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COLOMBIA EN LA

REGIÓN ANDINA:

GEOPOLÍTICA DE LA

CRISIS

16 Jaime Caycedo Turriago*

* Profesor del Departamento de Antropología, Facultad de Ciencias Humanas


de la Universidad Nacional de Colombia
La crisis de la sociedad y del Estado en el área andina no es reductible a la simple [ 423 ]
crisis del patrón neoliberal inducido desde la globalización. Debemos caracte-
rizar la crisis como un proceso de cambio, donde actúan múltiples determina-
ciones y contradicciones diversas. Algunas empujan al cambio y otras a su
contención. La crisis afecta la estructura social y no es sólo la superficie. Es una
situación histórica que ha evidenciado episodios cíclicos. La crisis acredita cierta
permanencia. Como indicaba Gramsci, lo que está naciendo no termina de
nacer y lo que muere aún no desaparece.
A diferencia de las expresiones en el Cono Sur, donde las conquistas de
la lucha social popular y un relativamente alto desarrollo socioeconómico y cul-
tural, vinculado históricamente a los regímenes populistas, fueron revertidos
por las dictaduras militares y luego por las llamadas “transiciones a la demo-
cracia” neoliberales, en Venezuela y Colombia son regímenes “civilistas”, sur-
gidos de transiciones tempranas, los que desarrollan las políticas de la
transnacionalización. Gobiernos militares de facto con reformas de signo so-
cial avanzado –entre finales de los 60 y comienzos de los 70– aceleraron el
desarrollo progresista en Perú, Bolivia y Ecuador.
El devenir ulterior mostró resultados convergentes con los del primer gru-
po: una vía de escape hacia economías informales, un desarrollo de las
socioeconomías productoras de estupefacientes y una tendencia clara al “des-
borde popular”. Las vías políticas de confrontación de la crisis produjeron el auge
y el colapso del régimen autoritario del fujimorismo en Perú. También encon-
traron un camino democrático a partir del liderazgo militar surgido de la fractu-
ra institucional de las Fuerzas Militares en Venezuela y Ecuador, que ahora se
ensaya en estos países. Un alto grado de confrontación entre el poder y la mo-
vilización social y política popular caracteriza la situación en Bolivia.
En Colombia, el curso político se enfoca actualmente en un camino au-
toritario en el contexto de un conflicto social intenso, con una fuerte implica-
ción de la lucha armada guerrillera.
A pesar de los rasgos en común y las historias paralelas, en los últimos
50 años Colombia se diferenció sensiblemente en su desarrollo sociopolítico
de sus vecinos más inmediatos de la región andina. Sobre una misma forma-
ción económica y social, con particularidades vinculadas a los rasgos del de-
sarrollo nacional, las formas de la democracia burguesa evolucionaron en
contextos dominados por las políticas norteamericanas de la segunda posgue-
rra, a través de los varios episodios de la guerra fría, con gobiernos militares
que interrumpieron la “normalidad” republicana y procesos de retorno a la
democracia que mostraron su carácter unilateral y su incapacidad de superar
los desequilibrios estructurales en el tránsito al nuevo milenio.
En el curso de los tres lustros recientes el esquema socioeconómico

JAIME CAYCEDO TURRIAGO


Colombia en la Región Andina: geopolítica de la crisis
[ 424 ] ultraliberal se impuso como modelo guía. Los desajustes sociales que pudieron
contenerse con las políticas de bienestar promovidas desde el Estado alcanzaron
nuevos niveles de insubordinación. En la mayor parte del área andina la lucha
armada de los años 60 tuvo su momento de auge pero fue reabsorbida por pro-
cesos de inserción política en las décadas de los 70 y los 80. En el caso de Perú, el
terrorismo de Estado fujimorista asestó golpes fuertes al senderismo y al MRTA.
Sin embargo, la situación de Colombia debe ser analizada de manera
singular. El conflicto armado tiene su origen en una crisis sustantiva del orden
sociopolítico histórico bipartidista, de carácter oligárquico, y de su adscripción
muy fuerte a los intereses hegemónicos de los Estados Unidos.
En un contexto continental más amplio Colombia se diferencia porque
la intensidad y hondura de su conflicto sociopolítico interior, de carácter his-
tórico, son advertidas por la hegemonía global como no solucionable sin la
influencia directa de los Estados Unidos; y porque debido a su posición estra-
tégica en el plano geopolítico, y las características de su régimen económico
y sociopolítico, puede ser usada como una base de intervencionismo militar
estratégico, concebido como parte necesaria de la permanencia del poder
hegemónico norteamericano.
Miraremos inicialmente el contexto latinoamericano y andino. Haremos
un sucinto recorrido histórico para apreciar algunos rasgos singulares de la
realidad colombiana. Concluiremos sentando algunas hipótesis.

¿Una nueva situación en América Latina?

