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LA HUELLA DE FINLAY EN EL CANAL DE PANAMÁ

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 Historia de la Medicina
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Lic. Gustavo Robreño Díaz Periodista. Colaborador de Prensa Latina.

RESUMEN:
Este trabajo se refiere a la influencia de las teorías de Carlos J. Finlay en la República de
Panamá, que fueron de fundamental importancia para la terminación y puesta en marcha de
las obras del Canal de Panamá, así como la presencia posterior de Finlay en el panorama
científico y social del hermano país.

DESARROLLO
Para mediados del siglo XVIII, al Istmo de Panamá se le conocía como “la tumba del hombre
blanco”.Todavía a principios de siglo XIX era común encontrarse banderas amarillas,
ondeando en las azoteas de las casas y edificios, como una señal de cuarentena que se
desplegaba para avisar a la gente que no se acercara a los lugares devastados por la Fiebre
Amarilla. Durante muchos años, los extranjeros que venían a esta "Costa de la fiebre",
especialmente los marinos que llegaban de paso, morían de enfermedades causadas
supuestamente por "vapores miasmáticos" que emanaban de los pantanos y ciénagas.

De acuerdo con la creencia popular de entonces, cuando los vientos alisios dejaban de soplar,
unos humos blancos emanaban del océano y viajaban como neblina sobre tierra y mar, siendo
estos supuestamente los causantes de la fiebre y las enfermedades. Esta compleja situación
epidemiológica permanecía en enero de 1880, cuando Francia inició la apertura de la “gran
zanja interoceánica”.

El combate francés contra las enfermedades


La obra fue asumida por la recién creada Compañía Universal del Canal de Panamá, bajo la
dirección del conde Fernando de Lesseps, el mismo que en 1869 había unido el mar
Mediterráneo con el Mar Rojo y el Océano Indico mediante el Canal de Suez.

Sin embargo, A medida que aumentaba la fuerza laboral se incrementaban las enfermedades.
La primera muerte por Fiebre Amarilla entre los casi mil empleados iniciales se dio en junio
de 1881, poco después del inicio de la época lluviosa. La segunda; un joven ingeniero francés
que murió el 25 de julio, supuestamente de "fiebre cerebral".

A medida que la obra avanzaba, sucesivos e incontrolables brotes de Malaria y Fiebre


Amarilla sembraban la muerte entre obreros y técnicos.
Se calcula que de los 186 mil hombres que en total empleó la compañía francesa en las obras,
fueron atacados de Fiebre Amarilla 52 mil.

De acuerdo con datos de la época, la incidencia de la enfermedad fue tanta, que por momentos
llegaron a estar infectados a la vez el 60% del total de los trabajadores, de los cuales muchos
morían sin que nadie pudiera explicarse las causas de tan generalizada propagación.

A principios de 1882, la compañía francesa se ve forzada a organizar una red de servicios


médicos a todo lo largo de la obra, atendidos por la congregación religiosa Hermanas de San
Vicente de Paúl.

El primer hospital con 200 camas se estableció en la ciudad atlántica de Colón, en el mes de
marzo, a la vez que en el Pacífico se inició la construcción del Hospital Central de Panamá,
en el Cerro Ancón, próximo a la ciudad capital.

Sin pensar que pudiera haber alguna relación entre el mosquito y la transmisión de la Fiebre
Amarilla y la Malaria, los médicos franceses y las esforzadas religiosas cometían a diario un
sin número de errores que propiciaban el contagio de pacientes no infectados.

Por ejemplo, en los jardines del hospital se cultivaban diversas variedades de vegetales y
flores. Para protegerlos de las hormigas se construyeron canales de agua alrededor de las
plantas. Dentro de los propios hospitales, se colocaban palanganas con agua bajo las patas de
las camas para mantener alejados a los insectos.

Ambos métodos resultaban ser excelentes criaderos para los mosquitos Aedes Aegipty y
Anófeles, transmisores de la Fiebre Amarilla y la Malaria respectivamente.

Muchos pacientes que llegaban al hospital por otras razones, a menudo terminaban
contrayendo estas enfermedades estando hospitalizados. La situación llegó a tal punto que
las personas evitaban al máximo asistir al hospital.

