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¿Qué es el poscolonialismo?

(I)
Publicado en 25 febrero, 2014
Los nadies: los hijos de nadie, los dueñ os de nada. Los nadies: los ningunos, los
ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos.
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
E. Galeano, «Los nadies», El libro de los abrazos

Stuart Hall, propulsor de los Estudios Culturales hacia los años 1950-1960 y uno de los
pensadores más críticos e influyentes de la Nueva Izquierda británica, murió la pasada
semana con ochenta y dos años. Esta entrada es mi pequeño homenaje al sociólogo
jamaicano, al que en gran parte debo mi concepción no esencialista de las identidades y
también mi enorme interés por el poscolonialismo, ya que entre los textos que me sirvieron
para tomar contacto con este ámbito teórico, hoy base de mi tesis doctoral, se encuentra
uno escrito por el propio Hall, titulado «When was “the Postcolonial”? Thinking on the
Limit» (1996). Sostendrá en dicho artículo que las teorías poscoloniales, cuya aparición no
podemos desvincular del giro posmoderno que se produce en torno al último tercio del
siglo XX, operan, como diría Derrida, «bajo tachadura» al ofrecer un poderoso conjunto de
herrmientas conceptuales deconstruidas para pesar el presente, para «ir más allá» a la hora
de analizar las múltiples maneras de representar los encuentros que se dan entre las
sociedades colonizadoras y sus «otros» (Hall 2008, 138-139). En este sentido, lo primero
que debemos tener presente es que el colonialismo es un elemento constituyente
fundamental dentro de la modernidad capitalista occidental contra la que se sublevarán los
diferentes pos-/post- de los años sesenta.
La descolonizació n a partir de 1945 provocó pasiones en lugar de reflexió n. No será hasta
tiempo despué s cuando surja y se consolide un nuevo campo de teorizació n en las
universidades del mundo anglosajón sobre las prá cticas y efectos que se asocian con la
larga experiencia colonial. Influenciados por la filosofía posestructuralista y las corrientes
posmodernas, a partir de la década de 1970 aparecen una serie de autores procedentes de
las antiguas colonias, como el palestino Edward W. Said, la india Gayatri C. Spivak y su
compatriota Homi K. Bhabha, los cuales son conocidos como la «Santítima Trinidad» de los
estudios poscoloniales, que comienzan a cuestionar la primacía cultural, política y moral de
la civilización occidental, así como las prácticas discursvas formuladas desde los ámbitos
académicos, científicos y literarios de Europa y Estados Unidos sobre el mundo no-
occidental. En efecto, las aproximaciones poscoloniales constituyen un á rea de estudio
relativamente reciente que centra su interé s principalmente en las culturas y pueblos
afectados por el dominio colonial desde el mismo momento de su colonizació n hasta
nuestros días. Puede decirse que el poscolonialismo, teniendo siempre presente que
estamos hablamos de una corriente de pensamiento que no pocas veces ha sido definida
como «ambigua» [1], es un posicionamiento teórico multidisciplinar que desde diversos
ámbitos –posestructuralismo, deconstrucció n, psicoaná lisis, materialismo histó rico,
teorías feministas– intenta subvertir la perspectiva colonizadora y generadora de
estereotipos de los occidentales mediante la revisión y el análisis crítico de la formación de
conocimiento sobre las colonias y las interpretaciones de la relación colonial. La naturaleza
del colonialismo es política, económica y militar, pero no escapa, ya desde el siglo XVI, a ser
representada textual y simbólicamente a través de la literatura, el arte, la historia y otras
disciplinas académicas. La resistencia al poder colonial y la construcción de nuevas
identidades nacionales también produce, sin embargo, gran cantidad de textos y ficciones
narrativas. De esta manera, la crítica poscolonial estudia conjuntamente procesos
complementarios, dado que no se puede disociar la experiencia de dominar y la de ser
dominado, el colonialismo y la descolonizació n, la antigua administració n colonial y la
nueva nació n, la herencia cultural de la metrópoli y la afirmació n nativista (Vega Ramos
2003, 16).
Desde una óptica posmoderna se puede decir, de hecho, que las perspectivas poscoloniales
constituyen una crítica marcadamente heterogénea a la modernidad desde los márgenes,
desde una posición periférica. Los temas que suscitan un interés mayor dentro del
poscolonialismo –mestizaje, raza, etnias, género, cultura local versus globalización,
diásporas y migraciones, representación subjetiva de los colonizados, nacionalismo,
resistencias frente al poder colonial– son muy buen ejemplo de ello. La raigambre
posmoderna del poscolonialismo, asimismo, se percibe también en la manera en que estas
cuestiones han sido planteadas, a partir de metodologías narrativas y estudios literarios,
habida cuenta del papel relevante de la literatura como vehículo de la experiencia colonial
y sostén de los discursos que legitimaron el imperialismo y el dominio de la metrópoli. No
es casualidad que Said, Spivak y Bhabha fueran estudiantes de literatura y hayan ejercido
como críticos en dicho campo. No obstante, el desarrollo de la crítica literaria poscolonial
sobre todo le debe mucho al hecho de que la resistencia anticolonial tomara voz
predominantemente a través de la palabra escrita, como muestra el paradigmático ejemplo
del psiquiatra martiniqués Frantz Fanon, autor de dos ensayos imprescindibles que han
tenido gran influencia en los tres investigadores ya citados: Piel negra, máscaras blancas,
que ve la luz en 1952; y Los condenados de la tierra, publicado póstumamente en 1961,
mismo año de su muerte. Una vez concluida la descolonizació n en su vertiente política, era
necesario que se diera en el á mbito cultural, de lo cual es indicativo la eclosió n de una rica
literatura fuera de los cá nones tradicionales a partir de los añ os cincuenta: Chinua Achebe,
Nadine Gordimer, Derek Walcott, Amílcar Cabral, Salman Rushdie, etc.
Said, Spivak y Bhabha se nutrieron tempranamente de las perspectivas posestruturalistas
de Derrida, Foucault y Deleuze, de ahí que su crítica al colonialismo se diferencie en gran
medida de las tesis anticolonialistas clá sicas, cuyos principios epistemoló gicos serán
también puestos en duda por su vinculación con la racionalidad occidental. En la base de
esta racionalidad, no lo olvidemos, se encuentra la dominación política y económica que
desde Europa se ejercerá sobre el resto del mundo, por lo que su propia estructura era
racista e imperialista. Cabe apuntar, asimismo, que mientras el marxismo, por ejemplo, se
centrará históricamente en los aspectos materiales del colonialismo, prestará nula atención
a las cuestiones subjetivas y representacionales, es decir, a la «colonización de las mentes».
