You are on page 1of 245

LOS MOVIMIENTOS SOCIALES:

DE LO LOCAL A LO GLOBAL

FRANCIS MESTRIES
GEOFFREY PLEYERS
SERGIO ZERMEÑO
(Coords.)

Armando Bartra
Mary Kaldor
Luis López
Sabrina Melenotte
David Recondo
Isabel de la Rosa
Sergio Tamayo
Michel Wieviorka

©
UNIVERSIDAD

A NTHROPOÍ meiSSSBSK
Casa abierta al tiempo Azcapotzalco
permitieron comprender los movimientos sociales en el pasado no parecen ser más
de actualidad. De igual manera, las teorías desarrolladas alrededor del concepto de
«sociedad civil» se centraron en la contribución de este sector a la transición demo­
crática y a la formación de instituciones nacionales autónomas de los partidos. Si
bien fueron muy útiles en los noventa, hoy en día sólo pueden explicar una parte
menor de las dinámicas y los motivos de los movimientos sociales.
La sociedad mexicana ha sido marcada por profundas transformaciones en el
transcurso de los últimos quince años, entre ellas cabe señalar la pluralidad y
alternancia partidista, una tasa de migración muy alta, el fortalecimiento del
narcotráfico y la apertura comercial que llevó a un intercambio desigual frente a
Estados Unidos. México aparece como un país estratégico para el estudio del
impacto de la globalización en los movimientos y actores sociales contemporá­
neos. Como lo notó Joseph Stieglitz,3 representa un caso ejemplar en cuanto a los
efectos del libre comercio sobre una nación que sigue en desarrollo. El país cuen­
ta con la más larga frontera terrestre entre países del norte y del sur, y ha sido
transformado por la globalización y los efectos del Tratado de Libre Comercio de
América del Norte que firmó con Estados Unidos y Canadá. Por otro lado, la
situación económica, social y política de México parece distinta de la de los otros
países latinoamericanos.
Al contrario de muchas otras naciones de América Latina, la izquierda política
no alcanzó a llegar al poder a nivel nacional en las últimas elecciones. Si bien
algunos movimientos populares e indígenas han visto algunas de sus demandas
tomadas en cuenta por los nuevos gobiernos, a los cuales han sido a menudo
asociados en algunos países, los actores sociales mexicanos sufrieron una repre­
sión, y pocos llegaron a ser escuchados por los tomadores de decisión políticos.
Con la excepción de Colombia que parece un caso contrario, los otros países lati­
noamericanos ofrecen hoy un espacio más amplio y abierto a los movimientos
sociales que México. Donde todavía quedaban lazos comunitarios suficientemen­
te fuertes (en algunas comunidades indígenas, pero también en comunidades
periurbanas, como en San Salvador Ateneo), los ciudadanos se movilizaron para
resistir a proyectos de «modernización» hostiles y, a veces, para proponer mode­
los alternativos de desarrollo y de organización social y política. Pero en la mayo­
ría de los casos, las respuestas a la crisis económica y social que viven muchos
hogares mexicanos parecen cada vez más individuales, como da prueba la fuerza
de la emigración4 o la evolución de los movimientos ciudadanos que se orientan
hacia demandas más individuales.5
El libro aborda los movimientos sociales y la política en México a la luz de los
impactos de la globalización en este país. La globalización neoliberal y la demo­
cratización política han trastocado simultáneamente los Estados-nación periféri­
cos y de modernidad tardía en América Latina, Europa del Este, Asia Oriental y
África del Sur. Esta coincidencia no es casual, ya que la democracia liberal ha
sido ganada por las luchas ciudadanas, pero se conformó acotada por los poderes
fácticos y depurada de mecanismos de participación ciudadana, y dado que sirvió
de válvula de escape a las tensiones sociales que desataron las políticas económi­
cas de desmantelamiento del Estado de bienestar y de los colchones proteccionis­
tas de los mercados internos. Los vientos neoliberales han erosionado profunda­
mente las sociabilidades sectoriales y territoriales de los ciudadanos de estos
países, han debilitado y fragmentado a los actores sociales clasistas tradicionales,
han achicado al máximo el Estado y restringido sus poderes de decisión en políti­
ca económica, comercial, financiera, extranjera y de defensa, y han provocado
cambios culturales que propician la individuación y la competencia entre perso­
nas, en sociedades con tradiciones contrarias, corporativas o ciánicas. Esta ten­
dencia se imprimió también a las flamantes democracias, concebidas como mer­
cados de ofertas partidistas donde los electores-consumidores deciden individual­
mente lo que mejor les conviene.
Sin embargo, la resistencia de las viejas estructuras políticas y económicas
desvirtuó este modelo político «ideal», impregnando las normas y prácticas de las
élites políticas con comportamientos autoritarios, clientelares y corporativistas,
dando como resultado «Estados-híbridos» y «ritos de paso truncos» a la democra­
cia,6 donde «lo nuevo no termina de desplazar lo viejo, donde lo liberal se apoya
en lo corporativo, y la vieja cultura política nacional es empleada sin pudor por
los supuestos gobiernos neoliberales»,7 y donde, tras una lucha simbólica entre el
ideal cultural del «todo mercado» y el ideal nacional-populista, se traman nego­
ciaciones permanentes entre sus representantes y sus estructuras de poder.
Las consecuencias de ello han sido graves: «autoritarismo presidencialista,
corrupción, impunidad, arbitraria impartición de justicia, intentos de elimina­
ción de adversarios políticos, legales pero no legítimos triunfos políticos»,8 y pér­
dida de legitimidad de los partidos, de las instituciones y de los personeros del
sistema político, que abonó en la sociedad un desencanto hacia la democracia
realmente existente, y debilitó las luchas por la ciudadanía.
Así, el sistema de poder económico y político impuso un concepto incompleto
de ciudadanía acotada a la libertad de decidir qué consumir según su poder de
compra y a quien elegir como gobernante mediante el voto, pero incapaz de «in­
cidir en la disminución de la pobreza y de las actividades ilegales o ilícitas de
aquellos a quienes el sistema económico no les ha ofrecido alguna oportunidad;
[...] en consecuencia, el sistema genera la violencia debido a dos factores: la rup­
tura de los lazos de pertenencia a un colectivo, y la ausencia de protección insti­
tucional para impedirlo, al permitir la expansión de la desigualdad y la pobreza».9

Movimientos sociales en México

La democracia alcanzada en México y en América Latina adolece de muchas


fallas, vicios del pasado y asignaturas pendientes: entre éstas están el reconoci­
miento del carácter multinacional de los Estados-nación y de los derechos de las
minorías étnicas, y la adopción de leyes y prácticas que fomenten la democracia
participativa. Así pues, a la transición democrática le queda mucho camino por
recorrer, pero para Sergio Tamayo, en su trabajo «Participación ciudadana y mo­
vimientos sociales», más que una sucesión de etapas está en juego el significado
de ciudadanía, pues para el movimiento urbano popular de la Ciudad de México
que analiza, el ciudadano pleno es un actor colectivo, no individual, que lucha por
sus demandas, con plena autonomía del gobierno: es una ciudadanía beligerante
que pugna por una democracia social e incluyente, y que no se conforma con
consultas o incluso con corresponsabilidad en las decisiones del gobierno como lo
quisiera el partido de centro-izquierda en el poder en la capital. En este tenor, la
noción de «ciudadano» de Tamayo converge con la de «sujeto» de Wieviorka en
este libro, y con la de Touraine que acuñó el concepto.
Varias movilizaciones impactaron al país durante los últimos quince años: la
huelga estudiantil de la UNAM, el movimiento zapatista y otras luchas indígenas,
los marchas corporativistas de defensa de los electricistas, la revuelta de los pe­
queños empresarios y productores agrícolas de El Barzón (véase el artículo de
Mestries en este libro) y el gran movimiento campesino de la coalición «El Campo
No Aguanta Más» (analizado por Armando Bartra en estas páginas), movimientos
locales, movimientos ciudadanos que acompañaron la transición democrática, y
movimientos más políticos, en particular, en contra de la iniciativa de desafuero
del carismático candidato de izquierda a las elecciones 2006, Andrés Manuel Ló­
pez Obrador, o de los controvertidos resultados de dicha elección. Las recientes e
importantes movilizaciones muestran que muchos mexicanos están decepciona­
dos por los límites de la transición democrática inconclusa y ya no creen en una
transformación de la sociedad impulsada desde el Estado.
Este desencanto, más manifiesto entre los jóvenes, puede sin embargo dar pie a
que ciertos actores construyan espacios locales de experiencia, donde experimen­
ten nuevas relaciones sociales y procesos de decisiones alternativos, «lugares dis­
tanciados de la sociedad capitalista que les permiten vivir de acuerdo con sus prin­
cipios, entablar relaciones diferentes y expresar su subjetividad»,10 organizando
sus luchas y resistencia en relaciones horizontales, igualitarias y tolerantes a todas
las expresiones de creatividad de sus participantes. Es lo que Geoffrey Pleyers
ilustra con los casos de los campamentos de jóvenes altermundistas mexicanos, y
de los «Caracoles» zapatistas, cuyos fines y principios comunes son la búsqueda y
práctica de la autonomía y de la autogestión. Estas experiencias «constituyen movi­
mientos culturales en tanto que buscan producir ellos mismos sus formas de vida»,
y que buscan «un cambio social que no pasa tanto por influir sobre los responsables
políticos como por la transformación de la manera de vivir juntos a partir de alter­
nativas concretas que pongan en práctica los valores del movimiento», un cambio
social concebido como un proceso largo que empieza aquí y ahora, en el yo y en su
entorno, y de abajo hacia arriba. Pero no se quedan a nivel local, sino que se esfuer­
zan por difundir estas experiencias con el fin de multiplicar estos espacios alterna­
tivos, de «enjambrarlos» con sus especificidades en barrios y comunidades; la re­
sistencia del movimiento zapatista durante 15 años y la vitalidad del movimiento
altermundista internacional a los diez años de su aparición son muestras de este
nuevo tipo de movimientos sociales que se mantienen como baluartes y laborato­
rios de la contestación contra la globalización neoliberal.
No obstante, los movimientos sociales, si bien han florecido en los nuevos
espacios públicos ganados por la democratización en México y podido perdurar
sin ser aplastados por la represión o neutralizados por la cooptación, se caracteri­
zan por ser fragmentados, particularistas, sectoriales, a menudo faccionalistas y
localistas, debido a sus orígenes socialmente heterogéneos, políticamente plura­
les y culturalmente diversos; no han logrado rearticularse para presentar un fren­
te y una plataforma comunes, por lo que no han podido arrancar cambios impor­
tantes de las políticas económicas, aunque sí triunfos puntuales, como más liber­
tades y derechos humanos, un freno a proyectos de despojo y mercantilización de
sus territorios y a las reformas más ultraneoliberales a las leyes básicas. Pero en
general han sido más defensivos que ofensivos, a consecuencia de un contexto
económico desfavorable.
En efecto, estos movimientos no han logrado imponer otras orientaciones al
desarrollo, el cual siguió dominado por políticas económicas neoliberales y por la
apertura comercial. Las movilizaciones zapatistas por la aplicación de los acuerdos
de San Andrés encontraron un éxito popular y mediático; sin embargo, no han
obtenido las reformas jurídicas deseadas. Movimientos como El Barzón también
perdieron mucha de su fuerza sin lograr llevar sus luchas más allá de la defensa de
los intereses de sus miembros. En Oaxaca, ni la amplitud ni la determinación de las
movilizaciones sociales llevaron a la renuncia del gobernador Ulises Ruiz. El desen­
cantamiento que siguió a la transición hacía la democracia y la atracción por el
verticalismo y la «buropolítica» que caracterizan la sociedad mexicana11 desmovili­
zaron a muchos movimientos y dinámicas ciudadanas que se habían multiplicado
en el periodo de la transición democrática. En el campo son muy grandes los ries­
gos de descomposición social y de atomización de los productores a raíz de las
políticas agrícolas y de las consecuencias del Tratado de Libre Comercio.12
Esta fragmentación de las luchas, si bien encuentra su origen en la pluralidad
de culturas, visiones y discursos, y en la diversidad de actores que van de los
comunitarios a los ciudadanos pasando por los gremiales, fue superada parcial­
mente por «coaliciones de descontentos»,13 en coyunturas favorables, en tomo a
temas de mayor visibilidad, gracias a la iniciativa de los núcleos con mayores
recursos organizativos,14 pero la confluencia fue transitoria, pues no se ha cons­
truido una cultura de unidad en la diversidad, sino que el afán de alcanzar una
unidad monolítica acabó en pugnas fratricidas y en dispersión.15 La debilidad de
las movilizaciones aisladas a veces intenta ser compensada por la violencia orga­
nizada o por acciones de fuerza, pero son entonces «satanizadas» por los gober­
nantes como «ataques al Estado de derecho», desgastadas mediante intensas cam­
pañas mediáticas hostiles, y criminalizadas, con el resultado del encarcelamiento
o muerte de sus dirigentes.
Pocos son los grandes movimientos que encontraron un éxito político y lograron
que el Estado respondiera a sus demandas sociales. Pero algunos de estos movi­
mientos fueron exitosos por impulsar un cambio social y cultural a nivel local,
basándose notablemente en formas más comunitarias de la participación ciudada­
na. Por lo tanto, es legítimo preguntarse ¿acaso será porque fallaron como movi­
miento históricos y porque no lograron plasmar sus demandas en la esfera jurídica
y de la política institucional por lo que estos movimientos concentraron su energía
en la reorganización de las sociabilidades y de la participación a nivel local?
En este panorama una pregunta se impone: ¿existe aún la posibilidad de que
surjan nuevos movimientos sociales en México? Marchas y movilizaciones socia­
les aparecen cada mañana en los periódicos, pero ¿existen todavía actores prota-
gónicos de un cambio profundo de la sociedad mexicana? ¿Cuáles son los actores
que no sólo cuestionan el modelo cultural hegemónico que está guiando la moder­
nización del país desde 1982, sino que además proponen modelos alternativos
sustentables? La situación política y social parece poco favorable para que estos
actores sobrepasen el nivel de la pura protesta y se transformen en actores socia­
les influyentes en las arenas políticas y culturales, lo que los convertiría en verda­
deros movimientos sociales. Muchos movimientos importantes, como El Barzón,
tienden a centrarse en la provisión de servicios a sus miembros, mientras otros se
convirtieron en movimientos culturales locales, animados por un proyecto fuerte
de reorganización social, pero limitados a la arena local. Algunas movilizaciones
sociales han sufrido una fuerte represión, otras se han debilitado por la migración
masiva de sus bases sociales hacía Estados Unidos. Además, el TLCAN ha limita­
do drásticamente el margen de maniobra del Estado mexicano y le ha impedido
desarrollar políticas estructurales que podrían tomar en cuenta las demandas de
actores sociales contestatarios, especialmente en el campo.

Movimientos para un empoderamiento local.

Constatar la insuficiencia de los movimientos sociales en México o su reduc­


ción a grupos ciudadanos de ayuda a sus miembros no es suficiente. Es necesario
también preguntarse dónde y cómo los actores sociales se reconstruyen. En esta
perspectiva, quisimos reunir contribuciones empíricas y teóricas que ayudan a
comprender los movimientos que animan el país hoy en día, y los desafíos sociales
que se están planteando. Varios capítulos de este libro dibujan una orientación
común que comparten muchos de los actores sociales actuales: el cambio social y
el mejoramiento de la vida de los ciudadanos pasa por un fortalecimiento de las
relaciones sociales a nivel local-regional. Convergen, en esta perspectiva de un
cambio social desde lo local, a partir de estudios de caso y desde orientaciones
teóricas de gran variedad, campesinos, indígenas, ciudadanos, jóvenes o trabaja­
dores de maquilas. Cada uno de los investigadores da una gran importancia al
fortalecimiento de la capacidad de actuación de los ciudadanos a escala local y
subraya que este proceso lleva a fortalecer la buena «gobemanza», el proceso de
democratización, el desarrollo local y el mejoramiento de la calidad de vida de los
ciudadanos. En este marco, varios de los capítulos se apoyan sobre los resultados
de reflexiones recientes alrededor de las teorías del capital social, de la promo­
ción de la participación ciudadana, así como de algunas reivindicaciones de movi­
mientos locales y altermundistas.
En México la lucha por la democracia empezó a nivel municipal, y en las
comunidades indígenas y aldeas rurales existían formas de democracia directa,
aunque frecuentemente pervertidas por cacicazgos, cuando a nivel nacional no
existía memoria ni experiencia democráticas. Además, la participación ciudada­
na y la vigilancia de los gobernantes es más fácil a nivel local, pues tiene que ver
con políticas que afectan la vida cotidiana de la gente, y es un aprendizaje de la
democracia en el ámbito nacional: «Fortalecer la democracia política implica re­
ducir la distancia entre gobierno y ciudadanos, particularmente en el ámbito
local. Además es probable que la sinergia de la democracia local pueda incidir
estructuralmente en la democracia política más general».16
Los municipios, como la sociedad civil, tienen un papel central en el manteni­
miento y el fortalecimiento de la cohesión social. Los mecanismos de la descen­
tralización tuvieron como objetivo el fortalecimiento del proceso democrático y la
capacidad de sus ciudadanos de influir sobre las decisiones políticas que impac­
tan su vida. La profundización de la democracia y su reorganización en la nueva
«gobemanza», la cual cuenta con múltiples niveles de decisión, requieren que la
comunidad política local tenga la posibilidad de discutir los problemas que le
afectan directamente. Sin embargo, las formas institucionales y jurídicas de de­
mocratización y de descentralización no bastan para garantizar una democracia
sustantiva y una participación activa de los ciudadanos, así como de los actores
sociales activos a nivel local. También es necesario un cierto grado de organiza­
ción de los ciudadanos para que logren formar una «sociedad civil local».
La desarticulación o descomposición de las grandes organizaciones sociales
clasistas ha dado paso a un redimensionamiento de las estrategias de los actores
rurales y urbanos: así, muchos grupos organizados actuales muestran una orien­
tación común: el cambio social y el mejoramiento de la vida de los pobladores
pasa por un fortalecimiento de las relaciones sociales en el ámbito local-regional:
en el libro varios autores destacan, tanto para los campesinos e indígenas como
para los jóvenes, las mujeres y los trabajadores de la maquila, la importancia del
fortalecimiento de la capacidad de actuación de los ciudadanos a nivel local, como
condición para fortalecer la buena gobemanza en la interfase autoridades loca­
les-ciudadanos
Así, muchos actores populares vieron en el espacio local un lugar para cons­
truir o fortalecer relaciones sociales, para mejorar su calidad de vida y, a veces,
para resistir al poder del mercado global y defenderse frente a proyectos políticos
que les afectaban. Desde los indígenas hasta los ciudadanos, ponen su esperanza
en la creación de espacios autónomos capaces de desarrollar prácticas alternati­
vas y de enfrentarse directa y eficientemente a los problemas local-regionales.
Tanto en lo económico como en materia social, los actores locales desempeñan
políticas proactivas y, a veces, innovadoras, para luchar contra el desempleo,
para preservar o restaurar el ambiente o para facilitar el acceso a una vivienda
digna para las familias.
Este panorama contrasta con la imagen dominante en las ciencias sociales del
siglo pasado, donde los actores nacionales, y en particular el Estado nacional, han
ocupado el lugar central de los cambios sociales e históricos, y captaron la aten­
ción de periodistas, politólogos y sociólogos. Desde la Revolución Mexicana hasta
la adopción de políticas neoliberales en los sexenios sucesivos desde 1982, el Esta­
do nacional siguió como el actor central del modelo de modernización. Desde el
Estado modemizador se impulsaba una fuerza social económica, política e ideo­
lógica para modernizar al país y para hacer llegar los «beneficios de la moderni­
dad» hasta las regiones.
El espacio territorial compartido por una comunidad o una región media (ru­
ral, urbana o «rurbana») puede así volverse un lugar de reconstrucción de rela­
ciones sociales, económicas y políticas, como lo propone Sergio Zermeño en «Mo­
vimiento social y cambio en México y América Latina»: el empoderamiento de la
sociedad civil, mediante el florecimiento de formas autoorganizativas y autoges-
tionarias que mejoren la calidad de vida de la población, pasa por la creación de
instituciones sociales territoriales y la educación popular ciudadana, para obligar
a los gobiernos locales y estatales a orientar sus presupuestos al fortalecimiento
de estas formas, a la protección y restauración del ambiente, al apoyo a la innova­
ción tecnológica accesible y a la creación de empleos vía recursos privados y
sociales. Las organizaciones sociales deben consolidar su implantación gracias a
la sedimentación de sus bases, administrando sus colectividades territoriales an­
tes de avanzar hacia luchas políticas por cambiar autoridades o leyes lesivas, a
diferencia de lo que pasa con la mayoría de los movimientos sociales en México,
que se radicalizan pronto en sus medios y sus fines, pierden seguidores y legitimi­
dad, y se confrontan aislados con el gobierno.
En este tenor, Luis López, en su artículo «Actores, movimientos y conflictos:
¿es posible la acción colectiva en contextos de fragmentación sociocultural?»,
recalca la pérdida de la capacidad de los movimientos sociales de influir en el
escenario político, debido al vaciamiento «por arriba» de las organizaciones cívi­
cas y a su desplazamiento por actores partidistas, a la descomposición de las
identidades sociales corporativas y a la tendencia autodestructiva de los movi­
mientos sociales más radicales; a esto se suma la carencia de mecanismos institu­
cionales de mediación, pues el viejo Estado corporativo está agonizando y el nue­
vo régimen es aún nonato y huérfano de la tan traída y postergada reforma del
Estado. Pero la parálisis de los grandes actores sociales e institucionales no impi­
de el florecimiento de luchas locales que albergan nuevos contenidos simbólicos y
nuevas formas de acción, como el caso analizado por él de un grupo de mujeres
fronterizas que luchan por la supervivencia de sus familias y de su asentamiento
en medio del desastre ambiental causado por las maquiladoras: esta lucha es
pionera en varias dimensiones: se alza contra una suerte de racismo ambiental
que afecta a los pobres, es global por la dimensión trasnacional de su problema,
de sus actores, de sus acciones, del público al que se dirige y de las autoridades
responsables, y porque esta estrategia global le ha permitido cosechar triunfos
con escasos costos; por ende es novedosa porque coloca por primera vez en el
proscenio a la fuerza laboral más importante de la industria maquiladora y más
dinámica de la frontera, la mujer, que ha sido víctima recurrente de la violencia
por la falta de Estado de derecho en este «no law’s land», y por su cuestionamien-
to cotidiano al machismo norteño.
En otro escenario, la gran mayoría de las organizaciones sociales rurales tienen
un alcance local o regional, y luchan por la defensa de su territorio y el reconoci­
miento de su identidad de campesinos e indígenas contra megaproyectos de desa­
rrollo público-privados, el saqueo de sus recursos naturales y la contaminación
provocada por la desregulación y por la acción de las empresas transnacionales
alentadas por el TLCAN, o pugnan por el arraigo al terruño gracias a la retención de
su excedente económico, mediante la organización de cooperativas productivas o
financieras, que en algunos casos, incluso, les permiten abrir resquicios en los mer­
cados globales a base de pautas de producción y consumo alternativos.
Es lo que Francis Mestries en su artículo «Los movimientos sociales rurales en
la década de la alternancia o las esperanzas frustradas», analiza: ante la gran
diversidad y fragmentación de las luchas, de las agrupaciones y las bases sociales
involucradas en protestas y procesos asociativos en el campo, propone una tipolo­
gía de las organizaciones según los estilos organizativos, formas de lucha, objeti­
vos, técnicas productivas y simpatías políticas, en base a la cual el autor encuen­
tra tres grandes tipos de movimientos: los que pugnan por mejores condiciones
de producción y por la soberanía alimenticia, formadas por campesinos medios,
los de defensa de su comunidad, de su identidad y de sus recursos naturales, y los
que intentan construir su autonomía política y una ciudadanía colectiva, sobre la
base de la defensa de los derechos y cultura indígenas; esta diversidad de objeti­
vos y de relación con el sistema político dificultan las alianzas entre los dos pri­
meros tipos y el tercero. El autor destaca, sin embargo, el surgimiento de movi­
mientos campesinos e indígenas ambientalistas por necesidad de supervivencia y
de respuesta al despojo o destrucción de sus recursos y entorno naturales; recal­
ca también la emergencia de un nuevo sujeto individual y colectivo, la mujer
rural, en especial indígena, que está conquistando un rol protagónico en las aso-
daciones con objetivos productivos, financieros, ambientales y culturales: la mujer
indígena ha empezado así a revolucionar su papel y sus relaciones familiares y
sociales, fusionar sus reivindicaciones identitarias etnoculturales y de género, y a
alzarse como guardiana y símbolo de la defensa de la «madre tierra». Por otro
lado subraya la relativa impotencia de los movimientos campesinos con metas
políticas antisistémicas, desde las coaliciones nacionales multisectoriales de ca­
rácter nacionalista y campesinista que no han podido resistir la cooptación oficial
o partidista, las ganancias cortoplacistas y las divisiones políticas y faccionalistas,
pero que resurgen cada tanto bajo la bandera de un programa campesino de
soberanía y seguridad alimentarias; y por otra parte, de las organizaciones anti­
parlamentarias radicales que intentan transformar el triunfo de sus demandas
originarias en fuerza política revolucionaria, pero aislada y localizada, en una
carrera confrontacionista con el Estado que acaba en su autodestrucción, como
en el caso de San Salvador Ateneo y de la APPO17 de Oaxaca.
Estos movimientos locales o regionales, en especial los indígenas, intentan a
veces crear espacios de autonomía construyendo mecanismos de autogobierno
popular más o menos democráticos, que fungen de hecho como gobiernos parale­
los a los órganos de gobierno oficial, y desplazan a los partidos y sus competencias
electorales.
En esta perspectiva se ubica el neozapatismo: un conjunto de artículos del
libro abordan las movilizaciones indígenas y ofrecen un análisis crítico de este
movimiento. Mucha tinta corrió para ensalzar o demonizar al EZLN,18 pero últi­
mamente han surgido análisis más objetivos sobre el tema, que buscan hacer un
balance del laboratorio social zapatista, destacando sus luces y sus sombras. Si
bien el EZLN supo extender su reivindicación identitaria de reconocimiento a
todos los excluidos y marginados, y su demanda de derechos humanos y políticos
a los derechos económicos, sociales y culturales, logrando además un uso eficaz
de las tecnologías, los discursos y las redes sociales de la globalización, su influen­
cia en la sociedad civil y en la esfera pública ha menguado hoy significativamen­
te, a diferencia de otros movimientos indígenas de América Latina que incluso
han llevado al poder a uno de sus dirigentes más famosos (Bolivia) o a un siliado
cercano (Ecuador). En esta perspectiva Isabel de la Rosa, en «Discursos, organi­
zación y liderazgos: rasgos comunes en la diversidad. Notas para aproximarse a
los movimientos indígenas en Latinoamérica», realiza un estudio comparativo
entre la Conaie19 de Ecuador y el neozapatismo; después de ponderar diferencias
y semejanzas entre ambos movimientos, a los que une un discurso étnico, pero
también un deseo de rebasar las demandas indígenas, y una gramática moral que
busca infundir valores éticos en la política, herencia de su formación común en la
Teología de la Liberación y «puente semántico» con otros grupos sociales no indí­
genas, la autora resalta diferencias cruciales en su praxis, pues la Conaie partici­
pó activamente en las movilizaciones sociales y políticas de otros sectores subal­
ternos y practicó una política de alianzas amplia y flexible, logrando incluso de­
rribar a gobernantes desprestigiados, mientras el EZLN trató de imponer su línea
política a actores simpatizantes y organizaciones solidarias, lo que coartó su desa­
rrollo; por otro lado, mientras la Conaie logró concitar financiamientos importan­
tes para proyectos de desarrollo, la radicalización del discurso zapatista y sus
errores estratégicos le alejaron apoyos institucionales internacionales. Más allá
de estas diferencias políticas, los une, al decir de la autora, una dimensión o
proyección esencial: no se reducen a luchas indígenas, sino que expresan un am­
plio abanico de demandas que interesan a las grandes masas de excluidos del
sistema, y una exigencia de democracia sustantiva que influyó de modo decisivo
en los cambios políticos de sus países.
Por su lado, Sabrina Melenotte, en base a un trabajo de campo continuo en un
pueblo de los Altos de Chiapas, Polhó, se pregunta: ¿es el neozapatismo un movi­
miento social?, puesto que la cúpula político-militar sigue teniendo un peso deter­
minante en la toma de decisiones de las comunidades zapatistas, sin importar las
consecuencias de ello sobre las bases de apoyo; para la autora de «Una experien­
cia zapatista: San Pedro Polhó, doce años después», el zapatismo chiapaneco
atraviesa por una crisis debido al recorte de la ayuda internacional, que no pudo
ser sustituida por apoyos gubernamentales dado el veto del mando supremo re­
belde, debido también al agotamiento de sus tierras, que está provocando deser­
ción y emigración de los jóvenes, y a las decisiones equivocadas del mando del
EZLN que agudizan estas tensiones internas, y que obedecen a estrategias de
poder: los municipios autónomos zapatistas representan una estructura de poder
local que disputa recursos naturales y sistemas de autoridad mediante confronta­
ción, y no búsqueda de consensos, con otras fuerzas sociales y políticas, y el
CCRI20 ejerce un poder político vertical sobre las bases de apoyo al estilo de un
embrión de Estado.
En cambio, en muchos otros ámbitos territoriales imperan poderes autocráti-
cos y caciquiles cristalizados o simbolizados por gobernadores «a la vieja usan­
za», como en Oaxaca, donde la APPO, analizada por David Recondo en su artícu­
lo, expresó la emergencia de una sociedad civil unificada en contra del despotis­
mo y la corrupción de su mandatario, pero muy heterogénea social y políticamente,
desde los maestros organizados en un gremio corporativo de oposición hasta co­
munidades y agrupaciones indígenas, desde estudiantes y profesores hasta amas
de casa y «chavos banda» de colonias populares, desde organizaciones cívicas pro
derechos humanos y comunidades eclesiales de base hasta partidos marxistas
leninistas radicales. A pesar de su gran fuerza de convocatoria y legitimidad ini­
cial, y de sus intentos de crear un embrión de poder paralelo basado en formas de
democracia directa y asambleísta, el movimiento fue derrotado, por un lado, por
sus divisiones internas en tomo a la estrategia a seguir, predominando al final la
tendencia radical en la dirección de la APPO y la cooptación del liderazgo magis­
terial de la sección 22 de la CNTE,21 y por el otro, por la represión del gobierno
local y federal, evidenciando el debilitamiento del poder presidencial en benefi­
cio de los poderes estaduales, y el Pacto de No Agresión entre el PRI y el PAN,
aliados sobre cuestiones de fondo (principio de autoridad, relaciones Estado-so-
ciedad civil, política económica, etcétera), lo que parece poner en entredicho la
democratización del país.
Los estudios de casos presentados en este libro demuestran que los actores
sociales locales no sólo se adaptan a las transformaciones económicas, políticas y
culturales globales, pero pueden también volverse actores contestatarios en este
mundo globalizado. Desarrollando acciones locales, algunos grupos llegan a tener
otra visión del mundo, de modo que los ciudadanos pueden contribuir a la repro­
ducción o al cambio de su sociedad y pueden aportar su contribución a la resolu­
ción de los inmensos desafíos de esta edad global. Del cambio climático a la reor­
ganización democrática, la buena gobemanza, la coexistencia pacífica de cultu-
ras, la invención de nuevos esquemas de desarrollo económico enfocados a la
calidad de vida de los ciudadanos, ninguno de los retos mayores del siglo XXI se
puede resolver sin una implicación fuerte de los actores locales.

Bibliografía

ESTEVA, Gustavo, Crónicas delfín de una era, Posada, México, 1994.


M é n d e z , Luis, «Reforma del Estado e ingobemabilidad: historia inconclusa de un orden pen­
diente», e n f í carácter híbrido del Estado mexicano, tomo I (2000-2006: Reflexiones acerca de un
sexenio conflictivo), Eón, México, 2007.
SAN JUAN, Carlos, La tempestad neoliberal y el paso del ciempiés, mimeo, 2008.
Stieglitz , Joseph, ¿Cómo hacer que funcione la globalización?, Taurus-Alfaguara, Madrid, 2006.
TAMAYO, Sergio, «L a ciudadanía civil en el México de la transición: mujeres, derechos humanos y
religión», en Revista Mexicana de Sociología, vol. 62, n.° 1, enero-marzo 2000, México.
TEJERA G ao na , Héctor, «Cultura ciudadana, gobiernos locales y partidos políticos en México», en
Sociológica, Año 21, n.° 61, mayo-agosto 2006.
TOURAINE, Alain, La voix et le regard, Seuil, París, 1978.
V ite Pérez, Miguel Ángel, «L a nueva cuestión ciudadana», en Comercio Exterior, vol. 58, n.° 1,
enero 2008, México.
Zermeño, Sergio, La sociedad derrotada, Siglo XXI, México, 1996.

1. Touraine, La voix et le regard, 1978.


2. Tratado de Libre Comercio de América del Norte, Fondo Monetario Internacional, Organi­
zación Mundial de Comercio.
3. Joseph Stieglitz, ¿Cómo hacer que funcione la globalización?, 2006, p. 22.
4. Mestries, en este libro.
5. Sergio Tamayo, «La ciudadanía civil en el México de la transición: mujeres, derechos huma­
nos y religión», 2000, p. 92.
6. Luis Méndez, «Reforma del Estado e ingobemabilidad: historia inconclusa de un orden
pendiente», 2007.
7. Ibíd., p. 5.
8. Ibíd.
9. Miguel Ángel Vite Pérez, «La nueva cuestión ciudadana», 2008, pp. 59-62.
10. Pleyers Geoffrey: «Autonomías locales y subjetividades en contra del neo-liberalismo», en
este libro.
11. Sergio Zermeño, La sociedad derrotada, 1996.
12. Mestries, en este libro.
13. Gustavo Esteva, Crónicas del fin de una era, 1994.
14. Carlos San Juan, La tempestad neoliberal y él paso del ciempiés, 2008.
15. Ibíd.
16. Héctor Tejera, 2006.
17. Asamblea popular de los Pueblos de Oaxaca. Ver el artículo de D. Recondo en este libro.
18. Ejército Zapatista de Liberación Nacional.
19. Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador.
20. Comité Clandestino Revolucionario Indígena.
21. Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación.
LOS MOVIMIENTOS GLOBALES
¿A dónde va el debate sobre los nuevos
movimientos sociales?*
Michel Wieviorka

La sociología de los movimientos sociales es relativamente reciente —menos


de la mitad de un siglo. En su breve historia ha sostenido en permanencia un
importante debate teórico, ha conocido también momentos de dudas y de cues-
tionamientos ligados a la evolución sociohistórica de su contexto o, si se prefiere,
a la naturaleza misma de sus objetos concretos, las luchas a las que tendría que
dar una explicación.
El conflicto teórico que la divide, desde el inicio de los años sesenta, no sólo es
claro a los ojos de los protagonistas, sino también recalca en el funcionamiento
mismo de instituciones internacionales de la disciplina: la Asociación Internacio­
nal de Sociología, por ejemplo, tiene dos Comités de Investigación, cuya defini­
ción y orientación corresponden cada uno a uno de los dos polos estructurantes
de esta oposición teórica. Por un lado, en efecto, numerosos sociólogos, pero tam­
bién politólogos e historiadores se dicen seguidores de la «teoría de la moviliza­
ción de recursos», y llaman movimiento social a las conductas racionales de los
actores colectivos que buscan insertarse en un sistema político, mantenerse y
extender su influencia movilizando toda clase de recursos, incluido, dado el caso,
la violencia. Por otro lado, otra vertiente de la investigación sociológica ve en el
movimiento social la acción de un actor dominado y contestatario que se opone a
un adversario social para intentar apropiarse del control de la historicidad, es
decir, de las principales orientaciones de la vida colectiva. La primera de esas
corrientes está identificada teóricamente con los postulados de Charles Tilly y
Anthony Oberschall, la segunda con la propuesta de Alain Touraine. Es por ello
que el recién finado A. Melucci se negó a optar por una de las dos, y participó
activamente en la vida y sentido de los dos Comités de la AIS.1
En efecto, no es en verdad necesario oponer de frente esas dos propuestas
teóricas, que ponen énfasis en dimensiones relativamente distintas de la realidad
social. La primera propone, en definitiva, una sociología política, que sólo consti­
tuye un nivel, y no el más elevado sociológicamente, en la perspectiva de la segun­
da. Una cosa es buscar penetrar en el seno de un sistema político, y otra es inten­
tar apropiarse del control del modo de conocimiento, de la cultura o de la defini­
ción de las inversiones. En última instancia es posible conciliar las dos grandes
aproximaciones del «movimiento social», a condición de reconocer que ellos no
tienen ni el mismo objeto ni las mismas preocupaciones.
El debate teórico entre la sociología política, que reduce la acción colectiva a
sus dimensiones instrumentales, y la sociología «a la Touraine» que privilegia el
sentido de la acción y sus significados más elevados, no agota por si sólo, obvia­
mente, la lista de definiciones posibles de movimiento social. El pensamiento
funcionalista, por ejemplo, pudo utilizar ese vocablo para calificar acciones co­
lectivas que recalcan las disfunciones de un sistema, o Pierre Bourdieu intentó,
en los últimos años de su existencia, encamar «el» movimiento social, en realidad
un fenómeno francés de «gran rechazo» inaugurado por una huelga importante
en el sector público (sobre todo el transporte público) en noviembre-diciembre
de 1995 —una movilización que atestiguó la crisis del Estado y de su modelo
republicano de servicio público, y que rechazó las tentativas de reformas pro­
puestas tanto por la derecha como de la izquierda clásica.
Así, hay que reconocer que ningún sociólogo tiene el monopolio de la teoría de
los movimientos sociales. Entonces, señalamos para poder continuar, que las lí­
neas que siguen se inscriben claramente en la senda marcada por Alain Touraine
desde los años sesenta.

I. El paradigma fundador

En los años sesenta, cuando el movimiento obrero vivía el apogeo de su exis­


tencia histórica, brindó el paradigma fundador a la sociología de los movimientos
sociales. Ese paradigma se sostuvo en cinco puntos principales.

a) El marco del Estado-nación

Consideraba al actor, al movimiento social, en el marco de los Estados y de las


naciones en el seno de los cuales se desarrollaba la sociedad industrial, y postula­
ba una fuerte correspondencia, y una cierta integración de los niveles social,
político y cultural. El movimiento obrero era la figura contestataria más elevada
de una sociedad que, por lo regular, se identificaba más o menos con un Estado y
una nación.
Es verdad que los partidos y los sindicatos obreros podían establecer relacio­
nes internacionales, y que no dudaban en proclamar el carácter universal, gene-
red y planetario de su combate —«proletarios de todos los países unidos» mencio­
na un célebre apostrofe de Carlos Marx y Federico Engels. Pero es en el marco de
los Estados y de las naciones donde fundamentalmente el movimiento obrero se
construyó y se desarrolló, y es en ese contexto que fue analizado por los historia­
dores y sociólogos.

b) Una dominación

El movimiento obrero procede de una relación de dominación, echa raíces en


las fabricas, en los talleres, allí donde se ejerce el dominio de los amos del trabajo.
Alcanza su máximo poder cuando este dominio afecta a la vez a obreros califica­
dos, caracterizados por una conciencia orgullosa de su oficio y que son despoja­
dos de su saber hacer, y a obreros especializados, desprovistos de calificación, de
conciencia más bien proletaria, que se definen por la ausencia de toda relación
positiva con su trabajo. El taylorismo, o sus avatares en la historia, originaron las
condiciones óptimas para que los responsables de la organización «científica» del
trabajo ejercieran este tipo de doble dominio en el terreno de las fábricas. Inclu­
sive fuera de las empresas sometidas a estos principios, siempre hay, en el desa­
rrollo de las luchas obreras, una fuerte conciencia de una oposición a un adversa­
rio social, que explota y oprime a los obreros en el marco de una relación directa
de dominación.

c) Una acción propiamente social

Generalmente el movimiento obrero proporciona la imagen de fuertes comu­


nidades, más o menos unidas por una cultura propia, caracterizada por necesida­
des propias, específicas, imagen bosquejada por historiadores o sociólogos britá­
nicos, como Edward P. Thompson o Richard Hoggart,2 o por el sociólogo francés
Maurice Halbwachs3 interesado en las «necesidades» y el consumo de la clase
trabajadora. Además, la acción obrera puede, sin duda descansar sobra la fuerza
de una comunidad: es así esencialmente cuando ésta es amenazada en su existen­
cia misma, por ejemplo, después del anuncio del cierre de una mina o de una
fábrica que permitió el desarrollo de una ciudad o de una región. La cultura
obrera fue durante dos siglos una realidad incontestable, y ella a menudo pareció
soportar la acción. Pero fuera de acciones defensivas del tipo, en última instan­
cia, de los reflejos de supervivencia, la cultura obrera no puede explicar el com­
promiso del actor, su capacidad de proyectarse al futuro, de intentar derribar la
dominación. Es en las relaciones sociales donde se juega fundamentalmente la
acción que es soportada por una conciencia social a veces, y de modo defensivo,
por una conciencia comunitaria: la cultura obrera y la comunidad se movilizan no
para cuestionar una relación de dominación o de explotación, sino al contrario,
para mantener formas de existencia que incluyan esa relación: para salvar la
mina, aunque el minero está ahí sometido a condiciones particularmente duras
de trabajo, para salvar la empresa industrial que está en riesgo de cerrar, aunque
paga salarios más bien miserables, etcétera. Es por eso que encontramos de ma­
nera general y frecuente a mujeres en ese tipo de lucha: aun cuando ellas no
tienen tradicionalmente el mismo derecho de entrar a la mina de carbón, pueden
convertirse en la punta de lanza de las movilizaciones destinadas a evitar el cie­
rre de la mina.

d) Del movimiento social a la acción política

El movimiento obrero no es un actor político. Una afirmación de tal naturaleza


puede extrañar, pues nosotros vimos, durante más de dos siglos, figuras políticas
presentarse como encamaciones del movimiento obrero. Pero ¿por qué seguimos
confundiendo a los que hablan en nombre de un movimiento social, y a los que
son su expresión, los obreros alzándose contra una dominación sufrida y de la que
tienen la más viva conciencia? Una afirmación de tal naturaleza no debe impedir
vislumbrar la relación que puede darse entre esta conciencia, social, y las formas
concretas de organización que ésta reviste eventualmente, con la forma princi-
pálmente de sindicatos, y la acción política. Así, en algunos de sus componentes,
o en ciertos momentos de su historia, el movimiento obrero es explícita y vigoro­
samente hostil a toda relación con los partidos políticos, y proclama con orgullo
su independencia —fue el caso, en particular, del sindicalismo de acción directa.
Pero el modelo principal de su relación con lo político no es este sindicalismo,
cuyo apogeo coincide con la fase de nacimiento del movimiento obrero. Se carac­
teriza más bien por la idea que para pasar del nivel social al nivel político, de la
conciencia social al poder de Estado, un partido político es necesario, aunque este
intermediario puede revestir diversas formas, revolucionarias, o reformistas, co­
munistas, socialdemócratas u otras. En muchas ocasiones, los obreros han sido
los perdedores en esta relación, que se invirtió entonces para transformarse en
una subordinación de su acción a la de un partido, lo que fue en especial teoriza­
do y puesto en práctica con un total desprecio por Lenin, profesando que los
obreros son en el mejor de los casos «trade unionistas», e incapaces de ir más allá
de sus intereses económicos a corto plazo, y otorgando el monopolio del sentido
de la acción a la vanguardia partidista.

e) Un sujeto social

Finalmente, el obrero que por su acción se adhiere en una lógica de movimien­


to social no se define como el simple fruto de (las) «contradicciones» o de una
crisis, como lo quiso una larga tradición intelectual y política, más o menos es-
tructuralista dominada hasta cierto punto por el marxismo. Él es portador de una
subjetividad, y ésta se define en términos sociales. Tiene una conciencia de clase,
o una conciencia obrera, expresiones que remiten al sentido que él mismo puede
dar a su acción, aun cuando, desde un punto de vista sociológico, este sentido
nunca es reductible a su conciencia. Su subjetividad está definida en términos
sociales, a partir de las relaciones de producción, de la dominación que se ejerce
ahí, y del sentimiento experimentado de estar privado del dominio de su activi­
dad productiva, o del control de lo que produce.
En la perspectiva del movimiento obrero, el obrero es un sujeto, y más preci­
samente un sujeto social, inscrito en la realidad del trabajo, y de su organización.
Actualmente, cuando hablamos del sufrimiento en el trabajo o que consideremos
el hostigamiento del que se quejan ciertos asalariados en la empresa no los consi­
deramos como trabajadores víctimas en tanto tales, sino más bien como personas
afectadas de la manera más profunda en su integridad personal, moral y física, en
tanto que sujetos singulares. Lo que es muy diferente a considerar que la domina­
ción y la opresión fabrican, de cierta manera, una conciencia obrera. Es por eso
que en la actualidad los sindicatos tienen dificultad para atender las «heridas»
que afectan a un sujeto definido como ser moral, y no como trabajador.
Así, estas cinco características principales nos permiten asentar el paradigma
del movimiento obrero, en tanto que movimiento social de las sociedades indus­
triales:4 opera en el marco de un Estado-nación, cuestiona una dominación, es
portador de una acción verdaderamente social, no se alza por sí mismo al nivel
político, y es sostenido por un sujeto también social.
II. Los nuevos movimientos sociales

Al final de los años sesenta y principios de los setenta, el movimiento obrero


vivía sus últimos destellos como movimiento social, aun cuando Alessandro Piz-
zomo y Colin Crouch5 creían reconocer en las luchas de la época un resurgimien­
to de los conflictos de clase. Al mismo tiempo, nuevos cuestionamientos anima­
ban la escena social, al punto que era legítimo postular un cambio de tipo de
sociedad. Estaba ocurriendo, desde ese punto de vista, el paso de la era industrial
a la era posindustrial, y las figuras contestatarias de las sociedades posindustria­
les ya no eran el movimiento obrero, en decadencia histórica, sino las luchas
estudiantiles, antinucleares, regionalistas, de las mujeres, etcétera. Evidentemente,
no todos los sociólogos compartían esta visión, aun cuando se percataban de ma­
nera clara de que había importantes cambios en juego. Así, Daniel Bell lanzó al
final de los años sesenta la fórmula de «sociedad posindustrial», proponiendo una
imagen muy diferente a la de Alain Touraine, quien retomó esa expresión, pues
aquel la concebía como una suerte de extensión de la sociedad industrial, más que
como un nuevo tipo de sociedad.6
Con las luchas inauguradas por los movimientos estudiantiles en Estados Uni­
dos, en Francia, o en Italia, la noción misma de movimiento social se aplicaba a
luchas que se distinguían tanto de los movimientos obreros de la fase anterior
como para que uno pudiera hablar de «nuevos movimientos sociales». En esta
segunda era, las características concretas de los actores se diferenciaban de ma­
nera confusa y, por tanto no siempre claras, con respecto de los movimientos
sociales de la era industrial.

a) El mismo marco del Estado-nación

Las luchas y los actores del final de los años sesenta y principios de los setenta
continuaron definiéndose en el marco del Estado-nación. Las formas organizacio-
nales se generaban en este marco, aun cuando la concomitancia de las moviliza­
ciones podía dar la imagen de un fenómeno planetario. Decir «68», por ejemplo,
aún en la actualidad, es evocar un conjunto de contestaciones estudiantiles, even­
tualmente obreras, que iniciaron en Estados Unidos para trasladarse enseguida a
Europa, América Latina e, inclusive, a Japón. Con todo, en ciertos casos, la acción
comienza a ser transnacional, a organizarse en espacios donde intenta burlar las
fronteras. Así, en Europa, en la segunda mitad de los años setenta, las moviliza­
ciones en contra de la construcción de centrales nucleares reunían a militantes
antinucleares de varios países.
El marco del Estado-nación no estalla, pero un principio de globalización de
las luchas se esboza —que no hay que confundir con la intemacionalización de la
acción, es decir, con la interconexión de contextos nacionales.

b) Un adversario social que no es fácil identificar

El actor, en esos «nuevos movimientos sociales» diversos, tiene problemas


para definir un adversario social, y en las investigaciones que le proponen un
adversario, se resiste. Así, los militantes antinucleares —cuya lucha, si la compa­
ramos con otras movilizaciones de la época, fue la más capaz de «conflictualizar»
la acción— dudaron mucho en admitir la hipótesis que les proponían los investi­
gadores en sesiones de «intervención sociológica»: eran escépticos cuando los
investigadores sugerían la idea de que se movilizaban contra un adversario social
de nuevo tipo, los aparatos tecnocráticos que buscan afianzar su dominio sobre la
sociedad imponiendo un programa electro-nuclear conforme a sus intereses y a
sus competencias.7
En otras luchas del mismo periodo, la imagen del adversario era aún más
difícil de ser admitida por los militantes. Así, a diferencia del movimiento obrero,
donde el adversario social es relativamente claro, e identificable con los actores
dirigentes y dominantes reales, los «nuevos movimientos sociales» sólo disponen
de representaciones vagas, inestables de sus adversarios. Se involucran en con­
flictos en los que el adversario se vuelve impersonal, lejano, indefinido o mal
definido —salvo si adoptan definiciones anticapitalistas, «marxizantes», lo que
los conduce a perder de vista la especificidad de sus demandas para reducirlas a
avatares de la lucha de clases y de un combate mítico a favor de la clase obrera.

c) Una fuerte carga cultural

Los actores de los «nuevos movimientos sociales» se definen por una fuerte
carga cultural, contestan directamente las orientaciones culturales de las socie­
dades donde viven: Cuestionan la autoridad en todas sus variantes —lo que en la
actualidad se le reprocha al Mayo del 68 en Francia. Se involucran en la crítica de
la sociedad entonces floreciente del consumo de masas, de la publicidad, de la
manipulación de las necesidades, denuncian las industrias culturales. El corazón
de la movilización antinuclear gira en tomo a la protesta ecológica, y, desde en­
tonces, los militantes ambientalistas van a jugar un papel central en muchas lu­
chas, donde el objetivo final es proponer otro modelo de relación cultura-natu-
raleza diferente del que dictan las firmas multinacionales y los Estados, que even­
tualmente, las apoyan. Esos actores quieren inventar nuevas formas de vivir juntos,
piensan que producir más no necesariamente es progreso, se preocupan por el
planeta que las generaciones actuales dejarán a las venideras. El movimiento de
las mujeres está desgarrado entre las que hablan sobre todo de igualdad, y las qué
proclaman su diferencia, lo que remite pronto a una afirmación cultural. Los
movimientos regionalistas y otros fenómenos de ethnical revival enarbolan funda­
mentalmente demandas de reconocimiento cultural, se apoyan en una historia,
una lengua, unas tradiciones, incluso si tienen que inventarlas o proponer de ellas
construcciones míticas.
Esos «nuevos movimientos sociales» pueden, por cierto, proponer reivindica­
ciones sociales: los estudiantes denuncian las condiciones difíciles de su existen­
cia, su «miseria», las luchas occitanas conllevan dimensiones socioeconómicas
cuando son llevadas a cabo por pequeños viticultores en lucha contra las comer-
cializadoras, etcétera.8 Pero en su conjunto, ellos pugnan por valores y cambios
culturales, más que involucrarse en una acción social clásica, se trata de actores
culturales más que sociales.
d) Otra relación con la política

Los actores de los años setenta quisieron, en ocasiones de manera apasionada,


repensar su relación con la política. En ciertos casos, afirmaron que todo es polí­
tico, lo que los conducía entonces, en dado caso a liquidar la disociación entre lo
público y lo privado: al proclamar la disolución de fronteras separando la esfera
pública y la esfera privada, esperaban poner fin a relaciones de poder que antes
no eran siquiera cuestionadas, simplemente porque eran «privadas» y no tenían
que ser expuestas, debatidas y menos aún combatidas. Fue así como las violen­
cias sufridas por las mujeres fueron reconocidas. En otros casos, los actores qui­
sieron marcar su distancia con la política. El problema para los militantes de la
contra cultura, por ejemplo, no era tanto acceder al poder, en particular al del
Estado, sino inventar nuevas formas de vivir juntos; los estudiantes del movi­
miento de Mayo del 68, en París, pasaron en reiteradas ocasiones delante de los
ministerios desertados por el poder despavorido, y no les pasó por la mente la
idea de entrar y de instalarse allí.
Pero entre el «todo político», y el rechazo total de lo político, lo más decisivo,
si uno analiza a esos actores, fue su incapacidad de distanciarse de las ideologías
del momento que, con todas sus variantes, los invitaban a institucionalizarse pre­
maturamente o a someterse a proyectos y a vicios políticos heredados del pasado,
y entonces a radicalizarse y a volverse revolucionarios, a pensarse en las palabras
y las categorías del izquierdismo. Así, por un lado, algunos entrarán en el sistema
político: la ecología política, que a menudo se volvió ecología politiquera, al tiem­
po que sus ideas más innovadoras eran más o menos adoptadas en todo el espec­
tro político, e incluso más allá, como si pasara de un estatus de fuerza contestata­
ria al de movimiento de modernización. De igual manera, pudimos ver a adversa­
rios de la ecología política de los años setenta, los dirigentes de la EDF (Electricidad
de Francia, poderoso monopolio que asegura el servicio público de electricidad),
apropiarse de ciertos aspectos de su temática para convertirse 30 años más tarde
en ardientes promotores de la idea de desarrollo sustentable. Y, por otro lado,
otros se radicalizaron, en ocasiones, combatiendo el izquierdismo y las ideologías
revolucionarias, para finalmente abolirse y perderse, al menos en parte: los movi­
mientos de mujeres, por ejemplo, contribuyeron al estallido de los grupos izquier­
distas de los años setenta, a los que reprochaban su machismo y sus formas de
poder sexual, pero no se repusieron bien de la crisis y algunas cayeron en formas
de radicalidad cercanas a lo que combatieron.

e) Un sujeto cultural

Los «nuevos movimientos sociales» se interesaban mucho en la subjetividad


de los actores, personal y colectivo. Ya no aceptaban el modelo de la satisfacción
diferida, la espera «del mañana radiante»: querían vivir «hic et nunc» las relacio­
nes sociales e interpersonales por las cuales se movilizaban. En ciertos casos, esto
se convirtió en búsqueda del puro gozo, en hedonismo; en otros, en la realización
de utopías comunitarias, de las cuales subsisten algunos vestigios, sobre todo en
Alemania, donde algunas comunidades nacidas en ese clima aún subsisten. En
otras ocasiones, la acción se sustentaba en referencias a un pasado, a tradiciones,
en un anclaje en una historia y en una cultura, en gran parte inventada, «talacha-
da» según la expresión famosa de Claude Lévis-Strauss. Ante todo, eso significaba
que el sujeto personal era valorizado en todo lo que podía remitir a formas de
inventiva o de creatividad cultural, así como al compartir valores comunes. El
sujeto del movimiento obrero era colectivo y social, el de los «nuevos movimien­
tos sociales» podía ser individual, pero sobre todo era cultural.
La era de los «nuevos movimientos sociales» está detrás de nosotros. Corres­
ponde a una fase de transición, entre el movimiento obrero de ayer y los movi­
mientos globales de la actualidad, entre la sociedad industrial, y la sociedad que
hemos dejado de llamar «posindustrial», para hablar más bien de sociedad de
redes, o incluso para contestar la idea misma de sociedad. Desde hace muchos
años hay menos movimientos de estudiantes, los ecologistas se han institucionali­
zado, o radicalizado en un izquierdismo impotente, lo que queda del feminismo se
convirtió en una combinación de presión política modernizadora y de reflexión
intelectual, filosófica, lo que marca un giro en la historia de los movimientos de
las mujeres. Los regionalismos también se transformaron, encerrándose unos en
la espiral de la violencia, otros convirtiéndose en fuerzas de modernización, o en
poderes políticos novedosos. Contrariamente a una suerte de tendencia al opti­
mismo sociológico, los «nuevos movimientos sociales» no han impactado directa y
firmemente la entrada a un nuevo tipo de sociedad, han sido más bien los prime­
ros bosquejos de una nueva familia de luchas, pero demasiado pronto descom­
puestos o subordinados al pensamiento devastador del izquierdismo para poder
implantarse de manera duradera.

III. Los movimientos «globales»

Al final de los años setenta, el movimiento obrero había perdido su capacidad


de proporcionar un sentido universal, un horizonte general a las luchas de un
actor singular, los obreros, y había dejado de ser un movimiento social en el sen­
tido preciso que nosotros le dimos antes a esta expresión: al mismo tiempo los
«nuevos movimientos sociales» decaían, y, a la escala del planeta entero, numero­
sos pensadores —sociólogos ente otros— se interrogaban: no había llegado la hora
del vacío social, del individualismo generalizado, más aún, de las fragmentacio­
nes culturales que conllevan la semilla de toda suerte de diferencias en el espacio
publico. En este caso, ya sea que se trate entonces de valorizar el individualismo
o el tribalismo, la postura «posmodema» descansaba sobre la idea del fin de los
«grandes relatos», y sobre la hipótesis de la desaparición de los movimientos
sociales.
Es verdad que a lo largo de los años ochenta y noventa, era difícil postular la
noción de movimientos sociales para interpretar las realidades observables. Los
viejos movimientos sociales, el obrero, y más aún lo que subsistía de las nuevas
movilizaciones de los años setenta, no habían desaparecido enteramente; pero lo
que quedaba estaba institucionalizado —incapaz de elevarse al nivel de la histori­
cidad, de cuestionar el control general de las principales orientaciones de la vida
colectiva, o bien, radicalizado y listo para adoptar formas de violencia o ideolo­
gías de ruptura. Las afirmaciones identitarias más visibles parecían conducir a
un repliegue comunitarista, o se adscribían a unas lógicas de sectarismo, de na­
cionalismo, léase terrorismo, más que inscribirse, aun de lejos, en la línea de los
movimientos sociales. Y el individualismo progresaba, en ocasiones, de manera
espectacular.
Sin embargo, no podemos estar satisfechos ante la imagen de un mundo redu­
cido a esas grandes tendencias —institucionalización de antiguos actores; radica-
lización; repliegue identitario de los actores culturales; e individualismo generali­
zado. Porque a mediados de los años noventa, comenzaron a afirmarse figuras
inéditas de la acción, unas verdaderamente nuevas, y otras como la continuación
de iniciativas más antiguas.
Hasta el fin de la Guerra Fría, el planeta estaba estructurado por el conflicto
que oponía a las dos superpotencias: Estados Unidos y Unión Soviética. Con la
caída del Muro de Berlín, este conflicto entró en un periodo nuevo, la economía
parecía reinar, la globalización se convertía en la palabra clave. Comenzamos así
a tomar conciencia de la importancia de las organizaciones no gubernamentales
(ONG), y nuevas luchas aparecieron en la escena, con la pretensión de tener un
carácter «global», rechazando ante todo la idea de limitarse al marco del Estado-
nación, surgidas como resultado de un rechazo de las consecuencias de la globali­
zación sobre la cultura y la vida social. Ya sea que se trate del ambiente, de los
derechos del hombre, de la oposición altermundista a las lógicas de la mundiali-
zación neoliberal, o más aún de las afirmaciones de las identidades culturales
demandando su reconocimiento, numerosas son las luchas que remiten a un ter­
cer tipo de movimiento social, que nosotros llamaremos, con el apoyo de muchas
investigaciones, «movimientos globales». Estas luchas cuando las observamos
concretamente, pueden presentar aspectos tradicionales, que parecen entonces
retrocederías hacia el pasado, a los movimientos del primero y segundo tipo ana­
lizados anteriormente; ostentan también elementos poco claros, e inclusive in­
quietantes, de tendencias a la violencia por ejemplo. La noción de «movimiento
global» deja de lado esas diversas dimensiones, para concentrarse sobre las que
corresponden, en las luchas en cuestión, a la imagen de un movimiento social.

a) El marco debilitado de Estado-nación

El marco del Estado-nación no ha desaparecido del horizonte de los actores


que nos interesan aquí, pero ya no es tan fundamental como antes: ese hecho se
debe en principio a cambios generales, en los cuales día tras día se separan las
categorías de la vida social stricto sensu, de la vida política y de la cultura. Los
espacios de esas tres dimensiones de la vida colectiva se integran cada vez me­
nos, lo que se traduce en que ya no existe un marco (único) imponiéndose a los
actores contestatarios, que se movilizan en espacios más o menos desarticulados,
en marcos que no son principalmente los del Estado-nación. Si se trata de diferen­
cias culturales, por ejemplo, éstas son de manera frecuente transnacionales, o de
diásporas, susceptibles de reivindicarse un día aquí y otro allá. Cuando las comu­
nidades armenias obtienen en Francia el reconocimiento oficial del genocidio
turco, su combate se inscribe en un proceso planetario, que ante sus ojos está
lejos de estar acabado; cuando los Kurdos bloquean carreteras en Alemania, pue­
de ser por la situación en Turquía. El islam, contrariamente a las versiones más
simplistas de Samuel Huntington sobre el clash de las civilizaciones, es una fuer­
za de contestación y de acción que puede operar en el mundo entero, con diver­
sas formas, incluidas algunas muy próximas al movimiento social. Las afirmacio­
nes identitarias en Estados Unidos, del tipo «méxico-estadounidense», en la ac­
tualidad son muy diferentes a las de la época de los «chicanos» encabezados por
César Chávez. No se entienden si no se toma por marco de referencia un espacio
que incluya a Estados Unidos y a México simultáneamente. Los protagonistas de
las luchas contra la mundialización neoliberal desearían en ocasiones blandir la
idea de más Estado y de soberanía nacional, pero se acercan tanto más a un
movimiento social cuanto más contribuyen a abrir espacios internacionales de
negociación política, de regulación económica o de justicia, más allá del marco
que constituye tal o cual Estado en donde se encuentran implantados. Los «movi­
mientos globales» piensan cada vez menos en términos de Estados y de naciones,
y no se oponen a acudir al derecho de ingerencia para pasar por encima de las
implicaciones más brutales de la noción clásica de soberanía de los Estados.

b) El reconocimiento

Las contestaciones de los actores «globales» pueden ser muy limitadas, en sus
reivindicaciones, o por el hecho de su inscripción en un territorio de pequeñas
dimensiones: los habitantes de una ciudad, por ejemplo, luchan contra los daños
ocasionados en cierto lugar por una empresa multinacional que produce mucha
contaminación. Pero lo que los vuelve «globales» es la conciencia de los actores,
que saben articular un combate limitado con una visión planetaria, así como su
capacidad de conectarse con redes internacionales. Las contestaciones pueden
poner en evidencia las desigualdades o la injusticia social, pero no siempre, o no
necesariamente. En cambio las movilizaciones incluyen siempre una dimensión
central de demanda de reconocimiento. Los movimientos «globales» no son res­
puesta a abusos en el marco de la dominación clásica, no están impulsados, ante
todo, por el cuestionamiento a las lógicas de explotación, están ansiosos por cons­
truir un mundo mejor, y por acabar con todas las formas de desprecio y de igno­
rancia que los marginan. Eso explica posiblemente el hecho de que ellos tengan
más problemas, aún más que los «nuevos movimientos sociales» de los años se­
tenta, en definir un adversario social. En ocasiones consideran estar en una lucha
contra el capitalismo, pero les es difícil asociar ese combate anticapitalista a una
lucha de clases donde la figura central debería seguir siendo el proletariado obre­
ro; ellos tienden también de manera frecuente a hacer de Estados Unidos un
enemigo, es decir, desarrollan un antiimperialismo, pero también un antiameri­
canismo, aunque esto transforma su acción al dejar de ser un movimiento social
para convertirse en un movimiento político más o menos radicalizado e incapaz
de avanzar hacia la mínima construcción positiva, porque se trata entonces de
esperar a que se exasperen las contradicciones y la crisis del sistema. Pueden aun
contestar la acción de grandes organizaciones internacionales, las Naciones Uni­
das, el Banco Mundial, etc., o dotarse de un adversario singular en el marco de
una lucha determinada, una firma por ejemplo. Pero en conjunto, los «movimien­
tos globales» dan la imagen de una nebulosa oponiéndose a un adversario difuso,
impersonal, muy mal identificado, muy lejos, en consecuencia, del movimiento
obrero de un siglo atrás, capaz, él, de poner en evidencia de manera bastante
precisa a los amos del trabajo.

c) El lugar central de la cultura

Eso que esbozaban los «nuevos movimientos sociales» de los años setenta se
refuerza considerablemente en los «movimientos globales», que son de forma
clara actores con una fuerte carga cultural. Incluso si se trata para ellos de enar­
bolar demandas sociales, se movilizan, inventando siempre formas de compromi­
so donde las relaciones entre ellos atestiguan la invención de una nueva cultura,
que respeta los valores que les son propios. Ante todo, esos movimientos constan­
temente enarbolan demandas de reconocimiento cultural. Reivindican frecuen­
temente, ante todo, una identidad, que no buscan cristalizar en una lógica de
reproducción, sino por el contrario darle vida obteniendo derechos, al comenzar
por el de existir. Los «movimientos globales», al contrario de los actores integris-
tas o fundamentalistas, y de nacionalismos que se reclaman del antimundialismo,
quieren crear las condiciones favorables al desarrollo de varias formas de vida
culturales, y no enmarcarse en lógicas de cierre sobre sí mismos. Por ejemplo, el
movimiento zapatista en Chiapas, considerado una figura pionera de esos «movi­
mientos globales», enarbola ante todo una demanda de reconocimiento cultural
(la de los indígenas de México), indisociable de un combate por la justicia social y
por la democracia.9

d) Otra relación con lo político

Desde el momento en que el marco de la acción ya no es sólo el Estado-nación,


y que las demandas son culturales y no exclusivas o necesariamente sociales, en
el sentido clásico del adjetivo, la relación de los actores con la política se transfor­
ma considerablemente. Para ellos es aun menos fundamental que para los actores
de los «nuevos movimientos sociales» apropiarse del poder de Estado, ni intentar
imponer cualquier tipo de comunismo —la experiencia de éste y luego la caída
del comunismo real están ahí, de todas maneras para recordamos a dónde llegan
ese tipo de tentaciones. El discurso de la ruptura se reencuentra, por lo tanto,
frecuentemente entre los actores que denuncian la mundialización neoliberal;
pero este discurso está ahí sin salida política, y aleja de hecho sus actores del
movimiento social, en todo caso bajo la perspectiva que nosotros adoptamos. Al
contrario, ellos se acercan a él cuando intentan contribuir a la construcción de
espacios políticos, cuando exigen más mediaciones internacionales, en particular
en materia económica y jurídica. Después de todo, ¿el principal logro de las gran­
des concentraciones altermundialistas, en Seatlle o en Puerto Alegre, no fue ha­
ber acabado con la arrogancia de las élites políticas y económicas que acostum­
braban reunirse en Davos? Lo más decisivo, desde el punto de vista político, tiene
que ver ciertamente con la voluntad y la capacidad de los actores, sin exagera­
ción, de contribuir a la construcción de espacios políticos y jurídicos internacio­
nales en cuyo seno ellos podrían, luego, funcionar como actores contestatarios.
Radica, dicho de otra manara, en su voluntad y su capacidad de crear las condi­
ciones de su existencia, más allá de las formas clásicas de los Estados.
e) Un sujeto ni político, ni social, ni cultural

En los grandes cambios históricos que condujeron a la revolución estadouniden­


se, y después a la francesa, el sujeto que se impuso era ante todo político, era el
ciudadano. Con el movimiento obrero, lo vimos, el sujeto era social, y con los «nue­
vos movimientos sociales», era cultural. En la actualidad, en la nebulosa de los
actores «globales», se deja un campo ancho a la subjetividad de los individuos que
se involucran o simpatizan con ella. Esta subjetividad es personal, propia a la perso­
na singular, no es reductible a cualquier anclaje. Ella funciona hacia arriba, ella
hace que una persona se involucre —y de hecho también que se separe. Cada uno
puede escoger su lucha, su movilización, su identidad colectiva, pero también ad­
ministrar su participación a la acción a su manera, a su ritmo, o interrumpirla si lo
desea. En el pasado la participación en la lucha podía estar dictada o modulada por
la situación, en la actualidad es una decisión personal. Entonces, el sujeto no es
político, social o cultural, él es este sujeto virtual que se transformará eventualmen­
te en acción, y por lo cual, el sujeto convertido en actor influye sobre su trayectoria,
produce su experiencia, define sus opciones, inventa, desarrolla su creatividad
propia al mismo tiempo que contribuye a una movilización colectiva.
Es precisamente porque el sujeto de los «movimientos globales» no es social,
ni político, ni cultural que hay que terminar con la idea que es necesario escoger,
para comprender a nuestras sociedades contemporáneas, entre las imágenes del
individualismo generalizado y las del retorno omnipresente de las diferencias
culturales, e incluso más allá de esto, del retomo de la acción colectiva. De hecho,
el primer fenómeno alimenta el segundo, el individualismo fabrica sujetos perso­
nales que son susceptibles, en dado caso, por elección, o también por cálculo, de
participar en movilizaciones colectivas, identidades culturales, movimientos de
todo género. El desarrollo de los «movimientos globales» dependerá de su capaci­
dad de conjugar demandas de reconocimiento cultural, reivindicaciones de justi­
cia social y acciones que contribuyen a abrir nuevos espacios políticos —lo que
será posible en la medida en que ellos sigan apoyándose en la subjetividad perso­
nal de sus miembros, respetándola, valorizándola, convirtiéndola en la palanca
de integración de sus diferentes componentes.

IV. Los antimoviimentos sociales

Ya sea que se trate de movimiento obrero, de «nuevos movimientos sociales» o


de «movimientos globales», un peligro constante amenaza al analista: confundir
una noción relativamente abstracta, una categoría sociológicamente pura, y fenó­
menos históricos reales, concretos, que pueden incluir esta categoría, pero mez­
clándola necesariamente a otras. El movimiento social no se da nunca en su pure­
za conceptual, aparece siempre como una simple dimensión de la acción, entre
otras. Por ejemplo, en la práctica, una huelga obrera puede incluir demandas
sociales limitadas, corporativas o «categoriales», elementos de presión política
sobre un gobierno, que remiten a la idea de una crisis económica, tendencias a la
violencia, y un componente de movimiento social, que puede incluso presentarse
de manera débil en relación con los otros componentes.
Por otro lado, un movimiento social se define, en teoría, por el hecho que él
posee no únicamente una, sino dos fases, que se presentan en modalidades extre­
madamente variables de una experiencia a otra o, en una misma experiencia, de
un periodo a otro, de una coyuntura a otra. La fase ofensiva del movimiento
corresponde a la capacidad del actor para definir un proyecto, un objetivo, una
utopía, y proponer, apoyándose sobre una identidad fuerte, una concepción alter­
nativa de la vida colectiva; en esta fase el movimiento está más dispuesto a la
negociación que en la fase defensiva del movimiento, cuando el actor está ante
todo preocupado por no ser destruido o devastado por la dominación sufrida, y se
esfuerza por existir, vivir, sobrevivir, salvar el «pellejo», su ser, su integridad
moral y física.
Las condiciones que permiten a un movimiento social expandirse y articular
plenamente su capacidad contra ofensiva, y las exigencias de una acción defensi­
va no son jamás perfectas; además, todo movimiento nace, se desarrolla y decli­
na, con riesgo de que su trayectoria histórica sea más o menos caótica. En ocasio­
nes se comporta con enormes dificultades que tienen que ver con el contexto (por
ejemplo, crisis económica o política), pero también con sus propios recursos.
Ellas lo llevan en ciertos casos a perder el rumbo, señal de una descomposición
del movimiento más o menos avanzada. Estas derivas lo acechan primero en
principio cuando las dos vertientes (ofensiva y defensiva) del movimiento se sepa­
ran, cuando las diferentes dimensiones de la acción concreta ya no están integra­
das por el actor. Tal fenómeno, multiforme, ocurre fácilmente en coyuntura de
crisis, cuando las dificultades económicas cancelan toda esperanza de negociar
reivindicaciones salariales, o cuando la miseria se vuelve obsesiva, impidiendo a
los actores la posibilidad de proyectarse de manera positiva hacia el futuro. Lo
anterior propiciado por la cerrazón política, cuando las demandas sociales o cul­
turales no tienen ninguna oportunidad de ser tratadas políticamente, debatidas,
discutidas, lo que empuja a las actores a replegarse sobre sí, o bien a la radicaliza-
ción y a la violencia.
Las «derivas» ocurren más fácilmente en periodo de nacimiento, o, al contra­
rio de declive histórico de un movimiento, cuando está débil, vulnerable, lejos de
su madurez. Entonces, en efecto es débil, falto de confianza en sí mismo, en su
fuerza, y está más atraído por la institucionalización prematura, o incluso por el
compromiso con el poder frente al cual se alza, y por otro lado por conductas de
ruptura violenta, el rechazo a todo intercambio, a toda negociación. Es por eso
que no hay que, necesariamente, oponer siempre la institucionalización de un
movimiento, y las conductas de rabia o de violencia que pueden emanar de él: son
dos expresiones, ciertamente opuestas, de un mismo fenómeno, su dificultad a
integrar sus principales dimensiones en un conflicto con alto nivel de proyecto,
sus tendencias a la desestructuración.
Aún desestructurado, un movimiento social no ha de ser confundido con su
figura inversa, el antimovimiento, que es la expresión negativa, invertida del mo­
vimiento.

a) Los antimovimientos globales

Podemos hablar de antimovimientos cuando cada uno de los elementos que


permiten definir un movimiento están deformados, invertidos, pervertidos. En
ese caso, el carácter universal de la acción que trata de trascender los intereses
limitados del actor, es sustituido por el sectarismo. El cuestionamiento a un ad­
versario, aunque débilmente identificado, cede su lugar a la definición de un
enemigo irreductible, que es, llegado el caso, satanizado o racializado, tratado
como un superhombre, o un subhombre, incluso ambas cosas a la vez. La relación
de conflicto entre actores, se convierte en una pura relación de fuerza, una rup­
tura, sólo resuelta por la violencia, la guerra, la destrucción, y, en ciertos casos la
auto-destrucción. No hay, para retomar el vocabulario de Cari Schmitt, más que
una relación amigo-enemigo.
Podemos presentar tres figuras de antimovimiento que corresponden cada
una a uno de los tres tipos de movimiento que nosotros hemos enunciado. El
totalitarismo, cuando se autoproclamó de la clase obrera (URSS, pero también,
en Europa occidental), el terrorismo de extrema izquierda anarquista y, sobre
todo, marxista-leninista, que tuvo una real importancia en varios países en la fase
de nacimiento, o al contrario, de declive de la sociedad industrial, remiten, en
esta perspectiva, a una inversión del movimiento obrero. El mismo terrorismo,
cuando canalizó las expectativas difusas de la juventud, sobre todo en Italia de los
años setenta, mezclando entonces temática obrerista y referencias a demandas
culturales insatisfechas, produjo, al menos parcialmente, una suerte de inversión
de los nuevos movimientos sociales de la época. Y fenómenos todavía limitados,
como la secta Aum, en Japón, conocida por haber liberado gas sarín en los pasillos
del Metro de Tokio en 1995, parecía entonces inaugurar la era de los antimovi­
mientos globales, que nosotros examinaremos más de cerca con otros dos fenó­
menos: las transformaciones del terrorismo internacional, convertido en «global»
con el islamismo radical y los atentados del 11 de septiembre en Estados Unidos,
y el retorno contemporáneo del antisemitismo.
Es necesario subrayarlo: la globalización puede explicar la formación de anti­
movimientos, pero éstos no son necesariamente por sí mismos «globales». Por
todos lados, en el mundo, actual, la globalización es, en efecto, un poderoso factor
de fragmentación cultural y de reforzamiento de las desigualdades sociales, y
esos fenómenos pueden desembocar en todo tipo de antimovimientos: por ejem­
plo sectas, comunidades que se orientan a la violencia extrema sin encamar ellas
mismas en nada lógicas «globales», movimientos sociales clásicos que se descom­
ponen y se revierten hasta parecerse a los antimovimientos. En ese caso, la globa­
lización nos proporciona un principio de análisis para pensar en actores que per­
manecen, dado el caso, confinados en un espacio limitado, nacional, por ejemplo.
Las lógicas que influyen sobre la acción son globales, pero la acción en sí misma
es local, sin que podamos asociarla a dimensiones trasnacionales.
Lo peculiar de los dos fenómenos que vamos a abordar, el terrorismo tipo Bin
Laden, y el antisemitismo contemporáneo que, en ocasiones, están ligados, es que
son a la vez producto de la globalización, y son ellos mismos globales.

b) El terrorismo «global»10

En los años ochenta, el terrorismo cambió de manera profunda. Era hasta ese
momento, sobre todo, o estrictamente político, de extrema izquierda o de extre­
ma derecha, e inscrito entonces en el marco del Estado-nación, o bien nacional,
buscando entonces crear el Estado-nación que soñaban sus actores. Después lle­
garon el fin de la Guerra Fría, la muerte histórica del movimiento obrero, el
empuje del neoliberalismo, la transformación de la violencia, convertida más que
antes o bien en infrapolítica, y entonces más bien económica, preocupada por
acceder al dinero más que al poder de Estado, o bien, con la religión, en metapo-
lítica, más allá de la política, con una visión planetaria, en el plano del espacio, y
con metas más allá de la vida, si hablamos del tiempo. El fenómeno mayúsculo
fue la afirmación, a partir de la Revolución Iraní, del islamismo político y de sus
dimensiones terroristas.
Pero si podemos hablar, en el caso del terrorismo islámico, de antimovimiento
global, no es tanto en relación a los eventos de los años 1980-1990, cuanto al año
2001 y siguientes, y al evento paradigmático, sino es que fundador, que fueron los
atentados del 11 de septiembre del 2001, el «9-11».
Este terrorismo se puede calificar de «global» por las siguientes razones: sus
protagonistas no son necesariamente expresión directa de comunidades vivas,
cálidas, pero desesperadas por sus situación política y económica, por ejemplo:
los jóvenes palestinos que se colocan en la cintura explosivos para ir a Israel a
volar un autobús no practican un terrorismo «global», dado que ellos están en una
situación extrema, aunque clásica. De manera contraria, los autores del atentado
del 9-11 están desligados de la experiencia concreta de aquellos a los que preten­
den representar, ellos no dialogan directamente con los primeros, sino por medio
de sus actos, a través de los medios masivos cuando sus actos tienen éxito. Su
espacio es el planeta, ya sea que se trate de su experiencia personal, o de su
terreno de acción; nacieron en Egipto o en Arabia Saudita, estuvieron en Sudán,
se entrenaron en Afganistán o en Pakistán, fueron a estudiar a Alemania, vivieron
en Reino Unido, en Francia, aprendieron a pilotar aviones en Florida, etc. Ellos no
tienen que rendir cuentas a nadie más que a ellos mismos y a su grupo, no cuen­
tan con bases populares. Los atentados más recientes en Marruecos, en Bali, en
Turquía, en España, etc., dan a pensar que el carácter «global» de la acción signi­
fica una especie de articulación, que varia de una experiencia a otra, entre miras
y objetivos planetarios y religiosos, «huntingtonianos», si uno prefiere, enmarca­
dos en un enfoque de choque de civilizaciones, y de consideraciones locales, ins­
critas entonces en la política del país-objetivo, en proyectos de desestabilización
de un poder definido, de un régimen determinado. Los atentados del 2004 en
Arabia Saudita, pueden ilustrar esta observación: no se entienden sino cruzando
las dimensiones planetarias de las metas de Al Qaeda, y las características pro­
pias a la situación política del país.
El carácter global del terrorismo contemporáneo remite también a su tipo de
funcionamiento, que sugiere la idea de redes de gran flexibilidad, planetarias,
laxas —como el capitalismo—, que saben conectarse y desconectarse. Remite
también a la habilidad de sus actores en materia financiera —podemos decir de
Bin Laden que se benefició de un «delito de iniciado» especulando, antes del 11
de septiembre del 2001, sobre las consecuencias financieras, bursátiles, de los
atentados que él preparaba. El terrorismo es global, igualmente, por las relacio­
nes que mantiene con el Estado: no de subordinación a él, como cuando los Esta­
dos-patrocinadores utilizaban a los terroristas como cuasi mercenarios, para rea­
lizar sus trabajos sucios, controlándolos y, en ocasiones, manipulándolos, sino
subsumiéndolo, como fue el caso del Estado talibán por Al Qaeda, o bien instalán­
dose en zonas de cuasi no Estado, en regiones tribales por ejemplo.
El carácter global del terrorismo actual se refiere también a sus significados,
que son tan planetarios como los del movimiento altermundialista, del cual repre­
senta en ciertos aspectos una especie de figura inversa, y al que pide prestado
una parte de su temática (de lucha contra la exclusión, en nombre de los domina­
dos, o desheredados, contra el imperialismo estadounidense, etcétera).
Podemos hablar de antimovimiento social, en su caso porque presenta la ima­
gen deformada, inversa, de un movimiento social: deja de ser actor de un conflic­
to, y se convierte en promotor de conductas de ruptura, combate no a un adversa­
rio, sino a un enemigo. Transforma la relación social al autocalificarse como su
más alta expresión, en una guerra ilimitada, total. Y aquí, es importante compren­
der la subjetividad de los actores. Éstos no se definen como sádicos, por su cruel­
dad, aunque ellos practiquen los peores horrores, incluso delante de las cámaras,
tampoco se reducen a cálculos, a una estrategia, y por consiguiente, a una acción
puramente instrumental. Ellos no son nihilistas, al contrario, son hipersujetos,
que sobrecargan con una plétora de sentidos su acción, al punto de definir apues­
tas que van, en ciertos casos, más allá de la vida sobre esta tierra. Entonces ellos
están, o algunos de ellos, dispuestos a llegar hasta su autodestrucción, por el
suicidio, para convertirse en mártires, lo que indica de manera muy clara la for­
midable carga de sentido que confieren a sus actos.

c) El antisemitismo global

Visto desde Francia, seguramente también en otras sociedades, el odio con­


temporáneo contra los judíos no es continuidad estricta del antisemitismo moder­
no. Este odio se renueva y se transforma, a tal punto que se ha abierto un debate:
podemos continuar hablando de antisemitismo (por ejemplo Nicolás Weill),11 o
más bien de antijudaísmo (por ejemplo Jean-Claude Milner12) o más aun de una
nueva judeofobia (por ejemplo Pierre-Andre Taguieff).13 Considerando la manera
en cómo se caracterizan o se ejercen actualmente las formas de odio contra los
judíos, me parece que podemos hablar de un fenómeno global.
Hablar así significa, en principio, admitir que las fuentes del odio contra los
judíos son actualmente, al mismo tiempo, planetarias y transnacionales, y tam­
bién localizadas, en particular, a escala nacional. Es reconocer una relación entre
sus aspectos más generales, mundiales, y los que remiten a una situación precisa,
limitada. Por ejemplo, esto nos invita a pensar el intento de incendio de una
sinagoga en las afueras de París enmarcándolo en la situación local, e internacio­
nal, sobre todo de Medio Oriente.
La globalización del antisemitismo se apoya en una doble condensación, del
tiempo y del espacio. Mezcla elementos que provienen de repertorios histórica­
mente distintos, fusionándolos sin suscitar el más mínimo problema en sus pro­
pagandistas. Todo puede encontrar en él su lugar: acusaciones de crímenes ritua­
les, como en los tiempos donde reinaba en Europa el antijudaísmo cristiano; refe­
rencias a los Protocolos de los sabios de Sión, esta invención salida de la imaginación
del régimen zarista de principios del siglo XX; recuperación de temas clásicos,
raciales, del antisemitismo moderno, que tiene su apogeo entre fines del siglo XIX
y el nazismo; revisionismo y negacionismo minimizando o negando las cámaras
de gas y el genocidio judío; denuncia del «shoah-business» mediante el cual los
judíos se enriquecerían y que aportaría recursos decisivos al Estado de Israel,
etcétera.
Al mismo tiempo, la globalización debe mucho a las tecnologías electrónicas
que aseguran la circulación instantánea, pero también el almacenamiento en el
mundo entero, de textos, de sonidos y de imágenes de propaganda; Internet y la
televisión se complementan aquí muy bien, el primero con una implicación más
participativa de parte del receptor.
La globalización del antisemitismo tiene un centro rector, el Medio Oriente, y
más precisamente el conflicto entre Israel y Palestina, y se organiza a partir del
cuestionamiento del Estado de Israel. Pero también contiene dimensiones religio­
sas, sobre todo islamistas, que enmarcan el odio contra los judíos en un conflicto
mundial, metapolítico, que no se polariza solamente contra el Estado de Israel.
Existe así una gran distancia entre Al Qaeda, para quien la causa palestina no es
una prioridad absoluta, y cuyo terrorismo global es a la vez planetario e inscrito
en una gran variedad de situaciones locales, y el Hamas palestino, que es profun­
damente nacionalista, y por lo tanto, localizado.
Si podemos hablar de globalización, es porque existen lógicas planetarias que
se incrustan en las lógicas locales. En Francia, para seguir analizando este caso,
el antisemitismo actual se nutre de ideologías revisionistas o «negacionistas»,
elaboradas en el pasado por extrañas alianzas que remitían entonces a un punto
común, el odio al comunismo, al marxismo o al bolchevismo durante todo la Gue­
rra Fría: los pioneros del fenómeno fueron un socialista, Paul Rassinier, antiguo
deportado que se convirtió en anarquista antes de irse a la extrema derecha, y un
ideólogo de extrema derecha, Maurice Bardéche, cuñado de Robert Brasillach;
hacia fines de los setenta, un segundo dúo se formó, con Robert Faurisson, quien
se orientó de manera muy rápida hacia la extrema derecha, y Pierre Guillaume,
un activista de la ultraizquierda. Desde mediados de los ochenta, el impacto del
«negacionismo» fue multiplicado por el Frente Nacional, cuyo líder Jean-Marie
Le Pen, retomó la temática.14 Durante mucho tiempo, el «negacionismo» y, más
específicamente, las expresiones abiertas del odio contra los judíos estaban con­
tenidos; las compuertas comenzaron a romperse en el ámbito internacional con
el fin de la Guerra Fría y la descalificación creciente del Estado de Israel. Des­
pués, los discursos y los actos antisemitas, sobre todo a partir de la Segunda
Intifada —sin embargo, el fenómeno era perceptible desde antes— se fueron
incrementando en otros (dos) sectores: por un lado, en las desviaciones de la
extrema izquierda y de cierto altermundialismo, cuyas críticas del imperialismo y
del capitalismo se convirtieron en un antisionismo girando en muchas ocasiones
al antisemitismo, y por otra parte, en el mundo de los migrantes, que se identifi­
can de manera creciente, ya sea con la causa palestina o con el Islam, y que a
partir de esas identificaciones, eventualmente, transformaron su odio contra Is­
rael en odio contra los judíos en general (a menos que tengamos que entenderlo
en el sentido inverso, del odio contra los judíos en general hacia el antisionismo).
No podríamos comprender el antisemitismo en Francia sin tener en mente, de
forma simultánea, las transformaciones de la sociedad francesa, el crecimiento
del Frente Nacional (de extrema derecha), las dificultades sociales de la periferia
de París («banlieues»), el racismo cotidiano contra los niños hijos de inmigrantes,
etcétera, y grandes acontecimientos como el conflicto entre Israel y Palestina, y
el empuje del islamismo en el mundo entero. Ayer, por cierto, el judío era denun­
ciado por ser un actor sin anclaje, cosmopolita, actualmente se le define más bien
como «global», a la vez presente en Francia, y arraigado a Medio Oriente, en
Israel.
Este antisemitismo «global» de hoy ¿por qué calificarlo de antimovimiento? Es
un antimovimiento en la medida en que retoma las categorías del movimiento,
pero negándolas, pervirtiéndolas. Para él, los judíos constituyen una figura imagi­
naria, un enemigo total que absorbe todas las características de lo que, sin él,
sería imputado a un adversario concreto. Los judíos tienen el dinero, el poder
político, los medios de comunicación, de manera maléfica, y así substituyen a los
verdaderos adversarios: los patrones y los capitalistas que explotan, el poder polí­
tico que domina, los jefes de prensa y los periodistas que manipulan la informa­
ción. Enemigos y no adversarios, los judíos son diabolizados, esencializados, natu­
ralizados también. En lugar de entablar un conflicto con ellos, en lugar de esta­
blecer con ellos una relación de conflicto negociable, se trata de una lucha a
muerte, una guerra, es necesario deshacerse de ellos, destruirlos, hacerlos des­
aparecer. No hay un espacio común de relación posible con los judíos para los
antisemitas, tienen que abandonar el campo de acción, sea por asimilación, sea
por partida, o sea por destrucción.
El antisemitismo es un antimovimiento, también, en la medida en que substi­
tuye un movimiento imposible. En una investigación realizada en un barrio popu­
lar de Roubaix, una ciudad industrial en crisis, lo pudimos observar directamen­
te. Los jóvenes hijos de la inmigración son tanto más antisemitas cuanto más
sufren ellos mismos de racismo, de discriminación, del gueto y de la exclusión en
los que viven. Su odio hacia los judíos disminuye cuando sus dificultades sociales
son atendidas seriamente.
¿En qué este antisemitismo, cuyas fuentes son claramente «globales» dado
que asocia dimensiones planetarias y trasnacionales con dimensiones locales, ins­
critas en la historia y la evolución de la sociedad francesa, es en sí también glo­
bal? Lo es porque está pensado por sus protagonistas en un marco que trasciende
el marco del Estado-nación. El odio contra los judíos, en efecto, no es en contra de
un grupo que vive en Francia, cuya influencia se daría únicamente en la sociedad
francesa; apunta a un conjunto donde el Estado de Israel y los judíos de la diáspo-
ra fomian un todo considerado indisociable, y al que uno puede agregar, en cier­
tos casos, Estados Unidos de América. El odio se manifiesta —encontramos aquí
el tema del sujeto— en nombre de un estatuto de víctima que se identifica con los
jóvenes palestinos de la Intifada, o con los islamistas radicales de Al Qaeda, donde
es difícil distinguir el sufrimiento de unos respecto de los otros: los judíos son
entonces acusados de pasar de estatuto de víctimas a victimarios, y la subjetivi­
dad del actor antisemita es aquí constantemente invocada, él sufre, es víctima, o
identificado a las víctimas del momento. El odio contra los judíos es además un
tema muy relacionado con la actualidad internacional: los picos de violencia anti­
semita, como los registra la justicia, coincidieron, durante los años 2002-2003 con
eventos importantes del conflicto de Medio Oriente (aunque eso parece menos
cierto en la actualidad). El antisemitismo actual no sólo expresa la crisis del Esta­
do-nación, debilitado en general por la globalización, sino que también la profun­
diza. No es una casualidad que el problema es particularmente grave en la escue­
la pública, que en Francia depende del Ministerio de Educación Nacional, al gra­
do que una obra reciente sobre el tema se tituló: Los territorios perdidos de la
República,15 lo que es una manera de decir que la escuela pública, en Francia, a
duras penas puede cumplir hoy las promesas de la República. En efecto, la escue­
la tiene cada vez más dificultad para realizar su glorioso lema de «Libertad, igual­
dad, fraternidad». La violencia contra los judíos, pero también el cuestionamien-
to de ciertas enseñanzas, sobre todo cuando se trata de la historia de la Segunda
Guerra Mundial y de la Shoah, son indicios de que la escuela pública está inadap­
tada a las expectativas de los jóvenes hijos de inmigrantes, quienes en general se
perciben como víctimas de desigualdades que la escuela refuerza y agrava, y que
exigen que la escuela hable de la esclavitud y de la colonización tanto como habla
de la Shoah.
Podríamos decirlo también al considerar los actos antisemitas que ocurrieron
en el extranjero, los atentados terroristas en Túnez, en Turquía o en Marruecos: no
dejan indiferentes a los judíos de Francia, que se sienten amenazados, afectados,
concernidos por ellos, pues saben que se enmarcan en una lógica trasnacional.
Las lógicas de la globalización incluyen así antimovimientos globales en sí
mismos, que corresponden a su rostro más sombrío. Pero hemos visto que tam­
bién conllevan también una cara de luz, incluyendo a los movimientos globales,
entre los cuales el altermundismo es hoy ciertamente la expresión más importan­
te. La sociología de la globalización no debe sólo estudiar la mundialización, su
impacto geopolítico, sus modalidades, sus consecuencias sobre la economía, la
cultura o las desigualdades sociales. Tiene por cierto ante sí el desafío mayúsculo
de explorar los movimientos y los antimovimientos, o si preferimos, las dimensio­
nes de movimiento y de antimovimiento de las luchas que se oponen a la mundia­
lización, pero que también la moldean, situándose en la misma escala que ella.

Bibliografía

B e ll, Daniel, The coming ofPost-industrial Society, Basic Books, Nueva York, 1974.
BRENNER, Emmanuel, Les Territoires perdus de la République, Nuits, París, 2002.
CROUCH, Colin, Alessandro Pizzorno, The resurgence o f class conflicts, Holmes & Meier, Nueva
York, 1978.
Halbwachs, Maurice, La cíasse ouvriere et les niveaux de vie, Félix Alean, París, 1912.
HOGGART, Richard, La culture dupauvre, De Minuit, París, 1970.
IGOUNET, Valérie, Histoire du négationnisme en France, Seuil, París, 2000.
MlLNER, Jean-Claude, Lespenchants criminéis de l’Europe démocratique, Verdier, Lagrasse, 2003.
Taguieff, Pierre-Andre, La nouvellejudeophobie, Mille et une Nuits, París, 2002.
THOMPSON, Edward P, To the English Working Class, Vintage Books, Nueva York, 1996.
T o u r ain e , Alain, The Post-Industrial Society, Random House, Nueva York, 1971.
— , Zsuzsa HEGEDUS, Francois DUBET y Michel WlEVIORKA, La prophétie anti-nucleaire, Seuil,
París, 1980.
— , Michel WlEVIORKA y Francois DUBET, Le mouvement ouvrier, Fayard, París, 1984.
W e ill, Nicolás, Une histoire personnelle de Vantisemitisme, Robert Laffont, París, 2003.
WlEVIORKA, Michel, The making o f terrorism, University of Chicago Press, Chicago, 2003.
* Traducción del doctor Jorge Mercado, UAM-Azcapotzalco.
1. Edward P. Thompson, To the English Working Class, 1996; Richard Hoggart, La culture du
pauvre, 1970.
2. Maurice Halbwachs, La classe ouvriére et les niveaux de vie, 1912.
3. Alain Touraine, et al., Le mouvement ouvrier, 1984.
4. Alessandro Pizzomo y Colin Crouch, The resurgence of class conflicts, 1978.
5. Daniel Bell, The coming of Post-industrial Society, 1974; A. Touraine, The Post- Industrial
Society, 1971.
6. Cf. Alain Touraine, et al., La prophétie antinucleaire, 1980.
7. Sobre esas luchas, véase el programa de investigación impulsado por Touraine, que dio
lugar, además de a «La profecía antinuclear» ya citada, a los libros colectivos: Luchas estudiantiles
(1978) y Le pays contre l’Etat, Seuil (1981).
8. Véase Wieviorka, Un autre monde..., 2003.
9. Para mayor precisión, véase mi nuevo prefacio a la reedición de mi libro The making of
terrorism, 2003.
10. Cf. Nicolás Weill, Histoire personnelle de l’antisemitisme.
11. Cf. Jean-Claude Milner, Les penchants criminéis de VEurope démocratique, 2003.
12. Cf. Pierre-Andre Taguieff, La nouvelle.judeophobie, París, 2002.
13. Cf. Valérie Igounet, Histoire du négationnisme en France, 2000.
14. Emmanuel Brenner, Les Territoires perdus de la République, 2002.
La idea de una sociedad civil mundial
Mary Kaldor

El término sociedad civil mundial no comenzó a ser utilizado verdaderamente


sino en el curso de los diez últimos años —aunque Kant ya había planteado la
posibilidad de una sociedad civil mundial. Este fenómeno está inextricablemente
ligado a la creciente interconectividad de los Estados, a la emergencia de un
sistema de gobierno mundial y a la explosión de movimientos, grupos, redes y
organizaciones que dan pie a un debate público mundial o transnacional. Tales
sucesos no necesariamente van a la par con la desaparición de los Estados. Al
contrario, éstos permanecerán como depositarios jurídicos de la soberanía, a pe­
sar de que ésta sea llamada a devenir más condicionada y más dependiente del
consentimiento nacional interno y del respeto internacional. Así, el sistema mun­
dial —utilizo el término sistema mundial más que el de relaciones internaciona­
les— está formado cada vez más por instituciones políticas, individuos, grupos y
hasta empresas, además de por los Estados y las instituciones internacionales.

