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In Crescendo. Derecho.

2015; 2(2): 11-18

Justicia y paz disciplinada: una mirada al conflicto


colombiano desde los conceptos de Michael Foucault

Carlos Andrés Galeso Morales*

Resumen

En la presente ponencia se analiza la supremacía de castigar, que puede profesar el Estado


sobre un actor armado del conflicto como lo personifican las FARC-EP. Dicho poder se
proclama a través de un régimen disciplinario, caracterizado por ejercer sobre los hombres
una vigilancia constante y un control individual de su funcionabilidad para evitar “conni-
vencias ilegales y marcar exclusiones”. Si bien la sociedad colombiana reclama justicia por
los actos ilícitos cometidos por las FARC-EP, esa misma justicia no puede convertirse en
un esquema panóptico mediante el cual a los guerrilleros (condenados y/o excarcelados)
se les coaccione para renunciar a su ideología, se les coopte la probabilidad de acceso al
poder a través del sufragio o se les condicione derechos fundamentales.
Palabras claves: castigo, disciplina, FARC-EP, prisión, sociedad disciplinaria, suplicio.

1. Suplicio: exhibición pública del castigo


El espectáculo punitivo (suplicio) se extinguió a fines del siglo XVIII. Sin embargo, en
la dócil sociedad colombiana continúa con las reiteradas manifestaciones que institucio-
nes disciplinarias como la Procuraduría General de la Nación y el partido político Centro
Democrático esbozan cada vez que emiten una violenta crítica a las propuestas de las
FARC-EP.
La paz imperfecta que busca Colombia no puede erigirse sobre la base de exhibir
públicamente los hechos atroces cometidos por los actores armados Es menester que los
contradictores de los diálogos de paz en La Habana no reanimen la violencia equiparán-
dose a los victimarios. El hecho de que la representante a la Cámara, María Fernanda
Cabal, publique una agresiva fotografía en una red social, el expresidente Álvaro Uribe

*  Actual estudiante de la Maestría en Conflicto y Paz III Cohorte en la Universidad de Medellín, Colombia
(2014). Especialista en Gobierno y Gestión Pública Territoriales por laPontificia Universidad Javeriana,
Bogotá, Colombia (2013). Defensor de DDHH. Correo electrónico: cgaleso@gmail.com.

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conspire abiertamente contra el Gobierno de Santos acudiendo a la massmediación, el


populismo y al medieval pensamiento guerrerista que invade a nuestra fuerza pública; y
el procurador general pretenda implementar el castigo-espectáculo a las guerrillas para
lograr su suplicio, nos aleja de una verdadera reconciliación.
De lo que se trata es que los grupos guerrilleros renuncien a la violencia y a su filosofía
de conquista del poder a través de las armas, para que imbuyan en la sociedad colombia-
na un nuevo pensamiento de las relaciones de poder que conduzca al establecimiento de
un Estado constructor de paz refractario a la rampante segregación e individualismo. Al
referirse al poder, Foucault determina que este “se ejerce y se padece” y está orientado a
la “posibilidad de modificar con sus acciones, las acciones presentes y posibles del otro”.
La guerrilla colombiana es presa de una miseria física que el mismo Estado propulsó,
debido al funcionamiento de una institucionalidad que solo pretende castigar, controlar y
vigilar. Un Estado que originó todo tipo de rebeliones, las cuales datan de hace más de un
siglo, contra la concentración de la riqueza y de la tierra, la criminalidad, la desigualdad
así como la exclusión económica, política y social. Pero también levantamientos contra
una educación sin calidad, un sistema de salud capturado por empresarios y mafiosos, y
una organización política corrupta, degradada, elitista y generadora de todos los proble-
mas sociales que hasta el presente seguimos padeciendo. Nuestro mayor suplicio es que
la política de 2015 conserva la doctrina del siglo XIX ; en ello radica la base de nuestro
oscuro pasado y presente violento.
Esa guerrilla erigió almas que nacieron del abuso de poder, la inequidad, la injusticia,
la intolerancia, la mezquindad y la persecución. Empero, la barbarie y la crueldad desa-
rrollada por este grupo armado dejó una huella indeleble en las víctimas expuestas a la
tortura y al sufrimiento, al exceso de violencia infligida en la cual se glorificó, a un supli-
cio que hizo mella aun después de la muerte.
La justicia transicional a la que se verán sometidos algunos miembros de este grupo
guerrillero no puede convertirse en una repetición de los crímenes cometidos por estos a
través de los suplicios que pretenden los enemigos de la paz con el propósito de vengar
la burla a su autoridad. Un sinsentido resultará que las condenas impuestas a estos trans-
gresores de la ley se concentren más en los castigos, que en el conocimiento de la verdad
y el compromiso de no reincidir en tales escenarios de violencia.
2. El poder de castigar y la justicia transicional
Si en la Francia del siglo XVIII se desarrolló una reforma penal capaz de limitar el po-
der excesivo del soberano, la arbitrariedad y la ilegalidad, así como crear un nuevo esta-
blecimiento del poder de castigar y un nuevo orden social; en una Colombia violenta por
más de 50 años, debe procurarse una justicia transicional que proporcione penas alterna-
tivas a todos los participantes del conflicto. Estos merecen ser castigados por la atrocidad
de los crímenes cometidos, no debe sacrificarse en nombre de la paz, la paz misma.
Para muchos opositores al proceso de paz, las FARC-EP son un enemigo devastador
de la sociedad, unos monstruos y traidores a la patria y, por ello, el derecho de castigarlos
implica que perezcan, pues son un grupo execrable de colombianos .