Así, los poscolonialistas asumieron las nociones histórico-filosóficas de la revolución
posestructuralista porque les proveían de nuevas estrategias, conceptos e instrumentos
para cuestionar la forma en que Occidente y su pensamiento ilustrado había abordado el
hecho colonial. Los «civilizados» europeos convertirán a los indígenas y nativos de sus
colonias, a los «otros», en sujetos de conocimiento, dando lugar con ello a la formación de
pares conceptuales, a la construcción de modelos binarios en los cuales uno de los opuestos
está en posición de superioridad. Siempre hay un concepto que ocupa una posición central
ante la cual el otro queda subordinado: occidental/oriental, banco/negro,
civilización/barbarie, hombre/mujer, etc. Derrida propone frente a ello la necesidad de
«deconstruir» el lenguaje (Powell 2007); la llamada «deconstrucción», por consiguiente,
tiene como principal objetivo descentra el centro, romper esas posiciones privilegiadas y
potenciar la diversidad y realidades plurales. A Foucault, por su parte, hay que reconocerle
el mérito de haber sido uno de los primeros autores en plantear con cierto éxito la
imbricación existente entre conocimiento y poder (2009). El saber, bajo ningún concepto,
puede ser considerado inocente. Siguiendo la estela de Nietzsche y Heiddeger, lo que
Derrida y Foucault están haciendo es criticar el carácter esencialista del pensamiento
occidental y su imposición al resto de culturas (Gandhi 1998, 25-27). Tener estas ideas
presentes es básico para repensar las premisas, concepciones y presunciones de la cultura
occidental acerca del colonialismo, puesto que desde un punto de vista poscolonial siempre
se dirá que «quien tiene el poder, impone el discurso». Los dos filósofos franceses citados,
no obstante, serán también objeto de duras críticas por parte de los poscolonialistas, en
especial de Spivak (2010), traductora al inglé s de Derrida, que les acusa de no haber sabido
desprenderse de su valores eurocé ntricos en su intento de representar al «Otro». Por eso,
en ú ltima instancia, estos autores tambié n acuden a los teóricos marxistas, como Gramsci,
quien aporta interesante armas metodoló gicas para asediar la dominació n colonial.

El origen de los estudios poscoloniales es la publicació n de Orientalismo en 1978 por parte


de Said (Young 2001, 382). Su gran éxito, a pesar de los ataques que recibirá su visió n
excesivamente totalizadora, es haber aportado metodologías para estudiar las
implicaciones ideoló gicas del conocimiento y modelos de crítica a las prá cticas discursivas
formuladas en Occidente sobre los pueblos y las culturas no-occidentales. Le siguen, en la
dé cada siguiente, un conjunto de trabajos realizados por escritores no occidentales o
emigrados a Reino Unido y Estados Unidos desde los países del Tercer Mundo –Spivak,
Bhabha, Ranajit Guha, Dipesh Chakrabarty, Partha Chatterjee, Achille Mbembe, Chandra
Talpade Mohanty, Leela Gandhi, Walter Mignolo, etcétera– que irá n completando, hasta su
definitiva consolidació n a finales de los añ os ochenta y principios de los noventa, la vía
crítica por é l iniciada. De esta manera, iremos viendo la enorme importancia que tendrá n
en el desarrollo de la teoría poscolonial tanto los estudios de crítica literaria, de los que
tambié n toma parte el propio Said, como el Subaltern Studies Group de la India y su intento
de construir una historia que no ignore a los grupos excluidos. Asimismo, debe tambié n
tenerse en cuenta el momento en que los postulados anticolonialistas deja paso a las teorías
poscoloniales, un acontecimiento fundamental en el que Fanon tiene mucho que ver.
1. Puntos de partida
Said y su crítica al orientalismo
En Orientalismo, por primera vez, el llamado «discurso colonial» será analizado como un
conjunto de imá genes falseadas sobre Oriente que los europeos utilizaron para controlar
sus colonias política, militar y culturalmente (Said 2002, 21-22). Conocimiento y poder, de
la mano, fueron dos armas primordiales en la dominación de Oriente por pos occidentales
hasta mediados del siglo XX. En efecto, la creencia de Said es que Oriente, una imagen
inmutable, nunca fue un tema para británicos y franceses sobre el que se tuviera libertad
de pensamiento o acció n, ya que hasta en la indiferencia aparente de las producciones
literarias que no implicaban defensa alguna del proyecto imperialista se rastrea una
complicidad con tal empresa cuya eficacia es equipabrable a las obras que amparan y
difuden abiertamente el proceso colonial, como el profesor palestino-estadounidense
señala en Cultura e imperialismo (1996), su otra gran obra. Said escudriña en sus
numerosos trabajos –aquí únicamente nos centraremos en los dos ya citados– múltiples
materiales: novelas romá nticas, compendios de historia, obras filológicas, tratados de
geografía, libros de viajes y discursos políticos de los administradores coloniales. Tanto las
figuras políticas, caso de Lord Cromer, embajador británico de Egipto (1883-1907), como
los orientalistas –Ernest Renan, Silvestre de Sacy, Edward Lane– y los más destacados
literatos –Chateaubriand, Lamartine, Nerval, Flaubert, Kipling– participaron de forma
activa en el establecimiento de elementos de comparación para consolidar, por oposición,
la identidad europea. Serán, por tanto, los políticos, académicos y escritores los que den
base raconal e incluso científica a toda una serie de tópicos y prejuicios, muchos de ellos
heredados del pasado, que redispuestos y reformulados crean un cuerpo doctrinal que
allanará el camino a las administraciones europeas que se establecieron en África, Asia y
Oceanía desde el primer cuarto del siglo XIX. Cobrará así un sentido nuevo la afirmació n
que Benjamin Disraeli hace en su novela Tancred (1847): «Oriente es una carrera» (citado
en Said 2002, 24). Por supuesto, esto significa aceptar, si no lo hemos hecho ya a estas
alturas, que el denominado «orientalismo», disciplina que se refiere al estudio de las
sociedades orientales por parte de los occidentales a partir de la segunda mitad del siglo
XVIII, no ha sido otra cosa que «una ciencia que situaba los asuntos orientales en una clase,
un tribunal, una prisió n o en un manual para analizarlos, estudiarlos, juzgarlos, corregirlos
y gobernarlos» (2002: 64).
