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¿Dónde están los filósofos?

En un país lleno de problemas que necesitan de reflexión profunda, los pensadores


colombianos parecen mantenerse distanciados en su torre de marfil. ¿Por qué viven
tan alejados del debate público? ¿No ha existido acaso en Colombia una importante
tradición de intelectuales públicos? ¿O es que en este tiempo de mass-market los
escritores han usurpado el lugar de los filósofos en los medios?

2011/03/30 Revista Arcadia.


Por RODRIGO RESTREPO

Pocos días después de publicado el libro La filosofía y la crisis colombiana, un


periodista de radio llamó al filósofo Rubén Sierra Mejía, coeditor de la obra y uno de
sus autores. Publicado hace ya nueve años, este libro constituye uno de los pocos
intentos serios de los principales filósofos del país por pensar la realidad nacional y
divulgar sus pensamientos para el público general. “Me preguntó qué proponíamos
los filósofos para solucionar los problemas del país”, cuenta Sierra. “El problema es
que me exigió que explicara el tema en sólo tres minutos”. El filósofo, desde luego,
despachó al ingenuo periodista de un plumazo: “¡Es que los filósofos no somos
quienes tenemos que resolver los problemas del país! Nosotros nos encargamos de
pensar las cosas, no de solucionarlas”.

Así quedó zanjado el asunto: de un lado los pensadores y del otro, los medios, el
público y, quizás, el país. La anécdota no va más allá de la llamada, pero deja ver
el estado actual de una relación fría e indiferente. Los filósofos, en su mayoría,
parecen encontrarse en la torre de marfil de la academia, distanciados de una
realidad compleja y fecunda para el pensamiento. ¿Por qué?

“Quizás el ‘massmediatizarse’ pueda quitarle rigor al filósofo, y el rigor hace parte


de su identidad intelectual”, explica Sergio de Zubiría, profesor de filosofía de la
Universidad de los Andes y quien se ha especializado en temas como la filosofía
política, las relaciones entre la cultura y la violencia y los debates y problemas en
torno al concepto de tolerancia. “Hay una cierta actitud fóbica, pues al filósofo le
parece que si participa en los medios, su pensamiento puede volverse liviano, de
poca densidad”.

Pero tal vez exista una razón más de fondo para esta ausencia. “Durante la década
del 70 hubo una sobresaturación, o más bien una ultrasaturación de estas
problemáticas”, argumenta Lisímaco Parra, profesor del Departamento de filosofía
de la Universidad Nacional y ex vicerector académico de la misma, además de
director de la cátedra de Pensamiento colombiano y especialista en ética y política
moderna y contemporánea. “Temas como el de la filosofía política tuvieron un
agotamiento, una crisis. Quizás en ese agotamiento tenga que ver el marxismo. Yo
creo que el marxismo criollo, tan sumamente religioso, acaparó la reflexión política.
Y cuando ese marxismo religioso entró en crisis, es como si el interés por la reflexión
de la política y la sociedad hubiera quedado en un gran desprestigio”.

Parra recuerda que en la antigua sede de la librería Buchholz, en la calle 59 abajo


de la 13, la sección más grande de libros era la de marxismo. “Era una pared
enorme”, dice, y estaba ubicada justo detrás del cajero, pues esos eran los libros
que la gente se robaba”. Hoy en día de marxismo no queda nada, y muy poco de
problemas de filosofía política, por no hablar de filosofía colombiana. Basta dar un
vistazo a los estantes de la librería Lerner para darse cuenta de que buena parte de
la bibliografía filosófica nacional está compuesta de compilaciones de ensayos
especializados y de memorias de congresos sobre Kant, el darwinismo o el
relativismo filosófico.

¿El filósofo ha muerto?

Y es que, sin lugar a dudas, el lugar en donde se juega hoy la filosofía colombiana
es la academia: en los grupos de estudio, en los departamentos de filosofía, en los
congresos y en las publicaciones especializadas. Es la consecuencia inevitable de
la pro-fesionalización. Para el profesor Sierra, “el ejercicio la filosofía se ha
profesionalizado demasiado en Colombia”. Lo que, a su vez, “ha generado un miedo
de pensar los problemas comunes, los problemas públicos”.

Solo hace falta hojear los principales diarios para darse cuenta de que el filósofo se
quedó por fuera del debate público. Desde luego, existen las excepciones: Jorge
Restrepo en El Tiempo y Jorge Giraldo en El Colombiano. El Espectador, por su
parte, ha tenido que comprar las columnas de Umberto Eco, no se sabe si por falta
de oferta nacional o por simple descuido periodístico. Existe, dicho sea de paso, el
fenómeno del filósofo de formación que pertenece a la vida pública, pero que no
ejerce verdaderamente como filósofo. Entre otros, se destacan Enrique Santos
Calderón, Mauricio Pombo y Mavé —sí, la del tarot de Mavé—.

“Yo creo que esta ausencia es una gran pérdida, porque los filósofos colombianos
eran intelectuales públicos reputados. El último fue quizás Estanislao Zuleta. Y
antes de él, Cayetano Betancur, quien siempre fue columnista de los principales
periódicos del país”, comenta Jorge Giraldo, filósofo de la Universidad de Antioquia,
decano de la Escuela de Ciencias y Humanidades de la Eafit y profesor de filosofía
política. ¿Qué se hicieron entonces los filósofos públicos? ¿Dónde quedó la figura
del pensador?

Parece haber aquí una cuestión generacional. Para la generación actual de filósofos
“ya no importa tanto el individuo, la figura o el personaje del filósofo. Se trata más
bien de grupos, en los que se lleva a cabo un trabajo de hormiguita, un trabajo
importante aunque los nombres no figuren”, explica de Zubiría. Probablemente, esta
desaparición de la figura del filósofo tenga que ver con un cambio ideológico, una
caída de las certezas y de las grandes verdades. Hoy, siendo fieles al estado de
ánimo de nuestra época, vivimos un pluralismo ideológico: ya nadie se siente
poseedor de la verdad. “El filósofo no puede dejar de representar el espíritu de su
tiempo y, como dice Manfred Max-Neef, vamos ‘de la esterilidad de las certezas a
la fecundidad de las incertidumbres’”, explica.

