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6 N Ó M A D A S N O . 29. O CTUBRE 2008. U

NÓMADAS

NO. 29. OCTUBRE 2008. UNIVERSIDAD CENTRAL – COLOMBIA

1. Ética y política en las prácticas de la investigación C ASTILLEJO -C UÉLLAR ,

1. Ética y política en las prácticas de la investigación

CASTILLEJO-CUÉLLAR, A.: DE LA NOSTALGIA, LA VIOLENCIA Y LA PALABRA: TRES VIÑETAS ETNOGRÁFICAS SOBRE EL RECUERDO

NÓMADAS

A.: D E LA NOSTALGIA , LA VIOLENCIA Y LA PALABRA : TRES VIÑETAS ETNOGRÁFICAS SOBRE

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De la nostalgia, la violencia y la palabra:

tres viñetas etnográficas sobre el recuerdo

nomadas@ucentral.edu.co • PÁGS.: 8-19

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Alejandro Castillejo-Cuéllar*

En este texto se presenta una experiencia de investigación originada en el trabajo con el Centro de Acción Directa para la Paz y la Memoria y el Instituto para la Justicia y la Reconciliación, ambos en Sudáfrica, mediante una serie de viñetas etnográficas que permiten adentrarse en la manera como un antiguo excombatiente del Congreso Nacional Africa- no, en Sudáfrica, reconstituye el sentido del mundo mediante su articulación en el lenguaje. La pregunta que se plantea es por el espacio que se constituye en esta configuración y los problemas que emergen para el investigador en el intento de entenderlo. Palabras clave: recorridos etnográficos, palabra y escritura, espacio-apartheid, memoria, transiciones políticas.

Neste texto apresenta-se uma experiência de pesquisa originada no trabalho feito pelo Centro de Ação Direta para a Paz e a Memória e pelo Instituto para a Justiça e a Reconciliação, ambos na África do Sul, mediante una série de vinhetas etnográficas que permitem entrar mais a fundo na maneira como um antigo ex-combatente do Congresso Nacional Africano, na África do Sul, reconstitui o sentido do mundo mediante sua articulação na linguagem. A pergunta que se da é pelo espaço que se constitui nesta configuração e os problemas que emergem para o pesquisador o intento de entendê-lo. Palavras-chaves: percursos etmográficos, palavra e escritura, espaço-apartheid, memória, transições políticas.

This text is about a research experience based on the work with the Direct Action Centre for Peace and Memory and the Institute for Justice and Reconciliation, placed in South Africa. Through a series of ethnographic vignettes one can learn the way in which a former African National Congress combatant gives meaning of the world, through language articulation. The question unfolds on the space constituted in this configuration and the problems the researcher faces when trying to understand it. Keywords: ethnographic journeys, word and writing, space-apartheid, memory, political transitions.

ORIGINAL RECIBIDO: 02-IX-2008 – ACEPTADO: 20-IX-2008

PhD en Antropología de la New Scholl for Social Sciences, New York. Pro- fesor visitante de Zayed University, Dubai (Emiratos Árabes). Profesor Aso- ciado de la Universidad de los Andes, Bogotá (Colombia). Coordinador del Comite Internacional de Estudios sobre Violencia, Subjetividad y Cultura. E-mail: acastill@uniandes.edu.co

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Subjetividad y Cultura. E-mail: acastill@uniandes.edu.co 8 N Ó M A D A S N O .

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“Mami, ¿y es que acaso ese señor [Pol Pot] no tenía mamá?”

Prisión “Toul Sleng” o “S-21”, Phnom Penh, Cambodia, julio del 2008. A mi Hija Sarah

llegaría hasta nosotros en el idioma español. La palabra, en consecuen- cia, habita una cierta ambigüedad de la que no quiero despojarme.

Este texto aborda la unidad in- herente a la idea de catástrofe como caída y como retorno o epílogo, inten-

mos sometido en la academia (Stan- ley, 2006). Así, hablar de aquello que es catastrófico implica pensar aspec- tos de la experiencia que se “resis- ten a los conceptos”, en la medida en que habitan lugares simultánea- mente familiares y extraños. Para realizar este ejercicio quiero concen- trarme en la palabra, como mediación de la experien- cia, ya que ella se teje, o su propia ausencia, con la idea misma de catástrofe.

Para ello, este trabajo se concentra en las lacónicas palabras de Mandla, un an- tiguo miembro del ala mili- tar del Congreso Nacional Africano, extraídas de una presentación pública de su poema “El vientre” (hacien- do referencia al vientre ma- terno), una noche fría en Ciudad del Cabo hacia fi- nales del año 2003: “Soy [dice Mandla para descri- bir su existencia] un squatter dentro de un squatter”. El término inglés squatter es de por sí difícil de traducir: por un lado, hace referencia a los habitantes de barridas miserables, ocupadas ilegal- mente y diseñadas por el apartheid en todo su masi- vo programa de ingeniaría racial. Simultáneamente, el término hace referencia al “lugar” ocupado por estos “invasores”. “Asentamiento

ilegal”, “invasión”, podrían ser unas posibles traducciones.

Aquí el sujeto, en tanto locus de experiencia, se confunde o se entre- laza con el espacio de la dominación:

de ahí la doble connotación del tér- mino sujeto (Smith, 1988). Hay en

Catástrofe 1

La palabra “catástrofe” habita simultáneamente un doble lugar. Por un lado, nos habla de eventos o instancias, no siempre repentinas, de destrucción masiva, cós- mica, que hunden a la persona en la oscuridad existencial y metafísica. Sin embargo, en la antigüedad clásica, catástrofe era tam- bién la parte final de la tra- gedia, su epílogo, para ser más preciso. La música de la época, por otro lado, nos da una clave adicional, aun- que en otro sentido: catás- trofe era entendida como “el retorno al punto de descan- so y equilibrio axial de la cuerda de una lira luego de haber cesado de vibrar” (Comotti, 2006; Martin, 1953; Paniagua, 1979). La palabra no hacía referencia, pues, a la caída del ser hu- mano en la oscuridad me- tafísica o existencial (que tantos pensadores tratarían de explicar en sus teodiceas seculares), sino lo contrario, al retorno del equilibrio, al

instante en donde el presen- te perdido, y en el caso de la música, el silencio, se recuperan. Sería im- posible, sin embargo, localizar el mo- mento epistémico en el que la vibración se trasformó, semántica- mente, en la fuente del caos. Es esa vibración en tanto destrucción la que

del caos. Es esa vibración en tanto destrucción la que Peregrino Rivera Arce: Recuerdos de campaña

Peregrino Rivera Arce: Recuerdos de campaña (1900), Sobre la mesa.

Museo Nacional de Colombia.

tando comprender la manera como seres humanos específicos, luego de destierros y guerras –marcados por todo tipo de calamidades–, tratan de reconstruir un sentido en el mun- do. Esto con la intención de “extraer las palabras del exilio” al que las he-

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este verso una cadena que lo lleva desde la madre, pasando por su cuer- po –por sus contenidos fenomeno- lógicos–, para terminar en el lugar que los contiene a todos juntos, el espacio social. La palabra “soy” es una articulación de la experiencia que habla de sí mismo en relación con una comunidad moral más am- plia. Es una frase paradójica, sin duda, donde lo íntimo, el lugar de la simbiosis con la madre, y lo extra- ño se confunden, donde el retorno y la caída se entretejen. ¿Qué quiere decir entonces retornar al lugar en el que nunca se ha estado pero que se reconoce con la intimidad de haberlo vivido? ¿Cómo se entretejen las pala- bras y los cuerpos en este retorno?

A la traducibilidad (Steiner, 1998), como problema metodológico, a los ecos que deja la palabra en su camino, como señalaría Walter Benjamin, y a su densidad semántica, que en estos extractos se encuentra esparcida en diferentes lugares e idiomas, dedico las siguientes viñetas 2 .

Primera viñeta:

el color de la piel como uniforme

En un manual de ciencia poli- cial citado extensamente por el ministro de la ley y el orden, Adrian Vlok, durante los años críticos del apartheid, cuando imperaba el es- tado total de emergencia en 1988, se encuentra el siguiente párrafo que de entrada afianza, como ejer- cicio cartográfico del Estado, al hom- bre negro en el orden de lo salvaje, la fuente de todo terrorismo:

Los bantúes [un término despec- tivo] son menos civilizados. Entre

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[un término despec- tivo] son menos civilizados. Entre 10 N Ó M A D A S

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más primitivas son las personas, menos son capaces de controlar sus emociones. A la menor provo- cación, se tornan violentas. No pueden distinguir entre los asun- tos serios y los menos serios. Son menos auto-controladas y más impulsivas (Bell y Buhle, 2001).

Ahora, un extracto de mis no- tas de campo, en un intento por darle continuidad histórica al pá- rrafo anterior.

En el verano africano del 2003 tuve la oportunidad de realizar una larga entrevista con V. J. Cronje, miembro de la Afrikaner Broederbond, veterano de la Gue- rra de Rodesia y ex-oficial de in- teligencia militar trasladado al Cabo durante la crisis de me- diados de los años ochenta. Lo co- nocí en Maun, una pequeña población de Botsuana, entrada al Delta del Okavango. Para pes- carlo tuve que hacer una reser- vación en una empresa particular que ofrecía en Johannesburgo paquetes turísticos para avezados viajeros. Varios conocidos me ha- bían confiado que este particular grupo de administradores turísti- cos tenía entre sus filas antiguos soldados del apartheid. Final- mente, una madrugada, partí ha- cia Botsuana y Zimbabue desde Johannesburgo para experimentar “la emoción y la adrenalina de una aventura en Sudáfrica”. Una noche, luego de más de diez ho- ras de un incómodo recorrido en un microbús a lo largo del borde del Kalahari, en pleno verano, con una temperatura que alcan- zaba los cincuenta grados centí- grados, llegamos por fin a un refugio elegante, casi lujoso: una hilera de chozas estilizadas, las

mismas que figuran en muchas tarjetas postales representando el “África tribal”.

Me pareció sorprendente hasta qué punto estos personajes, mu- chos de los cuales –como me en- teré después– habían estado involucrados en operaciones de contrainsurgencia y guerras fron-

terizas, “administraban” el circui- to de “reservas de animales salvajes”, la industria que mane- ja el acceso a “lo salvaje”, a lo “peligroso” y a la experiencia de la sabana africana. Al conocer- los, no pude evitar preguntarme

si habría alguna suerte de conti-

nuidad histórica y profesional entre sus vidas “anteriores” en tanto soldados y sus negocios ac- tuales: cazadores de bestias que habían cambiado el rifle por la cá- mara; conexiones no sólo en rela- ción con habilidades específicas aprendidas a lo largo de los años en el frente, como la destreza para sobrevivir o el conocimiento de “lo salvaje” (incluyendo “los negros”), sino otras, quizás más sutiles, como la adicción a la adrenalina.

El encuentro con Cronje estuvo precedido por conversaciones que, estimuladas por la mono- tonía del paisaje semiárido de Botsuana, se desarrollaron alre- dedor de narraciones presenta- das como historias de despojo, maltrato físico y frustración de los blancos en “la nueva Su- dáfrica, una letanía de quejas que escuché en tantas ocasio-

nes: historias de robos, asesinatos

y violaciones, que supuestamen-

te reflejaban la ‘barbarie’ de la población negra en oposición a ‘la amorosa y pacífica comuni- dad blanca’”.

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Libres Rivera Arce: Recuerdos de campaña (1900),

de Ocaña”. Una

carga al machete - Palonegro. Nacional de Colombia.

Museo

La atmósfera de la conversación fue calma, casi amistosa, mientras

que el calor del día se atemperaba

y la luna brillaba con las primeras

luces de la noche. Poco a poco, los guías turísticos que se cono- cían entre sí se fueron congregan- do a medida que cobró fuerza la

Fue un vocablo ampliamente usa- do durante los años del apartheid, en un tono secularizado aunque de matices cristianos, pero con un largo historial de circulación du- rante los tiempos coloniales a tra- vés de las crónicas de viajeros

pacífico, siempre haciendo gala de una paciencia estoica frente a mis enojosos interrogantes y comentarios.

Quizá la más perturbadora de to- das las declaraciones de Cronje durante aquella noche –lo re- cuerdo con una brutal cla- ridad– fue la siguiente:

“usted puede sacar a un kaffir del bush, pero no pue- de sacarle el bush al kaffir”. La frase misma era, en apa- riencia, un locus clasicus, dado que todos los que es- taban alrededor de la mesa asintieron con respeto mien- tras él la repetía varias veces en afrikáans, como si a fuer- za de repetirla estuviera asegurándose de que ésta per- durara en mi memoria. Difícil de traducir, sin duda: enun- ciada en afrikáans, un idioma cuya base es el holandés y que se mezcla en los siglos XVII y XVIII con el malasio y otros idio- mas traídos del sur de la India, Ceilán y el Sudeste Asiático a través del comercio global de es- clavos. La frase se entrelaza con el swahili a través del árabe y la palabra kafr. Y la palabra bush, fi- nalmente, proviene del inglés:

matorral, arbusto. Pero en el Áfri- ca del colonialismo británico, bush tiene una fuerte genealogía que la emparenta con la penetración de la civilización, cristalizada en el cuerpo de los héroes-explora- dores, a la feminizada tierra incóg- nita. Ese lugar de encuentros con ese otro mundo, de lucha entre la razón y el caos, es lo que se deno- mina bush. Los blancos, especial- mente aquellos que tuvieron contacto con la sabana, crecen es- cuchando historias del bush, de la

Peregrino Bon
Peregrino
Bon

europeos en África. En español la palabra cafre proviene de kafir. Con tono casi de pontífice, bene- volente y condescendiente, Cron- je se identificaba a sí mismo como un “pensador”. Frases cortas, casi meditativas, encapsulaban las ideas de este hombre sobre filoso- fía racial. Me impactó su carácter

discusión sobre política con los co- merciantes de diamantes. El re- fugio era un lugar seguro para su conversación, ya que se trajeron

a

como la situación política de Zimbabue y la polémica reforma agraria del presidente Robert Mugabe. Fue este último tema, la posibilidad de que Sudáfrica se convirtiera en Zimbabue, el que desencadenó la desinhibida inter- pelación de Cronje: “Escuché que usted está escribiendo un libro so- bre Sudáfrica. Yo tengo algo que contarle”.

colación tópicos prohibidos,

En retrospectiva, el discurso de Cronje esa noche fue, en una frase, un recuerdo nostálgico de la época en que “el salvaje”,

o

política y militarmente redu- cidos a las “localidades” asig- nadas por los ingenieros de la segregación. En su opinión, uno de los problemas de la Sudáfrica contemporánea era el hecho de que “los ne- gros” hubiesen excedido los territorios ideados original-

mente para ellos. Al referirse a “los negros”, Cronje usaba el despec- tivo y denigrante término kaffir:

una palabra de origen árabe que significa “infiel” y que entra al swahili, lengua transnacional del África, a través de traficantes musulmanes de esclavos durante

el siglo XIX. En el mundo islámi-

co no hay peor epíteto que éste.

el “hombre negro”, estaban

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misma manera que en otras lati- tudes circulan historias de fantas- mas y espíritus.

Cronje naturalizó un orden del mundo en el cual cada criatura

tenía un lugar específico, asigna- do según una singular cartografía de la diferencia. La frase encapsula el miedo al inma- nejable “salvaje” que habita en los confines de los es- pacios humanos. Ilustra su teoría rememorando una “experiencia en el bush” ocu- rrida en su infancia: cuan- do él era chico, su padre encontró un cachorro de león pedido. Al darse cuen- ta de que el animal había sido abandonado por su ma- dre, el benevolente padre decidió llevarlo a la granja y conservarlo como mascota. El león creció en cautiverio, se hizo grande y fuerte y pa- reció adaptarse, coexistir e incluso desarrollar cierto tipo de afecto hacia los seres hu- manos. Cronje evoca con nostalgia la reciprocidad de esos sentimientos. Como todo niño, él había cimenta- do una cercanía especial y una “amistad” con un ani- mal conocido por su fuerza y su poder. Un día, a varios metros del límite de la que Cronje recuerda como “la in-

mensa propiedad familiar”,

pasó una pequeña manada de antílopes. De repente, “instinti- vamente”, el león se agachó, a hurtadillas, escondiéndose, mien- tras observaba e inspeccionaba la manada. Esto sucedió a varios ki- lómetros de distancia del principal espacio habitado de la estancia, donde solía vivir toda la familia,

en un punto remoto de la granja. Fue precisamente en este espacio liminal, donde el león reaccionó atacando y matando a un antílope.

El narrador, de alguna manera desilusionado con aquello que acababa de ver inesperadamen-

que el orden natural de las cosas y las leyes de la naturaleza habían sido, literalmente, re-establecidas. Los animales salvajes y las perso- nas pertenecen a dos órdenes se- parados en la naturaleza y no tiene sentido mezclarlos, pues tienen formas de vida diferentes e in- alterables: un animal salva- je siempre será un animal salvaje, imposible de domes- ticar, que anda suelto, do- minando la sabana africana, viviendo a campo abierto y, sobre todo, usando la violen- cia como medio para sobre- vivir, para imponerse. La intención de Cronje era, por supuesto, explicar lo que a su parecer era una analogía evidente entre “el hombre negro” y “el animal salvaje”. Al igual que el león, “el hombre negro” podría cre- cer y vivir entre “los blan- cos” y, sin embargo, nunca sería capaz de dejar atrás las costumbres del bush porque, según Cronje, está indele- blemente definido por un sentido de conexión ances- tral, primitiva, desde tiem- pos inmemoriales, con lo salvaje, con un salvajismo que está marcado en su cuerpo con el color de su piel.

Cronje, experto rastreador de animales que creció es- cuchando a su padre narrar

cuentos del bush, y veterano soldado del apartheid en las gue- rras fronterizas, afirmaba haber aprendido sobre “los negros” por medio del “conocimiento” direc- to, producto de las batallas entre la vida y la muerte que encaró en la sabana salvaje. Fue precisamen- te esta íntima relación adquirida

Fue precisamen- te esta íntima relación adquirida Peregrino Rivera Arce: Recuerdos de campaña (1900),

Peregrino Rivera Arce: Recuerdos de campaña (1900), Palo-Negro. Croquis

de un soldado

muerto al machete. Museo Nacional de Colombia.

te, un arranque de agresión e ins- tinto asesino por parte de su amada mascota, recordaba este incidente casi como una epifanía, una instancia del despertar de la conciencia y la claridad, un en- cuentro con las verdades peren- nes y un momento ritual en el

con las verdades peren- nes y un momento ritual en el N Ó M A D

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con lo salvaje, este interés por

diseccionar la otredad del Otro,

el que le dio elementos para com-

prender “la mente negra”. Fuen- te tanto de desconcierto como de terror. Como lo establecía sin ro- deos el manual de entrenamien- to, él estaba convencido que “a la menor provocación, ellos [los bantú] recurrirían a la violencia”.

