Вы находитесь на странице: 1из 11

EL CHEQUEO

Publicado el 22 septiembre, 2013

Mariano pidió un deseo y sopló las 70 velas. Tres


o cuatro se le resistieron, así que tomó aire de
nuevo y volvió a vaciar sus pulmones. Toda la
familia estalló en aplausos. Mariano les miró,
orgulloso de la familia que había creado a su
alrededor.

Mientras tanto María, su atenta esposa, había


retirado las velas y ya partía y repartía trozos de
pastel entre la prole. Luego llegaron los regalos:
una camisa azul, un jersey de lana, un nuevo
tablero de ajedrez y un chequeo médico…
- ¿Un chequeo médico?
- Si papá – contestó Pedro, el hijo mayor– a tu
edad ya deberías ir cuidando un poco tu salud…
- ¡Pero si estoy estupendamente!
- Claro, claro… Pero mira Vicente, el vecino del
cuarto, también decía lo mismo… y lo
enterramos la semana pasada.
- Vicente tuvo un Ictus repentino. ¡Eso no se
puede prever! – Protestó Mariano.
- ¡Pero mira el rey cómo se hace su chequeo
cada año! –añadió Concha, la hija de Mariano.
- Bueno, también se va de cacería cada año… y
no me habéis regalado una escopeta…
- ¡Papá! – Le dijo su hijo con mirada irritada.
- Está bien, está bien… Gracias por el regalo hijo.
Cuatro días después Pedro recogía a su padre en
casa para llevarlo a hacer la completa -y cara –
revisión médica que le había regalado.
-¿No podías haberme pedido hora por la tarde?
- Siento que a esta hora no te vaya muy bien
papá…
- Es que por la mañana siempre salgo con los
amigos a caminar… hace años que no faltaba
ningún día…
- ¿Qué es más importante… tus amigos o tu
salud?
- Bueno, visto así…
- Te veo nervioso papá.
- Es que no recuerdo la última vez que fui al
médico… ¿siguen llevando bata blanca?
- No bromees… Tienes que empezar a cuidarte
papá. Hace años que deberías haber empezado
con las revisiones. ¡Ya no eres un niño!
Mariano pasó tres horas de zarandeos y meneos
entre máquinas y artilugios modernos: analíticas,
ecografías, radiografías, colonoscopia, control
oftalmológico y auditivo, exploración
cardiológica, test de sensibilidad alimentaria,
RMN craneal, flujometría… Mariano se
encontraba agotado y sorprendido de lo que
había avanzado la medicina. La última vez que
había ido al médico, lo único que le habían hecho
había sido pesarle, auscultarle el corazón y
charlar amigablemente con él durante un rato.
A continuación, una amable enfermera – con bata
blanca – le atizó una batería de preguntas sobre
todas las enfermedades que había sufrido su
cuerpo durante sus dilatados 70 años y le abrió
su Ficha de Enfermo. Recibió también un par de
broncas por llevar tantos años sin ir al médico y
no tener su “carnet sanitario” al día. Mariano se
sintió como en su primer día de clase con 6
años: un inútil. Salió del centro sanitario con
hora de visita para la semana siguiente parar
recoger todos los resultados.
Su hijo primogénito pasó a recogerlo de nuevo a
la hora de su paseo matinal.
- Permítame decirle que para su edad… está
usted muy bien. – Le dijo un doctor calvo y
arrogante que miraba y remiraba todo los
papeles que había en una carpeta verde con el
nombre del paciente: Mariano Rajón.
- Gracias. – dijo Mariano aliviado.
- Pero, como era de esperar, a pesar de su
aparente buen estado de salud, Sr. Rajón,
necesita unas cuantas ayuditas… o pastillitas
para…
- ¡Pero si me encuentro perfectamente!
- ¡Tiene usted 70 años amigo! Con eso no se
bromea… Más vale prevenir que curar.
Las cuatro ayuditas se convirtieron en unas
pastillas de Estatina para el colesterol, un IECA
para el corazón, Metformina para la glucosa, un
diurético para las hinchazones de las piernas y
un polivitamínico para aumentar las defensas.
Ah, y para la alergia – ¿qué alergia?- preguntó él
sin obtener respuesta: Desloratadina-. Y para
proteger el estómago de estas “cuatro ayuditas”,
se sumó al carrito de la compra una cajita de
Omeprazol.

