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Introducción.

Lo relevante en las últimas décadas es la hegemonía que ha ido adquiriendo el modelo

anglosajón de capitalismo (Hall y Sascike, 2001; Lane, 2000), que tiene su apoyo

teórico en el programa de investigación microeconómico o neoclásico. Este programa

ejerce un claro predominio en el ámbito académico de la economía, y se sustenta en la

creencia de que la eficiencia no se obtiene vía mandatos coactivos de ingeniería social

(Menger, 1997), sino, más bien, del proceso de rivalidad de sujetos autodeterminados

que se adhieren libre y autónomamente a una comunidad política (el Estado). La

legitimidad del Estado, desde este programa, está en establecer el andamiaje

institucional para que las acciones económicas lleguen a ser acciones eficientes. Por

otro lado, en la década de 1970, también en el marco del programa neoclásico, se

elaboraron nuevas teorías de la empresa que las estrategias corporativas adoptaron a

través del llamado enfoque basado en el valor o enfoque financiero de la empresa

(Chesnais y Philon, 2003). Este enfoque pone énfasis en maximizar el valor percibido

por los accionistas, imputando un precio accionario a cada unidad estratégica de

negocio (Brunet y Böcker, 2007). Por lo demás, las aportaciones al análisis de la

empresa que efectúan estas nuevas teorías es que se han convertido en fuente de

conocimientos que guían y fundamentan la construcción de un modelo de negocio

concreto. Incluso las reorganizaciones empresariales que se han producido a partir de la

década de 1970 se han apoyado en la teoría de los contratos, para la cual el impacto de

los costes de comportamiento de oportunidad de los propietarios de los factores de

producción intervienen en una empresa sobre la integración vertical de la organización.

Lo que implica prestar atención tanto a la estructura de los mercados como a la

estructura organizativa de las empresas, relacionando estos aspectos con la eficiencia de

las organizaciones industriales.

De hecho, las formas de trabajo posfordista, que se expresan en términos de “trabajo

atípico” o “trabajo precario”, son consecuencia de que la filosofía de la empresa es hoy

una filosofía financiera, no productiva. Los “industriales” de un tiempo, advierte

Bologna (2006), han sido sustituidos por inversores institucionales que ponen en manos

de gestores sin prejuicios la rentabilidad a corto plazo del negocio para poder volver a
vender la empresa después de un cierto período. Gestores que adoptan el enfoque del

hombre contractual o transaccional para la gestión empresarial, explicándose, así, cómo

los modelos tradicionales de la gran empresa integrada verticalmente han sido

sustituidos por un nuevo tipo de empresa que forma parte de una red, con funciones

estratégicas firmemente centralizadas en varias direcciones, y por un nuevo tipo de

pequeñas empresas dependientes de otras grandes que las potencian o integradas en una

red local de varias empresas. En el marco de la red, sus principios

organizadores/coordinadores están basados en el mercado, en el sentido que la

disciplina de los mercados ha sido llevada al interior de la red y a cada empresa en

particular, de modo que se han expuesto a las presiones del mercado todos los aspectos

de la red, de la empresa y de todos los trabajadores.

El objetivo de esta ponencia es exponer estas nuevas teorías que forman parte del

enfoque microeconómico de las organizaciones. Desde este enfoque, la existencia de la

empresa, en tanto solución organizativa, queda justificada siempre que sea más eficiente

que el mercado. Así, la eficiencia, como categoría organizativa, explica la secuencia de

estructuras organizativas que las empresas han adoptado históricamente. La estructura

del artículo se compone de cuatro epígrafes. El primero trata sobre la teoría del

equilibrio competitivo. En esta teoría los intercambios son efectuados por agentes

económicos que operan en mercados impersonales y que tienen un comportamiento

mecánico de simple ajuste hasta alcanzar situaciones de equilibrio. En el segundo, se

desarrolla la problemática en torno a que las empresas no sólo compiten en precios,

sino, también, mediante la diferenciación del producto –competencia imperfecta o

dinámica-, que les permite ejercer cierto control sobre el producto. La competencia

imperfecta se basa en la innovación y en la búsqueda de diferencias estratégicas, es

decir, en cómo compiten las empresas para obtener ventajas competitivas (poder de

mercado). En el tercer epígrafe, se presentan la teoría de los costes de transacción, la

teoría de los derechos de propiedad y la economía evolutiva de la empresa. Estas teorías

emergen de la crítica a la abstracta teoría neoclásica de la firma por considerar poco

creíbles y aceptables los supuestos de perfecta información y ausencia de costes de

transacción. Por lo demás, la existencia de una serie de costes de medición (de

organización) de las productividades marginales hizo necesario pasar de la abstracta


teoría neoclásica de la elección a una más realista y concreta: la teoría neoclásica de los

contratos. El cuarto, trata sobre la evolución, en microeconomía, de los determinantes

de la eficiencia de las organizaciones industriales, en el sentido de la importancia de la

teoría (y específicamente la teoría de los contratos) entre las variables de decisión de las

empresas y los resultados que obtienen de alterar las mismas. Y por último, se presentan

las conclusiones.

