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EL IMPERIALISMO

La era del imperialismo en América Latina Escribe: Leandro Sessa

La era del imperialismo constituyó el marco de la decisiva incorporación de América Latina a la economía mundial capitalista. Este
proceso produjo transformaciones fundamentales en todo el subcontinente: por un lado, consolidó el perfil agro-minero
exportador de su economía; por otro lado, esa orientación profundizó las diferencias regionales, en función de las diversas “vías
nacionales” a través de las cuales se llevó a cabo. Fue en esta era, también, cuando se despertaron las más intensas expresiones
de búsqueda de una identidad latinoamericana y nacional, recortada frente a los imperialismos que la amenazaban. Es síntesis,
este territorio histórico condensa problemáticas decisivas para América Latina.

Las apetencias de las economías europeas, en este período de crecimiento de las economías industrializadas y de expansión sobre
nuevos territorios, encontraron en América Latina un espacio propicio para la obtención de materias primas y un mercado en
crecimiento para la colocación de productos de elaboración industrial. Frente a ese contexto, las oligarquías locales buscaron
incrementar la producción agrícola y minera para su exportación. Lo hicieron sobre la base de la estructura de los grandes
latifundios o haciendas, de las que eran propietarias. Así, consolidaron un modelo de crecimiento económico basado en la
especialización productiva, en la explotación extensiva y en la dependencia de los mercados exteriores.

El contexto era propicio para que las oligarquías dejaran atrás las viejas disputas faccionales y coordinar desde el Estado las tareas
necesarias para la definición de una economía orientada hacia el exterior. Esto suponía la integración del territorio nacional y el
avance sobre nuevas tierras para sumarlas a la producción exportable; además era necesario solucionar, en algunas regiones, el
problema de la escasez de mano de obra, y resolver la necesidad de contar con capital e infraestructura para agilizar la producción
y fundamentalmente la comercialización. Si las primeras tareas podían ser encaminadas a partir de la construcción de la gestión
estatal (lo cual incluía la administración de la violencia por parte del Estado, necesaria para la reducción o incorporación de las
poblaciones originarias al área de influencia de la “economía europea”), y en algunos casos resultó importante el fomento de la
inmigración, las inversiones que se requerían para el transporte y la comercialización le aseguraron a las economías imperiales
algo más que el papel de compradores. Así, principalmente el capital inglés se posicionó, fundamentalmente a través de la
inversión en ferrocarriles y del control del sistema financiero, como una presencia tutelar del crecimiento de las economías de los
países latinoamericanos y de la orientación de sus elites gobernantes.

La consolidación de una estructura estatal resultó fundamental para la integración del territorio nacional y para definir las bases
institucionales necesarias para el funcionamiento del modelo primario exportador. Este proceso tuvo diferentes ritmos y etapas
en los diversos países del continente. Allí donde la demanda internacional coincidía con las posibilidades que ofrecían los suelos,
las oligarquías pudieron negociar o imponer su predominio sobre otras facciones, y consolidar el poder del Estado. Lo hicieron a
partir de una alianza de hecho con el capital extranjero, que ocupó un lugar fundamental en el financiamiento a través de
préstamos, que inauguraban una larga historia de endeudamientos.

De acuerdo al tipo de producto primario que cada región podía ofrecer, se hacía necesaria la ocupación de regiones que, en
algunos casos, habían permanecido al margen, incluso durante los siglos de dominación colonial. En el caso de México y Argentina,
por ejemplo, la consolidación del poder estatal estuvo ligada al sometimiento de las poblaciones originarias a través de campañas
militares que llegaron a producir el exterminio de poblaciones enteras. Este fue el caso de la llamada “Conquista del Desierto”
encabezada por el presidente argentino Julio A. Roca. A través de una excursión militar hacia lo que, con eufemismo, se
denominaba “desierto”, el Estado incorporó a la economía nacional, orientada a la exportación de productos demandados por los
centros industrializados, como lana, carne o cereales, miles de kilómetros de la Patagonia.

La especialización productiva que produjo el modelo agro minero exportador hizo que los sectores encargados del control del
Estado fuesen aquellas elites provenientes de las regiones más favorecidas por esa redefinición de la economía. En Brasil, por
ejemplo, la demanda de los mercados internacionales reorientó el predominio de la actividad económica hacia las regiones del
sur, que expresaban el avance del café y la ganadería, por sobre las tradicionales producciones de azúcar y algodón.

En general, las oligarquías que comandaron este proceso de consolidación de los Estados Nacionales, lo hicieron guiados por el
espíritu “civilizatorio” que acompañaba las excursiones hacia territorios que antes estaban fuera del alcance estatal. Las consignas
de “orden y progreso” o “paz y administración” resultaron lemas característicos que sintetizaban la ideología positivista que
sustentaba la acción “modernizadora” en lo económico, pero profundamente conservadora en lo político. El control del aparato
estatal, y la exclusión política y social de las mayorías, resultaron rasgos centrales de la consolidación del orden oligárquico, tal
como lo estamos describiendo.

Sin embargo, no siempre las oligarquías lograron acuerdos que les permitieran neutralizar las viejas disputas faccionales, ni
tampoco en todos los países el Estado consolidó rápidamente una estructura capaz de controlar todo el territorio y transformarlo
en función de la nueva orientación de la economía. En algunos casos, regiones enteras quedaron al margen porque siguieron
siendo poco valoradas en términos económicos, o porque el crecimiento no alcanzó a incorporarlas. En otros casos se conformaron
verdaderas economías de enclave, en donde las empresas de capitales extranjeros controlaban no sólo la producción sino también
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la comercialización y el abastecimiento de los productos consumidos por los trabajadores. Este era el paisaje de la explotación del
azúcar en las islas del Caribe, pero también el del salitre en el norte de Chile, la minería boliviana y el azúcar en el norte peruano.

