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¿ERES TÚ UN EMBAJADOR?

Pues entonces te cuento que la sede de la


División Sudamericana aquí, en Brasilia, Brasil, está
situada en el sector de las embajadas. Estamos bien cerca
de las sedes diplomáticas de China y de España, y siempre veo
sus banderas coloridas ondeando en el azulado cielo de la capital
brasilera. Pensando en lo alto, soñando con las cosas de más allá,
el entusiasta equipo del Ministerio Joven de la Unión del Centro
Oeste del Brasil, liderada por el Pr. Nelson Milanelli, preparó una
hermosa serie de ocho sermones. Están basados en la ética de los
embajadores del Reino de Dios, es decir, en el Sermón del Monte; y
la serie se titula Embajadores que Brillan.
El proyecto de la “Voz de la Juventud” se
compone de ocho domingos especiales, donde la nota
tónica será dada por cada joven adventista que lleve a un
amigo a la iglesia, a fin de que oiga la poderosa Palabra de Dios.
Comienza ahora mismo a orar por una lista de amigos especiales
que llevarás a esos “megadomingos”. Creo que, a partir de ahora,
tú serás un Embajador del indestructible Reino de Dios.
¡Sé un Embajador que brille!

Pastor Otimar Gonçalves


Director del Departamento de Jóvenes
de la Divisón Sudamericana

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INDICE

¿ERES TÚ UN EMBAJADOR? ............................................... 3

EMBAJADORES DE HUMILDAD ........................................... 4

EMBAJADORES DE ESPERANZA ........................................ 9

EMBAJADORES DE MANSEDUMBRE ................................. 15

EMBAJADORES DE LA JUSTICIA DE DIOS ...................... 19

EMBAJADORES DE AMOR .................................................. 25

EMBAJADORES DEL PERDÓN DE DIOS ............................ 31

EMBAJADORES DE LA PAZ ............................................... 37

EMBAJADORES DEL REINO DE DIOS ............................ 43

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EMBAJADORES DE HUMILDAD

“Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino


de los cielos” (Mat. 5:3)

INTRODUCCIÓN
En esta serie de domingos especiales,
estudiaremos las bienaventuranzas, que presentó Jesús
en el Sermón del Monte. Al estudiar las ideas de Cristo sobre
un legítimo ciudadano del Reino de los cielos, identificaremos en la
práctica las actitudes de vida y los principios de quienes pertenecen
al Cielo.
La religión de Cristo no se resume en un conjunto de raciocinios
y divagaciones etéreas, sino que debe ser encarnada, vivida e
identificada en el carácter del creyente. Para esto son realmente
invitados los Embajadores del Reino cuando se tornan discípulos de
la Cruz.

DESARROLLO
En Mateo 5:2 y 3 comienza el sermón
presentando una enseñanza nueva y extraña. Las
palabras de Jesús llegaron a los oídos de una multitud que
quedó admirada. Lo que él hablaba era todo lo contrario de lo
que los rabinos y los sacerdotes decían. Las palabras de Jesús
descendían “como la lluvia sobre la hierba cortada; como el
rocío que destila sobre la tierra” (Sal. 72:6). Jesús no los lisonjeó
alentando su orgullo nacional; de él irradiaba poder, y se percibía
instintivamente que era un ser capaz de leer el alma de las
personas y de aproximarse a ellas con compasión.
Las enseñanzas religiosas de la época que producían oraciones
como la del fariseo: “Dios, te doy gracias porque no soy como
los otros hombres” (Luc. 18:11) expresaban orgullo, producto
del sentimiento nacional del pueblo judío. Contrario a esto, y

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por medio de él mismo, Jesús presenta el mensaje de su vida,
señalando la situación y el consejo de Apocalipsis 3:17 y 18:
“Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna
cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado,
miserable, pobre, ciego y desnudo. Por tanto, yo te aconsejo que de
mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras
blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu
desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas”.
Esas palabras van directamente al punto donde, a lo largo de los
milenios, el pecado tiene su origen: el orgullo. Y les permite ver a
los cristianos de todos los siglos que la primera bienaventuranza es
lo contrario de lo que reina en el corazón dominado por el pecado.
“El orgullo no siente necesidad y cierra la puerta del corazón
para recibir a Cristo ni las bendiciones infinitas que él vino a dar.
Jesús no encuentra albergue en el corazón de tal persona. Los
que en su propia opinión son ricos y honrados, no piden con fe
la bendición de Dios ni la reciben. Se creen saciados, y por eso
se retiran vacíos. Los que comprenden bien que les es imposible
salvarse y que por sí mismos no pueden hacer ningún acto justo
son los que aprecian la ayuda que les ofrece Cristo. Estos son los
pobres en espíritu, a quienes él llama bienaventurados” (El discurso
maestro de Jesucristo, p. 12).
El resultado es claro: el humilde o pobre de espíritu recibe a
Cristo, se deja guiar, enseñar y conducir. Movido por el Espíritu
Santo tiene una visión clara de sí mismo, toma conciencia de
lo que es, de que está contaminado por el pecado, y se vuelve
semejante al publicano de Lucas 18:13: “Dios, sé propicio a mí,
pecador”. Al reconocer su pecado por medio del Espíritu Santo
(Juan 16:8), recibe el perdón y es bendecido. De los humildes de
espíritu, dice Jesús: “De ellos es el reino de los cielos”.
¿Haz tratado alguna vez con una persona orgullosa, pagada de
sí misma, que siempre tiene la razón? Yo tuve un amigo así, y era
insoportable. Solamente él sabía todo, y nadie podía tener una idea
mejor que la suya. Discutía con todos y nunca pedía disculpas. Es
muy complicado convivir con alguien así.

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¿Sabes? Es muy lindo conocer las hermosas historias de la
Biblia, pero es necesario dejar en claro lo siguiente: aquellos que
realmente se comprometen en una relación de fe con el Cristo
vivo, comienzan a “funcionar” en un canal diferente. El amor, la
gracia y la justicia de Jesús ablandan el corazón de sus hijos y
estos comienzan a ser humildes de espíritu, a ser mansos, a ser
perseguidos por causa de la justicia... Entienden que no poseen
nada, más que una profunda pobreza del alma; ven que no tienen
nada bueno en sí mismos, pero encuentran la justicia y la fuerza
mirando a Jesús, quien les dice: “Venid a mí todos los que estáis
trabajados y cargados” (Mat. 11:28). Nuestra pobreza debe ser
cambiada por la riqueza de él.
“No merecemos el amor de Dios, pero Cristo, nuestro fiador,
es sobremanera digno y capaz de salvar a todos los que vengan
a él. No importa cuál haya sido la experiencia del pasado ni
cuán desalentadoras sean las circunstancias del presente, si
acudimos a Cristo en nuestra condición actual –débiles, sin fuerza,
desesperados–, nuestro compasivo Salvador saldrá a recibirnos
mucho antes de que lleguemos, y nos rodeará con sus brazos
amantes y con la capa de su propia justicia” (ibíd., p. 12).
Humildad y pobreza de espíritu son el primer resultado de
un corazón que comienza a estar ligado al corazón de Dios. Es
importante comprender la palabra humildad de un modo correcto:
aquí no estamos hablando de una persona simple, que no tiene
cultura o recursos. En términos bíblicos, humildad se refiere a alguien
que se deja guiar, que se deja enseñar; es decir, una persona dócil,
que vive en armonía con la mente de Dios y quiere aprender de él.
Esta es la verdadera identidad de una persona humilde: aquel
que no es orgulloso, que le rinde su corazón a Dios y se deja
conducir por él. Esta postura es completamente diferente de la
de otros que no aceptan de ninguna manera la dirección del
Señor. Recordemos que la raíz del pecado es la rebelión contra
la autoridad de Dios. Cuando nos relacionamos con Dios y nos
reconectamos a él, tenemos otra manera de funcionar. El pobre de
espíritu somete su voluntad a Dios y se deja gobernar por él.

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CONCLUSIÓN
En este primer día de la serie de domingos
especiales, te invitamos a que reflexiones sobre tu
actitud con respecto a la fe. Esta noche, más que buscar saber
acerca de Dios y recibir bendiciones, quisiéramos llegar a lo más
profundo en tu corazón.
Acércate al Señor con humildad, no coloques palabras en la
boca de Dios, más bien, primeramente desea conocer su Palabra.
No exijas ser oído, primero oye lo que él tiene para decirte. No
exijas bendiciones de parte de él, sino vive la más grande de las
bendiciones: recibirlo en tu vida. Devuélvele a Dios el lugar que le
corresponde en tu vida, y colócate en tu lugar, ahí donde él pueda
bendecirte. “Os daré un corazón nuevo […]. Y pondré dentro de
vosotros mi Espíritu” (Eze. 36:26, 27).
Vive la bienaventuranza de seguir a Jesús, sé un Embajador de
los intereses del Reino de los cielos en esta tierra. Acepta hoy la
invitación de Jesús para ser tu Salvador y Señor, y recuerda que
“Ciertamente en Jehová está la justicia y la fuerza; a él vendrán,
y todos los que contra él se enardecen serán avergonzados. En
Jehová será justificada y se gloriará toda la descendencia de Israel”
(Isa. 45:24 y 25).
Esta es la palabra de Dios para ti hoy, acepta ser un hijo de él,
un bienaventurado, un Embajador de humildad. Di: “¡Oh, Señor!
Aquí estoy, toma mi vida en tus manos”.
¡Primero la humildad, después la honra!
Amén.

