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MEDIAEVALIA AMERICANA

REVISTA DE LA RED LATINOAMERICANA DE FILOSOFÍA MEDIEVAL


Año 2, N. 1, junio 2015, pp. 193-203. ISSN 2422-6599

Pensar imágenes en Averroes:


travesía por una concepción más vulnerable de la razón humana

Amira Juri

“La parte racional no existe en nosotros


desde el principio en su perfección última y en acto”
Averroes

El objetivo del presente trabajo es explorar la descripción que Emanuele Coccia


realiza en su libro Filosofía de la Imaginación sobre gran parte de la reflexión de
Averroes, filósofo árabe que intuyó y argumentó sobre ese quiebre que parece
emerger entre pensamiento y sujeto, entre la región del logos (vida sin imágenes) y
la región del zoe (vida que se mueve y reproduce pero no piensa). Será precisamente
la posibilidad de reparar en la imagen –más que en el concepto– y en la noción de
posibilidad –más que en la de acto– las fortalezas del pensamiento de Averroes que
lo conducen a forjar una concepción más vulnerable de la razón humana. Cabe
señalar al lector que no trabajamos analíticamente los textos del gran filósofo árabe,
sino la lectura que realiza E. Coccia y que coincide en muchos puntos con los
aportes de Giorgio Agamben, encargado del estudio preliminar del libro de Coccia
sobre la filosofía de la imaginación de Averroes.

Nacemos insipientes e infantes, por ello el vínculo de la vida humana con el


lenguaje y conocimiento resulta de una exterioridad. Precisamente la educación y el
estudio existen porque hay una fisura entre “la tradición de los cuerpos capaces de
desarrollo físico y de experiencia y la tradición de la existencia de lo pensable y del
lenguaje”1. El pensamiento de Averroes otorga voz a esta fisura. Todo pensamiento
nace y se despliega en medio de una tradición. El sujeto que piensa no puede definir
las condiciones de posibilidad de un pensamiento, tan solo el lugar y el tiempo de su
formulación.

La filosofía de Descartes, en especial su gnoseología, intentó la correspondencia


entre el “ego” y lo “cogitatio”: la percepción de la subjetividad queda atrapada en
medio de su actividad pensante y el hombre se descubre un “yo”. En este punto

1
Emanuele Coccia, Filosofía de la imaginación. Averroes y el averroísmo, Bs. As., Adriana
Hidalgo, 2007, p. 92.
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resulta esclarecedor lo que Giorgio Agamben señala, en su análisis de la filosofía de


Furio Jesi y Karl Kerenyi, “hombre nunca digas yo”. Ese descubrimiento del “yo”
no es un a priori, tampoco una evidencia porque la constitución imaginaria de
nuestra subjetividad parece ubicarlo en un a posteriori al que nuestra percepción
necesariamente apela para instalarse “frente” al objeto de conocimiento. Ahora bien,
¿qué ocurre cuándo reconociendo nuestra debilidad constitutiva –“labilidad”, diría
Paul Ricoeur– renunciamos por un momento a las garantías de permanencia que nos
legan los conceptos para detenemos en esas instancias más fugaces, casi
inaprehensibles que son las imágenes? Esta fue la tarea que acometió Averroes.

Para Averroes surge un enigma cada vez que se despliega el mecanismo de


pensar autorreferencial. Es enigmática la forma de existencia que el pensamiento
asume cuando aun no existe ningún “yo”, más bien el “yo parece ausente” cuando se
intenta traducir y enlazar “intellectus” y “homo”. Averroes se interesa por los
contextos concretos, reales y cotidianos en los cuales el hombre se pregunta por su
ser y su pensamiento.

Emanuele Coccia pregunta al respecto “¿Qué es del pensamiento cuando este


hombre duerme?, ¿cómo existe la cosa de pensamiento en la locura, en el sueño
perpetuo e inconstante de la humanidad?”2. Aun cuando este individuo no piensa,
cuando duerme o cuando muere, la mente existe y el humano sigue siendo un
humano, claro que más vulnerable y menos dominador del entorno. La tradición, el
estudio y la infancia son esos lugares donde la actividad del pensar está invernando.

Ahora bien, Averroes –dice Coccia parafraseando al Comentador– se pregunta


¿cómo llega a devenir intelecto teórico inscripto en un hombre particular ese
intelecto material que existe capaz de acoger todos los pensamientos? A esta
pregunta, Averroes responde: es la imagen la que opera para individualizar el
intelecto.

La razón necesita de la existencia de las imágenes para poder realizarse, es decir,


para dejar de ser pensamiento posible y volverse pensamiento en acto. “Las
imágenes sensibles –explica Siger de Brabante– no son necesarias sólo para quien
acoge lo pensado y la ciencia de las cosas e0 el inicio, sino que quien posee ciencia

2
E. Coccia, ob. cit., p. 122.
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tampoco puede especular sin formas sentidas, conservadas e imaginadas”3. Las


nociones de fantasma4, imagen e imaginación convergen para comprender este modo
de concepción de Averroes respecto de la génesis del pensamiento. Pensar no es una
acto reflexivo y de mera abstracción conceptual sino de composición, creativo. Se
sustituye, desde esta concepción, la retórica de la reducción por la lógica de la
conjunción y de la composición.

