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EL QUIJOTE.

INTERPRETACIÓN Y CRÍTICA
Entrevista con Anthony Close

Agosto de 2007

por Ma. Teresa Elizarrarás

Ma. Teresa Elizarrarás - Usted ha afirmado que de 1947 a 1975 fue clara la existencia e
importancia de directrices románticas en la crítica e interpretación del Quijote. En la
actualidad, refiriéndonos a esta obra de Cervantes, ¿qué lugar ocupan las premisas
románticas?

Anthony Close - Por los años en que yo hice la carrera y mis investigaciones para la tesis
—es decir, de 1957 a 1965— predominaban dos tendencias en la crítica cervantina sobre el
Quijote: primero, su solemnidad sentimental, que consistía en interpretar la obra como una
expresión agridulce del desengaño personal del autor y en tomar a su protagonista como
encarnación fracasada pero heroica o de sus propias vivencias, o de la caballería medieval,
o bien de lo castizamente español; y, por otro lado, una actitud reverencial ante la
ambigüedad y densidad del Quijote, actitud asociada a la insistencia en la mentalidad
polifacética y relativista de Cervantes y en su ironía auto-crítica, dispuesta siempre a poner
en tela de juicio sus propias creencias. Ambas tendencias eran herederas del romanticismo
alemán, que tomó el Quijote como uno de sus libros de cabecera y llevó a cabo una
revolución radical y duradera en la manera en que se leía, y ambas seguían todavía vigentes
en el decenio de los 1970. Unas palabras de F. Márquez Villanueva, estampadas en 1975,
definen lo que él consideraba el consenso de opinión: “La idea de Cervantes como autor de
gran peso intelectual, artista del perspectivismo, de la ambigüedad creadora y de las más
fantásticas plurivalencias no es ya seriamente contradicha”. Aunque han ido perdiendo
terreno desde entonces, no dejan de seguir ejerciendo una significativa influencia sobre la
crítica de hoy en día. Han perdido terreno debido a los siguientes factores: una mayor

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sofisticación teórica resultante de la influencia de la moderna teoría literaria en sus diversas
facetas; una agudizada conciencia histórica de cómo la interpretación del Quijote ha ido
cambiando a lo largo de los siglos, y, como fruto de ello, una mayor disposición a
cuestionar las premisas establecidas; la publicación de una serie de influyentes trabajos que
hacen hincapié en la comicidad de la obra maestra cervantina y en sus raíces en la cultura
popular; la tendencia de la crítica de hoy en día a volver la mirada hacia sociolectos
colectivos o sistemas estructurales que trascienden el ideario o estilo individual: por
ejemplo, el folklore, la narratología o semiótica, el trasfondo antropológico del texto; por
último, los diversos movimientos asociados al posmodernismo (Lacan y el feminismo
francés, Foucault, Derrida, Barthes, y los poscolonialistas), que ven la obra literaria como
un espacio que acoge una pluralidad fluida e inestable de voces y sentidos, incluidos los
impulsos anárquicos del subconsciente, y privilegia tendencias rebeldes y contestatarias
reprimidas por la autoridad.
Sin embargo, quedan todavía vivos los rescoldos del romanticismo. Basta un solo
ejemplo de ello. El cervantista que mayor influencia que tenido en la segunda mitad del
siglo XX ha sido, sin duda alguna, mi maestro Ted Riley, director de mi tesis doctoral. Con
su primer libro, Teoría de la novela en Cervantes, puso sobre el tapete toda una serie de
problemas asociados al perspectivismo de Cervantes; y en el segundo, Introducción al
Quijote, se ha mostrado fiel a la idealización romántica de don Quijote. Es decir, las
aportaciones cervantinas de Riley son una continuación de las corrientes predominantes
cuando yo empecé mi carrera investigadora. Sin embargo, éstas, no sólo en la obra de Riley
sino más en general, se han vuelto más problemáticas que antes. Por ejemplo, incluso los
partidarios de esa interpretación idealizante se ven obligados a intentar reconciliarla con la
interpretación contraria, y justificarla con argumentos en vez de tomarla como una
evidencia.

