siendo llamado por el resto de su vida no “gobernador Leve-
rett” sino “capitán Leverett”, el rango que había tenido en la mili­
cia.316 Y el mismo George Washington continuó siendo llamado
“general Washington”, incluso después de haber sido presidente.
Los días de entrenamiento para la milicia eran muy parecidos
en todas las colonias. Los oficiales instruían a los hombres, y luego
se emborrachaban juntos y pagaban los oficiales,317 Existía esa mis­
ma extraña combinación de camaradería y condescendencia, de
deferencia y cordialidad que ligaba a los de arriba y a los de abíyo
políticamente. Era una ocasión para mostrar tanto la estructura
como el tono de la sociedad. Y aquellos que pensaban que la es­
tructura necesitaba ser ajustada y el tono necesitaba ser elevado
buscarían en consecuencia un ajuste en la disciplina de la milicia.
Timothy Pickering, por ejemplo, un ardiente conservador, argu­
mentaba en 1769 que una milicia mejor disciplinada “impediría
en gran medida el desorden interno, promoviendo el buen orden y
un adecuado sentido de la subordinación, necesario no sólo para el bienes­
tar de la existencia, sino también para la existencia misma de la sociedad;
así como un acto de obediencia y respeto conduce a otro, los actos
repetidos se convierten en hábito”.318 Y en 1788 otro conservador
de Nueva Inglaterra, Jonathan Jackson, al argumentar a favor de
una milicia más fuerte insistió en que “lo más importante que hay
que aprender (del servicio de milicia) y sólo por lo cual la institu­
ción sería sabia, es esa disciplina de la mente, la subordinación”.319
Pero la mayoría de los norteamericanos estaba contenta con
el regocijo y la variedad más sencilla y suelta de subordinación que
se implementaba durante los días de entrenamiento, cuando los
soldados se deleitaban al rodear a una bonita niña y disparar sus
mosquetes al aire mientras los oficiales se paseaban con deslum­
brantes uniformes que denotaban rango social más que capacidad
militar,320 La subordinación enseñada en la milicia no era del tipo
que le quita a un hombre su independencia y hace que un ejérci­
to profesional sea eficiente, no era una subordinación forzada o
una subordinación ciega, sino una subordinación social volunta­
ria, la clase de subordinación que hace que sea posible el gobier­
no ordenado. Era subordinación a los vecinos que eran grandes
terratenientes, hombres a los que uno conocía y podía elegir con
confianza para un cargo de gobierno. No era la clase de subordi­
nación que George Washington quería en el Ejército Continental
o Alexander Hamilton en el Ejército de los Estados Unidos, sino
una considerada deferencia de hombres libres hacia sus superio­
res reconocidos, una clase de subordinación que no violaba el
espíritu de independencia del pequeño propietario.
Patrick Henry, como gobernador de Virginia, fue interrum pi­
do en su mandato junto con su legislatura cuando él y sus legisla­
dores m om entáneam ente dejaron de lado la función social de la
milicia. George Washington, con el recuerdo fresco de su decep­
ción con la efectividad de la milicia en la guerra revolucionaria, re­
comendó a Henry en 1784 que la milicia estatal fuera reforzada
reemplazando a los oficíales existentes con ex oficiales del Ejérci­
to Continental, a lo que añadió sólo una precaución: “en la medi­
da en que esto pueda hacerse sin crear malestar y celos”. La legis­
latura de Virginia complació al general con una ley que autorizaba
el cambio, pero dejó en manos del gobernador hacer el trabajo.
Henry trató de moverse con cautela consultando “a respetables
personalidades” en diferentes condados para los nombramientos,
pero muchos de ellos se negaron a tener nada que ver con tan au­
daz proyecto y a hacer recomendaciones. Cuando Henry siguió
adelante e hizo los nombramientos, se encontró con una torm en­
ta política. Prominentes ciudadanos se sintieron furiosos al ser
desplazados de las posiciones sobre las que su prestigio e influen­
cia local habían reposado en parte, y los hombres estaban furiosos
ante la perspectiva de ser tratados como soldados regulares. Al año
siguiente la legislatura revocó la ley y devolvió a los antiguos oficia­
les a sus cargos y a la milicia a su incompetencia militar y su efecti­
vidad política y social.321
Al enseñarle al yeoman su lugar en el orden social, la milicia
realizaba una no estipulada pero crucial función política y social,
y realizaba ambas con más éxito que su función militar. En la revo­
lución norteamericana, como nos los ha mostrado John Shy, la mi­
licia, por mucho que careciera de capacidad militar, era una extraor­
dinaria manera de alinear a ciudadanos indiferentes del lado de
los caballeros que condujeron la oposición popular a Inglaterra y
crearon los gobiernos populares en América del Norte.322 Pero el
servicio más valioso de la milicia durante los siglos x v ii y x v ii i fue el
de conciliar la incongruencia de la soberanía popular con una socie­
dad jerárquica. La deferencia voluntaria de los hombres hacia sus
oficiales, con o sin uniforme, fue de particular importancia para
América del Norte, porque un cargo en la milicia iba en general de
la mano con un cargo político y porque ésta, en Norteamérica, in­
cluía a todos los hombres libres y físicamente aptos, la mayoría de los
cuales eran votantes, condicionados por su servicio de milicia a
apoyar a sus oficíales.
Durante todo el período colonial en Norteamérica, la presen­
cia formal de la milicia no era rara en las ceremonias políticas y las
elecciones. Y después de la revolución, cuando la política adquirió
un nuevo carácter con el desarrollo de los partidos políticos, la mi­
licia por un tiempo fue la obvia unidad de organización en el nivel
local. Los oficiales hacían discursos de campaña en las reuniones
y a veces conducían ellos mismos a sus compañías a los lugares de
votación. En Maryland en la década de 1790, la organización de la
milicia estatal formó una dirección conjunta con el Partido Repu­
blicano.323 Y en Carolina del Sur un gran jurado se quejó en 1800
de que “No hay nada más común que un oficial de milicia cite a
sus hombres en un lugar señalado para encontrarse con él o con
algún otro personaje influyente que él pueda designar, para pre­
parar sus votos por tal persona o personas que él considere ade­
cuado; es más, algunos de ellos se aseguran de conducirlos en ma­
sa para la elección, y otros se ponen incluso a la cabeza, llegando
a entrar con ellos al lugar donde se em iten los votos”.324 En los
primeros años de la república, la milicia continuó funcionando
de esa manera, como una ayuda para la política de la condescen­
dencia, y los políticos en el Congreso y los gobiernos de los esta­
dos frustraron todo esfuerzo por convertirla en una organización
militar eficiente.
Para resumir, entonces, la soberanía popular, concebida por
los caballeros enfrentados con un rey irresponsable tuvo que ser
reforzada con otras ficciones que dejaran intacta la hegemonía de
los caballeros. El imaginario yeoman sirvió admirablemente para
ese propósito. No era en realidad necesario ni por su valor en la
batalla ni por su independencia en los procesos eleccionarios» era
necesario como un escudo ideológico contra monarcas arbitrarios
y cortesanos cómplices, por un lado, y contra demagogos intrigan­
tes y pobres influenciables, por otro. Y su deferencia arraigada ha­
cia sus vecinos poderosos se necesitaba para conciliar la soberanía
popular con una jerarquía social que estaba demasiado profunda­
mente arraigada como para eliminarla, aun si hubiera existido un
difundido deseo de destruirla. La ficción del yeoman invencible
contenía en sí misma, pues, la misma ambigüedad que la ficción
más grande a la que servía de apoyo: sostenía el gobierno de las
minorías sobre las mayorías, aun cuando elevaba y glorificaba a las
mayorías.
8. La d e c isió n d e l p u eb lo : e le c c io n e s
y cam pañas electo ra les

La ficción de la soberanía popular más se acerca a la realidad


cuando se celebran las elecciones, ya que el pueblo —las personas
concretas— ostensiblemente va a elegir a algunos de entre la mi­
noría a cuyo gobierno se somete. En muchas elecciones, lo osten­
sible se acerca mucho a lo real, la ficción por un momento se acer­
ca a los hechos y nuestra creencia en la soberanía del pueblo —o
nuestra voluntad para suspender la incredulidad— se agudiza. Pe­
ro no siempre. Cuando observamos atentamente algunas eleccio­
nes, sea en nuestra propia época o en tiempos pasados, nos encon­
tramos en medio de operaciones que parecen tener poco que ver
con la voluntad del pueblo, donde la decisión popular se convier­
te en una farsa y los temas se reducen a la trivialidad. Tales eleccio­
nes, podríamos suponer razonablemente, debilitarían la creencia
en la soberanía popular en lugar de respaldarla. Y, con todo, estas
parodias pueden generar mayor participación y entusiasmo popu­
lar que aquellas elecciones en las que la opción parece ser genui-
na y la ficción visiblemente adquiere credibilidad. Casi podría pa­
recer que las actividades de la campaña que preceden a algunas
elecciones pueden im portar más que el resultado, pueden satisfa­
cer alguna necesidad más profunda que la designación de una
persona u otra para ser gobernador o legislador.
En el capítulo precedente hemos visto que en las elecciones la
deferencia de los yeomen respecto de sus superiores sociales va de
la mano con la afirmación de la independencia política de ese yeo-
man. Y también hemos visto que esta afirmación, en aparente desafío
a los hechos, de todas maneras satisfacía un propósito político y so­
cial. Pero todavía se puede aprender algo más del consentimiento de
los gobernados cuando se observa más de cerca la manera en que los
votantes eran intimidados, comprados o simplemente persuadi­
dos para elegir a sus superiores sociales para que los gobernaran.
Estudios recientes del proceso electoral en América del Norte han
revelado que la deferencia de los votantes era un asunto más com­
plicado de lo que podía parecer a primera vista,323 que las mayo­
rías que daban sus votos a las minorías eran más en cantidad y más
exigentes de un quid pro quoáe lo que los historiadores alguna vez
supusieron.
El tamaño del electorado en las colonias, parece ahora, in­
cluía la gran mayoría de los varones adultos libres.326 En Inglate­
rra llegaba a un cuarto o quizás incluso a un tercio de los varones
adultos a principios del siglo xvii y quizá no menos en el siglo
xviii.327 Un historiador calcula que entre 700.000 y 800.000 hom­
bres votaron en una elección u otra en Inglaterra entre 1702 y
1722.328 Otro ha demostrado que elecciones aparentem ente sin
contrincantes en condados ingleses fueron precedidas a menudo
por intensas disputas que terminaban poco antes del día de elec­
ciones cuando un minucioso cálculo previo de votos demostraba
que uno de los candidatos iba a perder.329 Incluso se ha demostra­
do que la distribución de la representación en Inglaterra antes de
la gran reforma de 1832 era menos absurda de lo que en general
se ha supuesto.330
Las elecciones en Inglaterra, como en las colonias inglesas,
ahora parece que involucraban no sólo demasiados votantes, sino
también votantes de una actitud demasiado exigente como para
ser despreciados simplemente como herramientas voluntarias de
sus superiores sociales o como las herram ientas involuntarias de
los terratenientes y empleadores que simplemente los llevaban a
los lugares de votación. Hay ejemplos de terratenientes que ame­
nazaban con desalojar a los inquilinos renuentes, de caballeros
que amenazaban suspender sus compras a los comerciantes no dis­
puestos a seguirlos y de funcionarios públicos que amenazaban
con despedir a los subordinados que votaran de la manera equivo­
cada, pero estudios recientes sugieren que esas tácticas eran poco
frecuentes y a menudo contraproducentes. Incluso en municipios
con un electorado pequeño, la persuasión en vez de la coerción, la
zanahoria en lugar del garrote, era el modelo acostumbrado.331
Por cierto, la persuasión habitualmente adquiría la forma del
soborno. Podía consistir sólo en invitar a los votantes a comer y a
beber en cantidades heroicas, pero también podía incluir recom­
pensas más consistentes para los votantes, a cada uno por separa­
do o colectivamente. Con frecuencia, como ya se ha señalado, un
candidato compraba su puesto ofreciendo pagar algún beneficio
cívico: pavimentar las calles, construir el edificio para la sede del
municipio o para una escuela, o para el mercado, pagar la deuda
pública de la ciudad o un proyecto de ley de ayuda a los pobres.332
El soborno en esta forma comienza a adquirir funciones políticas
por lo general no asociadas con él. Y la complejidad del proceso
aumenta cuando encontramos que se van formando grupos de vo­
tantes en los municipios populosos para algo equivalente a una ne­
gociación colectiva a fin de obtener el máximo beneficio de una
elección. Tales arreglos podían tener objetivos constructivos, co­
mo la “Market House Society” en Taunton (Somerset), formada
en 1763 “para prevenir los males y desórdenes de una elección
muy reñida”, canalizando la generosidad de los candidatos hacia
mejoras municipales.333 Otros, como el club “de la clase más baja
de burgueses” en Shrewsbury, o el “Malt-House Club” en Arundel
(Sussex), no tenían otro objetivo que recolectar dinero.334 El English
Chronicle informaba acerca de los procedimientos cuando Percy
Charles Wyndham se postuló al Malt-House Club en la elección
de 1780:

El presidente del club le dio a entender que dado que él era un


caballero del vecindario y recomendado por el conde de Su-
rrey, le darían preferencia por sobre cualquier otro candidato,
siempre y cuando les hablara como para que ellos lo entendieran-,
el señor Wyndham íes dijo que él era un hombre independien­
te y seguiría siéndolo, que sí le hacían el honor de elegirlo co­
mo miembro del Parlamento los serviría fiel y honestamente
hasta donde mejor pudiera. Este no era el tipo de discurso que
el presidente quería escuchar y le informó al honorable candi­
dato que habría sido lo mismo si no hubiera dicho nada. Luego
se llamó a sir Patrick Crauford y éste, con un mucho mejor ma­
nejo del peculiar estilo de oratoria que produciría el mejor
efecto, le dijo al Club que si lo honraban con sus sufragios, les
devolvería el favor con un regalo de treinta guineas para cada
v o ta n te. Se le d io a e n te n d e r a sir Patrick q u e hablaba co n sen ­
tido y el p resid en te se c o m p r o m etió c o n e l cu erp o a c o n seg u ir
otro can d id ato [ ...] q u e hablara u n len g u a je ig u a lm en te c o m ­
p ren sible y co n v in c e n te .3^

¿De qué manera debemos entender esos clubes? ¿Debemos con­


siderarlos prototipos de sindicatos, o de partidos políticos, o de am­
bos? Sea como fuere, pueden recordarnos que el proceso político y
las ficciones políticas de las que depende rara vez trabajan en una so­
la dirección. Los candidatos compraban su ingreso al gobierno con
pagos a los gobernados y luego se compensaban ellos mismos con los
fondos públicos extraídos de —entre otros— las personas a las que
habían pagado sus sobornos. También debemos recordar que los pe­
didos de reforma de este sistema difícilmente vinieran de abajo ha­
cia arriba. Los habitantes más pobres de los municipios parlamenta­
rios no estaban interesados en eliminar un sistema que les traía
efusiones periódicas de comida, bebida y dinero. Lo que ellos obte­
nían, especialmente en elecciones reñidas, podía ser sustancioso. Las
treinta guineas prometidas por sir Patrick Crauford en Arundel eran
mucho más de lo que un peón agrícola podía esperar ganar en un
año. En electorados muy grandes, se podían vender los votos por dos.
o tres libras cada uno, pero en los más pequeños un candidato podía
pagar hasta 300 libras por cada voto.336
La redistribución total de la riqueza en una elección podía,
pues, ser importante. En la elección de Arundel ya mencionada,
167 personas votaron por Crauford.337 Si le pagó a cada uno de
ellos el precio estipulado, el total habría sido de 5.010 guineas o
de 5.261 libras. Esta no era una cantidad excesiva para pagar por
un escaño en el Parlamento. Incluso donde no había ninguna
competencia, una elección en un municipio relativamente peque­
ño podía costar la mitad de eso. En los electorados más grandes,
aunque el núm ero de votantes podría prohibir el costo de la
compra directa, los costos de agasajar y otras formas menos di­
rectas de soborno podían llegar a muchos miles de libras. En la
más costosa elección del siglo xvm, la famosa “elección del de­
rroche” de Northamptonshire en 1768, se dice que los tres com­
petidores gastaron 100.000 libras cada uno.338
Los receptores de esta generosidad no eran, en su mayor parte,
ya ricos. Los requisitos para votar en los condados exigían solamen­
te la posesión en dominio absoluto de tierras que produjeran cua­
renta chelines por año. Esto significaba que prácticamente los úni­
cos poseedores de tierras excluidos eran aquellos cuya propiedad
estaba exclusivamente en arrendamiento o en préstamo a cambio
de servicios agrícolas. En los municipios el sufragio estaba determi­
nado por la costumbre. En algunos el voto podía estar limitado a la
corporación gobernante (a menudo un cuerpo de entre quince y
veinte personas que se perpetuaba a sí mismo ); en otros, estaba
abierto a todos los habitantes varones adultos que no recibían limos­
na, o a todos hombres libres que pagaban scot y lot (impuestos arcai­
cos que prácticamente todos pagaban, salvo los que recibían limos­
na) o a todos los poseedores de “burgages” (una forma arcaica de
posesión de tierras municipales). Las personas favorecidas de esta
manera eran en su mayor parte pequeños artesanos y comerciantes
que daban la bienvenida y hasta promovían las competencias elec­
torales debido a los ingresos suplementarios que sus votos les pro­
porcionaban. Donde el derecho a voto se les negaba a las personas
que recibían limosna, es decir, ayuda a los pobres, la prohibición
misma podía ser un medio para mantenerlos fuera del sistema de
ayuda caritativa. Se señalaba que por lo menos a los votantes poten­
cíales a veces se les ofrecía más por sus votos de lo que podían espe­
rar de la caridad pública o privada, por lo cual “eran disuadidos de
recurrir a la ayuda parroquial no por un honesto espíritu de inde­
pendencia, sino para mantener el precio en el mercado de votos en
el m unicipio...”.339 Las personas elegidas para el Parlamento po­
drían ser siempre de la élite, pero los votantes mismos difícilmente
puedan ser considerados así.
Que los votantes brindaban deferencia a sus superiores socia­
les parece innegable, pero resulta igualmente evidente que no
brindaban automáticamente esa deferencia a cualquier candidato
en particular. Se ha dicho con frecuencia, y así se ha entendido,
que un noble en particular era dueño de un municipio o efectiva­
mente de varios de ellos. Y podía ser que todos o la mayoría de sus
votantes fueran sus tenentes. Pero comúnmente se decía que un
patrón tenía un “interés” en un municipio, con lo cual se quería
decir que podía de alguna manera controlar una cierta cantidad
de votos o influir en ellos. Un ingrediente esencial en la forma­
ción o la continuidad de un interés era generalmente un poder
económico de alguna especie, el poder del terrateniente sobre un
arrendatario, de un cliente sobre un comerciante, o simplemente
de libras sobre peniques, el poder de los ricos sobre los pobres. Pe­
ro la sola riqueza, si bien era necesaria, no era suficiente. Un inte­
rés involucraba, por lo general, algún lazo personal, un favor rea­
lizado, un saludo, una mano extendida, algún encanto que iba
más allá del nexo del dinero. Aun cuando un hombre fuera due­
ño de toda la tierra en un pueblo y todos los votantes fueran sus te-
nentes, tenía que ganar sus votos. Si los daba por supuestos y olvi­
daba dar muestras de su preocupación por su bienestar, podían
instalar un candidato propio y votarlo, como hicieron los tenentes
de sir George Downing en Dunwich (Suffolk). De acuerdo con el
hijo de un hombre que desplazó a uno de los candidatos de sir
George Downing,

fu era p o rq u e residía a d em asiad a d istan cia o p o rq u e carecía d e


un h e r e d e r o , c o n sid e r ó q u e n o valía la p e n a prestar esa a te n ­
ció n a los h o m b res libres q u e e llo s p e n sa b a n q u e m e r e c ía n , y
a u n q u e era d u e ñ o d e todas las tierras y d e tod as las casas, d e to ­
das m an eras fu e o b lig a d o a c e d e r a los d e s e o s d e lo s h o m b r e s
libres y m i p ad re fu e e le g id o e n e l a ñ o 1747.540

Con frecuencia se señalaba esta sensibilidad de los votantes que


parecían estar en el bolsillo de un patrón. Un hombre podía tragar­
se su orgullo momentáneamente por una suma suficiente, pero vo­
tos comprados sin consideración de los sentimientos del votante po­
dían poner en peligro la supervivencia de un interés a largo plazo.
La familia Bruce, que había adquirido el control de la corporación
en Marlborough, pagaba 50 libras a cada uno de los miembros para
que votara lo que se había ordenado en la década de 1740, pero
Henry Pelman, un experimentado político, señaló que esa suma
“no llegaba [...] a darles la misma satisfacción que podría haberles
dado si hubiera habido algún tipo de atención o solicitud mezclada
con la orden, que era, en general, demasiado perentoria”.341
Aveces era posible que un político talentoso estableciera un
interés sin ninguna clase de base económica. El marqués de Roc-
kingham adquirió un interés importante en York, uno de los mu­
nicipios más grandes de Inglaterra, simplemente por encanto per­
sonal y atención a los votantes.342 Y lord Granby presuntam ente
dio comienzo a un interés en Scarborough (Yorkshire) en 1768,
“emborrachándose con el alcalde y la corporación”. Cimentó el
interés con los favores que pudo conseguir para la gente del muni­
cipio en virtud de su posición en el gobierno de Chatham. Su hi­
jo, al heredar el interés de su padre, no pudo o no quiso mante­
nerlo por los alcohólicos medios con los que comenzó, de modo
que reconoció que su interés era “artificial, nutrido al amparo de
los favores del gobierno, sin ningún calor natural”, mientras que
sus rivales en el municipio, que vivían en las inmediaciones, te­
nían “aquellos medios constantes para cultivar buenas relaciones
con los habitantes que deben alguna vez elegir a un miembro del
Parlamento”.343
Varias personas podían tener un interés en un solo municipio o
condado y podían venderlo o intercambiarlo o legarlo a sus herede­
ros como si fuera una propiedad- Frecuentemente, por supuesto, po­
día acompañar a la herencia o la venta de la propiedad. Pero en sí
mismo, era muy perecedero. Un interés tenía que ser cultivado o,
igual que un jardín abandonado, podía disminuir. Y dadas las ficcio­
nes políticas que predominaban en Inglaterra después de la guerra
civil, el cultivo de un interés requería algún tipo de reconocimiento
del poder y la independencia de los votantes. En términos prácticos,
esto significaba que un patrón no debía ser dictatorial, no debía em­
pujar con demasiada fuerza. No era habitual que él dictara la elec­
ción de ambos miembros por un municipio. Dado que la mayoría
de los electorados elegían dos miembros, el votante era libre de
dar —o de vender— su otro voto a quien eligiera, y de esa manera
formaba parte de más de un interés.344
En pocas palabras, el proceso político en la Inglaterra no re­
formada no era tan desequilibrado como alguna vez se supuso.
Los que podían votar no eran pocos, ni ellos simplemente daban
sus votos siguiendo las órdenes de sus superiores sociales. Tenían
que ser lisonjeados, halagados, engatusados y mimados. Había que
pagarles importantes sumas, fuera en sobornos directos o en for­
ma de mejoras cívicas, y podían organizarse para aprovechar me­
jo r su poder colectivo de negociación.
En las colonias norteamericanas de Inglaterra el esquema de
intereses y sobornos en gran escala estaba mucho menos desarro­
llado. Los cargos electivos en las colonias eran con frecuencia más
una carga que un beneficio. E incluso cuando un cargo conlleva­
ba beneficios, rara vez podía ser alcanzado a través del soborno,
directo o indirecto, porque el tamaño del electorado era demasia­
do grande como para que el soborno fuera posible. En las colo­
nias, Ja ficción de la soberanía popular ya estaba más cerca de los
hechos que en la madre patria.345
Sin embargo, una vez reconocidas todas las maneras en que
las elecciones, sea en Inglaterra o en América del Norte, daban a
un gran número de hombres una oportunidad de ser parte en la
selección de sus gobernantes, tendremos que admitir que esa par­
te no era grande. Una vez demostrado que la distribución de esca­
ños en el Parlamento no era tan absurda como parece, de todos
modos hay que reconocer la irracionalidad que los reformadores
habían condenado desde la época en que el Parlamento aseveró
por primera vez su supremacía en la década de 1640. Y cuando he­
mos establecido que los votantes eran menos dependientes de sus
patrocinadores que lo que se suponía anteriormente, debemos toda­
vía reconocer que un número mucho menor de personas que los vo­
tantes reales decidía el resultado de las elecciones en casi todos los
electorados ingleses, que efectivamente la elección de los candidatos
se hacía antes de la elección en la mayoría de los casos, que incluso
donde los votantes tenían la opción de elegir entre dos candidatos el
resultado era decidido a último momento por la fabricación de vo­
tantes por medio de la compra de “burgages” o por medio de la crea­
ción de nuevos propietarios, usualmente no residentes. Debemos re­
conocer también que un candidato podía imponerse a otro
contratando hombres violentos para impedir que los seguidores del
otro llegaran a votar, o haciendo que el funcionario electoral o la
misma Cámara de los Comunes declarara ganador al perdedor.
Ante estos hechos ineludibles, ¿era suficiente la insistencia
de los votantes en ser apropiadamente sobornados o engatusados
para mantener la ficción de la soberanía popular? Obviamente la fic­
ción fue mantenida, pero parece dudoso que la contribución del au­
téntico voto independiente pueda recibir todo el crédito. La pregun­
ta surge de si algo más que el ejercicio verdadero de la elección
funcionaba en un com ido, algo en el proceso político que susten­
tara la ficción de alguna manera que no fuera inm ediatam ente
evidente.
Para responder a esta pregunta, veamos primero algunas elec­
ciones disputadas de la peor manera, tanto en Inglaterra como en
Norteamérica, elecciones en las que, aunque había competidores, el
libre ejercicio de la elección parece haber sido descaradamente vio­
lado. Comenzamos con la notoria elección de 1784 en Westminster,
en la que tres candidatos, Charles James Fox, sir Cecil Wray y el al­
mirante Samuel Hood compitieron por los dos escaños del muni­
cipio. Podemos observar la escena a través de los ojos de Elkanah
Watson, un natural de Nueva Inglaterra que visitaba Londres. Dice
Watson:

Era un esp ectá cu lo del m ás p ro fu n d o in terés y m uy e m o c io n a n ­


te, p ero v erg o n zo so , p or los ultrajes y la v io len cia q u e lo a co m ­
p añ ab an c o n sta n tem en te . Yo o cu p a b a un lu gar cerca d e la pla­
taform a, e n u n escen a rio tem p o ra l q u e m e p e r m itió observar
d e cerca to d o s los h ech o s. Los ca n d id a to s c o n sus a m igos in m e ­
d ia to s estaban reu n id o s fr en te a u n a ig le sia p e q u e ñ a , la plata­
form a estaba d en tro d e u n ferrocarril. D esd e m i p o sició n eleva­
da, m ira n d o a ese m ar d e caras, ca lcu lé q u e d e n tro d e la plaza,
e n las ven tan as q u e daban h acia ella, y e n las calles ad yacen tes
h ab ía v ein te m il esp ecta d o res, para ver a lo s h o m b res libres dis­
p u esto s a dar sus sufragios. La c o m p e te n c ia v en ía d esa rro llá n ­
d o se d e sd e hacía varias sem anas. En lu gar d e la d ig n id a d silen ­
ciosa q u e caracteriza u n a e le c c ió n n o rtea m er ica n a , a q u í tod o
es c o n flic to y co n fu sió n ; n arices sa n g ra n tes y cab ezas fractura­
das, in tim id a ció n y co rru p ció n . En m e d io d e la cam p añ a, se vio
q u e d o s ejércitos arm ad os p o r sí m ism o s en tra b a n e n la plaza
p o r d ife r e n te s lugares. U n o estaba en c a b ez a d o p o r un hijo d e
L ord H o o d (cap itán e n la m arin a) y c o m p u e s to d e m arin eros
a rm ad os c o n palos; el o tro era c o n d u c id o p o r u n d e fe n so r de
Fox, co m p u esto p r in cip a lm en te d e d u ros y resisten tes irlan d e­
ses. L levaban estan d artes co n lo s n o m b r e s d e sus resp ectivos
cand idatos.
El propósito d e cada g ru p o era asegurar a sus a m igos el a cceso a
los lugares d e votación . Estos c elo so s e inteligentes c a m p e o n e s de
la libertad británica y d e las e le c c io n e s libres se e n c o n tra ro n co n
un a dura sorpresa p recisa m en te d ela n te d e la p lataform a. Se
produjo un ch o q u e violen to. Cada gru p o h izo gran d es esfuerzos
para derribar el estan d arte d e sus adversarios. P elea ro n c o n la
proverbial fero cid a d in glesa. La e x cita ció n se e x te n d ió en un
instante en todas d irecc io n es y garrotes, p u ñ o s y b a sto n es se pu ­
sieron en n erv io so m o v im ien to p o r tod a la m u ltitu d . Jam ás ha­
bía p resen ciad o u n a e scen a sem ejan te. La victoria p r o n to se in ­
c lin ó por los m arineros; los irlan d eses escap ab an ráp id a m en te
p or d o n d e p od ían m ientras los m arineros los p erseg u ía n im p la­
cables.
La votación q u e d ó , por c o n sig u ie n te, ab ierta e x clu siv a m en te a
los am igos d e H o o d y Wray. A las d os h oras, los irla n d eses, fu er­
tem en te reforzados, regresaron y se p ro d u jo u n n u ev o c h o q u e .
Vi a F ox, fren te a la p lataform a, a p la u d ie n d o y g rita n d o c o n to ­
d o su entusiasm o. Los m arin eros, a su vez, se viero n o b lig a d o s a
huir. Atrás q u ed ab an m u c h o s d e a m b os g r u p o s lastim ad os y e n ­
san grentados, q u e fu ero n llevad os a las casas ad yacen tes. U n ca­
ballero francés ju n to a m í, ex cla m ó , c o n justicia: “Si ésta es la li­
bertad, q u e el c ie lo libre a m i país d e e lla ”.346

En otras circunscripciones electorales inglesas era técnica­


mente ilegal que los miembros de las fuerzas armadas estuvieran
presentes en las inmediaciones de los lugares de votación, pero
Westminster, por ser la residencia del rey, estaba exenta de esta dis­
posición. Los candidatos apoyados por la Corte sacaban el mayor
provecho de esta excepción, movilizando tanto a soldados como a
marineros para intimidar a sus adversarios, que respondían enro­
lando a los fuertes irlandeses con garrotes y a los carniceros arma­
dos con los cuchillos de su oficio y largos huesos. Los votantes en
una elección en Westminster —y también los candidatos— a menu­
do tenían que hacer frente a una lluvia de palos, piedras, botellas,
cubiertos y macetas, para no m encionar a perros y gatos muer­
tos.347 La escena descripta por Watson era simplemente un episo­
dio de una elección en la que los comicios estuvieron abiertos du­
rante siete semanas, durante las cuales la gente de Westminster
hizo poco más que agruparse alrededor de la plataforma y partici­
par en las refriegas.
La violencia era endémica en las elecciones de Westminster,
pero de ninguna manera era excepcional en otras partes. En mu­
chas circunscripciones electorales, los tumultos eran un compo­
nente regular de las elecciones y a veces demoraban las votaciones
varios días o semanas. En Coventry, en 1780, dos de los candidatos
informaron que “antes de la apertura de los lugares de votación el
sábado, los propietarios que formaban parte de nuestro interés
(salvo algunas excepciones) fueron apartados por la fuerza del lu­
gar de votación; a muchos de ellos, una m uchedum bre de mine­
ros contratados para eso les arrancaron la ropa hasta dejarlos des­
nudos; otros fueron cruelmente golpeados y maltratados”. El
resultado fue que en ocho días de elecciones sólo se registraron
noventa y siete votos antes de que el ¿A^njf/abandonara el intento.
Un mes después abrió los lugares de votación otra vez y se necesi­
taron veinticinco días más para completar la elección.348
La violencia podía producirse no sólo en la elección misma,
sino también en la búsqueda de votos y festejos que la precedían y
en el posterior paseo en andas de los candidatos vencedores, co­
mo Hogarth registra en su famosa serie de grabados, inspirada en
las elecciones en Oxfordshire de 1754. En Northampton, después
de la elección de 1774, se informó que los candidatos vencedores
“no ofrecieron ningún festejo o licores después de su paseo en an­
das, por lo cual, su propia gente rompió las ventanas que tenían
cerca”.349 Y en Cork, en la misma elección, un candidato que pare­
cía ir ganando en las elecciones fue amenazado con ser golpeado
en su paseo triunfa! en andas si no proporcionaba más bebida.330
Elkanah Watson, el piadoso natural de Nueva Inglaterra, se
sintió sorprendido por la violencia que observó en Westminster, a
la que comparó con la “dignidad silenciosa” de una elección nortea­
mericana. Pero como muchos naturales de Nueva Inglaterra,
cuando Watson usaba la palabra “norteam ericano” realmente
quería referirse sólo a Nueva Inglaterra. Y es verdad que en Nue­
va Inglaterra, donde por lo general predominaba el voto secreto,
las elecciones eran asuntos muy tranquilos. Pero Watson mismo
había viajado por las colonias y los estados del sur y había presen­
ciado allí elecciones que en muchos aspectos se parecían a las
elecciones inglesas. En la corte de justicia de Hanover, en Virginia,
encontró a la multitud en el lugar de votación participando en va­
rias peleas a puñetazos, y apenas si evitó ser él mismo arrastrado a
una de ellas.351
Las elecciones en el sur eran viva voce, como en Inglaterra. La
campaña que las precedía duraba no más de cuatro o cinco sema­
nas, pero incluía el mismo dpo de convites con los mismos resulta­
dos: bueyes asados a la parrilla, barriles de ron y todo el mundo
completamente borracho. Los candidatos pronunciaban discursos
que alababan sus propias virtudes tanto antes como durante la
elección y viajaban por todo el condado para buscar los votos per­
sonalmente, tal como hacían sus homólogos ingleses. También
existía el mismo esfuerzo por atraer a personas influyentes que pu­
dieran conseguir otros votos, tal vez un gran propietario, o el due­
ño de una gran plantación que compraba y vendía productos de
plantaciones más pequeñas, un comerciante con deudores. En su­
ma, cualquiera que tuviera alguna ventaja sobre otro.
La elección propiamente dicha tenía lugar en el tribunal del
condado, el punto de convergencia para toda la gente que venía a
amontonarse desde todas partes del campo. Según un observador
francés, las multitudes en las elecciones de Virginia pasaban el día
en libertinaje y peleas, y los amigos de los candidatos, incluyendo
algunas mujeres, circulaban entre la multitud solicitando votos a
los de arriba y a los de abajo.352 Las elecciones en Carolina del Sur
eran bastante parecidas. Edward Hooker, un visitante de Connec­
ticut, describió una de la que fue testigo en Greenville como una
“escena de ruido, palabrerío y confusión [...]. Mucha bebida, mu­
chas palabrotas, muchas maldiciones y amenazas [... ] clamor, con­
fusión y desgracia5’. Las calles estaban atestadas con cientos de per­
sonas, incluyendo soldados de caballería. Un candidato ofrecía
whisky en un banco en medio de la calle “de pie detrás de él como
un barman detrás de su mostrador”, y todos los candidatos podían
ser vistos “distribuyendo whisky, cenas, conversación y arengas,
mientras sus amigos hacían esfuerzos similares por ellos al mismo
tiempo
En el sur, mientras los comicios estaban abiertos, los candida­
tos seguían esforzándose para conseguir votos si no en la calle,
sentados sobre una plataforma en el tribunal. En Virginia, cada vo­
tante tenía que subir a la plataforma para ser llamado por su nombre
por el sheriff y anunciar su voto. El candidato al que había votado le
agradecía entonces personalmente. La elección normalmente no
duraba más de un día y no había paseo en andas del ganador. Pero
generalmente había después un convite a una barbacoa, pagada
por el ganador.3:54
En la mayoría de las elecciones coloniales de Virginia, como
en la mayoría de las inglesas, aunque no había prácticamente nin­
gún asunto aparte de la popularidad personal de los candidatos,
los sentimientos a m enudo se exaltaban y la violencia era bastante
común. Por ejemplo, en 1742 en el condado Orange, el sheriff se
las arregló para m antener el orden sólo poniendo a asistentes con.
espadas desenvainadas en la puerta del tribunal. A pesar de esta
precaución, un votante se las arregló para arrojar a un asistente
por la puerta y quitarle la espada. La gente que estaba por ahí ayu­
dó al asistente y éste recuperó su lugar, pero hacia el anochecer la
multitud de todas maneras entró en tropel, según el sheriff “de
manera estruendosa y todos borrachos. Uno de ellos saltó sobre el
escritorio del secretario y se puso a bailar entre los papeles, de mo­
do que el sheriff no pudo despejar el lugar, ni los empleados del
juzgado pudieron continuar con la votación”.355 En el condado de
Caroline, en 1736, Jonathan Gibson fue elegido después de hacer
que veintiséis de sus amigos le dieran una paliza a cualquiera que
propusiera votar por su adversario, John Martin. Cuando Martin
más adelante demandó por agresión con lesiones, el jurado se ne­
gó a otorgarle un pago por daños.356
Aunque el advenimiento de la independencia trajo muchos
cambios políticos a los estadounidenses, no cambió el carácter de las
elecciones en el sur. En Maryland, en la elección de la Convención
del estado que ratificó la Constitución, los votantes de Baltimore par­
ticiparon en una reyerta comparable a una elección en Westminster.
Según un informe, una multitud federalista, incluyendo “un cuer­
po de marineros [...] y un muy grande núm ero de personas sin
derecho a voto [...] se apoderó de los lugares de votación a la ho­
ra señalada para tomar los votos, y allí se quedó todo el día y TODOS
LOS ACCESOS A LA PLATAFORMA QUEDARON A SU DISPOSICIÓN”. AI día si­
guiente los antifederajistas tomaron e] control por un tiempo ‘‘pe­
ro fueron obligados por la fuerza a abandonar el lugar, y muchos
de ellos fueron golpeados, groseramente insultados por personas
no votantes, alentadas y ayudadas por otros”. Los federalistas afir­
maron que sus adversarios fueron igualmente violentos, pero de
todas maneras aseguraron “que nunca vieron una elección entre
varios candidatos realizada con más paz, orden y decoro”, un sig­
nificativo comentario acerca de lo que ocurría en las elecciones
con contendientes en el sur.357
La adopción de la Constitución no efectuó una reforma. Las
elecciones para el nuevo gobierno federal se parecieron mucho a
las que se realizaban durante el viejo gobierno colonial. Los candi­
datos de Carolina del Sur descriptos por Edward Hooker en aque­
lla escena de ruido, griterío y confusión no habían estado compi­
tiendo por un cargo local o del estado, sino por un escaño en la
Cámara de Representantes de los Estados Unidos. Y los registros
de esa Cámara contienen una muy detallada y esclarecedora des­
cripción de las costumbres electorales del sur. Se la puede encon­
trar en el informe de una comisión del Congreso que investigaba
la elección de Francis Preston a la Cámara de Representantes de
los Estados Unidos en 1794 en el distrito de Virginia, que incluía
los condados de Montgomery, Washington y Lee.358 El adversario
de Preston. Abram Trigg, había hecho un reclamo a la Cámara argu­
mentando que muchos de sus partidarios habían sido intimidados y
se les había impedido votar con violencia.
La comisión del Congreso para las elecciones escuchó las
pruebas e hizo una recomendación a la Cámara, en la que se ex­
ponían los hechos, que no parecen haber sido tema de ninguna
objeción seria. Francis Preston había sido elegido por una mayo­
ría de sólo diez votos. Y el hermano de Preston, William, un capi­
tán del ejército federal, había asistido a la elección en el condado
de Montgomery con sesenta o setenta soldados a su mando. Trigg
d e m o s tr ó q u e e l c a p it á n P r e s t o n h a b ía h e c h o m a r c h a r a su s s o ld a ­
d o s tr e s v e c e s a lr e d e d o r d e l tr ib u n a l y lu e g o lo s h iz o d e sfila r u n a y
otra v e z p o r e l fr e n t e , d e s d e d o n d e a m e n a z a b a n a a q u e llo s q u e ib a n
a votar p o r T r ig g . T r ig g h iz o su p r e s e n t a c ió n y la c o m is ió n , d e s p u é s
d e a n a liz a r la s p r u e b a s , a c e p t ó q u e lo s s o ld a d o s , s i g u ie n d o las in s­
t r u c c io n e s d e P r e s to n , h a b ía n a c tu a d o r e s p e c t o d e lo s v o ta n t e s d e
u n a m a n e r a q u e a fe c t ó e l r e s u lta d o d e la e le c c ió n . E s p e c íf ic a m e n t e ,
la c o m is ió n e n c o n t r ó lo s ig u ie n t e :

q u e a lg u n o s d e ellos a m en a za ro n c o n g o lp ea r a cu a lq u ier per­


so n a q u e llegara a votar e n favor d e l d em a n d a n te; q u e u n o de
los so ld a d o s g o lp e ó y d e r r ib ó a u n m agistrad o p r e se n te en la
m e n c io n a d a e lec ció n ; q u e tres so ld a d o s se u b icaron en la p u er­
ta d e l trib u n al n e g á n d o se a d ejar en trar a un v o ta n te p o rq u e
d ecla ró q u e votaría p o r el d em a n d a n te; q u e m u ch a s d e las p er­
so n a s q u e v en ía n d el c a m p o estab an in satisfech as c o n la c o n ­
d u cta d e los so ld a d o s, p u es p ro d u cía n altercados en la e le c c ió n
en tre lo s so ld a d o s y las p erson as d el ca m p o , los p rim eros en fa­
vor d e l m ie m b r o actu a n te y lo s se g u n d o s en favor d e l d e m a n ­
d a n te, te rm in a n d o to d o e n un v io le n to e n fr e n ta m ie n to en tre
e llo s d e sp u é s d e q u e lo s lu g a res d e v o ta ció n fu e ro n cerrad os;
q u e a lg u n o s d e los so ld a d o s q u e fu ero n lu e g o in te r ro g a d o s
acerca d e p o r q u é se d e c ía q u e ello s iban a g o lp e a r a c u a lq u ie­
ra q u e votara p o r T rigg re sp o n d iero n “q u e era su d eb er o b e d e ­
c e r ”. Q u e , a u n q u e era d u d o so q u e a lg u n o d e los so ld a d o s estu ­
viera arm a d o e n el trib u n al, sin em b a rg o p a rece q u e, e n el
m o m e n to d e la p elea , d esp u és d e la e le c c ió n , el capitán P re s ió n
ten ía un a espada y u n a daga; y q u e, cu an d o los sold ad os fuerou
r ed u cid o s p o r la g e n te d el ca m p o y se retiraron a sus cuarteles,
lo s sold ad os h icieron algu n os disparos c o n arm as de fu eg o b a ria
la g e n te del cam p o.

L a c o m i s i ó n a c e p t ó q u e t o d o e s t o e r a c ie r t o y p a s ó a h a c e r
u n a r e c o m e n d a c i ó n q u e p a r e c e r a z o n a b le . D ic e así: ;‘q u e la e le c ­
c ió n f u e in d e b i d a m e n t e e in j u s t a m e n t e p e r tu r b a d a p o r la c o n d u c ­
ta t u r b u le n t a y a m e n a z a d o r a d e lo s s o ld a d o s , y q u e el d e m a n d a n ­
te, q u e p e r d ió su e l e c c i ó n s ó lo p o r u n a m a y o r ía d e d ie z v o to s, n o
ha tenido esa oportunidad justa de obtener los sufragios de las
personas de ese distrito, a lo que todo candidato tiene derecho”.
La respuesta de los representantes al informe de la comisión
es uno de los más esclarecedores pasajes en el registro de los pri­
meros debates en la Cámara de Representantes de los Estados
Unidos. El primero en hablar fue Thomas Scott, de Pensilvania.
Dijo que “No podía, desde lo más profundo, ver la más mínima ra­
zón para invalidar la elección del señor Preston, ni podía com­
prender ni concebir sobre qué fundamento tan extraña idea había
sido lanzada”. Sobre la conducta del herm ano del señor Preston,
el capitán, declaró que fue “la de un sabio”. En cuanto a los solda­
dos, “tenían el derecho de estar allí, pues tenían el mismo derecho
de todo ciudadano estadounidense de dar sus votos en la elección
de un representante”. Nathaniel Macón, de Carolina del Norte es­
tuvo de acuerdo con Scott. No podía ver que ninguna ley hubiera
sido violada.
Cuando William Smith de Carolina del Sur intentó defender el
informe de la comisión, recibió la inm ediata respuesta de Sa­
muel Smith, de Maryland, quien expresó su asombro de que Wi­
lliam Smith se molestara tanto por un tum ulto en una elección.
Samuel Smith había revisado las pruebas y no había encontrado
nada fuera de lo usual. “Se ha dicho mucho”, se quejaba, “sobre la
enormidad de derribar de un golpe a un juez de paz, y en el infor­
me sobre este asunto, se habla como si el magistrado hubiera esta­
do en el tribunal en su carácter oficial [...] él estaba ahí, ebrio, se­
ñor; y él dio el primer golpe, señor, al hombre que lo derribó”. Y
“en cuanto a la amenaza de los soldados, [decir] que podían gol­
pear a alguno de los votantes del coronel Trigg, es muy diferente a
aseverar que lo hicieron. Si un hombre se hubiera acercado al señor
S. en la calle y le hubiera dicho: ‘Señor, voy a golpearlo’, el señor S.
podría golpear a ese hombre; pero si él solamente dijera: ‘Puedo
golpearlo, señor’, la expresión sería muy diferente”.
En pocas palabras, Samuel Smith “declaró que no sabía de
ninguna elección en los estados del sur donde no hubiera habido
un poco de desorden. Lamentaba, por el honor de su parte del país,
dar esa descripción a los representantes del este [es decir, de Nueva
Inglaterra], pero para ser justos con el señor Preston, deben ser
informados de que una elección en el sur es algo muy diferente de
lo que es en sus tierras”. No fue éste el final de la lección sobre la
política en el sur. En las pruebas ante la Cámara, se había declara­
do que una persona había sido vista en el tribunal con un garrote
bajo su abrigo.
“Pero, señor”, dijo Samuel Smith a Willian Smith,

su p o n g o q u e q u in ie n to s d e m is v o ta n tes te n ía n g a rro tes bajo


sus abrigos; d e m o d o q u e si esto es su fic ie n te para an u lar u n a
e le c c ió n , la co m isió n p u e d e em p eza r p o r an u la r la m ía. Si la
C om isión va a an u lar cad a e le c c ió n d o n d e se vea a p erson as
ebrias, ten d rá m u ch o trabajo en tre m an os, señor. ¿C óm o se rea­
lizan las e le c c io n e s para lo s rep resen ta n tes d el Sur? U n h o m b re
d e in flu e n c ia s lleg a al lu gar d e la e le c c ió n a la cab eza d e d o s­
cien to s o trescien to s d e sus am igos, y p o r cierto , e llo s n o p erm i­
tirán, si p u e d e n evitarlo, q u e a lg u ien d e la otra parte en treg u e
su voto, m ien tras estén allí. Era in d u d a b le m en te u n a m uy m ala
c o stu m b re, y se g u ra m e n te so rp ren d erá m u c h o a un m iem b ro
d e esta C ám ara q u e ven g a d el Este; p ero es la co stu m b re, y to­
d o el m u n d o sabe q u e es así. Por lo tanto, es m uy in ju rioso sos­
te n e r q u e la co n d u c ta d el capitán P reston es un fu n d a m e n to
para anu lar la e le c c ió n .

