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Historia de los intelectuales

en América Latina
Dirección general del proyecto:
Carlos Altamirano

Comité académico:
Nora Catelli, Horacio Crespo,
Arcadio Díaz Quiñones, Jean Franco, Javier Garcíadiego,
Claudio Lomnitz, Sergio Miceli, Jorge Myers

Editores:
Volumen I: Jorge Myers
Volumen II: Carlos Altamirano
Historia de los intelectuales
en América Latina

Director: Carlos Altamirano

I. La ciudad letrada, de la conquista al modernismo


Editor del volumen: Jorge Myers

conocimiento
Primera edición, 2008

© Katz Editores
Charlone 216
C1427BXF-Buenos Aires
Fernán González, 59 Bajo A
28009 Madrid
www.katzeditores.com

© Carlos Altamirano

ISBN edición impresa: 978-84-96859-36-4


ISBN edición digital: 978-84-96859-89-0

1. Historia Intelectual. I. Altamirano, Carlos, dir.


CDD 306.42

El contenido intelectual de esta obra se encuentra


protegido por diversas leyes y tratados internacionales
que prohíben la reproducción íntegra o extractada,
realizada por cualquier procedimiento, que no cuente
con la autorización expresa del editor.

Diseño de colección: tholön kunst

Hecho el depósito que marca la ley 11.723.


Índice

9 Introducción general
Carlos Altamirano

29 Introducción al volumen I
Los intelectuales latinoamericanos desde la colonia
hasta el inicio del siglo xx
Jorge Myers

i. el letrado colonial
53 Gente de saber en los virreinatos de Hispanoamérica
(siglos xvi a xviii)
Óscar Mazín
79 Hacia un estudio de las élites letradas en el Perú
virreinal: el caso de la Academia Antártica
Sonia V. Rose
94 Brasil: literatura e “intelectuales” en el período colonial
Laura de Mello e Souza

ii. élites culturales y patriotismo criollo:


prensa y sociedades intelectuales
121 El letrado patriota: los hombres de letras
hispanoamericanos en la encrucijada del colapso
del imperio español en América
Jorge Myers
145 Redactores, lectores y opinión pública en Venezuela a fines
del período colonial e inicios de la independencia (1808-1812)
Paulette Silva Beauregard
168 Los juristas como intelectuales y el nacimiento
de los estados naciones en América Latina
Rogelio Pérez Perdomo
184 “A la altura de las luces del siglo”:
el surgimiento de un clima intelectual
en la Buenos Aires posrevolucionaria
Klaus Gallo
205 Traductores de la libertad: el americanismo
de los primeros republicanos
Rafael Rojas
227 Tres etapas de la prensa política mexicana del siglo xix:
el publicista y los orígenes del intelectual moderno
Elías J. Palti
242 Los hombres de letras hispanoamericanos
y el proceso de secularización (1800-1850)
Annick Lempérière

iii. la marcha de las ideas


269 La construcción del relato de los orígenes
en Argentina, Brasil y Uruguay: las historias nacionales
de Varnhagen, Mitre y Bauzá
Fernando J. Devoto
290 El erudito coleccionista y los orígenes del americanismo
Horacio Crespo
312 Intelectuales negros en el Brasil del siglo xix
Maria Alice Rezende de Carvalho
334 “República sin ciudadanos”: historia y barbaries
en Cesarismo democrático
Javier Lasarte Valcárcel

iv. entre el estado y la sociedad civil


363 Tres generaciones y un largo imperio:
José Bonifácio, Porto-Alegre y Joaquim Nabuco
Lilia Moritz Schwarcz
387 Nuevos espacios de formación y actuación intelectual:
prensa, asociaciones, esfera pública (1850-1900)
Hilda Sabato
412 El exilio de la intelectualidad argentina:
polémica y construcción de la esfera pública chilena (1840-1850)
Ana María Stuven
441 Los intelectuales y el poder político: la representación
de los científicos en México del porfiriato a la revolución
Claudio Lomnitz
465 Maestras, librepensadoras y feministas
en la Argentina (1900-1912)
Dora Barrancos

v. exilios, peregrinajes y nuevas figuras


del intelectual
495 Cronistas, novelistas: la prensa periódica como espacio
de profesionalización en la Argentina (1880-1910)
Alejandra Laera
523 El modernismo y el intelectual como artista: Rubén Darío
Susana Zanetti
544 Camino a la meca: escritores hispanoamericanos
en París (1900-1920)
Beatriz Colombi

567 Colaboradores
573 Índice de nombres
Introducción general
Carlos Altamirano

Las élites culturales han sido actores importantes de la historia de América


Latina. Procediendo como bisagras entre los centros que obraban como
metrópolis culturales y las condiciones y tradiciones locales, ellas desem-
peñaron un papel decisivo no sólo en el dominio de las ideas, del arte o
de la literatura del subcontinente, es decir, en las actividades y las produc-
ciones reconocidas como culturales, sino también en el dominio de la
historia política. Si se piensa en el siglo xix, no podrían describirse ade-
cuadamente ni el proceso de la independencia, ni el drama de nuestras gue-
rras civiles, ni la construcción de los estados nacionales, sin referencia al
punto de vista de los hombres de saber, a los letrados, idóneos en la cul-
tura escrita y en el arte de discutir y argumentar. Según las circunstancias,
juristas y escritores pusieron sus conocimientos y sus competencias lite-
rarias al servicio de los combates políticos, tanto en las polémicas como en
el curso de las guerras, a la hora de redactar proclamas o de concebir
constituciones, actuar de consejeros de quienes ejercían el poder político
o ejercerlo en persona. La poesía, con pocas excepciones, fue poesía cívica.
El vasto cambio social y económico que posteriormente, en el último
tercio del siglo xix, incorporó a los países latinoamericanos a la órbita de
la modernización capitalista, existió antes, como aspiración e imagen idea-
lizada del porvenir, en los escritos de las élites modernizadoras. La mar-
cha hacia el progreso tomó diferentes vías políticas, desde la fórmula del
gobierno fuerte a la república oligárquica más o menos liberal, pero todas
contaron con su gente de saber y sus publicistas. Había que unificar el
Estado y consolidar su dominio sobre el territorio que cada nación hispa-
noamericana reclamaba como propio, redactar códigos e impulsar la edu-
cación pública. Esas tareas no pudieron llevarse adelante sin la coopera-
ción de “competentes”, nativos o extranjeros, que pudieran producir y
ofrecer conocimientos, sean legales, geográficos, técnicos o estadísticos.
10 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

Tampoco sin quienes pudieran suministrar discursos de legitimación


destinados a engendrar la alianza incondicional de los ciudadanos con “su”
Estado –narrativas de la patria, de la identidad nacional, del pueblo en
lucha por la nación en los campos de batalla–. Brasil, cuya independencia
no había conocido las rupturas ni las vicisitudes de sus vecinos, se puso
institucionalmente a la par del resto de los países latinoamericanos en 1891,
al adoptar el modelo de la república y dejar atrás el orden monárquico.
En el siglo xx la situación y el papel de las élites culturales varió de un
país al otro, según las vicisitudes de la vida política nacional, la compleji-
zación creciente de la estructura social y la ampliación de la gama de los
productores y los productos culturales. Pero, hablando en términos gene-
rales, digamos que desde fines del siglo anterior los indicios de diferencia-
ción entre esfera política y esfera cultural se harían cada vez más evidentes
y que la división del trabajo comenzó a desgastar los lazos tradicionales
entre los hombres de pluma y la vida política. El desarrollo de la instruc-
ción pública amplió el mercado de lectores y poco a poco comenzó a ger-
minar aquí y allá una industria editorial. Pero la literatura, al menos la lite-
ratura de y para el público cultivado, no se transformó por ello en una
profesión –seguiría siendo una ocupación que no daba dinero– y los empleos
más frecuentes para quienes quisieran vivir de la escritura o del conoci-
miento disciplinado en estudios formales fueron el periodismo, la diplo-
macia y la enseñanza.
Nuestros países ingresaron con retraso en el mundo moderno y cultu-
ralmente continuaron desempeñando el papel de provincias de las grandes
metrópolis, sobre todo de las europeas, que funcionaban como focos de
creación y prestigio de donde provenían las ideas y los estilos inspirado-
res. América había llegado tarde al banquete de la civilización europea,
según afirmó en 1936 Alfonso Reyes, en una fórmula que se haría célebre
porque resumía un sentimiento generalizado en las élites culturales de
América Latina. No obstante, aunque lejos de los centros en que se inven-
taban las doctrinas y se experimentaban las nuevas formas, hemos tenido,
como en otras partes, hombres de letras aplicados a la legitimación del
orden e intelectuales críticos del poder, vanguardias artísticas y vanguar-
dias políticas surgidas de las aulas universitarias. El apra (Alianza Popu-
lar Revolucionaria Americana), fundada en México en 1924 por un líder
del movimiento estudiantil peruano, Haya de la Torre, es sólo el ejemplo
más logrado, pero no el único, de esas vanguardias políticas que estimuló
a lo largo de América Latina el movimiento de la Reforma Universitaria.
Las revoluciones del siglo xx en América Latina –la de México en 1910 y la
de Cuba en 1959– interpelaron a los intelectuales y conmovieron sus modos
INTRODUCCIÓN GENERAL | 11

de pensar y de actuar, pero no sólo en esos países sino a lo largo de todo


el subcontinente.
No resulta difícil, en suma, identificar la labor de estas figuras. Sin embargo,
aunque sabemos bastante de sus ideas, no contamos con una historia de la
posición de los hombres de ideas en el espacio social, de sus asociaciones y
sus formas de actividad, de las instituciones y los campos de la vida inte-
lectual, de sus debates y de las relaciones entre “poder secular” y “poder espi-
ritual”, para hablar como Auguste Comte. Hay excelentes estudios sobre
casos nacionales, por cierto, y el Brasil y México son los países que llevan
la delantera en este terreno, pero carecemos de una historia general.

La historia de los intelectuales admite más de un abordaje y cada uno de


ellos puede contener su parte de verdad, aunque no sea la verdad completa.
Por amplia que sea la concepción, difícilmente pueda hacer justicia a todos
los hechos dignos de ser considerados y algunos aspectos del tema queda-
rán en la penumbra. La historia de los intelectuales en América Latina
que presentamos aquí no escapa seguramente a tales limitaciones, pero
serán sus lectores, no quienes la hemos hecho, los que se hallen en mejor
posición para juzgarlas. Quisiera exponer brevemente los razonamientos
y los criterios que orientaron la formulación inicial del proyecto del que
nació la Historia de los intelectuales en América Latina y me valdré para eso,
aquí y allá, de argumentos expuestos ya en otras partes. Desde que la idea
echó a andar a comienzos de 2005 tuvo varios momentos de reflexión colec-
tiva y de ajustes. Más adelante voy a referirme a las etapas de ese trabajo
que llevó del bosquejo preliminar a su forma actual.
Como nada es diáfano y unívoco en el vocabulario relativo a los inte-
lectuales, tal vez sea necesario introducir algunas indicaciones sobre el sen-
tido que le otorgamos a esta noción empleada hasta aquí sin mayor espe-
cificación. El término “intelectuales” no evoca multitudes en ningún lugar
del mundo –tampoco, por supuesto, en América Latina–. Al igual que en
casi todas partes, también en esta región el espacio característico de los
intelectuales es la ciudad, aunque su ambiente no sean únicamente las capi-
tales o las grandes ciudades (el esquema de Edward Shils [1981] de “metró-
polis” y “provincias” en la vida intelectual resulta aquí muy pertinente). La
condición urbana define igualmente el tipo de cultura en que ellos se for-
man, una cultura de patrón europeo occidental que, desde la conquista y
12 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

la colonización ibéricas, tiene su sede y sus focos de irradiación en las ciu-


dades (Romero, 1986). Los programas de autonomía cultural respecto de
Europa, que desde los años del romanticismo han nacido y renacido, una
y otra vez, nunca implicaron la renuncia a la matriz occidental ni a las
lenguas recibidas del Viejo Continente. Tampoco cuando los intelectuales
y el Estado revalorizaron las culturas indígenas y la de los pueblos de pro-
cedencia africana, ni cuando se buscó en esas fuentes los orígenes de una
identidad nacional o continental. En fin, la permanencia de aquella matriz
puede reconocerse sin esfuerzo en las disciplinas que cultivan las univer-
sidades latinoamericanas, en los géneros discursivos con que los escrito-
res ponen en forma el deseo de expresión literaria, y en el vocabulario de
sus debates ideológicos.
A fines del siglo xix el conjunto de quienes en el continente podían cla-
sificarse bajo la denominación de intelectuales era aún muy reducido. Tome-
mos el ejemplo que nos ofrece el crítico argentino Roberto Giusti al refe-
rirse a la creación del Ateneo, la sociedad intelectual que se fundó a mediados
de 1892 para favorecer las actividades literarias y artísticas en Buenos Aires.
La reunión promotora se llevó a cabo en la casa del poeta Rafael Obligado
y se mezclaron en ella integrantes de al menos dos generaciones, la del ochen-
ta y la de sus sucesores. Fue muy numerosa, observará Giusti (1954: 54):

Concurrió tout Buenos Aires, todo o casi todo lo que la ciudad tenía de
representativo en el campo de la cultura, escritores, artistas, músicos,
aficionados a las letras, personas ilustradas que no desdeñaban, al mar-
gen del ejercicio de la actividad profesional o política, el buen libro, el
buen teatro o la plática culta e ingeniosa.

Ahora bien, la lista de asistentes que registra no alcanza los cincuenta nom-
bres, entre los que no figura el de ninguna mujer. Una pequeña comuni-
dad intelectual masculina en la ciudad que está a punto de convertirse, con
la llegada de Rubén Darío, en la “capital del modernismo” para toda la
América hispana. Admitamos que la lista de Giusti podía ser selectiva (no
incluía sino a los que consideraba prominentes) y que a la casa de Rafael
Obligado tal vez no hayan concurrido todos los habitantes posibles de la
república porteña de las letras. Los nombres que podrían añadirse, sin
embargo, no alterarían básicamente las exiguas dimensiones de esa repú-
blica. La situación no era demasiado diferente en las otras capitales lati-
noamericanas.
La delgada capa de personas cultivadas de fines del novecientos se ensan-
chó en la centuria siguiente, junto con el crecimiento demográfico de la
INTRODUCCIÓN GENERAL | 13

región, el desarrollo de las ciudades, la extensión del sistema de enseñanza


y el afianzamiento de la educación superior, que ampliaron y diversificaron
las funciones y las profesiones intelectuales. En la segunda mitad del si-
glo xx, en particular en los años sesenta y setenta, el aumento de estudian-
tes y diplomados se volvió masivo. Este crecimiento continuado amplió el
universo de donde se reclutan los intelectuales, mejor dicho, de quienes son
social y culturalmente percibidos como tales, un reconocimiento que no se
extiende por igual a todos los que ejercen funciones y labores intelectuales
en la vida social. Para hablar con los términos de Randall Collins (2000):
no todos se hallan en el “centro de la atención” ni igualmente próximos a
ese centro. Ese interés desigual refleja la estratificación del campo intelec-
tual, donde la autoridad (o el prestigio, o la reputación) no se halla pareja-
mente distribuida –algunos individuos y algunos grupos alcanzan más aten-
ción que otros–. Hay siempre quienes desempeñan posiciones eminentes en
la conversación intelectual, los que ocupan el centro. Cuando se hace refe-
rencia a la influencia de los intelectuales, cuando se juzga si han tomado el
partido correcto o se les reprocha su abstención o su docilidad, se piensa
básicamente en esa franja de mayor visibilidad y audiencia, una minoría res-
pecto del entorno mucho más amplio de las profesiones intelectuales.
¿De dónde procede ese reconocimiento? De la opinión de la comuni-
dad intelectual, pero no sólo de ella. Un estudio de Roderic A. Camp (1982)
sobre los intelectuales contemporáneos en México nos provee de un ejem-
plo. Para responder a la pregunta de quiénes son los intelectuales en este
país, Camp llevó a cabo una encuesta entre tres grupos: académicos nor-
teamericanos especializados en México, políticos mexicanos e intelectua-
les mexicanos, y a cada uno de los encuestados les solicitó una lista de las
personalidades que consideran destacadas en la vida intelectual mexicana
desde 1920 a 1980. De las respuestas obtenidas confeccionó tres listas de
acuerdo con los nombres más citados dentro de cada uno de esos grupos.
Al analizar los tres conjuntos, Camp hará varias observaciones: que las
listas sólo concordaban parcialmente; que era mayor la coincidencia entre
los mencionados por los académicos norteamericanos y los intelectuales
mexicanos, que los que surgían de las listas de políticos; que éstos apre-
ciaban más a los abogados que a los literatos, y a intelectuales que se con-
sagraban al servicio público que a los independientes, muy valorados, a
su vez, por los intelectuales que respondieron a la encuesta; en fin, que en
el juicio de los académicos norteamericanos pesaba mucho que los auto-
res hubieran sido traducidos en los Estados Unidos. Sobre la base de los
nombres más frecuentemente citados en las tres listas, Camp estableció el
cuadro de lo que titula la élite intelectual mexicana entre 1920 y 1980, un
14 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

elenco de 53 figuras que encabezan José Vasconcelos, Octavio Paz, Vicente


Lombardo Toledano y Daniel Cosío Villegas.
El número de los integrantes de ese vértice podría ser mayor (por ejem-
plo, si se sumaran todos los nombres citados en las respuestas de los tres
grupos encuestados por Camp), pues los límites del espacio central nunca
son estrictos ni estables. Podría además ampliarse el foco y prestar aten-
ción no sólo al centro sino también a la periferia, o aun registrar sobre
todo a los que desconocen o desafían la autoridad del centro. Ciertamente:
poner en entredicho las jerarquías culturales instituidas y proclamar una
legitimidad alternativa, llamando la atención sobre obras o autores mar-
ginales, es una estrategia también practicada por los intelectuales latino-
americanos. De todos modos, siempre se trataría de la rehabilitación de
individuos y círculos restringidos. Que el reconocimiento no alcance por
igual a toda obra y a toda trayectoria, que los laureles de la historia, como
dice Carlos Monsiváis, se distribuyan sólo entre unos cuantos, es lo que
habilita el uso de la noción de élite intelectual, que no se emplea para juz-
gar una orientación ideológica aristocratizante –hay élites populistas y
desde la tercera década del siglo xx el populismo es una de las tradiciones
intelectuales fuertes en América Latina– sino para indicar un lugar en el
diferenciado espacio de la cultura.
Más allá de lo que enseñe sobre la vida cultural mexicana, el estudio de
Camp nos hace ver igualmente algunos hechos de alcance más general.
En primer lugar, que el intelectual no tiene una sola audiencia, un solo
público, y que los criterios de los propios intelectuales para juzgar la rele-
vancia de sus pares no son los mismos que rigen para aquellos que, si
bien se interesan por las ideas y discuten las definiciones sobre la marcha
del mundo que producen los intelectuales, no giran en la órbita de la vida
intelectual. En segundo término, que el concepto de intelectual resulta irre-
ductible al de una categoría socioprofesional, pues con ese término se agrupa
y se identifica a un abigarrado conjunto de personas que poseen conoci-
mientos especializados y aptitudes cultivadas en diferentes ámbitos de
expresión simbólica (literatura, humanidades, derecho, artes, etc.), y que
proceden de diversas profesiones.
A manera de conclusión de estas consideraciones preliminares pode-
mos extraer un perfil de los intelectuales, un esbozo que no vale sino como
una primera aproximación a nuestro tema, el de su historia en América
Latina. Los intelectuales son personas, por lo general conectadas entre sí
en instituciones, círculos, revistas, movimientos, que tienen su arena en
el campo de la cultura. Como otras élites culturales, su ocupación distin-
tiva es producir y transmitir mensajes relativos a lo verdadero (si se pre-
INTRODUCCIÓN GENERAL | 15

fiere: a lo que ellos creen verdadero), se trate de los valores centrales de la


sociedad o del significado de su historia, de la legitimidad o la injusticia del
orden político, del mundo natural o de la realidad trascendente, del sen-
tido o del absurdo de la existencia. A diferencia de élites culturales del
pasado, sean magos, sacerdotes o escribas, la acción de los intelectuales se
asocia con lo que Régis Debray llama grafoesfera –es decir, con el dominio
que tiene su principio en la existencia de la imprenta, los libros, la prensa–.
Su medio habitual de influencia, sea la que efectivamente tienen o sea a la
que aspiran, es la publicación impresa (Debray, 2001: 75). Los intelectua-
les se dirigen unos a otros, a veces en la forma del debate, pero el destina-
tario no es siempre endógeno: también suelen buscar que sus enunciados
resuenen más allá del ámbito de la vida intelectual, en la arena política.
Más aun, a veces quieren llegar a la sede misma del poder político. Como
escribió Wolf Lepenies (1992: 8): “El intelectual es un viajero, pero de tanto
en tanto quiere hacer también de maquinista”.
En América Latina y hasta avanzado el siglo xix esa esfera de la cultura
intelectual estuvo bajo el poder de los varones, fueran descendientes de
familias de fortuna, herederos de un capital cultural o autodidactas “hijos
de sus obras”, como Sarmiento. Las mujeres no participarían en ella sino
marginalmente. Sólo desde entonces, aunque lentamente, y sobre todo
desde la segunda mitad del siglo xx, aquella supremacía comenzaría a redu-
cirse. Por lo dicho hasta aquí, casi ni es necesario destacar que en esta visión
el intelectual no es una figura eterna que atraviesa las épocas y las cultu-
ras, sino una especie moderna.

ii

La noción de intelectual tiene una historia, una historia que se desarrolló


en diferentes contextos sociales, culturales y políticos, y América Latina fue
uno de ellos. Tampoco aquí brotó de golpe, sin progenitores ni tradicio-
nes. El hecho de que no contemos con una historia general de estos gru-
pos en nuestros países no significa que no se haya hablado y escrito sobre
ellos, sobre su papel en el pasado y su misión en el presente. Por el con-
trario, en torno de estas cuestiones se han construido varias genealogías
que proporcionaron modelos e imágenes duraderos para la identifica-
ción de los intelectuales.
Al menos hasta mediados del siglo xx, la concepción del hombre de
letras como apóstol secular, educador del pueblo o de la nación, fue segu-
Introducción al volumen I
Los intelectuales
latinoamericanos desde la colonia
hasta el inicio del siglo xx
Jorge Myers

Una pregunta central preside este primer volumen de la Historia de los inte-
lectuales en América Latina: ¿en qué consistió ser un “intelectual” en Amé-
rica Latina antes de comienzos del siglo xix? Ella no sólo recorre todos
los trabajos aquí reunidos, sino que organiza la propia estructura de este
tomo. Sólo un análisis que privilegie la relación entre el contexto sociocul-
tural de una época dada y los significados posibles que podían emerger
de ese contexto podrá dar nacimiento a una historia coherente, persua-
siva, del particular desarrollo de la actividad de los expertos en el manejo
de la palabra escrita (o de las técnicas retóricas para el dominio del dis-
curso oral docto) en esta región del planeta. Ese contexto estuvo marcado
en su origen por un hecho decisivo: la profunda ruptura cultural efectuada
por el sometimiento –mediante una guerra de conquista– a sus invasores
europeos de los habitantes autóctonos del continente americano. La his-
toria americana posee raíces profundas que en el caso de las sociedades
mesoamericanas y peruanas se remontan a muchos siglos antes del
comienzo de la era cristiana: en la medida en que aquellas sociedades cuyos
instrumentos de escritura eran relativamente desarrollados –los pueblos
maya, los mixtecas, los zapotecas, los nahuas– han sido estudiadas con pro-
fundidad cada vez mayor, la antigüedad profunda de la historia americana
no ha podido dejar de tornarse más evidente.
El hecho de que la historia de la región que luego de la conquista se con-
vertiría –lenta y contradictoriamente– en “América Latina” no comienza
con la llegada de los europeos es hoy un punto de partida ineludible para
cualquier historiador. La particular textura que adquirió aquella ruptura
entre el universo cultural habitado por los pueblos indígenas –con sus for-
mas políticas, religiosas, “económicas” propias, con sus lenguas, sus hábi-
tos y sus creencias también propios– y el nuevo universo cultural confor-
mado por la imposición de formas políticas, religiosas, económicas o
30 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

culturales originadas en la región ibérica de Europa ha sido y sigue siendo


materia de controversia: ¿cuánto de cambio radical y cuánto de continui-
dad y permanencia hubo? Por un lado, las culturas nativas no sólo no
desaparecieron con la llegada de los europeos, sino que en ciertas regio-
nes –es el caso de la “lingua geral” hablada por los primeros pobladores
portugueses del litoral paulista y carioca, es también el caso del bilingüismo
paraguayo y de otras zonas del continente– la cultura indígena supo impo-
nerse (al menos durante las primeras épocas de la colonización) a la de
los conquistadores. Por otro lado, aun cuando en gran parte de las tierras
de conquista la cultura ibérica se convirtió en hegemónica por decisión de
sus nuevos señores –militares, civiles y eclesiásticos–, con sus lenguas y sus
prácticas sociales y religiosas, las culturas autóctonas ejercieron una siste-
mática resistencia a aquella tarea de transformación cultural, y a veces
demostraron una asombrosa capacidad de supervivencia bajo condicio-
nes de vida por cierto deplorables. La historia de los intelectuales latinoa-
mericanos no puede prescindir, por ende, ni del legado de las civilizacio-
nes precolombinas ni de la continuada presencia indígena en el seno de las
nuevas sociedades surgidas del hecho de la conquista –una presencia que
en regiones como las de Nueva España/México o el Altiplano peruano ha
sido contundente hasta el presente–. Sostener, como algunos historiado-
res tradicionalistas lo han hecho, que la cultura intelectual latinoameri-
cana existe en una relación de perfecta continuidad con la tradición medie-
val de los pueblos de la península ibérica resulta hoy una posición, cuando
menos, poco convincente.
No es, sin embargo, posible reconstruir la historia sistemática de los
“intelectuales” –es decir, de los expertos en el manejo de los recursos sim-
bólicos– de aquellas sociedades precolombinas debido al simple (y lamen-
table) hecho de la insuficiencia del registro escrito que de ellas ha perdu-
rado. Aun en aquellos casos en los que han llegado hasta nosotros ciertas
huellas escritas acerca de su historia –los glifos mayas, cuyo desciframiento
ha avanzado velozmente en las últimas décadas, o los códices pictográfi-
cos de los pueblos de Oaxaca y del valle central de México–, la evidencia
que le ofrecen al historiador es demasiado fragmentaria como para per-
mitir otra cosa que una historia eminentemente “especulativa” de sus pen-
sadores y sus poetas. Es ésta la razón por la cual esta Historia de los inte-
lectuales en América Latina se abre con la conquista y la posterior
colonización ibérica de las tierras americanas: sin ninguna intención de
negar la importancia del legado precolombino ni la ininterrumpida pre-
sencia hasta el presente de las culturas indígenas (y de las africanas, trans-
portadas a esta región por el vehículo de la esclavitud), el análisis de las
INTRODUCCIÓN AL VOLUMEN I | 31

prácticas culturales asumidas por los expertos de la palabra durante el régi-


men colonial se ha concentrado casi exclusivamente en aquéllas desarro-
lladas por españoles y portugueses.
El carácter específico de las funciones intelectuales ejercidas en la pri-
mera etapa colonial (1492-1630/1650), así como del tipo específico de exper-
tos encargados de su ejercicio, exige también una rigurosa atención al con-
texto cultural general de la época y a los recursos simbólicos y los sistemas
conceptuales disponibles entonces. Si algunos de los exploradores, los con-
quistadores y los funcionarios reales de aquellos años poseyeron una cul-
tura letrada relativamente sofisticada –inspirada durante el siglo xvi en
el ideal renacentista de “las armas y las letras”, como en el caso paradig-
mático de Alonso de Ercilla–, los elementos básicos para la conformación de
un espacio institucional letrado relativamente complejo (como aquéllos
de Portugal y España) tardarían en cristalizar. Es por eso que en aquella
primera época se estableció la tradición de perdurable arraigo en las socie-
dades latinoamericanas consistente en cierto monopolio eclesiástico de las
funciones intelectuales. Como muestran los tres trabajos que dan inicio a
este volumen, los principales actores intelectuales durante los primeros
siglos de dominación colonial fueron miembros del clero: desde Barto-
lomé de Las Casas, José de Acosta y Antonio Vieira hasta los curas revo-
lucionarios de los primeros años del movimiento de independencia, la
cultura letrada colonial –aun cuando experimentó cierta incipiente com-
plejización y secularización en la segunda mitad del siglo xviii– fue en gran
medida consustancial al universo simbólico de las doctrinas del catoli-
cismo. La “conquista espiritual e intelectual” de las poblaciones vencidas a
comienzos del siglo xvi recayó exclusivamente sobre las espaldas de los
miembros del clero católico, y muy en particular sobre las del sector más
propiamente letrado de la Iglesia, conformado por las órdenes religiosas.
Dominicanos, franciscanos y, luego de iniciado el siglo xvii, jesuitas asu-
mieron toda una amplia gama de actividades intelectuales relacionadas
directamente con la labor que ellos consideraban la única legítima desde
el punto de vista católico: el reemplazo de las religiones autóctonas por
aquélla –que se pretendía universal– de los conquistadores ibéricos. El estu-
dio protoantropológico de las costumbres, las creencias y los valores de los
distintos pueblos indígenas, el aprendizaje de sus lenguas con el fin de con-
feccionar los primeros diccionarios de las mismas y las primeras traduc-
ciones de algunas porciones del acervo bibliográfico doctrinal del cristia-
nismo a tales lenguas, la docencia en aquellos idiomas tan distantes en su
estructura de las indoeuropeas, fueron sólo algunas de las tareas asumi-
das por los miembros del clero regular en aquel período.
32 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

Dos observaciones importantes se desprenden del cotejo de los tres


trabajos que abarcan la era colonial en Nueva España, el Perú y las capita-
nías y los virreinatos lusoamericanos. Primero, que la exploración histó-
rica del impacto “estructural” de aquella temprana hegemonía clerical den-
tro de la conformación del poder colonial, es decir, de las huellas de larga
duración que pudo haber dejado en la práctica intelectual de los letrados
iberoamericanos aun luego de consumada la progresiva separación entre
la esfera de lo religioso y la esfera de lo secular, está aún por hacerse.
Siguiendo la estela de las inquietudes esbozadas por Ángel Rama en su libro
póstumo, La ciudad letrada (algunas de las cuales han sido retomadas y
reproblematizadas en la obra más reciente de Magdalena Mena Chocano,
La fortaleza docta, mientras que otras ya estaban presentes –al menos en
parte– en obras anteriores, como la de Mariano Picón Salas, De la conquista
a la independencia), resulta lícito formular la pregunta histórica acerca de
la relación entre el ejercicio del poder y el ejercicio de la autoridad en la
práctica de los intelectuales latinoamericanos aun después de consumada
la ruptura con las madres patrias ibéricas, ya que el patronato espiritual
ejercido por los regulares sobre sus súbditos indígenas consistió más en
una relación de poder que en una semejante a la autoridad persuasiva que
desde los siglos xviii y xix ha tendido a ser considerada la principal herra-
mienta con que cuentan los “intelectuales” para lograr efectos materiales
en el mundo social que habitan.
Segundo, la lectura de los tres artículos –de Mazín, Rose y Mello e Souza–
hace emerger con gran fuerza la profunda desemejanza que marcó la res-
pectiva evolución de las instituciones de la cultura intelectual en Hispanoa-
mérica y en Lusoamérica durante la era colonial. Mientras que junto a las
órdenes religiosas volcadas a tareas misioneras España fundaba universi-
dades e imprentas en todas las principales ciudades de sus dominios, Por-
tugal sólo auspiciaba la presencia de aquellos expertos de la conversión
religiosa, negando sistemáticamente a sus súbditos de ultramar tanto
imprentas cuanto instituciones universitarias locales. Mientras que un
denso tejido institucional plantado en el seno de las prolíferas ciudades
que España sembró en los territorios de su imperio creaba las condicio-
nes para una gradual ampliación del número y de la complejidad de las
actividades intelectuales desarrolladas en suelo hispanoamericano, en la
Lusoamérica de conformación más preponderantemente rural (otra dife-
rencia significativa entre las dos regiones perspicazmente señalada ya en la
década de 1930 por Sérgio Buarque de Holanda en su clásico libro Raízes
do Brasil) la formación de un primer “sistema literario” habría de verse
diferida hasta casi finalizado el siglo xviii. Mientras que la era barroca
I
El letrado colonial
Gente de saber en los
virreinatos de Hispanoamérica
(siglos XVI a XVIII)
Óscar Mazín

