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Manuel García-Carpintero

Las palabras,
las ideas
y las cosas
Una presentación
de la filosofía
del lenguaje

EditorialAriel, S.A
Barcelona
Diseño cubierta: Nacho Soriano

l.4 edición: octubre 1996

© 1996: Manuel García-Carpintero

Derechos exclusivos de edición en español


reservados para todo el mundo:
O 1996: Editorial Ariel, S. A.
Córcega, 270 - 08008 Barcelona

ISBN : 84-344-8742-X

Depósito legal: B. 37.004 - 1996

impreso en España
A B egoña
PRÓLOGO

Esta obra ha tenido una larga elaboración. Versiones preliminares de la


mayoría de los capítulos fueron escritas desde 1993 y distribuidas entre mis
colegas y amigos, así como entre parte del alumnado al que va destinada pri­
mariamente (alumnos de los cursos introductorios de Filosofía del Lenguaje en
la facultad de filosofía de la Universidad de Barcelona y de “Lógica y Filoso­
fía del Lenguaje” de la Licenciatura de Lingüística de la misma universidad).
Las sugerencias y comentarios críticos de algunos de ellos han sido incorpo­
radas en la versión que aquí se ofrece, de modo que muchos de sus defectos
iniciales han sido así remediados. Mi agradecimiento a todos ellos no puede ser
más sentido. Leyendo esas versiones anteriores — una vez adquirido el parcial
desapego con que el tiempo y la crítica benevolente nos permiten examinar
retrospectivamente incluso los más queridos productos de nuestro esfuerzo—
soy bien consciente del enorme esfuerzo que hubieron de hacer, y de lo enor­
memente beneficioso que —por encima de todo para mí mismo, pero también
para el lector que se aventure en la obra— ha sido ese esfuerzo. Algunas de las
personas que, según puedo recordar, han contribuido en mayor o menos grado
a que el libro sea mejor de lo que hubiera sido sin su ayuda son: Alicia Ama-
ya, Iratxe Arrieta, Susana Balfegó, Ramón Cirera, Ramón Coletas, Ignacio
Jané, Jordi Fernández, Ramón Jansana, Manuel Pérez Otero, David Pineda,
Luis Pía Vargas, Daniel Quesada, Jorge Romera, María Verdaguer, Ignacio Vica­
rio. José Antonio Diez Calzada tuvo la paciencia de leer detenidamente la penúl­
tima versión del libro, y sus penetrantes críticas y sugerencias dieron lugar a una
versión final muy mejorada. En un lugar aparte debo mencionar, finalmente, a
mi esposa, Begoña Navarrete. También intelectualmente, ella ha sido la mayor
influencia en los pensamientos que conformaron las páginas que siguen; los ha
conocido en casi todas sus edades, y provocó muchas de sus mutaciones. Debo
mencionar finalmente la ayuda financiera que he disfrutado durante el período
de redacción de este texto, en la forma del proyecto de investigación PB93-1049-
C03-01 (subvencionado por la DGICYT, Ministerio de Educación), que me ha
permitido presentar ideas aquí desarrolladas en congresos y reuniones científicas
y ha contribuido de otros modos a la realización del trabajo.
El beneficio de los comentarios y las indicaciones de todos estos lectores
atentos e inteligentes, cada uno de ellos una ejemplificación del lector ideal
que el autor de un texto como este busca, hace que no pueda engañarme sobre
los defectos que aún restan, y me permiten decir con completa sinceridad
— como con un carácter hasta cierto punto formulario suele decirse en estos
casos— que sólo yo soy responsable de ellos. Uno de esos defectos llama la
atención ya en las líneas precedentes (en parte porque han sido escritas expre­
samente con la intención de exagerar el rasgo): uno tras de otro, los lectores
de versiones previas de este trabajo me han hecho notar que su estilo —barro­
co, casi nunca en la variedad conceptista practicada por Tácito o Gracíán, casi
siempre en la variedad verbosa llevada a cimas estéticas por Cicerón y Gón-
gora— dificulta su lectura. Es mi convicción que el estilo literario, en sus ras­
gos más abstractos, es una manifestación del carácter de una persona, tan esen­
cial como el llevar a cabo acciones temerarias pueda serlo de la imprudencia.
Al igual que otros de los rasgos más generales de nuestro carácter, la disposi­
ción a escribir con arreglo a unos patrones más bien que con arreglo a otros,
de entre todos los que como lectores somos capaces de apreciar, nace con
nosotros y no nos abandona desde entonces. Podemos, desde luego, depurar
nuestro estilo; pero no podemos sustituirlo por alguna de las otras alternativas.
El estilo de esta obra es un producto, basto, tosco sin duda, y sin duda exa­
cerbado, de uno de esos espíritus que se guían hasta el paroxismo por la máxi­
ma de Forster. “Only Connect” Las personas así prefieren utilizar términos
más infrecuentes, cuando también sería posible utilizar otros más comunes,
pues de ese modo establecen conexiones más precisas: conectar más precisa­
mente es conectar más, pues las conexiones imprecisas ya están dadas en cual­
quier caso. Prefieren matizar un sustantivo con un epíteto o un verbo con un
adverbio a no hacerlo, por la misma razón; y, por la misma razón también,
escogen una compleja e infrecuente estructura sintáctica de subordinación, a
una más frecuente coordinación. Pues ia coordinación sería compatible tanto
con la existencia como con la no existencia de conexiones que la subordina­
ción establece; o no permitiría establecerlas más que de una manera (al gusto
de la persona que caracterizo) poco elegante. Prefieren también hilvanar su dis­
curso haciendo excursus en los lugares apropiados, para volver después al lugar
inicial, a iterar el elemento del excursus acabada la narración principal (con lo
que la conexión podría perderse). Los caracteres así disfrutan impartiendo (o
recibiendo) cursos académicos de 50 sesiones —y escribiendo (o leyendo)
libros de varios centenares de páginas— hilvanados por un argumento conti­
nuado; un argumento que, por tanto, sólo al final se revela propiamente, y qui­
zás sólo una relectura o el repaso por una memoria en muy buenas condicio­
nes permita apreciar.
Si es verdad que es un rasgo de carácter lo que nos guía al preferir; de
entre obras igualmente excelentes, el estilo de unas al estilo de otras (el inglés
filosófico de Hume y Quine, al de David Lewis; el inglés literario de Jane
Austen o George Eíiiot, ai de Emily Bronte, Charles Dickens o Robert Louis
Stevenson; entre mis contemporáneos, el español de Juan Goytisolo o Rafael
Sánchez Ferlosio al de Antonio Muñoz Molina), y a sentimos impulsados a
imitar uno más que otro en nuestras propias producciones, entonces no tiene
sentido que pida disculpas por él. Puedo, desde luego, pedir disculpas por lo
burdo de mi apropiación del estilo que he descrito; pero sólo puedo pedir tole­
rancia por servirme de él a los lectores con gustos distintos —con caracteres
distintos— . Cuando nos enfrentamos a obras construidas con arreglo al estilo más
opuesto al que caracteriza nuestros propios gustos, podemos tolerarías bien, e
incluso apreciarlas, si exhiben el estilo de manera excelente (a veces nos obliga a
hacerlo, si no nuestra propia inclinación, el reconocimiento del que sabemos dis­
frutan esas obras). Somos mucho menos respetuosos cuando nos enfretamos a
ejemplificaciones no tan distinguidas, y más bastas,, de esas mismas obras.
Puesto que este trabajo pertenece al segundo grupo, ofrezco Jas conside­
raciones precedentes con el fin de solicitar al lector su benevolente tolerancia.
Para ofrecería, basta tener presente en todo momento que las diversas opcio­
nes (e) estilo barroco y el clásico, en este caso) tienen su propio derecho a ocu­
par un lugar bajo el sol, derivado primero de la existencia de personas con unos
y otros gustos, y después de la existencia de obras capaces de satisfacerlos se
manera igualmente sublime. Obras que, a buen seguro, no existirían si la into­
lerancia de algunos acabase con las manifestaciones toscas del estilo que detes­
tan; pues incluso las obras sublimes requirieron, salvo en el caso de unos pocos
privilegiados, muchos ensayos toscos. Los críticos menos tolerantes encontra­
rán que la inclinación al barroquismo traiciona rasgos censurables de carácter:
vanidad, presunción, soberbia...; y quizás tengan razón. Pero lo mismo cabe
decir de la tendencia al clasicismo; el crítico debería tener presente que su
adversario ve en las versiones particularmente toscas del estilo por él aprecia­
do una llanura, una simplicidad y una superficialidad más destestabíes a sus
ojos que la vanidad, la presunción y la soberbia, y que este adversario no está
probablemente menos equivocado que él al creer que estos otros rasgos suelen
darse también conjuntamente con el aprecio del clasicismo.
El partidario del clasicismo se refugiará finalmente, a buen seguro, en con­
sideraciones pragmáticas. En un trabajo como éste, una de cuyas funciones
habría de ser la de servir de manual introductorio a personas que desean o pre­
cisan iniciarse en ía filosofía contemporánea del lenguaje, el clasicismo es lo
indicado. Ciertamente, he tratado de hacer concesiones en este sentido. He
incluido generalmente, al comienzo de los capítulos y de algunas secciones,
esbozos de lo que se incluye en ellas; cuando los argumentos son largos y com­
plejos, he incluido pausas, situando lo expuesto hasta allí en el argumento
general; he incluido, por último, resúmenes al final de algunas secciones y de
todos los capítulos. (Pese a que yo mismo estimo mucho más el modo de com­
posición de los trabajos filosóficos, artículos o libros, en que no se hace nada de
esto, si existe una estructura esbozable o sumariable que una segunda lectura per­
mite al lector esbozarse o resumirse nítidamente a sí mismo; y a que omito leer
con atención esbozos introductorios y resúmenes cuando los encuentro.) Unica­
mente me he resistido a la idea de incluir también “tablas’' o “figuras”, que vari
más allá de lo que mis gustos toleran en un libro de filosofía. -
Pero, en cuanto a la consideración pragmática, me permito hacer notar al
crítico que tampoco aquí son sus consideraciones decisivas. Si la filosofía se
entiende al modo analítico (particularmente si “filosofía analítica” se entiende
como se propondrá en la introducción), entonces está obligada a ser tan clara
como la ciencia. Una introducción a un ámbito de la filosofía debería ser una
introducción a la práctica de una actividad con tal tipo de claridad. Se conclu­
ye de esto, deplorablemente a mi juicio — incluso en ámbitos muy influyentes
en el estado contemporáneo de la comunidad filosófica— , que la filosofía debe
tener el tipo sagital de claridad que caracteriza a la ciencia: en ella, uno abs­
trae un problema específico de todos los demás, y lo trata en gran profundi­
dad: se hace un corte sagital de los problemas. Una introducción a este tipo de
prácticas debería poseer entonces esas mismas características: concentración
absorta en un problema específico, con entera negligencia de lo que sucede con
todo lo demás por conectado que pueda estar con ello. Un estilo clasicista (no
en cuanto a la sintaxis, sino en cuanto a la elección y ordenación del material)
sería en ese caso lo indicado, pragmáticamente, para un libro como éste: pre­
sentar, ciñéndose a ellos, los problemas específicos de la filosofía del lengua­
je tal y como los han tratado, en sus aportaciones más notables, los más signi­
ficativos filósofos analíticos contemporáneos. Esta idea guía (todo sea dicho,
junto -a la presión competitiva que fuerza a los profesionales jóvenes a intentar
publicar de inmediato sus trabajos en revistas de primera línea), creo, el modo
en que se educa a los futuros filósofos en las mejores instituciones del momen­
to (universidades norteamericanas como Princeton, Harvard, Stanford, Comell,
Rutgers o ei M.I.T.).
En mi opinión, hay un grave error aquí (que en este caso perciben correcta­
mente los críticos en ámbitos “continentales’] de la filosofía, “analítica”).. Si bien
es cierto que la filosofía debe poseer también la claridad sagital de la ciencia, su
ámbito específico (sobre cuya naturaleza se ofrece una propuestaa en la intro­
ducción) hace que sea necesaria además una claridad transversal. Los problemas
de la filosofía del lenguaje están esencialmente relacionados con los grandes pro­
blemas filosóficos del pasado, con los problemas epistemológicos y metafísicos.
Ninguna introducción puede ser satisfactoria si omite hacer patente esa relación:
además de un corte sagital, es preciso un corte transversal del estado de la cues­
tión. La filosofía posee una dificultad adicional a la dificultad de la ciencia (cuyo
origen último pretende revelar la propuesta que se hará en la introducción): la
filosofía requiere madurez. Sólo cabe tener buenas ideas sobre un problema filo­
sófico cuando se ha vuelto a él una y otra vez, después de pasar, cada vez, por
eí examen de muchos otros problemas filosóficos. La aproximación a los pro­
blemas filosóficos fundamentales es necesariamente bolista. La simplicidad de
una introducción que omita hacer esto patente será, por consiguiente, una sim­
plicidad esencialmente superficial: será la claridad de quien se las ha arreglado
para no tocar algunos probíemas fundamentales de la materia que presenta, qui­
zás haciéndolo con el arte suficiente para que a un observador no iniciado no se
lo parezca. El barroquismo expositivo de los que siguen la máxima de Forster,
pues, tiene también sus propias virtudes prácticas en este ámbito.
El prólogo de una obra es el único lugar en que su autor puede permitirse
consideraciones personales, y las precedentes ciertamente han tenido un carácter
personal. En sustancia, he dicho que los lectores a que esta obra se dirige (como
acostumbra a decir Juan Goytisolo de las intenciones que animan sus propios
escritos) son aquellos que están bien dispuestos a ser también relectores. Pido a
mis lectores tolerancia; que, si se dicen, “esto podría haberse escrito con frases
más cortas, o con palabras más comunes, o con estructuras de coordinación, y
hubiera ganado en simplicidad” , recuerden primero que el autor no podría real­
mente haberlo escrito como sugieren, y por otro que algunos de nosotros, cuan­
do leemos textos con las características por él deseables, nos decimos “esto
podría haberse escrito con frases más largas, con palabras menos frecuentes, con
una mayor variedad de estructuras de subordinación, y hubiese ganado en rique­
za”. Por último que, si bien nada intelectualmente interesante, estética o teoréti­
camente, es sólo “cuestión de gustos”, recuerden también que unos y otros esti­
los —en último extremo justificados en verdad por ía existencia de seres huma­
nos con diferentes gustos— están igualmente asociados con vicios y con virtu­
des, y arrojan igualmente un saldo práctico que incluye tanto beneficios como
déficit. El lector hará su propio balance en este caso concreto.
Pese a la pretensión de abordar los problemas en profundidad, este libro
no deja de tener un carácter introductorio. Por esa razón,, he limitado al. míni­
mo posible las referencias bibliográficas y el aparato crítico de notas a pie de
página. La presentación está informada por la discusión más reciente en filo­
sofía de la mente y filosofía del lenguaje, como los lectores más “profesiona­
les” advertirán; pero he tratado de que ello no aflore con el aparato usual, para
evitar rémoras molestas a un lector que pretende iniciarse en la materia.
Muchas de las ideas, incluyendo ideas expositivas, provienen de otros autores.
He tratado de dar el debido crédito a todos ellos, pero quiero disculparme aho­
ra por los casos en que, debido al propósito de mantener al mínimo el aparato
crítico, no lo haya hecho. Tampoco he enfatizado las propuestas relativamente
originales; algunas han sido desarrolladas en artículos de investigación ya
publicados en revistas especializadas; otras se exponen aquí por primera vez.
Entre ellas: la distinción entre sistematicidad y contextualidad, y la explicación
de la naturaleza “composicional” o “estructurada” del lenguaje en los capítu­
los í y Víf expuesta previamente en “The Philosophical ímport of Connectio-
nism: A Critical Notice of Andy Clark’s Associative Engines'\ Mind and Lan­
guage 10 (1995), pp. 37.0-401; la teoría de las citas como signos ostensivos del
capítulo II, expuesta previamente en “Ostensive Sígns: Against the Identity
Theory of Quotation”, Journal o f Philosophy, 91 (1994), 253-264; la formula­
ción de la distinción entre intemismo y extemismo en los capítulos ÍIÍ y IV y
del carácter internista de la concepción fregeana de los sentidos, expuesta en
“The Nature of Extemalism”, aún no publicado; el análisis de las disposicio­
nes y de la distinción entre propiedades primarias y secundarias en el capítulo
V; ia teoría de las expresiones referenciales —particularmente de los nombres
propios— como expresiones “reflexivas del ejemplar” en el capítulo Vil, pre­
sentada en “The Frege-MiJJ Tbeory^of^Proper Ñames”, aún no publicado; la
interpretación de la teoría de las constantes lógicas en el Tractatus como expre­
siones cuyo significado es sensible a rasgos semánticos abstractos de las expre­
siones genuinamente referenciales del capítulo IX, expuesta en “The Grounds
for the Model-Theoretic Account of the Lógica! Properties”, Notre Dame Jour­
nal o f Formal Logic, vol. 34, núm. 1, 1993, 107-131, y en “The Model-Theo-
retic Argument: Another Tum of the Screw”, Erkenntnis 33 (1996); la inter­
pretación fenomenalista de los simples del Tractatus en el capítulo X; el aná­
lisis del concepto de lenguaje privado en los capítulos IV y XI; la exposición
de las paradojas de la tesis quineana de la indeterminación del significado y la
referencia en el capítulo XII, presentada en “Disquotationalism in the Face of
the Indeterminacy Thesis’\ aún no publicado; finalmente, las sugerencias res­
pecto de la naturaleza del carácter “descitativo” o “desentrecomillador” de la
verdad en los capítulos X y XII, desarrolladas en “What Is a Tarskian Theory
of Truth?”, Philosophical Studies, 82 (1996), pp. 113-144 y en otros trabajos
pendientes de publicación.
Con la única excepción de las citas de las Investigaciones filosóficas, las
traducciones que ofrezco son mías. Ai menos en cinco ocasiones (algunas se
indican en el texto) encontré, al pretender citar una traducción ya existente,
errores graves, que tergiversaban el sentido del texto de manera sustancial. El
ámbito de las traducciones, al menos de las de textos filosóficos, es uno.de los
muchos en los que nuestra cultura tiene aún mucho que mejorar.
Los temas que se exponen en este trabajo son aquellos sobre los que he
venido reflexionando desde que me introduje en la filosofía. Cualquier valor
que pueda encontrarse en el modo en que aquí se abordan se debe, primero, a
quienes me introdujeron a ellos, Juan José Acero y Daniel Quesada; después,
a Calixto Badesa, Enrique Casanovas, Ramón Cirera, Ramón Jansana e Igna­
cio Jané, las personas que han creado en el departamento de Lógica, Historia
y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Barcelona un ambiente de tra­
bajo serio y concienzudo y la práctica del escrutinio crítico por colegas bene­
volentes, pero rigurosos, que hace impensable la confusión y esa nuestra tan
habitual aventurada improvisación.
INTRODUCCIÓN

Desde un punto de vista tanto teórico como técnico, el siglo xx ha produ­


cido indudables avances en nuestra comprensión del mundo que nos rodea.
Resulta notable, sin embargo, lo pequeño que en comparación queda nuestro
conocimiento de lo que, por otra parte, nos parece perfectamente familiar y
apenas necesitado de estudio. Disponemos del enorme caudal de conocimien­
tos teóricos y técnicos necesario para enviar un hombre a la Luna, y sabemos
también construir complejísimas máquinas que hacen por nosotros, con mucha
mayor precisión y rapidez, los cálculos requeridos para ello. Sin embargo, no
sólo no sabemos cómo construir una máquina que sea capaz de entender los
diálogos más cotidianos que intercambian dos conocidos cuando se encuentran,
ni participar apropiadamente en tales intercambios; la verdad es que ni siquie­
ra sabemos cómo enunciar, de un modo suficientemente claro, de qué habría­
mos de dotar a una máquina así. Sabemos hablar, y entender lo que nos dicen,
por descontado; adquirimos ese conocimiento con mucha mayor facilidad de
lo que adquirimos conocimientos como los antes descritos, y lo preservamos
también sin ningún esfuerzo a lo largo del tiempo. Pero cuestionamos cómo
expresaríamos eso tan cotidiano que sabemos, eso que hemos adquirido con
tanta facilidad, basta para sumimos en la perplejidad.
La filosofía “analítica” — también un fenómeno del siglo xx— se ha ocupa­
do predominantemente de aliviar esa perplejidad. La filosofía no es una mate­
ria de la que quepa esperar una respuesta precisa a inquietudes como las que
se acaban de formular. Difícilmente cabe esperar acuerdo entre sus practican­
tes respecto a cuáles hayan de ser las respuestas a las preguntas que desearían
responder —a veces ni siquiera existe el acuerdo sobre qué preguntas sea impor­
tante responder. Ya para comenzar, no existe acuerdo entre los filósofos que se
reconocerían a sí mismos como practicantes de la filosofía analítica respecto de
si el término se aplica propiamente sólo a filósofos que comparten un cierto; con­
junto sustantivo de ideas. Se aplica, sin duda, a filósofos que reconocen los temas
que este libro persigue presentar de manera introductoria, así como las pro­
puestas sobre los mismos que en él se discuten, como el bagaje imprescindi­
ble para la reflexión sobre nuevas propuestas que ayuden a avanzar la discu-
sión. Filósofos, en otras palabras, que reconocen en las grandes obras de Fre-
ge, Russell y Wittgenstein ejemplos paradigmáticos de un nuevo modo de
abordar los problemas tradicionales de la filosofía. Si bien el conocimiento de
las grandes aportaciones de la tradición analítica a nuestra comprensión del
lenguaje nos ha de dejar aún a una gran distancia de vislumbrar respuestas a
preguntas como las anteriores, sí están esas aportaciones en condiciones de
delinear de manera precisa los contornos de los problemas, de delimitar el
alcance de nuestra ignorancia. La familiarización con la filosofía contemporá­
nea del lenguaje, por consiguiente, habría de resultar de interés no sólo para
los interesados en la filosofía, sino también para todos aquellos que, desde
cualquiera de las muchas perspectivas en que se aborda el lenguaje, desearían
alcanzar una mejor comprensión teórica de su naturaleza.
Michael Dummett —uno de los más importantes filósofos contemporáneos
en esta tradición— ha defendido con gran pe^ettadÓTHa^esisde que existe un
conjunto sustantivo de ideas distintivas de kvfconcepción analíticaMe la filosofía.
La idea sustantiva central es, según Du mmktrlgnte s is T ^ t a r ^ ^
guaje sobre ei pensamiento. Los filósofos del pasado pensaron que el lengua-
je es un fenómeno sin excesivo interés filosófico en sí mismo. Un lenguaje no
sería nada más que un medio arbitrario para hacer perceptibles nuestros pen~
samientos: nuestros juicios, nuestros deseos, nuestras emociones, nuestras
dudas* etc.,..con el fin de hacerlos accesibles a los demás; o, simplemente, con
el de ayudamos a recordarlos nosotros mismos después. Los grandes proble­
mas filosóficos (la naturaleza y los límites del conocimiento humano; el carác­
ter de la realidad “externa”, por relación a la cual evaluamos lá corrección o
incorrección de nuestras concepciones, la satisfacción o no de nuestros desig­
nios) eran pues planteados directamente a propósito del pensamiento, hacien­
do caso omiso de ese intermediario prescindible, el lenguaje mediante el que
los expresamos. Por contra, la filosofía analítica se caracteriza, según Dum­
mett, por defender la —quizás intuitivamente paradójica— tesis contraria. Filó­
sofos como el Wittgenstein de las Investigaciones, Quine, Sellars, Davidson o
el propio Dummett han sostenido, en efecto, que estrictamente hablando sólo
, piensa quien habla. El contenido de los pensamientos de alguien se identifica
con el significado que cabe atribuir a las palabras mediante las que los expre­
saría, en función de la comunidad lingüística a la que pertenezca (o, en el caso
de Davidson, en función de lo que aventuraría al respecto un hermeneuta cua­
lificado). Estrictamente hablando, los seres que no hablan (los animales o los
niños pequeños) no piensan; cuando nos referimos a ellos como si lo hicieran,
estamos llevando a cabo una proyección ilegítima, o arbitraria.
Esta concepción tiene en su favor que proporciona un fundamento claro a
lo que un observador extemo aprecia inmediatamente como lo más caracterís­
tico de ese nuevo modo de abordar los viejos problemas practicado por ios filó­
sofos analíticos desde Frege, Russell y Wittgenstein; a saber, el papel que
desempeña la filosofía del lenguaje como la materia filosófica fundamental; el
lugar donde deben plantearse, propiamente hablando, las cuestiones funda­
mentales de la disciplina. La tesis de Dummett acuerda bien con la práctica
analítica de plantear los grandes problemas filosóficos como problemas lin­
güísticos. Sin embargo, tal y como está enunciada esa tesis parece poco plau­
sible, pues deja fuera de la tradición analítica ni más ni menos que a sus padres
fundadores (Frege, Russell y el Wittgenstein del Tractatus), además de a
muchos filósofos analíticos contemporáneos (este último es seguramente un
efecto buscado por Dummett).
A mi juicio, existe una descripción más débil de la característica distinti­
va de la filosofía, tal y como se entiende en el ámbito analítico, que se adecúa
mejor a la práctica de esta tradición y recoge aún el distintivo enfásis que en
ella se pone en la comprensión del lenguaje y en la enunciación de los pro­
blemas filosóficos como problemas lingüísticos. Pese a ser más débil, la des­
cripción es aún susceptible de provocar controversia: muchosfilósofos que, uti­
lizando criterios puramente sociológicos (tales cómo qué revistas leen y en
cuáles publican, qué conceptos y conocimientos se presuponen en sus trabajos,
a qué autores citan frecuentemente) contarían como “analíticos”, no se reco­
nocerán a buen seguro en la misma. A cambio, la concepción es interesante.
Las que algunos ofrecen, llevados quizás por la desesperación que produce no
dar con una caracterización no sociológica que sea aceptable por todos, no lo
son; estas caracterizaciones suelen tener como consecuencia que cualquier filó­
sofo que ofrezca argumentativamente justificaciones inteligibles para las tesis
que defiende, comenzando por Platón y Aristóteles, sea analítico. Por lo
demás, la corrección de la concepción no depende de que losr que practican la
actividad descrita se reconozcan en ella, sino de que su práctica misma quede
en efecto bien caracterizada así.
De acuerdo con esta propuesta, la práctica de la filosofía analítica no se
distingue por presuponer la tesis sustantiva de ¡a prioridad del lenguaje sobre
el pensamiento, sino más bien una tesis metodológica análoga: la prioridad
filosófica del estudio del lenguaje, yódelos conceptoslaTyiíom o se expresan
en ei lenguaje, sobre el estudio de los pensamientos. La filosofía, en esta con­
cepción, es una actividad intelectual teórica, coincidente con la lexicografía en
particular y con la semántica de los lenguajes naturales en general en sus méto­
dos y en su objetivo: la investigación del significado de las expresiones lin­
güísticas. La diferencia con estas disciplinas es doble. En primer lugar, el
ámbito de la filosofía es más restringido: a la actividad filosófica interesa sólo
el estudio de los significados de ciertas expresiones, a propósito de las cuales
la tradición filosófica viene planteando (desde los presocráticos) genumos pro­
blemas teóricos: términos tales como ‘saber’ y ‘opinión’; 'objetivo’ y "subje­
tivo'; 'causa’; ‘realidad’ y ‘apariencia’; ‘mente’ y ‘cuerpo’, etc. De este modo,
la filosofía sería, si acaso, una parte propia de la lexicografía o la semántica./
Pero no cabe en rigor hablar de inclusión, como consecuencia de la segunda
diferencia; pues las explicaciones que la filosofía pretende, ofrecer al elucidar
los significados de palabras como las mencionadas (o, como diremos alterna­
tivamente, al elucidar los conceptos expresados por estas palabras) no_son
meramente descriptivas (como ocurre en ei c^so de l ^ e m ^ i c a ) , sino críti-
cas, regulativas. La actividad filosófica se arroga a sí misma la capacidad de
corregir el uso que hacemos comúnmente de expresiones como las anteriores.
En lo que resta de esta introducción trataré de clarificar esta propuesta, y de
replicar a las objeciones más obvias que a buen seguro habrá suscitado ya en
el lector.
Comenzaré explicando qué es una actividad intelectual teórica. Con este
concepto pretendo hacer un contraste entre actividades intelectuales, como la
ingeniería, el arte, la moral o el derecho, cuyo objetivo prioritario no es teóri­
co, sino práctico, y otras, de las que ]a ciencia constituye el paradigma, cuyo
objetivo prioritario es puramente teórico. De manera consistente con la pro­
puesta que estoy defendiendo — dado que explicar qué es la filosofía es una
tarea en sí misma filosófica— 1 trazaré la distinción entre lo teórico y lo prác­
tico en términos lingüísticos, o conceptuales. Los usuarios competentes del
español apreciamos una diferencia clara entre una oración en indicativo como
‘Víctor cierra la puerta’ y una en imperativo como ‘¡Víctor, cierra la puerta!’.
La primera se utiliza típicamente para aseverar algo, o para expresar una .opi­
nión, una conjetura, una convicción, etc. La segunda se utiliza en cambio para
instar a la acción. Sólo por analogía con estos ejemplos, seríamos capaces de
clasificar muchas de las prácticas que llevamos a cabo mediante expresiones
lingüísticas, y muchos de nuestros pensamientos (tanto si los expresamos lin­
güísticamente como si no) en dos grupos, el de las actividades representado-
nales doxásticas, al que pertenecen las que llevamos a cabo típicamente con
oraciones en imperativo como ‘Víctor cierra la puerta', y el de las actividades
representacionales conativas, ai que pertenecen las que llevamos a cabo típi­
camente con oraciones en imperativo como ‘¡Víctor, cierra la p u e rta(\S in una
definición expresa, es seguro que en muchos casos tendríamos dudas (¿dónde
pondríamos lo que hacemos típicamente mediante interjecciones como ‘¡ay!’,
o saludos como ‘¡buenos díasí,?). Sin embargo, me aventuro a conjeturar que
los usuarios del español produciríamos clasificaciones suficientemente coinci-
dentes: en eí primer grupo estarían las opiniones, los juicios, las creencias, las
convicciones, las imaginaciones, las expectativas (y las manifestaciones lin­
güísticas de todas estas actividades mentales), así como las constataciones, ase­
veraciones, etc.; en el segundo, los deseos, las intenciones (y sus manifestacio­
nes lingüísticas), así como las solicitudes, los requerimientos, los mandatos, etc.
Considero teóricas a las empresas intelectuales que se centran prioritaria­
mente en actividades representacionales doxásticas; considero prácticas a las
que no lo hacen así, sino que los objetivos que las caracterizan conciernen
esencialmente a actividades representacionales conativas. El arte busca crear
objetos que, quizás por producir en los seres humanos un placer estético (el
placer que producen en los seres humanos las imágenes coloreadas dispuestas
de ciertos modos, los sonidos de ciertos tipos dispuestos estructuralmente de

l. “Pudiera pensarse: si la filosofía habla del uso de la palabra 'filosofía’ , entonces tiene que haber una filo-
oíia de segundo orden. Pero no es así; sino que el caso se corresponde con el de la ortografía, que también tiene que
er con las palabra ‘ortografía’ sin ser en tal caso una ortografía de segundo orden." L. W ittgenstein, investigaciones
ilosóficüs, § 121.
ciertos modos, las narraciones de cierto tipo, etc.) sean recomendables; es decir;
que nos insten a verlos, oídos, leerlos, etc. Es esencial a ¡a actividad artístida
el buscar producir objetos que, potencialmente, nos insten de este modo a la
acción: a verlos, oírlos o leerlos. La moral y el derecho persiguen enunciar nor­
mas públicas o privadas con arreglo a las cuales sea apropiado formar las inten­
ciones que rigen nuestras acciones. La ingeniería busca producir objetos útiles
para ayudamos a realizar determinados proyectos, designios, etc. Es, de nue­
vo, esencial a lo que hacen quienes practican estas actividades que sus resul­
tados sean sensibles a las intenciones, deseos, etc., de seres como nosotros. Por
otro lado, la realización de los objetivos de las actividades teóricas puede cier­
tamente tener (y usualmente tiene) consecuencias prácticas; estas consecuen­
cias guian además las decisiones privadas y públicas sobre a cuáles de ellas
dedicar tiempo y recursos. Pero tales consecuencias son sólo efectos sobrevi-
nientes a la actividad misma, no los objetivos que las caracterizan.2
¿Cuáles son esos objetivos? Lo expondré, de nuevo, en términos lingüís­
ticos; para facilitar la comprensión ilustraré mis observaciones con dos ejem­
plos. Los ejemplos provienen de la práctica que he declarado paradigmática de
las actividades intelectuales teóricas, la ciencia; con el fin de que resulten real­
mente ilustrativos, los ejemplos (la teoría genética de Mendel y la mecánica
celeste de Copémico) conciernen a conocimientos que forman parte ya del
bagaje cultural de cualquier posible lector de estas páginas.
Las actividades intelectuales teóricas se caracterizan por buscar explica­
ciones conceptualmente aumentativas que solucionen problemas planteados a
propósito de un cuerpo de conocimientos cognoscitivamente independiente de
las soluciones, cualesquiera que éstas puedan ser. Consideremos el caso de la
mecánica celeste copemicana, para ilustrar los conceptos que se utilizan en esta
caracterización.3 La percepción visual nos informa de diversos hechos sobre
los movimientos aparentes, relativos al lugar que nosotros ocupamos, de obje­
tos luminosos en eí firmamento visible. Los hechos son, básicamente, de tres
tipos. En primer lugar, el movimiento diurno aparente del Sol, y el movimien­
to nocturno de las constelaciones. En segundo lugar, el movimiento anual del
Sol con respecto a las constelaciones a lo largo de la eclíptica. Finalmente, el
movimiento aparentemente errático de ios planetas con respecto a ías conste­
laciones (incluyendo los incrementos y disminuciones en la intensidad de la luz
que proyectan que acompañan a estos movimientos “enfáticos”). Todos estos
hechos conciernen, como he dicho, a objetos luminosos: la percepción visual
no nos informa de si los objetos emiten luz o 1a reflejan, ni de su naturaleza:
por lo que a los informes de la percepción visual respecta, el Sol podría ser
una hoguera que Zeus reaviva cada día, o un carro de fuego. Y conciernen al
movimiento aparente: son compatibles con que seamos nosotros los que nos

2. Pese a estar enunciada en términos analíticos, esta exposición resultará sin duda familiar: se parece, estre­
chamente a h clasificación del saber que lleva a cabo A ristóteles al com ienza de h M etafísica.
3. La exposición que sigue se apoya en los excelentes trabajos cíe Norwood R. Hanson, Constelaciones y con­
jeturas (Alianza: Madrid, 1978) y Thomas S. Kuhn, i a revolución copem icana, Ariel: Barcelona, 1978.
movemos, y no ellos, por ejemplo, y también con que nos movamos tanto los
observadores como los objetos luminosos observados. Sin embargo, por más
que los califiquemos de meramente “aparentes”, todo lo que he descrito son
hechos que conocemos; si se prefiere algo menos rotundo, he descrito convic­
ciones bien fundadas comunes a la inmensa mayoría de los seres humanos.
Tanto las convicciones como los conocimientos son actividades representacio­
nales doxásticas, no conativas.
La mecánica celeste copemicana ofrece una familiar explicación de estos
fenómenos. La explicación pertenece también a la familia de las actividades
doxásticas: es una conjetura, una opinión, o a estas alturas, más bien ya un
conocimiento. No hace falta enunciar sus detalles, pues todos los conocemos.
Sí importa observar que la explicación es cognoscitivamente independiente de
los hechos que he descrito en el párrafo anterior. Con esto quiero decir que
aceptar la verdad de todas las oraciones mediante las que expresaríamos los
hechos descritos en el párrafo anterior no fuerza a un usuario competente,
reflexivo y sincero del español a aceptar la verdad de la explicación copemi­
cana. (Como, por ejemplo, fuerza a un usuario competente, reflexivo y since­
ro del español el aceptar la verdad de ‘hoy es martes’ a aceptar también la de
‘mañana es miércoles.) Antes bien: quienes se enfrentan por primera vez con
la explicación copemicana, pese a aceptar los hechos antes descritos, la
encuentran increíble, inaceptable. Y el que a sí lo hagan no con! leva, en abso­
luto, que cuando aceptaban la verdad de las oraciones con que expresamos ios
hechos descritos en el párrafo anterior, no las entendieran bien, no supieran lo
que estaban diciendo o padecieran algún trastorno psíquico. Mientras que si
alguien que acepta como verdadera ‘hoy es martes’ nos informa también de
que considera falsa 'mañana es miércoles’, pensaríamos que es un extranjero
que no domina la lengua, que no sabe lo que dice, que no entiende algunas
palabras, o que padece algún otro trastorno.
Las explicaciones que una actividad intelectual teórica tiene por objetivo pro­
porcionar solucionan problemas: La mecánica celeste copemicana explica ios
hechos sobre los movimientos aparentes de objetos luminosos, en tanto que enun-
jcia las causas de esos hechos. De modo que, en este caso, el problema es enun­
ciar las causas de los hechos observados. Un problema concerniente a un domi-
Jnio sobre el que poseemos algún conocimiento se puede plantear mediante una
!pregunta: ‘¿por qué se mueven de tal y cual modo tales y cuales objetos lumino­
sos?' Las preguntas son actividades representacionales, que sabemos distinguir
tanto de las aseveraciones como de los mandatos. Las preguntas quedan a medio
[comino de las actividades doxásticas y de las conativas; una pregunta puede bus­
car obtener información (‘¿dónde está el cine Verdi?'), o puede buscar obtener
más bien una instrucción (‘¿qué camino he de seguir para llegar al cine Verdi?’).
Una pregunta teórica es una cuyas respuestas razonables pertenecen al grupo de
las actividades representacionales doxásticas, una pregunta práctica es una cuyas
respuestas razonables pertenecen al grupo de las actividades representacionales
conativas. Los problemas que buscan resolver las prácticas teóricas son aquello
planteado por preguntas teóricas: los significados de preguntas teóricas.
No debe suponerse que las preguntas para las que las prácticas teóricas
ofrecen explicaciones están cabalmente planteadas con anterioridad temporal a
la existencia de la explicación propuesta por la actividad teórica. En ocasiones
(como han puesto de manifiesto filósofos contemporáneos de la ciencia, como
Karí Popper), sólo después de disponer de la explicación, somos capaces de
formular correctamente el problema. Puede incluso ocurrir que sólo la expli­
cación nos permita ver la existencia del problema. Alguien que no conozca la
teoría copemicana (o sus más precisas versiones contemporáneas) puede no ver
ninguna necesidad de responder a la pregunta ‘¿por qué se mueven de tal y
cual modo tales y cuales objetos luminosos?’; simplemente, diría esta persona,
se mueven asi, no hay más explicación que ofrecer. Lo que es más, disponer
de la explicación puede servimos para rechazar alguno de los “hechos” relati­
vamente a los cuales se había planteado originalmente eí problema. El caso
copemicano es aquí particularmente claro, pues la explicación nos llevó a
corregir radicalmente los términos en que antes se había planteado el proble­
ma. Es por eso que, cuando enunciamos ex post facto el problema (como
hemos hecho en los párrafos anteriores), aceptando ya la verdad de la explica-
ción copemicana, hablamos de movimientos aparentes. Los hechos explicados
por una teoría son muchas veces “construidos” por la teoría; pero no, natural­
mente (como pretenden los teóricos contemporáneos de la ciencia como “cons­
trucción social” de fenómenos) en e) sentido de ‘construir’ en que los cons­
tructores construyen casas, sino en aquel en el que el microscopio electrónico
nos permite “construir” hechos microscópicos: propiamente hablando, lo que
el microscopio nos permite construir es una representación correcta de los
hechos microscópicos, que sin él no estaríamos en disposición de construir^
Una buena indicación de que hemos conseguido una explicación satisfac­
toria en cualquier ámbito teórico es que, con ayuda de la teoría, somos capa-j
ces de predecir correctamente hechos relativos al ámbito de problemas que no'
habríamos podido predecir sin ayuda de la teoría; típicamente, hechos relati­
vos al futuro. (El carácter futuro no constituye un rasgo necesario de las pre­
dicciones, empero. La teoría de Darwin se confirma en gran medida por sus
predicciones sobre el pasado, como ocurre con la teoría geológica de la deriva
de los continentes.) A ojos de muchos, la teoría de Newton resultó confirma­
da cuando, con su ayuda, Halley predijo la reaparición del cometa que lleva su
nombre con una precisión en su tiempo impensable. La filosofía de la ciencia
contemporánea, que ha enfatizado tanto esta observación como la que hemos
mencionado en el párrafo anterior, revela claramente hasta qué punto la ima­
gen tradicional del “método inductivo'’ (amontonar “hechos observables” para
obtener de ellos apropiadas “generalizaciones inductivas”) es un mito. Eso no
significa, en absoluto, que las actividades intelectuales teóricas dei tipo de las
que hasta aquí estamos considerando (del tipo del que la ciencia es el para­
digma) no sean disciplinas empíricas: sus explicaciones se aceptan sólo en la
medida en que son corroboradas por datos observables, obtenidos experimen­
talmente en situaciones controladas e intersubjetivamente contrastables. La
caracterización más ajustada a los hechos que podemos hacer del “método
inductivo” consiste en describirlo como invocando el tipo de argumento que se
conoce como inferencia en favor de la mejor explicación. Sea cual sea el orden
de precedencia entre la elaboración de la explicación teórica y la formulación
precisa de ios problemas» la justificación que podemos aducir para aceptar una
explicación teórica es que la propuesta ofrece la mejor explicación hasta aho­
ra contemplada del campo problemático. Y un buen indicio de ello es el que
acabamos de describir: la capacidad de la explicación para permitimos elabo­
rar predicciones atinadas de hechos que constituyen el ámbito problemático,
que no hubiésemos sabido cómo formular sin ella.
Las explicaciones ofrecidas por las prácticas teóricas (específicamente, por
la ciencia) tienen, pues, bien conocidas virtudes epistémicas: nos permiten pre­
decir con más precisión hechos futuros pertenecientes al ámbito problemático
(en el caso que estamos considerando, por ejemplo, ía posición futura de
los objetos luminosos cuyo movimiento aparente es menos regular, es decir/los
planetas); nos proporcionan una satisfacción cognoscitiva difícil de describir,
consistente en (}ue tenemos la impresión de comprender mejor las cosas; redu­
cen lo relativamente complejo, desordenado y anómico a lo más simplef inte­
grado y nómico, etc. Pero ninguna de estas virtudes velan aquello más impor­
tante que hace a una explicación tal: a saber, que nos proporciona información
sustancial verdadera sobre el ámbito en cuestión. Se trata, además, de infor­
mación que el resto de nuestro conocimiento no nos hubiera permitido obte­
ner, por más exhaustivamente que lo hubiésemos, examinado, y por más cui­
dadosos y hábiles que hubiésemos sido ai extraer las consecuencias lógicas de
(o que ya sabíamos. Es precisamente por eso que los hechos conocidos que sus­
citan el problema, dijimos, son cognoscitivamente independientes. .de la solu­
ción ofrecida, de la explicación. •
Únicamente nos queda ya por elucidar la idea de que las explicaciones
proporcionadas por las actividades intelectuales teóricas son conceptualmente
aumentativas. Lo que quiero decir con esto es que es parte de la actividad de
ofrecer soluciones a problemas teóricos el introducir nuevos conceptos, gene­
ralmente introduciendo términos nuevos para ellos, o dando nuevos sentidos, a
términos ya en uso (términos teóricos). Los conceptos son “nuevos” relativa­
mente a los necesarios para formular, con toda la precisión que sea posible, el
problema que la explicación persigue solucionar. Así, como es bien sabido, la
mecánica newtoniana introdujo el concepto de masa. En cuanto al ejemplo que
estamos considerando, quizás no parezca a primera vista cierto que cumple
también esta condición; a fin de cuentas, la explicación ofrecida por la mecá­
nica celeste copemicana se efectúa en términos que ya aparecen en la caracte­
rización de los hechos para los que esa teoría ofrece una explicación. Pero, si
se examinan las cosas de cerca, se ve que ei ejemplo sí satisface ía condición.
Es cierto que ‘planeta’, por ejemplo, se suele utilizar tanto para enunciar la teo­
ría copemicana, como para describir uno de los hechos a explicar — el hecho
relativo al movimiento aparentemente errático, día tras día, de ciertos objetos
luminosos (a los que, etimológicamente, se llama ‘planetas’ precisamente por
lo errático de su movimiento aparente, relativamente a la estabilidad igual­
mente apárente de las constelaciones)— . Pero la palabra no tiene el mismo sig­
nificado en uno y otro caso. Tal como sejisa para describir el hecho a expli­
car, 'planeta' significa objeto luminoso con movimiento aparente errático,
observado desde la Tierra; la Tierra no es, en este sentido, un planetar y un
“planeta”, en este sentido, puede ser un carro de fuego, una esfera de éter, una
hoguera que Zeus enciende y apaga, etc. Tal y como se usa en la explicación,
sin embargo, ‘planeta’ significa objeto que órbita en torno a otro que emite
luz* reflejando la luz emitida por éste, con independencia de su movimiento
aparente observado desde la Tierra. En este sentido, la Tierra es un planeta.
El ejemplo que hemos proporcionado ilustra las características mediante
las que hemos explicado qué es una actividad intelectual teórica: se trata
de prácticas cuya finalidad es proporcionar explicaciones conceptualmente
aumentativas que solucionen problemas teóricos planteados a propósito de un
cuerpo de conocimientos cognoscitivamente independiente de las explicaciones
ofrecidas. Pero se trata sólo de un ejemplo ilustrativo. Si la caracterización es
razonable, la práctica científica debería poder acomodarse, en general, a esta
abstracta descripción. Examinaré brevemente un segundo ejemplo, con el fin
de que las ideas centrales que forman parte de la caracterización se revelen
separables del caso particular con el que las hemos ilustrado.
En el caso de la genética mendeliana clásica, el ámbito de problemas a
solucionar concierne a ciertas regularidades observables en la transmisión de
caracteres en el curso de la reproducción sexual. Mendel estudió, específica­
mente, pares contrapuestos de caracteres en guisantes: arrugadoAiso, amari­
llo/verde (en ambos casos, características de las semillas), alta/baja (propieda­
des de la planta). La descendencia de determinadas semillas (homocigóticas)
posee los mismos caracteres que sus progenitores; la de otras (heterocigódcas)
es mezclada. Si se reproducen entre sí plantas homocigóticas con caracteres con­
trapuestos (guisantes arrugados y guisantes lisos), la descendencia manifiesta
únicamente uno de los rasgos. Estos guisantes descendientes, sin embargo, son
heterocigóticos; si se reproducen después entre sí los guisantes de esta primera
generación, su descendencia contiene guisantes arrugados y lisos. Los contiene,
además, en una proporción específica: de cada cuatro, tres presentan uno de los
rasgos, uno el otro. Los hechos observados que constituyen el problema a expli­
car, pues, conciernen a cómo los caracteres pueden ser transmitidos incluso por
organismos que no los presentan, y a por qué se distribuyen en la segunda gene­
ración unos y otros caracteres en la proporción en que lo hacen. Mendel expli­
có estos hechos postulando que los caracteres están determinados por dos genes,
procedentes uno de cada progenitor a través de un proceso aleatorio, y que un
organismo heterocigótico manifiesta sólo los rasgos asociados con uno de los
genes, eí “dominante” Esta explicación reúne las características que hemos des­
crito en los párrafos precedentes. El problema es teórico; la solución ofrecida
es cognoscitivamente independiente de los hechos explicados, y es conceptual­
mente aumentativa (el concepto de gen se introdujo con ella).4

4. Cf. Giere. Uiuierstanding Scientific Reaso/¡ing, donde se exponen además los aspectos epistémicos.
No toda actividad intelectual teórica posee interés objetivo; incluso activi­
dades intelectuales teóricas que han parecido a algunos de los mejores intelec­
tos de la humanidad poseer interés objetivo, carecen en realidad de él. Tales
actividades no se ocupan de problemas teóricos, sino de arcanos. Determinar
el sexo de los ángeles; establecer la carta astral de Julio César; averiguar la
composición de la piedra filosofal, o recuperar mediante el psicoanálisis
recuerdos reprimidos en la infancia son (ni que decir tiene, a mi juicio) arca­
nos; ocuparse en ellos es practicar actividades intelectuales sin interés objeti­
vo alguno. Las razones por las que carecen de él difieren. En algunos casos,
los problemas que quienes practican estas actividades pretenden solucionar son
pseudoproblemas: tos hechos para los que se buscan explicaciones, simple­
mente, no se dan (por más que personas razonables hayan pensado o piensen
que se dan). En otros, las explicaciones que parecen buscarse (dado el plan­
teamiento de los problemas) son pseudoexplicaciones. Quizás tienen virtudes
epistémicas análogas a las de las verdaderas explicaciones: proporcionan la
impresión de que comprendemos mejor las cosas; permiten hacer predicciones
atinadas; etc. (Las pseudoexplicaciones sólo logran esto último gracias a la
extrema vaguedad con que se formulan; pero muchas explicaciones genuinas
adolecen del mismo defecto, así que no es con base en esto que hemos de
rechazarlas.) Pero, en cualquier caso, a juzgar por lo que sabemos las explica­
ciones propuestas son-falsas: no proporcionan información correcta sobre el
ámbito problemático. ^
Así, a juzgar por lo que sabemos, no hay una sustancia que permita trans­
formar los metales en oro; y, aunque sería perfectamente posible establecer la
situación de ciertos cuerpos celestes en el instante del nacimiento de César, ello
no proporcionaría ninguna información causal interesante, pues, de nuevo a
juzgar por lo que sabemos, la situación de lo's cuerpos celestes en el instante
del nacimiento de un hombre no explica ni su carácter ni sus avatares. Por últi­
mo, ambos defectos pueden darse en conjunción: así, ni la práctica psicoana-
lítica parece tener efectos terapeúticos (comparados grupos de individuos
sometidos a tratamiento psicoanalítico durante un largo período con otros
sometidos a otros tratamientos — incluida simplemente la atención afectiva de
alguien querido— durante el mismo período, los efectos parecen ser entera­
mente similares); ni parece existir tampoco ningún proceso psíquico de la natu­
raleza de lo que los psicoanalistas denominan ‘represión’ (a saber, un cierto
mecanismo que destierra de la conciencia ciertos sucesos acontecidos en la
infancia, que causan sin embargo diversos episodios psíquicos, como neurosis,
sueños, actos fallidos, etc.).
La gran virtud de entender la filosofía de acuerdo con la propuesta prece­
dente estaría en que nos permite mostrar que, a juzgar por lo que por ahora
sabemos, parece razonable creer que la filosofía sí es una actividad intelectual
objetivamente interesante. El hecho de que algunos de los mejores intelectos
de la humanidad (Platón, Aristóteles, Tomás de Aquino, Descartes, Leibniz...)
así lo hayan creído es un indicio de ello, desde luego; pero, como acabamos
de ver, no es un indicio suficiente, más aún dado el estado de la disciplina.
Sería vano pretender establecer más allá de toda duda que la filosofía es una
disciplina teórica interesante: ningún hecho interesante puede establecerse con
esa certidumbre, “más allá de toda duda”. Pero sí sería deseable mostrarlo de
una manera suficientemente convincente. Bajo el supuesto explícito de que la
filosofía es el tipo de actividad intelectual que aquí se ha descrito, este libro
intentará establecerlo así. Para ello, es preciso explicar primero cómo la semán­
tica es una actividad intelectual teórica; es decir, cuáles son sus problemas teó­
ricos y qué aspecto tienen sus propuestas explicativas. Esta tarea se lleva a cabo
en el capítulo segundo, por el procedimiento de estudiar de manera relativa­
mente exhaustiva un caso ilustrativo. Inevitablemente, para que el estudio pue­
da ser suficientemente exhaustivo, el ejemplo ha de ser en sí mismo no muy
interesante. Con el fin de que el caso examinado posea algún interés adicional
al de servir de ilustración del tipo de actividad intelectual teórica que, según la
presente propuesta, es 1a filosofía, he elegido presentar un caso — el de las
citas— que, con el fin de prevenir ciertos malentendidos, es en cualquier caso
necesario estudiar en una introducción a la filosofía del lenguaje. No sería ni
preciso ni aconsejable hacerlo con la exhaustividad con que aquí se trata, de
no mediar la motivación que acabo de ofrecer.
En el resto del libro he tratado de presentar los problemas filosóficos de
acuerdo con la propuesta, aunque sin hacer mención expresa de que procedo
de ese modo. La mejor justificación para la misma estará por tanto en que el
lector aprecie que, así planteados, los problemas filosóficos tradicionales son
genuinos problemas teóricos: problemas complejos, para alcanzar siquiera a
plantearse correctamente los cuales hace falta un largo entrenamiento (no diga­
mos ya para hacer propuestas interesantes sobre su solución). Problemas difí­
ciles, por tanto; pero no arcanos: problemas relativos a hechos que en efecto
se dan, para solucionar los cuales existe un camino relativamente claro, apli­
cando el mismo método que utilizamos en general para justificar explicaciones
teóricas.
Que la filosofía haya de ser “difícil” en el mismo sentido en que lo es la
ciencia resulta sorprendente, y no sólo para el “hombre de la calle”. La tardía
vocación filosófica de algunos científicos ilustres les revela creedores de que,
en su madurez, una buena tarde de reflexión les capacita para hacer propues­
tas filosóficas interesantes. Nunca, desde luego, se les ocurriría pensar lo mis­
mo respecto de los problemas de cualquiera de sus colegas en otras discipli­
nas. Los resultados a que luego llegan evidencian que hubieran hecho mejor
mostrando el mismo respeto hacia la filosofía. Es de lamentar que el respeto
que en esta concepción de la filosofía se manifiesta hacia la ciencia no se vea
devuelto con una actitud recíproca. Friedrich Engels observó muy acertada­
mente en su Dialéctica de la Naturaleza lo siguiente: “Los científicos creen
librarse de la filosofía ignorándola o denigrándola. Pero puesto que sin pensa­
miento no pueden. avanzar y para pensar necesitan pautas de pensamiento,
toman estas categorías, sin darse cuenta, del sentido común de las llamadas
personas cultas, dominado por los residuos de una filosofía ampliamente supe­
rada, o de ese poco de filosofía que aprendieron en la universidad, o de la lee-
tura acrítica y asistemática de escritos filosóficos de todas clases* por lo que
no son sólo unos esclavos de la filosofía, sino que muchas veces lo son de La
peor; y los que más denigran la filosofía son esclavos precisamente de los peo­
res residuos vulgarizados de la peor filosofía.” Estas palabras resultan particu­
larmente proféticas a propósito de los científicos “cognítivos”, los que se ocu­
pan profesionalmente de temas cercanos a los expuestos en esta obra.
Una comprensión adecuada de las explicaciones que proporcionan las teo­
rías requiere una comprensión adecuada del material conceptual específico por
ellas introducido. Estos conceptos teóricos no pueden comprenderse cabal­
mente mediante metáforas o analogías, ni comprendiendo simplemente, el sen­
tido que esos términos, o términos análogos, puedan tener en el lenguaje coti­
diano. El único modo de entenderlos es conocer su conexión lógica (muchas
veces mediada por elaboradas nociones matemáticas) con los hechos en el
ámbito problemático que se pretende explicar con ellos, en. toda su compleji­
dad. En alguno^ casos (como en los de los dos ejemplos que hemos ofrecido),
alcanzar esta comprensión no es muy laborioso. En otros, como es sabido, sí
lo es. Pero, por laboriosa que sea, esa tarea es imprescindible si se quiere
alcanzar una genuina comprensión. Ningún libro de divulgación, por ingenio­
so que sea su autor, puede ofrecer una comprensión adecuada de la teoría gene­
ral de la relatividad o de la mecánica cuántica, capaz de reemplazar a la com­
prensión indicada.
Este no es un libro de divulgación sobre las explicaciones que ofrece la
filosofía contemporánea del lenguaje, sino uno que intenta proporcionar una
presentación adecuada. No presupone casi nada en el lector (con excepción, de
las secciones VI, § 6, VII, § 5, VIH, §§ 1-2, y IX, § 4, que sí presuponen un
cierto conocimiento de la lógica de primer orden), pero sí exige trabajo y con­
centración. Las explicaciones filosóficas consisten habitualmente en establecer
relaciones entre ciertos conceptos, que parecen estar en lo más profundo de
nuestra comprensión de las cosas. La explicación de cualquiera de ellos acaba
remitiendo a la de los demás. Así ocurre con cualquier intento de explicar los
conceptos fundamentales de que se ocupa la filosofía del lenguaje: acaba rem i­
tiendo a la explicación de los conceptos de que se ocupa la epistemología o la
metafísica. Gran parte de la dificultad de las propuestas filosóficas proviene de
la necesidad de mantener a la vista relaciones complejas entre conceptos muy
abstractos, y no olvidar por ello las relaciones, cdn los pensamientos más coti­
dianos en que se echa mano de ellos, los que constituyen la “base empírica”
de la disciplina y a propósito de los cuales se articulan los problemas de la filo­
sofía.
Quiero anticiparme, para concluir, a algunas objeciones que puede susci­
tar la aproximación a los problemas filosóficos qúe acato de presentar, y ela­
boro en las páginas sucesivas. Una objeción natural se podría presentar así: “lo
que a mí me interesa es saber qué es significar, o qué es saber, o qué es saber
a priori; no saber qué significan las palabras ‘significado’, lsab^r\. o ‘conoci­
miento a priori11'. Esta objeción presupone algo que vamos a cuestionar en las
cM ^ivns (cf. caos. XI y XII): a saber, que existe una diferencia cua-
litativa entre explicar el significado de un término, y decir cómo son Jas cosas.
Decir qué significan los términos sena, meramente, describir convenciones a
estipulaciones arbitrarias. Decir cómo son las cosas es, por contra, algo verda­
deramente sustantivo. Sin embargo, justamente el caso anterior de los concep­
tos teóricos sugiere que una distinción así es más difícil de fundamentar de lo
que pueda parecer. No parece haber una diferencia radical entre decir qué sig­
nifica ‘gen \ y decir cómo se comportan los genes en sus aspectos fundamen­
tales. Una objeción análoga es la de que la filosofía es “¿7 priori”, y sus resul­
tados no pueden justificarse, como los de la ciencia, mediante el “método
inductivo”. Esta objeción presupone una concepción del conocimiento a prio-
ri que habremos también de poner en cuestión. Por último, otra versión de ia
objeción que he oído a veces se expresa elegantemente diciendo que la filoso­
fía analítica es filosofía que no se deja traducir de un lenguaje a otro. Se tra­
taría de un trabajo centrado en matices idiomáticos, minucias desde el punto
de vista de lo que tradicionalmente se ha entendido por ‘filosofía’. La respuesta
a esto es que incluso estudiando aspectos concretos del español podemos estar
estudiando a la vez aspectos completamente generales, comunes a cualquier
lenguaje.
El énfasis en los aspectos teóricos del estudio de la filosofía (como de
cualquier actividad intelectual de esta naturaleza) no pretende hacer que se
pase por alto sus virtudes prácticas. Como hemos dicho, y elaboraremos en los
dos primeros capítulos, el objetivo teórico de la filosofía es análogo al de las
disciplinas lingüísticas: se trata de: enunciar de manera explícita un cierto saber
que poseemos de manera tácita (cf. I, § 4). Ahora bien, ¿para qué queremos
tener conocimiento explícito de 1a sintaxis y de la semántica de nuestras len­
guas? La razón fundamental, que hemos destacado hasta aquí (una razón por
sí sola bastante y en cualquier caso la más importante) es puramente teórica:
allá donde hay algo que ignoramos, es legítimo buscar teorías que alivien nues­
tra ignorancia. Pero hay también una razón práctica. Sea cual fuere la natura­
leza del conocimiento tácito, su ejercicio hace pensar que está constituido por
muy burdas generalizaciones inductivas basadas en una experiencia limitada.
El resultado es un saber sin duda ninguna muy eficiente en su aplicación en
los contextos cotidianos que están vinculados con su misma existencia, pero
también uno muy poco reflexivo y por ende muy poco crítico. Nuestro cono­
cimiento tácito de la sintaxis de nuestra lengua no es suficiente muchas veces
para, confrontados con una oración “rara”, saber si es gramaticalmente correc­
ta o no. En ocasiones, puede ser que al hacer explícitas las reglas pertinentes
al caso que se puedan extrapolar de casos “normales”, resulte que las reglas
dejen también ia cuestión sin decidir. Pero en otras ocasiones ocurre lo con­
trarío: hacer explícitas ías regias nos permite resolver la cuestión reflexiva­
mente.
Todos sabemos usar los predicados evaluativos; en cierto sentido de
‘saber’, por tanto, sabemos qué diferencia hay entre los predicados evaluativos
( ‘la película es mala') y ios descriptivos ( ‘los personajes no tienen nada que
ver con la gente de ía vida real’, ‘la trama es incomprensible’, etc.). Pero es
este un saber irreflexivo del que no sabemos dar cuenta, un saber que no sabe­
mos hacer explícito. Estamos así sujetos a que cualquier Sócrates haga mofa
de nosotros; o. dicho con más seriedad, nuestro saber carece de una dimensión
autorreflexiva, y, por ende, crítica, de la que (al menos algunos) lo querríamos
poseedor.
A mi juicio, la cuestión fundamental de que se ocupa la filosofía del len­
guaje es también la cuestión fundamental de que se ocupa la filosofía. Esta es
ia cuestión del realismo: ¿hay una realidad independiente de nuestro lenguaje
y de nuestro conocimiento, que nuestro lenguaje representa y que podemos al
menos esperar conocer? (Parte del problema es formular la cuestión con mayor
precisión; de ello nos ocuparemos a lo largo del capítulo V.) De la respuesta
que se ofrezca a este problema dependen claramente cuestiones prácticas, y
cuestiones prácticas muy importantes. El cinismo de muchos de nuestros con­
temporáneos va de la mano con su antirrealismo: se diría que, para ellos,
alguien ha demostrado ya, con claridad meridiana, que la respuesta a ía cues­
tión anterior ha de ser necesariamente negativa, y de ello se obtiene una con­
clusión escépíicá sobre la importancia del saber y, en general, sobre los gran­
des ideales ilustrados del pasado. La actitud se ha transmitido (muchas veces
por el mecanismo descrito por Engeis en el texto antes citado) incluso a los
científicos: Este libro no pretende ofrecer una respuesta a la cuestión del rea­
lismo, pero sí material para abordarla de una. manera más crítica.
El objetivo fundairíéhtal de las páginas que siguen, como indica el subtí­
tulo de esta obra, es presentar, de la manera más clara que me es posible, los
problemas más importantes de que se ocupa la filosofía del lenguaje y las apor­
taciones de los más notables investigadores en este ámbito, que deben ser baga­
je de cualquiera que desee reflexionar él mismo sobre ellos. No he.pretendido
exponer mi propio punto de vista, mucho meríos aún de una manera sistemá­
tica. Una presentación de problemas filosóficos, sin embargo, no puede ser
meramente expositiva; iniciarse en su estudio requiere apreciar las dificultades
más patentes de las propuestas, las razones que parecen sostenerlas y los argu­
mentos en contra. Es inevitable, pues, que los puntos de vista del autor afloren
aquí y allá, en la selección del material, y en el énfasis en críticas o encomios.
Confío en que ello tenga el efecto beneficioso de suscitar en el lector el es­
tímulo para la reflexión propia.
Pese a que el objetivo principal es introducir las contribuciones funda­
mentales a ia filosofía deí lenguaje — y no mis propios puntos de vista— y a
que, por consiguiente, la estructura del libro está determinada por la presenta­
ción de las aportaciones de los autores relevantes en una disposición sustan-
cíaímente cronológica, puede también discernirse una cierta estructura narrati­
va, que traiciona más que ninguna otra cosa mis propias convicciones filosófi­
cas. El título de esta obra refleja el “triángulo'' al que se hace tradicionalmen­
te referencia, ai mencionar los problemas fundamentales de que se ocupa la
filosofía del lenguaje. En un vértice se sitúan las palabras —expresiones como
‘el día en que lo asesinaron, Julio César no tenía más de 30.000 pelos’— ; en
otro, las cosas — hechos constituyentes del mundo o la realidad extralingüísti-
ca, como aquel concerniente al número de pelos de César el día de su muerte
del que depende que ía expresión anterior sea verdadera o falsa— ; en el ter-
cero, lasjdeas —los pensamientos que suponemos a quien produce una expre-
sión como la anterior, sin los cuales no tendría ningún sentido atribuirle ver­
dad o falsedad: sólo imagine el lector que la “expresión” la han dibujado sobre
la arena de la playa las idas y venidas aleatorias de una bandada de gaviotas— .
El problema prioritario de la filosofía deí lenguaje es elucidar con claridad ía
naturaleza de esas relaciones.
El libro comienza con la exposición de la teoría al respecto, a mi juicio,
intuitivamente más accesible; se trata de la teoría “representacionalista”, que
puede encontrarse, con variantes que se complementan entre sí, en ía obra de
Locke (capítulo IV) y en la de Frege (capítulo VI). (Entre' los dos capítulos
metodológicos iniciales y éstos se incluyen capítulos eii que se introducen los
conceptos y concepciones relacionados de la epistemología y de la metafísica.)
La teoría representacionalista pretende asignar un balance apropiado a los tres
vértices del triángulo. El siguiente estadio argumentativo requiere apreciar las
dificultades para mantener este balance, que lleva a autores como Russell a
enfatizar el vértice del mundo (capítulos VII-'VIII), y a otros como el Witt­
genstein del Tractatus a enfatizar el vértice del pensamiento — incluso a costa
de hacer desaparecer el mundo de la representación, según la interpretación
fenomenalista de esa obra que se defiende aquí— (capítulos IX-X). El
“momento” siguiente incluye teorías, de aroma decididamente contemporáneo,
que como las dei Wittgenstein de las Investigaciones y la de Quine, enfatizan
el vértice lingüístico a expensas de los otros dos (capítulos XI-XII). Los dos
últimos capítulos están destinados a presentar una propuesta que permitiría res­
taurar el balance inicial, libre de los defectos del representacionalismo. No
hace falta decir que ésta es una caracterización interesada de tal propuesta, que
distará de parecer ajustada a los hechos para muchos. Evitaré decepciones si
advierto desde ahora que no he pretendido justificaría, ni aproximadamente,
con el detalle que sería preciso. Como dije, el objetivo de las páginas que
siguen no es presentar mis propios puntos de vista, sino introducir a otros a la
tarea apasionante de buscar soluciones tentativas para los problemas filosófi­
cos que suscita el lenguaje.
LOS OBJETIVOS EXPLICATIVOS
DE LAS TEORÍAS LINGÜISTÍCAS

En este primer capítulo introduciremos algunas nociones a las que poste­


riormente se.dará un frecuente uso, tales como ia distinción tipo/ejemplar,
la distinción entre enunciados y proposiciones, la distinción entre sintaxis,
semántica y pragmática y la distinción entre ei uso y la mención de signos. La
mayoría de las nociones que presentaremos recibirán ulterior clarificación en
capítulos posteriores, desde ia perspectiva de diferentes concepciones del len­
guaje. Este capítulo pretende sólo ofrecer ei bagaje necesario para iniciar la
discusión.

1. Tipos y ejemplares

Si reparamos un momento en lo que decimos, observaremos que con el


término ‘la séptima sinfonía de Beethoven’ no nos estamos refiriendo a enti­
dades de la misma naturaleza en las dos oraciones exhibidas a continuación:

(1) El segundo movimiento de la séptima sinfonía de Beethoven me gusta


particularmente.

(2) Ayer asistí a la inauguración de ia temporada de conciertos en el Palau.


El segundo movimiento de la séptima sinfonía de Beethoven me gustó
particularmente.

Mientras que en (2) estamos hablando de una particular versión de la sép­


tima sinfonía de Beethoven, una que se interpretó en un cierto lugar durante
un cierto intervalo temporal, en (1) no nos referimos a ninguna interpretación
particular, sino, por decirlo intuitivamente, a algo caracterizado por un con­
junto de rasgos o propiedades que todas las interpretaciones concretas de la
sinfonía, por diferentes que en aspectos particulares puedan ser entre sí, tienen
en común. Algo similar ocurre con ‘el Citroen ZX l.ói aura’ en (3) y (4) y con
‘el rinoceronte en (5) y (6):
(3) El Citroen ZX 1.6i aura tiene un buen coeficiente aerodinámico.
(4) El Citroen ZX 1.6i aura aparcado en doble fila obstaculiza la circula­
ción.
(5) El rinoceronte es un felino en extinción.
(6) El rinoceronte atacó con furia a sus perseguidores.

Llamaremos tipos a entidades como aquellas a las que nos referimos en


las oraciones (1), (3) y (5), por contraste con entidades como aquellas a las que
nos referimos en las oraciones (2), (4) y (6), a las que llamaremos ejemplares.
Si queremos formular con claridad la naturaleza de la diferencia (es decir,
construir una teoría explicativa de ia misma), lo primero que podemos decir
para avanzar en esa dirección es que los tipos son entidades abstractas, mien­
tras que los ejemplares son entidades concretas. Con esto indicamos al menos
dos cosas. La primera, que los ejemplares tienen ubicación en el espacio y en
el tiempo, mientras que los tipos, como los números y las ideas platónicas,
carecen de ella. La segunda, que los ejemplares, a diferencia de los tipos, cau­
san y son causados. Al rinoceronte del que se habla en (6) puede hacérsele una
caricia, pero no al rinoceronte del que se habla en (5); el Citroen ZX l.ói aura
del que se habla en (4), pero no el mencionado en (3), puede producir un terri­
ble atasco; la séptima sinfonía de Beethoven mencionada en (2), pero no aque­
lla desque se habla en (1), puede romperle a alguien ios tímpanos. Las nocio­
nes están sin embargo relacionadas: los ejemplares son ejemplares de algún
tipo.
La distinción entre tipo y ejemplar fue introducida por ei filósofo nortea­
mericano Charles Sanders Peirce (y en la literatura se emplean frecuentemen­
te expresiones inglesas cuando se quiere recurrir a ella: type/token, en lugar de
tipo/ejemplar). Sin embargo, está manifiestamente emparentada con una vieja
distinción filosófica, la distinción entre universal y particular, entre las ideas
platónicas y los objetos que “participan” de ellas. Los ejemplares tienen todas
jas características de los casos paradigmáticos de particulares (personas, árbo­
les, rocas): como ellos, son concretos y están espaciotemporalmente ubicados.
Los tipos, por su parte, tienen todas las características de los universales. Como
los universales, los tipos se identifican por rasgos o características generales
que se pueden hallar, en el mismo momento de tiempo, ejemplificados en dis­
tintos lugares. En términos de esta distinción tradicional, podemos hacer una
puntuaiización a lo dicho en el párrafo anterior que quizás ei lector avisado
haya encontrado necesaria. Aunque los tipos, como los universales, por su
carácter “abstracto” no pueden intervenir en relaciones causales concretas, son
perfectamente apropiados cuando de lo que se trata es de enunciar leyes o regu­
laridades causales (cf. V, § 1). Es así que podemos decir con perfecta propie­
dad, por ejemplo, que la séptima sinfonía de Beethoven me produce placer; y
aquí es manifiestamente del tipo de lo que estamos hablando, no de ningún
ejemplar concreto.
Más adelante examinaremos algunos de los términos en que se plantea el
debate tradicional sobre la naturaleza de los universales (cf. IV, § 3). Por el
momento, nos basta para servirnos sin más de las nociones de tipo y ejemplar
que tenga un contenido razonablemente distinto y que nosotros seamos capa­
ces de distinguir un tipo de un ejemplar en casos claros; p'&demos darla por
supuesta, sin cuestionamos si la relación entre tipos y ejemplares debe enten­
derse en términos nominalistas, conceptualistas, realistas aristotélicos o realis­
tas platónicos. Esta capacidad nuestra se manifiesta, por ejemplo, en la habili­
dad que todos tenemos para apreciar la ambigüedad presente en enunciados
como ‘Juan y Luis están leyendo el mismo libro’. (¿Están leyendo el mismo
libro-tipo, o más bien el mismo libro-ejemplar!) Sin duda, desearíamos contar
con mayor claridad; desearíamos saber, por ejemplo, si los tipos lingüísticos de
que vamos a hablar repetidamente después deberían verse como “meros nom­
bres”, es decir, como teniendo una realidad creada arbitrariamente (como sos­
tienen los nominalistas a propósito de los universales en general); o si, más
plausiblemente en este caso, aun teniendo una entidad menos arbitraria, son
“meros conceptos”, debiendo esencialmente su realidad a aspectos de la men­
te humana (como sostendrían los conceptualistas) o como universales objeti­
vos, independientes de la mente y el lenguaje.
Los signos lingüísticos admiten la distinción entre tipo y ejemplar. En esta
página hay muchos ejemplares distintos de la misma letra-tipo, la primera letra
del alfabeto español. En la primera frase de este párrafo, sin ir más lejos, hay
tres. Las letras pueden servimos para hacer una observación que hemos guar­
dado hasta aquí, a saber, que un mismo particular puede ejemplificar muchos
tipos distintos. Las tres letras a continuación: a, a, A ejemplifican diversos
tipos. Como los tipos se identifican por una serie de rasgos generales, repeti­
dos en sus ejemplares, caracterizamos esos diversos tipos ejemplificados por
las letras indicando los rasgos que los identifican: tenemos así el tipo primera
letra del alfabeto español (ejemplificado por las tres), el tipo letra en cursiva
(que sólo la segunda ejemplifica), el tipo letra en minúsculas (ejemplificado
por la primera y por la segunda). El segundo de los particulares exhibidos antes
ejemplifica, pues, estos tres distintos tipos. Si A y B son dos tipos ejemplifi­
cados por un particular, puede ser que uno de ellos sea, por así decirlo, una
“versión” más abstracta del otro; esto es, que las propiedades o rasgos que
identifican a uno (el más específico) incluyan propiamente a las que identifi­
can al otro (el más genérico). Esto es lo que ocurre con los tipos primera letra
del alfabeto español y primera letra del alfabeto español en mayúsculas. Pero
no siempre tiene que ser así, como ilustran los tipos antes mencionados: nin­
guno de ios tipos cursiva, minúscula, primera letra del alfabeto español es una
versión más o menos abstracta de alguno de los otros. Son simplemente tipos
distintos.
La comunicación lingüística se efectúa mediante ejemplares: lo que llega
a nuestros oídos o alcanza nuestras retinas son ejemplares. Pero sólo en la
medida en que los ejemplares son ejemplares de ciertos tipos lingüísticos pue­
de producirse tal comunicación: hablando metafóricamente, sólo porque el
hablante elige para transmitir sus pensamientos expresiones con rasgos reco­
nocibles por su audiencia puede típicamente producirse la comunicación. Aho­
ra bien, lo que hablante y oyente conocían previamente al hecho de la comu­
nicación no puede ser la particularidad de los sonidos o signos gráficos que el
hablante utiliza,-'¿ino rasgos generales que ellos poseen. Parece natural pensar,
pues, que las teorías lingüísticas tratan de tipos, que son los tipos los que tie­
nen sintaxis o significado. Así parece manifestarlo nuestra práctica común: (7)
trata de tipos, no de ejemplares:

(7) snow is white significa en inglés lo que la nieve es blanca significa en


español.

Naturalmente, (7) trata también, indirectamente, de todos los ejemplares


que son especímenes del tipo del que (7) trata directamente: una afirmación
sobre tipos es, indirectamente, una afirmación sobre todos los ejemplares de
ese tipo (al igual que una afirmación sobre universales es, indirectamente, una
afirmación sobre los particulares que “participan” de ellos). Este hecho resul­
tará de gran importancia más adelante, cuando reparemos en que el dato inne­
gable de la dependencia del contexto extralingüístico del significado de muchas
expresiones (por ejemplo, ‘tú’, ‘aquf, etc.) nos fuerza a tomar en considera­
ción no sólo los tipos, sino también los ejemplares para una correcta com­
prensión del funcionamiento del lenguaje (VII, § 4).
Que las teorías lingüísticas traten de tipos y sólo indirectamente de ejem­
plares quizás pueda justificarse mediante la siguiente reflexión. Los lenguajes
de que se ocupan las teorías lingüísticas están conformados por expresiones
que se usan de acuerdo con convenciones; los signos lingüísticos son herra­
mientas que (como las monedas, por ejemplo) tienen convencionalmente asig­
nados ciertos propósitos o funciones. Una de esas funciones, quizás, la más
significativa, es la de servir a la comunicación: perm itir que un invididuo trans­
mita a otro una opinión que el primero tiene, o le dé instrucciones para llevar
a cabo tareas que el primero desea que se ejecuten, etc. (Estas afirmaciones se
elaboran en el capítulo XIV.) Ahora bien, los objetos tienen propósitos con-
vencionalmente asignados en virtud de poseer características repetibles. Deci­
mos de un objeto que sirve a un propósito o que tiene convencionalmente una
función por relación a características de ese objeto que son reproducibles, que
pueden ser copiadas de un ejemplar a otro. De ahí que los signos sean, prime­
ro, signos-tipo. Un ejemplar no es repetible; sólo lo son aquellas característi­
cas suyas en virtud de las cuáles ejemplifica un cierto tipo.

