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El Suicidio

El suicidio es un hecho que forma parte de la naturaleza humana. A pesar de lo mucho que se ha dicho y
hecho acerca de él en el pasado, cada uno debe enfrentarse a él desde el principio, y en cada época
debe repensarlo.

"……"

Todo el mundo muere de algo: vejez, enfermedad, accidente, homicidio o suicidio. Aunque la mayoría
de la gente es escrupulosa acerca de la muerte, casi todo el mundo acepta la muerte por vejez,
enfermedad, accidente e incluso asesinato como justificable o «normal». El suicidio es otra cuestión:
matarse uno mismo es generalmente visto con horror (y a veces con reverencia) y el hecho de causar
deliberadamente nuestra propia

muerte es considerado algo diabólico, incomprensible, algo «anormal» sobre lo que es mejor no hablar
ni pensar. Somos tan maniáticos acerca del suicidio que nos da miedo incluso leer sobre éL Según una
encuesta de 1992, el setenta y uno por dentó de los norteamericanos quiere que las bibliotecas
prohiban «los libros que describen cómo cometer suicidio»

En tiempos de Shakespeare, la palabra «suicidio» no formaba parte aún de la lengua inglesa. Robert
Burton, el autor de Anatomía de la melancolía (1652), no utilizó nunca la palabra «suicidio »; tampoco lo
hizo John Milton ni en El paraíso perdido (1667) ni en Sansón agonista (1671)7 Según el Oxford
Dictionary, el término se empleó por primera vez en 1651; la definición dice: «Protegerse de [una]
calamidad inevitable mediante el suicidio...

Mientras el autoasesinato fue considerado una acción, el lenguaje sólo dispuso de verbos para referirse
a él. Ausente la palabra «suicidio», la gente consideraba al suicida un sujeto moral, responsable de su
decisión. Por el contrario, ahora pensamos que el suicidio es un suceso o un resultado, lo atribuimos a
una enfermedad mental y vemos al sujeto como una víctima («paciente»). La transformación del alma
en mente y del autoasesinato en suicidio señala el comienzo de tina gran migración ideológica: muchas
de las cuestiones propias de la religión pasarán a formar parte del campo de la medicina Los pecados se
convierten

en enfermedades, y los comportamientos «reprobables» sustentados en motivos o razones pasan a ser


conductas «de enfermos mentales», cuya causa (etiología) se puede determinar. Si bien atribuir el
suicidio a una enfermedad mental excusa y, aparentemente, desestigmatiza el hecho como la
consecuencia no deseada de la enfermedad, al mismo tiempo lo incrimina y estigmatiza de nuevo como
una temida manifestación de la locura

(hereditaria).

El derecho romano aumentó el número de casos en los que el suicidio es moralmente aceptable. Por
ejemplo, el taedium vitae -un estado mental que nosotros llamaríamos «depresión» pero que se traduce
mejor por «haber vivido ya lo suficiente»- era una de las justificaciones. No obstante, el derecho romano
prohibía el suicidio de los esclavos, puesto que éstos no se destruían a sí mismos sino la propiedad de
sus amos. Tampoco permitía el suicidio de los acusados de un crimen, porque su muerte hubiera
impedido a la ley el esclarecimiento de su culpabilidad o inocencia Si su acto era considerado lo
suficientemente grave, la ley prohibía cualquier ceremonia fúnebre tras su muerte e imponía que sus
propiedades fueran confiscadas. La ley cristiana adoptó la práctica de prohibir el sepelio religioso del
cadáver del suicida y el derecho penal medieval inglés reinstauró la confiscación de los bienes del
suicida como castigo.

Tras la cristianización de Roma, la Iglesia adoptó el principio platónico de que toda vida humana
pertenece a Dios. La visión de que la vida pertenece a Dios y sólo Él está autorizado a disponer de ella
fundamenta tanto la prohibición judía y cristiana del suicidio como de la contracepción, el aborto y la
eutanasia. En los primeros tiempos de la cristiandad, esta visión llevó a la idea de que morir por Dios era
una manera de demostrarle

nuestro amor.

En el año 563 d. C„ el Concilio de Braga dictaminó que el suicidio equivalía al autoasesinato, y lo castigó
con la prohibición del sepelio en tierra sagrada En la Edad Media los reyes cristianos añadieron la pena
civil de la confiscación de los bienes y propiedades del suicida. En el siglo xvn, un testigo describía del
siguiente modo el entierro de un suicida: «[El cadáver] es arrastrado por un caballo hasta el lugar del
castigo y el oprobio, donde

es ahorcado, y nadie puede bajar el cuerpo sin permiso del magistrado». En una fecha tan reciente
como la de 1823, «un suicida londinense fue quemado en un cruce de caminos en Chelsea con una
estaca atravesando su cadáver». La ley de confiscación se mantuvo vigente en Inglaterra hasta el siglo
xix, por más que ya desde el xvni era sistemáticamente evitada excusando al suicida como alguien que
no está en plenitud de sus

facultades mentales. El derecho eclesiástico todavía prohíbe el suicidio y las penas religiosas están
nominalmente vigentes. No obstante, tan pronto como las leyes civiles reconocieron la locura como una
justificación del suicidio, el derecho canónico se apresuró a hacer lo mismo. Durante casi todo el siglo
pasado, tanto las autoridades eclesiásticas como las rabínicas clasificaron automáticamente a los
suicidas como dementes, permitiéndoles recibir un sepelio religioso normal.