Los intelectuales no existieron como tales en los virreinatos de la Nueva


España y del Perú. A partir del célebre caso Dreyfus (1894), que diera a la
palabra su sentido actual, nuestra noción del intelectual supone la posi-
bilidad de hacer la crítica del Estado-nación de manera independiente.
Ahora bien, esta última entidad tampoco se dio en las llamadas Indias occi-
dentales entre los siglos xvi y xviii. Nuestro enfoque debe, por lo tanto,
prescindir de la consideración del origen y la consolidación del Estado en
su progreso lento pero inexorable. Recordemos que en aquellos siglos el
poder político no constituía una esfera pública distinta de una sociedad
formada por cuerpos. Por el contrario, se hallaba siempre disperso y la
jurisdicción del rey concurría con las de otras instancias de autoridad.
Por lo tanto, es impensable entender la “posición intelectual” de aquel
entonces sin una cosmovisión en la que intervenga un conjunto muy amplio
de conocimientos, de ideas y creencias.
La extrema parcelación del conocimiento prevaleciente en nuestros días
tampoco nos sirve para entender a sus exponentes de hace cuatro o cinco
siglos. Esa fragmentación minimiza, y aun falsea, un ambiente otrora
convencido de la unidad del saber y de la pluralidad de las lenguas y de las
“artes” que lo expresaban con orden, razón y concierto. De acuerdo con
una tradición ininterrumpida y sin solución de continuidad entre la Penín-
sula Ibérica y las Indias occidentales, desde muy antiguo se escogió en la
primera el modelo ideal de la “escuela de Atenas” y se reclamó para las
segundas su adscripción legítima a “las costumbres de España”. Este solo
hecho es testimonio de movilidad y de contactos muy estrechos a lo largo
de siglos con el resto de la cuenca mediterránea, es decir con Grecia, con
Bizancio, incluso con el Oriente y con el norte de África. La imagen de
aquella “escuela” no correspondió a la filosofía, sino al conjunto de las artes
liberales cuyo conocimiento llevaba a una cosmología centrada en el hom-
54 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

bre y su universo. No había, pues, separación de saberes, aunque sí una


cierta especialización: un médico era al mismo tiempo gramático y filó-
sofo natural; un jurista habría estudiado filosofía y teología e incluso mate-
máticas; un matemático conocería la astrología, la música y la filosofía.
Pensamiento jurídico, filosófico y científico fueron, pues, las diversas face-
tas de un mismo saber (Rucquoi, 1998: 246). Nuestro propósito es trazar
aquí las líneas maestras de ese saber en la Nueva España y en el Perú, echando
una mirada comprensiva a los personajes que lo profesaron de manera
sobresaliente. A falta entonces de “intelectuales”, nos parece que “gente de
saber” es un término justo, pues aun cuando la voz “letrado” designó en
los siglos xvi y xvii a aquellos que ejercían las letras, ella acabó aplicán-
dose con prioridad a los juristas abogados.
Es preciso añadir que la tradición del saber de origen mediterráneo
antes evocada fue indisociable de una profunda convicción docente que
hizo de la enseñanza una práctica medular. Convencidos de que “la igno-
rancia es madre de todos los errores”, y por lo tanto de que el saber es un
deber, los reyes hispánicos adoptaron las divisas de rex magister y de rex
sapiens. La permanencia de las escuelas palatinas y el papel fundamental
desempeñado durante siglos por la corte en la vida cultural –recorde-
mos el reinado epónimo de Alfonso X el Sabio, entre 1252 y 1284, o la biblio-
teca del Escorial de Felipe II, cuyo reinado se extendió de 1556 a 1598– ates-
tiguan que aquéllas no fueron meras invocaciones o un simple deseo
piadoso. Soberanos y grupos dirigentes favorecieron el conocimiento y
la enseñanza: de las grandes figuras de “hombres doctos” de la Hispania
visigótica a las “escuelas” de traductores de los siglos xii y xiii; de la crea-
ción de las universidades a las disputas jurídico-teológicas en torno de la
justicia de la guerra; de las grandes compilaciones legislativas del siglo xiii
a la Recopilación de leyes de Indias; de los cosmógrafos, los humanistas y
los letrados de los siglos xv y xvi a los polígrafos y los bibliógrafos del sa-
ber americano del siglo xviii.
Reiteremos. Sin solución de continuidad respecto de la Península, las
Indias de Castilla fueron un terreno no menos fértil para la expresión de
esa honda vocación por el saber y la enseñanza. Díganlo, si no, la contro-
versia sobre la legitimidad de la conquista y la naturaleza de los indios, la
avidez de los frailes de conocer la religión y las costumbres de las socieda-
des autóctonas o la práctica del rey de España de conocer para gobernar,
es decir, de “disponer de una información segura y detallada de las cosas de
las Indias”. Díganlo, en fin, los colegios primitivos y la fundación temprana
de universidades en México y Lima (1551-1553); las enseñanzas de los jesuitas
expulsos o incluso de los funcionarios de la primera mitad del siglo xix,
G E N T E D E S A B E R E N LO S V I R R E I N ATO S D E H I S PA N OA M É R I C A | 55

necesitados del conocimiento de las prácticas jurídicas, administrativas y


contables “coloniales”.
La continuidad de la vocación por el saber y la enseñanza es aun más
manifiesta si consideramos que la vida de muchos de sus exponentes en
la Nueva España y en el Perú transcurrió en ambas orillas del Atlántico.
Sus orígenes, sus travesías de ida y vuelta, sus impresores, sus lenguas, los
géneros literarios de que echaron mano, sus redes, en fin, sus conoci-
mientos, son representativos de una civilización inserta en el marco de una
entidad geopolítica a escala planetaria, la entonces llamada “monarquía
española”. En consecuencia, el desempeño de los autores, pero también sus
obras, cobran sentido en el contexto de la movilidad, de la circulación, lo
cual excluye definitivamente de nuestro enfoque las historias nacionales
por resultar, además de anacrónicas, estrechas. En la Península Ibérica los
desplazamientos repetidos a lo largo de siglos acostumbraron a las perso-
nas a concebir un mundo cuyos horizontes fueron siempre más vastos que
los de su terruño. De ahí la importancia esencial de los lazos de parentesco
en el desplazamiento de los hombres en dirección a ultramar y de regreso,
o bien dentro del Nuevo Mundo. Recordemos la trayectoria de cronistas
como el inca Garcilaso, el dramaturgo Juan Ruiz de Alarcón o juristas como
Antonio de León Pinelo y Juan de Solórzano Pereyra; pero también la de
gente que viajó del virreinato septentrional al meridional o a la inversa,
como el padre jesuita José de Acosta, el oidor Valdés de Cárcamo, el arqui-
tecto Francisco Becerra, que trabajó en la fábrica de las catedrales de Pue-
bla de los Ángeles y del Cuzco, o bien el barón de von Humboldt.
Por otra parte, el modelo familiar, empleado tradicionalmente como
metáfora de la relación que unía al rey con sus vasallos, tomó todo su sen-
tido en las sociedades de las Indias. Se pensó y se enseñó a pensar a la fami-
lia, tanto la nuclear como la extensa, como un todo solidario represen-
tado por el apellido. La presencia en ella de muchos menores acentuó la
importancia de la educación básica impartida en casa por padres, abue-
los, tías y nodrizas durante los años primeros de la vida. Por lo demás, a
falta de un verdadero poder central, en las Indias los hombres se halla-
ron abandonados a ellos mismos. Por lo tanto, las relaciones con indivi-
duos de prestigio y poder fueron casi la única vía de acceso a funciones,
cargos y distinciones, y de ahí la importancia de las clientelas y del patro-
cinio que en su seno hallaron autores, docentes y artistas. La corte de
México, por ejemplo, resultó primordial para la obra de sor Juana Inés
de la Cruz, quien se benefició del amparo y la protección de la virreina.
Pero también resultó decisiva la correspondencia entre grupos anima-
dos por el saber en diferentes regiones.
56 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

En una monarquía de escala planetaria, gobernada por escrito y a dis-


tancia, es preciso considerar que las ideas, los textos y los objetos circula-
ron rápidamente a través de territorios tan diversos como los Países Bajos,
Italia o el Extremo Oriente. En 1556, menos de veinte años después de
haberse introducido la imprenta en la capital de la Nueva España, las pren-
sas del colegio jesuita de Goa publicaron su primera obra, las Conclusio-
nes philosophicas. El 12 de julio de 1605, seis meses después de su apari-
ción, 262 ejemplares del Quijote zarparon de los muelles de Sevilla a bordo
del Espíritu Santo para llegar a Veracruz tres meses más tarde. Ninguna otra
ciudad de las Indias acogió en el siglo xvii a tantos escultores y pintores
sevillanos como Lima (Mazín, 2007).
No obstante, los cambios de orientación introducidos al filo del tiempo,
las líneas maestras aquí trazadas se hacen eco de un sistema fincado en siete
“artes” liberales; tres orientadas al lenguaje y cuatro a la naturaleza. Imbui-
dos de las estructuras y los supuestos de esa tradición milenaria, traduc-
tores, gramáticos, juristas, astrónomos, matemáticos, músicos, cronistas
y poetas vertieron el néctar de las civilizaciones autóctonas en los odres del
saber antiguo. Y es que los virreinatos americanos no fueron menos tri-
butarios de la vocación del saber y la enseñanza de cuño mediterráneo, que
del estímulo ejercido por el Nuevo Mundo y sus indios sobre la imagina-
ción y la creatividad, principal incentivo para el surgimiento de un pen-
samiento original.
El encuentro con otras lenguas y horizontes no era inédito, contaba en
la Península Ibérica con un haber de siglos de contactos con el árabe y el
hebreo. Así, la necesidad de traducir y de comprender nuevas realidades
en las Indias hizo que la gramática, primera de aquellas “artes”, desembo-
cara en la “ciencia del bien decir” o retórica, antes que en una dialéctica
de índole puramente especulativa asimilada a la lógica. Según veremos, el
raciocinio se encaminó más bien a la filosofía natural y a las teologías moral
y positiva. Se trata del celebérrimo trivium o cúmulo de disciplinas con-
cebido como útil a las ciencias “civiles”, o sea fundamentalmente al dere-
cho, tanto el secular o “civil” como el canónico o eclesiástico heredado
por las escuelas de Roma; un saber práctico antes que especulativo que per-
mitió la gobernación de los pueblos en la vida urbana. Análogamente al
derecho, la medicina encontró un lugar en esa construcción, ya que el
cuerpo humano era la representación del universo, el microcosmos que
se integraba al macrocosmos. Este primer conjunto formó parte, pues, de
la categoría de las obras didácticas específicas de lo que se conoce como la
“tradición gramatical meridional” frente a las corrientes especulativas y
teóricas más características de la Europa central y del norte.
Hacia un estudio de las élites
letradas en el Perú virreinal:
el caso de la Academia Antártica
Sonia V. Rose

Se ha afirmado a menudo que la historia intelectual del virreinato del Perú


aún está por hacerse, aseveración que sigue siendo válida, pues han pri-
mado para la región los trabajos de historia institucional, económica y,
en menor medida, los de historia política y etnohistoria. Sin embargo, el
campo de la historia intelectual ha comenzado a interesar cada vez más a
los estudiosos, y a los trabajos fundadores de la primera mitad del siglo xx
se han sumado otros más recientes.
Cabe, sin embargo, preguntarse el porqué del escaso interés que ha
despertado la historia intelectual (en comparación al menos con los otros
campos ya mencionados). Una razón probablemente se encuentre en la
necesidad de trabajar con un corpus de textos de difícil acceso. No me
refiero tanto a la falta de ediciones asequibles –que es, por otra parte, acu-
ciante– como a la exigencia de adentrarse en una sociedad (la del antiguo
régimen) con códigos, gustos y mentalidad muy lejanos de los nuestros.
Como señaló lúcidamente Isaías Lerner (1998: 79), la formación actual de
los investigadores no prepara para este tipo de trabajo, y de allí, por ejem-
plo, que el corpus de textos en neolatín despierte tan poco entusiasmo en
la investigación. Razones más complejas –que no cabe aquí sino mencio-
nar–, subyacentes, explican este desinterés.
Una de ellas es el hecho de que el corpus artístico de las sociedades ante-
riores al romanticismo está alentado por el proyecto –iniciado por los
humanistas– de imitación de los clásicos, de exhumación, restauración y
conservación de su legado. Marcados aún por ideas de corte romántico,
muchos críticos de los siglos xix y xx se han sentido incómodos ante auto-
res para quienes el concepto de creación original carecía de sentido. Estas
ideas se han ido dejando de lado, como lo prueban los numerosos traba-
jos sobre la cultura letrada europea de los siglos xvi a xviii que han apa-
recido en las últimas décadas. Sin embargo, estas ideas parecen tener una
80 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

vida más larga en lo que concierne a la cultura letrada en las Indias. Tal
vez esto se deba a que la actividad intelectual indiana fue juzgada –a par-
tir del siglo xix, cuando comienzan a aparecer los estudios, y durante el
siglo xx– como mero espejo o copia de la actividad de la metrópoli o –a
partir de los años sesenta del siglo pasado–, como una producción perifé-
rica, de segunda clase, artísticamente mediocre. De allí que gran parte de
los estudiosos que se han dedicado a ella se esforzaran por disculpar, jus-
tificar o paliar esta dependencia, que permanecía –al igual que el juicio de
valor que alentaba el planteamiento– incontestada.
Otro aspecto que ha motivado la actitud crítica de los estudiosos ante
estos autores –o que los ha puesto ante la necesidad de disculparlos– es la
relación de dependencia que tuvieron respecto de la Corona, la nobleza o
la Iglesia. Criticar o defender esta situación, sin embargo, es ignorar o pasar
por alto el entramado dentro del cual funcionaba la creación artística en
las sociedades de antiguo régimen: el artista trabaja por encargo, dentro
de un engranaje de mecenazgo secular o eclesiástico en el que busca ingre-
sar. La crítica literaria que se ha ocupado del período de dominio político
español ha tenido un acercamiento al fenómeno literario, ya sea exclusi-
vamente estético y dominado por juicios de valor, ya sea estructuralista
inmanentista, o bien, últimamente, neohistoricista. En todos los casos, ello
ha influido no sólo en el canon de textos que la crítica literaria ha cons-
truido (pues es inevitable que se construya uno), sino en la interpreta-
ción y en el juicio sobre los mismos y sobre sus autores. Igualmente, ha
llevado a soslayar la relación del poeta con el poder y con la política, tanto
en lo que hace a las relaciones de mecenazgo dentro de las cuales lleva a
cabo su labor como en su participación en políticas determinadas.
Sin embargo, este estado de cosas parece haber comenzado a cambiar
con la aparición de ciertos estudios sobre la cultura letrada en Indias. Men-
ciono sólo unos libros representativos. Primero, el de Magdalena Chocano
(2000) sobre las élites intelectuales de la Nueva España, que sepamos el
primer trabajo englobante sobre los letrados novohispanos que refle-
xiona sobre “el significado y los usos de la labor intelectual” en un contexto
histórico definido. Igualmente consagrado a la Nueva España es el volu-
men editado por Raquel Chang Rodríguez (2002), que reúne una serie de
trabajos sobre la Nueva España. Para el Perú, puede mencionarse la obra
de Carlos García Bedoya (2000) y la de José Antonio Rodríguez Garrido
(véase, por ejemplo, 2004). Tenemos igualmente noticia de un simposio
organizado por Pilar Latasa Vassallo y Christian Büschges, dentro del marco
del XII Congreso de la Asociación de Historiadores Latinoamericanistas
Europeos, que tuvo lugar en Oporto en 1999, “Poder y sociedad: cortes
HACIA UN ESTUDIO DE LAS ÉLITES LETRADAS EN EL PERÚ VIRREINAL | 81

virreinales en la América hispánica, siglos xvi, xvii y xviii”. La publica-


ción de las actas estaba anunciada para 2003 pero, que sepamos, las mis-
mas no han visto aún la luz.
Dentro del proceso general de translación que caracteriza al período
de dominación hispánica de las Indias, es el trasvasamiento de una cul-
tura letrada a los territorios conquistados lo que diferencia a España de
otros poderes coloniales –cuyo auge fue posterior– tales como Inglate-
rra, Francia y los Países Bajos. La cuestión es central, pues es la partici-
pación en la cultura letrada la que permitirá a los distintos individuos
ingresar a los círculos de poder y formar parte de las élites dominantes
–o, al menos, codearse con ellos–. En el caso de las Indias hispanas, los
medios institucionales de acceso a esa cultura han sido instalados en terri-
torio americano por la Corona. En efecto, contrariamente al caso de las
colonias de América del Norte y del Brasil portugués u holandés, desde
mediados del siglo xvi las Indias españolas solicitan y consiguen univer-
sidades, colegios e imprenta. Pueden recordarse algunas fechas que dan
cuenta de ello: la temprana real cédula de fundación de la Universidad
de Santo Domingo, las de instauración, en 1551, de universidades en Lima
y en México, la implantación de imprentas en ambas ciudades –1539 para
la segunda y 1583 para la primera–.
Este estado de cosas les abre a ciertos sectores de la población, prácti-
camente desde un comienzo, la posibilidad de una educación, la que, a su
vez, hace posible su acceso a una serie de cargos dentro de la Iglesia, la admi-
nistración o la universidad. Y aunque se trata de un ingreso restringido a
ciertos grupos, la situación no es, sin embargo, tan clara o esquemática
como suele creerse y requeriría más espacio del que es posible dedicarle
aquí. La cuestión de la exclusión del mundo indígena de la sociedad letrada
es uno de los ejes del libro de Chocano (2000: 35), quien también men-
ciona el problema de la exclusión de las mujeres.
Puede afirmarse, entonces, que la situación mencionada permite, e
incluso anima, desde muy temprano, la formación de una élite letrada
que habrá de gobernar y que será clave en la implementación del sistema
político hispánico en el nivel local. Dicha élite funcionará igualmente en
el nivel imperial, inicialmente, debido a una movilidad relacionada con el
tipo de ocupación que ejerce el individuo (letrado, comerciante, soldado),
luego, debido a los cargos que ocuparán sus miembros en distintos reinos
americanos, asiáticos o españoles dentro de la administración. La movili-
dad y la importancia de estos agentes sociales, mediadores o passeurs, ha
sido planteada en la serie de coloquios organizados por Serge Gruzinski
(cf. Ares y Gruzinski, 1997; Loureiro y Gruzinski, 1999, entre otros).
Brasil: literatura
e “intelectuales”
en el período colonial*
Laura de Mello e Souza

problematización, concepto, recorte

A diferencia de otras disciplinas que forman parte de las llamadas cien-


cias humanas (una denominación más abarcadora que “ciencias sociales”,
pues da cabida a diversos campos del conocimiento dedicados al estudio
del hombre, de su cultura, de su acción, etc.), la historia es una disciplina
cuya especificidad deriva de su intento por comprender fenómenos rela-
cionados con la vida humana desde una perspectiva espacial y temporal
(Braudel, 1969). Más que de la producción de teorías –una tarea impres-
cindible para muchos de sus parientes, como los antropólogos, los psicó-
logos, los sociólogos–, el historiador se interesa por la vida humana en
general, pero la sitúa en contextos específicos, con lo cual cuestiona la
pertinencia y la viabilidad de aplicar conceptos –por principio, atempo-
rales y generales, pues tienen un carácter eminentemente explicativo– inde-
pendientemente de la dimensión temporal. Un buen ejemplo de esto es el
del concepto de capitalismo, que surgió en la época de apogeo del mundo
burgués y fue aplicado, con bastante ligereza, a épocas en las que el carác-
ter de la riqueza no residía en el dinero ni en la necesidad de incrementarlo
constantemente, ya sea sobre la base de la circulación de mercancías, o
de su producción, o incluso sobre la base de la transformación del propio
capital –ese dinero que, según la formulación clásica de Marx, genera
más y más dinero– en mercancía privilegiada. No hubo, pues, un capita-
lismo en Cartago, a pesar de que los cartagineses hayan sido notables co-
merciantes en la Antigüedad.
La perspectiva adoptada en este trabajo es esencialmente histórica y, por
tanto, se cuestiona acerca de la legitimidad de definir como intelectuales a

* Traducido por Ada Solari.


BRASIL: LITERATURA E “INTELECTUALES” EN EL PERÍODO COLONIAL | 95

aquellos que, en el pasado colonial del Brasil, tuvieron una actuación y


un papel semejantes a los de los hombres que hoy podrían ser designados
de ese modo sin problema alguno. En efecto, como en el caso del con-
cepto de capitalismo, el de intelectual fue acuñado en un momento histó-
rico particular, entre fines del siglo xix y comienzos del siglo xx. Por cierto,
a partir de los escritos del pensador marxista italiano Antonio Gramsci fue
posible pensar en un concepto más amplio de intelectual, más referido al
quehacer humano y menos tributario de la cultura letrada de las élites
(Gramsci, 1979). Y es posible incluso que debido al peso y al prestigio del
pensamiento gramsciano, algunos ilustres historiadores no hayan vacilado
en dejar de lado los escrúpulos mencionados, considerados tal vez rebus-
camientos irrelevantes: así, Jacques Le Goff, uno de los mayores medieva-
listas franceses, escribió un pequeño e iluminador libro cuyo título fue
Los intelectuales de la Edad Media (Le Goff, 1957). No obstante, en las
reflexiones que se desarrollan en este artículo se evita usar el concepto de
intelectual y se opta por el de letrado.
El problema de fondo que se plantea, y que es central para los histo-
riadores, es el del anacronismo: por un lado, los conceptos son históricos
y, por lo tanto, específicos, limitados a las épocas en que fueron produci-
dos; por otro lado, son atemporales y, en función de este atributo, deben ser
generales para poder explicar. Un problema análogo se plantea cuando se
hace referencia al Brasil y al brasileño antes del surgimiento de la nación,
que tuvo lugar con la independencia política en 1822. Resulta inexacto hablar
de un pasado colonial brasileño pues la colonia (y en rigor, ¿no habría
que emplear el plural y decir las colonias?) no era brasileña, sino portu-
guesa, y sus habitantes no se veían, por lo general, como fundamentalmente
distintos de los del Reino, el lugar hacia donde casi siempre deseaban regre-
sar (Souza, 2004: 347-361; Novais, 1997: 13-39). Pero tomar ese camino puede
llevar al nominalismo y, en última instancia, al pirronismo (Hazard, 1961),
con lo cual se echarían por tierra consensos sin lograr a cambio establecer
nuevos parámetros.
Con la convicción de que la historia es, como dijo Edward P. Thomp-
son (1981), la disciplina del contexto, se ha optado por encaminar el debate
en torno de la designación que resulte más adecuada al período que se ana-
lice; esto es, una acepción más laxa para los tres primeros siglos de la
colonización portuguesa en América, y una más estricta para el siglo xviii.
Por lo tanto, más allá de las variaciones y de los matices, se ha privile-
giado el mundo de la cultura escrita y erudita con el propósito de com-
prender el papel que esos individuos tuvieron en la sociedad de su tiempo,
así como las relaciones que establecían con ella y entre sí. Para ello fue nece-
96 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

sario hacer elecciones, establecer clivajes y destacar, del conjunto de las pro-
ducciones literarias, aquellas en las que tales relaciones se manifestaron
de manera más evidente.

¿Literatura brasileña?
A partir de la independencia del Brasil y la instauración del imperio, en
1822, los letrados del nuevo país se empeñaron en buscar en el pasado los
elementos que mostrasen las raíces de una identidad nacional. Tanto los
tributarios del pensamiento ilustrado como los adeptos al romanticismo
concebían la historia como progreso y, por ello, en los fenómenos que obser-
vaban no podían dejar de ver la culminación o la consecuencia obvia de
fenómenos anteriores, con lo cual les conferían una racionalidad y una
inteligibilidad que, por lo general, les eran ajenas.
En ese sentido, para esos intérpretes la literatura llevada a cabo en suelo
americano antes de 1822 contenía los gérmenes de la brasileñidad, o bien,
pura y simplemente, era ya brasileña. Los románticos desempeñaron un
papel muy importante en la génesis de esa tradición, como puede verse
en el caso de Joaquim Norberto de Sousa Silva y de los varios textos que
escribió sobre la literatura brasileña, recientemente compilados en Histó-
ria da literatura brasileira (Silva, J. N., s/f).
De Sousa Silva pensaba que “[u]n pueblo que no tiene una literatura
difícilmente llegará a ser una nación”, pues la nacionalidad se nutría de
las glorias pasadas y “de las tradiciones de sus mayores, cuyos nombres y
preciosos trabajos la literatura, como un eco inmortal, repetirá hasta las
más remotas generaciones de la tierra” (ibid.: 112). A fines de la década de
1850 y comienzos de la de 1860, defendía la existencia de una literatura bra-
sileña ante aquellos que, como el general Abreu e Lima, sostenían una posi-
ción opuesta. Para estos últimos, las manifestaciones literarias realizadas
en el Brasil hasta ese momento (el general escribió acerca de este tema en
1835) eran inexpresivas o, cuanto mucho, estaban subordinadas a la litera-
tura portuguesa, ya de por sí bastante limitada (ibid.: 66-67). Por el con-
trario, para De Sousa Silva la naturaleza física del país, pródiga y grandiosa,
era razón suficiente para explicar la necesidad de una literatura, que, por
otra parte, ya había existido incluso entre los pueblos indígenas que habi-
taban el territorio antes de la llegada de los portugueses. Al sostener esta
posición, De Sousa Silva también pretendía demostrar que la lengua y la
literatura no se hallaban obligatoriamente asociadas, ya que la literatura
era más la expresión de un carácter nacional que de una identidad lin-
güística: podía haber, por tanto, una literatura brasileña en lengua portu-
BRASIL: LITERATURA E “INTELECTUALES” EN EL PERÍODO COLONIAL | 97

guesa. Invocaba los testimonios de cronistas contemporáneos que, como


Gabriel Soares de Sousa o el padre jesuita Fernão Cardim (ibid.; Cardim,
1978), habían registrado cantos y danzas entre los indígenas de los prime-
ros tiempos, y tomaba partido por la capacidad poética de los Tamoios,
influida por la naturaleza “espléndida” y “portentosa” de la situación natu-
ral: la bahía de Guanabara (Cardim, 1978: 170).
Oliveira Lima –uno de los primeros autores brasileños que se ocupa-
ron específicamente del período colonial–, si bien divergía con De Sousa
Silva pues ubicó el nacimiento de la literatura brasileña en la segunda mitad
del siglo xviii, coincidía con éste en lo que respecta a la relevancia de los
cuentos y los poemas indígenas, que, junto con las tradiciones africanas,
consideraba decisivos para la elaboración de una literatura popular (Lima,
1984: 79-83). Sin embargo, Oliveira Lima no se detuvo en la cuestión de la
existencia de una literatura brasileña en el período colonial.
Los presupuestos de De Sousa Silva tuvieron una larga vida en la histo-
ria de la literatura brasileña, aun cuando se manifestasen a veces de manera
algo subterránea. Alfredo Bossi, por ejemplo, consideró que Antonio Can-
dido estaba equivocado al considerar que sólo fue posible una literatura bra-
sileña a partir de fines del siglo xviii, cuando ya se había constituido un sis-
tema literario (Candido, 2006b; Bosi, 1980). Según Bosi, Gregório de Matos
y el padre Antonio Vieira ya escribían literatura brasileña, pues tanto su
sensibilidad como sus modelos y el dialecto en que se comunicaban eran
brasileños. En la crítica a Candido, planteó que eran las academias del siglo
xviii las que habrían proporcionado la materia con que se formó el sistema
literario, y condenó esa perspectiva por considerarla eminentemente insti-
tucional. Sin embargo, para Candido, la idea de sistema implicaba la dialéc-
tica entre la producción literaria y la sociedad en la que ésta se incluía, entre
el producto y el público lector –lo que sólo tuvo lugar a fines del siglo xviii–,
por lo que su concepción trasciende el marco estrictamente institucional.
También se encuentran ecos de la posición de De Sousa Silva en José Ade-
raldo Castello, un importante investigador del Movimiento Academicista.
En A literatura brasileira, el autor no encara una discusión más conceptual
–no cuestiona si, de hecho, es posible pensar en una literatura brasileña
anterior al siglo xix– y admite “como nuestro primer documento literario
la Carta de Pero Vaz de Caminha”, escrita en 1500, en el momento del arribo
de la expedición de Cabral a Bahía, pues allí se “anuncia el principio de la
interacción de las influencias externas e internas” (Castello, 2004: 51).
En uno de los más recientes libros generales sobre la literatura brasi-
leña, su autor, Luís Roncari, toma la precaución, ya de entrada, de recor-
dar que en 1500 los portugueses “llegaron a las tierras que hoy forman el
II
Élites culturales y patriotismo
criollo: prensa y sociedades
intelectuales
El letrado patriota: los hombres
de letras hispanoamericanos
en la encrucijada del colapso
del imperio español en América
Jorge Myers

definiciones históricas: patriotas y letrados

Entre la década de 1780 –cuando la independencia norteamericana, pri-


mero, y la Revolución Francesa, luego, conmovieron los cimientos del anti-
guo régimen europeo y transatlántico– y la de 1820, cuando el derrumbe
definitivo de esa monarquía en suelo americano transformó súbitamente
el entorno institucional y político en cuyo interior ellos debían actuar, los
escritores públicos hispanoamericanos, hasta ese momento enmarcados
dentro de las instituciones culturales y académicas del imperio español, y
constituidos en un estamento colocado al servicio de la monarquía y de
sus representantes en América, experimentaron una transformación pro-
funda en su situación y en sus atributos. Esa transformación dio origen a
una categoría particular de escritor público: el letrado patriota. Obligados
a pronunciarse acerca del futuro rumbo de sus respectivas tierras de ori-
gen –es decir, de sus patrias– como consecuencia de la profunda crisis gene-
rada en la monarquía española por la invasión napoleónica y la doble
revolución que siguió en su estela –la de los constitucionalistas de Cádiz y
la de las insurgencias autonomistas y republicanas en suelo americano–, los
letrados se vieron arrojados hacia una situación inédita que los obligó a asu-
mir la compleja tarea de actuar con cierta autonomía (relativa y sujeta a dis-
tintas intervenciones represivas) frente a los poderes públicos y a conver-
tirse en artífices –más aun que en voceros– de las nuevas identidades
regionales que comenzaban a surgir de las ruinas del imperio caído. El
proceso mediante el cual surgió esta nueva figura de escritor público fue
sumamente complejo y atravesó al menos tres etapas: la de los primeros
defensores de las cualidades positivas de los americanos frente a la crítica
o el desprecio peninsular –entre los cuales descollaron como grupo los jesui-
tas expulsados del continente americano–, la de los llamados “precursores”,
122 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

quienes en el contexto ambivalente y de incierto porvenir que se abrió con


los comienzos de la crisis del antiguo régimen defendieron primero la igual-
dad de los derechos de los súbditos hispanoamericanos del rey frente a los
de sus súbditos peninsulares, para luego convertirse en los primeros voce-
ros –aislados y de escaso impacto político– de una posible renegociación
del pacto de dominación colonial –cuyas alternativas iban desde una mayor
participación en las decisiones imperiales hasta la independencia plena–,
hasta desembocar finalmente en la novedosa figura de los letrados al ser-
vicio del nuevo régimen, cuyo estatuto en relación con los nuevos poderes
se habría visto sustancialmente modificado en el sentido de una mayor auto-
nomía de maniobra (sin que los complejos lazos de subordinación a los mis-
mos hubieran sido enteramente desatados). El elemento común a los tres
momentos de este proceso fue la constitución del escritor letrado en un
“intelectual” cuya tarea se definía primordialmente por su calidad de “vocero”
de lo que percibía como los intereses de su patria natal.
Si se examina cuidadosamente la trayectoria de una selección represen-
tativa de estos “patriotas letrados”, una conclusión que emerge con gran
fuerza es que fue el cambiante contexto político y sociocultural –con sus
amenazas, sus presiones y también sus oportunidades– el que determinó
su transformación en patriotas, y no el marco ideológico específico con el
que ellos pudieron haberse identificado de antemano. Esta observación
no implica que las opciones ideológicas les hayan sido indiferentes ni que
lo hayan sido en relación con las consecuencias de su accionar –ellas sin
duda ejercieron un papel central–, sino que su condición de “patriotas” sur-
gió independientemente de aquellas opciones. Más bien, esas opciones sur-
gieron como parte de la necesidad de negociar su posicionamiento en el
interior de un panorama marcado por cambios vertiginosos y de resulta-
dos inciertos. Cada uno de estos escritores, con los mayores o menores
recursos culturales que pudo haber obtenido de su formación bajo la colo-
nia, debió definir su identidad ideológica en el marco de un universo socio-
cultural y político cuyos contornos se habían vuelto de pronto imprevisi-
bles y ambiguos. Algunos, como los jesuitas que escribieron las primeras
historias reivindicativas del pasado americano –precolombino y/o colo-
nial–, por ejemplo el novohispano Francisco Javier Clavijero (1731-1787, exi-
liado en Italia en 1767), o el abate chileno Juan Molina (1740-1829), articu-
laron una descripción y la defensa de sus patrias de origen utilizando
exclusivamente las herramientas intelectuales que les ofrecía la herencia
intelectual católica –marcada en el caso de los jesuitas por una fuerte infle-
xión filosófica neoescolástica o suarista, y por una tradición de estudios
históricos y filológicos moldeada en los cánones de la temprana moderni-
E L L E T RA D O PAT R I OTA | 123

dad–. Otros, de aquella primera generación pero cuya obra fue elaborada
en un período algo posterior, como el también jesuita Juan Pablo Vis-
cardo y Guzmán (1748-1798) –peruano de origen y autor de la célebre Carta
a los hispanoamericanos publicada por el venezolano Francisco de Miranda
(1750-1816) por primera vez –en francés– en 1799, lo hicieron empleando
un lenguaje y un sistema de referencias intelectuales que hundían sus raí-
ces en la ilustración, razón por la cual David Brading lo ha apodado “un
patriota criollo y un philosophe”. Entre los llamados “precursores”, muchos
de los cuales comenzaron su carrera pública como parte de la segunda
camada de letrados patriotas antes mencionada y la concluyeron entre los
iniciadores de la tercera, primó un clima de ideas fuertemente marcado por
la ilustración y por los debates desencadenados por la Revolución Francesa
y sus repercusiones europeas: sin embargo, también entre este grupo apa-
recen figuras como el mexicano Fray Servando Teresa de Mier (1763-1827),
cuya formación académica inicial no se diferenció demasiado de la que
pudo haber recibido cualquier letrado del “Siglo de Oro” o del barroco
maduro hispanoamericano. En el caso de este último letrado, su primer
contacto sistemático con el cuerpo de ideas emanadas de la ilustración die-
ciochesca recién tuvo lugar durante su exilio en Filadelfia en la década de
1820, cuando ya hacía muchos años que se había convertido en uno de los
principales defensores letrados de la insurgencia mexicana e hispanoame-
ricana. Finalmente, si las opciones por una u otra filiación ideológica se
volvieron más complejas luego de 1810/1812, mientras que la relación entre
los propósitos perseguidos a priori por los letrados, los escritores públi-
cos, y su preferencia por uno u otro sistema doctrinario –un republica-
nismo de raíz rousseauniana o un liberalismo inspirado en las doctrinas de
Benjamin Constant, una consustanciación con la tradición constitucio-
nalista de Cádiz o con el federalismo de raigambre norteamericana– se vol-
vía más directa, más estrecha, no por ello dejaron de estar en gran medida
determinadas –opciones y relaciones– por su posición específica en el marco
del nuevo sistema de alianzas y de enfrentamientos a que la revolución había
dado lugar. Si bien hubo algunos letrados –como regla general una mino-
ría, integrada en muchos casos por aquellos, como Mariano Moreno (1778-
1811), que quedaron excluidos de un rol público en un momento tem-
prano de la revolución– que se mantuvieron “fieles” a los principios que
inicialmente habían sostenido, la tendencia más general fue hacia cierto
pragmatismo, cierta labilidad doctrinaria. Los cambios bruscos de posi-
ción ideológica, el eclecticismo conceptual, la ambivalencia discursiva, fue-
ron la marca dominante aun entre los miembros de la tercera camada de
patriotas letrados. Trayectorias como las de Simón Bolívar (1783-1830),
124 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

