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DIRECTORIO FRANCISCANO

Santuarios Franciscanos

EL MONTE ALVERNA Y LUGARES CERCANOS


Por los caminos de Francisco de Asís
por Fernando Uribe, o.f.m.

. .

Historia

Se puede decir que la historia del monte Alverna se inicia propiamente en el siglo XIII. A comienzos de ese
siglo el monte pertenecía al conde Orlando de Chiusi, del Casentino, quien lo había heredado de sus
antepasados. Orlando era el terrateniente de la región y pasó a la historia más por su amistad con san
Francisco que por sus dotes militares o políticas.

La amistad entre estos dos personajes tuvo su origen con ocasión de una fiesta que se celebró en el castillo
de san León de Montefeltro (Romaña) en honor de un nuevo caballero. La predicación y el ejemplo de
Francisco llamaron tan fuertemente la atención del conde, que después de una conversación, éste le ofreció
como obsequio el monte Alverna. Esta fiesta se llevó a cabo en 1213 (el 8 de mayo), fecha que marca el
comienzo de la historia del monte. Pocos días después, dos hermanos, enviados por Francisco, hicieron el
reconocimiento del lugar.

La primera subida de Francisco al Alverna se suele ubicar en el año 1214, después de la cual se afirma que
hizo otras cinco: 1215, 1216, 1217, 1221 y 1224. Esta última fue probablemente la estadía más larga y
ciertamente la más memorable, pues fue entonces cuando recibió los estigmas (14 de septiembre).

Cuando los hermanos subieron por primera vez, no había en el monte ninguna construcción. Los ladrones y
bandidos que algunas veces pasaban por la región, probablemente se refugiaban en las cavernas. Con la
ayuda del conde Orlando, los hermanos construyeron algunas cabañas para protegerse del difícil clima. Por
esta misma época (año 1218) se construyó una capillita en honor de nuestra Señora de los Ángeles, con las
mismas dimensiones que la de la Porciúncula.

Inicialmente la presencia de los hermanos en este monte era temporal y se presume que se reducía a los
meses de temperatura más benigna. San Antonio de Padua fue uno de los que estuvieron aquí,
probablemente entre junio y octubre de 1230. Sólo alrededor del año 1250 se comienzan a tener datos de
una presencia permanente, cuando ya había construcciones más sólidas.

Entre septiembre y octubre de 1259, san Buenaventura, siendo ya ministro general, habitó en este monte y
fue entonces cuando escribió el famoso «Itinerarium mentis in Deum» (Itinerario de la mente hacia Dios) y
el tratado de las tres vías o «Itinerario de la mente en sí misma».

En el año 1260 (¿23 de agosto?) se llevó a cabo la consagración de la iglesita de santa María de los Angeles
con la presencia de san Buenaventura y de siete obispos de la región. Dos o tres años después murió el
conde Orlando, cuyo cuerpo fue enterrado posteriormente en esta iglesia.

La capilla de los estigmas fue iniciada el 20 de agosto de 1263 sobre el lugar en que, según la tradición, se
hallaba Francisco cuando recibió las llagas del Crucificado. Cuatro años después se construyeron cinco
celditas para los hermanos encargados de cuidar esta capilla. El 9 de julio de 1274 los hijos del conde
Orlando firmaron el documento que confirma la donación del monte Alverna hecha por su padre.

Fue en el monte Alverna donde Ubertino de Casale escribió su famosa obra «Arbor vitae crucifixae Jesu»
durante su estadía entre el 19 de marzo y el 29 de septiembre de 1305.

El 5 de septiembre de 1310 se efectuó la consagración de la capilla de los Estigmas y en ese mismo siglo
XIV se inició la construcción de la iglesia grande (año 1348), la cual sólo fue terminada en 1509 y
consagrada solemnemente el 22 de abril de 1568. La torre fue construida con piedras tomadas del
abandonado castillo del Conde Orlando. A lo largo del siglo XVI y a comienzos del XVII se hicieron
importantes trabajos complementarios, como el pórtico de entrada, el coro, el nuevo altar, varias capillas
laterales, así como la ampliación de la capilla de los Estigmas, la construcción del gran corredor y otras
capillas.

En la construcción del Convento se suelen distinguir tres períodos, aunque hay que reconocer que cada siglo
ha dejado su impronta en la edificación. El primer período (1250-1300) marca la aparición de las primeras
habitaciones sólidas y estables a un lado de la capilla de santa María de los Angeles. El segundo período
(1300-1430) corresponde a la construcción de un edificio cuadrado y bien proporcionado, de líneas simples.
Durante el tercer período (1430-1625) se amplía la construcción anterior y se hacen los claustros y todas las
dependencias más importantes: refectorio, biblioteca, enfermería y hospedería. Durante este período un
incendio destruyó gran parte del convento (año 1468).

