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La captura de Saddam Hussein

por Fernando Báez (*)

“Si destruimos a los talibanes y a Saddam Hussein, el


mensaje va a quedar claro a todos: el próximo puedes ser tú”
Richard Perle

“Señoras y señores, !Lo tenemos! El tirano ha sido detenido” Con estas palabras,
que mezclaban la euforia de las presentaciones de box y, por supuesto el cinismo, Paul
Bremer III, actual representante de la CPA (Coalition Provisional Authority), se dirigió a
la prensa para confirmar la captura de Saddam Hussein, de 66 años. Ricardo Sánchez,
General de las tropas estadounidenses, señaló que 600 soldados de la Cuarta División de
Infantería lo encontraron en un agujero subterráneo de 1,82 metros localizado en una
granja de Aduar, cercana a Tikrit, al noroeste de Iraq. Irónicamente, estaba tranquilo,
más que cansado, y tal y como lo presentaron las imágenes recientes, con barba tupida,
pelo largo, mirada inexpresiva y discontinua, posiblemente dopado. Casi se diría que
tenía el aspecto de un pordiosero. A saber, no presentó ninguna resistencia, entregó su
pistola, y dijo algo que no fue entendido o pertenece ya al sumario de un expediente que
nunca conoceremos. Fue delatado por sus guardaespaldas y su propia familia.
Decía Borges que a la historia le gustan las simetrías. Saddam Hussein
Abdelmayid Abdalgafar fue capturado en la misma región donde nació el 28 de abril de
1937, en Al-Awja. Había sido criado en el clan Bayjat, una tribu de los sunníes que
lideraba Bu Nasir. Hijo de Hussein Abdel Majid, no conoció nunca a su padre, que
murió días antes de su nacimiento, y vivió con un padrastro al que odió con todas sus
fuerzas. A los diez años, huyó a casa de un tío llamado Jairallah Talfah, el cual lo llevó
hasta Bagdad y lo convirtió en un militante político. Rechazado por la Academia
Militar, aprovechó su amistad con Hassan al-Bakr, para participar como simpatizante
del partido Baaz, una agrupación signada por una ideología laica, panarabista y
socialista revolucionaria creada en Siria.
De naturaleza violenta, Hussein mató a un hombre con sus propias manos en
1957, según cuentan sus biógrafos, por acusar a su tío de cobardía. Desde esa fecha,
estuvo involucrado en actos radicales. El 7 de octubre de 1959, por ejemplo, coordinó
un atentado fallido contra Abdel Karim Kassem, quien había derrocado y asesinado al
rey Faisal II y a toda su familia en 1958. Fue un acto improvisado, que le costó a
Hussein una herida en la pierna. Tuvo que huir, entonces, y esconderse justo en la granja
donde fue capturado ahora, cerca de Tikrit. De allí partió al exilio y pasó tiempo en
Egipto, junto a Michel Aflaq, fundador del Baaz, a quien solía llamar “sanad”, esto es,
“protector”. Aunque ambigua por su información, esta etapa estuvo caracterizada por su
formación. Se transformó, súbitamente, en lector, pero sobre todo lector de biografías de
hombres como Lenin o Stalin. Protegido por Gamal Abdel Nasser, aprovechó el tiempo
para estudiar derecho en la Universidad de El Cairo. En 1963, se casó con su prima
Sajida, quien le dió tres hijas hembras y dos varones.
Hussein regresó a Iraq en 1964, tras el golpe que derrocó a Kasem. Arrestado de
nuevo, en 1966 logró escaparse de prisión aprovechando un descuido. Esta vez, apoyó
el golpe de 1968 y pasó a ser el asesor de Hassan al-Bakr. La fama de hombre duro de
Hussein procede de ese año: en diciembre atacó la comunidad judía de Bagdad y
consiguió que el 27 de enero de 1969 todos los líderes judíos fueran ahorcados en la
Plaza de la Libertad. Posteriormente, constituyó lo que sería el clan de Tikrit, su grupo
de hombres de confianza, que no vaciló en abrirle paso para conquistar el poder. En
1971, hizo que asesinaran a Hardan al-Tikrit, vice-Presidente. Como hecho curioso,
conviene resaltar que Hussein, molesto por su fracaso en el ingreso a la Academia
Militar, se autonombró teniente general en 1973; y en 1976 ya era General.
