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Una de mis fascinaciones cuando empecé a leer era la transparencia con la que los personajes

hablaban. Eran sinceros incluso cuando no era políticamente correcto, manifestaban sin pudor su
insatisfacción, le deseaban el mal a sus parejas, madres o padres, jefes, amigos; y, en muchos
casos, ejecutaban ellos mismos el mal deseado. En mi adolescencia esto fue un descubrimiento
sugestivo a mis propios pensamientos ocultos, esos de los que llegaba a avergonzarme por la culpa
ante el gran dedo señalador de la sociedad.

En mis primeras lecturas serias encontré escape a mis “malos pensamientos”; hallé, pues, ese
espejo del que tanto se habla cuando se intenta definir la literatura. Leí por esos años Diario de un
hombre feliz, de Darío Jaramillo Agudelo. Su protagonista era un hombre feliz porque había
asesinado a su esposa, quien era exasperante, por cierto. Recuerdo mi sonrisa dibujada a medida
que el hombre narraba su satisfacción. Yo también fui feliz.

En eso de feminicidios también leí el El Túnel. La sinceridad “descarada” de Juan Pablo Castel fue
hipnotizante. Además, este libro de Ernesto Sábato fue el primero libro que compré sola, sin
recomendaciones de terceros, sin conocer la fama consolidada de su autor.

Y de El mal de Portney, de Phillip Roth, el cual leí a muy temprana edad, solo recuerdo el asombro
al descubrir que se pudiera hablar en términos nada sublimes de la madre. Una relación conflictiva
que luego encontraría presente en variadas formas en tantas lecturas.

Con el tiempo descubrí que más allá de recordar anécdotas o tramas, lo que más me dejaban los
libros eran sensaciones. De Roth y su Mal recuerdo las sacudidas que me produjo. Eso es lo que
tengo que decir sobre su muerte. Eso y releerlo será mi homenaje.