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Escenario Internacional: de la cooperación al conflicto

Gerardo Strada Saenz

Abstract
The objective of this paper is to rethink the international scenery form the angle of a
“conflict paradigm” as a theoretic model, considering the emergence of non-state
actors with capabilities to threaten State security, such as terrorism, narco-guerrillas,
drug traffickers and separatists. The prism of “cooperation”, which characterized the
international arena between the end of the XXth and the beginning of the XXIst centuries,
enabled us to understand international relations as areas for commerce, negotiation
and the search for consensus. The 9-11 events radically changed the world and the
international patchwork. In the nascent imperial order the United States of America
looks at affairs from the “realist” and “neorealist” point of view. Thus, understanding
this theoretic paradigm is essential. Finally, the author analyzes the Latin American
situation. The subcontinent, with measurable increments in violence and tensions,
appears as a hot region with peculiar characteristics.

Viejos paradigmas para un nuevo orden


Los estudios en relaciones internacionales han hecho grandes esfuerzos para teorizar
acerca de criterios que permitan comprender el funcionamiento del sistema
internacional en base a reglas de conducta entre sus actores.

La construcción de paradigmas como modelos explicativos de la realidad se fue


desarrollando con la evolución misma de las relaciones internacionales como disciplina
académica, y estos esquemas conceptuales generales tuvieron su impronta tanto en los
ámbitos intelectuales como en las esferas de toma de decisiones en política exterior.

Así, a partir del siglo XX1, distintas corrientes teóricas comenzaron una fructífera
discusión respecto de los tipos de órdenes del sistema internacional y de sus lógicas de
comportamiento aunque dos se destacaron entre ellas, el realismo y el idealismo, que
subsumen los dos grandes paradigmas. “Los seres humanos entienden la política como
una serie de interacciones orientadas hacia la cooperación y basadas en el intercambio,
las transacciones y la negociación para establecer sus diferentes posiciones sobre el uso
de los bienes colectivos, en un caso; o bien la entienden como una serie de interacciones
conflictivas basadas en el antagonismo entre valores e ideologías incompatibles respecto
al uso de los bienes del sistema”.2

El concepto de orden internacional se caracterizaba, respecto del tipo, por una


ponderación numérica respecto de la cantidad de potencias que interactuaban en el
sistema, así se podían concebir órdenes multipolares, bipolares o unipolares
dependiendo del número de las mismas existentes.

Una potencia debe ser considerada a partir de la capacidad de poder que la misma
puede esgrimir, incluyendo el poder económico, comercial, financiero, cultural,
1
Consideramos el siglo XX ya que la corriente idealista se expresa de forma manifiesta a partir de la
iniciativa de la Liga de las Naciones del Presidente Woodrow Wilson, luego de la Primer Guerra
Mundial.
2
Attinà, Fulvio “El sistema politico global”. Paidós, Barcelona, 2001, p.32

1
científico tecnológico u otros, pero sustentada fundamentalmente en su poder
militar, ya que el uso del recurso bélico es el último al cual un Estado debe estar
dispuesto a apelar o, en caso contrario, encontrará una limitación expresa a sus
aspiraciones.

Fulvio Attiná nos recuerda que “los recursos o base del poder internacional son aquellos
atributos estatales que hacen de un Estado una verdadera potencia: la magnitud y
recursos de su territorio, la entidad de su población, los recursos industriales y
económicos en general, las fuerzas armadas y la capacidad estratégica”.3

Desde Hans Morgenthau a Kenneth Waltz y pasando por Raymond Aron, el realismo y
el neorrealismo sostienen que el sistema internacional es anárquico, aunque no exento
de un orden impuesto por el criterio de la autodefensa a partir de los recursos
fundamentales de poder militar. La lógica del comportamiento entre los Estados es, para
esta perspectiva, una interacción competitiva que deriva en conflictos de distinta
intensidad.

