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HUGO RAFAEL CHÁVEZ FRÍAS

Presidente de la República Bolivariana de Venezuela

MARLENE YADIRA CÓRDOVA


Ministra del Poder Popular para la Educación Universitaria

LUIS BONILLA
Viceministro de Planificación Estratégica

RUBÉN REINOSO
Viceministro de Desarrollo Académico

JEHYSON GUZMÁN
Viceministro de Políticas Estudiantiles

UNIVERSIDAD BOLIVARIANA DE VENEZUELA

PRUDENCIO CHACÓN
Rector

LUIS BIGOTT
Vicerrector

JOSÉ BERRÍOS
Secretario General

SERGIO GARCÍA
Vicerrector de Desarrollo Territorial

Gobierno
Bolivariano Ministerio del Poder Popular
de Venezuela para la Educación Universitaria

2
Teoría y
Categorías
Administrativas

Ángel Moro

3
UNIVERSIDAD BOLIVARIANA DE VENEZUELA

Teoría y Categorías Administrativas


© ÁNGEL MORO

Depósito Legal: lf86120126583436


ISBN: 978-980-404-030-6

© Sobre la presente edición


Universidad Bolivariana de Venezuela.

DIRECCIÓN GENERAL DE PROMOCIÓN Y DIVULGACIÓN DE SABERES


Edición: Tibisay Rodríguez
Diseño y Diagramación: Ariadnny Alvarado H.
Diseño y concepto de portada: Taína Rodríguez

Av. Leonardo Da Vinci con calle Edison,


Edificio Universidad Bolivariana de Venezuela.
Apartado postal: 1010
Teléfonos: (0212) 606.36.16/ 606.36.14
E-mail: imprentauniversitariaubv@gmail.com
Página Web: http://www.ubv.edu.ve/

Caracas, Venezuela, octubre de 2012


Impreso en la República Bolivariana de Venezuela /
Printed in República Bolivariana de Venezuela

4
Prólogo

He realizado la lectura de este libro desde las diversas


miradas que permiten la amistad, el afecto, la gratitud y
el compromiso que, desde hace más de veinte años, me
unen al quehacer teórico, político y docente del profe-
sor Ángel Moro, primero, compartiendo vivencias como
compañeros de trabajo en la Escuela de Administración
y Contaduría de FACES-UCV, donde él se desempeñó
como profesor, investigador, coordinador y director de
dicha Escuela y, posteriormente, como mi profesor en la
Maestría de Ciencias Administrativas de FACES, donde
con un espíritu minucioso y tenaz nos mostró el ca-
rácter político de la imperiosa necesidad de avanzar en
el análisis riguroso de los caminos de la epistemología
administrativa.

Mundos íntimos, cotidianos, de lo posible y también de


lo que se aspira a partir de las creencias, mundos de
compromisos, de entendimientos y de recuerdos confor-
man el espacio de esta obra y revelan el aporte de Ángel
Moro en el hacer de la ciencia de lo administrativo. En
efecto, en este libro, Moro además de situar el debate
de lo administrativo en el seno de las ciencias sociales
a partir de los enfoques de diferentes investigadores y
científicos sociales, entre quienes destacan los nombres
de Herbert Simon, Douglass North y Jürgen Haber-
mas, lo hace desde una perspectiva científica, que nos
permite, no sólo profundizar en el análisis de la teoría
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administrativa y de algunas de las teorías analíticas
que la sustentan, sino además centrarnos, con igual
rigurosidad científica, en el significado de la búsqueda
del entendimiento.

Búsqueda del entendimiento que el autor logra, a tra-


vés de la ubicación metodológica y epistemológica de las
implicaciones del uso de la categoría comportamiento
y de la categoría acción. Categorías que de manera ex-
plícita ubica en las obras objeto de su análisis, la de
Herbert Simon, teórico de las decisiones y, así mismo,
de la organización y la obra crítica de Jürgen Haber-
mas, teórico de la Escuela de Frankfurt, quien postula
la teoría de la acción comunicativa, que contrasta con
el concepto de comportamiento elaborado por Simon.
Ambas obras delimitan etapas del desarrollo de la teo-
ría social y, por ende, de lo administrativo.

En el discurrir del análisis de las racionalidades invo-


lucradas en las teorías de Simon y Habermas, racio-
nalidades que el autor distingue desde sus epistemes
respectivos, léase racionalidad instrumental en Simon
y racionalidad comunicativa, compleja, de Habermas,
donde la racionalidad trasciende desde la propuesta
medios fines hasta la propuesta de formulación de fi-
nes, Ángel Moro realiza la suya: ampliar las posibilida-
des de análisis de la Teoría Administrativa a partir de
discutir en el marco de la administración, los postula-
dos básicos de las ciencias del comportamiento y las
ciencias de la acción, y sus respectivos enfoques instru-
mentalista y valorativo.

El autor deja, en sus lectores y estudiosos de lo admi-


nistrativo, la necesidad de continuar profundizando en
las herramientas que brinda Jürgen Habermas para
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la construcción de una teoría de la decisión organiza-
cional, que trascienda los principios de la racionali-
dad instrumental y considere en su cuerpo teórico las
otras alternativas de la teoría de la acción. En suma,
que considere la teoría de la acción comunicativa, en
palabras del autor que considere la teoría de los actos
de habla de Habermas.

Definitivamente importante, y de carácter imperativo


para el desarrollo de la teoría administrativa, en todos
sus campos, es la distinción entre el concepto de com-
portamiento emitido por Simon y el que maneja Ha-
bermas. El análisis de las categorías comportamiento y
acción, en ambos autores, lleva de la mano a Moro para
la definición de lo decisorio, en sus ámbitos estratégicos
y operativos, como el objeto de estudio de la teoría ad-
ministrativa y eje de su investigación.

Por último, ilustrando y apoyando el análisis con refe-


rentes tanto teóricos como empíricos, Moro compara y
aclara vínculos y diferencias entre la teoría decisoria
de Simon y la teoría de la acción comunicativa de Ha-
bermas, permitiendo que realicemos un recorrido por
los aportes de ambos autores, pero, también por sus
conceptos más problemáticos. Clara es la sensación,
que nos deja el texto, de que ya en Simon se observa la
evolución conceptual y el cambio de perspectiva desde
la racionalidad instrumental hacia la racionalidad con
arreglo a valores, desde la imposición hacia el entendi-
miento, quizás allí esté la posibilidad de introducirnos
en el análisis administrativo de la acción comunicativa.
A todas luces, en este libro, Moro nos proporciona una
novedosa metodología para la investigación de los es-
quemas teóricos y las significaciones epistemológicas
de lo político y lo administrativo en el campo de la teoría
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de las decisiones tanto públicas como privadas, al mis-
mo tiempo que nos incentiva a continuar investigando
y reflexionando sobre el desarrollo de la polémica sobre
esta interesante temática y sus implicaciones para la
teoría administrativa en el siglo XXI.

Rigel Blanco

* Rígel Blanco, Socióloga, Magna Cum Lauden UCV (1980), ha realizado estudios en diversas
áreas de investigación, administración y gerencia. Especialista en metodología de la investigación
acción y en prospectoría integral. Ha recibido acreditación y reconocimiento como investigadora
activa de la UCV (1999) y como profesora meritoria por parte de CONABA, CNU y FAPUC (1998 y
2000). Profesora asistente jubilada de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la UCV.
Entre sus publicaciones se encuentra “Pensamiento Administrativo de William Edwards Deming”
(2001) y entre sus trabajos inéditos “Guía para Diseños de Investigación Acción”.

Se desempeñó como Coordinadora Estudiantil Escuela de Administración y Contaduría - EAC


(1991-1992), Jefa de la Cátedra de Sociología del Departamento de Ciencias Económicas y So-
ciales de la EAC (1997-2005), Coordinadora del Área de Creatividad de la EAC (1999-2002). Re-
presentante profesoral ante el Consejo de Escuela (1998-2007). Miembro y coordinadora de la
Comisión Apoyo a la Investigación de la EAC (1999, 2002 y 2005). Miembro de la Comisión de
Servicio Comunitario de la EAC-(2005-2007).
Dedicatoria

Para Zoraida, Ángel Ernesto y José


Domingo
en el mundo íntimo y de lo cotidiano.

Para Jesús, Carmelo... Mario, Manuel Vicente


en el mundo creado de fe y de esperanza.

Para Ezra, Trino, Elías, Vicente, Julia y Alfredo


en el mundo de lo posible y de creencias.

Para mis alumnos en el mundo de


compromisos.

Para mis compañeros y amigos


en el mundo del entendimiento.

Para Margott y Ramón


en el mundo de mis recuerdos.

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Contenido

13| Introducción

17| Capítulo I El problema. Delimitación. Alcance.


Justificación.
25| Capítulo II Los conceptos de sentido y de acción
en la teoría administrativa.
70| A propósito de la acción y la técnica.
75|Capítulo III El concepto del comportamiento
y la teoría administrativa.
97| Capítulo IV La teoría de la organización
y la teoría de la acción.
116| Otros aspectos de la teoría de la organización.
125| Capítulo V Conclusiones.

129| Bibliografía

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INTRODUCCIÓN

El trabajo que se presenta contiene algunas considera-


ciones sobre la teoría administrativa y sobre determi-
nadas categorías analíticas que fundamentan varios de
sus enfoques. No contiene, en consecuencia, nada de
novedoso en cuanto a algún moderno proyecto, que los
esquemas instrumentales le procuran constantemente
al pensamiento administrativo. Recupera los esquemas
acreditados tanto para su revisión crítica, como para su
reconstrucción analítica.
El propósito de las reflexiones y consideraciones presen-
tadas en esta ocasión es ampliar las posibilidades de
análisis de la teoría administrativa, a partir del debate
que sobre ella se produce, como consecuencia del de-
sarrollo de la discusión que se lleva a cabo también en
las ciencias sociales. Ese proceso de discusión se pro-
duce entre las posiciones que asumen, en el marco de
la administración, las ciencias del comportamiento y las
ciencias de la acción, así como entre el enfoque instru-
mentalista y el valorativo.

13
El citado proceso de discusión que se ha venido desarrollan-
do en ese cuadro de doctrinas, también ha estado lleno de
posiciones y enfoques filosóficos; eso significa que ha sido
precedido y continúa acompañado hoy día, de las discusio-
nes tanto de la confrontación de los fenómenos que incitan y
obligan, como del estudio y análisis de sus desenlaces pro-
bables.
Ahora bien, el tema central del trabajo que se presenta da
cuenta de la polémica que se mantiene en el seno de las
ciencias sociales, sobre las categorías analíticas que la sos-
tienen, los objetos constituidos, las operaciones y los siste-
mas de regla; polémica que puede ser reconstruida gracias
al trabajo sistemático de los científicos sociales, que, como
Jürgen Habermas, se despliega incansablemente sobre ella.
Situación análoga en su entorno puede ser sustentada en el
pensamiento administrativo, con las investigaciones llevadas
a cabo, entre otros, por Herbert A. Simon, en sus obras El
comportamiento administrativo y Teoría de la organización.
Los errores, se asumen dentro de esta empresa que significa
el investigar dentro del cuadro de las ciencias sociales, que
encierra lo interdisciplinario, pero que también puede escon-
der las vacilaciones en el conocimiento.
Es oportuno destacar las circunstancias del escaso desarro-
llo en el medio universitario de la investigación administrati-
va, desde estos enfoques, frente a un ámbito teórico adminis-
trativo que, si ciertamente está “triangulado” por las ciencias
sociales, pareciera estar situado sólo dentro del esquema de
una racionalidad instrumental, del productivismo, sin lograr
la aprehensión de las categorías propias de un saber que
posibilite deliberación, el cambio de un enfoque que plantee
lo valorativo en los centros de las decisiones tanto públicas
como privadas. Pero es obvio que esa inmensa cantidad de
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jóvenes que colman las aulas de los institutos de educación
superior del país, en el área de las denominadas ciencias ad-
ministrativas, a la vez que reclaman el esfuerzo para avan-
zar en el proceso de investigar las realidades de las organiza-
ciones y que conforman sus diversos ámbitos; esos jóvenes,
en su imaginario colectivo, alimentan la ilusión de lograr con
su participación un funcionamiento pleno del hombre y de
su medio, en el supuesto de haber adquirido el conocimiento
necesario para acometer sus realizaciones.
El trabajo aquí comentado está expuesto de la manera si-
guiente: en el capítulo I se intenta definir y delimitar el pro-
blema que supone estar contenido en el proceso de diferen-
ciación metodológica de la teoría administrativa producto
del debate que se opera en el cuadro teórico de las cien-
cias sociales, en lo general y de la teoría administrativa, en
lo particular; el capítulo II aspira describir la relación que
mantienen las categorías de “sentido” y de “acción” con la
teoría administrativa; el capítulo III relaciona el concepto de
“comportamiento” con la teoría administrativa; el capítulo IV
emprende la tarea de cruzar entre sí los enfoques que depara
la relación que pudiera operarse entre la teoría de la organi-
zación y la teoría de la acción; y, en el capítulo V, se presenta
un conjunto de conclusiones del proyecto formulado.
Finalmente, se aspira generar alguna discusión sobre el
tema, aunque sea en los cerrados espacios de la academia,
donde tal actividad es pertinente por su condición de centro
del saber. Ojalá la discusión alcanzara también a otros ám-
bitos, donde la teoría administrativa pudiera transformarse
en dimensión normativa del entendimiento, con lo cual se
posibilitaran permanentes formas de justicia.