MTE - Los contemporáneos de Cervantes apreciaban, del conjunto de su obra, La Galatea


y las Novelas ejemplares; al mismo tiempo manifestaban cierta ambigüedad sobre la
valoración que hacían del Quijote. Han pasado siglos desde entonces, y los gustos cambian.
Hoy en día ¿qué aprecian nuestros contemporáneos en Cervantes?

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AC - Sí es cierto, como Usted apunta, que los contemporáneos de Cervantes apreciaban
aspectos de su obra que dejaron de estar de moda desde mucho tiempo atrás. Según el
licenciado Márquez Torres, que firma una de las aprobaciones de la segunda parte del
Quijote, un cortesano francés sabía de memoria casi toda La Galatea, obra que hoy en día
apenas si nadie lee. El primer trozo del Quijote traducido del español al francés fue la
novela intercalada El curioso impertinente. Se advierte el mismo gusto al sur de los
Pirineos por las narraciones serias de Cervantes, con su estilo retórico, estilo agudo, tramas
ingeniosamente construidas, llenas de asombrosas peripecias y personajes acartonados.
Respecto del Quijote, la valoración era ambigua en un sentido; pero en otro no lo era. Nadie
en la España del barroco, ni tampoco en la Francia y la Inglaterra contemporáneas, dudaba
que era una genial y divertidísima parodia de los libros de caballerías. Pero sí existía cierta
ambigüedad a la hora de adjudicarle un puesto entre los demás clásicos reconocidos, como
Garcilaso, Mateo Alemán, Góngora, La Celestina. Un ejemplo claro de esta actitud es
Baltasar Gracián, del que se ha dicho que detestaba el Quijote. En su gran alegoría de la
peregrinación vital del hombre, El Criticón (mediados del XVII), prohíbe la lectura del
Quijote al hombre de maduro juicio, junto con otras muestras de frivolidad juvenil, como
son tocar la guitarra, llevar medallón con retrato de la dama, traer vestido verde, ser
francés. No obstante este juicio negativo, en esa misma obra Gracián adapta continuamente
escenas y situaciones del Quijote, hasta tal punto que don Quijote y Sancho son modelos
principales de sus dos peregrinos de la vida, el juicioso y prudente Critilo, y el impulsivo
Andrenio.
En cuanto a su pregunta: ¿qué aprecian nuestros contemporáneos en Cervantes?,
creo que la respuesta en este caso puede deducirse de la anterior. Para simplificar, nuestra
concepción actual del Quijote es más compleja y problemática que la prevaleciente en
época de Cervantes, y sigue marcada residualmente por la influencia del romanticismo.

MTE - ¿De qué manera han influido Cervantes y su obra en los escritores ingleses? De
manera más amplia ¿cómo se recibe el Quijote en el ámbito de lengua inglesa?

