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Matar fuma

Este mechero me lo regaló el abuelo. No me lo regaló, me lo dio. Creo que ni


siquiera me lo dio, creo que se lo cogí, no se lo cogí y me lo quedé, no, se lo
cogí y me vio con él y me lo dio, me dijo: quédatelo. Aunque no, el abuelo no
decía eso, no hablaba así. Seguro que dijo: para ti. O tuyo. Sí, algo así, debió
de decir algo así. Y me lo quedé. Recuerdo sus manos, cómo eran, recuerdo
sus venas, cómo cambiaba de cadena, cómo se sacaba el paquete del bolsillo,
y cómo se sacaba el mechero. El que me quedé. Aunque no fumo y no he
fumado nunca. Pero ahora dicen que si estás en la misma habitación que uno
que fuma, en la misma casa incluso, si estás con uno que fuma, es como si
fumaras. Como si fumaras tú también. Entonces sí. Entonces fumo y he
fumado. Y mucho. Porque J. fuma. Seis o siete al día. Algunas veces más. Y
me recuerda al abuelo, que también fumaba mucho. Se fumaba casi un
paquete todos los días. En eso se parecen. Él y J.. Y odio que fume, pero me
recuerda al abuelo cuando fuma y cuando deja de fumar, cuando todavía huele
a tabaco la cocina y el salón y el baño y toda la casa. Eso me recuerda al
abuelo y a su casa. A cuando iba a verle. Estaba en su sillón. Y la abuela
enfrente. Y cosía. O no. A veces no estaba cosiendo. Él fumaba. Pero delante
de mí no. La abuela le decía siempre lo mismo. Le decía: delante del niño no.
Pero la casa olía, el salón olía, olían al abuelo y a su tabaco, olían las cortinas,
los sillones, olía la tele, la abuela, todo olía al abuelo y a su tabaco, porque el
abuelo olía a su tabaco y su tabaco olía a él, al abuelo. Y siempre estaba
mirando la tele. La tele que olía a él y a su tabaco. Miraban la tele. Sí, muchas
veces recuerdo que estaban mirando la tele. Lo que fuera. Una película o los
toros o lo que fuera. Eran de esos. Como papá. Papá también. Ha salido a
ellos. A él. Sobre todo a él. Se parecen mucho. Cuando estábamos comiendo o
en la cena, ponía siempre la tele y comía o cenaba con la tele, mirando la tele.
Casi sin mirar al plato tampoco. No sé cómo lo hacía, cómo comía así. Mamá
se enfadaba. No le gustaba. Otra vez la tele, decía. Cuando llamaba y decía
que ya estaba la comida o la cena e íbamos y papá lo primero que hacía al
entrar en la cocina era poner la tele, ella decía: otra vez la tele. Y se sentaba y
me sentaba y se sentaba ella también y comíamos o cenábamos con la tele,
con lo que fuera. Y cuando iba con J. al principio también, y cuando hemos ido
y vamos a comer porque mamá nos dice: veníos a comer, también. Es raro. Si
lo pienso, se parecen mucho a los abuelos, papá a ellos, a sus padres, a la
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abuela y al abuelo, y mamá también, mamá también se parece un poco a sus