Andrés Bello (1781-1865), Vicente Rocafuerte (1783-1847), el padre Félix


Varela (1788-1853), o (para tomar el ejemplo de un intelectual cuya trayec-
toria corresponde al cierre del ciclo más que a su inicio) el padre José María
Luis Mora (1794-1850) estuvieron marcadas por constantes virajes ideoló-
gico-políticos en función de su relación concreta –en términos de su posi-
cionamiento en el interior de un campo de fuerzas en pugna– con la cam-
biante realidad política y en función también de la interpretación que
ellos hacían de la misma.
Cabe subrayar además que si no todos los publicistas que contribuye-
ron a redefinir la función intelectual del escritor público mediante su iden-
tificación con un ideal “patrio” fueron ilustrados ni emplearon herramien-
tas intelectuales que hoy asociamos con una tradición “moderna” de
discusión, tampoco todos los intelectuales hispanoamericanos ilustrados
pueden ser considerados ni “precursores” ni “letrados patriotas”, como con
frecuencia ha ocurrido, sobre todo en la historiografía previa a los años
ochenta. Un hombre político, un funcionario, fuertemente identificado
con las ideas de la ilustración, como Juan Pablo de Olavide (1725-1803),
aristócrata peruano al servicio del rey, difícilmente puede ser conside-
rado un publicista “patriota”, y ello a pesar de su ruptura con la monarquía
y su alineamiento con la Revolución Francesa luego de haber sido conde-
nado por la Inquisición española como hereje.
Aunque el elenco de “patriotas letrados” es vasto –por sólo mencionar
algunos autores, además de los ya referidos, están, entre otros, el venezo-
lano Simón Rodríguez (1771-1854), el argentino Manuel Belgrano (1770-
1820), el chileno Juan de Egaña (1768-1836), el peruano/argentino Bernar-
dino Monteagudo (1785-1825), el “oriental” Dámaso de Larrañaga (1771-1848,
consejero durante un tiempo del caudillo José Gervasio de Artigas), el alto-
peruano Vicente Pazos “Kanki” (1779-¿1851?), el colombiano Francisco de
Paula Santander (1792-1840), los centroamericanos José Cecilio del Valle
(1776-1834) y Antonio José Irisarri (1786-1868), o los mexicanos Andrés
Quintana Róo (1787-1851), Manuel Crescencio Rejón (1799-1849), Lorenzo
de Zavala (1788-1836), Carlos María de Bustamante (1774-1848), entre muchí-
simos otros–, este trabajo se organiza alrededor de un reducido número
de figuras, todas ellas emblemáticas de las distintas trayectorias posibles
que pudo haber seguido la carrera de un “letrado” entre 1780 y 1820: Fray
Servando Teresa de Mier, Vicente Rocafuerte, Mariano Moreno, y el “pre-
cursor” neogranadino, Antonio Nariño (1760-1823). Han quedado exclui-
dos de esta exposición los “letrados patriotas” de la primera etapa por el
hecho de que la problemática que suscitan implicaría la necesidad de un
trabajo más largo y complejo de lo que las dimensiones de este libro per-
E L L E T RA D O PAT R I OTA | 125

mitirían. También han sido excluidos de este texto los tres principales
“patriotas letrados” de Venezuela –Francisco de Miranda, Simón Bolívar
y Andrés Bello– en función de consideraciones semejantes: la complejidad
de su trayectoria política e intelectual haría demasiado extenso y complejo
un texto que aspira a la síntesis expositiva –y ésta es también la razón por
la que no aparecen otras importantes figuras rioplatenses, mexicanas o chi-
lenas–. Cada uno de los tres patriotas venezolanos ostenta una carrera
tan amplia y de significados y repercusiones tan complejos que ofrecerles
menos que un libro sería una injusticia póstuma.

un precursor: antonio nariño y la cambiante definición


de la identidad de los españoles americanos

Nacido en el seno de una familia de los sectores menos pudientes de la élite


de Nueva Granada, Antonio Nariño hizo una carrera meteórica en la buro-
cracia colonial de aquel virreinato: en 1789, a los 29 años, fue nombrado
tesorero real del virreinato por el virrey Ezpeleta (1789-1797), un funcio-
nario vinculado al sector “ilustrado”, y con quien en un primer momento
Nariño mantuvo una estrecha relación. Casi al mismo tiempo se le enco-
mendó el lucrativo puesto de director del estanco de quinina. Simultáne-
amente con sus tareas de funcionario público, participó activamente en
la incipiente transformación de los espacios de sociabilidad intelectual. En
un momento en que los ámbitos de sociabilidad más tradicionales, como
la universidad y las academias, comenzaban a perder algo de la centralidad
que habían ostentado en épocas anteriores, Nariño ejerció un rol directo
en la creación de “tertulias ilustradas”, es decir, centros de reunión ubica-
dos en casas particulares de miembros de la élite letrada donde se discu-
tía la producción intelectual europea e hispanoamericana, y sobre todo
aquélla vinculada con el movimiento de la ilustración. La “tertulia del
Casino”, por ejemplo, fundada en su casa en 1789, revistió un carácter
público. Otras tertulias públicas, como aquélla denominada por los con-
temporáneos la “tertulia Eutropélica”, en cuyas reuniones participó el céle-
bre botánico José Celestino Mutis, llegaron a editar periódicos: uno de los
primeros periódicos neogranadinos, el Papel Periódico, una publicación
de difusión del pensamiento ilustrado, pasó a ser editado por esa tertulia
a partir de su número 86 (1793). Junto a las tertulias abiertas al público
letrado en general, comenzaron a surgir en esa misma época –a veces en
relación con la expansión del movimiento masónico, a veces como centros
Redactores, lectores y opinión
pública en Venezuela a fines
del período colonial e inicios de
la independencia (1808-1812)
Paulette Silva Beauregard

La introducción de la imprenta en Venezuela suele vincularse con los com-


plejos y contradictorios procesos que llevaron a la declaración de la inde-
pendencia a principios del siglo xix. La imagen emblemática de esa aso-
ciación es la famosa y fallida expedición a Coro realizada en 1806 por
Francisco de Miranda (1750-1816). En efecto, una de las naves llevaba a
bordo una imprenta que le había servido al “Precursor” para la reproduc-
ción de sus proclamas, un arma de muy amplio alcance que, desde fines
del siglo xviii, no dejará de intervenir de manera decisiva en los procesos
políticos en el hoy territorio venezolano.
Otras capitales coloniales habían tenido imprenta mucho antes de los
movimientos independentistas. En la Capitanía General de Venezuela,
sin embargo, la introducción de la imprenta, de una manera legal y a una
escala considerable, está efectivamente ligada a las luchas que tuvieron lugar
como consecuencia de la invasión napoleónica y su repercusión en tie-
rras americanas. Sin embargo, sobre este punto parece indispensable mati-
zar. Por una parte, en estas descripciones no se suele considerar el hecho
de que había otras maneras de circulación de la información. Y me refiero
no sólo a las formas orales, sino también a otros modos de reproducción
de los escritos distintos de la imprenta. Por ejemplo, las cartas, muchas
veces privadas, eran un espacio común para la difusión de noticias y la
transcripción de documentos, fragmentos de libros e, incluso, de otras car-
tas que también transcribían pasajes de otros textos (con lo que se creaba
una red de circulación difícil de calibrar en la actualidad). La copia manus-
crita de varios ejemplares de un mismo texto también servía para estos
fines (a veces se trataba de traducciones de obras no necesariamente pro-
hibidas). El otro matiz se refiere al hecho de que la primera imprenta ofi-
cial, la que publica en 1808 la Gaceta de Caracas (considerada el primer
impreso periódico venezolano), no puede asociarse en el momento de su
146 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

aparición con la causa en favor de la independencia. Por el contrario, la


Gaceta de Caracas surge como un esfuerzo desesperado de las autorida-
des coloniales por contar (con) una versión oficial de la delicada y confusa
situación que se vivía en la península, cuando no sólo había que vigilar
posibles movimientos contra la Corona (como la expedición de Miranda),
sino encauzar la interpretación de los hechos para mantener unidos a los
súbditos por lazos de fidelidad al rey.
Como puede seguirse en el trabajo de Pedro Grases (1981), el redactor
de esta primera época de la Gaceta de Caracas fue Andrés Bello (1781-1865),
quien se mantuvo en esta función hasta su partida a Londres en la misión
que emprendió junto a Bolívar en junio de 1810. De hecho, publica en los
primeros meses de ese mismo año y en el mismo taller el Calendario Manual
y Guía Universal de Forasteros en Venezuela para el año de 1810 (conside-
rado el primer libro publicado en Venezuela) y, junto con Francisco Isnardi,
proyecta la edición de una revista, El Lucero. (Hay muy pocos datos sobre
la vida de Isnardi, se sabe que nació en Piamonte y llegó al oriente vene-
zolano a fines del siglo xviii; su participación en el gobierno de la Pri-
mera República produjo su detención en 1812 y su muerte en Ceuta.) A
partir de estas consideraciones, creo necesario detenerme en el oficio de
redactor que ejercieron Bello y los letrados que lo sucedieron en los pri-
meros años de la Gaceta de Caracas (1808-1812). Sin embargo, quiero acla-
rar que no me interesaré por las “obras” que éstos produjeron como “auto-
res”, sino por la muy compleja red de intercambios de diversos tipos que
plantea la labor que realizaron como redactores, aspecto que nos permi-
tirá comprender su función como letrados más allá de las reductoras imá-
genes que han prevalecido en los estudios sobre el siglo xix hispanoame-
ricano. Supongo indispensable una indagación de este tipo pues en los
estudios sobre el intelectual del siglo xix se descuida con frecuencia una
etapa que juzgo decisiva: la de la introducción de la imprenta a una escala
considerable en territorios americanos, que no en vano es casi simultánea
en muchos casos a los movimientos independentistas, también asocia-
dos, como se sabe, a una intensa circulación de escritos (hasta la creación
de los virreinatos de Nueva Granada y del Río de la Plata, en el siglo xviii,
en la América hispánica había imprentas sólo en Perú y en Nueva España;
sin embargo, en las primeras décadas del siglo xix comienzan a abrirse
talleres de impresión en distintas ciudades y se registra un incremento del
número de impresos en los lugares en los que ya las había, como Buenos
Aires). De qué modo estos hechos modificaron la función y el trabajo del
letrado en un momento de cambio y de fundación de un nuevo sistema
político, son aspectos que aguardan por estudios detenidos.
R E DAC TO R E S , L EC TO R E S Y O P I N I Ó N P Ú B L I C A E N V E N E ZU E L A ( 1 8 0 8 -1 8 1 2 ) | 147

Al menos tres problemas difíciles aparecen cuando se intenta realizar


un trabajo de este tipo. El primero se refiere a la escasez de investigacio-
nes sobre la circulación de impresos a fines del período colonial que den
cuenta de las vías de penetración y de difusión de las ideas y que no se limi-
ten a un país particular (por lo demás, las áreas de influencia y de inter-
cambio durante la colonia no son las mismas que se crearon después de
la independencia). El segundo se relaciona con la caracterización del inte-
lectual del siglo xix que ha construido la crítica, pues, como ha señalado
Javier Lasarte (2003: 48) sobre el “siglo xix estrecho”, si “algo predomina
en las representaciones académicas sobre la post independencia es la figu-
ración del letrado del xix como un sujeto uniforme, rápidamente tipifi-
cado”. La concepción que ha prevalecido es aquella que, inspirada por los
estudios de Rama (1984), supone muy pocos cambios entre la colonia y el
período inmediatamente posterior, lo que lleva a pensar en un letrado
aislado en una amurallada “ciudad escrituraria”, al servicio del nuevo poder
y, sobre todo, desligado de la ciudad “real” y oral. Por último, se encuen-
tra la frecuente interpretación lineal y maniquea de los sucesos previos a
los movimientos independentistas, que se suelen tener como anteceden-
tes necesariamente vinculados a éstos, a partir de una división que entiende
a la metrópolis como siempre tradicional, al margen de las nuevas ideas
liberales, y a los americanos desde muy temprano independentistas y des-
lastrados de las concepciones tradicionales y coloniales (Guerra, 1994).

la circulación de impresos a fines del período colonial

A pesar del interés que en los últimos años han despertado las historias
de la lectura y del libro, son pocas las investigaciones recientes que se detie-
nen en los modos de circulación de las ideas y los muchos contactos que
efectivamente hubo entre las colonias españolas y otros territorios a fines
del período colonial e inicios de la independencia. En el caso de Venezuela,
contamos con algunos estudios, como los de Pedro Grases, Ildefonso Leal,
Elías Pino Iturrieta y Elena Plaza, que muestran muchas diferencias con
respecto al cuadro que presenta Subercaseaux (2000), por ejemplo, para
el caso de Chile, entre las que se destaca la presencia en la Capitanía de
Venezuela de un grupo importante de personas que poseían y leían impre-
sos, no pocos de ellos prohibidos por la Inquisición, y no sólo dentro de
la élite (Leal, 1998; Plaza, 1989, 1990). Tal vez la situación geográfica de
esta capitanía, así como su posición marginal dentro del sistema colonial
Los juristas como intelectuales
y el nacimiento de los estados
naciones en América Latina
Rogelio Pérez Perdomo

En las sociedades del presente vemos a las personas con formación jurí-
dica fundamentalmente como profesionales, es decir, como personas que
tienen determinadas destrezas que les permiten realizar actividades consi-
derablemente especializadas, como elaborar contratos o litigar en los tri-
bunales de justicia. Pueden ser considerados trabajadores intelectuales en
el sentido de que su trabajo no es manual, pero difícilmente los llamaría-
mos intelectuales por el hecho de tener una formación universitaria en dere-
cho. Por lo general, estimamos que las escuelas de derecho proveen una for-
mación considerablemente estrecha y técnica, que no acredita para entrar
en la categoría de intelectual, como tampoco un médico radiólogo lo es.
Entre los juristas, reservaríamos la categoría de intelectual, o, tal vez, más
apropiadamente, la de académico o scholar, a aquellas personas que pien-
san sobre el derecho y escriben sobre él, que generalmente se desempeñan
como profesores universitarios y que frecuentemente también escriben ensa-
yos o artículos de opinión sobre temas considerablemente generales.
A comienzos del siglo xix la situación en América Latina era distinta.
El derecho también se estudiaba en las universidades, pero los graduados
no eran concebidos como profesionales o como técnicos. Por el contra-
rio, eran los letrados por excelencia. En las universidades, los estudios de
grado eran en teología, medicina y derecho. Los estudios de derecho y
teología se conectaban a través del derecho canónico y eran los principa-
les en las universidades. La decadencia de los estudios en teología y en dere-
cho canónico, y el surgimiento de la ingeniería como carrera universita-
ria, son parte de la transformación que se produjo en el siglo xix. Este
trabajo se propone explicar las transformaciones de los estudios jurídicos
y el lugar de sus graduados en su relación con el surgimiento de los esta-
dos nacionales en América Latina. Por ahora es importante destacar que
los graduados en derecho se mantuvieron como letrados durante buena
LOS JURISTAS COMO INTELECTUALES | 169

parte del siglo xix, pero se acentuó el carácter político, o de ciencias polí-
ticas, en su formación.
A comienzos del siglo xix, los bachilleres, los licenciados o los doctores
en derecho podían obtener el título adicional de abogado, otorgado por un
tribunal mediante el cumplimiento de determinados requisitos, pero su ocu-
pación principal no era el litigio en los tribunales ni la negociación y la redac-
ción de contratos. Para ello, tanto en la sociedad colonial como en las déca-
das posteriores a la independencia existían procuradores, escribanos y
tinterillos. Esta situación se mantuvo durante todo el período en estudio.
La formación de los estados nacionales en América Latina fue un pro-
ceso lento. Puede afirmarse que antes de la independencia, especialmente
en las décadas finales del período colonial, había una cierta conciencia nacio-
nal, y que la independencia impulsó el proceso. Sin embargo, sería un
error considerar que el Estado nacional quedó construido cuando se publicó
la primera constitución nacional. Como todo proceso histórico, éste fue
mucho más lento. Las autoridades nacionales tardaron en tomar el con-
trol del territorio nacional, y lo que podríamos llamar la construcción ideo-
lógica, es decir, el surgimiento de una conciencia nacional y de ciudadanía
se demoró aun más. Los procesos pueden haber tenido velocidades distin-
tas. A los efectos de este trabajo, podemos considerar que la construcción
de los estados nacionales es particularmente intensa en siglo xix.
Durante este siglo, los graduados en derecho podían calificar como inte-
lectuales en el sentido de que se los consideraba en posesión de un saber
superior que es general, o poco especializado, y que tenían habilidades
como la de hablar y escribir bien. Nuestro interés es explicar cómo adqui-
rían esas habilidades y conocimientos y la relación de los juristas con la
política y, en particular, con la tarea de construcción de la nación. Entre
los juristas, prestaremos especial atención a aquellas personas reconocidas
por tener en grado sumo el conocimiento y las destrezas que aporta el estu-
dio del derecho –como aquellos que escribieron libros de derecho y polí-
tica o se desempeñaron como profesores en las universidades–.
En la primera parte del trabajo analizaremos la formación jurídica
durante la colonia y su relación con el proceso de independencia. En la
segunda, los cambios que aportó la independencia a la educación jurídica
y el papel político de los abogados en la construcción de los nuevos esta-
dos nacionales. Por último, destacaremos en particular a aquellos juristas
que formaban la cima intelectual del grupo y caracterizaremos el conoci-
miento que producían o difundían. Las dos primeras partes del trabajo se
apoyan en Pérez Perdomo (2004, 2006a). La tercera parte recoge resulta-
dos preliminares de una investigación en curso.
170 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

la formación jurídica en la colonia


y la crisis de la independencia

El análisis del currículo formal de los estudios jurídicos en las décadas


finales del régimen colonial contiene muchos elementos de sorpresa para
las personas familiarizadas con los estudios universitarios en la América
Latina de hoy. Curiosamente, comparte ciertos rasgos con la educación jurí-
dica de los Estados Unidos. El derecho era un estudio mayor, que hoy lla-
maríamos de grado o de posgrado. Para comenzar los estudios jurídicos,
se requería de los estudiantes el título de bachiller en filosofía, que era el
primer título universitario. Estos estudios consistían en latín, gramática,
retórica y matemáticas. Básicamente, los estudios jurídicos consistían en
derecho romano y derecho canónico (Pérez Perdomo, 2006a, 1981).
Conforme a la tradición que venía de la Edad Media, el estudio consis-
tía en entender y manejar ciertos libros fundamentales. El derecho romano
se suponía contenido en la gran obra de Justiniano, el Corpus Iuris Civilis.
Dentro de ese corpus, había dos obras fundamentales, el Digesto y las Insti-
tuciones. El Digesto era la compilación ordenada de las opiniones de los lla-
mados jurisconsultos clásicos, es decir, de los grandes juristas de la Roma
de la época de Augusto y de los tres siglos posteriores, que en el siglo vi
Justiniano (o su ministro Triboniano) habían considerado las más rele-
vantes. Las Instituciones era un libro mucho más breve, concebido espe-
cialmente para la enseñanza y con el cual se comenzaban los estudios jurí-
dicos. Nótese que el derecho estudiado en las universidades no era el
formalmente vigente. Los reyes de la época se cuidaban de ordenar la apli-
cación de sus propias compilaciones legislativas y no daban ningún lugar
al derecho romano, pero éste era el derecho estudiado en las universidades.
El derecho canónico se suponía contenido fundamentalmente en la com-
pilación de cánones o reglas realizada por Graciano en el siglo xii, llamada
el Decreto. Por supuesto, había obras posteriores generalmente ordenadas
o autorizadas por los papas. El derecho canónico era algo más parecido a
un derecho vigente y concernía fundamentalmente a la organización de
la Iglesia y lo que hoy llamamos el derecho de familia y de sucesiones.
Las monarquías española y portuguesa siguieron políticas educativas
distintas. Los reyes españoles establecieron universidades y estudios jurí-
dicos en América desde el mismo siglo xvi. En cambio, los reyes de Por-
tugal no aceptaron crear universidades en el Brasil, razón por la cual los
brasileños que querían estudiar derecho debían hacerlo en Coimbra. Unas
cuatrocientas personas lo hicieron antes de la independencia, mientras que
los graduados en la América española superaban largamente el millar. Esas
LOS JURISTAS COMO INTELECTUALES | 171

diferencias en la política educativa no son relevantes para el contenido y


los métodos educativos, pues ellos eran fundamentalmente similares en
Coimbra y en las universidades de la América española.
Durante el siglo xviii, la educación jurídica sufrió grandes modifica-
ciones. Las Instituciones se convirtió en un libro mucho más importante,
mientras que el Digesto, concomitantemente, perdió importancia. La razón
seguramente residió en la difusión de las ideas del racionalismo. Las Ins-
tituciones de Justiniano era un libro sucinto bastante bien organizado, en
buena parte porque estaba destinado a la enseñanza introductoria. En
el siglo xvii, Vinnius hizo una edición con comentarios que incorpora
mucho del esfuerzo sistematizador de la jurisprudencia humanista, y en
el siglo xviii Heinneccius, un conocido representante de la llamada Escuela
del derecho natural y de gentes, incorporó nuevos comentarios que acen-
tuaban la racionalidad del derecho. El Digesto, más casuista y menos orga-
nizado, perdió prestigio e importancia. Ambos –las Instituciones y el Digesto–
estaban escritos en latín y se estudiaban en latín.
La segunda novedad importante a fines del siglo xviii fue la incorpo-
ración del estudio del llamado derecho real o derecho patrio, sobre todo
gracias a la obra de Juan de Salas (Ilustraciones de Derecho Español), que
seguía el plan de las Instituciones y citaba las compilaciones, especialmente
Las siete partidas, obra jurídica del siglo xiii que tomaba mucho de las
reglas del derecho romano.
Más importante que el contenido de lo que se estudiaba era cómo se
estudiaba. En primer lugar, se lo hacía en latín, el lenguaje culto por exce-
lencia. En una sociedad largamente analfabeta, quienes estudiaban dere-
cho no sólo sabían leer y escribir, sino que podían hacerlo en latín. En
segundo lugar, el método educativo o escolástico utilizaba intensamente
las disputas, por lo cual los estudiantes se entrenaban para la discusión. El
entrenamiento jurídico era un entrenamiento para la distinción de con-
ceptos y para argumentar de manera persuasiva.
Los juristas eran hombres de lecturas y de libros. Entre sus lecturas figu-
raban también los libros prohibidos, aunque, como personas conscientes
de los peligros de los enfrentamientos directos con la Inquisición o con
las autoridades eclesiásticas, hicieron gala de discreción.
El origen social de estos hombres (las mujeres estaban excluidas de los
estudios jurídicos y tenían prohibido el ejercicio de la abogacía) era muy
elevado: por lo general, se trataba de familias criollas acomodadas. Para
ingresar a la universidad se requería un certificado de pureza de sangre y
ser cristiano viejo, con lo cual se excluía a las personas de origen indí-
gena, africano, moro o judío. En la práctica, un número de mestizos pudo
“A la altura de las luces
del siglo”: el surgimiento de un
clima intelectual en la Buenos
Aires posrevolucionaria
Klaus Gallo

La actuación de Bernardino Rivadavia (1780-1845) como ministro de


Gobierno de Buenos Aires entre 1821 y 1824 es especialmente recordada por
las variadas reformas que su gobierno promulgó en las esferas política, eco-
nómica, social y cultural de esa ciudad. Su proyecto reformista dio lugar
al surgimiento de un denominado “grupo rivadaviano”, integrado por polí-
ticos, publicistas y profesores universitarios cercanos al ministro, cuyo prin-
cipal propósito era dar coherencia a las mencionadas reformas a partir de
la difusión de algunas de las ideas centrales de ciertos pensadores euro-
peos. Consideraban que este objetivo era primordial para lograr afianzar
un orden republicano estable luego de los avatares políticos sufridos en el
Río de la Plata durante la década anterior. Por tal motivo, tanto la actua-
ción de los diputados del llamado “Partido del Orden” –que, funcionales
a los intereses del gobierno, operaban en la nueva Legislatura de Buenos
Aires–, como las notas y los artículos de publicistas rivadavianos apareci-
dos en diarios “oficialistas”, como El Centinela y El Argos, y las enseñanzas
impartidas por algunos profesores leales al gobierno en la recientemente
creada Universidad de Buenos Aires fueron los principales medios de difu-
sión del ideario político-cultural del grupo rivadaviano.
El objetivo de este trabajo es poner de manifiesto la manera en que
fueron irradiándose los postulados de algunas de las corrientes filosóficas
europeas ligadas a la tradición iluminista del siglo xviii, consideradas fun-
cionales a las reformas y que contribuyeron a generar un clima de debate
político-académico de mayor altura que el prevaleciente durante la década
anterior en el ámbito porteño. Uno de los propósitos del “Partido del Orden”
fue promover una armoniosa convivencia en el seno de la nueva Legisla-
tura porteña con el fin de establecer el “antagonismo de opiniones”, y así
erradicar los traumáticos faccionalismos propiciados en el antiguo Cabildo,
que habían derivado en innumerables actos de violencia política. Este obje-
EL CLIMA INTELECTUAL EN LA BUENOS AIRES POSREVOLUCIONARIA | 185

tivo estaba en sintonía con el intento de los publicistas rivadavianos de pro-


mover una nueva “cultura literaria” (Myers, 1998: 31-48) a partir de la intro-
ducción de la Ley de Prensa sancionada por el gobierno, que permitiría la
emergencia de un mayor número de diarios considerados indispensables
a la hora de anunciar las nuevas reformas y otras medidas significativas
sancionadas por el gobierno, así como la difusión de las nuevas ideas liga-
das a corrientes europeas, como el sensualismo, el utilitarismo y la Idéolo-
gie, que serían el sustento teórico de algunas de las reformas. El otro ámbito
en el que también debían difundirse los principios ligados a estas corrien-
tes era la Universidad de Buenos Aires, donde buena parte de los profesores
aliados con el gobierno tenían el firme propósito de impartir este tipo de
enseñanzas con el fin de relegar la difusión de la teología en el nuevo cen-
tro de altos estudios de la ciudad.
Como se ha sugerido más arriba, en buena medida el promotor de estas
innovaciones en el ámbito político-cultural de Buenos Aires fue Rivada-
via, a quien sus viajes por España, Francia y Gran Bretaña durante 1814-
1820 le habían permitido acceder a ciertos círculos académicos y cultura-
les, especialmente en Londres y en París, que lo llevaron a “aggiornarse”
de las corrientes filosóficas en boga en los más elevados ámbitos educa-
cionales de esos países y a establecer contactos directos con algunos de los
principales referentes de estas corrientes, como certifican sus encuentros
personales con pensadores de la talla de Jeremy Bentham (1748-1832), James
Mill (1773-1836), Destutt de Tracy (1754-1836) y Dominique de Pradt (1759-
1837), también conocidos por sus escritos políticos, caracterizados, en
general, por sus fuertes críticas al “establishment” político de sus respec-
tivos países.
El análisis de la relación epistolar que mantuvo Rivadavia con algunos
de los mencionados permite observar en qué medida estos hombres pro-
curaron inculcarle la creencia de que el Río de la Plata, más allá de las vici-
situdes políticas experimentadas allí durante la primera década de convi-
vencia independiente, era una región en la que estaban dadas las condiciones
para promover la expansión de ideales político-filosóficos que permitirían
ir configurando el por ellos tan ansiado modelo de la “república ilustrada”.
A su regreso a Buenos Aires para incorporarse al nuevo gobierno, Rivada-
via parecía convencido de la necesidad de impulsar reformas que estuvie-
ran en consonancia con los principios sostenidos por estos pensadores, para
ser aplicadas en los ámbitos político, social y cultural de la ciudad con el fin
de plasmar aquel ideal. Si se considera el énfasis con el que se procuraba
dar definitivamente por tierra con cualquier vestigio del legado colonial aún
presente en algunas instituciones políticas y culturales rioplatenses, puede
186 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

afirmarse que el impulso reformista suponía, de alguna manera, la puesta


en marcha de un ideario regeneracionista.
El efecto suscitado en Buenos Aires por estas reformas dio lugar a un
“debate” en torno de los objetivos regeneracionistas impulsados por el
gobierno, lo que se vislumbra especialmente en aquellos que se desarro-
llaron en la Legislatura y en los principales diarios como consecuencia de
la controvertida reforma de la Iglesia, en 1821, y también en las disputas
entre algunos profesores y la máxima autoridad de la Universidad de Bue-
nos Aires en torno del contenido de los nuevos cursos que comenzaron a
dictarse, discusiones todas que permiten apreciar el surgimiento de fuer-
tes clivajes entre las esferas clerical y secular durante el efímero período
de 1821-1827, comúnmente llamado “la feliz experiencia”.
Sin embargo, es importante destacar que durante los años previos a la
instalación del gobierno de Buenos Aires se percibía ya un clima de fric-
ción cada vez más apreciable entre ambas esferas, especialmente a partir
de la creación del Colegio de la Unión del Sud, en 1819, y del dictado de
un curso de filosofía por Juan Crisóstomo Lafinur (1797-1824).
Al promover en su curso los principales lineamientos teóricos del sen-
sualismo y de la Idéologie, este joven profesor proveniente de la provincia
de San Luis fue quien en buena medida desató un clima de “debate inte-
lectual” que se potenciaría con las reformas impulsadas por el “Partido del
Orden” y la creación de la Universidad de Buenos Aires en la década
siguiente. Más allá del hecho de que durante el transcurso de “la feliz expe-
riencia” no se asistiría aún al desarrollo de áreas científicas, fue en la década
de 1820 cuando se establecieron los cimientos que casi diez años después
permitieron propiciar la emergencia de una “intelectualidad” criolla.