Pero la réplica final a William Smith y al informe que había


tratado de defender vino de Alexander Gillon, otro miembro de
Carolina del Sur, que reveló que había habido un tumulto en la
elección del propio William Smith, “y en su propio favor [...] el se­
ñor Gillon no veía, por lo tanto, ninguna razón para hacer tanto
alboroto por esta elección en particular, cuando otras eran tan
malas, o muchísimo peores”. Se pronunciaron otros varios discur­
sos, pero el encargado de registrar las actas los encontró demasia­
do tediosos como para incluirlos. Cuando finalmente la cuestión
pasó a votación, la petición de Abram Trigg y la recomendación
de la comisión sobre ella fueron rechazadas por unanimidad.
Francis Preston conservó su escaño.
En ninguna de estas elecciones del siglo xvm, sea en Inglate­
rra o en Norteamérica, la contienda tenía mucho que ver con los
principios. Abram Trigg y Francis Preston provenían de dos de las
familias más ilustres del condado de Montgomery, y no diferían
demasiado entre ellos en cuestiones políticas. En el momento de
la contienda electoral de 1794,James Madison y ThomasJefferson
estaban organizando la oposición republicana a los federalistas en
el Congreso. Francis Preston los respaldaba en ese esfuerzo. En
una elección posterior, cuando Trigg por fin logró ganarle el esca­
ño a Preston, Trigg también apoyó a los republicanos.359
No todas las contiendas electorales eran tan carentes de temas
de fondo. Cuando los caballeros hacendados hacían campaña
contra los cortesanos o contra candidatos apoyados por los gigan­
tes comerciales y financieros, entonces sí podía haber en ello algo
más que una opción entre Fulano y Mengano. Pero con mucha
frecuencia lo que un candidato consideraba que podía ser bueno
para el condado o para el país se parecía mucho a lo que decía el
otro. Es más, en muchos casos los candidatos ni siquiera exponían
sus opiniones, si es que tenían alguna. Para volver a nuestra cues­
tión, pues, ¿qué ocurría en esas elecciones, además de la elección
de Fulano en vez de Mengano?
La respuesta nos lleva otra vez a la naturaleza de los “intere­
ses” contrapuestos. Un interés, como hemos visto, era una colec­
ción de votantes unidos por varios lazos a algún patrón o amigo,
lazos que podían ser etiquetados como económicos, sociales, emo­
cionales o de costumbre, o lazos que resultaría muy difícil etique­
tar. Eran lazos que obligaban tanto al protector como al protegido,
lazos que podían marchitarse con facilidad si no eran cultivados
entre una elección y otra, y debían ser cultivados al máximo para
ser puestos a prueba en el momento de la elección. La campaña
por parte de los candidatos aspirantes antes de la elección era a la
vez un medio para medir la dimensión real del interés y el mo­
mento de fortalecerlo y ampliarlo. En la búsqueda de votos, el can­
didato o sus amigos iban de casa en casa pidiendo apoyo, acompa­
ñados por todos los miembros de su interés a los que pudiera
convencer para unirse a la procesión. La esperanza era sumar se­
guidores tanto por el efecto de arrastre, como por halagos perso­
nales, promesas, obsequios o condescendencia. El tamaño de la
procesión podía ser crucial para su éxito.360
Si la campaña fracasaba, si mostraba que el interés de: un can­
didato o el grupo de intereses unidos en su nombre era insuficien­
te para ganar la elección, podía retirarse y dejar el c a m p o Ubre y
sin disputa a sus adversarios. Si continuaba con la contienda, debía
estar dispuesto a aumentar las lisonjas, las caricias y los convites, a
conseguir la ayuda de algunos de sus amigos que pudieran conse­
guir votos que estuvieran fuera de su alcance. Una elección se con­
vertía en una prueba de influencias, de la habilidad de una persona
para influir a otra.
El choque de intereses en una elección, dado que era una
prueba de influencias, era, pues, en alguna medida una exhibi­
ción del proceso político en su forma más elemental. Y las oportu­
nidades que brindaba para el ejercicio del talento político iban
más allá de aquellos que ganaban o perdían el cargo oficial en la
elección. El interés que controlaba una elección con frecuencia
estaba en manos de alguien que no era candidato, sino que dirigía
a sus seguidores hacia un lado o el otro. Los Pares del Reino no
podían ocupar un lugar en la Cámara de los Comunes, pero mu­
chos de ellos tenían poderosos intereses en más de un distrito. Los
Pares, por supuesto, también tenían, de todas maneras, poder po­
lítico por derecho propio en la Cámara de los Lores; lo que es más
importante es el ejercicio de talento político por parte de aquellos
que no ocupaban o no podían ocupar un cargo, la posibilidad de
compartir el poder por parte de aquellos que no podían oficial­
mente aspirar a él de ninguna manera.
En este sentido, el papel desempeñado por las mujeres en las
elecciones del siglo xvm es instructivo.361 Las mujeres, por supues­
to, no podían votar ni ocupar cargos. En el manejo habitual del
gobierno no desempeñaban ningún papel oficial, salvo que un ac­
cidente de nacimiento hiciera que alguna de ellas fuera reina. Pero
las mujeres eran pública y abiertamente activas en el nivel de los ci:
mientos de la política, en el manejo de los intereses y en la actividad
durante las campañas electorales que ese manejo requería. Sarah,
duquesa de Marlborough, tenía intereses tanto en Oxfordshire co­
mo en Hertfordshire, que conservó desde el momento de la muerte
del marido, en 1722, hasta su propia muerte, en 1744. Dorothy Lut-
trell manejaba el interés de la familia en Minehead (Somerset) y
en general estaba en condiciones de decidir la elección de por lo
menos un miembro.362 Lady Bute heredó el interés de su padre en
el municipio de Bossiney (Cornualles) a su muerte, en 1761, y lo
mantuvo durante los siguientes veintitrés años.363 Lady Orford po­
seía intereses en dos municipios de Cornualles y Devonshire en las
décadas de 1750 y 1760. Entregó su interés en el municipio de De­
vonshire a su hijo en 1767, pero continuó ejerciendo influencia en el
de Cornualles hasta su muerte, en 1781.364 Lady Francés írwin here­
dó de su marido un importante interés en Horsham (Sussex) en
1778, y mantuvo el control del municipio hasta su muerte, en 1807,
a pesar de los esfuerzos del duque de Norfolk por arrebatárselo
(gastó más de 70.000 libras en el intento).365
Otras mujeres participaban activamente en las campañas elec­
torales de los candidatos de su municipio, aun cuando no tuvieran
ellas mismas un interés. Cuando el tercer duque de Marlborough
decidió patrocinar a dos candidatos en la elección en Oxfordshire
de 1754, lady Susan Keck se convirtió prácticamente en su direc­
tora de campaña. Susan Keck era la esposa de Anthony Keck, a
quien Marlborough estaba haciendo elegir por el municipio de
Woodstock, en el que el duque tenía su único interés. Ella no tuvo
que hacer campaña a favor de su marido, pero tenía gusto y talen­
to para la política y durante un año antes de la elección recorrió
todo Oxfordshire recogiendo votos para los candidatos del con­
dado de Marlborough.366 En la elección de Suffolk en 1767, lady
Sarah Bunbury hizo campaña en una parte del condado para su
marido mientras él se ocupaba de otra. Un observador calculó que
“hace unos días ella sola aseguró 94 de los 100 votantes”, y continua­
ba, “sólo me sorprende que los seis restantes pudieron resistirse a
una tan encantadora propagandista de campaña”.367
En la contienda entre whigs y tories a principios del siglo xvin
las damas de la familia de Verney participaron activamente en
nombre de sus maridos y se encontraron con oponentes femeninas
igualmente activas.368 Una m ujer de buena familia de Yorkshire,
Jane Osbaldeston, participó tan activamente en las elecciones del
condado en 1807 que cuando sus candidatos ganaron los habitantes
de Maltón, según el York Herald, “la llevaron en procesión triunfal
por toda la ciudad, precedida por una excelente banda de música,
con una bandera con flecos dorados ondeando delante de ellos,
en medio del tañido de las campanas y mil aclamaciones del gru­
po vencedor”.369
Aunque la participación femenina en las campañas electorales
probablemente n o era general, ciertamente no era algo inusual, in­
cluso en los distritos más grandes. En la elección de Westminster en
1774, la duquesa de Northumberland arengaba a la muchedum­
bre de Covent Carden diariamente para que votara por su hijo,
que estaba en ese momento con el ejército británico en Boston.
Logró hacerle ganar la elección, a pesar del apoyo dado a sus ad­
versarios por el conocido y casi invencible Jo h n Wilkes.370 En la
elección de Westminster observada por Elkanah Watson en 1784,
la duquesa de Devonshire, una famosa belleza, fue la principal ac­
tivista de la campaña a favor de Charles James Fox. Los adversarios
de Fox se quejaban de que ella “era en realidad la candidata”. Y
durante las siete semanas de la campaña para la elección se la pu­
do ver diariamente yendo de una tienda a la otra, pidiendo los vo­
tos de los comerciantes y, según decían, pagando diez veces el va­
lor de su mercadería, así como también regalándoles besos y
también algo más que besos. La duquesa era ayudada por su her­
mana, lady Duncannon, y un nutrido grupo de otras damas no­
bles, mientras que las seguidoras femeninas de los otros candida­
tos eran conducidas por la señora Albinia Hobart, conocida
vulgarmente como “Madame Grasa”, cuyo enorm e tamaño y peso
hacían que sus favores fueran algo menos efectivos que los de la
duquesa.371
La duquesa también tuvo que ver en una menos conocida
contienda electoral ese mismo año en St. Albans (Hertfordshire),
donde su madre, lady Spencer, dirigía la campaña de un candida­
to contra un adversario patrocinado por otra dama noble. Con la
ayuda de la duquesa, el candidato de lady Spencer ganó, como ganó
Fox en Westminster.372
También en Norteamérica las mujeres participaban activa­
mente en las campañas. En 1732, cuando Andrew Galbraith se
presentó para un escaño en la asamblea de Pensilvania por el con­
dado de Lancaster, su esposa, según un relato contemporáneo,
“montó su yegua favorita, Nelly, se ajustó una espuela al tobillo y
partió, con su capa roja ondeando en el viento, a recorrer el con­
dado en nombre de Andrew”. Y en el mismo condado, en 1742, un
candidato derrotado se lamentó del hecho de que Susannah
Wright se le hubiera opuesto de manera tan eficaz. “¿Puede al­
guien creer”, se preguntaba, “que Susy pudiera actuar de manera
tan poco apropiada y femenina como para preparar ella misma
esas cosas infames [es decir, la propaganda de campaña] y presen­
tarse, como hizo en Lancaster, en una habitación del piso alto de
una posada y bar, después de haber hecho poner una escalera has­
ta la ventana para distribuir allí las mentiras y las boletas durante
todo el día de la elección?”.373
Elkanah Watson, que describió la violenta elección de 1784 en
Westminster, nos ofrece un divertido ejemplo de una mujer en cam­
paña en Carolina del Norte. En 1786 Watson estaba de visita en Wa~
rrenton el día de la elección, y mientras miraba a la multitud que se
arremolinaba frente al tribunal, un irlandés que había conocido po­
co antes le preguntó: “¿Ha visto el espectáculo?”. A lo que Watson
respondió: “¿qué espectáculo?” El irlandés le pidió que lo siguiera y
le mostró a una norteamericana, la señora Hobart:

N os abrim os p aso en tre la m u ch e d u m b r e , d o n d e se m ezcla b a n


resp etab les h a c e n d a d o s p la n ta d o res c o n algu n as m ujeres.
“¡A llí!”, dijo. “¿Ha visto u sted a lg o sem ejan te?”, y señ a ló a la m u ­
je r m ás ob esa q u e h e c o n o c id o e n m i vida; y lo q u e era m ás sor­
p ren d en te, parecía ser u n a activa d irig en te en las e le c c io n e s.

Watson, desconcertado por lo que veía, lo señaló a un caballe­


ro del lugar, que no hizo ningún comentario sobre el asunto, pero
lo invitó a cenar al día siguiente en su plantación. Allí, Watson se
sintió avergonzado al descubrir que la obesa dama presidía la reu­
nión. Era la madre de su anfitrión y rápidamente hizo que él se
sintiera cómodo. “Jamás he conocido”, dijo, “una anciana dama
más sensible y llena de vida. Era una gran política y me aseguraban
que tenía más influencia política que cualquier hombre en su con­
dado, y la usaba con grandes resultados”.374
Las mujeres que se involucraron tan notoriamente en las elec­
ciones tanto en América del Norte como en Inglaterra, eran todas
probablemente de la clase alta, y el rango social que les daban sus
maridos o sus padres probablem ente contribuía a la influencia
que ejercían. De todas maneras, había algo más, algún dpo de ta­
lento que iba más allá de la clase social o del género. No todas las
mujeres lo tenían o querían tenerlo. Y lo mismo se puede decir de
los hombres. La habilidad de manejar los votos iba más allá de la
clase social. Alguien que no tuviera prestigio social, ni poder eco­
nómico, ni incluso el derecho a votar, podía tener elocuencia, fue­
ra para la im prenta o para el discurso, capacidad para la intriga o
los halagos, o lo que hiciera falta para el talento político. Por un
tiempo, durante una elección, esa persona podía gozar de una in­
fluencia que de otra manera, dada su posición habitual en la socie­
dad, no sería posible.
Así como una elección daba energía de esa manera a los talen­
tos políticos de hombres y mujeres, aparte de los candidatos para los
cargos, también arrastraba al proceso político a un gran número de
personas que supuestamente estaban excluidas del “mundo político”
integrado por los votantes. Es difícil precisar hasta dónde las eleccio­
nes y las campañas afectaban a aquellos que no tenían derecho al vo­
to, pero, otra vez, el papel de las mujeres es sugestivo. En las ilustra­
ciones políticas inglesas del siglo xvili, las mujeres no aparecen sólo
haciendo campaña o como parte de la multitud frente a las platafor­
mas de los candidatos, sino también como directas receptoras de las
atenciones de los buscadores de votos y los candidatos. Un grabado
de 1734 atribuido a Hogarth muestra a sir Robert Fagg, candidato de
Steyning (Sussex), ofreciendo un soborno a una mujer.375 En otro
grabado del mismo año Los humores de una elección en el campo5uno de
los candidatos está entregándole a una mujer una bolsa grande con
la leyenda “50” [libras], que ella mete dentro de su delantal. En otra
parte del mismo grabado, un candidato halaga a una mujer embara­
zada y le ofrece ser padrino del niño. Y en otra sección, los candida­
tos están agasajando a los votantes y a sus esposas, y dándoles regalos
a las mujeres y a los niños.376
Que efectivamente se daban sobornos a las mujeres está con­
firmado por el testimonio ofrecido en los casos de elecciones con­
trovertidas ante la Cámara de los Comunes 3/7 y por los registros
que los candidatos llevaban de los gastos de la campaña electoral.
Por ejemplo, en una lista etiquetada “Dinero pagado en Wendover
[Buckinghamshire] el lunes 13 de octubre de 1740 cuando el se­
ñor Hampden recorrió la ciudad en busca de votos”, entre las die­
ciocho personas a las que se pagó, había tres mujeres. Presumible­
mente se les pagó para obtener los votos de sus maridos, pero a
algunas se les puede haber pagado porque podían influir en otros
votos.378 En los Ellesmere Papers de la biblioteca H untington está el
registro de una campaña en Amersham (Buckinghamshire) en la
que los votantes están listados junto con sus preferencias entre
tres candidatos. En la parte posterior del registro hay otra breve
lista titulada “Influencias” con catorce nombres de personas que
se supone tenían influencia, ju n to con los nombres, que van de
una a seis personas, de aquellos sobre los que podían ejercer esa
influencia. Uno de los catorce es la “esposa de Windfíelds”, a
quien se le atribuye poder influenciar a William Oakiey y a William
Hobbes.379
Los votantes y aquellos que podían influenciarlos eran los
principales beneficiarios de las elecciones. Pero los candidatos y
sus patrocinadores no podían permitirse confinar su condescen­
dencia dentro de estrechos límites. En la elección de 1784, mien­
tras la duquesa de Devonshire repartía sus favores por todo West­
minster, los candidatos de Buckinghamshire estaban haciendo
campaña en ese condado de la misma amplia manera. William Cow-
per, el poeta, que no tenía voto en el condado y en su propia opi­
nión, ninguna influencia, registró la visita de uno de los candidatos
en un bien conocido pasaje:

E stábam os sen ta d o s ayer d esp u és d e la cen a , las d o s dam as y yo,


m uy tran q u ila m en te, y sin el m e n o r te m o r d e n in g u n a in tru ­
sión en nu estro c ó m o d o salón, u n a d a m a tejie n d o y la otra ha­
cien d o redes, y lo s cab alleros o v illan d o h ilo , cu a n d o , para n u es­
tra in d escrip tib le sorpresa, u n a m u c h e d u m b re ap a reció an te la
ventana [ ...] . En un m in u to el p atio, la co c in a y el salón se lle ­
naron. El señ o r G renville avanzó h acia m í y m e d io la m a n o co n
u n grado d e cord ialid ad q u e era su m a m en te sed u cto r Le
dije que yo n o votaba allí, cosa q u e a cep tó fácilm ente. L e asegu­
ré q ue n o tenía n in g u n a in flu en cia, lo cual n o se sintió in clin ad o
a creer, y m en o s a dudar, p o r q u e el se ñ o r A sh b u rn er, el v en d e­
dor d e p añ os, d irig ié n d o se a m í e n e se m o m e n to , m e in fo rm ó
que ten ía m u ch ísim a in flu en cia . C o m o su p u se q u e n o p o d ía yo
ser d ep o sita rio d e sem eja n te teso ro sin sa b erlo , m e aven tu ré a
con firm ar m i p rim era a sev era ció n d ic ie n d o q u e si yo ten ía al­
g u n a in flu e n c ia , m e era im p o sib le im a g in a r d ó n d e p o d ía es­
tar o en q u é co n sistía . A sí te r m in ó la r e u n ió n . El se ñ o r G ren-
ville m e ap retó la m a n o otra vez, b e só a las d a m a s y se retiró.
B esó a la criada e n la c o c in a y e n g e n e r a l p a re c ía u n ca b a llero
m uy en ca n ta d o r, p r ó d ig o en b eso s y a m a b le.380

El señor Grenville mostraba su bondad no sólo al besar a las da­


mas, sino también en agasajar a los votantes en todo el condado. Las
facturas que pagó indican que mientras ofrecía banquetes a los pro­
pietarios en las posadas, con prodigiosas cuentas de vino y cerveza,
también pagaba pequeñas sumas por “cerveza para el pueblo” y
“por cerveza dada a los muchachos de Stowe y Dadford en tiempos
de elecciones”. El día de la apertura de la elección propiamente di­
cha, una multitud destruyó la tribuna y los lugares de votación, y las
facturas de Grenville incluían 3 libras y 19 chelines de “pan y queso
entregados a la m ultitud”, así como 84 libras, 5 chelines y 6 peni­
ques y medio “por levantar la tribuna y los lugares para la votación y
para reconstruir esos lugares después del tum ulto”. Dos años des­
pués todavía estaba pagando por los ochenta policías tem pora­
les, nombrados después del tumulto, que custodiaron las eleccio­
nes durante las siguientes dos semanas, que eran “hombres pobres y
la mayoría de ellos no tenían ni un penique para mantenerse”.381
Los convites que hacían que las elecciones resultaran tan cos­
tosas para los candidatos estaban expresamente prohibidos por
ley, así como estaba prohibida toda forma de soborno, pero las le­
yes tuvieron el efecto de difundirlos todavía más. Los candidatos
derrotados por lo general solicitaban a la Cámara de los Comunes
que declarara inválida la elección. Si se podía demostrar que el
candidato vencedor había sobornado a los electores, podría tener
problemas, sobre todo si sus amigos no tenían una mayoría en la
Cámara de los Comunes. Entre las maneras de eludir la ley estaba
la de invitar a todos.
Antes de que fuera dada a conocer la disposición formal que
llamaba a elecciones, era legal agasajar sólo a los votantes, pues la
elección todavía no había sido anunciada de manera oficial. Des­
pués de que las disposiciones formales fueran dadas a conocer, po­
día ser legal el convite si la generosidad no se limitaba sólo a los
votantes.382 Y al agasajar de manera indiscriminada el candidato
podría animar a sus beneficiarios a votar, tuvieran derecho o no.
En toda contienda cada lado seguramente iba a alegar que los vo­
tantes del contrincante incluían un núm ero crucial de votantes no
calificados.
De esta manera la emoción de una elección se extendía por
toda la población en general. Los desórdenes y las multitudes, co­
mo ya hemos señalado, eran un acom pañam iento común de las
elecciones. Pero muchas veces deben de haber tenido un aire fes­
tivo, pues otro ítem que aparece con regularidad en los papeles de
los candidatos es el de pagos a “campaneros”, así como a trompe-
tistas, tamborileros, violinistas, e incluso bailarines especiales. Ca­
da bando distribuía cintas y “favores” a sus partidarios. Y en la elec­
ción de 1713 en Buckinghamshire, en lo que bien puede haber
sido una costumbre muy común, dos de los candidatos (y tal vez
también los otros dos) entregaron directamente 5 libras “a los po­
bres de Aylesbury”, donde se realizaba la elección.383
Los festejos en las elecciones estadounidenses eran probable­
mente menos amplios que en las contiendas electorales inglesas, y
allí también la diversión se extendía más allá de los votantes pro­
piamente dichos. A los que participaban en las barbacoas y exten­
dían la mano para un whisky gratis no se les pedía que mostraran
credenciales. En la primera elección para congresistas de los Esta­
dos Unidos en un condado de Virginia, en 1789, un observador
informó que “no debía de haber menos de dos o tres mil personas,
entre hombres, mujeres, niños y negros” que se amontonaban para
disfrutar de un buey asado.384
De una manera u otra, entonces, una elección podía movilizar
masivamente a la población entera de una comunidad. También
podía dividir a toda una comunidad por la mitad, de arriba abajo, y
convertir las relaciones sociales cotidianas en un verdadero caos.
Daba lugar a que personas de cualquier nivel que pensaban igual y
estaban en el mismo bando se opusieran, denunciaran e incluso
atacaran a personas de todo nivel en el otro bando. Además ejer­
cía una influencia igualadora temporaria en las filas de cada ban­
do. Era un impulso para el ego, una posibilidad de codearse con
los grandes de la que cualquiera podía disfrutar con sólo adherir
a una u otra de las partes. Y el espectro de aquellos que tomaban
partido en una contienda electoral, fuera como votantes o mera­
mente como seguidores, era efectivamente amplio. Como lo dijo
un observador, “hombres poderosos y los auxiliares de esos hom­
bres, propietarios y hombres sin propiedad, hombres de honor y
hombres sin honor, mujeres alegres y mujeres valientes, mujeres
de rígida virtud y mujeres de virtud fácil, todos, todos enrolados
en la misma causa com ún”.383
Una elección era un tiempo en que los hombres comunes se
convertían en el centro de atención. La desesperada búsqueda
de sus votos los elevaba a una posición de im portancia que ellos
no podían siquiera soñar en otras circunstancias y rompía los es­
quemas de deferencia social que norm alm ente los ataban. En In­
glaterra, como hemos visto, el cultivo de un interés en un electo­
rado requería la atención personal del patrocinador y de
aquellos que podía patrocinar. Se consideraba un insulto que un
candidato o uno de sus socios cercanos no se encontrara indivi­
dualmente con cada votante y le pidiera su voto.386 Se esperaba
que las esposas de los candidatos también intervinieran en todo
esto y, al igual que sus maridos, se com portaran como si cada vo­
tante fuera su igual social. Así, por ejemplo, un artículo de un
periódico en la época de una elección mostraba a un típico pro­
pietario diciendo que los candidatos apenas si lo conocían antes
de la campaña pero “ahora... todo es ‘¡mi querido, Billy!, deme
su mano y su voto... Haga de mi casa, la suya... traiga a sus ami­
gos’... la señora de la casa hace reverencias... el señor se incli­
na... los criados bajan la cabeza y se deshacen en adulaciones”.
Otro artículo del periódico citaba las palabras de la esposa de
uno de los candidatos al lam entarse de las libertades que tuvo
que perm itirle a uno de los votantes difíciles: “Nada lo iba a con­
tentar”, decía, “salvo besarme, lo cual me vi obligada a perm itir
por miedo a perder su voto e interés”.38'
Para los candidatos y sus patrocinadores más influyentes, las
campañas electorales eran un momento de exaltación de la condes­
cendencia y la cordialidad. Un caballero tenía que ir por todas par­
tes dando 3a mano y pidiendo la aprobación de personas que nor­
malmente tenían que pedir la aprobación de él. Para obtener votos,
un hombre tenía que postrarse ante los votantes, quitarse el sombre­
ro ante personas a las que ni siquiera reconocería una vez que la elec­
ción hubiera pasado. Tenía que cenar con ellos, conversar con ellos,
y, sobre todo, hacerlos emborrachar y emborracharse con ellos. John
Trusler, un dramaturgo, reflejó esto en una farsa llamada La elección,
en el condado. En ella, uno de los seguidores de un candidato se com­
padece de él porque debe estar “levantado noche y día durante se­
manas sin interrupción, adulando, besando y halagando a las muje­
res, todo el día fumando, bebiendo y siendo obsecuente con todos”
A lo que el candidato añade a manera de respuesta: “Eso estaría
bien en ocasiones especiales y con ciertas personas, pero, estar
obligado a hacerlo con toda clase de gente, todos junto y por tan­
to tiempo —sastres, barberos, zapateros, hojalateros y herreros—,
y verse forzado a ser obsequioso con personas que las que uno no
puede ni ver”.388 Estas quejas muchas veces eras manifestadas por
candidatos reales y por los amigos aristocráticos que hacían la cam­
paña con ellos, como cuando algunos de los seguidores del duque
de Newcastle le dijeron que los votantes no se contentaban con que
fueran los criados a pedirle sus votos, “sino que esperaban ser atendi­
dos por personas de un nivel superior”, pues todo propietario se sen­
tía “como un caballero en esa ocasión y como un hombre de gran
importancia”.389 De la misma manera, David Hartley, con mucha ex­
periencia en campañas electorales, observaba en 1784 que durante
una elección el pueblo “debe ser tratado por lo menos como igual, y
por esta vez como superior. Hay que prestar atención al cálido apre­
tón de manos y a un poco de conversación”.390
Podía ser una tarea extenuante. Cuando Henry Savile se con­
virtió en candidato para la elección en la pequeña ciudad de Ne-
wark, en Nottiñghamshire, en 1685, llegó a la ciudad para descu­
brir que corría el rum or de que había apoyado un proyecto de ley
en el anterior Parlamento para limitar las diversiones en tiempos
de elecciones. Se apresuró a negar tan perjudicial acusación, pero
necesitó cuatro días de convites, en los que tragó, como le infor­
mó a su hermano, “más buena cerveza y mal vino del que uno ha­
bría pensado que un pueblo rural podía disponer”. No sólo tuvo
que proveer la bebida, sino también tuvo que participar en la be­
bida hasta quedar enfermo como un perro.391 Gilbert Spencer hi­
zo un sacrificio comparable por Henry Sidney en Bramber, infor­
mando a su superior que “usted se habría reído al ver cuán
complacido parecía estar yo al besar a mujeres viejas, beber vino
con mucha azúcar y grandes copas de brandy quemado, tres cosas
dañinas para el estómago, pero con una muy buena voluntad para
tener el honor de servir a usted”.392 Las personas con las que Savile y
Spencer bebieron sabían, por supuesto, que aquella fraternización
entre ellos era temporal. Había una actitud de simulación en ello,
una temporaria simulación de que las personas eran todas iguales,
cuando todo el mundo sabía que no lo eran.
El cambio de papeles, el espectáculo de rendir grandes pleite­
sías a los inferiores, era algo cómico y le daba a cada bando la opor­
tunidad de hacer ataques satíricos unos a otros. Un tema favorito era
el del ciudadano humilde pero sólido que alentaba al candidato a
humillarse en una falsa camaradería para luego declarar que no vo­
taría por alguien que era capaz de rebajarse tanto.393 Pero tales his­
torias sólo servían para señalar el hecho de que una campaña electo­
ral requería normalmente una conducta degradante. Era parte del
juego acusar al otro bando de hacer tal cosa, aun cuando el propio
grupo seguía haciendo lo mismo. Cuando mujeres aristocráticas ha­
cían campaña electoral se presentaban oportunidades todavía más
grandes para juegos satíricos acerca del cambio de papeles. La dama
que hacía campaña invitaba a la burla, no sólo por rebajarse ante los
inferiores, sino también por asumir el papel de un hombre. Lady Su-
san Keck, que galopaba por todo el condado en busca de votos para
los candidatos de Marlborough, recibió una bienvenida con estrofas
vulgares en las que la aclamaban como “Señor Susan” y le advertían
que tuviera cuidado con “ese ejercicio que podía irritarle las nalgas y
el cutis”.394
La vulgaridad era parte del juego y con frecuencia era llevada a
excesos que desafiaban todas las convenciones. En una elección en
Nottingham, en 1803, el candidato vencedor iba precedido en su
procesión en andas por varias mujeres jóvenes descriptas como
“lascivas y lujuriosas”, una de ellas “en estado de total desnu­
dez”.393 Las caricaturas que retrataban a la duquesa de Devonshire y
a Charles James Fox en 1784 se permitieron obscenidades que no
dejaban nada a la imaginación.396 Los comentarios irónicos de los
periódicos eran apenas más moderados. Se decía que las damas de
Fox “al encontrar que las artes hasta ahora fáciles de besar, persuadir,
etcétera, eran cada vez menos eficaces, han decidido buscar votos en
cueros'’r'9'1A Fox se lo describía “cantando y bebiendo con cuarenta
prostitutas semidesnudas”, mientras la duquesa “abrazaba y acaricia­
ba a los carniceros”.398 Se decía que ella ‘Visitaba con frecuencia una:
casa de placer” en un esfuerzo por conquistar al propietario, quien
declaró que votaría sólo si iba acompañado por ella en su propio ca­
rruaje.399Yabundaban los juegos de palabras acerca del cariño de las
damas por su miembro favorito. Las sugerencias de licencia sexual,
por groseras que fueran, eran lo que cualquier mujer en campaña
electoral debía esperar. Cuando damas nobles abandonaban los pa­
peles normalmente asignados a su sexo, era imposible saber hasta
dónde podían llegar, o por lo menos eso era lo que a sus adversa­
rios les gustaba deducir, especialmente cuándo no podían tener
de su lado un apoyo femenino propio que fuera comparable.
Se esperaba que las acusaciones que cada bando lanzaba con­
tra el otro en una campaña electoral fueran extravagantes. Se de­
cían y hacían cosas que no serían permitidas en otra ocasión, y era
de mal gusto ofenderse seriamente por ellas, aunque ocasional­
mente alguien lo hacía. En una elección en Maryland, en 1786, un
candidato encontró que las denuncias de la otra parte eran tan
ofensivas que después lo desafió a duelo. El desafío fue aceptado,
pero la persona desafiada expresó su sorpresa por el hecho de que
“un hombre se sienta molesto por algo que ocurrió en una campa­
ña electoral”.400 Se suponía que todos sabían que las invectivas de
campaña electoral no eran de verdad.
Incluso la violencia en el lugar de votación, aunque bastante
real como para intimidar, tenía algo de carácter ritual y no era
cuestión de acusar a alguien una vez que la elección había termi-
nado. Ya hemos señalado la negativa de un jurado del condado
Caroline en Virginia a otorgar una indemnización por daños y
peijuicios debido a una agresión por parte de los seguidores de un
candidato contra unos hombres que querían votar al otro candida­
to- Después de otra elección en Virginia, en 1736, cuando un can­
didato derrotado acusó a su adversario de intim idar a un elector,
sus vecinos lo criticaron por presentar “quejas tan frívolas”.401 Las
expectativas de los sureños respecto de las elecciones son eviden­
tes también en la complacencia de los miembros del Congreso del
sur respecto de la violencia de los soldados en la elección de Fran-
:cis Preston en el condado Montgomery en 1794 y en el testimonio
de uno de los testigos examinados en el caso. El había dicho que
los soldados intimidaron a la gente impidiéndoles votar por Trigg.
Pero cuando se le preguntó si un grupo no se había comportado
violentamente, respondió que “entraron con m ucha energía, pe­
ro no recuerdo nada que no fuera usual en las elecciones”.402 Aun
en la extraordinariam ente violenta elección de Westminster de
1784, cuando algunos de los principales alborotadores fueron lle­
vados ante un magistrado, éste los despidió con una admonición,
porque “un juicio serio podría sólo crear malestar y ampliar las di­
ferencias”.405 Y cuando un policía murió por un golpe con un pa­
lo, el jurado no declaró a nadie culpable, después de que el juez
que presidía prácticamente les había dado instrucciones en ese
sentido.404 Luchar para morir no era parte de lo que se esperaba.
Rara vez encontramos alguna mención de armas de fuego en los
relatos de violencia. Podía haber garrotes y cuchillas de carnicero,
pero no armas de fuego, podía haber m oretones y sangre, pero
ningún cadáver. Si alguien resultaba peligrosamente lastimado,
era por accidente. De ahí la renuencia de los tribunales a castigar
a los culpables; las reyertas en tiempo de elecciones no debían ser
tomadas en serio una vez term inada la elección.
Según los registros, parece claro que la pelea, ia violencia y la
intimidación eran una parte aceptada y esperada de una elección
y que se entendía que terminarían cuando term inara la elección.
La violencia en tiempo de campaña electoral era temporaria, algo
que sólo ocurría una vez y probablemente no era en realidad tan
violenta como se desprende de las extravagantes acusaciones y
contraacusaciones que los dos bandos se lanzaban uno a otro. No
era algo que iba a continuar de manera perm anente. Era en parte
violencia simulada, en parte actuada, una rutina que atraía a los par­
ticipantes sólo por un tiempo y terminaba abruptamente cuando la
elección concluía.
Sí estoy en lo cierto al percibir una especie simulación en las
elecciones del siglo xvin, que se advierte tanto en la fraternización
igualitaria como en el partidismo exagerado que las caracterizaba,
es posible alcanzar una mejor comprensión de su función política y
social considerando otras ocasiones en las que una sociedad se ha
permitido la simulación colectiva y la exageración del partidismo, o
de las emociones o de las conductas más allá de la vida cotidiana.
En algunos aspectos, las competencias deportivas ofrecen un:
paralelo. Las personas pueden volverse extremadamente partida­
rias y bulliciosas a favor de un equipo contra otro en el béisbol, fút­
bol americano, fútbol o cualquier otro deporte. Al aclamar gritan­
do al equipo que apoyan, personas de todas las clases sociales son
llevadas brevemente a una especie de fraternización. Aunque el
resultado de la competencia no afecta de ninguna manera su vida
cotidiana, los más entusiastas pueden incluso llegar a enfrentarse
unos a otros con puños y palos. Y los ganadores disfrutan de un
breve triunfo, no muy diferente de una victoria electoral. El para­
lelismo es evidente aun en el siglo xvtn. En 1791, el historiador de
Derby, Inglaterra, al denunciar a los partidos de fútbol, no pudo
pensar en ninguna actividad más vergonzosa para compararlos
que una elección. “He visto”, decía, “a este tosco deporte llegar a
las bárbaras alturas de una contienda electoral”.405
Hay otros paralelos en la vida provinciana inglesa contemporá­
nea, en las ferias, fiestas populares y festivales locales que marcaban
las estaciones, cuando las restricciones sexuales se aflojaban y las ba­
rreras de clase eran rotas por un momento “en una igualdad social
rústica y fácil”^06 Pero estas celebraciones no eran más que versiones
más leves de lo que puede ser el más instructivo paralelismo con una
elección del siglo xvin, es decir, el carnaval, no el parque ambulante
de atracciones común en América del Norte, sino las festejos que
precedían a la .Cuaresma en los países católicos. Este carnaval toda­
vía sobrevive en muchos lugares y todavía ocupa un lugar importan­
te en la vida de la comunidad, pero ha adquirido una muy diferen­
te función de la que tenían los festivales precedentes.407 Son los
carnavales más viejos, antes del siglo xix, los que pueden compararse
con las elecciones del siglo xviii.
El carnaval del período medieval o de comienzos de los tiempos
modernos provocaba en la comunidad un comportamiento-mucho más
escandaloso y un detallado ritual que las elecciones que nos ocupan.408
Pero los adornos del carnaval ponen de relieve más que oscurecen
el hecho de que la simulación era su característica básica y que, ai igual
que la simulación involucrada en la elección, significa un cambio de pa­
peles en los participantes. En un carnaval, la gente abandonaba los pa­
peles que representaba en la vida cotidiana y asumía otros durante los
festejos. Llevaban máscaras y trajes para destacar ese hecho. Participa­
ban en contiendas frívolas con aparente seriedad, carreras a pie, perse­
cución de animales o falsas batallas. Todo el mundo se emborrachaba.
;Muchas otras cosas fantásticas ocurrían, llenas de significados simbóli-
;eos relacionados con la fertilidad, la purificación y los ritos de pasaje.
Pero el corazón de los festejos era la violación de todo lo que era habi­
tual y restringido en la vida cotidiana, una reducción del orden al caos,
una deliberada insolencia.
El comportamiento de carnaval igualaba o superaba al peor de los
libelos inventados en las campañas electorales. Las mujeres enseñaban
sus pechos en público, los hombres levantaban las faldas de las mujeres,
los alborotadores iban de un lado a otro insultando a quienes estaban
en niveles superiores, llamándolos con apelativos que les habrían vali­
do la cárcel en cualquier otro momento. Era una temporada en que el
ratón se comía al gato, las ovejas se comían al lobo, el conejo le dispara­
ba al cazador (temas favoritos de los grabados populares). Era una tem­
porada para poner al mundo al revés y muy particularmente en lo que
se refería a las relaciones sociales. El peón que llevaba el arado se con­
vertía en señor noble, y el señor noble se inclinaba ante él. El gobierno
normal era reemplazado por el desgobierno. Se elegía un rey o señor
del desgobierno, con una corte de bufones, vestidos como bufones que
formaban su Consejo de Estado. Los pobres exigían y recibían tributos
de aquellos que los explotaban durante el resto de año. Los hijos casti­
gaban a sus padres. Todo tenía que ser lo contrario de lo que era nor­
malmente, y cuanto más osada fuera la inversión, más divertida era. To­
da ciudad o pueblo tenía su propia manera especial de hacerlo, de
burlarse del orden al que todos regresarían una semana más tarde.
Esta especie de juego y simulación ha ejercido una gran fascina­
ción sobre la gente en muchas sociedades diferentes. La momentá­
nea suspensión del reinado de un rey, sustituido por una persona del
más bajo origen como rey temporario u otros rituales de inversión de
papeles más elaborados pueden encontrarse hoy en algunos pueblos
asiáticos y africanos.409 El carnaval europeo, aunque probablemente
tenía orígenes paganos de algún tipo, se puede suponer que se desa­
rrolló dentro del mundo cristiano como un momento de diversión
antes de que una comunidad entrara en la austeridad de la Cuares­
ma. Pero como en los rituales del cambio de papeles en otras socieda­
des, cumplía otras funciones sociales que eran más profundas que la
mera diversión. En el nivel más elemental, permitía que las personas
escaparan de las restricciones del orden social por un momento para
actuar como si tuvieran capacidades y poderes que en realidad les
eran negados en la vida de todos los días. Robert Briffault, hace cin­
cuenta años, al describir festejos del tipo del carnaval, señaló que “la.
destrucción temporal de las distinciones de clases [...] la ilusión tran­
sitoria de abundancia y lujos permitidos al pueblo por generosidad,
la relajación de los rígidos códigos sexuales, todas estas cosas opera­
ban como poderosos elementos en el atractivo de las festividades pro­
gramadas y al mismo tiempo servían como válvulas de seguridad con­
tra los peligrosos efectos de las restricciones permanentes”.410 La
misma idea aparece en la mayoría de los estudiosos del fenómeno.
Keith Thomas, por ejemplo, ve los cambios de papeles en ciertas fes­
tividades como “explicables solamente en relación con el aflojamien­
to periódico necesario en una sociedad rígidamente jerárquica”.411
Le Roy Ladurie lleva la idea un paso más adelante cuando obser­
va que “si los hombres cambian los papeles durante el carnaval, es so­
lamente para reafirmar la fuerza y permanencia de la jerarquía so­
cial”.412 No era simplemente la liberación de las restricciones
permanentes que ayudaba a reafirmar la jerarquía social, era tam­
bién la delincación de lo que era correcto por medio de la exposi­
ción de lo contrario. Al poner al mundo cabeza abajo de manera ob­
via y deliberada por un tiempo, el carnaval les daba la oportunidad a
todos de reconocer y aceptar lo que era el mundo cabeza arriba una
vez que las festividades hubieran terminado. Las ratas no se comen
realmente a los gatos. Las ovejas no se comen realmente a los lobos.
Ylos aradores, si saben lo que es bueno para ellos, no van a intentar
por más de un día o dos actuar como si fueran señores nobles.
Por cierto, la lección sobre el orden social no siempre daba re­
sultado. Cuando las tensiones sociales eran demasiado intensas, el
carnaval podía convertirse en la ocasión de asustar de verdad a los
gatos y los lobos de la comunidad. Siempre había un borde filoso en
el cambio de papeles y en la competencia aparentemente frívola. Y
cuando una sociedad estaba madura para la revuelta, el carnaval la
activaba, como Le Roy Ladurie lo muestra en su descripción del car­
naval en Romans (Francia) en 1580. Pero normalmente una comu­
nidad seguía su camino con la estructura de poder reforzada por la
supervivencia del desafio de la simulación del carnaval.
Para decirlo de otra manera, uno podría decir que el carnaval
proporcionaba a la sociedad un medio de renovar el consentimien­
to al gobierno, legitimando (en un sentido amplio de la palabra)
una vez al año la estructura de poder existente. Quienes actuaban el
cambio de papeles, al poner fin a la actuación aceptaban la validez
del orden que habían desafiado de manera ritual. Al no transformar
la simulación en rebelión demostraban su consendmiento. Al desa­
fiar al orden social sólo de manera ritual, lo aprobaban.
Al sopesar la plausibilidad de esta línea de razonamiento, no de­
bemos olvidar la ubicuidad de los festivales religiosos que incluyen
cambio de papeles, ni la indiscutible conexión entre esas festividades
y los esfuerzos religiosos y mágicos para traer prosperidad a la socie­
dad que las realizaba. En un contexto religioso, el propósito de los
cambios de papeles era la renovación. El orden del universo era vio­
lado, reducido al caos por toda clase de licencias, para que luego pu­
diera ser restaurado en una nueva puesta en escena de la creación.
De este modo, la sociedad se purgaba y la vida empezaba de nuevo,
con su orden otra vez restablecido.413 Aunque el frenético carnaval
europeo era probablemente un pálido descendiente de un antepa­
sado pagano más frenético todavía, conservaba, de todas maneras,
un grado de poder. Renovaba el compromiso de los hombres con
Dios y de los súbditos con los gobernantes.
La similitud subyacente de una elección del siglo XVIII con el car­
naval se hace ahora evidente. Ambos se parecen no sólo en las obvias
manifestaciones externas —en el cambio de papeles, en el aspecto
de simulación de las competencias, en la extravagancia del partidis­
mo de causas artificiales, en el comportamiento y el lenguaje escan­
dalosos, en la embriaguez, en la violencia de la muchedumbre, inclu­
so en el aflojamiento de las restricciones sexuales—; no sólo en todos
estos atributos, sino también en una identidad de la función social.
Una elección también era una válvula de seguridad, un intermedio
en el que el humilde podía sentir un poder que de otra manera le
era negado, un poder que era sólo a medias ilusorio. Y era también
un ritual legitimador, un rito por el cual el pueblo renovaba su con­
sentimiento a una estructura oligárquica de poder.
De ahí la insistencia en que el candidato mismo o alguien del
mismo rango pidiera los votos a los humildes. La elección no cum­
pliría del todo con su propósito si los grandes de verdad no se vol­
viesen humildes por un tiempo. Ni tampoco cumpliría con su fun­
ción si el humilde no adoptara por un momento una actitud de
grandeza, no dando su voto automáticamente a quienes normal­
mente podrían reclamarle deferencia. De ahí también la partici­
pación de todo el pueblo de una u otra manera, si no era votando
o solicitando votos, por lo menos participando en los tumultos y
desórdenes, comiendo, bebiendo y bailando.
Sería demasiado decir que la elección era un sustituto del car­
naval. No tendría sentido llevar la analogía demasiado lejos. El car­
naval estaba profundamente arraigado en la cultura folclórica y
sus funciones eran probablemente más mágicas y religiosas que,
abiertamente por lo menos, políticas. Una elección, por otro lado,
era casi exclusivamente un asunto político, no de connotaciones
mágicas, ni estaba relacionada con ningún calendario religioso.414
Tampoco mostraba siempre los excesos desenfrenados de un car­
naval, y cuando lo hacía, ciertamente no era porque la oligarquía
local sintiera que esto renovaría su autoridad. En general ésta ha­
bría preferido mantener “la paz del país” evitando las contiendas
electorales que la comprometía tanto y le costaban tanto cuando
ocurrían. Además, el cambio de papeles no iba ni remotamente
tan lejos como en un carnaval. En una elección, junto con la fra­
ternización y la condescendencia, podía haber mucha presión di­
recta por parte de los poderosos sobre los que estaban por debajo
de ellos, sin ninguna pretensión de un cambio de papeles.
El parecido con un carnaval, de todas maneras, sigue siendo sor­
prendente. ¿Es totalmente una coincidencia que haya sido en Ingla­
terra y sus colonias protestantes, donde no había carnavales, el lugar
en el que se realizaban las elecciones, y que en países donde predomi­
naban los carnavales las elecciones agonizaran o no existieran? ¿Es
demasiado decir que la parte importante de una elección en el siglo
xviii en Inglaterra y en las colonias y estados del sur era la contienda
misma y no el resultado de ella? ¿Es demasiado decir que la participa­
ción temporaria de la población en un ritual, una batalla mitad seria,
mitad cómica, era un modo de consentimiento que satisfacía una ne­
cesidad popular más profunda que la selección de un candidato en
lugar de otro por un procedimiento que en muchos sentidos les ne­
gaba a los votantes la elección libre que aparentemente se les ofrecía?
¿Es demasiado decir que la elección que los votantes hacían no era
tanto una elección de candidatos como una decisión de participar en
la farsa y actuar la ficción de su propio poder, para renovar su sumi­
sión aceptando el homenaje ritual de aquellos que pedían sus votos?
Si estas observaciones tienen alguna validez, abren una perspec­
tiva acerca de la historia temprana del gobierno popular que puede
necesitar un cierto reajuste de las opiniones convencionales. La Nue­
va Inglaterra colonial ha sido muchas veces considerada la cuna de
la democracia estadounidense, y hay que admitir que los nacidos en
Nueva Inglaterra disfrutaban de un grado mucho más grande de
igualdad social, política y económica de la que puede encontrarse en
las colonias del sur o en la Inglaterra del siglo x v iii . Las elecciones
allí, salvo en Rhode Island, no mostraban nada de la violencia, nada
de la política eleccionaria, nada de la corrupción —y nada del entu­
siasmo— que se hallaba en el sur. Es tentador decir que había menos
necesidad de elecciones tipo carnaval en sociedades donde la ficción
del poder popular estaba más cercana a la realidad, donde las asam­
bleas representativas estaban llenas de hombres comunes que no ha­
bían hecho campaña para ocupar el cargo y lo ocupaban, a mentido
de mala gana, como un deber cívico.
Esto puede muy bien haber sido así, pero destaca lo que ya es
una ironía en la historia del gobierno popular estadounidense.
La concurrencia de votantes a las sobrias elecciones en la iguali­
taria Nueva Inglaterra era m enor que en las ebrias elecciones del
aristocrático sur. El número de votantes calificados probablemente
comprendía en ambas regiones una mayoría de varones adultos,
pero en Nueva Inglaterra, sin las actividades de campaña y sin co­
rrupción, menos de ellos se molestaban en votar, y no había nadie
interesado en reunir a los que no tenían derecho al voto en un in­
tento de hacerlos pasar por legítimos votantes. La participación
real del pueblo en general en el proceso político, por lo menos, en
las elecciones, era m enor en Nueva Inglaterra que en el sur.
La ironía se agravaba cuando consideramos la postura política
de las dos regiones en los primeros años de gobierno nacional. Nue­
va Inglaterra se convirtió en la plaza fuerte del partido federalista y
de las medidas conservadoras, semiaristocráticas que proponía. El
sur se convirtió en el centro de la oposición republicana democráti­
ca. Pero si bien esa oposición marchaba a la sombra del estandarte
de la igualdad y lanzaba acusaciones de corrupción y aristocracia
contra los federalistas, era conducida por aristócratas y esclavistas.
He argumentado en otra parte que el liderazgo de los esclavistas
en un partido dedicado a la igualdad no era ningún accidente, que
en una sociedad esclavista, la libertad y el hecho de ser blanco hacían
posible que patricios y plebeyos se reunieran y confraternizaran en
un terreno común.413 Ylas elecciones eran el lugar de reunión elegi­
do. En el tumulto de las elecciones del siglo xvm los sureños hicieron
el aprendizaje del tipo de participación política que iba a dominar,
aunque de manera mucho más suavizada, en la política nacional es­
tadounidense. Nueva Inglaterra puede haber sido la cuna de la de­
mocracia estadounidense, pero si las elecciones y las campañas elec­
torales dan credibilidad a la ficción del gobierno popular, los
sureños sabían mucho más acerca de atraer al pueblo a las elecciones
que la gente de Nueva Inglaterra. Los sureños eran aristócratas y oli­
garcas, pero ya habían aprendido algo sobre el liderazgo político en
el mundo de simulaciones de las elecciones, donde los hombres son
iguales. Y en último análisis, en un gobierno popular, persuadir a las
mayorías para que se sometan a la minoría es asunto de liderazgo, un
tema sobre el que volveremos en el último capítulo.
9. La v o z d e l p u eb lo : in stru ccio n es,
p e tic io n e s, a so c ia cio n es