Según el filósofo y humanista holandés Erasmo de Rotterdam (h. 1466-1536), el suicidio era una huida
legítima de un mundo problemático. Consideraba a los ancianos que se suicidaban «más inteligentes
que los que se resisten a morir y quieren vivir durante más tiempo». Michel de Montaigne (1533-1592)
concluía: «Después de todo, la vida es nuestra, es lo único que tenemos». Montesquieu (1680-1755)
declaró: «Se me ha dado la

vida como un regalo [...] Puedo, por tanto, devolverla cuando llegue el momento. [...] Cuando esté
abrumado por el dolor, la pobreza o la indignidad ¿por qué debería abstenerme de poner fin a mis
problemas, o renunciar cruelmente a un remedio que está en mis manos?». John Donne (1573-1631),
poeta y diácono de la catedral de

San Pablo, en su tratado postumo Biathanatos (1646), escribió: «A mi entender, tengo las llaves de mi
prisión en mis manos, y no vislumbro un remedio mas inmediato para los males que afligen mi corazón
que mi propia espada». El filósofo escocés David Hume (1711-1776) articuló el argumento libertario
moderno contra la interferencia legal y religiosa en el suicidio. En su Sobre el suicidio y otros ensayos
(1783), también publicado con posterioridad a su muerte, argumenta que el hombre sólo se pertenece a
sí mismo y, por tanto, tiene derecho a acabar con su vida: «Si la disposición sobre la vida humana
estuviera reservada como una posesión particular del Todopoderoso, y fuera una usurpación de su
derecho el que los hombres dispusieran de sus propias vidas, igualmente criminal sería actuar a favor de
la preservación de la vida que de su destrucción. [...] Si mi vida no fuera de mi propiedad, sería un
crimen ponerla en peligro, así como disponer de ella». Voltaire (1694-1778), Goethe (1749-1832) y
Schopenhauer (1788-1860) mantuvieron posturas similares.

Sería un error creer que abandonamos hace tiempo prácticas tan bárbaras. Robert Brecheen, un
habitante de Oklahoma sentenciado a muerte por asesinato, tenía fijada su ejecución mediante
inyección letal para la medianoche del diez de octubre de 1995. A las nueve de la noche de ese día, los
guardas lo encontraron en un estado semicomatoso por una «sobredosis de sedantes. Fue trasladado al
hospital, donde lograron reanimarle. Posteriormente fue devuelto a la cárcel [...] donde fue ejecutado
mediante inyección letal».
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Definir el suicidio como un problema -una enfermedad que debe ser evitada y tratada- limita
tremendamente su comprensión y la de nuestras opciones para enfrentamos a él con seriedad. La
afirmación de que todo problema en la vida es al mismo tiempo una solución también se aplica al
suicidio. Sin duda, suicidarse es, entre otras cosas, una protección frente a un destino considerado peor
que la muerte. Es más, es una fachada atribuir el suicidio a las condiciones actuales del sujeto, sea
depresión u otra enfermedad o sufrimiento. Quitarse la vida es una acción orientada al futuro, una
anticipación, una red de seguridad existencial. La gente ahorra no porque sea pobre, sino para evitar
llegar a ser pobre. La gente se suicida no porque sufra, sino para evitar un sufrimiento futuro. El suicidio
es el freno de emergencia que queremos ser capaces de accionar cuando no estemos dispuestos a
esperar a que el tren se detenga en la estación.

Mientras sigamos considerando el suicidio como algo anormal es decir, erróneo- deberemos culpar a
algo o a alguien de ello; por ejemplo, el demonio, la locura, algunas canciones, programas de televisión,
etc. Los reformistas protestantes Lutero y Calvino creían que el suicidio era «obra del diablo». Los que

transforman la moral en medicina, los profesionales de la salud mental, creen que el suicidio es obra de
canciones nocivas, programas de televisión nocivos u otras influencias nefastas, causantes de
enfermedades mentales que llevan a la gente, especialmente a la gente joven, a matarse a sí misma En
1997, inspirado por esta información científica, un hombre cuyo hijo se había suicidado, declaró ante un
comité del Senado que la música de Anticristo Superstar «fue la causa de que se matara».

Antes de que podamos desestigmatizar el suicidio -asumiendo que sea esto lo que queremos-, debemos
reconocer que suicidarse es aún una acción tremendamente estigmatizada. En vez de estar
estigmatizada por la religión, en la actualidad lo está por la medicina (psiquiatría): la opinión pública y
los medios de comunicación atribuyen sistemáticamente el suicidio a una enfermedad mental: la ley se
conforma con la mera imputación de tendencias suicidas a un sujeto por parte de los psiquiatras para
privarle de su libertad, mientras da a su

reclusión el nombre de «hospitalización»; además, tanto los sacerdotes cristianos como los judíos
aceptan la equiparación del suicidio con la locura como excusa para evitar aplicar los castigos religiosos
previstos para aquellos que acaban con su propia vida.

Rechazamos el suicidio atribuyéndolo prácticamente a cualquier cosa- desde la música rock a los
desastres naturales, y sobre todo, a la enfermedad mental- excepto a la voluntad del sujeto. Estamos
dispuestos a acusar a gente, drogas, canciones o programas de televisión de causar el suicidio; estamos
dispuestos a justificar el

suicidio achacándolo a alguna de las causas mencionadas, especialmente a la enfermedad mental; pero
no estamos dispuestos a aceptar el suicidio en tanto que suicidio.
Nuestra fascinación temerosa por la muerte es tan intensa y tan indiscriminada que no sólo nos aterra la
posibilidad de morir por causa de una enfermedad sino también la posibilidad de matamos a nosotros
mismos, una elección que hemos convertido en preocupación por que una enfermedad mental «acabe
con nosotros».