“la finura del siglo diez y nueve”:


difusión de la filosofía en buenos aires

La ausencia de un clima de debate universitario en Buenos Aires, más allá


de que la fundación de su Universidad ya había sido aprobada por el Direc-
torio de Juan Martín de Pueyrredón (1777-1850), ponía de relieve las limi-
taciones del panorama académico porteño en aquellos tiempos. Impul-
sada por Bernardino Rivadavia, la fundación de la Universidad de Buenos
Aires un año después se debió esencialmente a la necesidad de paliar este
déficit. Paradójicamente, para aquel entonces Lafinur ya no formaba parte
de la nueva institución universitaria.
EL CLIMA INTELECTUAL EN LA BUENOS AIRES POSREVOLUCIONARIA | 187

Como es sabido, los únicos centros universitarios existentes en el Río de


la Plata antes de 1820 eran los de Chuquisaca y Córdoba. Esta última ciu-
dad, en la que Lafinur había comenzado a cursar sus estudios poco tiempo
después de declarada la Revolución del 25 de Mayo, atravesaba en aque-
llos tiempos un momento de inflexión, debido a los planes de reforma
introducidos por el deán Gregorio Funes (1749-1829), que permitieron
advertir, por ejemplo, de qué manera la enseñanza de la filosofía iba a estar
cada vez más marcada por la incorporación de nociones vinculadas con
las ciencias modernas, lo que motivaría una progresiva declinación en la
enseñanza de la teología. Fue en este particular ámbito que Lafinur cono-
ció al poeta Juan Cruz Varela (1794-1839) y a Salvador María del Carril
(1799-1833), futuro gobernador de San Juan, quienes durante la década de
1820 se vincularon muy estrechamente con los gobiernos de Rivadavia.
El clima de reforma universitaria en Córdoba, sumado al proceso revo-
lucionario iniciado en el Río de la Plata en 1810, contribuyó sin duda a
que los estudiantes del exiguo ámbito universitario rioplatense de esos años
tomaran contacto con diversos autores de las corrientes filosóficas euro-
peas. A pesar de ello, Lafinur –según Delfina Varela Domínguez de Ghioldi–
sería expulsado de esa universidad en 1814 “por sus costumbres liberales”
(Lafinur, 1938: 46), acontecimiento que la mencionada autora vincula implí-
citamente con la salida de Funes –quien para aquel entonces se había con-
vertido ya en un referente de la política revolucionaria en Buenos Aires–
de la Universidad de Córdoba y el consecuente deterioro en la calidad de
los estudios (Varela Domínguez de Ghioldi, 1938: 96).
Pocos años después, Lafinur llegó a Buenos Aires, donde gracias a su
amistad con Juan Cruz Varela tomó contacto con personajes vinculados a
los círculos literarios y teatrales porteños, como el poeta Esteban de Luca
(1786-1824) y el actor Ambrosio Morante (1772-1837) y formó parte de la
Sociedad para el Fomento del Buen Gusto en el Teatro integrada por el
propio De Luca, Camilo Henríquez (1769-1825), Valentín Gómez (1774-
1833) y Manuel Moreno (1790-1857), entre otros. A comienzos de 1819, Lafi-
nur ganó el concurso para dictar el curso de filosofía en el Colegio de la
Unión del Sud, lo que lo obligó a postergar sus actividades periodísticas y
teatrales. Como refleja el siguiente testimonio de Juan María Gutiérrez
(1809-1878), Lafinur intentó promover un audaz giro en las modalidades
de enseñanza dentro del ámbito educativo porteño:

Lafinur no se proponía en su curso formar filósofos meditativos ni psi-


cólogos que pasasen la vida leyendo, como faquires de la ciencia, los
fenómenos íntimos del yo. Quería formar ciudadanos de acción, por-
Traductores de la libertad:
el americanismo de los
primeros republicanos
Rafael Rojas

El destino de América era seguir la tendencia democrática


del siglo y ser republicana; nos importaba uniformar
el sistema gubernativo en todo el continente, para formar
entre todas las nuevas naciones independientes una comunidad
de principios, de intereses, de paz, de orden, de economía
y de prosperidad.
Vicente Rocafuerte, 1843

La historia de los intelectuales en Hispanoamérica, región poscolonial


por excelencia, no sería concebible sin una reconstrucción de los despla-
zamientos migratorios y políticos, de los viajes y los exilios de las élites
letradas. (Un estudio similar, aunque en sentido inverso, sobre las repre-
sentaciones del mundo hispánico en la historia intelectual de los Estados
Unidos se encuentra en Iván Jaksic, 2007: 15-27.) Desde sus orígenes, a prin-
cipios del siglo xix, el movimiento independentista del continente estuvo
encabezado por intelectuales (Francisco de Miranda [1750-1816], Simón
Bolívar [1783-1830], Mariano Moreno [1778-1811], Bernardo O’Higgins
[1778-1842], José María Morelos [1765-1815]) que, provenientes del clero, el
ejército o la jurisprudencia, defendieron la separación de la metrópoli para
conformar nuevas soberanías nacionales sobre la base del gobierno repre-
sentativo. La independencia, además de una guerra, era una revolución
intelectual, un asunto de ideas y de lenguajes políticos: era preciso aban-
donar el modo antiguo de pensar la comunidad para organizarla republi-
canamente (Palti, 2007: 245-258). Como se observa en los casos de Miranda,
Bolívar y O’Higgins, el viaje, la traducción y el contacto directo con las
monarquías parlamentarias de Europa, además de la lectura de clásicos
de la ilustración, fueron experiencias formativas.
206 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

En las páginas que siguen, intentaremos reconstruir un momento sin-


gular de los primeros exilios hispanoamericanos: la colonia de intelectua-
les y políticos, conformada en Filadelfia, durante la tercera década del siglo
xix. Los años en que el mexicano Fray Servando Teresa de Mier (1765-1827),
el peruano Manuel Lorenzo de Vidaurre (1773-1841), el ecuatoriano Vicente
Rocafuerte (1783-1847) y el cubano Félix Varela (1787-1853) coinciden en
Filadelfia son, también, los de la campaña del Perú, la transición del impe-
rio de Iturbide a la República Federal en México, la posibilidad de una inva-
sión separatista a Cuba y Puerto Rico y la formulación de la Doctrina Mon-
roe, en los Estados Unidos. Se trata, pues, del momento en que se decide la
propagación regional de la forma republicana de gobierno, exceptuando las
Antillas y el Brasil, y se produce un discurso de la americanidad, hasta enton-
ces inédito, y que a partir de 1830 será rebasado por los nacionalismos his-
panoamericanos y las estrategias hegemónicas de las nuevas potencias atlán-
ticas (véanse Granados y Marichal, 2004: 11-38; Sepúlveda, 2005: 59-62).
El papel de aquellos intelectuales en la difusión del americanismo repu-
blicano fue decisivo. Desde Filadelfia, Rocafuerte, Mier, Vidaurre y Varela
escribieron textos en favor de la idea republicana y comentaron o tradu-
jeron documentos básicos de esa tradición, como los textos de Thomas
Paine, la Declaración de Independencia de las Trece Colonias, la Consti-
tución de los Estados Unidos, el Manual de práctica parlamentaria de Tho-
mas Jefferson o los discursos de John Quincy Adams. Los folletos, los libros
y las publicaciones editados por aquellos intelectuales se embarcaron rumbo
a las más importantes capitales de Hispanoamérica, concitando rechazos,
desatando polémicas y provocando adhesiones. De aquella pedagogía repu-
blicana, que propagó nuevas prácticas y nuevos discursos políticos en la
región, emergieron las primeras estrategias de construcción del Estado
nacional y los primeros intentos de constitución de una ciudadanía moderna
(véase, por ejemplo, la difusión del discurso republicano-americanista en
la Argentina, en Myers, 2002: 277-285).

la americanidad bolivariana

Entre 1810 y 1830, es decir, durante las dos décadas que abarcan las guerras
de independencia y el establecimiento de las nuevas repúblicas en Amé-
rica Latina, las modernas identidades nacionales de la región aún no esta-
ban plenamente configuradas. A mediados del siglo xix, países como la
Argentina, el Uruguay y el Paraguay surgieron de la fragmentación del
EL AMERICANISMO DE LOS PRIMEROS REPUBLICANOS | 207

Virreinato del Río de la Plata. El Perú, Colombia y México preservaron en


buena medida el territorio primordial de sus antiguos virreinatos –Perú,
Nueva Granada y Nueva España–, aunque algunas jurisdicciones subor-
dinadas a los mismos, como Centroamérica, Panamá y Quito, dieran lugar
a nuevas entidades políticas. Chile, Venezuela y Guatemala nacieron de vie-
jas capitanías generales y un país como Bolivia fue resultado, como ha visto
Robert Harvey (2002: 523-530), de la reorganización administrativa y jurí-
dica del Alto Perú virreinal (véanse también, Kaplan, 1969: 199-229; Hal-
perin Donghi, 1978: 184-223; Lynch, 1989: 9-43 y 336-350; Bethell, 1991: vol.
vi, 42-104; Rodríguez O., 1996: 256-282; Chevalier, 1999: 550-558).
La creación de identidades políticas nacionales en América Latina
durante la primera mitad del siglo xix fue un proceso sumamente com-
plejo que, en efecto, demandó de las nuevas élites un esfuerzo de ingenie-
ría simbólica para “imaginar” e, incluso, “inventar” las nuevas naciones
(Anderson, 1983: 47-64; O’Gorman, 1958: 134-136). Algunos historiadores
–como Anthony Pagden (1990: 133-153), François-Xavier Guerra (1999: 43-
68) y Antonio Annino (1994: 229-253), entre otros– han insistido en que
la independencia produjo un vacío en el imaginario borbónico de la sobe-
ranía imperial que intentaron llenar las viejas identidades regionales y
locales de los pueblos, las ciudades y las provincias. La fuerza de una o
varias ciudades en un territorio ex virreinal determinó, en buena medida,
el tránsito hacia regímenes unitarios, como en Colombia y Venezuela, o
federalistas, como en la Argentina y México, que asumieron el pacto repu-
blicano más como una distribución de competencias políticas y admi-
nistrativas entre el centro y la periferia que como un contrato entre el ciu-
dadano y la nación o entre el individuo y el Estado.
Las naciones latinoamericanas, tal y como se conocen desde mediados
del siglo xix, eran, por tanto, entidades simbólicas inexistentes en los
años previos y posteriores a la independencia. Los proyectos de integra-
ción política promovidos por estadistas, como Simón Bolívar y Lucas
Alamán (1792-1853), y por instituciones continentales, como los Congre-
sos de Panamá (1826) y de Tacubaya (1827), se inspiraron, por un lado, en
esta ausencia de soberanías nacionales y, por otro lado, en la localización
de enemigos (Fernando VII y la Santa Alianza) y de aliados (Gran Bre-
taña y los Estados Unidos) comunes. Aquellos proyectos de unión fraca-
saron, sin embargo, porque apelaban a una institucionalidad federal, ajena
a Hispanoamérica, como reconoció Bolívar, y a un sentimiento de perte-
nencia continental también inexistente.
Las voces “América” y “americanos” fueron usadas por los primeros polí-
ticos de Hispanoamérica con singular polisemia. En México, por ejemplo,
208 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

los insurgentes Miguel Hidalgo (1753-1811), Ignacio López Rayón (1773-1832)


y José María Morelos se referían a la “nación americana”, a la “indepen-
dencia y libertad de América” o a la “ciudadanía de la América Septentrio-
nal” como localizaciones históricas de un sujeto ambiguo: el “americano”
(Tena Ramírez, 1964: 21, 23, 29 y 31). Unas veces, el significado del gentilicio
sólo incluía a los criollos de la Nueva España y sus regiones aledañas, es
decir, a los nacidos en ese inmenso territorio que la Constitución de Cádiz
llamaba América Septentrional: “Nueva España con la Nueva Galicia y Penín-
sula de Yucatán, Guatemala, provincias internas de Oriente, provincias inter-
nas de Occidente, isla de Cuba con las dos Floridas, la parte española de la
isla de Santo Domingo y la isla de Puerto Rico […]” (ibid.: 61). Otras veces,
se extendía a todos los españoles residentes en la parte más orgánica de esa
América, esto es, a los peninsulares y a los criollos de la Nueva España, Nueva
Galicia, provincias internas de Oriente y Occidente y Yucatán.
La noción de lo americano, contrapuesta a lo europeo, remitía, en una
zona del discurso separatista, a una entidad simbólica mayor, que compren-
día toda Hispanoamérica, desde la Patagonia hasta Nuevo México. Esta
implicación es notable, sobre todo, en el imaginario plenamente republi-
cano del separatismo que compartieron caudillos como José María More-
los y Simón Bolívar. En los Sentimientos de la nación (1813) de Morelos se
establecía que “la América es libre e independiente de España y de otra nación,
gobierno o monarquía”, a diferencia del Acta solemne de la declaración de
independencia, de ese mismo año, que hablaba de la “América Septentrio-
nal” o de la Constitución de Apatzingan, del año siguiente, en la cual ya apa-
recía el nombre más específico de “América Mexicana” (ibid.: 29-32). En el
caso de Morelos, esa tendencia a referirse a la “América”, sin adjetivos, coin-
cidía con el nativismo antiespañol –“que los empleos los obtengan sólo los
americanos”–, motivado, en parte, por un recelo ante posibles amenazas a
la seguridad de la nueva república –“que no se admitan extranjeros, si no
son artesanos capaces de instruir, y libres de toda sospecha”– (ibid.: 30).
La americanidad de Bolívar, en cambio, se perfiló en la Contestación de
un americano meridional a un caballero de esta isla (1815) y en el Discurso
ante el Congreso de Angostura (1819) como un concepto de identidad que
englobaba a toda la región latinoamericana, esto es, Hispanoamérica más
Brasil, Haití, Jamaica o cualquier otra pequeña nación del Caribe francés,
holandés y británico. Aunque en el Discurso Bolívar se dirigía a un público
integrado por “ciudadanos de Venezuela”, su mensaje intentaba presentar
la constitución de la república venezolana como un paso previo a la inte-
gración confederal de aquella América. De ahí que al esbozar la posible
“unión” justificara la misma con el argumento de que América Latina era
EL AMERICANISMO DE LOS PRIMEROS REPUBLICANOS | 209

una región culturalmente discernible dentro de Occidente y, como reco-


mendaba Montesquieu en el libro xix del Espíritu de las leyes, una nación
en estado de naturaleza que debía ser constituida políticamente de acuerdo
con sus tradiciones y costumbres. Dice Bolívar (1999: 124):

Tengamos presente que nuestro pueblo no es el europeo, ni el americano


del norte, que más bien es un compuesto de África y de América, que una
emanación de Europa, pues que hasta España misma deja de ser Europa
por su sangre africana, por sus instituciones y por su carácter. Es impo-
sible asignar con propiedad a qué familia humana pertenecemos.

La ambigüedad de la civilización latinoamericana, según Bolívar, prove-


nía de ese tejido cultural heterogéneo que la identificaba. Esta certidum-
bre bolivariana de que América Latina era un sujeto cultural en busca de
una morfología política ya se había plasmado cuatro años antes en la
Contestación de un americano meridional o Carta de Jamaica. Sólo que aquí
la idea de institucionalizar políticamente la comunidad latinoamericana
aparecía como un imposible o una utopía, debido a la constatación, tal
vez demasiado exhaustiva, de las diferencias entre los miembros virtuales
de ese nuevo organismo histórico. La “América Meridional” de Bolívar, que
abarcaba desde Panamá hasta el Perú, así como la “América del Sur” de San
Martín o la “Septentrional” de Iturbide, eran fragmentos geográficos de
un todo político americano más que entidades culturales contrapuestas a un
otro (los Estados Unidos) o entre sí. Pero si se leen con cuidado algunos
pasajes de aquel texto se tiene la impresión de que Bolívar (ibid.: 88) usaba
una retórica utopista con el fin de tantear históricamente la posibilidad
de la integración:

Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una


sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el
todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una reli-
gión, debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase
los diferentes estados que hayan de formarse; mas no es posible, por-
que climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos, caracteres
desemejantes, dividen a la América. ¡Qué bello sería que el istmo de
Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos! Ojalá
que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto congreso
de los representantes de las repúblicas, reinos e imperios a tratar y dis-
cutir sobre los altos intereses de la paz y de la guerra, con las naciones
de las otras tres partes del mundo.
Tres etapas de la prensa
política mexicana del siglo XIX:
el publicista y los orígenes
del intelectual moderno*
Elías J. Palti

Se trata, por lo tanto, de una historia


que tiene por función restituir problemas
más que describir modelos.
Pierre Rosanvallon, Por una historia conceptual de lo político

José Joaquín Fernández de Lizardi (1776-1827), José María Luis Mora (1794-
1850) e Ignacio Ramírez (1818-1879) encarnan, respectivamente, tres tipos
diversos de periodismo político. El paso de uno a otro género periodís-
tico que ellos representan resulta indicativo de cambios más amplios en los
modos en que se ejercía la práctica política, que derivarán, a su vez, en for-
mas muy distintas de concebir la idea de un sistema republicano de gobier-
no fundado en la “opinión pública”, los modos de su constitución y su diná-
mica. El estudio de las transformaciones en la prensa periódica nos permitirá
descubrir el tipo de interacción particularmente activo que se estableció
en el siglo xix entre prácticas y discursos políticos. Esto se liga con –y resulta
ilustrativo de– la naturaleza de una figura particular de intelectual, que
de alguna manera engloba a los tres tipos aquí analizados, y que llamare-
mos, retomando la terminología de la época, el publicista. Y nos revelará
también la ambigüedad que define su espacio social, la cual hace mani-
fiesta menos alguna supuesta “hibridez” local resultante de un proceso de
modernización incompleto que un problema inherente a ese mismo pro-
ceso de modernización.

* Agradezco los comentarios de Carlos Altamirano a una versión preliminar


del presente trabajo.
228 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

el publicista y sus formas

Como señaló Rafael Rojas (1991: 35-67) en un trabajo reciente, Fernández


de Lizardi personifica una figura nueva que surge a fines del régimen colo-
nial y desaparece al poco tiempo de instaurado el nuevo orden: el panfle-
tista político. Se trataba de un personaje complejo y siempre conflictivo,
situado entre el pueblo y la élite, con débiles sustentos sociales y políticos,
por lo general de escasa educación y caprichosa cultura (Fernández de
Lizardi, poseedor de cierta ilustración, era más bien excepcional en este
aspecto, lo que lo situaría por encima del promedio, aunque sin apartarse
de las pautas propias de este género periodístico). Los panfletistas solían
escribir, imprimir y vocear sus propios periódicos, que tenían tirada, for-
mato, temática y circulación variadas e irregulares. Su característico estilo
(uso de la jerga vulgar, giros grotescos, parábolas, diálogos, apelación a per-
sonajes populares típicos, etc.) servía para establecer una suerte de com-
plicidad tácita con sus lectores (las alegorías rara vez se hacían explícitas,
lo que revela la existencia de ciertos códigos compartidos, hoy en gran
medida irrecuperables).
Su reinado sobre la opinión sería, sin embargo, efímero. Dicho género
sirvió durante los años de crisis del orden colonial para aglutinar infor-
malmente, sobre todo, a los sectores radicales de la opinión pública popu-
lar, hasta que, luego del saqueo del Parián (1828), la élite, preocupada por
el cariz que comenzaba a adquirir el debate político, decidió limitar su
accionar. Su perseguidor más implacable fue Francisco Molinos del Campo
(miembro desde 1822 de la logia escocesa y más tarde colaborador de
Mora en El Observador), quien, como presidente de la Junta de Protec-
ción de la Libertad de Imprenta, prohibió en 1823 el voceo de los panfle-
tos. Y este hecho resulta ya revelador de cómo comienza a imponerse
un nuevo género de periodismo político con el desarrollo de un sistema
de prensa que acompañará, a su vez, la afirmación de un conjunto de
nuevas prácticas políticas.
Mora, en efecto, es ya un típico representante de una primera genera-
ción de escritores posteriores a la independencia, compuesta básicamente
por abogados, que formaban una especie de clase profesional flotante
destinada, en un principio, a ocupar una posición en el aparato adminis-
trativo colonial y que se vería súbitamente arrojada por una revolución a
la arena política. Esta generación se dedicaría, entonces, a tratar de apli-
car en ella las habilidades propias de su oficio –la abogacía–, tal como habían
aprendido en las universidades. Las proclamas de Mora en favor de Itur-
bide, por ejemplo, son claros ejemplos de ejercicio de técnica oratoria, con
T R E S E TA PA S D E L A P R E N S A P O L Í T I C A M E X I C A N A D E L S I G LO X I X | 229

sus partes (exordium, diēgēsis, narratio, peroratio) perfectamente diferen-


ciadas, y siguiendo, en sus usos de los topoi, los patrones del género forense
(el primero de los tres en que estaba tradicionalmente dividida la retó-
rica, junto con el deliberativo y el epideíctico o laudatorio).
La elaboración de estos escritos está así menos rígidamente determi-
nada por sus contenidos ideológicos que por las demandas internas del
género. De hecho, era común en los albores de la independencia que estos
abogados recibieran un pago por sus servicios, e incluso que defendieran
con la misma elocuencia causas políticas diversas y hasta opuestas entre
sí, lo que era, por otra parte, su deber como profesionales: el punto culmi-
nante de la enseñanza retórica lo constituía, precisamente, la argumenta-
ción in utramque partem, esto es, demostrar la capacidad de alegar con
igual contundencia en favor de ambos bandos en litigio.
Esta característica formal se relaciona con el tipo específico de lógica que
preside esta modalidad particular de discurso. Los abogados, típicamente,
trataban de (y aun debían, según era su obligación) concentrar su aten-
ción en “el punto particular en cuestión” (amphisbētēsis). De hecho, a nin-
gún abogado puede cuestionársele que en su alegato actual contradiga algo
que él mismo argumentó en algún juicio anterior: para éste, cada caso es
particular; los argumentos no son relevantes, ni pueden ser evaluados des-
prendidos del contexto litigioso específico en que fueron esgrimidos. El
régimen veritativo aquí en funcionamiento no es el de epistēmē, sino el de
phrōnesis: el conocimiento práctico de las circunstancias relevantes para
el tema en cuestión y las condiciones particulares de contención.
Dicho género de discurso se rearticularía entonces en función de un
objetivo político preciso. Esta primera generación de pensadores buscará,
básicamente, conformar una clase gobernante. Los medios de prensa debían
servir de ámbito para que un dispar elenco ahora en el poder pudiera comu-
nicarse y relacionarse más allá de sus diferencias en cuanto a filiaciones
políticas, origen regional u orientación profesional. Pero esta empresa se
desplegará en diversos terrenos, que aparecerán estrechamente asociados
entre sí. A diferencia del panfletista, para quien el periodismo era su acti-
vidad política casi exclusiva (raramente podía aspirar a acceder a puestos
oficiales), lo que solía darles una imagen algo exagerada de su importan-
cia y su papel como voceros de la opinión pública –Fernández de Lizardi
(1991: 477) llega a afirmar que la sola publicación de su Sueño de 1825 sir-
vió para desbaratar los planes restauracionistas que entonces se trama-
ban–, el tipo de periodismo político que encarna Mora constituye sólo una
pieza dentro un juego político más vasto. Particularmente, la confluencia
de este nuevo género con las logias supondría un modo radicalmente diverso
230 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

de intervención política que, al mismo tiempo que limita la independen-


cia del periodista, confiere otra proyección a su prédica.
La logia escocesa de la cual los órganos de prensa que funda Mora serían
sus voceros cumplió en un primer momento acabadamente su función,
lo que se expresa en la llamada “política de amalgamación” ensayada por
el primer presidente Guadalupe Victoria, cuyo mandato va de 1824 a 1830.
Sin embargo, el solo surgimiento en 1825 de la logia yorkina resultaría ya
demoledor para su mismo objeto. A pesar de su rechazo inherente a la lucha
faccional, la élite mexicana terminará, en los hechos, escindiéndose en
dos bandos mortalmente enfrentados. El antagonismo que entonces se ins-
tala, y que no dejará de profundizarse, terminará alterando drásticamente
los modos de concebir la práctica política, lo que obligará también a refor-
mular el sentido y el objeto de los órganos de prensa, dando lugar a un
nuevo tipo de periodismo político.
Ignacio Ramírez es un ejemplo característico de una segunda genera-
ción de figuras intelectuales en el México decimonónico, surgida ya al calor
de las luchas facciosas. Ése es también el período de auge de la prensa
política periódica –que luego cederá su lugar a un nuevo género de perio-
dismo: la prensa de noticias– (Lombardo, 1992). En dicho contexto, esta
nueva generación de escritores desarrollará un nuevo tipo de expertise, que
en esos años se volverá algo muy valorado (de hecho, los periodistas serán
muy solicitados, y son frecuentes y reiteradas las quejas de los editores
por la escasez de mano de obra calificada en este rubro). Lo cierto es que
el valor de los escritores se medirá ahora en términos, ya no tanto o sola-
mente de su capacidad para componer textos doctrinarios que sirvan para
dar una orientación al accionar político o legitimar los proyectos en pugna,
sino, fundamentalmente, de su habilidad para, a través de su práctica perio-
dística, construir o desarticular redes políticas, tramando intrigas, orques-
tando campañas, etc. En fin, los órganos de prensa ocuparán entonces un
lugar central en la escena partidaria básicamente como instrumentos para
operar políticamente e intervenir materialmente sobre ella.
En efecto, los llamados “trabajos electorales” a que se encontrarán mayor-
mente abocados consistirán, básicamente, en diseñar y llevar a cabo per-
manentes estrategias y contraestrategias (y contra-contraestrategias), arti-
culando alianzas, y también desarticulándolas, dando así lugar a
constelaciones políticas y a redes partidarias sumamente complejas (y
también precarias y fugaces) que atraviesan y comunican las diversas
instancias de poder (el Ejecutivo, el Congreso, los estados, los clubes, etc.).
Una reconstrucción más precisa de los diversos (y complejos) modos
por los cuales dichos medios operaron escapa al alcance del presente tra-
T R E S E TA PA S D E L A P R E N S A P O L Í T I C A M E X I C A N A D E L S I G LO X I X | 231

bajo (véase Palti, 2003: 941-978). Lo que importa señalar aquí es cómo
estos profesionales de la palabra escrita abrazarán, por intermedio de la
prensa periódica, una serie de funciones que van mas allá de la mera difu-
sión de ideas. Por otra parte, la élite mexicana del período cobrará per-
fecta conciencia de esta variedad de funciones, además de la exclusiva-
mente referencial, adheridas a los usos públicos del lenguaje. Y ello dará
lugar, a su vez, a una particularmente estrecha vinculación entre prácti-
cas y discursos políticos. En fin, desde el momento en que los textos dejan
de ser concebidos como meros vehículos para la transmisión de ideas y
pasan a ser percibidos como constituyendo ellos mismos hechos políticos,
la acción periodística instalará un nuevo orden de prácticas que atrave-
sará la oposición entre la acción material y la acción simbólica. El valor
de un escrito no se medirá ya sólo por su contenido veritativo, sino por
su eficacia material para generar acciones. Y ello, como veremos, recon-
figurará la dinámica del espacio público mexicano, modificando en con-
sonancia los conceptos relativos al lugar de las ideas (y sus portadores,
los publicistas) en la articulación de un sistema de gobierno republicano
fundado en la “opinión pública”.

“opinión pública” y gobierno republicano

Los diversos géneros periodísticos aludidos, que se expresan, respectiva-


mente, en tres figuras características de “intelectuales” en el siglo xix, se
traducirán, a su vez, como señalamos, en tres modos igualmente diver-
sos de concebir la esfera pública y el sentido mismo de un sistema republi-
cano de gobierno (aspectos ambos que se encontraban íntimamente aso-
ciados en el pensamiento de la época).
En un artículo incluido en Los espacios públicos en Iberoamérica Annick
Lempérière (1998) ofrece un relato del origen del concepto “moderno” de
opinión pública que nos ayuda a comprender cómo éste se desprende y
en qué se distingue de sus antecedentes clásicos. Ciertamente, las ideas de
opinión y publicidad no surgen a fines de siglo xviii; ellas formaban parte
fundamental del discurso político precedente. “Idealmente”, dice Lempé-
rière (ibid.: 63), en el antiguo régimen “cualquier conducta debía estar en
el caso de ser ‘pública’ porque la publicidad garantizaba su rectitud moral”.
La “opinión pública” fungía así al modo de un “tribunal”, censurando o
aprobando públicamente las conductas individuales, fijando, en fin, una
“opinión social” o reputación. Éste es también el concepto al que apelan
Los hombres de letras
hispanoamericanos y el proceso
de secularización (1800-1850)
Annick Lempérière

introducción

Entre las cuestiones clave planteadas por las mutaciones culturales que
acompañaron la revolución política de la primera mitad del siglo xix en
Hispanoamérica, la del papel desempeñado por la religión y la Iglesia en
la vida política, social y cultural de los regímenes republicanos ocupa un
lugar destacado. En este artículo nos interesa elucidar cómo los hombres
de letras protagonizaron y pensaron el proceso de secularización en fun-
ción de su especificidad como grupo social.
Ahora bien, ¿en qué consistía la especificidad de los hombres de letras
como grupo social? Dicho muy sencillamente, eran los poseedores y/o los
creadores de los conocimientos cultos y de los artefactos literarios pro-
pios de su tiempo y de las sociedades en que vivían. Dedicaban una parte
o la totalidad de su actividad a adquirirlos y a discutirlos (fuera o no en
un sentido crítico), y, en la medida de lo posible, buscaban transmitirlos
a las nuevas generaciones, difundirlos en el público y conferirles una uti-
lidad social o política. Como grupo social, no se distinguían sólo por su
rango o por sus rentas, sino también por su funcionalidad y sus conoci-
mientos, así como por las instituciones en las que se desempeñaban. Las
variables a través de las cuales examinaremos el modo en que se planteó
en su caso específico la secularización, entendida como proceso y como
problema, serán, por lo tanto, sus prácticas de sociabilidad, los espacios y
las instituciones de que disponían para transmitir y difundir sus produc-
ciones culturales (que no se limitaban a las ideas), y su actividad reflexiva
sobre sí mismos y sobre su entorno social y cultural.
Sin embargo, hay que considerar una variable adicional que envuelve
todas las demás: la variable temporal. En efecto, entre fines del siglo xviii
y mediados del xix, Hispanoamérica sufrió mutaciones objetivas de tal
H O M B R E S D E L E T RA S H I S PA N OA M E R I C A N O S Y S EC U L A R I Z AC I Ó N ( 1 8 0 0 -1 8 5 0 ) | 243

amplitud que ningún grupo social pudo pretender atribuirse la responsa-


bilidad o el origen de su advenimiento. Se trata del derrumbe de la monar-
quía española, de la revolución política y de las luchas independentistas,
acontecimientos que, entre 1808 y 1825, desembocaron en la creación de las
naciones hispanoamericanas. Se trata, pues, de un antes y un después:
una ruptura política innegable e irreversible, que separa el tiempo de la
monarquía de la era republicana (Guerra, 1992).
¿Dónde y cómo interviene la variable temporal? En primer lugar, en la
época de la revolución la búsqueda de argumentos capaces de proporcio-
nar legitimidad a la emancipación de la metrópoli implicó una ruptura
simbólica con el tiempo anterior a la propia revolución. Este pasado fue
definido como monárquico, inquisitorial y colonial, o sea como una tri-
ple sujeción que, una vez lograda la independencia, se volvió una heren-
cia indeseable por esos tres motivos. Sin embargo, en la medida en que
los regímenes republicanos se fundaron en el principio de la soberanía
del pueblo, se confirió al catolicismo, en calidad de religión del pueblo, el
privilegio constitucional de ser la religión exclusiva de la nación cuyo culto
era protegido por el Estado. Ello creó una tensión, que fue creciendo a lo
largo del tiempo, con la idea de que la emancipación había sido el comienzo
de una nueva era. En segundo lugar y con respecto a los hombres de letras,
la revolución política afectó profundamente a su perfil sociológico y a sus
prácticas culturales. Además, en el lapso de este medio siglo se sucedieron
y convivieron más o menos tres generaciones de hombres de letras que
tuvieron percepciones muy diferentes entre sí del alcance y de la significa-
ción de la ruptura con el pasado. Ahora bien, a diferencia de lo que ocurre
con la mayoría de los grupos sociales, nuestros conocimientos sobre su his-
toria como grupo social, sobre su actuación en la historia de su tiempo,
sobre su relación con el pasado, el presente y el futuro derivan en gran parte
de lo que ellos mismos escribieron acerca de sus percepciones e interpre-
taciones de los acontecimientos y de los cambios. A ello se añade el hecho
de que los historiógrafos de fines del siglo xix y numerosos historiadores
profesionales del siglo xx se consideraron a sí mismos como sus herede-
ros espirituales y, a menudo, escribieron sobre ellos con el afán de afian-
zar su propia genealogía intelectual y cultural, progresista y secularizada.
En suma, la variable temporal remite al hecho de que los grupos socia-
les, o sus individuos, no sólo viven en el tiempo, sino que también cons-
truyen una relación con el tiempo –el pasado, el presente y el futuro–,
una relación que, por cierto, cambia constantemente de signo y de signi-
ficado. Los hombres de letras que nos ocupan no escapan de este fenó-
meno. Más aun, en aquella época la construcción de su relación con el
244 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

pasado y con el futuro fue una dimensión clave e íntima de su protago-


nismo en el proceso de secularización. Y, probablemente, éste es el mayor
desafío al que se enfrentaron los hombres de letras de la primera mitad
del siglo xix: secularizar su propia relación con el pasado, condenándolo
hasta donde fuera necesario para volver plausible la invención de una genea-
logía cultural que les permitiera arraigarse en las “luces del siglo” y en la
“civilización moderna”.

secularización, civilización y sociabilidad

El concepto de secularización cubre un elenco de hechos y de procesos his-


tóricos de gran complejidad, que revisten múltiples dimensiones –sociales,
políticas, culturales y, obviamente, religiosas–. La definición de la secula-
rización como “desencantamiento del mundo” (Gauchet, 2005) remite a
sus rasgos propiamente filosóficos, útiles aquí en cuanto dibujan, a gran
escala, lo que está en juego desde el siglo xviii cuando se habla de la reli-
gión y de las creencias en términos de una cosmovisión culta, de desafíos
políticos y de imaginarios colectivos. En este sentido, “secularización” abarca
desde la desvinculación entre la política y la religión (la soberanía del
pueblo en lugar del origen divino del poder) hasta el afianzamiento de la
cosmovisión que imagina la sociedad como el producto artificial de una
asociación contractual entre los individuos que la componen, en lugar de
ser el reflejo de la creación o de un orden natural; desde la afirmación de la
preeminencia de la razón sobre la autoridad y la tradición, por consagra-
das que éstas sean, hasta la creencia en la perfectibilidad del hombre; desde
la reivindicación de la felicidad en este mundo antes que en el más allá
hasta la aceptación del pluralismo religioso y la privatización e indivi-
dualización de las prácticas del culto.
Ahora bien, los hombres de letras no tenían a su disposición la pala-
bra “secularización”, ya que ésta aún pertenecía ex oficio al vocabulario
de las instituciones eclesiásticas (un fraile, por ejemplo, se secularizaba
cuando abandonaba su orden religiosa para volverse miembro del clero
secular). Sin embargo, plasmaron el concepto mediante el uso muy difuso
de otros dos: “civilización” y “sociabilidad”. Durante siglos, la “civilidad”
o “policía cristiana” ocupó el lugar del concepto de civilización en la mente
de las élites cultas. Fue a partir del siglo xviii cuando la palabra “civiliza-
ción” se impuso para significar un variado abanico de concepciones acerca
del devenir terrenal de las sociedades humanas. Era “civilización” el de-
H O M B R E S D E L E T RA S H I S PA N OA M E R I C A N O S Y S EC U L A R I Z AC I Ó N ( 1 8 0 0 -1 8 5 0 ) | 245

sarrollo de las artes, de las manufacturas, del comercio y del lujo; el cre-
cimiento y el refinamiento de las prácticas de sociabilidad; la conciencia
histórica de vivir un presente cada vez más alejado de las preocupacio-
nes del pasado y disponible para un porvenir de progresos infinitos apo-
yados en la razón, la voluntad y el avance de los conocimientos científi-
cos. Como corolario de ese conjunto de representaciones, originariamente
propias de los europeos cultos sobre sí mismos, vino la jerarquización de
los pueblos y de las naciones en una suerte de escalafón en cuya cima un
puñado de países europeos ocupaba el primer rango.
Si bien desde fines de la época colonial se actualizaron todas estas sig-
nificaciones en el pensamiento de los hombres de letras hispanoamerica-
nos, se entabló una relación privilegiada entre “civilización” y “sociabili-
dad”. La sociabilidad, o sea la propensión supuestamente natural de los
hombres a juntarse para vivir y actuar, asume formas históricas muy di-
versas según las épocas. Desde diversos ángulos teóricos de índole liberal,
ya sea a partir de Tocqueville o de Habermas, los historiadores de las mu-
taciones políticas y culturales propias de la modernidad euroamericana
(Agulhon, 1984; Forment, 2003; Furet, 1976; González Bernaldo, 2000;
Guerra, 1992; Guerra y Lempérière, 1998) han historizado el concepto de
sociabilidad identificando el surgimiento, durante los siglos xviii y xix,
de nuevos tipos de asociaciones y de reuniones que descansaban, al menos
idealmente, en principios inéditos de convivencia social. La adhesión volun-
taria de los socios, la igualdad del trato entre los mismos independiente-
mente del origen y de la posición social de cada uno, el uso de la razón
mediante la discusión sobre las producciones culturales y los asuntos polí-
ticos, la publicidad y la diversidad de las opiniones, incluso religiosas, todos
estos comportamientos contrastaban con la organización social, las cos-
tumbres y la religiosidad propias del antiguo régimen.
Principales protagonistas de los cambios en las formas de sociabilidad
durante este medio siglo, los hombres de letras hispanoamericanos las
consideraron como los puestos avanzados de la “civilización” en medio
de la barbarie, y como otros tantos espacios de aprendizaje y difusión de
las “luces”. “Civilización”, “luces” y “sociabilidad” formaron así parte inte-
grante del ideario y del imaginario liberales. Designaban de manera sin-
tética un abanico de proyectos y voluntarismos progresistas, pero tam-
bién de realizaciones y creaciones en el campo del asociacionismo, de la
prensa, de la educación, todos ellos orientados hacia una meta: alcanzar
el nivel de cultura atribuido a las supuestas “naciones civilizadas”, es decir,
Francia e Inglaterra. Junto con la educación, la sociabilidad fue un dis-
positivo clave de la estrategia de “reforma social” o de “reforma de las cos-
246 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

tumbres” que permitiría llegar al estado civilizado (Forment, 2003). Por


lo mismo, su presencia o ausencia se volvió un criterio para evaluar el
grado de civilización alcanzado. Como trasfondo del éxito de estos con-
ceptos yacía la convicción de que, en Hispanoamérica, la cultura de las
élites sociales y las costumbres del pueblo delataban su “atraso” en com-
paración con las naciones civilizadas. La modernización de la enseñanza
superior, la expansión de la educación popular, el saneamiento y la racio-
nalización de las creencias y del culto y, según los ideólogos más radica-
les, el confinamiento del clero dentro de los estrictos límites de sus tem-
plos, fueron considerados como condiciones imprescindibles para alcanzar
la civilización moderna.