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CAPÍTULO I
El Problema. Delimitación.
Alcance. Justificación

El presente trabajo está dirigido a exponer la diferenciación


metodológica que se produce en el cuadro de la teoría admi-
nistrativa cuando se opta por seguir la categoría “comporta-
miento” o la categoría “acción”, en el momento de diseñar sus
conceptos básicos y de constituir su ámbito objetual, y de
conferirle una clasificación, bien de ciencia comportamental,
o bien de teoría de la acción.
Así como ocurre este proceso de diferenciación metodológica
en las ciencias sociales, el mismo proceso se presume que
acontece en las corrientes del pensamiento administrativo
que pertenecen en mayor o menor grado a las ciencias del
comportamiento, mientras que habrá otras que se cobijan
bajo la denominación de ciencias de la acción. No significa
tampoco la adopción mecánica del enfoque sociológico de J.
Habermas para constituirlo en el enfoque administrativo de
alguna de sus corrientes más críticas, tal como lo era H.
Simon, por ejemplo, a quien se le reconoce su obra El com-
portamiento administrativo como muy destacada y se le tiene
como crítico de los esquemas clásicos del pensamiento admi-
nistrativo. «Este libro tuvo tal efecto en el pensamiento orga-
nizacional que… rebasó con mucho sus límites neoclásicos»
(Harmon, M. y R. Mayer, 1999, 162).
Ese proceso de revisión y diferenciación metodológica ha obli-

17
gado al estudio del pensamiento habermasiano, dirigido so-
bre este aspecto de las ciencias sociales, específicamente por
su evolución en el análisis de la sistematización de los temas
metodológicos y los referidos a la teoría de la acción comuni-
cativa, donde despliega con mayor fuerza sus apreciaciones
y sus argumentaciones sobre el concepto de la racionalidad.
De modo que las primeras, las ciencias comportamentales,
sólo brindan descripciones de regularidades empíricas ob-
servables y exposiciones de leyes naturales como las expli-
caciones de tales fenómenos observables. En tanto que las
segundas ciencias, se ven en la necesidad de presentar ob-
jetivaciones provistas de sentido y de examinar las caracte-
rísticas internas de las reglas conforme a las cuales éstas
fueron producidas.
Hoy existen dos planteamientos teoréticos para un
análisis estrictamente experimental de los procesos
sociales: una ciencia general del comportamiento que
se ha impuesto en la etología y la psicología social, y una
teoría de la acción, que predomina en la antropología
cultural y la sociología. El planteamiento behaviorista
restringe de tal suerte los supuestos teóricos, que las
hipótesis legaliformes no se refieren más que al plexo
de estímulos y reacciones comportamentales, mientras
que el planteamiento accionista fija un marco categorial,
dentro del cual pueden hacerse enunciados sobre la
acción intencional [Habermas J., 2000 (1982),135].
En efecto, el mismo autor ilustra con un grupo de casos los
ejemplos que ambas tendencias muestran como emblemas
de sus respectivas posiciones teóricas. Bajo el esquema com-
portamental se cubren los trabajos de Skinner sobre teoría
del aprendizaje, los trabajos relativos a comportamiento de
los pequeños grupos de personas, etc. En tanto que las in-

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vestigaciones de Parsons, de Merton, Szelnick, etc., sirven
para ubicar la tendencia inscrita bajo la teoría de la acción.
Esa tesis última es la que representa Max Weber, para quien
“la acción social fue entendida como un comportamiento
orientado por el sentido que subjetivamente los actores le
atribuían a su acción y por consiguiente motivado por él»
[Habermas, 2000 (1982), 136].
Es indudable que en esta cita se incorporan dos aspectos
importantes y significativos: los referidos al sentido subjeti-
vo y al estado de situación que el propio agente crea con su
acción. Una incorporación de tal naturaleza introduce una
ruptura con los esquemas que sólo admiten regularidades
empíricas observables, exposiciones de leyes naturales y ex-
plicaciones de tales fenómenos, pues el comportamiento para
Weber está orientado por un sentido subjetivo, que mantiene
su acción. Weber dice que «la acción social, por tanto, es una
acción en donde el sentido mentado por su sujeto, o sujetos,
está referido a la conducta de otros, orientándose por ésta en
su desarrollo» [Weber, 1999 (1922), 5].
Ello parece decir que la acción social no mantiene una línea
autónoma frente a la definición socialmente vinculante de la
situación, porque va a tomar en cuenta al otro, lo cual lleva
a percibir que el comportamiento es socialmente observable,
y, como consecuencia de ello, se puede predicar del mismo,
porque el comportamiento es externo del hablante e involu-
cra sólo lo perceptible, que, además, puede ser aprehendido
por “los métodos de observación directa y neutral de los fe-
nómenos empíricos” (O’ Quist, P., 1987, 3).
La comprensión involucra una interpretación no sólo de los
hechos observables, sino también de los símbolos y de las
formas comunicativas que plagan los diversos contextos, en
los cuales se lleva a cabo la acción. En el caso de las ciencias
19
sociales, cuando se dice o se afirma lo anteriormente, el sis-
tema de experiencias puesto de manifiesto sólo es abordable
por comunicación lingüística.
De una manera explícita se puede repetir una formulación
de Habermas: “La acción social es la observancia de normas.
Las normas determinantes de la acción social son expec-
tativas colectivas de comportamiento” [Habermas, J., 2000
(1982),138]. En efecto, la acción social, de acuerdo con lo di-
cho, se atiene tanto a lo pautado en términos de su cum-
plimiento puntual y exacto de lo establecido por la norma,
como por el acto o el estado en que se espera que el aconte-
cimiento produzca, lo cual incluye también una suposición,
una anticipación, una esperanza razonable, una probabili-
dad. Vale insistir en la acepción del término acto, el cual,
puede ser o estar considerado como hecho y potencia; cosa
esta última que no requiere que se produzca para ser consi-
derado acción.
En el marco de la teoría de la acción, el caso límite de la ac-
ción intencional lo constituye la acción estratégica, de la cual
se puede decir que es una acción que si ciertamente realiza
un fin, para calcular esa acción, se implica la intervención
de la expectativa de al menos otro agente sobre sus propios
asuntos, posibilidad ésta que debe ser tomada en considera-
ción para la respectiva toma de decisiones.
La fundamentación de este proceso de diferenciación meto-
dológica en el campo de la teoría administrativa puede en-
contrarse justificada por los desarrollos elaborados por J.
Habermas, a propósito de una discusión de mayor amplitud,
dada en el marco de las ciencias sociales, y que se hace espe-
cífica cuando incide sobre la problemática de la comprensión
del sentido en las ciencias empírico analíticas de la acción.

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Ciertamente los desarrollos elaborados por Habermas que
han sido seleccionados en esta indagación, en una primera
instancia, atienden a una razón que aprecia la antigüedad
de publicación de sus trabajos de investigación. Es decir, los
artículos más antiguos que muestran estar inscritos en esa
línea de discusión específica, de diferenciación entre las ca-
tegorías analíticas, son situados entre los ensayos seleccio-
nados para su análisis correspondiente. Pero, en una segun-
da instancia, se introduce otro nivel de análisis: aquel que
parece estructurar dentro del pensamiento habermasiano,
la fundamentación de lo que poco a poco parece conformar
la teoría de la acción comunicativa.
En efecto, en este segundo intento de análisis, lo primero que
se ha de identificar en esta auscultación metodológica es ese
proceso aludido anteriormente.
El proceso de exploración médica intenta detectar, con un
estetoscopio, a través del sonido, el funcionamiento normal o
anormal de los órganos internos del cuerpo humano: caden-
cia o ritmo cardíacos, frecuencia regular o irregular de pul-
saciones; atendiendo a un número regular de un primer lati-
do (sístole, el más sonoro), búsqueda de la regularidad de un
segundo latido (diástole, de baja intensidad), los cuales cons-
tituyen el ritmo cardíaco; zumbidos regulares o irregulares
de los movimientos intestinales. Sobre esa base empírica se
estructuran las teorías de los procesos fisiológicos humanos,
las que se agruparán según los valores cuya frecuencia es
mayor, tornándose en patrones de normalidad, y todo aquel
tipo de valores que quede en exceso, o insuficiente, habrá de
ser considerado anormal.
Asimismo y de manera análoga con ese proceso, se procura
reflejar en lo dicho sobre los reflejos de lo reactivo, la inten-
cionalidad del sujeto; intencionalidad que puede llegar a ser

21
expresada en un saber racionalmente expuesto, en acciones
lingüísticas, en manifestaciones simbólicas, comunicativas
o no comunicativas, y que encarnan un saber desde la pers-
pectiva de la tercera persona, de un observador. Frente a ese
cuadro se estructura la teoría de la acción, cuya aplicación
al campo de las organizaciones habrá de conformar la teoría
de la acción comunicativa en el ámbito administrativo.
No obstante, la relación invocada entre la teoría de acción co-
municativa habermasiana y la teoría administrativa de Simon,
elegida como perspectiva analítica en esta investigación, intenta
poner de manifiesto un cuadro complejo donde se articulen di-
versos conceptos de acción en el ámbito de diferentes organiza-
ciones, donde confluyen las actividades de los seres humanos.
Efectivamente, el concepto de acción comunicativa presupo-
ne, así mismo, el lenguaje como un medio de entendimiento
con el que hablantes y oyentes, en tanto miembros de las
organizaciones, se refieren a un elemento existente, bien en
el mundo objetivo, en el mundo social o en el mundo subje-
tivo, “que sólo se refiere al empleo de símbolos por parte del
sujeto solitario que se ve confrontado con la naturaleza y
da nombres a las cosas” [Habermas, J. 1999 (1967), 26-27],
con el cual, entre otras cosas, va a negociar definiciones que
puedan ser compartidas tanto por uno como por el otro. En
ese negociar no sólo media lo simbólico, sino que subyace en
él la intersubjetividad que vincula hablantes y oyentes, y que
a su vez es atrapada cognitivamente por la teoría decisoria.
Es válido aclarar que:
“el símbolo tiene una doble función como nombre de
las cosas. Por un lado la fuerza de la interpretación
consiste en la actualización en un otro que no está
inmediatamente dado, no está por sí mismo sino que

22
ocupa el lugar de otro. El símbolo representativo señala
a un objeto o a un estado de cosas como a un otro y
lo designa en la significación que tiene para nosotros.
Por otra parte, somos nosotros mismos los que hemos
producido los símbolos. La conciencia hablante se hace
a sí misma objetiva por medio de ellos, y en ellos tiene
experiencia de sí como un sujeto” [Habermas, J., 1999
(1967), 27-28].
En la primera parte de esta estrategia de investigación están
aludidos, de una parte, los títulos siguientes: Un informe bi-
bliográfico (1967): La Lógica de las ciencias sociales (2000);
(1970-1971) Planteamientos objetivistas y planteamientos
subjetivistas correspondientes a la primera lección de Gauss;
(1975) Acciones, operaciones, movimientos corporales; (1976)
Intención, convención e interacción lingüística; (1976) ¿Qué
significa pragmática universal?; (1981) Teoría de la acción co-
municativa; (1984) Teoría de la acción comunicativa: Comple-
mentos y estudios previos (1997). En tanto, de la otra parte
aparecen la obras de H. A. Simon: (1947) El comportamiento
administrativo; (1958) la Teoría de la organización, (1983) Ra-
zón en asuntos humanos, entre otros títulos.
En cada entrega de los textos indicados pareciera haber un
nuevo desarrollo conceptual, o un enfoque adicional, o la
presentación de una nueva categoría, que indudablemente
van formando un pensamiento más complejo, a la vez que
van diferenciando las categorías entre sí, que van constitu-
yendo metodologías diferentes y van armando nuevos para-
digmas. Todo ello va a permitir realizar un trabajo análogo al
realizado por Habermas, en el campo particular de la teoría
administrativa, para apreciar la diferenciación que se opera
en su seno, cuando se recurre bien al uso de la categoría
comportamiento o bien al de categoría acción.

23
Capítulo II
Los Conceptos de sentido
y de acción en la teoría administrativa

De acuerdo con esa estrategia de contraste, la teoría de la


acción debe ser el vínculo que lo posibilita, que articula lo
que atañe al agente que participa en la acción social. Este
enfoque teórico de la acción debe incorporar la categoría de
sentido, que es una pieza clave y central de la teoría de los
actos de habla, lo que supone entender el sentido como el
significado de una palabra o de una oración. Pero, para ello,
debe entenderse claramente lo que es el concepto de acción.
Si se comprende ese concepto, hay alguna posibilidad de si-
tuar y desarrollar por contraste un vínculo entre los autores
citados, quienes aparentemente lucen distantes entre sí.
La estrategia de investigación podría también permitir apo-
yarse en los esquemas de la sociología, los cuales sirven para
fijar los límites del marco categorial y la conceptualización
del ámbito objetual, especialmente si el interés está centrado
en circunscribir y ratificar la consistencia de los términos de
la teoría de la comunicación, en un primer intento, cuando
se trata de distinguir entre la tesis que sostiene planteamien-
tos subjetivistas y la tesis que lo hace con los planteamientos
objetivistas.
En los mismos términos ya se ha dicho que el «sentido» pue-
de ser entendido, dada la trascendencia que se le imputa,

25
de manera paradigmática, como el sentido de una palabra o
una oración.
Parto, pues, de que no existe algo así como intenciones
puras o previas del hablante; el sentido tiene o encuentra
siempre una expresión simbólica; las intenciones, para
cobrar claridad, tienen que poder adoptar siempre una
forma simbólica y poder ser expresadas o manifestadas
[Habermas,1997 (1984),19-20].
En efecto, nótese en la cita anterior la aparición de las si-
guientes diferencias: las manifestaciones pueden ser con-
sideradas elementos constitutivos de un lenguaje natural
como lo es el sistema de signos con el cual se introducen
informaciones y reglas, por ejemplo, en el tráfico automovi-
lístico. En tanto que las expresiones, a diferencia de las ma-
nifestaciones, pueden ser extraverbales, al tomar la forma de
una acción, o de una gesticulación ligada al cuerpo, tal como
un ademán o una seña. Todo lo cual puede resumirse en la
frase de Searle (citado por Habermas, J., 1984, 20): “Todo lo
que pueda expresarse puede ser dicho”, aunque se da por
sentado que no es verdad la expresión contraria, es decir, no
todo lo dicho puede ser expresado.
Tal consideración introduce consecuencias probables: o la
comunicación lingüística es elemento constitutivo del ámbito
objetual, con lo cual las formas estructuradas en término de
sentido habrán de ser consideradas unos objetos más entre
otros objetos físicos descritos sin que pueda distinguirse en
ellos sentido alguno; o con el lenguaje puede ser constituido
el ámbito objetual, de manera que en ese ámbito pueden ser
detectados fenómenos que requieren explicación; con lo cual
se está introduciendo una evidente diferencia en las conside-
raciones descritas.

