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Pedro Belarmino

La «objeción de conciencia}>
León Garzón
El principio de exclusión
Carlos Baliñas
Filósofos náufragos
Guillermo Ruiz Zapatero
La elusión ~ediante socied~~\; f~{t~t
Gabriel Alhiac ~/:~::; · ··
:"i'.-~ : ~ .; •• '

Sobre los avatares del ·\::·/}:·;-=


amor en Espinosa •,:::.::_.?:-,\
Enrique Moradiellos
La fom1ación de la clase obrera
de las minas en Asturias
David A1vargonzález
Problemas en ton10 al concepto dé
«ciencias humanas>~
Gustavo Bueno
Sobre el alcance de una
«ciencia media»
Rosendo Merino
Cela. Eco.
Woody & Batman
Gustavo Bueno
La Colmena,
novela behaviorista
Tomás García López
La ética/moral en el
Bachillerato español
CRONICA CULTURAL
o-

0-
:n
La colmena,
novela behaviorista
§ 1. La colmena, última novela de los defensores que La colmena no es una
Camilo José Cela, es, por de pronto, una novela, si nos atenemos a la definición
obra muy discutida: hay quien la defiende de los tradicionalistas; pero el no serlo
con entusiasmo y hay quien la ataca apa- no menoscaba los méritos que se le atri-
sionadamente. Este desacuerdo , por radi- buyen, del mismo modo que ellos perma-
cal e intenso, es naturalmente señal apo- necen -y esto parecerá a todos más
díctica del interés de La colmena y obliga evidente- aunque ella no sea un soneto,
a todo espíritu vigilante a tomar posición un poema o cualquier otra forma literaria.
ante el fenómeno. ¿Qué es lo que provo-
ca el desacuerdo? Ante todo, al parecer, Sin embargo, no creo que nos encon-
io- una cuestión de nombres. tremos ante una disputa sobre palabras,
sencillamente porque las discusiones, si son
Los que la atacan, le niegan lo prin- auténticas , nunca son sobre palabras, sino
cipal, a saber: que sea una novela. Una sobre los pensamientos a los que las pala-
obra - vienen a decir- que lindando con bras representan.
la pornografía no ofrece sino breves esbo-
zos , miniaturas, escenas fu gaces y sin cons- La cuestión se suscita más bien debi-
trucción de conjunto; obra en la que fal- do a que la realidad de una analogía entre
tan períodos literarios y sobran términos los procedimientos de La colmena y los
tabernarios y de pésimo gusto; una obra de otras formas literarias supone, para el
en la que deliberadamente parece vacar que la defiende, una censura implícita para
la intención estética, esto no puede ser las formas literarias que se apartan del ca-
una novela, que es, ante todo, un género non a que ella se ajusta. Es así que, en
literario. Se sobreañaden además, natural- todo producto cultural , hay que distinguir
mente , las censuras morales que conside- su ideal estructura arquetípica y la concre-
ran a L a colmena como libro peligroso tísima realización histórica. Las estructuras
y disolvente. ideales consisten en un riguroso -es decir,
determinado- sistema de relaciones entre
Los que la defienden encarecen de ciertos elementos, y sucede que las obras
modo principal su realismo: la fidelidad históricas se aproximan, participan en dis-
del autor al mundo del Madrid de la post- tinta proporción de estos arquetipos, y de
guerra que describe; su certera selección ellos toman el nombre. No debe confun-
de los rasgos más expresivos que contri- dimos la posibilidad de que, a veces, en
buyen a una impresión de faci lidad tal, una obra cultural singular, se interfieran
de veracidad, que fácilm ente desvanecen, varios arquetipos y de esta interferencia bro-
por su misma transparenc ia, la labor del te la genialidad del resultado; es esta mis-
novelista . Cela sería el costumbrista máxi- ma genialidad , por su originalidad, la que
mo de nuestro siglo . podía servirnos como estribo para probar
que no puede hablarse de un arquetipo es-
§ 2. Pero ¿es sólo una cuestión de tructurado sobre la base de las interferen-
nombres? En tal caso, podrían conceder cias regladas de los otros arquetipos.