Para Parra, detrás de la pregunta por los grandes filósofos se encuentra todavía un
prejuicio: la sombra del gran autodidacta. Un prejuicio que, por lo demás, no deja
de ser un tanto “pueblerino y provinciano”, según dice. Hace algunas décadas, en
efecto, surgió en Colombia la figura del filósofo autoeducado, un tipo muy inteligente
que destacaba fácilmente en un medio bastante ignorante. “Tenía una pose.
Aspiraba a ser un genio que se paseaba por encima de las instituciones
académicas. Y aunque dictaba clases y cursos, tenía muy poco interés en las tareas
administrativas de la universidad. Asistía en Alemania a los seminarios de
Heidegger, pero no se daba a la tarea de sacar un título, pues veía el cartón con
cierto desdén”, dice el catedrático. “Desde luego que en Estados Unidos, en Francia
y Alemania hay personajes filosóficos destacados. Pero lo que realmente sostiene
el trabajo filosófico es una masa muy consolidada, densa, muy extendida, de
filósofos profesionales”.

Pensándolo mejor…

Pero esta visión del problema desconoce que, justamente, una gran tendencia en
el contexto internacional es el retorno de la filosofía al ámbito público y a la vida
cotidiana: el filósofo como un mediador de las personas y sus problemas vitales, así
como un divulgador de una herramienta preciosa: el pensamiento. Giraldo resalta la
importancia, en el entramado intelectual internacional, de figuras como Fernando
Savater, el célebre pedagogo español, Slavoj Žižek, el filósofo y psicoanalista
esloveno que alimenta su pensamiento con la cultura popular, o el judío-
estadounidense Michael Walzer y su célebre revista Dissent. Sin ir más lejos, en
Argentina, el ateo y optimista Alejandro Rozitchner mantiene cuatro blogs de alto
tráfico y nivel filosófico y escribe en el diario La Nación de Argentina artículos muy
filosóficos con títulos como: ¿Por qué toman alcohol los jóvenes? o Qué es ser
buena persona. También colabora con el portal en español de Yahoo! y divulga en
sus páginas web videos y capítulos de sus catorce libros, el último de los cuales se
llama Ganas de vivir. Y Rozitchner es solo la muestra de toda una generación de
filósofos, como José Pablo Feinmann o Alberto Buela, que se preocupan por
divulgar su pensamiento y publicar sus obras en Internet.

Esto por no citar el mar de páginas de divulgación filosófica que se publican desde
hace ya más de una década en el mundo entero. La colección Popular Culture and
Philosophy, de la editorial Open Court, lleva ya 59 volúmenes —y 11 en
preparación— con títulos como Dexter and Philosophy o Ipod and Philosophy. El
suizo Alain de Botton, famoso por Cómo cambiar tu vida con Proust, las
Consolaciones de la filosofía o Los placeres y los pesares del trabajo, se ha
dedicado rigurosamente a divulgar en programas documentales para televisión,
videos de Internet y programas de radio por la web su “filosofía de la vida cotidiana”.
De Botton, además, es miembro fundador de The School of Life, una organiza-?ción
educativa en Londres que ofrece programas completos sobre las cuestiones más
apremiantes de la vida diaria: las relaciones, el trabajo o la crisis de la mediana
edad, un poco en la misma línea que el contracorriente y agudo Michael Onfray de
la Univeridad Popular de Caen y quien sostiene que un filósofo piensa en función
de las herramientas de que dispone; si no, piensa fuera de la realidad.

A propósito de herramientas y realidad, Giraldo señala que el año pasado el New


York Times abrió un blog colectivo llamado The Stone, en honor a la piedra del
Ágora de los griegos —o en referencia al arquetípico acto humano de lanzarle
piedras al prójimo—. Su objetivo no es otro que el de invitar a filósofos de todas las
vertientes a reflexionar sobre temas como el arte, la guerra, la ética, el perdón, el
kung-fu, los problemas de género o la cultura popular. Esto con el fin de mostrar
cómo luce la filosofía hoy y quiénes son sus representantes, cuáles son sus preo-
cupaciones y qué papel juegan en el siglo XXI. Por su web han pasado ya
pensadores de la talla de Peter Singer.

En Colombia, las herramientas están, pero parece que los filósofos no. En un rápido
sondeo realizado con ayuda del profesor de Zubiría, una decena de estudiantes de
últimos semestres de filosofía fueron interrogados sobre su concepción y uso de
herramientas como los blogs, las redes sociales e Internet en general para divulgar,
debatir y leer contenidos filosóficos. Los resultados son, por decir lo menos,
alarmantes. Cinco de los diez proyectos de filósofo no usa Internet con fines
filosóficos sino para casos estrictamente necesarios —consultar el diccionario latín-
español o buscar algún libro que no se encuentra en las bibliotecas—. Apenas tres
usan Facebook para compartir ideas filosóficas y sólo dos exploran la red —esto es,
blogs y Youtube— como un recurso válido de investigación.

En una rápida búsqueda en Wikipedia sorprende que aparezcan, en la lista de


filósofos colombianos, personajes como Antanas Mockus o Jesús Piñacué. A
propósito: ¿habrá algún filósofo en Colombia preocupado por Wikipedia? Resulta
alentador que al menos la Sociedad Colombiana de Filosofía luzca una elegante
página web —con videos incluidos en el home— y hasta aparezca en Facebook y
tenga una página en Vimeo. Justamente en su website se lee que el Banco de la
República está buscando algún filósofo que se le mida a la tarea de escribir un
artículo sobre la historia de los últimos diez años de la filosofía en Colombia. Buen
indicio. Sin embargo, la desilusión vuelve al encontrar que junto con la elección del
nuevo presidente de la Sociedad, la convocatoria del Banco es la única ‘noticia’ que
alberga la web. Y la desilusión se convierte en indiferencia cuando descubro que su
calendario de eventos de 2011 está más vacío que la tábula rasa de la mente
humana, según los empiristas.