Debemos mirar la situación de Colombia en el marco de un nuevo mo-


mento de la situación en América Latina. Por lo común, se exagera el particu-
larismo de Colombia, y, al mismo tiempo, no se definen los rasgos comunes
con otras situaciones ni las relaciones de cercanía o distancia que tales rasgos
sostienen con nuestra propia realidad.
Un punto de partida es que América Latina vive un momento de cam-
bio en sus relaciones con el mundo, es decir, con el sistema capitalista e im-
perialista dominante, y en sus relaciones interregionales y nacionales. El cambio
tiene que ver con el ascenso de las luchas populares, la radicalización política
de las mismas y la aparición de experiencias de ejercicio del poder político por
parte de la izquierda en la perspectiva de hallar soluciones a la crisis, es decir,
a los graves problemas sociales, represados y endurecidos por los efectos del
neoliberalismo, y el fracaso de alternativas de la llamada “tercera vía”.
Entendemos la crisis en el sentido amplio que exponemos al inicio de este
escrito. El desarreglo que expresa la crisis afecta la estructura de cada país, de
cada conjunto interregional y repercute en la totalidad. Es una crisis que ha pe-
gado duramente en la economía y en toda la estructura social. Por ser una cri- [ 425 ]
sis del sistema es una crisis económica, social, política, de cultura e identidad.
Es una crisis del Estado capitalista, en las condiciones del capitalismo de-
pendiente, de las formas de acumulación que hicieron posible, históricamente,
la existencia del sistema interestatal actual, bajo la hegemonía hemisférica de
los Estados Unidos. Los cambios en el régimen de acumulación de capital se han
impuesto desde el poder económico del gran capital transnacional y el sistema
financiero, con el poder de los llamados organismos multilaterales para com-
prometer las políticas públicas de los estados nacionales (FMI, BM, BID, OMC,
etc.). Para el caso latinoamericano habría que agregar los compromisos impues-
tos desde el poderío político y económico de los Estados Unidos, como el Atpa,
el modelo de acuerdos plurilaterales representado por el TLCAN (uno de los
referentes en la actual negociación del Alca), o acuerdos bilaterales como el que
tratan de suscribir con Chile. En el caso del Plan Colombia pesan con fuerza,
más que acuerdos, las líneas de una estrategia militar unilateral con efectos ge-
nerales que nunca fue consultada, tan sólo informada, a otros estados.
Como es dialéctico, esa crisis está distribuida desigualmente en el con-
junto de la región. El caso argentino, que revela el colapso del patrón neoliberal
impuesto y sus consecuencias en una sociedad cuyos parámetros de desarro-
llo humano estaban arriba del promedio, tiene rasgos, desenvolvimientos y
consecuencias diferentes de los procesos que se viven en el área andina. La
crisis argentina tiene, entre sus muchas especificidades, la de la existencia de
un intenso movimiento de lucha social que ha roto todo esquema de pasivi-
dad, pero tarda en surgir la fuerza alternativa aglutinadora de ruptura con los
factores causales, que, lamentablemente, siguen sacando provecho de la mi-
seria socializada. La destorcida neoliberal arrastra abajo las condiciones de
existencia de millones de personas y resucita viejos fantasmas, recuerdos so-
ñados e ilusiones que intentan materializarse en aparentes opciones de solu-
ción o salida. Le mort saisit le vif, apuntaba Marx para señalar la dificultad de
la formación de la contrahegemonía transformadora.
La crisis en el área andina, más específicamente grancolombiana, ha sido
caracterizada por el profesor Alain Joxe como el resultado de factores socia-
les y políticos que influyen en la economía. Los “acumuladores” oligárquicos
de capital se reproducen desde el siglo XIX, se adaptan flexiblemente a las
exigencias del mercado mundial en cada circunstancia, reprimen brutalmente
a las clases populares, “fugan” sus capitales a Miami y otros lugares1. En el

1
Alain, Joxe, “Ébranlements militaires “bolivariens” dans la
Grande Colombie”, en “Processus de paix et etats de guerre”,
Cahier d’ Études Stratégiques, 29, París, Ehess, 1999.

JAIME CAYCEDO TURRIAGO


Colombia en la Región Andina: geopolítica de la crisis
[ 426 ] proceso de la transnacionalización, la lucha social de clases cobra allí una for-
ma aguda, antioligárquica, que reúne tras de sí a los “esclavos sin pan”, a
campesinos e indígenas desarraigados, a la fuerza popular de las barriadas
urbanas, a la juventud sin presente y sin futuro, con sus experiencias de re-
beldía, sus formas de lucha plebeyas, arrancadas de la memoria y las expe-
riencias sociohistóricas.
A diferencia de Centroamérica, la fuerza de la memoria de arraigo po-
pular ha ido retomando no a los héroes de las revoluciones, culminadas o trun-
cas, de la modernización democrática y el antiimperialismo del siglo XX, sino
el proyecto fundador del Bolívar, en su dimensión democrática, pluriétnica,
multicultural y popular. Más que al espíritu de las refundaciones, tan en boga,
se acude al sentido de un Renacimiento, como el proyecto de una sociedad
nueva, libre en el sentido de la igualdad y la liberación de la miseria, indepen-
diente, soberana en su economía, en la disposición de sus recursos estratégi-
cos, en sus decisiones, en su política exterior.
Con una identidad propia en donde la guía del pensamiento de Marx,
de Lenin, de los grandes revolucionarios, exige esfuerzos mayores para cap-
tar la plenitud del momento y aportar herramientas a la lúcida conciencia que
enrumba al socialismo. La idea del socialismo latinoamericano está asociada,
cada vez más fuertemente, al destino de la integración, es decir, a la forma
de unidad política, de desarrollo económico y cohesión cultural que dé res-
puesta desde los pueblos latinoamericanos y caribeños a la globalización im-
perialista, y se constituya en parte de la construcción de la otra globalización,
la que se propone sustituir el capitalismo y el imperialismo globalista2.
La experiencia de Evo Morales, en Bolivia, muestra la fuerza ascenden-
te de las luchas populares, que ya no se reducen al movimiento social sino que
se articulan e integran en una opción política de cambio3.
En Ecuador, el triunfo presidencial de Lucio Gutiérrez traduce la mate-
rialización en gobierno de la vía abierta por el desarrollo persistente de la lu-
cha social e indígena, la crisis del Estado y el surgimiento de una personalidad
venida de la misma institucionalidad en crisis, que aglutina y canaliza una fase
del proceso.
La presidencia de Lula, en Brasil, plantea un reto muy alto a la avalan-
cha de sucesos. La tensión en el estrecho corredor de los propósitos sociales
limitados, pero masivamente significativos, los intereses económicos dominan-
tes y la presión popular, adquieren dimensiones colosales, por la profundidad
de los desequilibrios y el tamaño del país. En diferentes escalas, la izquierda
se constituye en una alternativa por la vía electoral, con sus fragilidades, sus
peligros, sus amenazas. Lo que antes era una excepción, incluso una frustra-
ción, como en el caso chileno, sujeta a la fatalidad del golpe de Estado, de la
desestabilización inducida por el imperialismo y el capital, ahora es una situa- [ 427 ]
ción normal que intenta abrirse paso hacia adelante.
En fin, Hugo Chávez, en Venezuela, representa quizás la materialización
más madura de los procesos en marcha: un régimen de reformas de fuerte con-
tenido social; una postura internacional que resalta el papel de Venezuela en el
campo petrolero y su presencia a la cabeza de la Opep; un gobierno que logra
derrotar el golpe de Estado y contrarrestar las expresiones desestabilizadoras
copiadas del modelo chileno contra el gobierno de la Unidad Popular. Los acon-
tecimientos de 2002-2003 en Venezuela enseñan que hoy existen opciones de
intervención política frente a la crisis desde posiciones revolucionarias, que no
hay caminos cerrados, que hay experiencias que deben ser exploradas y apro-
vechadas consecuentemente.
Lo que allí se juega es el contenido del poder político de raigambre
sociopopular y sus efectos para los cambios estructurales. No sólo en las me-
didas sociales de la Ley Habilitante de 2001. Fundamentalmente en la inter-
vención del Estado para crear unas nuevas relaciones reales de producción,
favorables a un proyecto antineoliberal de soberanía económica, en una fir-
ma “gigante” de la globalización, formalmente nacional, PDVSA, en contravía
de su control efectivo por las grandes transnacionales del petróleo. Y, desde
luego, en la estabilidad política del proceso de revolución democrática, em-
peñado en llevar a su culminación dicho proyecto.
Esta experiencia, única por su originalidad en el ambiente continental,
tiene un alcance de primera importancia tanto para el entorno regional inme-
diato como para el conjunto de América Latina y el Caribe. El hecho de hacer
parte de la Comunidad Andina de Naciones, CAN, con los vínculos económi-
cos, culturales, históricos y de proximidad existentes, el desenvolvimiento de
lo que pasa en Venezuela es un punto de referencia para toda la situación la-
tinoamericana.