26
Lo dicho bien pudiera expresar que sólo en ellas adquieren
perfil y articulación lo que podrían ser las intenciones pre-
vias o puras del hablante; la cita anterior sirve de preámbu-
lo para señalar que si se acepta el «sentido» como concepto
sociológico básico en cuanto a la validez de sus pretensiones
cognoscitivas, se puede admitir hipotéticamente la distinción
entre acción y comportamiento.
Se ha señalado que el comportamiento, en tanto categoría
conductista, ha conservado su significado ligado a la rela-
ción estímulo-respuesta, derivado de la interpretación psi-
cológica animal, la cual puede describir el movimiento re-
currente observable con los seres vivos como reacción a un
determinado estímulo. Al dibujar con forma rigurosa un mo-
vimiento observable como comportamiento, se lo atribuimos
a un organismo que reproduce su vida adaptándose a su
entorno. Es decir que el comportamiento es asumido como
un movimiento producido por un estímulo.
Hay un factor que en cierta forma es el responsable de ese
movimiento. No obstante, si se acepta como válida esta pro-
posición, se está aceptando al mismo tiempo la existencia de
una categoría de responsabilidad, que deberá hacerse con
reservas. A un organismo animal no habrá de hacérsele res-
ponsable en el mismo sentido en que lo es o puede ser un
sujeto capaz de lenguaje y conocimiento de sus acciones. De
manera que la categoría sentido, puede ser identificada:
… pues es esta categoría la que establece una diferencia
entre el comportamiento que podemos entender como
acción intencional y el comportamiento que no podemos
subsumir bajo tal descripción... Llamo intencional a
un comportamiento que viene dirigido por normas o
se orienta por reglas. Las reglas y normas no son algo

27
que acaezca, sino que rigen en virtud de un significado
intersubjetivistamente reconocido [Habermas, 1997,
(1984), 21].
En lo anteriormente citado puede distinguirse entre compor-
tamiento regular y comportamiento regido por reglas, lo cual
va a permitir una identificación de seguida entre comporta-
miento regular y acción.
Las regularidades observables se descubren a través de me-
canismos generalizables de inducción: se producen o no se
producen. Las reglas, en cambio, se entienden en su sentido,
pues pretenden validez. En tanto que las reglas pueden ser
violadas, no tiene objeto decir que se vulneran las regulari-
dades.
Un comportamiento observable cumple una norma vi-
gente si y sólo si ese comportamiento puede entenderse
como producto de un sujeto agente que ha entendido el
sentido de la norma y la ha seguido intencionalmente.
Un comportamiento que observamos durante un de-
terminado período de tiempo, puede fácticamente con-
cordar con una norma, sin que venga dirigido por esa
norma [Habermas, 1997, (1984), 21].
Una segunda distinción que puede ser mencionada es aque-
lla entre observación y comprensión del sentido. La diferen-
ciación lograda entre ‹comportamiento› y ‹acción› parece si-
tuar la discusión en torno a formas de experiencia, donde
es factible ponderar las reacciones comportamentales y las
acciones, como formas diferentes. De manera que el compor-
tamiento y las regularidades comportamentales puedan ser
apreciadas mediante la observación. En tanto que la apre-
hensión de las acciones puede lograrse por la comprensión
del sentido.

28
Tómese el siguiente ejemplo: cuando una persona pregunta:
¿Dónde está el metro? pone una interrogante; genera una si-
tuación; está interesado en obtener una información, de cuya
respuesta no se tiene certeza de aplicación inmediata. Pero si
pregunta: ¿Cómo puedo tomar el metro?, revela una intención
que va más allá de la búsqueda de información; expresa una
manifestación de su ser interior, que hay una intencionalidad
manifiesta; al estar provista de una respuesta que permitirá
completar la acción puesta de manifiesto, ella incluye objeti-
vaciones contentivas de sentido con un conocimiento implíci-
to de las reglas intersubjetivamente reconocidas. Brevemente
puede decirse que el sentido queda reconocido tanto por el
hablante que lo emite como por el oyente que lo escucha. El
sentido, así, es identificado recíprocamente. El sentido queda
compartido intersubjetivamente entre hablantes y oyentes.
Nuevamente, la categoría del sentido va a definir la distin-
ción entre los modos de experiencia en cuestión. Las accio-
nes sólo pueden ser descritas como comportamiento, si se
acepta que determinadas notas orientadoras de ese compor-
tamiento están necesariamente referidas a reglas subyacen-
tes y entender el sentido de las mismas.
Dice Habermas:
La decisión acerca de si ha de admitirse o no la ac-
ción intencional, tiene consecuencias metodológicas
precisamente en lo tocante al modo de experiencia.
Esto queda patente en el problema de las mediciones.
Las mediciones sirven para transformar experiencias
en datos, y es entonces cuando satisfacen el requisi-
to de fiabilidad intersubjetiva y pueden servir de base
para la comprobación de la pretensión de validez em-
pírica de enunciados teoréticos... Con otras palabras:
las observaciones que pueden expresarse en oraciones
29
descriptivas de un lenguaje relativo a cosas y sucesos
pueden controlarse por procedimientos reconocidos,
reducibles a mediciones científicas; en cambio la in-
terpretación (en términos de comprensión del sentido)
de formas simbólicas, como son las acciones que pue-
den exponerse en oraciones descriptivas de un lengua-
je relativo a las personas y a sus manifestaciones, no
pueden operacionalizarse con la misma fiabilidad [Ha-
bermas, 1997, (1984), 23].
En efecto, tal como dice la cita, “la decisión acerca de si ha
de admitirse o no la acción intencional”, tiene consecuencias
irreversibles en el área metodológica. No puede reducirse a
un problema de medición, de cuantificación de frecuencias,
de número de repeticiones. La naturaleza del problema de
la compresión del sentido amplía notablemente las alterna-
tivas de solución, ya que la interpretación o traducción de
las formas simbólicas, como son las acciones expuestas en
oraciones descriptivas, requieren de procedimientos que en
última instancia dependen de una comprensión precientífica
del lenguaje.
La mención del sentido simbolizado tiene que recurrir
a procedimientos ad hoc, que en última instancia
dependen de una comprensión precientífica del
lenguaje, disciplinada a lo sumo hermenéuticamente
[Habermas, J., 1997 (1984), 23].
Efectivamente, las simbolizaciones de la acción expresadas
en la comunicación requieren de la hermenéutica para lo-
grar apropiarse de la multiplicidad de significados contenida
en el sentido de las emisiones.
Una tercera consecuencia se centra sobre el convenciona-
lismo versus esencialismo. No importa cómo se resuelva el

30
problema esbozado en la cita anterior, referente a la medición
de los significados de las expresiones simbólicas, donde la
base experimental de una teoría de la acción tiene que ser
distinta a la base experimental de una teoría comportamen-
tal (en el sentido conductista de la palabra). Ya que el ajuste
de una descripción de un producto estructurada en térmi-
nos de sentido, de una oración pronunciada por alguien, o
sencillamente de una acción, sólo se puede comprobar por
referencia al saber del sujeto, responsable de la emisión de la
misma. Un sujeto que sea capaz de acción, puede que mu-
chas veces no sea capaz de exponer las normas o las reglas
por las que orienta su comportamiento. En la medida en que
se apropia de las normas y puede seguirlas, obtiene un saber
que estaba implícito en las reglas pertinentes.
Este saber faculta al sujeto para decidir si una determinada re-
acción comportamental puede entenderse a la luz de una regla
conocida; es decir, si puede entenderse como acción; si la acción
responde a la norma o si presenta desviaciones de ella; y dentro
de cuánto margen se desvía de la norma que la fundamenta.
Para precisar los matices de diferenciación entre atender re-
glas y tener regularidades habrá que distinguir entre nor-
mas comunes y reglas que uno se forma para darles uso.
Ejemplo: la diferencia entre las reglas gramaticales, que son
de general aceptación, y las reglas estilísticas personales,
que son reglas de trabajo de todo lo que llamamos metodolo-
gías, las cuales no son normas colectivas.
Habermas habla así mismo de acción normativa, de acción
institucional y de acción estratégica como acciones distintas.
No se puede generalizar para todo lo que es válido para la
acción normativa. Ejemplo: en una organización puede ha-
ber reglas institucionales, reglas individuales y subgrupales
del personal, tal como pudiera ocurrir con los funcionarios
31
del Banco Central de Venezuela, quienes tienen reglas insti-
tucionales, propias del BCV, reglas individuales, aplicables a
cada empleado y reglas subgrupales correspondientes a las
que se aplican a departamentos específicos, como pudieran
ser los empleados de tesorería o de informática, quienes ma-
nejan códigos especiales para el uso exclusivo de esos depar-
tamentos, sin que los mismos puedan ser divulgados.
Un proceso similar puede suceder con las manifestaciones
lingüísticas. A los hablantes competentes, su saber, es de-
cir, su pericia les basta para distinguir entre actos fonéticos
y puros ruidos; entre oraciones correctamente formadas en
atención a la sintaxis y a la semántica, y oraciones incom-
pletas, así como para realizar una clasificación adecuada
en función de sus niveles de desviación. Este saber de re-
glas de los sujetos se construye con base en una convención
compartida por todos. Reglas que determinan cómo hablan
y actúan con suficiente competencia y conforman la base
empírica sobre la que han de sustentarse las teorías de la
acción, mientras que las teorías ordenadas en términos de la
ciencia del comportamiento (en el sentido conductista) sólo
dependen de datos físicamente observables.
A partir de esas tres consecuencias metodológicas en la
aceptación o no del sentido como concepto sociológico bási-
co, se puede distinguir entre planteamientos objetivistas y
los planteamientos subjetivistas en la formación de la teoría
sociológica.
Voy a llamar subjetivista a un programa teórico que
conciba la sociedad como un plexo estructurado en
términos de sentido; y por cierto, como un plexo de ma-
nifestaciones y estructuras simbólicas que es constan-
temente generado conforme a reglas abstractas subya-

32
centes... en cambio, llamo objetivista a un programa
teórico que entienda el proceso vital que es la sociedad,
no desde dentro como un proceso de construcción, es
decir, de generación de estructuras dotadas de sentido,
sino desde fuera como un proceso natural que puede
observarse en sus regularidades empíricas y explicar-
se con la ayuda de hipótesis nomológicas [Habermas,
1997 (1984), 25-26].
Luego de desarrollar la discusión en torno al aspecto meto-
dológico y a las consecuencias que surgen con la aceptación
o no del “sentido” como concepto básico de la sociología, hay
una incidencia sobre los esquemas teóricos de otras ciencias
sociales, que posibilitan algunas consideraciones sobre la
delimitación de los planteamientos subjetivos y los plantea-
mientos objetivos en la formación del esquema teórico alu-
dido.
Sin embargo, como consecuencia de lo anteriormente ex-
puesto y de la alusión de una estrategia de investigación,
habrá de aproximarse con cuidado a la distinción entre un
enfoque que alude a una ciencia del comportamiento, que
siempre implica la conducta humana, y un enfoque estruc-
turado en términos del «sentido», que compone la teoría de
la acción.
Habermas explicará el término de “comportamiento” como
correspondiente a la adopción de un punto de vista mera-
mente observacional sobre lo que ocurre, el cual se expresa
con un enfoque en tercera persona del singular, es decir,
donde el hablante hará descripciones en tercera persona y
manteniendo su exterioridad al fenómeno observado.
En cambio, el término de “acción” se refiere al agente que
se enfrenta a un problema y responde de alguna manera.

33
Es decir, le atañe al agente que está en una situación que le
requiere. A su vez, estudiar o tratar de entender una acción
implica ponerse en el lugar del agente, involucrarse imagina-
tivamente en la situación correspondiente.
En tanto, en Simon, el comportamiento, en la medida en que
incluye una fase de resolución, no es considerado desde un
punto de vista meramente exterior y observacional, sino más
bien desde el punto de vista de los procesos mentales involu-
crados, los cuales entendemos solamente asumiéndolos como
posibilidades que podrían tocarnos. Esto quiere decir que
comportamiento, en Simon, es equivalente a desempeño, lo
cual significa, en una situación dada, la realización de una
actividad que incluye una parte resolutiva y una parte opera-
tiva. De esta manera, la noción de “comportamiento” de Simon
corresponde más bien a la noción de “acción”, que contiene
objetivaciones llenas de sentido que incluyen procesos cog-
noscitivos y las reglas implícitas bajo las cuales se producen.
Es importante insistir sobre este punto que dilucida la po-
sición de Simon, en relación con la distinción entre ciencias
comportamentales y ciencias comprensivas; y es importan-
te, porque hay equívocos potenciales que pueden derivarse
hasta del mismo nombre de su trabajo: «El comportamiento
administrativo», el cual puede inducir a situarlo en el campo
del conductismo, es decir, en el marco del “comportamiento”
observable desde fuera.
Puede contribuir a ello un pasaje de Simon donde señala que
«... la construcción de una organización administrativa eficaz
es un problema de psicología social» (1964, 4), que también
puede coadyuvar a una apreciación engañosa.
Pero, igualmente, puede ocurrir que la percepción equivoca-
da provenga de otro ángulo aprehensivo.

34
Con frecuencia se atribuye a Simon la aplicación
del análisis organizacional. A primera vista, esto
parecería adecuar muy bien su postura al campo
de las organizaciones y el individuo, en el que se
exploran los efectos de las estructuras, las reglas y los
procesos organizacionales sobre las complejidades de
la conducta individual. Pero la contribución de Simon,
al respecto, está muy restringida y tiene un curioso
tono negativo. Para Simon, “psicología” no parece más
que un sinónimo de un defecto humano lamentable,
es decir, la incapacidad de actuar racionalmente. La
psicología, o al menos su noción de ella, no hace más
que ayudar a explicar los impedimentos cognoscitivos
para la eficiencia organizacional (Harmon y Mayer,
1999, 191-192).
El recurso de la psicología en Simon, es parte de la metodo-
logía que implica considerar los comportamientos efectivos.
Ahora bien, este interés del miembro de la organización, por
lo que efectivamente se está haciendo, tiene una doble faz;
es cierto que en algunos momentos, Simon señala fallas de
racionalidad, así como las ilustra con la referencia a los es-
tudios de Tversky y Kahneman, quienes demuestran la alta
frecuencia de ciertas falacias, como por ejemplo la falacia
del jugador ante la ruleta; y es en este sentido que Harmon
y Mayer sostienen que el recurso de la psicología consiste
en Simon solamente en señalar deficiencias de racionalidad.
Pero en realidad tiene más importancia el recurso de las prác-
ticas efectivas, por la razón contraria: no para enunciar su
irracionalidad sino para señalar que podrían ser más racio-
nales que lo postulado por la teoría de la maximización o
teoría clásica, ya que se ajusta más a las condiciones de infor-
mación limitada en la cual se toman las decisiones.