En suma, Said concluye que Oriente es una invenció n europea y por esta razón no era una
cuestió n sobre la que se pudiera hablar libremente. El oriental es representado a travé s de
una imagen fija, estanca y sin dinamismo; un estereotipo dotado de unos atributos
concretos e inmutables desde la Baja Edad Media: despó tico, pasivo, con tendencia al
engañ o, equívoco, lujurioso. Hay aquí implícita, no cabe duda, una forma de pensar basada
en «la diferencia entre lo familiar (Europa, Occidente, “nosotros”) y lo extrañ o (Oriente, el
Este, “ellos”)», como dirá el propio Said (2002, 73). Esto fue lo que hizo, en fin, que la cultura
europea adquiriera fuerza e identidad al ensalzarse a sí misma en detrimento de Oriente,
cuya conquista y dominació n es legítima por ser considerado una forma cultural inferior a
la que era preciso civilizar. El meollo de la cuestió n está en entender el orientalismo, sea
acadé mico, imaginativo o institucional, como un discurso, lo que nos deja entrever una clara
inspiració n foucaultiana. Todo saber, efectivamente, está determinado por la tradició n, la
sociedad, la economía o los intereses estatales. He aquí la razó n de que Orientalismo
aparece ante nosotros, parafraseando a Foucault, como una arqueología de un modo
concreto de conocimiento: el conocimiento occidental sobre Oriente. En este sentido,
resulta interesante apuntar que esta fue la primera monografía relevante que usó
conceptos y té rminos provenientes del filó sofo francé s (Vega Ramos 2003, 79). A riesgo de
ser repetitivo, cabe concluir que el orientalismo se puede describir como una construcció n
discursiva sobre Oriente que, ya desde el siglo XVIII, determinaba que podía pensarse,
decirse y reconocerse como verdad en el continente europeo, todo lo cual acabó
legitimando su control y dominació n por parte de Occidente. No cabe ninguna duda, segú n
el pensamiento saidiano aquí expuesto, que el orientalismo fue fuente de poder y efectos
de verdad, de ahí que tambié n sea definido como el equivalente cultural del colonialismo
político.
Ha quedado claro que Oriente se «orientaliza» por acció n de Occidente a la par que avanza
el fenó meno político del colonialismo. Ese Oriente se halla ya, por citar un ejemplo muy
recurrente, en Les Orientales, colecció n de poemas publicados en 1829 por Victor Hugo. El
lector puede reconocer con facilidad tanto la ferocidad como la suntuosidad de los turcos,
derroches de color, mujeres arrojadas al Bó sforo, cabezas cortadas, harenes y sarrallos,
bergantines, visires y eunucos, cautivas entregadas al amor pasional del mercader. Cuando
los occidentales iban a tierras orientales, incluso en la actualidad, no buscan otra imagen,
desechando todo lo que no concuerde con esta visió n estereotipada y prejuiciosa (Rodinson
1989, 85). Nos encontramos, de hecho, ante uno de los temas estrella de los estudios
poscoloniales: cómo se construye desde Occidente al «Otro». Se asume, lógicamente, que la
idea de superioridad de la cultura e identidad europeas frente a las demás culturas e
identidades preside la representación del colonizado. Según la tesis de Said, el orientalismo
difunde sus premisas, que aparentemente son inocuas, a través de la profesionalización del
saber, las universidades y las sociedades de estudios específicos. La idea de una disciplina
particular consagrada al estudio de Asia y Norte de Á frica toma cuerpo al mismo tiempo
que los europeos centran su atenció n en el dominio político, no só lo econó mico, de esas
regiones. Allí proliferan, bien es sabido, culturas de diverso origen, pero los orientalistas
muy pocas veces se detuvieron en distinciones o matices, afrontando el estudio de esa
realidad como un todo fijo, sosteniendo así las nociones de superioridad europea y atraso
oriental. Ejemplo poco comú n: Rusia, donde la enseñ anza del á rabe floreció en Kazá n a
partir de 1804 en un intento por parte del zar de controlar mejor a los musulmanes
tá rtaros. La unió n de exotismo, especializació n acadé mica e imperialismo agresivo condujo,
de manera irremediable, a las ya conocidas oposiciones binarias, que acabarán legitimando
la preeminencia de lo uno –Europa– sobre lo otro –Oriente–. No obstante, como ya hemos
apuntado arriba, Said va mucho más lejos en Cultura e imperialismo al defender que las
prácticas imperialistas calaron tan hondo en la sociedad europea de los siglos XIX y XX que
son verdaderamente pocas las novelas o producciones artísticas en las que el hecho colonial
no haya dejado huella. Las ficciones literarias, convertidas en vehículos de representació n,
han contribuido tantísimo a la estereotipació n del «Otro», ya sea oriental, negro, á rabe o
indio, que son equiparables a cualquier texto emanado del poder o del conocimiento
acadé mico. Es decir, lo que he mencionado arriba para Victor Hugo puede ahora aplicarse,
justo en el mismo sentido y forma, a Jean Austen, Dickens, Joseph Conrad, Balzac y otros
muchos, sin olvidar las ó peras de Verdi y los cuadros de Delacroix. Tan só lo hay que pensar
en los papeles que debieron jugar la India o el Magreb en la economía, la vida política y los
quehaceres de las sociedades britá nica y francesa para entender que sus imperios eran un
asunto principal que atraía constantemente la atenció n de la gente metropolitana. No
estamos ante simples procesos de acumulació n y adquisició n (Said 1996, 44), dado que la
prá ctica colonial acabará siendo sustentada por só lidos posicionamientos ideoló gicos –
desde la ilustrada convicció n de que ciertos pueblos requieren ser dominados para
progresar a la idea, bastante simple, de que la grandeza nacional exige la posesió n de un
imperio– que han sido implantados en el imaginario colectivo por las novelas. Lo que Said
expone, en definitiva, es que la dominació n de Oriente por los occidentales precisó algo má s
que soldados, cañ ones y misioneros. Puede decirse que sin novela no hay imperio; sin
imperio no hay novela. Este juego de palabras surgiere muchísimas cosas, pero sobre todo
que la literatura, en realidad la cultura europea en su totalidad, determina la
representació n del colonizado con sus estereotipos. Es en las colonias donde los escritores
europeos sitú an el lugar de la fantasía, de los placeres prohibidos, allí donde dar
satisfacció n a los instintos má s profundos, el espacio de la riqueza y el amor extenuante. En
este sentido, no resultaría estú pido preguntarse si es posible concebir las plá cidas
mansiones victorianas que aparecen en las obras de Austen o las hermanas Brontë sin los
esclavos trabajando en las plantaciones de té de Ceilá n. No aparecen, no se escucha su voz,
pero sabemos que estaban ahí, mantenié ndolas en la sombra.