Pastor Nelson Milanelli


Director del Departamento de Jóvenes
de la Unión Centro Oeste, Brasil.

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EMBAJADORES DE ESPERANZA

“Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán


consolación” (Mat. 5:4).

Introducción
Cierta vez, un científico, insensible frente
al llanto de su esposa, exclamó: “¿Qué son las
lágrimas? Yo las analicé: contienen un poco de fosfato y
de calcio, también clorato de sodio, alguna mucosidad, y cierta
cantidad de agua”. Estas palabras solo pueden proceder de un
corazón frío, ajeno al dolor y al sufrimiento del otro. En cambio,
para los que lloran y sufren, las lágrimas tienen otra definición.
Las lágrimas parecen ser algo sagrado. Tienen el poder de
enternecer al otro, y poseen propiedades curativas para quien las
derrama. Son gotas que bendicen, que revelan cuán frágiles somos,
y cuánto necesitamos del amor y la bondad de Dios. Quien llora
revela su interior, revela su sensibilidad.
Iniciamos una serie de estudios sobre las bienaventuranzas.
Los bienaventurados son los felices. No en el sentido humano
de felicidad que, en general, nos lleva al bienestar. Algunos
consideran que ser feliz es adquirir ropa nueva, automóvil nuevo,
casa nueva. Otros consideran que ser feliz es tener buena salud o
una familia sin problemas. Para otros la realidad es diferente: a
veces, durante los días de carnaval, muchas personas comprenden
que solo serían felices si estuvieran viviendo tras una máscara:
cuatro días en los cuales vale todo y se puede todo; pero, al
terminar esa fiesta, la máscara se desmorona.
En el Monte, Jesús miró a la multitud: allí se encontraban
los que estaban angustiados por el pecado y marcados por el
sufrimiento; los que andaban desgarrados y errantes “como ovejas
que no tienen pastor” (Mat. 9:36). Y es a esas personas a quienes
Jesús les enseña: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos
recibirán consolación” (Mat. 5:4).

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Las bienaventuranzas revelan quiénes son felices a los ojos de
Dios, y distinguen el llanto con valor del llanto sin valor:
“Felices los que lloran” puede parecernos contradictorio, pero
habla de una actitud, de un ejercicio espiritual; no se refiere a la
expresión de sentimiento personal frente a una pérdida.
Llorar “porque sí” no tiene ningún valor; por eso, muchos lloran
sin consolación. Es el caso de las constantes lágrimas por las
pérdidas egoístas o por las ambiciones frustradas, o las lágrimas
excesivas por aquellas personas queridas personas que ya partieron.
El llanto con valor es el producido por un arrepentimiento sincero
ante el error cometido, no solamente en relación con el prójimo,
sino también con relación a Dios. En ese sentido, llorar es tener
salud espiritual.
Las bienaventuranzas expresan la amplitud de lo que es ser feliz
y bendecido; revelan las promesas hechas a los discípulos fieles
del Reino. Nosotros somos los discípulos de Cristo y, como tales,
debemos aprender a apegarnos a él y a confiar en sus palabras.
Ahora veremos los diferentes motivos de llanto que nos vuelven
felices.

1. El llanto frente al pecado


¿Quien no experimentó este sentimiento
expresado por el apóstol Pablo?: “Porque no hago el
bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si
hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora
en mí” (Rom. 7:19–20).
Este llanto implica estar profundamente triste por nuestro propio
pecado, lamentamos lo que hemos hecho y sentimos la necesidad
de arrepentimiento. ¡En Jesús hay esperanza para el pecador
arrepentido!
“A menudo nos apenamos porque nuestras malas acciones
nos producen consecuencias desagradables. Pero esto no es
arrepentimiento. El verdadero pesar por el pecado es resultado de
la obra del Espíritu Santo. El Espíritu revela la ingratitud del corazón

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que ha despreciado y agraviado al Salvador, y nos trae contritos al
pie de la cruz” (El Deseado de todas las gentes, p. 267).
Así sucedió con la mujer pecadora que ungió los pies de Jesús
(Lucas 7:36–50). Una mujer de mala reputación, una prostituta.
Sin haber sido invitada, entró en la casa del fariseo llevando un
frasco de alabastro con perfume “y estando detrás de él a sus pies,
llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con
sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume” (vers.
38). El llanto representa la contrición, el arrepentimiento, la fe y la
humildad; todos ingredientes necesarios para abandonar una vida
de pecado. Como prueba y en acción de gracias, le ofreció a Jesús
el perfume y sus lágrimas.
A su vez, en Lucas 22:62, leemos: “Y Pedro, saliendo fuera,
lloró amargamente”. De esta manera concluye el relato de la
negación de Pedro, descrito en los cuatro evangelios. La historia
completa nos da indicios que muestran los errores preliminares del
apóstol: primero, el orgullo y la incredulidad (Mar. 14:29–31);
luego, la desobediencia en relación con la orden de velar y orar
(Mar. 14:38–40); a continuación, el intento de luchar contra las
tinieblas usando armas terrenales (Luc. 22:50); después, el seguir
a Jesús de lejos, olvidando así sus propias palabras (Luc. 22:54);
y, finalmente, el maldecirse a sí mismo –mintiendo– y a los que lo
acusaban de mentir (Mar. 14:70, 71).
El tropezar en la vida cristiana es una consecuencia de errores
previos. Y el llanto es la respuesta frente a esos pecados.
Apenas el gallo cantó, las palabras del Maestro resonaron en los
oídos de Pedro. Pero más que el canto del gallo, fue la mirada del
Señor lo que hizo que Pedro recordara las palabras “antes que el
gallo cante, me negarás tres veces” (Luc. 22:61).
Aquellos que encubren, niegan o defienden sus pecados, con
seguridad, están yendo por un camino equivocado.
“Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán
consolación”. Los que lloran por sus pecados serán consolados
por el Señor. Así fue con la mujer pecadora, que escuchó de Jesús
tan maravillosas palabras: “Por lo cual te digo que sus muchos

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pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien
se le perdona poco, poco ama” (Luc. 7:47); vemos que el perdón
produce amor. Pedro oyó de Jesús: “yo he rogado por ti, que tu fe
no falte” (Luc. 22:32); sabemos así que la seguridad del cristiano
es la intercesión de Cristo.
Y del Señor, sus hijos oyen: “Convertíos, hijos rebeldes, y sanaré
vuestras rebeliones” (Jer. 3:22); el Señor nos cura a través del
sacrificio de Jesús, y una persona arrepentida puede abrir su
corazón al Señor y llorar por sus pecados.

2. El llanto frente al sufrimiento


“Inclina, oh Jehová, tu oído, y escúchame,
porque estoy afligido y menesteroso. Guarda mi alma,
porque soy piadoso; salva tú, oh Dios mío, a tu siervo que en
ti confía. Ten misericordia de mí, oh Jehová; porque a ti clamo todo
el día. Alegra el alma de tu siervo” (Sal. 86:1–4). En esta oración,
David implora el socorro de Dios ante su aflicción.
El teólogo y comentarista Loyola explica que la segunda
bienaventuranza se refiere a los que están en aflicción; los que
sufren los golpes de un mundo que todavía está bajo la acción de
las fuerzas del mal y de la muerte.
En Lucas 8:26 al 33, encontramos a un hombre gadareno,
poseído por demonios, cuya condición de esclavitud y sufrimiento
había llegado a tal punto que no se vestía y habitaba entre los
sepulcros. Este hombre fue al encuentro de Jesús, probablemente
para maltratarlo; una vez que estuvo frente a Cristo, se produjo un
reconocimiento del poder absoluto de Dios, y exclamó: “¿Qué tienes
conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo?” (vers. 28). Esta pregunta
es importante porque señala la separación total entre el Reino de
Dios y el reino del enemigo. Jesús le ordena al espíritu inmundo que
salga del hombre (vers. 29). Esto manifiesta la autoridad de Cristo
para liberar, la cual nos fue otorgada.
Jesús oye el pedido de un padre, Jairo. Él era un principal de
la sinagoga, que se acerca a Jesús reconociéndolo como su única

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esperanza. El pedido era para la curación de su hija, de doce años,
que estaba muriéndose (Lucas 8:42). “Entrando en la casa, […].
Y lloraban todos y hacían lamentación por ella” (vers. 51, 52).
Imagínate la desesperación de ese padre, la pregunta podría surgir
así: ¿Si Jesús hubiera venido antes, eso habría sucedido? Jesús era
un embajador de la esperanza.
Todos sufren delante de la muerte de una criatura. Jesús conocía
este sentimiento, pues lloró la muerte de su amigo Lázaro (Juan
11:35), mientras tanto, la indicación que le dio a Jairo fue: “No
temas; cree solamente” (Luc. 8:50).