Cuando el Parlamento inglés ratificó o inventó la soberanía


del pueblo en la década de 1640, sus miembros pensaron asimilar
para sí el poder que le atribuían al pueblo. Si ellos mismos no eran
el pueblo, como les gustaba alegar, eran por lo menos los repre­
sentantes del pueblo, autorizados para actuar en su nombre. Y es­
taba ya establecida la ficción de que todo hombre, toda mujer y to­
do niño de Inglaterra estaban presentes en el Parlamento a través
de sus representantes.
La credibilidad de la ficción había sido aum entada por la his­
toria imaginaria de tiempos antiguos, cuando el pueblo mismo en
persona se había reunido, por convocatoria propia o del rey, para
ocuparse de los asuntos públicos. Esta mítica reunión supuesta­
mente había dado lugar a una asamblea de representantes cuando
la cantidad de personas y la extensión del territorio donde vivían
se había hecho demasiado grande como para reunirse fácilmente
en persona. El supuesto origen de la representación destacaba así
su practicidad: las personas recurrían al uso de los representantes
sólo cuando era imposible para ellas reunirse personalm ente.
William Penn, el fundador de Pensilvania, era amigo de sumer­
girse en antiguos registros y aseguraba haber encontrado una reu­
nión de todo el reino que funcionaba todavía bajo el rey Ina en el
siglo vio, que consistía en “la generalidad de los hombres libres del
reino, pues todos podían asistir si lo deseaban [...]. Pero como
[...] el núm ero de hombres libres crecía, surgió la necesidad de
un representante”.416
Incluso antes del surgimiento de la soberanía popular, se
aceptaba como algo histórico que la represen tación se había origi­
nado de ese modo. Jacobo I, el gran exponente del derecho divi­
no del rey, veía a las asambleas representativas de su tiempo como
algo útil tanto para él mismo como para sus súbditos. En uno de
los pequeños sermones que periódicamente le daba a la Cámara
de los Comunes, en los que les decía quiénes y qué eran ellos, les
dijo que como eran demasiado numerosos “no todos los caballe­
ros y burgueses del Reino pueden estar presentes en cada Parla­
mento, por lo tanto un cierto número es seleccionado y elegido de
ese gran cuerpo, sólo para actuar en ese Parlam ento donde sus
personas están en representación de aquel cuerpo”.417 Jacobo
consideraba que estas asambleas de sustitutos eran instrumentos
del gobierno real. Pero cuando la soberanía del pueblo desplazó
a la soberanía del lugarteniente de Dios, persistió la idea de que
los representantes que ejercían la soberanía del pueblo lo hacían
sólo por la imposibilidad del pueblo de reunirse en persona. Asi
pues, William Ball, en 1645, al negar que el rey pudiera anular las
acciones de un Parlamento elegido por el pueblo, pensó que era
correcto añadir entre paréntesis, “sí el pueblo pudiera reunirse
sin confusión ni desorden, no habría necesidad de semejante
elección”.418
En América del Norte, como lo hemos visto vividamente
ilustrado en las primeras asambleas de Maryland, las primitivas
reuniones de todo el pueblo, o por lo menos de todos los hombres
libres, en realidad ocurrieron y dieron fuerza a la idea de los re­
presentantes como una mera cuestión de practicidad. Después de
que las asambleas representativas norteamericanas tomaron el
control del gobierno en la revolución, siguió siendo una obviedad,
como lo dijo un miembro de la Convención Federal de 1787, que
la representación era “un recurso por el cual una asamblea de
ciertos individuos escogidos por el pueblo es un sustituto de la po­
co práctica reunión del pueblo mismo”.419 En el prim er Congreso
con la Constitución en vigencia, John Page de Virginia afirmó que
“si fuera compatible con la tranquilidad y la paz de los habitantes,
cada hombre libre tendría el derecho de venir y dar su voto”.420
La idea de que el pueblo, si no fuera por los inconvenientes y
obstáculos de reunir a un gran número de personas, podía actuar
por sí mismo, era un ingrediente necesario de la soberanía popu­
lar. Ayudaba a dar verosimilitud a la transferencia de poder a los re­
presentantes en las elecciones, y, por lo tanto, ayudaba a mantener la
autoridad de la minoría. Pero invitaba a actividades populares que
podían limitar o incluso amenazar esa autoridad. Los miembros
del Parlamento Largo, incluso cuando se habían elevado a la cate­
goría de agentes del pueblo, habían sido incomodados por suge­
rencias de que el pueblo podría prescindir de ellos. Richard Over-
ton, en un discurso, dirigiéndose a la Cámara de los Comunes en
1646, dijo que ellos estaban allí en nombre de “muchos miles de
ciudadanos y otras personas nacidas libres de Inglaterra” y que es­
taban ahí “para liberarnos de toda clase de ataduras y para mante­
ner a la nación en paz y felicidad, para llevar a cabo lo cual noso­
tros os damos a vosotros, los mismos poderes que teníamos para
hacer lo mismo; pues podríamos haberlo hecho sin vosotros si lo
hubiéramos considerado conveniente”.421
Aunque no era sólo inconveniente sino también prácticamen­
te imposible reunir a todo el pueblo de Inglaterra, no era imposi­
ble y ni siquiera inconveniente que los votantes de un municipio o
de un condado se reunieran con el propósito de elegir a un repre­
sentante. Si podían reunirse por una elección, ¿no podían reunir­
se también para dar instrucciones a su representante, a su diputar
do, en el sentido de cómo debía actuar en nombre de ellos acerca
de cuestiones particulares cuando se reuniera con los diputados
de otros distritos electorales en una asamblea representativa? Así
como las elecciones aportaban una infusión de realidad a la sobe­
ranía popular, lo mismo ocurría con las instrucciones dadas por
los electores a los representantes.
El uso de instrucciones, así como las elecciones, no era ningu­
na novedad de la soberanía popular. Dado que el carácter local y
de súbditos de los representantes era tan viejo como la representa­
ción misma y originalmente predom inaba por sobre su carácter
nacional como parte del gobierno, era aparentem ente común en
los primeros tiempos que los electores dieran instrucciones a sus
representantes en el momento de elegirlos. Antes de la década de
1640 esas instrucciones se limitaban normalmente a asuntos loca­
les, y les indicaban a los representantes que se aseguraran de satis­
facer alguna necesidad de la localidad: ahondar el cauce de un
río, construir un faro, disminuir los impuestos locales. Pero no
eran raras instrucciones acerca de política nacional, y al convocar
al Parlamento Largo, a medida que más personas se preocupaban
por el crecimiento del catolicismo y que el Parlamento adoptaba
una visión más amplia de su autoridad, las instrucciones a los
miembros se referían con mayor frecuencia a asuntos naciona­
les. Al no realizarse elecciones generales en Inglaterra desde
1641 hasta 1653, algunos electorados, o lo que se suponía era un
electorado, dieron instrucciones a miembros que ya estaban en
Westminster.422
Esta práctica no cesó con la revitalización del derecho divino
al advenimiento de la Restauración. Durante la Crisis de la Exclu­
sión de 1679-81 llovieron instrucciones sobre los miembros del
Parlamento para votar para que el duque de York fuera excluido
del trono. Después de la revolución de 1688, varias crisis políticas
hicieron que llegaran instrucciones de los municipios y los conda­
dos en todo el reino: a favor de la sucesión hanoveriana en 1701,
contra el impuesto al consumo en 1733, contra un acuerdo con
España en 1739, contra la naturalización de los judíos en 1754, a
favor de John Wilkes en 1769.423
En las colonias, también las instrucciones a Jos miembros eran
algo común tanto en el momento de las elecciones como entre
una y otra elección. La ciudad de Boston dio instrucciones a sus
representantes en la asamblea de Massachusetts por lo menos en
dieciocho ocasiones antes de 1689. Desde el principio, las instruc­
ciones de las ciudades de Nueva Inglaterra tocaban temas de im­
portancia para toda la colonia, como los procedimientos judiciales
y los derechos electorales. En el siglo xvm, el intento del goberna­
dor real de Massachusetts de hacer que la asamblea le votara un
sueldo perm anente provocó una gran cantidad de instrucciones
que venían de las ciudades diciéndoles a sus diputados que no hi­
cieran semejante cosa; y en 1754 un impuesto sobre el consumo
produjo otro diluvio de instrucciones de todas partes de la colo­
nia. Fuera de Nueva Inglaterra, donde la representación era usual­
mente por condado y era difícil reunir a los votantes, las instruc­
ciones eran menos comunes, pero en 1652 el condado de
Northampton, Virginia, envió instrucciones a sus representantes
en la Cámara de Burgueses para que consiguieran una disminu­
ción de impuestos. Y en el condado de Westchester, Nueva York,
Lewis Morris tomó la delantera en un movimiento para redactar
instrucciones para el representante del condado en la asamblea
de Nueva York.424
Con el inicio de la disputa con Inglaterra y la creciente firme­
za de las asambleas coloniales, tanto los condados como las ciuda­
des en todas las colonias empezaron a enviar instrucciones a sus
representantes para la formulación de los derechos coloniales.
Boston abrió el camino en mayo de 1764, cuando Samuel Adams
dio comienzo a su carrera pública como revolucionario al redac­
tar las instrucciones para los representantes de Boston, denun­
ciando la recaudación de impuestos en las colonias aprobada por
el Parlamento.425John Adams también entró en el ruedo de la po­
lítica al redactar las instrucciones para los representantes de
Braintree. Por lo menos cuarenta y nueve ciudades de Massachu­
setts enviaron instrucciones a sus representantes para oponerse a
la aplicación de la Ley de Estampillado, para que el mundo supie­
ra, como lo expresó John Adams, que “nunca podremos ser escla­
vos”.426 A partir de entonces, durante todo el período revolucionario
los norteamericanos enviaban instrucciones a sus representantes ca­
da vez que llegaban a las legislaturas de los estados los asuntos más
497
importantes.
Las constituciones de los estados alentaban esta práctica. La
constitución de Massachusetts de 1780, por ejemplo, decía que
“como todo el poder reside originalmente en el pueblo y como se
deriva de él, los diferentes magistrados y funcionarios de gobier­
no, investidos con autoridad, sean legislativos, ejecutivos o judicia­
les, son sus sustitutos y agentes, y en todo momento son siempre
responsables ante ellos”. Qué es lo que se quería decir con “res­
ponsable” se especificaba más en un artículo que disponía que “El
pueblo tiene el derecho, de una manera ordenada y pacífica, de reu­
nirse para consultar sobre el bien común” y para “dar instrucciones
a sus representantes”.428 Disposiciones similares fueron incluidas
en las constituciones de New Ham pshire, Vermont, Pensilvánia
y Carolina del N orte.429
Las instrucciones dadas a los representantes tanto ingleses co­
mo norteamericanos con frecuencia contenían breves sermones
acerca de la soberanía popular. A veces estaban presentados en
términos respetuosos, simplemente explicando los derechos de
los votantes para dar instrucciones a los representantes. A menu­
do tenían tono de exhortación, implorando a los representantes
que salvaran al país asegurando la aprobación de medidas que
ellos tenían instrucciones de apoyar. Y en ocasiones estaban redac­
tadas en forma de órdenes. La ciudad de Bristol, Inglaterra, en
1701, prologaba su mensaje con la aseveración de que “no nos
cabe ninguna duda de que tenemos derecho de dar instrucciones
a nuestros representantes”, y las instrucciones que seguían (“os da­
mos directivas y requerimos de vosotros”) estaban impresas junto
con otras de otros distritos electorales para sus miembros (indi­
cando el apoyo a la sucesión protestante al trono) en un folleto
que recuerda a cada miembro que “el poder con el que está investi­
do debe ser más grande y más pleno en el pueblo que los eligió y lo
invistió con ese poder, que el que puede estar en él, su delegado y
sustituto”.430
La implicación era que el representante, por ser un simple
agente o diputado, estaba obligado a actuar según las indicaciones
de sus electores, sin considerar sus propias opiniones. Los miem­
bros del Parlamento que recibían sus instrucciones con frecuencia
respondían con la correspondiente humildad: “Con agradeci­
miento recibimos vuestras órdenes, y con alegría recibimos vues­
tra reafirmación de un derecho fundam ental”.431 “Nunca”, decía
un representante de Coventry, “pensaré que puedo libremente ac­
tuar de manera contraria a vuestras recomendaciones”.432 Thomas
Gage, miembro de la Cámara de los Comunes por Tewkesbury, al
votar por la prohibición a los funcionarios de la corona de ocupar
escaños en el Parlamento en 1740, justificó su voto diciendo que
“así me lo requieren mis votantes, quienes, pienso yo, tienen el de­
recho de impartir directivas a quienes los representan”.433 Los leve­
llers del siglo x v ii no podían haber pedido más, y realmente el pa­
saje de Richard Overton antes citado acababa de ser publicado
con aprobación en The Gentlemen’s Magazine en el momento en
que Gage hablaba.434
La idea dé la que la soberanía popular requería que los repre­
sentantes obedecieran las instrucciones de los votantes alcanzó su
punto más alto en Inglaterra en la elección de 1774, cuando los radi­
cales whigs en Londres y Westminster trataron de obtener promesas
de los candidatos para obedecer todas las instrucciones que se les
dieran. Sólo un puñado de candidatos estuvieron de acuerdo, y
fuera de Londres el movimiento para hacer que las instrucciones
fueran obligatorias fracasó completamente.435 A pesar-de declara­
ciones como las de Gage, que se pueden encontrar en todos ios
períodos, los representantes en Inglaterra y en América del Norte
nunca han estado legal o constitucionalmente obligados a obede­
cer las instrucciones, los consejos o los deseos expresados por sus
votantes. Desde la época en que el rey convocó por primera vez a
representantes para el Parlamento, requiriéndoles que acudieran
con poderes plenos de representación, estos representantes del
pueblo han sido libres para actuar sin prestar atención a cualquier
directiva que sus representados puedan darles o enviarles. Si el
pueblo tenía el derecho de enviar instrucciones a sus representan­
tes, fuera en Inglaterra, en las colonias inglesas o en los Estados Uni­
dos independientes, el representante tenía igual derecho a ignorar
sus instrucciones.
De esto no se sigue del todo que las instrucciones fueran un
simple ritual o mera retórica. Como las elecciones, eran una ex­
presión del carácter local de sujeto de la representación, que
destacaba la identificación del representante con el pueblo de
una localidad en particular. Pero los representantes, especial­
mente después de haber asumido la posición dom inante en el
gobierno, tenían que equilibrar su carácter local con su carácter
nacional, su posición como súbditos del gobierno con su posi­
ción dentro del gobierno. Cada vez que un representante se de­
claraba, como hizo Gage, obligado por las instrucciones, proba­
blemente los otros representantes le recordarían su obligación
de tomar decisiones para todo el pueblo y ejercer su autoridad
sobre él en su totalidad. En 1681, cuando varios miembros de la
Cámara de los Comunes argum entaron su apoyo a la exclusión
del duque de York basándose en las instrucciones enviadas por
sus electores, sir Thomas Littleton les advirtió que las instruccio­
nes eran “cosas confusas” y “de peligrosas consecuencias”, y sir
Francis W innington, a la vez que consideraba deseable consul­
tar a los votantes “sobre cualquier asunto de peso”, se sintió obli­
gado a añadir: “No estoy obligado a lo que mi país [es decir, el
condado] proponga. Tengo investido en mí el poder de servirlo
lo 'mejor que pueda”.436
En 1734, John Willes, procurador general, fue más directo:
“Después de ser elegidos y ya ocupando nuestros lugares en esta
Cámara”, dijo, “no tenemos ninguna dependencia respecto de
nuestros electores, en lo que se refiere a nuestra conducta aquí.
Todo su poder recae sobre nosotros para ocuparnos sólo del bien
público en general Aunque sir John Barnard, un poderoso
miembro del partido del País, replicó a esta afirmación diciendo
de ella que era “algo muy nuevo”, sir William Yonge la encontró
“muy lejos de ser una doctrina extraordinaria o totalmente nueva,
tanto que desearía que todo caballero en esta Cámara hiciera de
ella una regla perm anente para su conducta”.437 Y a medida que
transcurría el siglo xvm y los caballeros se fueron haciendo más
expresivos en su apoyo a la soberanía popular, cada vez más manK
festaron su adhesión a esta interpretación de ella. La campaña de
1774 tendiente a hacer que las instrucciones fueran vinculantes
para los miembros del Parlamento, por medio de promesas he­
chas por los candidatos de cumplirlas, fue notable principalmente
por provocar la negativa clásica de Burke. En el pasado Bristol, co­
mo hemos visto, había dado ocasionalmente órdenes perentorias
a sus representantes, y el compañero de fórmula de Burke en la
elección de 1774 prometió cumplir toda instrucción que la ciudad
pudiera darle. Burke, al declarar por qué no podía hacer una pro­
mesa semejante, explicó que la elección de Bristol lo convertía en
un gobernante de Inglaterra. El Parlamento, dijo,

n o es u n congreso d e em b ajad ores d e in tereses d ifer e n tes y h o s­


tiles, in tereses q u e cad a u n o d e b e sosten er, c o m o a g e n te y ab o­
gad o, sin o q u e el P arlam ento es una asam b lea deliberante d e un a
sola n ación , c o n só lo un in terés, el d e to d o s U n o e lig e a un
m iem bro, en efecto ; p ero una vez q u e h a sid o e le g id o , n o es un
m iem b ro d e B ristol, sin o q u e es m iem b ro d e l P a rla m e n to .4^8

Incluso en las colonias norteamericanas, donde el carácter lo­


cal de sujeto de la representación pesaba más que su otro carácter,
los representantes con frecuencia se negaban a servir a sus votantes
sólo en calidad de “mensajeros” para llevar recados a la asamblea.439
En 1754 la asamblea de Massachusetts, en la que los miembros de
los pueblos agrícolas del interior constituían la mayoría, aprobó
un impuesto sobre el consumo del ron en las casas de familia. Era
un impuesto para explotar a los ricos o a los pueblos del este, pues
el ron se bebía principalm ente en las ciudades del este, y el im­
puesto afectaba sólo el consumo en gran escala (en lotes de 30 ga­
lones o 120 litros) en casas privadas. Los agricultores del interior
bebían sidra de su propia elaboración y prácticamente no se ve­
rían afectados por el impuesto. El gobernador de la colonia, que
pensaba que el este ya cargaba con demasiado peso impositivo, se
negó a firmar la medida hasta que los representantes hubieran
. consultado con sus votantes.440
El proyecto fue impreso y distribuido en las ciudades, y de la
prensas de Boston no tardaron en salir los panfletos que denun­
ciaban el im puesto como una violación inconstitucional de los
derechos de los ingleses, una invasión a la privacidad del hogar,
una amenaza para la virtud de toda mujer, que a partir de ese
momento estaría a m erced del cobrador de impuestos sobre el
consumo. Los pueblos de las ciudades se reunieron, especial­
mente en el este, y dieron instrucciones a sus representantes en
contra de ese m onstruo de monstruos, como lo llamó un panfle­
to. Cuando la asamblea de Massachusetts volvió a reunirse, los
miembros tenían ante sí un gran cuerpo de instrucciones, que
habían sido pedidas específicamente como guía para los legisla­
dores. La gran mayoría de las instrucciones estaban, aparente­
mente, en contra del impuesto, aunque parece probable que po­
cas ciudades del oeste se hayan molestado en reunirse por este
tema (hay registros de veinticuatro instrucciones contra el im­
puesto y seis a favor).441 Al segundo día de esta nueva sesión, la
asamblea recibió una moción de considerar las instrucciones.
Después de “un gran debate” sobre el tema que no quedó regis­
trado, la moción fue presentada y no fue aceptada. En otras pa­
labras, los legisladores se negaron a considerar las instrucciones
recibidas. Al día siguiente ordenaron que uno de los panfletos
contra el im puesto (el llamado The Monster of Monsters) fuera
quemado por el verdugo común y que el editor fuera enviado a
la cárcel. Dos semanas más tarde, el impuesto fue aprobado otra
vez y el gobernador lo firmó de mala gana.442
La decisión de hacer caso omiso de las instrucciones no fue
tomada por instrumentos influenciables de una corte corrupta. Si
bien la mayoría de los miembros en la asamblea de Massachusetts
se contentaba en general con seguir el liderazgo de los miembros
del este, habitualmente comerciantes y abogados, con los que cu­
brían las comisiones clave, los comerciantes y los abogados junto
con el gobernador se oponían al impuesto sobre el consumo. Su
aprobación parece haber sido el resultado de la acción de miem­
bros poco notorios que habitualmente no tenían gran participa­
ción en las actividades de la asamblea. Estos miembros evidente­
mente creían que expresaban la voz del pueblo con mayor
claridad que las instrucciones de los electores. Uno de los más elo­
cuentes de entre ellos explicó lo que estaban haciendo: “La tarea
de un representante”, dijo, “es tener en cuenta el bien de todo el
cuerpo, y ocuparse de manera especial de que la ciudad que re­
presenta no pague una proporción más grande de los gastos de
gobierno de lo que debe [... ] creo que ésta es la tarea correcta de
un representante, y no seguir el hum or de sus votantes, cuando es
evidentemente contrario al bien de la com unidad”.443
Esto no era demasiado diferente de lo que Edmund Burke les
dijo a los electores de Bristol veinte años después. “Indudablemen­
te, caballeros”, dijo Burke, “debería ser la alegría y la gloria de un
representante vivir en la más estricta unión, en la correspondencia
más estrecha y la más incondicional comunicación con sus votan­
tes. Sus deseos deberían tener gran valor para él; sus opiniones,
gran respeto; sus asuntos, la máxima atención [...]. Pero su opi­
nión imparcial, su criterio maduro, su conciencia esclarecida, no
deberían ser sacrificados a nadie, a ninguna persona, ni a ningún
conjunto de hombres en el m undo Vuestro representante os
debe no sólo sus esfuerzos y dedicación, sino también su criterio; y
os traiciona, en lugar de serviros, si los sacrifica para seguir vuestra
opinión”.444
Las opiniones de Burke eran sumamente racionales y conci­
liatorias; reconocían una suerte de obligación por parte de un re­
presentante de prestar atención a los deseos de sus votantes, pero
negándose a someter su criterio a ellos. David Hume había ofreci­
do observaciones igualmente racionales en una controversia sobre
las instrucciones en 1739-41, la controversia que provocó el anun­
cio de Gage de que él se sentía atado por ellos. La controversia,
insistía Hume,

es m u y frívola, y n u n c a p u e d e c o n d u c ir a n in g u n a d ec isió n , tal


c o m o la están m an eja n d o am bas partes. El p a rtid o d el País n o
p re te n d e q u e u n m ie m b ro e sté a b so lu ta m en te o b lig a d o a se­
guir las in stru ccio n es, c o m o u n em b a ja d or o u n g e n era l están
lim itad os p o r sus ó rd e n e s, y q u e su v oto n o sea re c ib id o e n la
C ám ara sin o en la m e d id a e n q u e sea c ó m o d o para ello s. Por su
parte, el partido d e la C orte n o p reten d e q u e los sen tim ien tos del
p u eb lo n o deban ten er n in g ú n p eso para los m iem bros, y m u ch o
m en o s que éstos deb an d esp reciar las o p in io n e s d e aq u ellos a
q u ie n e s r e p r e se n ta y p o r lo s q u e está m u y p a r tic u la r m e n te
p r e o c u p a d o .445

Hume en ese momento estaba reflexionando acerca del mis­


terio con que empezó este libro, la facilidad con la que la minoría
podía gobernar a las mayorías, que él hacía recaer sobre la fuerza
de la opinión. La opinión ponía en ese momento la soberanía en
el pueblo y, en consecuencia, atribuía a la Cámara de los Comunes
un poder “tan grande que comanda absolutamente todas las otras
partes del gobierno”. Dado el predominio de esa opinión, lo úni­
co que le impedía a Inglaterra convertirse en una república, según
razonaba Hume, era la independencia de los representantes en la
Cámara de los Comunes respecto del poder vinculante de las ins­
trucciones dadas por sus votantes. La corona podía influir en las
elecciones (“podemos [...] dar a esta influencia el nombre que
queramos; podemos llamarla con las odiosas denominaciones de
corrupácm o dependencia”) para m antener un considerable poder
en la Cámara de los Comunes. Pero “si los miembros de la Cáma­
ra estuvieran obligados a recibir instrucciones de sus electores, co­
mo los diputados holandeses, esto modificaría el caso completa­
m ente”. La corona podía permitirse el costo de ejercer su
influencia en las elecciones cada siete años. Pero si la influencia
(la,compra de votos) tuviera que ser usada “para atraer al pueblo
para cada voto, pronto quedaría sin dinero” e Inglaterra, reduci­
da a una república, un resultado que H um e contemplaba con
h o rro r446
El razonamiento de Hume, si bien más retorcido que el de
Burke, era también más pragmático. Pero ni Hume ni Burke, aun­
que ambos reconocían el carácter doble de la representación, su­
girieron la función que las instrucciones “no vinculantes” podían
tener en la formación de la opinión pública a la que Hume atri­
buía el papel crucial de reconciliar a las mayorías con el gobierno
de la minoría. La Cámara de los Comunes en los tiempos de Hu­
me era ciertamente tan poderosa como él alega y su poder se ba­
saba en la soberanía del pueblo. Si la influencia del monarca fue
mantenida por la libertad de los miembros respecto de las instruc­
ciones vinculantes, los miembros mismos descubrieron en esas ins­
trucciones un medio de afectar la opinión pública y hacerla inci­
dir en las decisiones legislativas.
Parecía obvio que las instrucciones venían de abajo hacia arri­
ba (del pueblo hacia sus representantes) y obtenían la fuerza que
pudieran tener de esa suposición. Podían provenir, por supuesto,
sólo de una parte del pueblo, la parte que elegía a ese represen­
tante en particular; y una razón para no hacerlas vinculantes era
que una parte no debía dar órdenes al todo. Pero las instruccio­
nes, especialmente aquellas dadas entre una elección y otra, po­
dían tener apenas una débil relación con las opiniones incluso de
esa parte del pueblo del que se decía que provenían. No había
ninguna manera formal por la que los votantes hicieran constar el
acatamiento o no a un conjunto de instrucciones en particular.
Donde el núm ero de votantes era pequeño, podría darse la op­
ción de reunirlos para redactar las instrucciones y someterlas a vo­
tación, como ocurría con las instrucciones de las ciudades de Nue­
va Inglaterra. Pero el quorum requerido para decidir acerca de las
instrucciones en una reunión del pueblo no debe haber sido de­
masiado grande. Donde la representación era por condado, ha­
bría sido imposible reunir a muchos de los votantes salvo para el
momento de la elección (y lo normal era que las instrucciones de
un condado fueran preparadas y enviadas simplemente por el
gran jurado del condado). Pero no había nada oficial respecto de
ningún conjunto de instrucciones y nada que impidiera a cual­
quier grupo de personas ofrecerlas en nom bre de todo el electo­
rado. Dado que de todas maneras no eran vinculantes, no hubo
ningún intento en Inglaterra ni en América del Norte para esta­
blecer su autoridad por algún procedimiento legal.
Como cualquier grupo de personas en un electorado podía
reunirse y enviar instrucciones al representante, la posibilidad de
organizar tales reuniones como un medio de influir sobre la opi­
nión pública, más que sólo expresarla, se presentó en fecha muy
temprana. Con el desarrollo de la soberanía popular en la década
de 1640, varios miembros del Parlamento establecieron comunica­
ciones con los electores a fin de obtener apoyo popular para me­
didas parlamentarias dirigidas contra el rey.44'’ No está claro si es­
to dio como resultado instrucciones que volvían a ellos, tal como
ellos querían, pero en varias ocasiones posteriores, cuando el Par­
lamento fue inundado con instrucciones, la semejanza del lengua­
je indica que no sólo eran inspiradas desde arriba, sino que tenían
su origen en la misma fuente. Eso ocurrió, por ejemplo, con las
instrucciones para excluir al duque de York en 1681, probable­
mente inspiradas por el conde de Shaftesbury y sus partidarios en
el Parlamento.448
Un caso de instrucciones manipuladas que puede ser docu­
mentado con prolijidad fue precisamente el que provocó las ob­
servaciones de Hume antes mencionadas. En el año de 1739 sir
Robert Walpole obtuvo por estrecho margen la aprobación en el
Parlamento de un acuerdo con España que parecía sacrificar el or­
gullo y los intereses comerciales ingleses. Los periódicos y panfle­
tos de la oposición que denunciaban el acuerdo aseguraban que
éste había sido ratificado con los votos comprados de los represen­
tantes que ocupaban beneficiosos cargos bajo la corona y por ello
bajo la influencia de los ministros. Muy pronto las reuniones que
alegaban estar hablando en nombre de sus electorados comenza­
ron a enviar instrucciones a sus representantes para conseguir va­
rias reformas por las que el “partido del País” hacía mucho tiempo
venía luchando, especialmente en cuanto a la legislación para limi­
tar el número de escaños en el Parlamento que podían ser ocupados
por quienes detentaban cargos públicos. Para 1742, después de
unas elecciones generales, Walpole perdió su mayoría en el Parla­
mento. Se vio obligado a renunciar, y un proyecto de ley contra los
que ocupaban cargos finalmente fue aprobado por el Parlamento,
Sería difícil evaluar con precisión qué papel jugaron las ins­
trucciones en la derrota de Walpole o en la aprobación de la ley,
pero no es imposible evaluar ia validez de la acusación del ministe­
rio de que las instrucciones se habían originado no en los distritos
electorales, sino en los miembros que recibían las instrucciones. To­
do el asunto, acusaba el ministerio, era “un puro malabarismo [...]
el representante transmite primero sus ideas a sus protegidos y ellos,
haciéndose pasar por sus votantes, le dan instrucciones que no son
otras que las que él les transmitió primero”.449 Cuando la oposición
respondió que las instrucciones, sea como fuere que se habían ori­
ginado, seguían siendo la voz del pueblo, el ministerio respondió
a su vez: “Aunque la voz es la de Isaac, las manos son las de Esaú,
Es el pueblo el que habla, pero los descontentos dictan. Una gro­
sera pantomima oficial en la que A le dice a B qué instrucciones B
debe darle a A”.430
Que esta acusación estaba bastante cerca de los hechos puede
ser demostrado a partir de la correspondencia que ha llegado has­
ta nosotros. La pantomima fue organizada por cuatro señores no­
bles: Bolingbroke, Chesterfield, Stair y Marchmont, los líderes del
partido del País. Ninguno era miembro de la Cámara de los Co­
munes y sólo Chesterfield era miembro de la Cámara de los Lores,
pues Stair y Marchmont eran escoceses y Bolingbroke había sido
expulsado mucho antes, por su apoyo al Pretendiente. Pero po­
dían operar por medio de los representantes del partido del País
en el Parlamento y por medio de caballeros con influencias en los
electorados. Stair y Chesterfield intercambiaron borradores de lo
que debían decir las instrucciones, sobre ideas sugeridas por Bo­
lingbroke en una carta desde Francia. Chesterfield esperaba con­
seguir instrucciones simultáneas de “casi todos los condados y mu­
nicipios de Inglaterra” y con ese fin distribuyó su plan a todos los
miembros que venían de condados y a otras influyentes personas
en todo el país. Su borrador estaba redactado con términos gene­
rales para que pudiera ser formulado “de diferente manera según
la disposición de los condados y municipios que los enviaran”.431
Al final, Chesterfield no logró siquiera acercarse a que la mayoría
de ios electorados ingleses cumplieran, pero los escoceses tuvie­
ron más éxito y en conjunto fueron suficientes para hacer que los
periódicos publicaran una sucesión de instrucciones, redactadas
de diversas maneras, pero suficientemente parecidas como para
delatar su origen común. Más adelante fueron reunidas y publi­
cadas en dos delgados volúmenes con el excesivo título de Great
Bñtain ’s Memorial.^2
Las que provenían de Londres, entregadas al principio de to­
do este asunto, antes de que el plan estuviera maduro, eran más
exigentes e iban más allá de lo previsto. Requerían a los miembros
de Londres que hicieran del proyecto sobre los cargos públicos
una condición para aprobar cualquier proyecto de ley sobre dine­
ro. El procedimiento previsto era hacer aprobar juntos el proyec­
to sobre los cargos y el prim er proyecto sobre dinero que aparecie­
ra. El conde de Stair estaba entusiasmado con esta táctica y
propuso que la convirtieran en una parte de todas las instruccio­
nes, pero Chesterfield, después de consultar con otros líderes de
la oposición, lo disuadió: “Me parece que eso no va a funcionar”,
le dijo, “porque la pura verdad es que a muchos de la oposición, en
el fondo de sus corazones, no les gusta demasiado el proyecto sobre
los cargos, pues creen que puede convertirse en un obstáculo en su
propia administración”.453 En otras palabras, la oposición olía la cer­
canía del poder. Una vez que lograran sacar a Walpole, esperaban
aferrarse a las mayorías parlamentarias de la misma manera que lo
había hecho Walpole, distribuyendo cargos entre sus partidarios.
Querían instrucciones del pueblo suficientemente fuertes como pa­
ra incomodar al ministro, pero no tan fuertes como para incomodar­
los a ellos una ve2 que tomaran el control. En consecuencia, las ins­
trucciones siguientes fueron suavizadas. Ya decir verdad, aunque un
proyecto sobre los cargos públicos se convirtió finalmente en ley, no
era suficientemente fuerte como para incomodar a nadie.
Resulta claro entonces que mientras que la campaña de la
oposición de 1739-41 produjo algunos fuertes pronunciamientos
acerca del derecho del pueblo para dar instrucciones a sus repre­
sentantes, las instrucciones que el pueblo aparentem ente envió
fueron redactadas por algunos miembros de la nobleza y fueron
adaptadas a las necesidades de una facción parlamentaria en bus­
ca del poder. Podemos despreciar todo el asunto, como hizo el mi­
nistro, diciendo que todo fue una pantomima. Pero tenemos que
preguntarnos por qué se hizo. ¿Por qué los representantes creye­
ron que valía la pena hacer que pareciera que sus votantes les da­
ban instrucciones de manera espontánea para que hicieran lo que
en apariencia querían hacer de todas maneras? El solo hecho de
que pensaran que valía la pena es testimonio de la importancia
que le daban a la opinión pública. A medida que el derecho divi­
no cedía el paso a la soberanía popular, el hecho de que la opinión;
popular apoyara o pareciera apoyar alguna medida en particular se
convirtió en un argumento para su aprobación. En el debate parla­
mentario, por independientes que los miembros afirmaran ser, las
instrucciones obviamente tenían importancia.
Al mismo tiempo, las instrucciones organizadas desde arriba
se convirtieron en un modo de dar forma a la opinión pública a fa­
vor de medidas que interesaban a una facción o partido dentro
del gobierno. Hemos señalado el tono de exhortación que se usa­
ba en su formulación. Cuando los representantes formulaban las
instrucciones para ellos mismos, esperaban persuadir no sólo a los
votantes a quienes pedían el apoyo y no sólo a los demás legislado­
res a quienes se las hacían conocer, sino también a un público más
amplio. La publicación de las instrucciones en los periódicos pue­
de haber sido más im portante que exponerlas ante una Cámara
de los Comunes que sabía muy bien cómo habían nacido. Y el he­
cho de reunir para su publicación en forma de libro todo un con­
junto de instrucciones, solicitando todas las mismas medidas, de­
muestra que el público al que iban dirigidas no era simplemente
la Cámara de los Comunes.
Así pues, las instrucciones expresan las mismas ambigüedades
que la elección de representantes y la representación misma. Pare­
cían ser órdenes dadas por el pueblo soberano a sus gobernantes
designados, y hasta cierto punto lo eran. Pero también podían ser
una manera por la que ios gobernantes daban forma a la voluntad
popular, así como una manera en la que el pueblo daba form a a
las políticas del gobierno.
Lo mismo podía decirse de otra institución tomada de los días
en que la autoridad estaba en manos del lugarteniente de Dios: el
derecho de los súbditos de hacer peticiones al gobierno. La pala­
bra misma “petición” conlleva la implicación de sumisión. Una pe­
tición es un pedido, un ruego, una súplica de un inferior a un su­
perior. Pero para finales del siglo x v i i el pasaje del derecho divino
a la soberanía popular había otorgado a la palabra nuevas conno­
taciones, implicaciones y ambigüedades.
Cuando el rey convocó por prim era vez a los representantes
para su Parlamento, éstos con frecuencia llevaban consigo peticio­
nes de individuos o de grupos de su localidad para presentárselas.
Ymientras cumplían sus funciones a veces presentaban peticiones
propias, solicitando el alivio para males que afectaban a todo el
reino. Cuando ya las peticiones comenzaron a ser registradas en el
siglo XIV, se distinguían entre “singulares”o “communes”, que podría­
mos traducir con las expresiones posteriores de “privadas” y “pú­
blicas51.454 Las peticiones eran, en el lenguaje legal de la época (ley
francesa), “bilis” (proyectos de ley) públicos o privados, pues la
palabra “bilF era sinónimo de “petición”. Una petición o “biW era
una “presentación suplicante”, que podía ser discutida y aproba­
da por el Parlam ento antes de ser presentada al rey para su apro­
bación o rechazo.455 Sí el rey la firmaba, se convertía en ley del
Parlamento.
Para el siglo xvn, cuando los representantes ya se habían con­
vertido en una parte habitual del gobierno, continuaron haciendo
peticiones privadas que venían de sus votantes y las aprobaban co­
mo “peticiones” privadas antes de presentarlas al rey. La mayoría
de los proyectos públicos se originaban entonces dentro del go­
bierno, en el mismo Parlamento o en el Consejo Privado del rey.
Ocasionalmente, sin embargo, los miembros de la Cámara de los
Comunes, en su carácter de súbditos, continuaban haciendo pre­
sentaciones al rey en forma de peticiones de favores o para la repa­
ración de males en nombre de todo el reino. Estas peticiones, ya pa­
ra esa época, se distinguían de alguna manera de los proyectos
{bilis) que habían perdido su carácter suplicante. Y en las primeras
décadas del siglo xvii, los Comunes comenzaron a eliminar el carác­
ter suplicante de algunas peticiones: distinguían entre las peticiones
de gracia, la búsqueda de favores y las peticiones de derechos, las
cuales, sin ser aplicaciones de la ley, declaraban lo que era la ley.
Una petición de derecho no era precisamente un pedido y defini­
tivamente no era una súplica. Más que pedir un favor al rey, le de­
cía qué debía y qué no debía hacer a sus súbditos. Cuando los súb­
ditos (como la Cámara de los Comunes afirmaba ser) podían
hacer una petición al lugarteniente de Dios en estos tonos, la pa­
labra “petición” había adquirido las ambigüedades que iban a
acompañarla hasta la era de la soberanía popular. 4d6
En la década de 1640, apenas el Parlamento comenzó a afir­
mar su superioridad (como cuerpo de representantes del pueblo)
frente al rey, sus peticiones dieron lugar a los reclamos y el Parla­
mento mismo se convirtió en el receptor de las peticiones públi­
cas, formuladas por todos los grupos partidarios en Inglaterra, en
las que se le decía lo que debía hacer y lo que no debía hacer. La
práctica de presentar peticiones al Parlamento comenzó ya en el
siglo XIV, pero éstas eran realmente súplicas tanto para el rey como
para el Parlamento. Pero después se dirigían al Parlamento con
los nuevos tonos enérgicos que el mismo Parlamento había usado
para dirigirse al rey. Las peticiones al Parlamento eran presenta­
das, al igual que las instrucciones, como la voz del pueblo sobera­
no, curiosamente suplicante, pero al mismo tiempo exigente.4:>7
Los representantes del pueblo, como hemos visto, no siempre
se sentían muy felices de recibir estos mensajes, que a veces eran
llevados a Westminster por multitudes de aspecto amenazador y
quizá con intenciones igualmente peligrosas. Cuanto mayor era el
número de firmas en una petición y cuanto mayor era el número
de sus presentadores, más fuertes eran los alegatos que se podían
hacer a su favor como la voz del pueblo, con lo que se hacía más
difícil para los representantes del pueblo rechazarla.
Cuando Carlos II regresó al trono, un nuevo Parlamento
aprovechó la oportunidad para aprobar una disposición que pro­
hibía toda petición hecha por más de veinte personas “para la mo­
dificación de asuntos establecidos por ley para la Iglesia o el esta­
do”, salvo que fuera aprobada por al menos tres jueces de paz o
por un gran jurado.458 Más adelante, Carlos dejó en claro su pro­
pia opinión cuando una gran cantidad de peticiones le solicitaba
que convocara al Parlamento que había suspendido durante la Cri­
sis de Exclusión de 1679. En una proclama declaró que tales peti­
ciones eran sediciosas, una acusación que molestó profundamente
a aquellos que las habían formulado y firmado.439 Cuándo Carlos
finalmente permitió que el Parlamento se reuniera, la mayoría
íy/wg-aprobó una resolución que ratificaba el derecho de hacer una
petición, reafirmado en la Declaración de Derechos de 1689.460
El derecho de hacer peticiones parece un tipo extraño de de­
recho bajo un gobierno basado en la soberanía popular. ¿Por qué
necesita alguien un derecho a implorar, rogar o suplicar, sobre to­
do si el poder al que se implora de esa manera es supuestamente
inferior a los suplicantes? De todas maneras, el Parlamento conti­
nuó sintiéndose incómodo por las peticiones. Si bien ratificó el de-
: recho de hacer peticiones, se abstuvo de revocar la ley parlamen­
taria de 1661 que ponía límites a las peticiones, y ocasionalmente
castigó a los peticionarios, incluso a aquellos que cumplían con las
limitaciones impuestas por la disposición parlamentaria. En 1701,
cuando una aparentem ente humilde petición del condado dé
Kent solicitó al Parlamento que proporcionara al rey los fondos
que solicitaba, la Cámara de los Comunes encarceló a los miem­
bros que la presentaron y la declaró “escandalosa, con tendencia
a destruir la constitución de los parlamentos y a subvertir el go­
bierno establecido de estos reinos”. Esta reacción exagerada pro­
dujo una torm enta de protestas, pero una hostilidad subyacente
a las peticiones sobre política pública continuó caracterizando las
reacciones parlamentarias.461
La razón no hay que buscarla demasiado lejos. Los peticiona­
rios eran, en cierto sentido, rivales de los representantes, que ase­
guraban expresar la voz del pueblo pero sin las restricciones de los
requisitos para los votantes y sin las limitaciones de la responsabi­
lidad de ser parte del gobierno. Las peticiones eran la voz del pue­
blo tomada demasiado literalmente. Los miembros de la Cámara
de los Comunes exhibían su malestar respecto de ellas no sólo en
ataques de hostilidad, como el encarcelamiento de los peticionarios
de Kent, sino también en la disposición que aparentemente adopta­
ron alrededor de 1693 por la que se negaban a escuchar peticiones
que tuvieran que ver con los impuestos vigentes.462
La función original de los representantes había estado estrecha­
mente relacionada con la tributación. Los representantes estaban allí
para aceptar en nombre del pueblo los impuestos que ellos conside­
raban que sus electores podían soportar. Tenían plenos poderes, ple­
na potestas,463 y no querían consejos de los peticionarios. Cuando apa­
recían las peticiones en contra de la tributación y algún miembro de
la Cámara hablaba en apoyo de que fueran escuchadas, se le respon­
día que “todo hombre y todos los hombres tienen su representante
en esa Cámara, el cual ciertamente habrá de presentar el caso cuan­
do se intente dañarlos por algún proyecto de ley presentado ante la
Cámara”.464 Cuando la colonia de Rhode Island presentó una peti­
ción contra el impuesto aprobado por el Parlamento sobre la mela­
za en 1733, un miembro sugirió que la petición fuera escuchada por­
que Rhode Island no estaba representada. Pero otros miembros
rápidamente ampliaron la ficción allende los mares: “dado que nues­
tras colonias son todas parte del pueblo de Gran Bretaña, están re­
presentadas en su conjunto en esta Cámara, al igual que lo está el res­
to del pueblo”. Por lo tanto, no había ninguna necesidad de
escuchar ninguna petición de ellos.463
Precisamente porque las peticiones podían ser molestas para
un gobierno que se basaba en la soberanía popular, se convirtie­
ron en el arma favorita en las disputas entre las minorías para to­
mar el control del gobierno. Algunas peticiones, como algunas
instrucciones, se originaban en los niveles bajos como expresiones
espontáneas de las exigencias populares. Pero otras, al igual que
muchas instrucciones, venían de arriba hacia abajo, de los grupos
dentro del gobierno que luchaban unos contra otros y buscaban el
apoyo popular para su lucha. Tan pronto como el Parlamento de­
safió al rey en nombre del pueblo en la década de 1640, las faccio­
nes dentro del Parlamento se desafiaban unas a otras con peticio­
nes que supuestamente mostraban que el pueblo quería lo que la
facción decía que ese pueblo quería. Los miembros del Parlamen­
to redactaban peticiones y las hacían pasar de unos a otros para
ser firmadas, haciéndolas circular de casa en casa, exhibiéndolas en
tabernas y en tiendas, y realizando reuniones públicas con el propó­
sito expreso de conseguir firmas 466 Esa práctica era tan notoria que
Samuel Buder la satirizó en Hudibras.
El Parlamento redactó peticiones
para sí mismo y las envió, como comisiones,
a personas de importancia, por todos
los pueblos y ciudades,
con poderes para reclutar caballos y hombres,
sólo para traerlas de nuevo a ellos.467