Significados cambiantes de la sociedad civil

La sociedad civil es un concepto moderno, aunque, como es el caso de todas


las grandes ideas políticas, sus orígenes pueden encontrarse en Aristóteles. Los
primeros pensadores modernos no hacían ninguna distinción entre sociedad civil
y Estado. La primera se refería a un tipo de Estado caracterizado por un contrato
social. Era una sociedad gobernada por leyes, basadas en el principio de igualdad
ante la ley, en la que cada quien, incluido el legislador (por lo menos en la concep­
ción de Locke), era sujeto de la ley. Era así un contrato social establecido entre los
miembros individuales de la sociedad. No es sino en el siglo XIX cuando la socie­
dad civil comienza a hacer referencia a algo diferente del Estado.
Hegel la definió como un dominio intermedio entre la familia y el Estado, en el
que el individuo se convierte en persona pública y es capaz de reconciliar lo
universal y lo particular a través de su pertenencia a diferentes instituciones.
Según él, la sociedad civil era «la realización del mundo moderno —el territorio
de mediación donde se pueden expresar libremente todas las particularidades,
todos los talentos, todo accidente de nacimiento o de fortuna, y donde los ímpetus
pasionales conducen hacia adelante, regulados solamente por la razón que lanza
destellos a través del entorno—».' La definición de la sociedad civil dada por
Hegel integraba así a la economía y fue retomada por Marx, y después por En-
gels, quienes vieron en ella el «teatro de la historia».
El sentido atribuido al concepto se restringe una vez más en el siglo XX. La
sociedad civil es comprendida entonces como el dominio existente no sólo entre
el Estado y la familia, sino entre el mercado, el Estado y la familia; en otros
términos, es el dominio de la cultura, la ideología y el debate político. El marxista
italiano Antonio Gramsci es aún el pensador al que más se le asocia con esta
definición. Él se preguntaba por qué una revolución comunista se daba más fácil­
mente en Rusia que en Italia y encontraba la explicación en la sociedad civil. En
Italia «había una relación específica entre el Estado y la sociedad. Cuando el
Estado temblaba, de inmediato se revelaba una estructura fuerte de la sociedad
civil».2 Su estrategia para el Partido Comunista Italiano, que fue de hecho seguida
hasta los años setenta, consistía en ganar posiciones en el seno de la sociedad civil
(por ejemplo, en las universidades o en los medios) a fin de desafiar la hegemonía
de la burguesía. Gramsci esbozó así la distinción entre hegemonía (basada en el
consentimiento) y dominio (basado en la coerción).
No obstante los cambios de contenido del término, quiero subrayar que todas
estas definiciones comparten un significado central común. Todas se refieren a
una sociedad gobernada por reglas y basada en el consentimiento de los indivi­
duos: basada en un contrato social entre individuos. Estas definiciones de la so­
ciedad civil expresaban las diferentes maneras según las cuales el consentimien­
to era generado en el transcurso de varios periodos, así como por los diferentes
problemas que entonces eran importantes.
Según mi definición, la sociedad civil es un proceso a través del cual los indi­
viduos negocian, debaten, luchan o llegan a acuerdos entre sí y con los centros de
autoridad económica y política. A través de las asociaciones, formadas por volun­
tarios en los movimientos, en los partidos o en los sindicatos, el individuo adquie­
re la capacidad de actuar públicamente. Al principio de la era moderna, la prin­
cipal preocupación fueron los derechos civiles —a fin de liberarse del miedo. Así,
la sociedad civil era una sociedad en la que las leyes remplazaban las limitaciones
físicas, los arrestos arbitrarios, etc. En el siglo XIX, la gran cuestión fueron los
derechos políticos, y los actores de la sociedad civil constituían la burguesía emer­
gente. En el siglo XX, es el movimiento de los trabajadores el que desafía al Estado
y entonces el gran problema fue el de la emancipación económica y social. De ello
se derivó una definición aún más restringida de la sociedad civil.
Todas estas definiciones compartían no solamente este significado central co­
mún, sino que concebían igualmente a toda la sociedad civil como atada a un
territorio. La sociedad civil estaba inextricablemente ligada a un Estado territo­
rial. Había sido opuesta a otros Estados caracterizados por la coerción (los impe­
rios del Este) o a las sociedades premodemas que no disponían ni de Estado ni del
concepto de individualismo (por ejemplo, los escoceses del Norte o los amerin­
dios).
Por encima de todo ello, la sociedad civil se oponía a las relaciones internacio­
nales, que eran entonces asimiladas al estado de naturaleza en razón de la ausen­
cia de una autoridad. Muchos teóricos de la sociedad civil creían así que la socie­
dad civil en el interior de un Estado estaba ligada a la guerra en el extranjero. La
capacidad de unirse contra un enemigo externo hacía posible la sociedad civil.
Así, el pensador de la Ilustración en Escocia Adam Ferguson, cuyo libro Ensayo
sobre la historia de la sociedad civil aún es considerado como una autoridad en la
materia, se interesaba mucho en el individualismo moderno.
Como los demás pensadores de la Ilustración escocesa, Ferguson quiso desa­
rrollar un enfoque científico para estudiar los fenómenos sociales y creyó que eso
debiera ser realizado a partir de estudios empíricos de otras sociedades. Para
comprender la evolución de la sociedad, estudió a los escoceses del Norte (hig-
hlanders) y a los amerindios. Quedó entonces convencido de que la sociedad mo­
derna había perdido el espíritu de comunidad, la empatia natural y el afecto
entre los seres humanos. Tomando el ejemplo de Esparta, pensó que el patriotis­
mo y el espíritu marcial representaban una manera de superar los peligros del
individualismo.
Hegel adoptó una versión aún más fuerte de este argumento, llegando a consi­
derar que la guerra era necesaria para la «salud ética de los pueblos. [...] Así
como el movimiento del océano evita la corrupción que sería resultado de una
perpetua calma, los pueblos escapan mediante la guerra a la corrupción, que
sería provocada por una paz continua o eterna».3 Este punto de vista fue el que
dominó, si bien no todos los teóricos se han adherido a él. Kant fue la principal
excepción, pues creía que la constitución perfecta del Estado no podría ser logra­
da sino en el contexto de una sociedad civil universal.

La reinvención de la sociedad civil

Pienso que la renovación de la idea de sociedad civil en los años setenta y


ochenta ha roto el lazo que la unía con el Estado. Siendo un hecho impactante, la
idea fue redescubierta simultáneamente en América Latina y en Europa del Este.
He estado muy involucrada con las discusiones que han tenido lugar en Euro­
pa del Este; por ello, durante mucho tiempo he pensado que fue ahí donde se
reinventó el concepto. Sin embargo, los latinoamericanos ya lo habían utilizado
con anterioridad. F.H. Cardoso, quien fuera más tarde presidente de Brasil, es
uno de los personajes centrales que recurrió a este vocablo. Es fascinante para la
historia de las ideas explorar los caminos por los cuales el concepto ha sido utili­
zado en dos continentes sin que haya habido, que yo sepa, comunicación entre
ellos. Al contrario, parece reinar una suerte de desconfianza, puesto que, en su
conjunto, los latinoamericanos eran marxistas, mientras que los europeos del Este
eran en su mayoría antimarxistas.
En ambos casos, el término sociedad civil se ha revelado como un concepto útil
para oponerse a los regímenes militares. Los latinoamericanos se oponían a las
dictaduras militares; los europeos del Este, al totalitarismo. Ambos llegaron a la
conclusión de que un derrocamiento de sus regímenes venido «desde arriba» no
era realizable. Era más bien necesario cambiar la sociedad. En 1978, en su artícu­
lo «El nuevo evolucionismo», A. Michnick estimaba que las tentativas de producir
el cambio «desde arriba» (como en Hungría en 1956 o en Checoslovaquia en 1968)
habían fracasado, y que la única estrategia posible era un cambio «desde abajo»,
una transformación de las relaciones entre el Estado y la sociedad. Por sociedad
civil, él entendía autonomía y autoorganización. Como entre los latinoamerica­
nos, el acento estaba puesto en la retirada del Estado, lo que crearía «islotes» de
compromiso cívico.
Los europeos del Este utilizaban igualmente los términos de «antipolítica» y
«vivir dentro de la verdad», que nuevamente remitía al rechazo de las mentiras
de los regímenes existentes o a la idea de crear su propia comunidad aristotélica,
basada sobre el «bien», es decir, sobre la moral, la vida, etc. Condenados a la
inactividad, los disidentes de Europa del Este, y más particularmente los de Che­
coslovaquia, se habían convertido en guardianes de inmuebles o en lavadores de
cristales. Pasaban su tiempo leyendo y discutiendo a los pensadores políticos clá­
sicos, motivo por el cual, en mi opinión, fueron capaces de articular las ideas de
toda una generación. Recuerdo a un amigo que, en medio del fervor revoluciona­
rio de principios de los años noventa, me explicaba: «¡Lo que verdaderamente me
hace falta son las veladas en las cuales poder comprender un pasaje de La Repú­
blica de Platón parecía ser lo más importante del mundo!».
Así como se colocó el acento sobre la autonomía y la organización cívica, la
sociedad civil adquirió una significación global. La interconectividad era crecien­
te en esa época, especialmente por la multiplicación de viajes y de comunicacio­
nes, aun antes del advenimiento del Internet. La emergencia de «islotes de com­
promiso cívico» se había tomado posible debido a dos elementos:

a) Las relaciones con grupos de simpatizantes en otros países. Los latinoame­


ricanos estaban apoyados por los defensores norteamericanos de los derechos
humanos. Los europeos del Este se ligaron con grupos de Europa occidental que
defendían la paz y los derechos humanos y que los apoyaban materialmente,
hablaban de ellos y ejercían presión a su favor sobre gobiernos e instituciones.
b) La existencia de una legislación internacional de los derechos humanos
suscrita por sus gobiernos podía ser utilizada como medio de presión. La legisla­
ción sobre los derechos humanos era particularmente importante para América
Latina. Respecto de Europa del Este, fue mediante los acuerdos de Helsinki de
1975 que sus gobiernos suscribieron los derechos humanos, proporcionando una
plataforma para nuevos grupos, tales como Charter 77 o el KOR (Comité de De­
fensa de los Trabajadores).

A través de los lazos internacionales y de los llamados de sus autoridades, esos


grupos han sido capaces de crear un espacio político. En su obra consagrada al
activismo transnacional, M. Keck y K. Sikkink4 hablan de un «efecto boomerang»
por el cual, más que dirigirse a sus gobiernos, los llamados se hacen a la comuni­
dad internacional y retoman luego, haciendo presión sobre los gobiernos a fin de
que toleren ciertas actividades.
Los comentaristas de Occidente han pasado ampliamente por alto el aspecto
transnacional o mundial de la nueva concepción de la sociedad civil, quizá porque
incluían a la sociedad civil en sus propias tradiciones de pensamiento. No obstan­
te, nuevos pensadores la han puesto en evidencia, particularmente en Europa del
Este. El escritor húngaro Georges Konrad utilizó la palabra «mundialización» en
su libro Anti-Políticas escrito en 1982. Por su parte, Vaclav Havel hablaba de «civi­
lización tecnológica mundial»:

El sistema post-totalitario no es más que un aspecto — particularmente radical y que,


desde luego, revela en especial sus verdaderos orígenes— de la incapacidad general de la
humanidad moderna para dominar su propia situación. La automatización del sistema
postotalitario es simplemente una versión extrema del automatismo global de la civiliza­
ción tecnológica. El fracaso humano que ahí se refleja es solamente una variante del
fracaso general de la humanidad. [...] Parecería que las democracias parlamentarias tradi­
cionales no pudiesen ofrecer ninguna resistencia de fondo al automatismo de las civiliza­
ciones tecnológicas ni de las sociedades industriales y de consumo que son también arras­
tradas por la misma corriente. Las personas son manipuladas de manera infinitamente
más sutil y más refinada que con los métodos brutales utilizados en las sociedades totalita­
rias [...] En una democracia, los seres humanos pueden gozar de libertades personales y
de seguridades que nosotros no conocemos. Pero, al final de cuentas, no obtienen ningún
beneficio, pues ellos también son finalmente víctimas del mismo automatismo y son inca­
paces de defender sus preocupaciones a propósito de su propia identidad, de impedir su
«superficialización» o de superar sus inquietudes a propósito de su supervivencia perso­
nal para tomarse miembros orgullosos y responsables de la polis, contribuyendo verdade­
ramente a la creación de su destino.5

Así, la nueva manera de comprender la sociedad civil representaba un distan-


ciamiento en relación con el Estado y, a la vez, un movimiento hacia las institucio­
nes y los reglamentos internacionales. El grupo pionero de estas ideas fue esen­
cial en las presiones para la democratización en América Latina y las revolucio­
nes de 1989. Se dice en ocasiones que no había ideas nuevas en las revoluciones
de 1989, que estas poblaciones querían justamente asemejarse a Occidente. Pien­
so personalmente que esta nueva significación de la sociedad civil era precisa­
mente la gran idea novedosa, una idea que contribuiría a un nuevo conjunto de
acomodos mundiales durante los años noventa.

La sociedad civil global en los años noventa

Después de 1989, el concepto sociedad civil cambió de sentido y fue compren­


dido de maneras muy diversas. Pueden distinguirse tres grandes significados,
tres paradigmas.
Primero, el término fue retomado en el mundo entero por los «nuevos movi­
mientos sociales» —que se desarrollaron después de 1968 en torno de nuevas
problemáticas, tales como la paz, las mujeres, los derechos humanos o el medio
ambiente, y mediante nuevas formas de protesta. El lenguaje de la sociedad civil
expresaba maravillosamente su etiqueta de política no partidista. Las ideas a pro­
pósito de la esfera pública o de la noción de actuación comunicacional, que ha­
bían sido formuladas por Jürgen Habermas, parecían estar en perfecta resonan­
cia con el concepto de sociedad civil. De hecho, en sus escritos más recientes, J.
Habermas identifica la esfera pública con la sociedad civil.

En el intervalo, la expresión «sociedad civil» ha tomado un significado diferente de la de


«sociedad burguesa» de la tradición liberal, que Hegel conceptualizó como «sistema de
necesidades», un sistema de mercado que comprendía el trabajo social y el intercambio de
mercancías. La «sociedad civil» hoy en día, por oposición a su utilización en la tradición
marxista, ya no incluye a la economía como constituida por el derecho privado y guiada
por los mercados de trabajo, de capital y de mercancías. Su meollo institucional compren­
de más bien las conexiones no gubernamentales ni económicas y las asociaciones volunta­
rias que anclan las estructuras comunicativas de la esfera pública en el componente de las
sociedades dentro del mundo de la vida (LebensweltJ. La sociedad civil está compuesta
por esas asociaciones, organizaciones y movimientos sociales que emergen más o menos
espontáneamente y que, sensibles a la manera en que los problemas de las sociedades
resuenan en las esferas de la vida privada, destilan y transmiten esas reacciones a las
esferas públicas. El corazón de la sociedad civil está compuesto de una red de asociacio­
nes que institucionalizan los discursos relativos a la resolución de problemas de interés
general en el marco de las esferas públicas organizadas. Estos «planos discursivos» po­
seen una forma de organización igualitaria y abierta que refleja las características esencia­
les de ese tipo de comunicación en tomo de la cual se cristalizan y a la cual aseguran una
continuidad y una permanencia.6

El término sociedad civil ha proporcionado una plataforma a los nuevos movi­


mientos sociales y ha legitimado sus actividades. El concepto fue retomado con
entusiasmo en el sur de Asia, en África —más particularmente en África del
Sur— y en Europa occidental. En razón del contexto en el cual los movimientos
han operado, no se dirigían solamente a los Estados —muchos con frecuencia
hasta se han sentido bloqueados por éstos debido a la dominación de los partidos
políticos, pero igualmente de las instituciones locales, nacionales o mundiales—.
En el curso de este periodo, un nuevo fenómeno importante fue la emergencia de
redes transnacionales, de activistas que se reunían en tomo de problemas especí­
ficos, como las minas antipersonal, los derechos humanos, el cambio climático,
las represas, el sida o la responsabilidad de las empresas. Su impacto sobre el
proceso de reforzamiento de la gobemabilidad mundial fue significativo, particu­
larmente en el ámbito de lo humanitario. Las nociones de normas humanitarias
que prevalecen sobre la soberanía, el establecimiento de una Corte Penal Interna­
cional y una conciencia reforzada de los derechos humanos fueron esenciales en
la construcción de un nuevo conjunto de reglas multilaterales, lo que podría deno­
minarse un «régimen humanitario». Hacia finales de los años noventa, la emer­
gencia de un movimiento altermundista preocupado por la justicia social mundial
ha utilizado de la misma manera el concepto sociedad civil. Esto es lo que yo llamo
«la versión militante» de la sociedad civil.
En segundo lugar, el término sociedad civil ha sido igualmente retomado por
las instituciones mundiales y por los gobiernos occidentales. Entonces se tomó
parte integrante de la «Agenda de la Nueva Política». La sociedad civil se com­
prendió a la manera de Occidente: un mecanismo para facilitar las reformas del
mercado e introducir la democracia parlamentaria. Es lo que yo llamo la «versión
neoliberal». Al contrario de J. Habermas y su idea de espacio público, esta pers­
pectiva fue construida sobre las ideas americanas a propósito del «tercer sector»,
del comunitarismo o del capital social.7 En particular, el trabajo de Robert Put-
man parecía demostrar que una vida asociativa intensa, que va desde los clubes
de boliche y comidas campestres hasta Iglesias y sindicatos, conducen a la demo­
cracia y al desarrollo económico. Esta concepción de la sociedad civil es mucho
menos política y más pasiva que el concepto de espacio público. Ella se centra
sobre la autorganización, más que sobre la comunicación, y ofrece un sustituto al
Estado, una alternativa al exceso de interferencias estatales, más que una manera
de influirlo. Estos pensadores hacen remontar sus ideas hasta Tocqueville, quien
declaraba que «si los hombres deben permanecer o tornarse civilizados, el arte
de asociarse debe aumentar y mejorarse en las mismas proporciones que el au­
mento de la igualdad de condiciones».8
Los actores clave de esta versión de la sociedad civil no son los movimientos
sociales, sino las ONG, en tanto movimientos sociales «domesticados» (tamed).
Los movimientos sociales surgen y decaen. Cuando decaen, sea porque son do­
mesticados, institucionalizados y profesionalizados, o porque se les margina, en­
tonces desaparecen o caen en la violencia. «Domesticados» significa que se con­
vierten en la oposición respetable, en la contraparte de la negociación. Histórica­
mente, los movimientos sociales han sido domesticados dentro del cuadro nacio­
nal. Los militantes de las campañas para el sufragio universal o contra la esclavi­
tud del siglo XIX terminaron por ser absorbidos por los partidos liberales.9 Los
movimientos de trabajadores eran universalistas e intemacionalistas en sus orí­
genes, pero se han transformado en sindicatos oficiales y en partidos de trabaja­
dores socialdemócratas.
La evolución significativa de los años noventa consistió en que los nuevos mo­
vimientos sociales fueron también domesticados, pero dentro del panorama mun­
dial. Las ONG internacionales existían hace mucho tiempo, como la sociedad
antiesclavista o el Comité Internacional de la Cruz Roja, pero su número aumentó
de manera espectacular en el curso de los años noventa, con frecuencia gracias a
financiamientos públicos.10 En efecto, las ONG se asemejan cada vez más a insti­
tuciones cuasi gubernamentales (debido a la manera en la que ellas se sustituyen
a algunas de las funciones del Estado) y, a la vez, a un mercado (debido a la
manera en la que compiten unas con otras). El dominio de las ONG conduce a la
desilusión de ciertos militantes frente al concepto sociedad civil. Proveniente de la
Universidad de Delhi, Neera Chandlhoke, especialista en teoría de la sociedad
civil, lamenta que la sociedad civil se haya convertido en una «palabra mágica»
que «no cesa de aplanarse».

Testimonio de ello es la tragedia con que fueron castigados los partidarios de ese concepto:
quienes luchaban contra los regímenes autoritarios y que apelaban para ello a la sociedad
civil obtuvieron ONG. Si sindicatos, movimientos sociales, Naciones Unidas, FMI, institu­
ciones de crédito y hasta Estados, ya sean chauvinistas o democráticos, aclamaban todos
a la sociedad civil como el elíxir más reciente contra las enfermedades del mundo contem­
poráneo, seguramente ahí había un problema.11

Mahmoud Mandami, el politólogo africano, afirma incluso que «las ONG ma­
tan a la sociedad civil».12
La tercera versión de la sociedad civil es la que llamo posmodema. Los antropó­
logos sociales critican el concepto de sociedad civil por eurocentrista, por ser un
concepto nacido en el contexto cultural occidental.13 Sugieren que las sociedades
no occidentales experimentan —o tienen el potencial para hacerlo— cualquier cosa
semejante a la sociedad civil, pero que no esté necesariamente basada en el indivi­
dualismo. Es innegable que todas las culturas poseen tradiciones de dignidad hu­
mana, de tolerancia, así como del uso de la razón y de la deliberación pública. En su
autobiografía, Nelson Mandela explica cómo su visión de la democracia procedió
de los debates en la aldea de su infancia.14Asimismo, la mayoría de los pensamien­
tos del Islam clásico en la Edad Media, que fue la edad de oro del Islam, anticipan
las ideas de sociedad civil en el periodo de la Ilustración occidental.
No obstante, los pensamientos islámicos clásicos distinguen entre el dominio
del Islam (dar al-Islam) y el dominio de la guerra (dar al-harb). El dominio del
Islam era una comunidad caracterizada por una autoridad política cuya autori­
dad derivaba del reinado de la ley Shari’a y de un contrato social Baya. El Islam
era un sistema de valores contenido en el Qu’ran y en la Hadith (enseñanzas y
prácticas del profeta Mahoma) y que era interpretada por los sabios Ulama, los
cuales eran financiados independientemente, a través del bazaar y las fundacio­
nes religiosas (Waqf). Se basaba en una noción de la razón humana, más tarde
retomada en el pensamiento de la Ilustración y que provenía del conocimiento
individual o de la conciencia de la voluntad divina que está impresa en la concien­
cia humana. La distinción entre el dominio del Islam y el dominio de la guerra es
paralela a la distinción entre la sociedad civil y el estado de naturaleza de los
pensadores de la Ilustración. En efecto, los términos árabes de la sociedad civil
(Almujtamaa Álmadami) se derivan a la vez de las palabras ciudad y Medina, la
ciudad donde Mahoma estableció por primera vez su sociedad islámica y la ciu-
dad-Estado. Los textos de fines del siglo XIV del célebre historiador Ibm Khaldun
anuncian los de Adam Ferguson. El argumento central de Khaldun15 se refiere al
establecimiento de las ciudades y a la necesidad de una nueva forma de solidari­
dad social entre personas que carecen de ligas familiares entre sí para remplazar
a las sociedades tribales. Los valores del Islam proporcionan una base para esa
solidaridad.
Un argumento que algunas veces se ha expuesto es que la sociedad civil se
distingue de ese concepto de sociedad islámica porque es una noción secular que
puede aplicarse a todos los seres humanos. Pero el Islam era también un principio
universal que reivindicaba un alcance global para toda la comunidad humana.
Sin embargo, en la práctica, los dos conceptos estaban ligados a sus contextos
respectivos. La sociedad civil estaba asida al territorio y la sociedad islámica lo
estaba al territorio y a las creencias, si bien ha adoptado ciertas medidas de
pluralismo religioso. En el interior de esas comunidades, había una presunción de
no violencia, una noción de paz con justicia, lo que contrastaba con la violencia
del mundo exterior.
Desde entonces, los posmodernos estiman que la dominación de Occidente
con frecuencia ha suprimido las tradiciones más ilustradas del resto del mundo.
Por ejemplo, Mamdani y Chatterjee16 afirman que nociones contractuales de la
sociedad civil caracterizaban a la élite colonial en las ciudades, mientras que
fuera de ellas los sistemas represivos de gobierno se imponían, basados en una
mayor rigidez de las concepciones occidentales de la tradición. Los posmodemos
rechazan así el término sociedad civil, prefiriendo el de sociedad política. Otros
sugieren que la sociedad civil mundial debe emprender un debate con otras tradi­
ciones y hacer revivir las concepciones de la sociedad civil que pueden enrique­
cer la noción secular, moderna e individualista de sociedad civil.17 Así, para los
posmodemos, los nuevos movimientos religiosos y étnicos que se han multiplica­
do en el curso de las últimas décadas constituyen un componente importante de
la sociedad civil, en la cual hasta las variantes más extremistas debieran ser inte­
gradas al diálogo. La sociedad civil mundial no puede, en efecto, limitarse a los
«bellos, gentiles y hermosos movimientos del Norte».
La sociedad civil ha tenido siempre un contenido a la vez normativo y descrip­
tivo. La definición que he dado al principio de este artículo era normativa. Yo
consideraba que la sociedad civil es el procedimiento a través del cual se genera
el consentimiento, la arena en la que los individuos negocian, luchan o debaten
con los centros de autoridad política y económica. Hoy en día, esos centros inclu­
yen actores mundiales como las instituciones internacionales o las empresas
multinacionales. Pienso que cada una de las tres versiones debe ser integrada en
el concepto. Se podría decir que las ONG financiadas por los Estados debieran ser
excluidas porque ellas no tienen autonomía frente al Estado. Se podría igualmen­
te excluir a grupos caracterizados por un comunitarismo frenético, como ciertos
movimientos religiosos o nacionalistas, porque la emancipación individual es cen­
tral para el concepto de sociedad civil y porque los grupos que sostienen la violen­
cia debieran ser excluidos. Pero eso daría como resultado limitarse a la versión
militante de la sociedad civil y a incluir únicamente a los grupos autónomos, no
violentos, voluntarios y políticamente comprometidos.
Si el término sociedad civil mundial ha de tener una influencia sobre los acon­
tecimientos, las versiones neoliberales y posmodemas son necesarias. La versión
neoliberal torna respetable el término, proporcionando una plataforma por la
cual los grupos más radicales pueden ganar acceso al poder (a la vez los insiders,
como las ONG, y los outsiders, como los movimientos sociales). La versión posmo-
dema ofrece una base para gran parte de los excluidos por todo el mundo. Agre­
guemos que, en la práctica, en las sociedades civiles existentes se considera casi
imposible marcar fronteras entre los que son incluidos y quienes son excluidos.
Pienso que en el curso de los años noventa hemos asistido a la emergencia de
un sistema de gobierno mundial que integra a la vez Estados e instituciones inter­
nacionales. No se trata de un solo Estado mundial, sino de un sistema en el cual
los Estados están cada vez más limitados por acuerdos, tratados y reglas de carác­
ter transnacional. Estas reglas no se basan solamente en un acuerdo entre Esta­
dos, sino en un apoyo público generado por la sociedad civil mundial.
Pienso que un aspecto particularmente importante es la creciente amplitud
del derecho cosmopolita, que entiendo como una combinación del derecho huma­
nitario (derecho de la guerra) y de los derechos humanos.18 El derecho cosmopo­
lita es internacional y no se aplica solamente a los Estados, sino también a los
individuos —lo que los teóricos de las relaciones internacionales precedentes con­
sideraban como una utopía imposible. La extensión e intensificación del derecho
cosmopolita después de la Segunda Guerra Mundial y en los años noventa pueden
ser consideradas como provenientes en gran medida de la presión de la sociedad
civil mundial.
En otros términos, la sociedad civil mundial es una plataforma en la cual se
encuentran militantes, ONG, neoliberales, así como grupos nacionales o religio­
sos, y en la cual ellos debaten, hacen campaña, negocian y hacen presión a favor
de arreglos que dan forma a los desarrollos mundiales. No hay una sociedad civil
mundial sino muchas, tocantes a problemáticas variadas, por ejemplo, los dere­
chos humanos o el medio ambiente. No es democrática. No hay ni podría haber,
en mi opinión, procesos de elección mundial en la medida en que ello requeriría
un Estado mundial. Ahora bien, un estado semejante, aun si fuese elegido demo­
cráticamente, sería totalitario. Sería igualmente ilegal y dominado por el Norte.
No obstante, la emergencia de ese fenómeno ofrece posibilidades de emancipa­
ción para los individuos.

Las críticas a la sociedad civil mundial

La idea de la sociedad civil mundial ha generado una literatura crítica conside­


rable que se concentra en tomo de dos grandes ejes: la desaparición de los Esta­
dos y el contenido normativo del concepto.
El punto de partida de la mayor parte de las críticas se halla en la relación
intrínseca entre la sociedad civil y el Estado. Estiman que la sociedad civil no
puede ser separada de la noción de un orden constitucional, en el que el Estado se
haga cargo de la seguridad a fin de que la gente pueda libremente ocuparse de la
política sin temores y a cambio de ello la sociedad civil asegure un control de las
tendencias autoritarias del Estado. Entonces, ¿cómo puede una sociedad civil
mundial existir en ausencia de un Estado mundial? Éste es el argumento central
de Chris Brown19 que concede, sin embargo, que podría hablarse de una sociedad
civil Euro-Atlántica, dado que existe ya la región de la cuenca del Pacífico. David
Chandler20 desarrolló un argumento semejante diciendo que una ciudadanía mun­
dial no existe porque los derechos de los ciudadanos implican la existencia de
instituciones con deberes, lo que es únicamente el caso de los Estados. Algunos
estiman que los derechos humanos son los de una ciudadanía mundial, pero Chan­
dler sostiene que no es el caso en razón de la ausencia de un mecanismo que
asegure su aplicación. Parece, además, que se opone a un mecanismo semejante
de aplicación, porque él es un crítico decidido de la noción de la intervención
humanitaria.
Un debate semejante se refiere a la ausencia de democracia en el nivel mun­
dial. Chandler21 quiere restaurar la democracia nacional y afirma que es en ese
nivel donde los militantes debieran centrar sus esfuerzos. Igualmente, Ken An-
derson y David Rieff22 critican la presunción de toda «política mundial». Afirman
que la idea de sociedad civil mundial es un error peligroso dada la ausencia de
instituciones representativas en el nivel mundial. Consideran que los diferentes
grupos y organizaciones que se autoproclaman «sociedad civil mundial» quieren
representar una opinión mundial y asumir el lugar del funcionamiento de la de­
mocracia representativa en el nivel nacional, lo cual resulta profundamente anti­
democrático. Ellos sugieren en particular que resulta una asimilación de la socie­
dad civil mundial a un grupo particular de lo que podría ser descrito como univer­
salistas cosmopolitas que apoyan las normas «del ambientalismo, del feminismo,
de los derechos humanos, de la regulación económica, del desarrollo sustenta-
ble». Esos «movimientos sociales misioneros» se han abrogado una legitimidad
supuesta que no refleja ni puede reflejar las aspiraciones de los individuos en
todo el mundo.
Además de esas preocupaciones en cuanto a la paz y a la democracia, otros
críticos consideran a la sociedad civil mundial como una manera de legitimar el
mercado mundial. Ronnie Lipschutz23 utiliza el término foucaldiano de gobema-
mentabilidad para describir las actividades de las ONG mundiales que, en ausen­
cia de regulación estatal, intentan, sin lograrlo, regular el mercado mundial a
través de campañas en torno de normas sociales y ambientales. Ellas terminan
por formar parte de la textura de la mundialización, la manera de pensar que
permite la aceptación tácita del funcionamiento mundial actual. Tales activida­
des generan la «mentalidad» de la gobemanza que subyace al ejercicio del poder
en la «gobemanza» mundial. No ponen en tela de juicio la constitución del poder
mundial, sino solamente la manera en que dicho poder está repartido. Detrás de
dicho argumento se encuentra la percepción de la mundialización como la des­
aparición del poder de los Estados y la dominación de los mercados.
Todos estos argumentos reflejan nostalgia por la primacía de los Estados. No
obstante, la época del dominio de los Estados fue igualmente la época de guerras
terribles y del totalitarismo, con una sociedad civil que no funcionaba verdadera­
mente más que en pequeñas partes privilegiadas del mundo. En efecto, en aquella
época se podía contrastar la existencia de una sociedad civil con un estado de
naturaleza en vigor en otros lugares. Sin embargo, aun si fuese deseable, ya no es
posible aislar territorialmente a la sociedad civil. Nuevas comunidades y nuevas
lealtades traspasan las fronteras y han emergido nuevos niveles de autoridad. La
violencia no puede ser canalizada hacia el exterior mientras que el terrorismo
global y el crimen organizado son nuevos tipos de riesgos mundiales que destru­
yen las fronteras espaciales entre la paz y la guerra.
Iris Marión Young muestra que para ella la tendencia a pensar en la sociedad
civil, el Estado y el mercado, como espacios o esferas separadas, es engañosa.
Sería más hábil pensar en términos de procesos en los que estas perspectivas
reenvían a maneras diferentes de coordinar las actividades, que en la realidad
con frecuencia se mezclan:

El Estado remite a actividades de regulación formales y legales apoyadas sobre la legitimi­


dad del aparato coercitivo de aplicación. La economía designa las actividades orientadas
por los mercados y ligadas a la producción y a la distribución de los recursos, de productos
y de bienes para los que la limitante proviene de cálculos de utilidades y de pérdidas, de
minimización de los costos, etc. La sociedad civil designa la actividad de la autoorganiza-
ción con fines particulares ligados a valores sociales progresistas.24

En otras palabras, las diferentes formas de coordinación son el poder autori­


zado, el dinero y la actuación comunicacional.
Mi punto de vista consiste en que el Estado ya no es ni debe ser únicamente
una forma de poder autorizado. El desarrollo de un sistema de gobierno mundial
proporciona un control de las actividades del Estado, incluido el derecho de ha­
cer la guerra o de reprimir a los ciudadanos. En un mundo de riesgos mundiales,
la sociedad civil no puede sobrevivir sino como un fenómeno mundial. Depende
de la extensión del sistema de gobierno mundial, como base de sus actividades y,
al mismo tiempo, ayuda a constituir ese sistema, tal como antes el Estado y la
sociedad civil que le estaba ligada se han constituido mutuamente.
Es verdad que, hasta el presente, el sistema carece de mecanismos aplicables,
aun si la acción comunicacional ya ha demostrado su importancia en la apertura
de sociedades cerradas, como en Europa del Este o en América Latina. De hecho,
su puesta en práctica depende a la vez de un aparato coercitivo y del rol de la
sociedad civil como un sitio para la construcción de la legitimidad. En la arena
mundial, donde el aparato coercitivo es débil, el rol de la sociedad civil mundial
es muy importante, a la vez como base de procedimientos regulatorios y como
presión para formas más eficaces de aplicación, mediante, por ejemplo, el desa­
rrollo de leyes cosmopolitas o del principio de la «responsabilidad de proteger».
Es igualmente verdadero que no puede imaginarse una democracia a escala
mundial tal como la hemos discutido arriba. Pero existen numerosas propuestas
ingeniosas para reforzar la democracia a través de una combinación de subsidia-
ridad, una representación por problemáticas y normas legales mundiales en una
época global.25 Puede ser que aquello no corresponda plenamente a las formas
ideales de la democracia representativa, pero es la mejor esperanza para una
democracia profunda y sustancial en la cual los ciudadanos son capaces de influir
en las decisiones que afectan sus vidas. En efecto, por tan perfecta como pueda
ser una constitución democrática en el nivel de un Estado, ella no logrará alcan­
zar una democracia sustancial si las decisiones se toman en otras arenas.
Ciertamente, la mundialización ha modificado el equilibrio entre las activida­
des ligadas al Estado y aquéllas orientadas por el mercado. Numerosos grupos de
la sociedad civil se centran en la responsabilidad de las multinacionales. En el
seno del movimiento llamado «antimundialización» existe, sin embargo, igual­
mente una preocupación por la constitución de una gobemanza mundial. Algu­
nos están por la antimundialización y militan por un retomo a la primacía de los
Estados. Otros llaman a un reforzamiento de la capacidad mundial de regular los
mercados; esos «altermundistas» ponderan así otra mundialización.
El otro conjunto de críticas remite al contenido normativo del término socie­
dad civil mundial. Numerosos textos sobre la sociedad civil mundial tienden a dar
por sentado que la sociedad civil juega un rol positivo. Los esfuerzos por dar más
sustancia a ese concepto,26 midiendo las ONG internacionales, la participación en
las cumbres paralelas o las reuniones mundiales, o incluso con una cronología de
los acontecimientos globales, tienden a ponderar los «buenos tipos» (los nuevos
activistas globales), aun cuando también se describen movimientos extremistas,
representantes de los establishment políticos o de otros tipos de instituciones cívi­
cas. Pero el contenido normativo del concepto de sociedad civil mundial no pro­
viene tanto de los participantes y actores de la sociedad civil como de la noción
misma del debate público mundial o de la actuación comunicacional mundial. Un
mundo en el que las decisiones están influidas por debates semejantes es conside­
rado como mejor que un mundo coordinado a «sangre y hierro», para retomar la
expresión de Bismarck que postula el realismo en las relaciones internacionales.
Chandler27 objeta que no existe nada parecido a un espacio comunicativo mundial
que permanece, según él, en el orden de la «ficción».
Pero entonces, ¿qué son los blogs, los sitios y los foros del Internet, las cum­
bres paralelas, Davos y Puerto Alegre, o la televisión por satélite?, sin mencionar
los debates en las aldeas globales que ponen frente a frente a comunidades aleja­
das, así sea entre los patrones de las multinacionales o entre los migrantes ilega­
les. La sociedad civil mundial ciertamente integra las críticas del concepto, así
como los fanáticos del mercado y los fundamentalistas de diferentes orientacio­
nes. El principal aspecto normativo de la idea de sociedad civil mundial reside
más bien en la creencia de que una conversación sincera y libre, un diálogo críti­
co y racional, favorecerán el desarrollo de una forma más humana de gobemanza
mundial. Es cierto que tales debates jamás son auténticamente libres, ya que los
ricos y los privilegiados los dominan siempre. Sin embargo, como lo subraya Iris
Marión Young, entre mayores son las posibilidades de inclusión, más extensas
serán las actividades que tienen que ver con la sociedad civil.
Es interesante notar que este argumento se da por sentado en el contexto
nacional. Se le sigue considerando como idealista en el contexto mundial, sin
duda porque se presume siempre que las relaciones internacionales se refieren a
los intereses de los Estados más que a normas y a debates racionales. Sin embar­
go, si queremos evitar un retomo a la primacía de los Estados —en vista de sus
consecuencias para la paz y la represión—, sin dejar de tener la capacidad de
enfrentar los riesgos mundiales, éste me parece ser el único enfoque realista.
Después del 11 de septiembre

¿Cómo ha sido afectada la idea de sociedad civil mundial por el 11 de septiem­


bre? ¿El terrorismo y la lucha contra el terrorismo marcan un retomo en la evolu­
ción que he descrito? En efecto, ambos son profundamente hostiles a la sociedad
civil. El terrorismo puede ser considerado como un ataque directo a la sociedad
civil mundial, una forma de crear el miedo y la inseguridad, que son todo lo
contrario a la sociedad civil. La respuesta de G.W. Bush fue una tentativa por
reimponer las relaciones internacionales, es decir, de colocar la amenaza del te­
rrorismo en el seno de un marco estatista. Estados Unidos es el único país no
afectado por la mundialización, el único Estado capaz de continuar actuando
como Estado-nación autónomo —un «unilateralista mundial», según los términos
de Javier Solana—, o como el último Estado-nación. G. Bush identifica al enemigo
como los Estados que sostienen el terrorismo o que poseen armas de destrucción
masiva. Pero las guerras en Irak y en Afganistán no han reducido el terrorismo. Al
contrario, los atentados en Madrid, en Londres, en el Medio Oriente y en Asia
tienden a sugerir que el terrorismo y la guerra contra el terrorismo se nutren uno
del otro. Por encima de todo, el idioma del terrorismo y de la guerra contra el
terrorismo cierra el debate, los espacios, a posiciones políticas diferentes. En
2006, la controversia en tomo de las caricaturas danesas de Mahoma y los deba­
tes acerca de las consideraciones del Papa sobre el Islam han ilustrado la domina­
ción de lo que Amartya Sen28 llama las «identidades solitaristas» sobre los argu­
mentos complejos y diferenciados.
Pero G.W. Bush no sabría invertir el proceso de mundialización. Las consecuen­
cias de una tentativa por reimponer las relaciones internacionales conducen a una
mundialización todavía más salvaje, anárquica y desigual. Es una situación en la
cual «el exterior» de las relaciones internacionales, por lo menos en una concep­
ción realista, se toma «interior». Ya no podemos aislar la sociedad civil de lo que
sucede en el exterior, hay efectos boomerang perversos. Ya no se sostiene la distin­
ción entre la guerra y la paz dentro del país, operada por los teóricos clásicos de la
sociedad civil. La sociedad civil mundial porta la promesa de llevar el interior al
exterior. El terrorismo y la guerra contra el terrorismo proponen lo opuesto.
¿Existe alguna alternativa? ¿Podríamos imaginar políticas domésticas en la esce­
na mundial? Los críticos lo ven como una utopía imposible. Sin embargo, es exacta­
mente lo que ha sucedido en el curso de los años noventa y, a pesar del terrorismo
y de la guerra contra el terrorismo, la sociedad civil mundial no ha desaparecido. El
movimiento altermundista, el pacifista y numerosos activistas islámicos se han
empeñado en ello. La guerra en Irak parecía ser una derrota del multilateralismo,
con la división de las Naciones Unidas y de la Unión Europea. Sin embargo, esos dos
organismos han tomado posiciones cada vez más alternativas, por ejemplo, sobre
los asuntos de Irán o de Líbano. Además, las derrotas en Irak y en Afganistán han
provocado un debate mundial que afecta hasta a Estados Unidos. La evolución de la
situación depende de la política y son los actores (agency of people) quienes hacen la
historia. La idea de una sociedad civil mundial es una idea emancipadora que da a
cada individuo la posibilidad de intervenir en dichos debates.
Ciertamente, atravesamos por un periodo muy peligroso: las guerras en Irak,
en Afganistán y en Líbano se han tomado aún más interconectadas, una nueva
guerra podría iniciarse en Asia del Sur, quizá con armas atómicas, y asistimos
ahora mismo a un recrudecimiento del terrorismo global. ¿En qué medida la so­
ciedad civil mundial podrá convencer a los Estados de adoptar un marco alterna­
tivo multilateral para ocuparse de los dictadores, del terrorismo y de las armas de
destrucción masiva, pero también de la pobreza, del sida, del medio ambiente y
de otras problemáticas esenciales?
Muchos comentaristas estiman que los ataques del 11 de septiembre se po­
drían haber tratado en el marco del derecho internacional. Habrían sido tratados
como un crimen contra la humanidad. El Consejo de Seguridad debió establecer
un tribunal para crímenes de guerra y los esfuerzos para atrapar y destruir a los
terroristas, aunque ello implicase medios militares, debieron ser considerados no
como una guerra, sino como la aplicación de la ley.29 El mismo argumento puede
desarrollarse a propósito de la situación en Irak. Era posible generar esta situa­
ción de otra manera, inspirándose, por ejemplo, en la experiencia de Europa del
Este en los años ochenta. Las resoluciones del Consejo de Seguridad de las Nacio­
nes Unidas, y en particular, la 687, insistían tanto sobre los derechos humanos y la
democracia como sobre las armas de destrucción masiva. Pudo haber sido utiliza­
da de la misma manera que el Tratado de Helsinki, a fin de hacer presión sobre el
régimen. Los inspectores del armamento habrían podido ser acompañados por
inspectores de los derechos humanos y la comunidad internacional podría haber
mostrado claramente que se trataba de proteger a los iraquíes contra las fuerzas
de Saddam Hussein en la eventualidad de un levantamiento, como lo hizo en el
norte de Irak en 1991 y no lo hizo con motivo de la insurrección chiita.30
Pero no fue el caso. ¿Es utópico sugerir que tales medidas puedan ser adopta­
das en el futuro? ¿Es posible que obtengamos lecciones de los errores cometidos
después del 11 de septiembre o estamos siempre más profundamente atraídos
por el espejismo de un vano intento de recrear el poder del Estado?
No veo otra salida al peligroso impasse actual sino intentar establecer un con­
junto de reglas mundiales basadas en la aquiescencia. Debemos encontrar los
medios de minimizar la violencia en el nivel mundial, de la misma manera que los
primeros pensadores modernos concebían a la sociedad civil como un medio de
minimizar la violencia en el interior de los Estados. Es preciso que emprendamos
un análisis sobre lo que puede hacerse en ese sentido.
Quisiera terminar citando la conclusión del libro de Georges Konrad. Estaba
preocupado por la amenaza de una guerra nuclear, por el riesgo de un «Aus-
chwitz mundial», como él decía, siendo él mismo sobreviviente de Auschwitz. Es
el «referente, el Aquello» de su cita. Yo pienso, sin embargo, que se aplica tanto al
terrorismo como a la guerra contra el terrorismo: «Ciertamente, soy pequeño
ante los grandes, débil ante los poderosos, cobarde ante los violentos, vacilante
ante los agresivos, muy pequeño ante Aquello que es tan vasto y tan duradero que
a veces pienso que es inmortal. No le presento la otra mejilla, no le lanzo una
piedra. Miro y después ordeno mis palabras».31

Bibliografía

ANDERSON, K. y D. RlEFF, «Global civil society: a sceptical view», en H. Anheier, M. Glasius, M.


Kaldor (eds.), Global civil society, Sage, Londres, 2004.
ANEHIER, H., M. GLASIUS, M. K ald o r , Global civil society, Oxford University Press, 2001,2002 y
2003.
Anna’im, A., «Religión and global civil society: inherent incompatibility or synergy and interde-
pendence?», en H. Anheier, M. Glasius, M. Kaldor (eds.), Global civil society, Oxford University
Press, 2002.
Archcbugi, D. y D. H eld , Cosmopolitan democracy: an agenda for a new world order, Polity Press,
Cambridge, 1995.
BAKER, G. y D. CHANDLER, Global civil society: contestedfutures, Routledge, Londres, 2005.
Best, G., «Justice, intemational relations and human rights», International Affairs, n.° 71, 4 de
octubre de 1995.
B r o w n , C., «Cosmopolitanism, world citizenship and global civil society», en Criticál Review o f
International Social and Political Philosophy, 2001, vol. 3, n.° 1.
Chandhoke, N., A cautionnary note on civil society. Ponencia presentada en el simposio «Civil
society in different cultural contexts», LSE, septiembre de 2001.
Ch andler, D., «Holding a looking glass to the "Movement”: A response to Worse and Abbott», en
Globalizations, 2006, vol. 3, n.° 1.
— , Constructing global civil society: morality and power in internacional relations. Basingstoke,
Palgrave Mcmillan, NY, 2004.
CHATERJEE, P, «O n civil and political society in postcolonial democracies», en S. Kaviraj y Khil-
nani (eds.), Civil society: history and possibilities, Cambridge University Press, Cambridge,
2001.
— , The nation and its fragments: colonial and postcolonial histories, Princeton University Press,
2001.
Com aroff, J., Civil society and the political imagination in Africa: criticálperspectives, University of
Chicago Press, 1999.
E h ren b erg, J., Civil society: the criticál history o f an idea, N.Y. University Press, Nueva York y
Londres, 1999.
Etzioni, A., The Active Society: a theory ofsocietal and political processes, Free Press, Nueva York,
1968.
— , The third way to a good society, Demos, Londres, 2000.
EZZAT, H., «Beyond methodological modemism: Towards a multicultural paradigm shift in social
sciences», en Anheier, Glasius y Kaldor (eds.), Global civil society, Sage, Londres, 2004-2005.
HAVEL, V., «The power of the powerless», en J. Keane (ed.), The power o f the powerless: citizens
against the state in Central-Eastem Europe, Hutchinson, Londres, 1985.
HEGEL, G.W.F., The philosophy ofright, Prometheus Books, Londres, 1996 (1820).
H eld, D., Democracy and the global order: from the modem state to cosmopolitan govemance, Polity,
Cambridge, 1995.
Howard, M., «What’s in a ñame?», en Foreign Affairs n.° 81:1, enero-febrero de 2002.
Keck, M. y K. SlKKINK, Activists beyond borders, Comell University Press, Ithaca y Londres, 1998.
K h a ld u n , I., The Muqaddimah: An Introduction to history, Routledge, Londres, 1958.
KONRAD, G., Anti-politics: An Essay, Brace and Janovich, Londres, 1984.
Lipschutz, R. y J. Rowe, Globalization, govemmentability and global politics: Regulation for the rest
o f us?, Routledge, Nueva York, 2005.
Lipschutz, R., «Power, politics and global civil society», en Millenium: Journal o f International
Studies, vol. 33, n.° 3,2005.
Mamdani, M., Citizen and subject: contemporary Africa and the legacy oflate colonialism, Princeton
University Press, 1996.
Michnik, A., «The N ew Evolutionism», en Lettersfromprison and other essays, California Univer­
sity Press, 1985.
Putnam, R., R. Leonardi y R. Nanetti, Making democracy w orh civic traditions in modem Italy,
Princeton University Press, 1993.
— Bowling alone: the collapse and revival o f American community, Simón and Schuster, Nueva
York, 2000.
Salamon, L. y H. Anheier, The emerging o f ncmprofit sector: an overview, Manchester University
Press, 1996.
SEN, A., Ideníiíy and violence: the iUusvon o f destiny, Penguin, N ew Delhi, 2006.
— , The argumentative Indian. Wntings on Indian history, culture and identity, Penguin, Londres, 2006.
TOCQUEVILLE, A. de, Democracy in America, Vintage Books, Nueva York, 1945 (1835).
Y o u n g , I.M., Inclusión and Democracy, Oxford University Press, Nueva York, 2000.

1. Citado por J. Comaroff y J. Comaroff, Civil society and the political imagination in Africa: critical
perspectives, 1999, p. 3.
2. Citado en J. Ehrenberg, Civil society: the critical history of an idea, 1999, p. 209.
3. G.W.E Hegel, The philosophy of right, 1996, p. 331.
4. M. Keck y K. Sikkink, Activists beyond borders, 1998.
5. V. Havel, «The power of the powerless», 1985, pp. 90-91.
6. Citado en J. Ehrenberg, Civil society: the critical history of an idea,1999, pp.222-223.
7. L. Salamon y H. Anheier, The emerging of nonprofit sector: an overview, 1996. A. Etzioni, The
Active Society: a theory of societal and political processes, 1968; A. Etzioni, The third way to a good
society, 2000.
8. A. Tocqueville, Democracy in America, 1945, p. 118.
9. N. del T.: es preciso comprender «liberales» en el sentido anglófono del término y no en
referencia al neoliberalismo.
10. Desde 2001, las estadísticas que indican este incremento se recopilan cada año en los Global
Civil Society Yearbook editados por Helmut Anheier, Marlies Glasius y Mary Kaldor.
11. N. Chandhoke, «A cautionnary note on civil society». Ponencia presentada en el simposio
Civil society in different cultural contexts, 2001.
12. Intervención en la Conferencia de expertos en Human Development Report 2002, Nueva
York, 2002.
13. Según este argumento, América Latina y Europa del Este son parte del área cultural de
Europa.
14. A. Sen, The argumentative Indian. Writings on Indian history, culture and identity, 2006.
15. I. Khaldun, The Muqaddimah: An Introduction to history, 1958.
16. M. Mamdani, Citizen and subject: contemporary Africa and the legacy of late colonialism, 1996.
P. Chatterjee, «On civil and political society in postcolonial democracies», 1993. P. Chatteijee, The
nation and its fragments: colonial and postcolonial histories, 2001.
17. H. Ezzat, «Beyond methodoligal modemism: Towards a multicultural paradigm shift in
social sciences», 2004; A. AnNa’im, Religión and global civil society: inherent incompatibility or
synergy and interdependence?, 2002.
18. G. Best, «Justice, intemational relations and human rights», 1995.
19. Ch. Brown, «Cosmopolitanism, world citizenship and global civil society», 2001.
20. D. Chandler, Constructing global civil society: morality and power in intemational relations,
2004. Véase igualmente a G. Baker y D. Chandler, Global civil society: contested futures, 2005.
21. D. Chandler, Constructing global civil society: morality and power in intemational relations, 2004.
22. K. Anderson y D. Rieff, «Global civil society: a sceptical view», 2004.
23. R. Lipschutz, «Power, politics and global civil society», 2005. R. Lipschutz y J. Rowe,
Globalization, govemmentability and global politics: Regulation for the rest of us?, 2005.
24.1.M. Young, Inclusión and Democracy, 2000, p. 160.
25. Ib id. D. Held, Democracy and the global order: from the modem State to cosmopolitan goveman-
ce, 1995. D. Archuibugi y D. Held, Cosmopolitan democracy: an agenda for a new world order, 2005.
26. Es, por ejemplo, el caso de nuestra publicación anual sobre la sociedad civil mundial.
27. D. Chandler, «Holding a looking glass to the “Movement”», 2006.
28. A. Sen, Identity and violence: the illusion of destiny, 2006.
29. Véase Hosard, 2002.
30. Véase Mary Kaldor, «In Place of War: open up Irán» <www.opendemocracy.net>, consulta:
12 de marzo de 2003.
31. G. Konrad, Anti-politics: An Essay, 1984, p. 283.
LOS MOVIMIENTOS MEXICANOS
ANTE LOS DESAFÍOS GLOBALES
Movimiento social y cambio en México
y en América Latina
Sergio Zermeño

Los movimientos sociales

No cabe duda de que en referentes como «movilización social» o «movimien­


tos sociales» se esconde una gama muy amplia y muy disímbola de manifestacio­
nes colectivas. El movimiento estudiantil francés de mayo de 1968 y los otros
movimientos estudiantiles que tuvieron lugar en aquellos años son movilizaciones
sociales; la enorme manifestación de mexicanos que impidió que el gobierno re­
primiera al levantamiento zapatista en 1994 y aquella otra que en el 2005 impidió
que el jefe de Gobierno de la Ciudad de México, Andrés Manuel López Obrador,
fuera destituido con base en artificios jurídicos son movilizaciones sociales; lo son
también los cerca de 30 mil micromovimientos, movimientos de base, grupos de
acción social no partidista o grupos en movimiento que, según D.L. Sheth y Boaven-
tura de Sousa Santos,1pueden estar teniendo lugar simultáneamente en la India
en tomo de los aumentos de precios, salarios, salud, corrupción, etcétera; la defi­
nición de Alain Touraine2 de los movimientos sociales, estableciendo que éstos
pasan por tres momentos, ejemplificados con la historia del movimiento obrero,
que irían de una etapa utópica, a una radical y de pleno enfrentamiento hasta una
de estabilización institucionalizante y de amenazas huelguísticas más propensas
a la negociación que a la ruptura también ejemplifica la diversidad de modalida­
des de la movilización social y las abismales diferencias e implicaciones que hay
en cada una de ellas.
Nuestro objetivo en este ensayo es desentrañar dos concepciones que se en­
cuentran amalgamadas en nuestros días cuando se hace referencia a los movi­
mientos sociales o a las movilizaciones sociales, particularmente en los países
latinoamericanos y en los de desarrollo medio en general.
Por un lado, el altermundismo como respuesta a la concentración del poder en
gobiernos y empresas en nuestra época ha construido un discurso bastante con-
frontacionista con base en la acumulación de las fuerzas globales de resistencia a
la globalización. A continuación citamos algunos autores que ejemplifican esto:
Atilio Borón afirma que, a partir de finales del siglo pasado, se observa en
muchos países una vigorosa recomposición del campo popular y una renovada
militancia anticapitalista cuyos inicios emblemáticos fueron la rebelión zapatista
del 1 de enero de 1994 y la así llamada «Batalla de Seattle» en noviembre de 1999,
que habrían de articularse globalmente a partir de la realización del primer Foro
Social Mundial de Porto Alegre en enero del 2001, poniendo de relieve el agota­
miento del modelo neoliberal tanto en el centro del sistema como en la periferia
del mismo (respuesta a Holloway).
Emir Sader establece que la lucha por una nueva hegemonía derivará de una
amplia alianza de todos los movimientos que se han congregado en el Foro Social
Mundial de Porto Alegre, en toda su diversidad. Esa alianza requiere combinar el
máximo de flexibilidad con algunos grados de centralización estratégica que per­
mitan poner en práctica un proceso de acumulación de fuerzas que va de la
fuerza social, moral, ideológica y teórica existente a las fuerzas económica y polí­
tica indispensables para que la construcción de un nuevo mundo —solidario, hu­
manista, pacífico— sea realmente posible.
Daniel Bensaid dice que apenas hay duda de que el levantamiento chiapaneco
del 1 de enero de 1994 («momento de nueva puesta en marcha de las fuerzas
críticas») se inscribe en el rebrote de resistencias a la mundialización liberal,
confirmado desde Seattle a Génova, pasando por Porto Alegre. Ese momento es
también el ground zéro de la estrategia, un momento de reflexión crítica (presen­
tada por Marcos como una especie de tercera guerra mundial).
Guillermo Almeyra afirma que

[...] así como el E Z L N se apoyó en los movimientos indígenas y sociales anteriores en toda
América Latina para su levantamiento en 1994 y con éste dio nuevo impulso a las luchas
subsiguientes, la experiencia de la APPO (Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca) ha
construido subjetividad, ha dado experiencias y será un jalón en la lucha por próximas
victorias [...] El socialismo no puede nacer y desarrollarse en un solo país, por grande y rico
que éste sea, ni ver la luz en forma gradual y pacífica, sino que nacerá del conflicto social
mundial prolongado.3

John Holloway considera que debe haber una acumulación de prácticas de


autoorganización oposicional. El cambio de una política de organización (los par­
tidos, el ejército revolucionario) a una de eventos ya está teniendo lugar: mayo del
68, por supuesto, el colapso de los regímenes de Europa del Este también; más
recientemente, el desarrollo de la rebelión zapatista y la ola de demostraciones
contra el neoliberalismo (Seattle, Davos, Washington, Praga, etcétera).4
Raúl Zibechi afirma que las experiencias de los aymaras bolivianos, desde la
guerra del agua de 2000, en Cochabamba, hasta las guerras del gas de 2003 y 2005,
fortalecen las esperanzas nacidas al calor de las insurrecciones populares de los
últimos años en nuestro continente: derribaron dos gobiernos en veinte meses,
crearon regiones fuera del control del Estado boliviano y deslegitimaron el mode­
lo neoliberal.

¿Sedimentación o discontinuidad?

Por otro lado, a partir de estas afirmaciones, y sobre todo de la última, pode­
mos plantear el problema, mostrar una acepción muy diferente de movilización
social, cuando el propio Raúl Zibechi5 nos recuerda que

[...] en sus 27 años de existencia, los integrantes del Movimiento de los Sin Tierra (MST), en
Brasil, fueron adaptándose a las diferentes coyunturas políticas, pero nunca dejaron de
poner en el centro la ocupación de tierras, la producción y la educación, y fueron realizan­
do una verdadera reforma agraria desde abajo. Hoy son medio millón de familias, 2 millo­
nes de personas en 5 mil asentamientos que ocupan 25 millones de hectáreas, en los que
hay mil 500 escuelas. El M ST cuenta con unos 15 mil militantes, tiene decenas de escuelas
de formación y una universidad, la Escuela Florestán Fernández, y está siendo capaz de
formar a sus propios especialistas y técnicos. En su quinto congreso, 40 por ciento de las
delegadas eran mujeres [...] Se propusieron no sólo mantener la lucha contra el latifundio,
sino buscar nuevas formas de lucha que se sitúen a la altura de los desafíos que están
planteando el agronegocio y las trasnacionales.

Noam Chomsky nos hace un planteamiento que coincide muy bien con lo di­
cho por Zibechi: él está absolutamente de acuerdo en que «el futuro de la huma­
nidad depende de la resistencia a la globalización», y hay acontecimientos espe-
ranzadores, como la elección de Lula en Brasil: «lo que ocurrió ahí es asombroso
y es una lección real a las democracias occidentales [...] Un movimiento popular,
con bases de trabajadores, los Sin Tierra y muchos otros movimientos sociales,
logró superar obstáculos tremendos, una alta concentración de capital, el odio de
la comunidad financiera internacional, y eligió a su propio presidente [...]». Para
Chomsky la resistencia a la globalización tiene un referente de larga sedimenta­
ción social basado en los movimientos y luchas que en el Brasil se han escenifica­
do durante lustros.
En el mismo sentido y con las mismas implicaciones, en el libro Democratizar
la democracia de Boaventura de Sousa,6 Patrick Heller y T. M. Thomas Isaac afir­
man que, a diferencia del resto de la India, «el éxito de las reformas agrarias de
Kerala en la década de 1970, ampliamente conocidas por tratarse de la acción
más trascendental y promotora de la equidad en el subcontinente, fue posible
gracias al amplio apoyo de un movimiento campesino poderoso y a la exitosa
campaña de alfabetización en masa de 1991 que señaló la importancia de movili­
zar a la iniciativa popular». De Sousa agrega que buena parte del éxito del presu­
puesto participativo en Porto Alegre y en Kerala se debe a un grado elevado de
movilización social en la historia de esas regiones y agrega que eso permitió llevar
adelante la Campaña del Pueblo para la Planeación Descentralizada, la moviliza­
ción «más radical y trascendente en este terreno emprendida en la India [...], un
asalto frontal a feudos burocráticos del Estado y a las redes clientelares del siste­
ma político: un gobierno estatal que lanza un movimiento para obligar a su propia
mano a restructurar radicalmente el modo de gobierno».7
Este segundo grupo de acepciones de la movilización social en tomo del presu­
puesto participativo, del Movimiento de los Sin Tierra y de la reforma del rol del
Estado en Kerala y en Porto Alegre está ligado a una activación que, lejos de
provocar sólo la ruptura, desemboca esencialmente en el empoderamiento de la
sociedad en paulatinos escenarios (continuidad) de concertación a lo largo de
cada año, al grado de infundir una «mirada social» en el desempeño gubernamen­
tal (¿mandar obedeciendo?).
La pregunta sería si la referencia más adecuada a ese basamento debe hacerse
en términos de confrontación o en términos de sedimentación, conscientes de
que no hay una frontera clara, pero alguna diferencia hay, por ejemplo, entre
explosión, choque y muerte súbita de las acciones sociales en el México de los
últimos diez años, por un lado y, por otro, la construcción asentada, paulatina y
poco radicalizada de los barrios y asentamientos poblacionales de Porto Alegre,
de otras ciudades brasileñas, de la lucha estable del sindicalismo en el ABC pau-
lista, del Movimiento de los Sin Tierra, que a lo largo de muchos años han ido
construyendo la base cívica que hoy les permite ejercer, en algunos puntos, el
«orsamento participativo» (sin que nada de esto quiera decir que su conflictividad
en un momento dado no fue muy alta).

La energía se dispersa

En efecto, hay un asunto que comienza a ser preocupante en nuestro país:


movimientos o luchas sociales que en los últimos quinquenios han surgido con
gran vigor, que hasta un cierto punto han hecho imperar sus demandas y que han
recibido el reconocimiento de la opinión pública, han terminado o están termi­
nando abatidos por la represión gubernamental y, en un gran desgaste, pierden
aceleradamente apoyo ante el público amplio que les otorgó una legitimidad in-
discutida y también adeptos entre sus seguidores más cercanos.
El movimiento del Consejo Nacional de Huelga (CNH), en la UNAM, que du­
rante 1999 movilizó a los universitarios y logró la hazaña de impedir, por tercera
vez, que la educación en la universidad pública dejara de ser gratuita; el movi­
miento del Frente de Pueblos por la Defensa de la Tierra (FPDT), con su epicentro
en San Salvador Ateneo, que logró revertir la injusta expropiación de sus tierras
ejidales para que se construyera el nuevo aeropuerto de la Ciudad de México; el
movimiento de la APPO (Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca), que se
nutrió de la organización popular y la activó irradiando su ejemplo en un amplio
espacio territorial de aquella entidad; el movimiento del Ejército Zapatista de
Liberación Nacional (EZLN), que logró un reconocimiento y un apoyo casi unáni­
mes en el interior y en el exterior del país; el Comité de Unidad Tepozteca (CUT),
que impidió el establecimiento de un club de golf, con su entorno inmobiliario y
sus perniciosos efectos sobre los recursos hidráulicos de la región donde se pre­
tendía construir.
El primero (el movimiento del CNH) se enajenó a la amplia masa estudiantil
debido a una radicalización excesiva y a la no aceptación de que debía terminarse
la huelga una vez satisfechas las demandas; el segundo (Ateneo) tampoco logró
capitalizar su lucha con un mayor empoderamiento organizativo al conseguir la
suspensión del decreto de expropiación y, al igual que el tercero (la APPO), han
terminado arrinconados como resultado de la confrontación y de la represión
subsecuentes, así como por una división severa de lo que alguna vez fueron sus
sólidas bases de apoyo; el cuarto (EZLN) ha perdido amplitud entre sus seguido­
res, sociales e intelectuales, y resintió una severa baja en su presencia mediática
debido sin duda a un discurso y a una campaña que contrastan con lo que propuso
en sus primeros diez años y que nos aturde con la insistencia de «derrocar» «pa­
cíficamente» al gobierno, pero no nos dice cómo, ni qué proponer en su lugar;
además, debido también a su enfrentamiento sin sensibilidad a la campaña de
López Obrador, queriéndolo convertir en «el espejo de Salinas». En casi todos los
casos, el rechazo a hacerse cargo de las administraciones locales y a aceptar
fondos de los programas gubernamentales han conducido a que el PRI termine en
los puestos ejecutivos y legislativos y disponiendo de los recursos públicos.
Lo que comienza a ser un problema y a aparecer como una matriz del accionar
de estas movilizaciones es que, pasada una primera etapa, llena de legitimidad y
amplio apoyo por la justeza de sus demandas (educación gratuita, resistencia al
despojo expropiatorio, dignidad y derechos para los pueblos indios), una primera
etapa en donde se alcanzan logros remarcables, en un segundo momento se cae en
un desdén evidente por las demandas resueltas y en un querer ir más adelante, a
posiciones anticapitalistas porque, se argumenta, los acuerdos pactados no condu­
cen a nada en el interior de este sistema. Lo anterior ha generado una deserción de
sus actores solidarios y un empequeñecimiento concomitante de sus bases, una
radicalización de su discurso en el sentido confrontacionista y un aislamiento suce­
sivo. Junto a ello, e inexplicablemente, esas dirigencias no quieren hacerse cargo de
administrar a sus colectividades, como sí lo están haciendo en muchísimas partes
de América Latina y del mundo, y el zapatismo, brincándose la evidencia de que
sus Juntas de Buen Gobierno son gobiernos, le recomienda a todos los movimien­
tos, en la Sexta Declaración de la Selva Lacandona, renunciar a administrar sus
territorios y reprueba irreflexivamente las propuestas, como las de Armando Bar-
tra, en el sentido de que las acciones pueden llevarse adelante con «un pie afuera y
uno adentro» de las administraciones gubernamentales locales.
En efecto, incluso tomando en cuenta que la tendencia hacia la reducción de
las masas movilizadas es una característica de todos los movimientos sociales, lo
que parece, sin embargo, propio de las luchas a las que nos estamos refiriendo, es
que a esa radicalización y a ese empequeñecimiento los acompañan inmediata­
mente un llamado a la «acumulación de fuerzas» hecho a todos los movimientos
del mismo género, a unirse contra un enemigo común, entendido como gobier­
nos, compañías trasnacionales, ricos, derecha, dominantes de cualquier tipo, po­
licías de cualquier corporación. Así, el aislamiento se disimula cuando alguna
situación extraordinaria de enfrentamiento o represión convoca a todas esas fuer­
zas en un mismo punto y abre el espejismo de un derrocamiento del orden esta­
blecido.

La responsabilidad de los intelectuales

Es obvio entonces que el objetivo mejor deseado de cualquier movilización


debiera ser el mejoramiento de la calidad de vida vía el empoderamiento de esos
espacios sociales, su sedimentación y su continuidad, aunque todos estamos de
acuerdo también en que las movilizaciones pueden terminar (o nacer) en el en­
frentamiento, en la ruptura, en la represión y en la regresión organizativa y de la
infraestructura productiva. Esto es lo propio de la acción social, pero ahora va­
mos a centramos en un asunto directamente asociado a éste, en el que los planos
suelen confundirse; es el que tiene que ver con el discurso y con la intención de
los actores intelectuales y políticos al interpretar y tratar de inducir en un sentido
o en otro a las movilizaciones.
El subcomandante Marcos, a nombre del neozapatismo, ha empleado una se­
rie de consignas, principalmente a raíz de la Sexta Declaración de la Selva Lacan­
dona y de La Otra Campaña a partir del 2006, en tomo de la movilización social y
del cambio: «tumbar al supremo gobierno y a los ricos que lo están sosteniendo»;
«el otro México que ya tomó la decisión de alzarse para derrocar a los malos gobier­
nos»; «se está gestando una rebelión, a veces espontánea, a veces organizada,
contra la lógica del capital y la mercancía»; «queremos un mundo en donde que­
pan todos los mundos, incluso los ricos que en nuestro mundo tendrán un lugar
[...] en la cárcel» (Marcos 1 de febrero de 2006); «ya estuvo bueno que estemos en
nuestras casas (arengaba unos días antes de la brutal represión en Ateneo) [...]
con el machete desenfundado, a ver a qué horas se le va a ocurrir a estos cabrones
venir a robamos. Mejor vamos a juntamos y vamos por ellos. Vamos a derrocar a
Zeferino, a Fox, al que esté arriba». «El anticapitalismo del EZ es “modesto”, pero
apunta al corazón mismo del sistema [...]: la propiedad de los medios de produc­
ción» (en el arranque del «Segundo Encuentro de Zapatistas con los Pueblos del
Mundo»).8
Incluso, dejando de lado la herencia mexicana, de confrontación ante el Estado
fuerte (pre y posrevolucionario), y de ausencia o de destrucción permanente de
espacios de mediación, el planteamiento clásico de la guerra de movimientos, de la
toma del Palacio de Invierno, es una propuesta altamente politizada, en el sentido
de ir hacia el poder, hacia la desestabilización, hacia el cambio repentino, el «derro­
camiento», gracias a esa «acumulación de fuerzas», que cuesta trabajo pensar que
será (o ha sido) pacífico (como ya el 68 y recientemente Las Truchas, Ateneo y
Oaxaca nos dieron una probadita). Entonces, decir: «acumulemos fuerzas para
derrocar al gobierno en nombre del pueblo», aunque se repudie a los partidos y a
los puestos burocráticos, no es suficiente para borrar la evidencia de que estamos
ante una manifestación fuertemente vertical, de poder (aunque viniera el derroca­
miento y la primera fila de los movilizados no tomara las posiciones de mando,
sabemos que entre las filas que siguen pululan los brazos de hierro).

¿De qué cambio hablamos?

Pero, ¿por qué el pensamiento confrontacionista y de guerra de movimientos


sigue teniendo hoy una vigencia tan grande, al punto de haberse convertido en el
planteamiento hegemónico en las movilizaciones de nuestro país y en los eventos
del altermundismo? Sin duda, en el caso mexicano, porque nuestra herencia de
Estado fuerte hace que las luchas sociales adopten rápidamente la conformación
piramidal del adversario a que se enfrentan y, en una especie de «lógica del suici­
da y del asesino», busquen a toda velocidad acumular fuerzas antes de ser barri­
dos del escenario por la represión (nuestra herencia piramidal se reproduce como
en espejo entre los movilizados y, al entrar en combinación con el verticalismo
leninista de la toma del Palacio de Invierno, todo se encamina al choque). Pero a
ello viene a unirse la evidencia, válida en el mundo entero, de una correlación
entre fuerzas globales y fuerzas local-regionales que se encuentra cada vez más
desproporcionada en detrimento de estas últimas y que hace cundir la desespera­
ción por cambiar las cosas de tajo ante este panorama de saqueo y explotación
desenfrenados.
Es de esta manera que pensadores tan comprometidos con la reconstrucción
de lo local y lo regional a partir de lo social, como Boaventura de Sousa llega a
escribir:

Nuestra propuesta teórica se basa en la idea utópica de una exigencia radical: que sólo
habrá emancipación social en la medida en que haya resistencia a todas las formas de
poder. La hegemonía está hecha de todas ellas y sólo puede ser combatida si todas fueran
combatidas de manera simultánea. Una estrategia exageradamente centrada en la lucha
contra una forma de poder, pero tratando con negligencia todas las otras, puede, por más
nobles que sean las intenciones de los activistas, contribuir a profundizar en vez de
atenuar el fardo global de la opresión que los grupos sociales subalternos cargan cotidiana­
mente.9

Sin duda, Adolfo Gilly expresa esto de una manera más cruda al comentar el
libro de John Holloway, Cambiar el mundo sin tomar él poder:

El marxismo es la teoría del no, de la negación, de la lucha por lo que no es y será porque
quiere ser. Es la teoría del conflicto: no de su solución, sino de su persistencia en la vida y
en la historia. El marxismo es una teoría de la dominación (fetichizada), de la explotación
(objetivada), de la revolución (organizada) y de la liberación (en la comunidad real y ya no
más ilusoria).10

Los movimientos altermundistas en los distintos puntos del orbe han demos­
trado una gran virulencia; en ellos se congregan poderosos sindicatos, como el
estadunidense de la AFL-CIO, agrupaciones ecologistas como Green Peace, de
género como el movimiento gay y lésbico, organizaciones campesinas, grupos
indígenas y religiosos, misioneros, anarquistas, defensores de los derechos del
hombre, de los consumidores, etc. Pero no cabe duda de que en su gran mayoría
los participantes en estas manifestaciones terminan muy lejos de los espacios
cotidianos en los que se desenvuelve la vida de los excluidos en nombre de la que
esos mismos movimientos hablan; y algo más definitorio, esos movimientos tie­
nen muy poca incidencia para modificar los términos en los que se desenvuelven
esas vidas (son espacios, sin embargo, en los que puede desarrollarse un gran
protagonismo cultural y político, pero ésta es una lógica que poco tiene que ver
con el empoderamiento de lo social circunscrito). Se producen líderes, obras de
arte, material fílmico, fotográfico, plástico, periodístico, literario, etc., pero es
demencial la velocidad con la que esos productos se elevan al nivel del consumo
del mundo de la integración y con la que se separan de las necesidades por ellos
evocadas.
Lo que es igualmente un hecho es que desde lo local regional no es posible
tampoco luchar contra la dominación que establecen los grandes poderes trasna-
cionales, desde los organismos financieros hasta los ejércitos de las potencias
mundiales, pasando por el poder sin contrapeso de los grandes consorcios del
globo: no basta sólo con empoderar a lo local-regional. Pero sea como sea, lo cierto
es que sin el empoderamiento de la sociedad civil, de lo social mismo, cualquiera
de esas batallas estará perdida de antemano y cualquier reblandecimiento o crisis
de la dominación global no podría ser aprovechado para mejorar la condición de
la gente.
Nadie duda de que la movilización puede devenir, y en muchos casos así suce­
de, sedimentación democrática, empoderamiento social; sin embargo, en una
importante vertiente del pensamiento social y de la opinión pública, la moviliza­
ción se confunde con el cambio en el corto plazo y, en muchos casos, con el
cambio radical (que es con mucho la imagen clásica de la revolución y, hoy, de las
confrontaciones altermundistas). El camino entonces es largo y es más social que
político porque con la desestabilización se da pie al desmantelamiento.
Las vías de la construcción social

Es necesario detenemos un poco en esta idea según la cual los cambios cuali­
tativos, los que realmente conducen a un estadio nuevo, deben generarse por la
vía del conflicto, del enfrentamiento de los contrarios, de los movimientos y las
luchas sociales, es más, de la confrontación anticapitalista (altermundista, anti­
monopolista, antiglobal), una propuesta que implica que únicamente a través del
debilitamiento o la desaparición de la escena social del adversario (aristocracia,
oligarquía, burguesías...) se alcanzaría el mejoramiento de la calidad de vida de
los amplios agregados sociales.
Las vías de la densificación de lo social han sido múltiples, como lo han demos­
trado Barrington Moore Jr., Eric Hobsbawm, Antonio Gramsci, Teda Skocpol,
Robert Putnam y otros. La violencia de la Revolución francesa contrasta con lo
terso que fue para Inglaterra el pasaje desde la sociedad campesina hasta la mo­
derna sociedad industrial y la adaptación de su aristocracia al mundo industrial
moderno (lo que no niega que hubo, aquí y allá violentas luchas campesinas, obre­
ras y populares), y lo mismo puede decirse del Japón y de la India.
En América Latina, nos alimentamos de una tradición que privilegió lo jacobi­
no, lo bolchevique, al ejército popular, al foco guerrillero, sin analizar todos los
ejemplos de empoderamiento social por la vía paulatina, y confundimos las gue­
rras mundiales, en el este europeo, con procesos revolucionarios de confronta­
ción de clases y de cambios cualitativos que dejaban atrás a las sociedades jerár­
quicas y nobiliarias. Pero nunca quisimos aceptar que las aristocracias y las bur­
guesías podían constituirse, con el paso del tiempo, en agentes densificadores de
lo social, al igual que muchos agregados de las clases laborales y de los servicios
(la época dorada del sindicalismo y del fordismo pareció una claudicación).
Nunca aceptamos que, al igual que Inglaterra, muchas regiones europeas y de
ultramar transitaron a la modernidad sin grandes sobresaltos; tampoco medita­
mos suficientemente en el hecho de que países que sí se vieron divididos violenta­
mente, como España y como el propio México, habrían podido acceder al mundo
industrializado y modernizarse sin los terribles sufrimientos de las guerras fratri­
cidas (desórdenes y alteraciones que en la mayoría de los casos retrasaron este
tránsito debido a la destrucción tremenda de espacios, procesos y agentes gene­
radores de energía).
Se asegura entonces que, sin tales cataclismos, nunca nos habríamos librado
de las oligarquías y de los despotismos. Pero eso es muy relativo si miramos la
condición descendente que esos actores premodemos ocuparon en regiones del
mundo que no pasaron por grandes eventos revolucionarios (la España de hoy,
que perdió una revolución y transitó por cuatro décadas de dictadura, no parece
estar menos acoplada a la modernidad que muchas sociedades europeas en don­
de las fuerzas revolucionarias anticapitalistas se impusieron en la Europa central
y del Este).
Es más, España se encuentra hoy en un nivel de modernidad que la acerca
cada vez más a los altos estándares de vida del resto de la Unión Europea, a pesar
de que las fuerzas más conservadoras se impusieron en la confrontación armada
(la aristocracia al frente), mientras que México, que por la fuerza del estallido
social suprimió a la casta terrateniente y colocó en la dirección nacional a una
élite dirigente y triunfante, parece desmodemizarse (desdensificarse) con gran
celeridad.
Más bien, lo que debería llamar nuestra atención es la manera acrítica por la
que infinidad de pensadores latinoamericanos y de muchas otras latitudes pasa­
ron de la formación marxista revolucionaria a la aceptación de que el cambio
podría hacerse a partir de las instituciones del tránsito a la democracia, «barrien­
do las escaleras de arriba para abajo» y olvidándose, aquí sí de manera alarmante,
del imperativo que establece que sin una sociedad fortalecida, sin densificación
de lo social, no hay bondad institucional y reformas de buena fe, sino acapara­
miento de los bienes sociales, saqueo, corrupción, manipulación desde los medios
de comunicación, sobre todo electrónicos, imposición en la que por igual partici­
pan gobiernos y partidos de izquierda y de derecha, tal y como se está viviendo en
México en esta integración de mercados abiertos y globalización salvaje.
La idea de que sólo con rupturas bruscas del orden y con la anulación de las
fuerzas dominantes es posible densificar lo social y mejorar la calidad de vida de
sus integrantes ha demostrado ser falsa tanto en el capitalismo industrial como
en la era neoliberal. Pero aclaremos que eso no quiere decir que la violencia y la
confrontación son evitables, pues es obvio que, en ciertas condiciones de explota­
ción y saqueo, las explosiones sociales se generan de manera espontánea porque,
entre otras cosas, ése no es un asunto de conocimiento de la historia por parte de
los actores que rompen el pacto social.
Sin embargo, en las últimas movilizaciones que han tenido lugar en nuestro
país (el neozapatismo, Tepoztlán, Ateneo, el Consejo General de Huelga en la
UNAM a partir del movimiento de 1999, el movimiento de la APPO en Oaxaca...),
y también en la mayoría de las anteriores movilizaciones (el 68 en primerísimo
lugar), la cultura intelectual que ha imperado entre las dirigencias y entre las
bases movilizadas ha sido una que privilegia la radicalización, la ruptura, la acu­
mulación de fuerzas, y que considera claudicante la negociación: avanzar (derro­
car) para consolidar, antes que consolidar (a los cuerpos sociales embarnecidos por
la movilización) para de esa manera avanzar.
Regresando entonces a nuestro planteamiento, vemos que no tiene fundamen­
to la afirmación que establece que intentar la reconstrucción social en regiones
medias por la vía del mejoramiento paulatino de las condiciones de vida es un
reformismo inaceptable, una especie de bálsamo para los sufrimientos inmiseri-
cordes de la globalización, y que solamente con medidas radicales y anticapitalis­
tas puede plantearse de manera realista esa reconstrucción. Hay que aceptar que
las vías de la violencia y la confrontación son inevitables en ciertas condiciones, lo
que no quita que, a partir de esas rupturas (o sin ellas), haya una infinidad de
otras vías posibles en la búsqueda de la densificación social y el mejoramiento de
la calidad de vida de las colectividades.

La concepción del cambio en lo social

Llegamos Entonces al punto central: la concepción del cambio, el orden social


deseado y el lugar donde se encuentran los elementos para acercamos a su conse­
cución. Digamos a este respecto que la flecha del tiempo es un hecho indiscutible,
pero, ¿está siempre ligada a la evolución cuando tratamos de la sociedad?, ¿al
postulado de la modernidad que nos impuso que después de una etapa viene otra
etapa, posterior, superior y mejor?
Depende; si hablamos de la evolución biológica, no cabe duda; pero también,
si lo vemos a lo largo de diez siglos, la flecha del tiempo ha sido inobjetable en lo
que respecta al dominio de la técnica sobre el medio natural, con el espectacular
ejemplo de la medicina; ha sido inobjetable en lo referente a la secularización, es
decir, a la minimización de los referentes religiosos y mágicos en el quehacer de
los individuos y las colectividades; ha sido inobjetable en lo referente a la minimi­
zación del poder despótico y al fortalecimiento de los agentes de la sociedad civil,
etcétera.
Pero sin duda ha sido en este último aspecto en donde la interpretación de
esta linealidad ha dejado mucho que desear: las sociedades que más se han empo-
derado frente a sus agentes estatales, políticos, señoriales y del gran capital han
sido sin duda las occidentales, con todo y sus enclaves llamados de ultramar. Y es
aquí justamente donde surge, a lo largo del proceso de modernización, la idea de
que la etapa del capitalismo debería ser sustituida por otra etapa, superior y
mejor, que fue llamada socialista o comunista, para acentuar la fuerza de los
actores organizados desde lo social frente al Estado y frente a los poderes de la
burguesía capitalista. A esa idea de la modernidad se le asoció con el cambio
inducido, de manera tal que el proceso de pasaje a lo nuevo fuera más rápido
(científicamente diseñado, si se quiere). Entonces se asoció a esta concepción las
ideas de revolución y de anticapitalismo.
En realidad, se estaba ahí confundiendo dos cosas: fortalecimiento de la socie­
dad con anulación del sistema burgués. Realmente, quienes habían fortalecido
más a la sociedad habían sido, primero, algunas aristocracias modernizadoras,
después, o paralelamente, las burguesías y, finalmente, el proletariado con su
acción sindical y partidista.
Entonces se pensó que había que quitar definitivamente del mapa a los lastres
que eran sin duda la burguesía, que impedía una socialización completa, un em­
poderamiento completo de la sociedad y, pasado un tiempo, también habría que
anular al Estado, que impedía igualmente esa socialización, ese empoderamiento,
esa densificación de lo social.
Para el establecimiento de ese nuevo orden, de esa nueva etapa, era indispen­
sable una fuerza reordenadora, por lo menos transitoriamente, se asumía, y en­
tonces surgieron los ejes duros del partido, la dictadura del proletariado, el Soviet
Supremo, el puñado de dirigentes iluminados, conciencia exterior a la masa que
la guía hacia el nuevo estadio, apoderándose de la conducción del aparato estatal.
Era evidente que se había cometido un gran error de apreciación: con el odio a la
burguesía se confundió el odio a todos los agentes sociales que pudieran implicar
una resistencia al nuevo proyecto, a la nueva dirigencia, a la nueva burocracia
estatal, al nuevo Estado.
Todas las corrientes socialistas y marxistas perdieron en el camino, o de plano
minimizaron hasta desaparecerla, la idea más importante legada por la historia
de las sociedades y puesta enfrente de los ojos de todo mundo ya con la sociedad
industrial de occidente: la importancia de los actores dinámicos densificados a lo
largo de muchos siglos, como terminaron siendo la burguesía y el proletariado, las
aristocracias modernizadoras y las clases medias, asociadas al componente de la
cultura y la educación universitaria. Digamos que las corrientes marxistas y so­
cialistas burocratizaron la idea de orden social en lugar de socializarla.
Pero no nada más del lado del pensamiento socialista se minimizó el principio
de la densidad o densificación de la sociedad como elemento clave para alcanzar
el buen orden del futuro. Del lado del pensamiento liberal se acometieron igual­
mente, al menos, dos impulsos que oscurecieron el hallazgo de la densificación
social, el más importante que la sociedad occidental nos había puesto ante los
ojos.
Primeramente, el culto a la democracia representativa, a la idea de que lo que
había que fortalecer, ante todo, ante lo social y ante lo estatal, era un espacio de
concurrencia de actores que, a través de partidos y organizaciones políticas, re­
presentaran al resto de los agregados e individuos de cada colectividad y que, a
partir de los acuerdos que ahí se lograran, el buen orden, hacia arriba o hacia
abajo, quedaría asegurado. En muchos momentos, pero particularmente en el
tiempo presente, estamos sufriendo las consecuencias de haber llevado al extre­
mo esta idea de que «las escaleras se barren de arriba para abajo», particular­
mente con las teorías del nuevo institucionalismo y de la tercera ola de democra­
tización, de tránsito a la democracia.
El segundo gran influjo que desvió nuestra mirada del hallazgo central de la
densificación social vino por el lado de la carrera desenfrenada y ya sin orienta­
ción alguna encamada en el avance científico-técnico; la idea cuyos postulados se
cumplen cada vez menos, pero que permanece como una ideología vigente, que
asegura que los científicos, las universidades y los aparatos del saber y de la
técnica encontrarán una solución para cada problema y un orden nuevo, superior
y mejor, para que vivamos más felices.
El punto, en resumen, es que ninguna de las dos grandes corrientes de la
modernidad pudieron ver lo que estaba en la base de sus querellas: la burguesía,
en efecto, fue defendida por el liberalismo como el actor emprendedor, dinámico,
pero predominó como agente económico, y con el advenimiento de los monopo­
lios quedó ocultada su función, que había sido la del más poderoso de los densifi­
cadores sociales; el proceso de acumulación monopolista se dio como un fenóme­
no inevitable y la figura del burgués, gracias en mucho a la crítica socialista, se
perdió mezclada con la figura de la gran empresa, primero, y de la corporación
financiera, más tarde, de manera que se volvió muy práctico el empleo del califi­
cativo anticapitalista, en donde fueron confundidas todas estas modalidades de lo
burgués.
A partir de esto, podemos argumentar entonces que la flecha del tiempo no
tiene una trayectoria lineal progresiva cuando hablamos de la dinámica social
(aunque, por lo visto, tampoco en las ciencias duras, en la química, por ejemplo),
sino que puede tener un desempeño de movimiento hacia adentro, hacia ella
misma, un movimiento de sedimentación de A, que no irá en el sentido de un
pasaje de A hacia B. Si las ciencias sociales y las ciencias del hombre hubieran
evidenciado lo que tenían enfrente en la era moderna, o sea, la sedimentación de
los actores sociales, individuales y colectivos, no hubieran invertido todas sus
preocupaciones en la acumulación y la gran empresa, en el desarrollo desenfre­
nado de la ciencia y la técnica, en la urgencia anticapitalista por destruir esto y
pasar a un nuevo estadio, porque en realidad la materia con que debió haberse
construido ese nuevo mundo se encontraba en un alto grado presente, y a punto
de debilitarse, en esa misma sociedad occidental, en ese mismo estadio.
¿Pero cómo se hubiera logrado que ese empoderamiento y esa densificación
de actores individuales y colectivos imperaran sobre las tendencias «naturales»
de la acumulación del capital y de la concentración del poder estatal que acompa­
ñó la consolidación de los Estados nacionales? En realidad era imposible que esto
se hubiera convertido en una guía de acción en los siglos XVIII o XIX, en una
ideología o una cultura de la densificación social. El inicio de las sociedades in­
dustriales de Occidente se dio en un espacio demasiado desigual en su interior y
hacia el exterior; nada podía convencer a esos agentes sociales y estatales de que
era mejor una especie de ciudades Estado, sedimentar espacios sociales en donde
sus ocupantes fueran poco a poco viviendo mejor, educándose mejor, siendo más
solidarios entre sí, etcétera, en lugar de lanzarse a las grandes concentraciones
industriales y a las grandes aventuras imperialistas. Y no era posible, entre otras
cosas, porque dejar atrás el mundo del medioevo, los señoríos y los poderes des­
póticos se logró bajo una velocidad tremenda del desarrollo de los transportes, las
industrias y la vida urbana (en medio de esa vorágine tienen lugar todas las discu­
siones de la Internacional Socialista entre la reforma o la revolución, la toma del
Palacio de Invierno o los pequeños pasos, pero, como sabemos, el bolchevismo le
dio una patada al tablero y esa discusión tan rica de la concepción del cambio fue
prácticamente enterrada).
Sin embargo, las cosas han cambiado. En este momento en el que el entorno
natural se encuentra al borde del desequilibrio catastrófico, en el que la industria
y las finanzas se desempeñan en la más obvia irracionalidad, en el que las grandes
potencias aplastan sin misericordia a los colectivos que se interponen en sus pro­
yectos de energía y seguridad, en el que la mayoría de las áreas de la ciencia y de
la técnica han tomado unas dinámicas que poco se preocupan por la felicidad de
las personas, en este que es nuestro momento, repetimos, dar visibilidad nueva­
mente al referente de la densificación de los colectivos en el plano de lo social se
vuelve una necesidad imperiosa.
Digamos que las sociedades más avanzadas lo están llevando a cabo en mu­
chos de sus espacios interiores, si bien la ideología que aún en ellas predomina,
por su propia conveniencia, es la de los mercados abiertos, la de los campos y los
galerones de la maquila, campos de la muerte, la de las grandes corporaciones
industrial-financieras y la del control militar de sus abastecimientos. Atestigua­
mos en efecto la forma cuidadosa en la que se está organizando la vida en los
barrios de París, de Barcelona, de Berlín, al cuidado ecológico con el que se pro­
ducen las legumbres y los alimentos cárnicos, la recuperación de los ríos y las
cuencas en esas partes del mundo, la elevación de la conciencia de quienes los
habitan y de sus organizaciones sobre su entorno vital, la educación ambiental.
Así que puede haber una o muchas flechas del tiempo, pero la que verdadera­
mente importa para la superación humana es una que parece ya no viajar tan
rápido o incluso ya no moverse en una dirección, sino permanecer, sedimentarse.
No hay etapa posterior, superior y mejor, lo que hay es una serie de manifestacio­
nes enmarcadas en la búsqueda de la densificación de las sociedades, locales,
regionales y nacionales; así que todo aquello que le quite fuerza a lo social es
inhumano, es decir, lo que no mejora el nivel de vida de las colectividades, su
nivel educativo, su equilibrio con el entorno natural, su salud, su capacidad de
organización y resistencia, etcétera.
Pero supongamos que estamos de acuerdo en que la densificación constituye,
en efecto, la solera más poderosa de cualquier orden humano deseado. El proble­
ma es cómo densificar lo social en medio del poder demencial que han alcanzado
el dinero y la política.

Hacia una sociología de la convergencia

Un posicionamiento social distinto plantearía las cosas de la siguiente manera:


en las regiones de un país y en los espacios urbanos en donde se desatan los
conflictos (pero preferentemente en la amplia gama de situaciones en donde no
se desatan conflictos), tenemos que buscar formas (auto)organizativas que se pro­
pongan soluciones para mejorar la calidad de vida de los habitantes de esas regio­
nes medias, generar consensos amplios orientados a la solución de los problemas
(violencia intra y extrafamiliar, degradación ambiental...); trabajar ahí, obligar a
que los presupuestos públicos y los apoyos privados de todo tipo vayan hacia ese
nivel de lo social básico territorializado (exigir cuentas sobre los ingresos petrole­
ros); nos referimos a espacios no tan pequeños y sin fuerza (como el barrio o la
pequeña localidad), y no tan grandes que concentren los recursos y el poder en las
burocracias estatales y delegacionales. Hay que orientar hacia ese nivel los sabe­
res multidisciplinarios, las técnicas, las nuevas arquitecturas organizacionales
que le dan poder a los hombres y a las mujeres en sus espacios de vida.
Lo que debemos preguntamos a partir de estas afirmaciones es lo siguiente:
para lograr cambiar la situación adversa y generadora de pobres y de infelices
por la que atraviesa nuestra patria, ¿debería primero derrocarse a la clase capita­
lista y a sus aliados gubernamentales y estatales? o bien, para mejorar la calidad
de vida de los mexicanos (que es a lo que todos aspiramos, presumo), es necesa­
rio, preferentemente, organizar y empoderar con cierta calma a los colectivos y
buscar soluciones a sus ingentes necesidades, dirigir hacia ese nivel básico los
recursos gubernamentales, lograr mejores concepciones y producir excelentes
tecnologías; generar el asociativismo y la conciencia del entorno en los distintos
espacios territoriales; buscar una vocación para esos espacios en medio del des-
mantelamiento provocado por las economías abiertas... para que desde lo social
así fortalecido y densificado, se haga posible tener un mejor control del entorno,
un vigor y los instrumentos jurídicos y de correlación de fuerzas que permitan
evitar que un Wal Mart se instale en el poblado o en la colonia, que un club de golf
y su inmobiliaria acaparen las mejores tierras y los recursos freáticos, que una
cadena hotelera destruya los manglares para enclavar uno de sus emporios y
convertir a los lugareños en meseros, lancheros y taxistas mal pagados, evitar que
sea expropiado a siete pesos cada metro de los ejidos para convertirlos en aero­
puertos de a diez mil dólares el metro...
Pero trabajar paulatinamente para mejorar las condiciones de vida y reconstruir
el entorno en una región media, la cuenca de un río, por ejemplo, requiere de la
concurrencia de muchos factores, actores y recursos: ¿los presidentes municipales
son aliados o son adversarios de una reconstrucción llevada adelante desde un
consejo ciudadano? ¿Los profesores de todos los niveles, incluido su sindicato que
tanto daño ha hecho, son aliados potenciales o están corrompidos sin remedio? ¿Los
empresarios, comerciantes y agricultores de la región son aliados para su recons­
trucción? ¿Una empresa cervecera puede participar o es un enemigo intratable?
¿Es aceptable recibir de esa empresa diez millones de pesos para una planta pota­
bilizadora que evite las enfermedades gastrointestinales que más afectan a la infan­
cia en la región o es cruzar las barricadas y dormir con el enemigo?
Tal planteamiento modifica la idea de que los universitarios vayan a dirigir al
pueblo, como se creyó en los años setenta; las universidades, como hemos dicho,
deben elaborar los diagnósticos, acompañar las soluciones, brindar apoyo y conti­
nuidad a los consejos ciudadanos; también adentro de la universidad hay que dar
una larga batalla de convencimiento, calidad profesional y consensos en tomo de
su vocación y su eficacia social-regional, por evitar que sólo sea una máquina de
cuadros para la burguesía. Eso se está haciendo en la UNAM, en la Universidad
de Guadalajara, en la Autónoma de Nayarit hoy con sus proyectos regionales, y la
batalla está dada por seguir ampliando esas opciones y saberes, muchos de los
cuales reciben gran apoyo en las facultades y en los rectorados, que no fue nece­
sario derrocar (como llamó Marcos a hacerlo), para que fueran apoyados entu­
siastamente esos proyectos regionales, que se han propuesto, incluso, una articu­
lación con los Caracoles, esas regiones medias tan ejemplares pero tan olvidadas
por el discurso de la otra campaña zapatista.
Respaldemos lo anterior con el siguiente ejemplo: las llamadas Ciudades Blan­
cas que se reparten en las riberas del bajo Guadalquivir en Andalucía han elevado
sustancialmente su calidad de vida en los últimos 40 años y han replegado a los
tradicionales grupos dominantes y acaparadores de las fuentes de energía de esa
cuenca gracias a un buen entendimiento de su vocación y su competitividad,
centrada en el turismo, los servicios a él asociados, en un sistema educativo inclu­
yente y de buen nivel para sus jóvenes, en la calidad en aumento de algunos
productos primarios y su transformación. Hay captación y buena distribución de
energía externa, entre otras cosas gracias a las divisas ahí derramadas. Es una
región expuesta, como todas hoy, a la globalización, pero quizá en regiones como
ésa se ha sabido o se ha podido proteger las fuentes de generación de energía
gracias a que sus habitantes, por las razones que se quiera, han tenido la fuerza
para empujar a sus gobiernos a tomar medidas en tal dirección: es obvio que sus
restaurantes, sus tiendas y sus hoteles no tienen la batalla perdida frente a Mac
Donalds, Wal Mart o Sheraton.
Sin duda, muchos problemas de la globalización ahí se resienten, como la
caída salarial, la sustitución de empleados nacionales por extranjeros mal paga­
dos, la competencia desventajosa con productos venidos de los campos del horror
de la maquila mundial..., pero pensar que con violencia y destrucción debería
hacerse frente a esas calamidades y no con un embamecimiento y una activación
del poder ciudadano suena fuera de lugar. La pequeña burguesía restaurantera,
hotelera y todos los marchantes de barrio de París y de muchas otras ciudades de
Europa siguen existiendo gracias a que tienen la fuerza social (densidad social)
para hacer respetar sus intereses y su existencia frente a las grandes cadenas y
gracias a que sus gobiernos departamentales o locales saben que enajenarse el
apoyo de sus ciudadanos es el fin de su función político-administrativa por la vía
de la activación y la movilización social.

¿Contradicción o convergencia?

El punto anterior nos permite regresar a la cuestión central en la temática que nos
ocupa, es decir, al tema de la construcción de sociedad, de cómo densificar lo social.
No cabe duda de que en las sociedades aparecen constantemente la injusticia,
la explotación y las amenazas a la soberanía, que esos hechos contundentes indu­
cen al conflicto, al enfrentamiento de los contrarios y que, según los postulados
de la dialéctica, ese enfrentamiento conduciría, a su vez, a estadios nuevos, a
etapas posteriores que, se ha asumido, pueden ser superiores o deberían serlo (la
lucha de clases: el motor de la historia). Entonces, el cambio y el mejoramiento
social se producirían, según toda esta corriente de pensamiento y de acción, por
la vía del conflicto, a lo que se agrega el ingrediente anticapitalista.
Cuando dos fuerzas se contraponen largamente, su energía, la energía genera­
da en esa sociedad (o en ese espacio de la sociedad), se consume sin aprovecha­
miento ninguno. Tenemos así un campo en el que se genera energía y, dentro de
él, fuerzas vectoriales. El objetivo sería evitar que esos vectores se anulen entre
sí, enfrentados brutal o largamente (¿empates catastróficos?), y más bien lograr
que su direccionalidad se oriente en el sentido general de las fuerzas en ese cam­
po social. Puede haber o no confrontación, y puede haberla o no aquí y en todas
partes; lo que importa es la forma en la que toma cauce esa confrontación. Es
producto de un gran diseño y de una ingeniería humana el destrabamiento y la
reorientación de esas fuerzas. En lo regional sería éste, sin duda, el trabajo de los
agentes profesionales sociales y políticos que participan ahí.
Se entiende que estos planteamientos despierten en algunos lectores las viejas
descalificaciones en tomo del reformismo. Antonio Gramsci estableció la conoci­
da diferencia entre la guerra de movimientos y la guerra de posiciones, y aunque
recibió críticas, nunca fue severamente descalificado por las corrientes marxis-
tas. Claro está que en la concepción gramsciana había una sucesión cronológica:
en los países más desarrollados eran posicionamientos entre actores embarneci­
dos los que iban produciendo cambios paulatinos, mientras que en los países
menos desarrollados la dinámica social adoptaba las formas de la confrontación y
el asalto al poder. Quizá debiéramos revisar nuestros instrumentos y preguntar­
nos si movimientos y posiciones (guerras de movimientos y guerras de posicio­
nes) no necesariamente tienen que hacer referencia a etapas que se suceden en el
tiempo sino a vías que se desenvuelven paralela y simultáneamente, imperando
una u otra de acuerdo con las características correspondientes a cada situación
social. ¿Por qué la historia del Brasil parece ser más cercana a una estrategia de
posiciones y la de México se corresponde mejor con los movimientos, la ruptura,
la acumulación de fuerzas, el derrocamiento?

