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EL SER PERSONAL HUMANO

El término “hombre” significa la naturaleza o esencia humana. La esencia universal, lo


que se pone en la definición de hombre y se dice de todos los individuos humanos, como lo
común a todos ellos, es animal racional. “Hombre” significa animal racional. Cuando decimos
de Juan o de Juanita que es hombre significamos la esencia o naturaleza, lo común a todos los
individuos de la especie humana.

En cambio “persona”, entendida como persona humana1, significa al individuo que


subsiste en una naturaleza o esencia racional. Boecio la define como “substancia individual de
naturaleza racional”. Si “hombre” significa la esencia común a todos los individuos de la
especie humana, “persona” significa al individuo, en cuanto tal individuo, distinto de todos los
otros individuos humanos. El nombre “persona”, aunque es nombre común en cuanto lo
decimos de todos los hombres, no es común como el término “naturaleza” porque no fue
impuesto para significar la naturaleza o esencia común a todos los hombres, sino para
significar al individuo humano en su carácter de único e irrepetible, absolutamente original y
distinto. En relación a esto se dice que una propiedad del ser personal es la incomunicabilidad.
No en el sentido de que la persona no se pueda comunicar, porque en cuanto inteligente tiene
palabra y por ello existe para conversar con otra persona, sino en el sentido de que una
persona no tiene nada de común con otra. Cuando decimos de Juan o de Juanita que es una
persona decimos que es un alguien absolutamente original, un sujeto máximamente singular.
Juan, en cuanto hombre, es lo mismo que Juanita pero, en cuanto Juan, no tiene nada de
común con Juanita.

Las propiedades fundamentales del ser personal son: inteligencia, libertad, interioridad e
incomunicabilidad. Esto último, el no tener absolutamente nada de común una persona con
otra, su máxima singularidad es lo que debe ser entendido adecuadamente. Efectivamente,
hay una singularidad que no es propia del ser personal sino que la tienen todos los entes
corpóreos en virtud de su materia. La tiene la persona humana, en cuanto es corpórea, pero
no es la específica del ser personal. Sabemos que la materia está singularizada, en cada ente
corpóreo, por su particular accidente cantidad. Es lo que llamamos la materia concreta,
principio de individuación del ente corpóreo dentro de su especie. Por ejemplo, una manzana
tiene concretada su materia de modo distinto a otra. Distinta figura, tamaño, textura, etc. Lo
mismo sucede con una piedra, un árbol y un caballo. En los animales, en cuanto sujeto de vida
sensitiva, hay además una singularidad afectiva. Un perro, por ejemplo, tiene un
temperamento distinto de otro. Es más o menos enojón, juguetón, etc. La singularidad afectiva
o psicológica, propia de los animales, es algo de orden material y está determinada por la
constitución corpórea.

Evidentemente, la persona humana posee una singularidad corpórea y afectiva. Y así, por
ejemplo, Pedro es orejón y simpático. Pero la singularidad de la persona que es Pedro no
puede reducirse a eso. Esto no puede explicar sus actos libres, la absoluta originalidad de cada
una de sus decisiones y, en general, de toda su vida. Tiene que haber algo más íntimo en la
persona desde lo cual se originan sus actos propios. Para comprenderlo es necesaria la
consideración metafísica de la persona humana, esto es, pensarla desde aquello que es

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Si consideramos que “racional” significa al sujeto cuya inteligencia es discursiva, la definición de Boecio
es aplicable solamente a la persona humana. En efecto, porque el alma humana es forma substancial de
un cuerpo, la inteligencia, afectada por la potencialidad de la materia, es discursiva, esto es, procede de
la potencia al acto. Ni en las personas angélicas ni en las divinas hay movimiento intelectual y, por esto,
una definición aplicable a todo ser personal sería más bien, individuo que subsiste en una naturaleza
espiritual. Toda substancia espiritual, o todo sujeto cuyo acto de ser es espiritual, es persona.