Cuando la Crisis de Exclusión dividió a la Cámara en whigs y


t&ñes, los whigs liderados por Shaftesbury organizaron el diluvio de
peticiones que pedían al rey que convocara al Parlamento suspen­
dido. Los tories rápidamente compararon esta táctica con las peti­
ciones de la década de 1640, diciendo que las peticiones de los
whigs fueron “redactadas por sus clubes y conciliábulos en Londres
o, según dicen algunos, fueron sólo transcripciones de una vieja
edición de 41 copias y enviadas por hombres de confianza que re­
cibían cinco chelines por cada cien copias entregadas en nuevas
manos”.468 Pero los tories también lanzaban sus propias apelacio­
nes al pueblo organizando “presentaciones” populares al rey,
quien “aborrecía” las peticiones, y declaraban su apoyo a la autori­
dad establecida en lo que estaba haciendo.469 De allí en adelan­
te, durante todo el siglo XV í i i , cualquier cam paña de peticiones
concertada por el partido de oposición en el Parlam ento iba a
ser seguramente respondida por presentaciones leales oponién­
dose a la medida, un procedimiento que más tarde fue imitado en
los Estados Unidos.
Las peticiones siguieron siendo una manera tentadora no só­
lo de alegar contar con el apoyo popular, sino también de obtener­
lo. Cuando la Cámara de los Comunes se negó a aceptar a John
Wilkes como miembro en 1769, él y sus seguidores hicieron buen
uso de las peticiones para aum entar el núm ero de seguidores po­
pulares. Al rechazar a Wilkes, a los Comunes sólo les faltaba rechazar
su carácter de súbditos y adoptar de manera arbitraria la autoridad
de un gobierno. Peticiones de Middlesex bien publicitadas aprove­
charon al máximo esta situación, y diez años más tarde Christopher
Wyvill usó una petición de Yorkshire para iniciar la más amplia
campaña para la reforma de la representación parlamentaria antes
de 1832.470
L o s m ie m b r o s d e l P a r la m e n to , c u a n d o n o e sta b a n o r g a n iz a n d o
las p e t ic io n e s e llo s m ism o s , s ig u ie r o n s in t ié n d o s e in c ó m o d o s c o n
ella s. S a b ía n c u á n fácil e r a r e c o g e r firm a s. C o m o H o r a c e W a lp o le se
q u e jó e n la é p o c a d e l a s u n to d e W ilk e s, “e s p o s ib le r e u n ir u n a m u ­
c h e d u m b r e e n c u a lq u ie r p a r te p a r a fir m a r u n a p e t ic ió n , y lu e g o se
d ic e q u e esa p e tic ió n r e p r e s e n ta e l s e n t id o c o m ú n d e l c o n d a d o ”.471
El ira scib le S a m u e l J o h n s o n p r o p o r c io n ó m á s d e ta lles:

El proceso de una petición es bien conocido. Un funcionario


desplazado regresa a su condado o a su municipio, les cuenta
a sus amigos acerca de su imposibilidad de serles útil a ellos y
a sus votantes, y acerca de la corrupción del gobierno. Sus
amigos rápidamente se dan cuenta de que quien nada puede
conseguir no tendrá nada para dar. Aceptan convocar a una
reunión; se ofrece abundante carne y bebida; fácilmente se
reúne una multitud, y aquellos que piensan que conocen la
razón de su reunión empiezan a informar a aquellos que no lo
saben. La cerveza y el clamor unen sus fuerzas; la multitud,
amontonada y encendida, empieza a fermentar con la levadu­
ra de la sedición. Todos ven miles de males, aunque nadie sa­
be cuáles son. Luego un discurso es pronunciado por el Cice­
rón del momento. Dice mucho y oculta más, y se da el mismo
crédito a lo que dice y a lo que oculta. La petición es leída y
universalmente aprobada. Aquellos que están suficientemen­
te sobrios como para escribir añaden sus nombres y el resto
agrega su nombre si puede. La petición es entonces llevada de
pueblo en pueblo, y de casa en casa, y en todo lugar donde lle­
ga la gente se reúne para poder ver lo que se va a enviar al rey.
Fácilmente se coleccionan nombres. Un hombre firma por­
que odia a los papistas; otro, porque ha jurado destruir todos
los peajes; uno porque con ello molesta al párroco; otro, por­
que no le debe nada a su locador; uno, porque es rico; otro,
porque es pobre; uno, para mostrar que no tiene miedo y
otro, para mostrar que sabe escribir.4'2

L o s r e p r e s e n t a n te s e n las a s a m b le a s n o r te a m e r ic a n a s p a r e c e n
h a b e r s id o m e n o s c e lo s o s q u e su s h o m ó l o g o s b r it á n ic o s r e s p e c t o
del derecho exclusivo de hablar en nombre del pueblo y menos
propensos al uso de las peticiones para educar al pueblo o para au­
mentar su influencia entre sus colegas. También estaban más dis­
puestos a actuar a partir de los pedidos de sus votantes para pro­
mover alguna legislación. Un estudio sobre las peticiones en la
Pensilvania del siglo xvin encuentra que el cincuenta y dos por
ciento de las leyes aprobadas entre 1717 y 1775 tuvo su origen en
peticiones, y esto incluía un número importante de peticiones de
interés para toda la provincia.473 Un estudio similar sobre el siglo
x v i i i en Virginia revela que la gran mayoría de las leyes allí aproba­
das se originaron en peticiones.474 Aunque pocas de estas leyes pa­
recen haber tratado de temas que afectaran a toda la sociedad, la
más famosa legislación de Virginia de todos los tiempos probable­
mente no habría sido aprobada si no hubiera sido respaldada por
una gran cantidad de peticiones. El Estatuto de Libertad Religiosa
de Virginia fue primero redactado en 1779 por Thomas Jefferson,
pero fue aprobado (con enmiendas menores) para ser convertido
en ley sólo en 1786, después de que casi once mil personas firmaron
peticiones contra otro proyecto de ley que proponía un impuesto
general en todo el estado para sostener a la religión. Las peticiones
contra el impuesto no eran todas idénticas, pero al menos trece de
ellas, con 1.552 firmas, llegaron a la legislatura por pedido (y con las
palabras) de uno sus miembros, James Madison. Madison introdujo
el Estatuto de Libertad Religiosa en la legislatura después de que el
proyecto con el nuevo impuesto fue rechazado.473
Madison fue uno de los políticos más astutos (así como el más
sagaz pensador político) de los primeros tiempos de la república, y
diez años más tarde, al organizar la oposición del partido Republica­
no contra el Tratado de Jay, otra vez descubrió en las peticiones un
arma útil. Su administrador en el partido, John Bedkley, distribuyó
una petición por todos los estados para conseguir firmas contra el
tratado, “todavía”, le confió a Madison, “sin despertar la menor sos­
pecha de nuestros adversarios”.476 Reuniones públicas de todas par­
tes del país pronto comenzaron a enviar peticiones y memoriales al
Congreso y al presidente denunciando el tratado. Los federalistas, si­
guiendo el modelo británico, respondieron con reuniones que
aprobaron presentaciones leales en apoyo del tratado.
Que Beckley pensara que era ventajoso guardar en secreto su
campaña de peticiones no es sorprendente. Una petición que pa­
reciera ser espontánea tendría más peso como una expresión de la
opinión pública que una de la que se supiera que había sido pro­
ducida por el mismo cuerpo al que iba dirigida. Pero probable­
mente pocos fueron engañados. Para 1795, las peticiones se habían
convertido, tanto en América del Norte como en Inglaterra, en uno
de los rituales del gobierno popular, mensajes en los que con fre­
cuencia era difícil distinguir entre el origen y el destinatario, entre
el suplicante y el soberano.
Si las peticiones y las instrucciones eran a m enudo actos de
ventriloquia, de todas maneras servían para nutrir la ficción de la
capacidad del pueblo para hablar por sí mismo. Al hacerlo, reno­
vaba la sugerencia de que la soberanía popular inevitablemente se
extendía a las personas de carne y hueso de fuera del Parlamento
que pensaban estar calificadas para hablar. Mientras las peticiones
y las instrucciones estaban dirigidas a un cuerpo gobernante reco­
nocido, la soberanía popular enseñaba que tales cuerpos eran in­
feriores en poder al pueblo mismo, que el pueblo poseía la ‘Verda­
dera majestad”, en contraste con el m enor poder del gobierno, el
de la “majestad personal”, que los gobiernos podían hacer leyes,
pero sólo el pueblo podía hacer “constituciones fundamentales”
para gobernar al gobierno. Aquellos que se arrogaban el derecho
de hablar en nombre del pueblo fuera del Parlamento podían, en­
tonces, ir más allá de las peticiones y las instrucciones. Si podían
dar directivas a sus representantes respecto a ciertas medidas en par­
ticular, ¿por qué no emplear el lenguaje de la verdadera majestad
para reform ar y reconstruir el gobierno mismo?
En retrospectiva, se podría decir que la Convención de 1689
en Inglaterra había hecho precisamente eso, aunque la Conven­
ción misma había declinado deliberadamente hacer tal reclamo.
Para la década de 1760 resultaba claro para muchos ingleses que
el trabajo de la Convención necesitaba ciertas reformas de todas
maneras. En una visión retrospectiva, la Convención había restitui­
do la constitución original establecida por el pueblo en un tiempo
que escapaba a la memoria de los hombres. Desde su restauración
en 1689, la corrupción había subvertido otra vez la Constitución y
había alterado el gobierno sin la aprobación popular. Los republi­
canos del siglo xvm que continuaron las ideas de H arrington y de
Sidney perm anentem ente hablaban del poder del pueblo para re­
formar o reemplazar ese gobierno degradado, pero no organiza­
ron ningún cuerpo popular eficaz, dentro o fuera del Parlamento,
para hacer el trabajo. Lo cierto es que no fue hasta que los nortea­
mericanos abrieron el camino que los reformadores ingleses em­
pezaron a pensar en algo semejante.
Los norteamericanos, por supuesto, eran un caso especial.
Ubicados a un océano de distancia del Parlamento, se les había per­
mitido, y hasta se les había impuesto, la constitución de asambleas
representativas propias.
Cada colonia establecida por los ingleses tenía una, y su re­
lación con el Parlamento nunca había sido claramente definida.
Cuando el Parlam ento comenzó en las décadas de 1760 y 1770 a
atar a los colonos con legislación contraria a sus deseos, éstos ya
contaban con cuerpos representativos a los que acudir para re­
chazar el derecho de una Cámara de los Comunes inglesa para
hablar en su nombre. Y cuando Inglaterra disolvió las asambleas
coloniales, resultó muy fácil resucitarlas como congresos o con­
venciones populares. Aquellos congresos podían, entonces, ha­
cer lo que los levellers habían querido y lo que la Convención de
1689 no se había atrevido a hacer: ejercer la “verdadera majes­
tad” del pueblo para crear constituciones fundam entales para
nuevos gobiernos (la m anera en que lo hicieron ocupará los si­
guientes capítulos).
Incluso antes de que los norteamericanos declararan su inde­
pendencia, la osadía de sus asambleas al desafiar la supremacía del
Parlamento hizo que los ingleses propusieran asociaciones extra-
parlamentarias o convenciones para dictar las reformas en el go-
bieno de su propio país. La repetida exclusión, por parte del Par­
lamento, de John Wilkes, legalmente elegido por los votantes de
Middlesex en 1769, provocó la formación de la que parece haber
sido una de las primeras de esas organizaciones. La Sociedad de
los Partidarios de la Declaración de Derechos atrajo a reformado­
res ingleses simpatizantes tanto de Wilkes como de los colonos
norteamericanos, pero su influencia no se extendió más allá de las
afueras de Londres. Aunque Wilkes mismo se convirtió en una fi­
gura popular en todo el país y también en las colonias, esa Socie­
dad no logró reunir demasiado apoyo popular, ni seguidores. A
medida que la resistencia norteamericana se expandía, la inade­
cuación de la representación parlamentaria para ingleses tanto co­
mo para norteamericanos llevó a un número cada vez más grande
de personas a participar del movimiento de reforma, y los congre­
sos provinciales y continentales norteamericanos proporcionaron
un modelo para lograr la reforma.477
Hasta ese momento la mayoría de los reformadores había es­
perado que el Parlamento se reformara a sí mismo y continuaron
presentando peticiones e instrucciones en ese sentido. Pero ya en
1771, Obadiah Hulme sugería que las asociaciones extraparla-
mentarias podían em prender la tarea si el Parlamento se nega­
ba.478James Burgh recogió la sugerencia en 1775, en el último vo­
lumen de sus Political Disquisitions, una larga acusación de
corrupción parlamentaria que logró una popularidad inmediata
en las colonias. Burgh repitió la habitual doctrina de la soberanía
popular de que “la mera absoluta y soberana voluntad y placer del
pueblo es razón suficiente para que haga cualquier cambio en su
forma de gobierno”. Pidió “una gran asociación nacional para res­
taurar la Constitución”,479 y en las décadas subsiguientes hubo va­
rios intentos de crear esa asociación. Las más influyentes fueron
la relativamente m oderada asociación de condados liderada por
Christopher Wyvill, un clérigo de Yorkshire, en 1779, y la más ra­
dical Sociedad para la Información Constitucional, formada en
1780 y dirigida por John Jebb, otro clérigo y médico, y por John
Cartwright, un oficial de milicia.480
Aunque ninguna de estas asociaciones alcanzó sus objetivos,
su apelación aí público por encima deí Parlamento, combinada
con la más exitosa resistencia norteamericana, alertó a los ingleses
de espíritu menos elevado acerca de las posibilidades de la acción
popular extraparlamentaria para objetivos menos loables. En
1778, cuando el Parlamento, sin votos en contra, revocó algunos
de los muchos impedimentos que las antiguas leyes parlamentarias
imponían a los católicos, el resultado fue una creciente oleada de in­
tolerancia, dirigida y organizada en una Asociación Protestante que
se originó en Londres, pero que ganó fuerza en Escoda, para ex­
tenderse otra vez hacia el sur, con el objetivo de negar todos los
derechos civiles y políticos a los católicos. Su genio maligno era
lord George Gordon, que provocó los tumultos que sacudieron a
Londres durante una semana en junio de 1780 y sólo terminaron
después de que las muchedumbres descontroladas destruyeron ca­
pillas, casas y tiendas que pertenecían a católicos romanos, sin
mencionar varias prisiones de Londres.481
Los tumultos de Gordon desacreditaron a las asociaciones po­
pulares en Inglaterra, fuera cual fuere su orientación política, y las
multitudes descontroladas de la revolución francesa de la década
de 1790 reforzaron ese sentimiento. Aunque las sociedades para la
reforma parlamentaria continuaron existiendo, en última instan­
cia sus objetivos podían ser conseguidos sólo por medio de leyes
del mismo Parlamento. La soberanía popular en Inglaterra conti­
nuó siendo soberanía parlamentaria. La asociación más popular
de la década de 1790 fue la “Asociación para la preservación de la
libertad y la propiedad contra republicanos y levellersformada
con el apoyo del gobierno para apoyar al gobierno. Y apoyo al go­
bierno significaba oposición a cualquier intento extraparlamenta-
rio de modificarlo.482 Así pues, la minoría que gobernaba Inglate­
rra condujo incluso a la más radical manera de acción popular
para m antener su propia credibilidad, tal como hicieron con las
instrucciones y las peticiones.
Para fines del siglo xvm la soberanía popular, invocada origi­
nalmente en Inglaterra para justificar la resistencia al gobierno,
había demostrado ser igualmente útil para asegurar la sumisión al
gobierno. Pero en el proceso había sido necesario ampliar, aun­
que fuera de manera cautelosa, el espacio político. Las actividades
de las milicias, de las campañas electorales, de las reuniones masi­
vas para firmar peticiones, enviar instrucciones y unirse a las aso­
ciaciones, para cualquier propósito; todo tendía a atraer a cada vez
más personas reales para incluirlas en el proceso político. La ficción
dio forma a los hechos. Pero de todas maneras, la ficción siguió
siendo ficción. Las ambigüedades de la soberanía popular, sus pa­
radojas y contradicciones, especialmente reveladas en el misterio
de la representación, podían ser manipuladas para dar forma a los
hechos en más de un sentido. Los estadounidenses, al igual que sus
antepasados ingleses, invocaron la doctrina tanto para justificar la re­
sistencia al gobierno como para respaldarlo. Las instituciones políti­
cas que resultaron de ello con frecuencia fueron muy parecidas en­
tre sí. Pero los estadounidenses encontraron una manera que los
británicos habían rechazado para equilibrar la verdadera majestad
del pueblo contra la majestad personal de sus representantes.
TERCERA PARTE

La vía esta d o u n id en se

La ficción que asustó a los conservadores ingleses en el siglo x v ii


resultó, en el siglo x v i i i , ser adaptable a las necesidades del gobierno
de la minoría. Su éxito reposaba con dificultad sobre la contradic­
ción siempre presente en la representación: la soberanía del pueblo
sólo podía ser ejercida a través de representantes que eran, a su vez,
agentes de personas particulares en comunidades particulares y los
portadores del poder supremo que el pueblo misteriosamente les
transmitía. La viabilidad de la ficción dependía, por lo menos en par­
te, de personas de comunidades particulares que se sentían parte de
un pueblo, que sentían que sus intereses particulares no eran incom­
patibles con los intereses de la totalidad, tal como era conducida por
los portadores del poder. Los intereses de una parte rara vez pueden
estar identificados con los del todo, pero un pueblo puede dejar de
existir si las personas en cuyas mentes existe dejan de considerar­
se pertenecientes a él. Y donde el pueblo se disuelve, también se
disuelve la soberanía que se ejerce en su nombre.
¿Qué pueblo era el pueblo de las colonias norteamericanas de
Inglaterra? ¿Era parte del pueblo en cuyo nombre gobernaba el
Parlamento británico? ¿Eran varios pueblos? ¿Y qué autoridad
otorgaban a qué gobierno o gobiernos? ¿Podía un pueblo gober­
nar a otro? ¿O podía un pueblo otorgar poder a más de un gobier­
no? Estas preguntas habían permanecido ocultas, habían quedado
sin ser consideradas en las disputas entre la minoría que ejercía el
gobierno y que había generado las definiciones del pueblo y de su
soberanía, tanto en Inglaterra como en América del Norte; habían
quedado sin ser tratadas hasta que empezó la lucha entre los re­
presentantes del pueblo en las colonias y los representantes del pue­
blo en Gran Bretaña. Después de que comenzó esta lucha, los esta­
dounidenses exploraron el significado y los métodos de la
soberanía popular como si fuera la prim era vez.
10. La re v o lu ció n im p ru d en te