Hizo depurar el partido Baaz, y logró que se condenara a muerte a 20 miembros.
Toda su gente ocupaba los principales cargos políticos o militares. Su primo, Adnan
Jairallah, era el Jefe del Ejército. Barzán, su hermanastro, dirigía el Mujabarat, la policía
política. Saadun Shaker, su primo, dirigía la Oficina Nacional de Seguridad y su clan
estaba al frente de los principales institutos. En 1979, ante la sospechosa renuncia de Al-
Bakr, se convirtió en Presidente de Iraq. El partido Baaz se infiltró en todas las
organizaciones culturales, científicas y estableció una estrategia de vigilancia y control
de los medios de comunicación. Los cuatro periódicos oficiales eran Al-Thawra,
publicado por el Baaz; Al-Jumhuriyah, boletín oficial del gobierno; Al-Qadisiyah,
establecido durante la guerra de Irak-Irán como boquilla de las fuerzas armadas; y Al-
Irak, patrocinado por los partidos Kurdos que apoyaron al gobierno. El quinto periódico,
Babil, de Uday Hussein, el hijo de Saddam, era la excepción: publicó noticias que se
prohibieron en otros periódicos y se atrevió a separarse de los parámetros definidos por
las autoridades.
El 17 de septiembre de 1980, Hussein ordenó el ataque a Irán y comenzó una
guerra que duraría ocho largos años. Vale la pena comentar que el 26 de febrero de
1982, la administración estadounidense, enemiga de Irán, tachó de su lista de países
enemigos a Iraq y en 1984 estableció una Embajada en Bagdad. Como era previsible, la
guerra con Irán fue cruel y tuvo hitos paradójicos: en noviembre de 1986, se supo que
Estados Unidos, a través de Israel, había vendido armas a Irán para financiar a los
“contras” nicaragüenses. A pesar del embargo de Naciones Unidas, Estados Unidos,
Gran Bretaña, Francia, Alemania y Rusia financiaron el desarrollo de los programas de
armamento del régimen de Hussein.
Otro momento execrable ocurrió entre el 15 y el 16 de marzo de 1988, cuando
Alí Hassan al-Majid, siguiendo órdenes, roció Sulaymaniya y Sheikh Wazzan, en
represalia por el apoyo de los kurdos a los iraníes. Como resultado de este ataque,
murieron cinco mil mujeres y niños y quedaron más de diez mil heridos, que nunca
fueron atendidos. En abril del mismo año, como si no fuera suficiente con estos hechos,
el USS Vincennes lanzó, por error, un misil contra un avión comercial iraní y aniquiló a
290 pasajeros. En julio, se decretó el cese de la guerra y las cifras oficiales revelaron un
millón de personas muertas y miles de desaparecidos.
De este conflicto, Hussein salió fortalecido ante la comunidad internacional,
pero arruinado. Para el 2 de agosto de 1990, invadió Kuwait, con un plan que parecía
ingenuo: someter al dominio iraquí todos los recursos energéticos del Golfo Pérsico. Al
perturbar los intereses estadounidenses, cometió un error fatal. En 1991, una coalición
conformada por tropas de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia lo desalojó de
Kuwait y, aunque Hussein había prometido la “madre de todas las batallas”, se vio
obligado a aceptar una rendición humillante que dividió Iraq en varias zonas de
exclusión aérea y un embargo económico feroz. Esta guerra costó cien mil muertos,
300.000 heridos, y un ecocidio causado por la destrucción de 700 pozos petroleros de
Kuwait.
Fue en esa época que comenzaron las visitas de los inspectores a Iraq, en busca
de un armamento que, como se confirmó, estaba obsoleto o inutilizable. La AIEA y la
UNSCOM, dirigidas por Hans Blix y David Kay, así lo hicieron conocer en sus
respectivos informes. Iraq, por otra parte, se empobreció, y disminuyó el nivel
alimenticio. La mortalidad infantil llegó a ser de casi 5.000 niños muertos por mes. La
situación sanitaria empeoró. El sistema educativo colapsó y la deserción estudiantil
aumentó. Un verdadero desastre humano ocurrió en esta zona entre 1999 y 2001.