Descripción

El Alverna es un promontorio aislado que forma parte de una de las derivaciones montañosas de los
Apeninos. En su máxima altura alcanza los 1283 metros, pero el santuario está a 1128 m. sobre el nivel del
mar. Uno de sus extremos muestra las rocas al descubierto, recortadas perpendicularmente sobre el pequeño
valle. Algunas de estas rocas presentan profundas hendiduras, resultado probablemente de un violento
terremoto ocurrido hace muchos siglos.

El santuario-convento está constituido por un conjunto de edificaciones de forma irregular, que ha ido
creciendo en el curso de los siglos en torno a dos o tres sitios de particular importancia. Como dato curioso,
se dice que los techos alcanzan una superficie superior a los 5000 m2. Trataremos de ofrecer una
descripción rápida de los lugares más importantes, sin observar un orden muy estricto.

Partimos de la plaza que se encuentra frente a la basílica y que es


denominada el Cuadrante a causa del reloj solar que está sobre uno de los
muros de la basílica. Ubicándonos junto a la gran cruz de madera,
maravillosa por su sobriedad, obtendremos una vista panorámica del valle y
sus alrededores. Sobresale el caserío de Chiusi della Verna y, muy cerca de
él, las ruinas del castillo del conde Orlando. La plazuela del Cuadrante, con
su forma irregular, da acceso a los principales sitios del santuario: la
basílica, el corredor de los estigmas, la capilla de santa María de los
Angeles, el claustro del convento y la hospedería. Su disposición actual fue
hecha en el año 1953. El pozo que se encuentra a la izquierda de la entrada del antiguo camino de herradura,
fue construido en el año 1516.

Muy cerca del pozo se halla la capilla de santa María de los Angeles, adornada en su exterior con un
sencillo campanario en forma de espadaña y precedida por un pequeño pórtico irregular que da acceso
también al convento y a algunas dependencias de la hospedería. Esta capilla es sin duda la edificación más
antigua del santuario. Su interior está dividido en dos partes: la que se encuentra al entrar corresponde a la
ampliación realizada durante la década de 1250; la segunda, que va después del cancel hasta el arco que da
sobre el altar, corresponde en sus muros perimetrales a la que se construyó entre 1216 y 1218 por deseo de
san Francisco. La bóveda protegida por varios arcos, no corresponde a la primitiva. En el altar mayor hay
una gran cerámica de Andrea de la Robbia que representa la Asunción de la Virgen rodeada de ángeles y, a
sus pies, san Buenaventura, san Francisco, santo Tomás que recibe el cíngulo y san Gregorio; en la luneta
superior, la figura del Padre eterno entre dos ángeles. En el cancel que separa el coro del resto de la iglesita
hay otras dos cerámicas atribuidas a Juan de la Robbia: la escena de la Navidad rodeada de ángeles, san
Francisco y san Antonio, y la Sepultura de Cristo. Nótese que en éstas, como en las demás tablas robbianas,
predomina la concepción cristológica franciscana. Una lápida en el piso frente al altar indica el lugar donde
reposan los restos del conde Orlando: «Apud sacellum beati
Orlandi sive Rolandi Cathani comitis de Clusio qui sacrum
Alvernae montem seraphico Patri sancto Francisco donavit et
singulari pietate claruit pie genu flecte» (En la capilla del
beato Orlando o Rolando Catani, conde de Chiusi, quien donó
el sagrado monte al seráfico Padre san Francisco y brilló por
una especial piedad, dobla devotamente la rodilla).

La Basílica tiene como único adorno exterior un pórtico sobrio y elegante, que hubo de ser reconstruido
después de la segunda guerra mundial. La torre, quizás un poco baja, es cuadrada y maciza. Su único adorno
son los arcos que dan salida al sonido de las campanas. Su interior fue ideado en forma de cruz latina, pero
diversas dificultades, especialmente económicas, impidieron realizar el proyecto inicial y obligaron a hacer
ciertas simplificaciones. Consta de una sola nave y de varias capillas laterales construidas posteriormente,
las cuales le hacen perder el sentido de unidad. El altar central, labrado en mármol, consta de un gran
expositor rodeado por las estatuas de san Francisco y san Antonio. Fue hecho en 1772 para reemplazar a un
retablo dorado del siglo XV y la gran cerámica de la Ascensión que ahora se halla en el primer altar lateral
de la izquierda. A los lados del arco triunfal se encuentran dos altorrelieves en terracota: san Francisco
(izquierda) y san Antonio Abad (derecha). Hacia el centro de la iglesia hay dos templetes con dos preciosas
obras de Andrés de la Robbia: a la izquierda su obra maestra, la Anunciación, y a la derecha la Navidad.
Obsérvese en el primer cruce de los arcos de la bóveda el escudo de la confraternidad del «Arte de la lana»,
con cuya ayuda se pudieron terminar los trabajos de la construcción. En la primera capilla de la derecha,
entrando, son veneradas varias reliquias: de la santa Cruz, de san Francisco (un paño impregnado con la
sangre de sus llagas, un pedazo de cordón, una disciplina, un bastón, y otras) y del beato Juan del Alverna
(sus huesos recubiertos con una máscara de cera). La Basílica está dotada de un grandioso órgano tubular
con cuatro teclados, 90 registros y más de 5000 tubos.