Bibliografía

ALMEYRA, Guillermo, «De Oaxaca al mundo. APPO: Poder, revolución», en La Jomada Semanal, 14
de octubre de 2007.
— , «E l dificultoso No-asalto al No-Cielo», en Memoria, n.° 68,2003.
— , «Las Juntas de Buen Gobierno zapatistas y la autonomía», en Memoria, n.° 176, octubre de
2003.
B artra , Armando, «¡Caracoles! Descifrando la Tercera Estela», en Memoria, n.° 176, octubre de
2003.
— , «Crisis alimentaria en México, crónica de un desastre anunciado», en La Jomada del Campo,
n.° 8, mayo de 2008.
— , «E l significado de la revolución según John Holloway. Notas de lectura», en Chiapas, n.° 15,
2003.
— , «U n campo que no aguanta más», en La Jomada, 14 de diciembre de 2002.
B ensaid , Daniel, «L a Révolución sans pouvoir? A propos d'un récent livre de John Holloway», en
Contre Temps, n.° 6,2003.
Borón, Atilio, «Poder, "contrapoder” y "antipoder"» (comentario al libro de Holloway, Cambiar el
mundo sin tomar élpoder ( el significado de la Revolución hoy), 2002 <www.herramienta.com.ai>,
consulta: 2003.
Chomsky, Noam, «L a alternativa decente», en La Jomada, 1 de febrero de 2002.
G illy , Adolfo, «El hacedor...» (comentario al libro de Holloway, Cambiar el mundo sin tomar elpoder
(el significado de la revolución hoy, 2002), en revista Herramientas, n.° 15,2 de julio de 2003.
Gramsci, Antonio, Cuadernos de la Corcel, n.° 6,1943.
Hobsbawm, Eric, En tomo a los orígenes de la revolución industrial, Siglo XXI, México, 1971.
— , La era del capitalismo, Punto Omega Guadarrama, Madrid, 1977.
H olloway , John, «Conduce tu carro y tu arado sobre los huesos de los muertos», en revista
Herramientas, julio de 2003.
— , Cambiar el mundo sin tomar elpoder (él significado de la revolución hoy), Universidad Autónoma
de Puebla /revista Herramientas, Buenos Aires, 2002.
MOORE, Barrington, Los orígenes sociales de la dictadura y déla democracia. El señor y el campesino
en la formación del mundo moderno, Ediciones Península, Barcelona, 1973.
P u tn a m , Robert, Making Democracy Work, Civic Traditions in Modem Italy, Princeton University
Press, N ew Jersey, 1993.
Sader, Emir, «Las sorpresas de América Latina», en La Jomada, 27 de enero de 2007.
SANTOS, Boaventura de Sousa, Democratizar la democracia. Los caminos de la democracia participa-
tiva, Fondo de Cultura Económica, México, 2004.
— , Reinventar a democracia, Gradiva, M. Minogue, Lisboa, 1997.
Scokpol, Theda, States and Social Revólutions: A Comparative Analysis o f France, Russia, and
China, Cambridge University Press, Nueva York, 1979.
T o uraine , Alain, Production de la Société, Seuil, París, 1973.
ZlBECHI, Raúl, «E l zapatismo y América Latina: profunda revolución cultural», en Perfil de La
Jomada, 2 de enero de 2004.
— , «Los sin tierra apuntan abajo y a la izquierda», en La Jomada, 29 de junio de 2007.
— , «Genealogía de la Revuelta argentina», en Letra Libre, La Plata, 2003.

1. D.L. Sheth y Boaventura de Sousa Santos, Democratizar la democracia. Los caminos de la


democracia participativa, 2004.
2. Alain Touraine, Production de la Société, 1973.
3. La Jomada Semanal, México, 14 de octubre de 2007.
4. John Holloway, Cambiar el mundo sin tomar él poder (él significado de la revolución hoy), 2002,
pp. 307-308.
5. Raúl Zibechi, «Los sin tierra apuntan abajo y a la izquierda», 2007.
6. Boaventura de Sousa, op. cit.
7. Ibíd., pp. 528 y 532.
8. La Jomada, México, 21 de julio de 2007. También, e increíblemente, en el discurso de Marcos
escuchamos: «Nosotros queremos que esa explosión sea por caminos civiles y pacíficos y que
tenga un destino donde cada quien vea reconocidos sus derechos y su dignidad». A no dudar que
entre unas y otras consignas hay alguna falta de correspondencia, incluso aceptando que la
política es inseparable del discurso agitativo y, en el extremo, heroico, sobre todo viniendo de un
movimiento que surgió como una guerrilla, es decir, como una confrontación abierta y armada.
9. Boaventura de Sousa, op. cit., p. 24.
10. Revista Herramienta n.° 15.
Participación ciudadana y movimientos sociales
Sergio Tamayo*

Introducción

No siempre la participación se ha asociado a los movimientos sociales. La vi­


sión dominante se refiere a la participación institucional restringida al voto y
articulada al sistema político. La acción de los movimientos sociales se colocaría,
por así decir, en un espacio no institucional. En este trabajo explico las formas
institucionales y no institucionales de la participación ciudadana y de los movi­
mientos sociales, referidos a la experiencia de los últimos quince años en América
Latina y México.
La región está inserta en un contexto complejo y hegemónico de globalización,
así como de una visión unívoca de democracia. En este sentido, el tema de la
participación se ha convertido en el propósito de múltiples grupos sociales y polí­
ticos de diversas ideologías, y de gobiernos instituidos en toda América Latina.
Las corrientes neoliberales hegemónicas sostienen, por un lado, que la participa­
ción es el medio idóneo para garantizar estabilidad y gobemabilidad en la región,
aunque una vertiente liberal crítica del liberalismo tradicional considera que las
condiciones de modernización y desarrollo económico ameritan un tipo de parti­
cipación distinto que no puede ya reflejar los términos habituales de la relación
Estado-sociedad civil, sino que debe ampliar las formas de acción hacia el recono­
cimiento de la diferencia y la reinvención del activismo político.
Por otro lado, la izquierda aún no ha podido asimilar el hecho de que puede
existir la subversión a partir de la participación de ciudadanos. Critica todavía el
concepto de participación como una categoría burguesa de integración y someti­
miento. No acepta que la diferencia depende, en todo caso, de los contenidos que
tengan las formas de acción ciudadana.
No obstante lo anterior, tendríamos que reconocer que desde el derrumbe del
bloque soviético, se ha observado una consolidación y expansión de las democra­
cias liberales en el nivel mundial, específicamente en América Latina, en lo que
se ha llamado la tercera ola de la democratización. Más aún, el referente que se
ha tenido hoy sobre los distintos bloques geopolíticos, a diferencia del pasado, no
ha diferenciado a las sociedades entre las que conforman el primero o tercer
mundo, o entre países desarrollados y subdesarrollados, o centrales y periféricos.
Se habla ahora de países con distintos grados de consolidación de sus regímenes
«democráticos», esto es: democracias consolidadas, democracias emergentes,
democracias inestables, etcétera.1 De hecho, según el informe 2000-2001 de Free-
dom House, de las 35 naciones en América, 33 son consideradas «democracias
electorales». De éstas, sólo 23 son «Estados libres» y 10 «parcialmente libres».
Los países «no libres», según la clasificación, son los dos restantes: Cuba y Haití.2
Sin embargo, estos procesos de democratización han experimentado, en México
y en otros países de la región, graves problemas sociales y políticos: la pérdida de
fórmulas de gobemabilidad, la constatación de democracias inestables, la emer­
gencia de actores estratégicos no tradicionales y la incapacidad del sistema para
incluirlos institucionalmente, el surgimiento de contradicciones entre el impulso
de políticas democráticas, la disminución sistemática de recursos estatales y la
fragmentación del sistema de partidos.3 Así que el asunto se convierte en un dile­
ma: ¿Cómo garantizar la gobemabilidad? El debate se ha orientado hacia definir
los adjetivos que se le impone a la democracia, es decir, ¿qué tipo de democracia
debemos ejercer?, ¿moderna, representativa, parlamentaria, pluralista, constitu­
cional, deliberativa, directa, sustantiva, etcétera?4
Democracia, en su definición llana, significa poder del pueblo. Pero no puede
existir el poder del pueblo si los miembros de esa comunidad no lo ejercen, parti­
cipando activamente en la argumentación y solución de los problemas públicos.
De ahí que el término participación tiene una relación intrínseca con el de demo­
cracia. Partamos de un acuerdo: tanto la democracia como la participación son
conceptos esencialmente políticos. Parafraseando a Touraine, a partir de la co­
rrespondencia entre democracia y ciudadanía, diría que ésta es la conciencia de
pertenencia a una colectividad política, asentada sobre la responsabilidad de los
ciudadanos. El ciudadano debe sentirse responsable de su gobierno a partir de la
representatividad de los dirigentes y de la libre elección de éstos por los dirigidos,
lo que constituiría una práctica democrática.5
Entonces, los derechos políticos de los ciudadanos son derechos a la participa­
ción, como ejercicio de poder, en tanto miembros de la comunidad; también po­
dría decirse que son derechos a la participación como parte del colectivo de elec­
tores.6 La participación, aunque existen distintos significados y formas, es una
dimensión central en la construcción de la ciudadanía y de la identidad ciudada­
na. Participar de la comunidad es tener la capacidad de poseer atributos o cuali­
dades de esa comunidad; en tal sentido, participar es compartir, es la condición
de estar relacionado con un todo más grande y, en consecuencia, sentirse inclui­
do. Participación es tomar parte de o tomar una parte (equitativa y justa) de algo.
Participar en la ciudadanía tiene que ver con la toma de decisiones y, por lo tanto,
directamente con el concepto de democracia.7 Es el lugar consentido de la esfera
pública, como espacio, como representación y como inevitabilidad de la política.8
Estudios sobre la participación se han dividido al menos en dos corrientes:
aquella que estudia las formas de participación institucional y de la democracia
representativa,9 y aquella que examina la participación directa de la sociedad
civil contra el control social del Estado a través de los movimientos sociales.10
La participación, sin embargo, no es sólo una dimensión funcional de la ciuda­
danía. Depende del modelo de ciudadanía y de la cultura política de que se trate
en cada Estado. Dependería, en palabras de Touraine, de la historicidad del con­
flicto social. En palabras de Brubaker, de la experiencia histórica. El modelo de
democracia participativa, por ejemplo, enfatiza la dimensión activa del ciudada­
no y su involucramiento en la construcción de la sociedad; por lo tanto, le asume
un preponderante rol público. El modelo conservador, por el contrario, sobreesti­
ma los deberes de los ciudadanos y, por lo tanto, sugiere una actitud pasiva y
obediente. De ahí podemos deducir que, para los conservadores, la participación
es un atributo que puede darse, pero no una obligación.
Participar en la comunidad desde las instituciones representativas desarrolla
un tipo de organización y normatividad, formas de representatividad y niveles de
regulación de la participación. Los derechos políticos para votar o para ser repre­
sentante de un grupo social se ejercen dentro de los límites de la comunidad,
donde la membresía se desenvuelve con cierta estabilidad. Este tipo de democra­
cia representativa crea una distribución peculiar de poder político; por un lado,
permite una igualdad en la ciudadanía en términos del derecho al voto y a la
participación en la organización política; pero, por otro lado, surge, ahí mismo,
un poder altamente jerárquico y desigual, basado en un sistema de delegación:
delegar responsabilidades y representación lleva a la acumulación del poder en
una estructura jerárquica.11
A pesar de su retórica, el gobierno mexicano, como otros en la región, le ha
temido a la participación. Visto desde las instituciones, la participación es un
desafío constante, porque la pérdida del control político puede llevar a la disiden­
cia incontrolada, al desacato y a la desintegración social. Por eso, la participación
institucional se asocia ideológicamente con la responsabilidad del ciudadano para
con sus autoridades y con lo que se ha llamado la corresponsabilidad con las accio­
nes del Estado, lo que supone una integración del ciudadano en la toma de deci­
siones, pero, sobre todo, una forma de control y de legitimación del sistema y de
la autoridad política. La participación, en esta lógica, debe ser regulada y con ello
restringir las libertades políticas al mínimo necesario para mantener el sistema.
Así, corresponsabilidad y participación se han convertido, desde la perspectiva
institucional en México, en nociones esenciales de la identidad ciudadana.

Sin embargo, no siempre es posible regular la participación. La ciudadanía como cons­


trucción social, dice Tumer,12está íntimamente ligada a la lucha social, porque los dere­
chos y las tensiones con el Estado se resuelven con la confrontación de proyectos de
ciudadanía distintos, de distintos grupos sociales antagónicos, aunque pertenecientes au n
mismo Estado-nación. La participación, vista como resultado de la lucha social, entiende a
la sociedad civil como un campo de batalla con distintos y conflictivos intereses e ideolo­
gías. La inclusión de nuevos grupos en el disfrute de los derechos políticos, o la presión
para modificar reglas y procedimientos de representación en el interior de la membresía
no depende, pues, de la benevolencia de la autoridad, sino del impacto de movimientos
sociales y luchas políticas que buscan hegemonizar sus intereses, traducidos en lo que
ellos asumen como sus derechos [Baubóck, 1994:269; Tumer, 1997; S. Tamayo, 1999].13

Si la práctica de la ciudadanía sustantiva implica un proceso de interacción


entre ciudadanos y fuerzas sociales, entonces con la participación es posible pro­
mover el cambio social. Ésta es una definición que deberían asumir tanto libera­
les como socialistas. Un aspecto que se debe destacar es que el tipo de transfor­
maciones resultantes pueden darse por diferentes causas, de las cuales deduzco
dos a partir de la experiencia mexicana: 1. Por el enfrentamiento de varios pro­
yectos de corte nacional, o de distintos significados sobre el Estado y de los nacio­
nalismos, que diversos actores y clases han formulado en los últimos 20 años; y 2.
Por el ejercicio de los derechos ciudadanos, y la lucha por mantenerlos o expan­
dirlos para obtener mayores niveles de bienestar social, o mejores posiciones
políticas, mayores privilegios o ampliación de la membresía.
Lo que se evidencia es que los cambios en México fueron detonados por la
participación y, entonces, el problema que aquí se presenta es cómo dicha parti­
cipación se desarrolló y manifestó. La hipótesis que presento aquí es que, efecti­
vamente, la participación se desarrolló con el amplio ejercicio de los derechos
ciudadanos, a través de un campo de conflicto social y cultural; sin embargo,
dicha participación se expresó de muy diversas formas, por lo que es necesario,
como advierte Melucci,14 comprender en este caso el sentido de las orientaciones
que los actores sociales le dieron a la acción colectiva, confrontando proyectos de
ciudadanía distintos, a través de formas institucionales y no institucionales de
participación ciudadana. De hecho, una tendencia fue la deliberación dentro de
un marco de normas establecidas y aceptadas por la clase política. Pero, además,
se dieron circunstancias en las que los actores políticos involucrados en dicha
deliberación se plantearon modificar esas normas y reglas del juego, a través de
procesos de democratización y autonomización de las elecciones. Como vemos,
aquí existieron al menos dos orientaciones distintas, ambas refiriéndose a la par­
ticipación, aunque con formas de manifestación e impactos distintos.
Este capítulo trata de diferenciar y explicar las distintas formas de participa­
ción: a) La versión neoliberal, hegemónica en México y Latinoamérica, que reduce
el concepto a los estrechos márgenes de la institucionalidad. Y b) la perspectiva de
los movimientos sociales que abrió otras posibilidades de la participación en térmi­
nos de ampliación de los repertorios de la movilización y las formas de lucha.

Las formas institucionales de participación en América Latina

La concepción de participación en el enfoque neoliberal tiene en América La­


tina su fundamento en la tensión Estado-sociedad civil. Esta difícil relación se ha
expresado en los desafíos de la gobemabilidad y la estabilidad política (O'Donnell,
2001).15 La gobemabilidad se ha asumido como el estado de equilibrio entre las
demandas civiles, sociales y políticas de la ciudadanía, y la capacidad del Estado/
gobierno para responderlas, de manera legítima y eficaz.16
En la democracia clásica, el demos regía sobre cualquier cuestión de interés
público. Los gobernantes o representantes podían ser elegidos de cualquiera de
los miembros de la comunidad y no de una élite virtuosa. Eran formados en la
meritocracia. Tendrían la obligación de acatar el mandato supremo de la polis.
Ello se entendería así como soberanía popular. Un procedimiento aparentemente
hostil a la formación de las élites en la toma de decisiones. Pero en una sociedad
de masas como la existente, la democracia directa, de acuerdo con Schumpeter,
que reivindica la soberanía popular y la legitimación de la decisión mayoritaria
del pueblo, se ha convertido en un mecanismo improcedente. Se ha hecho nece­
saria la elección de funcionarios y representantes por medio del sufragio univer­
sal. Eso explica la obsesión de los nuevos gobiernos surgidos de la transición de
regímenes autoritarios a democráticos, por regular las formas e instrumentos del
voto, al considerar a éstos como la mejor forma de manifestar el ejercicio demo­
crático. El problema está en si ello ha sido suficiente para lograr que la ciudada­
nía se involucre en la toma de decisiones. ¿Cómo evitar, pues, que una élite decida
por sí sola sobre los asuntos públicos, al margen de la participación ciudadana?
¿Cómo evitar que esa élite monopolice la fuerza y las decisiones públicas? La
solución para los liberales latinoamericanos es la defensa irrestricta de los dere­
chos individuales, que se opondría naturalmente al ejercicio coercitivo de la auto­
ridad.
Estos dilemas enfrentan, en efecto, esa tensión entre Estado y sociedad civil, y
entre élites y masas.17 Es una relación de determinación de arriba hacia abajo, o
una condición de resistencia de abajo hacia arriba. De arriba hacia abajo impera
la razón de Estado, la importancia de la estabilidad, la defensa de la legitimidad y
la legalidad representada por ese Estado. La amenaza constante es que las masas,
sin cultura cívica, rebasen los límites del orden y hagan fracasar la democracia.
Sin embargo, la relación de abajo hacia arriba es la amenaza manifiesta de las
masas. Se define por los actores estratégicos que influyen sobre los grados de
gobemabilidad o ingobernabilidad. Los actores estratégicos serían aquellos que
pueden socavar la gobemabilidad, interfiriendo en la economía y en el orden
público.18 Algunos de estos actores en América Latina, que se han afirmado en la
actualidad, son tanto los tradicionales, que aún mantienen espacios importantes
de presión, por ejemplo, los empresarios y los sindicatos; como aquellos emergen­
tes no tradicionales, por ejemplo, los sindicatos cocaleros, movimientos indíge­
nas, guerrillas, mafias y cárteles, asociaciones urbanas, movimientos por los de­
rechos humanos, entre otros.19 Por eso, el desafío que representan los actores
estratégicos tiene que ver con su capacidad para influir, modificar o transformar
procedimientos y reglas del orden legal. Y el reto de los regímenes políticos es su
propia capacidad para incluir e integrar al sistema a estos nuevos actores estraté­
gicos.
De ahí la paradoja de la democracia liberal.20 Los liberales latinoamericanos
están en tensión constante para evitar que el Estado colonice la esfera privada de
los derechos y las libertades individuales, pero al mismo tiempo temen la irrupción
de las masas que desestabilicen a la sociedad ordenada y a los marcos instituciona­
les de convivencia pacífica. La utopía liberal es alcanzar la estabilidad y la demo­
cracia, por medio del consenso pacífico entre ciudadanos libres e iguales.21 Es pre­
cisamente en este juego donde ubica su propia concepción de participación.

El activismo político en América Latina

Participación se entiende como las distintas posibilidades de la ciudadanía


para inmiscuirse en los asuntos públicos, a través de formas preestablecidas,
como son votar por representantes, participar en organizaciones voluntarias de
servicio a la comunidad, escribir a legisladores en el Congreso, firmar peticiones,
asistir a manifestaciones y contribuir con donaciones para alguna actividad de
servicio comunitario (Galston, 2002).22 Estas formas están muy presentes en los
Estados Unidos y Europa occidental, y comienzan a extenderse en otras regiones.
Se consideran como las más usuales de la participación.
Pero el verdadero dilema estriba en la necesidad de encontrar el equilibrio y la
compatibilidad entre la percepción sobre la democracia que tienen los ciudada­
nos y las formas de gobernar de los representantes. Así, el interés de las élites
latinoamericanas es asociar los niveles de confianza o desconfianza en las institu­
ciones clave (gobierno, parlamentos, partidos, Iglesia y medios) con los de satis­
facción de la democracia, las formas de participación formal existentes y el inte­
rés de la ciudadanía en ellas. El objetivo es reconocer los problemas de gobema-
bilidad y actuar con políticas públicas, diseñando canales institucionales de parti­
cipación para mantener niveles suficientes de control y estabilidad social.23
Una vertiente del problema parte de preguntarse las consecuencias que ha
tenido la participación en la democratización de los gobiernos de América Latina.
Pippa Norris24 advierte que las agencias internacionales, como el Banco Mundial,
se habrían percatado de que un buen gobierno no sólo se define por su esfuerzo
en cubrir necesidades básicas de la población, sino por el establecimiento de
formas realmente democráticas. La democracia en este sentido sería la condición
esencial del desarrollo humano y del buen manejo de la pobreza [stc], de la des­
igualdad y de los conflictos étnicos.
Desde esta perspectiva institucional, la participación ciudadana representa,
sobre todo: aceptar los ideales democráticos; tener confianza institucional; acep­
tar las «reglas del juego»; consolidar instituciones arraigadas en la cultura cívica,
capaces de resistir a las amenazas de desestabilización y a los cuestionamientos
populistas. No obstante, el debate liberal se refiere también a cuánta participa­
ción puede y debe permitirse. Según Norris, una corriente de pensamiento señala
la necesidad de una democracia «fuerte» basada en el activismo y la libre delibe­
ración de ciudadanos. Una segunda corriente, dentro de la lógica schumpeteria-
na, se enfoca en la necesidad de delimitar la participación dentro de los cauces y
procedimientos electorales. El problema en la actualidad es que la deliberación,
el activismo y las elecciones son formas tradicionales de la democracia que se han
venido desgastando sistemáticamente.
El trabajo de Zovatto25 es contundente en esta dirección. La diferencia entre el
apoyo a la democracia como régimen y la satisfacción que sienten los ciudadanos
de sus democracias es drástica. Mientras que el apoyo en América Latina se sitúa
en 56 %, la satisfacción apenas llega a 32 %. México es un caso sintomático de
esta tendencia, que se genera precisamente en el momento de la llamada transi­
ción y alternancia democráticas. En efecto, los mexicanos se sentían satisfechos
con su democracia sólo en 27 %. Para 2002, después de la alternancia, ese porcen­
taje bajó a 18. Lo mismo ha pasado con las instituciones democráticas de repre­
sentación. Mientras que la confianza a la Iglesia y la televisión alcanzó 75 y 46 %,
respectivamente (los más altos de todas las instituciones referidas), el Congreso y
los partidos políticos apenas llegaron a 27 y 29 %, respectivamente.
Más aún, si observamos los datos comparativos entre regiones mundiales del
gráfico 1 sobre capital social, constituido por la correlación entre a) confianza
social y b) activismo asociativo en los años noventa, podemos notar que la mayoría
de los países analizados entran dentro del cuadrante de capital social pobre. Debo
aclarar que por confianza social se entiende la respuesta que se obtiene al pre­
guntar: «En términos generales ¿diría usted que puede confiarse en la mayoría de
las personas o que nunca se puede ser demasiado precavido al tratar con la gen­
te?». Y por organización de afiliación voluntaria (activismo asociativo) se conside­
ra el número de organizaciones al que pertenece activamente la gente, como
sociedades culturales, sindicatos, partidos y clubes deportivos.
Con tal orientación, Norris acepta que tales preguntas pueden resultar confu­
sas para los encuestados, pues no hacen reflexionar sobre el contexto social ni
histórico que permita distinguir entre distintas categorías. No obstante, los datos
pueden ser ilustrativos sobre la declinación de los mecanismos que estimulan la
participación activa.
AQUÍ Gráfico 1

Pero la confusión en la elaboración de las preguntas de tal encuesta no es el


único problema al que se enfrenta esta metodología, aplicada para conocer la
percepción de la ciudadanía sobre la democracia y para interpretar las manifes­
taciones de la cultura política. La tabla muestra que de los países analizados,
Estados Unidos presenta un índice mayor de activismo asociativo, mientras que
la mayoría de los países, principalmente de Europa del Este y América Latina, se
encuentran ubicados en el cuadrante con menor confianza social y menor activis­
mo asociativo. Dado que, según Galston,26 las principales formas de participación
y asociación de los estadounidenses se centran en los grupos religiosos y de volun­
tariado, tal experiencia dista mucho de las asociaciones y corporaciones sindica­
les así como de las organizaciones de los movimientos sociales en los países de
América Latina. Para realizar un análisis comparativo más preciso, sería conve­
niente desagregar las formas de asociación y contextualizarlas de acuerdo con las
experiencias socio-históricas de cada país.
Igualmente, el hecho de cuantificar el grado de confianza y solidaridad social,
a partir de saber cuán precavida es una persona, no dice nada de las diferencias
de los grados de solidaridad que pueda haber entre ámbitos urbanos y rurales, o
entre sectores medios, altos y pobres de la sociedad. Laritza Lomnitz,27 en un
estudio a profundidad en una barriada de la Ciudad de México, demostró impor­
tantes lazos de solidaridad entre los pobres para enfrentar problemas de crisis,
pobreza y marginación.
En el gráfico 2 se muestra una fuerte tendencia de deterioro del activismo de
protesta y de la participación de ciudadanos en manifestaciones públicas. La pre­
gunta que se hizo en la Encuesta Mundial de Valores para definir el grado de
participación en manifestaciones fue: «¿Alguna vez ha participado en una mani­
festación legal?». Y sobre el activismo de protesta: «¿Alguna vez ha firmado una
petición, participado en boicots, en una manifestación legal, en huelgas no oficia­
les u ocupado edificios o fábricas?».

AQUÍ Gráfico 2

De nueva cuenta, son evidentes los problemas que este tipo de preguntas ge­
nera por el tipo de resultados estadísticos que arroja. México tiene un nivel de
casi cero, tanto en el activismo de protesta como en las manifestaciones, mientras
que Estados Unidos se sitúa en un nivel alto de activismo de protesta y un nivel
medio en cuanto a manifestaciones se refiere. Suecia y Grecia son países con un
alto grado de activismo y de manifestación.
Por supuesto, no es lo mismo participar en una manifestación legal que haber
ocupado un edificio o una fábrica. Además, y seguramente, no todos los encuesta-
dos expusieron la verdadera realidad de su experiencia, por lo que sus respuestas
no pueden considerarse como evidencias de veracidad. Para mejorar estas valo­
raciones, debería desagregarse la categoría de activismo de protesta, en un ma­
yor número de tipos. Así, podría diferenciarse el número de participantes, por
ejemplo, en un boicot, de otras formas de protesta. Los resultados ciertamente
serían muy distintos.
En síntesis, ante tal inacción ciudadana mostrada estadísticamente en el nivel
mundial, la perspectiva liberal considera al conformismo y a la participación pa­
siva de la ciudadanía una amenaza a la legitimidad de sus democracias. De ahí
que el planteamiento sea reforzar los mecanismos electorales y estimular la par­
ticipación de los ciudadanos en asociaciones tradicionales, pero más activas, den­
tro del marco de la normatividad jurídica.

La crítica liberal de la democracia liberal latinoamericana:


participación en Estados multiculturales

Me gustaría destacar dos críticas importantes con respecto a la perspectiva


liberal de participación. Una se sitúa en el análisis de Pippa Norris,28 con respecto
al concepto de activismo político. El otro se ubica en la crítica liberal a la ciudada­
nía liberal, de Will Kimlicka.29
Por un lado, es evidente que la obsesión liberal sobre la gobemabilidad y la
democracia, así como la tensión que existe entre la participación y la dinámica
social, han generado nuevos enfoques para explicar la gran diversidad de formas
de organización, lucha social y acción colectiva. Dentro de las corrientes libera­
les, como hemos visto en el trabajo de Norris, se han venido dando críticas impor­
tantes que ayudan a definir mejor las nuevas formas de participación.
Como vimos en el apartado anterior, a partir de la evaluación crítica de las
experiencias ciudadanas mostradas en las tablas 1 y 2, la propuesta de Norris
plantea la reinvención del activismo político. A este respecto, Norris destaca diver­
sas formas de acción social y ciudadana, todas ellas asociadas al tema de la parti­
cipación. Mientras que para Putman,30 la participación se sitúa en una combina­
ción de reuniones comunitarias, redes sociales y afiliación a asociaciones, Pippa
Norris hace una clasificación en tres tipos: la participación electoral, el activismo
ciudadano asociativo y el activismo de protesta. Con estos tipos es posible orde­
nar la multiplicidad de formas de participación, que van desde la protesta, el
activismo por Internet, la participación en Iglesias, los movimientos sociales y el
peticionismo, hasta la ocupación de edificios y fábricas.31
El activismo político estaría constituido tanto por el activismo de protesta como
por el activismo asociativo ligado al concepto de capital social. Lo importante en
el examen de cada forma de participación es diferenciar la agencia social y políti­
ca, los repertorios de la movilización y los objetivos políticos o sociales de la parti­
cipación. En este enfoque, el concepto de participación es más amplio y va más
allá de la definición formalista del liberalismo tradicional.
Por otro lado, la crítica de Kimlicka al modelo liberal de democracia y partici­
pación se centra en la deficiencia del sistema para encontrar fórmulas de integra­
ción y unidad social dentro de un Estado que, a diferencia del pasado, hoy se
manifiesta multinacional. La democracia, y por lo tanto el derecho de participa­
ción en la comunidad, está subsumida en la concepción de los derechos y el
ejercicio de los mismos. El discurso tradicional reivindica a la ciudadanía y a las
libertades individuales como principios reguladores del orden social. Ello genera
una identidad cívica y nacional (del Estado-nación) homogénea que, sin embargo,
se debilita al constatar la existencia de diferentes grupos minoritarios con identi­
dades diversas, como sucede en la mayoría de los países latinoamericanos (por
citar sólo unos ejemplos, Nicaragua, Bolivia, Ecuador, Perú, México, etcétera).
Por lo tanto, los gobiernos liberales se han vuelto escépticos a incorporar los
derechos de tales minorías, pues ello obligaría a establecer otros procedimientos
basados más bien en la desigualdad y la diferencia, lo que contravendría el pre­
cepto universal de ciudadanos libres e iguales ante la ley. Este ha sido el caso de
México en la confrontación del gobierno con el Ejército Zapatista de Liberación
Nacional (EZLN) en relación con los derechos y cultura indígenas (Cf. Díaz Polan-
co, 1991, 2006; Alonso y Aziz, 2003; Tamayo, 2006a; Arias, 2003; Mestries, 2006).32
TU contrario, para los gobiernos, reconocer la existencia de ciudadanos desiguales
implicaría un ejercicio de derechos con trato diferencial.
La discusión sobre la existencia de Estados multinacionales y la necesidad de
aceptar las diferencias étnicas, sociales o de género se ligan estrechamente al
debate sobre representación política en las instituciones y otras organizaciones
sociales y políticas, como sindicatos y partidos políticos. Mientras los partidarios
del derecho de diferencia reivindican la existencia, aunque sea temporal, de una
representación diferencial y por cuotas, los liberales se oponen resueltamente.
Las cuotas, dicen éstos, segmentan la representación política de manera distor­
sionada, por intereses sectoriales; las cuotas propugnan intereses parciales, debi­
litando así el principio de la voluntad o interés general como fin de la representa­
ción política. Aceptar cualquier tipo de cuota hacia el sector de las mujeres, o a
los grupos étnicos, económicos, etcétera, fragmentaría y balcanizaría los parla­
mentos, órganos indeclinables de la democracia representativa.33
Ante el surgimiento de Estados con diversidades culturales, sociales, naciona­
les y de género, Kimlicka pone el acento en el concepto de ciudadanía diferencia­
da. Ésta reconocería los derechos diferenciados de grupo, así como la apertura de
las instituciones legítimas a incluir grupos de excluidos y a hacerlos pertenecer a
la comunidad política, no sólo como individuos, sino como grupos. Los derechos
que así se constituyan dependerán de la pertenencia de los individuos al grupo de
que se trate. En tal sentido, una nueva concepción liberal incluiría la adopción de
tres tipos de derechos: poliétnicos, de representación y de autogobierno.
Como en el caso de la ciudadanía sustantiva (basado en antagonismos sociales
y políticos),34 el sentido de los derechos ciudadanos reconoce un ejercicio conflic­
tivo y, por ende, nos remite a distintas y variadas formas de participación. Cada
uno de los derechos analizados por Kimlicka supone una o varias formas específi­
cas de participar, con la idea de asegurar a esos grupos una forma específica de
representación política. Los derechos poliétnicos y los derechos al autogobierno
refieren ambos a derechos concretos de representación. Ni los principios libera­
les tradicionales de justicia compartida, según Rawls, ni los de una identidad
nacional compartida, que desvanece artificialmente las diferencias culturales,
pueden alcanzar la deseada unidad nacional. Por supuesto, ello supone otras for­
mas de participación, en relación con el Estado central: el derecho de autonomía,
que admitiría también articular nuevas formas de convivencia local con las for­
mas de representación política nacional.
Al final, el propósito de Kimlicka no es otra cosa que asegurar la integración y
el orden social del Estado liberal, pero reconociendo la diversidad cultural. En
ese sentido se posiciona en una crítica liberal de la democracia liberal.
El objetivo de una ley de participación es, en lo general, instituir y regular los
mecanismos e instrumentos de participación, así como las figuras de representa­
ción ciudadana. Se entiende que a través tanto de esos mecanismos (o formas de
participación) como de tales figuras (o formas de representación), los habitantes
y ciudadanos podrán organizarse y relacionarse entre sí y con los órganos de
gobierno. La participación ciudadana en México fue considerada, por el órgano
de representación local en 1999, sinónimo de democracia, una forma de ejercer
influencia en la toma de decisiones públicas sin discriminaciones de carácter
político, religioso, racial, ideológico, de género ni de ninguna otra especie. Los
principios de la participación se sustentaron así en una interpretación de la de­
mocracia, la corresponsabilidad, la inclusión, la solidaridad, la legalidad, la diver­
sidad, la tolerancia, la sustentabilidad y la pervivencia de una cultura ciudadana
crítica.35 Al menos estos fueron también los elementos que justificaron la nueva
ley de participación del Distrito Federal del 2004.
Las formas directas de participación establecidas en el nuevo ordenamiento
jurídico36 fueron: plebiscito, referéndum e iniciativa popular, los que por su im­
portancia definiremos más adelante. Se mantuvieron las formas más tradiciona­
les, tales como: consulta popular, colaboración ciudadana, rendición de cuentas,
difusión pública, red de contralorías ciudadanas, audiencia pública, recorridos
de funcionarios de gobierno y asamblea ciudadana. Se constituyeron además los
comités ciudadanos y consejos ciudadanos como órganos de representación con
base en unidades territoriales.
En otras ciudades, como Guadalajara, se han establecido igualmente las lla­
madas formas de la democracia directa. Tanto en estas ciudades como en el DF, el
plebiscito es un mecanismo por el cual un jefe de Gobierno puede consultar a los
electores para que aprueben o rechacen actos o decisiones de gobierno. El refe­
réndum se refiere a un instrumento de participación directa por medio del cual
los ciudadanos aprueban o desaprueban la creación, modificación, derogación o
abrogación de alguna ley emanada de la Asamblea Legislativa o del Congreso
local. Y finalmente, la iniciativa popular es un mecanismo por el cual lo ciudada­
nos pueden presentar a la Asamblea Legislativa (o Congreso local) proyectos nue­
vos.37 Sin embargo, ninguno de los tres instrumentos se han concretado en Méxi­
co, aunque ha habido intentos autónomos, como la consulta de los neozapatistas
sobre la Ley de Derechos y Cultura Indígenas en 1999, la consulta sobre la demo­
cracia electoral de 1991 organizada por asociaciones civiles, o la consulta parcial,
más de tipo propagandístico, a través de encuesta telefónica, que el gobierno
socialdemócrata del DF realizó en 2002 y 2004 para preguntar sobre la permanen­
cia o no en el cargo del jefe de Gobierno. Estos intentos no han tenido el respaldo
institucional
A pesar de la implementación de estas formas directas de intervención ciuda­
dana —en los cambios importantes que ha observado la Ley desde su aprobación
en 1995, después con la reforma de 1999 y finalmente la Ley reformada y publica­
da el 17 de mayo de 2004—, la esencia de la participación, así concebida, desde
una perspectiva institucional sigue siendo la misma. No ha sido relevante la orien­
tación ideológica de los gobiernos en tumo —de derecha (Partido Acción Nacio­
nal, PAN) gobernando en la ciudad de Guadalajara; de centro-derecha (Partido
Revolucionario Institucional, PRI) gobernando la Ciudad de México entre 1994 y
1997 y otros gobiernos estatales; y de centro-izquierda (Partido de la Revolución
Democrática, PRD) gobernando desde 1997 en la capital—; ninguno ha hecho una
diferencia sustancial.
Las tres orientaciones políticas en México coinciden con los tres enfoques
ideológicos que O’Donnell38 distingue sobre la democracia. En efecto, a partir de
definir poliarquía como democracia representativa y rendición de cuentas,
O'Donnell ubica tres corrientes ideológicas fundamentales: la liberal, la repu­
blicana y la democrática radical. Mientras que la liberal prioriza los derechos
individuales en su carácter defensivo contra el Estado, los republicanos reivin­
dican la virtud del servidor público y el derecho de autonomía y de gobierno de
los representantes, en tanto se arrogan el mérito para hacerlo. Finalmente, los
demócratas radicales entienden la democracia como participación directa, el
resultado de la deliberación en función de la mayoría, contra la representación
y la élite en la toma de decisiones. No obstante, las tres formas respaldan él
impeño de la ley.
En la discusión sobre la Ley de Participación Ciudadana en la Ciudad de Méxi­
co se evidenciaron estas tres posturas. Destacó la crítica de la corriente conser­
vadora de la derecha panista a la figura de «Asamblea», debido a que los comités
ciudadanos se subordinarían, en el espíritu de la nueva ley, a las decisiones de
una mayoría directa, «la dictadura de la mayoría». La visión democrática de este
partido conservador no se situaba entonces en el enfoque de la democracia radi­
cal, sino en la republicana de tipo representativa. Retomo la advertencia de Toura­
ine sobre los riesgos de la democracia republicana, cuando puede volverse contra
la misma democracia al someter a la sociedad al poder político, instaurando en­
tonces un autoritarismo republicano.39 La experiencia de los gobiernos conserva­
dores en México ha marcado esta pauta autoritaria. Ahora bien, a diferencia de la
derecha, el PRD, ubicado más en la tradición democrática que en la republicana
o liberal, siguiendo el enfoque de O’Donnell, reivindicó la importancia de la Asam­
blea Ciudadana como órgano máximo de decisión sobre asuntos públicos, al cual
se subordinan los comités ciudadanos. No obstante, sobresalió la insistencia del
PRD en que la participación no era otra cosa que la corresponsabilidad de los
ciudadanos con las acciones de gobierno, y en ello se identificó, como lo dijera el
PRI en su momento, con cinco valores fundamentales de la vida institucional: el
firme ejercicio de la autoridad con apego a derecho, diálogo, tolerancia, búsqueda
de consensos y corresponsabilidad.40
Si bien las figuras de la democracia directa, así como las nuevas formas de
representación (comités ciudadanos y consejos ciudadanos) abren nuevos proce­
sos a la democratización de la participación, los límites estructurales de la legis­
lación liberal se originan en la elaboración y aprobación de formas organizativas
divorciadas de las expectativas y concepciones democráticas de los propios ciu­
dadanos. A pesar de los avances, las fuertes restricciones de la participación
emergen, al entenderla como una fórmula de colaboración del gobierno en tumo,
y no como un estímulo a la libre e irrestricta participación de los ciudadanos. La
participación se regula en el interior de estrechos canales preestablecidos e insti­
tucionalizados, rígidos e inamovibles.
Consenso y confrontación entre adversarios

En el caso de México, el vínculo de la participación con el principio de la


democracia lleva a reflexionar, en primer lugar, sobre los dilemas de la democra­
cia y, en segundo, sobre las formas como se expresa. Me interesa destacar la
perspectiva conflictiva de los procesos democráticos en este país, a partir de la
idea de antagonismo y hegemonía de Chantal Mouffe, así como de la visión de
Przeworski41 sobre la democracia resultante de conflictos y movimientos sociales,
y de la confrontación de actores sociales y políticos.
En su crítica a la democracia liberal, especialmente defendida por Schumpe-
ter y su «modelo de agregación» —la rendición de cuentas a partir de mecanis­
mos electorales—, así como por Anthony Downs en su «teoría política empírica»
—basada en la elección racional y las preferencias partidarias en las contiendas
electorales—, Chantal Mouffe42 cuestiona al mismo tiempo la crítica liberal de
John Rawls expuesta en su Teoría de la Justicia como la crítica de la democracia
deliberativa de Habermas.
El problema de John Rawls, dice Chantal, es su ilusión de alcanzar una sociedad
bien ordenada, a través del consenso de justicia compartida, entendida ésta como
equidad o imparcialidad. De ahí la pregunta que orienta toda su elaboración teóri­
ca: ¿Cómo establecer una pacífica coexistencia entre personas con distintas con­
cepciones del bien? La respuesta está en las ideas de justicia que se aceptan como
racionales (de aplicación universal) y como razonables (a partir de la deliberación
sobre la definición de lo justo). El asunto es llegar a términos justos entre ciudada­
nos considerados libres e iguales. Llegar a algo justo es poner énfasis en el «plura­
lismo razonable». Su legitimidad está dada por la deliberación entre iguales en la
esfera pública, con el objeto de establecer un consenso compartido de justicia. Ello
produce estabilidad y aceptación de las instituciones. El problema es que la esfera
pública no se constituye entre iguales, sino por hegemonías.
Por su parte, Habermas asegura que las decisiones políticas se alcanzan en un
proceso de deliberación entre ciudadanos libres e iguales. A través de la delibera­
ción es posible alcanzar la racionalidad (entendida ésta como defensa de los dere­
chos individuales), así como la legitimidad democrática (representada por la so­
beranía popular). Pero lo importante de este proceso es evitar los límites al alcan­
ce y contenido de la deliberación. Se trata de que todos puedan cuestionar los
temas y proponer reglas de procedimiento. Con tal de que estos procedimientos
garanticen imparcialidad, se conseguirán intereses generalizables y, por lo tanto,
legítimos.
Una tercera crítica de Mouffe pone en juicio la orientación de la llamada ter­
cera vía, implementada a partir de la política laborista del primer ministro britá­
nico Tony Blair y de la apología ideológica hecha por Anthony Giddens. Ante la
muerte del socialismo y el reto de la globalización, la alternativa apareció como la
búsqueda de una política de centro izquierda. El papel principal de la lucha de
clases ha sido desplazado. Por lo tanto, han desaparecido los adversarios políti­
cos. Ello permite eludir el conflicto de la deliberación y buscar el consenso a
través de la negociación de compromisos. La tercera vía se situaría más allá de la
izquierda y la derecha y, por lo tanto, abandonaría la lucha por la igualdad.
El problema de estos tres enfoques, el pluralismo razonable, el deliberativo y la
tercera vía, es, según Mouffe, la ausencia de antagonismos. En ningún lugar de la
obra de estos autores se identifica la lucha política entre «adversarios». En efecto,
el desacuerdo legítimo y la hegemonía política de adversarios se han erradicado de
la formación del espacio público. Al parecer, la crítica liberal al liberalismo se
encuentra encerrada en sus propios límites: buscar el consenso entre lo razonable,
o a partir de una deliberación irrestricta, pero siempre dentro del marco y funda­
mento del liberalismo. Ni el marco ni su fundamentación son cuestionados.
Así, la propuesta de Chantal Mouffe es la constitución de un pluralismo ago­
nístico. La idea central es reconocer la existencia de «adversarios» y de prácticas
(que incluso puedan ser, o lleven a, experiencias institucionales, aunque no nece­
sariamente) cuyo efecto haga posible la formación de ciudadanos democráticos.
Esas prácticas están imbuidas de relaciones sociales y de poder, de lenguaje y de
cultura, es decir, todo lo que hace posible la acción. En este sentido, las prácticas
pueden ser institucionales o cotidianas, circunscritas en la política o en lo políti­
co, porque por un lado reflejan y conforman instituciones, pero también, por otro,
porque se expresan en discursos y formas de vida distintivas.
De ahí precisamente la importancia de diferenciar entre la política y lo políti­
co. La política, dice, son prácticas, discursos e instituciones que tratan de estable­
cer un cierto orden y organizar la coexistencia humana. Consiste en domesticar la
hostilidad y atenuar el antagonismo. Lo político, al contrario, es inherente a la
vida cotidiana, a las relaciones humanas. Crea antagonismo y hostilidad en las
relaciones sociales. Se constituye a partir de identidades políticas y colectivas.43
En tal sentido, la confrontación, no el consenso, se escenifica en tomo de las
diversas concepciones de ciudadanía. Corresponden a diferentes interpretacio­
nes éticas, políticas e ideológicas. Cada una tiene su propia interpretación de la
política y de lo público, y trata de imponer su propio proyecto por la vía de obte­
ner la hegemonía.44 La transformación de prácticas de ciudadanía en México en
distintos momentos históricos ofreció tres ejemplos claros de lo anterior: a) en la
transición política entre 1968 —con el inicio del movimiento estudiantil— y 1988
—con el enorme fraude electoral que montó la corriente neoliberal en el poder
desplazando a la corriente nacionalista-revolucionaria—;45 b) el proceso conflicti­
vo de democratización durante la década de los noventa, cuando se abrieron
distintos espacios de conflictos ciudadanos, de tipo político con las reformas elec­
torales, de tipo revolucionario con la aparición del EZLN y de participación calle­
jera de la sociedad civil con las sistemáticas y multitudinarias manifestaciones de
protesta en las principales ciudades del país;46 c) la contienda electoral de 2006
que enfrentó dos posiciones políticas e ideológicas infranqueables, los conserva­
dores del PAN con los socialdemócratas del PRD, incluidas las extraordinarias
movilizaciones contra el desafuero del líder perredista y el fraude electoral de
2006. El país se polarizó y se confrontó entre izquierda y derecha, entre ricos y
pobres, entre norte y sur.47

Repertorios de la movilización como formas departicipación

En los movimientos sociales y la acción colectiva, se da una articulación con­


tradictoria con la democracia y la participación ciudadana.48 La democracia no es
resultado de una relación causal o mecánica con la existencia de los movimientos
sociales. No todos son intrínsecamente democráticos, aunque estadísticamente
es posible suponer una correlación.49 Dependería del tipo de movimiento de que
se trate, y dentro de qué contexto se desarrolle.
La asociación que yo haría entre movimiento y participación se deriva en un
primer aspecto de cómo definir al movimiento social. Por un lado, para Tourai­
ne,50 un movimiento social «es la acción, tanto culturalmente orientada como
socialmente conflictiva, de una clase social definida por su posición de domina­
ción o dependencia en el modelo de apropiación de la historicidad, de los modelos
culturales de inversión, conocimiento y moralidad, hacia los cuáles se orienta el
movimiento...». El término de historicidad y el de sujeto son cruciales en la pers­
pectiva tourainiana. La historicidad es la capacidad de la sociedad de construir
prácticas colectivas desde modelos culturales (es decir, de significación), a través
de conflictos y movimientos sociales. El sujeto se origina en la historicidad y tiene
la capacidad de cambiar, transformar y crear. Desde esta posición he considera­
do que en América Latina, y particularmente en México, el nuevo sujeto de trans­
formación es el ciudadano (en su actuación política y colectiva), y la historicidad
se ha construido por prácticas de ciudadanía distintivas y beligerantes que expre­
san el conflicto central de distintos adversarios sociales y políticos. Es desde aquí
que considero importante la articulación entre ciudadanía y movimientos socia­
les.
Por otro lado, en su identificación negativa, un movimiento no es un grupo
específico. Al contrario, para Charles Tilly,51 un movimiento social es un proceso,
una agrupación de actuaciones (formas distintivas de acción), no tiene una historia
evolutiva continua, sino discontinua, recurrente pero coherente en sí misma y
dentro de un contexto social, cultural y político. Es así una forma compleja de
acción contra los que detentan el poder, en nombre de una población desfavoreci­
da, que se expresa a través de exhibiciones públicas.
El objetivo del análisis empírico se orientaría a distinguir los repertorios de la
movilización y con ello comprender la correspondencia entre movimiento social y
participación ciudadana. Touraine nos permite explicar la relación de la lucha
por la ciudadanía y los movimientos sociales; la perspectiva de Tilly nos permiti­
ría comprender la relación entre las formas de participación ciudadana y los
movimientos sociales.
Veamos, a partir de la propuesta de Tilly —que establece varios niveles de
comparación—,52 una posible tipología de movimientos en México. En mi opinión,
esto puede coligarse a las formas distintivas de participación. Un primer nivel
parte de la comparación de acciones individuales, como un pliego petitorio entre
movimientos del mismo sector social, y a través del tiempo. Por ejemplo, el estu­
diantil en momentos históricos distintos: en 1968 con el Consejo Nacional de Huelga
(CNH) y sus demandas de corte eminentemente democráticas, con las de 1987
con el Consejo Estudiantil Universitario (CEU) y las de 1999 con el Consejo Gene­
ral de Huelga (CGH), cuyas demandas, en ambos conflictos, se centraron más en
derechos sociales, contra la privatización de la universidad pública.
Es posible un segundo nivel que se desprende del seguimiento de acciones
distinguibles, por ejemplo, manifestaciones públicas de un mismo sector social a
partir de una secuencia de acciones o interacciones. El seguimiento permite ob­
servar cambios en la correlación de fuerzas del conflicto, como el caso del movi­
miento nacionalista contra las privatizaciones, la importancia de los grandes sec­
tores obreros en México — tanto de empresas privadas como Telmex como de
empresas públicas y sindicatos nacionales en el caso del Sindicato Mexicano de
Electricistas, los trabajadores de Petróleos Mexicanos y del Seguro Social. La
magnitud, compromiso y determinación de las movilizaciones, así como la identi­
ficación de adversarios y el discurso del movimiento delimitan: la fuerza de los
sujetos, el grado de confrontación política y las trayectorias de la acción colecti­
va.
Un tercer nivel distingue la agrupación de actuaciones, entendida ésta como
campaña política, esto es, una serie de reuniones, presiones y apariciones en pú­
blico a partir de un objetivo central (por ejemplo, la campaña de resistencia pací­
fica del líder del movimiento contra el fraude de 2006 Andrés Manuel López
Obrador). Así, al comparar un conjunto de campañas que reflejan la dinámica
propia de un movimiento social, se establece una narrativa que comparte el con­
junto del movimiento (su historia o algún relato biográfico del movimiento y sus
acciones). La identificación de manifestaciones y campañas distingue el reperto­
rio de todas las movilizaciones disponibles en un periodo específico. Tiene que ver
con el conjunto de recursos utilizados y movilizados. El movimiento nacionalista
de López Obrador es sintomático en este sentido. El impulso de acciones de resis­
tencia civil pacíficas contra el fraude electoral, después la constitución de la
Convención Nacional Democrática, luego la campaña contra la privatización de
Pemex y en contra del gobierno electo en 2006 pero considerado ilegítimo debido
al fraude, constituyen una de las campañas políticas más importantes del perio­
do, pero Eil mismo tiempo exponen con claridad formas no institucionales de par­
ticipación ciudadana.
Finalmente, en un cuarto nivel estaría la serie (o conjunto) de repertorios
disponibles entre varios movimientos en un mismo periodo de tiempo. Con esta
aproximación al estudio de los movimientos sociales, a través de los repertorios
de la movilización, es posible aclarar las transformaciones de la naturaleza de la
acción colectiva o, en el argumento de este trabajo, de las distintivas formas de
participación ciudadana y su grado de articulación. El análisis de las protestas
durante un año en la Ciudad de México es característico en este sentido. La
repetición de fechas simbólicas de expresión ciudadana marca el itinerario de la
participación. Veamos algunas: el 1 de enero, en conmemoración del Ejército
Zapatista de Liberación Nacional; el 5 de febrero, en tomo de la demanda de una
nueva Constitución por sindicatos y asociaciones civiles; el 8 de marzo, el Día
Internacional de la Mujer; el 18 y 21 de marzo en relación con el movimiento
nacionalista y contra la privatización del petróleo; el 10 de abril, movilizaciones
campesinas; el 1 de mayo, Día del Trabajo y el 15 de mayo, movilizaciones de
maestros; en junio, las movilizaciones del movimiento lésbico-gay; en septiembre,
las movilizaciones de conmemoración de la independencia nacional; el 2 de octu­
bre, contra la represión, en conmemoración del movimiento estudiantil de 1968;
el 12 de octubre, movilizaciones indígenas; en noviembre, las movilizaciones na­
cionalistas del movimiento obrero, de sindicatos universitarios y jomadas contra
la violencia a las mujeres, etcétera.

Formas de lucha del movimiento urbano en México


Mientras que la izquierda moderada ha asumido las concepciones liberales de
ciudadanía y democracia, la tradición de la izquierda social y de los partidos de la
izquierda socialista en América Latina ha sido muy proclive a rechazarlas total­
mente. Mi posición es que una visión crítica de la ciudadanía sustantiva resuelve
el debate del cambio político.
Efectivamente, en sus orígenes discursivos, la interpretación sobre estas no­
ciones se situó en los marcos explicativos del liberalismo y neoliberalismo, como
vimos en el primer apartado de este capítulo. Entonces, la izquierda social opuso
a la idea de participación ciudadana la de formas de lucha. No obstante esta
separación ideológica, en mi opinión los dos tipos pueden considerarse sinóni­
mos. Lo importante en todo caso es establecer cuándo y cómo los conceptos fue­
ron cambiando de significado y fueron siendo apropiados por distintos actores
sociales. Un ejemplo de esta transformación es la experiencia del movimiento
urbano popular en México.53
Durante el periodo de auge de este movimiento social, en la década de los
setenta y durante el primer lustro de los ochenta, se autodefinió esencialmente
por su importancia social y política en la vida nacional, por el carácter revolucio­
nario de su lucha y por su relación, aunque forzada, con el movimiento obrero y la
lucha de clases. Esta caracterización se fortaleció por la dinámica demográfica
que experimentaban las ciudades. La población que se sumó al movimiento fue
considerada como parte del ejército industrial de reserva, es decir, obreros tem­
poralmente desempleados o subempleados que, aunque indirectamente, se rela­
cionaban con los obreros en activo y constituían, en su conjunto, el movimiento
obrero. El movimiento social fue considerado, por esta situación objetiva, una
parte esencial de la lucha de clases. Y lucha de clases significó el rompimiento
con el sistema capitalista y la construcción de una vía revolucionaria hacia el
socialismo. No cabía en este esquema la colaboración ni la integración a un siste­
ma que se consideraba injusto y al que había que sustituir.
La perspectiva del movimiento se construyó combinando tres aspectos: las
causas objetivas de la situación social, las formas de lucha y organización del
movimiento, y la confrontación con un Estado, al que se definía como clasista y
opresor. Ninguna reconciliación podía concebirse con las posturas que proponían
el consenso pacífico, cuando la principal causa de la violencia y la desigualdad
provenía del Estado mismo.
Un aspecto fundamental fue definir e intercambiar entre grupos sociales ex­
periencias de formas de organización y lucha. Esto incluyó: estilos semejantes de
establecer reuniones, formar comisiones, elegir las representaciones políticas y
sociales, interpretar la democracia directa, organizar asambleas, decidir por
mayoría, aceptar o no la disidencia en el interior de sus organizaciones, el dere­
cho de formar fracciones y facciones políticas minoritarias, constituir asociacio­
nes de carácter legal, etcétera.
La transición en la década de los ochenta —que significó el paso de un modelo
de desarrollo basado en la sustitución de importaciones y el estímulo al mercado
interno a otro modelo con orientación hacia la exportación y al mercado globaliza-
do— impactó esas formas de organización, de lucha y de interpretación, y a esas
ideas sobre la realidad social. Si durante los setenta el movimiento era revolucio­
nario y el hecho de expresarse como una manifestación ciudadana significaba
tanto como ser reaccionario y burgués, a finales de los ochenta, al contrario,
ciudadano significó asumirse como parte de un país, con derecho a objetar a la
autoridad, e incluso modificar la estructura y el sistema político vigentes.
Ante un Estado con un discurso distinto al populista, que ya no se asumía
paternalista ni benefactor, sino liberal cuya misión exclusiva era garantizar la
seguridad jurídica de la ciudadanía, los grupos sociales tuvieron que reacomodar-
se en el espectro político. Me refiero tanto a las élites políticas y económicas
como a los movimientos sociales. Entonces, muchos sectores dejaron de recono­
cerse como parte del movimiento obrero, cuya lucha venía en franca decadencia.
Se identificaron, sí, con los pobres, desposeídos y excluidos de una ciudadanía
plena, y por ella había que luchar. La disputa se reorientó hacia una ciudadanía
incluyente. El sujeto referencia! desde entonces, siguiendo la perspectiva de Toura­
ine,54 ha sido el ciudadano, pero como actor colectivo consciente de su papel
político, de su ejercicio autónomo con respecto a la clase política y comprometido
socialmente con posturas de clase, aunque no las hagan ideológicamente eviden­
tes. Las ideas y prácticas de ciudadanía se modificaron debido a los persistentes
conflictos sociales. Se expresaron en la forma en que reorientaron las demandas
por derechos sociales, civiles y políticos, y mediante la participación, que se rede-
finió como lucha social. La participación de la ciudadanía se entendió como el
derecho a luchar por sus propias demandas, pero nunca como un acto de corres-
ponsabilidad con el gobierno.
Un ejemplo de ello fue precisamente la participación electoral, instrumento
fundamental de la democracia liberal. Sin embargo, la participación electoral
significó una lucha tenaz, en confrontación con distintos grupos políticos e ideoló­
gicos, que se manifestó en distintas formas de acción colectiva. El hecho de de­
mandar elecciones libres y generar acciones contra supuestos fraudes electorales
no sólo enfrentó al movimiento contra la tradición autoritaria del gobierno, sino
que permitió una amplia discusión de los diferentes proyectos políticos e ideológi­
cos que entraban a concurso. Fue surgiendo con mayor intensidad la reivindica­
ción de los derechos ciudadanos, con una fuerte connotación colectiva, y a través
de ellos se fue construyendo una identidad popular. Para decirlo de alguna mane­
ra, votar por un determinado candidato, en medio de un momento de gran ebulli­
ción social, significó defender intereses específicos, oponerse al sistema a través
de acciones colectivas, antes, durante y después de las elecciones.
En este sentido son pertinentes los trabajos de Adriana López Monjardín55 que
muestran los principales tipos de lucha en las movilizaciones municipales duran­
te la década de los ochenta. Los primeros diez tipos, de acuerdo con su importan­
cia, fueron: mítines y marchas; tomas de presidencias municipales; denuncias;
protestas masivas; bloqueo de carreteras y tomas de oficinas; proclamas; planto­
nes; actos violentos, acciones organizativas; boicot y desobediencia civil; y huel­
gas de hambre.
Como vemos, las «formas de lucha» de la época intransigente de los movimien­
tos son muy parecidas a las formas en las que la participación ciudadana se expre­
sa ahora y ha tenido que ser reconocida, incluso, por la crítica liberal. Lo impor­
tante ha sido la reinvención y apropiación semántica del término y la revaloración
de la participación, no únicamente como cooperación y control social, sino como
lo que es, una forma de acción ciudadana autónoma e independiente del gobier­
no.
Conclusiones

Democracia y ciudadanía son dos temas íntimamente ligados entre sí. Con el
primero se hace referencia a la necesidad de una participación activa del pueblo
en el ejercicio del poder. Con el segundo se consideran las libertades individuales
y colectivas de los pueblos, que se constituyen y ejercen a través de la participa­
ción libre de los ciudadanos. En consecuencia, el concepto participación viene a
ser un asunto de primera importancia para comprender las relaciones de poder y
las luchas contra las desigualdades sociales y el despotismo. No obstante, ni la
participación, ni la democracia y la ciudadanía son términos claramente acotados
y definidos por la glosa común. Los múltiples resultados de las encuestas sobre
valores y cultura política aplicados en América Latina muestran hoy que los ciu­
dadanos comprenden de manera distinta tanto su concepto como su práctica.
Más aún, los mismos intelectuales limitan la participación dentro de sus propios
marcos ideológicos, teóricos y metodológicos, reduciendo sus posibilidades de
cambio político.
La intención de este trabajo ha sido precisamente realizar una crítica de la
participación ciudadana liberal, pero también una crítica a la postura de la iz­
quierda que no se ajusta a las condiciones cambiantes de los movimientos socia­
les. Al hacer esto, he querido elucidar las distintas formas en que se ha expresado
la participación, siguiendo dos grandes líneas teóricas: las formas institucionales
de la participación dentro del marco liberal, y las formas no institucionales de la
participación, vinculadas a la acción de los movimientos sociales.
Una primera conclusión es que no toda la participación es igual ni en sus
mecanismos ni en sus procesos. Depende en mucho del modelo de ciudadanía y
de la cultura política de cada país, del contexto sociohistórico en el que se presen­
tan diversas formas de acción e institucionalización, del conjunto de actores so­
ciales y políticos que se enfrentan entre sí como adversarios y del grado de pro-
fundización de los conflictos.
Tampoco podríamos decir que toda participación lleva el mismo camino y una
misma dirección. A veces los individuos participan para consolidar las institucio­
nes. Otras ocasiones buscan transformarlas y por ello mantienen un signo de
trasgresión. Ni las causas, ni el desarrollo y menos los efectos pueden ubicarse en
una taxonomía rígida y esquemática.
Por ello mismo, es importante introducirse en el argumento del término «par­
ticipación» y explicar su dialéctica. Para eso, confronté diversos fundamentos
teóricos, y exploré oposiciones y particularidades.
En una primera acepción, la participación puede entenderse como la capaci­
dad de los ciudadanos que, de manera individual o colectiva, ejercen un tipo de
poder en tanto miembros de una comunidad. Ese poder se despliega en la medida
en que los individuos toman parte de las decisiones fundamentales de una comu­
nidad. También se despliega en la medida en que esos mismos individuos son
miembros reconocidos de la comunidad. Además, en tanto que la participación es
una forma de ejercer poder, implicaría asimismo la capacidad de incidir en la
distribución y en la apropiación de los recursos públicos.
Sin embargo, como pudimos apreciar en este trabajo, las definiciones oficialis­
tas, al menos en el contexto de América Latina, se desvanecen conforme se en­
tiende la participación en contraposición con la institucionalidad. Un primer acer­
camiento, en efecto, es entenderla como una forma de integración y control social
que sirve para mantener la gobemabilidad y la estabilidad política de un régimen.
Pero una segunda dilucidación la vería como un conjunto de movilizaciones y
formas de lucha que se enfrentan al poder hegemónico y que desafian esa institu-
cionalidad. Para la mayoría de las élites latinoamericanas, el primer ejemplo sería
una especie de canalización de energías sociales a favor de la clase política, mien­
tras que para otros, la segunda opción sería más bien sinónimo de desorden y
caos, y no participación ciudadana alguna, porque se desenvuelve precisamente
por fuera de los canales institucionales.
Con todo, y desde la crítica de la participación ciudadana y los movimientos
sociales, así como la veo, se establecen los límites estructurales de los gobiernos
liberales a la intervención libre y sin coacción de los ciudadanos. Las élites que
han mantenido la autoridad política le temen a este tipo de participación porque
su ejercicio puede muy bien rebasar los marcos institucionales establecidos y
desafiar al poder en su conjunto. Pero la paradoja de los liberales es que no pue­
den ser gobiernos legítimos sin la colaboración de la ciudadanía, y por eso pro­
mueven la participación, no sin un cuidadoso manejo jurídico de sus límites. Cual­
quier cosa distinta a la normatividad instituida es ilegal y debe contenerse. Más
aún, varias corrientes han externado una crítica liberal a la visión liberal de ciu­
dadanía y participación. Las propuestas son interesantes, buscando la reinven­
ción del activismo político y la multiculturalidad. No obstante, cualquier modifi­
cación de este tipo tendría que llevarse a cabo dentro de los marcos jurídicos
establecidos. Siendo así, las propuestas, por más innovadoras que deseen ser,
caen por su propio peso.
La segunda refutación de la crítica a la participación viene de la experiencia
de la acción colectiva y los movimientos sociales en México. En primer lugar,
diría que la participación no es una acción permanente, como tampoco lo es la
distinción simbólica del ser ciudadano. Un individuo se convierte en ciudadano
únicamente en la medida en que participa en la comunidad, de la forma que sea.
Pero participar no significa formar parte de festividades o peregrinaciones, por
muy colectivas que sean, si éstas no tienen en su organización una connotación
política, es decir, si no están referidas a los asuntos públicos de la colectividad.
Ser ciudadano es, implícita y explícitamente, ser político. La movilización de ciu­
dadanos es una forma de resistir la intervención del poder en los mundos de vida
de los individuos. De ahí que la desobediencia civil y otras formas de resistencia,
experimentados en la región en los últimos 20 años, sean signos convincentes del
enfrentamiento social contra el mal gobierno. Y como tal es una forma de partici­
par en la comunidad política, pero con una postura de oposición, de exigencia y
con el propósito de modificar las relaciones sociales dominantes. Desde los reper­
torios de la movilización colectiva pueden detectarse los síntomas del conflicto
social y los distintos proyectos de ciudadanía que se enfrentan como antagónicos.
Algunos de estos movimientos sociales llamaron a estas acciones formas de lucha,
pero en realidad reivindicaban maneras de organización y de actuación colectiva
que reproducían simbólicamente los métodos institucionales de la participación:
asociaciones, asambleas, manifestaciones, consejos, comités, tomas de edificios,
comunicados, manifiestos, etcétera. La diferencia, en todo caso, es la distancia
política, de independencia y autonomía, con que los movimientos actúan con res­
pecto a sus gobiernos.
En consecuencia, la participación en México, como en otros países latinoame­
ricanos, ya sea que la ubiquemos dentro de los marcos institucionales o por fuera
de ellos, ha sido resultado de la confrontación social y política. Se ha utilizado
tanto para ampliar el disfrute de los derechos ciudadanos, como para ser una
medida con el propósito de modificar las reglas y normas que rigen a la sociedad.
Así, cada uno de las rasgos aquí expuestos (institucionales y no institucionales)
evidencia que los cambios, profundos o contingentes, son detonados por la parti­
cipación ciudadana y, entonces, el verdadero dilema teórico que se presenta es
dilucidar las formas en que esa participación se desarrolla y manifiesta, y las
formas en que, desde los movimientos sociales, reproduce, trasgrede o transfor­
ma a las instituciones.

Bibliografía

A lberoni, F., Enamoramiento y amor, Gedisa, España, 1993.


— , Movement and Insíitution, Nueva York, Columbia University Press, 1984.
A lejan dro , Roberto, Hermeneutics, Citizenship, and the Public Sphere, State University of New
York Press, Nueva York, 1993.
A lonso, J. y Aziz, A., «Las resistencias del cambio: los poderes ante la Ley sobre Derechos y
Cultura Indígena», en Alberto Aziz Nassif (coord.), México al inicio del siglo XXI, democracia,
ciudadanía y desarrollo, CIESAS-Miguel Ángel Porrúa, México, 2003.
ARIAS, Alan, EZLN, violencia, derechos culturales y democracia, Comisión Nacional de los Derechos
Humanos, México, 2003.
BARBALET, J.M., Citizenship: Rights, struggle, and class inequálity, University of Minnesota Press,
Minneapolis, 1988.
BaubóCK, Rainer, «Justificaciones liberales para los derechos de los grupos étnicos», en Soledad
García y Steven Lukes (comps.), Ciudadanía, justicia social, identidady participación, Editorial
Siglo XXI, Madrid, 1999.
— , Transnational Citizenship: Membership and Rights in International Migration, Edward Elgar,
Inglaterra, 1994.
BERMAN, Marshall, Todo lo sólido se desvanece en el aire. La experiencia de la modernidad, Siglo XXI
Editores, 6.a ed. en español, México, 1992 [1988].
Bobbio, Norberto, «Desobediencia civil», en Norberto Bobio, Incola Matteucci y Gianfranco
Pasquino (coords.), Diccionario depolítica, Siglo XXI, 10.aed., México, 1997 [1981].
BOLOS, Silvia, Organizaciones sociales y gobiernos municipales, Universidad Iberoamericana, Méxi­
co, 2003.
CHOMSKY, N. y Dietrich, H., La sociedad global. Educación mercado y democracia, Luis Javier
Garrido (intr.), Joaquín Mortiz (Contrapuntos), 7.areimpr., México, 1999 [1995].
COHEN, J. y Arato, A., Sociedad civil y teoría política, Fondo de Cultura Económica, México, 2000.
Coppedge, Michael «Instituciones y gobemabilidad democrática en América Latina», en Antonio
Camou (comp.), Los desafíos de la gobemabilidad, FLACSO-IIS-UNAM-Fondo de Cultura Eco­
nómica, México, 2001.
CROUCH, C., «L a ampliación de la ciudadanía social y económica y la participación», en Soledad
García y Steven Lukes (comps.), Ciudadanía: justicia social, identidady participación, Siglo XXI,
Madrid, 1999.
D’Entréves, A. Passerin, Obbedienza e resistenza in una societa democrática, Edizioni di Comunita,
Milán, 1970.
Dahl, R., La democracia. Unaguíapara los ciudadanos, Taurus-Grupo Santillana, Madrid, 1999.
DEUTSCHER, I., Trotski, élprofeta armado, Era, México, 1970.
Díaz POLANCO, Héctor, Autonomía regional. La autodeterminación de los pueblos indios, Siglo XXI
Editores, México, 1991.
— , Caracoles: La autonomía regional zapatista, en revista El Cotidiano, n.° 132, julio-agosto, año 20,
Universidad Autónoma Metropolitana, Azcapotzalco, 2005.
F lo res, Marcello, Histoire Iüustrée Du Communisme, Éditions Place des Victoires, París, 2003.
G alston, William, «Participación ciudadana en los Estados Unidos: un análisis empírico», en
Reconstruyendo la Ciudadanía. Avances y retos en el desarrollo de la cultura democrática en
México, Secretaría de Gobernación-SEP-IFE-CIDE-ITAM-Miguel Ángel Porrúa, México, 2002.
García, Soledad y Lukes, Steves (comps.), Ciudadanía justicia social, identidad y participación,
Siglo XXI, Madrid, 1999.
Habermas, Jürgen, «L a desobediencia civil, piedra de toque del Estado de socrático de Dere­
cho», en Jürgen Habermas, Ensayos Políticos, Ediciones Península, 3.a ed., Barcelona, 1997
[1988].
Kymlicka, Will, «Nacionalismo Minoritario dentro de las democracias liberales», en Soledad
García y Steven Lukes (comps.), Ciudadanía justicia social, identidady participación, Siglo XXI,
Madrid, 1999.
— , Ciudadanía multicultural, Paidós Ibérica, Barcelona, 1996.
Lefebvre, H., De lo rural a lo urbano, Ediciones Península, Barcelona, 1978.
LOMNTTZ, L., Como sobreviven los marginados, Siglo XXI, México, 1989.
López MonjardÍn, A., «Las mil y una micro-rebeliones», en Ciudades 2, abril-junio, México, 1989.
— , La lucha por los ayuntamientos: una utopía viable, Siglo XXI-IIS-UNAM, México, 1986.
M andel, Emest, Control obrero, consejos obreros, autogestión, Era, México, 1974.
MARSHALL, T.H., Citizenship and social class and otheressays, Cambridge University Press, Cam­
bridge, 1950.
MARTÍNEZ, María Antonieta, «L a representación política y la calidad de la democracia», en
Revista Mexicana de Sociología, año 66, n.° 4, octubre-diciembre, México, 2004.
M cA dam , Doug, Tar r o w , Sidney y TlLLY, Charles, Dynamics o f Contention, Cambridge University
Press, Cambridge, 2003 [2001].
MELUCCI, A., «Movimientos sociales contemporáneos», en Anuario de Espacios Urbanos, 1997,
Universidad Autónoma Metropolitana, Azcapotzalco, 1997.
MESTRIES, Francis, «E l neozapatismo. Entre identidad ampliada y acción política estratégica»,
en revista El Cotidiano, n.° 132, julio-agosto, año 20, Universidad Autónoma Metropolitana,
Azcapotzalco, 2005.
M o u ffe , Chantal, Laparadoja democrática, Gedisa, Barcelona, 2000.
NORRIS, Pippa (ed.), Criticál Citizens, Global Support for Democratic Govemance, Oxford University
Press, Oxford, 1999.
— , «L a participación ciudadana: México desde una perspectiva comparativa», en Reconstruyen­
do la ciudadanía. Avances y retos en el desarrollo de la cultura democrática en México, Secretaría
de Gobemación-SEP-IFE-CIDE-ITAM-Miguel Ángel Porrúa, México, 2002.
O’D o n n ell, Guillermo, «Rendición de cuentas horizontal y nuevas poliarquías», en Antonio
Camou (comp.), Los desafíos de la gobemabilidad, FLACSO-IIS-UNAM-Fondo de Cultura Eco­
nómica, México, 2001.
OFFE, Claus y SHMITTER, Philippe C., «Las paradojas y los dilemas de la democracia liberal», en
Antonio Camou (comp.), Los desafíos déla gobemabilidad, FLACSO-IIS-UNAM-Fondo de Cul­
tura Económica, México, 2001.
Pamplona, Marco A., Riots, Republicanism, and Citizenship, Garland Publishing, Inc. Nueva York
y Londres, 1996.
Philips, Anne, «L a política de la presencia: la reforma de la representación política», en Soledad
García y Steves Lukes (comps.), Ciudadanía justicia social, identidady participación, Siglo XXI,
Madrid, 1999.
PRZEWORSKI, Adam, «Democracia y representación», en Metapolítica, vol. 3, n.° 10, México, 1999.
— , «II. La democracia como resultado contingente de conflictos», en Jon Elster y Ruñe Slagstad
(coords.), Constitucionalismo y democracia, Alejandro Herrera (estudio introductorio), Colegio
Nacional de Ciencias Políticas y Administración Pública AC-Fondo de Cultura Económica,
México, 1996.
Putman, Robert D., «The Strange Disappearance of Civic America», en The American Prospect, 24,
1996.
R aw ls , J., Teoría de l'ajusticia, Fondo de Cultura Económica, México, 1978.
Reyes d e l Campillo Lona, Juan, Modernización política en México: elecciones, partidos y represen­
tación (1982-1994), Universidad Autónoma Metropolitana, Xochimilco, México, 1996.
ROBERTS, B., «Presentación», en Sergio Tamayo, Los veinte octubres mexicanos, ciudadanías e
identidades colectivas, Universidad Autónoma Metropolitana, Azcapotzalco, México, 1999.
Ruiz M igu el, Alfonso, «L a representación democrática de las mujeres», en Miguel Carbonell
(comp.), El principio constitucional de igualdad. Lecturas de introducción, Comisión Nacional de
Derechos Humanos, México, 2003.
Sieder, Rachel, «Rethinking Democratisation and citizenship: Legal Pluralism and Institutional
Reform in Guatemala», en Citizenship Studies, Carfax Publishing, vol. 3, n.° 1, febrero de 1999.
Sommers, M., «L a ciudadanía y el lugar de la esfera pública: un enfoque histórico», en Soledad
García y Steves Lukes (comps.), Ciudadanía justicia social, identidad y participación, Siglo XXI,
Madrid, 1999.
Stewart, Ch., Smtth, C. y Dentón, R., Persuasión and social movements, Prospect Heights, Wave-
land Press, Illinois, 1989.
Tamayo, S., L o s veinte octubres mexicanos: ciudadanías e identidades colectivas, Universidad Autó­
noma Metropolitana, Azcapotzalco (Colección de estudios urbanos), México, 1999.
— , «Dinámica de la movilización. Movimiento pos-electoral y por la democracia», en revista
Desacatos, n.° 24, mayo-agosto, CIESAS, 2007.
— , «Entre la ciudadanía diferenciada y la ciudadanía indígena ¿otra es posible?», en revista El
Cotidiano, n.° 137, mayo-junio, año 21, Universidad Autónoma Metropolitana, Azcapotzalco,
2006.
— , «Espacios de ciudadanía, espacios de conflicto», en Sociológica, n.° 61, mayo-agosto, año 21,
2006.
— , «Los límites de la desobediencia civil y la resistencia pacífica: experiencias distintas, discursos
distintos», en revista El Cotidiano, n.° 132, julio-agosto, año 20, Universidad Autónoma Metro­
politana, Azcapotzalco, 2005.
— , Espacios ciudadanos, la cultura política de la ciudad de México, Frente del Pueblo-Sociedad
Nacional de Estudios Regionales, AC-Unidad Obrera y Socialista, México, 2002.
T arro w , Sydney, Power in Movement, social movements and contentious politics, Cambridge Uni-
versity Press, Cambridge, 1998.
Tülly, Ch., «Los movimientos sociales como agrupaciones históricamente específicas de actuacio­
nes políticas», en Sociológica, año 10, n.° 28, Universidad Autónoma Metropolitana, Azcapot­
zalco, 1995.
— , Big structures, large processes, huge comparisons, Rusell Sage Fundation, Nueva York, 1984.
Touraine, Alain, ¿Quées la democracia?, Fondo de Cultura Económica, México, 1995.
— , Crítica de la Modernidad, Fondo de Cultura Económica, México, 1994.
Turner, Bryan S., «Citizenship Studies: A General Theory», en Citizenship Studies, Carfax Inter-
nal Periodical Publishers, vol. 1, n.° 1, febrero de 1997.
— , «Outline of a theory of citizenship», en Sociology, vol. 24, n .°2 ,1990.
— , Citizenship and Capitalism, Alien and Unwin, Londres, 1986.
V illasan te , T.R., «Estado, sociedad y programaciones alternativas», en Ciudades 41, enero-
marzo, RNIU, Puebla, 1999.
W a lle rs te in , Immanuel, Después del liberalismo, UNAM-Siglo XXI, México, 1996.
ZOVATTO, Daniel, «Valores, percepciones y actitudes hacia la democracia. Una visión comparada
latinoamericana 1996-2002», en Reconstruyendo la ciudadanía. Avances y retos en el desarrollo
de la cultura democrática en México, Secretaría de Gobemación-SEP-IFE-CIDE-ITAM-Miguel
Ángel Porrúa, México, 2002.
* Agradezco el espacio generado en el seminario permanente del Centro de Estudios de la
Ciudad, de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, organizado en 2005 por la Dra. Ana
Helena Trevifto, lugar que abrió una amplia discusión sobre ciudadanía, participación y movi­
mientos sociales. Asimismo, vaya un fraternal reconocimiento a mis alumnos de los seminarios
sobre Democratización, Gobemabilidad y Movimientos Sociales del eje curricular en sociología
política de la UAM Azcapotzalco, por sus críticas, reflexiones y comentarios a este tema, en
especial a Melissa Hernández y a Sergio Velarde. Por las últimas lecturas críticas al manuscrito,
agradezco a Guadalupe Olivier y Francis Mestries.
1. Pippa Norris, Critica! Citizens, Global Support for Democratic Govemance, 1999.
2. Cf. Pippa Norris, «La participación ciudadana: México desde una perspectiva comparati­
va», 2002.
3. Michael Coppedge, «Instituciones y gobemabilidad democrática en América Latina», 2001.
4. Cf. Chantal Mouffe, La paradoja democrática, 2000.
5. Alain Touraine, ¿Qué es la democracia?, 1995, p. 99.
6. Opazo, 2000.
7. Rachel Sieder, «Rethinking Democratisation and citizenship: Legal Pluralism and Institutio-
nal Reform in Guatemala», 1999; N. Chomsky y H. Dieterich, La sociedad global. Educación merca­
do y democracia, 1995; R. Dahl, La democracia. Una guía para los ciudadanos, 1999.
8. Roberto Alejandro, Hermeneutics, Citizenship, and the Public Sphere, 1993.
9. Cfr. T.R. Villas ante, «Estado, sociedad y programaciones alternativas», 1999; Soledad García
y Steves Lukes, Ciudadanía justicia social, identidad y participación, 1999; C. Crouch, «La amplia­
ción de la ciudadanía social y económica y la participación», 1999; Anne Philips, «La política de la
presencia: la reforma de la representación política», 1999; M. Sommers, «La ciudadanía y el lugar
de la esfera pública: un enfoque histórico», 1999.
10. Cfr. Alain Touraine, Crítica de la Modernidad, 1994; Alain Touraine, op. cit., 1995; J. Cohén y A.
Arato, Sociedad civil y teoría política, 2000; Brian S. Tumer, Citizenship and Capitalism, 1986; Brian
S. Tumer, «Outline of a theory of citizenship», 1990; Brian S. Turner, «Citizenship Studies: A
General Theory», 1997; J.M. Barbalet, Citizenship: Rights, struggle, and class inequality, 1988; Ch.
Tilly, «Los movimientos sociales como agrupaciones históricamente específicas de actuaciones
políticas», 1995; Marco A. Pamplona, Riots, Republicanism, and Citizenship, 1996.
11. Rainer Baubóck, Transnational Citizenship: Membership and Rights in International Migra-
tion, 1994.
12. Bryan S. Tumer, «Citizenship Studies: A General Theory», 1997.
13. Rainer Baubock, op. cit., 1994, p. 269; Tumer, op. cit., 1997; S. Tamayo, Los veinte octubres
mexicanos: ciudadanías e identidades colectivas, 1999.
14. A. Melucci, «Movimientos sociales contemporáneos», 1997.
15. Guillermo O'Donnell, «Rendición de cuentas horizontal y nuevas poliarquías», 2001.
16. M. Coppedge, op. cit. Gobemabilidad supone un importante grado de institucionalización.
Para Samuel Huntington, institucionalización significa el proceso en el que las organizaciones y
los procedimientos adquieren valor y estabilidad. De ahí que gobemabilidad sea el grado en el
cual el sistema político se institucionaliza.
17. Claus Offe y Philippe C. Schmmiter, «Las paradojas y los dilemas de la democracia liberal»,
2001.
18. M. Coppedge, op. cit.
19. ídem.
20. Cfr. Mouffe, op. cit.
21. Acepto que no siempre el consenso es un elemento resultante entre gobierno y actores
estratégicos dentro de la lógica liberal. La democracia aceptaría el disenso como condición sine
qua-non de la pluralidad y la participación de grupos o individuos heterogéneos. En tal sentido,
el disenso como expresión del conflicto debe encauzarse a través de reglas y vías institucionales.
Sin embargo, los disidentes son aceptados en la medida en que sus críticas se encuentren dentro
de los marcos establecidos por la instituciones liberales. De otra manera son excluidos. Agradez­
co las observaciones de Melissa Hernández, participante del seminario Sociedad Civil, Movi­
mientos Sociales y Participación Ciudadana, Departamento de Sociología, UAM-Azcapotzalco.
22. William Galston, «Participación ciudadana en los Estados Unidos: un análisis empírico»,
2002 .
23. Para conocer las tendencias sobre valores, percepciones y actitudes de los latinoamerica­
nos hacia la democracia, véase a Daniel Zovatto, «Valores, percepciones y actitudes hacia la
democracia. Una visión comparada latinoamericana 1996-2002», 2002. Es importante hacer no­
tar que la estandarización de variables y encuestas sobre valores y cultura ciudadana es un
método extendido en todo el mundo, a través de diversas fuentes, tales como el Latinobarómetro,
el Eurobarómetro, el Eurobarómetro para Europa central y del Este; el Afrobarómetro, el Baró­
metro Asiático y del este asiático; la New Democracies Barómetro y el Barómetro para la Unión
Europea.
24. P. Norris, op. cit., 1999 y 2002.
25. Daniel Zovatto, op. cit.
26. William Galston, op. cit.
27. Laritza Lomnitz, Cómo sobreviven los marginados, 1989.
28. Pippa Norris, op. cit., 1999 y 2002.
29. Will Kimlicka, Ciudadanía multicultural, 1996; Will Kimlicka, «Nacionalismo Minoritario
dentro de las democracias liberales», 1999.
30. Robert Putman, «The Strange Disappearance of Civic America», 1996.
31. Algunas de estas formas son: política de la protesta, nuevos movimientos sociales, activismo
por Internet, formulación de políticas, participación electoral, afiliación partidista, campañas de
apoyo a referéndum, afiliación a organismos civiles (clubes deportivos, cooperativas agrícolas o
grupos filantrópicos), afiliación a sindicatos, manifestaciones públicas, protestas, afiliación a
organismos voluntarios (organizaciones religiosas, deportivas o recreativas, artísticas, musicales
o educativas, y ambientales), asociaciones profesionales, grupos comunitarios, Iglesias, manifes­
taciones legales, boicots, huelgas no oficiales, firma de peticiones, ocupación de edificios o fábri­
cas, deliberación (frente a frente), disturbios callejeros, opinión pública. Todas estas formas
pueden clasificarse en los tres tipos que propone Norris: la participación electoral, el activismo
ciudadano (vinculado a formas de capital social) y el activismo de protesta.
32. Cf. Héctor Díaz Polanco, Autonomía regional. La autodeterminación de los pueblos indios,
1991; Héctor Díaz Polanco, Caracoles: La autonomía regional zapatista, 2006; J. Alonso y A. Aziz,
«Las resistencias del cambio: los poderes ante la Ley sobre Derechos y Cultura Indígena», 2003;
S. Tamayo, «Entre la ciudadanía diferenciada y la ciudadanía indígena ¿otra es posible?», 2006;
Alan Arias, EZLN, Violencia, Derechos culturales y Democracia, 2003; Francis Mestries, «El neo­
zapatismo. Entre identidad ampliada y acción política estratégica», 2006.
33. Para una discusión sobre la representación democrática de las mujeres, véase a Miguel
Alfonso Ruiz, «La representación democrática de las mujeres», 2003. Para profundizar en los
temas de representación política y democracia, que incide sobre la cuestión de la participación
ciudadana, véase a María Antonieta Martínez, «La representación política y la calidad de la
democracia», 2004. Sobre la política de la presencia, véase a Anne Phillips, «La política de la
presencia: la reforma de la representación política», 1999. Sobre la representación parlamenta­
ria en México, véase a Juan Reyes del Campillo Lona, Modernización política en México: elecciones,
partidos y representación (1982-1994), 1996, entre otros.
34. Cf. S. Tamayo, op. cit., 2006, García y Lukes, op. cit., 1999.
35. Cf. Ley de Participación del DF, 1999.
36. Cf. Ley de Participación del DF, 2004.
37. Si bien estos mecanismos son novedosos en el caso de México, no lo son tanto en otros
países. Por ejemplo, recordemos el plebiscito chileno «del N O » en 1988 para decidir si el general
Augusto Pinochet continuaba o no en el gobierno; o las prácticas periódicas de referéndum
realizadas en Estados Unidos en cada periodo electoral, por nombrar sólo dos casos.
38. Guillermo O'Donnell, op. cit.
39. A. Touraine, op. cit., 1995, p. 102.
40. Para profundizar en el debate sobre la nueva ley departicipación del 2004, véase el Diario
de los Debates de la Asamblea Legislativa del DF, en lasesión de mayodel2004,especialmente las
intervenciones de la diputada panista Gabriela Cuevas Barrón, del diputado priista Héctor
Mauricio López Velásquez y de la diputada perredista Silvia Lorena Villavicencio Ayala.
41. Chantal Mouffe, op. cit. Adam Przeworski, «II. La democracia como resultado contingente
de conflictos», 1996.
42. Chantal Mouffe, op. cit.
43. Para profundizar en la distinción entre la política y lo político, véase también a Silvia Bolos,
Organizaciones sociales y gobiernos municipales, 2003. Para Bolos, la política es el terreno institu­
cional de los intercambios entre partidos políticos y otros organismos públicos, mientras que lo
político se ubica en cualquier espacio, sea institucional o no. Importa en este ámbito la presencia
de oposiciones, las voluntades contrapuestas y la «capacidad de transformación, modificación o
incidencia en las políticas o acciones gubernamentales».
44. Para ubicar otra variante de la confrontación social véase mi trabajo sobre la construcción
social de la ciudadanía, las contradicciones entre distintas dimensiones de los derechos ciudada­
nos, y la participación como lucha y acción colectiva (Cf. Tamayo, 1999; 2002).
45. Cf. S. Tamayo, op. cit., 1999.
46. Cf. S. Tamayo, Espacios ciudadanos, la cultura política de la ciudad de México, 2002.
47. Cf. S. Tamayo, «Dinámica de la movilización. Movimiento pos-electoral y por la democra­
cia», 2007.
48. La vinculación que hace Touraine (op. cit., 1994, 1995) entre movimientos sociales, sujeto,
modernidad y democratización es fundamental en toda su obra. Véase también a Charles Tilly,
quien ha asociado estrechamente la relación movimientos sociales y democratización (Ch. Tilly,
Big structures, large processes, huge comparisons 1984; Ch. Tilly, «Los movimientos sociales como
agrupaciones históricamente específicas de actuaciones políticas», 1995). Otros trabajos son
también referenciales. Véase Doug McAdam, Sidney Tarrow y Charles Tilly, Dynamics of Conten-
tion, 2003 [2001]; Sydney Tarrow, Power in Movement, social movements and contentious politics,
1998, entre otros.
49. Cf. Ch. Tilly, op. cit., 1995.
50. Alain Touraine, 1988, p. 68.
51. Ch. Tilly, op. cit., 1995.
52. ídem.
53. Cf. S. Tamayo, op. cit., 1999 y 2002.
54. En párrafos más arriba asocié la definición de Touraine de movimiento social con la
constitución de un nuevo sujeto social, el ciudadano, en América Latina, especialmente en Méxi­
co, de acuerdo con mis propios hallazgos. En esta argumentación explico con mayor detalle tal
articulación.
55. Adriana López Monjardín, La lucha por los ayuntamientos: una utopía viable, 1986; Adriana
López Monjardín, «Las mil y una micro-rebeliones», 1989.
Actores, movimientos y conflictos. ¿Es posible
la acción colectiva en un contexto
de fragmentación sociocultural?
Luis López

Resumen

Este artículo busca reconstruir el proceso de descomposición de los movi­


mientos sociales que dinamizaron la escena nacional entre los años ochenta y
noventa. A partir de la hipótesis de que la acción colectiva estuvo dinamizada por
dos fenómenos centrales: la lucha por la ciudadanía y la globalización de la econo­
mía mexicana, se reconstruye el paisaje de los movimientos sociales y se interro­
ga sobre los efectos corrosivos de la desindustrialización del país y de la descom­
posición del régimen político. Se concluye en una paradoja: que la democratiza­
ción política se acompañó de un debilitamiento de los actores que más la impulsaron,
en beneficio de las estructuras partidistas y de los actores más radicales. Se pre­
senta, finalmente, un análisis de un caso de acción transnacional llevada a cabo
en la frontera norte de México.

Los movimientos sociales como síntomas de transformaciones culturales

El interés sociológico por los movimientos sociales proviene en gran parte del
hecho de que con ellos se introduce un principio de ordenamiento social que sitúa
a la acción social en un espacio intermedio entre el Estado y la sociedad. Para
decirlo de otra manera, la presencia del movimiento revela, al mismo tiempo, la
existencia de un conflicto social o cultural y el grado de consolidación de las
capacidades democráticas de una sociedad, sobre todo la capacidad de consti­
tuirse a partir de ella misma. El movimiento social ejerce así el rol de tipo ideal,
de modelo cultural y de principio de comprensión de la realidad social. Su consis­
tencia y su diversidad son sinónimo de vitalidad social, de capacidad de contesta­
ción frente a lo que se percibe como injusto o excesivo de parte del poder político
o económico. Su falencia es también sinónimo de debilidad social, de dominación
política y de fragilidad institucional. Si bien el concepto de movimiento social
está ligado a la emergencia de conflictos sociales, su existencia implica una cierta
institucionalización de los mismos. Por esa razón, los movimientos sociales son
formas de protesta que cuestionan el ejercicio del poder (político y/o económico)
sin por ello poner en entredicho la legalidad y la legitimidad de las instituciones.
La polisemia del término «movimientos sociales» obliga a realizar una doble
lectura con respecto a las condiciones mismas de producción de la acción colec­
tiva y a los resultados de esa misma acción. Así, es posible encontrar pautas
temporales en el análisis de los movimientos sociales, ya sea bajo la forma de
ciclos, de tendencias históricas o de patrones de acción colectiva. Al mismo tiem­
po, es posible entender la complejidad de los movimientos sociales desde una
perspectiva espacial. Así, durante una gran parte del siglo XX, los movimientos
sociales fueron entendidos como formas de acción que se desarrollaban en el
ámbito de lo local-regional o de lo nacional. Hoy en día, es cada vez más evidente
que el marco espacial del Estado-nación es insuficiente para apreciar las protes­
tas sociales, sus alcances y sus mutaciones.1 La globalización surge así como uno
de los ejes principales para definir la naturaleza de la acción colectiva hoy en día.
La expresión «movimientos sociales globales»,2 si bien apunta en ese mismo sen­
tido (ensanchar el radio de acción de los actores y movimientos de lo local-nacio-
nal hacia lo transnacional), abona la idea de que los movimientos se desplazarían
en un escenario social más amplio (lo global), sin definirlo y sin establecer las
transformaciones que ello implica en los medios de expresión y en la naturaleza
misma de la acción colectiva. Por otro lado, la no menos desafortunada expresión
«globalización desde abajo»3 sobrevalora sin duda la capacidad de los actores
sociales para incidir en las transformaciones globales en las que están envueltos.
Si la globalización es ahora un aspecto central en el estudio de la acción colectiva,
no es precisamente porque «el ámbito de la acción se haya ensanchado súbita­
mente» o porque el Estado nación se encuentre en crisis, sino precisamente por­
que las mutaciones observables en la acción colectiva llaman la atención acerca
de algo mucho más importante, a saber, las transformaciones culturales profun­
das de la sociedad actual.
Estudiar hoy los movimientos sociales implica entonces asumir simultánea­
mente un eje temporal y uno espacial. Los movimientos, sus repertorios de acción
y sus objetivos se desplazan tanto temporal como espacialmente. En determina­
dos momentos, hay temas y problemas que articulan, así sea de manera limitada,
al conjunto de manifestaciones de descontento o de organización colectiva. Asi­
mismo, la acción se organiza en función de una escala espacial más o menos
precisa. Una acción colectiva puede alargar su radio de acción y de influencia
desde lo local hasta lo transnacional o puede articular en sus desplazamientos
diferentes localidades más allá de las fronteras nacionales.
El argumento central de este artículo es que los movimientos sociales en Méxi­
co pasan por un momento de desestructuración generalizada, caracterizado por
el final de un ciclo de movilizaciones colectivas que inició en 1968 con las mani­
festaciones de descontento de los estudiantes universitarios (UNAM, Politécnico
y preparatorias) contra la cerrazón y el autoritarismo del régimen político y que
culminaron, 31 años después, con la huelga fallida de los estudiantes de la UNAM
contra el aumento en las colegiaturas. Durante ese ciclo de movilizaciones, los
actores colectivos lograron articular un discurso político social en tomo de la idea
de ciudadanía. Al mismo tiempo, la búsqueda de ciudadanía —entendida funda­
mentalmente como acceso de los individuos a las decisiones públicas— desplazó
las orientaciones culturales de los movimientos sociales de las luchas por la auto­
nomía social y territorial a las disputas por espacios de poder dentro del sistema
político. Este desplazamiento conllevó al agotamiento de un modelo de acción
social cuya especificidad era la combinación de una reivindicación política y de la
afirmación de una identidad cultural fuerte. A menudo esta identidad contenía
elementos de espacialización fuertes (movimiento juchiteco, movimiento urbano
popular, los navistas de SLP, la CDP de Durango y la Laguna, el EZLN). Otras
veces esta demanda de identidad aparecía como un reclamo de integración a la
nación y a la democracia (los movimientos estudiantiles, las organizaciones de
derechos humanos, los zapatistas).
El argumento está sustentado en tres estudios de caso realizados entre 1996 y
2007: primero, la convergencia, a lo largo de los años ochenta, de los movimientos
urbanos y de los sectores católicos (populares y de clases medias) en tomo de la
idea de ciudadanía como eje de la acción social. Segundo, el declive de las movi­
lizaciones estudiantiles de 1999 que anunciaba de cierta manera el fin de un
periodo de insurrecciones civiles contra el autoritarismo político; paradójicamen­
te, la consecución de la alternancia política trajo consigo una mayor confusión
entre los actores sociales, experimentada en las cada vez más fuertes desavenen­
cias entre el zapatismo y una vertiente de la izquierda política. Finalmente, el
tercer estudio de caso concierne a una asociación barrial de Tijuana en lucha
contra la contaminación por plomo de una maquiladora sandieguina. En sí mis­
ma, esta experiencia ejemplifica el viraje que se ha producido en los últimos años
en México con la importancia cada vez más grande de la economía maquiladora y
los estragos de ésta en las ciudades fronterizas. El caso de los habitantes del
barrio Ejido Chilpancingo de Tijuana ilustra también las posibilidades de una
acción colectiva local que se proyecta en un escenario transnacional. Esto no
significa que se esté afirmando una evolución de los movimientos sociales de una
escala local a una transnacional. Lo que se sostiene aquí es que la globalización no
es la causa de la fragmentación social y cultural de los movimientos sociales, sino
que ésta es una condición para la transnacionalización creciente de las acciones
colectivas. Dicho de otra manera, lo que explica la globalización de los movimien­
tos sociales (bajo la forma de una creciente traslocalización o desterritorializa-
ción de la acción colectiva) es la fragmentación social y cultural de los actores
sociales.