3. El llanto frente a la misión


El salmista llora porque el pueblo no guarda
la Ley de Dios (Sal. 119:136). Los siervos de Dios son
descriptos como aquellos “que gimen y que claman a causa
de todas las abominaciones que se hacen en medio de ella” (Eze.
9:4). Pablo llora por causa de los enemigos de la Cruz de Cristo
(Fil. 3:18). Jesús llora por causa de los pecados de la ciudad de
Jerusalén: “Y cuando llegó cerca de la ciudad, al verla, lloró sobre
ella” (Luc. 19:41). El llanto de Jesús manifiesta su lamentación por
la incredulidad del pueblo, que estaba espiritualmente ciego.
¡Qué consuelo es saber que Jesús lloró por la rebeldía del mundo
contra Dios! Vemos aquí su llanto por los perdidos; las lágrimas de
Cristo fueron las llaves que abrieron el camino hacia la salvación, y
hablan del precio que él pagó en la Cruz.
¿Quién habría de consolar a los que lloran? Los que lloran serán
consolados por aquel de quien es el Reino de los cielos. ¡Es él
quien enjugará todas las lágrimas! Puesto que Isaías nos dice: “El
Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová;
me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar
a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y
a los presos apertura de la cárcel; a proclamar el año de la buena
voluntad de Jehová, y el día de venganza del Dios nuestro; a
consolar a todos los enlutados” (Isa. 61:1–2, el énfasis es nuestro).

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“Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán
consolación”. ¡Bienaventuranzas, palabras de esperanza! Los que
lloran por la misión serán consolados por la salvación de aquellos
que crean, que serán una multitud de todas las naciones, tribus,
pueblos y lenguas (Apoc. 7:9).

Conclusión
Aquel que llora tiene el privilegio de que Dios
esté atento a él. Nada aleja más a Dios que el orgullo,
la soberbia y la dureza de corazón. Pero aquel que derrama sus
lágrimas muestra toda su vulnerabilidad delante de Dios y de las
circunstancias. Por eso, recordemos que Dios nos dice: “He oído tu
oración, y visto tus lágrimas” (Isa. 38:5).
Qué consuelo es saber que, en los momentos más cruciales,
cuando derramamos muchas lágrimas, Dios nos ve. Dios ve las
lágrimas que derramamos cuando recibimos la ingratitud a cambio
de la bondad que ofrecemos; las lágrimas de cuando somos
traicionados; las lágrimas por la pérdida irreparable de un ser
querido; las lágrimas de arrepentimiento por los errores cometidos.
Sí, Dios ve nuestras lágrimas y dice: “Bienaventurados los que
lloran, porque ellos recibirán consolación”. Por lo tanto, habrá
llanto, pero también existe la promesa de que seremos consolados.
Y el más grande de los consuelos está reservado para la eternidad,
cuando se cumplirá la promesa de que Dios enjugará “toda lágrima
de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni
clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (Apoc. 21:4).
Mientras no llegue ese día, llevémosle al Señor todos nuestros
dolores, porque él cuidará de nosotros.
Y, mientras llega ese día, ¿eres tú un Embajador de esperanza?

Pr. Eronildo Silva


Director del Departamento de Jóvenes
de la Asociación del Sur del Mato Grosso, Brasil

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EMBAJADORES DE MANSEDUMBRE

“Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por


heredad” (Mat. 5:5).

INTRODUCCIÓN
En las bienaventuranzas aparece una
progresión de ideas que nos muestra una experiencia
creciente en la vida cristiana. Al colocarse humildemente en
las manos de Dios, cada cristiano puede dar nuevos pasos en su
espiritualidad. Cuando el Espíritu Santo tiene cabida en el corazón
y en la mente de una persona, la ayuda a crecer sintiendo la
necesidad de Cristo, identificándose con él y tratando de seguir
sus pasos. Producidos estos cambios podemos reconocerla como
ciudadana del Reino de los cielos.

DESARROLLO
Andar con Jesús, sentir la necesidad de él, es
el comienzo del camino de la mansedumbre. No es fácil
tener paciencia y esperar por cosas que no podemos controlar.
La vida se desenvuelve tan rápidamente que queremos todo para
ayer y de la manera en que nos gusta. Decidimos y hacemos todo de
inmediato, y rompemos los procesos naturales que deberían suceder
en nuestra vida y en la vida de aquellos con quienes convivimos.
Como resultado obtenemos frustración y problemas.
¡Imagínate cuánto quería Jesús que los hombres entendieran sus
enseñanzas y lo aceptaran en seguida! Sin embrago, él nunca forzó a
nadie. Por sus palabras y su manera de actuar, vemos que respetaba
el tiempo de cada individuo. El mismo Moisés, que fue calificado por
la Biblia como el hombre más manso que pasó por la tierra, tuvo
que pasar cuarenta años en el desierto apacentando ovejas para
que el Señor pudiera ablandar su corazón y, recién entonces, Dios
pudo usarlo para libertar a su pueblo. Piensa en la magnitud de las
confusiones que has creado por hablar antes de tiempo, por actuar
sin pensar, o por seguir tus impulsos. Moisés mató a un egipcio,

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pensando que el camino para libertar el pueblo era ese, pero Dios
construyó el mejor camino para reciclar a su siervo y cambiar sus
ideas e intenciones: el desierto. “No con ejército, ni con fuerza, sino
con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Zac. 4:6).
¿Cuál es tu desierto? ¿De qué manera Dios te está reciclando a ti?
¿Y tus pensamientos y acciones?
Junto a las ovejas, al contemplar cada puesta de sol en el desierto,
al tener tiempo para pensar, en la soledad del pastoreo, Moisés fue
moldeado por el Espíritu de Dios. Viviendo una vida simple, lejos del
glamour de la corte egipcia, en la simplicidad de un pastor rodeado
de ovejas, el espíritu de Moisés fue preparado para lo que Dios tenía
dispuesto para él.
La mansedumbre no está de moda en nuestros días, como
tampoco estaba de moda en los días de Moisés. No pienses que,
en la época de él, ser considerado manso era visto como un elogio,
como un mérito, de ninguna manera; la mansedumbre era vista con
lástima o con desprecio. “Pero Jesús incluye la mansedumbre entre
los requisitos principales para entrar en su reino. En su vida y carácter
se reveló la belleza divina de esta gracia preciosa” (El discurso
maestro de Jesucristo, p. 17).
No es fácil pasar por esa escuela, pero es necesario. Renunciar al
propio yo, y tener dominio sobre nuestras emociones y sentimientos
es algo contrario a nuestro corazón. Instintivamente, buscamos
supremacía sobre los demás, y la mansedumbre es contraria a eso.
Sin embargo, a los ciudadanos del Reino de los cielos se los invita a ir
más allá de lo que es normal en este mundo.
“Jesús se vació a sí mismo, y en todo lo que hizo jamás se
manifestó el yo. Todo lo sometió a la voluntad de su Padre. Al
acercarse el final de su misión en la tierra, pudo decir: ‘Yo te he
glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese’
(Juan 17:4). Y nos ordena: ‘Aprended de mí, que soy manso y
humilde de corazón’ (Mat. 11:29). ‘Si alguno quiere venir en pos de
mí, niéguese a sí mismo’ (Mat. 16:24); ‘renuncie a todo sentimiento
de egoísmo para que éste no tenga más dominio sobre el alma”
(ibíd., p. 18).
El contemplar las actitudes de Jesús nos impulsa a repensar
nuestro modo de ser. Necesitamos permitir que el Espíritu Santo

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controle nuestro yo; necesitamos cambiar nuestra ansiedad
por su serenidad, nuestra pretensión por su humildad, nuestra
autosuficiencia por estar a los pies de Cristo. El apóstol Pablo vivió
esta experiencia, y dijo: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya
no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo
vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo
por mí” (Gál. 2:20).
El resultado que esta relación con Jesús produce es algo que nos
ayuda a resistir las grandes tempestades de la vida. La ira humana
o la diabólica no pueden quitarnos la perfecta calma de nuestra
comunión con Dios. Él nos dice: “La paz os dejo, mi paz os doy”;
“Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y
humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas” (Juan
14:27; Mat. 11:29).
El cristianismo es la invitación real para la transformación completa
de nuestra mente. Es mucho más que autoayuda, es la dependencia
completa de Jesús. En ningún otro raciocinio o saber humano
encontramos las respuestas para la vida tal como las encontramos en
Cristo. “La felicidad derivada de fuentes mundanales es tan mudable
como la pueden hacer las circunstancias variables; pero la paz de Cristo
es constante, permanente. No depende de las circunstancias de la vida,
ni de la cantidad de bienes materiales ni del número de amigos que se
tenga en esta tierra. Cristo es la fuente de agua viva, y la felicidad que
proviene de él no puede agotarse jamás” (ibíd., p. 19).
Debemos vencer como él venció (Apoc. 3:21). Por medio de la
humildad y la renuncia al yo, seremos coherederos con él cuando los
mansos hereden la Tierra (Sal. 37:11).
El más grande objetivo propuesto para los bienaventurados es
vencer los valores de este mundo por medio de los principios y
valores del Reino de los cielos. Construimos todos los días nuestras
vidas basándonos en elecciones que realizamos permanentemente.
En cada una de esas elecciones se nos invita a pensar y a actuar
como hijos de Dios, un Dios que es real y tiene respuestas para las
deformidades de carácter que el pecado produjo. El egoísmo y el
orgullo, que coloca a nuestro yo por sobre los otros, es el resultado
inmediato del reino del pecado. Pero nuestro Cristo venció y nos invita
a que nosotros también venzamos.