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Como lo expresa Michael Foucault, “lo que es preciso moderar y calcular son los efec-
tos de rechazo del castigo sobre la instancia que castiga y el poder que ésta (sic) pretende
ejercer”.
En ese sentido, si admitimos que el alto mando de las FARC-EP será severamente cas-
tigado, no podemos caer en el error de propiciar “ más poder” del Estado, realizando su
venganza legítima; tampoco hacer un espectáculo por sus condenas, pues, parafraseando
a Foucault, las penas estriban en lograr que los delitos cometidos por este grupo armado
no vuelvan a repetirse.
Si bien el derecho a castigar implica la función de prevenir el castigo y, en su contexto,
impedir la consumación reiterada del delito, no menos cierto es que castigar a las FARC-
EP no va a reducir la violencia generalizada imperante en Colombia. Foucault sostiene
que el poder punitivo ha de orientarse hacia “disminuir el deseo que hace atractivo al
delito, aumentar el interés que convierte la pena en algo temible; invertir la relación de
las intensidades, obrar de modo que la representación de la pena y de sus desventajas sea
más viva que la del delito y sus placeres”.
Dentro de un sistema de justicia transicional que se pretenda implementar en Colom-
bia, las penas deben enfocarse, como lo expresa Foucault, en “transformar, modificar,
establecer signos, servir al Estado”, pues tanto los máximos responsables como aquellos
guerrilleros rasos pertenecientes a las FARC-EP podrían emplear el resto de su existencia
en reparar el daño que le han propinado a la sociedad. Y si una de esas opciones es la
participación política o hacer parte de una Policía Rural, bienvenidas las propuestas en
ese sentido que procuren redefinir la abyecta e inicua democracia colombiana.
El hecho de acercar esas penas al suplicio corporal por la obcecación orgullosa de los
opositores al proceso de paz, particularmente del expresidente Álvaro Uribe Vélez y sus
súbditos del Centro Democrático, conlleva imprimir la marca de la violencia y los efectos
de un conflicto sin término. Esta ambigua posición evoca el texto de J.M. Servan cuando
se presentaban hechos atroces en los campos y ciudades:
“He aquí el momento de castigar el crimen: no lo dejen escapar; apresúrense a hacer
que confiese y a juzgarlo. Levanten patíbulos, hogueras, arrastren al culpable a las plazas
públicas, llamen al pueblo a voces. Entonces, lo oirán aplaudir la proclama de vuestras
sentencias, como la de la paz y de la libertad; lo verán acudir a esos horribles espectáculos
como al triunfo de las leyes”. (Servan, 1767, p. 35).
La visibilidad de los castigos que se busca imponer a las FARC-EP representa el vacuo
país disciplinario que se ha convertido Colombia. Si bien la “detención ha llegado a ser la
forma esencial del castigo”, según lo acota Foucault, y no puede haber un verdadero pro-
ceso de reconciliación si se promueve la impunidad; el espectáculo de repudio social que
se invoca por parte de la oposición sobre este grupo guerrillero infiere la aversión y saña
de un amplio sector político que ejerce una fuerza ritualmente manifestada del Estado.
Aunque los sistemas penales han evolucionado, la derecha colombiana se mantiene en
el concepto del siglo XVIII y concibe a una guerrilla aislada en prisiones individuales y so-
metida “a una detención aislada, a un trabajo regular y a la influencia religiosa”. Algunos