1. La teoría de la elección.

En microeconomía todos los intercambios se efectúan por medio de los mercados,

requiriendo que éstos no estén regulados, pues únicamente cuando no lo están son

capaces de asignar eficientemente los recursos y maximizar el bienestar social. La

asignación eficiente se obtiene cuando, por un lado, los consumidores están

perfectamente informados de las propiedades de todos los productos, poseen

preferencias sobre todas las combinaciones posibles y maximizan su bienestar, sujeto a

la restricción de que sus gastos no pueden exceder sus rentas: el resultado son las

funciones de demanda. Por otro lado, los productores disponen de conjuntos de

posibilidades de producción y maximizan sus beneficios a partir de sus posibilidades

tecnológicas: el resultado son las funciones de oferta. La asignación eficiente o

equilibrio competitivo caracteriza una situación en la que los productores y

consumidores no pueden incidir sobre el precio del mercado, pues actúan como si los

precios se determinasen exógenamente; es decir, los consumidores y productores actúan

paramétricamente respecto a los precios, ya que éstos quedan determinados por la

interacción entre oferta y demanda del mercado. En este sentido, Arrow y Debreu

(1954), en su teoría del equilibrio competitivo, argumentaron que en una economía

donde los productores maximizan sus beneficios y los consumidores sus niveles de

bienestar, se logra un equilibrio competitivo donde el precio de cada mercado iguala el

volumen de la demanda y de la oferta. Situación de equilibrio del que se derivan los dos

teoremas fundamentales de la economía del bienestar, que demuestran que si todos los

mercados son perfectamente competitivos la asignación de los recursos es

necesariamente eficiente. Específicamente, el primer teorema plantea que la asignación

que hacen los mercados competitivos es la más eficiente posible, y el segundo teorema
muestra que, en ausencia de rendimientos de escala crecientes, la asignación óptima se

puede llevar a cabo de manera descentralizada mediante el mercado, al asignar éste los

factores de producción y las mercancías mediante las decisiones descentralizadas que

efectúan las empresas y las economías domésticas.

La teoría del equilibrio competitivo establece, a su vez, que los propietarios únicamente

deben invertir su capital en aquellos proyectos que tengan expectativas de beneficio

para que el capital resultante, después de realizada la operación económica, sea mayor

que el capital inicial. Desde esta premisa, se explica que maximizar el valor para la

propiedad constituye el objetivo último de la empresa, y que responde a una idea muy

concreta acerca del derecho de propiedad y su ejercicio, lo que en microeconomía se

denomina tener los derechos residuales de control. Esto significa que los propietarios

reciben los rendimientos que genera la empresa, es decir, tienen el derecho de recibir

todo el beneficio neto que la empresa produzca, en tanto que los propietarios son los

titulares legítimos de lo que queda después del pago de todos los créditos y deudas y el

conjunto de compromisos contraídos. Pero para garantizar el beneficio neto es clave

atenerse al principio de eficiencia asignativa, y que ha de impregnar y condicionar el

nivel tecnoeconómico, en el que se sitúa la actividad de las empresas, y del que se

desprende un tipo de análisis: el análisis tecnológico de la empresa. Para este análisis la

empresa elige el plan de producción técnicamente factible que maximice los beneficios,

por lo que se asemeja la empresa a una función de costes (C= C (x) ) o a una función de

producción del tipo X= f (y). Para ambas funciones lo relevante es conocer los

volúmenes de los factores productivos y del producto final y sus respectivos precios,

determinándose que el conjunto de alternativas de elección por parte de la empresa se

reduce a cantidades de recursos a utilizar y productos a realizar, factibles para una

tecnología predeterminada, y el criterio de elección entre alternativas se limita a la

maximización del beneficio, objetivo básico de la empresa (Milgrom y Roberts, 1993).

Desde esta perspectiva técnica, las propiedades de la función de producción (F (x1,...,

xn)) juegan un papel central en la determinación del tamaño empresarial óptimo para la

obtención del volumen de output que maximice el beneficio. En el sentido de que

cuando en un régimen competitivo no resulte posible ni eficiente organizar la


producción bajo un sistema competitivo, entonces las empresas incrementarán su

volumen de producción (su tamaño) en relación con la dimensión de la demanda, y con

ello surge el concepto de rendimientos crecientes de escala, entendido como la

disminución en el coste medio unitario como consecuencia del incremento en el

volumen de producción. Asimismo, juntamente a las economías de escala, el análisis

técnico explica la existencia de economías de alcance que se producen como

consecuencia de incrementos de eficiencia derivados de la producción conjunta de dos

productos. Las economías de escala y de alcance son el resultado de la utilización de la

tecnología de la empresa, y son formas de economizar costes, ya que en el análisis

tecnológico la empresa responde a señales externas -el sistema de precios-, y el

equilibrio competitivo es el resultado de que los agentes económicos -empresarios o

managers- sean eficientes en sus actuaciones, es decir, que tengan una meta claramente

definida (maximización del beneficio) y que sean sustantivamente racionales. Bajo esta

concepción, la máxima eficiencia económica -un óptimo competitivo- se consigue al

coincidir la eficiencia privada, máximo beneficio para los propietarios legales de la

empresa, y la eficiencia social, máximo bienestar colectivo, siempre que en la búsqueda

del máximo beneficio la empresa no genere efectos externos importantes para el resto

de interesados, directos o indirectos. Para ello únicamente es necesario que los agentes

persigan su propio interés y tengan información sobre el sistema de precios.