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CONCLUSIÓN
Estar delante de nosotros mismos no es tarea
fácil. Conocer cada recoveco de nuestro corazón es
la obra específica del Espíritu Santo, el único que nos puede
subyugar, y nos ayuda a reconocer a Jesucristo como nuestro real
ejemplo. La mansedumbre es el resultado de una profunda relación
con el Salvador.
Nos lleva la mayor parte de nuestra vida el aprender que no
somos nada; y, el poco de vida que nos resta, el intentar solucionar
los errores que cometimos por haber pensado que éramos alguien.
Lastimamos a muchas personas a las cuales amamos, y no
disfrutamos de la bendición de Dios. El fruto más doloroso del
pecado es vivir creyéndose ser, y después darnos cuenta de la
realidad de no ser amado y de no tener a nadie. Estamos vivos para
esparcir bendiciones unos a los otros, y para hacer el bien unos por
los otros.
La invitación a ser mansos, realizada en el Sermón del Monte,
es un paso más en el crecimiento de la comprensión de lo que
implica ser un ciudadano del Reino de los cielos, que vive los
principios del Reino, que vive como Embajador de los intereses del
Cielo en la tierra. ¿Te gustaría ser una de esos ciudadanos? ¿Qué
te parece experimentar las mejores emociones de esta vida siendo
una bendición para los otros? Debes saber que la mansedumbre
es una de las mayores fuerzas para mover a la humanidad, pues
quien vive esta bienaventuranza venció la mayor de las luchas que
alguien puede enfrentar: la lucha contra sí mismo. Y eso solamente
es posible cuando Cristo vive en uno (Gál. 2:20).
En el nombre de Jesús, levántate hoy delante de él y di: “¡Jesús,
ayúdame a vencer! Quiero ser un Embajador de mansedumbre”.
Amén.

Pastor Nelson Milanelli


Director del Departamento de Jóvenes
de la Unión del Centro Oeste, Brasil

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EMBAJADORES DE LA JUSTICIA DE DIOS

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque


ellos serán saciados” (Mat. 5.6).

INTRODUCCIÓN
El Sermón del Monte es un “evangelio”
exclusivo del Reino de Jesús, y presenta principios
éticos y morales pertinentes al Reino del Mesías.
Un maestro siempre se sentaba para enseñar, y Jesús se sentó
en el Monte rodeado por sus discípulos y la multitud. Esta, al
ver que Jesús se sentaba, lo rodeó ansiosamente a fin de oír su
discurso.
Jesús había recorrido toda Galilea curando a los enfermos,
enseñando en las sinagogas y predicando el evangelio. La noticia
de sus acciones se había diseminado por todas las ciudades. Una
gran multitud proveniente de varias ciudades lo seguía (Mat. 4:25).
Ya hacía mucho tiempo que el pueblo oía hablar de las
bienaventuranzas prometidas en las Escrituras, pero su situación
era de opresión y miseria.
La fama de Jesús había creado una expectativa en la multitud
y, cuando el Maestro habló sobre las bienaventuranzas, se
materializó la esperanza de los oyentes. Durante años y años, los
padres anunciaban a los hijos una época de alegría plena; no obstante,
aún no habían experimentado la felicidad prometida por Dios.
El Sermón del Monte se inició con un mensaje de alegría hacia
un pueblo oprimido y sin esperanza. Jesús comenzó presentando
una esperanza viva; sin embargo, el discurso inmediatamente se
endureció.
El pueblo esperaba refrigerio y seguridad en esta vida.
Esperaba un Mesías que los libertaría de la esclavitud política y
de las injusticias sociales; pero las palabras de Cristo les trajeron
esperanza para un problema mucho más grande: el pecado.
Sé un Embajador de la justicia de Cristo.
19
I. Definiendo justicia
Justicia es santidad, semejanza con Dios.
Asimismo, justicia es conformidad con la ley de Dios:
“Dios es amor” (1 Juan 4:16), “el cumplimiento de la ley es el
amor” (Rom. 13:10) y “todos tus mandamientos son justicia” (Sal.
119:172). Justicia es amor, y amor es Dios y su vida. La justicia
de Dios se encuentra personificada en Cristo. Recibimos la justicia
cuando lo recibimos a él.

a. La Justicia personificada
No es por medio de penosas luchas o
fatigantes trabajos, ni de dádivas o sacrificios, que
alcanzamos la justicia: es dada gratuitamente a toda persona
que tenga hambre y sed de ella. “A todos los sedientos: Venid
a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad y comed.
Venid, comprad sin dinero y sin precio, vino y leche” (Isa. 55:1); “y
su salvación de mí vendrá, dijo Jehová” (Isa. 54:17); “y este será su
nombre con el cual le llamarán: Jehová, justicia nuestra” (Jer. 23:6,
el énfasis es nuestro).
Ningún agente humano puede suplir aquello que satisface el
hambre y la sed del alma. Pero Jesús dice: “He aquí, yo estoy a la
puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y
cenaré con él, y él conmigo” (Apoc. 3:20). “Yo soy el pan de vida;
el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no
tendrá sed jamás” (Juan 6:35).
Vemos claramente que Jesús no se estaba refiriendo a la justicia
que era administrada en los tribunales de los hombres. El mensaje
de Cristo en ningún momento tuvo objetivos políticos. Jesús no
se refirió a los problemas que se relacionaban con las injusticias
sociales.

b. Necesidad básica
Así como necesitamos el alimento para
sustentar nuestras fuerzas físicas, también necesitamos
20
a Cristo, el Pan del cielo, para mantener la vida espiritual,
y tener fuerzas para efectuar las obras de Dios. El cuerpo está
continuamente recibiendo la nutrición que lo sostiene con
vida y con vigor; de esa misma manera, el alma debe estar
constantemente en comunión con Cristo, dependiendo de él y
confiando en él completamente.
Así como el fatigado viajante procura una fuente de agua en el
desierto y, al encontrarla, sacia su sed abrasadora, de ese modo
debe el cristiano ansiar y obtener el agua pura de la vida, de la
cual Cristo es la fuente. ¿Eres tú un Embajador de la justicia de
Dios?
“Si en nuestra alma sentimos necesidad, si tenemos hambre
y sed de justicia, ello es una indicación de que Cristo influyó en
nuestro corazón para que le pidamos que haga, por intermedio
del Espíritu Santo, lo que nos es imposible a nosotros”. (El discurso
maestro de Jesucristo, p. 21).
No necesitamos saciar nuestra sed en las bajas corrientes;
pues la gran fuente se encuentra justo sobre nosotros; una fuente
de cuyas abundantes aguas se nos permite beber copiosamente,
si ascendemos un poco más en la escalada de la fe. El mundo
necesita beber de la justicia de Cristo.
Bienaventurados los que necesitan que Dios les satisfaga todas
sus necesidades básicas, y no precisamente las necesidades de
consumo impuestas por el mercado.

2. La práctica de la justicia
Justicia: “virtud moral que inspira el respeto
de los derechos del otro y que motiva a darle a cada
uno lo que le pertenece”. Los que buscan la justicia de Dios
reciben aquello que desean, y no lo reciben los que confían en su
propia justicia.

a. La coraza de la justicia
“Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos

21
con la verdad, y vestidos con la coraza de justicia”
(Efe. 6:14). La palabra coraza se refiere simbólicamente al
“pectoral” de una armadura. Es la propia rectitud de Cristo que
opera en nuestro interior por medio de su Espíritu. Las cualidades
morales de la rectitud están naturalmente incluidas, ya que esas
cualidades completan la justicia que nos llega por intermedio de la
justificación.

b. Compartiendo la experiencia de la
justificación
“Los entendidos resplandecerán como el
resplandor del firmamento; y los que enseñan la justicia
a la multitud, como las estrellas a perpetua eternidad” (Dan.
12:3). Los sabios demuestran su sabiduría, no solamente por su
manera de vivir, sino también por la influencia de su vida y de su
testimonio, pues así llevan a muchos hacia una vida de rectitud.
Resplandecerán porque serán transformados y la gloria de Dios se
reflejará en ellos y a través de ellos.
“Dad, y se os dará” (Luc. 6:38), pues la Palabra de Dios es
“Fuente de huertos, pozo de aguas vivas, que corren del Líbano”
(Cant. 4:15). El corazón que experimentó una vez el amor de
Cristo, clama continuamente por una porción más grande y,
comunicándolo a otros, recibirá más rica y abundante medida.
Cada revelación de Dios al alma aumenta la capacidad de conocer
y amar. Yo quiero ser un Embajador del amor y de la justicia de
Dios, ¿y tú?

c. Justificados tenemos paz


“La misericordia y la verdad se encontraron;
la justicia y la paz se besaron” (Sal. 85:10). El mundo
clama por paz; mientras tanto, la práctica de la justicia está
lejos de aquello que recomienda Dios. Sin la experiencia de la
justificación por la fe, no existe la paz.