Tras una larga incursión en la apretada selva de Internet, se encuentra que el único
filósofo colombiano que mantiene un blog es Jorge Giraldo. “A veces surge un
problema en la concepción de la filosofía. Norberto Bobbio decía que hay dos
formas de filosofar: una es pensar sobre los pensamientos. La otra es pensar sobre
lo que pasa, sobre lo que está ahí a la vista. A mí me parece que le realidad,
especialmente la colombiana, ofrece todos los días motivos para hacer reflexión
filosófica”, argumenta Giraldo. “Tenemos una realidad muy sugestiva para muchos
de los problemas filosóficos contemporáneos: la justicia, la violencia, los derechos
humanos, la ética, la económía. Cuando uno tiene cierto compromiso con lo que
está pasando todos los días y con la filosofía, uno intenta conectar los dos mundos”.

Lo mismo piensa Diego Duque, un joven filósofo de la Nacional que trabaja duro y
solitario en un proyecto de filosofía aplicada. Duque ha dedicado los cortos años de
su carrera profesional a nadar a contracorriente: intenta aplicar preguntas filosóficas
clásicas a casos particulares de la realidad colombiana. Y lo ha hecho con los
protagonistas anónimos de la cruda realidad del país, pues se ha puesto a indagar
el dilema del sicario, el de la víctima, el del excombatiente y el del interventor social.
Durante casi un año, filosofó a fondo con los habitantes de la calle de un hogar de
paso en el centro de la ciudad. “Casi siempre se juzga a estas personas desde
ciertos estándares morales. Se cree que hay que estar loco para irse de paramilitar
o de sicario, se los juzga como irracionales”, explica. “Pero cuando se indaga en
todos los factores, el juicio cambia. Se relativiza el juicio moral porque se encuentra
que sus decisiones obedecen a una racionalidad. La moralidad no es lo que los
filósofos dicen”.

Duque concluye que si los filósofos no ponen los pies en la realidad colombiana se
estará haciendo una filosofía en el aire, sin carne. “El filósofo tiene la posibilidad de
aportar herramientas y elementos de análisis para entender mejor nuestra realidad”.
Existen sí, brotes de una filosofía más cercana a la realidad. Está el libro Perfiles
del mal, de la filósofa Ángela Uribe, que examina ocho episodios de la historia de
Colombia para indagar en el contenido moral en las relaciones de sus protagonistas.
Está el Proyecto Lisis de filosofía para niños, liderado por los profesores Diego
Pineda y Miguel Ángel Pérez, que busca establecer una serie de recursos
multimedia para un diplomado. Está también el espacio ‘Filósoso-No Filósofo’, un
proyecto televisivo del Departamento de filosofía de la Nacional que invita a
personajes no filosóficos —chefs, cantantes de rock o un neurobiólogo— para
debatir temas junto a filósofos profesionales.

Dice el profesor Sierra que “el filósofo debe atender a su tiempo”. ¿No es hora ya
de que los pensadores colombianos salgan de su fortín académico y entren
decididamente en la discusión pública de los problemas del país?
La generación sin paraguas. Respuesta a la pregunta ¿dónde
están los filósofos?
MARZO 30, 2011