El Coro, detrás del altar mayor, fue construido en 1495. Consta de 57 sillas talladas en madera de nogal.
Hay varias figuras hechas con incrustaciones de madera que representan: la estigmatización de san
Francisco, la Asunción de la Virgen, san Lorenzo y el beato Juan del Alverna; estos tres últimos trabajos
fueron hechos entre 1899 y 1902. En la cornisa de la mesa central hay una inscripción que dice: «Non
clamor, sed amor cantat aure Dei; tunc vox est apta chori si cor consonat ori» (No el clamor, sino el amor
canta al oído de Dios; por tanto la voz es apta para el coro si el corazón concuerda con las palabras).

La capilla de la Magdalena. Se llega a ella pasando por la puerta de hierro que está al frente de la basílica.
Es conocida también como «la primera celda de san Francisco» y se halla debajo de la capilla de san Pedro
de Alcántara. Fue construida entre finales del siglo XIV y comienzos del XV por orden de la condesa
Catalina de Tarlati sobre el lugar de la primitiva celdita de madera que ocupaba casi siempre san Francisco
cuando venía al Alverna. La piedra incrustada en el altar es la misma que sirvió de mesa al santo y sobre la
cual, según la tradición, se le apareció Jesucristo.

Al salir de esta capilla, se desciende por las escalas hasta llegar al Sasso Spicco. Se trata de una profunda
fosa abierta en la roca, la cual forma en la parte inferior un recinto cubierto parcialmente por un gigantesco
bloque de piedra (sasso) que presenta tres de sus lados desprendidos de la montaña. La cruz de madera
recostada a la roca recuerda que este fue uno de los lugares de retiro y oración frecuentado por Francisco y
por varios hermanos de la primitiva Fraternidad. Afortunadamente las adaptaciones que se han hecho para
llegar a él, no han logrado destruir el ambiente salvaje y primitivo que lo caracterizan y que nos da una idea
sobre dónde y cómo oraba Francisco
durante ciertos períodos de su vida.
(Nota: El 12 de enero de 1867 se
produjo el desprendimiento de una gran
piedra y su incrustación en la grieta,
produciendo un estruendo especial. En
ese momento estaban en el Alverna los
delegados del Parlamento italiano,
encargados de ejecutar la ley de
desapropiación de los bienes de las
órdenes religiosas; dicen que se alejaron
rápidamente del lugar).

El corredor de los estigmas fue


edificado entre 1578 y 1582 para unir la
basílica con la Capilla de los estigmas.
Tiene 78 m. de largo por 4 m. de ancho.
En tiempo de san Francisco sólo había
un tronco de árbol que hacía de puente sobre la gran hendidura de la roca. Durante tres siglos el corredor fue
convertido en un oscuro callejón, debido a los muros construidos entre las columnas, en los cuales
únicamente algunas ventanas permitían un poco de luz. En 1926 se sustituyeron los muros por las vidrieras
y se recuperó con ello la luminosidad primitiva. Los actuales frescos del muro opuesto fueron pintados entre
1929 y 1962 por Baccio María Bacci. Representan escenas de la vida de san Francisco. De la antigua serie
pintada en 1670 por fray Manuel de Como y destruida por la humedad, solamente quedan dos cuadros.

A lo largo del corredor hay tres capillas: la primera (entrando) es la capilla de la Pietá, construida entre
1511 y 1515. Tiene un expresivo Descendimiento de la Cruz atribuido a Juan de la Robbia, fuertemente
deteriorado durante la segunda guerra mundial.

La capilla Loddi, construida en 1581 por Loddo de Leonardo Loddi, fue reconstruida en 1950; sobre el
altar hay un interesante crucifijo en madera, del siglo XIV.

La capilla de san Sebastián, a la izquierda al final del corredor, fue construida a fines del siglo XV.

Desde el año 1431, los hermanos que habitan en el convento hacen una procesión entre la basílica y la
capilla de los estigmas. Las horas y las ceremonias han variado en el curso de los siglos, pero la práctica de
la procesión se ha conservado. Una hermosa leyenda cuenta que en cierta ocasión los hermanos no pudieron
hacer la procesión a causa de una fuerte tempestad de nieve y que, a la mañana siguiente, encontraron en el
mismo trayecto, sobre la nieve, las huellas de los animales del bosque, que los reemplazaron en la
procesión. Este fue, dicen, uno de los motivos que llevaron a la construcción del corredor. Actualmente la
procesión se hace todos los días a las tres de la tarde, después del rezo de la hora intermedia (nona).