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metafísicamente anterior a su esencia o naturaleza y que es su acto de ser. No basta la mera
consideración física que la objetiva solamente en cuanto a su esencia o naturaleza.

En los entes corpóreos podemos distinguir la composición forma substancial-materia que


constituye su esencia (naturaleza o substancia), y la composición ser-esencia por la que es un
ente. En la consideración física (o material) de un ente corpóreo se objetiva su esencia, lo que
se comporta como potencia o sujeto receptivo del acto de ser. Por ejemplo, el gato, en cuanto
gato. Y en la naturaleza gatuna hay una singularidad por parte de la materia concreta (la
particular figura de sus patas, por ejemplo) y también por parte del temperamento (su singular
disposición al juego). En cambio, cuando lo pensamos metafísicamente, esto es, hacemos la
consideración metafísica (o formal) objetivamos lo que se comporta como acto de la esencia,
el acto primerísimo del ente que es su ser. Por ejemplo, el gato, en cuanto ente, o en cuanto
tiene ser. Y entonces, en el gato, no aparece la singularidad de la persona porque su ser
puramente material, completamente determinado por la naturaleza, no funda unos actos y
vida absolutamente original.

Si pensamos a la persona humana solo en cuanto a su naturaleza nos aparecerá


solamente su singularidad corpórea (su tono de piel, por ejemplo) y temperamental (su
tendencia a la depresión, por ejemplo). Veremos su singularidad en la línea de la naturaleza,
que es determinada por la materia, porque la materia al recibir la forma la contrae, singulariza
y multiplica (como en el hombre el cuerpo singulariza y multiplica el alma intelectiva y, en el
caballo, el alma sensitiva es singularizada por su cuerpo particular). Pero no es esta la
singularidad de la persona. No puede explicarse desde aquí el uso de su libertad y la
originalidad de su vida. De lo contario tendríamos que afirmar la singularidad de la persona
humana como exactamente igual a la singularidad de un gato o de un caballo. En los animales
irracionales existe esta singularidad (en la línea de la naturaleza) pero no se da en ellos una
vida original, porque no son libres, no tiene dominio de sus actos.

El principio de los actos libres, absolutamente originales y propios de la persona humana,


hay que encontrarlo en algo metafísicamente anterior a su esencia o naturaleza, hay que
descubrirlo en el particular acto de ser de la persona que es su ser espiritual y que funda su
libertad. La singularidad de la persona se manifiesta en sus actos libres, pero tiene su principio
máximamente íntimo en el acto de ser espiritual de su alma. El obrar sigue al ser, y el modo de
obrar sigue al modo de ser (a la esencia). Por esto, es posible conocer la esencia o naturaleza,
el tipo de ser que tiene un sujeto, a partir de sus operaciones propias. Y así, desde la
consideración de lo propio del acto libre se llega a lo específico del ser personal humano.

En los animales irracionales sucede que sus actos no trascienden la especie. Esto significa
que todos los individuos de la misma especie obran igual, sus actos están determinados por su
naturaleza, porque no son libres. Y que no sean libres significa que son actos de los cuales el
bruto no tiene dominio. En efecto, todos los delfines obran de la misma manera, realizan los
actos que les corresponden según su naturaleza, sin originalidad, razón por la cual no se hace
una biografía de un delfín. No interesa conocer la vida de un delfín porque no es distinta a la
vida de otro. Conocidos los actos de uno se conocen los actos de todos, se consuma el
conocimiento de todo lo esencialmente inteligible que hay en los delfines. Lo interesante es
conocer a los delfines, conocer la especie (esencia o naturaleza) de los delfines. Es un bien que
existan delfines y en ellos, como en todos los animales irracionales, el individuo se subordina a
la especie.