Al igual que un viejo patriarca sermoneando en un tono seudo- filosófico y meditativo, Cronje in-

sistía: “Escuche cuidadosamente, usted debe escribir esto en su li- bro, esto es verdad”. Y así lo hice. Su deseo de exponer “la verdad” funcionaba como una armadura contra preguntas inquisitivas. Su tarea no consistía en legitimar su visión de la palabra, “la verdad”,

y el orden particular del mundo

que a su parecer había colapsado durante y después del proceso político de Sudáfrica, sino en ex- ponerlo, presentarlo, develarlo,

con el fin de iluminar, de sacar de

la ignorancia. Era precisamente el

fracaso del orden, o en otras pala- bras, el derrumbe de la manera como se asignan ciertas categorías de personas a espacios específicos, lo que él ponía en evidencia. Ha- ber desmontado el orden legal lla- mado apartheid era ir contra las leyes naturales. Era debido a esto que él tenía una visión apocalíp- tica del futuro: un apartheid a la inversa, blancos segregados, ro- deados por los mismos negros vo- races, deseosos de engullir y

atiborrarse con el dinero, la tierra

y la riqueza del país.

La conversación con Cronje evi- denció una serie de relaciones en- tre la asignación de cuerpos a lugares específicos –particular-

mente los cuerpos negros a las “localidades”– y el mantenimien- to del orden de las cosas y los usos de la violencia para produ- cir y reforzar fronteras. Esto, par- cialmente, explica por qué el apartheid desplazo millones de personas a las localidades negras en un programa de dislocaciones masivas que los expropiaba de todo. En el centro de todo esto estaba la idea de “lo negro” como “exótico”, como ininteligible, como encarnación del caos y de la violencia destructiva. De ahí el llamado proyecto civilizador del colonialismo (notas de campo, cuaderno segundo, 2003).

Cuando Mandla nació a media- dos de la década de 1960, había na- cido, paradójicamente, en el seno de

este desarraigo. Cuando creció, de- cidió tomar las armas, primero para sacar a los blancos de África (su tío había sido miembro del Congreso Pan-africanista), pero luego para buscarse un lugar en un mundo en

el que había sido forzado a conver- tirse en extraño. En cierta forma, la lucha de liberación encarnaba la idea de un retorno. Pero para lograr este retorno, Mandla tuvo que exiliarse, esta vez por decisión pro- pia, para luego volver como guerri- llero, con el fusil.

Segunda viñeta: exilios

El apartheid fue esencialmente un régimen de dislocación forzada, donde la violencia, que no era leí-

da como derrumbe sino como res- tauración, era la violencia de la asignación del cuerpo a un espacio creado por la racionalidad técnica:

el gueto. El “color de la piel como uniforme” hizo de Sudáfrica un lu-

gar de culturas ininteligibles entre sí: el relativismo posmoderno hubiera caído como anillo al dedo: la idea de autodeterminación cultural, tan central para movimientos de resisten- cia en América Latina, constituyó, junto con la idea de inconmensura- bilidad, el sumo conceptual del ra- cismo. Hizo del destierro el hogar de muchos y del control de lo salvaje y lo exótico, el presupuesto para la tortura. Claro, en el marco de una acelerada expansión capitalista. Pero ese “exótico” de las décadas precedentes, en esencia, no había cambiado. En la Sudáfrica de la transición, las localidades seguían siendo el locus del caos: por un lado, producto de la violencia endémica luego de centurias de colonialismo, expresada en el maltrato corporal, el hambre y el sida; y en segundo lugar, de la violencia epistémica que circunscribe ese lugar como lugar de lo otro. En ese mundo, la guerra de la liberación, la versión oficial, se había convertido en artículo de con- sumo, mientras que sus minucias existenciales se habían hecho invi- sibles. Fue a este tercer exilio al que Mandla vuelve con profunda espe- ranza para re-comenzar su vida. En él descubre, contrariamente a lo es- perado, relaciones de continuidad con el pasado en esta nueva enti- dad llamada la “nueva Sudáfrica”. Pero lo más aterrador, en un momen- to dado, era que Mandla había des- cubierto que había sido expropiado por el mercado de su propia historia y de su propia experiencia como par- te de la lucha por liberación. Él era contado por otros: su hogar se había convertido en un lugar extraño. Regreso de nuevo a mis notas de campo:

En una ocasión, mientras tomaba notas sobre la industria del ocio y

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el entretenimiento en Ciudad del Cabo, me decidí a explorar la ciu- dad, esta vez, con un operador de turismo que atendía visitantes ex- tranjeros, en su mayoría europeos. En mi diario de campo anoté los muchos silencios del guía; los lar- gos y ambivalentes suspiros que salpicaban, con previsible mono- tonía, su idea de la ciudad, de lo que consideraba digno de men- cionar o de hacer invisible y de la manera en que debían ser reco- nocidos ciertos rastros y señales en el espacio social: “Aquí vemos Table Mountain”, dijo en un obvio intento por trazar un mapa del área, “el verdadero centro de la Ciudad Madre”. Literalmente, estábamos siendo conducidos por una serie de itinerarios que eran una amalgama entre las rutas es- tablecidas por las autoridades tu- rísticas durante los programas de entrenamiento para estandarizar el servicio y la versión personal del guía sobre el significado histórico y social de tales rutas.

“¿Qué es eso a nuestra izquierda?”, preguntó un inquisitivo viajero con un marcado acento alemán. Se refería a los asentamientos infor- males y a las localidades que apa- recían junto a la autopista a medida que pasábamos por las To- rres de Refrigeración, uno de los hitos “periféricos” de la ciudad, un punto tanto de convergencia como de división en la cartografía racial de Ciudad del Cabo.

“¡Ah, sí, las localidades segrega- das! ¿Muy desafortunadas, no?”, respondió el guía en tono indi- ferente y con una rigidez y una indolencia casi quirúrgicas, eva- diendo cualquier comentario que pudiera conducir a una mezcla

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cualquier comentario que pudiera conducir a una mezcla 14 N Ó M A D A S

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potencialmente explosiva de his- toria y política.

Fue complicado comprender los matices semánticos de la palabra “desafortunadas” en ese contexto particular. Un mar de ambigüedad la devoró. ¿Era la genealogía del concepto la que resultaba tan “des- afortunada” o era la historia de su legislada producción en Sudá- frica? ¿O quizás él se refería a las insoportables condiciones de vida de los residentes y a la tristeza arquitectónica de esta masiva es- tética de la desolación: una inter- minable masa de chozas, letrinas y polvo con vista a la carretera? ¿Sen- tía alguna culpa o era consciente del hecho de que su favorable po- sición en la jerarquía social de Sudáfrica estaba correlacionada – en intrincadas y complejas for- mas– con la pobreza extrema de otras personas? ¿O se refería al he- cho de que –a pesar de todo– el amor, la compasión y la belleza flo- recen en medio de semejante su- frimiento histórico? Por supuesto, se me cruzó por la mente que el guía era de aquellos que opinaban –como escuché en muchas oca- siones– que el apartheid había sido una buena idea mal implemen- tada, un experimento que salió mal. ¿Fue “desafortunado” que no hubiera funcionado? o ¿podría ser otro ejemplo de una enunciación políticamente correcta, una espe- cie de respuesta automática, a la que son forzados a exhibir los guías turísticos con el fin de mostrarle al visitante extranjero que Sudáfrica está “dejando atrás su pasado”? La palabra fue arrojada en la conver- sación para que todos la interpre- táramos como quisiéramos, como un comodín en manos de un juga- dor de cartas.

“Territorio de pandillas”, dijo en- fática e impacientemente, después de inhalar una larga y casi medi- tativa bocanada de un chesterfield light. Luego continuó con una in- terminable letanía de estadísticas sobre el crimen en Sudáfrica y una explicación poco convincente de los orígenes de esta violencia: no de los orígenes históricos de este fe- nómeno (de la colonización o el apartheid), con los cuales él, como ciudadano, no hallaba ningún tipo de conexión; sino de los que supo- nía los orígenes geográficos, lugares donde la violencia se multiplicaba como mosquitos después de una lluvia tropical. En su opinión, Soweto, Mitchell’s Plains, Tho- koza o cualquier otra localidad del país eran, simultáneamente, me- táforas de la violencia así como su principio explicativo. La violencia empezaba allí, fue su veredicto tácito mientras detuvo su mirada algunos segundos en ese inagota- ble océano de pobreza. La frase “territorio de pandillas” me sonó como los letreros tipo “prohibido el paso” que los propietarios blancos –o las elites de otras latitudes– cuelgan a la entrada de sus casas en los barrios opulentos, sólo que – en esta ocasión– la Ciudad Madre era “el hogar”, la entidad que abri- gaba, el espacio de la seguridad y el afecto, en tanto que la locali- dad era el exterior irracional, un lugar de la guerra, el sida y la vio- lación de niños y bebés. Era el squatter. Resultó asombroso darse cuenta cómo las conexiones entre “negritud”, crimen y espacio eran aún tan persistentes. La única di- ferencia era el contenido del dis- curso.

No hicieron falta más palabras aquella tarde. Luego, mientras

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rondaba por el Cabo de Buena Es- peranza, en el extremo más aus- tral de la península que sobresale del continente africano, fue in- evitable que la reflexión se volca- ra sobre la producción social de la invisibilidad y la ininteligibili- dad. “Territorio de pandillas” es una manera de reactua- lizar viejos terrores, lugares a los que hace veinte años se denominaba “zonas de des- orden” y con los que se aso- cian determinado tipo de cuerpos. De alguna manera, el guía exiliaba aún más esos lugares: una masa infinita de zonas de invasión y de áreas informales. Muchas de ellas no pueden verse desde nin- guna autopista. Uno sólo per- cibe la punta del iceberg. Para verlas hay que calibrar la per- cepción. Al observar, la mira- da del pasajero es rápida, superficial, vertiginosa e inca- paz de localizar, discernir, identificar claramente, o fi- jarse en detalles específicos en este mar de uniformidad vi- sual. Pocas cosas pueden atraer la mirada del viajero a 100 kilómetros por hora: el tamaño reducido de las cho- zas; el imaginado hacinamien- to de los espacios habitables; la falta de color; el paisaje pol- voriento, grisáceo y sin árbo- les, “infestado de grafitis y pandillas”, que parece vivir, como un artefacto habitual en un espacio familiar, adyacen- te a un caño de desechos (en Ciudad del Cabo, como en otros lugares, la “pobreza” –como una experiencia sensible del mun- do– ha sido frecuentemente aso- ciada con la suciedad de las aguas residuales, los peligros químicos de

los drenajes industriales y la proxi- midad incestual de los desechos humanos).

Si la mirada está adiestrada para leer entre líneas, puede incluso

ros, techos y puertas): la implaca- ble yuxtaposición de una vida he- cha de fragmentos, de huellas de distintas épocas y diversos luga- res. Sin embrago, si el visitante se aventura a transformar las rela- ciones de cercanía y distan- cia con este lugar, al mirar con detenimiento la esquina de alguno de estos espacios ha- bitados, emerge una serie de reliquias: estático cuelga, de una pared de plástico, un anuncio de la campaña elec- toral de 1999, en que el Con- greso Nacional Africano promete un cambio radical en la calidad de vida. Y en otra esquina veo rastros de la his- toria: efigies de camaradas caídos y asesinados, Chris Hani y Steve Biko, retratos de Nelson Mandela, recortes de periódicos de momentos icónicos durante la guerra de liberación y viejas y borrosas imágenes de cuerpos de mu- jeres desnudas tomadas de diarios amarillentos y pegadas a las paredes (notas de cam- po, cuaderno tercero, 2003).

a las paredes (notas de cam- po, cuaderno tercero, 2003). Aquí abandono el texto un instante

Aquí abandono el texto un instante sólo para anotar que mientras cruzábamos por aquella larga autopista, imá- genes de Mandla en su camu- che asaltaban mi memoria. El poder mágico de los objetos y el pasado, lo que los lugares dicen de aquellos quienes los habitan. Su historia como sujeto político se entrelazaba

con su espacio íntimo, inin- teligible desde la mediación del guía turístico. En ese contexto específico,

los procesos históricos globales no se conectaban con los personales, con el sujeto como agente histórico. Unos

Peregrino Rivera Arce: Recuerdos de campaña (1900), Retrato del coronel P. Rivera Arce - Primer jefe del Bon “Libres de Ocaña”. Tomado en el campamento de La Quebrada. Museo Nacional de Colombia.

percatarse de “extraños” materia- les de construcción, como cajas de cartón, trozos de madera, plás- tico y trapos (todos sirviendo al simultáneo propósito de ser mu-

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A.: D E LA NOSTALGIA , LA VIOLENCIA Y LA PALABRA : TRES VIÑETAS ETNOGRÁFICAS SOBRE

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años dentro la transición, cuando la idea de la lucha anti-apartheid se había ya tornado en mercancía, la in- dustria del turismo había expropiado a Mandla de sí mismo, incluso de su propia voz, de su propio dolor para reducirlo nuevamente al orden de lo exótico.

Ahora sí, concluyo esta parte de la narración.

Después de un rato, de lejos –desde el asiento del conductor y desde el mundo para el que sirve de inter- mediario, desde los suburbios del sur, donde apretadas pinceladas de luz crepuscular se esconden detrás del bosque– las barriadas se tornan familiares y naturales y, sin embargo, tan alejadas, como un estante oxidado en el rincón olvidado de una sala de visitas. De alguna forma, y a pe- sar de su magnitud, las localida- des, su historia, se han vuelto invisibles (notas de campo, cua- derno tercero, 2003).

Tercera viñeta: la localización del dolor

Al volver al país a comienzos de los años noventa, Mandla se encon- tró con otro mundo, con un país ebrio de expectativas ante las trans- formaciones por venir. Creyeron, por ejemplo, que hacer filas frente a las cabinas de votación cada cinco años traería justicia social, incluso rique- za a la basta mayoría miserable. Co- nocí historias de mujeres que habían renunciado a su trabajo como empleadas domésticas ante las pro- mesas de empleo que Mandela anunciaba en las propagandas polí- ticas televisivas. Y al comienzo fue así, sin duda, un cambio dramático

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Y al comienzo fue así, sin duda, un cambio dramático 16 N Ó M A D

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que llevó a una sociedad de la os- curidad del racismo a la posibilidad del presente. La visión del mundo que Cronje habitaba parecía estar desterrada. De un momento a otro, Sudáfrica se había convertido en el centro del mundo. Y en ese momen- to, Mandla fue recibido como héroe por su familia cercana. Pero esa na- rrativa de la nueva Sudáfrica tiene sus múltiples clivajes, donde la ima- gen especular y pulimentada de la transición se craquela como cuadro renacentista ante la mirada cerca- na e intimista. Mandla era la fisura dentro de la nueva nación. Para fi- nales de la década, muchos antiguos combatientes habían sido abandona- dos o relegados a la desolación de la pobreza y el trauma de la tortura:

recuerdo con pavor las historias de choques eléctricos en el ano y de confinamiento solitario sin fin que Nkhule solía contarme, una y otra vez, voz en cuello, cuando violába- mos la etiqueta racial en algunos de los restaurantes más exclusivos de la ciudad, como tratando de gritar, en medio de la indiferencia, “miren lo que los Boers [los nacionalistas] me han hecho”. Hace poco murió de cáncer del sistema intestinal y el estómago, resentido con la vida. Él comenzó a morir hace más de quin- ce años, en la celda. Aquí lo recuer- do con mucho afecto. A los ojos de muchos, las localidades seguían siendo ese impenetrable mundo de lo otro, donde la violencia y el sida se replicaba como la metástasis en el cuerpo ya sin destino. Con un agravante para jóvenes como Man- dla: su historia política, su experien- cia como soldado, como parte de un proceso global, había sido absorbi- da, esfumada en medio de la nebli- na, por la historia oficial de la lucha de liberación: y no hay peor cosa que ser sustraído de la propia historia,

por más fragmentada y fantasmal que sea. La transición, el retorno, le trajo otro exilio, el de su voz, el de su experiencia. Es precisamente en la institucionalización de esta historia y de los sacrificios hechos por algunos, donde se crean vacíos; vacíos que sólo pueden ser llenados desde las comunidades de base. En este punto, continuo con mis notas de campo, en sus entradas del mes de diciembre del año 2003:

[P]ara confrontar el silencio so- cial, Mandla solía, junto con otros antiguos guerrilleros, llevar visi- tantes a los lugares que lo vieron nacer y combatir. A esta práctica le llamé, en su momento, “memo- rialización peripatética”: una for- ma incorporada del pasado, en donde Mandla se convertía en un “guía testimonial”, donde las pa- labras se amalgaman con el espa- cio , y a través del cuerpo, en un intento por reconocerlo, por reco- nocerse, por llamarle “hogar”. El objetivo principal era pues leer el paisaje urbano, localizar entre los intersticios de su organización las claves de un pasado que aún con- vive con el presente. Él hablaba extensamente de las autopistas, los lotes baldíos, las líneas férreas, como mojones espaciales, como fronteras perfectamente estable- cidas por la ingeniería racial. Su visión del presente invitaba a am- pliar el marco de referencia de la ciudad, de tal manera que las dis- tinciones artificiales entre grupos humanos se veían íntimamente relacionadas a través de un siste- ma que se encargó de distribuir la pobreza.

Durante el recorrido, Mandla hace una parada importante: en el lugar donde el 15 de Octubre

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de 1985 varios jóvenes fueron ase- sinados por la policía. En ese pun- to, su narración se convierte en un espacio testimonial y en un lugar de apropiación del pasado como parte integral del sujeto. En la voz de Mandla, una voz que ha requerido años para leerse y reco- nocerse a sí misma dentro de este territorio, la narrativa histó- rica es la narrativa de la pri- mera persona. En este punto de la geografía del tiempo emerge, en letras amarillas evanescentes, un grafiti que testarudamente se ha ama- rrado a esa pared por varios años: “recuerda la masacre del caballo de Troya”, se lee, mientras el guía testimonian- te hace referencia al papel de las protestas populares de las que fue parte, para contex- tualizar lo sucedido en esta esquina.