El lecho de san Francisco. Se llega a él pasando por la puerta que está en la mitad del corredor de los
estigmas. Allí se puede observar la prolongación de la profunda hendidura de la roca, la cual forma en este
sitio una gruta húmeda y fría. La reja de hierro colocada sobre un poyo que forma la roca, recuerda el sitio
donde, según la tradición, venía Francisco algunas veces a descansar. También aquí se puede observar el
estado primitivo de este lugar de oración.

La capilla de la cruz es la que sigue después de la capilla de san Sebastián, al final del corredor de los
estigmas. Fue edificada sobre el lugar en donde, según la tradición, estaba la cabañita que habitó Francisco
cuando hizo la cuaresma de san Miguel, por lo cual se la conoce también como «la segunda celda de san
Francisco». En dicha cabaña tuvieron lugar los diversos acontecimientos narrados por las fuentes durante la
cuaresma, en especial la compañía del halcón. Es muy probable que allí mismo haya compuesto las
Alabanzas del Dios Altísimo y la Bendición para fray León. La capilla de la cruz fue edificada a fines del
siglo XIII, simultáneamente con la capilla de los estigmas, pero sufrió varias transformaciones en el curso
de los siglos. Allí se puede observar una expresiva imagen de san Francisco con un libro abierto y un halcón
a su lado, obra de Juan Collina Graziani (1887).

Sobre la puerta que da acceso a la capilla de los estigmas hay un bajorrelieve en mármol que representa la
impresión de las llagas. Fue hecho a fines del siglo XIII y desde 1529 hasta 1924 ocupó el sitio central de la
capilla de los estigmas, donde, según la tradición, se produjo el fenómeno de la estigmatización. Una
cuidadosa observación permite ver las huellas producidas por las monedas que dejaban caer encima los
devotos.

La capilla de los estigmas, inicialmente separada, hoy está unida a la capilla de la cruz por una reja de
hierro y unas escalas, desgastadas por el uso. La capilla que fue construida a finales del siglo XIII era más
pequeña que la actual. A mediados del siglo XV fue colocado el retablo de la Crucifixión de Andrés de la
Robbia, obra de gran valor artístico que acapara toda la atención de la capilla. La figura central, el
Crucificado, aparece rodeado de ángeles que lloran y de algunos símbolos: el sol, la luna y el pelícano; en la
parte inferior están las figuras de san Francisco, la Virgen, san Juan evangelista y san Jerónimo. Todo el
conjunto está enmarcado por dos guardas: una de angelitos y otra policroma de ramos de frutas. A lo largo
del siglo XV la capilla fue ampliada y adquirió la forma actual, un tanto fría. En el año 1531 fue colocada la
elegante sillería del coro, la cual obligó a reducir la dimensión de las ventanas. Estas sillas adquirieron
mucha más vistosidad con las figuras incrustadas en los espaldares por fray Leonardo Galiberti a fines del
siglo XIX y comienzos del XX. El sitio donde se hallaba Francisco al momento de recibir los estigmas se
encuentra hoy indicado por una placa de mármol en forma de exágono irregular hecha a finales del siglo
XIII, sobre la cual se halla escrita la antífona «Caelorum candor» en caracteres góticos. Cuatro pequeñas
columnas y un cordón rojo la protegen.

La capilla de san Buenaventura está a un lado de la de los estigmas, sobre el precipicio, entrando por la
capilla de la cruz. Cuando el Doctor Seráfico vino al Alverna, en este lugar no había ninguna construcción.
Esta se hizo más tarde como un apéndice de la capilla de los estigmas, para observar la roca viva y abrupta.
Desafortunadamente a comienzos del siglo XVI se le ocurrió al guardián rebanar la roca y organizar el lugar
más o menos como hoy se ve. Sólo a mediados del siglo XVI comenzó a llamarse «capilla de san
Buenaventura». Es un lugar pequeño y recogido, que invita fácilmente a la oración.

La capilla de san Antonio de Padua se halla a un lado de la capilla de la cruz, también en la parte que da al
precipicio. Fue construida a fines del siglo XIII sobre el lugar donde estaba la cabaña que habitó san
Antonio en 1230. El altar actual fue hecho en 1780.

El precipicio es la parte de la roca que cae perpendicularmente a cerca de 70 metros de altura. Un estrecho
pasadizo permite la visita de este lugar que, por lo demás, ofrece una vista espléndida sobre el valle. Aquí se
recuerda la amenaza que le hizo el demonio a Francisco de lanzarlo al abismo, en uno de los relatos del
mismo tipo narrados por algunas leyendas.

La gruta de fray León se encuentra en la parte superior de la roca, sobre la capilla de los estigmas. Se llega
a ella saliendo por la puerta pequeña que da al altar de los estigmas y subiendo por un estrecho sendero.
Desde esa altura, el celoso secretario de Francisco pudo haber espiado muchos de sus movimientos.