suegros. A cómo eran los dos. Es raro. Luego la abuela ya no. Con lo del
abuelo la abuela cambió. Ya no se parecía a él. Ya no miraba la tele. Miraba
solo enfrente. Siempre. Siempre que íbamos estaba mirando enfrente, al sillón
del abuelo. Aunque tenía la tele puesta, ella siempre miraba ahí, al sillón vacío,
que ya no olía al abuelo ni a su tabaco. Cuando lo del abuelo, después, ya
nada olía a él. Ni la abuela. No sé qué hicieron con su tabaco. No lo sé. A lo
mejor lo tiraron. Pero todas sus cosas están en el armario. Las camisas y todo.
Y los cinturones y las dos corbatas y lo todo lo demás. En una caja. A lo mejor
lo metieron ahí. Con todo. A lo mejor el tabaco del abuelo está ahí. No sé. Me
pregunto si la abuela lo sabe. Si sabe que el tabaco del abuelo a lo mejor está
ahí. Tengo que mirar. Tengo que ir a mirar. Un día. Sí. Y si el tabaco está ahí,
en la caja, tengo que decírselo a la abuela. A lo mejor dice que lo encienda,
que encienda un cigarrillo. No que me lo fume, porque sabe que no fumo y que
no he fumado nunca, aunque con J. es como si fumara mucho. Y la abuela
también. La abuela con el abuelo también es como si hubiera fumado. Y
mucho. Como si hubiera fumado siempre. Pero si el tabaco del abuelo está ahí,
seguro que la abuela dice que encienda un cigarrillo. Sí, seguro que está ahí y
la abuela no lo sabe. Porque desde lo del abuelo no sabe muchas cosas. No
sabe poner la tele ni cambiar de cadena. Le quitamos los botones que no tenía
que usar. Le dejamos el de la voz y los números. Y el de apagar. Y ya. No,
desde lo del abuelo no sabe muchas cosas. Tengo que ir a verla. A ver el
armario y si está el tabaco. No creo que lo tiraran. Sí, tengo que ir. Allí dormía
bien. Siempre bien. Cuando dormíamos en lo de los abuelos, dormía siempre
bien. Tengo que ir algún día y quedarme a dormir. La abuela duerme abajo ya.
Le pusieron una cama abajo para que no tuviera que subir las escaleras. Y la
muchacha que la cuida en el salón, al lado. En el sofá del salón. Sí, tengo que
ir un día. Y quedarme a dormir. Aunque sea arriba. Allí dormía siempre bien. Y
soñaba. En casa no. J. sí que sueña a veces. Estoy despierto y la escucho
decir algo o despierto porque le escucho, no lo sé. Pero sí que sueña. Yo no.
No sé. No sueño ya o nunca me acuerdo de si he soñado. Es raro. Creo que lo
último que he soñado es lo del hospital. Sí, lo he soñado alguna vez. Más de
una vez. Estoy en la puerta de mi habitación, de la habitación que me han
dado. Estoy enfermo. Enfermo como el abuelo. Enfermo de lo mismo. Estoy
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enfermo en mi habitación de enfermo. Desde aquí se ve todo el pasillo, los dos