2
Véase Programa del Partido Comunista Colombiano, Bogotá,
1999.
3
El movimiento sociopolítico opositor en Bolivia, enfrentado a la
política del aristócrata Sánchez de Losada, en intensas jornadas de masas
a lo largo y ancho del país consiguió del gobierno, terminando enero de
2003, un proceso de diálogo y negociación en torno a temas atinentes a
la orientación económica esencial del Estado: el Alca, la política de los
hidrocarburos y el gas, las garantías para los productores de hoja de
coca, y, además, las reivindicaciones puntuales de los diversos
movimientos y regiones. Tres aspectos notables: la dimensión del
movimiento, su intervención en asuntos considerados del fuero estatal
exclusivo y su proyección hacia una perspectiva de poder político.

JAIME CAYCEDO TURRIAGO


Colombia en la Región Andina: geopolítica de la crisis
[ 428 ] Sobre la crisis en Colombia

En muchos enfoques, lo particular de la crisis en Colombia es reducido


a una explicación del fenómeno de la lucha armada, de sus cambios y, sobre
todo, de su singular persistencia. Afirmamos que la lucha armada es un resul-
tado de la crisis misma, una de sus formas de expresión, y que lo que debe
explicarse es el fondo real de esa crisis. Hablamos de un fenómeno de socie-
dad, que implica una especial relación de lo histórico y de lo político, en
interacción, y que, por lo tanto, debemos considerar en el centro de todo aná-
lisis con pretensiones de seriedad desde un enfoque marxista.

Los antecedentes históricos de la crisis del medio siglo


El siglo XX sorprendió a Colombia en medio de una guerra civil. La últi-
ma de la guerras civiles entre élites de comerciantes-latifundistas vinculados
con los partidos armados, con una mortandad enorme y la intervención deci-
siva del imperialismo norteamericano en Panamá. La Guerra de los Mil Días
implicó una grave crisis interior que puso de relieve la fragilidad de la unidad
territorial del Estado, la precariedad de la interconexión centro-periferia, en-
tre la capital y las provincias, entre el bloque de poder dominante en Bogotá
y las oligarquías locales. Como es sabido, con el desgaste de la guerra, la rui-
na del país y la intervención naval de los Estados Unidos, la insurgencia radi-
cal es derrotada y la expresión democrático-campesina emergente en las
guerrillas radicales es aplastada y eliminada. El orden que se impone en 1902
es el de un gobierno incapaz de mantener la unidad nacional. El departamen-
to de Panamá se independiza en 1903 y es reconocido automáticamente por
los Estados Unidos que imponen el Tratado del Canal. En Colombia una op-
ción de revolución democráticoburguesa es pospuesta. El pacto bipartidista
implícito4 que pone fin a la conflagración no impidió, en 1914, el magnicidio
de Rafael Uribe.
La crisis mundial de finales de los años veinte favorece las condiciones
para una innovadora apertura “liberal” entre 1930 y 1946: podría señalarse
como el esbozo de una “revolución pasiva”5 en el marco de la crisis de
entreguerras y la culminación de la escalada de la hegemonía global de los
Estados Unidos.
Los cambios y la extensión de la lucha social en el campo y la ciudad
presionan sobre los gobiernos liberales. El signo del pasado es la persisten-
cia y exacerbación de la pugna interpartidista. Es la primera herencia de
guerra civil. El tema social reprimido en el 900 y desplegado bajo la apertu-
ra toma formas nuevas: auge del sindicalismo, avance electoral del liberalis-
mo en las ciudades que pone en peligro la restauración conservadora,
surgimiento de nuevos partidos. El crecimiento de las expectativas de rei- [ 429 ]
vindicación social favorece la tendencia a la metamorfosis populista de la
masa del partido liberal bajo el liderazgo de Gaitán. En acto anticipado y
preventivo Gaitán es asesinado.
Dos indicadores de la persistencia de lo nuevo y lo viejo de la herencia
de la guerra civil perviven entre los factores que empujan a la crisis: el conflic-
to religioso con el catolicismo-conservatismo; la intensificación del macartismo
visto como una señal de ahondamiento del conflicto social.