2. Objetivos explicativos de las teorías dei lenguaje

En ia introducción expusimos la naturaleza de las prácticas teóricas; más


específicamente, la de aquellas que persiguen ofrecer explicaciones, de las que
la ciencia ofrece casos paradigmáticos. Estas prácticas se caracterizan por ofre­
cer soluciones, en términos conceptualmente ampliativos (es decir, introdu­
ciendo para ello conceptos propios, teóricos) para ciertos problemas cognosci-
tivamente independientes de la solución ofrecida. La corrección de estas expli­
caciones se justifica inductivamente, mediante un “argumento en favor de la
mejor explicación”, sobre la base del mayor poder de la propuesta para prede­
cir hechos en el ámbito de los que constituyen el problema; particularmente,
hechos que no hubiésemos podido prever sin ayuda de la explicación y de su
específico material conceptual teórico. En los años recientes, los lingüistas
(gracias, por encima de todo, a la inmensa aportación de Noam Chomsky) han
dado razones suficientes para pensar que la lingüística podría ser una actividad
teórica, en el sentido allí elucidado. Queremos ahora, para comenzar, indicar
cuáles son los problemas que el estudio del lenguaje persigue solucionar. Resu­
miendo lo que vamos a explicar enseguida, el problema es hacer explícitas las
reglas, sólo tácitamente conocidas por los hablantes, en virtud de las cuales
ciertas propiedades lingüísticas sistemáticas o productivas, respecto de las cua­
les los usuarios tienen intuiciones relativamente claras, están determinadas a
partir de otras propiedades lingüísticas, en último extremo de propiedades no
sistemáticas.
Con la expresión ‘lenguaje natural’ nos referiremos a lenguajes usados de
hecho por comunidades de individuos, como el catalán, el inglés o el español.
Los lenguajes naturales constan, en primer lugar, de un cierto número (que en
lenguajes léxicamente ricos puede llegar a algunos cientos de miles) de pala­
bras, de un léxico o vocabulario. (Nos referimos a palabras-tipo, no a pala­
bras-ejemplar.) Las palabras, pues, son algunos de los objetos característicos
del ámbito de estudio teórico de las disciplinas lingüísticas. Una de estas dis­
ciplinas, la morfología, se ocupa sólo de ellas. Parecería que hay poco o nada
que explicar en lo que respecta a las palabras; parecería que todo lo que hay
que hacer es enumerarlas, y una lista de objetos no es, ciertamente, una expli­
cación, salvo en un sentido muy laxo del término. Sin embargo, ya en este
ámbito podemos encontrar preguntas interesantes, cuyas respuestas sí consti­
tuirían explicaciones. Para empezar, no está nada claro qué sea una palabra. La
única definición más o menos precisa que se nos ocurre inicialmente es ésta:
una palabra es una expresión que se debe escribir entre espacios. Esta defini­
ción no es satisfactoria, porque también los lenguajes que no se escriben tie­
nen palabras. Aun así, atengámonos a ella. Las palabras, en los diversos len­
guajes, exhiben estructura: por ejemplo, algunas tienen singular y plural, los
verbos tienen diferentes formas, algunos adjetivos admiten la formación de un
sustantivo abstracto correspondiente, etc. Estas estructuras en muchas ocasio­
nes se pueden construir de acuerdo con reglas generales. Dividiendo las pala­
bras en unidades más pequeñas, morfemas (éste es ya un concepto teórico),
podemos formular tales reglas y ofrecer con ello explicaciones. Por otra parte,
las palabras son, en primer lugar, tipos de sonidos (sólo en algunos lenguajes
relativamente recientes tienen versiones gráficas). También la composición de
sonidos para formar unidades mayores exhibe estructura (en algunos casos, una
estructura presente en todos los lenguajes naturales). Atribuyendo a los sonidos
propiedades teóricas (labial, dental, fricativa, etc.) podemos formular de un
modo general las regularidades que tales estructuras ponen de manifiesto.
.En ambos casos, el de la morfología y el de la fonología, encontramos ya
un aspecto central de las propiedades lingüísticas, aspecto éste que constituye
uno de los objetos característicos de explicación por parte de las teorías lin­
güísticas, cualquiera que sea su ámbito específico. Este aspecto es la sistema­
ticidad de las propiedades lingüísticas. La propiedad de ser una palabra del
español (una propiedad lingüística) es sistemática, en el sentido de que, típi­
camente, el que un objeto sea una palabra del español depende de que esté
compuesto de modos específicos de objetos “más pequeños” con ciertas pro­
piedades (“típicamente” porque las palabras de una sola letra constituyen
excepciones). Tomemos esta explicación como nuestra definición de la siste­
maticidad de una propiedad: una propiedad es sistemática si está en la natura­
leza de la propiedad el que su posesión por un objeto dependa generalmente
de que el objeto esté compuesto de modos específicos a partir de otros objetos
poseedores de propiedades específicas. ‘Sistemático’ se opone aquí a ‘asiste-
mático’; una propiedad lingüística es asistemática si su extensión (el conjunto
de las entidades que tienen 1a propiedad) está dada por enumeración, median­
te una lista. Es sistemática si, en lugar de estar la extensión determinada
mediante una lista, está determinada por reglas, que en último extremo hacen
referencia a propiedades lingüísticas asistemáticas. Son propiedades lingüísti­
cas sistemáticas, por ejemplo, ser una palabra del español, o ser una oración
gramatical del español. Un razonable proyecto de explicación es el de dar
cuenta de la sistematicidad de una propiedad de la que se sospecha que lo es.
Dar cuenta de la sistematicidad de una propiedad requiere especificar los obje­
tos “más pequeños” (posiblemente introduciendo para ello conceptos teóricos),
especificar sus propiedades relevantes (también posiblemente teóricas), y, en
esos términos, indicar los modos en que se pueden combinar para dar lugar a
los objetos “más grandes” (observables) poseedores de la propiedad sistemáti­
ca (también observable). Estas indicaciones constituyen las leyes o reglas de la
teoría explicativa.
Uno de los problemas centrales de la filosofía de la ciencia es el de clari­
ficar la noción dé explicación. Este es un problema del que, naturalmente, no
podemos ocupamos aquí. Pero tampoco es razonable utilizar la noción con tan
poco cuidado que cualquier cosa pueda contar como una explicación. En par­
ticular, muchos lectores podrían sentir que llamar “explicación” a una formu­
lación general de las reglas morfológicas del inglés o a una de sus reglas fono­
lógicas es ir más allá de lo que un uso razonable de la expresión permitiría.
Quizás ‘descripción’ seria un término más apropiado para tales empresas. En
defensa de nuestro uso de ‘explicación’ en este contexto podemos decir ahora
lo siguiente. Enunciar de manera explícita las reglas que determinan la estruc­
tura de los lenguajes naturales es articular un complejo sistema de convencio­
nes. Ahora bien, una convención es una regularidad mantenida por una serie
de expectativas recíprocas, conocidas por los miembros de una cierta comuni­
dad (XIV, § 3). Así, articular un complejo sistema de convenciones es articu­
lar un complejo estado de conocimiento; el estado de conocimiento, podríamos
decir, de un hablante idealmente competente. Pero articular, siquiera que sea
parcialmente, ei sistema cognoscitivo que subyace a nuestro uso del lenguaje
es, en cualquier representación aceptable del concepto, explicar.
La sistematicidad de las propiedades lingüísticas tiene dos síntomas típi
eos. Si alguien aprendiera meramente de memoria todas las palabras del espa­
ñol, su conocimiento de la propiedad de ser una palabra del español sería aún
deficiente. Esto.se pondría de manifiesto en que, por ejemplo, si se introduje­
ra un nombre común nuevo en el español, bastaría la introducción de la pala­
bra en singular para que un hablante competente del español incorporase a la
clase de las palabras del mismo no sólo el nombre común en singular explíci­
tamente introducido por la Real Academia de la Lengua, sino también la ver­
sión en plural (y seguramente muchas otras derivaciones, diminutivos, aumen­
tativos, etc.). Basta con que la Academia establezca que, a partir de ahora,
‘implementar’ es un verbo español — dando las pertinentes indicaciones sobre
su uso— para que todos los hablantes competentes del español sepan que
‘implementé’, ‘implementarán’, etc., son todas ellas ipsofacto nuevas palabras
castellanas. Es decir, porque la morfología del español es sistemática, la in­
corporación al mismo de un verbo en infinitivo es ya la incorporación de toda
una serie de otras expresiones. Sin embargo, alguien cuyo conocimiento de la
propiedad tenga meramente la forma de una lista aprendida de memoria, sim­
plemente en virtud de ese conocimiento (es decir, a menos que hubiera sido
capaz de inferir de la lista ia correcta teoría morfológica), no sería capaz de
efectuar tal generalización.
Un síntoma análogo de la sistematicidad de ser una palabra del español
consiste en que, si se elimina una de las unidades léxicas cuya pertenencia al
español está determinada por enumeración (por ejemplo, porque deja de usar­
se, o porque se conviene expresamente en hacerlo así), se eliminan ipso fa d o
del español muchas palabras: todas las que resultan de combinar la unidad eli­
minada con unidades que permanecen en el lenguaje. Estos dos síntomas son
igualmente válidos cuando, en lugar de pensar en la ampliación o disminución
del conjunto de unidades de un lenguaje en el sentido usual del término, pen­
samos en la ampliación o disminución del idiolecto que habla un individuo en
un momento dado.
Podemos resumir así los hechos sobre la sistematicidad de algunas pro­
piedades lingüísticas:

Entre las propiedades lingüísticas (aquellas de que se ocupan predominante­


mente las teorías lingüísticas) las hay sistemáticas y asistemáticas. La exten­
sión de las propiedades asistemáticas está determinada por enumeración. La
de las propiedades sistemáticas está determinada mediante reglas que hacen
referencia a las propiedades asistemáticas. Para aumentar o disminuir el len-
guaje que habla una población o el idiolecto que usa un individuo en un
momento dado con un caso de una propiedad asistemática es preciso intro­
ducir expresamente el uso de ese caso, o retirar expresamente del uso ese
caso. Introducidos expresamente en un lenguaje casos de propiedades asiste-
máticas — removidos expresamente de un lenguaje casos de propiedades
asistemáticas— , se han introducido necesariamente con ello — o se han
removido— casos de propiedades sistemáticas no expresamente contempla­
dos al hacerlo.

Así pues, habida cuenta de que ser una palabra del español es una pro­
piedad sistemática y de que dar cuenta de tal sistematicidad es una empresa
teóricamente pertinente, se comprende que ya las teorías morfológicas se sir­
van de nociones teóricas. Una teoría morfológica del español, por ejemplo,
introducirá dos morfemas para el plural, una serie de morfemas-raíz detrás de
los que esos morfemas se pueden adjuntar, y reglas generales para adjuntar uno
u otro en función de los sonidos finales del morfema-raíz. Relativamente al
ámbito explicativo de la morfología, pues, los morfemas y sus modos posibles
de combinación [poner delante, poner detrás, etc.) son objetos teóricos, y tam­
bién lo son aquellas de sus propiedades invocadas en las reglas de cons­
trucción, las leyes o reglas postuladas por la morfología del español.
Los datos empíricos que se utilizan para la elaboración de una teoría mor­
fológica consisten primariamente en intuiciones de los hablantes del lenguaje
sobre la estructura de las palabras del mismo. (Sólo “primariamente”: es con­
siguiente al carácter explicativo de las teorías lingüísticas el que no tenga sen­
tido imponer restricciones a priori sobre qué datos empíricos puedan servir
para contrastarlas o refutarlas. Chomsky ha venido defendiendo, a mi juicio de
manera convincente, que determinados hechos sobre el aprendizaje del len­
guaje son también datos empíricos que una buena teoría debe explicar.)1 El lin­
güista puede recurrir a sus intuiciones, o a las de los otros hablantes del len­
guaje, sobre cuál sería el pretérito perfecto de un supuesto nuevo verbo; al
menos, puede recurrir a esas intuiciones cuando conciernen a casos claros. Las
predicciones de su teoría serán de este mismo tipo, y habrán de ser confronta­
das con las intuiciones de los hablantes. Al igual que ocurre con otras disci­
plinas científicas, los elementos empíricos (las intuiciones de los hablantes)
pueden en ocasiones ser corregidos por la teoría, cuando están en contradic­
ción con ella, en lugar de ser la teoría corregida por los datos empíricos.
Las palabras no son, sin embargo, los objetos teóricamente privilegiados
en el estudio de los lenguajes naturales, en el sentido de que no son los po­
seedores de las propiedades observables que nos permiten formular los pro­
blemas, las perplejidades, que las disciplinas lingüísticas más características (y
más interesantes para la filosofía) persiguen resolver. Si, en lugar de la defi­
nición inapropiada de ‘palabra’ en que nos hemos apoyado para esta discusión,
tratásemos de construir una más satisfactoria (una válida también para lengua­
jes exclusivamente orales), apreciaríamos hasta qué punto las palabras son
objetos relativamente abstractos, ellos mismos altamente teóricos respecto de

1. Cf. Jerry Fodor, "Some Notes on What Linguistics Is about".


los objetos con los que habríamos de empezar el estudio teórico del lenguaje.
De hecho, sólo nuestra gran familiaridad con nuestro propio lenguaje materno’
(y particularmente con su versión escrita) explica que la división de los frag­
mentos más largos de discurso en palabras nos parezca tan “natural”. Pense­
mos, por contra, en lo difícil que nos resulta hacer esta misma distinción cuan-
do oímos una frase en una lengua que no dominamos plenamente, o en las difi­
cultades que encuentran para llevar a cabo esa misma tarea incluso respecto de
su lengua materna quienes no están familiarizados con el lenguaje escrito. En
rigor, la noción de palabra sólo tiene un sentido preciso relativamente a com­
plejas consideraciones sintácticas y semánticas. Si descubriésemos una co­
munidad de seres que parecen utilizar un lenguaje, no serían las palabras de
ese lenguaje los objetos con los que primero tropezaríamos; a ellas llegaríamos
a través de una serie de pasos de abstracción teórica. Lo que observaríamos
sería actos lingüísticos, acciones tales como expresar opiniones, ofrecer infor­
mación, preguntar, dar órdenes, tic. Estos actos se llevan a cabo con oracio­
nes. Diremos, siguiendo una propuesta de Wittgenstein, que una oración es la
unidad mínima con la que podemos llevar a cabo una de estas acciones lin­
güísticas. En este sentido, ‘Juan’, proferida en ciertos contextos, bien puede ser
una oración —por cuanto se puede utilizar para llevar a cabo acciones típica­
mente lingüísticas, tales como llamar a Juan o responder a una pregunta
(“¿quién se comió el pastel?”). Son las oraciones (oraciones-tipo, no orado-
nes-ejemplar)y típicamente construidas a partir de varias palabras, las entida­
des epistémicamente básicas el estudio del lenguaje.
Las oraciones del español son típicamente combinaciones de palabras,
pero no toda combinación de palabras castellanas es una oración castellana.
‘Sergi come papilla’ es una oración castellana, pero no lo es ‘Sergi comen
papillas’, ni tampoco ‘Sergi me propuso de que me fuera al cine con él’. Estas
últimas son combinaciones agramaticales de palabras castellanas. Las oracio­
nes castellanas tienen, pues, la propiedad de ser gramaticales. La sintaxis es la
actividad teórica que trata de explicar en qué consiste la gramaticalidad de las
oraciones. Mucho más aún que en el caso de las palabras, es fácil observar que
ésta es una propiedad sistemática. El mismo test que mencionamos antes lo
pone de manifiesto. La mera introducción deí verbo ‘impíementar’, efectuada
junto con las pertinentes indicaciones sobre su uso, basta para que ‘Sergi
implemento el programa’ pase a ser una nueva oración gramatical del español;
no es precisa ninguna nueva regla al respecto. La única explicación de esto ha
de ser que la gramaticalidad y la agramaticalidad dependen de que las oracio­
nes estén o no compuestas, de modos específicos, de entidades más pequeñas,
poseedoras de ciertas propiedades. Una explicación satisfactoria de la grama-
ticalidad debe dar cuenta de esta sistematicidad, y tal es el objetivo prioritario
de una teoría sintáctica.2

2. En la lingüística contemporánea se distingue usualmente la sintaxis Jal español de ¡a sintaxis, sin más. Esta
distinción la motiva la creencia de que es posible dar una descripción general de ciertos aspectos de la sintaxis de
todo lenguaje natural humano.
La gramaticalidad no es sólo una propiedad sistemática, sino que es tam­
bién una propiedad productiva. Una propiedad es productiva si los hechos de
los que depende que se aplique o no a algo hacen que la propiedad la tenga
necesariamente un número infinito de objetos. Una propiedad definida median­
te un procedimiento recursivo es un caso típico de propiedad productiva. La
oración ‘el amigo de Juan es chino’ es gramatical en español; también lo es ‘el
amigo del amigo de Juan es chino’; también lo es ‘el amigo del amigo del ami­
go de Juan es chino’, etc. Y no parece haber ningún límite al número de repe­
ticiones de la expresión ‘el amigo de(l)\ tal que cualquier oración en la serie
cuyo comienzo hemos indicado, construida usando un número mayor que ése
de repeticiones de la expresión, sería gramaticalmente incorrecta. Es cierto
que, a partir de un número pequeño de repeticiones, de la expresión ‘el amigo
de(l)\ ya no somos capaces de saber si la oración es o no gramatical: la ora­
ción se hace demasiado larga como para que seamos capaces de “procesarla”.
Pero parece razonable decir que las razones por las que esto ocurre (limitacio­
nes psicológicas y físicas de los seres humanos) no tienen nada que ver con las
razones por las que una oración es gramatical o no lo es. Por el contrario, si
comparamos dos oraciones de la serie que nos parezcan manifiestamente gra­
maticales, una con un número n + 1 de apariciones sucesivas de la expresión
‘el amigo de(l)’ y la otra la inmediatamente anterior en la serie, aquella que
contiene n apariciones de la expresión mencionada, nos sentimos inclinados a
pensar que las razones por las que ambas oraciones son de hecho gramatica­
les, cualesquiera que éstas sean, determinarían que, dada una oración cual­
quiera en la serie que sea gramatical, la que contiene exactamente una apari­
ción más que ella de la expresión ‘el amigo de(l)’ debe ser también gramati­
cal. Obtenemos así una serie infinita de oraciones, todas ellas gramaticales.
Si una propiedad es productiva, es también sistemática: el que se aplique^
o no a uno de los objetos en su dominio depende de que éste esté compuesto
de modos específicos de otros objetos poseedores de ciertas propiedades. No
cabe explicar de otro modo el que una propiedad se aplique necesariamente a
un número ilimitado de objetos. El condicional converso no tiene por qué ser
verdadero. La propiedad de ser una oración de ciertos lenguajes primitivos
(códigos que se utilizan para fines muy específicos), o de ciertos lenguajes arti­
ficiales, es sistemática (por razones como las que se han discutido ante­
riormente) pero no productiva, porque el número de oraciones que se pueden
construir con las regias sintácticas de esos lenguajes es finito. La propiedad de
ser una adjetivo del español es no sólo sistemática, sino también productiva.
No tenemos más que considerar los adjetivos numerales cardinales (o ios or­
dinales): ‘uno’, ‘dos’, ..., ‘diez’, ‘once’, ..., ‘cien’, ..., ‘ciento diez’, ..., ....
La sistematicidad que hay implícita en esta serie es productiva; no hay ningún
límite razonable que pueda imponerse a los mecanismos de construcción implí­
citos en la serie más allá del cual pueda decirse que no hay más cardinales
españoles: por el contrario, hay cardinales españoles que no tendríamos tiem­
po de pronunciar, ni siquiera si empleásemos para ello cada segundo de la vida
de cada miembro de la especie humana.
Si la sintaxis se ocupa de explicar la gramaticalidad de las oraciones, dan­
do cuenta de la sistematicidad (y la productividad) de esa propiedad, l a semán­
tica se ocupa de otra propiedad, también productiva, de las oraciones. Más
específicamente: distingamos, de entre las oraciones, los enunciados. ‘¿Cierra
Víctor la puerta?’, ‘¡Víctor, cierra la puerta!’ y ‘Víctor cierra la puerta’ son
todas ellas oraciones, pero sólo la tercera es un enunciado. Un enunciado es
una oración respecto de la cual podemos preguntamos si es verdadera o falsa,
una oración que se utiliza convencionalmente para efectuar actos lingüísticos
tales como aseveraciones. Los enunciados “dicen” algo. Diferentes enunciados
pueden “decir” lo mismo: ‘Víctor cerró la puerta’ y ‘Víctor closed the door’
son diferentes enunciados, pero “dicen” lo mismo. El mismo enunciado puede
“decir” cosas distintas; así ocurre con ‘yo cerré la puerta’, cuando lo usan
diferentes personas, o con ‘vi a Juan con los. prismáticos’, que puede utilizar­
se para decir que la persona que habla, valiéndose de unos prismáticos, vio a
Juan, o que la persona que habla vio a Juan llevando unos prismáticos. A eso
que los enunciados “dicen” — sin preguntamos más por el momento acerca de
su naturaleza, de la que habremos de ocuparnos por extenso en páginas suce­
sivas— le llamaremos proposición.
Pues bien, expresar una proposición es una propiedad semántica funda­
mental de los enunciados. Y es también una propiedad sistemática y producti­
va. La introducción de la nueva palabra ‘implementar’ no sólo daría lugar a
un sinnúmero de nuevas oraciones gramaticales, sino que también produciría
un sinnúmero de nuevos enunciados, cada uno de los cuáles expresaría una
determinada proposición. No sólo será ‘Sergi implemento el programa’ una
nueva oración gramatical, por el mero hecho de haber sido introducida la nue­
va palabra, sino que esta oración expresará una determinada proposición.
Debemos concluir, pues, que un enunciado expresa una cierta proposición en
virtud de que el enunciado está compuesto, de ciertos modos, de unidades sig­
nificativas más pequeñas, y de que esas unidades más pequeñas tienen ciertas
propiedades. Una teoría semántica aspira a hacer explícitas tales regularidades.
La misma tesis se puede justificar invocando esta vez la productividad con la
misma serie que antes, ‘el amigo de Juan es chino’, ‘el amigo del amigo de
Juan es chino’, ‘el amigo del amigo del amigo de Juan es chino’, etc., esta vez
desde el punto de vista semántico: cada una de esas oraciones expresa una cier­
ta proposición, y no parece razonable poner un límite al número de oraciones
en esa serie, cada una de las cuales expresa una proposición distintiva.
La sistematicidad de propiedades lingüísticas como ser gramatical y
expresar una determinada proposición constituye la razón fundamental por la
que buscamos teorías sintácticas y semánticas. Los lingüistas contemporáneos
influidos por Chomsky insisten frecuentemente en que nuestro conocimiento
del lenguaje es creativo, en que a cada momento realizamos la hazaña de
entender oraciones que nunca antes habíamos oído y de proferir oraciones que
nunca nadie había dicho. Y esto es sin duda cierto. Se apunta con ello a algo
más básico, que explica nuestra indudable creatividad lingüística: a saber, que
nuestro conocimiento del lenguaje es el conocimiento de propiedades siste­
máticas, y de su sistematicidad. Es así que podemos ir “más allá” de las ora­
ciones que oímos cuando aprendimos nuestra lengua. Podemos ir más allá, en
■el sentido de que podemos decir y entender oraciones que no estaban entre
aquellas que nos sirvieron para aprender a usar las lenguas que dominamos.
No podemos ir más allá, en el sentido de que no podemos trascender la
sistematicidad ya presente en ese corpas de partida: no podemos producir ni
comprender más oraciones que aquellas que las reglas del español permiten
construir con significados específicos, a partir de las unidades cuyo significa­
do está determinado por enumeración. La creatividad lingüística consiste en el
hecho de que un Zeus que hubiera llevado a cabo la tarea a nosotros vedada
de aprender de memoria la lista infinita de las oraciones gramaticales del espa­
ñol con su significado, no sabría sin embargo lo que nosotros sabemos del
español. Esta ignorancia se pondría de manifiesto con la mera introducción de
una nueva palabra: Zeus no sabría construir nuevas oraciones significativas
combinando la nueva palabra con las viejas; nosotros sí. (A menos, claro está,
[que Zeus supiese algo más que la mera lista, es decir, que a partir de la lista
(hubiese inferido las reglas sintácticas y semánticas que la determinan.) Las teo­
rías sintácticas y semánticas aspiran a hacer explícito ese conocimiento nues­
tro, la estructura del lenguaje.
El hecho que plantea_ej problema fundamental que las teoría^ lingüísticas
pretenden explicar es, pues, el de ía sistematicidad del significado de las ora­
c io n e s Una unidad léxica es la unidad mínima con significado dé’üñTengua-
je; el significado de las unidades léxicas está dado por enumeración. El signi­
ficado de las unidades léxicas es, pues, una propiedad asistemática. Los crite­
rios que ya conocemos ponen de manifiesto la sistematicidad del significado
de las oraciones. Si se ampliase un lenguaje natural (o el idiolecto de una per­
sona), añadiendo una nueva unidad léxica, y dotándola de significado, existi­
rían muchas oraciones no expresamente contempladas al llevar a cabo la amplia­
ción —oraciones formadas por la nueva unidad, en combinación con viejas uni­
dades léxicas— que tendrían ipso fa d o significados específicos. Esto sería inex­
plicable si el significado de las oraciones de los lenguajes naturales no estuvie­
ra determinado por reglas. Análogamente, la eliminación de una unidad léxica
de un lenguaje natural (por desuso, o por otro motivo) o del idiolecto de una per­
sona (por olvido quizás) tiene como consecuencia la eliminación de muchas ora­
ciones en que esa unidad se combina con otras que permanecen en el lenguaje.
Obsérvese que, si bien cabe decir que se ha eliminado del lenguaje por desuso
(o del idiolecto por olvido) la unidad léxica, no cabe decir igualmente que se
han dejado de usar en el lenguaje las oraciones removidas al eliminar la uni­
dad, pues quizás no se habían usado nunca; ni cabe decir que el hablante del

3. También el de la productividad; pero, dado que la productividad implica la sistematicidad, pero no a la


inversa, es menos arriesgado afirmar que los lenguajes naturales son sistemáticos que afirmar que son productivos.
Como se verá más adelante, basta que el lenguaje natural sea sistemático para defender que las teorías lingüísticas son
teorías genuinamente explicativas — que es lo que en último extremo está en juego cuando se pone en cuestión la pro­
ductividad del lenguaje— . Quiero hacer constar, no obstante, que yo mismo no tengo duda alguna sobre el carácter
no sólo sistemático, sino también productivo de los lenguaje naturales.
idiolecto ha “olvidado” el significado de las oraciones al olvidar el significado
de la unidad, pues quizás nunca había tenido presente siquiera que esas ora­
ciones tenían ese significado. De nuevo, esto sería inexplicable si el significa­
do de las oraciones de los lenguajes naturales no estuviera determinado por
reglas. El problema fundamental que las teorías lingüísticas persiguen resolver
es, pues, éste: ¿cuáles son las reglas que establecen, a partir de unidades dadas
por enumeración, qué oraciones pertenecen a un lenguaje dado, y cuál es su
significado? Una explicación lingüística es una enunciación de esas reglas; y
para confirmar o refutar una explicación así utilizamos como datos empíricos
primarios las intuiciones de los hablantes de la lengua en cuestión relativas a
predicciones de la teoría (particularmente, predicciones novedosas) sobre qué
oraciones se pueden construir en esa lengua y qué significado tienen.
Nuestro conocimiento del lenguaje es creativo también en un sentido dis­
tinto, que conviene no confundir con el anterior. En una canción de Joaquín
Sabina encontramos la siguiente afirmación: “huyendo del frío, busqué en las
rebajas de enero, y encontré una morena bajita que no estaba mal”. Tomada
literalmente (es decir, considerando la proposición que este enunciado conven­
cionalmente expresa), esta afirmación tiene que ser falsa: buscando entre los
artículos rebajados en las rebajas de enero no se encuentra uno morenas baji­
tas que no están mal. Sin embargo, el contexto — el resto de la canción— nos
permite entender que la proposición que Sabina expresa es la que se podría
expresar literalmente con este otro enunciado: “huyendo de la soledad, contes­
té a algunos anuncios de la sección de contactos personales en una revista, y
así trabé relación con una morena bajita de buena apariencia física”. Sabina
consigue decir esto con una oración que dice otra cosa, y al hacerlo lleva a
cabo algo susceptible de ser considerado estéticamente valioso. Por ejemplo,
nos hace ver una cierta relación —cuya existencia quizás no habíamos sospe­
chado— entre la situación literalmente descrita por la oración que emplea (la
situación de rebuscar en las rebajas de enero), y la situación que realmente
quiere describir (contestar un anuncio en la sección de “contactos” de una
revista). Y, lo que es estéticamente más importante, lo hace sin decir expresa­
mente que lo hace, sino dejando a nuestro ingenio el establecer esa relación:
pues es aquí donde reside cualquier virtud estética que pueda tener; es este as­
pecto el que se pierde cuando la idea se enuncia literalmente. Los chistes, las
ironías, los sarcasmos, las metáforas, todos ellos son casos de uso creativo del
lenguaje en este nuevo sentido. La pragmática, tal y como aquí usaré el con­
cepto, e s . lá subdisciplina lingüística que se encarga de estudiar estos fe­
nómenos. Aunque no cabe hablar de sistematicidad aquí, no por ello dejan de
existir generalizaciones explicativas también en este terreno.
En lingüística se tiende a utilizar ‘pragmática’ para el estudio de todos los
fenómenos que tienen que ver con el “ uso”, y se ubica en el ámbito pragmáti­
co, por ejemplo, el estudio de las “fuerzas ilocutivas” que distinguen a los dife­
rentes tipos de actos lingüísticos (aseverar, ordenar, preguntar, etc., cf. XIII, § 2)
y el de los indéxicos o deícticos (‘yo’, ‘esto’, ‘ahora’, etc., cf. VII, § 4), En el
sentido que en este texto se da al término, sin embargo, el estudio del funcio­
namiento convencional de los indicadores de la fuerza ilocutiva (la forma indi­
cativa, imperativa, interrogativa, etc., de las oraciones) y el de los deícticos per­
tenece a la semántica, y no a la pragmática. La clasificación usual en lingüís­
tica no es razonable; pues, en último extremo, todos los fenómenos lingüísti­
cos tienen que ver con el “uso”, con la acción humana (XIV). La distinción
interesante, si queremos disponer de una taxonomía razonable de las tareas
explicativas relacionadas con el lenguaje, es la distinción entre fenómenos
semánticos convencionales (de que se ocupa la semántica) y fenómenos semán­
ticos no convencionales (de que se ocupa la pragmática).
Los objetos de que se ocupa la pragmática no son abstracciones como las
oraciones o las proposiciones. Los objetos de la pragmática son las proferen­
cias, los actos de uso de signos lingüísticos en contextos concretos con ciertos
fines racionales. Desde un punto de vista epistemológico (“en el orden del
conocimiento”), en el principio son las proferencias, las emisiones concretas
de signos-ejemplar llevadas a cabo con particulares intenciones, comunicativas
o de otro tipo. Como se dijo antes, lo patentemente observable en el caso del
lenguaje, aquello con que primero nos toparíamos si descubriésemos una nue­
va comunidad de usuarios de un lenguaje— y aquello sobre lo que nuestras
intuiciones lingüísticas son claras— son actividades lingüísticas concretas.
Desde un punto de vista teórico u ontológico, sin embargo, la pragmática
presupone la semántica: es porque la oración ‘huyendo del frío, busqué en las
rebajas de enero, y encontré una morena chiquita que no estaba mal’ tiene ya,
convencionalmente, un cierto significado, porque expresa una determinada
proposición, que Sabina puede arreglárselas para decir otra cosa con ella, para
crear un nuevo significado. Alguien que no entienda el significado literal o^
convencional de la oración será incapaz de entender lo que Sabina quiere decir
con ella, captando al hacerlo el efecto artístico que él quiere conseguir. Y es
la semántica la que determina el significado convencional de la oración, la pro­
posición que expresa literalmente. Por otro lado, la semántica es teóricamente
independiente de la pragmática: para explicar qué proposición expresa cada
enunciado no es preciso indicar qué otras proposiciones se puede conseguir,
pragmáticamente, que exprese.

3. Uso y mención de signos

En esta sección queremos llamar la atención sobre una diferencia cuya no


apreciación suele provocar confusión, particularmente cuando, como a lo lar­
go de esta obra, nuestro discurso es “metalingüístico”; es decir, cuando versa
él mismo sobre el lenguaje: la diferencia entre el uso y la mención de signos.
Para hablar (o escribir) de las cosas hemos de mencionarlas, y para mencio­
narlas usamos palabras (signos sonoros o gráficos). Pero las palabras son tam­
bién “cosas”, y están entre las cosas que en ocasiones queremos mencionar.
Por ejemplo, en (1) menciono la espada de Artús, y para ello uso la expresión
que es el sujeto gramatical de esa oración. En (2), sin embargo, lo que preten-
do mencionar no es la espada de Artús, sino la palabra que usé en (1) para
mencionar tal espada. De otro modo, (2) sería patentemente falso (además de
absurdo), porque las espadas carecen de sílabas.

(1) Excalibur fue extraída de una roca por Artús.

(2) Excalibur está compuesta por cuatro sílabas.

Sin embargo, para mencionar ia palabra he usado en (2) la misma palabra


que en (1) usé para referirme a la espada. En (1) la palabra ‘Excalibur’ ha sido
usada, pero en (2) ha sido a la vez usada y mencionada. Esta'práctica puede
inducir a confusión, pues hay en ella una equivocidad similar a la que existe
en el caso de la palabra Aristóteles, usada en (3) para mencionar al famoso filó­
sofo griego del siglo IV a. de C. y en (4), sin embargo, para mencionar ai famo­
so millonario griego de nuestro siglo (so pena de que uno de los dos enuncia­
dos, o ambos, sea falso),

(3) Aristóteles fue maestro de Alejandro Magno.

(4) Aristóteles se casó con la esposa de John F. Kennedy.

Otra equivocidad familiar es la que existe en el caso de la palabra ‘banco’.


Para evitar la equivocidad, podríamos simplemente utilizar otra palabra
cuando queramos mencionar la palabra que es el sujeto de (1), una distinta a
la que usamos cuando queremos mencionar la espada de Artús. Podríamos, por
ejemplo, bautizar Heathcliff al famoso nombre de la espada de Artús usado en
(1) para mencionar dicha espada. (Heathcliff sería así un nombre de una expre­
sión-tipo, a saber, del nombre de la espada, no un nombre de la espada misma;
y no de cualquier nombre de la espada — que naturalmente puede tener otros—
sino del usado en (1) para mencionarla.) Pero este procedimiento sería muy
poco útil, puesto que no es sistemático: si ahora qúiero mencionar' el nombre
que acabo de introducir para mencionar al nombre de la espada de Artús usa­
do en (1) (por ejemplo, con el fin de decir de él que tiene diez letras), tendría
que introducir una nueva palabra. En general, para cada expresión que quera­
mos mencionar, habríamos de estipular un nuevo nombre. En lugar de eso, en
el lenguaje escrito recurrimos (cuando escribimos con propiedad) al expedien­
te de las comillas.
Otro expediente similar al que recurrimos en el lenguaje escrito para nom­
brar una expresión es ponerla en bastardilla; eso es justamente lo que he hecho
antes, cuando he introducido el nombre ‘Heathcliff’. Cuando se dice unas lí­
neas más arriba “si ahora quiero mencionar el nombre que acabo de introdu­
cir ...” el lector habrá advertido quizás que esa hipótesis ya se había dado unas
líneas antes en el mismo párrafo; pues cuando introduje el nombre del nombre
de la espada, ‘Heathcliff’, no lo usé, sino que hablé de él, lo mencioné. Como
quería mencionar ‘Heathcliff’ (en lugar de usarlo para referirme con él a
‘Excalibur’), lo puse en cursiva. En el lenguaje hablado recurrimos al énfasis
para distinguir uso y mención, o simplemente descansamos en el contexto.
Para mencionar una expresión, pues, la escribimos entre comillas. Propia­
mente escrito de acuerdo con esta convención, (2) hubiera figurado así:

(2') ‘Excalibur’ está compuesta por cuatro sílabas.

De modo que ahora ya no hay lugar a la equivocidad, por cuanto los sujetos
de (1) y (2') no sólo nombran cosas distintas, sino que son también ellos mis­
mos palabras distintas.
En este trabajo hemos seguido hasta ahora la convención de entrecomillar
mediante comillas simples las expresiones cuando queremos mencionarlas, en
lugar de usarlas del modo habitual. Será útil que examinemos más de cerca esta
convención. Ningún recurso lingüístico parece tan simple como el de las citas.
Y, ciertamente, se trata de un mecanismo simple, en comparación con otros.
Pero, como ,se puede ver examinando el próximo capítulo, ya aquí el desa­
cuerdo teórico es significativo: alguien podría pensar que en los párrafos
anteriores se ha dicho todo lo que es preciso decir sobre ellas, pero ese pensa­
miento sería ingenuo. Cualquier investigación sobre el lenguaje conlleva cons­
tantemente la mención de expresiones. Un mayor grado de explicitud en nues­
tro dominio de esta herramienta redundará en una mejor disposición a evitar
frecuentes confusiones que su uso provoca.4
Dos aspectos de la distinción entre el uso y la mención de una expresión
requieren comentario, uno sintáctico y otro semántico. El aspecto sintáctico es
que las expresiones entrecomilladas son nombres (o sintagmas nominales,
como dicen los gramáticos), sea cual fuere la función sintáctica de las ex­
presiones flanquedas por las comillas en las oraciones en que tienen su uso
habitual. En el ejemplo anterior, la expresión flanqueada por las comillas era
también un nombre, pero, en general, la expresión mencionada puede pertene­
cer a cualquier categoría: un verbo, un adjetivo, una oración completa, como
en (5), o incluso una expresión que ni siquiera es una palabra; en cualquiera
de esos casos, la expresión resultante de entrecomillarlas es, sintácticamente,
un nombre:

(5) ‘El azafrán es caro’ es una oración castellana.

El aspecto semántico es correlativo al sintáctico. La expresión flanqueada


por las comillas no sólo no tiene su función sintáctica habitual cuando apare­
ce entrecomillada, sino que tampoco ejerce su función semántica habitual. La
expresión que es el sujeto de (1) tiene como función semántica habitual justa­
mente la que tiene en (1), a saber, mencionar una cierta espada. Pero carece
por completo de esta función en (2'). (2') no trata de espadas en absoluto, sino

4. En esta sección expongo la teoría de las citas que yo mismo considero correcta. Esta teoría se propuso ori­
ginalmente con el fin de superar los problemas de las teorías que se examinan en el próximo capítulo.
de palabras. Del mismo modo, la expresión flanqueada por comillas en (5) itie-
ne usualmente la función de expresar un aserto sobre el precio de una; cierta
especia; pero tal función semántica no tiene nada que ver con su papel en (5),
que no trata en absoluto de economía ni de especias.
Una cita, pues, consta en el lenguaje escrito de una expresión de cualquier
tipo flanqueada de comillas, y el todo constituye sintácticamente un nombre.
La única función semántica de las expresiones que aparecen flanqueadas de
comillas en una oración (esto es, mencionadas), sea cual sea la función que tie­
nen habitualmente (cuando están usadas), es, por así decirlo, la de exhibirse a
sí mismas. La teoría más simple de las citas que se nos ocurre formularía la
regla semántica para las citas de este modo: dada una expresión-tipo cual­
quiera, la expresión-tipo que la contiene flanqueada por un par de comillas es
una nueva expresión que nombra a la primera. Denominemos la teoría natu­
ral a esta caracterización del significado de las citas.
La teoría natural, sin embargo, no parece ser correcta, por la siguiente
razón: como vimos en la sección primera, un mismo ejemplar puede ejempli­
ficar muchos tipos distintos. Pues bien, entrecomillando un ejemplar de una
expresión, podemos referimos a cualquiera de los tipos que ese ejemplar ejem­
plifica. « ‘Excalibur’», en «‘Excalibur’ nombra una espada famosa», por un
lado, y en « ‘EXCALIBUR’ sólo contiene letras mayúsculas», por otro, no
designa la misma expresión-tipo. Esta es, pues, una razón empírica para recha­
zar la teoría natural. Pues esa teoría presupone que las citas son unívocas, refi­
riendo siempre al tipo más abstracto ejemplificado por la expresión entreco­
millada. Una teoría más ajustada a los hechos (a la que denominaremos teoría
davidsoniana) formularía la regla así: dada una expresión cualquiera, el resul­
tado de incluir entre comillas un ejemplar suyo es una nueva expresión que se
usa para mencionar alguno de los tipos ejemplificados por el ejemplar; el con­
texto debe determinar cuál. El problema ahora es que la regla no especifica,
por sí sola, qué designa una cita. Son factores contextúales (el contexto lin­
güístico en el ejemplo anterior, el contexto extralingüístico en otros casos) los
que acaban de determinar a cuál de los varios tipos ejemplificados por la expre­
sión citada queremos referimos. Pero el defecto no está en la teoría; tales pare­
cen ser los hechos semánticos sobre el uso de las comillas.5
La teoría davidsoniana no toma en consideración para nada la función
semántica usual de la expresión flanqueada por las comillas; la expresión pue­
de no tener ninguna. La regla sólo menciona la expresión misma. Esta es una
nueva virtud de la teoría, pues cuando decimos “ ‘urububú’ no es una palabra
castellana” la expresión mencionada no tiene ninguna función semántica. Eñ
una expresión entrecomillada, las comillas están para decimos que la función
semántica de la expresión flanqueada por ellas en el todo no es la usual (qui­
zás la expresión en cuestión ni siquiera tiene una función semántica usual­
mente). La cita toda (la expresión entrecomillada y las comillas) tiene la fun­

5. La explicación aquí ofrecida del funcionamiento de las comillas está tomada de Donald Davidson, “Quo-
tation”.
ción de mencionar una expresión. Y la función de la expresión que va dentro de
las comillas es la de permitimos determinar— con ayuda del contexto— cuál es
la expresión mencionada en ese caso particular. Las expresiones entrecomilladas
funcionan semánticamente en cierto modo como los jeroglíficos. En éstos, el sig­
no guarda con su significado una relación de similitud —y no una meramente
convencional, como la que existe entre la palabra ‘Barcelona’ y la ciudad. En las
expresiones entrecomilladas, el ejemplar que aparece flanqueado por las comi­
llas nos permite inferir el significado de la expresión entrecomillada completa en
virtud también de relaciones no convencionales; en este caso, la relación que-
existe entre el tipo al que la cita hace referencia, y el ejemplar que se ofrece, den­
tro de las comillas, para que la audiencia infiera por sí misma aquél.
El lector puede comprobar que la regla mediante la que la teoría davidso-
niana recoge el funcionamiento semántico de las citas determina un mecanis­
mo semántico productivo. Ello se debe a que se trata de una regla semántica
recursiva, es decir, una regla que se aplica a los resultados de aplicarla. Pues,
como una expresión entrecomillada es ella misma una expresión, puede a
su vez ser mencionada a través del mismo expediente del entrecomillado, ca­
racterizado por la regla, y así sucesivamente: ‘Excalibur’, “ Excalibur” ,
‘“Excalibur” ’... . O, mejor, cambiando estratégicamente mientras sea posible
la tipografía de las comillas, para evitar confusiones cuando la expresión entre­
comillada es ella misma la cita de otra expresión (como hemos hecho ya ante­
riormente, y continuaremos haciendo en adelante): ‘Excalibur’, «‘Excalibur’»,
“«‘Excalibur’»”, etc.-Nuestra única regla asigna a cada una de estas expresio­
nes (y a cada una de las que podemos construir de modo similar) un signifi­
cado preciso (y uno diferente en cada caso). Esta es, por consiguiente, una nue­
va virtud de esta modesta teoría.
Si contamos las comillas entre las letras de nuestro alfabeto, podemos
decir: ‘Excalibur’ es un nombre de Excalibur, la espada de Artús, y tiene nue­
ve letras: ‘E ’, ‘x’, ... y ‘r’. «‘Excalibur’», por otra parte, es un nombre de la
palabra ‘Excalibur’ — a su vez un nombre de la espada de Artús—■y tiene once
letras: ‘E’, ..., ‘r’ y La teoría davidsoniana permitirá al lector descifrar
este aparente galimatías. La productividad de nuestro mecanismo semántico
para la cita tiene esta virtud: si el único medio de que dispusiéramos para men­
cionar expresiones fuese ponerlas en cursiva, no tendríamos un mecanismo
productivo. Con este sistema tendríamos tantos nombres de expresiones como
expresiones, ni uno más. No podríamos, por ejemplo, referimos a uno de nues­
tros nombres de expresiones; no podríamos citar una cita. Este ejemplo pone
también de manifiesto algo que antes se estableció de modo general, a saber,
que la productividad de una propiedad (el significado de las citas, en este caso)
implica su sistematicidad. De hecho, si nuestro mecanismo para construir
nombres de expresiones es productivo es porque es también sistemático, por­
que las citas tienen estructura semántica. Si la teoría es correcta, en los casos
más simples las citas constan por un lado de las comillas y por otro de la expre­
sión-ejemplar que aparece flanqueada por ellas. Ambas partes tienen una fun­
ción semánticamente distinta, que la teoría describe.
Muchos chistes se apoyan en confusiones de uso y mención. “— ¿Qué sig­
nifica pourquoi? en francés?” “— ‘¿Por qué?’” “—No, por nadag^or-saberlo.”
En la respuesta, naturalmente, se menciona la expresión ‘¿por <|ti^f^ao.se usa.
La respuesta es una abreviación de este enunciado más prolijo: .'“^ iir q u o i? ’
significa en francés lo mismo que ‘¿por qué?’ en español ” Ferb'.iá; falta de
comillas en el lenguaje hablado provoca que quien formuló la: pregunta no lo
entienda así: confunde por tanto la mención de una expresión con su uso. Es
preciso advertir que el lenguaje contiene muchos casos en que; si bien las
expresiones no están usadas como usualmente, tampoco están mencionadas,
en el sentido que acabamos de exponer. Una teoría completa dé todos los
fenómenos lingüísticos análogos al de la mención habrá de ser, por increíble
que a priori hubiera resultado, terriblemente complicadá. Otro chiste lo ilus­
tra: El pianista está tocando ‘As Time Goes B y \ El mono del pianista arro­
ja al suelo, repetidamente, la bebida del cliente. El cliente pregunta enojado
al pianista: — Oiga, ¿sabe por qué el mono derrama mi cuba-libre? El pia­
nista: —No, pero si me la tararea ... .E l pianista entiende (o pretende enten­
der) que las palabras ‘¿por qué el mono derrama mi cuba-libreT están usa­
das para nombrar una canción; el cliente, en cambio, las había usado con su
sentido usual. En adelante, seguiré la práctica de poner en cursivas las expre­
siones que, si bien no tienen su sentido más usual, tampoco están menciona­
das. Así ocurre, por ejemplo, cuando se usan los primeros versos dé una can­
ción o una poesía no con su significado usual, sino para referirse a la can­
ción o poesía; o cuando se dice “el concepto caballo”. Él término ‘caballo’,
en el último caso, no está usado para hablar de caballos; pero tampoco está
mencionado.
A modo de resumen, una cita del excelente “diccionario filosófico inter­
mitente” de Quine, extraída de la entrada uso contra mención:.

Para mencionar algo usamos su nombre, o alguna descripción. Cuando


decimos que Boston tiene trece concejales usamos el nombre de la ciudad y con
ello mencionamos la ciudad, tal y como acabo de hacer. Escaso lugar para el
misterio hay en esto, gracias a la feliz circunstancia de que hay pocas cosas
menos parecidas a una ciudad que un nombre. Mencionar ciudades y otros obje­
tos concretos es un juego de niños; simplemente, use sus nombres.
El cuidado comienza a ser aconsejable, sin embargo, cuando pasamos a
mencionar nombres. Para mencionar un nombre, como cualquier otra cosa, se
usa un nombre suyo. Boston no es bisílabo, pero ‘Boston’ lo es; la cita sirve
como un nombre del nombre. Una cita nombra su interior. Es un nombre de sus
propias entrañas.
Tampoco se debe suponer que ‘Boston’ es una cita. ‘B oston’ es simple­
mente una palabra de seis letras, y no contiene comillas. Para mencionar
la cita usamos su nombre, una cita de la cita. “ B oston” contiene un par de
comillas.6

6. W. V. O. Quine, Qaiddities. An íniennititnly Philosophical D ictionary, pp. 231-232.


4. ¿Qué información proporcionan las teorías del lenguaje?

En esta sección discutiremos una dificultad que suscita la tesis que veni­
mos defendiendo, a saber, que el estudio del lenguaje permite elaborar teorías
explicativas.
El propósito d e ja s teorías^ semánticas es ofrecer explicaciones io b re jo s
significados de las palabras. AhoriTblen^ e x p lic a r^ d e c is , sea lo que sea ade-
mas7 para explicar Tiernos de emplear sígn'o's^ En el próximo~cápítuío iíustrare-
~mós, describiendo exhaustivamente el casó de las citas, cómo las teorías se­
mánticas intentan explicar fenómenos semánticos (el funcionamiento de las
citas) formulando leyes o reglas semánticas; enunciando los significados de las
unidades léxicas (como las comillas) y, especialmente, el modo sistemático en
que los significados de expresiones complejas (las citas) se obtienen a partir de
la contribución semántica de las partes. Ahora bien, si las teorías semánticas
intentan ofrecer información de este tipo, ellas mismas deben estar formuladas
en un lenguaje; un lenguaje en que se mencionen las expresiones complejas,
en que se diga en qué consiste su complejidad, cuáles son sus partes, cuáles
sus significados respectivos, etc. Distingamos el lenguaje cuya semántica que­
remos explicar del lenguaje que, necesariamente, hemos de usar en la explica­
ción, denominando lenguaje-objeto al primero y metalenguaje — meta’, por
su carácter de lenguaje usado para hablar sobre el lenguaje— al segundo. (La
distinción vale también cuando estamos intentando ofrecer explicaciones sin­
tácticas o pragmáticas, exactamente por las mismas razones.) En ocasiones
ocurre que el lenguaje-objeto y el metalenguaje difieren completamente; por
ejemplo, puedo ofrecer una teoría semántica para el latín en español. Pero la
posibilidad de ofrecer explicaciones semánticas no puede depender de que len-
guaje-objeto y metalenguaje difieran de este modo: dado que el único lengua­
je hablado sobre la capa de la tierra podría ser, por ejemplo, el swahili, si es
posible construir una teoría semántica para el swahili, debe ser posible cons­
truirla en swahili — o, con mayor precisión, en un lenguaje estrechamente rela­
cionado: swahili ampliado con los términos teóricos de que una teoría semán­
tica haya de proveerse.
Esto es, justamente, lo que la objeción que estamos presentando discute;
según esta objeción, es imposible ofrecer genuinas explicaciones semánticas
para el swahili en swahili (ni en swahili ampliado). Se seguiría de esto, por lo
que acabamos de decir, que la semántica, como una disciplina genuinamente
explicativa, es imposible. Este es un esbozo del argumento que se aduce para
defender este punto de vista. Para que un fragmento lingüístico me proporcio­
ne información, su contenido tiene que resultarme novedoso; antes de conocer
la información en cuestión, yo debía desconocerla. Ahora bien, ¿cómo puede
ser esto posible, en lo que respecta a la información que una teoría semántica
del swahili formulada en swahili intenta proporcionarme? Si yo no poseo esa
información, es que no entiendo el swahili; y, en tal caso, no estoy en disposi­
ción de entender la propia teoría, que está formulada precisamente en swahili.
Y si poseo la información necesaria para entender la teoría, es que ya entien­
do swahili; esto es, ya conozco la semántica del swahifi-,; y por tanto va conoz­
co aquello que la teoría pretende proporcionarme.
Una definición circular es una definición que, por estarxforrnulada explí­
cita o implícitamente en términos de aquello que se intenta definir, no podría
servir a nadie que no entendiera ya la expresión definida para aprender su sig­
nificado. Dado que las teorías semánticas constan esencialmente de explica­
ciones del significado de términos, pueden verse como un conjunto de defini­
ciones. Así, la teoría davidsoniana de las citas define las comillas. La dificul­
tad que se apunta en esta objeción es entonces la de que las teorías semánticas
son necesariamente circulares. Son, por tanto, explicativamente tan inadecua­
das como las definiciones circulares. El siguiente texto contiene un razona­
miento de este tipo:

Se ha señalado a menudo que los significados no pueden ser descritos en el len­


guaje. En algunos casos pueden ser demostrados mediante un acto .de ostensión;
pero cualquier descripción que se haga de ellos en términos de un lenguaje, sea
natural o artificial, necesariamente habrá de tener su propio significado, una
descripción del cual tendrá a su vez su propio significado, y así sucesivamente.
Si esto es así, lo más que podemos hacer es agrupar expresiones sinónimas en
clases.7

Este argumento es especioso. Pero, antes de mostrar que lo es, haré dos
observaciones, cuyo objeto es hacer patente que todo argumento como éste tie­
ne que ser falaz. Mostraré, primero, que la conclusión es increíble. Y, en segun­
do lugar, que la presunta excepción que el texto hace respecto de los signos
definidos por ostensión no existe: si la conclusión del argumento fuese válida,
tampoco las definiciones ostensivas serían informativas. Sólo después explica­
ré por qué el argumento no es válido, y cómo tanto las definiciones ostensivas
como las lingüísticas pueden ser informativas.
La primera observación es que la conclusión del argumento es una para­
doja. Una paradoja es o bien un argumento aparentemente plausible del que
se sigue una consecuencia que contradice una proposición que también nos pa­
rece plausible, o bien un par de argumentos plausibles con conclusiones con­
tradictorias. Los argumentos de Zenón para tratar de establecer la inexistencia
del movimiento son paradojas. Que el argumento que estamos considerando
aquí constituye una paradoja lo podemos ver de varios modos. Uno es con­
trastar la conclusión con un hecho obvio, a saber, que una discusión exhausti­
va como la que a propósito de las citas se lleva a cabo en el próximo capítulo
nos proporciona información: la teoría davidsoniana, que se propondrá como
la empíricamente más adecuada, constituye una explicación satisfactoria, e in­
formativa, de la semántica de las citas. Antes de conocer una discusión así,
difícilmente hubiésemos sido capaces de proponer una teoría similar sobre

7. En Pieter A. M. Seuren, O perators and Nucleiis, Cambridge: Cambridge University Press, 1969. Citado
por Gareth Evans y John M cDowell en su “Inlroduction” a Truth and Meaning. Essays on Semantics, del que son edi­
tores.
cómo significan las citas. Un segundo modo de apreciar lo paradójico del ar­
gumento es observar que sus conclusiones se habrían de extender a la sintaxis.
Una teoría sintáctica para el español presentada en español estará formulada
mediante oraciones que, ellas mismas, tendrán la sintaxis de las oraciones del
español. Quien no conozca ya ía sintaxis del español, por tanto, no estará
siquiera en disposición de saber si las oraciones que formulan la teoría son gra­
maticales o no, y por tanto no podrá entenderlas. Quien sea capaz de enten-
derlas, por otro lado, ya conoce aquello que la teoría le intenta explicar: la sin­
taxis del español. Sin embargo, y en contraste con esta conclusión, parece
obvio que las teorías sintácticas para el español (o para fragmentos del espa­
ñol) que hemos aprendido a lo largo de nuestra vida son informativas. (Y esta­
ban formuladas en español, ampliado con los términos teóricos necesarios para
la sintaxis: sería absurdo requerir que una teoría sintáctica del español estu­
viese formulada en latín para que fuese informativa.)
La segunda observación concierne a la vía de escape que se ofrece en el
texto para algunas expresiones; se trata de una vía de escape que se le ocurre
a casi todo el mundo que ha encontrado alguna vez plausible un argumento
como el que^estamos aquí considerando. Esta vía de escape la proporcionan las
llamadas definiciones ostensivas. Una definición ostensiva es la explicación del
significado de una expresión a través de la demostración, como cuando le
explicamos a un niño qué significa ‘rojo’ señalando a una superficie roja, o qué
significa ‘elefante’ señalando a un elefante en el zoo. En el texto se indica que
ei problema no afecta a aquellas expresiones cuyos significados se pueden defi­
nir ostensivamente; y muchos pensarían que tenemos una salida al problema
aquí, pues los significados de todas las expresiones del lenguaje se pueden
definir, directa o indirectamente, a través de definiciones ostensivas. Es ésta
una idea cara a la filosofía empirista tradicional, como veremos en el capítu­
lo IV. Pues bien, la segunda observación consiste en apreciar que esto es un
grave error. Como mostrara Ludwig Wittgenstein, si la objeción fuese válida,
afectaría también a las definiciones ostensivas. Inmediatamente después mos­
traremos que la objeción no es válida; pero es conveniente apurar el carácter
paradójico de la objeción antes de refutarla, poniendo claramente de manifies­
to que la salida a través de la ostensión que contempla quien la suscribe no
existe en realidad.
Las explicaciones semánticas son objetables, según el argumento que esta­
mos considerando, porque para explicar el funcionamiento semántico de una
expresión o de una estructura se usan otras expresiones. La presunta ventaja de
las explicaciones por ostensión, frente a ellas, estribaría en que en las explica­
ciones ostensivas se correlacionan las expresiones o estructuras directamente
con sus significados, sin la mediación de signos que habrían de ser entendidos
previamente para que se pueda entender la explicación. En las explicaciones
no ostensivas se correlacionan en realidad los signos con sus significados
mediante el uso de otros signos, cuyos significados habrían de ser descritos a
su vez; en las ostensivas, se correlacionan directamente los signos con sus sig­
nificados. Sin embargo, y por plausible que esto suene, las cosas no son así.
En las explicaciones ostensivas se conrelacionan los signos con sus significa­
dos también a través de otros signos — signos de una naturale^^eculiar a los
que llamaremos signos ostensivos. Y si, como sostiene el qitfe así razona, las
definiciones no ostensivas son circulares —porque las mismas razones que
existían para requerir una explicación de los signos cuyos significados se pre­
tende explicar mediante ellas, existen también para requerir una explicación de
los signos que usamos en la explicación— , resulta que las ostensivas, no están
en una situación mejor, porque las mismas razones existen también para exigir
una explicación del funcionamiento de los signos ostensivos.
Una explicación no ostensiva del significado de ‘río Guadiana’ (el expía-
nandum) podría ser: ‘río español que nace en los Ojos del Guadiana y desem.r
boca en el Atlántico a la altura de Ayamonte’ (el explanans). Aquí el expía-,
nans está sujeto a la objeción anterior; usamos palabras, de modo que cualquier
razón que tuviéramos para querer una explicación del significado del expía-
nandum es también una razón para querer una explicación de cada una de las
palabras usadas en el explanans. Supongamos, sin embargo, que explico osten­
sivamente el significado del explanandum, señalando a un cierto río. “El río
Guadiana es este río.” ¿He correlacionado aquí el explanandum directamente
con su significado? Claramente no. Lo que he hecho es usar para mi explica­
ción las palabras ‘este río’, el acto de señalar, y lo señalado; lo señalado, ade­
más, no es el río significado por ‘río Guadiana’, sino — en el mejor de los
casos— un fragmento de él. Adviértase que alguien que entienda la expresión
‘río Guadiana’ debe saber que la misma se aplica a un objeto que incluye par­
tes situadas en lugares distintos a aquel en el que señalo —de modo, por ejem­
plo, que si digo ‘el río Guadiana tiene una anchura máxima de 25 m etros',
fragmentos del río situados en lugares distintos a aquel en el que me encuen­
tro son pertinentes para determinar la verdad o falsedad de lo que digo; y debe
saber también que la expresión se aplica a un objeto que presumiblemente exis­
tió en momentos anteriores y presumiblemente seguirá existiendo en momen­
tos posteriores a aquel en el que se produce la ostensión — de modo, por ejem­
plo, que si digo ‘el caudal medio anual máximo del río Guadiana es de
15 m3/s’, la verdad o falsedad de mi aseveración depende del caudal del río en
momentos de tiempo distintos a aquel en el que se produce la ostensión. Mi
audiencia tiene que inferir el significado a partir del fragmento señalado, y a
partir de los significados de las palabras ‘este’ y ‘río’.
Obsérvese también que la relación entre el fragmento de río señalado y el
significado de ‘río Guadiana’ es distinta a la relación entre lo mostrado y
ei significado en otras definiciones ostensivas. Así, si defino ‘rojo’ diciendo ‘el
rojo es este color’ mientras señalo a un tomate, lo que demuestro es meramente
ei rojo de un cierto tomate, mientras que lo que significo es una propiedad de
muchos objetos —de modo que es apropiado predicar la misma palabra ‘rojo’,
sin cambiar con ello el significado así definido, al color de otros objetos. Es
patente que la relación entre el rojo demostrado y la propiedad significada por
‘rojo’ es muy distinta a la relación entre el fragmento del río señalado y el río.
La relación es distinta también si explico el significado de ‘Juan Pablo II’
diciendo ‘Juan Pablo II es ese señor’, mientras señalo a un cierto individuo.
Aquí lo demostrado es Juan Pablo II, tal como aparece en un cierto instante de
isu vida, mientras que el significado es la persona a lo largo de toda su exis­
tencia — de modo que tiene sentido decir ‘Juan Pablo II nació en Bilbao’, cuya
verdad o falsedad depende de sucesos alejados en el tiempo respecto del
momento de la ostensión. La relación entre ambas entidades es distinta a la
relación implicada en los dos casos anteriores.
Esta discusión (como la discusión del mismo tema en los parágrafos §§ 23-
37 de las Investigaciones filosóficas de Wittgenstein, en que la presente está
inspirada) no pretende mostrar que la definición ostensiva sea imposible.. Nues­
tra conclusión será que el argumento que estamos considerando es incorrecto,
y que los significados de las palabras se pueden explicar sin circularidad algu­
na, tanto mediante explicaciones ostensivas como mediante explicaciones no
ostensivas; que se puede explicar informativamente tanto el funcionamiento
semántico de los signos (no ostensivos) que usamos en las definiciones no os­
tensivas y el de los signos (ostensivos) que usamos en las definiciones ostensi­
vas. Lo que éstamos intentando mostrar ahora es sólo que el supuesto de que
las definiciones ostensivas son inmunes al argumento — el supuesto que hace
parecer a sus defensores el argumento que queremos refutar menos paradójico
de lo que realidad es— se apoya en una confusión: si el argumento afectase a
las explicaciones no ostensivas del significado, también afectaría a las ostensi­
vas; no podríamos ofrecer explicaciones informativas sobre , el lenguajeni
mediante el lenguaje mismo, ni mediante actos de ostensión.
Digamos que un signo ostensivo es un signo compuesto de entidades lin­
güísticas (un pronombre demostrativo, y, opcionalmente, un sintagma nominal)
y entidades no lingüísticas, un objeto u objetos concretos señalados por el
demostrativo, tal que su significado es una entidad que guarda alguna relación
natural con ei objeto u objetos señalados; Una relación naturales una relación
transparente a alguien con las capacidades cognoscitivas de un ser humano nor­
mal; una relación que un ser humano normal colige sin que se le indique expre­
samente.
Si digo de viva voz: ‘Pronuncia este sonido: urububu , la expresión que
indica el sonido a pronunciar es un signo ostensivo, compuesto de las palabras
‘este sonido’ y el sonido-ejemplar pronunciado a continuación; el significado
del signo ostensivo es un sonido-tipo, y la relación natural que es necesario
conocer para entender el signo ostensivo es la que existe entre los ejemplares
y sus tipos.8 En las explicaciones ostensivas mencionadas a modo de ejemplo
en el párrafo anterior se empleaban signos ostensivos. Las relaciones naturales
entre los objetos demostrados y los significados pretendidos de los signos
ostensivos eran, respectivamente: la que hay entre un fragmento espacial de un

8. Los seres humanos poseemos la capacidad cognoscitiva de “abstraer" un tipo a partir de sus ejemplares,
bien sea porque los tipos los crean esos m ism os procesos cognoscitivos — com o dicen los nom inalistas— , bien por­
que esos procesos cognoscitivos nos proporcionan la capacidad de descubrirlos — como sostienen los realistas. Cf. IV,
§ 3 para la distinción entre realismo y nominalismo sobre los universales.
objeto y el objeto (en el caso del río); la que hay entre una propiedad ejem­
plificada en un objeto y la propiedad (en el caso del color), y la que hay entre
un aspecto temporal de un objeto y el objeto (en el caso de la.persona).*
En las definiciones ostensivas, así pues, no se correlacionar!'los expla­
nando, directamente con sus significados, sino que la correlación se establece
utilizando para ello otros signos, en este caso signos ostensivos. La única dife­
rencia entre el explanans de una definición ostensiva (como “este río”, dicho
en Ja presencia del oportuno pedazo de río) y el de una no ostensiva (como “el
Guadiana es un río español que nace en los Ojos del Guadiana y desemboca
en el Atlántico a la altura de Ayamonte”) estriba en que la relación entre sig­
no y significado es totalmente convencional en el segundo caso, pero parcial­
mente natural en el primero.
Una consecuencia de esta diferencia es que los seres humanos estamos
cognoscitivamente bien dotados para entender sin más ni más las definiciones
ostensivas; mientras que entender las no ostensivas requiere entrenamiento lin­
güístico. Es esta diferencia la que confunde a los que razonan como el autor
del argumento anteriormente citado. Pero es fácil ver que esta diferencia no es
relevante para la cuestión de si las definiciones ostensivas son inmunes al argu­
mento de la circularidad. Porque es evidente que, por las mismas razones que
requerimos una explicación de cómo funcionan semánticamente los signos
convencionales (tanto el explanandum como los que aparecen en el explanans
de las explicaciones no ostensivas), podríamos requerir también una explica­
ción del funcionamiento semántico de los signos ostensivos.
Veámoslo. Lo que sabemos de los signos convencionales es cómo usarlos
en situaciones concretas; pero no sabemos dar cuenta de eso que sabemos. Si
quisiéramos explicarle a un extraterrestre inteligente qué convenciones rigen el
funcionamiento semántico de las palabras, o si quisiéramos construir un robot
que fuese capaz de entenderlas, no sabríamos por dónde empezar. La exhaus­
tiva discusión de las citas en el próximo capítulo probará suficientemente esta
afirmación. Las citas son uno de los mecanismos aparentemente más simples
del lenguaje; y veremos cómo autores inteligentes e informados han propues­
to explicaciones de su funcionamiento que resultan ser claramente inade­
cuadas. Es más, no tenemos ninguna certidumbre de que la teoría davidsonia­
na que nosotros hemos adoptado no se revele finalmente inadecuada, por ra­
zones que ahora somos incapaces de entrever. Exactamente lo mismo ocurre
con los signos ostensivos. Si al extraterrestre, por su peculiar naturaleza cog­
noscitiva, las relaciones en que nos apoyamos no le resultan naturales — si, por
ejemplo, se muestra incapaz de pasar del fragmento espacia] del río al río com­
pleto, meramente a partir de nuestro apuntar al primero— , si hubiésemos de
decirle expresamente qué ha de hacer para obtener el significado a partir del

9. De acuerdo con la teoría davidsoniana de las citas que propusimos antes, y defenderemos en el próximo
capítulo, las citas son también signos ostensivos, en los que la relación implicada es de la misma naturaleza que la
existente entre el sonido-ejemplar pronunciado com o ejemplo y el significado en el signo ostensivo 'este sonido: uru-
bttbu del ejemplo anterior.
signo, tampoco sabríamos por dónde empezar. Lo mismo lo muestra el caso de
la construcción del robot: no tenemos la más remota idea de qué información
habría que incorporar en una máquina, para que la máquina sea capaz de enten­
der los signos ostensivos como lo hacemos nosotros.
Por tanto, la ostensión no nos ofrece ninguna vía de escape. Si las defini­
ciones no ostensivas son circulares, y por tanto inaceptables según el especio­
so argumento que estamos examinando; si las explicaciones semánticas no
ostensivas (o las lingüísticas) no explican nada, exactamente lo mismo ocurre
con las explicaciones ostensivas. Por fortuna, el argumento carece de fuerza
tanto para las unas como para las otras.
Es pertinente un comentario final a propósito del texto de Seuren. El autor
parece pensar que “agrupar expresiones sinónimas en clases” es una alternati­
va al trabajo semántico — si bien no una tan atractiva como, antes de conside­
rar la objeción de la circularidad, habíamos pensado que sería la semántica. Es
importante apreciar, empero, que tal actividad no tiene nada que ver con lo que
esperamos de la semántica. Pues alguien puede conocer todas las agrupaciones
posibles de expresiones del latín sinónimas con expresiones del francés sin
entender nada en absoluto de francés ni de latín. Una teoría que se limite a
agrupar expresiones sinónimas de diferentes lenguas, o de una misma lengua,
no dice nada expresamente sobre el significado de las expresiones; por lo tan­
to, es ajena a los objetivos explicativos de una teoría sem ántica— que preten­
de explicar, ni más ni menos, los significados de las expresiones de un len­
guaje, exhibiendo al hacerlo el modo sistemático en que su determinación está
interrelacionada.
Examinemos finalmente de un modo crítico el argumento (la paradoja) de
la necesaria circularidad de toda explicación, del significado, ahora que cono­
cemos su verdadero alcance. La falacia consiste en no apreciar que la palabra
‘saber’ se emplea en dos sentidos bien distintos. Uno es el de saber-cómo, o
conocimiento tácito. Otro es el de sáber-que, o conocimiento explícito. El pri­
mero está constitutivamente vinculado a la acción de un modo muy distinto a
como lo está el segundo. Es en ese sentido de ‘saber' que un buen bailarín sabe
bailar el tango. El conocimiento tácito que un buen bailarín del tango tiene, sea
lo que sea, es algo que explica que el bailarín baile el tango, algo que consti-
tuye su capacidad para hacerlo. Sin embargo, ese mismo buen bailarín puede
ser completamente incapaz de describir de un modo razonablemente apropia­
do en qué consiste bailar el tango, qué pasos hay que dar en según qué cir­
cunstancias musicales. Le falta, entonces, conocimiento explícito del baile,
aunque posea un buen conocimiento tácito del mismo. Cuando decimos, y
entendemos, ‘hay una esfera roja ante mí’, tenemos conocimiento explícito de
que hay una esfera roja ante nosotros. El conocimiento explícito es, en una pri­
mera aproximación, conocimiento enunciado mediante el lenguaje de manera
suficientemente perspicua. Es claro que alguien que tenga un conocimiento
explícito perfecto del tango puede muy bien no saber bailarlo sino de un modo
muy torpe. El conocimiento explícito de algo, pues, no está constitutivamente
vinculado a aquello que ese conocimiento tácito permite hacer; no explica que
alguien haga eso, pues alguien puede tener el conocimiento explícito sin tener
la capacidad constituida por el conocimiento tácito así explicitado. No es que
el conocimiento explícito de las reglas del tango no permita hacer nada; po­
seer conocimiento explícito es poseer una caracterización teórica de algo, y una
, caracterización teórica permite hacer cosas: por ejemplo, ofrecer descripciones
y explicaciones a otros, hacer aseveraciones sobre aquello, etc. Lo que ocurre
más bien es que el conocimiento explícito de algo, por sí mismo, no permite
hacer aquello para lo que capacita el conocimiento tácito explicitado en ese
conocimiento; permite hacer otras cosas. Alguien que tenga conocimiento
explícito de los mecanismos cognoscitivos que permiten bailar el tango puede,
naturalmente, ser un excelente bailarín de tango; pero para ello debe poseer
además conocimiento tácito del tango.
Esta misma distinción, exactamente en estos mismos términos, se aplica
en el caso del lenguaje; pero (a causa de una confusión en todo análoga: a la
confusión entre uso y mención), la similitud en este caso existente entre el
conocimiento explícito y el conocimiento tácito por él explicitado explica que
la pasemos por alto. Nosotros tenemos, como hablantes competentes de nues­
tras lenguas, conocimiento explícito de los significados de las emisiones lin­
güísticas en contextos concretos de uso; y ese conocimiento debe estar basa­
do, por las razones que hemos examinado en este capítulo —fundamental­
mente, por la sistematicidad y la productividad de ese conocimiento— en un
conocimiento tácito de su sintaxis y de su semántica. Es ese conocimiento táci­
to el que necesitamos también para entender una teoría de la sintaxis o de la
semántica de nuestras lenguas formulada en esas mismas lenguas, y para enun­
ciarlas en ellas. Por otra parte, tales teorías intentan damos conocimiento explí­
cito de las mismas. La discusión de las citas pondrá de manifiesto que, pre­
viamente a la teorización semántica, carecemos de conocimiento explícito del
conocimiento tácito de las reglas sintácticas y semánticas de nuestro lenguaje
del que hacemos uso en cada acto de comprensión.
Naturalmente, las nociones de conocimiento tácito y conocimiento explí­
cito suscitan todo tipo de preguntas y perplejidades, muy especialmente a pro­
pósito del lenguaje. Sobre ello volveremos en diferentes ocasiones a lo largo
de esta obra. Pero no cabe duda alguna sobre la existencia de los fenómenos
en cuestión y sobre su carácter distintivo; y eso es lo único que necesitamos
para disolver la paradoja de la circularidad. Nosotros tenemos conocimiento
tácito del funcionamiento de las citas. La teoría que propusimos antes, y defen-
deremos en el próximo capítulo, de ser correcta, hace explícita la naturaleza de
aquello que conocemos. Una buena teoría de las citas nos proporciona conoci­
miento explícito de ese conocimiento tácito, conocimiento que sólo la reflexión
teórica (y no meramente nuestra capacidad para usar las citas) es capaz de pro­
porcionamos. Además, el conocimiento explícito no servirá para hacer aquello
que permite hacer el conocimiento tácito por él explicitado. El conocimiento
explícito del mecanismo de las citas nos permite ofrecer caracterizaciones
razonables de qué hay que hacer para citar; pero, por sí mismo, no nos capa­
cita para citar, ni para entender las citas del modo en que las entendemos habi­
tualmente (incluidas aquellas que puedan aparecer en la enunciación explícita
de nuestro conocimiento tácito de las citas). Para eso hemos de tener además
el conocimiento tácito del mecanismo de las citas.

5. Sumario y consejos para seguir leyendo

En este capítulo hemos introducido algunos conceptos que, en su mayo­


ría, recibirán ulterior clarificación posteriormente. Por tentativas que sean las
nociones iniciales que hemos dado de ellos, la cabal comprensión de los capí­
tulos que siguen requiere guardarlas en mente. Hemos introducido la distinción
entre expresión-tipo y expresión-ejemplar, y hemos puesto de relieve cómo las
disciplinas lingüísticas se ocupan característicamente de expresiones-tipo (§ 1).
Hemos mostrado la sistematicidad y la productividad de las propiedades lin­
güísticas, y cómo una parte esencial del trabajo teórico de las disciplinas
lingüísticas consiste en hacer explícita la sistematicidad de propiedades como
ser gramatical tí expresar una proposición (§ 2). Hemos introducido también la
distinción entre oración, enunciado y proposición; la distinción entre sintaxis,
semántica y pragmática (§ 2), la distinción entre el uso y la mención de un sig­
no (§ 3); la noción de signo ostensivo (§ 4), y la distinción entre el conoci­
miento tácito y el conocimiento explícito del lenguaje (§ 4). Por último,
mediante la distinción entre el conocimiento tácito y el conocimiento explíci­
to del lenguaje hemos llevado a cabo, siquiera que parcialmente, una caracte­
rística tarea filosófica: la disolución de una paradoja, poniendo de manifiesto
un malentendido conceptual; se trata, de aquel en virtud del cual se concluye
que sólo las explicaciones ostensivas del significado de las expresiones lin­
güísticas podrían aspirar a ser genuinamente explicativas (§ 4). ,
Una excelente exposición de la distinción entre uso y mención la ofrece
W. V. O. Quine en su Lógica matemática, § 4. La teoría de las citas aquí adop­
tada es una modificación de la propuesta por Donald Davidson en 14La cita” ,
defendida en mi trabajo “Ostensive Signs: Against the Identity Theory of Quo-
tation”. La discusión de la ostensión puede ampliarse examinando los parágra­
fos §§ 23-37 de las Investigaciones filosóficas de Wittgenstein; aunque, dada
ia naturaleza de las observaciones de Wittgenstein, quizás sea recomendable
esperar para ello a conocer la introducción sistemática a las ideas más impor­
tantes de la obra que se hace en el capítulo XI. Sobre la distinción entre co­
nocimiento tácito y conocimiento explícito es recomendable el artículo de
G. Evans “Semantic Theory and Tacit Knowledge”.
C apítulo II

TEORÍAS DE LAS CITAS

En este capítulo pretendemos ofrecer un ejemplo, modesto pero interesan­


te, de argumentación en semántica: el tratamiento del discurso directo, esto es,
de las citas. Mediante la discusión de un caso lo suficientemente acotado como
para permitir un examen exhaustivo pretendemos ilustrar cómo el estudio de la
semántica del lenguaje natural tiene las características que en la introducción
atribuimos a las actividades intelectuales de carácter teórico. Si la caracteriza­
ción que hicimos de la filosofía en la introducción fuese correcta, el modelo
que el examen de las diferentes concepciones sobre las citas revela de una
manera fácilmente visualizable habría de servir para la filosofía en general y
la filosofía del lenguaje en particular.