La raíz literararia de los estudios poscoloniales
La importancia que la literatura tiene en el poscolonialismo ha quedado ya sobradamente
remarcada. Cabe entonces preguntarse a qué se debe esta concienzuda vinculación entre
literatura y poscolonialismo que, incluso, ha llevado a no pocos investigadores a sustentar
todo su aparato teó rico-crítico en metodologías puramente narrativas. No es un tó pico
señ alar que la literatura, como cualquier otra actividad creativa, está muy condicionada por
factores ajenos exclusivamente a lo literario. De hecho, es el estudio de estos mú ltiples
aspectos lo que permite desarrollar nuevas perspectivas desde las que abordar los textos y
mostrar las connotaciones ideoló gicas que suelen ocultar. ¿Responde la elecció n del tema
de una novela al simple gusto del autor? Este tipo de cuestiones conectan la producción
literaria con la realidad política, económica y social bajo la cual se ha gestado. La idea de
Said, como sabemos, es que el colonialismo como fenómeno histórico acabó determinando
el curso de la actividad literaria de los países que tomaron parte en este proceso, sobre todo
Gran Bretañ a y Francia. Las novelas se convierten así en una parte fundamental del discurso
colonial, que está incluso presente en autores tan insolentes con el poder como Baudelaire,
por no hablar de la complicidad colonialista de dos obras clá sicas de la literatura universal,
Grandes esperanzas (1861) y El corazó n de las tinieblas (1902), de Dickens y Conrad
respectivamente.
Said, sin embargo, no prestó en Orientalismo ninguna atenció n a la resistencia textual
contra el imperio, aunque sí lo haría parcialmente veinticinco añ os despué s en Cultura e
imperialismo, donde se ocupa sobre todo del dramaturgo irlandé s William Butler Yeats y la
complicidad de sus obras con el movimiento a favor de la independencia de su país. Para
entonces, el estudio de la resistencia y oposició n textual y cultural a la agresió n colonial ya
llevaba consolidado una dé cada, partiendo de la premisa de que «siempre existen dos
lados», como el propio Said acabó reconociendo en los añ os noventa (1996, 299). Hasta ese
momento, segú n señalan sus críticos, las tesis saidianas habían ignorado por completo la
figura del colonizado, una omisió n que ahora intenta subsanar. Por tanto, una aproximació n
cabal al imperialismo requiere, sin excepció n, el estudio de los contradiscursos, que
paradó jicamente acabará n convertidos en la principal manifestació n textual de la
descolonizació n. Como reza una afamada fó rmula de Eric Hobsbawm, resulta bastante
obvio que los movimientos de subversió n colonial poseen la misma fuerza creativa que el
imperio para «inventar tradiciones» (2002, 7-21). La consiguiente recuperació n cultural
que sigue, tras toda independencia, a la recuperació n territorial así lo muestra. En todos los
nuevos estados que surgen en los territorios descolonizados, la dominació n europea dejó
paso a un movimiento nacionalista generalizado, entendido en origen como prá ctica
libertadora y anticolonial, aunque las estructuras de organizació n política de la antigua
administració n colonial y sus fronteras se mantuvieran, dando lugar a insó litas y artificiales
realidades, una situació n que en buena medida obtendrá su legitimació n a travé s de
complejas manifestaciones culturales.
El papel que juega en este proceso la llamada «literatura poscolonial» o «neonacional» es
trascendental, con una dimensió n política que no conviene menospreciar. Novelistas y
poetas negros como los antillanos Frantz Fanon y Aimé Cé saire, el guineano Amílcar Cabral
o el senegalé s Lé opold Senghor, que acabó presidiendo su país entre 1960 y 1980, dan muy
buena cuenta de ello. Efectivamente, en los añ os sesenta no tardó en cuajar dentro de la
filología inglesa una subdisciplina conocida como «literatura de la Commonwealth»,
constituida por el estudio de la producció n literaria en inglé s por autores no britá nicos. En
parte, esto se justifica por el gran impacto que los escritores de países del Tercer Mundo
tuvieron en la segunda mitad del pasado siglo XX. Es el caso de Chinua Achebe, Rushdie,
Derek Walcott, Nadine Gordimer o Gabriel García Má rquez, algunos de los cuales, como es
el caso de los tres ú ltimos aquí citados, han llegado a ser premiados con el Nobel. Esta
eclosió n de la literatura escrita en los antiguos dominios coloniales queda bien
ejemplificada con una frase del propio Salman Rushdie: «the Empire writes back to the
Centre» [2], en clara referencia a los autores que resisten y subvierten a travé s de sus textos
la perspectiva colonizadora, una estrategia de contestació n que busca la inversió n del
canon literario tradicional –europeo–. Esta contraescritura, este contraataque literario, es
una forma de rechazar la dependencia cultural y provoca que lo que era marginal,
secundario o poco ortodoxo sea ahora un elemento de primer orden, todo ello sin dejar de
utilizar la lengua metropolitana. Las tradiciones literarias impuestas y difundidas por los
europeos en sus colonias africanas y asiá ticas se alteran, parodian o niegan, mientras que
los estilos narrativos occidentales son reformulados para que sirvan a nuevos fines. Esto
explica que Cé saire transformará La tempestad de Shakespeare en una alegoría de la
colonizació n y al salvaje Calibá n, frente al esclavista Pró spero, en un hé roe [3]; o por qué se
convirtió el realismo má gico en símbolo de la producció n literaria del Tercer Mundo.
