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Título: Responsabilidad civil de los establecimientos asistenciales, empresas de medicina prepaga y obras
sociales. Un cambio de paradigma
Autor: Calvo Costa, Carlos A.
Publicado en: LA LEY 23/05/2016, 23/05/2016, 1 - LA LEY2016-C, 974
Cita Online: AR/DOC/1452/2016
Sumario: I. Introducción.— II. Fundamento de la responsabilidad: ¿estipulación a favor de terceros o relación
de consumo? — III. Nuestra opinión. Conclusiones.
Se debe dejar atrás el fundamento de la responsabilidad de los establecimientos médicos, empresas de
medicina prepaga u obras sociales en la estipulación a favor de terceros, para encuadrarla definitivamente
en el régimen de defensa del consumidor. La forma por la cual el paciente accede, en la gran mayoría de
los casos, a la prestación de servicios médicos amerita este cambio de apreciación y su inclusión en un
régimen cada vez más creciente.
I. Introducción
Uno de los grandes temas que involucra la responsabilidad civil médica, es el relacionado al deber de
responder de los establecimientos asistenciales (hospitales, clínicas y sanatorios), empresas de medicina prepaga
y obras sociales, cuando nos encontramos frente a un caso de mala praxis cometido por alguno de los
profesionales médicos que pertenecen al staff del establecimiento asistencial, o bien, que se encuentra en la
cartilla de la empresa de medicina prepaga o de la obra social.
Este será únicamente el objeto del presente trabajo.
Sin embargo, aun cuando no lo abordaremos en este aporte, no soslayamos que también puede existir
responsabilidad de los establecimientos asistenciales, cuando la prestación a la cual éstos se han comprometido
consiste únicamente a brindar servicios de hostelería (todo aquello atinente al alojamiento e internación,
suministro de medicamentos, instrumental, servicio de enfermería, etc.), ya que así ha sido convenido por las
partes. Formulamos esta aclaración, puesto que, en razón de la teoría del contrato desdoblado de asistencia
médica —según denominación de Santos Briz (1) y de gran parte de la doctrina española- (2), el paciente puede
elegir en someterse a los cuidados de un profesional determinado para que le brinde la atención médica (v. gr.,
un parto, un acto quirúrgico, etc.), pero, sin embargo, optar porque dicho acto médico se lleve a cabo en un
sanatorio que le resulta de su agrado por los servicios que brinda, respecto del cual el médico por él elegido es
ajeno a su staff.
En consecuencia, como ya lo hemos expuesto en una obra de nuestra autoría sobre la materia (3), de acuerdo
a la teoría del contrato desdoblado, si el paciente sufre un daño imputable al acto médico puro, será responsable
—a priori— el médico que lo ha atendido (y eventualmente, la clínica, empresa de medicina prepaga u obra
social al que pertenezca el galeno, o figure en su cartilla), pero no resultará imputable el ente asistencial con el
que celebró el segundo contrato de hostelería y respecto del cual el facultativo citado es ajeno. Es decir, en tal
caso no hay deber de seguridad alguno asumido por el establecimiento sanitario respecto a la conducta
desempeñada por el médico que es extraño a su staff. En cambio, si el incumplimiento respecto del paciente se
debe a aspectos extraños al acto médico puro, la responsabilidad le atañe, en tal caso, a la clínica o al sanatorio
con quien aquél contrató (4). Resulta evidente, según nuestro parecer, que frente al contrato de hostelería, el
paciente —al ingresar al establecimiento asistencial— acepta los servicios que éste le brinda, por lo cual deberá
abonar por ellos, asumiendo el sanatorio el deber de brindarle todo aquello a lo cual se comprometió
contractualmente, que serán los actos extramédicos y paramédicos, pero no será garante de los actos médicos
puros. Respecto a esta problemática, Bueres manifiesta que si el profesional está unido al sanatorio e integra un
equipo para un determinado acto médico con personal extraño a la institución, igualmente ésta responderá si
contrató con el paciente los cuidados médicos, pues a pesar de que los colaboradores o auxiliares del galeno no
están relacionados con el sanatorio, lo cierto es que dicha persona colectiva tiene a su cargo una obligación de
seguridad por la atención médica que concretan sus profesionales, individualmente o en equipo. Asimismo, si el
paciente contrata los cuidados médicos únicamente con el facultativo, que es quien forma su equipo y elige la
clínica, queda claro que esta última (que sólo ofrece los servicios extramédicos y paramédicos —pero ajenos al
equipo—) no responderá por el actuar del médico, de sus auxiliares, colaboradores, acólitos, etcétera (5).
Luego de haber advertido esto, nos ocuparemos de la responsabilidad que se genera en los establecimientos
asistenciales (hospitales, clínicas y sanatorios), empresas de medicina prepaga y obras sociales, cuando el daño
que sufre el paciente se debe a un acto de mala praxis cometido por alguno de los profesionales médicos del
staff del establecimiento asistencial, y/o en las empresas de medicina prepaga u obras sociales, cuando dicho
galeno figure en la cartilla médica de alguna de ellas.

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II. Fundamento de la responsabilidad: ¿estipulación a favor de terceros o relación de consumo?


Ninguna duda cabe, que tanto los hospitales, clínicas y sanatorios, como así también las empresas de
medicina prepaga y obras sociales, se constituyen en garantes de los actos médicos puros realizados por esos
profesionales de la medicina. Respecto de ello, mucho se ha escrito en torno al fundamento de dicho deber de
responder en nuestro país; estimamos, que aún cuando pudieran exponerse múltiples variantes de ellas, son dos
las posturas que imperan en la actualidad, y que pasaremos a exponer.
1) Postura clásica
A la luz del derogado Código Civil, el criterio imperante en nuestra doctrina y en nuestra jurisprudencia ha
sido aquel que sostenía que entre el paciente, el médico y el sanatorio mediaba una estipulación a favor de
tercero (cfr. art. 504), por la cual entre la clínica, sanatorio o establecimiento asistencial —estipulante— y el
médico —promitente— se celebraba un contrato a favor del paciente —beneficiario—. Así, se originaban dos
relaciones simultáneas: la del paciente con la clínica, sanatorio o ente asistencial, por un lado; y la del paciente
con el médico, por el otro, resultando ser las responsabilidades emanadas de ambos vínculos contractuales y
directas (6). Luego de la sanción y entrada en vigencia del Código Civil y Comercial, esta postura hallaría
fundamento en lo dispuesto por el art. 1027 que establece: "Estipulación a favor de tercero. Si el contrato
contiene una estipulación a favor de un tercero beneficiario, determinado o determinable, el promitente le
confiere los derechos o facultades resultantes de lo que ha convenido con el estipulante. El estipulante puede
revocar la estipulación mientras no reciba la aceptación del tercero beneficiario; pero no puede hacerlo sin la
conformidad del promitente si éste tiene interés en que sea mantenida. El tercero aceptante obtiene directamente
los derechos y las facultades resultantes de la estipulación a su favor. Las facultades del tercero beneficiario de
aceptar la estipulación, y de prevalerse de ella luego de haberla aceptado, no se transmiten a sus herederos,
excepto que haya cláusula expresa que lo autorice. La estipulación es de interpretación restrictiva".