EL BASILISCO
Una discusión sobre nombres es en- suma, de rescatar la teoría de la no,: '
tonces una discusión sobre el arquetipo de los dominios de la retórica y de ' - -
que corresponda esencialmente a una obra plantarla en la teoría de la ciencia . E:.::
cultural, y ello entrafia una crítica, una no constituiría el primer precedente de '
censura a los otros productos culturales emigración de partes de la crítica liter-c '
que, sometidos al mismo arquetipo, no hacia la teoría de la ciencia. Como es _;¿.
lo realicen de un modo puro. Estas cues- bido, la historia natural , o la historia c.::
tiones de naturaleza «fundamental» habrán tura!, por ejemplo, eran hasta hace po::
de suscitarse cuando tropecemos con al- estudiadas por las preceptivas literar..2..c
gún producto histórico que se nos aparece todavía en el Ars Dicendi de l. Kleu;~::-
como representante casi perfecto del ar- (Taurini, Marietti, 1883) se dan nor=.::....
quetipo; porque él constituye, además, la sobre la filosofía y otras disciplinas p~--
demostración del «postulado de existen- farras . (Lib. IV, cap. II, art. 3.) Porq:.::-
cia» -para hablar en términos de teoría de hecho, los cultivadores de las cien :::...,
de la ciencia- de esos arquetipos. En ver- mencionadas eran antes escritores que ·e::..-
dad éstos comienzan a operar cuando una tíficos. No debe, pues, parecer a prio -
obra espiritual histórica se eleva sobre sus incomprensible que se sugiera la posibil:-
vecinas porque ha adquirido el prestigio dad de reclamar para la novela la eman.:::_-
· radiante de la ejemplaridad. pación de la retórica: de liberarla del d
minio de la «literatura» para someter'. 2:
Prácticamente, la discusión sobre La al gobierno de la ciencia. Es cierto qt: :c
colmena no puede cerrarse con la fórmula las fronteras entre ambos reinos, si bie::
convencional de retirarle el nombre de no- nítidas en el universo de las ideas, se de,-
vela reservado a otras obras literarias; vanecen muchas veces en los casos con-
pues, como quiera que La colmena con- cretos, porque se cruzan de suyo y por-
tiene partes «coordinables» con estas obras que la moda de los tiempos hace transi-
literarias, el retirar el nombre implicaría tar, a veces, contenido de uno hacia e·
que había que expulsar también de estas otro. (Como ejemplo de una emigración
obras las partes que se le coordinan; o inversa a las aludidas, a saber, de la cien-
inversamente, el aplicarlo exige segregar cia a la retórica, puede pensarse en la teo-
de las obras literarias las partes que no ría del neopositivismo acerca de la meta-
se le coordinan. Esta es, muy esquemáti- física.) Y, de este modo, no puede negar-
camente expuesta, la discusión en que nos se que, históricamente, las obras literarias
empefia La colmena. Ahora bien: ¿cuáles que llamamos novelas contienen muchos
son, más precisamente, los arquetipos que elementos inmunes de sustancia científica.
a propósito de La colmena se enfrentan? Pero también debe tenerse presente que
contamos, por ejemplo, con importantes
§ 3. Acaso la respuesta que pro- obras de ontología escritas en hexámetros,
pongo parezca precipitada, doctrinaria, re- como los poemas de Parménides y Lucre-
bosante de positivismo decimonónico. Pero cio, sin que por ello concedamos al retó-
invito al lector a que se deje penetrar por rico jurisdicción sobre la ontología y sus
ella siquiera a modo de ensayo; que saque métodos.
las consecuencias abundantes que en este
escrito no aparecen; que sea meditada sin Y no son de extrafiar estas comunica-
perjuicios y que no tema acometer el es- ciones entrafiables entre el reino de la cien-
fuerzo de abstracción necesario para diso- cia y. aquella comarca del reino del arte
ciar, en las obras consagradas, las partes que llamamos «obra literaria». Porque la
que, aunque idealmente son exteriores en- ciencia es un resultado del espíritu en tan-
tre sí, aparecen históricamente enlazadas to que se atiene ascéticamente a las rigu-
por decisión de sus autores, envueltos en rosas leyes de los objetos, de cualquier
laureles. objeto -no sólo real, sino también ideal
o posible-. Pero la criatura artística es
El arquetipo con que medimos la no- un resultado del espíritu que sólo obedece
vela suele concebirse como una idea per- a su propia libertad, que únicamente atien-
teneciente a la clase de los géneros litera- de a la legalidad del subjetivo apetito. Y
rios. Mi tesis se reduce a reivindicar la en la proporción que estas dos actividades
decisión decimonónica de arrancar el ar- espirituales nunca se dan aisladas, así tam-
quetipo de la novela de la clase de los bién los productos espirituales todos lle-
géneros literarios para incluirlo en la clase varán los vestigios de uno y otro imperio,
de los géneros científicos. Trátase, en aunque esencialmente sólo a alguno de los

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dos estén sometidos. Unicamente per ac- Estos tres puntos de vi sta, aplicados
cidens -como decían los frailes de la Edad a este animal libre que es el hombre, ad-
Media- la crítica literaria puede, y debe, quieren relaciones delicadísimas que no es
ejercer su inspección sobre la novela, y necesario estudiar aquí, y sí sólo aludir-
de esta inspección puede beneficiarse en las; porque lo humanamente real no pare-
abundantes , óptimos frutos. ce diferir esencialmente de lo humanamente
verosímil; aunque existencialmente la dis-
Pero desde un punto de vista esen- tinción es muy clara y sólo en equilibrios
cial, los críticos literarios, en cuanto ta- unamunescos, excesivamente metafísicos,
les, carecen , según la teoría que defiendo, entre ficción y realidad, entre Don Quijo-
de jurisdicción para conocer y valorar en te y Cervantes, es posible borrar las dis-
absoluto la obra novelesca , cuya conside- tancias.
ración precisa de una actitud puramente
especulativa, científica . Los argumentos Pero la conducta humana, mirada des-
que, en favor de esta tesis, es posible adu- de el primer punto de vista como algo
cir hoy, son los cuatro siguientes, que pue- realmente dado , es el objeto a que se atie-
de clasificar en dos grupos todo aquel que nen las ciencias históricas; cuando se le
apetezca la claridad: el primer grupo con- considera desde el segundo aspecto, ideal-
tiene los dos primeros argumentos , que mente, queda fundado el obj eto de las
son intrínsecos; el segundo grupo es el de ciencias morales, en tanto que son nor-
los argumentos extrínsecos, y a él deben mativas.
reducirse los dos últimos.
El tercer punto de vista nos pone tam-
Primer argumento. La teoría de la bién delante de un mundo objetivo , que,
ciencia debe construir, a priori, el con- si puede ser demostrado de algún modo,
cepto de una ciencia antropológica que reclamará una ciencia específica. ¿Qué otra
describa la conducta humana «Molar», puede ser ésta que la novela? A lo menos,
en tanto que ésta es meramente p osible, no encuentro alguna diferente, alguna ac-
demostrando esta posibilidad . En efecto, tividad cognoscitiva - y novelar es cono-
la conducta del hombre puede conside- cer, desde luego- que acuda a llenar el
rarse, ante todo, como algo realmente hueco que apriorísticamente contemplamos
dado, o bien como algo idealmente dado , abierto .
o bien por último , como una cosa inter-
media, por decirlo así, entre lo real y Segundo argumento. La novela, de he-
lo ideal, a saber , lo meramente posible, cho, quiere ser fiel a esta actividad , pues
esto que ll amamos prob able o , mejor, ella , ante todo, pretende la verosimilitud.
verosímil 1. Una narración inverosímil podrá llamarse