En cambio, en los hombres sus actos propios trascienden la especie. No que un hombre
realice actos de una especie distinta de la humana sino que, aunque todos hacemos
esencialmente lo mismo (comer, estudiar, caminar, rezar, etc.), unos lo hacen de un modo que

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no está determinado por la especie (come con moderación, estudia con recta intención, ofrece
a Dios su caminar, reza sin amor, etc.). Si, por ejemplo, comer con moderación estuviese
determinado por la especie todos los hombres, en cuanto hombres, comerían con moderación.
Pero vemos que no es así. El acto humano es original porque es libre, es un acto del cual la
persona humana tiene dominio y, por ello, lo realiza de un modo que no se da en el acto libre
de otra persona. Por esto es interesante conocer a Juan. Y conocer a Juan no es lo mismo que
conocer a Pedro, porque conocidas las acciones de Juan no se conocen las acciones de Pedro,
no se conoce todo lo que puede ser decidido y hecho por un sujeto de la especie humana. Hay
algo en las decisiones de Juan que no está determinado por su naturaleza, exactamente la
misma naturaleza de Pedro. Hay algo, por tanto, metafísicamente anterior a la naturaleza
humana, en cada persona humana, absolutamente singular que funda la libertad de su actos y,
con ello, la absoluta originalidad de su vida. Y esto es, el ser espiritual de su alma.

El alma humana es una substancia espiritual, una forma subsistente, esto es, una forma
que tiene su ser independientemente de la materia. El acto de ser del alma humana es
espiritual. Es cierto que el alma humana, por la limitación o finitud de su ser espiritual, a
diferencia de las formas puras que son los ángeles, no puede comenzar a existir sino
actualizando a una materia. La substancia completa que es un hombre es el compuesto de
alma espiritual y cuerpo. Pero el alma humana es substancia, esto es, tiene el ser en sí,
metafísicamente antes (no cronológicamente antes) que el compuesto. Ella tiene su ser en
propiedad sin la materia y, por esto, vuelve sobre sí misma, está siempre presente a sí misma,
razón por la cual el hombre conoce intelectualmente lo que él es. Esta posesión cognoscitiva
de su naturaleza es lo que funda la posesión de sus actos propios (sus actos libres). La posesión
de su ser fundamenta la posesión de su obrar y, ésta, la absoluta originalidad (y trascendencia
respecto de su naturaleza) de sus actos libres.

En los brutos, en cambio, la forma substancial que es su alma sensitiva no es una


substancia espiritual. El alma, en ellos, no tiene esa trascendencia respecto de la materia que
les permita volver perfectamente sobre sí. No hay en ellos conciencia intelectual de sí mismos
y, por tanto, tampoco posesión cognoscitiva de sí mismos, ni de sus actos. Su obrar está
determinado por su naturaleza.

Si la vida propia de la persona humana procediera de lo singular en el orden de su


naturaleza, de lo distintivo suyo en cuanto a su cuerpo o temperamento, sería una vida
necesaria, no libre, absolutamente predecible y manipulable como ocurre con los demás
vivientes corpóreos (vegetales y animales irracionales). Si la persona humana es el singular
determinado como tal por la materia, los actos humanos, sujetos a la necesidad de la materia,
serían gobernables por la biología, la psicología y la vida social organizada, programada por la
moderna sociología materialista. Se podría educar a los niños, más o menos como se cultivan
hortalizas o se produce leche con un plantel de vacas. La persona que es Rodrigo o Javiera
podría ser conocida (amada dirigida, consolada, etc.) por el psicólogo materialista, desde una
clasificación de perfiles psicológicos, determinados por temperamentos y circunstancias
materiales ambientales y mediante remedios o acciones previamente estandarizadas.

Pero no es así. El ser personal que es Rodrigo es algo que se encuentra más allá de la
materia y de su necesidad constitutiva. Es alguien que solamente por el camino del amor
puede ser realmente conocido. El amor de benevolencia recíproco, el mutuo darse con afecto
dos personas es lo que, unificando sus corazones, produce aquella comunicación en la vida que
es la amistad o comunión de las personas. En la amistad se conocen las personas. Solo en ella
se conocen (acompañan, educan, consuelan, etc.), porque se aman.