Todo pensamiento, según la comprensión de Averroes, señala Coccia, acoge una


doble temporalidad: la de la eternidad que no incluye movimientos y la de los
cambios al ritmo de nacimientos y muertes. De esta manera, todo pensamiento se
desliza también entre el permanens, el olvido (amissum) y la tradición. Será
precisamente la imagen, la entidad que mejor se identifica con esa conjunción vital y
sumamente humana: ser y no ser. El ser de la imagen es evanescente, vaporoso; su
sutileza está colgada entre el ser y la nada.

Un pensamiento en acto implica la realidad de una composición; aflora así una


lógica de la conjunción y de la composición, como dijimos anteriormente que al
igual que un entramado de mosaicos va forjando figuras de pensamientos-imágenes.
Afirma Emanuele Coccia, comentando siempre a Averroes, “la imagen es también la
forma particular en que la potencia, en el intelecto, se confunde con el acto”5 porque
permite a la razón encontrar un objeto. La singularidad del pensamiento tiene
naturaleza fantasmática porque a partir del fantasma-imagen adquiere una
determinación particular. El fantasma es aquello a través de lo cual todo hombre
confiere una existencia real y personal al pensamiento.

Merced a la imaginación, el intelecto único logra hacer experiencia del mundo de


las cosas. El intelecto único es sensible a las imágenes producidas por los individuos
porque las imágenes ofrecen objetos múltiples al pensamiento y permiten a la

3
Siger de Brabante, Tractactus de anima intellectiva, trad. de P. Royo, Madrid, Ed. B. Bazán,
1972, p. 84.
4
Señalemos que en el Filebo (39b) de Platón la fantasía o imaginación “pinta en el alma las
imágenes […] de la visión o de otra sensación”. Dichas imágenes son definidas en Filebo
(40a) como fantasmas (phantasmata). La fantasía configura -en este texto platónico- un pintor
interior del alma (Filebo o del placer en http://www.filosofia.org/cla/pla/azf03009.htm,
última consulta 12/10/2015).
5
E. Coccia, ob. cit., p. 303.
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potencia indeterminada del pensamiento realizarse, las imágenes son la única y


verdadera cosa del pensamiento, lo que le otorga vida y actualidad. Sin la
imaginación, la razón humana sería una potencia inefectuada e incapaz de
emplearse6. De esta manera, Coccia analiza el poder de la imaginación en la
gnoseología de Averroes, resaltando el valor de la imagen como pivote que otorga
carnalidad a la actividad intelectiva.

La afirmación de Averroes: “las imágenes son para el intelecto lo que lo sensible


es para los sentidos”7 pone en evidencia que lo que motoriza al pensamiento es la
imagen, por ello afirma Coccia al respecto: “las imágenes dejan de ser la prehistoria
del pensamiento para devenir su imborrable exterioridad […] la imagen es lo que
desencadena el pensamiento y su actualidad”8. La imagen es altamente fecunda no
solo porque posibilita comprender los procesos de conocimiento en los territorios
donde la visibilidad se vuelve –casi siempre– un dilema, sino porque permite un
abordaje más complejo y humanizado de las actividades del intelecto. Recordemos
al Ulises de James Joyce cuando exclama: “cierra los ojos y mira”. Es decir, obtener
una imagen de las cosas no nos conduce a un empirismo que simplifica y unifica la
diversidad de lo real, sino por el contrario, nos sumerge en esa diversidad que la
imaginación humana va “pintando en el alma” (diría Platón) como capas y láminas
de fantasmas, forjando una cierta tradición que envuelve nuestro ser.

En este sentido, revisitar la reflexión de Averroes resulta una experiencia de


asomarse a una filosofía muy contemporánea. Jorge Belinsky afirma “la
imaginación es esencialmente abierta, fluyente […] lo imaginario produce imágenes,
pero se presenta como algo que está siempre un poco más allá de sus productos”9.
Giorgio Agamben retomando a San Buenaventura señala que un comentador tiene
un gesto consistente en producir “un tiempo sutil, capaz de infiltrarse entre los
tiempos”. Nuestro Averroes fue un comentador creativo que forjó nuevas líneas
conceptuales entre la tradición y la innovación, entre el poder gnoseológico y el
poder de la imaginación, entre la fortaleza y la vulnerabilidad de la razón humana.

6
Cf. E. Coccia, ob. cit., pág. 312.
7
Averroes citado por Coccia en ob. cit., p. 325.
8
E. Coccia, ob. cit., p. 326.
9
Jorge Belinsky, Lo imaginario: un estudio, Bs. As., Nueva Visión, 2007, p. 18.
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Consideramos que este Averroes –que muy creativamente nos aproxima Coccia–
pudo mirar con nuevos ojos las prácticas filosóficas; así pudimos comprender que
pensar no significa poseer un saber sino relacionarse con algo posible: “un infante
no sabe ni piensa en acto sino que está en relación con la posibilidad de todas las
ideas y de todos los pensamientos”. Un infante imagina imágenes una y otra vez,
cada vez que experimenta su entorno.

Tal vez resulte saludable recordar la naturaleza infantil que nos alcanza cada vez
que estudiamos, imaginamos, y que recordamos que somos criaturas dependientes
de Dios.

Recibido 20/5/15
Aceptado 10/6/15

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