generaciones intelectuales y genealogía cultural


de las repúblicas hispanoamericanas

En un artículo donde examinaba las condiciones del surgimiento del “inte-


lectual moderno”, el historiador argentino Tulio Halperin Donghi (1982) dis-
tinguió, para el caso hispanoamericano, varios tipos transitorios e híbri-
dos de hombres de letras: el rioplatense Deán Funes (1749-1829), “letrado
entre dos mundos”, y su homólogo novohispano Fray Servando Teresa de
Mier (1765-1827), quien “nace del letrado colonial”; Manuel Belgrano (1770-
1820), “ya el intelectual de un mundo nuevo”; por fin aparecería, “sólo a
mediados del siglo”, con Sarmiento (1811-1888) y sus compañeros de gene-
ración, “el nuevo tipo de intelectual, que lo es ya más plenamente de lo que
lo había sido el letrado colonial”. Halperin Donghi dejaba entender que, del
letrado del antiguo régimen al intelectual moderno, se trataba de una
evolución globalmente lineal y unidimensional en la que, sin embargo, des-
tacaban fuertes personalidades: Belgrano, o Sarmiento, habrían encarnado
hitos cualitativos en la progresiva conformación del “intelectual moderno”.
De esta propuesta retomaremos aquí la identificación intuitiva de tres gene-
raciones de hombres de letras que llamaremos, respectivamente, por las
fechas de nacimiento de sus componentes: la generación de las Luces, ya
madura en 1810; la generación de la Revolución, que en algunos casos indi-
viduales participó en ella pero que se distinguió sobre todo por su contri-
bución a la organización institucional y cultural de las nuevas naciones;
la generación de los años 1840, o del momento democrático, que sin haber
conocido el antiguo régimen o siquiera la revolución y las guerras de los
años 1810, se encontró en la situación de fijar un ojo crítico sobre dos déca-
III
La marcha de las ideas
La construcción del relato
de los orígenes en Argentina,
Brasil y Uruguay: las historias
nacionales de Varnhagen,
Mitre y Bauzá
Fernando J. Devoto

La construcción de relatos del pasado que exploraban las raíces y las sin-
gularidades de distintos grupos humanos, ya sea organizados bajo una forma
estatal o bien que se esperaba lo fuesen en el futuro, es una característica del
siglo xix en Europa o en América. Generados por letrados, en ocasiones al
servicio del Estado, en otras opuestos a él, espejan la emergencia de distin-
tos nacionalismos a la búsqueda de alcanzar o reforzar la cohesión, ahora
juzgada deseable y necesaria, de ciertos grupos humanos. En ese marco, la
historiografía podía brindar instrumentos cohesivos e identificatorios bajo
la forma de un relato de los orígenes, entendido como una especie de “auto-
biografía” de la nación, esa palabra que los nuevos tiempos ponían de moda
(Febvre, 1996: 156-157). Así, las curvas de los nacionalismos y de las histo-
rias nacionales se desplegaron a menudo en forma paralela. Las necesida-
des de los primeros fortalecieron el rol de las segundas, dándoles un reco-
nocimiento, una influencia y una “utilidad” mayores que en el pasado.
Marc Bloch y Arnaldo Momigliano observaron, de manera semejante
aunque con desarrollos diferentes, que la historiografía moderna habría
nacido de la confluencia entre las técnicas eruditas de los monjes de Saint
Maur (Mabillon) o de Port Royal (Tillemont) y los esquemas provistos por
la ilustración (Voltaire, Montesquieu), confluencia que para el segundo
se habría realizado en la obra de Gibbon (Bloch, 1970; Momigliano, 1950:
285-315) aunque se han propuesto cronologías más antiguas (Ginzburg,
2006: 14-38). Si esa operación a su vez implicaba un giro en el papel de la
historia, de la erudición anticuaria a la utilidad pragmática, ahora esta
última iba a aplicarse al culto de la “nación”. Desde luego que la historia
decimonónica no puede subsumirse totalmente en ese papel ni tampoco
debe atribuírsele a ella un rol exclusivo, y ni siquiera dominante, entre el
conjunto de instrumentos homogeneizadores que élites estatales o élites
alternativas empleaban para lograr sus objetivos.
270 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

En dichos contextos, el presente trabajo confrontará tres historias nacio-


nales: la História geral do Brasil (1ª ed.: 1854-1857; 2ª ed.: 1877), de Fran-
cisco Varnhagen (1816-1878); la Historia de Belgrano y de la independencia
argentina (1ª ed.: 1858; 2ª ed.: 1859; 3ª ed.: 1877; 4ª ed.: 1887), de Bartolomé
Mitre (1821-1906), y la Historia de la dominación española en el Uruguay
(1ª ed.: 1880-1882; 2ª ed.: 1895-1897), de Francisco Bauzá (1849-1899).
La elección de esos autores y de esas obras responde a ciertos criterios
que deben ser explicitados desde el comienzo, ya que es posible sostener
razonablemente que podrían haberse elegido otros y otras. Los criterios de
selección son problemáticos, ya sea en relación con el problema de qué
debe entenderse por “historias”, ya sea con respecto a la representatividad
de cada autor en el contexto de la respectiva historiografía nacional. En
cuanto a lo primero, es visible que en buena parte del siglo xix no exis-
tían (y tampoco existen hoy) consensos unánimes acerca de los deslindes
entre la historia y otros géneros. Por poner un solo ejemplo, ¿cómo con-
siderar el imaginativo Facundo de Sarmiento, que contiene una inteligente
lectura del pasado (además de muy influyente en la Argentina posterior)
y que, sin embargo, no reposa sobre una investigación original y elude com-
pletamente la operación erudita? La mayoría de los contemporáneos no
vieron allí un libro de historia y ese criterio se extendió y se consolidó luego
entre los historiadores posteriores a medida que la historiografía definía
con claridad creciente su territorio y sus diferencias con otros géneros,
como la “crónica”, el “ensayo” o la literatura. Sin embargo, esa obra sirvió
de excusa para que el Instituto Histórico de París incluyese a Sarmiento
como miembro correspondiente o para que el mismo Mitre considerase
conveniente proponerle al autor del Facundo que escribiese un “Corola-
rio” a la segunda edición de su Belgrano (Sarmiento, 1859). Entre criterios
amplios o restringidos nos hemos inclinado por los segundos, sin conver-
tirlos en un dogma de fe y admitiendo que otras alternativas eran posibles.
El mejor argumento a nuestro favor es la comparabilidad de las obras
escogidas. Desde Marc Bloch en adelante se admite entre los historiado-
res que los estudios comparativos –un juego de semejanzas y diferencias–
requieren una cierta similitud y contemporaneidad de los objetos a obser-
var que hagan lícita la comparación, y, sin duda, también una cierta de-
semejanza de los ámbitos en que se desenvuelven que la haga ilumina-
dora (Bloch, 1963: 17-18). Similitud es entendido aquí, en primer lugar, en
lo que respecta al género. Como sus mismos títulos lo indican, se trata de
“historias”, en el sentido convencionalmente admitido en el siglo xix, es
decir, de narraciones desplegadas cronológicamente que intentan expli-
car el presente por el pasado y que lo hacen a través de la presentación de
LA CONSTRUCCIÓN DEL RELATO DE LOS ORÍGENES | 271

una abundante serie de hechos “comprobados”, según los criterios erudi-


tos de verificación entonces imperantes. En cuanto al método, las tres pue-
den enmarcarse en la tradición abierta por aquella confluencia a la que alu-
dían Bloch y Momigliano. En segundo lugar, ellas son “nacionales” por el
propósito (justificar y/o exaltar el propio Estado o la propia nación, en-
contrando en el pasado los elementos que lo legitiman ante otros) y por
el objeto: el desarrollo del relato se despliega en un espacio que engloba el
territorio bajo dominación del Estado respectivo, en el momento con-
temporáneo a la producción de la obra, y aquellas áreas vecinas que fue-
ron contenciosas. Sin embargo, es necesario apuntar una distinción en rela-
ción con el último punto: mientras las obras de Bauzá y de Varnhagen
pertenecen plenamente al género de las historias nacionales, la de Mitre
bascula entre dos modelos que a menudo eran considerados diferentes
también en el siglo xix: la “biografía”, historia de un hombre, y el prece-
dente, historia de un pueblo (Enders, 2000). Con todo, y más allá del eclec-
ticismo de origen, el carácter de “historia nacional” será crecientemente
dominante en Mitre a medida que aparezcan las sucesivas ediciones amplia-
das de la obra. Asimismo, en buena medida, sus autores también compar-
ten una preocupación por un “estilo”, entendido como el pertinente para
una obra de historia que la distingue de otros géneros: la historia como ramo
de la crítica, no de la elocuencia y por ello necesariamente lacónica, en el de-
cir de Varnhagen (1906: xii). Finalmente, las tres, aunque no estrictamente
coetáneas, se despliegan en un cuadro cronológico breve (menos de treinta
años separan sus primeras ediciones): el tercer cuarto del siglo xix, que les
brinda suficientes elementos de homogeneidad en relación con climas cul-
turales e historiográficos más generales en el mundo euroatlántico.
Una segunda cuestión remite, como señalamos, a la representatividad.
Aun partiendo del recorte que hemos escogido, pueden presentarse varias
alternativas. En el caso brasileño, es posible señalar la obra precedente de
Robert Southey o la de João Francisco Lisboa, uno de los mayores pole-
mistas de Varnhagen. La primera puede descartarse por diferentes razo-
nes. No tanto porque su autor fuese un poeta inglés, sino porque la misma
(escrita a partir de 1806 y publicada en Londres desde 1810 y en el Brasil
en 1862), que culmina su narración en 1808, con el arribo de Juan VI a
Portugal, fue ideada y publicada no sólo antes de la independencia, sino
antes de la transición a ella, con lo cual es una historia del Brasil colonial
y no el estudio del surgimiento de un nuevo Estado. En el caso de la obra
de Lisboa, ésta es fragmentaria o está centrada en dimensiones regionales
o individuales y difícilmente pueda englobarse bajo la etiqueta “historia
nacional”. En el caso argentino, la alternativa más visible es la que repre-
272 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

sentaron los trabajos más tardíos de Vicente Fidel López. Aunque la obra
de éste gozó de una considerable fortuna, igual o tal vez aun mayor que
la de Mitre en el período comprendido entre 1880 y 1910, los años poste-
riores decantarían el balance claramente en favor a Mitre, no sólo por el
juicio de la historiografía académica, sino porque ella parecía presentar un
retrato del pasado que congeniaba más con el imaginario de la Argentina
moderna. En el caso uruguayo, la obra de Bauzá emerge casi sin rivales en
el género “historia nacional”. Aquello que Carlos Real de Azúa propuso
como la “línea crítica disidente” (el “Bosquejo Histórico” de Francisco Berra
y sobre todo, a principios del siglo xx, los “Anales” de Eduardo Acevedo),
no dejó de ser algo claramente diferente como operación historiográfica
y notoriamente minoritario en cuanto a su difusión (Real de Azúa, 1990:
222-225). Así, no parece arbitrario afirmar que las convenciones admiti-
das por las élites culturales de los tres países tendieron a considerar a nues-
tros tres autores elegidos como fundadores o “padres” de la historia en sen-
tido moderno (como Capistrano de Abreu dijo de Varnhagen, Blanco
Acevedo y luego Juan Pivel Devoto de Bauzá, o Rómulo Carbia, y sus con-
géneres de la Nueva Escuela, de Mitre) y que esas obras constituían el pri-
mer esfuerzo erudito de pensar el pasado de sus respectivos países y ori-
ginaban la reflexión sistemática acerca de sus orígenes.
Desde luego que los relatos escogidos no pueden considerarse como
un punto cero, ni tampoco como perspectivas que no tuviesen contradic-
tores entre sus contemporáneos y entre los historiadores posteriores, y su
fortuna no fue uniforme a lo largo del tiempo. Una larga serie de críticas
enfrentó la obra de Varnhagen ya durante el imperio o la “República Vieja”
(de João Francisco Lisboa a Manoel Bonfim), o la de Mitre aún antes de
la aparición del revisionismo histórico (de Alberdi a V. F. López y a L. A.
de Herrera). Así, su lugar fundador no deriva de que ellas no sufrieran
embates y discusiones, sino de que les correspondió la precedencia tem-
poral en el género erudito, y también porque de ellas derivó por un tiempo
mayor o menor la construcción del relato canónico de los orígenes de las
respectivas naciones, y ello puede justificar la elección.

tres historiadores y sus contextos

El contexto sudamericano, en los tres casos (Argentina, Brasil y Uruguay)


que analizaremos, presenta algunas singularidades en relación con el euro-
peo que es preciso señalar desde ya. Una reside en que, esquemáticamen-
El erudito coleccionista
y los orígenes del americanismo
Horacio Crespo

Recientemente ha comenzado a interesar la constitución en Europa, a


mediados del siglo xix, del “americanismo” como campo científico nove-
doso dedicado principalmente, al menos en sus comienzos, al estudio
de las antiguas culturas del Nuevo Mundo (López-Ocón, Chaumeil y
Verde Casanova, 2005; un importante antecedente es Comas, 1974). Nues-
tro trabajo está dirigido a explorar caminos de ese proceso en América
Latina y a señalar −por medio de algunos ejemplos− la presencia de un
tipo particular de intelectual erudito que ocupó un espacio medular en
ese montaje, así como en la fundación de la historiografía de los nuevos
países iberoamericanos en el siglo xix. Sus antecedentes se confunden
con la propia “invención” de América, para utilizar la feliz fórmula de
Edmundo O’Gorman, y sus prolongaciones recorren toda la pasada cen-
turia, con su herencia presente en el reconocimiento, la valoración y la
preservación del patrimonio documental y bibliográfico. Estos estudio-
sos hicieron de esa actividad uno de los ejes centrales de su trabajo,
aunque la dimensión erudita y coleccionista que protagonizaron no los
apartó en la mayoría de los casos de la participación política y el com-
promiso ideológico, tan característicos de los actores intelectuales deci-
monónicos.
Aquellos momentos iniciales de la actividad americanista se caracteri-
zaron por un tono de marcada hibridez disciplinaria –se entrecruzaban
conocimientos históricos, antropológicos, arqueológicos y filológicos–, por
las metodologías heterodoxas y por temáticas cuyos asuntos y tratamien-
tos llegaban a ser improcedentes o anacrónicos vistos desde las recientes
perspectivas positivistas que sistematizaban las nuevas ciencias de la socie-
dad. La mayoría de los trabajos realizados no podía ocultar la falta de anclaje
disciplinario específico de la “americanística”, como se la denominaba en
el momento, lo que constituía un problema creciente en la medida en que
EL ERUDITO COLECCIONISTA Y LOS ORÍGENES DEL AMERICANISMO | 291

cada una de las ciencias sociales particulares lograba destacarse nítida-


mente y alcanzar plena legitimidad.
A la persistencia de antiguos temas, algunos de ellos acuñados en el
debate ilustrado del siglo xviii acerca de la naturaleza y del hombre ame-
ricano (Gerbi, 1960), se agregó la particularidad de ser formulados sin
respetar las reglas básicas de rigor académico legitimadas por el nuevo para-
digma científico. Así, en las primeras reuniones del Congreso Internacio-
nal de Americanistas se discutió sin ninguna inhibición acerca tanto de
las manifestaciones de budismo en América en el siglo v y las posibles com-
paraciones filológicas entre el chino y el otomí, como de la evangeliza-
ción del Nuevo Mundo por santo Tomás, la problemática existencia de la
Atlántida, la presencia de fenicios, hebreos, fineses y etruscos en la Amé-
rica precolombina, o de pigmeos, africanos o sumerios, el Diluvio uni-
versal y su manifestación americana, el origen del hombre en las Améri-
cas y sus relaciones con otros continentes, los viajes precolombinos, y
conjeturas diversas acerca del proyecto y las travesías de Colón, su perso-
nalidad, iconografía, procedencia y otros aspectos menudos. Heterogenei-
dad y tentación por “las tesis más arriesgadas”, como diría medio siglo des-
pués Paul Rivet, que sin embargo ocasionaron fuertes reacciones favorables
a la delimitación del objeto, a la rigurosidad metodológica y a la aplicación
de juicios científicos que más o menos lentamente se fueron abriendo paso,
especialmente hacia la arqueología, la lingüística y la etnografía, y final-
mente hacia la mayoría de las ciencias sociales y humanísticas (Comas,
1974: 15-20, e índice de trabajos presentados 1875-1972: 137 y ss.).
La comunidad científica que protagonizó estos primeros intentos −carac-
terizada por el ya citado Rivet en 1949 como una conjunción de “entusiasmo,
juventud e inexperiencia”− se fue consolidando paulatinamente mediante
la formación de asociaciones (Société Américaine de France; Société des Amé-
ricanistes de Paris, 1895; Ibero-Amerikanisches Forchungsinstitut, Bonn; Ibero-
Amerikanisches Institut, Berlín, 1930; Escuela de Estudios Hispanoamerica-
nos, Sevilla, 1944), la publicación de revistas especializadas (Revue orientale
et américaine; Archives de la Société Américaine de France, 1875; Archives du
Comité d’archéologie américaine, 1893; Journal de la Société des Américanis-
tes de Paris, 1896; Ibero-Amerikanisches Archiv, 1924; Anuario de Estudios
Hispanoamericanos, Sevilla, 1944) y la realización de una reunión bianual,
el Congreso Internacional de Americanistas, que sesionó por primera vez
en Nancy en 1875 y que desde entonces ha mantenido su regularidad (en
2006 tuvo lugar en Sevilla la versión quincuagésima segunda). Sobre la base
de antiguos intercambios, también comenzaron a anudarse redes intelec-
tuales transatlánticas cada vez más sofisticadas entre Europa, los Estados
292 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

Unidos y los países de Iberoamérica, que sin embargo no estuvieron exen-


tas de conflictos. Entre éstos, el más notable giró en torno de la realización
de congresos de americanistas en el Nuevo Mundo, pretensión a la que se
opusieron tenazmente muchos núcleos de estudiosos europeos, y que sólo
se logró en 1895 con la celebración del congreso en México y con la apro-
bación de los nuevos estatutos en 1900 (Comas, 1974: 13-44).

la revelación del nuevo mundo

La actividad en torno al estudio del Nuevo Mundo tiene antecedentes leja-


nos, cuyo examen orgánico hasta hoy apenas se ha esbozado. Atentos a
las repercusiones inmediatas de la expedición colombina, diversos centros
de saber convocaron a los primeros núcleos de estudiosos y, a partir de allí,
poco a poco se fue aclarando la confusión cosmológica y los problemas
humanísticos generados por las crecientes novedades que traían las suce-
sivas exploraciones. En primer lugar, el trabajo se organizó en torno a la
identificación geográfica de los nuevos territorios y su representación
cartográfica, lo que tuvo vitales consecuencias estratégicas y diplomáti-
cas, cuyas repercusiones polémicas han llegado hasta el americanismo del
siglo xx (Levillier, 1948; O’Gorman, 1951).
Los cartógrafos de la corte portuguesa –usufructuando la tradición de
los portulanos catalanes e italianos, confeccionados desde el siglo xiv sobre
la base de la experiencia de reconocimientos y navegaciones, y no de creen-
cias y fábulas, y la renovación cartográfica superadora de Ptolomeo reali-
zada a partir de mediados del siglo xv especialmente en Alemania– fueron
los primeros, por razones evidentes, en dedicarse a la interpretación de datos
velozmente cambiantes y audazmente renovados por los exploradores. Ro-
deados de secreto, intrigas y espionaje, su actividad formó parte de la “polí-
tica del sigilo” inaugurada por Enrique el Navegante, tal como adecuada-
mente la definió el historiador Jaime Cortesão. Luego, fueron emulados por
los pilotos de Indias y de la Casa de Contratación de Sevilla.
En este proceso de adquisición de conocimientos destacan Juan de la
Cosa, con su carta del mundo confeccionada en Cádiz en 1500, Juan Ves-
pucci –el sobrino de Américo–, los cartógrafos portugueses, genoveses, flo-
rentinos y venecianos, y la fundamental escuela de St. Dié, el Gimnasio Vosa-
gense, bajo la tutela del cardenal-duque Renato II de Lorena (Cortesão, 1935;
Nebenzhal, 1990: 26-71). Esta célebre institución, cuyos integrantes seguían
con gran interés las noticias de los descubrimientos de ultramar, contó
EL ERUDITO COLECCIONISTA Y LOS ORÍGENES DEL AMERICANISMO | 293

con el concurso de Martin Waldseemüller, alemán de Friburgo (1474-1520),


autor de los mapas más notables de la época: la serie llamada hoy por los
eruditos Lusitana-Germánica e inaugurada por el Universales Cosmogra-
phiae Secundum Ptholomei Traditionem et Americi Vespucii Aliorumque Lus-
trationem, impreso en Estrasburgo en 1507, en el que se bautizó a América,
un acto equívoco que lanzó una polémica de cuatro siglos (Waldseemüller,
2007; del Carril, 1991: 18-46). Deben también agregarse los centros cosmo-
lógicos de Nuremberg y Viena, e inclusive el interés que este movimiento
despertó en Estambul –el otro polo fundamental de poder en la época–
donde se confeccionó el también célebre mapa de Piri Re’is, en 1513, apa-
rentemente sobre la base de dibujos efectuados por el mismo Colón.
Estos estudiosos de gran nivel científico configuraron así la primera red
de investigadores acerca de América, cuya síntesis puede verse proyectada
en una primera etapa, entre otros, en los mapamundis de Pedro Apiano de
1520 y en el del portugués Diego Ribero, piloto mayor de Indias, publi-
cado en Sevilla en 1529 y en 1538 por el célebre cartógrafo flamenco Gerardo
Mercator (1512-1594). Por último, su hijo Miguel Mercator dibujó en 1630
el mapa de América, “el más importante de la época moderna” (del Carril,
1991: 58). Cosmólogos, geógrafos, humanistas y ciertamente los mismos
exploradores deben inscribirse entre los actores más interesantes de esta
primera etapa de acercamiento europeo a lo americano. Además, el ansia
de conocimiento y el impacto de la novedad, desatados por la enorme
circulación de crónicas y opiniones, junto a la cada vez más enconada
disputa en torno a los habitantes, las tierras y los derechos a sojuzgarlos y
a ocuparlas, atraparon a teólogos y juristas y motivaron tratados, parece-
res y dictámenes. El cargo de cronista de Indias se asoció muy rápidamente
a las preocupaciones por la historia y la etnografía del Nuevo Mundo (Barros
Arana, 1910; Gerbi, 1978).
Todas estas elaboraciones que resultaron de las actividades inaugurales
del estudio de América pasaron luego a ser norte de afanosas búsquedas
de coleccionistas y eruditos que dieron cuerpo a la tradición, fueron dise-
ñando una disciplina científica e inauguraron en el siglo xix la america-
nística moderna. La figura del erudito, coleccionista apasionado de libros
y documentos, muy pronto se asoció con lo americano, ya que el hijo del
Almirante, Hernando Colón (Córdoba, 1488-Sevilla, 1539), fue uno de los
mayores bibliófilos de su tiempo, a punto tal que en su testamento legó a
su sobrino Luis, con claras indicaciones sobre su destino y conservación,
15.370 libros, una cantidad enorme para la época. Su objetivo era reunir
todas las obras editadas en cualquier lengua, y para ello realizó viajes, se
conectó con mercaderes genoveses y estableció una red de agentes en Roma,
294 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

Nuremberg, Venecia, Amberes, Lyon y París, además de hacer cuantiosas


inversiones e, inclusive, lograr el apoyo real de Carlos V. Ideó también un
sistema de catalogación, referencia e información bibliográfica que anti-
cipaba de manera notable los sistemas modernos. Pese a los descuidos, las
pérdidas y el abandono, dos terceras partes de los importantes fondos de
Hernando Colón aún se mantienen en Sevilla (Torre Revello, 1945: 19-34).
Su saber, inaugurando una práctica extendida en el siglo xix y en la
que entre otros se inscribirían De Angelis, Barros Arana, el perito Moreno,
Manuel Ricardo Trelles y Estanislao Zeballos, fue utilizado en las contien-
das diplomáticas de su época por cuestiones de límites. Así, junto con Sebas-
tián Gaboto y Juan Vespucci, don Hernando asistió en 1524 a una confe-
rencia lusitano-castellana, realizada en Badajoz y Yelves, en la que se
discutieron las consecuencias del tratado de Tordesillas respecto de la juris-
dicción de las islas Molucas. A causa de sus vastos conocimientos cosmo-
gráficos, desde 1527 cooperó, por orden real, con la Casa de Contratación
de Sevilla en el perfeccionamiento de las cartas de navegación hacia las
Indias Occidentales y en la elaboración de un mapamundi en el que figu-
rasen las tierras del Nuevo Mundo. Aunque la empresa no llegó a su tér-
mino, Colón aprovechó la ocasión para recabar de la Casa gran cantidad
de cartas de navegación, derroteros, relaciones y otros documentos que
agregó a su biblioteca, y que fueron reclamados en 1569, muchos años
después de su muerte, por Felipe II. También en esto fue un adelantado
de las prácticas non sanctas de muchos de los coleccionistas que le sucedie-
ron en sus afanes en el transcurso de las centurias siguientes. Su contro-
vertida obra Vida del Almirante don Cristóbal Colón configuró luego un
momento decisivo en la historia de la revelación americana al mundo occi-
dental (Torre Revello, 1945: 35-51; O’Gorman, 1951: 93-127).

boturini y su museo americano

Dos siglos después, la ilustración trajo consigo una larga y enconada polé-
mica de múltiples actores que despertó nueva atención sobre América, su
naturaleza, sus habitantes originales, su cultura. El exilio jesuítico, tras la
expulsión de 1767, cumplió una función principalísima en esta etapa, esen-
cial para la construcción de una identidad diferenciada, fundada en buena
medida en la valoración de las grandes culturas precolombinas. La preo-
cupación científica y las nuevas grandes exploraciones y sus resultados −La
Condamine (París, 1701-1774), Antonio de Ulloa (Sevilla, 1716-León, 1795),
Intelectuales negros
en el Brasil del siglo XIX*
Maria Alice Rezende de Carvalho

un tema y dos prescripciones

El hecho de que el imperio esclavista brasileño haya sido el ambiente de


proyección de un gran número de intelectuales negros y mulatos –a dife-
rencia de lo que ocurrió durante la república, cuando este segmento cono-
ció un retraimiento notable– merece la mayor atención. El fenómeno es
aun más destacable cuando se observan la América hispánica y las ex colo-
nias francesas del Caribe, donde, con la excepción de Haití, el protago-
nismo cultural y político de ex esclavos africanos, o de descendientes direc-
tos esclavos o de libertos estuvo prácticamente ausente en el siglo xix.
Es cierto que Martinica se haría conocida por obra de sus intelectuales,
con Aimé Cesaire y Franz Fanon al frente. Pero se trataba ya de mediados
del siglo xx, de una intelligentsia negra de origen francés que integraba
una comunidad de autores y de textos con gran audiencia y, sobre todo,
de un mundo marcado por el humanismo de posguerra, cuyos principios
igualitarios se enfrentaban contra las experiencias de subordinación que
aquellos intelectuales describieron de manera sobresaliente. Por último,
en tanto departamento francés, la Martinica de Cesaire y de Fanon formaba
parte del campo intelectual más influyente de la cultura occidental de
aquella época.
La situación del Brasil decimonónico era por completo otra. Y el desafío
de reflexionar acerca de la proyección de intelectuales negros y mulatos
brasileños es aun mayor cuando se presta atención a la precocidad de ese
fenómeno en el ámbito del subcontinente, en una geografía materialmente
esclavista y espiritualmente alejada del núcleo dinámico del pensamiento
europeo.

* Traducido por Ada Solari.


INTELECTUALES NEGROS EN EL BRASIL DEL SIGLO XIX | 313

Por lo tanto, al recortar como tema de estudio la intelectualidad negra


en el Brasil del siglo xix, surge una primera indagación concerniente al
ambiente institucional del país y a las condiciones que promovieron la
emergencia de aquellos personajes. La cuestión es demasiado amplia y no
puede encararse por completo dentro de los límites de este texto. Sin
embargo, el hecho de poner el foco en el numeroso contingente de negros
y mulatos cultos, situados en los estratos inferiores o intermedios de la
sociedad y originarios de provincias alejadas de la corte, obliga a revisar
la comprensión dominante en la sociología histórica brasileña, que tiende
a enfatizar el predominio de un orden estamental cerrado e impermeable
para los intelectuales ajenos al mundo relativamente homogéneo de las éli-
tes señoriales. En otras palabras, los diagnósticos acerca de una sociedad
estancada por la coacción estructural del latifundio esclavista y de un esce-
nario adaptado a esa rigidez no pueden entablar un diálogo satisfactorio
con las cuestiones que suscita el recorte temático aquí propuesto.
La primera prescripción de este texto –determinada por exigencias de
carácter empírico– consiste en afirmar que el énfasis político colocado
sobre los fundamentos unitarios y centralizadores –que se remontaban a
preceptos del territorialismo lusitano, de larga tradición– requirió que el
imperio brasileño adoptase una buena dosis de pragmatismo en su rela-
ción con las provincias más distantes y con los súbditos alejados de la fron-
tera de la agroexportación. Así, de manera aparentemente paradójica, cuan-
to más centralizado políticamente, más permisivo fue el imperio respecto
de las prácticas habituales y regionales de vida conyugal, incorporación de
territorios, adquisición de saberes, movimientos de la población y estruc-
turación de los núcleos sociales locales.
La hipótesis no es nueva: fue esbozada por Capistrano de Abreu (1976),
en una obra llamada Capítulos de história colonial, de 1907, y retomada
por Oliveira Vianna (1975) –sobre la base de trabajos monográficos de
viajeros y estudiosos de la vida provincial brasileña– antes de 1920, el año
de la primera edición de su libro Populações meridionais do Brasil. Con estos
autores, es posible sostener que la dinámica social de las provincias con-
sideradas irrelevantes en función de la división internacional del trabajo
fue decisiva para la frecuente presencia de negros y mulatos cultos en el
siglo xix, quienes tuvieron el amparo de redes familiares muy extensas y
muy heterogéneas, tanto desde el punto de vista económico como del
cromático, que hacían posibles la instrucción, la profesionalización y, en
no pocas ocasiones, la migración de aquel contingente rumbo a la corte.
Más aun, si es fácil vislumbrar el efecto de esa dinámica provincial en el
elevado número de intelectuales negros y mulatos que llegaron a la Rua do
314 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

Ouvidor,* la extensión del fenómeno sólo puede ser correctamente valo-


rada si se contabiliza a todos aquellos que permanecieron en sus munici-
pios de origen, engrosando las sesiones locales de las ampliamente disemi-
nadas asociaciones literarias.
La percepción del peso demográfico de la intelectualidad negra del siglo
xix obliga, por lo tanto, a explicitar los criterios de selección de los tres
intelectuales que participan de este artículo. En efecto, si son tantos ¿cómo
elegirlos? ¿Por qué Machado de Assis (1839-1908), por ejemplo, quedará
excluido de este análisis sobre la intelectualidad negra decimonónica? ¿Y
por qué Lima Barreto (1881-1922) forma parte de esa composición, si el
drama de su existencia y las condiciones de producción y recepción de su
obra se dieron en el marco de la república?
Las respuestas a estas preguntas siempre son opinables. Sin embargo,
la importancia de formularlas reside en la posibilidad de extender la inves-
tigación hacia regiones extrasociológicas, o por lo menos situadas más allá
de una sociología de la cultura cuyo propósito central consiste en descifrar
las condiciones de estructuración del campo intelectual, es decir, de un
campo de relaciones sociales, coacciones y sanciones concernientes a la
actividad de los intelectuales como grupo (Miceli, 2001). En esa sociolo-
gía, el proyecto más relevante es el de la atribución teórica de una identi-
dad colectiva razonablemente homogénea e independiente de la concien-
cia que los intelectuales tengan de sí mismos y de su lugar social, y que se
encuentra más allá de lo que escriben, del contenido de sus teorías o de
las polémicas que mantuvieron entre ellos. Ahora bien, en este trabajo, que
pone de relieve la situación particular de algunos intelectuales –el hecho
de ser mulatos o negros, pobres o casi pobres–, la configuración del grupo
está determinada empíricamente y, por consiguiente, es anterior a una
estructuración basada en la teoría.
Por lo tanto, además del interés por el contexto institucional que pro-
pició el surgimiento de ese grupo de intelectuales en el Brasil esclavista,
también está el de relevar las obras y las gramáticas seleccionadas por los
autores, así como sus inscripciones en el debate público y la complexión
de sus alianzas. En rigor, el hecho de hablar del manejo de repertorios en
boga en el mundo señala, de entrada, una vía de articulación entre el con-
texto institucional y la experiencia de los autores, ya que tal manejo no sólo
da muestras del acceso a aquellos repertorios, sino que también retrata la
proximidad o el alejamiento de determinados intelectuales respecto de