La Fiebre Amarilla no era constante. Solía llegar en ciclos de dos o tres años. Como los
enfermos evitaban los hospitales siempre que fuera posible, por su reputación de propagar
estas enfermedades, hubo muchas defunciones que nunca se registraron.

En 1889, luego de nueve años de trabajo agotador, el azote incontrolable de las enfermedades,
malos manejos económicos y errores de cálculo en la magnitud de la obra hicieron que la
Compañía Francesa del Canal de Panamá quebrara y con ella se desvaneciera el sueño francés
de la ruta transístmica.

Mientras todo esto ocurría, en febrero de 1881, y como delegado especial de Cuba ante la
Conferencia Sanitaria Internacional que se celebró en Washington, el hasta entonces
desconocido médico cubano Carlos J. Finlay sorprendía a todos al exponer allí los resultados
de sus detallados estudios sobre la fiebre amarilla.

Contrario a lo que muchos pensaban, para Finlay uno de los requisitos para la propagación
de la enfermedad era "la presencia de un agente cuya existencia sea completamente
independiente de la enfermedad y del enfermo".

Sin embargo, se encontró con la incredulidad de la comunidad médica, que para entonces
consideraba como válida la teoría de Giuseppe Sanarelli, según la cual la fiebre amarilla se
adquiría a través del “Bacillus icteroides”, y consideraba el aparato respiratorio como la vía
de entrada al cuerpo humano.

¿Quién era Finlay?

Carlos Juan Finlay Barres, nació en la ciudad de Puerto Príncipe (actual Camagüey), Cuba,
el 3 de diciembre de 1833.

El joven Finlay realizó estudios de medicina en Francia - Le Havré y Rouen -, así como en
Filadelfia, Estados Unidos, donde tuvo como profesor a Kearsly Mitchell, uno de los pioneros
de la teoría de los gérmenes como agentes patógenos.

En 1857 se estableció como médico en La Habana. A pesar de haberse especializado en


cirugía oftálmica, sus contemporáneos cuentan que ya desde entonces se mostraba
preocupado por descubrir el origen y formas de transmisión de diversas enfermedades, entre
ellas, la Fiebre Amarilla.

Numerosos trabajos suyos se dieron a conocer en publicaciones científicas de la época y


fueron presentados ante las autoridades sanitarias españolas que siempre lo ignoraron y para
quienes era solo “un loco que perseguía mosquitos”.

A su regreso de la ya citada Conferencia Sanitaria Internacional, en 1881, recibió


autorización para experimentar con seres humanos. Expuso personas sanas a mosquitos que
habían picado a enfermos de Fiebre Amarilla, en diferentes fases del ciclo de la infección,
que él suponía darían origen a diferentes estadíos de la enfermedad.

Los resultados fueron alentadores, y en agosto de ese propio año, ante la Real Academia de
Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, presentó por vez primera su memorable
teoría sobre la transmisión de la Fiebre Amarilla, concretamente, a través del mosquito Culex
o Stegomyia, como entonces se le llamaba al Aedes Aegypti

Aunque sus conclusiones fueron nuevamente rechazadas, Finlay nunca dejó de acumular
información adicional que pudiera confirmar su hipótesis. Estudió el comportamiento del
mosquito, su anatomía y sus hábitos de alimentación en diversas condiciones de temperatura
y presión atmosférica, así como su distribución geográfica

No fue hasta 1900, posterior a la intervención militar norteamericana en la guerra Hispano-


Cubana, que Finlay pudo demostrar la veracidad de su teoría.

Víctima de un cruel despojo

Con el objetivo de combatir la Fiebre Amarilla que diezmaba sus tropas de ocupación en la
isla, llegó a Cuba una representación de la Comisión Médica del Ejército de Estados Unidos,
encabezada por Walter Reed.

Reed había ingresado en 1875 en el cuerpo médico del Ejército de los Estado Unidos, donde
sirvió como cirujano militar, y desde 1893 ejercía como catedrático de bacteriología y
microscopía en la Facultad de Medicina del Ejército, en Washington.

Bajo la supervisión y participación directa de Finlay, la Comisión puso en práctica una serie
de experimentos cuidadosamente controlados. Siete voluntarios no inmunes durmieron
durante 20 noches seguidas con las sábanas, la ropa y las secreciones de varios enfermos de
fiebre amarilla. Ninguno contrajo la enfermedad.