35
Ahora bien, esta distinción metodológica que se sigue al mo-
mento de optar por el “comportamiento” o por la “acción” a
los efectos del análisis categorial, es importante para la cons-
titución del ámbito objetual, en cuanto a la definición de los
conceptos básicos, como los llama Habermas (1997, 233-234).
De manera que las ciencias del comportamiento habrán de
permitirse descripciones observables empíricas, lo cual, a su
vez, caracteriza este tipo de conocimiento. En tanto, las cien-
cias de la acción describirían objetivaciones contentivas de
«sentido», y describirían también las características internas,
conforme a las reglas bajo las cuales fueron producidas.
Lograr el establecimiento de ese vínculo, entre la noción am-
pliada de “comportamiento” con las ciencias de la acción, su-
pondría ampliar el fenómeno de la comprensión de la toma de
decisiones, sujeto al concepto de seguir una regla y a la apli-
cación del concepto de reglas, así como a la ponderación de
razones y de juzgar de acuerdo con criterios, entre los cuales
destaca la racionalidad.
Las reglas del juego de una sociedad son las «instituciones»,
tal como está señalado en el neoinstitucionalismo, que como
nueva corriente incide en el campo de las ciencias sociales.
Douglass North dice: «Las instituciones son las reglas del jue-
go de una sociedad o, más formalmente, son las limitaciones
ideadas por el hombre que dan forma a la interacción huma-
na» (1993, 13). Este enunciado está en la base de la teoría
de las instituciones, dentro del cuadro que enmarca el área
definida por el desarrollo del presente trabajo y que habrá de
abordarse posteriormente. Pero que se identifica con los signi-
ficados de “normas” en Habermas y del mismo nombre, “ins-
titución”, en Simon, tal como se señaló anteriormente, lo que
habrá de ser objeto de la estrategia de investigación aplicada.

36
Habermas parece afirmarse más en el estudio del problema
de la diferenciación dentro de las ciencias sociales en el mo-
mento de la publicación de la Teoría de la acción comunica-
tiva (1981), donde sustancia la diferencia entre los enfoques
de las ciencias sociales normativas y las ciencias sociales
empírico-analíticas, recurriendo para ello a una óptica que
va a apelar al análisis de las ciencias sociales y a su caracte-
rización a partir de la consideración de la ciencia económica
como una ciencia general. En tal sentido, Habermas lo deja
registrado en un trabajo inicial del proceso que investiga la
diferenciación metodológica de ambas orientaciones y conte-
nidos en la Lógica de las ciencias sociales (1967).
De tal manera que Habermas procede a desempolvar una
vieja disputa entre G. von Schmoller y Carl Menger, ambos
europeos de las primeras décadas del siglo XX, quienes po-
lemizaban acerca del papel de las teorías generales dentro
de las propias ciencias sociales. Con ese fin, los investi-
gadores sociales insistían en que la economía podía for-
malizar y lograr sistemas hipotéticos deductivos, a partir
de supuestos acerca del nexo que podría establecerse entre
los flujos de las masas de dinero y los conjuntos de bienes,
con lo cual pudiera ser fundamentada una teoría económi-
ca matemática; en tanto que otros investigadores, los del
área histórica, sostenían que el proceso económico era un
proceso de naturaleza fáctica históricamente constituido en
la sociedad, y del cual era factible lograr su aprehensión.
De manera que una teoría económica matemática, al estilo
de la escuela austríaca impulsada por C. Menger, sólo po-
día conducir a la elaboración de modelos abstractos, sin el
contenido empírico de los procesos económicos sociales. En
tanto que una economía que actuase de la manera como
fue determinada, su método comprensivo lograría la cap-

37
tación de los procesos reales y objetivos, según el enfoque
histórico de Schmoller.
Ciertamente, la recurrencia a la cual acude Habermas tiene
su epicentro en el campo de la ciencia económica, en la in-
tención de los neoclásicos de querer apuntalar la economía
sobre la formalización científica de la matemática, por cuan-
to en el campo de las ciencias naturales, el caso de la física
ejercía una influencia determinante por la formalización exi-
tosa de sus leyes.
La creencia en la universalidad de las elaboraciones
de la física newtoniana, o más aún de la geometría
euclidiana, encontraba su justificación en el carácter
absoluto y universal que por aquel entonces se atribuía
a las categorías intentivas de espacio, tiempo, sustancia
o fuerza, desde las que esas ciencias practicaban
sus deducciones. Sobre todo cuando estas últimas
transcurrían a un nivel formalizado y veían asegurada
su coherencia y precisión por las reglas de la lógica
matemática. Los economistas neoclásicos trataron de
elevar el nivel de su ciencia por este camino, siguiendo
las enseñanzas metodológicas de las ciencias físico
matemáticas, con ánimo de colmar las viejas añoranzas
que nacen con los primeros practicantes de la ciencia
económica, de ver configurada ésta, a imagen y
semejanza de aquéllas [Naredo, 1996 (1987), 187].
El desarrollo de los aportes de la mecánica cuántica y los
enfoques relativistas, dentro del campo de la física, van a
contribuir a agudizar lo planteado en la cita anterior.
Habermas añade, a los efectos de darle más consistencia a
sus explicaciones, que J. V. Kempski argumenta que la cons-
trucción matemática que se lleva a cabo en las ciencias so-

38
ciales, también alcanza las ciencias del derecho y de la ética,
lo cual pondría de manifiesto la repercusión que el aspecto
normativo analítico tiene en las ciencias sociales, y se hace
manifiesto en las ciencias formales.
Otros comentarios que Habermas resucita a propósito de la
diferenciación entre teoría económica formalizada y teoría
económica comprensiva, los de Ewald Schams y J. V. Kemp-
ski, en los años treinta del siglo XX, se van a referir a que
la teoría económica matemática, al prescindir de las par-
ticularidades históricas, se comporta como una sociología
comprensiva. En efecto, las fórmulas matemáticas aplicadas
a los flujos de cantidades de bienes y precios corresponden a
las funciones de las decisiones de los sujetos agentes, lo cual
viene a constituirse en una especie de sistema de enunciados.
Los supuestos sobre los que descansa esa teoría económica,
ciertamente, son un sistema de enunciados acerca de una
acción económica racional, de acuerdo con el cual los sujetos
económicos actúan conforme a supuestos de maximización.
En consecuencia, en esas teorías económicas formalizadas
que convierten la acción intencional en una ciencia normati-
va analítica, lo que se construye es una estructura de elec-
ción racional de medio a fin, que actúa sobre una base de
preferencias especificables.
No obstante, las explicaciones sobre el estatus de las teorías
generales de la acción le resultan equívocas a Habermas:
Por una parte, habrían de servir para explicar
contextos fácticos de acción, mas por otra no estarían
en condiciones de permitir pronósticos condicionados
en relación con el comportamiento observable. Kempski
no deja ninguna duda acerca de que las ciencias
nomológicas del espíritu analizan posibilidades de
acción, es decir, informan sobre cómo en una situación
39
dada, supuestas determinadas máximas, tendrían que
discurrir las acciones para satisfacer las condiciones
de la racionalidad estratégica. Y, sin embargo,
parecen suministrar informaciones no sólo para fines
prescriptivos, sino también para fines descriptivos.
Pues los discursos fácticos de acción pueden explicarse
por referencia al campo de acción posible [Habermas,
2000 (1982), 129].
El mismo Habermas parafrasea a Félix Kaufman al destacar
que la distinción entre leyes teoréticas y leyes empíricas sólo
tiene sentido si las teorías de la acción estratégica han de
emplearse de algún modo para el análisis empírico, es decir,
han de contribuir al saber descriptivo. Este aspecto tiene im-
portancia si se asume un esquema kantiano tal que resalte
que:
Así como para la conciencia empírica no son
indiferentes las operaciones de lo trascendental, así
tampoco son indiferentes las leyes de la razón práctica,
por las que como persona libre determino mi acción,
para las consecuencias de esas acciones en el mundo
de los fenómenos. De ahí, que la conexión regular de
acciones empíricas no pueda analizarse sin tener en
cuenta que los agentes son seres inteligibles, es decir,
que siempre han de actuar bajo la imputación de una
legitimación originada en la razón: actúan bajo la
cohersión que ejerce esa libertad imputada. Pero tales
consideraciones permanecen arbitrarias mientras no
se las conecte sistemáticamente con los supuestos
metodológicos [Habermas, 2000 (1982), 129].
Las consideraciones anteriores llevan a Habermas a una
situación problemática: a) el normativismo presenta un es-

40
tado de debilidad; b) los supuestos están sustentados sobre
esquemas hipotéticamente puros; es decir, en esos supues-
tos no existe contenido empírico alguno. Por tanto, o se
trata de transformaciones deductivas de enunciados analí-
ticos o las condiciones bajo las que pudieran fundamentar-
se están excluidas, pues en los supuestos sobre los cuales
se pueden fundamentar las máximas apreciativas no hay
contenido empírico alguno.
Esas consideraciones sitúan al autor ante una reflexión
dilemática, pues salta a la vista la existencia de un norma-
tivismo débil y los supuestos básicos de ese normativismo
están sustentados en supuestos puros. De esos supuestos
no puede deducirse ninguna hipótesis legaliforme con con-
tenido empírico. En consecuencia, o se trata de transfor-
maciones deductivas de enunciados analíticos o las condi-
ciones bajo las cuales pudieran falsarse vienen excluidas,
pues, pese a la referencia de la realidad, los enunciados le-
galiformes de la economía pura tienen un escaso contenido
informativo y la mayoría de las veces, ninguno.
En cuanto a las teorías de la acción racional, éstas caen en
un enfoque de abstracción platónica al tratar de constatar
la validez del supuesto saber empírico analítico que postula.
Los juicios de acción introducidos no se tratan como hipó-
tesis sino como supuestos acerca de la acción posible de los
sujetos económicos; la cuestión se limita a deducir formal-
mente implicaciones, enunciados de contenido empírico.
Hans Albert enfrenta el normativismo de la economía pura
con el punto de vista de que una teoría económica ha de
construir acciones de los portadores de roles sociales. La
idea central del pensamiento económico es una idea socio-
lógica, a saber: que la producción y distribución de bienes

41
se regula a sí misma casi automáticamente, de un modo
relevante para la satisfacción de las necesidades en un sis-
tema de relaciones comerciales entre personas y grupos de
una sociedad, respaldado por fórmulas institucionales.
De lo que se trata en realidad en el esquema neoclásico de la
economía es de destacar la presencia de algunos conceptos
que permiten la percepción y análisis del fenómeno: merca-
do, decisión, comportamiento, etc. Es decir, primeramente
se pretende realizar el análisis de determinados efectos que
se cumplen en una sociedad en un ámbito definido que es
identificado como mercado. Luego, se intentan reducir todos
los procesos relevantes a decisiones de los agentes, de acuer-
do con ciertos criterios. Se pretende conocer ciertos espacios
donde están presentes la motivación, actitudes, orientacio-
nes valorativas, etc.
También Simon, en su Teoría de la organización (1958), des-
taca que la teoría administrativa admite como proposiciones
acerca del comportamiento de la organización, aquellas con-
tentivas de la presunción de que sus miembros incorporan a
las organizaciones: actitudes, valores y objetivos, con lo cual
acentúa la tesis de la economía neoclásica.
Puede asumirse que la lectura habermasiana de las formu-
laciones de Kempski es relevante por cuanto la interpreta-
ción de la economía pura con ayuda del esquema de acciones
puede ser entendida como la teoría económica, en términos
de la lógica de la decisión, la cual es diferente, pues no tiene
que ver con el comportamiento adaptativo, que a lo sumo
puede considerarse como una condición externa en el grupo
de alternativas de cálculo de la decisión.
La idea referente al cálculo puede referirse a la acción estra-
tégica que, imputando un determinado criterio de decisión y

42
un sistema de valores, transforma en una nueva situación la
situación inicial compuesta por el agente y su entorno rele-
vante, un comportamiento regido por estímulos y la renun-
cia a la aplicación de las categorías sentido e intencionalidad
presentes en el enfoque teórico de la acción comprensiva.
Todo lo cual puede ser interpretado por la teoría de juegos
más que por la propia teoría decisoria, pues la decisión supo-
ne haber pasado por el análisis de esta última teoría.
Ahora bien, “el sistema de valores contiene reglas de
preferencias que indican la valoración de la gente sobre las
consecuencias previsibles de las decisiones alternativas”
[Habermas, J., 2000 (1982), 133].
La capacidad valorativa hace prever la existencia de crite-
rios, o máxima de decisión que indica cuál ha de seleccio-
narse entre las distintas estrategias, supuesta la valoración
de las consecuencias.
Si se asocia lo anteriormente dicho con el enfoque de la ra-
cionalidad desarrollado por H. Simon, se evidencian simili-
tudes en su interpretación. Pues este autor también estudia
los problemas relativos a la racionalidad inherente a la deter-
minación de los problemas a resolver, bien sean de produc-
ción de bienes o de prestación de servicios, públicos o priva-
dos. Estudia asimismo las opciones de solución, los análisis
de las consecuencias de las mismas, las valoraciones de las
opciones y las selecciones adecuadas. Pero justo allí, afloran
los dilemas derivados de la racionalidad. En ese concepto co-
existen criterios diferentes que apuntan hacia la instrumen-
talidad y hacia lo valorativo; que buscan la determinación de
los medios para alcanzar determinados propósitos o el esta-
blecimiento de los valores que deben orientar la decisión. Di-
ferencias que, no obstante mantener su persistencia, se com-

43
plementan en las decisiones, en los procesos que prosiguen
a la selección y que se manifiestan en su implementación y
en los nuevos cambios de las situaciones subsiguientes para
las nuevas tomas de decisiones.
A la luz de esta explicación desplegada, en cuanto a la econo-
mía concebida como teoría decisoria, luce interesante un as-
pecto expuesto por Habermas en el señalamiento siguiente:
La interpretación de la economía pura en términos
de la teoría de la decisión abandona, en lo que a
teorías generales de la acción económica se refiere, la
pretensión de suministrar un saber empírico analítico
[Habermas, 2000 (1982), 133-134].
Es interesante lo referenciado en la cita pues al ser asumida
la economía pura como teoría decisoria, al igual que otras
teorías de la acción estratégica, puede utilizarse prescripti-
vamente; es decir, actúa como una ayuda normativa de la
decisión. No obstante, ese carácter normativo en cuanto sa-
ber refuerza la elección de las estrategias posibles.
La teoría de la decisión es caracterizada como una teoría ge-
neral de la acción, porque está dirigida a presuntas acciones,
que identifican sujetos racionales, actuantes dentro del es-
quema que Weber definió como “acción con arreglo a fines”.
Ese esquema no posibilita que sea apto para el análisis em-
pírico. No garantiza una predictibilidad rigurosa. La teoría
de la decisión no agrega la pretensión de un saber empírico
analítico, pues sus recomendaciones son débiles desde ese
punto de vista; pertenecen más bien al saber normativo. Es
decir, la teoría de la decisión asumida por la economía pa-
rece constituirse en una forma normativamente válida para
la “mise en sceène” de la teoría administrativa, en la medida
en que se aceptan las reglas de interacción al momento de

44
optar por una alternativa entre las varias que se le presente
para elegir una salida adecuada, sin que tampoco ello posi-
bilite que el análisis empírico sea apto para su utilización.
Empero, su uso implicaría el privilegiar hacer y dejar hacer,
o hacer y dejar de hacer.
Militan en torno a las ciencias del comportamiento las teo-
rías del aprendizaje de Skinner, los supuestos de Festinger
acerca de las disonancias cognitivas y las teorías del com-
portamiento de los pequeños grupos. En tanto, la teoría de
la acción, a la vez que apunta hacia una armazón categorial,
ya había sido creada por Weber, para quien la acción social
entendida como un comportamiento, es decir, como un com-
portamiento dotado del sentido subjetivo, significa un com-
portamiento orientado por el sentido que los actores subjeti-
vamente atribuyen a su acción, y por consiguiente, motivado
también por el comportamiento que sólo puede aprehenderse
adecuadamente por ser identificado por referencia a los fines
y labores entre los que el agente se desenvuelve y se orienta.
Como regla metodológica priva el sentido que el sujeto agente
atribuye a su acción y que le permite acceder adecuadamen-
te a un comportamiento que se orienta por una situación que
el agente mismo interpreta.
Más aún, la acción social, recurriendo al enfoque weberia-
no, depende de las acciones de los otros, los cuales pueden
ser singulares o plurales, indeterminados y desconocidos,
pero que el agente los admite en su consideración, por sus
múltiples expectativas de orientación. En tanto, el compor-
tamiento social observable ha de ser aprehendido a través de
una perspectiva del propio agente, cuya observación puede
quedar excluida, pero el comportamiento social ha de ser
comprendido.