Por Juan Fernando Mejía Mosquera


Escribo tarde, cuando la indignación por el artículo de Revista Arcadia ya se ha
disipado, en un anochecer que me llena de orgullo por haber pasado el día
leyendo las respuestas de mis colegas a la misma pregunta y al mismo artículo.
Orgullo de que un conjunto de personas se haya manifestado con tal altura y con
tal despliegue de argumentos e inteligencia.
Pertenezco a la generación que estudió filosofía al final de los años 80 del siglo
pasado, es decir, a la generación que construyó una imagen de su profesión y de
su quehacer bajo la guía de los profesores del paraguas y de otros como ellos:
educados en Alemania, diestros lectores de Kant, de Husserl y de Heidegger, de
la Escuela de Frankfurt los más entusiastas, los más comprometidos. En efecto
los días del marxismo habían pasado y uno veía ahora a los troskistas dedicarse
con todo éxito al idealismo alemán. El compromiso de esos días, el que
aprendíamos, era el compromiso con la academia.
¿Qué academia hacían estos doctores cuando fueron mis maestros? Para decirlo
sin ambages se trataba en muchos casos de un ejercicio de rechazo sobre sí
mismos que para consumarse tenía que concretarse en el ejercicio de rechazo por
sus alumnos. ¿Cómo funcionaba este mecanismo perverso?
1. Las lenguas. El castellano no era una lengua confiable y la desconfianza que
inspiraba no comenzaba en las frases que pudieran proferir los filósofos usando
esta lengua. La desconfianza por el castellano comenzaba en el sonido de los
nombres propios de los que firmaban los textos. La academia de estos maestros
no leía firmantes hispanos (quisiera tener a la mano las bibliografías para los
cursos de esos días, no recuerdo haber leído por sugerencia de mis profesores a
ninguna mujer, por ejemplo, y solamente en una ocasión tuve un curso cuya
bibliografía había sido escrita originalmente en castellano, dicho curso incluiría
algún latinoamericano, pero a ningún colombiano).
En esos días la enseñanza media no incluía el latín y pocos estudiantes
dominaban una segunda lengua al entrar a la universidad, por aquellos días los
clientes de las facultades de filosofía nos mezclábamos en los cursos del Instituto
Goethe, de la Alianza Francesa o del Consejo Británico. Según la tradición en la
que quisieras comenzar a militar, debías escoger una segunda lengua para
apropiártela. Nada de malo en ello: salvo por un detalle, la apropiación de la
lengua materna quedaba extrañamente pospuesta. La escritura en español se
cultivaba al servicio de ciertos géneros literarios académicos básicos como los
protocolos de seminario o los trabajos con los que respondíamos una pregunta
sobre relación de conceptos. Aprendíamos y aprendimos a escribir en español con
nostalgia de no poder escribir en una lengua que sí mereciera ser considerada
filosófica. Aprendimos a leer sabiendo que no leíamos obras sino traducciones.
Porque no había obras filosóficas escritas en español (los trabajos de apropiación
de la filosofía en nuestra lengua datan del final de los años 90)
2. Pensar en nombre propio. En esos días la primera instrucción a la hora de
elaborar un escrito rezaba “omita su opinión personal”, por supuesto, nada que
uno pudiera decir por sí mismo podría compararse con lo que los comentadores
autorizados ya nos explicaban sobre el venerado texto principal. Aprendimos a
escribir con “se” impersonal, jamás un “yo pienso”, ni siquiera en los trabajos
sobre la ilustración. No nos engañemos, no sufríamos por ello, todos jurábamos
estar conquistando la cima del rigor y que la renuncia al “yo pienso” estaba
extrañamente justificada. El nosotros mayestático que se imponía a veces no
nombraba un presente compartido, era, casi siempre una impostura, la
simulación de hablar con los otros al cual nada parecía unirnos.
3. No hay, no ha habido y no habrá filosofía en Colombia. Los días del palacio de
justicia, Armero, la desmovilización del M-19, la asamblea constituyente fueron
días en los que todos salimos a la calle pensando en el país pero pensando que
ese pensar no era el pensar admisible en la facultad. Zuleta, Cruz Vélez y Gómez
Dávila optaron por no aparecer en la Universidad para que no les dijeran qué ni
cuando podían pensar, resolvieron el asunto y pagaron el precio de que la
academia filosófica los mirara, en palabras de los profesores del paraguas, como
provincianos que no merecían consideración. De los filósofos colombianos
aprendieron primero los autodidactas, los que se estaban formando en literatura
y ciencias sociales, aquellos para quienes prensar el país con insumos hechos en
el país era una parte legítima del ejercicio profesional. Los profesores de la
universidad pública pensaban que la filosofía en Colombia arrancaba en la
República Liberal, los profesores de la universidad privada con filiación religiosa
no se decidían todavía a trazar las líneas que los conectaban a la tradición
intelectual de la colonia.
4. Si pensar la realidad es pensar la coyuntura entonces pensar la realidad no es
asunto de la filosofía. Unido a los mecanismos de exclusión cultural está un
mecanismo de exclusión de los saberes, que operaba en la práctica en la misma
época que se pregonaba la interdisciplinariedad. Es la misma época en pensar la
realidad colombiana se identificaba con el ejercicio de un saber con un nombre
extraño: violentología.
El mundo académico construido o delimitado por esas prácticas ha cedido ante
presiones de todo tipo que han modificado los límites y que han puesto nuevas
condiciones a las prácticas de todas las disciplinas que viven o sobreviven al
interior de la institución universitaria. Eso implica que el funcionamiento
empresarial de las universidades impone un conjunto homogéneo de prácticas
común a todas las disciplinas, un conjunto de criterios de evaluación y una
sujeción generalizada a las políticas estatales de evaluación de la calidad y
promoción de la investigación. Las consecuencias de esta situación son
paradójicas: la productividad aumenta, se incluyen disciplinas que antes se
despreciaban pero otras sufren por dificultad para adaptarse al sistema.
Esto obliga varios, múltiples replanteamientos, caminos individuales y colectivos
de producción asociación e interlocución, generación de espacios y formas de
escritura y comunicación que antes no conocíamos. Ejercer la filosofía implica
para mi generación la reinvención de la vida académica y la búsqueda de espacios
de interlocución y de pensamiento con los que no habíamos soñado.
Para quienes han llegado a la cátedra tras semejante formación tener la
oportunidad de tomar la palabra en frente de un grupo de estudiantes significa
una oportunidad, de hablar en nombre propio, de explorar las posibilidades de
valorar el propio discurso y de ver un interlocutor en cada estudiante.
La obligación de perseguir títulos, publicar en nombre propio, entrar en la carrera
de acumular puntos por producción intelectual y el conjunto de condiciones a las
que la carrera universitaria nos somete actualmente es un arma de doble filo que
ejerce una presión nada despreciable sobre quienes fueron entrenados para
dudar sobre cada frase que escriban y obrar con la más severa autocrítica. Para
bien o para mal obedecer un mandato casi industrial ha forzado uno o varios
pasos adelante en dirección a la generación de firmas, interlocuciones y lecturas
mutuas.
La filosofía ha mostrado ser una disciplina útil para personas con otra formación,
la interlocución con el filósofo puede darse sin que este tenga que integrar al
interlocutor en una tradición disciplinar, un léxico o un hábito mental, no hay
que volver filósofo al otro para que fluya la cooperación, las conexiones, la
diversidad. En lugar de generar una masa de lectores, las conexiones por
cooperación, sugerencia o contaminación de ideas y textos, han dado lugar a todo
tipo de productos híbridos, resonancias, cooperación.
Estudio de filosofía Colombiana. Hoy es posible publicar sobre filosofía
colombiana, hacer de ella el tema de un curso dentro de un departamento oficial.
Esto implica asumir la lengua en que leemos y la lengua en la que escribimos
como algo propio y posible. No se trata de celebrar un monolingüismo inviable
en un mundo interconectado, ni de militar en un aislamiento cultural. La propia
lengua opera como una opción válida para el pensamiento, para la producción de
conceptos y de formas de vida.
Las manadas, no pensamos solos, trabajamos en grupo. Apostar por esta
posibilidad solamente es posible rompiendo el modelo de estudio tradicional,
pasando del narcisismo de los seminarios donde el director ilumina desde un
lugar privilegiado a la experiencia de un desafío mutuo y constante. Pero esto no
se cumple solamente en las aulas universitarias, los encuentros y las asociaciones
tienen lugar en otros espacios dan lugar o formas hospitalarias del discurso. Todo
esto puede ocurrir con independencia de la presencia, en la mera circulación de
las escrituras, en la proliferación de la producción que se asume patrimonio
común. En una circulación casi anónima del logos y la grafía.
Hay una asignatura pendiente, la discusión y la reacción sobre los temas de la
vida nacional, la cuestión de los medios, para hacerlo sin faltarse a sí misma la
filosofía ha de operar una deconstrucción de las condiciones en que tome la
palabra, para que la resistencia no se convierta tan solo en opinión, cultura o
entretenimiento.
Firmo con la certeza de no haber hecho más que una enumeración, pero esta
puede verse como una agenda para posteriores interacciones.
Respuesta a la Revista Arcadia por su artículo “¿Dónde están
los filósofos?”
EN MARZO 30, 2011 POR JUANFERMEJIAEN AQUI ESTAN LOS FILOS OFOS