Como sustento de esta postura, se parte de la idea de que el médico, en virtud de su independencia técnica,
no puede ser considerado como un subordinado del ente asistencial a los fines de cumplir con el acto
profesional; en razón de ello, la responsabilidad de las clínicas, sanatorios y entes asistenciales no se regirá por
las normas de que regulan la responsabilidad del principal por el hecho del dependiente (tal como lo disponía el
derogado art. 1113, párr. 1º del Cód. Civil de Vélez Sarsfield, o el actual art. 1753 Cód. Civil y Comercial) sino
que, por el contrario, el deber de responder será de carácter objetivo fundado en la obligación de seguridad de
prestar asistencia médica mediante los profesionales de su institución (con fundamento en el antiguo art. 1198
del derogado Código Civil, aunque hoy la figura ha perdido cierta utilidad práctica al unificarse los regímenes
de la responsabilidad civil contractual y extracontractual luego de la sanción del Código Civil y Comercial (7)),
no pudiendo argumentar ni probar en su defensa la ausencia de culpa en la elección o en la vigilancia del
médico.
No podemos soslayar que es usual, en nuestros tiempos, que el contrato se formalice entre el paciente y las
entidades médicas (establecimientos asistenciales, empresas de medicina prepaga u obras sociales),
comprometiéndose estas últimas frente a aquél a brindarle por intermedio de su staff médico un servicio de
salud acorde con las exigencias propias de la medicina moderna, que resulte ser adecuado a las afecciones y a
las necesidades padecidas por el enfermo (8).
Ahora bien, como el daño que puedan sufrir los pacientes habrá de resultar de la actuación de los médicos
(y/o demás personal del establecimiento asistencial), una vez probada la culpa médica se tendrá por acreditado
—contemporáneamente— el incumplimiento del crédito de seguridad del establecimiento asistencial. Según lo
postula una calificada doctrina (9), en ambos casos el damnificado podrá optar por acumular su pretensión
resarcitoria de naturaleza contractual, contra el profesional y contra la clínica.
Por lo tanto, una vez revelada la culpa del médico, la responsabilidad del ente asistencial se torna
inexcusable o irrefragable, pues se pone de manifiesto la violación del crédito a la seguridad. Únicamente le
estará permitido a las clínicas probar la ausencia de culpa del facultativo cuando estén en juego obligaciones de
medios, puesto que aunque ese factor de imputación (la culpa) no hubiere de proyectarse reflejamente sobre la
entidad, su prueba en sentido negativo impedirá el nacimiento de la obligación de seguridad por falta de una
exigencia: la culpa del médico (10). En cambio, cuando la obligación asumida por el médico sea de fines, bastará
al paciente evidenciar que el galeno frustró el resultado para que se torne operativo -al mismo tiempo- el deber
de responder del ente asistencial por incumplimiento del crédito a la seguridad; en tal caso, la clínica o sanatorio
sólo podrá liberarse acreditando el casus (causa ajena), único medio posible para destruir la relación de
causalidad.
El deber de seguridad comprometido por el ente asistencial configura una obligación de resultado que éste
asume, aunque va referido —en la casi generalidad de los casos— a una obligación de medios (que es la

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contraída por el profesional médico).


En definitiva, para que surja la responsabilidad de la clínica, sanatorio, hospital, etcétera, primero debe el
médico haber obrado con culpa; en este sentido, la responsabilidad de la institución aparecerá subordinada al
incumplimiento previo de la obligación asumida por el galeno frente al paciente.
También para esta postura doctrinaria, estos principios son aplicables a las empresas de medicina prepaga y
a las obras sociales, aun cuando entre ellas hay diferencias importantes.
En cuanto a las obras sociales, debemos destacar que en nuestro país, todos los habitantes están cubiertos
por los servicios públicos de salud a los que pueden acceder irrestrictamente; sin embargo, los trabajadores en
relación de dependencia y su grupo familiar cuentan con la cobertura de una obra social, cuya afiliación
—actualmente— es imperativa e impuesta por la ley. Es de destacar que las obras sociales comprenden una
porción muy importante del sistema de seguridad social de atención de la salud en nuestro país, el que se halla
compuesto por obras sociales nacionales, el INSSJP —obra social para jubilados y pensionados— y las obras
sociales provinciales. Hoy en día, regulan el sistema de las obras sociales las leyes 23.660, 23.661 —que estable
el Sistema Nacional del Seguro de Salud— y 23.551 de Asociaciones Sindicales (11), quedando comprendidas
en el actual régimen las obras sociales sindicales correspondientes a las asociaciones gremiales de trabajadores
con personería gremial. Estimamos de importancia reiterar que la afiliación al sistema de obras sociales —a
diferencia de lo que ocurre con la medicina prepaga que luego analizaremos— es obligatoria, impuesta por la
ley, ya que los aportes que efectúa el afiliado le son descontados automáticamente de su salario o retribución
laboral, lo cual es catalogado por algunos autores (12) como un supuesto de contratación forzosa.
No se debe soslayar, pues, que el patrimonio de las obras sociales se compone con los aportes obligatorios
de sus afiliados y los que realizan los empleadores; y, además, que, por imperativo de la Ley 23.660, quedan
incluidos obligatoriamente en calidad de afiliados de las obras sociales: los trabajadores que presten servicios en
relación de dependencia, estatales o privados, los jubilados y pensionados, los beneficiarios de prestaciones no
contributivas, y el grupo familiar. Además, también existe la posibilidad de que, en modo facultativo, las obras
sociales puedan incorporar en carácter de afiliados adherentes, a ciertas personas que no cumplan con las
condiciones antes mencionadas.
Una de las causas de la responsabilidad civil de la obra social frente a su afiliado, es el incumplimiento de la
prestación asistencial a la cual este último tenía derecho a que le fuera brindada. Sin embargo, la obra social
responderá también (excepto cuando el sistema sea por reintegros (13)) por la deficiente prestación del servicio
de salud a su cargo, asumiendo frente al afiliado una obligación de seguridad por la eficiencia de dicho servicio.
Esta obligación de responder comprende también los casos en los cuales han existido deficiencias en la
prestación del servicio, pero atribuibles a la culpa (negligencia) de los profesionales intervinientes (14) que
figuran en las listas que la obra social pone a disposición del afiliado para su elección (sistema de "lista
cerrada"). En cambio, no podría hacérsele a la entidad reproche alguno por la defectuosa prestación por parte
del profesional o del establecimiento médico, cuando éstos hayan sido libremente elegidos por el afiliado en un
sistema de "lista abierta" (es decir, que dichos prestadores no han sido puestos a elección del afiliado por parte
de la obra social).
Por otra parte, el sistema de las empresas de medicina prepaga comenzó su desarrollo a partir de la década
del '60 del siglo XX, con la creación de AMSA (Asistencia Médica Social Argentina) y de CEMES (Centro
Médico del Sur), los que implementaron un sistema cerrado descentralizado, cuya principal característica era la
de ofrecer una cartilla de profesionales y centros de atención. Con el correr del tiempo, se advirtió un incesante
crecimiento del sector, superando las doscientas setenta en los albores del siglo XXI, contando actualmente con
más de dos millones y medios de afiliados (15).