Un conocimiento profundo de estos procesos, de sus alcan- ces y limitaciones, comple- mentan su narración. Sin embargo, lo más importante en este momento es la rela- ción que él establece con el pasado, como parte del proce- so histórico “revolucionario”. En este momento, la saga he- roica se extiende, para bien o para mal, más allá de los con- fines de los sacrificios realiza- dos por Nelson Mandela y los líderes del Congreso Nacional Africano. Pero a medida que esto sucede, paradójicamente, la mis- ma narración histórica se fragmen- ta, se hace más compleja y, por supuesto, menos canónica. Y es en estos planos de clivaje donde ad- quiere un valor particular, ya que el sujeto enfrenta sus propias con-

tradicciones y asume responsabili- dad de sus actos, un acto de digni- dad personal y valor: “en ese momento, yo no sólo estaba dis- puesto a dar mi vida por la causa, sino a matar por ella”. Era eviden- te que esa no era la historia de verdaderos torturadores, desde Cambodia hasta Colombia, que se

de un faro: para hallar claridad y sentido de continuidad y perte- nencia, el sujeto moldea la histo- ria, centrándose él mismo en ella, en parte ampliándola. En este punto, la historia canónica se diversifica, extendiéndola, ha- ciéndola más compleja, incluso más contradictoria. En este con- texto, el ejercicio de la enun- ciación en el lenguaje, de la cristalización de la palabra, es vital: paradójicamente, no hay voz propia si no es en compañía de otros; así como no habría ni creatividad ni independencia sino hubiera una comunidad de diálogo. La interacción que el visitan- te tiene es con las palabras y las vidas de quienes las articu- lan. En este sentido, el trase- gar esos lugares –metafóricos y literales– es un ejercicio que requiere de paciencia, ya que demanda concentración, y sobre todo, intención de com- prender. En esto instante de palabras nómadas y de em- patías pasajeras, es cuando Mandla surge del anonimato histórico convirtiéndose en un actor del proceso histórico a través del acto mismo de recordar, de caminar. Su testimonio, una modalidad de articular de la experiencia y la verdad, no es extraído –re- cordemos que la antropología es un disciplina extractiva–, sino que es la base sobre la que se fun- damenta todo este encuentro pe- dagógico, esta fenomenología del otro, en lo peripatético. Aquí la palabra es el evento en tanto tal.

En estos encuentros no hay inte- rés en diseccionar la alteridad del otro. El universo discursivo que

la alteridad del otro. El universo discursivo que Peregrino Rivera Arce: Recuerdos de campaña (1900),

Peregrino Rivera Arce: Recuerdos de campaña (1900), Vigilando un

prisionero

Museo Nacional de Colombia.

autoproclaman “víctimas”, en un verdadero “acto de escapismo”, en todo el sentido Haudini del térmi- no, para deslizarse sospechosamen- te en el tobogán de la llamada transición y su economía política.

Desde esta y otras esquinas se di- visa el recuerdo como cuando el océano se observa desde la punta

CASTILLEJO-CUÉLLAR, A.: DE LA NOSTALGIA, LA VIOLENCIA Y LA PALABRA: TRES VIÑETAS ETNOGRÁFICAS SOBRE EL RECUERDO

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A.: D E LA NOSTALGIA , LA VIOLENCIA Y LA PALABRA : TRES VIÑETAS ETNOGRÁFICAS SOBRE

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Mandla construye sencillamente tiene en el escucha, un testigo de segundo orden, un efecto desfa- miliarizador, incluso perturbador. Quien escucha está forzado de al- guna manera a interpelar, incluso

nuinamente antropológico, donde “el 'otro’ (como dijera el filósofo Levinas) es un destello de posibili- dades”. Con esto, Mandla trata de desterrar y deconstruir a Cronje, en su elemental patetismo, para poder

del confinamiento solitario. Desde la luz, la oscuridad se hace más os- cura, más intensa, confundiéndose incluso con la ceguera, o quizás, vi- ceversa. Sin embargo, desde esta encrucijada se vislumbran tenue-

en silencio, lo que él dice. Un desencuentro en ese instante, una mirada de indiferencia téc- nica y lo único que emerge es el fracaso, quizás mi fracaso, para

volver él mismo. Estos “itinerarios de sentido”, como les denominé en un momento crucial de pérdida exis- tencial durante los años de trabajo de campo, y haciendo referencia a

mente los pasos que nos han traído hasta aquí, hasta este punto de no retorno, crítico, en el sentido clási- co del término. Estos itinerarios son, en alguna medida, fragmentos de esa

entender el dolor de otros. Es por

la

textura semántica y a la genealo-

teleología personal que busca recons-

eso que en ese ámbito, en el uni-

gía de la frase, plantean, por un lado,

tituir lo disperso, lo fracturado, lo des-

verso que se construye por unas

el

problema de los recorridos que los

plazado. Pero, entonces, ¿no es la vida,

cuantas horas, la relación entre el escucha y el testimoniante es ínti- ma. Mandla, no sólo le abre la puerta al otro para que indague, ya que él es quien se convierte en

seres humanos realizan para articu- lar sentido en el mundo de cara a la calamidad y a la catástrofe. Itinera- rios que emergen como articuladores entre el pasado y el presente,

desde cierto punto de vista, una su- cesión de puntos de no retorno que disfrazamos con los ornamentos de la certidumbre y el mito del eterno re- greso, devorando incluso, y sin que-

el

hilo conductor del recorrido por

moldeándose mutuamente y confi-

rer, nuestras propias entrañas?

el

espacio urbano, sino que lo hace

gurando una gramática de la expe-

partícipe de este retorno. En este

riencia en el que el “sacrificio”, el

Finalmente, estos itinerarios

sentido, el espacio de interacción

“dolor”, el “reconocimiento históri-

involucran también, y fundamen-

e

interlocución se hace más den-

co” y el “retorno como posibilidad”

Por otro lado, hay varias direccio-

talmente, la integralidad de los sen-

so en la medida que lo lleva del espacio a la experiencia (notas de campo, cuaderno tercero, 2003).

negocian –en el ámbito de lo social– el significado de la vida en general. En Sudáfrica, como en otros luga-

tidos. Mandla recorre y menciona los lugares y las personas donde habita el dolor, y las experiencias

La combinación de estos dife- rentes registros de la experiencia con los que “el escucha” interactúa en relación con los territorios que recorre, tiene el efecto de crear un espacio de interlocución dinámica, de relativa intimidad, de cercanía cognitiva, o lo que llamo “re-cali- bración”: un momento de reconoci- miento histórico que permite que “la mirada” y el orden del mundo perceptual sobre el que descansa, logre encontrar “lo mismo” en lo que aparentemente es “lo otro”, uno de los rostros, como escribió Freud, de

res, el futuro se habla en el idioma del pasado. De ahí la nostalgia, una de las formas como nos relacionamos con la ausencia.

nalidades en estos itinerarios. No solamente geográficas, en la medi- da en que el recorrido nos lleva de un lugar a otro en la ciudad, de los suburbios a los guetos, a través de una paulatina inmersión histórica, sino que, por razones generacionales (Mandla tenía quince años cuando fue guerrillero), es un trasegar por una época: la década del ochenta,

visuales, táctiles y olfativas asocia- das con estos espacios. Sin embar- go, esta sensorialidad, la experiencia de lo que denominamos las cuali- dades de lo bello o lo grotesco, de lo agradable y lo repugnante, por ejemplo, emergen no de una expe- riencia trascendental sino de la economía política de dicha expe- riencia, una experiencia situada entre la contingencia y el determi- nismo del poder, entre la domina- ción cotidiana y las posibilidades de la resistencia.

lo unheimlich: la palabra, hecha “cor- pórea” en el ejercicio de deambular y re-habitar, en eternos instantes, los espacios familiares y a la vez ajenos,

los “años difíciles” y “oscuros”, a los cuales no todos sobrevivieron. Ca- minar esa década es como ver des- de la entrada la profundidad oscura

Epílogo

Cuando Mandla se sentaba a vislumbrar el recorrido de alguno de

se convierte, al mismo tiempo, en un

y

silenciosa de la celda donde se

aquellos días, en una tienda donde

lugar de lo pedagógico, como lo ge-

recluyó al individuo en el universo

la dueña lo conocía desde la infan-

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en el universo la dueña lo conocía desde la infan- 18 N Ó M A D

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cia, parecía percibirse –entre ráfa- gas de aire tibio, silencio y cielo terrenalmente azul– que la lira ha- bía por fin dejado de vibrar, que ha- bía vuelto “al punto de equilibrio axial”. Sin embargo, la última vez que supe de él me contaron que es- taba en la cárcel, debido a un pro- blema que tuvo con una pistola. No era claro si era por no reportarla durante el periodo de desmovili- zación (siendo encontrada en su poder por la policía en alguna reda- da callejera), o si, por el contrario, la había usado contra alguien: final- mente la guerra arrastra enemigos hasta la tumba, cuando sus efluvios y emanaciones nos hacen indefecti- blemente habitantes del mundo de los muertos.

En todo caso, en ese instante, pensé en el carácter histórico de al- gunas calamidades y las condicio- nes materiales que las determinan, en la manera en que algunas per- sonas son forzadas a habitar exilios una y otra vez, como cuando, re- cordando el poema de Mandla, se está extraviado en medio de la in- timidad de lo familiar o se siente augusto en la interminable extra- ñeza del mundo (Royle, 2003). Me pregunté entonces, ¿es a esta im- posibilidad de reconciliar estos mundos, a su conciencia, lo que llamamos “retorno”? Y ¿no es la “nostalgia”, una manera de relacio- narnos con la ausencia, el lugar histórico de esa imposibilidad? 3

Citas

1 Todos los extractos aquí presentados son extraídos de mis diarios de campo y en- trevistas realizadas entre el 2001 y el 2004 en Sudáfrica y Botsuana. Hacen parte de una investigación más amplia sobre

memoria y violencia en el contexto de organizaciones de sobrevivientes y excombatientes del Congreso Nacional Africano en Sudáfrica. Estoy en deuda con el Solomon Asch Center for Ethnopolicical Conflict, la Fundación Mellon, la New School for Social Research, la Fundación Wenner-Gren, la British Academy y la University of London, la Comisión Fulbright, el Direct Action Center for Peace and Memory y el Instituto Colombiano para el Desa- rrollo de la Ciencia y la Técnica, por su ayuda financiera en momentos cruciales de esta investigación.

2 Algunos de estos conceptos los he desa- rrollado en los siguientes textos: Los ar- chivos del dolor: ensayos sobre la violencia y el recuerdo colectivo en la Sudáfrica con- temporánea, Bogotá, Universidad de los Andes, 2008 (en prensa); “The Courage of Despair. Fragments of an Intellectual Project”, en: Roy Eidelson (ed), Peace- makers 101: Confronting Careers with Conflict, Philadelphia: University of Pennsylvania Press, pp. 231-331, 2007; Knowledge, Experience and South Africa’s Scenarios of Forgiveness”, en:

Radical History Review No. 97, winter, pp. 1-32; “Unraveling Silence: Violence, Memory and the Limits of Anthro- pology’s Craft”, en: Dialectical Anthro- pology, No. 29, pp. 1-22.

3 Sobre el tema de la ambivalencia de la idea de retorno puede consultarse a Stanley Rosen, The Elusivness of the Ordinary: Studies in the Possibility of Philosophy, New Heaven y Londres, Yale University Press, 2002; Philip Hodgkiss, The Making of the Modern Mind: The Surfacing of Consciousness in Social Thought, Londres y Nueva York, The Athlone Press, 2001.

Thought , Londres y Nueva York, The Athlone Press, 2001. Bibliografía CASTILLEJO-CUÉLLAR, Alejandro, 2003,

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Roy Eidelson (ed.), Peacemakers 101:

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CASTILLEJO-CUÉLLAR, A.: DE LA NOSTALGIA, LA VIOLENCIA Y LA PALABRA: TRES VIÑETAS ETNOGRÁFICAS SOBRE EL RECUERDO

NÓMADAS

A.: D E LA NOSTALGIA , LA VIOLENCIA Y LA PALABRA : TRES VIÑETAS ETNOGRÁFICAS SOBRE

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El O *
El
O
*

El investigador ante lo indecible y lo inenarrable

(una ética de la escucha) *

nomadas@ucentral.edu.co • PÁGS.: 20-33

Juan Pablo Aranguren Romero**

artículo desarrolla un análisis acerca de las cuestiones ético-metodológicas que subyacen a la investigación en

ciencias sociales en torno a situaciones límite que han degradado y atentado contra la dignidad humana. Sitúa una serie de consideraciones teóricas en torno a la escucha, el silencio, la rememoración y la posibilidad de resignificación de los hechos de violencia, a partir de una deconstrucción de la noción de entrevista, de una puesta en tensión de los lugares de poder que guían el conocimiento social y del reconocimiento del lugar político del investigador. Palabras clave: violencia, sufrimiento, ética en la investigación, lenguaje.

artigo desenvolve uma análise sobre as questões éticas metodológicas que subjazem à pesquisa em ciências sociais

em torno de situações de limite que tem degradado e atentado contra a dignidade humana. Situa uma série de considerações teóricas em torno da escuta, do silêncio, da rememoração e da possibilidade de resignificação dos acontecimentos de violência, a partir de uma desconstrução da noção de entrevista, dos lugares de poder tensionados que guiam o conhecimento social e de reconhecimento do lugar político do pesquisador. Palavras-chaves: violência, sofrimento, ética na pesquisa, linguagem.

This article analyses the underlying ethical-methodological questions in social sciences investigation, specifically around some extreme situations that have diminished human dignity. It states some theoretical considerations about listening, silence, memory and the change of meaning of violence acts, starting from a deconstruction of the interview notion, a questioning to the power positions which are leading social knowledge, and the acknowledgement of the researcher political posture. Keywords: violence, suffering, ethics in investigation, language.

ORIGINAL RECIBIDO: 21-VII-2008 – ACEPTADO: 09-IX-2008

El artículo hace parte de la propuesta metodológica de mi tesis doctoral:

“Inscripciones significantes de la violencia en el cuerpo: tortura, subjetivi- dad y memoria en el contexto de violencia política en Colombia (1977 – 1985)”, la cual realizo gracias a una beca del Consejo Nacional de Investiga- ción, Ciencia y Tecnología (Conicet). ** Psicólogo de la Universidad Nacional de Colombia e Historiador de la Uni- versidad Javeriana. Candidato a Doctor en Ciencias Sociales de la FLACSO– Argentina y becario del Conicet. E-mail: arangurenjuanpablo@gmail.com

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becario del Conicet. E-mail: arangurenjuanpablo@gmail.com 20 N ÓMADAS N O . 29. O CTUBRE 2008. U

NÓMADAS

NO. 29. OCTUBRE 2008. UNIVERSIDAD CENTRAL – COLOMBIA

Introducción

tiva diluida en menor o mayor grado en los regímenes del discurso cien- tífico; del otro, la ruptura de las condiciones de posibilidad de la com- prensión de hechos de degradación y muerte, la necesidad de hablar, la urgencia de ser escuchado, la emer-

perspectiva ética y re-descubra su lugar político, es decir, cuando el in- vestigador ha sido sacudido por la indecibilidad de lo siniestro 1 . Con- frontado con el silencio del “testi- moniante”, enfrentado a las rupturas de las disposiciones mismas de lo narrable, el investigador también empieza a ser inva- dido por el dolor de los de- más. Tendrá que pensar en cómo describir con pudor y dignidad los actos que han degradado y humillado a mi- les de personas, porque ha- brá podido entrever que las narraciones del otro, con sus silencios, sus huecos y sus vacíos, irrumpen también en la conciencia ética de quien los escucha.

Esta escucha que se des-centra y se re-sitúa, no podrá ser más una reflexión crítica surgida de la revi- sión de la investigación acabada, sino un punto de partida, una condición de posibilidad del encuentro con el/la otro/a. Tampoco seguirá siendo una suerte de “toma de conciencia” del investigador quien, tras un giro retórico, descubri- ría su lugar ético y político, sino la gestión abierta y de- liberante de dicho lugar, capaz de confrontar los efec-

tos de poder y verdad de un cientificisismo que sostiene los estatutos de lo universal a través de exclusiones y silenciamientos. No será más, el grupo de lecciones aprendidas, ni el despertar epistemo- lógico a una evidencia empírica. Será más bien un descentramiento de dicha episteme, surgido desde la base de la investigación misma, des-

Una palabra sin presencia no logra ningún efecto concreto ante el oyente sin rostro. David Le Breton

Enfrentado al terreno

ignoto de descifrar el horror con una suerte de valentía

y arrojo, dispuesto a entre-

ver el padecimiento con la prudente distancia de un supuesto objetivismo, de una asepsia metodológica, de una congruencia concep- tual; curtido en la indagación de experiencias que bordean los límites de la humanidad, de algunas franqueadas por la ignominia y la crueldad, y de otras que sólo lo son en una pequeña medida; cargado de trizas de afecto, de trozos de sufrimiento, de agonías e impunidades, fragmentos de

narraciones incipientes, silen- cios y silenciamientos, huecos

y vacíos de una memoria ca-

prichosa, de un lenguaje in- suficiente. Enfrentado así.

Situar la pregunta de in- vestigación en torno a las formas subjetivas de reme- moración de experiencias de dolor y sufrimiento, supone que el investigador se en-

frente a la fractura del len- guaje, a la ruptura de las disposiciones del enunciado, a inten-

tos fallidos por gestionar lo indecible,

a todo eso que de incomunicable tie-

ne el horror. Este enfrentamiento pone, de un lado, al investigador con sus marcos de interpretación, sus nece- sidades de indagación, sus urgencias de producción académica y su narra-

sus urgencias de producción académica y su narra- Peregrino Rivera Arce: Recuerdos de campaña (1900),

Peregrino Rivera Arce: Recuerdos de campaña (1900), General Cruz.

Museo Nacional de Colombia.

gencia del silencio para preservar la intimidad o el anonimato, el hueco, el vacío, el mismo dolor. La pregun- ta, por lo tanto, no puede abrirse camino en el trasegar de una inves- tigación en ciencias sociales sin an- tes haberse considerado la necesidad de que el investigador re-sitúe su

ARANGUREN ROMERO, J. P.: EL INVESTIGADOR ANTE LO INDECIBLE Y LO INENARRABLE (UNA ÉTICA DE LA ESCUCHA)

N ÓMADAS

OMERO , J. P.: E L INVESTIGADOR ANTE LO INDECIBLE Y LO INENARRABLE ( UNA ÉTICA

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de los postulados que sostienen el quehacer del investigador, condi- ción que obliga a partir desde otras metodologías.

Intento proponer en este artículo 2 algunas consideraciones metodoló- gicas para un abordaje de situaciones límite vinculadas con el testimonio de personas que han padecido expe-

riencias de dolor y sufrimiento en con- textos de violencia política. Recurro para ello, en la primera parte, a la discusión sobre las condiciones de enunciabilidad de tales testimonios, reflexionando sobre la relación entre las formas de “acceso” al pasado y los estatutos de verdad, así como sobre los silencios y silenciamientos que subyacen a estas ex- periencias. En la se- gunda parte, discuto sobre los límites que traza la indecibilidad de estos hechos, en virtud de las fractu- ras del lenguaje y de

las condiciones éti- cas, sociales y políti- cas de quien testimonia y de quien escucha. Así, en la parte final pro- pongo un esbozo para construir una ética de la escucha que convoque la experiencia corporal en tanto reso- nancia del(os) sentido(s).