Colaboración de Adriana Roque

Es difícil decidir por dónde comenzar a responder a este artículo. Digo por dónde,
porque un escrito plagado de prejuicios basados en una serie de lugares comunes,
de poca investigación y de parcialidad institucional como este, realmente
dificultan la tarea. Richard Tamayo preguntó: ¿quién o qué es Arcadia para
plantear tal pregunta?, que podemos leer como quién o qué le otorga a Arcadia
una investidura portadora de una soberanía tal para violentamente imponer
sobre los agentes filosóficos esquemas generalizantes y definitorios de aquello
que deben ser. Quién o qué exige qué o cómo; en últimas, también, a quién o a
qué responden. Esto también se entiende como: quién o qué pregunta qué y cómo
estableciendo cuáles condiciones para determinar qué tipo de respuesta.

Porque hay que aceptar algo: partir del cliché de la torre de marfil para definir el
hábitat de quien filosófa es meter al objeto de discusión en un círculo vicioso, es
obligarlo a ser el perro que se persigue la cola, es convertirlo en la pelota de tennis
en un partido entre Federer y Nadal. Digo esto porque es una pregunta que
supone, que pre-determina su respuesta. No preguntan dónde están los filósofos
como quien pregunta dónde queda una dirección; es decir, no preguntan para
encontrarse con las múltiples caras del hacer filosófico, sino que formulan una
pregunta según una respuesta ya articulada.

Asumimos, como punto de partida, que la filosofía -cosa extrañísima que no nos
hemos tomado la tarea de acoger porque es algo muy complicado y en un mundo
en el que llueve tanto, en realidad, para qué entenderlo, para qué pensar; razón
por la cual asumimos que libros como “Cómo cambiar tu vida con Proust” son el
ejercicio filosófico consumado por excelencia- [asumimos que la filosofía] no “se
muestra” en el “espacio público”, porque no tiene nada que decir, dado que se
trata de unos personajes rarísimos que decidieron dedicarse a escribir diatriba
tras diatriba, quién sabe por qué razón, y qué mejor lugar para hacer eso que una
torre de marfil. Entonces, dado que ya les hemos dicho que, para comenzar, no
tienen nada que decir porque lo que tienen que decir en verdad nada dice ni hace
-esa es la esencia de sus diatribas-, iremos a tocar en la puerta de las torres de
marfil, o quizás mejor cabañas de madera, que les hemos construido a
preguntarles por qué diablos es que no dicen nada, por qué es que no salen de su
confinamiento. Dado que ya tenemos clarísimo cómo vamos a responder la
pregunta, también tenemos clarísimo a quién acudir. Pero olvidan que los han
cercado antes de cercar sus propios pre-juicios, su horizonte interpretativo.
Pero disculpen, les voy a aterrizar la metáfora: el problema de la filosofía siempre
ha sido el de la visibilidad. De la filosofía en cuanto es algo que se pregunta, de la
filosofía en cuanto que se le reclama invisibilidad. Mi uso de la torre de marfil -
que prefiero pensar como cabaña de madera para darle más melancolía al lugar
común- se refiere a las restricciones de visibilidad que se le imponen a la filosofía:
ella y por lo tanto sus agentes están condicionados previamente a no aparecer,
dado un pre-establecimiento de 1) aquello que sea filosofar, 2) su representación
institucional (esos nombres grandotes, muy bien seleccionados que ponen en la
portada), 3) lo que sea el “espacio público” en el cual no se muestran (compartido
por igualmente grandes personajes como Enrique Santos Claderón y Mavé), y
además 4) lo que sea su espacio propio en el cual, de cualquier manera, también
parecen ser incompetentes.

Vamos entonces por puntos:

1) no pretendo definir la filosofía, actividad como muchas inasible, pero sí puedo


decir que su ejercicio visible y tangible se muestra como un acercamiento crítico
a lo real, sea esto una situación, una persona, un discurso, una idea. Cosas todas
muy reales, cosas todas muy performativas. Sócrates nunca deja de preguntar.

2) Los señores de Zubiría, Parra y Sierra merecen mucho respeto como


académicos consumados, pero dudo en este momento de si se respetan a sí
mismos anulando su propia existencia y demeritando su propio trabajo como
docentes. Por otro lado, el artículo denota una falla en la investigación fuerte:
¿dónde está el grupo de investigación de filosofía de la guerra de los Andes, con
personas como Maria del Rosario Acosta, Carlos Manrique y Juan Ricardo
Aparicio que, créanme, piensan mucho en Colombia? ¿Dónde están los Jueves de
la Filosofía de la Biblioteca Nacional, espacio que en vez verse anulado debería
poder quejarse por la falta de asistencia de “la gente”? ¿Dónde están las
interminables listas de publicaciones de las universidades del país? ¿Dónde está
también el nombradísimo filósofo colombiano Guillermo Hoyos quien detenta en
su haber el haber sido chuzado por el DAS, certificado en este país incuestionable
de participación en la vida política pública? Y esto pensando únicamente en
Bogotá. Dónde están en su artículo, señores de Arcadia, preguntamos nosotros.
Si, además, quizás el autor se hubiera tomado el tiempo que se tomó revisando
los infinitos blogs y CV de personas en otros países, si se lo hubiera tomado
buscando blogs de este tipo en Colombia, se los aseguro, hubiera encontrado
muchos.