4
Entre las cenizas de la guerra surgieron las bases de un relativo
desarrollo capitalista. Los acuerdos prácticos de las oligarquías
bipartidistas se impusieron, como señala Ch. Bergquist: “(...) la historia
del período de la posguerra revela cómo las ideas liberales en general, y
las reformas políticas y económicas específicas propuestas por los
liberales, fueron gradualmente ganando terreno en los años
subsiguientes. Con el respaldo de los sectores moderados de ambos
partidos, estas reformas se fueron incorporando en la legislación
nacional y en las prácticas gubernamentales. Primero, en el Congreso de
1903; posteriormente, durante el quinquenio de Rafael Reyes, y por
último, en la Reforma Constitucional de 1910. Estas reformas
establecieron las bases institucionales para el impresionante crecimiento
económico que se dio bajo gobiernos bipartidistas en las décadas
siguientes. Ellas fomentaron asimismo la paz relativa que reinó en la
sociedad colombiana casi hasta mediados del presente siglo”. Y
concluye: “Todo el proceso de la posguerra se podría resumir afirmando
que, una vez depusieron las armas, los liberales lograron todas las
reformas por las cuales habían luchado. Perdiendo la guerra, habían
ganado la paz”. Charles, Bergquist, “Comparación entre la guerra de los
mil días y la crisis contemporánea”, en Gonzalo Sánchez, Mario,
Aguilera (eds.), Memoria de un país en guerra. Los Mil Días: 1899-
1902, Bogotá, Unijus, Planeta, Iepri, 2001, p. 391.
5
Utilizamos este concepto de Gramsci en la búsqueda de una
explicación de las limitaciones de la llamada “revolución en marcha” de
López Pumarejo y el carácter inconcluso de los procesos que esbozó. Sin
dejar de ser uno de los momentos más avanzados de las aperturas
democráticas históricas en Colombia es innegable que fue otro intento
frustrado de revolución democrática real. Una parte sustantiva de esa
frustración la canalizó el gaitanismo, sofocado de manera sangrienta a
partir del 9 de abril de 1948. Una de sus formulaciones más citada es la
siguiente: “La revolución pasiva consiste en una transformación
‘reformista’ de la estructura económica, haciéndola pasar de la fase
individualista a la de la economía conforme a un plan; el advenimiento
de una ‘economía intermedia’ (economía media) entre la economía
individualista pura y la economía conforme a un plan en su sentido
integral permitiría pasar a formas políticas y culturales más avanzadas,
sin la intervención de cataclismos radicales y destructores que revistan
formas exterminadoras”, Párrafo 236 del Cuaderno 8 (E. C., 1089),
citado por Jacques Texier, “Gramsci frente al americanismo”, en Juan
Trías Vejarano, (coord.), Grasmci y la izquierda europea, Madrid, FIM,
1992.

JAIME CAYCEDO TURRIAGO


Colombia en la Región Andina: geopolítica de la crisis
[ 430 ] La crisis de fines de los años 40 y 50 es muy parecida en su esencia a
los episodios de finales de los 80 y comienzos de los 90: es “guerra sucia”,
Violencia, interpartidista pero también social, magnicidios, masacres, críme-
nes selectivos. Dos gobiernos civiles conservadores adoptan como metodolo-
gía el terrorismo de Estado. Entonces aquello se encaminó al golpe militar
(1953-1957) y a la salida parcial, tipo Frente Nacional (1958-1974).

La conexión necesaria de las crisis

En 1979, Álvaro Vásquez hizo esta caracterización de la situación


colombiana:
La crisis nacional iniciada desde 1948, jalonada por la violencia y la
creciente liquidación de las libertades y los derechos humanos, no
podrá tener sino una salida efectivamente democrática. Una trans-
formación sustancial de la estructura contrahecha de esta seudo re-
pública que eleve al primer plano a las mayorías nacionales y les dé
la posibilidad de una solución de fondo de los seculares problemas
nacionales. Lo que la sociedad colombiana está reclamando a gritos
es una auténtica reestructuración democrática. Un sistema político
basado en las libertades y el derecho de los trabajadores y de todo
el pueblo a convertirse en protagonistas efectivos del destino nacio-
nal. Un nuevo sistema que corresponda a un desarrollo económico
progresista, independiente y popular dentro del cual pueda avan-
zarse hacia el logro de las esperanzas nacionales. Un sistema que
liquide la dominación monárquica que hoy existe y que no es sino
la versión política de la dependencia del imperialismo norteamerica-
no y de los grupos financieros colombianos6.

Hace casi cinco lustros la identificación de la crisis remitía a treinta años


atrás. A los antecedentes y sucesos del 9 de abril del 48 y al viraje profunda-
mente reaccionario del medio siglo. Para Vásquez, es una crisis de la domina-
ción, una variante de la definición clásica de una crisis nacional. Es una crisis
estructural, por lo tanto persistente, con episodios reiterados de la relación entre
las clases sociales, de los intereses muy diversos de las nuevas expresiones de
la sociedad que no encuentran espacio. Es, por lo tanto, una crisis gestada
desde lo profundo de la sociedad, que envuelve su historia, su diversidad cul-
tural regional, los contradictorios y disparejos procesos de desarrollo.
La deformación estructural del país7, que está presente en la definición
de la crisis en su larga duración, es un efecto geopolítico del sistema mundial
interestatal histórico, y, dentro de él, de la geopolítica imperialista de los Esta-
dos Unidos, de manera particular. Significa esto que tiene un fuerte compo- [ 431 ]
nente político-militar que complementa la dependencia económica y la con-
diciona al interés hegemónico del país imperialista. El por qué esto acontece
con algunos países, no con todos, tiene que ver con las características del te-
rritorio, su ubicación estratégica en el continente, pero también con las pe-
culiaridades de su historia, su economía y cultura política8.
Sin que haya existido una revolución industrial, la urbanización del país