En este sector, el afiliado reviste el papel de un consumidor de servicios médicos (principal objeto del
contrato), obteniendo la empresa de medicina prepaga una rentabilidad a través de la prestación de dichos
servicios, ya sea por entes propios o de terceros. A diferencia de lo que ocurre en el sistema de obras sociales
(que nació como una cobertura de principios integrales, igualitarios, con el objetivo de cuidar la salud de los
trabajadores bajo el principio solidario de no discriminación de acuerdo al nivel de ingresos), en los regímenes
de prestaciones prepagas de salud la afiliación de los particulares a los entes prestadores es voluntaria y no
imperativa, imperando la libre contratación y, en consecuencia, el principio de la autonomía de la voluntad de
las partes. Aun cuando se cuestione que la libertad de contratación no es tal dado que el afiliado debe integrar su
voluntad a reglamentos y contratos de adhesión establecidos previamente por los entes privados de salud a los
que se afilia, lo cierto es que en todo momento el particular tiene el derecho de decidir no afiliarse si no le
resulta conveniente el sistema prepago que se le ofrece. En este sistema, el adherente abona mensualmente una
cuota, de modo tal que va prefinanciando las futuras prestaciones.

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Actualmente, las empresas de medicina prepaga —y los contratos con ella- encuentran regulación en nuestro
país en ley 26.682 (sancionada en 2011), mientras que las obras sociales, son reguladas por lo dispuesto en las
leyes 23.660, 23.661 y 24.455 y sus respectivas reglamentaciones.
En este contexto, la responsabilidad civil de las empresas de medicina prepaga tiene una particularidad: las
obligaciones asumidas por éstas se encuentran contempladas en un contrato libremente concluido con el afiliado
(adherente), por lo cual ante el incumplimiento de cualquiera de ellas, nacerá su deber de responder.
Es evidente, pues, que —de igual modo a lo que ocurre en el sistema de obras sociales— si bien en la
mayoría de los casos no ha existido entre el paciente (afiliado) y el real prestador del servicio de salud una
relación contractual directa, la situación debiera resolverse a través de la aplicación del actual art. 1027 Cód.
Civil y Comercial (que continúa la línea del derogado art. 504 del Cód. Civil de Vélez Sarsfield). Ello así,
puesto que los afiliados —futuros pacientes— revisten el rol de "beneficiarios" de un contrato en favor de
terceros indeterminados, toda vez que recibirán a su requerimiento la atención médica o servicio de salud, el que
ha sido previamente estipulado entre la empresa de medicina prepaga (estipulante) y los efectivos prestadores
del servicio de salud (promitentes). En razón de esta relación contractual triangular, tanto la empresa de
medicina prepaga como el real prestador del servicio de salud (clínica, sanatorio o médico) son responsables
contractualmente frente al afiliado.
Está claro, por cierto, que sobre las empresas de medicina prepaga pesa también una obligación de
seguridad, la que es asumida desde el mismo momento en que el ente contrata prestaciones médicas. Algunos
autores, han manifestado que dicha obligación de garantía en tal caso es excepcionalmente de medios, pues su
característica habitual es la de ser una de resultados; ella acompañará a la obligación médica central, siendo
ambas igualmente importantes, aunque una aparezca como principal y otra como anexa en el rango obligacional
(16). Agregan que la obligación de seguridad será entonces directa no refleja, y la responsabilidad por su
incumplimiento, objetiva y condicionada al acierto o desacierto de la prestación médica efectuada por los
profesionales brindados por el ente para ejecutar el contrato. Mediando culpa del médico que atendió al paciente
(responsabilidad subjetiva), el ente que por su intermedio cumplió la prestación a su cargo, responderá
objetivamente, aun cuando no hubiera incurrido en culpa. En síntesis, su obligación de seguridad únicamente
quedará cumplida efectuando una prestación médica técnicamente inobjetable, pues de acreditarse que no fue
así responderá.
Todos estos criterios fueron recogidos por varios tribunales, incluso hasta nuestros días (17).
No soslayamos que han existido otras posturas doctrinarias a fin de justificar —con otros argumentos- la
responsabilidad de los establecimientos asistenciales ante una mala praxis médica, aunque con menor
predicamento en la doctrina y en la jurisprudencia, como la defendida por Mosset Iturraspe que determina la
responsabilidad indirecta de los entes asistenciales, pero estima al mismo tiempo que no puede privarse de
acción al paciente contra el médico que ocasionó un daño (18). Este autor, luego de sostener la responsabilidad
de carácter contractual que pesa sobre la clínica, descartaba de plano que el deber de responder del médico fuera
extracontractual, ya que lo considera de índole convencional y accesorio del que ha asumido el deudor (el
establecimiento sanitario). Hay una especie de complicidad entre ambos (solvens y auxiliar) que no puede ni
debe desentrañar el paciente; en este sentido, la responsabilidad del médico se modela con la que incumbe al
ente asistencial (19). Sin embargo, según este autor, en atención a la diversidad de origen, las obligaciones del
establecimiento sanitario y del médico son indistintas o concurrentes (20).
2) Postura moderna. Aplicación de la Ley de Defensa del Consumidor
Como reacción a la clásica postura que acabamos de analizar, y que estima que cuando un establecimiento
asistencial, empresa de medicina prepaga u obra social contratan a un médico para que brinde sus servicios a un
paciente, nos encontramos frente a una estipulación a favor de terceros (cfr. art. 1027 Cód. Civil y Comercial o
art. 504 del derogado Código Civil de Vélez Sarsfield), se han alzado voces en contrario. No hesitamos en
catalogar a esta postura como moderna, puesto que analiza la responsabilidad de los establecimientos
asistenciales, empresas de medicina prepaga y obras sociales con una visión globalizada, comprensiva no sólo
de las normas generales propias del derecho civil, sino también de leyes especiales (defensa del consumidor) y
atendiendo en todo momento al derecho a la salud consagrado en la Constitución Nacional de 1994.
En el derecho nacional, fue Lorenzetti el primero en desestimar la postura que nosotros hemos denominado
"clásica", al afirmar que no puede analizarse la vinculación jurídica en cuestión como una estipulación a favor
de terceros, porque los dos centros de interés principales son los del paciente que paga y los de la entidad
médica que presta el servicio. El problema a resolver se vincula con esta relación jurídica y no con la que se
entabla entre el médico y la clínica con efectos subsidiarios hacia terceros. El paciente no es tercero, sino parte.
Por lo demás, en la estipulación a favor de terceros el tercero adquiere un beneficio cuya extensión está

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vinculada al contrato base, mientras que en el contrato médico hay una contraprestación y no un mero beneficio,
y la extensión del vínculo se determina en función de aquella reciprocidad. Si fuera un mero beneficiario, el
paciente sólo podría adherir y no discutir nada, y se desvirtuaría la noción de consentimiento informado. Por
ello, en virtud de la estructura del vínculo obligatorio, debe entenderse que la clínica responde contractualmente
y de modo directo por el incumplimiento, sin importar que la prestación haya sido materialmente cumplida por
un médico dependiente de aquella (21).
En similar sentido, Picasso sostiene que el hecho de que el solvens introduzca un tercero para ejecutar el
contrato en su lugar, en nada altera la naturaleza o el fundamento de su responsabilidad, que sigue siendo
personal y directa, ya que poco importa si incurre en incumplimiento por su hecho propio o por interpósita
persona, ya que él es el contratante y su responsabilidad es contractual. Agrega, citando a Savatier (comentario
en Juris Classeur Périodique, 1991-II-21730), que el paciente no se vincula con el médico por su libre elección,
sino por la confianza que le inspira el establecimiento de salud con el que contrata. Así, en materia obligacional,
el deudor es ya el responsable directo por su simple condición de obligado, situación que en nada se altera por el
hecho de que emplee a un tercero para ejecutar materialmente el plan de conducta comprometido. La
dependencia o no del médico, entonces, no juega ningún rol apreciable en el campo contractual (22).