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AC - La influencia de Cervantes sobre la literatura inglesa ha sido enorme. En el siglo
XVIII, el Quijote traducido rivalizaba en popularidad con la Biblia y The Pilgrim’s
Progress (El Progreso del Peregrino) de John Bunyan. Henry Fielding y Tobias Smollett,
que juntamente fundan la novela cómica inglesa, confiesan abiertamente su deuda con el
Quijote, y derivan de esta fuente su concepción del nuevo género como una especie de
“anti-romance”, un tipo de ficción que sería a la vez la antítesis y el sucesor de la novela
idealista de tipo sentimental o heroico, conservando varios rasgos suyos a la vez que
rechazaba tajantemente su inverosimilitud, y ponía en primer término a personajes cómicos
e idiosincrásicos, proyectados contra el trasfondo de la sociedad contemporánea, pintada en
tintes realistas y satíricos. Tal vez la novela inglesa más grande del siglo XVIII, ese genial
cuento de nunca acabar que es The Life and Opinions of Tristram Shandy, de Laurence
Sterne, está saturada de alusiones al Quijote. De allí se deriva el aprecio de Sterne (como de
otros novelistas contemporáneos) por personajes simpáticos marcados por una manía
idiosincrásica, como la afición del tío Toby a revivir su pasado militar jugando con la
maqueta de fortificación que ha hecho construir en un césped para la petanca. No decae la
admiración por Cervantes en el siglo siguiente: los escritores de la generación romántica —
Coleridge, Wordsworth, Charles Lamb— se suman a ella, y hay claras huellas cervantinas
en tres de las principales novelas del XIX: Northanger Abbey, de Jane Austen; The
Pickwick Papers, de Charles Dickens;y Middlemarch, de George Eliot. En el siglo XX, los
imitadores o admiradores de Cervantes siguen siendo legión, pero entre ellos, sólo destacan
como novelistas de primer orden Joseph Conrad y el irlandés James Joyce, en tanto autores
de Lord Jim y de Ulysses; y en ambas obras la influencia está más diluida que en, por
ejemplo, The Pickwick Papers. Pero si ampliamos la mirada a Estados Unidos el alcance de
la influencia del Quijote se hace más profundo y se extiende casi al infinito. Los principales
novelistas del XIX le rinden tributo: Herman Melville, Mark Twain, Henry James, y la
nómina de imitadores abarca a una plétora de sucesores en el siglo siguiente: Scott
Fitzgerald, William Faulkner, Sinclair Lewis, Vladimir Nabokov, Saul Bellow, John Barth,
Thomas Pynchon entre ellos. En casi todos estos casos, el aspecto del Quijote que se
aprovecha es la contraposición irónica de las ilusiones idealizantes del protagonista, sean de
inspiración literaria o de otra naturaleza, a la realidad circundante.

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MTE - En 1978 se publicó su obra The Romantic Approach to «Don Quixote». En febrero
de 2005 se publicó la edición en español denominada La concepción romántica del Quijote,
para la cual Usted participó activamente en la revisión. Después de casi treinta años de
distancia, ¿cuál es la diferencia que existe entre ambas ediciones?

AC - La traducción de ese libro mío publicado en inglés en 1978 difiere del original en
parte por su contenido, y más en particular, por su tenor. Por motivos expuestos en mi
respuesta a la primera pregunta, el clima prevaleciente de la crítica cervantina en el decenio
de los 1970 fue muy distinto a la coyuntura en que se publicó la traducción. En ésta,
lógicamente, hacía falta tener en cuenta los cambios sucedidos no sólo desde 1978, sino
desde el punto en que dejé suspendida la historia de la aproximación romántica al Quijote.
Ya que sabía que el libro iba a rozar sensibilidades, no quería proseguir esa historia más
allá de 1960 aproximadamente, aparte de un vistazo algo somero, relegado a un apéndice, a
su desarrollo de1960 a 1975. Además, puesto que el propósito del libro era llamar la
atención sin ambages sobre el desajuste fundamental entre el Quijote tal como lo veían sus
contemporáneos, incluido el propio Cervantes, y la solemne visión del Quijote proyectada
por los críticos más autorizados de los años 1950 a 1970 (Américo Castro, Joaquín
Casalduero, Menéndez Pidal, etcétera), adopté de propósito un tono polémico y tajante, y
llevé a un extremo exagerado —desde mi punto de vista de hoy— la insistencia en la
naturaleza burlesca del libro. Aunque los cambios efectuados en la versión salida en 2005
no afectaron para nada a mi enfoque histórico de la evolución de la concepción romántica
de 1800 a 1960 —es decir, no supusieron modificación alguna de los capítulos de 2 a 6
inclusive— se propusieron completarlo y actualizarlo, y atenuar su tonalidad polémica. Las
modificaciones, pues, son visibles en los capítulos 1 y 7.

MTE - La formación intelectual de Miguel de Cervantes Saavedra es un aspecto que llama


poderosamente la atención. En su texto Cervantes: pensamiento, personalidad, cultura
expone Usted versiones que a lo largo del tiempo diferentes estudiosos de Cervantes han

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dado a conocer sobre este tema. ¿Podría hablarnos de manera sucinta respecto a su visión
sobre la cultura literaria de Cervantes?

