Вы находитесь на странице: 1из 3

Reseña N. 6. Touraine, Alain (1987) El regreso del actor. Ed. Universitaria, Buenos Aires.

Sobre el autor

Nacido en 1925, Alain Touraine es un sociólogo francés. Se graduó en 1950 de la École Normale Superieure
de París y realizó estudios en las universidades de Columbia, Chicago y Harvard. Fue además investigador
del Consejo Nacional de Investigación Francés hasta 1958, para luego convertirse en investigador ‘senior’
de la École Pratique des Hautes Études, donde fundó en Centro de Análisis de Intervención Sociológico. Ha
estado interesado, sobre todo, en el estudio de los movimientos sociales y su obra ha estado centrada
fundamentalmente en torno a este tema. Entre sus libros más relevantes se encuentran: Ciencias sociales y
realidad nacional (1970); Critica de la modernidad (1994); ¿Qué es la democracia? (1995) ¿Podremos
vivir juntos? Iguales y diferentes (2006); El fin de las sociedades (2016), entre otros.

La primera parte Una nueva representación de la vida social, Touraine va a plantear un conjunto de
problemas, tensiones y divergencias en el seno de la sociología clásica, como disciplina característica del
proceso de modernización del mundo. Parte de su crítica estará dirigida al modo en que esta sociología
incorpora al actor exclusivamente como un dato, cuestión que se originaría producto de la crisis del progreso
y la razón en Europa durante finales del siglo XIX e inicios del XX. Ello significaría la emergencia de una
antisociología que suprimía radicalmente el lugar del actor en el análisis de la sociedad o lo social. A ello,
Touraine opondrá la constitución de la sociología de la acción, en la cual ve una relación relativamente
dinámica entre sistema y actor, donde el segundo no tiene existencia por determinación del primero. En esa
medida, a través de esta pugna al interior de la sociología, el autor plantea que, en vez de indagar por el actor
en la historia, resulta mucho más útil preguntarse por la producción de situaciones históricas por parte de
los actores. Lo anterior será lo que caracterizará en síntesis el regreso del actor, que existió con anterioridad
en el análisis sociológico y las ciencias sociales, producto del papel desempeñado, ante todo, por la historia,
debido al paso de la historia política hacia la historia social, lo que provocó la incorporación del actor en las
estructuras sociales.

Parte importante de este segmento del libro es lo que Touraine llamará la crisis de la modernidad, en tanto
es en ese contexto en donde se da la crisis de la sociología clásica y la irrupción de modelos analíticos
diversos, entre los que se encuentra la sociología de la acción. Para el autor, la modernidad se sustentará,
fundamentalmente, en la consolidación de una clase dirigente y del Estado nacional como el órgano propio
de despliegue tanto de la conflictividad social como de la posibilidad para la existencia de un sistema social.
De antemano, este contexto devela algo que parece obvio a simple vista, pero que las distintas narrativas del
texto evitan explicitar en muchos momentos: el análisis que produce Touraine se suscribe a las sociedades
industrialmente avanzadas del siglo XX, es decir, el conjunto de países que componen el centro mundial
occidental, esto es, Europa y en menor medida Norteamérica. Aunque haya glosas constantes sobre la
situación en los países que denomina ‘Tercer Mundo’, su preocupación analítica no reside allí.

La segunda parte Una sociología de la acción es posiblemente el capítulo transversal en el esfuerzo de


Touraine. Allí, el autor va a sugerir que la sociología de la acción se posiciona en el centro del análisis
sociológico debido a la capacidad de romper con cualquier tipo de subjetivismo u objetivismo. A su vez, se
describe una tensión al interior de la sociología que será de utilidad para comprender los planteamientos de
Touraine, al referirse a la tensión interna permanente entre el polo del movimiento, que es el despliegue del
lugar de innovación cultural y de conflictividad social; y el polo del orden, que es el escenario de los poderes
políticos y la operatividad de los usos ideológicos de categorías en el marco de relaciones de poder.

Touraine definirá la sociología como un análisis del funcionamiento social, por lo cual resulta necesario
interrogarse sobre el papel de los movimientos sociales en el amplio campo de lo que es un sistema social.
Para ello sostendrá que debe existir un método analítico de la vida social desde donde sea posible constituir
un lineamiento para trabajar a los movimientos sociales. Es en este punto donde incorporará el enfoque
constructivista, donde reconocerá la existencia del movimiento social a partir de tres cuestiones conflictivas.

En primer lugar, las conductas colectivas, que estarán lejanas de la conciencia de los actores, pero que se
definirán con respecto al funcionamiento del sistema social y no como representación de los actores y sus
proyectos. En segundo lugar, la lucha, que es una noción que se liga a la acción política y se supedita a ella.
Es la concepción estratégica del cambio social donde el conflicto toma la forma de mecanismo de ese mismo
cambio; en este elemento, se representa la sociedad como un campo de batalla. Finalmente, la definición
misma del movimiento social que no resulta de una respuesta a una situación social, sino como resultado
del conflicto entre movimientos sociales que luchan por el control de los modelos culturales y la historicidad.
Así, definirá movimientos sociales como “la acción, a la vez culturalmente orientada y socialmente
conflictiva, de una clase social definida por su posición dominante o dependiente en el modo de apropiación
de la historicidad, de los modelos culturales de inversión, de conocimiento y moralidad, hacia los cuales él
mismo se orienta”1.