1. La teoría Quine-Tarski de las citas

Las citas (las comillas y las expresiones que ellas encierran) son un
expediente semánticamente muy simple; explicar su funcionamiento parece
mucho más fácil que explicar el funcionamiento semántico de la mayoría de
las expresiones de que se han ocupado lingüistas y filósofos del lenguaje.
La semántica de las citas no puede a buen seguro compararse en compleji­
dad con la de otras expresiones de las que nos ocuparemos a lo largo de las
páginas sucesivas; por ejemplo, con la de las expresiones que introducen lo
que se denomina ‘contextos indirectos’ ( ‘piensa que’, ‘dice que’, ‘desea
que’, etc.), de las que se trata en VI, § 3 y VII, § 5. Sin embargo, su exa­
men ofrece el suficiente interés como para que la combinación de-ambos
factores, simplicidad e interés, justifique una reflexión sobre la función
explicativa de la semántica tomando diversas propuestas sobre las citas
como modelo.
En la sección 3 del capítulo anterior propusimos una primera explicación
tentativa del funcionamiento de las citas, la “teoría natural”, y la descartamos
mediante un argumento. La teoría describía el funcionamiento de las comillas
del siguiente modo: dada una expresión cualquiera, la expresión-tipo que la
contiene flanqueada por un par de comillas es una nueva expresión que nom­
bra a la primera. El argumento en contra consistía en obtener una conse­
cuencia de esta teoría incompatible con la evidencia empírica que nos pro­
porcionan nuestras propias intuiciones. Según esta teoría de las comillas, la
cita de una determinada expresión-tipo debería designar siempre lo mismo;
pero, como vimos, éste no es el caso. La refutación de la teoría natural nos
llevó a proponer otra, la teoría davidsoniana, que se ajusta a los hechos hasta
el punto de lo que somos capaces de decir, y que por eso aceptamos tentati­
vamente como verdadera: a saber, que, dada una expresión cualquiera, el
resultado de incluir entre comillas un ejemplar suyo es una nueva expresión
que se usa para mencionar uno de los tipos ejemplificados por el ejemplar.
Los hechos a que esta teoría se ajusta conciernen al mecanismo de las citas
en el lenguaje natural: en primer lugar, la productividad que este mecanismo
exhibe; en segundo, el que citando la misma expresión podamos mencionar
diferentes expresiones-tipo en distintos contextos, y por último el que median­
te el mecanismo de la cita podamos mencionar expresiones que no pertene­
cen propiamente al lenguaje.
A todas luces, este proceder no es, en lo metodológico, en nada diferente
al de cualquier otra disciplina científica. Un texto de Quine nos permitirá abun­
dar en esta idea, mostrando cómo una tercera teoría sobre el funcionamiento
semántico de las citas que en ese texto defiende Quine tiene consecuencias que
son incompatibles con algunos de los hechos mencionados, y otros que la dis­
cusión nos permitirá exhumar.
-Al final de una excelente sección sobre el uso y la mención de signos
incluida en su libro Lógica matemática, Quine construye un argumento desti­
nado a justificar la siguiente afirmación:

La cita ... tiene una cierta característica anómala que exige precaución especial:
desde el punto de vista del análisis lógico la totalidad de cada cita debe ser con­
siderada como un único vocablo o signo, cuyas partes no cuentan más que como
serifs o sílabas. ... El significado del todo no depende de los significados de los
vocablos que lo constituyen.1

Interpretemos en primer lugar las palabras de Quine. “El punto de vista


del análisis lógico” significa aquí el punto de vista del análisis semántico, sin
más. Lo que Quine está rechazando en este texto es que las citas tengan estruc­
tura semánticamente significativa, que estén semánticamente articuladas o que
funcionen de un modo semánticamente sistemático. La expresión ‘asesinaron’
tiene estructura semánticamente significativa: el análisis semántico (es decir,
cualquier teoría semántica razonable) debe considerarla compuesta de al menos
la raíz verbal y el morfema indicativo del tiempo verbal. La razón de ello estri­
ba en el fenómeno ya familiar de la sistematicidad. El significado de cada for­
ma verbal del castellano se obtiene sistemáticamente a partir de los sig-

I. W. V. O. Quine, Mathem atical Logic, revised edition, § 4, p. 26.


niñeados de ciertas partes en que se debe poder descomponer cada una de esas
formas, como lo prueba el hecho de que basta atribuir significado al infinitivo
de una nueva forma verbal para que todas las restantes formas lo adquieran
ipso Jacto. Por contra, ‘teja’ no es una parte componente semánticamente
significativa de ‘lenteja'; el significado de ‘lenteja’ no se obtiene á partir del
significado de ‘teja’. De hecho, ‘lenteja’ —considerado en abstracción del
morfema indicativo del número— carece de estructura semánticamente signi­
ficativa: sus partes no cuentan (para el análisis semántico) “más que como síla­
bas o serifs*'. ‘Lenteja’ es un término semánticamente primitivo, una unidad del
léxico del castellano.2
¿Qué estructura semánticamente relevante sería razonable distinguir en las
citas? Por un lado, las comillas (las comillas más externas, si la expresión cita--
da es ella misma una cita); por otro, lo que queda dentro'de ellas. La teoría
davidsoniana distingue esa estructura, precisamente, y también lo hacía la teo­
ría natural, que rechazamos por su incapacidad para dar cuenta de la multivo-
cidad de las citas. En la cita «‘Excalibur’», la teoría davidsoniana distingue,
por un lado, las dos comillas externas, y, por otro, la expresión que queda den­
tro de ellas, a saber, la expresión compuesta por una ‘e ’, seguida de una ‘x’,
seguida de una ‘c ’, ... seguida finalmente de una ‘r \ Por supuesto, la teoría
davidsoniana no dice que el significado habitual de la expresión que queda
dentro de las comillas (por mor de evitar consideraciones ahora inapropiadas,
podemos suponer que el significado de esa expresión es la espada de Artús)
tenga algo que ver con el significado del todo (en este caso, el de la cita
«‘Excalibur’»). Si el significado de una cita dependiera de algún modo del sig­
nificado de la expresión que aparece entre las comillas, no podríamos citar ex­
presiones carentes de significado, y, como ya indicamos, sí podemos hacerlo.
Según la teoría davidsoniana, sin embargo, la expresión que aparece entre
las comillas debe ser estructuralmente distinguida de éstas, y tiene un cierto
papel semántico; contribuye de un cierto modo, junto con el significado que la
teoría atribuye a las comillas, a la determinación del significado del todo, esto
es, de la cita completa. Las comillas más externas en una cita significan algo
así como el tipo (contextualmente relevante) del que esto que está aquí dentro
=>_____ es un ejemplar]; las comillas, según la teoría, son una abreviación de
este prolijo demostrativo descriptivo. La función de la expresión que queda
dentro de las comillas (a la que apunta ficticiamente la flecha en la paráfrasis
anterior del significado de las comillas), según la teoría, es la misma que la
función de mi cuchillo de cocina cuando, apuntando hacia él, digo “el filo de

2. Los serifs son adornos que embellecen las letras en algunos tipos de imprenta; por ejemplo, el tipo que se
usa en este escrito. Otros tipos más austeros son sans s e rif Ciertamente, los serifs son partes de las expresiones que
el análisis semántico no reconoce, porque no poseen significados que contribuyan de un modo sistemático al signifi­
cado del todo. Lo mismo ocurre con la mayoría de las sílabas; por ejemplo, con las sílabas ‘len’, ‘te’ y ‘ja ’ en ‘len­
teja’. Ni que decir tiene que algunas sílabas sí son componentes semánticamente significativos de las palabras en que
aparecen; por ejemplo, la sílaba ‘bi’ sí es un componente semánticamente significativo de ‘bisílabo’, que, por consi­
guiente, es una expresión semánticamente articulada. En su referencia a las sílabas en el texto anterior. Quine sólo tie­
ne en mente sílabas com o las que componen ‘lenteja’, no sílabas como ‘bi’ en ‘bisílabo’.
esto fue lo que me produjo el corte”. El cuchillo, junto con el significado de
la expresión demostrativa ‘el filo de esto \ nos da el significado de esa expre­
sión en ese contexto. El ejemplar de ‘Excalibur’, junto con el significado de
las comillas, nos da el significado de la cita « ‘Excalibur'».
La conclusión de Quine rechaza que el significado de las citas dependa
sistemáticamente de una cierta contribución realizada por las comillas y de una
cierta contribución realizada por lo que aparece entre las comillas; rechaza, por
tanto, que las comillas tengan un significado independiente, un significado que
contribuya sistemáticamente al significado global de las citas. Así lo indica la
alusión implícitamente contenida en su referencia a los serifs (a los que las
comillas se parecen): los serifs no tienen un significado independiente, ni rea­
lizan contribución semántica alguna a la determinación dei significado de las
expresiones en que aparecen; las comillas, que se parecen mucho a los serifs,
son en este aspecto —nos sugiere Quine— como ellos.
Así lo indica también el cotejo con un texto en el mismo sentido de Alfred
Tarski, en una^ discusión sobre las citas en el primer parágrafo de su famoso
artículo “El concepto de verdad en los lenguajes formalizados”— discusión
que sin duda Quine tenía presente al escribir Mathematical Logic. En ese tex­
to, Tarski contrasta dos tipos de propuestas teóricas sobre las citas. Una las
considera expresiones semánticamente estructuradas, siendo las comillas uno
de los dos elementos; tanto la teoría natural como la teoría davidsoniana son
propuestas de ese tipo. Tarski ofrece entonces varios argumentos contra cual­
quier propuesta en esa línea; uno de ellos es, esencialmente, el mismo que ofre­
ce Quine para justificar la tesis que estamos ahora tratando de interpretar. (El
argumento será expuesto y discutido en la próxima sección.) En cuanto a la se­
gunda propuesta teórica que considera Tarski, éste tampoco la adopta expresa­
mente; con una cautela que en él es habitual, sólo dice que “es la más natural”
y que “parece estar de acuerdo con nuestro empleo de las citas”. Pero parece
seguirse de su discusión, y de estos calificativos, que es la que Tarski adopta­
ría. Esta segunda propuesta es precisamente ia misma que le estoy atribuyen­
do a Quine:

Las citas pueden ser tratadas como unidades del vocabulario de un lenguaje,
esto es, como expresiones sintácticamente simples. Las unidades constituyen­
tes de estos nombres — las comillas y las expresiones que aparecen entre
ellas— cumplen la misma función que las letras y los complejos de letras suce­
sivas en las unidades léxicas. De aquí que no puedan poseer significado inde­
pendiente. Cada cita es entonces un nombre específico invariante de una cier­
ta expresión (la expresión incluida entre las comillas), de hecho un nombre del
mismo tipo que el nombre propio de un hombre. ... esta interpretación ... pa­
rece ser la más natural y estar por completo de acuerdo con el modo habitual
de usar las citas.3

3. Alfred Tarski, “The Concept o f Truth ia Formalized Languages". Este artículo se publicó originalmente
en 1936.
Pues bien, podemos afirmar categóricamente que la teoría de Tarski, la
misma de Quine si la interpretación que he hecho de ella es correcta, es falsa,
que en absoluto está “por completo de acuerdo con ei modo habitual de usar
las citas”. La primera razón es que, como ya hemos hecho notar antes, el sig­
nificado de las citas es productivo y, por tanto, también sistemático. (La pro­
ductividad de una propiedad implica su sistematicidad, aunque no a la inver­
sa.) Un número ilimitado de citas tienen significado: ‘Cicerón7, “ Cicerón” ,
“ ‘Cicerón’” , ... Si las citas carecieran de articulación alguna (de la articu­
lación que revelan tanto la teoría natural como la davidsoniana), si fueran .
semánticamente átomos del léxico —como lo son los nombres propios de per­
sonas— , esta productividad sería inexplicable.
Donald Davidson utiliza una consideración relacionada para refutar esta
teoría de Quine-Tarski: si las citas carecieran de articulación, como Quine pre­
tende (en especial, si las comillas no hicieran una contribución sistemática al
significado de la expresión entrecomillada completa en la que aparecen), care­
cería de explicación el hecho de que seres con las limitaciones psíquicas de
que adolecemos nosotros sean capaces de adquirir una capacidad potencial­
mente ilimitada, como parece serlo nuestra capacidad para entender citas (repá­
rese en que somos capaces de comprender la función semántica de la cita de
cualquier expresión que se nos presente: éste es un síntoma de la sistematici­
dad de una propiedad). Si Quine y Tarski tuvieran razón, y las citas carecieran
de articulación, si fueran “unidades sintácticamente simples”, “nombres del
mismo tipo que el nombre propio de un hombre”, su significado tendríamos
que aprenderlo como aprendemos el significado de las partes semánticamente
atómicas del lenguaje — las “unidades léxicas”— , a saber, uno a uno. Pero en
ese caso, nuestra capacidad no sería potencialmente ilimitada: estaría limitada
al número de citas cuyo significado hubiésemos aprendido. Ciertamente, nues­
tra capacidad de entender las unidades léxicas de nuestro vocabulario es limi­
tada. Por el contrario, si las citas tuvieran la articulación que tanto Ja teoría
natural como la davidsoniana les atribuyen, el hecho de nuestro aprendizaje del
significado de las citas tendría una explicación sencilla: basta suponer que lo
que aprendemos es la regla que una de esas teorías propone, para entender que
tengamos una capacidad potencialmente ilimitada.4

2. El argum ento de Quine en favor de su teoría de las citas

Consideraciones metodológicas similares a las que se utilizan en otras dis­


ciplinas científicas, pues, nos llevan a rechazar la teoría de Quine, pese a que
la cuestión que aquí se debate es la de la naturaleza de nuestro dominio semán­
tico del mecanismo de la cita. Será instructivo estudiar y discutir críticamente
las razones con las que Quine justifica su teoría. Las razones de Quine apare­
cen en el siguiente texto:

4. Cf. Donald Davidson, "Theories o f Meaning and Leamable Languages".


Así, por ejemplo, el nombre de persona que se halla encerrado dentro de la pri­
mera palabra del enunciado:

(11) ‘Cicerón’ tiene siete letras,

es lógicamente tan ajeno al enunciado en cuestión como lo es la preposición


‘tras’, que forma parte de ía última palabra. Si esto no fuera así, la identidad de
Tulio y Cicerón nos permitiría ciertamente intercambiar esos nombres en el con­
texto de las comillas tal y como podemos hacerlo en cualquier otro contexto, y
podríamos, por consiguiente, argüir de la verdad de (U ) a la falsedad:

‘Tulio’ tiene siete letras.5

Quine está invocando aquí un conocido principio de inferencia, denomi­


nado Principio de Sustituibilidad (que abreviaremos como PS), una versión
semántica deí principio metafísico de indiscemibilidad de los idénticos de
Leibniz. El principio de sustituibilidad dice que, supuesto que un enunciado de
identidad, c = d, sea verdadero, y supuesto que sea verdadero un enunciado <}),
en el que aparezca uno de los dos términos, c o d, podemos sustituir en (() c por
d (o viceversa) salva veritate (es decir, de modo tal que se preservará el valor
veritativo del enunciado en que efectuamos la sustitución: si;el enunciado de
partida era verdadero, el enunciado resultante será igualmente verdadero; si el
primero era falso, ¿el segundo será igualmente falso). AsiVpor ejemplo, dado
que Samuel Clemens es (idéntico a) Mark Twain, y dado que Mark Twain
escribió Huckleberry Finn, podemos inferir que Samuel Clemens escribió Huc-
kleberry Fínn. Y la identidad de Tulio y Cicerón, junto con el hecho de que
‘Cicerón denunció a Catilina’ es verdadero, nos permite sustituir ‘Cicerón’ por
T ulio’ en el enunciado anterior para obtener que Tulio denunció a Catilina’
es verdadero. Supuesto este principio, Quine argumenta del siguiente modo:

(Pl) No podemos aplicar el principio de sustituibilidad cuando el término


a sustituir aparece como parte interna en una cita.

Esta premisa es claramente verdadera. Si aplicasémos PS en un caso así,


podríamos pasar de verdades (T ulio es Cicerón’ es verdadero, y también lo es
“T ulio’ tiene cinco letras”) a falsedades (“ ‘Cicerón’ tiene cinco letras”). Por
tanto, debemos restringir la aplicación de PS a casos en que los términos a sus­
tituir no aparezcan entre comillas.

(P2) La única explicación de que PS falle dentro de las citas es que el sig­
nificado de las expresiones que aparecen dentro de las comillas sea
semánticamente (Quine dice “lógicamente”) ajeno al significado del
enunciado completo en que aparece la cita.

5. W. V. O. Quine, M athematical Logic, p. 26.


Esta premisa es sumamente dudosa. Es notorio que PS falla también en
otros contextos, en los que no nos sentiríamos nada inclinados a decir que el
significado de las expresiones para las que el principio falla no sea semánti­
camente relevante para determinar el significado del enunciado completo. Así,
por ejemplo, aunque el número de los planetas es (idéntico a) nueve, y aun­
que ‘necesariamente, nueve es idéntico a cinco más cuatro’ es verdadero, no
lo es ‘necesariamente, el número de los planetas es idéntico a cinco más cua­
tro’. (El número de los planetas podría haber sido distinto de cinco más-cua­
tro.) Y aunque Clark Kent es (idéntico a) Superman, y lLois Lañe cree que
Clark Kent es bastante cobarde’ es verdadero, no lo es ‘Lois Lañe cree
que Superman es bastante cobarde’. A estos contextos en los que el principio
de sustituibilidad falla se les denomina contextos ihtensionales. Es caracte­
rístico de ellos el estar gobernados por verbos de actitud proposicional, ver­
bos que describen episodios mentales como ‘desear’, ‘creer’, ‘opinar’, etc., o
por expresiones modales como ‘posiblemente’, ‘necesariamente’, etc. En los
capítulos VI y VII tendremos oportunidad de conocer algunas consecuencias
filosóficamente interesantes del estudio del funcionamiento semántico de
estas expresiones.
Hemos considerado hasta aquí tres teorías de las citas. Una es la de Tars-
ki-Quíne, según la cual las citas son unidades léxicas carentes de estructura,
que significan del mismo modo en que lo hacen las unidades léxicas —por
ejemplo, los nombres propios de personas. Las otras dos — la teoría natural y
la teoría davidsoniana— atribuyen estructura a las citas. La literatura sobre el
tema registra aún una cuarta teoría de las citas distinta de estas tres, a la que
denominaremos teoría fregeana (por tratarse de la que Frege parece defender
en el artículo “Sobre sentido y referencia”). Tiene interés considerar ahora esta
nueva teoría, porque al hacerlo comprobaremos por qué la premisa P2 podría
ser falsa.
Lo característico de la teoría fregeana es que no atribuye ningún signifi­
cado a las comillas. Según la teoría fregeana, la función semántica de Jas comi­
llas (cuando están presentes) es meramente la de indicar un cambio de con­
texto: las comillas indican un contexto (el circundado por ellas) en que las
palabras, en lugar de designar lo que designan usualmente, se ¿u/todesignan.
Las comillas, según esta teoría, no tienen otra función que la de eliminar una
posible ambigüedad, la ambigüedad de (1) que hicimos notar ai comienzo de
la discusión del uso y la mención de signos en I, § 2.

(1) Excalibur está compuesta por cuatro sílabas.

Una palabra como ‘Excalibur’ puede nombrar una espada, o puede nom­
brarse a sí misma. Sin las comillas, puede no estar completamente claro si en
(1) nombra la espada (y el enunciado es patentemente falso) o se nombra a sí
misma (y entonces es verdadero). Las comillas, según esta teoría, se limitan a
eliminar la ambigüedad, poniéndole una especie de marca distintiva a la pala­
bra cuando funciona como un nombre de sí misma. Pero si el contexto deja
suficientemente claro qué significado tiene la palabra, entonces son innecesa­
rias. Lo característico dé esta cuarta teoría es que no es la cita completa (comi­
llas más expresión entrecomillada) la expresión designadora cuando se men­
ciona una expresión (como ocurría en las tres teorías precedentes), sino la
expresión que aparece dentro de las comillas: tal como se dijo, según la teoría
fregeana esa expresión se autodesigna. Quizás esta teoría sea aún más “natu­
ral” que la teoría natural, a juzgar por las dificultades con que todos tropeza­
mos cuando queremos atenemos estrictamente a la exigencia de usar comillas
siempre que queremos mencionar una expresión. El hecho de que en el len­
guaje hablado los correlatos de las comillas —un cierto énfasis, gestos con los
dedos que sugieren las comillas— se ignoren con mucha mayor frecuencia de
lo que pasamos por alto el uso de las comillas en el lenguaje escrito habla tam­
bién en favor de la “naturalidad” de la teoría fregeana.
Si ésta fuese la correcta teoría de las citas, la segunda premisa del argu­
mento de Quine sería falsa. El significado de la expresión que aparece dentro
de las comillas (a saber, la expresión misma) es tan esencial para determinar
el significado del todo como lo es el de ‘Cicerón’ en ‘Cicerón denunció a Cati­
lina’. ¿Por qué falla entonces el principio de sustituibilidad, en casos como los
que venimos considerando? Es muy sencillo: por lo mismo que fallaría si tra­
tásemos de inferir de la verdad de ‘Cicerón es el perro de mi /vecina” junto con
la verdad de ‘Cicerón denunció a Catilina’ que ‘el. perro de mi /vecina denun­
ció a Catilina’ es verdadero. Es un criterio general que se debe respetar al apli­
car cualquier principio de inferencia a enunciados que contienen expresiones
ambiguas —expresiones con varios significados— el que esas expresiones
deben tener el mismo significado en todas las premisas; de otro modo, ra­
zonaremos falazmente. Este principio es el que violamos en la inferencia que
acabamos de hacer, dado que ‘Cicerón’ es ambiguo: en la segunda premisa es
un nombre del senador romano, pero en la primera es un nombre del perro de
mi vecina. Y ésa es la explicación de que, según la teoría fregeana de las citas,
falle el principio en casos como el que se describe en ( P l ) — si bien en estos
casos la ambigüedad es más sutil. En ‘Tulio es (idéntico a) Cicerón’, y en
“Tulio’ tiene cinco letras’, ‘Tulio’ tiene dos significados distintos.
Si esta teoría es verdadera, por tanto, P2 es falsa. La explicación del fallo
de PS a que se alude en (Pl) que Quine proporciona en (P2) no es la única
posible ni tampoco la correcta. Si la teoría fregeana de las citas es verdadera,
en el mismo sentido en que lo que el enunciado ‘Cicerón denunció a Catilina'
dice depende del significado de ‘Cicerón’, a saber, Cicerón, el senador romano,
lo que el enunciado “ ‘Cicerón’ tiene siete letras” dice depende del significado
de la misma expresión ‘Cicerón’, que ahora aparece en el enunciado dentro de
comillas. Pues tal significado no es en este caso el senador romano, sino la
expresión misma, ‘Cicerón’: las comillas indican que la ambigüedad de la
expresión debe decidirse aquí de modo que lo mencionado sea la expresión
misma, y no el senador romano. Y, ciertamente, lo que el segundo enunciado
expresa depende de que el sujeto refiera a la expresión en cuestión.
La teoría fregeana, por tanto, nos da una razón por la que el argumento de
Quine no es aceptable. La teoría no requiere siquiera poner restricciones espe­
cíficas al principio de sustituibilidad; la razón por la que la aplicación de este
principio dentro de las citas no funciona no tiene que ver con una limitación
propia del mismo, sino con un requisito general para aplicar principios de infe­
rencia lógicos a razonamientos en lenguaje natural. La falacia de inferir de la
verdad de ‘todos los bancos son instituciones de crédito’ y la verdad de ‘todos
los objetos de piedra en el Parque de las Descalzas son bancos’, la falsedad
‘todos los objetos de piedra en el Parque de las Descalzas son instituciones de
crédito’ no requiere imponer limitaciones específicas al modo de razonar cono­
cido como silogismo en Barbara, ejemplificado por ese argumento (todo B es
C, todo A es B, por tanto, todo A es C).
Gottlob Frege, que sugirió esta teoría de las citas en su clásico artículo .
“Sobre sentido y referencia”, proporcionó una explicación similar de los (según
él, también meramente aparentes) fallos del principio de sustituibilidad en con­
textos intensionales. De acuerdo con esta explicación, las palabras son, al
menos, triplemente ambiguas: ‘Cicerón’, por ejemplo, no sólo puede servir
para mencionar al senador romano (en contextos ordinarios) y para mencio­
narse a sí misma (cuando aparece dentro de comillas), sino que también pue­
den servir para designar una entidad a la que él denominó “modo de presenta­
ción” o “sentido” y que, según él, cualquier teoría semántica del lenguaje debe
contemplar. ‘Tulio’ y ‘Cicerón’ irían asociados con diferentes modos de pre­
sentación del mismo objeto, en este caso un objeto físico; igualmente ocurriría
con ‘el número de los planetas’ y ‘9 ’, que conllevarían diferentes modos de
pensar en un mismo número. Según Frege, los contextos gobernados por
expresiones de actitud proposicional son contextos en los que las expresiones
significan estos modos de presentación y no los objetos que usualmente desig­
nan. Lo mismo podría decirse de los contextos modales, aunque Frege no se
ocupó expresamente de ellos. De ahí que PS falle también, al menos en apa­
riencia, en ‘necesariamente, nueve es idéntico a cinco más cuatro’ y en ‘Buf-
falo Bill deseaba que Mark Twain fuese vecino suyo': como en el caso de las
citas, el fallo es según Frege meramente aparente, pues lo que ocurre es que
en esos contextos ‘el número de los planetas’ y ‘Mark Twain’ no designan ni
al número nueve ni al escritor, sino a “modos de presentar'’ esos objetos que,
presumiblemente, son distintos a los asociados con ‘9’ y ‘Samuel Clemens’.
La noción fregeana de modo de presentación y su ingeniosa teoría semántica
de los contextos intensionales serán presentadas y examinadas detenidamente
en los capítulos VI-VIL
Sin embargo, la teoría fregeana de las citas que nos ha servido para poner
en cuestión la segunda premisa del argumento de Quine, a saber, la teoría
según la cual las comillas son un mecanismo para indicar la autodesignación,
tampoco puede ser una buena teoría de las citas, por razones que ya hemos
considerado anteriormente a lo largo de esta discusión. Un argumento a consi­
derar en contra de ella es que ei mecanismo de las comillas que esta teoría pro­
pone no parece ser productivo, mientras que el mecanismo existente en el len­
guaje natural sí lo es. Otro es que la teoría fregeana tiene el mismo defecto que
la teoría natural: según la teoría fregeana, diferentes citas de ‘Excalibur' ha­
brían de nombrar lo mismo, la expresión-tipo ‘Excalibur’; mientras que, como
vimos, con el mecanismo habitual de la cita podemos nombrar cualquiera de
los muchos tipos de que una misma expresión-ejemplar participa. Demos,
pues, por buena la segunda premisa del argumento de Quine, y busquemos la
falacia del mismo en otra parte.
De las dos premisas hasta ahora sentadas, P1 y P2, se sigue lo siguiente:

(C l) El significado de 1a expresión que aparece flanqueada por las comi­


llas más externas es semánticamente ajeno al significado del enun­
ciado completo en que aparece la cita.

Rechazada la teoría fregeana, nosotros aceptamos esta conclusión; la teo­


ría davidsoniana de las citas predice justamente lo que se dice en ella. Según
la teoría davidsoniana, lo que aparece dentro de las comillas no “oficia” en
las citas “como” expresión lingüística. Pues aquello que en una emisión lin­
güística propiamente cuenta como expresiones lingüísticas son necesaria­
mente las expresiones-tipo ejemplificadas en la emisión: dado que las expre­
siones lingüísticas son entidades necesariamente reproducibles, son las
expresiones-tipo las que tienen propiedades fonológicas, morfológicas, sin­
tácticas y semánticas. Sin embargo, según la teoría davidsoniana, lo que apa­
rece flanqueado por las comillas más externas en una cita debe ser tomado en
su pura fisicidad; lo relevante en ello es que se trata de una expresión-^em-
plcir, no que se trate de una expresión-t)tmp\a.v. De hecho, ni siquiera tiene
por qué ser algo que ejemplifica una expresión-tipo perteneciente a un len­
guaje. (“Pronuncia este sonido: ‘urububú’.”) Lo que en una cita aparece flan­
queado por las comillas más externas no cumple, en la teoría de Davidson, la
función de un signo lingüístico. Su papel es idéntico al del cuchillo señalado
al proferir ‘este cuchillo fue el que me causó el corte’. De acuerdo con esta
teoría, cabría decir de la expresión que aparece dentro de las comillas que es
un signo y que tiene significado justamente en la medida en que quepa decir­
lo del cuchillo señalado, en este ejemplo. El cuchillo, ciertamente, no es un
signo lingüístico.
De ello no se sigue, sin embargo, que no sea un signo en absoluto. En un
interesante pasaje de las Investigaciones filosóficas Wittgenstein propone con­
siderar —contraponiendo el razonamiento anterior— “parte del lenguaje” a los
objetos señalados en un acto de ostensión, como el cuchillo. Wittgenstein dis­
cute el papel de muestras de color, que se dieran por ejemplo a un operario con
el fin de indicarle el color que ha de tener la fachada que debe pintar, y dice:
“¿Qué hay de las muestras de color que A le presenta a B — ¿pertenecen al
lenguaje? No pertenecen al lenguaje de palabras; pero si le digo a alguien:
«Pronuncia la palabra ‘la’», contarás también esta segunda «‘la’» [sic] como
parte de la oración. Y, sin embargo, desempeña un papel enteramente similar
al de una muestra de color en el juego del lenguaje (4) [...]. Contar las mues­
tras entre las herramientas del lenguaje es lo más natural, y lo menos suscep-
tibie de provocar confusión.” (IF, § 16).6 (El interés filosófico específico de este
ejemplo se pondrá de manifiesto más adelante, en XI, § 2.)
Las razones de Wittgenstein son las siguientes. Un “signo”, en el sentido
más usual de la expresión, es uno convencional, uno que “pertenece al lenguaje
de palabras”. Un signo convencional es, necesariamente, uno repetible; por lo
tanto, es o bien un signo-tipo, o bien un objeto físico concreto en cuanto que
ejemplifica un signo-tipo (I, § 1). Ahora bien, ¿qué es lo que hace un signo a
un signo convencional? Ésta es una pregunta por la esencia del significado, que
por el momento no estamos en situación de responder de manera teóricamen­
te precisa. Pero sí podemos extraer conclusiones pertinentes de ejemplos cla­
ros. Supongamos que, señalando a una cierta casa, digo:

(2) En una casa como ésa vivió Benito Pérez Galdós.

En esta emisión concreta, el tipo ‘casa’ tiene un ejemplar concreto, que


funciona como un signo convencional. El significado del enunciado completo
es, hablando laxamente, una proposición en que se atribuye una cierta propie­
dad (ser habitada por Benito Pérez Galdós) a una casa con ciertas característi­
cas (características que la audiencia a que va dirigida (2) debe colegir de las
de la casa señalada). Intuitivamente hablado, lo que hace al ejemplar de ‘casa’
un ejemplar de un signo son dos hechos. En primer lugar, la emisión de (2) ha
servido para llevar a cabo un cierto acto lingüístico: gracias a la proferencia de
(2) se ha producido una transmisión de información. Si no existiera una con­
vención específica que correlacionase el signo-tipo ‘casa’ con un cierto signi­
ficado, no habría sido posible que se llevara a cabo ese específico acto lin­
güístico; es esencial, para que se haya transmitido la información en cuestión,
que exista una correlación entre signo-tipo y significado conocida por el
hablante y su audiencia. (Si digo, “en una glube como ésa vivió Benito Pérez
Galdós”, el acto de significación no se habría podido producir.) En segundo
lugar, la correlación podría haber sido otra (el significado convencional de
‘casa’ podría haber sido distinto) y, en tal caso, el acto lingüístico también
habría sido distinto. Si ‘casa’ hubiese significado en español, pongamos por
caso, calle, entonces (2) habría transmitido una información diferente. De este
ejemplo concluimos que hay dos rasgos que hacen un signo a uno convencio­
nal. (i) Que el signo posea un cierto significado convencionalmente es esencial
para que con sus ejemplares se lleven a cabo actos lingüísticos, y (ii) diferen­
tes convenciones hubiesen conllevado que los actos lingüísticos efectuados con
sus ejemplares hubiesen tenido naturalezas diferentes.
El argumento de Wittgenstein (que desarrollamos por extenso en el capí­
tulo XI) es que algo análogo sucede con la casa a la que señalamos (o el cuchi­
llo al que apuntamos, en el ejemplo anterior). Podemos imaginar una comuni­

6. Pero ¿por qué “segunda”, si en la oración no había aparecido antes ningún ejemplar de « ‘la’»? (Había
aparecido un ejemplar de ‘la '. pero no uno de « ‘la’».) Supongo que hay un error en el texto, y que debería decir:
“... contarás también la segunda ‘la’ como parte de
dad lingüística donde, cuando se señala a un objeto a la vez que se utiliza un
nombre común v con el fin de dejar más claro el objeto al que se señala (papel
que cumple ‘casa* en (2), y ‘cuchillo’ en el ejemplo anterior), el acto lingüís­
tico efectuado no es acerca del objeto señalado por el hablante que cae bajo v,
sino acerca del objeto que cae bajo v y que está más próximo al que se seña­
la. Esta regla es muy poco natural para nosotros, pero es una regla perfecta­
mente posible. Análogamente, podemos imaginar una comunidad en que no
existe la práctica de señalar a objetos, con el fin de significar ciertas cosas rela­
cionadas con ellos: ellos mismos, o propiedades que tienen, etc. Ambas posi­
bilidades ponen de manifiesto lo siguiente, a propósito del objeto señalado
durante la proferencia de (2): (i) Es esencial para determinar qué acto lingüís­
tico se ha efectuado con (2); no en virtud de relaciones convencionales (esta­
mos hablando de un objeto concreto, por consiguiente algo no repetible, de
modo que mal puede haber convenciones que establezcan cómo “significa” la
casa señalada), sino en virtud de una relación cognoscitivamente “natural” para
los seres humanos (en el sentido de que no es preciso establecer convenciones
al respecto), (ii) Otras relaciones análogas, no “naturales” para nosotros pero
que podrían serlo para otros individuos, harían que el acto lingüístico efectua­
do hubiese sido diferente. Por tanto, parece razonable decir que la casa seña­
lada al proferir (2) — como el cuchillo, en el ejemplo anterior— es también una
“herramienta del lenguaje”, un signo. No es, desde luego, un signo convencio­
nal (no pertenece al “lenguaje de las palabras”), sino un signo natural.1
Volvamos ahora al argumento de Quine. C l no es.la conclusión que Qui­
ne busca (según la interpretación de su tesis propuesta en la sección anterior).
La conclusión que la teoría Quine-Tarski necesita es más bien esta:

(C2) Las citas carecen de estructura semánticamente significativa.

El problema es que C2 no se sigue en absoluto de C l; pero C l es lo úni­


co que Quine puede inferir legítimamente de sus dos premisas. La hipótesis de
que la teoría de Davidson explica correctamente cómo funcionan .las citas, ju n ­
to con las razones de Wittgenstein para considerar signos (naturales) a objetos
tales como la casa señalada en (6) y el cuchillo al que se apunta cuando se dice
‘este cuchillo fue el que me causó el corte’, muestran por qué. La inferencia
que hace Quine de Cl a C2, por tanto, no es válida: dado que hay diversos
modos de contribuir a la determinación del significado de una proferencia
(entre ellos el modo en que lo hacen los signos naturales, ilustrado por la casa
en (2)), C l puede ser verdadera y, sin embargo, C2 falsa. Un objeto señalado
por una expresión demostrativa puede tener un papel semánticamente rele­
vante, incluso aunque su significado convencional (si es que lo tiene) no
desempeñe ninguna función semántica.
Según ia teoría davidsoniana, las citas tienen la misma estructura se­

7. El lector habrá reconocido la relación entre esta discusión y la de I, § 4 sobre la ostensión. Lo que allí lla­
mamos ‘signos ostensivos' se caracteriza por incluir signos naturales.
mántica que el conjunto formado por la expresión ‘en una casa como ésa’ y la
casa señalada. Las comillas corresponden a la expresión, y tienen significado
convencionalmente, y lo que aparece en el interior de la cita, flanqueado por
las comillas más externas, corresponde a la casa, constituyendo el objeto del
que el oyente ha de inferir las características mencionadas en la expresión
demostrativa. (En el caso de las citas, la expresión-tipo a la que el hablante se
quiere referir.) Se trata, pues (en este contexto), de un signo natural. "
La teoría de las citas de Davidson nos ayuda a resolver un célebre acerti­
jo; la resolución del acertijo nos permitirá acabar de comprender lo distintivo
de esta teoría de las comillas, frente a la de Frege y a la de Tarski-Quine. (3)
presenta problemas a la aplicación del principio de sustituibilidad similares a
los que hemos encontrado hasta aquí, pero el diagnóstico de los problemas no
parece sencillo:

(3) A Miguelón le llaman así en razón de su tamaño.8

La identidad de Miguelón e Induráin no nos permite sustituir ‘Miguelón’


por ‘Induráin’ en (3) salva veritate, por cuanto, manifiestamente, es falso que
a Induráin le llamen así por su tamaño. Sin embargo, sería erróneo concluir de
esto que ‘Miguelón’ es en (3) un nombre de una expresión, porque en ese
enunciado no se dice de ninguna expresión que se le llame de cierto modo por
el tamaño de la expresión. (3) “trata” de Induráin, el ciclista, no de ninguna
expresión. Y, por otro lado, ‘Miguelón’ no está en (3) dentro de un contexto
“intensional”: en (3) no aparecen términos modales, ni palabras para describir
estados de la mente. Por tanto, incluso aunque aceptásemos la ingeniosa expli­
cación fregeana de la imposibilidad de aplicar el principio de sustituibilidad en
contextos modales y de actitud proposicional a que se hizo referencia ante­
riormente, no sabríamos qué decir aquí.
Supongamos que en una hoja de papel ante mí estáescrito‘Miguelón’, y
que, señalando a la expresión escrita en la hoja, digo:

(4) A Induráin le llaman así en razón de su tamaño.

Lo que digo es verdadero, pero si alguien sustituye lahoja de papelpor


otra en la que está escrito ‘Induráin’, (4) pasa a ser falso..No hay, sin embar­
go, ningún misterio en ello. Si digo, señalando a Juan, ‘él tiene hambre’, lo que
digo es verdadero; si emito esa frase señalando a Jacinto, “pasa” a ser falso.
Pero es mejor decir las cosas de otro modo: si digo ‘él tiene hambre’ señalan­
do a Juan, digo una cosa, si lo digo señalando a Jacinto, digo otra. Si digo (4)
señalando a la primera hoja, que contenía la expresión-ejemplar ‘Miguelón’,
digo una cosa (una proposición verdadera sobre la expresión-tipo ‘Miguelón’);
si lo digo señalando a la segunda hoja, con la expresión-ejemplar ‘Induráin’,

8. El ejemplo ha sido inspirado por el análogo con ’G iorgione’ debido a Quine.


digo otra (una proposición falsa sobre la expresión-tipo ‘Induráin’). Cuando los
enunciados contienen demostrativos u otras expresiones indicadoras, la propo­
sición que expresamos depende parcialmente del objeto señalado, y por tanto
del contexto en que se efectúa la proferencia lingüística. El objeto señalado
actúa en estos casos como un signo natural.9
Aunque a primera vista no lo parezca, (3) y (4) contienen una expresión
demostrativa, ‘así’; en efecto, esta expresión es un modo menos prolijo de decir
‘con ese nombre’. La única diferencia entre el caso de (3) y el de (4) está en
que el objeto señalado por el demostrativo en (3) está dentro de la oración.
‘Miguelón’ juega dos papeles en (3), el que desempeña ‘Induráin’ en (4) (es
decir, la función puramente semántica de mencionar al ciclista) y el que juega
la expresión escrita en la hoja de papel señalada por el hablante en el contex­
to de proferencia de la oración (4). Por lo que respecta a la primera función,
no existe ninguna dificultad en aplicar el principio de sustituibilidad (que se
puede aplicar, sin ningún, problema, a ‘Induráin’ en (4)); es sólo el segundo
papel el que impide la sustitución. Las citas, según la teoría davidsoniana, están
compuestas de una parte genuinamente lingüística correspondiente al ‘así’ de
(3) — las comillas— , y otra parte — la expresión dentro de las comillas, que
funciona exactamente como el objeto señalado en un acto de ostensión—
correspondiente al ‘Miguelón’ de (3) en su segundo rol, o, 1q que es lo mismo,
a la expresión en la hoja señalada ai proferir (4).
Resumamos loS hechos sobre las cuatro teorías de las citas que hemos exa­
minado. La teoría de Tarski-Quine considera a las citas expresiones carentes
de estructura, que funcionan como unidades Léxicas. Esta teoría es in­
compatible con el hecho de la sistematicidad y la productividad que observa­
mos (reflexionando sobre nuestras intuiciones semánticas) en el uso de las ci­
tas. Según esta teoría, el hecho de que tanto « ‘Excalibur’» como «‘Cicerón’»
empiecen y acaben por la misma expresión (las comillas) es tan accidental des­
de el punto de vista de la determinación de su significado como lo es el hecho
de que tanto ‘Antártida’ como ‘Atlanta’ empiezan y acaban con la misma
expresión (la letra ‘a’) respecto de la determinación del suyo. Esto; sin embar­
go, es falso. La segunda regularidad sí es, desde el punto de vista semántico,
una mera coincidencia; la primera, con toda seguridad, no lo es. Cualquier
argumento que se elabore en favor de esta teoría tiene que ser falaz, y hemos
mostrado por qué el de Quine lo es.
La teoría de Frege, por otro lado, como las dos restantes, sí explica la
estructura semántica sistemáticamente observable en las citas. Según esta
teoría, tanto las comillas como la expresión flanqueada por ellas tienen una
cierta función semántica. La expresión en el interior de las comillas se desig­
na a sí misma; las comillas advierten de que la expresión o expresiones que

9. Más adelante, en Vil, § 4, corregiremos esta propuesta sobre el funcionamiento de las expresiones deícti-
cas. De acuerdo con la propuesta final allí defendida, el único ‘'signo natural" que es preciso suponer de manera gene
ral es la emisión concreta que ejemplifica la oración tipo.
aparecen flanqueadas por ellas no tienen su función semántica habitual, sino
que se autodesignan. Pero esta teoría no explica la ambigüedad en nuestro
uso de las comillas, ni quizás tampoco su productividad. El primer defecto
lo comparte con la primera teoría que consideramos, la teoría natural, que
sostenía que la cita completa es un nombre de la expresión-tipo que aparece
flanqueada por las comillas. Por estas razones, hemos decidido inclinamos
por la teoría de Davidson, como la más ajustada a los hechos semánticos
observados.
No obstante, esta aceptación, como la de cualquier otra hipótesis científi­
ca, es provisional: confrontada con datos que ahora no ,somos capaces de vis­
lumbrar, quizás esta teoría haya de ser abandonada finalmente.' Adoptamos la
teoría davidsoniana porque nos ha parecido que sus virtudes superan a las de
sus rivales. Pero hemos de recordar que éstas también cuentan con razones que
las favorecen, frente a la elegida. En especial, la teoría fregeana se adecúa
mucho mejor que la davidsoniana al dato innegable de que, en muchas oca­
siones, omitimos las comillas. Razón de más para dejar abierta la posibilidad
de que nuevos datos empíricos relevantes y ahora impensados acaben incli­
nando la balanza en favor de una teoría diferente a la que nos parece más razo­
nable.
Es precisamente la estrecha similitud entre la argumentación en semán­
tica y la argumentación científica lo que queríamos enfatizar con esta discu­
sión. En los términos que expusimos en la introducción, hemos tratado de
mostrar, en una primera aproximación, que la semántica es una actividad
intelectual teórica. Con la visión que la elaboración teórica nos proporciona
podemos enunciar, ex post facto, el problema teórico que en este caso se pre­
tende resolver: ¿Por qué las citas tienen significado, en los lenguajes natura­
les, productiva y sistemáticamente? ¿Por qué la cita de una misma expresión
puede tener diferentes significados, en diferentes contextos? ¿Por qué pueden
citarse significativamente expresiones que no pertenecen al lenguaje? Todas
estas preguntas presuponen hechos en el ámbito problemático, hechos que
nuestras intuiciones lingüísticas evidencian. Así, sabemos que las citas tie­
nen significado productivamente porque nuestras intuiciones manifiestan que
podemos ir entrecomillando sucesivamente una misma expresión, de modo
tal que después de añadir cada nuevo par de comillas obtenemos una nueva
expresión significativa. Sabemos que las citas tienen significado sistemática­
mente porque bastaría añadir una nueva expresión al lenguaje para que, ipso
fa cto , su cita tuviese un significado bien determinado. Y son sin duda nues­
tras intuiciones lingüísticas las que nos dicen tanto que « ‘Excalibur'» puede
usarse para referir al tipo ‘Excalibur’ en cursiva, y también a la expresión-
tipo ‘Excalibur’ en abstracto, con independencia de cómo esté escrita, como
que expresiones no pertenecientes al lenguaje, como ‘urububú’, pueden ser
citadas significativamente. La explicación que soluciona estos problemas teó­
ricos es la teoría davidsoniana. La teoría la justificamos inductivamente sobre
la base de estos datos empíricos, pues ofrece la mejor explicación conocida
para los mismos. Una buena consideración al respecto reside en que no se
hubiera reparado en algunos de los datos empíricos, de no ser justamente gra­
cias a la teoría.10

3. La pictograficidad de las citas

Hay una razón más sutil por la que la teoría de Tarski-Quine no puede ser
correcta, y será útil completar la discusión del fenómeno de las citas median­
te su examen. Enunciaremos así un nuevo problema, un nuevo hecho empírico
sobre el uso de las citas que cualquier teoría razonable debe explicar. Las
expresiones son también entidades, y nada nos impide bautizarlas; es decir, re­
ferimos a ellas mediante nombres ad hoc, éstos sí del mismo tipo que los nom­
bres propios de personas. Las expresiones no son entidades que centren nues­
tro interés cotidiano, y eso quizás explique que no acostumbremos a ponerles
nombres propios, como se los ponemos a los seres humanos, a las batallas, a
las películas o a los cines que las proyectan. Pero no hay ninguna razón teóri­
ca por la qué no podamos hacerlo. Podríamos, por ejemplo, bautizar a la expre­
sión ‘Excalibur’ con el nombre ‘Heathcliff’, tal como se sugirió en una sec­
ción anterior. En ese caso, (5) sería verdadero:

(5) Heathcliff está compuesta por cuatro sílabas.

Por supuesto, alguien que no conociera nuestra convención designadora


tendería a pensar que ‘Heathcliff’ está en (5) mencionada y no usada —que
hemos olvidado poner las comillas— , y que es entonces falso. Pero nosotros
sabemos que tal persona no estaría en lo cierto; (5) está perfectamente bien
escrito, porque no queremos hablar de la expresión ‘Heathcliff’ —no quere­
mos mencionar esa expresión— , sino que queremos mencionar ‘Excalibur’;
para ello, usamos un nombre de ‘Excalibur’, aunque no el más habitual (a
saber, su cita, «‘Excalibur’»), sino el que hemos introducido por estipulación
para ese fin, ‘Heathcliff’.
Sin embargo, introducir nombres para expresiones de este modo tiene un
defecto adicional al de ser susceptible de provocar confusiones. El problema es
que nadie que desconozca nuestra convención puede saber de qué expresión
hablamos, ni, por tanto, decidir sobre la verdad o falsedad de (5) meramente por
inspección de ese enunciado. Si alguien me dice ‘La obra de Anita Brookner no
es conocida en España’, y yo no sé quién es Anita Brookner, lo más que puedo
entender es que una cierta persona, que el hablante menciona sirviéndose para
ello del nombre ‘Anita Brookner’, es autora de algún tipo de trabajo no bien
conocido en España. Que se trata de una persona lo infiero de la propiedad que

10. Este aspecto no ha sido puesto de manifiesto en la exposición precedente debido a que..en lugar de expo­
ner las teorías en el orden en que fueron históricamente propuestas, hubimos de explicar y defender ya al com ienzo
la davidsoniana. Hemos sacrificado este elemento en aras de aligerar la presentación inicial del problema del uso y la
mención de signos.
se le atribuye; si lo que me dicen es ‘Alexius me proporciona los mejores
momentos del día’, y no conozco la convención que correlaciona el nombre pro­
pio ‘Alexius’ con un cierto objeto, en este caso aún tengo menos información-
no sé si me hablan de una persona, un animal doméstico, una galaxia, un pro­
grama de televisión o un álgebra de Boole. Sólo sé que alguien o algo a que el
hablante se refiere con ‘Alexius’ proporciona al hablante agradables momentos.
Del mismo modo, si alguien me dice (5), y yo sé que está usando ‘Heath­
cliff’ como un nombre propio de una expresión, pero no sé de qué expresión
se trata, lo más que puedo entender es que una cierta expresión, a la que el
hablante menciona utilizando para ello el nombre ‘Heathcliff’, tiene cuatro
sílabas. Yo mismo no puedo saber de qué expresión se trata simplemente a par­
tir de (5), ni por tanto estoy en disposición de comprobar si lo que se dice sobre
ella es verdadero o falso. Con las citas, sin embargo, no ocurre así. Si el
hablante hubiese utilizado el nombre habitual de una expresión, a saber, su cita,
en lugar del nombre introducido mediante una convención especial de que se
sirve en (5) — es decir, si hubiese proferido (6) en lugar de (5)—

(6) ‘Excalibur’ está compuesta por cuatro sílabas,

hubiésemos sido capaces de saber a qué expresión se refería en el mismo acto


de entender su enunciado. Las citas tienen, en apropiada caracterización de
Quine, un carácter pictográfico; son como los jeroglíficos, que no significan
(al menos, no -sólo) en virtud de estipulaciones convencionales, sino a través
de relaciones que nos son, por así decirlo, más “transparentes” — como las
relaciones de parecido en que se apoyan parcialmente los jeroglíficos. Esto las
diferencia radicalmente de los nombres propios ordinarios. Sin embargo, la
teoría de Tarski-Quine, precisamente porque asimila las citas a los nombres
propios ordinarios, no recoge este hecho. La teoría davidsoniana sí lo hace.
Esta virtud de la teoría de Davidson, frente a la de Tarski-Quine, no es en
absoluto menor. El aspecto que estamos comentando ahora es una característi­
ca fundamental del modo en que funcionan las citas en el lenguaje natural. Si
yo quiero introducir una nueva convención designadora, utilizando para hacer­
lo una frase con este comienzo: “a partir de ahora, llamaremos a esta espa­
da es claro que cualquier expresión que haya de colocar en el hueco ha de
mencionar una expresión-tipo. (Es claro a partir del contexto que ha de nom­
brar una expresión, y ha de ser una expresión-tipo y no una expresión-ejemplar
porque ha de tratarse de algo repetible.) Ahora bien, por las razones que aca­
bamos de discutir, si lo que pongo en el hueco es un nombre propio ordinario,
el modo en que introduzco la convención tiene un grave defecto (al menos, con
respecto a la alternativa consistente en usar una cita): la expresión de la con­
vención, por sí sola, no da a mi audiencia ninguna idea de qué expresión pro­
pone usar mi convención. Si lo que digo es “a partir de ahora, llamaremos a esta
espada Heathcliff ’, para que mi audiencia sea capaz de saber qué expresión-tipo
tiene que reproducir cuando quiera nombrar la espada siguiendo la convención,
tengo además que hacerle partícipe de una segunda convención: tengo que
decirle qué expresión-tipo designa ‘Heathcliff’. Mientras que, si en lugar de ello
recurro a una cita, si lo que digo es “a partir de ahora, llamaremos a esta espa­
da ‘Excalibur’”, la segunda convención es superflua: ya está incorporada, por
así decirlo, en el uso de la cita. Es este aspecto simplificador del uso de las citas
en el lenguaje natural el que la teoría de Davidson explica bien y la teoría Tars-
ki-Quine desprecia. Pero ése es un aspecto fundamental de la función de las
citas. Bien puede decirse que si no tuviéramos un mecanismo para designar ex­
presiones como el que la teoría de Davidson describe, si hubiéramos de arre­
glárnoslas con nombres propios ordinarios, haríamos bien en inventarlo.
En un célebre pasaje de A través del espejo juega Carroll con la confusión
de quien supone,que la expresión ‘Heathcliff’ en (5) está ella misma mencio­
nada, y no usada para mencionar otra expresión. (A saber, ‘Excalibur’, de la
que ‘Heathcliff’ es un nombre propio introducido por estipulación.) Es ésta una
confusión natural, como hemos indicado; en el lenguaje hablado es casi siem­
pre ei contexto .el único elemento para saber que una expresión está mencio­
nada y no usada (aunque cierta inflexión en la entonación puede ayudar tam­
bién), y en el lenguaje escrito las comillas muchas veces se omiten, dejando
también al contexto la tarea de determinar si la expresión está usada o men­
cionada. Son esos criterios contextúales los que harían que cualquier hablante,
sin ulterior información, confundiera el enunciado verdadero (5) con la obvia
falsedad “ ‘Heathcliff’ está compuesta por cuatro sílabas”. Alicia, en el siguien­
te pasaje, se ve inducida a cometer el mismo error:

“‘Estás triste”, dijo el Caballero con tono de preocupación; “deja que te


cante una canción para animarte”.
“¿Es muy larga?”, preguntó Alicia — pues ya había oído una buena canti­
dad de poesía ese día.
“Es larga”, dijo el Caballero, “pero es muy, muy bonita. A todos los que
me la oyen cantar ... o les trae lágrimas a los ojos, o
“¿O qué?”, dijo Alicia, pues el Caballero se había quedado repentinamen­
te callado.
“O no, claro. El nombre de la canción se llama Ojos de merluza.
“i Ah, así que ése es el nombre de la canción, ¿no?”, dijo Alicia, tratando
de parecer interesada.
“No, no comprendes”, dijo el Caballero, con expresión un tanto ceñuda.
“Así es como se llama el nombre. El nombre en realidad es Un hombre viejo
viejo
“Entonces, ¿debería haber dicho A sí es como se llama la canción* V , rec­
tificó Alicia.
“No, en absoluto: ¡eso es otra cosa completamente distinta1 La canción se
llama Modos y medios, ¡pero eso es sólo como se llama, claro!”
“Bueno, ¿cuál es entonces la canción?”, dijo Alicia, que empezaba a estar
totalmente hecha un íío.
“A eso iba”, dijo el Caballero. “La canción en realidad es Sentado
sobre una cerca, y la música es de mi propia invención.”11

II. Lewis Carroll, Alice's Adventures in Wonderland and Through the Looking Glass, 218.
Consideremos enunciados similares a los que aparecen en el texto pero a
propósito de un caso menos susceptible de provocar confusión inicial, una ciu­
dad (como decía Quine en el texto citado al final de la sección tercera, hay
pocas cosas menos parecidas a una ciudad que un nombre; mas una canción
— ella misma un objeto lingüístico— se parece algo más a un nombre de lo
que lo hace una ciudad), (i) La ciudad es [a] Boston: (ii) La ciudad se llama
[b] 'Boston7: (iii) El nombre de la ciudad es ‘Boston’, y (iv) El nombre de la
ciudad se llama [c] « ‘Boston7», (ii) y (iii) son sinónimos (aunque Carroll pare­
ce pretender otra cosa), así que podemos olvidamos de uno de ellos. (*) En la
posición [a] hemos de usar un nombre de la ciudad, pues queremos mencionar
la ciudad; es así que usamos.‘Boston7. En la posición [b] queremos mencionar
un nombre de la ciudad; usamos para ello la cita «‘Boston7», (f) En ía posi­
ción [c], por último, queremos mencionar la cita, el nombre del nombre de la
ciudad, y usamos para ello “«‘Boston7»77.
Si ponemos a un lado las expresiones lingüísticas y a otro las demás cosas
(personas, batallas, películas, canciones...) podemos efectuar la siguiente cla­
sificación de los nombres: diremos que están en el nivel 0 las expresiones que
nombran entidades no lingüísticas; en el nivel 1 las que nombran expresiones
lingüísticas de nivel 0; en el nivel 2 las que nombran expresiones lingüísticas
de nivel 1, y así sucesivamente. El nivel.de una expresión, en un lengua­
je correcto, se determina contando el número de pares de comillas que flanque­
an su núcleo sin comillas: si no tiene es de nivel 0, etc. Entonces, en [a] he de
usar una expresión de nivel 0; en [b] una de nivel 1, y en [c] una de nivel 2.
De acuerdo con esto, en mis afirmaciones sobre las expresiones que ocupan
cada una de esas posiciones, por otro lado, tengo que usar una expresión de un
nivel superior en uno al nivel de la expresión en cuestión. Es por eso que en
mi afirmación (*) sobre la expresión que ocupa la posición [a]— una expre­
sión de nivel 0, como acabamos de ver— usé una expresión de nivel 1; y es
por eso que en mi afirmación (i) sobre la expresión que ocupa la posición [c]
—una expresión de nivel 2— hube de usar una expresión de nivel 3. Como las
expresiones de nivel 0 no llevan comillas, las (citas) de nivel 3 llevan tres pares
de comillas, que según una convención introducida anteriormente en este capí­
tulo distinguimos tipográficamente para aliviar algo el innegable berenjenal.
Ahora bien, en lugar de usar citas, y citas de citas, como hago en los enun­
ciados (i)-(iv), no cabe duda de que podría usar nombres introducidos ad hoc,
del mismo tipo que ‘Heathcliff7 con respecto a la expresión ‘Excalibur7. Eso
es lo que hace el Caballero, en todos los enunciados correspondientes a (i)-(iv).
El problema es que hacer tal cosa induce a confusión a quien no está sobre avi­
so (como no lo está Alicia). Normalmente suponemos que los nombres de
expresiones lingüísticas que usamos en nuestro discurso son citas, o citas de
citas. La razón es obvia, y ha sido comentada ya. Cuando pregunto, al encon­
trarme en un cine cuyo nombre desconozco, “¿Cómo se llama este cine?77, lo
que quiero es que me den un nombre que yo pueda usar después para hablar
del cine en mi uso habitual del lenguaje. Si me dan como respuesta “el cine se
llama ‘Verdi 777, eso me basta para en adelante poder efectuar asertos como “el
Verdi es un cine estupendo”, o “ayer estuve en el Verdi\ Lo mismo ocurre si
me dicen, pongamos por caso, “el nombre del cine se llama «‘Verdi’»”, Por
contra, si un travieso acomodador usa ‘Belerofonte’ como un nombre de la
expresión ‘Verdi’, y me ofrece “El cine se llama Belerofonte” como respuesta,
su respuesta, aunque verdadera, no me da a mí ningún modo de referirme al
Verdi. (A menos que conozca su particular convención.) Precisamente por eso,
tenderé a pensar que lo que me ha dicho es “El cine se llama ‘Belerofonte’”,
y a decir a continuación “Ayer vi una película estupenda en el Belerofonte”.
Dada la convención del acomodador, que determina el significado de ‘Belero-
fonte’, mi aserto es absurdo: dice que vi una película en una expresión.. .
El Caballero de Carroll es como el acomodador travieso. Por eso, ningu­
no de los nombres que, en el texto citado, se usan en las posiciones corres­
pondientes a [a], [b] y [c] en mis ejemplos, es una cita: cada uno de ellos es
un nombre propio ordinario, gobernado por una estipulación ad hoc (que qui­
zás solo el Caballero conoce). Cada una de esas expresiones es un nuevo pri­
mitivo semántico, una nueva unidad léxica. En mi traducción del texto, los he
puesto en cursiva siguiendo la convención de usar cursivas para las expresio­
nes que ni tienen su sentido usual ni designan expresiones lingüísticas; ni que
decir tiene que el significado usual de las palabras de que están compuestos no
contribuye a determinar su significado en esos-contextos. ‘Modos y medios’
es, simplemente, un nombre de la expresión ‘Sentado sobre una cerca’ — o qui­
zás de otro nombre de la canción; no podemos saberlo.:El significado habitual
de ‘modos’ o el de ‘y ’ no tienen nada que ver con este hecho, del mismo modo
que el significado usual de ‘árboles’ es irrelevante para comprender la función
semántica de esa expresión en ‘Arboles abolidos es uno. de los poemas de Blas
de Otero que más me gustan’.
¿Cuál es la intención del texto de Carroll? El propósito de muchos textos
de Carroll en- Alicia en el País de las Maravillas y en A través del espejo es
pedagógico; Carroll quiere establecer con ellos (mediante divertidos ejemplos
chocantes, en lugar de abstrusas consideraciones teóricas como las que habitan
en este capítulo) hechos lógicos, o semánticos. Tengo la impresión de que en
este caso es la teoría Tarski-Quine de las citas lo que Carroll intenta estable­
cer; Carroll quiere indicar que el funcionamiento de los engañosos nombres de
expresiones que su Caballero utiliza es exactamente el de las citas ordinarias.
Carroll querría así ilustrar la tesis de que no hay en las citas ordinarias ninguna
articulación semántica, como no la hay en los nombres propios de personas;
que no hay más relación entre ellas y las entidades que designan que la exis­
tente entre el nombre de una persona y la persona misma. Si esta conjetura fue­
se correcta, la anterior discusión nos autoriza a aseverar que Carroll estaba aquí
equivocado.
El objeto de ser cuidadosos en la distinción entre uso y mención es evitar
ciertos malentendidos filosóficos. Sin embargo, no hemos ofrecido hasta aquí
ningún ejemplo de esos presuntos malentendidos. Concluiremos esta sección
saldando esta deuda. En una glosa del texto que acabamos de comentar men­
ciona Martin Gardner (sin indicar que lo haga aprobatoriamente) una crítica a
Carroll debida a alguien llamado ‘Holmes’: «El profesor Holmes ... cree que
Carroll nos toma el pelo cuando hace decir al Caballero Blanco que la canción
es Sentado sobre una cerca. Evidentemente, ésta no puede ser la canción mis­
ma, sino otro nombre. “Para ser coherente”, concluye Holmes, “el Caballero
Blanco, al decir que la canción es... lo que debería hacer es empezar a cantar
la canción propiamente dicha ”» 12
Esta descarriada “corrección”, sin embargo, es el producto de la confu­
sión entre el uso y la mención de los signos. La “coherencia”, medida por
los estándares de Holmes, me obligaría a colocar a Boston, con todas sus
casas — frente al “incoherente” pero indudablemente más cómodo recurso
usual de usar un nombre de Boston— , en los puntos suspensivos a continua­
ción: ‘Esta ciudad e s ...’, y a Mark Twain, en toda su estatura — en lugar de
un nombre suyo— en los de ‘Samuel Clemens e s ...’. Por fortuna, nada de
esto es necesario. Para decir de Barcelona que es idéntica con la ciudad don­
de se celebró la Olimpíada de 1992 no necesitamos usar a Barcelona; basta
con que usemos ‘Barcelona’, así: ‘La ciudad donde se celebró la Olimpíada
de 1992 es Barcelona’; y para decir de Mark Twain que es idéntico con
Samuel Clemens, no necesito utilizar a Mark Twain, me basta con utilizar
‘Mark Twain’, así: ‘Samuel Clemens es Mark Twain’. (Esto es sumamente
conveniente cuando queremos hablar de personas con mal genio, que no se
prestarían de buen grado a dejarse usar cuando queremos hablar de ellos mis­
mos; y mucho más conveniente aún cuando queremos hablar de individuos
que ya no están en disposición de rehusar ser usados en las curiosas “ora­
ciones” que Holmes contempla.) Para decir algo de ios cuchillos hemos de
utilizar expresiones; para cortar, usamos los cuchillos. Y si utilizamos cuchi­
llos (o canciones) para decir, es que mediante alguna relación convencional
o de otro tipo los hemos convertido en “herramientas del lenguaje”. No hay
aquí misterios profundos (a algunos filósofos franceses contemporáneos
parece suscitarles enorme perplejidad el que nuestra relación con el mundo
esté “mediada por los signos”), sólo trivialidades. Si, como estos filósofos
franceses parecen creer, la necesaria “mediación” de los signos para el decir
fuese una desventura metafísica, deberíamos generalizar el abismo: también
nuestras relaciones cortantes con el mundo están mediadas por objetos afila­
dos. Cualquier cosa con la que mencionamos cosas para hablar de ellas,
hacer asertos acerca de ellas, etc., es un signo; pues son signos esos instru­
mentos con los que mencionamos las cosas.
El apócrifo Holmes (quienquiera que sea) supone que el signo de iden­
tidad sólo puede colocarse entre las cosas mismas que son idénticas; pero
esto traiciona una confusión, manifiesta en cuanto se enuncia explícitamen­
te. El signo de idéntidad se coloca con verdad entre nombres que designan
lo mismo. (Como el signo ‘< ’ se coloca con verdad entre nombres que desig­
nan números, respectivamente el primero menor que el segundo.) Dice Gard-
ner, “Holmes ... cree que Carroll nos toma el pelo cuando hace decir al

12. Martin Gardner, A licia anotada.


Caballero Blanco que la canción es Sentado sobre una cerca. Evidentemen­
te, ésta no puede ser la canción misma, sino otro nombre.” Por supuesto que
‘Sentado sobre una cerca’ es un nombre de la canción, y no la canción m is­
ma; justamente por esa razón, ‘la canción es Sentado sobre una cerca’ es ver­
dadero. (Recuérdese que aquí ‘Sentado sobre una cerca’ está usado, no m en­
cionado, y que lo ponemos en cursiva sólo para indicar que las expresiones
no tienen su significado usual, no para indicar la mención.) ‘Venus’ es un.
nombre de un planeta, el lucero del alba, y no el planeta mismo; por eso ‘el
lucero del alba es Venus’ es verdadero, y por eso «el lucero del alba es
‘Venus’» es falso. El Caballero Blanco tiene, pues,, todo el derecho a usar
‘Sentado sobre una cerca’ para mencionar 1a canción, y decir de: ella que es
la canción que va a ejecutar.
Por lo demás, cantar la canción a continuación de las palabras ‘la canción
e s ...', como Holmes quiere, simplemente convertiría al.acto de cantar la can­
ción en un signo (de la peculiar clase que en la sección precedente definimos
como signos naturales) de la canción misma. No nos sacaría.de penas; no redu­
ciría el “abisme?” entre el signo y su significado. La propuesta de Holmes úni­
camente nos forzaría a seguir el consejo dé los sabios de Lagado imaginados
por Jonathan Swift, que decidieron usar los objetos mismos de los que quere­
mos hablar en lugar de palabras. Podía verse así a estos sabios, “abrumados
por el peso de sus fardos, como van nuestros buhoneros, encontrarse en la
calle, echar la carga í tierra, abrirlos talegos y conversar durante una hora; y
luego, meter los utensilios, ayudarse mutuamente a reasumir la carga y despe­
dirse”.13 Swift parece haberse dado perfecta cuenta de que una propuesta como
la de Holmes sólo conllevaría una muy poco práctica sustitución de unos sig­
nos por otros.
Puede tener algún interés señalar aquí una aparente excepción a la trivia­
lidad antes establecida: a veces decimos cosas sin usar explícitamente signos
para ellas. Los signos de tráfico que contienen, pongamos por caso, una flecha
curvada hacia la derecha, no significan meramente curva a la derecha; signi­
fican curva a la derecha a pocos metros de aquí. Sin embargo, nada hay en el
signo mismo que signifique a pocos metros de aquí, ni siquiera una expresión
demostrativa equivalente a ‘aquí’. La razón es muy sencilla: todos esos signos
habrían de contener la misma expresión para indicar el lugar; se trataría, por
así decirlo, de un parámetro fijo. Si lo pusiéramos en palabras, sería algo así
como “a pocos metros de donde está situado este signo”. Como éste es un pará­
metro constante, podemos economizar ahorrándonos esas palabras — u otros
signos al mismo efecto— bajo la convención de que se han de entender siem­
pre presentes. Así que esto no constituye una verdadera excepción a la regla
anterior; los signos para indicar el lugar están allí, sólo tácitamente gracias a
su carácter paramétrico.

13. Jonathan Swift, Viajes de Gultiver, 148.


4. Sum ario y consejos p a ra seguir leyendo

A modo de ilustración de las tesis metodológicas sobre las teorías lin­


güísticas y la filosofía que defendemos en esta obra, hemos llevado a cabo un
estudio exhaustivo de un cierto fenómeno semántico, la cita. Hemos examina­
do cuatro teorías diferentes del funcionamiento semántico de las citas, y las
hemos contrastado con diferentes hechos empíricos sobre tal funcionamiento
que nuestras intuiciones lingüísticas revelan — intuiciones lingüísticas a su vez
desveladas en buena medida con motivo de la reflexión sobre esas mismas teo­
rías y en virtud de la guía por ellas proporcionada. Las intuiciones más noto­
rias son en primer lugar la productividad del mecanismo de la cita, en segun­
do su dependencia del contexto (lo que da lugar a que la cita de la misma
expresión-ejemplar, en diferentes contextos, podría servir para significar dife­
rentes expresiones-tipo de entre las ejemplificadas por ese ejemplar) y en ter­
cero su carácter “pictórico”, que las distingue del modo en que funcionan otros
mecanismos para la referencia, como los nombres propios. El examen detalla­
do del modo en que se contrastan las teorías de la cita con esa evidencia empí­
rica nos ha dado una idea tanto de la complejidad de la reflexión teórica en
semántica, puesta ya crudamente de manifiesto en el relativamente modesto
ejemplo examinado, como de su cercanía a la reflexión científica en general.
La teoría de las citas aquí adoptada es una modificación de la propuesta
por Donald Davidson en “La cita”. La modificación se defiende en mi artícu­
lo “Ostensive Signs: Against the Identity Theory of Quotation”. La teoría fre­
geana aparece brevemente bosquejada en un pasaje de “Sobre sentido y refe­
rencia”, de Frege, artículo que se discute por extenso en el capítulo VI. La teo­
ría de Quine-Tarski la defiende Tarski, independientemente de los argumentos
de Quine discutidos en el texto, en la primera sección de su clásico “The Con-
cept of Truth in Formalized Languages”.
FUNDAMENTOS EPISTEMOLÓGICOS:
EL PROBLEMA DE LA INTENCIONALIDAD

La filosofía producida antes del presente siglo nos ofrece, comparativa­


mente, muy pocos ejemplos de propuestas sobre el ámbito de problemas de que
nos ocupamos en este libro. El Crátilo de Platón, el De Interpretatione de Aris­
tóteles, diversos trabajos de los llamados “lógicos terministas” de los siglos xil-
xiv, la Lógica de Port-Royal, son algunos de ellos. Salvo quizás en el caso de
los lógicos medievales, la reflexión filosófica sobre el lenguaje parece haber
ocupado un lugar secundario entre las preocupaciones de los grandes repre-
, sentantes de la disciplina del pasado, si alguno. La explicación de este hecho
no está en que esos filósofos pensasen que el problema del significado no es
un problema filosófico central ni interesante. La explicación está en que todos
ellos pensaron que las expresiones lingüísticas sólo derivativamente tienen sig­
nificado: según este punto de vista tradicional, las entidades originariamente
dotadas de significado son cosas tales como pensamientos, opiniones, conoci­
mientos, estados de consciencia, etc.
Una notable excepción a la despreocupación de los filósofos del pasado
respecto del lenguaje. la constituye el filósofo británico John Locke (1632-
1704). Uno de los cuatro libros en que está dividida su obra más importante,
el Ensayo sobre el entendimiento humano (Essay Conceming Human Unders­
tanding, 1689), el tercero, está íntegramente dedicado al lenguaje, y en él se
defiende una particular versión de la tesis mencionada en el párrafo anterior.
En rigor, Locke no constituye una verdadera excepción a la regla de la falta de
interés de los filósofos del pasado en el lenguaje. Como se verá en el capítu­
lo IV, también él pensaba que las cuestiones filosóficas relativas al mismo son
secundarias. Si les dedicó tantas páginas es porque quería recomendar una cier­
ta reforma de nuestras prácticas lingüísticas. A su entender, algunas de estas
prácticas carecen de justificación, y deberían ser evitadas para prevenir graves
malentendidos — especialmente malentendidos filosóficos. Estas prácticas tie­
nen que ver con nuestro uso de términos como ‘murciélago' o ‘sal’ con la
intención de designar con ellos lo que él denominaba esencias reales, en lugar
de usarlos, como él propone, para designar esencias nominales.
El estudio de la filosofía del lenguaje de Locke es un excelente modb de"
iniciar la discusión sobre las dos cuestiones centrales relativas al lenguaje
que estructuran este libro. Locke presenta de un modo filosóficamente arti­
culado una tesis metafísica en torno a la cuestión de las relaciones entre el
lenguaje y el pensamiento — entre el significado de las palabras y los con­
ceptos que poseen quienes las usan— que parece intuitivamente muy pJausi-i
ble: la tesis de la prioridad ontológica del pensamiento sobre el lenguaje;
Locke defiende esta tesis tradicional sobre la base de una cierta concepción
del pensamiento, también intuitivamente plausible y “natural”. Esta concep­
ción lockeana del pensamiento, combinada con su tesis sobre las relaciones
entre lenguaje y pensamiento, implica una respuesta a la segunda de las cues­
tiones que han de ocurpamos de un modo predominante a lo largo de estas
páginas: a saber, en qué medida los significados son de naturaleza “interna”
o son más bien de naturaleza “externa” (en un sentido que se explicará más
adelante). La propuesta de Locke al respecto es decididamente “internista”,1
como habremos de ver.
Las propuestas de Locke sobre el lenguaje se presentan en el próximo
capítulo. En este introduciremos los conceptos epistemológicos que son nece­
sarios para presentarlas propiamente en los términos en que él lo hizo, y en los
términos en que pretendemos discutirlas en el resto de la obra. Planteamos el
problema fundamental para comprender la significación, el problema de la
intencionalidad, e introducimos una serie de nociones epistemológicas asocia­
das: el concepto de conocimiento a priori y a posteriori, el concepto de obje­
tividad, el concepto de certeza, el concepto de analiticidad y el de necesidad.

1. El problem a de la intencionalidad

En esta sección introduciremos el concepto de estado intencional, comen­


zando con ello nuestra indagación en la naturaleza de lo que en el capítulo
primero denominamos ‘proposición’. Para ello presentaremos los dos criterios
distintivos de la intencionalidad; a saber, que las relaciones intencionales se
establecen con entidades que podrían no existir, y que estas entidades no bas­
tan para identificar por completo una relación intencional. Estos dos criterios
presentan un problema, pues ambos hacen a las relaciones intencionales pecu­
liares. Presentaremos después ciertas consideraciones epistemológicas, que se
asocian tradicionalmente con el problema de la intencionalidad, y que moti­
van en buena medida una teoría de la intencionalidad como la de Locke. En

1. Para el concepto que aquí se expresa con 'intem ism o' se emplea generalmente el término ‘internalism o’
Éste, sin embargo, me parece un anglicism o injustificado, a cuya institucionalización convencional cabe aún opo--
nerse. ‘Nacionalism o’ es correcto, porque el adjetivo es ‘nacional’; pero a partir de ‘extrem o’ derivamos ‘extre­
m ism o’. y no ‘extrem alism o’, de ‘se x o ’ ‘sex ism o ’, de ‘m acho’ ‘m achism o’. etc. Sim ilares consideraciones susten­
tan el uso de ‘externism o’ en vez de ‘externalism o', ‘m ínim ísm o’ en vez de ‘m inim alism o’, ‘cognoscitivo' en vei
de lc o g n itiv o \ etc.
las dos secciones sucesivas presentaremos la teoría filosófica explicativa de
los mismos propuesta por Locke, el realismo por representación (una teoría
presente también en la obra de muchos otros filósofos, desde Descartes a John
Searle).
Así como la oración ‘hay una estrella haciendo explosión en Alpha Cen-
tauri’ asevera la existencia de un estado de cosas de naturaleza “astronómica”
—un estado de cosas que tiene lugar en una cierta galaxia en un cierto momen­
to de tiempo— , la oración ‘yo creo que Robert Browning es un poeta poco leí­
do’ asevera la existencia de lo que llamaremos un estado mental. Los estados
mentales, como los estados astronómicos, se dan (cuando se dan, porque las
oraciones que aseveran su existencia pueden ser falsas) en ciertos momentos
de tiempo. Las oraciones mediante las que aseveramos Inexistencia de estados
mentales tienen, típicamente, la siguiente estructura: ((i) ;ima expresión para
indicar la persona que está en el estado mental en cuestión, el sujeto del mis­
mo: ‘yo’, en el ejemplo anterior, ‘Pere Gimferrer’ en ‘Pere Gimferrer cree que
Robert Browning es un poeta poco leído’, ‘el alcalde de Barcelona’ en ^el
alcalde de Barcelona cree que Robert Browning es un poeta poco leído’/(ii) ,
Una expresión para indicar el tipo de estado mental: ‘creo’/ ‘cree’, en los ejercí
píos anteriores, ‘deseo’ en ‘yo deseo que Robert Browning^ sea un poeta más
leído’, ‘ve’ en ‘el alcalde de Barcelona ve cómo els Joglars interpretan Mi tío
de América en Terrassa’. Opiniones, creencias, conocimientos, percepciones,
deseos, intenciones, .etc., son tipos de estados mentales. Por último, ((iii) una
expresión para indicar el contenido del estado mental. Son expresiohes^para
indicar el contenido ‘.que Robert Browning es un poeta poco leído’, ‘cómo els
Joglars interpretan Aíi tío de América en Terrassa’ en los ejemplos anteriores,
‘que el periódico de hoy anuncia la publicación de una obra de Robert Brow­
ning' en ‘yo sé que el periódico de hoy anuncia la publicación de una obra de
Robert Browning’.
En el capítulo primero introdujimos la noción de proposición como aque­
llo distinto de los enunciados que, intuitivamente, los enunciados “dicen” o
“expresan”, y e n virtud de expresar lo cual son los enunciados verdaderos o
falsos. Amparándonos por ahora en la misma comprensión preteórica de la
naturaleza de las proposiciones, daremos un paso más. Es natural pensar que
también los estados mentales “expresan” proposiciones, y que eso que hemos
llamado en el párrafo precedente el contenido de los estados mentales es pre­
cisamente la proposición que “expresan”. Un enunciado expresa una proposi­
ción, dijimos en el capítulo anterior, y no se debe confundir el enunciado con
la proposición, entre otras cosas porque enunciados distintos (e. g., ‘Robert
Browning es un poeta poco leído’ y ‘Robert Browning is a poet few people
read’) pueden expresar la misma proposición. Es en virtud de la proposición
que expresan que los enunciados representan el mundo como siendo de un
modo o de otro; y es en virtud de cómo lo representan (esto es, de la proposi­
ción que expresan) —y, naturalmente, de cómo de hecho es el mundo— que
el enunciado es verdadero o falso. Así, por ejemplo, dado que ios dos enun­
ciados precedentes representan el mundo como incluyendo pocos lectores de
Browning en el momento presente, y dado que tal número es ciertamente esca­
so de hecho, ambos enunciados son verdaderos.
En el mismo sentido cabe decir que las opiniones, las percepciones, ios
conocimientos, los deseos o las intenciones representan el mundo como sien­
do de un cierto modo, y que es en virtud de cómo lo representan, y de cómo
de hecho es el mundo, que las opiniones y las percepciones son verdaderas o
falsas. En cuanto a los deseos, preferencias e intenciones, es cierto que no deci­
mos de ellos que son verdaderos o falsos; pero decimos algo similar, a saber,
que son satisfechos o insatisfechos, y el que lo sean o no depende por un lado
de qué ocurra de hecho y por otro de cómo los deseos o las intenciones repre­
senten el rniindo, de su contenido. Porque el contenido de la opinión atribuida
a Pere Gimferrer en Tere Gimferrer cree que Robert Browning es un poeta
poco leído’ y el contenido del deseo que me atribuyo en ‘yo prefiero que
Robert Browning sea un poeta poco leído’ son esa misma proposición expre­
sada por ios dos enunciados mencionados en el párrafo anterior, esos dos esta­
dos mentales representan el mundo de un cierto modo (el mismo en ambos
casos); como el mundo de hecho es así, la opinión de Pere Gimferrer es ver­
dadera y mi preferencia resulta satisfecha.
Esta asimilación del contenido de los estados mentales a las proposiciones
se expresa a veces diciendo que los estados mentales (al menos estados men­
tales como los utilizados hasta aquí a modo de ejemplo) son actitudes propo­
sicionales, esto es, diferentes actitudes (desear que se realicen, creer que se
realizan, etc.) tomadas por el sujeto de los mismos "hacia proposiciones.
Siguiendo esta terminología — acuñada por Bertrand Russell— nos referiremos
a las oraciones del tipo de todas las que hemos utilizado hasta aquí para intro­
ducir la noción de estado mental como oraciones de actitud proposicional.
Lo que estamos diciendo, pues, es que los estados mentales “significan” o
representan el mundo, tal como lo hacen los enunciados. Que los estados men­
tales “expresan” proposiciones, esto es, que representan el mundo de un cier­
to modo, es el contenido de una famosa tesis debida al filósofo austríaco Franz
Brentano (maestro de filósofos de este siglo tan importantes como Edmund
Husserl y Alexius Meinong) sobre qué tienen de característico ios estados
mentales frente a otro tipo de estados — como los estados físicos, los esta­
dos que describen los astrónomos, etc.: ¿qué diferencia a una creencia o un
deseo de una explosión en Alfa Centauri? Brentano sostenía que lo distintivo
de los estados mentales es su intencionalidad; mi creencia de que Robert
Browning es un poeta poco leído posee esta característica, mientras que el esta­
do de cosas consistente en una estrella haciendo explosión en Alpha Centauri
carecería de ella:

Todo fenómeno psíquico está caracterizado por lo que los escolásticos de la


Edad Medía llamaron la inexistencia intencional (o mental) de un objeto, y que
nosotros llamaríamos, si bien no con expresiones enteramente inequívocas, la
referencia a un contenido, la dirección a un objeto (por el cual no hay que enten­
der aquí una realidad [’Reaiitát’]) o la objetividad inmanente. Todo fenómeno
psíquico contiene en sí algo como su objeto, aunque no todos del mismo modo.
En la representación hay algo representado; en el juicio, algo admitido o recha­
zado; en el amor, amado; en el odio, odiado; en el apetito, apetecido, etc.2

Este texto contiene la Tesis de Brentano. La tesis sostiene que lo que dis­
tingue a un estado mental de un estado no mental es que el primero, pero nc
el segundo, está “dirigido” hacia algo, está relacionado con algo (el objeto del
estado mental) que, sin embargo, “no es una realidad”, sino que es “inmanen-
te” al estado mental, en tanto que el objeto “inexiste” — este término no sig-
lüífíca aquí no existe, sino existe en— en el estado mental en cuestión. Eluci­
daremos después ía Tesis de Brentano de la manera específica en que lo haría
Locke. Nuestro objetivo es clarificar, mediante la explicación específica que de
ello hace Locke, algo que revelan todos los adjetivos que Brentano enfatiza.(el
objeto intencional no “es una realidad”, meramente “inexiste”, es “inmanen­
te”), a saber, que la tesis va más allá de la simple afirmación de que es distin­
tivo de los estados mentales que en ellos se establezcan ciertas relaciones con
otras cosas (sus objetos intencionales). Pues también otros estados que no son
mentales mantienen relaciones con otras cosas. Por ejemplo, la explosión de
una estrella en Alfa Centauri sucede simultáneamente con la muerte de César:
suceder simultáneamente con es sin duda una relación, entre la explosión, que
a buen seguro es un estado no mental, y una cosa diferente de ella misma.
Las relaciones de que se habla en la Tesis de Brentano. pertenecen a una
variedad muy particular, la de las relaciones intencionales. Por anticipar bre­
vemente lo que vamos a desarrollar después, lo que distingue a estas relacio­
nes de todas las demás, y las hace tan peculiares como hemos sugerido, se cen­
tra en dos hechos, que nuestras intuiciones^sobre el modo en que hablamos de
los estados mentales ponen de manifiesto^ (i) ^falibilidad: el objeto intencional
puede no existir, sin que la relación intencional deje por ello de darse. Es como
si un estado intencional pudiera quedarse en un mero intento frustrado de “atra­
par” a su objeto, sin que el fracaso del intento conlleve que la relación no se
da. El fracaso conlleva sin duda algún tipo de apertura a la censura, o recusa­
ción, del estado mental; pero no reduce al estado a la inexistencia. Otras rela^
ciones, como la de ser simultáneo con o la de golpear a no pueden quedarse
de este modo frustradas: una explosión no puede darse simultáneamente con
algo que no existe, ni se puede golpear a algo que no existe./(ii)^Intensionali-
dad:2 el objeto intencional no basta para individuar al estado mental; dos esta­
dos mentales diferentes pueden sin embargo “tender hacia” el mismo objeto.
La simultaneidad de la explosión en Alfa Centauri con la muerte de César es
un caso diferente de simultaneidad que la simultaneidad de esa misma explo­

2. Franz Brentano: Psychologie vom empirischen Standpunkt, págs. 124-125. El término intencionalidad' pro­
viene del verbo latino 'intendere', cuyo sentido es "estar dirigido a", "tender hacia". Obsérvese que, en este sentido,
todos los estados mentales son “intencionales”, no sólo aquellos que comúnmente llamamos ‘intenciones’.
3. Nótese la Y que distingue ‘intencionalidad’ de ‘intensionalidad’, términos que, com o se verá, expresan
conceptos diferentes (aunque relacionados entre sí).
sión con algún otro suceso diferente que ocurriera en Marte a. la vez. Pero la
simultaneidad de la explosión con la muerte de César no es un caso diferente
que la simultaneidad de la explosión con el asesinato de César a manos de Bru­
to y de otros senadores romanos. Sin embargo, el objeto intencional del esta­
do mental de un sujeto puede ser la muerte de César, sin serlo el asesinato de
César por Bruto. Un sujeto puede conocer la muerte de César (en virtud de su
saber que César murió) sin conocer por ello el asesinato de César por Bruto y
otros (ese mismo sujeto, digamos un romano que ha oído de fuentes fiables la
noticia de la muerte de César, ignora aún que César fue asesinado por Bruto y
otros senadores romanos).
Éstos son sólo datos intuitivos, que nos permiten ofrecer una caracteriza­
ción a la vez introductoria y general (compatible con diferentes explicaciones
teóricas) de la naturaleza de los estados intencionales. Son los dos criterios que
utilizaremos, a lo largo de todo el libro, para atribuir un carácter intencional o
representacional (utilizaremos los dos términos como meras variantes estilísti­
cas) a algo, por ahora a los estados mentales. No constituyen empero, por sí
solos, explicaciones del carácter intencional de algo; antes bien, en vista de que
representar es una relación, y en vista de la diferencia que los dos criterios
revelan con respecto a las relaciones más usuales, los criterios manifiestan que
las relaciones intencionales requieren una explicación filosófica. La teoría de
las ideas de Locke constituye una elucidación particular de estos hechos; se tra­
ta de la primera teoría de la intencionalidad que examinaremos en esta obra.
Es una versión bien desarrollada de una teoría (el realismo por representación,
o representacionalismo) esencialmente motivada por ciertas consideraciones
sobre la naturaleza del conocimiento. Sus partidarios la presentan como una
corrección necesaria (y la única apropiada) de una concepción contrapuesta, a
la que los representácionaíistas acostumbran a referirse como realismo inge­
nuo, que se atribuye al sentido común. Podríamos resumir la esencia de la teo­
ría de Locke del siguiente modo: (i) Los objetos intencionales inmediatos de
los estados mentales no son objetos reales ni sus propiedades, sino entidades
mentales (ideas) (ii) que representan en virtud de relaciones causales a los
objetos de la realidad y sus propiedades. En lo que queda de sección, y en las
dos sucesivas, trataremos de elucidar esta tesis y de indicar las razones de Loc­
ke en su favor.
Comenzaremos introduciendo las consideraciones epistemológicas que
están en la base de teorías representacionalistas como la teoría de las ideas de
Locke. Enunciados como (1) y (2) expresan proposiciones cuya verdad cree­
mos conocer

(1) Los dinosaurios desaparecieron a fines del Cretácico.