2. La competencia imperfecta.

La existencia de economías de escala y de alcance ha requerido, por parte de la

microeconomía, situar los mercados industriales entre la estructura de competencia

perfecta -supone la ausencia de barreras a la entrada de nuevas empresas y,

simultáneamente, movilidad de los recursos empleados (o de uso potencial en la

industria); divisibilidad continua de insumos y productos; perfecto conocimiento de las

condiciones de los mercados (actuales y futuros)- y la estructura de monopolio -supone

que una única empresa abastece el mercado, e influye en la demanda de mercado a

través de la fijación de la cantidad y el precio-, entre ambos extremos está la estructura

de competencia imperfecta donde un número relativamente pequeño de empresas

disfrutan de un determinado poder de mercado. La coexistencia de empresas de


diferentes tamaños o cuotas de mercado no implica verlas como causa o resultado de la

falta de competencia, siempre que actúen dentro de un marco competitivo. Surge, así, la

idea de que la competencia imperfecta (Chamberlain, 1960), definida como

competencia dinámica, constituye el marco que explica el proceso histórico de

concentración de capital, de crecimiento de unas empresas a costa de otras,

materializado en la aparición de grandes empresas que concentran todas las operaciones

en un mismo lugar y con un elevado grado de integración vertical, lo

precios como a través de productos diferenciados, y ello a consecuencia de que ciertas

economías de costes están disponibles para instalaciones productivas de una cierta

dimensión, es decir, basadas en grandes unidades integradas verticalmente. Empresas

que alteran los procesos productivos y, con ello, las funciones de producción y de costes

(Porter, 1990, 1999). De esta manera pueden configurar en cierta medida sus

condiciones de mercado para poder asegurarse beneficios a largo plazo. Por esta razón

la situación de las empresas reales es inexplicable sin el concepto de racionalidad

estratégica, que adquiere plenamente sentido si se presupone que se ejerce cuando no se

cumplen las condiciones de un mercado perfectamente competitivo. Tal incumplimiento

pone de manifiesto el hecho de que cuando nos alejamos de los mercados competitivos,

las empresas tienen un determinado poder para incidir sobre los precios de mercado.

La eficacia de la racionalidad estratégica está condicionada por la estructura de la

organización, y ésta, a su vez, condicionada por los procesos directivos, en tanto que la

dirección de la empresa elige la forma en que se relaciona con sus factores de

contingencia al elegir la tecnología, uno u otro tamaño o unos u otros sectores de

actividad. En última instancia, las estructuras industriales y las formas organizativas son

el resultado de la combinación de las estrategias competitivas de las empresas. De ahí

que la variedad de formas y tamaños que adoptan las empresas no justifican el modelo

de la competencia perfecta ni los mercados se caracterizan por productos homogéneos,

ya que diferencias de estilo, reputación y calidad distinguen las ofertas de productos

dentro de numerosas líneas. La heterogeneidad de las empresas y de los productos

constituyen desafíos a la lógica de la teoría de la elección, pues hay tantas formas de

organizar la planificación del desarrollo de nuevos productos como empresas existen.

El modelo de elección que supone mercados perfectos, transparencia de precios y


racionalidad ilimitada de los agentes provoca la cuestión que Arrow (1974) planteó en

los siguientes términos: ¿para qué integrar actividades si el coste de recurrir al mercado

es nulo? Paradoja que no explica el por qué emergen en un mar de cooperación

inconsciente islas de poder consciente: las empresas, caracterizándose básicamente por

poseer una estructura interna. De ahí que Coase (1994) planteara que la empresa es una

forma de organizar la producción en la que el empresario sustituye las transacciones

democráticas, consensuadas del mercado, por órdenes. Para este autor, al existir unos

costes derivados del uso del mecanismo de los precios, las empresas surgen a causa de

que los beneficios de una producción coordinada en equipo superan a los derivados de

la formalización de contratos individuales (Barney y Ouchi, 1986).

La teoría de la elección explica que lo que sucede en la empresa es lo que ocurre en el

mercado, y lo que ocurre dentro de ella es un óptimo tecnológico; por tanto lo que

tradicionalmente en microeconomía se ha considerado empresa no es más que una parte

de la teoría de los mercados, omitiéndose, en primer lugar, factores ambientales de

carácter institucional, como la incertidumbre e influencia de la variable tiempo, la

inexistencia de diferencias entre objetivos de los distintos agentes que intervienen en la

empresa, y aspectos como dimensión, integración vertical, estructura organizativa o

diversificación. En segundo lugar, el concepto de competencia perfecta es deficiente

para comprender una institución social como es la empresa, cuya razón de ser se

encuentra en la existencia de fricciones (incertidumbre, asimetrías de información,

racionalidad limitada, oportunismo y especificidad de activos) entre los agentes que

intervienen en cualquier tipo de transacción. En tercer lugar, en la teoría de la elección

se efectúan consideraciones irreales acerca del comportamiento productivo al suponerse

que éste surge de cambios exógenos y que todas las empresas de una misma industria

tienen acceso a la misma fuente de conocimiento productivo. Y ello en base a la

presuposición de que la tecnología se da como dada, uniformemente disponible para

todos, ignorándose, por un lado, la capacidad de los directivos para incorporar

innovaciones y, por otro, que una gran proporción de conocimiento técnico es tácito y

basado en la experiencia.