Los intereses nacionales, el poder y la seguridad son la base del análisis teórico del
realismo y neorrealismo, siendo los mismos definidos en torno al escenario nacional y
la esfera de influencia de la potencia. Es en este sentido que debe analizarse la política
exterior como una política que excede el concepto de soberanía territorial y que puede
contraponerse con la de otros Estados y de ello se deriva el conflicto.

La perspectiva idealista, en tanto, considera que las relaciones entre Estados están
guiadas por principios sociales y morales que posibilitan la agregación de intereses y,
por ende, el sistema internacional debe construir instituciones que permitan la discusión
entre Estados para consensuar políticas globales, evitando así la lógica del poder
realista.

El otro elemento central del idealismo es el reconocimiento de la soberanía estatal como


inviolable, dotando a los distintos actores del sistema de reglas igualitarias en la
discusión de sus intereses.

Ahora bien, si bien todo esquema teórico es una simplificación de la realidad, también
es cierto que los cambios acontecidos en los últimos tiempos nos obligan a efectuar
algunas consideraciones para una mejor comprensión de lo que ocurre o puede llegar a
ocurrir.

En primer lugar, la historia parece demostrarnos, a partir del siglo XX, que el sistema
internacional se comporta de manera cíclica entre períodos de cooperación y conflicto,
siendo los primeros la consecuencia de la crisis de un orden internacional y los
segundos la antesala de un ordenamiento nuevo.

El otro elemento importante que debemos destacar es que los paradigmas realista e
idealista siempre operaron como andamiajes estatocéntricos respecto de la seguridad, es
decir, basados en el Estado como actor fundamental de la política internacional que
defendía este interés vital.

3
Attinà, Fulvio , Op. Cit., p.43

2
Si bien los actores no-estatales fueron considerados hace ya bastante tiempo en los
estudios de las relaciones internacionales, eran los Estados los únicos actores
capaces de amenazar la seguridad nacional y, por tanto, el conflicto, como
resolución del momento de inseguridad, solo era posible entre Estados.

Al respecto es interesante la reflexión de Carlo Jean quien señala: “La globalización, la


interdependencia, la nueva tecnología de la información el cambio que está
manifestando el orden westfaliano basado en la completa –y no sólo formal- soberanía
del estado y sobre el reconocimiento de su autonomía sobre la esfera interna, el
desarrollo de las instituciones internacionales y el creciente peso de organizaciones no
gubernamentales aún en la esfera internacional -que algunos consideran expresión del
nacimiento de una sociedad civil mundial, paralela y en parte contrapuesta a la
comunidad de estados- están modificando no sólo el concepto práctico de seguridad
sino también lo formal y jurídico.”4

Esta nueva perspectiva que amplía la existencia de actores no estatales con


capacidad de afectar la seguridad nacional, sitúan al escenario internacional como
mucho más amenazado por conflictos ahora de diversa fuente e índole,
principalmente los grupos terroristas, el narcotráfico y la narcoguerrilla, los
movimientos separatistas, etc.

Pero esto se relaciona a su vez con la paulatina debilidad que enfrentan los Estados
como instituciones políticas responsables del orden y la seguridad. El concepto de
Estados fallidos o failed states ha despertado un enorme interés respecto de su rol en los
escenarios de conflicto moderno.

“Los atentados de 11-S pusieron de manifiesto un tipo de problema distinto. El estado


fracasado de Afganistán era tan débil que podía ser, efectivamente, secuestrado por un
actor no estatal, como la organización terrorista al-Qaeda, y servir de base de
operaciones global para los terroristas”.5

En suma, el nuevo escenario internacional de frente al futuro revela la existencia


de tensiones y riesgos ciertos a la seguridad sobre todo en aquellas regiones que
detenten la existencia de Estados fallidos y actores no estatales que amenacen la
seguridad.