Allí donde el Estado no logró tener presencia, la exploración de nuevos territorios quedó en manos de emprendedores, que
pudieron construir así sus propias riquezas.

Pero en esos años finales del siglo XIX asomaría en el continente una sombra imperialista que a la postre se revelaría como algo
más palpable que un espectro. La presencia de EEUU se hizo cada vez más potente a partir de su creciente protagonismo en las
disputas por los mercados de capital y las fuentes de materias primas. La emergente potencia imperial del norte había procurado
posicionarse desde principios del siglo XIX como “hermano mayor” de sus “débiles” vecinos, para resguardarlos de la posibilidad
de recaer en las “garras” coloniales. El marco ofrecido por la Doctrina Monroe, sancionada en 1823, invocaba el principio soberano
de “América para los americanos”, pero establecía de hecho la incumbencia norteamericana en el ámbito continental.

EEUU impulsaba ahora, en “la era del imperialismo”, una traducción de su liderazgo continental por medio de la promoción de
Conferencias que buscaban unir a todos los Estados Americanos. La primera de esas reuniones, convocada en Washington, en
1889, puso en evidencia la intención de los norteamericanos de propiciar acuerdos comerciales y unificar las normas jurídicas para
potenciar su penetración económica en el continente, en el marco de su proyecto “panamericano”. Esa posición de liderazgo en
la promoción de una organización de escala continental sería pronto reafirmada a través de la participación en gestiones para
dirimir conflictos entre los países latinoamericanos y las viejas potencias imperiales europeas, que aún conservaban su presencia
en el continente. Así, la gestión diplomática en ocasión de las disputas entre Venezuela y Gran Bretaña por el límite de la Guyana,
en 1897, sería un antecedente para que luego EEUU interviniera decisivamente en el proceso de independencia de dos islas que
constituían los últimos bastiones del viejo imperio español. Principalmente Cuba, aquel emporio de la colonia, constituía un
espacio estratégico en el área del Caribe, de singular interés para los norteamericanos. De allí que EEUU ofreciera, además de la
diplomacia, su apoyo militar a los ejércitos rebeldes que luchaban por la independencia. La declaración de guerra a España, en
1898, tras un incidente con un barco de bandera norteamericana, decidió el definitivo retroceso del colonialismo ibérico, y al
mismo tiempo inauguró la era del imperialismo norteamericano, a través de la ocupación de Cuba y Puerto Rico, botines de la
Guerra ganada. Si bien la primera de estas dos islas declararía su independencia formal, la enmienda Platt, incorporada al texto
constitucional de la nueva República, cedía a EEUU parte del territorio y el derecho a la intervención.

Aunque las iniciativas vinculadas con el proyecto panamericano no se detuvieron y se organizaron nuevas reuniones rebautizadas
como Conferencias Interamericanas, con el comienzo del siglo XX EEUU acentuaría su estrategia de intervención en el continente
con menos diplomacia y más “garrote”. Esa impronta de la política exterior era el espíritu del llamado corolario Roosevelt de la
Doctrina Monroe, a través del cual el nuevo presidente norteamericano Theodore Roosevelt admitía la necesidad de propiciar una
política más agresiva de defensa continental, frente a la debilidad que mostraban muchos gobiernos para enfrentar las amenazas
de las potencias extracontinentales.

El desorden financiero de los Estados de América Latina, que supuestamente los colocaban en una situación de debilidad frente a
los acreedores europeos, comenzó a ser considerado, también, un motivo de intervención. A nadie escapaba el hecho de que
detrás de esta política de protección continental se encontraban los intereses imperialistas de Norteamérica. Esto se pondría de
manifiesto en torno de la independencia de Panamá en 1903. EEUU había intentado negociar con Colombia la sesión de una parte
de su territorio, considerado propicio para la construcción de un canal interoceánico. Fracasados los intentos diplomáticos,
Roosevelt decidió el apoyo a los ejércitos independentistas, que garantizaron la cesión a EEUU del territorio donde, luego de
declarada la “independencia”, comenzaría a construirse el Canal.

La invocación del corolario Roosevelt de la Doctrina Monroe sería también el pretexto del desembarco de marines
norteamericanos en Santo Domingo en 1905, frente a la amenaza de un levantamiento armado opositor, y de una intervención
en Cuba, amparada en la enmienda Platt, en 1906. Esos hechos desplegados bajo la llamada “política del garrote” consolidaron la
presencia de EEUU en el Caribe, que acompañó el incremento de las inversiones norteamericanas, y la consiguiente especialización
de las economías caribeñas en la producción de alimentos para la exportación a su “protector”.

La conexión entre la agresiva política exterior norteamericana y los intereses económicos se hizo más explícita bajo el gobierno
de William Taft (1909-1913). Su política exterior hacia América Latina, conocida como “diplomacia del dólar”, se fundaba en laidea
de que no sólo constituía una amenaza la presencia de otras potencias, sino también la influencia de actores económicos ajenos
al continente. En ese marco se produjeron intervenciones de EEUU en Honduras, Haití y Nicaragua, entre 1909 y 1912, que
aseguraron el predominio de las empresas de origen norteamericano.

