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LA REGENTA

Comentario de texto

Y mientras abajo sonaba el ruido confuso y garrulo de las despedidas y los preparativos de marcha, y detrás el
estrépito de los que corrían en la galería, y allá en el cielo, de tarde en tarde, el bramido del trueno, la Regenta, sin
notar las gotas de agua en el rostro, o encontrando deliciosa aquella frescura, oía por la primera vez de su vida
una declaración de amor apasionada pero respetuosa, discreta, toda idealismo, llena de salvedades y eufemismos
que las circunstancias y el estado de Ana exigían, con lo cual crecía su encanto, irresistible para aquella mujer que
sentía las emociones de los quince al frisar con los treinta.

No tenía valor, ni aun deseo de mandar a don Álvaro que se callase, que se reportase, que mirase quién era ella.
“Bastante lo miraba, bastante se contenía para lo mucho que aseguraba sentir y sentiría de fijo”.
“No, que no calle, que hable toda la vida”, decía el alma entera. Y Ana, encendida la mejilla, cerca de la cual
hablaba el presidente del Casino, no pensaba en tal instante ni en que ella era casada, ni en que había sido mística,
ni siquiera en que había maridos y magistrales en el mundo. Se sentía caer en un abismo de flotres. Aquello era
caer, sí, pero caer al cielo.

Para lo único que le quedaba un poco de conciencia, fuera de lo presente, era para comparar las delicias que
estaba gozando con las que había encontrado en la meditación religiosa. En esta última había un esfuerzo
doloroso, una frialdad abstracta, y en rigor, algo enfermizo, una exaltación malsana; y en lo que estaba pasando
ahora ella era pasiva, no había esfuerzo, no había frialdad, no había más que placer, salud, fuerza, nada de
abstracción, nada de tener que figurarse algo ausente, delicia positiva, tangible, inmediata, dicha sin reserva, sin
trascender a nada más que la esperanza de que durase eternamente. “No, por allí no se iba a la locura”.

Don Álvaro estaba elocuente; no pedía nada, ni siquiera una respuesta; es más, lloraba, sin llorar, por supuesto,
“de pura gratitud, sólo porque le oían”. “¡Había callado tanto tiempo! ¿Que había mil preocupaciones, millones de
obstáculos que se oponían a su felicidad? Ya lo sabía él; pero él no pedía más que lástima, y la dicha de que le
dejaran hablar, de hacerse oír y de no ser tenido por un libertino vulgar, necio, que era lo que el vulgo estúpido
había querido hacer de él.”

INTRODUCCIÓN

El fragmento pertenece al capítulo 28 de La Regenta de Clarín. Mientras que en los primeros se nos describe
la situación y los personajes, a partir del capítulo 15 se desarrollan los acontecimientos en un periodo de tres
años. Esta escena se produce en “El Vivero”, la casa de campo de los marqueses de Vegallana, adonde había
ido a pasar el día lo más granado de la aristocracia de Vetusta y en donde les había sorprendido una tormenta.
Entre los invitados están Ana Ozores (la Regenta) y don Álvaro Mesía. Éste último aprovecha la ocasión para
declararle su amor decididamente.
ANÁLISIS

El tema del fragmento es la declaración de amor de don Álvaro a la Regenta, la emoción contenida de ésta y el
miedo a los propios sentimientos.

En cuanto a la estructura podemos señalar tres partes:

a) En el primer párrafo, el narrador describe una escena, el ruido, los preparativos de un viaje y una secreta
conversación entre dos personas, que no es otra cosa que una declaración de amor de don Álvaro a la Regenta.

b) Los tres párrafos siguientes describen los sentimientos que esa declaración despiertan en la Regenta.

c) El último párrafo refleja las palabras y la actitud de don Álvaro al declararse.

Se trata de un fragmento escrito en una prosa llena de matices y estilos narrativos. No falta la ternura, la
emoción ni la ironía. El fragmento es una reproducción de un monólogo interior de Ana Ozores, la Regenta,
ella no le contesta con palabras a don Álvaro, todo lo que sabemos nos lo cuenta el narrador. El autor describe
una escena emotiva desde el punto de vista de un narrador omnisciente que lo sabe todo acerca de los
personajes; realiza una introspección en el alma de la protagonista, reproduciendo sus pensamientos en estilo
directo: “No, que no calle, que hable toda la vida”, decía el alma entera. En estilo indirecto: “…Ana no
pensaba en tal instante ni en que ella era casada, ni en que había sido mística…”. Y en estilo indirecto libre:
“No, por allí no se iba a la locura”.

