Вы находитесь на странице: 1из 4

Bertoncello, R. V. “La Geografía: estado de arte”. En: Educ-ar.

El portal educativo del


Estado Argentino. Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología. Aportes para la enseñanza
en el nivel medio.2004

5- La organización económica del espacio


Las perspectivas neopositivistas y radicales

El interés por las cuestiones vinculadas con la economía ha ocupado un lugar destacado en la
geografía, particularmente en las perspectivas neopositivistas y radicales. A las tradicionales
descripciones del despliegue espacial de las diversas actividades económicas en la superficie
terrestre, típicas de las perspectivas más tradicionales, las nuevas tendencias incorporaron la
preocupación por dar cuenta o explicar sus razones. En el caso del neopositivismo, el énfasis
estuvo puesto en la elaboración de modelos y leyes que permitieran comprender el orden
subyacente a una realidad que, en su observación directa, lo ocultaba. Los modelos de
localización industrial (por ejemplo de A. Weber), de centros de servicios (Christaller) o de la
actividad agrícola (von Thunen) son algunos ejemplos. En el caso de las tendencias radicales, el
interés se centró, en cambio, en la comprensión y crítica al modo de producción capitalista, ya
que era este el que permitía comprender las pautas de distribución y localización de las
actividades. El interés por las diferencias que el desarrollo económico mostraba a escala
planetaria, las relaciones de dependencia y explotación involucradas en estas diferencias, y sus
consecuencias en las condiciones de vida, también fueron tema de interés (Sánchez, 1991).

La profunda reorganización del capitalismo, cuyo inicio se acepta ubicar hacia mediados de la
década de 1970, afectará fuertemente los contenidos y metodologías de análisis de la geografía
económica. Globalización económica e ideologías neoliberales, redes empresariales y
financieras, sistema posfordista de producción y cambio tecnológico, pueden considerarse los
ejes temáticos que permiten organizar esta presentación del tema (Méndez Gutiérrez del Valle,
2004). Atravesándolos a todos, está siempre la preocupación por la dimensión espacial de estas
transformaciones.

La crisis capitalista de mediados de los años setenta en las economías más desarrolladas
impulsa una profunda transformación de la organización económica en general, y de la
productiva en particular. La reorganización de los procesos productivos, muy vinculada a la
incorporación de nuevas tecnologías que ahorran mano de obra y permiten diversificar la
producción (que ha dado en denominarse posfordismo), conlleva una nueva división espacial
del trabajo, que permite el máximo aprovechamiento de las ventajas comparativas de cada
lugar, para la producción de aquellos productos o partes de los mismos que posteriormente
podrán ser ensamblados y vendidos en el mercado mundial. Nuevas áreas de industrialización,
mayormente en los países subdesarrollados, se correlacionan con la decadencia de áreas
industriales tradicionales de los países ricos.

El proceso de globalización económica de las últimas décadas sustenta estas transformaciones y


al mismo tiempo se alimenta de ellas. Las ideologías neoliberales y las relaciones de poder
internacional facilitan la liberación de los flujos comerciales y, más aún, los financieros.
Las grandes empresas adquieren mayor relevancia aún, concentrando porciones de poder
muchas veces superiores a las de más de un Estado. Todo el planeta se ve transformado en un
inmenso mercado de producción y consumo de bienes cuya circulación en el espacio es
ampliamente facilitada. Las imágenes y discursos sobre el mundo global e integrado
complementan este proceso de homogeneización.

Enfatizar exclusivamente en la homogeneización que acompaña el proceso de globalización,


sin embargo, sería erróneo, como lo han ya señalado varios autores, mostrando el carácter
ideológico de estos supuestos. Es aquí donde el espacio geográfico juega un papel fundamental,
ya que así como su “acondicionamiento” ha sido un requisito fundamental para el proceso de
globalización y la consecuente homogeneización, el espacio instala nuevas divisiones y
fragmentaciones, que conviene considerar con atención.

La importancia que las tecnologías de la información y la comunicación han adquirido en estos


años ha llevado a diversos autores, entre ellos Manuel Castells (2000), a hablar de sociedad de
la información. Uno de los componentes fundamentales de esta nueva forma de organización
sería la existencia de redes de todo tipo, en las cuales se articulan procesos fragmentados tanto
social como territorialmente. Grandes organizaciones, en particular las empresas pero no sólo
ellas, organizan su accionar a través de estructuras reticulares que atraviesan y articulan
distintas funciones, lugares o grupos sociales. Las grandes compañías industriales son un
ejemplo paradigmático de este tipo de organización: sus procesos productivos se
fragmentan y llevan a cabo en distintas plantas productivas, otras unidades procesan su
contabilidad o administración, otras realizan su publicidad y otras se ocupan de las
ventas; y todo esto sucede en distintos lugares al mismo tiempo, que están conectados en
red, gracias a las posibilidades que las nuevas tecnologías ofrecen, y que el contexto social
y económico permite y justifica.