Con la llegada al gobierno de EEUU del primer presidente demócrata en “la era del imperialismo”, Thomas Woodrow Wilson (1913-
1921), se despertaron expectativas en torno de la proclamación del fin de las políticas agresivas hacia el continente. Sin embargo,
rápidamente las acciones de los marines desmintieron los discursos democráticos. El primer escenario de una nueva intervención

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norteamericana sería el convulsionado vecino del sur, al que ya se le había arrebatado medio siglo antes una parte de su territorio:
México. El desembarco en el puerto de Veracruz, en 1914, justificado por la detención de tropas norteamericanas en Tampico,
produjo una reacción defensiva por parte del gobierno encabezado por Victoriano Huerta, surgido de la Revolución que había
comenzado en 1910. Si bien las tropas norteamericanas permanecieron durante seis meses en Veracruz, la respuesta mexicana
expresaba un principio de autodeterminación y de rechazo a la intervención de EEUU, que ya se encontraba extendido en buena
parte de los países del continente.

Centroamérica continuó siendo el escenario principal de la influencia imperialista norteamericana: un nuevo desembarco de
tropas estadounidenses en Haití, en 1916, se traduciría en una ocupación que perduraría durante dieciocho años; en República
Dominicana, la intervención concretada ese mismo año daría lugar al control del país durante los ocho años siguientes. Sin
embargo, esa agresiva política imperialista en el continente, y en particular en Centroamérica, había engendrado también una
expresión latinoamericanista, que comenzaba a ser cada vez más claramente asociada con un contenido antiimperialista.

En torno de la intervención norteamericana en la independencia de Cuba, José Martí había denunciado el imperialismo
norteamericano en el continente, ofreciendo una visión sobre los peligros que engendraban sus intereses económicos. Esa postura
afirmaba la necesidad de fortalecer la unidad del continente, sintetizada en la expresión “Nuestra América”, título de un ensayo
político-filosófico escrito por Martí en 1891.

En el campo artístico, filosófico y literario el movimiento estético denominado Modernismo, cuyo representante más notable fue
el poeta nicaragüense Rubén Darío, le daba forma, también en esos años, a una búsqueda identitaria recortada frente a lo
norteamericano, que rescataba la herencia hispana y católica de la cultura latina frente a la anglosajona.

Esa veta de la expresión artística fue recogida y amplificada por medio de la trascendencia que alcanzó entre los intelectuales del
continente la obra Ariel del escritor uruguayo José Enrique Rodó, publicada en 1900, que definió en términos de contraste la
condición “espiritual” de la cultura hispano americana, frente al carácter “materialista” de lo anglosajón. Más allá del contenido
elitista que contenía el planteo de Rodó, su recepción daba cuenta de una vocación extendida en el continente que buscaba
reemplazar el dogma cientificista que había predominado en las clases dirigentes, por nuevas representaciones sobre lo nacional
y lo continental. Esta búsqueda daba lugar a diferentes expresiones en las que lo nacional se podía pensar tanto a través de las
referencias a lo católico, como en torno de reivindicaciones de lo indígena o la condición “mestiza” del continente, en términos
raciales, pero también culturales. La veta martiniana de una identificación identitaria de lo latinoamericano recortada frente al
imperialismo, sería recuperada por algunos intelectuales con presencia y renombre en el continente, como los argentinos Manuel
Ugarte y José Ingenieros. En particular el primero de ellos sería uno de los más reconocidos promotores de la unidad
latinoamericana y de la necesidad de enfrentar el “imperialismo yanqui”, consignas que difundió a través de incansables viajes y
conferencias, fundamentalmente entre miembros de nuevas generaciones que provenían de sectores medios ilustrados.

Estas diversas expresiones de una incipiente ideología que hurgaba en la identidad y en el contenido de “lo latinoamericano” y
que se relacionaban con un antiimperialismo defensivo, estaban creando también la idea de Latinoamérica, de su unidad e
identidad.

La emergencia de este proceso no puede comprenderse sin tener en cuenta que se estaba produciendo un resquebrajamiento del
poder monolítico que habían construido las oligarquías aliadas con el imperialismo. Las tensiones internas del orden oligárquico
habían comenzado a producir grietas en las sociedades latinoamericanas. En ellas asomaron demandas, tanto de quienes
emergieron a partir de la incorporación de América Latina al capitalismo internacional (los sectores medios urbanos y un incipiente
proletariado), como de aquellos que habían sido desplazados de sus tierras o formaban parte de regiones que habían quedado
marginadas del crecimiento hacia el exterior. Confluyeron así en la desestabilización del orden oligárquico construido en la era del
imperialismo, las contradicciones que había engendrado. Se abriría entonces un nuevo escenario para la política, en donde
ganarían protagonismo los discursos y los movimientos nacionalistas y antiimperialistas, junto con otros clasitas e
internacionalistas, que disputaban las representaciones sobre lo nacional y buscaban torcer las estructuras políticas y económicas
que sustentaban la exclusión de las mayorías. Sin embargo no se cerrarían con estos cambios las intervenciones imperialistas en
el continente, acaso porque quedaban sin resolución las contradicciones y conflictos generados durante este período, en el que
se produjo la decisiva incorporación de América Latina a la economía mundial capitalista.

FUENTE: http://carpetashistoria.fahce.unlp.edu.ar/carpeta-1/el-imperialismo/america-latina

¿CUÁL ES LA REALIDAD DE LOS PUEBLOS INDÍGENAS EN EL PERÚ?

Rocío Silva Santisteban, titular de la CNDDHH, invocó al Gobierno que el tema indígena no se oculte; al contrario, hay que
ubicarlas, dijo, en el centro de debate.

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Redacción

Oswaldo Palacios

11 de agosto del 2013 - 8:09 PM

En América Latina habitan más de 400 pueblos indígenas. Se estima que viven 46 millones en la región. De acuerdo con las cifras
del Censo de Población y Vivienda 2007 del INEI, la población indígena en el Perú asciende a más de cuatro millones de
habitantes.