Pero aún no podemos referirnos a la existencia de un tipo de orden ya que la crisis del
sistema bipolar ha dado paso a una serie de ensayos por parte de la única potencia
estatal existente, los Estados Unidos, en relación a su papel en el mundo y su estrategia
en el manejo de su política exterior y la definición de sus intereses nacionales.

El período de entreguerras (1989-2001)


Hacia fines del siglo XX, la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión
Soviética terminaron con el orden bipolar surgido luego de la segunda Guerra Mundial
en torno del cual se habían basado todos los estudios de relaciones internacionales. La
desaparición de este tipo de orden significó una necesidad de replantearse, desde la
teoría, el surgimiento de uno nuevo a partir del cual interpretar el sistema internacional.
4
Jean, Carlo. “Manuale di studi strategici”, Franco Agneli, Milano, 2004, p. 39
5
Fukuyama, Francis. “La construcción del Estado”, ediciones B, Barcelona, 2004, p.140.

3
Las perspectivas idealistas esbozaron un escenario post guerra fría en el cual el
desmembramiento de la Unión Soviética daba paso a un mundo en el cual la
cooperación sería la impronta a partir de la cual los Estados interactuarían. El orden se
suponía unipolar, porque sólo los Estados Unidos eran considerados potencia a nivel
mundial y su papel estaría ligado al mantenimiento de un sistema internacional alejado
de los conflictos.

Este nuevo escenario al que se enfrentaban los Estados Unidos les permitía presentarse
como los triunfadores de la guerra fría, demostrando que la solidez de la economía
americana era capaz de realizar lo que no se había implementado por la fuerza militar.
El colapso de la Unión Soviética significó, a su vez, una crisis de su sistema político
ideológico, la apertura a procesos de democratización en todo el mundo y una
mundialización comercial, financiera y cultural.

En realidad, la guerra fría había sido una guerra caliente. Corea, Vietnam, Nicaragua,
Afganistán, Irán, el conflicto árabe israelí, y numerosas “guerras de baja intensidad”,
sólo catalogadas así por la ausencia de conflicto directo entre ambas potencias, pero no
por la intensidad de los enfrentamientos.

Este cambio en el orden internacional suponía a su vez un cambio en las líneas


directrices de la política exterior de la única potencia existente. La política exterior de
los Estados Unidos, desde el telegrama de George Kennan, estaba basada sobre la teoría
de la contención a la Unión Soviética, así se articulaban el resto de las políticas de
Estado, durante este período de la historia no era la economía doméstica el centro de la
atención en la Casa Blanca.

Ahora bien, el fin de la guerra fría, la desaparición del orden bipolar y la disolución de
la Unión Soviética sumían en la incertidumbre a un enorme contingente de intelectuales
y dirigentes en todo el globo. El mundo había sido más sencillo de comprender con las
reglas claras del bipolarismo y la destrucción mutua asegurada que en este nuevo
sistema de atomización estatal y anomia generalizada regía.

El nuevo diseño estratégico de George Bush


En 1988 George Bush ganó las elecciones presidenciales en los Estados Unidos
prolongando por cuatro años más la administración republicana. Estos cuatro años
estuvieron signados por el colapso y la desmembración de la Unión Soviética,
fenómeno que dio origen a múltiples Estados que trataban de buscar su propia identidad
y el reconocimiento de su soberanía.

En este contexto, la política exterior norteamericana fue definida en base al


mantenimiento del liderazgo mundial frente a potencias que podrían disputarle este
papel en el futuro o que podrían amenazar la seguridad de los Estados Unidos o sus
aliados. Entre estos Estados se encontraban China, Irán, Irak, Corea del Norte o la nueva
Federación Rusa.

La política de defensa seguía siendo un pilar de la política exterior, como en toda


potencia que aspire a ser hegemónica y mantener su predominio, las fuerzas armadas
norteamericanas debían continuar su desarrollo tecnológico para mantenerse a la

4
vanguardia pero deberían ser capaces de realizar grandes desplazamientos en un nuevo
teatro de operaciones que ahora era mundial.