Lo inenarrable

Al proponer la oralidad como puerta de entrada a las experiencias de dolor y sufrimiento, ya sea desde el testimonio, o desde otra de las po- sibilidades dentro de la gama que ofrecen las fuentes orales, la inves- tigación en ciencias sociales apun-

ta a situar la necesidad de recono- cer los rasgos de subjetivad del de- venir histórico. Este “enfoque biográfico” ha dado pie a diferentes indagaciones sobre la identidad, que han tomado como referencia aquellas situaciones que ponen a los individuos en situación de ruptura con su mundo habitual. Sin embar- go, este escenario de investigacio- nes sobre la identidad en situaciones límite ha planteado que son estas condiciones de ruptura las que, jus- tamente, les impediría a las víctimas dar cuenta de su experiencia (Pollak,

porque quien testimonia no puede hacerlo en representación de los que no sobrevivieron. Enfrenta, por el contrario, la desesperación para dar cuenta de ello, tal como lo narra Primo Levi al hacer referencia a los hundidos y los salvados en el caso del exterminio judío (Levi, 2005), o como lo expresa Catela cuando ha- bla de los ex detenidos-desapareci- dos en Argentina:

Ellos cargan sobre sus espaldas el hecho de haber “sobrevivido”, es- tigma que moviliza ideas ambiguas sobre la “suerte” o la sospecha de “por algo será”. Están vivos para relatar aquello de lo cual “es mejor no ha- blar”: por un lado la lucha armada y la militancia de los setenta, por otro, las aberraciones de la tortura, la deshumanización de los centros clan- destinos de deten-

ción, las respuestas individuales ante una situación límite (Catela, 2000:

73-74)

En segundo lugar, y justamente por lo dicho hasta aquí, porque no es la selección del investigador la que ha de determinar quiénes se- rán sus “testimoniantes”, ni la con- dición de investigador audaz, ni otro tipo de características propias son condiciones suficientes para el tes- timonio. Ello da cuenta de que el enfoque del modelo cientificista, según el cual, sería necesario impo- ner un distanciamiento ante el “ob- jeto de investigación” como si el investigador pudiera operar a la dis-

como si el investigador pudiera operar a la dis- Peregrino Rivera Arce: Recuerdos de campaña (1900),

Peregrino Rivera Arce: Recuerdos de campaña (1900), Un abanderado mal herido.

Museo Nacional de Colombia.

2006: 55). Los límites de posibilidad y de enunciabilidad estarían dados, por lo tanto, por esta situación de quiebre y, en consecuencia, en los diferentes enunciados y narraciones, testimonios escritos, biografías e his- torias de vida u otras situaciones en las que distintas personas planteen su interés o necesidad de “contar su historia”, el investigador se hallará ante silencios, huecos y vacíos.

Estos límites de la enuncia- bilidad remiten al hecho de que no puede haber una suerte de muestra representativa cuando de situacio- nes límite se trata. En primer lugar,

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de situacio- nes límite se trata. En primer lugar, 22 N ÓMADAS N O . 29.

NÓMADAS

NO. 29. OCTUBRE 2008. UNIVERSIDAD CENTRAL – COLOMBIA

tancia ante hechos que, por el con- trario, suscitan todo tipo de afectos y convocan su cercanía y su involu- cramiento, no responde a las deman- das y retos de la escucha.

Ahora bien, es importante con- trastar este lugar de cercanía e involucramiento al que convoca la escucha, con lo que supondría fa- miliarizar un pasado traumático. Como han señalado Izquierdo y Cruz, las prácticas de familiarización con el pasado traumático “poco con- tribuyen a que las víctimas se apoderen del horror no sólo recor- dándolo sino también entendiéndo- lo” (Izquierdo, 2008: 200; Cruz, 2005). Y es que Izquierdo invita a la extrañeza y al distanciamiento, no frente a la víctima, sino respecto al pasado como condición para una elaboración de los traumas preceden- tes 3 , postura que va de la mano con una deconstrucción tanto de la fun- ción de legislador del historiador, como de la concepción de la identi- dad como a-histórica:

Concebir el pasado como un lu- gar habitado por interlocutores implica abrirse a la otredad, es decir, reconocer la alteridad del antecesor […] Incentivar esa alteridad es un primer paso para que la víctima pueda hacerse car- go de la dimensión temporal de su identidad […] Desde esta po- sición que niega la existencia de un sujeto unificado en el tiempo es plausible que la víctima histo- rice su dolorosa experiencia y co- mience a capturar reflexivamente su pasado (Izquierdo, 2008: 204).

La invitación a entablar una re- lación de extrañeza con el pasado, supone el reconocimiento de la responsabilidad del historiador y del

cientista social a la hora de reflexio- nar sobre la actividad que desarro- lla. Esta responsabilidad será mucho más demandante donde el dolor y el sufrimiento se han instalado por años, a través de impunidades per- petuas y con permanentes afrentas contra la dignidad humana. En esa medida, es una extrañeza que no emerge del distanciamiento en re- lación con una pretendida objetivi- dad, sino del reconocimiento del lugar ético y político del investiga- dor, posible a través de su invo- lucramiento y cercanía con la alteridad. Si la invitación de Izquier- do es a avivar el malentendido y a no enterrar el pasado bajo la lápida de una interpretación definitiva, habrá que reconocer que esto será posible, siempre y cuando se pueda entrever que el dolor y el sufrimien- to del otro también impactan a quien lo escucha 4 .

Este panorama remite así a una

reflexión sobre las condiciones de posibilidad de lo testimonial, y abre

la pregunta por los factores que in-

tervienen en la enunciabilidad, en general, y por aquellos que materia- lizan la disposición de las víctimas de hechos de situaciones límite para hablar, en particular. Tal como ha señalado Pollak, el carácter del enunciado varía según las distintas formas de lo testimonial: “desde la

exposición judicial hasta el relato de vida solicitado, pasando por la obra

o el artículo autobiográfico, o aún

las entrevistas recabadas en el mar- co de una investigación cualitativa” (Pollak, 2006: 55) plantean escena- rios de encuentro entre la disposi- ción de la víctima a hablar y sus posibilidades de ser escuchado. Es así que este marco de narrabilidad de las experiencias límite estaría constituido por las condiciones sub-

jetivas y sociales tanto del “testimo- niante” como de su escucha.

Esto plantea la necesidad de re- flexionar sobre las relaciones que cada sociedad establece con su pa- sado, interrogando además el lugar mismo de la oralidad en dichas re- laciones (Joutard, 1999: 14). Como se sabe, ya desde el siglo XIX esta relación ha estado mediada por el relato “oficial” que apunta a la cons- trucción de homogeneidad y unidad alrededor de la historia nacional. La oficialidad del relato de nación y la presunción de cientificisismo que lo validaba, funcionaban en un esque- ma de valoraciones de los relatos sobre el pasado en el cuál éstos eran considerados o excluidos por ser o no funcionales a los intereses de las elites decimonónicas o a las presun- ciones del objetivismo historio- gráfico. Si bien ahora, terminando la primera década del siglo XXI, los relatos sobre el pasado son un poco más heterogéneos, el esquema de valoración perdura junto con los anhelos de una verdad más incólu- me, más real, más verdadera.

Esta lógica de valoración queda en evidencia en el largo trayecto de discusiones en torno a los usos de los testimonios de víctimas de vio- lencia política en América Latina en la investigación en ciencias socia- les. La discusión se expresa bien en los avatares de la publicación en 1983 de la entrevista de Elizabeth Burgos Debray, Me llamo Rigoberta Menchú, las polémicas suscitadas por David Stoll (1999), quien acusara a Menchú de tergiversar la verdad, y las revelaciones que hiciera el his- toriador guatemalteco Arturo Tara- cena (1999) sobre las omisiones que habría efectuado Burgos Debray en la entrevista a Menchú. Evidente-

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N ÓMADAS

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mente, las polémicas sobre el testi- monio de Menchú han dado pie a consideraciones de orden teórico sobre la verdad, de orden metodo- lógico sobre la entrevista, e incluso de orden ético sobre el lugar del entrevistador (Burgos, 2002). Sin embargo, poco se ha ahondado so- bre aquello que estaría en el fondo de la episteme moderna y que pon- dría en debate el lugar de las cien- cias sociales como legitimadoras de un cierto régimen de verdad. Se tra- ta, sin duda, de un punto que con- voca más a una reflexión de orden político sobre la gestión del conoci- miento, y que atañe a las responsa- bilidades del investigador como legislador y experto (Bauman,

1997).

No se trataría ya más de seguir sosteniendo la diferencia entre lo verídico y lo verdadero, sino justa- mente de la ruptura de este esque- ma de juzgamiento y de la supuesta autoridad que dispondría de los cri- terios para calificar el grado de ver- dad que entraña cada testimonio. La mirada crítica a este esquema del juez supremo puede permitir que el acercamiento al testimonio de las víctimas sea considerado no por ser la versión más fiel al pasado 5 , sino por la relevancia ética que plantea su escucha.

Saúl Friedlander, en la introduc- ción a una compilación de textos sobre los límites de la representación (publicada en inglés en 1992 y lue- go en español tan sólo hasta 2007), analiza el clásico y discutido texto de Lyotard (1988). Lyotard reflexio- na sobre el Holocausto judío como si este hubiese sido un terremoto capaz de destruir todos los elemen- tos de medición, por lo que los in- vestigadores no habrían tenido

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por lo que los in- vestigadores no habrían tenido 24 N ÓMADAS posibilidad de enterarse de

NÓMADAS

posibilidad de enterarse de su ocu- rrencia, pero a partir del cual, sin embargo, en el “hombre común” quedaría el recuerdo de que había ocurrido algo indefinido. Al respec- to Friedlander considera que:

[…] por un lado, nuestras tradi- cionales categorías de conceptua- lización y representación bien pueden ser insuficientes, y nues- tro lenguaje mismo bien puede ser problemático. Y por otro lado, frente a estos sucesos sentimos la necesidad de contar con algún relato estable; un campo infinito de discursos posibles plantea la cuestión de los límites con mar- cada severidad (Friedlander, 2007: 27).

Sin embargo, esta necesidad de un relato estable opaca la posibili- dad de una crítica a las formas au- toritarias de conocimiento sobre el pasado (y que reclaman dentro de esa estabilidad una verdad hege- mónica y un pasado al cual sería posible acceder a través de ciertos “métodos”) y niega con ello la posi- bilidad de la multiplicidad de sen- tidos y de la interpretación 6 . Al respecto, Hayden White (2007), en la misma compilación hecha por Friedlander, plantea algunas cues- tiones que amplían la discusión.

White parte de la idea de que “en toda representación de fenóme- nos históricos hay una relatividad irreductible. Dicha relatividad es una función del lenguaje que se usa para describir –y por ende para cons- truir– sucesos del pasado en tanto posibles objetos de explicación y de comprensión” (2007: 69). Arguye que, al igual que las afirmaciones objetivas, los relatos son entidades lingüísticas y pertenecen al orden

del discurso, articulándose, por lo tanto, como entramados históricos. El discurso histórico tradicional su- pondría que, sigue White, “hay una diferencia crucial entre una ‘inter- pretación’ de los ‘hechos’ y un ‘rela- to’ sobre los mismos, una diferencia que se aprecia en la recurrencia de las nociones de relato ‘real’ (opuesto

a ‘imaginario’) y relato ‘auténtico’

(opuesto a ‘falso’)” (Ibíd., 72). En ese

sentido, desde el punto de vista de White, y al reflexionar sobre el negacionismo del holocausto Nazi, la condición para entender un relato como inaceptable es justamente en- tenderlo en sus tramas de lenguaje.

Ello lleva a entender además que “lo inaceptable” aparece como tal en una valoración ética o moral

y, no necesariamente, como un pro-

blema de verdad. Así, un relato so- bre una experiencia límite contado en forma “cómica” puede ser empe- zado a considerarse como “válido” o ser rechazado, si el sistema de valo- res morales de la sociedad en la que se inscribe dicho relato lo permite. De igual forma, un relato contado en forma solemne pero que atente contra la dignidad de las víctimas puede ser rechazado o validado.

Empero, justamente por lo dicho hasta aquí, es posible pensar que no son las tramas de lenguaje subraya- das por White (2007) lo esencial para que un relato sea “aceptable” en una sociedad, sino las valoracio- nes que dicha sociedad hace sobre

el relato, el lugar que ocupa el rela-

tor y la postura ética y política que guía su actividad. Acaso se podría pensar que dependería en mucho,

del poder de persuasión de cada re- lato para posicionarse en ese régi- men de aceptabilidad (Aranguren, 2007); pero acaso se podría también

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suponer que no depende plenamen- te de este entramado discursivo, sino de lo que “el relator” considera que debe ser puesto en esa trama de discurso. La postura ética y política del constructor de ese relato, será significativa en la definición de la trama y el contenido de su narra- ción. La capacidad de persuasión es posterior a la elección del lugar des- de donde se elige narrar –escribir– esta historia. Aunque no por ello es irrelevante.

Michel de Certeau, en las pri- meras páginas de La Escritura de la Historia (1993), plantea justamente que esta escritura y esta historia –la historiografía– se construyen y se sostienen en las inscripciones de un discurso de poder que hace del otro –lo narra como si fuera– terreno colonizado. Lo que subraya De Certeau es, por lo tanto, el proble- ma político que entraña la escritura de la historia en tanto silencia- miento, rechazo, exclusión y ficcio- nalización del sujeto, de su cuerpo y de la enunciación de su palabra.

Con todo, los planteamientos de White (2007) remiten a varios niveles de discusión sobre la posibi- lidad de representatividad del Ho- locausto en particular, y de las experiencias límite en general. Así, White reflexiona en torno a la pos- tura según la cual, las experiencias como el Holocausto son irrepresen- tables en el lenguaje. Ello lo lleva a analizar ampliamente los plantea- mientos desarrollados por Berel Lang (cit. White, 2007), quien se- ñala que en lo que respecta al genocidio, habría que contar sola- mente los hechos, pues de lo con- trario se caería en un discurso figurativo y en una estilización o esteticisismo del suceso 7 . Lo que

plantea Lang (Ibíd.) es que sólo una crónica de los hechos tendría la au- toridad para narrar este tipo de acontecimientos, pues de lo contra- rio, se caería en los peligros de la narrativización y la relativización de la narración. Sin embargo, Lang se- ñala una suerte de tercera vía, e invocando el concepto de escritura intransitiva de Roland Barthés 8 , pro- pone que el autor no escriba para dar acceso a algo que es indepen- diente tanto del autor mismo como del lector, sino que “se escriba a sí mismo”:

En la visión tradicional se piensa

que el escritor primero mira un objeto con ojos ya expectantes y estructurados, y luego de haber mirado, representa lo que vio en

su propia escritura. Para el escrito

que se escribe a sí mismo, en cam-

bio, el hecho de escribir se vuelve

en sí el medio del mirar o del com-

prender, no un espejo de algo autónomo, sino un acto y un com- promiso, una actividad y una ac- ción antes que un reflejo o una descripción (cit. White, 2007: 83) 9 .

Sin embargo, las perspectivas de White y Lang pierden de vista lo que Michel de Certeau subraya con vehemencia, y es que la escritura está aunada al silenciamiento de otras formas de sentido, paradójica- mente como forma de hacer enun- ciable “el mundo” del “otro”:

Una estructura propia de la cultu-

ra occidental moderna se indica

sin duda en este tipo de histo- riografía: la inteligibilidad se esta-

blece en relación al “otro” [sic], se desplaza (o “progresa”) al modifi-

car lo que constituye su “otro” […]

A través de variantes, heteró-

nomas entre ellas […] se desarro-

lla una problemática que elabora un “saber decir” todo lo que el otro calla, y que garantiza el trabajo interpretativo de una ciencia (“hu- mana”) al establecer una frontera que la separa de la región donde la espera para darse a conocer (1993: 17).

Ahora bien, la problematización de esta inteligibilidad que “sabe decir” lo que el otro calla, es parti- cularmente significativa cuando se analizan las condiciones de posibili- dad de lo narrable en torno a situa- ciones límite. Está vinculado con el hecho de que la eventualidad del enunciado testimonial acerca de la experiencia en torno a situaciones límite está cargada de silencio. La emergencia del silencio, lejos de

entenderse como el olvido, conlle- va una forma de representación de lo traumático ante la insuficiencia de las palabras para dar cuenta de la magnitud de una situación lími- te. Al mismo tiempo, puede ser ex- presión de las formas de inscripción de los hechos violentos, y reflejo así del poder de las intenciones delibe- radas de los perpetradores de tales hechos, en cuyo caso, se podría ex- plicar como el éxito del silen- ciamiento a través de las prácticas de dolor, muerte y desaparición. En un sentido similar a este, el silencio puede ser el resultado de la vigen- cia de las situaciones de violencia, ante lo cual entrará a reflejar mie- do y la necesidad de preservar la propia vida. También, y aunado a las

situaciones ya descritas, el silencio será una forma de protección, ya ante las amenazas de una violencia vigente, ya ante la necesidad de pre- servar unas condiciones psíquicas,

morales o sociales alcanzadas a tra-

vés de una historia personal que se narra sin hacer necesariamente

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N ÓMADAS

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referencia a episodios relacionados con la situación límite.

Lo indecible

El silencio puede cons- tituirse como expresión de un límite para acceder a una supuesta necesidad del investigador social que an- hela la comunicabilidad de sus entrevistados, justamen- te porque parte de que el silencio es nada, vacío. Evidentemente, con ello el imperativo de comunicar cuestiona la legitimidad del silencio, y erradica cual- quier posibilidad de recono- cer allí una interioridad. Tal imperativo

no deja tiempo para la re- flexión ni permite divagar […] reclama urgencia, trans- forma al individuo en un medio de tránsito y lo despo- ja de todas las cualidades que no responden a sus exi- gencias […] La ideología de la comunicación asimila el silencio al vacío, a un abis- mo en el discurso y no com- prende que, en ocasiones, la palabra es la laguna del silen- cio (Le Breton, 2006: 2).

De ahí que perfecta- mente la palabra pueda emerger una y otra vez en un ciclo monótono y repeti-

tivo sin tener la posibilidad de ser escuchada, asimilada y res- pondida, pues ante el ruido del mun- do, la palabra se torna incluso, insuficiente. La palabra se convier- te así en monotonía: “un murmullo permanente y sin contenido relevan-

te, importante tan sólo en su forma:

su presencia incesante nos recuer- da que el mundo sigue y seguirá exis- tiendo” (Le Breton, 2006: 4). Inserta en la comunicación en tanto que

estás ahí, existes porque me oyes, y yo existo porque te hablo’” (Ibíd.: 4).

Sin embargo, la palabra también puede constituir un poderoso antídoto contra el autoritarismo y la represión que busca imponer el silencio –el silenciamien- to– de voces disidentes. Un recurso ante las intenciones de los totalitarismos que res- tringen la circulación co- lectiva de significados y pensamientos. Es este otro silencio, el impuesto con violencia y terror, el inscrito con dolor y sufrimiento, el que impone límites a lo de- cible; su emergencia es tam- bién diciente de las barreras impuestas a la palabra. La presencia de este silencio igualmente testimonia. De ahí que el silencio no sea el sobrante del testimonio, el vacío incómodo de la entre- vista por llenar, sino conte- nido de las condiciones de producción del relato.

Tales condiciones de producción incluyen tan- to la liberación del “ruido de la comunicación mo- derna”, la restauración de la palabra silenciada y la restauración del silencio en la disposición de una escucha abierta, como las condiciones personales del testimoniante. El su- jeto que testimonia bien

puede retener su palabra también como una forma de man- tener ciertas condiciones psíquicas o morales o como una manera de mantener el control de la inter- acción con el otro que escucha. Como bien lo expresa Le Breton,

con el otro que escucha. Como bien lo expresa Le Breton, Peregrino Rivera Arce: Recuerdos de

Peregrino Rivera Arce: Recuerdos de campaña (1900), Don Eloy - Proveedor del Ejército Liberal. Museo Nacional de Colombia.