Los indígenas de nuestro país son la cara más expresiva de la pobreza. El 75% de ellos perciben ingresos menores a dos dólares
diarios. Esta condición socioeconómica demuestra, según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), que ser indígena equivale
a ser pobre.

La secretaria ejecutiva de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos (CNDDHH), Rocío Silva Santisteban, subraya que “la
población indígena ha sido maltratada y ninguneada desde la época virreinal”. Este cuadro de injusticia histórica es subproducto
—indica la activista en una entrevista ofrecida a RPP Noticias— de un modelo de desarrollo basado en el neoextractivismo.

La autora de "Ese oficio no me gusta" explica que el neoextractivismo orienta la economía hacia actividades de explotación de la
naturaleza para la obtención de recursos dirigidos a la exportación. “Este modelo de exportación de materias primas se agota
demasiado rápido”, advierte. En los hechos, afirma también la poeta peruana, las actividades extractivas generan efectos
desequilibrantes en materia socioambiental.

El Latinobarómetro 2011, capta que hay elevados niveles de percepción de la existencia de discriminación racial en varios países
de la región. El 39 por ciento de los peruanos, según ese estudio, cree que son discriminados por raza. Al respecto, la también
docente universitaria refiere que los grandes problemas que afectan a las comunidades indígenas no podrán superarse si no se
enfrenta esta indiscriminación inadmisible.

Silva Santisteban recordó, a la vez, la expresión que lanzó el expresidente Alan García Pérez en contra de los pueblos originarios,
a quienes calificó de “perro del hortelano”. “El perro del hortelano fue percibido, desde los pueblos indígenas, como lo más
excluyente e insultante”, apuntó.

“Este gobierno (que preside Ollanta Humala), sigue el piloto automático del perro del hortelano”, manifiesta más adelante la
escritora.

En otro momento, la titular de la CNDDHH cuestionó al mandatario de la República por desconocer la existencia de pueblos
indígenas en los Andes. “Es absolutamente absurdo que el presidente Humala Tasso diga que los únicos pueblos verdaderamente
indígenas son los nativos y los nativos no contactados”, mencionó enérgica.

“Lo nativos no contactados están saliendo de los espacios de la selva virgen, porque están siendo cercados por este Estado que
está planteando todo un paradigma de desarrollo en beneficio de las grandes empresas extractivas”, asegura.

Rocío Silva sostiene, además, que la política de inclusión social que ha emprendido el Ejecutivo se fundamenta “en el paradigma
del hombre blanco occidental”. Este “modelo sesgado”, dice, supone, por un lado, el consumo ilimitado e irracional y, por otro,
erosiona la relación entre el hombre y la naturaleza.

“Tenemos que ampliar la visión de los modelos de desarrollo. Y, uno que plantean los pueblos indígenas es ese vínculo directo
con la tierra, que es algo que el mundo urbano ha perdido”, comenta.

Sobre el particular, organismos internacionales, entre ellos la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL),
alertan que los patrones de desarrollo de muchos países de esta parte del mundo ponen en peligro las instituciones culturales
de los pueblos indígenas.

La ONU calcula que, actualmente, existen a escala global entre 6 mil y 7 mil lenguas. Cerca del 97% de la población mundial habla
el 4% de los idiomas, mientras que sólo un 3% habla el 96% restante. No obstante, cerca del 90% de los idiomas podría

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literalmente desaparecer en los próximos 100 años a causa de la exclusión y la discriminación por parte de los Estados y sus
autoridades.

“Los Estados y los Gobiernos tienen que entender que somos una población heterogénea; y que por lo tanto, se tiene que legislar
y concebir políticas públicas desde esa perspectiva”, opina la defensora de los derechos humanos.

Rocío Silva Santisteban invocó a los partidos políticos y al Gobierno que el tema indígena no se oculte; al contrario, hay que
ubicarlas —dijo— en el centro de debate y encararlas a través de políticas públicas concretas.

FUNT: http://rpp.pe/politica/actualidad/cual-es-la-realidad-de-los-pueblos-indigenas-en-el-peru-noticia-621192

IDENTIDAD NACIONAL

Todos somos dueños de una identidad y eso es incuestionable; sin embargo, no todos nos sentimos orgullosos de ella, ni la
vivimos plenamente. Pertenecemos al estado peruano, vivimos en su territorio y estamos regidos por sus leyes. Pero, ¿vivimos,
los peruanos, dentro de una nación? definitivamente, no.

Antes de desarrollar los principales factores que nos alejan del referente de nación, es necesario reflexionar acerca de qué
entendemos por identidad nacional. Según el historiador y filósofo Bernardo Subercaseaux, está comprendida por el conjunto
de rasgos relativamente fijos, que se relacionan a cierta territorialidad, a la sangre y al origen, como una esencia inalterable
formada por un pasado remoto. Para la psicología social, es el reflejo del inconsciente colectivo que se expresa en diversas ideas
y acciones sociales; y se transmite de forma genética de generación en generación, obviándose el proceso de aprendizaje y
socialización (Carl Jung). Sin embargo, bastará con entender la idea de identidad que plantea Gissi (1987:51) para comprender
la magnitud del problema que afrontamos: “La identidad es la respuesta a la pregunta ¿quién soy yo?”.