lados. Estoy en la habitación del medio, justo la del medio. La que me han
dado. El pasillo es largo. Quiero ir a las escaleras para subir. Quiero ir para ver
las mallas y subir a ver a los locos por los que en el hueco están las mallas
puestas. Los locos. Suena raro. Tiene que haber algo así, un cuadro o un libro
que se llame así. Sí, los locos es un buen título para algo. Aunque suena raro
también. Quiero subir a verlos. El marco es del mismo color que mi ropa de
enfermo, del mismo verde. Es un verde feo. Todos los marcos son iguales,
igual de feos, pero me parece que el mío es un poco más verde y un poco más
feo que los demás. Intento acordarme de la habitación del abuelo, de cuál era.
No sé por qué, me parece que está aquí también, aquí conmigo. Que lo han
vuelto a ingresar. Aunque sé que el abuelo murió y que murió solo porque
murió de noche, de repente, una noche que no estábamos ninguno, no sé por
qué, papá no sabe por qué, papá todavía dice: no sé por qué, no sé por qué, lo
dice y lo repite y lo repite y lo repite, siempre está diciéndoselo, desde que
murió, desde que murió el abuelo siempre está diciéndoselo o parece que está
diciéndoselo. Siempre. Aunque no se hablaban mucho. Pero parece que está
siempre diciéndoselo. Lo del abuelo. De repente me parece que está ingresado
también. El abuelo. Me pica la garganta. Me pica como cuando me voy a
resfriar o me estoy resfriando. Después ya no, cuando me resfrío, ya no me
pica de ese modo. Me pica la garganta, pero no estoy resfriándome. Es por las
pastillas. No puedo. No puedo con ellas. No puedo tragarlas bien. El médico
me ha dicho que las parta en dos, y las parto, y así me las tomo, pero tampoco
puedo, tampoco me sientan bien, me atraganto, se me quedan en mitad de la
garganta y no puedo, cada mitad de cada pastilla se me queda en mitad de la
garganta. A veces me ahogo y tengo que beber agua y tener el vaso de agua
preparado por si me ahogo, porque me ahogo mucho. Me duele la garganta.
Quiero salir, quiero ir a las escaleras, subir, subir a ver a los locos. El pasillo
tiene luz a los dos lados. Sol. Será de día, pienso. No tienen relojes aquí.
Cuando le he preguntado a alguien por la hora, no la ha sabido. No, no dejan
que tengamos reloj aquí. No sé por qué. Las horas son el desayuno, la visita
del médico, la comida, la cena y no poder dormir. A las seis me duermo
siempre. Precisamente a las seis, cuando empiezan a despertarse todos,
cuando empiezan a pasar las enfermeras a vernos. No me gusta dormirme así,
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a las seis, que pasen las enfermeras y estar dormido y que me vean dormir y
dormido, pero me duermo así, solo a las seis más o menos. Antes no puedo. Ni
con pastillas. ¿Será por lo del abuelo? Porque el abuelo se murió de repente.
Un día. No estábamos ninguno. Se murió de golpe, le dio algo y se murió, y sí,
serían las seis, a las seis más o menos, y el médico nos dijo que había sido de
repente, de golpe, que no había sufrido, pero la cara del abuelo sí que parecía
extraña, como con dolor, parecía que le había dolido, aunque el médico nos
dijo que no, que no había sufrido, y nos dijo también lo otro, lo de que a las seis
era cuando más se moría la gente, que a las seis era cuando más se morían
porque era el momento en que hacía más frío, antes de que amaneciera,
cuando el cielo y la tierra y las habitaciones y las camas y los enfermos
estaban más fríos, a las seis, justo antes de que amaneciera, y nos lo dijo y
desde que nos lo dijo yo me metía el termómetro que teníamos en el cajón
todas las noches a las seis, me miraba la temperatura y veía si era verdad, y sí,
era verdad, a las seis más o menos tenía treinta y cuatro con siete, treinta y
cuatro con nueve, no treinta y cinco con ocho ni treinta y cinco con nueve ni
treinta y seis con uno como por el día, a las seis siempre llegaba muerto de
sueño, pero no podía dormirme porque me daba miedo dormirme y morirme
mientras dormía y estaba dormido, como le pasó al abuelo. ¿Qué hora será?
Las piernas me pesan. Si no estuviera tan cansado, me levantaría. Quiero ir a
ver a los locos. Quiero subir. Y ver las mallas. Ver las mallas desde arriba
también. Pero las piernas pesan. No se ven estrellas. Mañana tomaremos el
jarabe. Con agua caliente. Dos cucharadas. Está bien. Mejor que las pastillas.
Con las pastillas no puedo. El jarabe está bien. Todo está aquí muerto. Tan
muerto. Como muerto. No sé cómo duermen aquí. ¿Serán las seis ya? No sé
cómo nadie duerme aquí sin saber la hora que es. Son las estrellas. Tan lejos,
tan frías. Es por ellas. Seguro que la noche que murió el abuelo tampoco había.
Seguro que estaban escondidas en el cielo. Escondiéndose del abuelo, al que
le helaron el corazón. Allí arriba. Helándole el corazón. Tan solo a veces me
parece que estaba allí, con él. En la cama. Su cama. En su habitación. No me
acuerdo del número. Era la siete cero algo. La siete cero cuatro, a lo mejor. No
me acuerdo. ¿Qué hora es? Ya. Ya me hace efecto. Eructo. Estoy eructando.
Me sube, me viene el sabor de la pastilla. Me duermo. Al final no he subido a
ver a los locos. Luego, más tarde. Cuando despierte iré a verlos. Nunca he
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subido, pero siempre estoy diciendo de subir. Se lo he dicho a alguno también,


alguna vez al que me ha tocado de compañero de habitación se lo he dicho:
vamos a subir a ver a los locos. Pero nunca lo hemos hecho. No, nunca he
subido. Ya me duermo. Oigo cómo mi compañero toca la cama, los hierros de
la cama, los barrotes de debajo. ¿Cómo era su nombre? Oigo cómo los agarra,
cómo se agarra a ellos. Ya me duermo. Ya.

Fin