En cuarto lugar, en la teoría de la elección la figura del empresario no juega ningún


papel ya que el proceso de toma de decisiones se reduce a la aplicación mecánica de un

conjunto de reglas de decisión. Sin embargo, la modificación del objetivo de

maximización del beneficio puede ser efectuada ya por el personal directivo de las

empresas que tienen capacidad para imponer sus propios objetivos a los de los

propietarios, como el propio personal que tiene capacidad de imponer sus objetivos a

través de los procesos de negociación laboral. En quinto lugar, las transacciones son

efectuadas por agentes anónimos que operan en mercados impersonales y que tienen un

comportamiento mecánico de simple ajuste hasta alcanzar situaciones de equilibrio. Por

tanto, este análisis asigna un papel pasivo a la empresa e ignora el hecho de que los

mercados no son tan anónimos, los trabajadores y sus estrategias son relevantes, los

productos son sofisticados y específicos, y la información para orientar la estrategia de

la empresa es compleja y diversa. Por último, no se explica las diferencias de poder que

surgen en la realización de transacciones con incertidumbre, asimetrías informativas y

racionalidad limitada, y es que el modelo de la elección presupone que los agentes

económicos son absolutamente racionales. Definición que no refleja adecuadamente los

comportamientos individuales y organizativos, pues los agentes económicos disponen

de racionalidad limitada a la hora de obtener información, procesarla y resolver

problemas complejos. Además, no se puede explicar la empresa considerándola como

un grupo homogéneo y cohesionado sino como una coalición de individuos con

intereses en conflicto.

3. La teoría de los contratos.

En el ámbito de la microeconomía se han desarrollado nuevas concepciones sobre la

empresa que mejoran la teoría de la elección, y que quedan englobadas bajo el nombre

genérico de nuevo institucionalismo o nueva economía institucional. En este marco de

análisis, la empresa es definida como una forma organizativa que debe tener una

naturaleza cooperativa, pero para que la empresa como solución organizativa sea más

eficiente que el mercado debe diseñar estructuras de gobierno o estructuras de contratos

que favorezcan la coordinación y negociación entre los grupos de interés que la

integran, y que además reduzcan las ineficiencias que acarrea la mala ejecución de

contratos incompletos. Respecto a los contratos los neoinstitucionalistas diferencian, en


función de que el contrato esté cerrado, entre contratos completos e incompletos. Los

contratos incompletos, a juicio de Williamson (1985), explican las ventajas relativas a

las distintas estructuras de gobierno o a las distintas estructuras de contrato, a juicio de

Fama (1980). Para Williamson, los contratos que gobiernan la relación de la empresa

con sus empleados, proveedores, clientes, accionistas y prestamistas, tienen un rasgo en

común, el de ser contratos incompletos, y que justifican la existencia de una relación de

autoridad que coordina comportamientos individuales y persigue objetivos comunes.

En el neoinstitucionalismo, hay que situar la teoría de los derechos de propiedad, la

teoría de la agencia, la economía de los costes de transacción y la economía evolutiva de

la empresa, y en las que la empresa es un conjunto de actividades coordinadas de forma

consciente, y cuyo origen está en la frecuencia de las transacciones, ya que su repetición

justifica incurrir en el coste que supone el establecimiento de formas organizativas

basadas en contratos multilaterales. De ahí que el análisis esté dirigido a contrastar la

eficiencia económica de diferentes formas organizativas, apoyándose en el supuesto de

que la mejor estrategia consiste en organizarse y operar de forma eficiente a través de la

competencia interorganizativa y la disciplina de mercado. Concretamente, se trata de

estudiar la conducta de organizaciones que buscan racionalmente su propio interés y que

deben competir por recursos escasos, en un entorno que se caracteriza por la

incertidumbre (que se genera a causa de que las decisiones económicas pueden tener

más de una consecuencia) y la asimetría de la información (que se genera a causa de que

la información está desigualmente distribuida, lo que provoca situaciones de riesgo al

utilizar algunos agentes económicos la ventaja informativa que poseen para conseguir

una ventaja económica en la realización de las transacciones). En la medida en que la

información es asimétrica, se distribuye asimétricamente y los agentes no tienen

conocimiento absoluto sobre las tecnologías ni disponen de capacidades perfectas para

su implementación, el problema deja de ser un problema de elección entre un conjunto

de planes de producción tecnológicamente factibles para pasar a ser un problema de

toma de decisiones que afecta a la construcción de los planes de producción (Putterman,

1994; Cowen y Parker, 1998).