PRINCIPALES CAUSAS

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El Perú es un país que posee una diversidad cultural, pero, a pesar de esto, sigue difundiendo una falta de identidad. La llamada
“identidad nacional” no es una sumatoria de identidades múltiples, y es aquí donde radica el problema. Sumar identidades
regionales fuertes no resulta en una identidad fuerte, mucho menos en un país que se caracterice por una composición étnica y
muy heterogénea. Las diversas formas de cultura que se van formando en nuestro país nacen bajo la hegemonía de una
orientación extranjerizante. También están la destrucción de todas las formas de culturas del Perú a través de malos programas
de televisión, la desaparición de la enseñanza del arte peruano en las universidades, una cultura chatarra que es la que se difunde
ampliamente en el país con la indeferencia hacia el Estado. Todo esto hace que el peruano se olvide de sus raíces y empiece a
adoptar costumbres extranjeras. Así mismo, la ausencia de proyectos que inviertan en la difusión de nuestra cultura hace que
esta pueda llegar a desaparecer, produciéndose, así, un asesinato cultural, un etnocidio.

Algunos de los antecedentes históricos de esta situación son la conquista española y la guerra con Chile. La invasión constituye
un factor de ruptura en el proceso histórico de las regiones andinas, un acontecimiento que puso fin a un largo periodo de
desarrollo autónomo y que marcó el inicio de un largo periodo de devastadora presencia hispánica. La sociedad andina sufrió un
proceso de desestructuración a todo nivel, incluido el de las subjetividades. La imposición del catolicismo cambio las formas de
manejar la economía. Todo esto afecto, de manera directa a la sociedad, y, así, poco a poco, el país fue adoptando costumbres
extranjeras. Por otro lado, la Guerra del Pacífico fue, sin lugar a duda, un quiebre muy fuerte. En el Perú, a partir de la Guerra
del Pacífico hay una visión muy crítica de nuestro pasado republicano. Durante la guerra con Chile, todos los peruanos se
levantaron en protesta y se identificaron con su patria y salieron adelante, sintiéndose identificados con su país. Pero, luego de
que la guerra terminó, los peruanos sintieron que su esfuerzo fue en vano y sintieron que su país no era lo suficientemente
bueno. Con esto, se perdió toda identificación que algún peruano pudiese tener con su patria.

Por otra parte, algunas otras causas que provocaron el fenómeno de falta de identidad son la alineación hacia países
desarrollados y la pluriculturalidad. La alienación es una causa muy importante, pues el país pierde su identidad al querer imitar
a otras culturas, ya que piensan que son mejores al tener un mejor desarrollo y una mejor economía y no valoran su propia
diversidad cultural. Otra de las causas es la pluriculturalidad que se da, ya que el Perú es un país que posee diversas culturas. En
él, coexisten diversos grupos producto de las diferentes culturas andinas y amazónicas que existen y que existieron. El pueblo
peruano debe reconocer y aceptar esta diversidad, así como también la existencia de varias lenguas. Esto debe originar un mutuo
respeto entre las personas hacia las culturas que coexisten la pluriculturalidad del Perú. El Perú es un país cuya realidad social es
pluricultural, plurietnica y multilingüe. En este sentido, el Perú, debe aprovechar esta pluriculturalidad y diversidad étnica, ya
que constituyen una potencialidad, formulando políticas inclusivas. El abandono casi total de proyectos peruanos integrales que
ayuden a manejar bien esta pluriculturalidad ha originado esta falta de identidad nacional en los peruanos.

Por todo esto el Perú de hoy en día no se encuentra identificado con su patria. El problema actual de esta situación es no aceptar
que somos un país con una cultura muy diversa, el querer imponer la idea de una sola cultura, solamente provoca confusión y
desorden en la búsqueda de una identidad. Todo este tema se ve reflejado, en parte, en aquellos jóvenes que se van del país,
dando como perdedora a su propia nación. En conclusión, existen muchos más factores que causan esta falta de identidad, pero
el más importante es la falta de interés de los peruanos.

PRINCIPALES CONSECUENCIAS

Son diversos los acontecimientos de nuestra historia que han contribuido a que no acabemos de forjar una sólida identidad
nacional: por un lado, en nuestro inconsciente colectivo, persiste la idea del sometimiento; y, por el otro, no sabemos lidiar con
nuestra heterogeneidad. Actualmente, somos el reflejo de aquella desintegración; y sus principales consecuencias las
encontramos en nuestro espíritu derrotista y nuestros fuertes prejuicios raciales. “Existe un discurso no formalizado, una imagen
de nación que se ha hecho sentido común pero que no se expresa como discurso político. Una imagen al espejo: los peruanos
somos perdedores” (Sandro Venturo 2001:75). Es esta una grave consecuencia intrínseca con la que cargamos todos los peruanos
debido a la falta de compromiso nacional que nos caracteriza. Ese espíritu derrotista que se ha apoderado de nosotros; y no nos
deja sentir orgullo de lo que somos actualmente. Los peruanos hacemos al país, pero nuestras aspiraciones son pobres; por
tanto, el futuro que nos espera es bastante incierto. La poca identificación nacional dificulta enormemente la realización de
proyectos a largo plazo y, por ello, el éxito se ve bastante lejano a nuestra realidad.

Por otro lado, hasta el día de hoy, persisten las ideas arcaicas de las desigualdades por causas raciales, ideas que nos condenan
a un estado sin integración y con una fuerte exclusión social. Estamos atados a nuestros prejuicios aunque no lo queramos
admitir muchas veces. “La reivindicación indígena carece de concreción histórica mientras se mantiene en un plano filosófico o
cultural. Para adquirirla -esto es, para adquirir realidad, corporeidad- necesita convertirse en reivindicación económica y política
(…)” (José Carlos Mariátegui 1963). Aquella frase de Mariátegui debería ser anacrónica para nuestra época; sin embargo, aun no
pasamos aquella brecha y la discriminación es algo de todos los días. Un país que busca convertirse en nación debe comenzar
por dar igualdad de derechos y oportunidades a todos sus habitantes. Y es aquella marcada desunión la que nos quita fuerza y
nos aleja de la idea de nación.