45
Es válido reiterar dos definiciones necesarias en las argu-
mentaciones que se han propuesto; la primera reza de la si-
guiente forma: «La acción social es observancia de normas»;
en tanto que la segunda dice: «La acción estratégica es sólo
un caso límite de la acción social, la cual en el caso normal
se orienta por un sentido comunicable» [Habermas, 2000
(1982), 137].
En relación con la definición de acción social, ésta delimita
su actuación precisando que las normas son expectativas
colectivas de comportamiento. En relación con la segunda,
la acción estratégica puede ser analizada indicando que el
sentido comunicable se deriva de los contenidos semánticos
de una tradición cultural y de los motivos de la acción, lo que
se concreta en la definición de normas vinculantes.
A los efectos de ampliar la perspectiva de diferenciación meto-
dológica, se puede especificar que en toda especie animal hay
pautas de conducta, asumiéndolas como comportamientos, y
en animales sociales existen regularidades en la interacción:
un ritual de cortejo, de enfrentamiento, o de procedimientos
de cooperación como sucede con animales cazadores. Algu-
nas de esas pautas de conducta pueden ser hereditarias; en
otros casos se pueden transmitir por cierta tradición, como
parece que ocurre en algunas especies de pájaros cantores.
Pero, ahora, en este último caso no se habla de reglas o insti-
tuciones; se hablará más bien de regularidades, distinguien-
do éstas últimas de la noción de institución.
Una institución o una regla es una pauta que permite juzgar
a los actuantes; si una conducta se ciñe a ella o no; es decir,
es un criterio de adecuación o inadecuación a una pauta.
Implica la posibilidad de una crítica de conductas futuras,
como ciñéndose o no a las reglas instituidas. La mera regu-
laridad puede ser comprobada desde el exterior de un cierto
46
ámbito social; por ejemplo, la mayoría de los caraqueños via-
jan en carnaval; pero la fidelidad a la regla (o a la institución)
se juzga desde el interior de la interacción social, es objeto de
una apreciación que es parte de la vida social y que implica
lo que Habermas llama el «negociar definiciones de situacio-
nes», y que quedan enunciadas de la manera siguiente: ¿qué
es una emergencia?, ¿qué es prioritario?, y donde se estable-
ce un acuerdo, o se busca establecer un acuerdo acerca de
qué calificativos cabe aplicar a ciertas situaciones y en qué
condiciones llamar a las cosas por su nombre, que no es tan
simple como llamar al pan, pan y al vino, vino.
En este sentido se puede decir que la palabra que correla-
ciona una voz con un tipo de situación es una institución,
y al mismo tiempo, lo que posibilita toda institución con la
medida en la cual todas implican la capacidad de reconocer
situaciones, que merecen ciertos calificativos y que en base
a éstos, recomiendan ciertas actitudes, y aquí se puede anu-
dar con lo que se decía de esos calificativos; y esas actitudes
no recomendadas se pueden discutir pero no todas a la vez.
Puede revisarse el sentido que se da a ciertas palabras y las
condiciones de su aplicación correcta, pero sólo dando por
sentado el sentido y las condiciones de aplicación de otras
palabras que no han sido consideradas.
Esta sección aprecia otro momento del proceso de la diferen-
ciación metodológica que Habermas desarrolla e incluye en
su artículo “Acciones, operaciones, movimientos corporales”
(1975), como parte del denominado tomo complementario
de la “Acción comunicativa”, del mismo autor (1984), donde
aborda el tema de la teoría de la racionalidad.
La introducción del artículo explica cómo los niveles con-
clusivos engranan con el desarrollo de trabajos anteriores,

47
dedicados específicamente al proceso de estratificación con-
ceptual de la conducta, de manera que la articulación se da
precisamente donde aparecen los puntos siguientes:
a) Una relación donde se informa que en el análisis del
concepto de acción es fundamental el concepto de seguir
una regla, en tanto que la actividad o la consecución de
fines se torna sobresaliente para el diseño causal.
b) El concepto de seguir una regla es seguido por un con-
cepto de capacidad de acción, de acuerdo con lo cual un
sujeto
i) sabe que sigue una regla,
ii) en las circunstancias apropiadas está en condiciones
de decir qué regla está siguiendo, es decir, de indicar el
contenido proposicional de la “conciencia de regla”.
c) Una modificación de la comprensión cotidiana permite
interpretar, conforme al modelo de la observancia cons-
ciente de una regla, el comportamiento animal orientado
a la consecución de un fin, pero que el propio es incapaz
de explicitar.
d) Se habla de “mero comportamiento” cuando no se pre-
supone una conciencia implícita de regla, pero sí una “ca-
pacidad de acción” mínima y puede distinguir en algún
sentido.
Por cuanto el uso y lo específico de la existencia de reglas es
relevante, Habermas hace uso del concepto de “seguir una
regla”, el cual se apoya en el “saber cómo se sigue una re-
gla”, para presentar la siguiente clasificación de los tipos de
reglas de acción: 1. Acciones concretas, 2. Movimientos cor-
porales, y 3. Operaciones.

48
1. Acciones concretas. Las acciones concretas son aque-
llas que cambian algo en el mundo, junto con los actos de
habla. El ejemplo que de ellas da Habermas es el siguien-
te: cazar, arar, clavar un clavo, sacar un tornillo, condu-
cir un coche, comprar un producto, sacar dinero, nadar,
subir una montaña, esquiar, participar en una elección,
despedirse de alguien, casarse, echar a alguien, educar
a alguien, posponer a alguien, humillar a alguien, dejar
perplejo a alguien, ilustrarlo, engañarlo, curarlo, etc., y,
finalmente, actos de habla como ordenar, aconsejar, ense-
ñar, confesar, contar, etc. Todas las acciones expresadas
en el ejemplo, no obstante la diferencia de significación
existente entre ellas, tienen un común denominador: con-
siguen un efecto, bien sea porque generan un objeto, por-
que cambian un estado, porque producen un rendimiento,
etc. Las acciones concretas logran los resultados que se
aspiran con ellas. Su realización no es indiferente al en-
torno donde se desarrollan, todo lo cual queda expresado
en una sola frase del autor: las acciones intervienen en el
mundo.
Se hace evidente la diferencia que tienen las acciones en
primer término con los movimientos involuntarios del ser
humano (dormir, roncar, digerir, respirar, palidecer) y con
los movimientos inesperados que no son iniciados por el
agente sino que muestran el estado que le acontece (como
resbalar, tropezar, salirse de quicio, etc).
2. Movimientos corporales. La diferencia entre los primeros
y los segundos se hace menos evidente con los movimien-
tos, por cuanto con su ayuda el agente efectúa acciones
concretas. Ejemplos de ello lo constituyen el movimiento
del dedo con que se aprieta el gatillo de la pistola para
disparar, el movimiento del brazo con que se quita el som-

49
brero para saludar, el erguimiento del cuerpo con que el
agente da a entender que quiere despedirse, la producción
de sonidos con que el agente emite una oración para hablar.
Habermas resume en una pequeña frase la caracteriza-
ción de este tipo de acción: con estos movimientos el agen-
te interviene literalmente en el mundo [Habermas, 1977
(1984), 234].
3. Operaciones. Igualmente pueden distinguirse las accio-
nes concretas de las operaciones, porque son éstas últi-
mas las que capacitan a los agentes para la acción misma.
Ejemplos: operaciones mentales como hacer distinciones,
subsumir algo en un concepto, contar, resolver ecuaciones
diferenciales, sacar una conclusión, percibir algo, identi-
ficar algo, clasificar algo, caracterizar algo, ordenar ele-
mentos conforme a una configuración previamente dada,
etc.; operaciones gramaticales como distinguir partes de
una oración, hacer transformaciones, respetar la posición
de los términos, elegir esta o aquella expresión del léxico
de una lengua, distinguir entre oraciones bien formadas y
oraciones desviantes. También estas operaciones, conjun-
tamente con los movimientos corporales, pertenecen a las
acciones, en las cuales puede registrarse una coejecución
de su parte.
Es relevante la similitud entre los planteamientos de Haber-
mas y de Simon guardando las diferencias terminológicas.
Como consecuencia de la anterior explicación, Habermas
procede a distinguir entre las acciones concretas de una
parte y de la otra, los movimientos corporales coordinados
con los cuales el agente ejecuta sus acciones y las operacio-
nes, que facultan a ese mismo agente para la realización de
sus acciones.

50
Ahora bien, con las acciones concretas se procede a estruc-
turar las reglas de acción, en tanto que con los movimientos
corporales y las operaciones se les concibe como una infra-
estructura de la acción, en la medida en que (a) organizan
el sustrato de las acciones; y (b) organizan las competencias
cognitivas, donde se apoyan las acciones. Este tipo de acción
es similar a las reglas anancásticas de la lógica deóntica, ca-
racterizadas por la forma imperativa en que está formulada
la proposición que las contiene, a la vez que ayudan a definir
procedimientos técnicos.
Las reglas de la acción estructuradas a partir de las ac-
ciones concretas, son analizadas en la medida en que son
comparadas las reglas de la acción social con las reglas de
acción instrumental, las cuales se fundamentan en generali-
zaciones empíricas y se relacionan con su contexto de forma
generalizante.
En tanto que las reglas de acción social tienen la tarea de
regular el contexto en el cual ya están articuladas, las reglas
de acción instrumental tienen un papel generalizador por-
que la regla sirve para formalizar regularidades del contexto.
Pero, obviamente, se refieren a generalizaciones empíricas.
Ejemplos: reglas de conducir con seguridad; regla de confec-
ción de una dieta balanceada.
Las reglas de acción social tienen un papel regulativo, que
le sirve para articular en reglas a las acciones sociales que
le son pertinentes dentro de un contexto, o para poner orden
en ese contexto. Ejemplo: reglas que rigen en el tráfico, las
reglas de etiqueta en una comida.
Por su parte, las reglas de acción instrumental son de uti-
lidad para la realización de tareas técnicas. Estas últimas
exigen intervenciones que van a requerir la manipulación

51
de cuerpos en movimiento, la cual va a estar orientada a la
consecución de un fin. Importante es destacar que la ma-
nipulación de cuerpos en movimiento significa cambio in-
tencional de sucesos y estados, los cuales presuponen que
están asociados causalmente a leyes. El saber implícito en
las reglas de la acción instrumental puede manifestarse de
forma explícita como tecnología.
Una tecnología está compuesta por imperativos condiciona-
dos que determinan la organización racional con arreglo a
fines de los medios para la obtención de fines dados. Pero los
imperativos condicionados sólo pueden alcanzar el éxito si
tienen contenido empírico, de donde la eficacia de la tecnolo-
gía depende de la verdad de enunciados nomológicos.
El sujeto de la acción instrumental no adopta frente a los
objetos una relación comunicativa, sino una relación unila-
teral, la cual está orientada a la consecución de un fin.
El uso de reglas técnicas requiere de una actitud objetivante
frente al mundo. La actitud objetivante del agente que inter-
viene en el mundo es semejante a la actitud del observador
que logra una aprehensión de sucesos y estados de su mundo
y procede con ello a hacer un enunciado. Las reglas que ex-
trae valen monológicamente, de modo que en el límite, actúa
como si fuese una especie de Robinson Crusoe, y los otros sólo
aparecerán en escena de manera accidental, pero sin partici-
pación en la definición y determinación de los fines.
En consecuencia, es menester destacar que las acciones so-
ciales son incompatibles con una actitud monológica, en un
sentido más específico de la palabra. Habermas introduce
la distinción entre el concepto de decisión y el concepto de
decisión reflexiva, la cual es una decisión que versa sobre
decisiones.