6
Álvaro Vásquez, Para la acción revolucionaria, Bogotá, Fondo
Editorial Sudamérica, Colección Política, 1980, p. 259.
7
Gilberto Vieira relacionaba los sucesos del 9 de abril con el inicio de
un proceso de lo que Lenin llamó “putrefacción del país”. “La
putrefacción del país se aprecia en el contradictorio y deformado
desarrollo de un capitalismo dependiente, en la inserción de los residuos
feudales en la agricultura capitalista, en el estancamiento cultural, en el
apoliticismo y la apatía de sectores mayoritarios de nuestro pueblo”.
Gilberto, Vieira, Dos enfoques marxistas, Bogotá, Colección Izquierda
Viva, 2001, p. 109.
8
Sin pretender soslayar otros casos, pensamos que en el hemisferio
también son pertinentes las situaciones históricas de México y, sobre
todo, de Cuba. En cuanto a Colombia, si la historia política indica que
era el interés imperialista de los Estados Unidos por el istmo panameño
lo que motivó su injerencia hace un siglo, la reversión de la zona del
canal a la República de Panamá volvió a despertar el significado
geopolítico de Colombia en la crisis del área andina, con especial énfasis
en los aspectos político-militares. Mientras México ha sido fuente de la
expansión continental de los Estados Unidos –lo que se continúa bajo
otras formas con el TLCAN y el Plan Puebla-Panamá, Cuba siempre fue
vista como la ‘fruta madura’ por su ubicación en el estrecho de la Florida
y luego por razones ideológicas. Como señala James Petras: “Los
estrategas de Washington están preocupados con varios temas
geopolíticos claves que podrían afectar adversamente al poder imperial
de EE.UU. en la región y aledaños. El asunto de la insurgencia
colombiana es parte de una matriz geopolítica que está en camino de
cuestionar y modificar la hegemonía norteamericana en el norte de Sud
América y en la zona del Canal de Panamá. En segundo lugar, el factor
de la producción, suministro y precio del petróleo se enlaza con este
cuestionamiento en la región y alrededores (en la Opep, México, etc.).
En tercer lugar, el foco de los conflictos con el imperio se encuentra en
Colombia, Venezuela y Ecuador (el triángulo radical) pero también existe
un creciente descontento izquierdista y nacionalista en países vecinos
claves, especialmente en Brasil y Perú. En cuarto lugar, el ejemplo de la
exitosa resistencia de los países del triángulo radical ya está resonando
en países más al sur –Paraguay, Bolivia–, sobre la base de luchas políticas
triunfantes realizadas por los movimientos de indigenas-campesinos en
las zonas montañosas ecuatorianas o por las “apelaciones bolivarianas”
del presidente Chávez de Venezuela y a la siempre presente conciencia
nacional populista de Argentina. En quinto lugar, la fuerza del triángulo
radical y en particular la diplomacia del petróleo y la política de
independencia del presidente Chávez ha echado por tierra la estrategia
norteamericana de aislar a la revolución cubana e integrar a Cuba en la
economía regional. Más aún, los beneficiosos acuerdos con el petróleo

JAIME CAYCEDO TURRIAGO


Colombia en la Región Andina: geopolítica de la crisis
[ 432 ] aceleró las apariencias de una modernización capitalista. Tras ella se enmas-
caró el desarraigo masivo de campesinos expulsados por el predominio lati-
fundista y sus expresiones políticas en el poder. Jamás, hasta el momento, una
reforma agraria desde el Estado atacó a fondo el monopolio terrateniente so-
bre la propiedad rural, lo que representa un hecho de alta significación y que
diferencia el proceso social colombiano del de la mayoría de los países de la
región. La llamada “violencia” se institucionalizó como parte inseparable del
sistema económico y sociopolítico, como la variante colombiana del capitalis-
mo dependiente y la fuente más evidente de su notoria singularidad.
Los gobiernos civiles pos-Frente Nacional dieron un amplio margen
institucional a la metodología de la violencia institucional, como una orienta-
ción en la dirección contrainsurgente de las fuerzas militares y posteriormen-
te en el desarrollo de la experiencia paramilitar. La presión de la lucha armada
(aún en momentos de procesos de desmovilización de algunos sectores) su-
mada al crecimiento del movimiento democrático por los derechos humanos
y las libertades públicas, unidos al desarrollo de la lucha obrera, social y po-
pular, se tradujeron en el intento de una solución por la vía de una Constitu-
yente y una reforma constitucional. La Constitución de 1991 refleja, en parte,
la inspiración democrática de la presión social y popular. Lo que no impide que
haya dejado las bases firmes del desarrollo neoliberal bajo el nombre rimbom-
bante de Estado social de derecho.
En efecto, en 1990, bajo el liderazgo del neoliberal César Gaviria dos
procesos de negociación se bifurcan y marcan la diferencia entre la negocia-
ción profunda, que es pospuesta, y los procesos de reinserción que se inte-
gran a la reforma constitucional de 1991. En los veinte últimos años del siglo
XX las concesiones políticas limitadas y las nulas concesiones socioeconómicas
del establecimiento no consiguen disuadir a los movimientos guerrilleros más
fuertes que resisten, y los operativos militares no logran doblegarlos. Se acen-
túan en esos dos decenios la incidencia del narcotráfico y la tendencia al em-
pobrecimiento masivo de los sectores populares, sobre todo a partir de los años
90 cuando entran a regir las líneas del Consenso neoliberal de Washington.

Un nuevo momento de la crisis histórica

El Plan Colombia (2000-2005) representa el compromiso militar y es-


tratégico más fuerte de los Estados Unidos en la situación interna. Desde el
Tratado Militar secreto, de 1952, el Plan Laso del decenio siguiente, la asis-
tencia antinarcóticos de los años 80 y mitad de los 90, el Plan Colombia es
continuidad pero también salto de calidad. Es, de cierta manera, el reconoci-
miento del fracaso y diagnóstico equivocado de la “guerra preventiva”
contraguerrillera. Es, a la vez, el paso a otro enfoque de dominación imperia- [ 433 ]
lista.
Su influencia conduce a un cambio en la estrategia política de la gran
burguesía colombiana, que considera viable ahora una solución militar del
conflicto interior. Las consecuencias de este viraje comprometen toda la situa-
ción de América Latina cuando está en marcha la preparación del Alca y, en
general, la estrategia estadounidense de los acuerdos de libre comercio junto
con la acción antiterrorista, mientras se acentúa la crisis social y política en el
continente.
El 20 de febrero de 2002 el gobierno del presidente Pastrana puso fin
al proceso de diálogo con las Farc-Ep y ocupó militarmente los municipios de
la Zona de Distensión. Durante tres años largos el diálogo, la elaboración por
acuerdo de una agenda común y la realización de audiencias que aportaron
miles de propuestas desde el ambiente popular para alcanzar una solución
política, tropezaron con la hostilidad del militarismo, la ultraderecha y con la
contrariedad de Washington. A finales del 2000 se advierte el estancamien-
to. Es el momento en que debe empezar a negociarse el contenido de la agen-
da común. Allí el proceso choca con el núcleo sólido del establecimiento. Es
un punto de quiebre que no logra revertirse, pese a dos acuerdos nuevos y el
acompañamiento del Grupo de países amigos.
El imperio puede decir que se apuntó un tanto al contribuir a frustrar
un proceso autónomo de solución de conflictos. La ruptura es un hecho ne-
gativo porque representa un revés de la política del movimiento revoluciona-
rio en el intento de lograr una solución por la vía del diálogo y la negociación.
En el análisis de este resultado tienen importancia dos temas cuya considera-
ción puede aportar luces hacia el futuro.
Uno, la estimación acerca del peso del movimiento insurgente, puesta
en el ambiente político del proceso mismo por los think tanks del Pentágono,
en su calculado esfuerzo para mostrar, a su vez, la debilidad e incapacidad del
ejército oficial para cumplir su misión contrainsurgente. Toda la concepción del
Plan Colombia y la creciente ayuda militar, muy especialmente la “reingeniería”
de las fuerzas militares, arranca de allí: minimizar la capacidad de éstas y exa-
gerar el peso de la insurgencia hasta presentarla como una amenaza para toda
la región, a fin de justificar el mayor intervencionismo militar de los Estados
Unidos. Algunos teóricos de la izquierda latinoamericana presentaron el