Los estudios subalternos
A principios de la dé cada de 1980, coincidiendo con la eclosió n intelectual de la primera
generació n de acadé micos educados en el período inmediatamente posterior a la
independencia, surgirá en la India el Subaltern Studies Group. Fundado por un amplio
conjunto de historiadores e historiadoras a cuya cabeza está Ranajit Guha, los miembros
del Subaltern Studies Group se verán fuertemente influenciados por la obra del marxista
britá nico E. P. Thompson y su historia de la clase obrera inglesa, de ahí que su objetivo
principal no sea otro que la construcció n de una historia que por fin tenga en cuenta de
modo general a los oprimidos, a los sin voz. De hecho, este grupo, del que formarán parte
autores ya referidos más arriba como Dipesh Chakrabarty, Partha Chatterjee o la ya famosa
Spivak, eclosiona en respuesta a la preponderancia de una historiografía excesivamente
nacionalista, en la que pobres y desposeídos, si es que aparecen, quedan subordinados a la
propuesta estatal de la é lite dominante que controlará la India a partir de Gandhi. Debe
tenerse presente, por tanto, que la pretensió n de los historiadores subalternistas no es só lo
revisar la historiografía imperial britá nica que legitimó la dominación colonial, sino
tambié n la que germina tras la independencia por potenciar una historia excluyente que se
basa ú nicamente en los logros de los grandes figuras de la nació n, como el propio Gandhi o
Nehru, sin considerar a los subalternos ni tampoco tener en cuenta las identidades
culturales mixtas y las hibridaciones. En fin, este discurso histó rico monopolizado por la
clase dirigente, un grupo muy minoritario que colaboró abiertamente con los britá nicos y
portugueses durante los más trescientos añ os de control sobre el subcontinente indio, debe
dejar paso a un aná lisis que permita concebir a los grupos subalternos como sujetos de la
historia.
El concepto «subalterno» que usan estos historiadores fue propuesto ya en el primer tercio
del siglo XX por el marxista italiano Antonio Gramsci para referirse a los individuos sujetos
a la influencia o hegemonía de otro grupo social con mayor poder, del que dependen
política, económica, jurídica, social y culturalmente. A los historiadores del Subaltern
Studies Group ú nicamente les quedó la asequible tarea de aplicar una perspectiva
poscolonial al té rmino y vincular a é l categorías de etnicidad y gé nero, lo que les hizo
concebir a la subalternidad como una condició n completamente ajena al movimiento
nacionalista. Así, una vez identificado el subalterno con el colonizado, el siguiente paso
consitía en construir una historia de la India alternativa a la de la é lite nacional, que
reproducía las exclusiones de los historiadores occidentales. La resistencia nacionalista
siempre aparecía, por lo general, como la ú nica forma de oposició n al colonialismo europeo,
ignorá ndose otras formas de lucha no controladas por el grupo nativo dominante. Frente a
ello, el Subaltern Studies Group quería indagar en la historia suprimida y dar protagonismo
a los subalternos: campesinos, mujeres, poblaciones indígenas, asalariados, esclavos,
etcétera. La historia subalterna es, por tanto, una especie de insurgencia acadé mica contra
las omisiones deliberadas de la historiografía tradicional (Vegas Ramos 2003, 286).
Entre tanto, el grupo inspirado por Ranajit Guha se había constituido en colectivo editorial
y elaboraron una publicació n perió dica cuyo primer volumen salió en el año 1982, la revista
Subaltern Studies: Writings on South Asian History and Society. El hecho de que la corriente
subalternista cuestionara la interpretació n tradicional del colonialismo hizo que pronto
fuera asociada a la crítica poscolonial en auge, favoreciendo su expansió n a otros
continentes. Resultado de este «boom de lo subalterno» es, en efecto, el Grupo de Estudios
Subalternos Latinoamericanos, que surge de la mano de Walter Mignolo en el añ o 1992. Los
estudios subalternos son, en defintiiva, un ejemplo claro de «historia hecha desde abajo»,
inaugurada por E. P. Thompson y Eric Hobsbawm, que en los añ os sesenta se preguntaron
por las aportaciones que habían realizado las clases bajas de la sociedad britá nica a la
democracia. Los subalternistas hará n exactamente lo mismo: ¿qué papel jugaron los grupos
subalternos en las resistencias contra el imperio? ¿Y en la política de los movimientos
nacionalistas?
A la vez, no obstante, esa capacidad para dar voz a los sin voz es cuestionada por Spivak en
un famosísimo ensayo titulado «¿Puede hablar el subalterno?». Para representarse a sí
mismos, según esta autora, los colonizados sólo tienen la posibilidad de usar las
herramientas de los colonizadores, puesto que no cuentan con un lugar de enunciación
desde el cual hablar o responder. Su «habla» no tienes estatus discursivo. Que esté
silenciado no quiere decir que el subalterno no exista, aunque recuperar su voz es una tarea
imposible. La tesis en la que se basa esta argumentación es que la voz del subalterno no
aparece en los textos y discursos por ningún lado, siendo sólo objeto, en algún caso
esporádico, de la ilusión y fantasía colonial. De este modo, si la voz del subalterno no se
puede recuperar, debe ser el historiador quien lo «represente», perdiendo así su condición
originaria. Es más, aunque Spivak no se muestra tan rotunda en la última versión de su
trabajo [4], insiste en que gran parte del silenciamiento al que se ven sometidos los
subalternos es responsabilidad, más que de las autoridades coloniales, de los propios
intelectuales (Spivak 2010, 302-304). Sea como fuere, podría en su contra argumentarse
que si algo sabemos sobre los subalternos es porque de alguna manera han podido
«hablar»; una teoría excesivamente rigurosa parece que cierra puertas cuando todavía en
muchos casos no están abiertas. Retomaremos la cuestión en la siguiente entrada de este
blog.

Del anticolonialismo a las teorías poscoloniales: Frantz Fanon


Es irrefutable que las críticas al colonialismo son tan antiguas como el hecho mismo. De
sobra es conocida la defensa de las poblaciones americanas que Bartolomé de las Casas
lanza a mediados del siglo XVI. Desde el fraile sevillano a Marx, pasando por otros teó ricos
como Jeremy Bentham, Montesquieu, Stuart Mill o Proudhon, se han dado múltiples
corrientes de pensamiento que se opusieron a la aventura colonial tal y como se estaba
desarrollando. La irrupció n del anticolonialismo de inspiració n socialista hacia la dé cada
de 1840, coincidiendo con los inicios del período de esplendor de la dominació n occidental
de Á frica y Oriente, abriría nuevos caminos de crítica. El tema anticolonialista recorre, en
efecto, toda la obra econó mica de Marx, para quien el ré gimen colonial era una muestra
má s de la explotació n capitalista. Empero, siempre fieles a su interpretació n dialé ctica de
la historia, el filó sofo renano y su colega F. Engels considerará n que el capitalismo, al
introducir nuevos modos de producció n en las arcaicas estructuras de las sociedades
colonizadas, prepara el advenimiento de un sistema econó mico basado en la explotació n
del hombre por el hombre que a la vez contribuye, debido a ese fenó meno endé mico, al
desarrollo de las condiciones materiales que pondrá n fin a semejante antagonismo. Ni Marx
ni Engels intentan justificar con esta afirmació n las empresas coloniales, que condenan con
severidad repetidas veces, pero la dialé ctica revolucionaria proporciona una explicació n
histó rica que les impide tratar el colonialismo como un mal absoluto. De ahí que cuando
Marx hable de la dominació n inglesa de la India, lo que hará con bastante frecuencia,
convierta a Gran Bretañ a en una «inconsciente herramienta de la historia en la vía hacia la
revolució n» (citado en Young 2001, 108).