Otros dos voluntarios, no inmunes, durmieron durante 18 noches en un edificio con


mosquitos infectados, protegidos contra los insectos con mallas de alambre, y ninguno se
enfermó. Por último, un voluntario fue expuesto durante tres días consecutivos a mosquitos
infectados y al cuarto día presentó un caso inconfundible de Fiebre Amarilla.

Como si se tratara de un descubrimiento propio, los resultados de este estudio epidemiológico


fueron presentados por Walter Reed en la Conferencia Sanitaria Panamericana de ese año,
que se realizó en La Habana.

Una vez más, el eminente sabio cubano, que con total desprendimiento había puesto en
manos de las autoridades de intervención norteamericanas el resultado de largos años de
investigación, era despojado de su trascendental descubrimiento.

Muy pronto, en 1904, cuando los Estados Unidos deciden cavar ellos la senda interoceánica
istmeña, se ven obligados a sanear aquella tierra, poniendo en práctica lo que habían
aprendido y robado a Finlay, aquel sencillo “cazador de mosquitos”, hoy paradigma
indiscutible de la medicina mundial.

Para mediados del siglo XIX, el dominio del mar era algo práctico, vital e indispensable para
Estados Unidos, en su pretensión de erigirse en potencia hegemónica mundial.

Para ello requerían de un canal interoceánico en el hemisferio occidental que les permitiera
el rápido traslado de sus navíos de guerra del Pacífico al Atlántico y viceversa.

El interés norteamericano por construir una vía de enlace entre ambos océanos aumentó con
el hallazgo de oro en California, en 1848, lo que generó un creciente volumen de comercio
transístmico
Con ese propósito, en 1869, el Presidente Ulysses Grant ordenó realizar levantamientos
topográficos en América Central, concretamente en Nicaragua y Panamá.

Las expediciones, realizadas entre 1870 y 1875, estuvieron bajo el mando del Secretario de
la Armada, y los estudios fueron realizados por el Comandante Edward P. Lull y el Ingeniero
Civil de origen cubano, Aniceto García-Menocal.

Posterior al fracaso de los franceses de abrir la “gran zanja”, el Presidente William McKinley,
crea la “Comisión del Canal Ístmico de los Estados Unidos” (1899-1901) y ordena realizar
los ajustes necesarios a los estudios anteriores y presentar el proyecto definitivo para la
apertura de la senda marítima por territorio de Panamá.

La ocupación de esa franja de territorio istmeño por parte Estados Unidos se inició
simbólicamente el 4 de mayo de 1904 cuando el oficial del Cuerpo de Ingenieros del Ejército
de los Estados Unidos, Teniente Mark Brooke, recibió las llaves de las bodegas del Hospital
Ancón.

De inmediato, procedente de Cuba, arribó el recién designado Jefe de Sanidad de la obra,


coronel William Crawford Gorgas, médico norteamericano, especialista en enfermedades
tropicales, quién junto a su personal fue de los primeros en llegar al Istmo para acometer las
tareas de saneamiento en lo que ya había comenzado a llamarse la “Zona del Canal”.

Gorgas había formado parte de la comisión médica del ejército de los Estados Unidos que
viajó a Cuba en 1900 y, poniendo en práctica la teoría del médico cubano Carlos J. Finlay
había logrado disminuir la incidencia de la Fiebre Amarilla, sobre todo, entre las fuerzas
norteamericanas que ocupaban la Isla desde 1898.

Demostrando sus dotes de hombre de ciencia, el sabio cubano había puesto todos los
resultados de sus amplias y pacientes investigaciones, así como el material de
experimentación, a las órdenes de la Comisión norteamericana, sin pedir nada a cambio,
únicamente interesado en triunfar sobre la Fiebre Amarilla.

La teoría de Finlay, ahora en Panamá

Los galenos norteamericanos, recién llegados a Panamá, insistían en que resultaba imperioso
concluir las labores de saneamiento, incluida la erradicación de los mosquitos, antes que
arribaran las grandes masas de trabajadores, no inmunes, y se infectaran.