(comercio a precios subsidiados) ha fortalecido la decisión de los


regímenes centroamericanos y caribeños de resistir los esfuerzos de
Washington para convertir al Caribe en un lago exclusivo de los
norteamericanos”. James, Petras, “La geopolítica del Plan Colombia”,
en www.rebelion.org, febrero 22 de 2001.

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[ 434 ] contrapoder real representado por el movimiento guerrillero como la noticia
de una versión colombiana de la “dualidad del poder” estatal y la zona de
distensión del Caguán como una zona “liberada”. La presencia de la lucha
armada guerrillera en cada región del país es una realidad incuestionable, tanto
como su gran significación política. Sin embargo, la experiencia de las zonas
liberadas en las revoluciones china y vietnamita representó la posibilidad de
realizar en ellas el programa popular, con la participación de las masas en la
formación de un nuevo poder alternativo que establece la reforma agraria, las
medidas de organización y educación del pueblo, la estructuración de la de-
fensa, etc. Estas condiciones no se daban en el caso de la zona de distensión.
Dos, Pastrana pudo colocar el proceso de diálogo de espaldas a la rea-
lidad socioeconómica del pueblo sin consideración ninguna por la agenda
común con las Farc o los puntos para la Convención nacional del ELN. El
recetario del Fondo Monetario con el consiguiente empobrecimiento de la
población se puso en marcha paralelamente. Este divorcio entre el justo obje-
tivo de buscar la paz y la caída en las condiciones de vida lo aprovechó hábil-
mente la ultraderecha para proyectar la candidatura de Uribe Vélez. El
movimiento popular no logró, por su parte, una comprensión cabal de la re-
lación de su lucha reivindicativa contra el neoliberalismo con el significado
político de la negociación de paz. Tampoco la insurgencia consiguió traducir
su enorme proyección política dentro del proceso de paz en un idioma atrac-
tivo y al alcance de las posibilidades de lucha del movimiento de masas.
Un balance sereno y franco del período, con sus logros innegables y sus
defectos ayudará sin duda a mejorar la perspectiva hacia el futuro. El hecho
de tener un traspié no quiere decir que no hay caminos a recorrer. Ni menos
que la bandera de la salida política, por la vía del diálogo y los acuerdos deba
quedar expósita. Por toda la repercusión que adquiere la situación colombia-
na en el ámbito continental, la solución política, con justicia social y sin inter-
vención militar de los Estados Unidos es una consigna justa, adecuada y
necesaria que pueden comprender los pueblos hermanos, los gobiernos ami-
gos, los organismos internacionales multilaterales y la opinión pública demo-
crática en el mundo.

Las consecuencias de la acumulación


de factores críticos no resueltos

En el largo plazo se han ido acumulando resultados que agravan y


agudizan la situación del país y colocan los retos en términos de soluciones
profundas y radicales. El reformismo de otros momentos cede el paso a la
necesidad de los cambios estructurales. Los nuevos componentes de la crisis,
tras la ruptura del Caguán, y la política de seguridad y Estado comunitario de [ 435 ]
Uribe reclaman medir la magnitud de los pasos a dar.

Tres de esos resultados pueden enunciarse, así:


1 . En relación con otros países de América Latina, Colombia “retrasó”
su ajuste estructural por las exigencias del Fondo Monetario. Mientras en las
décadas del 80 y 90 estos ajustes se cumplieron bajo distintas maneras y con
consecuencias más o menos erosivas, las exigencias más brutales del paquete
stándar del FMI sólo pudieron ser impuestas hasta el segundo año del nuevo
milenio. En parte bajo el subterfugio de imponer una reforma como la relati-
va a las transferencias (Acto Legislativo 01 de 2001), parcial pero de alcances
duros, mientras el gobierno de Pastrana adelantaba un tortuoso y, al final, frus-
trado proceso de diálogo. En parte bajo la modalidad desembozada del go-
bierno autoritarista de Uribe Vélez. De hecho, el parlamento colombiano
aprobó en diciembre de 2002 el paquete de reformas laboral, pensional y
tributaria, las facultades extraordinarias para reestructurar el Estado, fusionar
entidades y provocar despidos masivos de trabajadores públicos, e incluyó la
supresión de organismos de control, la reducción del mismo parlamento, la
congelación por dos años del gasto público, la supresión de los regímenes
pensionales existentes, en 2007, y la anticipación de una nueva reforma
tributaria que extiende el IVA a todo lo actualmente exento, en 2005.
Hay una presión muy fuerte desde el exterior por estas reformas. Tanto
de los organismos multilaterales (FMI, BM, BID) como de los Estados Unidos.
Una fuente cierta del viraje político autoritarista y neoconservador es esta pre-
sión. La había habido desde antes. Washington dio prioridad, anteriormente,
a concesiones políticas del Estado colombiano en materia antinarcóticos, ra-
dares de altura, extradición, patrullaje marítimo, mientras los ajustes econó-
micos se pasaban de un gobierno a otro, dejando como prenda de garantía
las privatizaciones, los cambios en la política petrolera y las regulaciones
medioambientales a favor de las transnacionales.
La decisión de imponer ahora el ajuste en un solo acto, con todas las
consecuencias de shock económico que son de esperarse y que están en cur-
so de darse, coincide de modo curioso con el despliegue y permanencia del
nuevo intervencionismo militar que se camufla en el Plan Colombia, bajo su
excusa antinarcóticos o su nuevo pretexto antiterrorista; y en la ayuda militar
extra, de carácter directamente contrainsurgente, para la protección de oleo-
ductos. Las medidas socioeconómicas neoliberales, de “segunda generación”,
que allanan el camino al Alca o a los acuerdos bilaterales de libre comercio
con los Estados Unidos, incluyen promesas de respaldo económico para cu-
brir el déficit fiscal y los sobrecostos de la “seguridad democrática”, entendi-