(1) Para acl arar estos concept os, a los que p ues nunca debemos temer el tropezar con se-
no es tán familiarizad os con las di stinciones fi- mejantes hip ós tasis; pero ellas pueden interp re-
losó ficas, propondré algunos ejemplos. Un pro- ta rse com o artificios de la abstracción, com u-
ceso efectivamente acaecido en un lugar y tiempo nes a ot ros géneros científicos, que también
determi nados - v . gr. el Congreso de Viena- constantemente «sustantifican» a entes puramen-
es un en te real. U n proceso idealmente previs- te abstractos, como «masa» o «círculo» . El mis-
co, eminentement e de acuerdo con la ideal tra- mo sen tido puede otorgarse a m uchos persona-
yectoria moral aceptada como propia de la con- jes de la s novelas de caballerías . Co mo reduci-
ducta humana , es un ser ideal ; una nor ma que, dos al «género moral » deben considerarse, en
en su plenitud, jamás puede cumplirse po r el camb io, los escritos políti cos doctri nari os, utó-
hombre, ente co ncreto, en tanto qu e esa norm a picos, arbit ristas . Sucede a veces que lo id eal
es abstracta . Pe ro en tre lo real y lo ideal -en necesita ser ilu st rado , puesto co mo verosímil,
el sentido que p recede- media lo meram ente por medi o de recursos lit erari os qu e se aproxi-
posible, lo que, aun cuando nunca haya ex isti- man a la no vela: novelas de tesis, m orales , edi-
do, pu ede existir plen amente , ya que es pen sa- fi cantes, ej emplares. Otras veces es lo real lo
do en su concreteza y no com o al go normativo que necesita de la pru eba de vero similitud: en
de suyo: por ejemplo , un a asa mbl ea q ue deter- este clim a b rota , por ejemplo , la biogra fí a o
min ados jefes políti cos celebrasen en el sigl o la «histori a novelada» , cu yo imerés cognosciti-
por venir. vo es a veces inmenso, en tanto qu e logra con-
La clas ifi cac ión de las obras literarias en al- fe rir a las nudas noticias histó ri cas una lu z Yi-
gun a de estas categorías puede o fre cer a veces vificante , desde la qu e se nos aparecen en toda
dificultades; la novela alegó rica, qu e opera con su intuitiva realidad. P rofundam ente intu yó Gal-
hipóstasis tales como la sober bia, o la a varicia , dós q ue la novela era la «tercera dimen5ióri
pudi era aparecer inverosímil, o al menos ideal. de la histori a» .