52
Sin embargo, esta terminología podría ser demasiado exclu-
yente; sería arbitrario negarle el carácter social a lo que Ha-
bermas llama acción estratégica, que consiste en proceder
en el plano social mismo con criterio instrumental, por me-
dio de una influencia calculada sobre aquellos de los cuales
uno se sirve para fines preestablecidos.
Si se hace un resumen de este último desarrollo, se tiene el
concepto de «seguir una regla», lo cual implica la ejecución
de una acción instrumental, donde el agente organiza los
medios para la obtención del fin propuesto. ¿Cuándo se dice
que actúa racionalmente? Cuando elige conforme a deter-
minados criterios entre medios alternativos... Brevemente,
hasta aquí sólo se ha acometido lo relativo a la aplicación
de reglas técnicas y organización de medios o recursos para
satisfacer necesidades, o para alcanzar metas previamente
determinadas. Pero antes de que el agente pueda accionar,
tiene que adoptar reglas de la práctica, aunque sea una sola
para lo cual es menester, por lo que puede actuar o no ac-
tuar; caso este último que también supone una acción por-
que anticipa una elección previa.
Las reglas estratégicas suponen medios y fines, según la
base de preferencias y máximas de decisión, todo lo cual su-
pone al menos la causación de un efecto en la actuación del
otro y con normas orientadas al entendimiento, cuya actitud
monológica implica una reorientación hacia el éxito y una
actuación bajo condiciones técnicas.
En consecuencia, los tres tipos de reglas que Habermas com-
para pueden distinguirse también atendiendo a los contex-
tos que regulan.
Mientras las reglas instrumentales versan sobre objetos
susceptibles de manipulación y las reglas estratégicas

53
acerca de decisiones monológicas de adversario que
actúan de forma racional con arreglo a fines, las
normas de acción ponen orden en las interacciones.
Las tecnologías y estrategias se refieren al mundo de
las entidades sobre las que son posibles enunciados
verdaderos; ciertamente que en un caso sólo se permiten
entidades tales como cosas y sucesos, sobre los que
pueden versar intervenciones técnicas, mientras que
en el otro pueden aparecer también actores que, al
igual que el propio sujeto actúa estratégicamente, están
dotados de la competencia de elegir fundadamente,
entre alternativas de acción. Las normas, en cambio,
se refieren a elementos de un mundo social al que
pertenecen los participantes en la interacción y sus
emisiones o manifestaciones [Habermas, 1997 (1984),
240].
En ese mundo de procesos observables, las acciones tienen
la apariencia de movimientos corporales del sujeto agente.
Los movimientos corporales dirigidos y controlados por el
sistema nervioso central del sujeto son la materia donde se
ejecutan las acciones. Con los movimientos el sujeto introdu-
ce algunos cambios en el mundo.
No obstante, los movimientos no son homogéneos; unos es-
tán en la actuación instrumental del sujeto; mientras que con
otros el sujeto realiza una significación. Aunque no tienen el
mismo nivel de materialidad: los primeros son causalmente
relevantes, los segundos serán semánticamente relevantes.
En el primer grupo los ejemplos identifican: erguir el cuerpo,
levantar la mano, levantar el brazo, doblar la pierna, etc.
Entre los ejemplos de los movimientos corporales semánti-
camente relevantes están los movimientos de la laringe, la
lengua, los labios, en la generación de elementos fonéticos;
54
el mover la cabeza como asentimiento, el encogerse de hom-
bros, el movimiento de los dedos al tocar piano, al escribir,
al dibujar, etc.
Hay innumerables trabajos de investigación que disertan so-
bre los movimientos corporales; sobre los diferentes tipos y
sobre su presunta estructura, etc. Hay que destacar un as-
pecto también interesante que tiene relación con las teorías
explicativas de las organizaciones, pues hay semejanza entre
los movimientos corporales que destaca esta teoría de Ha-
bermas con el tipo de movimiento que apuntala Taylor en la
teoría tradicional en sus proposiciones de organización del
trabajo.
La escuela en cuestión se ha preocupado especialmente de
las diferentes clases de trabajo que se llevan a cabo en los
talleres de producción o en los departamentos de los em-
pleados. La distinción de esos trabajos de otras actividades
productivas de las organizaciones industriales gira alrededor
de dos características relevantes: en primer lugar, son muy
repetitivos; de manera que su frecuencia de repetición diaria
puede ser caracterizada por ciclos. En segundo lugar, en este
tipo de trabajo, el trabajador no tiene que ajustarse a requi-
siciones especiales de desempeño porque su realización no
implica un alto índice de complejidad; en consecuencia, la
ejecución de este tipo de trabajo no supone ninguna solución
de problemas complejos.
De manera que la caracterización de rutina para los movi-
mientos que han de ser ejecutados en un taller industrial,
explicitado como una descripción del trabajo a ser ejecutado
y que aparece prescrito en la corriente de “dirección científi-
ca” de la escuela tradicional de Taylor es bastante similar a
los movimientos corporales de la corriente representada por
Habermas.
55
La constatación de ello puede hallarse en las prescripciones
de los denominados principios de la economía del movimien-
to que parecen coincidir con los movimientos corporales
causalmente relevantes y que se incorporan a continuación:
1. Las dos manos deben empezar y terminar sus mo-
vimientos al mismo tiempo.
2. Las dos manos no deben permanecer inactivas al
mismo tiempo, excepto durante los períodos de des-
canso.
3. Los movimientos de los brazos se harán en direc-
ciones opuestas y simétricas, deben hacerse simultá-
neamente.
4. Los movimientos de las manos deberán levantarse
a la clasificación más baja que permita realizar el tra-
bajo satisfactoriamente.
5. El impulso debe ser utilizado para ayudar al obrero
siempre que sea posible y debe reducirse al mínimo si
ha de superarse con esfuerzo muscular.
6.Los movimientos suaves y continuados de las manos
son preferibles a los movimientos en zig-zag o movi-
mientos en línea recta con cambios bruscos y agudos
de dirección... [Simon y March, 1961 (1958), 22-23].
De los simples movimientos distingue Habermas las opera-
ciones. Anteriormente se indicó que existía cierta complica-
ción en deslindar las operaciones de las acciones, porque
capacitan para la acción; es decir, porque las operaciones
hacen aptos a los sujetos agentes para la acción misma, y
hay una tendencia a confundirlas. Por lo tanto, el análisis
del concepto de operaciones va a necesitar de algunas pre-
cisiones. La primera de ellas puede ser la que aclara que los

56
movimientos corporales pueden ser entendidos como accio-
nes no autónomas, pero algunas situaciones evidencian difi-
cultad para lograr su reconstrucción.
Otra precisión la constituye la apelación del uso del concepto
de regla. Se puede aceptar en un sentido general que el uso
de la regla está referido a los preceptos que componen el mé-
todo. Ferrater Mora dice que:
Intuitivamente cabe entender por «regla» toda
formulación que enuncia cómo hay que proceder dentro
de una determinada esfera de posibles acciones. Hay
reglas en el lenguaje, en el arte, en la ciencia, en la
moral, en comportamientos sociales de toda clase de
juegos. A veces se usa “regla” como sinónimo de“norma”,
“máxima”, “precepto”, “prescripción”, “instrucción”,
“ley” (especialmente en la esfera del Derecho). Sin
embargo, distinciones en los usos de estos términos
aparecen ya en el lenguaje corriente. Así se dice
“regla de inferencia” pero no “normas de inferencia”
o “máxima de inferencia”; se dice que hay que seguir
la «máxima de la gente prudente» más bien que las
“reglas de gente prudente» (Ferrater Mora, 1994, 3039).
El concepto de regla sirve para ser aplicado tanto al concepto
de acciones como al concepto de operaciones, lo cual puede
ser usado para explicitar en qué sentido tanto las operacio-
nes y los movimientos corporales se coejecutan en acciones
concretas. Ambas son acciones no autónomas que se auto-
nomizan en la práctica. Pero las acciones permitidas están
hechas de forma que no pueden ser coejecutadas.
Se pueden conseguir reglas de acción y reglas operacionales.
Las reglas de acción se diferencian de las reglas operacionales:
a) Las reglas de acción guardan una relación sistemáti-

57
ca con la verdad de las proposiciones o la corrección de
las normas; pueden, por tanto, aducirse para la expli-
cación de acciones, mientras que las reglas operacio-
nales no pueden hacer otra cosa que hacer comprensi-
bles las operaciones.
b) Las reglas de acción presuponen un contexto de algo
en el mundo que puede ser manipulado o influido,
mientras que las reglas operacionales son constituti-
vas de la práctica que regulan [Habermas, 1997 (1984),
252].
Así mismo, puede hablarse de reglas técnicas y de reglas
estratégicas. Supuesto un fin, una regla técnica puede ex-
plicar una acción porque la orientación por la verdad de los
enunciados implicados en ella constituye en determinadas
circunstancias un motivo suficiente para actuar. Lo que es
válido también para las reglas estratégicas y para las nor-
mas. Pero las reglas operacionales no están conectadas a la
realidad ni a través de pretensiones de validez, ni a través de
pretensiones normativas. No obstante, las reglas de acuerdo
con las que se efectúan operaciones mentales y operacio-
nes de habla guardan algún vínculo con la realidad, ya que
de otra forma no necesitarían ser coejecutadas en acciones
concretas. Esto puede ser explicado de la siguiente manera:
la regla que dice “dos más dos son cuatro” se deriva de la
formulación de una regla operacional. En tanto que tal, no
pretende describir directamente una realidad, puesto que si
se tienen dos gotas de agua y se le agregan dos gotas más no
se obtienen cuatro gotas; especialmente si no se tiene defini-
do el volumen de las gotas; pero sí se obtiene una cantidad
que en varios aspectos importantes puede ser equivalente a
cuatro gotas. Lo mismo ocurre si se intenta apreciar el resul-

58
tado de un sonido de cuatro decibeles al cual se le incremen-
ta otro de cuatro decibeles más, con lo cual se producirá un
sonido mayor, pero que no será de ocho decibeles, porque el
solo hecho de que la unidad de medida sea el decibel, indica
la no existencia de tonos puros, con igualdad en la inten-
sidad de onda, sino la presencia de señales distintas en la
medición de tales sonidos.
De las explicaciones que anteceden y las referidas a opera-
ciones puede concluirse que en en estas ultimas se intenta
determinar los vectores lógicos, en el más riguroso sentido
de la palabra, porque se intenta garantizar la confiabilidad
de las proposiciones enunciadas, y ajustar las relaciones ló-
gico-causales en ese proceso de construcción.
Precisamente las operaciones, en Habermas, parecen guar-
dar una relación cercana con el esquema decisorio formula-
do por H. Simon, en el texto Teoría de la Organización.
En efecto, así como se señaló que los movimientos corpora-
les causalmente relevantes parecen verse reflejados en los
planteamientos de la denominada escuela tradicional del
pensamiento administrativo, específicamente en el estudio
de tiempo y movimiento, que descubre las características del
organismo humano como si fuese una maquinaria sencilla
que realiza trabajos sencillos; también la comparación de las
operaciones con las normas de interacción, como sistema de
reglas parece actuar sobre el mundo social, donde están ar-
ticuladas las organizaciones, los trabajadores, encuadrados
dentro de un marco institucional en el cual subyace una
racionalidad con arreglo a fines, que determina la acción
instrumental a la cual están sujetos. Pero esa relación en-
tre operaciones y esas normas de interacción implican coeje-
cución de una actividad concreta. No es sólo una relación

59
descriptiva la que allí se perfila, lo que se intenta destacar
y ver lo que está de por medio, es la reconstrucción de un
razonamiento, la explicación de un significado.
La complejidad del mundo social, donde puede ser destacada
la existencia del concepto de los actos de habla, muestra la
multiplicidad de las redes sociales que las integra, las arti-
cula y las delimita.
Habermas acude a la teoría de los actos de habla de J. Searle,
y es éste mismo, quien interroga: ¿Por qué estudiar los actos
de habla? En su respuesta articula su propia pregunta como
una forma que implica al lenguaje como una conducta go-
bernada por reglas. Su respuesta tiene que ver conque toda
comunicación lingüística incluye actos lingüísticos: «No es
sólo el símbolo, la palabra, la oración, la unidad de la comu-
nicación lingüística, sino más bien la producción o emisión
del símbolo, palabra u oración al realizar el acto de habla»
(Searle, J., 1980, 26).
Este enfoque lingüístico está inscrito en el desarrollo del
cruce entre la teoría del lenguaje y la teoría de la acción.
En síntesis, podrá decirse que la Teoría de la Organización de
Simon contiene no sólo los esquemas descriptivos y los princi-
pios de la acción expedita, es decir, de la acción concreta, sino
también los principios y máximas concernientes al proceso deci-
sorio, lo que supone la deliberación y concertación de fines.
Esta síntesis no es coincidente con el esquema referido a las
operaciones, porque en Habermas este tipo de acción está
separado de las acciones concretas, que son las que deter-
minan los objetivos y los fines de las organizaciones, en las
cuales subyace la acción instrumental, con su criterio mono-
lógico de orientación.

60
Una consideración adicional la constituye la conceptualiza-
ción de la acción intencional, discutida anteriormente, bien
sea en la forma de acción racional con arreglo a fines o bien
en la forma de acción comunicativa. Una primera observa-
ción privilegia la necesidad de caracterizar ambos tipos de
acción en relación con el estatus de las reglas que están pre-
sentes en cada caso de comportamiento. Reflexiona Haber-
mas:
Por acción racional con arreglo a fines entiendo, bien
la acción instrumental, bien la elección racional, bien
una combinación de ambas. La acción instrumental
se orienta por reglas técnicas, que descansan en un
saber empírico. Esas reglas implican en cada caso
pronósticos condicionados sobre sucesos observables,
físicos o sociales. Éstos pueden resultar acertados
o falsos. El comportamiento de elección racional se
orienta por estrategias que descansan en un saber
analítico. Estas estrategias implican deducciones a
partir de reglas de preferencia (sistema de valores) y
máximas de decisión. Esos enunciados están bien o
mal deducidos. La acción racional con arreglo a fines
realiza determinados fines bajo condiciones dadas; pero
mientras la acción instrumental organiza medios que
son adecuados o inadecuados conforme a criterios de
un control efectivo de la realidad, la acción estratégica
sólo depende de la valoración correcta de posibles
alternativas de comportamiento, que sólo resulta
de una deducción efectuada con ayuda de valores y
máximas [Habermas, 1997 (1984), 27].
En tanto, la otra incógnita se refiere a la acción comuni-
cativa, la cual debe ser concebida como una interacción
al menos entre dos sujetos, mediada simbólicamente. Está

61
orientada por normas obligantes que establecen, que definen
expectativas recíprocas de comportamiento, que tienen que
ser entendidas y reconocidas por tales agentes, a través de
la accesibilidad que brinda el lenguaje ordinario y la media-
ción de las expresiones simbólicas.
Por su parte, la eficacia de las reglas técnicas, propias de la
acción instrumental y de las estrategias, está sujeta a la vali-
dez de los enunciados empíricos verdaderos o analíticamente
correctos, donde la validez de las normas sociales subya-
centes en la acción comunicativa viene asegurada por un
reconocimiento intersubjetivo o por un consenso valorativo.
Las violaciones a las reglas en ambos casos produce conse-
cuencias distintas. La incompetencia, violadora de las reglas
técnicas, genera fracasos, en tanto que las desviaciones en
la aplicación de las normas sociales implican sanciones, que
sólo están vinculadas con las reglas externamente, es decir
por convención, siempre que no se domine el arte de salir
impune. Lo cual escinde el arte natural de lo social.
Así pues, el concepto de acción es fundamental para dar
una clara explicación del vínculo de la teoría decisoria de
Simon y de la teoría de la acción comunicativa de Haber-
mas. Sin embargo, el concepto considerado tiene necesaria-
mente que incorporar para su análisis tanto el concepto de
regla, como el concepto de seguir una regla, en un escena-
rio que en sí mismo adquiere gran significación. Ya que, de
acuerdo con este enfoque, la regla no puede ser extraída
de los meros hechos. La regla tiene que ser reconstruida a
partir de lo que siente y de lo que guía la intención de quien
participa en la acción social. Esta razón anteriormente ex-
puesta obliga a buscar explicaciones sobre el significado de
reconstrucción.