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[ 436 ] dos como compromiso del Estado colombiano en una política de guerra inte-
rior. El monitoreo del FMI y las cartas de intención suscritas por el gobierno
muestran esta relación entre el papel de los organismos multilaterales de cré-
dito, las garantías de pago de la deuda externa que ellos exigen y la guerra
interior con la creciente dirección estratégico militar del Comando Sur.
Esta comprobación confirma una tesis que deberemos explorar con
mayor hondura en otro espacio. El retraso colombiano en el ajuste estructural
obedeció a causas sociales y políticas, no sólo a cálculos circunstanciales de
los gobernantes de turno: la resistencia del sindicalismo, explosiones cívico-
sociales frente a las privatizaciones y el papel disuasivo de la insurgencia gue-
rrillera como un obstáculo, no sólo a la inversión extranjera, como ha sido
evidente en el petróleo, sino al proyecto estratégico económico y geopolítico
del imperialismo. El choque social previsible con la política de Uribe pone a
jugar nuevos enfoques de la soberanía económica, los derechos sociales de
los trabajadores y las libertades del pueblo.
2 .-La pauperización masiva que traducen las cifras del Banco Mundial,
la Dirección Nacional de Planeación y los estudios de la Contraloría: uno de
cada cuatro colombianos no tiene acceso a la canasta básica (mínimo vital) y
corre riesgo de muerte en el futuro próximo9.
No entramos a debatir, por ahora, sobre el concepto teórico de prole-
tariado. Anticipamos que no consideramos adecuada la categoría de exclu-
sión, utilizada en estudios serios, incluidos los del equipo dirigido por Luis Jorge
Garay, para nombrar los grados de clasificación de las denominadas líneas de
pobreza e indigencia. Exclusión remite a un referente puramente político, cuan-
do de lo que se trata es de la masificación de la miseria, que presupone la mayor
explotación del trabajo de extensas cohortes de edad y capas sociales, inclui-
dos los niños y la mujer; la utilización del desempleo estructural y masivo a
modo de ejército de reserva para reducir el salario, precarizar las condiciones
laborales, informalizar el acceso al empleo, de una “manera legal”. A diferencia
de los ejemplos clásicos, esta es una proletarización con desindustrialización,
desplazamiento forzado, economías ilegales masivas de “raspachines”,
“recicladores”, con un lumpen proletariado de la indigencia y de la delincuencia
que tiende a convertirse, en sus rangos juveniles, en carne de cañón de la
guerra “nacional” contrainsurgente.
3 . El Plan Colombia y la injerencia militar contrainsurgente de parte de
los Estados Unidos, que era el verdadero motivo tras el enfoque de la repre-
sión antinarcóticos, ponen de presente el fracaso de las políticas de asistencia
militar y guerra preventiva puestas en práctica por el Comando Sur en los úl-
timos cuarenta años. Tras la desaparición de la Urss, el pretexto anticomunista
del enemigo varió hacia la figura de la droga y, ahora, a la del antiterrorismo.
En realidad, si nuestra mirada acierta de alguna manera en la percepción de [ 437 ]
la historia reciente, entonces el nuevo intervencionismo estadounidense en el
conflicto interno es necesariamente complementario del ajuste económico y
sociopolítico promovido por el imperio transnacional. Más allá del macartismo
propagandístico que ve en la insurgencia sólo un reflejo de las drogas, lo que
hay que observar es el incremento de las contradicciones sociales acumula-
das sin solución ninguna y la diversificación de sus expresiones en una coyun-
tura crucial para el mantenimiento de la preeminencia global de los Estados
Unidos en el espacio del imperialismo.
Su complemento necesario es la renuncia a la democracia, incluso en su
forma limitada burguesa. El concepto de ver en cada persona un sospechoso
de apoyar el terrorismo, que preside el sentido del Decreto 2002 de 2002,
dictado por Uribe con el estado de conmoción, es de neta inspiración fascis-
ta. La creación de las zonas de “rehabilitación y consolidación” establece un
procedimiento legal para la violación de todas las garantías constitucionales y
ejercer el control sobre cada casa, cada familia y cada persona. La idea de un
estado de conmoción más represivo, de una nueva ley de defensa y seguri-
dad nacional y de un estatuto antiterrorista, hacen parte de la lógica de res-
tringir las libertades individuales y colectivas, criminalizar la lucha social y
sustituir la solución de los problemas sociales por medidas policíacas. De he-
cho, lo esencial de la reforma política de Uribe es el desmonte de la Constitu-
ción de 1991, pero más específicamente de sus aspectos democráticos
puntuales. Es el proyecto de una regresión hacia la dictadura en choque con
los derechos y las conquistas democráticas del pueblo.
Podríamos concluir que el empobrecimiento masivo de las mayorías
populares, anterior al ajuste estructural del FMI, pasa ahora a las troqueladoras
de la política económica del gobierno Uribe, que lo imponen con su carga de
degradación social y regresión política Se agrega material inflamable al incen-
dio. Su consecuencia no podrá ser otra que la intensificación cruzada de tres
niveles de la crisis nacional.
• La crisis del bipartidismo y del control regional clientelista. La noción
del Estado Comunitario traduce el complejo problema de sustituir unas frac-
ciones regionales de clase por otras, igualmente corruptas pero atravesadas
por la influencia del paramilitarismo, extendido intencionalmente, en un pro-
ceso prolongado, a casi todo el país. La formación del presupuesto nacional,
la privatización de los mecanismos de la inversión pública, la desaparición del

9
Véase Luis Jorge Garay, Colombia entre la exclusión y el
desarrollo. Propuestas para la transición al Estado social de derecho,
Bogotá, Contraloría General de la Nación, Dirección Académica, 2002,
p. xxxi.