“ideología moderna”, se convierte en “ratificación de las posiciones –emi- sores y receptores– de los individuos, delimita, como si de un servicio pú- blico se tratara, los espacios en los que pueden sentirse seguros: ‘Tú

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los espacios en los que pueden sentirse seguros: ‘Tú 26 N ÓMADAS N O . 29.

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esta retención “concede un cierto distanciamiento a la espera del momento más favorable, sin tener que exteriorizar la eventual vul- nerabilidad o las propias dudas” (2006: 59). De igual manera pue- de constituir la protesta, la resistencia a entrar en un orden comunicacional que lo violenta, lo burla o lo humilla y, por lo tanto, es diciente de otro orden sim- bólico 10 a través del cual se gestiona lo indecible.

Indudablemente, el lu- gar del otro que escucha se torna determinante para comprender lo que el silen- cio estaría expresando: bien puede dar cuenta de la im- posibilidad del testimo- niante de encontrar en ese otro un interlocutor válido para su narración, o bien puede reflejar la resisten- cia a ser usado en la extrac- ción 11 de historias de vida, de relatos de dolor y sufri- miento para beneplácito del recolector y para la construcción de un saber 12 . En un escenario donde pre- domina esta perversa lógi- ca de la sustracción, pero donde a la vez existe una necesidad de la palabra, se crea, como bien retrata Castillejo para el caso de Suráfrica, “una profunda ironía y una tragedia: la de

querer hablar para sanar y al mismo tiempo evitarlo, la de querer ser reconocido mante- niéndose en la invisibilidad” (2005:

55). En este tipo de casos, poco aje- nos a las situaciones latinoamericanas,

el testimonio que se “recolecta” co- mo parte de la investigación en

ciencias sociales, si bien fractura las barreras de los silencios, puede ter- minar recolonizado, desfigurado y desterrado, haciendo del “recono- cimiento” de las víctimas y de su dolor “una realidad vaga, una se-

Puede entonces emerger el si- lencio o miles de palabras, pero am- bos pueden ser insignificantes por la ausencia de oyentes, por el ruido del mundo, por no encontrar nada que autorice social y moralmente a tes- timoniar. Las vibraciones de la palabra del testimoniante chocan ante la imposibili- dad de resonar en el otro su silencio tampoco hace eco en la escucha. La buena vo- luntad de la escucha, en todo caso, no es suficiente para hacer inteligible lo ini- maginable: “El silencio en- sordecedor que rodea el escenario del suceso y su memoria supone una con- frontación con lo indecible, con la retorsión de la pala- bra, que se va diluyendo en un silencio que no es más que la forma extrema del grito” (Le Breton, 2006: 82).

Si las condiciones que hacen posible el sentido han sido destruidas por lo que supone esta experiencia lí- mite, es decir, si justamen- te por ser una experiencia que traspasa los límites de la comprensión, se fracturan las posibilidades de lo narra- ble y la viabilidad de una lengua inteligible, no emer- gerá otra cosa sino “el abis- mo insondable que compele al hombre al mutismo ante tal cantidad de horror”

(Ibíd.: 82), es decir, el vacío. Ya Blanchot (1969) había he- cho referencia al hecho de que, dado que en este tipo de casos lo único que entra en el marco de la narrabilidad es del orden de lo incomprensible, es- tas experiencias sólo pueden ser cap- tadas en su indecibilidad.

sólo pueden ser cap- tadas en su indecibilidad. Peregrino Rivera Arce: Recuerdos de campaña (1900), Una

Peregrino Rivera Arce: Recuerdos de campaña (1900), Una trinchera

tomada - Bucaramanga. Museo Nacional de Colombia.

rie de dispositivos inventados por el experto para legitimarse, en la cual las voces de los sobrevivientes –a menudo fuera de contexto– llenan los ‘vacíos’ dejados en sus textos” (Ibíd.: 55).

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Gabriel Gatti, poniendo en ten- sión la posibilidad de captar el sen- tido de la desaparición forzada de personas y analizando lo que impli- caría pensar en que esta captación de sentido fuera atribuida al lugar del “ex detenido-desaparecido” como una forma de hacer visible lo invisible, señala que en esa atribu- ción de sentido al no-sentido, el rasgo distintivo de la experiencia lí- mite –su no sentido– se pierde:

Si los subalternos se centran; si los balbucientes empiezan a hablar claro; si los deslenguados hablan en lenguas oficiales; si los dese- xiliados o los insiliados se hacen ciudadanos o, en fin, si las tensio- nes que rodean a la figura del detenido-desaparecido se resuel- ven, estas peculiares y (desde el punto de vista sociológico) mons- truosas entidades serán, es cierto, más fácilmente entendidas, pero, también lo es, serán entendidas con menos rigor: dejarán de ser lo que son (Gatti, 2006: 31).

En ese sentido, Gatti plantea que, si bien hacer visible lo invisi- ble es un acto de “justicia política”, no será tanto de “justicia episté- mica”, pues

lleva el fenómeno más allá –o lo deja más acá– de la lógica que le corresponde; visibiliza lo que no puede serlo. Al eliminar de la fi- gura del detenido-desaparecido uno de sus datos característicos – las tensiones que introduce en la representación– no sólo se los con- vierte en otra cosa, sino que, y sobre todo, se obvia que en esa tensión, en esa pelea con los dis- positivos hechos para representar las cosas, está buena parte de su naturaleza (Ibíd.: 31).

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está buena parte de su naturaleza ( Ibíd. : 31). 28 N ÓMADAS Gatti opta por

NÓMADAS

Gatti opta por recurrir entonces

a la noción de vacío: “algo que es

pero no se puede ver, algo que exis- te, en donde hay cosas, pero cosas que siempre escapan del estatuto que le damos a las cosas y que siempre escapan de los instrumentos que in- ventamos para pensar las cosas. Un espacio habitable; pero a todas lu-

ces irrepresentable” (Ibíd.: 31). Este lugar del vacío, existe pero es irrepresentable; no es la inexisten- cia de sentidos, sino “la existencia de cosas que rehúyen del sentido” (Ibíd.: 32). El lugar del vacío invoca no la imposibilidad de narrar, sino la posibilidad de dar cuenta de la incomunicabilidad. Las palabras sólo podrán dar cuenta del borde, del lí- mite; una frontera que puede ser transitada pero no traspasada por lo narrable, que bordea las costas de ese inaprehensible mar de horrores

y de lugares imposibles. Tendrán

que ser dicientes de esa imposibili- dad, porque no hay una inteligibili- dad capaz de dar sentido al horror, no hay palabras con tal “virulencia expresiva”: “Hasta las palabras más duras no alcanzan esos límites, ex- presan una realidad a la medida del hombre, en los confines de su en- tendimiento” (Le Breton, 2006: 83).

Al dar cuenta de esta “catástrofe lingüística”, en consonancia con los planteamientos de Gatti, el testimo- nio no estaría renunciando a su uti- lidad jurídica, política y social. Al contrario, justamente por ello, por su vacilación y su límite, sería ex- presivo de la fuerza misma del he- cho violento, reflejo de la magnitud de una ruptura efectuada en el te- rreno mismo de lo representable; puesta en cuestión de la razón, pues- ta en evidencia de la incapacidad para que el otro en su escucha pue- da proferir desde la atalaya de su

análisis: “ah, ya entiendo” 13 . Esta puesta en cuestionamiento de la in- teligibilidad, convoca a la emergen- cia de una ética de la escucha que deja de enfrentarse a lo indecible y lo siniestro, explorando a tientas una oscuridad que se iluminaría de pron- to con una nueva representación, con un nuevo juego de lenguaje, y más bien se pone ante el otro, ante su dolor, reconociendo los límites de lo inteligible. Invadido en su con- ciencia ética, podrá situar la impo- sibilidad de hacer comprensible tanto dolor y muerte. La inconmen- surabilidad será la puerta de entra- da de su análisis, el conjuro contra el olvido. Es, con ello, también la dirección para dejar de enfrentar al testimoniante a la reiteración del pa- decimiento ante el fracaso del len- guaje; es, por lo tanto, otro diálogo, sostenido en otras formas de pregun- tar e incluso en otros contenidos del interrogante: nuevas pausas para el silencio, nuevo lugar para abrir ca- mino al vacío.

Con todo, tal como hemos dicho, el silencio no es, estrictamente, va- cío, nada. El silencio también es la respiración entre las palabras, la con- dición de posibilidad de entablar un vínculo comunicativo, la apertura momentánea de una mirilla que per- mite entrever la indecibilidad. El silencio, de tal forma, es como el lap- sus del lenguaje, la emergencia de una pequeña ventana al inconscien- te (Nasio, 1996). Pero en este caso, emergencia del intersticio, límite de la palabra y, a su vez, condición de posibilidad de lo narrable. Un enun- ciado que “nace del silencio inte- rior del individuo, de su diálogo permanente consigo mismo” (Le Breton, 2006: 7), completado por los ritmos del intercambio conversa- cional, “la voz, las miradas, los gestos

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y la distancia que se mantiene con

el otro también contribuyen al fluir de los significados” (Ibíd.: 14).

incorporados en el proceso de inves- tigación mismo” (Jelin y Kaufman, 2006: 187).

suena para intentar hacer enun- ciables los límites de lo decible.

Jelin y Kaufman dan cuenta de ello cuando señalan que el grupo de investigadores, ya desde el inicio de su trabajo, empezaban a entrever el “reto” de “cómo describir y transmitir el sufrimiento, cómo reconocerlo y hacerlo visible, tratando de transfor- mar algo de lo ‘indecible’ en palabras y sentidos” (Ibíd.:

187). Entre las opciones y reflexiones que propone el grupo liderado por Jelin, se considera la observación, el análisis y la narración en primera persona, como una forma de incluir la subjeti- vidad del investigador.

La necesidad de una ética de la escucha no es pues un punto menor en este escenario. Es real- mente el punto de partida de una propuesta de inves- tigación que persigue refle- xionar sobre las experiencias subjetivas en torno a situa- ciones límite. Esta ética re- sitúa los lugares comunes de las entrevistas y abre la re- flexión sobre la necesidad de decolonizar epistémica y metodológicamente 14 el “tra- bajo de campo”.

Ante la escucha de sí o de la resonancia de (los) sentido(s)

En la reflexión que brin- dan Elizabeth Jelin y Susa- na Kaufman acerca del

trabajo realizado en el mar- co del proyecto de investi- gación “Memorias de la represión”, en relación con

la forma en que se involucra

el lugar de la subjetividad de los investigadores que participaron en el proyecto sobre la memoria en escena- rios de terrorismo de Esta- do, las autoras subrayan que

frente a temas como la re- presión y la violencia políti- ca, las pérdidas y las experiencias dolorosas, esta “subjetividad” no puede ser omitida: “Estamos en pre- sencia de investigaciones ancladas en el compromiso político y afectivo […] Los sentimientos, los límites per- sonales y la involucración debían ser

Una incorporación tal, como se ha señalado hasta aquí, supone una reflexión sobre las dinámicas –las

aquí, supone una reflexión sobre las dinámicas –las Peregrino Rivera Arce: Recuerdos de campaña (1900), El

Peregrino Rivera Arce: Recuerdos de campaña (1900), El morretón donde

hospedó el B. Bogotá. Museo Nacional de Colombia.

posibilidades y los límites– del involucramiento. El sujeto ante la escucha, también queda expuesto en ese encuentro con el otro, algo de sí se ofrece para entablar ese diálogo y, en la palabra o en el silencio de quien testimonia, su propio ser re-

Con lo dicho en este tex- to, hablar de una inclusión de la subjetividad del investi- gador connota de por sí una cierta contradicción, o aca- so una cierta imposibilidad, ya que esta no puede ser excluida o desprendida de todo el proceso de investi- gación, por lo que, realmen- te, no habría nada que incluir. Sin embargo, a lo que hacen referencia Jelin y Kaufman –y de por sí este texto– es a la propuesta ante dicha imposibilidad de estar fuera o en frente del otro cuando de situaciones lími-

te se trata (y tal vez también en todas las situaciones), de profundizar en la reflexión sobre el lugar que esta subjetividad juega allí. Y no sólo entendiendo dicho lugar como el memorial de las metodologías y los conceptos emplea- dos, sino también como la reflexión sobre los afectos involucrados, sobre

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las posturas éticas y políticas que guían las reflexiones del investiga- dor, sobre el lugar de poder que lo constituye como “legislador”, “exper- to” o “traductor”. Y sobre todo, so- bre la reflexión crítica que pueda hacer en relación con todo lo ante- rior, considerando los límites y limi- taciones que trazan los significantes que, como lugares comunes, se ins- criben y se escriben a lo largo de informes de investigación o artícu- los académicos.

cia es, como la aisthesis de Aristóteles, un sentirse sentir:

Un sujeto se siente: esa es su pro- piedad y su definición. Es decir que se oye, se ve, se toca, se gus- ta, etc., y se piensa o se represen- ta, se acerca y se aleja de sí, y de tal modo, siempre se siente sentir un “sí mismo” que se escapa o se parapeta, así como resuena en otra parte al igual que en sí, en

nancia de una remisión” (Ibíd.: 30). Estar a la escucha es una “presen- cia de sí”, no en tanto que acceso al

sí mismo, sino como la realidad de

ese acceso, “una realidad, por lo tan- to, indisociablemente ‘mía’ y ‘otra’, ‘singular’ y ‘plural’, así como ‘mate- rial’ y ‘espiritual’ y ‘significante’ y ‘asignificante’” (Ibíd.: 31).

Conclusiones

y ‘asignificante’” ( Ibíd .: 31). Conclusiones Peregrino Rivera Arce: Recuerdos de campaña (1900),

Peregrino Rivera Arce: Recuerdos de campaña (1900), Cadáver de un revolucionario en la trocha

de Ocaña - Bon “Libres de Ocaña”. Museo Nacional de Colombia.

un mundo y en otro (Nancy, 2007: 24).

De ahí que, y siguiendo con Nancy, estar a la escucha sea siem- pre estar tendido hacia un acceso al sí mismo o en él. Lo que resuena, en este sí mismo, es también un sen- tido en relación con el cuerpo que vibra y en relación con el régimen de lo inteligible. En esta última acepción –la del sentido como lo in- teligible– es también necesario re- conocer su resonancia; su marco de posibilidad viene dado por el reso- nar de sí en el otro. Sin embargo, el “sí mismo” (el del otro y el de sí) no es algo “disponible (sustancial y sub- sistente) en el que se pueda estar ‘presente’, sino justamente la reso-

Escuchar supo- ne, en consecuen- cia, ingresar a una suerte de espacio del otro y al mismo tiempo ser invadido y penetrado, abier- to, por dicho espa- cio. El silencio 15 hace de sí una vi- bración y una reso- nancia, y dispone la posibilidad de la invasión y la aper- tura, como en el

encuentro de un diapasón ante otro. La resonancia de (los) sentido(s), cuando se está

a la escucha, es la del propio

cuerpo (los sentidos) ante la vibra- ción de otro cuerpo, y el del senti- do de sí ante la vibración del otro (el sentido).

La considera- ción de estas fronte- ras implica entonces que el investigador, ante la escucha, descubra que no es posible decirlo todo de sí mismo, ni sa- ber todo del otro, que hay una intimi- dad que se reclama siempre. Secretos, dignidades y memo-

rias que no son “co- municadas” por la necesidad de ofrecer la posibilidad de un mundo distinto al que vemos. El sujeto ante la escucha, descubre en la resonancia de su(s) sentido(s) –en su cuerpo y su comprensión– los

límites de lo inteligible. No sólo en el relato del otro, sino en eso que en sí resuena para sí como doloroso

y sufriente o como intimidad y se-

creto, o como silenciamiento impune.

Una ética de la escucha podrá erigirse en el reconocimiento de una resonancia tal; condición de posibi- lidad para empezar a pensar en el(los) sentido(s) de la escucha y en la for- ma en la que el otro también vibra y resuena en mí 16 . Es pues, una puesta en vibración de todo el cuerpo, de todo(s) (los) sentido(s) y, por lo tan- to, una posibilidad de reclamar para esos momentos en los que se está ante la escucha, una experiencia que

Esta puesta en resonancia, acaso emerja del lado de la escucha como

preferible a la puesta en evidencia que emerge en la mirada (la clínica, la científica, la colonial), aunque “cada uno de esos lados también toca al otro

y, al tocar , pone en juego todo el régi-

men de los sentidos” (Nancy, 2007:

13). Es así que el sentir de la resonan-

30

(Nancy, 2007: 13). Es así que el sentir de la resonan- 30 N ÓMADAS N O

NÓMADAS

NO. 29. OCTUBRE 2008. UNIVERSIDAD CENTRAL – COLOMBIA

pone en cuestionamiento nuestra propia corporeidad.

Esta ética de la escucha se sitúa también como una postura delibe- rante y crítica frente a un cienti- ficismo que ha colocado al cuerpo en el silenciamiento, y que opera en la narración y en la escritura de la historia. Entra en tensión con la entrevista, pues descentra el en- cuentro con el otro del ver y el de- cir, para situarse en una experiencia corporal, ya como una semiología práctica (Grosso, 2007), ya como el retorno de lo rechazado, “de todo aquello que en un momento dado se ha convertido en impensable para que una nueva identidad pueda ser pensable” (De Certeau, 1993:18).

Las reflexiones sobre las condi- ciones de posibilidad de la escucha en resonancia, han sido puestas en consideración en este texto como significativas para una entrada a las investigaciones que abordan expe- riencias en situaciones límite. Estas reflexiones no pueden ser más las evaluaciones de una investigación acabada, sino los cuestionamientos que surgen en el punto de partida de ésta.

Citas

1 Sobre lo siniestro puede analizarse el con- cepto de haecceidad abordado por Deleuze y Guattari (2000).

2 Agradezco los valiosos comentarios de Elsa Blair y Ludmila da Silva Catela, así como las recomendaciones de lecturas de Gabriel Gatti y Pablo de Marinis. Las discusiones teóricas surgidas en el seminario “Semio- praxis y discurso de los cuerpos: moderni- dad social, relaciones interculturales y po- líticas del conocimiento” de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Bue- nos Aires, dictado por José Luis Grosso, fueron de gran ayuda para las reflexiones

finales. Al profesor Grosso y a los/as com- pañeros/as del seminario les hago extensi- vo este agradecimiento.