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leyenda, alegoría, epopeya, cuento; pero Ahora bien: la demostración noveles-
nunca novela. La novela aspira a la vero- ca es enteramente peculiar, como que se
similitud, y de ella alimenta su poderosa adapta a la naturaleza especialísima de su
fuerza de impresión y sugestión. Es cierto objeto. Gracias a lo cual la novela no se
que semánticamente, casi resulta una pa- confunde, no debe confundirse, con cual-
radoja postular la verosimilitud como atri- quier otro género científico, verbi gracia,
buto de la novela, porque estamos acos- la historiografía o la sociología. Una de
tumbrados a aplicar a las quimeras y sue- las más sabias enseñanzas de Aristóteles
ños juveniles, por ejemplo, el adjetivo de fue el consejo de dar a cada ciencia lo
novelesco. Novelesco equivale entonces a suyo y no querer imponer los métodos
irreal. Y ciertamente lo es, sin que por de alguna a las demás. Santo Tomás co-
.ello , empero, deba a la vez ser inverosí- menta: «Algunos no aceptan lo que se les
mil. Lo novelesco es irreal en cuanto que dice si no se les propone de un modo
es esquemático y abstracto, pero en pare- matemático . Esto sucede por la fuerza de
cido sentido a como lo es la circunferen- la costumbre a los que han sido formados
cia o la línea recta para el geómetra, que en el estudio de las matemáticas: porque
aunque nunca se verifican omnímodamen- el hábito es semejante a la naturaleza. Pue-
te, se refieren a la realidad y presiden nues- de esto también acontecer a otros por su
tro conocimiento de ella. Por esto, debe indisposición natural, a saber, a los de-
ser tomado con mucha prudencia el atri- masiado imaginativos, que carecen de un
buto de la intemporalidad, que algunos muy elevado entendimiento». (In. Met. I,
teóricos destacan como propio de la no- 1,6.)
vela. La abstracción novelesca se eleva so-
bre el tiempo concreto y, por ello, una Pese a estos consejos y a otros mu-
crónica nunca es una novela; asimismo chos igualmente prudentes, el afán por uni-
puede prescindir del lugar, o del tiempo ficar los métodos científicos es un peligro
y lugar a la vez -si bien es suficiente que acecha constantemente a la creación
la liberación de una sola de estas coorde- científica y, en nuestro punto, la preten-
nadas para elevarse sobre realidad históri- sión de imponer a la novela los métodos
ca. En consecuencia, la intemporalidad ad- de las ciencias históricas. Es cierto que
mite muchos grados de alejamiento de la Zola, que tomó plena consciencia de la
temporalidad realizada, pero nunca puede misión de la novela, debe ser considera-
alcanzar el punto límite de lo formalmen- do, dentro de la teoría que defiendo, como
te atemporal. . el verdadero Lavoisier de la novela, el que
la sacó teóricamente de la alquimia lírica
Pero no sólo la novela se ocupa de y, como ro man experimentelle, la intro-
la conducta humana (individual y social) dujo en el mundo de la ciencia. Pero, en
en cuanto objeto posible, sino que se ocu- cambio, incurrió en el error gravísimo de
pa de ella científicamente; pues la ciencia sobreentender que científico equivalía a la
puede definirse, por lo menos, como un cientificidad de una ciencia determinada,
conocer que procede por demostración. Y concretamente de la sociología; y así, en
la novela tiende a demostrar la verosimili- consecuencia, debía usar formalmente el
tud de sus enunciados. ¡Qué extraño este aparato bibliográfico y los métodos de ob-
recurso de la demostración, específico del servación y experimentación característi-
conocer científico, si prescindimos de la cos de las ciencias reales. Nada más ridí-
científica naturaleza de la novela! Fuera culo, desde luego. El novelista puede, y
de esta doctrina, ¿cómo explicarnos la si- debe, naturalmente, beneficiarse de estos
guiente manifestación de Dostoyevski, sa- recursos técnicos para ayudarse en sus pro-
cerdote supremo de la novela, cuando se pios senderos (del mismo modo que el so-
dispone a describirnos el espíritu rencoro- ciólogo o el psicólogo se sirven de los re-
so de Varvara Petrovua: « ... además, era sultados y procedimientos de la novela).
rencorosa de un modo increíble. Relataré, Pero nunca puede olvidar que su trabajo
como prueba de lo que digo, dos anécdo- busca la verosimilitud, que acaso nos
tas» . (Los endemoniados, primera parte, arranca más profundamente los secretos
cap. I)? Una manifestación análoga sería del ser libre que la propia historia. El no-
sencillamente ridícula, un exabrupto , en velista construye mitos, en el más puro
una obra lírica o épica. (Acaso en la épi- sentido platónico: y así, sus métodos de
ca puedan rastrearse rudimentos de de- prueba son puramente internos y es el lec-
mostración; pero precisamente la novela tor el que, por sí mismo, sin necesidad
es el resultado histórico de la épica.) de confiarse en la autoridad del autor,

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o de protocolos transcritos al margen, pue- su obra- posee más afinidad con la del
de reconstruir las situaciones y juzgarlas. hombre de ciencia que con la del hombre
Y esta circunstancia arroja un asombroso de verso.
corolario, a saber, que la cientificidad de
la novela es, desde algún aspecto, de ma- Cuarto argumento, y último, de ca-
yor dignidad que la cientificidad de la his- rácter dialéctico, es la comprobación de
toria, en tanto que las pruebas históricas que el concepto de novela expuesto se
son extrínsecas, argumentos de autoridad adapta de hecho, cubre a las obras que
en su mayor parte. se nos ofrecen como relevantes modelos
del género novelesco. Baste citar, en este
Ahora bien: admitido este ingredien- esbozo, a la novela picaresca; al Quijote
te «científico » en la novela, la parte lite- y a los Hermanos Karamázov; a Faulkner
raria, puramente retórica, aparece como y a Joyce y , desde luego , a la novela na-
un sobreañadido, una adjunción incons- turalista o histórica. Una exposición míni-
ciente, pues existen ciertamente otros gé- mamente suficiente de este argumento úl-
neros que están destinados a servir de re- timo exige un escrupuloso trabajo, cuyos
fugio a lo puram ente estético o a la fic- resultados y pruebas se extenderían por
ción pura. Se replicará que es enteramen- la superficie de muchas páginas. Es , ade-
te concebido un género mixto en el que más, una de las tareas más urgentes para
se conjugue lo verosímil con lo inverosí- perfilar la teoría sobre la novela que en
mil o en el que la exposición quede, en este ensayo desarrollo esquemáticamente,
la intención del autor, subordinada al in- y ella nos orientaría sobre las diversas téc-
terés puramente retórico, interés que siem- nicas de prueba y procedimientos genera-
pre constituye, por lo demás, incluso en les de exposición y demostración con los
las ciencias simbólicas, un fin secundario que la novela opera. Permítaseme en este
e instrumental del científico. Pero enton- lugar limitarme a plantear la cuestión, a
ces conviene afirmar que las partes de esta formular con ello un prometedor progra-
mezcla no son novelescas, sino poemáti- ma de trabajo.
cas fantasías. Si nos atenemos a una obra
que posea este carácter «mixto », lo espe- § 4. La colmena es un modelo, un
cífico de ella serán, desde luego, los mo- specimen casi puro , «químicamente puro»
mentos que he llamado «científicos », y de novela científica. No quiere decirse con
ellos le prestarán el nombre nuevo, que esto que sea una novela de tesis, una no-
es el de «novela»; y en tanto que estos vela teórica, que demuestra sus enuncia-
momentos poseen una regularidad y lega- dos a priori, a partir de sistemas filosófi-
lidad inteligible, acreditada por obras da- cos o sociológicos presupuestos; porque
das históricamente -una de las cuales, a la novela que posee métodos propios,
modelo consumado, es La colmena-, de- no le corresponde desarrollar teorías filo-
berá considerarse el producto mixto como sóficas, como quiere Sartre. La interpre-
derivativo, lógicamente posterior, aunque tación filosófica se construirá, a lo sumo,
de altísimo interés cultural que sólo con a partir de los «resultados», más bien de
este conocimiento de sus ingredientes he- carácter empírico , presentados por el no-
terogéneos, asociados genialmente en oca- velista; pero estos resultados no son por
siones, puede ser comprendido y valora- sí mismos filosóficos. Y así, en la obra
do. Son, sin duda, estas formaciones de Cela -que sólo contiene un paréntesis
«adulteradas», complejas, las qu e deso- de diez líneas que desbordan, super/luyen
rientan a muchos teóricos y hacen incu- el arquetipo científico-positivo de la nove-
rrir a algunos en tesis tan extraordinarias la ; este paréntesis consta en el último pá-
como la de Thibaudet, según el cual, la rrafo del capítulo IV de La colmena, y
esencia de la novela, en cuanto género li- se encuentra en la página 186 de la edi-
terario, sería precisamente el no ser un ción castellana- unos ven alentar una pro-
género literario, sino una mezcla de todos funda metafísica teológica, cristiana; otros,
ellos. (Le liseur de romans, Paris, 1925.) en cambio, temen en ella el más grosero
materialismo, pura cibernética doctrinaria .
Argumento tercero, en favor de la teo- Esto demuestra que La colmena, como no-
ría de la cientificidad de la novela que vela pura, está más acá de semejantes cues-
defiendo, es la psicología característica del tiones. En consecuencia, quien se dispon-
novelista, cuya actitud -sin necesidad de ga a aplicar a la colmena las categorías
que, como Stendhal, lea códigos civiles literarias o filosó ficas de su diario uso,
antes de entregarse a la construcción de debe renunciar a percibir los valores que

