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BOLILLA 3

SUPREMACÍA CONSTITUCIONAL

La supremacía tiene 2 sistemas:

a) en un sentido real, propio de la constitución material, significa que dicha constitución o


derecho constitucional material es el fundamento y la base de todo el orden jurídico-político de
un estado;

b) pero, el sentido con que el constitucionalismo utiliza la noción de supremacía constitucional


es otro. Apunta a la noción de que la constitución formal, revestida de supralegalidad, obliga a
que las normas y los actos estatales y privados se ajusten a ella. Ello envuelve una formulación
de deber-ser; todo el orden jurídico-político del estado debe ser congruente o compatible con
la constitución formal.

La supremacía constitucional supone una gradación jerárquica del orden jurídico derivado, que
se escalona en planos distintos. Los más altos subordinan a los inferiores, y todo el conjunto se
debe subordinar a la constitución. Cuando esa relación de coherencia se rompe, hay un vicio o
defecto, que llamamos “inconstitucionalidad” o “anti-constitucionalidad”.

Para aplicar las pautas recién esbozadas al derecho constitucional argentino, hay que tomar en
cuenta las innovaciones que desde el 24 de agosto de 1994 ha introducido la reforma de la
constitución.

El art. 75 inc. 22 sienta, como principio general, el de la supralegalidad de los tratados


internacionales de toda clase: los tratados prevalecen sobre las leyes, con una sola excepción.

La excepción viene dada para los tratados de derechos humanos, de la siguiente manera:

a) El mismo art. 75 inc. 22 inviste directamente de jerarquía constitucional a once instrumentos


internacionales de derechos humanos que enumera taxativamente, pero, además

b) prevé que mediante un procedimiento especial otros tratados de derechos humanos puedan
alcanzar también jerarquía constitucional.

En los dos supuestos, tales tratados no entran a formar parte del texto de la constitución y
quedan fuera de él, en el bloque de constitucionalidad federal, y comparten con la constitución
su misma supremacía. O sea, no son infraconstitucionales como los otros.

En cuanto a los tratados de integración a organizaciones supraestatales, el art. 75 inc. 24 debe


entenderse como remitiendo al principio general del inc. 22 que sólo confiere a los tratados
prelación sobre las leyes.

La parte del inc. 22 que más conflicto interpretativo provoca en muchos autores es la que dice que
los tratados de derechos humanos con jerarquía constitucional “no derogan artículo alguno de la
primera parte de esta constitución y deben entenderse complementarios de los derechos y garantías
por ella reconocidos”.
LA TESIS QUE RECHAZAMOS
Una interpretación que no compartimos considera que la “no derogación” de los artículos de la
primera parte de la constitución significa que esa primera parte —con el plexo de derechos y
garantías— tiene prelación sobre los tratados de jerarquía constitucional.
LA TESIS QUE SOSTENEMOS
Lejos de estos desdoblamientos, afirmamos sintéticamente que toda la constitución (su primera
parte más el resto del articulado) en común con los once instrumentos internacionales sobre
derechos humanos de jerarquía constitucional (más los que la adquieren en el futuro) componen un
bloque que tiene una igual supremacía sobre el derecho infraconstitucional.

Marbury vs. Madison

En el año 1801 el presidente Adams designó a Marshall presidente de la Suprema Corte junto
con otros jueces, quienes tenían que ser notificados por el Secretario de Estado para asumir,
entre los que se encontraba Marbury. No alcanza el tiempo para nombrar a todos los jueces y
finalizado el mandato presidencial es sucedido por el presidente Jefferson quien designa como
secretario de Estado a Madison.
La mayoría de los jueces nombrados durante el gobierno anterior recibieron la notificación en
la que constaba que tenían acceso a sus cargos de jueces. No obstante, otros, entre los que se
encontraba Marbury, no recibieron dicha notificación y decidieron solicitar a Madison que el
nombramiento les fuera notificado para poder acceder al cargo. Al no obtener respuesta de
Madison, Marbury pidió a la Corte que emitiera un “mandamus” por el cual se le ordenara a
Madison que cumpliera con la notificación, basándose en la Sección 13 del Acta Judicial que
acordaba a la Corte Suprema competencia originaria para expedir el “mandamus”.
Marbury tenía derecho al nombramiento que demandaba, teniendo en cuenta que este había
sido firmado por el presidente y sellado por el secretario de estado durante la presidencia de
Adams pero la constitución de los Estados Unidos establece en su Art. 3 que la competencia de
la Corte Suprema es sólo por apelación, salvo en determinados casos en la que es originaria, no
encontrándose el “mandamus” dentro de estas excepciones, por lo que se rechazó la petición
del demandante, ya que la Corte Suprema no poseía competencia para emitir mandamientos en
competencia originaria.
Esto trajo aparejado un conflicto entre la Constitución y el Acta Judicial, Sección 13 (de rango
jerárquico inferior). Marshall resolvió en su sentencia declarar la inconstitucionalidad del Acta
Judicial, por considerar que ampliaba la competencia de la Corte y contrariaba la Constitución.