En razón de ello, según esta postura (también sostenida por la doctrina francesa mayoritaria), el deudor
obligacional es responsable precisamente porque es deudor, y la responsabilidad por los daños derivados del
incumplimiento —más allá de quien lo haya ocasionado materialmente— recaerá en todos los casos sobre él
con base en ese solo fundamento (23). Así, el deudor está ligado, no como responsable del hecho de otro, sino
como deudor de una obligación incumplida, ya que el hecho ajeno no es, en el fondo, un hecho generador
autónomo de responsabilidad contractual, distinto del hecho generador general que sería el incumplimiento del
contrato; por ende, la responsabilidad contractual es una responsabilidad directa del deudor y directamente
fundada en el contrato del que procede la obligación incumplida (24).
De tal modo, no habría lugar para la teoría de la estipulación a favor de terceros, y el establecimiento
asistencial sería entonces, frente al paciente, el único deudor de las prestaciones médicas, resultando ser
responsable directo (y no indirecto) por su incumplimiento.
Así, agrega agudamente Picasso, de probarse la defectuosa actuación de los médicos que hayan atendido al
paciente, ello haría responsable también —no sólo al profesional- sino a las empresas de medicina prepaga y al
establecimiento asistencial correspondiente; y, para llegar a esta conclusión, no es preciso recurrir —un tanto
ficticiamente- a la teoría de la obligación de seguridad, ni de la estipulación a favor de terceros, sino que basta
con constatar que la empresa de medicina prepaga y el nosocomio siguen siendo los deudores de las
prestaciones médicas —aunque las hagan ejecutar materialmente por otro-, y en esa medida (es decir, en su
carácter de deudoras) responden naturalmente por el incumplimiento de la obligación, cualquiera sea el sujeto
que, de hecho, haya materializado esa inejecución (25). Según esta concepción doctrinaria, pues, la obligación
principal del establecimiento asistencial no se agota en la provisión de los profesionales necesarios para la
atención del paciente, sino que consiste en prestar al enfermo el servicio médico en su totalidad, desarrollando
un plan de conducta diligente a fin de obtener el resultado perseguido por el acreedor, el cual, obviamente, no se
encuentra garantizado, dado que se trata de una obligación de medios.
También en esta línea de pensamiento, sostiene que el plan de conducta que lleva adelante el facultativo
constituye, en realidad, la ejecución de la obligación principal a cargo del establecimiento asistencial, razón por
la cual su inexacto cumplimiento comprometerá la responsabilidad de este último, no por el incumplimiento de
una obligación de seguridad, sino por el de la mencionada obligación principal; y es allí donde adquiere
relevancia la culpa del médico en el desarrollo del plan de conducta, pues dicho plan es lo debido por el ente
asistencial, y será este último quien responderá, en el marco del contrato, por su propio incumplimiento (26).
En consecuencia, ante la defectuosa prestación de servicios médicos por parte de las entidades que integran
la llamada empresa médica, resulta de aplicación estatuto del consumidor. Pero, cabe aclarar, el profesional
médico que incurra en mala praxis deberá responder según las normas del derecho común, ya que el art. 2 de la
ley 24.240, claro está, lo excluye expresamente de su órbita (27).
Así, se ha sostenido que debe interpretarse el contrato entre el paciente y el establecimiento asistencial a la
luz del principio de buena fe, y resulta difícil considerar que el acreedor suscribiría el negocio jurídico en
cuestión estimando que aquel con quien contrata, y quien va a efectuar la elección de los expertos que lo
atenderán, no se hace responsable por el tratamiento que precise (28).
Ahora bien, el art. 10 bis de la Ley de Defensa del Consumidor se refiere a la responsabilidad del deudor por
el incumplimiento de la prestación principal. Sin embargo, quienes sostienen esta línea de pensamiento,
advierten que resultaría totalmente ilógico sostener que la aplicación del art. 10 bis de la ley 24.240 conduce a

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objetivar la responsabilidad de las clínicas y las empresas de medicina prepaga en lo atinente a las prestaciones
puramente médicas. No se soslaya que el art. 2 de la Ley de Defensa del Consumidor excluye de su ámbito a los
profesionales liberales, pero quedan comprendidos en su alcance aquellos que prestan servicios médicos bajo
una organización empresarial (29). Aclarado esto, queda entendido que las prestaciones paramédicas y las
referidas a servicios de hotelería se encuentran regidas por el art. 10 bis, mientras que las que involucran la
atención médica del paciente en sí misma deben seguirse considerando deberes de medios, lo cual exige, para
comprometer la responsabilidad de una clínica —o de una empresa de medicina prepaga- acreditar la culpa del
médico que aquella haya llevado a cabo las obligaciones que asumió aquella frente al paciente.
Es de destacar, finalmente, que no han sido pocos los fallos de los tribunales de distintas jurisdicciones de
nuestro país, que en los últimos años se han expedido en pos de la aplicación de la Ley de Defensa del
Consumidor a la responsabilidad que le caben a las clínicas y a las empresas de medicina prepaga (30), e incluso
ha quedado ello reflejado en una sentencia dictada por nuestro Máximo Tribunal (31).
III. Nuestra opinión. Conclusiones
En la primera edición de nuestra obra sobre la materia (32), nos habíamos expedido en el sentido de
considerar acertada la primera postura que sostiene que entre el paciente, el médico y el sanatorio media una
estipulación a favor de tercero (con fundamento art. 504 del derogado Código Civil de Vélez Sarsfield o en el
actual art. 1027 Cód. Civil y Comercial), y que sobre la institución pesa una responsabilidad directa en relación
con el paciente que encuentra fundamento en la existencia de una obligación tácita de seguridad, la que funciona
con carácter accesorio de la obligación principal de prestar asistencia médica por parte del cuerpo de
profesionales del establecimiento sanitario. Ya en la segunda edición, publicada en el 2014, habíamos advertido
que no podíamos dejar de valorar, y apreciar, la postura que aquí hemos calificado como "moderna", y que
determina que la relación contractual entre el paciente y las instituciones médicas y/o empresas de medicina
prepaga, es una relación de consumo, con los alcances de la ley 24.240 de Defensa del Consumidor (y
modificatorias).
Hoy no tenemos duda alguna de que este último es el criterio más apropiado y acorde a la realidad de
nuestros días, y el que debe aplicarse a la hora de analizar la responsabilidad civil de los establecimientos
asistenciales (sin importar si estos son públicos o privados) (33), y de las empresas de medicina prepaga. No
podemos soslayar, para afirmar ello, el crecimiento y la propagación que ha tenido el estatuto del consumidor en
nuestro país en los últimos años, el que ha logrado una consagración legislativa definitiva en el ámbito del
derecho privado, con la sanción y entrada en vigencia del Código Civil y Comercial, que brinda tratamiento
expreso a los Contratos de consumo en el Título III del Libro Tercero — "Derechos Personales" (arts. 1092 a
1122).
Otros autores sostienen, a nuestro entender acertadamente, que la relación de los afiliados con las obras
sociales también queda encuadrada dentro de la Ley de Defensa del Consumidor, conforme con lo dispuesto por
el art. 1 de la ley 26.361 (modificatoria de la ley 24.240), por lo cual los derechos y obligaciones de los usuarios
son iguales a las medicinas prepagas en lo atinente a la regulación de los derechos esenciales (34).