(2) Si una barra de metal se calienta, se dilata.

Algunos enunciados expresan meras opiniones nuestras, proposiciones en


cuya verdad creemos con mayor o menor firmeza, pero que no constituyen
conocimiento. Así, si yo voy al cine Verdi con la intención de ver una cierta
película, sin haber consultado la cartelera, recordando que días atrás la pro­
yectaban y suponiendo que no la han cambiado aún porque no hace mucho
desde el estreno, diríamos que creo que en el Verdi proyectan tal película, pero
no que sé que en el Verdi proyectan tal película. Un aspecto crucial que dis­
tingue el saber de la mera opinión es que en el primer caso disponemos de una
justificación fiable de lo que creemos. Qué haya de entenderse por justifica­
ción fiable constituye uno de los problemas fundamentales de que se ocupa la
epistemología.
Los epistemólogos influidos por Descartes (Locke entre ellos) se caracte­
rizan por exigir al conocimiento dos requisitos muy exigentesijJOjC^rteza: sólo
puede contar como justificación aceptable aquella que proporciona a un suje­
to consciente y reflexivo certidumbre completa, una convicción tan firme que
no pueda ser puesta en cuestión por duda alguna —por extravagante o “hiper­
bólica” que la duda sea. Diremos, pues, que

Un sujeto S sabe con certidumbre que p si no es coherente suponer a la vez


que S mantiene la justificación que de hecho tiene para creer p y la falsedad
de p.

Una consecuencia del carácter cierto del conocimiento, así entendido,


es que la pretensión de conocer por un sujeto reflexivo no puede ser ulte­
riormente corregida. Probablemente, la intuición que el epistemólogo carte­
siano pretende salvaguardar al entender el conocimiento de este modo es la
de que la convicción de quien posee “verdadero” conocimiento (a diferen­
cia de lo que ocurre con la de quien se atribuye lo que en el uso común pasa
por tal), una vez adquirida, no puede nunca ya ser abandonada. ÍJ(ii| Funda­
cionalismo: hay justificaciones directas (o “intuitivas”, como se dice a
veces) y justificaciones demostrativas. Las segundas envuelven argumenta­
ciones, más o menos complicadas, en último extrem a basadas en proposi­
ciones conocidas directamente. Estas últimas son conocidas sin que en su
justificación se apele a la verdad de ninguna otra proposición. La mayoría
de nuestros conocimientos son de este segundo tipo. Comúnmente, acepta­
ríam os que sé, y no meramente opino, que el café acaba de salir, cuando
percibo el sonido del café al salir. Éste sería un caso de conocimiento de­
mostrativo.
Considérese un enunciado como ‘hay una esfera roja ante m í’, proferi­
do en una situación en que, aceptando que mis sentidos funcionan nor­
malmente, me supongo percibiendo una esfera roja ante mí. El lenguaje es
bastante inadecuado para el propósito de caracterizar con rigor el contenido
de un estado de este tipo; una fotografía sería más apropiada. La fotografía
nos indicaría, por ejemplo, el tamaño y la posición de la esfera, caracterís­
ticas ambas que son parte del contenido de mi estado mental y quedan inde­
terminadas en la descripción lingüística. El lector debe entender que esas
características que una imagen revelaría de modo más perspicuo son tam­
bién parte del contenido proposicional de ‘hay una esfera roja ante m í’. Pues
bien, en circunstancias como las descritas, la efectuada con ‘hay una esfera
roja ante m f es una aseveración cuya verdad pensaríamos, ingenuamente,
, .4
conocer y conocer directamente Desde el punto de vista característico del
realismo ingenuo que cuestiona el realismo por representación de Descartes
y Locke, enunciados como ‘hay una esfera roja ante m í’ expresan proposi­
ciones empíricas.

Un enunciado expresa una proposición empírica cuando su verdad, caso de


que la proposición sea verdaderaTpuede ser conocida sin llevar a cabo infe­
rencia alguna, sólo a través de información proporcionada por los sentidos,
por un ser humano cuyos mecanismos cognoscitivos funcionan correcta­
mente.

Desde el punto de vista del realismo ingenuo, el testimonio directo de


nuestros receptores sensoriales en buen estado de funcionamiento es por tanto
una justificación directa aceptable para una proposición como la expresada por
‘hay una esfera roja ante mí’, bastante para sostener que sabemos y no mera­
mente creemos que es verdadera. Es claro, sin embargo, que ni (1) ni (2) son
conocidas de este modo; frente a ‘hay una esfera roja ante mí’, cuya verdad es
conocida (según el realismo ingenuo) directamente, (1) y (2) son conocidas
demostrativamente.
(1) asevera un hecho particular, acaecido en una ubicación espaciotem-
poral determinada; (2) expresa un hecho general, que se da en cualquier
momento de tiempo. Ninguno de los dos expresa una proposición empírica,
en el sentido que hemos dado a esa noción. En el caso de (2), porque las pro­
posiciones empíricas necesariamente caracterizan hechos particulares. En el
caso de (1), porque el hecho particular a que hace referencia es demasiado ex­
tenso para poder ser conocido directamente a través de los receptores senso­
riales. Contribuye también a que nosotros no podamos conocerlo mediante los
! sentidos el que ocurriera cuando ningún ser humano estaba presente para
“presenciarlo”. Si conocemos la verdad de (1) y (2), por tanto, no es directa­
mente, sino mediante alguna prueba que necesariamente involucra inferencias.
Ahora bien, es igualmente claro que en cualquier prueba aceptable de ambos
^intervienen proposiciones empíricas, conocidas directamente; por ejemplo,

4. Un punto de vista en epistemología que ha sido desarrollado fundamentalmente por filósofos contemporá­
neos, entre los que Fred Dretske es quizás el mejor conocido, conviene con el sentido común en que, efectivamente,
podemos conocer directamente la verdad del enunciado mencionado. Este realismo directo rechaza las dos tesis de la
epistemología cartesiana. Sostiene, en primer lugar, que el conocim iento no es, salvo en casos derivados, cierto, sino
que es generalmente recusable-, en los casos básicos, la pretensión de conocer es siempre corregible, incluso cuando
la mantiene un sujeto reflexivo en condiciones epistémicas ideales. Además, y en contra del fundacionalismo carte­
siano, la relación entre unos y otros conocim ientos no es lineal, sino (parcialmente) de coherencia.
observaciones de fósiles en el caso de (1) y observaciones experimentales en
el caso de (2).

2. Lo objetivo y lo subjetivo

La palabra 'ingenuo' en 'realismo ingenuo' pone de manifiesto que los


filósofos que describirían así la propuesta del sentido común piensan que se
trata de una creencia profunda y radicalmente errónea, aceptada sólo de modo
irreflexivo. Sus razones conforman un haz de argumentos variopintos, pero sin
duda dotados de un gran poder de convicción. Sólo así se explica que versio­
nes de estos argumentos aparezcan desde el comienzo mismo de la filosofía;
y, más aún, que formen parte de los primeros balbuceos, de muchos de los que
se aventuran por los senderos de la reflexión filosófica. (He oído proponer uno
de estos argumentos a un niño de ocho años; y nada parecía indicar que no se
le hubiese ,ocurrido a él mismo.) El filósofo que, como Locke, presupone
supuestos epistemológicos cartesianos, puede bien conceder al sentido común
que podemos conocer la verdad de ‘hay una esfera roja ante m í’. Pero éste es,
según él, también un caso de conocimiento demostrativo, en el que está impli­
cado un complejo argumento que parte del conocimiento no demostrativo de
las sensaciones visuales que típicamente producen las esferas rojas. Conside­
raremos en lo que sigue sus argumentos, y la teoría de la intencionalidad repre­
sentacionalista que resulta de ellos.
Volvamos a los casos respecto de los que se produce el conflicto entre
el realismo ingenuo y el realismo por representación. Mi percepción, cuyo
contenido proposicional expreso con el enunciado ‘hay una esfera roja ante
m í’, es un estado intencional, un estado que representa el mundo, la situa­
ción externa, como siendo de un cierto modo (a saber, conteniendo una esfe­
ra de un cierto tamaño y un cierto color situada en cierto lugar del espacio
relativamente a la posición que mi cuerpo ocupa). El objeto intencional de
mi percepción es un cierto acaecimiento objetivo; es en virtud de la existen­
cia o no existencia de este acaecimiento que mi percepción puede ser correc­
ta o incorrecta, verdadera o falsa. En rigor, más que hablar de percepciones
falsas, hablamos de aparentes percepciones: decimos “creí ver que la esfera
era roja, pero resultó que no lo era” o “me pareció ver que la esfera era roja,
aunque no lo era” más que “vi que la esfera era roja, pero estaba equivoca­
do”. ‘Ve que la esfera es roja’, como ‘sabe que la esfera es roja’, implica
lógicamente que la esfera es roja; ‘ver’, ‘percibir’ y ‘saber’ son verbos cuya
aplicación requiere el éxito de la acción que con ellos se describe. Tal como
se entiende normalmente el enunciado ‘percibo (o v ^ ) una esfera roja ante
m í’, esta aseveración no sería verdadera si no hubiera de hecho una esfera
roja ante mí. Tampoco lo sería si, pese a que de hecho hay una esfera roja
ante mí, mi representación mental de la misma no hubiese sido producida por
la presencia de la esfera roja a través de un mecanismo específico. No di­
ríamos que percibimos una esfera roja si ante nosotros no hubiese una esfe­
ra roja, ni lo diríamos si nuestra representación mental la hubiese producido
una droga, con completa independencia de la presencia de la esfera roja.
Expresiones como ‘percibir’ (o Jas más específicas ‘ver’, ‘oír’, etc.) son ver­
bos de logro. Es como si concibiésemos percibir o ver como procesos con
un propósito: presentar al sujeto de esas actividades mentales, a través, de un
mecanismo que conduce fiablemente a ese propósito, un hecho objetivo par­
ticular (al que nos referimos con el objeto directo de esos verbos), un acae­
cimiento, que se da concurrentemente en el tiempo con tales actividades.
Cuando decimos que S percibe que p , presuponemos que el propósito de la
actividad perceptual se ha logrado a través del proceso usual, y, por tanto,
que p se da realmente.
Usaré el término acaecimiento para designar una situación o condición
objetiva, con características objetivas, con una ubicación determinada en el
espacio y en el tiempo; pero no necesariamente una que se da realmente (así,
entre lo que llamo acaecimientos los hay que se dan y los hay que no se dan,
que meramente podrían haberse dado). Un acaecimiento es aquello a lo que
nos referimos típicamente con sustantivos derivados de verbos: una batalla, una
reunión, un paseo, un casamiento. En la literatura sobre estos temas se clasifi­
can los acaecimientos en tres grupos: los procesos, que involucran cambios
prolongados, y no tienen comienzos y finales muy bien definidos (los cuatro
anteriores son ejemplos de ello); los sucesos, que son cambios instantáneos (la
victoria en una carrera), y los estados, que no involucran cambios (la presen­
cia de una mancha de aceite en la carretera, o, en nuestro ejemplo, la presen­
cia de una esfera roja ante mí). Los acaecimientos tienen constituyentes', uno o
varios particulares, una o varias propiedades o relaciones, etc. La propiedad
más característica de los acaecimientos es que se trata de aquello que, prototí-
ipicamente, interviene en relaciones causales. Así, decimos que la caída de un
tayo (un suceso) causó la destrucción del árbol, que la subida de la marea (un
proceso) causó que la toalla se empapase y que el estado de engrase del motor
(un estado) causó la avería.
La objetividad que atribuyo a Jos ac ae c im ient qs_y a sus cons ti tu y e n te s se
manifiesta en cuSrcTpropied ades7(i) Intersubjetividad.- Un mismo acaecimien­
to es accesible a diversos individuos: Bó^íñBividuos distintos podrían repre­
sentarse literalmente ese mismo acaecimiento. En razón de que dos personas
no pueden ocupar la misma posición al mismo tiempo, las características visua­
les de los acaecimientos percibidas por dos individuos en el mismo momento
pueden ser ligeramente distintas. Sin embargo, si otro individuo hubiese ocu­
pado la misma posición que yo ocupo, habría percibido exactamente el acae­
cimiento que yo percibo. Si suponemos que un mismo acaecimiento persiste
un período lo suficientemente prolongado, dos individuos, en momentos suce­
sivos, pueden representarse visualmente el mismo acaecimiento. Y, si en lugar
de considerar acaecimientos representados visualmente, consideramos, por
ejemplo, acaecimientos con características auditivas, térmicas o táctiles, enton­
ces resulta aún más claro que dosjndividuos puedan representarse a la vez lite­
ralmente el mismo acaecimiento! (ii) Sustantividad. Los acaecimientos pueden
darse sin que nadie se los represente, ([iii)JFisicidad. Los acaecimientos pue­
den describirse con precisión en términoTcientíficosren último extremo en tér­
minos de la ciencia que explica los fenómenos físicos, expresamente introdu­
cidos por razones teóricas (no necesariamente los términos de la ciencia del
presente, sino quizás términos que la ciencia del presente no es aún capaz de
formular), alcanzándose así una mejor comprensión de su naturaleza. La expli­
cación de esto reside en el hecho, antes indicado, de que los acaecimientos son
aquello que, proto tipie amen te, causa y es causado. Existen buenas razones para
pensar, por ejemplo, que podemos describir en términos físicos el acaecimien­
to al que nos referimos como “la caída del rayo”, de modo que podríamos pro­
porcionar entonces una explicación más satisfactoria de por qué ese acaeci­
miento causó la destrucción del árbol.* (ivj) Normatividad. .Los acaecimientos
sirven de norma para evaluar nuestras representaciones. Por ejemplo, es en vir­
tud de qué acaecimientos se dan concurrentemente con ella que describimos
una actividad mental como una verdadera percepción, o más bien como una
aparente percepción que no ha logrado su objetivo.
De acuerdo con el realismo ingenuo, podemos conocer directamente la
verdad de enunciados como ‘hay una esfera roja ante m f a través de la per­
cepción del acaecimiento de cuya existencia depende su verdad: la presencia
de la esfera roja ante nosotros. El objeto intencional de la percepción es este
acaecimiento objetivo; de su existencia, o no, depende la verdad o falsedad de
‘hay una esfera roja ante mí’. El representacionalista, por otro lado, acepta que
conocemos la verdad de un enunciado así; es decir, acepta que percibimos
acaecimientos objetivos. Pero niega que tales conocimientos sean directos; los
casos de lo que llamamos percibir son, más bien, casos de conocimiento
demostrativo. Expongo a continuación tres de los argumentos característicos
aducidos por los representacionalistas.
(a) La daga de Macbeth, o el argumento de las alucinaciones. Como Mac-
beth al contemplar ante sí una daga ensangrentada, yo podría estar padeciendo
una alucinación. Podna no haber nada esférico, ni rojo, ante mí. Peor aún:
podría no haber nada esférico, ni rojo, en el mundo “real”. Yo podría ser en
realidad un cerebro en una vasija en un mundo que no tuviese nada que ver
con el mundo tal como yo pienso que es, sin colores, sin formas espaciales, sin
solidez, sólo un cerebro conectado mediante cables a un ordenador manipula­
do por un extraterrestre muy listo y muy malvado, habitante de un mundo radi­
calmente muy distinto a como yo concibo la realidad, quien se divierte tomán­
dome el pelo.6 Obsérvese que, pese a lo exagerado (o “hiperbólico”) de estas

5. Como se explicará más adelante (V, § 6), la fisicidad de los acaecimientos no tiene por qué conllevar que
todo sea “reducible” a lo físico, cuando menos no en ciertos sentidos de ‘reducible’.
6. Ésta es una versión propia de la época de la ciencia ficción de la historia cartesiana del Genio Maligno,
debida a Hilary Putnam (cf. su Razón, verdad e historia); la función de ambos ejemplos es la misma. El mérito de la
versión moderna reside en que la situación que se nos presenta es más accesible intuitivamente que la concebida por
Descartes. Su defecto es que el mundo descrito no puede ser tan disímil de la realidad tal y com o la suponem os, cuan­
do contiene al menos un cerebro en el que cabe producir estados alucinatorios por el mismo procedimiento por el que,
suponemos, se pueden producir en cerebros humanos.
posibilidades, favoritas de filósofos como Locke o Descartes, las alucinaciones
no son (en contra de lo que a veces se dice) cosas extravagantes que sólo suce­
den a algunos individuos en situaciones excepcionales; el lector puede “pade-
cer” unas cuantas si adquiere uno de esos libros (El ojo mágico, N.E. Thing™
Enterprises, 1994, Barcelona: Ediciones B) en que ciertas configuraciones pro­
ducidas por ordenador producen, si se contemplan durante un cierto tiempo,
imágenes tridimensionales con una soiprendente apariencia de realidad. Y, al
parecer, un neurocirujano podría producirle vivencias de sus canciones favori­
tas, experimentadas con tanta realidad como si se estuviesen interpretando real­
mente, y sentidas como “ocurriendo fuera” tanto como si realmente se estu­
viese produciendo el sonido, con sólo poner electrodos en ciertos lugares de su
cerebro.
En cualquiera de esos casos, parece razonable pensar que el contenido pro­
posicional de mi estado mental sería el mismo que si la situación fuese como
suponemos que es normalmente. La función principal del contenido proposi­
cional de un estado representacional es indicar cuál es el objeto intencional de
ese estado; en este caso, cuál es el acaecimiento del que depende que el esta­
do sea, en efecto, una percepción, o que sea más bien una alucinación. Si la
situación real fuese una de las descritas, y estuviésemos advertidos de ello, no
la describiríamos como lo hemos hecho. No diríamos que estoy percibiendo
que la esfera es roja, sino diciendo quizás “es como si la esfera fuese roja” o
“me parece estar percibiendo que la esfera es roja”, porque, como se dijo más
arriba, percibir que p implica la verdad de p. Pero intrinsicamente no habría
diferencia alguna si hubiese realmente una esfera roja ante mí que si estuvie­
se padeciendo una alucinación; pues nada en el contenido de mi estado me per­
mitiría distinguir una situación de la otra. El contenido sería en ambos casos
el mismo, por tanto. Pero, en tal caso, el contenido proposicional del estado no
puede caracterizarse en’términos de su objeto intencional, del presunto acaeci­
miento objetivo de cuyo darse o no darse depende que el enunciado mediante
el que lo expresaría, ‘hay una esfera roja ante m f , sea verdadero o falso. Pues
ese objeto podría no existir, sin que el estado difiriese por ello en su conteni­
do representacional. Y, si es lógicamente coherente conjeturar que somos cere­
bros en una vasija o creaciones del Genio Maligno, entonces el contenido pro­
posicional no puede caracterizarse en términos de ningún constituyente de
acaecimientos. No puede caracterizarse en términos de nada objetivo.
í(b))La camara de Amos, o el argumento de las ilusiones. La cámara de
Ambs^és una habitación en la que “en realidad” hay dispuestos de un modo
aparentemente caótico varios bastones, todos separados entre sí, ocupando pla­
nos muy distintos. Sin embargo, contemplada desde un cierto ángulo, lo que
cualquier ser humano normal ve es... una silla. Este es un típico caso de ilu­
sión perceptiva. Las dos líneas del mismo tamaño que en cierto contexto pare­
cen tener diferente tamaño en la ilusión de Müller-Lyer, el palo que medio
sumergido en agua nos parece roto, el tamaño relativo de la Luna o del Sol
cuando están justo sobre el horizonte, son otros tantos ejemplos de ilusiones.
Hay otras ilusiones perceptivas más subjetivas, propias no necesariamente de
todo ser humano normal, que podrían servir al mismo propósito; por ejemplo,
la percepción de la temperatura externa como cálida cuando se está haciendo
ejercicio físico, o cuando se ha ingerido alcohol, pese a que sea “en realidad”
relativamente fría. Lo que estos ejemplos parecen mostrar es que el contenido
de nuestros estados mentales se ve grandemente afectado por “lo que pasa den­
tro” de nosotros, por aspectos por completo independientes de cómo sea real-
mente el mundo. (Las explicaciones conocidas de las ilusiones perceptivas
comunes a todos ios seres humanos tienen que ver con diferentes peculiarida­
des del funcionamiento de nuestro sistema cognoscitivo.) Y la conclusión es la
misma que antes: aquello necesario para caracterizar el contenido de esos esta­
dos no puede ser nada “objetivo”; no son características de las cosas que “están
ahí” independientemente de nuestras representaciones mentales de las mismas.
(Aunque en este caso no se siga que puedan ser completamente “fabricados”
por nosotros, como parecía seguirse de los argumentos resumidos bajo el epí­
grafe anterior; de ahí que aquéllos sean más radicales.)
((c) La ¿distancia de las estrellas, o el argumento del lapso temporal. Éste
puede''verse cóm olirfcaso de~ío anterior, como una ilusión que afecta a todos
nuestros estados perceptuales. En mi descripción anterior del contenido de mi
percepción he omitido la referencia temporal; pero el contenido proposicional
de mi estado mental también incluye aspectos temporales. Yo me represento la
esfera como siendo roja ahora, en el momento en que- estoy teniendo la per­
cepción, simultáneamente con ella. Este elemento temporal es fuente de noto­
rias ilusiones, las más conocidas de las cuales tienen que ver con las estrellas:
ese cuerpo luminoso que yo percibo situado relativamente cerca de Orion qui­
zás ha dejado de existir hace millares de años. Pero no es esta ilusión especí­
fica la base del argumento que estamos considerando. Lo que el caso de la per­
cepción de una estrella pone manifiestamente de relieve es algo que, por lo
demás, se da igualmente en todo caso de percepción de un modo menos paten­
te — incluidos aquellos en que la percepción es verídica y completamente
fiel— ; a saber, la existencia de un lapso temporal entre la situación real obje­
to de la percepción y la percepción misma.
El argumento para esto se apoya en una explicación bastante natural.de lo
que queremos decir aquí con “la situación real objeto de la percepción”, la que
ofrece la teoría causal de la percepción. Según esta teoría, la idea de que la
percepción nos presenta generalmente de modo verídico una situación objeti­
vamente existente está relacionada con la idea de que 1a percepción (por ejem­
plo, la percepción de que la esfera es roja) está causada por ia situación que
constituye el contenido de la misma (la esfera, de tai y cual tamaño y situada
en tal lugar relativamente ai que yo ocupo, siendo roja). Este elemento causal
permite entender, entre otras cosas, la idea de que lo percibido es objetivo e
independiente del acto específico de percepción. La causa, en general, no debe
su existencia ni sus características al efecto; la causa (la esfera siendo roja)
hubiera estado allí, con sus mismas características, aunque el efecto (la per­
cepción de que la esfera es roja) no se hubiese dado. Del mismo modo, el dis­
paro que mató a Kennedy podría haberse dado, con todas sus características
(dirección y velocidad del proyectil! etc.) inmutadas, aunque Kennedy se
hubiese apartado casualmente de la trayectoria y su muerte no se hubiese pro­
ducido.
Ahora bien, supuesta esta teoría causal de la percepción, es fácil ver que
el caso de la estrella meramente ilustra de modo extremo lo que ocurre en toda
percepción. Pues la causa es temporalmente anterior al efecto. Así que, inclu­
so si mi percepción de que la esfera es roja es verídica, aquello externo qué le
corresponde es un acaecimiento que bien podría haber dejado de existir en el
momento en que yo tengo la percepción, sin que las características de ésta
variasen un ápice. Por tanto, incluso cuando todo va bien y mi percepción es
verídica, no tiene sentido identificar su contenido, digamos, “inmediato”, ni los
elementos de ese contenido, con propiedades presentes en la situación externa
que le corresponde. Lo más que podemos decir es que el contenido de la per­
cepción “se parece” a la situación real presentada. Dicho de otro modo, el color
y la forma de la estrella experimentados visualmente tienen que ser numérica-
mente distintos7 del color y la forma de la estrella real (aunque quizás aquéllos
“se parezcan” a éstos), porque los primeros están presentes a mi mente ahora,
y los segundos quizás no existan ya. Pero lo mismo ocurre con todas las per­
cepciones — aunque no de un modo tan patente.
Estos tres argumentos apuntan a la conclusión que extrae el representa-
cionalista; la introduciremos primero mediante un ejemplo más sencillo que el
que venimos considerando, para extenderla después a los casos más complejos
(no sea que parezca que la plausibilidad de la propuesta representacionalista
sobreviene a la simplicidad del ejemplo). Un individuo con una hernia discal
puede experimentar, pongamos por caso, dolores enteramente análogos a fuer­
tes calambres en una pierna. Su médico le hará saber que los dolores son “ima­
ginarios” o “fantasmales” . En otro sentido, por supuesto, los dolores son tan
reales en un caso como en el otro; pueden incluso ser, en la experiencia de
nuestro sujeto, S, exactamente del mismo tipo (a S “le duelen” igual). En el
sentido en que los dolores son tan reales en uno como en otro caso, hablamos
del dolor “como sensación” o “como vivencia”. Por otro lado, el sentido en que
el dolor producido por la hernia discal, pero no el producido por el calambre,
es “fantasmal” es éste: a diferencia de lo que ocurre en el caso de los calam­
bres ordinarios, no existe — en el lugar de su cuerpo donde el paciente de her­
nia discal S siente los dolores— ninguna condición anómala que cause el
dolor-como-vivencia. Lejos de causar el dolor-como-vivencia de S una cierta
condición anómala de su pierna izquierda, la causa la protuberancia de un dis­
co intervertebral presionando sobre un nervio cuya misión es, entre otras,
transmitir al cerebro condiciones anómalas de la pierna izquierda. Este dolor

7. Decimos que dos cosas son “la misma” en dos sentidos distintos. Decimos, por ejemplo, que Juan lleva
hoy la misma corbaia que llevaba ayer (cómo se ve porque la mancha de vino no ha sido lavada); y decim os que Juan
y Pedro llevan hoy la misma corbata (aunque una está manchada y la otra no). Distinguimos estos dos sentidos como
si numérico y el especifico de la identidad: dos corbatas del mismo modelo son específicamente idénticas, pero numé­
ricamente distintas. La identidad en sentido numérico es identidad de ejem plares, mientras que la identidad en sentí-
jo especifico es identidad de f/'/wí. Véase í, § I.
(el dolor “como acaecimiento objetivo”) es, por tanto, diferente del dolor-como-
vivencia. A diferencia del dolor-como-vivencia, el dolor-como-acaecimiento
está claramente ubicado en el espacio externo (un lugar específico en el cuer­
po); puede no existir, incluso aunque exista el dolor-como-vivencia; cuando
existe, causa normalmente el dolor-como-vivencia; dada su virtualidad causal,
posee, posiblemente, una caracterización física. Tenemos, así, dos “dolores”: el
dolor-como-acaecimiento objetivo, existente en el sujeto que padece el calam­
bre pero no en el sujeto que padece hernia discal, y el dolor-como-vivencia.
Consideremos ahora una situación en que S experimenta un dolor del tipo
indicado. Llevado por el realismo ingenuo, S puede sentirse inclinado a supo­
nerse conociendo directamente un acaecimiento objetivo (aquel del que depen­
de que su experiencia sea correcta o más bien “imaginaria”). Ciertamente, sen­
timos la experiencia de un dolor como poniéndonos directamente en relación
con una condición objetiva de nuestro organismo. (Ello es aún más claro en el
caso de las experiencias visuales, como las del ejemplo que hemos venido con­
siderando hasta aquí; pero limitamos ahora al más sencillo ejemplo presente,
pese a este inconveniente —que en seguida remediaremos— tiene la ventaja de
que nos permite una exposición inicial más fácilmente comprensible.) La obje­
ción del representacionalista, sin embargo, parece inatacable: mientras que S
sabe con certidumbre (sabe, por tanto, dada la explicación cartesiana de qué es
saber) de la existencia del dolor-como-vivencia que siente, no puede pretender
conocer con esa certidumbre (la certidumbre de lo conocido directamente) de
la existencia de;un dolor-como-acaecimiento. Pues, como hemos visto, sería
compatible con que tuviera la. sensación que tiene el que sus supuestos sobre
el dolor-como-acaecimiento se revelasen completamente infundados. La exis­
tencia de estos supuestos sobre la ubicación del dolor-como-acaecimiento, etc.,
evidencia que, por el contrario, ese dolor s6 conoce indirectamente. Un estado
mental cuyo objeto intencional se conozca directamente, por consiguiente, sólo
puede estar dirigido a entidades análogas a los dolores-como-sensación.
Para referirme de manera generala lo que, en esta sencilla ilustración pre­
liminar, he llamado “dolor-como-sensación” y distinguirlo de los acaecimien­
tos, usaré ‘vivencias’. Las vivencias tienen en común con los acaecimientos lo
siguiente: (1) como algunos acaecimientos, son particulares: suceden a u n indi­
viduo en un momento concreto; (2) intervienen en la caracterización del con­
tenido de estadps mentales, y (3) son generalmente complejas (tienen diversos
elementos “constituyentes”): una vivencia visual o auditiva (a diferencia de un
dolor) es típicamente muy rica. La diferencia respecto de los acaecimientos
está en que los constituyentes de las vivencias son entidades de naturaleza
“subjetiva”. Locke denomina ideas simples a entidades de esa naturaleza. Otros
les han llamado fenómenos —del término griego para apariencias. El filósofo
británico de principios de siglo George Moore introdujo para ellos el término
sense-data, o datos sensibles, que utilizaron después filósofos contemporá­
neos como Bertrand Russell o Ayer. Quizás el término contemporáneo más
extendido sea cualidades sensibles, o sus correspondientes latinos quale (en
singular) o qualia (en plural). Utilizaré en adelante estos términos indistinta­
mente, aunque los supuestos teóricos que los filósofos indicados asocian con
esas expresiones son seguramente distintos entre sí, y distintos de los míos. El
sentido que tienen en mi uso es el que voy a explicar a continuación.
Las vivencias son paradigmáticamente “eso” que tendríamos ante nosotros
incluso si no estuviésemos percibiendo nada real, sino padeciendo una aluci­
nación. “Eso” manifiestamente fabricado por nuestra mente (con la ayuda de
la imagen bidimensional producida por el ordenador, en el caso de las aluci­
naciones tridimensionales producidas por las imágenes de libros como El ojo
mágico, o la del electrodo del neurocirujano) es una vivencia. En el sentido
puramente espacial de la palabra ‘externo’, las vivencias son tan “externas”
como los acaecimientos; pues entre los constituyentes de algunas vivencias hay
no sólo características sensoriales tales como color, sonido, etc., sino también
características espaciales (las imágenes alucinatorias que acabo de mencionar
son tridimensionales — al menos las mías; en lo que a vivencias concierne, la
introspección es la fuente privilegiada d eco nocimiento^- y se perciben en el
espacio “extemó”ra"u ñ á cierta distancia de nuestros ojos, etc.) y temporales
(los sonidos producidos por el electrodo tienen duración; nos los representa­
mos, por muy alucinatorios que sean, como formando parte de un cierto “cur­
so” en el que distinguimos un antes y un después, un “ya ocurrido” de un “por
venir”, etc.). Es justamente a propósito de esto que el ejemplo del dolor era
excesivamente simple (aunque, como he indicado, también los dolores los sen­
timos a veces como ubicados en el espacio “externo”, en una parte de nuestro
cuerpo). Tanto las características sensoriales correspondientes en las vivencias
a los colores, como las que corresponden a propiedades espaciales o tempora­
les, son qualia, cualidades sensibles.
El realismo ingenuo del sentido común se manifiesta, entre otras cosas, err
que no tenemos términos que, inequívocamente, hagan referencia a un estado
mental cuyo contenido concierna a una vivencia y no a un acaecimiento.8 Por
eso, para exponer con claridad una teoría del contenido proposicional de los
estados mentales como la de Locke —una teoría representacionalista de la
intencionalidad— necesitamos un nuevo término técnico que, sin ambigüedad,
haga referencia a un estado mental que se dirija a vivencias y no a estados de
cosas. Utilizaré ‘notar’ para este fin, y hablaré de notares para referirme a actos
o estados mentales en que un individuo nota las características de una de sus
vivencias. El término que he elegido quiere sugerir la propiedad central de
estos estados mentales, a ojos de filósofos como Locke o Descartes: se trata de
estados característicamenteconscientes: estados cuyo objeto conoce el sujeto
de un modo inmediato por introspección. Notar las características de una
vivencia es paradigma de un estado consciente.
Locke reconoce que se hace difícil mantener estrictamente la distinción

8. Sólo los términos que utilizamos para referirnos a emociones y a sensaciones muy poco específicas (la
ansiedad, el júbilo, la rabia, ciertos tipos de placer o de malestar general) parecen referir inequívocamente a viven­
cias. Se trata precisamente de los términos que utilizamos para caracterizar el contenido de estados mentales que ponen
en cuestión la validez genera! de la tesis de Brentano, pues no parecen tener objeto intencional.
entre una vivencia y sus constituyentes y un acaecimiento y sus constituyen­
tes, y admite oj]e usa muchas veces la palabra ‘idea’ para referirse a las propie­
dades objetivas de las cosas que causan las ideas y de las que las ideas son
“signos” o representantes, como veremos enseguida, en virtud de esa relación
causal:

Llamo idea a cualquier cosa que la mente percibe en sí misma, o es el objeto


inmediato de la percepción, del pensamiento o del entendimiento; y llamo al
poder de producir una idea en nuestra mente cualidad del objeto en el que ese
poder reside. Así, por ejemplo, si una bola de nieve tiene el poder de producir
en nosotros las ideas de blanco, frío y redondo, llamo cualidades a los poderes
de producir en nosotros esas ideas, tal y como existen en la bola de nieve; y les
llamo ideas en tanto que son sensaciones o percepciones en nuestro entendi­
miento. Y si en algunas ocasiones hablo de tales ideas como estando en las
cosas mismas, se ha de entender que me refiero a aquellas cualidades de los
objetos que las producen en nosotros.9 [El subrayado es mío, M. G.-C.]

Dado que, en la teoría representacionalista, las ideas son esencialmente sig­


nos de un cierto tipo (signos, naturales), la confusión provocada por el realismo
ingenuo que el representacionalismo pretende corregir (sin poder el partidario
de esta doctrina evitar incurrir en ocasiones en el potencialmente desorientador
modo de hablar de los que caen en ese error) es análoga a la confusión entre
uso y mención que expusimos en el capítulo anterior (I, § 2): aJ igual que usa­
mos inadvertidamente el signo que significa normalmente la espada cuando
queremos hablar más bien del nombre de la espada, usamos el signo que signi­
fica normalmente un constituyente objetivo de acaecimientos también cuando
queremos hablar del signo mental para el mismo (un constituyente de viven­
cias). El remedio puede ser el mismo: introducir un sistema de notación análo­
go al de las citas. Del mismo modo que, para hacer patente que el sujeto de
«Excalibur tiene cuatro sílabas» es una expresión mencionada y no usada,
seguimos la práctica de escribir más bien « ‘Excalibur’ tiene cuatro sílabas», uti­
lizaré el signo ‘#* con el fin de recordar al lector que las palabras flanqueadas
por él no designan características de acaecimientos, sino características de
vivencias: esto es, ideas o qualia. Supongamos que quiero hablar del contenido
puramente fenoménico de mi experiencia, poniendo entre paréntesis, por así
decirlo, que tenga o no un objeto intencional (es decir, aquello en virtud de cuya
existencia o no existencia se trataría de una percepción o más bien de una alu­
cinación); con ayuda de estas nociones técnicas podría describir mi estado men­
tal diciendo que noto que #hay una esfera roja ante mí#, o que noto #la pri­
mera melodía del segundo movimiento de la séptima sinfonía de Beethoven#. El
término ‘blanco’ se atribuye así sin ambigüedad a las cosas extramentales, en
el entendido de que decir de algo que es blanco abrevia algo más prolijo, a
saber, que tiene las características que normalmente causan en mí #blanco#.

9. Essay Cuneeming Human Understanding, u, viii, 8.


Hemos dicho que los notares son estados de consciencia, y que lo son
paradigmáticamente. Es preciso andarse con cuidado aquí, empero, pues la
palabra ‘consciencia’ se usa con diversos significados. En uno de estos signi­
ficados, que es absolutamente preciso distinguir del aquí invocado, un estado
consciente es un estado ^to co n scien t^jin ^estado de consciencia reflexiva. En
este sentido, un estado consciente es un estado cuyo objeto intencionarcuenta
entre sus constituyentes a la persona o ser racional que está en ese estado.
Cuando, mirándonos en un espejo y viendo en la imagen que tenemos una;
mancha de ceniza, movemos la mano hacia nuestra frente (no hacia el espejo)
con el fin de limpiamos, nuestra conducta la explica un estado de consciencia
reflexiva. Lo que llamamos notares son, sin embargo, estados mucho más pri­
mitivos, con menos presupuestos. Es sumamente plausible creer que tanto lo¿
bebés, como animales tales como perros y gatos, notan vivencias; pero es más
que dudoso que tengan estados de consciencia reflexiva.
Aunque algunos representacionalistas confunden los notares con estados
de consciencia reflexiva (paradigmáticamente, Descartes: él parece sostener
que nos sabemos — con certidumbre cartesiana— teniendo pensamientos,
incluso cuando contemplamos la posibilidad de que ninguno de los objetos
intencionales de tales pensamientos exista realmente), otros han advertido con­
tra esa confusión. Asi, Lichtenberg sostuvo que lo verdaderamente cognosci­
ble con certidumbre cartesiana se expresaría mejor con una frase con la estruc­
tura de ‘llueve’ que con una con la estructura de ‘corro’: “se piensa (aquí y
ahora) tales y cuales contenidos proposicionales”, no “yo pienso tales y cuales
contenidos proposicionales” es, según Lichtenberg, la conclusión correcta del
“cogito” cartesiano. En la medida en que, admitiendo conjeturas escépticas
radicales como las de Descartes o la de Putnam, dudamos de la existencia de
una realidad con las características que le suponemos habitualmente, estamos
también dudando de que nosotros mismos seamos como creemos ser: de que
tengamos el cuerpo que creemos tener, de que tengamos el pasado que cree­
mos tener, de que las expectativas que el futuro abriga para nosotros estén entre
las que suponemos están, etc.
Por otra parte, aunque los notares no son estados de consciencia reflexiva,
es esencial también para la propuesta representacionalista que sean estados de
consciencia, estados cognoscitivos. Un materialista radical, por ejempfó7des-
cribiría típicamente situaciones como la anteriormente descrita a propósito del
paciente de hernia discal diciendo que lo que hemos denominado “el dolor
como vivencia” es, simplemente, un estado físico del cerebro, y no algo (dis­
tinto del dolor-como-acaecimiento) conocido en un estado mental. Cuando S
experimenta un calambre, así como cuando experimenta el dolor análogo, pero
“imaginario”, producido por la hernia discal, hay dos cosas que son idénticas:
el estado físico de su órgano cognoscitivo, su cerebro; y el objeto intencional
de un estado con esa “base” física, que es otro acaecimiento físico (la condi­
ción de su pierna que, en condiciones normales, causa el estado físico de su
cerebro. Pero no hay nada más, según el materialista radical; en particular, no
hay nada a la vez existente en ambos casos y conocido en ambos casos.
El cartesiano rechaza esta idea; correctamente, a mi juicio, en vista del
siguiente argumento. Considérense estos tres estados mentales: (i) la percepción
por S de una condición muscular anómala en su pierna izquierda mediante la
experiencia del dolor típico de un calambre ubicado en esa pierna; (ii) el dolor
“imaginario”, vivido por S como intrínsecamente indistinguible al experimenta­
do en (i), producido por una hernia discal, y (iii) la percepción por S de la mis­
ma condición muscular anómala en su pierna izquierda percibida en (i), pero
conocida ahora mediante la visión por S del indicador de un cierto instrumento,
a partir del cual S infiere correctamente el estado anómalo de su pierna. (Algu­
nos se sentirán inclinados a decir que en (iii) no se da una verdadera percepción;
pero obsérvese que comúnmente hablamos en estos términos. Así, observando el
estropicio, decimos “veo que Micifuz ha estado aquí” —pese a que ni un solo
pelo del gato sea visible en la escena.) (i) y (iii) tienen algo en común: ambos
representan correctamente un acaecimiento objetivo de la misma naturaleza
(podría incluso ser numéricamente el mismo acaecimiento objetivo), (ii) difiere
de ambos en esto: pretende representar un acaecimiento objetivo del mismo tipo
que el representado por los otros dos, pero lo hace erróneamente: el acaecimiento
objetivo que representa no consiste en una condición muscular anómala de la
pierna de S. (i) y (ii) coinciden, sin embargo, en algo, y en ello difieren radical­
mente de (iii). En lo que coinciden es en que las sensaciones experimentadas por
el sujeto son las mismas en (i) y en (ii), pero son completamente diferentes en
(iii); los sujetos de (i) y (ii) notan vivencias del mismo tipo, mientras que el de
(iii) nota vivencias de distinto tipo, (i) y (ii) difieren de (iii) en que, concurren­
temente con ellos, se da “algo” (una vivencia, no un acaecimiento objetivo) que
cabe describir, indirectamente, como un dolor-de-calambre-en-la-piema.
Cuando padezco una alucinación enteramente verídica de una esfera roja ante
mí, ciertamente no se da, concurrentemente con mi estado mental, el acaecimien­
to físico extemo que normalmente causa ese tipo de sensaciones visuales, y cuya
existencia me llevan a suponer mis sensaciones visuales; pero no se da única­
mente, como pretende el materialista, el estado de mi cerebro que normalmente
es causado por esferas rojas ante mí, sino que, además, concurrentemente con mi
estado mental, existe “algo” conocido por mí con características muy similares a
las de lo que experimento cuando percibo (sin padecer alucinación alguna) una
esfera roja ante mí: justamente un conglomerado de sensaciones visuales, de la
naturaleza de lo que vengo llamando ‘vivencias’. Los estados de notar estas enti­
dades quizás sean además, como pretende el materialista, estados físicos del cere­
bro; pero, a buen seguro, son también estados de conocimiento de algo que se da
concurrentemente con ellos; lo conocido en ellos son vivencias. No son estados
de conocimiento tan elevados en la escala cognoscitiva como los estados de auto-
conciencia; pero no son tampoco meros estados físicos. Es más, la existencia y
naturaleza de las vivencias es conocida con mucha mayor certidumbre que la de
los acaecimientos que son los objetos intencionales de los estados mentales, y que
la de los estados del cerebro postulados por el materialista, Ésta es precisamente
la conclusión del último de los argumentos en favor del representacionalismo, que
hemos de añadir a los argumentos (a)-(c) ya expuestos:
j£)yEl mundo tal como lo experimenta un murciélago, o el argumento del
conocimiento. Los constitlíyéñtes de Tos oT5jetos intencionales de nuestras per­
cepciones, como constituyentes que son de acaecimientos objetivos, son pre­
sumiblemente caracterizables en los términos de la física. El rojo, concebido
como una propiedad de la superficie de la esfera que ésta tiene objetivamente,
independientemente de mi percepción de que la esfera es roja, quizás sea,
como dicen los físicos, una cierta propensión a absorber un determinado por­
centaje de la luz de cada longitud de onda que incide sobre ella, y a reflejar el
resto, una cierta reflectancia. En ese caso, un ciego de nacimiento podría lle­
gar a entender perfectamente qué es para una esfera ser roja (por la vía de la
descripción física de la propiedad), y podría incluso adquirir una habilidad qui­
zás mejor que la nuestra para decidir cuando una. esfera es roja (sirviéndose
para ello de instrumentos apropiados para medir el porcentaje absorbido de luz
de cada longitud de onda, cuyas indicaciones podría quizás leer en Braille).
Pero esto parece absurdo. Un ciego nunca conocerá el constituyente del con­
tenido de mi percepción de que la esfera es roja que significo con ‘rojo’, a
menos que deje de serlo. (Cf. Locke, Essay, iii, iv, § 11.)
Del mismo modo, nosotros nunca sabremos “cómo se siente” el mundo des­
de la perspectiva de los murciélagos, o “como qué es” el mundo desde esa pers­
pectiva, porque no tenemos ningún acceso a las vivencias que notan. Sin embar­
go, somos perfectamente capaces de determinar cuándo están presentes y cuándo
no las propiedades objetivas, físicamente caracterizables, que podrían constituir
los objetos intencionales de los estados cognoscitivos de los murciélagos. Y una
científica del futuro, que hubiese pasado toda su vida encerrada en una habitación
en que las cosas (incluido su cuerpo) sólo se ven en blanco y negro, viendo el
mundo a través de proyecciones de televisión en blanco y negro, aunque lo supie­
se todo, físicamente hablando, sobre el color, como propiedad objetiva de las
cosas —y aunque lo supiese todo también sobre la neurología del cerebro huma­
no, en particular sobre lo “correspondiente” a las percepciones del color— igno­
raría aún qué son esos contenidos de nuestras percepciones que significamos con
palabras tales como ‘amarillo’, ‘rojo’, etc. Sólo si saliese de su encierro y con­
templase eí mundo podría adquirir ese conocimiento.10
Algunos partidarios de concepciones representacionalistas como los de
Locke concluyen de este último argumento que las vivencias y los acaeci­
mientos constituyen clases disjuntas. De esto se sigue (bajo supuestos plausi­
bles) una conclusión antimaterialista: la existencia de la “distinción real” entre
la mente y •el cuerpo defendida por Descartes en las Meditaciones metafísicas.
En esta obra, sin embargo, pretendemos despejar el camino para defender una
concepción alternativa de la intencionalidad —realista sin atributos, ni realista
“ingenua” ni tampoco “por representación”— , compatible con el materialismo
(aunque no con el radical, que rechaza la existencia de vivencias), y consis­

to. El ejemplo del murciélago lo desarrolla Thomas Nagel en “What Is It Like To Be A Bat?". El de la cien­
tífica encerrada en un mundo incoloro, Frank Jackson en “What Mary Didn’t Know".
tente también con los datos a que se apela en los cuatro argumentos en favor
del representacionalismo. Enunciaremos a continuación las características que
distinguen a las vivencias y sus constituyentes de los acaecimientos, sin pre­
juzgar por tanto al hacerlo la cuestión en favor del representacionalismo. Pre­
tendemos que aceptar la existencia de vivencias en el sentido que definimos a
continuación sea compatible con el tipo de realismo que se irá elaborando en
páginas sucesivas. De acuerdo con este realismo extemista, no sería correcto
rechazar la existencia de vivencias ni de estados (conscientes) de notar sus
características; no lo sería tampoco rechazar el papel de la. conciencia en un
análisis satisfactorio de la intencionalidad, la capacidad que tienen la mente y
el lenguaje de representar el mundo. El error está en la tesis lockeana de que
los estados que representan características de estados de cosas se infieren a par­
tir de notares. Lejos de ser todo posible contenido proposicional reducible a
características de vivencias, como Locke quiere, son éstas las que — como
explicaremos— individualizamos más bien por el papel que desempeñan en
ciertos estados con contenidos trascendentes.
Las vivencias no son objetivas; carecen de las cuatro propiedades en que
hicimos consistir la objetividad de los estados de cosas. La no-objetividad de
las vivencias se traduce en que poseen cuatro propiedades opuestas a las cons­
titutivas de la objetividad de los estados de cosas/ ('^ Privacidad. Una persona
puede sentir vivencias similares a las que siente o trampero es~5ETsurdo decir que
dos personas notan la misma vivencia. Dos individuos pueden oír, literalmente,
el mismo sonido objetivo, pero no pueden sentir el mismo dolor ni experi­
mentar la misma sensación sonora.{(lij-Transpacmcia^ No hay vivencias que
se den realmente sin ser notadas; seVparaTIas^vivencias, es ser notado. Estas
dos primeras características se originan en que, tal como hemos dicho, las
vivencias son esencialmente correlatos de estados conscientes, y los estados
conscientes los pensamos como necesariamente articulados, a través de diver­
sas relaciones, en un todo que conforma una mente. Un estado consciente es
un recuerdo, porque forma parte de la misma mente constituida también por
ciertas experiencias anteriores; otros son la confirmación de una expectativa, o
la constatación de la satisfacción de una intención, porque conforman la mis­
ma mente de la que son también parte la expectativa o la intención anteriores;
otro es una conclusión obtenida inferencialmente, porque-forma parte de la
misma mente a la que pertenecen también las premisas.; (iii) jIrreducibilidad.
Hay al menos un sentido natural de “conocer” tal que, típTcaménfeTninguna
descripción en términos científicos permitiría “precisar” las características de
las vivencias de modo que, así precisadas, serían mejor conocidas. El modo
propio de conocerlas es notarlas; y, notándolas, uno las conoce tan perspicua­
mente como las vivencias pueden ser conocidas. Conocer las propiedades de
las vivencias es conocer un modo de la experiencia consciente o de la subjeti­
vidad, y no hay otro procedimiento para “conocer” modos de la experiencia
consciente que experimentarlos uno mismo: todo el conocimiento científico
que podamos adquirir sobre las experiencias que su particular aparato senso­
rial proporciona a los murciélagos (suponiendo que se las proporcione) no nos
aproxima un ápice a conocer las propiedades de las vivencias que los murcié­
lagos notan en tales experiencias/(iv) Incorregibilidad. Típicamente, las viven­
cias no constituyen una norma parar'eváíuar con respecto a la misma algunos
notares como incorrectos. (Ni, por tanto, para evaluar con respecto a la misma
los restantes como correctos, pues donde no existe la posibilidad del error no
cabe hablar tampoco de corrección.) No hay notares frustrados; no hay nota­
res incorrectos, discemibles de los correctos por relación a las características
“reales” de las vivencias notadas.11
Tal como he dicho antes, las vivencias paradigmáticas, como los hechos,
son “moleculares”: poseen “elementos” o constituyentes, en el sentido de que
un sujeto capaz de representarse un hecho o una vivencia es capaz de repre­
sentarse otros hechos o vivencias que tienen en común alguno de ios constitu­
yentes con aquéllos. El argumento fundamental para atribuir constituyentes a
unos y a otros es que tanto los estados mentales cuyos objetos intencionales
son acaecimientos, como los notares, son sistemáticos en el sentido expuesto
anteriormente (I, § 2). Una persona capaz de percibir una esfera roja ante sí es,
típicamente, capaz también de percibir una esfera verde de otro tamaño a una
distancia de sí diferente. Lo mismo ocurre con los notares. Y la aprehensión
de una nueva idea simple (un color que no habíamos experimentado antes) per­
mite experimentar nuevas vivencias resultantes, en modos predecibles, de la
combinación de la nueva sensación con otras viejas (esferas de ese color ante
nosotros). En ciertas situaciones, un notar puede tener por objeto una vivencia
relativamente simple (un dolor, por ejemplo; pero en ciertas situaciones pare­
ce que es incluso posible experimentar un color sin ubicación espacial). Los
representacionalistas piensan generalmente en experiencias de este tipo, cuyos
objetos son lo que Locke llama ideas simples. (Kant, por ejemplo, presume una
“multiplicidad de sensaciones”.) Es conveniente recordar que las vivencias
paradigmáticas no son tales “multiplicidades” caóticas, sino que son comple­
jas estructuras articuladas; a las “ideas simples” llegamos mediante el análisis,
por abstracción teórica, sobre la base de consideraciones de sistematicidad
como las apuntadas.

11. Las cuatro características de las vivencias han sido formuladas de modo compatible con la posibilidad de
que las vivencias sean un cieno tipo de acaecimientos (en lugar de pertenecer a una clase disjunta con la de los acae­
cimientos). Por ejemplo, lo que he llamado ‘privacidad’ no se opone a que podamos saber que las cualidades sensibles
notadas por otros individuos sean exactamente del mismo tipo que las notadas por nosotros. Lo que he llamado ‘irce-
ducibilidad’ no se opone a que las características de las vivencias puedan, también ellas, ser descritas de un modo más
perspicuo por la ciencia (por ejemplo, en términos neuroftsiológicos). Sólo se opone a que — en el sentido de ‘cono­
cer’ apropiado para las vivencias, es decir, en el de ser consciente de ellas— tales descripciones ayuden a “conocer­
las” mejor. Y lo que he llamado ‘incorregibilidad’ no pretende oponerse a que en algunos casos estemos dispuestos a
aceptar rectificaciones en la identificación fina del tipo de nuestras sensaciones. (Por ejemplo, puedo aceptar, sobre la
base combinada de datos químicos y datos neurofisiológicos, que, después de todo, el sabor que he notado en esta cer­
veza es el mismo que el de la que bebí ayer — aunque al notarlo me pareció algo diferente— si se me convence de que
la cerveza es químicamente idéntica a la de ayer, y de que la parte relevante de mi cerebro estaba en el mismo estado
en que estaba ayer al notar el sabor.) La irreducibilidad y la incorregibilidad de las vivencias se opone a que uno pue­
da confundir un dolor con un color, un dolor de cabeza con uno de muelas o el #rojo# con el #verde#.
Usaremos cosa o entidad objetiva para designar a los constituyentes de ios
acaecimientos, e idea o entidad subjetiva para designar a los constituyentes
de vivencias. Se usan ambos términos, ‘cosa’ e ‘idea’, de manera completa­
mente genérica: pueden aplicarse indistintamente a inviduos concretos (Sha­
kespeare, una ejempliñcación concreta de la sensación de dolor de muelas)
o a características repetibles (y, entre éstas, tanto a propiedades, como a
géneros, etc.).

El término ‘objetivo’ se usa también, en algunas teorías filosóficas, para


caracterizar entidades abstractas tales como los números. A lo largo de este tra­
bajo se usa exclusivamente de la manera que se acaba de caracterizar. A mi ju i­
cio, la cuestión de la naturaleza ontológica de las entidades abstractas no es tan
fundamental para los temas centrales de este trabajo (las relaciones entre el len­
guaje, el mundo y la mente) como la cuestión del papel respectivo de lo que,
según la descripción anterior, contarán en lo sucesivo como entidades objeti­
vas y subjetivas.

3. Realismo por representación

Disponemos áhora de los materiales conceptuales necesarios para elucidar


los dos elementos'de la teoría de la intencionalidad propuesta por el realismo
por representación, que en la sección primera resumimos así: (i) Los objetos
intencionales inmediatos de los estados mentales no son objetos reales ni sus
propiedades, sino entidades mentales {ideas) (ii) que representan en virtud de
relaciones causales a ios objetos de la realidad v sus propiedades.
Un chiste me permitirá ilustrar de un modo plástico los aspectos centrales
del realismo por representación de Locke y elucidar después concisamente sus
asertos centrales. Un físico, un matemático y un filósofo contemplan una
región para los tres desconocida desde su compartimiento en un tren en mar­
cha. Al otro lado de la ventana se ve una vaca negra pastando. “En este lugar,
las vacas son negras”, dice el físico. “Vas demasiado lejos”, dice el matemáti­
co. “Lo más que podemos decir con los datos de que disponemos es que, en
este lugar, al menos una vaca es negra” ‘T ú también vas demasiado lejos”,
dice el filósofo. “Lo más que podemos concluir es que, en este lugar, al menos
una vaca es negra por un lado!7 Hagamos explícito eí contenido de la historia
(echando a perder con ello cualquier “gracia” que pueda tener; pero nuestro
objetivo no es ser graciosos). El físico asevera que las vacas del lugar son
negras; muestra al hacer ese aserto que se siente justificado en su creencia de
que las vacas del lugar son negras. El matemático observa que ésa no es más
que una mera opinión, inferida imprudentemente (con imprudencia característica
de los físicos, sugiere además la historia) a partir de una creencia menos arries­
gada y mejor justificada dados los datos disponibles: la de que al menos una vaca
en el lugar es negra. El filósofo corrige similarmente al matemático, su­
giriéndole que su creencia de que hay al menos una vaca negra en el lugar es
igualmente una mera opinión, obtenida mediante una inferencia igualmente
imprudente a partir de una creencia menos arriesgada y mejor justificada dados
los datos disponibles; a saber, la de que hay una vaca que es negra por el lado
visible.
El realismo por representación lockeano sugiere añadir a la historia un
cuarto viajero, el filósofo cartesiano, quien diría al filósofo del chiste original:
“tú también vas demasiado lejos. Lo más que puedo concluir con certidumbre
es que, en este lugar, las cosas producen en mí ideas de vaca por un lado
negra”. De la contemplación de ideas de vaca-negra-por-un-Iado inferimos
(con mayor o menor osadía) la presencia de vacas negras por un lado (y de
ello, si somos aún más atrevidos en nuestras inferencias, podemos inferir des­
pués la presencia de vacas negras por ambos lados o el color de las vacas en
la región). El filósofo del chiste comparte con el matemático y ei físico la idea
de que el contenido de la única creencia que en su opinión está justificado ase­
verar concierne a un acaecimiento: la negrura-por-un-lado de la vaca, por
ejemplo, es una característica objetiva en los cuatro sentidos que hemos indi­
cado antes.
Podemos ahora formular con precisión la tesis del filósofo cartesiano. Su
tesis es que lo único que se puede aseverar propiamente en esa situación es
noto que #hay una vaca negra por un lado#. A partir de este estado de cono­
cimiento, y mediante una inferencia más o menos atrevida, se obtiene la opi­
nión de que hay una vaca que es negra por un lado; aún más inciertas son las
inferencias que llevan ulteriormente a las opiniones del matemático y del físi­
co. La tesis de Locke es ésta: los estados mentales básicos son notares; y todo
otro estado mental posible compendia inferencias, más o menos atrevidas, a
partir de uno o varios actos de notar. En el caso básico, yo noto que #la esfe­
ra ante mí es roja#. Estos estados mentales básicos no pueden ser incorrectos.
A partir de ellos infiero que hay un estado de cosas, con las propiedades, cua­
lesquiera que sean, que típicamente causan en mí vivencias con las caracterís­
ticas de la vivencia que noto.* Esta inferencia es esencialmente del mismo tipo
que la que lleva de la percepción de una vaca negra por un lado a la opinión:
de que la vaca es negra por ambos lados; o que la que lleva de la comproba-j
ción de que en un lugar hay una vaca negra a la opinión de que las vacas del;
lugar son todas negras. La única diferencia entre una y otras es accidental: a!
saber, que la primera es una inferencia que hacemos sin advertirlo, aún más
automáticamente de lo que hacemos cualquiera de estas otras. En la sección
primera introdujimos el concepto de proposición empírica, diciendo que un¡
enunciado expresa una cuando su verdad, caso de que la proposición sea ver4
dadera, puede ser conocida sin llevar a cabo inferencia alguna, sólo a través de
información proporcionada por los sentidos, por un ser humano cuyos meca­
nismos cognoscitivos funcionan correctamente. Para el realista por representa-
ción, una proposición empírica trata exclusivamente de vivencias notadas; pues
sólo las vivencias pueden ser conocidas directamente.
Con percibo que la esfera ante m í es roja expresamos de modo compacto
la inferencia que acabamos de describir, la que nos lleva del notar, las caracte­
rísticas subjetivas de nuestra vivencia (es decir, de las proposiciones empíricas
del representacionalista) a las características colegidas del estado de cosas que
supuestamente ía ha producido. ‘Percibo que hay una esfera roja ante m f debe
entenderse, según concepciones como la de Locke, como una abreviatura de
noto #algo esférico y rojo ante mí#, y juzgo que algo tiene características que
normalmente causan esas características ttesféricastt y ttrojas#. Los productos
de estas inferencias sí pueden ser incorrectos: por ejemplo, si estoy padeciendo
una alucinación, las características de mi vivencia no las causa lo que típica­
mente causa vivencias con esas características, sino alguna cosa excepcional
(la imagen fabricada por el ordenador, el electrodo del neurocirujano). Sigue
siendo el caso entonces que noto que #la esfera ante mí es roja#, pero es fal­
so que perciba que la esfera ante mí es roja (porque el juicio que forma parte
de la atribución de percepción es falso).
Consideremos un sujeto reflexivo, que cree estar percibiendo que hay una
esfera ante> él, y considera el estatuto epistémico de esta opinión. Evidente­
mente, un sujeto asi puede poner inicialmente en cuestión la corrección de su
juicio. Quizás, pese a que está notando vivencias visuales como las que nor­
malmente producen las esferas situadas ante nosotros, no hay tal esfera; o qui­
zás sí la hay, pero no es la esfera, sino un proceso esquizofrénico, una droga,
o un mago muy poderoso, el verdadero responsable de que las tenga (de modo
que las hubiera tenido estuviese o no la esfera ante él); o —puestos a suscitar
dudas extravagantes— podría ser que sea en realidad un cerebro palpitando en
una vasija ubicada en un laboratorio de Alfa Centauri, conectado a un potente
ordenador manipulado por un perverso científico extraterrestre que se entretie­
ne haciéndole creer que es un ser humano hecho y derecho, ubicado en un pla­
neta muy alejado de Alfa Centauri, percibiendo una esfera roja ante sí, etc.
Para el cartesiano, la mera posibilidad de cuestionar el juicio de que estamos
percibiendo que hay una esfera ante nosotros — o, simplemente, el de que hay
una esfera ante nosotros:— como lo acabamos de hacer muestra que tal juicio,
incluso cuando es correcto, es el resultado de una inferencia. El único conoci­
miento directo presente en este caso es el notar las vivencias visuales de #esfe-
ra# #ante uno#. Supongamos que, de hecho, la situación es perfectamente nor­
mal y la vivencia ha sido producida por la esfera real a través de un proceso
perceptivo usual. En tal caso, Descartes y Locke admiten la posibilidad de que
el sujeto reflexivo que hemos considerado construya un complejo razonamien­
to (pasando en el caso de Descartes, entre otras cosas, por el convencimiento
de la existencia de Dios y su bondad) como resultado del cual el sujeto puede
concluir que su juicio inicial de que percibe una esfera roja ante sí es correc­
to. Relativamente a la justificación ofrecida por ese razonamiento, cabe decir
entonces que el sujeto conoce (con la certidumbre que el cartesiano requiere)
el hecho objetivo consistente en que hay una esfera ante él. Pero, evidente­
mente, este conocimiento es demostrativo.
Es así como ios objetos intencionales inmediatos de los estados mentales
no son objetos reales ni sus propiedades, sino entidades mentales (ideas). En
cuanto a la segunda tesis, que esos objetos intencionales representan en virtud
de relaciones causales a los objetos de la realidad y sus propiedades. Locke la
elabora diciendo que las ideas son “signos naturales” de las cosas. La huella
que Robinson Crusoe encuentra un día en la playa es un signo natural de la
presencia de un ser humano. El humo es un signo natural del fuego, y el núme­
ro de los anillos concéntricos en el tronco de un árbol es un signo natural del
número de años de vida del árbol. En los ejemplos anteriores, y generalmente,
un signo natural es un efecto de su significado. Dada una relación causa-efec-!
to, decimos que el efecto significa naturalmente su significado. Pero también
puede ser más bien el signo natural una causa de su significado, como cuan­
do decimos que la brecha en la presa es un signo de su próxima rotura; o inclu­
so un efecto de una causa que también es causa de su significado, como cuan­
do tomamos lo que ocurre en un televisor como signo de lo que pasa en otro,
conectado a la misma emisora que el primero. Lo esencial para que haya sig­
nificación natural es la existencia de relaciones causales, de leyes naturales.
De ahí que hablemos aquí de signos naturales. El realismo por representación
de Locke consiste en la tesis de que es legítimo inferir de la existencia de nues-l
tras ideas la existencia de propiedades objetivas de las cosas que habrían cau-j
sado esas ideas. Locke pensaba que cuando, erróneamente, adoptamos la posi-í
ción que antes hemos llamado “realismo ingenuo”, nuestro único pecado es¡
olvidamos de que el supuesto de la existencia de una situación real, cuyas
características objetivas son las que constituyen el contenido de mi percepción,
no es más que el resultado de una inferencia en todo similar a la de Robinson.
No es literalmente verdad que yo esté percibiendo una situación que objetiva­
mente contiene una superficie roja. “Lo” que yo percibo, inmediatamente, son
mis ideas.
El punto de vista del realismo por representación aparece perfectamente
explicado en una famosa parábola de Descartes. Él mismo indica que el símil
pretende dar cuenta de nuestro acceso no sólo a “todas aquellas propiedades
conocidas a través de la experiencia, sino también a todas aquellas que no pue­
den ser tan fácilmente observadas” (Descartes, Dióptrica\ en Discurso del
método, Dióptrica, Meteoros y Geometría, Madrid: Alfaguara, 1981, 60). Es
decir, la parábola pretende ilustrar la naturaleza de todos nuestros estados men­
tales dirigidos a los acaecimientos del mundo externo:

Sin duda habéis visto la necesidad de utilizar un bastón para guiaros cuando
caminabais sin luz por lugares difíciles por ía noche. Así mismo, os habréis per­
catado de que mediante el extremo del bastón podéis apreciar la existencia de
diversos objetos que se encuentran a vuestro alrededor, e incluso que podéis dis­
tinguir si son árboles, piedras, arena, agua, hierba, barro o algún otro objeto
semejante. Verdad es que esta forrría de sentir es un poco oscura y confusa para
aquellos que no han tenido una gran práctica. Pero si consideráis el constante
ejercicio de aquellos que, habiendo nacido ciegos; se han servido de tal medio
durante toda su vida, entonces la encontraréis tan perfecta y tan exacta que
podríamos afirmar que ven por sus manos o que su bastón es el órgano de un
sexto sentido, que les ha sido dado al carecer de la vista. Para establecer una
comparación a partir de esto, deseo que penséis que la luz no es otra cosa en
los cuerpos, que son llamados luminosos, que un cierto movimiento o una
acción muy rápida y muy viva que se dirige a nuestros ojos a través del aire y
de los otros cuerpos transparentes, de igual forma que el movimiento o la resis­
tencia de los cuerpos que encuentra este ciego llega a su mano a través del bas­
tón. Tal consideración os impedirá encontrar extraño ... que por medio de la luz
podamos ver toda clase de colores, así como que estos colores no sean otra cosa
en los cuerpos, sino las diversas formas en que los mismos reciben y reflejan la
luz contra nuestros ojos, si consideráis que las diferencias constatadas por un
ciego entre diversos árboles, piedras, agua y cosas semejantes por medio de su
bastón no le parecen menores de lo que son para nosotros aquellas que existen
entre el rojo, el amarillo, el verde y todos los otros colores. Y sin embargo,
todas aquellas diferencias no son otra cosa en todos esos cuerpos que las diver­
sas formas de mover este bastón o de resistir a sus movimientos [...] no es nece­
sario suponer que haya nada en estos objetos que sea semejante a las ideas o
sentimientos que de ellos tenemos, de la misma forma que [...] la resistencia o
movimientos de esos cuerpos, que es la única causa de los sentimientos que [el
ciego] tiene, no es en nada semejante a las ideas que concibe (i b i d 61-62).

La explicación que Locke podría dar del error que llamamos “realismo
ingenuo” está en que, siendo la inferencia de las ideas directamente conocidas
a sus causas completamente habitual, la hacemos de un modo tan automático
que incluso nos olvidamos de que la hacemos. La naturaleza de la inferencia
queda perfectamente reflejada con el símil de Descartes, particularmente si nos
imaginamos a nosotros mismos — no habituados a utilizar el bastón como se
describe— utilizando las sensaciones táctiles obtenidas por medio del bastón
para hacemos conjeturas sobre las cosas “externas”. No hay aquí error posible:
lo que conocemos directamente son las sensaciones transmitidas por el bastón.
Quizás, una vez habituados (como el ciego de nacimiento) a hacer la inferen­
cia, daríamos en el error del realismo ingenuo. La reflexión filosófica nos
recuerda la existencia de tales inferencias.
Estamos ahora en disposición de comprender las ideas expresadas en el
texto de Brentano citado en 1a sección primera, que sintetizan una concepción
análoga a la defendida por Locke. En los términos del texto de Brentano, el
objeto intencional al que los estados mentales hacen referencia, y al que están
dirigidos, no es una “realidad” ; es decir, el objeto intencional de un estado
mental prototípico no tiene por qué existir. Esta era la primera de las caracte­
rísticas de los estados intencionales, su falibilidad. Se trata de una falibilidad1
extrema, pues el representacionalista supone que hipótesis escépticas radicales
como la del Genio Maligno son lógicamente coherentes: cabe dudar de todas
nuestras convicciones sobre el mundo de los acaecimientos objetivos. De lo
único de que no cabe dudar es de que tenemos esas convicciones, con esos
objetos intencionales. Los representacionalistas precisan explicar esto postu­
lando, para dar cuenta del contenido proposicional de uno cualquiera de estos
estados, exclusivamente entidades que no son constituyentes de acaecimientos,
sino sólo de vivencias; entidades, en suma, que sólo existen inmanentemente
al estado mental. La característica central de los estados mentales, según esta
concepción, es su ser (como los notares) estados de conciencia:
El contenido proposicional de todos los estados intencionales que repre­
sentan acaecimientos objetivos es, según el representacionalista, expresable
enteramente en términos de características subjetivas en el sentido en que lo
son. las vivencias. Esta es una teoría de la representación, porque ofrece una
explicación de las dos características distintivas de los estados representacio-
nales. Según las misma, los elementos constituyentes de las proposiciones que
expresan el contenido de nuestros estados intencionales son todos ellos inter­
nos. No son internos en el sentido espacial del término; como hemos tratado
de dejar claro, algunas vivencias (las vivencias visuales, pero también las
auditivas) tienen características espaciales y temporales en virtud de las cuales
bien pueden ser descritas como espacio-temporalmente “externas”. Son más
bien internos por oposición a objetivos, donde ‘objetivo’ debe entenderse abre­
viando las cuatro características de las propiedades de los estados de cosas que
antes enumeramos, intersubjetividad, sustantividad, fisicidad y normatividad.
Los elementos que identifican los contenidos proposicionales de nuestros esta­
dos intencionales son, por contra — según filósofos como Locke o Brentano— ,
todos ellos privados, transparentes, irreducibles e incorregibles.
Tenemos así una explicación del primer elemento distintivo de los estados
representacionales, su falibilidad. El término ‘inmanentes’ que Brentano utiliza
recoge esta explicación: el objeto intencional del estado que expreso mediante
‘hay una esfera roja ante mí’ es “inmanente”, en el sentido de que puede ser carac­
terizado exclusivamente en términos de entidades con las cuatro características de
las vivencias. No hay, por tanto, ningún misterio: las relaciones intencionales nos
relacionan con entidades que podrían no existir sólo indirectamente, poniéndonos
primero en contacto para ello con entidades cuya existencia está garantizada, dada
la existencia misma del estado intencional. Usaremos el término ‘trascendente’
para referimos a objetos intencionales determinados por contenidos que no púe-,
den ser caracterizados sin suponer la existencia de entidades objetivas. '

Diremos entonces que una teoría internista de la representación es una según


la cual el objeto intencional de todos los estados intencionales es inmanen­
te, y una teoría externista es una según la cual el objeto de algunos es tras­
cendente.