Reproduce asimismo las palabras de don Álvaro en distintos estilos narrativos y con un matiz irónico que
hacen dudar al lector de su sinceridad.

Dentro del realismo, la escena aporta todos los ingredientes de observación y verosimilitud de una narración:
descripción de una situación (preparativos de una marcha, confusión, ruido, rapidez..), una tormenta de
verano (gotas de lluvia, truenos…) y la conversación íntima al margen de la realidad de dos personajes (la
Regenta y Álvaro Mesía).

Esta separación entre lo que sucede fuera y dentro de los personajes está resaltada con maestría por el autor:
frente al ruido exterior, el murmullo del amor, frente a la confusión externa, la emoción interna y contenida de
la Regenta que le hace sentir por primera vez algo que se parece al placer, a la felicidad.

Lo que sucede en este fragmento es de importancia capital para el desarrollo de la obra; hasta el momento,
don Álvaro había extendido las redes para la conquista de la Regenta, pero ella, por miedo, refugiándose en un
misticismo agobiante y no del todo sincero, había podido resistirse a unos sentimientos que cada vez se
parecían más al amor. En esta escena reconoce internamente el placer que le produce la proximidad de don
Álvaro. A partir de este momento, todo va a cambiar. El adulterio se va a consumar y con él el desenlace
trágico de la obra.

La maestría de Clarín se demuestra en la introspección que hace del alma de los personajes, sobre todo de la
Regenta. Aparece como una mujer cercana a los treinta que nunca había sido amada con pasión, que quería
olvidarse de todo lo que la había tenido atada: un matrimonio sin amor, unas relaciones místicas con su
confesor que ejercía una clara influencia sobre su alma, que reconoce por primera vez la dicha y el placer de
ese momento. Don Álvaro se nos muestra respetuoso y apasionado, y ante todo humilde, sereno, pero hay algo
en sus palabras que nos hacen dudar de su sinceridad, de la verdad de su amor hacia la Regenta. Clarín jugará
con esa ambigüedad a lo largo de toda la obra. No se parece en nada al conquistador audaz que se nos ha
presentado en los primeros capítulos.

En cuanto a la forma lingüística sobresalen las frases cortas y la enumeración de elementos en aquellos
momentos en los que el narrador quiere transmitir emoción: “En lo que estaba pasando ahora ella pasiva, no
había esfuerzo, no había frialdad, no había más que placer…”

Al mismo tiempo resalta la repetición de formas verbales u otros elementos en forma de anáfora: “bastante lo
miraba, bastante se contenía…” Aparecen también oraciones yuxtapuestas con la misma estructura para
transmitir esa sensación de emoción, de desasosiego interno.

El léxico es culto y elaborado; cada adjetivo y sustantivo tiene un sentido preciso: “esfuerzo doloroso, frialdad
abstracta, exaltación malsana, rigor enfermizo…” referido a la meditación religiosa, frente al amor que es
“salud, placer, fuerza, delicia positiva, tangible, inmediata, dicha sin reserva”. Aparecen cultismos como
“eufemismos, mística, tangible, trascender, elocuente, libertino, vulgo…”, junto con algunas palabras propias
de un registro más cotidiano: “garrulo, estrépito, estúpido…”

Destaca, por otra parte, la aparición de expresiones connotativas de un lenguaje poético, figurado y literario
para describir el temor de Ana, lo más destacado es: “se sentía caer en un abismo de flores. Aquello era caer,
sí, pero caer al cielo”. Se trata de un juego de palabras centrado en la palabra “caer” que tiene connotaciones
negativas: “caer en pecado”, “caer en un abismo”. Pero el juego literario se establece cuando el abismo es de
flores; es decir, lo negativo del abismo desaparece ante la fragancia y el placer de las flores: un abismo
maravilloso, es una paradoja en el sentido o una sinestesia en la forma, dos palabras que no pueden utilizarse
juntas porque sus significados se oponen.