3) a qué espacio específicamente convocan a los agentes del pensamiento crítico,


no queda claro. Primero parece ser que se quejan del filósofo al que ni le interesa
publicar artículos, lanzarse al ruedo en congresos, alimentar la filosofía en
colombia. El último si acaso fue Estanislao Zuleta. Irrespeto, por demás, con el
maestro Zuleta. Pero después el punto no es ese; después el punto es que no están
discutiendo en los noticieros, que no tienen blogs, que no se autopublican. Las
razones para disentir respecto de esto, ya las nombré en el punto anterior.
Entonces nos dan ejemplos de filósofos ‘de formación’ que optaron por la vida
pública, desdeñando ‘la verdadera actividad filosófica’ (qué sea eso, tampoco lo
aclaran): Enrique Santos Calderón, Mavé. Y después ejemplos internacionales de
personajes que detentan títulos de libros tales como “Dexter and Philosophy”,
“Ipod and Philosophy”, “¿Por qué toman alcohol los jóvenes?”, “Qué es ser buena
persona” y “Ganas de vivir”, entre otras. Entre la propaganda pro establishment
y el tarot, y la superación personal de medio pelo y la filosofía del caucho para
agarrarme el pelo como opciones de espacio público que otorgan visibilidad y voz,
creo que se sobreentendería si dijera, parafraseando a Heidegger, que los
filósofos han huido del espacio público. Un mínimo esfuerzo de investigación
mostraría la importancia de la opinión en sus respectivos países de figuras como
Jacques Rancière, Alain Badiou, Rüdiger Safranski, o Peter Sloterdijk. También,
ellos están en unos espacios que piden su opinión, porque la respetan y ella ayuda
a comprender los sucesos que afectan sus vidas. Que El Tiempo compre artículos
de Umberto Eco no es responsabilidad de quienes aquí filosofan; es sólo una
muestra de lo que al establishment le interesa que se muestre. Es una muestra de
a quién y sobre qué preguntan. Si quisieran, los medios podrían quitarle el ‘mute’
al televisor en el que ven, cual si fuera un circo, a los filósofos gesticulando.

4) Ciertamente intentan preguntar con cierta nostalgia, dónde están cuando


tanto los necesitamos. ¿Sí? ¿Por qué los extrañan? Por su capacidad de
pensamiento crítico, claro está. Y esto necesita, como todo, un espacio. El espacio
de la academia (aunque ciertamente el ejercicio filosófico no se limita a ser
académico, cosa que también olvidan distinguir). Pero se quejan de que estén en
la academia: en realidad, nos vale madres lo que hagan en la academia, los
necesitamos aquí y ahora para que hagan algo que valga la pena, algo con efectos,
algo por su patria. La producción es poca y ni la vemos. Pero ya nos habíamos
quejado de que se la pasan divagando sin razón; sin embargo también nos
quejamos de que no divulgan sus divagaciones (así sea sobre un iPod, pero por
Dios santísimo, escriban algo). Nada más entre 2000-2010 hay por lo menos 50
libros publicados a nombre propio (no son compilaciones ni memorias de inútiles
congresos sobre Kant) solo en Bogotá. Supongo que ponerse a buscar eso es
mucho trabajo.

Nos damos cuenta ahora de que, en realidad, son los argumentos esgrimidos para
ponernos en problemas los perros intentando morderse la cola.

Si yo fuera a escribir un artículo preguntando por la filosofía en Colombia,


ciertamente no preguntaría “¿Dónde están los filósofos?”, preguntaría: “¿cómo
estamos viendo, que no aparecen ante nuestra vista los filósofos?”
La verdadera torre de marfil
EN MARZO 29, 2011 POR JUANFERMEJIAEN AQUI ESTAN LOS FILOS OFOS

Colaboración de Sergio Roncallo Dow

No puedo menos que sonrojarme al ver la idea de filosofía que comparten dos de
mis antiguos profesores de filosofía en la Universidad de Los Andes. Digo
sonrojarme porque, por momentos, me parece que la inflexión verbal
‘avergonzarme’ podría resultar un poco fuerte y calar, para mal, en el ya hinchado
ego de ciertos profesores de filosofía.

Como ya lo dijo Ángela Perversa, resulta poco menos que peculiar que, bajo el
amparo de un elegante paraguas chapineruno, tres profesores de filosofía que
llevan un buen tiempo hablando de lo mismo, pongan en tela de juicio el trabajo
de una generación de filósofos que ellos mismos se han encargado de desconocer
etiquetándolos, usualmente, bajo la paternal etiqueta de ex alumnos. Quizá ese
paraguas chapineruno y la mirada hacia el horizonte lejano que tiene el profesor
de Zubiría en la foto de la portada de la edición 66 de la Revista Arcadia, sea la
mejor manera de dilucidar lo que pasa con el panorama filosófico en nuestro país
y entender que la verdadera torre de marfil no es la academia sino la concepción
decimonónica que se tiene, entre nosotros, de ejercicio mismo del filosofar. Y
digo una torre de marfil porque, en efecto, son los mismos profesores que a mí
me dieron clase en los viejos salones de la universidad los que se ufanaron de
haber sido alumnos de Heidegger y Gadamer, los que se declararon únicos
detentores e intérpretes del pensamiento de ciertos autores y los que nos
recordaron una y otra vez que la filosofía no se podía hacer en castellano y que
poco podíamos hacer los que tratábamos de entenderla; quizás, nuestro único
destino, indigno para muchos de ellos, era ser profesores de colegio porque, sin
pasar por Heidelberg o Berlín, era my poco a lo que podíamos esperar. No deja
de resultar inquietante que, como alguna vez lo dijo el profesor Jorge Aurelio Díaz
-en su texto “Una Crítica “Romántica” al Romanticismo”- la filosofía sólo sea
“rentable” para quienes están ubicados en departamento de filosofía que les
permita investigar; no deja de ser inquietante que las críticas provengan de allí,
no deja de ser inquietante que sean ellos y no otros los que critiquen la ausencia
de los filósofos en lo que suele llamarse, vulgarmente, la realidad.