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En conclusión, para llegar a obtener un cambio real es necesario modificar nuestro modo de pensar. Debemos dejar de vernos
como perdedores y dejar de sentirnos superiores o inferiores. Solo cuando dejemos de cargar con las consecuencias de nuestro
pasado podremos tener una próspera visión del futuro. Tenemos lo necesario para conformar un país desarrollado, pero
nuestros prejuicios y complejos nos lo impiden.

POSIBLES SOLUCIONES

La memoria es importante para la cultura de un pueblo, ya que permite conservar información y experiencias ocurridas
anteriormente. Se ha afirmado que existe la conciencia del ser peruano; sin embargo, hay que aprender a gerenciar, cabalmente,
a nuestro país. El Perú, país de distintos rasgos, construye su identidad en la fragmentación. “El Perú es producto de muchas
identidades. ¿Cómo entonces establecer una identidad? La educación debe profundizar en el conocimiento de lo que somos y
no las ideologías que han sido creadas para la exclusión” (Carrillo 2005:26).

Tomando en cuenta los problemas y consecuencias existentes en nuestra patria, una buena enseñanza de nuestra historia en las
escuelas aparece como la mejor solución al problema de identidad. Los alumnos deben estudiar temas que desarrollen sus áreas
cognitivas, afectivas y sociales. Para el logro de esto, se requiere que el alumnado trabaje temas concernientes a su región, de
modo que potencialice su sentido de identidad y conciencia ciudadana. Además de ello, es necesario la aplicación de talleres de
sensibilización, cuyo objetivo es que los alumnos busquen posibles soluciones a las anomalías históricas estudiadas en clase y la
superación de resentimientos sociales heredados como el terrorismo. Finalmente, se debe aplicar fichas pedagógicas que
desarrollen los puntos más esenciales de nuestra historia y así evitar textos memorísticos altamente disfuncionales (Carrillo
2005:) “Nuestra historia no debe ser un pasatiempo de hechos vividos, sino debe ser analizada y criticada para planificar un
mejor futuro [...] la historia construye y desarrolla la conciencia de identidad de un pueblo” (Carrillo 2005:65).

Las consecuencias de cómo gerenciar nuestro país en este mundo globalizado, también repercuten en nuestra identidad. Basadre
comentó: [...] aunque es tan rico y complejo el pasado del Perú, lo que importa, sobre todo, no es lo que fuimos sino lo que
podamos ser. (Carrillo 2005:69) De esta forma, una cosa es la identidad como autodescripción consciente a un grupo cultural
determinado, y otra el conglomerado de influencias culturales que han contribuido a formar nuestra manera de relacionarnos
(Ansión 2001:65). Por ello, el Estado debe intervenir, responsablemente, en la patentación de aquellos productos que formen
nuestra identidad y que con la globalización han adquirido un mayor interés comercial como la gastronomía, artesanía, textilería,
música, etc. De igual manera, se debe actuar con la promoción interna y protección de nuestros circuitos turísticos, de modo
que los peruanos, a un bajo costo, conozcamos nuestra patria tal como sucede en México. El deporte, bien gestionado, también
enriquece la identidad. Desarrolla física y mentalmente a la nación, así como en el crecimiento de una autoestima peruana
colectiva.

En nuestro país, la gestión de la biodiversidad animal, vegetal y mineral influyen en la formación de identidad de los habitantes.
La acuicultura es uno de los econegocios de mayor demanda global. Un ciento de la comida marina consumida en el mundo
proviene de granjas de conchas y peces. Esto, en nuestro país, abunda. Sin embargo, no son aprovechados al máximo (Brack
2004:173). De este modo, se hace necesaria la participación estatal y de organismos pertinentes para el incremento de desarrollo
de estas áreas. Cuidando estos aspectos, el país fortalecerá su diversidad cultural, habrá una mayor identificación en la población
con estos recursos y, por ende, un mayor interés por el cuidado y crecimiento de lo nuestro.

Se dice que el Perú de hoy está progresando; no obstante, aún no se hace lo necesario para obtener un recurso humano de
calidad y productivo. Se necesita invertir en educación para generar desarrollo. De lo contrario, seguiremos eligiendo malos
gobernantes, siendo cómplices de su corrupción y aceptando la subordinación. Nuestro país, rico en su diversidad cultural, nos
brinda identidad y personalidad frente a otras naciones. Aprovechemos esta ventaja y aprendamos a conocerla, amarla y
defenderla.

FUNTE: http://identnac.blogspot.pe/

CONCEPTO Y REALIDAD ACTUAL DE LA CIUDADANÍA

Publicado: 28 abril, 2012 en Filosofía


Etiquetas: Ciudadanía, Ciudadanía Social, Demandas de Redistribución, Estado del bienestar, Filosofía
Política, Fraser, Marshall, Quesada