Auge y declive de la lucha por la ciudadanía

En México, el estudio de los movimientos sociales se ha centrado fundamen­


talmente en aquellos procesos de contestación política de la hegemonía priista,
cuya principal y dramática manifestación fue el conflicto estudiantil de 1968.4 La
irrupción de la generación de 1968 y sus consecuencias en la sociedad y en el
sistema político mexicanos dieron validez a la ilusión de un ciclo de «moderniza­
ción» de la sociedad mexicana, en el que ésta aparecía si no capaz de constituirse
a partir de sí misma, al menos de modernizar su sistema político.
Como lo muestra Sergio Zermeño, uno de los más agudos (y realistas) escruta­
dores de los movimientos sociales en México, la activación de los movimientos
mexicanos después de 1968 produjo la promesa si no de una «modernidad», al
menos de un robustecimiento de las iniciativas sociales, locales y regionales, fren­
te a los embates del autoritarismo político, de la voracidad de los capitales y de la
violencia de la globalización. Los movimientos sociales que proliferaron en Méxi­
co entre los años setenta y ochenta (Juchitán, San Luis Potosí, Durango, Nayarit,
la Ciudad de México) dieron forma a esta necesidad. Su interés radicó en que
eran movilizaciones que conducían no sólo el rechazo a las brutalidades del parti­
do en el poder o de los capitales voraces, sino en el hecho de que eran al mismo
tiempo portadoras de un proyecto social y cultural que, por su telante local-regio-
nal, tenía una posibilidad más importante de enraizarse y dar frutos.
Es probablemente esta novedad de los movimientos sociales mexicanos que
combinaban una identidad localizada, una demanda de democracia y un proyec­
to de viabilidad sociocultural, lo que provocó las reacciones violentas y desmesu­
radas del poder. Destrucción física de los liderazgos, cooptación, traiciones, exi­
lios y prisión, fueron los saldos de la mayoría de estas experiencias de moviliza­
ción. Sin embargo, las mismas fueron forjando un nuevo contexto sociopolítico a
lo largo de los años ochenta, que fue coronado con la experiencia de las elecciones
presidenciales de 1988 cuando la convergencia de organizaciones sociales diver­
sas y partidos de izquierda construyó la primera gran alternativa política a la
hegemonía del PRI.
Hasta entonces, los movimientos sociales, tal y como se habían desarrollado
en México, oscilaban entre el radicalismo autodestructivo (sobre todo entre los
movimientos guerrilleros de los años setenta) y las protestas dentro de las clases
medias urbanas (médicos) y de las clases obreras (ferrocarrileros). En ningún
caso, esas protestas fueron más allá de los cauces permitidos por el régimen ni
pusieron en duda su legitimidad. Más que de movimientos sociales en sentido
estricto, podemos hablar de luchas en el interior de un espacio político definido
por el Estado.
El quiebre de esta lógica estatalista de la acción colectiva fue sin duda el con­
flicto estudiantil de 1968, cuando por primera vez las clases medias demandaban
una transformación democrática del sistema político mexicano. Una apertura
cultural y una apertura política fueron las demandas principales de los estudian­
tes, lo que en sí mismo no fue interpretado como una ruptura del sistema político,
sino el hecho de que las críticas vinieran no de los sectores radicales, sino de los
sectores mejor integrados. La importancia cultural de la UNAM en el proceso de
modernización del Estado mexicano posrevolucionario fue también un elemento
que explicó la reacción desmesurada del Estado frente a la protesta. La lucha
estudiantil significó un rechazo cultural de la ideología del nacionalismo revolu­
cionario, al mismo tiempo que una revuelta de las clases medias contra el autori­
tarismo del sistema político. La demanda principal del movimiento estudiantil no
fue la modernización de la universidad, sino la democratización del país. La ma­
sacre de estudiantes puso fin al movimiento social, pero dio inicio a una ruptura
social y simbólica del hasta entonces rígido y estable sistema político mexicano.
Los años setenta y ochenta vieron surgir, primero, los movimientos guerrilleros,
predominantemente de ideología maoísta y guevarista que combatieron al Estado
y que fueron más o menos sometidos mediante una guerra sucia.5Y después a los
movimientos «cívicos» locales que luchaban contra los autoritarismos y caciquis­
mos locales y regionales. Muchas de estas movilizaciones (el CDP de Durango, el
navismo en SLP, el PPS en Nayarit, o la COCEI de Oaxaca) transitaron de la pro­
testa social a la lucha electoral, aunque su importancia consistió en su capacidad
de articular luchas contra el caciquismo, demandas sociales e identidades locales
y regionales fuertes. Estas luchas locales-regionales fueron el sustento de lo que
en la década de los ochenta serían las movilizaciones por la democratización del
país que desembocaron en la lucha electoral de 1988.
La emergencia de un discurso social en torno de la ciudadanía política se
produjo paulatinamente en los años ochenta como resultado de la confluencia de
dos experiencias de participación política y social: la de las organizaciones de
ideología maoísta que formaron lo que se llamaba entonces «Movimiento urbano
popular» y la de las comunidades eclesiales de base (CEB). El discurso de la
ciudadanía política se distingue tanto de la vieja retórica comunista como del
camino tomado por las guerrillas. Rechazaron el rol central del partido dentro de
la organización de masas, así como el reclamo a las armas y a la confrontación
directa con el Estado. Si bien mantuvieron un discurso revolucionario inflamato­
rio, sus acciones se desarrollaron en una escala local y fueron de carácter más
bien reformista.6 Se trataba de organizaciones que, al mismo tiempo que promo­
vían una «educación revolucionaria» para preparar a las masas a la toma del
poder, gestionaban servicios, alfabetizaban, formaban cuadros políticos u ocupa­
ban terrenos baldíos. Durante los años setenta, organizaciones como Política Po­
pular o Línea de Masas organizaron colectividades en la mayor parte de media­
nas y grandes ciudades del país (México, Monterrey, Guadalajara, Chihuahua,
Durango, Tuxtla Gutiérrez), así como en ciertas zonas rurales (Guerrero, Chia-
pas). Sus estrategias principales fueron: la educación de masas, la democracia
directa y el rechazo de liderazgos, la conversión de las masas en actores políticos,
capaces de negociar con el gobierno por mejoras sociales. En suma, el discurso de
los movimientos maoístas, aunque revolucionario, buscaba la apertura de espa­
cios para la participación política de los pobres, organizados por fuera del siste­
ma de cooptación del PRI.7
Por su parte, la experiencia de los cristianos de base surge de una profunda
crisis en el seno de la Iglesia católica cuya expresión fue el nacimiento de la
Teología de la Liberación, luego de la segunda conferencia del Episcopado latino­
americano en 1968 en Medellín, Colombia.8 La Teología de la Liberación expresa­
ba el divorcio entre la jerarquía eclesiástica y los fieles, entre ellos muchos estu­
diantes y trabajadores cristianos que habían vivido los eventos de 1968 como un
llamado a la participación del lado de los oprimidos.9 El compromiso de los cató­
licos en las luchas del lado de los pobres provocó tensiones y rechazos dentro de
la Iglesia católica, pero también adhesiones y apoyo de los sectores marginales y
de la parte más progresista de la misma, así como de algunos activistas y militan­
tes de la izquierda. La aproximación entre los activistas católicos y los militantes
de izquierda, tan temida por la Iglesia, se produjo en parte como consecuencia de
la cerrazón de ésta a reconocer la existencia de una comunidad católica crítica
hacia las decisiones institucionales y el poder político. De la misma manera que
las organizaciones maoístas, los grupos de laicos y los sacerdotes de pequeñas
parroquias enclavadas en los barrios marginales comenzaron a fundar comunida­
des autorganizadas para demandar y gestionar servicios urbanos; sin embargo,
también se trataba de lograr una concientización de los más pobres a propósito
de sus condiciones de vida. Durante los años ochenta, estas comunidades evolu­
cionaron y se fueron involucrando progresivamente en las disputas políticas por
la defensa de los espacios sociales, hasta convertirse en una verdadera fuerza
tanto social como política.
La convergencia de las CEB y de los movimientos maoístas produjo fuertes
transformaciones en el discurso político y en las estrategias de movilización de
ambos actores. Una parte de los militantes de ambos grupos redescubrió la temá­
tica de los derechos humanos a principios de los años ochenta, en el contexto de
los conflictos en Centroamérica y de la injerencia de los Estados Unidos en ellos.
La cuestión de la defensa de los derechos humanos y de la denuncia de la tortura
y la represión fue ganando terreno en los medios y en las organizaciones socia­
les.10La adopción del discurso sobre los derechos humanos permitió a las CEB y a
los movimientos urbanos la obtención de una visibilidad pública, así como una
adhesión —así fuese de fachada— de parte de la institución eclesiástica y consti­
tuyó una aportación mayor a las movilizaciones colectivas de los ochenta y noven­
ta. El tema de los derechos humanos (sociales y políticos) permitió federar luchas
y esfuerzos hasta entonces fragmentarios, dotándolos de una consistencia simbó­
lica.11 En efecto, no es lo mismo manifestarse por demandas particulares que
pergeñar un discurso en el que dichas demandas aparezcan como reclamos por
los derechos universales. Los maoístas aportaron a la idea de ciudadanía la ima­
gen del pueblo como sujeto autónomo y los cristianos la idea del pueblo como
sujeto de derechos sociales y políticos. Dentro de la miríada de organizaciones
que movilizó el discurso en tomo de la ciudadanía, destacan dos cuya particulari­
dad ha sido su capacidad para ocupar un espacio preponderante en la esfera
pública: la Asamblea de Barrios de la Ciudad de México (AB) y la Alianza Cívica.12
La Asamblea de Barrios de la Ciudad de México nació de la experiencia de la
inmovilidad del Estado mexicano frente a los desastres causados por los terremo­
tos de 1985. Fruto de la autoorganización de los habitantes de los barrios de la
capital más siniestrados, Asamblea de Barrios resultó de la unión de organizacio­
nes divergentes (algunas como la Coordinadora Nacional Cívica, de origen clara­
mente maoísta) que se unificaron en la Coordinadora Única de Damnificados
(CUD). Su principal aportación a la idea de ciudadanía desde el ámbito popular es
la idea que la ciudadanía expresa la pertenencia y el arraigo a un lugar (el barrio)
y que el reconocimiento a los ciudadanos implica su pertenencia a la ciudad, a la
«cosa pública» citadina.
Asamblea de Barrios tuvo una fuerte influencia en la política urbana (sobre
todo en la política de vivienda y de atención a los grupos precarios del gobierno
del regente Manuel Camacho). Su importancia fue decayendo a partir de media­
dos de la década de los noventa, cuando finalmente las tensiones entre sus diver­
sas comentes explotaron. Su principal aportación a la renovación de las luchas
de los sectores urbanos populares se dio tanto en las estrategias de acción como
en los discursos y en los símbolos a los que servía de vehículo. Al mismo tiempo
que enarbolaban un discurso de ruptura, participaban abiertamente en la políti­
ca electoral del DF bajo las siglas del PRD, renovaban el discurso político cultural
y ejercían presión sobre los diferentes aparatos gubernamentales. Su aportación,
acaso la más genial, fue la creación del personaje Superbarrio, luchador social y
luchador enmascarado que era al mismo tiempo el protector, el representante y
la imagen de la organización. Entre sus innovaciones es posible encontrar las
siguientes:

a) La adopción de un discurso «ciudadano» articulado en tomo de las nociones


de autonomía, de solidaridad y de derechos. El ciudadano era aquel portador de
derechos sociales (sobre todo el derecho a la vivienda), pero también debía ganar­
se esos derechos, conquistarlos, gracias a su trabajo constante, a la solidaridad
hacia los demás. Los derechos no eran «naturales» sino ganados en las luchas
contra los burócratas corruptos o los líderes «vendidos». La idea de ciudadanía
correspondía a la emergencia de una cultura popular de los barrios viejos de la
ciudad, que era presentada como un valor en ella misma.
b) La adopción de nuevas estrategias de protesta. Ellos desarrollaron tres for­
mas de acción: la defensa puntual de los vecinos «del barrio» frente a las expul­
siones; la defensa del barrio frente a las fuerzas del mercado inmobiliario y de los
políticos, y la defensa de una identidad barrial, popular y contestataria.13
c) La creación de Superbarrio, personaje extraído de la cultura popular. A me­
nudo estigmatizada dentro de los círculos de izquierda, la cultura popular repre­
sentada por el luchador Superbarrio permitió una enorme visibilidad mediática
del movimiento, así como una gran adhesión de los habitantes de los barrios
populares del centro.14
d) Una dimensión política a la noción popular de ciudadanía. Asamblea de
Barrios fue la primera organización de izquierda en adherirse a la campaña elec­
toral de Cuauhtémoc Cárdenas en 198815 y en formar parte del PRD en 1989.

Es quizá esta última estrategia la que explica la fragmentación posterior de la


Asamblea de Barrios y la dilución del discurso en tomo de la ciudadanía. Sin
embargo, en términos generales, la experiencia de Asamblea de Barrios rompió
con la lógica dominante de los movimientos urbanos, consistente en el radicalis­
mo autodestructivo, y enarboló una política en la que la creatividad cultural y la
demanda de derechos sociales ocupaban el centro de la escena.
El caso de Alianza Cívica es diferente. Nació como una organización encarga­
da de vigilar las elecciones presidenciales de 1994. Al finalizar dichos comicios,
siete de las organizaciones que la constituían se unificaron en la organización
Alianza Cívica.16
Es posible definir la experiencia de Alianza Cívica como el resultado del com­
promiso de las clases medias urbanas decepcionadas de los partidos políticos con
la democratización electoral. Su discurso pasa de la denuncia de las violaciones a
los derechos humanos a la defensa de los «derechos políticos». Alianza Cívica se
caracterizó por el desarrollo de un savoir faire experto en la organización de elec­
ciones, en la detección de fraudes electorales y en la denuncia jurídica de los
mismos. Su concepción de la ciudadanía se nutre de cuatro grandes vertientes
discursivas: una concepción de la ciudadanía como dimensión ética de la política
enarbolada por las comunidades eclesiales de base. Esta visión concebía, por un
lado, la política como una actividad intrínsecamente impura y, por el otro lado, la
acción de los ciudadanos como una forma de purificación de la política. La prác­
tica ciudadana sería así una forma de dignificación de la política y de la «cosa
pública».17
Una segunda perspectiva es la que concibe la ciudadanía como una labor de
expertos en la detección y neutralización de las trampas del poder. Esta labor de
expertos era también concebida como una forma de educación «cívica» de los
ciudadanos en los asuntos públicos.
Una tercera visión se construye en torno de la noción de «derechos políticos
como derechos humanos». Esta perspectiva, desarrollada por las ONG, era una
justificación de la estrategia política centrada fundamentalmente en la defensa
del voto. La defensa del voto y de las elecciones limpias deviene entonces una
forma de promover la ciudadanía.
Finalmente, un cuarto discurso se centraba en la lucha por el voto como un
momento en la transición política mexicana. Este discurso, articulado por intelec­
tuales militantes de la asociación, comparaba la lucha de Alianza Cívica con otras
luchas por la democracia, como el movimiento Solidamosc en Polonia o los movi­
mientos antiautoritarios en el Cono Sur. La lucha de los militantes de Alianza
Cívica, autolimitada y pacífica, es promovida como el camino político correcto
para la transformación del país.
Es esta diversidad de posiciones la que engendra las tensiones y las contradic­
ciones dentro de Alianza Cívica. Después de varios años de incidencia importante
en la vida política de México, sobre todo en la promoción de la «ciudadanización
de la política» y de los órganos de elección política en 1996, cuando se produjo la
reforma política que permitió la formación de un IFE autónomo y ciudadano, la
limpieza de las elecciones fue poco a poco una realidad a medida en que se fueron
creando verdaderos contrapesos al autoritarismo político. Sin embargo, el éxito
de Alianza Cívica, la limpieza electoral que llevó a Cuauhtémoc Cárdenas al poder
de la Ciudad de México en 1997 y a Vicente Fox a la presidencia del país en 2000,
marcó también los límites de la estrategia de Alianza Cívica. Primero, porque
muchos de sus cuadros fueron a las filas del gobierno (el de Cárdenas y el de Fox).
Segundo, porque el rechazo de Alianza Cívica a convertirse en fuerza política
nacional la situó al margen de la transición en un momento en el que labor de
vigilancia de las elecciones pareció menos importante. Y, finalmente, porque len­
ta pero de manera gradual, los partidos políticos retomaron el control de la vida
política, descartando así la presencia de otros actores y «desciudadanizando» la
política nacional.
Con Alianza Cívica se cierra así un ciclo de participación política en el que la
idea de ciudadanía (popular o clasemediera) era el motor de los movimientos
sociales. Si otros actores surgieron durante ese periodo, éstos terminaron sucum­
biendo al peso de los partidos políticos, a la política de represión y de fragmenta­
ción del Estado y al creciente desprestigio de las ideologías de izquierda que
fueron dominantes durante décadas. Con el agotamiento del imaginario «ciuda­
dano», se terminó una idea de movimiento social: el movimiento como acción
estructurada capaz de articular una identidad local-regional, un proyecto político
social y un cuestionamiento del sistema político. Los actores sociales dominantes
durante los años noventa y en el inicio del nuevo siglo (los zapatistas, la huelga de
la UNAM y el Barzón) han ido poco a poco apagándose, presas de la represión, de
sus propias tendencias autodestructivas o de la dilución de sus elementos consti­
tutivos. Hoy, el espacio de la contestación parece más que nunca ocupado por
actores no sociales (la guerrilla del EPR, la figura de AMLO, la APPO, etc.) que
han ido ganando en radicalidad así como en ineficacia.
El antecedente más cercano de esta debacle es sin duda el movimiento de
huelga en la UNAM de 1999. Para poder comprender el significado de este declive
en la acción colectiva, es necesario dedicar unas páginas al análisis de esta expe­
riencia, con la esperanza de encontrar algunas pistas que ayuden a entender esta
paradoja entre una mayor democratización y un declive de los movimientos so­
ciales en México.
La huelga de la UNAM (1999) y la crisis de la educación superior en México

En 1999, en vísperas de las elecciones presidenciales, la UNAM vivió el conflicto


estudiantil más largo y complejo de su historia. No era la primera vez que una
movilización estudiantil paralizaba la institución universitaria más importante del
país. Sin embargo, los más de nueve meses de huelga, el espectáculo de la descom­
posición del movimiento y la toma de la universidad por parte de la policía militari­
zada terminaron con la centralidad de los movimientos estudiantiles en México y
ahondaron la idea de un declive de la acción colectiva. En un momento en el que la
democracia electoral se instalaba en el país (en gran parte como resultado de la
acción de los mismos actores sociales), los movimientos entraban en una fase regre­
siva. La huelga de la UNAM fue la manifestación de un malestar, el de una juventud
urbana temerosa de su futuro e incapaz de constituirse en un actor social como lo
había sido hasta entonces. Recordemos los hechos.
En diciembre de 1998, el entonces rector Francisco Bamés anunció el aumen­
to de las cuotas de inscripción para los nuevos estudiantes, entre una serie de
medidas tendientes a desaparecer la gratuidad de la educación que imparte la
UNAM. Las medidas se justificaban —se dijo entonces— por la gravedad de la
situación económica de la institución, cuyo presupuesto acababa de ser reducido
por el gobierno federal.18 Finalmente, el 15 de marzo de 1999, el Consejo Univer­
sitario aprobó el nuevo reglamento general de cuotas de inscripción en medio de
protestas estudiantiles que no fueron muy concurridas.19 Quizá la debilidad ini­
cial de las protestas incitó a las autoridades a aprobar el reglamento a espaldas de
la comunidad y fuera del campus. Ello, sin embargo, desencadenó una mayor
protesta. El 20 de abril de 1999, la huelga fue declarada en toda la universidad. El
conflicto, una vez desencadenado, se desarrolló en tres fases:
La primera fase duró dos meses, en los que el movimiento de protesta mantu­
vo un alto nivel de consistencia, en gran parte por el hecho de que los diferentes
elementos que componían la huelga pudieron ponerse de acuerdo, más allá de sus
diferencias. La creatividad y la frescura de los componentes más jóvenes del
movimiento dieron colorido a las manifestaciones en las calles y comenzaron a
ganar simpatías, a pesar de la animadversión mediática. Ello fue reforzado por la
torpeza de las autoridades, que no supieron leer las razones de la cólera de los
estudiantes y se dedicaron a desautorizar las protestas y a despreciar los llama­
dos a la negociación de las peticiones estudiantiles.20
La segunda fase del conflicto anunció el rápido agotamiento de la coherencia
frágil de la protesta. De un lado, todavía sin reconocer legitimidad alguna al CGH,
las autoridades introdujeron en el tercer mes de conflicto cambios en el regla­
mento de cuotas con la finalidad de volver voluntarios los pagos de inscripción, lo
que a ojos de los mandos de la universidad permitía reabrir las instalaciones y
volver a clases. La consecuencia de lo anterior fue que el movimiento estudiantil
sufrió su primera de muchas divisiones, entre los que demandaban la supresión
completa del reglamento y los que pedían la vuelta a clases.21 Fue el momento en
el que las tensiones y conflictos estallaron en el interior mismo del CGH, despla­
zando el conflicto principal con las autoridades. Ni la renuncia del rector Bamés,
ni la mediación de un grupo de profesores eméritos permitieron la construcción
de un espacio de negociación. Para ese entonces, el conflicto había hecho metás­
tasis.
La etapa final estuvo marcada por la descomposición del movimiento estu­
diantil, envuelto en ajustes de cuentas entre los «radicales», los «moderados» y
los «vendidos»; por un enfrentamiento mediático con los diferentes partidos, con
los intelectuales y con los medios, y por un proceso de desmoronamiento perma­
nente.
La llegada de un nuevo rector, el psiquiatra Juan Ramón de la Fuente, abrigó
la esperanza de una distensión que permitiera la rearticulación de la «comuni­
dad» universitaria desde arriba. Sin embargo, todos los esfuerzos de mediación y
de negociación fracasaron frente a un movimiento en completa descomposición,
atrincherado, aislado y enfrentado consigo mismo. La entrada de la Policía Fede­
ral Preventiva (PFP) a las instalaciones el 6 de febrero (una año después de la
aprobación del reglamento de cuotas) y el encarcelamiento de más de mil estu­
diantes pusieron fin a la toma de la universidad, las más larga de su historia, la
más compleja y probablemente la más dolorosa porque enfrentó a la universidad
consigo misma, a los sectores mejor integrados con los marginados. Dolorosa tam­
bién porque por primera vez después de los trágicos eventos de 1968, la policía
militarizada entraba en el suelo universitario.
A varios años de distancia de esos eventos, numerosos datos confirman el
agotamiento de las identidades colectivas que la UNAM se había construido a lo
largo de los años: la descomposición del movimiento estudiantil, la brecha enor­
me entre los sectores mejor integrados a las nuevas condiciones sociales y educa­
tivas y las masas de estudiantes en situación de fracaso escolar, la incapacidad de
abrir espacios de discusión y debate, el fracaso de los diálogos para la reforma de
la universidad. Si, después de la gestión de De la Fuente, la universidad ha recu­
perado la tranquilidad institucional, eso ha sido a costa de la desaparición de uno
de los elementos constitutivos de la identidad universitaria: la existencia de un
actor social crítico, capaz de vincular demandas culturales y políticas, educación
y justicia social.
Vista de manera global, la huelga de la UNAM no pasó a la historia más que por
la duración del conflicto. Ella no desencadenó ninguna transformación social ni
en su desarrollo y desenlace hubo ningún impacto en el sistema político. Puede
decirse que ni la derrota histórica del PRI, ni la alternancia pudieron ser atribui-
bles a la huelga. ¡Qué paradoja! En el conflicto más largo de su historia, la UNAM
no tuvo ningún peso ni ninguna injerencia en las transformaciones políticas del
país. Entonces, ¿por qué es importante recordar esta huelga?, ¿qué es lo que ella
nos enseña acerca de la acción colectiva en nuestro país?
Pienso que la enseñanza más importante de la huelga de la UNAM es que hizo
emerger a la superficie una serie de fracturas sociales que existían y cuya ampli­
tud y profundidad no podíamos sospechar. En primer lugar, las políticas educati­
vas que desde los años ochenta se han impuesto en el país, y que se cristalizan en
lo que se ha llamado la «universidad de excelencia», separan aún más los sectores
más protegidos de aquéllos más precarios. De hecho, el peso simbólico de las
bajas cuotas de la universidad para estos últimos es aún más grave en la medida
en que el aumento en las colegiaturas fue vivido por estos sectores como la caída
del último bastión. Después de las cuotas, es la exclusión absoluta de la posibili­
dad de acceder a la educación superior.
Así, la huelga revela las consecuencias más profundas de la aplicación de las
políticas de «universidad de excelencia», las cuales no significan una privatiza­
ción de la educación superior, sino la transferencia de los recursos de la educa­
ción pública a los intereses privados.22 Ello tiene también un impacto en el lugar
que la universidad ocupa en el imaginario nacional.
La descomposición de la huelga refleja en cierta medida la propia descompo­
sición de la universidad, o al menos de la idea de comunidad universitaria que
constituía su mito fundador y su centro de cohesión. Esta descomposición se
nutre de dos procesos: la pérdida de centralidad de la UNAM en tanto que centro
productor de la cultura nacional y espacio de integración social, y la fragmenta­
ción de la experiencia estudiantil.23 Por esto último se entiende el proceso me­
diante el cual la definición de la condición del estudiante, de su identidad y de su
proyecto personal ya no puede ser garantizada por los mecanismos de socializa­
ción universitarios. Ser estudiante hoy en la UNAM es más que nunca el resultado
incierto de los esfuerzos de los estudiantes para construirse un proyecto personal
que la coherencia entre lo que la universidad espera de los estudiantes y lo que
éstos experimentan.
En el estudio de caso que he realizado, tres figuras de estudiante predominan
en la UNAM y cada una de ellas da lugar a una forma particular de identificación
a la institución. La primera es la del estudiante capaz de llevar adelante un pro­
yecto personal de estudios.
La segunda, la del joven, en la que ser universitario es antes que nada una
experiencia de apertura al mundo, de pasaje a la edad adulta. La universidad, con
sus ritos de paso y sus grupos de afinidad es sobre todo el espacio de afirmación
de una identidad juvenil, una identidad generacional y un estilo personal de vida.
El espacio de afirmación de la identidad joven no es el aula ni el proyecto de
estudios, sino el corredor, la cafetería, la cancha.
Finalmente, la universidad, por su tradición y por su historia, es uno de los
espacios privilegiados del aprendizaje de la política, de sus dificultades y sus
posibilidades. El universitario es también, o puede llegar a serlo, un militante. La
identidad universitaria se nutre también del mito del 68 y cada año son recorda­
dos los héroes de las gestas universitarias. En este modelo de universitario, el
estudiante no se realiza sino en el compromiso con la solución de los «problemas
sociales». En los años sesenta fue la defensa de la Revolución cubana. En los
setenta, la lucha de los guerrilleros y los movimientos urbanos. El zapatismo otor­
ga un nuevo modelo ético, un repertorio de formas de acción y un nuevo discurso
a los militantes, que remplaza el vacío dejado por la caída de las ideologías comu­
nistas.
La existencia de la comunidad universitaria mantenía la unión de las tres figu­
ras de universitario. La crisis de la experiencia estudiantil es también la crisis de la
idea de comunidad. No es sólo un desfase entre las expectativas de los estudiantes
y los recursos ofrecidos por la universidad, sino entre las diferentes orientaciones
de los estudiantes. Estas mismas orientaciones explotaron en la huelga, oponiendo
a quienes se definían como estudiantes, como jóvenes o como militantes.
A pesar de la voluntad de los estudiantes en huelga de presentarse como los
herederos del zapatismo, anunciando nuevas formas de lucha social, la huelga
termina por agotar las potencialidades de transformación social. Ella se definió
más por su deseo de ruptura de las formas tradicionales de acción colectiva que
por sus innovaciones político-culturales. Ella anuncia la forma y la radicalidad de
los nuevos conflictos, al mismo tiempo que no puede escapar de las formas y los
discursos tradicionales de acción. Si embargo, con sus contradicciones y debilida­
des, la huelga anuncia el fin de una forma de conflicto que había predominado
durante más de 30 años.
La importancia simbólica del fracaso de la movilización estudiantil fue sin
duda aún mayor por el peso que la UNAM tiene —desde el punto de vista institu­
cional y social— en la educación superior del país. Al mismo tiempo, los conflictos
estudiantiles han sido una caja de resonancia de los problemas sociales en el país.
No quiere esto decir que éstos hayan sido los más importantes, sino que la centra-
lidad que tiene la universidad, el lugar que ella ocupa en el imaginario social,
como medio de movilidad social y como la sola vía de inclusión social para los
sectores medios y populares, hace que los conflictos cesen rápidamente de ser
solamente escolares (contra la disciplina, contra la crisis económica de la univer­
sidad o contra las cuotas) para convertirse en conflictos sociales mayores. Al
mismo tiempo, los tres grandes momentos de conflictividad en la UNAM —1968,
1986-87 y 1999— han coincidido con cambios mayores en el sistema político mexi­
cano. Particularmente los dos últimos, en los que la crisis de la UNAM era anun­
ciadora de un estremecimiento político mayor. Así, la crisis universitaria de 1968
anunciaba el divorcio irreversible entre las clases medias integradas y el sistema
autoritario del PRI; el movimiento de 1986 anunciaba una fractura mayor en el
sistema político mexicano con la llegada de Cuauhtémoc Cárdenas, a cuya cam­
paña los estudiantes se adhirieron, institucionalizando así el militantismo univer­
sitario; la huelga de 1999, por su dureza, por el triste fin que tuvo y por su comple­
jidad, anunciaba el fin de una figura de movimiento estudiantil que fue dominan­
te durante 30 años.24 Dicho modelo de actor social combinaba simultáneamente
une critica social y una critica cultural. Si en 1968, el tema dominante de la
movilización estudiantil fue el reclamo de libertades democráticas, es decir, una
demanda al mismo tiempo política y cultural, realizada por parte de miembros de
una élite de integrados al sistema educativo, y en el 86 fue una crítica ante el
desmantelamiento de la política educativa; en la huelga de 1999, lo que predomi­
nó fue un rechazo generacional a las diferentes formas de exclusión: política,
social y educativa, que los estudiantes sentían como una imposición por parte de
las autoridades de la Universidad.
Al mismo tiempo, el radio de las demandas y la orientación de la acción de los
estudiantes se redujeron. Si en 1968 el reclamo enfrentaba a una juventud inte­
grada y a un sistema político percibido como caduco y autoritario, y en 1986
enfrentaba a los integrados de la universidad contra las autoridades guberna­
mentales, en 1999 la huelga enfrentó fundamentalmente a una parte de la pobla­
ción universitaria (integrada) contra otra (marginada).
La huelga de 1999-2000 fue un intento de introducir los problemas de la educa­
ción superior y de la democracia en la universidad dentro del proceso electoral, y
los estudiantes contaban con alargar la huelga a fin de tener un impacto mayor en
las elecciones. A pesar del apoyo recibido en un primer momento por parte de los
sindicatos y del zapatismo, los estudiantes no pudieron pesar en ningún momento
en el proceso electoral. Las autoridades, por su parte, tampoco fueron capaces de
capitalizar los errores de los estudiantes en su provecho.
Si hay una dificultad en el estudio de los movimientos sociales es sin duda la
de encontrar el sentido más general de las acciones colectivas. Esta dificultad se
amplía en un contexto de descomposición del régimen político en el que las iden­
tidades sociales que estaban asociadas a él, por adhesión o por oposición, tienden
también a la fragmentación. Los discursos y las identidades de hace unos años ya
no son válidos. Las identidades sociales formadas bajo el yugo del todopoderoso
Estado mexicano se encuentran hoy en proceso de descomposición. Las moviliza­
ciones sociales más exitosas, como el zapatismo, el Barzón o Alianza Cívica, no
han podido articular alternativas sociales a la creciente invasión del mercado en
todas las esferas de la sociedad.
La importancia de la experiencia estudiantil de 1999-2000 se sitúa en otra
dimensión. Significa el fin de una forma de protesta, de un actor social que fue
importante para el país, pero también anuncia nuevas formas de acción que se
construyen hoy en día. La búsqueda de democracia y la construcción de una
identidad personal son en la actualidad dos de los elementos que pueden formar
parte de la renovación de los actores sociales. ¿Es posible esta rearticulación?, ¿a
qué precio?
Después de la caída del PRI, el panorama de los movimientos sociales no pare­
ce muy prometedor. El gobierno de Vicente Fox representó un fracaso en la de­
mocratización del país y su gobierno metió al país en un impasse del cual no sólo
no ha salido, sino que cada vez se agrava más. Si el viejo régimen priista aún no ha
muerto, los cimientos que le dieron estabilidad han sido severamente destruidos.
Nos encontramos así en una situación en la que la agonía del viejo modelo (corpo-
rativismo, clientelismo y autoritarismo) no ha dado lugar todavía al nacimiento de
uno nuevo. Para los movimientos sociales, la caída del PRI no ha significado una
apertura del régimen político ni una mayor participación en la arena pública. Por
el contrario, es posible observar un doble fenómeno: el retraimiento de los movi­
mientos pro sociedad civil y la emergencia de nuevos actores, mucho más radica­
lizados, en el escenario mediático. Así, los conflictos en San Salvador Ateneo
ocasionados por el intento del gobierno de construir un aeropuerto sobre las tie­
rras de campesinos pobres degeneraron en manifestaciones de violencia, en gran
parte por el mal manejo del conflicto por parte de las autoridades. Más reciente­
mente, los conflictos de Oaxaca, originados también por el autoritarismo y la
cerrazón de los gobiernos local y federal, abrieron la escena a manifestaciones de
violencia, radicalismo y polarización social. Dadas esas condiciones, ¿es posible
encontrar una renovación de los movimientos sociales a pesar de la profunda
fragmentación social y cultural por la que atraviesa el país? Eso se tratará de
responder en la tercera parte de este artículo.

Ejido Chilpancingo: ¿hada nuevos actores transnacionales?

La fragmentación y la polarización sociales han acompañado el proceso de


liberalización de la economía mexicana, que arrancó en las postrimerías de los
años setenta y que tuvo su mayor auge con la entrada en vigor del TLC en 1994. El
TLC vino a transformar la estructura económica del país, dando un empuje aún
mayor a la industrialización maquiladora en detrimento de la industria nacional.
En cuatro años, de 1994 a 1998, el número de maquiladoras pasó de un poco más
de 2 mil a 3 mil y el de trabajadores de 500 mil a 1 millón25 y su crecimiento se
mantiene hasta el 2001, cuando la recesión en Estados Unidos y la competencia
creciente de China han frenado y echado hacia atrás el crecimiento de las maqui­
ladoras. Éstas siguen, sin embargo, jugando un rol importante en la captación de
divisas y en la balanza comercial del país.
Las maquiladoras constituyen un modelo diferente de industrialización en la
medida en que son simultáneamente un producto de la globalización y de las
fracturas del modelo económico heredado de la Revolución mexicana. Se carac­
terizan por la concentración de los capitales multinacionales en la región fronte­
riza entre México y Estados Unidos, produciendo con ello un desplazamiento de
la importancia industrial de las viejas zonas productivas (Ciudad de México, Gua-
dalajara y Monterrey) hacia las ciudades fronterizas. Al mismo tiempo, la prolife­
ración de las maquiladoras desde los años setenta trajo como consecuencia una
migración masiva hacia el norte del país. En poco más de 10 años de TLC, la
frontera se convirtió en una plataforma para las empresas asiáticas y europeas,
cuyos márgenes de ganancia provienen tanto de los bajos salarios como de la
excepción de tarifas de importación de componentes y de mercancías. Al implan­
tarse en suelo mexicano, las empresas asiáticas y europeas son capaces de com­
petir con éxito frente a las empresas estadounidenses. Si cerca de 70 % de las
maquiladoras es de origen estadounidense, en las industrias de punta, como las
del televisor, las empresas de esta nacionalidad no tienen ninguna presencia,
puesto que el mercado se divide entre firmas japonesas, coreanas y europeas. Sus
subcontratantes y proveedores provienen también de esos mismos países, consti­
tuyendo una amplia y compleja red industrial que controla el mercado local y
transnacional. En 2001, el distrito industrial del televisor de Tijuana produjo cer­
ca de 25 millones de aparatos,26 ganándose con ello el mote de «capital mundial
del televisor».
Un segundo aspecto que caracteriza las maquiladoras es la aplicación de for­
mas de flexibilidad laboral que se combinan con una gran precariedad en el em­
pleo y en las condiciones de trabajo. Esta «flexibilidad precaria» combina la utili­
zación masiva de la mano de obra femenina, la aplicación de nuevas tecnologías
de producción y la puesta en práctica de sistemas de producción «justo a tiempo»
con malas condiciones de trabajo, altos niveles de rotación en el empleo y una
gran inseguridad laboral.
Una tercera característica de las maquiladoras es una concepción del trabajo
industrial como un trabajo femenino.27 Eso significa que la definición misma de la
actividad de ensamble está mediada por el prisma del género en el cual las muje­
res mexicanas están «biológica y culturalmente» predispuestas para la realiza­
ción del trabajo maquilador, el cual es en sí mismo desprovisto de un gran valor.
Estas tres características configuran lo que es posible llamar el modelo de las
maquiladoras. Sus efectos, aunque positivos en la generación de empleos, han
sido catastróficos en lo que se refiere a la contaminación de las ciudades fronteri­
zas. Recientemente, han surgido movilizaciones locales contra las consecuencias
de las maquiladoras en el medio ambiente de las ciudades fronterizas. La particu­
laridad de muchas de estas manifestaciones de protesta es que ellas buscan pro­
yectarse, sobre todo en una esfera constituida por públicos potenciales instalados
en los dos lados de la frontera. ¿Cómo se produce esta articulación? ¿Qué conse­
cuencias conlleva el hecho de situarse en un espacio alejado de los reflectores del
centro del país y proyectado más bien hacia Estados Unidos?
Las consecuencias de la industrialización maquiladora en el medio ambiente
de la región fronteriza hasta hace poco no gozaban de la visibilidad y el interés
que tienen hoy en día.28 Los primeros estudios sobre la maquila estaban centrados
en el debate sobre el desarrollo y la modernización de la frontera y no prestaban
demasiada atención a los efectos de la contaminación ambiental en las poblacio­
nes de ambos lados de la línea. A diferencia de la temática de la justicia social o
laboral, el problema de la justicia ambiental29 tocaba directamente el carácter
contradictorio de la integración comercial entre México y Estados Unidos. A las
disparidades económicas y sociales de las ciudades de la frontera, se aúnan los
diferentes marcos jurídicos y capacidades de un Estado u otro para combatir
problemas que atañen simultáneamente a uno y otro país. No ha sido sino recien­
temente que este tema ha estado en el centro de una agenda gubernamental
binacional, aunque las reuniones aún no han dado frutos.30
El caso de la empresa Metales y Derivados en la Mesa de Otay, una de las más
importantes y densas aglomeraciones urbanas de la ciudad de Tijuana, es un ejem­
plo extremo de las contradicciones de la integración comercial y de sus efectos en
la salud y la vida de las comunidades. Metales y Derivados era una empresa filial de
New Frontier, una compañía transnacional estadounidense dedicada al reciclaje de
desechos tóxicos derivados de la industria de la construcción, cuya sede matriz
está en San Diego.31 Comenzó sus funciones de recuperación de plomo refinado y
cobre fosfórico en Tijuana en 1972. Una muestra de la falta de protección al medio
ambiente es el hecho de que la empresa funcionó, durante más de 20 años, reci­
clando metales tóxicos a cielo abierto a menos de un kilómetro de una región den­
samente poblada, sin recibir prácticamente ninguna sanción. No fue sino hasta
1993 cuando la Secretaría de Desarrollo Urbano y Ecología y la Procuraduría Fede­
ral de Protección al Ambiente (Profepa) realizaron una inspección física a las insta­
laciones de Metales y Derivados en la que llegaron a la conclusión de que la empre­
sa cumplía sólo con dos de las catorce medidas de seguridad y protección que
ordenaba el gobierno mexicano. Finalmente, en 1994 la Profepa clausuró la empre­
sa y la gerencia abandonó los terrenos contaminados con aproximadamente 7 mil
toneladas métricas de plomo, cadmio, fósforo y otras sustancias tóxicas. Los dueños
de la empresa huyeron prácticamente hacia Estados Unidos al existir una orden de
aprehensión en su contra por delitos ambientales.
Ahí fue donde comenzó el verdadero problema para las comunidades que ha­
bitan en la zona, puesto que no fue sino hasta 1996 cuando el gobierno de México
tomó posesión del terreno donde estaba la fábrica. Sin embargo, hasta el día de
hoy el terreno sigue estando al aire libre, contaminando el subsuelo. Un reciente
estudio llevado adelante por el Colectivo Chilpancingo Pro Justicia Ambiental,
una organización local del barrio Chilpancingo, situado al pie de la Mesa de Otay
en Tijuana, y la Coalición por la Salud Ambiental, una ONG ambientalista localiza­
da en San Diego, muestra que la masa de tierra contaminada llega hasta 23.904
toneladas.
La organización de los habitantes de la colonia Chilpancingo se originó a partir
de la constatación de los efectos que la contaminación con plomo ha tenido en los
habitantes de la zona. Desde un principio, la experiencia de la movilización de los
habitantes de la colonia Chilpancingo estuvo ligada a la participación conjunta
con la ONG Coalición de Salud Ambiental de San Diego. Así, el origen de la acción
colectiva está marcado por la dimensión fronteriza y los recursos que ella ofrece.
Tanto para los miembros de la colonia como para los activistas de la ONG, la
frontera es al mismo tiempo un escenario de conflicto que un recurso para la
acción. Desde un principio, la estrategia de la movilización fue la creación de un
público transfronterizo en el cual el tema de los efectos en la salud de los dese­
chos de Metales y Derivados y la demanda de limpieza del terreno y del castigo a
los culpables tuvieran un eco tanto para las audiencias situadas en el lado mexica­
no como aquellas que estaban en el lado norte de la frontera. Al mismo tiempo que
se buscaba visibilidad, se perseguían herramientas de presión para obligar a las
autoridades a dar una respuesta al problema de la contaminación. El caso de la
colonia Chilpancingo era presentado como una parte de una campaña más amplia
por los «derechos ambientales» de los habitantes de la frontera. Así, en su discur­
so y su acción se entremezclan varios niveles y temáticas. Por un lado, están las
demandas de justicia, de justicia ambiental, y, por el otro, una dimensión técnica
importante, el objetivo de colocar el tema de la contaminación por plomo como
un asunto de responsabilidad binacional.
Su estrategia se desarrolló fundamentalmente en tres dimensiones: en la co­
munidad, organizando eventos, informando y comunicando los peligros para la
salud de la presencia del plomo; en las instancias de gobierno locales, nacionales
y binacionales; y en los medios de comunicación locales situados en ambos lados
de la frontera. La configuración del problema de Metales y Derivados tiene carác­
ter local y transnacional al mismo tiempo.
La protesta y la movilización transfronteriza se originaron a partir de la cons­
tatación de la carencia de un marco jurídico capaz de ofrecer una solución con­
junta a un conflicto de naturaleza local-transnacional. A partir de lo anterior, los
colonos de Chilpancingo y los activistas de la ONG se dedicaron, durante más de
cinco años, a la producción de información confiable sobre los efectos de los
residuos químicos en los vecinos de la zona, a la generación de campañas de
presión sobre el gobierno mexicano y sobre el gobierno estadounidense, y a la
presentación entre los medios de comunicación estadounidenses y mexicanos del
caso de Metales como paradigmático de los efectos del libre comercio. Fue así
como nació el Colectivo Chilpancingo Pro Justicia Ambiental.
El Colectivo Chilpancingo es, pues, una asociación de barrio constituida por ex
trabajadoras de la maquila quienes, animadas por activistas de San Diego, comen­
zaron a realizar encuestas sobre la incidencia de plomo en la sangre de los habi­
tantes de las cercanías de la maquiladora. Corría el año 1996 y el desconocimiento
de los efectos de la fábrica e incluso de la existencia misma de la misma era casi
total, a pesar de llevar más de dos años clausurada por contaminación. Ante la
ausencia de información, una de las primeras tareas del Colectivo fue producir
información, datos acerca de los efectos de los contaminantes, y relacionarlos con
sus propias experiencias. Así, gracias a la capacitación y asesoría técnica de aso­
ciaciones estadounidenses, algunas activistas de la colonia pronto se familiariza­
ron con una terminología complicada y entendieron los efectos potenciales de la
empresa Metales y Derivados. La producción de información y su divulgación
forma parte central de la estrategia del Colectivo. A diferencia de otras experien­
cias similares en la frontera, la primera parte de la lucha se orientó hacia la
búsqueda de visibilidad del problema. En primer lugar, se buscaron las instancias
reguladoras del TLC y los acuerdos en materia de desechos tóxicos que compren­
día el tratado. Ahí se dieron cuenta de los vacíos y dificultades que implicaba la
búsqueda de justicia transnacional.
Enseguida, la estrategia de presión del Colectivo y la Coalición de Justicia
Ambiental se concentró en la búsqueda de una solución al problema de limpiar la
zona contaminada. Para ello, la asociación llevó adelante, por un lado, protestas
en las instancias locales en Tijuana (la Semamat, el gobierno federal y el munici­
pal); por otro lado, efectuó reuniones de trabajo con funcionarios de ambos lados
de la frontera. Con el gobierno mexicano, fundamentalmente con la Semamat,
han logrado el reconocimiento de la contaminación del ambiente hecha por Meta­
les y Derivados, y negocian los mecanismos para realizar la limpieza del terreno.
Con las autoridades de Estados Unidos, como la EPA (Environmental Policy Agen-
cy), han debatido la responsabilidad del gobierno estadounidense y la culpabili­
dad del dueño de la empresa, sobre quien pesa una orden de aprehensión. En
2002, el Colectivo Chilpancingo, la Coalición de Justicia Ambiental y otras organi­
zaciones fronterizas presentaron una denuncia de hechos y una petición ciudada­
na al panel de denuncias que fue instituido como resultado de los acuerdos para­
lelos del TLC en materia de protección al medio ambiente. Fue gracias a esa
petición, en la que se alegaba negligencia por parte de los gobiernos mexicano y
estadounidense en el tratamiento del caso de Metales, que la EPA aceptó, por
primera vez en el marco del TLC, una responsabilidad —aunque parcial— del
gobierno de Estados Unidos en los excesos cometidos por una empresa privada de
ese país. En 2004, el gobierno estadounidense por conducto de la EPA, el gobierno
mexicano por medio de la Profepa y el Colectivo Chilpancingo firmaron un «Con­
venio de Remediación del predio Metales y Derivados», con el cual ambos pode­
res se comprometieron a dar solución por escrito a la demanda de limpieza del
sitio.
¿Cómo explicar el éxito obtenido por un grupo de no más de diez amas de casa,
asesoradas, eso sí, por un conjunto de ONG estadounidenses? ¿Cuál es la novedad
del término «justicia ambiental»?
Para entender el significado de una movilización como la del Colectivo Chil­
pancingo, es necesario trazar, así sea brevemente, la trayectoria de los movimien­
tos «pro justicia ambiental» y la manera en que éstos se han insertado en la fron­
tera. Al mismo tiempo, es necesario explicar los recursos que el propio TLC ofre­
ce, paradójicamente, a quienes cuestionan las consecuencias negativas del libre
comercio. Finalmente, lo que está en juego en un caso como el del Colectivo
Chilpancingo es la capacidad de la acción colectiva para incidir en los procesos de
globalización, para hacer frente a los daños provocados por la apertura del libre
comercio y para renovarse en un contexto de profunda crisis de los actores socia­
les clásicos de la sociedad industrial (sindicatos, movimiento urbano popular,
movimiento campesino, entre otros).
El movimiento pro justicia ambiental nació en 1982 en el condado Warren en
Carolina del Norte. El condado, habitado en su mayoría por una población de raza
negra, era uno de los más pobres de Estados Unidos. La construcción de una
nueva zona de descarga de desechos tóxicos en la zona generó una ola de protes­
tas. La consigna que movilizó a la población fue la idea de que, por ser pobres y
negros, eran víctimas de «racismo ambiental».32 Años más tarde, la USEPA ( Uni­
ted States Environmental Protetion Agency) realizó un vasto estudio a lo largo de
Estados Unidos para verificar efectivamente los alegatos de racismo ambiental.
El estudio mostró que, efectivamente, las poblaciones pobres estaban más ex­
puestas en 50 % a los riesgos de la contaminación que el resto de la población.33La
administración Clinton acepta la noción de «justicia ambiental» para llevar ade­
lante una vasta campaña dirigida a paliar las desigualdades de exposición al ries­
go ambiental. Los grupos ambientalistas que enarbolaron el tema de la «justicia
ambiental» se organizaron en vastas redes en torno de tres temáticas: la de la
justicia como reconocimiento, como participación y como igualdad. Para la pri­
mera, la injusticia proviene de la falta de reconocimiento de los derechos huma­
nos de los sectores desfavorecidos. Es la corriente que sostiene la idea del «racis­
mo ambiental».34 La segunda vertiente sostiene que la injusticia ambiental se de­
fine como la carencia de espacios de presión y de influencia de los habitantes en
las políticas públicas. Es una corriente más bien orientada hacia el lobbying. La
tercera corriente contempla la injusticia ambiental como un elemento que forma
parte de una condición de desigualdad social más amplia. Son los movimientos
urbanos quienes se centran más en esta vertiente.
La principal característica de los movimientos en pro de la justicia ambiental
es la articulación de una identidad comunitaria, de un vasto arsenal de estrate­
gias de protesta y de una amplia política de alianzas con asociaciones de todo
tipo. Es por ello que los movimientos pro justicia ambiental se caracterizan por
una gran heterogeneidad, tanto en su composición como en sus demandas y es­
trategias de presión. Es también por ello que, cuando estos grupos logran tener
éxito, la movilización tiende a desaparecer.
No es sino hacia el fin de la década de los noventa cuando los movimientos pro
justicia ambiental comenzaron a aparecer en la frontera como resultado, sin duda,
de la colaboración con organizaciones estadounidenses. Dichos grupos, como el
Colectivo Chilpancingo, se desplazan de un ámbito local hacia una esfera transna­
cional y son capaces de movilizar actores y recursos más allá de su radio de
acción, gracias a la participación de redes de activistas y a la utilización de los
medios de comunicación. Es más que probable que los habitantes de San Diego y
el sur de California ignoren dónde se localice la colonia Chilpancingo, pero las
campañas llevadas adelante por los activistas permitieron pasar el mensaje envia­
do por el colectivo: no hay fronteras posibles para la contaminación.
Grupos como el Colectivo Chilpancingo forman lo que investigadores como
Alfie Cohén y Verduzco35 llaman «ecologismo fronterizo». Con ello designan un
conjunto heterogéneo de ONG, comunidades, activistas e instituciones universi­
tarias que tomaron como bandera la oposición a los efectos nocivos de las maqui­
ladoras. Según el Interhemisferic Resource Center (IRC), en 2002 había 67 organiza­
ciones colaborando en ambos lados de la frontera. En la región Tijuana-San Diego
había quince.
Paradójicamente, fue la entrada en vigor de los acuerdos paralelos en materia
de medio ambiente del TLC, el Acuerdo para la Cooperación Ambiental (ACA), lo
que permitió dar mayor visibilidad a las denuncias de los grupos locales y ofrecer
un recurso para llevar adelante denuncias jurídicas en contra de los países signa­
tarios del acuerdo. El acuerdo previo la formación de un panel de deliberación de
las denuncias presentadas por particulares. Si bien las deliberaciones no tienen
un efecto legal para los gobierno ni para las empresas, tienen, o al menos se
esperaba que tuvieran, un efecto simbólico y pueden generar presión en los go­
bierno en la medida en que éstos accedan al espacio mediático. Los comités se
constituyeron en cada país y se componían de tres instancias: un consejo de mi­
nistros del medio ambiente de cada país, una secretaría compuesta de un direc­
tor ejecutivo y de un grupo de especialistas encargados de los reportes sobre el
estado del medio ambiente y de analizar las peticiones de los particulares y un
comité consultivo, conformado por ciudadanos de los tres países. Una vez que la
petición (denuncia) entra a la secretaría de un país, los comités se reúnen para
analizar las denuncias y deliberar sobre su validez. El principio dicta que un
comité no puede evaluar las denuncias que emanen de miembros de su propio
país. El expediente de Metales fue analizado por un comité canadiense. Entre
1995 y 2004, 44 peticiones ciudadanas ingresaron a la secretaría. La mitad fueron
contra el gobierno de México, 14 contra el de Canadá y 8 contra el de Estados
Unidos.
El caso de Metales y Derivados es un ejemplo de las posibilidades de reactiva­
ción de los movimientos locales a partir de recursos y estrategias que se desplie­
gan en un espacio transnacional. Ciertamente, las limitaciones institucionales del
modelo de denuncias del ACA hacen que sus efectos sean más bien simbólicos.
Sin embargo, permiten una mayor visibilidad a los actores. Para los miembros del
Colectivo, la denuncia interpuesta en el ACA nunca fue vistas como la solución a
su problema, sino como un recurso más de presión.
La enseñanza que es posible retener de la experiencia del Colectivo es que una
renovación de la acción colectiva es posible, incluso en los espacios devastados
por los efectos perversos de la globalización económica, a condición de mantener
una política de apertura hacia otros actores y hacia la negociación de las deman­
das. La experiencia de Chilpancingo permite vislumbrar opciones de participa­
ción social y de reforzamiento de la capacidad de los actores para intervenir en
sus espacios de vida. Su capacidad para actuar en un escenario transnacional es
en realidad posible porque sus demandas no rebasan el ámbito local de la expe­
riencia. Su divisa es de alguna manera contraria a la que enarbolaba el ecologis-
mo de los años ochenta: pensar globalmente y actuar localmente. Hoy en día, se
trata de pensar localmente y actuar globalmente.

Conclusión

Si los años ochenta fueron los de la movilización contra el autoritarismo y los


noventa los de la «ciudadanización de la política», la primera década del nuevo
siglo se ha caracterizado por el enclaustramiento del sistema político, la «desciu-
dadanización» de la vida pública, la polarización social y la fragmentación cultu­
ral. El movimiento contra las cuotas en la UNAM fue en cierta manera un prelu­
dio de lo que fueron los años 2000. Finalmente, la transformación más importante
que México ha vivido en la última década ha sido sin duda la migración masiva
hacia el Norte (hacia Estados Unidos, sin duda, pero también hacia la frontera
norte del país), cuyos orígenes se remontan a todo el siglo XX, pero que en los
últimos años —sobre todo a partir de la entrada en vigor del TLC— ha sufrido lo
que parece la inflexión más importante en su historia.
Esta tercera parte del artículo sugiere la hipótesis de un desplazamiento del
punto de gravedad del centro hacia el norte. En primer lugar, en lo que se refiere
a la industrialización manufacturera (las maquiladoras), que ha florecido precisa­
mente en los años en los que se ha registrado el desmantelamiento de la industria
«nacional». En segundo lugar, porque en la frontera norte se han vivido de mane­
ra más temprana y probablemente más dramática los efectos de la apertura co­
mercial y de la descomposición social que ésta ha traído.
Durante los años noventa, la acción social sufre un doble y paradójico proceso.
Por un lado, es posible observar el debilitamiento y de hecho la desaparición de
las experiencias e iniciativas locales o regionales frente a las dinámicas de con­
frontación, desarticulación y desmantelamiento llevadas a cabo por el Estado.36
Por el otro lado, nuevas formas de acción ligadas a la demanda de ciudadanía
ocuparon el espacio público-mediático y las calles, ganando con ello importancia
la imagen de una sociedad en movimiento capaz de transformar el régimen polí­
tico a través de la demanda de democracia. Organizaciones como Alianza Cívica,
Asamblea de Barrios y El Barzón, por mencionar las más significativas, fueron
capaces de innovar las estrategias de movilización, de introducir nuevas deman­
das de democratización y de generar transformaciones tanto en el sistema políti­
co como en las políticas de vivienda o en los sistemas crediticios.
La paradoja es que la democratización trajo consigo el agotamiento de los
movimientos pro ciudadanía. La creciente individualización de la acción colecti­
va (que define modos de pertenencia, regímenes de compromiso con el movi­
miento, grados de participación y orientaciones de los actores) ha sido vista como
un ejemplo de la descomposición social, del declive de los movimientos sociales,37
también ha sido entendida como una muestra del fortalecimiento de una cierta
idea de la modernidad, la de las clases medias urbanas que participan en la trans­
formación democrática de la sociedad.38 Lo cierto es que la acción de organizacio­
nes como Alianza Cívica, Asamblea de Barrios o El Barzón tuvo impactos signifi­
cativos en la definición del campo político, aunque al final terminaron desapare­
ciendo. La huelga de la UNAM cierra, según el argumento desarrollado en estas
páginas, un ciclo de acción colectiva en la que el enfrentamiento entre el Estado
autoritario y los actores colectivos, territorializados o desterritorializados, ocupa­
ba el espacio político. El radicalismo que se observa en las movilizaciones actua­
les no tiene como objeto la construcción de la democracia o la ampliación de las
libertades civiles, sino el enfrentamiento sordo entre sectores marginalizados y
un Estado cada vez más débil y deslegitimado.
La tercera parte del artículo explora la posibilidad de una salida a la situación
actual de la acción colectiva, al analizar una forma de acción que combina al
mismo tiempo una estrategia de definición del objeto de la movilización, una
política de alianzas flexible y eficaz y un manejo elástico de las herramientas de
presión y de negociación, sin por ello ceder a la tentación de la politización de la
acción ni del clientelismo, todo ello sin salir del marco territorial local. El hecho
de que esta movilización haya estado animada por mujeres obreras de las maqui­
ladoras agrega otro dato importante en este principio de siglo, en el cual las mu­
jeres parecen estar tomando entre sus manos el control de sus vidas y el quehacer
de recomponer el tejido social dañado.

Bibliografía

A guilar Cam Ín , Héctor, La guerra de Galio, Cal y Arena, México, 1991.


Alfee, M., Examen de un riesgo compartido: maquila y movimientos ambientalistas, Universidad
Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco-Conocyt-Eón Editores, México, 2000.
— , Y el desierto se volvió verde. Movimientos ambientalistas binacionales, Universidad Autónoma
Metropolitana-Azcapotzalco-Universidad Iberoamericana-Eón Editores, México, 1998.
Barbosa, Fabio, «L a izquierda radical en México», en Revista Mexicana de Sociología, vol. XLVI, n.°
2, IIS-UNAM, México, 1984.
B rech er, J. y T. COSTELLO (eds.), BuildingBricLges: The Emerging Grassroots Coalition o f Labor and
Community, Monthly Review Press, Nueva York, 1990.
Capek, S., «The "Environmental Justice” Frame: A Conceptual Discussion and an Application»,
en Social Problems, n.°40,1993.
Casanova, H. et al, Divergencia y convergencia. Estrategias de financiamiento y reforma de la educa­
ción superior, CESU-UNAM (Pensamiento Universitario), México, 2000.
Concha, Manuel et al., La participación de los cristianos en elproceso popular de liberación en México,
Siglo XXI/IIS-UNAM (México: actualidad y perspectivas), México, 1986.
C u e lla r, A., La noche es de ustedes, el amanecer es nuestro. Asamblea de Barrios y Superbarrio
Gómez en la Ciudad de México, FCPyS-UNAM, México, 1993.
D e lla Porta, D., «Social movements in a globalizing world: an introduction», en D. Della Porta, H.
Kriesi, y D. Rucht (coords.), Social movements in a globalizing world, McMillan Press y St.
Martin’s Press, Londres-NuevaYork, 1999.
— y S. T a rro w (coords.), Transnationalprotest and global activism, Rowman and Littlefield, Nueva
York, 2000.
Dubet, F, Sociologie de Vexpérience, Seuil, París, 1994.
Escalante, Femando, Ciudadanos imaginarios, El Colegio de México, México, 1995.
Fuentes, A. y B. E hrenreich, Women in the Global Factory, Institute of N ew Communication,
Nueva York, 1983.
G il, M., «¿Y la estupidez?», en Tello y De la Peña y Garza (coords.), Deslinde. La U N A M a debate,
Cal y Arena-ENTS-UNAM, 1999, México.
INEGI, El ABC de la Estadística de la industria maquiladora de exportación, Instituto Nacional de
Estadística, Geografía e Informática, Aguascalientes, 2002.
Koido, A., «L a industria de televisores a color en la frontera de México con Estados Unidos:
potencial y límites del desarrollo local», en Comercio Exterior, vol. 53, n.° 4, abril de 2003.
— , Between two forces o f restructuring: U. S.-Japanese competition and the transformation o f México 's
maquiladora industry, Maiyland, Ph. D. Dissertation, The John Hopkins University, Baltimore,
1993.
LÓPEZ, L., «Le déclin de l’université, Memoria de DEA», en Sociología, EHESS, París, 2002.
— >Imaginarios sociales y creación de ciudadanía. Tesis de maestría en Sociología Política, Instituto
Mora, México, 1998.
MOGUEL, Julio, Los caminos de la izquierda, Juan Pablos Editor, México, 1987.
MONTEMAYOR, Carlos, La guerra en el paraíso, Planeta, México, 1991.
M oreno, A., El Consejo General de Huelga en el movimiento estudiantil de la UNAM 1999-2000, tesis
de maestría en Sicología Política, Instituto Mora, México, 2000.
O lvera, A. (coord.), La sociedad civil. De la teoría a la realidad, El Colegio de México, México, 1999.
— , Regime transition, democratization, and civil society in México, tesis de doctorado en Ciencias
Sociales, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, N ew School for Social Research, Nueva
York, 1995.
Peña, D., The terror o f the machine: technology, work, gender, and ecology on the U.S.-Mexico border,
University of Texas, Austin, 1997.
ROSAS, M., Plebeyas batallas. La huelga en la Universidad, Era, México, 2001.
SALZINGER, L., Genders in Production Making workers in Mexico’s Global Factories, University of
California Press, Berkeley-Los Ángeles-Londres, 2003.
SCHLOSBERG, D., «The justice of Environmental Justice: Reconciling Equity, Recognition, and
Participation in a Political Movement», en A. Light y A. de Shalit, Moral and Political in Environ­
mental Practice, The M IT Press, Cambridge-Londres, 2003.
WlEVIORKA, M. (dir.), Un autre monde... Contestations, derives etsurprises dans l’antimondialisation,
Balland (Voix et Regards), París, 2003.
ZermeñO, S. (dir.), Movimientos sociales e identidades colectivas. México en la década de los noventa,
La Jomada-Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades-UNAM,
México, 1997.
— , La desmodemidad mexicana y las alternativas a la violencia y ala exclusión en nuestros días,
Océano, México, 2005.
— , La sociedad derrotada. El desorden mexicano del fin de siglo, Siglo XXI, México, 1996.
— , México: una democracia utópica, México, Siglo XXI, 10.a ed., 1998 (1978).

1. Ver el conjunto de trabajos presentados en el marco del libro de M. Wieviorka et al., Un autre
monde... Contestations, dérives et surprises dans l’antimondialisation, 2003.
2. D. Della Porta y S. Tarrow, Transnational protest and global activism, 2000; D. Della Porta, H.
Kriesi y D. Rucht, Social movements in a globalizing world, 1999; y Sklair, 2000.
3. J. Brecher y T. Costello, Building Bridges: The Emerging Grassroots Coalitionof Labor and
Community, 1990.
4. S. Zermeño, México: una democracia utópica, 1998 (1978).
5. H. Aguilar Camín, La guerra de Galio, 1991; F. Barbosa, «La izquierda radical en México»,
1982; C. Montemayor, La guerra en él paraíso, 1984.
6. F. Barbosa, op. cit., 1982; L. López, Imaginarios sociales y creación de ciudadanía, 1998.
7. J. Moguel, Los caminos de la izquierda, 1987.
8. M. Concha, La participación de los cristianos en el proceso popular de liberación en México, 1982.
9. Ib id.; L. López, op. cit.
10. Numerosas ONG fueron creadas en los años ochenta, entre las cuales se cuenta la Acade­
mia Mexicana de Derechos Humanos y el Centro Miguel Agustín Pro Juárez.
11. L. López, op. cit.
12. Ibíd.
13. A. Cuellar, La noche es de ustedes, el amanecer es nuestro. Asamblea de Barrios y Superbarrio
Gómez en la Ciudad de México, 1990.
14. L. López, op. cit.
15. Hay una anécdota que explica la importancia simbólica de esta alianza entre la Asamblea
de Barrios y el cardenismo. En las elecciones de 1998, Cuauhtémoc Cárdenas declaró, luego de
su votación, que él había sufragado por Superbarrio Gómez, en homenaje a la Asamblea de Barios
(A. Cuellar, op. cit.).
16. Las siete organizaciones que dieron vida a Alianza Cívica fueron: la Academia Mexicana de
Derechos Humanos, el Acuerdo Nacional por la Democracia, el Consejo por la Democracia, La
Fundación Arturo Rosenblueth, el Instituto Superior de Cultura Democrática y el Movimiento
Ciudadano por la Democracia.
17. L. López, op. cit.
18. Desde los años ochenta, las reformas a la educación superior habían transformado la
estructura misma de la UNAM. Entre los cambios que se habían producido es posible citar los
siguientes: a) reforma en las condiciones de acceso y permanencia de los estudiantes, b) reforma
en los contenidos de los programas de estudio de bachillerato para orientar a los estudiantes
hacia carreras técnicas y científicas de acuerdo con las recomendaciones de la OCDE (OECD,
1997; ANUIES, 1999), c) implantación de sistemas individualizados de salarios para profesores y
congelamiento de puestos académicos, d) reorganización de los estudios de postgrado y d) re-
orientación de los programas de investigación hacia sectores productivos en detrimento de las
ciencias sociales.
19. Las dificultades que los estudiantes encontraron para juntar los diferentes movimientos
eran muy grandes, en gran medida a causa de la profunda dispersión y confrontación entre los
distintos grupos estudiantiles. Aunado a ello estaba el hecho que varios de los antiguos líderes de
la movilización de 1986 formaban parte del gobierno de la Ciudad de México, y el hecho de que
las ideologías estudiantiles se encontraban en un franco proceso de regresión o descomposición.
20. Aunque existen diversas versiones del contenido del pliego petitorio, éste se componía de
las siguientes demandas: 1. Derogación del Reglamento General de Cuotas de Inscripción y
eliminación de todas las tarifas en los servicios que ofrece la UNAM. 2. Derogación de las modifi­
caciones impuestas por el Consejo Universitario el 9 de junio de 1997 al reglamento de cuotas de
inscripción y al reglamento de exámenes. 3. Defensa de la autonomía universitaria, independen­
cia de la universidad frente al CENEVAL y rechazo del examen de fin de carrera. 4. Realización
de un Congreso Universitario democrático y resolutivo para discutir la transformación global de
la universidad. 5. Restitución de clases perdidas a través del desplazamiento del calendario
escolar y administrativo de la universidad. 6. Desarticulación de la red policiaca creada por la
rectoría. 7. Anulación de las denuncias contra los estudiantes en huelga.
21. H. Casanova et al., Divergencia y convergencia. Estrategias de financiamiento y reforma de la
educación superior, 2000, M. Rosas, Plebeyas batallas. La huelga en la Universidad, 2001.
22. L. López, Le déclin de l’université, 2002.
23. Ibíd.; E Dubet, Sociologie de l’expérience, 1994.
24. El impacto social y político de la huelga queda por dilucidar. Para un estudio sobre las
orientaciones del movimiento véase L. López, op. cit., 2002 y A. Moreno, El Consejo General de
Huelga en el movimiento estudiantil de la UNAM 1999-2000, 2000.
25. INEGI, El ABC de la Estadística de la industria maquiladora de exportación, 2002.
26. A. Koido, Between two forces of restructuring: U. S.-Japanese competition and the transforma-
tion of Mexico's maquiladora industry, 1993; A. Koido, «La industria de televisores a color en la
frontera de México con Estados Unidos: potencial y limites del desarrollo local», 2003.
27. A. Fuentes y B. Ehrenreich, Women in the Global Factory, 1976; L. Salzinger, Genders in
Production Making workers in Mexico’s Global Faetones. Berkeley-Los Angeles-London, 2004.
28. Para una aproximación reciente a los movimientos ecologistas en la frontera, véase M. Alfie
Cohén, Y el desierto de volvió verde. Movimientos ambientalistas binacionales, 2002. Un estudio más
antiguo sobre las experiencias de protesta contra los efectos nocivos de las maquiladoras en el
medio ambiente está narrada en el trabajo de Devon Peña, The terror of the machine: technology,
work, gender, and ecology on the U.S.-Mexico border, 1992.
29. El término justicia ambiental nació entre los movimientos contra la discriminación en los
años ochenta en Estados Unidos. Denuncia la situación diferenciada de exposición a los riesgos
de contaminación a la que están condenados los sectores más pobres de las grandes ciudades o
de las aglomeraciones más alejadas y desprotegidas por la ley. Para una literatura sobre el tema
véase S. Capek, «The "Environmental Justice'’ Frame: A Conceptual Discussion and an Applica­
tion», 1999.
30. El Tratado de Libre Comercio (TLC) incluye una Ley General de Equilibrio Económico y
Protección al Ambiente que incluye la formación de paneles de arbitraje entre los países. Sin
embargo, no se cuentan con mecanismos trinacionales para obligar a las naciones a cumplir con
las leyes.
31. La siguiente descripción del caso está hecha a partir de notas personales, de la cronología
elaborada por el Colectivo Chilpancingo, las entrevistas hechas a miembros de la asociación y a
la revista Toxinformer, editada por la Coalición de Salud ambiental de San Diego (EHC).
32. D. Schlosber, «Environmental Justice: Reconciling Equity, Recognition, and Participation
in a Political Movement», 2003.
33. Ibíd.
34. Ibíd.; S. Capek, op. cit.
35. M. Alfie Cohén, op. cit.) Verduzco, 2001.
36. S. Zermeño, La sociedad derrotada. El desorden mexicano del fin de siglo, 1996.
37. S. Zermeño, Movimientos sociales e identidades colectivas. México en la década de los noventa,
1997; S. Zermeño, La desmodemidad mexicana y las alternativas a la violencia y a la exclusión en
nuestros días, 2005.
38. A. Olvera, Regime transition, democratization, and civil society in México, 1995; A. Olvera, La
sociedad civil. De la teoría a la realidad, 1998.
Autonomías locales y subjetividades en contra
del neoliberalismo: hacía un nuevo paradigma
para entender los movimientos sociales
Geoffrey Pleyers

Introducción

27 de agosto de 2005 a las tres de la madrugada, Juan Diego, territorio rebelde


zapatista, Chiapas. Quince horas después de iniciado el encuentro entre coman­
dantes zapatistas, jóvenes y sociedad civil, los expositores se prosiguen uno tras
otro contando su experiencia activista en su barrio o en su ciudad. Toca el tumo
de un joven de un suburbio de la capitel mexicana: «lo mío no es hablar en públi­
co, de hecho sólo hay dos cosas que sé hacer: hacer pintadas y cantar hip hop.
Entonces voy a cantarles algo rebelde y bien zapatista». El público, conquistado,
se levanta de sus butacas para aplaudir al cantante que, aprovechando la ocasión,
se sigue con otras dos canciones. Sin embargo, un militante trotskista de unos
cuarenta años, activista desde los inicios del movimiento zapatista, se mostraba
preocupado: «Todo esto está muy bien, el chavo cante bien, pero ¿para qué sirve?,
¿cuáles son los nuevos argumentos que llevan estos discursos? No tendremos ni
un texto de declaración cuando regresemos de este encuentro».
De hecho, si evaluamos estas reuniones y estos movimientos según los crite­
rios de la política institucional, los resultados parecen muy débiles. Las múltiples
movilizaciones zapatistas por una reforma constitucional que reconozca a los
pueblos indígenas como sujetos de derecho no resultaron exitosas -a nivel jurídi-
co-político. Y ¿cuál sería el impacto político de los campamentos organizados por
los jóvenes altermundialistas a través del mundo?
Las teorías clásicas de la sociología política de los movimientos sociales, desde
sus corrientes marxistas hasta la teoría de «contentious politics»1 que ahora domi­
na esta disciplina, ven en estos actores movimientos demasiado débiles como
para lograr trasladar sus demandas exitosamente a la escena política. En el peor
de los casos los consideran como un síntoma del declive de la participación políti­
ca o de la «disolución de los movimientos sociales».2 Quizás consideran estos
hechos como característicos de una fase precoz e inmadura del ciclo o del desarro­
llo de los movimientos sociales, en la que se multiplican innovaciones y se crean
«espacios relativamente abiertos para nuevas experimentos colectivos».3
El vigor del zapatismo, de los centros sociales alternativos o de las redes de
jóvenes activistas de los que trate este capítulo nos llevó a formular una hipótesis
distinta: no se trate tanto de un declive o de lagunas de movimientos inmaduros,
sino de una mutación de las formas de participación y de actores sociales que
adoptan una concepción del cambio social que se centra en la sociedad, la gente
y las organizaciones locales más que en las decisiones de los responsables políti­
cos o de las instituciones internacionales. Es notablemente el caso de uno de los
mayores componentes del movimiento altermundialista y que hemos llamado «la
vía de la subjetividad».4 Estos activistas, indígenas y jóvenes buscan defender el
particularismo y la autonomía de su experiencia vivida, su creatividad y sus sub­
jetividades frente a una globalización neoliberal que «destruye las identidades,
las particularidades, las memorias, los conocimientos prácticos y los sabores».5
Este capítulo está dedicado a un análisis de esta «vía de la subjetividad» del
movimiento altermundialista. Se basa en estudios de caso de dos movimientos
mexicanos que ilustran una modalidad colectiva y una versión más individualiza­
da de esta vía de la subjetividad: el de la experiencia de la autonomía de los
indígenas zapatistas y el de una red de jóvenes activistas de la ciudad de México.
Después de una presentación de estos actores, analizaremos las lógicas estructu­
rales de estos movimientos basándonos en el concepto de «experiencia». La últi­
ma parte buscará destacar la concepción del cambio social que comparten así
como sus limitaciones principales.

A. Jóvenes alter-activistas

Los jóvenes que participan en las marchas, acciones y foros altermundialistas


constituyen un grupo heterogéneo: algunos desarrollan prácticas innovadoras
mientras otros militan de manera mucho más clásica en las organizaciones y
partidos de la izquierda política o trabajan para una ONG de la sociedad civil
«institucionalizada». Nuestra investigación se focaliza en una categoría muy par­
ticular de estos joven militantes, que hemos llamado los «alter-activistas»6 y que
se caracterizan por una forma de activismo creativo e innovador, profundamente
individualizado y con una relación crítica a las formas más tradicionales de mili-
tancia que se encuentra en muchos partidos, sindicatos, ONG y hasta en muchas
organizaciones del movimiento altermundista que adoptaron un modelo de orga­
nización muy jerárquico. La cultura política alter-activista esta particularmente
desarrollada dentro de las redes de joven activistas de las ciudades de Europa
occidental y de América del Norte, cuenta con muchos estudiantes y con más
jóvenes de la clases medias que de los barios populares. Aun que se aparecieron
algunos años más tarde, también se están desarrollando en varias ciudades de
América Latina, como lo muestra el caso de la red «GAS 9» que esta activa en la
ciudad de México desde el verano de 2003.

1. La red «GAS 9»

El objetivo de la docena de estudiantes de la UNAM que fundaron la red Gas 9


(«Global Action Septiembre 9»), era convertir las movilizaciones contra a la Orga­
nización Mundial del Comercio (OMC) en Cancún en un «trampolín para desper­
tar a los jóvenes y a los movimientos sociales frente a los problemas de la mundia­
lización» (asamblea del 23/08/2003). En una ciudad donde la protesta en contra de
la mundialización neoliberal se limitaba a intelectuales y a redes de ONG, lleva­
ron a cabo una campaña de información y suscitaron una amplia convergencia de
joven activistas y otros estudiantes, muchos de ellos participando en su primera
movilización altermundista. Algunas de las «Asambleas de jóvenes hacia Can-
cún» convocada por GAS 9 juntaron más de doscientos jóvenes de varios horizon­
tes: estudiantes, libertarios, profesores de preparatorias alternativas de barrios
populares, militantes de secciones comunistas, empleados de ONG y tenientes de
bares culturales. Entre ellos intercambiaron opiniones e informaciones, presen­
taron sus proyectos de acción y organizaron una caravana de autobús para llegar
a Cancún.
En Cancún, GAS 9 animó una red más amplia de activistas que habían llegado
con la caravana del distrito federal y de otras ciudades de la república. Participa­
ron a varias marchas y a algunos talleres que se dieron al lado del «campamento
de los jóvenes» o en el centro de medios alternativos. Una docena de activistas de
GAS 9 también lograron penetraron en la zona turística —que era prohibida para
los manifestantes— y alcanzaron bloquear durante dos horas la entrada principal
del centro de conferencia donde se llevaba a cabo la reunión de la OMC.
De regreso a México, la red GAS 9 se re-bautizó varias veces. Nuevos miem­
bros se juntaron cuando otros se alejaban. Participaron a varias movilizaciones en
la capital y a las marchas en contra de la cumbre del Banco Interamericano de
Desarrollo en Guadalajara en marzo de 2004, evento en el cual fueron víctimas de
la violenta represión policíaca algunos de sus miembros. Entre 2004 y 2006, la red
se reorientó en tres tipos de actividades: la creación de un centro de medios
alternativos; el apoyo a las iniciativas zapatistas a través de la difusión de infor­
mación, eventos culturales y la participación a reuniones convocadas por los za­
patistas7 y la creación de un grupo de percusionistas «la batucada». Siguiendo el
modelo de la «Infernal Noise Company» de Seattle que vieron en acción en Can­
cún, tocaban en las marchas activistas y en otros eventos de la red. La «batucada»
animó por ejemplo la marcha de cincuenta joven activistas del Distrito Federal en
las calles de San Cristóbal de las Casas en agosto de 2005 con el objetivo de infor­
mar e interesar la población a la «otra campaña» zapatista. Se han movilizado en
la «otra campaña zapatista» y fueron muy activos cuando Marcos estaba presen­
te en la Ciudad de México y llevaron acciones de solidaridad con el movimiento
popular de Oaxaca. A finales de 2006, la red ya se había parcialmente disuelta.
Algunos de los -fundadores de GAS 9 eligieron involucrarse en un proyecto de
fortalecimiento de la vida social en un barrio popular de la capital donde resalta­
ron la cultura obrera y popular, organizaron fiestas de bario y ayudaron a los
niños en sus tareas. También participaron a algunas acciones en contra de la
«invasión de las publicidades» en los metros y las calles de la ciudad de México
para «liberar los espacios públicos de la sociedad del consumo».
Muchos joven alter-activistas son particularmente interesados en el tema de la
información. A nivel internacional, Indymedia se volvió una red global de grupos
de información locales que están presentes en más de cuarenta países. También
participan grupos de alter-activistas de México, Oaxaca y Chiapas. En la capital,
desarrollaron varios proyectos en el sector de la información por Internet así que
estaciones de radios piratas. Animaron varios talleres en el Foro Social de la Ciu­
dad de México en enero de 2008 donde compartían sus experiencias en los me­
dios alternativos.
2. Acciones simbólicas

Los alter-activistas desarrollaron un amplio repertorio de acciones directas


creativas, por las cuales buscan escenificar el conflicto en contra de las institu­
ciones internacionales o de la sociedad del consumo. Con sus acciones expresivas
y festivas, se trata tanto de exprimir su creatividad que de comunicar un mensaje
simbólico a los medios y al público, como lo ilustraron al final de la última marcha
en contra de la cumbre de la OMC en Cancún. Cerca de 1.500 activistas se acerca­
ron de las vallas que les separaban de la zona donde se llevaba a cabo las negocia­
ciones internacionales. Empezaron a destruir las vallas, una docena de chicas
mexicanas de un lado y activistas coreanos del otro, mientras los otros activistas
se quedaban unos 15 metros atrás, cantando y gritando eslóganes en contra de la
OMC. Cuando lograron abrir las vallas después de una hora de esfuerzo, las ca­
meras de televisión esperaban el afrontamiento con las numerosas fuerzas poli­
cíacas presentes. A la sorpresa general, los altermundistas se sentaron, observa­
ron un minuto de silencio en memoria de «las víctimas de la OMC», quemaron un
muñeco representando la OMC y empezaron un baile donde se mezclaron ritmos
latinos, norte-americanos y coreanos: las vallas se había vueltas un símbolo de la
OMC que se aislaba de los pueblos. Después de abrir un hoyo en ellas, festejaron
su victoria simbólica.
Los jóvenes alter-activistas están profundamente marcados por el movimiento,
los foros, las redes internacionales y las grandes movilizaciones altermundialis-
tas, lo que no les impide de estar en desacuerdo con el modo de organización de
estos encuentros y de muchas organizaciones altermundistas. Aunque son parte
del movimiento, les parece mantener una actitud crítica frente a el, manteniendo
un pie en él movimiento y los foros y él otro fuera»: «nosotros los jóvenes, estuvimos
en ese Foro8para darle un impulso distinto y para hacer también acciones. Porque en
los Foros sólo se habla, se discute, se platica de la creación teórica de otro mundo pero
no hacen gran cosa en la práctica» (un activista de GAS 9). Los joven alter-activistas
consideran la acción como el centro de su activismo, y siempre están listos para
escaparse de un día de talleres en un Foro Social para llevar acciones directas
simbólicas, participar en la ocupación de un edificio o introducir un desfile de
samba para contestar la organización jerárquica de los primeros foros sociales
mundiales.9

3. Activismo, autonomía individual y redes

Los joven alter-activistas valoran mucho la autonomía personal de cada uno de


los activistas. En su activismo, se afirma un individualismo compatible con el
compromiso colectivo: «el individualismo, no es una cosa mala. Para mi, esto no
quiere decir egoísmo pero si el respeto de cada persona en su especificidad, de
elegir el modo de vida que quiere», explicó uno de ellos (entrevista, 2004). Las
nuevas modalidades del compromiso son así marcadas por un gran individualis­
mo y una distanciación10 de las organizaciones: ya no se trata de seguir las órde­
nes de un líder o de trabajar para fortalecer una organización pero al contrario,
cada uno actúa como responsable de su propio activismo y decida cuanto y para
cual causa se quiere movilizar. Los joven alter-activistas participan en acciones o
incluso la organización de algunas campañas sea en redes poco formalizados o
como «electrones libres», es decir como individuos que guardan su distancia con
respecto a cualquier organización pero que interactúan según lo que les parezca mejor
con grupos, redes o organizaciones que más corresponden a sus ideas y al tipo de
acción que quieren llevar a cabo.11
Más que en grandes organizaciones, los jóvenes alter-activistas se comprome­
ten en grupos pequeños organizados en tomo de proyectos específicos y ligados
entre ellos por redes y afinidades personales. Regularmente re-bautizadas, estas
redes se amplían, se reducen y se transforman según el proyecto que las guíe, la
organización de un evento altermundista, la animación de un centro de medios
libres o una campaña de información. Esta fluidez y la ausencia de exigencias de
compromiso a largo plazo corresponden a la cultura de la sociedad contemporá­
nea12 pero también a las especificidades y a la estructura de socialización que
caracteriza la juventud y los estudiantes: según las oportunidades de empleo, el
peso de los estudios universitarios, las amistades o el surgimiento inesperado de
una aventura amorosa, el compromiso militante es a menudo la variable que tiene
que ajustarse.
Sin bien a demostrado su eficacia en la organización de varias campañas y si
deja un gran espacio a la creatividad de los activistas, la individualización del
compromiso también tiene sus límites, particularmente a nivel de la continuidad
del compromiso, de la transmisión de experiencias pasadas o de la inscripción de
los movimientos en el paisaje social y político a más largo plazo. Entre dos gran­
des movilizaciones altermundistas, cada uno se regresa a sus actividades, hasta
que otro evento logra reactivar la red, o al contrario que esta se desaparezca. Por
otro lado, sin organización estable, la representación de estos jóvenes activistas
es difícil, tanto dentro del movimiento altermundista que frente a actores políti­
cos. Con la excepción de actos más violentos y de algunas filas de los black. blocks,
los jóvenes activistas permanecen a menudo poco visibles en la prensa y la opi­
nión pública, ya que no disponen de vínculos con los medios oficiales y que se
trata de redes de grupos pequeños.

4. Los campamentos alternativos

Desde 2002, los campamentos autónomos y auto-gestionados se convirtieron


en un elemento central del repertorio de acción de los jóvenes alter-activistas. En
2003, para preparar el campamento de los jóvenes en Cancún, los activistas de la
red GAS 9 se juntaron en un campamento en un parque del Sur de la ciudad de
México. En agosto de 2005 y 2006, un campamento se instauró en la frontera
entre Estados Unidos y México. Del 5 al 8 de mayo de 2005, el «campamento
nacional de jóvenes por la autonomía» reunió más de 600 participantes, pertene­
cientes a 80 organizaciones y de 15 Estados de la República en La Soledad, Oaxa-
ca. En Europa también se multiplicaron los campamentos, notablemente durante
las movilizaciones en contra del G8. Más de 10.000 activistas se quedaron en los
campamentos auto-gestionados en el norte de Alemania en 2007. Eran 30.000 los
que participaron en el «campamento de la juventud» en Porto Alegre durante el
Foro Social Mundial 2005.
Estos campamentos alter-activistas no se limita a espacios para protestar en
contra del neoliberalismo si no que también son « espacios de experiencias» en los
cuales se experimentan formas de autogestión y donde se busca construir relacio­
nes sociales horizontales, ya que se trata de poner en la práctica los valores e
ideales del movimiento: «No disociamos nuestras prácticas de nuestros objetivos.
Hemos elegido un funcionamiento horizontal, antisexista, auto y eco-gestiona-
do».13 Cada uno esta invitado a participar activamente en la vida cotidiana del
campamento, tanto en lo que va de las movilizaciones y de los debates que en las
tareas cotidiana que requiere la vida en común o para el ambiente más festivo de
la noche.
Si la fiesta y la felicidad de vivir una experiencia alternativa forman parte de
estos espacios alternativos, la voluntad de favorecer una organización más parti-
cipativa requiere una inversión considerable en término de tiempo dedicado a la
organización de estos espacios y campamentos. Muchos de los que pasaban por el
campamento de la juventud en el Foro Social Mundial se acuerdan de los grupos
de samba y del ambiente festivo. Sin embargo, cuando ya se habían regresado a
sus hoteles muchos de los participantes al foro, hasta tarde en la noche, los jóve­
nes alter-activistas del espacio autónomo «el caracol intergaláctico», incluido dos
activistas de GAS 9, seguían su reunión para organizar de manera participativa y
horizontal los talleres de los días siguientes.
Para estos jóvenes, los campamentos son momentos fuertes donde se mezclan
encuentros personales y acciones políticas, donde se cruzan su propia experien­
cia vivida con la historia colectiva global. A pesar de su carácter efímero, estas
experiencias se quedan gravadas en la mente de cada uno de sus joven partici­
pantes. Como lo desmontaron politólogos, tales eventos tienen una influenza pro­
funda y hasta muchos años después sobre la personalidad política de los que les
vivieron, reforzando su propensión a renovar la participación en movilizaciones
políticas posteriores14 y pueden transformar considerablemente y a largo plazo la
identidad social y los valores políticos de sus participantes.15

5. La alegría de la experiencia

Para estos jóvenes, no se trata más de resistir cueste lo que cueste y aceptando
las difíciles condiciones del activismo en el nombre de la revolución o de un
partido político. Los alter-activistas decidieron «oponer la alegría del ser a la mi­
seria del poder».16 La fiesta es parte del activismo, tanto en el placer de festejar
con sus compañeros de la red activista un sábado en la noche que tocar, bailar y
cantar durante las marchas. Con los alter-activistas, las marchas repetitivas y
aburridas se transforman en un desfile creativo con disfraces, escenificaciones y
ritmos de samba. Se trata de afirmar su aspiración en un mundo mejor, más
justos y menos desigual, pero el activismo esta también respondiendo a expecta­
tivas más hedonistas y estéticas y a la profunda sed de experiencia que caracteri­
za la juventud.17 Con más razón que la creatividad y la afirmación de su propia
subjetividad son mucho más que recursos movilizadas en la lucha en contra de un
sistema adverso, constituyen el mero centro de la lucha, ya que se trata de resistir
ante la «invasión del mundo de la vida»18por las fuerzas del mercado neoliberal y
de la homogeneización mundial.
Sin embargo, queda una pregunta vigente: ¿A caso constituyen la experiencia
vivida y la fiesta en si una resistencia en contra del neoliberalismo? En 1998, la
red de activista Reclaim the Street organizó una fiesta activista en el centro de
Londres para protestar contra el lugar demasiado grande que se les daba a los
coches en la ciudad. Además de los activistas se juntaron a la fiesta centenas de
jóvenes, y entre ellos algunos que buscaron pelearse con los policíacos por los
cuales la fiesta era sólo una fiesta y no tenía una significación de protesta en
contra de los coches, lo que dejó preocupados los activistas: «si la gente cree que
basta con organizar una fiesta en la calle una vez el año, de perder su cabeza y de
bailar sobre un cacho de territorio público reconquistado, estamos muy lejos de la
cuenta».19 Cuando se desliga de un proyecto social más global, la experiencia de
un happening altermundista o de una fiesta alternativa puede no pasar de la bús­
queda hedonista de placer, sin otra forma de activismo. Si la alegría de vivir, la
subjetividad, la fiesta y la felicidad de la experiencia pueden ser parte de una
resistencia altermundista, el hedonismo de la experiencia puede convertirse en
un objetivo en sí y desconectar a los protagonistas de su compromiso social y
político inicial. Frente a estas derivas, los alter-activistas subrayan la importancia
de promover la participación activa de cada activista y su reflexividad para que la
reflexión permanente de cada activista sobre sus actos y el significado que tienen
evita el deslindo de los actos con sus alcances y significaciones políticos.
Otro riesgo vinculado a estas prácticas de un activismo muy individualizado es
la dispersión de la militancia en una multitud de experiencias sin ninguna unidad
ni continuidad del compromiso. Los jóvenes alter-activistas viven los eventos uno
por uno, como aventuras colectivas cuando se vive en el instante —y que a menu­
do se olvida cuando regresa la vida «normal y cotidiana». El riesgo esta aún más
grande que la continuidad del compromiso de estos activistas no se puede apoyar
ni sobre un programa preestablecido que guía los actores ni en una organización
más sólida e institucionalizada. Las redes se transforman y a veces desaparecen
sin dejar mucho atrás de ellas. La continuidad del movimiento representa enton­
ces un reto permanente. Más que en la formalización de redes muy flexibles, la
continuidad de estas experiencias activistas se construye en la reflexividad de
cada individuo, ya que se trata de «un esfuerzo para construir su experiencia y
darle un sentido».20 Por esta reflexión, cada uno de los activistas construye una
coherencia y una unidad entre las reflexiones, los debates, las movilizaciones, las
campañas y los proyectos a los cuales participó y que forman para el «su activis­
mo altermundista».

B. La autonomía zapatista

1. Dignidad y autonomía, cambios locales, desafíos globales

Basándose en los valores y prácticas de las culturas indígenas, los zapatistas


llevaron reivindicaciones a tres niveles:21 la autonomía de las comunidades indí­
genas a nivel local, la democratización del sistema político mexicano a nivel na­
cional y el rechazo de las políticas neoliberales a nivel internacional. Los zapatis­
tas se levantaron en contra de la negación de su propia existencia, ya que los
pueblos indígenas estaban invisibles en el México que festejaba su «integración al
primer mundo», como Salinas de Gortari calificó el inicio del tratado de libre
comercio de América del Norte. Se levantaron también para mejorar sus condi­
ciones de vida y transformar la relación entre los pueblos indios y el Estado. Los
insurgentes se afirmaron como sujetos históricos y personales22 animados por la
voluntad de tomar su destino entre sus manos, lo que, como indígenas chiapane-
cas, se les estaba negando a causa de cinco siglos de historia, del régimen político
mexicano contemporáneo y de los proyectos de desarrollo económicos neolibera­
les.
Construyeron sus reivindicaciones económicas, culturales, sociales, políticas
y jurídicas alrededor de dos principios centrales: la dignidad23 y la autonomía.24
La dignidad, definida como la afirmación de una humanidad común y la exigencia
de ser respetado, es el corazón del movimiento zapatista.25 Con su levantamiento,
los indígenas insurgentes afirmaron que «la dignidad humana no es sólo patrimo­
nio de los que tienen resueltas sus condiciones elementales de vida, [...] también
los que nada tienen de material poseen lo que nos hace diferentes de cosas y
animales: la dignidad».26 «Lo que pedimos y lo que necesitamos los pueblos indí­
genas no es un lugar grande ni un lugar chico, sino un lugar digno dentro de
nuestra nación; un trato justo, un trato de iguales, ser parte fundamental de esta
gran nación; ser ciudadanos con todos los derechos que merecemos como todos;
que nos tomen en cuenta y nos traten con respeto».27 Exigieron que esta dignidad
y este respeto como seres humanos iguales y diferentes, se transcribieran tanto
en el derecho como en la actitud cotidiana de cada mexicano.
La autnonomía constituye el otro pilar del zapatismo. Los indígenas insurgen­
tes se levantaron contra la situación social mexicana en la que «a partir de la
concentración de poder, se ha establecido un control sobre los destinos de las
comunidades, de los municipios, de lo local y de lo regional de manera que estos
últimos niveles son despojados de cualquier fuerza, de cualquier autonomía para
regir y orientar su vida colectiva».28 Los zapatistas consideran que la afirmación
de su dignidad pasa por la reivindicación de un control sobre sus vidas y sobre las
decisiones que les afectan pero que estaban tomadas por mandatarios políticos y
económicos muy alejados de la vida de los indígenas de Chiapas.29 Por lo tanto,
entre las mayores exigencias de los movimientos indígenas se encuentran la re­
apropiación de sus territorios y de sus recursos naturales y las exigencias de
autonomía30 y de autodeterminación, que consideran como «la oportunidad de
construirnos, dentro de este país, como una realidad diferente».31 Se trata tam­
bién de perpetuar algunos elementos de su modo de vida, costumbres y tradicio­
nes ancestrales sin que ello signifique dejar de ser ciudadano de una nación más
amplia en la cual sea reconocido su derecho a ser iguales y diferentes.
El hecho colocar a la autonomía como el centro de su movimiento, no significa
que sus alcances se limiten al nivel local. Lejos de limitarse a sus comunidades
indígenas, dieron a su demanda por «Democracia, Libertad y Justicia» un alcance
propiamente universal.32 El primero de enero 1994 se levantaron por un México
democrático y en contra del neoliberalismo, denunciando los fraudes electorales
y el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. La Sexta Declaración de la
Selva Lacandona de 2006 reitera fuertemente esta dimensión del movimiento,
reafirmando la implicación del zapatismo en la lucha global en contra de la domi­
nación del dinero. El desafío del zapatismo no puede limitarse a una transforma­
ción de los territorios rebeldes. Se centran en las comunidades locales por que
consideran que un cambio global se construye desde lo local, el cual permite
poner en práctica alternativas concretas en la vida cotidiana y en la organización
comunitaria. Es a partir de allí que buscan cambiar la vida de los indígenas y que
se involucran en luchas nacionales y globales, como la oposición a la Organización
Mundial del Comercio, la denuncia de las deficiencias del sistema político mexi­
cano o la implicación de los zapatista con otros pueblos indios de México y de las
Américas.33
El caso zapatista lleva también a subrayar la dimensión colectiva del proceso
de cambio social. Las comunidades son actores mayores de este proceso y, por lo
tanto, están profundamente transformadas por él. El cambio profundo que cons­
tituyeron las nuevas relaciones entre mujeres y hombres en las comunidades
zapatistas es tan sólo una parte de los cambios internos en las comunidades,
donde la auto-gestión se apoya en algunas herencias de la cultura indígena, pero
también en el rechazo a otras tradiciones incompatibles con los ideales de «demo­
cracia, libertad y justicia».

2.1994-2001: Diálogo y marchas para el reconocimiento institucional


de la autonomía

Siguiendo el largo recorrido de la resistencia indígena, de su organización


local y de la defensa de su cultura, prácticas y valores de los pueblos indios en
varios Estados del Sur de la República Mexicana; los zapatistas se movilizaron
para que los pueblos indígenas y su autonomía local fueran reconocidos por la ley
y por las autoridades mexicanas. El levantamiento del primero de enero de 1994
y el éxito que encontró en ese momento en los medios de comunicación naciona­
les e internacionales, dieron una visibilidad in precedente a esta causa colocando
en la escena nacional, un debate que las autoridades políticas nacionales habían
ocultado desde lustros. Los zapatistas negociaron con los representantes del Esta­
do mexicano, propusieron reformas jurídicas y políticas y se comprometieron
para la democratización del país. Además de los innumerables comunicados me­
diáticos (y muchas veces poéticos) del subcomandante Marcos y de marchas ha­
cia la capital nacional, se convocaron en Chiapas varios encuentros con la socie­
dad civil mexicana e internacional con el objetivo de escuchar la opinión de los
simpatizantes y de dar a conocer las perspectivas de los líderes zapatistas. Entre
estos encuentros, destacan la Convención Nacional Democrática (1994) y el pri­
mer Encuentro Intergaláctico (1996). Amplias delegaciones extranjeras tomaron
parte en cada una de estas reuniones y decenas de observadores extranjeros
siguen pasando o quedándose algunas semanas en las comunidades desde hace
más de diez años.
En 1995 y en 1996, los zapatistas se sentaron en una larga negociación con una
comisión federal. Llegaron a un acuerdo sobre el estatuto de las comunidades
indígenas y el reconocimiento jurídico de los pueblos indígenas.34 En el periodo
que va desde la aprobación de los Acuerdos de San Andrés por las comunidades
zapatistas en 1996 hasta el verano 2001, los zapatistas invirtieron muchas de sus
fuerzas para que estos acuerdos fueran ratificados por los legisladores en San
Lázaro. Varias marchas salieron de la selva del sureste mexicano hacía la capital.
Durante la primavera de 2001, más de un millón de simpatizantes de la causa
zapatista se reunieron en el Zócalo de la Ciudad de México para recibir a los
integrantes de la última y más mediatizada de ellas: la «Marcha del Color de la
Tierra».35 Una delegación zapatista fue recibida en el Congreso nacional donde la
comandante Esther dirigió un mensaje fuerte a los legisladores.
Sin embargo, a pesar de numerosas iniciativas, el movimiento zapatista nunca
alcanzó sus objetivos en el ámbito jurídico y de la política institucional. La refor­
ma votada algunas semanas después de la marcha de 2001 no respondió a las
esperanzas de los movimientos indígenas, ya que los legisladores se negaron a
reconocer los pueblos indígenas como «sujetos de derecho».