El responsable de realizar este diseño fue Dick Cheney con un grupo de colaboradores
entre los que estaban Paul Wolfowitz, Lewis Edelman y otros pensadores de extracción
neoconservadora. El eje de esta política se basaba sobre los principios que convirtieron
a los Estados Unidos en una potencia mundial en el lapso de doscientos años; expansión
y apertura al comercio, visión geopolítica de las relaciones internacionales, un
capitalismo nacional, una cultura expansiva y la disposición a apelar a la guerra como
recurso de política exterior.

El fin de la Guerra Fría dio origen a la creencia de que un mundo de paz se presentaba
en el horizonte. Sin embargo, quienes conocen la historia de las relaciones
internacionales podrán recordar que esta sensación es la que sigue a término de
cualquier conflicto de grandes dimensiones.

El fin de la Guerra de los Treinta Años dio lugar a la Paz de Westfalia con todas sus
esperanzas, el fin de las guerras napoleónicas esbozó un nuevo orden en el Congreso de
Viena, 1918 supuso que Versalles y la Sociedad de Naciones eran el cierre de la “última
guerra de la humanidad”, como la llamaba Woodrow Wilson, y el fin de la segunda
Guerra Mundial nos auguraba una paz de la mano de Organización de las Naciones
Unidas.

Para una potencia mundial como los Estados Unidos, aún en momentos en los que
la paz parece dominar la historia, es necesario que se realicen diseños de política
exterior basados en las guerras futuras, en aquellos conflictos aún no conocidos y
por lo tanto se consideran hipótesis acerca de enemigos, escenarios y motivos
potenciales.

Mantener el liderazgo mundial supone para un Estado pensar en el futuro del mundo en
el mediano y el largo plazo, pero en un futuro a ser construido o moldeado por este
Estado en base a sus intereses y objetivos.

Los Estados Unidos debían consolidar el poder que detentaban en la inmediata


posguerra fría, la asimetría era de enormes proporciones en un mundo signado por el
caos de posguerra en el cual no había amenazas concretas a la seguridad de la potencia
vencedora, aunque para Washington sí existían Estados capaces de llevar adelante
acciones distorsivas del nuevo orden, los denominados rough states, o Estados
“matones”.

La ocupación iraquí de Kuwait le permitió a los Estados Unidos poner en marcha una
acción militar contra el régimen de Sadam Hussein en 1991 apoyada por la comunidad
internacional. La resolución 678 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, que
facultaba a una coalición a invadir Irak, era la prueba de que no existía un “nuevo
orden” sino que había una crisis del “viejo orden”.

La operación “Tormenta del desierto” demostró que sólo la Casa Blanca había decidido
un curso de acción a seguir, manteniendo la iniciativa en la política exterior mundial.
Las Naciones Unidas, por su parte, presentaron la acción conjunta como una
demostración de lo que significaba un mundo basado en el consenso de la comunidad

5
internacional, aunque en sí mismo este consenso era el resultado de la corrosión que las
glasnost y la perestroika hacían sobre el régimen comunista soviético, y las tensiones
existentes en China entre reformistas y conservadores que se plasmarían en la Plaza de
Tiananmen.

La visión de Bill Clinton sobre el nuevo orden mundial


La administración de Bill Clinton dio un vuelco profundo a la visión estratégica que
George Bush había planteado como eje de la política exterior de los Estados Unidos. Su
famosa frase “es la economía estúpido” dejaba en claro cuál sería el orden de
prioridades del nuevo ocupante de la Casa Blanca a quien la política exterior nunca le
interesó demasiado en términos de liderazgo estratégico, sino más bien como
instrumento comercial.

Desde enero de 1993 hasta enero de 2000, los Estados Unidos transitaron un período
histórico en el cual no existían amenazas a su seguridad, contaban con una fuerza
militar sin precedentes probada en el campo de batalla hacía solo unos meses durante la
operación “Tormenta del Desierto”, el sistema internacional trataba de encontrar nuevas
pautas de ordenamiento a partir de las decisiones de Washington y los conflictos que
estallaban estaban alejados de los intereses de la Casa Blanca.