Este es un legado difícil de asimilar: si el colonialismo y luego el imperialismo favorecen el


progreso de la revolució n, una ruptura demasiado rá pida de las relaciones coloniales
podría retrasar su advenimiento mundial. Hay que recurrir, pues, a la alianza con los
movimientos de emancipació n nacional para explotar lo má s rá pidamente posible las
contradicciones internas que debiliten el sistema capitalista. R. Young, en su libro White
Mythologies, publicado originalmente en 1990, pone en evidencia que el aná lisis marxista
del colonialismo, basado en la idea ilustrada del progreso universal, opera dentro de una
perspectiva fundamentalmente europea (2004, 2-3). Para ejemplificar este triunfo de los
valores occidentales he elegido a Marx por ser un clá sico interdisciplinario, un autor que
está presente en todos los cajones del saber, aunque no cabe bien en ninguno según señala
F. Fernández Buey (2009, 10), un teó rico al que difícilmente se le puede achacar
connivencia alguna con la é lite política europea que dirige las empresas imperiales. Said
sostiene, de hecho, que Marx estaba también bastante sometido a la «visió n romá ntica
orientalista» que él ataca en Orientalismo (2002, 213). La conclusió n a la que se llega
después de asumir todo esto, sea Marx o cualquier otro teó rico anticolonialista, es que las
críticas al colonialismo e imperialismo que desarrollan los páises occidentales parten todas
justamente de los mismos presupuestos históricos que la ideología que defiende y potencia
estos fenómenos. Ello es así porque hasta mediados del siglo XX no hubo escritor o
investigador alguno que se preguntara por el estatuto epistemoló gico de su propio
discurso. Los principios de la racionalidad moderna, como ya bien sabemos, eran asumidos
sin ninguna oposició n y ello acabó degenerando en manidas y correosas representaciones
del «Otro».
La obra de Frantz Fanon supondrá una importante transformació n epistemoló gica a partir
de los años 1950-1960. El poscolonialismo, tengámoslo claro, no sólo constituye una
corriente de pensamiento crítico, de gran heterogeneidad además, sino que también es un
amplio campo de acción que surge con las luchas de emancipación y hace frente a las aún
numerosas desigualdades que reinan en el mundo descolonizado. Ambas facetas son bien
visibles precisamente en la trayectoria de Fanon (1925-1961), nacido en la colonia francesa
de Martinica. Como ya he dicho, es autor de dos ensayos muy influyentes: Piel negra,
má scaras blancas y Los condenados de la tierra, obra pó stuma prologada por Sartre. En el
primero libro, publicado en 1952, el escritor antillano se centra en los efectos psicológicos
del colonialismo; Fanon defiende que los propios colonizados se han construido cultural y
subjetivamente a través de la interiorización de las formas de inferioridad propugnadas
desde la propia Europa, de ahí su famosa afirmación «el alma negra es una construcción del
blanco» (2009, 46). En otras palabras, para Fanon la civilización occidental había logrado
imponer a los negros una «desviación existencial» que les había llevado a asumir la
superioridad de los blancos. Su obra, que constituye un análisis certero de la alienación del
negro colonizado, de sus causas y sus efectos, tiene como objetivo principal «liberar al
hombre negro de sí mismo» (Fanon 2009: 42). Por ejemplo, Fanon pensaba que el estatus
inferior que los colonizadores atribuyen a la lengua nativa en favor del francés, el inglés o
el alemán como lengua de la civilización era un factor clave para comprender la pretensión
del negro de adoptar el habla y la escritura del colonizador europeo, siendo necesario
revertir esta situación a través de la literatura, una potente arma de emancipación y
desalienación.
Frantz Fanon, no cabe ninguna duda, fue un ferviente defensor de los movimientos de
independencia. En 1954, poco tiempo antes de que estallará la más cruenta guerra colonial,
había sido nombrado director de psiquitría de la ciudad argelina de Blida, pero en protesta
por el trato inhumano dado a los pacientes argelinos por parte de los mé dicos franceses
Fanon renunciará a su cargo en 1956 y se trasladará a Tú nez para trabajar para el Frente
de Liberació n Nacional (FLN). Hasta el año 1960, cuando los nacionalistas argelinos le
nombran embajador en Ghana, que entonces era el centro del movimiento por la unidad
africana, escribió prolijamente en El Moudjahid, el perió dico oficial de la revolució n. En
1961, sin embargo, enferma repentinamente de leucemia y no tarda en morir. Un añ o
despué s termina la guerra y Argelia consigue su independencia. Para ese tiempo, su amigo
Jean-Paul Sartre ya había hecho imprimir lo que podemos considerar el testamento político
de Fanon, su libro Los condenados de la tierra, obra abiertamente política, entendida como
«la Biblia de la descolonizació n» (Young 2001, 281), en la que elabora una teoría de la
liberació n colonial basada en la acció n violenta: «liberació n nacional, renacimiento
nacional, devolució n de la nació n al pueblo, Commonwealth, cualesquiera que sean las
rú bricas empleadas o las nuevas fó rmulas introducidas, la descolonizació n es siempre un
fenó meno violento». (Fanon 1999, 27). ¿Se trata de una observació n analítica o es una
recomendació n tá ctica? La respuesta má s acertada, como dice Wallerstein (2009, 112)
sería que ambas cosas a la vez y la prioridad que se de a una sobre otra, más que de Fanon,
depende del propio lector.