AC - A Cervantes se le consideraba en su tiempo, y también se califica a sí mismo, como


un “ingenio lego”, no versado en las lenguas y disciplinas doctas. En apoyo de este rótulo
hay que reconocer que carece de la erudición clásica de un escritor como Quevedo, autor de
traducciones de los estoicos griegos de la Antigüedad. Por otra parte, dice en Don Quijote I,
capítulo 9 que es “aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles”, y sabemos
que aunque no recibió una formación universitaria, fue un alumno destacado del estudio
madrileño de Juan López de Hoyos, donde cursaría asignaturas humanísticas parecidas a la
ratio studiorum de los jesuitas. Su aprendizaje en las lenguas clásicas se manifiesta de
varios modos: el sesgo académico de su teoría literaria, su evidente conocimiento de
autores como Ovidio, Virgilio, Horacio, Apuleyo, y su gusto por el estilo ampuloso,
ciceroniano, de prosistas como Fray Luis de León. Pero donde más se aprecia su cultura
literaria es en su conocimiento al parecer exhaustivo de la literatura vernácula española e
italiana: los principales líricos (Garcilaso, Herrera, Petrarca, Bembo, Luis de León, los
Cancioneros castellanos, Juan de Mena), el romancero, la novelística en sus diversos
subgéneros (libros de caballerías, Heliodoro, Lazarillo de Tormes, Boccaccio, Bandello,
Giraldi Cinthio, Alemán, la novela pastoril, etcétera), la comedia contemporánea con Lope
de Vega a la cabeza, la tradición derivada de La Celestina, obras didácticas como la Silva
de varia lección de Pero Mexía, las Epístolas familiares de Antonio de Guevara, el Galateo
español de Gracián Dantisco. Sin embargo, saber cuáles fueron los libros leídos por
Cervantes, aunque importante, lo es menos que saber cómo los leyó y aprovechó. En su
poder de asimilación a la vez densa, sutil y discreta, el Quijote se parece a una esponja
pasada por toda la literatura anterior, sin que se muestren claramente las huellas de lo
asimilado y absorbido. Fue Menéndez Pelayo quien dijo, en un perdonable alarde de
exageración retórica, que si desapareciera toda la literatura de Occidente escrita anterior al
Quijote, se podría reconstruir a base de sus páginas. Otra cosa que debe tenerse muy en
cuenta es que aunque Cervantes es un escritor que leía mucho, detestaba la pedantería y el
didactismo pretencioso, satiriza traviesamente estos abusos en el prólogo al primer Quijote,
y los parodia en su caracterización del protagonista.

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MTE - Más adelante, en el mismo texto Cervantes: pensamiento, personalidad, cultura,
equipara Usted al Quijote con la obra de Shakespeare en lo que se refiere al “poder de
asimilación y síntesis” al integrar en su obra tanto manifestaciones literarias cultas como
orales y folklóricas, además de todo tipo de prácticas sociales y usos cotidianos. ¿Podría
abundar sobre este punto de equiparación?

AC - Limitémonos al ejemplo del asombroso eclecticismo del estilo de don Quijote, que
abarca, más allá de los libros caballerescos, reminiscencias de casi todos los autores
mencionados más arriba, lenguaje comercial y notarial, voces de germanía, palabrotas,
refranes, el registro coloquial y familiar que caracteriza a sus charlas con Sancho Panza. A
partir del momento en que se introduce a Sancho en la historia, su amo irá elaborando su
concepto idiosincrásico, fundamentalmente apologético, de su misión, que asimila todo tipo
de discursos eruditos o técnicos con poca o ninguna relación con la caballería andante:
sobre los linajes, el siglo de oro, el duelo, el gobierno, la imitación como principio de las
artes, los impuestos, las yerbas, el honor, la fama, la verdadera valentía contrapuesta a la
temeridad, etcétera, e incluye una teoría de la relatividad, una historia de su profesión, una
ética, una autobiografía, una justificación sofística de su amor a su dama, una dieta, un
concepto de sus privilegios pecheros y de su utilidad social y política, y mucho más por el
estilo. Aunque loca, acabamos conociendo la mentalidad de Don Quijote mejor que la de
ningún otro personaje literario del Siglo de Oro, aparte de Sancho.