Aunque las teorías representacionalistas se ocupan primariamente de


explicar el primero de los aspectos que hacen peculiares a las relaciones inten­
cionales, su falibilidad, la explicación propuesta da cuenta, por añadidura, del
segundo de esos aspectos, su intensionalidad. El objeto intencional de un esta­
do representacional es un acaecimiento objetivo; por ejemplo, la presencia de
una esfera roja ante mí. El contenido proposicional del estado está enteramen­
te caracterizado en términos de notares de vivencias y juicios sobre sus causad
usuales. Por consiguiente, es de esperar qué pudiera haber un estado con el'
mismo objeto intencional (dirigido al mismo acaecimiento objetivo), pero con
un contenido proposicional diferente. Por ejemplo, uno podría representarse
ese mismo acaecimiento no en términos de las vivencias visuales indicadas,
sino en términos más “teóricos”: la presencia de un objeto que refleja luz de
tales y cuales características. Algo análogo ocurría en el ejemplo antes pro­
puesto, la percepción del dolor-como-acaecimiento bien a través del camino
usual (notar el #dolor-de-calambre-en-la-piema#), bien a través de la compro­
bación del indicador de un instrumento. La explicación que ofrece el repre­
sentacionalismo es, de nuevo, que no es el objeto intencional el que identifica
al estado representacional, sino que éste está inmanentemente caracterizado por
los constituyentes internos.
En las tres secciones precedentes hemos presentado una concepción inter­
nista, y lo hemos hecho indicando los argumentos que la justifican. Quizás el
lector se pregunte ahora cómo alguien puede defender una teoría extemista. El
realismo por representación de Locke parece combinar del modo más satisfac­
torio posible las consecuencias de los argumentos contra el realismo ingenuo
que repasamos anteriormente, con lo que de plausible hay en el mismo. Al for­
mular el argumento del lapso temporal sostuvimos que el realismo ingenuo
lestá estrechamente ligado a una cierta teoría causal de la percepción. La teoría
■de las ideas de Locke, como hemos visto, recoge este elemento causal: la infe­
rencia que nos lleva de un mero notar a un percibir se apoya en la noción de
significación natural. Es decir, la inferencia se hace, según Locke, bajo el
supuesto de que existe una relación causal entre las características notadas de
nuestras vivencias y ciertas características de los estados, de cosas que produ­
cen nuestras vivencias. El lector puede comprobar cómo esta teoría da cuenta
de las consideraciones que sirven de base a’los cuatro argumentos contra el rea­
lismo ingenuo expuestos anteriormente.
Sin embargo, existen buenas razones para poner en cuestión el realismo por
representación de Locke. Una buena parte de esas razones las suministrará el exa­
men en profundidad de las consecuencias negativas del representacionalismo (y
de las alternativas compatibles con el intemismo, como el fenomenalismo) que
se llevará a cabo en capítulos sucesivos. Pero, incluso sin proporcionar ahora una
justificación aceptable para ella, conviene bosquejar aquí, a grandes rasgos, la
idea central de la propuesta extemista; aunque sólo sea para no dejar introducido
el extemismo de una manera puramente negativa. Presento esta idea con respec­
to a los ejemplos simples ya utilizados en la sección anterior; la generalización a
casos más complejos —como la percepción, o aparente percepción, de la esfera
roja ante uno— es relativamente inmediata. Los ejemplos eran estos: (i) la per­
cepción por S de una condición muscular anómala en su pierna izquierda median­
te la experiencia del dolor típico de un calambre ubicado en esa pierna; (ii) el
dolor “imaginario”, vivido por S como intrínsecamente indistinguible al experi­
mentado en (i), producido por una hernia discal, y (iii) la percepción por S de la
misma condición muscular anómala en su pierna izquierda percibida en (i), pero
conocida ahora mediante la visión por S del indicador de un cierto instrumento,
a partir del cual S infiere correctamente el estado anómalo de su pierna.
El intemismo se caracteriza, en cualquiera de sus variedades (representa­
cionalista o fenomenalista) por la tesis de que el contenido proposicional de (i)
y (ii) es idéntico. Sólo el mundo externo difiere, en los aspectos relevantes para
la corrección o incorrección de los estados a los que su contenido proposicio­
nal común remite, (i) y (ii) son análogos a dos proferencias de ‘el padre de
cada uno de los alumnos del colegio tiene un Porsche’, efectuadas la una a pro­
pósito de circunstancias externas que la hacen verdadera, la otra a propósito de
circunstancias que la hacen falsa. La tesis extemista, por contra, es que es el
contenido proposicional mismo de los estados (i) y (ii) que es diferente.
El extemi^mo presupone una concepción jalib dista de I conocmfiento: la
certeza no es una condición necesaria para saber. Eíl particular, aunque no
podemos estar ciertos de que haya un tipo de condición muscular anómala de
hecho nómicamente relacionado con la sensación de dolor que el sujeto nota
en los ejemplos, en la medida en que de hecho la haya, el extemismo presu­
pone que sabemos que se da, por cuanto un caso de la sensación de dolor no
se da, normalmente, a menos que se dé un caso de la condición. La sensación
de dolor funciona así para S como un indicador fiable de esa condición anó­
mala. Una justificación del presupuesto requeriría establecer que se da la debi­
da conexión nómica entre un tipo de condición muscular y la sensación (vemos
así la condición como una propiedad disposicional, cf. V, § 2); pero, incluso
aunque no estemos en condiciones de ofrecer tal justificación, en la medida en
que la conexión exista, es para el extemismo el caso que conocemos la condi­
ción muscular al experimentar la sensación.
No es que, para el extemismo, no haya ninguna condición cognoscitiva
que imponer a aquello que puede figurar en el contenido proposicional de esta­
dos mentales y proferencias lingüísticas. No puede atribuirse a un sujeto la
capacidad de juzgar o hablar acerca de los (p, si no posee conocimiento algu­
no acerca de los cp. Para que una cierta entidad pueda formar parte del conte­
nido proposicional de los estados mentales o las proferencias lingüísticas de un
sujeto, el sujeto debe poseer algún “modo de presentación” (VI, § 2) por medio
del cual conoce a esa entidad. Lo que ocurre es que la concepción del conoci­
miento que es consustancial al extemismo es menos exigente que la concep­
ción cartesiana. En particular, si se cumple el recusable supuesto indicado (si
de hecho existe un tipo de condición muscular anómala nómicamente relacio­
nado con la sensación de dolor), ello es bastante para atribuir a un sujeto cono­
cimiento de que se da un caso de la misma cuando experimenta un caso de la
sensación producido por la condición. Por medio de la sensación, la condición
de su pierna se le hace manifiesta: la conoce del modo cognoscitivamente más
inmediato para un sujeto, experimentando directamente en sí una sensación
que indica la presencia del caso de la condición.
El caso, o ejemplar concreto, de esa condición objetiva forma parte del
contenido de (i), pero, naturalmente, ningún caso así puede formar parte
del contenido de (ii). En esto radica la diferencia entre el contenido de ambos
estados. La motivación fundamental para la tesis internista de que el conteni­
do de (i) y (ii) es idéntico está en que, en una ocasión dada, un sujeto reílexi-
vo no podría distinguir, “desde dentro” por así decirlo, si su estado correspon­
de a una situación como (i) o más bien a una como (ii). La motivación funda­
mental de! extemismo para no conceder mucha importancia a esta intuición
radica en las diferencias entre (i) y (ii) que van más allá de esa similitud; por
ejemplo, en diferencias que incluso podrían manifestarse subsiguientemente a
S. Así, podemos descubrir que esas condiciones musculares anómalas nómica-
mente conectadas con la sensación de dolor tienen también otros efectos nómi-
cos; es de esperar que esos efectos pudieran contrastarse en el caso (i), pero,
naturalmente, no pueden contrastarse en el caso (ii).
Es innegable, empero, que la intuición que proporciona la motivación cen­
tral para el intemismo tiene una gran fuerza. Esa intuición sirve para construir
un argumento poderoso, que está en la base de la concepción cartesiana de la
mente y del lenguaje. Ocurra lo que ocurra con nuestro conocimiento del mun­
do externo, parece razonable creer que tenemos un conocimiento privilegiado
de lo que pensamos (y de lo que queremos decir con nuestras palabras): ésta
; es la sustancia del “cogito” cartesiano. El extemismo parece cuestionar esto.
"Los estados mentales del sujeto en situaciones como las de (i) y (ii) son, según
el análisis extemista, muy diferentes. Sin embargo, el sujeto que está en ellos
no puede distinguir si está en uno o más bien en el otro. Uno podría incluso
ser “trasladado”, sin advertirlo (porque se nos ha hipnotizado, etc.), de un tipo
de situación a la otra, y no “advertiría” ninguna diferencia.
A mi juicio, no hay modo apropiado de poner en cuestión las poderosas
intuiciones aquí en juego apelando meramente a otras intuiciones. Es necesa­
rio adoptar una actitud teórica ante las mismas. Validar las consideraciones deí
párrafo precedente exige elaborar una concepción del contenido proposicional
que realmente las justifique: una verdaderamente internista. Cuando hayamos
visto adonde conducen tales intentos de justificación estaremos en mejor dis­
posición para no dejamos impresionar por ellas.
El extemismo que he bosquejado concede mucho a los puntos de vista
mentalistas tradicionales. En particular, en contra del materialismo al que me
referí en la sección anterior, postula también entidades subjetivas, conocidas de
una manera distinta y más inmediata a como conocemos entidades objetivas.
Es así que el contenido proposicional de (i) y (iii) también difiere; no esta vez
en los aspectos objetivos, que establecen la diferencia entre el contenido de (i)
y el de (ii), sino en los subjetivos, en los “modos de presentación”. En los
supuestos antes descritos, S en la situación (i) tiene un acceso intencional a una
condición muscular anómala de su pierna izquierda. Este acceso es intencio­
nal, porque S podría haber tenido los mismos datos, que le hubiesen llevado a
juzgar lo mismo, y aun así no haberse dado el ejemplar concreto de la condi­
ción muscular anómala en cuestión. Un sujeto como S no tiene por qué tener
acceso intencional a la sensación de dolor por medio de la cual tiene acceso
intencional a una entidad objetiva; pues, para tener acceso intencional a algo,
es preciso poseer un “modo de presentación” de ello, y los sujetos que no se
han embarcado en reflexiones filosóficas como éstas no tienen modos de pre­
sentación de sensaciones. Sin embargo, incluso un sujeto así conoce (no inten­
cionalmente, tácitamente) la sensación de dolor. Así se explica que el sujeto en
(ii) esté en disposición de emprender el mismo tipo de acciones racionales que
está dispuesto a llevar a cabo el sujeto de (i).
Desde un punto de vista extemista, un acceso intencional a las sensacio­
nes sólo se alcanza a través de consideraciones como las de la sección ante­
rior, introduciendo para ellas conceptos que las presentan por su papel en los
estados intencionales dirigidos a entidades objetivas. El intemismo puede con­
ceder que nuestro conocimiento usual de las sensaciones es meramente tácito;
pero tiene que sostener que es posible ofrecer una caracterización intencional,
puramente interna de las mismas. En esto reside la dificultad principal del
intemismo, como páginas sucesivas pondrán de manifiesto; y en la dificultad
radica el mejor argumento en favor del extemismo, por implausible que intui­
tivamente pueda resultar.
La diferencia entre el representacionalismo y la forma de extemismo que
he bosquejado en los párrafos precedentes (inspirada, dicho sea de paso, en las
ideas de Wilfrid Sellars)12 es excesivamente sutil como para resultar apreciable
a un ojo poco entrenado en la teorización filosófica. Sin embargo existe, y es
profunda. El representacionalismo es una concepción internista. Su motivación
tradicional se encuentra en el deseo de basar una respuesta al problema del
escepticismo fundando el conocimiento del mundo extemo en el conocimien­
to cierto de nuestros propios estados mentales; una motivación menos oblicua
puede encontrarse, simplemente, en la fuerza de la intuición apuntada unos
párrafos más arriba sobre el supuesto carácter “directo”, no mediado por el
conocimiento de nada externo, del conocimiento del contenido de nuestros pro­
pios estados mentales.13 Sólo una concepción internista del contenido, piensa
el representacionalista, puede responder a estas motivaciones.
El representacionalismo elabora una concepción internista en dos estadios.
Un sujeto filosóficamente ingenuo pensaría, como el físico del chiste con que
abrimos esta sección, que su juicio perceptual en el sentido de que al menos
una vaca en el lugar es negra es un juicio “inmediato”, formado con indepen­
dencia de cualquier otro juicio o estado mental. Un sujeto reflexivo, sin embar-
go, no concederá más’ que una validez menor a esta idea. Es cierto que, en la
fenomenología subjetiva, el juicio en cuestión se percibe ocurriendo con la
inmediatez descrita. Sin embargo, existen muy buenas razones para pensar que,
hablando en términos más teóricos y también más serios, el juicio indicado se
tiene en virtu d de tener un juicio epistémicamente más básico; y éste len vir­
tud de’ remite a la relación epistémica de esta r un cierto estado con co n ten i­
do p ro p osicional inferencialm ente sostenido p o r .otro. Obsérvese que no se tra­
ta sólo de que, en un caso particular como el del chiste, el juicio sobre el color
de la parte no observada de la piel de la vaca dependa epistémicamente de
otros estados con contenido proposicional. La historia pretende ilustrar una

12. Cf. “Empiricism and the Philosophy ot' Mind”, en su Science. Percepñon and Recdity.
13. Cf. B ogh ossian ,‘‘Content and Self-Knowledge”.
tesis más ambiciosa; a saber, que eí contenido de los estados cuyos objetos
intencionales son entidades no observadas consiste enteramente en relaciones
inferenciales, de fundamentación racional, que remiten en último extremo a
otros estados cuyos objetos intencionales son entidades observadas. Así, el
representacionalismo postula una base de estados (correspondiente a mis nota­
res) cuyo contenido proposicional los hace dirigidos a vivencias (este es el pri­
mer estadio), y presenta el contenido de todos los demás como consistiendo en
los vínculos inferenciales de fundamentación racional a través de los cuales se
relacionan con la base; éste es el segundo estadio. E! modelo del representa­
cionalismo es el mismo que aplicaríamos a los enunciados que tratan de enti­
dades teóricas: entenderlos (es decir, conocer su significado) es conocer las
relaciones inferenciales que vinculan causal-explicativamente a las conjetura­
das entidades teóricas con entidades observables (cf. V, §§ 1-2), en el supues­
to de que lo único que “observamos” son las afecciones sensibles subjetivas de
que somos conscientes.
Se ve en este breve sumario cómo es fundamental para garantizar el
intemismo perseguido por el representacionalismo que haya estados cuyos
objetos intencionales son vivencias, y que esos estados estén, epistémica­
mente, en la base racional que determina el significado de todos los demás;
aceptando, desde luego, que en la fenomenología subjetiva los juicios sobre
eí mundo externo no son percibidos como dependiendo racionalmente de ju i­
cios sobre nuestras sensaciones. Todas las dificultades del representaciona-
íismo (las que dan pie al argumento que Jleva al fenomenalismo y al solip­
sismo, cf. V, § 4 y X, § 5, y las que elabora el argumento contra la posibili­
dad de un lenguaje privado, cf. XI, § 7) derivan de esta característica decisir
va. Por contra, en la alternativa de inspiración sellarsiana que he bosquejado
brevemente, las vivencias no son los objetos intencionales de los estados
epistémicamente más básicos. Los objetos intencionales de estos estados son
ya acaecimientos objetivos; los estados básicos no serían los que son si tuvie­
sen objetos intencionales distintos a los que tienen. Las vivencias son sólo
objetos intencionales de estados que, como el de aquellos dirigidos a acaeci­
mientos teóricos, tienen contenidos constituidos por relaciones inferenciales
con los básicos.
Ciertamente (y en esto reside la principal dificultad para hacer defendible
esta propuesta), las vivencias desempeñan ya un papel en los estados episté­
micamente básicos. He sugerido que su papel es análogo al de los “modos de
presentación” o sentidos fregeanos que se introducirán más adelante (cf. VI-
VII). No cabe estar en estados intencionales dirigidos de manera suficiente­
mente bien definida a acaecimientos objetivos (como lo son ya los racional­
mente básicos), sin “saber” cosas sobre uno mismo, sin sentir conscientemen­
te las propias vivencias. Pero este “saber” de uno mismo no es un estado inten­
cional, ni desempeña un papel de fundamento racional en la posesión de esta­
dos dirigidos al mundo externo. Es un modo de saber sui generis, primitivo e
irreducible, sobre el que ciertamente se pueden decir todas las cosas que esta­
mos diciendo (en especial, que desempeña en la representación el papel que le
estamos atribuyendo), y que en parte cada uno de nosotros conoce por su pro­
pio caso. La diferencia fundamental entre el representacionalismo y la posición
aquí bosquejada está por tanto en que, como hemos visto, para el representa­
cionalismo los notares son estados intencionales epistémicamente básicos; son
estados que desempeñan por sí mismos un papel de justificación racional. En
la concepción bosquejada, los notares son sólo subsidiarios coadyuvantes en la
posesión de estados epistémicamente básicos dirigidos a acaecimientos obje-
tivos.
De aquí derivan, en esta concepción, las cuatro características de las
vivencias que resumimos calificándolas de subjetivas (§ 2). No es que
las vivencias sean entidades en sí mismas distintas de los acaecimientos; las
vivencias son, presumiblemente, acaecimientos consistentes en estados de
nuestros cerebros. Estos acaecimientos son “subjetivos” sólo en la medida en
que, siendo notados, desempeñan el papel de modos de presentación de acae­
cimientos objetivos en los estados representacionales racionalmente más
básicos. Algo que en sí mismo es un acaecimiento objetivo es también una
vivencia subjetiva en cuanto desempeña un cierto papel en un sistema repre­
sentacional. Ser una vivencia es como ser viudo, o como ser doblemente
grande; es una propiedad que se tiene en virtud de mantener relaciones con
otras cosas.
Cabría decir que la posición bosquejada es también “representacionalista”,
ya que comparte con el representacionalismo la idea de que conocemos el
mundo externo en virtud de nuestro acceso consciente a las afecciones sensi­
bles sobre nuestra mente. Mas en esta objeción se juega de manera teórica­
mente inaceptable con las palabras; pues, si se quiere que esta afirmación
caracterice correctamente la propuesta anterior, debe darse a £en virtud de’ un
significado crucialmente diferente al que tiene en la formulación del represen­
tacionalismo. En este último caso, significa la relación de fundamentación
racional. En la propuesta anterior, sin embargo, significa algo más cercano a lo
que significa cuando decimos que percibimos el mundo externo en virtud de
que nuestro cerebro está en ciertos estados. Aquí, la relación es meramente de
fundamentación causal-explicativa: nadie pensaría que, comúnmente, inferi­
mos juicios sobre el mundo externo a partir de juicios sobre los estados de
nuestro cerebro. La objeción ignora, en definitiva, la ciertamente sutil, pero
profunda diferencia entre las dos propuestas. En razón de ella la posición bos­
quejada es extemista, con lo que está libre de las graves objeciones que el
representacionalismo debe afrontar; por otra parte, también se debe a la dife­
rencia que la posición de inspiración sellarsiana parece contraponerse a lo que
de razonable hay en la intuición de que podemos conocer, de manera privile­
giada, el contenido de nuestros estados mentales. La sutileza de estas distin­
ciones, dicho sea de paso, es la que cabe esperar de las propuestas filosóficas.
En definitiva, en la concepción analítica el objetivo de tales propuestas es per­
mitimos hablar con propiedad, ayudándonos a describir correctamente hechos
que rehúsan obstinadamente dejarse describir de manera coherente, clara y dis­
tinta.
4. M odalidades semánticas, epistémicas y metafísicas

E xpondrem os en esta sección el p ro b lem a del conocim iento a p rio ri, y su


relación con la filosofía del lenguaje. E n § 1 introdujim os el concepto de ju s ti­
fica ció n , el de proposición em pírica y el de conocim iento cierto. D ado que el
epistem ólogo cartesiano presupone que sólo el conocim iento cierto, in co rreg i­
ble, es verdadero conocim iento, y dado que su concepción de la ju stificació n es
fundacionalista, las proposiciones em píricas que, por ser directam ente co n o c i­
das, están en la base del co nocim iento em pírico conciernen p ara él a vivencias.
E n la sección indicada del capítulo segundo ofrecim os algunos ejem p lo s de p ro ­
posiciones conocidas a p o sterio ri, que repetim os a continuación.

U na proposición co n o cid a a p o sterio ri es o bien una pro p o sició n em p írica o


bien una en cuya ju stificació n d em ostrativa interviene alguna p ro p o sició n
em pírica.

(1) Los dinosaurios desap areciero n a fines del cretácico.

(2) Si una barra de m etal se calienta, se dilata.


El problem a del conocim ien to a p rio ri parte de la co n statació n de que
existen proposiciones cuya verdad co n o cem o s y que, sin em bargo, no p arecen
ser conocidas a posterio ri. (3) puede ser un ejem plo:

(3) Si a y b son, respectivam ente, la longitud de cad a uno de los cateto s


de un triángulo rectángulo, y e la de su hipotenusa, ento n ces a2 + tí1
= C2.

L a verdad de un a p ro p o sició n puede ser co nocida de m odos distintos: u n a


proposición tiene m ás de u n a ju stificació n posible. Para m uchas de las p ro p o ­
siciones que conocem os pod ríam os ofrecer ju stificacio n es su stan cialm en te
diferentes. (3), por ejem plo, puede ser ju stifica d a invocando p ro p o sicio n es
em píricas. P o r ejem plo, p o d em o s co n stru ir triángulos de cartón que se ap ro x i­
m en lo más que sea posible a ser rectángulos; co n stru ir d espués tres cu ad rad o s
cuyos lados sean los de los catetos y la hipotenusa, respectivam ente; y d isp o ­
ner los dos prim eros (recortándolos del m odo que sea preciso ) sobre el seg u n ­
do, com probando así que las superficies coinciden. O bien p o dem o s c o m p u tar
la longitud de los catetos, y, tom ando (3) com o hipótesis, p red ecir la de la
hipotenusa, m idiendo luego ésta p ara c o m p ro b ar la corrección de la pred icció n .
(Parece que los antiguos b abilonios y egipcios conocían la verdad de (3) a tra­
vés de alguno de estos p rocedim ientos em píricos.)
Sin em bargo, la d em ostración de prop o sicio n es geom étricas com o (3) p ro ­
cede deductivam ente a p a rtir de unos pocos axiom as, com o los p ro p u esto s en
los E lem entos de E uclides, c u y a verdad no parece req u erir n inguna ju s tific a ­
ción que invoque pro p o sicio n es em píricas. El m ás “du b itab le” de ellos es el
axioma de las paralelas, que dice que por un punto exterior a una recta pasa
sólo una recta paralela a ella. Ahora bien, la siguiente parece una justificación
no empírica de la misma: sea L una línea recta infinita orientada como lo están
los renglones de este escrito, P un punto externo superior a ella y m una línea
cualquiera que pasa por P y corta a / por un lugar situado a la derecha del lec­
tor respecto de una perpendicular a l que pasase por P. Imagínese a m rotan­
do en la dirección contraria a las manecillas del reloj en tomo a un eje per­
pendicular al plano que atraviesa P. Según se mueve m, el punto de intersec­
ción Q con l se mueve hacia la derecha a lo largo de esa recta; en algún
momento Q “desaparece”, y vuelve a “aparecer” por la izquierda, moviéndose
de nuevo hacia la derecha. Intuitivamente, parece que debe existir a lo largo de
esta trayectoria una posición de la línea m para la que no existe ningún punto
Q, y que esa posición es única.14
Las proposiciones aritméticas, como la expresada por (4), constituyen un
caso similar, aún más claro si cabe:

(4) 7 + 5 = 12.

Diremos que una proposición es cognoscible a priori si existe una justifica­


ción para la misma que no envuelve proposiciones empíricas. Las proposi­
ciones conocidas a priori son, por tanto, independientes de las conocidas a
posteriori, en el sentido de que existe una justificación no empírica para las
mismas.

Esta definición no recoge todas las connotaciones del término latino ‘a prio­
ri \ que significa “previamente”. Pero podemos recoger parte de esas connota­
ciones tomando en cuenta además que las proposiciones conocidas a priori están
de algún modo involucradas, por su generalidad, en la articulación de cualquier
cuerpo de conocimiento a posteriori. Una parte del conjunto de proposiciones
cognoscibles a priori constituye la provincia de la filosofía; en la medida en que
sean verdaderos, enunciados como ‘el efecto sucede temporalmente a la causa\
o ‘todo objeto tiene propiedades esenciales que determinan condiciones necesa­
rias de su identidad’ serían también cognoscibles a priori. Debe resultar com­
prensible la atracción que el epistemólogo cartesiano experimenta hacia el cono­
cimiento a priori; pues este conocimiento parece, tanto como el conocimiento
consistente en notar una vivencia, paradigmáticamente cierto, en el sentido pre­
viamente definido: conocimiento que un sujeto reflexivo puede atribuirse con­
fiadamente, sabiendo que esa atribución no podrá ser ya recusada.15

14. El Fedro de Platón contiene una demostración análoga a esta de que el área de un cuadrado cuyo lado es
la diagonal de otro es dos veces el área de éste.
15. Tanto los empiristas como los racionalistas tradicionales tenían proyectos epistem ológicos igualmente
fundacionalistas: asentar el conocimiento en una base cierta, incorregible. Los primeros (com o Locke) se apoyan en
proposiciones empíricas, conocidas a po sterio ri; los segundos, en proposiciones conocidas a priori.
El problema del conocimiento a priori lo suscita la (aparente) existencia,
entre las proposiciones cuya verdad conocemos, de proposiciones — como (3)
y (4)— conocidas a priori. Si existe conocimiento a priori (si, por el contra­
rio, las apariencias engañan, y ni los ejemplos propuestos ni ningún otro can­
didato son, después de todo, enunciados cognoscibles a priori, entonces el pro­
blema quedaría disuelto) la dificultad está en lo siguiente. (3) y (4), al igual
que (2), tienen validez objetiva general: (3) y (4), al igual que (2), enuncian
hechos que valen de modo general en la realidad constituida por acaecimien­
tos objetivos. Del mismo modo que la verdad de (2) nos hace esperar que toda
barra con la que nos podamos tropezar se dilate si se calienta,: la verdad de (3)
nos hace esperar que todo triángulo rectángulo real (un campo de labranza con
la forma de un triángulo rectángulo, o un triángulo rectángulo de madera) con
el que podamos tropezamos sea pitagórico. (Es precisamente porque (3) tiene
validez objetiva que existen también justificaciones inductivas para él.) La ver­
dad de (4), por su lado, nos hace esperar que siempre que sumemos siete obje­
tos y cinco objetos, el resultado de contar el total de objetos sumados arrojará
un cómputo de doce objetos; por ejemplo, que siempre que tomemos siete
manzanas, tomemos cinco manzanas más, y contemos el resultado de juntar los
dos grupos de manzanas, el total incluirá doce manzanas.
Ahora bien, pese a que también puedan suscitarse ciertas dificultades filo­
sóficas al respecto (el llamado problema de la inducción, del que trataremos
en V), no parece especialmente difícil de explicar que tengamos conocimiento
con validez objetiva general (como el ilustrado mediante (2)) cuando este
conocimiento es a posteriori. A grandes rasgos, la explicación que el sentido
común ofrecería sería la siguiente: el mundo de los acaecimientos objetivos no
está sólo conformado por individuos, por objetos concretos, sino también por
rasgos generales que se ejemplifican repetida y sistemáticamente en individuos
diversos. Estos rasgos generales están nómicamente relacionados entre sí; es
decir, se dan objetivamente leyes naturales en virtud de las cuales los rasgos
generales del mundo se ejemplifican de un modo regular y ordenado. A través
de nuestros sentidos, y de nuestra capacidad de raciocinio, somos capaces de
identificar los rasgos generales del mundo y de construir teorías sobre las rela­
ciones nómicas que los vinculan. Es el conocimiento de tales teorías (que
incluirían afirmaciones como (2)) el que nos permite trascender el conoci­
miento de lo particular que nos dan nuestros receptores sensoriales.
Para muchos filósofos, esta historia (cercana en muy buena medida a la
metafísica aristotélica) no es más que una fábula. Pero lo que nadie puede decir
es que se trate de un dislate patente. Consideremos, por contraste con esta
explicación — sea o no fabulosa— el conocimiento a priori. Tal conocimiento
también tiene validez objetiva general, como hemos visto: las proposiciones
conocidas a priori tienen aplicación general al dominio de los acaecimientos
objetivos. Ahora bien, en su justificación no interviene ninguna proposición
empírica, ningún hecho particular constatado perceptualmente. ¿Cómo es esto
posible? ¿Cómo es posible que conozcamos hechos generales que se dan en el
mundo objetivo, sin que necesitemos recurrir para establecer la corrección de
tal conocimiento a información proporcionada por los sentidos? Estas pregun­
tas carecen de una respuesta que tenga al menos el grado de plausibilidad que
tiene la explicación aristotélica bosquejada antes de por qué tenemos conoci­
miento a posteriori con validez objetiva general.
Es importante reparar en que la pregunta no es: “¿cómo es posible que
hayamos adquirido conocimiento sin utilizar los sentidos?”. Aunque resulta
natural tomar a priori en el sentido temporal de “anterior a la adquisición de
conocimiento empírico”, éste no es un sentido útil. Una razón es que las cues­
tiones relativas a la adquisición del conocimiento son, en muchos casos,
epistémicamente irrelevantes. Sólo si se pudiera mostrar que, en este caso, las
cuestiones relativas a la adquisición poseen significación para la cuestión de la
justificación serían epistémicamente relevantes. Una segunda razón es que,
puesto que podría haber conocimiento a priori en el sentido que hemos dado
al término (no relativo a la prioridad temporal en la adquisición, sino a la inde­
pendencia en la justificación), pero no haberlo en el sentido temporal, afumar
la existencia de conocimiento a priori en el sentido aquí definido es menos
comprometido de lo que lo es afirmar la existencia de conocimiento a priori
en el sentido temporal. Quizás no poseamos conocimiento a priori en este sen-i
tido temporal. Quizás para estar en disposición de conocer a priori la verdad
de una proposición como (3), por ejemplo, sea necesario previamente poseer
información facilitada por los sentidos. Sin ir más lejos, para estar siquiera en
disposición de entender (3) y (4) es preciso adquirir el lenguaje, y la adquisi­
ción del lenguaje entraña ciertamente elementos empíricos. (Este problema se
evita en la filosofía tradicional al soslayar el método analítico que aquí segui­
mos, presentando los problemas y los conceptos haciendo referencia al len­
guaje.) Sin embargo, incluso concediendo todo esto, los ejemplos (3) y (4)
seguirían mostrando que parece haber conocimiento a priori en el sentido
—relativo a la posibilidad de la justificación a priori de conocimiento con vali­
dez general en el mundo objetivo, y no a la de su adquisición “a priori”— que
hemos dado al término. Ahora bien, la pregunta no es menos problemática
cuando se plantea en estos términos; de modo que es más útil considerar las
discusiones sobre la adquisición como irrelevantes para nuestro problema.16
Quizás contribuya a acrecentar la sensación de perplejidad que quiero
infundir formular de un modo muy burdo — tanto que resultará quizás insul­
tante para sus partidarios— las que parecen ser las soluciones de dos de los
filósofos que con mayor penetración se ocuparon de esta cuestión, Platón y
Kant. Según el primero, el conocimiento a priori es posible porque el mun­
do de los acaecimientos objetivos fue dispuesto por un ser racional, que des­
pués nos hizo a nosotros (o a nuestras almas inmortales) el favor de “antici­
parnos” algunos de los rasgos que había puesto en su disposición, ahorrán­
donos así el esfuerzo de descubrirlos. Según.el segundo, el conocimiento a

16. Tomar a priori en el sentido temporal parece estar detrás de una de las “demostraciones” platónicas de la
inmortalidad del alma.
p rio ri es posible porque el mundo “real” no es en verdad real; en algunos
aspectos — aquellos precisamente que podemos conocer a p rio ri, particular­
mente su estructura espacial y temporal— es una fabricación de nuestra m en­
te (por otra parte, que tenga estos aspectos es necesario para que tenga cua­
lesquiera otros). Estas “explicaciones” sí son meras fábulas, ininteligibles si
se toman literalmente; por eso, no son verdaderas explicaciones en absoluto:
no alivian en un ápice nuestra perplejidad. Lo mismo ocurre, en mi opinión,
con las verdaderas propuestas de Kant y Platón, incluso cuando se toman con
todos sus matices.
El enunciado (5) ilustra un tipo de proposición cuya verdad también cono­
cemos a priori, la posibilidad de cuyo conocimiento, según Kant, no suscita
sin embargo perplejidades:

(5) Todo soltero es no-casado.

(5) es una verdad analítica. Según Kant, una verdad analítica es una pro­
posición “cuyo, predicado está contenido en su sujeto”. La idea de Kant es ésta:
una proposición consta de un concepto-predicado y de un concepto-sujeto.
Algunos conceptos son complejos; están “constituidos” por otros conceptos, un
conjunto de “notas características” (al modo en que las moléculas están “com­
puestas” de átomos). Por ejemplo, el concepto de soltero está “constituido” por
los conceptos p erso n a , n o -ca sa d a . La metáfora molecular de la constitución de
unos conceptos por otros se puede eliminar, expresando la idea literalmente: se
trata en definitiva de que quien posee la capacidad de aplicar un concepto com­
plejo a un individuo o posee necesariamente con ello también la capacidad de
inferir que a o se aplican también los conceptos constituyentes. Si, analizando
en sus constituyentes un concepto complejo que aparece como sujeto en una
proposición, se topa uno con el concepto que aparece como predicado en la
proposición, la proposición es analítica. (5) es un ejemplo, y la proposición
expresada por 4todo cuerpo es extenso’ proporciona otro —en el supuesto de
que el concepto cuerpo incluya las notas características o b je to , extendido en el
e sp a cio , extendido en el tiempo.
Con su definición de ‘verdad analítica’, Kant no trataba meramente de
introducir una estipulación arbitraria. Por el contrario, Kant trataba de enunciar
con precisión un rasgo que (5) tiene en común con otros enunciados; por ejem­
plo, (6), (7) y (8):

(6) O todo número primo es la suma de dos números pares, o no todo


número primo es la suma de dos números pares.

(7) Si todo parlamentario es abogado, y todo asistente a la fiesta es parla­


mentario, entonces todo asistente a la fiesta es abogado.

(8) Si los caballos son animales, las cabezas de caballos son cabezas de
animales.
En opinión de Gottlob Frege (formulada en Los fundamentos de-.la'arit­
mética, de 1884), sin embargo, Kant fracasó al definir ese rasgo común a (5>;
(8). La idea de que lo característico de este tipo de proposiciones es que bas­
ta analizar el sujeto para ver si aparece el predicado es inaplicable a (6)-(8),
porque, incluso si hallamos una estructura sujeto-predicado en las proposicio­
nes que expresan esos enunciados (lo que siempre es posible, de modos más o
menos artificiosos), no podríamos dar cuenta de su verdad por el procedi­
miento de analizar el predicado y buscar entre sus notas el sujeto. Lo que ver­
daderamente tienen en común (5)-(8), según Frege, es que, o bien son-verda­
des lógicas, o bien pueden convertirse en verdades lógicas sustituyendo térmi­
nos que poseen una definición por las expresiones, que los definen. (Así, (5) se
convierte en una verdad lógica sustituyendo ‘soltero5 por ‘persona no-casada’.)
Ésta es la definición de verdad analítica que proporciona Frege como alterna­
tiva a la defectuosa definición kantiana.
Una verdad sintética, tanto para Kant como para Frege, es simplemente
una verdad que no es analítica. Tanto las proposiciones de la geometría
—como (3)— como las de la aritmética —como (4)— son sintéticas, según
Kant. Como se dijo antes, Kant no pensaba que la posibilidad del conocimiento
a priori de verdades analíticas fuese problemática. Es el hecho de que haya
proposiciones sintéticas cognoscibles a priori — como (3) y (4)— lo que Kant
consideraba fuente de perplejidad. Frege, por su parte, conjeturó que, si bien
Kant estaba en lo cierto en cuanto al carácter sintético de las proposiciones
geométricas, el erróneo análisis kantiano del concepto de analiticidad le hizo
clasificar incorrectamente las de la aritmética. La empresa a la que Frege dedi­
có todo su empeño a lo largo de muchos años fue la de mostrar que las pro­
posiciones aritméticas verdaderas son analíticas y no sintéticas como Kant pre­
tendió.
Que las proposiciones aritméticas son analíticas significa, dada la defini­
ción fregeana de ‘verdad analítica’ que se acaba de exponer, que existen defini­
ciones de las nociones característicamente aritméticas (los conceptos de cada
número, el cero, el uno, el dos, etc., el concepto general de número natural, el
de la relación de orden entre los números, los de las operaciones aritméticas,
suma, resta, exponenciación, etc.) tales que, una vez los términos definidos son
sustituidos por los términos que expresan sus definiciones, las verdades arit­
méticas se revelan verdades lógicas. (En el sentido en que (5) se convierte en
una verdad lógica cuando se sustituye ‘soltero’ por ‘adulto no casado’, que
podría servir para definirlo.) Se conoce como programa logicista a esta tesis,
a cuya justificación fehaciente dedicó Frege la mayor parte de su actividad
intelectual. Con el fin de desarrollar el programa logicista, Frege elaboró un
sistema lógico muy preciso, en el que pretendía demostrar paso a paso — a par­
tir de verdades lógicas y definiciones de las nociones aritméticas en términos
puramente lógicos-— típicas verdades aritméticas, de un modo tan detallado
que no cupiera duda alguna de que tanto las proposiciones de partida como
cada uno de los pasos eran puramente lógicos. Desde el punto de vista de la
consecución de éste, su objetivo principal, el programa teórico de Frege con­
cluyó en uno de los más famosos fracasos que registra la historia del pensa­
miento; Bertrand Russeil le indujo a ver -en 1903, después de la publicación
de la obra en que Frege creía haber llevado a término su objetivo, G rundge-
setze d e r A r ith m e tik - que el sistema de axiomas pretendidamente lógicos que
había elaborado para demostrar proposiciones aritméticas era inconsistente. (Es
de justicia recordar aquí que, en el desarrollo de su proyecto, Frege hizo apor­
taciones a la lógica y a la semántica contemporáneas que harían com­
pletamente injusto considerar su trabajo enteramente baldío. Algunas de esas
aportaciones se exponen en el capítulo VI.)
Incluso si el proyecto de Frege hubiese tenido éxito (o si lo tuviese, en
alguna versión distinta a la del propio Frege), sin embargóles más que dudo­
so que, por sí solo, hubiese contribuido a resolver, o al menos aliviar, el pro­
blema del conocimiento a p rio ri . La razón no es, únicamente, que seguiríamos
sin saber a qué atenemos en lo que respecta a las proposiciones geométricas
como (3). La razón más profunda es que, aunque todas las verdades cognosci­
bles a p r io r i (no sólo las aritméticas, sino también las geométricas o cua­
lesquiera otras) fuesen verdades analíticas (verdades lógicas, o verdades lógi­
cas dadas las definiciones de algunos términos), seguiríamos sin tener una
explicación satisfactoria de cómo es posible un conocimiento a p rio ri con vali­
dez objetiva general. No, cuando menos, hasta tanto no dispusiésemos de un
análisis satisfactorio de la noción de verdad a n a lítica que despejase nuestra
perplejidad. Pues las verdades lógicas no tienen menos el carácter de proposi­
ciones con validez general objetiva de lo que lo tienen proposiciones como (3)
o (4). En rigor, cabe censurar que Kant no encontrase igualmente problemáti­
co el carácter a p rio ri de nuestro conocimiento de las verdades analíticas. Qui­
zás explique esto el que las verdades analíticas, según la definición de Kant,
sean verdades casi triviales, manifiestas “a simple vista”. Pero que se pueda
explicar así que Kant pasara por alto el problema no justifica que lo hiciera.
En cualquier caso, nada comparable puede decirse de las verdades analíticas
según la definición de Frege; en la mayoría de los casos, sólo complejos argu­
mentos nos convencen de su carácter de tales verdades. (Piénsese sólo que el
último teorema de Fermat, que el matemático de Princeton K. Wilkes sostiene
haber probado recientemente mediante una prueba que dista de haber sido
aceptada por sus colegas, sería una verdad analítica si el programa logicista
fuese acertado y el teorema verdadero.)
Frege sugiere en algunos pasajes de su obra que la pretensión de dar una
explicación de la naturaleza de la analiticidad, o de la verdad lógica, ha de que­
dar necesariamente insatisfecha. El problema estaría, según él, en que una
explicación así sería necesariamente circular: pues la lógica es tan básica, que
estaría presupuesta en la presunta explicación. Tanto él como Russell — tam­
bién partidario del programa logicista, y significado contribuyente a su desa­
rrollo— ofrecieron, sin embargo, algunas indicaciones sobre la naturaleza de
la verdad lógica. Todas ellas eran, ajuicio del joven Wittgenstein, insatisfac­
torias; una de las motivaciones fundamentales del Tractatus (publicado en
1921) fue la de ofrecer una explicación alternativa de la naturaleza de la ver­
dad analítica en el sentido de Frege (el propio Wittgenstein usa generalmente
‘lógico’ como sinónimo de ‘analítico’ en el sentido de Frege). Una explicación
así tiene como objetivo fundamental asegurar algo que, según él, no consiguen
las indicaciones al respecto de Frege y Russell: “la correcta elucidación de las
proposiciones lógicas debe asignarles un lugar único entre todas las proposi­
ciones” (Tractatus, 6.112). Esta explicación serviría también, de ser correcta,
como explicación de la naturaleza del conocimiento a priori; o, al menos, de
la parte del mismo que coincide con las verdades analíticas. Las propuestas de
Wittgenstein a este respecto se exponen en el capítulo IX.
Puesto que los términos que hemos introducido hasta aquí, ‘analítico’ (o
‘lógico’), ‘sintético’, ‘cognoscible a priori', ‘cognoscible a posteriori’, cuali­
fican la verdad de un enunciado o una proposición (esto es, describen ti modo
en que lin enunciado o proposición son verdaderos), tos conceptos que expre­
san se conocen como modalidades. Los dos primeros conceptos constituyen las
modalidades semánticas (pues dependen de propiedades semánticas de los
enunciados o proposiciones), los segundos las modalidades epistémicas. Debe­
mos introducir para completar la exposición las modalidades restantes, a saber,
las modalidades metafísicas, usualmente significadas con ‘necesario’, ‘posible’
y ‘contingente’.
Existe una diferencia entre enunciados cómo (9) y enunciados como (10)
apreciable intuitivamente. Una primera manifestación de la misma consiste en
que, si bien ambos enunciados son verdaderos, intuitivamente hablando, el pri­
mero no podría ser falso, o no es concebible su falsedad, mientras que el
segundo podría haber sido falso, o es concebible su falsedad:

(9) O todo número par es la suma de dos números primos, o no todo


número par es la suma de dos números primos.

(10) El día en que asesinaron a César había más de diez cm3 de agua en
el Mediterráneo.

Del mismo modo, distinguimos argumentos que son como (11) — ‘P \


con un subíndice, indica que el enunciado que le sigue es alguna de las pre­
misas del argumento; ‘C \ que se trata de la conclusión— de otros que son
como (12):

(11) P, Los caballos son animales.


C Los hijos de caballos son hijos de animales.

(12) P, Todos los cuervos de que tenemos noticia son negros.


C Todos los cuervos son negros.

Intuitivamente de nuevo, la diferencia se manifiesta en que, aunque en ambos


casos la única premisa y la conclusión sean enunciados verdaderos, en el
segundo la conclusión podría haber sido falsa, aun manteniéndose verdadera
la premisa (o, cabe decir, es co ncebible la falsedad de la conclusión junto con
la verdad de la premisa); pero tal cosa no sucede con el argumento (11).
Partiendo de la noción leibniciana de m u n d o p o sib le podemos ofrecer una
elucidación tentativa de las nociones modales de n ecesid a d y p o sib ilid a d aquí
en juego. La elucidación no pretende ser explicativa: será tan iluminadora, o
tan poco, como lo sea la noción de m u n d o p o sib le. Entendemos la idea de que,
aunque el mundo real ha seguido (y seguirá, aunque ahora lo desconozcamos)
un cierto curso, hay muchos cursos alternativos que el mundo podría haber
seguido; cada una de esas “historias alternativas” del mundo es un m u n d o p o s i­
ble. Es conveniente para simplificar las explicaciones tomar al mundo real
como uno de los mundos posibles.17 Usando esta noción, podemos definir las
tradicionales “modalidades” de la verdad, n e c e sid a d , p o sib ilid a d y co n tin g en ­
cia así: un enunciado es necesa ria m en te verdadero cuando es verdadero res­
pecto a todos los mundos posibles; es p o sib le m en te verdadero cuando es ver­
dadero respecto a algún mundo posible, sea o no el mundo real. (Por tanto, si
un enunciado es necesariamente verdadero, no es posible que sea falso, y vice­
versa; y si es' verdadero, es posiblemente verdadero también, porque es verda­
dero respecto al mundo real, que, hemos convenido, es también uno de los
mundos posibles.) Por último, un enunciado es contin g en tem en te verdadero si
es verdadero repecto al mundo real, pero no es necesariamente verdadero; esto
es, es verdadero, pero hay un mundo posible respecto al cual es falso.
Aunque, en un sentido de la expresión ‘poder’, decimos que las vacas no
p u ed en alcanzar la Luna desde la Tierra de un salto, la posibilidad aquí en jue­
go es relativa a lo que consideramos son las leyes físicas. Si estamos dispues­
tos a contar entre los mundos posibles mundos en que las leyes naturales difie­
ren de las del mundo real, parece aceptable que haya mundos posibles en que
las vacas alcanzan la Luna saltando desde la Tierra; eso es lo que tiene en men­
te quien sostiene que las vacas p o d ría n llegar de un salto a la Luna. Sin embar­
go, no hay mundos posibles en que un soltero esté casado; tampoco los hay en
que hoy es lunes y mañana no es martes, por amplio que sea el sentido que le
demos a la posibilidad aquí implicada. Aquí debe tenerse presente una adver­
tencia muy importante. Sí que hay mundos posibles en que las palabras ‘lunes’
y ‘martes’ se usan de tal modo que el día que sucede al día llamado ‘lunes’ no
se llama ‘martes’; pero lo que estábamos considerando no era si seria posible
que la oración ‘si hoy es lunes, mañana es martes’ tuviera un significado tal
que sea falsa —eso tiene una respuesta trivial: que el lenguaje es convencional
significa que las palabras pueden significar cualquier cosa— sino si es posible
que la oración ‘si hoy es lunes, mañana es martes’, m a n ten ien d o fijo el sig n i­
fic a d o de las pala bra s sea falsa. La razón por la que debemos hacer esta res-

17. En la película de Frank Capra ¡Qué bello es vivir!, cuando el personaje que interpreta Jaméis Siewart está
a punto de suicidarse, un ángel le muestra cómo hubiera sido el mundo sin él -convenciéndole así de que, vistas las
cosas desagradables que hubiesen acaecido si su presencia no lo hubiera evitado, quizás merezca la pena, después de
todo, esperar por si hubiere otras en el futuro. En la terminología anterior, el ángel le muestra algunos aspectos de
otros mundos posibles.
tricción es clara: si no la hacemos, el carácter convencional del lenguaje garan­
tiza que ningún enunciado será necesariamente verdadero. Ahora bien, quizás
¿so sea así; por razones que examinaremos en el capítulo XII, el filósofo con­
temporáneo W. V. O. Quine ha sostenido que las modalidades metafísicas son
tan confusas, que no establecen ninguna distinción razonable: no habría por
tanto enunciados necesariamente verdaderos, por oposición a otros que sólo
contingentemente son verdaderos. Pero, si esto es así, debe haber razones filo-,
sóficamente profundas para ello: no podemos establecer trivialmente la tesis de
Quine adversa a la existencia de las distinciones modales, por el simple pro­
cedimiento de pasar por alto la observación de que efectuar distinciones moda­
les requiere mantener fijo el significado de las expresiones. Esta restricción
debe sobreentenderse, por tanto, cuando nos preguntamos si algo es o no nece­
sariamente el caso.18
Algo similar podemos decir de la diferencia entre las inferencias lógicas
y las otras. En el caso de las inferencias lógicas, si las premisas son verdade­
ras, necesariamente la conclusión también lo es; no hay mundos posibles en
que las premisas sean verdaderas y la conclusión no lo sea. No hay mundos
posibles en que ‘los caballos son animales’ sea verdadero y ‘las cabezas de
caballos son cabezas de animales’ no lo sea (manteniendo fijo el significado
de las palabras). Pero sí hay mundos posibles en que ‘todos los cuervos de que
tenemos noticia son negros’ es verdadero, mientras que ‘todos ios cuervos son
negros’ no lo es.

5. Sum ario y consejos p ara seguir leyendo

Los problemas filosóficos fundamentales relativos al lenguaje pertenecen


a dos grandes grupos: el que concierne a la formulación correcta de las rela­
ciones entre el lenguaje y los pensamientos (entre las palabras y las ideas), y
el que concierne a la formulación de las relaciones entre el lenguaje y la rea­
lidad (entre las palabras y las cosas). En este capítulo hemos introducido los
conceptos epistemológicos necesarios para presentar en el próximo, mediante
el examen de la obra de Locke, una primera propuesta filosóficamente bien ela­
borada sobre ellos.
La concepción de los pensamientos de Locke es internista, en el sentido
de que la identidad y naturaleza de los pensamientos no puede depender de la
verdad o falsedad de todos aquellos pensamientos que se cuestionan cuando se
contemplan las hipótesis escépticas más radicales (el Genio Maligno cartesia­
no, los cerebros en una vasija de Putnam) — incluidas entre ellas nuestras
creencias más firmes sobre el mundo de los acaecimientos objetivos (§§ 2-3).
Un pensamiento se identifica citando su sujeto, su tipo (creencia, deseo, per­

18. Si ‘pata’ se aplicase también a las colas, ¿cuántas patas tendrían los caballos? Según lo anterior, cuatro.
Pues, incluso cuando hablamos de un mundo posible en que las palabras no se usan com o nosotros usamos las nues­
tras, las palabras que nosotros utilizamos al hablar preservan el significado que nosotros les damos.
cepción, etc.) y su objeto intencional. En una concepción internista, todos estos
elementos deben poder ser caracterizados de tal manera que el sujeto pueda
inteligiblemente formularse conjeturas escépticas radicales. Esto conlleva que,
en una concepción asi; los objetos inmediatos de los pensamientos hayan de
ser vivencias, entidades directamente accesibles a la conciencia (§ 3). La nece­
sidad de contemplar vivencias y los objetos fenoménicos que las conforman
—junto a los acaecimientos objetivos y las cosas que los conforman que el sen­
tido común presupone— se justifica, independientemente de la motivación para
el intemismo, mediante los argumentos tradicionales a partir de la existencia
de ilusiones perceptuales y alucinaciones, pero sobre todo en virtud de la plau-
sibiiidad tanto de la teoría causal de la percepción, como de la existencia de
un acceso privilegiado por un sujeto a las cualidades sensibles de las que es
consciente (§ 2). Este representacionalismo constituye una teoría de la inten­
cionalidad: una teoría explicativa de las dos peculiaridades de las relaciones
intencionales, su falibilidad y su intensionalidad (§ 1).
El intemismo que hemos estudiado aquí (el realismo por representación de
Descartes y Locke) no apostata de la existencia de un mundo de acaecimien­
tos objetivos, que determina en último extremo la verdad o falsedad de creen­
cias como las cuestionadas por las conjeturas escépticas radicales. Lo que hace
este intemismo es asegurarse de que ni los acaecimientos mi sus constituyen­
tes intervengan esencialmente en la identificación de los pensamientos. La idea
de un mundo objetivo es la conjetura de algo que explica nuestras vivencias
(siendo, así, significado naturalmente por ellas, § 3). Tanto a Locke, como a
Descartes, les parecían las conjeturas escépticas radicales implausibles (a Des­
cartes le parecía demostrablemente falsa; pero su argumento, basado en la pre­
misa de la “bondad” divina, no ha conseguido convencer a muchos), en lo que
respecta al menos a las propiedades, en suma, mensurables: (paradigmática­
mente, las espaciales). Pero a ambos les parecía prima facie inteligible. ¡
En el examen de las cuestiones filosóficas relativas al lenguaje es inevitable
el recurso a nociones modales: nociones tales como que algo es necesario o con­
tingente, esencial o accidental, cognoscible a priori o a posteriori (§ 4). Por un
lado, el hecho mismo de que las expresiones tengan significado parece conllevar
que algunos enunciados sean necesariamente verdaderos: aquellos que son ver­
daderos simplemente en virtud de los significados de las palabras que contienen,
las verdades analíticas. (Enunciados tales como ‘si algo corre, se mueve’.) Par­
ticularmente preeminentes entre las verdades analíticas son las verdades lógicas,.
tales como ‘o 7 + 5 = l 2 o 7 + 5 ^ 1 2 ’. Determinar la naturaleza de los signifi­
cados conlleva así determinar la naturaleza de las verdades analíticas, y vicever-.
sa. Pero, además, es inevitable verse impelido a recurrir a conceptos modales ;
para expresar las tesis distintivas de las concepciones filosóficas sobre el lenguaje
que en un estudio de esta naturaleza es crucial clarificar y contrastar: extemismo
e intemismo, realismo y antirrealismo. Nuestra definición provisional de inter-
nismo (§ 2), por ejemplo, está expresada en términos modales: el intemismo es
la tesis de que los objetos intencionales del lenguaje y el pensamiento son carac­
terizables sin presuponer la existencia de entidades objetivas.
Los conceptos modales son, a mi juicio, los más escurridizos para el análi­
sis filosófico. Creo que ello se debe a que se trata de nociones muy abstractas.
Para evaluar propiamente cualquier propuesta al respecto hemos de tener a la vis­
ta un vasto panorama de ejemplos y contraejemplos todos ellos igualmente per­
tinentes, desde enunciados matemáticos hasta enunciados éticos y estéticos,
pasando por enunciados científicos. Como nos falta la habilidad para tener a la
vista un ámbito así de extenso de una manera pese a todo ordenada, olvidamos
fácilmente que, también aquí, sólo de nuestras intuiciones sobre ejemplos con­
cretos (pero sobre ejemplos de todos los tipos relevantes) depende en último
extremo la corrección o incorrección de las conjeturas filosóficas y caemos así
en el error de hablar en el vacío. Por esa razón, iremos acercándonos a una
correcta comprensión de los mismos mediante aproximaciones sucesivas. En este
. capítulo nos hemos limitado a introducir su uso.
Un representacionalista-eontemporáneo cuyas ideas puede ser útil con­
trastar con las de Locke es John Searte. Véase, en particular, su Inientionality
traducción castellana con el' título Intencionalidad en Tecnos, Madrid. El libro
de Fred Dretske, Knowledge ancTífié^Flow o f Information (traducción castella­
na como Conocimiento e Información, Salvat) presenta de una manera muy
clara una concepción epistemológica anticartesiana. La presentación del exter-
nismo que se hizo en § 3 está inspirada en el artículo de John McDowell “Sin­
gular Thought and the Extent of ínner Space”.
C a p í t u lo IV

LENGUAJE Y PENSAMIENTO EN LOCKE

En este capítulo presentamos la concepción del lenguaje expuesta por


Locke en el tercer libro de su Ensayo sobre el entendimiento humano (Essay
Concerning Human Understanding, 1689). Su objetivo principal, como diji­
mos, es defender una cierta reforma de nuestras prácticas lingüísticas, que tie­
nen que ver con nuestro uso de términos como ‘murciélago’ o ‘sal’ con la
intención de designar con ellos lo que él denominaba esencias reales, en lugar
de usarlos, como él propone, para designar esencias nominales. Más adelante
en este capítulo tendremos oportunidad de examinar esta propuesta.
Sobre la base de su intemismo sobre el pensamiento, expuesto en el capí­
tulo anterior, Locke presenta de un modo filosóficamente articulado una tesis
metafísica en tomo a la primera cuestión — las relaciones entre el lenguaje y
el pensamiento, entre el significado de las palabras y los conceptos que pose­
en quienes las usan— qu¿ parece intuitivamente muy plausible: la tesis de la
prioridad ontológica del pensamiento sobre el lenguaje. Según esta tesis, las
palabras sólo tienen significado porque sus usuarios son capaces de tener pen­
samientos con esos mismos significados: sólo la capacidad de representación
mental de los usuarios de un lenguaje confiere significado a las expresiones
que lo forman. Como tendremos oportunidad de comprobar en capítulos pos­
teriores, esta tesis le ükeana, a primera vista muy plausible, ha sido y continua
siendo objetada por filósofos contemporáneos. Frente a la tesis tradicional,
estos filósofos contemporáneos (el segundo Wittgenstein, Quine, Sellars, etc.)
defienden, por así decirlo, la primacía de lo social (el lenguaje) sobre lo psi­
cológico: lejos de depender el lenguaje del pensamiento, es el pensamiento el
que depende del lenguaje. La obra de Locke no constituye una excepción a la
creencia filosófica tradicional de que los problemas filosóficos interesantes
conciernen a la naturaleza de estas “ideas’7, a su relación con las cosas, etc. Sin
embargo, en su obra encontramos una versión lo suficientemente bien elabo­
rada de esta tesis tradicional como para que esté justificado tomarlo a él como
un exponente significativo. Lo que a lo largo del libro llamaremos “concepción
mentalista del lenguaje” es la conjunción de la tesis de la prioridad ontológica
del pensamiento y del intemismo sobre sus contenidos.
1. La concepción agustiniana del significado

Cuando nos preguntamos, ¿qué es significar? ¿qué queremos decir cuan­


do decimos que las palabras significan?, una respuesta que acude fácilmente
a nuestras mientes es significar es nombrar, significar, para una palabra, es
que la palabra esté en lugar de una cosa. El modelo que tenemos aquí a la
vista es el de la relación entre un nombre propio y el objeto que ha sido bau­
tizado con él: ‘Aníbal’ y Aníbal, el general cartaginés. Siguiendo a Wittgens­
tein, denominemos concepción agustiniana burda a esta propuesta.1 Ahora
bien, en cuanto tratamos de aplicar el modelo agustiniano burdo a otras pala­
bras, tropezamos con dificultades. Veamos algunas de ellas, (i) ¿Cuál es la cosa
en lugar de la que están ‘rojo’ o ‘rinoceronte’? Si acaso, ‘rinoceronte’ está en
lugar de muchas cosas, no en lugar de una. Por otro lado, ‘rinoceronte’ no se
aplica a dos objetos distintos del mismo modo que ‘Juan Pérez García’ lo hace.
Mientras que es un accidente que dos personas distintas se llamen ‘Juan Pérez
García’, no lo es que a dos rinocerontes distintos se les llame ‘rinoceronte’:
como no hay “nada en común” entre dos personas, en virtud de lo cual ambas
tienen el mismo nombre propio, en nada afectaría al significado de ‘Juan Pérez
García’ cuando lo utilizo para designar a una de las personas que cambiáse­
mos el nombre a la otra; de hecho, en nada afectaría al significado de los nom­
bres propios que conviniésemos en utilizar un nombre propio distinto para cada
objeto. Pero si conviniésemos en que, dados dos rinocerontes, ‘rinoceronte’
sólo se aplica a uno de ellos, habríamos con ello cambiado el significado de
‘rinoceronte’. Podemos expresar este hecho diciendo que ‘rinoceronte’ signifi­
ca un universal, mientras que ‘Juan Pérez García’ significa un particular. (Sin
prejuzgar con ello cuál sea la teoría correcta de los universales, es decir, dejan­
do al margen si los universales son en último extremo “nombres”, conceptos o
más bien entidades objetivas.) (ii) Por otro lado, ‘rojo’ y ‘rinoceronte’ son am­
bos “generales” en el sentido en que los genuinos nombres propios, como aca­
bamos de explicar, no lo son; mas tampoco significan del mismo modo. Con
‘rinoceronte - clasificamos los objetos en grupos o especies; podemos hacerlo .,
así porque eí término comienza a aplicarse a un objeto cuando el objeto co­
mienza a ser y deja de aplicarse a un objeto cuando el objeto deja de ser. Con
‘rojo’, en cambio, no podemos clasificar objetos, pues la misma cosa puede
cambiar de color sin dejar de existir (a lo sumo, podemos clasificar las cosas
entre las que son rojas en un cierto momento y las que no lo son en ese mis­
mo momento). ‘Rinoceronte’ designa un género o grupo, ‘rojo’ designa un ras­
go o característica; ambos son términos generales, pero no funcionan del mis­
mo modo en el lenguaje, (iii) Aquí no se acaban las dificultades de la teoría

l. Al comienzo de las Investigaciones filosóficas, Wittgenstein atribuye a san Agustín el tomar el modelo
nombre propio-objeto nombrado como paradigma de la relación de significado, y denomina en adelante concepción
agustiniana a cualquier propuesta que se base en alguna generalización de ese modelo. (Los calificativos ‘burda’ y
— posteriormente— ‘depurada1 los añado yo; es el propio Wittgenstein, sin embargo, quien considera las dos versiones
de la concepción agustiniana de que se habla en el texto, y quien sugiere que a la versión ‘depurada’ se llega al tomar
en cuenta objeciones a la versión ‘burda’ como las que aparecen en el texto.)
agustiniana burda, empero, pues ¿en lugar de qué “cosa” están ‘pero’ o ‘todos’
—palabras que sin duda tienen significado— ?
Cuando se intenta responder a estas preguntas y objeciones tratando de
preservar el paradigma nombre propio-objeto nombrado como modelo del sig­
nificar, es fácil dar en la concepción agustiniana depurada, una versión primi­
tiva de la concepción del lenguaje que nos presenta Locke. En la concepción
agustiniana burda, las palabras significan estando en lugar de cosas-físicas. En
la concepción depurada se quiere distinguir los tipos de cosas que diferentes
expresiones pueden nombrar, que pueden ser al menos, como acabamos de ver,
objetos, especies y propiedades; y, típicamente, por falta de un lugar mejor, se
ubican todas estas cosas en la mente de quienes usan adecuadamente las expre­
siones. Las palabras significan estando en lugar de cosas, también en la con­
cepción agustiniana depurada. Pero las “cosas” significadas por las palabras
son ahora ideas. Podemos encontrar esta versión primitiva en un fascinante
pasaje de Cien años de soledad, la ya clásica novela de García Márquez. El
contexto ¿s co p o sigue: los habitantes de Macondo han contraído comunal­
mente la enfermedad del insomnio, enfermedad que tiene como consecuencia
la pérdida de la memoria:

Fue Aureliano quien concibió la fórmula que había de defenderlos durante


varios meses de las evasiones de la memoria. La descubrió por casualidad.
Insomne experto, por haber sido uno de los primeros, había aprendido a la per­
fección el arte de la platería. Un día estaba buscando el pequeño yunque que
utilizaba para laminar los metales, y no recordó su nombre. Su padre se lo dijo:
«tas». Aureliano escribió el nombre en un papel que pegó con goma en la base
del yunquecito: tas. Así estuvo seguro de no olvidarlo en el futuro. Ño se le
ocurrió que fuera aquella la primera manifestación del olvido, porque el obje­
to tenía un nombre difícil de recordar. Pero pocos días después descubrió que
tenía dificultades para recordar casi todas las cosas del laboratorio. Entonces
las marcó con el nombre respectivo, de modo que le bastaba con leer la ins­
cripción para identificarlas. Cuando su padre le comunicó su alarma por haber
olvidado hasta los hechos más impresionantes de su niñez, Aureliano le expli­
có su método, y José Arcadio Buendía lo puso en práctica en toda la casa y
más tarde lo impuso a todo el pueblo. Con un hisopo entintado marcó cada cosa
con su nombre: mesa, silla, reloj, puerta, pared, cama, cacerola. Fue al corral
y marcó los animales y las plantas: vaca, chivo, puerco, gallina, yuca, malan­
ga, guineo. [...] Así continuaron viviendo en una realidad escurridiza, momen­
táneamente capturada por las palabras, pero que había de fugarse sin remedio
cuando olvidaran los valores de la letra escrita.2

El texto es fascinante (además de por su calidad literaria) por el modo en


que el autor se desliza de la concepción agustiniana burda a la depurada. Al
comienzo, el problema es el olvido de los significados de las palabras; la solu­
ción propuesta es etiquetar con ellas sus significados. Esto presupone la con­

2. Gabriel García Márquez, Cien afios de. soledad.


cepción agustiniana burda — las palabras significan objetos físicos— y. nos per­
mite ilustrar de un modo práctico las dificultades de esta “teoría” . Así, tanto
dos personas que se llamen ‘Juan Pérez García’ como dos yunques tendrán eti­
quetas con las mismas palabras, lo que hará pensar erróneamente al amnésico
que ‘yunque’ es un mero nombre propio dei objeto sobre el que está coloca­
do, y que (“para evitar confusiones”) podría poner un nombre distinto sobre
cada uno de los dos yunques, como podría bautizar con nombres distintos a
cada una de las dos personas. Y sobre un yunque rojo encontrará las etiquetas
‘yunque’ y ‘rojo’, lo que quizás le haga preguntarse por qué una misma cosa
tiene dos nombres distintos.
Las virtudes prácticas del remedio son, sin embargo, más que dudosas: los
amnésicos presumiblemente acabarán olvidando también la función práctica de
las etiquetas, e incluso el concepto mismo de etiqueta. Quizás por esto el pro­
blema deja enseguida de ser en ei texto el olvido de los nombres, y pasa a ser
el olvido de las cosas (“tenía dificultades para recordar casi todas las cosas del
laboratorio”). Uno podría pensar que esto es un lapsus del autor, que lo que
quería decir es que las dificultades mencionadas estaban en recordar los nom­
bres de las cosas. Pero la última oración (vivían “en una realidad escurridiza,
momentáneamente capturada por las palabras”) deja claro que no es así. La
idea ahora parece ser más bien la de que las palabras tienen ciertos “valores”;
estos valores son presumiblemente de naturaleza mental, digamos conceptos,
o, por utilizar la palabra equivalente de Locke, ideas. La amnesia hace a los;
habitantes de Macondo olvidar las cosas, en el sentido de que éstas pierden su¡
“significación” : colocados ante una mesa, un yunque o una vaca, no saben ante
qué objeto están, porque han perdido la capacidad de conceptuarlos, de atri­
buirles una cierta naturaleza: que esto sirve para comer, que aquello da leche,
etc. Ponerles una etiqueta tiene ahora la finalidad de evocar los conceptos nece­
sarios para saber qué son las cosas etiquetadas. Es así que los habitantes de
Macondo viven “en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por
las palabras”: las cosas adquieren su “ser” sólo momentáneamente, a través de
la mediación de las palabras colocadas sobre ellas.
Bajo esta concepción seguimos pensando en el significado a través del
modelo de la relación entre un nombre propio y el objeto por él nombrado;
pero ahora los objetos nombrados han pasado a ser conceptos, entidades men­
tales. El significado de ‘yunque’ consiste en su estar en lugar de un cierto con­
cepto, el concepto de un yunque, y el de ‘rojo’ su estar en lugar de otro
concepto, el concepto de rojo. La generalidad de estas expresiones se puede
ahora explicar fácilmente, bajo el supuesto de que los conceptos por ellas sig­
nificados son ellos mismos generales: universales, en el marco de la teoría con­
ceptualista. Esta es una versión de la concepción agustiniana depurada.
Es ésta una concepción del significado de las expresiones lingüísticas
poseedora de una gran plausibilidad intuitiva. Uno de los fundamentos intuiti­
vos de su plausibilidad descansa, a buen seguro, en la conexión entre la con­
cepción agustiniana depurada y la cuestión discutida en la sección 4 del capí­
tulo primero. Como vimos allí, existe un argumento a primera vista convin­
cente que sostiene la circularidad de las explicaciones del significado de las
palabras efectuadas mediante el recurso a otras palabras, y del que se conclu­
ye que sólo las definiciones ostensivas son aceptables. Aunque refutamos este
argumento, es indudable que en nuestras primeras reflexiones sobre el lengua­
je la mayoría de nosotros lo encontramos muy convincente. Como se recorda­
rá, antes de refutarlo mostramos cómo el impacto del argumento es mucho más
escéptico de lo que a primera vista puede parecer, pues ni siquiera las defini­
ciones ostensivas resultarían ser aceptables si el argumento fuese válido. Aho­
ra bien, presupusimos al mostrar esto que los significados que habían de ser
definidos ostensivamente eran entidades componentes del mundo externo: el
río en el caso de ‘río Guadiana’, una propiedad común a tomates y semáforos
en el caso de ‘rojo’, etc. Un modo de replicamos (que quizás el lector puede
haber considerado, y que no mencionamos para no complicar entonces la cues­
tión) sería adoptar la concepción agustiniana depurada. Se sostendría entonces
que los significados que deben ser definidos ostensivamente no son objetos
externos, sino ideas de los mismos; si apuntamos a objetos externos en los
actos de ostensión es sólo para evocar las ideas apropiadas. Esta propuesta qui­
zás pueda servir para sostener la tesis según la cual explicar el significado de
las palabras mediante otras palabras es circular, mientras que explicarlo
mediante actos de ostensión no lo es.
Un segundo motivo que quizás acrecienta la plausibilidad intuitiva de la
concepción agustiniana (en adelante olvidaré la versión burda, y por consi­
guiente daré por sobreentendido el calificativo ‘depurada’) se halla en que la
misma pone al lenguaje y al pensamiento en el lugar ontológico que les corres­
ponde. Nosjrepresentamos el mundo mediante pe,nsamienjos_ yJam bién
diante palabras. Pero mientras que sin pensamientos no podría haber represen-
tácrórflmgüística, podría muy bien haber pensamientos sin lenguaje. Las pala­
bras deben su significación a los pensamientos de quienes las usan; éstos la tie­
nen independientemente. Estas dos frases recogen el núcleo de la tesis de la
prioridad ontológica del pensamiento respecto del lenguaje. Es esta concep­
ción, que podemos hallar desde Aristóteles a Saüssure, la que explica el desin­
terés de los filósofos por el lenguaje. Lo interesante es expliearj ^ naturaleza
de la representación mental: cómo es que con nuestros pensamientos nos repre-
serítámós^l^írndo'.nLáTepresentación en el caso de las palabras se da, po­
dríamos decir, por añadidura. Una ilustración del filósofo contemporáneo
Hilary Putnam contribuye a reforzar la plausibilidad intuitiva de esta tesis
ontológíca~'sobre el carácter derivativo del lenguaje respecto del pensamiento.
Imaginemos que andamos por la montaña, jugando a un juego de pistas.
Al llegar a una bifurcación de caminos, vemos lo que nos parece una flecha
formada con tres palos, indicando uno de los caminos. Atribuimos entonces
significado a la flecha; pensamos que la flecha significa una instrucción, la de
que prosigamos en la dirección indicada por la flecha. Cuando nos acercamos
más, sin embargo, vemos que la presunta flecha la forman en realidad una
colonia de hormigas. Al observarlo, el objeto deja de ser un signo para noso­
tros, pierde su contenido, deja de tener significado. ¿Por qué? La respuesta
obvia es que ahora ya no cabe la explicación que antes habíamos tomado por
buena de la presencia aquí de un objeto con forma de flecha; a saber, que
alguien, deseando que formásemos la creencia de que el camino a seguir con­
tinúa en la dirección de la presunta flecha, y pensando que formaríamos esa
creencia si viésemos un objeto en forma de flecha indicando la dirección, ha
dispuesto el objeto en la forma indicada. A menos que nuestro supuesto inter­
locutor sea un consumado domador de hormigas, tal posibilidad ya no existe.
Pero si esto es así, y si cabe una explicación similar de por qué los signos lin­
güísticos expresan proposiciones, entonces estamos aquí ante una significación
derivada, sólo posible cuando se dan las intenciones y las creencias (los esta­
dos mentales) que, como los del ejemplo anterior, “dotan” a los signos de sus
significados en virtud de que ellos mismos ya los tenían previamente.
Locke sostiene una versión de esta concepción del lenguaje. Su tesis
semántica fundamental la formula de este modo: las palabras, en su significa­
ción primaria o inmediata, no están sino por las ideas en la mente de aquel
que las usa 3 Aquí ‘ideas’ está por lo que antes llamamos ‘conceptos’. Eluci­
damos esta tesis en las próximas secciones.

2. La concepción del lenguaje de Locke

Según Locke, como vimos en el capítulo precedente, tenemos pensamien­


tos, estados mentales con contenido. Los objetos inmediatos de esos pensa­
mientos están constituidos por ideas, por entidades de naturaleza mental:
características notadas en nuestras vivencias. Esas ideas representan a su vez,
de modo natural, entidades no mentales, objetos externos y sus propiedades
objetivas. Con el fin de comunicar el contenido de nuestros pensamientos a
otros, o simplemente con el fin de conservar ese contenido para recordarlo
nosotros mismos en el futuro, inventamos signos. (Locke atribuye estos dos'
propósitos a la institución del lenguaje, el uno público —comunicamos con los
otros— y el otro privado — anotar nuestros estados mentales para subvenir a la
memoria.) Estos signos, a diferencia de las ideas, significan de modo no-natu­
ral; esto es, significan en virtud de una estipulación arbitraria, no en virtud de
una ley natural. Lo que estos signos significan, directamente, son los objetos
inmediatos de nuestros pensamientos, a saber, nuestras ideas.
Obsérvese que hemos cualificado la afirmación anterior con el término
‘directamente’, término que corresponde a la cualificación ‘en su significación
primaria o' inmediata’ que myizaLLocke. Esta cualificación anticipa una posi­
ble objeción: “Cuando se dice en español óla esfera es roja’, uno no pretende
hablar de sus ideas, sino de la esfera misma; si quisiera hacerlo, emplearía
otras palabras — por ejemplo, ‘tengo una vivencia caracterizada por contener
una esfera roja’, o, menos técnicamente, ‘es como si estuviera viendo una esfe-

3. Essay Cuncerning Human Understanding, iii, ii, 2.


ra roja de verdad’.” Locke ofrecería la siguiente respuesta: “Nada se opone a
tomar un enunciado del lenguaje como describiendo no nuestras ideas, sino la
realidad ‘externa’ u objetiva. Lo que estamos haciendo al hacerlo es, por así
decirlo, componer dos relaciones: la relación de significación no-natural entre
las palabras y las ideas, a través de la cual las palabras adquieren significado,
y la relación de significación natural entre las ideas y las cosas que las causan.
Yo no niego que las palabras puedan significar de este modo indirecto Jas cosas
y sus propiedades. Unicamente insisto en que, directamente, las palabras sig­
nifican ideas, y no pueden significar más que ideas”
En otras palabras, la creencia de que. la oración castellana ‘la esfera es
roja' significa una situación_objetiva^ ^existente -independientemente de las
ideas de cualqúiéraT es el resultado de una inferencia. L^infererícía es~tan habi-
tual que nos olvidamos de que Ja llevamos A cabo — eso explica qu<Tdemós~eñ
creer que la significación “primaria o inmediata” de las palabras son elemen­
tos de la situación objetiva, elementos independientes de nuestras mentes— ;
pero la reflexión filosófica (especialmente la reflexión que esbozaremos a con­
tinuación) muestra que la inferencia tácita debe existir. La inferencia es del
siguiente tipo: a partir de las palabras, y recurriendo al conocimiento de las
convenciones lingüísticas pertinentes, inferimos su significado, que es una pro­
posición constituida por ideas, por entidades mentales; y a partir del conoci­
miento de la proposición significada inferimos (recurriendo a nuestro conoci­
miento de la significación natural de las ideas) la existencia de una situación
con las propiedades objetivas necesarias para causar ideas como aquellas que
constituyen la proposición inmediatamente significada. Si alguien nos dice ‘la
esfera es roja’, inferimos en un primer paso (en virtud de nuestro conocimien­
to aprendido de las convenciones lingüísticas) una proposición que caracteriza
la vivencia notada por el hablante; después (en virtud de nuestro conocimien­
to natural de la significación natural de las ideas), inferimos 1a existencia de
un estado de cosas objetivo con las propiedades necesarias para causar viven­
cias como la descrita por la proposición que hemos inferido en el primer paso.
Es así que obtenemos como conclusión la significación indirecta o secundaria
de la oración, la existencia de una situación objetiva con ciertas características.
La frase ‘las palabras ... no están sino por ideas’ —contenida en la cita
‘las palabras, en su significación primaria o inmediata, no están sino por las
ideas en la mente de aquel que las usa’— incluye una afirmación ulterior, a
saber, que las palabras sólo pueden significar directamente ideas;.,y_jesta Jtesis,
aún no la hemos justificádóTNáda en lo que hemos dicho hasta ahora se apro­
xima a ofrecer una justificación de por qué las palabras no pueden significar
sino ideas, por qué tenemos que postular el complejo proceso inferencial que
hemos descrito en eí párrafo anterior para explicar cómo se puede obtener una
referencia objetiva para las palabras del lenguaje. La aclaración de esta cuestión^
se halla en la teoría del conocimiento de Locke bosquejada en el capítulo ante­
rior. Las palabras no pueden significar directamente entidades no mentales, por­
que somos nosotros quienes las usamos, y nosotros —como muestran los cuatro
argumentos presentados en EU, § 2— no tenemos acceso “directo” a las cosas;
nuestra noción de un mundo objetivo está mediada por nuestras ideas. X a
noción de un mundo objetivo es la noción de un mundo que causa en nosotros
vivencias con ciertos contenidos, contenidos que, estos sí, son aquello que
conocemos directamente. La noción de un mundo objetivo, pues, la obtenemos
por inferencia a partir de nuestro conocimiento de un mundo mental. vx
Considérese esta variación sobre el mito platónico de la caverna. Imagi­
nemos a alguien cuya visión ha estado siempre mediada por un aparato con la
apariencia de esos que se utilizan para ver diapositivas, una pequeña cámara
oscura con una pantalla al fondo. En la pantalla se proyecta lo que unas cáma­
ras de vídeo registran. Con el fin de enriquecer la analogía (incluyendo la po­
sibilidad de distinguir entre propiedades primarias y secundarias), supongamos
que, en lugar de cámaras de vídeo, los aparatos que producen las imágenes en
la pantalla son más complicados. Para registrar los colores hay aparatos que
mielen con exactitud la reflectancia de las superficies, esto es, el porcentaje
que éstas absorben de la cantidad de luz incidente de cada longitud de onda.
De este modo se determinan los bordes de los objetos y su posición relativa,
etc. Otros aparatos dibujan los bordes en la pantalla y rellenan los interiores de
los volúmenes así definidos con diferentes colores, en función de las medicio­
nes de las reflectancias, etc.
Un contemplador del mundo a través de estos aparatos, no advertido,
tomaría probablemente lo que ve en la pantalla por la realidad; sería un “rea­
lista ingenuo”. Uno que tuviera una descripción general de su condición (sin
tener, empero, sobre el funcionamiento de los aparatos de registro y las pro­
piedades objetivas de las cosas a que son sensibles más que las vagas con­
jeturas que puede construir a partir de las características de lo que observa en
la pantalla) estaría como nosotros, después de que los argumentos contra el
realismo ingenuo nos “abran los ojos” sobre nuestra condición real. Este últi­
mo sabría que el contenido de sus estados mentales concierne directamente
sólo a lo que ocurre en la pantalla, y que los “materiales” con que ese con­
tenido está fabricado son aspectos de lo que ocurre en la pantalla; que no tie­
nen existencia objetiva fuera de su ser productos de un proceso como el des­
crito. Y sabría que no tiene otro acceso a cómo son las cosas mismas, y a sus
aspectos objetivos, que aquel que puede obtener indirectamente, por inferen­
cia, a través de lo que ocurre en la pantalla.
Si este individuo construyese un lenguaje (para comunicarse con los
demás, o para recordar después sus estados mentales) sabría que sus palabras
no pueden significar (directamente) más que las características que aparecen en
la pantalla. Ciertamente, a través de las características de la pantalla, las pala­
bras de su lenguaje pueden significar las propiedades objetivas de las que,
según supone, las características de la pantalla “dan testimonio”. Pero tratar de
hacer de las palabras directamente signos de las características objetivas de las
cosas es un empeño absurdo y necesariamente vano: sería crear signos que no
pueden ser entendidos — porque el único contacto del sujeto de nuestra ficción
con el mundo objetivo está mediado por lo que él puede observar en la pan-?
talla— .
Consideremos el caso de la palabra ‘negro’. Como dijimos anteriormente,
términos como éste se aplican, en el uso común, a objetos físicos. Cuando uti­
lizamos normalmente ‘negro’, no suponemos que estemos indicando con ella
una característica de naturaleza mental, sino que suponemos que si ‘negro' se
aplica a algo, el objeto en cuestión tiene, objetivamente — independientemen­
te de las percepciones u otros estados mentales de nadie— una cierta propie­
dad. Es así, por ejemplo, que explicamos el que la temperatura en el interior
de un coche sea, el mismo día y después de una similar exposición al Sol, diez
grados superior a la temperatura en el interior de otro, diciendo que el prime­
ro.es negro y el segundo blanco. Si ser negro tiene esta virtualidad explicati­
va, el hecho de que algo sea negro tiene que ser independiente de los estados
mentales de cualquier ser humano: incluso si no hubiese habido seres huma­
nos, la temperatura en el interior de un objeto cuya superficie sea negra debe
ser superior a la temperatura en el interior de un objeto similarmente expues­
to a la luz del Sol cuya superficie sea blanca. Locke aceptaría todas estas con­
sideraciones, pero insistiría en que aquí estamos considerando meramente la
significación, secundaria o mediata de la palabra ‘negro' (esto es, el “poder” o
propiedad secundaria de las cosas para producir en nosotros la idea de negro,
cf. V, § 2). Pues, nos preguntaría, ¿cómo llegamos a entender la palabra? Los
argumentos (a)-(d) contra el realismo ingenuo discutidos en III, § 2 parecen
obligamos a concluir que sólo porque tenemos una idea de esa presunta pro­
piedad objetiva causalmente responsable de las superiores temperaturas antes
consideradas, podemos formular hipótesis causales como éstas. Por consi­
guiente, la palabra adquiere necesariamente su significación para mí sólo en
virtud de que la conecto con mi idea. Si puedo hacer que signifique una pro­
piedad objetiva de las cosas, ello ha de ser derivativamente, a partir de la vir­
tualidad de la idea misma para servir como un signo (natural) de una tal pro­
piedad objetiva de las cosas.
Algo similar habríamos de decir de las palabras que usamos para descri­
bir los contenidos de las mentes de otras personas. Cuando decimos de alguien
que tiene una sensación de negro, nuestro realismo ingenuo puede fácilmente
hacernos pensar que el término ‘sensación de negro’ significa una característi­
ca objetiva del estado mental del otro, independiente de mis propias nociones
de ese estado mental. Las mismas consideraciones precedentes a propósito de
‘negro’ habrían de convencemos de que ello no es así; sólo si conecto el tér­
mino ‘sensación de negro’ con una idea mía —que después, eso sí, bien pue­
do considerar representante de una idea en la mente de otro— puedo entender
la expresión ‘sensación de negro’. Si podemos representamos la vida mental
de otros sólo es a través de la mediación de nuestras propias ideas, del mismo
modo que si podemos representamos las propiedades de las cosas sólo es a tra­
vés de nuestras ideas. La idea_es un signo n aturaLde JjLpropiedad queja^cau-
la J D e un modo más indirecto, pero en virtud igualmente de leyes naturales,
puedo tomarla como un signo natural de la idea que esa propiedad causa en
otros perceptores; supongo así que mi idea y la idea del otro son efectos de
una causa común. De un modo similar, lo que ocurre en un televisor es un sig-
no natural de lo que ocurre en otro conectado a la misma emisora, o el color
de los ojos de un individuoes un signo natural del colorde los ojos de sus
padres (el color de los ojos de los padres no causa el de los hijos, sino que
ambos son efectos de una causa común, a saber, las “instrucciones” del mate­
rial genético).
Locke invocaría consideraciones similares a las esgrimidas antes contra el
realismo ingenuo para establecer que las palabras que utilizamos para indicar
las ideas de otros, en su significación primaria, deben estar por nuestras pro­
pias ideas: mi concepción de la vida mental de los otros no variaría un ápice
si fuese errónea, y todos los objetos que me parecen tener una vida mental fue­
sen en realidad autómatas hábilmente construidos por un “Genio Maligno”. Es
esto lo que está diciendo Locke en el pasaje en que más claramente argumen­
ta en favor de su concepción del lenguaje. Es de lamentar que el pasaje se ocu­
pe más de los significados de palabras para describir la mente, como ‘sensa­
ción de rojo’, que de los significados de palabras para describir el mundo no
mental, como ‘rojo’, porque ello lo hace más difícil de seguir. Pero el argu­
mento es el que se ha venido proponiendo aquí:

Resulta, por tanto, que las palabras son las señales o signos de las ideas del
hablante, y nadie puede aplicarlas directamente como señales a nada que no
sean las ideas que él mismo tiene; pues ello supondría hacerlas signos de sus
propias concepciones, y, sin embargo, aplicarlas a otras ideas distintas, lo que
equivaldría a hacerlas al mismo tiempo signos y no signos de sus ideas, y a que,
de hecho, carecieran por completo de significación. Siendo las palabras signos
. voluntarios, no pueden ser signos voluntarios impuestos por él a las cosas que
desconoce. Ello supondría hacerlas signos de nada, sonidos sin significación.
Un hombre no puede hacer de sus palabras los signos de las cualidades de las
cosas ni de las concepciones en la mente de los otros hombres, si él mismo no
tiene concepciones de estas cosas. Hasta el momento en que él no tenga algu­
nas ideas propias, no puede suponer que correspondan a las concepciones de
otro hombre, ni podrá usar signos para ellas: pues en tal caso serían signos de
lo que desconoce, lo que es en verdad tanto como ser signos de nada. Pero
cuando se representa a sí mismo las ideas de otros hombres mediante algunas
suyas propias, si consiente en darles los mismos nombres que otros hombres,
no por ello deja de darles esos nombres a sus propias ideas, a las ideas que tie­
ne, no a las que no tiene.4

4. Essay, libro ik, cap. n, § 2. En la edición preparada por Sergio Rábade y Esmeralda García para Editora
Nacional se traduce la oración que yo he traducido com o no pueden ser signos voluntarios impuestos por él a las
cosas que desconoce' por ‘no pueden ser signos voluntarios impuestos por el que desconoce las cosas', y la que yo
he traducido com o ‘Un hombre no puede hacer de sus palabras los signos de las cualidades de las cosas ni de las con­
cepciones en la mente de los otros hombres' por ‘Un hombre no puede hacer de sus palabras los signos o cualidades
de las cosas, o de las concepciones en la mente de los otros hombres’. Ambas traducciones son flagrantemente erró­
neas. como se puede comprobar contrastando el original inglés. Pero lo peor es que, especialmente la segunda, tergi­
versan el texto de modo sustancial cuando éste trata cuestiones fundamentales. ¿Qué es eso de “hacer de sus palabras
los signos o cualidades de las cosas”? ¿Se están contemplando aquí dos alternativas, en una de las cuales las pala­
bras son cualidades de las cosas? ¿O es más bien que se r una cualidad es una variante de ser un signo? Ambas posi­
bilidades son igualmente absurdas.
El texto es sin duda un tanto retorcido. Para seguirlo es preciso tener en
cuenta que ‘concepciones’ es una variante estilística de ‘ideas’, y recordar que
son cualidades las propiedades objetivas de las cosas que causan las ideas
(véase el texto citado en III, § 2). El argumento es una reducción al absurdo
(relativa a la teoría lockeana del conocimiento, justificada a su vez por argu­
mentos como los (a)-(d) de III, § 2) de la pretensión de que las palabras sig­
nifican inmediatamente algo otro que jas ideas de aquel que las usa significati­
vamente. Aquí considera como candidatos posibles a ese “algo otro” primor­
dialmente Jas ideas en las mentes de otros usuarios del lenguaje, aunque tam­
bién se refiere brevemente a las propiedades objetivas de las cosas. Como, se­
gún los argumentos de las alucinaciones, las ilusiones, el lapso temporal, etc.,
entender ‘negro’ requiere poseer una idea de ese color, la pretensión de usar
significativamente ‘negro’ directamente para designar una propiedad de las
cosas o una idea en la mente de otros hombres es una contradicción en los tér­
minos: pues para que ‘negro’ tenga significado para mí, debe estar conectado
con algo que yo conozco; pero los argumentos (a)-(d) de III, § 2 ponen de
manifiesto que yo sólo conozco directamente mis ideas. De modo que para que
yo pueda entender ‘negro’, la palabra debe estar conectada directamente con
una idea mía, incluso si quiero derivativamente usar esa palabra para referime
a Ja propiedad objetiva que produce en m í esa idea, o a la idea que esa pro­
piedad objetiva produce en otros hombres. En cualquiera de ambos casos, pues,
el signo debe ser también (y primariamente) un signo de mi idea, si es que ha
de tener un significado para mí.
Intuitivamente diríamos que las palabras significan aspectos del mundo, de
la realidad objetiva extralingüística. Las propiedades semánticas de las palabras
son esas propiedades en virtud de las cuales las palabras se relacionan con
aspectos de la realidad extralingüística, y son capaces de representarla. Es difí­
cil articular teóricamente esta convicción propia del sentido común (para refe­
rimos a la cual, y por analogía con la noción de extemismo previamente intro­
ducida, acuñaremos el término ‘extemismo semántico’; cuando el contexto
deje claro que la doctrina concierne ai lenguaje omitiré ‘semántico’), pero no
és en absoluto difícil indicar en qué se sustenta. Se sustenta en’hechos tan coti­
dianos como éstos. Estando en Barcelona, alguien me pregunta el modo de lle­
gar a la plaza de Cataluña, y yo le contesto con una serie de indicaciones: ‘en
el tercer semáforo gire noventa grados a la izquierda por paseo de Gracia;
encontrará la plaza de Cataluña después de tres manzanas más’. Mis indica­
ciones pueden ser correctas o incorrectas; serán correctas o incorrectas en vir­
tud de cómo representan las cosas. Y esta capacidad que tienen mis palabras
de representar las cosas correcta o incorrectamente requiere que estén en rela­
ciones semánticas con las cosas mismas: no con mis vivencias, sino con obje­
tos reales.
Dicho en los términos que acuñamos en el capítulo precedente, la posibi­
lidad de que mi respuesta sea incorrecta requiere tomar mis palabras como
caracterizando un acaecimiento, y no mis vivencias. A mi interlocutor no le
importan en absoluto la naturaleza de mis vivencias del paseo de Gracia, de la
plaza de Cataluña o de las calles de Barcelona; lo que le importa es la distri­
bución objetiva de las calles y plazas en la ciudad. Del mismo modo, si le doy
a alguien el siguiente mandato: ‘tráeme el ejemplar del Tractatus que está
sobre la mesa del seminario’, mi orden puede ser cumplida o quedar incum­
plida. Que ocurra una cosa u otra depende de que se dé o no una cierta situa­
ción objetiva, que involucra a mi interlocutor, una acción suya, un ejemplar del
Tractatus y la mesa de una cierta habitación: todos ellos elementos constitu­
yentes de los acaecimientos que conforman la realidad, no de mis vivencias.
La persona a quien doy el mandato poco puede hacer en relación con mis
ideas: que cumpla o incumpla mi mandato ha de tener que ver con las cosas
mismas. I^con^iG G ión-extem ista .deLs^ntidq^ común tiene que ver con estos
hechos ordinarios sobre el modo en que funciona_e;lienguaje_en circunstancias
p é ñ e c t ^ é W cotidiáñásT ef lenguaje es, esencialmente, una institución social,
úná'hefrámierita de uso mutuo por los miembros de' una comunidad cuyas
'“características céntrales ío relacionan con el mundo común a esos‘individuos.
nCocke nó"dispüta~‘estos_ hechos, péro insiste en que hacen referencia a un
sentido secundario de ‘significar’. Primariamente, mis palabras (en los dos
casos anteriores como en cualesquiera otros) significan mis ideas. Si, ulterior­
mente, consiguen conectar con una realidad independiente (o con las ideas de
otros individuos), ésta es una cuestión secundaria; secundaria respecto de la
relación semántica fundamental, que vincula palabras e ideas de quien las usa.
Es esta teoría, a mi juicio contraintuitiva, la que está contenidaenJa.tesis._cm-
cial de Loeke,la sp q la b ra s, en sil significación primaria, no están sino por_
Ideas en la mente d e jjuien ías usa. Para apreciarla cabalmente, quizás se deba
senfirTíastaqué punto es contraintuiti^Pué's_Lacke_aceptaríar'de'buen_p á d ó '
quífsü concepción del lenguaje es contraintuitiva. Lo coincidente con nuestras
intuiciones es el realismo ingenuo; y la idea de que las palabras significan direc­
tamente aspectos de la realidad objetiva va de suyo con el realismo ingenuo del
sentido común. Sin embargo, los argumentos (a)-(d) de III, § 2, diría Locke,
prueban bien a las claras que el realismo ingenuo es insostenible; el abandono
del extemismo semántico es una consecuencia del abandono del realismo inge­
nuo. Denominaremos intemismo semántico a concepciones del lenguaje de las
que la de Locke nos sirve de modelo paradigmático, según las cuales la signi-
ficációri primaria de ías palabras son ideas en la mente dequien las usa y no
elementos de lajrealidad extralingüística —que, a lo sumo, se vinculan con las
'palabras secundariamente, a través de sus vínculos naturales con las ideas.