La lucha de los norteam ericanos con Inglaterra comenzó,


como todos saben, con el intento del Parlam ento de recaudar
impuestos entre los colonos con la Ley del Azúcar de 1764 y la
Ley de Estampillado de 1765. En Inglaterra la tributación tenía
una particular relación con la representación. Todavía podía ser
distinguida de la legislación por su cercana asociación con el ca­
rácter local, el carácter de súbditos de los representantes en la
Cámara de los Comunes. La tributación no era tanto un acto en
el cual el Parlam ento com partía la autoridad del rey como una
donación hecha por los agentes de los súbditos a su soberano.
Un im puesto nacía de un pedido del rey a esos agentes en la Cá­
mara de los Comunes; los Comunes y sólo los Comunes, enton­
ces, daban y concedían al rey una porción de la propiedad de
sus votantes en forma de impuesto. Como señaló William Pitt el
mayor, “la tributación no es parte del gobierno o del poder le­
gislativo; los impuestos son un regalo y una concesión volunta­
rios de los Comunes solam ente”.483 Para 1764, a la mayoría de
los ingleses esto puede haberles parecido simplemente una de
esas formas del pasado que habían sido vaciadas de contenido.
Pero era una form a respetada, a la cual podía fácilmente devol­
vérsele su antiguo contenido.
Eso fue lo que hicieron los colonos, con una energía y una
unanimidad que sorprendieron y enojaron a la madre patria. Los
impuestos, insistieron, eran un obsequio libre y voluntario del
pueblo a su rey y, ante todo, nadie podía regalar lo que no tenía.
Sólo podían darlos las personas autorizadas por aquellos que eran
los propietarios de los bienes; sólo los representantes del pueblo,
y más particularm ente, de los propietarios, podían consentir un
impuesto. Y los colonos no habían autorizado hacerlo a ningún
representante en la Cámara de los Comunes.
De manera sorprendente, la prim era respuesta inglesa reco­
noció la validez de la premisa colonial e im prudentem ente recu­
rrió a la estructura irracional de la Cámara de los Comunes britá­
nica para proporcionar una base racional a los impuestos que el
Parlamento quería aplicar a las colonias. En un panfleto que sor­
prendió y molestó a los norteamericanos, Thomas Whately, secre­
tario de la Oficina del Tesoro británica, sostuvo que el Parlamento
podía gravar a los colonos porque ellos estaban representados allí,
y en su argumentación inventó una expresión que sigue con noso­
tros desde entonces, la “representación virtual”: los colonos po­
dían no votar representantes para la Cámara de los Comunes pe­
ro tampoco podía hacerlo la mayoría de los ingleses. No estaban
realmente sino “virtualmente” representados. Cada miembro de la
Cámara de los Comunes representaba no a los votantes que los
elegían, sino a todos los súbditos del rey, no sólo en Gran Bretaña,
sino también en las colonias.
Por una extensión transatlántica de la idea enunciada antes
por Coke y Sidney, Whately asignaba a los miembros caprichosa­
mente elegidos de la Cámara de los Comunes de Inglaterra fun­
ciones de apoderados para hablar y actuar en nombre de todos los
súbditos del rey en las colonias. No negaba la necesidad de tales
funciones de apoderados. Es más, ponía a los colonos en una me­
jo r posición en su reclamo de que sólo los representantes podían
consentir la aplicación de gravámenes. El consentimiento de los
súbditos ingleses dado a través de sus representantes no era sólo
necesario, dijo, para la tributación, sino para cualquier legislación
que los afectara. El consentimiento podía ser dado, sin embargo,
por representantes virtuales, a quienes los súbditos particulares no
tenían por qué haber visto u oído personalmente. Los colonos en
América del Norte daban su consentimiento del mismo modo que
los habitantes de lugares como Birmingham y Shefñeld en Ingla­
terra, a través de miembros del Parlamento en cuya elección no
habían tenido nada que ver.484
Esto era llevar la ficción de la representación más allá de sus
elásticos límites y empujó a los colonos a la tensa afirmación del
carácter local de sujetos de la representación, en la que con fre­
cuencia negaban no sólo la opinión de Whately, sino también la
de Coke y Sidney. Se convirtió en un principio cardinal de los nor­
teamericanos en el período revolucionario que los únicos repre­
sentantes legítimos de cualquier pueblo, las únicas personas que
podían consentir actos de gobierno para ellos, eran las- personas a
quienes habían elegido personalm ente para ese propósito. El
asunto fue confirmado no sólo por varias asambleas coloniales, si­
no también por el Congreso de la Ley de Estampillado de 1765 y
por el Congreso Continental de 1774, “que los únicos represen­
tantes del pueblo de estas colonias son las personas escogidas en
ese lugar por ellos mismos”.480 Los periódicos y los panfletos se hi­
cieron eco del absurdo de suponer que los norteamericanos esta­
ban representados en Inglaterra por hombres a quienes nunca ha­
bían visto. Se suponía que un representante era una creación de
sus votantes, ¿y cómo podía algún miembro del Parlamento ser re­
presentante de los votantes del pueblo norteamericano “si ningún
habitante había hecho lo mínimo para que existiera esa represen­
tación”? La respuesta fue clara: “Si no somos sus votantes, no son
nuestros representantes”.486
Lo que esto implicaba era que un representante no sólo debía
ser elegido directamente por sus votantes, sino que debía ser uno de
ellos, debía vivir entre ellos y compartir sus circunstancias locales. Y,
en consecuencia, una asamblea representativa debía ser, como des­
pués dijo John Adams, un retrato en miniatura de la gente en gene­
ral: “Debe pensar, sentir, razonar y actuar como ella”.487 Los nortea­
mericanos podían reconocer que aquellos pueblos ingleses que no
enriaban ningún representante al Parlamento estaban “virtualmen­
te” representados por miembros de pueblos o municipios cercanos
o similares. Daniel Dulany, en el panfleto más popular de la época de
la Ley de Estampillado, sugirió que en Inglaterra podría haber una
suerte de doble representación donde los miembros del Parlamento
representaban a los votantes y los votantes representaban a los no vo­
tantes. Pero eso sólo tenía sentido donde la geografía unía a los hom­
bres. Ningún electorado inglés podía ser estirado hasta la metafórica
inclusión de colonias a cuatro mil quinientos kilómetros de distan­
cia.488 Y voces más audaces condenaban expresamente la degenera­
ción a la que había llegado esa representación en Inglaterra. Origi­
nalmente, se esperaba que los representantes en el Parlamento
fueran propietarios residentes de los condados o municipios que los
elegían. Había habido, se decía, un “conocimiento y una relación
personal” entre el miembro elegido y sus electores: ‘Tanto los repre­
sentantes como los votantes eran, como losjurados, del veándario”. Si
ese lazo geográfico había dejado de existir en Inglaterra, no debió
haber sido así.489
No era que los propios colonos desearan estar representados
en el Parlamento. En realidad, no podían estarlo precisamente
porque sus “circunstancias locales” lo impedían: la distancia des­
truía el objetivo y significado de la representación. Un norteame­
ricano enviado a representarlos en el Parlamento estaría demasia­
do desconectado de sus electores. Perdería “ese sentimiento de
amistad que constituye el fundamento más firme de la libertad”.
La ausencia del hogar “debilitaría sus relaciones y disminuiría su
interés [...] al tener pocas expectativas de ser reelecto en una fu­
tura elección, podría ser negligente en sus obligaciones para con
sus electores”.490 En otras palabras, podría sacrificar su carácter de
súbdito local a su carácter de parte del gobierno.
Eso era lo que los miembros de la Cámara de los Comunes bri­
tánica parecían haber hecho, a pesar de la insistencia de Whately
acerca de su carácter representativo. Cuando aprobaron la Ley de
Estampillado, dijeron que lo hicieron como “parte del máximo po­
der ilimitado de la nación”.491 Cuando la revocaron, acompañaron
la revocación con un Acta de Declaración que afirmaba su poder de
legislar para las colonias en absolutamente todos los casos. En esto,
parecería, la Cámara de los Comunes había abandonado toda pre­
tensión de mantener su carácter de súbditos como representantes,
virtuales o reales, de cualquier electorado, ya fuera inglés o nortea­
mericano. Podría admitirse que el rey tuviera alguna autoridad gu­
bernamental inherente sobre las colonias, pero los poderes de los
Comunes, argumentaban los norteamericanos, debían provenir del
pueblo que los elegía. En consecuencia, un colono podía plantear
la cuestión: “cuando un miembro de la Cámara de los Comunes de­
clara con seguridad que tiene poder para limitar nuestro comercio
y restringir nuestras manufacturas, me encantaría saber si obtuvo
ese poder de sus electores, hombres libres honestos [...]. De estos
electores no pudo recibir más poder del que naturalmente poseían'.492
Incluso se implicaba (en lo que equivalía a un repudio a toda auto­
ridad representativa) que los representantes no tenían poder algu­
no más allá de llevar al gobierno el asentimiento o disconformidad
de los súbditos de sus comunidades particulares a lo que fuera que
el gobierno pudiera querer hacer: ‘Todo representante en el Parla­
mento no es un representante de todo el país, sino sólo de cada lu­
gar particular en el que ha sido elegido [... ] ningún miembro del
Parlamento puede representar a nadie, salvo a aquellos por los que
ha sido elegido [...} los electores de Londres no pueden conferir u
otorgar ningún derecho a sus representantes para imponer un im­
puesto a Westminster”.493
Era, por supuesto, parte de la naturaleza misma de la repre­
sentación, tal como había sido desarrollada en Inglaterra y en las
colonias, que los electores de un solo distrito electoral confirieran
a sus representantes el derecho a im poner gravámenes y legislar
para toda la comunidad. El miembro del Parlamento elegido para
representar a Maidstone o Kent, a Londres o Westminster, se con­
vertía, por la magia del gobierno representativo, en legislador de
toda Gran Bretaña. ¿También se transformaría en legislador de
América del Norte? Esto era lo que los colonos negaban. Al hacer­
lo, al rechazar la extensión de la representación virtual más allá de
las costas de Gran Bretaña, estaban afirmando, sin darse cuenta
del todo, al principio, de lo que estaban haciendo, que las colonias
norteamericanas eran comunidades nacionales diferentes de las
que estaban representadas en el Parlamento. A partir de esta pre­
misa no expresada, ellos argumentaron inicialmente sólo que los
representantes de los distritos electorales británicos no tenían de­
recho a gravar a las colonias. Pero a partir de ello, mientras el Par­
lamento continuaba afirmando su autoridad en todos los casos sin
excepción, fueron llevados inexorablemente a la conclusión de
que los representantes británicos no tenían autoridad sobre ellos
en ningún caso, sin excepción. Los más visionarios habían llegado
a esa conclusión a fines de la década de 1760. En 1774, se convir­
tió en la posición oficial del Congreso Continental.494
Negar que Gran Bretaña y las colonias formaran una sola co­
munidad no significaba negar todas las relaciones que había entre
ellas. Quedaba su sumisión a un rey común. El objetivo inmediato
deLargumento colonia! fue eliminar la posición de compartir el
gobierno imperial asumida por la Cámara de los Comunes en In­
glaterra y poner a los representantes británicos en pie de igualdad
con los que integraban las diversas asambleas coloniales. Cada uno
tendría autoridad, por debajo del rey, sobre su propia comunidad.
El efecto del argumento, sin embargo, no fue solamente situar a
los representantes coloniales y a sus homólogos ingleses en un pla­
no de igualdad, sino también destacar el carácter de súbditos de
ambos en relación con el rey. Tal vez hubo algo más que un pare­
cido casual entre la posición colonial y la de la Cámara de los Co­
munes inglesa en la década de 1620. Los colonos estaban compro­
metidos a poner en su sitio a otros súbditos (es decir, a la Cámara
de los Comunes del siglo x v i i i ) , de manera muy parecida a lo que
los Comunes en la década de 1620 habían tratado de hacer con los
favoritos del rey, exaltándolo. La ironía de los rebeldes norteame­
ricanos al exaltar al rey no fue ignorada por los ingleses. Los nor­
teamericanos, decían, eran rebeldes en acción que destruirían la
libertad popular restituyendo al rey los poderes que el Parlamen­
to le había quitado. Pero los norteamericanos fueron indiferentes
a la acusación. Lo que ellos querían era que sus propias asambleas
representativas, dentro de sus propias jurisdicciones, tuvieran los
mismos poderes legítimos que la Cámara de los Comunes había
adquirido en Inglaterra, Insistieron hasta el final en su sumisión
constitucional a un rey que desafortunadamente había estado cauti­
vo de ministros venales y de una Cámara corrupta, una Cámara de
los Comunes que había asumido poderes que no correspondían
legítimamente a los súbditos.
Al final, por supuesto, fueron los representantes norteameri­
canos en los congresos provinciales y en el Congreso Continental
los que se desprendieron de la afirmación de ser súbditos y asu­
mieron toda la autoridad por sí mismos, tal como había hecho el
Parlamento en la década de 1640. Pero a medida que fueron for­
mando nuevos gobiernos independientes, se vieron condicionados
por su insistencia previa acerca de la representación como la voz de
los súbditos (¿o ciudadanos?) de cada comunidad local. A lo largo
de toda su existencia anterior, los representantes en la mayoría de
las asambleas coloniales tenían que vérselas con una autoridad
gubernamental que provenía del exterior. Ese mismo hecho había
preservado entre ellos, incluso antes de comenzada la lucha con
Inglaterra, un sentido más fuerte de ese carácter local de súbditos
de la representación que la que podían m antener lós hombres
que sesionaban en Westminster y que dem ostraron tener una vi­
sión de sí tan arrogante en las medidas que enemistaron a las co­
lonias. En el transcurso de la docena de años de resistencia a esas
medidas, los colonos insistieron una y otra vez en que un represen­
tante sólo obtenía su legitimidad, su única autenticidad, su única
razón de ser, de su contacto e identificación con sus propios elec­
tores. Cuando los representantes de las trece colonias “reunidas
en congreso general” declararon que sus distritos electorales eran
estados libres e independientes y que el pueblo de los Estados Uni­
dos era “independiente e igual” a cualquier otro pueblo, difícil­
mente podían darle la espalda a la idea de representación que los
había impulsado a la separación. Pero esa idea tan fundamental
para aplastar las pretensiones de los representantes de un país dis­
tante planteó problemas cuando los representantes estadouniden­
ses eliminaron toda otra autoridad y asumieron para sí mismos todos
los poderes de gobierno.
Los representantes que tomaron el poder en la revolución no
eran, en general, los miembros de las asambleas legalmente cons­
tituidas bajo los antiguos gobiernos reales. Los gobernadores rea­
les se aseguraron de que tales asambleas no estuvieran en sesión
cuando tuvo lugar la última confrontación con la autoridad britá­
nica. Pero las nuevas asambleas, convocadas por los comités revo­
lucionarios, fueron elegidas de la manera antigua, aunque con un
ligero aumento en el número de sus miembros. Y retomaron la po­
sición habitual de sus predecesores respecto de la autoridad ejecu­
tiva. En sus primeras reuniones redactaron constituciones que es­
tablecían un ejecutivo porque reconocían de mala gana q.ue
necesitaban un ejecutivo de alguna clase. Pero tuvieron el cuidado
de que no fuera demasiado independiente, sin darle ningún po­
der de veto, ni ningún otro que pudiera inhibir el suyo. Los nue­
vos gobiernos iban a ser administrados por representantes, y por re­
presentantes al estilo estadounidense, que conocían su lugar como
agentes del pueblo que los elegía.
Los hombres que hicieron la revolución no eran tan provin­
cianos como para creer que el agente de una ciudad o un conda­
do, estrechamente ligado a sus electores, estaba necesariamente
bien calificado para elaborar leyes y políticas para una sociedad
más grande, de la que su ciudad o condado era una parte. Pero en
el debate con el Parlamento no se habían visto obligados a enfren­
tar esta ineludible contradicción de la representación. Después de
1776, esto emergió como el problema principal de una nueva na­
ción comprometida tanto con la soberanía del pueblo como con
una idea predominantemente local de la representación. El pro­
blema era, como siempre había sido, lograr que los voceros de co­
munidades particulares, sin perder su identidad y sus relaciones
locales, actuaran sabiamente y bien para el pueblo de todo el esta­
do. Aunque un representante debe hablar en nombre de su comu­
nidad particular, las leyes que se redactaban entre todos recibían
su sanción, en la nueva situación, no del rey o de cualquier autori­
dad inglesa, sino del cuerpo colectivo del pueblo. Con mayor ra­
zón, entonces, el representante debía estar guiado por el interés
colectivo más que por el interés de su electorado particular.
La dificultad de conciliar las dos perspectivas se agravó por la
unión que las colonias ya habían logrado antes de que se declara­
ra la independencia, una unión que requería que los representan­
tes pensaran en términos de todo un continente. Pero el proble­
ma se presentó al principio y con fuerza en la formación de los
gobiernos de los diferentes estados. Era ya muy difícil hacer que
un representante, por ejemplo, del condado de Hanover, pensara
también en función de Virginia, y mucho menos de todo Estados
Unidos.
Aunque no podía haber ninguna manera ideal de solucionar el
problema, una manera intermedia podría haber sido dar una visión
más amplia a los representantes en los nuevos gobiernos haciéndo­
los elegir por electorados más grandes. Parecía razonable que cuan­
to más grande fuera el distrito que un hombre representaba, más
cercano estaría al interés común de todo el estado. La posibilidad fi­
nal sería hacer que todos los representantes fueran votados en gene­
ral, que cada votante votara por todos los representantes que hubie­
ra en la asamblea. Pero esto destruiría totalmente el carácter local
de sujeto de la representación sobre el que los estadounidenses
habían venido insistiendo. El camino interm edio de los grandes
electorados reduciría por lo menos el prejuicio de lo local y tam­
bién reduciría el siempre presente peligro de la corrupción: era
más difícil corrom per a un distrito grande que a uno pequeño.
Además, los distritos grandes eran menos propensos a la manipu­
lación por parte de combinaciones de demagogos y facciosos para
obtener beneficios privados. El pueblo de Lexington, Massachu­
setts, al considerar (y rechazar) la propuesta de una constitución
para el estado que daba un representante a cada pueblo, advertía
del peligro de que en la elección de representantes las “pequeñas
ciudades pueden transformarse en presa fácil para la influencia
corrupta de hombres astutos”.493 El ejemplo inglés fue citado una
y otra vez en este sentido: había sido a través de electorados de mu­
nicipios pequeños que los ministros corruptos habían podido do­
minar la Cámara de los Comunes.496 E incluso sin corrupción, pa­
recía probable que los representantes de distritos pequeños
estarían más dispuestos que los de los grandes distritos “a actuar
según los intereses e ideas estrechos y privados de sus electores
particulares en perjuicio del bien común y el desprecio de otras
partes de la com unidad”.49'
O tra manera de solucionar el problema podría haber sido re­
ducir la predisposición local en una cámara de representantes me­
diante una sucesión de elecciones. Así pues, el congreso provincial
de New Hampshire propuso en 1781 una constitución que dispo­
nía que las ciudades de cada condado eligieran anualmente dele­
gados a una convención del condado que luego elegirían entre
ellos mismos a una cantidad mucho más pequeña para ocupar los
escaños de la cámara de representantes en ia legislatura. Esto sig­
nificaría, reconoció el congreso, que ninguna ciudad tendría un
representante propio, lo cual era mucho mejor: “Esas opiniones
interesadas, ese espíritu partidario y el celo por la rivalidad que
con frecuencia surgen en las ciudades en esas ocasiones serán con
ello destruidos en gran medida, y el pueblo tendrá la necesidad de
actuar de acuerdo con mejores y más elevados principios”. Pero el
pueblo de New Hampshire decidió no tener esa necesidad. Cada
ciudad quería su propio representante escogido directamente por
sus propios votantes.498 Ylo mismo hicieron otras comunidades en
otros estados, ya fueran ciudades, parroquias o condados. Ningún
estado adoptó un sistema de elección indirecta de los representan­
tes, porque tal sistema habría traicionado la idea de representa­
ción sobre la que los colonos habían insistido durante el enfrenta­
miento con Inglaterra. Y por la misma razón ningún estado
adoptó la otra alternativa de grandes distritos electorales. En lugar
de ello, hicieron lo opuesto: redujeron el tamaño de los distritos,
crearon nuevos y más que duplicaron el número total de represen­
tantes en las diferentes asambleas.499 Además, la mayoría de los es­
tados exigió que el representante fuera residente de su distrito y
varios especificaron que sus electores debían tener el derecho a
dar instrucciones.500 Las nuevas asambleas representativas, que se
quedaron con la parte del león del poder en los nuevos gobiernos,
iban a ser, pues, todavía más propensas que sus predecesoras a las
influencias, los prejuicios y la corrupción locales.
Y de hecho lo fueron. Antes de que comenzara el enfrenta­
miento con Inglaterra, había sido habitual que las comunidades
votaran a sus hombres más prósperos y prominentes para que los
representaran en las asambleas coloniales. Con la multiplicación
de los distritos electorales y el aum ento del tamaño de las asam­
bleas se produjo una ampliación de la clase de hombres conside­
rados apropiados para ser parte de ellas. Los colonos habían soste­
nido que un representante debía pensar, sentir y actuar como sus
electores. En esta nueva etapa comenzaron a practicar lo que pre­
dicaban votando a los hombres más comunes, que no hablaban la
lengua rimbombante de los abogados, los comerciantes y los gran­
des terratenientes, hombres más parecidos a ellos mismos, que co­
nocían los problemas de manejar una granja pequeña y de mante­
ner alejados a los recaudadores de impuestos.501
Con tales hombres en los escaños de las cámaras de represen­
tantes y dando el tono del gobierno, debía encontrarse alguna
otra manera de incluir en él a personas que pudieran ver más allá
de los campos y bosques de sus propios vecindarios, que pudieran
contrarrestar la incompetencia y la dependencia local de los re­
presentantes y ocuparse del interés de todo el estado en un mun­
do más grande. Y, al principio, pareció que no había que buscar
lejos la manera de hacerlo. Si la solución de H arrington era ina­
ceptable, el principio que había detrás de ella todavía tenía senti­
do, es decir, dividir el carácter de sujeto de la representación de su
carácter de gobernante en dos cuerpos diferentes. Una asamblea
representativa podría estar autorizada (a diferencia de lo que pro­
ponía Harrington) a formular leyes, pero habría otra, un cuerpo
más pequeño, compuesto de hombres con una visión más amplia
y cabezas más reflexivas. Tendría poderes coordinados, una cáma­
ra alta que podía corregir o rechazar lo que proponía la cámara
baja de representantes y que también podría iniciar legislación pa­
ra ser revisada, rechazada o aceptada por la cámara baja. John
Adams tomó la delantera al instar a sus compatriotas a adoptar ese
sistema en 1776,502 y todos menos dos (Pensilvania y Georgia) de
los trece estados siguieron su consejo y adoptaron una legislatura
bicameral, en la que se suponía que la cámara alta expresaba un ma­
yor grado de sabiduría y un punto de vista más amplio y “liberal”
que la cámara baja.
El modelo más cercano a ese esquema no era el de Harring­
ton, ni era eí del Parlamento con su Cámara de los Lores, sino el
de las legislaturas coloniales, en todas las cuales, salvo una (Pensil­
vania) , el consejo nombrado por el gobernador había servido co­
mo una cámara alta. Los colonos, por supuesto, no tenían aristo­
cracia de títulos para crear una Cámara de los Lores, y a medida
que el entusiasmo revolucionario por la igualdad se desarrollaba,
los estadounidenses estaban seguros de que no querían tener una.
En sus Artículos de la Confederación de 1781 prohibieron a los Es­
tados Unidos y a todos sus estados miembros la creación de títulos
de nobleza (una prohibición que continuó en la Constitución de
1787). Para entonces a los estadounidenses les gustaba pensarse
como una sociedad sin rangos. Pero siempre habían distinguido
entre ellos a los de “mejor clase” de entre los de “clase intermedia”
y de “la cíase de los más pobres”. Benjamín Rush, el médico de Fi-
ladelfia, que era un republicano apasionado, pensaba sin embar­
go que las diferencias “naturales de rango eran en Pensilvania tan
ciertas y generales como las diferencias artificiales de los hombres
en Europa”.503 Se creía que en cualquier sociedad las diferentes
capacidades y habilidades naturales señalarían la diferencia entre
los, hombres. Eran estos aristócratas naturales, como llegaron a
ser llamados, quienes parecían estar libres de las estrechas mira­
das locales que se encontraban en una cámara de representan­
tes. Eran ellos a quienes sus compatriotas deberían instalar en
las cámaras altas de sus legislaturas, y de esa manera llevar al gobier­
no la estabilidad y la sabiduría que la aristocracia hereditaria tan mal
proporcionaba a través de la Cámara de los Lores en Inglaterra.
La cuestión era cómo identificar a esta aristocracia de talento
y méritos, y cómo canalizar hacia ella la autoridad que emanaba
en ese momento de todo el pueblo. No se podía esperar que los:
votantes supieran quiénes debían ser los más notables y los más ig­
notos. Deberían contentarse con los hombres que se elevaban por
sobre la multitud. Y lo que hacía que un hombre sobresaliera del
montón era su riqueza. En una sociedad donde no existían los^
rangos oficiales y sí existían grandes oportunidades económicas,;
era principalmente la riqueza la que otorgaba el respeto y la defe­
rencia como señal de habilidad y energía, si no por otra razón.
Así, por lo menos, pensaban aquellos que la tenían. Habían
sido la clase de los mejores en la sociedad colonial, la clase a la que
los demás otorgaban deferencia, la clase de la que los gobernado­
res reales habían escogido sus consejos. No tuvieron dificultad en
identificarse como la aristocracia natural del país. Aunque algunos
de ellos se habían mantenido leales al rey en la revolución y que­
daron fuera de carrera, otros ocuparon lugares de liderazgo en el
Congreso Continental y en el ejército continental, así como en los
gobiernos provisionales que sucedieron al colapso de la autoridad
real. Si bien suscribían los ideales republicanos y abjuraban de la
idea de una aristocracia hereditaria, pensaban que tenían más en
juego en el éxito de los nuevos gobiernos que los demás hombres,
y pensaban que sabían mejor que otros hombres lo que el pueblo,
correctamente informado, podría querer (concretamente lo que
ellos mismos, ya correctamente informados, querían).
Si la aristocracia natural y la amplitud de miras podían ser
identificadas por la posesión de enormes cantidades de propieda­
des, entonces un camino para instalar a los aristócratas naturales en
la cámara alta sería exigir la posesión de esas propiedades por parte
de los candidatos o los votantes de esa rama del poder. Aunque esto
planteaba el peligro de atar al senado a una clase, de la misma ma­
nera que los representantes estaban ligados a una localidad, eso
fue precisamente lo que muchos revolucionarios no muy revolu­
cionarios pensaron que era lo correcto. Varios estados probaron
hacerlo, pero salvo en Maryland, la cantidad de propiedades re­
queridas no resultó suficiente para asegurar el resultado, y en mu­
chos estados el pueblo se opuso a permitir que la riqueza fuera de al­
guna manera un indicador suficiente de méritos, o que las grandes
propiedades dieran derecho a alguien a tener poderes o autoridad
especiales.
Otra manera de seleccionar aristócratas naturales, como quie­
ra que se los definiera, podría haber sido elegir la cámara alta por
medio de elecciones indirectas, tal como lo propuso sin éxito la cá­
mara baja en New Hampshire, pero solamente Maryland adoptó
este método (junto con las rígidas exigencias de propiedad de ese
estado). Quedaba un camino intermedio: elegir la cámara alta a
partir de grandes distritos electorales. Aunque ningún estado qui­
so probarlo con la cámara baja, la mayoría de ellos lo probó con la
cámara alta. En todos los estados donde las nuevas constituciones
disponían la creación de una cámara alta o senado, éste tenía un
número m enor de miembros que la cámara baja, ya que cada
miembro representaba a un número mayor de votantes. Los arre­
glos precisos para conseguir este efecto, algunos de ellos muy com­
plicados, variaban de estado en estado, pero en general sin produ­
cir senadores que pudieran ser fácilmente identificados como parte
de la mejor clase.504
Sólo Connecticut y Rhode Island, funcionando según las anti­
guas cartas reales, eligieron una cámara alta en todo el estado. En
Rhode Island una costumbre defació de larga data que asignaba esca­
ños senatoriales por condado se impuso a cualquier tendencia aris­
tocrática y de votación general que representara al distrito en su con­
junto.305 El sistema de Connecticut, por otro lado, ofrecía lo que era
en muchos sentidos la solución menos desdichada para la totalidad
del problema de la representación. En una elección primaria que te­
nía lugar anualmente en septiembre, los hombres con derecho a vo­
to de cada ciudad de Connecticut se reunían y nombraban a vein­
te personas como candidatos para la cámara alta, que constaba de
doce miembros. Cualquier votante podía nominar o ser nominado.
Luego los votos de la ciudad eran contados, y las veinte personas con
los totales más altos en todo el estado eran nominadas. De entre
ellos, los hombres con derecho a voto, al mes siguiente, reunidos
otra vez en las ciudades, votaban por doce. Bajo este procedimiento
era poco frecuente que un hombre no fuera vuelto a proponer y ree­
legido todos los años por el tiempo que decidiera, pero era fácil eli­
minar al indigno y reconocer nuevos talentos y logros.506
Un entusiasta del sistema de Connecticut explicó más tarde
cómo éste puso a los hombres correctos en la cámara alta. Las per­
sonas, argumentaba, eran de dos clases, aquellas de visión amplia y
juicio equilibrado (aristócratas naturales) y aquellas predispuestas
por los intereses locales y el prejuicio.
La primera clase, siempre una minoría pequeña, estaba espar­
cida con poca densidad a lo largo de cualquier estado. En una
elección local (para representantes, por ejemplo) ninguno de
ellos podría imponerse, precisamente porque no estaban ligados
a las ideas locales, pero en una elección de alcance estatal los vo­
tos emitidos por personas de su clase pesarían más que aquellos de
los candidatos cuyos méritos estaban sólo en su popularidad local.
Los candidatos locales lograrían solamente votos locales, mientras
que los hombres de miras más amplias serían más extensamente
conocidos, aunque sus seguidores locales pudieran ser pocos.507
Era evidente que eso era lo que ocurría en Connecticut, de he­
cho, por la conducta de los votantes. En las reuniones municipales
donde se elegía la cámara alta, cada ciudad también elegía a sus re­
presentantes, y la votación por ellos se hacía primero. Los hombres
con derecho a voto se hacían presentes en importante numero pero
era notorio que apenas elegidos sus dos representantes y llegado el
momento de votar por los doce miembros de la cámara alta, la mayo­
ría de los hombres con derecho a voto se retiraba. Los candidatos
eran desconocidos para ellos personalmente y les era indiferente
quiénes fueran escogidos. Los votantes que se quedaban a las reunio­
nes para elegir a sus senadores eran los hombres más importantes de
la ciudad, cuyos negocios se extendían por el estado o más allá de él,
cuyos intereses iban más allá del nivel local. Ellos elegían natural­
mente a la clase adecuada de personas, las de su clase.508 Así pues, el
sistema de Connecticut conseguía algo del efecto que Harrington
había buscado. Lo hacía mediante ei sacrificio del carácter de sujeto
local de los representantes en la cámara alta, pero de todas maneras
ésta derivó de la elección popular. No había nada allí que impidiera
participar en la elección, si deseaban hacerlo, a todos los hombres
con derecho a voto. El sistema de Maryland también produjo una
cámara alta limitada a los aristócratas naturales, aunque los alejaba
mucho más de la elección popular.
Pero Connecticut y Maryland no respondían a lo que era la
norma. En general, ios senados de los estados eran demasiado pa~
; recidos a las cámaras bajas para cumplir con los propósitos que se
les asignaba. Aunque los distritos electorales eran más grandes,
aparentemente no eran lo suficientemente grandes. Los miem­
bros eran demasiado estrechos de miras, estaban demasiado afe­
rrados a los intereses locales, eran demasiado fáciles de corromper
o de ser afectados por influencias de grupos. Eran, podría decirse,
demasiado representativos. Eso, por lo menos, era lo que pensa­
ban ios aristócratas naturales del país, y así también les ha pareci­
do a los historiadores posteriores, incluso a aquellos cuyas simpa­
tías podrían haberles dictado otra cosa. En una extraordinaria
serie de estudios empíricos, Jackson Turner Main ha demostrado
que los miembros de las cámaras altas de las nuevas legislaturas, si
bien eran algo más libres de las conexiones locales que los miem­
bros de las cámaras bajas, eran mucho menos ricos que los miem­
bros de los andguos consejos coloniales y tendían a dividirse acer­
ca de asuntos particulares, de la misma manera que las cámaras
bajas. En ambas cámaras de las nuevas legislaturas, los miembros
se dividían en partidos opuestos o facciones a las cuales Main ha
designado significativamente como “cosmopolita” y “localista”.509
Los cosmopolitas no se distinguían sólo por un punto de vista
más amplio, que en la época se llamaba, por lo general, “liberal”,
sino también por una mayor riqueza, por su residencia en la costa
o sobre un río navegable y por las relaciones comerciales. La ma­
yoría de ellos probablemente se reconocían a sí mismos y eran re­
conocidos por otros como aristócratas naturales. Los localistas, por
otro lado, tendían a venir de regiones del interior que vivían de
una agricultura de subsistencia y eran considerablemente menos
adinerados. Si todos los cosmopolitas hubieran hecho su camino
hacia las cámaras altas y los localistas hacia las bajas, las legislaturas
podrían haber funcionado como se pretendía.^10 Pero distribui­
dos como estaban los cosmopolitas en las dos cámaras, fueron fre­
cuentemente superados por los localistas. Como resultado, las
asambleas estatales, no controladas ya por gobernadores realistas
y sus consejos de clase alta, actuaban de maneras que alarmaron a
muchos de los jefes de la revolución. Aprobaban leyes apresurada­
mente y las revocaban con la misma premura. Aprobaron leyes vio­
lando el tratado con Gran Bretaña, dem oraron o redujeron el pa­
go de deudas públicas y privadas, im primieron papel moneda
como moneda de curso legal, se negaron a pagar las cuotas de los
gastos nacionales correspondientes a sus estados, subieron sus
propios sueldos y bajaron los de otros funcionarios del gobierno.
Las cámaras altas pusieron algunos límites a estas medidas, pero
no lo suficiente como para solucionar el problema.
En Virginia George Masón, que redactó la Declaración de De­
rechos de] estado y gran parte de la Constitución del estado de
1776, para 1783 estaba completamente desilusionado con los resul­
tados. En una carta a un amigo lamentaba que “las frecuentes inter­
ferencias con la propiedad privada y los contratos; las leyes retros­
pectivas destructoras de toda confianza pública, tanto como de la
confianza entre hombre y hombre y las violaciones flagrantes de la
Constitución deben repugnar a la mejor y más sabia parte de la co­
munidad, ocasionan una gran decadencia de las formas, producen
el desprecio a la legislatura, y finalmente provocan la anarquía y la
conmoción pública”.011 Otro virginiano, Archibald Stuart, se quejó
de la misma manera a Thomas Jefferson dos años más'tarde y aña­
día: “no estamos en condiciones de esperar sino una poca ayuda del
senado. Ese cuerpo sigue siendo despreciable en cuanto a capaci­
dad. No tiene confianza suficiente en sí mismo para oponerse a la
voz de los delegados en ninguna ocasión”.012 (La cámara baja de
Virginia era conocida como la Cámara de Delegados.)
Stuart predicaba a los conversos, pues el mismo Jefferson ha­
cía mucho tiempo que venía insistiendo en una revisión de la
constitución de Virginia para lograr un senado más eficaz. El había
agrupado los condados del estado en distritos más grandes, para
luego hacer que los votantes eligieran un colegio electoral en ca­
da distrito para hacer la elección final de sus senadores, un siste­
ma comparable otra vez a la propuesta fallida para la Cámara de
Representantes de New Hampshire.013 El amigo de Jefferson, Ja­
mes Madison, pensaba que incluso tal sistema era inadecuado por­
que no escapaba suficientemente del “espíritu de localidad!Esta­
ba demasiado estrechamente ligado a los condados, y los
senadores, entonces, parecían estar “perdiendo de vista los intere­
ses combinados de la comunidad e incluso los sacrificaban a los in­
tereses o los prejuicios de sus respectivos electorados”. Aun sí una
medida estaba bien calculada para satisfacer los intereses particu­
lares de cada condado o distrito, podría no ser necesariamente
buena para todo el estado. Madison pensaba que la mejor manera
de hacer que los senadores se ocuparan del interés del estado co­
mo un todo era “convertirlos en elegidos de toda la sociedad, ha­
ciendo que cada ciudadano votara por cada senador”,554 en otras
palabras, una elección para todo el estado, como en Connecticut.
Madison ya estaba pensando en el tamaño como la única manera
de dar sabiduría y virtudes al gobierno representativo.
Pero ni Madison ni Jefferson llegaron demasiado lejos en la
renovación de la Constitución de Virginia, y el desempeño de la
legislatura de Virginia en la década de 1780 fue típico. Incluso
Maryland fue amenazado por una cámara de representantes fuera
de control, inclinada a aliviar a los deudores con planes inflaciona­
rios que parecían amenazar la seguridad de la propiedad.513 La si­
tuación era particularmente preocupante en hombres para quie­
nes la revolución había traído una concepción del mundo que no
iba solamente más allá de su pueblo o condado natal, sino más allá
de su estado de residencia. Había muchos de esos hombres que
habían peleado en el ejército continental o habían ocupado un lu­
gar en el Congreso Continental o que habían llevado sus negocios
a una escala continental. Eran hombres que pensaban, como seña­
ló Alexander Hamilton, continentalmente. Cuando buscaban la
manera de controlar sus legislaturas estatales de visión corta, pen­
saban no sólo en el peligro que estos cuerpos significaban para los
principios republicanos, sino también en la creciente “imbecili­
dad”, es decir, la impotencia, del Congreso y el fracaso inminente
de la unión que presidía. Para los cosmopolitas, para los que pen­
saban en el continente, la unión había llegado a encarnar esos
sentimientos a los que relacionamos palabras tan inadecuadas co­
mo “nacionalismo” y “patriotismo”. Y, al mismo tiempo, expresaba
alguna de las esperanzas revolucionarias de un futuro en el cual la
monarquía y la aristocracia hereditarias darían paso en todo el
mundo a la libertad republicana, a un gobierno en el que el pueblo
fuera soberano. Pero eran los representantes del pueblo los que en
ese momento amenazaban con destruir la unión y deshonrar toda
la idea de soberanía popular.
Los estadounidenses estaban descubriendo, como los ingleses
habían descubierto en el siglo anterior, que la soberanía del pue­
blo podía plantear amenazas a los propios valores para cuya pro­
tección había sido aparentemente creada. Las dificultades con las
que tropezaban los estadounidenses no eran del todo las mismas
que habían desilusionado a muchos autores de panfletos ingleses
en las décadas de 1640 y 1650. Los estadounidenses no estaban
acosados por un ejército revolucionario cuyos oficiales afirmaban
ser la voz del pueblo de manera más auténtica que los represen­
tantes elegidos por el pueblo. El único intento de este tipo fue
aplastado rápidamente por el comandante en jefe. Tampoco esta­
ban los estadounidenses sometidos a representantes que se aferra­
ban al poder y se negaban a enfrentar una elección. Sin embargo,
los problemas estadounidenses provenían, como en Inglaterra,
del mal uso por parte de los representantes de los poderes asumi­
dos en nombre del pueblo. Para vérselas con el problema, tenían
la ventaja de la experiencia inglesa, aunque a veces no se daban
cuenta del todo de que estaban abriendo senderos marcados (pero
no recorridos) por sus predecesores ingleses.
La reacción estadounidense ante los problemas planteados
por el gobierno representativo no fue restaurar la monarquía, co­
mo los ingleses habían hecho en 1660, aunque unos pocos habla­
ron desenfrenadamente de tomar ese camino. En cambio, los es­
tadounidenses reaccionaron repensando la soberanía del pueblo,
no para repudiarla, sino para ponerla al servicio de los objetivos
que señalaban las ficciones asociadas a ella. Aunque se originó co­
mo una herram ienta de oposición al gobierno, podía ser usada
por la minoría que reflexionaba para dominar a las mayorías que
no lo hacían, para controlar los prejuicios locales de los represen­
tantes y dar una composición más cosmopolita a sus asambleas.
De qué manera podía lograrse esto era algo que había comen­
zado a preocupar a los estadounidenses pensantes tan pronto co­
mo la independencia eliminó la autoridad externa, pero la locura
evidente de las asambleas de los estados en la década de 1780 dra­
matizó y aclaró el problema e hizo que su solución fuera cada vez
más urgente. El problema, como se presentaba en ese momento,
era doble: prim ero, en nombre del pueblo, poner límites a las ac­
ciones de los representantes del pueblo, y segundo, si era posible,
ampliar la visión de los representantes mismos, sin destruir el ca­
rácter de sujetos locales que los hacía representativos. En última
instancia, los dos problemas y sus soluciones estaban entrelazados,
pero se materializaban por separado.
La prim era solución ya había sido elaborada, pero no imple-
mentada, durante la revolución inglesa. Los levellers, incluso mien­
tras pedían un Parlam ento más representativo, habían buscado
una manera de que el pueblo limitara a sus representantes. Ha­
bían sugerido “un Acuerdo del pueblo, iniciado y concluido entre
el pueblo” como constitución fundamental superior a los estatutos
parlamentarios. Aunque los levellers fracasaron, el ejercicio de la
soberanía popular en Inglaterra condujo a otros, como Vane y
Lawson, a hacer la misma distinción entre el poder electivo del
pueblo y el poder legislativo del gobierno. Se le dejó ajo h n Locke la
tarea de refinar la distinción y darle la forma clásica en su Segundo
tratado sobre el gobierno civil.
Los contem poráneos de Locke fueron lentos para entender
a fondo las im plicaciones conservadoras de su argum ento. En
1689, los hom bres que pergeñaron la Gloriosa Revolución ingle­
sa no corrieron el riesgo de convocar al pueblo, fuera éste lo
que fuese, a la acción. Después de que se hizo evidente que el
orden social había sobrevivido intacto, se m ostraron dispuestos
a utilizar el Tratado sobre el gobierno, de Locke, como una explica­
ción posible de lo ocurrido, pero no fue una explicación que
encontrara algún lugar en la ley inglesa. El pueblo inglés nunca,
ni siquiera ficcionalm ente, ejerció su poder constituyente del
Parlamento. Actuó solamente a través de sus representantes en
la Cámara de los Comunes.
Ni, a decir verdad, Locke les había dicho cómo podían actuar
de otra manera. Ni Lawson ni Locke estaban seguros acerca de có­
mo el pueblo, ya encarnado en una sociedad (de cualquier mane­
ra que se hubiera llegado a ello), podría llegar a formar un gobier­
no. Prefirieron pensar que eso ya había ocurrido en un pasado no
registrado. Incluso los levellers habían sido poco precisos respecto
a cómo su Acuerdo del Pueblo podía ser alcanzado. (¿De qué ma­
nera el pueblo autorizaría su redacción? ¿Quién lo firmaría? ¿Qué
pasaría con los que se negaran a firmarlo? ¿Qué se haría si una ma­
yoría se negaba a firmar?) Pero esto es sólo decir que la soberanía
del pueblo, como el derecho divino de los reyes, y como la repre­
sentación misma, es una ficción que no puede sobrevivir a un exa­
men demasiado detallado o a una aplicación demasiado literal.
Requiere que creamos no sólo en la existencia de algo que llama­
mos el pueblo, sino también en la capacidad de ese “algo” de to­
mar decisiones y de actuar aparte de sus representantes elegidos
en localidades particulares. Una vez que adoptamos estas ficcio­
nes, el ejercicio del poder constituyente del pueblo se convierte en
una idea útil para hacer que funcione el gobierno representativo.
Cuando los estadounidenses declararon la independencia y se
pusieron a establecer nuevos gobiernos, la idea estaba allí para que
la usaran, pero pasó algún tiempo antes de que encontraran una
manera aceptable de aplicarla. No hay pruebas de que estuvieran fa­
miliarizados con la obra de los levellers}donde habrían encontrado
los análisis más explícitos sobre ellos; pero estaban familiarizados
con Locke, y en el transcurso de la lucha con Inglaterra habían de­
sarrollado en casi todos los niveles de su sociedad un grado de sofis­
ticación y experiencia política que les permitió llevar los conceptos
abstractos a la práctica o, para decirlo de otro modo, dar una base
factual plausible a las ficciones de la soberanía popular.
Los estadounidenses parecen haber reconocido desde el prin­
cipio que una constitución debía ser diferente en esencia de la legis­
lación corriente. Cuando los congresos provinciales tomaron el
control del gobierno en 1775 y en 1776 comenzaron a redactar y a
adoptar constituciones para sus respectivos estados, trataron de dar
una especial sanción popular a su elaboración de la constitución,
aunque más no fuera afirmando en un preámbulo que el pueblo les
había dado los poderes y que la constitución que produjeron debía
ser suprema como expresión de la voluntad del pueblo. De inme­
diato se levantaron voces para señalar que llamarla suprema no ha­
cía que lo fuera de verdad y que un congreso que estaba actuando
como un gobierno no era el cuerpo adecuado para actuar en nom­
bre del pueblo para determinar cuáles debían ser los límites o la for­
ma de su gobierno. Una constitución debía poseer algún tipo de au­
torización popular directa que la colocara más allá del poder del
gobierno para cambiarla. Pero ante las crisis de tiempo de guerra
parecía poco prudente avanzar con esa objeción.316
El problema puede haber parecido menos crucial en los pri­
meros años de la revolución debido a la facilidad con la que el
pueblo había, aparentem ente, sido capaz de actuar separado de
sus gobiernos. Cuando el extralegal Congreso Continental formó
la Asociación Contra el Comercio con Gran Bretaña en 1774, la gen­
te en todas las colonias había participado en comités locales para ha­
cerlo cumplir en una visible demostración de acción popular.517 Un
año o dos más tarde, en todos los estados, el gobierno autorizado por
el rey había dado paso a un gobierno autorizado por el pueblo con
un mínimo de desorden. Las asambleas representativas de los viejos
gobiernos habían sido reemplazadas por congresos elegidos de la
misma manera, a menudo con más votantes y un mayor número de
miembros, y estos congresos simplemente asumieron todos los pode­
res de gobierno en nombre del pueblo.018 Para los radicales ingleses,
como hemos visto, los estadounidenses parecían estar demostran­
do que el pueblo podía actuar separado de su gobierno cuando el
gobierno traicionaba su confianza.
Los estadounidenses continuaron mostrando una disposición
para la acción directa, no sólo para desafiar al gobierno existente,
sino también para complementarlo. Incluso antes de la revolu­
ción, no era extraño que las multitudes, organizadas y no organi­
zadas, se reunieran con el propósito de implementar políticas que
el gobierno demoraba en llevar a cabo. Con la llegada de la inde­
pendencia, las comunidades locales constituyeron comités para
eliminar a los toñes entre ellos y a veces se reunían para controlar
a los especuladores que trataron de aprovechar la escasez de los
tiempos de guerra. Cuando el objetivo superaba el ámbito local,
no vacilaban en organizar convenciones para el estado e incluso
interestatales, con o sin el apoyo del gobierno, para abordar el
problema. Muchas de esas convenciones tuvieron lugar en la déca­
da de 1770 en un intento por controlar los precios de los artículos de
primera necesidad. Las personas que asistieron no eran voluntarios
espontáneos, sino delegados elegidos.519
No está totalmente claro cómo fueron elegidos y a quiénes re­
presentaban, pero apenas había un breve paso entre las conven­
ciones elegidas destinadas a complementar al gobierno y las con­
venciones elegidas para ejercer el poder constituyente del pueblo
para definir y limitar al gobierno, en la forma anhelada por los le­
vellers y convertida en respetable por John Locke.
Massachusetts fue el primero en dar ese paso. El estado había
continuado bajo un gobierno provisional basado en su antigua car­
ta real hasta 1777, cuando la Corte General, después de solicitar la
autorización específica de los votantes, redactó una constitución y la
presentó a las ciudades para que fuera votada por todos los varones
adultos. El resultado fue un rechazo abrumador. Muchas ciudades
ya se habían opuesto en principio a una constitución redactada por
un cuerpo gobernante, y otras repitieron la objeción al rechazar la
constitución propuesta. En consecuencia, en 1779 tuvo lugar, por
primera vez en la América del Norte independiente y quizás en el
mundo entero, una convención popularmente elegida con el exclu­
sivo propósito de redactar una constitución que debía ser sometida
al pueblo para su ratificación, con el requisito de que se necesitaría
una mayoría de dos tercios de todo el pueblo (no sóló una mayoría
de ciudades) para hacerla efectiva.520
Las reuniones municipales analizaron cláusula por cláusula las
propuestas del documento; aceptaron algunos artículos, rechazaron
otros y sugirieron varias enmiendas. Aunque no hubo una mayoría
de dos tercios de los allí reunidos para muchas disposiciones, la con­
vención, que volvió a reunirse para contar los votos, ignoró las suge­
rencias, interpretó las revisiones como aprobaciones y declaró adop­
taba la constitución. A pesar de este dudoso procedim iento
final, puede decirse que la constitución de Massachusetts, con
más credibilidad que ninguna otra, fue un acto del pueblo sobera­
no. Como tal, dio a las demás ramas del gobierno una autoridad po­
pular que las ayudaría a sostenerse en cualquier caso frente la ra­
ma representativa y les dio a los representantes mismos una
nueva relación con el pueblo como un todo.
Que esa haya sido la intención de la convención o del pueblo
que la eligió, tal vez pueda dudarse (aunque ésa fue ciertamente
la intención de John Adams, el autor principal del docum ento).
Pero los resultados de varias ciudades muestran una gran preocu­
pación por superar las limitaciones locales del gobierno represen­
tativo. A pesar de las recientes denuncias de representación vir­
tual, varias ciudades sugirieron que se aprobara una disposición
para que los representantes fueran pagados por el estado y no por
sus electores, "porque ellos son representantes no sólo de esta o
aquella ciudad en particular (lo cual supondría que actuarían
pensando sólo en los intereses de esa ciudad en particular), sino
de todo el cuerpo del pueblo [...] y así haríamos por el modo de
sostén y pago así como otras cosas que se apartaran del partido y
de los prejuicios para ocuparse de los grandes intereses del con­
junto”*521 Que este tipo de argumentos haya sido impulsado más
por un deseo de bajar los costos locales, apenas si disminuye la
apelación a los intereses del pueblo como un todo.
La nueva constitución no dio al gobernador electo de Massa­
chusetts un poder de veto total sobre la legislación, como John
Adams hubiera querido. Pero el argumento de una ciudad para te­
ner tal poder revela otra vez la preocupación por frenar los lazos
locales de los representantes. El pueblo de Wells, en el distrito de
Maine, Massachusetts, podría haber dado a A lgernon Sidney al­
gunas lecciones sobre los obstáculos del gobierno representativo.
Escribieron lo siguiente:

No podemos sino pensar que sería sumamente peligroso y po­


co político dejar un poder incontrolable de legislación en ma­
nos de aquellos que son sólo representantes de particulares dis­
tritos del país o de los más pequeños, quienes a menudo
pueden estar predispuestos a actuar de acuerdo con las ideas e
intereses estrechos y privados de su particular electorado en
perjuicio del bienestar general y dañando a otros sectores de la
comunidad, sobre todo si consideramos que varios miembros
del cuerpo legislativo son elegidos por algunos distritos en par­
ticular como sus representantes particulares y muy probable­
mente son elegidos con frecuencia con el único propósito de
servir y promocionar esas ideas y proyectos de sus electores, lo
cual podría ser perjudicial para los otros sectores del estado.

Con estos fundamentos, el “representante común del pue­


blo”, es decir, el gobernador, debe “tener su mano totalmente li­
bre y debe tener el poder de actuar eficazmente y con brazo fuer­
te para proteger, en cada ocasión que se requiera a todos y cada
uno de los sectores del electorado”.522
Tal como aparece, la idea de un gobernador como represen­
tante de todo el pueblo, al igual que la idea de una convención
constituyente independiente del gobierno y superior a él, parece­
rían ser afirmaciones del poder popular. Y los habitantes de las
ciudades de Massachusetts fueron francos al aseverar la superiori­
dad del pueblo por sobre todos los funcionarios de su gobierno,
quienes siempre serían considerados servidores de aquellos que
les daban el empleo. En los años siguientes, esas afirmaciones se
hicieron comunes en todos los estados, mientras las convenciones
constitucionales se transformaban en la forma aceptada de situar
al pueblo por encima de su gobierno.
No es claro cuán temprano se evidenciaron las implicaciones
opuestas y conservadoras de esta idea. En 1787, Noah Webster, uno
de los conservadores más locuaces de su tiempo, todavía no había
comprendido el hecho de que el conservadurismo en Norteamérica
tendría que basarse en la soberanía popular. En su American Magazi­
ne denunció la mentira de la ficción, pero al hacerlo sin quererlo re­
veló su utilidad. El pueblo, argumentó, no puede ser superior a sus
representantes porque el pueblo puede actuar por sí mismo sola­
mente en pequeños grupos locales. No podría manejar un gobierno.
Lo más que podía hacer era elegir representantes y someterse a ellos.
Por lo tanto, asignar a una convención representativa mayor poder
que a una asamblea legislativa representativa era ridículo y contra­
producente. Era obligar a los representantes recientemente votados
a someterse a las decisiones de otros representantes votados antes,
quizá muchos años antes, cuando las condiciones eran por comple­
to diferentes de lo que luego iban a ser.023
Pero ése, en última instancia, era el objetivo de la ficción, im­
pedir que los representantes hicieran lo que a ellos o a sus electo­
res les placiera en el momento. Una constitución superior a la le­
gislación ordinaria podía asegurar un lugar fuerte en el gobierno
a los poderes ejecutivo y judicial tanto como a la legislatura, ha­
ciendo de todos ellos representantes de la soberanía popular y ga­
rantizándoles a todos ellos una participación en el poder que su­
puestamente emanaba del pueblo. La doctrina de la revisión
judicial fue bosquejada recién en 1788, pero resultó ineludible en
cuanto una constitución escrita fue convertida en suprema, por
encima de la legislación, simulando que se trataba de un acto del
pueblo soberano. Si una cámara de representantes aprobara una
legislación que violara las disposiciones de la constitución del pue­
blo y la cámara alta no la rechazara, un gobernador elegido ten­
dría el derecho de vetarla, y si su veto fuera invalidado, los tribuna­
les podrían negarse a hacerla cumplir, es más, tendrían que
hacerlo efectivamente, ya que de otra manera no podrían hacer
cumplir la ley superior encarnada por la constitución.
Naturalmente, había constituciones y constituciones. Una
convención constituyente podía depositar todo el poder en una
asamblea representativa. Pero en la década de 1780 la creencia en
la separación de los poderes estaba muy extendida. Durante siglos
los ingleses se habían jactado de su gobierno mixto, en el que el
poder ejecutivo, el poder legislativo y el poder judicial presunta­
mente se equilibraban entre sí. Lo que supuestamente había sali­
do mal y precipitado la revuelta norteamericana había sido el pre­
dominio, por la corrupción, del poder ejecutivo sobre el poder
legislativo. La mayoría de las primeras constituciones estadouni­
denses, redactadas por los congresos provinciales, había elogiado
mucho la separación de poderes, pero de hecho les daban la me­
jor parte a las asambleas representativas. La constitución de Mas­
sachusetts, por otro lado, dio el verdadero poder al senado y al go­
bernador, e independencia al poder judicial. Si Massachusetts era
una muestra equilibrada, las convenciones constitucionales resulta­
rían ser más confiables que las asambleas representativas en cuan­
to á distribuir el poder del pueblo.
Era razonable pensar que un cuerpo que podía disolverse a sí
mismo y que no iba a compartir el poder del futuro gobierno sería
más imparcial para repartir la autoridad que una asamblea que
era ella misma el poder legislativo del gobierno.
La gran ventaja de una convención constituyente combinada
con la ratificación popular era que expresaba la soberanía de todo
el pueblo en el gobierno y no sólo en la sección representativa ele­
gida en el ámbito local. Si una convención asignaba una adecuada
autoridad a las otras ramas y obtenía la sanción popular para ello,
los prejuicios locales y la falta de visión de los representantes se­
rían controlados por funcionarios que no estaban atados a electo­
rados locales y que sentían una responsabilidad mayor en relación
con el todo. Pero para 1787 Massachusetts y New Hampshire eran
los únicos estados con una constitución elaborada y ratificada de
esa manera. Estaba en duda si los demás estados seguirían el ejem­
plo, y aun si lo hicieran la rama representativa podría seguir sien­
do demasiado poderosa frente a las demás ramas.
Toda la cuestión estaba ligada a la unión de los estados. El domi­
nio de los representantes en los gobiernos de los estados significaba
su dominio sobre el Congreso Continental, para el cual ellos elegían
los delegados. El estatus del Congreso y su relación con la soberanía
del pueblo habían -sido ambiguos desde el principio, y la ambigüedad
se había mantenido en los artículos de la Confederación de 1781 que
definieron la unión. Aunque la independencia había determinado
que los norteamericanos no eran parte del pueblo de Gran Bretaña,
no había determinado si eran un pueblo o muchos, o si la soberanía
del pueblo, por ejemplo de Virginia, se agotaba en la creación de un
gobierno independiente para Virginia. Si los norteamericanos eran
en algún sentido un pueblo, ¿ese pueblo disfrutaba de la soberanía
también? ¿Ysi así era, quiénes eran sus representantes?
Fue en respuesta a estas preguntas, elaboradas gradualmente en
la década y media posterior a 1774 (aunque no respondidas definiti­
vamente hasta 1864), que los estadounidenses descubrieron una ma­
nera nueva y más eficaz de adaptar la soberanía del pueblo para supe­
rar las deficiencias de la representación orientada hacia el nivel local.
11. La in v en ció n del p u e b lo
estadounidense