3. Después de 2003: los caracoles y la autonomía local

Con el rechazo de los legisladores mexicanos a reconocer los pueblos indíge­


nas como sujetos de derecho y a dar un estatuto legal a la autonomía de las
comunidades indígenas, se abrió una nueva etapa en la cual el movimiento dejó
de intentar influir en los actores políticos mexicanos y se enfocó aún más en el
desarrollo de la autonomía que las comunidades estaban gozando de facto desde
el primero de enero de 1994.
Fuera del sistema partidario y de las instituciones mexicanas, los municipios
autónomos zapatistas organizan la vida de varios pueblos y aldeas. Desde el 2003
existe un nivel más elevado de organización que agrupa a varios municipios autó­
nomos, los cinco «Caracoles», Cada uno cuenta con su «Junta de Buen Gobierno»
a cargo de la coordinación de los municipios, de las relaciones con el exterior y de
la justicia. Cada junta cuenta con entre 15 y 25 delegados elegidos. Cada junta
tiene su forma particular de organización, según las necesidades de la región.
La ceremonia del «nacimiento de los caracoles», a la que acudieron miles de
simpatizantes en agosto de 2003, marcó simbólicamente el inicio de esta nueva
fase. Más que en las declaraciones políticas y a menudo poéticas, esta fase se
centra en la construcción concreta y a veces problemática de la autonomía local
a través de las prácticas cotidianas. «Mirar hacía lo social y la sociedad más que
hacía el seno político y mediático». Allí esta el mensaje inicial y central de «la otra
campaña» que iniciaron los zapatistas a partir del verano de 2005. Un año antes
de las elecciones presidenciales y legislativas, cuando todo México —en particu­
lar la prensa, la televisión y los intelectuales— sólo tenían ojos para el seno elec­
toral, los zapatistas invitaron a sus simpatizantes a mirar hacia la sociedad, hacia
los múltiples protagonistas que, en su modesto nivel, desarrolla alternativas loca­
les al modelo neoliberal..
En la nueva etapa, a las marchas hacia la capital y a las grandes reuniones con
la sociedad civil nacional e internacional organizadas entre 1995 y 2001, sucedie­
ron los «Encuentros de los Pueblos Zapatistas con los Pueblos del Mundo» y las
visitas de caravanas de simpatizantes mexicanos y extranjeros en las comunida­
des autónomas. Con estos encuentros, ya no se trata de influir en los responsables
políticos, sino de fortalecer el proceso de autonomía local y de compartir las
experiencias de las comunidades con activistas que apoyan a los zapatistas o que
desarrollan experiencias de autonomía en otros contextos.
Del 30 de diciembre de 2006 al 2 de enero de 2007, tuvo lugar en Oventic el
primer «Encuentro del pueblo zapatista con el pueblo del mundo». Seis mil indí­
genas, 232 «autoridades locales zapatistas» y 1.300 activistas de distintos estados
de México y de 47 países del mundo escucharon los testimonios respecto a la
organización concreta de la autonomía local en las comunidades zapatistas. Del
20 al 29 de julio de 2007, un segundo «Encuentro con los pueblos del mundo» llevó
una caravana a tres comunidades autónomas, donde se informaron de los proyec­
tos y retos de estas tres Juntas de Buen Gobierno. La comunidad de La Garrucha
hospedó el tercer encuentro, del 28 de diciembre de 2007 al Io de enero de 2008
organizado por y para las mujeres. Cada una de las mesas reunió delegados de los
cinco caracoles y se dedicó a un aspecto particular de la autonomía: los gobiernos
locales, la educación, la salud, la ecología, la cultura, la economía, el trabajo co­
lectivo o la lucha de las mujeres.

4. La construcción de una autonomía local

Aunque no se les ha reconocido en la ley mexicana, las comunidades zapatis­


tas gozan de una autonomía de facto desde su levantamiento en 1994. Se convir­
tieron en «espacios de experiencias»36 donde se prueban prácticas organizativas
alternativas y relaciones sociales distintas a las de la sociedad dominante. Los
activistas buscan construir lugares distanciados de la sociedad capitalista que
permiten a los actores vivir de acuerdo con sus propios principios, entablar rela­
ciones sociales diferentes y, a partir de estas situaciones ejemplares, de cambiar
las relaciones de poder y los valores hacía una transformación más global: «Se
trata de lograr construir la antesala del mundo nuevo, un espacio donde, con
igualdad de derechos y obligaciones, las distintas fuerzas políticas se "disputen”
el apoyo de la mayoría de la sociedad».37 Esta forma de pensar el cambio social
radical se distingue de la idea clásica de la revolución, no por el radicalismo del
cambio, sino por la manera de lograrlo.38 No se trata de imponer un poder progre­
sista desde arriba, pero de iniciar por prácticas alternativas concretas y ejempla­
res desde abajo. La autonomía de las comunidades es un elemento clave que
permite crear estos «espacios de experiencia».
Los indígenas que compartían sus experiencias durante les «encuentros con
los pueblos del mundo» consideraban la autonomía como un proceso que «permi­
te al pueblo decidir cómo quiere vivir y cómo quiere organizarse a nivel político y
económico»: «La autonomía, es que nos gobernemos como pueblo indígena, que
decidamos cómo queremos que trabajen nuestras autoridades sin depender de
las políticas que vienen de arriba». Sin embargo, como lo destacaba el comandan­
te Brus Li, «no hay ninguna regla que nos diga cómo nos podríamos organizar
para ser autónomos». La autonomía zapatista se construye paulatinamente, en la
experiencia colectiva de resistencia y de construcción de alternativas, y no se
basa en un razonamiento teórico o únicamente en un balance de las experiencias
históricas,39 lo que la distingue radicalmente de los movimientos revolucionarios y
de las guerrillas del siglo XX.
La organización de la vida cotidiana y de las autoridades políticas locales,
según modalidades distintas del caudillismo dominante en Chiapas antes de 1994,
es un proceso largo. Se trata de reorganizar las comunidades para que los delega­
dos elegidos por los habitantes contribuyan a organizar la comunidad sin concen­
trar el poder, para que «manden obedeciendo». Para evitar que se constituya un
grupo de mandatarios separado de la población, los cargos no duran más de tres
años y no son reelegibles. Todos los habitantes de la comunidad asumen entonces
un cargo comunitario varias veces en su vida.
La autonomía local de las comunidades zapatistas no se identifica con el retor­
no a una organización tradicional. Al contrario, busca cambios profundos, espe­
cialmente en lo que se refiere a las mujeres. Si bien los comandantes zapatistas
reconocen que a veces continúan actitudes machistas, la situación y la auto-esti-
ma de las mujeres indígenas cambió mucho desde que la promoción de la igual­
dad de géneros en las comunidades se volvió un eje central de la lucha zapatista
hace 15 años.40 Antes de 1994, la situación de las mujeres era poco envidiable en
algunas de las comunidades indígenas. «Antes era muy difícil para nosotras, por­
que nadie nos tomaba en cuenta y porque no temamos el derecho de opinar ni de
tomar decisiones sobre nuestra propia vida. Muchas tuvieron que casarse sin
poder elegir sus maridos y tuvieron después que aguantar golpes y humillaciones
de sus maridos» (Magdalena, primer Encuentro con los pueblos del mundo). «Se­
gún lo que pensaban nuestros padres, abuelos y esposos, nosotras teníamos que
aguantar todo y permanecer calladas» (Elena, primer Encuentro con los pueblos
del mundo). Durante muchos años, el apoyo de las indígenas al movimiento per­
maneció muy discreto: «escuchábamos y dábamos comida». Poco a poco, muchas
tomaron confianza y se comprometieron en cargos importantes para la comuni­
dad. De hecho, los participantes en cada uno de los tres «encuentros con los
pueblos del mundo» quedaron impactados por la fuerza de las palabras de las
decenas de mujeres zapatistas que dieron testimonio de su lucha por las mujeres,
pero también por la educación, la salud y la organización autónoma.
El sector de la educación también evolucionó mucho estos últimos 15 años. Se
construyeron escuelas nuevas (más de cincuenta en el caracol de Oventic). Es­
cuelas primarias ya funcionan en todos los municipios zapatistas y el nivel secun­
dario ya esta funcionando en muchas zonas. Miles de mujeres adultas aprendie­
ron a leer y a escribir. Rechazaron los maestros oficiales y formaron sus propios
maestros. Pensaron la educación autónoma como una alternativa al «individualis­
mo promovido por las escuelas del gobierno».41 Impartir una parte de los cursos
en sus lenguas cambió también la relación en las aulas. Pensaron la educación
autónoma como una alternativa al «individualismo que busca inculcar a los alum­
nos las escuelas del gobierno». Se basaron en pedagogías alternativas e innovacio­
nes educativas «culturalmente pertinentes»,42 como el método Freire, y en valo­
res de la cultura indígena. El aprendizaje se hace de manera lúdica y participati-
va, e incluye el trabajo colectivo en el campo, ya que los zapatistas no quieren
desconectar la enseñanza de la vida en las comunidades. Se aprende el español
pero también el idioma indígena local, ya que «a través de ella se transmite mu­
cho de la cultura y de los valores» que el movimiento zapatista busca rescatar. Por
lo tanto, el programa de enseñanza zapatista no corresponde a los programas
oficiales nacionales y no tiene por objeto permitir el acceso de los alumnos a la
educación superior o universitaria en las ciudades vecinas. Los zapatistas insis­
ten en que «los jóvenes aporten sus competencias a sus comunidades».
La aplicación concreta de la autonomía local resulta una marcha larga y difí­
cil. Transcribir los valores de igualdad y los ideales de autogestión en la práctica
continúa siendo un reto a cada instante. La gestión de las relaciones de poder y de
las divergencias de opinión en las comunidades, la distribución equitativa de las
tareas y los debates en asambleas para alcanzar un consenso requiere un largo
proceso de aprendizaje práctico y político. La autonomía parece más difícil aún a
nivel económico. La vida sigue siendo difícil en estas regiones pobres y en la que
se encuentran miles de refugiados desde hace más de diez años. Muchos munici­
pios no son viables económicamente ya que no tienen suficiente tierras disponi­
bles para el cultivo, tanto por el gran número de desplazados como por la presen­
cia de campamentos militares del ejército nacional. Estas regiones han dependi­
do mucho de la ayuda de organizaciones internacionales, como «Médicos del
Mundo» o de los Comités de Apoyo internacionales. Pero el apoyo de algunas
ONG está disminuyendo con el tiempo. Sin embargo, debido a la permanencia del
conflicto y a la crisis sin precedente que atraviesa el campo mexicano (véase el
capítulo de F. Mestries), las bases de una autonomía económica no han sido esta­
blecidas en las zonas zapatistas. Los desafíos permanecen importantes en estos
asuntos. ¿Como profundizar la democracia en una zona de conflicto donde el
ejército insurgente es indispensable para proteger a los indígenas rebeldes de las
agresiones militares y paramilitares? ¿Como lograr una sustentabilidad económi­
ca de las zonas rurales si muchas de las tierras siguen siendo ocupadas por el
ejército mexicano, y en un contexto de crisis estructural del campo mexicano
desde hace más de 25 años?
En los últimos años, los comités de apoyo nacionales e internacionales crearon
varios circuitos alternativos de distribución para algunos productos de las comu­
nidades zapatistas, especialmente el café y las artesanías. Ello asegura una retri­
bución adecuada a algunas cooperativas de productores y artesanos. Este tipo de
proyectos podrían volverse un elemento clave de la autonomía zapatista, ya que
aseguran una base local de producción y de ganancias sin entrar en contradicción
con los valores y las luchas del movimiento. Sin embargo, el alcance de estos
circuitos continúa siendo limitado y no bastan para establecer una base económi­
ca sustentable que logre mejorar el nivel de vida material de estas poblaciones, ya
que esta sometido a las mismas condiciones de crisis del campo que las otras
regiones mexicanas. Por lo tanto, para muchos jóvenes, la migración aparece
como la única opción para mejorar su nivel de vida.43
Por otro lado, no se trata de idealizar las comunidades zapatistas. Como en
cualquier grupo humano, pueden aparecer juegos de poder y existen divergen­
cias de opinión. Se compensa en parte por la larga experiencia práctica de las
asambleas, la cual a menudo ayuda a las comunidades a lograr un consenso entre
los participantes. Por otra parte, en algunos aspectos, las actividades de los acti­
vistas entran en contradicción con el modelo de organización social demasiado
horizontal que defienden en sus discursos. El EZLN tiene una organización mili­
tar y, en consecuencia, muy vertical. En su análisis de las reacciones de la coman­
dancia frente a grupos de refugiados que quisieron recuperar las tierras que ocu­
paban antes del conflicto, S. Mélenotte muestra que las autoridades locales zapa­
tistas no siempre están atentas a las demandas de sus bases y toman a veces
decisiones que son motivadas menos por el bienestar de las poblaciones que por
consideraciones estratégicas coherentes con su propia visión del movimiento: «A
pesar de la creación de los caracoles, las autoridades municipales zapatistas si­
guen —por no decir «obedecen»— la línea y las instrucciones del CCRI (Comité
Clandestino Revolucionario Indígena) y del EZLN», según MELENOTTE, en este
libro. Sin embargo, conviene subrayar la dificultad de resolver estas contradic­
ciones en un contexto muy tenso debido a la guerra de baja intensidad llevada por
5. Dos vertientes del zapatismo

Los comunicados zapatistas se refieren poco a los retos de la construcción de


la autonomía que experimentaban las comunidades locales. La mayoría de los
comunicados se dedican a la situación política y social a nivel nacional, hasta
tener un papel protagónico durante la campaña electoral. Durante las giras nacio­
nales de la otra campaña, el subcomandante pasó varios meses sin regresar a
Chiapas durante los cuales asumió posicionamientos en nombre del movimiento
zapatista. También parece significativo que, mientras el subcomandante Marcos
fue la figura clave de los encuentros mediáticos de la fase anterior, de las negocia­
ciones con la COCOPA, de las marchas para el reconocimiento político de la auto­
nomía y del posicionamiento del zapatismo en la arena política mexicana, casi no
apareció en los «encuentros con los pueblos del mundo», los cuales se dedicaron
a las experiencias cotidianas de la construcción de una autonomía local.
Desde su levantamiento, el zapatismo ha sido definido como la articulación de
dos corrientes distintas. De un lado, los zapatistas centraron el proceso de cam­
bio social en las experiencias alternativas de las comunidades. La construcción de
la autonomía conllevaba al mejoramiento del nivel de vida de los indígenas. Por
otro lado, desde su inicio, también se ha planteado el zapatismo como un actor
del cambio a nivel nacional y global, en favor de la democracia y de la justicia, y
en contra del neoliberalismo y de la dominación del dinero. Estas dos corrientes
no están disociadas, y en muchos aspectos son complementarias. Sin los vínculos
y el apoyo nacionales e internacionales, no sería posible la defensa de la autono­
mía local. De igual manera, las comunidades locales siempre expresaron su apoyo
incondicional a los líderes del EZLN con fuertes movilizaciones.
La segunda corriente erigió al movimiento zapatista como un actor político del
debate nacional y como un componente del movimiento global de rechazo al neo-
liberalismo y, a menudo, al capitalismo. Desde las primeras semanas del levanta­
miento, los zapatistas tomaron posición en la mayor parte de los grandes debates
políticos y sociales mexicanos, denunciando el Plan Puebla-Panamá, los efectos
de la política y de la ideología neoliberal, las condiciones de vida en las comunida­
des indígenas del país o la explotación de los recursos naturales por actores del
capitalismo mexicano e internacional.44

6. Transformaciones sociales

Quince años después del levantamiento, el zapatismo no ha logrado transfor­


mar las leyes ni las instituciones nacionales y de la transición a la democracia a la
cual contribuyó. Quedan más desencantos que esperanzas. Si el impacto político
del zapatismo en el seno político mexicano no ha estado a la altura de las movili­
zaciones durante los primeros años tras el levantamiento, sus alcances son consi­
derables. Cambió profundamente las comunidades indígenas del sureste mexica­
no y, mucho más allá, contribuyó a una transformación profunda de la auto-esti-
ma de los indígenas y de su posición en la sociedad mexicana e internacional. De
invisibles, se volvieron actores importantes no sólo de México, sino de las Améri-
cas, tanto al norte como al sur del Río Grande.45 Centrado su movimiento en la
experiencia, la auto-organización y la transformación de las comunidades, el zapa-
tismo logró articular reivindicaciones identitarias y universales.46 Cuando defien­
den y afirman su cultura, su diferencia y sus valores, los zapatistas como muchos
movimientos indígenas, expresan «un rechazo propiamente universal de la domi­
nación de los mercados y de la burocracia, y defienden la autonomía de una
manera de pensar, de vivir y de comunicar que se articula y se combina con otras
maneras de pensar, vivir y comunicar».47
Si bien el alcance internacional representa un éxito para el movimiento zapa­
tista, su mayor fuerza, su «esencia»,48 permanecen en las comunidades indíge­
nas, quienes constituyen la base sobre la cual el movimiento ha podido construir­
se desde 1994, a pesar de las dificultades y de la guerra de baja intensidad llevada
acabo en los territorios autónomos por el ejército y por grupos paramilitares. Los
procesos de organización autónoma de las comunidades locales mostraron el vi­
gor de un actor implicado en una transformación social, política y cultural ancla­
da en las comunidades locales, de manera profunda y a largo plazo a pesar de las
dificultades cotidianas y de las contradicciones inherentes a un proceso basado
en experimentaciones prácticas de las alternativas por los que la viven.
Mientras muchos movimientos altermundialistas urbanos u occidentales que
surgieron en la última década generaron una dinámica amplia pero de corto pla­
zo, el proceso de transformación sigue vigente en las comunidades zapatistas
quince años después del levantamiento. Al contrario de algunos movimientos al­
termundialistas que se quedaron en los discursos y en la construcción teórica de
alternativas al neoliberalismo, los zapatistas experimentaron una organización
autónoma y alternativa alrededor de valores antagónicos a la cultura comercial y
competitiva. Como no lograron que sus demandas fueran reconocidas por los
poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial mexicanos, consideraron que, «si no po­
demos cambiar el mundo, luchamos para que el mundo no nos cambie a noso­
tros».49

C.Activismo, experiencia y subjetividad

1. Jóvenes urbanos e indígenas insurgentes

Cuando una docena de jóvenes activistas latinoamericanos, norteamericanos


y europeos se encuentran en la preinauguración del espacio autónomo al lado del
Foro Social Mundial 2005, la inspiración zapatista surge rápidamente como la
referencia compartida entre todos. Decidieron bautizar su espacio su espacio de
debate el «Caracol intergaláctico». ¿Cómo explicar tal entusiasmo de estos jóve­
nes urbanos y muy individualizados venidos de varios continentes por un movi­
miento de comunidades indígenas y campesinas? Más allá de sus diferencias,
estos actores comparten una misma concepción del cambio y de los movimientos
sociales. En sus comunicados y cuentos publicados entre 1994 y 2001, el subco-
mandante Marcos parece haber logrado describir mejor que otros la filosofía que
comparten numerosos movimientos alrededor del mundo. Su concepción del cam­
bio social se basa sobre la construcción de espacios autónomos, la rotación de
tareas, la participación de todos en las decisiones, un aprendizaje por las expe­
riencias practicas, la multiplicidad de los «otros mundos posibles», la horizontali­
dad de las relaciones sociales o la defensa de la diversidad en el seno del movi­
miento como en la sociedad.
Con diversas modalidades, numerosos movimientos en el mundo se refieren a
estos elementos cuando se trata de construir un mundo mejor: redes de jóvenes
altermundistas,50 nuevas comunidades rurales del MST en Brasil, algunas comu­
nidades indígenas, centros sociales culturales en las ciudades de Europa y Améri­
ca Latina, grupos que buscan proponer en su bario alternativas a la sociedad de
consumo y favoreciendo los vínculos sociales entre vecinos..., Por esta concep­
ción del compromiso y del cambio social centrada en la subjetividad,51 estos acti­
vistas se oponen a la dominación de los mercados y se construyen como actores
de su vida, de su barrio y su mundo. Mientras que los actores de la «sociedad
civil» se concentran en análisis técnicos de medidas políticas, económicas o jurí­
dicas alternativas, los militantes de estos movimientos de experiencia luchan con
su cuerpo,52 sus emociones53 y su subjetividad. Consideran así que «los oprimidos
no son sólo un grupo particular de personas, sino también aspectos particulares
de la personalidad de cada uno de nosotros: nuestra confianza, nuestra sexuali­
dad, nuestra creatividad».54

2. La experiencia en él centro del compromiso

En lugar de centrarse en la búsqueda de un impacto político, estos movimien­


tos se construyen alrededor de la experiencia entendida en su doble sentido: la
experiencia vivida y la experimentación.55 Por un lado, estos activistas buscan de­
fender la autonomía de su experiencia vivida frente á la influencia de la sociedad
global y de los poderes económicos en todos los aspectos de la vida,56y se rebelan
contra la manipulación de las necesidades y de la información. Estos movimien­
tos son un llamado a la libertad personal contra las lógicas del poder y de la
producción, del consumo y de los medios de comunicación masivos. Como lo
escribió A. Touraine «No podemos oponemos a esta invasión con principios uni­
versales, sino con la resistencia de nuestras experiencias singulares».57
Por otro lado, estos activistas consideran la lucha como un proceso de experi­
mentación creativa, por medio del cual se ponen en práctica los valores de un
«mundo mejor». Buscan construir «otro mundo» a partir de sus prácticas y expe­
riencias alternativas: «La rebelión debe ser una rebelión práctica, debe ser la
construcción de otra manera de hacer, de otra sociabilidad, de otra forma de
vida».58 Al rechazar los modelos y planes preconcebidos para crear el mundo
mejor, los activistas de la vía de la subjetividad privilegian un aprendizaje a través
de la experiencia por método de prueba y error en procesos de experimentación,
ya que «Se hace camino al andar» y que «se aprende a caminar caminando».
Para los actores de estos movimientos centrado en la subjetividad, el objetivo
no precede a la acción, sino que le es concomitante Este carácter performativo del
compromiso ya había sido destacado por Gandhi, quien consideraba que «Debe­
mos encarnar el cambio que queremos ver en el mundo» (Memorial Gandhi,
Mumbai, 2004). La lucha no es pues contra un enemigo solamente o un sistema
extemo, sino que también es con la personalidad de cada uno y en cada movi­
miento: «El primer cambio está a dentro de cada uno»; «La lucha es tan fuerte
contra sí mismo como contra el enemigo. Es necesario ser conciente y reconocer
nuestra tendencia al orgullo, al oportunismo que todos tenemos, puesto que todos
estamos contaminados, impregnados de este sistema. Es una lucha permanente a
nivel interno y externo».59 Del mismo modo, el principal reto del zapatismo se
encuentra en la transformación de las relaciones sociales en el seno de las comu­
nidades mismas, ya sea en las relaciones de producción, las decisiones políticas o
en las relaciones entre géneros. El zapatismo conlleva también una profunda
transformación en cuanto a la estima de los indígenas en sí mismos, de la que se
hace eco el valor central de la dignidad.

3. Espacios cotidianos y relaciones sociales

Frente a la invasión de la vida por lógicas mercantiles, estos movimientos


buscan crear espacios de experiencia. Se trata de construir lugares distanciados de
la sociedad capitalista que permiten a los actores vivir de acuerdo con sus propios
principios, entablar relaciones diferentes y expresar su subjetividad. Estos espacios
son a la vez lugares de lucha y «antecámaras de un mundo nuevo».60 Permiten a
cada individuo y colectividad construirse como sujeto, defender su derecho a la
singularidad y volverse actor de su propia vida.
La modalidad y la duración de los espacios de experiencia son muy variables.
Algunos son creados para permitir a los participantes (volver a) construir su vida
en su seno como las comunidades autónomas zapatistas o los asentamientos del
Movimiento de los Sin Tierra.61 Otros espacios de experiencia son mucho más
efímeros. Los campamentos de los jóvenes alter-activistas sólo duran algunos días.
Ofrecen a sus participantes una oportunidad de experimentar prácticas de de
organización social alternativas, más horizontales y autónomas. La «reconquista»
efímera de espacios y territorios fue el denominador común de la red de activis­
tas anglófonos Reclaim the Street a fines de los años noventa y luego de numerosas
redes alter-activistas: «Tanto si tomamos la calle a los autos, los inmuebles para
dárselos a los squatters, los campus para hacer de ellos lugares de protesta o
escenas de teatro, si arrancamos nuestras propias voces de la voracidad de los
abismos tenebrosos de los medios o nuestro entorno visual de los carteles exhibi­
dos, siempre estamos reconquistando espacios».62 Menos pacíficas, pero con el
mismo carácter efímero, las «zonas autónomas anticapitalistas» son creadas por
algunos sectores radicales de los black blocks durante manifestaciones contra
instituciones internacionales como el G8. Para ellos, se trata de destruir todo
símbolo del capitalismo y de la sociedad de consumo (cajeros automáticos, signos
distintivos bancarios, publicidades, marcas de autos «lujosos»...) en un territorio
determinado, sin lastimar a las personas.63
La vida cotidiana, el barrio o el territorio de una colectividad también pueden
volverse asimismo espacios de experiencia contra la ideología neoliberal. Frente a
la amplitud de la desafiliación64 del aislamiento creciente de los individuos en
nuestras sociedades, numerosas asociaciones cuentan entre sus objetivos con el
«fortalecimiento de las relaciones sociales», que se inscriben dentro de una lucha
contra una «ideología capitalista e individualista, contra el capitalismo que some­
te todas nuestras relaciones al dinero» (entrevista con un activista en México,
2003). Para A.E. Ceceña,65 intelectual mexicano cercana a los zapatistas, «cuanto
más se extienden las redes capitalistas, más aislados se encuentran los indivi­
duos. En otras palabras, para contribuir al progreso de la globalización, es nece­
sario que se reconozcan como objetos atomizados, que se desubjetivicen». Cam­
biar el mundo pasa entonces por la construcción de nuevas formas de sociabili­
dad. A la pregunta «¿Qué es lo que cambió en usted para este compromiso con el
movimiento?», un ex ejecutivo que perdió su empleo en la crisis y se volvió activo
en algunas actividades locales de un movimiento piquetero de un suburbio de
Buenos Aires, respondió: «Antes, no conocía a mis vecinos. Salía para mi trabajo
por la mañana, volvía por la tarde y me pasaba frente al televisor. Hoy, la vida de
barrio es muy importante para mí. Entre los vecinos, nos ayudamos mucho» (MTD
Quilmes, entrevista en enero 2003). Sergio Zermeño66 subraya la importancia de
tales asociaciones locales que contribuyen en una «redensificación de lo social»
que, a través de un largo trabajo de sedimentación, mejoran considerablemente
la calidad de vida de los habitantes. Bajo la influencia de los movimientos locales,
algunos barrios se convirtieron en «terrenos de subjetivización: en el territorio
del barrio se operó, a lo largo de los últimos años, un proceso de producción de
vínculo social. Esta operación subjetiva transformó la fisonomía de los barrios
urbanos, que pasaron de una manera pasiva de ocuparlos a modalidades activas y
múltiples de habitarlos».67
Los activistas de esta vía de la subjetividad del movimiento altermundista ven
la resistencia también en los «pequeños actos de la vida cotidiana de todos y cada
uno». En este contexto, la distancia entre la vida cotidiana y el compromiso mili­
tante desaparece. La sociabilidad y la amistad constituyen elementos fundamen­
tales del compromiso, y el terreno para un mundo mejor. Todos los movimientos
de esta vía de la subjetividad atribuyen así una gran importancia a las relaciones
interpersonales y al nivel local. Los centros sociales italianos, por ejemplo, estu­
vieron profundamente vinculados a nivel local con el dinámico movimiento alter­
mundista en su país.68 También fue su anclaje en la realidad local y en las comuni­
dades lo que permitió al zapatismo cobrar actualidad luego del rechazo de los
legisladores mexicanos en el reconocimiento de un derecho a la autonomía de
comunidades indígenas. Después de varias movilizaciones internacionales, los
joven alter-activistas de de la red GAS 9 también decidieron reorientar su acción
hacía proyectos locales, buscando como empoderar la vida social en un barrió de
la ciudad de México. Cuando los altermundistas cercanos a este polo subjetivo se
juntan para los encuentros internacionales, lo hacen también en calidad de mili­
tantes locales y buscan intercambiar sus experiencias de lucha: «Es importante
articulamos con el movimiento global, pero al mismo tiempo es necesario actuar
a nivel local. Hay mucho trabajo por hacer a ese nivel, como, por ejemplo, la toma
de inmuebles para luchar contra la especulación inmobiliaria» (Un joven alter-
activista catalán, FSM 2002).

4. El compromiso como un espacio de experiencia

Los movimientos mismos constituyen otros espacios de experiencias que deben


permitir a los individuos realizarse y experimentar de manera concreta relacio­
nes sociales y procesos de decisiones alternativas. La manera de organizar el
movimiento reviste entonces una gran importancia crucial «porque eso proyecta
también lo que podría ser otra sociedad».69 «Es necesario que nuestro funciona­
miento sea acorde con los valores que defendemos en nuestra resistencia» (una
militante belga, 2004). La organización del movimiento debe pues reflejar los
valores alternativos difundidos por el altermundialismo: organización horizontal,
la mayor participación posible en las decisiones, delegación limitada, rotación de
tareas, respeto por la diversidad... Las redes de joven alter-activistas son muy
sensibles a estos asuntos: «Para nosotros, es muy importante contar con una orga­
nización horizontal, sin líder, afín de respetar a todos los participantes. Es nece­
sario hablar y también escuchar para aprender uno de los otros y compartir sus
informaciones» (Una activista de GAS 9, 2005).
Como la experiencia vivida no puede ser delegada, numerosos activistas se
preocupan por evitar las mediaciones70y limitar al máximo las prácticas de porta­
voz: «No puedes delegar tu palabra, de otro modo te remites a alguien que va a
hablar en nombre de tu singularidad y especificidad, de tus deseos y de lo que
necesitas en términos de derechos» (un militante belga). Esta preocupación se
traduce también por una rotación de las tareas de organización en los grupos
militantes. Con estas medidas, los activistas intentan limitar la distinción entre
los empresarios de la movilización y otros militantes que serían además «consumi­
dores pasivos». No obstante, a pesar del discurso que aspira a la autogestión y a la
participación de todos, en la realidad de los movimientos, algunos activistas se
implican más que otros y a menudo adquieren una mayor influencia.
El tiempo y la inversión que exigen estas prácticas son considerables. De he­
cho, tarde o temprano, todos los grupos terminan por verse ante el dilema entre
la participación de todos y la fuerte democracia interna, por un lado; y una efica­
cia necesaria, por el otro. En consecuencia, los principios de autogestión general­
mente se aplican con flexibilidad, tanto para evitar transformarlos en dogma rígi­
do que por principios realistas: todos los miembros no se implicarán con la misma
intensidad en un proyecto, y la delegación de responsabilidades parece a veces
indispensable. Lo más importante sigue siendo favorecer un comportamiento más
activo en el compromiso y evitar una delegación excesiva que llega a separar los
«responsables» de los «consumidores del proyecto». Pero sucede también que
ciertos grupos altermundistas acaban concentrando mucho de sus energías a ese
nivel organizativo, ya sea en la gestión de sus espacios o en la crítica, a veces
feroz, a asociaciones orientadas más bien hacia la eficacia que hacia la democra­
cia interna. En los dos casos, la oposición al neoliberalismo y los intereses societa-
les del movimiento pasan a segundo plano. A. Roy, figura de proa del altermun­
dialismo en India, ha sido particularmente crítica de esta postura: «El riesgo es
que [la organización del movimiento] absorbe nuestras mejores energías y movi­
liza nuestros espíritus más generosos, únicamente para pensar en la próxima
reunión. Con eso no les causamos problemas a nuestros adversarios. Será siem­
pre nuestra música, pero no podrá transformarse en nuestra lucha».71 Al concen­
trarse en la organización de sus campamentos alternativos más que en sus accio­
nes contra el G8, ¿acaso los alter-activistas plantean menos problemas a la organi­
zación del encuentro de los jefes de Estado? Paradójicamente, los espacios de
experiencia pueden terminar por constituir medios para canalizar el ardor de los
actores contestatarios.
D.Una concepción distinta del cambio social

1. El cambio como proceso y no como ruptura

Estos actores sociales constituyen movimientos sociales que buscan producir


ellos mismos sus formas de vida y afirmarse en su capacidad creadora contra las
manipulaciones de las industrias culturales hegemónicas.72 Sostienen así una con­
cepción del cambio social que no pasa tanto por la influir sobre los responsables
políticos como por la transformación respecto de la manera de vivir juntos a
partir de alternativas concretas que pongan en práctica los valores del movimien­
to y una reafirmación de las formas de sociabilidad locales.

En vez de una ruptura brusca y radical con la idea clásica de revolución que se
dio a lo largo de la historia, el cambio social se concibe como un proceso. El «otro
mundo posible» no surgirá mañana, luego de la «gran noche», sino que comienza
aquí y ahora, en estos rincones intersticiales de la sociedad apropiados por los
activistas y transformados en espacios de experiencia alternativos y autónomos. El
cambio no se limita a nivel local, sino que se concibe de abajo hacia arriba (bo-
ttom-up): «No podemos cambiar el mundo si no empezamos por cambiarnos a
nosotros mismos, a ayudar a nuestros vecinos, a ver lo que esta pasando en nues­
tro barrio».73 En lugar de grandes ideologías y visiones mesiánicas, estos activis­
tas se focalizan en prácticas cotidianas que se van inventando día a día en la
indeterminación: «Para nosotros se trata de buscar a tientas las vías concretas y
emancipadoras de la transformación de los vínculos sociales» (Presentación del
espacio «desobediente» del Foro Social Europeo 2003, París). Sin un modelo glo­
bal o plan preestablecido, las alternativas se dan en la pluralidad: «un mundo
donde quepan muchos mundos».
Esta perspectiva conduce también a otra concepción de la organización y de la
extensión de los movimientos. El objetivo de las asociaciones no es aumentar la
cantidad de sus adherentes, sino desarrollar un movimiento a largo plazo y per­
manecer anclados localmente. Con una base no mayor a 1994 entre los indígenas
chiapanecos, el movimiento zapatista continúa desde hace 25 años. Los altermun-
dialistas de esta vía de la subjetividad estiman que un cambio global no surgirá
por el crecimiento o la extensión de un espacio de experiencia que alcanzaría la
escala global, sino por la multiplicación de espacios alternativos que tengan cada
uno su especificidad. Se trata de «enjambrar», de alentar la creación de otros
movimientos parecidos pero autónomos en otros barrios y ciudades. Los zapatis­
tas consideran entonces que «el mejor medio de mantener la lucha zapatista es
llevar la lucha allí, donde usted esté».74

2. El anti-podery sus límites

Muchos activistas consideran que «es necesario comenzar por la crítica al


neoliberalismo, pero también hay que formular una crítica a la idea de poder, que
es una herencia de los antiguos movimientos sociales de izquierda [...] La política
que queremos ya no reside en la delegación a los partidos políticos» (Un militante
italiano, FSM 2004). En vez de luchar para tomar el poder, como lo han hecho los
movimientos sociales de la sociedad industrial, en vez de adoptar prácticas de
contra-poder, que tienen como objetivo contrarrestar los órganos de poder y la
influenza de las grandes empresas, como lo sugería Montesquieu, los activistas de
la subjetividad buscan crear espacios de experiencia libres de relaciones de po­
der y de dominación,75 fuera de la influencia de la ideología mercantil y de los
comunitarismos.
Si bien el potencial innovador de estos espacios y de estas prácticas merece
ser destacado, la aplicación de los preceptos e ideales de los espacios de experien­
cia se enfrenta con ciertos límites e ilusiones. La mayoría de estos límites derivan
de la concentración de estos movimientos de la vía de la subjetividad en el polo de
la identidad.76 En algunos casos, los movimientos se centran tanto en ellos mis­
mos y en su propio funcionamiento que descuidan el conflicto con los adversarios
sociales y van perdiendo el interés por el cambio social que habían asignado a sus
luchas. Se pueden distinguir seis grupos de límites al respecto.

1. Conviene evitar la romantización de las redes horizontales77 y de los espacios


autónomos en el seno de los cuales la ausencia de estructura y jerarquía formales
no puede confundirse con la ausencia completa de jerarquía. Sin reglas explícitas
relativas a la toma de decisión en las asambleas altermundialistas, algunos prota­
gonistas pueden, no obstante, adquirir una gran influencia por su carisma, sus
relaciones o estrategias puestas en práctica. Ahora bien, como lo han demostrado
M. Crozier y E. Friedberg,78 «no se lo contiene tratando de suprimirlo, no querien­
do conocerlo o simplemente rechazándolo, sino al contrario, aceptando la exis­
tencia del fenómeno».
2. Como ya ha sido remarcado anteriormente, la gran atención de los actores
de estos movimientos de la vía de la subjetividad en la organización del movi­
miento mismo, puede conducirlos a descuidar los intereses societales asignados a
su lucha en beneficio de un movimiento centrado en sí mismo, en el cual los
debates sobre la organización ocupan la mayor parte del tiempo de los militantes
o impide al grupo ser eficaz en la realización de sus proyectos.
3. La relación entre la experiencia vivida y la lucha social, entre la transforma­
ción de sí y la transformación del mundo, se encuentra en el corazón de los
movimientos de esta vía de la subjetividad, que confieren una importancia socie­
taria a los actos concretos del día a día. No obstante, cuando la transformación de
los actores mismos y la mejora de sus condiciones de vida cotidiana se vuelven el
alfa y el omega de un movimiento, éste, por lo general, se desconecta de los
intereses societales y se limita entonces a un grupo corporativista al servicio de
sus miembros, de acuerdo con la única lógica de sélf-hélp examinada por H. Kriesi.79
En otros casos, la defensa de las comunidades contra las lógicas de mercado
puede dar paso al repliegue en el localismo, el comunitarismo o en identidades
cerradas.
4. La autonomía que estos movimientos reivindican con respecto a actores
políticos e instituciones se dilata en muchos casos por desconfianza, incluso por
una oposición, a la esfera política e institucional. Si bien de ello emana una gran
creatividad en términos de cultura política y una cierta renovación del pensa­
miento social, dicha actitud puede revelarse rápidamente des-politizante, en parti­
cular cuando los activistas optan por un rechazo total a los actores políticos e
institucionales de los que construyen una visión unívoca y monolítica. En México,
las críticas acerbas del subcomandante Marcos respecto de todos los actores de
la política institucional, y en especial del partido de la izquierda mexicana duran­
te las elecciones presidenciales 2006, condujo a numerosos zapatistas a no votar.
El «\Que se vayan todosl», que acompañó la rebelión argentina en diciembre 2001,
condujo también a numerosos grupos piqueteros autónomos a preconizar la abs­
tención: «son todos iguales. [...] No podemos esperar nada de ellos» (una militan­
te del grupo piquetero) (T. Rodríguez, 2003).80 Tal rechazo al debate con actores
políticos tradicionales indica la voluntad de adoptar otra vía del cambio social.
Sin embargo, al evitar debates importantes y al centrarse en la construcción de
alternativas en espacios micro-locales, ¿han elegido acaso estos actores un medio
eficaz para lograr los cambios que buscan? ¿En qué medida pueden prescindir de
intermediarios políticos para obtener transformaciones concretas, menos efíme­
ras y con cierta amplitud a nivel nacional e internacional? Señalemos de paso que
este rechazo firme a la política y a las instituciones en los discursos se vuelve con
frecuencia claramente más ambiguo en la práctica. A pesar de su voluntad por
preservar su autonomía y su rechazo a las intervenciones estatales, muchos espa­
cios sobreviven gracias al apoyo del Estado. La contradicción es particularmente
fuerte en el seno de algunos movimientos argentinos.81 El descrédito de las insti­
tuciones y de actores políticos y la voluntad de autonomía han constituido los
elementos centrales del discurso de piqueteros autonomistas entre 2001 y princi­
pio de 2003. Sin embargo, la gran mayoría de ellos lucharon para exigir más
subsidios y se volvieron estrechamente dependientes de la asistencia pública.
5. Aun cuando se reivindiquen autónomos, los espacios locales donde están
anclados estos movimientos no podrían librarse totalmente de los poderes políti­
cos y del sistema económico. Como lo ha demostrado J. Scott (1998), las autorida­
des del Estado central generalmente son reticentes al desarrollo de espacios autó­
nomos, ya sea para hacer frente a una oposición o para imponer un estado de
derecho. La lógica económica de los mercados globales también puede provocar
la apropiación de algunos recursos de estos territorios (Ceceña, 2000). Ahora bien,
los medios de represión estatales no tienen punto de comparación con las fuerzas
de defensa de estos espacios autónomos. Cierto grado de tolerancia para con ellos
por parte de las autoridades estatales resulta entonces indispensable para su
supervivencia. Sin la presión de la sociedad civil nacional e internacional, la re­
presión del ejército mexicano hubiera eliminado los focos de resistencia zapatista
en enero 1994. Lo mismo sucedió con las fábricas recuperadas en Argentina, los
asentamientos de los sin tierra en Brasil o las casas okupadas por los centros
sociales alternativos. De este modo, la perennidad de los espacios autónomos
depende de acciones, de relaciones de fuerza y de influencias fuera de estos
espacios en el seno mismo de la arena política, de la que los actores políticos
pretenden escapar.
6. El paso de un cambio individual y local a una transformación más global del
sistema político y social sigue siendo el ángulo muerto de estos movimientos y de
algunos teóricos que se suman a ellos.82 La multiplicación de espacios limitados en
los que se desarrollan prácticas alternativas no conduce necesariamente a un
cambio global de la sociedad. Ésta puede coexistir muy bien con un fortaleci­
miento de las políticas neoliberales en la sociedad o con un crecimiento del peso
de los poderes económicos. Ahora bien, al desarrollar espacios al margen de la
esfera política e institucional, ¿estos activistas no dan más prioridad a la «opción
de salida»83 que a una contestación en la arena social y política (voicé) que podría
contribuir a cuestionar esas políticas? Estos movimientos, al desplazar la lucha
de la esfera política a la vida cotidiana, ¿no dejan el campo libre a sus adversarios,
por ejemplo a nivel de la influencia en las instituciones o instancias de poder? A.
Boron84 o M. Hardt y A. Negri85 advierten sobre la idea según la cual «la batalla
contra el Imperio podría ganarse por sustracción, renuncia o defección. Esta de­
serción [...] es la evacuación de los lugares de poder». La lógica de sustracción a
los poderes políticos y económicos parece ser tanto menos sustentable cuanto
que el paso de estos espacios a una escala más amplia continua siendo extremada­
mente vago.

Cada uno de estos elementos conduce a destacar el interés de aliar espacios de


experimentación y prácticas alternativas con una dimensión más política que
permita establecer relaciones con los responsables políticos y estar más presente
en el espacio público. Más allá de los discursos con frecuencia virulentos contra
los actores políticos, y el desencanto que proviene de los límites de la democracia
representativa, muchos activistas de estos movimientos locales y que reinventan
la vía de la subjetividad combinan su compromiso con una ciudadanía política
más clásica, y votan generalmente por partidos ecologistas o progresistas respec­
to de los cuales mantienen una actitud de apoyo crítica. Las formas de acción de
estos movimientos pueden así combinarse con otras e insertarse en la arena polí­
tica cuando ésta sea más sensible a los retos que enfrenta la sociedad.

Conclusión

Con su voluntad de «cambiar el mundo sin tomar el poder», estos movimien­


tos de la vía de la subjetividad se focalizan más bien en la sociedad que en las
altas esferas de la política: «Lo que buscamos es hacer, que sea la gente la que
haga los cambios y no tanto los políticos» (Un activista mexicano). Estos movi­
mientos surgen y se expresan más en lo cotidiano que en utopías globales. Lo
cercano y lo local son fundamentales en esta concepción que cuenta con la trans­
formación del mundo a través de una multitud de alternativas centradas en la
experiencia, la participación, la vida cotidiana, los movimientois locales y el cam­
bio en sí mismo. Estos movimientos construyen nuevas modalidades de participa­
ción política. Si bien los activistas de estos movimientos a menudo tienen la inten­
ción de superar a la democracia representativa, las prácticas y utopías que sostie­
nen complementan ésta última mucho más de lo que se oponen.

Bibliografia

ANTENTAS, J.M., EGIRUN, J., ROMERO, M. (dirs.) (2003), Porto Alegre se mueve, Madrid: Catarata.
B a u m an , Z. (2000), Liquid Modemity, Cambridge: Polity Press.
B enasayag , M., B r an d , U., G o n zá lez , H., H olloway , J., M atttni, L., N e g r i , T. y Collectivo
Situaciones (2001), Contrapoder. Una introducción, Buenos Aires: De mano a mano.
B e n h a b ib , S. (2002), The claims o f cultures. Equality and diversity in the global era, Princeton:
Princeton University Press.
Bey, H. (1997), Zone autonome temporaire, TAZ, París: Editions de l’Eclat (www.lyber-eclat/lyber/
taz.html).
B o r o n , A. (2003), «Poder, "contrapoder” y "antipoder”», Chiapas n.° 15: pp. 143-162.
Castel , R. (1995), Les méíamorphoses de la question sociale, París: Fayard.
Castells , M. (1999 [1997]), L’ére de Vinformation, tomo 2: Lepouvoir de l’identité, París: Fayard.
Ce ceña , A.E. (1997), «Neoliberalismo e insubordinación», Chiapas n.°4, Era-Instituto de Investi­
gaciones Económicas.
— (2000), Revuelta y territorialidad, América Latina, los nuevos actores sociales, Buenos Aires: Kohen
& Asociados Internacional.
— (2001), «L a marcha de la dignidad indígena», en G. Michel y F. Escárzaga, Sobre la marcha,
México: UAM - Rizoma, pp. 161-178.
— , O r n e las , R. y O r n e las , A. (2002), «N o es necesario conquistar el mundo, basta con que lo
hagamos de nuevo», Chiapas n.° 13.
Colectivo Situaciones (2002), 19y 20. Apuntes para el nuevo protagonismo social, Buenos Aires:
De mano en mano.
Crozier M. y F riedber g E. (1977), L’acteuret le systéme, París: Seuil.
DÍAZ POLANCO, H. y SÁNCHEZ, C. (2002), México diverso, México: Siglo XXI.
D ubet , F. (1994), Sociologie de l’expérience, París: Seuil.
— (1995), «Sociologie du sujet et sociologie de l’expérience», en F. Dubet, M. Wieviorka (dirs.),
Penserle Sujet. Autour d’Alain Touraine, París: Fayard, pp. 103-122.
E Z L N (1994 & 1995), Documentos y comunicados 1 & 2, México: Era.
Farriglietti , A. (2006), Radicalismo, cultura, política, violencia, en A. Farro «Italia alterglobal.
Movimento, culture e spaz», Milán: Franco Angeli.
F oucault , M. (1984), «L e pouvoir, comment s’exerce-t-il?», enM . Foucault, Unparcoursphiloso-
phique, París: Gallimard, 1984, pp. 751-762.
G o o d w in , J., Jasper , J. (dirs.) (2004), Rethinking social movements, Lanham: Rowman and Little-
field.
G utiérrez N arváez , R. (2006), «Impactos del zapatismo en la escuela», Liminar. Estudios Socia­
les y Humanísticos, vol. IV(1).
H aberm as , J. (1987), Théorie de l'agir communicationnel, tomo 2: Pour une critique de la raison
fonctionnaliste, París: Fayard.
H ardt , M., N egri , A. (2000), Empire, París: Exils.
HERNÁNDEZ Castillo , R.A. coord. (1998), La otrapalabra: mujeres y violencia en Chiapas, México:
CIESAS.
HlRSCHMAN, A. (1995 [1973]), Défection etprise deparóle, París: Fayard.
HOCQUENGHEM, J., L apierre , G. (dirs.) (2002), Hommes de mats, cceurs de braise. Cultures indiennes
en rébeüion au Mexique, París: L’insomniaque.
H olloway , J. (2002), Cambiar el mundo sin tomar el poder, Buenos Aires: Herramienta
— (2003), «Anche un bacio puó essere un movimento anticapitalista», entrevista a John Holloway
por Marco Calabria, Carta, febrero.
ION, J. (1997),Lafindesmilitants?, París: L’Atelier.
JURIS, J. y P ley ers, G. (2009),«Alter-Activism: Emerging Cultures of Participation among Young
Global Justice Activists», Journal ofYouth Studies, X II( 1).
— (2004), «Networked Social Movements: Global Movements for Global Justice», en M. Castells
dir. The NetWork Society: A Cross-Cultural Perspective, Cheltenham: Edward Elgar.
K aldor , M. (2003), Global civil society against war, Londres: Polity Press.
KLEIN, N. (2002 [2000])), No Logo. La tyrannie des marques, París: Babel - Actes Sud.
Kriesi, H. (1993), «Sviluppo organizzativo dei nuovi movimenti sociali e contesto político», Rivis-
ta italiana di scienzapolítica, vol. 23, pp. 67-117.
Le Bot, Y. (dir.) (2002), Indiens. Chiapas > México > Califomie, Montpellier: Indigéne Editions.
— (2003), «Le zapatisme, premiére victime du retour de l’Histoire», Le Monde, 31 diciembre.
— y M arcos (1997), Le reve zapatiste, París: Seuil.
LOUVIAUX, M. (2003), D ’un autre agir altermondialiste. L ’analyse du Groupe d’Achat Commun de
Barricade comme révélateur d’unepratique de contestation constructive, Louvain-la-Neuve: UCL.
McADAM, D. (1989), «The biographical consequences of activism», American Sociological Review,
54:744-760.
— , TARROW, S., TlLLY, Ch. (2001), Contentiouspolitics, Nueva York: Cambridge University Press.
M cD o n ald , K. (2006), Global Movements, Oxford: Blackwell.
MARCOS (2007 [2003]), «Latreiziéme stéle», enMexique, Calendrierdélarésistance, París: Rué des
Cascades, pp. 287-376.
MlCHEL, G., ESCRÁZAGA, F. (2001), Sobre la marcha, México: U A M - Rizoma.
M u x e l , A. (2001), L’expériencepolitique desjeunes, París: Presses de Sciences Po.
ORNELAS B er n al , R. (2004), «L a autonomía como eje de la resistencia zapatista. Del levantamien­
to armado al nacimiento de los caracoles», en A.E. Ceceña (dir.), Hegemonías y emancipaciones
en el siglo XXI, Buenos Aires: CLACSO, pp. 133-172.
Padilla , G. (2000), «Droit fondamental indigéne et droit constitutionnel», Altematives Sud vol.
VII-2,pp. 213-230.
Pardo Pacheco , R. (2001), «E l movimiento zapatista de liberación nacional en la opinión públi­
ca», en G. Michel y F. Escárzag, Sobre la marcha, México: UAM-Rizoma, pp. 131-160.
P leyer s , G. (2004), «Des black blocks aux alter-activistes: Póles et formes d’engagement des
jeunes altermondialistes», Lien Social et Politiques n.° 51, pp. 123-134.
— (2009), Alter-globalization. Becoming actor in the global age, Cambridge: Polity Press.
SCOTT, J. (1998), Seeing like a state, Yale: Yale University Press.
S e n n e t t , R. (2006), The culture o f the new capitálism, Yale: Yale University Press.
SVAMPA, M., PEREYRA, S. (2003), Entre la ruta y el barrio. La experiencia de las organizaciones
piqueteros, Buenos Aires: Biblio.
TlLLY, C. (2004), Social Movements 1768-2004, Noble Court: Paradigm.
T o ur aine , A. (1978), La voix et le regard, París: Seuil.
— (2002), «From understanding society to discovering the subject», Anthropological Theory, vol. 2
(4), pp. 387-398.
— (2005), Un nouveauparadigme, París: Fayard.
W e be r , M. (1963), Le savant et lepolitique, Plon, París.
WlEVIORKA, M. (2003), «Unautre monde», en M. Wieviorka (dir.), Un autre monde... Contestations,
derives et surprises dans l’antimondialisation, París: Balland.
— (2004), La violence, París: Balland
Z e r m e ñ o , S. (2005), La desmodernidad mexicana y las alternativas a la violencia y a la exclusión en
nuestros días, México: Océano.
1. Este concepto puede ser definido como «las interacciones colectivas, públicas y episódicas
entre quienes formulan reivindicaciones y los objetos de éstas cuando al menos un gobierno es
parte importante de ese grupo u objeto de su reivindicación y cuando la realización de ésta afecta
los intereses de al menos uno de los que formulan la reivindicación». Este concepto busca
superar las fronteras entre la política institucional y la no institucional. D. McAdam, S. Tarrow,
Ch. Tilly (2001), Contentious politics, Nueva York: Cambridge University Press, p. 5.
2. H. Phelps-Brown (1990), The counter-revolution of our time, Industrial relations, vol. 29(1),
pp. 1-14.
3. C. Tilly (2004), Social Movements 1768-2004, Noble Court: Paradigm, p. 105.
4. G. Pleyers (2009), Alter-globalization. Becoming cuctor in the global age, Cambridge: Polity Press.
5. A. Touraine (2005), Un nouveau paradigme, París: Fayard, p. 334.
6. G. Pleyers (2004), «Des black blocks auxalter-activistes: Póles et formes d'engagement des
jeunes altermondialistes», Lien Social et Pólitiques n.° 51, pp. 123-134. J. Juris y G. Pleyers (2009),
«Alter-Activism: Emerging Cultures of Participation among Young Global Justice Activists», Jour­
nal ofYouth Studies, X II(l), pp. 57-75.
7. Cincuenta de ellos participaron por ejemplo al encuentro preparativo de la otra campaña
donde la comandancia zapatista había citado «los jóvenes y la sociedad civil», en Juan Diego,
Chiapas, a finales de agosto de 2005.
8. El primer Foro Social de las Américas, en Quito en 2003.
9. J. Juris (2008), Networking Futures, Duke University Press, p. 154.
10. K. McDonald (2006), Global Movements,Londres: Blackwell; Ion (1997); McDonald (2006);
J. Ion (1997), La fin des militants?, París: L’Atelier.
11. En el autobús que regresaba de las manifestaciones contra la cumbre de Cancún, la
mayoría de los activistas no pertenecían formalmente a ninguna organización. Incluso, 60 % de
los activistas del campamento de Jóvenes en Porto Alegre en 2003 no pertenecían a ninguna
organización militante.
12. R. Sennett (2006), The culture of the new capitalism, Yale: Yale University Press; Z. Bauman
(2000), Liquid Modemity, Cambridge: Polity Press.
13. En el documento que presentaba el espacio alter-activista en el Foro Social Europeo 2003,
en París.
14. A. Muxel (2001), L'expérience politique des jeunes, París: Presses de Sciences Po.
15. D. McAdam (1989), «The biographical consequences of activism», American Sociological
Review, 54: 744-760.
16. M. Hardt, A. Negri (2000), Empire, París: Exils, p. 496.
17. M. Weber (1963), Le savant et le politique, París, Plon, p. 96.
18. J. Habermas (1987), Théorie de l’agir communicationnel, tomo 2: Pour une critique de la raison
fonctionnaliste, París: Fayard.
19. Citado por N. Klein (2002), No Logo. La tyrannie des marques, París: Babel - Actes Sud, p. 479.
20. F. Dubet (1995), «Sociologie du sujet et sociologie de l’expérience», en F. Dubet, M. Wievior-
ka (dirs.), Penser le Sujet. Autour d’Alain Touraine, París: Fayard, p. 120.
21. Y. Le Bot (1997), El sueño zapatista, México: Plaza y Janés.
22. A. Touraine (2000), ¿Podremos vivir juntos? Iguales y diferentes, México, Fondo de Cultura
Económica.
23. Y. Le Bot (1997), El sueño zapatista, cit., p. 192; A.E. Ceceña (2000a), «Por la humanidad y
contra el neoliberalismo. Líneas centrales del discurso zapatista», en J. Seoane y E. Taddei (dirs.),
Resistencias mundiales. De Seattle a Porto Alegre, Buenos Aires: CLACSO.
24. R. Ornelas Bemal (2004), «La autonomía como eje de la resistencia zapatista. Del levanta­
miento armado al nacimiento de los caracoles», en A.E. Ceceña (dir.), Hegemonías y emancipacio­
nes en el siglo XXI, Buenos Aires: CLACSO, pp. 133-172.
25. Este valor aparece como central en muchos movimientos indígenas. Como lo expuso un
delegado mapuche durante el Foro Social Mundial 2002, su reivindicación mayor es clara: «So­
mos seres humanos y queremos ser considerados como tales».
26. Comunicado del 13 de enero 1994, en EZLN (1994), Documentos y comunicados 1, México:
Era, p. 71.
27. David Comandante 16/03/2001, en A.E. Ceceña (2001), «La marcha de la dignidad indíge­
na», en G. Michel y F. Escárzaga, Sobre la marcha, México: UAM - Rizoma, p. 162.
28. S. Zermeño (2005), La desmodemidad méxicana y las alternativas a la violencia y ala exclusión
en nuestros días, México: Océano, pp. 127-128.
29. EZLN (1994), Documentos y comunicados 1, cit., pp. 51-54
30. De igual manera, la Coordinación Nacional de los Indígenas de Columbia exigió al Estado
«el respeto y la garantía de los derechos legítimos a la autodeterminación cultural, social, política
y económica, a sus tierras, a su cultura, a sus formas propias de organizarse y de desarrollarse así
como a una educación conforme a sus intereses y necesidades»; G. Padilla (2000), «Droit fonda-
mental indigéne et droit constitutionnel», Áltematives Sud, vol. VII-2, p. 220.
31. Marcos, entrevista citada por R. Pardo Pacheco (2001), «El movimiento zapatista de libera­
ción nacional en la opinión pública», en G. Michel y E Escárzaga, Sobre la marcha, cit., p. 139.
32. EZLN (1994), Documentos y comunicados 1, cit., p. 243.
33. Hocquenghem: Le rendez-vous de Vicam (2009).
34. Díaz Polanco y Sánchez: México diverso (2002).
35. Michel y Escrázaga: Sobre la marcha (2001).
36. Este concepto esta definido y discutido en el punto C.2. de este capítulo.
37. Marcos, citado por Ornelas: «La autonomía como eje de la resistencia zapatista» (2004).
38. J. Holloway (2002), Cambiar el mundo sin tomar él poder, Buenos Aires: Herramienta.
39. R. Ornelas (2004), «La autonomía como eje de la resistencia zapatista», cit., pp. 133-172.
40. EZLN: Documentos y comunicados I (1994); Hernández Castillo, La otra palabra: mujeres y
violencia en Chiapas (1998).
41. «Un maestro zapatista». Primer encuentro de los pueblos zapatistas con los pueblos del
mundo, 2007.
42. Gutiérrez Narváez: Impactos del zapatismo en la escuela (2006)
43. A. Aquino: Entre le reve zapatiste et la reve americain: La migration de jeunes zapatistes aux
Etats-Unis.
44. EZLN: Documentos y comunicados 2 (1995).
45. Le Bot: Indiens, Chiapas > México > Califomie (2002).
46. Esta combinación se revela mucho más compleja a nivel político. Véase S. Benhabib (2002),
The claims of cultures. Equality and diversity in the global era, Princeton: Princeton University
Press.
47. Hocquenghem y Lapierre: Hommes de mats, cceurs de braise (2002).
48. EZLN: Documentos y comunicados 1 (1994).
49. Beto, un delegado del Caracol n.° 4 en el primer encuentro de los pueblos zapatistas con los
pueblos del mundo.
50. J. Juris y G. Pleyers (2009), «Alter-Activism: Emerging Cultures of Participation among
Young Global Justice Activists», Journal ofYouth Studies, X II(l), pp. 57-75.
51. Cf. G. Pleyers (2009), Alter-globalization. Becoming actor in the global age, Cambridge: Polity
Press. Entendemos por «subjetividad» la voluntad de pensar y actuar por sí mismo, de desarro­
llar y expresar su propia creatividad, de construir su propia existencia sin que ello le sea impuesto
por la tradición o por las reglas de la vida colectiva (véase M. Wieviorka [2004], La violence, París:
Balland, p. 65).
52. K. McDonald (2006), Global Movements, Londres: Blackwell.
53. J. Goodwin, J. Jasper, dir. (2004), Rethinking social movements, Lanham: Rowman and
Littlefield.
54. J. Holloway (2002), Cambiar el mundo sin tomar él poder, Buenos Aires: Herramienta
p. 228.
55. Pleyers (2009), op. cit.; E Dubet (1994), Sociologie de Vexpérience, París: Seuil, p. 92; McDo­
nald (2006), op. cit.
56.1. Ulich (1973), La convivialité, París: Seuil; J. Habermas (1987), Théorie de l’agir communica-
tionnel, tomo 2: Pour une critique de la raison fonctionnaliste, París: Fayard; A. Touraine (2002),
«From understanding society to discovering the subject», Anthropological Theory, vol. 2 (4), pp.
387-398.
57. A. Touraine (2002), «From understanding society to discovering the subject», cit., p. 391.
58. J. Holloway (2003), «Anche un bacio puó essere un movimento anticapitalista», entrevista
a John Holloway por Marco Calabria, Carta, febrero.
59. Dos estudiantes que participaban en la ocupación de una casa en el barrio de La Boca,
Buenos Aires, feb. 2003.
60. R. Ornelas (2004), «La autonomía como eje de la resistencia zapatista», cit., pp. 133-172.
61. Así, en la tierra que habían ocupado, un grupo de campesinos sin tierra de la región de
Porto Alegre había instalado pequeñas explotaciones individuales, pero también campos colecti­
vos cultivados biológicamente.
62. Correo de la sección de Toronto de Reclaim the Street, citado por Klein, 2002: 486.
63. H. Bey (1997), Zone autonome temporaire, TAZ, París: Editions de l'Eclat (www.lyber-eclat/
lyber/taz.html).
64. R. Castel (1995), Les métamorphoses de la question sociale, París: Fayard.
65. A.E. Ceceña (1997), Neoliberalismo e insubordinación, Chiapas n.° 4, ERA-Instituto de Inves­
tigaciones Económicas.
66. S. Zermeño (2005), La desmodemidad mexicana y las alternativas a la violencia y ala exclusión
en nuestros días, México: Océano.
67. Colectivo Situaciones (2002), 19 y 20. Apuntes para el nuevo protagonismo social, Buenos
Aires: De mano en mano, p. 169.
68. A. Farriglietti (2006), «Radicalismo, cultura, politica, violencia», en A. Farro, Italia álterglo-
bal. Movimento, culture e spaz, Milán: Franco Angeli.
69. Una responsable de un sindicato francés muy activa en el movimiento altermundialista
70. K. McDonald (2006), Global Movements, Londres: Blackwell.
71. Citada por A. Martins en «A trip to Planet Mumbai», www.forumsocialmundial.org.br
72. M. Wieviorka (2003), Un autre monde, en M. Wieviorka (dir.), Un autre monde... Contestatio-
ns, derives et surprises dans l’antimondialisation, París: Balland, ed. mexicana.
73. Un joven activista cercano a los zapatistas, Cancún 2003.
74. Encuentro de los comandante zapatista con «los jóvenes y la sociedad civil», Juan Diego,
Chiapas, agosto 2005.
75. J. Holloway (2002), Cambiar el mundo sin tomar el poder. Buenos Aires: Herramienta, p. 65;
M. Benasayag, U. Brand, H. González, J. Holloway, L. Mattini, T. Negri y Collectivo Situaciones
(2001), Contrapoder. Una introducción, Buenos Aires: De mano a mano.
76. A. Touraine (1978), La voix et le regará, París: Seuil.
77. G. Pleyers (2004), «Social Forums as an ideal model of convergence», International Social
Science Journal, vol. LVI, N.° 182, pp. 507-517; J. Juris (2008), Networking Futures, Durham: Duke
University Press.
78. M. Crozier y E. Friedberg (1977), L’acteur et le systéme, París: Seuil, p. 377. Véase también. M.
Foucault (1984), Le pouvoir, comment s’exerce-t-il ? en M. Foucault, «Un parcours philosophique»,
París: Gallimard, 1984, pp. 751-762.
79. H. Kriesi (1993), Sviluppo organizzativo dei nuovi movimenti sociali e contesto político, Rivista
italiana di scienza politica, vol. 23, pp. 67-117.
80. Ese desencanto por la política partidista fue compartido por numerosos jóvenes activistas
que «ya no creen en la democracia tal cual existe» (una activista mexicana, 2005).
81. M. Svampa, S. Pereyra (2003), Entre la ruta y el barrio. La experiencia de las organizaciones
piqueteros, Buenos Aires: Biblio.
82. Es, por ejemplo, el caso de J. Holloway (2003), o de M. Benasayag et al. (2001).
83. A. Hirschman (1995) [1973], Défection etprise deparóle, París: Fayard.
84. A. Boron (2003), Poder, « contrapoder» y «antipoder», Chiapas n.° 15: pp. 143-162.
85. M. Hardt, A. Negri (2000), Empire, París: Exils, pp. 265.
Los campesinos contra el ogro omiso.
Meandros del movimiento rural en el último
cuarto de siglo
Armando Bartra

Hace 25 años el grupo gobernante emprendió un unilateral desarme económi­


co que dejaba al agro mexicano desprotegido ante la abusiva competencia del
exterior mientras el que Octavio Paz llamó «ogro filantrópico» desertaba sus com­
promisos rurales. Ante el vendaval, los campesinos —de suyo polifónicos— diver­
sificaron aun más sus estrategias de supervivencia destacando entre ellas la emi­
gración remota, y en muchas regiones rurales, la proverbial abundancia de mano
de obra devino escasez. En el mismo lapso los pequeños agricultores organizados
en tomo a la producción y sus premisas pasaron de luchar por la tierra a bregar
igualmente por el dominio sobre el financiamiento, el cultivo y la comercializa­
ción, y en algunos sectores por la conversión agroecológica, para culminar reivin­
dicando también leyes y políticas públicas que permitan restaurar la soberanía
alimentaria extraviada. Mientras tanto, a la vieja vocación de los contestatarios
rurales por la independencia política respecto del gobierno y su partido se añadía
primero la preocupación por la autogestión económico-social y más tarde la vo­
luntad de autogobierno local o regional, una bandera que al ser enarbolada por los
pueblos originarios enriqueció el añejo combate agrario por recursos y espacios
económicos, sociales y políticos, con una dimensión cultural y simbólica que en el
caso de las etnias autóctonas tiene raíces ancestrales.
El presente texto no es reconstrucción historiográfica sino somera fenomenolo­
gía de un curso histórico: los virajes, bifurcaciones y mudanzas del movimiento
campesino e indígena mexicano en los últimos 20 años. Y dado que no me importa
destacar aquí los hechos y actores particulares sino las sucesivas, paralelas o trasla­
padas vertientes de la resistencia y las diversas aproximaciones a lo que trataré de
mostrar como una alternativa campesina en curso, en esta versión1he obviado en lo
posible el fárrago de los nombres, fechas y siglas con el fin de transparentar al
máximo la racionalidad subyacente en el proceso. Tampoco documento los múlti­
ples eventos locales que conforman el movimiento porque si bien tienen indudable
valor puntual nacen marcadas por el conjunto y tarde o temprano devienen patri­
monio del conjunto, que es el sujeto en formación que aquí me interesa.

Entre la sumisión y la rebeldía

La hipótesis central del ensayo es que el curso sociopolítico de los campesinos


mexicanos durante la mayor parte del siglo XX puede leerse como la historia de su
contradictoria relación de amor-odio con el Estado posrevolucionario; Leviatán
que se les presenta como rejego ejecutor de una reforma agraria redistributiva
conquistada a sangre y fuego en la segunda década del siglo XX, a la vez que como
artífice y beneficiario inmediato de la subordinación al poder que —unos más
rejegos y otros menos— padecen todos los destinatarios de las concesiones prime­
ro agrarias y después agrícolas que otorga ese mismo Estado.2
«Ogro filantrópico»3 es una buena designación paciana para esta malhadada
entidad bifronte, de cuyo ancestral dominio, a veces mezquino y a veces genero­
so, a ratos benévolo y a ratos represor, habremos de libramos algún día tanto los
campesinos como los mexicanos todos.
En esta perspectiva de interpretación, el hilo conductor más profundo de las
luchas sociales de la posrevolución, incluyendo las más recientes, es el esfuerzo
por librarse de una sumisión al Estado que ya es cultura. Trajín que en el caso de
los campesinos e indígenas, cobra sucesivamente la forma de combates por la
independencia política, por la autogestión socioeconómica y por el autogobierno
local y regional.
Todo en el contexto de una extensa y diversificada propiedad pública, por la que
el Estado posrevolucionario controlaba el acceso a los principales recursos de la
producción económica, generaba los principales servicios básicos tanto sociales
como productivos, y participaba ampliamente en la fabricación y distribución de
los más diversos bienes no básicos, al punto de que durante el siglo XX su dominio
sobre la actividad económica fue tanto o más intenso que la estatización existente
en los países socialistas. Igualmente férreo fue su poder sobre las instituciones
políticas, las organizaciones gremiales, el sistema educativo, los medios de comuni­
cación, los ámbitos de la producción y distribución de la cultura, etcétera.4

Espejismo de emancipación librecambista

La llamada «reforma de la reforma», operada en el agro desde mediados de la


década de 1980 por el grupo globalizado de tecnócratas promotores de las políti­
cas de apertura comercial y desregulación llamadas «neoliberales», representa
un quiebre histórico para los pequeños productores rurales en muchos países de
América Latina, pero especialmente para un campesinado como el mexicano que
durante 65 años había vivido a la sombra del agrarismo hecho gobierno.
Pero la coyuntura es también iluminadora porque en ella se muestran luces y
sombras de la llamada «apropiación del proceso productivo» como eje de organi­
zación y lucha de los agricultores pequeños y medianos de carácter mercantil, vía
impulsada inicialmente por corrientes político-sociales opositoras o cuando me­
nos independientes del régimen.
Es positiva la propuesta esgrimida por los grupos rurales autodenominados
autónomos, por cuanto representa un paso más en los esfuerzos por desembara­
zarse del Ogro filantrópico y su patemalismo, no sólo pugnando por la indepen­
dencia política como se venía haciendo desde la década de 1950, sino también
desarrollando la autogestión económica. En cambio, a la postre es negativo el
saldo de la apuesta por el mercado como terreno de emancipación, pues la pre­
tensión de que por sí misma la eficiencia productiva hará libres a los pequeños
agricultores resulta frustrante, no sólo por que la libre concurrencia no es libera­
dora como tal, sino también porque en verdad se trata de un espejismo de libre
concurrencia, en la medida en que los mercados realmente existentes están inter­
venidos por monopolios locales, nacionales y trasnacionales, de modo que sin la
intervención proteccionista del Estado la pretendida «mayoría de edad de los
campesinos» autogestionarios deviene acta de defunción.5

¿Aliarse con el gobierno para autonomizarse del Estado?

La presunta liberación librecambista no sólo fracasa como estrategia socioeco­


nómica, también conlleva un severo descalabro político. La coyuntura que se
presenta tras la fraudulenta elección presidencial de 1988 dramatiza la histórica
tensión entre rebeldía y sumisión, es decir, entre autonomía y clientelismo, pero
con la paradoja de que la corriente autoproclamada autonómica es la que se alia
con el primer gobierno abiertamente neoliberal y con el más rancio y clientelar
corporativismo agrario.
La clave explicativa de está inaudita torpeza radica en que el desmantelamien-
to del Estado interventor que acompaña a las medidas privatizadoras, es visto por
cierta dirigencia campesina como oportunidad histórica para construir en el mer­
cado la preciada autonomía, de modo que los pequeños productores pasen de
entenados de papá gobierno a socios de la burguesía agrocomercial y agroindus-
trial en condiciones de igualdad.
El torcido razonamiento se cierra cuando los presuntos autónomos obtienen
del Estado recursos económicos... para independizarse del Estado, en lo que en
realidad es un regalo de despedida y también la retribución por su respaldo a un
gobierno nacido con la marca de la ilegitimidad. Pero más en el fondo se trata de
las monedas de Judas: pago por la traición de los llamados autónomos a las co­
rrientes del movimiento campesino que en la coyuntura del fraude electoral y el
viraje neoliberal de la nueva administración decidieron resistir, cuestionar y preser­
var su real independencia política.

Fin de la corta luna de miel

La escisión del movimiento rural entre independientes-independientes y autó-


nomos-gobiemistas operada por la nueva administración en el arranque de los
noventa, le permite llevar a cabo con manos libres y relativa facilidad la reforma
constitucional antiagrarista, la reconversión neoliberal de las instituciones y de
las políticas públicas rurales y la firma de acuerdos comerciales cuyos costos
mayores a mediano y largo plazo recaerían sobre el agro, y en particular, sobre los
agricultores pequeños y medianos.
Sin embargo, los impactos negativos de la reconversión no esperan sino que
golpean de inmediato a los campesinos. El resultado es una pronta desilusión de
quienes honestamente creyeron que la retirada del Estado era la oportunidad
dorada del sector social de la producción, y por lo mismo el rápido distanciamien-
to respecto del gobierno, de aquellas organizaciones que en el arranque del sexe­
nio habían apostado a una alianza con el poder federal.
El brutal frentazo con la realidad por el que se desfondan cientos de empresas
asociativas de diversos niveles, tiene la virtud de propiciar el reagrupamiento del
movimiento rural, pero ahora ya no en tomo a la sola autogestión del sector social
de la agricultura, que resulta ilusoria cuando el Estado y los tiburones del merca­
do conspiran contra su sobrevivencia, sino en tomo a la defensa general del cam­
po y los campesinos, víctimas de un modelo extrovertido de ventajas comparati­
vas que los condena a la extinción.

Salvar al campo y restablecer la soberanía alimentaría

La crisis financiera de 1995 y las movilizaciones rurales que desata, son el


punto de arranque de una nueva fase del movimiento campesino cuyo eje es la
lucha por la soberanía alimentaria, que desde la entrada de México al Acuerdo
General Sobre Aranceles y Comercio (GATT), y más tarde con la firma del Tratado
de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), los tecnócratas habían sacrifi­
cado en aras del paradigma de las ventajas comparativas.
Se trata de un movimiento que pone en el centro la viabilidad económica del
campo y los campesinos, pero ya no en una impracticable apuesta por el mercado
puro y simple, sino acompañado de la exigencia de políticas públicas que hagan
posible la recuperación del sector agropecuario y, en particular, de los pequeños
y medianos productores.
En el proceso se van identificando los enemigos reales y simbólicos: ya no
tanto el artículo 27 y la problemática de la tenencia de la tierra, sino el TLCAN y
la apertura comercial que conlleva la cancelación de las políticas de fomento
agropecuario, el desmantelamiento de muchas instituciones públicas de incum­
bencia rural, el desafane del Estado de sus funciones reguladoras y compensato­
rias, etcétera.6

Reconocimiento de la polifonía campesina

Sobre la marcha se va abriendo paso la idea de que las comunidades agrarias


y, en general, el mundo campesino son socialmente valiosos, tienen derechos
legítimos y sus utopías tienen vigencia no sólo por compartir algunos rasgos canó­
nicos formulados años antes por la ciencia social y adoptados por el movimiento:
a) a los pequeños productores agropecuarios se les esquilma el excedente (los
campesinos son explotados); b) si se les permite retener dicho excedente, esos
mismo agricultores, de manera familiar o asociativa, pueden ser eficientes (los
campesinos son productores sociales).7
Sin desechar del todo estos planteamientos, los ideólogos de los trabajadores
del campo van llegando a la conclusión de que la legitimidad histórica de los
campesinos no se funda en su presunta condición de proletarios virtuales y/o de
empresarios virtuales. Entre otras razones porque la clave de su derecho a existir
no está en demostrar que su inserción económica en el sistema corresponde al
patrón de cualquiera de las dos clases canónicas del capitalismo.
Esta conclusión, que comienza a abrirse paso lentamente, significa un rompi­
miento con el paradigma economicista como criterio principal de validación de
los movimientos y los sujetos sociales. Si las clases económicamente determina­
das no son los únicos actores de la historia, los campesinos se nos irán mostrando
como un ente colectivo definido por su «base» económica, pero también por su
organicidad social, por su elección política, por su relación productiva y simbóli­
ca con la naturaleza, por su imaginario, por su historia.
La pluridimensionalidad del poliedro que llamamos campesinado, que se ex­
presa en multiplicidad de puntos de confrontación del sistema y, por tanto, en
multiplicidad de luchas y reivindicaciones, significa también que la apuesta por
su unidad como sujeto social y como protagonista histórico pasa por admitir su
irrenunciable diversidad, y por reconocerla como virtuosa. Pluralidad sustantiva
que se coloca en el centro de los debates cuando salen a escena los pueblos origi­
narios.

Coordinadoras misceláneas y convergencias sectoriales

En el proceso se consolida igualmente un nuevo tipo de organización rural en


términos generales más democrática y eficaz que las anteriores. Por un lado,
están las coordinadoras misceláneas, que operan como redes de organizaciones
regionales multiactivas, pero respetando la autonomía local y sustituyen paulati­
namente a las tradicionales centrales verticalistas. Por otro lado, se multiplican los
acuerpamientos regionales por cadena productiva o por esfera de actividad, que
tienden a conformarse como convergencias sectoriales nacionales (cafetaleros, ce-
realeros, cañeros, silvicultores, etcétera). Y en todos los casos la articulación se
da principalmente en tomo a los procesos económicos.
No se trata, sin embargo, de una recaída en la lógica estrechamente gerencial
de los tiempos de la «apropiación del proceso productivo». La gestión económica
sigue siendo fundamental, pero junto a ella cobra fuerza la incidencia política
entendida como el esfuerzo por cambiar el rumbo de instituciones, estrategias y
programas públicos, pues ahora se entiende que sin políticas de Estado favora­
bles, la economía campesina está condenada a desaparecer. Así, la relación con el
gobierno ya no se queda en negociar recursos y se extiende a la negociación de
programas, políticas, instituciones, leyes y, en última instancia, en paradigmas de
desarrollo, de modo que además de concertar con el Poder Ejecutivo las organiza­
ciones campesinas interactúan cada vez más con el Legislativo.
La nueva estrategia, la nueva organicidad y el nuevo movimiento entran en
reflujo después de la insurgencia de 1995, consecuencia de la debacle financiera
del año anterior, batalla generalizada con la que, sin embargo, nada significativo
se logró, y no será sino en 2003 en que un nuevo ascenso del activismo rural ponga
a prueba la capacidad de convocatoria de la nueva plataforma y la eficacia del
nuevo liderazgo en la conducción de la lucha. Pero antes, un actor invisibilizado y
una vertiente adormecida del movimiento rural cobrarán una fuerza inesperada
cuando el deterioro de las comunidades indígenas toque fondo al tiempo que las
acciones en tomo a los 500 años, primero, y el alzamiento del Ejército Zapatista
de Liberación Nacional (EZLN), después, despierten a un olvidado cuanto profun­
do protagonista rural.
Autonomías de los pueblos originarios

Las reivindicaciones étnicas, que por décadas tuvo secuestradas el patemalis-


mo indigenista, reaparecen primero como vertiente marginal y ninguneada del
neozapatismo campesino de los setenta, al tiempo que el corporativismo oficialis­
ta rural trata de recuperarlas; fortalecen su presencia simbólica en la segunda
mitad de la década de 1980 al calor de los debates en tomo a los «500 años de
resistencia»; y adquieren dramática presencia política a partir de 1994, en la
medida en que el neozapatismo armado de la década de 1990 va transitando de la
guerra a la paz y del revolucionarismo clasista tradicional a un inédito neoindia-
nismo autonomista.
Con el nuevo indianismo el concepto de autonomía da otra vuelta de tuerca,
pues en la perspectiva de los pueblos originarios ya no se trata sólo de la vieja
independencia política de las décadas de 1950, 1960 y 1970 o de la más reciente
autogestión económico-social de las de 1980 y 1990, se trata también y, ante todo,
de autogobierno. Pero, además, si entendemos por autonomía que los colectivida­
des uniétnicas o pluriétnicas tomen en sus manos la reproducción íntegra de la
vida social local o regional, la economía aparece como una dimensión entre otras,
y cobran progresiva relevancia los diversos modos de la socialidad, de la relación
con la naturaleza, de la construcción del territorio, de la administración de la
justicia, de la cultura, etcétera.
Y los derechos autonómicos indígenas tienen una profundidad mayor que la
que presentan en otros colectivos, pues en el caso de los pueblos originarios, cuya
existencia es anterior al Estado nacional, se trata de que las autonomías sean
reconocidas, no creadas ni mucho menos concedidas.8

Indígenas versus campesinos, una divergencia artificial

Si el nuevo movimiento campesino nacido en el arranque de los noventa del


pasado siglo se politiza en tanto que además de impulsar la autogestión se propo­
ne incidir en las políticas públicas, pues en ello le va la existencia; el inédito
movimiento rural indianista que se desarrolla con fuerza a mediados de esa déca­
da, también se politiza en tanto que reclama el derecho de las comunidades y las
etnias originarias a autogobemarse. En principio se trata de dos modos comple­
mentarios de reclamar y ejercer derechos políticos, pues las acciones públicas
orientadas a procurar un desarrollo incluyente y justiciero son complemento in­
dispensable del autogobierno democrático en escala local y regional.
Sin embargo, el hecho es que las autonomías políticas se presentan como rei­
vindicación exclusivamente indígena, al tiempo que la resistencia del gobierno a
reconocerlas ocasiona un entendible distanciamiento entre el movimiento étnico
y el Estado. Así los pueblos originarios, o cuando menos el sector de los mismos
que está organizado y se mueve en la órbita del neozapatismo chiapaneco, se
niega a jugar el juego de las políticas públicas mientras no se le reconozca plena­
mente su derecho a la autonomía. Lo que, de paso, hace que la separación que ya
existía entre el movimiento campesino y el movimiento indígena, debido a que
habían seguido cursos diferentes y manejaban diferentes prioridades, se trasfor-
me progresivamente en antagonismo.
De esta manera, los autogobiernos indígenas de facto, hostiles tanto al Estado
como al mercado; se contraponen con las organizaciones gremiales campesinas
que negocian con el Estado y buscan mejorar su inserción en el mercado. La
confrontación es en gran medida artificial, pues entre las organizaciones campe­
sinas hay muchas que son de base indígena y la mayoría de los pueblos originarios
en resistencia realmente existentes no rechaza los programas de gobierno ni le da
la espalda al mercado. Sin embargo, se ha ido profundizando en la medida en que
unos y otros se vinculan a diferentes corrientes políticas, y con ello, a diferentes
estrategias libertarias.

Hacia la constitución del campesinado como clase

El reflujo del movimiento indígena en el cambio de milenio coincide con la


reanimación del nuevo movimiento campesino que había comenzado a configu­
rarse a principios de de la década de 1990, y que en 2003 estalla con la significati­
va consigna: «¡El campo no aguanta más!».
Conscientes muchas organizaciones campesinas de que la negociación bilate­
ral y en corto de migajas del presupuesto había conducido a una progresiva y
quizá irreversible degradación del tejido económico y social rural que se expresa­
ba en la diáspora de sus propias bases, la iniciativa de una corriente minoritaria
convoca en unas cuantas semanas a la casi totalidad del movimiento campesino
organizado que cuenta con cierta capacidad de representación nacional, lo que
incluye a las agrupaciones de vocación democrática, pero también a las caudillis-
tas, las clientelares e incluso algunas «ex oficialistas» que con la alternancia de
partidos en el gobierno federal debutan en la oposición radicalizando su discurso,
movilizando a algunas de sus bases sectoriales y, en general, tratando de obtener
del gobierno debutante un trato parecido al que tenían con los gobiernos anterio­
res.
El movimiento de 2003 es inédito no sólo por incluyente, sino también por el
carácter integral y estratégico de sus reivindicaciones que conforman lo que algu­
nos han llamado el Plan Campesino del Siglo XXI y que puede verse como el esbo­
zo de un programa de clase por cuanto recoge y articula la diversidad geográfica,
sectorial, social, política y cultural de los trabajadores del campo, única forma en
que una entidad colectiva variopinta y abigarrada como los campesinos9 puede
reconocerse en un proyecto convergente y a la vez plural.
Sin exagerar la coherencia y calidad de dicha plataforma, el hecho es que
nunca en su historia posrevolucionaria los campesinos habían esbozado, enarbo-
lado y defendido un proyecto alternativo tan visionario, no sólo para el campo,
también para el país, quizá por que nunca antes en el último siglo los campesinos
mexicanos habían estado, como están ahora, al borde de la extinción.

Futilidad de pactar reformas de fondo con gobiernos neoliberales

El Acuerdo Nacional para el Campo (ANC), cuyo núcleo es la recuperación de


la soberanía y la seguridad alimentarias, sustentadas en la reanimación y vigori-
zación de la economía campesina y en el reconocimiento y retribución de sus
aportes económicos, pero también sociales, ambientales, culturales y políticos,
puede verse como triunfo de una movilización que supo ganarse al grueso de la
opinión pública. Lamentablemente el gobierno federal no honró su firma.
Del incumplimiento sistemático del ANC en todo lo esencial se desprenden
dos enseñanzas: si la unidad y la fuerza del movimiento no trascienden el mo­
mento de la concertación con la contraparte gubernamental y el inevitable reflujo
es sinónimo de fractura y tránsito desordenado de la negociación multilateral al
regateo bilateral, es seguro que el gobierno no asumirá lo pactado; pero la lección
mayor es que si bien es posible que la coyuntura y la correlación circunstancial de
fuerzas hagan que un gobierno de convicciones neoliberales estampe su firma en
un acuerdo progresista, es imposible que tal gobierno cumpla lo convenido en
tanto que es contrario no sólo a sus convicciones, también a sus compromisos
públicos y privados con los poderes fácticos.

Nueva fractura del movimiento

La amplia beligerante y propositiva convergencia que entre 2002 y 2003 mos­


tró al campesinado mexicano como una clase variopinta y abigarrada, pero poten­
cialmente unitaria, duró poco. Se desgajaron primero las históricas corporacio­
nes clientelares, menos interesadas en la real unidad del movimiento que en obte­
ner de la nueva administración el derecho de picaporte y los privilegios
presupuéstales perdidos con la alternancia partidista en el gobierno federal, pero
se fracturó también el núcleo duro que había iniciado y conducido la lucha. Entre
las viejas centrales corporativas y el sector históricamente opositor hay diferen­
cias programáticas; por ejemplo, en tomo al empleo de las semillas transgénicas,
sin embargo, no fueron éstas las que provocaron el distanciamiento; en cuanto a
la corriente por tradición contestataria, la coincidencia programática es casi to­
tal, pero se fracturó, lo que sugiere fuertemente que la diáspora es generada por
discrepancias y tensiones que tienen que ver con la relación entre las organizacio­
nes sociales y el Estado. Un ámbito insoslayable y opaco donde, por lo general, la
práctica diverge del discurso, y las posturas van del clientelismo más pragmático
a los esfuerzos por ejercer el derecho a los programas públicos sin doblar la
cerviz.10
La llegada al poder de una derecha que por décadas se definió como democrá­
tica, no cambió el modelo de desarrollo que impulsa el gobierno, pero pronto se
vio que tampoco habían cambiado las prácticas clientelares y que además de
crear nuevos y disciplinados agrupamientos rurales corporativos, las nuevas ad­
ministraciones restablecieron la política de «cuotas» presupuéstales con el resto
del movimiento, tanto el «oficialista» heredado del viejo régimen como el de tra­
yectoria más o menos opositora. Los paradigmas son mudables y del fundamenta-
lismo mercadócrata preconizado por el consenso de Washington en la década de
1990 del siglo XX estamos pasando a un replanteamiento de las responsabilidades
públicas, derivado de la cuádruple debacle: climática, energética, alimentaria y
financiera, que puso herejías en boca del propio Dominique Strauss-Kahn, direc­
tor del Fondo Monetario Internacional, quien proclamó cual aferrado altermun-
dista que «el mercado no sana al mercado». Sin embargo, en México, la viciosa
relación Estado-sociedad, cuya matriz está en la Revolución de 1910 y su curso
durante la década de 1920, no ha cambiado sustancialmente, y en el ámbito rural
sigue siendo uno de los retos mayores del movimiento campesino.

Politización electoral del movimiento campesino

La conciencia de que en el clientelismo está el talón de Aquiles de las organiza­


ciones rurales ha ido calando entre las más democráticas, pero también la convic­
ción de que es inútil negociar cuestiones de fondo con gobiernos neoliberales se
fue abriendo paso poco a poco en el movimiento campesino, y en general, en el
movimiento popular, cuyos sectores habían debatido y, de manera eventual, pac­
tado con el gobierno acuerdos sistemáticamente incumplidos. La conclusión fue
muy semejante a la que en 1988 hizo que lo que restaba de las insurgencias obre­
ras, campesinas y populares de la década de 1970 y primeros años de la de 1980,
se volcara en apoyo del inorgánico movimiento ciudadano que respaldaba la can­
didatura presidencial de Cuauhtemoc Cárdenas: si no es posible hacer que el
gobierno cambie sus políticas, es necesario cambiar de gobierno. Y si la alternan­
cia por la derecha resultó «más de lo mismo», es necesario empujar la alternancia
por la izquierda.
Así, en 2006 el movimiento campesino se politiza, pero ahora en el sentido
electoral del término. De regatear con quien gobierne, por el cambio de políticas
públicas, se pasa a luchar por un cambio de gobierno como precondición de toda
negociación realmente fructífera.

Bibliografía

«Acuerdo Nacional para el Campo», en Cuadernos Agrarios, Nueva Época, n.° especial: «¡El campo
no aguanta más!», México, 2003.
B artra , Armando, «Añoranzas y utopías: La izquierda mexicana en el tercer milenio», en César
A. Rodríguez, Patrick A. Garret y Daniel Chávez (eds.), La nueva izquierda en América Latina.
Sus orígenes y trayectoria futura, Grupo Editorial Norma, Bogotá, 2004.
— , «E l gobierno no cumple el Acuerdo Nacional para el Campo... Y se hicieron pactos», en
Armando Sánchez Albarrán (coord.), El campo no aguanta más, Porrúa - UAM-A, México,
2007.
— , «Los apocalípticos y los integrados. Indios y campesinos en la encrucijada», en Arturo León
(coord.), Los retos actuales del desarrollo rural, UAM-X, México, 2005.
— , «Sur. Megaplanes y utopías en la América Equinoccial», en Armando Bartra (coord.), Meso-
américa. Los ríos profundos. Alternativas plebeyas al Plan Puebla Panamá, Instituto Maya, Méxi­
co, 2001.
— , Cosechas de Ira. Economía política de la contrarreforma agraria, ítaca, México, 2003.
— , Las guerras del ogro, Instituto de Investigaciones Económicas, UNAM -ERA, Chiapas n.° 16,
2004.
— y Gerardo O tero , «Indian Peasant Movements in México: The Struggle for Land, Autonomy
and Democracy», en Sam Moyo y París Yeros, Reclaming the Land. The Resurgence o f Rural
Movements in Africa, Asia and Latín America, Zeed Books, Londres, 2005.
Canabal , Beatriz, «E l movimiento campesino y la reforma constitucional», en Cuadernos Agrarios,
Nueva Época, n.° 5-6, México, 1993.
DÍAZ Polanco , Héctor y Gilberto LÓPEZ y Rivas, «Fundamentos de las autonomías regionales», en
Cuadernos Agrarios, Nueva Época, n.° 8-9, México, 1994.
GONZÁLEZ CASANOVA, Pablo, La democracia en México, ERA, México, 1981.
M e n e se s , Luis, «Efectos de las reformas jurídicas en materia agraria en el movimiento campesi­
no», Cuadernos Agrarios, Nueva Época, n.° 5-6, México, 1993.
Paz, Octavio, El ogro filantrópico. Historia y política 1971-12978, Joaquín Mortiz, México, 1979.

1. Para un recuento histórico más pormenorizado véase Armando Bartra, Las guerras del ogro,
en Chiapas, pp. 63-107.
2. Un desarrollo mayor de esta idea en Armando Bartra, «Añoranzas y utopías: La izquierda
mexicana en el tercer milenio», en César A. Rodríguez et aL, La nueva Izquierda en América Latina.
Sus orígenes y trayectoria futura, 2004, pp. 283-339.
3. Octavio Paz, El ogro filantrópico. Historia y política 1971-1978, 1979.
4. Pablo González Casanova, La democracia en México, 1981.
5. Al respecto véase Armando Bartra, Las guerras del ogro, en Chiapas, 2004, pp. 67-82; Beatriz
Caníbal, «El movimiento campesino y la reforma constitucional», 1993; Luis Meneses, «Efectos
de las reformas jurídicas en materia agraria en el movimiento campesino», 1993.
6. Más sobre el tema en Armando Bartra, «Los apocalípticos y los integrados. Indios y campe­
sinos en la encrucijada», en Arturo León, Los retos actuales del desarrollo rural, 2005, pp. 75-77.
7. Más sobre el tema en Armando Bartra, Cosechas de Ira. Economía política de la contrarreforma
agraria, 2003, pp. 34-40.
8. Más sobre el tema en Armando Bartra, «Sur. Megaplanes y utopías en la América Equinoc­
cial», en Armando Bartra, Mesoamérica. Los ríos profundos. Alternativas plebeyas al Plan Puebla
Panamá, 2001, pp. 63-79; Armando Bartra y Gerardo Otero, «Indian Peasant Movements in
México: The Struggle for Land, Autonomy and Democracy», en Sam Moyo y París Yeros, Recla-
ming the Land. The Resurgence of Rural Movements in Africa, Asia and Latin America, 2005, pp. 383-
410; Héctor Díaz-Polanco y Gilberto López y Rivas, «Fundamentos de las autonomías regionales,
1994.
9. Más sobre el tema en «Acuerdo Nacional para el Campo», en «¡El campo no aguanta más!»,
2003.
10. Más sobre el tema en Armando Bartra, «El gobierno no cumple el Acuerdo Nacional para
el Campo... Y se hicieron pactos», en Armando Sánchez Albarrán, El campo no aguanta más, 2007,
pp. 69-70.
m
EL MOSAICO DE LAS RESISTENCIAS RURALES
Los movimientos sociales rurales en la década
de la alternancia o las esperanzas frustradas
Francis Mestries

I. Tendencias estructurales de descomposición del campo mexicano

El campo mexicano es un sector devastado por 20 años de crisis agrícola y por


otros 20 años de reformas neoliberales que golpearon duramente a los pequeños y
medianos productores, campesinos e incluso empresarios dedicados a producir
para el mercado interno. A partir del gobierno de Miguel de la Madrid se optó por
el modelo de ventajas comparativas, que basa el abastecimiento alimenticio del
país en las importaciones para abaratar los salarios y crear así incentivos a la
inversión extranjera en la manufactura, desplazando a los campesinos de la pro­
ducción de básicos y relegándolos a una condición de asistidos; asimismo, pro­
mueve las agroexportaciones no tradicionales de un reducido grupo de producto­
res que cuentan con grandes superficies, tecnología, capital, mano de obra bara­
ta, canales de comercialización y apoyos del Estado. En la década de 1990, con la
firma del TLCAN1se remató esta opción al abandonar la defensa de la agricultura
frente a la competencia desleal de los otros países socios, se apostó por posicionar
a México como plataforma de exportación de maquilas y manufacturas de las
empresas transnacionales hacia el mercado norteamericano, y se marginó la agri­
cultura del modelo de desarrollo. Por lo tanto, la política económica la castigó con
presupuestos decrecientes, financiamiento en picada, abandono de las inversio­
nes en infraestructura e investigación, supresión de subsidios y precios de garan­
tía, privatización de los mercados y de las agroindustrias intervenidos por el Esta­
do y liberalización del mercado de tierras del sector social. El resultado está a la
vista: la población rural disminuyó de 28,7 % del total en 1990 a 23,5 % en 2005
según el INEGI, y por primera vez está cayendo también en términos absolutos;
por si fuera poco, la PEA del sector primario se contrajo de 18 % de la PEA total
en los años de 1990 a sólo 13,5 % en 2005. El porcentaje de ejidatarios con parcela
cayó de 84 % del total en 2001 a 79,6 % en 2007, y sólo en una tercera parte de los
ejidos los jóvenes se incorporan de adultos a las actividades ejidales; en la parte
restante migran a Estados Unidos o laboran en otras actividades en las ciudades.2
La participación de la agricultura en el PIB se desplomó, pues sólo pesa hoy 3,5 %
del total frente al 7,5 % que representaba a finales de los años ochenta, ya que su
crecimiento ha sido, desde 1997, del orden de la mitad del crecimiento nacional y
negativo en algunos años. Esta caída brutal se traduce, en el caso de los campesi­
nos, en el desplazamiento del ingreso proveniente de la parcela por el ingreso
salarial, que pasó de 48,3 % en 2000 a 55,5 % del ingreso total en 2002. La balanza
comercial agrícola ha sido negativa en casi todos los años que ha durado el TL-
CAN, y la dependencia alimenticia alcanza 40 % del consumo nacional.
Al origen de esta sangría poblacional se encuentran la migración interna y
sobre todo internacional: ésta alcanzó a 500.000 personas en 2004, sumando más
de tres millones durante el sexenio de Fox, cuando se extendió a casi todo el país
con la incorporación de los estados del sureste (Veracruz, Chiapas, Tabasco, Yu­
catán, etcétera) al flujo migratorio: los migrantes rurales representan por lo me­
nos 40 % de esta cifra. En efecto, se han perdido dos millones de empleos rurales
en el lapso de vigencia del TLCAN (hasta 2005), y el rentismo en tierras ejidales de
riego y buen temporal alcanza de 50 a 60 %? La migración a Estados Unidos ha
acentuado la tendencia al abandono de cultivos y provocado procesos de desinte­
gración familiar y despoblamiento de comunidades y regiones enteras, al afectar
franjas cada vez más amplias de trabajadores y productores agrícolas, y a muje­
res y niños.
Para colmo, el campo sufre un grave deterioro ambiental: por salinización las
tierras de riego pierden 10.000 hectáreas al año, que suman ya una superficie de
425.000 hectáreas inutilizadas en las zonas agrícolas más fértiles;4 desertificación
de dos tercios del territorio por deforestación (500.000 hectáreas anuales), provo­
cada por los «talamontes» y los ganaderos, la erosión de los terrenos, el agota­
miento y la contaminación de los acuíferos por la tala inmoderada, el vertido de
desechos agroindustriales, las fugas de hidrocarburos y la polución de agroquími-
cos; el modelo agroexportador agravó este panorama al fomentar la explotación
intensiva de las mejores tierras y de las aguas de los distritos de riego para produ­
cir frutas y hortalizas, agotando las tierras y las reservas de agua, al promover
plantaciones de eucalipto para celulosa que amenazan la supervivencia de espe­
cies nativas, y al orillar por hambre a los campesinos pobres a sobreexplotar sus
laderas pelonas y desmontar sus últimos manchones de bosque.
Las crisis agrícola y ambiental han sido caldo de cultivo para un incremento
inaudito de la violencia en el campo, pero la causa principal de ésta ha sido la
desintegración del tejido social de muchas comunidades y familiar de miles de
unidades domésticas a raíz de su empobrecimiento, así como la inexistencia del
Estado (y del Estado de derecho) o su abierto rechazo por los pobladores en
vastas regiones rurales. La violencia se manifiesta bajo cuatro formas principales:
las agresiones contra campesinos, indígenas y líderes sociales por parte de las
autoridades, grupos paramilitares o comunidades y organizaciones contrarias,
reflejo del predominio de la violación de los derechos humanos en amplias regio­
nes rurales, lo cual aumenta y se concentra en el sur del país (Chiapas, Oaxaca,
Veracruz). Esto se debe a varios factores: pugnas interétnicas e interreligiosas,
rezago en la administración de recursos y procuración de justicia, conflictos agra­
rios,5 etcétera; pero básicamente la escasa presencia del Estado en la prevención
de la violencia, en la procuración de justicia penal y agraria y en el desarrollo
rural es la principal responsable,6 cuando no la culpable directa de la represión.
Asimismo, los linchamientos, en aumento también como respuesta al incre­
mento de la delincuencia en el campo, ocurren principalmente en el sur y el
centro del país (Chiapas, Oaxaca, Guerrero, Morelos); pero no son una peculiari­
dad rural, pues se han dado de igual manera en las ciudades.7 Son la consecuen­
cia, como en el caso anterior, del déficit de Estado que se traduce en la impunidad
a los delincuentes y criminales; de la existencia de situaciones de dualidad de
poder y cacicazgos, por lo que la acción directa puede interpretarse como una
reacción tipo Fuenteovejuna, y de la acumulación y procesamiento perverso de
conflictos políticos o religiosos.8 La ausencia de Estado en ciertas zonas serranas
permite también que hayan proliferado las redes de talamontes, que gracias a su
poder de fuego y corrupción asuelan los bosques y selvas, involucrando a veces a
comunidades enteras.
El narcotráfico es la tercera fuente de violencia en zonas rurales y acaparó la
atención de los medios masivos en esta década. Para entender su incidencia cre­
ciente entre los productores agrícolas, hay que remitirse a la crisis de los sistemas
agrarios de las zonas de colonización, en particular de los ranchos, debido al
agotamiento de la frontera agrícola y al impacto de las políticas agrícolas sobre
los precios del ganado y del maíz, que perdieron rentabilidad frente a las ganan­
cias espectaculares y fulgurantes de la amapola o de la marihuana, las cuales
repercuten en los salarios de los trabajadores del narcocultivo, de cinco a diez
veces más altos, y de los «burreros» encargados del contrabando hormiga.9 Por
una parte, la difusión de la cultura del narco en los sistemas de representación y
las estrategias de vida de los jóvenes en vastas regiones de Sinaloa, Chihuahua,
Jalisco, Michoacán, Guerrero, Oaxaca, Chiapas, Veracruz, etcétera, tienen que
ver también con los valores de la cultura ranchera, desconfiada de la autoridad e
individualista. Por otra parte, el debilitamiento de los mecanismos tradicionales
de redistribución clientelar del Estado neoliberal ha propiciado que esta función
sea asumida por los capos del narcotráfico con la complicidad de los poderes
legales locales, sobre todo del PRI, a menudo electos gracias al financiamiento del
narco, por lo que se da una colaboración entre caciques narcotraficantes y autori­
dades políticas y judiciales municipales y estatales.10 Asimismo, el lavado de dine­
ro ha convertido los recursos del narco en una fuente vital de capitales en varios
estados del país y en varios rubros económicos (ganadería, construcción, hoteles
y bares, sector financiero), lo cual hace indescifrable el límite entre actividades
legales e ilegales. Linchamientos y narcotráfico son sintomáticos del estado ané­
mico del sistema social del país, en particular de las zonas populares urbanas y
del campo, y la violencia criminal desatada en 2008 amenaza fracturar la nación.
Por último, la guerrilla, aunque circunscrita, nunca ha podido ser erradicada
del todo en el ámbito rural, y resurgió con más fuerza a raíz del levantamiento
armado del EZLN: en 1996 surge el Ejército Popular Revolucionario y en 1998 el
Ejército Revolucionario del Pueblo Insurgente, escisión del primero, en los esta­
dos de Guerrero y Oaxaca; el primero tiene influencia en otros estados (Puebla,
Hidalgo, Veracruz) y cierta capacidad de acción en el centro del país. Las semillas
de la acción armada en el campo no son tanto ideológicas como brotadas de los
agravios agrarios o políticos regionales, por lo que su implantación no pasa de ser
regional y ligada a la problemática conflictiva de origen; además, su organización
se basa en lazos de parentesco, de religión y etnoculturales en el caso de los
indígenas, mayoritarios en esas organizaciones.11 La represión militar del gobier­
no desconoce la preexistencia de una violencia física, institucional o fáctica por
parte de los poderes locales, y de otra violencia estructural, cotidiana, derivada
de la indigencia y marginación social, generadoras de una base social en estas
organizaciones armadas. El problema es que la nueva democracia no ha abierto
canales de negociación para resolver los viejos y nuevos conflictos de la sociedad,
y en esas condiciones las comunidades rurales buscan alternativas como la demo­
cracia directa local, la acción directa ilegal y la guerrilla.12 No obstante, la guerri­
lla se convierte a menudo en un obstáculo para los procesos de organización
social porque la dialéctica emboscadas-represión pone a la población civil entre la
espada y la pared: colaboración o persecución, al desatarse una represión indis­
criminada por parte del Estado,13 como se pudo constatar en la Costa Grande de
Guerrero y en Oaxaca.