Estimamos que, como fundamento de nuestra postura, no podemos soslayar que la Constitución Nacional de
1994, ha erigido como derecho fundamental al derecho de la salud, al referirse en su art. 42 a la protección de
los consumidores y usuarios, asegurando la protección de la salud, seguridad e intereses económicos, así como
el trato equitativo y digno de ellos. Este derecho constitucional a la salud se ha afianzado aún más con el elenco
de tratados internacionales que aluden a él, y que han adquirido jerarquía constitucional en razón de lo dispuesto
por el art. 75 inc. 22 de nuestra Carta Magna (entre otros: la Declaración Universal de Derechos Humanos —art.
25-, Declaración Americana de Derechos y Deberes del Hombre —art. 11-, Pacto Internacional de Derechos
Económicos, Sociales y Culturales —arts. 10 y 12-, Convención sobre los Derechos del Niño —art. 23- , etc.).
En muchos de ellos se alude al alcance del derecho a la salud, se establecen mandatos específicos para los
Estados firmantes en dicha materia, y se fijan los objetivos a seguir como política pública en cuestiones
relacionadas con la salud (35).
Es indudable, pues, que el derecho a la salud y los derechos de los consumidores poseen tutela
constitucional y se erigen en derechos fundamentales del ser humano. También es evidente, como lo hemos
mencionado anteriormente, que en nuestro país se producido un gran crecimiento y expansión del derecho del
consumidor, que ha comenzado con la sanción de la ley 24.240 en el año 1993, y que ha continuado con la
jerarquía constitucional que se le ha brindado en el art. 42 de la Constitución Nacional de 1994 y con los
dictados de las leyes 24.787 y 26.361 modificatorias estas, entre otras, de la ley 24.240. Por último, la
incorporación de normas relativas a los contratos de consumo en el nuevo Código Civil y Comercial han
terminado de afianzar definitivamente el derecho del consumidor en nuestro país, encontrándose además en

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franca expansión. Debe quedar claro que, en la actualidad, el derecho del consumidor ya no es una rama aislada
del derecho privado, sino una disciplina que atraviesa y penetra en toda relación contractual, incidiendo incluso
en ámbitos en los cuales era impensado suponer, como el que tratamos en el presente trabajo; de tal modo, como
se ha sostenido en nuestra doctrina, en la práctica "cualquier tipo contractual podrá ser calificado como contrato
de consumo, en la medida de que, en una situación concreta, se vinculen mediante el mismo un proveedor de
bienes y servicios y una persona que los adquiera para su consumo final o de su grupo familiar o social" (36).
En cuanto al tema que nos ocupa, debemos advertir que han cambiado los tiempos, y las formas de
contratación de los servicios médicos en nuestro país. Hoy resulta extraño que el paciente acceda a la prestación
de un servicio médico contratando directamente con el profesional, sino que lo hace a través de un contrato con
un sanatorio, con una empresa de medicina prepaga o mediante su afiliación a una obra social. Es decir, salvo en
aquellos casos en los que el paciente elige y contrata personalmente al médico que lo habrá de atender, aunque
integre la cartilla de una obra social o empresa de medicina prepaga, en la gran mayoría de los casos la relación
contractual se concreta directamente con el establecimiento asistencial y/o la empresa de medicina prepaga u
obra social. Ello así, porque en la generalidad de los casos, el paciente acude a un establecimiento asistencial
por pertenecer a un plan médico contratado con él, o bien en su carácter de afiliado a una empresa de medicina
prepaga u obra social, e ignora a ciencia cierta qué médico será el que finalmente lo atienda y quién será el
prestador que le realizará los estudios correspondientes (de ser estos necesarios), lo que evidencia que el vínculo
contractual no se realiza con el galeno, sino con la persona jurídica en cuestión (establecimiento asistencial,
empresa de medicina prepaga u obra social).
Como hemos advertido, jamás se había asociado la responsabilidad de las clínicas y de los establecimientos
hospitalarios a la Ley de Defensa del Consumidor, por dos cuestiones destacables: a) porque no se consideraba
apropiado que la ley 24.240 resultara de aplicación a la comercialización de servicios (se la interpretaba
aplicable —en sus orígenes- únicamente a la comercialización de bienes); y, b) porque el segundo párrafo del
art. 2 de dicha norma, excluye expresamente de los sujetos comprendidos a los profesionales liberales (entre los
cuales, claro está, están incluidos los médicos).
Al respecto, y a tenor de la evolución y crecimiento que ha tenido el estatuto del consumidor en nuestro
país, nos resulta lógico y razonable concluir —como oportunamente lo había pregonado una calificada doctrina
(37)- que si bien los servicios de los profesionales liberales se encuentran excluidos del ámbito de aplicación de
la ley 24.240 (art. 2, ley citada), no ocurre lo propio con los contratos celebrados entre los pacientes y las
clínicas, que —en tanto importan la prestación del servicio de salud para el consumo final de los enfermos-
deben regirse por esa normativa.
La denominación relación de consumo ha sido introducida en nuestro ordenamiento jurídico por el art. 42 de
la Constitución Nacional, y se encuentra definida tanto en el art. 3 de la Ley de Defensa del Consumidor (38),
como en el art. 1092 Cód. Civil y Comercial (39).
También es importante destacar lo dispuesto en el art. 5 de la ley 24.240, en cuanto establece que:
"Protección al Consumidor. Las cosas y servicios deben ser suministrados o prestados en forma tal que,
utilizados en condiciones previsibles o normales de uso, no presenten peligro alguno para la salud o integridad
física de los consumidores o usuarios".
Pues bien, dentro de este contexto normativo, si bien los profesionales liberales están excluidos de los
alcances de las normas que integran el estatuto del consumidor, es indudable, a nuestro entender, que tanto los
establecimientos asistenciales, como las empresas de medicina prepaga y las obras sociales, son proveedores de
servicios de salud (ya que se trata de personas jurídicas que desarrollan profesionalmente servicios de atención
médica en sus más variadas facetas (40)), y por ende quedan incorporados en el régimen de defensa del
consumidor.
De tal modo, nace así entre los establecimientos asistenciales, empresas de medicina prepaga u obras
sociales — por un lado-, y los pacientes -por el otro- una relación de consumo, en virtud de la cual aquéllos
responden contractualmente, de modo directo, por el incumplimiento de las obligaciones que asumieron, entre
las cuales, claro está, se encuentran incluidas las diligentes atenciones médicas brindadas por los médicos que
integran el staff del hospital, clínica o sanatorio, o que fuera ofrecido como prestador en la cartilla de la empresa
de medicina prepaga u obra social.
Ahora, bien, podría preguntarse el lector a esta altura: si los médicos, al ser profesionales están excluidos de
los alcances del régimen de defensa del consumidor, ¿cómo podría aplicarse el estatuto del consumidor a ellos?
¿porqué habrían de quedar incorporados en él los establecimientos asistenciales y las empresas de medicina
prepaga/obras sociales? ¿Si estas personas jurídicas se constituyen en garantes de las prestaciones médicas de
sus profesionales, por qué habrían de responder de manera directa?

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Pasamos a brindar respuesta a estos interrogantes.


En primer lugar, es importante destacar que ante el supuesto de que un profesional médico incurra en una
mala praxis, jamás será este alcanzado personalmente por las normas integrantes del estatuto del consumidor,
porque el art. 2 de la ley 24.240 —como mencionamos anteriormente- lo excluye expresamente de su ámbito.