El núcleo del intemismo semántico lo podemos definir así (entendemos por


extemismo semántico simplemente la concepción opuesta): las expresiones
que componen un lenguaje significan esencialmente entidades subjetivas, en
el sentido explicado en HI, § 2, aunqueTaccídentalmente^puedan significar
entidades objetivas. Las propiedades semánticas-esenciales de las expresio­
nes son aquellas en virtud de las cuales esas expresiones constituyen un cier­
to lenguaje en particular, entre todos los demás.
Por ejemplo, cabe imaginar un lenguaje en el que la expresión ‘rojo’ sig­
nifica tigre (es decir, una comunidad lingüística que usa el mismo sonido y el
mismo grafismo que usamos nosotros para el color rojo, pero lo aplica a los
tigres); pero un lenguaje en el que esa expresión significa tal cosa no sería,
ciertamente, el español que yo estoy utilizando en este escrito. Considérese,
por otra parte, la expresión ‘el primer español en ganar el Tour de Francia’. En
un sentido de ‘significar’, esa expresión significa a Federico Martín Bahamon-
tes. Pero esta característica semántica de la expresión no es una característica
esencial, sino accidental; pues la suposición de que ‘el primer español en ganar
el Tour de Francia’ designase más bien a Luis Ocaña (porque, pongamos por
caso, Bahamontes hubiese sufrido un accidente que le hubiese impedido ganar
eí Tour de 1959) no conlleva inmediatamente el que la expresión no pertenez­
ca al español que estoy utilizando; mientras que imaginar que ‘ciclista’ signi­
fica torero sí conllevaría que la palabra, así entendida, no perteneciese al len­
guaje que yo estoy utilizando. Las variaciones que podemos concebir en la his­
toria del ciclismo hispano no afectan al significado de ‘el primer español en
ganar el Tour de Francia’ en el lenguaje que yo estoy utilizando, incluso aun­
que tuviesén como consecuencia que esa expresión designase a una persona
distinta que aquella que de hecho designa; son accidentales respecto de la
semántica de mi lenguaje. En la concepción del lenguaje de Locke, las pro­
piedades semánticas esenciales de las palabras radican en su relación con
ideas, elementos de Las vivencias del individuo que las utiliza. Ulteriormente,
esas palabras también están relacionadas semánticamente con cosas; pero esta,
relación es accidental.
Precisamente el que esa relación ulterior sea accidental tiene una conse­
cuencia fundamental para Locke, que para nosotros será sintomática de una
concepción internista del significado. De acuerdo con la filosofía de Locke, es
sumamente plausible suponer que el mundo real consta de cosas sólidas, esfé­
ricas, etc. Es decir, es plausible suponer un mundo real con características obje­
tivas que corresponden bastante bien a las características de nuestras vivencias.
Es plausible suponer que, en general, cuantas veces tengo una vivencia de algo
#sólido# y #esférico#, hay realmente algo esférico y sólido. Es incluso razo­
nable suponer que hay “poderes” objetivos responsables de objetos fenoméni­
cos tales como #rojo# y #fa# (si bien, en este caso, muy “distintos” de estos
últimos, cf. V, § 2). Pero todo esto no son más que suposiciones plausibles;
incluso ésas, las más firmes de mis creencias, podrían ser falsas. La suposición
del Genio Maligno (o la de que soy un cerebro en una vasija) es, según la filo­
sofía de Locke, coherente; y, en ese supuesto, todas mis creencias sobre el
mundo extramental, incluso las más firmes, serían falsas. No sólo es que esas
suposiciones parezcan a Locke coherentes, sino que el diseño de una concep­
ción del lenguaje que las haga, efectivamente, coherentes es una de las moti­
vaciones cruciales para sú concepción de la intencionalidad y del significado,
lingüístico.
Dicho de otro modo, según Locke, ‘es posible que no haya nada real esféri­
co ni rojo’ es verdadero; y así con todos los enunciados que expresen las más fir­
mes de nuestras convicciones sobre el mundo extramental. Pero para que estos
enunciados modales sean aceptables es necesario concluir que sólo lo que las
palabras significan en su significación primaria (es decir, características de
las vivencias del individuo que las usa) cuentan entre las propiedades esenciales
de esas palabras. Esta es nuestra justificación, por tanto, para considerar la con­
cepción del lenguaje de Locke internista, por más que Locke, en consonancia con
su realismo por representación, conceda también un cierto papel semántico (como
“significaciones secundarias”) a características objetivas. Las “significaciones
secundarias” que Locke concede a las palabras están a la par que Federico Mar­
tín Bahamontes respecto de ‘el primer español en ganar el Tour de Francia’ en el
español que yo utilizo: son propiedades semánticas meramente accidentales _
Estas consideraciones, por sí solas, no deben verse cómo una objeción a
la concepción del lenguaje de Locke. Por el contrario, a la luz de lo dicho, se
puede inferir una consecuencia del extemismo semántico que a muchos lecto­
res resultará sin duda sorprendente: de acuerdo con el extemismo semántico,
el significado no es por completo independiente de la verdad. Qué significado
tengan las expresiones de un lenguaje depende en cierta medida de qué enun­
ciados de ese lenguaje sean verdaderos, de cómo de hecho sea el mundo extra-
mental y extralingíiístico. Si el extemismo fuese correcto, posibilidades escép­
ticas radicales como la del Genio Maligno serían estrictamente ininteligibles.
Como la gente suele considerar al menos inteligible la historia del Genio
Maligno, tenemos aquí una nueva razón para dudar de que una concepción
extemista sea razonable. Por otra parte, las hipótesis escépticas radicales son
tan extravagantes, que su inteligibilidad no puede considerarse un dato empí­
rico inapelable. En capítulos posteriores se ofrecerán consideraciones teóricas
en favor del extemismo, y se desarrollarán estas observaciones sobre la rela­
ción entre el significado y la verdad.
La concepción internista del lenguaje de Locke jderiva en su caso de una^
tesis 'ontofógi^lñ^iitivSéH éL niu^pjausible, a saber, la prioridad del peñsa-
miémo sobré ei lenguaje. Las expresiones del lenguaje sólo derivativamente
tiMefT'conlenídó. Los pensamientos- tienen intrínsecamente contenido; rio
deben su contenido al contenido de nada distinto de ellos mismos. En par­
ticular, no lo deben al contenido de las expresiones lingüísticas. Por tantos
podría, haber pensamientos sin lenguaje. (Los animales y los niños pequeños^
hacen real esa posibilidad.) Las palabras deben su contenido a su conexión
convencional con los contenidos de los pensamientos; sólo extrínsecamente (en
tanto que asociadas con ideas en el pensamiento de seres con la capacidad para
el mismo) tienen las expresiones lingüísticas significado. Por tanto, no podría
haber lenguaje sin pensamiento. Esta concepción está en Locke filosóficamen­
te sostenida por una teoría clara, y justificada mediante sólidos argumentos,
sobre el contenido de los pensamientos. Por lo demás, esta concepción onto-
lógica sobre las relaciones entre lenguaje y pensamiento no debe ser confun­
dida con el intemismo. Teóricamente al menos, es posible combinar la priori­
dad del pensamiento con puntos de vista extemistas; esta posibilidad teórica se
explorará en los capítulos XIII y XIV.
Hasta aquí hemos tratado de exponer las ideas de Locke del modo más
favorable a las mismas posible, realzando su carácter internista. Filósofos de
nuestro siglo, como el Wittgenstein de las Investigaciones, Sellars o Quine, han
señalado dificultades provenientes de ese intemismo de la concepción lockea-
na del significado, que serán expuestas más adelante. Concluiremos este capí­
tulo apuntando con mayor detalle dos fuentes de insatisfacción con la concep­
ción lockeana (pero sin pretender deducir de ellos una refutación de la misma).
La primera, que se expondrá a continuación, abunda en el conflicto entre las
tesis de Locke y el carácter social del lenguaje. La segunda, que se desarrolla­
rá en la siguiente sección, pone de manifiesto cómo las tesis de Locke conlle­
van puntos de vista antirrealistas intuitivamente poco plausibles.
Una muestra de las dificultade’s de Locke la encontramos en su explica­
ción de la convencionalidad del lenguaje. Este fenómeno (del que daremos una
explicación cumplida en el capítulo séptimo) está estrechamente relacionado
con el carácter social de los lenguajes naturales. Locke echa mano de su cul­
tura latina para referirse a él: “Y es así que el gran Augusto, en la posesión de
aquel poder que gobernaba el mundo, reconoció que no podía crear una nueva
palabra latina.” (Essay, libro iii , cap. II, § 8 .) El pensamiento de Augusto que
aquí recoge Locke, sin duda acertado, debe interpretarse como un humilde
correctivo a pretensiones como la de Humpty Dumpty en este texto de Alicia
a través del espejo:

‘Pero “gloria” no significa “un bonito argumento contundente”, objetó


Alicia.
‘Cuando yo uso una palabra’, dijo Humpty Dumpty en un tono más bien
condescendiente, ‘la palabra significa exactamente lo que yo escojo que signi­
fique’.
‘La cuestión está’, dijo Alicia, ‘en si usted puede hacer que las palabras
signifiquen tantas cosas distintas'.
‘La cuestión está’, dijo Humpty Dumpty, ‘en quién manda aquí —eso es
todo’.5

Que el lenguaje es convencional, podríamos decir, significa que el que una


palabra, con un cierto significado, pertenezca al lenguaje, depende de que exis­
ta el acuerdo entre los usuarios del mismo en utilizarla de un modo regular con
ciertos fines comunes en determinadas situaciones. Es por eso que las dudas
de Alicia, en el sentido de que alguien pueda hacer que una palabra “tenga tan­
tos significados como él guste”, están justificadas. Y es por eso que introducir
una nueva palabra no requiere meramente el poder que reclama Humpty
Dumpty. Los que tienen poder están ciertamente más capacitados que los que
no lo tienen para introducir una nueva convención; pueden, por ejemplo, hacer
que los periodistas de la televisión pública deslicen la palabra repetidamente
en las noticias de la noche. Pueden recurrir a la tortura, a la policía secreta, etc.

5. Lewis Carroll, A tice’s Adventures itt W onderland and Through the Louking Giass, 190.
Pero, en cualquier caso, crear una práctica social no es tan sencillo como
Humpty Dumpty pretende. Ese parece ser también el sentido del pensamiento
de Augusto,
Sin embargo, Locke no puede interpretar así este pensamiento. Para Loc­
ke, la convencionalidad del lenguaje no puede consistir en algo muy distinto
de aquello que Humpty Dumpty parece tener en mente cuando dice “cuando
yo uso una palabra, esa palabra significa exactamente lo que yo escojo que sig­
nifique”; a saber, en la arbitrariedad que me asiste al asociar una expresión
con un significado. Y es así como de hecho interpreta Locke el pensamiento
de Augusto; a las palabras antes citadas en que expone ese pensamiento suce­
den éstas: “que es tanto como decir que no quedaba a su arbitrio [el de Augus­
to] determinar de qué idea había de ser signo un sonido cualquiera en las bocas j
y en el lenguaje común de sus súbditos”. Es cierto que estas palabras parecen
apuntar no sólo al elemento de arbitrariedad que destaco como su modo de
entender la convencionalidad lingüística, sino también al elemento social; y
este mismo elemento parece estar presente en la siguiente afirmación del mis­
mo texto: “Es cierto que el uso común, a través de un acuerdo tácito, hace
corresponder en todos los lenguajes ciertos sonidos a ciertas ideas, limitando
de modo tal la significación del sonido que un hombre no habla con propiedad
a menos que lo aplique a la misma idea; y me permitiré añadir que, a menos
que las palabras del hablante provoquen en su audiencia las mismas ideas que!
aquellas por las que él las hace estar, no habla inteligiblemente ” Pero se apun­
ta un matiz adversativo en esta concesión de Locke al “uso común”; este matiz
se hace explícito en la última frase del parágrafo: “Pero cualesquiera que sean!
las consecuencias del hecho de que un hombre use sus palabras de modo dife-j
rente, ya sea del significado común, ya sea del sentido particular de la persona;
que se dirige a él, es bien cierto que su significado, en el uso que él hace dei
ellas, se limita a sus ideas, y que no pueden ser signos de ninguna otra cosa.j
La convencionalidad lingüística, pues, consiste puramente en la libertad que
me asiste de asignar a un sonido una cualquiera de mis ideas; pues la signifi­
cación de las palabras descansa en último extremo en estas asociaciones que
cada hablante realiza entre ellas y sus particulares ideas. La convencionalidad
del lenguaje, tal como entendemos ordinariamente esta noción, reside en que
usamos las palabras con la intención de atenemos al hacerlo a una práctica
común; una práctica común que, necesariamente, suponemos comúnmente
conocida. Para Locke, tal convencionalidad consiste en algo bien distinto; con­
siste exclusivamente en que las palabras son “signos voluntarios” y no natura­
les, signos relacionados con sus significados primarios por la imposición arbi­
traria de cada usuario.
Quizás parezca excesiva la afirmación de que Locke no puede interpretar
la convencionalidad del lenguaje en los términos sociales en que intuitivamen­
te entendemos esa idea. Podría decirse (y ése parece ser eí sentido de las pala­
bras del propio Locke) que, incluso admitiendo que la convencionalidad lin­
güística consista primero en la libertad de cada hablante para asociar palabras
con ideas, ulteriormente Locke puede recoger el aspecto social en términos de
la exigencia de que los hablantes de un mismo lenguaje asocien las mismas
jpalabras con las mismas ideas. Eso es precisamente lo que sugiere en los tex-
¡tos precedentes: compartir un lenguaje, comunicarse mediante él, consiste en
que los hablantes “impongan” de hecho las mismas palabras a las mismas
ideas. En la concepción del lenguaje de Locke, los lenguajes son necesaria­
mente idiolectos: pues las propiedades semánticas esenciales de las expresio­
nes lingüísticas las vinculan con entidades esencialmente subjetivas, según
hemos explicado con detalle. Las propiedades semánticas esenciales de las
palabras no pueden ser compartidas por diferentes individuos. Ahora bien, aun­
que dos individuos no pueden compartir las mismas vivencias-ejemplar, cabe
que tengan vivencias con caracerísticas similares. Lo que sí parece accesible a
Locke — y lo que él mismo parece sugerir en los textos citados— es definir, a
partir de su noción fundamental de lenguaje como el idiolecto de un individuo,
el lenguaje como una entidad social. En ese sentido social, las palabras podrí­
an quizás significar tipos que se suponen compartidos por las vivencias de los
diferentes hablantes.
Hay aún, sin embargo, una dificultad sutil, pero grave en esto. Lo sutil de
la dificultad explica que la pasemos por alto fácilmente. En mi opinión, es
innegable que hay vivencias, con cualidades sensibles de las que somos cons­
cientes, caracterizadas por las cuatro propiedades que enunciamos en III, § 2.
Pero la tesis crucial de la filosofía de Locke va más allá de la mera consta­
tación de la existencia de qualia. La tesis'crucial:—que desarrollamos en III,
§ 3— es más bien que el contenido de todo estado intencional está constitui­
do por estas entidades. Sólo nuestras vivencias nos son directamente conoci­
das, y nuestro concepto de cualquier cosa distinta de nuestras vivencias (los
estados de cosas que presuntamente las causan, o las vivencias que los pre­
suntos estados de cosas presuntamente causan en otros) se puede expresar sin
residuo alguno haciendo exclusivamente referencia a nuestras vivencias. Es
esta tesis, y sus implicaciones, lo que tendemos a pasar fácilmente por alto:
Nada más natural, pues es realmente difícil perseverar en tenerla presente. Uno
examina los argumentos que la sustentan, le parecen razonables, la “siente” por
un momento... y se olvida de ella en cuanto deja de “filosofar”. Hay una bue­
na razón para ello. Como expusimos en ID, § 3, cabe aceptar la existencia de
vivencias y sus cualidades sensibles invirtiendo sin embargo la tesis central de
Locke: en lugar de constituir los estados cuyo contenido concierne al mundo
externo inferencias implícitas basadas en actos de notar nuestras vivencias, son
más bien los estados cuyos objetos intencionales son vivencias los que inferimos
a partir de aquéllos. La concepción de las vivencias en las que éstas juegan un
papel como el que se acaba de bosquejar es mucho más plausible que la de Loc­
ke; es una concepción así la que, sin apreciarlo, confundimos con la suya.
Al caer en esa confusión, perdemos de vista las verdaderas implicaciones
de la teoría de Locke; entre ellas, una pertinente para esta discusión. Desde el •
punto de vista de Locke, sólo puede ser una hipótesis, que en ningún caso pue- i
de constituir conocimiento, el que otros hombres tengan vivencias del mismo
tipo que las mías. El propio Locke formuló la célebre hipótesis del espectro
invertido, que pone de manifiesto bien a las claras la privacidad epistémica de
los objetos fenoménicos (el hecho de que las características de mis vivencias
sólo a mí me son conocidas, que los demás sólo pueden formular hipótesis
sobre su naturaleza).6 Podría ocurrir que la idea que en mí producen las super­
ficies que denomino rojas fuese producida en otros hombres por las que de­
nomino violeta; y que lo mismo ocurriese sistemáticamente con todos los colo­
res que figuran en el espectro entre estos dos. Si así fuese, convendríamos en
qué ocasiones ‘esta esfera es roja’ es verdadera, y aun así ‘#rojo#’ designaría
diferentes características de nuestras vivencias. Convendríamos también — si la
inversión fuese apropiadamente sistemática— en todas las aseveraciones sobre
relaciones entre colores, y aun así entenderíamos de modo sistemáticamente di-.,
ferente esas asociaciones. Convendríamos en que ‘se obtiene verde combinan­
do azul y amarillo’, pero los otros asociarían con los términos de color en ese
enunciado cualidades sensibles distintas de las que yo asocio con ellos. En este
caso, sólo aparentemente habría comunicación entre nosotros; en verdad yo
hablaría un lenguaje distinto al que hablan los demás. De los puntos de vista
de Locke sobre la relación entre las vivencias, los estados de cosas, y sus
características respectivas, se sigue que el lenguaje que cada uno de nosotros
habla es epistémicamente privado: es imposible saber si, en su significación
primaria, las palabras significan para nosotros lo mismo que significan para los
demás. No podemos saber si hablamos en realidad el mismo lenguaje. De
modo que Locke no puede reconstruir la noción de un mismo lenguaje con-¡
vencionalmente compartido, a partir de su noción básica de idiolecto. Cuando
menos, no puede hacerlo si el aspecto social en la noción de convención pre­
supone que los individuos que participan de una misma convención comparten
su conocimiento.
Lo que aquí hemos hecho no ha sido propiamente formular un argumentos
contra Locke, sino meramente tratar de hacer manifiesta una cierta perplejidad.
La perplejidad es en suma la siguiente. El lenguaje es social, pensamos; hablar
un lenguaje es participar de una práctica común.7 Compartir un lenguaje con­
siste en que el lenguaje sea conocimiento mutuo entre sus usuarios: cada usua­
rio conoce el significado de las palabras, conoce que los demás asignan ese
mismo significado a las palabras, y conoce también que los demás esperan lo
mismo respecto de él; por consiguiente, compartir un lenguaje implica saber
que atribuimos los mismos significados a las mismas expresiones. Podemos]
convenir con Locke en que los hablantes actuales del español no podemos dej
hecho saber con certidumbre que hablamos exactamente el mismo lenguaje,'
por cuanto quizás cada hablante asocie con expresiones para significar qualiá
(expresiones como ‘#rojo#’ o 4#cosquilleo placentero#’) referentes ligeramente

6. Cf. Essay, libro ii, cap. xxx u , § 15.


7. Esto no significa que no pueda haber un lenguaje que, de hecho, sólo una persona habla: Robinson Cru-
soe bien pudo inventar un código para su propio uso, y esta posibilidad ciertamente no nos está vedada a ninguno de
nosotros. Pero también esos lenguajes “privados” admiten la posibilidad de ser públicos; también ellos podrían ser
compartidos. El lenguaje es social, pues, en el sentido de que todo lenguaje p o d ría ser com partido.
distintos; pero al menos, pensamos, existe la posibilidad de establecer si ello
es así o no. La perplejidad provocada por la concepción del lenguaje de Loc­
ke reside en que, de acuerdo con sus puntos de vista, esa posibilidad no exis­
te en realidad; y no respecto de un subconjunto de las expresiones, sino de la
totalidad de las mismas. Cada individuo tiene un acceso privilegiado a sus
ideas; taJ acceso queda vedado a los demás. A mí no me puede asistir duda
alguna respecto de si la idea que caracteriza mi percepción presente es o no la
que siempre he denominado ‘rojo’; yo soy la última autoridad en la materia. Y
también la única: ningún otro individuo puede establecer ese hecho. Y el sig­
nificado de todas las expresiones se define a partir del significado de expre­
siones con esos rasgos. Es esta diferencia entre las ideas comunes sobre el len­
guaje y los puntos de vista de Locke la que se traduce en el distinto énfasis en
los diferentes aspectos del hecho de la convencionalidad lingüística que hemos
venido discutiendo.
Ahora bien, la constatación de un conflicto entre una teoría filosófica y
nuestras intuiciones no es un argumento contra ella, sólo una fuente de per­
plejidad. Para convertir la perplejidad en un argumento debemos en primer
lugar justificar ese aspecto de nuestra concepción intuitiva del lenguaje que el
análisis de Locke no parece poder recoger, a saber, que un lenguaje ha de poder!
ser bagaje común de una comunidad de individuos. Locke, razonablemente,]
nos pediría una justificación de esa idea, y, si no podemos ofrecerla, mal pode-!
mos pensar que tenemos un argumento serio contra él. Esta justificación la
encontraremos en las consideraciones de Wittgenstein en las Investigaciones
filosóficas sobre la necesaria nonnatividad del lenguaje. Una vez nos hayamos
convencido de que unTeííguaje debe tener íse rasgo, debemos entonces esta­
blecer claramente por qué un lenguaje lockeano carece de él. Estaremos enton­
ces en disposición de rechazar racionalmente una concepción del lenguaje
como la de Locke. Observaremos también cómo de las consideraciones de
Wittgenstein se desprende no sólo que nuestro lenguaje no es epistémicamente
privado, como sostiene Locke, sino que no puede haber un lenguaje
epistémicamente privado.

3. Esencias nominales y esencias reales

Una segunda dificultad de la concepción del lenguaje de Locke se pone de


manifiesto cuando pasamos a considerar algunas consecuencias que tal con­
cepción tiene para la semántica de ciertas expresiones que significan ideas
complejas, los términos de género natural como ‘oro’ o ‘tigre’ y los términos
singulares como ‘esta esfera’. Los primeros significan lo que Locke llamaba
esencias, y los segundos lo que él llamaba sustancias. Unos y otros están estre­
chamente relacionados, como Locke vio. Consideraremos aquí sólo los pri­
meros.
Los ténminos de género natural son o bien términos generales, que se apli­
can a una clase de objetos —como ‘tigre’— o bien términos de masa, como
‘oro’, ‘sal', ‘agua’ o ‘pimienta’. La diferencia entre los primeros y los segun­
dos no es muy importante para nuestros fines presentes. Tanto los primeros
como los segundos nos sirven para identificar objetos a través del tiempo: deci­
mos 'el tigre que nos hemos encontrado hoy es el mismo que nos atacó ayer’,
y también ‘el oro de este anillo es el mismo que el de los pendientes de mi
abuela’. En este sentido, tanto los unos como los otros identifican particulares,
o, como Locke dice, sustancias. La diferencia entre los primeros (‘tigre'), y los
segundos (‘oro’) está en que aquéllos nos permiten contar. Dado un dominio
de sustancias, la pregunta ¿a cu ántas se aplica P ? puede en general recibir
como respuesta un número cardinal determinado si P es un término como
‘tigre’, pero no si P es uno de masa. Matices irrelevantes al margen, la expli­
cación de esto reside en que las partes de los tigres nó son tigres, mientras que
las partes de un material cualquiera como el oro son ellas mismas oro también.
Es así que una pregunta como ‘¿cuántos “oros” hay a q u í? '— caso de estar sin­
tácticamente bien construida— no podría recibir una respuesta determinada;
por eso, probablemente, no está bien construida: los términos de masa no se
pueden poner en plural (sin que, al hacerlo, dejen de funcionar como términos
de masa).
Más relevante que las diferencias que los distinguen es para nosotros lo
que tienen en común: intuitivamente, aquellas sustancias a los que unos y otros
se aplican —como su nombre ( ‘géneros n a tu ra les *) sugiere— tienen, indepen­
dientemente de nuestros intereses y hábitos clasificatorios— esto es, de un
modo “natural”— , “algo en común”. Es precisamente por relación a la persis­
tencia de “eso común” que identificamos particulares a través del tiempo con
ayuda de términos de género natural. Que un objeto sea una punta de lanza o
más bien la cabeza de un hacha depende de la función a que se le destina en
una cierta sociedad; que algo sea o no un ejemplo de su cied a d o de desorden
depende de preocupaciones humanas relativamente arbitrarias desde un punto
de vista cósmico. Términos como éstos no clasifican las cosas siguiendo
coyunturas objetivamente trazadas (y, en consecuencia, sus criterios de aplica­
ción son sumamente vagos). Por contra, que un objeto sea un murciélago, o
una cantidad de oro, no parece depender en absoluto de nada arbitrario. Este
“algo en común” que suponemos comparten objetivamente los particulares a
los que se aplica un término de género natural (objetos que por lo demás pue­
den diferir en muchas de sus propiedades: una pieza de oro puede ser un ani­
llo, y otra unos pendientes; dos murciélagos pueden tener distinto tamaño,
etc.), es, diremos, su esencia. La esencia tigre es aquello, sea lo que sea, de
cuya presencia o ausencia depende que ‘tigre’ se aplique o no a una entidad^
Locke sostiene que hay dos modos distintos de entender las esencias, y,
con ello, dos teorías distintas del significado de los términos de género natu­
ral. Con el fin de distinguir ambos sentidos, Locke acuñó un término para cada
uno de ellos: ‘esencia nominal’ y ‘esencia real’, respectivamente. La esencia
nom inal constitutiva de un cierto género natural son las propiedades (primarias
o secundarias) que correspondan a un conjunto de ideas simples, conjunto que
nosotros utilizamos para clasificar a los objetos como perteneciendo al género
en cuestión. El conjunto de ideas constituye el significado del término, y la
esencia nominal es la entidad objetiva que corresponde en el mundo a esas
ideas, a saber, el conjunto de propiedades que causan esas ideas simples. El
significado de ‘oro’ estaría constituido por las ideas #amarillo#, #brillante#,
#sólido#, etc., y la esencia nominal por el conjunto de propiedades, primarias
y secundarias, que causan normalmente esas ideas. El significado de ‘tigre5
puede estar constituido por las ideas de una cierta forma espacial, un cierto
color ~#rayas negras sobre fondo ocre-amarillo#-, etc., y la esencia nominal
por las propiedades de los tigres que producen en nosotros esas ideas. Estas
I ideas son complejas, en el sentido de que sus componentes están cognosciti-
\ vamente asociados entre sí; justamente la asociación entre las ideas es el fun-
j damento para la inferencia de que hay una esencia nominal que les correspon-
: de (algo objetivo que explica que las ideas en cuestión estén asociadas en nues-
; tro entendimiento). La tesis de que el significado de ‘tigre’ es una idea com­
pleja es la tesis de que una condición necesaria y suficiente para entender ese
término es poseer la capacidad de inferir, a partir de la afirmación de que algo
es un tigre, que ese objeto tiene propiedades que producen en mí la idea #for-
ma coloreada con rayas negras sobre fondo amarillo-ocre#, propiedades que
producen en mí la idea #forma con cuatro patas y rabo#, y así sucesivamente
con el resto de ideas simples que “componen” la idea compleja.
■Tal como advertimos anteriormente, Locke emplea de un modo sistemáti­
camente ambiguo el término ‘idea’; él mismo advierte al lector en un texto
antes citado (en III, § 2) que en muchas ocasiones usa ‘idea’ para referirse a
la propiedad objetiva que causa, y es por tanto la significación natural de lo
que propiamente hablando sería una idea. Pues bien, esta impropiedad se trans­
mite al uso de la palabra ‘esencia nominal’. Propiamente hablando, la esencia
nominal es, como se acaba de decir, el conjunto de propiedades de un objeto
que justifica eí clasificarlo como perteneciendo a un cierto género. Por tanto,
la esencia no puede estar constituida por ideas. Sin embargo, Locke denomina
‘esencia nominal’ en muchas ocasiones al conjunto de ideas simples causadas
por las propiedades constitutivas de la esencia nominal, es decir, a la idea com­
pleja que constituye el significado deí término de género natural. Como ocu­
rre en otras ocasiones similares, esta confusión no produce generalmente
malentendidos. Sin embargo —con ayuda de nuestras cuasi-comillas para indi­
car propiedades notadas en nuestras vivencias— , yo he tratado de evitarla al
introducir la noción de esencia nominal, y, aun a riesgo de una cierta verbosi­
dad, continuaré ateniéndome a la práctica de discernir claramente las ideas de
las propiedades en las cosas que las causan.
Como el propio Locke admite, la propuesta según la cual el significado de
los términos de género natural es una esencia nominal tiene consecuencias cla­
ramente contraintuitivas. Debe tenerse presente que los elementos de las esen­
cias nominales son necesariamente cualidades discemibles perceptualmente:
son cualidades que producen ideas simples. Supongamos que se introdujera
una nueva propiedad como elemento de la esencia nominal del oro; por ejem­
plo, que se decide que la idea (convengamos por comodidad en que es una idea
simple, aunque no lo sea) #disol verse en mercurio#, por ir regularmente aso­
ciada con las piezas de oro, va a formar parte del significado de 'oro', y que
en consecuencia la propiedad en los objetos que cause esa idea formará parte
de la esencia nominal del oro. De acuerdo con la propuesta de Locke, esta deci­
sión constituye un cambio en el significado de ‘oro’. Estrictamente hablando,
tenemos aquí los términos ‘o ro/, cuyo significado es el que tenía ‘oro’ antes
de tomar ía decisión mencionada, y ‘oro2\ cuyo significado es el resultante de
añadir al significado del anterior la nueva idea simple que decidimos conside­
rar definitoria de esa materia —solubilidad en mercurio. Imaginemos que antes
de asociar el nuevo criterio con ‘oro’ juzgué que una cierta cantidad de mate­
rial era oro, y después de conocido el nuevo criterio y establecida la nueva con­
vención, compruebo que el material no es soluble en mercurio, y que no exis­
te razón alguna para pensar que lo hubiera sido cuando antes juzgué que era
oro. Intuitivamente describiríamos estos hechos diciendo que la pieza no es, ni
ha sido nunca, oro: parecía oro, pero no lo era. Pero la teoría según la cual los
términos de género natural significan esencias nominales no nos permite decir
tal cosa. Lo que habríamos de decir, más bien, es que el material era y es oro,,
pero no era ni es oro2.
Locke explica las intuiciones que se oponen a su teoría en virtud de nues­
tra tendencia a usar los términos de género natural de acuerdo con otra pro­
puesta diferente sobre su significado. De acuerdo con esta segunda propuesta,
las esencias comunes a todas las sustancias a las que se aplica correctamente
el término no son las esencias nominales, sino lo que Locke llama ‘esencias
reales’. La esencia real es una (en muchos casos meramente presunta) c o n sti­
tución in tern a , a descubrir a p o ste rio ri , esto es, mediante la investigación
empírica, que explica, entre otras cosas, que los objetos en cuestión tengan la
esencia nominal asociada con el género natural. La esencia real del agua, por
ejemplo, es aquello que hoy describiríamos diciendo que el agua está consti­
tuida por moléculas de H20 , pues es esta constitución interna la que explica
que el agua sea un líquido incoloro, inodoro e insípido que calma la sed
—suponiendo que estas tres propiedades constituyan la esencia nominal del
agua. La esencia real del oro nos la da una descripción de las características
distintivas del átomo de oro, pues, de nuevo, son estas características las que
explican causalmente que las piezas de oro tengan típicamente un cierto color,
un cierto peso, una cierta maleabilidad, que sean solubles en mercurio, etc. La
esencia real de los tigres es, podríamos decir, el “genoma tigril”, el conjunto
de los rasgos genéticos característicos de los tigres —conjunto de rasgos gené­
ticos que explica la forma y el color que acostumbran a tener los tigres, y tam­
bién que los tigres se puedan reproducir entre sí dando lugar a tigres, pero no
se puedan reproducir con caimanes para dar lugar a caimanes atigrados.
De acuerdo con esta teoría, lo constitutivo de un género natural, aquello
necesario y suficiente para que un término de género natural se aplique a un
objeto, no es que ese objeto tenga una cierta esencia nominal, sino que el obje­
to tenga una cierta estructura interna. La esencia nominal es un mero in d ica ­
do r fa lib le de la presencia de la esencia real. Podría ser que un objeto tuviese
la esencia nominal de los tigres y no fuese un tigre (que fuese, por ejemplo,
un robot hábilmente diseñado), porque careciese de la esencia real de los tigres.
Y podría también ocurrir que un objeto fuese un tigre y no tuviese la esencia
nominal de los tigres (porque, digamos, diversos fallos en el desarrollo del
fenotipo a partir del genotipo han producido un monstruo que se parece más a
un perro que a un tigre). Si la significación secundaria de un término de géne­
ro natural es aquello que determina las condiciones necesarias y suficientes que
un objeto debe cumplir para que el término se aplique a él, esta propuesta sos­
tiene que la significación secundaria de los términos de género natural es una
esencia real.
Locke parece estar en lo cierto al pensar que una teoría como ésta se acer­
ca mucho más a dar cuenta de nuestras intuiciones semánticas que la que él
propone en su lugar. La teoría del significado de los términos de género natu­
ral que el propio Locke recomienda (según la cual esos términos significan
esencias nominales) violentaría nuestras intuiciones, haciéndonos llamar ‘tigre'
ai aparente tigre que no comparte en absoluto el genoma con los demás tigres,
por cuanto ni siquiera es un ser vivo (es un robot hábilmente diseñado), pero
sí comparte su esencia nominal; y obligándonos a no considerar correcto lla­
mar ‘tigre’ al tigre malformado, que no comparte la esencia nominal con los
otros tigres, pero sí el genoma —proveniente de la dotación genética de tigres
bien constituidos y que quizás capacite a su portador para engendrar tigres bien
constituidos.
La teoría según la cual los términos de género natural significan esencias
reales, por contra, no sólo nos permite describir estos casos de acuerdo con
nuestras intuiciones, sino también el ejemplo anterior relativo a la introducción
de un nuevo criterio observacional como marca característica dei oro (solubi­
lidad en mercurio). Modificar la esencia nominal asociada con un término de
género natural, de acuerdo con esta teoría, no es más que introducir nuevos
modos de determinar la presencia de la esencia real, pero no supone en abso­
luto modificar su significado. Así, cuando descubrimos que un anillo que nos
habían vendido como siendo de oro no pasa este nuevo test, podemos descri­
bir la situación, de acuerdo con esta teoría, tal como intuitivamente lo haría­
mos: diciendo que nos habíamos equivocado al juzgar que el anillo era de oro,
en lugar de decir, como la teoría de Locke nos forzaría a hacer, que el anillo
era de oro en ei sentido anterior de la palabra ‘oro’ pero no lo es en el nuevo.
La teoría de las esencias reales permite también entender Ja finalidad de intro~
ducir nuevos elementos en la esencia nominal: lo que pretendemos es acercar­
nos a determinar mejor la esencia real, y con ello el significado del término.
Que esta segunda teoría se adecúa mejor a nuestras intuiciones semánticas
que la recomendada por Locke se ve también considerando situaciones ficti­
cias populares en la filosofía contemporánea. Imaginemos que hay un planeta
lejano (llamémosle ‘Bitierra’) en que hay océanos, lagos y ríos, llenos de una
sustancia incolora, inodora e insípida que calma la sed. Imaginemos, sin
embargo, que estructuralmente esa sustancia es muy distinta del agua. No está
constituida por moléculas de H20 , sino por moléculas completamente distintas,
no compuestas de átomos de hidrógeno ni oxígeno, digamos de XYZ. La dife­
rencia se pone de manifiesto en reacciones químicas observables; pero tales
reacciones son ajenas al trato ordinario de los habitantes del planeta con la sus­
tancia, que es en todo similar al nuestro con el agua. ¿Se aplica nuestro térmi­
no ‘agua’ a las partes de esa sustancia? Las intuiciones semánticas de muchos
hablantes dicen que no se aplica. Imaginemos ahora que ese planeta estuviese
habitado por individuos que usan la expresión ‘ughaa’ para referirse a esta sus­
tancia. En virtud de las mismas intuiciones, no sería razonable traducir ‘ughaa’
por ‘agua’. Lo contrario nos llevaría a proponer traducciones claramente inco­
rrectas. Imagínese que un hablante biterráqueo dice ‘ne: ughaa enhe thege’, y
que las traducciones correctas de los restantes términos son: ‘no es el caso
que’, para ‘ne:’, ‘contiene’ para ‘enhe’ y ‘oxígeno’ para ‘thege’. Si aceptamos
la traducción de ‘ughaa’ como ‘agua’, nos veríamos forzados a decir que el
biterráqueo ha dicho algo falso (que el agua no contiene oxígeno), cuando,
intuitivamente, lo que ha dicho es verdadero. Imaginemos ahora que el bite­
rráqueo es en realidad muy similar al español en su fonología, tan similar que
la palabra que aplican sus hablantes a esa sustancia que llena sus mares, ríos
y lagos y calma su sed no es ‘ughaa’ sino una que suena exactamente como
‘agua’. No parece que esta modificación cambie la situación en cuanto a que
‘agua’, en biterráqueo, no significa lo mismo que ‘agua’ en español. Por últi­
mo, imaginemos que de lo que se trata es de comparar el significado de ‘agua’
para estos individuos con el significado de ‘agua’ en el español del siglo xvm
— de modo que nadie, ni en la Tierra ni en la Bitierra, sabe lo suficiente para
realizar los experimentos que permiten distinguir el agua del líquido aparente­
mente similar en la Bitierra. Tampoco esta última modificación parece afectar
a la intuición de que el significado de ambos términos es distinto, porque el
término ‘agua’ del español del siglo xvm no se aplica a la sustancia de la Bitie-
rra, aunque sí a la de la Tierra, mientras que el término ‘agua’ de los bite-
rráqueos se aplica a la sustancia que llena sus océanos, pero no a la que llena
los de la Tierra. Sin embargo, la esencia nominal que un hablante del español
del siglo xvm podía asociar con la palabra ‘agua’ es en todo similar a la que
un biterráqueo asocia con su término ‘agua’, e incluso los sonidos que utilizan
para clasificar esa sustancia son del mismo tipo. Es la esencia real la que difie­
re. De nuevo, la única explicación de nuestros juicios intuitivos es que, como
Locke dice, usamos los términos de género natural bajo el supuesto de que sig­
nifican una cierta esencia real, una cierta constitución interna causalmente
explicativa de la esencia nominal y de la que la esencia nominal no es en con­
secuencia más que un síntoma, falible como suelen ser los síntomas.8
Pese a ver con claridad adonde apuntan nuestras intuiciones semánticas
sobre el funcionamiento de los términos de género natural, Locke mantiene

8. Cf. Essay, libro tu. cap. vi, §§ 48-49; libro ui, cap. IX. § 13; libro m, cap. x, § 19. El argumento de la Bitie­
rra procede de Hilary Putnam, “El significado de ‘significado”'. En este artículo Putnam recupera la idea de Locke
de que los términos de género natural se aplican com o si significasen esencias reales (pero discrepa de la tesis de Loc­
ke de que no deberían usarse así). Ideas similares se encuentran en El nom brar y la necesidad, de SauL Kripke.
empero que debemos corregir estas intuiciones y usarlos de acuerdo con su
propia teoría. En rigor, él piensa que la propuesta alternativa presupuesta por
el sentido común es incoherente. Este es su argumento. En la mayoría de los
casos usamos términos de género natural aun cuando las presuntas esencias
reales características de esos géneros nos son desconocidas (piénsese, sin ir
más lejos, en ‘tigre’ o ‘hombre’). Por todo lo que sabemos, podría ocurrir que
las presuntas esencias reales ni siquiera existieran, que no hubiese ninguna
constitución interna común a todos los tigres; análogamente, podría no haber
habido ninguna constitución interna común a todas las partes del oro o del
agua, sin que ello hubiese afectado al uso que los hablantes del español ha­
cían de esos términos antes deí descubrimiento de las que ahora consideramos
esencias reales de esos géneros naturales.9 Tenemos ejemplos de ello. Los tér­
minos para enfermedades se usan como los términos de género natural, y nues­
tras intuiciones respecto a su uso permitirían elaborar consideraciones simila­
res a las anteriores. (Supóngase conocido el proceso bioquímico constitutivo
de lo que llamamos ‘SIDA’, e imagínese un planeta lejano en que una enfer­
medad tiene la'misma esencia nominal que el SIDA, pero el proceso bioquí­
mico que explica esa esencia nominal —esos síntomas— es completamente
distinto. De nuevo, nuestras intuiciones apuntan a que la enfermedad no sería
un caso del SIDA.) Pero el uso de la palabra ‘cáncer’ ha resistido el descubri­
miento de que bajo esa palabra se esconden muchas “constituciones internas”
muy distintas entre sí. (Por el momento, cerca de las trescientas.) Parece que
en ese caso hemos decidido usar el término de acuerdo con la propuesta de
Locke.
La cuestión del significado de los términos de género natural nos permite
apreciar mejor el intemismo característico de la concepción del lenguaje de
Locke, porque aquí vemos que no se trata, ni mucho menos, de una propuesta
inocua. La convicción intuitiva que Locke pone de relieve, según ía cual los
términos de género natural significan esencias reales, es un aspecto más del
extemismo que caracteriza a la representación preteórica que nos hacemos de
las propiedades semánticas de las palabras. Por contra, la tesis nominalista de
Locke — según la cual esos términos sólo pueden significar esencias nomina­
les— es una consecuencia del intemismo de su concepción del lenguaje. Acep­
tar que los significados de los términos de género natural sean esencias reales
(esencias reales que en la mayoría de los casos son meramente hipotéticas)
contradice a juicio de Locke su tesis semántica fundamental según la cual las
palabras significan inmediatamente ideas en la mente de quien las usa. Siendo
las esencias reales hipotéticas, es claro que no tenemos ideas de ellas. El con­
flicto entre ía propuesta implícita en él uso'cómúh, de acuerdo con la cual las
esencias nominales no son más que meros indicadores falibles de los verdade­
ros significados, y la concepción del significado de Locke deriva de dos con­
secuencias de la concepción “intuitiva” de los términos de género natural. Una

9. Cf. Essay, libro m, cap. vi, §§ 8-9; libro m, cap. vi, § 49-50; libro ni, cap. !X, § 13; libro m, cap. x, § 20.
es que algo puede pertenecer a un género natural sin que nosotros estemos nun­
ca en disposición de determinar que ello es asi, por favorables que sean las cir­
cunstancias epistémicas; otra, que algo puede no pertenecer al género natural
aunque nosotros, en las más favorables circunstancias cognoscitivas, decidiría­
mos que sí pertenece a él.
El lector puede estarse preguntando por qué piensa Locke que existe una
incompatibilidad entre la tesis de que sólo la esencia real constituye las con-
diciones necesarias y suficientes para la aplicación de un término de género
natural y su concepción del significado. Locke admite que una palabra como
'rojo’ significa indirectamente una propiedad objetiva de las cosas, la propie­
dad causalmente responsable de la idea. Del mismo modo, una palabra como
‘tigre’ significa indirectamente una esencia nominal, el conjunto de propieda­
des causaimente responsables de las ideas simples que constituyen la idea com­
pleja directamente significada por la expresión. ¿Por qué no decir que esa idea
compleja significa de modo natural, no la esencia nominal, sino la esencia real?
Ello permitiría a Locke decir que ‘tigre’ significa indirectamente esa esencia
real, la constitución interna de los tigres. Y la propuesta parece estar perfecta­
mente en la línea de las ideas de Locke, porque del mismo modo que la esen­
cia nominal causa la idea compleja, por hipótesis la esencia real (caso de que
exista) causa la esencia nominal, y, por ende, la idea compleja. Que el agua
esté constituida por moléculas de HLO explica, entre otras cosas, que el
agua tenga las propiedades que causan en mí ideas de objeto incoloro, inodoro,
insípido, calmante de la sed, etc. Los rasgos genéticos característicos de los
tigres explican causalmente que los tigres tengan (típicamente) una cierta for­
ma, un cierto color, etc., es decir, una esencia nominal, y a su vez que esa esen­
cia nominal se me manifieste como una cierta idea compleja.
La razón por la que Locke éncuentra esta propuesta incompatible con su
epistemología y su concepción de la representación (de las expresiones lin­
güísticas así como de los estados mentales) ha sido ya apuntada, pero hacerla
completamente explícita nos permitirá apreciar mejor las consecuencias de esta
concepción deí lenguaje. El problema está en que suponer la existencia de
esencias reales es epistémicamente arriesgado, mientras que (según Locke) no
lo es suponer la existencia de propiedádes que¿ típicamente,, corresponden a
nuestras ideas simples. Las ideas simpíes son, por decirlo así, diáfanas. El rojo,
por ejemplo, como propiedad de las cosas, es un "poder” para producir en mí
cierta idea (cf. V, § 2). Como tal, no puede darse que algo me parezca rojo (que
yo tenga en su presencia la idea de rojo) en circunstancias epistémicamente
propicias y, sin embargo, no haya algo rojo ante mí. Lo único que se requiere
para que mi juicio de que hay ahora ante mí no sólo mi idea #rojo#, sino algo
rojo, es que haya algo que causa esa idea.
Las ideas de propiedades primarias, como #cúbico#, no son tan “diáfanas”.
Las ilusiones perceptivas muestran que es posible que algo parezca un cubo a
un ser humano normal y, sin embargo, no sea un cubo. Pese a ello, es parte
fundamental de las ideas epistemológicas de Locke la creencia de que también
las ideas de propiedades primarias son “diáfanas”, en el sentido de que se pue­
de dar una explicación de la noción de condiciones normales tal que si algo le
parece cúbico a un ser cognoscitivamente equipado como un ser humano nor­
mal en circunstancias normales, es cúbico (y ser cúbico es parecerle cúbico a
un ser humano normal en circunstancias normales). La determinación de qué
son condiciones normales se haría de tal modo que quedarían excluidas las
circunstancias en que se producen ilusiones perceptivas. Las ideas complejas
de esencia, sin embargo, entendidas como ideas de esencias reales, de acuerdo
con la propuesta anterior, serían completamente distintas en este respecto; la
presencia de la idea compleja, por muy normales que fuesen las circunstancias,
podría no estar acompañada de la presencia de la esencia, y viceversa. Natural­
mente, todo esto puede ser objetado, y además puede serio desde los mismos
supuestos de Locke: se pueden utilizar consideraciones similares a las esgrimi­
das por Locke contra las esencias reales en contra de las presuntas “cualidades”
correspondientes a las ideas simples. Eso es precisamente lo que hicieron Ber-
keley y Hume; en X, § 5 ofreceremos una versión particularmente poderosa
(debida a Wittgenstein, en su período fenomenalista) de los argumentos tradi­
cionales que llevan del realismo por representación al fenomenalismo.
En opinión de Locke, en cualquier caso, un aspecto de la realidad extra-
mental (como por ejemplo una propiedad objetiva) puede considerarse la sig­
nificación secundaria de una palabra cuando la inferencia que lleva a su exis­
tencia no es epistémicamente anriesgada; es decir, cuando la separación entre
apariencia y realidad, entre parecer y ser, no es — y me disculpo por la vague­
dad— excesiva. ‘Rojo’ y ‘cúbico’ significan (secundariamente) propiedades
objetivas de las cosas, porque, aunque pueden darse casos (alucinaciones, ilu­
siones, etc.) en que a un individuo le parece que esas propiedades se ejemplifi­
can sin que ése sea el caso (o viceversa: casos en que le parece que no se ejem­
plifican aunque se ejemplifiquen de hecho), en circunstancias epistémicamen­
te propicias apariencia y realidad coinciden. Si ‘tigre’ significa una esencia"
nominal, lo mismo sigue siendo el caso; pero no así si significa una esencia
real. Recuérdese que la aseveración central del realismo por representación loe-
keano es que el contenido de todos nuestros estados mentales es “inmanente”:
conciernen directamente a características de nuestras vivencias. Notamos regu­
laridades en estas vivencias, y en virtud de esas regularidades notadas en ellas
las tomamos como signos naturales de características objetivas de estados de
cosas; es decir, las suponemos nómicamente conectadas con un mundo objeti­
vo, cuya naturaleza colegimos a partir de la estructura de nuestras vivencias.-
En la medida en que sea legítimo suponer que la presencia de cierta caracte­
rística en mis vivencias va generalmente acompañada de cierta característica
objetiva, es razonable suponer que la característica de las vivencias es un sig­
no de la característica objetiva. Éste sería el caso, si las ideas complejas '
de género natural significasen esencias nominales: por hipótesis, somos
razonablemente competentes en la identificación de esencias nominales. Pero,
igualmente por hipótesis, esta condición no se cumpliría, conspicuamente, si
las ideas complejas de género natural significaran esencias reales. Pues, como
hemos señalado, en circunstancias perfectamente normales, dos individuos
pueden tener las mismas vivencias y estar ante géneros naturales distintos. Ésta
es la razón profunda por la que Locke propone corregir al sentido común en
este aspecto; es esto lo que indica cuando insiste en que de las esencias reales
“no tenemos ideas”: lo que quiere decir es, en suma, que nuestra experiencia
consciente no nos proporciona representantes fidedignos de las esencias reales.
Es importante reparar en los elementos antirrealistas presentes ya en las"
ideas semánticas de Locke, independientemente de los extremos a que sus
sucesores fenomenistas las llevaron.10 Dijimos anteriormente que la idea de que
los términos de género natural significan esencias reales es un aspecto del
extemismo semántico que caracteriza a nuestras intuiciones sobre los sig­
nificados. Cuando digo ‘esto es agua’, pensamos, la verdad o falsedad de m i:
aserto depende de que eí liquido acerca deí que habió pertenezca, objetiva- ;
mente, al mismo género a] que pertenecían ios líquidos que venimos llam ando;
así. Todos esos líquidos tienen, objetivamente (es decir, independientemente de ■
que yo y mis semejantes estemos aquí para clasificarlos, y de que estemos en
disposición de tomar constancia de ello), “algo en común”; independiente­
mente de nuestras prácticas clasificatorias, las cosas están ya, naturalmente,
clasificadas en géneros. ‘Agua’ significa esa esencia real que comparten.
Precisamente porque la esencia real es objetiva, llegar a conocerla con preci­
sión puede ser difícil; los indicios que utilizamos como muestra de la presen­
cia de la esencia cuando introducimos el término pueden ser engañosos. Por
eso puedo creer que ‘esto es agua’ es verdadero, aunque de hecho sea falso;
puede parecerme que el líquido es agua, sin que lo sea en realidad (o vice­
versa). Esto sólo es posible si el significado de ‘agua' (lo que hace que ‘agua’
se aplique o no verdaderamente a algo) es una entidad objetiva, independiente
del lenguaje y del pensamiento humanos. En esta concepción, el significado de
un término de género natural es una entidad decididamente externa al pensa­
miento y al lenguaje, no determinada por ellos.
Este extemismo semántico del sentido común, que se pone claramente de
manifiesto en la teoría semántica de los términos de género natural que nues­
tras intuiciones apoyan, va asociado a una actitud realista. El realismo es la
creencia (propia de/ sentido común) de que el mundo que representan el len­
guaje y el pensamiento humanos es un mundo objetivo, independiente de la
mente y del lenguaje que lo representan.

Una consecuencia del realismo (que podemos tomar como definitoria de una acti­
tud realista) es la siguiente: puede haber enunciados cuyo significado entendemos
plenamente y cuyo valor de verdad no seríamos capaces de determinar, ni siquie­
ra en situaciones cognoscitivamente ideales; enunciados, por ejemplo, que son de
hecho verdaderos, pese a que no podríamos establecer que lo son.

10. Usamos 'antirrealismo' para referimos en general a las doctrinas filosóficas contrarias al realismo,
siguiendo de este modo a Michael Dummett. El término es más neutro que ‘idealism o’, que agraviaría a algunos de
los filósofos cuyas doctrinas queremos clasificar con él.
Si la realidad que los enunciados representan es objetiva, parece per­
fectamente posible que en algún caso no dispongamos de los recursos cognos­
citivos necesarios para determinar la verdad o falsedad de un enunciado. La
actitud extemista sobre los términos de género natural, según la cual significan
esencias reales, no sólo es perfectamente compatible con el realismo así enten­
dido, sino que lo conlleva. Por ejemplo, puede ocurrir que ‘esto es un tigre’,
dicho de un animal cuya apariencia no hace pensar que haya de ser un tigre,
sea verdadero (en el supuesto de que ‘tigre’ designa una esencia real, digamos
un conjunto de rasgos genéticos característicos de los tigres) y que nunca (ni
siquiera en las condiciones epistémicas más propicias) estemos en disposición
de saber que lo es (porque, pongamos por caso, determinar cuáles son esos ras­
gos sea tan complejo como para hacerlo una tarea cognoscitivamente fuera del
alcance de los seres humanos).
El antirrealismo, por contra, es la idea — perversa, para el sentido
común— de que lo que llamamos “la realidad” es en verdad una fabricación
nuestra (una fabricación privada, en el fenomenismo solipsista y en otras ver­
siones clásicas del idealismo, o social, como ocurre en concepciones contem­
poráneas de la ciencia y el conocimiento).

Una consecuencia de estos puntos de vista, que podemos tomar también


como defmitoria. de los mismos, es que desde \m punto de vista antirrealista
no tiene sentido ^contemplar seriamente la posibilidad de un enunciado cuyo
significado entendemos plenamente y cuyo valor de verdad no somos, sin
embargo, capaces de determinar (al menos, en ciertas condiciones propicias).

Si la “realidad” es algo “construido” p o r nosotros, seguro que está cons­


truida a nuestra imagen y semejanza, a la medida de lo que nosotros podemos
conocer plenamente. La teoría de los términos de género natural propuesta por
Locke, según la cual esos términos designan esencias nominales, es una teoría
antirrealista. La posibilidad que antes hemos descrito, simplemente, no puede
existir con respecto a géneros naturales entendidos como esencias nominales.
Las esencias nominales son características cuya presencia o ausencia, por defi­
nición, sí somos capaces de determinar (en condiciones epistémicas propicias;
naturalmente, si la luz está apagada, o tenemos tapados los ojos, o hemos bebi­
do demasiado, etc., puede ser difícil saber si tenemos delante un líquido inco­
loro, inodoro e insípido).
Es interesante observar la conexión, manifiesta en Locke —en un filósofo
que trata por lo demás de preservar ciertos elementos del realismo del sentido
común— entre intemismo semántico y antirrealismo. Si aceptamos la teoría de
los géneros naturales de Locke, el término ‘género natural’ está en realidad
fuera de lugar. El término presupone (como explicamos al comienzo de esta
sección) una distinción entre clasificaciones más o menos relativas a nuestros
intereses y concepciones (como la clasificación de las cosas en casos de sucie­
dad y casos de limpieza, o casos de orden y casos de desorden), y clasifica-
ciones que reflejan divisiones ya dadas, por así decirlo, por el mundo. Según
la teoría de Locke, no existen clasificaciones de este último tipo: todas las cla­
sificaciones de los objetos en géneros son igualmente arbitrarias, igualmente
determinadas por nuestras concepciones. La teoría de Locke es en rigor (como
él mismo indica) una teoría nominalista, según la cual no hay, objetivamente,
universales o géneros: sólo las esencias reales podrían contar como universales
objetivos, pues las esencias nominales son construidas por nosotros.

4. Sum ario y consejos p ara seguir leyendo

Los problemas filosóficos fundamentales relativos al lenguaje pertenecen


a dos grandes grupos: el que concierne a la formulación correcta de las rela­
ciones entre el lenguaje y los pensamientos (entre las palabras y las ideas), y
el que concierne a la formulación de las relaciones entre el lenguaje y la rea­
lidad (entre las palabras y las cosas). En este capítulo hemos estudiado una ver­
sión filosóficamente bien elaborada (en la obra de Locke) de una serie de pro­
puestas relativamente naturales a propósito de esos problemas. Locke sostiene
que la relación entre el lenguaje y los pensamientos es muy simple, basada en
la relación nombre-designado (§ 1): cualquier significación que las palabras
puedan tener es derivada (a través de la imposición arbitraria por un sujeto de
palabras para sus ideas) con respecto a la de los pensamientos (§ 2). La rela­
ción entre el lenguaje y el mundo, por consiguiente, dependerá asimismo de la
relación que exista entre los pensamientos y el mundo.
El intemismo que hemos estudiado aquí (el realismo por representación de
Descartes y Locke) no abjura de la existencia de un mundo de acaecimientos
objetivos, que determina en último extremo la verdad o falsedad de creencias
como las cuestionadas por las conjeturas escépticas radicales. La propuesta de
Locke en el sentido de que los términos de género natural se conciban como
significando esencias nominales (§ 3) pone claramente de manifiesto cómo
intenta garantizar su intemismo. En todo caso, la concepción resultante de las
relaciones entre el lenguaje y el mundo es, por supuesto, igualmente internis­
ta, dado el punto de partida en lo que respecta al lenguaje y el pensamiento;
es además claramente proclive al antirrealismo (§ 3).
La fuente original cuya lectura es más importante para contrastar las
ideas expuestas en este capítulo y reflexionar ulteriormente sobre ellas es, des­
de luego: John Locke, Ensayo sobre el entendimiento humano, libro III, capí­
tulos i-viii. La discusión de la sección séptima requeriría también el estudio de
Hilary Putnam, “El significado de ‘significado’”. La bibliografía secundaria en
queTnelie apoyado para la exposición..dejLpcke: J. L. Mackie, Problems from
Locke, capítulos 1 a 4; Norman cKretzmann, ‘T he Main Thesis of Locke’s
Semantic Theory”; Michael Áyers, “The ideas of Powerand Substance in Loe -
ke’s PRnosophyT’r y Locke, del mismo autor.
FUNDAMENTOS METAFÍSICOS:
LAS RELACIONES NÓMICAS

El representacionalismo invoca esencialmente la relación causal para


enunciar su,concepción del lenguaje y del pensamiento. O, mejor dicho, no uti­
liza tanto la relación causal, como otra relación nómica estrechamente conec­
tada (tanto, que en el lenguaje común muchas veces nos referimos a ella con
la misma palabra, ‘causar’), la relación de participación. Ésta es la relación
que existe entre un acaecimiento teóricamente descrito, y uno descrito en tér­
minos menos teóricos — uno en último extremo descrito en términos empíri­
cos— , de la que ofrecimos ejemplos ilustrativos provenientes de la cinemática
celeste copemicana y la genética mendeliana en la introducción.
Es precisamente porque el representacionalismo se vale esencialmente de
las relaciones nómicas en su explicación de la naturaleza del significado que
es una forma de realismo. Siguiendo la caracterización de Dummett introduci­
da en IV, § 3 entenderemos que el realismo en un ámbito específico del dis­
curso es la tesis de que pueden existir enunciados en ese ámbito que son ver­
daderos, pese a que ni siquiera en condiciones cognoscitivamente ideales
podríamos establecer con certidumbre que lo son. Esta definición captura con-
venientemente, en el marco analítico, la esencia del realismo. El realismo
consiste, intuitivamente, pn la creencia en la existencia de entidades indepen­
dientes de nuestros procesos cognoscitivos. La definición de Dummett enfati­
za que estas entidades en que cree el realista no pueden, por lo demás, ser cog­
noscitivamente ociosas; deben estar relacionadas con el pensamiento y el len­
guaje, como objetos intencionales de los mismos. Las entidades que supone el
realismo han de ser determinantes últimos de la verdad y la falsedad de lo que
decimos y pensamos; por consiguiente, tienen que ser las entidades que esta­
blecen las condiciones para la verdad de lo que decimos y pensamos, al menos
en algunos casos. Naturalmente, el realista acepta que también podemos hablar
y pensar acerca de entidades que no son independientes de nuestro pensamiento
y lenguaje, y sobre las cuales sí podemos tener un conocimiento cierto.
Si usamos ‘ciencia’ para referirnos en general a los productos de la acti­
vidad que persigue obtener conocimiento teórico de carácter empírico (tanto si
la practican científicos profesionales, como si resultan de las más cotidianas
prácticas de los seres humanos), entonces el realismo científico es el realismo
sobre las relaciones nómicas. El realismo científico es la creencia de que exis-
ten objetivamente tanto las relaciones nómicas, como las entidades teóricas
presupuestas en las relaciones de participación. El representacionalista es,
necesariamente, un realista científico; pues define los objetos intencionales de
nuestos enunciados y pensamientos sobre el mundo externo en términos de la
relación de participación, de modo tal que las conjeturas escépticas más radi­
cales sean al menos inteligibles. Para ello, como veremos, es preciso suponer
que hay relaciones nómicas objetivas. En esa medida, el representacionalismo
es una forma de realismo.
Ahora bien, eírepresentaci^^ también una concepc[w jM e m is-
ta. Las relaciones nómicas, tai como las entiende eí realismo, son objetivas\ El
intemismo requiere caracterizar todas las entidades que no son conocidas con
certeza, en términos de entidades conocidas con certeza; pues el intemismo se
identifica por la tesis de que las entidades objetivas no pueden ser “compo­
nentes esenciales” del significado. Esto, como sabemos, se argumenta a partir
de la posibilidad de pensar coherentemente las situaciones contempladas en la
duda hiperbólica. A consecuencia del carácter objetivo de las relaciones nómi-
cas, esas dudas incluyen el cuestionamiento de la existencia de cualquier rela­
ción nómica: quizás mis pensamientos son producidos por un Genio Maligno,
y no hay en realidad “objetos teóricos” que causen lo que experimento senso-
rialmente (es decir, mis propias vivencias); quizás no haya tampoco realmente
relaciones causales objetivas entre tales cosas. Centrándose en el caso especia
fico de las relaciones causales, Hume ofreció una caracterización de las reía-
ciones nómicas compatible con el intemismo. En este capítulo expondremos
diferentes concepciones de las relaciones nómicas, y qué consecuencias pue­
den extraerse de ella para la cuestión del realismo científico y para la cuestión
del realismo sobre eí mundo externo.