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encierra e incluso acorazar sus categorías sus reacciones ante los ataques de las co-
para que no sean disueltas por esta lectu- sas de fuera, de las cosas exteriores a ellas;
ra, que es peligroso disolvente. El «arte el arte de Cela para alcanzar estos contor-
de leer novelas», como estudio que es, nos, en un estilo rápido y seco, es en ver-
exige ante todo una actitud intelectual pu- dad admirable. No podían dejar de acu-
ramente especulativa y analítica, con la dir a la memoria las semblanzas de Teo-
imaginación sofocada en todo intento de frasto.
sensual y morbosa complacencia. Quien
no disponga todavía de un espíritu robus- § 5. La colmena nos impone la im-
tecido por la disciplina del conocimiento presión de verosimilitud, internamente ex-
científico, que no lea, desde luego, La col- hibida en el trazado de sus personajes,
mena. Un espíritu delicado y sensitivo no en la estructura legal que entre ellos se
tiene por qué resistir a la inminente y de- proponen y en el modo sobrio y pene-
sagradable realidad que es el éter de un trante de exponer este mundo objetivo de
quirófano. elementos y relaciones.

Dos métodos posibles están a dispo- a) Los personajes que componen La


sición del conocimiento novelesco, en tan- colmena, sus elementos, son esencialmen-
to que es un conocimiento psicológico: el te verosímiles, porque constituyen arque-
método introspectivo y el método extros- tipos o estratos arquetípicos de la natura-
pectivo, cuya forma canónica ha sido al- leza humana, apresada en modos de pre-
canzada por la escuela behaviorista. Re- sentarse en el Madrid de la postguerra.
dúzcase, desde luego, a un puro postula- Esta afirmación ha de parecer a muchos
do abstracto la tesis fundamental del be- evidente por cuanto en La colmena, los
haviorismo: que todos los misterios de la «estratos arquetípicos» -las figuras de
vida, singularmente de la vida psíquica, conducta- que contemplamos son desa-
deben ser formulados según el esquema gradables, oscuros, truculentos. La colme-
est[mulo-reacción. Considérese esta tesis, na, aun en sus partes más tibias y simpá-
que niega la vida interior, como una re- ticas -como, por ejemplo, el entrañable
nunciación provisional a abarcar toda la matrimonio de don Roberto y Filo- es
realidad vital en aras de un mayor rigor una novela sombría, acaso porque han sido
en los resultados. Pero éstos fluyen abun- cegados los focos de la vida interior, qui-
dantes, y los nombres de Verworn, Jen- zá de esa vida interior cuyos focos pue-
nings, Katson, Me. Dugall, lo demuestran. den ser cegados: la de don Roberto, cu-
yas preocupaciones íntimas consisten en
Por todo esto, será posible y necesa- cambiarse las llaves del pantalón, y sus
rio tomar en consideración, en la teoría ilusiones en hacer un regalo a Filo, en
de la novela, estos dos métodos como cri- su santo, y su secreto en celebrar cariño-
terio de clasificación de las obras. Dosto- samente ese símbolo tomándose un ver-
yevsky es el clásico de la «novela intros- mú, si le sobrara algo del adelanto que
peccionista» gracias a los imponentes uni- le dio su jefe. La intuición de Cela para
versos interiores que logra construir su ge- aprehender estos tipos de conducta deso-
nio: Raskólnikov o Demetrio Karamázov. ladoramente vulgares y para demostrar-
nos, por medio de ejemplos, que ellos son
La colmena constituye, por el contra- formas típicas de espiritualidad urbana,
rio, el modelo consumado de aplicación estratos que irremisiblemente -no sólo en
de la actitud behaviorista. En La colme- algunas clases ínfimas- operan en todo
na, los personajes se nos aparecen como aquel que inserta en la vida burguesa sus
sujetos que reaccionan ante los estímulos movimientos, aunque por un error de pers-
de su contorno, arrastrados por él; fatal- pectiva saque para él la impresión de una
mente, brutalmente, como las piezas de rosada o íntima personalidad, creo que
una máquina. Los personajes de La col- es extraordinaria y tangente con la genia-
mena carecen de vida interior; han sido lidad. Pero justamente este semblante
sorprendidos los hombres en el momento duro, sombrío de La colmena es el que
en que su conducta se parece más a la se interpreta como el rasgo unilateral, in-
monótona, vulgarísima, standardizada ac- verosímilmente unilateral, de nuestra no-
tividad de un mecanismo, en el que las vela: porque constituye, a lo sumo, una
piezas repiten, como los astros, siempre acotación arbitraria de alguna zona socio-
sus mismas trayectorias. En La colmena lógica; representa un corte artificial y abs-
las figuras se dibujan por la silueta de tracto de la vida cotidiana a cuyo través