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guerrilleros podrían “no solo inspirar el terror a quienes se sintieran movidos a imitarlos,
sino también corregirse ellos mismos y adquirir el hábito del trabajo” (Julius, 1831, p.
299). Los derechistas no contemplan la posibilidad de que las FARC-EP puedan reinser-
tarse moral y materialmente a la sociedad, pues solo el confinamiento podrá destruir su
ideología izquierdista y modificar su espíritu insurgente.
Una guerrilla encarcelada podrá cotidianamente ser observada y controlada por el sis-
tema carcelario; y evidenciará la encomia soñada del procurador general: la disciplina y
la religiosidad transformarían a los guerrilleros condenados. Pensamiento advertido por
Foucault ante las múltiples infracciones de los castigados: “formar un sujeto obediente,
un individuo sometido a hábitos, a reglas, a órdenes, a una autoridad que se ejerce conti-
nuamente en torno y sobre él, y que debe dejar funcionar automáticamente en él”.
Ese poder de castigar a las FARC-EP no debe amenazar con ser arbitrario y despótico,
marcado por una pletórica manipulación mediática y la venganza política, sino en un con-
texto excepcional con el propósito de terminar el conflicto armado y generar condiciones
para una paz estable y duradera que permita la reconciliación nacional.
3. La disciplina de las FARC-EP
La guerrilla de las FARC-EP es el vivo ejemplo de la dominación de los cuerpos por
más de 50 años. Una ideología insurrecta que, utilizando métodos disciplinarios, ha he-
cho de sus miembros unos cuerpos dóciles que puedan “ser sometidos, utilizados, trans-
formados y perfeccionados”. Ese poder de disciplinar imbrica docilidad, que en palabras
de Foucault representa “el control minucioso de las operaciones de cuerpo, garantiza la
sujeción constante de sus fuerzas y le impone una relación de docilidad-utilidad denomi-
nada disciplina”.
Con unos reglamentos claros y minuciosos así como una distribución de la tropa en
campamentos y frentes guerrilleros; el alto mando responsable controla y vigila no solo
la deserción de “farianos y farianas”, sino también aquellos territorios plagados de tráfico
de estupefacientes, minas antipersona, minería ilegal y los que se encuentran en un total
abandono del Estado. Esa disciplina le ha permitido articular la lucha armada y sostenerla
en el decurso del tiempo. Cada combatiente es individualizado mediante la observación
de su rapidez, vigor, habilidad, constancia, manipulación de armas y pertrechos, tiempo
empleado en una tarea táctica, lealtad para afrontar el conflicto armado; así, es posible
definir el rango de cada uno de ellos teniendo en cuenta sus fracasos o logros militares. Al
respecto, Foucault expresa que la disciplina trabaja por “la constitución de cuadros vivos
para transformar las multitudes confusas, inútiles o peligrosas, en multiplicidades orde-
nadas”. Se trata de “inspeccionar a los hombres, comprobar su presencia y su ausencia, y
constituir un registro general y permanente de las fuerzas armadas”.
El poder disciplinario de las FARC-EP incluye el reclutamiento de mayores y menores
de edad, siendo este último un crimen de lesa humanidad. Dicho procedimiento se en-
cauza al aislamiento para el adoctrinamiento revolucionario, instrucción militar; período
de práctica y la prescripción de ejercicios militares para definir el nivel o rango de cada
guerrillero dentro de la organización armada. Esta tendencia se armoniza con lo descrito