22
d. La justicia que salva es la de Dios
“Porque os digo que si vuestra justicia no fuere
mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en
el reino de los cielos” (Mat. 5:20). La justicia de los escribas
y de los fariseos era exclusivamente exterior. Ellos observaban
muchas reglas, oraban, cantaban, ayunaban, leían las Escrituras, y
frecuentaban los cultos y las sinagogas. Mientras tanto, sustituían
las actitudes interiores correctas por apariencias externas.
Jesús declara aquí que la justicia que Dios requiere del creyente
va más allá de eso. El corazón, y no solamente los actos externos,
debe conformarse con la voluntad de Dios, en la fe y en el amor.

3. Abundancia del amor y del perdón de Dios


Las palabras de Dios son la fuente de la vida.
Al buscar esas fuentes vivas, estarás en comunión con
Cristo mediante el Espíritu Santo.
“Dijo Jesús: ‘El agua que yo le daré será en él una fuente
de agua que salte para vida eterna’ (Juan 4:14). Cuando el
Espíritu Santo nos revela la verdad, atesoraremos las experiencias
más preciosas y desearemos hablar con otras personas de las
enseñanzas consoladoras que se nos han revelado” (ibíd., p. 22).
Dios ha derramado de manera ilimitada su amor, tal como
los aguaceros que refrigeran la tierra. Él dice: “Rociad, cielos,
de arriba, y las nubes destilen la justicia; ábrase la tierra, y
prodúzcanse la salvación y la justicia; háganse brotar juntamente”
(Isa. 45:8).
Solamente aquellos que se alimentan de la Palabra de
Dios tienen dentro de sí la más grande justicia, que sobrepasa
ampliamente la de los fariseos. Solo basta que el hombre
reconozca su pobreza espiritual, y Dios no le negará el alimento
necesario que produce vida nueva.

23
CONCLUSIÓN
¿Quieres beber de la justicia de Dios?
Delante de una multitud sedienta y con hambre,
Jesús declara que aquellos que tienen hambre y sed son
felices. Las necesidades básicas de los oyentes de Jesús eran
evidentes. Sin embargo, Cristo no hablaba de la problemática
social.
En un mundo que está en medio de una crisis social, económica,
política, familiar, etc., las personas desean cambios urgentes y
claman por justicia, pero esta “hambre” y esta “sed” de justicia no
son lo que proporciona la verdadera felicidad.
Solamente los pobres en espíritu sienten hambre y sed de
justicia, y en Dios serán saciados. Aquel que concede el Reino de
los cielos es justo y justificador, y solamente él puede satisfacer lo
que exige su justicia.
A través del evangelio de Cristo el hombre descubre la justicia
de Dios, (Rom. 1:17). Solamente en Cristo es posible obtener la
justicia que viene de Dios. Después de ser justificado por medio de
Cristo, el hombre obtiene el derecho de entrar en el reino de los
cielos.
¿Deseas tú ser saciado por Dios? Únete a la oración del
salmista: “Extendí mis manos a ti, mi alma a ti, mi alma a ti como
la tierra sedienta” (Sal. 143:6). Por lo tanto, “Deléitate asimismo en
Jehová, y él te concederá las peticiones de tu corazón. Encomienda
a Jehová tu camino, y confía en él; y él hará. Exhibirá tu justicia
como la luz, y tu derecho como el mediodía” (Sal. 37:4–6).

Pr. Fernando Lopes de Melo


Director del Departamento de Jóvenes
de la Asociación del Planalto Central, Brasil

24
EMBAJADORES DE AMOR

“Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán


misericordia” (Mat. 5:7).

INTRODUCCIÓN
Las bienaventuranzas son ocho enseñanzas
que Jesucristo predicó en el Sermón del Monte para
enseñar y revelar a los hombres la verdadera felicidad. Según
las enseñanzas de Cristo, nosotros alcanzamos la plenitud de
nuestra felicidad cuando vivimos al lado de Dios, fuente de la vida,
de toda verdad y de toda felicidad.
Las bienaventuranzas anuncian también la venida del Reino de
Dios a través de las palabras y las acciones de Jesús, que hacen
presente la justicia divina en el mundo. Ellas revelan también
el carácter de las personas que pertenecen al Reino de Dios,
exhortando a las personas a seguir este carácter ejemplar.
Las bienaventuranzas nos enseñan que Dios nos llama para vivir
los principios del Reino de Dios. ¡Embajadores de su amor!

I. La dimensión de la misericordia
En la Biblia, la palabra misericordia se
presenta con dos significados fundamentales: el
primero describe una actitud que asume el más fuerte para
con el más débil, que se expresa habitualmente en el perdón de
las infidelidades y de las culpas; el segundo describe una actitud
particular para con la necesidad del otro, que se expresa en las
llamadas “obras de la misericordia”.

a. El carácter de Cristo
Las bienaventuranzas son el autorretrato de
Cristo. Él refleja la misericordia de Dios para con
los pecadores, pero también se conmueve ante todos los

25
sufrimientos y las necesidades humanas, e interviene para darle de
comer a la multitud, curar a los enfermos y libertar a los oprimidos.
Ser misericordioso es presentado, entonces, como un aspecto
esencial de ser a la imagen y semejanza de Dios: “Sed, pues,
misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso”
(Luc. 6:36) es una paráfrasis de “santos seréis, porque santo soy yo
Jehová vuestro Dios” (Lev. 19:2).
En Ezequiel, Dios dice: “Diles: Vivo yo, dice Jehová el Señor,
que no quiero la muerte del impío, sino [¡me alegro!] que se vuelva
el impío de su camino, y que viva” (Eze. 33:11). Miqueas dice
que Dios “se deleita en misericordia” (Miq. 7:18), es decir que
experimenta gozo al ser misericordioso con nosotros.

b. Una imposibilidad: ser naturalmente


misericordioso
El corazón del hombre es, por naturaleza,
frío, oscuro y desagradable; siempre que alguien
manifieste espíritu de misericordia y perdón, no lo hará porque
nace de sí mismo, sino por la influencia del Espíritu divino, que
ablanda el corazón: “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó
primero” (1 Juan 4:19).
La fuente de toda misericordia es Dios. Su nombre es
“misericordioso y piadoso” (Éxo. 34:6). Él no nos trata de acuerdo
con lo que merecemos; no indaga si somos dignos de su amor, sino
que derrama sobre nosotros las riquezas de ese amor a fin de que
nos tornemos dignos. Él no es vengativo; no busca el castigo, sino
la redención.
Aun la severidad que muestra por medio de sus providencias
se manifiesta para salvación de los extraviados. El Señor anhela
intensamente aliviar las miserias de los hombres y aplicar su
bálsamo a cada una de las heridas de ellos. Es verdad que Dios “de
ningún modo tendrá por inocente al malvado” (Éxo. 34:7), pero le
gustaría quitarle la culpa.
En los misericordiosos encuentra su mejor expresión el

26
compasivo amor de Dios. Todo aquel cuyo corazón está en
armonía con el corazón del Amor infinito buscará reconquistar, y
no condenar. La presencia permanente de Cristo en el alma es una
fuente que jamás se secará. Donde él habite, habrá un torrente de
benevolencia.
Dios te invita a ser Embajador de su gran amor.

c. ¿Causa o efecto?
Esta bienaventuranza podría llevarnos
a pensar que la misericordia de Dios para con
nosotros es un efecto de nuestra misericordia para con los
otros, y que es proporcional a esta. Si fuera así, entonces,
estaría completamente invertida la relación entre la gracia y las
buenas obras, y se destruiría el carácter de pura gratuidad de la
misericordia divina.
La parábola de los dos siervos (Mat. 18:23–35) nos ayuda a
comprender esta relación. El rey le perdona a su siervo una deuda
enorme (¡diez mil talentos!) y su generosidad debería haber motivado
al siervo a proceder del mismo modo con quien le debía a él.
Por lo tanto, debemos tener misericordia porque recibimos
misericordia, y no para recibir misericordia; sin embargo, es
necesario ser misericordiosos, sino la misericordia de Dios no
tendrá efecto en nosotros y nos será quitada, como el señor de la
parábola que le quitó al siervo que no tuvo piedad. La gracia crea
el deber: “De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo
vosotros” (Col. 3:13).
Ante el llamado del tentado, del errante, de las miserables
víctimas de la necesidad y del pecado, el cristiano no pregunta:
“¿son dignos ellos?”, sino: “¿cómo puedo beneficiarlos?” Entre los
más indignos, entre los más degradados, Cristo ve a las almas para
cuya salvación él murió, y para quienes Dios les dio a sus hijos el
ministerio de la reconciliación.
Los misericordiosos son los que manifiestan compasión hacia
los pobres, hacia los que sufren y hacia los oprimidos. ¿Eres tú un
Embajador del amor de Jesús?