62
Si parafraseáramos a Habermas podría decirse que: la re-
construcción de los sistemas de reglas explica la lógica in-
terna de las estructuras superficiales susceptibles de com-
prensión.
Se reconstruye lo que no está claro. Se requiere una re-
construcción cuando las reglas seguidas no son explícitas.
Ejemplo: El Señor A tomó ciertas decisiones importantes o
no importantes; su decisión se tomó con base en ciertos ra-
zonamientos; pero para considerar este razonamiento, esta
manera de pensar, hace falta realizar una reconstrucción
de lo que pudo haber sido su razonamiento; de lo que deben
haber sido sus razones; sin que haya plena certeza de que
las razones reconstruidas hayan sido las razones operantes
de aquel momento.
La palabra reconstrucción no puede ser sino hipotética. Hay
una frase de Habermas sobre este aspecto:
La meta es aquí la reconstrucción hipotética de siste-
mas de reglas con los que alumbramos la lógica inter-
na de la generación, dirigida por reglas, de estructuras
susceptibles de comprensión... Las reconstrucciones
hipotéticas plantean una pretensión casi esencialis-
ta que es extraña a las teorías experimentales de tipo
nomológico. Pues los conceptos fundamentales de los
sistemas nomológicos de enunciados, en la medida
en que se refieren al ámbito objetual, que son los he-
chos susceptibles de medición física, se empiezan in-
troduciendo en términos convencionales, sirven para
la construcción de lenguajes teoréticos, que pueden
acreditarse a través de la deducción de hipótesis lega-
liformes susceptibles de comprobación. Quizá pueda
decirse que las hipótesis nomológicas, cuando son ver-

63
daderas, corresponden a las estructuras de una rea-
lidad objetivada, sea en términos físicos, sea en tér-
minos de ciencias de comportamiento, lo que dan con
elementos invariantes en esa realidad objetivada. Pero
no puede decirse que se limiten a reconstruir un sa-
ber intuitivo que los observadores competentes de esa
realidad hubieran ya siempre poseído; antes bien, los
conocimientos de esa procedencia son por lo general
contra intuitivos (1997, 25).
Habermas señala una diferencia entre reconstrucción, lla-
mémosla humanística, y construcción de teoría científica. En
las ciencias naturales, en la física, se introducen conceptos,
términos por estipulación; por ejemplo, «por masa entenderé
coeficiente de inercia (que se manifiesta como resistencia a la
aceleración)», y a esos términos les corresponde lo que Hans
Reichenbach llama definiciones coordenadas.
De este modo, Habermas habla con cautela; puede even-
tualmente referirse a una correspondencia entre las leyes
establecidas y la estructura de la realidad. A este respecto,
se puede agregar que por lo menos en la física de las partí-
culas, esta correspondencia se hace dudosa. Si se habla de
partículas que existen por 1 milésimo, o por 1 millonésimo
de segundo, de lo que se trata es de mostrar, de una manera
o de otra que sea teóricamente más interesante, una reali-
dad espacio temporal; o puede tratarse de hacer un registro
como una especie de contabilidad de la realidad. En general
son propuestas de sistemas de registros, normas para admi-
nistrar la realidad, para llevar contabilidad de lo que se da
en los experimentos, que en definitiva se ubican en un nivel
macro. El haber accedido a los detalles ínfimos de esas rea-
lidades supone encontrar teorías explicativas de tales fenó-
menos; esos procesos de aprehensión de lo fenoménico han

64
generado incontables discusiones, y en donde cada teoría ha
mostrado sus insuficiencias; primero fue la interpretación
que dio Albert Einstein de su propia teoría de la relatividad,
luego la interpretación que dio H. Reichenbach, hasta las
discusiones actuales alrededor de las mismas.
En las ciencias humanas la situación es diferente, porque se
trata de articular, reconstruir un saber intuitivo previamen-
te poseído. En este punto, cabe señalar la existencia de una
gran división entre las ciencias humanas, porque existen
teóricos que, contrariamente a Habermas, piensan que no
se trata de articular un saber previo sino de olvidarlo, o de
reconocerlo como un escollo epistemológico, como lo llamaba
Gaston Bachelard. Para Louis Althusser todo saber intuitivo
es ideológico y la ciencia tiene que construir su objeto inde-
pendiente de la ideología.
¿Por qué, entonces, piensa Habermas que la comprensión
social intuitiva es la materia misma de las ciencias sociales?
Porque él entiende que la vida social se desarrolla a través de
procesos de comprensión (o comprensión mutua) y a través
de acciones guiadas por una comprensión, buena o mala,
de lo que hace falta y de lo que son normas o reglas socia-
les aceptables libremente o reglas sociales aceptadas bajo
presión. Habermas resueltamente se opone a la concepción
de la sociología según la cual lo que mueve la vida social es
algo que empuja desde detrás de la conciencia de los seres
humanos, incluso detrás de lo que es sólo implícitamente
comprendido por ellos.
¿Y por qué se opone a esto? Se opone a ello porque lo consi-
dera como una visión estéril. Hablar a gente que se mueve
por cierta comprensión de las cosas y de lo que hace falta, y
deliberar en común, presupone que no todo depende de fuer-

65
zas ciegas e impersonales. Se puede pretender actuar sobre
fuerzas ciegas, pero entonces, precisamente optando por una
concepción totalmente instrumental de la vida social, que
es absolutamente contraria a aquello por lo cual Habermas
lucha, así como es ajena al ámbito interactivo real de las
relaciones humanas, y en particular de las administrativas.
Si se recupera el origen de la digresión, la referida a la vincu-
lación exclusiva de la categoría de acción al sistema de reglas,
esta vinculación se puede aceptar para cierto nivel de acción.
Para tomar un ejemplo, esta vez debido a Simon: si se tratara
de una acción puramente individual, entonces el individuo no
necesita sujetarse a ninguna regla más que a la observación
de las leyes físicas. Pero si el tamaño de la tarea hace que sea
imprescindible colaborar con otro, entonces tiene que seguir
reglas de coordinación de esfuerzos, que Simon [2000 (1950),
3] considera ya como inicio de una actividad de administra-
ción, por cuanto esa coordinación de esfuerzos, supone co-
operación, la cual es base de la administración.
Véase más de cerca este ejemplo a fin de liberarlo de todo lo
que pueda parecer exagerado. Si se pide ayuda para empujar el
carro, no se necesita realizar ninguna actividad especial de co-
ordinación. Basta que, igual que en el acto individual, la acción
de los hombres sea la apropiada al fin. En un segundo nivel
puede tratarse de una división del trabajo por la cual es distin-
ta la tarea específica de cada uno (de quien conduce y quien
empuja), pero se trata todavía siempre de una coordinación,
espontánea o convenida, que sea la apropiada para obtener el
efecto deseado, como supone dirigirse ambos en una misma di-
rección. Diferente es, sin embargo, una situación en la que los
dos hombres están asociados o vinculados formalmente dentro
de un determinado tipo de organización de carácter público o
privado, para realizar determinadas acciones juntos.

66
Ahora no estarán en juego problemas de coordinación técni-
ca sino también problemas de aceptación de roles, de distri-
bución de esfuerzos y participación en los resultados. Es en
este momento cuando entra en escena Habermas. Habermas
tiene en mente una noción de acción, que es de acción social
en el sentido ahora mencionado de una acción social que
involucra siempre, además de la solución de los problemas
técnicos, la elaboración de reglas de convivencia y de coope-
ración.
El ejemplo de Simon que se ha completado con una conside-
ración habermasiana, que sin embargo no está ausente en la
obra de Simon, es un ejemplo de una acción cooperativa para
la cual es apropiada la noción de “socios” , pero no todo lo
que llamamos sociedad se resuelve en la relación de socios,
esto es, en el sentido original de la palabra “social”.
Ahora bien, aun cuando se carece de reglas societarias, de
socios, puede haber reglas sociales con reglas societarias.
Habrá respeto a la condición de anciano para la realización
de trabajos rudos que impliquen el uso de la fuerza gene-
rada por la tracción sanguínea. Empujar enormes piedras.
O, como sucedía antes en Italia del Sur, donde un señorito
de la clase alta compraba un enorme melón en el mercado,
veía a un hombre humilde del pueblo y le ordenaba que se lo
cargase hasta su casa, sin que tuviera obligación de remune-
rarle ese trabajo. Muy diferentes son en cambio los compor-
tamientos cuasifeudales.
El señorito de la clase alta... no establece una relación de so-
cios, pero sí se puede decir que es una significativa relación
social, que continúa posiblemente las formas antiguas del
patriciado y de las complementarias de la antigua condición
de cliente.

67
En este sentido —es prudente atender a la otra posible con-
sideración—, la noción de acción tiene dos sentidos: uno, que
parte de que las estructuras superficiales susceptibles de
comprensión, constituyen el equivalente de las regularidades
observables, y pueden ser identificadas en el último ejemplo
propuesto, el del siciliano bien vestido que da a otro hombre
el enorme melón para que se lo cargue y se lo transporte, lo
cual revela tal vez, una especie de clientelismo, que el pobre
cargador asume como una suerte de patronato, que parece
bueno mantener. Hay otro sentido, en el cual este sistema de
reglas se explica al dar cuenta de la generación de ciertos
comportamientos; las estructuras superficiales son los com-
portamientos observables.
Pero el análisis previo, que se inició con la revisión de su
constitución teórica, versa sobre la diferenciación entre
comportamiento y acción, así como de la significación de
la categoría de sentido y de su peso en la teoría del lengua-
je. En esa dirección, en el mismo autor, puede encontrarse
elaborado un conjunto de consideraciones sobre el parti-
cular; la primera de ellas es la propuesta de definición de
sentido, como concepto que permite captar el significado
de una oración, o de una palabra. Así mismo, la naturale-
za del término muestra siempre una expresión simbólica,
para lo cual parte de considerar que no existe algo, como
intenciones transparentes, puras del hablante, ni tampoco
intenciones previas, sino que el hablante tiene o encuentra
una expresión simbólica; de donde las intenciones tienen
que adoptar siempre una forma simbólica para poder ser
expresadas o ser manifestadas.
En consecuencia, el autor plantea, entonces, que un com-
portamiento intencional al estar orientado por reglas puede
ser denominado acción. Sin embargo, si se produce la dife-

68
renciación entre comportamiento regular y acción, podrían
derivarse regularidades no por mecanismos inductivos sino
por fórmulas contingentes.
Es válido aclarar que lo que ha sido señalado como intencio-
nal es un comportamiento orientado por normas u orientado
por reglas; las cuales (tanto unas como las otras) se estable-
cen de manera intersubjetivamente reconocidas, entendien-
do que las reglas pretenden validez, en tanto que el compor-
tamiento busca el reconocimiento público.
Asimismo, las acciones no pueden ser observadas exclusi-
vamente como comportamiento, sino que pueden ser inteli-
gidas, en referencia a las reglas que las subyacen y que las
determinan en cuanto a la naturaleza de su contenido.
Conviene recalcar con el señalamiento de un modelo infor-
mal, en el cual se discuten posibilidades, cosas hipotéticas,
una conversión que no está orientada a la acción. En térmi-
nos marxistas se hablaría del ámbito ideológico que rodea la
toma de decisiones. En tal sentido, en ámbitos liberados de
la presión de la toma de decisiones se consolidan criterios, se
favorecen o desfavorecen ciertas reglas y se crea lo que llega-
rá a ser un trasfondo de opinión (lo que en términos marxis-
tas se llamaría ideología) que condicionaría y alimentaría los
procesos de toma de decisiones. Si mencionamos «ideología»,
a diferencia de lo que se le asocia, la posición de Habermas
se caracteriza por la firme convicción de que aún en este
plano existen argumentos buenos y argumentos malos. Y
con ello, tal cosa no solventaría pretensiones de validez, con
respecto a los puntos de vista que se proponen.
Al mismo tiempo, existen algunas condiciones que deben lle-
narse para que esa incorporación propuesta complemente
el cuadro de la teoría de la organización, con lo cual se está

69
redefiniendo ese marco teórico. Esas condiciones van a estar
derivadas del contenido semántico, de las pretensiones de
validez y de las emisiones, que en forma de razones, van a
ser alegadas en favor de la consistencia de tales argumentos.

A propósito de la acción
y la técnica

La actual discusión sobre los conceptos fundamentales de


la filosofía de la acción hace propicia la oportunidad de refe-
renciar un artículo del profesor Francisco Bravo, a propósito
de la discusión del concepto de acción, para integrar el cua-
dro abordado por Simon, quien sostiene que un escenario
teórico-administrativo debe incluir un saber que dé cuenta
de los dos procesos fundamentales de toda actividad prácti-
ca, conformados por el proceso de toma de decisiones y por
el proceso de ejecución de las decisiones. Y es oportuno, por
la analogía que se establece en la discusión sobre la filosofía
de la acción en Aristóteles y la definición de Administración
propuesta por Simon.
En un intento por definir qué es una acción, Aristóteles re-
curre al examen de la contraposición entre praxis (acción) y
poíêsis (producción); para lo cual parte de establecer la dife-
rencia entre razón práctica y razón productiva.
Consecuencia de la distinción entre estos tipos de razón es
que las actividades de una y otra, a saber, la acción y la pro-
ducción son específicamente diferentes. Para decirlo con la
célebre frase de Aristóteles: “ni la acción es producción, ni la
producción es acción”. Actualmente diríamos ni la praxis es
técnica, ni la técnica es praxis (Bravo, F., 2001; 350).
70
Praxis y poíêsis pueden ser vistas constituyendo ámbitos di-
ferentes: poíêsis a producción y praxis a política o política e
interacción ciudadana. Pero es posible ver su relación tam-
bién de otro modo: que una y misma actividad sea conside-
rada como poíêsis, desde el punto de vista de la realización
del producto, y como praxis, en tanto que desempeño de la
misma actividad humana:
En poíêsis: ¡Qué bien te salió esto!
En praxis: ¡Qué bien te desempeñaste!
La primera alude a lo extrínseco y la segunda a lo intrínseco.
De otra parte, el profesor Bravo (2001; 350) interroga lo si-
guiente: ¿En qué funda Aristóteles esta contraposición entre
acción y producción, una de las más características de su
filosofía práctica y de las más discutidas en los nuevos foros
abiertos por los neoaristotelismos contemporáneos?
A lo cual el mismo Bravo (2001; 350) responde: «únicamente
en el TELOS peculiar a cada uno de ellos; en su causa final».
Así se tiene que toda poíêsis, dígase técnica, persigue un TE-
LOS que le es diferente, y por tanto exterior. En realidad el
producto de la poíêsis es el poíêma, y en cuanto tal es doble-
mente exterior a la poíêsis; así como al productor también.
Ya que la poíêsis (producción, técnica) genera un producto,
el cual es diferente a la actividad (poíêsis) que lo produce, a
la vez que también lo es a su productor.
En sentido contrario el TELOS de la acción, «no puede ser
diferente de la acción misma» (Bravo, 2001, 351). Se puede
decir que TELOS en la acción y a través de ella es, pues, la
acción misma, o mejor dicho, con más exactitud, es el hom-
bre mismo quien se halla en proceso de constitución, etc. De
manera que lo que separa la producción de la acción es el