A) Costes de transacción:
La teoría de los costes de transacción analiza los costes comparativos de planificar,

adaptar y supervisar la realización de las actividades económicas bajo mecanismos

alternativos de asignación/organización de recursos, en tanto que la distinción entre

empresa y mercado es poco nítida, menos de lo que a priori podría parecer ya que

ambos, como mecanismos alternativos para gobernar las transacciones, compiten por el

control sobre éstas, y la decisión de regular una transacción por un mecanismo u otro se

guía exclusivamente con criterios de eficiencia, por lo que habrá que determinar cuáles

son los costes de transacción en un caso u otro. Determinación a consecuencia de que

los agentes económicos están sujetos a una racionalidad limitada y son, básicamente,

egoístas y oportunistas, pues no dudan en romper los compromisos contraídos,

manipulan la información, si con ello obtienen una ventaja económica (Camagni, 2005).

Los costes de transacción del mercado son fácilmente identificables si se tiene en cuenta

que las principales fuentes de coste (de información, de negociación y de garantía) serán

relevantes cuando se incumpla alguna de las hipótesis institucionales propias del

mercado competitivo, es decir, la transparencia en precios, la eficiencia o identidad de

precios para todos los participantes y la parametricidad o aceptación de los precios

como dato, tanto por empresas como por consumidores. Los costes de transacción de la

empresa son menos evidentes, pero, en general, incluyen los costes de comunicación

que implican transmitir información a través de la jerarquía, los costes derivados del

ejercicio de autoridad, en oposición a la negociación, y los costes de delegación. En este

sentido, esta teoría destaca, como nota característica para el análisis interno de la

empresa, la presencia de jerarquía y autoridad para transmitir instrucciones y objetivos,

así como elaborar los planes que coordinan y orientan la actuación de los miembros de

la misma. En este caso el mercado sigue siendo mecanismo regulador de las relaciones

entre empresas, pero dentro de ellas es la autoridad del empresario (o de la dirección) la

que tiene poder y capacidad para decidir qué se hace y cómo se hace.

La determinación de dónde empieza la empresa y dónde termina el mercado es el

resultado, entonces, de una dinámica comparativa entre los costes de transacción del

mercado y los costes de transacción de la empresa o costes de producción. Este punto de

vista se explica si se asume que la empresa es siempre el conjunto de actividades


orientadas a conseguir la creación del valor, esto es, que los costes de su actividad sea

inferior al precio que el mercado está dispuesto a pagar por sus productos y/o servicios

(Cuervo, 1994). A causa de ellos, el diseño organizativo de la empresa y la propia

ordenación de su actividad productiva, en cuanto a las decisiones de comprar o

producir, o en cuanto a la forma de concebir la cadena de producción, vienen

determinados por la confrontación dinámica de costes alternativos de producción y

transacción. La coordinación del mercado tiende a tener menores costes de producción y

mayores costes de transacción, mientras que la coordinación interna tiende a menores

costes de transacción pero a menudo conlleva mayores costes de producción. La

jerarquía, como mecanismo de gobierno de la empresa, constituye una alternativa eficaz

al mercado cuando los costes de transacción son superiores a los de coordinación por

una estructura jerárquica. Por tanto para comprender el fenómeno organizativo es

necesario considerar conjuntos combinados de variables, internas y externas a la

estructura, de cuya adecuación depende el eficiente funcionamiento de la organización.

B) Derechos de propiedad y relación de agencia:

Para la teoría de los derechos de propiedad, la empresa es una organización de

individuos que detentan la propiedad de los factores de producción, por lo que la

empresa depende del sistema de contratos y de derechos de propiedad bajo el que opera

(Demsetz, 1986). Más específicamente, la empresa es un mecanismo para conseguir el

mejor aprovechamiento de los derechos de propiedad, constituyendo tales derechos en

el prerrequisito de la actividad económica y de la aparición de los mercados. Dado que

toda transacción no es sino un intercambio de derechos de propiedad, se considera que

la relación de autoridad no es el resorte de la empresa, sino que más bien la empresa se

conceptualiza como un conjunto de integrantes en cooperación productiva que se

encuentran en una situación caracterizada por la existencia de un agente que ocupa una

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posición central al participar en los contratos de los demás inputs. Concretamente, la

empresa aparece cuando los propietarios de los factores de producción o activos de la

empresa en virtud de un arreglo contractual se los ceden a un agente c

La teoría de la agencia considera la empresa como una ficción legal en tanto que sirve

de nexo para un conjunto de contratos bilaterales que suplantan la contratación


multilateral existente en el mercado, centrando su atención sobre el conflicto de

intereses y problemas inherentes en toda relación de agencia derivados de la presencia

en una misma organización de agentes maximizadores de sus funciones individuales de

utilidad (Jensen y Meckling, 1976). La relación de agencia sitúa la coordinación y

motivación como el problema básico de la organización interna de las empresas, ya que

las economías de especialización posibilitan que las empresas, al hacer uso de la

división del trabajo, sean más productivas y eficientes, pero producen costes (de

motivación y de coordinación), asociados a la existencia en el interior de la empresa de

grupos específicos en conflicto.