Eremitorio de los estigmas. Originalmente consistió en cinco celdas para cinco hermanos encargados de
custodiar la capilla de los estigmas y de velar por el culto allí. Las celdas fueron construidas en 1267 donde
hoy se encuentra un jardincito al lado del corredor de los estigmas. Este eremitorio duró hasta el año 1431.
Dos siglos después se restableció dicho eremitorio con una construcción hecha detrás de la capilla Loddi,
que es sustancialmente la misma que hoy existe, a la cual se le han hecho algunas modificaciones.

Del gran Convento solamente llamamos la atención sobre algunos lugares u objetos importantes. El
claustro grande o de la cisterna: se llega a él más fácilmente por la puerta contigua a la capilla de santa
María de los Ángeles. Obsérvense sobre esta puerta los escudos de Eugenio IV, del pueblo de Florencia, del
Municipio de Florencia y de los Cónsules del arte de la lana, protectores del Alverna durante muchos años.
El claustro es un cuadrado circundado por un corredor cerrado, con grandes ventanales en arco que le dan
luz. En el centro del patio hay un pozo para recoger las aguas de la lluvia, hecho en 1522. Mirado en su
conjunto, este claustro da la idea de una gran austeridad.

El refectorio es un gran rectángulo de 38 por 8 m., construido en 1515 y ampliado en 1718. En la pared del
fondo hay un cuadro de la última Cena pintado en 1873 por Fernando Folchi. En uno de sus muros hay una
hermosa terracota de Lucas de la Robbia llamada La Virgen de la consolación.

El Museo contiene algunos cuadros, ornamentos y vasos sagrados y otros objetos de valor histórico.

En el claustro de santa Clara, al centro, hay una dramática estigmatización de san Francisco en bronce,
obra de Fabrizio Giannini. La sala de santa Clara que se encuentra a su lado, tiene un retablo tallado en
madera por Hildegarda Hendrichs en 1955; representa la oda de la alegría franciscana. Los medallones del
dormitorio fueron pintados entre 1501 y 1509 por Gerino Gerini, discípulo de Perugino. Son retratos de
diversos hermanos que vivieron o pasaron por el Alverna y se destacaron por su vida o sus obras.
En el bosque hay varios sitios de interés, entre los cuales vale la pena tener en cuenta: la capilla del haya,
rodeada de un pequeño muro. Fue construida en 1518 donde había antes un haya, en cuyo tronco el beato
Juan incrustó una cruz, frente a la cual solía orar. La capilla del beato Juan, construida a fines del siglo XV
en el sitio donde se hallaba la cabaña que sirvió de habitación a este penitente durante casi 30 años. La roca
del hermano Lupo, enorme pedazo de roca despegado de la montaña, ligado a algunas leyendas
relacionadas con un feroz bandido llamado Lupo, o sea Lobo, quien entró a la Orden y se llamó «Cordero».
La capilla de la Penna en el punto más alto del monte, construida en 1580 y recientemente reparada.

A la entrada del convento, por la carretera, se observa una escultura en bronce que representa a san
Francisco y un muchacho con unas tórtolas. Es una obra de Vincenzo Rosignoli hecha en 1902. Inicialmente
estuvo en la plaza del Cuadrante, en 1935 fue colocada a un lado del camino de herradura, cerca de la
capilla de las aves, y a partir de 1985 ocupa este lugar.

La capilla de las aves fue construida en 1602 en el sitio donde había antes una enorme encina. Según la
tradición, cuando Francisco subió por primera vez al Alverna, se recostó sobre esta encina y muchos pájaros
vinieron a recibirlo. En el interior se observa una modesta escultura (de 1887) que recuerda el hecho.

El castillo del conde Orlando. Un complemento importante del monte Alverna es la visita de las ruinas del
castillo llamado familiarmente del conde Orlando, pero que en realidad es el castillo de los condes Catani de
Chiusi en el Casentino. Seguramente allí estuvo san Francisco varias veces como huésped de su amigo el
conde Orlando. Sus orígenes se remontan a la república romana, cuando fue construida aquí una fortaleza
para impedir que Aníbal pasara de Romaña a Toscana. El nombre de Chiusi parece que se deriva de
«Clusium» (chiuso = cerrado), en cuanto cierra el paso que comunica el valle del Tíber con Romaña.
Durante el medioevo el castillo tuvo también una función defensiva y de vigilancia contra los bandidos que
asaltaban a los comerciantes y peregrinos que transitaban por la región. El interés del conde Orlando en
traer a un grupo de hermanos al Alverna se explica en parte por el deseo de evitar que el monte continuara
siendo el refugio de los malhechores.

En el año 967 se hizo un convenio firmado por el emperador Otón I, en el que se hace mención de este
castillo, reconociendo su propiedad y los derechos de «clientela» a Gualfredo d'Ildebrando. Esto permite
suponer que su construcción es un poco anterior al siglo X.