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por Foucault, quien se refiere a la disciplina que utiliza la milicia como “aparato para su-
mar y capitalizar tiempo”.
Para Foucault la formación militar es “un tiempo disciplinario que se impone poco a
poco frente a la práctica pedagógica, especializando el tiempo de formación y separán-
dolo del tiempo adulto, del tiempo del oficio adquirido; disponiendo diferentes estadios
separados los unos de los otros mediante pruebas graduales; determinando programas
que deben desarrollarse cada uno durante una fase determinada y que implican ejercicios
de dificultad creciente; calificando a los individuos según la manera en que han recorrido
estas series”.
Esta disciplina también se ve incursa inmersa en la articulación, la cooperación, la
obediencia y la vigilancia en las operaciones militares; pues, al combinar las fuerzas, se
obtienen mejores resultados. Sin embargo, para un grupo armado como las FARC-EP, esa
mezcla de fuerzas ilegales se vio reflejada en ataques terroristas, bombardeos, mutilacio-
nes por minas antipersona, tomas violentas de unidades militares, estaciones de policía y
municipios, secuestros, etc. Estas acciones guerrilleras fueron respaldadas por disposición
del Estado Mayor Central y victimizaron a miles de colombianos en todo el territorio
nacional.
Sobre el precedido entorno, Foucault expresa que “toda actividad del individuo disci-
plinado debe ser ritmada y sostenida por órdenes terminantes cuya eficacia reposa en la
brevedad y la claridad; la orden no tiene que ser explicada, ni aun formulada; es precisa
y basta con que provoque el comportamiento deseado”.
El amplio horizonte de la disciplina busca insoslayablemente observar, registrar y “en-
derezar la conducta” de los hombres. Foucault determina que “la disciplina fabrica in-
dividuos; es la técnica específica de un poder que toma a los individuos a la vez como
objetos y como instrumentos de su ejercicio”. El aparato judicial no escapó de ese poder
disciplinario.
4. Justicia disciplinada
La justicia se encarga de aplicar el marco jurídico (normas) para las relaciones entre
personas e instituciones. Se trata de tomar en cuenta la actividad de los cuerpos, es decir
su actuación y/o comportamiento. Una vigilancia y un control ejercido a través de jueces
y fiscales.
El hecho de mantener la armonía entre los integrantes de la sociedad, requerirá esta-
blecer toda una maquinaria que reglamente la interacción social de los ciudadanos, bajo
un poder disciplinario amparado en la dominación del conglomerado a través del ordena-
miento jurídico que –bien– o mal permitió la formación del Estado nacional.
Precisamente, la lucha insurgente contra la consolidación del Estado es una de las
causas que originó el conflicto armado colombiano. En consecuencia, muchos consideran
que la rebelión de las FARC-EP debe castigarse para normalizar su conducta y su ilega-
lidad; y no tanto para lograr una solución negociada con una de las partes del conflicto.
Al referirse a la “normalización”, Foucault considera que “lo que compete a la penalidad

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disciplinaria es la inobservancia, todo lo que no se ajusta a la regla, todo lo que se aleja


de ella, las desviaciones.
Se trata a la vez de hacer penables las fracciones más pequeñas de la conducta y de dar
una función punitiva a los elementos en apariencia indiferentes del aparato disciplinario:
en el límite, que todo pueda servir para castigar la menor cosa; que cada sujeto se encuen-
tre atrapado en una universalidad castigable-castigante”.
Examinar las acciones militares de las FARC-EP, describirlas y registrarlas en expedien-
tes judiciales posibilita caracterizar el delito; definir el castigo; individualizar y sancionar
al responsable; identificar a las víctimas; resolver el caso con decisiones jurídicas. Asimis-
mo, esto refiere a un sistema judicial que involucra un régimen disciplinario, el cual per-
sigue la singularización para auscultar profundamente la forma de actuar, pensar y sentir
del ser humano. Al referirse a la individualización de los sujetos, Foucault expresa que “en
un sistema disciplinario el delincuente está más individualizado que el hombre normal y
no delincuente. Es hacia los primeros a los que se dirigen en nuestra civilización todos los
mecanismos individualizantes; y cuando se quiere individualizar al adulto sano, normal
y legalista, es siempre buscando lo que hay en el todavía de niño, la locura secreta que lo
habita, el crimen fundamental que ha querido cometer”.
Ahora bien, si lo que se busca es la terminación del conflicto, se tiene que desvertebrar
la estructura militar de las FARC-EP y revelar patrones de violaciones de los derechos
humanos, lo cual evitará futuras vulneraciones de los mismos; es viable para Colombia
un sistema de justicia transicional que posibilite centralizar la investigación penal en los
“máximos responsables” de la organización criminal que haya “dirigido, tenido el con-
trol o financiado la comisión de los delitos de lesa humanidad, genocidio y crímenes de
guerra cometidos de manera sistemática” determinados por “factores relacionados con la
gravedad y la representatividad tales como el lugar, el tiempo, la forma de comisión, los
sujetos pasivos o grupos sociales afectados, los sujetos activos, la escala de comisión o la
evidencia disponible” (Ambos, 2011, p. 11). En términos de Foucault, se deberían “clasi-
ficar, diferenciar, jerarquizar” las acciones bélicas del referenciado grupo guerrillero para
“individualizar” las sanciones de sus integrantes.
5. Colombia: una sociedad disciplinaria
Si bien Colombia es el apólogo de una sociedad disciplinaria, pues está plagada de
instituciones que se atribuyen como tarea medir, controlar y corregir lo que consideran
anormal entre los hombres; y las relaciones de la vida social se regularizan a través de
una disciplina que busca evitar el desorden social, la utilización máxima del individuo,
moralizar las conductas y generar ganancias económicas; no es factible la construcción de
un Estado pacífico si lo pretendido por un gran sector de la ciudadanía es la docilidad, la
inmovilización o la legalización de los movimientos de las FARC-EP.
Dentro del cúmulo de instituciones disciplinarias (escuelas, ejércitos, fábricas, hospita-
les, talleres) que ejercen una vigilancia exhaustiva y permanente; y buscan afanosamente
“acostumbrar al pueblo al orden y la obediencia”, encontramos también a los cuerpos
de la Policía como “aparatos estatales que tienen por función no exclusiva sino principal
hacer reinar la disciplina a la escala de la sociedad”.