Cuando el prim er Congreso C ontinental se reunió en 1774,


ninguno de los presentes estaba muy seguro de lo que se trata­
ba. Los miembros habían sido escogidos de muchas formas dife­
rentes, por asambleas coloniales regulares, por congresos pro­
vinciales extralegales, por comités de correspondencia. De una
manera u otra cada uno de los miembros se consideraba a sí
mismo un representante de la colonia de la cual procedía, sólo
que no estaba claro precisam ente de qué m anera. Algunos de
ellos pensaban que el Congreso era una especie de grupo de de­
bate sólo capaz de ofrecer recom endaciones, otros lo veían no
como un cuerpo de gobierno, sino, quizá, como el origen de
uno. Sin tratar de definir la cuestión, form aron una “Asocia­
ción” para detener el comercio con Gran Bretaña, pero desmen­
tían la implicación de acto voluntario del nom bre al disponer la
creación de comités locales para hacerla cum plir a los indivi­
duos en todo el territorio de lo que iba a ser la unión, un acto
que parecía muy gubernam ental.524
Para la época en que el segundo Congreso Continental decla­
ró que “estas Colonias Unidas son y por derecho deben ser estados
libres e independientes”, el Congreso mismo estaba actuando como
el gobierno de un único estado libre e independiente. Estaba ha­
ciendo la guerra, estaba en el proceso de formar una alianza, había
abierto el comercio de las colonias al m undo y finalmente haría la
paz, todos actos que la Declaración especificaba como distintivos
de un estado libre e independiente.
Pero con la creación de los gobiernos estatales y la redacción
y posterior aprobación de los Artículos de la Confederación, la
osadía del Congreso comenzó a desvanecerse. Los Artículos le
asignaban grandes poderes, que norm alm ente corresponderían a
un gobierno. Además de hacer la guerra, hacer la paz y formar
alianzas, el Congreso podía regular el valor de la moneda, crear
un correo, tomar préstamos de dinero, crear una marina, etcéte­
ra. Pero casi la única manera en que el Congreso podía actuar era
a través de los gobiernos de los estados. Podía tomar préstamos de
dinero, pero no podía recaudar impuestos. Podía firmar tratados,
pero no podía hacer cumplir sus términos. Podía aprobar resolu­
ciones, pero no aprobar leyes. Era un gobierno con poderes asig­
nados, pero sin poder. Y su situación anómala reflejaba una duda
respecto de si sus miembros podían ser considerados representantes
del pueblo, y si era así, de qué pueblo: los pueblos de los distintos
estados o el pueblo de una nación.
De acuerdo con la práctica observada tan pronto como los es­
tados se libraron de la autoridad real, los miembros del Congreso,
con dos excepciones, fueron elegidos por las legislaturas (en Rho-
de Island y Connecticut fueron escogidos por votación en todo el
estado). Si eran representantes, ¿de qué eran representantes? Una
respuesta honesta, en palabras de Patrick Henry, fue la de que
eran simples “representantes de representantes”. 525 Según los es­
tándares en los que los norteamericanos habían insistido al opo­
nerse a la tributación británica, los miembros del Congreso no
eran realmente y de ninguna manera representantes, sino envia­
dos de los gobiernos de varios estados. Y los Artículos de la Confe­
deración los reconocían como tales al no darles autoridad para
imponer gravámenes ni para hacer o aplicar leyes.
Lo que el Congreso sí tenía eran las condiciones deseadas pa­
ra la cámara alta de una legislatura republicana: había sido elegi­
da de manera indirecta por el pueblo a través de las legislaturas de
los estados y sus miembros eran en general la clase de personas
que podían ser consideradas aristócratas naturales en sus respecti­
vos estados. Pero el Congreso no podía desempeñar las funciones
de una cámara alta para el país como un todo, ni para cada uno de
los estados. No tenía una cámara nacional de representantes direc­
tamente votados por el pueblo para expresar su consentimiento a
cualquier medida que propusiera. En cambio, tenía en efecto tre­
ce cámaras de representantes, o más apropiadamente veinticuatro
(Pensilvania y Georgia no tenían senado). Alguna de las veinti­
cuatro podía negarse a llevar a cabo sus propuestas, resoluciones,
ordenanzas, o como quisiera que se llamaran sus acciones. Ysin em-
bargo, el congreso no tenía el correspondiente poder de rechazar
las acciones tomadas por los estados.
Mientras duraron las presiones de la guerra, las asambleas de
los estados aceptaron en general lo que el Congreso les solicitaba.
Pero incluso antes de que terminara la guerra, ya se habían vuelto
habituales el desafío o el incumplimiento por parte de los estados
individuales respecto de las acciones del Congreso. Las cámaras de
:representantes de los estados, dominadas por los localistas, pare­
cían empeñadas en demostrar que los verdaderos representantes
no podían extender su visión más allá de los estrechos confines de
sus distritos electorales. Y el Congreso no era para ellos más que lo
que eran sus senados en cada estado.
Para los hombres con visión continental que contemplaban
esta situación con creciente consternación, el obstáculo más for­
midable a solucionar era la idea misma de representación que ha­
cía necesaria la solución. Si los estadounidenses hubieran conside­
rado en general la representación como compatible con la
elección indirecta, podrían haber aceptado al Congreso como un
cuerpo representativo, y por lo tanto le habrían concedido los po­
deres de un cuerpo representativo, particularmente el poder de
imponer gravámenes. Los reformadores con visión continental
empezaron a proponer esa concesión casi tan pronto como el
Congreso comenzó a existir, sosteniendo que sus miembros eran
efectivamente representantes del pueblo.a26 En dos ocasiones sus
argumentos casi se impusieron. Casi consiguieron obtener para el
Congreso un poder muy limitado de im poner contribuciones, el
poder de recaudar un impuesto del 5% sobre las importaciones
en cada uno de los Estados Unidos. Pero todo plan de este tipo an­
tes de 1787 al final fracasó por la renuencia de los estadouniden­
ses a confiar poderes gubernamentales a cualquier cuerpo que no
estuviera sujeto al veto de sus representantes electos en el orden
local. Si los miembros del Congreso eran representantes, eran re­
presentantes virtuales o eran un simple consejo ejecutivo, y todo el
mundo sabía que a los ejecutivos no se les debía permitir recaudar
impuestos sin el consentimiento explícito de representantes ver­
daderos. Dotar al Congreso del poder de sancionar impuestos, se
decía, sería darle la clase de poderes que Carlos I había reclamado
en el famoso caso del impuesto para la marina de guerra de la dé­
cada de 1630 y que el Parlamento, en las garras de un ejecutivo
corrupto, había solicitado en las décadas de 1760 y 1770.o2/
Antes de 1787 nadie parece haber señalado que la respuesta
era crear una cámara nacional de representantes popularmente ele­
gida. Quizá nadie lo sugirió debido a que el predominio de la visión
local de sujeto de la representación parecía descartar esa posibili­
dad. Era una máxima aceptada del pensamiento político de la épo­
ca que el gobierno republicano estaba confinado, por propia natu­
raleza, a estados pequeños. Montesquieu, quien había expresado de
manera más influyente esta idea, la había fundamentado en la ex­
periencia de las ciudades estado de la Antigüedad, que no ha­
bían utilizado la representación.528 Pero de todas maneras, a los
estadounidenses la idea les parecía convincente, y limitaron la re­
presentación por su propia naturaleza a las comunidades pequeñas.
Una asamblea nacional representativa en la escala empleada para
las asambleas de los estados sería demasiado grande como para que
funcionara como un solo cuerpo. Y sería tan imposible que estuvie­
ran representados en ella todo el pueblo de las diversas ciudades y
condados del país como había sido que lo estuvieran en el Parla­
mento. Este argumento no parece haber sido empleado antes de
1787, pero tan pronto como se propuso la creación de una cámara
nacional de representantes se lo usó, como veremos. Que nadie pro­
pusiera tal cosa antes de 1787 se debió probablemente, en parte, a
que conocían la reacción que ello causaría.
Fue la situación aparentemente desesperada la que condujo a
la propuesta en 1787. En Rhode Island, la legislatura había con­
vertido a su papel moneda sin valor en m oneda de curso legal pa­
ra el pago de deudas, y los alegres deudores perseguían a sus
acreedores para term inar con sus deudas. En Massachusetts, los
agricultores de los condados occidentales, a pesar del hecho de
que la constitución del estado les daba más de lo que íes corres­
pondía en la representación al interior de la legislatura, se alzaron
en armas, cerraron los tribunales y tomaron un arsenal de los Es­
tados Unidos. Levantamientos similares apenas si se habían logra­
do evitar en New Hampshire y Connecticut.529 Aunque todos los
rebeldes finalmente fueron dispersados, se dijo que la nueva legisla­
tura de Massachusetts, tanto el senado como la cámara de represen-
tantes, estaba llena de sus partidarios. Allí se podía esperar que con­
tinuaran persiguiendo sus objetivos, que un miembro del Congreso
describió histéricamente como “la abolición de las deudas públicas
y privadas, la división de la propiedad y un nuevo gobierno fundado
en los principios del fraude y la maldad, o la restauración de la rela­
ción con Gran Bretaña”.550 En Virginia también, los condados occi­
dentales clamaban por más papel moneda, y una multitud cerró los
tribunales y quemó los juzgados y las prisiones.031
La situación puede no haber sido tan desesperada como apa­
centaba, pero a muchos les pareció que era el cumplimiento de las
predicciones de guerra civil que los conservadores habían hecho
en 1776, John Marshall, el futuro presidente de la Corte Suprema,
pensó que sin la creación de un gobierno nacional eficaz, nada
: podría impedir “la anarquía primero y las convulsiones civiles des­
pués”.532 Otro virginiano, James Madison, pensaba que la reputa­
ción de gobierno republicano había sido “dañada de manera inex­
presable”, y observó que las mejores mentes estaban dando
muestras de una alarmante “propensión hacia la m onarquía”.033
Fue Madison quien dio la solución que se impuso en última ins­
tancia, la Constitución de los Estados Unidos, aunque ésta no tomó
del todo la forma que él inicialmente deseaba cuando, junto con sus
contemporáneos, se abría camino a tientas hacia la gran Conven­
ción Constituyente de 1787. Esa convención, en cuya puesta en mar­
cha Madison jugó un papel principal, no se ajustaba a la receta ideal
para simular un ejercicio del poder constitucional del pueblo, pues
los miembros fueron elegidos por las legislaturas, no directamente
por el voto popular. Pero aun antes de que se reuniera la Conven­
ción, Madison reconoció que podía alcanzar los objetivos que tenía
en mente para ella sólo apelando a una soberanía popular, no reco­
nocida del todo hasta entonces, del pueblo de los Estados Unidos
como un todo. Sólo éste podía ser considerado algo superior al pue­
blo de cualquier estado por sí solo. Y lo que Madison tenía más di­
rectamente en mente era superar las deficiencias de los representan­
tes de orientación local que ocupaban escaños en las legislaturas de
los estados. Para ese fin, imaginaba un auténtico gobierno nacional,
que se apoyara en la autoridad no de los gobiernos de los estados y
ni siquiera en la de los pueblos de los estados considerados por se­
parado, sino en el pueblo estadounidense, un pueblo que constituía
una entidad distinta y superior, capaz de dar al gobierno nacional
una autoridad que necesariamente chocaría con la autoridad de los
gobiernos de los estados.
Las implicaciones totales de lo que iba a proponer no eran
evidentes a primera vista ni siquiera para el propio Madison. Así
como en la década de 1640 la Cámara de los Comunes inglesa ha­
bía inventado un pueblo soberano para derrotar la soberanía del
rey, Madison estaba inventando una soberanía del pueblo estadou­
nidense para superar la soberanía de los estados. No era una de
esas invenciones para las cuales el mundo no estaba preparado, si­
no que se trataba de un invento que clamaba por ser puesto en
práctica. La revolución había creado una reserva de sentimiento
nacional y toda una clase de hombres que habían comprometido
sus vidas y fortunas en una causa común que parecía estar disol­
viéndose en la victoria. Crear un gobierno nacional que reposara
sobre todo el pueblo de la nación era quizá la solución obvia, y
desde 1780 la convención constituyente había sido la manera ob­
via de conseguirlo. Pero la clase de gobierno que podía desafiar y
superar las deficiencias de los gobiernos de los estados no era in­
mediatamente evidente. No sería suficiente crear un gobierno na­
cional con las mismas deficiencias, lleno de representantes orien­
tados hacia lo local por sus electorados locales. Al mismo tiempo
no alcanzaría con crear un gobierno nacional sin el apoyo popu­
lar que lo sostuviera para enfrentar a los gobiernos de los estados.
Madison había estado pensando en estos peligros paralelos
durante algún tiempo antes de que la Convención se reuniera, y
por consiguiente él estaba en condiciones de adelantarse en el in­
tento de maniobrar entre ellos. Lo que había reconocido, antes de
que otros lo hicieran, era que el prim er peligro era más aparente
que real, que el gobierno nacional por su propia naturaleza no es­
taría sujeto a los defectos que mostraban los estados.
Es bien sabido que Madison había estado leyendo Idea ofaPerfecl
Commonwealth, de David Hume, el intento de este autor de superar
Oceana de Harrington. El plan de gobierno de Hume era casi tan
desconcertante como el de Harrington, con una sucesión pirami­
dal de cuerpos directivos. Lo que atrajo la atención de Madison
fue su rechazo de la suposición popular de que el gobierno repu­
blicano era adecuado sólo para países pequeños. Por el contrario,
sostenía Hume, una república grande era preferible a una peque-
ña porque en ella “hay amplitud y espacio suficientes para refmar
la democracia, desde el pueblo más bajo, que puede ser admitido
en las primeras elecciones o la prim era preparación de la repúbli­
ca, hasta los más altos magistrados, que dirigen todos los movi-
■mientos. AI mismo tiempo, las partes están tan distantes y remotas
:: que es muy difícil, sea por intriga, prejuicio o pasión, apurarlas a
tomar cualquier medida contra el interés público”.534
Madison se valió de la visión de Hume. El problema con las
■asambleas representativas de los estados era que los estados eran
demasiado pequeños. En cada uno de ellos, los grupos con intere-
: ses particulares podían formar mayorías populares para sacar ade-
: lante medidas que eran injustas para otros grupos. En particular,
los grupos deudores podían oprim ir a los acreedores. En Virginia
una secta religiosa había sido capaz de oprimir a las otras hasta
que Madison mismo había ayudado a dirigir una exitosa campaña
para terminar con la opresión.53^ En un gobierno que se extendie­
ra por todos los Estados Unidos, la tiranía de las mayorías sería
mucho menos probable, porque no sería fácil formar mayorías. La
multiplicidad y la diversidad de intereses en un territorio tan gran­
de protegerían a las minorías, así como la multiplicidad de sectas
religiosas en muchos estados impedía a cualquier secta adquirir la
mayoría necesaria para oprimir a las otras”.536
El tamaño era la clave. No sólo impediría la formación de ma­
yorías, sino que pondría a disposición una gran fuente de talentos
de donde elegir para ocupar cargos de gobierno. Mientras consi­
deraba los beneficios del tamaño, a Madison se le ocurrió que in­
cluso el Congreso Continental había exhibido algunos de ellos. Si
hubiera tenido un veto sobre la legislación de los estados, que él
consideraba esencial para cualquier nuevo gobierno nacional, ha­
bría prevenido la mayoría de los males que habían atormentado al
país. “No ha habido un solo momento desde la paz”, le escribió a
Washington, “en que los representantes de la unión hubieran dado
su asentimiento al papel m oneda o a cualquier otra medida de
naturaleza semejante.’' 33/
Madison había calculado los beneficios del tamaño mucho
antes de que se reuniera la convención de Filadelfia, al diseñar un
catálogo de “Los defectos del sistema político de los Estados Uni­
dos”, defectos que reposaran en las acciones de los gobiernos de
los estados. 038 Lo que no había considerado con el mismo cuida­
do era la manera de dar al gobierno nacional la fuerza que los go­
biernos de los estados obtenían de la credibilidad de su apelación
a la soberanía popular. El insistía en que sin un veto sobre la legis­
lación de los estados, el gobierno nacional no podía tener éxito,
539 pero no había reconocido que con veto o sin él no tendría éxi­
to a menos que también pudiera hacer un reclamo creíble de re­
presentar la voluntad del nuevo pueblo que estaba creando.
Si bien Madison vio desde el principio que el nuevo gobierno
nacional requeriría la ratificación de las convenciones populares
más que de los gobiernos estatales, no comprendió en prim er mo­
mento la necesidad de una renovación regular de la autoridad po­
pular del gobierno en elecciones populares directas. El esquema
de Hume requería elecciones indirectas para todos los funciona­
rios en el nivel nacional, y en Estados Unidos la dificultad con las
legislaturas de los estados provenía de los apegos locales de los re­
presentantes elegidos de manera directa. Las elecciones indirectas
liberaban el Congreso Continental de algunos de esos apegos eran
la cura comúnmente recetada (pero no adoptada) para vencer los
prejuicios locales en las legislaturas. Lo que Madison no reconoció
al principio (algo que, en efecto, tampoco Hume reconoció) fue
que si el tamaño fuera la clave, las elecciones directas a nivel nacio­
nal podrían ser tan seguras como las indirectas y darían al mismo
tiempo al gobierno nacional el acceso a la soberanía popular de la
que alardeaban los representantes de los estados. Las elecciones in­
directas dejarían al gobierno nacional con una legitimidad inferior.
En sus primeras ideas acerca de la forma del nuevo gobierno,
expresadas en cartas a Washington y a Edmund Randolph, Madi­
son se inclinaba por una cámara de representantes votada directa­
mente o por las legislaturas.540 No había considerado que fuera
esencial la elección directa ni siquiera para la rama representativa.
Para el momento en que la Convención se reunió, comenzó a ver
la luz. El denom inado Plan Virginia, con el cual Edm und Ran-
dolph sorprendió a la Convención en su inauguración, se supone
que fue principalm ente redactado por Madison en colaboración
con los demás miembros de la delegación de Virginia. En él se
proponía un gobierno nacional con ejecutivo, cámara alta y poder
judicial —esto sorprendió sobremanera a los miembros que ha­
bían venido preparados sólo para aum entar los poderes del con-
;Ygreso existente—, y en ese gobierno se preveía una cámara de re­
presentantes elegida por el voto popular. Las demás secciones
::serían elegidas indirectamente: el ejecutivo por la cámara baja y el
senado también por la cámara baja, de una lista de candidatos desig-
: nados por las legislaturas. La composición de la cámara baja sería
; por lo tanto decisiva, y Madison estaba ya firmemente convencido de
la elección popular para ella.541
El plan de Virginia se convirtió en la base de la discusión du­
rante toda la Convención. Los demás miembros aceptaron fácil­
mente la idea de un gobierno nacional, por lo menos tentativa­
mente, pero fueron mucho más remisos a considerar las
elecciones populares. Una de las primeras cosas que trataron fue
la elección de la cámara de representantes, y fue en ese momento
que varios miembros hicieron sus comentarios ahora famosos so­
bre los peligros de la democracia. Temían que las elecciones direc­
tas produjeran una cámara nacional de representantes con los
mismos defectos de las asambleas públicas. Roger Sherman de
Connecticut aseguró que “el pueblo [...] [inmediatamente] debe­
ría tener lo menos posible que ver con el gobierno. Carece de in­
formación y es susceptible de ser engañado en cualquier momen­
to”.042 Otros miembros se hicieron eco de esa opinión. Pero
Madison entonces insistió en que la elección popular de esta ra­
ma del gobierno era “esencial para cualquier plan de gobierno
libre”.543 Aunque no lo dijo, era esencial también para poner al
gobierno nacional por encima de los estados.
En el intervalo desde la redacción de su catálogo de los defectos
políticos de los Estados Unidos, Madison había estado evidentemen­
te pensando tanto en la soberanía popular como en su teoría de la
república extendida. En su respuesta a los miedos expresados por
los, demás delegados acerca de una cámara elegida popularmen­
te, Madison expuso entonces la teoría y la presentó como “la úni­
ca defensa contra los inconvenientes de la democracia que es
consecuente con la forma democrática de gobierno”.^44 Madison
podía tener menos confianza en la validez de su propia teoría de
lo que parecía, pero finalmente había comprendido el hecho de
que un gobierno nacional con autoridad suficiente como para
desafiar a los gobiernos de los estados tenía que ser de manera
evidente un gobierno representativo. Dado el compromiso de los
estadounidenses con la idea de representación que les había ser­
vido de guía tanto en su lucha con Inglaterra como en la creación
de los gobiernos de los estados, nunca aceptarían un gobierno
nacional que por lo menos no pareciera asegurar el mismo tipo
de representación.
Madison puede haber sido instruido en la materia por su co­
lega George Masón, ya que fue Masón quien dio la respuesta más
efectiva a los defensores de las elecciones indirectas. En el Congre­
so existente, explicaba Masón, estaban representados los estados,
no el pueblo, y los actos del Congreso tenían efectos, en la medi­
da en que los pudieran tener, sobre los estados. Pero “la situación
cambiará”, dijo, “en el nuevo plan de gobierno”. El nuevo gobier­
no tendrá efecto directamente sobre el pueblo, que era lo que ha­
ría de él realmente un gobierno. “El pueblo estará representado;
por lo tanto, debe elegir a los representantes.” Y pasó a dar el
usual significado estadounidense de la representación: “Los requi­
sitos de la representación son que los representantes deben com­
padecerse con sus electores; deben pensar como piensan éstos y
sentir como éstos sienten; y que para que esto sea posible deben
incluso residir entre ellos”.545 Más adelante en la Convención,
cuando William Patterson de Nueva Jersey ya había presentado su
plan alternativo de dar poderes reales al Congreso existente, Ma­
són explicó nuevamente por qué un plan como ése debería ser
inaceptable. El pueblo ya había mostrado su falta de predisposi­
ción para dar verdadero poder al Congreso, y con toda razón, ya que
el Congreso existente no era verdaderamente representativo. El pue­
blo otorgaría autoridad a una legislatura nacional sólo si ésta estaba
formada por sus propios representantes.546
Antes de que la convención terminara, Masón iba a tener du­
das acerca del carácter representativo del gobierno que proveía la
nueva Constitución, pero él había articulado la premisa sobre la
que tendría que ser construido el gobierno nacional. Si bien Ma­
dison no había visto antes el punto, en ese momento sí lo vio, al
igual que James Wilson y el gobernador Morris, los principales
aliados de Madison en la convención. Durante toda la reunión hi­
cieron todo lo posible, yendo en esto más lejos que Masón, para
que el gobierno se apoyara directamente en el pueblo. Si el go­
bierno nacional iba a tener el poder de contrarrestar a las legisla­
turas estatales, tendría que obtener ese poder de donde éstas ha­
bían obtenido el suyo, del pueblo. La dilución de la base popular
a través de elecciones indirectas sería causa de debilidad. Así pues,
dijo Wilson, “estaba a favor para subir la pirámide federal a una al­
tura considerable, y por esa razón deseaba darle una base tan am­
plia como fuera posible”.547 Y Madison sostuvo “que la gran cons­
trucción que hay que levantar será más estable y durable si puede
estar apoyada en el sólido fundamento del propio pueblo que si
■simplemente se levantara sobre los pilares de las legislaturas”.548
A medida que transcurría la convención, Madison y sus ami-
; gosse pusieron cada vez más recelosos en cuanto a permitir que el
í gobierno nacional dependiera de alguna manera de las legíslatu-
■ras. Sí bien originalmente había propuesto la elección indirecta
: del senado y del ejecutivo, cambió para apoyar la elección popular
directa también en estos casos, y arrastró consigo a los más ardien­
tes nacionalistas de la convención.349 Su confianza en la elección
popular no era el producto de ninguna nueva evaluación de la sa­
biduría del pueblo. Las sospechas de Madison sobre las asambleas
de los estados elegidas popularm ente no disminuyeron. A lo que
se había aferrado era a la seguridad de los números, la seguridad
del tamaño, no simplemente el tamaño de los Estados Unidos co­
mo un todo, sino el tamaño de los distritos particulares en las elec­
ciones nacionales. Los distritos para las elecciones populares en el
nuevo gobierno tendrían que ser tan grandes que no podrían me­
nos que librarse de los males asociados a las elecciones directas en
los estados. Mientras a los otros delegados les preocupaba que las
elecciones populares trajeran todos los males de los gobiernos de
los estados al gobierno nacional, Madison se convenció cada vez
más de que sólo el tamaño era crucial.
Y fuera que Wilson y Morris llegaran a la misma conclusión
los o persuadidos por Madison, estuvieron dispuestos a exponerla
misma idea casi desde el principio: “No hay peligro”, insistía Wil­
son, “de elecciones impropias si se llevan a cabo en distritos gran­
des. Las malas elecciones surgen de la pequeñez de los distritos
que dan la oportunidad a los malos hombres de conspirar en los
despachos”.550 Y aplicó este razonamiento tanto a las elecciones se­
natoriales como a las del Congreso. Un senado popularmente vo­
tado por distritos grandes “sería más capaz de obtener hombres de
inteligencia y rectitud”.951 Por la misma razón, Wilson y Morris
también siguieron a Madison al discutir finalmente la elección po­
pular del presidente. En palabras de Morris, “una elección hecha
por el pueblo en todo el país como un solo distrito de gran tama­
ño no podría ser influida por esas combinaciones pequeñas y esas
mentiras momentáneas que a menudo deciden las elecciones po­
pulares en un ámbito pequeño”.552
Madison y sus amigos no consiguieron una base popular para
el gobierno tan amplia como querían. Una conocida combinación
política de izquierda y derecha frustró la elección directa del sena­
do y el ejecutivo: los partidarios de los gobiernos de los estados
existentes que temían a un gobierno demasiado fuerte se combi­
naron con aquellos que querían controlar a los gobiernos de los
estados pero tenían miedo de que las elecciones populares direc­
tas expusieran al gobierno nacional a los mismos defectos de los
estados. A veces, los mismos motivos contradictorios aparecían en
una misma persona, como los tres que se negaron a firmar la cons­
titución: George Masón, Edmund Randolph y Elbridge Gerry.
Pero Madison había conseguido asegurar, por lo menos, la
elección directa de la cámara de representantes. Aunque él mismo
pensaba que el resultado final era inadecuado, principalmente
porque no otorgaba veto al gobierno nacional sobre la legislación
de los estados, lo resuelto para la cámara de representantes le da­
ba al gobierno un argumento plausible que lo legitimaba con la
sanción de la soberanía popular a escala nacional. Al mismo tiem­
po, el tamaño del distrito electoral garantizaba, si el razonamiento
de Madison era correcto, que la legislatura nacional estaría mu­
cho menos sujeta a las limitaciones de la representación local que
cualquier gobierno republicano anterior.
Una vez que la convención estuvo de acuerdo acerca del go­
bierno nacional y una vez que los miembros decidieron la elección
directa de la cámara de representantes, estuvieron tan ocupados en
otros detalles que apenas si consideraron la cuestión crucial de los
tamaños de la cámara y de su electorado. El tema pudo haber sido
debatido apropiadamente, pero no lo fue, en conjunción con el lar­
go estancamiento que terminó en el llamado “gran acuerdo”, que
dio como resultado representaciones iguales de cada estado en el
senado y representación proporcional a la población en la cámara
de representantes. Nunca hubo ninguna duda acerca de que la re­
presentación en la cámara sería proporcional al tamaño de los dife­
rentes estados, fuera por bienes o por población. El debate se cen­
tró en el modo de acordar las proporciones. Después de que se
aceptó proporcionar la representación a la población, con los escla­
vos considerados tres quintas partes, nadie pareció haberse preocu­
pado mucho acerca de cuán grande o pequeña debía ser la cámara
y, en consecuencia, cuán grande o pequeño el correspondiente
electorado de cada uno de los miembros. No hay ningún registro de
alguien que indicara un tamaño máximo para los electorados; la
única cuestión era fijar un tamaño mínimo.
Este fue acordado desde el principio en cuarenta mil perso­
nas, con un a asignación conjetural (que duraría hasta el prim er
censo) que produjo una cámara inicial de sesenta y cinco repre­
sentantes. Se hicieron algunos intentos de reducir ese mínimo de
cuarenta mil, pero todos fueron votados en contra hasta que en el
último m inuto Washington, en su único discurso en la conven­
ción, sugirió que cuarenta mil era un número demasiado grande.
Con su apoyo, la convención redujo en un instante y por unanimi­
dad la cifra mínima a treinta mil. En otras palabras, debería haber
un mínimo de treinta mil electores por representante. Todavía no
había nada para evitar que el Congreso mismo asignara un número
mucho mayor.353
La cifra de treinta mil había sido discutida en los primeros días
de la unión cuando el Congreso Continental estaba intentando sin
éxito encontrar una base proporcional para la representación, y la
cifra de sesenta y cinco de la primera cámara estaba aparentemen­
te calculada para dar a la legislatura nacional, incluyendo a los
veintiséis senadores, el mismo tamaño (noventa y uno) que los ar­
tículos de la Confederación asignaban como máximo al Congreso
Continental.554 Quizá porque las cifras eran conocidas por todos,
nadie se preocupó por ellas. Sólo que el Congreso Continental no
había sido una cámara de representantes, y sorprende un poco
que nadie en la convención diera la alarma acerca de un cuerpo
de representantes tan pequeño. La cámara de representantes pa­
ra todo el país era más pequeña que la que tenía la mayoría de los
diferentes gobiernos de los estados,555 y los electorados eran en
consecuencia enormes comparados con lo que había hasta ese
momento. Para un país mucho más grande que Gran Bretaña en:
cuanto a territorio y con una población rápidamente en creci­
miento, que ya era más de la mitad de la de Gran Bretaña, era me­
nos que una octava parte del tamaño de la Cámara de los Comu­
nes británica. Junto con el pequeño senado y la elección indirecta
o el nombramiento de todos los funcionarios fuera de la cámara,
surgía un gobierno de aspecto decididamente aristocrático.
El mismo Madison había pensado que sesenta y cinco era un
tamaño demasiado pequeño para la cámara de representantes y
había sugerido duplicar ese número.556 Pero sabía que podía per­
mitirse ese aumento semejante sin poner en peligro las virtudes
del tamaño. Lo que Madison no reconoció, en su desprecio por
los gobiernos de los estados, fue que los representantes nacionales
con electorados de SO.000, 40.000 o incluso más, no se verían mu­
cho como representantes a los ojos de aquellos que habían soste­
nido el lema de “nada de impuestos sin representación”.
Madison no estaba tratando de pasar por encima del pueblo. Era
un campeón de los derechos populares v del gobierno republicano
representativo. Era su compromiso con esa clase de gobierno lo que
lo movía. Estaba convencido de que los gobiernos de los estados no
cumplían con las funciones de gobierno, no protegían los derechos
de propiedad y otros derechos de los individuos y las minorías. Para
él, como para muchos otros, la convención de Filadelfía había pa­
recido ser la última oportunidad para que los estadounidenses
demostraran que el gobierno republicano podía funcionar. Es más,
pensaba que era “más que probable”537 que el destino del gobierno
republicano en todo el mundo podría depender del éxito de la con­
vención para superar los defectos presentados en las trece repúblicas
que constituyeron los Estados Unidos.
Es difícil en este momento darnos cuenta de 3a sensación que
Madison y otros como él tenían de que el gobierno de los Estados
Unidos estaba lidiando con fuerzas que podían resultar excesivas.
Los gobiernos de los estados obtenían su fuerza de los mismos la­
zos locales que la creación del gobierno nacional tenía como obje-
i; tivo superar. Los representantes de los grandes distritos electora­
les del gobierno nacional podrían estar libres de esos lazos, pero
: por esa misma razón carecerían de soporte local en cualquier en­
frentamiento con las asambleas de los estados.558 Al escribirle a
jefferson cuando la convención estaba por terminar, Madison ex-
i presó el triste pronóstico de que la Constitución que él tanto ha-
:bía contribuido a redactar, si se la adoptaba, “no cumplirá de ma-
■ñera eficaz con el objetivo nacional ni evitará las deficiencias
: locales que en todas partes provocan disgusto por los gobiernos de
los estados”. Los gobiernos de los estados con sus males locales
resultarían ser demasiado fuertes para ella.339
Los temores de Madison eran genuinos y no carecían de fun­
damento. El futuro del gobierno republicano estaba en equilibrio
precario, pero de muchas más formas que las que Madison reco­
nocía. La clase de gobierno que él quería y que un exitoso gobier­
no nacional podría concretar les parecía a muchos de sus contem­
poráneos más aristocrática que republicana, y “aristocracia” se
había convertido en un término peyorativo en Estados Unidos. Si
hubiera conseguido obtener la elección popular para el ejecutivo y
el senado, algo de esa apariencia aristocrática podría haber sido eli­
minado, pues gran parte de la crítica popular inicial se concentró
en esas ramas del gobierno. Pero no era posible dejar de advertir
que la rama representativa también sería aristocrática en virtud del
gran tamaño de sus electorados.
Eso, por supuesto, era lo bueno de la representación nacional,
tal como Madison y sus amigos la veían; los grandes distritos electo­
rales garantizarían la elección del tipo adecuado de personas. Pero
el tipo adecuado para Madison era el mal tipo para aquellos que
veían la representación como el medio por el cual encontraban ex­
presión en el gobierno los sentimientos locales y las circunstancias
de las personas comunes. Ya era bastante malo que un ejecutivo y
un senado distantes presidieran un gobierno que llegaba incluso
hasta sus vidas cotidianas; lo que hacía que la innovación fuera alar­
mante era que la cámara nacional de representantes estaría com­
puesta por la misma clase de personas que las ramas ejecutiva y se­
natorial. No estaría en condiciones de cumplir las funciones que los
estadounidenses esperaban de la representación.
Las legislaturas consintieron, muchas de ellas de mala gana, :
en llamar a elecciones populares para las convenciones estatales
prescriptas para ratificar o rechazar la Constitución. Y en cada es^7
tado los argumentos a favor y en contra de la aprobación fueron
ensayados tanto en la prensa como en las convenciones mismas,
Apenas fue publicada la Constitución, los diarios empezaron a se­
ñalar las críticas a la cámara nacional de representantes por ser de­
masiado pequeña “para comunicar la información indispensable de
las necesidades, circunstancias y opiniones locales en un imperio
tan extenso”.360
En la convención de ratificación de Pensilvania, la primera
que se realizó, John Smilie, del condado Fayette en la parte más
occidental del estado, señaló que el senado representaría apropia­
damente a la aristocracia natural del país, pero que el tamaño de
la cámara de representantes haría inevitable que también repre­
sentara sólo a la aristocracia natural. Los distritos serían tan gran­
des, dijo, que las personas corrientes no conocerían a los candida­
tos y ni siquiera se molestarían en acudir a las elecciones, y que
“solamente las herramientas del gobierno asistirán”. No le confor­
maba que James Wilson explicara que “cuanto más grande el dis­
trito de la elección, mejor representación”, que “es sólo en los le­
janos rincones de un gobierno que surgen los pequeños
demagogos”, que “nada más que el verdadero peso de la persona­
lidad puede dar a un hombre influencia sobre un distrito grande”.
Smilie provenía, después de todo, él mismo, de un rincón lejano y
a los ojos de Wilson carecía indudablemente del peso legítimo de
l a p e r s o n a l i d a d .361
En las siguientes convenciones en ]os otros estados, los dele­
gados criticaron los cambios con estos argumentos. En Massachu­
setts, cuando los antífederalistas (aquellos contrarios a la Constitu­
ción) objetaron el mandato de dos años de los representantes por
considerarlo demasiado largo, Theodore Sedgwick argumentó
que a un hombre le llevaría más de un año “despojarse de los inte­
reses locales” y adquirir “los conocimientos generales de los temas
de envergadura y peso” de los que tenía que ocuparse la cámara
nacional.562 Una vez más, este despojamiento de las preocupacio­
nes locales era precisamente lo que los antifederalistas no querían
de un representante, como William Heath trató de explicar a
Sedgwick:

Es una idea nueva, la de que los representantes deben ser elegi­


dos por un tiempo considerable para que puedan aprender lo
que tienen que hacer. El representante es uno que se presenta
en nombre de otros y actúa por ellos; por lo tanto, debería co­
nocer completamente los sentimientos, situaciones e intereses
de las personas a las que representa, y esto se aprende estando
entre ellas, no en una corte distan te.3()3

En Nueva York, Melancton Smith ofreció un extenso análisis


de las deficiencias de la cámara nacional. Los miembros deben
"parecerse a aquellos a quienes representan”, dijo. “Deben ser un
verdadero retrato de esas personas, deben poseer un conocimien­
to total de sus circunstancias y sus necesidades, deben sentir cuá­
les son sus aflicciones y deben estar dispuestos a luchar por sus ver­
daderos intereses.” Dado que se suponía que debían representar a
todo el pueblo, Smith reconocía que debería haber entre ellos per­
sonas de amplia educación e información, pero debería también
incluir a personas ordinarias, especialmente agricultores, personas
comunes, el sólido espíritu del yeoman del país, personas que “son
más templadas, de mejor moralidad y m enor ambición que los
grandes”. Tales personas, creía, nunca encontrarían su lugar en la
cámara de representantes tal como estaba propuesta. El número de
integrantes de la cámara de representantes era tan pequeño que el
cargo sería “muy elevado y distinguido”. Los miembros de esta
cámara vivirían en un estilo que las personas corrientes no po­
drían sostener. Y en los distritos grandes de 30.000 o 40.000 perso­
nas “será difícil que ellos [los votantes] tengan la oportunidad de
unirse con cualquier otro que no sea un gran hombre, salvo que se
trate de algún demagogo popular, que probablemente carezca de
todo principio. Un yeoman importante, con juicio y discernimien­
to, difícilmente será escogido alguna vez”. Lo que Smith quería no
era excluir a los aristócratas naturales, sino equilibrarlos “con un
número suficiente de la clase común para controlarlos”. La cáma­
ra debería “combinar las habilidades y la honestidad de la comu­
nidad, un correcto grado de información y la predisposición de
buscar el bien público”. Esto no podía hacerse en una cámara tan
pequeña como la proporcionada por la Constitución.564
En Virginia, George Masón fue menos conciliador que Smith,
Masón se había pronunciado por una cámara de representantes
elegida popularmente en Filadelfia, pero luego decidió que los re­
presentantes nacionales, de cualquier manera que fueran elegi­
dos, no podían cumplir las funciones que los estadounidenses es­
peraban de los representantes. Se negó a firmar la Constitución y
se unió a Patrick Henry para oponerse a su adopción en Virginia.
Usó las mismas palabras que había empleado en Filadelfia en apo­
yo de la cámara, y en esta ocasión repitió el aforismo acostumbra­
do (pronunciado por prim era vez por John Adams en 1776) que
los representantes “deberían mezclarse con la gente, pensar como
piensa la gente, sentir como siente la gente, deberían ser perfecta­
mente receptivos a la gente y conocer a fondo sus intereses y situa­
ciones”. Sería imposible, concluyó, tener cámara nacional de re­
presentantes con distritos electorales lo suficientemente pequeños
como para coincidir con esa descripción. Hacerlo así daría como
resultado una cámara tan grande que “sería demasiado costosa e
inmanejable”. Estaba en la propia naturaleza del gobierno nacio­
nal que no podía ser verdaderamente representativo, y por lo tan­
to era peligroso atribuirle poderes tan grandes como proponía la
Constitución.365 Patrick Henry respaldó esta posición. La repre­
sentación en el gobierno nacional, dijo, sería m eram ente nomi­
nal. Sería la misma representación virtual que Inglaterra había
ofrecido a las colonias.366 Y en Carolina del Sur, Rawlins Lowndes,
otro viejo patriota revolucionario, pensaba de la misma manera.
La representación en el gobierno nacional, dijo, “sería meramen­
te virtual, similar a la que se nos permitía en Inglaterra [...] Se nos
dijo entonces que estábamos representados en el Parlamento, y es­
to, después de todo, viene a ser lo mismo”.367
Los federalistas, al responder a estas acusaciones, sostuvieron
que la cíase de representación que querían los antifederalistas ya
estaba adecuadamente provista por los gobiernos de los estados.
Se propusieron insistir, como Madison creía firmemente, en que
no había peligro de que el gobierno nacional se tragara a los esta-
dos, precisamente porque la gente estaría más apegada a sus me­
jor conocidos representantes en las legislaturas locales de lo que
estarían a los lejanos representantes en la cámara nacional.568 Pe-
ro por esta misma razón los antifederalistas podían argum entar
;■que los representantes nacionales no deberían tener poderes para
■ aprobar impuestos excepto cuando los estados no cumplieran con
esos requerimientos. Si el Congreso tuviera el poder para imponer
contribuciones sin referir a las asambleas de los estados, argumen­
taba Masón, “los impuestos serían decididos por aquellos que no
^tienen ningún tipo de sentimiento o conocimiento del pueblo”.
Los colonos habían rechazado la tributación de los representantes
virtuales, y los estadounidenses independientes no debían hacer
menos.569
Los antifederalistas estaban tocando una cuerda que resona­
ba en todo el país desde 1765. El gobierno representativo a escala
nacional privaba a la representación del significado que los esta­
dounidenses siempre le habían dado. Pero al atacar la Constitu­
ción propuesta, los antifederalistas se encontraban en la situación
de atacar la soberanía popular y de defender la autoridad inde­
pendiente de los gobiernos de los estados y del Congreso Conti­
nental existente. La incomodidad de su posición se había hecho
evidente al principio, cuando la asamblea de Pensilvania trató la
cuestión de la convocatoria a la convención de ratificación. Los fe­
deralistas, que habían obtenido una copia de la Constitución antes
de que fuera comunicada a los estados por el Congreso, presionaron
rápidamente para que se llamara a una convención de ratificación.
Samuel Findley, que iba a ser el opositor a la Constitución más eficaz
dePensilvania, de inmediato insistió en que el estado no podía ac­
tuar hasta que el Congreso lo recomendara, porque el estado esta­
ba obligado por los Artículos de la Confederación. Se le respondió
inmediatamente que la Constitución era un acto del pueblo sobe­
rano, el cual tenía el derecho de cambiar su gobierno cuando qui­
siera: “¿Qué tienen que ver el Congreso y las legislaturas con la
Constitución propuesta? Nada, señor, ellos son solamente simples
vehículos para transportar la información al pueblo”.570
Los antifederalistas fueron forzados por esta línea de razona­
miento a sostener que los pueblos de algunos estados habían dejado
el estado natural y por contratos habían delegado sus poderes a los
gobiernos de los estados y al Congreso y no podían recuperarlos a vo­
luntad. Los federalistas podían mostrarse entonces como campeones
de la superioridad del pueblo sobre sus gobiernos. El poder del pue- ■
blo, decían, era “superior a toda constitución, inalienable en su na- \
turaleza e indefinido en su extensión”. “¿Cómo es que estos gobier­
nos de los estados dan órdenes a sus superiores, a la majestad del
pueblo?”, se preguntaban.371 Incluso podían negar que el gobierno
descansara sobre algún contrato, porque el poder del pueblo no po­
día ser limitado por ningún contrato. “La verdad es”, proclamó ja­
mes Wilson, “que en nuestros gobiernos el poder supremo, absoluto
e incontrolable descansa en el pueblo. Así como nuestras constitu­
ciones son superiores a nuestras legislaturas, así el pueblo es superior
a nuestras constituciones”.372
Los federalistas no sólo disfrutaban de la ventaja de apoyar a
un poder constituyente no limitado del pueblo, sino que también
podían mostrar una participación mucho más directa del pueblo
en el gobierno propuesto que en el Congreso existente. Se hizo
evidente entonces la sabiduría de la estrategia de Madison y Wil­
son en la convención al argum entar a favor de las elecciones po­
pulares directas. Aunque no habían conseguido establecerlas para
el senado y el ejecutivo, las elecciones populares para la cámara de
representantes, a pesar de los grandes distritos electorales, le die­
ron una base popular, ausente en el Congreso Continental, al nuevo
gobierno nacional. Mientras los antifederalistas tenían que defender
lo apropiado que era un congreso elegido indirectamente, los fede­
ralistas podían señalar que “EL p u e b l o de los Estados Unidos no es el
que está representado en el Congreso; y considerado incluso las
partes com ponentes de varios estados, no está representado en
proporción a sus números e importancia”.3/S
i: Cuando los antifederalistas se quejaron de que la convención
había excedido sus poderes, la respuesta fue la misma. Patrick Henry
cometió el error de preguntar qué derecho tenía la convención de
hablar en el preámbulo de “Nosotros el pueblo”, en lugar de “Noso­
tros los estados”.074 La respuesta fue fácil: La convención habló de
■‘Nosotros el pueblo” porque reconocía la superioridad del pueblo
sobre los estados.
Los antifederalistas no estaban preparados para desafiar el im­
portante invento de Madison. No negaban que podía haber un
pueblo estadounidense diferente de los pueblos de varios estados,
pero la insistencia de los federalistas en la nueva ficción llevó a los
antifederalistas a una saludable insistencia sobre la ficción última
de la soberanía popular misma. Podría ser la mejor ficción sobre
la cual apoyar al gobierno, una ficción que nadie deseaba a esa al­
tura rechazar, pero debía ser reconocida como una ficción. En in­
terés de la salud y la preservación del pueblo que se sometía a un
gobierno de su propia supuesta creación, tenía que recordar que
el gobierno es siempre algo diferente del pueblo concreto que es
gobernado por él, que gobernantes y gobernados no pueden ser
realmente idénticos. Las mayorías, por lo tanto, deben conservar
garantías frente a la minoría que ejerce los poderes de gobierno
en su nombre. La Constitución proveía algunas de esas garantías,
pero no las suficientes, contra aquellos que estarían ejerciendo los
poderes de un gobierno nacional en nombre de un soberano pue­
blo estadounidense, un pueblo incluso menos capaz de hablar en
su propio nom bre que los pueblos de varios estados. La mayoría
de las constituciones de los estados habían reconocido la calidad
ficticia de la soberanía popular por medio de Declaraciones de
Derechos en las que los pueblos prohibían a sus gobiernos vulnerar
determinados derechos que se reservaban para sí mismos. En la nue­
va Constitución federal tal reserva estaba llamativamente ausente.
La omisión fue, en parte, sólo un descuido de la convención
de Filadelfia. Los delegados habían estado preocupados por con­
trolar los gobiernos estatales díscolos y por dar poder al gobierno
nacional más que por ponerle límites a éste. Cuando el tema fue
sácado a colación, todos estaban impacientes por irse a sus casas.
Pero la omisión fue también el resultado de muchos delegados
que tomaron su propia ficción demasiado literalmente o que no
analizaron las implicaciones que pensadores anteriores habían
mostrado en la ficción.
La falla era incluso más pronunciada en las defensas federalis­
tas de la recién concluida Constitución. Una Declaración de Dere­
chos era un acompañamiento correcto, sostenían los federalistas,
de la antigua ficción del derecho divino de los reyes: era una con­
cesión de un rey supremo a sus súbditos. Pero si los súbditos y los
gobernantes eran los mismos, si el gobierno era del pueblo, sería;
una contradicción en los términos que se hicieran concesiones ai
sí mismos. Como lo expresó un federalista, “¿Por qué, entonces, ;:
debería un pueblo concederse o brindarse, por medio de una De­
claración de Derechos, lo que es su propio derecho inherente y
natural?”.3/5 Benjamín Rush estaba fuera de sí ante la sola idea de
tal contradicción:

¿No sería absurdo hacer una declaración formal de que nuestros de­
rechos naturales nos son concedidos por nosotros mismos, y no se­
ría un solecismo muy ridículo decir que son el obsequio de esos go-;
bernantes elegidos por nosotros, y que han sido investidos por:
nosotros con todo el poder que tienen? Señor, considero un honor;
para la va terminada convención que este sistema no haya sido des­
honrado con una declaración de derechos; aunque esto no significa
culpar o censurar a aquellos estados que han agobiado sus constitu­
ciones con este instrumento insustancial y superfluo.576

A la inversa, debido a que fue “Nosotros el p u eb lo ” quien


delegó poderes específicos al gobierno nacional, los federalistas
podían argumentar que la totalidad de la Constitución no era “na­
da más que una declaración de derechos, una declaración del
pueblo sobre la manera que elegía para ser gobernado”.577 Según
James Wilson, esa “simple expresión en el Preámbulo equivale a
un volumen y contiene la esencia de todas las declaraciones de de­
rechos que han existido o puedan llegar a existir”.578
Había alguna base en los hechos históricos para el argumen­
to federalista. La Carta Magna, la Petición de Derechos de 1628, e
incluso la Declaración de Derechos de 1689 habían sido arranca­
das a monarcas renuentes que podían haberlas visto como conce­
siones. Pero los hombres que las diseñaron las vieron como decla­
raciones de derechos, con la implicación de que el rey que las
violara dejaría, al hacerlo, de ser el lugarteniente de Dios, o que
rompería algún tipo de contrato con sus súbditos. Con el adveni­
miento de la soberanía popular, como sostenían los federalistas, ni
concesión ni contrato eran posibles porque el pueblo y el gobier-
no eran uno y lo mismo. Pero las consecuencias negativas de una
aplicación tan literal de la ficción se habían hecho evidentes mu­
id lo antes de 1787. Si la Carta Magna, la Petición de Derechos y la
Declaración de Derechos decían lo que era correcto, violarlas se­
ría incorrecto, fuera que se tratara del pueblo o de su gobierno, o
de un rey.
Como en tantos otros aspectos, los monárquicos y los levellers
de la década de 1640 fueron los primeros en explorar el carácter
: ficticio de la soberanía popular y en exigir límites sobre lo que te­
nían derecho a hacer los representantes del pueblo. Los m onár­
quicos habían insistido en que el pueblo no podía delegar pode­
res que no tenía; y los levellers, sí bien admitían que el pueblo tenía
muchos poderes para delegar, habían señalado por lo menos uno
que no podía ser delegado; concretamente, el poder de im poner
creencias y prácticas religiosas. Pensadores posteriores habían exa­
minado la cuestión de los derechos naturales inherentes a los in­
dividuos, algunos de los cuales podían ser delegados al gobierno,
mientras que otros eran inalienables o reservados. Incluso dentro
de las dimensiones de la ficción, quedaba la idea de un contrato,
primero entre los individuos que constituían una comunidad y
luego entre esa comunidad y aquellos a los que el pueblo designa­
ba para gobernar. En lo que los antifederalistas insistían entonces,
al reclamar una Declaración de Derechos nacional, era que la
Constitución especificara todos los términos de ese contrato. A
menos que incluyera prohibiciones específicas para proteger los
derechos reservados o inalienables, no habría ninguna manera en
que los individuos o la comunidad pudieran hacer que el cuerpo
gubernamental los respetara. ‘“Os habéis excedido en las funcio­
nes de vuestro cargo, nos habéis oprim ido’ será el lenguaje de los
sufridos ciudadanos. La respuesta de la voluntad del gobierno
será breve: ‘No nos hemos excedido en nuestro poder; no hay
ninguna prueba para demostrarlo’”.ü79
Los antifederalistas tenían razón. El gobierno y el pueblo no
podían ser lo mismo. Aunque no podía haber ninguna manera efi­
caz de que el pueblo actuara sino a través de sus representantes en
el gobierno, la ficción misma suponía la posibilidad de tal acción;
los federalistas la supusieron ellos mismos al tratar a la Constitu­
ción como un acto del pueblo. James Wilson lo supuso al discutir
que el pueblo, a través de la Constitución, sólo habilitaba a sus go­
bernantes como fideicomisarios, cuyos poderes podía retirar o
cambiar a voluntad. Fuera que los gobernantes fuesen fideicomi­
sarios o contratistas, era correcto que el fideicomiso o el contrato
dijera lo que el gobierno podía hacer, así como también lo que no
podía hacer. Y los antifederalistas fueron rápidos para señalar que
la Constitución imponía varias prohibiciones al gobierno federal
(en el artículo I a, sección 9). ¿Por qué no, entonces, todas las pro­
hibiciones que eran usuales en una declaración de derechos?580Al
final, el propio Madison emprendió la redacción de una Declara­
ción de Derechos y la condujo a través de la Cámara de Represen­
tantes como las primeras diez enmiendas de la Constitución.
Madison estaba muy dispuesto a hacer esa concesión, por
anómala que él pensara que fuera en teoría,581 pues con la apro­
bación de la Constitución, su invención crucial de un pueblo esta­
dounidense soberano alcanzaría su realización. Cuán preparados
estaban los estadounidenses para ella puede verse en la aproba­
ción casi inmediata del nuevo gobierno nacional como legítima
expresión de la autoridad popular. Pasaron apenas uno o dos años
antes de que las políticas del gobierno se convirtieran en tema de
intensas controversias, con el propio Madison a la cabeza de la
oposición. Pero la oposición cuestionaba las políticas por sí mis­
mas, no la validez del gobierno representativo a escala nacional.
La aceptación de la representación nacional es más extraordi­
naria porque lo que inició la oposición fue el program a fiscal de
Alexander Hamilton, cuyo efecto fue el de exigir que el gobierno
nacional aum entara los impuestos, cosa que a muchos, quizá la
mayoría, de los estadounidenses les parecía innecesario. La tribu-
íación era la función del gobierno más vinculada a la representa­
ción, y los antifederalistas en las convenciones de ratificación, es­
piado tras estado, se habían opuesto a dársela a un gobierno en el
que la representación local estaba tan diluida.582 Pero en los lar-
gos debates de 1790 en el Congreso y en los ataques de los perió­
dicos y los panfletos contra el programa de Hamilton y la tributa­
ción que exigía, rara vez hubo mención de las deficiencias de la
representación nacional. La oposición más fuerte fue al traspaso
de las deudas de los estados a la nación, pero estaba principalmen-^
vte referida a la desigualdad en la m anera en que ese traspaso afec­
taría a los diferentes estados, no al hecho de que los representan­
tes de los estados estuvieran más calificados que los representantes
nacionales para recaudar los impuestos necesarios.583
La cuestión de la representación sí apareció cuando el Con­
greso consideró su distribución. Dado que la Constitución estable­
cía solamente el tamaño mínimo del electorado, se produjo una
considerable discusión —repetida después del censo de cada diez
años— sobre la ventaja de los distritos electorales lo más pequeños
posibles para que sus representantes estuvieran familiarizados con
sus electores y, a la inversa, sobre la ventaja de los distritos grandes
para poner a hombres de talla y habilidad en el gobierno. Pero en
estas discusiones no hubo ninguna sugerencia de que el tamaño
mínimo establecido en la constitución fuera demasiado grande
como para que la representación funcionara.584 El sistema de Ma-
dison se afirmó.
Y él tuvo que defenderlo. En el ataque al programa de Hamil­
ton, él y su amigo Jefferson se concentraron en sus tendencias aris­
tocráticas, las tendencias que los antifederalistas habían previsto
para la extensión del gobierno representativo sobre un territorio
tan grande como el de los Estados Unidos. La cuestión de la aris­
tocracia, de la minoría que gobierna a las mayorías, había estado
latente desde el principio en la representación. En cierto sentido,
la representación había sido siempre una ficción inventada para
conseguir el consentimiento popular a una aristocracia gober­
nante. Ni Madison ni Jefferson, a pesar de su suscripción al credo
vigejnte de Ja igualdad humana, jamás habían estado contra la aris­
tocracia natural que los antifederalistas habían temido que contro­
lara al gobierno nacional. Era correcto y bueno que el pueblo de
algún distrito, cualquiera fuera su tamaño, eligiera a hombres que
demostraran méritos y los pusiera a gobernar. Pero el programa
de Hamilton parecía diseñado no para conseguir el consentimien­
to a esta aristocracia natural, sino para crear una nueva aristocra­
cia nada natural, una aristocracia de especuladores y financistas.
Para Madison y Jefferson, así como para la mayoría de los
otros partidarios del gobierno republicano, esto era invertir el or­
den correcto de las cosas, como había sido invertido (a los ojos del
partido del País de Inglaterra) en la Inglaterra del siglo xvin. Al
pensar en las ventajas de una gran república para superar las defi­
ciencias de la representación, Madison había evitado la cuestión
de la aristocracia. Había inventado un pueblo soberano, pero ha­
bía dado por supuesta una estructura social existente en la que el
pueblo conocería, reconocería y distinguiría con su deferencia a
sus líderes naturales. Pero salvo durante la guerra revolucionaría,
los estadounidenses habían experimentado y concedido esta defe­
rencia, así como habían experimentado la representación, sola­
mente en el nivel local. La aristocracia que Hamilton estaba crean­
do estaba en un nivel nacional, una aristocracia comprometida
con el gobierno nacional. El éxito de su programa planteaba un
desafío y elevaba un interrogante: ¿Qué tipo de aristocracia era
natural en una república extendida?
O, dicho de otra manera, ¿cómo debe funcionar el liderazgo
político en el nivel nacional? ¿Cómo iba a ser conducido el pueblo
soberano de los Estados Unidos? ¿Iba a haber una aristocracia na­
cional anónima, así como había aristocracias locales anónimas?
¿Existía alguna diferencia entre aristocracia y liderazgo?
EPÍL O G O
De la d e fe r e n c ia al lid erazgo

