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QUINTA PALABRA TENGO SED

La quinta palabra que encontramos en San Juan es «tengo sed». Pero para
entenderla tenemos que añadir las palabras que se mencionaron antes y después
del mismo evangelista. «Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba
cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: "Tengo sed". Había allí una
vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en
vinagre y se la acercaron a la boca»

Jesús habla en esta quinta Palabra de “su sed”. Aquella sed que vive El como
Redentor en la Cruz, cuando realiza la Salvación de los hombres, pide otra bebida
distinta del agua o del vinagre, pide nuestra conversión. “La sed del cuerpo, con
ser grande -decía Santa Catalina de Siena- es limitada. La sed espiritual es infinita”.

Jesús tiene sed de que no sea inútil la redención. Sed de manifestarnos a Su


Padre. De que creamos en Su amor. De que vivamos una profunda relación con El.
Porque todo está aquí: en la relación que tenemos con Dios. Sed que el fuego que
trae, el Espíritu Santo, llene a todos.

Sed de hogares cristianos, donde los esposos se quieran de verdad, y sean


verdaderos compañeros que se ayudan a vivir la santidad en esa indisoluble unión.
Sed de jóvenes que junto a El sean ejemplo a seguir. Sed de jóvenes que no sean
del montón. Que estén dispuestos a ir contracorriente. Jóvenes que sean, como dijo
el Papa a los jóvenes europeos, “jóvenes de oración y de coraje”.

Nosotros, los cristianos, necesitamos tener sed de una vida espiritual intensa. En
este mundo de hoy sólo se puede ser cristiano, si se tiene una profunda vida
espiritual. Si se está bien alimentado interiormente, enraizado en Dios, con la
Eucaristía. Debemos aprender a amarla, pues en ella se refleja el gran amor que
Dios nos tiene.

"Cuando biológicamente hay un medio ambiente contrario, duro, difícil, con un


mínimo de vitalidad no se puede sobrevivir. Cuando vienen las epidemias, las
gripes, con una salud deficiente, con una baja alimentación, no se puede sobrevivir.
Lo mismo ocurre en el espíritu. Cuando el ambiente es difícil, como el de ahora.
Cuando el ambiente es pagano, increyente, con mínimos valores, con mínimas
acciones espirituales, no se puede sobrevivir. Hay que estar más llenos que nunca
por dentro. Hay que tener sed de gracia, de Eucaristía, de oración. Sed de tratar y
de escuchar a Dios. Hemos de valorar más que nunca estos dones."

"Cristo grita en la Cruz: ‘Tengo sed’, revelando así una insondable sed de amar y de
ser amado por todos nosotros. Esforcemos por conocerle, amarle y proclamar su
vida -el evangelio- entre las personas que nos rodean, que buscan a través de
tantas equivocadas maneras llenar sus vidas. Sólo cuando percibimos la
profundidad y la intensidad de este misterio nos damos cuenta de la necesidad y la
urgencia de que lo amemos ‘como’ Él nos ha amado.
La vida sin Dios, sin amor no vale nada. Ama, porque la vida sin amor no vale nada.
Amemos, porque al atardecer de nuestra vida se nos juzgará del amor.

Aun hoy día nuestro Salvador, en lugar de vino, recibe vinagre, en vez de mirra,
recibe hiel, pues el mundo no aprecia su sacrificio, su amor por las almas, y ni
siquiera aquellos que hemos confiado en El de todo corazón y podemos decirle
como Pedro "Señor, tú sabes todas las cosas; tú sabes que te amo". ¿No
podríamos hacer más, mucho más, para mostrarle nuestro amor, para calmar la sed
de su alma?

LA SED DEL ALMA

Si te sientes insatisfecho con tu vida y anhelas una vida plena y significativa, tienes
que parar de buscar en otro lugar que no sea Jesús.