27
2. Fuente de la misericordia
La misericordia prometida aquí no se refiere
a la misericordia que debemos ofrecerle a nuestros
semejantes. Ser compasivo con el prójimo no habilita a nadie
a recibir la misericordia divina. La experiencia demuestra que,
al ser cordiales con nuestros semejantes, tendremos una vida
mejor en esta tierra, pero esto no quiere decir que obtendremos
misericordia de Dios porque ejercemos misericordia.
Solamente es bienaventurado aquel que alcanza la misericordia
divina, pues toda bienaventuranza viene de Dios; y tal
bienaventuranza no está condicionada al comportamiento humano.

a. El ejemplo de Job
Job declara: “Porque yo libraba al pobre que
clamaba, y al huérfano que carecía de ayudador. La
bendición del que se iba a perder venía sobre mí, y al corazón
de la viuda yo daba alegría. Me vestía de justicia, y ella me cubría;
como manto y diadema era mi rectitud. Yo era ojos al ciego, y
pies al cojo. A los menesterosos era padre, y de la causa que no
entendía, me informaba con diligencia” (Job 29:12–16).
“Para muchos, la vida es una lucha dolorosa; se sienten sus
deficientes, desgraciados y descreídos: piensan que no tienen nada
que agradecer. Las palabras de bondad, las miradas de simpatía,
las expresiones de gratitud serían para muchos que luchan solos
como un vaso de agua fría para un alma sedienta. Una palabra
de simpatía, un acto de bondad, alzaría la carga que doblega los
hombros cansados. Cada palabra y obra de bondad abnegada es
una expresión del amor que Cristo sintió por la humanidad perdida”
(El discurso maestro de Jesucristo, p. 24).

b. Disfrutando de los resultados


“Los misericordiosos ‘alcanzarán misericordia’
(Mat. 5:7). ‘El alma generosa será prosperada; y el

28
que saciare, él también será saciado’ (Prov. 11:25). Hay una
dulce paz para el espíritu compasivo, una bendita satisfacción en
la vida de servicio desinteresado por el bienestar ajeno. El Espíritu
Santo que mora en el alma y se manifiesta en la vida ablandará
los corazones endurecidos y despertará en ellos simpatía y ternura.
Lo que sembremos, eso segaremos. “Bienaventurado el que
piensa en el pobre; […] Jehová lo guardará y le dará vida; será
bienaventurado en la tierra, y no lo entregarás a la voluntad de sus
enemigos’ (Sal. 41:1, 2)” (ibíd., p. 24).
El beneficio de la misericordia es cíclico: disfrutamos de la
misericordia, la compartimos con otros y recibiremos el privilegio de
estar en la eternidad, gracias a la misericordia eterna. Cuanto más
experimentamos y más expresamos, más recibimos.

c. Cambio de actitud
Ser misericordioso es el resultado del nuevo
nacimiento, donde el justificado pasa a ser semejante
a Cristo. Tal semejanza se manifiesta en la conducta, pero se
deriva de la nueva naturaleza.
Aquellos que reciben misericordia de Dios, comienzan a tener la
condición de misericordiosos. La misericordia de Dios se muestra
en el perdón: “Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro
Padre es misericordioso” (Luc. 6:36).
La nueva manera de comportarse demuestra que el hombre
alcanzó la filiación divina. Las cuestiones del comportamiento no
llevan al hombre a alcanzar la filiación divina sino, por el contrario,
cuando se llega a la filiación por medio de Cristo, el hombre tendrá
en sí las condiciones necesarias para presentar un comportamiento
a la altura de su nueva condición.
Aquel que no está en Cristo hará siempre el mal, y aquel que
esté en Cristo producirá, de acuerdo a su buen árbol, el bien. La
transformación que se opera en la naturaleza desbordará más allá
del corazón.

29
CONCLUSIÓN
Si la misericordia divina está en el inicio
de todo, y es ella la que exige y torna posible la
misericordia de unos para con los otros, entonces lo más
importante para nosotros es tener una experiencia renovada de la
misericordia de Dios.
En Jerusalén había un estanque de aguas milagrosas, y el
primero que se sumergía cuando las aguas se agitaban se curaba
(Juan 5:2–15). Mientras tanto, la realidad aquí es infinitamente
mayor que el símbolo: de la cruz de Cristo brotó la fuente de agua
y sangre, y no uno solo, sino todos los que se arrodillen dentro
resultarán curados.
Misericordia es la forma que el amor de Dios toma ante el
hombre pecador: después de haber tenido esta experiencia,
nosotros debemos mostrársela a nuestro prójimo.
“Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados,
de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de
mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y
perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De
la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros”
(Col. 3:12–13).
Quiero invitarte a aceptar el perdón de Dios en tu vida, hoy
mismo. Aprovecha la gracia para disfrutar de la misericordia divina.
Entrégale a Cristo tu corazón, tus preocupaciones, tus temores y tus
sentimientos negativos. El perdón divino te dará verdadera alegría
y paz. ¿Quieres ser tú un Embajador del amor de Jesús? ¡Entonces
colócate en pie y oremos juntos!

Pr. Fernando Lopes de Melo


Director del Departamento de Jóvenes
de la Asociación del Planalto Central, Brasil

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EMBAJADORES DEL PERDÓN DE DIOS

“Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a


Dios” (Mateo 5:8).

INTRODUCCIÓN
El pueblo judío cuidaba mucho la limpieza
ceremonial, existían muchas reglas pero,
lamentablemente, eso era solamente una preocupación con lo
exterior, ya “que no percibían la mancha que el egoísmo y la malicia
dejan en el alma” (El discurso maestro de Jesucristo, p. 25).
Cuando estuvo en este mundo, Jesús enseñó que para entrar en
su Reino es necesario tener pureza de corazón. Santiago 3:17 dice:
“Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura”.
Si los motivos son puros, la vida también será pura.

ILUSTRACIÓN
Cuando un hombre se levanta a la mañana,
una de las primeras cosas que hace es afeitarse,
pero eso no quiere decir que a la noche su barba no vuelva
a aparecer. Con una casa no existe diferencia pues, aun si nos
mudamos a una nueva casa y limpiemos todo, cada día es
necesario hacerlo nuevamente. Nosotros también tenemos una
limpieza que necesitamos realizar diariamente en nuestro cuerpo si
deseamos mantenernos higienizados y con buena apariencia.
Cuando recibimos al Señor Jesús como nuestro Salvador, su
sangre lava nuestro corazón y nos purifica de todos nuestros
pecados, pero eso no quiere decir que no vamos a pecar más.
Pues, así como afeitarse la barba, limpiar la casa e higienizar
nuestro cuerpo son una tarea diaria, cada día debemos ir a Dios y
pedir que él perdone nuestros pecados y nos purifique el corazón.
¿Ya les hablaste del perdón de Dios a tus amigos y familiares?

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DESARROLLO
1. Ser limpio de corazón tiene un sentido bien
profundo, de una manera diferente de como lo
entiende el mundo. Jesús quiso decir lo siguiente:
a. Ser libre de todo lo que es sensual;
b. Ser puro de concupiscencias;
c. Ser fiel en los íntimos designios y motivos
del alma;
d. Estar exento de orgullo y de intereses
egoístas;
e. Ser humilde;
f. Ser abnegado;
g. Ser semejante a un niño.
¿Estás tú limpio de corazón?
2. Ser limpio de corazón equivale a estar
revestido con el manto de la justicia de Cristo
(Mat. 22:11–12) en las siguientes áreas.
a. La mente (Mateo 13:15).
b. La conciencia (1 Juan 3:20).
c. El hombre interior, es decir, los rasgos de
carácter (2 Cor. 4:16).
3. La persona que busca la limpieza del
corazón ha abandonado el pecado como principio
gobernante de su vida, y su existencia está decididamente
consagrada a Dios (Rom. 6:14–16; 8:14–17). Tener un
corazón limpio no significa que la persona no tenga ningún
pecado; significa que, por la gracia de Cristo, se ha alejado de sus

32
errores del pasado, y que prosigue hacia la meta de la perfección
en Cristo Jesús (Fil. 3:13–15).

4. Las palabras “verán a Dios” se refieren tanto


a la visión espiritual como la física (Mat. 5:8).
a. Aquel que siente una necesidad espiritual
entra en el Reino de los cielos ahora (vers. 3).
b. Los que lloran por causa del pecado son
consolados ahora (vers. 4).
c. Los que son mansos de corazón reciben el
derecho de heredar la tierra nueva ahora (vers. 5).
d. Los que tienen hambre y sed de la justicia
de Cristo son saciados ahora (vers. 6).
e. Los misericordiosos alcanzarán misericordia
ahora (vers. 7).
f. De la misma manera, los limpios de
corazón tienen el privilegio de ver a Dios ahora,
con los ojos de la fe (vers. 8). Y en el Reino de los
cielos, los limpios de corazón tendrán el privilegio de verlo
cara a cara (1 Juan 3:2; Apoc. 22:4).
“Los de limpio corazón viven como en la presencia de Dios
durante los días que él les concede aquí en la tierra” (ibíd.,
p. 27).

¿Quieres ser un Embajador del perdón de


Dios?

5. El primer efecto del pecado es cegar las


facultades superiores de la mente y del alma.
a. El efecto es semejante al que se sufre por
el consumo de alcohol y por el uso de drogas.

33
b. El enemigo ciega primeramente a los
hombres persuadiéndolos a creer que la
experiencia con el pecado les dará una visión más
clara; lo cual es un engaño, pues el pecado los lleva a una
ceguera aún más grande. El pecador resulta “que tiene ojos
y no ve” (Jer. 5:21).