Hussein, no obstante, acentuó la presión sobre los grupos kurdos y shiíes, por medio de
prácticas como el asesinato, la tortura y el exilio. A Barzán al-Tikriti le encomendó la
desaparición de miembros de la familia de al-Hakim, por ejemplo. En 1994, hizo
asesinar a Muhammad Taqi, el hijo del ayatolá Abu-l-Qasim al-Joi. En 1998, ordenó la
ejecución de Murtada Buruyirdi y Ali al-Garawi. A su hijo Qusay lo convirtió en el
coordinador de la Guardia Republicana Especial. El hijo, Uday, tenía una habitación que
se llamaba “al- Gurfa al-Hamra”, donde aplicaba corriente a sus enemigos, y violó y
asesinó a decenas de mujeres.
Y, como es natural, a Hussein no le faltó tiempo para mantener una relación
estable con la hermosa Samira Shahbandar, quien le dio un hijo. Hussein, como buen
dictador, impuso la adoración por su persona y así ocupó vino a ser objeto de cientos de
estatuas, pinturas y no hubo rasgo que no destacasen sus aduladores: era militar,
pescador, revolucionario, escritor, lector, arqueólogo, pintor, poeta, dramaturgo, experto
en museos, curador, y en cada actividad exigía una adulación irrestricta. Cuando escapó
de Bagdad, estaba a punto de publicar su tercera novela, basada en la Guerra del Golfo.
Las otras dos fueron Zabibah y el rey y El castillo fortificado.
El 11 de septiembre de 2001, tras el ataque de Al-Qaeda contra las Torres
Gemelas y el Pentágono, la administración Bush rediseñó su estrategia de seguridad
nacional, y en busca de los autores de estos hechos, invadió Afganistán e Iraq, dentro
del marco de lo que denominó un “Plan de Guerras Preventivas”. Bush afirmó que
Hussein financiaba a Al-Qaeda, y poseía armas de destrucción masiva. El resto es
conocido por todos: en marzo de 2003, Iraq fue invadido por una Coalición integrada
por Estados Unidos, Gran Bretaña y España y el 8 de abril Bagdad fue tomada por las
tropas de ocupación. Hussein, de esta manera, fue derrocado, aunque para sorpresa de
todos, logró escapar. Algunos lo creyeron en Siria; otros en los túneles de Bagdad; otros
en Azerbaiyán; otros en Yemen. A sus dos hijos los mataron en julio, después de que
fuera delatada su posición. Hoy, según lo confirman los informes más creíbles, sabemos
que Hussein nunca salió de Trikit y que tampoco estaba al mando de la guerrilla de
resistencia que actualmente combate contra la ocupación. El círculo quedó cerrado por
ahora.
¿Qué significa la captura de Saddam Hussein? Supone la sustitución de una
época oscura en Iraq, creada por los intereses estadounidenses de entonces, por otra, no
menos oscura y confusa, también programada desde Washington. Al igual que en el caso
de Osama bin Laden, formado por la CIA para combatir a la Unión Soviética en
Afganistán, Hussein fue un dictador que siguió los patrones de la era Reagan. George
Bush, padre, mientras era Director de la CIA en la década de los ochenta del siglo
veinte, lo fortaleció, y ya como Presidente lo redujo. George Bush, hijo, sólo ha dado el
toque final a esta historia. En medio de eso, Donald Rumsfeld viajó a Bagdad y en
diciembre de 1983 llamó a Hussein “un héroe de la democracia”. En diciembre de 2003,
Rumsfeld cambió su elogio y lo acusó de ser “el enemigo del mundo civilizado”. Los
actores de esta tragedia que arruinó a Iraq, como es evidente, siempre fueron los
mismos. Por esa razón, y no por otra, es que el entusiasmo de los iraquíes no ha sido el
esperado. No hay que olvidar que quienes gritan “!Muera Saddam!” también gritan
“Mueran los infieles! Fuera los extranjeros!”.
(*) Premio Internacional “Vintila Horia”, participa en diferentes comisiones
internacionales para la reconstrucción de Iraq.