Su atenta esposa, María, le acompañó a la


farmacia, ya que Mariano, hasta entonces, ni
siquiera sabía dónde estaba. Llegaron a casa y
María reubicó unos cuantos enseres de un
armario de la cocina para convertirlos en el
nuevo botiquín de Mariano.
- ¡Así los tendrás a mano!
- Ya, como la sal…
- Si quieres, podemos colocar las pastillas por
colores… así será más fácil.
Una semana después discutía con María sobre si
las pastillas verdes –las de la alergia- se
tomaban antes o después de las cápsulas para el
estómago; tampoco tenía muy claro si las
amarillas -para el corazón- eran antes o después
de las comidas. Y había algunas que no le debían
estar sentado muy bien, porque tenía una
especie de picazón en los muslos. Así que habló
con su hijo para que le pidiera hora de nuevo con
el médico.
El Dr. Moreno, todavía calvo y arrogante, les dio
por escrito los horarios y las dosis de todos los
medicamentos, y les explicó que lo del picazón
se le iría pasando.
- Es probable que sea un síntoma del estrés, no
se preocupe demasiado.
- ¿Qué estrés?
- Le noto un poco alterado, Sr. Rajón. Y en la
exploración me ha parecido encontrarlo un poco
contracturado. ¿Sabe lo que haremos? Le voy a
dar Alprazolan para los nervios.
- ¿Más cosas? – Preguntó alarmado.
- Sólo para que esté tranquilo. Piense que si está
nervioso, la medicación no le hará tanto efecto.
¿Duerme usted bien?
- Duermo. Y cuando no tengo sueño me levanto y
me pongo a trabajar en mi colección de
maquetas de barcos. ¿Sabe que tengo una bonita
colección de barcos?
- Es muy importante que duerma. Le daré unas
pastillas para cuando no pueda dormir ¿de
acuerdo?
Mariano no pudo salir a caminar con sus amigos
en unos días. El primer día se quedó dormido
hasta media mañana por el efecto de las pastillas
para dormir, y el segundo tuvo que ir al
dispensario para que le hicieran una receta
nueva de las pastillas verdes –las del corazón- y
a la farmacia para reponer existencias. El tercer
día la enfermera lo hizo pasar y le puso la vacuna
de la gripe, pues se acercaba el invierno y había
que prever posibles riesgos.
- Nunca antes me habían puesto esta vacuna…
¿De verdad cree que es necesaria? – Protestó
levemente Mariano.
- Es que antes no venía usted a visitarnos, señor
Rajón, ahora ya ve que le tenemos fichado… -le
dijo con sonrisa radiante Pepita, la simpática
enfermera.
El día que, por fin, salió a caminar con sus
amigos, una tormenta les alcanzó a la vuelta, así
que llegó a casa mojado. Como al cabo de unas
horas empezó a toser, María llamó al médico para
explicárselo, que dio instrucciones de que se
metiera en la cama, le recetó un antigripal,
Sanigrip con efedrina, y un antibiótico para que
no fuera a más. María obligó a Mariano a estar en
cama una semana –órdenes del médico, más
vale prevenir que curar- tomando diligentemente
su medicación, y siendo cuidado amorosamente
por ella y sus hijos, que venían todas las tardes a
visitarle para que pudiera ver a sus nietos.
Obviamente, durante esa semana, tampoco pudo
salir a caminar.
- No entiendo nada… decía Mariano. Pero si este
año me he vacunado de la gripe…