La torre de marfil es, entonces, esa que construyeron los maestros que hoy le
piden cuentas a una generación a la que ellos no supieron mostrarle en qué
consiste el ejercicio del filosofar y la pertinencia de la filosofía en una sociedad
que, hace rato, reclama ser pensada y, en efecto, está siendo pensada. No se trata
de indagar acerca de qué diría Kant sobre las Farc, ni mucho menos de tener una
presencia mediática continua para que la filosofía produzca realidad; hoy el país
se piensa desde un tablero, un café, discusiones grupales y un billón de lugares
desparramados por la red: blogs (hay algunos más, no sólo el de Jorge Giraldo),
trinos, grupos de discusión. La torre de marfil está en la cabeza de quienes hoy
hacen de la filosofía un ejercicio de élite y una actividad excluyente, aquellos que
reivindican una y otra vez su carácter disciplinar y que consideran que todo lo
demás son saberes menores. Es esa torre de marfil la que ha hecho de la filosofía
un saber iniciático, la que ha hecho que aún hoy muchas personas se pregunten
con estupor ¿para qué sirve la filosofía? Del mismo modo en el que se preguntan
por la utilidad de un software o de un encendedor.

¿Dónde están los filósofos? En 17 departamentos de filosofía, para empezar, no


sólo en el de la Universidad Nacional. Sí, pero también en otros lugares: en
periódicos, en agencias de publicidad, en ONG, en facultades de Comunicación –
como en mi caso-, haciendo arte, pensado el cine, haciendo cine, pensando la
anorexia, el punk…Por supuesto, allí viene la objeción del periodista de Arcadia
que, de entrada, traza el límite –moderno, burgués y decimonónico- de lo que es
la actividad filosófica, de lo que significa ejercer “como filósofo” y nos dice:
“Existe, dicho sea de paso, el fenómeno del filósofo de formación que pertenece a
la vida pública, pero que no ejerce verdaderamente como filósofo. Entre otros, se
destacan Enrique Santos Calderón, Mauricio Pombo y Mavé —sí, la del tarot de
Mavé”. Sin duda el ejemplo es muy cómodo: ningún profesor de filosofía
aceptaría que la labor de Mavé pudiera asemejarse a algo parecido a la filosofía.
El tono de mofa del periodista es obvio pues, de nuevo, se vuelve a la recurrencia
de una labor filosófica encapsulada en la que, verdaderamente, es la torre de
marfil.

Aquí estamos los ¿filósofos?, o al menos, los que hemos tratado de jugarnos
nuestra vida y nuestro trabajo por un oficio que debe reinventarse cada vez; aquí
está una generación que quizás no fue a Heidelberg o Berlín, pero que tuvo y tiene
que pensar y vivir un país que a los maestros hace rato dejó de caberles en la
cabeza. Esa es la torre de marfil.
Un comentario en “No hay filósofos, pues cada uno es ya muchos. (via
Alacontra’s Blog)”
¿LOS FILÓSOFOS? SÍ ESTÁN… SÍ SEÑOR, ¿DE PARTE DE QUIÉN?
Jhon Alexánder Idrobo-Velasco*

Después de haber leído el artículo en su aparición (luego de un reenvío del profesor


Juan Cepeda H. y otros varios amigos), no había tenido la oportunidad ni el tiempo
de leer los pronunciamientos frente al artículo de la Revista Arcadia. Sin embargo,
hoy me he sentado a leer con cierta inquietud el intrigante debate.
I. La lectura crítica siempre ha estado, mucho más marcada entre nosotros

Si bien parece haber una invisibilidad de la Academia filosófica en el país, también


hay una cuasi-justificación frente a lo que se comprendió por Filosofía colombiana
hasta hace muy poco. Mi crítica acerca de hablar de “La” Filosofía europea y su
recepción (traducción) en nuestra nación sigue vigente. Estoy de acuerdo con el
comentario del profesor Juan Fernando Mejía M.* cuando reconoce con nostálgica
verdad que a nosotros siempre “se” nos mostró que lo único que nos restaba era
repetir lo que los “grandes” autores decían en su lengua original, pues parecía que
nosotros éramos incapaces de pensar-nos desde una conceptualización propia. Sin
embargo, eso no fue un para siempre en la historia de nuestro pensamiento.
Actualmente hemos caminado de regreso, pues nos hemos dado la oportunidad de
re-conocer que tenemos algo por decir desde nuestra lengua, no la de la respetada
Real Academia de la Legua Española, sino desde nuestra regional forma de
manifestarnos.

Nos seguimos construyendo y es porque estamos madurando como pensadores; en


una expresión parafraseada del amigable Miguel Ángel Villamil: “dejamos de comer
compota, ahora hemos empezado a comer soliditos”. Y es que faltaba nuestro paso,
el del giro: del logos al mito. Ahora es que descubrimos que nuestra sabiduría
popular, o nuestro pensamiento más propio es que el que debía dar respuesta a
nuestros problemas. Lo afirmo así, porque en mis dos espacios formativos (el
Seminario Conciliar de Bogotá y la Santoto) me enseñaron a leer a los filósofos, pero
se les olvidaba a veces que en nuestro contexto la vivencia y escritura de la historia
fue otra. Por eso afirmo que la lectura crítica ya estaba en medio de nuestra
academia, incluso más marcada que la que aparece en el artículo del articulista.