MTE - A lo largo de más de cuatro décadas su campo de estudio ha sido el Siglo de Oro,
en especial Cervantes y su obra. ¿Cómo surge este interés en Usted? ¿De que manera se ha
desarrollado con el tiempo?

AC - Mi interés por la lengua y cultura españolas data de mi niñez. Cuando era muchacho,
vivía con mi familia en Chile, concretamente, en Concepción y Santiago. Después de
marcharme de Chile, en 1945, fui perdiendo poco a poco mi conocimiento del español,

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aunque me quedaba todavía la afición a la lengua. Así me puse a estudiarla en el colegio, y
todavía tengo la edición del Quijote de Martín de Riquer, que se me obsequió como premio
de final de curso en 1950. De estudiante en Cambridge, cursé lenguas modernas (español y
francés), y después de licenciarme, hice mis investigaciones para la tesis doctoral bajo la
dirección de Ted Riley, sobre el tema “El arte y la naturaleza en la obra de Cervantes”.
Aunque nunca me he limitado al estudio de la obra cervantina, el intento de entenderla, y de
resolver los espinosos problemas planteados por su recepción posterior, han supuesto para
mí un reto duradero al que me he dedicado a lo largo de mi carrera investigadora.

MTE - Como presidente de la Asociación Internacional Siglo de Oro (AISO), que le ha


permitido estar en contacto con investigadores de diferentes latitudes, ¿cómo percibe Usted
el estado actual de los estudios cervantinos en ese entorno?

AC - Mi familiaridad con el estado actual de los estudios cervantinos no proviene de mi


presidencia de la AISO, que abarca todo el ámbito de la cultura áurea, sino del hecho de ser
cervantista y, además, miembro de la junta directiva de la Asociación de Cervantistas, así
como de otras instituciones cervantinas. Paradójicamente la vigorosa salud de los estudios
cervantinos a escala internacional desmiente el declive del estudio de la filología tradicional
que se experimenta en varios países Europeos. La Asociación Internacional de Cervantistas
cuenta con centenares de socios. La enumeración de los lugares donde se celebraron
congresos para marcar el cuarto centenario del Quijote se parece a un escaparate de una
agencia de viajes: Buenos Aires, Seúl, Nueva Delhi, Jerusalén, Boston, entre otros. Un
factor que ayuda a explicar esa eclosión es el dinamismo del presidente fallecido, José
María Casasayas, que supo crear un espíritu colectivo entre los cervantistas que les ha
estimulado a mantener viva la tradición.

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MTE - A la fecha, han tenido lugar siete congresos internacionales de AISO. En julio de
2008 le corresponderá organizar el siguiente a la junta directiva que Usted preside. ¿Qué
avance nos puede dar sobre este evento próximo?

AC - Mi presidencia de la AISO durará hasta el congreso destinado a celebrarse en Santiago


de Compostela en julio de 2008. A partir de esa fecha, según la constitución de la AISO,
volveré al estado de soldado raso, o lo que es más probable —a no ser que me consideren
culpable de alguna metedura de pata imperdonable— me nombrarán presidente de honor, lo
cual quiere decir en la práctica que no pintaré nada. En todo caso, no me tocará organizar el
congreso siguiente. En realidad, ni siquiera me corresponde organizar el congreso venidero,
tarea que incumbe a la comisión local organizadora. Sin embargo, hay varias decisiones
que debe tomar la Junta Directiva de la AISO como preludio a ese congreso —elección de
plenaristas, financiación de becas, etcétera— y el presidente de la Junta Directiva asume
inevitablemente la responsabilidad de coordinación. Además, debe mantenerse en contacto
con la comisión local organizadora de Santiago para asegurar que no haya conflictos entre
sus esfuerzos y los de la Junta Directiva.