C) Economía evolutiva de la empresa:

En el marco del neoinstitucionalismo, la eficiencia se logra si no se ignora que los

sujetos económicos no son unos autómatas maximizadores que reaccionan

mecánicamente en un vacío “institucional”, sino que están ligados a un entorno

institucional, y que es resultado del modo como los sujetos organizan las transacciones,

cuyos costes determinan el modelo organizativo a adoptar. Por ello se considera que el

mercado es parte de un todo al que se denomina economía de mercado, precisando,

según Coase (1994), de un ordenamiento jurídico regulado por los siguientes principios:

a) los derechos individuales de propiedad según el principio de la propiedad privada, b)

la transmisión de estos derechos con el consentimiento recíproco sobre la base del

principio de libertad de contratación y, finalmente, c) la garantía del cumplimiento de

los acuerdos. Cumplimiento difícil en tanto que en las transacciones reales el nivel de

los costes de transacción depende de los rasgos característicos de cada transacción

concreta, pero también de las características del entorno institucional en que esa

transacción se lleva a cabo. La empresa, como forma organizativa, depende, por tanto,

de un “paraguas” de reglas jurídicas explícitas (constituciones, leyes, regulaciones,

contratos...) y de los contactos personales (las reglas informales) entre los individuos.

Las reglas informales juegan un papel determinante al permitir reducir el oportunismo y

la incertidumbre; en otros términos, economizar coste de transacción, aunque no

eliminarlos. Así, las reglas formales e informales proporcionan, para North (1993), la

estructura de incentivos de una economía, reducen la incertidumbre al definir y limitar

el conjunto de elecciones de los sujetos y determinan las oportunidades que hay en una
sociedad. Por tanto, no se puede explicar la conducta de la empresa omitiendo su

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vinculación con el entorno en el que actúa y su propio funcionamiento interno (Nelson y

Winter, 1982).

Nelson y Winter (1982), en su análisis del cambio tecnológico, refutan la concepción de

la teoría de la elección que considera que las posibilidades tecnológicas de la empresa

están representadas por las distintas opciones que constituyen el conjunto de planes de

producción factibles y que sirven para especificar la cantidad de producto que

corresponde a cada una de las combinaciones posibles. Se cuestiona, entonces, la

función de producción como instrumento adecuado para comercializar el estado del

conocimiento tecnológico, dado que las empresas no tienen a su disposición un abanico

de técnicas sino que deben buscar y generar innovaciones. Innovaciones tecnológicas

que dependen de que las empresas no exploran un stock de conocimientos libre sino que

su proceso de búsqueda es un proceso de mejora y de diversificación a partir de su

propia base de conocimientos, de tal forma que sus posibilidades dependen de los que

ha hecho en el pasado, es decir, de sus propias rutinas organizativas. Básicamente, se

establece que la empresa se caracteriza por una serie de rutinas organizativas que han

sido seleccionadas por la competencia en los mercados, y que se aplica a la variación o

innovación en las rutinas como consecuencia de su operar adaptativo respecto al entorno

competitivo. Así, cuando se da un cambio en el mercado, las empresas se adaptan

mediante la variación de sus rutinas y el entorno selecciona aquellas rutinas que más se

adaptan a él. Las rutinas exitosas son aquellas que sobreviven a la selección del entorno.

La retención de estas rutinas completa el propio proceso evolutivo de la empresa.

El móvil de cualquier actividad de innovación es la recompensa que espera alcanzar

quien la emprende. Concretamente, Nelson y Winter, en su análisis del cambio

tecnológico, manifiestan que las empresas siguen ciertos procedimientos o rutinas de

búsqueda, planteándose que el aprendizaje es una fuente de crecimiento endógeno, de

naturaleza acumulativa y se basa en conocimientos y habilidades individuales de los

miembros de la organización, pero es mucho más que la mera suma de éstos. Los

procesos de aprendizaje son un fenómeno social y colectivo. En este sentido, la

economía evolutiva da un paso más respecto a la teoría contractual, pues no sólo se


reconocen los problemas de información en la empresa sino que se subraya el papel del

conocimiento que surge de procesos cognitivos y de interpretación. Pasamos de la

consideración de las asimetrías de información al protagonismo del conocimiento

idiosincrático y embebido en toda la organización. De ahí que se conceptualice a la

empresa como un depósito de conocimientos productivos, un mecanismo aparentemente

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apto para la creación y transmisión de conocimientos y para la comercialización de los

productos creados.