En tal caso, el galeno que con su conducta culpable o dolosa ha ocasionado un daño al paciente, responderá por
las normas del derecho común (especialmente por lo dispuesto en los arts. 1768, 1716, ss y concs. Cód. Civil y
Comercial).
En segundo lugar, de existir una prestación médica defectuosa, que ocasiona un daño al paciente,
coincidimos con la opinión de Picasso (41) en cuanto a que las entidades, al estar vinculadas contractualmente
con el paciente (establecimiento asistencial, empresa de medicina prepaga u obra social), también son
responsables directos frente a este por incumplir el deber asumido, consistente en garantizarle al paciente la
idoneidad del plan de conducta a desarrollar por los médicos, es decir, que obrarán con prudencia y diligencia
en la atención médica brindada, que es el interés perseguido por el paciente en la relación jurídica, y el principal
deber asumido en la obligación por la entidad médica correspondiente. Por ende, esos servicios médicos
comprometidos, deben ser prestados de modo tal que, utilizados en condiciones previsibles o normales de uso,
no presenten peligro alguno para la salud o la integridad física de los consumidores o usuarios (art. 5 ley
24.240). Y, en el caso de instituciones médicas que contratan con los pacientes, dichos servicios médicos
ofrecidos, deben ser brindados idóneamente, y conforme a normas que hacen en este caso al ejercicio de la
medicina.
Queda claro, pues, que la obligación principal de los establecimientos asistenciales o de las empresas de
medicina prepaga/obras sociales, es mucho más extensa que la mera provisión al paciente de los profesionales
necesarios para su atención; por el contrario, y como lo ha expresado una calificada doctrina, consiste en prestar
al enfermo el servicio médico en su totalidad, desarrollando un plan de conducta diligente a fin de obtener el
resultado perseguido por el acreedor, el cual, obviamente, no se encuentra garantizado, dado que se trata de una
obligación de medios (42). Por ello, el art. 10 bis de la Ley de Defensa del Consumidor -que alude a la
responsabilidad del deudor por el incumplimiento, como mencionamos anteriormente- debe ser interpretado
correctamente; según nuestro parecer, no debe interpretarse dicha norma como generadora únicamente de
responsabilidad objetiva (43). Por el contrario, estimamos que ella admite algunas excepciones, como aquella en
la cual el proveedor (establecimiento asistencial) se compromete a cumplir con una obligación de medios, como
es el plan de conducta a desarrollar por el médico, en razón de la naturaleza de la obligación (44). Si el médico
ha desempeñado una conducta diligente, la obligación se considerará cumplida (cfr. art. 774 inc. a y art. 1768
Cód. Civil y Comercial), y ni él ni las entidades estarán llamadas a responder, porque habrán cumplido con la
prestación asumida; en cambio, distinto será el caso en que dicha conducta sea culposa o dolosa como veremos
seguidamente.
No debemos olvidar que el deudor principal frente al paciente es la entidad médica con la que se encuentra
vinculada contractualmente, y el médico, no es más que un tercero que ejecuta dicha prestación. Y, al respecto,
es irrelevante que para cumplir con la prestación principal asumida, el establecimiento o la empresa de medicina
prepaga / obra social dependa y se valga de la actividad de terceros (médicos), ya que el incumplimiento es
considerado propio, como lo destaca actualmente en forma clara y contundente el art. 732 Cód. Civil y
Comercial, en cuanto consagra el principio de equiparación: "El incumplimiento de las personas de las que el
deudor se sirve para la ejecución de la obligación se equipara al derivado del propio hecho del obligado". En
consecuencia, es indudable que ante el cumplimiento defectuoso de la atención médica imputable al profesional,
el deber de responder nacerá en cabeza del deudor principal, que es la entidad médica, sea esta un
establecimiento asistencial, una empresa de medicina prepaga o una obra social.
Así, la conducta médica juega un papel relevante. La prestación defectuosa del servicio médico a cargo del
profesional, imputable a una negligencia, imprudencia o impericia, o a su dolo, reviste sideral importancia para
que se configure el incumplimiento contractual de los establecimientos médicos, empresas de medicina prepaga
u obras sociales. Ello así porque la conducta que va a desempeñar el médico en la atención del paciente, no es
más que la ejecución de la prestación principal que asumen los establecimientos; por ello, cuando esta es llevada
a cabo de modo defectuoso e imputable a la culpabilidad o dolo del galeno, la citada obligación de medios se
halla incumplida, y por ende, puede concluirse que los establecimientos médicos, empresas de medicina prepaga
u obras sociales han incumplido con la obligación principal asumida y, por ende, deben responder frente al
paciente (cfr. art. 5 ley 24.240). Consideramos, sin embargo, que este es uno de los supuestos de excepción al
régimen de responsabilidad objetiva del proveedor, en razón —como dijimos anteriormente- de la naturaleza de
la prestación médica (obligación de medios).
De tal modo, y en razón del análisis aquí efectuado, estimamos —so riesgo de resultar reiterativos- que la
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entidad con quien el paciente se halla vinculado contractualmente (sea un establecimiento asistencial, una
empresa de medicina prepaga o una obra social), no hace más que garantizar la conducta a desempeñar por sus
médicos, ya que ello constituye la razón de ser de la obligación y se erige en la prestación principal que asume
la persona jurídica en cuestión. Por ende, una conducta médica defectuosa, imputable a la culpa o dolo del
galeno, provocará —como lógica consecuencia-, el incumplimiento de la obligación principal que había
asumido contractualmente la institución médica (que es el deudor principal) frente al paciente.
Concluimos, por último, que el actual estado del derecho privado argentino, exige que definitivamente se
acepte el cambio de paradigma: se debe dejar atrás el fundamento de la responsabilidad de los establecimientos
médicos, empresas de medicina prepaga u obras sociales en la estipulación a favor de terceros (con la cual
estuvimos alguna vez de acuerdo), para encuadrarla definitivamente en el régimen de defensa del consumidor.
La forma por la cual el paciente accede, en la gran mayoría de los casos, a la prestación de servicios médicos,
amerita este cambio de apreciación, y su inclusión en un régimen cada vez más creciente.
(1) SANTOS BRIZ, Jaime, "Derecho civil. Teoría y práctica", Revista de Derecho Privado, Madrid, 1973,
t. III, ps. 666 y siguientes.
(2) La doctrina española se ha empeñado en distinguir los diferentes actos que pueden desarrollarse durante
el transcurso de un contrato de hospital. Al respecto se suele distinguir entre: a) actos puramente médicos
(aquellos realizados por el facultativo y que son los de profesión que implican el conocimiento y la aplicación
de la lex artis); b) actos paramédicos (acciones preparatorias del acto médico y las posteriores a él, que son
llevados a cabo —generalmente— por personal auxiliar que ejecuta órdenes del propio médico); y c) actos
extramédicos (compuestos por los servicios de hostelería, tales como el alojamiento, la manutención, etcétera, y
por los que obedecen al cumplimiento del deber de seguridad de preservar la integridad física de los pacientes).
Véase, con mayor detalle, FERNÁNDEZ HIERRO, José M., "Responsabilidad civil médico-sanitaria",
Aranzadi, Pamplona, 1983, p. 174 y ss.; también, LLAMAS POMBO, Eugenio, "La responsabilidad civil del
médico". Aspectos tradicionales y modernos, Triuvium, Madrid, 1988, p. 308.
