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Definición de virtud:

Aristóteles define la virtud como la excelencia. La virtud es la acción más apropiada a la naturaleza de cada
ser; el acto más conforme con su esencia. Esta acción propia de cada ser que es la virtud, es también el bien
propio de cada ser. En el hombre, por tanto, la virtud es la excelencia de su parte esencial que es el alma.
Leer más: http://www.monografias.com/trabajos70/teoria-virtud/teoria-virtud.shtml#ixzz3hxJHOXs6
Para hablar de virtud, primero tenemos que especificar lo que es el bien y cual es la relación que
tiene con la Eudaimonía (estado permanente y extraordinario en el cual el ser se siente feliz
consigo mismo pese a las visititudes que puedan ocurrirle. Es es bienestar del "quien", teniendo en
cuenta que el quien se revela mediante la acción y el discurso. Se difierencia de la felicidad
momentánea porque esta dura toda la vida del hombre y se considera que está cerca a la santidad
-sin el sentido religioso). Entonces, la eudaimonía para aristóteles es el bien al que tiende la virtud.
Para que un hombre llegue a ese estado, tiene que vivir en virtud, es decir, ser virtuoso.

El ser virtuoso es aquel que elige con prudencia, para no caer en el vicio (lo contrario a la virtud). A
partir de eso, se establece una diferenciación entre las virtudes éticas y dianoéticas con la
eudaimonía.

Eticas: Son las que se aprenden por la costumbre, tal como decía Aristóteles: uno aprende a ser
justo, siendo justo.

Dianoéticas: Son las intelectuales y provienen de la enseñanza. Estas se complementan con las
anteriores:
Ejmplo: Sabiduría.

Hay que tomar en cuenta que el ser no puede estar compuesto solo por virtudes éticas o
dianoéticas, tiene que tener ambas.

Y todo eso se liga a la eudaimonía ya que, al ver que el hombre virtuoso es el que usa sus virtudes
éticas y dianoéticas para elegir con producencia, podemos concluir que, al vivir en virtud, está en
estado de Eudaimonía.

En conclusión, un hombre que tiene virtudes éticas y dianoéticas, y que por ende es virtuoso, elige
sabiamente alejándose de los vicios, será un ser que llegue a la eudaimonía - bien absoluto al que
tienden las cosas.

*El bien es simplemente eso, eudaimonía.


Hábito selectivo que consiste en un término medio relativo a nosotros, determinado por la razón y
por aquella por la cual decidiría el hombre prudente. En latín “virtus”, en griego “areté”. Para
Aristóteles la virtud es una "excelencia añadida a algo como perfección".
Cuando una entidad realiza su función propia, pero no de cualquier manera sino de un modo
perfecto, entonces de dicha entidad decimos que es virtuosa o buena. Es importante observar que
según este punto de vista cabe hablar de virtud en un sentido muy amplio (a diferencia del modo
actual de hablar que restringe la virtud al ámbito de las costumbres y la práctica moral). Nosotros
utilizamos la palabra virtud y bondad en ciertos contextos de un modo parecido al griego, como
cuando hablamos de un buen cuchillo para designar el cuchillo que corta ―es decir que es capaz
de realizar su finalidad―, pero no de cualquier manera sino bien. En la noción aristotélica de
virtud son importantes los conceptos de naturaleza y de finalidad: la virtud de un objeto tiene que
ver con su naturaleza y aparece cuando la finalidad que está determinada por dicha naturaleza se
cumple en el objeto en cuestión. Aristóteles muestra en “Ética a Nicómaco”, que la virtud humana
no puede ser ni una facultad ni una pasión sino un hábito. Que sea un hábito quiere decir que
aparece no por naturaleza sino como consecuencia del aprendizaje, y más exactamente de la
práctica o repetición. La práctica o repetición de una acción genera en nosotros una disposición
permanente o hábito ―de ahí que la tradición aristotélica hable de una segunda naturaleza para
referirse a los hábitos― que nos permite de forma casi natural la realización de una tarea. Los
hábitos pueden ser buenos o malos; son hábitos malos aquellos que nos alejan del cumplimiento
de nuestra naturaleza y reciben el nombre de vicios, y son hábitos buenos aquellos por los que un
sujeto cumple bien su función propia y reciben el nombre de virtudes

Tomemos como ejemplo la virtud de la valentía (andreía). Para Aristóteles no es valiente


quien no tiene ningún miedo sino quien, aún consciente del riesgo y embargado por el
temor, es capaz de obrar correctamente. Podemos comprender su doctrina del término
medio imaginando los extremos de la valentía por exceso o por defecto. Ser excesivamente
valientes podría conducirnos a exponernos a riegos excesivos o peligros innecesarios. Sin
embargo, si somos precavidos en exceso y el miedo gobierna nuestra acción estaríamos
incurriendo en el error contrario: seríamos excesivamente poco valientes.