II. Crisis de la representación política del campesinado

El retiro del Estado de su papel tutelar del campesinado, el fin de la reforma


agraria, el desmembramiento del ejido como núcleo de organización campesina y
la pérdida de función social del campesinado, han fragilizado sus estructuras de
representación socio-política, poniendo en crisis las organizaciones tradicionales,
corporativas o independientes, que demandaban tierras, precios de garantía y
subsidios. La democratización política, así como los afanes renovadores y neocor-
porativos de las élites tecnocráticas en el gobierno desde 1988 han debilitado el
control corporativista que mantenían las centrales ligadas al PRI sobre el campe­
sinado, deslegitimadas además por su incapacidad para defender a los producto­
res ante las medidas de ajuste estructural y de apertura comercial, y por la impo­
sición y corrupción de sus dirigentes. En consecuencia, se produjo un éxodo de
sus bases hacia nuevas organizaciones autónomas e independientes.14 Sin embar­
go, el sindicalismo corporativo sigue siendo central en el escenario rural, pues ha
sabido adaptarse y recomponerse en formas neocorporativas, incluso con nuevas
agrupaciones de corte cristiano/panista.
En el aspecto político se puede establecer, según Grammont, una diferencia
entre las agrupaciones parlamentaristas que consideran el partido como instru­
mento directo al servicio de la lucha social, de claro corte corporativista, como las
afiliadas al PRI (CNC, CCI, UGOCM, Alcano, CAM, CONSUCC,15 UGOCEP)16 y
algunas afiliadas al PRD (UCD, CCC, CIOAC), las que quieren mantener su auto­
nomía relativa y piensan que la política debe crear un contexto favorable a la
acción social pero sin inmiscuirse en su dinámica, como la CNPA, la ANEC, El
Barzón, la CODUC, la UNTA y el FDC de Chihuahua; éstas «sufren una tensión
permanente entre la necesidad de fortalecer la participación popular y la de ser
representado (en el sistema político) y de tomar decisiones en las cúpulas»;17 pero
la mayor distancia existe con las organizaciones de matriz social o antiparlamen­
taria «que piensan que la lucha partidaria, por compartir y controlar el poder
estatal, es una lucha reaccionaria, y que la única alternativa es la construcción
desde debajo de un mundo alternativo sobre la base de otras relaciones socia­
les».18 En este caso se hallan organizaciones indígenas como el EZLN, el CNI19 y
varias regionales. Su análisis de la transición democrática en México y de la ciu­
dadanía difiere de las anteriores, pues recalcan las fallas de la democracia repre­
sentativa liberal, donde imperan aún cacicazgos y violaciones a los derechos hu­
manos, la necesidad de una democracia directa donde los gobernantes electos
«manden obedeciendo» y la urgencia del reconocimiento de una ciudadanía co­
lectiva para los pueblos indígenas, con sus usos y costumbres políticos, sus de­
marcaciones territoriales propias y su representación peculiar nacional. Las posi­
bilidades de alianza con las organizaciones parlamentaristas son difíciles, pues
aquellas corren el riesgo de caer en posiciones comunitaristas y aislacionistas;
además:

[Hoy,] los conflictos vinculados con las relaciones sociales constituyendo un sistema, por
un lado, y las luchas encaminadas a la extensión de la ciudadanía por otro, tienden a
diferenciarse y a involucrar a distintos actores. Son diferentes las formas de acción me­
diante los cuales se expresa la resistencia a los procesos de modernización y a su extensión
mundial.20

A nuestro juicio, las organizaciones se pueden clasificar en cinco grandes ver­


tientes según sus objetivos y su origen: las organizaciones enfocadas hacia la
apropiación del proceso productivo y de su vida social, mediante la creación de
empresas sociales para controlar la comercialización, el abasto de insumos y de
alimentos básicos, el seguro agrícola, el crédito y la asistencia técnica, así como
para diseñar programas de vivienda, salud, ahorro y préstamo, proyectos produc­
tivos de mujeres, etcétera. Tienen una relación de gestión y negociación con el
Estado que llegó, en el caso de la UNORCA,21 a la colaboración con el gobierno de
Salinas a cambio de sustanciales apoyos. Sin embargo, desde 1995 ésta ha reco­
brado su independencia y han nacido nuevas agrupaciones más críticas ante la
profundización de la política privatizadora y de liberalización comercial. En este
polo se encuentran la ANEC,22 la AMUCSS,23 la CNOC,24la UNORCA y el FDC25 de
Chihuahua, las cooperativas de ahorro y préstamo y de pequeños proyectos pro­
ductivos de mujeres auspiciados por las ONG, como la URAC,26 y las organizacio­
nes de campesinos silvícolas Red Mocaf y UNOFOC.27 Los principios que guían
estas organizaciones son la construcción de empresas autogestivas, la institucio-
nalización democrática interna, la profesionalización de sus cuadros dirigentes,
la independencia política del gobierno no reñida con convenios económicos y
negociación de programas productivos, y una relativa autonomía de los partidos
políticos, aunque sus dirigentes simpatizan con el PRD.
Otro polo de agrupaciones se origina en la ola cardenista de 1988, que ocasionó
escisiones y recomposiciones en las centrales corporativas y en las coordinadoras
opositoras como la CNPA;28 luchan por créditos, por la condonación de carteras
vencidas, por la legalización de vehículos de trabajo traídos por los migrantes de
Estados Unidos, por los derechos laborales de los jornaleros agrícolas y por pro­
yectos productivos sustentables. La mayoría tiene una relación semicorporativa
con el PRD, pero se sumó al CAP,29 órgano cupular de aglutinación de las agrupa­
ciones campesinas autónomas con las centrales oficialistas promovido por Sali­
nas para legitimarse, que pasó de ser un instrumento de concertación y conten­
ción del movimiento campesino a ser un aparato burocrático paralizado por dife­
rencias internas, y que ha perdido interlocución ante los gobiernos panistas.
Representativos de este segundo bloque son la CCC, la UCD, la UNTA y la CO-
DUC,30a las que se suma la CIOAC,31 de añeja tradición de lucha social y oposición
política.
La crisis financiera de 1994 provocó la irrupción de un movimiento de deudo­
res muy combativo, conformado por medianos y grandes productores: El Barzón,
que logró por primera vez unir a campesinos y empresarios agrícolas, así como a
deudores del campo y de la ciudad, y consiguió tejer una amplia alianza para
bloquear la acción de la banca y de los tribunales por despojar de su patrimonio
familiar a los deudores. Aunque se pretendía originalmente plural, sus dirigentes,
cuadros del PRD, lo han uncido desde 1997 a las campañas del partido, aunque
mantiene cierta pluralidad en sus bases y pragmatismo en sus alianzas políticas
locales.
Otro tipo de organizaciones luchan por preservar sus recursos naturales y el
medio ambiente, además de reconvertirse hacia sistemas de producción susten-
tables. Son aún relativamente pocas, pues su historia se remonta a principios de
los años de 1980 con el Pacto Ribereño de Tabasco contra la contaminación de
Pemex. Sin embargo, el aumento del saqueo de los recursos naturales por empre­
sas nacionales y transnacionales, que buscan laxitud en la aplicación de leyes
ambientales y concesiones de bosques y mano de obra barata, amparadas por el
TLCAN y la apertura al capital extranjero en el campo; la evidencia del agrava­
miento del deterioro ambiental (sequías prolongadas, régimen de lluvias trastoca­
do), y la crisis de productos comerciales tradicionales como el café, la madera,
etcétera, a raíz del colapso de sus mercados externo y nacional ante la competen­
cia foránea, que ha obligado a algunas organizaciones económicas indígenas a
buscar nuevos nichos de mercado de alimentos de calidad y biológicos, y redes de
mercado justo para exportar con sobreprecios y garantía de compra, son los fac­
tores clave del florecimiento de estas organizaciones de nuevo tipo. Entre las
organizaciones regionales importantes que se centran cada vez más en la produc­
ción orgánica está la CEPCO,32 miembro de la CNOC. Otro caso es la Red Mocaf,
que agrupa a numerosas asociaciones locales de comunidades forestales que ex­
plotan su bosque con un plan de manejo sustentable y se organizan de manera
autogestiva, con lo que han logrado, como la CEPCO, conseguir la certificación
«verde» internacional.
Por la defensa de sus recursos naturales ha destacado en los últimos diez años
la Organización de Campesinos Ecologistas de la Sierra de Petatlán, Guerrero,
que es ejemplar por varias razones: porque defiende su bosque para conservar
sus fuentes de agua (ríos, lluvias) y para que sus miembros sigan siendo agriculto­
res y pequeños ganaderos, y porque logró concitar apoyos internacionales de re­
des ambientalistas, dando uno de los primeros ejemplos de lucha global en el
México rural. El Frente Zapatista de Mujeres Mazahuas en Defensa de la Tierra
es otra organización local innovadora, pues manifiesta la emergencia de un(a)
nuevo(a) actor(a), la mujer indígena, que supo aliar un enfoque ecológico, etno-
cultural y de género en su lucha.33
En este mismo tenor pero con un sentido político más explícito, se encuentra
el movimiento de San Salvador Ateneo o FPDT34 en contra de la expropiación de
sus tierras ejidales para construir el nuevo aeropuerto de la Ciudad de México,
que puso a prueba las promesas democráticas del flamante gobierno foxista. Lo­
gró parar la decisión del Ejecutivo, y luego se declaró municipio autónomo en un
proceso de radicalización política que lo llevó al aislamiento social y a la colisión
con el Estado. La práctica de la autonomía fue más exitosa en las regiones zapatis­
tas administradas por las Juntas de Buen Gobierno en los «Caracoles» de Chia­
pas, por ser sociedades indígenas; por poner en práctica acciones de mayor legi­
timidad sustituyendo a un Estado a menudo ausente, corrupto o ineficiente, y por
buscar el consenso de las otras comunidades y organizaciones no zapatistas.
Así pues, la fragmentación del movimiento campesino es evidente hoy, y refle­
ja el proceso de transición actual del tejido organizativo rural de las grandes
centrales nacionales en declive a la fragmentación en múltiples asociaciones loca­
les y organizaciones regionales. Más allá de factores genéricos de identidad como
la defensa de la tierra y la posibilidad de vivir de ella, fuentes lógicas de división
son la estratificación social acentuada de los productores, las diferencias regiona­
les y culturales, la brecha entre la problemática, los medios y los fines de las
organizaciones campesinas mestizas y de las indígenas, y las diferencias de sim­
patías políticas; pero la dispersión actual de las organizaciones, con 30 o más
membretes nacionales, obedece también a intereses caudillistas y clientelares de
los dirigentes, sin una clara repartición geográfica ni una visible distribución
sectorial o social por agrupaciones,35 y al interés de beneficiarse con recursos
estatales para programas destinados a los gremios campesinos:
La mayor oferta de fondos de parte de gobiernos, organismos internacionales
y ONG ha provocado un nuevo pragmatismo empresarial entre las ONG y las
propias organizaciones sociales por la búsqueda oportunista de financiamiento
visto como subsidio, que lleva a la fragmentación de las organizaciones sociales,
al menor involucramiento de las bases y a mayor delegación de la representación
(por falta de interés) en la lucha social y política.36
Pero esta «deriva utilitarista» es propiciada por las mismas bases campesinas
que, por oportunismo, siguen a las organizaciones que les ofrecen más, sin mira­
mientos ideológicos ni políticos, lo que empuja a las organizaciones a «terciaiizar-
se»: volverse proveedoras de servicios.37
A esta atomización de la representación política del sector, principal fuente de
debilidad del campesinado actual, se suma la erosión de la representatividad de
sus organizaciones a consecuencia de su burocratización, su verticalismo interno
y su menor interlocución con los gobiernos de obediencia panista.
Con todo, las cosas han comenzado a cambiar y algunas organizaciones han
instaurado la prohibición de acumular cargos en la organización y en los partidos
o puestos de representación popular; asimismo, el creciente protagonismo de las
mujeres que ocupan liderazgos sociales y destacan en ellos puede contribuir a
cambiar las prácticas autoritarias y personalistas,38 así como el hecho de que la
participación en las asociaciones involucra ahora a la familia entera, no sólo al
jefe de familia.
Las organizaciones campesinas necesitan también asimilar las transformacio­
nes radicales de su base social, de su entorno, de las dimensiones de las luchas y
del cambio de repertorio de acción: la importancia adquirida por el trabajo asala­
riado migrante como medio de vida de los campesinos,39 la crisis ambiental rural
que ha afectado las condiciones mismas de producción agrícola en muchas regio­
nes, la necesidad de alianzas internacionales para resistir los efectos de la globa­
lización neoliberal, el papel de la red o Internet y de los medios de difusión audio­
visuales, la oportunidad de acogerse a los pactos y convenios internacionales fir­
mados por México como armas en sus luchas, y saber utilizar los mercados de
futuro para asegurar mejores precios a sus productos.40
Además, las salidas a la crisis y a la división de las expresiones políticas del
campesinado pasan por un largo y profundo proceso de formación de las bases
para limar las diferencias de conocimientos entre líderes, asesores y éstas; por el
establecimiento de reglas de institucionalización para alentar su participación en
las decisiones; por la rendición de cuentas de los dirigentes; por la erradicación
de conductas grupusculares, clientelistas y de instrumentación política de las
organizaciones, y por la apropiación real de las empresas asociativas por sus so­
cios. En consecuencia, estudiaremos aquí ejemplos de organizaciones que abren
caminos por esas vías:

— Que impulsan la democracia interna y la institucionalización de normas


para la toma de decisiones, la autogestión y la apropiación del proceso productivo
por sus socios en empresas sociales comercializadoras y/o transformadoras de
alimentos: la ANEC y el Corecafeco.41
— Que han coadyuvado a convertir a la mujer rural en sujeto, en arquitecta de
su futuro y del bienestar de su familia, y en protagonista del desarrollo comunita­
rio o regional, mediante la construcción de microfinancieras y proyectos produc­
tivos autogestivos conformados y dirigidos por mujeres: la URAC de Tequisquia-
pan, Querétaro.
— Que impulsan proyectos de agricultura orgánica o sustentable y exportan
con éxito a los mercados «justos», además de proteger los recursos naturales
(bosques, acuíferos) con una visión de desarrollo sustentable y social: la CEPCO
de Oaxaca, la Organización de Campesinos Ecologistas de la Sierra de Petatlán,
Guerrero, y el Frente Zapatista de Mujeres Mazahuas en defensa del Agua, en el
Estado de México.
— Que han luchado por la defensa de su territorio comunal contra mega-
proyectos desarrollistas, apoyándose en la construcción de mecanismos de demo­
cracia directa y en la gestión colectiva de su territorio: San Salvador Ateneo.
— Que han defendido con medios pacíficos, acción directa y juicios legales el
patrimonio familiar de los productores contra la voracidad bancaria, y hoy están
construyendo empresas integradoras y despachos técnicos para asesorar a sus
agremiados como productores organizados económicamente, ya no como deudo­
res: El Barzón-ANPAP.42
— Los movimientos sociales nacionales que lograron formar frentes políticos
unificados con una plataforma de lucha y un proyecto nacional para la clase
campesina, y que organizan la resistencia contra el TLCAN: el Movimiento El
Campo no Aguanta Más y el Movimiento en Defensa de la Soberanía Alimentaria
y la campaña «Sin maíz no hay país». Este movimiento, por su duración y ampli­
tud, podría ser considerado «movimiento político con contenido antagónico» en
la medida en que «ataca el control hegemónico ejercido sobre el sistema político
por parte de las fuerzas que traducen los intereses dominantes».43

No pretendemos estudiar todas las acciones conflictivas rurales; descartamos


las organizaciones guerrilleras por no ser movimientos sociales, al EZLN por ser
una organización político-militar y a la APPO44 por ser un movimiento predomi­
nantemente urbano. Revisamos organizaciones de carácter micro-regional, regio­
nal, estatal y nacional, lo que puede dificultar su comparación, pero ofrece un
panorama más fidedigno del mosaico rural mexicano.

ni. Las organizaciones económicas autogestionarías

1. La Asociación Nacional de Empresas Comercializadoras de Productores


del Campo A.C. (ANEC)
La ANEC surge en 1995 al calor de las movilizaciones de los productores de
granos básicos castigados por la crisis financiera y el desmantelamiento de la
Conasupo, con el objetivo de controlar la comercialización de su producción me­
diante la compra de parte de la infraestructura de la paraestatal, los almacenes
de ANDSA.45 Organizó empresas comercializadoras campesinas (ECC) locales,
regionales y estatales para compactar la oferta: así se tendría mayor capacidad de
negociación frente al mercado y a las instituciones, y se favorecerían escalas de
operación para abatir costos, asegurar calidad y mejorar la eficiencia. Estas em­
presas cuentan con bodegas, transporte, molinos de nixtamal, tortillerías, etcéte­
ra, y son autogestionadas por las organizaciones de base (S.P.R., S.S.S., S.A.,46
cooperativas); a su vez, éstas se agrupan en 28 organizaciones de segundo nivel
(uniones, ARIC)47 a escala regional-estatal, las cuales administran empresas inte-
gradoras que dan servicios a las ECC distribuyendo insumos, almacenando gra­
nos, estableciendo frentes de venta, dando asesoría técnica y servicios financie­
ros, e incluso industrializando maíz. Por ende, la ANEC constituyó una integrado-
ra nacional conformada por cuatro empresas encargadas de comercializar,
transformar y distribuir el maíz, de la asistencia técnica y una sociedad financie­
ra de objetivos múltiples para dar créditos y otros servicios bancarios a sus so­
cios.48Agrupa a 62.000 socios de 1.458 ejidos o pueblos de 20 estados, organizados
en 220 ECC.49 Sus demandas han sido la exclusión del maíz y frijol del TLCAN,
igualdad de subsidios agrícolas entre los tres países socios o prohibición por la
OMC de los subsidios en los países desarrollados, redistribución equitativa de los
escasos subsidios oficiales a la comercialización de granos, moratoria a la bio-
prospección, prohibición de la importación y experimentación de maíz transgéni-
co y programas de fomento a la producción y tecnificación de maíz.
Sus logros no han sido pocos: gracias a su comercialización organizada obtuvo
un sobreprecio de 10 a 15 % para sus socios,50 abrió 17 molinos de maíz y 131
tortillerías en cinco estados, estableció su propia financiera e inició un programa
piloto de vivienda rural. Como organización gremial ANEC ha combatido en la
calle y en el Congreso, con cabildeo y participación en comisiones, las importacio­
nes sin arancel y excesivas de maíz y frijol; también ha luchado por renegociar el
TLCAN agropecuario y por aumentar el presupuesto anual federal para el campo,
por lo que fue una de las fuerzas propositivas clave del movimiento El Campo no
Aguanta Más en 2003. Logró en la Cámara Baja imponer al gobierno la restricción
de importaciones de maíz y el cobro de un gravamen, y promovió y participó,
gracias a un cargo de diputado federal de su dirigente, en la elaboración de la Ley
de Planeación Agropecuaria y la Ley de Semillas.51
La ANEC ha logrado superar la mayoría de los problemas52 que hicieron fraca­
sar las organizaciones productivas campesinas creadas en los años ochenta y
enterradas a fines de la década de 1990: endeudamiento excesivo y sobrecapitali-
zación, deshonestidad, falta de transparencia y rigor por parte de las directivas,
irresponsabilidad financiera de los socios, fusión de la función de liderazgo políti­
co con la de gerente de empresas, fuente de manejo clientelar de los recursos,
falta de profesionalización de los líderes y de calidad de los productos. Sin embar­
go, descuidó las tareas de formación de dirigentes locales y de capacitación de las
bases de las EEC, por lo que se nota una falta de participación de los socios en las
organizaciones locales que impide a los campesinos miembros apropiarse social­
mente de sus empresas; la ANEC trató de remediar esto con un vasto programa
de capacitación, asesoría y acompañamiento empresarial de sus cuadros locales y
regionales; hay que subrayar que la mayor parte del personal gerencial, técnico y
obrero (de las plantas) de la ANEC son campesinos o hijos de campesinos.
Otro desafio exitoso de la ANEC ha sido compatibilizar los objetivos de compe-
titividad y eficiencia en una economía abierta, de sustentabilidad ambiental y de
responsabilidad social, metas en apariencia contradictorias.53 El reto actual de la
ANEC es resistir la apertura total del mercado del maíz y del frijol en el TLCAN
desde 2008.

2. El Consejo Regional del Café de Coatepec, Veracruz

El consejo es una asociación civil que nace en 1996 como producto de un mo­
vimiento de pequeños cafetaleros que en los años ochenta luchó por pagos pun­
tuales y mejores precios de parte del Inmecafé.54 Es una asociación plural que
juntó a productores de la CNOC, la CNC, la CIOAC y la Confederación Mexicana
de Productores de Café, sumando entonces a 11.000 productores organizados en
167 sociedades locales de 17 municipios. Es miembro de la CNOC,55un organismo
nacional de defensa y servicios a cafetaleros del sector social que se ha distingui­
do por su capacidad para proponer políticas públicas y representar al sector.56
Los objetivos del consejo son gestionar créditos; proponer y gestionar programas
públicos de apoyo a la cafeticultura veracruzana; fortalecer las organizaciones
productivas mediante la educación, la asistencia técnica y el desarrollo de pro­
yectos productivos, y defender los intereses de sus socios mediante la negocia­
ción con las instituciones y la movilización. En este tenor movilizó a sus bases
entre 2001 y 2003 para forzar al gobierno de Vicente Fox a entregar programas
emergentes de subsidios al sector ante la más grave crisis de precios y mercados
externos desde los años de 1930, logrando un fondo de estabilización de los ingre­
sos y apoyos de la Conafor57por la captura de carbono que realizan sus producto­
res con sus huertas bajo sombra. Ha sido también un arma de defensa contra las
transnacionales exportadoras de café, al encabezar movilizaciones contra sus
estrategias oligosónicas y obligar al gobierno local a tomar cartas en el asunto.
Su estrategia productiva pretende desarrollar la producción regional en forma
sustentable, siguiendo cuatro principios: la conservación de los recursos natura­
les mediante el cultivo de café de sombra, el pago justo a los productores y traba­
jadores, la producción de café de calidad y la lucha contra la especulación trama­
da por las grandes empresas comercializadoras. Para ello se dotó de aparatos
económicos en el ámbito financiero, de acopio y comercialización, asistencia téc­
nica, de beneficiado del café y de micro-financiamiento a las mujeres. Actual­
mente, debido a la crisis del café y a una cuasi quiebra técnica del consejo entre
2000 y 2003, sólo cuenta con 3.500 productores en 16 municipios.
Para intervenir en la comercialización, creó una integradora, Agroindustrias y
Servicios Integrados de Veracruz, para acopiar y procesar café, una parte del
cual vende en su propia cafetería y en dependencias estatales de Veracruz con
sus propias marcas. Sin embargo, no ha logrado atraer el café de sus propios
socios (apenas unos cientos le venden), pues no puede ofrecerles un sobreprecio
en comparación con los intermediarios ni pagarles al contado. Para asegurar sus
cosechas, el consejo tenía un Fondo de Autoseguro que le permitió, con sus recu­
peraciones, costear sus oficinas y su funcionamiento, pero tuvo que cancelarlo
por insostenible ante los bajos precios y las altas cuotas exigidas por la banca
pública. En cambio entró al mercado de futuros en la Bolsa de Nueva York, con
ayuda de la Secretaria de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Ali­
mentación (Sagarpa), y el éxito de sus operaciones de cobertura de precios le ha
permitido pagar compensaciones a sus socios ante la baja de precios y constituir
un capital para incursionar sólo en este complejo mercado, pues ya adquirió cono­
cimientos.
El Corecafeco también brinda asistencia técnica a sus socios, divulgando mé­
todos biológicos de control de plagas y el cultivo bajo sombra. Una de sus metas
principales es mejorar la calidad del café, cambiando las prácticas de cultivo y de
cosecha y seleccionando los mejores granos, aunque no ha podido iniciar la pro­
ducción de café orgánico, que requiere tierras no contaminadas por agroquími-
cos, disponibilidad de mano de obra, organización productiva y mercados justos.
En lugar de esto trata de posicionarse en el mercado con un café sustentable
(bajo sombra) y defendiendo la denominación de origen Coatepec, promoviendo y
tramitando la certificación entre sus socios.
Al mismo tiempo, ha amparado y apoyado la creación de una cooperativa de
ahorro y préstamo de mujeres, en su mayoría esposas de productores, que han
sumado en pocos años 1.600 socias al darles la oportunidad de ahorrar a una tasa
ventajosa de 8 % anual y de pedir pequeños préstamos para arrancar o fortalecer
microempresas que contribuyan a mejorar el ingreso y el arraigo familiar.
El consejo se ha esforzado por cuidar su democracia interna, su autonomía
política y su pluralismo, combatiendo el corporativismo, y ha desplazado de la
dirección a la CNC, mayoritaria en el estado, pero sin excluirla de la organización.
En suma, en medio de una actividad siniestrada, con productores descapitali­
zados que se empeñan en mantener un cultivo no redituable por razones de cul­
tura, edad y amor al terruño, el Corecafeco ha sido uno de los pocos actores
proactivos del sector, luchando no sólo por subsidios sino por proponer progra­
mas integrales para la cafeticultura regional, crear sus propios mecanismos eco­
nómicos para autonomizarse de la tutela estatal, reactivar y mejorar un cultivo
agonizante y empezar a dotarse de sus instrumentos de autofinanciamiento. Aún
así, no ha podido del todo erradicar la mentalidad paternalista, ni imbuir la nece­
sidad de responsabilidad financiera y productiva entre sus socios, ni lograr sufi­
ciente apropiación social de su organización, solidaridad y compromiso, pues sus
miembros siguen dependientes de los consejos y gestiones de los dirigentes y
asesores.

3. Las asociaciones migro-financieras de mujeres

La mujer campesina e indígena es hoy la piedra angular de las unidades do­


mésticas campesinas, ya que la crisis rural ha producido una feminización de las
labores agrícolas, tanto en la parcela familiar como en los grandes predios agroex-
portadores. En efecto, la imposibilidad de contratar jornaleros agrícolas en las
unidades campesinas de producción ha implicado una participación mayor de la
mujer y de los niños en las labores de cultivo y cosecha, y la migración internacio­
nal de los hombres ha obligado a la mujer a asumir en muchos casos la adminis­
tración de la producción agrícola. Pero esto no ha significado una mejoría en su
situación económica inferior y de desigualdad de género en el hogar, por lo que se
puede hablar de la «feminización de la pobreza rural», pues la mujer ha sido la
más castigada por la pauperización campesina y la baja de los salarios agrícolas
reales. En este contexto, la mujer ha buscado generar sus fuentes de ingreso,
independientes de las actividades productivas familiares, tanto para adquirir cierta
autonomía económica como para ayudar en la economía familiar, creando sus
instrumentos financieros autosustentables y sus proyectos productivos grupales,
y aprovechando la ventana de oportunidad que brinda el apoyo de los organismos
oficiales nacionales e internacionales y las ONG, aunque no ha alcanzado igual
reconocimiento de parte de los hombres de sus comunidades.
Así, las mujeres están presidiendo muchas sociedades productivas58 y coope­
rativas de ahorro y préstamo, en muchos casos formadas sólo por mujeres.59 Las
dificultades legales y de costumbres para que la mujer acceda a la propiedad de
la tierra y al crédito agropecuario la han orillado a organizarse en tomo a activi­
dades no agrícolas: cooperativas de artesanas; grupos de promotoras de salud, de
derechos humanos y de saneamiento comunitario; cooperativas de costura, de
cría de pollos y cerdos, de panadería y tortillería, de horticultura, de molinos de
nixtamal, y cajas de ahorro.60
Si bien muchas de estas sociedades han surgido gracias a subsidios o financia-
mientos del gobierno y de la banca internacional de desarrollo, con el riesgo de
caer en la dependencia financiera y estratégica de las entidades otorgantes, o de
derrochar un recurso a fondo perdido y no recibir más fondos, se ha afianzado
últimamente la concepción de la necesaria sustentabilidad de las cooperativas y
de la importancia de privilegiar el ahorro sobre el crédito externo. Así, las fuentes
de financiamiento de estas empresas sociales provienen en primera instancia del
trabajo que aportan las mismas mujeres.61
La Unión Regional de Apoyo Campesino de Tequisquiapan, Querétaro, creada
en 1985 por ex jesuítas, se basó en principios éticos de origen religioso y en educa­
ción cooperativista, y se fijó como objetivo crear una caja mixta (hombres y muje­
res) de ahorro y préstamo que sirviera de palanca para generar cooperativas de
consumo, de insumos agropecuarios y de producción de alimentos básicos.62 Con­
formada sobre todo por mujeres de familias rurales pobres, su sistema financiero
funciona con grupos de diez o más socias con vínculos de afinidad, que ahorran y
eligen a una cajera encargada de reunir los ahorros a la sede y representar al
grupo, y que se reúnen semanalmente; los grupos deciden los préstamos, que
requieren el ahorro previo y la participación activa de la solicitante, pero no son
corresponsables del dinero, aunque los préstamos a los demás miembros depen­
den del reintegro del anterior.
Las cajeras se reúnen mensualmente en un Consejo de Cajeras y eligen a sus
representantes por comunidad, quienes a su vez eligen a la Mesa Directiva de la
organización. La URAC también cuenta con un sistema de despensas a crédito,
que funciona con base en los grupos de ahorro mediante una tienda de abasto de
precios bajos y un mercado dominguero donde las socias pueden vender sus pro­
ductos alimenticios, cosméticos y artesanales; además, otorga créditos producti­
vos en especie para financiar la producción de traspatio y mejorar así la nutrición
y el autoabasto familiar, así como para habilitar la producción de maíz en la
milpa, actividad que cuenta con asistencia técnica proporcionada por la ONG
promotora de la URAC. Ésta ha llevado a cabo también un vasto programa educa­
tivo tanto en temas de administración de microempresas, técnicas agrícolas sus-
tentables, elaboración y conservación de alimentos, costura, etcétera, como de
educación cívica y concientización ciudadana.63
Debido a tasas de interés pasivas favorables y tasas activas benignas (18 %
anual), posibles gracias a una tasa de recuperación muy alta alentada por pre­
mios al ahorro y a la responsabilidad financiera, la URAC ha mejorado la econo­
mía familiar de estos hogares, ha dotado a las mujeres de ahorros propios y en
ciertos casos, permitido que con éstos ellas generen sus propias microempresas.
Asimismo, ha promovido la emancipación de las mujeres al abrirles espacios de
participación política, ya que ellas conforman el Consejo de Cajeras y dominan la
Mesa Directiva; al permitirles cierta autonomía económica, y al brindarles capa­
citación e información, aunque no haya cambiado su papel doméstico tradiciona.l.64
Sin embargo, el proceso de apropiación social de la organización por sus socias es
incipiente, por lo que los asesores juegan aún un papel de consejo y guía, y las
socias ven a la URAC como prestadora de servicios financieros, mientras el fin de
la asociación es otro: impulsar identidades sociales para luchar por mejores con­
diciones de vida y generar ciudadanía. En efecto, el empoderamiento de las mu­
jeres rurales se ha dado más en el ámbito económico que político, lo que conlleva
tendencias al economicismo y al individualismo entre ellas.
Sin embargo, la URAC y la mayoría de las cooperativas microfinancieras socia­
les no podían en 2007 operar servicios financieros como pago de remesas, che­
ques y seguros,65 ya que no cumplen con las reglas bancadas que la nueva Ley de
Crédito y Ahorro Popular les impuso. Si bien su alcance como escuela ciudadana
y reivindicativa es limitado, la participación de mujeres rurales pobres e indíge­
nas en estas cooperativas mejora su autoestima y su poder de negociación en la
familia; les proporciona espacios propios donde intercambiar sus problemas, apo­
yarse y organizarse desde su género, y les granjea el progresivo reconocimiento
de los hombres, empezando por sus esposos e hijos.66
En algunas cosas este tipo de experiencias les sirven a las mujeres para lanzar­
se en la política a puestos de representación como comisarias ejidales, agentes y
presidentas municipales,67 aunque en zonas indígenas enfrentan aún mucha re­
sistencia. Con todo, las mujeres indígenas organizadas en asociaciones iniciaron
el tránsito de las demandas étnicas a las de género, exigiendo su lugar en las
decisiones de la familia, la comunidad y las organizaciones sociales, así como el
derecho a heredar la tierra, a decidir con quién y cuándo casarse, a estudiar y
trabajar y a ser respetadas por los hombres cuando ocupan un puesto de mando.68
Las cooperativas microfinancieras basadas en el ahorro, la solidaridad y los
fines múltiples conformaron en 1998 una red de organizaciones con ahorro y
crédito alternativos, la Colmena Milenaria, a iniciativa de la URAC, cuyas condi­
ciones de pertenencia son: privilegiar el ahorro sobre el crédito; tener otros pro­
cesos de desarrollo, como salud, mujeres, producción agrícola, ecología, etcétera,
y dar un peso importante a la educación popular informal.69 Organiza talleres de
capacitación y evaluación, intercambios entre sus 14 asociaciones de nueve esta­
dos, formadas por una mayoría de mujeres de zonas rurales pobres, y publica una
revista mensual de enlace y reflexión. La Colmena Milenaria logró, con su labor
de formación, difusión y discusión, crear una red de solidaridad financiera, técni­
ca y moral, y coordinar una reflexión en aras de una estrategia de defensa y
promoción del sector social de las microfinanzas.70 A partir del desarrollo del
capital humano de las mujeres y del capital social de las comunidades, estas
cooperativas han fortalecido o «remendado» el tejido social rural y proyectado en
el espacio público el papel entral de la mujer en el campo actual.

4. Las asociaciones de agricultores orgánicos

La Coordinadora Estatal de Productores de Café de Oaxaca

La producción de alimentos orgánicos por cooperativas campesinas con desti­


no a los mercados justos de Europa es reciente, pues se inicia en 1986 con la
UCIRI71 y la red de distribución holandesa Max Havelaar. México ha sido pionero
en este ramo, pues es el primer productor mundial de café orgánico. Con todo,
esta producción concierne a una fracción reducida de los productores, funda­
mentalmente comunidades indígenas organizadas en cooperativas para la asis­
tencia técnica, la agroindustrialización y exportación de sus productos, que li­
bran una dura lucha para conseguir la certificación otorgada por organismos
según criterios oriundos de los países importadores del norte, y para mantenerse
en un mercado mundial creciente pero estrecho y exigente en cuanto a calidad.
La CEPCO nació en 1989, representando a los productores minifundistas indí­
genas de las principales regiones cafetaleras del estado de Oaxaca, para suplir a
un Inmecafé deficiente. Empezó a exportar directamente, con asesoría de la UCIRI,
café a mejor precio que el instituto, creando la Comercializadora Agropecuaria
del Estado de Oaxaca, con la que pudo conseguir créditos para su acopio y la
administración de beneficios secos; luego creó una unión de crédito que le permi­
tió financiar la comercialización, la producción y la diversificación con proyectos
productivos de mujeres.72 El secreto del éxito económico de la coordinadora radi­
ca en la construcción de fuertes aparatos económicos para agregar valor a su
producción y en exportar directamente café de alta calidad; el de su éxito social
estriba en el rescate y fomento de la organización comunitaria de democracia
directa de los indígenas, la transparencia administrativa, la pluriactividad pro­
ductiva y la participación de las mujeres.73
A partir de 1994, la CEPCO comienza a producir café orgánico y desde la
última crisis del café en 1999, decide impulsarlo con fuerza: esto implicó una
ardua labor de capacitación y asistencia técnica a los productores y una revolu­
ción organizativa. Por si fuera poco, la CEPCO asumió la tarea de certificadora
interna para autonomizarse de las certificadoras internacionales de productos
«bio» y así reducir sus costos, definiendo normas y encargándose de la capacita­
ción con técnicos comunitarios. Asimismo, su creciente conciencia ambientalista
se tradujo en la elaboración de proyectos de servicios ambientales como la captu­
ra de carbono.74 Producir café «biológico» proporciona muchas ventajas a los pro­
ductores y a la organización, pues les permitió capear la crisis cafetalera: se
incrementaron los rendimientos por hectárea y se mejoró la calidad, creando más
empleos que absorben la mano de obra familiar, y se consiguieron precios que
casi duplican los del café convencional.75 Además, la organización cuenta con el
apoyo de las redes de comercio justo en los países importadores. En efecto, la
coordinadora exporta casi 80 % de su café orgánico en el mercado equitativo
desde 1996 con el sello de Fair Trade Labelling Organization (FLO), sello que abre
un amplio mercado en las cadenas de supermercados. Esto le permite obtener un
precio adicional al del café orgánico, lo que resulta en un precio final atractivo.
Para exportar en los mercados justos es casi imprescindible producir café orgáni­
co y la coordinadora reúne ambos requisitos: los socios son pequeños productores
indígenas organizados en cooperativas democráticas, condición exigida por el
mercado justo, y su sistema de producción se basa en huertas de montaña con
árboles de sombra donde no se suelen emplear agroquímicos.76
Así, la alternativa de mercadeo más viable para las organizaciones producti­
vas campesinas es la diferenciación de productos, la agregación de valor y la
ubicación en nichos de calidad certificados, que además de ser redituables son
más estables.77 Pero la certificación es un arma de doble filo, pues si bien es una
garantía para productores y consumidores contra la proliferación de productos y
sellos «verdes» ofrecidos por el agronegocio, grandes fincas, compañías tostado­
ras y cadenas de distribución, es un proceso costoso y exigente en calidad, un
«campo de poder»78 con normas definidas por los gobiernos y las distribuidoras
de los países importadores. El caso de la CEPCO es ilustrativo de una organiza­
ción de productores indígenas que ha sabido aliar la eficiencia económica, los
avances en bienestar social y la preocupación por desarrollar métodos producti­
vos sustentables que preserven su medio ambiente.

IV.Las organizaciones de defensa de los recursos naturales

1. La Organización de Campesinos Ecologistas de la Sierra de Petatlán y Coyuca de


Catalán (OCESP)

La organización surge en 1997-1998 en Guerrero, un estado muy pobre con


grandes contrastes sociales, asolado por caciques rurales, narcotraficantes, tala-
montes, grupos guerrilleros y batallones militares. En la Costa Grande, la existen­
cia de una gran reserva forestal ha provocado la codicia de empresas madereras
y taladores clandestinos: el gobernador Rubén Figueroa Alcocer firmó en 1995 un
convenio con la transnacional silvícola Boise Cascade, que le concedía el derecho
exclusivo de explotación de los recursos forestales de la Costa Grande por diez
años, y un contrato con la Unión de Ejidos forestales R. Figueroa (s i c ).79 Este
contrato no trajo ningún beneficio social a los moradores.80
Ante la visible disminución del caudal de los ríos y de las lluvias, así como la
presencia de mayores sequías, Rodolfo Montiel y Teodoro Cabrera, ejidatarios de
Petatlán —el primero con experiencias «modemizadoras» (catequista, estancias
laborales en otros estados)—, crean la organización «Los Destetadores» que orga­
niza reuniones en ejidos donde concientizan a sus paisanos sobre la destrucción
del bosque, denuncian a los responsables (grandes ganaderos, talamontes) y los
convencen de la urgencia de impedir la destrucción. En 1998 fundan de manera
formal la Organización de Campesinos Ecologistas de la Sierra de Petatlán y Co­
yuca de Catalán, sembrando grupos en doce comunidades de la sierra, que eligen
dos representantes por comunidad para conformar la Mesa de Consejo, instancia
directiva. Combaten los incendios forestales sin ningún apoyo oficial y reforestan
las cercas de sus potreros con semillas de árboles nativos que recolectan.81 Poste­
riormente elaboran un plan de desarrollo integral regional basado en la agricultu­
ra de riego para evitar depender de los recursos forestales.82
Como siempre ocurre en los movimientos campesinos, sus primeras acciones
públicas son denuncias legales ante las autoridades de la Semamat y la Profepa
contra la empresa Boise y la Unión de Ejidos Figueroa, dirigida por el cacique
regional, y hasta hacen peticiones al ejército mexicano para que les done arbolitos
para reforestar. Ante la nula respuesta de las autoridades, bloquean el paso de los
camiones madereros por sus caminos; la compañía Boise nunca quiere dialogar
con ellos y arrecian las amenazas de muerte del cacique. La tensión aumenta,
aflora la violencia de parte de guardias blancas y en alguna ocasión parece que el
EPR apoya los bloqueos, aunque la OCESP siempre se deslinda de la guerrilla.83 Al
final, la transnacional prefiere abandonar la región, aunque otras empresas ex­
tranjeras y taladores clandestinos protegidos por paramilitares toman su relevo.
La represión militar arrecia contra los campesinos ecologistas luego del asesinato
no aclarado del hijo del cacique. En 1999, una partida militar ocupa el ejido de
Montiel y Cabrera, mata a uno de sus integrantes, arresta a otros y los tortura;
después, éstos son condenados a seis años ocho meses y diez años de cárcel bajo
la acusación de siembra de estupefacientes y por portar armas prohibidas (sic).
De 1999 a 2001 el ejército, coludido con un grupo paramilitar encabezado por el
cacique ganadero local con fama de pudiente narcotraficante, rastrilla la sierra y
persigue o arresta a otros ocho miembros de la organización.84 La reacción brutal
de las fuerzas represivas puede ser explicada por los poderosos intereses que la
organización amenazaba: el negocio de la madera y la producción de enervantes
organizados y controlados por caciques locales. Pero esto no sólo los afectaba a
ellos, sino también a las comunidades, a trabajadores y medieros que dependen y
viven de esas actividades, que son la mayoría de los pobladores de la región. En
este sentido, la OCESP ha padecido el aislamiento político respecto de otras orga­
nizaciones regionales que giran en tomo a la explotación forestal, aunque susten-
table.85
En 2001, el nuevo gobierno «democrático» chantajea a los dirigentes presos:
su libertad contra la promesa de no denunciar las torturas castrenses y de exiliar­
se de Guerrero, lo que no aceptan.86 Pero la fachada de adalid de los derechos del
hombre de Vicente Fox se derrumba cuando es presuntamente asesinada la abo­
gada defensora de los derechos humanos que defendía a Montiel y Cabrera, Dig­
na Ochoa, en el Distrito Federal. La justicia federal nunca quiso aclarar a fondo
esta muerte violenta, pero ante las protestas nacionales e internacionales y la
fama de los dirigentes presos que fueron distinguidos con premios internaciona­
les de defensa de la ecología, el gobierno de Fox decide liberar a Montiel y Cabre­
ra por «razones de salud». ¿Será que el respeto a los derechos humanos necesita
el sacrificio previo de sus defensores? En la cárcel Montiel escribía: «No fuimos
escuchados y hasta hoy no hemos sido escuchados, ya casi estamos perdiendo la
esperanza de que vaya a haber un día un gobierno democrático».87
Para concluir, el caso de la OCESP es sintomático de los enormes obstáculos
que encuentran las organizaciones campesinas en ruptura con la lógica de explo­
tación dominante en estados donde imperan fuerzas anémicas y antisociales, donde
el Estado de derecho brilla por su ausencia y donde la guerrilla atrae la represión
sobre la población civil. Por lo demás, esta organización es paradigmática de la
emergencia de nuevos actores con valores «postmaterialistas» en el campo mexi­
cano: «Los derechos humanos y los asuntos ambientales se han convertido en los
principales estandartes de batalla de los nuevos movimientos sociales, porque se
trata de la defensa de la vida, la libertad y la dignidad».88

2. El Ejército Zapatista de Mujeres Mazahuas en Defensa del Agua

La contradicción campo-ciudad ha sido desde los años de 1970 fuente de con­


flictos, pero éstos se agudizaron últimamente con la expansión incontenible de
las manchas urbanas sobre tierras rurales y la contaminación creciente por acti­
vidades industriales de las tierras y aguas de la campiña. La Zona Metropolitana
de la Ciudad de México ha requerido cada vez más surtirse de volúmenes desme­
surados de agua, que bombea desde cuencas cada vez más distantes por medio de
complejos sistemas de ingeniería hidráulica, como el Sistema Cutzamala. Esta
extracción desenfrenada ha provocado escasez de agua para riego, e incluso para
consumo humano, en los núcleos agrarios vecinos. La inundación de 300 hectá­
reas de cuatro ejidos de Villa de Allende, Estado de México, por error en el mane­
jo de una presa de almacenamiento fue el agravio que detonó el conflicto y la
aparición del Frente para la Defensa de los Derechos Humanos y Recursos Natu­
rales del Pueblo Mazahua, que reclamó no sólo una indemnización por las tierras
afectadas, sino la instalación de sistemas de agua potable en sus comunidades,
pues buena parte de éstas carecían de ellos, la restitución de algunas tierras
expropiadas por la CNA89 y un proyecto de desarrollo regional sustentable agrofo-
restal.90 Ante el incumplimiento de las autoridades, los indígenas radicalizaron su
lucha, bloquearon una planta potabilizadora y amenazaron incendiar un camión
de cloro si no asistía el secretario de Medio Ambiente y Recursos Naturales a
negociar con ellos.91
La falta de respuestas del gobierno produjo la radicalización y una crisis en la
organización: las mujeres cuestionaron el liderazgo de los hombres y tomaron la
dirección, adoptando una estrategia más aguerrida con acciones espectaculares:92
se organizaron militarmente y simularon tácticas guerrilleras pero sin armas (sólo
tenían rifles de madera, azadones y machetes), cambiaron su nombre al de Ejér­
cito Zapatista de Mujeres Mazahuas en Defensa del Agua, en homenaje a Zapata,
y marcharon al Palacio Presidencial; posteriormente mantuvieron un plantón en
la Semarnat93 y amenazaron con cerrar las válvulas de alimentación de agua al
Distrito Federal, lo cual cumplieron por breve lapso en febrero de 2005.94 Así, por
un lado, las mujeres proyectaron su lucha en los medios masivos con acciones
directas simbólicas y disruptivas, trasladándola a la gran ciudad y aumentando la
presión sobre el gobierno.
Por otro lado, el sentido y las prioridades de las demandas cambiaron: exigieron
primero un plan integral de desarrollo sustentable de la cuenca95 concertado con la
organización, así como la defensa de la lengua y los usos y costumbres mazahuas.
Las cuestiones ambiental y cultural pasaron al primer plano, vinculadas en un
proyecto regional de restauración de los recursos naturales y las condiciones de
reproducción material, social y cultural de las comunidades indígenas. En efecto,
la extracción de agua y la degradación de su medio ambiente empobrecen a los
comuneros, lo que provoca la emigración de los hombres a la ciudad, exacerbando
el proceso de deterioro de su cultura en un proceso lento de etnocidio.96
Lograron así un convenio de indemnización e instalación de agua potable,
pero estos beneficios fueron acaparados por cinco comunidades y un grupo de
líderes, lo que produjo una nueva ruptura que dio lugar al Movimiento Mazahua
en Defensa del Agua. En éste participan en igualdad hombres y mujeres con
metas más amplias: crear una cultura del agua entre la población, impedir las
políticas que tienden a privatizar el agua, gestión sustentable del recurso, mejor
calidad y equidad en su distribución, otra política hidráulica que no capture los
ríos en represas y preservación de la cultura mazahua. Para ello, ensancharon sus
alianzas hacia las ONG y asociaciones cívicas nacionales e internacionales que
pugnan por declarar el agua bien público global, participaron en el Foro Mundial
del Agua y se dirigieron al Tribunal Latinoamericano del Agua.97
Junto a sus trabajos de reforestación, conservación y agricultura orgánica en
sus comunidades, buscaron aliados entre campesinos de Guerrero y Michoacán
afectados por el mismo problema, y realizaron cortes de avenidas en la capital,
donde recibieron el apoyo de pobladores pobres que padecen también escasez de
agua;98 frente a la falta de respuesta oficial, volvieron a cerrar las válvulas de
control fluvial a fines de 2006, suspendiendo el servicio por seis horas, lo que
provocó la intervención de la PFP;99 en 2007 el asesor del movimiento fue encarce­
lado y se anunció el inicio de la fase IV del Sistema Cutzamala, señales de endure­
cimiento del nuevo gobierno, pero los mazahuas mantienen su lucha y sus accio­
nes de restauración ambiental.
En síntesis, las mazahuas lograron combinar en su movimiento, a través de
varias divergencias, rupturas y ajustes, orientaciones congruentes en cuanto a
sus fines, sus medios y su ambiente;100 en relación con los fines, equipararon las
banderas de la defensa de los derechos humanos, de los recursos naturales y de la
diversidad cultural,101 para aparecer como defensoras de la vida que como muje­
res ellas dan y cuidan, lo cual les granjeó la simpatía de la opinión pública; res­
pecto de los medios, supieron manejar un repertorio amplio de acciones, desde
las acciones directas disruptivas pacíficas pero imitando un despliegue militar y
amenazando violencia102 para demostrar determinación e impactar los medios
masivos,103 hasta las demandas ante las instancias internacionales de derechos
humanos usando una estrategia de no-violencia activa;104 sobre el ambiente, han
buscado siempre la negociación y firmado convenios de colaboración para el de­
sarrollo y rescate ambiental de su región, y han tejido alianzas con la sociedad
civil urbana, con los movimientos indígenas y con el movimiento altermundista
internacional.
En sus protestas se han hallado elementos, en pequeña escala, de un movi­
miento social tal como lo define Melucci;105 solidaridad, conflicto y trasgresión de
los límites de compatibilidad del sistema, pues amenazaron el abastecimiento de
agua de diecisiete millones de personas. Por si fuera poco, en ellas destacó un
nuevo sujeto, la mujer indígena, que imitando a las comandantas del EZLN reac­
tivó combativamente el movimiento; desplazó a los hombres,106 a los que asignó
tareas de mantenimiento en los campamentos, y realizó acciones más contunden­
tes107para orillar al gobierno a negociar, pero desató tensiones de género y divisio­
nes en la organización. El alzamiento de las mujeres remite al agravio que sufren
al ver afectado su rol familiar como proveedora del agua; en efecto, las mujeres
rurales juegan un papel clave en el abastecimiento de agua y en las acciones de
restauración de cuerpos de agua.108 Además, apropiarse de un rol masculino (or­
ganización de un «ejército») les dio poder y seguridad en sí mismas, y al conducir
con éxito el movimiento lograron reconocimiento por parte de los hombres, aun­
que no cambió su rol doméstico.109 En fin, supieron aliar su identidad étnica y su
identidad de género con una visión holística que supera sus intereses de grupo
para defender los del planeta y de la humanidad.

V. Defensa del territorio comunal y democracia directa

San Salvador Ateneo y él Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra

El neozapatismo ha tenido una influencia soterrada y duradera en las comuni­


dades indígenas y los pueblos campesinos de origen mesoamericano y de tradi­
ción agrarista recreados por la Reforma Agraria. Con sus conceptos de autono­
mía, democracia comunitaria, desarrollo autogestivo y autárquico, y de creación
de «territorios rebeldes» donde ejercer un doble poder paralelo al Estado y a los
partidos, su ejemplo ha cundido en sectores de la juventud urbana y entre comu­
neros indígenas y ejidatarios del centro y sur del país. Asimismo, nuevos valores
como la calidad de vida, el apego al terruño, el respeto a la naturaleza y el valor
de uso, compiten ahora con la racionalidad utilitaria del valor de cambio. Estos
movimientos son una reacción contra la explotación más intensiva de los recursos
naturales por empresas transnacionales, grupos privados y proyectos desarrollis-
tas del Estado; rechazan una «nueva ruralidad» impuesta por especuladores in­
mobiliarios, consorcios turísticos y empresas paraestatales.
El movimiento de San Salvador Ateneo (Estado de México) es representativo
de estas redes sumergidas de la corriente de organizaciones antiparlamentarias
de matriz social.110El agravio moral111 que detonó el estallido social fue el anuncio
del gobierno de Vicente Fox en 2001 de su decisión de construir un nuevo aero­
puerto de la ciudad de México en Texcoco, en terrenos del antiguo lago y de los
ejidos de tres municipios, los cuales sumaban 4.550 hectáreas que serían expro­
piadas e indemnizadas en seis pesos por metro cuadrado.112 En el caso de San
Salvador Ateneo, afectaba a 80 % de su territorio, implicando su extinción como
comunidad. El gobierno pasó por alto los reparos de los ambientalistas que que­
rían proteger el lago, y nunca consultó previamente a las poblaciones afectadas.
Sin embargo, lo irrisorio de la indemnización propuesta en vista del precio (en
dólares) al que venderían estos terrenos los desarrolladores urbanos una vez ins­
talados los servicios y las pistas, provocó la ira de los pobladores de Ateneo, quie­
nes iniciaron una batalla jurídica ante los tribunales logrando suspensiones tem­
porales contra el decreto de expropiación. A la par realizaron marchas hacia la
capital con machete en mano y, luego de haber colocado barricadas en tomo a su
comunidad, declararon a San Salvador Ateneo «municipio en rebeldía». Los 13
ejidos expropiados formaron el Frente de los Pueblos en Defensa de la Tierra
(FPDT) en diciembre 2001.
Durante los meses siguientes aumentó la tensión, pues ninguna de las partes
quería ceder, hasta que el 11 de julio los labriegos trataron de interrumpir un acto del
gobernador y fueron bloqueados por la policía, lo que desató la violencia de ambas
partes con saldo de un campesino muerto y 20 detenidos; en represalia se tomó a 13
funcionarios judiciales como rehenes y se secuestraron cuatro camiones.113
Entonces el conflicto entró en una escalada peligrosa, pues la PFP rodeó el
municipio, 16 comunidades cercanas bloquearon carreteras y los alzados pren­
dieron fuego a los camiones. Al final, gracias a la mediación de defensores de los
derechos humanos, se instaló una mesa de negociación en que se logró liberar a
los detenidos y a los rehenes, y los retenes de ambos adversarios fueron levanta­
dos. El gobierno y el FPDT se reunieron por primera vez el 24 de julio para nego­
ciar, con base en un precio de $25 por metro cuadrado, pero la muerte de uno de
los manifestantes golpeado y detenido el 11 de julio, por falta de atención médica,
enardeció a los ejidatarios, que reiteraron su oposición a vender su tierra a cual­
quier precio. Las numerosas muestras de solidaridad que recibieron; la unidad
regional de la que hicieron gala; la declaración del ombudsman nacional, José Luis
Soberanes, de apoyo a los agraviados y de crítica a los procedimientos del gobier­
no; un sondeo que arrojó 85 % de opiniones favorables a los aldeanos, y la negativa
de los interesados en vender sus tierras obligaron al presidente Fox a cancelar el
proyecto el 10 de agosto de 2002, conciente de la debilidad de su posición y ante la
visita del Papa y de su encuentro con el presidente.
Esta decisión del Ejecutivo molestó al gobernador del estado, que tenía intere­
ses económicos en el proyecto debido a que 40 % de los dos mil millones de
dólares de inversión para el aeropuerto, según él, ya estaban comprometidos con
inversionistas como Aeropuertos de París y de Frankfurt, Inmobiliarias ARA y
GEO y el grupo Atlacomulco, grupo político-económico poderoso del estado de
México, del que formaba parte el gobernador. De hecho, el adversario principal
del movimiento, contra quien más luchó por su posición intransigente, fue el
gobierno del Estado de México.
Para entender la fuerza, cohesión y determinación del movimiento es necesa­
rio ahondar en sus rasgos de identidad, derivada de su memoria colectiva y de su
tradición de lucha. La comunidad de Ateneo es de origen prehispánico y el ejido
de Ateneo surgió a raíz de la lucha agraria sobre las tierras de una antigua hacien­
da; tierras salitrosas en su mayoría debido a su localización en el antiguo lago de
Texcoco, pero que fueron regeneradas gracias al trabajo de varias generaciones
de campesinos, quienes lograron rendimientos de seis toneladas por hectárea en
promedio. Sin embargo, predomina el minifundio, por lo que la mayoría de los
pobladores no vive del campo y labora fuera del municipio (sólo 6 % se dedica a la
agricultura) en el sector secundario, el comercio y los servicios.114
A pesar de todo, la organización comunitaria sigue vigente, cohesionada por la
fuerte fe católica de los pobladores115 a través de las mayordomías que organizan
las fiestas religiosas y el carnaval del pueblo, y juegan un papel importante en la
organización vecinal; las creencias religiosas en tomo al santo patrón del pueblo
le dieron un marco de carácter simbólico y ético al movimiento.116 Asimismo, su
tradición de lucha se remonta a los años de 1970 con la Unión Social y Cultural de
Ateneo, que logró la instalación de agua potable y drenaje, y a los años de 1980 con
el Comité de Defensa de Recursos Naturales del Valle de Texcoco y la formación
de Habitantes Unidos de San Salvador Ateneo.117
Los líderes del movimiento son activistas sociales y profesionistas, pero todos
de origen campesino y ligados a la tierra por su padre, su profesión (agrónomos)
o su participación en las instancias de gobierno ejidal: «La tierra es nuestra ma­
dre [...] el que no la quiere, no se respeta a sí mismo», dice uno de ellos.118Además
de su razón, los ejidatarios hicieron muestra de su determinación: «Si el gobierno
quiere muertos, estamos dispuestos a dar los muertitos».
En el fondo, los atenquenses defienden, más que unas tierras, de las que pocos
pueden vivir, un territorio que es el anclaje de su identidad colectiva y su sociabi­
lidad: «Quitamos la tierra es avanzar en la destrucción de nuestras raíces e iden­
tidad».119 La memoria histórica sirve de instrumento de lucha actual, tal como los
recuerdos mitificados de la Revolución y la Reforma Agraria.
Por lo demás, el movimiento buscó dotarse de un proyecto de desarrollo regio­
nal con alternativas económicas viables para los pobladores; para elaborarlo invi­
tó a investigadores de la universidad agraria de Chapingo y el resultado fue un
programa multiactivo integral, que contempla la agricultura, la piscicultura, el
ecoturismo y la rehabilitación de un parque natural.120 Nada parecido hizo el
gobierno cuando decidió expropiar.121
Posteriormente, el FPDT se convirtió en un movimiento político minoritario en
su pueblo, con miras a crear un «municipio autónomo» gobernado por asamblea
y no sujeto al sistema político-electoral. Sin embargo, la «democracia directa»
asambleísta ocultó una concentración del poder real en manos de Ignacio del
Valle, el líder máximo. El FPDT se volvió un centro de activismo que asesoró y
apoyó a otros movimientos sociales y a procesos políticos autonómicos. Su oposi­
ción «manu-militari» a la realización de las elecciones federales y estatales en
2003 y 2005, a pesar de la suspensión de las órdenes de aprehensión contra sus
líderes, le valió la reprobación de la mayoría de la población del municipio, tradi­
cionalmente gobernado por el PRI. En 2006 se adhirió a la «Otra Campaña» de
Marcos, y en mayo de ese año azuzó un conflicto menor en Texcoco por la defensa
de unos vendedores callejeros desplazados por la municipalidad, lo que originó
un enfrentamiento con la policía con saldo de heridos de ambos lados y toma de
rehenes. Al día siguiente San Salvador Ateneo fue ocupado militarmente por la
PFP y la policía estatal, que con lujo de violencia y violación de los derechos
humanos de pobladores, mujeres y estudiantes, detuvieron a 150 personas, cau­
sando la muerte de un estudiante. Después se liberó a la mayoría de los presos,
pero los dirigentes fueron condenados a largas penas de prisión por «secuestro
equiparado», aunque la hija del líder asumió clandestinamente la dirección.
En síntesis, un movimiento con amplio apoyo de la opinión pública, de parti­
dos y de la sociedad civil organizada, se fue aislando y debilitando al «derrapar»
hacia posiciones políticas intolerantes opuestas a cualquier forma de democracia
representativa, y hacia métodos de acción violentos en los que el machete dejó de
ser símbolo para volverse arma, cayendo inevitablemente en una espiral suicida
de confrontación con el Estado y de represión despiadada.

VI. Organizaciones de productores endeudados

El Barzón-Alianza Nacional de Productores Agropecuarios y Pesqueros

La crisis bancaria que estalló en 1994 en el país prohijó organizaciones de


productores rurales de nuevo tipo como El Barzón, nacido en 1993. En efecto,
este movimiento que enfrentaba los juicios y embargos de la banca contra deudo­
res caídos en cartera vencida unió por primera vez a productores empresariales
medianos y grandes, mayormente privados, con pequeños productores ejidales
en una alianza orgánica; luego aglutinó a deudores de la ciudad a partir de 1995,
desde jubilados y empleados públicos hasta pequeños empresarios e industriales.
Debido a su peculiar composición social, se autocalificó como la primera gran
rebelión social de las clases medias rurales y urbanas. En este sentido, tendió
puentes entre campesinos y propietarios privados agrícolas, y entre el campo y la
ciudad, que habían sido adversarios en torno a la tierra, o que se ignoraban y
despreciaban.122
Además, intentó arrebatar a las centrales corporativas el control de vastos
sectores de campesinos y de empresarios agrícolas decepcionados por la incapa­
cidad de los gremios tradicionales para defenderlos de la voracidad bancaria, con
lo cual contribuyó a democratizar sus asociaciones gremiales y a modificar algu­
nas estructuras de poder caciquil con su participación en la política local.
Su principal aportación a los movimientos sociales ha sido ofrecer un reperto­
rio123 innovador de formas de acción con protestas espectaculares, festivas y con­
testatarias, de gran fuerza simbólica y satírica. Al irrumpir con fragor en la ciu­
dad «visibilizó» la situación del campo a los ojos citadinos y dramatizó el caso de
los deudores, logrando atraer la atención de los medios masivos;124 al recodificar
expresiones e iconos de la cultura popular y nacional, buscaba transmitir su men­
saje de rebeldía y ganarse la simpatía de la población; al utilizar la desobediencia
civil y la resistencia activa pacífica para proteger las propiedades amenazadas,
logró salvar el patrimonio de sus socios, y al usar acciones directas disruptivas
como el bloqueo de bancos, tribunales, oficinas de gobierno, alcanzó a demorar
las acciones de la banca y sentarla a negociar.125 A ello contribuyó también su
estrategia de demandas por usura y anatocismo contra los bancos, que consiguió
bloquear los juicios ejecutivos mercantiles y obtener en algunos casos laudos fa­
vorables. A ésta se sumó una labor de presión en las Cámaras Legislativas estata­
les y federal, mediante el cabildeo, la movilización y la participación política
directa gracias a sus diputados y senadores, quienes le permitieron introducir
algunas leyes contra la usura y para proteger el patrimonio familiar. Sus amplias
alianzas políticas con el PRD y otros partidos de oposición, el EZLN, la Iglesia,
algunas cámaras empresariales y barras de abogados, tendieron un cordón pro­
tector a sus miembros, lanzaron al debate público temas candentes de política
económica y financiera, e influyeron en el programa de partidos como el PRD y
en la creación de planes de reestructuración y alivio de las deudas por parte del
gobierno de Ernesto Zedillo.
El marco de significados de su discurso y demandas partía de la idea de la
corresponsabilidad del gobierno y de la banca en la tragedia de los deudores
insolventes; por tanto, era necesaria una solución financiera tripartita entre aque­
llos y los deudores, depurando las carteras vencidas de intereses moratorios e
intereses capitalizados, resumida en el lema: «Debo, no niego; pago lo justo».126
Su ideología, que abandonó el viejo discurso campesinista y clasista de las organi­
zaciones campesinas, se basa en la defensa del patrimonio familiar que incluye
los instrumentos de trabajo, tema toral para la pequeña burguesía que El Barzón
trató de erigir como derecho humano individual, y la defensa de la soberanía
nacional, en particular de la soberanía alimentaria. Este fuerte nacionalismo pro­
viene de la experiencia de los pequeños propietarios que luchan por su patrimo­
nio familiar, por lo que ambos marcos de interpretación se refuerzan de manera
mutua. Empero, esta ideología «populista» es demasiado vaga y general para for­
jar una identidad colectiva fuerte entre sectores sociales tan heterogéneos econó­
mica y culturalmente como los que conformaron El Barzón.
Su organización interna combinó la descentralización, con la autonomía de los
comités barzonistas municipales y estatales, y una dirección nacional centraliza­
da en unos cuantos dirigentes carismáticos que se aferran al poder127y forman un
«grupo político compacto» de izquierda integrado al PRD y a sus órganos de di­
rección. El Barzón nunca tuvo una estructura institucional formal, lo que dio pie
a acciones espontáneas, a la discrecionalidad de sus dirigentes y al oportunismo
de sus bases.
Un balance de la primera fase de El Barzón hasta 2000 tiene que poner en la
balanza sus logros y aportaciones a la sociedad civil, así como sus errores: entre
los primeros, hay que destacar su labor de educación popular en temas como la
resistencia pasiva, los derechos humanos, la cultura jurídica, la política económi­
ca y la ayuda psicológica a los deudores, a veces desesperados por el acoso de los
bancos; en este sentido la organización ha difundido la desobediencia civil o «de­
recho de barzonear»128 entre las clases medias. Ha formado cuadros y militantes
para la sociedad civil y los partidos políticos, y permitido el «empoderamiento»
de las mujeres, que formaron la primera línea de resistencia civil pacífica y alcan­
zaron puestos de liderazgo en la organización. Además, «denunció nuevos ata­
ques a los derechos humanos disfrazados de formalidades de la actividad finan­
ciera [...] y abrió nuevos espacios de negociación pública con la idea del derecho
al patrimonio familiar, flexibilizando las fronteras entre lo público y lo priva­
do».129 Por un lado, logró que la mayoría de sus miembros pagara sólo el capital
inicial de su deuda o descuentos de hasta 70 % de su cartera vencida, lo que
provocó a partir de 1998 una considerable deserción de sus miembros y en este
sentido fue víctima de su éxito. Por otro lado, criticó el modelo neoliberal, la
política financiera y el programa de rescate de la banca (el Fobaproa),130 denun­
ciando los fraudes de bancos y grandes empresas que fueron cargados a la deuda
pública. Al final, abrió el debate público sobre los límites de la transición demo­
crática, que no tocó la política económica ni el funcionamiento de los tribunales,
que mantuvo el presidencialismo y las prácticas elitistas de decisión en los Con­
gresos; en esta perspectiva, promovió la vigilancia ciudadana sobre los políticos,
la rendición de cuentas, la revocación de mandato y el presupuesto participativo,
formando ciudadanía conciente.
Del lado de sus errores, destacan la no selectividad de los deudores aspirantes
a El Barzón, por lo que entraron en sus filas «gorrones» (deudores irresponsables
y fraudulentos); el favoritismo en algunos estados hacia los grandes deudores en
la resolución de su problema; la falta de estructura institucional, origen de múlti­
ples escisiones y proliferación de «Barzones» locales en tomo a líderes resentidos
o abogados sin escrúpulos; sus formas de acción a veces violentas contra actua­
rios de los bancos y recintos oficiales; el caudillismo personalista de los dirigen­
tes, cuyos proyectos partidistas los llevaron a instrumentar la organización para
el PRD, provocando su fractura por diferencias políticas, y el distanciamiento de
los líderes respecto de sus bases.
En su segunda fase, de 2001 en adelante, El Barzón buscó redefinir su identi­
dad y sus objetivos, dada la resolución de casi todos sus casos de cartera vencida.
En esta perspectiva se reposicionó como organización de defensa gremial de los
productores agrícolas y aparato técnico económico de servicios y de apoyo a las
empresas sociales de sus miembros, por lo que cambió su nombre a ANPAC.131
Como organización gremial, luchó contra las importaciones agrícolas y el TLCAN,
por créditos blandos y subsidios a los insumos y a la energía de uso agropecuario;
para ello organizó una cabalgata de Chihuahua al Distrito Federal, tomó delega­
ciones de la Sagarpa y cerró puentes fronterizos para localizar y descargar camio­
nes de maíz importado. En el Movimiento el Campo no Aguanta Más132 tuvo una
participación destacada y controvertida al penetrar a caballo en la Cámara de
Diputados, en la huelga de hambre y en la «mega-marcha»,133 con lo que recuperó
bases sociales y fuerza de interlocución pública.
En 2004 El Barzón inició su «muda de piel» al convertirse en ANPAP,134 donde
participan viejos núcleos barzonistas rurales y nuevos grupos de campesinos y
pescadores provenientes de 20 estados del país, que decidieron luchar para hacer
cumplir el Acuerdo Nacional para el Campo,135 por la defensa del maíz, por reglas
internacionales para un comercio justo, por una Ley de Seguridad y Soberanía
Alimentaria y por integrar un «nuevo movimiento social de acción política de
amplio espectro» para impulsar la candidatura presidencial de Andrés Manuel
López Obrador. Su plan de acción lanzó una campaña de suspensión de pago de
electricidad a los pozos de riego y se propuso la conquista de las asociaciones
agrícolas y ganaderas locales, además de convertirse en una «organización con
fuerte impacto productivo que se dote de un importante potencial técnico y de
experiencia financiera».136
En esta plataforma de lanzamiento, la ANPAP mostró con claridad la naturale­
za ambigua de El Barzón: se trata de una organización política parapartidista que
quiere ser a la vez una asociación de productores organizados en empresas socia­
les. Se refrendó al líder carismático de El Barzón como presidente de la alianza.
La alianza participó en las movilizaciones contra el desafuero de López Obrador
en 2005 y contra el presunto fraude en las elecciones de 2006, como parte del
Frente Sindical Campesino y Social.
En 2007 la organización llevó a cabo un intenso programa de capacitación en
las regiones, lo que le posibilitó restablecer relaciones con grupos de ex barzonis­
tas y afiliar a nuevas agrupaciones a partir del novedoso planteamiento empresa­
rial, por lo que hoy suman en sus filas 28 grupos de segundo nivel y 30.000 produc­
tores en el país, según El Barzón. Esta creandouna Integradora137 Nacional que
cuenta con un despacho de asesoría y una Sociedad Financiera de Objeto Múlti­
ple fondeada por cuotas sobre la recuperación de sus carteras vencidas por los
deudores. Aunque la «buro-política» absorbiendo a sus líderes nacionales, la orga­
nización se maneja de manera descentralizada y sus empresas regionales son
bastante autónomas, disponen de servicios de asesoría técnica y han avanzado en
la creación de distribuidoras de insumos y de cooperativas de producción, así
como en la innovación y divulgación de tecnologías sustentables.
El caso de El Barzón ilustra cómo las «nuevas» agrupaciones de lucha comba­
tiva de productores han a menudo confundido la defensa de los intereses de sus
agremiados, independiente de su convicción política y de naturaleza plural, con
la contienda política partidista, provocando un vaciamiento hacia arriba de sus
cuadros, hacia la cúspide del sistema político.138 En este sentido, El Barzón alcan­
zó por su gran poder de convocatoria, su empuje y capacidad propositiva, la
dimensión de movimiento reinvindicativo de contenido antagónico,139 pero se per­
dió en cálculos políticos de sus dirigentes, en oportunismo utilitarista de sus ba­
ses y en una creciente incongruencia entre sus medios y sus fines, en la medida
en que usó acciones disruptivas lindando con la violencia en aras de fines de
presión política y no de defensa de los derechos humanos. No obstante, el éxito de
su reconversión en organización productiva, de servicios y de defensa combativa
de los productores le permitirá reforzar sus bases sociales y consolidar su implan­
tación y su identidad colectiva.

VTI. Los movimientos políticos antiglobalización

1. El Movimiento El Campo no Aguanta Más (2002-2004)

Este movimiento es resultado de una conjunción de cambios políticos y econó­


micos que maduraron la posibilidad de una coalición de las organizaciones gre­
miales campesinas nacionales y de importantes frentes sindicales. En efecto, la
alternancia política en el Ejecutivo en 2000 parecía confirmar que México había
llevado a cabo por fin su transición democrática y despertó expectativas de cam­
bios, más allá de lo político-electoral, de una democracia más participativa y de
una política económica más preocupada por el bienestar y la justicia social. Sin
embargo, «la democracia llegó a América Latina con menos justicia social»,140
puesto que siguió a la implantación del modelo económico neoliberal. En el cam­
po, el gobierno descalificó la agricultura campesina enfocando su política hacia
este sector en planes más asistenciales que productivos; a la par, trató de deslegi­
timar a las centrales campesinas nacionales, calificadas de poco representativas,
corporativas y politiqueras, y se mostró renuente a dialogar con ellas.
El detonador del movimiento fue la desgravación de 18 productos agrícolas
dentro de la segunda fase del TLCAN; pero a esto se sumaron «agravios morales»,
como la evidente disparidad de subsidios y de tratamiento que hacia sus produc­
tores dan los gobiernos de EUA y México. El movimiento logró juntar en una gran
marcha de 100.000 personas a productores medios y modernos granjeros del nor­
te con campesinos pobres e indígenas, y aglutinó alrededor de la coalición de las
12 organizaciones del Movimiento el Campo no Aguanta Más (MECNAM), de
corte productivo más que agrario y político, a centrales corporativas como la
CNC, a la oposición respetuosa como el CAP y a agrupaciones más radicales como
El Barzón.141
Sus formas de acción aliaron la resistencia civil pacífica, como la que repre­
sentan las huelgas de hambre, y acciones directas disruptivas como cierre de
puentes fronterizos, con un alto contenido simbólico;142 así lograron llamar la
atención de los medios masivos y la simpatía de la opinión pública y de institucio­
nes como la Iglesia, universidades, etcétera. Sus demandas, empezando por la
renegociación del capítulo agrícola del TLCAN, apuntaban a conseguir la sobera­
nía alimentaria y la paridad de nivel de vida entre agricultores y citadinos, a
impulsar una agricultura sustentable que produzca alimentos sanos y a reivindi­
car la mutifuncionalidad del campesinado como productor pero también como
guardián de los recursos naturales, creador de empleos y de culturas, que requie­
re ser retribuida.
El movimiento exigió:
[...] un nuevo pacto campo-ciudad más equilibrado en la distribución de la riqueza y de la
población, y una nueva relación campesinado-Estado que cree condiciones más equitati­
vas para el desarrollo de las empresas sociales campesinas, en un ambiente de respeto a la
autonomía política campesina y sin patemalismos.143

El gobierno tuvo que reconocer la gravedad de la crisis agrícola (pero sin res­
ponsabilizar al TLC), convocar a un vasto diálogo con todas las corrientes y expre­
siones del sector agrícola, y negociar un Acuerdo Nacional para el Campo, que no
obstante no lo comprometió a renegociar el TLCAN:

El ANC aparece más como una reforma de las políticas existentes, adicionada de progra­
mas sociales, que como una refundación de la política agrícola y una transformación de la
relación de los campesinos con el exterior, con la sociedad y con el Estado: en efecto la
mayoría de las reformas estructurales son dejadas para el futuro, para discusión legislativa
o peor, para estudio.144

La insatisfacción que dejó este acuerdo propició que varias organizaciones del
Mecnam no lo firmaran; que otras fueran cooptadas con prebendas por el gobier­
no; que la mayoría se disputara los recursos y apoyos nuevos que el gobierno
concedió pero negó a los no-firmantes, olvidándose de mantener la unidad, y que
las organizaciones iniciadoras del movimiento quedaran desplazadas por las cor­
porativas en la negociación y el seguimiento del acuerdo.145 Se fracturó un movi­
miento que careció de suficiente identidad colectiva e independencia política,
pues su cohesión se logró contra el adversario común más que en la consulta,
discusión y movilización permanente de las bases. En este sentido, el movimiento
no pudo o no quiso prolongar su fase de «estado naciente»146 y se institucionalizó
con rapidez dentro de los cauces de las negociaciones cupulares entre dirigentes
nacionales y con el gobierno. Con todo, el movimiento se dotó de un programa de
largo plazo para el desarrollo rural integral, consensuado por todas las organiza­
ciones participantes: el Plan Campesino para el Siglo XXI, que le sirva de bandera
en adelante; también logró frenar algunas políticas francamente anticampesinas
del gobierno proempresarial de Fox. En suma, el proyecto del movimiento ataca­
ba el modelo económico neoliberal, los intereses políticos y económicos dominan­
tes, y la inserción subordinada del país a los planes estratégicos de Estados Uni­
dos y a los intereses de las corporaciones trasnacionales vía el TLCAN. Se trató,
pues, de un movimiento político147 que apuntó a un cambio político profundo del
país, para lo cual era menester aliarse con fuerzas sociales y políticas más am­
plias.

2. La campaña «Sin Maíz no hay País»

La proximidad de la liberalización total de los últimos cuatro productos prote­


gidos dentro del TLC, el maíz, el frijol, la leche en polvo y el azúcar el 1 de enero
2008 reactivó el movimiento campesino nacional en 2007. El entorno económico y
político, empero, había cambiado: entró un nuevo gobierno presidido por Felipe
Calderón; en el plano internacional, la demanda de maíz para producir biocarbu-
rante en EUA y las importaciones crecientes de China y la India provocaron una
escasez mundial de granos y el alza súbita de las cotizaciones internacionales y
del precio de la tortilla en México, más otros alimentos básicos, lo que precipitó el
descontento social contra el nuevo gobierno de Calderón, tambaleante aún por la
crisis de legitimidad electoral que había atravesado en 2006. Al mismo tiempo, el
gran caudal de votos que obtuvo Andrés Manuel López Obrador en las elecciones
del 2006 reforzó la alineación de las organizaciones campesinas de izquierda so­
bre este líder carismático, lo que fue factor de unificación pero también de hete-
ronomía política: las movilizaciones postelectorales, con su efecto boomerang de
erosión del capital político del PRD, afectaron la credibilidad de las protestas
campesinas como acciones sociales genuinas.
Asimismo, el régimen se endureció ante los múltiples cuestionamientos a la
legitimidad de varios gobernantes estatales y del presidente, consecuencia tam­
bién del fortalecimiento de la derecha en el PAN y en el nuevo gobierno, del
intento del Estado de recuperar el control sobre su territorio amenazado por
redes mañosas y, de manera más profunda, por la necesidad de contener las
reacciones populares ante políticas excluyentes y socialmente regresivas; esto se
tradujo en el campo en encarcelamiento y amenazas a líderes campesinos, en
sesgo corporativista de los programas sociales para favorecer a agrupaciones sim­
patizantes del PAN y en reglas de operación de los programas agrícolas más engo­
rrosas; ante esto, el movimiento campesino trató de superar sus divisiones. Así, la
campaña «Sin Maíz no hay País» se inició en junio 2007 promovida por intelectua­
les, diversas ONG de la capital y el Conoc,148 que agrupó a varias organizaciones
del Mecnam, a la CNPA, a El Barzón, al FPDT de Ateneo y a la OCEZ149 bajo el
lema «Sin maíz no hay país, pon a México en tu boca». En su desplegado recalcan
que se ha acentuado la inseguridad alimenticia y demandan instalar un mecanis­
mo permanente de administración de las importaciones y exportaciones de maíz
y frijol por parte del Congreso, prohibir la siembra de maíz transgénico, estable­
cer el control de precios de la canasta alimenticia básica, crear una reserva estra­
tégica de alimentos, aprobar el derecho constitucional a la alimentación y la Ley
de Planeación Agroalimentaria. El pliego petitorio se concentra ahora en la defen­
sa del maíz y de la seguridad alimenticia de la población, temas sensibles para los
sectores populares de la ciudad.
La campaña arrancó con un repertorio de acciones nuevo, que incluyó la dis­
tribución de semillas de maíces criollos y su siembra masiva en las ciudades,
intervenciones poético-teatrales, una feria campesina del maíz y de productos
orgánicos en el Distrito Federal, una campaña nacional de firmas, plantones en
ministerios y ayuno colectivo en la capital, reeditando una de las acciones más
exitosas del Mecnam. La campaña se dirigió esencialmente a la sociedad más que
al Estado, buscando sensibilizar a los consumidores sobre temas como el maíz y
el precio, o la calidad e inocuidad de los alimentos, y se valió de demandas de
amparo contra el capítulo agropecuario del TLC de parte de campesinos, amas de
casa, comerciantes y obreros. A partir de enero 2008, ya en vigencia la desgrava-
ción arancelaria y ante la presión a la baja del precio interno del maíz orquestada
por las comercializadoras, una columna de 300 tractores del Movimiento «Norte­
ño» de Resistencia Campesina Francisco Villa salió de un puente internacional de
Chihuahua, rumbo a la capital, recibiendo el apoyo de la población y de los gober­
nadores de los estados. Tractores viejos y de desecho de EUA evidenciaron la
enorme brecha tecnológica entre México y la Unión Americana. Se fueron incor­
porando al movimiento más organizaciones campesinas y se forjó una alianza
entre el Conoc, la Conorp,150 la CNC y los frentes sindicales UNT y FSM,151 con el
fin de convocar a una magna concentración; el movimiento recibió apoyo de la
Iglesia, universidades, diputados y senadores del PRI y PRD. El 31 de enero,
fecha simbólica152 del ritual antiglobalización, desfilaron 150.000 manifestantes
del norte, centro y sur del país, productores medios, farmers norteños, cañeros,
ganaderos lecheros, campesinos maiceros y mujeres del campo, junto con obre­
ros, empleados públicos, universitarios, amas de casa..., en una magna concen­
tración; pero el acto dejó aflorar divergencias sobre las vías de modernización del
agro, con la presencia de un contingente de productores que reclamaban el dere­
cho a sembrar maíces transgénicos, y diferencias entre las organizaciones corpo­
rativas y las independientes. Al término del acto se firmó un pacto campesino-
sindical en pro de la revisión del TLC y de impedir la privatización de los energé­
ticos y la reforma laboral,153 sellando la más importante prueba de fuerza del
gobierno de Calderón con la oposición gremial, según Luis Hernández. Pero la
unidad campesina pronto se deshizo,154 pues los objetivos de unas y otras organi­
zaciones difieren: para unas se trata de asegurar su parte del pastel presupuestal,
pues dependen de su relación corporativa con las autoridades, mientras que para
otras se trata de proteger y fomentar el maíz mexicano. Por si fuera poco, no
participaron seis organizaciones que no aprueban el rechazo radical del CONOC
a los OGM.155
Ante la presión, el secretario de Agricultura se sentó a negociar pero no aceptó
cambiar las reglas de operación de los programas de apoyo ni renegociar el TL­
CAN, proponiendo que se negocie producto por producto con los productores
norteamericanos. Ante estas tácticas dilatorias, las organizaciones gremiales sus­
pendieron las pláticas. En esta intentona de repetición del MECNAM, el movi­
miento, cuya unidad se fracturó por la tendencia de las centrales tradicionales y
de los actores no rurales (sindicatos, ONG) a acaparar la negociación en su prove­
cho,156 no ha podido doblegar al gobierno, el cual implemento una gran campaña
mediática sobre los supuestos beneficios del TLC y endureció su posición.
En perspectiva, se puede pensar que el movimiento anti-TLC llegó con quince
años de retraso, pues durante la negociación del tratado hubiera sido posible
parar sus aspectos más ofensivos, pero la sumisión corporativa de las principales
fuerzas políticas campesinas de entonces cancelaron este camino.157 Empero, or­
ganizaciones autónomas como El Barzón, la CNPA, la ANEC, etcétera, se movili­
zaron contra el tratado desde 1994-1995, pero sin éxito.

Conclusiones

TU trazar un panorama amplio pero no exhaustivo de las luchas rurales recien­


tes en México, nos parece importante indagar qué luchas y organizaciones están
apuntando a revelar, remediar o resolver algunas de las problemáticas económi­
cas, sociales, culturales, políticas y ambientales más álgidas de viejo o nuevo cuño
del campo. Asimismo, nos parece relevante señalar las convergencias y las diver­
gencias de orientaciones culturales, organizativas, tecnológicas, económicas y
políticas entre las diferentes agrupaciones y movilizaciones campesinas, para
contribuir a superar la fragmentación y la transitoriedad de los movimientos so­
ciales. Estas diferencias se observan sobre todo respecto a los fines, los medios,
las formas de organización y la relación política de las organizaciones.
Ante el estado de descomposición social del campo, algunas organizaciones
están tratando de reconstruir el tejido social deshilacliado por la erosión de las
instituciones y actores sociales agrarios postrevolucionarios. Orientan sus esfuer­
zos a una densificación de lo social158 que busca crear campos sociales medios (a
escala regional) donde se pueda generar y retener riqueza, capital social, poder
social, saber científico-técnico e identidad cultural, mediante la producción y
apropiación de excedente económico, el apoyo técnico de agentes externos (ONG,
universidades, organismos internacionales), la preservación y restauración del
medio ambiente, el reforzamiento de la cultura cívica y el establecimiento de
controles y convenios por parte del poder social con el poder político y el poder
económico regional.159 Esto implica una estrategia de control del territorio me­
diante una implantación social regional permanente, que pasa por la generación
de proyectos productivos diversificados, de ahorro propio y capacidad de autofi­
nanciamiento, de actividades armonizadas con la naturaleza y de restauración
ambiental, de cambios en los métodos productivos, de programas de educación
popular y de formación de cuadros, que les permitan plantear planes de desarro­
llo regional integral y mancomunado.
En esta perspectiva se encuentran organizaciones como la ANEC, la CEPCO,
la URAC, la UNORCA, el CORECAFECO y hacia ella se dirigen organizaciones y
nacionales como El Barzón; los esfuerzos de estas organizaciones productivas se
han dirigido a incrementar el valor agregado y la calidad de sus productos me­
diante pequeñas agroindustrias rurales, control de calidad y circuitos de comer­
cialización directa, asociándose para exportar o crear redes de distribución na­
cional, posicionándose en nichos de mercado orgánicos o gourmet, aunque las más
aún no han logrado una integración vertical completa de la cadena, que implica
un alto nivel de organización, productos diferenciados de tradición y calidad, y
apoyos técnicos y financieros externos; los eslabones financiero y comercial cons­
tituyen los principales cuellos de botella, aunque la asociación por sistema-pro-
ducto permite reforzar el poder de negociación de los pequeños productores fren­
te a las empresas agroindustriales y comercializadoras y utilizar sistemas de se­
guros de precios.
Además, la producción sustentable se adapta mejor a la producción en peque­
ña escala y permite ahorros cuantiosos en gastos de insumos, lo que posibilita
márgenes de ganancia, requiere un aprendizaje técnico más accesible a campesi­
nos por su incorporación de métodos tradicionales de cultivo, fomenta el capital
social, admite una mayor flexibilidad productiva, tecnológica y laboral, y evita la
dependencia de firmas agroquímicas y agroalimentarias.160 A su vez, la genera­
ción de ganancias por la organización hace posible crear obras de bienestar so­
cial, proyectos productivos de mujeres, proyectos educativos, de protección am­
biental y de ecoturismo. Aun cuando no existen recursos productivos valiosos, se
han creado cooperativas campesinas de servicios (transporte), mineras y finan­
cieras; éstas han estimulado el ahorro aun en hogares pobres; han mejorado la
economía familiar y la participación económica y política de la mujer, a menudo
en su papel de cabeza de familia, y han desempeñado una labor de educación
técnica, administrativa y ciudadana de las mujeres.
Las organizaciones de defensa de los recursos naturales, como la OCESP y el
Movimiento Mazahua por el Agua, se han valido de formas aguerridas de lucha
(acciones directas disruptivas) y han llevado a cabo una amplia labor de educa­
ción ambiental, así como de revalorización de la mujer, la cultura y las costum­
bres étnicas de su territorio. En este sentido han defendido la identidad, a menu­
do étnica, de los actores y comunidades movilizados contra aparatos tecnocráti-
cos o empresas trasnacionales insensibles a los intereses de las poblaciones locales
y a su identificación con un territorio, en un proceso de territorialización de los
movimientos, de arraigo en territorios físicos recuperados,161 que adquieren un
alto valor simbólico no monetizable, como en el caso de Ateneo. Sin embargo, los
movimientos indígenas en México no han dado el paso aun a la reivindicación de
su territorio ancestral como en América del Sur, quizá por su dispersión poblacio-
nal.
La globalización económica, la estandarización de la producción y el consumo,
y la crisis ambiental causada por la depredación de la naturaleza y un modelo
energético perverso, han propiciado la emergencia de nuevos problemas y acto­
res, con nuevas formas de acción y comunicación, que a veces convergen en sus
luchas: las poblaciones autóctonas, con demandas de reconocimiento; las muje­
res, con demandas también ligadas a su identidad, y los movimientos ecologis­
tas,162que en este caso no son de clase media urbana sino campesinos que adquie­
ren conciencia ambientalista como reacción de supervivencia ante la crisis de sus
condiciones de reproducción social.
Con todo, las organizaciones campesinas tienen estilos organizativos y méto­
dos de lucha muy distintos que a veces les impiden entenderse y aliarse contra su
adversario común, el Estado. Así se pueden distinguir siete tipos de estructura
organizativa en los ejemplos analizados:

1. Organización empresarial con dirigentes profesionalizados de tipo geren-


cial que tienden a autonomizarse de los socios de base y a burocratizarse: la
ANEC, en menor medida la CNOC, y fuera de nuestro estudio la AMUCSS.
2. Organización de base comunitaria de origen indígena, modernizada en es­
tructura cooperativista de mayor alcance y escala: la CEPCO, o vía su inserción
en redes solidarias nacionales e internacionales: el Movimiento Mazahua en De­
fensa del Agua y la OCESP.
3. Organización gremial descentralizada y poco institucionalizada, que combi­
na democracia «basista» y concentración caudillista del poder en dirigentes ca-
rismáticos: El Barzón.
4. Organización democrática de grupos de base que alia democracia participa-
tiva y democracia representativa institucionalizadas: la URAC.
5. Organización comunitaria tradicional que asocia asambleísmo y caudillismo
con rasgos caciquiles: San Salvador Ateneo.
6. Redes de apoyo mutuo con autonomía y solidaridad de sus componentes,
que comparten principios y fines comunes: la Colmena Milenaria, el Movimiento
Mazahua, el neozapatismo, el CNI y el FPDT.
7. Coalición de movimientos campesinos con autonomía de sus integrantes
asociados en una campaña con objetivos comunes, aliadas en un frente con otros
sectores sociales (sindicatos, movimientos parapartidistas) para luchar por un
proyecto político de nación: el MECNAM y su derivación, el Movimiento por la
Defensa de la Soberanía Alimentaria.
En cuanto a sus métodos de lucha también divergen las organizaciones cam­
pesinas: la participación ciudadana y la responsabilización cívica que promueve
la URAC; la movilización callejera, repertorio clásico, que el Movimiento por la
Soberanía Alimentaria ha usado magníficamente logrando grandes manifestacio­
nes; la resistencia civil pasiva (huelgas de hambre, desangramientos, sellado de
bocas, etcétera) que la ANEC, El Barzón, la UNORCA, la CNPA, el FDC de Chihu­
ahua y el Mecnam han utilizado como recurso desesperado para atraer la aten­
ción; la acción directa disruptiva163 y la desobediencia civil no-violenta pero ilegal
(bloqueos y ocupación de edificios, puentes y vialidades, resistencia pasiva a los
embargos, detención de camiones con cargamentos ofensivos) que El Barzón, la
ANEC, el FDC de Chihuahua, la UNTA, la CCC y otras han sabido dosificar, y la
autodefensa activa que no excluye el uso de armas caseras: el FPDT de Ateneo y la
APPO, poderoso movimiento «rurbano» de Oaxaca en 2006. Estas distintas for­
mas de lucha pueden a veces causar distanciamiento entre organizaciones que
luchan por un fin común, como ocurrió entre el Mecnam y El Barzón, cuando
éste violó a caballo el recinto parlamentario durante el movimiento contra el
TLCAN.
Los fines y objetivos tampoco son los mismos para las diferentes expresiones
de la representación campesina: podemos detectar tres principales orientaciones
de las luchas:

1. Los movimientos por mejores condiciones de producción y comercializa­


ción y por la soberanía alimentaria, que animan a la ANEC, EL Barzón, la CNOC y
sus organizaciones regionales —CEPCO, Corecafeco—, y el movimiento político
de contenido antagónico El Campo no Aguanta Más.
2. Los movimientos de defensa comunitaria y de los recursos naturales, como
el Movimiento Mazahua de Defensa del Agua, la OCESP, San Salvador Ateneo.
3. El movimiento por la autonomía, la ciudadanía colectiva y los derechos y
cultura indígenas, como el EZLN, el CNI, el FPDT y la ANIPA,164que cuestionan la
organización política del Estado-nación y el sistema político partidista.

Los estilos tecnológicos de producción pueden diferenciar las demandas de


unos estratos de productores de otros, como las que privilegian los subsidios a la
energía y a los agroquímicos y utilizan semillas híbridas, y las que reclaman pro­
tección a las semillas criollas contra los transgénicos, marcando diferencias entre
los farmers que adoptaron la Revolución Verde y mañana la ingeniería genética, y
los que optaron por tecnologías apropiadas o sustentables.
Finalmente, las divisiones políticas y los distintos estilos de relación con el
Estado han impedido la consolidación de movimientos sociales rurales de carác­
ter antagónico nacional. En el fondo, las dirigencias campesinas han fallado al
querer armar estructuras verticales de dirección, negando la diversidad social y
cultural y la pluralidad política de sus bases, en lugar de construir redes horizon­
tales amplias y flexibles de organizaciones regionales desde abajo y arriba. El
modelo centralista-democrático sigue cegando a los dirigentes de izquierda. Ade­
más, los movimientos sociales antiparlamentarios como el FPDT, después de lo­
grar su objetivo principal, han caído en radicalización política que los ha deslegi­
timado ante la opinión pública y sus propios actores, que reconocen hoy la exis­
tencia de instituciones políticas democráticas.165
Con todo, pese a las debilidades y la fragmentación de las organizaciones cam­
pesinos actuales, podemos decir que los movimientos rurales han recuperado
dinamismo político y capacidad propositiva: sin expresiones tan contestatarias y
violentas como en los años noventa, han sabido consolidar su implantación terri­
torial, utilizar formas de «resilencia»166 en sus mecanismos de defensa, dar mues­
tras de creatividad tecnológica, jurídica y organizativa, y elaborar un proyecto de
desarrollo rural campesino nacional. Esta renovada actividad militante ha tenido
efectos positivos en la socialización política de sus participantes, en cambios en la
cultura política rural, en el reconocimiento del nuevo protagonismo de la mujer
rural en el asociacionismo y las luchas rurales, y en las reformas a las institucio­
nes políticas encargadas del desarrollo rural (programas, leyes y presupuestos
públicos) que han frenado las políticas más neoliberales y globalizadoras, y entre­
abierto los marcos estrechos de la democracia neoliberal.