Hume se maravillaba ante la facilidad con la que la minoría


podían gobernar a las mayorías, cosa que él atribuía a la opinión.
Hemos examinado algunas de las opiniones que sostenían ai go­
bierno en los siglos xvn y xvm, pero sólo hemos tocado de mane­
ra oblicua una de esas opiniones que acompañaba a las otras, una
ficción cuyo notorio contraste con los hechos la convirtió en un
potente instrum ento del cambio. La idea de la igualdad, de que
los seres humanos son todos de alguna m anera iguales unos a
otros —que son creados iguales, o serán iguales o deberían ser­
lo— es más antigua que la soberanía popular. Subyace en el nú­
cleo de la mayoría de las religiones, que ofrecen consuelo en otro
mundo para las humillaciones sufridas en éste. Estaba presente,
como hemos visto, en la ficción política que precedió a la sobera­
nía del pueblo: aunque el rey era exaltado por el derecho divino
como el lugarteniente de Dios, todos los demás debían ser iguales
en su sumisión a él. Con el advenimiento de la soberanía popular,
la idea de la igualdad asumió un significado más amplio, aunque
tal vez sin intención y al principio de manera latente. Fue un in­
grediente esencial en la nueva configuración de las ficciones, pe­
ro sus consecuencias apenas si fueron soñadas por aquellos que
primero la invocaron.
Cuando los miembros del Parlamento en su enfrentamiento
con el rey sustituyeron el derecho divino por la soberanía popular,
hicieron descender al rey demasiado abajo, a un nivel donde po­
dían competir con él como receptores iguales de un poder primi­
genio. La soberanía del pueblo supuso la existencia de un estado
natural en el que no había ningún rey, sino que todos los hombres
eran iguales en cuanto a los poderes que la naturaleza o el Dios de
la. naturaleza les había otorgado. Los parlamentarios no tenían
ninguna intención de sugerir que todos seguirían siendo iguales,
sino que habían abandonado voluntariamente sus poderes natura­
les inherentes, la mayoría de ellos otorgados por la divinidad, pa­
ra dárselos a un gobierno en el que el Parlamento compartía la au­
toridad con el rey. A medida que la disputa avanzaba, el
Parlamento fue pidiendo una cada vez mayor porción de la auto­
ridad y luego la reclamó toda, con lo que los miembros de la Cá­
mara de los Comunes se exaltaron a sí mismos como una vez ha­
bían exaltado al rey.
Los caballeros no vieron contradicción en el hecho de elevar­
se de esa manera sobre fundamentos populares. Se suponía que la
igualdad asociada con la soberanía popular había existido de he­
cho en un tiempo muy lejano como para haber dejado registros.
Así pues, las desigualdades del momento podían ser explicadas co­
mo el producto de operaciones posteriores, también sin registrar,
que empezaron con la entrega original de los poderes políticos y
los privilegios por parte de las mayorías a la minoría. Pero la sobe­
ranía popular, como las otras ficciones políticas, encontraba más ai-
menudo expresión en las disputas entre la minoría por la posesión
de los poderes y los privilegios presuntam ente conferidos a ella.
Cuando esas disputas se recalentaban, era muy posible que una
parte o la otra argumentaran que los poderes entregados podían
ser reclamados (por lo menos de manos de los adversarios de
uno), que el pueblo de ese momento podía deshacer lo que había
sido hecho por el pueblo de antaño. La ficción requería que el
pueblo fuera supuestamente capaz de actuar como había actuado
en el “contrato originar’. Si ése fuera el caso, cabía suponer que el
pueblo podía actuar también en ese momento como igual.
Era una suposición necesaria, aunque desconcertante, para
aquellos que alegaban la soberanía popular sólo para promover su
propia superioridad. En las disputas de la década de 1640 en In­
glaterra, los monárquicos fueron rápidos para usarla con el objeto
de avergonzar a sus adversarios. Si la Cámara de los Comunes re­
clamaba para sí los poderes del pueblo, sostenían los monárqui­
cos, deberían demostrar que todo el pueblo, cada hombre, cada
mujer y cada niño, había participado para concedérselo. Los mo­
nárquicos sabían muy bien que los miembros de la Cámara de los
Comunes no podrían presentar tan improbable prueba. Incluso
en la convención de 1689, que otorgó la corona a Guillermo, los
lories se pronunciaron contra toda alteración de la forma de go­
bierno sin que las mujeres, los niños y los hombres no calificados
para votar para el Parlamento se unieran a los votantes regulares
para delegar los poderes en los miembros del Parlamento. Los to-
: ries podían reclamar sin peligro la necesidad de esa delegación
porque sabían que no sólo sería inaceptable para sus adversarios,
sino que, además, era imposible de lograr. El argumento asimismo
tuvo éxito, como hemos visto, en cuanto que la Convención esco-
; gió su camino a través de la verborrea de la soberanía popular con
: gran cuidado para evitar cualquier suposición de que se estaba re­
gresando a un estado de naturaleza, en el que habría que haber
supuesto que todas las personas eran iguales.
La soberanía popular no habría tenido ningún encanto para
sus inventores si la igualdad que implicaba hubiera requerido la
aplicación literal que los monárquicos y los tories sugerían. Tampo­
co los norteam ericanos que iniciaron la disputa con Inglaterra
previeron o abogaron por algo tan literal. Pero la perspectiva de
regresar a un estado de naturaleza no fue tan alarmante para ellos
como lo había sido para el Parlamento inglés, y la propia naturale­
za de su disputa con la madre patria destacó las implicaciones
igualitarias de la soberanía popular. En la etapa inicial de la con­
tienda no pedían nada más que los derechos que tenían los ingle­
ses. Eran ingleses e iguales a los súbditos del rey en Inglaterra. Lo
que objetaban era que no estaban siendo tratados como iguales, ni
sometidos a presiones tributarias por el consentimiento de sus re­
presentantes, ni juzgados por jurados compuestos de sus vecinos
como habría sucedido en ciertos casos si hubieran estado residien­
do en Inglaterra. “Los británicos”, declaró la asamblea municipal
de Boston, “han sido tan libres en un lado del Océano Atlántico co­
mo en el otro”. Pero en ese momento, dijo John Adams, estaban
“degradados por debajo del rango de un inglés” por leyes que cons­
tituían “una revocación de la Carta Magna, en lo que se refería a la
América del N orte”.5Ba
A medida que la disputa fue avanzando, se hizo evidente que
los norteamericanos podían conservar los derechos de los ingleses
sólo rechazando la autoridad tanto del Parlamento como del rey
de Inglaterra. Y para hacerlo deberían recurrir a los principios
fundamentales de la soberanía popular. Tenían que recurrir sí no
a un estado de naturaleza en el que todos debían ser iguales, ai
menos a la condición imperante después del estado de naturaleza,
esto es, a la comunidad o sociedad que se supone fue creada por
un contrato acordado entre los individuos precisamente antes de
la creación del gobierno.
Si los miembros de tal sociedad sin gobierno no eran iguales,
debieron haber estado muy cerca de serlo. Cuando Jefferson en la
Declaración de la Independencia dijo que era evidente en sí mis- -
mo el proceso por el cual el pueblo creaba los gobiernos, no des-;
tacó ninguna de las desigualdades que podrían haberse producir/
do entre ellos: fueron creados todos iguales. De los escritos
posteriores de Jefferson resulta evidente que no pensaba que la
Declaración devolvía a los norteamericanos al estado de naturale­
za, y con ello, a un estado de completa igualdad;586 y los gobiernos
que se dieron inmediatamente después de la Declaración siguie­
ron, de hecho, en su mayoría, ios antiguos límites que habían de­
finido las jurisdicciones de los diferentes gobiernos coloniales,:
aceptando con ello la continuación de las antiguas comunidades
con sus estructuras sociales existentes. Pero no era completamen­
te ilógico que el pueblo, digamos, que vivía en los territorios al
norte del río Connecticut, y que no quería someterse al gobierno
del estado independiente de New Hampshire, argumentara que
ellos, por lo menos, estaban en un estado de naturaleza y propu­
sieran crear una sociedad distinta con su propio gobierno, igual al
de New Hampshire o de cualquier otro estado.587 Si bien los esta­
dounidenses no pensaban que estaban en un estado de naturaleza,
la mayoría de ellos, probablemente todos, pensaba, que estaban
apenas a un paso de ello y de la igualdad que conllevaba.
Más significativa para el futuro fue la elección de gobiernos
que las diversas comunidades de ios estados (actuando por medio
de congresos provinciales que se parecían mucho a las antiguas
asambleas coloniales) hicieron para sí mismas. Aunque no había
nada en la Declaración de la Independencia que condenara a la
monarquía como tal, ningún estado consideró seriamente crear
un gobierno monárquico. Nunca pareció haber ninguna duda de
que una América del Norte independiente sería una república o
una serie de repúblicas. Las ideas de los republicanos ingleses del
siglo x v i i habían conservado allí una popularidad de la que no dis­
frutaban en Inglaterra. Los estadounidenses reverenciaban a Ha­
rrington y a Sidney tanto como a jo h n Hampden, y recordaban e
hicieron suya la insistencia de H arrington tanto acerca de que la
igualdad general de la propiedad era necesaria para el gobierno
republicano, como acerca de que el gobierno republicano era la
única forma adecuada para una sociedad en la que prevaleciera
esa igualdad. Cuando miraban a su alrededor les parecía no sólo
: que estaban en esa situación, sino también que debían protegerla.
“Deberíamos pensar tam bién”, declaró un político de Connecti-
cut, “en revocar las grandes leyes de la atracción y la gravitación, si
pensamos en continuar con un gobierno popular sin un buen gra­
do de igualdad entre la gente con relación a la propiedad”.588 Y ca­
si todos estaban de acuerdo en que un gobierno popular, es decir,
republicano, era el correcto para los estadounidenses.
El gobierno republicano no significaba necesariamente un
gobierno en el que cualquier persona era tan capaz como cual­
quier otra de gobernar. Aunque H arrington habría prohibido la
acumulación de grandes propiedades, cuyos dueños podrían ame­
nazar la estabilidad de su república, no era enemigo de la demo­
cracia. Su gobierno habría dejado la formulación de toda la legis­
lación a un senado compuesto de lo que los norteamericanos
llamaban la mejor clase. Ylos arquitectos de las nuevas repúblicas
norteamericanas y de la gran república fundada en 1789 todavía
esperaban que los votantes eligieran a la mejor clase para gober­
narlos. Pero no tuvieron en cuenta las transformaciones que ha­
bían ocurrido en la sociedad norteamericana desde la fundación
de las colonias por ingleses del siglo x v i i hasta la finalización de la
guerra revolucionaría. Para 1789, aunque los estadounidenses to­
davía hablaban de una clase mejor, los requisitos para pertenecer
a ella, así como los privilegios y prerrogativas de sus miembros, se
fueron haciendo cada vez más inciertos, especialmente en las dé­
cadas precedentes.
La soberanía popular había sido manejada de manera exitosa
durante más de un siglo para apoyar a los beneficiarios de la jerar­
quía social de Inglaterra y a su atenuada versión norteamericana.
Pero no había nada en la doctrina en sí misma o en la consiguien­
te parafernalia de elecciones, instrucciones, peticiones y asociacio­
nes, que indicara como necesaria la delegación del poder popular
a un determinado grupo de hombres o mujeres en lugar de a
otro. Si bien la soberanía popular hacía posible que la minoría go­
bernara a la mayoría, no ofrecía en sí misma ninguna indicación
para restringir la admisión en esa minoría a la clase de personas
que tradícionalmente lo esperaba. En Inglaterra, esa restricción
había resultado ser fácil de mantener, porque las viejas costumbres
de deferencia y su reforzamiento como respuesta a la agitación de
las décadas de 1640 y 1650 tendían a sofocar las implicaciones
igualitarias de la soberanía popular. Incluso durante el interregno,
a pesar de la proliferación de propuestas de nivelación, la conti­
nuación de la concentración de la riqueza y de las ventajas econó­
micas y sociales que acompañaban a la riqueza apagaron las aspi­
raciones de llegar a los cargos políticos por parte de personas que
carecían de esas ventajas. Pero en América del Norte, la concen­
tración era mucho menos notable y por ello había menos ventajas.
Allí, mucho antes que en Inglaterra e incluso antes de la revolu­
ción, las implicaciones de igualdad aportadas por la soberanía po­
pular empezaron a reformar, esto es, a hacer cambios fundamen­
tales en la vida social y política. Y la prim era gran reforma fue la
separación de la preeminencia política del estatus social. Incluso
en Norteamérica la separación se realizó muy gradualmente, pero
podemos observar sus comienzos en una variedad de situaciones y
fenómenos antes, durante y después de la revolución que vaciaron
el significado de hablar de la mejor clase y decepcionaron las ex­
pectativas de James Madison y sus amigos de Filadelfia.
La circunstancia más im portante que promovió la separación
de la autoridad política del rango social fue el carácter incierto y
amorfo del rango social mismo. La distancia social que separa la
“mejor clase” de “la clase más baja” en Estados Unidos parece ha­
ber sido siempre menor de lo que indicarían sus respectivas situa­
ciones económicas, debido a la incidencia de una ética protestan­
te que desaprobaba el consumo ostentoso y rendía homenaje a la
dignidad del trabajo. Los ricos y los pobres tendían a parecerse
más entre sí y a actuar más de la misma manera que lo que ocurría
en Inglaterra. En las colonias del sur, donde la ética protestante
era menos evidente (aunque de ninguna manera ausente), y don-
.--:de el abismo económico entre ricos y pobres era probablemente
más amplio que en otras partes, la presencia de una subclase de es­
clavos negros unió al plantador adinerado y al agricultor pobre en
el orgullo de ser tanto blancos como libres.389 En América del
Norte, además, el acceso comparativamente fácil a la tierra ten­
día a diluir las diferencias sociales que en Inglaterra tanto de­
pendían de la propiedad de la tierra. La posesión de grandes ex­
tensiones de tierras era el distintivo de la superioridad social y de
i. la influencia en Inglaterra. En Norteam érica la tierra era tan
abundante y tan disponible que perdió gran parte de su im por­
tancia social Por lo tanto, lo que se volvió más im portante fue la
; mera riqueza, pero la riqueza norteam ericana, expresada en el
crédito y los bienes personales (e incluso en tierras utilizadas pa­
ra la especulación), podía un día estar y desaparecer al día si-
: guíente ju n to con el prestigio social vinculado a ella. Por la mis-
: ma razón, la acumulación de riqueza podía ser más rápida; las
oportunidades económicas, más grandes y la admisión a las filas
de la mejor clase, más abierta.390
La guerra revolucionaria sirvió para destacar el carácter tran­
sitorio de las grandes fortunas y del prestigio social vinculado a
ellas. En las colonias del norte, la riqueza se había concentrado en­
tre los comerciantes y éstos la habían obtenido principalmente co­
merciando dentro de los parámetros admitidos por el gobierno
británico.591 Con el advenimiento de la guerra y el consiguiente
cierre de los puertos imperiales británicos a las naves norteameri­
canas, la mayoría de los comerciantes estadounidenses tuvieron
que abrirse paso en un m undo poco conocido donde las antiguas
reglas no servían para orientarse. Las firmas mercantiles más vie­
jas eran a m enudo incapaces de establecer nuevas y rentables ru­
tas comerciales, y sus lugares fueron ocupados por empresas más
nuevas en ascenso con menos para perder y mucha más auda­
cia.592 En las colonias del sur (donde los grandes plantadores tam­
bién eran a m enudo comerciantes) la guerra cerró los mercados
británicos para el tabaco, el principal producto norteamericano
de exportación y antes de encontrar otros nuevos, muchas planta­
ciones quedaron en la ruina.393
Mientras la guerra cerraba fuentes de ganancias conocidas y
abría otras nuevas, el esfuerzo económico de sostenerla alteró la
distribución de la riqueza de otra manera. La guerra ha sido siem­
pre la empresa más costosa en la que un gobierno puede embar­
carse. Pocos gobiernos han podido sostenerla financiándola mien­
tras ocurre. Los nuevos gobiernos norteamericanos nacieron ya
comprometidos en una guerra, que habían empezado para prote­
ger sus bienes de los intentos británicos de gravarlos con mayores
impuestos. Por consiguiente, eran reacios a ganarse la antipatía de
sus partidarios recaudando impuestos mayores que los que Gran1
Bretaña había propuesto alguna vez. Y aunque crearon un Con­
greso Continental y un ejército continental para conducir la gue­
rra, se abstuvieron cuidadosamente de darle al Congreso cual­
quier poder de imponer contribuciones en absoluto. En lugar de
obtener dinero por medio de impuestos, los estadounidenses pi­
dieron prestado un poco a los franceses, pero principalmente se lo;
prestaron a sí mismos de una manera que prácticamente garanti­
zaba la turbulencia económica. No sólo los gobiernos de los esta­
dos, sino también el Congreso Continental, pagaban sus cuentas
imprimiendo dinero.594
Por un breve período el papel fue aceptado por su valor no­
minal, pero para 1781 la moneda continental se devaluó en más
de 100 a l.595 La inflación no se produjo solamente por la renuen­
cia a sancionar impuestos, sino también por la escasez de tiempos de
guerra. La guerra desvió una gran parte de la mano de obra de la
producción de alimentos o manufacturas hacia el servicio en la mili­
cia o en e) ejército continental. El ejército mismo estaba consumien­
do una inmensa parte de los suministros disponibles, como siempre
hacen los ejércitos. Las importaciones de Inglaterra habían sido sus­
pendidas desde el principio, por supuesto, y Francia no estaba en
condiciones de proveer las mercaderías ni el crédito necesarios para
ocupar su lugar. La consecuencia fue que la oferta de toda clase de
artículos resultó mucho menor en relación con la demanda.
La inflación descontrolada, en la que el dinero pierde prácti­
camente todo su valor, es una manera drástica, veloz y caprichosa
de redistribuir la riqueza, una forma oculta de gravamen que puede
enriar a la bancarrota a algunos y enriquecer a otros. Los efectos pre­
cisos son difíciles de calcular, y nadie los ha calculado para la infla­
ción de este período. Pero no es necesario ningún cálculo para saber
que aceleraron enormemente las rápidas transferencias de riqueza
ya tan características de la sociedad estadounidense.
La riqueza seguía siendo el requisito principal para entrar en
la mejor clase, y el intervalo entre su adquisición y la llegada del
prestigio que venía con ella probablemente se acortó. Pero en el
turbulento mundo norteamericano, el prestigio por sí mismo fue
también haciéndose más imprevisible, y la mejor clase, una catego­
ría más incierta. A medida que sus contornos se fueron haciendo
más borrosos, la presunción de que la autoridad política debía ser
concedida a sus integrantes fue también debilitándose.
La vulnerabilidad de la presunción se hizo más evidente en
dos fenómenos experimentados en la América del Norte del siglo
xvin: uno en la Iglesia, el otro en el ejército. Tradicionalmente tan­
to el ministerio de la Iglesia como el comando militar recaían so­
bre la mejor clase. Para el final del siglo, los norteamericanos ha­
bían sido testigos del ejercicio de las funciones directivas
eclesiásticas y militares por personas cuyas credenciales sociales
parecían ser irrelevantes. Una mirada a estos dos fenómenos, aun­
que nos llevará atrás en el tiempo, puede esclarecer la manera en
la que el rango social también estaba perdiendo sus prerrogativas
políticas.
El desarrollo eclesiástico es más fácilmente observable en
Nueva Inglaterra, donde las Iglesias habían operado desde el prin­
cipio como repúblicas espirituales independientes. Cada Iglesia se
rodeaba de los “santos visibles” de un vecindario, quienes acorda­
ban entre ellos una suerte de contrato social por el que decidían
“caminar juntos” en la adoración de Dios. Después de convertirse
de esta manera en una Iglesia, elegían a uno o varios ministros pa­
ra que les enseñara y celebrara sus servicios. Aunque elegido de es­
ta manera popular, se insistía en que el ministro recibía sus pode­
res de Dios mismo. Su posición era reverenciada y la simple
devoción no se consideraba un requisito suficiente para alcanzar­
la.596 Un ministro tenía que ser culto, con una erudición que no se
e n c o n t r a b a m á s q u e e n lo s g r a d u a d o s u n iv e r s ita r io s , y é s to s , casi
p o r d e f in ic ió n , p e r t e n e c ía n a la m e j o r c la s e . C o m o e n e l e sta d o , el
c a r g o m is m o c o n f e r ía a u to r id a d , p e r o s e e s p e r a b a q u e e l r e c e p to r
r e fo r z a r a e s a a u to r id a d c o n su p r o p ia p o s i c ió n s o c ia l.
Los habitantes de Nueva Inglaterra estaban orgullosos de sus
Iglesias, que creían se acercaban más que cualquier otra a las igle­
sias descriptas en el Nuevo Testamento. Pero habían descuidado
un elemento crucial. Formaron sus Iglesias con personas que ya
habían experimentado la “conversión” que les garantizaba su pre­
destinada elección de la salvación eterna. Los ministros de Nueva
Inglaterra predicaban a los conversos, ayudándolos a crecer en
una fe que ya poseían. Las primeras Iglesias no carecían de un su­
ministro de conversos, pero sus miembros originales habían expe­
rimentado su conversión en Inglaterra, donde la admisión a la
Iglesia no estaba simplemente abierta a todos, sino que necesitaba
a todos los que no hubieran renunciado a ella por una mala con­
ducta palpable y abierta. A medida que los santos visibles salidos
de Inglaterra se hicieron viejos y fueron muriendo, sus hijos no ex­
perimentaron la conversión en cantidad suficiente como para pro­
porcionar miembros a las Iglesias de Nueva Inglaterra. El resulta­
do fue una crisis eclesiástica crónica que para comienzos del siglo
xviii estaba modificando el carácter no sólo de las Iglesias, sino
también de la función ministerial y de las personas que la ejercían.
Todos deploraban la aparente disminución en la devoción que
amenazaba con dejar a las Iglesias sin miembros conversos, y cada
vez eran más los ministros que redoblaban sus esfuerzos para ob­
tener conversiones, con sermones más dirigidos a las emociones
que a la razón.
Con el arribo del predicador inglés George Whitefield, en
1740, el impulso evangélico llegó a su punto más alto. Whitefield
visitó las colonias desde Georgia hasta Nueva Inglaterra, perfeccio­
nando la apelación a lo emocional allí donde iba, dramatizando
las torturas del mal y las dichas de la salvación. Por el impacto de
sus sermones miles se convirtieron en un contagio del éxtasis, co­
nocido por los historiadores como el Gran Despertar. Y fue segui­
do por una multitud de imitadores, tanto autodenominados pro­
fetas como ministros ordenados que abandonaban sus propias
congregaciones para llevar el mensaje de la salvación a aquellos
que lo habían perdido al seguir a sus propios pastores elegidos.a97
Allí donde el ministro local daba la bienvenida a los itineran­
tes y modificaba su propia prédica para ajustarse al nuevo estilo,
podía ser recompensado con una Iglesia revitalizada. Donde el mi­
nistro se oponía al itinerante tratándolo de mentiroso y demago­
go religioso, como a m enudo era el caso, podía encontrar a su
Iglesia partida en dos. Si las recientemente despertadas “nuevas lu­
ces” constituían una mayoría, podían echarlo y debía recoger a
aquellos que seguían fíeles a él en una nueva Iglesia. Si las nuevas
luces eran una minoría, podían separarse para form ar ellas mis­
mas una nueva Iglesia. En cualquier caso era probable que hubie­
ra dos Iglesias donde antes sólo había una, compitiendo entre sí
por los miembros y los impuestos que el gobierno de Nueva Ingla­
terra cobraba para sostener a la Iglesia.
La competencia, además, no estaba limitada a las Iglesias con-
gregacionales que habían pensado los fundadores de Nueva Ingla­
terra. Mucho antes del Gran Despertar, Nueva Inglaterra había si­
do invadida por los cuáqueros, entre los cuales eran numerosos
los misioneros itinerantes que actuaban por cuenta propia. El con-
gregacionalismo de Nueva Inglaterra había dado lugar a la crea­
ción de una cantidad de Iglesias bautistas, cuyos estrictos requisi­
tos de admisión resultaban atractivos para los llamados “nuevas
luces”. E incluso la Iglesia anglicana había estado compitiendo
con éxito para obtener miembros en Nueva Inglaterra desde que
el párroco y varios profesores de la Universidad de Yale se habían
convertido al anglicanismo en 1722. Con ese acontecimiento sor­
prendente, la Sociedad Anglicana para la Propagación del Evange­
lio había cambiando su rumbo; de dirigir sus esfuerzos a los indios
pasó a ocuparse de los puritanos. Esos esfuerzos dieron sus fru­
tos cuando las disputas eclesiásticas producidas por el Gran Des­
pertar hicieron que muchos ex congregacionalistas se alejaran
de las divisiones para unirse a la Iglesia de Inglaterra.
La multiplicación de sectas en Nueva Inglaterra dejó a los
congregacionalistas todavía como una mayoría, pero la minoría
compuesta de otras sectas era bastante grande y, combinada con la
presión de Inglaterra, fue suficiente para convencer al gobierno
de llueva Inglaterra para que modificara las leyes tributarias que
sostenían solamente a la Iglesia congregacional. Hasta entonces
todas las familias de un pueblo de Nueva Inglaterra habían sido
gravadas en beneficio del ministro congregacional, fueran o no
miembros de su Iglesia. A partir de ese momento cualquiera podía
cambiar sus pagos a una Iglesia protestante de su propia elección
(siempre que aquella existiera en el lugar). Así pues, una ventaja
económica crucial que antes no estaba disponible daba beneficios
a cualquier Iglesia a la que los sermones de sus ministros predica­
dores atrajeran miembros; y la orientación evangélica del ministe­
rio, de cualquier denominación u orientación teológica, adquirió:
un incentivo económico.
El resultado de estos desarrollos fue un encubierto concurso
de popularidad entre ministros y un cambio profundo en la cali­
dad del liderazgo religioso. El puesto del ministro ya no dependía
tanto de su erudición. Los feligreses ya no recurrían a él principal­
mente en busca de formación teológica. Lo que contaba era su ha­
bilidad para influenciar a las personas. Si podían ser influidas por
la instrucción, bien, pero lo que importaba era su habilidad para
conmoverlos, y esa habilidad podía tener poca relación con su cul­
tura y el estatus social que iba con ella.
Esto no quiere decir que las “nuevas luces” u otros que caían en
el nuevo estilo religioso fueran abiertamente contrarios a lo intelec­
tual. Jonathan Edwards, el gran defensor del Despertar, era tan eru­
dito como cualquier ministro de Nueva Inglaterra había sido alguna
vez y el teólogo más creativo que produjo Norteamérica. Pero el re­
sultado principal del Despertar y de la propia teología de Edwards
fue dar a la razón y al intelecto un papel más pequeño que el que
hasta entonces tenían en la religión. No fue jonathan Edwards sino
George Whitefield quien disfrutó del mayor éxito en el Despertar, y
él no era ni teólogo, ni pensador. Fue simplemente el primero de
una larga serie de líderes religiosos —“ministro” no es la palabra del
todo correcta para definir a Whitefield, o a Charles Finney, o Dwight
Moody, o Billy Sunday, o Billy Graham— que se caracterizaban prin­
cipalmente por su carisma personal, por su habilidad para ganar
la adulación apasionada de grandes multitudes. Whitefield fue el
primer héroe religioso norteamericano, una especie de sustituto
de santo para los protestantes. Y su éxito lo transform ó en un
modelo a im itar por los ministros.
Con el surgimiento de héroes religiosos como Whitefield, la
vieja insignia de autoridad y posición social que tenía el ministerio
empezó a decaer. La disposición a mostrar deferencia a un minis­
tro culto perdió fuerza cuando la cultura dejó de ser el requisito
más importante para un ministro. Y el estatus de un ministro en la
comunidad parecía menos importante cuando tantas personas ha­
bían experim entado la inspiración más grande de sus vidas bajo
los cuidados de un ministro itinerante que no tenía absolutamen­
te ningún prestigio en la comunidad. Muchos de los itinerantes no
tenían ningún prestigio en ninguna comunidad, pues muchos de
ellos provenían de las clases de los artesanos y los agricultores. Un
ministro que podía alcanzar el papel de héroe religioso podía lle­
gar a disfrutar de más respeto, más prestigio —uno incluso podría
decir, más autoridad— que el que le hacía disfrutar el viejo estilo
en su cargo o su posición social. Pero era una ciase diferente de
respeto, una clase diferente de prestigio, una clase diferente de
autoridad.
Con el nuevo estilo de liderazgo religioso vinieron una nueva
actitud y nuevas expectativas entre los seguidores, un cambio en el
humor político de las congregaciones. Antes del Gran Despertar
sólo los más audaces habían osado dejar al pastor de la iglesia con-
gregacional local por las atracciones poco comunes de los cuáque­
ros, los baptistas o los anglicanos. Pero cuando una gran parte de
las congregaciones pasó por la emoción de la conversión, salieron
de ella con la decisión de aferrarse a lo que habían ganado. Si eso
requería abandonar a su pastor o crear una nueva iglesia propia,
lo harían. Estaban seguros de estar actuando en una causa sagra­
da, y una vez que habían destituido o abandonado a un ministro
para escoger a otro podían continuar participando de manera
más activa en la administración de la Iglesia de lo que habían he­
cho hasta entonces. En las Iglesias de Nueva Inglaterra, las congre­
gaciones siempre habían sido soberanas, con poder para elegir y
destituir a los ministros. Después de todo esto, estaban mucho más
preparadas para ejercer sus poderes. Habían sido, en un sentido
eclesiástico, politizadas.
Lo que ocurrió en Nueva Inglaterra fue sólo más dramático
que en las otras colonias. En la mayoría de ellas la multiplicación
de sectas había sucedido no por herejías y divisiones dentro de
una sola Iglesia, sino por la inmigración de pueblos de diferentes
tradiciones étnicas y religiosas: presbiterianos escoceses e irlande­
ses, luteranos y menonitas alemanes, holandeses reformados, cató­
licos ingleses, anglicanos y metodistas. En algunas colonias los an­
glicanos disfrutaban de una situación de preferencia, como los
congregacionalistas en Nueva Inglaterra, pero en la mayoría de
ellas ninguna secta constituía la mayoría y todas competían tanto
por los seguidores como por la subvención del gobierno. En todas
ellas también las características del ministerio habían sufrido la
misma transformación bajo la presión de los pastores de orienta­
ción evangélica de las sectas más nuevas, que generalmente care­
cían del estatus social del grupo dirigente anglicano.
El efecto de la revolución sobre estos desarrollos, tanto en
Nueva Inglaterra como en otros lugares, fue el de intensificarlos.
Donde la Iglesia anglicana disfrutaba de ventajas impositivas, las
perdió. Aunque los congregacionalistas continuaron disfrutando
de una cierta situación de privilegio en Connecticut hasta 1818 y
en Massachusetts hasta 1833, en otros lugares se dejó que todas las
sectas compitieran en igualdad de condiciones por la captación de
miembros. El sostén de la Iglesia quedó reducido a las contribu­
ciones voluntarias que un ministro era capaz de conseguir de sus
seguidores. El prestigio social podía tal vez haber contribuido en
muchos casos a la habilidad de un hom bre para conseguir segui­
dores, pero era esa habilidad, cualquiera fuera su origen, lo que
contaba. El estatus social y el cargo eclesiástico fueron separados
en la práctica, y en muchos casos fueron totalmente divorciados.
De qué manera esta separación pudo haber contribuido a una
separación similar en el mundo político es difícil de evaluar. El re­
tiro del sostén del estado a la religión fue en sí mismo un tema de
acaloradas controversias políticas en muchos estados, y parece to­
talmente probable que la disposición de dejar a la religión librada
a una competencia entre líderes religiosos tuviera alguna relación
simbiótica con lo que estaba ocurriendo a un ritmo algo más len­
to en la política. La declinación de la posición social como una
fuerza en el sistema de gobierno eclesiástico parece haber prece­
dido, y puede haber contribuido, a su declinación en el sistema de
gobierno civil. Pero la acción de los gobiernos de los estados al se­
parar la religión de la política fue en sí misma un golpe a los privi­
legios habitualm ente relacionados con la posición social. La lec­
ción apenas si puede haber sido ignorada por los aspirantes a
políticos cuya posición social había antes alimentado sus expecta­
tivas de ocupar altos cargos políticos.
Cualquiera haya sido el impacto del ejemplo religioso, la revo­
lución trajo consigo un esfuerzo de guerra en el cual, como en la
mayoría de las guerras, el liderazgo militar se apartaba de la acos­
tumbrada congruencia con la posición social de los tiempos de
paz, y su apartam iento fue otro golpe a la deferencia política
acordada a la mejor clase. Los militares y el rango social han es­
tado siempre estrecham ente relacionados. El texto clásico gene­
ralm ente citado para ilustrar la devoción del m undo isabelino
por la jerarquía social es el discurso de Ulises en Troilo y Crésida,
de Shakespeare.

Modifica apenas un grado el curso,


desafina esa cuerda,
y, atención, cuánta discordia sobreviene.

A m enudo se olvida el contexto del discurso. Ulises no estaba


hablando, al menos no directamente, de la jerarquía social. Esta­
ba ratificando la im portancia del rango militar en una situación
en la que el liderazgo militar, basado en el talento, se apartaba del
rango oficial.
El rango es esencial para los militares, y en tiempos de paz, el
rango social y el militar pueden reforzarse mutuamente. En el
mundo norteamericano del siglo xvm ambos estaban más unidos
de lo que nunca más volvieron a estar. Hemos visto cómo el rango
en la milicia colonial estaba sincronizado con el prestigio político
y social local. Los nombramientos de oficiales en Inglaterra eran
sólo para los caballeros o los nobles, y en Norteamérica eran sólo
para la mejor clase. Al principio de la guerra revolucionaria, los
hombres enrolados podían negarse a servir al mando de un oficial
que nQ fuera de un rango social superior al de ellos,098 y Washing­
ton, movido por consideraciones similares, castigaba a los oficiales
por confraternizar con sus soldados en el ejército continental.39^
Pero en la guerra, la supervivencia y la seguridad del estado de­
penden de cualidades que no necesariamente coinciden con las
cualidades a las que se les otorga deferencia en las situaciones so­
ciales de tiempos de paz.
En tiempos de paz la milicia podía servir como una escuela de
subordinación social, pero cuando llegó la verdadera guerra ni los
profesores ni las lecciones que enseñaban fueron considerados sufi­
cientes como para ganar batallas. Cuando Inglaterra iba a la guerra,
ya fuera en el siglo xvii o en el xvui, lo hacía con soldados profesio­
nales. Estaban comandados por caballeros, pero para ganar por lo
general era necesario promover a los oficiales talentosos por encima
de sus antiguos superiores sociales y militares. En las colonias, la mi­
licia podían realizar alguna incursión ocasional contra los indios a
las órdenes de sus oficiales regulares, pero cuando llegó el momen­
to de sostener una guerra la milicia cedió lugar a compañías inde­
pendientes de voluntarios o reclutas comandadas por oficiales cuyo
rango en la milicia rara vez había sido alto. Los coroneles a la cabe­
za de la milicia por lo general no fueron a la guerra. Dejaron la lu­
cha en manos de oficiales nuevos que tenían más vocación y talento
para ello, pero una posición social inferior.600
Para el final de una guerra triunfante, la estructura del co­
mando militar había sido arrastrada a una cierta distancia de la es­
tructura social. No se había desafinado el grado, pero el rango so­
cial y el grado militar estaban en discordia. El efecto sobre la
estructura social y política después del retorno de la paz podía va­
riar. Los hombres que habían obtenido altos mandos en la guerra
podían o no lograr convertir el prestigio militar en prestigio social
y fuerza política. Después de la guerra francesa e india de 1754-63,
el conflicto sostenido más largo del que participaron las colonias
antes de la revolución, los hombres de Connecticut que habían al­
canzado altos grados militares en la guerra no pudieron, en gene­
ral, alcanzar posiciones políticas y sociales comparables en la socie­
dad de Connecticut.601 A los oficiales militares de Massachusetts
parece haberles ido mejor.602
Los líderes militares que emergieron de la guerra revolucio­
naria enfrentaron una situación más compleja que sus predeceso­
res en las guerras anteriores. La ideología republicana que había
florecido en la revolución no otorgaba ningún alto puesto al sol­
dado profesional y generaba una curiosa desconfianza hacia el
ejército que había hecho posible la república. Los oficiales que se
unieron después de la guerra a la Sociedad de los Cincinnati para
preservar su camaradería de tiempos de guerra fueron atacados
como aspirantes a la aristocracia. Y cuando el sentimiento nacio­
nal cedió paso a la política local en la década de 1780, los viejos
oficiales se plegaron al punto de vista continental contra la ten­
dencia manifestada por los gobiernos de los estados. La situación
fue complicada también por el propio Washington, un héroe na­
cional a quien se reverenció más que a ningún otro desde enton­
ces y hasta ahora, pero que rechazaba cada intento de sus oficiales
para que obtuviera poder político, para ellos o para él mismo.603
Los jefes militares de la revolución, entonces, no alcanzaron
automáticamente un lugar en la cima de la jerarquía social. Ha­
bían sido sacados de la mejor clase y regresaban a la vida civil con
méritos adicionales para estar en ese lugar. Conservaron con fre­
cuencia los títulos que habían obtenido en la guerra: capitán, co­
ronel, mayor, general. Pero la ambivalencia republicana respecto
del ejército les quitó a los títulos la gran importancia que tenían
en algunas sociedades coloniales y todavía tenían en la sociedad
europea. La torm enta que enfrentó Patrick Henry cuando propu­
so nom brar a ex oficiales del ejército continental en los rangos
más altos de la milicia de Virginia señala muy bien cuán grande
era la separación entre la distinción social y la militar en ese estado.
Al mismo tiempo, el hecho de que hombres de m enor rango
social hubieran obtenido los mandos superiores del ejército ofre­
cía un testimonio elocuente de que los talentos necesarios para el
liderazgo militar .no coincidían con la dignidad social. Ya se había
vuelto evidente que el talento para el liderazgo religioso podía en­
contrarse fuera de la mejor clase. Y los estadounidenses acababan
de fundar gobiernos republicanos independientes, desafiando a
un poder imperial operado por hombres a quienes habían reco­
nocido como de una clase superior a la de ellos. En esta atmósfera
no se requería de gran imaginación para llegar a la conclusión de
que el talento político podía tener tan poca relación con la distin­
ción social como el talento militar o el religioso.
Era una idea arraigada en la soberanía popular que no había
podido aparecer antes sólo debido a los enormes esfuerzos realiza­
dos para desalentarla. Cualquier observador de las luchas electorales
del siglo XVIII apenas podían no darse cuenta de ello. El liderazgo en
esas luchas había estado limitado a la mejor clase, especialmente en
Inglaterra, porque solamente la mejor clase podía permitirse asumir
el costo. Pero las luchas entre la elite produjeron talentos que iban
más allá de contratar matones y comprar votos. Y las estadísticas elec­
torales disponibles sugieren el futuro que aguardaba a aquellos que
podían ejercitar al máximo esas capacidades.
Lo que las estadísticas disponibles indican es que las minorías:
que gobernaron a las mayorías en el siglo xvm, a pesar de las exte­
nuantes campañas electorales que hemos visto, no pasaron de ser
simples aficionadas en el arte de movilizar a los votantes. Tanto en los
distritos electorales grandes como en los pequeños, tanto en Inglate­
rra como en América del Norte, parece que los candidatos de cual­
quier sector conseguían atraer apenas a una fracción de los posibles
votantes. Por ejemplo, en la región inglesa de Northamptonshire, en
1702, votaron 4.517 personas; en 1705, votaron 4.876 personas, pero
sólo 2.875 votaron en ambas elecciones. En Mitchell, un pequeño'
municipio de Cornualles, 40 personas votaron en 1705 y 36 en 1713,
pero solamente 18 en ambas elecciones.604
En las colonias, donde el electorado potencial probablemente
superaba al de Inglaterra en el último cuarto del siglo x v i i i , se pro­
dujo el mismo fenómeno. En algunas pocas duras contiendas elec­
torales, la concurrencia a los lugares de votación de aquellos con
derecho a voto fue alta, pero por lo general no acudía mucho más
de la mitad. En Rhode Island, en la década de 1760, por ejemplo,
donde las facciones políticas se enfrentaron con más vigor que en
la mayoría de las otras colonias, la participación en las elecciones
varió del 38 al 52% de aquellos con derecho a voto.605 Y también
en las colonias las personas que votaban en una elección podían
ser considerablemente diferentes de aquellas que votaban en la si­
guiente. En las elecciones de la ciudad de Nueva York en 1768 y
1769 votó un total de 2.234 personas en las dos elecciones, pero
el 37% de aquellos que votaron en 1768 no lo hizo en 1769, y
25% de aquellos que votaron en 1769 no había votado en 1768.606
En el condado de Halifax, Virginia, precisamente en los mismos
años, de las 545 personas que votaron en las dos elecciones, sola­
mente 214 votaron las dos veces.607 De igual manera, en Burling­
ton, Nueva Jersey, en elecciones realizadas en 1783 y 1787, votó
un total de 502 personas, pero solamente 96 votaron en ambas
elecciones.608
La inestabilidad de los votantes quizá puede ser apreciada
más fácilmente en una elección de 1757 para los cuatro represen­
tantes de Boston en la asamblea de Massachusetts. En la mañana
del 10 de mayo se registraron 528 votos, y las elecciones termina­
ron a mediodía. Al contar los votos, los funcionarios electorales
encontraron que solamente tres candidatos habían obtenido la
mayoría necesaria. Por lo tanto anunciaron que abrirían nueva­
mente los comicios a las tres de la tarde para elegir al cuarto repre­
sentante. En las tres horas siguientes los candidatos para el puesto
reunieron 754 votantes, un aumento de casi el 43% sobre el total
de la votación matutina.609
Las cifras señalan una gran reserva de votantes en aquellos
electorados, disponibles para cualquier candidato que pudiera
arrastrarlos hasta los lugares donde se votaba. En cualquier elec­
ción que se señale habría sido posible conseguir una mayoría de
votos de personas que no habían votado en la elección anterior. La
capacidad de recolectar votos indudablemente continuaba depen­
diendo de una gran variedad de características personales. Presti­
gio social, servicio a la comunidad, religión, raza, sexo y una can­
tidad de atributos no identificados afectaban el atractivo de un
candidato, como todavía ocurre. Pero ya había comenzado el pro­
ceso que conduciría a la situación descrita por Robert Dahl en la
actual sociedad estadounidense, donde las desigualdades tienden
a ser “no acumulativas”, donde el prestigio social, la riqueza y el
poder político no necesariamente coinciden.610 En una situación
como ésa, el talento político, como sea que esté constituido, ocu­
pa su lugar y los políticos organizan partidos para darle expresión
y tomar el mando del gobierno.
^Esa posibilidad, oculta desde el principio en la soberanía po­
pular, había sido la pesadilla de la elite social y política que inven­
tó la doctrina y la utilizó en su beneficio en sus contiendas con el
rey y con sus propios pares. De allí las constantes denuncias de fac­
ción en el siglo xviii, con lo que se quería decir que era una orga­
nización diseñada para captar votos y poder para sus integrantes.
“Facción” era la palabra que un candidato político usaba para re­
ferirse a lo que estaban haciendo sus adversarios» y no implicaba
solamente una devoción por el interés privado más que por el pú­
blico sino también un uso excesivo del arte de la política. Implica­
ba que sus adversarios efectivamente eran políticos, ct>n las conno­
taciones peyorativas que la palabra siempre ha tenido. No eran
miembros de la mejor clase que se preparaban para ponerse al ser­
vicio del interés público en una especie de noblesse oblige. Más bien
eran profesionales de la habilidad política divorciados de la dedi­
cación por el interés público que la mejor clase —y solamente
ella— se suponía y esperabia que exhibiera.
Cuando Madison y sus colegas inventaron, en 1787 en Filadel-
fia, un pueblo estadounidense y le dieron un gobierno, fue con la
idea de vencer a las facciones y a los políticos en los gobiernos de
los estados. El tamaño de la nueva nación, creía Madison, haría di­
fícil que los políticos orientados hacia lo local de cada estado reu­
nieran una facción mayoritaria. El control del gobierno volvería a
los miembros de la clase superior, con vocación de servicio públi­
co, los únicos que podrían tener renombre nacional como para
ganar las elecciones en un comicio continental sin tener que preo­
cuparse por la habilidad que hombres menores pudieran dedicar
a obtener votos.
Madison no tuvo en cuenta el desarrollo de las destrezas y las
aspiraciones políticas que el ejercicio de la soberanía popular ha­
bía promovido en la generación revolucionaria. Ni él ni nadie en su
época previeron que el gobierno nacional sería manejado por par­
tidos políticos nacionales. Ni previo que él mismo sería el primero
en adelantarse para organizar uno. Madison, por supuesto, no pen­
saba en sus republicanos como un partido en el viejo sentido: eran
ciudadanos de la mejor clase con vocación por lo público, organiza­
dos para salvar al gobierno nacional de las maquinaciones de los
políticos facciosos que, contrariam ente a sus expectativas, de al­
guna manera se habían apoderado de él. Pero la separación de la
política de la posición social ya estaba bien avanzada en la propia
organización de Madison e iba a continuar más todavía. El futu­
ro estaba en los políticos, en aquellos que podían organizar par­
tidos políticos y recurrir a la reserva de votantes que esperaban
sus capacidades.
La idea de una mejor clase, si no la expresión, no ha desapareci­
do completamente de la escena estadounidense ni parece que lo ha­
rá, y la palabra “político” ha seguido designando a alguien que mani­
pula los procesos políticos de una manera que los miembros de la
mejor clase, como sea que se la defina, se supone que no lo hacen.
Pero visto en un contexto más amplio, el surgimiento del político y
de los partidos políticos que él creó eran parte de una reestructura­
ción de la sociedad que se fue produciendo desde que la Cámara de
los Comunes apeló por primera vez a la soberanía del pueblo. Desde
el principio las implicaciones igualitarias de la doctrina permanecie­
ron de manera inestable por debajo de la deferencia que la mejor
cíase esperaba del resto de la población, una deferencia que se supo­
nía instalaba “naturalmente” a los de la mejor clase en posiciones de
autoridad en la iglesia y las fuerzas armadas, tanto como en el estado.
La deferencia política tuvo una muerte lenta, pero en cada elección
en la que las minorías apelaron a las mayorías, recibió un golpe. Pa­
ra fines del siglo xviil en América del Norte y algo después en Ingla­
terra, algo que llamamos “liderazgo” empezó a tomar su lugar en el
ordenamiento de la sociedad.
La palabra “líder” es vieja, pero “liderazgo” era un término
que nadie pareció haber sentido necesidad de utilizar mientras las
cualidades que designa permanecieron inherentes a la superiori­
dad social. La declinación de la deferencia y el surgimiento del li­
derazgo marcaron los orígenes no sólo de una nueva retórica, sino
de un nuevo modo de relaciones sociales y una nueva manera de
determ inar quién de la minoría debe destacarse para gobernar a
la mayoría. Ello marcó no sólo el surgimiento de los políticos pro­
fesionales y de los héroes religiosos, sino también la vulnerabili­
dad de cualquier institución que negara la igualdad en la que
hombres y mujeres habían sido creados.
Desde sus inicios en la Inglaterra de la década de 1640, la so­
beranía del pueblo había estado cargada de sorpresas para aque­
llos que la invocaron. Era una ficción más dinámica que la que
reemplazaba, más capaz de servir como objetivo buscado, nunca
alcanzable, siempre alejándose, pero accesible y digno de ser per­
seguido. Ha desafiado continuamente al gobierno de las minorías
para reformar los hechos de la existencia política y social a fin de
cumplir con las aspiraciones que promueve. La suposición de que
el rango social debe transferir un título a la autoridad política fue
sólo la primera baja en sus reformas, y todavía no hemos visto la úl­
tima. La ficción perdura. El desafío persiste.
N otas