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Tales entes disciplinarios, que utilizan procesos investigativos, invaden una justicia
penal enfocada a la “disciplina indefinida, la observación minuciosa y un encarnizado
examen”. Foucault advierte que el actual sistema penal se alinea con “la problematización
del criminal de tras (sic) de su crimen, la preocupación por un castigo que sea una co-
rrección, una terapéutica, una normalización, la división del acto de juzgar entre diversas
instancias que suponen medir, apreciar, diagnosticar, curar, trasformar a los individuos”.
Como instrumento moderno de la penalidad emerge “la región más sombría del aparato
judicial: la prisión”.
Aunque Foucault señala que “el encarcelamiento penal, desde el principio del siglo
XIX, ha recubierto, a la vez, la privación de la libertad y la transformación técnica de los
individuos”; en una Colombia enferma y trastornada por la violencia, per se reglamenta-
da, la detención penal no desempeña una función resocializadora ni transformadora de
los individuos. El crimen de los niños en Caquetá perpetrado por Cristofer Chávez (alias
Desalmado), quien ya había sido condenado a 28 años de cárcel, entre otros tantos casos,
así lo corrobora.
La prisión, considerada por Foucault como “la forma más inmediata y más civilizada
de todas las penas”, una solución inevitable e irremplazable para castigar las infracciones
a normas y reglamentos que han lesionado los intereses de la sociedad disciplinaria; no es
la única alternativa para aplicar dentro de un proceso de justicia transicional, pues surgirá
el interrogante: ¿las FARC-EP aprisionadas lograrán sofocar los efectos del conflicto e im-
pedir que nazcan nuevas complicidades de lucha armada contra el Estado? En suma, ¿las
FARC-EP “aisladas moralmente”, castigadas y reprimidas contribuirán a la construcción
de una paz duradera?
Reflexiones finales
Colombia debe avanzar en la construcción de su cuerpo social, en el respeto de los
derechos fundamentales, en el fortalecimiento de la democracia, la libertad y la voluntad
de los ciudadanos; desvirtuando el pensamiento militarista, el cual plantea que sin la exis-
tencia de la tropa no se mantendría la guerra ausente en la sociedad civil y desestimando
la disciplina como método de “coerción individual y colectiva de los cuerpos” tal como lo
sostiene Foucault.
El derecho a castigar a las FARC-EP no puede propiciar la disimetría entre los guerri-
lleros, que osaron violar la ley, y el Gobierno, que ejerce su fuerza para reclamar vindicta;
pues estaremos frente a una escena en la cual la ejecución de la pena se tornará desequili-
brada y excesiva, no para aplicar justicia pero sí para la reactivación del poder del Estado.
Sería intolerable que en Colombia ocurriera otro genocidio como otrora sucedió contra la
Unión Patriótica (UP) y los asesinatos de líderes del extinto M-19. Este, sin duda, es uno
de los grandes temores de la desmovilización de las FARC-EP.
Aunque el argumento de Foucault es contundente cuando estima que las disciplinas
son “técnicas para garantizar el ordenamiento de las multiplicidades humanas, aumentar
la docilidad y la utilidad de todos los elementos del sistema”, un error del posconflicto
será distribuir guerrilleros de acuerdo con sus aptitudes y su conducta, y por tanto, según
el uso que de ellos se pueda hacer en un proceso de reinserción. Resultaría impensable

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ensayar sobre las FARC-EP una presión constante de sometimiento al modelo de Estado,
al que por tanto tiempo atacaron, para que estén obligadas en conjunto “a la subordina-
ción, a la docilidad y a la exacta práctica de los deberes y de todas las partes de la disci-
plina”. Es insensato que todos nos asemejemos.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Ambos, Kai. (2011). Selección y priorización como estrategia de persecución en los casos de
crímenes internacionales, [en línea], disponible en: http://www.corteidh.or.cr/tablas/
r25829.pdf, recuperado: 15 de febrero de 2015.
Foucault Michel. (2009). Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión. México: Siglo XXI.
Julius N.H. (1831). Leçons sur les prisons. (trad.). Paris, s. e.
Servan J. (1767). Discours sur l’administration de la justice criminelle. [En línea], disponible
en: http://ledroitcriminel.free.fr, recuperado: 15 de febrero de 2015.

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