1. Las relaciones nómicas

Imagine el lector que está ante un ordenador que no le es familiar; la pan­


talla presenta un color uniforme, gris pongamos por caso. Tras pulsar la tecla
k, aparece un disco rojo en el centro de la pantalla. Después de repetir alguna
vez más la operación, concluimos que, como habíamos sospechado, ya en la
primera ocasión pulsar k causó la aparición de un disco rojo en la pantalla.
Éste es un ejemplo paradigmático de aserto causal, que utilizaré como ilustra­
ción en lo sucesivo (abreviándolo del siguiente modo: c(k) => e(mjo)). En casos
paradigmáticos como éste, los asertos causales tienen, de acuerdo con nuestras
intuiciones sobre el uso del concepto dt.causa, las siguientes propiedades:
(i) Relacionan acaecimientos, en el sentido de III, § 2: entidades concre­
tas (espaciotemporalmente ubicadas), con diferentes constituyentes o “cosas”
(uno o varios particulares, propiedades que tienen o que los relacionan), a las
que nos referimos con sustantivos verbales o provenientes generalmente de
verbos, como ‘pulsar la tecla k en la ocasión r ’ y ‘la aparición de un disco rojo
en la ocasión s \ de naturaleza objetiva (en el sentido expuesto en III, § 2).
Hacemos también afirmaciones causales de carácter general, como “fumar cau­
sa cáncer de pulmón”; pero me interesa por ahora poner de relieve intuiciones
claras sobre casos paradigmáticos, y los asertos causales acerca de acaeci­
mientos concretos lo son. El papel de estas generalizaciones causales relativo
a los casos padigmáticos se describe en (iii).
(ii) Son modales, en tanto que implican afirmaciones en subjuntivo como
ésta: si c(k)no se hubiese producido, e(rojo) no se habría producido tampoco. Este
enunciado es un condicional contrafáctico, porque describe lo que hubiera ocu­
rrido en circunstancias que, presumimos, no se han dado en realidad.
(iii) Son generalizabas, en tanto que implican afirmaciones como ésta: en
circunstancias parejas (a veces se dice esto en latín: cceteris paribus), si se pul­
sase k, aparecería un disco rojo. Aquí hay involucrada una generalización, por­
que no hablamos ya de los acaecimientos concretos c(k) y e(rojo), sino de acae­
cimientos cualesquiera que se parecen a ellos; es decir, de acaecimientos del
mismo r/po (I, § 1) que c(k) y e(rojo). Seguiremos la convención de representar
con letras minúsculas ejemplares, y con letras mayúsculas tipos. Podemos
entonces abreviar la generalización anterior así: (cp) C(k) => E(mjo). La cláusula
cp, “en condiciones parejas”, pone de manifiesto que la generalización es cau­
ta. No decimos que siempre que se pulse la tecla k haya de aparecer un disco
rojo, sino sólo que eso ocurrirá siempre que las cosas sean en todo como lo
son en este caso concreto; incluidos quizás aspectos que nosotros desconoce­
mos, aspectos que ni siquiera podríamos describir. Pero es una generalización,
y (con cautela, es decir, sin certeza en la conclusión) nos permite hacer pre­
dicciones e inferencias. Así, si sabemos que en una ocasión distinta se ha pul­
sado la tecla k, bajo el supuesto (recusable) de que las circunstancias son pare­
jas, inferimos que aparecerá un disco rojo (y esperamos, por consiguiente, que
aparezca).
(iv) La relación causal es temporalmente asimétrica: el acaecimiento-cau­
sa precede temporalmente al acaecimiento-efecto.
El verbo ‘causar’ es mucho más general que otros, en el sentido de que
refiere a una relación que se da entre entidades de naturaleza muy distinta;
pero, por lo demás, es un verbo transitivo como otros, al que cabe suponer una
significación objetiva. Esta significación es la relación causal; es una relación
de la que sabemos, sobre la base de nuestro conocimiento del lenguaje, que tie­
ne las cuatro características apuntadas. Incluso los filósofos que rechazan que
exista nada con esas características usan a veces el término ‘causa’. Cuando
sea preciso distinguir las propuestas, usaré epítetos apropiados; diré así que una
relación con las cuatro características es una relación causal real (por oposi­
ción a una humeana o a una proyectada).
Un elemento adicional de la concepción intuitiva de las relaciones causa­
les es éste: cada caso concreto en que se da la relación causal entre acaeci­
mientos es, él mismo, un acaecimiento objetivo: es, ciertamente, intersubjeti­
vamente contrastable, es sustantivo (la pulsación de la tecla k podría produ­
cir su efecto, sin que nadie lo advirtiera), es normativo (es el objeto inten­
cional, falible, del enunciado ‘en la ocasión indicada, pulsar k causó la apa­
rición de un disco rojo en la pantalla’), y quizás sea incluso físico (quizás los
procesos causales sean todos ellos, en último extremo, descriptibles como
casos de “transmisión de energía” o de ejercicio de una u otra “fuerza”). Nin­
guna relación causal concreta, así, es conocida con certidumbre, ni mucho
menos a priori.
En el lenguaje común, usamos indistintamente ‘causar’ y ‘explicar’ tanto
para la relación que acabamos de presentar como para la relación de partici­
pación. Un ejemplo paradigmático de esta segunda relación se afirma en el
siguiente enunciado: ‘el movimiento X de Marte y el movimiento Y de la Tie­
rra en tomo al Sol durante el intervalo temporal entre t y t1causa el movimiento
aparente de tal y cual objeto luminoso rojizo en ese mismo intervalo tempo­
ral’; otro, en ‘la presencia en t de genes X en el genotipo de S causa la apari­
ción en t del rasgo fenotípico Y en S \ Confundimos ambos conceptos proba­
blemente en razón de la similitud entre ellos, que enseguida vamos a poner de
relieve; hasta aquí hemos evitado hacer la distinción, con el fin de evitar lo que
previamente hubiesen sido molestas distracciones. Ahora conviene distinguir
ambas relaciones.
La única diferencia relevante, como estos mismos ejemplos muestran, con­
cierne al criterio (iv). Las relaciones de participación, paradigmáticamente,
carecen de la asimetría temporal de las relaciones causales. Está en relación
con esto el que quepa expresarlas diciendo, en lugar de “c causa e”, “e es c”:
‘el movimiento aparente de tal y cual objeto luminoso rojizo durante el inter­
valo temporal entre t y t' es (en parte al menos) el movimiento X de Marte y
el movimiento Y de la Tierra en tomo al Sol en ese mismo intervalo tempo­
ral’; ‘la aparición en t del rasgo fenotípico Y en S es (en parte al menos) la
presencia en t de genes X en el genotipo de S’. El papel del acaecimiento-cau­
sa (el explicans) lo ocupa aquí un acaecimiento-participante (uno que forma
parte de otro), y el del acaecimiento-efecto (el explicandum) un acaecimiento-
participado (uno del que otro es parte). En los casos paradigmáticos de rela­
ciones de participación, se dice, de un acaecimiento concreto directamente
observable, cómo está ese acaecimiento teóricamente constituido, en qué con­
siste ese acaecimiento o cuál es su naturaleza última.1

1. El uso de ‘participación’ quiere poner de relieve que el ‘e s ’ en una característica afirmación de esta rela­
ción, “e es c ”, no expresa estrictamente la relación de identidad. Un caso análogo lo encontramos cuando decim os que
una determinada estatua “es" el bronce de que está hecha. La estatua no se identifica estrictamente con el material,
porque ese mismo material fue quizás una campana antes que estatua, y quizás será una estatua diferente cuando ésta
ya no exista. Pero la estatua es, en parte, el material; pues si el escultor hubiese hecho una estatua con la misma for­
ma a partir de otro material, y el material con el que de hecho fabricó la estatua permaneciese informe en su estudio,
la estatua presente no hubiera existido: la estatua fabricada sería otra estatua, aunque una con la misma forma que
ésta. Análogamente, sin el movimiento de Marte y de la Tierra no existiría el movimiento aparente de puntos lumi­
nosos desde la Tierra, así que el movimiento aparente es, en parte al menos, el movimiento de Marte y la Tierra en
torno al Sol; y, sin la presencia de cienos genes, no aparecería tampoco cierto rasgo fenotípico. Pero, en mi opinión,
no cabe identificar estrictamente el movimiento real de los planetas con el movimiento aparente de los puntos lumi­
nosos, ni el rasgo fenotípico con la presencia de los genes. Pues, por considerar sólo el caso planetario, quizás el movi-
Lo que corresponde a (iv), en este caso, es más bien esto:
(iv‘) La relación de participación es cognoscitivamente asimétrica: el aca­
ecimiento participante es conocido más indirectamente que el acaecimiento
participado, en parte a través de la relación de acaecimientos de su mismo tipo
con acaecimientos del tipo del acaecimiento participado, tal como una deter­
minada teoría científica establece tal relación.
En la introducción ofrecimos una caracterización inicial de la naturaleza
de esta relación epistémica a través del paradigma de las actividades intelec­
tuales teóricas, la práctica científica. Según esa caracterización inicial, estas
actividades se distinguen por ofrecer soluciones conceptualmente aumentativas
(es decir, que introducen conceptos propios, teóricos) para ciertos problemas
cognoscitivamente independientes de la solución ofrecida. La verdad de las
explicaciones se defiende mediante un “argumento en favor de la mejor expli­
cación”, apelando al mayor poder de la propuesta teórica (relativamente al de
sus rivales conocidos) para predecir hechos como los que constituyen el pro­
blema; particulármente, hechos imprevisibles sin ayuda de la explicación y de
su específico material conceptual teórico.
Los conceptos introducidos en los capítulos previos permiten abundar en
esta caracterización. Los problemas que las disciplinas teóricas persiguen
resolver, así como las predicciones mediante las que las defendemos o las refu­
tamos (incluidas las predicciones que no podríamos haber efectuado sin ayuda
de la teoría) son relativos todos ellos a proposiciones empíricas. El realismo
ingenuo del sentido común supone que las proposiciones empíricas aseveran ia
existencia de acaecimientos objetivos directamente observables: en las dos ilus­
traciones que ofrecimos en la introducción, respectivamente, acaecimientos
relativos a los movimientos aparentes desde nuestra posición en la Tierra de
objetos luminosos en el firmamento (en el caso de la cinemática celeste coper-
nicana), o acaecimientos relativos a la transmisión, a través de la reproducción
sexual, de ciertos rasgos fenotípicos (en el de la genética mendeliana). Pro­
puestas como las efectuadas por la cinemática copemicana o la genética men­
deliana aseveran, sin embargo, proposiciones teóricas.
Las proposiciones teóricas son análogas a proposiciones no empíricas;
pero el origen de su carácter no empírico es diferente al indicado antes para
ios ejemplos de proposiciones de este tipo anteriormente considerados. No se
trata sólo de que las propuestas teóricas hagan aseveraciones sobre tiempos en
que no había observadores y sobre espacios extensos, que ningún observador
Me observar directamente; ni de que hagan aseveraciones generales, válidas
'acción temporal. Se trata más bien de que en ellas se asevera la exis-
'aecimientos que involucran esencialmente constituyentes teóricos,

Ck<
/s ó lo sea definible por relación a la existencia de observadores con ciertas natu-
iracterización de ese acaecimiento observable requiera, por ejemplo, clasificacio-
les / .s que sólo tienen sentido dada la naturaleza del aparato sensorial de los seres huma-

m ienta j s imaginar mundos posibles en que no se dan hechos cognoscitivos, en los que se
«nfn real de los planetas sin que se hubiese dado ningún movimiento aparente.
sólo conocidos gracias a la propia explicación: planetas, en el sentido copemi­
cano del término, o genes, respectivamente, en las ilustraciones' de la intro­
ducción. La existencia de estos acaecimientos, sin embargo, es cognoscitiva­
mente independiente de la existencia de los acaecimientos observables que se
supone que explican. Por consiguiente, las proposiciones en cuestión no pue­
den ser empíricas. Su verdad no se puede constatar directamente a partir de
información sensorial; por el contrario, su falsedad es compatible con el cono­
cimiento sensorialmente obtenido de que disponemos. Sólo inferencias basa-
das en un “argumento en favor de la mejor explicación” nos permiten aseverar
justificadamente su verdad.
Una perplejidad muy natural que nos asalta cuando pensamos sobre la
relación de participación es ésta: ¿cómo pueden ofrecer verdaderas explicacio­
nes las prácticas teóricas, si introducen su propio material conceptual para ello
(los conceptos teóricos)? ¿No podrían entonces introducir ese material, por así
. decirlo, fraudulentamente, de modo que no fuese posible que resultasen ser
incorrectas? ¿Cómo puede el explicans ser, después de todo, cognoscitivamen­
te independiente del explicanduml (Es decir, ¿cómo es posible concebir que el
explicans sea falso, pese a ser verdadero el explicanduml) Si no lo fuese, no
cabría considerarlas genuinamente explicativas: contendrían sólo, por así decir­
lo, verdades por definición. Pero, por supuesto, no podemos explicar nada
meramente introduciendo terminología.
Para remover la perplejidad, consideremos lo que ocurre en casos concretos
en que decimos que una propuesta teórica es falsa, por más que la propuesta con­
lleva la introducción de elementos teóricos. Un caso bien conocido es el del
supuesto planeta Vulcano; otro, el de la sustancia llamada ‘flogisto’ o ‘calórico’.
‘Vulcano’ es el término utilizado por Le Verrier para denominar a un planeta o
gran asteroide, situado entre Mercurio y el Sol, que explicaría, de manera com­
patible con la dinámica celeste newtoniana, las alteraciones observadas (con res­
pecto a las predichas por esa teoría) en la órbita de Mercurio. (El mismo Le Verrier
había bautizado ‘Neptuno’ a otro planeta, entonces desconocido, postulado por él
para explicar análogas alteraciones en la trayectoria observada de Urano, que fue
descubierto por Galle posteriormente más o menos donde Le Verrier había calcu­
lado.) En cuanto a ‘flogisto’, es el término utilizado por una teoría predominante
en los siglo xvn y xvm para explicar fenómenos tales como la combustión, la
herrumbre y el temple por fundición de metales. Según esta teoría, el flogisto es
una sustancia presente en todos los cuerpos que pueden sufrir esos procesos, y
constitutiva por tanto de su materia; los procesos indicados la eliminan parcial o
totalmente, dando lugar así a cuerpos con menor peso. Tanto ‘Vulcano’ como ‘flo­
gisto’ introducen nociones teóricas, según lo explicado antes. Sin embargo, ni
Vulcano ni el flogisto existen; las teorías que los introducen son falsas. Las “alte­
raciones” de la órbita de Mercurio con respecto a lo esperado se deben a la inco­
rrección de la teoría que da lugar a las expectativas (la teoría newtoniana); y, como
Lavoisier estableció, cuando se estudian de manera experimentalmente cuidadosa
fenómenos como los antes indicados se observa que en ellos los cuerpos no pier­
den materia constituyente, sino que toman algo (oxígeno) de su entorno.
Para dar cuenta de estos datos, diremos que el significado de las nociones
teóricas incluye dos aspectos: una descripción, y una aplicación. La aplicación
consiste en una especificación de los acaecimientos observables concretos que
se pretende explicar causalmente introduciendo las entidades teóricas. Esta
especificación debe remitir a acaecimientos concretos ya sucedidos, y debe
permitir reconocer nuevos acaecimientos del mismo tipo. Por ejemplo, en el
caso de la teoría del flogisto, la aplicación estaba implicada al decir que se pre­
tende explicar con la teoría casos de combustión, herrumbre, etc. Presumimos
al hablar así que ha habido casos concretos de tales procesos, y que somos
capaces de reconocer nuevos casos independientemente de la teoría del flogis­
to. Del mismo modo, en el caso de Vulcano, la aplicación remite a la presen­
cia, en el firmamento nocturno, del objeto luminoso que corresponde a Mer­
curio, y a sus movimientos aparentes respecto de otros objetos luminosos (el
Sol, y los restantes planetas). La descripción, por otro lado, consiste en una
caracterización del modo en que, según la teoría, la existencia de la entidad
teórica explicaría los acaecimientos indicados por ia aplicación. En el caso de
Vulcano, la descripción consiste en que se trata de un planeta, que posee las
propiedades que se atribuyen a los planetas en la dinámica celeste newtoniana,
y se comporta con respecto a otros como se dice en esa teoría. En el caso del
flogisto, que se trata de una materia presente en los cuerpos combustibles,
suceptibles de herrumbrarse, o de ser templados, que se elimina parcialmente en
esos procesos.2 He presentado la caracterización anterior en el marco del realis­
mo ingenuo; la misma idea puede aplicarse al realismo por representación, sus­
tituyendo, en la especificación del significado de los términos teóricos, la refe­
rencia a acaecimientos observados por referencias a vivencias notadas.
Bajo el supuesto crucial de la concepción de la verdad analítica y del
conocimiento a priori que se defenderá más adelante (XII, § 3), según la cual
una y otro pueden ser corregibles, podemos ahora explicar cómo es posible
refutar las teorías (y contemplar la falsedad del explicans incluso en el supues­
to de la verdad del explicandum). Lo que quiere decirse cuando se afirma que
las entidades teóricas postuladas en una propuesta explicativa no existen es que
los acaecimientos constitutivos de la aplicación de esos términos no consisten
en acaecimientos con las características enunciadas en la descripción. Esto
parece estar de acuerdo con los datos intuitivos sobre los ejemplos considera­
dos. La teoría que postulaba Vulcano era falsa; no hay un planeta entre Mer­
curio y el Sol que dé lugar a las variaciones en los movimientos aparentes des­
de la Tierra del objeto luminoso al que llamamos ‘Mercurio’. Estos movi­
mientos, dicho de otro modo, no consisten en los acaecimientos que la teoría
de Galle postulaba. Y lo mismo ocurre con la teoría del flogisto: nada que se
elimine de los cuerpos que se queman, o se herrumbran, explica esos casos.
Todos ellos son procesos de oxidación.

2. Esta descripción está influida por la “concepción semántica’’ de las teorías científicas. El libro de Giere que
se mencionó en la introducción ofrece una excelente iniciación. Véase también B. van Fraassen, The Scientific Ima­
ne, y C. U. Moulines, Exploraciones m etacientificas.
Vemos así cómo los restantes tres criterios (i)-(iii) utilizados para carac­
terizar las relaciones causales son aplicables también a las relaciones de par­
ticipación, uno por uno: relacionan acaecimientos objetivos concretos; si el
acaecimiento participante no se hubiese dado, tampoco podría haberse dado
el acaecimiento participado; y, en condiciones parejas, si se diese un acaeci­
miento del tipo del participante, se daría uno del tipo del participado. Ade­
más, la independencia cognoscitiva del acaecimiento explicado respecto del
que lo explica en las relaciones de participación, garantiza también la objeti­
vidad de estas relaciones. Las relaciones causales, las relaciones de participa­
ción (ambas entre acaecimientos-ejemplar), junto con las relaciones entre
tipos que una y otras presuponen según el criterio (iii), constituyen las rela­
ciones nómicas.

2. Propiedades prim arias y secundarias

Esta sección constituye hasta cierto punto un interludio, aunque conviene


ubicarla aquí. En ella examinaremos una clásica distinción estrechamente rela­
cionada con las relaciones nómicas, la distinción entre entre propiedades pri­
marias y propiedades secundarias. Examinaremos cómo la presenta Locke,
con la finalidad de contribuir a reconciliar el abismo entre la “imagen mani­
fiesta” del mundo y la “imagen científica” que empezaba a abrir la ciencia del
siglo x v i i .3 La discusión de su propuesta nos va a permitir elaborar la idea de
que es característico del realismo por representación hacer “teóricos” a los
acaecimientos que conforman el mundo real y a sus constituyentes. Tendremos
también la oportunidad de introducir el concepto de propiedad disposicional,
un concepto metafísico que juega un papel muy importante en concepciones
contemporáneas, “funcionalistas”, de la mente.
Ateniéndose a los resultados de la ciencia de su época, Locke traza una
distinción entre aquello objetivo que explica, pongamos por caso, el quale
#línea recta de aprox. un palmo# (una propiedad primaria), y aquello que
explica el quale #rojo# (una propiedad secundaria). La idea central es que,
mientras para ofrecer una explicación causal de la experiencia de la idea sim­
ple #línea recta de aprox. un palmo# hemos de suponer la existencia real de
líneas rectas de aprox. un palmo, para ofrecer una explicación causal de la
experiencia de la idea #rojo# no sería preciso, en cambio, suponer la existen­
cia real de objetos rojos. Tanto ideas como #línea recta de aprox. un palmo#-
como ideas como #rojo# corresponden a propiedades de las cosas (las propie-:

3. Los términos ‘imagen manifiesta' e ‘imagen científica’ los acuñó Wilfrid Sellars. Véase su Ciencia, p ercep­
ción y realidad, Tecnos. La imagen m anifiesta es la representación del mundo que nos ofrece el sentido común —
según la cual el mundo físico está compuesto de objetos de tamaño medio, impenetrables, coloreados, etc. La imagen
científica es la que nos ofrece la ciencia — según la cual el mundo físico está compuesto de entidades invisibles a sim ­
ple vista, carentes de color, etc., o quizás de campos' electromagnéticos y otras entidades cuya naturaleza aún somos
menos capaces de comprender en términos intuitivos.
dades que explican causalmente la existencia de las ideas). Ahora bien, dice
Locke para explicar la diferenciadla propiedad objetiva que causa la idea #línea
recta de aprox. un palmo# “se parece” a esa idea, mientras que la propiedad
que causa la idea #rojo# “no se parece” a esa idea. (El lector recordará que
Descartes, en el texto citado en III, § 3, dice algo similar a propósito de los
colores: “no es necesario suponer que haya nada en estos objetos que sea seme­
jante á las ideas o sentimientos que de ellos tenemos”.) Úna caracterización
alternativa de la diferencia la ofrece Locke diciendo que las propiedades secun­
darias, a diferencia de las primarias, son meros “poderes” para producir en
nosotros las ideas correspondientes.
Ninguna de las dos elucidaciones ofrecidas por Locke es, por sí misma,
particularmente clara. En lo que sigue, ofrezco una propuesta interpretativa.
Comencemos con el concepto de “mero poder”. Las propiedades objetivas a
las que Locke califica así son las que hoy se llaman disposiciones. Contempo­
ráneamente se contrastan las propiedades disposicionales con las propiedades
categóricas. En una primera aproximación, la distinción concierne al modo en
que se definenunas y otras: las propiedades disposicionales se definen esen­
cialmente en subjuntivo, en términos de lo que podría acaecer en ciertos casos
mejor o peor especificados a los objetos a que se aplican; las propiedades
categóricas, en cambio, se definen en términos de lo que acaece realmente a
esos objetos. La propiedad de ser soluble, o ia de ser elástico, son dispo­
siciones. Decir de un objeto que es soluble en mercurio, pongamos por caso,
es describirlo en términos de la característica disolverse en mercurios sin
embargo, predicar la solubilidad del objeto no implica que se esté de hecho
disolviendo en mercurio, o que se haya disuelto de hecho en mercurio alguna
vez, o que se vaya a disolver en mercurio en algún momento durante su exis­
tencia. Lo mismo cabe decir a propósito de la elasticidad, relativamente a su
manifiestación (que podríamos formular así: extenderse un cuerpo ocupando
un espacio superior al que ocupa normalmente, cuando se le somete a ciertas
fuerzas). Decir de un objeto que es soluble en mercurio sólo conlleva que si se
le pusiera en un líquido, se disolvería, o que si se le hubiese puesto en un líqui­
do se habría disuelto. Las propiedades disposicionales, en suma, son propie­
dades definidas subjuntivamente, en términos de rasgos (las manifestaciones de
1a disposición) que cabe no se apliquen de hecho a los objetos, pero se aplica­
rían a ellos si se diesen ciertas condiciónes elas condiciones de manifestación
de la disposición). Las propiedades categóricas, por otro lado, son propiedades
definidas en términos de rasgos que se aplican de hecho a los objetos que las
tienen. Buenos ejemplos de propiedades categóricas son masa y líquido; ense­
guida se entenderá por qué lo son.
Supongamos que llamamos ‘oxidabilidad’ a una entidad caracterizada deí
siguiente modo: se trata de algo, cualquier cosa que ello sea, que explica cau­
salmente la combustión, ía herrumbre y el temple de los metales, en el bien
entendido de que puede ser algo diferente en los tres tipos de casos, e incluso
algo diferente en algunos acaecimientos concretos de los tipos indicados. Ésta
es una propiedad puramente disposicional: la oxidabiiidad es algo que haría
que, en las circunstancias pertinentes, un objeto entrase en combustión, se
herrumbrase o fuese templado mediante fundición. Además, atribuir oxidabili-
dad a un objeto es hablar meramente de lo que podría ocurrirle; pues un obje­
to oxidable no tiene por qué estarse de hecho quemando, o siendo templado, o
herrumbrándose. ‘Oxidabilidad’ ha sido por tanto caracterizado casi sin des­
cripción; por consiguiente, afirmar que algo posee oxidabilidad es decir algo
tan poco sustantivo, como poco arriesgado. Sólo podríamos concluir que la
oxidabilidad no existe, si nos convenciésemos de que los procesos concretos a
que hemos hecho referencia carecen de explicación causal: pasan por que sí,
sin más. Si el flogisto existiera, por otro lado, no sería una propiedad disposi­
cional, sino categórica; pues su definición sí contiene aspectos descriptivos:
gracias a la distinción aplicación/descripción, como vimos antes, podemos ase­
verar que no existe eí flogisto. Al decir de un objeto que contiene flogisto, no
decimos meramente que contiene algo que le haría quemarse, etc., sobre lo que
no sabemos absolutamente nada más que esto. Estamos diciendo que posee una
sustancia común a todos los objetos combustibles, susceptibles de herrumbrar­
se y de ser templados, que se elimina en esos procesos. Por tanto, estamos
haciendo algo más que hablar de lo que podría ocurrir en ciertos casos; esta­
mos atribuyendo al objeto propiedades que, si la teoría del flogisto fuese
correcta, tendrían de hecho los objetos combustibles, etc., incluso cuando no
están siendo sometidos a uno de esos procesos.
En resumen: tanto las propiedades disposicionales como las categóricas
son propiedades teóricas: propiedades introducidas para significar aquello en
lo que consisten ciertos acaecimientos observacionalmente constatables. La
diferencia entre unas y otras reside en que el concepto de las propiedades dis­
posicionales es muy pobre, y el de las categóricas más rico. Es así que ‘masa’
es un ejemplo paradigmático de propiedad categórica: es una propiedad teóri­
ca, ricamente caracterizada, invocada para describir cómo están constituidos
algunos acaecimientos observables, cuya existencia aceptamos. Decir de un
objeto que tiene masa es decir mucho más que decir m eram en te que tiene algo
que íe haría comportarse de tales y cuales modos observables en tales y cua­
les circunstancias; es comprometemos con un buen número de hechos sobre la
naturaleza teórica de esa propiedad. Una buena aproximación a esos hechos
que describen la masa la ofrecen los axiomas de la dinámica newtoniana, aun­
que, estrictamente, no sean verdaderos.
Si un objeto tiene una propiedad disposicional, tendemos a pensar.que hay
una propiedad categórica suya, ahora desconocida, que explica que tenga la
predisposición a comportarse del modo invocado en la caracterización de la
disposición. A esa propiedad se la denomina la base de la disposición. Si un
objeto es soluble, es razonable pensar que tiene realmente, en el momento en
que le atribuimos la disposición (incluso aunque no la esté “ejerciendo” en este
momento, es decir, incluso aunque no se esté disolviendo) algunas propieda­
des categóricas, digamos una cierta constitución interna, química o física,
propiedades categóricas que explican la disposición; esto es, que explican que
si el objeto se pusiera en agua se disolvería.
Veamos ahora cómo aplicar esta explicación para hacer más clara la dis­
tinción de Locke entre propiedades primarias y propiedades secundarias. La
propuesta que sigue parece la más razonable compatible con sus ideas. No se
encuentra en estos términos en el propio Locke, pero sí en los escritos de par­
tidarios posteriores del realismo por representación (como Hermann Helm-
holtz).4 Según Locke, tanto ‘línea recta de aprox. un palmo' como ‘rojo’ están
definidos primariamente en términos de ideas, #línea recta de aprox. un pal­
mo# y #rojo#, respectivamente. Ahora bien, las id ea s— los objetos fenoméni­
cos en general— no son entidades aisladas, sino que mantienen relaciones
estructurales con otras ideas. Lo que queremos decir con esto es que conocer
una idea no es, meramente, “tenerla presente distintivamente” (con respecto a
otros objetos que se tienen igualmente presentes), en contra de lo que supone
quien está bajo el dominio de la concepción agustiniana. Conocer una idea
requiere bastante más que eso (aunque requiera eso como mínimo): requiere
conocer relaciones del objeto fenoménico con otros objetos fenoménicos. Estas
relaciones, por lo demás, son ellas mismas también entidades subjetivas, cog­
noscibles por introspección. (Deben serlo, o, de otro modo, la concepción deja­
ría de ser internista.) Por ejemplo, cuando notamos un color que nos es fami­
liar, no sólo notamos el color, sino también su carácter familiar: es decir, su
similitud a otros notares de ese mismo color-tipo que hemos tenido antes.
Nuestro estado consciente involucra, por así decirlo, tanto nuestro notar pre­
sente, como nuestro reconocer el color como uno ya conocido; involucra, por
así decirlo, una “imagen” del color conservada en la memoria.5 Un sujeto nota
las diferentes ejemplificaciones concretas de #rojo#, en diferentes vivencias
(quizás una vivencia que el sujeto se supone teniendo ahora, y otras que se
recuerda habiendo tenido anteriormente), como similares entre sí, o, para ser
más precisos, como ejemplificaciones de la misma idea; y lo mismo ocurre con
las ejemplificaciones de #línea recta de aprox. un palmo#, etc.
Existen otras relaciones entre las ideas. Así, por ejemplo, las diferentes
sensaciones cromáticas conforman un grupo, reconociblemente diferente (nota­
blemente diferente, en nuestro sentido técnico de ‘notar’) para un sujeto capaz
de tenerlas, pongamos por caso, respecto de las sensaciones de dolor, o de las
sensaciones acústicas. Además, algunas sensaciones, como por ejemplo
sensaciones cromáticas, conforman un “espacio”, en el sentido de que un
malquiera capaz de tenerlas puede ordenar de mayor a menor sus sensa-
consistentemente, con arreglo a una serie de “dimensiones” (tres:

' (1921): Schriften zur Erkenntnistheorie.


v enfermedad llamada prosopagnosia son incapaces de reconocer ros-
.cluso si son los rostros más familiares de las personas más queridas, no
- t en^-
.alm '9 j les falta, en el caso de los rostros, el aspecto estmctural de la e.xperien-
,ro aquí de modo general: les falta la "imagen" del rostro-tipo en la memo­
¡ntendiüs £• r e Oliver Sacks, El hombre que confundió a su m ujer con un som brero, don­
óte excelentes de la condición de estos (y otros) individuos con problemas cog-
ligo difer. reflexión que estamos haciendo. (Las reflexiones filosóficas de Sacks son menos
:s una prof. blínicas.)

Y
matiz, saturación, brillo). En este espacio cromático, los diferentes matices de
#naranja# están notable mente más próximos a matices de #rojo# de lo'que lo
están a matices de #azul#. Algo similar ocurre con las sensaciones acústicas,
que somos capaces de ordenar por su intensidad y por su altura. Igualmente,
el grupo de sensaciones espaciales al que pertenece #línea recta de aprox. un
palmo# conforma, en este caso hablando literalmente, un espacio. En el caso
de esta última sensación, es preciso tomar en consideración además una impor­
tante relación ulterior entre diferentes vivencias: la existente entre el quale
#línea recta de aprox. un palmo# tal como se nota mediante la visión, y el aná­
logo (pero fenoménicamente diferente) quale que se puede notar mediante el
tacto (superponiendo la mano abierta sobre un objeto que quizás ni siquiera se
ve). Todas estas relaciones, que se dan entre fenómenos y pertenecen plena­
mente al mundo de los fenómenos, están constitutivamente vinculadas a las
ideas en cuestión: nada sería la idea #rojo# o #línea recta de aprox. un palmo#,
si no mantuviese esas relaciones fenoménicamente apreciables con otros obje­
tos fenoménicos; consiguientemente, no cabe decir de un sujeto que nota esos
objetos fenoménicos, si no es capaz de relacionarlo con otros objetos fenomé­
nicos de modos como los descritos.
La epistemología cartesiana se caracteriza, como dijimos en DI, § 1, por
dos supuestos centrales: el conocimiento es cierto, y está inferencialmente fun­
dado en una base conocida “intuitivamente”. Para ios empiristas, la base está
constituida por proposiciones empíricas, que enuncian la naturaleza de viven­
cias que notamos. Lo que acabamos de decir constituye una corrección parcial
al segundo supuesto. En la base del conocimiento no puede haber proposicio­
nes “aisladas”; para saber algo, hay que poseer la capacidad de saber muchas
otras cosas. Para saber que noto una sensación de #rojo#, debo saber que es
una sensación del mismo tipo que otras que he experimentado, que es muy dis­
tinta de una sensación de #fa# y también de una de #verde#, que mantiene una
cierta relación con esta última sensación pero no con la de #fa#, etc. Incluso
en el nivel básico, intuitivo, es por tanto preciso, para conocer una proposición,
poseer la capacidad de inferir de ese conocimiento el conocimiento de otras
proposiciones. Esto es tanto como negar que haya un nivel básico, una funda­
ción; al menos, en la concepción más simple de la misma. Los partidarios de
la concepción del conocimiento como coherencia defienden esta idea (en dife­
rentes grados); hemos intentado hacer plausible una versión moderada de la
misma, de lo que se conoce como holismo epistémico.
Un modo conveniente de pensar en las relaciones entre los diferentes cons­
tituyentes de las vivencias es suponerlos expresamente enunciados, en la for­
ma de una serie de proposiciones sobre las entidades en cuestión: #rojo#,
ttverde#, ... son colores, mientras que #do#, #fa#, ....no son colores sino soni­
dos; #ro]o# precede a #verde# en tal y cual dimensión cromática, y así suce­
sivamente. Puesto que estas proposiciones sintetizan las características esen­
ciales de las sensaciones en cuestión, podemos considerarlas axiomas de los
campos específicos de sensaciones. Para el caso de las sensaciones espaciales,
los axiomas serían, estrictamente hablando, axiomas geométricos; pues axio­
mas como los de la geometría euclídea enuncian de un modo convenientemente
breve las relaciones a que estamos haciendo referencia entre el grupo de sen­
saciones al que pertenece #línea recta de aprox. un palmo#. Naturalmente, sería
muy implausible atribuir necesariamente a cualquier sujeto capaz de tener sen­
saciones espaciales algo tan preciso, y que costó tanto elaborar, como los axio­
mas de Euclides. Para resultar plausible, una afirmación como la que estamos
haciendo debe entenderse de un modo más vago. Digamos, meramente, que las
proposiciones axiomáticas descriptivas de la naturaleza de sensaciones en un
cierto grupo se caracterizan porque todo sujeto reflexivo y que comprende lo
que se le pide, si es capaz de tener las sensaciones en cuestión, debe poder
reconocer inmediatamente (sin necesidad de llevar a cabo ningún razonamien­
to) la verdad de las mismas cuando se presupone que tratan acerca de esas sen­
saciones, al modo en que reconocemos la verdad de los axiomas de la geome­
tría euclídea. Las proposiciones serán también análogas a los axiomas de una
geometría en tanto que han de ser suficientes para expresar de modo compac­
to un gran número de relaciones entre las diferentes sensaciones (#esférico#,
#cúbico#, #triangular#) que el sujeto es capaz de establecer, no de modo inme­
diato sino deductivamente.
Todas estas relaciones con otros objetos fenoménicos que están esencial­
mente vinculadas a ideas como las que estamos considerando, nos ofrecen el
elemento que necesitamos para aplicar la explicación anteriormente ofrecida de
la distinción entre propiedades disposicionales y categóricas para clarificar la
distinción lockeana entre propiedades secundarias y primarias. Unas y otras*
debe entenderse, son cosas (III, § 2): propiedades objetivas constituyentes de
acaecimientos. Una propiedad primaria, como la propiedad designada por
‘línea recta de aprox. un palmo’, se “parece’’’ a #línea recta de aprox. un pal­
mo# en tanto que mantiene, con los objetos reales significados naturalmente
por otras ideas, relaciones análogas a las que mantiene #línea recta de aprox.
un palmo# con éstas y son constitutivas o esenciales de la naturaleza de esa
sensación, #línea recta de aprox. un palmo#. Es decir: (en condiciones apro­
piadas), cada vez que un individuo reconoce por introspección una #línea rec­
ta de aprox. un palmo# en sus vivencias, el acaecimiento que causa esas viven­
cias “contiene” una misma propiedad objetiva, responsable causal de ese
aspecto reconocido por el sujeto en sus vivencias. Además, si dos sensaciones
espaciales mantienen entre sí una de las relaciones derivadas de los axiomas
geométricos de que hablábamos más arriba (por ejemplo, una #línea recta de
aprox. un palmo# es notada como doblemente larga que una #línea recta
de aprox. dos palmos#), las propiedades reales correspondientes mantienen
entre sí una relación estructuralmente análoga. Dicho de otro modo, también
las propiedades objetivas correspondientes cumplen axiomas geométricos.6
Por otra parte, una propiedad secundaria, como lo es supuestamente la

6. Los axiomas pueden ser exactamente los mismos, sustituyendo simplemente las designaciones de aspectos
de las vivencias por designaciones de las propiedades reales correspondientes.
designada por ‘rojo’, no se “parece” a #rojo#, en tanto que no mantiene con
las cosas que causan otras ideas relaciones análogas a las que #rojo# mantie­
ne con esas ideas. Esto significa lo siguiente. Cuando un sujeto insiste en que
ha experimentado dos vivencias exactamente de la misma cualidad #rojo#, las
propiedades objetivas que en cada caso han producido una y otra vivencia son
distintas entre sí; y esto no es algo que ocurre como una excepción explicable,
sino de modo general. Análogamente, resulta que, por cualquier criterio de
parecido razonable, la propiedad objetiva que causa una sensación de N aran ­
ja# se parece más a una que causa una de #azul# que a una que causa una de
#rojo#. Si sustituimos, en los “axiomas” de la “cromatología”, las designacio­
nes de las sensaciones por designaciones de las propiedades objetivas que las
causan, los axiomas pasan a ser falsos. O, por dar un último ejemplo ilustrati­
vo, mientras que un sujeto agrupa claramente en diferentes clases #rojo# y
#fa#, no resulta haber ningún modo análogo de clasificar las propiedades de
las cosas que causan esas sensaciones. Y así sucesivamente, con las diversas
relaciones definitorias de las sensaciones.
De acuerdo con esta explicación, las propiedades secundarias son (como
dice Locke) “meros poderes”, propiedades disposicionales, porque son propie­
dades esencialmente caracterizadas en términos de las ideas o cualidades sen­
sibles que los objetos producirían si un aparato perceptivo en condiciones
apropiadas de funcionamiento estuviera presente en una situación propicia. Las
propiedades primarias son propiedades categóricas. Las propiedades secunda­
rias, por otro lado, son meros poderes para producir en nosotros las ideas
correspondientes; las propiedades categóricas que constituyen sus bases son
ciertas combinaciones de propiedades primarias, que no mantienen entre sí las
relaciones estructurales distintivas de las ideas que causan.
Para el realista por representación, como hemos expuesto anteriormente,
las proposiciones empíricas tratan de vivencias notadas, no de acaecimientos
observados. Todas las entidades objetivas (III, § 2), incluidas aquellas de que
se habla en lo que el realista ingenuo considera proposiciones empíricas, son
entidades teóricas. Por consiguiente, el elemento del significado de los térmi^
nos teóricos a que denominamos en la sección anterior ‘aplicación’ hace refe­
rencia, para el representacionalista, a vivencias: enuncia qué vivencias notadas
y potenciales se suponen explicadas postulando las entidades teóricas en cues­
tión. Las propiedades secundarias son propiedades de las que sólo sabemos que
causan ciertos aspectos que se reproducen en nuestras vivencias (ideas simples
de color, de olor, etc.). Las propiedades primarias, en cambio, son aquellas de
las que sabemos algo más: aquello que expresan el elemento de los significa­
dos de términos como ‘esférico’ (aplicable a cualidades de las cosas) al que
denominamos antes ‘descripción’. Ese “algo más”, por otra parte, debe estar
caracterizado en términos aceptables para el intemismo del representacionalis­
ta. En los párrafos precedentes hemos tratado de explicar en qué consiste: se
trata de relaciones que establecemos primero entre los constituyentes de las
vivencias, y atribuimos después a sus presuntas causas objetivas.
En breve: conocemos directamente, por introspección, las relaciones
estructurales que distinguen unas sensaciones de otras; usamos después tácita­
mente esas relaciones para construir una teoría descriptiva de la naturaleza de
las propiedades objetivas que causan nuestras sensaciones. La distinción entre
propiedades primarias y propiedades secundarias es la distinción entre propie­
dades respecto de las que es razonable creer la verdad de esta teoría descripti­
va, y propiedades respecto de las que no. Las propiedades primarias son aque­
llas de las que es razonable creer que no sólo se limitan a causar ideas especí­
ficas, sino que mantienen entre sí relaciones análogas a las que mantienen entre
sí las ideas que causan. Las propiedades secundarias son propiedades prima­
rias hipotéticas de las que sabemos muy poco: sólo, que causan ciertas sensa­
ciones, pese a no mantener entre sí las relaciones estructurales características
de las sensaciones que causan.
Lo único que hace a ‘rojo’ aplicable a un acaecimiento objetivo (la pre­
sencia de una esfera) es — según la presente propuesta interpretativa de la tesis
de Locke— que en ese acaecimiento se da algo que produciría en un observa­
dor normal la idea o cualidad sensible #rojo#, si se diesen las circunstancias
de luz, posición del perceptor, etc., apropiadas. Ese “poder” o cualidad que
produciría esos efectos, por lo demás, no tiene por qué tener ningún rasgo
correspondiente a las relaciones definitorias de #rojo#: quizás la propiedad
categórica base de ese “poder” en los tomates no se parece en nada al poder
similar en los semáforos, o quizás ni siquiera se parezca en dos tomates que
producen la misma sensación, o en el mismo tomate en momentos sucesivos;
ni mantiene con “poderes” para producir otras sensaciones cromáticas relacio­
nes análogas a las que mantienen las sensaciones entre sí, etc. Es. así que ‘rojo’,
aplicado a objetos reales, está esencialmente definido en términos de una
característica (que el objeto cause que alguien note #rojo#). que no tiene por
qué darse nunca de hecho. No ocurre lo mismo, sin embargo, con ‘línea recta
de aprox. un palmo’; pues, en este caso, la cualidad objetiva no sólo está carac­
terizada por su capacidad para producir #línea recta de aprox. un palmo# en
un observador adecuado, sino también por todas las otras relaciones que man­
tiene esa propiedad real con otros objetos reales, análogas á las que mantiene
#línea recta de aprox. un palmo# con otros objetos fenoménicos; y un objeto
a que se aplica ‘línea recta de aprox. un palmo’ tiene de hecho todas esas otras
propiedades definitorias del concepto expresado por ese término.
¿Por qué piensa Locke que es razonable creer de términos como ‘línea rec­
ta de aprox. un palmo’ que significan propiedades primarias? Esencialmente
por la misma razón que mantenemos creencias teóricas: en virtud de constata­
ciones inductivas. Helmholtz lo expresa muy claramente en este texto:

Cada uno de nuestros movimientos voluntarios, a través de los cuales modifica­


mos la manera en que se nos aparecen los objetos, ha de ser considerado como un
experimento por medio del cual sometemos a examen si hemos captado correcta­
mente el comportamiento nómico de la apariencia ante nosotros; es decir, si hemos
captado correctamente ia existencia continuada de la apariencia en una ordenación
espacial determinada. (“Die Tatsachen der Wahrnehmung”, 136.)
Las relaciones entre las ideas espaciales nos llevan a esperar, pongamos
por caso, que un cubo que contemplamos desde una cierta perspectiva pre­
sente tal y cual apariencia cuando se le hace rotar 30 grados. Haciéndolo
rotar así, confirmamos la predicción, y con ello la conjetura de que las rela­
ciones espaciales objetivas tienen una estructura análoga a la que tienen las
ideas espaciales que causan (sobre la base de las cuales hemos hecho la con­
jetura).
En suma, según la presente propuesta interpretativa, la propiedad objeti­
va significada por ‘línea recta de aprox. un palmo’ no es disposicional, sino
categórica, porque es razonable creer que, incluso cuando no hay un observa­
dor teniendo la sensación #línea recta de aprox. un palmo#, un objeto real al
que se aplique ‘línea recta de aprox. un palmo’ ejemplifica de hecho rasgos
constitutivos de la propiedad. Otra cosa ocurre con ‘rojo’: en este caso, Loc­
ke creía más que probable —dados los resultados de la ciencia de su época—
que las cosas mismas resultaren carecer de propiedades con las características
definitorias del color (las relaciones entre sí y con otras ideas que caracteri­
zan a las ideas cromáticas). La única característica restante que se puede aso­
ciar con los objetos a que se aplica el término es, pues, la disposición a cau­
sar #rojo# en ciertas condiciones. Pero esta característica (causar una viven­
cia que incluye la idea #rojo#), la manifestación de la disposición, no tiene
por qué tenerla de hecho ningún objeto al que apliquemos correctamente el
término. En ausencia de un perceptor no hay de hecho en el objeto nada de
naturaleza cromática; sólo el “poder” para producir la sensación. De manera
análoga, un objeto soluble no se está disolviendo a menos que se den las con­
diciones pertinentes.
Naturalmente, no cabe establecer a priori qué propiedades son primarias
y cuáles secundarias; ello es consecuente a los resultados de la investigación
empírica. Tal y como hemos presentado la distinción, la afirmación de que una
propiedad es primaria o más bien secundaria es no sólo a posteriori, sino teó­
rica. Ni que decir tiene que Locke podría estar equivocado en sus conjeturas
sobre qué propiedades son primarias y cuáles secundarias. En los férminos en
que yo he presentado la distinción, y a juzgar por lo que hoy sabemos, es
mucho menos claro de lo que podía serlo en el siglo xvn que los colores o los
sonidos, pongamos por caso, sean realmente propiedades secundarias. La cues­
tión continúa siendo disputada; en parte, desde luego, porque se manejan expli­
caciones de los conceptos de propiedad primaria y propiedad secundaria dife­
rentes a las aquí proporcionadas, pero en parte también porque los datos no son
concluyentes. Las propiedades físicas que parecen ser responsables de las sen­
saciones en cuestión, hasta cierto punto, mantienen entre sí relaciones corres­
pondientes a las relaciones constitutivas de la naturaleza de las sensaciones.
Por ejemplo, las propiedades categóricas que provocan sensaciones sonoras
mantienen entre sí relaciones estructuralmente análogas a las existentes entre
las sensaciones sonoras en virtud de su altura y su intensidad fenoménicamen­
te experimentadas. Por otra parte, las relaciones no son completamente análo­
gas; pues, por ejemplo, las relaciones de intensidad que ordenan, respectiva-
mente, los sonidos reales y sus correlatos fenoménicos, varían con arreglo a
escalas de diferente tipo.7 En todo caso, sabemos demasiado poco como para
que la cuestión pueda ser resuelta con nitidez.
Lo que permite el realismo por representación de Locke es formular la dis­
tinción. Según Locke, hacemos tácitamente la inferencia de los contenidos pro­
posicionales, íntegramente constituidos por entidades puramente mentales, a un
mundo objetivo que los causa. La ciencia debe elaborar los detalles de esa infe­
rencia intuitiva, justificándola al mismo tiempo. La ciencia del siglo x v h lle­
vaba a Locke a sospechar que si bien la explicación científica del mundo y de
nuestras percepciones iba a recurrir a algunas de las características que utili­
zamos para describir el contenido de nuestros estados mentales, tales como las
formas espaciales, los diversos tipos de fiierza (solidez, impenetrabilidad, etc.),
el movimiento, etc., de otras (como los colores, los olores, los sabores, las sen­
saciones táctiles, etc.), no sólo iba a prescindir, sino que la existencia de esta­
dos mentales caracterizados parcialmente por tales cualidades iba a poder ser
explicada atribuyendo a las cosas exclusivamente propiedades del primer tipo.
Es así como se origina intuitivamente la distinción entre propiedades prima­
rias y propiedades secundarias. Que ‘rojo’ sea una propiedad disposicional
que no parece serlo es algo que (según Locke) resulta por tanto de la investi­
gación científica; pero sólo la filosofía de Locke, su realismo por represen­
tación, le permite interpretar en tal sentido los resultados de la ciencia. Cabe
pensar, pues, que fue una motivación importante para la teoría de las ideas de
Locke el que ofrezca la elaboración conceptual necesaria para realizar esa dis­
tinción, y, con ello, acomodar la imagen ordinaria que tenemos del mundo con
la que nos presentan los científicos. Bertrand Russell utiliza esta discrepancia
—la discrepancia entre la mesa impenetrable que nos presentan los sentidos, y
la “agujereada” que describen los científicos— como un argumento en favor de
una teoría hasta cierto punto similar a la de Locke.4 Si la rojez no es una pro­
piedad objetiva de los estados de cosas, es preciso buscarle otro alojamiento.
Locke, como hemos visto, explica la diferencia entre propiedades prima­
rias y propiedades secundarias diciendo que las primeras, pero no las segun­
das, “se parecen” a las ideas que producen en nosotros. Hemos ofrecido una
interpretación de qué podría querer decir con esto. Afirmaciones de Locke
como ésta, junto con el alto componente “imaginístico” de su concepción de
los significados, ha hecho a algunos pensar que su teoría de la significación
natural de las ideas era una según la cual las ideas significan en virtud de su
parecido con sus significados. Podría decirse que una foto mía me representa
a mí porque la foto se parece a mí; ésta sería una teoría del parecido para expli­
car la noción de significación (o representación) natural Sin embargo, ésta no
puede ser una interpretación acertada de la teoría de Locke sobre la relación
entre las ideas y las cosas, por cuanto a su juicio también las ideas de propie­
dades secundarias representan o significan naturalmente propiedades — los

7. Véase John Pierce, Los sonidos de la música.


8. Véase Bertrand Russell. Los problem as de la fúosofía, Labor.
poderes en las cosas que las causan— aunque, en este caso, su conjetura expre-
sa era (como hemos visto a lo largo de esta sección) que no se parecen a ellas
Una teoría de la significación que sólo se apoye en el parecido es, en cual­
quier caso, una teoría equivocada. Supongamos que A y B son hermanos
gemelos, y que una foto tomada a B se parece más a A que a él, porque, diga­
mos, el trasfondo hizo que la nariz del modelo saliera en la foto menos agui­
leña de lo que en realidad es, y con ello más parecida a la de A. La foto no
por ello representa a A, sino que representa a B. La explicación que de esto
daría Locke es que hay también un elemento causal en la noción de significa-,
ción: la diferencia entre A y B, que explica que la foto sea de B y no de A, no!
está en el parecido (no existe diferencia en ese respecto, o, si existe, más bien
llevaría a considerar a A lo representado por la foto), sino en que B posó para
la foto, y no A. Es decir, en que B fue un factor causal en la producción de la
foto, mientras que A no lo fue. Naturalmente, una vez que se le ha concedido
al elemento causal la importancia que debe tener en la explicación de la noción
de significado, a buen seguro habrá que atribuirle también algún papel al ele­
mento pictórico, o de parecido, al menos en el caso de signos tales como
fotografías. La inteipretación que hemos ofrecido de la distinción entre pro­
piedades primarias y secundarias requiere también tomar en consideración este
aspecto.

3. El reductivismo eliminatorio sobre las relaciones nómicas


y el fenomenalismo

Tras este excursus a propósito de las propiedades primarias y secundarias,


volvamos al ejemplo inicial, c(k) => e(rojo). Como c(k) y e(rojo) son acaecimientos
objetivos, no son directamente conocidos; los conocemos indirectamente,
notando vivencias que dan testimonio de ellos. Usemos #c(k)# y #e(rojo)#, según
nuestra práctica hasta aquí, para referimos a los correlatos sensoriales directa­
mente cognoscibles, internos, de esos acaecimientos. ¿Qué relación entre esos
correlatos vivenciales puede ser el correlato de la relación causal? Decir “la
relación de ttcausartf' es sólo ofrecer una respuesta perezosa; lo que necesita­
mos es una caracterización de esa relación, compatible con el intemismo. Una
idea un poco menos perezosa es ésta: las vivencias mismas pueden estar tam­
bién causalmente relacionadas; así, por ejemplo, una vivencia visual imagina­
da (uno mismo recibiendo una congratulación) puede causar una cierta emo­
ción sentida (una sensación de inmensa autosatisfacción). Supongamos, pues,
que tfcausar# es, simplemente, causar, restringida a vivencias. Internistas
incautos (quizás los mismos Locke y Descartes) se contentarían probablemen­
te con esta explicación.
Hume mostró claramente que esta propuesta no es compatible con el inter-
nismo. Pues también la relación causal entre vivencias, si existe, tendría las
propiedades (i)-(iv) de § 1; debería ser además una relación objetiva, cuyo dar­
se no podemos conocer con la certidumbre que el intemismo presupone. Pue-
do dudar de que fuese realmente pulsar la tecla k la causa de que apareciese el
disco rojo; quizás fue una coincidencia; quizás pulsé la tecla k a la vez que se
produjo el fenómeno que causó realmente la aparición del disco rojo. En ese
caso, aunque no hubiese pulsado la tecla k, el disco hubiese aparecido igual­
mente (no se cumple, pues, (ii), lo que muestra que no se dio la relación cau­
sal aseverada); en ese mismo caso, la generalización en condiciones parejas, si
se pulsase la tecla k, aparecería un disco rojo sería falsa, y las inferencias
hechas sobre esa base incorrectas. Ahora bien, incluso en el supuesto de que
las vivencias correspondientes estuviesen causalmente relacionadas, exacta­
mente lo mismo se aplica a ellas. Yo no puedo saber con certidumbre que si
no hubiese notado #c(k>#, no habría notado #e(rojo)#, ni que siempre que note una
vivencia del tipo #C(k)# (por muy parejas que sean las circunstancias) notaré
una del tipo #E(rojo)#.
Hume argumenta esto bajo el supuesto de que la única modalidad conoci­
da con certidumbre es la modalidad lógica. Es claro que no sabemos, sobre fun­
damentos puramente lógicos, que si no hubiésemos notado no habríamos
notado #e(rojo)# (a'la manera en que sabemos, sobre .fundamentos puramente
lógicos, que si Juan hubiese ido al cine ayer, alguien habría ido al cine ayer).
El argumento no depende, empero, de que la existencia de la relación causal
entre vivencias específicas no se pueda establecer lógicamente; basta con que
no se puede establecer a priori. El intemismo requiere que los contenidos pro­
posicionales se puedan especificar en términos de entidades de cuya existencia
sí podemos estar ciertos; entre ellas puede haber entidades concretas que cono­
cemos directamente y entidades que conocemos a priori. Pero ,1a relación cau­
sal entre vivencias concretas, incluso si se da, no está en ninguna de estas cate­
gorías. Ni se conoce a priori, ni puede notarse directamente, como se nota un
ejemplar de #rojo# o incluso el tipo #rojo#; pues es concebible que la expe­
riencia futura nos convenza de que un supuesto caso de relación causal entre
vivencias no lo fue en realidad. Supuse que fue la vivencia visual de recibir una
congratulación la que causó la emoción consiguiente de autosatisfacción, pero
he descubierto después que la emoción la causó, independientemente, un sim­
ple proceso hormonal; incluso aunque no me hubiese imaginado recibiendo la
congratulación, habría experimentado la sensación de autocomplacencia.
Lo único que encontramos examinando mediante la introspección nuestra
experiencia consciente, dice Hume, es (en el caso que estamos examinando)
esto: (i) que #c(k)# y #e(rojü)# se dieron espaciotemporalmente de manera conti­
gua; (ii) que, en los casos que tengo ahora presentes en el recuerdo, he notado
vivencias deí tipo #C(k)# siendo sucedidas de manera espaciotemporalmente
contigua por vivencias del tipo #E(rojo)#, y (iii) que espero (quizás sobre la base
del hábito, pero sin que conozca claramente el origen de esta expectativa: por­
que estoy así psíquicamente constituido) que en casos no contemplados, viven­
cias del tipo #C(k)# sean sucedidas de manera espaciotemporalmente contigua
por vivencias del tipo #E(roJo)#. (En el análisis humeano, la asimetría temporal
está ya presupuesta en lo anterior: vivencias del tipo #E(rojo)# han sucedido a
vivencias del tipo #C(k)#.)
Una generalización Jáctica es un enunciado de la forma Vx (p(x);9 es un
enunciado sin alcance modal alguno, cuya verdad sólo puede establecerse con­
clusivamente examinando todos los casos implicados. Una generalización fác-
tica es lógicamente equivalente a la conjunción (p(a) a cp(b) a cp(c) a ..., siem­
pre que utilicemos nombres ‘a \ ‘b \ ‘c \ etc., para cada uno de los objetos en
el universo de cuantificación (VI, § 6). Una generalización estricta es una
generalización fáctica de la forma Vx(cp(x) o \|/(x)). Una generalización empí­
rica es una generalización fáctica, en la que se cuantifica sobre casos concre­
tos cuyo darse o no darse puede establecerse directamente mediante la sensa­
ción. En III, § 1 introdujimos el concepto de proposición empírica como una
cuya verdad o falsedad puede establecerse directamente mediante información
proporcionada por los sentidos (y en III, § 3 hicimos notar que, para el inter­
nista, las proposiciones empíricas hacen referencia a vivencias). Una generali­
zación empírica estricta es, pues, una equivalente a una conjunción de propo­
siciones empíricas bicondicionales. Por último, una generalización nómica es
una generalización empírica cognoscitivamente aceptable. Por ahora, entende­
remos que una generalización empírica es cognoscitivamente aceptable si todos
los casos que hemos tenido oportunidad de constatar de los que somos cons­
cientes la confirman, y es el tipo de generalización que nuestra constitución
psíquica nos lleva a construir.
Con estos elementos podemos elaborar una primera versión de análisis
humeano de la causalidad. Es una propuesta insuficiente, que será preciso
modificar. Pero, en su simplicidad, tiene la virtud de servir para poner de relie­
ve el rasgo metafísicamente central de la concepción humeana, su radical
carácter correctivo. La propuesta final, incluyendo las modificaciones que será
preciso hacer para obtener un análisis satisfactorio, posee ese mismo carácter;
pero sería más difícil apreciarlo en ella, precisamente a causa de su compleji­
dad. Lo que es peor, esa complejidad del análisis final, necesaria pero metafí­
sicamente irrelevante, actúa como un elemento distractivo que vela la profun­
da corrección de nuestras creencias sobre la causalidad que el análisis humea-
no requiere.
El análisis humeano tentativo es éste: c causa e (donde ‘c ’ y 4e ’ están por
acaecimientos concretos) significa lo siguiente: el correlato empíricamente
verificable de c, #c#, es de tipo #C#; el correlato empíricamente verificable de
ey #e#, es de tipo #E#; #c# precede a #e#; y hay una generalización nómica
estricta que vincula #C# y #E#, cuyos ejemplares son siempre espaciotempo­
ralmente contiguos como #c# y #e#.
Esta definición, como hemos dicho, es sólo tentativa. Por más que el aná­
lisis humeano constituya una propuesta decididamente correctiva, el modo en
que comúnmente usamos el concepto de causa proporciona contraejemplos
demasiado patentes, que el partidario del análisis no puede despreciar. No pue­

9. En este párrafo recurro a la notación lógica usual por razones de simplicidad expositiva. El lector no fami­
liarizado puede encontrar una exposición de sus elementos centrales en VI, § 6.
de hacerlo por una razón fundamental, que es preciso tener bien presente
durante la discusión posterior. Al partidario del análisis humeano, como a cual­
quier empirista, le motiva un proyecto ilustrado. Lejos de pretender conven­
cemos de que todo vale en materia de asertos causales, lo que busca es utili­
zar su doctrina para eliminar la superstición; pretende describir claramente
aquello que separa las afirmaciones causales “científicas”, positivas, de las que
hacen ios amigos del oscurantismo.10 (Es saludable a este respecto leer, por
ejemplo, el capítulo X del Inquiry Concerning Human Understanding de
Hume, “Of Miracles”.) Quedaría, por tanto, en muy mal lugar si su análisis
conllevase que también los asertos causales que hacemos de la manera empí­
ricamente más cuidadosa (los que aceptamos a partir de los datos que nos pro­
porciona ia investigación científica responsable) tienen, después de todo, ei
mismo estatuto que, pongamos por caso, la creencia en la concepción virginal
no asistida por procedimientos refinados de fecundación.
Pero eso es lo que ocurriría, si no se modifica la definición. Para empezar,
en la mayoría de las afirmaciones causales empíricamente mejor contrastadas
la causa y el efecto no tienen correlatos empíricamente verificables espacio-
temporalmente contiguos (sólo hay que pensar en las causas socialmente más
notorias del alumbramiento); además, en la mayoría de los casos las afirma­
ciones causales no se apoyan en generalizaciones empíricas estrictas. (Ni todos
los que fuman contraen cáncer de pulmón, ni sólo los que fuman lo hacen, y,
sin embargo, por todo lo que sabemos, fumar causa cáncer de pulmón; de
modo que hay casos concretos en que el proceso de fumar una cierta cantidad
de tabaco durante un cierto tiempo causa el desarrollo de un cáncer de pulmón
concreto.) La definición tentativa, pues, no nos da una condición necesaria:
hay relaciones causales que no la cumplen. Además, si no se cualifica sustan-
cialmente el concepto de generalización empírica cognoscitivamente acepta­
ble, la definición (incluso tal como está, sin debilitarla como es preciso hacer
— en vista de lo anterior— para obtener una condición necesaria) no nos da
una condición suficiente. Después (§ 6) examinaremos la razón para esto.
La inapropiada propuesta inicial, sin embargo, es muy adecuada para
hacer patente algo que las correcciones posteriores no modificarán un ápice; a
saber, el carácter antirrealista de la propuesta humeana con respecto a la cau­
salidad — y, cuando se generaliza a todas las relaciones nómicas, con respecto
también a los objetos teóricos introducidos a través de relaciones de participa­
ción. En rigor, existen dos interpretaciones de la concepción humeana de la
causalidad, ambas igualmente antirrealistas, una más radical que la otra. Tam­
bién para comprender la diferencia entre ambas es conveniente considerar ini-
cialmente la propuesta inaceptablemente simple. Estas dos variedades de anti­
rrealismo causal corresponden a dos tipos genéricos de antirrealismo, adopta-

10. Esto también vale para Wittgenstein (a quien en X, § 4 presentamos com o un caso claro de partidario del
análisis humeano radical), pese a que sus preocupaciones no tenían nada de ilustradas ni ‘"positivas”. Su peculiar nihi­
lism o ético, del que algo diré después, requiere que haya relaciones “causales” humeanas, coincidentes con las que
establecem os com o tales mediante la práctica científica.
bles a propósito de ámbitos diferentes del discurso y no sólo a propósito del
discurso causal.
La variedad más radical de antirrealismo es el reductivismo eliminatorio.
Consideremos el discurso de algunos sobre las brujas. No me refiero a quienes
piensan y hablan como si hubiese personas que se creen brujas, practican bru­
jerías, etc, pues nada hay que objetar al respecto. Me refiero a quienes piensan
y hablan como si hubiese personas que son brujas, que tienen el poder de cau­
sar enfermedades o curarlas, etc., haciendo hechizos y exorcismos. O conside­
remos el discurso de quienes piensan y hablan como si hubiese gafes. De nue­
vo, no me refiero a quienes hablan de personas a quienes suceden más des­
gracias que al ser humano medio, pues tampoco hay nada que objetar a esto;
sino a los que piensan y hablan como si hubiese personas que tienen alguna
cualidad misteriosa que “atrae” las desgracias. La mayoría de nosotros sería­
mos reductivistas eliminatorios a propósito del discurso sobre brujas y gafes,
en los sentidos indicados. Es decir, diríamos que no hay tales cosas.

Ésta es, simplemente, la tesis característica del reductivismo eliminatorio


sobre los X: no hay X.

Los ejemplos muestran que el reductivismo eliminatorio es una propuesta


aceptable en ciertos casos. El único modo de entender lo que decimos cuando
hablamos de brujas y gafes es reinterpretarlo de las maneras poco discutibles
antes indicadas: suponiendo que trata expresamente de personas que se creen
brujas, practican hechicerías, etc., o de personas a quienes suceden más des­
gracias que a los demás. Una consecuencia de esta eliminación del discurso
otológicam ente cargado sobre brujas y gafes, y de su reducción a uno menos
cargado, es que los enunciados en cuestión son ahora mucho más fácilmente
verificables de lo que lo serían si existiesen de verdad brujas y gafes. En el
sentido cargado del término, 'Pedro es gafe’ puede ser verdadero, sin que nun­
ca estemos en condiciones de averiguarlo, ni siquiera en las condiciones epis­
témicamente más favorables. Una vez practicada la reducción eliminatoria, el
enunciado es más fácilmente verificable o refutable.
En esta primera interpretación (la más radical), la definición humeana con­
lleva una propuesta eliminatoria sobre las relaciones causales. La definición
humeana constituye, en esta interpretación, una propuesta para reemplazar el
discurso sobre relaciones causales, que hemos caracterizado mediante los cri­
terios (i)-(iv), por uno que trata sólo de generalizaciones nómicas estrictas. Con
ello ganamos en verificabilidad. Tras la reducción del discurso causal realista
al discurso causal del humeano reductivista, en condiciones ideales (a buen
seguro, inaccesibles a un ser humano normal, pero imaginables), una afirma­
ción causal puede ser establecida con completa certidumbre. Un ser empírica­
mente omnisciente, que tuviese la capacidad de contemplar todos los casos
empíricos pertinentes, podría establecer con certeza la verdad dt c(kj e(rojoY
Esto contradice la tesis realista de que las relaciones causales son o bjetivases
decir, la tesis de que un enunciado causal podría tener un valor de verdad de
hecho diferente al que le atribuiríamos en circunstancias cognoscitivamente
ideales. Esto por sí solo ya muestra que la propuesta es correctiva.
Quizás el lector piense que no hay aquí corrección alguna de nuestras
intuiciones, sino una muestra evidente de que la condición de objetividad no
era, después de todo, intuitivamente aceptable. Enseguida veremos que la pro­
puesta humeana, en esta primera interpretación, conlleva también el rechazo de
los criterios (ii), (iii), y, en el marco internista,' incluso el de (i). Es, así, una
propuesta eliminatoria sobre las relaciones causales, en la medida en que
entendamos que las relaciones causales satisfacen los cuatro criterios y la con­
dición de objetividad.11 Que la propuesta conlleve también el rechazo de esos
otros criterios es lo distintivo de esta interpretación, frente a la que expondre­
mos después — también antirrealista pero menos radical— , que sólo involucra
el rechazo del criterio de objetividad realista. Pero es fundamental, para com­
prender toda la discusión subsiguiente, apreciar claramente que la caracteriza­
ción intuitiva de las relaciones causales como relaciones objetivas sí era acep­
table.
El mundo real ofrece una gran cantidad de ejemplos de situaciones de
bifurcación causal. Una situación así presenta la siguiente estructura básica:
c causa e, pero también causa e . Por ejemplo, la emisión de ondas desde la
emisora de TV causa la recepción de una cierta imagen en un aparato, pero
también en muchos otros; la caída de una piedra en el centro del lago causa
las ondas que llegan a una de las riberas, y también las que llegan a otra; el
choque de una bola en movimiento contra otra en reposo causa el movimien­
to de la segunda, pero también causa la sombra del choque y el movimiento
de la sombra de la segunda. (En estos casos, se dice que, con respecto al pro­
ceso causal c => e, seleccionado como principal, e' es un mero epifenómeno)
Supongamos que e' sucede antes que e. En ese caso, supuesto el análisis hu­
meano, habrá una generalización tan estricta y tan nómica como laque vincu­
la c y e que vincula e y e\ además,. sucede antes que e. Es más; quizás la
generalización que vincula c y e pase inadvertida, enmascarada por la que vin­
cula e y e. (Esto es fácilmente imaginable, particularmente en una perspecti­
va realista, pero también en una humeana refinada con las modificaciones que
será preciso añadir a la propuesta simplista inicial.)
Algo así podría darse en nuestro ejemplo. Quizás pulsar la tecla kt lejos
de causar la aparición del disco, es un efecto de la verdadera causa de la apa­
rición del disco (un acaecimiento desconocido, que no sólo causa la aparición
del disco, sino que lleva también a los individuos cercanos a pulsar la tecla k).
El lector debe comprender que éstos no son casos extravagantes imaginados
por filósofos ociosos; una gran cantidad de esfuerzo, ingenio y recursos eco­
nómicos se dedica a distinguir meros epifenómenos de verdaderos factores

1 1. Naturalmente, el reductivista tiene perfecto derecho a llamar ‘relaciones causales' a las que satisfacen su
definición. Hume no dice que no haya relaciones causales, sino que no hay relaciones causales “reales”; él mantiene
el uso del término para las relaciones definidas según su propuesta.
causales. Durante algún tiempo se pensó que el consumo inmoderado de café
causa el cáncer de pulmón. Sin embargo, ahora se sabe que no lo hace: quizás
sea un epifenómeno, una “sombra”, de algo otro (un rasgo de carácter, ponga­
mos por caso) que causa también el consumo inmoderado de tabaco, este sí
causalmente relacionado con el cáncer de pulmón. De aquí que sea una falacia
inferir una relación causal (propter quó) de una relación de precedencia tem­
poral (post quó). Estas consideraciones muestran que, como sostuvimos, toma­
mos intuitivamente a las relaciones causales como objetivas: incluso un ser
empíricamente omnisciente, después de examinar todos los casos empíricos
pertinentes, podría confundir un mero epifenómeno con un efecto genuino.
Veamos ahora cómo adoptar la definición humeana, en esta interpretación
radical, conlleva no sólo abandonar la actitud realista (cosa que acabamos de
mostrar), sino también que lo que consideramos relaciones causales satisfagan
los criterios los criterios (ii) y (iii). Imagine el lector que se ha pulsado un cier­
to número de veces la tecla k, y en todos los casos ha aparecido un disco rojo
en la pantalla; y que sólo ha aparecido un disco rojo cuando se ha pulsado
antes k. Por grande que sea el número de veces que se ha repetido este proce­
so, es claro que los datos observados son compatibles con esta posibilidad: pul­
sar k pone en marcha un proceso genuinamente aleatorio, como resultado del
cual el ordenador dibuja un disco de un color de entre 256 posibles. El proce­
so es “aleatorio” en el sentido puramente frecuencial de la probabilidad; es
decir, “a la larga” la generalización empírica correcta incluye un número igual
de casos en que, después de pulsar k, aparece un disco de cada uno de esos
colores. Un ser empíricamente omnisciente podría constatarlo así. Según la
concepción humeana, la verdad o falsedad de una afirmación causal depende
exclusivamente de la generalización empírica que sea de hecho verdadera.
Ahora bien, es claro que, por grande que sea el número de casos de la gene­
ralización que hemos observado, ese número no basta para saber cuál es la
generalización correcta. De hecho, en comparación con el número de casos que
la generalización abarca, el número de los observados será, con seguridad, ridi­
culamente pequeño.
Por tanto, si entendemos las afirmaciones causales según la propuesta
humeana reductivista, no existe una relación entre acaecimientos concretos
cuyo conocimiento justifique hacer generalizaciones a casos no observados. La
relación a la que el humeano, en esta interpretación, pretende reducir la rela­
ción causal no puede ser aseverada de un caso particular, a menos que se
conozca ya la generalización completa. Además, incluso un ser empíricamen­
te omnisciente, que conociese la generalización pertinente, no estaría por ello
en disposición de hacer afirmaciones sobre lo que ocurriría en casos que, por
ser contrafácticos, no pueden haber sido observados. La generalización que
conoce es meramente fáctica, y permite tan poco hacer afirmaciones contra-
fácticas como lo permite el conocimiento de una generalización fáctica. Supon­
gamos que hemos establecido que, casualmente, los cien mil asistentes al par­
tido llevaban corbata a rayas. Es claro que esto no permite decir que, si Pau,
que no asistió de hecho al partido, hubiese asistido, habría llevado una corba­
ta a rayas. Pero este ejemplo es un paradigma de generalización meramente
fáctica. Los humanos corrientes y molientes, en todo caso, ni siquiera estare­
mos nunca en posesión del conocimiento a disposición del ser empíricamente
omnisciente, de modo que ni siquiera podemos hacer generalizaciones causa­
les. (ii) y (iii) son, pues, también falsos. Este es el “problema de la inducción”,
en los términos en que se presenta al humeano reductivista; y es claro que, en
esos términos, el problema es irresoluble.
El humeano reductivista, naturalmente, admite que hacemos inferencias
causales. Es irracional hacerlo, según su explicación, porque todo lo que pue­
de haber detrás de una afirmación causal es una generalización empírica, y la
verdad de una generalización empírica sólo puede establecerse racionalmente
conociendo todos sus casos particulares. Pero es indudable que las hacemos.
La definición tentativa incluye ya los elementos precisos para explicar por qué
cometemos este error. (Se trata de la que hubiera ofrecido el propio Hume, si
es que de hecho él era un reductivista eliminatorio. EL análisis refinado que se
da en § 6 permitirá ofrecer una explicación más certera. Mas, como vengo
insistiendo, el refinamiento no afecta a la cuestión metafísica.) Nuestra consti­
tución psíquica nos lleva a considerar nómicas ciertas generalizaciones empí­
ricas, confirmadas por los casos pasados, y no otras. El predicado ‘verojo\ que
aquí introduzco por estipulación, se aplica a algo en los siguientes= casos: si ha
sido observado hasta ahora, y era rojo, o si no ha sido observado hasta ahora,
y es verde.12 Consideremos ahora la generalización siguiente: en circunstancias
parejas, si se pulsase ^ aparecería un disco verojo. Es claro que esta generali­
zación empírica, #C(k)# «-> #E(vefojo)#, está tan bien confirmada por los hechos
conocidos como #C(k)# <-> #E(rojo)#. Es igualmente claro que, psíquicamente,
encontramos aceptable proyectar los datos en la forma de la segunda generali­
zación empírica y no en la forma de la primera. Pues es un dato psíquico, cono­
cido por instrospección, que esperamos que aparezca un disco rojo cuando pul­
semos k la próxima vez, pero no esperamos que aparezca uno verde (como lo
haríamos, si la generalización que considerásemos confirmada a partir de los
datos fuese #C(k)# #E(VCfojo)#). Nuestra sorpresa, si aparece un disco verde,
confirma este dato psíquico.
El humeano puede mencionar estos hechos, pues son perfectamente com­
patibles con el intemismo; como he enfatizado, estos son hechos de los que
somos conscientes, no menos de lo que lo somos de nuestro conocimiento de
qué vivencias notamos y qué regularidades hemos observado. Ahora bien, estos
datos meramente explican por qué nos vemos llevados a generalizar de ciertos
modos y no de otros; pero (supuesto el análisis reductivista) no pueden justi­
ficar que lo hagamos. Dado lo que las relaciones causales son, sólo el conoci­
miento de todos los casos nos permitiría hacer afirmaciones causales de mane­
ra justificada. Por todo lo que sabemos, tan verdadero podría ser que pulsar /:

12. El predicado está inspirado en ‘glue’, que Nelson Goodman introdujera para enunciar su justamente c é le ­
bre “nuevo enigma" de la inducción en “The New Riddle o f Induction". Pero el problema que presento ahora no es
el “nuevo enigm a”; éste se expone después.
en la situación indicada causó la aparición de un disco rojo, como que, en rea­
lidad, pulsar k en la situación indicada causó más bien la aparición de uno
verojo.
Si el reductivismo eliminatorio sobre las relaciones causales se generaliza
a las relaciones de participación (como es coherente hacer, pues los problemas,
derivados de la exigencia cartesiana de certidumbre, son exactamente los mis­
mos en ambos casos), el resultado es la eliminación de los objetos teóricos: no
hay planetas copemicanos, ni genes, etc., sólo entidades empíricamente cons­
tatabas y generalizaciones empíricas sobre las mismas.13 En el marco inter­
nista, el resultado es necesariamente el fenomenalismo: la tesis de que sólo
existen las vivencias y sus constituyentes. (El solipsismo es la tesis de que úni­
camente existen mis vivencias y sus constituyentes.) Los objetos reales, las
cosas, sólo pueden definirse, compatiblemente con el supuesto internista de
que no pueden ser “componentes esenciales” de los significados, mediante
relaciones de participación con respecto a objetos “internos” (ideas), relacio­
nes especificadas a partir de relaciones igualmente “internas” entre objetos
internos. Ahora bien, si no hay ni relaciones causales, ni relaciones de partici­
pación; si sólo hay vivencias que notamos y generalizaciones fácticas sobre
vivencias no pueden existir objetos externos.
Esto parece absurdo; el dato de que distinguimos los sueños y las aluci­
naciones de las percepciones “reales” es innegable. La idea de que el pensa­
miento y el lenguaje poseen “objetos intencionales” que determinan si, ponga­
mos por caso, estamos percibiendo, o meramente padeciendo una alucinación,
debe ser incorporada en cualquier explicación de la naturaleza de la represen­
tación, mental o lingüística. Sin embargo, el fenomenalismo dispone de un
modo conveniente de explicar esto, sin abandonar su supuesto fundamental: a
saber, recurrir al concepto de generalización nómica. Un “acaecimiento obje­
tivo” es, simplemente, uno consistente con las generalizaciones empíricas ver­
daderas. Esta definición hace posible que los acaecimientos incluyan a las

13. No podemos extendem os aquí en explicar de manera detallada la forma precisa que podría adoptar un
análisis humeano de las relaciones de participación. Lo esencial es que también estas relaciones se reduzcan a gene­
ralizaciones empíricas; por tanto (en el marco internista), a relaciones entre ¡deas. Una propuesta tentativa para ana­
lizarlas es ésta: e es (está constituido por) c (donde *c’ y ‘e ’ están por acaecimientos concretos) significa lo siguien­
te: c es de un tipo C, caracterizado por una cierta teoría T; el correlato empíricamente verificable de e, #ett, es de tipo
#E#f y se da en circunstancias empíricamente veriíicables de tipo #CÍ#; hay al. menos una generalización nómica
estricta que vincula #C l# y #E tt, que puede ser lógicamente deducida de la teoría T a partir del darse de C ( ‘CI’ abre­
via ‘condiciones iniciales’). Esto es. cabe decir que un acaecimiento observable a explicar (el “efecto”) consiste en un
cierto acaecimiento teórico (la “causa”) cuando la teoría que describe al acaecimiento teórico implica una generaliza­
ción nómica estableciendo que en ciertas circunstancias observables (las “condiciones iniciales" en que se dio el “efec­
to") se dan acaecimientos observables com o el “efecto” observable. Así, por ejemplo, ‘el movimiento aparente de tal
y cual objeto luminoso rojizo durante el intervalo temporal entre t y t' es (está constituido por) el movimiento X de
Marte y el movimiento Y de la Tierra en tomo al Sol en ese mismo intervalo temporal’ dice que la teoría por rela­
ción a la cual describimos el tipo del acaecimiento-participante — la teoría copemicana— com o uno consistente en
los movimientos de planetas copem icanos (la Tierra incluida) en tomo al Sol permite deducir una generalización
nómica, confirmada en este caso com o en casos anteriores. La generalización nómica será algo así com o esto: cuan­
do (y sólo cuando) se observa en un momento dado tal y cual objeto luminoso rojizo en tal y cual disposición,con
respecto a otros objetos luminosos celestes, se observa después de un intervalo temporal de tal y cual duración (igual
a la diferencia entre t y t') al objeto rojizo en tal y cual otra disposición. - ■
vivencias, y estén constituidos por los mismos “materiales” que las vivencias.
Los acaecimientos a que llamamos “objetivos” son aquellos coherentes con
otros que notamos (rememoramos, anticipamos, etc.), relativamente a las gene­
ralizaciones que consideramos nómicas: confirmadas por casos notados, y
“proyectables”. Si una vivencia no es coherente con otras que notamos, recor­
damos, etc., relativamente a las generalizaciones nómicas en que creemos,
decimos de ella que es alucinatoria, o que es un sueño, etc. Éste es todo el con­
cepto de objetividad que el fenomenalista puede permitirse. En cierto modo,
las alucinaciones son tan reales como las verdaderas percepciones: todo lo que
hay es, en ambos casos, una vivencia notada. La diferencia que establecemos
concierne sólo a la coherencia de la primera con las generalizaciones nómicas
en que creemos.
El siguiente pasaje de Borges trata de caracterizar la visión fenomenalista
del mundo; aunque es literalmente imposible describir coherentemente una
visión fenomenalista del mundo (puede parecer que lo acabo de hacer, pero,
como se verá, las apariencias engañan), Borges se aproxima a hacerlo tanto
como es posible:

Las naciones de ese planeta son —congénitamente— idealistas. Su lenguaje y


las derivaciones de su lenguaje —la religión, las letras, la metafísica— presu­
ponen el idealismo. El mundo para ellos no es un concurso de objetos en el
espacio; es una serie heterogénea de actos independientes. Es sucesivo, tempo­
ral, no espacial. No hay sustantivos en la conjetural Ursprache de Tlón, de la
que proceden los idiomas “actuales” y los dialectos: hay verbos impersonales,
calificados por sufijos (o prefijos) monosilábicos de valor adverbial. Por ejem­
plo: no hay _palabra que corresponda a la palabra luna, pero hay un verbo que
sería en español lunecer o lunar. SurgióJ a luna sobre el río se dice hlor u fa n g
axaxaxas mío o sea en su orden: hacia arriba (upward) detrás duradero-fiuir
luneció. (Xul Solar traduce con brevedad: upa tras perfiuyue lunó. Upward,
behind the onstreaming, it mooned.) Lo anterior se refiere a los idiomas del
hemisferio austral. En los del hemisferio boreal [...] la célula primordial no es
el verbo, sino el adjetivo monosilábico. El sustantivo se forma por acumulación
de adjetivos. No se dice luna : se dice aéreo-claro sobre oscuro-redondo o ana-
ranjado-tenue-del-cielo o cualquier otra agregación. En el caso elegido la masa
de adjetivos corresponde a un objeto real; el hecho es puramente fortuito. [...]
Este monismo o idealismo total invalida la ciencia. Explicar (o juzgar) un hecho
es unirlo a otro; esta vinculación, en Tlón, es un estado posterior del sujeto, que
no puede afectar o iluminar el estado anterior. [...] De ello cabría deducir que
no hay ciencias en Tlón ni siquiera razonamientos. La paradójica verdad es que
existen, en casi innumerable número. J. L. Borges: ‘Tlón, Uqbar, Orbis Ter-
tius”, en Ficciones, 23.

Naturalmente, no hay diferencia apreciable entre el hecho de que existan


muchas “ciencias”, todas igualmente increíbles, y que no exista ninguna.
El fenomenalismo resulta por tanto ser una concepción antirrealista no sólo
sobre la causalidad, sino también sobre el mundo externo. Una consecuencia de
ello es que, sobre aquello que para el fenomenalista es “el mundo”, no cabe el
escepticismo. Esto puede parecer incoherente con la clasificación del fenome­
nalismo como una propuesta internista; pues lo característico del intemismo es,
según dijimos, que pretende hacer posible la formulación de dudas escépticas
radicales. Pero, naturalmente, no hay aquí ninguna incoherencia; lo único que
ha ocurrido es que el fenomenalista ha sucumbido a las dudas escépticas, rede-
fininiendo por ello ‘mundo objetivo’. En el sentido usual, el mundo objetivo es
el mundo de los acaecimientos reales, que causan (en el sentido realista del tér­
mino) los estados internos a través de los cuales nos los representamos. El rea­
lismo sobre el mundo externo es la idea de que aquello de lo que depende la
verdad y la falsedad de lo que decimos está causalmente relacionado con lo que
decimos y pensamos (y con cualquier entidad interna necesaria para definir el
sentido de lo que decimos y pensamos). Porqué esta relación es nómica, cabe
contemplar la posibilidad de que, en cada caso concreto en que nos representa­
mos algo sobre el mundo objetivo, estemos equivocados. El fenomenalista, sin
embargo, ha redefinido “mundo objetivo”, de modo que la relación de “eso” con
nuestro pensamiento ya no es causal (en el sentido realista de ‘causal’); en pala-
bras de Russell y Wittgenstein, la relación es puramente definicional: las
“cosas” son meros “constructos lógicos” a partir de ideas, en lugar de ser enti­
dades que causan las ideas. El “mundo objetivo” es una construcción lógica ela­
borada haciendo exclusivamente referencia a entidades internas. A propósito de
esto, no cabe la duda radical; todo enunciado sobre el “mundo objetivo” del
fenomenalista es, en condiciones cognoscitivas ideales, completamente verifi-
cable o refutable. Pero, naturalmente, sólo porque el fenomenalista no sólo
admite la posibilidad de contemplar dudas escépticas radicales sobre el mundo
objetivo del sentido común, sino que ha sucumbido a ellas, concluyendo que1-
tales dudas estaban enteramente justificadas.