4. La eficiencia de las organizaciones industriales.

En el contexto de la aproximación microeconómica al estudio del funcionamiento de los

mercados, se hace hincapié en que los determinantes de la eficiencia de las

organizaciones industriales ha seguido una secuencia, en la que en un extremo se

relacionó la eficiencia con la dimensión de la empresa, y que favoreció la aparición de

la gran fábrica moderna con un elevado grado de integración vertical, y que fue la

solución que se dio a los problemas organizativos creados por el surgimiento de la

tecnología de producción en serie (Piore y Sabel, 1990; Bellandi, 2006). El fundamento

de esta tecnología productiva estaba en lograr un régimen productivo intensivo en

capital bajo regulación monopolista (Lipietz, 1979), lo que generó niveles de

concentración y la aparición de grandes empresas integradas tanto vertical como

horizontalmente, con la consiguiente formación de complejos industriales y la creación

de grandes organizaciones tipo holding, trust, cartel. Grandes empresas que, siguiendo

el modelo de Ford, integraban gran parte, y en algunos casos la totalidad de la cadena de

valor, dentro de cada una, generando una estructura interna relativamente compleja y

variable según el sector en que operaban, su tamaño y su propia evolución, pero en

donde se producía una estricta división y jerarquización de tareas según los

departamentos y funciones, que presentan localizaciones específicas y diferenciadas.

En el otro extremo, la eficiencia se la relaciona con un nuevo tipo de organización

industrial en que la unidad básica de funcionamiento es la red. El operar en red ha

modificado las formas de cooperación y comunicación en el interior de cada área

productiva y entre distintas áreas productivas, impulsando la competitividad y el

crecimiento económico. Modificación que ha permitido descentralizar las tareas y, a la


vez, coordinarlas en una red interactiva de comunicación en tiempo real, ya sea entre

continentes o entre las plantas de un mismo edificio. La realidad es que la gran empresa

deja de concebirse como un conjunto de actividades integradas para pasar a constituirse

como un complejo entramado de unidades empresariales con diferentes nexos de

conexión entre sí, en la que una empresa actúa como elemento central de la red. La

viabilidad del operar en red se ha basado en las transformaciones tecnoproductivas de la

revolución tecnológica asociada a la introducción del microchip, y que constituye el

paradigma tecnológico dominante del último cuarto del siglo XX.

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Bajo este nuevo paradigma, se alteró de forma significativa el modo de funcionamiento

de determinadas empresas y sectores, no sólo reduciendo de forma significativa el

tiempo y coste de procesamiento de todo tipo de información sino modificando el modo

en que empresas y mercados gestionan el flujo de bienes y servicios a través de sus

cadenas de valor. Esto, unido a la madurez de la tecnología y a su mayor difusión, ha

provocado, por un lado, el paso de la “gran empresa integrada verticalmente” a la

“empresa-red”, que hace un recurso masivo a la externalización de trabajos y

operaciones, y a la desintegración de actividades. Por otro, el surgimiento de redes

empresariales que crean condiciones favorables para inducir y orientar a las empresas a

superar los límites al crecimiento en aislamiento, incorporar tecnologías e innovaciones

y ampliar sus áreas y horizontes de mercado; redes que pueden ser contempladas como

procesos, en el sentido que constituyen una forma de entender cómo la economía

funciona y organiza sus estrategias, así como resultados, observándose a las redes como

una masa crítica de empresas interdependientes, mediante: a) la obtención de

información, a través de contactos personales, sobre proveedores, distribuidores,

clientes, etc.; b) la formación de una red de subcontratación productiva o de

aprovisionamiento de servicios comunes; c) el establecimiento de relaciones

proveedor/cliente como alternativa a la integración vertical, en la medida que se

establecen relaciones no jerárquicas de colaboración; d) la transferencia de información

y de resultados de investigación; etc. Redes empresariales que constituyen una alianza

estratégica permanente entre un grupo limitado y claramente definido de empresas

independientes que colaboran y cooperan para alcanzar unos objetivos comunes


orientados hacia el desarrollo competitivo de sus integrantes, obteniendo unos

beneficios individuales mediante la acción conjunta y una constante evolución. De esta

manera, las redes de empresas, como nueva forma organizativa, se constituyen como el

sistema fundamental para llevar a cabo los procesos de producción flexible, con el

objetivo de adaptación a los constantes cambios de la demanda, y que pueden incluir las

relaciones e interconexiones tanto entre grandes empresas como entre grandes y

pequeñas y entre pequeñas y pequeñas, así como la descentralización de actividades y la

reducción de la estructura interna.

Conclusiones.

En la tradición microeconómica, la eficiencia es consecuencia de la “batalla de y por la

competencia”; batalla que explica también la secuencia de los enfoques respecto a los

