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Mito de la ciencia y razón de las letras.

Víctor Bermúdez Torres


(Este artículo fue originalmente publicado en El Periódico Extremadura, el 21/3/2018)

Según un estudio reciente, los estudiantes de secundaria prefieren las ciencias a las letras. Uno de
los motivos es el prestigio de las primeras y el desprestigio de las segundas. ¿Por qué esta
diferencia? ¿Está justificada? (Nótese, por de pronto, que la primera de estas preguntas es de
“ciencias” y la segunda – la más importante – de “letras”).

La distinción entre “ciencias” y “letras” es muy moderna y arranca del prejuicio filosófico de que el
uso legítimo de la razón es aquel que la vincula a la experiencia y los datos sensoriales. Es un
“prejuicio” por que nadie ha demostrado (y menos científicamente) tal cosa. Y es “filosófico”
porque se prejuzgan ideas (como la naturaleza de lo real o la objetividad de los sentidos) que
incumben a la filosofía. En cualquier caso, el resultado es la moderna distinción entre lo tratable por
esa mezcla entre razón y experiencia que es la ciencia, y lo no tratable por ella, sino por la razón
pura (la filosofía), la fe (la religión), o alguna forma subjetiva y emotiva de comprensión (el arte).

Mucha gente cree erróneamente que la modernidad (todo eso que ocurre en Occidente desde el
Renacimiento y la Ilustración) representa el triunfo del racionalismo. Es lo contrario. La
modernidad representa el fracaso, la crisis y escisión de la razón. A diferencia de otras épocas
(como la antigüedad o el medievo), la Edad Moderna restringió la aplicabilidad (legítima) de la
razón a lo que se podía ver y cuantificar, dejando fuera de su alcance los problemas “metafísicos” o
“espirituales” (el ser o naturaleza de la realidad, la esencia y sentido de lo humano, la verdad, el
bien, la justicia, la belleza...). Esta es la raíz de la distinción entre “ciencias de la naturaleza” y
“ciencias del espíritu”, las primeras prestigiadas como “ciencias” y las segundas desprestigiadas
como “letras” (es decir: no ciencias en sentido pleno o legítimo).

Pero la razón moderna (o científica) no solo se dejó fuera todo lo importante, sino también a si
misma. Cuando les digo a mis alumnos (tanto de ciencias como de letras, porque la filosofía no es
de ninguna de las dos – sino justo lo que se ocupa de tales distinciones – ) que la ciencia no solo no
trata de nada fundamentalmente relevante sino que ni siquiera trata (ni puede tratar) de si misma, se
me quedan mirando con cara de “ya está este provocando”. No les falta razón. Pero tampoco me
falta a mi.

Que la ciencia no pueda ni justificarse científicamente a sí misma es fácil de explicar. Ni el método


o el instrumental que emplea (experimentos, conceptos, números...), ni aquello que cree descubrir
(leyes, fórmulas...) son nada que quepa esencialmente comprender en su campo de estudio. No hay
experimento que demuestre la validez del método experimental. Ni concepto o número que quepa
someter a observación. Pensar que las leyes de la naturaleza son parte de la naturaleza es tan
ridículo (¿estaría la ley de la gravedad sujeta a sí misma?) como suponer que son creaciones del
cerebro (¿bajo qué leyes crearía el cerebro tales leyes?). Y eso sin contar con los supuestos
necesariamente incomprensibles de los que parte (pongamos la física, para la que la noción de
energía es tan oscura como la de Dios, la “transubstanciación” de esa única energía en diversidad y
materia la narración – con gran aparato técnico – de un milagro, o las ideas de tiempo, espacio o
movimiento paradojas nunca resueltas).

Por supuesto, los más grandes científicos (Heisenberg, Einstein, Hawking...) han sido conscientes,
en parte, de esto, y han hecho sus pinitos en filosofía (aunque con el mismo rigor con que un
filósofo resolvería problemas de física: ninguno).
Los positivistas afirmaban, en fin (y muy filosóficamente), que la filosofía es un saber
“precientífico”. Pero la verdad es que es la ciencia la que es un saber “prefilosófico” (o un tipo
modesto de filosofía presocrática). Por eso no debería separarse de las “letras” o, mejor, de la
filosofía. Sin esa ligazón educaremos ciudadanos expertos, pero intelectualmente ingenuos
(imbuidos de fe, incapaces de reparar en lo fundamental) y moralmente desarmados. Y lo que es
peor: sin consciencia de su estado.