4. El realismo fingido sobre las relaciones nómicas


y el representacionalism o

El realismo por representación es una concepción del significado motivada


por las mismas intuiciones epistémicas y la misma concepción epistemológica
que están en la base del fenomenalismo. Ambas presuponen que el conoci­
miento debe ser cierto, como lo es el conocimiento de hechos sobre nuestras
vivencias adquirido a través de la introspección (cuando dejamos perfectamen­
te claro que nuestro pensamiento es acerca de las vivencias mismas, y no de lo
que suponemos que representan): el conocimiento de que se da un pensamien­
to, o el de que tengo una vivencia visual y no una olfativa, o de que noto #rojo#
y no #verde#. Ambas concepciones filosóficas presuponen que el conocimien­
to debe tener una base cierta (presupuesto de certidumbre), y debe proceder
mediante pasos deductivamente ciertos a partir de esa base (fundacionalismo).
Ambas son concepciones internistas: los contenidos proposicionales de nuestros
pensamientos y nuestras proferencias deben ser caracterizados sin compromiso
con entidades de cuya existencia no estamos ciertos; los objetos intencionales
de todos nuestros pensamientos y de todas nuestras proferencias deben así ser
inmanentes (El, § 2).
La diferencia crucial entre ambos es que el realismo por representación es
una doctrina realista sobre el mundo objetivo; el realista por representación
cree que el escepticismo radical acerca del mundo externo es posible, cree que
esos estados intencionales cuyos objetos son objetivos podrían ser, todos ellos
—incluso aquellos sobre cuya corrección tenemos una convicción más segu­
ra— falsos. Para asegurar esto, el realista por representación recurre crucial­
mente a relaciones nómicas reales y objetivas en su especificación de los obje­
tos intencionales de tales estados representacionales; ese mundo externo sobre
el que podemos estar radicalmente equivocados está constituido por las. “sig­
nificaciones secundarias” de nuestras palabras, nómicamente conectadas con
sus “significaciones primarias” puramente internas (las primeras son “natural­
mente” significadas por las segundas). El fenomenalista, sin embargo, obtiene
de su examen crítico de las relaciones nómicas a partir de los supuestos inter­
nistas conclusiones reductivas eliminatorias, y concluye así que la relación
entre el mundo “objetivo” y el mundo subjetivo es construccional, no causal.
La doctrina resultante es antirrealista: en condiciones cognoscitivas satisfacto­
rias, no podemos equivocamos en nuestras creencias sobre este mundo “obje­
tivo” del fenomenalista. El escepticismo radical, para el fenomenalista, es una
fantasía resultante de nuestro error sobre la naturaleza de las relaciones nómi­
cas. Esta es una conclusión atractiva, obtenida a costa de pagar un precio exce­
sivo; un precio sin duda inaceptable para cualquiera con las intuiciones realis­
tas de Descartes o Locke.
En X, § 5 estudiaremos una versión (debida a Wittgenstein) del tradicional
argumento fenomenalista contra el realismo por representación. Queremos aquí
dejar constancia del primer estadio del argumento, mostrando que el realismo
sobre las relaciones nómicas de quien quiera que parta de supuestos internistas
ha de ser un realismo fingido. De manera general, el realismo fingido es una
nueva forma de corrección al sentido común en un cierto ámbito del discurso.

La corrección que caracteriza el realismo fingido sobre un ámbito del dis­


curso consiste en la tesis de que las entidades características de ese discurso
son entidades ficticias: hablamos y pensamos como si existieran realmente (y
no es necesario ni conveniente dejar de hablar así: en esto radica la diferen­
cia con el reductivista eliminatorio), pero a todos los efectos intelectuales y
prácticos, su estatuto ontológico es el de las entidades de la ficción. Esto no
significa que el realista fingido las considere “ficticias”, sino que se trata de
entidades que no pueden tener incidencia alguna en la justificación de lo que
decimos o de lo que pensamos, en la determinación de si pensamos y habla­
mos correctamente sobre ellos o no lo hacemos.

Un caso en el que todos estaríamos dispuestos a aceptar este tipo de


corrección es, como el término ‘realismo fingido’ quiere sugerir, el de las enti­
dades del mundo de la ficción. Consideremos el discurso dentro de la ficción;
como cuando decimos ‘Don Quijote no se habría casado nunca con Dulcinea,
incluso si hubiese tenido ocasión de hacerlo\ e imagínese a alguien que, igno­
rando la situación, supone que estamos hablando de una persona real. (Es pre­
ciso distinguir el discurso dentro de la ficción del discurso sobre la ficción,
como cuando decimos ‘Don Quijote es el tipo de personaje que podría inven­
tar un judío converso’; nada hay de ficto en este segundo tipo de discurso.) La
corrección que sería preciso hacer a una persona que cayera en tal confusión
consistiría en hacerle notar que la justificación, o falta de ella, para una afir­
mación como la indicada no depende en absoluto de datos sobre el carácter de
una persona real, que podrían quizás obtenerse recogiendo informaciones sobre
su biografía, preguntando a las personas que le conocieron, etc. Todo lo que
hay que saber, para determinar si está o no justificado decir ‘Don Quijote no
se habría casado nunca con Dulcinea, incluso si hubiese tenido ocasión de
hacerlo’, está ya contenido en una novela (y, quizás, en las intenciones ex­
plícitas de su creador, o en las que cabe atribuir a alguien que vivió en su
época).
Es sabido que los niños, particularmente durante un cierto período en su
desarrollo, inventan compañeros imaginarios de juegos, y participan con otros
niños y con adultos avisados en conversaciones sobre ellos. A veces dudan de
que un adulto esté al caso de la situación, y entonces se ven obligados a hacer
el tipo de corrección característico del realismo fingido. La vieja, despistada y
complaciente tía: “— ¿Te acompaña Olga al zoo, ricura?” Pau, entre perplejo y
condescendiente ante la estupidez de algunos adultos: “— Olga no existe,
sabes”. En cierto sentido, por supuesto, Olga sí existe; pero, en lo que respec­
ta a saber si nos acompañará o no al zoo, o si hay que llevar o no un bocadi­
llo para ella, lo que hay que hacer es algo muy distinto a lo que sería preciso
si ftiese una persona real. En el caso de Olga, lo que hay que hacer es pre­
guntar a Pau: él es la única instancia pertinente.
El instrumentalismo tradicional sobre las entidades teóricas es una forma
de realismo fingido. No insistiremos suficientemente en la necesidad de no
confundir este punto de vista con el reductivismo eliminatorio, pese a que
indudablemente guarden estrechos puntos de contacto: el instrumentalismo, a
diferencia del reductivismo, es una teoría realista (excesivamente celosa en su
realismo, diría yo). El cardenal Bellarmino es el primer defensor conocido del
instrumentalismo, y uno particularmente interesado. Este ilustrado cardenal dio
con una solución ingeniosa para la Iglesia, ante el problema planteado — en
vista de que la Biblia parece aseverar el geocentrismo— por el éxito predicti-
vo de la teoría copemicana (enfatizado, por ejemplo, por Galileo). Bellarmino
sostuvo que los seres humanos no tendremos nunca elementos de juicio sufi­
cientes para determinar dónde está U verdad, si en una teoría geocéntrica o en
una heliocéntrica. Todo lo que nosotros tenemos son nuestras observaciones
sobre los movimientos aparentes de objetos luminosos en el firmamento; y
estos datos se pueden hacer compatibles tanto con una teoría heliocéntrica
como con una geocéntrica suficientemente complicada. El único criterio cog-
noscitivo adicional que podemos utilizar concierne a qué teoría permite calcu­
lar de una manera más eficiente y simple (relativamente, por supuesto, a nues­
tra constitución cognoscitiva) los movimientos aparentes.
Beliarmino aceptaba que la teoría copemicana tenía una ventaja indudable
a este respecto sobre las teorías geocéntricas conocidas, así que proponía acep­
tarla; es decir, proponía hablar como si la teoría fuese verdadera. La sugeren­
cia de Beliarmino, pues, era aceptar como verdaderos enunciados tales como
‘Marte y la Tierra se movieron entre t y t' de tal y cual modo en tomo al Sol’.
Ahora bien, este enunciado hay que leerlo — según la propuesta instrumenta-
lista de Beliarmino— como un enunciado dentro de la ficción; literalmente,
puede ser falso (y él, naturalmente, pensaba que lo era). Correctamente enten­
dido, como un enunciado dentro de la “ficción científica” — una práctica cuyo
objetivo es predecir eficiente y acertadamente sucesos empíricamente consta­
tadles— la justificación para el enunciado sólo puede provenir de los hechos
sobre los movimientos aparentes de objetos luminosos en el firmamento visi­
ble, y de consideraciones sobre cómo calcular de una manera simple esos
movimientos. Entendido desde el punto de vista del realismo fingido sobre las
entidades teóricas, por tanto, es coherente aceptar ‘Marte y la Tierra se movie­
ron entre t y t' de tal y cual modo en tomo al Sol’, a la vez que se cree que
este enunciado es (estricta y literalmente tomado) falso (o que se suspende el
juicio sobre su verdad o falsedad literal).. Pues cuando se acepta ‘Marte y la
Tierra se movieron entre t y t' de tal y cual modo en tomo al Sol’ esto se acep­
ta dentro de la ficción; lo único que se acepta es que los hechos empíricamen­
te observables son fácilmente predecibles para individuos con nuestra consti­
tución cognoscitiva dando por buena una teoría que permite hablar así. Pero
esto es compatible con que la teoría “verdadera” sea enteramente otra.14 Es pre­
ciso enfatizar algo, para impedir un posible .malentendido que el término ‘rea­
lismo fingido’ bien puede engendrar. Como este ejemplo ilustra, el realista fin­
gido no piensa que las entidades teóricas sean “ficticias”; esto es más bien lo
que piensa el fenomenalista. Beliarmino creía que hay realmente objetos que
producen los movimientos aparentes de puntos luminosos en el firmamento (y
que, por comportarse como su religión le decía, falsifican la teoría heliocéntri­
ca). Lo que sostiene el realista fingido es que esas entidades, en su verdadera
naturaleza, no nos son racionalmente accesibles, y por tanto no pueden tener
incidencia en nuestras prácticas cognoscitivas. Estas se basan en otras cosas.
El primer paso del argumento tradicional de los fenomenalistas (y de los
proyectivistas que estudiaremos a continuación) contra el realismo por repre­
sentación consiste en hacer notar que, dados los supuestos internistas que los
representacionalistas aceptan, el realismo por representación debe necesaria­

14. Quizás esta sea. contemporáneamente, la concepción más popular de la ciencia. En muchas ocasiones,
este punto de vista se defiende de modos intelectualmente risibles. (D e acuerdo con los proponentes de la “construc­
ción social de la ciencia”, son los funcionarios ministeriales quienes deciden qué teorías son empíricamente acepta­
bles, al conceder y rechazar recursos para la investigación.) Pero no siempre ocurre así, desgraciadamente para quie­
nes tenemos convicciones realistas. La obra de Bas van Fraassen es, a mi juicio, la más significativa a este respecto.
Véase su The Scientific Iniage.
mente ser un realismo fingido respecto de las relaciones nómicas en general (y;
por tanto, debe aceptar también el instrumentalismo sobre las entidades teóri­
cas, incluidas para el internista entre ellas los objetos reales). Para el repre­
sentacionalista, como hemos visto, las relaciones nómicas son entidades reales
y objetivas, tanto como puedan serlo los genes o Venus. Por consiguiente, su
intemismo requiere que acepte que deben ser entidades enteramente caracteri­
zables en términos puramente internos. La única caracterización aceptable de
ese tipo es la humeana, sea la versión inicial presentada en la sección previa o
la más refinada propuesta finalmente al final de § 6. Ahora bien, si friese así
como conocemos las relaciones nómicas, entonces sería al menos posible que
las cosas fuesen como las presenta el fenomenalista; es decir, sería al menos
concebible que no hubiese relaciones causales, ni relaciones de participación
reales y objetivas. Que esa posibilidad se diese realmente, sin embargo, no
afectaría a nuestras prácticas cognoscitivas relativas a las relaciones nómicas:
seguiríamos aceptando y rechazando las que de hecho aceptamos y rechaza­
mos, sobre las mismas bases, con independencia de ello. Pues nuestro conoci­
miento de las relaciones nómicas es puramente interno: es un conocimiento del
tipo caracterizado por el humeano. Por consiguiente, las relaciones nómicas
reales y objetivas que supone el realista por representación son, a efectos de la
justificación de nuestros asertos nómicos, un adorno tan irrelevante como las
entidades teóricas en la concepción instrumentalista.
A mi juicio, este argumento es irreprochable. Es esencial advertir que de
él no se sigue la refutación del realismo por representación (para ello es pre­
ciso añadir consideraciones como las de Wittgenstein que se presentan en X,
§ 5). En contra del fenomenalismo, un realista por representación que aprecie
la validez del argumento insistirá aún, como Bellarmino respecto de nuestras
afirmaciones astronómicas, en que la verdad o la falsedad estricta y literal de
nuestras afirmaciones sobre relaciones causales y de participación (a diferen­
cia de su justificación, o adecuación empírica) no depende sólo de cuestiones
subjetivas. Es más, al igual que Bellamino mantenía, sobre la base de su jui­
cio más ponderado, que de hecho el mundo es geocéntrico, el representacio­
nalista puede decir, sobre la base de su mejor ponderado juicio, que de hecho
hay un mundo de entidades teóricas (incluidas entre ellas los objetos reales, las
cosas), relacionados por relaciones causales y de participación. No solamente
niega Bellarmino que existan sólo los movimientos aparentes que observamos
directamente, y nuestras creencias subjetivas sobre cómo calcularlos de la
manera más simple posible; sino que dice que la verdad misma es muy distin­
ta a lo que los copemicanos concluyen, sobre la base de lo que observamos
directamente y de nuestras actitudes sobre cómo predecir lo que observa­
mos directamente de la manera más simple posible. El realista por representa­
ción, igualmente, insistirá contra el fenomenalista en que no hay solamente
regularidades empíricas que consideramos “proyectables” confirmadas por los
casos observados, sino que hay además un mundo de cosas reales objetiva­
mente interconectado por relaciones nómicas reales. Pero lo que no puede
negar es que, como el fenomenalista muestra, ese mundo es, por así decirlo,
empíricamente ficticio: lo que aceptamos y lo que rechazamos sobre las rela­
ciones nómicas no puede depender de él. (A menos, naturalmente, que pro­
ponga un análisis internista de las relaciones nómicas distinto del humeano;
pero la literatura no registra ninguno.)
Si Descartes y Locke son ejemplos ilustrativos del representacionalismo
tradicional, y Hume es un ejemplo ilustrativo del fenomenalismo tradicional,
Kant constituye el mejor ejemplo ilustrativo tradicional del representacionalis­
mo refinado, “despertado de su sueño dogmático” por la profunda exploración
sobre la compatibilidad de los supuestos causales del representacionalismo con
el intemismo llevada a cabo por el fenomenalista. También debe quedar ahora
claro que, desde un punto de vista preteórico, este realismo fingido del realis­
mo por representación es casi tan inaceptable como el fenomenalismo. Del
argumento de Wittgenstein que presentaremos en X, § 5 se seguiría que el rea­
lismo fingido no sólo no es intuitivamente aceptable, sino que no es aceptable.
Ese argumento dejaría entonces sólo dos opciones: el fenomenalismo, y el
abandono del intemismo. En la próxima sección presentamos la versión menos
radical de la concepción humeana; es una concepción aún antirrealista de las
relaciones nómicas, pero una intuitivamente (y filosóficamente) más aceptable.

5. El proyectivismo sobre las relaciones nómicas


y el intem ism o com unitario

La maniobra característica de todas las doctrinas filosóficas — a saber,


redefinir los términos relevantes de modo que se respeten hasta cierto punto los
datos empíricos que son punto de partida para la investigación filosófica—
puede suscitar la idea desencantada de que las concepciones filosóficas son,
todas ellas — como las ciencias en Tlón— “metafísicas”, en el sentido peyora­
tivo de la expresión; adoptar una u otra es meramente adoptar una jerga, sin
que hacerlo tenga consecuencias significativas. Desde este punto de vista, las
concepciones filosóficas estarían sólo limitadas por la imaginación literaria. El
método analítico se opone a esta conjetura cínica. El fenomenalismo y el repre­
sentacionalismo son tesis sustantivas, porque tienen consecuencias empírica­
mente diferenciables de las de sus rivales. Consecuencias, naturalmente, sobre
el modo en que hablamos y pensamos, sobre nuestras intuiciones lingüísticas
y conceptuales; consecuencias tales como el antirrealismo y el realismo fingi­
do sobre el mundo externo y sobre las relaciones causales, que hemos puesto
de relieve.
Examinar esas consecuencias basta, a mi juicio, para considerar prima
facie inaceptable el intemismo que es su punto de partida común. Venimos
admitiendo que existen intuiciones que apoyan el intemismo; pero esas intui­
ciones no son tan firmes como para aceptar las conclusiones que hemos visto
hasta aquí. ¿Cómo podríamos dejar de creer que hay relaciones causales, o
aceptar que su existencia es indiferente para el acierto o desacierto de las prác-
o «iiac rpintivas? ; Oué sentido tendrían, por ejemplo, los
costosos experimentos a través de los cuales tratamos de separar los meros epi­
fenómenos de los verdaderos efectos, si la propuesta del reductivismo elimi­
natorio sobre la causalidad fuese correcta? Si, en último extremo, todas las
“leyes causales” que podamos formular, no importa cuán refinada la justifica­
ción empírica que podamos conseguir para ellas, son meras generalizaciones
empíricas tan igualmente faltas de justificación racional como otras igualmen­
te concebibles, tal práctica sería pragmáticamente absurda. Mejor, si acaso,
esperar hasta el final de los días para conocer qué generalizaciones empíricas
son verdaderas. Pero el verificacionismo contenido en esta sugerencia, intuiti­
vamente, es tan absurdo como lo anterior; pues ni siquiera al final de los días
sabríamos aún (según nuestras intuiciones) qué relaciones causales se dan de
hecho: quizás las generalizaciones empíricas que conseguiríamos establecer si
fuésemos empíricamente omniscientes respondieran meramente a coinciden­
cias. Estas consideraciones bastan, a mi juicio, para concluir al menos que, si
hubiese una explicación de los datos conceptuales sin estas consecuencias,
sería preferible.
Los partidarios de concepciones metafísicas como las que hemos expues­
to son conscientes de la dificultad, y tratan de confrontarla recurriendo a la dis­
tinción entre “teoría” y “práctica” . A efectos de nuestra conducta cotidiana, no
podemos tomamos en serio las propuestas del fenomenalismo ni las del rea­
lismo fingido. Cuando nos recluimos en la habitación oscura donde filosofa­
mos, por otra parte, no tenemos más remedio que abrazarlas. Sin embargo,
mostramos en la introducción que los problemas que aquí discutimos son, en
un sentido perfectamente claro y razonable, problemas puramente teóricos; las
consecuencias intuitivamente inaceptables del fenomenalismo y del realismo
fingido sobre las relaciones nómicas son consecuencias puramente teóricas.
Para remachar esto, anticipo a continuación sumariamente el núcleo de un
célebre argumento de las Investigaciones Filosóficas, del que se seguiría que
el reductivismo eliminatorio y el realismo fingido sobre las relaciones nómicas
no sólo parecen absurdos intuitivamente — en tanto que tienen consecuencias
contráintuitivas sobre la concepción que tenemos de nuestro lenguaje y de
nuestro pensamiento— sino que lo son literalmente: son concepciones con­
ceptualmente inconsistentes.
Incluso el fenomenalista debe admitir, como hemos visto, un concepto
mínimo de objetividad. Lo mínimo que es necesario admitir está relacionado
con una de las cuatro características que distinguen a los acaecimientos de las
vivencias: su carácter normativo. Esto, a su vez, está relacionado con In falibi­
lidad característica de muchos estados intencionales: el dato mínimo innegable
para cualquier teoría de la representación (negarlo es tanto como afirmar que
hay solteros casados) es que algunos estados intencionales son recusables. Des­
pués de todo, éste es eí dato sobre el que se basa el edificio internista (aluci­
naciones, ilusiones, etc.). Similarmente, el realismo fingido debe mostrar que
esos aspectos puramente internos de las relaciones nómicas — los únicos que
según esta concepción pueden guiar nuestras prácticas— proveen un modo de
separar los juicios correctos sobre relaciones nómicas de los incorrectos.
Consideremos un caso ilustrativo, en que estaríamos dispuestos a recusar
una previa afirmación causal. Volvamos a nuestro ejemplo inicial. Sobre la
base de los datos de que dispongo he concluido que, en cierto caso anterior,
c(k) => e(rojo). La generalización empírica que estamos suponiendo como nómi-
ca es, pues, #CW# f-> #E(rojo)#. Ahora pulso la tecla k y, en contra de mis expec­
tativas, aparece un disco verde. Concluyo, pues, que me equivoqué: #CW#
#E(fojo)# no es una generalización nómica verdadera, de modo que c(k) => e(mjo)
era falso. El humeano reductivista podría darle un sentido en estos términos a
la idea de una norma respecto a la que distinguir juicios causales correctos e
incorrectos. También en estos términos daría sentido el realista fingido a la idea
de una norma que conocemos. (Por supuesto, para él, a diferencia del feno­
menalista, existe además la norma absolutamente objetiva que impone la ver­
dad misma sobre las relaciones nómicas, pero ésta no puede afectamos por no
sernos accesible.)
Ahora bien, esta argumentación es impecable siem pre y cuando esté c la ­
ro que la generalización em pírica q u e yo tenía en m ente (la que “significaba”,
mentalmente) cuando afirm é c(k) => e (mjo) es la que esta m o s supon ien d o . Pero,
¿por qué habríamos de creerlo así? ¿Y si la verdadera generalización que yo
quería significar era, más bien, #C(k)# #E(verojo)#?15 En ese caso, naturalmen­
te, el nuevo ejemplo no contradiría la afirmación anterior, sino que la confir­
maría. La pregunta, sin embargo, parece absurda: ¿cómo no voy a saber yo lo
que quería significar antes? Pero sólo parece absurda porque nos situamos, sin
apercibimos de ello, fuera del marco internista común al fenomenalismo y al
realismo por representación. El intemismo ha sido llevado en ambos casos a
sus últimos extremos lógicos: sólo hay aquello de lo que estamos ciertos (para
el fenomenalismo); sólo puede constituir una norma significativa aquello de lo
que estamos ciertos (para el representacionalismo). Es decir, sólo hay — o sólo
pueden establecer una norma- cosas del tipo de las sensaciones que noto como
dándose concurrentemente con mi estado mental, las que noto a hora co­
mo habiéndose dado antes, las que ahora espero que se den, etc. ¿Cómo, a par­
tir de estos materiales, puedo decidir que la generalización que quería signifi­
car antes era una más bien que la otra? Obsérvese que* ambas son igualmente
coincidentes con los casos observados que ahora recuerdo, y que ahora ya no
tengo acceso a las decisiones que quizás tomé antes sobre qué haría en situa­
ciones como las indicadas, sino sólo a lo que recuerdo de ellas. Lo que impor­
ta para saber si se ha confirmado o refutado la afirmación causal anterior es lo
que yo tenía en mente a n te s , no lo que recuerdo ahora sobre ello. El argumento
de Wittgenstein cuestiona que estas perplejidades puedan tener una respuesta
razonable desde el supuesto internista, según el cual sólo la introspección es
una fuente legítima de conocimiento sobre el contenido de nuestros juicios.
Si estas cuestiones no tuviesen una respuesta razonable en el marco feno-

15. Éste es el verdadero “nuevo enigma” de la inducción presentado por Goodman. Saúl Kripke enfatiza su
conexión con el argumento central de las Investigaciones, en su libro sobre esta obra del que hablaremos en XI.
menalista se seguiría, la inconsistencia antes apuntada; pues es claro que predi­
cados del tipo de ‘verojo\ siempre se pueden definir, de manera que resulte impo­
sible que se dé una situación que dé lugar a una verdadera refutación de una afir­
mación causal. Pero donde no es posible la refutación, tampoco es posible la
corroboración: carece de sentido distinguir corrección e incorrección respecto de
ello. Dejaremos aquí sólo apuntado este argumento, que se elabora con más deta­
lle en el capítulo dedicado a las Investigaciones Filosóficas de Wittgenstein.
Dificultades como ésta llevan a una versión más sutil del antirrealismo, el
proyectivismo sobre las relaciones nómicas. Esta forma de antirrealismo es
compatible con el énfasis en lo subjetivo de fenomenalistas y representaciona­
listas, como trataré de mostrar; pero resulta más natural en el marco de una
concepción defendida por la mayoría de los filósofos contemporáneos, “conti­
nentales” y “analíticos”, filósofos profesionales y meros aficionados. Aun limi­
tándonos a los filósofos profesionales analíticos, la lista es impresionante:
Goodman, el segundo Wittgenstein, Quine, Sellars, Davidson, el Putnam más
reciente, Dummett... Con alguna malevolencia —pero (como trataré de mos­
trar en páginas sucesivas) sin falsedad literal— denominaré ‘intemismo comu­
nitario’ a este punto de vista. La etiqueta es sin duda malévola, porque en un
sentido muy claro estos filósofos no son internistas: todos ellos creen que hay
un mundo no ficto de acaecimientos que, si no son plenamente objetivos, sí
son, al menos, intersubjetivamente accesibles.
Para presentar esta concepción comienzo una vez más describiendo la
naturaleza general de esta forma de antirrealismo, y para ello el tipo de situa­
ción en que la corrección que comporta sería aceptable sin mayor discusión.
Consideremos términos tales como ‘comicidad’ y su opuesto, ‘gravedad’ o
‘seriedad’, dichos de situaciones, obras de arte, etc. Muchos seres humanos, en
algún momento de su aprendizaje (y algunos durante toda su vida) cometen el
error consistente en creer que estos términos atribuyen propiedades objetivas.
(Serían entidades paradigmáticamente objetivas los géneros naturales signifi­
cados por ‘tigre’ o ‘agua’, si fuese correcta la concepción realista de los mis­
mos presentada en IV, § 3 — de acuerdo con la cual son esencias reales— , las
propiedades naturales que constituyen esas esencias reales, y las sustancias que
los ejemplifican.) El error consiste en pasar por alto que, a diferencia de las
esencias reales, cosas tales como la comicidad o la gravedad son géneros cuyos
especímenes no existirían si su presencia no produjese ciertas reacciones en los
seres humanos. Este hecho tiene cuatro manifestaciones características, que
muestran que términos como ‘comicidad’ funcionan de manera muy distinta a
como el realista supone que lo hacen términos como ‘tigre’. (Que el realista
esté o no en lo cierto sobre estos últimos términos es irrelevante para nuestro
objetivo, limitado a distinguir claramente las propiedades distintivas de los pri­
meros.) Las características difieren ligeramente, en función de que se adopte
una variante individualista del proyectivismo o se adopte más bien una varian­
te comunitaria. En el primer caso, importan sólo las reacciones de un indivi­
duo dado; en el segundo, importan las reacciones de un grupo seleccionado
dentro de una comunidad dada de individuos.
(i) Verificabilidad garantizada: es absurdo decir que podría haber situa­
ciones que^ct'i objetivamente cómicas o graves, aunque ni siquiera en cir­
cunstancias cognoscitivamente ideales seríamos capaces de reconocerlas como
tales. En la variante comunitaria, puede decirse que una situación es cómica,
aunque no se lo parece así ni se lo parecería nunca a una persona dada (una,
digamos, cuya falta de sentido del humor hace aconsejable excluirlo del grupo
dentro de la comunidad por relación a cuyas reacciones se determina en qué
casos se aplica ‘cómico’ correctamente). Incluso en la variante individualista
cabe decir que a un individuo no le parece cómico, en un caso dado, algo que
lo es realmente (porque ha tenido un mal día, etc.). En ambos casos, sin embar­
go, la comicidad y la gravedad están definidas por relación a las reacciones de
ciertos individuos, de modo que es absurdo suponer objetivas a estas propie­
dades, en el sentido realista. Pues lo característico del realismo sobre un cier­
to ámbito es, precisamente, la falibilidad (incluso en condiciones cognosciti­
vamente ideales) de los enunciados sobre ese ámbito.
Debe apreciarse que estamos entendiendo aquí ‘verificabilidad’ en un sen­
tido fuerte: un acaecimiento es verificable si puede constatarse que se da con
certidumbre. ‘Verificabilidad’ es verificabilidad garantizada. Esta condición
parece cumplirse a propósito de las propiedades que estamos aquí consideran­
do. Si alguien sólo habituado a leer best-sellers juzga que El hombre sin atri­
butos o La montaña mágica son aburridos, su juicio es erróneo: uno puede juz­
gar erróneamente que una novela es aburrida, porque para ser un buen juez de
si una novela es o no aburrida hay que someterse a un proceso de entrena­
miento, leerla cuando uno puede concentrarse en la lectura, etc. Pero es absur­
do decir que una novela es entretenida y a la vez que podría ser que ningún
individuo estuviera nunca en disposición-de apreciarlo con garantías. Para que
una novela sea entretenida o aburrida, debe haber situaciones perfectamente
accesibles a un lector potencial de novelas en las que parecer es ser.
(ii) Terceros no excluibles. Si nos atenemos al significado ordinario de
‘calvo’ o ‘montón de garbanzos’, es claro que la realidad podría ponemos en
situaciones límite: puede haber entidades de las que no está bien determinado
si son calvos o no lo son, o si son o no montones de garbanzos; y no es que
ignoremos cuál sea el caso, porque no hay nada que ignorar o conocer. El ori­
gen de estos casos ordinarios de vaguedad parece estar simplemente en que no
hemos adoptado instrucciones semánticas precisas. Manteniendo aquello que
con arreglo al significado ordinario de los términos son casos claros de calvi­
cie, y casos claros de lo contrario, podríamos — si lo encontrasémos conve­
niente— refinar el significado del término hasta cubrir todos los casos reales
con precisión (estableciendo un número definido de pelos o garbanzos). En el
caso de la comicidad y su opuesto, tal cosa no tiene por qué ser posible (sal­
vo por el procedimiento arbitrario de identificar la gravedad con la no-comici­
dad). Hay situaciones y obras artísticas que, simplemente, ni son cómicas ni
dejan de serlo, y sería un error (que traicionaría justamente la confusión que
parece razonable corregir en estos casos) proceder a refinar el significado de
los términos para cubrirlas.
(iii) Divergencias ineliminables, o relativismo. En la concepción indivi­
dualista de estas propiedades es perfectamente posible que dos individuos dis­
crepen sobre la comicidad de una situación, sin que sea posible ponerles de
acuerdo: simplemente, tienen diferentes estándares de comicidad. Lo mismo
puede ocurrir én la concepción comunitaria, si el grupo por relación a cuyos
estándares se determina la aplicación del término se especifica razonablemen­
te; es decir, si se señala ateniendo a nuestras prácticas reales, y no de una
manera absurda y vacuamente idealizada. Puede haber una situación cómica
para un individuo de una comunidad que no lo es para un individuo de otra,
sin que exista manera razonable de hacerles llegar a un acuerdo, y sin que ten­
ga sentido intentarlo. Naturalmente, ello no ocurrirá si definimos ‘cómico’ y
‘grave’ por relación a los estándares de individuos cuya sonrisa sea un “per­
fecto indicador de la comicidad”. Pero es dudoso que podamos hacer esto lo
suficientemente preciso para saber de qué estamos hablando, y, aunque pudié­
ramos hacerlo, está por ver de qué serviría.
(iv) Temporalidad. Tanto en la concepción individualista, como en la
comunitaria (siempre que, como antes, esta última se presente de manera razo­
nable), una situación puede ser cómica en un momento, y dejar de serlo tiem­
po después.
En los comentarios a las características (ii)-(iv) he enfatizado algo que
quiero realzar ahora. Lo distintivo de las entidades “dependientes de la reac­
ción” con respecto a las objetivas — y lo que las hace atractivas al internista
comunitario— es su verificabilidad garantizada. (La analogía entre el intemis­
mo comunitario y el intemismo tradicional, en virtud de la cual la etiqueta que
he escogido no es enteramente malévola, consiste justamente en la común pre­
tensión de reducir aquello que existe —o al menos aquello que constituye la
norma respecto a la cual juzgamos el acierto y el desacierto de nuestras acti­
vidades cognoscitivas— a entidades que podemos conocer con certeza.) En el
caso de estas propiedades, esta verificabilidad se da incluso en un sentido fuer­
te del término: que algo sea cómico o grave, aburrido o entretenido puede ser
constatado con certeza, en situaciones bien definidas. Como he venido dicien­
do, el realista no puede negar que haya entidades internas, tanto en el sentido
tradicional como en el comunitario; su tesis es que hay también otras, que
determinan las condiciones para la verdad de algunas de las proposiciones que
aseveramos y juzgamos. Ahora bien, en la medida en que las propiedades
dependientes de la respuesta son garantizadamente verificables, tienen también
las otras tres características. Si fuese cierto que algo es o no un tigre, en función
de lo que establezcan al respecto ciertos expertos en tigres en ciertas circunstan­
cias, entonces parece inevitable que haya entidades de las que no sea el caso que
son tigres ni que no lo son (aquellas respecto de las cuales tanto los criterios
positivos como los negativos de los expertos permanecen mudos), que lo que en
una comunidad cuente como un tigre no cuente como tal en otra, y que lo que
en un momento cuente como un tigre no cuente en otro. Pero esas son, justa­
mente, las características que no parecen tener las entidades para las que el rea­
lista reclama el estatuto de objetivas, precisamente en razón de su objetividad.
Para evitar entrar en conflicto con el sentido común en este punto, algu­
nos internistas comunitarios recurren a veces a la estrategia del astrólogo.I6
Cuando el astrólogo predice que el futuro hijo de Julia “nacerá en el Sol”, pare­
ce estar haciendo una predicción sustantiva. Pronto reparamos en que ello no
es así. Pues el astrólogo estaría a buen seguro pronto a considerar confirmada
su predicción si el hijo de Julia naciera en un día soleado; pero también si, aun­
que ello no fuera así, naciera en California, porque ya se sabe que California
es muy soleada; o en México, porque culturas indígenas mantuvieron un culto
al Sol, y así sucesivamente. Es decir, la predicción se entendía de manera tan
general, que no hay posiblemente ninguna circunstancia real que no se pueda
hacer coincidir con ella. Eso muestra que tenía el mismo contenido que ‘el pri­
mer día del siglo xxi la temperatura en Barcelona alcanzará los 20 °C, o no lo
hará’: es decir, ninguno. Análogamente, cabe especificar la naturaleza de la
comunidad por relación a cuyos juicios se determina cuándo se da y cuando
no una propiedad dependiente de la reacción con una imprecisión tai, que pue­
da ponerse en cuestión que la propiedad tenga realmente los rasgos (ii)-(iv). Lo
que quiero destacar es que tal maniobra, además de ser objetable por la razón
genérica'que ío es la estrategia del astrólogo (a saber, que estamos intelectual­
mente obligados a enunciar nuestros juicios con la suficiente precisión para
que tenga algún interés presentarlos a otros), no se compadece bien con la
intención de que la propiedad definida tenga la característica buscada, (i). Pues
en los casos en que una propiedad tiene claramente la propiedad (i), precisa­
mente por rillo tiene también las propiedades (ii)-(iv).
Las propiedades relacionadas con las normas y los valores, prototípica-
mente, dan lugar al error que pretende corregir la tesis proyectivista, insis­
tiendo en que estas propiedades son dependientes de la reacción en ciertos
seres racionales, y tienen por tanto las características (i)-(iv). Como hicieran
notar los sofistas, por alguna razón bien asentada en la naturaleza cognosci­
tiva de los seres humanos, es habitual cometer el error de confundir lo que
propiamente es nomos con la physis. Un cierto provincianismo nos lleva a
pensar que un alimento es objetivamente repugnante, que una situación en el
proceso educativo de un niño es una en que es objetivamente obligado darle
una bofetada, que la situación en que un semáforo está en rojo es una en que
está objetivamente prohibido atravesar la calle, o que /o objetivamente indi­
cativo del asentimiento es mover la cabeza de un cierto modo. Pero, natural­
mente, nada de esto es verdad. Para unos individuos ío que es repugnante es
agradable, en ciertas comunidades se asiente haciendo lo que para otros es
negar, y el único superviviente al desastre ecológico que destruirá la civili­
zación, puesto ante un desolado semáforo en rojo, ni tiene ni deja de tener Ja
obligación de esperar: en una situación tal las normas han dejado de estar en
vigor.

16. Ésta es una maniobra habitual en los escritos del período “realista interno” de Hílary Putnam. Véase su
Razón, verdad e historia.
Obsérvese que ni el reductivismo eliminatorio ni el realismo, fingido-.son?
propuestas razonables respecto de estas propiedades prescriptivas, cuya.aplii
cación es “sensible a la reacción”. El reductivismo eliminatorio parece aquí por
completo fuera de lugar: ¿sobre qué base podríamos decir que no hay propie­
dades evaluativamente cargadas? Suponer estas propiedades es perfectamente
compatible con el intemismo más radical; y no parece que ninguna concepción
razonable del pensamiento y del lenguaje humanos pueda ser compatible con
la remoción de los valores. El realista fingido insistiría en que algo, que no
podemos conocer y por tanto no afecta a nuestras prácticas, pero que existe de
todos modos objetivamente, determina la verdad o la falsedad últimas de una
atribución de comicidad. Pero esto es tan absurdo como considerar a estas pro­
piedades objetivas.

De manera general, por tanto, el proyectivismo sobre las propiedades X sos­


tiene que su ejemplificación depende de reacciones producidas dadas ciertas
condiciones en un ser racional, o en un grupo de tales seres. Las propieda­
des X son> así, garantizadamente verificables, posiblemente no bivalentes,
susceptibles de producir divergencias no eliminables y susceptibles de varia­
ción a lo largo del tiempo.

En la variante individualista de la interpretación proyectivista, la concep­


ción humeana sostiene que las relaciones nómicas son proyectadas a partir de
las generalizaciones que son nómicas para un sujeto dado. Retomando a nues­
tro ejemplo inicial, consideremos la aseveración c(k) => e(fojo). Esta aseveración
sería verdadera si la generalización en que se apoya, #C(k)# #E(rojo)#, fuese
nómica para el sujeto; es decir, si se trata de una generalización que el sujeto
considera proyectable, y que ha sido confirmada en un cierto número de casos
observados. (Esto es inadecuado, como en seguida diremos; pero mantenemos
aún el análisis simplista para hacer patente el perfil metafísico de la concepción
humeana.) Lo mismo vale, mutatis mutandis, para los asertos sobre relaciones
de participación. Las relaciones causales y de participación así establecidas
cumplen las condiciones (i)-(iv) de § 1.
En la concepción proyectivista, a diferencia de lo que sucedía en la con­
cepción eliminatoria, las relaciones nómicas no se reducen a generalizaciones
fácticas que sólo tratan de sucesos empíricamente constatables (es decir, en el
marco internista, las vivencias de un sujeto en un momento dado). Por consi­
guiente (dado que no pueden reducirse de este modo), el proyectivista acepta
que son relaciones reales con contenido modal, que conocemos a posterior.
habiendo contrastado generalizaciones empíricas, para nosotros proyectables.
La aseveración sustenta el contrafáctico si no se hubiese pulsado k, no se
habría producido la aparición del disco rojo, cun lo que hay contrafácticos
que podemos aseverar sobre fundamentos puramente inductivos, no lógicos ni
conceptuales. La interpretación proyectivista acepta igualmente que las infe­
rencias que a partir de esa generalización hacemos en nuevos casos son razo-
nables.17 Estamos justificados al hacerlas, porque hacer inferencias causales
no es más que proyectar a los acaecimientos reales nuestros hábitos inducti­
vos, las expectativas que nuestro aparato cognoscitivo construye de hecho a
partir de los casos pasados observados —los “hábitos” así formados— .18
Además del argumento de Wittgenstein esbozado al comienzo de esta sec­
ción, las consideraciones contemporáneas más convincentes e influyentes con­
tra el reductivismo eliminatorio sobre las relaciones nómicas y, en un marco
conceptual pese a todo proclive a los supuestos epistemológicos caros al inter­
nista, por consiguiente en favor del proyectivismo son las debidas a Quine, que
se exponen en XII, §§ 1-3. La diferencia entre esta concepción y la del senti­
do común está, naturalmente, en que la concepción humeana así interpretada
es aún antirrealista: hay relaciones causales, pero no son objetivas. Esto se
pone intuitivamente de manifiesto en que ni las relaciones causales, ni las rela­
ciones de participación, ni las entidades teóricas introducidas a partir de estas
últimas tienen, intuitivamente, las características (i)-(iv) que distinguen a las
propiedades proyectadas. En particular, como hemos insistido, cada aserto cau­
sal particular podría ser verdadero (o falso) incluso si, en las circunstanscias
cognoscitivamente más favorables, decidimos que es falso (o verdadero). La
interpretación proyectivista de la concepción humeana, sin embargo, comparte
con la reductivista el verificacionismo sobre las relaciones causales; en cir­
cunstancias cognoscitivas ideales, una afirmación causal puede establecerse
con certidumbre.
Quizás la siguiente ilustración (basada en sugerencias de Kripke)19 sirva
para presentar apropiadamente la corrección al sentido común que efectúa el
proyectivismo, el más formidable de los rivales del realismo “sin epítetos”.
Muchos adolescentes parecen encontrar aceptable lo que podríamos denominar
la concepción del amor como un super-tiecho. De acuerdo con ella, las decla­
raciones de amor hacia A de B, la persona amada por A, incluso si son
perfectamente sinceras, son un mero indicio falible de la presencia de ese
super-estado de amor en B hacia A. B puede comportarse enteramente como
si amara a A: le trata con una atención enteramente especial, se preocupa de
sus problemas incluso más que de los propios, se muestra dispuesto a llevar a
cabo en beneficio de A sacrificios que no haría ni por sí mismo, etc. El origen
de ese comportamiento puede además estar en actitudes psicológicas entera­

17. Como dice Gilbert Ryle — un notorio partidario de esta concepción— en afortunada metáfora, los con-
trafácticos implicados por las afirmaciones causales otorgan según el proyectivismo “licencias para inferir'’.
18. Ésta es la solución, o “disolución", del problema de la inducción a manos de los huméanos refinados que
Goodman describe con su habitual claridad en (as primeras secciones de su “New Riddle”; es la solución que Popper
y sus seguidores parecen 110 comprender. Popper es un humeano reductivista (cf. Conocimiento objetivo), que no pue­
de acabar de creerse las radicales conclusiones de sus razonamientos. Eso le lleva al especioso problema de definir la
“verosimilitud"; pero, en la medida en que le veo algún interés, el proyecto de definir “verosimilitud" lleva a adop­
tar la concepción proyectivista, que la presunta “solución” popperiana al problema de la inducción le impide adoptar
consistentemente. Es una cuestión históricamente controvertida cómo imerpretar las propuestas del m ism o Hume.
Unos pocos textos, y la intención manifiestamente ilustrada de su discusión, sugieren — com o Goodman indica— la
concepción proyectivista. Literalmente tomados, sin embargo, la mayoría de los textos proponen la concepción reduc­
tivista, como explica muy bien Mackie en el primer capítulo de su excelente The Cement o f the Universe.
19. incluidas en su libro sobre Wittgenstein, Wittgenstein on Rules and Prívate Language.
mente sinceras: B se comporta así porque cree estar enamorado de Á, siente
ciertas emociones en su presencia, etc. Sin embargo, insiste A, todo esto es
compatible con que B no le ame “de verdad”/Q uizás B se hubiera comporta­
do exactamente igual, y habría tenido las mismas actitudes psicológicas (o
incluso más profundas), hacia otra persona, distinta de A, si la ocasión propi­
cia hubiera surgido. Quizás incluso, con el tiempo, sus sentimientos hacia A se
enfríen, y análogos sentimientos se dirijan hacia otra persona. Alternativamen­
te, alguien con esta concepción puede verse llevado a pensar que B está ena­
morado de él (en este supersentido), incluso aunque sus manifestaciones psi­
cológicas y conductuales apunten justamente a lo contrario: le rehuye, da indi­
cios de encontrar aburridísima su conversación (y de hecho la encuentra), etc.
Naturalmente, esta concepción del amor es fuente de angustiosas dudas escép­
ticas en quien la abriga; pues ningún dato que pudiera reunir (ni siquiera “leer
los pensamientos” de B) le va a llevar a pensar que se da el hecho (el super-
estado de enamoramiento en B hacia A) que tanto desea.
Para los adultos, la condición de A revela una confusión metafísica. No es
que no haya estados de enamoramiento, ni es que éstos sean reducibles a ciertas
manifestaciones conductuales o psicológicas, naturalmente; por supuesto que los
hay. Pero se trata de estados que se dan sólo en la medida en que se den las reac­
ciones indicadas (conductuales y psicológicas), y que no se dan cuando se dan
reacciones conductuales y psicológicas de otro carácter. Para el adolescente, los
indicios del super-amor se dan, en circunstancias apropiadas, a causa de la pre­
sencia del estado de (super-)amor: si B estuviera enamorado de A, porque lo
está, se comportaría como lo hace y tendría las actitudes psicológicas que tiene.
Pero también es posible que se dé el efecto sin aquello que lo explica, o aquello
que lo explica sin el efecto; de ahí sus dudas irresolubles. Para el adulto, por otro
lado, A está enamorado de B porque se comporta de un cierto modo, y tiene cier­
tas actitudes psicológicas, que son constitutivas de estar enamorado; no hay,
pues, lugar a la duda en un caso claro como éste. Es sin duda cierto, como sos­
pecha el adolescente, que B podría haber estado enamorado (incluso más satis­
factoriamente enamorado) de otras personas, y también que quizás lo esté en el
futuro; pero así son las cosas en este ámbito. La alternativa que el adolescente
busca (que aquel a quien ama esté super-enamorado de él) no existe, porque es
una ilusión creer que exista un estado como el imaginado por el adolescente. Es
una ilusión que traiciona también una confusión conceptual: ‘estar enamorado
de’ no funciona como el adolescente cree. No designa un estado que es la cau­
sa de las manifestaciones psicológicas y conductuales del enamoramiento;; sino
un estado que, por definición, se da cuando se dan las manifestaciones psicoló­
gicas y conductuales del enamoramiento.
El proyectivismo sobre las relaciones causales, ías relaciones de participa­
ción, las entidades teóricas (y, por tanto, en el marco internista, los objetos usua­
les del mundo externo) es la tesis de que vale para todas esas entidades el mismo
tipo de corrección que los adultos encontramos razonable hacer a la concepción
adolescente del amor. No es que un efecto nómico de la existencia de relaciones
causales, de participación, y de las cosas involucradas en ellas sea el que dispon­
gamos de criterios epistémicos para determinar cuándo se dan (faliblemente, dada
su naturaleza de meros resultados nómicos), tales como la facultad de construir
generalizaciones empíricas a partir de los casos observados, distinguiendo como
nómicas algunas generalizaciones de otras. Es al revés: porque tenemos esas
facultades y es parte de nuestra constitución cognoscitiva que hacemos tales dis­
tinciones, hay relaciones nómicas, etc. Pues, por definición (sostiene el proyecti­
vista), son nómicas las relaciones que se adecúan a esos patrones cognoscitivos.
Esta reversión del orden explicativo (no: porque B está enamorado de A,
B se comporta de tal modo hacia A y tiene ciertas actitudes hacia él; sino:
porque B se comporta de ciertos modos hacia A y tiene ciertas actitudes
hacia A, B está enamorado de A) tiene el efecto saludable de reducir la ansie­
dad escéptica. (Como es propio de las propiedades “sensibles a la reacción”,
de verificabilidad garantizada.) Pero, justamente en esa media, no hace ju s­
ticia a nuestras intuiciones sobre las relaciones nómicas. De acuerdo con el
proyectivismo, si suponemos empíricamente omnisciente a uno de esos suje­
tos en función de cuyas reacciones (en este caso, en función de cuyos juicios
sobre relaciones nómicas) se define qué relaciones nómicas se dan y cuáles
no, entonces, por definición, los juicios de un sujeto así, en estas circunstan­
cias cognoscitivamente ideales, establecen con total garantía qué relaciones
nómicas se dan y cuáles no se dan. Sin embargo, de acuerdo con las intui­
ciones que pusimos de manifiesto a propósito de casos de bifurcación causal
en la sección tercera, incluso un sujeto así podría errar en sus juicios. Esto,
por supuesto, no és 'por sí solo un argumento contra el proyectivismo: tam­
poco la propuesta adulta hace justicia a las intuiciones adolescentes sobre el
amor.
Las consecuencias contraintuitivas del proyectivismo suelen morigerarse
en las versiones comunitarias, que, como dije, resultan generalmente de apre­
ciar las dificultades del intemismo radical común a fenomenalistas y represen­
tacionalistas a propósito de la normatividad. Las versiones ,comunitarias son
tanto más naturales cuando, en lugar de considerar el análisis humeano sim­
plista que hemos tenido en cuenta hasta aquí, se consideran los análisis más
complejos, inclusivos de las modificaciones necesarias para afrontar sus obvios
problemas. Presentaré para concluir una propuesta más plausible para el análi­
sis humeano de las relaciones nómicas.

6. Un análisis hum eano depurado; el intem ism o com unitario

La definición que voy a ofrecer sólo pretende poner a la vista un análisis lo


suficientemente complejo como para ser al menos plausible prima facie. Tampoco
trataré de mostrar explícitamente que todas las versiones del intemismo que hemos
presentado en las secciones precedentes (antirrealismo reductivista y proyectivista,
realismo fingido) se pueden presentar igualmente a propósito del análisis refinado.
Presentaré la propuesta como una definición de la relación causal puramente en
términos de generalizaciones fácticas, en la línea del reductivismo eliminatorio; la
aplicación a la interpretación proyectivista y al realismo fingido es fácilmente
deducible de la exposición anterior.
Motivaré la propuesta a partir de tres dificultades bien conocidas del aná­
lisis expuesto en § 3. Las dos primeras hacen patente que el a n a lysa n s no cons­
tituye una condición necesaria; es preciso, pues, debilitar la condición allí pro­
puesta. La tercera pone de manifiesto que no constituye (incluso antes de debi­
litarla) una condición suficiente.
La primera dificultad del análisis simplista consiste en que no puede
citarse un sólo caso de aserto causal justificado que esté cubierto por una
generalización empírica estricta. La relación entre el tabaco y el cáncer de
pulmón es un ejemplo notorio. Otro es el siguiente. Al comienzo de los
ochenta hubo en España una extraña epidemia, conocida como “síndrome
tóxico”. La investigación concluyó que la causa fue la ingestión de un acei­
te de colza que había sido sometido a un proceso químico peculiar: primero
había sido “desnaturalizado”, con el fin de destinarlo a usos industriales, y
después había sido adulterado para que presentara el aspecto de un aceite
comestible. Supongamos que los acaecimientos-tipo empíricamente observa­
bles son la ingestión del aceite adulterado y el desarrollo de los síntomas
característicos del síndrome. Tenemos aquí un nuevo contraejemplo, pues
sólo una minoría de los que consumieron el aceite presentaron el síndrome,
y algunas personas que presentaban los síntomas característicos del síndro­
me no habían consumido el aceite.
Estos tipos de contraejemplos requieren debilitar las exigencias sobre las
generalizaciones empíricas. La propuesta más satisfactoria se inspira en una de
John Mackie. Se dice que (p es una condición NS de y/ cuando se cumplen dos
condiciones: (i) siempre que se da <p, y se da también una condición quizás
desconocida X, se da yr, y (ii) X, en ausencia de cp, no basta para que se dé y/.
Es decir: Vx(<p (x) a X(x) -> i//(x)), y Vx(X(x) a -«p (x)'-> “,V<x)). <p es así
una parte (N)ecesaria de una condición (S)uficiente para y/. (Los términos
‘necesario’ y ‘suficiente’ no tienen aquí ningún contenido modal: las generali­
zaciones siguen siendo puramente fácticas.) Una generalización NS es, así,
más débil que una estricta. Queda abierto que se dé (p sin que se dé y/ (porque
no se ha dado X), y queda abierto que se dé y/ sin que se haya dado (p. (Qui­
zás los acaecimientos de tipo y/ estén producidos por otras condiciones, ade­
más de por acaecimientos de tipo (p.)
El ejemplo de la colza hace patente la segunda dificultad del análisis sim­
plista: la causa y el efecto no son espaciotemporalmente contiguos. La idea natu­
ral aquí es remediar esto distinguiendo entre relaciones causales “directas” id-
causas), en que las manifestaciones observables de la causa y el efecto son espa-
ciotemporalmente contiguas, y relaciones causales en general, en que la causa
mantiene con el efecto, relativamente a la relación de d-causar, la misma rela­
ción en que están con una persona sus antepasados, relativamente en este último
caso a la relación de progenitura: si a es un antepasado de b, está conectado con
él por una cadena, de un número indefinido de eslabones, ligados por la relación
de progenitura; si c es una causa de e, el primer acaecimiento está conectado con
el segundo por una cadena, de un número indefinido de eslabones, ligados por
la relación de d-causar.
Estos contraejemplos a la necesidad del analysans previo motivan esta
propuesta depurada:

(a) c d-causa e (donde ‘c' y -V están por acaecimientos concretos) significa


lo siguiente: c tiene un correlato empíricamente verificable, #c#, que es de
tipo #C#; e tiene un correlato empíricamente verificable, #e#? que es de tipo
#E#; #c# precede a #e#; y #C# es una condición NS nómica de #E#, cuyos
ejemplares son siempre espaciotemporaimente contiguos como #c# y #e#.
(b) c causa e (donde ‘c ’ y ‘e' están por acaecimientos concretos) significa lo
siguiente: o bien c d-causa e\ o bien c es un “ancestro” de e con respecto a
la relación de d-causar.20

Pasemos ahora al remedio de la tercera dificultad, que a diferencia de las


dos precedentes tenía que ver con que el analysans de la explicación simplis­
ta no ofrece una condición suficiente. Hemos introducido en el presente análi­
sis la idea de que las generalizaciones sean “nómicas”, que ya aparecía en el
análisis simplista. La última corrección a este análisis radica en la manera de
entender ese concepto. En el análisis simplista, la nomicidad consistía simple­
mente en que la generalización estricta fuese para nosotros “proyectable”, y en
que los casos observados la hubiesen confirmado. Una vez debilitado el análi­
sis como lo hemos hecho, reducir la nomicidad a esto resultaría en una condi­
ción patentemente insuficiente. Como ya dije anteriormente, no sólo es fumar
una condición NS del cáncer de pulmón, también lo es consumir café. En el
caso de la colza, la ingestión de tomates tratados con ciertos fertilizantes era
también una condición NS del síndrome tóxico. Y ambas generalizaciones
parecen psicológicamente tan proyectables como las genuinamente causales.
Lo que se hace de hecho en estos casos es seleccionar la regularidad NS
que es teóricamente integrable con otras regularidades teóricamente bien esta­
blecidas. Se buscan acaecimientos teóricos que constituyan teóricamente a la
presunta causa (una descripción química del proceso consistente en introducir
en el organismo el aceite o los fertilizantes, en nuestro ejemplo), acaecimien­
tos teóricos que constituyan nómicamente al efecto (una descripción química

22. £1 análisis simplista ilel concepto de participación ofrecido en una nota anterior debería revisarse acor­
demente. utilizando el concepto de condición NS en lugar de) concepto de generalización estricta. Dicho sea de paso,
uno cualquiera de los eslabones en una relación causal puede ser un acaecimiento puramente teórico; en la cadena que
lleva de la ingestión por una persona del aceite de colza al desarrollo de ios síntomas del síndrome, muchos de los
eslabones serán de esta naturaleza. Naturalmente, no puede haber objeción alguna de principio a incluir, entre los
acaecimientos teóricos, acaecimientos causales. Como en el caso de acaecimientos teóricos sim ples, cada uno de estos
eslabones teóricos, c d-causa ¿. debe estar en la relación de constitución con acaecimientos potencialmcnte observa­
bles. Es decir, debería ser posible diseñar experimentos en que se comprueba que se da una generalización empírica­
mente determinable, que puede ser lógicamente deducida deJ darse el suceso teórico de que c d-causa e a partir de la
teoría que caracteriza este hecho teórico.
de los síntomas característicos del síndrome y de su desarrollo), y se intenta
establecer experimentalmente vínculos teóricos entre ellos.21
La práctica científica “seria” que la concepción humeana busca caracteri­
zar, pues, aconseja incluir en la idea de nomicidad algo más que los dos
elementos en que pensaba Hume (la confirmación en casos pasados, y la apa­
riencia subjetiva de que la generalización es “proyectable” o “simple”). Es
preciso añadir la idea de integración con otras regularidades (incluidas regula­
ridades teóricas). Una generalización nómica (sea estricta o NS) es una gene­
ralización cuyos casos particulares son acaecimientos observables de los que
participan acaecimientos teóricos a su vez causalmente relacionados; en último
extremo, por acaecimientos descritos en términos físicos. Expresado de la
manera más simple posible, el requisito de unificación o integración quedaría
por tanto así: una generalización nómica es una cuyos casos particulares son
acaecimientos constituidos por acaecimientos físicos, a su vez causalmente
relacionados en virtud de leyes físicas. Así expresado, este requisito que aña­
dimos a la idea de nomicidad es una versión sólo moderadamente exigente de
lo que a veces se conoce como fisicismo. Este requisito sería necesario, inclu­
so aunque fuese posible, ignorando las dos objeciones a la necesidad del aná­
lisis simplista previamente discutidas, mantener la exigencia humeana original
de que toda afirmación causal esté sustentada por generalizaciones empíricas
estrictas. Una generalización no “unificable” con el resto de las generalizacio­
nes nómicas aceptadas habría de ser considerada “accidental” , no nómica, por
muy estricta que fuese. (De ahí que insistiésemos en que el análisis simplista,
incluso tal y como estaba antes de modificarlo para remediar su cíuicter no-
necesario, tampoco ofrecía una condición suficiente.)
Es posible que este análisis más complejo no sea aún enteramente correc­
to; pero, dado que no está entre nuestros fines ofrecer una explicación com­
pletamente satisfactoria del concepto de causa, podemos contentamos con él.
Lo que importa finalmente es apreciar que la complejidad añadida no modifi­
ca en nada lo sustancial: a saber, el carácter antirrealista de la concepción
humeana, tanto en la interpretación reductívista como en la proyectivista.
El análisis depurado ha sido presentado en el marco de la interpretación
reductiva; así entendido, el análisis muestra cómo eliminar las relaciones cau­
sales y de participación, en favor de generalizaciones fácticas, ahora NS. Sigue
siendo el caso, en esta versión más compleja, que no es legítimo hacer infe­
rencias causales (a menos que conozcamos todos los casos de las generaliza­
ciones pertinentes, en cuyo caso no sería preciso hacer inferencias), y que no
es legítimo afirmar contrafácticos basados en afirmaciones causales.
La interpretación proyectivista (que el lector puede inferior a partir de la
exposición previa de esta interpretación basada en el análisis simplista) no tie-

23. Por ejemplo, experimentando con animales. De manera un lanío confusa e incierta (com o era de esperar,
dado que la adulteración del aceite de colza no consistió en un único proceso químico, ni se sabía muy bien en qué
consistió), este criterio estableció que fue el aceite adulterado la causa del síndrome. Véase A. Pestaña (ed.), 1983,
Pro¡>reúna del CSIC p ara el estudio del síndrom e tóxico. Trabajos reunidos y comunicaciones solicitadas.
ne estas consecuencias tan implausibles; sin embargo, en contra del sentido
común, hace aún a los asertos nórmeos garantizadamente verificables. Es
decir, hay circunstancias cognoscitivamente ideales en que la verdad o false­
dad de un aserto causal o de participación habría sido establecida sin error
posible. En una versión precisa de la concepción proyectivista (en la que real­
mente se asimilan las relaciones nómicas a propiedades dependientes de la res­
puesta), los juicios que establecen qué asertos nómicos son verdaderos y cuá­
les no pueden ser los de individuos con buenos hábitos de inferencia causal
(cualquiera que haya hecho un buen curso de metodología científica), posee­
dores de toda la información empírica disponible en el momento en que se
hace el aserto. Así, si un avezado científico del siglo xx empíricamente omnis­
ciente (es decir, conocedor de todas las regularidades NS empíricamente deter­
minabas confirmadas hasta hoy y de sus relaciones interteóricas) estableciera
que c(k) =í> e(rDjo), la verdad de este enunciado habría quedado determinada (por
definición) más allá de toda duda concebible. Intuitivamente, sin embargo, ello
no es así; no obstante el juicio de este científico avezado, este enunciado (como
expliqué anteriormente) podría, intuitivamente, ser falso.
Una consecuencia adicional de la interpretación proyectivista — si se pre­
senta, como en esta propuesta, sin recurrir a la maniobra del astrólogo— es
que los enunciados nómicos tendrían las características (ii)-(iv) de los enun­
ciados sobre propiedades prescriptivas. En. el supuesto de que son los juicios
de un científico avezado del siglo xx, conocedor de todas las proposiciones
empíricas pertinentes, los que establecen la verdad y la falsedad de las afir­
maciones causales, es claro que puede haber enunciados causales (no es pre­
ciso pensar en casos altamente “teóricos”: considérese la conjetura de que la
causa de que Pau soñase ayer con su abuela fue que una imagen vista por la
tarde en un programa de televisión le recordó a su abuela) que no son ni ver­
daderos ni falsos: quizás toda la información empírica que podamos recopilar
no baste para establecer una cosa, ni su contrario. Igualmente, un marciano y
un ser humano pueden discrepar sobre una afirmación causal, sin que sea
posible eliminar la discrepancia (porque son diferentes las capacidades cog­
noscitivas por relación a las cuales se define qué es empírico y qué no, así
como qué métodos de inferencia causal determinan la nomicidad). Finalmen­
te, incluso sin modificar los cánones de inferencia causal, el paso del tiempo
sí puede modificar ía distinción entre lo que es empíricamente constable y lo
que no lo es (y de hecho lo hace, en virtud de la invención de nuevos apara­
tos), y puede hacer así que un caso en que no se daba una relación causal sea
uno en que sí se da, o al revés.
Los partidarios de la concepción proyectivista suelen tratar de aliviar estas
consecuencias —contradichas por nuestras más firmes intuiciones sobre usos
perfectamente ciaros de los conceptos en cuestión— mediante el recurso a Ja
estrategia del astrólogo. Un recurso socorrido es apelar, para determinar las
condiciones de verdad y falsedad de los asertos nómicos, ai juicio de los seres
cognoscentes del “límite ideal” hacia el que — en la descripción del filósofo
americano del siglo xix Charles S. Peirce— avanza la ciencia. Ya advertí ante-
nórmente contra esta estrategia: es dudoso que la propuesta tenga un conteni­
do suficientemente preciso como para que la idea tenga las virtudes que todos
quienes, de un modo u otro, simpatizamos con el proyecto de Hume recono­
cemos en él. El proyecto, no se olvide, es poner coto, si no a lo inteligible, sí
a lo que está justificado juzgar, distinguiendo claramente las aseveraciones cau­
sales “serias” de las que sólo lo parecen (entre ellas las de las astrólogos). No
parece que definir el contenido de las aseveraciones causales por relación a los
cánones metodológicos y al conocimiento empírico de individuos sobre cuyos
cánones metodológicos y sobre cuyas capacidades sensoriales la definición
rehuye ofrecemos la más remota idea sea el camino indicado para ello.

7. Sum ario y consejos p a ra seguir leyendo

En este capítulo hemos examinado las nociones metafísicas a las que es


necesario recurrir para ofrecer una explicación apropiada de la naturaleza del
lenguaje; particularmente, la noción dt explicación causal, que corresponde en
el lenguaje común tanto a la relación propiamente causal como a la de consti­
tución (§ 1). Hemos examinado críticamente las tres concepciones filosóficas
de las relaciones nómicas (y de las entidades “teóricas” introducidas mediante
ellas) conocidas compatibles con el intemismo, dos antirrealistas y una realis­
ta: el reductivismo eliminatorio, ei proyectivismo y el realismo fingido. No
casualmente, las tres corresponden estrechamente a tres concepciones contra­
puestas sobre la mente: el realismo fingido parece ser la única posición com­
patible con el representacionalismo internista de Locke y Descartes (§ 4); el
reductivismo eliminatorio y el proyectivismo individualista constituyen los
puntos de vista distintivos del fenomenalismo (§ 3); el proyectivismo no indi­
vidualista es característico del intemismo comunitario. En IV examinamos ya
los puntos de vista sobre el lenguaje del representacionalismo. En capítulos
sucesivos conoceremos nuevas versiones del representacionalismo (VI-VII), la
versión del fenomenalismo discemible en el Tractatus de Wittgenstejn (X), y
dos versiones del intemismo comunitario, la del segundo Wittgenstein (XI)
y la de Quine (XII).
Las tres concepciones de las relaciones nómicas son objetables, en cuan­
to que entran en conflicto con los datos empíricos con los que se deben con­
trastar las propuestas filosóficas. Podríamos denominar realismo a una pro­
puesta sobre las relaciones nómicas sin estos defectos.22

22. Por simetría con ‘realismo fingido’, sería de esperar que utilizásemos algún epíteto para cualificar esta
concepción. Sucede, sin embargo, que todos los epítetos apropiados han sido utilizados para etiquetar concepciones
que no tienen nada de realistas. (Kant, por ejemplo, utiliza ‘realismo empírico’ para referirse a lo que no es sino una
forma de realismo fingido, y Putnam ‘realismo interno’ para una versión astrológicamente imprecisa del proyectivis­
mo.) La actitud verdaderamente realista carece — com o Ulrich, el inolvidable personaje creado por Musil— de “epí­
tetos" o ‘atributos"; no pretende imponer preconcepciones a lo que es.
El realismo considera a las relaciones nómicas relaciones modales objetiva­
mente existentes (“dadas” con independencia de nuestras prácticas cognosci­
tivas tanto como pueda serlo Venus), que conocemos (mejor o peor) del
modo que el humeano explica, es decir, en virtud de nuestro conocimiento
inductivo de generalizaciones NS empíricas de carácter nómico, y pueden así
constituir la norma por relación a la cual juzgamos el acierto o el desacierto
de esas prácticas cognoscitivas a ellas dirigidas.

El hecho de que el realismo concuerda con nuestras intuiciones, sin


embargo, sólo es un indicio mínimo en su favor. Como venimos defendiendo,
la filosofía no difiere metodológicamente de la ciencia. De ningún modo bas­
ta mostrar que una teoría concuerda con los datos conocidos para creer que sea
verdadera; teorías que concuerdan con los datos conocidos se consiguen tres
por el precio de una, introduciéndolas por definición. Lo mínimo que hemos
de hacer es mostrar cómo la teoría puede también dar cuenta de los hechos que
explican sus rivales. Las concepciones adversas al realismo sobre las relacio­
nes nómicas van de la mano de diversas variantes de ja s concepciones inter­
nistas del significado; son consecuencias de intentos de explicar los hechos
innegables sobre el significado que explica el representacionalismo: esencial­
mente, el problema de la intencionalidad (III, § 1). Antes de estar en disposi­
ción de aceptar el realismo, deberíamos como mínimo mostrar cómo, supues­
to el realismo, podemos sin embargo sortear las dificultades que parecen reque­
rir una concepción internista del significado.
Las cuatro concepciones metafísicas sobre las relaciones nómicas aquí
expuestas son especies de cuatro tipos-de actitud que cabe adoptar en diferen­
tes ámbitos. Así, por ejemplo, el debate tradicional entre nominalismo, y rea­
lismo concierne a la naturaleza de los géneros naturales (IV, § 3). La teoría de
los géneros naturales a la que Locke se opone — según la cual los géneros natu­
rales son esencias reales, que conocemos faliblemente conociendo las esencias
nominales con ellos asociadas— es una teoría realista en este ámbito, coinci­
dente con el realismo aristotélico tradicional; mientras que la propuesta de
Locke es un reductivismo eliminatorio, coincidente con una variedad del nomi­
nalismo tradicional, el conceptualismo.23
La clave para la defensa del realismo está en la naturaleza del conoci­
miento (III, § 3). En este capítulo hemos visto también (§ 2) cómo la correcta
elucidación de la distinción entre propiedades primarias y secundarias, tan cara

23. En la literatura analítica. Quine y Goodman han presentado el debate tradicional entre nom inalism o y rea­
lismo com o haciendo referencia a si hay entidades repetibles, tipos, o só lo hay particulares. A sí presentado, el deba­
te carece a mi juicio de interés. Pues, por razones puramente lógicas, no puede no haber tipos; hablar y pensar pre­
supone proposiciones elementales, articuladas com o mínimo con la estructura predicativa S es P. Así, el nominalista
tradicional de la variedad conceptualista (el propio Locke) necesita, com o mínimo, tipos de sensaciones, además de
sensaciones concretas; y el nominalista de la variedad propiamente nominalista (Hobbes) necesita com o mínimo tipos
de nombres, además de nombres-ejemplar. N o es de extrañar que Quine concluya que el nominalismo es falso. Sin
embargo. Quine es un nominalista, en el sentido expuesto en el texto.
al representacionalismo, requiere abandonar uno de los dos elementos de la
concepción cartesiana, el fundacionalismo. En la base del conocimiento el
internista supone estados de consciencia dirigidos a entidades subjetivas, inter­
nas; hemos comprobado (§ 2) que el conocimiento privilegiado que tenemos
de nuestras propias vivencias es, hasta cierto punto, “holista”: conocer una
vivencia y sus características requiere conocer muchos otros hechos sobre
vivencias. Esto es también necesario para poder caracterizar inmanentemente
los objetos intencionales de nuestros asertos y juicios mediante relaciones de
“significación natural”. Más adelante veremos que el otro elemento funda­
mental de la concepción cartesiana del conocimiento, la idea de que el cono­
cimiento es cierto, es igualmente objetable; el rechazo de esta idea es decisi­
vo para poder hacer teóricamente defendible el realismo sobre las relaciones
nómicas junto con una concepción extemista del significado.
La comprensión contemporánea de la cuestión del realismo, tal y como
aquí ha sido expuesta, se debe a Michael Dummett. Además de la cartografía
del problema, Dummett defiende lúcidamente concepciones proyectivistas
(particularmente en filosofía de las matemáticas). Un buen lugar en que
comenzar es su artículo “What Is a Theory of Meaning? 11”, aunque la versión
más elaborada se encuentra por el momento en su The Logical Basis o f
Metaphysics. El libro de Mackie The Cement o f the Universe contiene una muy
profunda discusión de la causalidad. Un clásico sobre las dificultades de la
concepción humeana, escrito por uno de sus más fervientes partidarios, es “The
New Riddle of Induction”, de Goodman. Por último, The Scientific Image, de
Bas van Fraassen, es una excelente discusión del problema del realismo cien­
tífico, y contiene Ja más lúcida defensa que yo conozco del realismo fingido
sobre las entidades teóricas.
C a p í tu l o VI

LA DISTINCIÓN DE FREGE ENTRE SENTIDO Y REFERENCIA

Mediante el examen de las ideas sobre el lenguaje de Locke, hemos intro­


ducido ios temas de mayor interés filosófico relativos al lenguaje: la relación
entre el lenguaje y el pensamiento; la contraposición entre intemismo y exter-
nismo en la concepción de las propiedades semánticas, y la cuestión del rea­
lismo y el antirrealismo.
La concepción del lenguaje de Locke deja mucho que desear en un aspec­
to. Locke se centra claramente en el significado de las expresiones lingüísticas
"con mayor riqueza en contenido: palabras que designan propiedades sensorial­
mente perceptibles, como ‘rojo’ o ‘cúbico’; palabras que designan géneros,
como ‘agua’ o ‘tigre’, y palabras que designan individuos, como ‘esta esfera’.
Esto le lleva a proponer una teoría agustiniana depurada, según la cual todas
las palabras significan al modo en que lo hacen los nombres*, estando en lugar
de sus significados, ideas en la mente de quien las usa. Los significados, dicho
de otro modo, se pueden explicar en último extremo mediante actos de osten­
sión; pero debe tratarse de una ostensión privada, en que aquello a lo que se
señala son vivencias — si se señalan objetos externos, ello no es más que un
jmodo indirecto de señalar a vivencias— .
Esta actitud de Locke es comprensible; nuestras primeras reflexiones sobre
el lenguaje se encauzan hacia expresiones como las indicadas, por su relevan­
cia en nuestra vida psíquica. Pero que sea comprensible no implica que sea
correcta. Por el camino emprendido por Locke resulta difícil dar cuenta satis­
factoriamente de otras partículas menos relevantes al inicio de una reflexión
sobre el significado, pero igualmente fundamentales para entender el funcio­
namiento del lenguaje: términos como ;y \ ‘no’, ‘todo’, ‘algún’, ‘es posible
que’, etc., a los que denominaremos, siguiendo a los medievales, sincategoTe­
máticos. No es que Locke no se ocupase de ellos; la sección 7 del libro ni del
Ensayo sobre el entendimiento humano contiene una breve discusión de estas
expresiones. Mas lo que Locke tiene que decir es muy poco iluminador (el lec­
tor puede confrontar lo que Locke dice a propósito de ‘pero’ en el parágrafo 5
de ía sección mencionada, con la explicación fregeana que ofreceremos más
adelante de ‘y’). La dificultad está en el carácter agustiniano de la concepción
del significado de Locke — en la idea de que el paradigma de la relación de
significado lo ofrece el vínculo nombre-cosa nombrada y, por consiguiente, los
términos sincategoremáticos significan nombrando sus significados— que le
lleva a buscar objetos fenoménicos nombrados por los términos sincategore­
máticos.
El estudio de las ideas sobre el lenguaje de Gottiob Frege (publicadas en
su mayoría en la última década del pasado siglo) en este capítulo y de las de
Wittgenstein en el Tractatus Logico-Philosophicus en el IX nos permitirá
corregir este defecto y profundizar así en todos los temas filosóficamente rele­
vantes ya apuntados. Según Frege, el origen último del problema de Locke está
en tomar a las palabras como aquello que primariamente tiene significado,
cuando lo que primariamente tiene significado son más bien las oraciones. Por
lo demás, Frege ofrece (según la interpretación que aquí defenderé) una repre­
sentación del lenguaje cercana a la de Locke. El estudio de las ideas de Frege,
por tanto, nos permitirá profundizar en las cuestiones filosóficamente centrales
en la reflexión sobre el lenguaje.

1. Los principios de! contexto y de composicionalidad

Las discusiones tradicionales sobre el significado (las de Aristóteles, Hob-


bes o Locke) presuponen que la noción básica que requiere j d a ^
del s ig n ific a d o ,^ Una de Tas aportaciones importantes a la con­
cepción contemporánea del lenguaje que se reconocen a Frege es haber pro­
ducido un cambio permanente en lo que a esto respecta: desde Frege se consi-
dera_queJla noción básica es la del significado de las o ra c io n e r^ e n aplicaciór
del principio al que Frege denominó ‘Principio del'Contexto*, que formula en
sus Fundamentos de la Aritmética así: “No se debe inquirir por el significadc
de expresiones separadas, sino que debe investigarse su significado en el con­
texto de oraciones.”
Naturalmente, en un sentido muy importante (expuesto ya anteriormente,
v. I, § 2), el significado de las oraciones es derivado o secundario con respec­
to al de las palabras; a saber, en éste: el significado de las oracionesj¡stá s is ­
temáticamente determinado, en virtud díTré'grá^cóm^ de]
significado'H£si51> artii^^ dersignfficado_de las unida-
desTéxicas o “palabras* jq u e la componen. Esto es, por lo demás, lo que dice
otro principio de Frege, eí Principio de Composicionalidad. De otro modo,
sería inexplicable que un número infinito de oraciones tenga significado (la
^productividad del significado de las oraciones), así como el que la capacidad
lingüística que habilita a un usuario competente del lenguaje para entender un
subconjunto propio cualquiera de oraciones del lenguaje (por ejemplo, aque­
llas que ha oído o producido a lo largo de su vida) le habilite también para
entender oraciones que no pertenecen a ese subconjunto (la sistematicidad del
significado de las oraciones). En lajriedida.enque la presugosjctón Je^la .prio­
ridad del significado de las palabras sobre el de las oraciones signifique sólo
e_ljignificado de las oraciones está sistemáticamente determinado por
reglas, a partir del significado de las palabras, por tanto, Frege no contradice
la tradición —ni podría contradecirla válidamente.
El principio fregeano del contexto es lógicamente compatible con esto. Lo
que propone el principio fregeano del contexto es que las palabras, por su p o r­
te, no significan aisladamente, sino que su significado escuna contribyción.
específica al significado de Tas oraciones en las que pueden aparecer. Una ana­
logía puede ayudar aquí. Una expresión verbal ( ‘corro’) es una palabra com­
puesta de una cierta raíz ( ‘corr-’) y una cierta desinencia verbal ( ‘-o’). El sig­
nificado de una expresión verbal está composicionalmente determinado por ei
significado de la raíz y el de la desinencia, en cuanto que un usuario compe­
tente que incorporara a su lenguaje una nueva expresión verbal (‘implementé’),
habría incorporado ipso facto al acervo de las palabras que comprende y es
capaz de usar significativamente no sólo esa expresión verbal, sino muchas
otras ( ‘implementaré’, ‘implementaron’, etc.); y un usuario competente que eli­
minara de su acervo una cierta expresión verbal (quizás ‘aprehendo’, al adver­
tir que, en contra de lo que él había creído, la raíz carece de uso en su
lenguaje), eliminaría ipso facto otras expresiones verbales (‘aprebendaron’,
‘aprebendaré’, etc.). (Estas son, como se recordará, las dos manifestaciones
constitutivas de la sistematicidad mencionadas en I, § 2.) El significado de las
expresiones verbales está determinado sistemáticamente por reglas generales;
mientras que el significado de cada raíz y el de cada desinencia está determi­
nado asistemáticamente: el significado de las raíces y el de las desinencias está
determinado por enumeración, caso por caso.
Sin embargo, y aunque el significado de las expresiones verbales esté sis­
temáticamente determinado, ni las raíces ni las desinencias “significan aisla­
damente"; una raíz sólo tiene significado “en el contexto de una expresión ver­
bal", es decir, cuando se combina con una desinencia apropiada, y lo mismo
ocurre con las desinencias. Esto podríamos explicarlo así: además de su signi­
ficado específico, las raíces verbales tienen, como raíces, un significado
común; a saber, un modo específico de contribuir al significado de las expre­
siones verbales, distinto del modo en que lo hacen las desinencias verbales.
Podríamos elucidar esto ulteriormente, en este caso particular, diciendo que las
raíces significan en general un hecho-tipo, mientras que las desinencias signi­
fican elementos temporales y aspectuales del hecho significado por la raíz,
‘corr-’ y ‘am-’ tienen, semánticamente, algo en común: su pertenencia a la mis­
ma categoría de las raíces verbales, indicativa de que son expresiones que sig­
nifican tipos de acaecimientos. Caracteriza a esta categoría que las unidades
léxicas que la constituyen han de ser combinadas necesariamente con alguna
unidad léxica de otra categoría distinta (la de las desinencias verbales) para
construir algo significativo; pongamos por caso, porque no se ha significado un
acaecimiento sólo con decir su tipo, sino que, además, es preciso indicar los
elementos temporales, aspectuales, etc., significados por una desinencia.
Semánticamente hablando, las raíces y las desinencias funcionan de modo asis-
temático; es decir, su significado se ha de aprender caso por caso. Pero enten-
derlas requiere saber que existen expresiones de la categoría complementaria,
y saber cómo una expresión del tipo en cuestión (una raíz, o una desinencia)
contribuye a la determinación del significado completo de una expresión ver­
bal, dada una expresión de la categoría complementaria. El significado de cada
raíz y cada desinencia es asistemático (está dado por enumeración) pero con-
textual (está dado mediante la indicación de la contribución que hacen al sig­
nificado de una expresión verbal completa, en virtud de pertenecer a una de las
dos categoría