* Calle tradicional de Río de Janeiro que se convirtió en lugar de cita de las élites.
[N. de la T.]
INTELECTUALES NEGROS EN EL BRASIL DEL SIGLO XIX | 315

las formas por entonces dominantes de comprender las instituciones del


Brasil. De esta manera, ontológicamente identificados, los intelectuales
negros pueden ser distinguidos de manera analítica recurriendo a una
sociología que se detiene en el análisis de sus respectivos modos de lidiar
con las ideas y de constituir interlocutores (Collins, 2000). En ese caso, la
trayectoria de Lima Barreto, si bien tiene lugar en otro contexto institu-
cional, contiene algo de la estructuración del campo político-intelectual
que lo precedió, mientras que Machado de Assis, sin duda el intelectual
negro más importante del siglo xix brasileño, puede ser agrupado en una
comunidad de sentido que discrepa de aquella que se articuló en torno de
las experiencias de fracaso descritas por los intelectuales aquí analizados.
La elección de los intelectuales considerados en este artículo es por tanto
resultado de una intención. Se trata, en efecto, de echar luz sobre la cons-
trucción de una visión del Brasil distinta de aquella que fue articulada por
la crítica más influyente del imperio –la del reformismo de la generación
de 1870–, que tuvo como perspectiva una aceleración modernizadora capaz
de constituir en el país un Estado de derecho y un mercado libre (Alonso,
2002). Igualmente críticos e igualmente cosmopolitas, los intelectuales selec-
cionados fueron los que llevaron a cabo la aclimatación local de la gramá-
tica europea de la incertidumbre respecto del signo positivo de las trans-
formaciones en marcha en Europa, es decir, las transformaciones relativas
a la organización liberal del Estado y del mercado. En sus obras dominan
las referencias a experiencias libertarias anteriores al liberalismo (Skinner,
1999), las nociones protosocialistas y la dicción decadentista, además de un
amplio conjunto de otros elementos sintomáticos de la crisis estructural
de las sociedades europeas bajo la Restauración. Sin embargo, la victoria del
reformismo de 1870 fue de tal envergadura que terminó por apagar la his-
toria política e intelectual de sus oponentes, aun cuando algunos vestigios
de ella continúen operando de manera irreflexiva en la imaginación social
y en algunas tramas de nuestra sociología académica.
En la organización de este trabajo incidió, por lo tanto, el interés por
remontarse hasta el origen de cierta perspectiva acerca del Brasil, que se
traduce en las diversas modalidades que asume, aún hoy, el diagnóstico
sobre nuestra incompletitud, sobre el carácter inacabado del Brasil. Ricardo
Benzaquen de Araújo (1994) dio visibilidad y dignidad sociológica al tema
a partir de su exhaustivo análisis de Casa grande & senzala, de Gilberto
Freyre. En esta obra, afirma Benzaquen, la opción por un modo antisiste-
mático de tratamiento de la sociedad esclavista brasileña simula corres-
ponderse, en el plano cognitivo, con la “apertura” característica de nues-
tra ontología, esto es, con el orden inestable y en movimiento de la vida
316 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

brasileña. Sin embargo, no es un hecho desconocido que la instituciona-


lización de la sociología en el Brasil le dio un contenido diferente al diag-
nóstico sobre nuestra civilización. Y, en ese sentido, el desplazamiento del
proyecto freyreano de una modernidad alternativa puede entenderse como
una nueva etapa de la negación infligida a la perspectiva adoptada por los
intelectuales en consideración.
En otras palabras, se pretende comprender un tipo de imaginación social
que, vigente en el Brasil desde el último cuarto del siglo xix, discrepa bas-
tante de la que dio origen a las ciencias sociales y al orden liberal que nos
sirvió de espejo, y que puede ser, de manera temeraria, sintetizada en la idea
de una apuesta en la modernización que no contempla la clausura, la lla-
mada “jaula de acero” weberiana. Moderno y occidental, el Brasil que
aparecía en la letra de los intelectuales negros y mulatos aquí retratados
fue resultado de la utilización de un repertorio propio de la modernidad
europea, pero ampliamente soslayado por el programa cognitivo y norma-
tivo del liberalismo burgués en avance en el viejo continente. En el con-
texto de una geografía periférica, la vivencia de la crisis del imperio brasi-
leño estaba enmarcada por otra crisis –la que dio origen a la modernidad
occidental–, cuyos temas, términos, esquemas interpretativos y anhelos
fueron seleccionados por los intelectuales periféricos del Brasil.
Tomados como grupo, aun cuando estén separados entre sí por inter-
valos de dos décadas, la unidad atribuida a los intelectuales analizados
pretende subrayar la permanencia de cierto proyecto para el Brasil, su derrota
en diferentes contextos y los efectos de esas derrotas en cada uno de los auto-
res. En ellos se destaca, en primer lugar, la adhesión al tema de la movili-
dad. En efecto, el estancamiento y el inmovilismo brasileños parecían ser
adversos para estos mulatos o negros ubicados siempre cerca de la pobreza,
ya sea por inscripción social o por afinidad. Sin embargo, podían presentir
que el rechazo del ambiente institucional que permitía las posiciones de
las que gozaban y, más aun, la dirección que adoptaba la impugnación del
orden encabezada por segmentos de las élites implicaban un riesgo para ellos.
Por lo tanto, las tensiones propias de su inserción en el mundo explican no
sólo la búsqueda de esquemas de pensamiento que no naturalizasen lo
moderno, sino también la resistencia a aliarse con las vertientes críticas domi-
nantes en el Brasil. En ese marco, la operación intelectual posible implicaba
el elogio del dinamismo, pero sin una sustantivación de lo que debería gene-
rarse como consecuencia. Ejercitaban pues, para usar los términos de Aran-
tes (1992), una “tosca dialéctica”, en la medida en que para ellos el objetivo
del cambio aparece como un acto deliberativo del espíritu, que no plantea-
ba una divergencia completa con la realidad ni una exigencia de síntesis.
“República sin ciudadanos”:
historia y barbaries en
Cesarismo democrático
Javier Lasarte Valcárcel

Los códigos que consultaban nuestros magistrados, no eran


los que podían enseñarles la ciencia práctica del gobierno,
sino los que han formado ciertos visionarios que, imaginándose
repúblicas aéreas, han procurado alcanzar la perfección política
presuponiendo la perfectibilidad del linaje humano. Por manera
que tuvimos filósofos por jefes, filantropía por legislación,
dialéctica por táctica y sofistas por soldados… De aquí nació
la impunidad de los delitos de Estado […].
Simón Bolívar, “Manifiesto de Cartagena” (1812)

contexto y tradición(es) del cesarismo

1
A fines del siglo xix se abre en América Latina un escenario tomado por el
asiento de la modernización, expresado –de modo diverso– tanto por fe-
nómenos propios de la urbanización, como por el surgimiento de nuevos
actores sociales: el “rey burgués” o sectores medios, inmigrantes y obre-
ros. Otro escenario lo intersecta: el de la inserción del subcontinente en un
orden mundial donde gana terreno a pasos agigantados el “vecino del
Norte”. Sea por efecto de las presiones generadas por los cambios internos,
sea por las amenazas provenientes del exterior, diversos intelectuales lati-
noamericanos se comprometen con el diseño de “superpolíticas” (Rama,
1985: 118) y, con frecuencia, fungen de filósofos de la historia (Gutiérrez
Girardot, 1982: 503) empeñados en realizar balances, críticas o ajustes de
los proyectos de sus antecesores, para afrontar las novedades “escénicas”
de lo real.
HISTORIA Y BARBARIES EN CESARISMO DEMOCRÁTICO | 335

Si en la política de entonces el panorama favorecerá internamente


al “predominante autoritarismo latinoamericano” (Halperin Donghi,
1975: 299) y externamente al triunfo del gendarme del destino manifies-
to y el big stick (ibid.: 284-292; Romero, 1986: 248), en el orden de las ideas
fueron excepcionales soluciones progresistas como las de Martí (1853-
1895) o González Prada (1844-1918), pioneras de un populismo más o
menos radical, aunque compartiesen con su época la figuración de la
patria/continente como cuerpos grotescos –“Éramos una visión, con el
pecho de atleta, las manos de petimetre y la frente de niño” (Martí, 1977:
30)– o enfermos –“el Perú es organismo enfermo: donde se aplica el dedo
brota pus” (González Prada, 1985: 107)–. Predominará en cambio la volun-
tad de controlar, unificar y regenerar sociedades azotadas por crisis y peli-
gros diversos.
Sea por el reconocimiento de la dificultad de construir naciones esta-
bles o por el temor que inspirase el advenimiento de la masificación y la de-
mocracia, intelectuales de muy distinta orientación coincidieron en la nece-
sidad de apelar a fórmulas centralizadoras y jerárquicas, en las que, por
estar focalizadas en el gobierno político o espiritual de hombres superio-
res, se daban la mano el tirano honrado y la “aristarquia” intelectual (Rodó,
1985: 32), sea el caso de “mentes” que, gracias a una “selección espiritual”
(ibid.: 30), preservasen “el papel reservado en la historia a la superioridad
individual” (ibid.: 28) y marcasen rumbos opuestos a los de la mediocre
masa, o el de caudillos capaces de re-fundar sociedades llenas de rémoras
(históricas y/o raciales) que impedían el sueño del progreso.
Con un cierto sabor a cambalache, nombres como los de Francisco Bul-
nes (1847-1924), Justo Sierra (1848-1912), Emilio Rabasa (1856-1930), Lucas
Ayarragaray (1861-1944), José Enrique Rodó (1871-1917), Carlos Octavio
Bunge (1875-1918), José Ingenieros (1877-1925), Alcides Arguedas (1879-
1946) o Francisco García Calderón (1883-1953), llenarán de diverso modo
los contenidos de esas patrias verticales, y constituyen el contexto discur-
sivo en el que se inscribe una propuesta como la de Laureano Vallenilla
Lanz (1870-1936) en su Cesarismo democrático (1919), suerte de clásico inde-
seable en la historia de las ideas por su abierta defensa del “gendarme nece-
sario”. José Luis Romero, por ejemplo, para concluir su descripción de las
tendencias oligárquicas y dictatoriales de la época, elige citar la tesis cen-
tral de Cesarismo…: “en casi todas esas naciones de Hispanoamérica, con-
denadas por causas complejas a una vida turbulenta, el caudillo ha cons-
tituido la única fuerza de conservación social” (Romero, 1986: 314; Vallenilla
Lanz, 1991: 94). Y no obstante, quizá la justificación más sistemática –por
su recorrido continental– del “césar democrático” –en los mismos térmi-
336 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

nos “democráticos” de Vallenilla– fue la del peruano Francisco García Cal-


derón, suerte de “idealista pragmático”, en Las democracias latinas de Amé-
rica (1912).
¿Qué hacer, entonces, con un clásico como éste? Aunque atenuar hoy los
efectos políticos de un discurso como el de Vallenilla Lanz resulte temera-
rio, limitarlo a la condena histórica no parece suficiente. Acaso quepa con-
siderar el gesto de Gutiérrez Girardot (2001: 135) al incorporar a la histo-
ria intelectual el pensamiento conservador –Gabriel René Moreno
(1834-1908), Miguel Antonio Caro (1843-1909) y José de la Riva Agüero
(1885-1944)–, por servir de “indispensable complemento” en la construc-
ción de la modernidad cultural latinoamericana. En ese sentido, se inten-
tará una lectura que inserte un libro como Cesarismo… en su contexto y
señale su significación en los procesos discursivos, más allá del juicio
político que suele suscitar su Cesarismo… El trazado no se detendrá en el
problema del positivismo en Venezuela y en América Latina o en la rela-
ción que éste guarde con las lecturas de Stuart Mill, Spencer, Comte o Taine
(cf., entre otros, Zea, 1980; Harwich, 1991; Cappelletti, 1992; Plaza, 1996),
ni considerará afirmaciones según las cuales el positivismo fue la expre-
sión ideológica de los intereses de las burguesías latinoamericanas –Zea–,
tempranamente discutidas por generalizadoras (Soler, 1959: 22-31). Tratará,
sí, de ofrecer otras claves contextuales para este “clásico” del positivismo
venezolano, en un espíritu cercano al de Abelardo Villegas cuando, a pro-
pósito de Justo Sierra, se hacía eco de “la necesidad de rectificar los crite-
rios historiográficos con que han sido examinadas las figuras salientes del
liberalismo hispanoamericano”, para abandonar “visiones maniqueas […]
que oscurecen una cabal comprensión histórica” (Villegas, 1985: ix).

2
Aunque publicado en 1919, Cesarismo democrático tiene algunos antece-
dentes. Nikita Harwich (1991: xiii) advierte que desde 1899 puede apre-
ciarse en textos de Vallenilla Lanz tanto su “agudo desencanto con la socie-
dad venezolana”, como “el lenguaje del Cesarismo”. Refiere Harwich que los
primeros borradores de Desintegración e integración. Ensayo sobre la for-
mación de la nacionalidad venezolana (1930) están fechados en 1903 y que
ese mismo año publica el capítulo inicial de ese libro en la revista La Semana
(“La influencia de los viejos conceptos”). Por su parte, Elena Plaza (1996:
76) da noticias de que, hacia 1904, Vallenilla tiene en mente un libro que
llegó a escribir durante su estadía como cónsul en Europa, con el título
“Estudios sobre la vida social y política de Venezuela”, y que, en 1909, en
IV
Entre el Estado y la sociedad civil
Tres generaciones y un largo
imperio: José Bonifácio,
Porto-Alegre y Joaquim Nabuco*
Lilia Moritz Schwarcz

introducción: el grupo duro del emperador

El imperio brasileño representa un período fundamental para la compren-


sión de la estructura actual del Brasil. De 1822 a 1889, con dos monarcas y
una experiencia de regencia entre ambos, esa monarquía tropical tuvo en
un comienzo problemas para lograr su reconocimiento, tanto en el plano
interno como en el externo. Por un lado, el Brasil era un territorio inmenso
–casi un continente incrustado en el medio de América del Sur– y estaba
atravesado por diferencias económicas y regionales. Por otro lado, se tra-
taba de una monarquía cercada por repúblicas, lo que daba lugar a otros
inconvenientes. También en el Viejo Mundo pareció algo extraño la exis-
tencia de esa realeza, liderada por un hijo de la casa de los Braganza portu-
gueses y de los Habsburgo españoles y austríacos que se transformaba en
un soberano tropical. Además, dos limitaciones imperaban en el momento
de constitución del régimen, que permanecieron bastante intactas hasta
su final: el monocultivo agrario y la mano de obra esclava. No es pura coin-
cidencia que ese sistema haya sido abolido en mayo de 1888 y que la repú-
blica comenzara en noviembre de 1889, lo que pone de manifiesto hasta
qué punto el imperio estuvo asociado al trabajo esclavo, que se extendió a
lo largo de todo el territorio. Esos pilares implicaron proyectos de cuño
autoritario y definieron, asimismo, las perspectivas de la élite intelectual
que gravitaba en torno del rey.
Es necesario destacar, además, que los primeros institutos, facultades
y la misma prensa local datan de comienzos del siglo xix, pues habían es-
tado prohibidos hasta la llegada de la familia real en 1808, y que en un pri-
mer momento surgieron sujetos a la lógica de la monarquía que en gran

* Traducido por Ada Solari.


364 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

medida los financiaba. La realeza era por tanto el locus de la vida corte-
sana reunida en el Palacio Imperial, el Paço, primero en torno de Pedro I
y luego de Pedro II. En efecto, el advenimiento del imperio planteaba la
necesidad de crear no sólo una red institucional, sino también nuevas nor-
mas y leyes, distintas de las del modelo de la ex metrópolis portuguesa.
Con ese fin, tuvo lugar un intenso reclutamiento que llevó a que hom-
bres de diferentes provincias pasaran a formar parte de la élite de letra-
dos del imperio. Este grupo, formado en su mayoría en las áreas del dere-
cho, la medicina y la ingeniería, se vio llevado a participar ya sea en la
política, sea en la función pública. Pero aun cuando la carrera política
era la más atrayente, la mayoría terminó por encontrar un lugar en el
Estado, a menudo el único empleador disponible. Ésa era, en los térmi-
nos de la época, la “llaga del funcionariado”.
Las particularidades de ese Estado implicaron, pues, fuertes límites a la
implantación de una doctrina liberal en el Brasil, en la misma medida en
que condicionaron la traducción de proyectos civilizatorios u obstaculiza-
ron un proceso efectivo de modernización. En ese ambiente condicionado
por tantas limitaciones de orden económico y político, un conjunto de
intelectuales, unidos como por un cordón umbilical al mecenazgo del empe-
rador, actuó de manera al mismo tiempo conservadora y radical. Conser-
vadora, pues se trataba de mantener el statu quo –evitando el desmembra-
miento del territorio nacional, como había ocurrido en el resto de América
Latina– y de administrar la intervención del Estado, así como de ahuyentar
el fantasma de la rebelión de los esclavos. “Radical”, en los términos de Anto-
nio Candido (1988), pues, como contrapeso del pensamiento conservador
(que nunca dejó de dominar), se procuró encontrar salidas “progresistas”,
sin que esa posición implicase medidas efectivamente revolucionarias o que
aspirasen a la caída del Estado y de los principios que lo orientaban.
El escenario intelectual de la corte estuvo, entonces, dominado por
una élite conimbricense, no sólo bastante homogénea en cuanto a su extrac-
ción social, sino también regulada en su formación profesional y que, lo
cual es de importancia, se autorreconoció como tal. Como ya demostró
José Murilo de Carvalho (1996), la homogeneidad ideológica y la forma-
ción fueron características notables de esa élite política, criatura y creadora
del Estado. La dialéctica que habría de imponerse a partir de entonces
fue, por lo tanto, de preservación y de transformación, todo ello en nom-
bre de evitar el desgarramiento del país. La perpetuación de la unidad, la
centralización (a despecho de las reivindicaciones provinciales), el bajo
nivel de representación política, la consolidación de un gobierno estable,
la reducción del conflicto, así como de la movilidad y la movilización socia-
TRES GENERACIONES Y UN LARGO IMPERIO | 365

les y políticas, representaban una especie de modelo pragmático que sepa-


raba al Brasil de las repúblicas vecinas.
Es posible, asimismo, comprender varias de esas características del siglo
xix brasileño mediante el análisis del perfil y de la actuación de su élite polí-
tica e intelectual, dominante ya desde la época de la emancipación política
en 1822 y cuya creación se remontaba a la formación colonial portuguesa.
La homogeneidad ideológica y de capacitación, brindada por cierta socia-
lización específica que pasaba por la formación social, la educación en Coim-
bra (y marginalmente en París), la ocupación en la magistratura y la carrera
política, dio lugar a una comunicación estricta, pero ambigua, entre el Estado
y la élite intelectual. Envueltas en esa relación, que de cierto modo las auto-
alimentaba, las élites producidas por ese mismo Estado fueron perspicaces
en su capacidad para fortalecerlo al mismo tiempo en que se fortalecían.
El resultado fue una evidente elevación de la figura de aquellos intelec-
tuales que dependían del mecenazgo del rey, todos ellos con “manía de
doctor”, haciendo ostentación de algún tipo de ennoblecimiento y del
prestigio del título de “bachiller”. En teoría, bachiller era aquel que poseía
un diploma de derecho (si bien existían bachilleres en matemática y en
letras); sin embargo, en la práctica, con el progresivo aumento de los
graduados de derecho respecto de otras posiciones en la magistratura,
además de un evidente excedente de esos profesionales, el grupo tendió
a asegurar una situación simbólicamente destacada, cuya imagen era aso-
ciada a la representación más amplia de profesionales liberales. Los “meda-
llones”, tan bien descritos en los cuentos de Machado de Assis (1988 [1881]),
eran profesionales liberales en una sociedad que a duras penas admitía
ese tipo de ocupación, así como la autonomía que derivaba de su locali-
zación social. El Estado era el gran dador de empleo y el que condicio-
naba la actuación de la élite que lo rodeaba.
Además, como destacó Sérgio Buarque de Holanda (1977), este grupo
era, en buena parte, adepto a los francesismos y a las ideas provenientes
del exterior, que tendrían en el Brasil un efecto casi mágico. “Mucho las-
tre para poca vela”, sintetizó el historiador, en referencia al emperador
Pedro II, una expresión que bien podría servir para definir a los intelec-
tuales que lo rodeaban. Como mostró Buarque de Holanda (1979 [1936]),
el vicio del bachillerismo llevaba a la exaltación de una personalidad indi-
vidual, al prestigio de la palabra escrita, de las frases lapidarias, de la ora-
lidad exaltada y barroca.
Sin embargo, en el suelo tropical, la fascinación por los extranjerismos
no era de fácil traducción. ¿Cómo aplicar los principios liberales en una
sociedad atravesada por la esclavitud? Las contradicciones que mante-
366 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

nían la estructura indivisa del país exigían una clara pirueta cultural por
parte de esas élites intelectuales, que llegaban al Brasil cargando en el equi-
paje las ideas liberales que tenían éxito en las universidades en las que se
habían formado. “Somos, todavía hoy, unos desterrados en nuestra tie-
rra”, se lamentaba Sérgio Buarque de Holanda en Raízes do Brasil, en 1936,
resumiendo así los impasses de esa y de otras generaciones de intelectua-
les brasileños. Con su sola presencia, la esclavitud ponía de manifiesto la
inadecuación de las ideas liberales, que sin embargo, como mostró Roberto
Schwarz (1977: 16), terminaron por orientar todo el movimiento: “La escla-
vitud desmiente las ideas liberales; pero insidiosamente el favor, tan incom-
patible con ellas como con la primera, las absorbe y desplaza originando
un patrón particular”.
No se trata de entrar en ese debate o de discutir si las ideas “estaban o
no fuera de lugar” (cf. Carvalho Franco, 1975). Lo que interesa es pensar
de qué modo se produce una relectura específica cuando el liberalismo
pasa de ideología del Estado a moneda de prestigio: un tipo de lustre con-
ferido a ciertas personas y teorías. El resultado es un evidente carácter orna-
mental del saber, cierto desacuerdo entre la representación y el contexto.
“Las ideas liberales no podían practicarse, pero al mismo tiempo eran inde-
sechables”, resume Roberto Schwarz (1977: 22), mostrando así cómo en la
dinámica de esas ideas la falsedad era su parte más verdadera. De esa manera,
con la intención de entender al Brasil, aquella élite realizará una serie de
desplazamientos conceptuales, pero a la vez llevará una ropa demasiado
ajustada para estar a la altura de la fiesta en la que intentaba participar.
Considerando, entonces, la extensión del período imperial, así como del
territorio, y la relevancia del pensamiento social de esa élite intelectual, se
escogieron tres personajes que pueden dar cuenta de manera ejemplar
del escenario y del grupo que se pretende retratar. Son tres autores que,
en momentos y en lugares diferentes del imperio, pusieron su empeño en
hallar salidas para los obstáculos a la modernización brasileña y debieron
hacer frente a las contradicciones locales: José Bonifácio, Manuel Araújo
Porto-Alegre y Joaquim Nabuco. Podría afirmarse que en los tres pensa-
dores la imaginación era europea, mientras que la realidad era brasileña,
y que ese descompás daba lugar a soluciones inesperadas (cf. Nabuco, 1988).
El recorte tiene sus propios límites internos. En primer lugar, se selec-
cionó deliberadamente un determinado grupo intelectual bastante homo-
géneo: una élite intelectual blanca que, a pesar de provenir de diferentes
partes del imperio, tuvo actuación en la corte, se alimentó de un universo
de relaciones personales y se mantuvo asociada al rey. Ése era el grupo duro
del emperador, o la “panelinha de São Cristovão” (como se llamó a estos
TRES GENERACIONES Y UN LARGO IMPERIO | 367

pensadores en tiempos de Pedro II): frecuentadores asiduos del Paço impe-


rial. Comedido y poco proclive a las rupturas, “el grupo duro del empera-
dor” tendía a la conciliación, al mantenimiento del orden y de las institu-
ciones, y a cierto pragmatismo, hoy conocido con el nombre de fisiologismo.
Por cierto, éste no era el único circuito intelectual existente, pero sin duda
el grupo áulico llegó a ser uno de los más influyentes. En segundo lugar,
utilizamos una definición más extendida de intelectual, que comprende
no sólo la producción de obras escritas, sino también el trabajo de publi-
cistas, novelistas, artistas y arquitectos, cuyos lazos y amarras sociales
eran bastante claros. Llamarlos “intelectuales” es en cierta manera una
salida anacrónica, pues lo mejor sería considerarlos como “letrados” que
gravitaban en la corte, a la vez que colaboraban en las funciones jurídicas
y administrativas. Sin embargo, ellos fueron figuras híbridas que, como
se verá, dieron nuevos sentidos al término, al crear, tal vez por primera
vez en el Brasil, una literatura sobre la tierra patria, que en el transcurso
del imperio dejaría de ser lusobrasileña para tornarse “nacional”. Es posi-
ble verlos por tanto como pensadores de transición, que asumieron, de
maneras inusitadas, funciones que los aproximaban al papel de intelectua-
les. Como Antonio Candido (1957: 10) puso de relieve, se trató de una gene-
ración “empeñada”, cuya producción “comprometida” tenía un destino bas-
tante inmediato. La actividad era entendida como una “misión”, una especie
de modelo civilizatorio que celebraba el carácter particular, pero también
universal, de aquella realeza tropical. No es mera coincidencia que buena
parte de esa producción literaria portara la alcurnia de ser “brasileña”, lo
que era por cierto más una construcción que una realidad. Amenazados
por la pobreza, en una sociedad que valoraba los títulos de doctor y de
nobleza, aquellos intelectuales se valieron de esas formas de prestigio social
con el propósito de construir un país y una imaginación, que invariable-
mente se sujetó a la autofagia del imperio y del propio soberano, de quien,
en último término, siempre dependieron para sobrevivir.

1. josé bonifácio: la ilustración como forma de civilización

José Bonifácio de Andrada e Silva (1763-1838) fue el intelectual más promi-


nente a nivel nacional del período inmediatamente anterior y posterior a
la independencia. Científico formado por la ilustración, Bonifácio se reveló
como un observador atento de la realidad nacional y fue responsable de
la introducción de una serie de proyectos civilizatorios cuyo objeto era la
Nuevos espacios de formación
y actuación intelectual: prensa,
asociaciones, esfera pública
(1850-1900)
Hilda Sabato

el tema y sus límites

En el heterogéneo panorama político e institucional que presentan las nacio-


nes de Hispanoamérica en la segunda mitad del siglo xix se distinguen, sin
embargo, algunos procesos compartidos. Así, la centralización y la consoli-
dación del Estado fue una característica de este período en toda la región, aun-
que con diferentes ritmos y resultados. En paralelo con esta transformación,
tuvo lugar el desarrollo de una sociedad civil relativamente autónoma, cuyo
síntoma más evidente fue la expansión de la actividad asociativa y de la prensa
independiente, sobre todo en las principales ciudades, desde México hasta
Buenos Aires. Asociaciones y prensa no actuaban solamente en el campo
limitado de la representación, la defensa o la protección de los intereses y
las opiniones específicos de sus propias bases, sino que constituían tramas
conectivas que atravesaban y articulaban vertical y horizontalmente a la socie-
dad. Creaban, además, espacios de interlocución con el Estado y las auto-
ridades, constituyendo instancias decisivas en la formación de esferas públi-
cas, propias de las repúblicas liberales en formación (Sabato, 1999, 2001).
En la gestación y la expansión de estas instituciones jugaron un papel
fundamental quienes contaban con el capital y las destrezas intelectuales
requeridos para desempeñarse en la vida pública. Publicistas y letrados de
diversos niveles encontraron un campo de acción en esos ámbitos, los
que a su vez se convirtieron en lugares de entrenamiento, formación y de-
sempeño de nuevos “intelectuales”. Me propongo en este artículo analizar
esos espacios institucionales de surgimiento y de actuación de nuevas figu-
ras letradas, así como el papel que ellas cumplieron en la constitución y el
funcionamiento de una esfera pública en la segunda mitad del siglo xix.
La principal fuente de información e inspiración para este análisis es la
bibliografía reciente. En el marco de la renovación que en las últimas dos
388 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

décadas ha tenido lugar en los estudios de historia política, intelectual y


cultural de América Latina, varios de los temas que aquí confluyen han
sido materia de investigación y debate. Contamos con una producción rela-
tivamente amplia sobre las formas de sociabilidad, el asociacionismo, la
prensa periódica y, más en general, la esfera y los espacios públicos, en dife-
rentes lugares y momentos. Aunque los interrogantes que guían muchos
de los trabajos disponibles difieren de los que orientan este texto, sus inda-
gaciones, los materiales que reúnen y sus interpretaciones históricas serán
la materia prima fundamental en este caso.
Esta opción impone algunos límites temáticos, temporales y geográfi-
cos a mi análisis, en la medida en que la literatura existente no ofrece una
cobertura pareja en esos planos. Por lo tanto, en el tratamiento de las
diferentes dimensiones tomaré aquellos casos para los que cuento con
mayor densidad historiográfica. En principio, el énfasis estará puesto en
las ciudades, y entre ellas, serán México, Buenos Aires y Lima las que fun-
girán como fuentes y como ejemplos principales para la construcción del
problema, pero existe y he consultado bibliografía sobre otros lugares
que abonan en buena medida lo que aquí proponemos. Al mismo tiempo,
el énfasis de este texto estará puesto en la búsqueda de rasgos comparti-
dos por distintas sociedades latinoamericanas del período, por lo que las
diferencias que sin duda existen entre ellas en relación con los aspectos
aquí tratados quedarán ocultos o minimizados.

prensa periódica y asociaciones

Tanto el tema del asociacionismo como el de la prensa forman parte de la


problemática de la transición del antiguo régimen a la modernidad social
y política. Ya en el marco de propuestas más generales como las de Jürgen
Habermas (1965) y Reinhart Koselleck (1972), ya en el de formulaciones
más específicas, como las de François-Xavier Guerra (1992; Guerra, Lem-
périère et al., 1998), la historiografía latinoamericana ha prestado atención
a esos temas en sus indagaciones sobre las décadas que siguieron a las revo-
luciones de independencia. Esos estudios revelan experiencias muy com-
plejas y nada lineales de creación y difusión de nuevas formas de sociabi-
lidad, así como de desarrollo de la imprenta y de una prensa escrita.
A partir de mediados del siglo xix, en ambos planos los cambios resul-
tan evidentes. En buena parte de América Latina se produjo una expan-
sión sostenida de la actividad asociativa y de la prensa periódica que, aun-
P R E N S A , A S O C I AC I O N E S , E S F E RA P Ú B L I C A ( 1 8 5 0 -1 9 0 0 ) | 389

que siguió mostrando altibajos y diferencias regionales, se convirtió en


un dato fuerte de la vida social y política del período. Si bien no todas las
interpretaciones consideran esta expansión como síntoma de la creciente
autonomía de la sociedad civil frente al Estado y de la formación de una
esfera pública, ellas coinciden en señalar el cambio cualitativo y cuantita-
tivo que experimentaron estas instituciones en la segunda mitad del siglo.

“La asociación es la idea que marcha a la vanguardia


de la civilización universal…”
Estas palabras del presidente de la Sociedad Tipográfica Bonaerense refie-
ren a varios de los pilares de un ideario ampliamente compartido en el
momento en que fueron pronunciadas (1862) y que tenía sus anteceden-
tes en las décadas anteriores (Sociedad Tipográfica Bonaerense, 1862).
Desde los tiempos de las revoluciones de independencia, por “asociación”
se entendía la asociación voluntaria, que reunía individuos libres y autó-
nomos, iguales entre sí, unidos por vínculos de tipo contractual en torno
de un objetivo común. Eran formas de sociabilidad nacidas al calor de la
modernización social y política inaugurada por las Luces, y que se dis-
tinguían de las regidas por criterios de adscripción y tradición, como las
cofradías y los gremios artesanales, propias de las sociedades del antiguo
régimen. Para las élites ilustradas hispanoamericanas, estas nuevas aso-
ciaciones constituían espacios decisivos para la expansión de los valores
y las prácticas de la civilidad y de la vida cívica, en fin, de la “civilización”.
Por lo tanto, habían considerado la promoción del asociacionismo como
un aspecto decisivo de su misión civilizatoria, de sus acciones en pos de
la construcción de un pueblo que pudiera hacerse cargo de las responsa-
bilidades que habrían de corresponderle en el nuevo orden social y polí-
tico impulsado por ellas.
La cita es, sin embargo, bastante posterior, y para mediados del siglo xix
las mismas palabras habían adquirido nuevos sentidos. Por entonces, las
asociaciones se expandían no sólo por la voluntad y el voluntarismo de
las élites, sino cada vez más por iniciativa de quienes, desde diferentes luga-
res del espectro social y cultural, las entendían como instancias efectivas
de autoorganización para atender a problemas concretos de la esfera pri-
vada y para intervenir en la vida pública. Como espacios autónomos, igua-
litarios, autogobernados y solidarios, se los consideraba baluartes en la
construcción de una sociedad libre, republicana y fraterna. Por lo tanto,
no sólo eran escuelas de civismo y civilidad, sino también ejemplos (“van-
guardia”) de funcionamiento republicano.
390 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

Si bien esta concepción tuvo sus variantes y sus límites sociales, geográ-
ficos y temporales, lo cierto es que alimentó un entusiasmo asociacionista
que marcó las décadas centrales de la segunda mitad del siglo xix. En las
principales ciudades, surgieron y se desarrollaron cientos de iniciativas, que
abarcaban esferas muy diferentes de la actividad social. Así se crearon socie-
dades de ayuda mutua, clubes sociales, culturales y deportivos, logias masó-
nicas, asociaciones de inmigrantes, círculos literarios, sociedades profesio-
nales, agrupaciones festivas, organizaciones de beneficencia, asociaciones
de empresarios, y también comisiones y comités de índole más efímera
(Agulhon, Bravo Lira et al., 1992; Del Águila, 1997; Forment, 2003; García-
Bryce, 2004; Gazmuri, 1992; González Bernardo, 2000; Guerra, 1992; Guerra,
Lempérière et al., 1998; Gutiérrez, 1995; McEvoy, 1997; Muecke, 2004; Myers,
1995; Palti, 2003, 2005; Romero, 1997; Sabato, 1998, 2002).
Desde la temprana década de 1850, la actividad asociativa atraía a gen-
tes muy diversas. En Lima, por ejemplo, por entonces un grupo de médi-
cos creaban la Sociedad de Medicina Legal, algunos músicos organizaban
la Sociedad Filarmónica Santa Cecilia, inmigrantes italianos y franceses
formaban, respectivamente, la Sociedad Beneficencia Italiana y la Société
Française de Secours Mutuels y los tipógrafos se reunían en una sociedad
de socorros mutuos (García-Bryce, 2004: 116-117). Esta diversidad se amplia-
ría en las décadas siguientes, al compás de la expansión de las iniciativas.
Algo semejante ocurría en México y en Buenos Aires, Santiago de Chile y
Bogotá, entre otras. Es difícil saber cuánta gente se involucró en estas prác-
ticas, pues no existen cifras confiables de participación y cobertura. Los
datos disponibles hablan del crecimiento sostenido en el número de las
asociaciones y de los asociados, así como de una presencia institucional
activa y visible en la vida pública.
Según Carlos Forment (2003: 239-243), entre 1857 y 1881 se crearon en
México alrededor de mil cuatrocientas asociaciones de las que él denomina
cívicas. Más de la mitad habían surgido en la última década de ese perío-
do, pero ya en 1867 El Monitor Republicano observaba: “Por todas partes
brotan sociedades artísticas, congresos científicos, asociaciones de obre-
ros…” (Palti, 2005: 307-308). En el Perú, las cifras son menores; entre 1856
y 1885, Forment (2003: 285-290) encuentra unas trescientas cincuenta socie-
dades de ese tipo, la mayoría de las cuales también habían surgido durante
los últimos diez años. No tenemos datos equivalentes para la Argentina,
pero se habla de más de doscientas sociedades de ayuda mutua existentes
en Buenos Aires a fines de la década de 1880, y la información cualitativa
disponible sugiere una actividad asociativa intensa para esos años, no sólo
en la capital sino también en otras ciudades y pueblos del país (Sabato, 1998).
El exilio de la intelectualidad
argentina: polémica
y construcción de la esfera
pública chilena (1840-1850)
Ana María Stuven

Las ideas, señor, no tienen patria.