A lo largo de los siglos tuvo distintos dueños. La familia de los condes Catani figura como su propietaria
por cerca de cuatro siglos, hasta el año 1324, cuando pasó a manos de la familia Tarlati de Arezzo, la cual lo
tuvo hasta 1360. A partir de esta fecha volvió a los Catani, pero sólo por 24 años, pues a partir de 1384
formó parte de la república florentina, la cual lo dio en encomienda a varios beneficiados, quienes se
preocuparon poco de su conservación. A comienzos del siglo XV este castillo ya había perdido importancia
estratégica y dejó de ser centro de poder. En el año 1428 fue decretada la unión administrativa de Chiusi a
Caprese, la cual significó su decreto de muerte: fue abandonado el castillo y poco a poco demolido. Muchas
de sus piedras sirvieron para construcciones vecinas, entre las cuales las del monte Alverna.

Hoy no quedan más que algunos muros, propiedad de Enrico Montini. La Superintendencia de Bellas Artes
de Arezzo se ha preocupado de su conservación.

Acontecimientos

- Francisco, hombre de oración, buscaba los lugares solitarios, las rocas y las peñas escarpadas, para
dedicarse a la oración: 1 Cel 71.91a; LM 10,3.

- Francisco se hace acompañar de unos pocos hermanos para subir al Alverna y celebrar allí la cuaresma de
san Miguel: 1 Cel 91b.

- Escena del campesino que calma su sed por intercesión de Francisco, cuando subían al monte Alverna: 2
Cel 46; LM 7,12.

- Se indica el tiempo y el lugar del acontecimiento: LM 13,1; Lm 6,1a; LP 118ab.

- Amistad de Francisco con el halcón y otras aves: 2 Cel 168; LM 8,10b-d; LP 118d.

- Escena de la piel sustraída al fuego: LP 87; EP 117.

- Francisco sufre las tentaciones del demonio: LP 118e; EP 99d.

- Después de permanecer allí algún tiempo, quiere saber cuál es la voluntad de Dios. Consulta el libro de los
evangelios: 1 Cel 91c-93; LM 13,2; LP 118c.

- Aparición del Serafín alado. Impresión de las llagas. Descripción: 1 Cel 94-95a; LM 13,3; Lm 6,1-3; TC
69; AP 46b.

- Francisco escribe para fray León la Bendición y las Alabanzas del Dios altísimo: 2 Cel 49; LM 11,9cd; Lm
4,6.

- Descenso del monte Alverna: LM 13,5; Lm 6,4.


- Además de estos textos, se debe tomar como texto guía las Consideraciones sobre las llagas,
especialmente las tres primeras. Téngase en cuenta, sin embargo, que este documento es anacrónico: reúne
todos los datos conocidos sobre el monte Alverna en una sola estadía, o sea la de la estigmatización (año
1224).

Actualización

Los acontecimientos del monte Alverna son muy ricos en sugerencias para nuestra reflexión y actualización.
Aquí solamente proponemos algunas, a manera de punto de partida.

Francisco y sus compañeros se hacen presentes en la fiesta del castillo de San León de Montefeltro. Es una
fiesta profana, pero esto no impide que Francisco esté allí, que participe de los acontecimientos ordinarios
de la vida del pueblo. Él no concibe la vida religiosa como una separación timorata del mundo, sino como
una presencia viva y evangelizadora en medio del mundo. Por ello, cuando participa de la fiesta, él no deja
de ser el hermano Francisco. Quizás esto nos puede servir para reubicar nuestro sentido de la vida
franciscana, para revalorar las realidades de la vida ordinaria de la gente y para fortalecer nuestro sentido de
coherencia, independientemente del lugar en que nos encontremos.

La selección que hacía Francisco de ciertos lugares tan abruptos y rudos como los presentaba, y aún
presenta, el monte Alverna para hacer su oración nos puede dejar un poco desconcertados, especialmente
cuando verificamos nuestra incapacidad para hacer cosas semejantes. Pensamos que son actitudes para
admirar pero no para imitar. No obstante, de alguna manera nos interpelan, en cuanto nos indican que hay
una serie de aspectos y características de la oración quizá desconocidos por nosotros, pero que de alguna
manera, así sea en forma reducida o adaptada, deben ser cultivados por nosotros como un valor.

Aparte de las consideraciones de tipo psicológico o de cualquier otro tipo que se puedan hacer acerca de los
estigmas de san Francisco, vale la pena tener en cuenta aquí, sobre todo, su dimensión teológica. Los
estigmas no fueron en Francisco un fenómeno improvisado ni aislado del resto de su vida. Haciendo eco a la
consideración de Tomás de Celano (cf. 2 Cel 11), se podría decir que las llagas del Crucificado comenzaron
a gestarse en el cuerpo de Francisco desde su encuentro con el Crucifijo de san Damián; más aún, desde
cuando comenzó a descubrir a Jesucristo en los pobres y en los leprosos. Jesucristo no fue para Francisco
una teoría. Fue una persona concreta que cada día tomaba posesión de él. «Su vivir era Cristo». Jesús estaba
en sus labios, en su mente, en su corazón... (cf. LM 9,2). Lo que ocurrió en el monte Alverna no fue otra
cosa que la floración, en cinco flores rojas, de una larga y amorosa gestación. Entre Francisco y nosotros
hay, sin duda, una gran diferencia. Nuestra capacidad de respuesta quizá nunca llegará a ser semejante a la
suya. Sin embargo, la llamada que hemos recibido es la misma. La urgencia de Jesús crucificado, del siervo
que padece, es un imperativo para nosotros. De alguna forma debemos ofrecer hoy una respuesta. ¿Cómo la
estamos dando?