II. Aquí estamos.

¿Dónde estamos los “filósofos”? Atrevido título, si accedemos a él desde la


etimología, cliché de mis primeras clases de año en el colegio donde trabajo. “Amor
a la sabiduría”, amor al conocimiento, amor a la verdad. Estamos aquí, en medio de
una situación compleja de ofertas laborales reducidas. ¿Cuántos filósofos nos
graduamos semestralmente? Al menos en mi facultad salimos unos diez aquel
septiembre de 2010. De los cuales, el 80% somos docentes. Parecería que la
aspiración no es mayor, pero para ingresar a laborar en otro ambiente necesitamos
tener experiencia en la educación escolar, o en términos reales: quemarnos,
fundirnos, hacer escuela, etc. Sin embargo, estamos aquí, somos con el de a pie
¡Somos el de a pie! Sabemos de lo que sucede y padece este país. No somos extraídos
en un secuestro espacial***, ni llevados al topos uranos a acompañar el espíritu
hegeliano.

Estamos en medio de la juventud, intentando generar un espíritu crítico de las


problemáticas sociales, rogando a Dios (quizás el Dios de los filósofos****) que
alguno sea un abogado-crítico, un economista-crítico, un artista plástico-crítico, qué
sé yo. Pero no pueden echarse en saco roto los esfuerzos por generar en los jóvenes
una postura distinta de la vida en medio de la “massmediatez” en la que viven.
Logros, hay varios, los encuentros académicos organizados por instituciones para
que los jóvenes vean que la filosofía es la caja de herramientas al estilo de lo
propuesto por M. Foucault donde pueden aprovechar lo que necesitan, así no sean
filósofos de profesión, pues el pensamiento no es ajeno a lo que escojan para sus
proyectos de vida.

Aquí estamos. No somos de otra forma. Delante de nosotros, están los que abrieron
sendas: un Daniel Herrera, un Danilo Cruz Vélez, una Teresa Houghton, un Luis
Edo. Suárez, un Samuel Hernández; entre otros muchos, respetadísimos por su
tradición y aporte a nuestras facultades; generadores de lecturas críticas frente a
nuestras realidades. O incluso hablar de lo que a mí me emociona hablar: un
pensamiento que ayude a vernos desde lo que somos. Quizás la respuesta estaba
dada en el pensamiento del indígena, el negro, el pobre, en el pensamiento popular,
lectura clara del pensador argentino Rodolfo Kusch y que tiene su eco en el Grupo
de Investigación Tlamatinime sobre Ontología Latinoamericana GITOL*****. Se
está en el camino, buscando en la raíz, estamos nosotros buscando una respuesta en
lo que nosotros mismos hemos venido siendo en estos siglos de resistencia.

Que ¿dónde están? en las facultades de Sociología, de Psicología, etc. Por ejemplo,
en nuestra facultad de filosofía de la Santoto está la profesora Nidia Caterine
González, con una lectura de los movimientos sociales que exige una postura del
filósofo en formación; o la Doctora Myriam Zapata con un trabajo serio del fenómeno
de desplazamiento en América Latina. Ni qué decir del Profesor S. Catro-Gómez que
ha llevado a la filosofía colombiana a otro estadio. En este punto es válido
preguntarnos: ¿Acaso le faltó iniciativa investigativa al escritor de artículo de
Arcadia? Otra cosa es que no desean figurar en un desfile de farándula-filosófica.

III. ¿Los filósofos? Sí están, ¿de parte de quién?

¿Quién pregunta ‘dónde están los filósofos’? La Revista Arcadia. Una línea de la
Revista Semana, o mejor, el equipo editorial de dicho Medio Masivo de
Comunicación colombiano, que en sus haberes tiene publicaciones “serias” como:
JetSet y Fucsia… ¿Acaso publicaciones de investigación académica o rigurosidad
científica? Aunque, nos falta decir, que junto a éstas dos, también está una
publicación llama SoHo, una revista que usa orgullosamente el slogan de: “prohibida
para mujeres” ¿Legitimación de las luchas de género de otros tiempos?

En fin, Arcadia está entre estas publicaciones y se promulga como” la mejor oferta
del mercado en cuanto a cubrimiento de las noticias y tendencias del mundo
cultural”*. Siendo así el panorama, podríamos hacernos a una idea sobre el horizonte
de comprensión de la cuestión.

Creo que una de las mejores respuestas para nuestros “investigadores incanzables” -
perdón pero no encontré un emoticón para el sarcasmo- de la Revista Arcadia, una
publicación de “tradición filosófica en nuestro medio”, no sé si al alcance de la del
admirable R. Fornet o cosa similar… ya me desvié por el enojo indio que me
consume… creo que una de las mejores respuestas es la de César Gómez *:

«¿Dónde están los filósofos? A mí, la verdad, esa respuesta me tiene sin cuidado. […]
La filosofía es una tarea en sí misma. Pero la filosofía transcurre entre manadas
nómadas, entre territorios de caza inexplorados. Buscas filósofos y no puedes ver las
hordas. Buscas filosofía y no puedes si quiera preguntar, porque claro, las preguntas
nunca nos son propias, nos han sido confiadas por la memoria o la curiosidad.»

No siendo más… ahí les dejo esta “filosofía”… que en palabras del Pinche filósofo
Juan Cepeda H. es “una filosofía de la mierda”, o sea… de las entrañas… porque así
la sentí al escribirla… ¿y qué culpa que yo sea más sentimiento que razón?, ¿no ven
que soy más indio que filósofo?

*No sé si importe mucho, pero soy Licenciado en Filosofía y Lengua Castellana de la


Santoto… pero hay algo que sí importa mucho más: soy hijo de Jorge y Mary,
campesinos colombianos, los tres, orgullosamente seguimos andando en buseta y
pedimos rebaja; también pedimos ñapa en la tienda cuando compramos el pan,
herencia de la “yapa” indígena precolombina de los tambos andinos.