Ante una perspectiva a futuro ausente de amenazas, la administración demócrata


encargó un nuevo diseño para la política de defensa que acompañara su política
internacional. El responsable fue el nuevo Secretario de Defensa Les Aspin.

George Friedman analiza muy claramente este programa denominado BUR (Bottoms-
Up Review) que conllevaba un profundo cambio en la política militar de los Estados
Unidos.

Si el mundo era ahora visto como un lugar para intensificar relaciones de cooperación
orientadas a la profundización del comercio internacional, la utilización de las fuerzas
armadas debería quedar circunscripta a la reimposición del orden en aquellos lugares en
los cuales aparecieran actores hostiles a estas iniciativas.

El orden mundial se orientaba al unipolarismo por la asimetría de poder militar entre los
Estados Unidos y el resto de los países en el concierto de naciones, pero, dado que el
objetivo de la política exterior americana era el incremento de vínculos comerciales y la
apertura de mercados, en un entorno ausente de amenazas, Washington utilizaba
metodologías de cooperación, diálogo y acuerdos internacionales con otros países para
no perder de vista sus objetivos prioritarios.

Al estar las intervenciones militares respaldadas bajo el paraguas de “acciones de ayuda


humanitaria”, que era la única forma en la cual podían contar con la anuencia
internacional, las tareas se desarrollaban a través de la acción de fuerzas especiales y
con el apoyo de armamento de altísima tecnología.

“El nuevo modelo de guerra, apoyado sobre tres patas, comenzaba a emerger. La
capacidad de fuego no provendría de la artillería o los tanques sino de los aviones. Las
fuerzas en el terreno de combate deberán ser ágiles, muy rápidas y muy sofisticadas
tecnológicamente –y organizadas por el Comando de Operaciones Especiales, más que

6
por el Ejército. Cuando se necesitaran mayores números de fuerzas en el campo de
batalla, éstas serán reclutadas, entrenadas y lideradas por las Fuerzas Especiales del
Ejército dentro de la nación enemiga. Esto resuelve el problema crucial de enviar
fuerzas pesadas del Ejército al conflicto”.6

Más allá de la tensión interna que este nuevo modelo de guerra generó entre el Ejército
de los Estados Unidos y la Fuerza Aérea, es necesario comprender que el BUR dejaba
en claro un cambio en la política exterior de Washington. El mundo era ahora un
espacio para el comercio, para la economía, y el orden internacional debía ser funcional
a estos objetivos, las grandes batallas eran entre bloques comerciales y en el escenario
de la Organización Mundial de Comercio. Sólo se apelaba al uso de las fuerzas armadas
cuando surgía alguna distorsión en el mercado.

El orden unipolar era un orden comercial. Los intelectuales comenzaron a darle forma al
nuevo paradigma de la cooperación, la integración regional, el comercio exterior, los
multiculturalismos, los organismos de consulta, la asistencia humanitaria, la búsqueda
de consensos, la democracia global, y muchos otros conceptos que intentaban dar cuenta
de un nuevo mundo en el cual el conflicto quedaba reducido a la expresión de pequeñas
comunidades primitivas.

El nuevo orden del conflicto


La presidencia de George W. Bush, desde sus comienzos, impulsó una nueva estrategia
para los Estados Unidos basada en la búsqueda y recreación de escenarios posibles de
conflicto, la identificación de amenazas y la implementación de una política exterior
que le permita seguir siendo la potencia principal del globo.

El pensamiento neoconservador ocupaba nuevamente la Casa Blanca y, para aquél, las


hipótesis de conflicto no son la búsqueda de algún actor internacional al cual atacar,
sino identificar cuáles actores pueden ser o son amenazas reales al liderazgo
estadounidense.