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intentáramos for mular las realidades hu- superficial y frívolo entender este su bjeti,
manas qu e en ella se agitan. Sin embargo, vismo en un sentido puramente psicológi-
la vulgaridad y frivolidad ele la objeción co, como suele hacerse por quienes ale-
«la vida no es sólo eso» es, en verdad, gremente, y malévolamente, cargan las
irritante. amargas enseñanzas de la novela a cuenta
de un amargo y resentido temple del no-
]\'lerece la pena detenernos un momen- velista. El «humor melancólico » puede fa-
to en esta característica de La colmena. vorecer, incluso ser la conditio sine qua
Porque se verifica que no sólo Cela en non para el modo ele abstracción a que
La colmena, sino los más graneles novelis- es tan propenso el conocimiento noveles-
tas, desde la picaresca española hasta nues- co, pero no se confunde con él ni, menos
tros días, se han complacido en subrayar aún, lo degrada .
las tonalidades que podríamos llamar
«sombrías» del alma humana. Con razón Las dos hipótesis sobre las que baso
advierte el maestro Ortega: «La novela mo- la «teoría epistemológica» de la novela rea-
derna, desde Balzac, gran deudor, es la lista son las siguientes:
vida nerviosa y enferma de la falta de
dinero, ele la falta de voluntad, de la falta 1? El autor y el lector de novelas
de belleza, de la falta de sanidad corporal -que componen una unidad estructural
o de la falta de esos otros aditamentos gnoseológica ele! tipo maestro-discípulo-
morales, como el honor o el buen senti- han de ocupar , desde luego, una altitud
do. Es la literatura ele los defectos» . (La o ni vel espiritual e intelectual determina-
sonata de est(o de Don Ramón del Valle dos, desde el que se disponen a la tarea
Jnclán. O.C. , I, página 21.) cognoscitiva. Pero este nivel o altitud no
es una cantidad despreciable que pueda
¿Por qué esto? ¿Por qué este amargo pasar por alto el que quiera explicarse
defecto de vida interior'! ¿Por qué estas cumplidamente las cosas. Porque el cono-
luces que parecen tan íntimas se resuelven cimiento científico es, antes que nada, un
en la más desoladora, sombría, incluso tru- conocimiento, que es actividad ele un su-
culenta vulgaridad? jeto; y así, en sus resultados, no solamen-
te habrá que recoger los vestigios de las
La primera teoría que ocurre es que estructuras objetivas, sino también los del
la realidad misma fuera, en su esencia, sujeto que a ellas pretende identificarse
sombría y truculenta: el proceder de la en la fusión cognoscitiva.
novela «realista » se fundaba entonces en
la propia realidad. Es esta una teoría que 2~ Pero ¿cuál es concretamente, en
podríamos denominar «ontológica» ele la nuestro caso, este nivel, esta altitud? Pos-
truculencia novelística. Para demostrar que tulo que la situación normal del hombre
ella no es cierta, bastaría aducir la verosi- civilizado. Pero entre los atributos de esta
militud de las novelas ele los Goncourt, situación normal, canónica, que aquí in-
o la ele la novela rosa, clesacreclitacla ge- teresan, incluyo lo que pudiera llamarse
neralmente, sin embargo, como novela, se- «actitud simpática», relativamente y me-
guramente porque en ella el interés cog- nudamente optimista, actitud desde la cual
noscitivo está suplantado por la impuden- el hombre es apetito ele acción sobre los
te complacencia del apetito. otros hombres, proyectista desde el inte-
rior, por lo menos aparente, de un yo,
Si, pues, la teoría ontológica no nos y modelado, encauzado por tocias las ideas,
procura una explicación satisfactoria, será convicciones, instintos que por no coti-
preci so recurrir a otra teoría no ontológi- dianos, y hasta cierto punto banales y pro-
ca, a saber, epistemológica de la novela saicos, son menos entrañables , necesarios
realista, que, por sí misma, ni incluye ni y operantes. Actitud que ha descrito filo-
excluye, por lo demás , la teoría ontológi- sóficamente Heidegger al hablar de la ca(-
ca. La «teoría epi stemológica» se atiene da (Yerfallen) del hombre en el man, pero
al modo de abstracción que necesariamente en tanto que esta caída no es un acóclen-
ha de acompañar a la construcción nove- te, sino una constante familiar de la natu-
lesca, en tanto que es un conocimiento. raleza humana.
Este modo de abstracción en que fundo
la teoría epistemológica puede considerar- Este ambiente mental , este temple in-
se, desde luego , como un fundamento sub- telectual es el punto ele vista desde el cual,
jetivo ele la novela «realista »; pero sería al menos con mayor probabilidad, se dis-