El concepto de ciudadanía está en el centro de la filosofía política. La estabilidad e integración de las sociedades democráticas
depende no solo de sus instituciones, sino de las disposiciones y actitudes de sus miembros respecto a lo público y de la
convivencia y cooperación entre ellos.
Antes que nada hay que preguntar que es un ciudadano. Podemos fijar la aparición del concepto moderno de ciudadanía en el
período de la Revolución Francesa. Es entonces cuando el significado de ciudadano deja de ser el de un súbdito libre de un
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soberano, situado bajo su obediencia y protección, y adquiere un nuevo sentido que en lo esencial es el actual. Podemos distinguir
tres aspectos en esta nueva ciudadanía:
 Los ciudadanos son sujetos considerados iguales legalmente, y ya no diferenciados por privilegios derivados del lugar,
corporación o estamento en el que se ubican.
 La ciudadanía tiene una dimensión política: el ciudadano es un sujeto político que participa, siquiera sea a través de sus
representantes, en la creación de normas y el gobierno de asuntos públicos.
 Es una condición nacional-estatal. El ciudadano forma parte de una entidad colectiva, la Nación o el Estado, que comprende al
conjunto de los ciudadanos y tiene una identidad propia.
Muchos estudiosos distinguen tres dimensiones de la ciudadanía actual:
1. La de los derechos. Es un estatus legal. Ser ciudadano es ser titular de ciertos derechos con los deberes correspondientes.
2. La de la participación. Es una condición política. Lo que define al ciudadano es su capacidad de intervenir en los procesos políticos
y formar parte de las instituciones públicas de gobierno de la sociedad.
3. La de la identidad o pertenencia. La ciudadanía se entiende como pertenencia a una comunidad singular, ordinariamente
identificada por una historia y unos rasgos étnicos o culturales propios.
Estos tres aspectos solo son separables analíticamente, hay relaciones complejas entre ellos. Por ejemplo, la atribución de los
derechos puede ser determinada por la definición que se adopte de la identidad nacional y el tipo y la extensión de los derechos
atribuidos al ciudadano configuran el significado y alcance político de la ciudadanía.
Entre las cuestiones que se plantean hoy respecto de la ciudadanía podemos destacar tres: Las relacionadas con la complejidad,
estratificación y pluralidad de la ciudadanía. Es problemática la apertura de la ciudadanía tanto hacia adentro (admisión y exclusión
del espacio cívico) como hacia afuera (ampliación en una dirección cosmopolita). Importa la calidad de la ciudadanía como
condición de la estabilidad y el bienestar de las sociedades democráticas.

Ciudadanía, igualdad e identidad plural

El modelo unitario y universalista de ciudadanía nacido de las revoluciones del siglo XVIII define a ésta como un estatus de igualdad.
El principio básico de la ciudadanía contemporánea es que en el ámbito de la comunidad política todos los sujetos que tienen la
condición de ciudadanos son iguales ante la ley, con independencia de su estatus y circunstancias en otros ámbitos y niveles no
políticos, como el sexo, linaje, domicilio, etc. Y esa abstracción respecto a las condiciones que diferencia a los individuos en la vida
social garantiza la igualdad en el plano jurídico y político.
Por eso la ciudadanía moderna es homogénea: nada diferencia entre sí a los ciudadanos en cuanto tales. Sin embargo, no sólo
han sido excluidos históricamente de la ciudadanía muchos de los residentes en cada sociedad, sino que dentro del espacio cívico
formalmente igual y homogéneo hay desigualdades de estatus. Hay una estratificación social real que convive con la igualdad
formal de la ciudadanía y una diversidad que no es atendida por la concepción homogénea de la ciudadanía.
Fraser ha denominado demandas de redistribución a las que reclaman una igualdad social que haga real la igualdad formal de la
ciudadanía. Estas demandas han movido las luchas políticas y sociales de los dos pasados siglos, y fruto de ellas es el desarrollo de
la ciudadanía social. Pero aunque hoy los problemas de la justicia social han pasado a segundo plano en los debates de la
ciudadanía, han pasado en cambio a tener el protagonismo en la teoría política actual las demandas de reconocimiento de la
diversidad de identidades de colectivos y grupos sociales, y en particular de las identidades culturales.
Se reclama una rectificación del concepto de ciudadanía que se haga cargo de la diversidad sustancial de condiciones que se
engloban bajo la figura unitaria del ciudadano. Las demandas de justicia social se orientan en la dirección de hacer real la igualdad
de los ciudadanos, mientras que las demandas de reconocimiento requieren disolver la homogeneidad de la ciudadanía y abrir
paso a la diferencia.

Ciudadanía social

La idea de una ciudadanía social tiene como presupuesto la tensión entre la igualdad y reciprocidad que entraña la ciudadanía en
el plano legal y político, y la desigualdad material existente entre los ciudadanos. Es el ensayo Ciudadanía y clase social del
sociólogo británico Marshall el que desarrolla el concepto de ciudadanía social. Pretende explicar cómo es posible que conviva la
ciudadanía, que es un estatus de igualdad, con el capitalismo, que se rige por la lógica desigualitaria del mercado. Para ello
representa el desarrollo histórico de la ciudadanía moderna como un progreso en el reconocimiento de los derechos inherentes
al estatus de ciudadano.
Así, la ciudadanía civil comprende los derechos necesarios para la libertad individual, como la libertad personal y de movimiento,
de pensamiento, etc., y la social abarca todo el espectro, desde el derecho de seguridad y a un mínimo bienestar económico al de
compartir plenamente la herencia social y vivir la vida de un ser civilizado conforme a los estándares predominantes en la sociedad.