La idea de que el cambio social nunca ocurre sin violencia no era nueva. Sabemos que desde
la Revolució n francesa, por no decir desde siempre, los movimientos de carácter
emancipador han tenido muy claro que los poderosos y privilegiados no iban a ceder su
poder por propia voluntad. En esto se basará la diferencia entre una vía «revolucionaria» y
una «vía reformista». Estamos, pues, ante una propuesta de pensamiento y tambié n de
acció n. No obstante, Fanon es conciente de que si los movimientos revolucionarios, una vez
alcanzado el poder, promovían menos cambios de los que habían prometido, los
movimientos de reforma no lo hacían mucho mejor. De ahí su ambigü edad. Esto se observa
bien en el propio movimiento nacionalista argelino: Ferhat Abbas, el primer presidente de
la nueva repú blica, que pasaría los primeros treinta añ os de su vida política como
moderado, terminó por endurecer sus posiciones a causa del rechazo absoluto de los
franceses a cualquier reforma, convencié ndose de que su movimiento no había llegado a
ninguna parte. Creó entonces el FLN y apostó por la insurrecció n revolucionaria, para
acabar siendo apartado del poder en 1963 por sus propios compañ eros, que postulan la
instauració n de un régimen de Partido Único. Ben Bella, el otro gran líder de la revolució n
argelina y nuevo presidente, tampoco tardaría en ser depuesto por un golpe de estado
protagonizado por la cú pula militar argelina en 1965. Cuando el FLN alcanza el poder Fanon
ya había muerto. Pero, sin duda, no era esto lo que pretendía cuando escribió Los
condenados de la tierra. De hecho, el martiniqué s criticará con gran dureza los nuevos
liderazgos nacionalistas que surgen a la par que se desarrolla la descolonizació n: «el
partido ú nico es la forma moderna de la dictadura burguesa, sin má scaras, sin afeites, sin
escrú pulos, cínica». (Fanon 1999, 130). Este famoso aserto fanoniano va dirigido a los
nuevos dirigentes africanos, la é lite burguesa neonacional, a la que acusa de amparar la
explotació n, el hambre y la ignorancia de los negros. Tan só lo un añ o antes de la aparició n
del libro, en 1960, una quincena de países africanos accedieron a la independencia, pero la
contrarrevolució n ya afilaba cuchillos por todo el continente. Sin ir má s lejos, el primer
ministro congolé s Patrice Lumumba era depuesto antes de que terminara el añ o y, con la
connivencia de los norteamericanos, asesinado a principios de 1961. La dictatura de
Mobutu y una cruenta guerra civil, en la cual incluso luchó un grupo de guerrilleros cubanos
liderados por el Che, sumió al país, que cambió su nombre a Zaire, en un ré gimen de terror
durante má s de treinta añ os con el apoyo de Bélgica, la antigua potencia colonial. Lo que
nuestro autor está criticando, en definitiva, no es la formació n de una conciencia negra, sino
la existencia de movimientos nacionalistas vacíos de contenido social y político, virulentos
en extremo contra todo lo europeo [5], pero dirigidos con prioridad a grupos sociales
occidentalizados: proletarios industriales y funcionarios. Para nuestro autor, el
campesinado, ya hablemos de los trabajadores asalariados de las grandes plantaciones de
café y cacao del golfo de Guinea o de los pequeñ os agricultores diseminados a lo largo del
Magreb, es el ú nico colectivo social verdaderamente revolucionario en los países
colonizados, dado que «no tiene nada que perder y tiene todo por ganar. El campesinado,
el desclasado, el hambriento, es el explotado que descubre má s pronto que só lo vale la
violencia» (Fanon 1999, 47). La similaridad de este postulado con las tesis de Bakunin es
evidente. La violencia de la colonizació n encuentra su acicate en la violencia de la
descolonizació n. El propio Fanon consideraba que Argelia, en este sentido, era una isla
rodeada por gobiernos neocoloniales y que la revolució n había sido impulsada por los
sectores rurales, enfrentados a los terratenientes franceses, y el lumpenproletariado de las
ciudades, destribalizado, una fuerza que espontá neamente toma la iniciativa en la lucha
emancipadora [6]. Efectivamente, estos son para Fanon los auténticos «condenados de la
tierra». Las cosas en Argelia, como sabemos, fueron por otro camino bien distinto.
***

La transformación epistemológica que supone la obra de Fanon y el relevante papel que


otorga a la literatura como forma de resistencia cultural, junto con el enfoque discursivo
que Said aplica al colonialismo a finales de los años setenta y la labor de relectura histórica
del Subaltern Studies Group, ya en la década de 1980, constituyen la génesis de las teorías
poscoloniales, como hemos visto en esta primera entrada. Dejamos, para un segundo post,
los debates y problemas que giran en torno a algunos conceptos clave del poscolonialismo
como «otredad» e «hibridación», así como las críticas a esta corriente teórica, que
fundamentalmente denuncian la preponderancia que se otorga a las posturas
posmodernas.
Para ampliar información acarca del tema, asimismo, pueden consultarse los textos y
páginas web que se incluyen en el apartado de recursos sobre poscolonialismo de este
mismo blog. Su actualización es periódica.
Referencias bibliográfricas
Ashcroft, Bill, Gareth Griffiths y Helen Tiffin. 1989. The Empire Writes Back: Theory and
Practice in Post-Colonial Literatures. Londres: Routledge.
Fanon, Frantz. 1999. Los condenados de la tierra. Tafalla: Txalaparta.
Fanon, Frantz. 2009. Piel negra, máscaras blancas. Trad. de Ana Useros Martín. Madrid:
Akal.
Fernández Buey, Francisco. 2009. Marx (sin ismos). Barcelona: El Viejo Topo.
Foucault, Michel. La arqueología del saber. Trad. de Aurelio Garzón del Camino. Madrid:
Siglo XXI.
Gandhi, Leela. 1998. Postcolonial Theory: A Critical Introduction. Nueva York: Columbia
University Press.
Hall, Stuart. 2008. «¿Cuándo fue lo postcolonial? Pensar en el límite». En Estudios
postcoloniales. Ensayos fundamentales, editado por S. Mezzadra, 121-144. Madrid:
Traficantes de Sueños.
Hobsbawm, Eric y Terence Ranger, eds. 2002. La invención de la tradición. Trad. de Omar
Rodríguez. Barcelona: Crítica.
Mellino, Miguel. 2008. La crítica poscolonial: descolonizació n, capitalismo y cosmopolismo
en los estudios poscoloniales. Buenos Aires: Paidó s.