EL BASILISCO
pone el hombre a conocer la realidad de -como es artificiosa la red de meridianos
sí mismo. Entonces deberá contarse con y paralelos que hacen inteligible nuestro
él, del mismo modo que el físico que quie- globo- remeda la misma naturaleza de
¡
ra conocer la realidad geométrica del la vida sociológica, en cuanto recoge la
«mundo exterior» debe contar con la es- idea de fortuita f ata!idad que concedemos
tructura euclidiana del aparato visual. ordinariamente a los acontecimientos que
en ella se consuman.
Y así es como comprendemos inme-
diatamente la propensión casi irresistible c) Por último, el más obvio acceso
hacia los estratos que contrastan con este a lo verosímil que en La colmena pode-
ambiente desde el cual se conoce noveles- mos encontrar es el lenguaje, en donde
camente. Estratos, capas, que lo son, por el talento de Cela alcanza los mejores y
supuesto, no ya de una determinada clase más insospechados resultados. Los nom-
social, sino de toda el alma humana, po- bres de los personajes no son meros sím-
sibilidades de ella, que acaso permanecen bolos convencionales, simples signos alge-
en la penumbra en ciertos grupos socioló- braicos impuestos a ellos para entender-
gicos pero brillan con toda su pureza en nos durante la lectura: sino que se adap-
otros. La técnica de la truculencia y de tan a sus objetos con la relación de
la dureza en la novela no sería de natura- naturalidad que les proporciona el uso in-
leza distinta a la técnica del teñido en his- veterado (doña Rosa ; Cojoncio; el señor
tología . Así como si un tejido, o una cé- Suárez, alias «la Fotógrafa»). Las pala-
lula, presentase al ojo del biólogo la mis- bras no se «usan», sino que, sobre todo,
ma luz que la de la lente con la que se se «nombran». El argot recogido por Cela
investiga se desvanecerían en sí mismo en convierte a La colmena en uno de los más
una incolora presencia, así también el alma valiosos documentos para el estudio del
humana, iluminada con la rosada luz que lenguaje coloquial y del ánimo que en él
se derrama desde el nivel normal de quien se expresa.
novela y estudia, se desvanecería en una
incolora trivialidad, en una insulsa e inex- § 6. Corresponde ahora pasar a la
presiva evidencia. Tüiendo la conducta hu- aplicación de nuestro tercer argumento a
mana en tonalidades fuertes y oscuras, se La colmena -es decir, a la vocación cien-
nos revelan intensamente sus misteriosos, tífica de su autor-. Ello es fácil, pues
zafios, amables, desoladores o nobilísimos los que conocen a Camilo José Cela sa-
relieves . ben que su actitud es la del científico,
es decir, la del hombre cuya facultad su-
b) El segundo recurso que en La col- bordinante es el entendimiento, y cuyo ofi-
mena impone la verosimilitud es la estruc- cio es conocer y obrar de acuerdo a lo
tura cerrada que tejen las relaciones esta- que se ha conocido. Este oficio no es in-
¡blecidas entre sus elementos, entre sus per- compatible con saber escribir bien y, so-
sonajes. Suele afirmarse que La colmena bre todo, con escribir bien de hecho, como
es una obra invertebrada; que carece de suele creerse.
estructura en su objeto y que se resuelve
en un mosaico de desordenados documen- Cela no es un imaginativo o un sensi-
tos. Estas características , que para los ba- tivo: es un investigador , un buceador del
rojianos constituirían alabanzas, son es- alma humana -un gran explorador de tru-
grimidas, sin embargo, como un repro- culencias, lo ha llamado Ortega-. Su ins-
che. Pero se basa éste en una ignorantia tinto especulativo le ha conducido, por
elenchi, porque La colmena se ajusta a ejemplo, a publicar a sus expensas un ele-
una rigurosa estructura, su mundo es un gante tomo con artículos de Planch, Schró-
acordado sistema de relaciones que se in- dinger y Heisenberg; él mismo posee am-
terfieren y encajan recíprocamente, como plios conocimientos de física, sociología,
demostraría plenamente la representación biología, que ha adquirido en la discipli-
geométrica del mismo. Si Seoane encon- na universitaria. Y él mismo, lejos de re-
tró el billete de veinticinco pesetas es por- chazar, por trasnochada, la teoría de la
que , como se nos dice unas páginas des- novela como género científico, la acepta
pués, Martín marco lo había perdido unas y proclama gu stoso y sin asombro, por-
horas antes. que se sabe perfectamente consciente de
su misión. «Mi novela La colmena, pri-
Ahora bien: esta estructura, artificio- mer libro de la serie 'Caminos inciertos' ,
samente construida, y precisamente por ello no es otra cosa que un pálido reflejo, que

EL BASILISCO
una humilde sombra de la cotidiana, ás- temente preparado para desarrollarlo. Pero
pera, entrañable y dolorosa realidad.» ¿acaso en la república de los Faulkner,
¿Acaso puede llamarse a esta declaración los Joyce, los Huxley, no es Camilo José
de otra forma que con el nombre de pro- Cela un primus inter pares? Los que así
fesión de vocación y conducta científica? lo creemos, deseamos que se modere todo
juicio apasionado o sectario, que se pene-
§ 7. Finalmente, por lo que se re- tre en la cosa misma, y que brille la justi-
fiere a la aplicación del último argumento cia.
-del cuarto-, que debe aquí verificarse Gustavo Bueno
en la forma de una comparación entre La (Publicado en Clavileño, Revista de
colmena y otras obras novelescas ordina- la Asociación Internacional de Hispanis-
riamente reconocidas como canónicas, he mo, n? 17, Madrid, septiembre-octubre
de confesar que no me considero suficien- 1952, págs. 53-58).