Sin embargo, los atentados del 11 de setiembre de 2001 dejaron en claro que ya no se
trataban identificar posibles amenazas al liderazgo mundial, sino que se estaba frente a
un ataque directo a la seguridad nacional. Es esto lo que dará dimensión a la política
imperial.

Quizás la principal característica del orden imperial sea su unilateralidad en el


proceso de toma de decisiones. A diferencia del orden unipolar, en el cual los
Estados Unidos priorizaban la multilateralidad y la coordinación de sus políticas
con otros actores del sistema internacional, en la actualidad la política exterior
norteamericana busca adhesiones pero no necesariamente consensos.

Este es el hecho por el cual la política exterior de George W. Bush ha recibido la


mayoría de sus críticas desde distintos sectores de la comunidad internacional. La
política exterior del imperio es unilateralista, prioriza la seguridad de los Estados
Unidos, apela al uso de la fuerza como instrumento de concreción de objetivos,
considera la “guerra preventiva” como recurso, no considera que los organismos

6
Friedman, George. “America’s Secret War” Doubleday, 2004, p.85

7
internacionales puedan limitar su capacidad de acción, etc. Muchos podrán cuestionar
estas características, pero una política exterior no puede ser juzgada por simpática o
antipática sino por su eficacia en pos del logro de sus objetivos.

Podríamos afirmar que nos enfrentamos a un nuevo escenario internacional


caracterizado por el conflicto como eje central de análisis. Una arena en la cual
participan los Estados y otros actores no estatales difíciles de asir con los elementos
conceptuales con los que contamos.

América Latina frente al escenario del conflicto.


Como última reflexión de este breve artículo, sería interesante analizar la situación de
Sudamérica como región frente a este nuevo orden mundial a cuya gestación estamos
asistiendo.

En primer lugar, consideramos que el paradigma del conflicto opera como guía de la
política exterior de la administración de George W. Bush, fundamentalmente a partir de
la responsabilidad que sobre el diseño de la misma tienen los asesores neoconservadores
de corte realista o neorrealista. Para los Estados Unidos el concepto de seguridad
hemisférica ha sido siempre de importancia para diseñar su política hacia América
Latina, considerada como su área de influencia.

En segundo lugar, los mencionados actores no estatales capaces de amenazar la


seguridad de otros Estados (terrorismo, narcotráfico, narcoguerrilla, movimientos
separatistas, etc.) deben radicarse en algún espacio geográfico, por lo cual nos
enfrentamos a tres posibilidades: un estado protege a éstos actores y avala su accionar;
el estado en el cual se asientan tiene la capacidad y la decisión de combatirlos; o bien
nos encontramos frente a un caso de Estado fallido.

A la luz de estas dos consideraciones generales la región parece ir orientándose cada vez
más, y con mayor velocidad, al escenario del conflicto regional en sus diversas
expresiones.

Mientras el orden internacional era bipolar, la importancia de la relación entre Estados


Unidos y América Latina pasaba por la relación de los regímenes políticos
latinoamericanos hacia la Unión Soviética y los estallidos revolucionarios de corte
socialista, perspectiva propia de las décadas del sesenta y setenta que provocaron
intervenciones por parte de Washington y el apoyo a golpes militares.

La década del ochenta dio paso al proceso de democratización como eje central de las
políticas hacia la región. Los nuevos gobiernos democráticos electos en América Latina
fueron articulando políticas exteriores hacia los Estados Unidos de distinto tipo, pero
siempre dentro de un proceso de acercamiento y una suerte de aceptación de su
liderazgo hemisférico.

Este “liderazgo” fue modificando su estilo, abandonando las intervenciones militares


directas y pasando a instancias regionales de diálogo y respaldo a los regímenes
democráticos, básicamente por el debilitamiento de la Unión Soviética que permitía a
los países de la región contar con márgenes de maniobra más amplios.