Powell, Jim. 2007. Derrida para principantes. Buenos Aires: Era Naciente SRL.
Rodinson, Maxime. 1989. La fascinación del Islam. Madrid: Júcar.
Shohat, Ella. 2008. «Notas sobre lo “postcolonial”». En Estudios postcoloniales. Ensayos
fundamentales, editado por S. Mezzadra, 103-120. Madrid: Traficantes de Sueños.
Spivak, Gayatri Chakravorti. 2010. Crítica de la razón poscolonial. Hacia una historia del
persente evanescente. Trad. de Marta Malo de Molina. Madrid: Akal.
Said, Edward. 2002. Orientalismo. Trad. de María Luisa Fuentes. Barcelona: Debolsillo.
Said, Edward. 1996. Cultura e imperialismo. Trad. de Nora Catelli. Barcelona: Anagrama.
Vega Ramos, María José. 2003. Imperios de papel. Introducción a la crítica postcolonial.
Barcelona: Crítica.
Wallerstein, Immanuel. 2009. «Leer a Fanon en el siglo XXI», New Left Review 57: 109-117.
http://newleftreview.es/article/download_pdf?language=es&id=2784 (consultado el 23
de febrero de 2014).
Young, Robert. 2001. Postcolonialism: An historical introduction. Oxford: Blackwell
Publishers.
Young, Robert. 2004. White Mythologies: Writing History and the West. Second Edition.
Londres-Nueva York: Routledge.

[1] La ambigü edad del concepto «poscolonialismo» viene suscitando arduos debates ya
desde de los añ os ochenta, como bien sintetiza Miguel Mellino (2008, 21 y ss.). Por lo
general, se entiende que «lo poscolonial» hace referencia a una situació n histó rica concreta:
la que sucede a los distintos procesos de descolonizació n y construcción nacional tras la
dominación europea de África, Asia, Oceanía y el Caribe. Este es, de hecho, el sentido que le
dan al término «poscolonial» los autores de unos de los textos más conocidos y reseñaldos
de la crítica poscolonial, The Empire Writes Backs: Theory and Practice in Post-Colonial
Literatures (Ashcroft, Griffiths y Tiffin 1989, 1-13). Desde un punto de vista tremendamente
parecido, el propio Stuart Hall señala que el concepto que aquí estamos tratando resulta
bastante útil si lo que buscamos es «describir o caracterizar el desplazamiento en las
relaciones globales que marcan la trasición (necesariamente desigual) de la época de los
Imperios al momento postindependencia o postdescolonización. Puede también ayudarnos
(aunque en este caso su valor es más gestual) a identificar cuáles son las nuevas relaciones
y ordenamientos de poder que están surgiendo en la nueva coyuntura (…). Hace referencia
a un proceeso general de descolonización que, al igual que la propia colonización, ha
marcado a las sociedades colonizadoras de manera tan poderosa como a las colonizadas
(2008, 127). Es decir, la palabra «poscolonial» alude al proceso de desvanecimiento o
liberación del síndrome colonial. Sea como fuere, aunque se asuma que a partir del año
1945 aparecen nuevas formaciones culturales y políticas en el nuevo mundo descolonizado,
existen muchos autores que no aceptan que deban situarse en un mismo nivel a Australia y
Egipto, Nueva Zelanda y Zimbabue, Canadá y la India (Shohat 2008, 107-109). De esta
manera, puede decirse que el prefijo pos- es una suerte de nueva provocación posmoderna
(Gandhi 1998, 5-9), ya que como otras veces hemos apuntado en este blog, no hace
referencia a una ruptura completa o a un rechazo, sino a la imposibilidad de superación de
ciertas dinámicas, en este caso las dinámicas coloniales, que todavía están muy presentes
en el mundo contemporáneo.
[2] Rusdhie utilizó esta fó rmula –«el imperio contraescribe» sería su traducción– para
remarcar que las producciones literarias de las antiguas colonias estaban siendo obra de
autores de habla inglesa o educados al modo occidental, como é l mismo. Son escritores no
occidentales que escriben desde el centro –o sea, Occidente–, pero manteniendo una
postura marcadamente crítica, una paradoja que no siempre se comprende. En este sentido,
los ataques que el mundo islá mico ha lanzado contra Rushdie, indio de familia musulmana,
plantean su complicidad con los valores imperialistas: expresarse en la lengua del
colonizador es definirse en los té rminos que é l marca.
[3] La tempestad (1611), una de las obras teatrales má s cé lebres de Shakespeare, relata el
naufragio del duque milané s Pró spero y su hija Miranda en una isla inhó spita donde só lo
habita un autó ctono, el salvaje Calibá n, del que se sirve para poder sobrevivir. Este drama
ha sido en el siglo XX ocasionalmente releído e interpretado por otros autores –Rubé n
Darío, Fanon, Ngugi wa Thiong’o– como una justificació n de la dominació n europea sobre
los desposeídos. La reescritura del propio Cé saire, Una tempestad (1969), naturaliza la
figura de Calibá n, el «buen salvaje», y enfatiza los aspectos totalitarios de Pró spero, el
europeo civilizado.
[4] Un borrador inicial del texto aparece en la revista Wedge en 1985, aunque la primera
versión canónica de este ensayo, titulado en inglés, «Can the Subaltern Speak?», sería
publicado en 1988 dentro de Marxism and the interpretation of Culture, una obra colectiva
editada por la Universidad de Illinois que aborda el aná lisis de la sociedad y la cultura desde
posiciones neomarxistas. Este trabajo, sin embargo, sería objeto de una nueva revisión en
el año 1993, cuando Spivak lo incluye con modificaciones de importancia en su libro A
Critique of Postcolonial Reason. Toward a History of the Vanishing Present, que es traducido
al castellano en 2009 por la editorial Akal. Esta es la versión que aquí utilizamos y citamos.
[5] En Piel negra, má scaras blanca escribirá: «Para nosotros el que adora a los nè gre está
tan “enfermo” como el que los abomina» (2009, 42). Fanon había estudiado en Francia; allí
conoce la obra de Marx y Freud, sus principales influencias.
[6] La batalla de Argel, una película italiana de 1965, dirigida por Gillo Pontecorvo, muestra
a la perfecció n la participació n en la lucha callejera contra las tropas francesas por parte de
las capas má s populares: ladrones, pobres, ex presidiarios, etc. Se puede ver con subtítulos
en castellano aquí.