CONCLUSIÓN
1. Solamente los que poseen un corazón limpio
y sincero “verán a Dios”.
a. Si el “ojo es bueno”, toda la vida estará
llena de “luz” (Mat. 6:22–23).
b. Muchos cristianos sufren de estrabismo
espiritual: procuran tener un ojo fijo en la Tierra
Nueva, mientras que el otro ojo está en los “deleites
temporales del pecado” (Heb. 11:25) y en las “ollas de
carne” de Egipto (Éxo. 16:3).

2. Nuestra única seguridad está en vivir de


acuerdo a la voluntad de Dios, y que él sea la
prioridad en nuestras vidas.
a. ¿Alguien percibe que las cosas de este
mundo son desagradables para él?
b. Necesitamos a Dios, para que nos realice
una limpieza espiritual, como aquella de la que
hablaron Jesús y Pedro en la última cena.
c. Si deseamos ver a Dios, debemos mantener
las ventanas del alma limpias.
¿Quieres que Dios realmente limpie tu
corazón?.

34
3. Aquel que desee ser puro de corazón vivirá
como si Dios estuviera a su lado 24 horas por día.
a. “Ahora vemos por espejo, oscuramente;
mas entonces veremos cara a cara...” (1 Cor.
13:12).
b. Jesús desea limpiar tu corazón hoy. Y está
dispuesto a mucho más: un transplante de
corazón como el que se propone en Ezequiel 11:19 y 20
(“Y les daré un corazón, y un espíritu nuevo pondré dentro
de ellos; y quitaré el corazón de piedra de en medio de su
carne, y les daré un corazón de carne, para que […] me
sean por pueblo, y yo sea a ellos por Dios”).

c. Haz tú, ahora y en cada minuto de tu vida,


un pacto con Dios a fin de tener una vida limpia
y pura.
¿Quieres ser un Embajador del perdón de Dios?

Pr. Flávio Lopes de Siqueira


Director del Departamento de Jóvenes
de la Misión de Tocantins, Brasil

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36
EMBAJADORES DE LA PAZ

“Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados


hijos de Dios” (Mat. 5:9).

INTRODUCCIÓN
Vivimos en un mundo un tanto extraño: se
habla de tener mucha paz, mientras que lo más difícil
de encontrar en este planeta es alguien que realmente la
propague; las naciones dicen que están procurando conseguirla,
mientras que sus mayores inversiones son en el área bélica. Las
“grandes potencias” son conocidas por ese nombre no solo por
fuerza económica, sino también, y especialmente, por su poderío
de fuego, sus armas nucleares y sus ejércitos tremendamente
equipados. Lo interesantes es que esto también se repite en
mucho países pobres, en los cuales a hay carencias de alimento,
educación, vivienda y salud, pero que tienen armas en abundancia,
participan de guerras externas y provocan luchas internas.
En este contexto en el cual el planeta se encuentra, Dios
ofrece una palabra de esperanza a los pacificadores.

1. ¿Qué es ser un pacificador?


a. Promotor de la paz
Ciertamente, una respuesta correcta sería
aquella que dice que un pacificador es aquel que
promueve la paz, pero cuando Cristo habló de los pacificadores
quería expresar mucho más que eso. Para que una persona pueda
dar algo, primero tiene que poseerlo. Por lo tanto, en primera
instancia, un pacificador es quien tiene paz.
En Isaías 9:6, la Biblia afirma que Cristo es “Príncipe de paz”.
Así, entendemos que solamente aquel que tiene a Cristo en su vida
puede tener verdadera paz. Pero, esto nadie lo logra por mandato,

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o comprendiendo la simple teoría: si alguien desea tener paz, debe
amar la paz. Y lo interesante es que la paz no es solo un estado del
alma, sino que la paz es una persona: el Señor Jesucristo.
Entonces, aquel que tiene a Cristo en su vida va a promover la
paz naturalmente, sin esforzarse por intentar traslucir aquello que
no es. Sus palabras serán diferentes, pues otorgarán esperanza y
paz a las personas con quienes entre en contacto diariamente.
¿Eres tú un predicador de la paz?

b. Mensajero de la paz
Isso parece ser simples, mas infelizmente,
atualmente, praticar isso é um pouco mais difícil, pois
somos tentados a cada instante a ficar longe dAquele que é
fonte da paz, o Senhor Jesus.
O pior é que, às vezes, nem percebemos o que nos impede de
sermos amantes da paz. Quantas vezes somos confrontados com
a nossa consciência quando assistimos a filmes violentos, em que
as metralhadoras descarregam milhares de projéteis, espalhando
terror e destruição. Noutros momentos somos pegos torcendo
em esportes violentos, em que o mais forte, o maior, o mais ágil
sempre vence, não se importando com a violência e traumas que
ficarão para o derrotado.
O pacificador tem a paz, porque ele tem Cristo em sua vida,
e isso é maravilhoso, então seu estilo de vida, seu paladar, suas
palavras serão exatamente como as de um mensageiro de paz.

ILUSTRACIÓN
Cierta vez, le ofrecieron un premio a la
persona que pintara el mejor cuadro representativo de
la paz. Hubo dos que parecían los mejores.
Uno de ellos retrataba un paisaje de verano. Un riacho corría
tranquilamente a través de un verde prado. Ni la más leve brisa
agitaba los árboles. El cielo estaba claro. Dos reses pastaban a la
sombra de un gran roble, una mariposa muy colorida volaba de flor

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en flor. Los pájaros se posaban en las ramas. Eso era paz.
Sin embargo, se le otorgó el premio a un artista que había
pintado en su tela un agitado y furioso océano. Los relámpagos
cruzaban el cielo oscurecido. Y al lado de una formación de rocas,
protegido por una pequeña saliente, se podía ver una gaviota
blanca en su nido. Las olas furiosas arremetían contra su retiro;
sin embargo, ella no sentía ningún temor. Contemplaba todo
tranquilamente, sabiendo que estaba segura en su refugio.
El refugio de la mente es Cristo. En los lugares celestiales junto a
Cristo, podemos contemplar todo sin temor.
El pacificador tiene la paz, porque tiene a Cristo en su vida, y eso
es maravilloso… Entonces, su estilo de vida y sus palabras serán
exactamente como las de un mensajero de paz.
Por lo tanto, el pacificador se torna en bendición por
dondequiera que vaya. ¿Eres tú un mensajero de la paz de Jesús?

2. ¿Por qué ser un pacificador?


a. Para ser un bienaventurado
Sin duda, una predicación se vuelve mucho
más convincente cuando la argumentación se realiza
de una manera clara y objetiva, y eso es exactamente lo que
encontramos en el Sermón del Monte.
En todas las bienaventuranzas mencionadas por Cristo siempre
aparece una nota explicativa. El pacificador ya es un individuo
bendecido, feliz, porque tiene paz dentro de sí, y eso lo habilita a
compartir esa alegría con los otros. A su vez, el Señor Jesús clarifica
que el pacificador será llamado hijo de Dios.

b. Para ser llamado hijo de Dios


Aun más adelante en la misma predicación,
Jesús vuelve a decir cuán importante resulta ser
llamado hijo de Dios: “Pero yo os digo: Amad a vuestros
enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os

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aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que
seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su
sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos”
(Mat. 5:44, 45).
El hecho de que el pacificador sea llamado hijo de Dios es
exactamente lo que determina la bienaventuranza, es decir, feliz es
aquel que es llamado hijo de Dios.
Esto se considera un privilegio que solamente la gracia de Dios
nos concede; en realidad, no tenemos nada en nosotros que pueda
justificar tal privilegio, pero el Salvador anhela que todo creyente
genuino sea reconocido como un hijo de Dios. Este reconocimiento
dará poder en la predicación del evangelio, y hará del cristiano un
instrumento vivo en las manos de Dios.
En Juan 1:12 está escrito que “a todos los que le recibieron,
a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos
hijos de Dios”. Nuevamente percibimos la importancia de ser
reconocidos como hijos de Dios pues, de ese modo, el evangelio
que predicamos deja de ser teórico, para volverse real y práctico.
Ahora es posible entender por qué nuestro mundo necesita más
pacificadores. Cada cristiano debe entender que es un pacificador,
porque es un hijo de Dios.