Manuel Montt a Domingo Faustino Sarmiento, 1841

Las ideas, los principios admitidos, regularizan nuestra conducta y se


hacen sentir a pesar nuestro, en todos los actos de la vida. Ellas hacen
variar los Estados de una manera inconcebible, trastornan el orden exis-
tente y originan esas revoluciones que cambian el aspecto del mundo…
La religión, el gobierno, las costumbres, la industria, ¿qué son, sino la
expresión de las ideas, las convicciones, los principios generalmente reci-
bidos en un pueblo? Antonio Varas, “Memoria anual del Instituto Nacio-
nal”, en Anales de la Universidad de Chile, 1845-1846.

Esta declaración, de 1845, es un categórico reconocimiento de la función del


pensamiento en la configuración de la esfera pública chilena. Pertenece a
Antonio Varas (1817-1886), en ese entonces rector del Instituto Nacional,
pilar fundacional del proyecto republicano del país. Ni la guerra externa ni
los conflictos internos que se sucedieron desde la independencia merecie-
ron el lugar atribuido a las ideas en el desarrollo moral, político, religioso
y económico de la nueva república por quien tuviera probablemente una
de las visiones más pragmáticas sobre el poder en la década de 1840 en Chile.
Una serie de sucesos hacían posible esa irrupción de pasión intelec-
tual, seguramente contenida hasta ese momento por los acontecimientos
que desde 1810 habían exigido más acción que reflexión. No sólo la sepa-
ración de España, sino la incertidumbre del nuevo sistema político y sus
consecuencias sociales ocuparon las energías físicas y mentales de quie-
nes tuvieron que conducir el tránsito de los códigos de autoridad y repre-
sentación, vigentes bajo la monarquía, hacia el nuevo orden republicano.
Conflictos entre facciones se resolvieron en clave autoritaria en 1831, dando
EXILIO ARGENTINO Y CONSTRUCCIÓN DE LA ESFERA PÚBLICA CHILENA | 413

inicio al llamado régimen portaliano; varios ensayos constitucionales cul-


minaron en la aprobación de la Constitución de 1833. La incorporación
de las riquezas mineras de Chañarcillo en 1837 y el triunfo decisivo sobre
la Confederación Perú-Boliviana en 1839 inspiraron confianza en la clase
dirigente chilena respecto de su futuro. Cuando Manuel Bulnes (1799-1866),
el general del ejército victorioso en la batalla, asumió la presidencia de la
república, parecía inaugurar una nueva era. Andrés Bello (1781-1865), afin-
cado hacía algunos años en Chile, saludó al nuevo mandatario desde las
páginas de El Araucano con una pregunta que marcaría la década:

El estado lamentable de casi todos los países sudamericanos, ¿no hablará


constantemente a nuestros corazones y a nuestra razón, exigiéndonos
imperiosamente el sacrificio de todas nuestras pasiones por la conser-
vación de una paz tan cara y en la que se fundan todas nuestras espe-
ranzas? (Barros Arana, 1905: vol. i, 218).

Chile era una excepción en el concierto de las naciones hispanoamerica-


nas: su posición promisoria permitía que una institucionalidad estable-
cida con mano de hierro por la influencia de Diego Portales sobre el gobierno
del general José Joaquín Prieto (1831-1841) internalizara en su clase diri-
gente una sensación de seguridad y de responsabilidad cívica. Ese territo-
rio, de los menos codiciados durante la administración hispana, se había
tornado lugar de expectativas y experimentación, no sólo para los chile-
nos, sino para muchos otros que ansiaban un espacio en que las teorías y
las prácticas políticas pudieran dialogar. Colombianos, peruanos, ecuato-
rianos, pero especialmente argentinos, encontraron en Chile el lugar que
en sus propios países les era negado, y del cual por fin podían vanagloriarse
los chilenos. Aunque algunos de ellos ya estaban en el país antes de 1840,
el fracaso de la expedición del general Lavalle y la represión de Juan Manuel
de Rosas contra los jóvenes agrupados en torno de la Asociación de Mayo
fueron decisivos para que la “provincia Argentina flotante” se integrara al
debate nacional chileno. Nada les hacía presagiar que su estadía sería corta,
y por ello, y aunque la Argentina estuviera en sus corazones y en sus men-
tes, su sede profesional e intelectual se instaló en Chile.

Este capítulo se centrará en el análisis de una forma específica de función


intelectual en América Latina, aquella vehiculizada por los “intelectuales-
pedagogos”, cuya cercanía al poder les permitió, al mismo tiempo que pres-
tigiar su rol social, prestar un servicio a la autoridad republicana para defi-
nir el nuevo campo político –la ciudadanía, la representación y los alcances
414 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

de la soberanía popular– así como el campo cultural chileno, incluyendo


en él la literatura, la historiografía, el lenguaje, el papel de la religión y la
educación. Domingo Faustino Sarmiento (1810-1888), Vicente Fidel López
(1815-1906), Félix Frías (1816-1881), Juan Bautista Alberdi (1811-1884), Bar-
tolomé Mitre (1821-1906), Juan María Gutiérrez (1810-1878), Mariano Fra-
gueiro (1795-1872) son algunos de los argentinos exiliados por el gobierno
rosista. Con su diálogo, a veces belicoso, con Andrés Bello, José Victorino
Lastarria (1817-1888), Jacinto Chacón (1820-1898), José Joaquín Vallejos
(Jotabeche) (1811-1858), Francisco Bilbao (1823-1865) y Salvador Sanfuen-
tes, entre otros, llenaron el vacío en el espacio cultural de la nación chi-
lena para el cual un orden político estable era sólo un ingrediente. Al pri-
vilegiar la prensa como medio permitieron que los imaginarios de la nación
se convirtieran en tema de polémica y afloraran los problemas inherentes
a la consolidación nacional republicana.

en “las playas hospitalarias de chile”

Con un gran dejo de orgullo, El Mercurio tituló así un artículo en el que


daba cuenta de la llegada de algunos argentinos exiliados a Chile, Domingo
Faustino Sarmiento entre los primeros (El Mercurio, 7 de junio de 1841).
La oleada continuaría hasta 1844, cuando desembarcó en el país Juan Bau-
tista Alberdi, quien ya contaba con suficiente prestigio intelectual como
para que El Mercurio informara de su llegada como un acontecimiento
cultural y anunciara la publicación de sus impresiones de un reciente viaje
por Italia, Suiza y Francia. De hecho, la Revista de Valparaíso (vol. 1, No.
6, julio de 1842) había publicado ya su obra “Algunas vistas sobre la lite-
ratura americana”. Además de las numerosas obras que publicó en Chile,
incluyendo sus famosas Cartas Quillotanas contra Sarmiento, y sus Bases
y puntos de partida para la organización política de la República Argen-
tina, aparecida en Valparaíso en 1852, fue redactor del mismo diario que
le dio la bienvenida. Le habían abierto el camino Félix Frías, también redac-
tor de El Mercurio; Juan María Gutiérrez, quien llegó a ser director de la
Escuela Naval y luego redactor literario de La Tribuna en Santiago; Do-
mingo Faustino Sarmiento, que publicó su Facundo en El Mercurio, del
cual fue redactor, además de ser el fundador de El Progreso –el primer dia-
rio santiaguino– y de haber escrito en quince periódicos. Vicente Fidel
López fue redactor de La Revista de Valparaíso –desde la cual se enfrentó
con Salvador Sanfuentes, que escribía en El Semanario de Santiago– y luego
EXILIO ARGENTINO Y CONSTRUCCIÓN DE LA ESFERA PÚBLICA CHILENA | 415

de La Gaceta del Comercio. También se incorporaron otros exiliados argen-


tinos, provenientes de las provincias de Cuyo, Catamarca, La Rioja, Salta
y Jujuy, quienes tuvieron menos resonancia pero no menos importancia.
Mariano Fragueiro, por ejemplo, autor de “Observaciones sobre el Pro-
yecto de Estatuto para el Banco Nacional de Chile”, publicado en El Agri-
cultor (Nº 50), en 1845, fue el detonante de una reflexión sobre el papel
del Estado en la economía, al postular la restricción de la ingerencia esta-
tal, lo que El Mercurio (28/2/1845) defendió como “muy liberal”. Gabriel
Ocampo (1798-1882), “uno de los ornamentos más dignos del foro argen-
tino”, el abogado José Barros Pazos (1808-1877), su “compañero de desgra-
cia” (“Correspondencia”, El Mercurio, 7 de junio de 1846), Gregorio Beéche
(1800-1878), quien estableció numerosas bibliotecas con Ocampo; Manuel
Zapata (1803-1869), fundador del Colegio de Zapata, y Carlos Tejedor (1817-
1903) y Domingo Oro (1800-1879) también ejercieron influencia intelec-
tual en sus distintos ámbitos. Zapata fue educador de la élite chilena y
peruana. Durante el gobierno de Mitre en la Argentina, fue nombrado
director del Colegio Nacional de Buenos Aires. Oro residió en Copiapó,
donde se relacionó con Vicente Pérez Rosales. Según Benjamín Vicuña
Mackenna (1863: 254) estuvo a la cabeza de un círculo de emigrados entre
los que figuraban los argentinos Enrique Rodríguez y Carlos Tejedor, ade-
más del colombiano Juan García del Río, el guatemalteco Hermógenes
de Irisarri y el boliviano Casimiro Olañeta, si bien Oro era “de ley harto
más baja”.
Indalecio Martínez en Coquimbo, y Pedro Ortiz Vélez en Concepción
ejercieron la medicina; Mariano Sarratea (1774-1849), Nicolás Rodríguez
Peña (1775-1853), el general Gregorio de Las Heras (1780-1866), el canó-
nigo Navarro, Miguel Piñeiro, Francisco Delgado, José Santiago de Melo
y el poeta Juan Alberto Godoy ejercieron sus oficios en el servicio público
o en la práctica privada. Hacia el final del exilio argentino, en 1849, llegó
Bartolomé Mitre. Desde las páginas de El Comercio y de El Progreso se
involucró en la Revolución de 1851, por lo cual fue detenido y encarce-
lado con Vicuña Mackenna.
La gran mayoría de los exiliados se relacionó socialmente con la clase
dirigente chilena, para lo cual existían vínculos previos, como el matri-
monio del presidente Francisco Antonio Pinto (1775-1858) con la argen-
tina Luisa Garmendia, y el de su sucesor, Joaquín Prieto, con Manuela
Warnes, de Buenos Aires. Enriqueta, hija de Pinto, fue la mujer del pre-
sidente Bulnes. También Diego Barros Arana (1830-1907) era hijo de una
porteña. Los vínculos, que continuaron estrechándose durante todo el
siglo xix, permitieron establecer amistades duraderas entre Mitre, Sar-
416 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

miento, Rodríguez Peña, el general las Heras y los chilenos José Victorino
Lastarria, Benjamín Vicuña Mackenna (1831-1886), Javiera Carrera (1791-
1862), Emilia Herrera de Toro, Diego Barros Arana y Martina Barros de
Orrego (1850-1944), de lo cual dan fe numerosos epistolarios y anécdo-
tas, entre las que destacan las que relata esta última. Asistente asidua a ter-
tulias masculinas, a las que accedía como excepción a las normas vigen-
tes, y organizadora de una en su propia casa, Martina logró ocupar
posiciones en un debate intelectual del que seguían estando excluidas la
mayoría de las mujeres. De allí surgió su amistad con Sarmiento y con
Mitre, contertulios de Domingo Fernández Concha, de los hermanos Gre-
gorio Víctor y Miguel Luis Amunátegui (1830-1899 y 1828-1888), de Las-
tarria, de Barros Arana, de Alberto Blest Gana (1830-1920) y del marido
de Martina, Augusto Orrego Luco (1848-1933). Según Martina, Sarmiento
se imponía por su presencia, pero especialmente por su palabra: “Puedo
decir sin exagerar, que de su garganta brotaban a veces rugidos de león y
en otro arrullos de paloma” (M. Barros, 1942).
Aunque sería justo referirse a la influencia de los exiliados argentinos en
la consolidación de las profesiones, en la expansión de la cultura más allá
de la capital y del puerto de Valparaíso y en las relaciones bilaterales, su
influjo más definitivo se dio en la consolidación del campo cultural chi-
leno, sustento de la definición de una identidad nacional, y en el debate
que le dio forma. En ese sentido, las figuras descollantes fueron Sarmiento,
Alberdi, López y, en menor medida, Frías y Gutiérrez, todos ellos miem-
bros de la generación argentina de 1837, que, como afirma José Luis Romero,
influidos por la sociología francesa, habían descubierto el enigma que pre-
cede a la cuestión política: la realidad social (Romero, 1963). Antes de su
derrota por Rosas, en el Salón Literario de Marcos Sastre ya habían leído el
Fragmento Preliminar al estudio del Derecho de Alberdi, donde éste bus-
caba y reconocía las raíces del apoyo social al tirano, para concluir que los
pueblos americanos iniciaban una nueva era en la cual, rechazando lo extran-
jero, fundaban lo original de sus naciones. Con ello expresaba la creencia
común a su generación de que la política debía responder a la realidad social,
que la oposición entre civilización y barbarie que hizo tan famoso el Facundo
de Sarmiento, o el “desierto” que inquietaba a Alberdi, sólo podían supe-
rarse con el progreso, la educación y el rechazo a la tradición hispánica.
Recién cuando estuvieran sentadas las bases del nuevo edificio nacional,
podría la república pasar de la potencia al acto.
Los intelectuales y el poder
político: la representación de
los científicos en México
del porfiriato a la revolución1*
Claudio Lomnitz

Una de las características notorias de la Revolución Mexicana es el odio


extendido que los revolucionarios expresaron hacia los denominados cien-
tíficos, la élite tecnocrática de la dictadura. Todos los revolucionarios utili-
zaron el término con aversión, convirtiéndolo prácticamente en sinónimo
de traidor y corrupto. “Nadie”, escribió Francisco Bulnes (1916: 103),

ni siquiera quienes tuvieron sólo una comprensión superficial de la Re-


volución Mexicana, y ni uno solo de los habitantes de México capaz de
tener una opinión sobre asuntos públicos, puede ignorar el hecho de que
el origen de la revuelta que derrocó al dictador Porfirio Díaz fue el
odio hacia los científicos, revelado en el grito general y profético “¡Mue-
ran los científicos!”. Incluso hoy, en 1915, para la imaginación popular
mexicana, el científico es el enemigo acérrimo del pueblo, más criminal
que el parricida, el asesino de niños inocentes, o el traidor.

Es posible que los más vehementes en este sentido hayan sido los grupos
radicales de anarquistas y socialistas –entre los que se encontraban tanto
magonistas como zapatistas–, ya que concibieron la revolución como una
rebelión justificada frente a los abusos de los científicos:

El ejemplo que el pueblo Mexicano acaba de dar en estos momentos recon-


quistando sus libertades usurpadas, ha sido admirable, el pueblo luchó
sin apartarse un ápice del camino que le señalan las leyes; agotados todos
los medios legales, después de haber sufrido persecuciones, calumnias,
injurias, atropellos, arbitrariedades, asesinatos, etc., etc., y agotada la

1 Agradezco a Carlos Bravo, Friedrich Katz y Jorge Myers por sus sugerencias.
* Traducido por Leonel Livchits.
442 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

paciencia hizo uso de la fuerza, precipitado por el nefasto partido Cien-


tífico, y por todos los caciques y sátrapas de la administración Porfi-
riana (“El Amigo del Pueblo: por el Pueblo y para el Pueblo”, Cuernavaca,
9 de julio de 1911, citado en Espejel, Olivera y Rueda, 1988: 101-104).

En efecto, hacia 1910 el sentimiento anticientífico estaba tan extendido que


ni siquiera el afable Francisco Madero (1976), interesado en reclutar a varios
de estos tecnócratas para su propio gobierno, pudo escapar a la expresión
pública de al menos algún improperio. En el “Plan de San Luis” del 5 de
octubre de ese mismo año, en San Luis Potosí, afirmaba:

Conciudadanos: Si os convoco para que toméis las armas y derroquéis


al gobierno del General Díaz, no es solamente por el atentado que come-
tió durante las últimas elecciones, sino por salvar a la patria del porve-
nir sombrío que la espera continuando bajo su dictadura y bajo el
gobierno de la nefanda oligarquía científica, que sin escrúpulos y a
gran prisa están absorbiendo y dilapidando los recursos nacionales.

Por su parte, los principales constitucionalistas fueron categóricos en su


rechazo a los científicos, y en efecto justificaron algunos de sus principales
artículos legislativos, como la reforma agraria, remitiéndose a los abusos
de los científicos. En su discurso pronunciado el 29 de enero de 1917 en Que-
rétaro, Luis T. Navarro (1969) afirmaba:

Hemos visto por dolorosa experiencia, que siempre que ha habido movi-
mientos armados en la República, a su triunfo, todos los ricos, los cien-
tíficos, los convenencieros, se han unido a los jefes de los movimientos
o a los que están cerca de ellos, para valerse de ellos y así salvar sus
derechos y conservar en su poder las tierras que legítimamente corres-
ponden al pueblo.

En ciertos aspectos, la intensidad de estas expresiones tiene un paralelo


en el odio hacia la aristocracia de la Francia revolucionaria (Furet, 1992:
10-14). Ahora bien, al igual que la aristocracia, los científicos eran una
fracción de la élite, y no la élite en su totalidad. De modo que al dirigir el
odio de clase hacia los científicos, otras fracciones de la élite quedaban libres
para construir y conducir movimientos con una amplia base popular. Un
síntoma de esta dinámica es el hecho de que el odio hacia los científicos
solía ser más intenso que las opiniones negativas sobre el dictador Porfirio
Díaz. Por ejemplo, en un artículo publicado en El Partido Democrático, el
INTELECTUALES Y PODER POLÍTICO: LA REPRESENTACIÓN DE LOS CIENTÍFICOS | 443

24 de julio de 1909, el ideólogo revolucionario Luis Cabrera (2002: 8) ubi-


caba a Díaz en un lugar distinto al de los científicos: “Acuso al Lic. Ordí de
haber injuriado gravemente al general Díaz y haber insultado la memoria
sagrada de Juárez y Ocampo, llamándolos científicos”. En efecto, la denun-
cia de los científicos como el peor aspecto de la dictadura de Díaz sigue
siendo aún casi un reflejo pavloviano entre los historiadores mexicanos,
incluso entre quienes han exigido una reevaluación del porfiriato. En un
ensayo que bosqueja la historia de la corrupción mexicana, el historiador
liberal Enrique Krauze (1982: 18-19) sostiene:

De Porfirio Díaz pueden decirse muchas cosas, pero no que fuera


corrupto. Cierto, dio negocios y prebendas a los científicos y prohijó
una bárbara acumulación y un saqueo despiadado con la Ley de Bal-
díos. Pero lo hacía, al menos en parte, por las mismas razones ideoló-
gicas que guiaron a los liberales en la política de desamortización.

¿Qué tipo de fenómeno fue el sentimiento anticientífico? La pregunta es


más desconcertante de lo que parece. En vísperas de la Revolución, el tér-
mino científico solía remitir a la nueva burguesía modernizadora mexicana
y, por tanto, el odio hacia los científicos se ha presentado como un odio de
clase liso y llano. Sin embargo, no lo fue en los hechos, ya que combinó el
odio de clase con destilados de sentimiento nacionalista particularmente
autoritarios, e implicó también la denuncia de una variedad de doctrinas
y un tipo de anticosmopolitismo.
Mucho antes de ser representados como fracción de una clase social,
los científicos fueron identificados con la élite educada de una nueva gene-
ración, que formó parte de las primeras promociones de graduados de una
institución de educación superior verdaderamente liberal. En 1867, des-
pués de la ejecución de Maximiliano de Habsburgo, el presidente Benito
Juárez nombró ministro de Instrucción Pública a Gabino Barreda, estu-
dioso de Auguste Comte, y le pidió que refundara la educación superior
mexicana. La Universidad de México, la más antigua del continente (fun-
dada en 1551) junto con la Universidad de Lima, había sido cerrada por
ser esencialmente un brazo de la Iglesia católica. Barreda, que se convirtió
en el ideólogo de los liberales triunfantes, fundó en su lugar la Escuela
Nacional Preparatoria.
Los logros más memorables de los científicos fueron la construcción y
la modernización institucionales. Así fue como uno de los científicos más
prominentes, Justo Sierra, se convirtió en director de la Escuela Nacional
Preparatoria y luego, como ministro de Educación de Díaz, refundó la Uni-
444 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

versidad de México como institución secular y liberal, bajo el nombre de


Universidad Nacional de México (la unam aún hoy es considerada la prin-
cipal universidad latinoamericana).
También hubo otros científicos no menos distinguidos. El historiador
Friedrich Katz (2007: 1), simpatizante de los revolucionarios populares de
México y crítico riguroso del Porfiriato, describe a José Yves Limantour,
otro científico destacado, como “tal vez el tecnócrata más grande que México
haya producido”. Otros científicos fueron notables hombres de letras, cien-
tíficos y médicos, criminólogos y juristas, y muchos de ellos siguieron siendo
muy respetados incluso después de la Revolución.
El objeto real del “odio a los científicos” es notoriamente difícil de deter-
minar, y a veces parece apuntar a una idea o a una ideología abstracta antes
que a un grupo diferenciado de personas, o bien se confunde con una doc-
trina abstracta –el positivismo–, con políticas específicas (como la defensa
de la inversión extranjera) o con los privilegios ilegítimos de una clase
social. El resultado es que el discurso anticientífico podía apuntar de manera
discrecional a una variedad de blancos.
Así, por ejemplo, Justo Sierra nunca fue demonizado del modo en que lo
fueron Limantour y Francisco Bulnes, aunque Sierra fue el ideólogo más des-
tacado del grupo. Los positivistas que sentaron las bases del sistema sanita-
rio, la criminología, la educación y el derecho modernos a menudo eludie-
ron el vituperio, y su influencia se extendió a la década de 1920 sin producir
escándalo entre los revolucionarios. Es más, los intelectuales posrevolucio-
narios tendían a convertir el positivismo en anatema, incluso a pesar de
que abrazaban ideas de positivistas como Andrés Molina Enríquez y Emi-
lio Rabasa, lo que sugiere que el positivismo quizá no fuera rechazado per
se con tanta virulencia como pareciera si nos concentramos sólo en los escri-
tos de la llamada generación de 1915. (Sobre la influencia de Emilio Rabasa
en el constitucionalismo mexicano, véase Hale, 2000; sobre el darwinismo
social de Molina Enríquez y su influencia respecto de la conceptualización
de la reforma agraria, véase Kouri, 2002, y sobre el carácter conservador de
la universidad nacional durante la revolución, véase Garcíadiego, 1996.) En
efecto, muchos intelectuales revolucionarios icónicos, como el antropólogo
Manuel Gamio y el jurista e ideólogo Luis Cabrera, ofrecieron a sus segui-
dores porciones generosas de doctrinas positivistas así como de darwinismo
social combinados con sus programas revolucionarios. Como sugirió Char-
les Hale, las concesiones mutuas entre los ideólogos del ancien régime y sus
sucesores revolucionarios fluyeron más libremente de lo que se suele admi-
tir, y hubo cierto reconocimiento de la obra de los científicos después de la
revolución, cuando ya no constituían una amenaza política. Hasta al vili-
INTELECTUALES Y PODER POLÍTICO: LA REPRESENTACIÓN DE LOS CIENTÍFICOS | 445

pendiado ideólogo Francisco Bulnes se le permitió escribir una columna


semanal cuando regresó de su exilio cubano en 1920, y líderes revolucio-
narios como Cabrera mantuvieron correspondencia con él en un tono
respetuoso, si bien disidente (Cabrera, 1975).
También hay múltiples excepciones a la acusación de que los científicos
fueron excesivamente corruptos. Al contrario de la práctica habitual en
América Latina, el ministro de Finanzas José Yves Limantour dejó 63 millo-
nes de pesos en el tesoro al traspasar el ministerio a los agentes del nuevo
gobierno de Madero. Es más, en ocasiones la mácula de la corrupción de
los científicos parece borrarse con relativa facilidad. Así, por ejemplo, el pro-
pietario de la hacienda yucateca Olegario Molina, acusado sistemáticamente
por los revolucionarios de ser dueño de esclavos y agente de intereses esta-
dounidenses, fue rehabilitado tras su muerte en 1925 y repatriado desde
Cuba para un entierro público espectacular en Mérida (Joseph, 1988: 54).
El decano de los historiadores del porfiriato, Daniel Cosío Villegas (1972:
753), fue algo contradictorio respecto de la corrupción de los científicos, al
afirmar, como hizo, que la “antipatía” hacia los científicos fue provocada
por su presunción snob de ser los únicos acólitos de la verdad científica,
pero “en una medida mucho mayor aun, a que buen número de ellos se
enriquecieron a la sombra del gobierno, usando, y aun abusando, de sus
posiciones oficiales”. Sin embargo, Cosío reconoce luego que esta acusa-
ción no es aplicable a Sierra, ni a Limantour ni a Bulnes, y que si bien no
cabe duda de la corrupción de los gobernadores Enrique Creel y Olegario
Molina, esto fue en cierta medida un fenómeno de la época (ibid.: 846-
847). Es más, Cosío afirma que en la cima de su poder, en 1909, sólo había
tres gobernadores científicos (en Yucatán, Chihuahua y Sinaloa), y que no
era científico ninguno de los jefes políticos ni de los presidentes munici-
pales de la nación (notoriamente corruptos y vilipendiados) (ibid.: 853-
854). Por tanto, la corrupción de los científicos, donde existía, se hallaba
ante todo en concesiones y comisiones obtenidas por mediar entre el
gobierno y los intereses comerciales extranjeros, terreno que siempre fue,
y sigue siendo, lucrativo, pero también menos visible para la mirada pública
que las extorsiones de los caciques locales.
Sólo es posible aclarar estas ambigüedades e inconsistencias examinando
cómo un grupo de tecnócratas liberales llegó a estar tan presente en la Revo-
lución Mexicana como lo estuvo la odiada aristocracia de la Francia revo-
lucionaria. ¿Cuál es la relevancia de este sentimiento para comprender
aquello que Arnaldo Córdova denominó –de un modo que puede indu-
cir a error– “la ideología de la Revolución Mexicana”? Éste es el interro-
gante que intento responder a continuación.
Maestras, librepensadoras
y feministas en la Argentina
(1900-1912)*
Dora Barrancos

El objetivo de este trabajo es mostrar los vínculos entre la agencia femi-


nista, que se abre paso a fines del siglo xix, y ciertas vertientes del libre-
pensamiento inscritas en buena medida en la masonería. Se trata de una
relación en la que reverberan dispositivos seculares, filiados en el proyecto
iluminista, que se corresponden con ciertas ideaciones letradas muy difun-
didas. Tórnase evidente que en ese cambio de siglo la condición subalterna
de las mujeres amplía los términos del debate acerca de la ciudadanía. Como
se verá, se asiste a un despliegue de reivindicaciones por los derechos feme-
ninos, a una acción instructiva destinada a superar la situación de inferio-
ridad que padecen las mujeres, a la apuesta por el despertar de su con-
ciencia, cifrada en actos reflexivos y en impulsos de la razón para desterrar
las emociones en las que habla alto la sensibilidad religiosa, clave de la ente-
lequia del “ser femenino” que le impide la autonomía. Pero antes de ingre-
sar al foco de la cuestión, auscultaré el significado de la actividad feme-
nina en la producción de los letrados desde comienzos del siglo xix.

magisterio femenino: forja de letrados

No puede sorprender la invisibilidad que sufren las mujeres en esa saga


toda vez que la historiografía ha demorado el reconocimiento de la parti-
cipación femenina más allá de la vida doméstica. Pero resulta irrefutable
que gran parte de la tarea pedagógica estuvo en manos femeninas, aun
antes de las transformaciones iniciadas con la presidencia de Domingo

* La autora agradece la valiosa colaboración de Eugenia Bordegaray y Adriana


Valobra.
466 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

Faustino Sarmiento en la década de 1860. En efecto, durante el período


colonial, una ciudad como Buenos Aires disponía de un cierto número
de maestras –a las que se reconocía bajo el apodo de “amigas”– que reci-
bían en sus propias casas a grupos de párvulos de ambos sexos (en el caso
de los niños varones de mayor edad, debían completar algunos años con
profesores de sexo masculino). Hay muchas evidencias sobre el escaso nivel
que en general tenía este magisterio incipiente, pero no eran mejores los
docentes varones. Con las transformaciones republicanas se avizora inte-
rés por la instrucción femenina –Manuel Belgrano será uno de sus promo-
tores–, pero es especialmente a partir de las reformas rivadavianas que se
amplían un tanto las alternativas; el Colegio de Huérfanas que depende
de la Sociedad de Beneficiencia amplía su labor, pero los progresos son len-
tos. Luego de Caseros, batalla que como es sabido decidió la caída de Rosas,
la oferta de enseñanza elemental sin duda creció y no eran pocas las maes-
tras que también enseñaban a los varones mayores; además, se sumaron
algunos profesores extranjeros, cuestión que preocupaba a figuras como
Rosa Guerra (?-1864), egresada de la escuela para huérfanas, maestra y des-
tacada publicista, en cuya opinión aquéllos no enseñaban adecuadamente
ni la historia ni la geografía nacional. Sus preocupaciones en torno de
una ajustada instrucción “nacional” seguramente se anticipan al aún ralo
magisterio de la época. Fue preciso esperar a las iniciativas educacionales
de Sarmiento, quien no dudó en apostar a la docencia femenina como
una herramienta central en la transformación de las aptitudes populares.
El gran propulsor de la educación estaba convencido de que las mujeres
ofrecían calidades superiores para el desempeño del magisterio, que sus
funciones como procreadoras propendían a un mejor conocimiento del
alma infantil y que sus atributos como guías principales de la enseñanza
en la esfera del hogar las colocaba en una condición excepcional:

En los más apartados extremos de la República, en la obscuridad y de-


samparo de las aldeas, en los barrios más menesterosos de las ciudades
populosas, la escuelita de mujer está como débil lamparilla manteniendo
la luz de la civilización, que sin ella desapareciera del todo para milla-
res de infelices, abandonados al embrutecimiento (citado en Guerrero,
1960: 34).

