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Exposición

“Par de subjetividades con un cable a tierra”


Alperoa – Sebastián Burgos

Muñozcoloma

Se podría señalar que uno de los síntomas más recurrentes de la


posmodernidad es la desconfianza extrema a la homogeneización, aquello que
tiempos atrás se erguía como deseable comenzó a levantar sospechas cuando
las personas comenzaron a percatarse que esto quizás no era más que otro
medio que servía al establishment para controlar aquello que denominamos, en
muchos casos, arte o cultura. Aunque resulte evidente me es necesario
mencionar que siempre resulta más fácil y económico controlar todo lo que se
adscriba a la norma, porque todo lo que emerge fuera de ella implica un trabajo
especial, un método que requiere el concurso de recursos que el mercado no
está dispuesto a gasta o a invertir en “solucionar” esta falla.

Ahora bien, señalo lo anterior porque si algo no tiene esta muestra, que nos
presenta Burgos y Alperoa, es una mínima actitud que se acerque a aquello de
la normalización, a simple vista uno se percata que la diferencia, en general, en
la producción material de la obra es brutal, pero quizás lo cuestionable se
encuentra en la intencionalidad en la producción de sentido de ésta. A mi
juicio, a pesar de que ambas se encuentran en dos puntos distantes, ambos
pertenecen al mismo campo semántico, incluso simbólico, y que a pesar de la
tremenda lejanía existente entre ellos tienden a unirse en su trayecto, no
obstante esta tendencia sufre de aquello que en la matemática se denomina
asintótica, manteniéndose siempre a una distancia que jamás permitirá que se
unan en un solo discurso, poniendo en tensión la condición vernácula del arte y
del ser humano, me refiero a la materia y al espíritu.

No se puede soslayar, además, que al observar las obras de Alperoa el


recuerdo se ancle indefectiblemente en algunos trabajos de Basquiat o
Rauschenberg, particularmente los que rebalsan materia. Y es a través de la
eclosión de líneas, colores y objetos como el artista nos invita a sumergirnos en
lo visceral que tiene la creación en general, en lo que algunos podrían calificar
de dionisiaco, que nos atan a la materialidad y nos señalan que en medio del
desorden (o través de éste) la violencia insiste en aparecer en cada espacio.
Como si la acumulación explosiva fuera el centro de un mensaje histórico-
biográfico del productor y la urgencia por deshacerse de aquellos objetos
atesorados como reliquias (en una especie de Síndrome de Diógenes) fuera el
medio para aferrarse a un mundo que intenta dejar atrás la propia materialidad
que la constituye para acercarse a un mundo más sutil, con mayor levedad.

Dentro de la misma lógica emerge la obra de Burgos, pero la cual se mueve,


justamente en sentido contrario. Es probable que también apele a fenómenos
similares a los Alperoa, pero a través de su visualidad nos lleva a un mundo
que raya en lo onírico, pero siempre dejando un punto de sujeción del ser
humano a la realidad, una realidad donde la soledad permea todo, donde el
individuo, algunas veces presente por su ausencia, es parte insustituible de un
escenario que nos mueve hacia la angustia, a esa sensación mustia de
sabernos, en algún momento, colmados de vacío. Como si nuestro sino no
fuera más que perdernos, ni siquiera en la mirada del otro, si no en la propia,
en nuestras económicas pequeñeces. Esto reforzado, por ejemplo, por el título
de una de sus obras, “Ceguera blanca” que produce inmediatamente una
intertextualidad con Saramago, con aquella ablepsia lechosa de su “Ensayo
sobre la ceguera”, exponiendo al ser humano a todas sus limitaciones.
Además, por si fuera poco, toda su obra es reforzada por esa especie de
estética de la scuola metafísica de Di Chirico, de la ausencia total.

Resumiendo, la tensión que se produce en el cruce que se genera entre estas


propuestas quizás no sea más que el reflejo de la dicotomía a que nos
enfrentamos a diario entre la materia y el espíritu, y quizás mejor, entre la carne
y la voluntad. Una voluntad generada en el fragor de la lucha diaria por licuar
lo turbio que se nos presenta a cada instante, aquello que nos señala que
estamos ahí junto a otros ciegos, y nos dejamos domesticar por la candidez de
aceptar la realidad sin cuestionamientos, por sufrir (sin voluntad) de aquella
ceguera lechosa. Por el contrario, la muestra puede permitir ver la fractura
generada producto de esta tensión obligándonos (ojalá) a percatarnos de los
malabarismos que realiza el mercado para poder esquivarlos, para producir un
quiebre en la fantasía, en el espectáculo, para generar una duda metódica
(desde la base) y darnos cuenta que en estas dinámicas nos encontramos
irremediablemente solos.

Así cayendo en la argucia de la (re)lectura tendría que terminar señalando que


si bien una parte del trabajo es pura materia, su gestación devela la nostalgia
que provoca el vacío. Mientras la otra en su resultado final también nos
termina por reafirmar aquello… todo es soledad.