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El temblor me agarró comiendo chorizo (en huarache) bajo aquel tranquilo tejado.

Al primer
jalón del suelo todos dejamos los platos sobre las mesas y salimos a la calle al amparo del
cableado local, una pésima idea en el fondo, pero la única que el instinto nos permitió en
aquel momento. En un día normal, seguramente pocas personas habrían salido a aquel
camino de terracería, aunque esta vez fuimos algunas decenas entre elementos de
producción, ingenieros de audio y reporte(b)r(i)os. ¿La razón? La sexta edición del
Bahidorá.

Soy un prejuicioso. Si hay algo de lo que todos hablan me quiero mantener al margen.
Bahidorá no fue la excepción: lo único que concebía de ese festival era un grupo de
hombres y mujeres buscando verse bien en un balneario, posar frente a las cámaras,
vestirse a la moda, empedarse y drogarse, pero nunca preocupados por la música. Le dicen
festival boutique… No soy de esa onda.

De cualquier forma, ahí estaba, pensando en que mi vida podría irse al diablo afuera de Las
Estacas. La mayoría comenzó a revisar sus redes y tratar de llamar a familiares;
obviamente, la red se saturó y pocos lograron hacerlo, incluso en algún punto escuché
(metiche como siempre) una pelea derivada del caos telúrico: un colega colombiano discutía
al teléfono con su pareja, repetidamente se mandaron a la mierda para después
disculparse. Entre tanto caos, no se cuestionó si el carnaval sería afectado.

Pasado el susto y al arribo del ocaso comenzó a sonar, a lo lejos, música y bullicio,
mientras, por el camping de medios, se escuchaban algunos ​soundcheck​. Quienes no
tendrían tanta chamba esa noche comenzaron a congregarse en las fondas y la tiendita
ubicada por la parte trasera de Las Estacas, sitio que sería hospicio para muchos de los
acreditados durante el resto del fin de semana.

Asocial como en ocasiones, decidí dar el rolo sólo por la noche, en el llamado Umbral de
Bahidorá. El escenario de color azul contaba con algunos centenares cuando sonaba (me
enteré una vez que tuve el programa) ​Sabine Blaizin​. Antes de llegar asumí que nadie
conocía a esos artistas pues nunca los había escuchado en alguna parte, mas quise apartar
esa idea y decidí lanzarme cuando me ofrecieron hacer una crónica.

Conozco poco sobre el espectro de la música electrónica, pero cuando fue turno de
Nickodemus no pude evitar moverme: su estilo te envuelve en House y de pronto guía al
trance con percusiones tropicales. Ambos, Sabine y Nickodemus, forman parte de la
Armada Fania​, un grupúsculo dentro de la disquera Fania que nació allá en los 70
cobijando nombres de la talla de Héctor Lavoe o el punk más salsero, Willie Colón. Como
Fania, el ambiente bahidoreano logra llevar de un género a otro apenas llegas al escenario
más próximo: en el carnaval nunca cede el movimiento de cadera ni los beats.

Camino al camping, antes de llegar a las esculturas aún desoladas, vi una especie de rito
cerca de la primer fogata: un par de sujetos avanzaban entre la gente, incienso y espada en
mano, mientras unas mujeres (brujas tal vez) miraban directo a los ojos de todos. Un par de
pasos más y un castillo pirotécnico coronado por la B caranvalesca emocionó a la
muchachada ya borracha y pacheca.
***

La primera vez que abrí Spotify y descargué la playlist de Bahidorá sólo pensé “Chale”. No
podía digerir bien el menú de artistas. Sin embargo, me enganché con Kamasi Washington,
el artista más esperado del festival. Quién sabe por qué, pero el jazz de este corpulento
hombre me cautivó desde los primeros acordes. Luego me puse a investigar más sobre él, a
escuchar más canciones. Es como una referencia del jazz contemporáneo y aunque no soy
un conocedor, sé disfrutar una buena interpretación. Así que mi prioridad del Bahidorá, en
principio, fue escuchar al buen Kamasi y meterme al río.

Era la hora del sol más crudo cuando comenzó la música en el Sonorama, el escenario
principal: un par de negros acompañados por un mestizo pusieron a mover caderas a ritmo
de “Scooby Dooby Doo pa pa y el pum pum pum pum pum”. A pesar de unas primeras fallas
en el sonido, ​Hety and Zambo ​logró que la gente se contoneara sin cesar mientras la dupla
brincaba de un lado a otro del escenario, incitando a saltar o mover la cadera hasta abajo. Su
complicidad con el público (y su borrachera) fue tal que ya en la madrugada me los topé en
algún escenario peuqeño perdido en algún rincón de la selva bahidoreana.