3. La misión del pacificador


a. Cómo enfrentar un mundo en guerra
Resulta común ver peleas en las calles y en
las escuelas, y allí notamos que, aun desde pequeño,
el ser humano tiene más facilidad de volcarse a la violencia
que de promover la paz. Los hijos de Dios deben ser reconocidos
como amantes y promotores de la paz, porque conviven
diariamente con ella en la persona del Señor Jesús.
¡Ah, hermanos y amigos! ¡Cuán profundo es entender nuestra
responsabilidad para con las personas con las que convivimos! El
cristiano debe ser quien que lleve paz a las familias, consuele a los

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enlutados, ayude al necesitado, aconseje al desesperado… Sí, esto
es lo que Dios requiere de sus seguidores: que ellos mismos no se
aparten de la misión de ser reconocidos como hijos de Dios.

b. Llevar paz al corazón del ser humano


Elena de White escribió: “Los seguidores de
Cristo son enviados al mundo con el mensaje de paz.
Quienquiera que revele el amor de Cristo por la influencia
inconsciente y silenciosa de una vida santa; quienquiera que incite
a los demás, por palabra o por hechos, a renunciar al pecado
y entregarse a Dios, es un pacificador” (El discurso maestro de
Jesucristo, p. 28).
El pacificador es un propagador natural de la paz: por donde él
ande siempre estará llevando a otros a buscar el verdadero sentido
de esta vida, que es encontrar la felicidad en la persona de Jesús.
Los hijos tienen dentro de sí las características únicas que
heredaron de sus padres. De este modo, tú y yo debemos
acercarnos tanto a Cristo, que acabemos, inconscientemente,
llevando dentro de nosotros las cualidades de nuestro Padre
Celestial. Ser un pacificador no es una virtud aislada de algunos
cristianos, Dios le quiere dar ese privilegio a cada persona que vive
en este mundo, y el pacificador tiene esa misión.

c. Distinguir la más grande de las guerras


que tienen lugar en la tierra
En el mundo siempre hubo grandes batallas
porque, a partir del momento en el cual entró el
pecado en este planeta, se declaró una guerra cósmica, pero
la más grande de las batallas es aquella que se desarrolla entre el
bien y el mal, en todo momento dentro de nuestros corazones. Esta
lucha es real, y tiene que ser encarada como una cuestión de vida
o muerte, pues lo que hacemos definirá nuestra salvación o nuestra
perdición. Deberíamos pensar mucho antes de mirar cosas que
estimulen la violencia, antes de escuchar una música, de cantar

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una canción o de admirar a alguien. Deberíamos reflexionar: ¿Esto
va a ayudarme a ser un pacificador? ¿Es un pacificador la persona
a la cual admiro? ¿Lo que estoy haciendo me convertirá en un hijo
de Dios?

CONCLUSIÓN
Amigos, hermanos y jóvenes, nunca se
olviden de una cosa: el más grande de los
pacificadores es el Señor Jesús, él es el Príncipe de la paz,
y quiere darte esa paz. Si tú te encuentras atribulado, aterrorizado
con este mundo, no te olvides de que él tiene las respuestas. Cristo
es más que una leyenda, él es real, y hoy quiere colmar tu corazón
con esa paz plena, para que obtengas la herencia celestial, es
decir, ser llamados hijo de Dios.
¿Quieres ser Embajadores de la paz de Jesús?
Amén.

Pastor Levino dos Santos Oliveira


Director del Departamento de Jóvenes
de la Asociación de Mato Grosso, Brasil

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EMBAJADORES DEL REINO DE DIOS

“Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la


justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados
sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda
clase de mal contra vosotros, mintiendo” (Mat. 5:10–11).

INTRODUCCIÓN
Ser un cristiano no es fácil. Estamos en
guerra con el mundo, que nos persigue pues somos
diferentes, y pensamos y actuamos de manera distinta.
Fuimos llamados para ser “la sal de la tierra” y “la luz del
mundo” (Mat. 5:13, 14).

1. “Bienaventurados los que padecen


persecución por causa de la justicia, porque
de ellos es el reino de los cielos” (Mat. 5:10)
La justicia de Dios es la causa de toda la
persecución. Será bienaventurado todo aquel que es
perseguido por guardar el mensaje de Cristo en su corazón, y
no por razones humanas. “Entonces el dragón se llenó de ira contra
la mujer; y se fue a hacer guerra contra el resto de la descendencia
de ella, los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el
testimonio de Jesucristo” (Apoc. 12:17).
El motivo de la persecución a los creyentes es la realización de la
voluntad de Cristo.

2. “Bienaventurados sois cuando por mi causa


os vituperen y os persigan, y digan toda clase
de mal contra vosotros, mintiendo” (Mat.
5:11).
Los discípulos de Jesús debían entender que
serían bienaventurados cuando sufrieran injurias
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y persecuciones. Es una alegría ser participantes de las
aflicciones de Cristo.
Jesús estaba presentándose al pueblo a través de las
bienaventuranzas, ya que todas ellas fluyen de él. En Cristo está
establecida la alegría de los pueblos y de las naciones. Y aún
cuando es perseguido e injuriado, el bienaventurado continúa siendo
bienaventurado: la felicidad trasciende de esta vida hacia la eterna.
¡Esteban se alegró al ver el rostro del Señor! (Hech. 7:55, 56).
No son las persecuciones ni las amarguras de esta vida las que
vuelven a un hombre bienaventurado; los problemas forman parte
de la cotidianeidad. La bienaventuranza procede del evangelio de
Cristo, pues es él quien les concede a los hombres el estar alegres
en Dios.

3. ¿Dónde encontrar la verdadera felicidad?


Para ser verdaderamente felices necesitamos
estar en Cristo, pues la verdadera felicidad proviene
de él. La verdadera alegría pertenece a aquellos que, por la
causa de Cristo, han de ser perseguidos e injuriados. “Y también
todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán
persecución” (2 Tim. 3:12).
La verdadera felicidad no proviene del ser, del tener y del hacer
en el ámbito material; si le damos un giro a esos verbos hacia el
área espiritual tendremos la verdadera felicidad.
Como dice en Habacuc 3: 17 al 19: “Aunque la higuera no
florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto
del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean
quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales; con todo,
yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación.
Jehová el Señor es mi fortaleza”.
¡Qué privilegio y que alegría! ¡Ser perseguido como lo fueron los
profetas del pasado, y tener el derecho a un gran galardón, que
está guardado en los cielos (Mat. 5:12)!
Inmediatamente después de las bienaventuranzas, Jesús habla

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del propósito del cristiano: Dios nos llama a servir… ¿estás tú
sirviendo y salvando a las personas?

4. Los representantes de Cristo son la sal de


la tierra
a. ¿Por qué somos la sal de la tierra?
Somos la sal de la tierra porque aquel que
está en Cristo modifica el sabor de la vida, trae la
verdadera alegría y transforma el lugar en el que está.

ILUSTRACIÓN
Cuando estaba cursando el secundario, me
acuerdo que algunos de mis amigos me pidieron que
hablara de Dios en clase porque nuestro profesor estaba
llorando a causa de una noticia que acababa de recibir. Era un
estudio que constataba una enfermedad en el cerebro de su hijo.
En aquel momento, Dios me escogió para ser la sal que le daría
sabor a esa situación tan amarga. Tuve la oportunidad de hablarles
de Dios a todos mis compañeros de clase, e incluso a mi profesor,
quien luego pudo, finalmente, seguir con el tema que nos estaba
enseñando.
Los bienaventurados son sal porque tienen la función de dar
sabor agradable, lo que convierte el mensaje del evangelio en
agradable para los hombres.
¿Estás tú haciendo la diferencia en tu entorno?

b. La sal como conservante


Se nos invita a ser conservantes, personas
que serán guardianas de la fe. En los días en que el
escepticismo embargue a la humanidad, conservaremos la
Palabra bíblica en nuestros corazones y nos sustentaremos con
la fuerza de la Palabra que nos fue dada por el Espíritu Santo
en las enseñanzas bíblicas. Sin embargo, debemos abstenernos

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de cualquier tipo de honor que se nos otorgue, pues solo somos
simples instrumentos en las manos de Dios, y es él quien hace
crecer el evangelio en los corazones de los hombres. “Así que
ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el
crecimiento” (1 Cor. 3:7) ¡Dios es todo para nosotros!

5. La oración
Cuando estemos envueltos en persecuciones,
debemos orar para que Dios nos muestre cómo actuar.
A su vez, debemos tener presente que la palabra del cristiano
tiene que estar impregnada de sabiduría y condimentada con sal,
de esta manera, alcanzaremos con más facilidad los objetivos del
evangelio.
El cristiano debe tener mucho cuidado para no confundir:
‘ser pisoteado por los hombres’ y ‘ser bienaventurado por sufrir
persecuciones’. Cuando los cristianos son perseguidos por causa del
evangelio son bienaventurados, sin embargo, habrá algunos que
padecerán por entrometerse en negocios ajenos, etc.

6. El cristiano es la luz del mundo. ¿Estás tú


siendo la luz del mundo a tu alrededor?
El cristiano existe para traer luminosidad a
este mundo que está en tinieblas. No podemos ser
piedras de tropiezo, sino que debemos guiar a las personas al
servicio de Dios. “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres”
(Mat. 5:16).
Así como necesitamos una linterna cuando estamos perdidos en
la oscuridad, cristiano es aquel que les muestra el camino a aquellos
que están sin rumbo y sin dirección.
¿Estás mostrando el camino, la verdad y la vida a otros jóvenes?

CONCLUSIÓN
Quiero que sepas que tú fuiste llamado para
guardar la palabra de la fe, siendo una luz para
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iluminar el mundo y sal para dar sabor. Al enemigo de los
cristianos no le gusta esto, por lo tanto, procurará ofuscar tu brillo,
apagar tu luz y quitarte sabor. Por eso, te invito a leer las siguientes
palabras en Santiago 1:12: “Bienaventurado el varón que soporta la
tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona
de vida, que Dios ha prometido a los que le aman” (el énfasis es
nuestro).
Amén.

Pr. Guilherme Chateaubriand


Director del Departamento de Jóvenes
de la Asociación Central, Brasil

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