***

CITTÀ DI CASTELLO

Città di Castello es el más importante centro urbano del valle alto del Tíber. En tiempos de san Francisco era
un paso obligado para quien quería hacer el camino más corto entre Asís y el monte Alverna. Es de suponer,
por tanto, que el santo pasó muchas veces por aquí.

Las fuentes biográficas no han conservado más que la narración de dos hechos prodigiosos, obrados por
intercesión de Francisco, los cuales se pueden ubicar hacia el mes de octubre de 1224, cuando regresaba del
monte Alverna ya estigmatizado. En ese entonces estuvo hospedado «durante un mes» (?) en la casa de la
familia Salamacchi, situada al frente de donde hoy se encuentra el Monte de Piedad.
- Francisco expulsa el demonio de una mujer fuertemente atormentada: 1 Cel 70; LM 12,10f; Llagas 4.

- Curación de un niño enfermo a causa de una llaga maligna: Llagas 4.

BORGO SAN SEPOLCRO

Borgo San Sepolcro es una pequeña ciudad que pertenece hoy a la provincia de Arezzo. Hay quienes
afirman que la presencia franciscana aquí se remonta al año 1213. Los documentos más antiguos sobre esta
presencia son del año 1258 y están relacionados con la iglesia de San Francisco.

Sólo una vez aparece mencionado explícitamente Borgo San Sepolcro en las fuentes biográficas en relación
con san Francisco. Se refiere a su regreso del monte Alverna a fines de septiembre o comienzos de octubre
de 1224, después de haber recibido los estigmas. Muchas personas salen a su paso, pues quieren ver, tocar y
conservar alguna reliquia del estigmatizado. Francisco, absorto en una profunda oración, no se da cuenta de
su paso por el poblado: 2 Cel 98; LM 10,2; Llagas 4.

Después de muerto Francisco, se menciona como milagroso el castigo de un hombre blasfemo, caballero de
Borgo: LM milagros 9,3.

MONTECASALE

Historia

Donde hoy se levanta el eremitorio de Montecasale existió antiguamente una fortaleza militar que vigilaba
un castillo cercano. Por esta región pasaba el camino de la sal que atravesaba los montes Apeninos (de aquí
derivan algunos el nombre: monte de la casa de la sal = Monte-ca-sale), llamado también el «camino de los
romeros», del cual se pueden observar todavía algunos restos.

Tanto el castillo como la fortaleza fueron abandonados a mediados del siglo XII. A finales del mismo siglo
los Camaldulenses de Borgo San Sepolcro construyeron en los restos de la fortaleza un pequeño eremitorio
y una hospedería para los peregrinos, la cual se transformó muy pronto en hospital para enfermos pobres.

Se dice que la presencia franciscana en este lugar se remonta al año 1213, cuando le fue ofrecido a
Francisco y a sus hermanos; al menos en esta fecha se suele ubicar la carta del permiso para habitar allí que
les dio el obispo Juan de Città di Castello.

Además de los acontecimientos ligados a la vida de san Francisco, que veremos más adelante, en este
eremitorio se recuerdan también las estadías de san Antonio de Padua (probablemente a finales de 1230) y
de san Buenaventura (alrededor de 1260).

Los hermanos menores habitaron en Montecasale hasta el año 1268, cuando se trasladaron al convento que
había sido construido para ellos en San Sepolcro. El eremitorio siguió siendo habitado por un grupo de
penitentes de la Tercera Orden, los cuales permanecieron allí durante un poco más de dos siglos y medio. A
partir de 1531 este lugar ha sido habitado permanentemente y custodiado celosamente por los hermanos
menores capuchinos, salvo durante dos interrupciones en el siglo XIX (1810-1830 y 1872-1894).

Durante todo este tiempo, al núcleo inicial (los restos de la fortaleza) y a las pocas habitaciones existentes
alrededor de la capilla, se han ido agregando las modestas construcciones que constituyen el conjunto
arquitectónico que hoy vemos.

Descripción

El eremitorio de Montecasale está ubicado en un lugar solitario, rodeado de bosques, a una altura de 700 m.
A pesar de las addendas que se le han hecho a lo largo de los siglos, conserva el encanto de la simplicidad
primitiva.