Sociedad y cultura 6 / Viernes, 27 de octubre de 1989 La :Nueva /;spaña

Gustavo Bueno inicia una segunda etapa de su revista de filosofía y teoría de las ciencias

Música de Batman y aires mundanos


en la presentación de «El Basilisco»
Oviedo, J. N .
La presentación de la revista
(<El Basilisco», en su segunda Eb BASILISCO
etapa, constituyó un acto mun-
dano. con música de Batman in-
cluida, y distribución entre el
público de espejos para contra-
rrestar «los mortiferos rayos
que emiten por sus ojos los basi-
liscos», según comentaban los
organizadores. Gustavo Bueno,
director de la publicación, puso
la guinda filosófica con una di-
sertación en la que propuso una
reinterpretación de los popula-
res libros de Hawking y Faiías.
La puesta en escena del acto.
que se celebró en el hotel de la
Reconquista a partir de las
ocho de la tarde, corrió a cargo
de Juan José Plans, director del
área cultural de la Caja de Aho-
rros, entidad que corre con to-
dos los gastos de esta nueva eta-
poa de la revista de filosotia. La
antigua capilla barroca, hoy
sala noble del hotel, estaba llena
de invitados, entre ellos los al-
caldes de Oviedo y Gijón, Anto- Bueoo, charlando con Iglesias en la presentación de «El Basilisco•. A la derecha, portada de la publicación.
nio Masip y Vicente Alvarez
Areces; el presidente de la Caja, los asistentes al acto pequeños «una filosotia de profesores y su. parte, Fernández Noriega
Angel Femández Noriega, y el espejos de mano para proteger- para profesores está llamada a afirmó que era un gran hondr
director general de la entidad, se de los rayos mortales que, se- morir; por el contrario, la filo- financiar una publicación como
José Troteaga; los catedráticos gún la mitología, emiten los ba- sofía debe ir a las cosas mis- «El Basilisco>>.
José Miguel Caso, León Garzón siliscos. El público. en su mayo- mas». Se preguntó a qué se de- La revista. en ésta su segunda
y Vida! Peña; el cronista oficial ria conocedor del simbolismo bía el éxito de libros recientes etapa, tiene una tirada de 5.000
de Asturias, Joaquín Manzana- del basilisco, reía la ocurrencia. como el de Hawking sobre la ejemplares y se vende a 500 pe-
res; el decano de la Facultad de Después se dio paso al acto en historia del tiempo; o el de Fa- setas. un precio realmente redu-
Fi1osofia. Julián Velarde; los sí de la presentación de la revis- rias, sobre Heidegger y el nazis- cido. Tendrá una frecuencia bi-
concejales del Ayuntamiento de ta . Un pasaje musical de la pelí- mo. y concluyó que en el caso mestral y la Caja aportará al
Oviedo A velino Martínez, A ve- cula «Batman» iritrudujo el bre- del físico inglés el desarrollo de menos IO millones de pesetas
lino Viejo y. Covadonga Ber- ve ,gwla~o !)_ e ;l'lans-q\l!r, 113· las ciencias lo llevaban a mane- anuales deJtubvencián; -En los
tntnd, y varios profesores del c,éndole .~ Q wnno af o¡undo· de jar ideas de l;l, filosofía, auqnue corrillos <Jºe se formaron tras la
llamado Orupo de Ov1edo que los grandes espectáCillos _cme- ~in eónocun~ntos y argumen- presentac1ó1_1, el tema estrella de
encabeza.. Bueno entre .ellos matográfie4;>s y de· avent1,J.ras, tandO •·. oomo 1tn1 presocrático. los comentarios era la propues-
Carlos Iglesias;, -.AU>otlo •Hill;,l, i.ni<lió .-i ojooUM<J,,an~j) Respecto á Farias, señaló que ta. de nom,brar ~ S~n Mateo pa-
~o. David AlvargonZi!lez y José •«¡él"ret'Otito'del Basítii;co!»-, y le planteaba "CYesridnes que des• trono en 0viedo. u·na cuestión
Manuel Rodríguez Cepedal. No auguró un espléndido futuro a bordan las categorias políticas y sin duda debatible por los filó-
asistieron el consejero de Cultu- la nueva publicación ; «Hasta el tambiCn se introducían en la fi- sofos. Masip se mostró contra-
ra ni "ningún miembro del equi- final de los tiempos>, losofía. Terminó señalando que rio a l cambio y Manzanares
po rectoral. Gustavo Bueno seña ló. por Plinio ya había indicado que el apostilló, con irÜnía, que se po-
A la entrada del salón capilla su parte. que los filósofos no de• verdadero peligro para los basi- día nombrar a Alvarez Areces
un grupo de azafatas ofrecia a hian mirarse en los espejos. liscos eran las comadrejas. Por P•~trono de Oviedo.

<:L BASILISCO