3 En relación con este tema ver el intere- sante trabajo de Beatriz Sarlo (2005).

4 Nathan Wachtel, al comentar un libro de una escritora francesa que recolecta relatos autobiográficos de mujeres y hom- bres que durante su infancia habían per- dido a sus padres en los campos de exter- minio, se pregunta “Un libro escrito con lágrimas que sólo se puede leer a través

de las lágrimas, ¿es un libro de historia? ¿Lo vivido, lo puro y trágico vivido, se puede (y se debe) conceptualizar?” (Wachtel, citado por Joutard, 1999:

184). Philipe Joutard comenta a Wachtel

y señala que dicho libro “nos propone

una lección de método: por medio de la encuesta oral, hace comprender un fe- nómeno que ciertamente conocíamos, pero que ningún documento escrito per- mitía hasta el presente analizar: el trau- matismo infligido a una generación e in- cluso a varias generaciones”, y agrega que “ninguna historia de vida puede ser leída como un simple libro de historia” (Joutard, 1999: 184)

5 Tal como subraya Joutard, el desinterés en la historización de las memorias se mueve en la misma lógica que la de aque- llos que niegan las torturas, las desapari- ciones y los genocidios (1999: 10). Al respecto, Lyotard también dirá que una búsqueda de totalidad y consenso al esti- lo de una verdad termina siendo el fun- damento mismo de los emprendimientos fascistas (Lyotard, 1988).

6 En ese sentido, es interesante analizar la posición de Jenkins quien señala que lo que en último extremo determina la in- terpretación va más allá del método y la evidencia, y descansa en la ideología (Jenkins, 1991).

7 Sontag, reflexionando sobre la fotogra- fía de hechos de violencia, subraya como ésta ofrece señales encontradas, pues dice

a un tiempo: “Paremos esto, nos insta.

Pero también exclama: ¡Qué espectácu-

lo!” (2003: 90).

8 Barthes ofrece una tercera posibilidad frente a las voces activa y pasiva: la voz media del griego antiguo: mientras que

en la voz activa y la pasiva se supone que

el sujeto del verbo es externo a la acción,

ya sea como actuante o como objeto de

la

acción, en la voz media se supone que

es

interno a la acción (Barthes, cit. White,

2007: 84)

9 La lectura que Lang hace de la escritura intransitiva, como bien recuerda White,

pasa por alto que Barthes la empleó para caracterizar las diferencias entre el esti-

lo dominante de la escritura modernista

y el estilo del realismo clásico, de allí

que White plantee que las falencias que

se encuentran al intentar analizar la re-

presentación de experiencias límite como el Holocausto, son el producto de “una concepción del discurso demasia- do apegada a un realismo que resulta inadecuado para representar sucesos que son en sí de carácter ‘modernistas’ como el Holocausto” (2007: 86) Evidente- mente, con ello White omite dar res- puesta al debate sobre los límites de la representación.

10 El lugar de lo simbólico y su imposibili- dad de ser gestionado, es desarrollado, para el caso Colombiano, por María Vic- toria Uribe (2004), en especial en el ca- pítulo: “Las masacres como síntoma so- cial”. De igual manera, pero en relación con el arraigo del dolor en el terreno sim- bólico y la consecuente potencia de la acción simbólica en el “debilitamiento” del dolor, es trabajado por Le Breton (1999: 90).

11 Al respecto, es importante considerar los planteamientos desarrollados por Alejan- dro Castillejo en relación con el papel del antropólogo cuando se enfrenta al silencio y al dolor de los demás. Las re- flexiones de Castillejo, desarrolladas en

el marco de su experiencia de trabajo en

Suráfrica, apuntan a señalar la necesidad de reflexionar éticamente sobre el lugar que ocupa como académico en este esce- nario y sobre las prácticas extractivas de voces, historias y testimonios que han enmarcado el escenario contemporáneo surafricano. La propuesta de Castillejo apunta a una ética de la colaboración (Castillejo, 2005: 55). Ludmila da Silva Catela, por su parte, recuerda la impor- tancia de “devolver” el relato de las en- trevistas a los entrevistados (Catela,

2004).

12 Bien lo señala Michel de Certeau: “En

Occidente, el grupo (o el individuo) se da autoridad con lo que excluye (en esto consiste la creación de un lugar propio)

y encuentra su seguridad en las confesio-

nes que obtiene de los dominados (cons-

tituyendo así el saber de otro o sobre otro,

o sea la ciencia humana)” (1993: 19).

13 Algo similar es señalado por Sontag en relación con la fotografía cuando dice:

“Las fotografías objetivan: convierten un hecho o una persona en algo que puede ser poseído. Y las fotografías son un gé- nero de alquimia, por cuanto se las valo- ra como relato transparente de la reali- dad” (2003: 94).

ARANGUREN ROMERO, J. P.: EL INVESTIGADOR ANTE LO INDECIBLE Y LO INENARRABLE (UNA ÉTICA DE LA ESCUCHA)

N ÓMADAS

OMERO , J. P.: E L INVESTIGADOR ANTE LO INDECIBLE Y LO INENARRABLE ( UNA ÉTICA

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14 En ese sentido vale la pena reflexionar sobre los planteamientos de Susan Sontag en relación con la fotografía que expone y ofrece el dolor de los demás. Al respecto dice: “la exhibición fotográfica de las crueldades infligidas a los indivi- duos de piel más oscura en países exóti- cos continúa con esta ofrenda, olvidan- do las consideraciones que nos disuaden de semejante presentación de nuestras propias víctimas de la violencia; pues al otro, incluso cuando no es un enemigo, se le tiene por alguien que ha de ser vis- to, no alguien (como nosotros) que tam- bién ve” (Sontag, 2003: 86) Ello va en consonancia con lo que hemos reseñado de Castillejo (2005) para el caso surafricano.

15 El silencio para Nancy, se entiende no sólo como una privación, sino como una disposición de resonancia: “un poco –y hasta exactamente– como cuando, en una condición de silencio perfecto, uno oye resonar su propio cuerpo, su aliento, su corazón y toda su caverna retumban- te” (Nancy, 2007: 46). En un sentido similar, ver: Agamben (2003). El mismo Agamben proclama como problema po- lítico esencial, cómo es que se hace posi- ble cierto hablante, cómo es que éste lle- ga a emerger bajo los imperativos norma- tivos de un Otro que está en constante cambio, según el devenir histórico. Agamben considera que el testimonio puede ser pensado entonces por sus efec- tos políticos en virtud de la relación con ese Otro. El testimonio será pensado como el “sistema de las relaciones entre el dentro y el fuera de la langue, entre lo decible y lo no decible en toda lengua; o sea, entre una potencia de decir y su exis- tencia, entre una posibilidad y una im- posibilidad de decir” (2000: 151-152).

16 Al respecto, es interesante confrontar al- gunos de los planeamientos de La Capra (2007) en relación con el concepto de transferencia en el psicoanálisis.

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ARANGUREN ROMERO, J. P.: EL INVESTIGADOR ANTE LO INDECIBLE Y LO INENARRABLE (UNA ÉTICA DE LA ESCUCHA)

N ÓMADAS

OMERO , J. P.: E L INVESTIGADOR ANTE LO INDECIBLE Y LO INENARRABLE ( UNA ÉTICA

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Etnografía y crisis:

algunos debates y una práctica de investigación en contextos de violencia *

nomadas@ucentral.edu.co • PÁGS.: 34-49

*
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Sandro Jiménez-Ocampo**

Este artículo presenta un revisión cruzada entre el debate contemporáneo sobre la guerra y la violencia en tanto objetos de investigación empírica y una práctica particular que se ha apoyado en la etnografía para abordar escenarios de crisis, específicamente los relacionados con el trabajo con víctimas de la violencia en Colombia y con el seguimiento a la respuesta del Estado desde sus mecanismos de intervención política de la guerra en este país. El texto parte de una contextualización de la violencia política en tanto campo de saber y poder, para luego adentrarse en un diálogo cruzado entre las apuestas éticas y metodológicas en diversos enfoques y mis conjeturas frente a los retos identificados desde mi propia experiencia de investigación. Palabras clave: guerras contemporáneas, violencia política, etnografía de la crisis, antropología política.

Este artigo apresenta uma revisão entre o debate contemporâneo sobre a guerra e a violência em tantos objetos de pesquisa empírica e uma prática particular que se apoia na etnografia para abordar cenários de crise, especificamente os relacionados com o trabalho com vítimas da violência na Colômbia e com o surgimento à resposta do Estado desde seus mecanismos de intervenção política da guerra neste país. O texto parte de uma contextualização da violência política tanto no campo do saber e poder, para logo adiantar-se no diálogo entre as apostas éticas e metodológicas em diversos enfoques e as conjeturas do autor frente aos retos identificados desde sua própria experiência de investigação. Palavras-chaves: guerras contemporâneas, violência política, etnografia da crise, antropológica política.

This article presents a review between the contemporary debate about war and violence as an empirical research topics, and a research practice which have use the ethnography in crisis environments, specifically those related with victims of political violence in Colombia and the monitoring of state responses in terms of its political management of war. The text starts with a conceptualization of political violence as a knowledge-power field to get in a crossed dialogue between the ethical and methodological proposals in diverse approaches and the author’s conjectures about the challenges identified during his own research experience. Keywords: contemporary wars, political violence, crisis ethnography, political anthropology.

ORIGINAL RECIBIDO: 22-IX-2008 – ACEPTADO: 02-X-2008

Las reflexiones y el trabajo académico que soportan este texto son una com- binación del trabajo empírico en varias investigaciones sobre la gestión del conflicto armado en Colombia y en el desarrollo de mi disertación doctoral para la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, FLACSO. Candidato a Doctor en Ciencias Sociales, opción Estudios Políticos, de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, FLACSO-Ecuador. Docen- te/investigador del Instituto de Estudios Sociales Contemporáneos, IESCO - Universidad Central. E-mail: sjimenezo@ucentral.edu.co

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- Universidad Central. E-mail: sjimenezo@ucentral.edu.co 34 N ÓMADAS N O . 29. O CTUBRE 2008. U

NÓMADAS

NO. 29. OCTUBRE 2008. UNIVERSIDAD CENTRAL – COLOMBIA

Arce: Recuerdos de campaña (1900), Haciendo el vale.

El habilitado del Bon “Libres de

Ocaña. Museo Nacional de Colombia.

Preámbulo

Es importante aclarar al lector que las reflexiones aquí recogidas las realizo desde una condición de enunciación del tipo insider/out- sider, pues si bien mi trabajo no puede asumirse como una voz de la antropología, ya que no soy antropólogo (outsider), sí es claro que gracias a varios años de trabajo sistemático con fuerte influencia etnográfica (insider) asumo esta entrada metodológica como parte del patrimonio general de las ciencias sociales y no sólo de aquella que se constituyó como nicho original y natu- ral para el trabajo etnográ- fico, la antropología.

nalidad desde mi propia experien- cia de investigación (meta-texto). Este último estará marcado como “enlace” y con estilo “itálico” en dis- tintos lugares dentro de la secuen- cia discursiva del documento.

cia y las tensiones en la construc- ción de una red conceptual y la capacidad o incapacidad de mi experiencia de investigación concre- ta para conectar el trabajo etnográ- fico cercano y comprensivo con debates más globales y generales en las ciencias sociales.

Contexto

del debate

Después de ciento cincuenta años de teo- rización e investigación sobre la guerra (Balibar, 2006), este campo de sa- ber pareciera haberse con- solidado como una especie de “lugar común” no sólo en el mundo de la reflexión teórica, sino en el ámbito de la acción política. A pe- sar de la normalización que un horizonte de tiempo tan significativo supone, al lado de la abundante historia de experiencias de guerra, nos encontramos en un momen- to revelador en términos de los alcances y las limitaciones de las redes conceptuales has- ta ahora usadas para dar cuen- ta de uno de los fenómenos que mayor atención acarrea en nuestra historia.

Después del fin de la Segun- da Guerra Mundial y la creación del sistema internacional de na- ciones para el sostenimiento de la paz, que hoy conocemos como Na- ciones Unidas, dos temas en las agendas de seguridad mundial han ocupado la atención de esta organi- zación: la primera fue la contención de conflictos o la intervención so- bre los mismos durante el período de

Peregrino Rivera
Peregrino Rivera

Finalmente, si bien en este artí- culo se presenta un recorrido biblio- gráfico importante, este no pretende ser exhaustivo, pues no se trata de inscribir el trabajo como un “estado del arte”, sino como una apuesta re- flexiva para mostrar la convergen-

Otra precisión es la de una delimitación que pone distancia de aquella visión que simplifica la lectura de los procesos de la guerra y la paz como simples trán- sitos por el reformismo ins- titucional en el marco del discurso de la paz como “bien supremo” y del de- recho internacional hu- manitario como “fuente única de legitimación”, para ir más allá y obser- var la historicidad en que ocurren tales acon- tecimientos, así como las formas de apropia-

ción/resistencia que tales discursos generan.

La forma narrativa del texto se plantea desde una presentación do- ble entre un texto y un meta-texto, en donde se podrá apreciar el lugar del debate de los temas planteados (texto) al tiempo que la posicio-

JIMÉNEZ-OCAMPO, S.: ETNOGRAFÍA Y CRISIS: ALGUNOS DEBATES Y UNA PRÁCTICA DE INVESTIGACIÓN EN CONTEXTOS DE VIOLENCIA

NÓMADAS

TNOGRAFÍA Y CRISIS : ALGUNOS DEBATES Y UNA PRÁCTICA DE INVESTIGACIÓN EN CONTEXTOS DE VIOLENCIA N

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la guerra fría; y en segundo lugar, las gestiones humanitarias para aten- der la proliferación de conflictos ar- mados internos, en adelante CAI, desde finales de los años ochenta hasta nuestros días.

De esta manera, los CAI se con- virtieron en la razón permanente para que la comunidad de naciones, y las agencias especializadas para tal fin, realizaran permanentes llamados para aminorar los daños, mediar o apoyar en la resolución de este tipo de confrontaciones que generalmen- te son catalogadas como “emergen- cias complejas”. De hecho, las Naciones Unidas, para el período de tiempo de referencia, han tenido que realizar sesenta y cuatro llama- mientos para recaudar 11.000 millo- nes de dólares para programas de socorro, y han obtenido 7.000 millo- nes (Fisas, 2004: 65).

En este sentido, este tipo de fe- nómenos se han convertido en un campo de conocimiento especializa- do y en un ámbito de intervención política altamente institucionalizado, pues alrededor de él se articulan cen- tros de investigación, agencias multilaterales y un sinnúmero de sis- temas de regulación, tanto de tipo político (como el poder de sanción del Consejo de Seguridad de las Na- ciones Unidas), como de orden jurí- dico (por ejemplo, el establecimiento del Estatuto de Roma y la Corte Pe- nal Internacional).

Dentro de este desarrollo insti- tucional, han surgido dos sub-cam- pos especializados en los distintos frentes de lo que aquí llamaremos la gestión o la administración de los CAI: por un lado, las intervencio- nes sobre crisis humanitarias por vio- lencia política (dedicadas a la

36

humanitarias por vio- lencia política (dedicadas a la 36 N ÓMADAS asistencia y protección de víctimas

NÓMADAS

asistencia y protección de víctimas sobrevivientes, refugiados y despla- zados internos), y por otro, los me- canismos de justicia transicional (que definen los caminos legitima- dos internacionalmente para las transiciones del conflicto hacia el post-conflicto).

Estos dos sub-campos, muchos de los cuales se articulan alrededor de casos históricos y sociedades ob- jetos de la intervención (casi todos geopolíticamente clasificados como del Tercer Mundo, con excepción de la experiencia de los Balcanes), entran y salen del horizonte de visi- bilidad de la comunidad internacio- nal, tanto por lo hecho como por lo dejado de hacer. Con lo hecho hago referencia al tipo de mecanismos de intervención humanitaria desplega- dos o el nivel de profundidad en la aplicación de los dispositivos para dar cuenta de la verdad, la justicia y la reparación durante las transi- ciones; y con lo dejado de hacer, tra- to de señalar los debates sobre la intervención tardía o incompleta respecto a los estándares del dere- cho internacional humanitario y los derechos humanos.

De lo que poco se establecen registros son de las condiciones internas de tales sociedades vincu- ladas con los procesos de trasfor- mación política y social que supone plegarse al discurso y las institucio- nes internacionales para la gestión de los CAI, y al tiempo, reconocer las transformaciones endógenas que se esperaría complementen la aplicación de los mecanismos de transición.

Las dos áreas más afectadas del planeta por el desarrollo de conflic- tos armados internos han sido

Latinoamérica y África. Para nues- tra región sobresalen los casos de El Salvador (entre 1980 y 1992), Gua- temala (entre 1960 y 1996), Perú (entre 1980 y 2000) y Colombia (con- flicto vigente y el de más larga duración de la historia contempo- ránea). Todos ellos unidos por la pro- fundidad de los daños asociados con la confrontación y por la compleji- dad para el abordaje de salidas sostenibles hacia procesos de paz de estirpe social.

Cada uno de estos casos ha sido objeto de aplicación de los distintos mecanismos de intervención de con- flictos, disponibles para su época, en tal sentido, es claro que no son equiparables entre sí, pues las especificidades de los actores en con- tienda y el tipo de víctimas no son irreductibles a una categoría común; pero lo que sí ha sido punto de en- cuentro, es que cada uno fue lugar de experimentación de los disposi- tivos de intervención humanitaria y de los procesos de negociación del conflicto bajo la perspectiva de la justicia transicional. De hecho, en to- dos ellos se planteó una comisión de transición o de verdad.

Como en todo campo de saber, existe una distribución de objetos, categorías y abordajes metodoló- gicos que asumen determinadas convergencias y divergencias de acuerdo con el peso específico de cada disciplina. En este trabajo se presenta cómo en dicha distribución existe un lugar ambiguo y apenas en constitución desde la etnografía en escenarios de violencia política, pues según lo plantea Scheper- Hughes y Bourgois (2004: 5) la ma- yor cantidad de teorías sobre las causas, significados y consecuen- cias de la violencia masiva y de los

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genocidios viene de disciplinas como la historia, la psicología, la psiquiatría, el derecho comparado, los derechos humanos y la ciencia política.

En tal sentido, es mi propósito compartir algunas exploraciones en donde una perspectiva etnográfica se enfrenta a las formas dominan- tes de dar explicaciones y realizar intervención sobre estos fenómenos. Este ejercicio también implica re- visar críticamente la guerra y la vio- lencia política como objetos de estudio plagados de ideas norma- lizadoras y moralizantes que inhiben la discusión crítica y reflexiva so- bre los límites conceptuales de di- cho campo y, al tiempo, explorar la manera en que la etnografía de las crisis políticas puede aportar de ma- nera diferencial a esta discusión, para desde ella recuperar la rela- ción con lo particular, en lo que Greenhouse denomina la relación entre inestabilidad política y vida social (2002: 1); todo para presen- tar cómo el trabajo etnográfico sobre escenarios de conflictos marcados por la aplicación sistemática de vio- lencia, conduce al replanteamien- to mismo de las nociones con las que definimos lo político y la pro- pia vida en sociedad.