Sarmiento no dudaba en propiciar la enseñanza como un excelente ejer-


cicio para el propio desarrollo de las mujeres, y sus viajes al exterior, sobre
todo a los Estados Unidos, lo convencieron aun más de la contribución que
podían ofrecer las maestras en la tarea de elevación educativa y cultural,
MAESTRAS, LIBREPENSADORAS Y FEMINISTAS EN LA ARGENTINA | 467

garantía de la civilización –es muy conocida la carga semántica del con-


cepto– aun para aquellos países en los que ésta mostraba ya toda su efica-
cia contra la barbarie. A Sarmiento se le deben los primeros proyectos de
escuelas normales en las que había que incorporar las vocaciones femeni-
nas, y también el plan de radicar maestras norteamericanas, considerado
un recurso para contribuir de manera urgente a derramar los beneficios
de la instrucción pública. De modo que en la década de 1870 el magisterio
argentino estaba compuesto por un número mayor de mujeres, que se de-
sempeñaban en diversos lugares del país, presencia que menguaba nota-
blemente en los colegios nacionales dedicados a la enseñanza media y
que se tornaba inexistente en cualquiera de las dos universidades, la de Bue-
nos Aires y la de Córdoba.
Las transformaciones suscitadas en 1884 por la Ley de Educación Común
se debieron en gran medida a la contribución de docentes del sexo feme-
nino. Resulta paradójico designar –con abuso de sesgo sexista– a “los maes-
tros” como los protagonistas de la enseñanza pública que permitió el acceso
a la alfabetización de las clases populares. En el marco de América Latina,
este acontecimiento tuvo en la Argentina un desarrollo singular, sólo com-
parable con el del Uruguay, cuyo magisterio también tenía un gran número
de figuras femeninas. Hay que concluir que las maestras fueron artífices de
los letrados.
El censo de 1895 puso en evidencia que eran mujeres la mayoría de los
ocupantes de las profesiones destinadas a la instrucción en todas las pro-
vincias: en la capital de la república, ellas representaban más del setenta por
ciento; en la provincia de Buenos Aires, el ochenta por ciento, y aunque las
proporciones disminuían un poco en Mendoza, La Rioja, Catamarca, donde
los varones podían representar el cuarenta por ciento de los docentes, había
áreas como Santiago del Estero donde más del noventa por ciento del magis-
terio era femenino. Tampoco eran tan escasas las profesoras extranjeras, a
pesar de que el mayor número de personas dedicadas a la enseñanza que
no habían nacido en el país eran varones. En la ciudad de Buenos Aires, se
contaban algo así como 1.300 extranjeros cuya profesión era la de educar,
y poco menos de la mitad eran mujeres; pero en Córdoba, el número de
las instructoras extranjeras superaba al de los varones, y otro tanto ocurría
en Mendoza. Así, la feminización de la educación no era una novedad a
comienzos del siglo xx, pues era un fenómeno anterior a la vida republi-
cana. Lo nuevo fue el aumento notable de ese magisterio, cuya expansión
decisiva ocurrió a partir de la primera década del siglo xx.
La mayoría de las mujeres del grupo sobre el que hace foco este trabajo
formaba parte del magisterio y, por lo tanto, seguramente participó en el
468 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

proceso de creación de figuras letradas. Y si muchas memorias pudieron


reconocer el papel de las primeras maestras, a las que se les otorgó un lugar
privilegiado en el paisaje inaugural de las primeras letras, del primer con-
tacto con los libros, la genealogía de la estirpe letrada ha soterrado aque-
lla raíz. Es que la proyección pública no alcanza a las mujeres, aun cuando,
paradójicamente, sus actos hayan resultado indispensables para la arqui-
tectura de esa esfera. Durante el siglo xix –sobre todo durante las últimas
décadas–, la diferenciación de los ámbitos doméstico y público se hizo más
tajante, y el significado crucial de esta divisoria sin duda “moderna” vol-
vió casi obligada la localización femenina en las funciones reproductivas.
Privadas de los derechos conferidos a los varones, tal como fue sancionado
por los códigos civiles latinoamericanos que exhibían la institucionalidad
republicana, las mujeres fueron, sin embargo, las verdaderas proveedoras
de las personalidades que abogarían por la secularización y por las liber-
tades laicas. Es notable la contradicción entre el papel fundamental asig-
nado a la familia en la construcción republicana y la simétrica desvalori-
zación de la mujer, y también lo es que se desconociera el significado de
su participación allí donde ellas producían valores en la esfera más coti-
zada. La ilusión patriarcal de un hacerse con prescindencia de la interven-
ción cultural de las mujeres –a quienes se tenía por seres débiles, menos
inteligentes y absolutamente emocionales– se cuenta entre las marcas
más paradójicas del solipsismo masculino en el orden público, vedado por
derecho a la condición femenina.

librepensadoras feministas a comienzos del siglo xx

Me ocuparé de las maestras feministas y librepensadoras representadas por


el grupo que editó en primer lugar la publicación Nosotras, a comienzos
de 1900, y que, coincidiendo con el Centenario, prosiguió ese empeño
con La Nueva Mujer. Un conjunto de indicios abona la idea de la identifi-
cación de las principales cabezas de estos emprendimientos editoriales con
el amplio surco del librepensamiento y la masonería. En efecto, es esta her-
mandad el mayor organismo de adscripción y de sociabilidad para quie-
nes descubren inclinaciones hacia el pensamiento secularizado, y luego
–o concomitantemente– se sitúan las fuerzas políticas e ideológicas parti-
darias: liberales de toda laya, socialistas, anarquistas. En cualquier caso, la
masonería parece ser la regente de las devociones, del sistema de creen-
cias y de las prácticas de reciprocidad que ligan esencialmente a los varo-
V
Exilios, peregrinajes
y nuevas figuras del intelectual
Cronistas, novelistas:
la prensa periódica como
espacio de profesionalización
en la Argentina (1880-1910)
Alejandra Laera

Frustrada en los tiempos del romanticismo por motivos políticos y habi-


tualmente datada su consolidación en los tiempos del Centenario, la
profesionalización de los escritores en la Argentina encuentra la coyun-
tura propicia para su emergencia, más precisamente, a lo largo de la década
de 1880, cuando se hace posible reconocer la constitución de un mer-
cado de bienes culturales. La prensa periódica, protagonista de la consti-
tución de ese mercado y de la configuración de un nuevo público lector,
le ofrece entonces al escritor un espacio mutuamente conveniente de publi-
cación y un medio de distribución de amplio alcance. A través de la prensa,
los escritores tienen –en el arco que va de la década de 1880 a los años del
Centenario– la posibilidad de dedicarse de manera sostenida a las letras,
o bien trabajando como periodistas, o bien aprovechando su participa-
ción en los periódicos para construirse una posición literaria específica,
como la de novelista. El periódico es, en el último cuarto del siglo xix, el
puente para llegar al mundo de los libros.
Si bien los escritores profesionales vinculados con la prensa periódica
no responden totalmente al modelo de intelectual entendido como aquel
que sostiene, elabora o debate un conjunto de ideas –en el que sí podían
reconocerse algunos letrados decimonónicos como Domingo F. Sarmiento
y en general todos los llamados publicistas–, los periodistas, los cronis-
tas y los folletinistas integran el pelotón intelectual de fines del siglo xix
y comienzos del xx, y las actividades que llevan a cabo están comprendi-
das dentro de las profesiones intelectuales del momento. Los vaivenes y
las tensiones entre los deseos de ser profesional y la necesidad de inter-
venir en la vida pública, por un lado, y la escritura periodística y la pro-
ducción literaria, por otro, explican ese largo proceso por el cual los escri-
tores alcanzan finalmente una situación de profesionalización –aun a
expensas de un perfil intelectual más nítido– y también empiezan a adver-
496 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

tir, paradójicamente, que es un logro incompleto, no siempre definitivo


y que les acarrea nuevos conflictos.

el espacio del folletín

Con su habitual ironía, Domingo Faustino Sarmiento (1810-1888) explica


los motivos que lo guiaron, a mediados de 1839, a fundar en San Juan el
periódico El Zonda: “La necesidad de vivir de algo sin robar, ni matar, ni co-
meter otros pecados es, pues, la única causa que nos mueve a esta empresa”
(Sarmiento, 1839). Sólo que, de los treinta mil habitantes de la provincia
–dice–, apenas se juntarán unos cincuenta lectores que compren su ejem-
plar. En esta suerte de editorial de la primera de las empresas periodísti-
cas de Sarmiento, el tono irónico sirve para poner en evidencia la escasa
ganancia que dejan las letras, la casi inexistencia de un público lector,
pero también la apuesta a conformar ese público y a convertir la escritura
en un medio de vida. Hay ya a esta altura, en el proyecto sarmientino, una
fuerte intuición de que la prensa periódica debe superar las “vicisitudes
políticas” para convertirse, a la vez que en un “medio de instrucción”, en
un “vehículo del comercio, las artes y las ciencias”, todo lo cual se trans-
formará en convicción en los tiempos del exilio (Sarmiento, 1839, 1841). Así
como la insistencia en la necesidad de comprar el periódico y el tratamiento
de temas para fomentar la curiosidad de los lectores son dos rasgos impor-
tantes del El Zonda, en la prensa chilena, a la que se incorpora pocos años
después, Sarmiento presenta su herramienta preferida para garantizar las
ventas y aumentar las suscripciones captando la atención de un público
variado: la creación del espacio del folletín.
“Nuestro folletín –anuncia en un conocido artículo de 1842– será para
el solaz del espíritu lo que los postres son para el regalo del paladar” (Sar-
miento, 1842a). Y, desde otra perspectiva, el folletín es la solución para
que la “lectura, hacienda, historia, etc.” dejen de ser “títulos fastidiosos que
hacen caer un periódico de las manos” (Sarmiento, 1841). Concebido en
sus orígenes simplemente como un espacio material que ocupa el pie de
página del periódico, el folletín de Sarmiento sigue ese modelo: sus pro-
tagonistas son el teatro, la moda, las tertulias, los conciertos, las noticias de
la Sociedad de Agricultura y de la Sociedad Literaria, y también los ensa-
yos literarios de los jóvenes y los folletines de diarios franceses y españo-
les. Entre todas las opciones, son estas dos últimas, es decir las que se corres-
ponden con la idea de literatura compartida en ese momento, las que
L A P R E N S A P E R I Ó D I C A CO M O E S PAC I O D E P R O F E S I O N A L I Z AC I Ó N | 497

terminan siendo predominantes. Así lo demuestra el Facundo (1845) del


propio Sarmiento, pero sobre todo la publicación de novelas, como Los
misterios de París y El judío errante de Eugène Sue, o las nouvelles de Geor-
ges Sand, que generan tanto la imitación como la resistencia de otros dia-
rios ante el folletín (Sarmiento, 1842b y 1845). A fines de la década, de hecho,
al clasificar el tipo de libros que circulan en Chile, Sarmiento (1849) men-
ciona, además de los tratados de educación y de los libros impresos por el
Estado, “las novelas que se colectan de los folletines, de las cuales circulan
ya en el país millones de ejemplares”.
Lamentablemente, las mismas “vicisitudes políticas” que se empeñaba
en superar dejaron en estado de intuición la confianza sarmientina en el
aspecto literario del periódico y, por lo tanto, quedaron truncas también
las expectativas de profesionalización que la prensa podía deparar a los
hombres de letras. Diarios que cierran por falta de suscriptores, diarios que
cierran por intereses políticos, acoso de las calumnias y de la censura, junto
con la propia labor política del “escritor público”, hacen imposible la nece-
saria continuidad para constituir un mercado cultural con lectores y escri-
tores en el Río de la Plata. Una evidencia de esta situación la da Vicente
Fidel López (1815-1903), colega y amigo de Sarmiento, al referirse al dia-
rismo no como un espacio propicio sino como un obstáculo para la pro-
ducción literaria, justamente para él, cuyo sueño era escribir novelas his-
tóricas al estilo de Walter Scott. También José Mármol (1817-1871), fundador,
en el exilio montevideano, del periódico La Semana, pone en evidencia la
tensión entre la literatura y el periodismo desde el momento en que éste
depende por completo de los acontecimientos políticos transcurridos en
la ciudad de Buenos Aires y hace de todo su contenido, incluida la novela
Amalia (1851-1855), un arma de combate contra el gobierno de Juan Manuel
de Rosas (Laera, 2003).
Si a partir de mediados de la década de 1850, con la caída de Rosas, y en
particular en la de 1860, con la unificación nacional, los conflictos políti-
cos se ven atenuados, ello no tuvo un impacto tan rápido y directo en la
prensa periódica, que siguió ligada –en buena medida debido al enfrenta-
miento de la ciudad de Buenos Aires con la Confederación Argentina– a
cuestiones de partido, incluso en diarios de larga continuidad como El
Nacional (1852-1893) y La Tribuna (1853-1884) (Roman, 2003). Influye en
esto, en parte, que los mismos “escritores públicos” que en el exilio se habían
dedicado al periodismo pasan a ocupar cargos públicos y a tener una rela-
ción menos abarcadora y estrecha, más puntual y ocasional, con la prensa,
como ilustra inmejorablemente la trayectoria de Sarmiento hasta media-
dos de los años 1870, ya terminado su período presidencial. La incorpora-
498 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

ción de los letrados al seno del Estado a través del cargo oficial (preferen-
temente como ministros, diplomáticos, profesores) hace que la actividad
literaria quede relegada a un segundo plano, dando lugar, ya en la década
de 1880, a la figura del escritor gentleman (Viñas, 1964), cuya contracara
serán los primeros profesionales.
Desde la perspectiva de su relación con la política, entonces, será sólo
en la década de 1870 cuando se observe un claro declive de la llamada “prensa
facciosa” y una reorientación de los emprendimientos periodísticos, junto
con la consecuente aparición de varios proyectos de mediano plazo que
muestran mayor voluntad de autonomía. Aunque todavía lejos del poder
de captación de un público diversificado, la prensa es concebida, antes
que como arma de combate político e instrumento partidista, como espa-
cio para el debate de ideas y la formación de una opinión pública, acercán-
dose a los términos con los que Jürgen Habermas (1994) caracteriza los
periódicos ingleses y franceses a partir de fines del siglo xviii. La creación
del diario La Nación en 1870 por Bartolomé Mitre (1821-1906), así como la
elección del eslogan “tribuna de doctrina” –ambos resistentes por casi siglo
y medio a la acción del tiempo– son un emblema de ese pasaje. También
habla de este cambio radical el hecho de que, en plena década del 80, un
grupo de hombres públicos creen un diario como el Sud-América (1884-
1892) con el objetivo de apoyar la candidatura presidencial de Miguel Juá-
rez Celman y se planteen para ello estrategias propias de la prensa de opi-
nión (e impensables para una prensa facciosa) que incorporan propuestas
de esparcimiento para los lectores, como el folletín. Un artículo pionero
sobre la prensa argentina escrito por Ernesto Quesada (1883: 78) a comien-
zos de los 80 expone, con la ayuda de algunos datos y estadísticas, los
cambios que empiezan a observarse desde fines de la década anterior, mien-
tras destaca cómo los periódicos “jamás –salvo raras excepciones, y esto en
el diarismo–, producen lucro suficiente para poder exigir la atención com-
pleta de sus redactores”.
Complementariamente, desde la perspectiva de la relación entre prensa
y tecnología, en la Argentina de la década de 1870 se anuncia, en ciertos aspec-
tos, la transformación en las relaciones entre espacio y tiempo propia del
periodismo moderno de fin de siglo, caracterizado por la importancia de
la información, la apuesta a la segmentación de los contenidos y el cambio
en la gráfica. En otros términos, por entonces –y en esto es fundamental la
introducción del telégrafo de la mano de nuevos diarios como La Prensa
(1869) y La Nación (1870)– el periodismo empieza a diferenciarse cada vez
más de la prensa política de opinión para –retomando una diferencia ya clá-
sica propuesta por Georges Weill (1992)– acercarse a la prensa de informa-
El modernismo y el intelectual
como artista: Rubén Darío
Susana Zanetti

Dos figuras, José Martí y Rubén Darío, presiden las dos etapas principa-
les del modernismo, el primer movimiento literario articulado concre-
tamente entre los artistas de todo el ámbito hispanoamericano, que logra
igual proyección en España mediante encuentros, revistas, artículos de
unos escritores sobre otros, etc. Ambos encarnan el acelerado pasaje del
letrado decimonónico que, focalizado en la actividad intelectual, cambia
de centro, pasando del privilegio de lo político –el deber con la indepen-
dencia de Cuba acalla al poeta José Martí– a la afirmación de la autono-
mía y del saber del arte, sostenidos por el poeta Rubén Darío como único
respaldo para intervenir en el mundo de las ideas.
Desde esta otra orilla instala Darío con fuerza la polémica autoridad
de un nuevo tipo de intelectual, el intelectual artista, actuando con el aco-
pio de su presencia institucional y discursiva bien diversa (en géneros,
en instituciones, en centros nacionales, etc.), para insistir en la primacía
del trabajo intelectual fundado en todas las posibilidades de la palabra.
Las palabras son las casas de las ideas, son su carne, “vivientes, activas”
(Darío, 1938), dice en un breve texto publicado en la Revue Illustrée du Rio
de la Plata, y enseguida afirma en las “Palabras liminares” de Prosas pro-
fanas (1896): “La música es solo de la idea, muchas veces”. Expresará esta
concepción en muchos de sus textos críticos, entre ellos, el aparecido en
La Nación el 10 de diciembre de 1905 en “Los nuevos poetas de España”,
donde discute con Miguel de Unamuno sobre la condición intelectual del
artista: “Un escritor de gran valer, el Sr. Unamuno, se enreda en eso de
las ideas, desdeña las ideas, sin ver que ellas son nuestra única manifesta-
ción, el único fruto que da constancia de la existencia del árbol humano”.
Más tarde, en “Dilucidaciones”, prólogo a El canto errante (Darío, 1977:
302), vuelve a defender su estética:
524 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

No es como sospechan algunos profesores y cronistas, la importación


de otra retórica… Y, ante todo, ¿se trata de una cuestión de formas?
No. Se trata, ante todo de una cuestión de ideas. El clisé verbal es dañoso
porque encierra en sí el clisé mental, y juntos, perpetúan la anquilosis,
la inmovilidad.

Otra orilla que, sin embargo, recibe atenta la lección de Martí, reconoci-
ble con sólo recordar algunas frases del famoso prólogo de 1882 al Poema
del Niágara, del venezolano Juan Antonio Pérez Bonalde (1851-1892), con
la que dialoga la recién citada de Darío: “La perfección de la forma se
consigue casi siempre a costa de la perfección de la idea”, y asimismo, “¿Quién
no sabe que la lengua es jinete del pensamiento, y no su caballo?” (Martí,
1975: 7, 234-235.
Sin embargo, la reacción dariana por la muerte de Martí en los inicios
de la guerra por la independencia de Cuba en 1895 divide aguas con un mani-
fiesto de ese quiebre, inscrito en el proceso incierto y difícil de constitu-
ción tanto del intelectual crítico como del artista moderno en Hispanoa-
mérica. Me refiero a la necrológica de Darío (1952: 195) en La Nación de
Buenos Aires del 1 de junio de ese año (enseguida incluida en Los raros), que
considero el más notable manifiesto del período en demanda de la auto-
nomía del arte. Es la más audaz manifestación de las que, con distinta enver-
gadura, hicieron los modernistas contra el sometimiento del artista a los
imperativos de la nación, porque el texto en sí se enuncia en un territorio
estético, en tanto se publica en un marco hispanoamericano que celebraba
el heroísmo del cubano. El párrafo siguiente es un buen ejemplo:

¡Los tambores de la mediocridad, los clarines del patrioterismo, toca-


rán dianas celebrando la gloria política del Apolo armado de espadas y
pistolas, que ha caído, dando su vida, preciosa para la Humanidad y para
el Arte, y para el verdadero triunfo de América, combatiendo entre el
negro Guillermón y el general Martínez Campos!

Se reclama la específica autoridad del sujeto literario, se discute y se rechaza


la sujeción del artista a valores y prácticas ajenas al arte así como a una retó-
rica anquilosada, en una etapa en la cual la dominante son los gobiernos fuer-
tes, rodeados por una dirigencia de raigambre positivista, devota de la raciona-
lidad moderna como instrumento para dar soluciones a la “cuestión nacional”,
que exigía a los textos diseñar una identidad integradora que incluyera y con-
trolara la movilidad poblacional traída por la modernización –y en la Argen-
tina sobre todo por los inmigrantes, entre los cuales se cuenta Darío–.
EL MODERNISMO Y EL INTELECTUAL COMO ARTISTA: RUBÉN DARÍO | 525

la “joven américa”

Recordemos que Darío (1867-1916) nació en Nicaragua, en un ámbito


cultural y social arcaico. Integrante de sectores medios modestos, con
sólo 15 años inicia en la prensa de Managua (donde ya se han publicado
muchos poemas suyos) una carrera caracterizada por la firme decisión de
alejarse de prácticas provincianas, llevada adelante primero en ciudades
centroamericanas vecinas y muy rápidamente en las hispanoamericanas
más modernas, en busca de espacios propicios para una trascendencia más
allá de lo regional.
Aunque no lo consigne sistemáticamente por razones de espacio, las
concepciones y las prácticas darianas son indicativas de las de los demás
modernistas, si bien podemos reconocer en el movimiento cambios y dife-
rencias en la escritura y en sus elecciones tanto estéticas como ideológi-
cas, dada su concreción en un extenso territorio y en un largo período
(1882-1910), en el que cumplieron una intensa puesta al día del discurso
literario en lengua española, unida a su labor de difusión de la literatura
moderna, no limitada a Occidente. El artista, el poeta, ponía su sello en
esta actividad visualizada y difundida en el marco del heterogéneo discurso
del periódico sobre todo a través de la singularidad de un género también
heterogéneo, la crónica modernista. Manuel Gutiérrez Nájera (1859-1895)
la defiende y la define, distanciándose de la estética del consagrado maes-
tro Manuel Ignacio Altamirano (1834-1993):

No se estima bien en México el valor de estas crónicas elegantes; no se


aprecia como debiera el arte de narrar cosas frívolas con cierto esmero
literario. El género, por su misma delicadeza, es muy difícil. Es necesa-
rio que la pluma del cronista tenga alas de colibrí y que sus dientes muer-
dan de cuando en cuando sin hacer sangre (Gutiérrez Nájera, 1959: 263).

Como esos jóvenes escritores –“la Joven América”, se dijeron algunos y


se reconocieron en el mote de modernistas–, la formación de Darío fue
prácticamente la del autodidacta, abastecida por libros de las bibliotecas
públicas o religiosas –la de los jesuitas, la Biblioteca Nacional de Mana-
gua, en su caso–, deudora sobre todo del desarrollo incipiente de la indus-
tria cultural y cumplida por fuera de los sectores ilustrados (con estudios
regulares y que han frecuentado como alumnos y profesores las aulas uni-
versitarias). Si bien no logran liberarse de la necesidad del favor político
(los cargos diplomáticos en Darío y en muchos otros) y del mecenazgo,
hacen del mercado el instrumento de su formación intelectual y de la
526 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

captación de un público para el arte, buscando independizarse de la tutela


que pretende encerrar su discurso en lo hispánico y/o lo nacional.
El desplazamiento dariano hacia el sur, a Chile en 1886, también indica
el desplazamiento de las experiencias estéticas del primer modernismo –espe-
cialmente las mexicanas de Manuel Gutiérrez Nájera, con sus crónicas, sus
Cuentos frágiles (1883) y la revista Azul (1894-1896). Experiencias comparti-
das por muchos otros, entre quienes se destacan el colombiano José Asun-
ción Silva (1865-1896), los cubanos Julián del Casal (1863-1893) y José Martí
(1853-1895) –Ismaelillo (1888), Versos sencillos (1891)–. Si, por una parte, las
“Crónicas norteamericanas” de José Martí son textos fundamentales para
sopesar la modernización de los Estados Unidos y sus efectos en América
Latina, otros –“Madre América”(1889), “Nuestra América”(1891), etc.– con-
cretaban explícitamente sus propuestas políticas, pensadas a partir de la
conformación de una nueva dirigencia, más consciente de la necesidad de
unión hispanoamericana, basada en la revisión de injusticias, prejuicios y
concepciones de los derechos ciudadanos, capaz también de evitar las gue-
rras civiles y el encierro en disensiones provincianas.
Todo ello coloca las prácticas martianas decididamente en las del hom-
bre público, pero diferente del que acompañara la constitución de los esta-
dos nacionales, por la densidad de su crítica a (y de su seducción por) una
modernización vertiginosa, expresada recurriendo a estilizaciones de
excepcional audacia, como puede apreciarse en “Un drama terrible”, larga
crónica para La Nación de Buenos Aires (de la que Martí era correspon-
sal en los Estados Unidos), aparecida a fines de 1887, sobre el ajusticia-
miento de los anarquistas de Chicago, dentro de la serie de textos sobre
el tema obrero; sobreescritura de los relatos del periodismo norteameri-
cano por un sujeto de la enunciación que vuelve a narrar los hechos, resu-
midos, ampliados, desde perspectivas y focalizaciones diferentes, al tiempo
que se va consustanciando con los condenados, penetrando en su interio-
ridad o en su historia individual hasta hacerla concordar, en muchos frag-
mentos, con la propia. El sello del estilo martiano se perfila al mismo
tiempo en sus reflexiones sobre una literatura hispanoamericana moderna,
que se compaginaba bien con los análisis del arte moderno, algunos de
ellos destinados a presentar a importantes figuras de la literatura anglo-
americana (Oscar Wilde, Walt Whitman), desconocidas hasta entonces en
el mundo hispanohablante.
Darío se convertirá en jefe de ese grupo cultural que basa sus discur-
sos, de firmes convicciones cosmopolitas, en definirse como artista
moderno, conflictivamente instalado en las tensiones entre vocación y
mercado. Sometidos al pluriempleo y a la rápida profesionalización, los
EL MODERNISMO Y EL INTELECTUAL COMO ARTISTA: RUBÉN DARÍO | 527

modernistas son responsables, si bien no sólo ellos, de una nueva confi-


guración del trabajo intelectual en Hispanoamérica. Escribe en 1881 Manuel
Gutiérrez Nájera (1959: 65): “Hoy han cambiado algo los tiempos. La
literatura es en Europa una carrera en toda forma, tan disciplinada como
la carrera militar. […] Los escritos, como todas las mercancías, sufren la
ley de la oferta y la demanda”.
Los textos de Darío se impregnan en Chile con las lecturas de las corrien-
tes francesas del arte que, en su largo y meduloso comentario del 22 y 29
de octubre de 1888 a Azul (1888), el novelista y crítico literario español
Juan Valera definiera como “galicismo mental”. Azul revoluciona la prosa,
dando nacimiento al cuento moderno en español, tanto como a la crítica
a la ignorancia del nuevo rey, el burgués, a su vulgaridad y fascinación
por el dinero, que condena al artista a la marginalidad:

A más de los cisnes, tenía una vasta pajarera, como amante de la armo-
nía, del arrullo, del trino y cerca de ella iba a ensanchar su espíritu,
leyendo novelas de M. Ohnet, o bellos libros sobre cuestiones gramati-
cales, o críticas hermosillescas. Eso sí: defensor acérrimo de la correc-
ción académica en letras, y del modo lamido en artes: alma sublime
amante de la lija y de la ortografía (Darío, 1983: 128).

Azul señala el inicio de su afirmación rotunda del rol del artista, y de los
modos de intervención del arte en las discusiones acerca de la sociedad y
la cultura modernas –la estetización del espacio interior y la estilización
de la crítica a la modernización–.

en buenos aires

A partir de 1893, es evidente que afianza su conocimiento de la literatura


extranjera, de parnasianos, simbolistas, prerrafaelitas, etc., que, sumado
a su temprana e intensa lectura del legado español, están en la base de su
renovación, posibilitada además por la inserción en las ciudades más mo-
dernas de Hispanoamérica, en un período de rápido rediseño de las áreas
urbanas y rurales, donde es ya bien visible la ampliación de las bases so-
ciales de las dirigencias políticas y gremiales y de los miembros de las éli-
tes intelectuales y artísticas.
Justamente ese año se traslada Darío a Buenos Aires, donde se irá con-
virtiendo en cronista estrella de La Nación, diario en el cual trabaja como
Camino a la meca: escritores
hispanoamericanos en París
(1900-1920)
Beatriz Colombi

Entre el 1900 y la Primera Guerra un contingente de escritores hispanoa-


mericanos convergió en París conformando una colonia estable, que habría
de engrosar sus filas y modificar su perfil a lo largo de las tres primeras
décadas del siglo. Si bien existen numerosos antecedentes de viajes y exi-
lios letrados en la centuria precedente, esta migración constituye el primer
ingreso masivo de la inteligencia hispanoamericana en un concierto inter-
nacional. Los motivos de la diáspora fueron de diverso orden, algunos
llegaron por elección voluntaria, otros arrastrados por la expatriación, la
gran mayoría en búsqueda de un espacio que alojaba la promesa de triunfo
y de reconocimiento. Un rasgo distintivo de la cultura de fin de siglo fue
su carácter cosmopolita y metropolitano, lo que propició la intensa movi-
lidad de los creadores de todo el mundo hacia las grandes capitales; el hecho
afectó de modo particular a los latinoamericanos, procedentes de socieda-
des que experimentaban una relativa prosperidad pero que estaban reza-
gadas en términos del desarrollo de un mercado moderno. La nueva
demanda de especialización y la urgencia de inserción en el presente favo-
recieron el desplazamiento de diferentes sectores de profesionales, diplo-
máticos, secretarios, corresponsales y cronistas, traductores, educadores,
estudiantes y escritores. El cambio de escenario fue visto como el camino
más expeditivo hacia la profesionalización y el encuentro de condiciones
más favorables para desplegar sus proyectos.
El grupo inicial se instaló entre dos ciudades donde concentraron sus
actividades y operaciones: París y Madrid. En este eje intelectual (Ugarte,
1951) se proclamaron como una nueva élite representativa del continente
americano. Pero la significación de estos dos polos no fue la misma: mien-
tras que Madrid fue vista como puerta de ingreso a Europa, la meta de lle-
gada siempre fue París. El imaginario en torno de esta ciudad la convertía
en una verdadera meca del peregrinaje artístico, y su centralidad fue indis-
C A M I N O A L A M EC A : E S C R I TO R E S H I S PA N OA M E R I C A N O S E N PA R Í S | 545

cutida para los contemporáneos, condición que Walter Benjamin expresó


al definirla con el sintético epíteto “ciudad capital del siglo xix” y que,
más recientemente, Pascale Casanova (2001) puso de relieve al señalar su
función en aquella época de epicentro de la República Mundial de las Letras.
Para los latinoamericanos, París tuvo connotaciones aun más viscerales que
comprometían sueños y deseos postergados por generaciones y que se
tornaban imperativos para las nuevas promociones. Fue varias veces refe-
rida como “la patria espiritual” y arbiter del gusto, del pensamiento y de la
moda. Y fue, sobre todo, el más importante mercado de bienes simbólicos
de ese momento. Alcides Arguedas (1879-1946), integrante del enclave de
1900, sostiene en sus memorias que al individuo que se distingue en París
–sea poeta, filósofo, artista, inventor, sportman o bandido– se le abre

un vasto campo de actividad, “un mercado” en términos corrientes, cuya


demanda puede producirle un casi repentino cambio en las condicio-
nes de su vida material. Algo más obtiene todavía quien triunfe en París,
según la concepción romántica: se ve rodeado de prestigio, cobra fama
mundial, goza de preeminencia, recibe el homenaje de los mejores y
entra a gozar de todos los bienes morales y materiales acordados en
recompensa a los privilegiados (Arguedas, 1959: 692).

Así, obtener validación en ese circuito fue la motivación principal que con-
dujo a la confluencia parisina.
Podría pensarse que la utopía perseguida era la de establecer una ciu-
dad letrada extraterritorial, lejos de las acometidas de la ciudad real y de
sus transacciones. En un gesto de máxima autonomía, muchos de estos
actores pretendieron independizarse de los condicionamientos políticos,
estéticos y lingüísticos, provinciales y nacionales, para incorporarse a las
reglas del arte parisinas, siempre de difícil aprendizaje. Aspiraron a reco-
nocerse en otro universo donde las leyes, las prácticas y los valores les
eran ajenos, cuando no desconocidos, y, casi siempre, hostiles. No obstante,
la escena exterior facilitó la adquisición de nuevos lenguajes y competen-
cias y les permitió proyectarse como apropiadores, traductores y media-
dores de normas y paradigmas metropolitanos. Las pautas de sociabili-
dad letrada así como las elecciones de todo orden fraguadas en el laboratorio
parisino se ofrecieron como modelos modernos y deseables para los espa-
cios nacionales de procedencia.
La situación de exterioridad favoreció la definición de relatos suprana-
cionales, como el latinoamericanismo, el hispanoamericanismo o el ibe-
roamericanismo, en el marco de pactos nuevos y necesarios resultantes del
546 | HISTORIA DE LOS INTELECTUALES EN AMÉRICA LATINA

avance del imperialismo y de la urgencia por fundar narraciones de auto-


nomía incluyentes y al mismo tiempo homogeneizadoras del subconti-
nente. La prédica de estos discursos asumió un carácter generalizado entre
los emigrados, en consonancia con los nuevos roles del escritor que
comienza a intervenir en los asuntos públicos en nombre de los valores
insoslayables de una cultura. Si bien el antiimperialismo fue el horizonte
común para todos, la primera congregación parisina estuvo lejos de ser
homogénea en términos ideológicos; en efecto, en ella circularon posicio-
nes críticas del cesarismo o afines a los gobiernos fuertes, proclives al nacio-
nalismo o defensoras de la democracia y el socialismo. En la posguerra,
este relato latinoamericanista, proyectado casi hiperbólicamente y some-
tido a una infatuación por exceso en el período previo, perdió su énfasis
o recibió revisiones críticas que lo moderaron notablemente, y su lugar fue
capitalizado por las adhesiones a otras causas, como la Revolución Rusa o
la Guerra Civil Española.
En términos estéticos, tampoco primó la concordia. La polémica entre
exotistas y americanistas, hispanistas y latinistas, cobró nuevo impulso, y
la estadía parisina promovió en las primeras décadas del siglo xx una vuelta
temática hacia América, con proyecciones de un modernismo residual e
incorporaciones de propuestas emergentes como el arte de vanguardia.
La migración también produjo un doble movimiento con referencia a los
usos lingüísticos, ya que la necesidad de hacer circular los textos competi-
tivamente en el ámbito periodístico y literario francés impuso el bilin-
güismo, y muchos apuntaron a las ventajas de una diglosia que garantizaba
la llegada a un público diverso a un lado y otro del Atlántico. La adopción
del francés como lengua literaria fue común entre varios residentes, como
Francisco Contreras, Francisco García Calderón o Vicente Huidobro, que
alternaron uno y otro código en sus escritos; en algunas oportunidades, el
escaso prestigio del castellano llevó a la opción definitiva por el francés,
como es el caso del cubano Armand Godoy. Al mismo tiempo, se produjo
la revalorización de los matices regionales y nacionales del idioma, dando
comienzo a la incorporación de estos registros en la lengua literaria.
La integración al contexto fue relativa o escasa y la colonia funcionó
muchas veces como ghetto. En los testimonios, las cartas y las memorias
abundan los lamentos de extranjería y el sentimiento de saberse intrusos
en París. Gonzalo Zaldumbide, escritor y diplomático ecuatoriano asen-
tado en Europa por largos años, señaló en “Vicisitudes del descastamiento”
(1914) que, dada su marginalidad, el escritor latinoamericano recoge tan
sólo los ecos del pensamiento contemporáneo, pero si converge en el cen-
tro de la irradiación del mismo, se ve condenado a la soledad, la exclusión
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y la pérdida de toda raigambre, de modo que siempre “flota ansioso entre


dos mundos”. La inestabilidad y la transitoriedad fueron la marca distin-
tiva de esta experiencia, aun para aquellos que fijaron su destino de modo
definitivo en el viejo continente.

la conformación de la colonia, los oficios

Manuel Ugarte (1875-1951) llamó al contingente que se integró en París en


1900 la “generación viajera” y recuperó estos años en varios libros –El dolor
de escribir (Confidencias y recuerdos) (1933), Escritores iberoamericanos del
900 (1941) y El naufragio de los argonautas (1951)– en los que la evocación
personal corre pareja con la justificación grupal. En estas memorias argu-
mentó que, lejos de cualquier especulación en sentido contrario, la emi-
gración había sido productiva ya que esta generación “dio su mejor fruto
en el extranjero”, apartada de la sofocante atmósfera intelectual americana.
Lo cierto es que el enclave europeo posibilitó que las historias individua-
les se entrecruzasen en una trama común, al mismo tiempo que la pers-
pectiva nacional cedió terreno a una percepción continental de los proble-
mas que aquejaban al conjunto. El primer grupo con relaciones más
constantes estuvo formado por Rubén Darío, Amado Nervo, Enrique Gómez
Carrillo, José Santos Chocano, José María Vargas Vila, Francisco Contre-
ras, Rufino Blanco Fombona, Alcides Arguedas, Hugo Barbagelata, Alejan-
dro Sux, Francisco y Ventura García Calderón, Joaquín Edwards Bello,
Manuel Ugarte. Según este último, los rasgos comunes fueron la expa-
triación voluntaria por razones políticas o por incompatibilidades de dis-
tinto orden con el medio de origen, la fidelidad hacia los precursores
americanistas, la búsqueda de una literatura nueva y propia, la necesidad
de profesionalización, la defensa de un programa continental, la concien-
cia antiimperialista y la intervención pública en los sucesos de la época.
Estos puntos resumen en buena medida un perfil al que las distintas silue-
tas se ajustan. De acuerdo con el balance de Ugarte, pese a las conquistas
y a los logros alcanzados, muchos sufrieron el desprestigio debido a la
ausencia en sus respectivos países, o bien padecieron un desenlace pre-
maturo o trágico. Rubén Darío murió en estado de gran deterioro pese a
su edad, Francisco García Calderón terminó sus días en un hospicio en
Lima, Francisco Contreras combatió la tuberculosis en la estrechez pari-
sina, y el mismo Ugarte, presumiblemente, se suicidó en Niza. Este relato
de una suerte de generación malograda recorre usualmente las memorias
Este libro se terminó de imprimir
en julio de 2008 en Latingráfica S.R.L.
(www.latingrafica.com.ar), Rocamora 4161
CP C1184 ABC, Buenos Aires.