Así, el mundo globalizado podría ser pensado como una totalidad vinculada y atravesada por
un conjunto infinito de redes; viviríamos hoy en sociedades en red. Estas redes tendrían nodos,
es decir puntos donde se concretan, y estos nodos son lugares concretos, que se ven
beneficiados por su inclusión en las redes. La competencia entre los distintos lugares para
formar parte de alguna red (o mejor aún, de la mayor cantidad posible) sería exacerbada al
máximo. En cada uno de estos lugares, sin embargo, sólo una parte de su población o de sus
actividades tradicionales serán de interés para estas redes, lo que reproduce en ellos los mismos
procesos de selección y diferenciación que se dan a escala global. Inclusión y exclusión de
estas redes son, por lo tanto, las dos caras de la misma moneda, que se procesan social pero
también espacialmente (Castells, 1998). Las sociedades, grupos sociales dentro de ella, lugares
en distintas escalas que no son incluidos en red, quedan al margen; la inclusión en las redes se
constituye en el nuevo mecanismo de inclusión y exclusión y marginación.

La cuestión fundamental para el abordaje de estos temas desde la geografía es qué atributos
debe tener un lugar para formar parte de alguna (muchas) red, y no quedar excluido. A
responderla se han orientado los aportes realizados, entre otros, por Doreen Massey (1984) o
David Harvey (1998), quienes muestran que por detrás de la homogeneización que origina la
globalización y las nuevas formas de organización económica es posible observar que se
produce, al mismo tiempo y en forma articulada, un proceso de diferenciación, en la medida en
que esta homogeneización sólo es tal para ciertas porciones o fragmentos de las sociedades y el
espacio: sólo aquellos individuos que resultaban interesantes para sus fines son incorporados y,
en tanto tales, formaban parte de la totalidad homogénea; y lo mismo sucede a nivel espacial.
Sólo aquellos lugares que tienen “algo interesante que ofrecer” a las lógicas globales que
organizan las redes podrán convertirse en nodos, los restantes serán excluidos. La competencia
capitalista exacerba la búsqueda de especificidades como fuente de mayores ganancias (lucro
diferencial), al tiempo que individuos, sociedades y lugares implementan mecanismos diversos
que les permitan quedar incluidos evitando la exclusión (por ejemplo, el desempleo del
individuo, el empobrecimiento para la sociedad, la pérdida de actividades, trabajo, etc., para un
lugar) o, según la expresión de Romero y Nogué (2004), caer en la irrelevancia.

Más aún, cabe advertir que esta forma de homogeneización y diferenciación de los lugares es
parte constitutiva del proceso de acumulación capitalista en su fase actual. Y por supuesto,
permiten comprender no sólo la diferenciación espacial resultante, sino y fundamentalmente, el
rol que dicha diferenciación juega en este proceso. La importancia que las condiciones de los
lugares ha adquirido en el proceso de desarrollo económico actual ha dado lugar también a
diversas posturas que, desde lo económico, han acompañado y complementado el énfasis que,
desde lo político y también lo cultural, se viene poniendo en las escalas locales. Las
denominadas propuestas de desarrollo local, y también las de desarrollo territorial (una
sistematización de esta discusión puede verse en Manzanal, 2005), se orientan en este sentido,
en la medida en que ponen énfasis en la activación de aquellos rasgos o atributos específicos de
los lugares que puedan dar base a procesos de desarrollo genuino o sustentable, evitando caer
en la implementación de mecanismos espurios (como el abaratamiento de la mano de obra, el
debilitamiento de las regulaciones ambientales o, más frecuente aún, las exenciones e
incentivos impositivos) para atraer inversiones, que en muchos casos han dado lugar a
consecuencias negativas mayores que los beneficios obtenidos.

Por otra parte, también se han desarrollado formas de analizar la dinámica económica a nivel
regional, particularmente a través de los denominados circuitos económicos espaciales o
regionales. Se trata de una metodología de análisis que parte del reconocimiento de los
distintos agentes económicos que se articulan a lo largo de las distintas etapas de determinado
proceso productivo o circuito económico, procediendo a su localización en el territorio. Esto
permite analizar las formas en que distintas áreas quedan articuladas en torno a un proceso
productivo específico, viendo las relaciones de complementación o cooperación, y también las
de dependencia o explotación, sociales y territoriales, que acontecen en los mismos.

Cabe advertir, por último, que estas cuestiones no son exclusivamente económicas sino que
presentan desdoblamientos y articulaciones con muchas otras dimensiones.

Retomando los contenidos del título anterior, podemos señalar por ejemplo que las condiciones
ambientales valoradas como “adecuadas” se encuentran entre uno de los factores de
atractividad que los lugares pueden ofrecer para posicionarse adecuadamente en las redes
económicas actuales; el ejemplo de ciudades como Seattle, en Estados Unidos, o Vancouver, da
cuenta de ello, lo mismo que la localización de Silicon Valley en las afueras de San Francisco
(sede de grandes empresas de informática), todos los lugares que promocionaron sus excelentes
condiciones ambientales como factores para atraer inversiones sedes empresariales. Veremos
que otro tanto sucede con las dimensiones políticas, culturales o sociales.