De ahí me lancé al ​Asoleadero Corona, donde las carnes estaban poniéndose en su


punto, una comunión de piel enrojecida a merced del río. La última vez que fui a Las
Estacas no había tanta gente como en este carnaval. En esa ocasión fui con mis papás, tíos
y todo el séquito familiar. Ya sabes, los sandwiches, la grabadora, las pepitas, cacahuates y
fruta picada.

Pero en esta ocasión el desmadre era otro pedo. La banda muy a la onda Saint-Tropez o
algo así se me imaginaba. Todos buscando dorarse un par de tonos más; aceite de coco en
el cuerpo; gafa oscura para proteger los ojos. Trajes de baño el último grito de la moda. No
dones panzones, sino puro chavo fitness. Chicas maquilladas con esas pinturas que no se
escurren con el calor ni el agua. Todos flotando sobre cisnes o unicornios gay friendly​,
quizás sobre MDMA también, mientras ​Thris Tian ​los hacía mover.

Salí a comer al hospicio de los acreditados y ahí topé a un par de güeyes que se veían
buena onda (por no decir borrachos y pachecos). Comencé a platicar con ellos, uno me dijo
que era periodista y el otro fotógrafo, llevaban cheleando un buen rato.

“El bisne de los festivales es la comida y la bebida” les dije. “Sí te gastas un cambio en las
entradas, transporte y todo lo demás, pero la comida y chelas juntan tanto varo como los
cines en palomitas y refresco”. Ambos piensan similar. “Está caro” dicen. “Otra chelita,
¿no?” El precio dentro era 120% mayor que la caguama oscura acá afuera, complementada
por un par de quesadillas con cecina. Cuatro caguamas en una sentada.

Agarramos nuestras cosas y nos metemos de nuevo al carnaval con dirección al río, no sin
antes pasar al Sonorama de nuevo para ver al ​Chancha Vía Circuito porque el fotógrafo (a
huevo) quería toparlos. Nada mal, un sonido de tintes andinos vueltos electrónicos, el baile
y el inicio de la psicodelia gracias a esas percusiones y bajeo constante. El público ya era
numeroso en este escenario, tal vez porque sus cuerpos ya estaban más que tostados, pero
el mío no ni el de esos morros.

Nos dirigimos al río y mientras caminamos se escuchan esas claves y percusiones


características del caribe: ​Ifé

Nade y nade por algunas horas. No le pude decir que no al bonito río de Las Estacas. El
agua estaba fresca aunque un poco revuelta, pero deliciosa para aminorar el efecto de las
chelas. El espectáculo me pareció el río; las personas nadaban muy a gusto, se paseaban
en sus lanchitas inflables y cheleaban tirados en la orilla. Y ahí entendí, un poco, cuando
dicen que este carnaval ofrece una experiencia: porque de pronto te vale la música, sólo
quieres descansar sobre el pasto.

***
Uno se pregunta desde debajo de una palmera, mientras la gente hace fila para comprar
cosas, cómo pueden gastar tanto dinero en una cerveza. Desde luego lo hacen porque
pueden: tal vez porque han juntado varias quincenas para ponerse una peda épica o tal vez
porque tienen más dinero que la media. Yo llegué en combi y otros en un Mercedez.

Escucho gente que ha depositado en su pulsera, como medio de pago, más de cinco mil
pesos. No lo sé, pienso. ¿Vale la pena? Pregunta de quien no tiene el varo. No importa, doy
la media vuelta y me largo de ahí.

Mario piensa similar. Está caro, me dice. Le digo: vamos por una chelita, ¿no?

Salimos y nos acercamos a uno de los localitos que hay fuera de las instalaciones del
balneario (Las Estacas). Pido un par de quesadillas con cecina y dos caguamas, una para
cada quien.

Ahí le confieso a Mario que no sé qué tipo de crónica hacer. ¿De qué hablo?, le pregunto.
Ninguno sabe responder con precisión. No hay pedo, algo saldrá, nos echamos ​cuatro
caguamas en una sentada.

Prejuicio tres.

Para esa parte de la tarde aún no había escuchado a ninguna banda y no tenía interés en
ello. Pero no era por esos prejuicios de los que he hablado, sino porque había demasiada
gente y me apetecía más estar flotando en el río. También quería guardar mis ansias de
música para escuchar a Kamasi, como casi todos los reporteros lo harían, después me
enteré.
Prejuicio cuatro.

Otras cuatro caguamas en la tiendita. Una cada quien de manera simultánea, luego la otra
ronda.