(3) CALVO COSTA, Carlos A., "Daños ocasionados por la prestación médico-asistencial", Ed.
Hammurabi, Buenos Aires, 2da. Ed., 2014, ps. 77 y ss.
(4) SANTOS BRIZ, Jaime, "La contratación privada. Sus problemas en el tráfico moderno", Montecorvo,
Madrid, 1966, p. 379.
(5) BUERES, Alberto J., "Responsabilidad civil de los médicos", Ed. Hammurabi, Buenos Aires, 3ª ed.,
2006, p. 344.
(6) BUERES, Alberto J., "Responsabilidad civil de los médicos", ob. cit., p. 304; BUSTAMANTE
ALSINA, Jorge, "Teoría general de la responsabilidad civil", Ed. Abeledo-Perrot, Buenos Aires, 7ma. Ed.,
1992, p. 499, nº 1431; ídem, "Responsabilidad civil de los médicos en el ejercicio de su profesión", LA LEY,
1976-C-65. Similares argumentos se invocaban en el derecho francés, vid. MAZEAUD, Henri y León - TUNC,
André, "Tratado teórico y práctico de la responsabilidad civil delictual y contractual", trad. de Luis
Alcalá-Zamora y Castillo, Ejea, Buenos Aires, 5ta. ed., 1961, t. I, vol. I, p. 188, nº 36.
(7) Se ha sostenido en nuestra doctrina que la utilidad de la obligación de seguridad como figura genérica, y
residual, "ya no se justifica dentro de un régimen como el consagra el nuevo Código, que unifica
sustancialmente la responsabilidad contractual y extracontractual, y regula de manera uniforme para ambos
supuestos la responsabilidad por el hecho de terceros (dependientes, auxiliares, colaboradores, sustitutos en el
cumplimiento obligacional), por el hecho de las cosas y por actividades riesgosas (arts. 1753, 1757, 1758 y
concs.)" (PICASSO, Sebastián, "La unificación de la responsabilidad contractual y extracontractual en el
Código Civil y Comercial de la Nación", en Suplemento Especial "Nuevo Código Civil y Comercial", Ed. La
Ley, Buenos Aires, 2014, ps. 151 y ss. Véanse, del mismo autor, los interesantes aportes sobre la importancia
actual de la obligación de seguridad en Réquiem para la obligación de seguridad en el derecho común (en
Revista del Código Civil y Comercial, Ed. La Ley, julio 2015) y El nuevo Código y la obligación tácita de
seguridad: ¿un entierro demorado? (en LA LEY 2015-F, 1160). Confrontar con la postura contraria de
PIZARRO, Ramón Daniel en: ¿Réquiem para la obligación de seguridad en el Código Civil y Comercial? (en
LA LEY 2015-E , 840).
(8) CALVO COSTA, Carlos A., "Daños ocasionados por la prestación médico-asistencial", ob. cit., p. 59.
(9) GALDÓS, Jorge M., "Mala praxis médica y responsabilidad del Estado por el funcionamiento del
hospital público", en Revista de Responsabilidad Civil y Seguros, t. 2004, p. 492.
(10) BUERES, Alberto J., "Responsabilidad civil de los médicos", ob. cit., p. 313.
(11) Debemos destacar, sin embargo, que las asociaciones sindicales son personas jurídicas independientes
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de las obras sociales, aun cuando se encuentran íntimamente ligadas en el funcionamiento de estas últimas en lo
siguiente: a) los sindicatos administran —directa o indirectamente— las prestaciones de las obras sociales, y b)
los bienes de las asociaciones sindicales continuarán integrando su patrimonio sin pasar al dominio de las obras
sociales, las que deberán asumir los gastos de mantenimiento administración y funcionamiento, sin reconocerle
usufructos a título oneroso (cfr. art. 32, ley 23.660).
(12) CAZEAUX, Pedro - TRIGO REPRESAS, Félix A., "Derecho de las obligaciones", Platense, La Plata,
1996, t. V, p. 64.
(13) Formulamos esta aclaración, puesto que en tal caso, su obligación consistiría en reintegrar al afiliado lo
que éste hubiera abonado por una prestación médica que ha sido exclusivamente contratada por él sin
intervención alguna de la obra social, por lo cual ésta revestiría el rol de un tercero extraño a la convención
concluida entre el afiliado y el prestador del servicio de salud. En este caso, el único reproche que podría
efectuarse contra la obra social es el de no reintegrar en tiempo y forma lo que el paciente ha tenido que abonar
para recibir la prestación autorizada.
(14) MOSSET ITURRASPE, Jorge, Responsabilidad civil del médico, Astrea, Buenos Aires, 1985, p. 114.
(15) TORRES, Rubén, "Mitos y realidades de las obras sociales", Isalud, Buenos Aires, 2004, p. 177.
(16) GREGORINI CLUSELLAS, Eduardo, "La obligación de seguridad en el contrato de medicina
prepaga", LA LEY, 1996-C, 236.
(17) Véanse, entre otros: CNCiv, sala K, 21/10/2014, "F., K. E. y otro c. Clínica Cruz Celeste S.A. y otros
s/ daños y perjuicios. Resp. prof. médicos y aux. Ordinario", DFyP 2015 (mayo), 205, La Ley online
AR/JUR/79531/2014; Cámara de Apelaciones en lo Civil y Comercial de 3a Nominación de Santiago del
Estero, 24/04/2013, "Galvan, Haydee Cristina y otros c. Rodríguez Arias, José A. s/ daños y perjuicios", La Ley
online AR/JUR/31868/2013; CNCiv., Sala J, 18/02/2014, "B., M. G. y otro c. Swiss Medical SA y otros s/
daños y perjuicios - resp. prof. medicos y aux.", RCyS 2014-IX, 101, La Ley online AR/JUR/500/2014;
CNCiv., sala B, 07/03/2013, "A., M. C. c. S., C. F. y otros s/daños y perjuicios", La Ley Online
AR/JUR/16001/2013.
(18) MOSSET ITURRASPE, Jorge, "Responsabilidad civil del médico", ob. cit., ps. 115 y ss.
(19) MOSSET ITURRASPE, Jorge, "Responsabilidad por daños. Responsabilidad de los profesionales",
Rubinzal - Culzoni, Santa Fe, 2001, t. VIII, p. 299.
(20) MOSSET ITURRASPE, Jorge, "Responsabilidad civil del médico", ob. cit., ps. 117.
(21) LORENZETTI, Ricardo L., "La empresa médica", Ed. Rubinzal Culzoni, Santa Fe, 1998, ps. 334 y ss.
(22) PICASSO, Sebastián, "Interesantes cuestiones de responsabilidad civil en un caso de transfusión de
sangre contaminada", RCyS, 2006, 548; y en La singularidad de la responsabilidad contractual, Abeledo-Perrot,
Buenos Aires, 2011, p. 201 y ss.
(23) BELISSENT, Jean, Contribution à l'analyse de la distinction des obligations de moyens et des
obligations de résultat, LGDJ, Paris, 2001, p. 472, n° 1163
(24) FAURE ABBAD, Marianne, Le fait générateur de la responsabilité contractuelle, Librairie Générale de
Droit et Jurisprudence, Poitiers, 2003, ps. 403/404.
