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La pesadez del durazno

No es la brillante luz en tu ventana


lo que deslumbra mis ojos;
es el oscuro contorno de tu sombra
moviéndose en el shôji.
Amy Lowell

La encontré tendida sobre la cama, vuelta hacia la pared y con las


rodillas exageradamente recogidas. Inmediatamente pensé en su frágil
estómago que con tanta regularidad le asediaba, sin embargo, algo se
presentaba diferente esta vez. Aún así, decidí continuar con lo mío, me deshice
del bolso y algo de ropa. Si bien, no era habitual que a esa hora estuviera en
la cama, no había razón para interrumpirla. Estando en la cocina noté que no
había comido. Todo permanecía igual que en la mañana, las migas sobre el
mantel, la ventana cerrada y la frutera vacía. Me tomé unos minutos para
ordenar superficialmente, y ya con algunas preguntas caminé hacia la
habitación, al acercarme a la cama recogí desde el suelo su libreta de colores
chillones, fue en ese instante cuando pude advertir la distancia que mediaba
entre nosotros.
Su cuerpo estaba estático, rígido, profundamente ausente. Se me hizo
evidente que algo andaba mal. Aquella inerte postura fetal sumada al frío
silencio de la habitación, y por cierto a las lágrimas que comenzaron a brotarle
de los ojos, cuando apenas intenté tocarla, provocaron que me aterrara. Una
angustiosa sensación de temor se alojó en mi estómago al intuir la posibilidad
de algo verdaderamente grave. Sin embargo, no lo manifesté, recogí el brazo y
conservé la distancia que ella parecía necesitar, opté por quedarme inmóvil
esperando una respuesta.
Al cabo de unos minutos cuando el sollozo cedió terreno y pude ver sus
ojos, noté que la pueril mirada que la había acompañado cada uno de los días
desde que apareció en mi vida, se había ido; aquella dulce luz que cubría su
pálido rostro le había sido arrebatada y reemplazada por una flemática
expresión. Hoy, la imagino errante en un áspero continente, soslayando
claustrofóbicas presencias que a dos manos se hunden la cabeza contra el
pecho, hierofanías que la empujaban al fondo de un enorme vacío.
Pasaban los minutos, y no podía entender que ella continuara igual, ni
un solo movimiento, ninguna señal, nada de nada, sólo la presencia de su
gélido rictus y el suave tono gris del invierno que iluminaba la muralla. Fue
precisamente aquella luz la que cambió las cosas, un impulso materno me
hizo abrir la ventana, quizás el aire la traería de vuelta, pensé. A penas pude
ver que sentía la fresca corriente, comenzó a estirar su cuerpo, lentamente se
llevó las manos a los ojos, se sentó sobre la cama dejando su espalda sobre la
pared, calculadamente la luz no alcanzó a iluminar todo su rostro, respiró
profundo y como despertando de una larga agonía elevó su voz para pedirme
agua. Prudente en mis movimientos, sin alarma, inventándome una falsa
seguridad me aparté en busca del transparente deseo, sólo por curiosidad
antes de abandonar la habitación la busqué de reojo, miraba hacia la
ventana.
Luego de beber pequeños sorbos de agua me pidió que recordara una
conversación que mantuvimos días atrás. Nos recordé tirados frente al mar, la
arena húmeda se pegaba a nuestras manos, hablábamos de lo que nos unía,
de la vida, finalmente de la infancia. Dijimos cosas importantes, sobre todo
ella, habló ciegamente confiando en que el ruido de las aves nos cubría. Me
explicó que horas antes restos de aquella conversación volvieron a ella, esta
vez como lúcidas señales que insistían en una granítica imagen de niñez. Así
el durazno cayó, pensé.
Se trataba de un aciago recuerdo revelado. Tras ello su cabeza no logró
sostener al resto de su cuerpo y cayó sobre la cama, sin reacción escuchaba la
voz de su madre. Confusamente agregaba que muchas veces lo tuvo enfrente,
pero equivocadamente lo negaba, lo ocultaba justificándolo, fui una cobarde
sentenció. Sin embargo, esta vez había continuado, no hubo filtros, ni
hermetismo posible que negara el recuerdo. No hubo otra posibilidad màs que
desechar un oculto pacto de silencio, abandonar toda seguridad, y echarse a
andar por aquel pedregoso camino, re andar el puente entre lo que es sueño y
lo que realmente sucede.
El mensaje se hizo carne, recuerdo haberle dicho en ese momento. Su
pálido rostro asintió con dolor. El mismo dolor que guardaba convertido en
culpa, en culpa latente, tan presente que por décadas le fue imposible
distinguir entre esa aciaga imagen y el eco distorsionado y taciturno que
reventó aquel día. Una verdad le había sido develada y el dolor le calaba en lo
más profundo. Como no haber sabido en ese momento que de allí en adelante
el problema para ella se reducía a instalarse en una nueva biografía, capaz de
generar que los lazos se cuestionen y por momentos desaparezcan dejándonos
una inevitable sensación de orfandad en el alma.
Cuando creí que había acabado fue inevitable preguntarle en qué
momento desde que nacemos, el dolor deja de ser percibido, en qué minuto ya
no lo sentimos perforándonos los oídos, estremeciéndonos el pecho,
arrancándonos el pulso por la uñas, en qué momento el llanto se ahoga, se
atrapa, se perpetúa acompañándonos disimuladamente día tras día. Se quedó
en silencio, un largo silencio. Paradójico me resulta hoy, comprender que
aquella conversación en la playa a la que había rehuido bastante tiempo,
terminaría yendo más allá de nuestros problemas, y se concentraría en ella,
liberando un incompleto rompecabezas emocional.
Finalmente, al cabo de un rato apretó fuertemente los labios, su frente
se estiró y sus ojos se fueron al cielo sintiendo la ignorada carne de los
párpados. Se puso las manos sobre el pecho, las subió hasta su cabeza y
respiro con fuerza. Me miró y dijo que se debía sentenciar al pasado y
declararlo lo que era, simplemente pasado.
Me sumé con ella a la ventana. Vi el mar e ingenuamente lo culpé,
pensé en aquella tarde en la playa, en el efecto demoledor que tuvo en su
inconsciente, no se si habrá sido su color, el ruido, o simplemente el perpetuo
movimiento sojuzgando el silencio de un recuerdo. Tontamente e intentando
ser parte de su condición, le dije en ese momento que debía ser libre de todo
aquello, deshacerse de la culpa, debía descubrir algo nuevo, caer en lo
incierto, caminar en espiral mientras se piensa en zig-zag, sacarse los ojos
para ir por otros y lentamente cazar una mosca. Esbozo una pequeña sonrisa,
burlándose de mi plástica alocución, y volvió a la cama. Cuando cayó dormida
vi sus piernas desnudas iluminadas por la delgada luz que aún entraba por la
ventana, en ese instante un impulso siniestro ahogó mi vista, y para mí el
durazno también cayó.

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