Emerge así uno de los aspectos característicos de la obra de Touraine, y que lo enmarca en el paradigma de
la identidad, aunque lo que proponga para este concepto sea una no-definición, al plantear que cuando se
recurre a la identidad lo que existe es un rechazo de los roles sociales que desempeña el actor, es decir, una
definición no social de lo social. Se distinguirán así, dos tipos de identidad: la defensiva y la ofensiva. La
primera hace parte de un intento de afirmación colectiva en un plano limitado, sin emergencia de una
conflictividad social latente, aunque sí con historicidad; la segunda tiene un carácter más dinámico, que lo
enfrenta a otra identidad en el marco de un conflicto. Según el autor, este resulta ser un pilar en la formación
de los movimientos sociales.

En la tercera parte Nacimiento de la sociedad programada hará alusión a la capacidad de crear modelos de
gestión de la producción, organización, distribución y consumo de manera que la sociedad. Esto, aunado a
que para Touraine se asiste a una sociedad de comunicación –donde se resaltan las relaciones asimétricas de
poder–. En ese contexto, la clase dirigente se erige como rotunda ganadora en las disputas propias de las
luchas al interior de la sociedad, impidiendo que emerja la voz del dominado.

Por lo anterior, Touraine describirá cuatro proposiciones que definen los conflictos sociales en la nueva
sociedad: i) en una sociedad posindustrial los conflictos se generalizan; ii) frente a un aparato de poder cada
vez más integrado –el Estado y sus instituciones– la oposición tiende a estar conducida por grupos cada vez
más globales; iii) los conflictos sociales y las conductas marginales o disidentes tienden a superponerse; iv)
los conflictos estructurales se separan de los conflictos vinculados al cambio.

De esta manera, en un terreno donde la conflictividad social se hace más etérea y los avances de
modernización y progreso tienen mayor impacto sobre la sociedad, los movimientos sociales tienen un

1
Touraine, Alain (1987) El regreso del actor. Ed. Universitaria, Buenos Aires. Pp. 99.
reflujo importante, especialmente post-mayo del 68. De hecho, es una discusión en la que ingresará el autor,
planteando que luego de los sucesos de la década de los sesenta, hubo un análisis en exceso optimista en
torno a los movimientos sociales, que debieron tener mayor precaución al desarrollarse en un momento de
convulsión. No obstante, para las décadas posteriores, Touraine argüirá que el reflujo de los movimientos
sociales, producto de una degradación del impulso social, determinó una serie de características del
movimiento social, entre las que se ubicaba su carácter fundamentalmente social y menos político, su
principal cuestionamiento de los valores culturales hegemónicos, ya que no sólo se basan en convicciones
sociales, sino que además en las intelectuales y éticas.

Comentario

El trabajo de Alain Touraine contiene aspectos innovadores y necesarios para el estudio sobre movimientos
sociales. En primera medida, ingresar a construir el objeto de estudio a través de una disciplina tan hermética
en sus posiciones como la sociología, sin duda, es de gran aporte, en tanto compone un campo de estudio
fundamental para el entendimiento de la vida social, más allá de cualquier búsqueda de totalidad o estructural
que dejase afuera a los actores sociales. En segundo lugar, su incorporación del papel de la cultura en el
marco de los estudios sobre la acción social logra dar oxígeno a las lecturas contemporáneas sobre los
movimientos sociales, en tanto aparece un campo de disputa, producción y reproducción de la sociedad tan
fundamental. Al hablar de la innovación y orientación cultural enlazada en torno al sistema social, funge a
la cultura como un escenario constante de disputa y consolidación de proyectos de sociedad. En tercer lugar,
como bien menciona Jean Cohen, Touraine es uno de los autores insignia del paradigma de la identidad en
el estudio de la movilización social, y su preocupación por este elemento como forjador del movimiento,
significa mucho en la problematización de la composición de un movimiento social, cuestión que no es
menor a nivel contemporáneo.

No obstante, existen una serie de límites, que se entienden para su contexto pero que no está de más
mencionarlos. Por un lado, la visión de la sociedad como un ‘sistema social’, que se liga mucho a ciertos
elementos del funcionalismo, y que en muchos casos así queda explicitado en su texto. Cuando se habla del
sistema social como algo que debe tender al orden como principio –aún con momentos de conflictividad
siempre latentes– existe una relativa paradoja, ya que el análisis sociológico del movimiento social
puede limitarse a verlo como una exterioridad, amenaza o enfermedad, lo cual supone, de antemano,
presupuestos epistemológicos que desestiman la acción social misma, o al menos la que tiene una
tendencia al cambio. Si bien Touraine no cae propiamente en ello, resulta, cuando menos, curioso, que
en la primera parte de su texto ingrese en el combate por la conceptualización de la sociedad, la
desestime parcialmente y se defina por el sistema social. Allí puede haber una serie de fisuras en la
potencia que se le pueda adjudicar al movimiento social y los elementos teóricos y metodológicos del
resto de su trabajo. Quizás por ello se le adjudique un rol eminentemente social al movimiento,
ocultando cualquier tipo de potencial político, transformador o de cambio, aunque igualmente se
suscriba en el campo de la teoría del conflicto.