Lo mismo ocurre con “caer el cielo”, es igualmente una paradoja, un sinsentido lleno de connotaciones
poéticas: caer presupone un vacío, un hundimiento, pero al cielo se sube, no se cae. Ana es consciente de que
su amor por don Álvaro es una caída en el vacío, un pecado, pero para ella esa caída es el paraíso, es la
felicidad.

Hay que destacar también la ironía del autor al narrar las palabras de don Álvaro, lo que, como hemos visto ya,
nos hace dudar de su sinceridad: “lloraba, sin llorar por supuesto”, “de pura gratitud sólo porque le oían”. Esa
actitud humilde y considerada del mayor conquistador de Vetusta provoca ciertas reticencias un tanto
sarcásticas; el lector dudará hasta el último momento de verdadero sentimiento de Mesía hacia la Regenta.

CONCLUSIÓN

El texto, en cuanto a su contenido, constituye una escena clave para el desarrollo de la obra: la caída de la
Regenta en los brazos del conquistador. En cuanto a la forma es una muestra ejemplar de la utilización de las
más variadas técnicas narrativas y de la exploración del alma de los personajes: sus contradicciones, sus
emociones y sentimientos. En este sentido es un reflejo de la técnica realista de observación y descripción de
ambientes y profundización de los personajes. Por último, la riqueza de léxico, la habilidad en la construcción
de oraciones y la fina ironía hacen de Clarín uno de los mejores prosistas del siglo XIX.
Estaba Ana sola en el comedor. Sobre la mesa quedaban la cafetera de estaño, la taza y la copa en que
había tomado café y anís don Víctor, que ya estaba en el Casino jugando al ajedrez. Sobre el platillo de la
taza yacía medio puro apagado, cuya ceniza formaba repugnante amasijo impregnado del café frío
derramado. Todo esto miraba la Regenta con pena, como si fuesen ruinas de un mundo. La insignificancia de
aquellos objetos que contemplaba le partía el alma; se le figuraba que eran símbolo del universo, que era así,
ceniza, frialdad, un cigarro abandonado a la mitad por el hastío del fumador. Además, pensaba en el marido
incapaz de fumar un puro entero y de querer por entero a una mujer. Ella era también como aquel cigarro,
una cosa que no había servido para uno y que ya no podía servir para otro.

Todas estas locuras las pensaba, sin querer, con mucha formalidad. Las campanas comenzaron a sonar con
la terrible promesa de no callarse en toda la tarde ni en toda la noche. Ana se estremeció. Aquellos
martillazos estaban destinados a ella; aquella maldad impune, irresponsable, mecánica del bronce
repercutiendo con tenacidad irritante, sin por qué ni para qué, sólo por la razón universal de molestar, creíala
descargada sobre su cabeza. […]

[…] Se asomó al balcón. Por la plaza pasaba todo el vecindario de la Encimada camino del cementerio, que
estaba hacia el Oeste, más allá del Espolón sobre un cerro. Llevaban los vetustenses los trajes de cristianar;
criadas, nodrizas, soldados y enjambres de chiquillos eran la mayoría de los transeúntes; hablaban a gritos,
gesticulaban alegres; de fijo no pensaban en los muertos. Niños y mujeres del pueblo pasaban también,
cargados de coronas fúnebres baratas, de cirios flacos y otros adornos de sepultura. De vez en cuando un
lacayo de librea, un mozo de cordel atravesaban la plaza abrumados por el peso de colosal corona de
siemprevivas, de blandones como columnas, y catafalcos portátiles. Era el luto oficial de los ricos que sin
ánimo o tiempo para visitar a sus muertos les mandaban aquella especie de besa-la-mano. Las personas
decentes no llegaban al cementerio; las señoritas emperifolladas no tenían valor para entrar allí y se
quedaban en el Espolón paseando, luciendo los trapos y dejándose ver, como los demás días del año.
Tampoco se acordaban de los difuntos; pero lo disimulaban; los trajes eran obscuros, las conversaciones
menos estrepitosas que de costumbre, el gesto algo más compuesto... Se paseaba en el Espolón como se
está en una visita de duelo en los momentos en que no está delante ningún pariente cercano del difunto.
Reinaba una especie de discreta alegría contenida.

Clarín, La Regenta, fragmento capítulo XVI

Clarín

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