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La ciudadanía social se realiza en el siglo XX, con el Estado del bienestar, desarrollado en Europa después de la Segunda Guerra
Mundial. Las políticas sociales del Estado del bienestar mostraron que es necesario actuar sobre la estructura social para garantizar
eficazmente la autonomía individual frente a los límites del contexto social. Es verdad que la ciudadanía social no garantiza la
igualdad material, pero, según Marshall, proporciona una igualación de estatus, en tanto que universaliza ciertas condiciones de
“vida civilizada” por la vía de los derechos.
Desde la derecha se ha criticado la ciudadanía social porque los costosos derechos sociales requieren recursos fiscales que se
detraen de otras posibles inversiones privadas y sobrecargan al Estado. Como alternativa, neoconservadores y neoliberales
proponen la deprivatización de la asistencia social, así como la promoción de la iniciativa espontánea de la sociedad civil y de la
responsabilidad y competitividad de los individuos. En cualquier caso, la ciudadanía social del Estado del bienestar no puede ser
considerada en nuestros días como un logro ya definitivo, más bien un espejismo.
La corriente dominante neoliberal, afianzada por los procesos de globalización económica la pone en riesgo. La solidaridad queda
confiada a las organizaciones de la sociedad civil y los servicios asistenciales retornan a la iniciativa privada; en consecuencia, la
ciudadanía social es vinculada al humanitarismo, cuando no al mercado. Además, los derechos sociales no han llegado a ser
genuinamente incondicionales, como los demás derechos fundamentales. Para ser auténticos derechos inherentes a la
ciudadanía, deberían ser universalmente garantizados, con independencia de la coyuntura económica. Su realización es
problemática, ya que esta garantía requiere interferir en el libre funcionamiento del mercado. Y ya sabemos cómo se las gasta.
Por otra parte, la ciudadanía social ha estado ligada a la participación del mercado de trabajo. El Estado del bienestar se convirtió
en canalizador de la distribución de la renta a través del pleno empleo y la regulación de los mercados de trabajo, y la redistribución
de los recursos gracias al sistema de transferencias fiscales y a la emancipación relativa de los ingresos mercantiles en sanidad,
educación, etc.. Hoy se abre camino la idea postproductivista de una ciudadanía no ligada al contrato y a la producción, sino a
actividades guiadas por la solidaridad y la reciprocidad. En esta dirección se mueve la idea de una renta básica de la ciudadanía,
basada en la reivindicación del “derecho a la existencia”. La renta mínima de ciudadanía podría reforzar los principios de la
ciudadanía social, la universalidad de la ciudadanía y, sobre todo, desvincular la renta del trabajo retribuido.

Ciudadanía y diversidad cultural

Del mismo modo que la desigualdad material desmiente la igualdad formal de la ciudadanía es hoy puesta en cuestión la
concepción unitaria, homogénea de la ciudadanía, porque pasa por alto las diferencias de género, étnicas y culturales que
subyacen a la esfera política. La demanda de reconocimiento de las identidades diferenciadas y, en particular, de la pluralidad
cultural, ocupa hoy el primer plano: la perspectiva de la identidad cultural domina no solo en la teoría política, sino incluso en el
diseño de las políticas públicas.

Ciudadanía y género

La situación de las mujeres en el espacio público muestra con especial claridad la insuficiencia del modelo universal abstracto de
ciudadanía, y la necesidad de tener en cuenta la realidad particular y situada de los ciudadanos. La igualdad formal de la ciudadanía
de las democracias liberales no ha impedido que las mujeres continúen siendo en la práctica ciudadanas de segunda, que votan,
pero que ocupan un lugar secundario en la vida política.
Aunque el acceso a la ciudadanía sitúa a las mujeres en un plano de igualdad, esta será puramente nominal si no cambia su
situación en la esfera doméstica o laboral: su presencia en el mundo público seguirá marcada por su situación subordinada en el
privado.
La crítica apunta también a la homogeneidad del concepto de ciudadanía. En la comunidad democrática liberal caben las
diferencias de opinión, pero no las diferencias culturales o de género, que son relegadas al ámbito privado. Esto tiene como
consecuencia que los grupos excluidos o escasamente representados en la arena pública no pueden manifestar sus intereses y
aspiraciones desde su propia perspectiva.
Por último, la esfera pública está construida sobre categorías específicamente masculinas, y definida en oposición (y a la vez sobre)
la esfera doméstica en la que se confina a las mujeres. El mundo público está basado en la igualdad y el doméstico en la
subordinación. El ciudadano es concebido prescindiendo de sus relaciones familiares y particulares, considerándose políticamente
irrelevante en la vida doméstica. La supuesta ciudadanía universal es en realidad una ciudadanía masculina, que impone sus rasgos
particulares como universales; y la dominación política y económica sobre las mujeres tiene sus raíces en este hecho.
Estas críticas apuntan a la necesidad de redefinir la ciudadanía en el sentido del reconocimiento y equiparación de los géneros.
Pero se suelen distinguir dos propuestas al respecto:
 Subraya la diferencia de características, capacidades e intereses de las mujeres, que se traduciría, en las propuestas más
radicales, en la búsqueda de una manera específicamente femenina de situarse y actuar en la esfera pública.
 Se propone alcanzar una situación de igualdad entre varones y mujeres que haga realmente irrelevante la diferencia sexual. La
perspectiva de la igualdad propone remover los obstáculos que se oponen a la plena inclusión e igualdad que implica el concepto

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moderno de ciudadanía, hacer efectivas sus promesas incumplidas y lograr una auténtica ciudadanía común, haciendo
irrelevantes las diferencias en las que se ha apoyado en el pasado la subordinación y exclusión de las mujeres.
Se ha esforzado por alcanzar la participación en igualdad de condiciones de hombres y mujeres tanto en el ámbito político como
en el laboral, así como en el espacio doméstico. El enfoque de la igualdad dejó claro que no se puede avanzar en la equidad de
género sin un objetivo de participación y distribución de recursos más justa y, para ello, como se defiende desde la diferencia, se
requiere transformar los valores culturales que rigen el androcentrismo.

Basado en La actualidad de la ciudadanía, de Fernando Quesada.

Capítulo 10 de Ciudad y Ciudadanía. Senderos contemporáneos de la Filosofía Política. Ed. de Fernando Quesada.

FUENTE: https://filotecnologa.wordpress.com/2012/04/28/concepto-y-realidad-actual-de-la-ciudadania/