La siguiente semana seguía tan débil, que


decidió no ir tampoco, y a la tercera resultó que
había perdido su forma física, y tuvo que seguir a
sus amigos con la lengua fuera y el corazón
acelerado. Así que María volvió a llamar al
médico que informó que no era bueno ir a
caminar si tenía taquicardias, y añadió Atenolol a
la lista de la compra. Sugirió que era mejor no
salir a caminar hasta que hubiera una
considerable mejoría. A partir de ese día, si
Mariano quería salir a caminar, debía discutirse
con toda su familia, que, como se preocupaban
por él, velaban por su salud y no querían que
saliera a jugarse la vida.
Mariano cada vez dormía peor por las noches,
pero se negaba a tomar las pastillas para dormir,
pues decía que lo atontaban demasiado. Una de
esas noches en vela sacó los prospectos de
todas sus pastillas multicolores y se dedicó a
leerlos. De este modo, descubrió que estaba
tomando medicamentos que podían provocar
arritmias ventriculares, sangrados, náuseas,
hipertensión, insuficiencia renal, parálisis,
cólicos abdominales, alteraciones del estado
mental y otro montón de cosas que ni siquiera
sabía lo que eran… Al día siguiente, Mariano
llamó a su médico alarmado.
- ¿Es que no se fía usted de mí, señor Rajón?
- ¡Sí, claro, claro!
Mucho más tranquilo, Mariano pasó casi todo
ese día durmiendo. Hacía ya algunas semanas
que no había salido a caminar. Estaba cogiendo
incluso un poco de peso y había aumentado su
barriguita. Las rodillas habían empezado a
dolerle. Debía proponerse de nuevo salir a
caminar, pero cada día le costaba más esfuerzo.
Se pasaba muchas horas en el sofá, viendo la
tele, pues casi no podía trabajar en las maquetas
de sus barcos, ya que le costaba concentrarse y
las manos habían empezado a temblarle
ligeramente. El hecho de no poder trabajar en
sus barcos ni pasear con sus amigos, lo sumía
en la tristeza. Por suerte, tenía las tertulias
televisivas que compartía con su esposa. Allí
eran testigos de tantas desgracias y vergüenzas
ajenas que sus propios problemas parecían no
tener importancia.
- Mírame – le dijo un día a su mujer- parezco un
viejo…
- Es que eres un viejo, cariño…
María estaba preocupada porque lo veía alicaído
y falto de vitalidad. Así que llamó al médico calvo
y arrogante – cada vez más amigo de la familia –
y se lo contó. Esa llamada supuso la llegada a la
casa de unos antidepresivos para el estado
anímico de Mariano y de Diclofenaco para sus
articulaciones. El armario botiquín estaba más
que repleto de pastillas de todos los colores. De
hecho, se había quedado ya pequeño para tanto
frasco, así que María pidió a su hijo que los
llevara un día a Ikea a comprar un nuevo mueble
para el comedor, donde colocó diligentemente
todas los frascos de pastillas ordenadas por
colores, y a la altura de Mariano, para que no
tuviera que agacharse, pues cada día las rodillas
le dolían más.
Los días de Mariano se abrían y cerraban con la
ingesta de pastillas; las comidas de Mariano
empezaban y terminaban con la ingesta de
medicamentos; los paseos de Mariano eran hasta
la farmacia para reponer existencias o hasta el
dispensario a por recetas y para mirarse la
presión. En una de esas visitas le encontraron la
presión alta y el colesterol por las nubes, así que
María tuvo que añadir una repisa nueva al
mueble de Ikea para las recién llegadas
adquisiciones. Además, su hijo les había
regalado recientemente un aparato para medir la
presión, un termómetro digital, un humidificador
para el aire, y una botella de oxígeno, por si
acaso.
Un día por la noche Mariano sintió una fuerte
opresión en el pecho que casi no le dejaba
respirar. Una gran punzada lo atravesó
literalmente y perdió el conocimiento. Despertó
en la UVI del hospital. Habían conseguido
salvarle la vida. El médico del hospital le
presentó El Sintrom, el nuevo y fiel medicamento
que ya iba acompañarle de por vida.
Su diligente y atenta esposa pasaba las noches y
los días con él. Sus hijos lo visitaban cada tarde
e iban observando como su padre estaba cada
día peor. El médico les informó que se esperaran
lo peor, estaban haciendo todo lo posible por
sacarlo adelante, pero a los problemas de
corazón se habían sumado problemas del riñón,
hígado y vesícula, amén de un par de infecciones
que, al parecer, había cogido cuando estuvo en
quirófano. Se sumaron nuevos antibióticos a la
larga lista multicolor. Y esperando lo peor, llegó
lo peor. Un día, cuando María, que dormía en la
butaca de la habitación del hospital, se despertó
con la primera luz de la mañana, descubrió que
Mariano ya no vería ese nuevo amanecer. Las
enfermeras le corroboraron el sueño eterno de
su marido. Y María lloró.
Al cabo de dos meses, María cumplió los 70 años
y la fiesta de cumpleaños fue triste y silenciosa.
Todo el mundo pensaba en el abuelo Mariano, a
excepción de los nietos que jugaban alegremente
y soplaron encantados las velas de la abuela. El
hijo mayor le hizo a su madre un regalo
inesperado. María abrió la caja y miró a su hijo
asustada, el cual le dijo complaciente:
- Mamá, ahora te toca a ti empezar a cuidarte.
“Casi todos los hombres mueren de sus medicinas,
No de sus enfermedades”
Moliére

Autora: Alícia Ninou