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[ 438 ] control económico en los departamentos y el debilitamiento de la defensa de
los ciudadanos con la supresión de las personerías, dejaría gran parte de las
decisiones en manos de un nuevo aparato político paraestatal: las redes de
cooperantes e informantes, bajo la coordinación y dirección de los comandan-
tes militares, apoyados en las tropas territoriales de “soldados campesinos”
paramilitares. Todo esto, unido a la exclusión –tanto en la reforma política vía
parlamento como en el proyecto de Referendo, de la oposición política po-
pular a través de los umbrales y los nuevos requisitos para la acreditación de
partidos–, abre la ruta a un “partido uribista”, posible y probable.
• La confrotación social de clase: con la proletarización, la creciente ur-
banización forzada, la prolongación de la jornada laboral, los menores salarios,
garantías y expectativas laborales; el desarraigo y desempleo agrarios; el des-
empleo en alza entre los sectores medios; la quiebra económica de medianas y
pequeñas empresas, agregan nuevos materiales combustibles al llamado con-
flicto social, conjuntamente con sus expresiones políticas y armadas.
• La crisis de la territorialidad estratégica de Colombia, ese otro “orde-
namiento territorial”, en el eje “subordinación” o “autonomía” frente al im-
perialismo-neocolonialismo, inscrita en la estrategia de Bush para el continente
y cuya principal herramienta no son, en primera instancia, ni el Alca ni la pre-
sión militar, sino la OEA y su nueva Carta Democrática10 en tanto camisa de
fuerza para colectivizar la presión en el caso de desajustes políticos que ame-
nacen con alterar el control de los Estados Unidos en la región.
El peso de lo social y lo político en el desenvolvimiento y complejización
de estos niveles, indican en donde están las fuentes de la resistencia demo-
crática de masas que se articula como respuesta popular a las nuevas formas
de la crisis agudizada. Ahora, más que nunca, los denominados factores sub-
jetivos están llamados a intervenir en la búsqueda de salidas racionales, con
intervención del pueblo y de todos los involucrados en la vía de un cambio
democrático y patriótico de profundo calado.

Conclusiones para seguir explorando

En la región andina Colombia interpreta un complejo papel que la ubi-


ca aparentemente en dirección contraria a los procesos que caracterizan las
tendencias avanzadas en la situación de América Latina y el Caribe. Mientras
en Venezuela y Ecuador las fuerzas populares han logrado dar pasos hacia el
poder del Estado y en Bolivia la aguda confrontación denota el auge de la
acción del pueblo, en Colombia un gobierno de derecha intenta revivir for-
mas autoritarias y antidemocráticas de contención social y contrarrevolución
preventiva. En las pendulaciones históricas colombianas estamos frente a otro
intento de salida de la crisis por una vía represiva y violenta, en un intento de [ 439 ]
renuncia a las instituciones democráticas, a la función social de lo público, a
la soberanía nacional y a la búsqueda de la paz. Existe una inspiración fascista
en ese desprecio a la propia democracia burguesa y el culto al militarismo en
el que pone toda su confianza.
En el contexto latinoamericano y andino-amazónico el gobierno de Uribe
Vélez es visto como el del “pequeño Bush”, el personaje que repite y adapta
para la región y para su propio país las consignas de la potencia imperialista;
Uribe personifica la instrumentación de esa política contraria a los intereses
de los pueblos y de los estados, especialmente suramericanos; al colocar el
antiterrorismo, en realidad el conflicto contrainsurgente interno de Colombia,
por encima de criterios claros de soberanía y al clamar por la intervención
norteamericana en los mares continentales, en la Amazonia y en propio terri-
torio nacional, no sólo actúa a contrapelo de un sentimiento generalizado por
la no intervención sino que convierte el país en una plataforma de amenaza
militar de los Estados Unidos contra los vecinos11. Tres de los cuales, tienen
fuertes condicionamientos políticos y populares para proseguir una línea que
cuestiona el modelo neoliberal, con prioridad para la solución de los proble-
mas del hambre (Brasil), de la soberanía energética y la política social (Vene-
zuela), y la emancipación indígena (Ecuador).
Afirmamos que este rumbo difícilmente puede prosperar. Colombia está
a las puertas de un gran cambio histórico. El sistema se está jugando todos
sus ases en este intento de salida reaccionaria a la crisis con la intensificación

10
La Carta Democrática, adoptada por la Asamblea extraordinaria
de la OEA en Lima, el 10 de septiembre de 2001, señala: “Artículo 18.
Cuando en un Estado Miembro se produzcan situaciones que pudieran
afectar el desarrollo del proceso político institucional democrático o el
legítimo ejercicio del poder, el Secretario General o el Consejo
Permanente podrá, con el consentimiento previo del gobierno afectado,
disponer visitas y otras gestiones con la finalidad de hacer un análisis de
la situación. El Secretario General elevará un informe al Consejo
Permanente, y éste realizará una apreciación colectiva de la situación y,
en caso necesario, podrá adoptar decisiones dirigidas a la preservación
de la institucionalidad democrática y su fortalecimiento”.
11
La política de seguridad nacional presentada el 20 de septiembre
de 2002 por Bush al Congreso, en su punto IV “Colaborar con Otros
para Desactivar Conflictos Regionales”, indica: “En cuanto a Colombia,
reconocemos el vínculo que existe entre el terrorismo y los grupos
extremistas, que desafían la seguridad del Estado, y el tráfico de drogas,
que ayuda a financiar las operaciones de tales grupos. Actualmente
estamos trabajando para ayudar a Colombia a defender sus instituciones
democráticas y derrotar a los grupos armados ilegales, tanto de
izquierda como de derecha, mediante la extensión efectiva de la
soberanía a todo el territorio nacional y la provisión de seguridad básica
al pueblo de Colombia”.

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Colombia en la Región Andina: geopolítica de la crisis
[ 440 ] de la guerra interior y su llamado a comprometer a otros ejércitos y estados
en esa guerra. Cincuenta años atrás los desajustes estructurales pudieron ser
manipulados por la oligarquía y la embajada norteamericana. Ahora las cosas
son mucho más complicadas.
Las esperanzas de un cambio político y social avanzado son realizables.
Las condiciones de una revolución democrática y popular han madurado. Las
fuerzas motrices de esa transformación están en lucha y su acción puede cre-
cer y ampliarse. Todo lo que requieren es unir en un proyecto racional al con-
junto de procesos de reagrupamiento y unidad que están en construcción y
una dirección que dé juego a la participación directa del pueblo en la cons-
trucción de ese proyecto. Nos resta continuar con tesón en la labor de contri-
buir al fortalecimiento del sujeto histórico colectivo, responsable y capaz, sin
cuya existencia todo esfuerzo será vano.