Se afirmó el principio de supremacía constitucional.


Se consagró el principio que el poder judicial ejerce el control de constitucionalidad.

“Municipalidad de la Capital c/ de Elortondo, Isabel A.”

Se le pide a la Municipalidad la declaración de utilidad pública para una expropiación y así


construir la Avenida de Mayo en una franja de 30mts. ¿Qué pasó? La ley sancionada por el
Congreso, en la medida en que declaraba sujetos a enajenación forzosa otros terrenos, además
de los necesarios para la construcción de la vía pública (avenida de mayo), resultaba contraria a
la Constitución. Es decir, no se delimitó específicamente el lugar, declarando de utilidad pública
bienes “no necesarios” para la ejecución de la expropiación. Por eso se declara inconstitucional.
El alto tribunal determinó que la expropiación sólo procedía "en la parte necesaria y que haya
materialmente que ocupar la avenida".

Este fue el primer caso de control de constitucionalidad en nuestro país.

"Rodríguez Pereyra, Jorge Luis otra c/ Ejército Argentino s/ daños perjuicios"


El demandado interpuso el recurso extraordinario, que fue concedido por encontrarse en juego
el alcance e interpretación de la ley federal 19.101 para el personal militar que establecen un
sistema resarcitorio especial "para el personal de alumnos conscriptos”.

La aplicación de dicho sistema determinaba en el caso un resarcimiento sustancialmente inferior


al que hubiere resultado de aplicar las normas de derecho común. Sin embargo, y es importante
resaltar, dicho sistema no había sido impugnado constitucionalmente por el actor.
Cabe recordar aquí, que, desde antaño, la Corte había resuelto pretoriamente en “Ganadera Los
Lagos” (Fallos 190:142) que la petición de parte era un requisito esencial para que el Tribunal se
avocara al control de constitucionalidad de una ley, porque hacerlo de oficio implicaría violar el
principio de la división de poderes.
De todas formas, la Corte declara de oficio la inconstitucionalidad en el caso del art. 76, inc.3°,
apartado c, de la ley 19.101 -según texto ley 22.511-y confirmó el pronunciamiento de la Alzada
en cuanto admitió, con fundamento en normas de derecho común, el reclamo indemnizatorio
del actor por las lesiones que sufriera mientras cumplía con el servicio militar obligatorio y elevó
el monto de la condena.
Para resolver de ese modo, la mayoría de los jueces recordó el deber de los magistrados de
efectuar el examen de constitucionalidad de las normas en la medida en que ese mecanismo
constituye una de las mayores garantías con que se ha entendido asegurar los derechos
reconocidos en la Constitución contra los posibles abusos de los poderes públicos, según la
clásica expresión de la Corte formulada en “Elortondo”, ya citada.
Seguidamente, recordó que, a partir de 1994, por conducto del art. 75, inc. 22 de la Carta Magna,
el derecho internacional de los derechos humanos ha adquirido la más alta jerarquía
constitucional en la Argentina. En ese marco, agregó que, así como la jurisprudencia de la Corte
Interamericana de Derechos Humanos ha establecido que los órganos del Poder Judicial deben
descalificar de oficio las normas internas de cada país que se opongan a las normas de la
Convención Americana de Derechos Humanos, igualmente deben descalificarse de oficio las
normas que se oponen a la Constitución Nacional.
Una vez admitida la potestad de los jueces de efectuar el control de constitucionalidad, aunque
no exista petición expresa de parte la Corte Suprema procedió a realizar el examen
constitucional de la norma, tarea para la que tuvo en cuenta: a) la finalidad resarcitoria del citado
artículo; y b) el alcance del derecho constitucional a una reparación integral de acuerdo al art.
19 de la Constitución Nacional.
Sobre la base de dichas pautas, el Máximo Tribunal concluyó que en este caso no resultaba
posible interpretar la ley de ninguna forma que fuese compatible con la Constitución Nacional,
dado que los medios elegidos por el legislador no se adecuaban al objetivo reparador de la
norma. En ese sentido, la norma consagraba una solución incompatible con los principios y
derechos que la Constitución Nacional ordena respetar, proteger y realizar, dado que tanto por
el monto de la “indemnización” que resultaba al aplicar el régimen especial, como por el único
daño que preveía reparar –la incapacidad-, no se procedía a reparar integralmente el daño
sufrido por el demandante.