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2a e d ., C a m b rid g e, In gla terra , 1914; N u ev a York, 1 9 6 5 , e s p e c ia lm e n te
pp. 6 6 -1 0 6 , 137-76.
s La d o ctrin a d e q u e el rey n o p o d ía h a cer el m al n i eq u ivocarse ya se ha­
b ía c o n v ertid o para el siglo xvi e n u n a ficc ió n iegal a cep ta d a y esen cia l,
q u e cu m p lía fu n c io n e s tan to leg a les c o m o p olíticas. W. S. H oíd sw orth , A
H isíory o/English Law, 7a ed ., L on d res, 1956, III, pp. 465-66.
4 W allace N o te ste in , F ran cés H . R elf, y H artley S im p so n , ed s., Commons
Debates 1621, N ew H aven , C o n n ecticu t, 1935, n, p. 15.
5 E lizab eth R. F oster (ed .), Proceedings in Parliam ent 1610, N ew H aven ,
C o n n ecticu t, 1966, II, p. 89.
6 Commons Debates 1621, II, p. 464.
7 W allace N o testein y Francés H . R e lf (ed s.), Commons Debates f o r l6 2 9 . Pu­
b lica ció n d e In vestigacio n es d e la U n iversid ad d e M in n esota. S tu d ies in
th e S ocial S cien ces, n 9 10, M in n eap olis, 1921, p. 253.
8 U n a e x p o sic ió n clásica d e la a n tig u a visión es la d e W allace N o te ste in ,
The W in n in g o f the Inüiative by theH ouse of Commons, L on d res, 1924. La e x ­
p o sic ió n m ás exhau stiva — y m ás c o n v in c e n te — d e la n u ev a m a n era de
ver las cosas es la d e C onrad R ussell, Parliaments an dE n glish Polilics 1621-
1629, O x fo rd , 1979. A lgu n o s a n ticip os a n teriores p u e d e n en co n tra rse e n
C onrad R ussell, “P arliam entary history in p erspective, 1604-1629”, History
63, 3976, pp. 1-27; G eoffrey E lton , “S tu d yin g th e h isto ry o f p a rlia m en t”,
‘T h e Stuart c e n tu r y ” y “A h íg h road to civil war?”, Studies in Tudor and
Stuart Polüics an d Government, C am b rid ge, In glaterra, 1974, a, pp . 3-18,
155-82; A. M. Everitt, The Community o f Kent an d the Great Rebellion, 1640-
60, L eicester, Inglaterra, 1966; J. S. M orrill, The Revolt o f the Provinces, L on­
dres, 1976; Kevin Sharpe (ed .), Faction and Parliament, O xford , 1978; Paul
C h ristian son , “T h e causes o f the E nglish R evolution: a r e a p p ra isa l", Jour­
n al o f British Studies 15, 1976, pp. 40-75; y los artícu los d e C h ristian son ,
ClaytQn R oberts, Mark Kishlansky y Jam es E. F arnell en Journal o f Modern
H istory 49, 1977, pp. 575-660. C om p áren se las fu ertes respuestas de J. H.
H ex ter y D erek Hirst en ibid., voi. 50, 1978, pp. 1-71, y d e H irst, T heodo-
re Rabb y C hristoph er H ill en Past and Present, n c 92, 1981, pp . 55-124.
9 Sobre el papel p o lítico d e los gentrymen c o m o ju e c e s d e paz y m iem bros
d e la Cámara d e los C o m u n es, véase e n g en era l, J. E. N ea le , TheElizabet-
han House of Communs, L on d res, 1949; May M cKisack, The Parliamentary
Representation of the English Boroughs during the M iddle Ages, O x fo rd , 1932;
K enneth P ickthorn, Early Tudor Government: Henry VII, C am bridge, Ingla­
terra, 1934, pp. 51-88; H old sw orth , History o f English Law, I, pp . 285-98; y
G eoffrey El ton, ‘T h e body o f the w h ole reaim: Pariíam ent and representa*
don ín m ediaeval and T udor E n g la n d ” en Studiesin Tudor an d Stuart Politics
and Government, II, pp . 19-61.
10 Proceedings in Parliament 1 6 1 0 ,1, p. 51.
R. C. J o h n so n , M. F. K eeler, M. J. C o lé, y W. B. B idw ell (e d s .)} Commom
Debates 1628, N ew H aven, C o n n ectícu t, 1977-78, in, pp . 339-41.
52 Commons Debates fo r 1629, p. 85.
33 Commons Debates 1621, n, p. 56.
14 La m anera de presentar la P etición d e D erech os y la respuesta d el rey fue
tem a d e debate en la Cámara d e los C om unes. El co n sen so parece haber si­
do contrario a la presentación d e la Petición co m o u n a ley, pero se insistió
en que el rey debía resp on d er en el P arlam ento, d e m anera tal q u e los tri­
bunales se vieran obligados a respetarla. Commons Debates 1628, m, pp. 627-
34; rv, pp. 1-186 passim, esp. pp. 181-86. V éase tam bién Elizabeth R. Foster,
“Petitíons and the Pedtion o f R ig h t” Journal ofBiitish Shidies 1 4 ,1 9 7 4 , pp. 21-
45; J. A. Guv, ‘T h e origin o f the P etition o f R ight recon sid ered ”, TheHistori-
calJournal 25, 1982, pp. 289-312; y M ich ael B. Y oung, ‘T h e o rig in s o f the
P etition o f R ight reco n sid ered further”, i b i d vol. 2 7 ,1 9 8 4 , pp. 449-52.
lc> “D iscourse c o n c e r n in g the Roya! P rero g a tiv e”, en L. A. K nafla (ed .),
Law and Politics in facobean England: The Tracts o f Lord Chan cellor Ellesmere,
C am bridge, Inglaterra, 1977, i pp. 97-98.
16 Commons Debates 1628, II, pp. 33-34; m, pp. 386-89. Este caso p a rece ha­
ber dejado una h u ella duradera en los p arlam en tarios p osterio res. Véase
ThePlain Case of the Common-Weal, L on d res, 1658, p. 6; Freedom ofElections
to Parliament a Fundamental Law and Liberty o f the English Subjects, L ondres,
1600, pp. 21-22.
’ ‘ Commons Debates 1628, II, p. 34.
18 Ibid., III, p. 389.
19 Pero cuando la sesión term in ó, el rey d e in m ed iato o rd en ó su liberación
de la Torre y él m ism o se h izo cargo d e los costos d e en carcelam ien to.
(.I b i d rv, p. 4 0 4 n ) . En 1629 volvió a p o n e r a E íiot y C o ry to n en prisión,
d on d e E liot m u rió.
20 S. R. G ardiner ( e d .) ; Debates in the House o f Commons in 1 6 2 5 , C am dem
Society, n u eva serie, vi, 1873, pp. 47-53, 62, 69-70, 179-86; J o h n R ush­
worth, Historical Collections, L on d res, 1682-1700, í, pp. 373-76, 209-212.
23 Debates in the House o f Commons in 1625, p. 70.
22 Commons Debates 1628, m, 131-32; iv, 283-41, 260-62, 273-74; R ushworth,
Collections, i, p. 633.
23 Commons Debates fo r 1629, p. 62.
24 Ibid., p. 227.
25 ibid., p. 158.
26 Ibid., p. 94.
27 Ibid., p . 238.
28 Ibid., pp . 101-2.
29 Ibid., p. 253.
30 Commons Debates 1628, IV, p. 103.
31 Ibid., rv, p. 139.
32 Ibid., iv, p. 393.
33 Ibid,
34 Ibid., líl, p. 173. B en jam ín R udyard rep itió esta m ism a m etáfora e n el
P arlam ento L argo. R ush w orth , Historical Collections, rv, p. 25.
35 La C ám ara d e lo s C o m u n es h a b ía ex p lica d o esta fu n c ió n al in ic io d el
rein a d o d e J a co b o 1, e n la fam osa A p o lo g ía d e 1604 (q u e, sin em b a rg o ,
p u ed e n o h a b er sid o fo r m a lm e n te a d o p ta d a ), p e r o J a c o b o I m ism o la
a len tó e n su d iscu rso inau gu ral en 1609, en el q u e r e c o n o c ió q u e el Par­
la m en to p o d ía in fo rm a rlo acerca d e las gu erras d e su p u e b lo d e las cua­
les él n o se h u b iera en ter a d o . (M cllwain, Polüical Works o f James I, pp. 313-
15). A lgo d e la co n tin u id a d d e la m e m o r ia p arlam en taria p u ed e ser
evalu ado d e sp u é s d e q u e se citó este d iscu rso e n 1 628 c o m o u n a razón
para p r o ced er c o n u n m em o ria l d e reiv in d ica cio n es p ú b licas d e sp u és d e
q u e los C o m u n e s h a b ía n lo g r a d o la a cep ta c ió n d e la P etic ió n de D ere­
chos. Commons Debates 1628, rv, p p . 198, 205, 20 7 , 21 3 , 312.
36 S ob re el caso M o m p esso n , véase Commons Debates 1621, II, p. 268 y pas-
sim; R ob ert Zailer, The Parliam ent o f 1621: A Study in Constitutional Conflict,
Berkeley, C aliforn ia, 1971, p. 59 ss.; C olin G. C. T ite, Impeachment an dP ar-
liam entaryJudicature in E arly Stuart England, L on d res, 1974, pp. 88-100.
3/ Zailer, Parliament o f 1621, pp. 58-74; T ite, Impeachment, pp. 110-14.
38 T ite, Impeachment, pp. 178-207; R ushw orth, Historical Collections, i, pp.
302-56.
39 Commons Debates 1628, iv, pp . 311-17, citad o en p. 311.
40 Ibid., IV, p. 115.
41 Ibid., iv, pp. 120, 246, 310.
42 Ibid., tv, p. 237.
43 R ushworth, Historical Coilections, vin, pp . 8, 4 57, 579.
44 N otestein , Journal o f Sir Simonds DEwes, p. 413.
45 I b i d 427 n.; R ushw orth, Historical Coilections, rv, p. 295.
46 R ushworth, Historical Coilections, rv, p. 325.
47 N otestein , Journal o f Sir Simonds D Ewes, p. 408.
48 Commons Debates 1628, II, p. 251.
49 Ibid., ni, p. 317.
50 R ushw orth, Historical Coilections, rv, p. 147.
51 W illson H . C oates (e d .), The Journal of Sir Sim onds D Ewes from the First
Recess o f the Long Parliam ent to the W ithdrawal o f K in g Charles from London,
N ew H aven, C o n n ecticu t, 1943, x x ix -x x x il, p. 45.
52 R ushw orth, Historical Coilections, IV, p. 451.
33 Ibid., iv, p. 425.
54 G aines Post, “P len a p otestas and co n se n t in m ed ieval a ssem b lies”, Tra~
ditio, N ueva York, 1943, pp. 355-408; cf. H. G. K oenigsberger, ‘T h e powers
o f d ep u ties in sixteen th -cen tu ry a sse m b lie s”, A lbum Helen M au d Cam, II.
E studios p resen tad os a la C om isión In tern a cio n a l para la H istoria d e las
In stitu cion es R epresentativas y P arlam entarias, L ovain a y París, 1961,
xxrv, pp. 211-43; J. G. Edwards, ‘T h e p len a p o testa s o f E nglish parliam en-
tary rep resen tatives”, Oxford Essays in M edieval H istory Presented to Herbert
Edward Salter, O xford , 1934, pp. 141-54; J. C. H o lt, ‘T h e P reh istory o f Par­
lia m en t” en R. G. D aviesyJ. H. D e n tó n (e d s.), The English Parliament in the
Middle Ages, M anchester, Inglaterra, 1 981, pp. 1-28.
55 Francis N . T h o rp e, The Federal a n d State C onstitutions.. 7 vols. W ashing­
ton, D .C ., 1902, m, pp. 1 .6 7 1 ,1 .6 7 9 .
36 Archives o f M aryland, I. P r o ceed in g s an d A cts o f th e G en eral A ssem bly
January 1 6 5 7 /8 -Septem ber, 1664. B altim ore, 1883, pp. 1-39.'
57 El d esarrollo p u e d e ser seg u id o en ibid. i, pp. 74-75, 8 1 -8 2 ,1 1 5 -1 8 ,1 6 7 -
70, 214, 259, 272, 339-56.
58 Calendar o f the Cióse Rolts Preserved in the Public Record Office... Edward /,
L ondres, 1900-1908, pp. 135-36, 14 d e ju n io d e 1290. L e d e b o esta refe­
rencia a la profesora E lean or Searle.
59 N eale, Elizabethan House o f Commons, pp. 140-61.
60 D erek Hirst, The Representatíve o f the People? Voters a n d Votingin England
under theEarly Stuarts, C am bridge, Inglaterra, 1975.
61 E. S. M organ, The P u n ta n Dilemma: The Story o f John Winibrop, B oston ,
1958, 84-94.
62 Ibid., pp. 107-10. J oh n W in th rop , The History o f New England frovi 1630 lo
164.9, Jam es Savage (e d .), B o sto n , 1853, i, p. 84.
63 W inthrop, History, I, p. 91.
54 Ibid., pp . 152-54; N a th a n iel B. S h u r tleff ( e d .) , Records o f the Governor and
Company o f the Massachuseits Bay, B o sto n , 1 8 5 3 ,1, p p . 117-19.
65 V éase la d iscu sión d e las in stru ccio n es e n el ca p ítu lo 9, m ás a d elan te.
65 C otton a L ord Say y Seal, e n T h o m a s H u tc h in so n , The H istory o f the Co-
íony andProvince o f Massachuseits Bay, L au ren ce S. M ayo (e d .), C am bridge,
M assachusetts, 1 9 3 6 ,1, p. 415.
67 M organ , P uritan DiUmma, p p . 156-60; W in th ro p , “A rep ly to th e ans-
w er.. . ” y “Arbitrary g o v e r n m e n t ...”, W inthrop Papers, B o sto n , 1929- , rv,
pp. 380-92, 468-88.
68 W íiliam C ob b ett, Cobbetts Parliam entary H istory o f England, L on d res,
1806-20, rv, p. 839.
69 V éase la d iscu sión d e las p e tic io n e s en el ca p ítu lo 9, m ás ad ela n te. Pa­
ra 1530 las leyes eran p u estas e n práctica d e m a n era regular “p or la a u to ­
ridad” d el P arlam ento. G eo ffrey R. E lton (e d .) , The Tudor Conslitution,
C am bridge, Inglaterra, 1960, pp. 228-54, Studies in Tudor a n d Stuart Poli-
tics and Government, C am brid ge, In glaterra, 1974, n, p. 29.
70 M aryland Archives, I, passim.
71 Barbara A. B lack, “T h e ju d ic ia l p o w er an d th e g e n e ra l co u rt in early
M assachusetts 1 6 3 4 -1 6 8 6 ”, d iserta ció n d o cto ra l, U n iversid ad d e Yale,
1975.
72 Susan M. K ingsbury ( e d .) , The Records o f the Virginia Company of London,
W ashington, D .C ., 1906-35, ni, pp. 153-77, 482-84.
73J. S. R oskell, The Commoners in the Parliament o f 1422, M anchester, In gla­
terra, 1953; May M cKisack, The Parliam entary Representation o f theEnglish
Boroughs during theM iddle Ages, O x fo rd , 1932; Sir S im o n d s D ’Ewes, A Com-
pleat fo u m a l o f the Votes, Speeches and Debates, both o f the House o f Lords and
House o f Commons througkout the whole Reign o f Queen Elizabeth, L on d res,
1 6 9 3 ), pp. 168-71; W allace N o te ste in , F ran cés R e lf y H artley Sim p son
(ed s.), Commons Debates 1621, N ew H aven , C o n n ., 1935, II, pp. 49-52.
74 V éase m ás a d ela n te, ca p ítu lo 9.
75 H an n ah Pitkin, The Concept o f Representation, B erkeley, C alifornia, 1967,
p . 85; Q u en tin Skinner, The Foundations o f M odem Political Thought, C am ­
bridge, Inglaterra, 1978, II, p . 55; sir T h o m a s S m ith , De República Anglo-
rum, L. A lston (e d .), C am b rid ge, Inglaterra, 1906, p. 49.
76 The Fourth P art of the Institutes, L o n d res, 1797, p. 14; Journals of the H ou­
se o f Lords, III, p . 307 (16 d e abril d e 1 6 2 4 ). Cf. J o h n C ook, Redintegratio
Amoris, L on d res, 1647, p'p. 20-21: “a u n q u e cada u n o d e los c o n d a d o s y
m u n icip ios h acen sus propias e le c c io n e s, d e tod as m an eras ello s [los re­
p resen tan tes] son en viad os n o só lo para votar p o r el b ie n d e su propio
c o n d a d o o ciudad, sin o p o r el b ien g en era l d el r e in o ( ...) d e m o d o que
los m iem bros o cu p a n su lugar en la Cám ara p or el b ien d e to d o e l reino,
co m o si hubiera sido e le g id o p or to d o el p u e b lo ”.
77 Works, B oston , 1866, II, p. 95.
78 Discourses on Government, L on d res, 1698, p. 451.
79Ibid, p. 424.
80 Cf. Jam es M adison, “V íces o f th e política) system o f the U n ite d States”,
en Papers, W illiam T. H u tch in so n , R o b ert R ut!and y otro s (e d s .), Chicago
y C harlottesville, 1962- , IX, p. 357: “En las m on arq u ías absolutas, el prín­
cip e es su fic ie n te m e n te n eu tra l resp ecto d e sus sú b d ito s, p e r o co n fre­
cu en cia sacrifica la felicid a d d e e llo s p or su p ro p ia a m b ició n o avaricia.
En las p eq u eñ a s rep ú b licas, la v o lu n ta d so b era n a está su ficien tem en te
con trolad a resp ecto de sem ejan te sacrificio d e la so cied a d en su conjun­
to, p ero n o es su ficien tem en te n eu tral resp ecto d e las p artes q u e la com ­
p o n en
81 R ushworth, Historical Collections, iv, pp. 679, 691-703; v, pp. 4 7 ,1 4 0 , 340,
383; The Subjects Liberty SetForth, L on d res, 1643, p. 5; Symbolum Veritatis:
Truths Notable Conspiracy, L on d res, 1643, pp. 5-6: “D e m o d o q u e el rey es­
tá aquí en L ondres d e una m anera m ás c o m p leta y am p lia q u e e n O xford
o cualquier otro lu ga r”.
82 V éase en g en era l Q u en tin Skinner, The Foundalions o f M o d em Poliiical
Thought, C am bridge, Inglaterra, 1978.
83 ¿Charles Herle?, An Answer lo MisledDoctorFeme, L ondres, 1642, pp. 4-6.
84 “Éste es el gran error, q u e d ice q u e los fu n c io n a r io s su b o r d in a d o s só­
lo tie n e n q u e r en d ir c u e n ta s a n te el rey, y e l rey a n te D io s, m ien tras
q u e to d o s \o s ju e c e sy m agistrados r e c ib e n su d ig n id a d d e l p u e b lo .”J o h n
C ook , Redintegratio Am oris, L o n d r e s, 1 6 4 7 , p. 10. Cf. A B rief Discourse
E xam inin g... the N ature, Rise a n d E n d o f C ivill G overnment, L o n d res,
1648, p. 5.
85 P eter E nglish, The Survey o f Policy, L eith, 1653, p. 178.
86J. G. A. P ocock, The A n cim t Constitution an d the Feudal Law, C am bridge,
Inglaterra, 1957. P ero cf. J o h n W allace, Destiny his Choice: the Loyalism of
Andrew Marvell, C am bridge, Inglaterra, 1968, pp. 22-30.
87 H enry Parker, Some Few Observations upon his Majesties late Answer, Lon­
dres, 1642; Observations upon some o f his Majesties late Answers and Expresses,
L ondres, 1642; A petition or Declaration, L o n d res, 1642; The Contra-Repli-
cant, L on dres, 1643; M argaret J u d so n , The Crisis o f the Constitution, N ew
Brunswick, N. J., 1949, ca p ítu lo 10, y “H en ry Parker an d the th eo ry o f
parliam entary sovereign ty ”, Essays in H istory a n d Political Theory in Honor
of Charles H ow ard McJlwain, C am bridge, Mass., 1936, p p . 138-67.
88 V éase m ás arriba, pp. 48-49.
89 Parker, Observations upon some, p. 15.
90 Parker, Contra-Replicant, p. 16.
91 Ibid.
92 G eorge T h o m a so n (m u erto en 1666) r e u n ió y fe c h ó estas p u b lica cio ­
nes m ien tras aparecían. Su c o le c c ió n , ah ora en la British Library y d isp o ­
n ible e n m icrofilm , es la base d e la m ayor p arte d e este c a p ítu lo y d el pró­
xim o, c o m o lo es d e la m ayoría d e los estu d io s h istó rico s d e l p erío d o .
93 D u d ley D igges, A Review o f the Observations upon some o f his Majesties late
Answei's an d Expresses, O xfo rd , 1643, p. 4. Cf. R o b ert Film er, Observations
upon Aristotle’s Politiques, L on d res, 1652, p. 14.
94 Ibid., p. 40.
95 D u d ley D igges, A n A n sw er to a Printed Book, O x fo rd , 1642, p. 15; A Plain
Fault in P lain English, L on d res, 1643, p. 6; W illiam P r y n n e, A Pleafoi' the
Lords, L o n d res, 1648, p. 9; The Anarchy of a Lim ited or M ixed Monarchy,
¿Londres?, 1648, p. 14. Las d e ficien cia s d e la r ep re se n ta c ió n p o p u la r si­
g u iero n sirvien d o c o m o a rg u m en to m o n á rq u ico co n tra la so b era n ía p o ­
p ular e n la d écad a d e 1680. V éase G e o rg e H ick es, A Discourse o f the Sove-
raign Power, L on d res, 1682, pp . 22-24; Paul L a th o m , The Power o f Kings
from God, L on d res, 1683, p. 20; J o h n W ilson, A Discourse o f Monarchy, L on­
dres, 1684, passim.
96 R ushw orth, Historical Coilections, rv, p. 591.
9/ A View o f a Printed Book, O x fo rd , 1642, p. 33. V éase tam b ién Animadver-
sions upon tkose Notes, L on d res, 1642, 7; W illiam Ball, Tractalus de Jure Reg-
n andi et Regrti, L ondres, 1645, p. 15; R ob ert Film er, TheFree-Holders Grand
Inquest, L ondres, 1648, passim.
98 A Complaint to the House o f Commons, O x fo rd , 1642, p . 23. (L os parla­
m en ta rio s im p rim iero n e n L o n d res un trabajo c o n ex a c ta m e n te el m is­
m o títu lo , d e n u n c ia n d o a éste ); A nim adversions upon those Notes, p. 12;
J o h n M axw ell, Sacro-sancia Majestas, O xford , 1644, p. 101.
99 A Complaint to the House o f Commons, p. 23; The Declaration o f the County of
Dorset, L on d res, 1648, p. 4; A Brief Discourse o f thePresent Miseries, L ondres,
1648, p p . 24-25; The Commons Dis-Decúver, L o n d res, 1648, p. 7; A Publike
Declaration and Solemne Protestation, L on d res, 1648, p. 5.
100 SoberSadnes, ¿Oxford?, 1643, p. 46.
101 A Remonstrance an d Declaration o f Several Counties, Cities, a n d Burroughs,
L on d res, 1648, p. 8.
102 M axw ell, Sacrosancta Majestas, p. 101.
103 SalusPopuli Sobas Rex, L on d res, 1648, p. 18; A W am ing, o ra Word ofAd-
vice, L ondres, 1648, p. 3.
104 Considerations fo rth e Commons, L on d res, 1642.
I0° The Vindication of the Parliament an d their Proceedings, L on d res, 1642, p.
7.
106 P lain D ealing uñth England, L on d res, 1643, p. 2.
10/ Observations upon some, p. 16.
108 Some more new Observations, L on d res, 1642.
109 J o h n M arsh, A n Argument, or Debate in Law, L on d res, 1642, p. 15; The
Vindication o f the Parliament an d Their Proceedings, pp. 8 ,1 6 ; Reasons why this
Kingdom ought to adhere to the Parliament, L on d res, 1642, p. 7; Anim adver-
sions Animadverted, L ondres, 1642, p. 5.
110 C harles H erle, A Fuller Answer to a Treatise Written by Doctor Ferne, Lon­
dres, 1642, 25; W illiam B rid ge, The Wounded Conscience Cured, L ondres,
1642, pp. 36-37; The Vindication o f the Professors an d Profession o f the Law,
L ond res, 1646, pp. 88-89.
111 The Petition of the most substantiall Inhabitants o f the Citie o f London, L on­
dres, 1642.
112 D on M. W olfe (e d .) , Leveller Manijestoes o f theP uritan Reuolution, N ueva
York, 1944, 1967, pp. 131-41.
113 V éanse en gen era l David U n d e r d o w n , P rid e’s Purge, L o n d res, 1971,
1985, y Blair W orden, The Rurnp Parliament, C am bridge, Inglaterra, 1974.
114 P ero ya en en e r o d e 1 643, el au tor d e Plaine English, L o n d res, 1642
[3 ], al considerar la posib ilid ad d e u n a traición p or parte d el P arlam en­
to, solicitó u n a asociación pop u lar para apoyar al ejército c o m o “u n a bue­
na segu n d a cuerda en caso d e q u e el P arlam ento llegara la m en ta b lem en ­
te a d esviarse”, p. 28.
115 El m ejor relato es el d e C h ristop h er H ill, The World Turned Upside
Down, L ondres, 1972.
116 Los levellers, m erecid a m en te, h an atraído m ás la a ten ció n d e los estu­
d iosos q u e cu a lq u ier o tro g ru p o d e l p e r ío d o , y sus escritos fu er o n m uy
abundantes. V éase en g en era l T h e o d o r e H- P ease, The Leveller Movement,
W ashington, D .C ., 1 9 1 6 ;J o se p h Frank, The Levellers, C am b rid ge, Massa­
chusetts, 1955; A. S. P. W o o d h o u se (e d .), P uñ tan ism and Liberty, L ondres,
1938; W olfe, Leveller Manifestoes; W illiam H aller y G odfrey D avies (ed s.),
The leveller Tracts, N ueva York, 1944.
117 General Charge. Or Impeachment o f H igh Treason, L on d res, 1647, p. 11.
V éase tam bién Tyranipocrit Discovered, R otterdam , 1649, q ue p r o p o n e lim i­
tar los salarios a £ 100 p or año.
118 W olfe, Leveller Manifestoes, pp. 28 8 , 390.
519 El alcan ce p reciso d e la am p lia ció n d e este d e r e c h o p o r parte de los le-
vellers ha sid o tem a d e bastan te d eb a te en tre los h istoriad ores. V éase C. B.
M acPherson, The Political Theory o f Possessive Individualism , O x fo rd , 1062;
Keith T h om as, “T h e L evellers an d th e F ra n ch ise”, en G. E. A ylm er ( e d .) ,
The Interregnum, L o n d res, 1972; R. H o w ell y D. E. Brewster, “R eco n sid e-
ring the lev ellers”, P ast an d Present, n ” 46, 1970, pp. 68-86; y G. E. Aylmer,
“G en tlem en levellers?”, ibid., n s 4 9 ,1 9 7 0 , pp . 120-25.
120 W olfe, J^evellerManifestoes, pp . 226-28, 269, 295-99. Estas reform as fu e­

ron p ropu estas u n a y otra vez, n o só lo en los m an ifiestos, sin o tam b ién en
las p u b lica cio n es d e L ilb u rn e, O v erto n y Walwyn.
121 R ichard O verton , A Defiance against allA rbitrary Usurpations orEncroach-
ments, L ond res, 1646, p. 21; A Remonstrance ofM any Thousand Citizens, and
other Free-bom People o f England, L on d res, 1646, p. 7.
122 A Helpe to the right understanding o f a Discourse concerning Independency,
L ondres, 1644, pp. 5, 4.
123 A Remonstrance o f M any Thousand Citizens, p. 12.
124 W ood h ou se, Puritanism an d Liberty, p. 164.
125 A n A n o w A gainst A ll Tyrants (L on d res, 1 6 4 6 ), p. 4.
126 Redintegratio Amoris, p. 32. Las sectas d e los “in d e p e n d ie n te s” c o n tin u a ­
ron d eb a tie n d o a favor d e la lib ertad religiosa sob re esta base, m ien tras
q ue los presb iterian os so sten ía n q u e el p u e b lo p od ía transm itir al g o b ier­
no el p o d e r d e ju zg a r in sacris, así c o m o en otros asuntos.
127 E nglands Lamentable Slaverie, L o n d res, 1645, pp. 3-4; J o h n L ilb u rn e,
TheJust M ans Justification, L o n d res, 1646, p p . 11-13; L ilb u rn e, Regall Ty~
rannieDiscovered, L on d res, 1 647, p. 25; A n A la ru m to the Headquarters, L o n ­
dres, 1647, pp. 4-5; E nglands Proper a n d Onely Way, L o n d res, 1648; R. B.
Seaborg, ‘T h e N o rm a n C o n q u est an d th e C o m m o n Law”, The Historical
J ou rn al24, 1981, p p . 791-806.
128 La frase es usada e n The Copy o f a Letter from ColonellJohn Lilburne, L on ­
dres, 1645, p. 14.
129 Englands Lamentable Slaverie, L on d res, 1645, pp. 3-4.
130 Wolfe, Leveller Manifestoes, pp . 223-34, 2 9 1 -303, 311-321, 397-410.
151 Ibid., p. 301.
132 Ibid., p. 230. V éase tam b ién H a ü er y D avies, Leveller Tracts, p. 426: “L o
q u e está h e c h o p o r u n P a rla m e n to , en cu a n to tal, p u e d e ser d e sh e c h o
por el P arlam ento sig u ien te , p ero un A cu erd o d el P u eb lo , c o m e n z a d o y
term in ad o p o r el P u eb lo m ism o , n u n ca p u e d e caer d e n tro d e la ju risd ic­
ción d e los P arlam entos para ser d e str u id o ”.
133 W olfe, leveller Manifestoes, p. 409.
134 R ushw orth, Historical Collections, vil, pp. 867, 887.
135 W ood h ou se, Puritanism and Liberty, pp. 1-178. M ark Kishlansky, ‘T h e
Army and the L evellers”, The H isto ric a lfo u rn a l2 2 ,1979, pp. 795-824, y The
Rise o f the New Model Army, C am bridge, Inglaterra, 1979, argu m en ta que la
in flu en cia de los levelkrs en el ejército n u n ca fu e tan gran d e c o m o se ha
supuesto. Cf. N orm a C arlín, “L eveller org a n iza tio n in L o n d o n ”, The His­
toricalJournal 27, 1984, pp. 955-60; y Barbara Taft, ‘T h e C ou n cil o f Offi-
cers’ A g reem en t o f th e P e o p le ”, Ibid., vol. 2 8 ,1 9 8 5 , pp. 169-85.
136 R ushworth, Historical Coilections, vi, p. 565.
137 A Just Víndícation o f the Armie, L on d res, 1647, 5, I I . V éase tam bién En-
glands Remedy, L ond res, 1647, pp. 16-17; y A Gleare a n d fu ll Vindication of
the late Proceedings o f the Armie, L on d res, 1647.
138 A Second View of the Army Remonstrance, L on d res, 1648, pp . 11-12, 26.
139 Ibid., p. 13.
140 Salus Populi Solus Rex, p. 19.
141 Right a n dM igh t WellMet, L on d res, 1648, p. 15.
M2 ^ Perswasive to a M u tu al Compliance, O x fo rd , 1652, p. 22.
]4S E nglish, TheSurvey ofPolicy, pp. 17-18, 85.
144 Englands New Chains Discovered, L o n d res, 1648; The Second P art ofEn-
glands New-Chaines Discovered, L on d res, 1649.
145 Englands Standard Advanced, L on d res, 1649; The Levellers (Falsly so ca­
llad) Vindicated, L ond res, 1649; A n Outcry o f the Youngmen an d Apprentices,
L ondres, 1649; The Remonstrance o f M any Thousands o f the Free-People ofEn-
gland, L ondres, 1649.
146 S. R. G ardiner (e d .), The Constitutional Documents o f the Puritan Revolu-
tion, O xford, 1889, p. 298.
147 J. D ., Considerations concerning the present Engagement, L o n d res, 1649,
p. 15. V éase ta m b ién The Bounds a n d Bonds o f Publique Obediente, Lon­
dres, 1649, Plenary Possession M akes a L aw fu ll Power, L o n d res, 1651. Exis­
te un cu rio so p a recid o e n tre los a r g u m e n to s e n favor d e l co m p ro m iso
y a lg u n o s d e los e sg r im id o s para la to le r a n c ia r e lig io sa , so b r e la base
d e q u e n o es p o sib le para lo s m o r ta le s d e c id ir cu ál r e lig ió n (o cu ál go­
b iern o ) es la co rrecta . La ca su ística u sad a para d e fe n d e r el co m p ro m i­
so es p u esta en u n a m ás a m p lia p er sp e c tiv a p o r J o h n W a lla ce, Destiny
his Choice, y p o r Q u e n tin S k in n er, “T h o m a s H o b b e s a n d th e E ngage-
m en t C on troversy”, e n Aylmer, The Interregnum, p p . 79-98. H o b b e s, en
L eviatán, 1651, al r e fle x io n a r so b re la co n tro v e r sia a cerca d e l co m p ro ­
m iso , p r o p o r c io n ó u n a ju s tific a c ió n filo só fic a para el g o b ie r n o ab solu ­
to q u e dejaba p o c o esp a cio para el d e r e c h o d iv in o p o r u n la d o , y para
la so b era n ía popular, c o m o se la c o n c ib e h a b itu a lm e n te , p o r el otro.
A u n q u e sus arg u m en to s eran p o te n te s, su in flu e n c ia e n el cr e cim ie n to
d e las fic c io n e s q u e e sta m o s s ig u ie n d o está m e n o s e n ios in te n to s d e
refutarlas q u e e n su sim p le r e c h a z o .
148 A D isingag’d Survey o f the Engagement, L o n d res, 1650, p. 21.
149 The Case o f the Common-Wealth o f E ngland Stated, L on d res, 1650, pp. 74-
79.
130 G ardíner, Constituiional Documents, p p . 187-90; R ushw orth, Historical
Collections, v, pp. 478-79.
151 A n Exerátation concerning Usurped Powers, ¿Londres?, 1650, p. 73.
152 Ibid., p. 8.
!r>3 A PleaforNon-Scribers, ¿Londres?, 1650, pp. 26-27.
1=4 G ardiner, ConstituiionalDocuments, pp. 334-45.
155 V éase ca p ítu lo 3, n o ta 103.
156 The Onely Right R uleforR egulating theljjuwes an d Liberties, L ondres, 1652,
pp. 4-5; No Return to Monarchy, L o n d res, 1659, 6-7; Speculum Lihertatis An-
gliae, L on d res, 1659, p. 6; A M ite o f Affection, L on d res, 1659, p. 10; H en ry
Stubbe, A Letterto an O fficerof theArm y, L o n d res, 1659, p. 61.
lo7 The Fundamental Ripht, Safely and Liberty of the People, L ondres, 1651, p. 3.
158 P ágina 27.
139 P ágina 5.
160 P áginas 5, 13-15.
1S1 P ágin a 13.
162 Mercurius Politicus, 1-8 d e ju lio d e 1652; R. V., Certain Proposals Humbly
Presented to the Parliament, L on d res, 1653, p. 8; M arch am on t N ed h a m , The
Excellencie o f a p re e State, L o n d res, 1656, p. 212; Lilburns Ghost, L on d res,
1659, p. 5.
163 L os escritos d e H arrin g to n están e n J . G. A. P o co ck (e d .), ThePolitical
Works offam es Harrington, C am bridge, In glaterra, 1977. Su tesis principal
es p rop u esta an tes en A Copy o f a Letterfrom an Officer o f the Army in Ireland,
(L ondres, 1 6 5 6 ). P osteriores fo r m u la c io n e s in clu y en xxv Queries Modestly
and Humbly [ . . . ] propounded, L o n d res, 1659; The Leveller: or, The Principies
an dM axim s concerning Government an d Religión, L on d res, 1659; The Armies
Dutie, L o n d res, 1659; A Commonvjealth an d Commonwealthsmen, L on d res,
1659; The Hum ble Petition ofD ivers Well-affected Persons, L on d res, 1659; A
Model o f a Democraticall Government, L o n d res, 1659; A Modest Plea fo r an
Equal Commonwealth, L on d res, 1659.
164 Las id eas d e Law son so n ex a m in a d a s e n d eta lle en Julián H. Franklin,
fohn Loche and the theory o f Sovereignty, C a m b rid g e, In glaterra, 1 978, pp.
53-86. S o n e x p u e sta s e n A n Examination o f the Political Part ofMr.: Hobbs his
Leviathan, L on d res, 1657, y Política Sacra et Civilis, L ondres, 1660.
165 \fVilliam Ball, Tractatus d efu reR egn an di et Regni, L ondres, 1645, p. 13.
166 W olfe, Leveller Manifestoes, pp. 190, 303; J. W. A M ite to the Treasury, pp.
10-11; The Fundamental Lawes and Libertyes o f E ngland, L o n d res, 1653, Sa-
grir. OrDoomes-day d raw in gn igh , L o n d res, 1654.
167 Examination o f the Polilical Parí, p. 15.
J6S Política Sacra, pp. 35-36.
169 A Healing Quesiion, L ondres, 1656, p. 10.
170 Página 20.
171 Página 20.
172 Copy of a Letter Concerning the Electíon o f a Lord Protector, L on d res, 1654,
p. 36. Para 1681, el o b isp o B u rn et estaba d isp u esto a d eclarar q u e el Pro­
tectorado n o h abía g o za d o d e la ap ro b a ció n d e 99 d e cad a 100. A Sermón
Preached before the Aldermen... Jan. 30, 1680-1, L on d res, 1681, p. 16.
173 Richard Baxter, A Holy Commonwealth, L o n d res, 1650, 236; K eith T ho-
mas, Religión an d the Decline of M agic, N u ev a York, 1971, p. 162; Keith
W rightson, English Soáety 1580-1680, pp. 206-21.
174 David U n d erd o w n , R evel Riot, and Rebellion, N u eva York, 1986.
175 W illiam C ob b ett, Cobbett’s Parliam entary History o f England, L on d res,
1806-20, iv, pp. 53-54, 146-51, 1 6 2 ,1 6 4 .
176 Ibid., iv, pp. 207, 217, 242-44, 290-94.
177 Protestant Loyalty Fairly Drawn, L on d res, 1681, p. 6. La can tid ad d e ser­
m on es y p an fletos q u e afirm an estas id eas es d em a sia d o gra n d e c o m o pa­
ra citarlos. Cf. B. B eh ren s, ‘T h e w h ig th e o ry o f th e co n stitu tio n ín the
reign o f C harles II”, Cambridge Historical Journal, vil, 1941, pp. 42-71, y
J o h n M iller, “C harles II and his P a rlia m en ts”, Royal H istorical Society,
Transaciions, quinta serie, vol. 3 2 ,1 9 8 2 , pp. 1-23.
178 L. W om ock, A Short Way to a L asting Settlement, L on d res, 1683, p. 23.
179 T h om as R eeve, The M an ofValour, L o n d res, 1661, p. 111 (p a g in a ció n
con tin u ad a co n A D ead M an Speaking, L o n d res, 1661, d el m ism o autor).
Cf. ThePrim itive Cavalienistn Revived, L on d res, 1684, pp. 5-6.
18oJ. P. K enyon, Revohition Principies: The Poliiics ofP arty 1689-1720, Cam­
bridge, Inglaterra, 1977. Cf. H . T. D ick in so n , ‘T h e eig h tee n th -c e n tu ry
deb ate on th e sovereign ty o f P arliam en t”, Royal H istorical Society, Tran-
sactions, q u