Sin embargo, los funcionarios de la Comisión del Canal consideraron que los planteamientos
de Gorgas eran “una pérdida de tiempo y dinero”, aún cuando un congreso médico celebrado
en París en 1903 había considerado el trabajo con la teoría de Finlay sobre la Fiebre Amarilla,
presentado por Walter Reed como propio, “un hecho comprobado científicamente”.

A finales de 1904 se desató la primera epidemia de Fiebre Amarilla, y se hizo evidente que
era necesario adoptar medidas urgentes. Los trabajos se iniciaron, colocando mallas en
ventanas y puertas, fumigando de casa en casa las ciudades de Panamá y Colón, así como
llenando de aceite, semanalmente, las cunetas y letrinas.
El plan incluyó además la creación de potabilizadoras de agua en las fuentes que abastecían
las ciudades de Panamá y Colón para eliminar la necesidad de mantener contenedores de
agua que pudieran servir como criaderos de Aedes Aegipty, mosquito transmisor de la Fiebre
Amarilla.

Paralelamente, se dio inicio al alcantarillado de ambas ciudades, así como a la pavimentación


de sus calles.

Como resultado de todas estas medidas, la Fiebre Amarilla fue total y permanentemente
erradicada del Istmo. El 11 de noviembre de 1905 se reportó el último caso en la ciudad de
Panamá.

La Malaria, por su parte, continuaba causando estragos. Durante 1905, el primer año de
labores por parte de Estados Unidos, casi toda la fuerza laboral norteamericana, incluyendo
al propio Gorgas, contrajo la Malaria luego de estar, en algunos casos, sólo un mes en el
Istmo.

Una vez más, Gorgas recurrió a lo aprendido en Cuba con aquel, tantas veces relegado, “señor
de los mosquitos”. Tras conocer que el Anófeles no puede volar muy lejos sin posarse sobre
algún tipo de vegetación, se limpiaron áreas de 200 yardas de ancho alrededor de los lugares
donde vivía y trabajaba la gente.

Se drenaron extensas áreas de pantanos, se abrieron aproximadamente mil millas de zanjas


de tierra y otras 300 de concreto, se arrojaron rocas a lo largo de las cunetas y cavaron casi
200 millas de drenajes con losa, se cortaron cientos de acres de vegetación y rociaron el agua
empozada con miles de galones de aceite

Mensualmente se aplicaron unos 200 barriles de veneno, una mezcla de ácido carbólico,
resina y soda cáustica, alrededor de los bordes de las piscinas naturales y corrientes de agua
para evitar que la vegetación obstruyera la libre distribución del aceite vertido para matar las
larvas.

Para realizar estos trabajos, se contrataron por míseros salarios y a riesgo de contraer la
enfermedad, trabajadores afro-antillanos provenientes de varias islas del Caribe.

Para finales de 1906, cuando el presidente norteamericano Theodore Roosevelt visitó


Panamá, Gorgas y su equipo médico habían controlado y reducido a su mínima expresión los
brotes de Malaria Y Fiebre Amarilla, demostrando, una vez más, lo acertado de la teoría de
Finlay.

“Honrar, honra”

En agosto de 1924, el entonces presidente de Panamá, Belisario Porras, ordenó la confección


de un busto en honor al sabio cubano, que sería colocado en el capitalino hospital de Santo
Tomás.

En abril de 1926, el Club Rotario de La Habana aprueba confeccionar una placa de bronce
para ponerla junto al busto de Finlay, finalmente colocado frente al edificio del Laboratorio
Central del referido hospital, dependencia que desde ese momento tomó el nombré del
destacado médico cubano.

Actualmente, se encuentran además en el parque interior de la Facultad de Medicina de la


Universidad de Panamá un busto de Finlay y una placa en la que se puede leer la siguiente
inscripción: Al insigne científico cubano Carlos J. Finlay. Descubridor del agente transmisor
de la Fiebre Amarilla. Valioso aporte en la construcción del Canal de Panamá. Embajada de
Cuba. 21 de mayo de 1976.

Hoy, a 90 años de inaugurado al tráfico marítimo internacional el Canal de Panamá, ni el


tiempo ni mezquinas intenciones usurpadoras podrán impedir que al hacer el recuento de los
que hicieron posible ese monumento al ingenio humano se incluya, por derecho propio, el de
aquel ilustre cubano, benefactor de pueblos.

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