A la izquierda de la puerta de entrada hay una inscripción que dice: «Qui abitarono tre santi: Francesco,
Antonio, Bonaventura. Qui tre empi ladroni vissero come santi. Qui parecchi venerabili morirono nel
Signore. Pertanto: beati coloro che abitano in questa tua casa, Signore» (Aquí habitaron tres santos:
Francisco, Antonio, Buenaventura. Aquí tres impíos ladrones vivieron como santos. Aquí muchos
venerables murieron en el Señor. Por tanto: bienaventurados los que habitan en esta tu casa, Señor).

La iglesita constituye el núcleo del eremitorio y la edificación más primitiva, al menos en algunos de sus
muros, pues con motivo del derrumbamiento que sufrió en 1500, fue ampliada y modificada parcialmente.
El retablo del altar, hecho con madera de nogal, encierra en un nicho una antigua imagen de la Virgen con el
Niño tallada en madera y policromada, la cual se remonta a fines del siglo XIII o comienzos del XIV.

El coro es una reducida habitación ubicada detrás del altar. Allí se encuentra una interesante serie de
cerámicas (año 1667) que representan escenas de la vida de san Francisco especialmente relacionadas con
Montecasale. En la pared opuesta a la ventana hay un cuadro que muestra a san Francisco bebiendo del
costado de Jesucristo; se trata de una original forma de expresar uno de los puntos claves de su
espiritualidad. Fue hecho probablemente en el siglo XVII, aunque algunos lo atribuyen a D. Pecori ( 1527).
Del coro se pasa, por una puertecita, al primitivo dormitorio en donde se pueden ver las celditas que
habitaron antiguamente los hermanos. La primera de la derecha recuerda la permanencia de san
Buenaventura en este lugar; la siguiente está ligada a la memoria de san Antonio.

El oratorio de san Francisco fue construido (¿siglo XV?) en el lugar donde se refugiaba el santo para orar
y descansar: los salientes de la roca que en aquel entonces estaban a la intemperie. Cerca de este oratorio se
puede observar, en el nicho de la derecha, una Pietà tallada en madera, del siglo XIV. La imagen estilizada
de san Francisco fue tallada en un tronco de tilo por el capuchino Flaviano Laghi en 1964.

El claustro es de una agradable simplicidad primitiva, con sus techos bajos cubiertos con lajas de piedra y
un modesto pozo en el centro. Desde uno de sus ángulos se observa el campanario en forma de espadaña.

En las cercanías del conventito se encuentra la llamada fuente Grappa l'Orso, a la cual se llega por un
camino sombreado de árboles. La fuente es de una especial frescura y está ligada a varias leyendas.
Tomando por otro camino que desciende la pendiente se llega al Sasso Spicco, una gigantesca laja de piedra
recortada en hemiciclo y asomada a un precipicio de cerca de sesenta metros; la laja tiene la forma de un
enorme alero sobre el cual se desliza un torrente de agua (el Spisciolo) que cae en una hermosa cascada.

Acontecimientos

- Francisco manda traer a Montecasale unas reliquias para darles el culto debido: 2 Cel 202; LM 6,7.

- Francisco da una lección a los hermanos sobre la manera de tratar evangélicamente a los ladrones: LP 115;
EP 66; Flor 26.

- En Montecasale recibe Francisco a un joven de la noble familia de los Tarlati de Borgo San Sepolcro, el
beato Ángel Tarlati: Flor 26.

- Es aquí donde Bartolomé de Pisa ubica el conocido episodio de las coles que Francisco mandó plantar al
revés a unos novicios para probar su obediencia: De Conformitate, Lib. II, en Analecta, t. V, p. 141.

- A su regreso del monte Alverna, después de recibir los estigmas, Francisco permanece algunos días en el
eremitorio de Montecasale. Mediante su intervención, un hermano fuertemente enfermo recupera la salud:
Llagas 4.

Actualización

La enseñanza que dio Francisco a los hermanos sobre la forma de acoger a los ladrones está en estrecha
relación con las normas que aparecen en la Regla no bulada 7,4: «Y todo el que venga a ellos, amigo o
adversario, ladrón o bandido, sea acogido benignamente». Aquí se nos ofrece una de las notas
características de la fraternidad franciscana en su dimensión universal, abierta a todos. Se trata de una
fraternidad que no es exclusivista ni excluyente. La lección dada a los hermanos de entonces es todavía
mucho más incisiva para los hermanos de hoy, que fácilmente nos guiamos por «prudencias humanas»
frente a los bandidos de hoy, las cuales no son otra cosa que temores, inseguridades y, en definitiva,
ausencia de Evangelio en nuestra vida, sin el cual no alcanzamos ni la intrepidez ni el vigor que tenía
Francisco para tratar a los «hermanos ladrones».

Fernando Uribe, O.F.M., El Monte Alverna y lugares cercanos, en Idem, Por los caminos de Francisco de
Asís. Notas para el itinerario por los lugares franciscanos. Oñate (Guipúzcoa), Ed. Franciscana Aránzazu,
1990, pp. 177-194.