De esta manera, la crisis de la guerra como sujeto y objeto de co- nocimiento en las ciencias sociales, justifica este intento de observar la forma en que la aproximación etnográfica puede ayudar a zanjar esa separación entre lo universal y lo singular, lo público y lo privado, lo visible y lo invisible, lo legítimo y lo ilegítimo. Este intento no supone en ningún caso abandonar la lectu- ra crítica ante la tradición totali- zante o la emergente presencia de

lo singular y lo particular a cada experiencia de guerra y violencia; incluyendo en dicha crítica la propia apuesta de la antropología política, pues como plantearon Scheper- Hughes y Bourgois: “los antropólogos han sido muy lentos, muy ambiguos, muy reflexivos y el saber etnográfico producido muy local” (2004: 4), cuando de dar cuenta de los con- textos de guerra y violencia política se trata.

Pero reconociendo lo anterior, la decisión del énfasis propuesto bus- ca explorar lo que Mertz observa res- pecto a que

los antropólogos que trabajan asuntos relacionados con la vio- lencia, han planteado lo inade- cuado de lo estándares y las convenciones de la ciencia social, cuando tratan de repre- sentar el desorden y la emo- cionalidad involucrada en el proceso; pues para el momento en que contamos una historia, hemos a su vez removido la voz original a través de la narrativa de las ciencias sociales, al tiem- po que hemos domesticado y obliterado gran parte de la inme- diatez y la falta de estructura que caracteriza tales eventos. (2002:

361, traducción mía).

En otras palabras, el tipo de es- cenarios aludidos por Mertz, impli- can lo que Mac C. Lewin (2002) presenta como los límites y la opaci- dad de nuestro entendimiento, que es a su vez el reto de la etnografía para delinear la relación entre cam- pos sociales y estructuras. Condicio- nes ambas que nos enfrentan a los límites del lenguaje y a nuestra am- bigua forma de representar este tipo de realidades.

La guerra y la violencia política como preocupación en las ciencias sociales

La decisión de usar las dos ca- tegorías enunciadas busca dar

cuenta de la manera en que las ciencias sociales abordan el con- flicto armado moderno, sin pre- tender hacer de ellas un símil, pues la consolidación de los tér- minos en la comunidad científica

y en la vida política obedece a

que cada uno de ellos ha tomado un camino explicativo distinto dentro de una especie de sentido práctico aceptado tácitamente en los ámbitos mencionados. Por un lado, el término “guerra” ha sido convencionalmente aplicado a

casos donde el sujeto histórico de

la confrontación estaba claramen-

te definido como un Estado o una nación, que según Balibar (2006), representa el modelo clausewitzea- no puro, es el “sujeto” de la estra- tegia defensiva que al final se asume victorioso. Para usar una ca- tegoría filosófica, puede ser identi- ficado con cierta figura típica de una unidad moderna militar, pue- blo o Estado, ya sea preexistente, o construida durante el proceso mis- mo de la guerra.

Por su parte, el término “vio- lencia política” ha sido aplicado fundamentalmente en el sentido de Nieburg (cit. Braud, 2006: 16), según el cual, ésta se caracteriza por un conjunto de actos de des- organización y de destrucción y le- siones cuyo objetivo, elección de blancos y de víctimas, circunstan- cias, ejecución y/o efectos adquie- ren un significado político, es decir, tienden a modificar el comporta- miento ajeno en una situación de

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TNOGRAFÍA Y CRISIS : ALGUNOS DEBATES Y UNA PRÁCTICA DE INVESTIGACIÓN EN CONTEXTOS DE VIOLENCIA N

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negociación con repercusiones sociales.

En tal sentido, la primera dife- renciación en el uso de uno y otro término se ha derivado de una con- dición de escala, donde se advierte que lo que se pone en juego es el alcance de la confrontación, lo que comporta una preocupación en la cual la guerra debe ser un estado transitorio (en tér- minos clausewitzianos, la política por otros medios), mientras que la violencia política puede ser una ma- nifestación naturalizada de la conformación del sujeto histórico que legítimamente puede llegar a hacer la gue- rra, es decir, el Estado-na- ción; pero esta vez no frente a otro Estado sino frente a su “enemigo interno”.

Alrededor de estas dos miradas se han desarrolla- do múltiples entradas y des- plegado variados esfuerzos por capturar analíticamen- te la guerra y sustituirla por la paz. Para el caso colom- biano, Zuleta (2006) afirma que estos esfuerzos fraca- saron: la guerra creció y junto con ella, los estudios basados en la moral de la soberanía imperialista que en virtud de una pretendi- da justicia universal divi-

niza la paz, su propia paz como marco de referencia científi- ca de la guerra.

Dada esta matriz analítica de corte moral, al lado de la evolución y la mutación de las formas y el senti- do de la guerra, lo que terminó por convertirse en la excepción fue la

paz, en lo que Bobbio (1982), Alliez y Negri (2003), Scheper-Hughes y Bourgois (2004), Richmond (2006) y Paris (2006), se asume como el con- tinuo guerra-paz-guerra. Achille Mbembe en “Necropolitics” (2003) y Michel Foucault en Society Must be Defended (2003) realizan adverten- cias igualmente dramáticas sobre la

tecimiento y de los eventos (en este sentido, son importantes los traba- jos de Nagengast (1994), Richani (2002) y Braud (2006)).

Enlace 1: esta secuencia genealó-

gica de la consanguinidad al tiempo que la diferencia entre las formas de posi- cionamiento y la utilización de las no- ciones de guerra y violencia política, dejan de ser un pro- blema discursivo y se tornan en un problema material para un programa de investigación que apunte a establecer des- de la etnografía una relación con la compresión cercana de los casos de estudio, al lado de la crítica conceptual y con- siderando las implicaciones de la historicidad propia de cada caso. En mi experiencia de in- vestigación sobre las formas de gestión del conflicto arma- do colombiano y de la política de respuesta al daño asocia- do con la violencia política, los lugares desde donde se lee la guerra, la violencia y la paz, han sido parte integral de la disputa y la confrontación. En tal sentido, el investigador debe enfrentarse a un conjun- to de lugares comunes y de lu- gares prohibidos, unos y otros asociados con el momento do- minante del debate público, sea este en la dirección del pén- dulo hacia la consolidación de

la confrontación armada. O

sea en el sentido de la pacifi- cación. El reto de una perspectiva de investigación como la mencionada es superar la trampa del acontecimiento que dicta siempre respuestas sobre la coyuntura y la emergencia de dicho mo- vimiento pendular y superar los luga- res comunes en la interpretación desde las ciencias sociales que terminan por

interpretación desde las ciencias sociales que terminan por Peregrino Rivera Arce: Recuerdos de campaña (1900), Un

Peregrino Rivera Arce: Recuerdos de campaña (1900), Un veterano de la revolución. Museo Nacional de Colombia.

artificialidad de la línea que separa la guerra y la paz (Richards, 2005).

Es justo en este movimiento donde la polemología gira su aten- ción hacia la violencia política, no ya en las causas, ni tampoco en las salidas, sino en las formas del acon-

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ni tampoco en las salidas, sino en las formas del acon- 38 N ÓMADAS N O

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sumarse a la naturalización de cierta forma ser-estar en escenarios de excep- ción continua y, en tal sentido, resig- narse a respuestas siempre parciales, sustancialistas y esencializantes de la violencia.

desde las discusiones que le dan a cada caso un carácter no equipara- ble a otro y, en esa medida, se busca dar cuenta no de las cercanía o di- ferencias entre los casos, sino de la manera en que ellos son interveni- dos y valorados; de allí los trabajos

agentes internacionales y agentes lo- cales en el mapeo de los conflictos intestinos o encajonados en el do- minio del discurso de la soberanía del Estado-nación (Fisas, 2004; Minn, 2007; Frost, 2001).

En este contexto, la dis- tribución del interés de las distintas ciencias sociales frente a la guerra y la violen- cia política como objetos de conocimiento no es acciden- tal. La tensión entre totali- zación y particularización (Zuleta, 2006), estructura y proceso (Richani, 2002; Ho- ward-Ross, 1993), política y vida social (Greenhouse, 2002) y entre lo local y lo global (Scheper-Hughes y Bourgois, 2004), ha sido asumida desde varias pers- pectivas: la primera de ellas, la estructural. Zuleta (2006) –volviendo al caso colombia- no– argumenta que ello ha supuesto el derrocamiento de la sociología como conoci- miento imperante para la ex- plicación de la violencia y, en cambio, entronizó al de la historia, en alianza con la economía y la ciencia políti- ca y el derecho comparado. Se dio por sentado una juri- dicidad entendida “como la tendencia o criterio favora- ble al predominio de las so- luciones de estricto derecho en los asuntos políticos y so- ciales” (Diccionario de la Real Academia, II, 1984:

805) 1 .

Finalmente, la tercera perspectiva refiere a aque- llos trabajos que intentan dar cuenta de cómo se cons-

tituye y se resuelve la rela- ción víctima-victimario (Zuleta, 2006; Castillejo, 2007; Theidon, 2006), o cómo se afrontan los cam- bios dramáticos en el orden político producto de la vio- lencia (Greenhouse, Mertz, 2002) y con ellos cómo se transforman las subjetivida- des en escenarios de guerra

y violencia prolongadas

(Das, 2000; Comarrof y Comarrof, 2006). Frente a

todos ellos aparece un caso fuerte sobre lo que ofrece la especificidad de la etnogra- fía como antídoto efectivo contra este imaginario epi- demiológico de la violencia, a través del cambio de én- fasis que mira más allá de

la respuesta sobre lo que dis-

para la guerra, para pregun- tarse por los énfasis que permiten explorar cómo la gente hace la guerra y la paz (Richards, 2005).

cómo la gente hace la guerra y la paz (Richards, 2005). Peregrino Rivera Arce: Recuerdos de

Peregrino Rivera Arce: Recuerdos de campaña (1900), Capitán Gaitán - Mirando al enemigo. Museo Nacional de Colombia.

sobre los conflictos internos y las guerras civiles (Fajen y Yudelman, 2001) los análisis socio-históricos so- bre los efectos de la violencia en la sociedad (Pecaut, 2001) y las consi- deraciones sobre la relación entre

Enlace 2: ¿una trayecto- ria de investigación con un sen-

tido etnográfico en el marco de relaciones complejas, como las aca- badas de presentar, debe tratar de res- ponder si es posible una etnografía de la crisis que no quede atrapada en el acontecimiento y pueda dar cuenta de las condiciones de enunciación desde

La segunda perspectiva, la di- mensión de lo particular, lo local y la experiencia diferenciada de la violencia política, ha sido asumida

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donde construye sus interpretaciones? Con condiciones de enunciación trato de invitar a explicitar las implicaciones de asumir una y otra de las posiciona- lidades presentadas, es decir: ¿qué im- plica una postura de corte estructural en términos de su posibilidad de reco- nocer los puntos ciegos sobre los que un enfoque de este tipo se construye, todo cuando de generalizar una expli- cación se trata? ¿Qué aporta el énfasis sobre lo local mas allá de una mirada comprensiva que además establezca re- laciones entre los discursivo y lo extra- discursivo?, en otras palabras, ¿cómo la mirada sobre lo cercano, particular y diferencial permite que la etnografía pueda ayudar a llevar al límite nues- tros conceptos (lo discursivo) y cómo lo emergente en la convergencia de lo históricocultural presenta formas alter- nativas de enunciación (lo extra- discursivo)? Finalmente, ¿cómo lograr que la entrada privilegiada de la etno- grafía a las subjetividades, y para el caso en discusión, a las subjetividades de experiencias de crisis, no se quede en las crónicas que con gran sentido empático y gran riqueza fenome- nológica, sean incapaces de conectar la historicidad y las grandes trayecto- rias co-constitutivas de dichas experien- cias subjetivas?

Las nuevas guerras:

sub-campos de saber y poder dentro del abordaje de conflictos armados internos

La discusión teórica para enmar- car el debate del manejo de conflic- tos armados internos es de tal amplitud que desborda las posibili- dades de un único texto de reflexión; por tal motivo, esta lectura paralela del debate internacional y de mi ex- periencia investigativa no conside-

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y de mi ex- periencia investigativa no conside- 40 N ÓMADAS ra el campo de los

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ra el campo de los llamados “conflict

studies”, pues muchos de ellos no necesariamente profundizan los asuntos de violencia política y los que sí lo hacen se concentran en el comportamiento de los actores, la economía política de la confronta- ción y la demografía de las víctimas no sobrevivientes. Esta segunda par- te de la discusión prioriza la manera en que se interviene el conflicto ar- mado en la perspectiva de su trans- formación hacia el post-conflicto. Más concretamente, se interesa por pensar el “más allá” del conflicto, en tanto cambio político.

Dentro de este campo destaco cuatro entradas pertinentes para esta reflexión en donde se expre- san distintos lugares no sólo en el debate teórico, sino en la investi- gación empírica. Estos recogen los trabajos más significativos para deli- mitar el campo de reflexión y acción aquí propuesto. Estas entradas son: la teoría política, el análisis jurídico y del derecho internacional humanitario, el análisis comparado y las aproximacio- nes histórico-etnográficas.

En primera instancia, abordamos algunas de las discusiones en teoría política. Allí se destacan los debates sobre los alcances y limitaciones de

la noción liberal de la justicia cuan-

do ésta se trata de aplicar en esce-

narios de guerra o de daños masivos

y generalizados. Los trabajos de

Barkan (2000 y 2006) y Allen (1999) son buenos ejemplos de tales reflexio- nes. El elemento más importante por

destacar en esta discusión gira alrededor de la incapacidad de la perspectiva moderna-liberal para re- conocer la necesidad de trascender las lógicas de retribución-compen- sación individual de los daños, ar- gumento de base en la idea de

justicia del liberalismo clásico, en desmedro del reconocimiento a los daños de corte masivo y al resarci- miento de carácter colectivo, que no han sido adecuadamente teorizados y que son la condición general en todas las sociedades afectadas por conflictos armados internos de lar- ga duración (Colombia) o de alta intensidad (Ruanda).

Otra preocupación fuerte en esta primera entrada referenciada, gira alrededor de las implicaciones éticas y las formas de legitimación que se construyen alrededor de los mecanismos de gestión de los con- flictos y de su transición, es decir, sobre los alcances de la verdad y las implicaciones de la reparación. A este respecto encontramos los plan- teamientos de Brooks (1999), Frost (2001) y Rotberg y Thompson. (2000). El punto central en esta dis- cusión es el cuestionamiento de has- ta dónde las medidas indirectas de la verdad, el otorgamiento de dis- culpas y el reconocimiento del daño, pueden garantizar efectivamente movimientos hacia el sostenimiento de la paz.

Finalmente, una de las discusio- nes más importantes en este primer ámbito de análisis –que al tiempo es uno de los puntos menos tratados sistemáticamente–, es la crítica a la noción liberal de la paz. En este sen- tido, Paris (2006) y Richmond (2006), critican el carácter episte- mológico no cuestionado otorgado a una idea de paz que sólo da cuenta de las necesidades de ampliación de los principios básicos del liberalismo:

el mercado, las instituciones y el discurso universalita de los derechos humanos. Estos autores ayudan a comprender el carácter restrictivo de las transiciones cuando la paz es

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reducida sólo a las reformas hacia democracias electorales, la apertu- ra económica y el privilegio de de- rechos individuales.

La segunda entrada importante de producción frente a los mencio- nados sub-campos de saber dentro de las nuevas guerras contemporáneas

es el análisis jurídico y del DIH. Este ámbito es el más prolífico de todos, ventaja cuantitativa que es muy in- dicativa de la centralidad otorgada

a esta dimensión en los debates so-

bre la violencia política organizada y las transiciones conflicto/post-con-

flicto. Cabe preguntarse si la judiali- zación de asuntos de alto raigambre político resulta una salida sostenible

a problemas tan complejos. En cual-

quier caso, en este campo encontra-

mos trabajos referidos en primer lugar

a la descripción de la batería de dere-

chos y disposiciones internacionales que se ponen en juego en cualquier proceso de intervención sobre con- flictos armados y en los intentos de transición, Call (2004), Lekha Sriram

(2004), Nash (2000). De otro lado, están las discusiones sobre cada uno de los componentes específicos de los mecanismos especializados en la jus- ticia transicional, con gran atención sobre las comisiones de verdad y re- conciliación; aquí se destacan los tra- bajos de Teitel (2003), Hayner (2001), Espinoza y Ortiz (2001), Ally (1999). También hay desarrollos sobre el com- ponente de las reparaciones a las víc- timas de los conflictos, que de hecho es el aspecto menos tratado con pro- fundidad, si se considera la amplitud en el tratamiento de la tipificación de violaciones elegibles y a la discu- sión sobre los estándares aceptados en justicia y perdón. Estos debates son tratados en Colson (1998), Galaway y Hudson (1996), De Greiff (2004).

La tercera entrada de desarro- llo que es pertinente destacar es la del análisis comparado –histórico y político–. Aquí los esfuerzos por comparación son diversos, aunque no es muy claro el nivel de siste- maticidad de estos esfuerzos. Uno

de los primeros intentos está en las comparaciones en el nivel teórico, entre los sistemas de contención de conflictos o los dispositivos de jus- ticia transicional, frente a otros mecanismos de intervención en es- cenarios de violación de derechos humanos de corte más local y me- nos verticalista –en el sentido de la comunidad internacional hacia sociedades nacionales–; al respec- to se encuentran los textos de De Greiff y Cronin (2002), Orozco (2003), Van de Merwe, Dewhirst y Hamber (1998).

El siguiente criterio de compara- ción utilizado es el regional o multi- caso, que da cuenta de manera muy descriptiva y casuística de las formas de unos y otros frente a la aplicación y la cercanía o la distancia del estándar esperado de los acuerdos internacionales o de los señala- mientos de los grandes poderes de la geopolítica global. Se destacan los trabajos de Arnson (1997), Harper, (1996), Kritz (1995). Con esta misma

Arnson (1997), Harper, (1996), Kritz (1995). Con esta misma Peregrino Rivera Arce: Recuerdos de campaña (1900),

Peregrino Rivera Arce: Recuerdos de campaña (1900), Escorzos de revolucionarios enfermos. Museo Nacional de Colombia.

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lógica son varias las comparaciones entre la comisiones de la verdad y reparación, como se puede ver en Andrews (2003) y Steiner (1997).

La cuarta entrada importante a destacar es la de corte histórico-etno- gráfica. Es importante regresar a la precisión inicial, cuando demarcaba esta propuesta del campo de “conflict studies”, pues allí es probable encon- trar una gran cantidad de trabajo sobre la historia política de los con- flictos y sobre la etnografía de casos emblemáticos de victimización. En la perspectiva de mi reflexión interesa la relación entre historia política de la transición y la etnografía de la ac- ción política asociada con tal proce- so. En tal sentido, destaco los trabajos de Beristain (1999), Boraine (2000), Elster (2003 y 2004), Lira y Morales (2005), Molina (2005), Castillejo- Cuellar (2007). Pero dado que el pro- pósito de este texto no es el de una revisión bibliográfica exhaustiva, este último componente quisiera desarro- llarlo desde una discusión meto- dológica un poco más detallada, que considere límites y posibilidades, as- pecto que se presenta en el siguiente punto.