Bibliografía

Asociación Nacional de Empresas Comercializadoras de Productores del Campo A.C. (ANEC): «Por
una modernización del campo con campesinos», México, folleto s/f.
— , Revista ANEC, n.° 4, agosto 2005; n.° 7, febrero 2006; n.° 14, abril 2007; n.° 15, México, junio
2007.
A cuña , Olivia, «Por la construcción de un mercado agrícola incluyente, equitativo y sustentable:
la experiencia de la A NEC », en Carlsen, Salazar y Wise (coords.), Enfrentando la globalización
(respuestas sociales a la integración económica de México, M.A. Porrúa-Red Mexicana de Acción
contra el Libre Comercio, México, 2003
Alb e r o n i , Francesco, Movimiento e Institución, Editora Nacional, Madrid, 1984
B a e z , Lendali, Redefinición de identidad étnica y de género en el movimiento de mujeres mazflhuas en
defensa del agua, México, Tesis de licenciatura en Sociología, UAM-Azcapotzalco, México,
2008.
Aranda , Josefina, «Para poder vivir: la experiencia de la CEPCO», en Enfrentando la globalización:
respuestas sociales a la integración económica en México, M.A. Porrúa - RMALC-UAZ, México,
1993.
A lb erti, Pilar, «Contexto socioeconómico de las mujeres campesinas e indígenas», en García
Acevedo (coord.), El desarrollo rural, un camino desde las mujeres, Red Nacional de Promotoras
y Asesoras Rurales, Mujeres para el Dialogo, A.C., México, 2001.
B artra , Armando, «Novísimas pugnas de la globalización», en Carlsen, Wise y Salazar (coords.),
Enfrentando la globalización: respuestas sociales a la integración económica de México, M.A.
Porrúa-Red Mexicana de Acción contra el Libre Comercio, México, 2003.
— , «Virtudes económicas, sociales y ambientales del café certificado: el caso de la coordinadora
de productores de Café de Oaxaca», en Caníbal, Contreras y León (coords.), Diversidad
Rural: estrategias económicas y procesos culturales, Plaza y Valdés-UAM-Xochimilco, México,
2006.
CÁCERES, Daniel, «Tecnologías para campesinos: dos enfoques contrapuestos», en Comercio Exte­
rior, vol. 57, n.° 5, mayo, México, 2007
CAMACHO, Jimena, Lumbre en el monte, La Jomada-Ediciones ítaca, 2004.
Campaña n acio nal e n d efensa d e la soberanía alim entaria y reactivación d el campo m e x i ­
cano , «Sin maíz no hay país; pon a México en tu boca», en La Jomada, 21 de junio, 2007.
Cien fue g o s , Enrique y Laura Ca r lse n , «U n caso de derechos humanos, ecología e integración
económica: los campesinos ecologistas de la sierra de Petatlán y Coyuca de Catalán», en
Carlsen, Wise y Salazar (coords.), Enfrentando la globalización, M.A. Porrúa-RMALC-UAZ,
México, 2003.
ClSNEROS, Armando, «Movimientos sociales frente al estado en la transición mexicana», Socioló­
gica, año 21, n.° 61, mayo-agosto, México, 2006.
Co nch eir o , Luciano y Diego R oberto , «Entre la utopía y la alienación: los símbolos del difícil
camino del movimiento social El Campo no Aguanta Más», en A. Sánchez, El campo no
aguanta más, M.A. Porrúa-UAM-Azcapotzalco, México, 2007.
Co n d e , Carola, «Surgimiento de nuevos actores: O N G microfinancieras en México», en Los
actores sociales frente al desarrollo rural, Asociación Mexicana de Estudios Rurales-Praxis-
Conacyt-Gobiemo de Zacatecas, México, 2005.
Consejo R e g io na l d el Café de C oatepec , A.C., Folleto de presentación, Coatepec, s/f.
García Acevedo, M.a de Lourdes, «Participación política y ciudadana de las mujeres en el sector
rural», en M.a de Lourdes García Acevedo (coord.), El desarrollo rural, un camino desde las
mujeres, Red Nacional de Promotoras y Asesoras Rurales, México, 2001.
G ra m m o nt , Hubert Cartón de, «Algunos ejes de reflexión sobre la construcción de la democracia
en el campo latinoamericano», en La construcción de la democracia en el campo latinoamerica­
no, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Buenos Aires, 2006.
— y Horacio M ackinley , «Las organizaciones sociales y la transición política en el campo mexica­
no», en La construcción de la democracia en el campo latinoamericano, Consejo Latinoamerica­
no de Ciencias Sociales, Buenos Aires, 2006.
— y Horacio M a c k in ley , «Las organizaciones "campesinas” y la transición política en México
(fuerza y debilidades)», en La Chronique des Amériques, n.° 18, octubre, 2007.
H e r n án d e z , Ana M., «¿Son las mujeres diferentes a los hombres en el ejercicio político?», El
Cotidiano, n.° 139, septiembre-octubre, 2006.
H e r n án d e z , Luis, «E l surgimiento de la política informal», en La Jomada, 8 de octubre, 2002.
HUIZER, Gerrit, «Movimientos de campesinos y campesinas y su reacción ante la depaupera­
ción», Revista Mexicana de Sociología, vol. XLIII, n.° 1,1983.
I nstituto N acio nal d e E stadística , G eografía e I nform ática (IN EG I), IX Censo Ejidal 2007
<www.inegi.gob.mex, consulta: 14 de abril de 2008.
— , Conteo Nacional de Población, 2005.
L eonard , Eric, Essor des cultures illicites et dynamique des institutions dans les agricultures périphe-
riques du sud: una comparaison Mexique-Cóte de Ivoire (mimeo), 1999.
M elucci , Alberto, Acción Colectiva, vida cotidiana y democracia, El Colegio de México, México,
1999.
M ercado , Jorge, «L a violencia rural: hacia una evaluación del sexenio de Fox en 2000-2006», en
Méndez y Leyva (coord.), Reflexiones acerca de un sexenio conflictivo, Ediciones Eon-UAM-I-
UAM-A, México, 2007
MESTRIES, Francis, «L a crisis financiera rural y el Agro-Barzón», en Cuadernos Agrarios, n.° 15,
Financiamiento rural, enero-junio, México, 1997.
— , «E l Barzón en la lucha contra el Tratado de Libre Comercio de América del Norte», en El
Cotidiano; El campo no aguanta más, n.° 124, México, 2004.
— , «E l movimiento de deudores El Barzón: del campo mexicano al ámbito latinoamericano», en
Carrillo, Landázuri, Revueltas, Soto, Uribe (coordinadores), Recomposiciones regionales, so­
ciales, políticas y culturales en el mundo actual, UAM-Xochimilco-GRESAL-Maison des Scien­
ces de l’homme, Grenoble-México, 2005.
— , «Una experiencia de desarrollo regional campesino integral: la URAC de Querétaro», en
Mundo Siglo XXI, n.° 4, primavera, Centro de Investigaciones Económicas Administrativas y
Sociales del Instituto Politécnico Nacional, México, 2006.
— , «E l movimiento El Campo no Aguanta Más: hacia un proyecto campesino de desarrollo
agrícola nacional», en Armando Sánchez (coord.), El campo no aguanta más, M.A. Porrúa,
UAM-Azc., México, 2007.
MlLLÁN, Margara, «Mujer indígena y zapatismo, nuevos horizontes de visibilidad», en Cuadernos
Agrarios, n.° 13: «Mujeres en el medio Rural», enero-junio, México, 1996.
MONTEMAYOR, Carlos, «L a guerrilla en México hoy», en Fractal, n.° 11, México, 1999.
M oore , Barrington, La Injusticia: bases sociales de la obedienciay la rebelión, UNAM , México, 1996.
MORALES, Héctor, Movilización campesina y defensa de la tierra en San Salvador Ateneo, Edo. de
México, Tesina de licenciatura en sociología, UAM-Azcapotzalco, México, 2007.
O lvera , Alberto, «Transformaciones económicas, cambios políticos y movimientos sociales en el
campo: los obstáculos a la democracia en el mundo rural», en Alonso y Ramírez Sáiz (coords.),
La democracia délos de abajo en México, La Jomada-Centro de Investigaciones Interdisciplina-
rias en Humanidades-UNAM, México, 1997.
POLANCO, Juan y Víctor SuÁREZ, «E l campo en cifras: los resultados de las políticas neoliberales
1982-2005» en Asociación Nacional de Empresas comercializadoras de Productores del Campo,
A.C., n.° 7, febrero, 2006.
Q uintana , Víctor, «E l campo: cien días de resistencia», en La Jomada, 11 de marzo, 2007.
— , «Movimiento campesino: La difícil negociación», Sec. Opinión, 2008.
R a m írez Cuéllar , Alfonso, Fundación de la Asociación Nacional de Productores Agropecuarios y
Pesqueros (ANPAP), 24 de abril, México, 2004.
Re llo , Femando, Instituciones y organizaciones de productores rurales, Santiago de Chile (mimeo)
s/f, 1997.
RENARD, María Cristina, «Globalización y mercados de calidad: una vía para los pequeños pro­
ductores», Cuadernos Agrarios, n.“ 17 y 18, Globalización y Sociedades Rurales, México, 1999.
RODRIGUEZ, Raúl y Juan MORA, «Radiografía de los linchamientos en México», en El Cotidiano, n.°
131, mayo-junio, UAM-Azcapotzalco, México, 2005.
R u b io , Blanca, «Balance rural del sexenio de Fox: la ruta de la continuidad», 2001-2006, en
Rumbo Rural, año 2, n.° 5, México, Centro de Estudios para el Desarrollo Rural Sustentable y
la Soberanía Alimentaria, LX Legislatura Nacional, 2006.
— «E l Campo no Aguanta Más: claroscuros de un movimiento campesino», en A. Sánchez (co-
ord.), El Campo no Aguanta Más, UAM-Azcaptzalco-M.A. Porrúa.
Sartre , J.R, Critique de la raison dialectique, GaUimard, París, 1958.
SOBERANES, José Luis, «Ateneo: El conflicto», en La Jomada, 26 de julio, México, 2002.
Tar r o w , Sydney, El poder en movimiento, los movimientos sociales, la acción colectiva y la política,
Alianza Universidad, Madrid, 2007.
T illy , Charles, «Los movimientos sociales como agrupaciones históricamente específicas de ac­
tuaciones políticas», en Sociológica, año 10, n.°28, mayo-agosto, 1995.
T irel , Magali (2007), «E l movimiento mazahua en defensa del agua: el arte de la lucha no-
violenta activa». Ponencia presentada en el V I Congreso de la Asociación Mexicana de Estudios
Rurales: La encrucijada del México rural, Veracruz, Ver. 22-28 de octubre.
TORRES, Gabriel, «E l derecho de «barzonear» y sus efectos políticos», en Alonso y Ramírez Sáiz
(coords.), La democracia délos de abajo en México, La Jomada Ed.-CIIH-UNAM, México, 1997.
VlLAS, Carlos, «Linchamiento: venganza, castigo e injusticia en escenarios de inseguridad», en El
Cotidiano, n.° 131, mayo-junio, UAM-Azc., 2005.
ZAPATA, Emma y Martha MERCADO, «Del proyecto productivo a la empresa social de mujeres», en
Cuadernos Agrarios: Mujeres en el medio rural, n.° 103, enero-junio, 1996.
ZERMEÑO, Sergio, La sociedad derrotada, Siglo XXI-UNAM , México, 1996.
— , La desmodemidad mexicana y las alternativas a la violencia y ala exclusión en nuestros días,
Océano, México, 2005.
Z ibechi , Raúl, «Movimientos sociales latinoamericanos: tendencias y desafíos, los nuevos rostros
de los de abajo», en Masiosare, n.° 302, La Jomada, 5 de octubre, México, 2003.

Hemerografía

AQUÍ CUADRO
Entrevistas

Corecafeco
E lo tán , Cirilo, presidente del Consejo Regional del Café de Coatepec, julio, 2005.
GONZÁLEZ Ruiz, José, presidente de la CNOC estatal de Veracruz, Coatepec, Julio, 2007.
C e lis , Femando, presidente de la Coordinadora Nacional de Organizaciones Cafetaleras, UAM
Azcapotzalco, junio, México, 2005.

El Barzón
GÓMEZ, Pablo, representante legal de la ANPAP, 2 de febrero, México, 2008.

Campaña Sin Maíz no hay País


PÉREZ, Enrique, secretario de Prensa y Comunicación de la ANEC, 10 de diciembre, 2007.

1. Tratado de Libre Comercio de América del Norte.


2. Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), IX Censo Ejidal, 2007.
3. Juan Polanco y Víctor Suárez, «El campo en cifras: los resultados de las políticas neoliberales
1982-2005» en Asociación Nacional de Empresas Comercializadoras de Productores del A.C.
Campo, 2006.
4. Ibíd.
5. Como la masacre de Agua Fría, Oaxaca, en 2002, por disputas de tierras entre dos comuni­
dades zapotecas, que causó 26 muertos.
6. Jorge Mercado, «La violencia rural: hacia una evaluación del sexenio de Fox en 2000-2006»
en Reflexiones acerca de un sexenio conflictivo, 2007.
7. Raúl Rodríguez y Juan Mora, «Radiografía de los linchamientos en México» en El Cotidiano,
2005.
8. Carlos Vilas, «Linchamiento: venganza, castigo e injusticia en escenarios de inseguridad» en
El Cotidiano, 2005, pp. 25 y 26.
9. Eric Leonard, Essor des cultures illicites et dynamique des institutions dans les agricultures
péripheriques du sud: una comparaison Mexique-Cóte de Ivoire (mimeo), 1999.
10. «Ciertos capos del narco han sustituido al Estado paternalista y al caudillo revolucionario
como figura central de redes clientelares». Leonard, op. cit., p. 18.
11. Carlos Montemayor, «La guerrilla en México hoy», en Fractal, 1999.
12. Hubert Grammont, «Algunos ejes de reflexión sobre la construcción de la democracia en
el campo latinoamericano» en La construcción de la democracia en el campo latinoamericano,
2006, p. 22.
13. Ibíd.
14. Francis Mestries, «El movimiento El Campo no Aguanta más: hacia un proyecto campesino
de desarrollo agrícola nacional» en El campo no aguanta más, 2007, p. 197.
15. Confederación Nacional Campesina; Confederación Campesina Independiente; Unión
General de Obreros y Campesinos de México; Alianza Campesina del Noroeste; Consejo Agraris-
ta Mexicano; y Consejo Nacional de Sociedades y Unidades con Campesinos y Colonos.
16. Unión General Obrera Campesina y Popular.
17. Hubert grammont, 2006, op. cit.: p. 18.
18. Ibíd., p. 13.
19. Congreso Nacional Indígena.
20. Alberto Melucci, Acción colectiva, vida cotidiana y democracia, 1999, p. 56.
21. Unión Nacional de Organizaciones Regionales Campesinas Autónomas.
22. Asociación Nacional de Empresas Comercializadoras de Productores del Campo.
23. Asociación Mexicana de Uniones de Crédito del Sector Social.
24. Coordinadora Nacional de Organizaciones Cafetaleras.
25. Frente Democrático Campesino de Chihuahua.
26. Unión Regional de Apoyo Campesino.
27. Red Mexicana de Organizaciones Campesinas Forestales y Unión Nacional de Organiza­
ciones en Forestería Comunitaria.
28. Coordinadora Nacional Plan de Ayala.
29. Congreso Agrario Permanente.
30. Central Campesina Cardenista, Union Campesina Democrática, Unión Nacional de Traba­
jadores Agrícolas, Coalición de Organizaciones Democráticas Urbanas y Campesinas.
31. Central Independiente de Obreros Agrícolas y Campesinas.
32. Coordinadora Estatal de Productores de Café de Oaxaca.
33. Otro caso es la lucha de diez comunidades cerca de Acapulco desde 2003, aliadas con
organizaciones ecologistas contra la construcción de la presa La Parata que invadiría las tierras
de 33 poblados, desplazaría a 20 mil personas y amenazaría la cuenca de un río de desertifica-
ción, decisión que les fue impuesta de forma autoritaria mediante manipulación, división de las
comunidades y represión hacia los opositores, pero que fue al fin cancelada luego de cinco años
de lucha.
34. Frente de los Pueblos en Defensa de la Tierra.
35. Francis Mestries, «El movimiento El Campo no Aguanta más: hacia un proyecto campesino
de desarrollo agrícola nacional» en El campo no aguanta más, 2007, pp. 198 y 199.
36. Hubert Grammont y Horacio Mackinley, «Las organizaciones sociales y la transición polí­
tica en el campo mexicano» en La construcción de la democracia en el campo latinoamericano, 2006,
p. 20.
37. Hubert Grammont, «Las organizaciones «campesinas» y la transición política en México
(fuerza y debilidades), en La Chronique des Amériques, 2007.
38. Según Huizer, las mujeres socialmente activas se mantienen escépticas ante el juego por la
obtención del poder en el que se involucran los líderes campesinos,que terminan siendo refor­
mistas pese a la fuerza del movimiento, como en el México postrevolucionario. (Gerrit Huizer,
«Movimientos de campesinos y campesinas y su reacción ante la depauperación» en Revista
Mexicana de Sociología, 1983, p. 37) Por otro lado, aunque las mujeres en puestos de liderazgo
político no ejercen el poder con estilo diferente al de los hombres, suelen ser percibidas como
más honestas y más compasivas hacia los grupos discriminados y desfavorecidos. (Ana Hernán­
dez «¿Son las mujeres diferentes a los hombres en el ejercicio político? en El Cotidiano, 2006, pp.
46 y 47).
39. Hubert Grammont y Horacio Mackinley, «Las organizaciones sociales y la transición polí­
tica en el campo mexicano» en La construcción de la democracia en él campo latinoamericano, 2006,
p. 61.
40. Armando Bartra, «Novísimas pugnas de la globalización» en Enfrentando la globalización:
respuestas sociales a la integración económica de México, 2003.
41. Consejo Regional de productores de Café de Coatepec.
42. Alianza Nacional de Productores Agropecuarios y Pesqueros.
43. Alberto Melucci, Acción colectiva, vida cotidiana y democracia, 1999, p. 51.
44. Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca.
45. Almacenes Nacionales de Depósito, S.A.
46. Sociedad de Producción Rural, Sociedad de Solidaridad Social, Sociedad Anónima.
47. Asociación Rural de Interés Colectivo.
48. Revista ANEC, 2007, p. 16.
49. Asociación Nacional de Empresas Comercializadoras de Productores del Campo A.C.
(ANEC), «Por una modernización del campo con campesinos», folleto s/f.
50. Olivia Acuña, «Por la construcción de un mercado agrícola incluyente, equitativo y susten­
table: la experiencia de la ANEC», en Enfrentando la globalización (respuestas sociales a la integra­
ción económica de México), 2003.
51. Olivia Acuña, op. cit.
52. Femando Relio, Instituciones y organizaciones de productores rurales, 1997.
53. Olivia Acuña, op. cit., p. 161.
54. Organismo público de regulación del mercado del café y de apoyo a los campesinos del
sector.
55. Coordinadora Nacional de Organizaciones Cafetaleras.
56. Alberto Olvera, «Transformaciones económicas, cambios políticos y movimientos sociales
en el campo: los obstáculos a la democracia en el mundo rural» en La Democracia de los de abajo
en México, 1997, p. 83.
57. Comisión Nacional Forestal.
58. Sociedades de Solidaridad Social (SSS) y Sociedades de Producción Rural (SPR).
59. Pilar Alberti, «Contexto socioeconómico de las mujeres campesinas e indígenas» en El
desarrollo rural, un camino desde las mujeres, 2001, pp. 21-32.
60. Emma Zapata y Martha Mercado, «Del proyecto productivo a la empresa social de muje­
res» en Cuadernos Agrarios: Mujeres en el medio rural, 1996.
61. Emma Zapata y Martha Mercado, op. cit.
62. Francis Mestries, «Una experiencia de desarrollo regional campesino integral: la URAC de
Querétaro» en Mundo Siglo XXI, 2006.
63. Ibíd., p. 86.
64. Ibid., p. 92.
65. Carola Conde, «Surgimiento de nuevos actores: ONG microfinancieras en México», en Los
actores sociales frente al desarrollo rural, 2005.
66. Otro ejemplo de red de proyectos productivos de mujeres es la Asociación Mexicana de
Mujeres Organizadas en Red (AMM OR), que agrupa a mujeres mayas de Quintana Roo en
actividades de producción de artesanías, de agricultura orgánica, de plantas medicinales, resca­
tando las tradiciones y las técnicas autóctonas.
67. Emma Zapata y Martha Mercado, op. cit.
68. Margara Millán, «Mujer indígena y zapatismo, nuevos horizontes de visibilidad» en Cuader­
nos Agrarios, 1996.
69. Francis Mestries, «Una experiencia de desarrollo regional campesino integral: la URAC de
Querétaro» en Mundo Siglo XXI, 2006.
70. Ibíd.
71. Unión de Comunidades Indígenas de la Región del Istmo.
72. Armando Bartra, «Virtudes económicas, sociales y ambientales del café certificado: el caso
de la coordinadora de productores de Café de Oaxaca» en Diversidad Rural: estrategias económi­
cas y procesos culturales, 2006, pp. 152-202.
73. Josefina Aranda, «Para poder vivir: la experiencia de la CEPCO» en Enfrentando la globali­
zación: respuestas sociales a la integración económica en México, 2003, pp. 173-197.
74. Armando Bartra, Armando, «Novísimas pugnas de la globalización» en Enfrentando la
globalización: respuestas sociales a la integración económica de México, 2003, p. 173.
75. Ibíd., pp. 167-170.
76. Ibíd., pp. 173 y 174.
77. Ibíd., pp. 197 y 198.
78. María Cristina Renard, «Globalización y mercados de calidad: una vía para los pequeños
productores», en Cuadernos Agrarios, 1999, p. 89.
79. Jimena Camacho, Lumbre en el monte, 2004.
80. Enrique Cienfuegos y Laura Carlsen, «Un caso de derechos humanos, ecología e integra­
ción económica: los campesinos ecologistas de la sierra de Petatlán y Coyuca de Catalán» en
Enfrentando la globalización, 2003.
81. Jimena Camacho, op. cit.
82. Enrique Cienfuegos y Laura Carlsen, op. cit.
83. Ibíd., p. 142.
84. La Jomada, 30 de octubre de 2000.
85. Enique Cienfuegos y Laura Carlsen, op. cit.
86. Ibíd.
87. Jimena Camacho, op. cit., p. 63.
88. Ibíd., p. 161.
89. Comisión Nacional del Agua.
90. Lendali Baez, Redefinición de identidad étnica y de género en él movimiento de mujeres maza-
huas en defensa del agua, 2008.
91. La Jomada, 19 de septiembre de 2004.
92. Para Huizer, las mujeres campesinas, debido a la doble explotación que sufren, por parte
de los que explotan a los campesinos y por la actitud patriarcal de sus hombres, son más descon­
fiadas que éstos ante intervenciones externas y del gobierno (Huizer, op. cit., p. 30).
93. Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales.
94. Lendali Baez, op. cit.
95. «No queremos ni pesos ni limosnas, sino una política sustentable para la región. Ya no nos
interesa el dinero, sino la sustentabilidad de la región». Victoria Martínez, comandanta en jefa.
(Reforma, 26/09/04).
96. Magali Tirel (2007), «El movimiento mazahua en defensa del agua: el arte de la lucha no-
violenta activa».
97. Lendali Baez, op. cit.
98. Reforma, 10 de junio 2005.
99. Policía Federal Preventiva.
100. Alberto Melucci, Acción colectiva, vida cotidiana y democracia, 1999, p. 43.
101. Lendali Baez, op. cit.
102. «Las dirigentes advirtieron que iniciarán la búsqueda de armas y explosivos verdaderos
para tomar la planta potabilizadora en caso de que sus demandas no sean atendidas en corto
plazo [...] Sabemos a lo que nos exponemos, pero estamos decididas a dar la vida si fuera necesa­
rio» (La Jomada, 26/09/04).
103. «Yo no creo que hayan tomado las armas, me parece que es una manera de llamar la
atención, el tema entra a los medios cuando pasa esto». Xóchitl Gálvez, presidenta de la Comisión
Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (Reforma, 22/10/2004).
104. Magali Tirel, op. cit.
105. Alberto Melucci, op. cit.
106. «Ya vimos que por el camino del diálogo nada logramos y sólo les tomaron el pelo a los
hombres. Ahora nos toca a nosotras y demostraremos que con las mazahuas no se juega; pode­
mos levantarnos en armas y luchar por lo que es nuestro»: comandante Victoria Martínez (La
Jomada, 26/09/04).
107. Las mujeres rurales pobres tienen «mayor potencial de resistencia que los hombres ante
condiciones adversas», y cuando se unen a movimientos campesinos en contra de la pauperiza­
ción, «a menudo contribuyen a su radicalización» (Huizer, op. cit., pp. 31 y 33).
108. M.a de Lourdes García Acevedo, «Participación política y ciudadana de las mujeres en el
sector rural» en El desarrollo Rural un camino desde las mujeres, 2001.
109. La mujer tuvo también un papel destacado en las acciones de resistencia de la Asamblea
Popular de los Pueblos de Oaxaca durante la «Comuna de Oaxaca» contra el gobernador U. Ruiz
en 2006 (Lendali Baez, op. cit.)
110. Hubert Grammont, «Algunos ejes de reflexión sobre la construcción de la democracia en
el campo latinoamericano» en La construcción de la democracia en el campo latinoamericano, 2006,
p. 25.
111. Brarrington Moore, La Injusticia: bases sociales de la obediencia y la rebelión, 1996, p. 27.
112. Para agraviar más con la burla a los ejidatarios, Fox dijo que «se habían sacado la lotería».
Luego, el gobierno les ofreció recursos de Procampo de poco más de $800.00 por hectárea para
cultivar la tierra que les había expropiado.
113. La Jomada, 12 de julio de 2002.
114. Héctor Morales, Movilización campesina y defensa de la tierra en San Salvador Ateneo, Edo.
de México, 2007, pp. 10, 13 y 30.
115. Armando Cisneros, «Movimientos sociales frente al estado en la transición mexicana», en
Sociológica, 2006.
116. Ibíd.
117. Héctor Morales, op. cit., pp. 10 y 11.
118. La Jomada, 18 de julio de 2002.
119. Declaraciones de Ignacio del Valle en La Jomada, 25 de julio de 2002.
120. Héctor Morales, op. cit., p. 41.
121. «Aquí falló lo que se debió haber visto al principio: el diálogo y la negociación. [...] Cuando
se va a expropiar a campesinos, hay que verlo antes, buscar a las personas, tratarlas de conven­
cer para que sea el precio justo, ver a qué se van a dedicar, darles otras opciones. Si se les quita
la tierra los estamos condenando a venir de pordioseros a la Ciudad de México, o a vivir en las
coladeras o bajo los puentes» (José Luis Soberanes, La Jomada, 26-07-02).
122. Francis Mestries, «El movimiento de deudores El Barzón: del campo mexicano al ámbito
latinoamericano» en Recomposiciones regionales, sociales, políticas y culturales en el mundo actual,
2005, p. 318.
123. Charles Tilly, «Los movimientos sociales como agrupaciones históricamente específicas de
actuaciones políticas» en Sociológica, 1995.
124. Francis Mestries, op. cit.
125. Ibid.
126. Pedían también una moratoria temporal de pagos y una tregua judicial.
127. Francis Mestries, «La crisis financiera rural y el Agro-Barzón» en Cuadernos Agrarios,
1997, pp. 88 y 89.
128. Gabriel Torres, «El derecho de ‘barzonear’ y sus efectos políticos» en La democracia de los
de abajo en México, 1997.
129. Ibíd, p. 290.
130. Fondo Bancario de Protección al Ahorro.
131. Alianza Nacional de Productores Agropecuarios, Comercializadores y Consumidores.
132. Véase capítulo siguiente.
133. Francis Mestries, «El Barzón en la lucha contra el Tratado de Libre Comercio de América
del Norte», en El Cotidiano; El campo no Aguanta más, 2004.
134. Alianza Nacional de Productores Agropecuarios y Pesqueros.
135. Véase capítulo siguiente.
136. Alfonso Ramírez Cuéllar, Fundación de la Asociación Nacional de Productores Agrope­
cuarios y Pesqueros (ANPAP), 2004.
137. Figura asociativa para lograr la integración vertical de los productores campesinos, desde
la provisión de insumos y consecución de financiamientos, hasta la transformación y comercia­
lización.
138. Sergio Zermeño, La sociedad derrotada, 1996.
139. Alberto Melucci, op. cit, p. 51.
140. Hubert Grammont, «Algunos ejes de reflexión sobre la construcción de la democracia en
el campo latinoamericano» en La construcción de la democracia en el campo latinoamericano, 2006,
p. 12.
141. Francis Mestries, «El movimiento El Campo no Aguanta más: hacia un proyecto campe­
sino de desarrollo agrícola nacional» en El campo no aguanta más, 2007.
142. Luciano Concheiro y Diego Roberto, «Entre la utopía y la alienación: los símbolos del difícil
camino del movimiento social El Campo no Aguanta Más» en El campo no aguanta más, 2007.
143. Mestries, op. cit., p. 207.
144. Ibíd., p. 222.
145. Blanca Rubio, «El Campo no Aguanta Más: claroscuros de un movimiento campesino» en
El Campo no Aguanta Más, 2007.
146. Francesco Alberoni, Movimiento e institución, 1984.
147. Alberto Melucci, op. cit., p. 51.
148. Consejo Nacional de Organizaciones Campesinas.
149. Organización Campesina Emiliano Zapata.
150. Consejo Nacional de Organismos Rurales y Pesqueros, integrado por la CCC, la CIOAC, la
UNORCA.
151. Unión Nacional de Trabajadores y Frente Sindical Mexicano.
152. En esa fecha de 2003, el Mecnam realizó su «megamarcha».
153. Movimiento por la Soberanía Alimentaria, Energética, los Derechos de los Trabajadores y
las Libertades Democráticas.
154. «Una convergencia en la que cada dirigente teme que el otro lo utilice para negociar sus
reivindicaciones particulares en nombre del conjunto.» L. Hernández (La Jomada, 1/02/08).
155. Organismos Genéticamente Modificados. «Sería un error garrafal tomar una posición
meramente ambientalista o una posición altamente productivista cuando en la franja intermedia
hay muchos productores que pueden aprovechar todo tipo de tecnologías, incluso los OGM»,
según la UGOCM.
156. Víctor Quintana, «Movimiento campesino: la difícil negociación», 2008.
157. Hubert Grammont y Horacio Mackinley, op. cit.
158. Sergio Zermeño, La desmodemidad mexicana y las alternativas a la violencia y a la
exclusión en nuestros días, 2005, p. 108.
159. Ibíd., pp. 110 y 111.
160. Daniel Cáceres, «Tecnologías para campesinos: dos enfoques contrapuestos» en Comercio
Exterior, 2007, p. 369.
161. Raúl Zibechi, «Movimientos sociales latinoamericanos: tendencias y desafíos, los nuevos
rostros de los de abajo» en Masiosare, 2003.
162. Alberto Melucci, op. cit., p. 106.
163. Sydney Tarrow, El poder en movimiento, tos movimientos sociales, la acción colectiva y la
política, 1997.
164. Asamblea Nacional Indígena Plural por la Autonomía.
165. Armando Cisneros, op. cit.
166. Formas de resistencia que evitan la confrontación y se apoyan en las leyes actuales o la
legalidad histórica, en conocimientos científicos y técnicos para su argumentación, y en acciones
simbólicas pacíficas.
Discursos, organización y liderazgos:
rasgos comunes en la diversidad.
Notas para aproximarse a los movimientos
indígenas en Latinoamérica
Isabel de la Rosa

En este escrito intentamos delinear algunos elementos conceptuales que nos


parecen valiosos por constituir significativas guías para analizar distintos proce­
sos de movilización social; su empleo se destaca en aquellos movimientos en los
que los principales actores son indígenas.
A partir del reconocimiento de elementos comunes entre dos movilizaciones
indígenas registradas de manera casi paralela en Ecuador y México durante los
años noventa, tratamos de identificar algunas variables que consideramos útiles
para intentar realizar aproximaciones analíticas en experiencias similares regis­
tradas durante el mismo periodo en Latinoamérica.1
En este interés, por principio se abordan las diferencias básicas observadas
entre un movimiento y otro, ya que parecen ser más extensas y evidentes a partir
de ciertos ejes analíticos de carácter básicamente externo o contextual: el tipo de
Estado-nación existente en cada caso, los tipos de organizaciones indígenas que
participaron en cada proceso de movilización, las formas de acción desplegadas
en cada caso y la influencia registrada por parte de actores externos en las movi­
lizaciones; después se destacan los puntos de encuentro que, no obstante la dispa­
ridad de circunstancias, llegaron a manifestarse, y que nosotros incluimos por su
relevancia en el desarrollo interno de los movimientos. A saber: el papel de las
iglesias en los procesos de concientización social y organización previa de los
indígenas, el papel desempeñado por el discurso étnico como fuente de moviliza­
ción y la complejidad de las relaciones establecidas entre las organizaciones so­
ciales que participaron sobre todo como articuladoras de la acción social, sus
líderes o dirigentes y los movimientos indígenas propiamente constituidos como
entidades con una identidad más o menos definida.

1. Los desencuentros

Al abordar las movilizaciones indígenas registradas en México y en Ecuador


durante la década de 1990, una primera mirada arroja como obviedad inmediata
la diferencia existente entre los contextos y dimensiones de cada proceso social.
Así, se destaca que mientras en el caso andino se trató de una movilización
nacional enmarcada por la presencia de un Estado débil en cuanto a estructura,
y en contraparte por la existencia de una organización social desarrollada desde
por lo menos una década anterior y bastante consolidada al momento de las pri­
meras movilizaciones, en el caso mexicano nos encontramos con un conflicto
circunscrito en términos reales al ámbito local de una parte del estado de Chia­
pas, que si bien tuvo alcances nacionales e internacionales, no logró coordinar
movilizaciones sociales que por su magnitud y acciones consiguieran paralizar a
la nación completa. Aparejada a esta circunstancia, el zapatismo se confrontó con
un actor estatal totalmente distinto al que se enfrentaron los ecuatorianos. En los
años noventa, el Estado mexicano se veía a sí mismo constituido como una institu­
ción sólida y fuerte en comparación con otros organismos públicos latinoamerica­
nos, noción compartida por la mayor parte de la sociedad mexicana.
Un factor más que se agrega a estas diferencias en el contexto es un hecho
innegable, el cual determinó que la movilización ecuatoriana fuera más vista en
su carácter étnico que la registrada en México: el peso relativo de la población
indígena en el conjunto de las sociedades nacionales que las circunscribieron. Si
bien en términos absolutos la población indígena ecuatoriana es sin duda menor
al número de indígenas mexicanos, su peso relativo en comparación con la socie­
dad nacional ecuatoriana, estimado entre la tercera parte de la población total,
fue diametralmente distinto al caso mexicano.2 Los indígenas ecuatorianos cons­
tituyen la primera «minoría» en su país, por lo que su peso político y social en la
organización de la sociedad ecuatoriana es un factor clave para garantizar las
condiciones de reproducción de dicha nación. En el caso mexicano, los indígenas
ocupan un diez por ciento en términos relativos, en comparación con la población
total del país; porcentaje que cada vez se ve más disminuido a causa de las migra­
ciones indígenas hacia Estados Unidos, en busca de trabajo. El peso político de los
indígenas en México, antes de las movilizaciones de 1994, era poco valorado por
el conjunto de la sociedad nacional, ya que prevalecía la idea de que estos secto­
res eran fácilmente cooptados por los gobiernos en tumo mediante la implemen-
tación de programas de asistencia social en las áreas rurales; sin embargo, des­
pués de las movilizaciones iniciadas en ese año, esta idea fue sustituida por otras
concepciones desde las que se vio a los indígenas como un capital político impor­
tante, más por la imagen de pluralidad, tolerancia e inclusión que acompañaba su
atención, que por una influencia política real en las esferas del poder.3
Ahora bien, tras esta primera enunciación generalizadora, examinaremos al­
gunas variables que a nuestro parecer arrojan mayores argumentos para sostener
estos puntos de desencuentro entre el movimiento indígena ecuatoriano y el mo­
vimiento zapatista.

El Estado

En Ecuador, el movimiento indígena se desarrolló en un contexto donde la pre­


sencia de la institucionalidad gobernante fue mínima, fragmentada y con una histo­
ria reciente de cambios abruptos e inestabilidad política, lo cual permitió que al
frente del aparato estatal, en el poder Ejecutivo, estuviesen militares, representan­
tes de las oligarquías que tradicionalmente han gobernado el país y hasta grupos
golpistas que, una vez abiertas las ventanas de oportunidad política, lograron colo­
carse en posiciones importantes de los gobiernos en tumo.4 En este contexto, el
campo social era un terreno idóneo para la conformación de una serie de organiza­
ciones y asociaciones sociales cuyo principal objetivo era atender aquellas necesi­
dades inmediatas que el Estado —cuasi inexistente en la vida cotidiana de los ecua­
torianos que no residían en las ciudades— no podía o no tenía interés en solventar.
Esta misma característica, una vez conformada la Conaie, configuró las condi­
ciones para el empoderamiento progresivo de la organización indígena, el cual
fue favorecido oficialmente cuando el gobierno la reconoció como la principal
entidad con capacidad para establecer el diálogo y las negociaciones a fin de
dirimir los problemas de la población indígena.
La importancia creciente de la Conaie fue también apoyada por su propio
ingreso a las estructuras del Estado, al lograr por la vía electoral que algunos de
sus dirigentes formaran parte del poder Legislativo, así como ingresar en otros
niveles del ejercicio de gobierno, cuando ganaron algunos puestos en el ámbito
local. Así, la propia porosidad de las instituciones que integran el Estado ecuato­
riano constituyó un elemento clave en la consolidación y el fortalecimiento del
movimiento indígena.
En México, el zapatismo se desarrolló en el marco de un aparato estatal en
pleno proceso de modernización que, no obstante, contaba con la fuerza suficien­
te para mantener un control indudable sobre el sistema político. Durante los años
previos a la insurrección de 1994, el EZLN desarrolló su proceso organizativo en
la clandestinidad, lo que limitó los alcances de su trabajo político con la población
fuera de los márgenes de su zona de influencia militar. Al salir a la luz la existen­
cia del movimiento, aunque se desarrollaron diversas actividades por parte del
EZLN y demás actores relacionados con el zapatismo para apoyar las demandas
del movimiento, su legalidad siempre estuvo en entredicho debido a que el Esta­
do no otorgó el reconocimiento explícito a la organización del movimiento como
un interlocutor legítimo. Si bien es cierto que durante la década de 1990 esta
condición permitió al zapatismo la fácil identificación del principal actor antagó­
nico en su lucha (el «mal gobierno») y a partir de ello, aprovechar una incipiente
red de coaliciones de descontentos integrada con el propósito de constituir un fren­
te social en contra del control político existente para extender su influencia, al
paso del tiempo esta circunstancia en los hechos fue desgastando sus recursos y
modificando sus formas de acción, las cuales se tomaron más simbólicas que
contenciosas, hasta llevar a la movilización a largos periodos de latencia.
No obstante que en México también se potenció la organización social a partir
del levantamiento de 1994 y la articulación del zapatismo como un movimiento
social, a la larga, la modernización del aparato estatal desactivó parte del descon­
tento social existente al ofrecer nuevas alternativas de participación ciudadana
que fragmentaron y encauzaron a algunos grupos de presión, tales como las nue­
vas reglas de la lucha política electoral, lo que también contribuyó al desgaste del
zapatismo.

Las organizaciones de los movimientos sociales

Si bien en los casos de Ecuador y México se puede identificar a dos organiza­


ciones de las movilizaciones sociales como los puntos de referencia básicos para
rastrear sus procesos sociales correspondientes, el origen, la estructura, el fun­
cionamiento y el desarrollo de cada una son factores de diferenciación importan­
tes entre cada caso.
Mientras que en México, el EZLN marcó la pauta para la actuación del zapatis­
mo en sus distintos niveles de articulación social, determinando en muchos casos
jerárquicamente los momentos de interacción y los de latencia del movimiento,
en Ecuador, la Conaie actuó más como una gran coordinadora nacional de las
acciones que al mismo tiempo se realizaban en cada provincia o cantón indígena,
concitando a sumarse en estos actos a todos los ecuatorianos que eran afectados
por las acciones gubernamentales.
Una explicación de las distintas formas de participar en las movilizaciones
sociales de cada organización tiene relación directa con sus orígenes. El EZLN se
creó y mantuvo a lo largo de la década de 1990 como una estructura militar rígida
e intolerante a las críticas y a la disidencia, con una dirigencia difícil de permear
por actores externos. La Conaie, por su carácter colegiado y conformada como
producto de una red de alianzas entre diversas organizaciones indígenas, permi­
tió en su interior discutir las decisiones que habrían de tomarse en tomo a situa­
ciones clave para la movilización social, además de que su dirigencia (por un
acuerdo desde su propia formación) es elegida y renovada cada cierto tiempo por
las bases que se encuentran en las comunidades indígenas.
Según la forma de actuar de cada organización, se pueden comprender tam­
bién sus éxitos y fracasos en el establecimiento de alianzas o vínculos con otros
actores, que a la larga apoyarían el movimiento social. En el caso de la Conaie, sus
mismas actividades de coordinación le permitieron relacionarse con facilidad con
los indígenas y grupos de no indígenas que se habían mantenido al margen de la
organización, logrando ampliar las alternativas de movilización y explorar otros
medios para apoyar las demandas del movimiento indígena.
El zapatismo enfrentó diversas dificultades para potenciar las muestras de
apoyo que diversos actores le manifestaron en los primeros años del movimiento.
Más allá de las acusaciones sobre sectarismo en la dirigencia, fue evidente que la
circunscripción de las acciones del movimiento a las decisiones tomadas por los
mandos del EZLN y el CCRI, a los derroteros indicados en sus discursos (en mo­
mentos exitosos y atractivos, y en otros, rígidos, herméticos e intolerantes), limitó
los recursos del movimiento provocando diferencias y distanciamientos entre los
grupos de apoyo y demás simpatizantes, al grado de registrarse cierto rompi­
miento —no reconocido de manera pública— del EZ con la organización social
que en un momento se creó pensando en un posible «brazo político» del zapatis­
mo armado, el Frente Zapatista de Liberación Nacional, FZLN.

Las formas de acción

Respecto a los repertorios de acción desarrollados por cada movimiento, en


términos generales existen elementos comunes; sin embargo, las diferencias bá­
sicas se encuentran en los efectos sociales observados con su despliegue.
En el caso del zapatismo, el principal recurso utilizado fue la elaboración y
difusión amplia de un discurso con diversos matices y registros que dotó de una
importante visibilidad mediática al movimiento social, mientras que las acciones
contenciosas concretas se desplegaron principalmente en forma de marchas, plan­
tones y foros de discusión entre los diversos grupos articulados en tomo al zapa­
tismo, los que, con el paso del tiempo, fueron menos frecuentes y llegaron a ad­
quirir un peso más simbólico que factual en el movimiento.
El movimiento indígena ecuatoriano también desarrolló un discurso particu­
lar que, a la par de los elementos que reivindicaban la identidad étnica, fue enri­
queciéndose de otras demandas sociales a medida que se realizaban nuevos pro­
cesos enmarcadores para adecuar los derroteros de la lucha. Sin embrago, más
allá de la extensa producción discursiva de los ecuatorianos, su presencia nacio­
nal se consolidó por la coordinación exitosa de una serie de actos de protesta
local, regional y nacional en los momentos de mayor movilización; fueron accio­
nes estratégicas para ejercer presión social, como el cierre de las principales vías
de comunicación para impedir el abastecimiento de los centros urbanos, la con­
vocatoria a marchas en diversos puntos del país para enunciar una y otra vez sus
demandas, la participación en los actos que llevaron al derrocamiento de tres
presidentes, la participación en las contiendas electorales, los pronunciamientos
en los foros internacionales mediante el uso de la «política de influencia» y el
ejercicio del gobierno en algunas localidades. De esta forma, la sociedad ecuato­
riana pudo de manera cotidiana entrar en contacto con la movilización social.
La gran diferencia en ambos casos radica en que, si bien las dos organizacio­
nes líderes en los movimientos sociales, la Conaie y el EZLN, lograron convertirse
en un punto de referencia social y política obligado cuando se trataron de dirimir
los problemas de cada país, la manera en que lograron esta centralidad junto con
las movilizaciones que representaron fue distinta: mientras el zapatismo se posi-
cionó en la opinión pública principalmente por la difusión que en la prensa tuvie­
ron sus opiniones, comunicados y posicionamientos sobre diversos temas que
afectaban los distintos ámbitos de la vida nacional, el movimiento indígena ecua­
toriano logró un reconocimiento social similar al no sólo estructurar en el discur­
so las causas de su lucha, sino también por el desarrollo de una participación
consistente en los actos de protesta y demás alternativas de acción que se le
fueron presentando como vías para ampliar su lucha, lo que al ñnal le permitió
tener una interacción constante con diversos grupos sociales que reconocieron la
legitimidad de su actuación.

Influencia de otros actores

Al abordar las relaciones que desarrollaron con otros actores los movimientos
indígenas, habría que partir de una diferenciación entre los actores locales, es
decir, aquellos que se conducían en el mismo contexto que los movilizados, y los
actores extra-locales o internacionales, como aquellos que desde un marco de
referencia distinto llegaron a vincularse con estos procesos.
En el caso de los actores locales, encontramos un comportamiento distinto en
cada una de las movilizaciones. Así, mientras la Conaie logró tejer una densa red
de alianzas entre distintos actores individuales y colectivos que se sumaron por
momentos para apoyar las movilizaciones, el EZLN mantuvo una relación contra­
dictoria con otras organizaciones y actores que trataron de incorporarse al zapa­
tismo. Por un lado les agradecía su apoyo y mantenía un discurso sobre la necesi­
dad de que la sociedad civil se siguiera organizando, y por otro no aceptaba con
facilidad a los grupos que de manera autónoma se enmarcaban en el zapatismo
para emprender actividades que no estuviesen en sintonía con las políticas desa­
rrolladas por la dirigencia del EZ. En suma, esto limitó gradualmente el estableci­
miento de una red consolidada de apoyo al zapatismo.
En el caso de los actores extra-locales, tales como los grupos organizados en
otros países, los organismos multinacionales con influencia en Ecuador y México,
además de otros grupos que en ocasiones se vincularon con las movilizaciones,
encontramos que en ambos casos, las organizaciones de los movimientos lograron
aprovechar la existencia de un marco internacional favorable para atender sus
principales demandas: democracia, lucha contra la discriminación étnica, apoyos
en pro de una política del reconocimiento y del multiculturalismo, etcétera, lo
cual fue apoyado por el efecto boomerang que produjo el ejercicio de la «política de
la influencia» en este ámbito.
Sin embargo, más allá de estas relaciones, la manera en que se mantuvieron y
desarrollaron dichos vínculos marca la diferencia entre ambos casos.
En un principio, tanto el zapatismo como el movimiento indígena ecuatoriano
utilizaron la escena internacional y a sus actores como medios para difundir in­
formación sobre los procesos que experimentaban sus países, así como denunciar
los abusos registrados por parte de los aparatos estatales. Paralelamente a esta
actividad, los dirigentes indígenas u otros miembros del movimiento a quienes se
encomendó estas tareas se dedicaron a explorar y conseguir fuentes de financia-
miento para mantener su lucha.
Pese a ello, en el transcurso de la década de 1990, los resultados en este último
objetivo distanció a ambos movimientos. Mientras el EZLN fue perdiendo interés
internacional en parte por sus errores estratégicos en el accionar social y la radi-
calización de sus discursos, la Conaie logró dar un giro a sus relaciones interna­
cionales para presentarse como una de las principales organizaciones gestoras de
financiamientos para proyectos de desarrollo enfocados a los pueblos indígenas
de su país. Así, el discurso que ofrecía a estos actores fue matizado para entrar en
sintonía con los principales puntos de atención en que estaba canalizada la ayuda
internacional: combate a la pobreza, promoción de la ciudadanía entre los grupos
marginados, protección de los derechos culturales, etcétera.
Es preciso reconocer que, pese a sus limitaciones para estrechar relaciones
internacionales más duraderas, el zapatismo mostró una importante capacidad
para abrevar de los discursos internacionales con mayor aceptación e incorporar­
los a sus propios marcos de interpretación, lo que le valió estratégicamente una
mayor difusión global.
Los indígenas ecuatorianos, más que evidenciar la influencia externa en sus
discursos, centraron su atención en la vinculación de esos otros actores en las
actividades implementadas como vías para consolidar la organización social en la
sociedad ecuatoriana, lo que a la larga aseguró una relación más permanente
entre estas instancias.

2. Los encuentros

Tras referir los principales elementos de divergencia entre ambas movilizacio­


nes indígenas, ahora vale la pena reflexionar en aquellos aspectos que, más allá de
las diferencias descritas, se presentan como elementos recurrentes en ambos
procesos.
Al explorar los orígenes de ambas movilizaciones, un primer signo que llama la
atención se relaciona con la larga trayectoria de organización social que ambos
traen detrás, asentada en la historia de los pueblos y comunidades indígenas que
encabezan los primeros actos de protesta.
El desarrollo de «recursos de movilización», como la formación de asociacio­
nes productivas u organizaciones campesinas, experimentado durante los años
de 1970 en el mundo rural latinoamericano, sin duda constituye un punto de
partida innegable para quienes tratan de explicarse las causas de las movilizacio­
nes de la década de 1990.

El papel de las iglesias en la organización social

A pesar de que recientemente se han cuestionado los motivos que llevaron a


las iglesias católica y protestantes a desarrollar desde finales de la década de 1970
una serie de acciones que buscaron la organización social de los grupos indígenas
en América Latina, con especial énfasis en la revaloración cultural de su identi­
dad étnica y la convivencia comunitaria,5 lo cierto es que no deja de ser relevante
el papel que este trabajo de concientización social y organizativo jugó en la confi­
guración de lo que más adelante serían las principales organizaciones sociales
que promovieron procesos de movilización social en la región.
Quizá uno de los elementos más relevantes en ambas movilizaciones sociales
fue el papel de la Iglesia católica como promotora de la formación de cuadros
indígenas que después diseminaron las concepciones aprendidas en sus cursos de
teología y política entre los miembros de sus comunidades.
Si bien las iglesias protestantes también hicieron lo propio, parece un elemen­
to coincidente en Latinoamérica el desarrollo de una ardua labor pastoral duran­
te los años sesenta y setenta por parte de grupos católicos (básicamente organiza­
dos en Comunidades Eclesiales de Base) entre los pueblos indígenas, que fue
apoyada, en los casos más destacados, en los postulados de la teología de la libera­
ción e interpretaciones marxistas de la historia regional.
En Ecuador y México, se verificó una acción pastoral de este tipo en dos luga­
res centrales en la historia de organizaciones como la Conaie y el EZLN. Para los
indígenas ecuatorianos tiene un significado especial la diócesis de Riobamba y la
labor que ésta desempeñaba bajo la dirección del obispo Leónidas Proaño; mien­
tras, para los miembros de la dirigencia indígena del EZLN, su historia no se pue­
de explicar sin hacer referencia a su relación con los trabajos de la pastoral indí­
gena desarrollada por la diócesis de San Cristóbal de las Casas durante la tutela
del obispo Samuel Ruiz.
Mas allá de pretender explicar el origen de las movilizaciones a partir de ese
trabajo religioso, aquí nos interesa destacar como un punto de encuentro entre
ambas movilizaciones el hecho de haber experimentado una formación de este
tipo, ya que los principales dirigentes de las mismas vivieron este proceso.
Al intentar vincular de manera más directa esta experiencia con los elementos
específicos puestos de manifiesto durante las movilizaciones indias, cabe desta­
car dos aspectos: la valoración de la organización social como fuente del cambio
por parte de estos actores, y el desarrollo de un discurso singular que, probable­
mente como herencia de la formación religiosa de los líderes indígenas, fue en­
marcado a partir de una serie de pronunciamientos éticos y morales que en mu­
chos puntos se asemejan al discurso religioso de la teología de la liberación.
La influencia religiosa en la construcción de nociones como la dignidad de ser
indígena y de ser pobre, la comprensión de la inmoralidad de la opresión y, en
general, la búsqueda de un mundo más justo, apuntan a confirmar que, si bien los
indígenas siguieron su propio camino, ello no significó su rompimiento con aque­
llas ideas que les permitieron en un primer momento estar conscientes de su
realidad y de su papel en el mundo, lo que quedó en evidencia con las maneras de
autorrepresentarse desarrolladas en el movimiento social.

Los discursos como fuente de movilización

En continuidad con el argumento arriba expresado, otro punto de contacto


entre el movimiento zapatista y el movimiento indígena ecuatoriano puede consi­
derarse a partir del análisis sobre la función que desempeñaron sus marcos dis­
cursivos durante las protestas y demás acciones contenciosas.
Lejos de señalar la existencia de un discurso movilizador en el sentido de un
recurso «mágico» para la acción, que por sí mismo provocó la realización de actos
de protesta, aquí nos interesa atender su carácter de marco interpretativo, en tanto
que no originó las movilizaciones, pero sí les ofreció un «ropaje» específico que
dotó de una identidad colectiva a quienes participaron en ellas, dio sentido a sus
esfuerzos y logró sumar a su causa a otros actores no vinculados originalmente
con ese proceso.
En ambos casos hay sin duda diferencias en la importancia que se le dio al
papel del discurso dentro de la movilización; pero también hay contenidos coinci­
dentes que, más allá de la diferencia en los términos utilizados, parecen concu­
rrir en los significados que denuncian la dominación, el sometimiento, los senti­
mientos de ultraje, el despojo y demás experiencias morales que los indígenas en
primera instancia, pero también los grupos marginados, han experimentado bajo
los sistemas de dominación en los que viven. Esa gramática moral que Axel Honne-
th concibió como una de las fuentes de los conflictos sociales, en este caso propor­
cionó el marco propicio para que otros pudieran comprender por qué se moviliza­
ban los indios y decidieran apoyar ese esfuerzo, dotando así de un carácter social
a las movilizaciones que en un primer momento fueron consideradas como emi­
nentemente étnicas.
Además del discurso moral, se crearon marcos éticos, donde los imperativos
rectores fueron la inclusión, la tolerancia, el respeto a la diversidad, el combate a la
corrupción, entre otros. El mandar obedeciendo y el ama quilla, ama llulla, ama shua
(«no ser ocioso, no mentir, no robar») dan una muestra clara de esta pretensión de
refundación de las sociedades en las que las movilizaciones se desarrollaron.
Otro punto de encuentro en los discursos de estos movimientos fue la transfor­
mación que ambos registraron ante la necesidad de ampliar sus márgenes de
inclusión y de acción. Así, el viraje hacia los discursos más populares, la identifi­
cación de enemigos globales como el neoliberalismo y la sintonización de sus
marcos de interpretación con los discursos globales sobre la democracia y los
derechos humanos, son una muestra de los framing processes desarrollados en
estas movilizaciones sociales.

La « simbiosis» de las relaciones entre las organizaciones y los movimientos sociales

No obstante que en la parte donde abordamos las diferencias entre el movi­


miento indígena ecuatoriano y el zapatismo mencionamos que las principales
organizaciones que participaron y encabezaron las movilizaciones sociales co­
rrespondientes contaban con rasgos que marcaron diferencias de fondo en el
desarrollo experimentado en cada uno de los procesos analizados, es preciso se­
ñalar que también es en este elemento donde encontramos un punto importante
de toque entre ambos casos.
La convergencia que nosotros ubicamos entre la Conaie y el EZLN, en su ca­
rácter de organizaciones de movimientos sociales, se encuentra en un nivel con­
ceptual, cuando reflexionamos sobre la pertinencia de abordar ambos procesos
sociales a partir de estas entidades. Cuando se vuelven a leer los capítulos segun­
do y tercero de este trabajo, por momentos parece que se habla indistintamente
de las organizaciones y de los movimientos en los que participaron como si fuesen
lo mismo y, aunque al inicio planteamos la necesidad de estar conscientes de este
riesgo, ahora revaloramos que nuestro análisis se halla conducido de esa forma,
ya que nos ha permitido delinear una figura que en los hechos nos puede ayudar
a describir las complejas relaciones que se establecieron entre estas organizacio­
nes y los movimientos de que forman parte.
Planteamos así la existencia una relación simbiótica entre la Conaie y el movi­
miento indígena ecuatoriano, por un lado, y por el otro entre el EZLN y el movi­
miento zapatista. Tomando prestado el concepto de la biología, nos parece ade­
cuado su uso porque nos permite explicar esa vinculación entre «organismos dife­
rentes en la que éstos sacan provecho de la vida en común».6No es que afirmemos
la existencia de una relación meramente pragmática entre ambos elementos sino,
más bien, queremos decir que ante la dificultad real de establecer límites entre
los movimientos y las organizaciones sociales, es más provechoso entender que la
acción de los primeros va aparejada de la actuación de las segundas.
La simbiosis como una característica común en ambas movilizaciones proba­
blemente no sea una aseveración novedosa o muy original para quienes por años
han estudiado estos procesos; sin embargo, para nosotros adquiere un papel fun­
damental en la comprensión de cada una de las movilizaciones, así como para la
realización de cualquier intento de evaluación de la trayectoria consignada en
cada caso.
En este sentido, nos parece insostenible hablar de la actuación del movimien­
to indígena ecuatoriano sin hacer referencia al papel de la Conaie, o tratar de
entender los desarrollos alcanzados en el discurso del movimiento zapatista sin
ahondar en las decisiones de acción tomadas desde el EZLN. La importancia de
las organizaciones de los movimientos sociales en ambos casos no sólo radicó en
su actuación como recursos para la acción, sino que rebasa esta idea cuando
observamos que llegaron a configurarse como los ejes decisivos de la orientación
misma que fueron tomando las movilizaciones de que formaron parte.
Sin menospreciar la influencia de otros factores, consideramos que las organi­
zaciones con mayor peso en el movimiento indígena ecuatoriano y en el movi­
miento indígena mexicano, constituyen una variable muy valiosa para el análisis
de ambos procesos, ya que nos permitieron articular un eje para realizar un se­
guimiento histórico de éstos, elucidar los mecanismos mediante los que se desa­
rrollaron determinados procesos enmarcadores y comprender desde un punto de
referencia más o menos estable el tipo de redes sociales que se fueron estructu­
rando dentro y alrededor de las movilizaciones sociales.
Una vez descritos los principales elementos de convergencia que identifica­
mos entre el zapatismo y el movimiento indígena ecuatoriano, ahora relacionare­
mos estos puntos con las afirmaciones que al inicio de este trabajo enunciamos
como una respuesta preliminar ante nuestros cuestionamientos sobre cuáles eran
los elementos que permitieron la articulación de los colectivos sociales que devi­
nieron en grupos organizados y en acciones contenciosas de carácter simbólico y
práctico y, de modo más específico, sobre la función del elemento discursivo en el
desarrollo de dichas acciones.

3. Sobre las relaciones entre los marcos discursivos y las movilizaciones


sociales: valoración de una hipótesis de trabajo

Al inicio de la investigación que ha motivado este trabajo, sosteníamos la exis­


tencia de una característica singular y semejante observada en las movilizaciones
indígenas registradas en México y Ecuador durante los años de 1990. Ella consis­
tía en el despliegue de un discurso nuevo, que reunía en un mismo marco elemen­
tos que hacían referencia a una identidad cultural junto a una serie de demandas
y denuncias sociales que se presentaban bajo una gramática particular donde la
manifestación de sentimientos de ultraje, negación y despojo, entre otros, plan­
teaban un cuestionamiento hacia la propia moralidad y eticidad de sus interlocu­
tores.
A partir de este rasgo que llamó nuestra atención, comenzamos a preguntar­
nos sobre la posible causa de este tipo de manifestaciones, así como sobre la
simultaneidad con que algunas características parecían presentarse en dos movi­
mientos sociales que tenían como contexto común la pertenencia a la América
Latina y que, sin embargo, se enmarcaban en países con situaciones y desarrollos
históricos con diferencias evidentes.
Llegamos así al cuestionamiento del papel que jugaba ese discurso específico
en el desarrollo de ambas movilizaciones, hasta acuñar una hipótesis de trabajo
en la que afirmábamos su carácter central para explicar la trayectoria de cada
uno de estos procesos.
En concreto, sosteníamos que estas movilizaciones colectivas presentaron la
novedad o particularidad de articular sus orígenes, desarrollo y potencialidades a
partir de un discurso específico, con una gramática moral e implicaciones éticas,
que logró convocar e involucrar en su causa a amplios sectores sociales al consti­
tuir imaginarios en los que éstos se identificaban y desarrollaban un sentido de
pertenencia particular, a partir del cual se lograron estructurar acciones colecti­
vas de carácter contencioso.
Ahora bien, tras el análisis de la trayectoria que cada una de las movilizaciones
registró durante la década, cabe reflexionar sobre la afirmación que se construyó
de manera preliminar en este trabajo y de ahí reconocer que la historia de ambos
procesos confirma en parte ese enunciado. Ello se debe a que ahora estamos en
posibilidad de comprender que en ambas movilizaciones no se puede sostener la
idea de una relación causal entre la existencia de un discurso con matices especí­
ficos y la articulación de una gran movilización social a partir de la difusión del
mismo como la explicación exclusiva de su conformación.
Como pudimos ver, tanto el movimiento indígena ecuatoriano como el zapatis­
mo fueron producto de la conjunción de una serie de factores, entre los que
destaca de forma relevante el desarrollo de procesos de organización social y
política desde por lo menos una década antes de su manifestación como tales. En
estos casos, el discurso étnico con una gramática ética y moral fue desplegado
con mayor consistencia una vez que ya se habían registrado los primeros levanta­
mientos, lo que nos permite concebirlo ahora más como una consecuencia del
viraje discursivo que los movimientos sociales dieron como respuesta a las pro­
pias necesidades de la acción colectiva, que como un elemento que concitó inicial­
mente la protesta social. Así pues, el discurso con las características señaladas
fue más bien una expresión entre otras de la movilización social que su germen
particular.
En este sentido, decimos que nuestra hipótesis se confirma en parte, ya que, si
bien el discurso no fue el eje detonador de las movilizaciones, sí se fue presentan­
do en diversas coyunturas como uno de los principales elementos de las acciones
contenciosas que incentivó y apoyó su desarrollo, sobre todo en lo que se refiere a
su función como marco de interpretación y de creación de significados colectivos,
ya que esto permitió el desarrollo de un sentido de pertenencia entre los moviliza­
dos, así como la construcción de una identidad específica del movimiento que fue
un factor clave al apelar a la solidaridad de terceros o establecer relaciones con
otros actores.
Otro señalamiento que complementa las observaciones sobre nuestra hipóte­
sis de trabajo se refiere a la afirmación sobre el carácter moral y ético del discur­
so estructurado en las movilizaciones. Lo que identificamos en ambos casos fue
que el discurso, como la construcción social que era, registró una serie de cam­
bios, resignificaciones y, en algunos momentos, elementos contradictorios, revis­
tiéndose de una complejidad en su estructura y una diversidad en sus contenidos,
que difícilmente podemos sostener la preponderancia de ambos rasgos durante
todas las etapas de su desarrollo.
Sin embargo, atendiendo al sentido mismo de la hipótesis, sí podemos afirmar
que las elaboraciones discursivas que subrayaban ambos principios fueron las
que con mejores resultados apoyaron los procesos enmarcadores promovidos para
ampliar la base social de las movilizaciones. En este tenor, los llamados a la digni­
dad y al reconocimiento social lograron establecer un puente semántico con otros
grupos sociales que, al encontrar eco en sus propios sentimientos de injusticia
moral, buscaron articular sus esfuerzos con los movilizados. Esto fue observado
con mayor claridad en el caso del movimiento zapatista.
Aunque con ciertos matices, la idea de conformar imaginarios sociales especí­
ficos sobre cada una de las movilizaciones parece aún sostenerse cuando vemos
en ello un factor que propició el entretejimiento de densas redes sociales que en
su momento apoyaron las movilizaciones, aun cuando esto no siempre significara
su adscripción directa a ellas. Aquí valdría recordar que, aparejadas a los símbo­
los y conceptos que compartían esas comunidades imaginadas, el puente semán­
tico se consolidó en realidad gracias al trabajo continuo de organización social
realizado por la Conaie y el EZLN. Del mismo modo, pensamos que debe revalo­
rarse el papel del contexto político y social extra-local existente, como un punto
clave para comprender la resonancia internacional que adquirieron los discursos,
explicada también como consecuencia del empleo de la política de la influencia
global y la sintonía de sus contenidos con los marcos discursivos dominantes en
las relaciones internacionales de la época.
Finalmente, al tratar de explicamos la causa de que la gramática moral de los
discursos estructurados en las movilizaciones fuese en general valorada como el
rasgo distintivo que dio un carácter novedoso a las movilizaciones indígenas en
los años noventa, aun cuando, como hemos apuntado, éste no fue el único factor
que explica sus logros, pensamos que esta sobrevaloración se debió al contexto
histórico y cultural en que dichas demandas fueron enunciadas: se trataba de un
momento en el que los discursos globales sobre el respeto a los derechos huma­
nos, las discusiones sobre el multiculturalismo, las demandas sociales de amplia­
ción de la ciudadanía de los grupos marginales y el reconocimiento de las mino­
rías sociales conformaban un marco propicio para centrar la atención internacio­
nal en los problemas planteados en estos términos o bajo formulaciones similares.
Asimismo, se registraba en paralelo un proceso de diseminación de estos discur­
sos en contextos como el latinoamericano, donde se incubaban procesos sociales
de movilización que entre sus aristas incluían demandas que encajaban bien en
esos marcos.
Lejos de apoyar con lo anterior las visiones que sostienen la existencia de una
gran influencia externa tanto en los procesos organizativos como en los marcos
discursivos acuñados por los movimientos indígenas, nos interesa subrayar que
no podemos intentar explicar el desarrollo de ciertos rasgos o características so­
ciales sin apelar a la historicidad de los propios procesos registrados en su cons­
trucción. Retomando las palabras de especialistas en historiografía, no podemos
negar la influencia del horizonte histórico-cultural específico sobre los productos
que en ese marco se originaron, tales como son los discursos sociales imperantes.
En este sentido consideramos que el énfasis en lo étnico, en la apuesta por lo local
y la diversidad cultural, sólo puede ser comprendido como un rasgo de la década
de 1990, en la media en que fue consecuencia directa de las discusiones y luchas
sociales desarrolladas en los años previos, las cuales abonaron el terreno para su
revaloración y reivindicación en los años subsecuentes.

Sobre el carácter indígena de las movilizaciones

Al reflexionar sobre las consideraciones que ha traído la evaluación de nuestra


hipótesis de trabajo, resulta imprescindible realizar un análisis similar de las
definiciones que en un principio delineamos en un intento por aclarar el significa­
do al que nos referíamos cada vez que hablábamos de movimientos sociales. En
este punto de nuestro ejercicio, proponemos revisarlas a la luz del curso que
siguió este trabajo.
Así pues, si recordamos su planteamiento, enunciábamos que para el caso de
[...] acciones colectivas amplias y de carácter popular que logran involucrar a actores
diversos, caracterizadas por ser sostenidas, contar con cierto nivel de organización, haber
desarrollado una identificación común entre quienes participan en ella, ya sea en tomo a
una preocupación, demanda o reivindicación específica o a un conjunto de ellas, las cuales
son compartidas por el colectivo de que forman parte, manifestando dicha identidad a
través de un discurso particular que tiene la capacidad de convocar a sus miembros para
que en su búsqueda se emprendan prácticas sociales concretas de connotación conten­
ciosa (tanto en el aspecto simbólico y cultural como práctico: estratégico y fáctico).

En el caso de las movilizaciones indígenas, se especificaba que en ellas partici­


paban:

[...] grupos con acciones colectivas amplias y de carácter popular que involucran a actores
y grupos que han enmarcado su situación en términos de un agravio moral, mediante un
discurso étnico que ha servido como puente semántico para llevarlos de la comprensión de
la injusticia en que se encuentran, a buscar su resarcimiento por medio del desarrollo de
interacciones sostenidas con aquellos que les niegan reconocimiento.

Al identificar las variables que durante el curso de esta investigación fueron


guiando nuestras reflexiones, vale ahora cuestionarse la pertinencia de sostener
aún dos definiciones, una general y otra específica, para el caso de los procesos
de movilización que estudiamos. ¿Qué argumento justifica mantener aún una
distinción entre dos definiciones, si al final hemos llegado a la conclusión de que
los elementos examinados durante su estudio son identificables también en otros
procesos de movilización que no reivindican una identidad cultural específica
como la etnicidad por parte de sus integrantes?
Como alguna vez afirmara Alberto Melucci ante los constantes cuestionamien­
tos sobre los elementos que caracterizaban a los nuevos movimientos sociales, pro­
bablemente en el contexto en que esos procesos se registraron, su manifestación
adquirió el carácter de su época o historicidad; sin embargo, a su parecer no había
nada que en realidad los distanciara en términos generales de las otras movilizacio­
nes que no eran consideradas dentro de esa «ola de cambio» difundida por los
accionalistas. En este sentido, el teórico italiano decía metafóricamente que «una
piedra siempre es una piedra más allá de las formas que hubiese adquirido con el
tiempo». Sin negar con esto la necesidad de ir construyendo y validando nuevos
enfoques para aproximamos a estos procesos sociales, consideramos, al igual que
Melucci, que las movilizaciones estudiadas deben comprenderse más en su calidad
de procesos sociales complejos que como luchas étnicas particulares.
Sin duda, el hecho de que una parte importante de los actores que participa­
ron en ellas con diligencia, y también el que una parte central de sus demandas
tuviese como eje de acción la defensa de la identidad étnica, constituyen una
particularidad central en la que ha fundamentado su consideración como movi­
mientos indígenas. Sin embargo, lo mismo ha pasado con las movilizaciones pro­
movidas por otros actores colectivos como los sindicatos, las organizaciones cam­
pesinas u otros grupos sociales que en primera instancia se autoidentifican en
términos acotados en relación con la totalidad de la sociedad que los enmarca.
Aquí cabría recordar lo que decía Benedict Anderson cuando hablaba de la auto-
limitación como una de las principales características de las comunidades imagi­
nadas. El caso es que, más allá de este elemento (la identidad étnica), la trayecto­
ria de las movilizaciones sociales pudo ser comprendida a partir de los elementos
que ya refería el concepto general.
Sin restar importancia al papel de la etnicidad como un factor clave en las
movilizaciones estudiadas, equiparamos su manifestación a los marcos de identi­
dad y significado que en términos generales estructura un movimiento social
mediante la interacción de sus miembros y la combinación de sus demandas,
expectativas y los elementos recuperados o resignificados pertenecientes a la
memoria colectiva. Y, en todo caso, para poder responder a cuestionamientos
como los que planteaba Deborah Yashar7 sobre la causa de que fuera precisamen­
te el componente étnico el que devenía en itinerario político en estas movilizacio­
nes, nosotros aquí propondríamos un análisis sistemático del contexto histórico y
social en que éstas se desarrollaron, dado que, como nosotros vimos, el marco con
las reivindicaciones étnicas que construyeron las movilizaciones fue producto —
entre otras cosas— de un largo trabajo de organización social entre los grupos
indígenas desarrollado años atrás.
Ahora bien, otro elemento en cuestión sobre nuestro concepto de movimientos
indígenas tiene que ver con la afirmación de que estos grupos sociales, al movili­
zarse, enmarcan su lucha en términos de un agravio moral. Si bien en el proceso
de construcción de marcos de significado reconocemos que hay una parte que, a
manera de justificación de la lucha, explica la situación de los movilizados de
manera que pareciera que no hubiese alternativa para solucionar sus problemas,
este proceso no es una dinámica exclusiva de los movimientos étnicos o indíge­
nas. Muchos otros grupos, movilizados o no, pueden articular una explicación
sobre los motivos de su organización o su proceder a partir del reconocimiento de
la injusticia social (agravio moral) de la que han sido objeto. Por otra parte, en
sentido contrario, también es cuestionable esta idea si consideramos que otros
movimientos indígenas no necesariamente han recurrido a este tipo de marcos
morales para justificar sus protestas, lo que no ha sido obstáculo para que se les
considere bajo este rubro.
Como apuntábamos al inicio de este trabajo, no pueden entonces reducirse a
la idea de luchas por el reconocimiento a estas movilizaciones sociales, toda vez
que, si bien esta preocupación constituyó una parte importante de sus marcos
discursivos, en su conjunto éstos registraron una serie de demandas más amplias
que, en distintas coyunturas, también tuvieron un papel importante en el desa­
rrollo de dichos procesos.
Tras esta discusión, valdría la pena ofrecer una definición general sobre lo que
ahora entendemos como una movilización social:

[...] el conjunto de acciones colectivas de carácter contencioso, caracterizadas por ser


sostenidas, contar con un grado de organización social suficiente para desarrollar un
marco interpretativo que ofrece una identidad común a quienes participan en ellas, y que
les permite actuar juntos de una forma determinada en tomo a una preocupación, de­
manda o reivindicación específica o a un conjunto de ellas, que son compartidas por el
colectivo de que forman parte.

Como puede observarse, los elementos que ahora destacamos son los mimos
que nos ayudaron a comprender con mayor claridad los procesos sociales regis­
trados en Ecuador y México durante los años noventa. Las organizaciones de los
movimientos sociales, los procesos enmarcadores registrados y las formas que tomó la
acción colectiva (o los repertorios de acción desplegados) son los tres puntos de
referencia a partir de los cuales consideramos que podríamos estudiar moviliza­
ciones similares. Cada uno de estos aspectos sería estudiado mediante variables
que abarcaran una caracterización clara del contexto social e histórico en que se
ubica cada movilización; el tipo de actores que participan y/o se relacionan con
ella, ya sea de manera antagónica como el Estado o protagónica, como las organi­
zaciones de los movimientos sociales, o en otras formas secundarias, como en el
caso de la articulación de redes sociales de apoyo; los recursos que —en un senti­
do amplio— desarrolla y emplea el movimiento para perseguir sus objetivos o
para favorecer un acto concreto, tales como la construcción de marcos de inter­
pretación que ofrecen significados e identidad a sus integrantes; y el registro de
las distintas formas de acción, institucionales o no, que experimenta el movimien­
to para desarrollar su lucha.
De la articulación sistemática de estos factores y su correspondiente estudio en
otras movilizaciones, consideramos que lograríamos reunir los elementos suficien­
tes para comparar y poner a prueba varias de las observaciones que elaboramos
sobre los casos registrados en Ecuador y México. Así, los apuntes y definiciones
aquí delineados sobre los temas de desencuentro y de convergencia en ambos casos
podrían dar origen a la elaboración de una serie de argumentos con mayor funda­
mento como para pretender elaborar algunas generalizaciones sobre los procesos
de movilización social registrados en Latinoamérica durante ese periodo.
Aunque en la actualidad existe una desconfianza admisible ante cualquier in­
tento de ofrecer explicaciones generales sobre algún tema —quizá como uno de
los aprendizajes que nos ha dejado la posmodemidad, con su crítica acendrada
contra los metarélatos que legitiman la dominación en la modernidad—, nuestro
énfasis en la búsqueda de este objetivo tiene que ver con la defensa del sentido
que aún tiene para nosotros el seguir construyendo conocimiento social sobre el
mundo en que vivimos. En un momento en el que el relativismo analítico se escon­
de bajo argumentos particularistas que niegan la posibilidad de hacer evaluacio­
nes sobre procesos sociales sincrónicos, argumentando la complejidad de cada
uno como justificación para no intentar comprenderlos en su conjunto, aquí cree­
mos que los seres humanos necesitamos tener una idea del lugar en el que esta­
mos parados. Una perspectiva mínima o muy básica si se quiere, pero que más
allá de su probable vaguedad nos permita evaluar la realidad que enfrentamos y
tomar decisiones al respecto. Nos queda como aprendizaje de este trabajo una
meditada revaloración del papel de la organización social como la base de cual­
quier cambio en un mundo que por principio, hemos conocido y construido como
un mundo social. Así, cerramos este trabajo recordando una frase que enuncia­
ban los indígenas ecuatorianos atribuida a la figura de Dolores Cacuango: «indio
sólo es como hebra de poncho, que fácilmente se rompe; a indios unidos, como
poncho tejido, nadie podrá doblegar».
ANEXO

AQUÍ TABLA 1

AQUÍ CUADRO 1

AQUÍ CUADRO 2

Bibliografía

Artículos
Cl e m e n s , Elisabeth S., «L a organización como marco: identidad colectiva y estrategia política en
el movimiento sindicalista norteamericano», en Doug McAdam, John D. McCarthy y Mayer
N. Zald, Movimientos sociales:perspectivas comparadas, ISTMO, Madrid, 1999.
Davis, Diane E., «La fuerza de la distancia. Hacia una nueva teoría de los movimientos sociales en
América Latina», en Anuario de Espacios Urbanos. Historia, Cultura, Diseño, UAM, México, 1998.
E scárzaga , Fabiola, «L a emergencia indígena contra el neoliberalismo», en Política y Cultura, n.°
22, UAM Xochimilco, México, 2004.
E scobar , Arturo, «Culture, Economics, and Politics in Latín American Social Movements. Theory
and Research», en A. Escobar y Sonia Álvarez, The making o f social movements in Latin
America. Identity, strategy and democracy, Westview, 1992.
GÓMEZ, Águeda, «Nuevos actores frente al fenómeno de la globalización: los movimientos indíge­
nas en América Latina», Cuadernos Americanos, n.° 89, UNAM , septiembre-octubre 2001.
HABERMAS, Jürgen «L a lucha por el reconocimiento en el Estado democrático de derecho», La
inclusión del otro. Estudios de teoría política, Paidós Básica, Barcelona, 1999 (1996).
HUNT, Scott; Robert BENFORD y David SNOW, «Marcos de acción colectiva y campos de identidad
en la construcción social de los movimientos sociales», en Enrique Laraña y Joseph Gusfield
(eds.), Los nuevos movimientos sociales. De la ideología a la identidad, Centro de Investigaciones
Sociológicas, Madrid, 2001.
LEYVA SOLANO, Xóchitl, «De las Cañadas a Europa: niveles, actores y discursos del Nuevo Movi­
miento Zapatista (N M Z ) (1994-1997)», enDesacatos, n.° l, CIESAS, primavera 1999.
— , «Autonomías en zonas de conflicto armado. El caso de Ocosingo y las Cañadas de la Selva
Lacandona», en Memoria, n.° 123, México, mayo de 1999.
— , «Chiapas es México: autonomías indígenas y luchas políticas con una gramática moral», en El
Cotidiano, año 15, n.° 93, UAM Azcapotzalco, México, enero-febrero 1999.
— y Shannon SPEED, «Los derechos humanos en Chiapas: del discurso globalizado a la gramática
moral», en Pedro Pitarch y Julián López García (eds.), Los derechos humanos en tierras mayas.
Política, representaciones y moralidad, Sociedad Española de Estudios Mayas, Madrid, 2001.
— y Willibald S o n n le t in e r , «¿Qué es el neozapatismo?», en Espiral. Estudios sobre Estado y
Sociedad, n.° 17, vol. VI, Universidad de Guadalajara, enero-abril de 2000.
M cA d am , Doug, Sydney Tar r o w y Charles T illy , «To Map Contentious Politics», en Mobilization:
An International Journal, n.°l, 1996.
O lvera , Alberto J., «Representaciones e ideologías de los organismos civiles en México: crítica de
la selectividad y rescate del sentido de la idea de sociedad civil», en Jorge Cadena-Roa
(coord.), Las organizaciones civiles mexicanas hoy, UNAM-CIICH, México, 2004.
TAYLOR, Charles, «The politics of recognition», en Amy Gutmann (ed.), Charles Taylor. Multicultu-
ralism, Princeton University Press, N ew Jersey, 1994.
T o uraine , Alain, «Los movimientos sociales», en F. Galván Díaz, Touraine y Habermas: ensayos de
teoría social, UAP-UAM, Puebla, 1986.
T rejo , Guillermo, «Etnicidad y movilización social. Una revisión teórica con aplicaciones a la
«cuarta ola» de movilizaciones indígenas en América Latina», en la revista Política y Gobierno,
vol. VII, n.° 1, Centro de Investigación y Docencia Económicas CIDE, México, primer semestre
de 2000.
Y ashar , Deborah J., Indigenous politics and democracy. Contesting citizenship in Latin America,
Working Paper n.° 238, The Helen Kellogg Institute for International Studies-University of
Notre Dame, Notre Dame, 1997.

Declaraciones y proyectos políticos

Co n aie , Las Nacionalidades Indígenas del Ecuador: Nuestro proceso organizativo, 2a. ed., Quito,
1989 <http://edufuturo.eom/imageBDE/EF/21352.Indigenas%20Ecuador.pdf>.
Co n aie , «Proyecto Político de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador», en
Anuario Indigenista, vol. XXXIII, Instituto Indigenista Interamericano DI, México, 1994.
EZLN, EZLN. Documentos y comunicados, lo.de enero/8 de agosto de 1994, tomo I, compilación de
Antonio García de León, ERA, México, 1994.
— , EZLN. Documentos y comunicados. 15 de agosto de 1994/29 de septiembre de 1995, tomo II,
compilación de Antonio García de León, ERA,México, 1995.
— , EZLN. Documentos y comunicados. 2 de octubre de 1995/24 de enero de 1997, tomo m , compila­
ción de Antonio García de León, ERA, México, 1997.
— , La guerra por lapalabra. A siete años de la lucha zapatista, compilación de Arturo Meza Herrera,
Editorial Rizoma, México, 2001.
Pachakutek, «Movimiento de Unidad Plurinacional Pachakutik Nuevo País. Nuestros símbolos.
El valor simbólico del nombre Pachakutik» y «Pachakutik: retos y perspectivas», en
Pachakutik.org <http://www.pachakutik.org.ec/>, consulta: marzo, 2004.

Libros

ANDERSON, Benedict, Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del naciona­
lismo, FCE, México, 1993.
BARRERA G uarderas , Augusto, Acción colectiva y crisis política. El movimiento indígena ecuatoria­
no en la década de los noventa, Abya-Yala-OSAL-CLACSO-Centro de Investigaciones CIUDAD,
Quito, 2001.
B eckerm an , Paul y Andrés S oijm ano (eds.), Crisis and DoUarization in Ecuador. Stability, Growth,
and Social Equity, The International Bank of Reconstruction and Development-Banco M un­
dial, Washington, 2002.
GARCÍA-PELAYO y GROSS, Ramón, Pequeño Larousse ilustrado 1989, Larousse, México, 1988.
H il l , Christopher, El mundo trastornado. El ideario popular extremista en la revolución inglesa del
sigloXVII, SigloXXI, Madrid, 1983.
HONNETH, Axel, La lucha por el reconocimiento. Por una gramática moral de los conflictos sociales,
Crítica-Grijalbo Mondadori, Barcelona, 1997.
K ec k , Margaret E. y Kathryn SlKKlNK, Activistas sin fronteras. Redes de defensa en política interna­
cional, Siglo XXI, México, 2000.
M cA dam , Doug, John D. M cCarthy y Mayer N. ZALD, Movimientos sociales:perspectivas compara­
das, ISTMO, Madrid, 1999.
MELUCCI, Alberto, Acción colectiva, vida cotidiana y democracia, Colmex, México, 2002.
Santana , Roberto, Les Indiens d’Equateur, citoyens dans l’ethnicité?, Centre National de la Recher-
che Scientifíque CNRS, París, 1992.
Sy d n e y , Tarrow, Elpoderen movimiento. Los movimientos sociales, la acción colectiva y la política,
Alianza, Madrid, 1997.
T h o m pso n , E.P., La formación histórica de la clase obrera en Inglaterra 1780-1832, Crítica, Barcelo­
na, 1989.
T ouraine , Alain, Producción de la sociedad, IIS-UNAM-IFAL, México, 1995.

1. La base de estas reflexiones se centra en los resultados de investigación obtenidos a partir


de la elaboración de la tesis de maestría titulada Movimientos indígenas contemporáneos en Amé­
rica Latina: Convergencias y divergencias. Análisis de los casos de Ecuador y México, en la que se hace
un seguimiento de las trayectorias registradas en el movimiento indígena del Ecuador y el movi­
miento zapatista en México, durante los años noventa. Tesis de grado presentada el 29 de febrero
de 2008 en el marco del posgrado en Estudios Latinoamericanos de la Universidad Nacional
Autónoma de México.
2. Fabiola Escárzaga señala que los censos de la población indígena en América Latina llegan
a presentar estimaciones muy limitadas al circunscribir el reconocimiento de la identidad india
al dominio de una lengua indígena. Sin embargo, apunta que si se utilizaran criterios más am­
plios, en el caso del Ecuador (con base en un estudio de José Matos Mar y Daniel Wermus) la
población indígena representaría entre 24 y 51 % de la población total en ese país. Véase «La
emergencia indígena contra el neoliberalismo», en Política y Cultura, 2004, p. 105.
3. Según cifras oficiales, en México la población indígena se estima en 10.253.627 personas, lo
que constituye 10,5 % de la población total. En el estado de Chiapas, la población indígena
constituye poco más del 10 % del total de indígenas registrados en los conteos oficiales en el país.
4. Para una muestra de la inestabilidad política que afectó directamente la conducción del
Estado ecuatoriano, puede consultarse en el anexo de este trabajo la tabla 1, en la que se muestra
el número de gobernantes que ha tenido este país en poco más de dos décadas, las formas en que
llegaron al poder y las causas de su salida del mismo.
5. Puede consultarse al respecto el trabajo de Roberto Santana, Les Indiens d’Equateur, citoyens
dans l’ethnicité?, 1992. También se puede consultar como fuente de otras referencias bibliográfi­
cas sobre el tema el trabajo de Guillermo Trejo, «Etnicidad y movilización social. Una revisión
teórica con aplicaciones a la "cuarta ola” de movilizaciones indígenas en América Latina», en la
revista Política y Gobierno, primer semestre de 2000.
6. Ramón García-Pelayo y Gross, Pequeño Larousse ilustrado 1989, 1988, p. 945.
7. Véase al respecto el trabajo de Deborah Yashar, Indigenous politics and democracy. Contesting
citizenship in Latin America, Working Paper n.° 238, 1997.
Una experiencia zapatista: San Pedro Polhó,
doce años después
Sabrina Melenotte

¿De quién hablamos cuando hablamos de «zapatistas» o de «zapatismo»? Esta


interrogación, aunque suene obvia o provocadora, apareció tras varios años de
interés y de innumerables conversaciones e observaciones hechas en Chiapas
desde 2002 sobre ese movimiento, tanto en el medio activista como académico, y
que a menudo me dejaban pensativa. Con frecuencia podía observar la amalgama
que se hacía entre el Subcomandante Marcos y las comunidades indígenas zapa­
tistas. Efectivamente, con esta primera cuestión viene otra: la de la relación entre
un líder y la organización que supuestamente representa, pues si el vínculo entre
Marcos y las comunidades es innegable, no se puede reducir la organización
zapatista a su portavoz enmascarado. Para algunos, esto puede parecer obvio
pero lo es mucho menos si se recuerda que los medios de comunicación siguen
siempre los periplos de Marcos. Con la Otra Campaña, la cuestión indígena pare­
ce haber pasado a un segundo plano desde el status quo de las negociaciones
entre el EZLN y el gobierno federal en 2001. Desde entonces, en Chiapas, algunos
hablan de reforzamiento del proceso de autonomía zapatista, especialmente des­
de la creación de los Caracoles; otros por el contrario, hablan de estancamiento.
Observada a la lupa, la experiencia local toma toda su fuerza aquí y permite ir
más lejos que los discursos generalizadores, algunas veces apresurados, sobre los
procesos sociales contemporáneos. La experiencia de autonomía zapatista tal y
como se desarrolla en Polhó está hecha de contradicciones que hace de ese lugar
a la vez el símbolo de la resistencia zapatista y el punto que concentra quizá más
problemas en razón de su condición de «campo de desplazados». Las teorías que
se han generado por parte de los intelectuales y militantes a partir del zapatismo
han dejado lugar a cierta confusión sobre la definición de este movimiento. Y el
cambio de estrategias por parte de Marcos y del EZLN a lo largo de los años habrá
ciertamente ayudado a este imbroglio definitorio sobre lo que es el zapatismo. Por
eso, me propongo tomar en primer lugar la historia local del municipio constitu­
cional de Chenalhó para enfocarme después en la formación del municipio autó­
nomo de San Pedro Polhó y reflexionar sobre este proceso muy concreto de «au-
tonomización» e interrogar entonces la cuestión del cambio social a partir de esta
perspectiva más etnográfica. En un segundo momento, el análisis se centra en los
diferentes y nuevos actores que entraron en escena en este proceso de autonomi-
zación para entender lo que estaba en juego a nivel local en el momento del
proceso autonómico.
El municipio de San Pedro Polhó: de la liberación a la búsqueda del poder local

Los caciques culturales

Después de la Revolución mexicana y hasta los años cuarenta en Chenalhó, los


líderes locales eran caciques que representaban los intereses «coloniales». En
realidad, las cosas no habían cambiado tanto en el Estado de Chiapas: los grupos
de poder que existían antes de 1910 seguían en el poder, las estructuras agrarias
quedaron casi intactas y los indios eran el objeto de los mismos sistemas de venta
como parte de la infraestructura con la cual contaban las propiedades, aunque la
esclavitud había sido abolida unos años antes. Es sobre todo bajo la presidencia
de Lázaro Cárdenas cuando se produjo un cambio profundo para los indios. El
presidente representaba la corriente reformista en el seno del Partido Nacional
Revolucionario (PNR). Sabemos desde los estudios de Jan Rus (1994) que en Chia­
pas, Cárdenas reactivó todo un sector de organizaciones populares que habían
sido reprimidas o cooptadas por la corriente conservadora, con el fin de subordi­
narlas a esta corriente cardenista del partido. Este periodo se llamó la revolución
de los indios porque trajo en el Estado de Chiapas los beneficios del «Nuevo Méxi­
co» (reforma agraria, aparición de sindicatos y fin de un régimen de peonaje et de
contratación por deuda). Fue sobre todo una introducción a una forma más estre­
cha de dominación del Estado a través de una centralización del poder político y
económico adentro de las comunidades y la asociación de aquél poder con el
Estado.
Las transformaciones más espectaculares tocaban el campo agrario. La perso­
na de Erasto Urbina se destacó en Chiapas en aquella época porque, como repre­
sentante del gobierno cardenista, quiso mostrar que el Estado era eficaz y rápido
para promover sus intereses. En la medida en que los tramites de la reforma
agraria nunca se llevaron a buen término hasta entonces en Los Altos, Urbina
procedió a expropiaciones masivas de fincas, al mismo tiempo que se dieron dota­
ciones de tierra colectiva (comunidad agraria y ejidos), aunque la mayoría de las
dotaciones definitivas fueron concedidas en la década de los setenta (Garza Cali-
garis, 2002: 81).
Hasta entonces, eran los secretarios ladinos que estaban encargados de los
asuntos municipales. Dependían de los dirigentes de la facción política la más
poderosa en la región y, durante las elecciones, juntaba los votos indígenas en
bloques comunitarios. Después de las elecciones para el puesto de gobernador en
1936, Erasto Urbina creó el Departamento de Protección Indígena (DPI) y, dentro
de él, el Sindicato de Trabajadores Indígenas (STI) encargado de contratar a todos
los trabajadores del café migrantes de la región, mejorando considerablemente
las condiciones de los trabajadores indígenas en las fincas (Rus, 1994: 260). Para
ello, substituyó a todos los secretarios municipales por miembros de su comité
electoral que lo acompañaban en sus visitas en las comunidades, sirviendo de
traductores en las oficinas del DPI de San Cristóbal de las Casas. Apretó también
las clavijas a los ladinos que tenían comercios en tierras indígenas, mediante un
boicot sistemático de sus comercios, amenazando los empresarios explotadores y
expulsando los traficantes ladinos de bebidas alcoholizadas.
Urbina buscó a jóvenes indígenas bilingües y alfabetizados en todos los muni­
cipios bajo su juridicción, asignándoles el cargo de escribanos en sus municipios.
Al mismo tiempo que se mejoraba las condiciones de trabajo de los indígenas,
esos mismos jóvenes bilingües ayudaron a Urbina a reestructurar las relaciones
de poder a un nivel comunitario y entre ellas y las del poder estatal y federal.
Entonces, la «comunidad corporatista cerrada» se convertirá bajo Cárdenas en
una estructura regida por el Estado y por el Partido, la «comunidad revoluciona­
ria institucional». Los escribanos facilitaron esta transformación y empezaron a
ganar poderes que trascendían con mucho los de los dirigentes indígenas tradicio­
nales (Rus, 1994: 261).
En Chenalhó, a pesar de que el secretario ladino seguía controlando mucho los
asuntos del Ayuntamiento hasta los años setenta, habían fungido como escribanos
y síndicos municipales algunos jóvenes que pronto se apropiaron de la vida políti­
ca del municipio. Tal fue el caso de Manuel Arias Sojob que la antropóloga Calixto
Guiteras (1965) describió en su obra clásica sobre el mundo tzotzil. Él supo conte­
ner a los mestizos que vivían en Chenalhó y resolver algunos de los asuntos apre­
miantes a favor de los indios (Garza Caligaris, 2002: 83).
También formó algunos de sus parientes para ser dirigentes y con ellos se
formó lo esencial de los grupos de poder actuales en Chenalhó. En adelante,
muchos de los presidentes municipales fueron jóvenes que tomaron cargos y el
elemento central de la actividad política fue entonces la educación. En esta lógi­
ca, son los mismos parientes de Manuel Arias Sojob que eran maestros en las
escuelas que creó y que aprovecharon esos nuevos espacios abiertos por el gobier­
no para las élites indígenas.
La creación del Instituto Nacional Indígena (INI) en 1948 marcó otra vuelta en
la política local. En los años cincuenta tomó el control del desarrollo y de la inte­
gración de las poblaciones indígenas, por el intermediario del Centro Coordina­
dor Tzotzil-Tzeltal creado en 1951. Sus promotores y los maestros bilingües esta­
tales y federales monopolizaron la dirección política del municipio y de la región.
A partir de esto se formaron nuevas figuras de hombres políticos, de maestros
bilingües alfabetos y promotores de educación que se convierten en los sesentas
en caciques culturales (Pineda, 1995) y los mejores intermediarios entre la comu­
nidad, la región y el poder federal (Rus, 1994). En tanto como intermediarios
entre la comunidad y el poder federal, esos caciques alfabetos dirigieron las es­
cuelas en Chenalhó y ocuparon los puestos políticos, monopolizando el poder
municipal y formando la élite indígena local en medio de una población amplia­
mente analfabeta. Los promotores de salud, de justicia, de educación, de produc­
ción, etc., así como los maestros bilingües, se asociaron al poder local y concen­
traron en sus manos la dirección de los asuntos internos a las comunidades (R.A.
Hernández Castillo, A.M. Garza Caligaris, 1998: 49). Las relaciones entre los caci­
ques políticos actuales y el poder federal tienen su origen en este periodo. Rápi­
damente, los políticos príistas y esos maestros bilingües, más vinculados a los
caciques y poderes regionales se disputaron la alcaldía municipal durante las
elecciones. Al parecer, el municipio de Chenalhó ha sido el municipio que ha
tenido más presidentes municipales provenientes de esos maestros bilingües en
Los Altos (Pineda, 1995). Esos caciques indígenas consolidados gracias al apoyo
del indigenismo oficial pudieron ejercer su autoridad de manera relativamente
libre hasta los años setentas, cuando surgieron las primeras organizaciones cam­
pesinas.
Antes de analizar los procesos de organización que se dieron en el municipio
de Chenalhó desde los años setenta del siglo XX en tomo a la Iglesia católica y a
una cooperativa de café creada por el Instituto Nacional Mexicano de Café (IN-
MECAFE), quisiera recordar muy brevemente algunos puntos relacionados a la
transformación social local que tuvo lugar en este municipio para entender mejor
lo que sucedió en los anos noventas.
La Iglesia católica decidió desde los años cincuenta impulsar una «segunda
evangelización» en el conjunto del Estado de Chiapas, como consecuencia de la
llegada de importantes gmpos neoprotestantes en Chiapas y de otros factores
socio-históricos. La llegada a sus treinta y cinco años del Obispo Samuel Ruiz
García a la diócesis de San Cristóbal en 1962 es fundamental en el proceso de
concientización de las comunidades indígenas. El nuevo obispo dividió en 1964 la
diócesis de Chiapas en tres (Tuxtla, Tapachula y San Cristóbal) y, debido a su
«opción para los más pobres, para los indígenas»,1 se quedó en la diócesis de San
Cristóbal considerada como mayoritariamente indígena. En esta época, el Conci­
lio Vaticano II modificó su campo de acción y lo adaptó a la realidad latinoameri­
cana. El joven obispo asistió a la Conferencia Episcopal Latinoamericana de Me-
dellín (CELAM) en 1968 y regresó a Chiapas con la preocupación de quedarse
muy vinculado al proceso más general que tenía lugar en América latina alrede­
dor de lo que se conoce como la teología de la liberación. Poco después, para el
aniversario del nacimiento de Fray Bartolomé de las Casas, considerado como el
primer defensor de los indios, organizó el primer Congreso Nacional Indígena en
1974 a partir de un método participativo y consultativo. El Congreso se preparó
con un año de anticipación y reagrupó a subcongresos locales, abriendo espacios
de encuentro entre indígenas que habitaban diversas zonas de la geografía chia-
paneca. Permitió poner en relieve las necesidades de cambio social y se hizo
alrededor de cuatro temas: tierra, comercio, educación, salud. En 1975 tuvo lugar
por primera vez la asamblea diocesana que retomó los cuatro temas y orientó
entonces la acción hacia la «opción preferencia! para los pobres», analizando la
pobreza de las poblaciones indígenas como un problema estructural. La evangeli­
zación significó un cambio radical de la lectura de la Biblia a partir de las comu­
nidades indígenas. La evangelización se hizo en adelante «los ojos abiertos», por
la concientización de las comunidades sobre sus problemas cotidianos, y buscan­
do alternativas en los cuatro temas evocados durante el Congreso de 1974.
El grupo religioso mayoritario hasta entonces en San Pedro Chenalhó, los tra-
dicionalistas, seguían el catolicismo «sincrético» que se había desarrollado desde
la conquista y más particularmente en las comunidades indígenas, que otorgaba
un santo patrón específico a cada pueblo indio (en este caso, san Pedro), mientras
que las prácticas y los rituales asociaban los habitantes a fuerzas cósmicas ocul­
tas y visibles, que por ejemplo se veneran hoy en día en los cultos de las autorida­
des tradicionales al agua o a las montañas (Arias, 1990). La reformulación teológi­
ca que implicó la llegada de la Palabra de Dios en San Pedro Chenalhó en los años
setenta resaltó la identidad indígena para que tenga más peso en las practicas y
muy pronto nació une teología india. En adelante, la Palabra de Dios debía servir
a reflexionar e analizar las raíces de su opresión y a poner en valor una nueva
comunidad cristiana alrededor de una Iglesia transformada que tome en cuenta
otras tradiciones culturales indígenas. En Chenalhó, de 1962 a 1970, la formación
de catequistas bilingües, hombres y mujeres escogidos entre mayores «para que
lleven el mensaje en su lengua», se efectuó con los Hermanos maristas y las
Hermanas del Divino Pastor, con la idea de que el programa de evangelización
debía estar llevado por los propios catequistas.2
La llegada de este nuevo actor religioso tuvo también un significado político e
agrario. «En este tiempo, socialmente, había muchas fincas y la mayoría de los
hermanos indígenas eran trabajadores de las fincas y eran pocos finqueros que
tenían muchísimas fincas, sobre todo en Los Altos de Chiapas. Y, de esta manera
Don Samuel, acercándose, se dio cuenta cómo vivía el indígena dentro de las
fincas, como era el sueldo que tenía dentro de la finca».3 Por ejemplo, el Congreso
Nacional Indígena de 1974 fue la oportunidad para denunciar los abusos del pro­
pietario de la finca El Carmen que se encontraba entre Chenalhó y Tenejapa
(Eber, 2001: 48). Y de 1975 á 1985, la Iglesia enfocó su atención al campo económi­
co, buscando desarrollar una alternativa económica «para encontrar soluciones a
los problemas del hambre, como vender sus productos con valor porque todavía
el mestizo le quita sus gallinas o sus huevos o lo que sea y le da el precio que
quiere».4
Este uso político de un discurso a la vez religioso y cultural, pero también
social, agrario y económico, instituyó la Iglesia en un actor hegemónico que que­
ría dar herramientas al indígena para valorar y recuperar su lengua y su cultura,
actuando en todos los campos que concernían las poblaciones. Se adivina fácil­
mente que, bajo una retórica de liberación y el uso de elementos culturales indí­
genas, este nuevo actor adquirió un lugar central y una legitimidad ante los habi­
tantes, lo que implicó indudablemente reticencias de parte de las autoridades
«tradicionales» políticas y religiosas que se sintieron amenazadas por este actor
que promovía discursos y procesos sociales que iban en su contra. Es a partir de
ello que se dividió más precisamente la población san pedrana, entre aquellos que
apoyaban los maestros bilingües, aliados al partido oficial, y los que los critica­
ban, a ellos y al Estado al cual estaban vinculados (Arias, 1990: 391). Los líderes
católicos de la Palabra de Dios eran los actores más importantes de este segundo
grupo y es fácil entender la ruptura que se dio a lo largo de los años entre los
caciques locales y los disidentes del PRI. Esos últimos constituyeron la base del
movimiento civil que formó en los años ochenta la organización religiosa de las
Abejas y la organización zapatista.
En paralelo, los años ochenta marcaron el apogeo del discurso marxista sobre
las clases trabajadoras y el Partido Socialista de los Trabajadores (PST) encontró
un eco rotundo en la región de Los Altos (a pesar de que otros partidos de oposi­
ción desarrollaron al mismo tiempo un trabajo de organización en la zona cafeta­
lera, es el que penetró en la zona con más arraigo). Este partido impulsó el desa­
rrollo de la primera organización autogestionada de cafetaleros en el margen de
los organismos tradicionales de control y que se vuelve después en la Unión de
Ejidos y Comunidades de Cafeticultores Majomut. Impulsó también la cultura del
grano gestionando la entrega de plántulas para los productores por el INMECA-
FE. La influencia y la penetración del PST en el municipio de Chenalhó provocó la
irritación de los grupos de poder tradicionales quienes, dirigidos por los maestros
bilingües, desencadenaron en 1979 una caza y persecución de militantes pesetis-
tas, generando el terror enfrentando entre ellos a los campesinos y dejando como
saldo un muerto y el éxodo temporal de campesinos simpatizantes hacia otros
municipios. Esta actitud de intimidación de parte de las autoridades no eliminó la
presencia de este partido, sino que al contrario, le hizo ganar en presencia y
reconocimiento. Así, en adelante, los caciques tendrán que acostumbrarse a la
presencia de los «socialistas» quienes, durante la década de los ochenta, exten­
dieron su presencia a quince comunidades (casi la mitad del municipio) (Martí­
nez: 85).
Sin embargo, la corrupción de uno de sus líderes en Chenalhó, Antonio Pérez
Santiz, que no previo la crisis del café y endeudó considerablemente a todos los
productores que habían confiado en él, debilitó mucho el partido y muchos sim­
patizantes de Chenalhó y Chalchihuitán (un municipio vecino) se pasaron tanto a
la Organización de Solidaridad Campesino-Magisterial (SOCAMA), vinculada al
PRI, como a la Organización Indígena de Los Altos de Chiapas (ORIACH), vincu­
lada al joven PRD. La SOCAMA reagrupó a los productores organizados antes en
la Unión, proponiéndoles viviendas. La ORIACH, por su lado, reagrupó sobre todo
a los grupos que Santiz Pérez no pudo reembolsar. Sin embargo, ninguna de esas
dos organizaciones pudo ofrecer una alternativa integral, y la Unión de Majomut,
en cambio, mantenía la infraestructura física y legal para ello (tenía el Beneficio
de Café, el transporte, los registros, el reconocimiento y la experiencia) (Martí­
nez: 87).
El PST se convirtió a finales de los años ochenta en el Partido del Frente Car-
denista de Reconstrucción Nacional (PFCRN) que se organizó alrededor de Cuau-
htémoc Cárdenas quien se presentaba entonces como candidato para las eleccio­
nes federales. Este partido perdió definitivamente la mayoría de sus simpatizan­
tes después del levantamiento zapatista de 1994, cuando Amado Avendaño se
presentó en las elecciones para el puesto de gobernador de Chiapas en 1994 y
ganó la mayoría de los votos en Chenalhó. El partido cambió otra vez sus siglas
para convertirse en Partido Cardenista (PC) pero, muy debilitado, tuvo que acer­
carse al PRI, antes de desaparecer oficialmente de los registros electorales en
1997 (Garza Caligaris, 2002: 95-96).