8
La década de los noventa, en tanto, se caracterizó por la creciente importancia dada al
comercio regional, la apertura económica y la ayuda financiera en un espacio en el cual
la cooperación parecía ser el punto de coincidencia.

Hoy, sin embargo, la región presenta varias características altamente preocupantes que
nos obligan a considerar el nuevo paradigma del conflicto como punto central de
nuestro análisis.

En el sistema internacional existen tres clases de países. Aquellos que por sus
recursos de poder son capaces de adoptar un pensamiento estratégico destinado a
moldear el escenario internacional en función de sus objetivos de largo plazo.
Aquellos cuyo poder no les permite “construir” un escenario, pero que dedican
toda su capacidad de pensamiento estratégico para tratar de comprender como
quedará moldeado en el futuro y así adoptar las decisiones más convenientes para
sus intereses. Por último, aquellos que adolecen de pensamiento estratégico y a los
cuales los escenarios mundiales los embisten día a día.

Es necesario para nuestro país y la región que podamos analizar los cambios mundiales
que están aconteciendo sin el prisma de los deseos o gustos particulares.
Lamentablemente los intelectuales muchas veces escriben para otros intelectuales bajo
la metodología de la descripción, dejando de lado la responsabilidad que conlleva la
tarea crítica y propositiva de acción.

El incremento de la brecha entre pobres y ricos de la región ha ido desgastando la


expectativa esperanzadora de la democracia como forma de gobierno desde los años
ochenta. La crisis de las instituciones democráticas, la falta de una clase política con
experiencia, la debilidad de los capitalismos nacionales y la existencia de una
ciudadanía volátil y exorcisadora de culpas está poniendo en dudas la capacidad de la
democracia para resolver los problemas de la región.

Una cita sobre la situación en Bolivia respecto de la democracia nos permite interpretar
lo que subyace tras numerosos movimientos sociales. “Aunque es evidente que la
mayoría de la población boliviana aprueba la continuidad de ése régimen político, los
partidos políticos que son sus actores fundamentales han caído en un profundo
descrédito que comienza a arrastrar al propio sistema.”7

Los planteos reiterados sobre reformas políticas y del Estado, en muchos casos, sólo son
cuestionamientos a las instituciones democráticas existentes sin el diseño de otras
instituciones que las reemplacen. Esto genera una corriente de pensamiento en
importantes sectores de la sociedad ataviada con la frustración y el pesimismo frente a
los regímenes democráticos y sus clases políticas.

Este cuestionamiento a los partidos políticos en Bolivia fue el punto de partida de la


revolución bolivariana de Hugo Chávez en Venezuela y late también con enorme fuerza
en Ecuador y Perú. :

7
Cajías de la Vega, Magdalena. “Rebelión y negociación en el mundo aymará boliviano” en Sanchez,
Gonzalo y Lair, Eric (ed.) “Violencia y estrategias colectivas en la región andina”, Ed. Norma, Bogotá,
2004, p. 490.

9
Más allá de las críticas que pueden hacerse sobre la dirigencia política en la región, lo
cierto es que es altamente difícil construir una clase política en sociedades que han
pasado por décadas de gobiernos militares y proscripción de la acción política
democrática. Esta situación de demandas insatisfechas y cuestionamientos a la
representatividad de los líderes políticos ha dado paso a un aire de violencia social que
en muchos casos ha derivado en “ajusticiamientos” en países como Ecuador y Perú.

La crisis de las instituciones democráticas da lugar a un debilitamiento sostenido y


progresivo del Estado, elegido como centro de numerosas críticas, teniendo por
resultado el surgimiento de Estados fallidos en la región que en algunos casos se
encuentran en los umbrales mismos de la desmembración o disolución.

Otro elemento que coadyuva en nuestro horizonte del conflicto es que en América del
Sur, el cultivo de la coca en muchas regiones ha dado lugar al desarrollo cada vez más
organizado del narcotráfico como negocio delictivo de proporciones mundiales, al
tiempo que se expande la “narcoguerrilla” como sustituta de las “guerras de liberación”.