De cada rasgo humano el hombre virtuoso habrá de encontrar la exacta medida entre cada
uno de los extremos aunque existan algunas virtudes que, como la justicia, nunca pueden
acusar un exceso. Aristóteles de nuevo demuestra su astucia enunciando esta forma de
excepción ya que de la mayoría de rasgos imaginables podemos imaginar comportamientos
exagerados por exceso o por defecto. Así ocurre con la generosidad, con la templanza o,
como dijimos, con la valentía. Sin embargo, no parece fácil imaginar un hombre del que
podamos decir que es demasiado justo. La justicia, una virtud muy singular de la que nos
ocuparemos específicamente más adelante, no admite la posibilidad del exceso. Nunca
seremos lo suficientemente justos y, por lo tanto, nunca debemos poner en suspenso nuestro
esfuerzo por alcanzar la justicia

Aristóteles definió la mayor parte de sus virtudes como el término medio entre dos
extremos, algo que aún en nuestros días podemos reconocer incluso en algunos refranes.
Parece que somos aristotélicos sin saberlo y es que algo parecido a lo que dijo Aristóteles
queremos significar con expresiones como “ni tanto ni tan poco”, un dicho que condensa el
célebre adagio griego del “nada sin medida”.

La virtud y la felicidad

La felicidad es lo que todos los hombres quieren, pero no está allí donde la mayoría suele
buscarla: la felicidad no radica en la riqueza ni en los honores ni en el éxito. La felicidad
está en la vida virtuosa. ¿Cuál es nuestra función en este mundo? Sólo la respuesta a
preguntas como esta nos dan la clave de la virtud y, en consecuencia, de la felicidad.
Aristóteles, para contestar al interrogante, repara en los tres géneros de la vida que ya Platón
había separado: la vida vegetativa (propia de las plantas), la vida sensitiva (propia de los
animales), y la vida racional (propia del animal racional que es el hombre). En una ética como
la griega, dirigida a la formación del carácter, lo que busca no es eliminar los deseos, sino
más bien encauzarlos hacia ese fin que es la virtud o la felicidad, es decir, tratar de
conseguir que los deseos y la sensibilidad de cada uno no obstaculicen ni entorpezcan el
camino hacia la vida feliz.

Las ideas no son el punto de partida del conocimiento moral: no sabemos qué es el bien
porque conozcamos la definición ideal del bien, como no sabemos qué es la salud a partir
de una definición teórica y general de la vida sana. Aprendemos a ser buenas personas,
virtuosas, en la práctica, enfrentándonos con situaciones difíciles y procurando elegir bien y
tomar la decisión más correcta o la menos equivocada. La virtud es una actividad práctica
consistente en saber escoger el término medio, un término medio peculiar en cada caso y para
cada persona, que escapa pues a las definiciones generales.

La virtud y el término medio

La vida feliz es una vida “reglada” por la razón y no abandonada al desorden de deseos y
pasiones, reglas que tienen que ver con la moderación porque las cosas se destruyen (se
“desvirtúan” o dejan de ser ellas mismas) tanto por exceso como por defecto. Aristóteles nos
ha ha dejado distintas listas de virtudes. Para entender el significado de la idea de virtud sobre
todo conviene fijarnos en las cuatro virtudes cardinales: la prudencia, la justicia, la
fortaleza y la templanza.

Las virtudes aristotélicas se clasifican en dos grandes tipos: virtudes éticas y virtudes
dianoéticas. Las virtudes dianoéticas no se adquieren por la costumbre, como ocurre con las
virtudes éticas, sino por la enseñanza. La clasificación es consecuencia del rechazo de su
autor de una concepción puramente intelectual de la virtud, así como de la convicción de que
la vida virtuosa, propia de la existencia humana, no consiste en una actividad exclusivamente
racional, sino también sensitiva, que tiene que ver con las emociones y no sólo con la razón.
Así, las virtudes éticas se originan mayormente por la costumbre, por los hábitos, y son las
que más directamente contribuyen a formar el carácter de la persona. Ser virtuoso no consiste
en realizar de vez en cuando un acto virtuoso, sino en serlo durante toda la vida.