La música de los escenarios sonaba ahogada al fondo, pero aquí también teníamos nuestro
ambiente; la música salía de una bocina que habían adaptado los dueños de la tiendita. Te
dejaban conectar tu celular y poner la música que te apeteciera, sin costo alguno. Se
reprodujo de todo, de todo lo que allá dentro no tocarían en el programa. No de esa música
ecléctica: percusiones, gente de costa rica, latin soul, afro disco, techno; revival en Ibiza,
presentaciones en Nairobi. No.

El joven que despachaba las chelas le dio lugar a todos y puso los Ángeles Azules,
Yaguarú, Panteón Rococó y otros ritmos que le dieron a Bahidorá - en la parte trasera - un
toque de Vive Latino, de acuerdo a Mario.

La pasamos muy bien. Ya estábamos pedones y la gente continuaba arremolinándose en


ese oasis de cerveza barata, comida y buen ambiente. Los locatarios nos comentaron que
Bahidorá les ha traído muchos beneficios, después de semana santa, es la época en la que
más ganancias obtienen. Se sienten felices por ello, atienden a todos con cordialidad y sin
problemas.

Eso sí, la gente en la tiendita terminó (ne) tan podrido como los miles de allá adentro. La
chela fluía sin restricciones y pura buena vibra. Puros reporteros, técnicos de sonido y
luces, ayudantes generales, gente de seguridad, fotógrafos, uno que otro artistas y toda la
gente que iba por trabajo. Otro público, no tan Bahidorá.

Prejuicio cinco.

Después de varias horas que pasé en Las Estacas caí en cuenta que había estado más
tiempo en la tiendita que dentro del balneario. No había avanzado más de cincuenta metros
hacia adentro. No había visto a ninguna banda. ¡Qué mamada! pienso.

También me preocupó el texto que le entregaría...

No obstante, valió la pena entrar algunos metros más del recinto, hasta el escenario donde
se presentaría Kamasi Washington.

Para ese momento de la noche, creo que eran las 10, la banda estaba bien ebria. El glamur
se había difuminado de pronto. Su ropa cara estaba mugrosa y enlodada; el maquillaje por
fin se había corrido. Las tachas ya habían explotado desde que el sol se metió; la humedad
fría del río comenzaba a expandirse por todo el parque, pero no se sentía nada mal entre el
calor de las personas que bailaban.
No supe si Kamasi fue a quién más gente reunió, aunque estaba bastante lleno el sitio,
porque existía una hipótesis que comenté con Mario y otras personas: es un chingonazo del
jazz, pero nadie lo conoce, salvo los reporteros y otro clavado con su música.

No obstante, sorprendió y supe que yo era una mamada con mis prejuicios. Ese hombre es
un ídolo para muchos. La gente lo recibió muy bien. Le aplaudieron entre cada
improvisación y todos estuvieron participativos con el diálogo que estableció entre músicos
y público.

Kamasi me pareció una persona noble, que le van y vienen los reflectores. O eso creí
cuando vi cómo le cedía los micrófonos a cada músico en cada pieza. Una a su padre,
Rickey Washington, que como cualquier papá grababa con el celular a su hijo y sonreía al
ver cómo hacía lo suyo. Lo mismo hizo Kamasi con su vocalista, el tecladista (el cual es otro
pinche pedo. ¡Muy cabrón!), el trompetista, el bajista y los dos batacos que llevaba.

Todo el grupo se lució con sus improvisaciones, que a ratos dejaban el jazz y exploraban
otros géneros. El bajista intervino con unos ritmos extraños, no sé cómo llamarlos, como
música de videojuegos o algo así. Uno de los bateristas le dio al doble pedal y sacó sonidos
del metal más duro. El tecladista me pareció el de la escuela más vieja, muy Duke Ellington
o Charles Mingus. Desafortunadamente, la vocalista no lució, había un falla de audio que
ella insistía en resolver. No se escuchaba así misma ni yo desde la posición en la que
estaba.

Kamasi fue todo un show el hombre. Le aplaudieron y le regresaban los coros. Transmitía
una sensación de camaradería. No había distancia entre la banda, él y el público. Nos
sonreía y les sonreía a ellos. Cerraba los ojos y viajaba con la música. Movía el cuello con
vibraciones muy cortitas, le copié el movimiento en mi pedés.

Prejuicio seis.

Kamasi terminó pronto para quienes lo estábamos disfrutando. Le aplaudimos y abandoné


el escenario. ¿Qué más hacer en un festival con cientos de metros cuadrados a tu
disposición, chelas, gente, esculturas, actividades culturales, talleres y varias horas más de
música del mundo?

Volví a la tiendita con Mario. Estuvo bueno, pero no es mi tipo de festival.