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determinantes de la eficiencia en las empresas. Una respuesta estratégica a los actuales

desafíos competitivos es la acción en red, y que constituye un modelo de eficiencia

colectiva que refuerza la competitividad de las empresas que forman parte de la red. Es

importante observar que, históricamente, al depender la creación de valor de los costes

de transacción del mercado o de los costes de transacción de la empresa, se han ido

configurando unas u otras estructuras organizativas, y unas u otras estructuras

contractuales. En este sentido, las nuevas estructuras y las nuevas prácticas laborales

son las que han sido, en parte, las impulsoras de la idea de que la liberalización del

mercado y la maximización de los beneficios deben pasar por la lucha contra los logros

sociales, es decir, de hecho, contra los derechos sociales que habían sustraído,

parcialmente, al trabajo de la hegemonía del mercado (Castel, 1997). La lucha contra los

derechos sociales apunta, también, a una redefinición del perímetro y las modalidades

de la acción del Estado. Así, un Estado keynesiano “vector de solidaridad, cuya moción

era contrarrestar los ciclos y los perjuicios del mercado, asegurar el ‘bienestar’ colectivo

y reducir las desigualdades, es sucedido por un Estado darwinista, que eleva la

competencia al carácter de fetiche y celebra la responsabilidad individual, cuya

contrapartida es la irresponsabilidad colectiva, y que se repliega en sus funciones

residuales de mantenimiento del orden, en sí mismas hipertrofiadas” (Wacquant,

2005:166). Un Estado marcado no exclusivamente por la literatura de business school


para business school (Bourdieu, 1997), sino también por los cambios en la literatura

microeconómica, centrada en el análisis de la relación entre la eficiencia productiva y el

poder de mercado de las empresas. Relación que depende de las economías de escala,

pero que con el proceso de globalización económica, que se ha venido desarrollando

con intensidad durante las últimas décadas, se ha ampliado al campo de las economías

en red.

Por otra parte, detrás del proceso de integración de los universos económicos nacionales

esta una clase capitalista global que lleva a cabo un conjunto de políticas y estrategias

para garantizar hegemónicamente su dominación sobre el sistema capitalista y, por

ende, sobre el sistema social global. Políticas y estrategias que tienen su

fundamentación en la nueva teoría de los contratos que analiza las particularidades de la

corporación moderna. Teoría claramente pro-empresarial y a favor de la economía de

mercado, al resolver ésta los problemas económicos de forma más eficiente que los

procesos políticos. La novedad de esta teoría está en establecer que el mercado genera

unos costes de transacción que hacen viable que se crea una coordinación administrativa

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que los evite: la empresa. Los costes de transacción no sólo aparecen cuando se realiza

una operación en el mercado, sino que también dentro de las propias empresas existen

costes de transacción relacionadas con la gerencia, las relaciones jerárquicas y el

cumplimiento de los contratos. Por lo demás, los costes derivados del cumplimiento

oportunista de los agentes dentro de la empresa, determinan su tamaño y estructura. Por

tanto, el análisis de la organización interna de la empresa está justificada al generar unos

costes de organización que afectan a su objetivo final de obtención de beneficios y, en

consecuencia, de elevación del valor bursátil de las acciones.

Asimismo, el concepto de coste de transacción ha permitido introducir a las

instituciones en el programa de investigación neoclásico, y que North (1993) utilizara

para abordar las bases institucionales del crecimiento sostenido. Para este autor, la

estructura institucional es el único determinante relevante de las diferencias en el

desempeño económico de las naciones, y que explica, además, que fue la emergencia de

un conjunto superior de instituciones lo que impulsó el ascenso de Occidente (Jones,

1991, 2002). Se concluye, así, que el desarrollo económico ocurre a través de la difusión
de los modelos culturales e institucionales de Occidente y que su extensión al resto del

mundo sólo podrá proceder de una “Globalización imitativa” (Evans, 2004; Chakrabarti,

2000).

Esta globalización hay que situarla en las nuevas condiciones para la acumulación que

se han ido gestando a partir de la década de 1970, determinadas por el orden interno y

por la organización de la actividad productiva, y que son el resultado de una evolución

corporativa marcada por su continuo crecimiento, y por la continua transformación de

las estructuras corporativas. Confirmándose, así, la tesis de Chandler (1977, 1991)

cuando planteó que para competir globalmente es necesario ser grande, y la historia

corporativa explica por qué. Una historia que en las últimas décadas, a causa de la

sinergia entre las tecnologías de producción, las tecnologías de información y la

capacidad relacional, ser grande significa adoptar la forma organizativa más eficiente.

La consecuencia directa ha sido la empresa-red, como modelo de organización interna

de la empresa.

La realidad es que la gran empresa deja de concebirse como un conjunto de actividades

integradas para pasar a constituirse como un complejo entramado de actividades

empresariales con diferentes nexos de conexión entre sí, y en la que una empresa actúa

como elemento central de la red. Una empresa estratégicamente dirigida tanto a capturar

valor (identificando negocios subvaluados, comprándolos por menos de lo que valen y

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reestructurándolos si resultara necesario, y a obtener beneficios únicos en el momento

de su venta) como a crear valor (a través de la transferencia de habilidades o de las

actividades compartidas o centrando su cartera en torno de los negocios centrales y a

adoptar metas y procesos destinados a mejorar las capacidades centrales o

“competencias esenciales, críticas” de la empresa). Se infiere que todo ello está más que

justificado, si nos remitimos a la idea neoclásica de que el motor de la historia es el

desarrollo gradual y pacífico de mercados amplios y abiertos, acorde con la narrativa

emancipatoria del mercado, que sitúa un nuevo pasado (sociedad antimercado) y un

nuevo presente/futuro (transición al mercado, eclosión capitalista), que constituye la

plena realización del modelo anglosajón.