(25) PICASSO, Sebastián, "Interesantes cuestiones de responsabilidad civil en un caso de transfusión de
sangre contaminada", RCyS, 2006, 548; y en La singularidad de la responsabilidad contractual, ob. cit., p. 29.
(26) SÁENZ, Luis R. J., "La responsabilidad de las clínicas, hospitales y demás establecimientos
asistenciales en el marco de la ley de defensa del consumidor", en PICASSO, Sebastián — VÁZQUEZ
FERREYRA, Roberto A., "Ley de Defensa del Consumidor. Comentada y anotada", La Ley, Buenos Aires,
2011, t. III, ps. 626 y ss.
(27) LORENZETTI, Ricardo L., "La empresa médica", ob. cit., p. 334.
(28) SÁENZ, Luis R. J., "Defensa del consumidor y los centros asistenciales", LA LEY, 2013-F, 505, La
Ley online AR/DOC/4404/2013.
(29) Ver voto del Dr. Sebastián Picasso en CNCiv., Sala A, 11/05/2012, "T., A. R. y otro c. Clínica Bessone
y otros s/ Daños y Perjuicios - Resp. Prof. Médicos y Aux.", LL 2012-E, 546, La Ley online
AR/JUR/25171/2012.
(30) Cám. 1a de Apelaciones en lo Civil, Comercial, Minas, de Paz y Tributaria de Mendoza, 06/02/2014,
"B., D. J. c. Clínica Francesa S.R.L. y otros s/ daños y perjuicios", DFyP 2014 (mayo), 243, La Ley online
AR/JUR/183/2014; CNCiv y Com Federal, sala II, 12/07/2013, "S. de G., A.V.y/o c. Centro Médico Galileo
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S.R.L. y otros s/ responsabilidad médica", La Ley online AR/JUR/61678/2013; Cámara 4a de Apelaciones en lo


Civil y Comercial de Córdoba, 06/06/2013, "D., S. F. y otros c. Municipalidad de la Ciudad de Córdoba s/
ordinario — daños y perj. - mala praxis — recurso de apelación", LLC 2013 (octubre), 1005, La Ley online
AR/JUR/33795/2013; Cámara de Apelaciones en lo Civil y Comercial de Mercedes, sala II, 21/08/2012,
"Ramasco, Alberto Luis y otro c. Centro de Educación Médica e Investigaciones Clínicas Norberto Q. s/
amparo", LLBA 2012 (diciembre), 1263, La Ley online AR/JUR/44150/2012.
(31) CSJN, 13/03/2001, "E., R. E. c. Omint S. A. de Servicios", La Ley 2001-B , 687: "Es aplicable el
régimen de defensa del consumidor -ley 24.240 - al contrato de cobertura médica celebrado con una empresa de
medicina prepaga, habida cuenta que se trata de un contrato de adhesión y de consumo (...) Las cláusulas de los
contratos de cobertura médica celebrados con empresas de medicina prepaga deben interpretarse a favor del
beneficiario, pues se trata de contratos de adhesión y consumo comprendidos en el régimen de defensa del
consumidor establecido por la ley 24.240" (del dictamen del procurador general que la Corte hace suyo).
(32) Nos referimos a Daños ocasionados por la prestación médico-asistencial, Ed. Hammurabi, Buenos
Aires, 1ra. edición, 2007.
(33) CHAMATROPULOS, Alejandro, "Defensa del Consumidor", en Chomer, Héctor — Sícoli, Jorge
(dirs), "Legislación usual comentada — Derecho Comercial", Ed. La Ley, Buenos Aires, 2015, Tt. IV, p. 121.
Destaca expresamente que "los entes estatales (o bien las empresas en las que el Estado tiene participación
accionaria) que producen bienes o prestan servicios se encuentran obligados al cumplimiento de la normativa
consumeril". Véase también en apoyo a esta postura, las conclusiones de la Comisión 8 de las XXIV Jornadas
Nacionales de Derecho Civil, celebradas en la Facultad de Derecho UBA, año 2013 (en especial, la conclusión
nro. 6).
(34) GHERSI, Carlos A. — WEINGARTEN, Celia, "Tratado de regulación de la empresa de medicina
prepaga", Ed. La Ley, Buenos Aires, 2012, p. 26.
(35) Para una mayor comprensión, véase: COURTIS, Christian, La aplicación de tratados e instrumentos
internacionales sobre derechos humanos y la protección jurisdiccional del derecho a la salud: apuntes críticos,
en Abramovich, Víctor (comp.) "La aplicación de los tratados sobre derechos humanos en el ámbito local: La
experiencia de una década", Editores del Puerto, Buenos Aires, CELS; Canadian International Development,
2006, ps. 703 a 750.
(36) SÁENZ, Luis R. J., "La responsabilidad de las clínicas, hospitales y demás establecimientos
asistenciales en el marco de la ley de defensa del consumidor", ob. cit., t. III, p. 629.
(37) LORENZETTI, Ricardo L., "La empresa médica", ob. cit., p. 355; ídem, Consumidores, Rubinzal
Culzoni, Santa Fe, 2003, ps. 102 y ss.
(38) Art. 3: "Relación de consumo es el vínculo jurídico entre el proveedor y el consumidor o usuario".
(39) Art. 1092: "Relación de consumo. Consumidor. Relación de consumo es el vínculo jurídico entre un
proveedor y un consumidor. Se considera consumidor a la persona humana o jurídica que adquiere o utiliza, en
forma gratuita u onerosa, bienes o servicios como destinatario final, en beneficio propio o de su grupo familiar o
social".
(40) SÁENZ, Luis R. J., "La responsabilidad de las clínicas, hospitales y demás establecimientos
asistenciales en el marco de la ley de defensa del consumidor", ob. cit., t. III, ps. 626 y ss. (véase especialmente
el apartado III).
(41) PICASSO, Sebastián, "Interesantes cuestiones de responsabilidad civil en un caso de transfusión de
sangre contaminada", RCyS, 2006, 548; y en "La singularidad de la responsabilidad contractual",
Abeledo-Perrot, Buenos Aires, 2011, p. 201 y ss.
(42) PICASSO, Sebastián, La singularidad de la responsabilidad contractual, ob. cit., 2011, p. 201 y ss.
(43) Efectuamos esta aclaración, puesto que gran parte de la doctrina nacional concluye que las
obligaciones a cargo del proveedor son de resultado, no pudiendo, por lo tanto, eximirse por su falta de culpa
(véase, en particular, los excelentes trabajos de: PICASSO, Sebastián, CComentario al art. 10 bis, en Picasso,
Sebastián — Vázquez Ferreyra, Roberto (dirs), "Ley de Defensa del Consumidor", Ed. La Ley, Buenos Aires,
2009, Tomot. I, p. 160; y CHAMATROPULOS, Alejandro, Defensa del Consumidor, en Chomer, Héctor —
Sícoli, Jorge (dirs), "Legislación usual comentada. — Derecho Comercial", ob. cit, ps. 349 y ss.).
(44) Este es el criterio que se adopta también en el Código de Defensa del Consumidor de Brasil, en la cual,
en art. 14, párrafo. 4, dispone: "El prestador de servicios es responsable, independientemente de la existencia de
culpa, por la reparación de los daños causados a los consumidores por defectos relativos a la prestación de

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servicios, así como por informaciones insuficientes o inadecuadas sobre su uso y riesgos (...) 4.- La
responsabilidad personal de profesionales liberales será definida bajo verificación de culpa". Véase también

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