La búsqueda de la liberación

El discurso marxista de los años sesenta que subrayaba la precariedad de las


condiciones de vida de la población indígena y las acciones de la diócesis rápida­
mente se enfrentaron a los problemas locales que padecía la población indígena.
Esos dos procesos de búsqueda de una alternativa económica y política dieron
pie, en buena parte, a una concientización que desembocó sobre experiencias de
autoorganización con el fin de salir de un sistema de dominación. La toma de
conciencia en Chenalhó se hizo en tomo a cuatro temas principales: los proble­
mas que genera el alcohol, el dominio del hombre sobre la mujer, el de los ancia­
nos sobre los jóvenes y la supremacía del español sobre las lenguas indígenas
(Eber, 1998: 56). Eber interpretó esta voluntad de cambio social como un «movi­
miento de revitalización» hacia un cambio estructural político y económico, y lo
tradujo en términos de «recuperación de la dignidad» para volver a ser bats’i
viniketik y bats’i antsetik («los hombres y las mujeres verdaderos»).
En un primer momento, los ejes principales fueron la liberación de la relación
de dominio, la voluntad de una democracia y de una justicia social directa así
como la revitalización de la tradición. Según la autora, ese movimiento de revita-
lización no se centra directamente en los cambios políticos nacionales sino en
cambios sociales que conciernen la vida cotidiana de los habitantes. No es, según
la autora, hasta finales de los años ochenta que la idea de una ruptura con el
Estado se hizo necesaria, en el momento de la importante crisis económica del
país y de la formación y expansión del PRD en paralelo, tanto más marcada en las
comunidades indígenas cuanto ellas se veían marginadas o expoliadas por la re­
ciente modernización del Estado. El discurso que se desarrolló entonces primera­
mente cuestionaba los partidos oficiales y el gobierno por su manera de no tomar
en cuenta las tradiciones de las comunidades indígenas en sus políticas sociales y
agrarias. Es sobre esta base de reflexión que se apoyó enseguida el movimiento
zapatista y que progresivamente se formó su retórica antigubernamental. Pues
aunque los zapatistas deben pagar un alto precio por su autonomía, siguen con­
vencidos de que no hubieran podido definirse en sus términos y «reformarse» si
hubieran seguido dependiendo del PRI.

De la autoorganización a la autoproclamación del municipio autónomo

Hoy se sabe que las coyunturas política y económica a nivel nacional y regional
aceleraron la penetración del EZLN en Chiapas y propiciaron el levantamiento
del primero de enero de 1994. Fraude electoral en 1988, crisis del café en 1989,
conmemoración de los 500 años del descubrimiento de América y reforma del
artículo 27 constitucional en 1992: todos ellos fueron, si no los signos precursores,
por lo menos los aceleradores del descontento campesino e indígena y del levan­
tamiento del primero de enero de 1994. Vimos que mucho antes, los años setenta
y ochenta fueron determinante para la formación y apertura de espacios que
fueron reapropiados por los indígenas de manera inédita. Esos nuevos espacios
de poder, aunados a la crisis económica contribuyeron juntos al declino progresi­
vo del PRI y a la creciente ascensión de vías opuestas a los partidos para sobrevi­
vir. El marxismo y la teología de la liberación se encontraron en Los Altos en este
mismo terreno de la cuestión económica, planteándose como respuestas a las
estructuras de injusticia y opresión con herramientas de liberación (Kovic, 2003).
Sin embargo, tomaron dos caminos en las prácticas de organización de los grupos
de Chenalhó, una «pacífica», la otra más «radical».
Por una parte, en 1992, en Chenalhó, sucedió un conflicto familiar sobre un
asunto agrario en la comunidad de Tsajalchen, entre un hermano y sus dos her­
manas sobre su derecho como mujeres de heredar la propiedad de su padre en un
lugar donde la costumbre no permite le tenencia de la tierra por parte de las
mujeres. Este conflicto muy localizado tomó rápido proporciones mayores y se
volvió un conflicto político que desembocó en la muerte de una persona y el
encarcelamiento aleatorio de cinco personas. Un grupo de Chenalhó tomó la ini­
ciativa de hacer una manifestación hasta San Cristóbal de las Casas para la libera­
ción de esos presos. Frente a los medios de comunicación que les preguntaba cual
era el nombre de su organización, fueron buscando un nombre y tomaron la
imagen de la abeja como símbolo de su lucha porque la colmena contiene una
reina en una caja que es el reino de Dios, las abejas tienen muchas áreas de
trabajo y tienen un dardo para luchar.5 Así se creó la organización católica de Las
Abejas muy cercana a la diócesis y al Centro de Derechos Humanos Fray Bartolo­
mé de las Casas creado unos años antes por la misma diócesis. A partir de enton­
ces, se hizo la promoción y defensa de los derechos de los «hermanos» indígenas
a partir de un discurso enfocado a los derechos humanos y la paz, y divulgada con
los años a través de talleres y asesorías de miembros del Centro de Derechos
Humanos Fray Bartolomé y de otras organizaciones no-gubernamentales.
Por otra parte, en la región de los Altos, los habitantes adhirieron a la organiza­
ción zapatista de forma mucho más tardía que en la Selva y no fue sino después
del levantamiento que muchos se declararon zapatistas. Sin embargo, como me lo
dijeron varios interlocutores, la Alianza Nacional Campesina Independiente Emi­
liano Zapata (ANCIEZ), que encabezó por ejemplo acciones como el derribo de la
estatua del conquistador Diego de Mazariegos en San Cristóbal de las Casas en
1992, había entrado a difundir su palabra de manera secreta en Los Altos.
En el municipio constitucional de Chenalhó, las elecciones municipales en
asambleas comunitarias de junio de 1995 habían designado un candidato con el
modo de usos y costumbres. Se trataba de uno de los primeros líderes zapatis­
tas que, según parece, había también participado al levantamiento de 1994. El
paso por las urnas de octubre de 1995 sólo debía ser la confirmación formal de
las elecciones de las asambleas anteriores, como siempre se hacían las eleccio­
nes en dos tiempos, un primer plebiscito previo a las elecciones y una elección
posterior por urnas que solía ser un voto de consagración. Sin embargo, los
civiles zapatistas siguieron la consigna del EZLN de no acudir a las urnas y
abstenerse. Esta abstención voluntaria y masiva benefició finalmente al candi­
dato del PRI que, por ella, obtuvo la presidencia municipal, con menos de 3.000
votos de los 14.000 electores inscritos (es decir, alrededor de 11.000 abstencio­
nes).6 Los zapatistas electos por asamblea tomaron entonces el palacio munici­
pal por la fuerza el 17 de diciembre de 1995 «pues eran mayoría» y «eran pues
el gobierno popular»,7 se apoderaron también del bastón de mando, símbolo de
autoridad. Serán expulsados una primera vez por la Seguridad Pública y la Po­
licía Judicial en enero de 1996. Los líderes zapatistas volvieron entonces a su
comunidad, Polhó, un poco más lejos en la carretera que lleva al municipio
vecino, Pantelhó. Apoyándose en la contingencia histórica de los Acuerdos de
San Andrés, recién firmados por el Gobierno y el EZLN el 16 de febrero de 1996,
las autoridades zapatistas electas por asamblea unos meses antes, de nuevo se
hicieron elegir el trece de abril de 1996 por 33 comunidades y 17 parajes del
municipio, confirmando definitivamente —y según su punto de vista— su legiti­
midad. La pequeña comunidad de Polhó se convirtió entonces en «San Pedro
Polhó», es decir en la cabecera del autoproclamado «municipio autónomo» aden­
tro de los límites del municipio constitucional pero sin estar bajo el mando del
Ayuntamiento constitucional.
La autoproclamación de su territorio autónomo y de sus autoridades significa­
ba también la promulgación de sus leyes y de sus valores. Por consiguiente las
nuevas autoridades zapatistas expropiaron al mismo tiempo el único recurso na­
tural de la región: el banco de arena de San José Majomut. Este, ubicado al lado
de Polhó y donde está el Beneficio Majomut desde los setentas, será la manzana
de la discordia entre tres grupos diferentes que intentan apoderarse del sitio, uno
de ellos desde hace treinta años.
Las autoridades zapatistas prosiguieron en los meses siguientes formando su
organización social y política autónoma, principalmente a partir de la duplicación
casi completa de la institución político-religiosa local, el sistema de cargos, de
Chenalhó. A partir de ahí, rechazaron cualquier presencia del Estado al seno de
sus territorios, no aceptaron programa social alguno, y menos la propaganda esta­
tal o partidaria del «mal gobierno». En cambio, se encuentra en su territorio
pintas que representan al Che, Zapata, Marcos o indígenas enmascarados vesti­
dos con su traje tradicional. Procederán igualmente a realizar actos de desobe­
diencia civil, negándose a pagar la electricidad y el agua.
A principios de 2008, un miembro del Consejo Autónomo, que formó el muni­
cipio en 1996 y que acababa de ser reelecto en 2008, Javier Ruiz Hernández, me
explicaba que el gobierno autónomo era legítimo ya que se trataba de un gobierno
popular electo por mayoría. Es por eso que cuando formaron el municipio autóno­
mo, «los priistas se encabronaron» y se organizaron «bajo la influencia de la ideo­
logía del Estado». En breve, fue en este contexto político de fuerte disidencia por
parte de la población pedrana cuando aparecieron grupos paramilitares desde las
cúpulas del poder municipal constitucional, que pidió apoyo a los funcionarios y
elementos de la Seguridad Pública y del Ejército, tanto para el armamento como
para el entrenamiento (CDHFBLC, 1997; Hernández Castillo, 2007). Su objetivo
era desmantelar el municipio autónomo con la intención de defender la población
de los rebeldes zapatistas considerados como violentos porque armados. Esos
grupos denominados «paramilitares» según las Abejas y el Centro de Derechos
Humanos «Fray Ba», o de «autodefensa» según la Procuraduría General de la
República (1998), incrementaron el clima de hostilidades y la violencia fue cre­
ciendo a lo largo del año 1997, los muertos se contaban en uno y otro bando,
zapatistas y priistas. Hubo sobre todo olas masivas de desplazamiento de miles de
habitantes que huían y se refugiaban en las montañas o en otros pueblos por
miedo a ataques inminentes. La mayoría se reagrupó en función de su afiliación
política y religiosa, principalmente en otra comunidad del municipio, Acteal (las
Abejas), Polhó (los zapatistas), y en las afueras de San Cristóbal de las Casas
(revueltos), reconfigurando brutalmente las divisiones territoriales y políticas de
la zona.
La violencia culminó contra un campamento de desplazados de las Abejas, la
organización más inofensiva y pacífica de la región. Algunos miembros de la orga­
nización habían optado por quedarse en Acteal mientras que los demás decidían
huir por el hostigamiento que los «priistas» hacían en sus parajes y ejidos y por un
rumor del inminente ataque de los paramilitares. A pesar de todo, los que se
quedaron ayunaban desde hacía dos días y rezaban por el regreso a la paz cuando
fueron atacados el 22 de diciembre de 1997 por grupos paramilitares. La masacre
de Acteal es ahora una página oscura de la historia contemporánea de México. En
ella murieron 45 personas, esencialmente mujeres y niños, convirtiéndose por su
mediatización en el símbolo de los indígenas mártires de un Estado persecutor.
La interpretación del Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas
insistió en el hecho de que las Abejas eran el blanco fácil de la violencia que
escalaba desde hace más de un año, pero que también era un instrumento para
debilitar a la diócesis. Lo seguro es que el cambio radical que implicó la formación
del municipio autónomo zapatista en la vida política local trajo miedo y se acom­
pañó de una reacción violenta hacia las Abejas y hacia los zapatistas. Por haber
hablado con varios príistas diez años después de la matanza, un hombre que
había tenido un cargo político secundario en aquella época me dijo que los «príis­
tas» \i.e. el Ayuntamiento de Chenalhó] se sintieron amenazados de igual manera
por los dos grupos disidentes. Este amalgama se puede comprender por los oríge­
nes similares de los dos grupos, sólo que «uno era el padre [los zapatistas], el otro
era la madre [las Abejas]», está imagen mostrando aquí la afinidad que vinculaba
los dos grupos a pesar de sus divergencias en cuanto a prácticas, las Abejas esco­
gieron tanto a nivel ético como estratégico una vía de resistencia no violenta,
mientras que el Consejo autónomo de entonces escogió una relación de fuerza
afirmada.

La búsqueda del poder local

En síntesis, las etapas de la autonomización de Polhó con respecto del munici­


pio constitucional de Chenalhó nos permiten marcar la pauta del proceso autonó­
mico en el municipio de Chenalhó. En un primer momento, ésta consistió en
actos altamente políticos: la designación de autoridades bajo el modo de los «usos
y costumbres» en asamblea comunitaria, el intento de toma del palacio municipal
de Chenalhó por los zapatistas, la delimitación y cierre de un territorio en parale­
lo al municipio constitucional, luego la ocupación y expropiación del único recur­
so productivo de la región. Esta «remunicipalización» integral por parte de los
zapatistas de la zona hace subir la pequeña comunidad de Polhó a un rango supe­
rior en la división administrativa lo que se manifestó por la adscripción del santo
patrón, San Pedro, al nombre de su comunidad, que se convierte entonces para
sus adherentes en el «Municipio Autónomo Zapatista san Pedro Polhó». En sus
trabajos sobre Guerrero, Daniéle Dehouve (2003) ha insistido igualmente sobre
ese ya antiguo deseo de las comunidades por convertirse en cabeceras municipa­
les, rango superior de la administración local. Incluso hoy, esta reivindicación por
elegir todos los miembros del gobierno local, la administración y, en general, los
representantes y autoridades de todos los ordenes del gobierno, es una demanda
relativamente generalizada entre los pueblos indígenas mexicanos y de otros paí­
ses de América Latina (Bolivia, Ecuador, Chile). Mi perspectiva se funda sobre
observaciones e intenta apegarse a un conocimiento preciso de los actores locales
y de las transformaciones políticas locales y nacionales, por lo cual contextualizo
a propósito todo el imaginario de la revolución zapatista en una historia local más
compleja, mucho menos ingenua y romántica. El intento de ocupación del palacio
municipal de Chenalhó por parte de los zapatistas recuerda las múltiples tomas
de palacios municipales del primero de enero de 1994; solamente después de la
expulsión de los zapatistas del edificio del Ayuntamiento de Chenalhó, y sólo en­
tonces, ellos optaron por la creación de un territorio autónomo en paralelo. Hubo
pues, primero una lucha por el poder local, pero no para negar el poder de las
autoridades príistas locales, sino para quitárselo.
Por lo tanto hay que cuidarse de no confundir los niveles de los procesos de
organización en el EZLN, desde el portavoz Marcos hasta las dinámicas locales
y el proceso autonómico en las comunidades de las distintas regiones. Por otra
parte, si se tratara de cambiar el mundo sin tomar el poder, ¿no sería negar en
cierta forma que las personas que adhirieron a la organización zapatista inten­
taban antes que nada mejorar sus condiciones de vida y que, por lo tanto, asu­
mían y seguían una vía radical para aquél cambio? Mis interlocutores me lo
dicen a menudo: los indígenas de Los Altos «creyeron» que éste constituía para
ellos la esperanza de un futuro mejor, debido a la ausencia del Estado en la
resolución de sus problemas y porque el EZLN ofrecía tierras en su discurso en
las comunidades. La voluntad de transformación social es inherente a la organi­
zación zapatista pero ella es ambigua y no puede reducirse a «cambiar el mun­
do sin tomar el poder» como lo piensa Holloway, quien cae finalmente en la
trampa de su propia crítica al afirmar que los movimientos revolucionarios se
aferraron a la «ilusión de Estado» y lo quiere eludir mientras evoca en el título
mismo el poder del Estado. Es también admitir que la autonomía no siempre ha
sido decisión única de las comunidades sino una adaptación a las contingencias
históricas y al contexto municipal y regional en los cuales esta autonomía se ha
desarrollado. No olvidar la realidad local en la cual el proceso zapatista se ha
desarrollado evite también caer en las trampas de lo que Yvon Le Bot (1997)
llamaba «El Sueño Zapatista», una visión atractiva pero demasiada romántica
que Marcos ha creado a lo largo del tiempo sobre el proceso de las comunidades
autónomas, según la cual ellas estarían totalmente desinteresadas. Contextuali-
zar el proceso de autonomía permite ubicar a los zapatistas entre otros grupos
de poder locales y no hacer de los rebeldes de Polhó sino un actor en medio de
otros más en la vida política local. En este esfuerzo de contextualización de la
experiencia zapatista, los enemigos abstractos del discurso de los zapatistas
que son el «mal gobierno», los «priistas» y el «neoliberalismo» toman sustancia y
se encaman en personas al acercarse a la vida política local. Lo hemos visto, en
Chenalhó y en la región de Los Altos en general, son los maestros de primaria
quienes han monopolizado los puestos políticos al convertirse en caciques cultu­
rales a partir de la creación del Instituto Nacional Indigenista en los años cin­
cuenta. Pero entre ellos se cuentan también otros mandatarios locales, ora fun­
cionarios de instituciones gubernamentales presentes en Chenalhó, ora en el
Ayuntamiento, ora en los partidos políticos locales, ora en el Congreso del Esta­
do de Chiapas, en pocas palabras, los personajes públicos locales y estatales,
pero también las nuevas élites locales que emergen de los grupos neoprotestan-
tes o los jóvenes universitarios indígenas, entre otros. El enfoque local es enton­
ces eficaz a condición claro está de no «restringirse al terreno» ni tampoco de
«fetichizarlo» para no «perder de vista lo esencial», a saber «la exigencia de
tomar en cuenta las conexiones entre micro y macropoderes que obliga a recu­
rrir a cambiar de escala para aprehender los fenómenos» (Abélés, 1996: 99-100,
traducción mía).
La autonomía zapatista en san Pedro Polhó depende de varios factores y acto­
res que han hecho posibles, o al contrario, impedido los proyectos zapatistas se­
gún los periodos y los contextos. Si entre 1994 y 1997, la mayoría de los habitantes
de la región seguían las consignas del EZLN, parece que hoy en día la organiza­
ción zapatista atraviesa por un proceso difícil. Uno de los factores que me parece
fundamental analizar para entenderlo y que a menudo se descuida en los análisis
es el de la economía, que sigue siendo fundamental para comprender las relacio­
nes sociales de poder.
La autonomía: ¿alternativa o supervivencia?

La ayuda « exterior» como sustituto del gobierno

La llamada «autonomía» de las comunidades no es en realidad sino una ruptu­


ra con el gobierno que ha sido posible durante un largo tiempo gracias a otras
alianzas políticas y otras fuentes de ingresos económicos que las del gobierno,
entre ellas la presencia de organismos no gubernamentales: asociaciones civiles
locales o nacionales, ONG trasnacionales y centros de derechos humanos que
actúan en Chiapas desde el conflicto de 1994.
Estas entidades participan en el proceso autonómico desde el levantamiento
de 1994. A menudo transnacionales pero también locales, intervinieron en Chia­
pas particularmente en el momento de la intensificación de la violencia después
de 1994.8 Estos organismos han sostenido material y moralmente las comunida­
des rebeldes denunciando ampliamente las exacciones y violencias del Estado
sobre las comunidades zapatistas.
Lo hemos visto, la historia del «municipio autónomo de San Pedro Polhó» ini­
cia en 1996. Las olas de desplazados que marcaron 1997 aumentaron la población,
que paso de alrededor de 400 familias (es decir, alrededor de 2.000 habitantes) a
más de 8.000 habitantes en unos meses. Los habitantes del municipio autónomo
compartieron sus tierras y se formaron apresuradamente ocho «campamentos»,
que con el paso de los años, se convirtieron en nuevas comunidades. Las casas
improvisadas hechas con lonas de plástico de 1998 cedieron lentamente el lugar a
casas de madera.
Después de la matanza de Acteal y de la llegada de las ONG internacionales
como la Cruz Roja Internacional y Médicos del Mundo, los desplazados de Polhó
pudieron inmediatamente recibir cuidados y cubrir sus necesidades básicas. Es­
tas intervenciones humanitarias que proveen ayuda alimentaria a Polhó crearon
en ese lugar una temporalidad particular de la emergencia, convirtiendo la bús­
queda de ayuda en un imperativo para las autoridades municipales zapatistas.
Por ello, el discurso de los desplazados suena a veces como una recitación, y
sorprende el carácter repetitivo de éste y de su narración de los acontecimientos.
La presencia de esas ONG internacionales y la búsqueda de ayuda alimentaria
por parte de las autoridades de Polhó han ciertamente favorecido una presenta­
ción de sí mismo orientada hacia una cierta victimización necesaria para corres­
ponder a los criterios de las ONG y obtener esa ayuda. Esta presencia externa ha
creado una dependencia particular de los desplazados zapatistas con respecto a
las ONG, lo que por otra parte lleva a los interlocutores priistas de la cabecera de
Chenalhó a decir que los zapatistas de Polhó son «gobernados por los extranje­
ros». Esta dependencia creó una dinámica particular en los territorios de despla­
zados internos que hizo jugar un papel político y económico a las ONG en el seno
de las comunidades zapatistas, un poco a la manera de un segundo Estado que
toma a su cargo las necesidades básicas de los desplazados.
Este nuevo tipo de paternalismo que ciertas ONG generan interviniendo en
situación de emergencia se hizo aún más obvio «por default» en Polhó cuando la
Cruz Roja Internacional salió porque el tiempo de la emergencia había acabado.
La salida de la ayuda internacional convirtió la autonomía en un proceso más
difícil para los habitantes del municipio, los cuales tuvieron que seguir su resis­
tencia sin el sostén exterior y buscarse otras formas de sustento económico. Eso
nos lleva a considerar esas asociaciones y ONG como actores políticos y económi­
cos nuevos en la zona desde la formación de los municipios, con los que los zapa­
tistas cuentan para crear su «autonomía».
Con la ayuda de asociaciones mexicanas locales (Enlace Civil) o de la Ciudad
de México (Ta Spol Be), extranjeras (de Noruega, España, Francia) se han elabo­
rado otros proyectos en cuestiones específicas (salud, educación, agricultura, el
banco de arena), tal vez más sustentables y de más largo plazo que las grandes
organizaciones internacionales, para que los zapatistas de Polhó pudieran mante­
ner su línea radical frente al Estado y desarrollar sus proyectos educativos, sani­
tarios y agrícolas. Pudieron, por ejemplo, desarrollar su proyecto educativo con la
asociación civil Ta Spol Be a partir de 1998, lo que supuso en paralelo la salida del
territorio autónomo de todos los maestros de primaria «oficiales». El proyecto de
explotación del banco de arena, que expropiaron en 1996, fue apoyado por una
asociación vasca que les proveyó del material de excavación.
Sin embargo, la Cruz Roja Internacional era, con Enlace civil, el principal
donador de alimentos para los desplazados pero concluyó su «misión» en el con­
texto de emergencia, aunque el conflicto armado siga sin ser resuelto y los despla­
zados de Polhó aún no hayan vuelto a vivir en sus tierras. La ayuda alimentaria se
terminó en Polhó y hoy los zapatistas no tienen otro medio para solventar sus
necesidades que su propia producción de subsistencia o la migración hacia el
norte, la Ciudad de México, Cancún o los Estados Unidos. El término «resisten­
cia» toma aquí todo su sentido: es muy frecuente que mis interlocutores zapatis­
tas me dicen tener que «aguantar» a pesar de todo, que el proceso es difícil pero
que tienen que seguir en la lucha a pesar del cansancio y desgaste que sienten.
Esta crisis económica que enfrenta hoy en día San Pedro Polhó tiene dos con­
secuencias. La primera se manifiesta en las migraciones por motivos económicos
que conciernen en realidad todas las comunidades de Los Altos en razón de pro­
blemas agrarios importantes y de la falta de sustento de los proyectos existentes.
Esta falta de alternativa económica para los jóvenes indígenas, zapatistas o no, los
conduce a salir de la comunidad. Se entiende fácilmente que para los habitantes,
migrar se convierte en una de las únicas maneras de responder a sus necesida­
des. Las problemáticas son las mismas para todos los jóvenes de la región, con la
sola diferencia de que para los zapatistas se abre luego otra dimensión: salir de la
comunidad significa igualmente abandonar la lucha de sus padres tal como la
empezaron hace unos años. En un principio algo difícil de consentir para los
primeros líderes zapatistas que combatieron y formaron el municipio autónomo,
la realidad parece no obstante ganar sobre el ideal, y las migraciones de jóvenes
zapatistas se realizan cada vez más con el acuerdo de las autoridades zapatistas.
La otra consecuencia es que se salen unos miembros de las filas zapatistas
después de diez años o más de resistencia y se dirigen otra vez hacia el gobierno,
ingresando en los programas sociales. El 7 de febrero pasado, el diario Cuarto
Poder anotaba: «En un acto que los zapatistas consideraron parte de las acciones
de contrainsurgencia, el coordinador nacional del Programa Oportunidades, Sal­
vador Escobedo Zoletto, y otros funcionarios federales entregaron y ofrecieron
apoyos diversos a 193 familias ex bases del Ejército Zapatista de Liberación Na­
cional (EZLN) en un barrio de la comunidad de Polhó, uno de los símbolos de la
resistencia en los Altos de Chiapas [...] Javier Luna Ruiz, representante de las 193
familias, dijo que como bases de apoyo del EZLN durante diez años vivieron en la
resistencia civil, «pero llegamos a un nivel que no podemos seguir así». Luego
presentó su lista de peticiones: que los reincorporen al Procampo, apoyo con ali­
mentos básicos, utensilios de cocina, una clínica rural con farmacia, programas
de mejoramiento y construcción de viviendas, una escuela primaria y una secun­
daria, ampliación del tendido de luz eléctrica, paquetes de herramientas para el
campo, proyectos productivos y de artesanías, expedición de actas de nacimiento
gratuitas, apoyo para los adultos mayores, una tienda Disconsa, agua potable y
pavimentación de medio kilómetro del acceso principal». Se ve con este ejemplo
concreto qué difícil es a mediano plazo el proceso autonómico.
Las condiciones económicas y políticas son aquí inseparables para compren­
der el proceso de autonomía en Polhó. Si por una parte, la represión militar y
paramilitar que se abatió sobre los habitantes y los desplazamientos forzosos ha
debilitado considerablemente las comunidades indígenas, por otra parte, la sali­
da o la disminución drástica de la ayuda humanitaria internacional al mismo
tiempo que fondos públicos considerables fueron otorgados por el gobierno de
Vicente Fox, han impedido que los proyectos autónomos adquieran cierta estabi­
lidad en este municipio y se vuelvan una alternativa viable para muchos zapatis­
tas. Esta experiencia autonómica bien especifica y no generalizable a todo el
movimiento zapatista nos pone sin embargo frente a la ambigüedad de la autono­
mía que si bien se quiere radical frente al Estado rechazando los programas socia­
les que propone, tiene dificultades para volverse una alternativa económica via­
ble para los habitantes a medio plazo. Pensándolo bien, el mismo término de
«resistencia» contiene de por sí una cierta ambigüedad porque abarca varias
prácticas y varias realidades, desde una resistencia «pasiva» donde la gente aguanta
para sobrevivir en nombre de «la lucha», hacia experiencias más positivas, gene­
radoras de alternativas a la economía y a la política dominante.

Conflictos y contradicciones al seno de la organización zapatista

Los factores para explicar la salida reciente de tantos habitantes de la organi­


zación zapatista no son solamente externos. Al seno de la organización, ciertas
decisiones estratégicas y políticas han perjudicado al desarrollo de Polhó. Prime­
ro, he escuchado varias versiones de conocedores de la zona que concuerdan, si
no es por ciertas variaciones: que los «residentes» que habían recibido a los des­
plazados zapatistas en Polhó en 1997 se cansaban de compartir sus tierras con
ellos, pues después de tantos años las tierras que les habían sido prestadas esta­
ban agotadas; o, en el mismo sentido, que las autoridades zapatistas de Polhó
impedían que los desplazados volvieran a sus tierras y los «secuestraban» al inte­
rior del municipio. Por haber vivido ahí varios meses, puedo creer en cierta radi-
calidad del discurso y de las decisiones de las autoridades municipales.
La manera en que ciertos líderes zapatistas de la zona han tratado el regreso
de los desplazados, por ejemplo, subraya ciertas contradicciones. Desde el pe­
riodo de los conflictos agudos, las relaciones entre los grupos locales se calma­
ron y un Acta de acuerdo de respeto mutuo a nivel municipal fue redactada por las
autoridades de las Abejas y las del Ayuntamiento constitucional de Chenalhó y
ratificada el 24 de agosto de 2001. Se inició una nueva etapa de la historia del
conflicto local y de las relaciones entre grupos de poder en Chenalhó y los des­
plazados de las Abejas pudieron regresar a sus comunidades de origen. Tratán­
dose de una negociación organizada durante el mandado de Pablo Salazar Men-
diguchía y a raíz de la creación del Comisionado para la reconciliación de las
comunidades en conflicto, los zapatistas de Polhó se opusieron a participar
«mientras no se cumplan los Acuerdos de San Andrés». En nombre de la radica-
lidad y de la lucha contra un «mal gobierno» responsable de todos sus males, la
cuestión de los desplazados de Polhó Analmente no fue reconsiderada ni resuel­
ta por ambos lados.
En cuanto a la responsabilidad que incumbe a los zapatistas, hay que atribuir­
la a cierta subordinación de las autoridades civiles zapatistas a las instrucciones
de las estructuras político-militares, más que a una muestra de autoritarismo de
las formas de gobierno indígenas y/o autónomas. Veámoslo más bien como un
callejón sin salida o un «error» de estrategia política interna en las decisiones
políticas al seno del movimiento zapatista. A pesar de la creación de los Caracoles
en agosto del 2003, las autoridades municipales zapatistas siguen — por no decir
«obedecen»— la línea y las instrucciones del CCRI (Comité Clandestino Revolu­
cionario Indígena) y del EZLN. Quisiera subrayar que lo importante aquí, no es
tanto reprochar o juzgar moralmente el EZLN por no haber dejado las autorida­
des municipales zapatistas negociar el regreso de los desplazados zapatistas, sino
comprender de hecho las relaciones entre los líderes del EZLN y las bases así
como las consecuencias que su oposición implicó a nivel local e intramunicipal,
política e económicamente. Se observa ahí una cierta limitante en las decisiones
del EZLN que no siempre consideran las problemáticas locales de fondo y las
necesidades de las comunidades a nivel local. Ya lo hemos visto durante la alerta
roja zapatista en 2005, en la que los territorios autónomos cerraron sus puertas a
la sociedad civil siguiendo las instrucciones del portavoz enmascarado, lo que ha
costado caro a ciertas comunidades para seguir su proceso autonómico. Eso reve­
la una tensión dentro de la estructura zapatista, entre ciertas decisiones tomadas
«desde arriba» de la organización y el impacto a veces severo en las partes «de
abajo» de ésta, las bases de apoyo.

Polhó y Oventik

Finalmente, un último nivel merece ser tomado en cuenta para aprehender


ciertas dinámicas internas a la organización zapatista en San Pedro Polhó: el nivel
regional, que induce la relación entre el municipio de Polhó y el Caracol de Oven­
tik. Habría mucho que decir sobre el tema y según cada periodo, hay procesos
diferentes. Me limitaré aquí a una reflexión inspirada de mi experiencia entre
2002 y 2003 en San Pedro Polhó.
Las Juntas de Buen Gobierno creadas en 2003 marcan una etapa de consolida­
ción de la autonomía y una intencionalidad muy fuerte de ya no subordinar lo
civil a lo militar al seno de la organización. La creación de los Caracoles marca
una etapa de consolidación de la autonomía tras el fracaso de las negociaciones
retomadas en 2001 entre el EZLN y el gobierno. Esta nueva etapa marca sin duda
una vuelta a la organización interna del movimiento zapatista en varios puntos.
Se trata del relevo deseado de una organización administrada desde arriba, los
guerrilleros profesionales y los líderes políticos del EZLN, hacia las bases de apo­
yo, las comunidades civiles y localizadas. En el plano interno, se trata de una
autocrítica que quiere acabar con la subordinación de lo civil a lo militar, inten­
tando resaltar el aspecto civil de la organización zapatista. Es entonces, en su
intencionalidad, el desplazamiento del poder interno de la parte clandestina y
armada (la Comandancia General y el Comité Clandestino Revolucionario Indíge­
na) hacia la parte civil (las Juntas de Buen Gobierno, en los cinco Caracoles).
Desde una mirada más cercana a la zona estudiada, esos cambios han significado
igualmente una mayor centralización de los proyectos autónomos que a partir de
entonces deben todos pasar por el Caracol antes de su realización en las comuni­
dades y municipios autónomos. En Los Altos, esta reconfiguración ha significado
una cierta rivalidad entre el municipio de Polhó y el Caracol II de Oventik donde
se encuentra la Junta de Buen Gobierno «Corazón céntrico de los zapatistas de­
lante del mundo».
Cuando yo vivía en Polhó en 2003, justo antes de la creación de los Caracoles,
se notaba una cierta independencia de Polhó con respecto a lo que en esa época
era todavía el «Aguascalientes» de Oventik. La violencia y la condición de despla­
zados de los habitantes atrajeron la ayuda humanitaria internacional directamen­
te en los campamentos. Polhó representaba entonces un «polo de actividades»
importante en la región, amasando fondos para la alimentación de los desplaza­
dos, pero también para el desarrollo de proyectos dinámicos. Cuantificar las en­
tradas de dinero es por supuesto difícil al interior de la organización rebelde,
pero se adivina fácilmente una cierta competencia entre Oventik que se suponía
representaba el nuevo centro regional de centralización y coordinación de los
proyectos y Polhó que había conocido una explosión demográfica desde el mo­
mento del conflicto. La masacre de Acteal y los desplazamientos entre Polhó y
Acteal han concentrado en esta zona muchos proyectos humanitarios y atraído la
atención mediática sobre este conflicto. Además, el hecho de que los desplazados
zapatistas hayan vivido la masacre de Acteal como si hubiera sido la suya propia,
sintiéndose igualmente victimas de un Estado persecutor que las Abejas, son ele­
mentos que hicieron de San Pedro Polhó el lugar «ejemplar» de la resistencia
zapatista. Eso le ha traído mucho prestigio a lo largo de los años, es decir mucho
poder simbólico resultante de la presencia de las ONG y de la atención mediática.
Esa reconfiguración interna que es la creación de los Caracoles no dejó de traer
importantes cambios en las relaciones de poder entre el Caracol y el municipio, y
también dentro del municipio. En otros términos, la creación de los Caracoles
también marca finalmente una subordinación más «institucionalizada» de Polhó
al Caracol y se pudo adivinar en un primer momento cierta dificultad para que
Polhó abandone todo su prestigio.
Esos niveles de análisis, aunque no son definitivos e imparciales, pretenden al
menos subrayar puntos que muy a menudo no se subrayan para preservar el
prestigio de la organización y porque también se pueden manipular ideológica­
mente en contra de los zapatistas. Sin embargo, yo apuesto que estas reflexiones,
en vez de ser tomadas como un ataque hacia los zapatistas, deben llevar a una
reflexión más amplia donde la cuestión del poder se plantea entre la organización
y los otros grupos políticos locales y trasnacionales, pero también adentro de la
propia organización, entre los líderes locales, municipales y regionales. Esto per­
mite dar cuenta de una organización viva e dinámica que no se deja encerrar en
discursos que puedan estereotipar la organización en una oposición manicheana
bien o en mal.

Conclusión

«El trabajo de campo, y la práctica etnográfica que a ella va asociada, quizá no


ha sido nunca tan central en la disciplina de la antropología como lo es hoy, en
términos a la vez de principios intelectuales y de prácticas profesionales» escri­
bían Gupta y Fergusson (1997) hace más de diez años. ¿Hay algo más obvio para
un antropólogo que realizar sus análisis a partir de «lo local»? Al ser la experien­
cia y el terreno las palabras claves de la disciplina antropológica, parece casi
natural al antropólogo fijarse en las prácticas sociales, políticas y religiosas a
partir de un grupo delimitado ya sea por un territorio, por una lengua o una
afiliación política o religiosa. Considerar la autonomía zapatista a partir de un
enfoque «micro» permite esquivar las trampas de las pasiones y las fantasías que
suscitan el movimiento. Las prácticas locales permiten dar mejor cuenta de un
proceso social y político que el sólo discurso de sus intenciones. A veces, están a
leguas del discurso antiliberal de la Otra Campaña o de una lucha contra el neo-
liberalismo, al estar confinados los habitantes de Polhó a una situación localizada
particular y absorbente. La dimensión global de su lucha es sin embargo presente
cuando ellos se interesan en las luchas en Europa y sobre todo cuando elaboran
proyectos con la llamada sociedad civil internacional.
No obstante, terminaré con una interrogante un poco provocadora para cerrar
este texto: ¿es realmente apropiado hablar de movimiento social en el caso zapa­
tista? Mientras que a escala «macro», este término puede utilizarse, se ve que
este calificativo no es quizá el más apropiado a una escala local. Por una parte,
porque el proceso de formación del movimiento fue largo y complejo y abarcó
campos religiosos, políticos y culturales que el mero término de «social» no llega
a cubrir. Por otra parte, y me parece importante insistir en ese punto, la organiza­
ción zapatista es ciertamente una de las organizaciones sociales y políticas más
ambiguas en cuanto a la definición de su naturaleza, de su composición y de sus
objetivos a lo largo de los años; ¿hablar de movimiento social no es descartar
apresuradamente el carácter político-militar de la estructura subyacente a las
comunidades autónomas? Por lo tanto, la orientación actual de la organización
zapatista es tan difusa que se percibe una cierta dispersión. La Otra Campaña,
vista desde el ángulo del desgaste económico por la que atraviesa la autonomía en
ciertos lugares como Polhó, ¿no ha sido un medio para encontrar las aperturas
para enfrentar la emergencia de un agotamiento interno en Chiapas? Una vez
más, el zapatismo existe en varios colores y formas, y la dificultad de su caracte­
rización que impide responder inmediatamente a la pregunta «¿qué es la organi­
zación zapatista?» no termina de intrigamos.

Bibliografía

Ab é l é S, Marc, «Le rationalisme á l'épreuve de l’analyse», en Jacques Revel, Jeux d’échette. La


micro-analyse a Vexpérience, París, Gallimard /Le Seuil, mars 1996,95-111.
ARIAS, Jacinto, San Pedro Chenalhó. Algo de su historia, cuentos y costumbres, Gobierno del Estado
de Chiapas, Instituto Chiapaneco de Cultura, 1990.
D e h o uv e , Daniéle, La géopolitique des Indiens du Mexique. Du local au global, París, CNRS, 2003.
E b e r , Christine, «"Buscando una nueva vida”. Liberation through Autonomy in San P edro
Chenalhó, 1970-1998», Latín Americain Perspectives, fascículo 117, vol. 28, n.° 2, marzo 2001,
45-72.
— , «Las mujeres y el movimiento por la democracia en San Pedro Chenalhó», en R. Aída Hernán­
dez Castillo (ed.), La otra palabra: Violencia y la mujer en Chiapas, antes y después de Acteal,
México, CIESAS/COLEM/CIAM, 1998,84-105.
Favre , Henri, Changement et continuité chez les Mayas du Mexique. Contributions á l’étude ele la
situation coloniale en Amérique latine, París, Éditions Anthropos, 1971.
G arza Caligaris , Anna María, «Conflicto, etnicidad y género en la política interna de San Pedro
Chenalhó, Chiapas», Sociológica, Transformaciones social en Chiapas. Investigaciones recientes,
año 22, n.° 63, enero-abril de 2007,83-110.
G uiteras , Calixta,Los peligros del alma, FCE, México, 1965.
GUPTA, Akhil y FERGUSON, James (eds.), «Discipline and Practice: «The Field» as Site, Method,
and Location in Anthropology», Anthropological Locations. Boundaries and Grounds o f a Field
Science, Berkeley, Los Ángeles, Londres, University of California Press, 1997.
H olloway , John, Cambiar él mundo sin tomar elpoder. El significado de la revolución hoy, Universi­
dad de Puebla, México y Revista Herramienta, Buenos Aires, 2002.
Kovic, Christine, «The struggle for Liberation and Reconciliation in Chiapas, México: Las Abejas
and the Path of Nonviolent Resistance», Latin American Perspectivas, vol. 30, n.° 3, mayo 2003,
58-79.
Le Bot, Yvon, El sueño zapatista. Entrevistas con el Subcomandante Marcos, Barcelona, Plaza &
Janés, 1997.
MEDINA H., Andrés, «Los sistemas de cargos en los Altos de Chiapas y la antropología culturalis-
ta», Anales de Antropología, vol. XXI, México, 1984,79-101.
RUS, Jan, «L a Comunidad Revolucionaria institucional: la subversión del gobierno indígena en los
Altos de Chiapas, 1936-1968», Chiapas, Los rumbos de otra historia, IIF-UNAM/CIESAS/CEM-
CA/Universidad de Guatemala, México, 1994,251-277.
V iqueira , Juan Pedro, «Los Altos de Chiapas: una introducción general», Chiapas. Los rumbos de
otra historia, IIF-UNAM/CIESAS/CEMCA/Universidad de Guatemala, México, 1994.

1. Entrevista con JosefinaArteaga, Hermana del Divino Pastor, 20 de abril de 2008.


2. Entrevista con JosefinaArteaga, Hermana del Divino Pastor, 20 de abril de 2008.
3. Entrevista con JosefinaArteaga, Hermana del Divino Pastor, 20 de abril de 2008.
4. Entrevista con JosefinaArteaga, Hermana del Divino Pastor, 20 de abril de 2008.
5. Entrevista con Diego López Jiménez, vice-presidente de la Mesa Directiva de 2006.
6. De los 13.967 electores registrados en el municipio, el PRI obtuvo 2.947 votos. El Partido del
Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional, casi desaparecido en el país pero no en las zonas
indígenas de Chiapas, recogió 270 votos. CDHFBC, Camino a la masacre, I. Contexto. Situación
política y elecciones; Hirales: El camino a Acteal, pp. 20-21.
7. Entrevista con el Consejo autónomo de san Pedro Polhó el 21 de abril de 2008.
8. A nivel internacional, comités y colectivos de solidaridad de diferentes países europeos, la
Comisión Civil Internacional de Observación de Derechos Humanos, la Comisión Interamericana
de Derecho Humanos; a nivel nacional, el Serapaz, el Centro Miguel Agustín Pro Juárez, y
asociaciones locales como Enlace civil, centros de derechos humanos como el Centro de Dere­
chos Humanos Fray Bartolomé de las Casas, el Sipaz, y más recientemente el Capise, para citar
las más visibles en San Cristóbal de las Casas.
La «comuna de Oaxaca»: ciudadanía
emergente en un enclave autoritario
David Recondo

En Oaxaca, las elecciones federales del 2 de julio de 2006 tuvieron como telón de
fondo uno de los conflictos más violentos desde 1977. En ese entonces, el goberna­
dor Manuel Zárate Aquino tuvo que renunciar a su cargo tras una serie de enfren­
tamientos sangrientos entre policías y manifestantes, en Juchitán, en San Juan
Lalana y en la ciudad de Oaxaca. El conflicto había empezado un año y medio
antes, en el seno de la Universidad Autónoma Benito Juárez, con demandas de
democratización del funcionamiento interno de esa institución. Ante la cerrazón
del gobernador electo en 1974, el movimiento se expandió a otros sectores de la
ciudad de Oaxaca y de las ciudades más importantes del estado, con demandas de
mayor justicia social y democracia para todos. Finalmente, el presidente de la repú­
blica, José López Portillo, pidió la renuncia del gobernador y nombró como interino
al general Eliseo Jiménez Ruiz, quién había acabado, pocos meses antes, con la
guerrilla de Lucio Cabañas, en Guerrero. Eran tiempos en los que el presidente,
desde lo alto de la pirámide, ponía y quitaba gobernadores, sin mayor protocolo.1
Treinta años después, las cosas han cambiado mucho. Desde la alternancia del
2000, el presidente de la República ya no es el «fiel de la balanza» y los goberna­
dores se han vuelto verdaderos jefes políticos, con sus propios recursos para
mandar. Lo que no ha cambiado, sin embargo, es la pobreza que padece la mayo­
ría de la población y el ejercicio autoritario del poder. Todo parece indicar que
Oaxaca se ha convertido en un enclave autoritario en un país cuyo régimen polí­
tico se ha democratizado en el nivel federal. Esto conforta la convicción de mu­
chos observadores y analistas políticos que han considerado ese estado como una
«reserva natural» de un voto «verde» para el PRI. No obstante, mostraremos en
este artículo que la realidad actual de un poder estatal autocrático no va empare­
jada con la reproducción de un monopolio electoral, y que en Oaxaca y, en parti­
cular, en las regiones con mayor presencia indígena, el voto se ha ido pluralizando
constantemente, a la par del resto del país, hasta llegar a los resultados excepcio­
nales del 2 de julio de 2006: un «carro completo» pero en beneficio de la opositora
Coalición Para el Bien de Todos, y no del PRI, como debió haber sido en un «bas­
tión tradicional» del antiguo partido de Estado.

El magisterio, la APPO y las elecciones federales

El conflicto arrancó con el tradicional plantón de los maestros de la sección 22


del SNTE.2 Desde 1980, cada 15 de mayo, Día Nacional del Maestro, los mentores
marchan para exigir un aumento salarial y el mejoramiento de las condiciones de
trabajo. Lo normal era que los maestros acamparan en el centro histórico hasta
que el gobernador cediera, unos días antes de la celebración de la Guelaguetza,
los dos primeros lunes del mes de julio. Esta vez, el gobernador Ulises Ruiz Ortiz
decidió romper con la tradición y mandó desalojar a los maestros el 14 de junio en
la madrugada. El resultado fue un total fracaso: en pocas horas, los maestros
retomaron el control del centro de la ciudad. Además, la represión provocó un
amplio movimiento de solidaridad de parte de otros sectores de la sociedad civil.
El 17 de junio, un conjunto heterogéneo de organizaciones más o menos radicales
(MULT,3 CODEP,4 OIDHO,5 CIPO-RFM,6 FPR,7 NIOAX)8 y de organizaciones civi­
les y defensoras de los derechos humanos, creó, junto con el magisterio, la Asam­
blea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO). El movimiento logró congregar a
amplios sectores populares de las zonas marginadas de la capital, así como a un
número significativo —pero fluctuante— de vecinos del centro. La movilización
se amplió con las bases rurales de las organizaciones citadas y rebasó totalmente
a la policía, tanto municipal como estatal. No sólo los «appistas» instalaron barri­
cadas en toda la ciudad, sino que, además, tomaron el control del canal estatal de
televisión (canal 9), de Radio Universidad y de varias radiodifusoras privadas.
También desalojaron y ocuparon las oficinas gubernamentales y el Congreso lo­
cal, obligando al gobierno y a los diputados a despachar en casas particulares o en
hoteles, en Oaxaca y en la Ciudad de México. Los enfrentamientos violentos entre
«rebeldes» y fuerzas policíacas (incluidos sicarios contratados por el gobernador
para «limpiar» la ciudad) se multiplicaron durante meses, con su secuela de
muertos, sin que el gobierno lograra retomar el control de la ciudad. Mientras
tanto, las negociaciones emprendidas con la mediación de la Secretaría de Gober­
nación no prosperaron, y el Senado se pronunció en contra de la desaparición de
poderes demandada por la APPO y el PRD.9
En una consulta organizada por la sección 22 del SNTE, a mediados de octu­
bre, la mayoría de los maestros decidió regresar a clases a finales del mismo mes.
El 27 de octubre, tras un enfrentamiento entre «appistas» y sicarios del goberna­
dor, en el que murió un reportero estadounidense de Indymedia, el presidente
Vicente Fox ordenó la intervención de la PFP. Lo que siguió hasta el 1 de diciem­
bre fue una serie de batallas campales entre los integrantes de la APPO, posicio-
nados en las barricadas, y la PFP, reforzada con militares disfrazados de policías.
A partir de la entrada de la PFP en la ciudad, los manifestantes se atrincheraron
en el campus de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y mantuvie­
ron una barricada en el crucero del periférico, junto a la Universidad. El último
enfrentamiento masivo se dio el domingo 25 de noviembre, cuando la APPO deci­
dió cercar a la PFP en el centro de la ciudad. El resultado fue desastroso: varios
edificios públicos fueron incendiados, entre ellos el Tribunal Superior de Justicia
del Estado, la sede del Poder Judicial del Estado, las oficinas de la Secretaría de
Turismo, las de la Secretaría de Relaciones Exteriores y las del Registro Público
de la Propiedad. El enfrentamiento también dejó un saldo de tres muertos y un
centenar de heridos. Los días siguientes se desató una verdadera cacería de bru­
jas, en la que cayeron más de un centenar de «appistas». La policía acabó de
«pacificar» la ciudad el 29 de noviembre con el desmantelamiento de la última
barricada. Los «brigadistas» de la APPO acabaron entregando la radiodifusora de
la Universidad —la última que controlaban— y abandonaron el campus.10 El últi­
mo golpe a la APPO se produjo el 4 de diciembre, cuando fueron arrestados, en la
Ciudad de México, cuatro de sus representantes, incluido el dirigente de NIOAX,
Flavio Sosa, una de las figuras más visibles del movimiento. En total, según decla­
raciones de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, el conflicto dejó un
saldo de 20 muertos.11
Las relaciones del conflicto con el proceso electoral federal son múltiples y
ambiguas. Son muchos los actores políticos locales y nacionales que tienen vela
en el entierro. No es casualidad que por primera vez en 26 años la huelga magis­
terial derivara en un conflicto de tal magnitud. La coyuntura electoral fue propi­
cia para la politización de un conflicto que era, en su inicio, estrictamente gre­
mial. La decisión de Ulises Ruiz Ortiz de enfrentarse con los maestros tuvo mu­
cho que ver con su falta de habilidad política. Excelso en el arte de la «alquimia»
electoral, se reveló un pésimo operador político. Desde el inicio de su mandato,
fue cortando todos los vínculos que su antecesor, José Murat Casab, había tejido,
en clave clientelista, con todas las fuerzas políticas del estado. Confrontado a un
proceso electoral muy competido (ganó con sólo 3 % de ventaja sobre su más
cercano contendiente, Gabino Cué Monteagudo, que encabezó una coalición del
PRD, PAN y Convergencia)12 y con una movilización poselectoral sin precedente,
el gobernador optó por la intransigencia en lugar de tratar de cooptar parte de la
oposición. Pero el estilo personal no es una explicación suficiente. Ulises Ruiz
tuvo un margen de acción limitado porque su padrino, Roberto Madrazo, le había
asignado una misión específica: financiar su campaña presidencial. También se
comprometió en aportarle un millón de votos, pero el principal objetivo siempre
fue canalizar recursos hacia la campaña electoral. En ese sentido, el gobernador
de Oaxaca cumplió su misión, con un desvío evaluado en varios millones de pesos.
Evidentemente, el dinero que fue a las arcas de Madrazo ya no pudo ser utilizado
par comprar lealtades políticas. Los maestros y varios de los grupos radicales que
se movilizaron contra Ulises Ruiz lo hicieron simplemente porque este había de­
jado de cumplir con los compromisos que su antecesor, José Murat, había estable­
cido. El equilibrio sutil entre cooptación, intimidación y represión que éste ejer­
ció con sobrada habilidad, se resquebrajó. El palo remplazó definitivamente a la
zanahoria.13
Mucho se ha especulado sobre la decisión misma de desalojar a los maestros:
¿simple error táctico de parte de un gobernador «novato» y poco hábil en el arte
de gobernar las multitudes o, al contrario, movida deliberada para poner en difi­
cultad a la oposición y, en particular, al PANAL14 recién creado por Elba Esther
Gordillo, secretaria general del SNTE y acérrima enemiga de Roberto Madrazo?
El objetivo puede haber sido, efectivamente, orillar a los maestros a radicalizar
su movimiento para acusar a la «maestra» de fomentar, tras bambalinas, la vio­
lencia y el caos. También el gobernador pudo haber querido poner a Vicente Fox
y al PAN ante el dilema de intervenir y mancharse las manos de sangre, o de no
hacer nada y aparecer, así, como incapaces de asegurar la gobemabilidad del
país. De hecho, Ulises Ruiz acusó al gobierno federal de haber provocado el con­
flicto, al no transferirle a su gobierno los recursos suficientes para responder a
las demandas del magisterio. Pero, en todo caso, el resultado fue totalmente in­
verso, aunque la dirigencia magisterial no llamó a votar por un partido, ni un
candidato presidencial en particular, sí llamó a castigar al partido del gobema-
dor. En vísperas del 2 de julio, los maestros regresaron a sus domicilios y/o luga­
res de trabajo para votar y llamar a la población a castigar al PRI en las urnas. El
resultado fue contundente: el candidato de la Coalición para el Bien de todos,
Andrés Manuel López Obrador, que poco había hecho para apoyar la «rebelión»
magisterial y popular, ganó las elecciones en Oaxaca y la coalición opositora (PRD-
PT-Convergencia) se llevó nueve de las once diputaciones de mayoría relativa y
dos de las tres senadurías, incluido en éstas la ganada por el ex candidato a gober­
nador Gabino Cué Monteagudo. Haremos un análisis más detallado de los resulta­
dos electorales del 2 de julio en la próxima sección, pero es importante por ahora
mostrar cómo la represión del 14 de junio y el movimiento social que contribuyó
a reforzar, así como la reacción del gobierno federal al respaldar a Ulises Ruiz
Ortiz, provocaron que la participación electoral fuera más elevada que nunca y
que el voto favoreciera a los candidatos de oposición al PRI y al PAN. Es posible
que ese resultado sea coyuntural, y que en las siguientes elecciones (municipales
y estatales en agosto y octubre de 2007, legislativas federales en 2009, gubematu-
ra en 2010 y presidencial en 2012) el PRI se pueda restablecer o el voto opositor
estatal pueda beneficiar a otro partido diferente al PRD y a sus aliados (Conver­
gencia y PT). Aun así, los resultados del 2 de julio de 2006 no son una sorpresa. El
PRI no ha dejado de perder votos desde finales de los años ochenta. En todos esos
años, el PRD (y a partir de 2001, Convergencia) se ha beneficiado de ese desgaste
en la mayor parte del estado. El PAN también ha obtenido resultados significati­
vos a partir de los años noventa en las grandes ciudades (ciudad de Oaxaca,
Tuxtepec, Huajuapan, Matías Romero), pero también en las regiones rurales a
partir de 2000 (en la región con mayor población indígena, la Sierra Norte, por
ejemplo, Vicente Fox obtuvo la segunda posición después de Francisco Labastida,
del PRI). Así pues, mirando de cerca los resultados electorales de los 14 últimos
años (en los niveles estatal y federal), la representación de Oaxaca como bastión
del PRI deja de ser pertinente. De hecho, se muestra que la pluralización del voto
y la erosión del capital electoral priista se dan de la misma manera en los munici­
pios potencialmente más indígenas y tradicionalistas que en 1995 han adoptado el
régimen de «usos y costumbres» introducido en el código electoral del estado.

Cuando la costumbre deja de favorecer al PRI: la pluralización


del voto indígena

Oaxaca tiene, desde el 30 de agosto de 1995, una legislación electoral especial


que reconoce como válidos los procedimientos llamados de «usos y costumbres».
Para reglamentar la reforma constitucional de sesgo multiculturalista, impulsa­
da, en 1990, por el gobernador de ascendencia mixteca Heladio Ramírez López
(1986-1992), el Congreso de Oaxaca aprobó la creación de un libro adicional en el
código electoral, reconociendo a las comunidades del estado el derecho de nom­
brar a sus autoridades municipales en asambleas públicas sin la intervención
directa de los partidos políticos y fuera de la fecha oficial de las elecciones, como
lo venían haciendo desde la Colonia.15 Se creó, así, una distinción entre dos tipos
de municipios: aquellos donde la renovación de los ayuntamientos se hace según
la costumbre —418 municipios en total— y aquellos donde los partidos políticos
registran candidatos previo al día oficial de las elecciones —los 152 municipios
restantes del Estado. Desde el inicio, los requisitos para determinar el régimen de
cada municipio son vagos; la nueva reglamentación sólo precisa que «se entiende
por comunidades de un municipio que observa el régimen de usos y costumbres
aquellas que desde tiempo inmemorial o cuando menos hace tres años eligen a
sus autoridades mediante mecanismos establecidos por su derecho consuetudi­
nario».16 Lo novedoso es que el nuevo código electoral establece que «las comuni­
dades [...] registrarán a sus candidatos directamente, sin la intervención de parti­
do alguno, o bien a través de alguno de éstos».17 Una segunda reforma, en sep­
tiembre de 1997, le da mayor precisión a los mecanismos de definición del régimen
electoral de los 570 municipios del estado —no sin dejar vacíos que siguen, hasta
la fecha, suscitando numerosas controversias. Pero, sobre todo, determina clara­
mente que «los ayuntamientos electos bajo normas de derecho consuetudinario
no tendrán filiación partidista».18 Esta norma atípica en un régimen republicano
provoca que coexistan, en un mismo territorio, dos maneras de concebir la ciuda­
danía —en particular el derecho de votar y ser votado— y las formas de participa­
ción y representación política en el nivel local. Lo que algunos autores han llama­
do «ciudadanía étnica»19 o «ciudadanía multicultural»20 es una realidad en el sur
de México. Es interesante ver qué impacto ha tenido ese reconocimiento de los
usos y costumbres localmente, en los procesos electorales supramunicipales. En
la polémica que acompañó a la reforma, y que resurge en cada elección, tanto
políticos como académicos han denunciado una estrategia del PRI para preservar
el monopolio en las regiones «tradicionalistas» donde las costumbres han sido
«infiltradas» por el otrora partido «oficial». El intelectual Roger Bartra, por ejem­
plo, ha denunciado la legitimación de lo que considera como «formas de gobierno
integristas, sexistas, discriminatorias, religiosas y corporativas» que, lejos de ex­
presar una democracia directa cualquiera, forman parte de un «viejo modelo
autoritario».21 Su diagnóstico, fundado en la comparación de datos etnográficos
provenientes de toda la República Mexicana, es categórico:

Los sistemas normativos indígenas — o lo que queda de ellos— son formas coloniales polí­
tico-religiosas de ejercicio de la autoridad [...], profundamente infiltradas y hábilmente
manipuladas por los intereses de mestizos o ladinos y por la burocracia política de los
gobiernos posrevolucionarios con el fin de estabilizar la hegemonía del Estado nacional en
las comunidades indígenas.22

Otorgarles reconocimiento legal equivale a crear un régimen de apartheid.23


Lejos de contribuir a la democratización del régimen, con semejantes medidas se
corre el riesgo de engendrar más conflictos y violencia.
Otros estudiosos son más mesurados, pero consideran que la existencia de una
normatividad «usocostumbrista» en el nivel municipal crea mayores conflictos
en el desarrollo de las elecciones federales desde su preparación (selección y
capacitación de los funcionarios de casilla, votación, cómputo, etcétera.). Así,
José Antonio Aguilar y Guillermo Trejo hablan de la «esquizofrenia» que provoca
la coexistencia de sistemas normativos diferenciados en una misma circunscrip­
ción electoral que desemboca en mayores niveles de rechazo hacía los partidos,
las autoridades electorales y mayores niveles de abstención.24 Para otros, el PRI
ha logrado mantener su hegemonía electoral gracias al reconocimiento de los
usos y costumbres, simbióticamente ligados al partido «oficial».25
Sin embargo, el análisis pormenorizado y diacrónico de los resultados electo­
rales nos da una visión bastante diferente.26 En las siguientes secciones, compara­
remos los resultados de elecciones estatales y federales de 1992 a 2006 en los
municipios de usos y costumbres y en los de partidos políticos.27Veremos cómo, si
bien hasta las últimas elecciones la votación es ligeramente más favorable al PRI
en el primer tipo de municipios, la oposición no ha dejado de crecer, incluso de
manera más marcada, que en el segundo tipo de municipios.

La elección de gobernador: la evolución de 1992 a 2004

Si comparamos los resultados en las tres últimas elecciones de gobernador


(1992, 1998 y 2004), en el conjunto de los municipios de Oaxaca, el PRI pasó de 79
% de los sufragios a 49 %: los votos del partido «oficial» se redujeron en 30 %
(véase cuadro 1). Pero lo interesante es que la disminución más fuerte se produjo
en los 418 municipios de usos y costumbres, donde los votos ganados por el PRI —
en alianza con el PT y el PVEM—, en 2004, representan 52,72 % de los sufragios,
contra 87 % en 1992: o sea que el PRI perdió 34 puntos en 12 años, mientras que
en los 152 municipios de partidos políticos sus votos se redujeron en 25 puntos, al
pasar de 73 a 48 %. Además, en 2004 la coalición dirigida por el PRI recuperó 3 %
de los votos válidos en los municipios de partidos políticos, en comparación con
las elecciones de 1998, cuando sólo avanzó 1 % en los municipios de usos y cos­
tumbres (véanse cuadros 2 y 3).

AQUÍ Cuadro 1

AQUÍ Cuadro 2

AQUÍ Cuadro 3

Si examinamos los resultados de la oposición, la evolución es todavía más sig­


nificativa. En el conjunto de 570 municipios de Oaxaca (sin distinción de catego­
ría electoral), la oposición pasó de 21 % de los sufragios, en 1992, a 50 %, en 2004
(con un pico de 51 % en 1998). El PRD dio un formidable salto en 1998, pasando
de 10 a 38 % de los sufragios. Si comparamos los resultados de la oposición en los
municipios tanto de usos y costumbres como de partidos, vemos que su progreso
fue mayor en la primera categoría que en la segunda: en los municipios de usos y
costumbres, la oposición pasó de 13 % de los sufragios en 1992 a 47 % en 2004,
mientras que en los municipios de partidos políticos pasó de 27 % de los sufragios
en 1992 a 52 % en 2004. En otras palabras, mientras que en los municipios de
partidos políticos la oposición apenas duplicó sus resultados, casi los cuadruplicó
en los municipios de usos y costumbres.
Los resultados del PRD son todavía más significativos: en los municipios de
partidos políticos pasó de 13 % de los sufragios en 1992 a 36 % en 1998, mientras
que en los de usos y costumbres pasó de 5 a 36 % (la comparación no es posible
con los resultados de 2004, ya que el PRD, junto con el PAN y Convergencia por la
democracia, postularon el mismo candidato, Gabino Cué Monteagudo). En otras
palabras, los resultados del PRD aumentaron dos veces más en los municipios de
usos y costumbres que en el resto de los municipios. Esto contradice la imagen de
la «barrera» consuetudinaria que supuestamente sirve para contener los progre­
sos de la oposición. La evolución de los resultados electorales se explica en gran
parte por una diferencia en el punto de partida: a principios de los años noventa,
el PRI obtenía más de 85 % de los votos en los municipios de usos y costumbres,
mientras que se situaba ya alrededor de 70 % en el resto de los municipios. En
realidad, es como si la oposición hubiera recuperado, entre 1992 y 2004, un retra­
so que acumulara hasta ese momento en las zonas rurales e indígenas.
Los datos para 2004 muestran también que por primera vez en la historia
posrevolucionaria de Oaxaca, la oposición obtuvo más votos que la alianza domi­
nada por el PRI (51 % contra 49 %). El Partido de Unidad Popular, cuyo candidato
a gobernador es Héctor Sánchez López, ha sido creado por Heriberto Pazos, diri­
gente fundador del MULT, que en 1998 había apoyado la campaña de Héctor
Sánchez, entonces candidato por... ¡el PRD! La creación del PUP, un partido cuyos
estatutos hacen hincapié en su base indígena, ha sido muy polémica. En un pri­
mer momento, el IEE rechazó la acreditación de este nuevo partido, con argu­
mentos de técnica jurídica poco convincentes, pero sus dirigentes apelaron ante
el Tribunal Estatal Electoral que acabo dándoles la razón, tras semanas de vacila­
ciones. Este cambio de decisión en dos instancias controladas por el gobernador
José Murat Casab ha sido interpretado como el resultado de un nuevo cálculo
táctico. Al constituirse la coalición PAN-PRD-Convergencia, José Murat decidió
avalar al PUP para restarle votos a la oposición, a la vieja usanza priista. El resul­
tado fue concluyente, ya que el PUP se llevó 4 % que le faltó a la coalición Todos
Somos Oaxaca para ganarle a Ulises Ruiz Ortiz. No es casualidad que, a fines de
2006, el gobernador electo le haya confiado a Héctor Sánchez el cargo de secreta­
rio técnico de la controvertida Comisión Especial para la Reforma del Estado.

Las elecciones presidenciales de 1994 a 2006

El análisis de los resultados en las elecciones presidenciales de 1994, 2000 y


2006 confirma que el voto se ha ido pluralizando de la misma manera en los
municipios de usos y costumbres que en los de partidos políticos. Si bien el PRI
saca mejores resultados en la primera categoría de municipios que en la segunda
(4 % más en 1994 y en 2006; 11 % más en 2000), en los dos casos pierde 21 puntos
entre 1994 y 2006 (véanse cuadros 5 y 6).

AQUÍ Cuadro 4

AQUÍ Cuadro 5

AQUÍ Cuadro 6
Pero lo más significativo es la evolución del conjunto de la oposición. Entre
1994 y 2000, ésta progresó mucho menos en los municipios de usos y costumbres,
en comparación con los de partidos políticos (3 % contra 10 %), pero se dio un
verdadero vuelco en las presidenciales de 2006, donde por primera vez la oposi­
ción ganó las elecciones, 2 a 1 en los 570 municipios. En los municipios de usos y
costumbres, la oposición obtuvo 18 % más que en 2000, mientras que en los muni­
cipios de partidos políticos avanzó 11 %, sólo 1 % más que entre 1994 y 2000. La
oposición siguió ganando mejor en la segunda categoría de municipios que en la
primera (70 % contra 66 %), pero la diferencia fue mínima (4 %). Finalmente, la
evolución entre los dos tipos de municipios fue la misma.
Cabe resaltar que la influencia política del magisterio no favoreció al nuevo
partido (Partido Nueva Alianza, PANAL) creado por Elba Esther Gordillo y dirigi­
do por cuadros del SNTE. El candidato de este partido a la presidencia, el ex
priista Roberto Campa Cifrián, sólo obtuvo 0,43 % de los votos válidos en los 570
municipios, con una diferencia mínima en los dos tipos de municipios (0,44 % en
los de usos y costumbres y 0,41 % en los de partidos políticos). Hasta el Partido
Socialdemócrata y Campesino, de Patricia Mercado, de reciente creación, obtuvo
un mejor resultado (1,49 % en los 570 municipios; 1,32 % en los de usos y costum­
bres; 1,72 % en los de partidos políticos). Los malos resultados del PANAL se
explican porque Elba Esther Gordillo ha sido acusada por los maestros de la sec­
ción 22 de perpetuar el «charrismo» contra el cual se habían rebelado en 1980,
cuando Carlos Jonguitud Barrios controlaba el sindicato con mano de hierro. De
hecho, la secretaria general del SNTE jamás le ha dado reconocimiento formal a
la sección 22, y tras las últimas elecciones presidenciales y el conflicto de Oaxaca,
ha impulsado la creación de la sección 59, con maestros disidentes.
El dato clave es la victoria de Andrés Manuel López Obrador, el candidato de
la Coalición para el Bien de Todos, el 2 de julio de 2006, tanto en los municipios de
usos y costumbres como en los de partidos políticos (47,52 % en los primeros y
47,31 % en los segundos, contra 34,51 % y 30,33 % para Roberto Madrazo, candi­
dato de la Alianza por México, respectivamente). Es la primera vez, desde la
fundación del PRI, que éste no gana una elección federal en Oaxaca. Este sor­
prendente resultado se refleja también en los resultados de la elección para dipu­
tados federales y senadores.

Las elecciones legislativas federales de 1994 a 2006: un retroceso constante del PRI

Las elecciones de diputados federales de 1994 a 2006 confirman las tendencias


observadas en las elecciones de gobernador y de presidente de la República. El
PRI no dejó de perder votos en el conjunto de los municipios. Pasó de 53 % de los
sufragios en 1994 a 35 % en 2006: una disminución de 18 %. Mientras que la
oposición pasó de 47 % de los sufragios en 1994 a 64 % en 2006 (véase cuadro 7).
El retroceso del PRI es ligeramente más pronunciado en los municipios de usos y
costumbres (20 %) que en los de partidos políticos (19 %).
Las elecciones de 2003 aparecen como una excepción: el PRI recuperó prácti­
camente la proporción de votos válidos que obtuvo en 1994 (52 % contra 53 %),
después de haber obtenido el resultado más bajo en 2000 (45 %). Sin embargo,
entre las elecciones generales de 2000 y 2006, el PRI perdió 10 % de los votos
válidos. Las legislativas de 2003 aparecen pues como un paréntesis en un proceso
lento y constante de retroceso para el antiguo partido de Estado.
Estos datos muestran claramente que los municipios de usos y costumbres no
son ajenas al cambio que condujo a la alternancia presidencial en 2000, ya que el
PAN duplicó sus resultados al pasar de 8 % a 18 % de los sufragios entre 1997 y
2000. El 2 de julio de 2006, el PRI dejó de ser mayoritario en la elección de dipu­
tados como en la de presidente (37 % contra 63 % para el conjunto de la oposi­
ción); el voto no deja de pluralizarse tanto en estos municipios como en el resto.
El PRD sigue siendo la segunda fuerza política, con 43 % de los sufragios en 2006,
después de haberse ubicado en tercera posición detrás del PAN, en 2003 (20 %
contra 22 %). Es en la variación de los votos del PAN donde aparece la diferencia
más fuerte entre los municipios de usos y costumbres y los de partidos políticos.
En éstos, el PAN rebasó al PRD por 3 puntos porcentuales en 2000 (29 % contra 26
%) y por 4 puntos en 2003 (23 % contra 19 %), mientras que en los municipios de
usos y costumbres el PAN sólo logró ubicarse 2 puntos por encima del PRD en
2003.
Pero, sobre todo, lo más interesante son los resultados del PRI en las eleccio­
nes legislativas de 2003: éste se restableció en los municipios de partidos políti­
cos, en comparación con 2000 (pasó de 42 % a 49 %), mientras que en los munici­
pios de usos y costumbres sus resultados siguieron bajando (de 53 a 51 %, véanse
los cuadros 8 y 9). Es cierto que son sólo 2 % de diferencia, pero es más significa­
tivo cuanto que en esas elecciones, en el nivel nacional, el PRI se benefició de un
repunte espectacular, en detrimento del PAN y del PRD. Además, el PAN ganó 4
puntos en los municipios de usos y costumbres, en comparación con las eleccio­
nes de 2000, cuando sufrió una caída de 6 puntos en los municipios de partidos
políticos. Esos resultados confirman la hipótesis de un cambio lento pero constan­
te en las preferencias de los electores que residen en municipios de usos y cos­
tumbres. El PRI no deja de perder terreno, elección tras elección, con todo y
abstención. La imagen de esos municipios como reserva «natural» del voto priista
queda definitivamente desmentida.
Las elecciones de 2006 corroboraron esa tendencia de manera radical: lo que
en 2003 resultó en un carro completo del PRI, como en los viejos tiempos, se
volteó completamente el 2 de julio de 2006: los candidatos de la Coalición Para el
Bien de Todos, beneficiándose del efecto de «arrastre» producido por el voto a
favor de Andrés Manuel López Obrador, se llevaron 9 de los 11 distritos electora­
les. De la misma manera, la coalición opositora ganó las dos senadurías de mayo­
ría relativa, quedándose el PRI únicamente con la senaduría atribuida a la prime­
ra minoría. Se trata pues de un verdadero maremoto de la oposición que ha arra­
sado con los cargos de elección popular a dos años de la elección estatal más
competida de la historia moderna de Oaxaca (Ulises Ruiz sólo ganó por poco más
de 35 000 votos, 3 % de diferencia con Gabino Cué) en una elección en la que fue
fuertemente cuestionado. Esas elecciones confirmaban una evolución de largo
alcance y, además, hacían prever elecciones federales adversas al partido que,
hasta inicios del tercer milenio, había logrado mantener un control casi absoluto
sobre la entidad.

AQUÍ Cuadro 7
AQUÍ Cuadro 8

AQUÍ Cuadro 9

Conclusión

La movilización magisterial y popular del segundo semestre de 2006 no es un


evento extraordinario. Si bien la violencia política no habría sido tan masiva e
intensa desde 1977, lo ocurrido en la ciudad de Oaxaca es el reflejo de la descom­
posición de un régimen político que, ante la ineficacia de los mecanismos tradi­
cionales de clientelización y de cooptación, recurre a la fuerza para mantenerse.
Elementos del viejo corporativismo —empezando con la sección 22 del SNTE— se
encuentran a la deriva; los movimientos «maximalistas» que hasta hoy han vivido
de las «concertacesiones» con el gobierno del estado adoptan una estrategia de
confrontación porque el gobernador Ulises Ruiz Ortiz ha decidido cumplir los
compromisos adquiridos con su «padrino» Roberto Madrazo, en detrimento de
todo lo demás. A ese nudo de intereses se han ido sumando rencores acumulados
entre varios sectores sociales de la ciudad capital (desde los «avecindados» de los
márgenes de la ciudad, hartos de esperar las infraestructuras eternamente pro­
metidas, hasta los comerciantes y empresarios que ya no soportaban la corrup­
ción y el nepotismo en la adjudicación de las contratos públicos, pasando por los
estudiantes, sin futuro, ante el deterioro del sistema educativo). El movimiento
acabó siendo algo más que la suma de sus partes. También rebasó la ciudad capi­
tal e involucró organizaciones y autoridades locales del resto del estado. Y aunque
la sociedad oaxaqueña toda se haya polarizado, entre los partidarios de la APPO y
los de un regreso a la paz, con todo y Ulises Ruiz, el conflicto adquirió tanta
resonancia porque, en todo el estado, se venía dando un proceso «hormiga» de
cambio político; un proceso casi imperceptible de desmoronamiento del antiguo
pacto clientelista que ligaba la autonomía comunal y municipal a la lealtad con el
«partido del gobierno» y su jefe en turno. Si bien ese cambio no encontró en
seguida una expresión electoral, se ha manifestado en conflictos locales en tomo
de la definición de las reglas del juego electoral, en cada elección municipal, pero
también en los altos niveles de abstención (más de 60 % en 2000 y 2003). Una vez
más, las elecciones del 2 de julio de 2006 marcaron un parteaguas: por primera
vez desde que la información se ha vuelto creíble (desde la creación del IFE a
principios de los noventa), la abstención apenas rebasó 40 %. Los resultados ex­
presan un mensaje claro: el rechazo al PRI identificado con un gobernador co­
rrupto y represor, pero también el rechazo al PAN, identificado con un presidente
que no pudo o no quiso actuar a tiempo para solucionar el conflicto magisterial,
en junio de 2006. El del 2 de julio fue más un voto de castigo a los responsables
políticos, en los niveles estatal y federal, que un voto de adhesión a los candidatos
de la Coalición Para el Bien de Todos y sus propuestas. Es cierto que el discurso
antiestablishment de Andrés Manuel López Obrador pudo calar hondo entre elec­
tores decepcionados por la tan cacareada «alternancia»; pero la debilidad estruc­
tural del PRD estatal como organización política y el «desencuentro» entre AMLO
y la APPO hacen pensar que el voto de rechazo favoreció al que menos «compro­
miso» con la clase gobernante parecía tener (ni el PRI de Roberto Madrazo y
Ulises Ruiz, ni el PAN de Vicente Fox, ni el PANAL de Elba Esther Gordillo podían
asumir seriamente tal ruptura; el Partido Alternativa Socialdemócrata y Campe­
sina tenía muy poca visibilidad, y fue descalificado por su trato inicial con Héctor
Sánchez López). No obstante, el factor determinante fue la decisión de los maes­
tros «appistas» de suspender el plantón y regresar a las comunidades para llamar
a la gente a votar en contra del PRI, del PAN y del PANAL. En la mayoría de las
regiones, los maestros siguen teniendo una influencia determinante en la vida
política local, cuando no son directamente autoridad municipal. Ello explica, en
gran parte, la participación electoral sin precedente. Los maestros actuaron como
«punteros», movilizando a los electores por todos los medios posibles, incluido el
muy tradicional «acarreo». La dirigencia magisterial oaxaqueña, en su mayoría
antipartidista y abstencionista, decidió, esta vez, movilizarse a favor de los candi­
datos de la Coalición Para el Bien de Todos, como una manera de presionar al
gobernador, demostrando su influencia política.
Todo ello, sin embargo, no habría producido resultados tan contundentes si, a
la par, y durante dos decenios, no se hubiera producido un cambio profundo en
las comunidades rurales e indígenas de Oaxaca. Bajo el manto equívoco de los
usos y costumbres se esconde un cuestionamiento permanente de los mecanis­
mos tradicionales de vinculación entre el poder local y los gobiernos estatales y
federales. La costumbre se ha ido zafando de la ganga priista. En algunos casos
eso ha favorecido la consolidación de enclaves autoritarios, a la merced de caci­
ques locales, dispuestos a pactar con el mejor postor. En la mayoría de los casos,
no obstante, la renegociación de los usos y costumbres ha favorecido la apertura
de espacios de participación y decisión más democráticos.28 En un paisaje político
tan fragmentado como el de Oaxaca, las articulaciones entre un actor colectivo
heterogéneo y poco estructurado como la APPO y las fuerzas políticas regionales
y locales son endebles. Pero la formación de una ciudadanía crítica y parcialmen­
te liberada de compromisos clientelares que ya no rinden fruto probablemente
transforme la excepción electoral del 2 de julio de 2006 en una pauta para futuros
procesos electorales. En ese contexto, el carro completo del PRI en las elecciones
legislativas estatales del 2 de agosto de 2007 podría no ser más que el síntoma de
la última convulsión de un régimen agonizante.29

Bibliografía

A g uilar , José Antonio y Guillermo Trejo , «Etnicidad y consolidación democrática. La organiza­


ción de las elecciones en las regiones indígenas de México», en Aliñe Hémond, y David
Recondo (eds.), Dilemas de la democracia en México: los actores sociales ante la representación
política, CEMCA-IFE, México, 2002.
Anaya M u ñ o z , Alejandro, Govemability and Legitimacy in México: The Legalisation o f Indigenous
Electoral Institutions in Oaxaca, tesis doctoral, Universidad de Essex, Inglaterra, 2002.
B artra , Roger, La sangreyla tinta. Ensayo sobre la condiciónpostmexicana, Océano, México, 1999.
BLAS L ópez , Cuauhtémoc, Oaxaca, ínsula de rezagos: crítica a sus gobiernos de razón y de costumbre,
Editorial Siembra, Oaxaca, 2007.
De La PEÑA, Guillermo, «L a ciudadanía étnica y la construcción de los indios en el México
contemporáneo», en Revista internacional de filosofía política, n.°4, noviembre de 1994.
DÍAZ MONTES, Fausto, «Elecciones de fin de siglo, Oaxaca (1970-2000)», en Víctor Raúl Martínez
Vásquez (coord.), Oaxaca. Escenarios del nuevo siglo, UABJO, Oaxaca, 2004.
— y Víctor Raúl M artínez V ásq uez (coords.), Elecciones municipales en Oaxaca, IEE-UABJO,
Oaxaca, 2001.
F lor es Cr u z , Cipriano, «Usos y costumbres, un recuento», en Diez voces a diez años. Reflexiones
sobre los usos y costumbres a diez años del reconocimiento legal, Educa, Oaxaca, 2005.
IEE, Código de instituciones políticas y procedimientos electorales de Oaxaca ( CIPPE O ), 1995.
— , Compendio de legislación electoral del estado de Oaxaca, 1998.
K ym lick a , Will, Multicultural Citizenship: a Liberal Theory o f Minority Rights, Clarendon Press,
Oxford, 1995.
M a r tín e z , Juan y Víctor L e o n e l , «Oaxaca, historia de nota roja», en Marcha, n.° 88, enero-
febrero de 2007.
— y Víctor L e o n e l , «Oaxaca, la paz ficticia», en Marcha, n.° 87, diciembre de 2006.
— y Víctor L e o n e l , «U n régimen se muere en Oaxaca», en Marcha, n.° 85, octubre de 2006.
M artínez V ásq uez , Víctor Raúl, «Oaxaca: la transición a la democracia», en Víctor Raúl Martí­
nez Vásquez (coord.), Oaxaca. Escenarios del nuevo siglo, Oaxaca, UABJO, 2004.
— , Movimiento popular y política en Oaxaca: 1968-1986, Conaculta, México, 1990.
O so r no , Diego Enrique, Oaxaca sitiada. La Primera insurrección del siglo XXI, Grijalbo, México,
2007.
Re c o n d o , David, «Mexique: multiculturalisme et démocratisation dans l’Oaxaca», en Problemes
d’Amérique latine, n.° 41, abril-junio de 2001.
— , «Usos y costumbres, procesos electorales y autonomía indígena en Oaxaca», en Lourdes de
León Pasquel (coord.), Costumbres, leyes y movimiento indio en Oaxaca y Chiapas, CIESAS-
Porrúa, México, 2001.
— , La política del gatopardo. Múlticulturalismo y democracia en Oaxaca, CEMCA-CIESAS, Publica­
ciones de la Casa Chata, México, 2007.
VELÁSQUEZ CEPEDA, María Cristina, «Lo político de lo electoral en los conflictos municipales de
Oaxaca: una reflexión sobre el tránsito de los usos y costumbres al sistema de partidos
políticos», en Diez voces a diez años. Reflexiones sobre los usos y costumbres a diez años del
reconocimiento legal, Educa, Oaxaca, 2005.
— , El nombramiento. Las elecciones por usos y costumbres en Oaxaca, IEE, Oaxaca, 2000.
1. Víctor Martínez, Movimiento popular y política en Oaxaca: 1968-1986, 1990.
2. Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación.
3. Movimiento de Unificación y Lucha Triqui.
4. Comité de Defensa de los Derechos del Pueblo.
5. Organizaciones Indias por los Derechos Humanos en Oaxaca.
6. Consejo Indígena Popular de Oaxaca «Ricardo Flores Magón».
7. Frente Popular Revolucionario.
8. Nueva Izquierda de Oaxaca.
9. Juan Martínez, «Oaxaca, historia de nota roja», 2007.
10. Juan Martínez, «Oaxaca, la paz ficticia», 2006.
11. Informe especial sobre los hechos sucedidos en la Cd. de Oaxaca del 2 de junio de 2006 al 31 de
enero de 2007, México, D.F., CNDH, 15 de marzo de 2007.
12. Partido Convergencia por la Democracia, al cual pertenece Gabino Cué Monteagudo, ex
presidente municipal de Oaxaca de Juárez (2001-2004) y senador por el estado de Oaxaca (2006-
2012). Este partido fue creado a nivel nacional, en 1999, por ex priistas, encabezados por Dante
Delgado Rannauro, ex gobernador de Veracruz (1988-1992). En Oaxaca, el ex gobernador susti­
tuto de Oaxaca, Jesús Martínez Álvarez (1985-1986), dueño del diario estatal Noticias y diputado
federal (2003-2006), es uno de los principales líderes de Convergencia, junto con Alberto Esteva
Salinas, su actual presidente estatal y diputado federal plurinominal (2006-2012). Jesús Martínez
Álvarez renunció al PRI en 2001, tras su ruptura con el entonces gobernador José Murat Casab
(1998-2004). Gabino Cué Monteagudo se afilió a Convergencia en 2001, tras haber sido colabora­
dor cercano del ex gobernador de Oaxaca (1992-1998) y ex secretario de gobernación (1999-
2000) Diódoro Carrasco Altamirano; desde septiembre de 2006, ocupa la curul de senador por
Oaxaca.
13. Juan Martínez, «Oaxaca, la paz ficticia», 2006.
14. Partido Nueva Alianza.
15. Cipriano Flores, «Usos y costumbres, un recuento», 2005; David Recondo, «Usos y costum­
bres, procesos electorales y autonomía indígena en Oaxaca», 2001; María Cristina Velásquez, El
nombramiento. Las elecciones por usos y costumbres en Oaxaca, 2000, pp. 134-147.
16. IEE, Código de instituciones políticas y procedimientos electorales de Oaxaca [CIPPEO], 1995,
p. 28.
17. Ibíd.
18. IEE, Compendio de legislación electoral del estado de Oaxaca, 1998, p. 79.
19. Guillermo de la Peña, «La ciudadanía étnica y la construcción de los indios en el México
contemporáneo», 1994.
20. Will Kymlicka, Multicultural Citizenship: a Liberal Theory of Minority Rights, 1995.
21. Roger Bartra, La sangre y la tinta. Ensayo sobre la condición postmexicana, 1999, pp. 27-40.
22. Ibíd., pp. 34-35.
23. Ibíd., p. 187.
24. José Antonio Aguilar y Guillermo Trejo, «Etnicidad y consolidación democrática. La organi­
zación de las elecciones en las regiones indígenas de México», 2002, pp. 195-200.
25. Alejandro Anaya, Govemability and Legitimacy in México: The Legalisation of Indigenous
Electoral Institutions in Oaxaca, 2002.
26. Fausto Díaz y Víctor Martínez, Elecciones municipales en Oaxaca, 2001; Fausto Díaz, «Elec­
ciones de fin de siglo, Oaxaca (1970-2000)», 2004; Víctor Martínez, «Oaxaca: la transición a la
democracia», 2004.
27. Los cálculos fueron realizados con base en los datos oficiales de las elecciones desglosados
en el nivel municipal, proporcionados por el Instituto Estatal Electoral y el Instituto Federal
Electoral. Para comparar el comportamiento electoral en las dos categorías de municipios (de
régimen partidista y de usos y costumbres), usamos una tabla Excell en la que vaciamos la lista de
los 570 municipios, indicando su régimen electoral. Así pudimos hacer la suma de los resultados
en los 570 municipios, y luego, por separado (usando un filtro), en los 418 municipios de usos y
costumbres, y en los 152 municipios de partidos políticos.
28. David Recondo, 1999, pp. 85-101; David Recondo, «Mexique: multiculturalisme et démo-
cratisation dans l’Oaxaca», 2001; María Cristina Velásquez, op. cit., 2005.
29. Con un nivel de abstención muy alto (60 %), el PRI movilizó el voto «duro» o cautivo de los
sectores más clientelizados, de tal forma que se llevó los 25 escaños de mayoría relativa, mientras
la oposición se llevó únicamente los 17 escaños de representación proporcional (de los cuales el
PRD obtuvo 6, el PAN 4 y Convergencia 3). La represión policiaca y paramilitar, la cooptación de
la dirigencia del SNTE y las divisiones dentro de la oposición contribuyeron a esa aparente
restauración de la hegemonía del PRI en Oaxaca.
Autores

F rancis M estries . Maestro en Sociología del Desarrollo por la Universidad de París I y doctor en
Ciencias Económicas por la Universidad de París VIII, Francis. Es profesor-investigador titular en
el Dep. de Sociología de la UAM-Azcapotzalco. Es miembro del Sistema Nacional de Investigado­
res nivel 2. Sus líneas de investigación son los movimientos sociales campesinos e indígenas en
México, la migración de origen rural a Estados Unidos, la política agrícola y la agroindustria. Ha
publicado los libros: El rancho se nos llenó de viejos (2003), Crédito, seguro y ahorro rural: las vías de
la autonomía (2002), Debate sobre las reformas al agro mexicano (1993), y 32 artículos científicos en
revistas especializadas y capítulos de libros colectivos sobre estos temas. E-mail: mestries
yahoo.com.mx

G eoffrey P leyer s . Licenciado en Sociología del Desarrollo por la Universidad de Liege, Bélgica,
doctor en Sociología por la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales de París, 2006. Es
profesor asociado en la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica. H a publicado 10 artículos de
revistas científicas, 7 capítulos de libros, 28 artículos de divulgación y un reporte de investigación.
Sus líneas de investigación son el movimiento altermundista, la globalización, los movimientos
sociales, desarrollo, descentralización y autonomía, compromiso político entre los jóvenes, co­
mercio justo y América Latina. E-mail: Geoffrey.Pleyerslg. ac.be

Sergio Z e r m e ñ o . Doctor en Sociología por la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales de
París en 1977, y doctor por su trayectoria de publicaciones en 1996 en la E.H.E.S.S. Es investiga­
dor titular del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM , y miembro del S.N.I., nivel 3. Ha
publicado 52 artículos en revistas con arbitraje y 32 en revistas sin arbitraje, 7 libros como autor
y 7 como coordinador, y 45 capítulos de libros. Es miembro de la Academia de la Investigación
Científica y ha recibido la medalla al Mérito Universitario en la UNAM , entre otras muchas
distinciones (Pride D). Temas de investigación: movimientos sociales, desarrollo regional, univer­
sidad y sociedad, democracia y sociedad civil, relación Estado y sociedad, transición democrática
en México y América Latina, participación ciudadana, globalización y posmodemidad. E-mail:
zerser yahoo.com

M ary K aldor . Directora del Centre for Study of Global Govemance en la London School of
Economics and Political Sciences. Es autora de numerosos libros, artículos y reportes a la Comi­
sión Europea y co-editora de la revista anual Global civil society.

Luis L ó pe z . Tiene una maestría del Instituto de investigaciones José M.a Luis Mora de México, y
un DEA y doctorado en Sociología de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París,
Francia, con una tesis sobre las trabajadoras de la maquila de Tijuana. Es profesor de la Escuela
de Arquitectura de París.

D avid R e c o n d o . Graduado en el Instituí d’Etudes Politiques de Bordeaux y doctor en Ciencias


Políticas de la Universidad Montesquieu de Boedeaux-1. Es investigador de la Fundación Nacio­
nal de Sciences Politiques de París, en el Centro d’Etudes des Relations Internacionales. Fue
investigador invitado en el CEMCA de la Embajada de Francia en México y en el CIESAS, y
consultor del PN U D de la O N U en México. Es investigador asociado del Institut de Recherche
pour le Développement de Francia y del CREDAL-Institut des Hautes Etudes sur l’Amerique
Latine de París. Es miembro del comité de redacción de Problemas d’Amérique Latine. Temas de
investigación: procesos de cambio político en América Latina y sobre la cooperación internacio­
nal en materia de democratización. H a publicado dos libros, cuatro artículos de revistas científi­
cas, y tres capítulos de libros. E-mail: recondo ceri-sciences-pp.org

Sergio Tam ayo . Maestro en Urbanismo por la Facultad de Arquitectura de la U N A M y doctor en


Sociología por la Universidad de Texas en Austin. Es profesor-investigador del Departamento de
Sociología de la UAM-Azcapotzalco, en Sociología Política, y miembro del Sistema Nacional de
Investigadores nivel 2. H a sido consultor en planeación territorial, políticas públicas y participa­
ción ciudadana. H a publicado 6 libros y coordinado dos libros, y publicado numerosos artículos.
Sistemas de investigación son: identidades colectivas, movimientos sociales e identidades urba­
nas: cultura política, prácticas de ciudadanía y apropiación política del espacio público; metodo­
logías cualitativas. E-mail: sergiotamayol prodigy.net.mx

M ich el W ieviorka . Doctor de estado en Ciencias Humanas, doctor en Ciencias de las Organiza­
ciones y doctor en Sociología. Director de Investigaciones en L’Ecole des Hautes Etudes en
Sciences Sociales, director del CADIS (Centre d’Anlyse et d’Intervention Sociologique), director
de Cahiers Intemationaux de Sociologie y del Monde des Débats, Presidente de la Asociación
Internacional de Sociología. Es autor de 18 libros y co-autor de 12 libros e innumerables artículos
de revistas. Sus temas de investigación son el movimiento obrero, el racismo, el multiculturalis-
mo, el terrorismo, las teorías de la acción colectiva, el compromiso político, y la violencia.
índice

A g r a d e c im ie n t o s ...................................................................................................... 7

INTRODUCCIÓN, por Francis Mestries, Geoffrey Pteyers y Sergio Zermeño.......................... 9

I
LOS M O VIM IENTO S GLOBALES

¿A dónde va el debate sobre los nuevos movimientos sociales?,por Michel Wieviorka .... 000
La idea de una sociedad civil mundial, por Mary Kaldor............................................... 000

n
LOS M O VIM IENTO S M EXICANOS ANTE LOS DESAFÍOS GLOBALES

Movimiento social y cambio en México y en América Latina, por Sergio Zermeño......... 000
Participación ciudadana y movimientos sociales, por Sergio Tamayo............................. 000
Actores, movimientos y conflictos ¿Es posible la acción colectiva en un contexto de
fragmentación sociocultural?, por Luis López........................................................ 000
Autonomías locales y subjetividades en contra del neoliberalismo: hacía un nuevo
paradigma para entender los movimientos sociales, por Geoffrey Pleyers................ 000
Los campesinos contra el ogro omiso: meandros del movimiento rural en el último
cuarto de siglo, por Armando Bartra...................................................................... 000

m
E L MOSAICO DE LAS RESISTENCIAS RURALES

Los movimientos sociales rurales en la década de la alternancia o las esperanzas


frustradas, por Francis Mestries............................................................................. 000
Discursos, organización y liderazgos: rasgos comunes en la diversidad: notas sobre
los movimientos indígenas en Latinoamérica, por Isabel de la R osa........................ 000
Una experiencia zapatista: San Pedro Polhó, doce años después,
por Sobrina Melenotte........................................................................................... 000
La «comuna de Oaxaca»: ciudadanía emergente en un enclave autoritario,
por David Recondo................................................................................................ 000

AUTORES..................................................................................................................... 000