Hoy, muchos movimientos sociales esconden bajo consignas políticas objetivos claros y
rentables de negocios con el narcotráfico. Este fenómeno se da en su expresión más
pura en Colombia con las FARC, el ELN y las AUC, pero amenaza extenderse a otras
regiones en las cuales la producción de pasta base de coca pueda suministrar materia
prima a los narcotraficantes a un bajo costo, como Ecuador, Perú o Bolivia.

En América del Sur se sabe de la existencia de células terroristas de distintas


extracciones que mantienen vínculos con grupos sociales vernáculos y que suelen
plantearse, en la discusión terminológica, como luchas contra la opresión del Estado.

Un actor particular en el escenario de conflicto es la Venezuela de Chávez, cuya política


abiertamente hostil hacia los Estados Unidos abona la visión preocupante de
Washington hacia la región. El plan armamentista de Venezuela apunta, al menos en su
faz discursiva, a plantear que la seguridad del país se encuentra amenazada y que el
gobierno está dispuesto a defender su soberanía en cualquier instancia, incluido el uso
de la fuerza.

Más allá de la real imposibilidad de Venezuela de enfrentar un conflicto militar contra


los Estados Unidos, la apelación a la disposición a hacerlo supone que no existe ninguna
renuncia a la soberanía para el paradigma realista.

Lo que preocupa a los Estados Unidos es la capacidad de Hugo Chávez de desestabilizar


otros regímenes políticos de la región, como Colombia, a través del apoyo militar y
económico de actores separatistas o narcoguerrillas, o la utilización de las guerrillas
bolivarianas como actor directo.

Conclusión
América del Sur va sumando indicadores que la llevan a presentarse como una zona
caliente dentro del planeta y que las ideas de cooperación y unidad, si bien revisten un
carácter de objetivo deseable que exige esfuerzos para su concreción, no parecen estar
destinadas a regir la vida política de la región.

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Brasil aspira a ser la potencia regional y parece contar con una suerte de estímulo por
parte de los Estados Unidos, al menos así lo deslizó la Secretaria de Estado Condolezza
Rice en su reciente gira. El interés de Washington puede estar centrado en la
importancia de contar con un país encargado de mantener la calma en la zona habida
cuenta de las resistencias que podría suponer cualquier intervención directa de Estados
Unidos en América del Sur.

Un factor que no deberíamos olvidar es que América del Sur está integrada por
diferentes Estados que no representan diversas naciones. La desmembración del imperio
español dio lugar al surgimiento de diversos procesos políticos que derivaron en
Estados independientes que se propusieron la construcción de distintas naciones,
proyecto que quizás sólo puede verse con resultados en el caso de Chile, Uruguay y
Brasil.

No aludimos a la nación como instrumento reivindicado emocionalmente por nuestros


“nacionalismos”, sino como sentimiento de compromiso con lo que le ocurre al otro,
como señala Habermas. “Sólo la conciencia nacional que cristaliza en la percepción de
una procedencia, una lengua y una historia común, sólo la conciencia de pertenencia al
mismo pueblo, convierte a los súbditos en ciudadanos de una única comunidad política:
en miembros que pueden sentirse responsables unos de otros.”88

Esta falta de real conciencia de pertenencia al mismo pueblo abona el terreno para las
luchas y conflictos internos que han caracterizado la vida de nuestros países.

Las consecuencias de los conflictos regionales son inciertas, pero es tiempo de que
abordemos una perspectiva estratégica respecto del futuro y podamos enfrentar estos
nuevos tiempos con decisiones precisas que no marginen ninguna variable por
antipática que sea.

Gerardo Strada Saenz


Lic. En Relaciones Internacionales
Dr. en Ciencia Política
Docente en las universidades nacionales de San Martín y Tres de Febrero.

8
Habermas, J. “La inclusión del otro” Paidós Básica, Barcelona, 1999, p. 89

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