Enlace 3: en mi experiencia de in- vestigación sobre el conflicto armado en Colombia con sus peculiares ma- nifestaciones de violencia política, es curioso y altamente problemático la paradójica centralidad de los discur- sos sobre la guerra y la paz, al tiem- po que el vaciamiento que se ha hecho sobre los contenidos del debate en es- tos conceptos. De este modo, las prác- ticas académicas y socio-políticas parten de esa continua guerra-paz como una condición dada, en donde el trabajo académico define su perti- nencia por su capacidad de dar cuen- ta de cómo acontece la guerra o por

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de dar cuen- ta de cómo acontece la guerra o por 42 N ÓMADAS allanar caminos

NÓMADAS

allanar caminos hacia la paz. Muy poca discusión se encuentra sobre el tipo de paz de la que hablamos, no en tanto anhelo de escenario post-con- flicto, sino respecto a las implicaciones de la presunción teleológica donde la paz se asume indistinta y homogé- neamente para todos los actores so- ciales que la anhelan o se disputan el derecho a definirla. En este contexto, las discusiones internacionales sobre los límites del liberalismo moderno, para dar cuenta de conflictos de una fuerte base y afectación colectiva, son de gran pertinencia para el caso co- lombiano. El problema para el inves- tigador es cómo introducir el debate sobre lo inimaginado o lo inimagina- ble; me refiero a que la noción de un Estado liberal (en alguna versión de democracia o de poder popular repre- sentado en un soberano, sea presiden- te, parlamento o partido único) pareciera ser lo único posible. Así, una crítica académica a la clave liberal (de reformismo institucional, libre merca- do y discurso universalista del dere- cho) para la gestión de conflictos armados y la construcción de transi- ciones hacia escenarios de paz o paci- ficados, es una empresa que nace fracasada y, en consecuencia, pare- ciera confirmar el fin de la historia en términos de Fukuyama. Pero como no nos hemos enfrentado al fin de lo real, una ciencia social crítica sí debería asu- mir la aventura abismal de adentrarse en lo inimaginable.

Consideraciones metodológicas en el abordaje etnográfico de la guerra y la violencia política

Lo primero por aclarar es que uno de los aportes más importantes de las perspectivas etnográficas a los

estudios sobre violencia política, ha sido el esfuerzo metodológico para dar cuenta de la diversidad de los frentes que se presentan para la dis- cusión en este campo. Estas entra- das metodológicas van desde el interés por acceder a los relatos y narrativas de los sujetos afectados por la violencia política –aunque el sujeto de la experiencia siempre ha sido del interés de la antropología–, particularmente en lo relacionado con las formas de seguimiento, a las transformaciones políticas de gran dimensión y la exploración de los intersticios del Estado sobre los que se construyen nuevas formas de subjetivación (Greenhouse, 2002). Así mismo, se intentan comprender las formas emergentes de organiza- ción social para dar cuenta de la capacidad de agencia de los sujetos en contextos de profundas crisis institucionales y sociales (Howard- Ross, 2003).

Frente a las maneras de abor- dar la crisis asociadas con la vio- lencia de carácter sistémico, Mertz (2002: 352) nos ofrece una idea del reto metodológico que implica el trabajo etnográfico en estos cam- pos, cuando se pregunta por ¿cómo configurar un acto cercano de com- prensión de fenómenos donde las condiciones básicas de certeza so- bre alguna conexión social desapa- recen, o donde la propia fibra de la condición humana ha sido trastocada?

Este reto metodológico y ético se ha venido resolviendo sobre la prác- tica de diversas maneras. En primer lugar, frente a los procesos de subjetivación construidos alrededor de la experiencia de crisis extrema y violencia, una primera entrada que presentan distintos investigadores, es

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el análisis de narrativas que les per- mite evidenciar las diferentes formas de racionalizar y de registrar emo- cionalmente la experiencia límite del sufrir. Un ejemplo de ello es la entra- da de Warren (2002: 385), quien enfatiza en la necesidad de identificar en dichas narra- tivas las estrategias de borramiento de víctimas por parte de victimarios, cuan- do se ponen en circulación discursos de una realidad dividida en donde la narra- tiva que se legitima es la del sujeto que produce el daño.

Mertz (2002: 357) des- taca como Greenhouse (2002) va más allá de este choque de ámbitos de la verdad, para explorar nuevas concepciones de la agencia de los sujetos, frente a sus formas de res- puesta a la sujeción de un lado o de subjetivación movilizadora del otro. En la visión de Greenhouse (2002), estas experiencias se deben observar como un proceso de desacopla- miento entre la agencia y la estructura, lo que a su vez ofrece mayores posibi- lidades de superar la ilu- sión de la concreción en sociedades que permanen- temente se están rehacien- do desde la interacción (Mertz, 2002: 358). Esta posición nos previene sobre la clásica relación agencia-estructura versus cambio social, pues en procesos donde el cambio deviene de experiencias pro- fundas de violencia, las dos prime- ras pierden conexión en un complejo e incierto proceso de recreación y adaptación.

Otro elemento altamente pro- blemático en la aproximación et- nográfica a estos contextos gira alrededor del lugar de la voz de los actores. Aquí caben las preguntas por quién habla, quién silencia, quién

lencia, Herman (1992: 7) plantea la tensión entre el deseo del victimario de no hablar del daño, mientras que las víctimas demandan el reconoci- miento del dolor y de sus pérdidas (Mertz, 2002: 361).

En este sentido, vale la pena mencionar uno de los efectos más importantes so- bre el lugar de la narrativa de las víctimas en estas dis- putas por el reconocimiento. Me refiero al llamado de Cas- tillejo-Cuellar (2007) por in- corporar a las víctimas como agentes en la historia, en donde la restitución de su voz se entienda desde la valora- ción epistemológica y políti- ca del testimonio en tanto experiencia y narrativa en ejercicio dentro del proceso de restitución de la dignidad humana; distanciándose así de las prácticas dominantes en los procesos de transición de la violencia política que privilegian el discurso factual y forense de datos y hechos de víctimas anónimas, en donde sólo aparecen traduc- ciones pálidas de la realidad, representadas en vocabulario controlado y respuestas sin significado histórico y ca- rentes de sentido y valor po- lítico en el reconocimiento del daño.

También es importante destacar las advertencias de Greenhouse (2002) y Richani (2002). La primera se refiere a las dificultades y comple- jidades entre actuar en el contexto de violencia y tomar medidas sobre los efectos de la misma, hecho que impli- ca asumir los retos de la relación insider-outsider (Greenhouse, 2002: 8).

de la relación insider - outsider (Greenhouse, 2002: 8). Peregrino Rivera Arce: Recuerdos de campaña (1900),

Peregrino Rivera Arce: Recuerdos de campaña (1900), Amadeo Revolucionario. Museo Nacional de Colombia.

traduce. A este respecto, Das (2000) y Poole (2004), exponen cómo el ha- blante es el administrador privado de poblaciones –que en sus trabajos está documentado en la figura del repre- sentante de la casta dominante o el gamonal, en uno y otro caso respec- tivamente–. Mientras que por el lado del reconocimiento del daño por vio-

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TNOGRAFÍA Y CRISIS : ALGUNOS DEBATES Y UNA PRÁCTICA DE INVESTIGACIÓN EN CONTEXTOS DE VIOLENCIA N

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Enlace 4: esta relación es parti- cularmente problemática si se consi-

dera la sociología política de muchos de los académicos de las llamadas economías emergentes, en donde las agendas de investigación están con- dicionadas no sólo por las visiones restringidas e instrumentales de los gobiernos en el Tercer Mundo, sino también por los términos de referen- cia y las condiciones de finan- ciamiento de agencias internacionales

y del mundo de las ONG huma-

nitraristas o del aparato de desarrollo. En este escenario se torna inestable

la posición del académico y borrosa

su relación entre “estar adentro” y “discutir desde afuera”, sobre todo

cuando los dispositivos de financiación

y control de los resultados comuni-

cables de la investigación condicionan el desarrollo de agendas de largo aliento y el espíritu crítico frentes a los agentes de un lado –los guberna- mentaleso hacia el otro –los no gu- bernamentales.

Por su parte, Richani (2002: 4) hace un importante llamado a no minimizar el análisis de las relacio- nes de poder entre los actores des- de una lógica que sólo mira la causas de las disputas y los efectos de las mismas sin tener en cuenta la manera en que estas relaciones se articulan con procesos de más largo aliento y escala, que a su vez pue- den influenciar la posicionalidad de los mismos. En síntesis, se plantea un importante llamado a no hacer del proceso y la historicidad de los mismos una caja negra, como ha su- cedido en muchos de los abordajes que planteamos inicialmente sobre los campos del derecho y la política comparada.

Enlace 5: el reto metodológico sur- ge cuando –como lo mencionaba an-

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metodológico sur- ge cuando –como lo mencionaba an- 44 N ÓMADAS tes– la agencia y la

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tes– la agencia y la estructura pierden su relación vinculante y además, las manifestaciones de la agencia están profundamente marcadas por la suje- ción violenta o autoritaria, al tiempo que la estructura se hace inenteligible estratégicamente para garantizar el desarrollo de determinadas estrategias de control social y de legitimación del poder. Frente a este escenario el énfa- sis en la etnografía de lo extraordinario en lo ordinario, permite romper esos circuitos cerrados en los que agentes y estructuras se manifiestan en escena- rios de crisis institucional por violencia política.

Los énfasis de Das (2004) so- bre las firmas del Estado en la In- dia o de Poole (2004) sobre los procedimientos y los movimientos de la administración de justicia en los márgenes del Estado peruano, son perfectos ejemplos de este tipo de abordajes, en donde a través de la identificación de los intersticios del Estado, se hace posible acer- carse a la materialidad que asume el mismo frente a los más diversos problemas en la relación agente- estructura, al tiempo que permite develar cuando esta última se pre- senta como un borramiento de la primera.

De esta forma, Das (2000) re- cuerda la importancia de estas en- tradas metodológicas que permiten plantear debates por las disputas so- bre lo real en la presencia o influen- cia del Estado, además de poder interrogar la vida diaria como lugar de lo ordinario donde acontece los extraordinario. Estas posturas son éticas al tiempo que metodológicas, pues como lo plantea Mertz (2002:

367), establecen una difícil línea de separación entre etnografía y acción social, lo que en el fondo ha sido la

lucha histórica de la antropología política contemporánea, al tratar de no caer en los enfoques monolíticos y generalizantes de la interpretación en la distancia.

Otra entrada metodológica in- teresante por destacar es la de la antropología de los eventos. La estra- tegia la plantea Hoffman y Lubke- mann (2005), quienes parten de precisar que los eventos son difíci- les de reconocer, pues ellos tienen cierta ininteligibilidad. ¿Es un even- to, un ejemplo o una excepción? ¿Manifiesta la estructura, un proce- so, una situación o los invalida a todos ellos? Un evento es por defi- nición un momento singular (Hoff- man y Lubkemann, 2005: 316).

La referencia a lo particular po- dría llevar a cierta sustancialización de la explicación de las experiencias asociadas con la guerra y la violen- cia política. Para evitar esta tenden- cia, Hoffman y Lubkemann afirman que “podemos plantear con seguri- dad que lo que constituye un even- to, lo que lo diferencia de un momento o de otro, frente a su sig- nificado particular, es que siempre es socialmente construido y local- mente significativo” (2005: 317, tra- ducción mía).

Ante estas dificultades que pre- senta el trabajo etnográfico en zonas en conflicto, cabe preguntarse: ¿cómo podemos entonces hacer una etno- grafía de eventos tan complejos? ¿Qué tipo de regularidades, si exis- ten, pueden estructurar las irregula- ridades que caracterizan las zonas de guerra? y ¿dónde y cómo las podemos encontrar? (Hoffman y Lubkemann:

2005: 319). Pero tal vez la pregunta que comporta mayor complejidad es ¿cómo desde un evento se puede ar-

NO. 29. OCTUBRE 2008. UNIVERSIDAD CENTRAL – COLOMBIA

Uribe Arce: Recuerdos de campaña (1900),

Uribe. Museo Nacional de Colombia.

ticular un comprensión global de lo que acontece y toma lugar en lo lo- cal y lo cercano?

Para responder a estas pregun- tas, Hoffman plantea con clari- dad que los eventos ganan su fuerza de las imágenes amplias, globales, y de la potencia de las yuxtaposiciones creativas con las cuales los narradores ofre- cen o iluminan las circunstan- cias específicas y las audiencias con las cuales ellos hablan (Hoffman y Lubkemann, 2005:

320). Importante destacar que estas audiencias en el contexto de la geopolítica de la guerra y los conflictos ar- mados contemporáneos son de carácter trasnacional. De nuevo, no sólo desde el diá- logo o la influencia de los actores globales macro es- tructurantes, sino desde las propias redes de actores so- ciales y de circulación no hegemónica de discursos.

De allí se deriva la necesidad de tener en cuenta que entre las es- trategias analíticas más importantes compartidas entre los etnógrafos de las zonas de guerra, se encuentran la manera en que ellos exploran el inter-juego de la histo-

ria y la biografía; sea en términos de memoria o narrativa, de rituales o representaciones; cada una de estas contribuciones, ofre- cen indicios teóricos sobre cómo la inmediatez de un evento es en gran medida una pregunta por el en- cuentro del sujeto con su pasado (Hoffman y Lubkemann, 2005:

321).

Enlace 6: una aproximación am- plia a los “eventos” que disuelva la división entre aquellas definiciones que enfatizan la ruptura, asociadas co- múnmente con la historia social, y el significado de las prácticas sociales,

mas de resistir y adaptar los distintos dispositivos políticos desde los actores sociales diversos que cada vez más re- quieren enfrentar los conflictos arma- dos y la violencia política como regímenes excepcionales, donde los estados de emergencia y transición permanente “guerra-paz-guerra”, se vuelven fuente de legiti- mación para los regímenes autoritarios o pseudos popu- lares que se conforman o usan estratégicamente la ad- ministración regulada del “desorden”.

Conclusiones:

las fronteras y los lindes emergentes sobre los que se inserta la etnografía de la violencia política

Mertz plantea una frase que parece más una premisa que tenemos que aprender a asumir como base del trabajo en el mundo académico con- temporáneo: “la ciencia social es incapaz de confrontar el do- lor, la incertidumbre y la inca- pacidad de cierre” (2002: 360, traducción mía).

Con esta afirmación pode- mos rastrear a lo largo de la so- ciología, la antropología, la ciencia política y la historia, ám- bitos y lugares comunes donde se presume la presencia de regularida- des que permiten la articulación de múltiples experiencias en una narra- tiva totalizante. Por el contrario, los ejemplos aquí discutidos presentan esos intentos de dar cuenta de lo no totalizable, sin perder de vista la re-

Peregrino General Rivera
Peregrino
General Rivera

que son características desde el pun- to de vista etnográfico, se constituye en una fuente central de proble- matización, no sólo en el sentido y las formas en que se despliegan rela- tos y discursos que pretenden totali- zar la memoria colectiva, sino desde la manera en que se construyen for-

JIMÉNEZ-OCAMPO, S.: ETNOGRAFÍA Y CRISIS: ALGUNOS DEBATES Y UNA PRÁCTICA DE INVESTIGACIÓN EN CONTEXTOS DE VIOLENCIA

NÓMADAS

TNOGRAFÍA Y CRISIS : ALGUNOS DEBATES Y UNA PRÁCTICA DE INVESTIGACIÓN EN CONTEXTOS DE VIOLENCIA N

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lación con una totalidad, que en muchos casos se presenta opaca e inenteligible.

Esta entrada permite tensionar los límites explicativos de diversas nociones centrales para las ciencias sociales; por ejemplo: nociones como identidad, donde el movimiento va de lo estable a lo mutante; la ley, don- de el foco se mueve de la enuncia- ción abstracta a la materialidad de

su constitución y desarrollo; el Esta- do, que pasa de la mera abstracción

o fetiche a la concreción desde sus

mecanismos de sujeción o de legiti- mación; los márgenes, que dejan de ser el límite no alcanzado por el pro- greso, para convertirse en el dispo- sitivo sobre el cual administrar las estrategias de inclusión-exclusión; los procesos de subjetivación, que ya no son la mera incorporación del acervo histórico cultural, sino que se convierten en el lugar de entra- da y de salida de determinados dis- positivos de poder.

Estos aportes nos ubican frente

a una reflexión obligada respecto a

las formas de tratamiento de las ex- periencias límite asociadas con la violencia política y la crisis institu- cional generalizada. Pensar un ciencia social no dominada por la normalización, implica evitar la na- turalización hecha del discurso de las crisis, al tiempo que nos pone en la necesidad de dislocar las pos- turas que justifican lo incierto, frag- mentado y desestructurado, bajo supuestos culturalistas de una es- pecie de lugares endógenamente caóticos.

Cuando hablo de los supuestos culturalistas, me refiero a la gene- ralizada y simplista explicación de que dada la prolongada presencia

46

explicación de que dada la prolongada presencia 46 N ÓMADAS del conflicto y de la mediación

NÓMADAS

del conflicto y de la mediación vio-

lenta en muchas de las sociedades objeto de estudios similares, la úni- ca explicación posible es que se ha construido una cultura de la vio- lencia. Para justificar tal argumen- to abundan los estudios de caso esencializados a través de crónicas

y biografías que terminan legiti-

mando la idea de que la violencia es de carácter ontológico y que de allí surge la capacidad de coexis- tencia con tan “anómalas” condi- ciones de vida.

Este argumento se asume desde

el tipo de análisis que Palti (2007) cri-

tica como “tipos culturales ideales”,

que para él no son en definitiva sino

la contraparte necesaria de los “tipos

ideales” de la historiografía de las ideas políticas. De ahí que Palti afir- ma que no es suficiente con cues- tionar las aproximaciones culturalistas para desprenderse efectivamente de las apelaciones escencialistas a la tradición y a las culturas locales como principio explicativo último. Con- tinuando con Palti, es necesario penetrar y minar los supuestos episte- mológicos en que tales apelaciones se fundan, es decir, estructurar de ma- nera crítica aquellos “modelos” que en la historia de las ideas funcionan simplemente como una premisa, como algo dado (Palti, 2007: 39).

Así, la etnografía, en un sentido relacional, permite que los casos y las experiencias particulares den cuenta no sólo de su inscripción o distanciamiento de determinados tipos ideales, si no que se convier- ten en la evidencia de los límites conceptuales, discursivos y materia- les de los tipos ideales con los que esperamos establecer las conexiones entre Estado y sujeto, o entre agen- cia y estructura.

En conclusión, la etnografía de la crisis y las experiencias límite, permite balancear el peso episte- mológico y político de muchas de las

historias sociales y de las trayecto- rias de vida, que en otras perspecti- vas no pasarían de meras anomalías, reducidas al mundo concreto del día

a día ordinario, para ser entonces

resituadas como fuentes fundamen- tales de saber para la comprensión

de los mecanismos de respuesta y de transformación de los escenarios más desestructurantes de la acción

y entendimiento humanos.

Cita

1 Esta posición se inspira en el caso de la violencia en Colombia, la cual en una lectura del autor de este texto hace evi- dente que el argumento responde a una tendencia en las ciencias sociales y no sólo o una manifestación sui generis del caso en mención.

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