Siempre estamos mirando alrededor, tratando de encontrar algo que haga nuestras
vidas felices y significativas. Pensamos: “Si sólo pudiera tener esa clase de ropas,
entonces sería genial. Si pudiera hacerme la cirugía estética y arreglar esa parte,
entonces mi vida sería grandiosa. Si pudiera tener ese trabajo, ahí sí estaría
satisfecho”.

La Biblia dice en Jeremías 2:13: “Pues mi pueblo ha cometido dos maldades: me ha


abandonado a mí —la fuente de agua viva— y ha cavado para sí cisternas
rotas ¡que jamás pueden retener el agua!”
No solamente hemos rechazado a Dios, y no le hemos buscado para que satisfaga
todas las necesidades en nuestras vidas; también estamos tratando de satisfacerlas
por nuestra propia cuenta. Estas cisternas que hemos cavado, llámense una
carrera, una buena apariencia, un celular de marca con el plan más novedoso, y
otro sin número de cosas materiales, no van a retener el agua.
En Juan 4:13-14 Jesús dijo: “Cualquiera que beba de esta agua pronto volverá a
tener sed, pero todos los que beban del agua que yo doy no tendrán sed jamás.
Esa agua se convierte en un manantial que brota con frescura dentro de ellos y les
da vida eterna”
El pecado es adictivo. ¡Sólo aumenta tu sed! Si no lo crees, pregúntale a alguien
que busca en las cosas vanas satisfacción — una vez no es suficiente. Si eres
adicto a los medicamentos recetados, una píldora no es suficiente, si tienes
problemas con la ira, no te vas a enojar sólo una vez. El pecado crea una sed
mayor de satisfacción.

Pero Jesús ofrece agua viva que satisface permanentemente tu sed.


Si te sientes insatisfecho con tu vida, esto se llama sed espiritual, y el único que
puede saciar esta sed es aquel que dijo, “Tengo sed”. Jesús tuvo sed en la cruz
para que tú no la tengas. Él pagó lo que tú tenías que pagar. Él llegó a estar
sediento para que tú nunca tuvieras sed otra vez.

Todos podemos ayudar a calmar la sed de Jesús, aunque de maneras diferentes.


Con el ejemplo, con el testimonio, con la ofrenda de los propios dolores, con el
sacrificio como el de las propias enfermedades, con las obras de caridad, con el
perdón, con la oración continua por la conversión de los pecadores, con la limosna.
Oramos poco o, por lo menos, bastante menos de lo que podemos, por la Iglesia,
por la conversión de los pecadores, por la abundancia y calidad de las vocaciones,
y luego nos lamentamos y a lo mejor criticamos a la Iglesia, en cuyo servicio
podríamos hacer más de lo que hacemos.

Nos resistimos a beber de esa fuente de aguas vivas que es el Corazón de Jesús,
del Señor de la Misericordia. Somos fríos y perezosos. Le damos el vinagre de
nuestra pasividad ante su palabra encendida, de nuestra insensibilidad ante sus
sufrimientos que no acaban de cambiarnos la vida, de nuestra fe dormida que no
reacciona ante tanto sufrimiento de Cristo por nuestros pecados para liberarnos del
infierno. El agua fresca que calma la sed de Cristo, son el arrepentimiento de
nuestros pecados, el cambio de nuestro pensar y nuestros valores, de nuestros
deseos y aspiraciones, de las causas de nuestras tristezas y alegrías.

Saciemos la sed de Cristo acercándonos a su Corazón traspasado y bebiendo del


agua viva y de la sangre que nos ofrece. No temamos en “llevar en nuestro cuerpo
las señales de pasión de Cristo

Somos débiles y nos resulta duro estar como María al pie de la cruz. Si nos
acercamos a ella, nos dará su mano para aumentar nuestra fe, mantenernos firmes
en el sufrimiento, tener conciencia de que así contribuimos a la obra de Cristo y
calmamos su sed, transformaremos el desierto en valle atravesado por corrientes
de agua y Cristo nos lo agradecerá.