71
tipo de fin que persigue cada una de ellas, a saber, respec-
tivamente, la realización de los objetos artificiales y del ser
humano como tal, el cual es lo que hace.
La recuperación del asunto primario gira en torno de la
propuesta de Simon, referida a la determinación del objeto
de conocimiento de la teoría administrativa, en cuanto a si
abarca tanto al «hacer» como al «resolver» de la actividad ad-
ministrativa. La propuesta en cuestión intenta darle salida a
un problema que, situado en el ámbito de lo administrativo,
revela la confrontación entre praxis y poíêsis, perteneciente
al campo filosófico; aún más preciso: a la filosofía contem-
poránea.
De manera que una teoría comprensiva de ambos procesos,
del proceso decisorio y del proceso de ejecución de las deci-
siones, puede ser identificada con una teoría de la acción; en
tanto que la teoría que estudia la ejecución de las decisiones,
expresará lo correspondiente al «hacer» de las cosas, en tér-
minos de la producción de bienes y de la prestación de ser-
vicios, lo que en síntesis podrá ser expresado en una teoría
de la producción.
Pero esta discusión no sólo está asociada a los campos de lo
administrativo y filosófico; también lo político queda articu-
lado:
Y no sólo en la época moderna: exasperarse por la tri-
ple frustración de la acción (resultados imprevisibles,
proceso irreversible, autores anónimos) es casi tan an-
tiguo como la historia escrita; y la tentativa de reem-
plazar la acción por la producción es evidente en to-
das las requisitorias contra la democracia, que atacan
lo esencial de lo político... Y esto han pretendido, en
el fondo, todas las formas de monarquía que tienen

72
como común denominador la proscripción de los ciu-
dadanos: que éstos se ocupen de sus necesidades que
este «soberano» cuidará de los asuntos públicos (Bravo,
2001, 360).
De manera conclusiva F. Bravo sentencia: «el concepto de
gobierno ha venido a reemplazar al de acción» (2001,360).
Desafortunadamente, esa creencia popular no carece de vín-
culos con las vicisitudes históricas y filosóficas de la acción.
Arendt recuerda que el griego y el latín tienen dos palabras
distintas aunque emparentadas, para nuestro verbo «ac-
tuar»: A archeîn (empezar, guiar, gobernar) y práttein (atra-
vesar, ir hasta el extremo, acabar) corresponden, en latín,
agere (poner en movimiento) y gerere (llevar). Por este doble
significante, se diría que la acción se dividiría en dos par-
tes: el comienzo debido a la iniciativa de una sola persona y
el término del que pueden participar muchos, llevándole la
empresa hasta el final. Sólo que, con el correr de los siglos,
la segunda palabra (práttein y gerere) se fue reservando para
la acción, mientras que la primera (arqueim y agere) tomó un
sentido especial, al menos en el dominio político: el de man-
dar; y fue así como los dos momentos de la acción se escin-
dieron «en dos funciones enteramente distintas: el mandato,
el privilegio del soberano, y la ejecución del mismo que llegó
a ser el deber de los súbditos» (cita de Arendt en Bravo, 2001,
pp. 360-361).
Es precisamente esa articulación múltiple de los diversos cam-
pos, donde pareciera que se alcanza el más alto nivel de desa-
rrollo humano, la que interesa destacar, porque la relación que
se da entre praxis (acción) y poíêsis (técnica) no es una relación
de medio a fin, sino de parte a todo. En tanto, la relación que se
destaca es la que se establece entre acción y felicidad, la cual
subyace en ese nexo que vincula la parte y el todo.

73
Capítulo III
El concepto de comportamiento,
de organización capitalista del trabajo en la
teoría administrativa

En este capítulo se acomete la discusión del tema que rela-


ciona el concepto de comportamiento, el concepto de orga-
nización capitalista del trabajo y la teoría administrativa, es
decir, la pertinencia de contrastar categorías con el cuadro
teórico que supone el estudio y análisis de las organizacio-
nes identificado como teoría administrativa.
Se exponen dos enfoques. El primero de ellos desarrolla una
perspectiva ubicable en la economía en un primer momento
y en el plano sociológico, en otro momento. El otro enfoque
que se desarrollará en este capítulo, es el que adopta una
perspectiva inscrita en la teoría de los actos de habla, la cual
es diferente de la óptica anteriormente señalada, y que será
explicada en este mismo título.
Existe una versión difundida de la teoría administrativa, de
acuerdo con la cual, la bibliografía que la expone está dirigi-
da a describir los problemas de la organización y funciona-
miento del trabajo, tanto de las organizaciones productoras
de bienes como de las que presten servicios. Es decir, que
de acuerdo con esa versión, hay una explicación de los fenó-
menos que supuestamente se generan en la esfera de la pro-
ducción de bienes y de la prestación de servicios, las cuales
se llevan a cabo en organizaciones especializadas en tales
funciones.
75
El enfoque que se comenta puede ser sustentado en las apre-
ciaciones que Simon y March tienen al respecto:
Hemos de distinguir dos líneas principales de desa-
rrollo en la teoría tradicional de la organización. La
primera, derivada de las obras de Taylor, se enfoca ha-
cia las actividades básicas físicas relacionadas con la
producción, y se caracteriza por el estudio del tiempo
y el estudio de los métodos. La segunda, de la cual las
obras de Gulick y de Urwick son buenos ejemplos, se
refiere más a los problemas de organización de la divi-
sión departamental del trabajo y coordinación [Simon
y March, 1961 (1958), 13].
En efecto, hay un enfoque contentivo de trabajos de investi-
gación y obras cuyos temas están dirigidos a explicar lo que
Simon denomina el trabajo operativo, la forma de estructu-
rarlo, las causas y los supuestos principales que le sirven de
sustentación y cuya ejecución debe ser garantizada por el
uso efectivo de los seres humanos en las organizaciones in-
dustriales. La otra línea, inscrita en la denominada escuela
tradicional, está constituida por un grupo de trabajos, cuyos
autores privilegian los problemas del trabajo departamental
y de coordinación, donde se destaca una cierta complejidad
por la naturaleza perceptible de tareas.
Alrededor de los primeros planteamientos señalados se de-
sarrolló el denominado movimiento de “Dirección científica”,
con Frederick Taylor a la cabeza, surgido hacia las últimas
décadas del siglo XIX, y primeras décadas del siglo XX. Se
dice que centró su interés en el estudio de los trabajadores
como adjuntos de las maquinarias, en la ejecución de ruti-
nas de trabajo productivo, donde la descripción de las carac-
terísticas del organismo humano pudiera ser entendido como

76
la descripción de una maquinaria sencilla en la realización
de un trabajo, asimismo, sencillo.
Entonces, esos tipos de trabajo analizados en la corriente
citada, son aquellos que se llevan a cabo primeramente en
los talleres de las organizaciones industriales, en cuya eje-
cución se incluyen prescriptivamente movimientos de una
cadencia cíclica en un mismo tiempo, de manera continuada
y que se hacen manifiestos en el trabajador, cuyo comporta-
miento logra convertirse en un emblema de lo moderno, en la
extraordinaria representación lograda por Charlot, de Cha-
plin, quien en Tiempos modernos, pareciera haber alcanzado
trascender en el tiempo del mundo cinematográfico, como
uno de los clásicos más perdurables.
Ese tipo de trabajo, sujeto en su ejecución a las normas
tayloristas que aplican el cronómetro en la medición de
tiempos de ejecución de los movimientos de cada tarea,
constituye, de entrada, lo que va a generar un nuevo control
del trabajo operativo, el control que realiza el capataz; es
decir, el control que realiza la empresa, a través de sus
términos frente al control que en un principio, realizaba el
productor directo, en el período manufacturero. Es decir, que
el trabajo operativo tiene un control que va a caracterizar
la organización capitalista del trabajo, es el control del
capital que define y establece una norma para la ejecución
de la tarea, dentro de un tiempo determinado y con un
rendimiento también determinado, en el cuadro anterior de
las organizaciones capitalistas.
El nuevo tipo de organización del trabajo simplifica el nivel
de complejidad de la tarea, lo cual se traduce en el no reque-
rimiento de niveles de complejidad en el diseño de las tareas
de los trabajadores. Tampoco requiere alta habilidad, ni des-

77
treza extrema por parte de los operarios en la ejecución de
sus trabajos. Pero, no obstante haber logrado esta simplifi-
cación del trabajo operativo, se va a generar un incremento
productivo, una producción mayor, lo cual, a la vez que in-
crementa la producción y el ingreso, también disminuye los
costos de producción ante el abaratamiento de una mano de
obra simple, pero permanente.
El diseño del trabajo a ejecutar en esa nueva forma produc-
tiva, simplificado, y sujeto a normas, incorporadas a través
de procedimientos e instrucciones de tipo técnico, admite así
mismo el elemento técnico y también el aspecto normativo.
Este hecho merece ser destacado, por cuanto la descripción
de las tareas, concebidas para su realización en un peque-
ño número de pasos que integran el procedimiento en un
tiempo también definido, permite prever la observación del
comportamiento posible de ejecución, el cual puede ser men-
surado tanto en la cantidad de bienes a producir, como en la
cantidad de horas líneas necesarias de trabajo para alcan-
zar un determinado nivel de producción.
Las transformaciones introducidas en el proceso
de trabajo a través del proceso histórico de su
racionalización van a repercutir también sobre las
modalidades de la acumulación del capital. (Aquí, como
en todo este texto, se entiende por racionalización la
transformación de los procesos de trabajo según los
métodos taylorianos y/o fordianos...) [Coriat, 1982
(1979), 75].
Primeramente, la aparición y consolidación de las grandes
corporaciones industriales de las diversas ramas de la in-
dustria, aprovechan la existencia de diferencias entre sus
secciones para imponer salarios mínimos a los trabajadores

78
de los procesos menos mecanizados. Pero el proceso de ra-
cionalización que se va desarrollando, va sustituyendo con
métodos taylorianos y fordianos los procesos de trabajos no
automatizados ni mecanizados, a fin de mecanizar los pro-
cesos industriales.
Al hacerse “científico”, se distribuye de manera más
análoga entre secciones y ramas de la industria,
haciendo triunfar en todas partes las normas nuevas
de trabajo y producción. Y lo que es más, éstas pueden
introducirse sin que sea forzosamente necesario
grandes cambios tecnológicos. Pues la forma moderna
puede a menudo introducirse mediante simples
reajustes en la organización del trabajo, empleando los
mismos instrumentos técnicos [Coriat, op. cit., 75].
El capitalismo industrial, según este enfoque, avanza avasa-
lladoramente, no sólo con los métodos taylorianos y fordia-
nos, sino con el conjunto de condiciones históricas que a lo
largo de un período parecieron existir asociados al proceso
de acumulación originaria de capital.
Los economistas clásicos fueron los primeros en abordar
desde un punto de vista teórico los problemas de la
organización del trabajo en las relaciones capitalistas
de producción. Muy bien pueden ser llamados los
primeros expertos en administración. Y sus trabajos
fueron continuados en la última parte de la revolución
industrial por hombres tales como Andrew Ure y Charles
Babbage (Braverman, H., 1980, 106).
La apreciación que Coriat manifiesta tener del problema ana-
lizado, parece coincidir con los planteamientos desarrollados
por H. Braverman, al menos en cuanto a la organización del
trabajo, que asume la producción ya durante el capitalismo

79
tardío, ubicado históricamente hacia finales del siglo XIX y
las primeras décadas del siglo XX; organización del trabajo
que es relevante y que está contenida en la denominada teo-
ría administrativa clásica, o función de la dirección, etc., la
cual sostiene en términos de lo que es la disociación entre lo
que es concepción, diseño y control del proceso del trabajo,
y el trabajador directo; contiene, pues, separación de trabajo
y trabajador, y que además, asociada a normas estandariza-
das de trabajo por la racionalización del mismo, incrementa
su productividad.
La separación del trabajo mental del manual reduce,
a cualquier nivel dado de producción, la necesidad de
obreros empeñados directamente en la producción,
dado que los exonera de consumir tiempo en funciones
mentales que son ventiladas en otra parte. Esto es
cierto a pesar de cualquier aumento en la productividad
que resulte de dicha separación. Conforme aumente la
productividad se reducirá el número de trabajadores
manuales necesarios para producir una cierta cantidad
[Braverman, H., 1980 (1974), 151].
Resulta, evidente la coincidencia que Braverman y Coriat
manifiestan en el aspecto relativo a la disociación entre el
“saber” y el “hacer” del proceso de trabajo, disociación que
es ubicable históricamente cuando se separan tanto concep-
tualmente como físicamente, la fase de diseño y concepción
del trabajo que identifican un saber, que pertenecía al tra-
bajador de oficio de los gremios precapitalistas, de la fase de
ejecución del proceso del trabajo.
De acuerdo con esa corriente, esta separación expropia a los
productores directos de su saber, y transfiere ese saber al
dominio de la corporación, como una nueva función del ca-

80
pital, aunque pasa también a ser ejecutada por trabajadores
especializados en tales tareas, de la misma corporación.
Una consecuencia necesaria de la separación de
concepción y ejecución es que el proceso de trabajo
se ve ahora dividido en espacios separados con
cuerpos separados de trabajadores. En un lugar son
ejecutados los procesos físicos de producción. En otros
se concentran el diseño, la planeación, el cálculo y los
archivos de la preconcepción del proceso antes de que se
ponga en marcha, la visualización de las actividades de
cada obrero antes de que en realidad hayan empezado,
la definición de cada función junto con la forma de
la ejecución y el tiempo que debe tardar, el control
y comprobación del proceso una vez en marcha y el
asentamiento de los resultados hasta el cumplimiento
de cada etapa del proceso: todos estos aspectos de la
producción han sido mudados del ámbito del taller
a las oficinas de la gerencia. Los procesos físicos de
producción son ahora llevados adelante en forma más
o menos ciega, no sólo por los obreros que los ejecutan,
sino a menudo por los rangos de los empleados que los
supervisan. Las unidades de producción operan como
unas manos que son miradas, corregidas y controladas
por un cerebro distinto al cuerpo al que pertenecen
[Braverman. H., 1980 (1974),152-153].
En esta larga cita de Braverman no sólo está la coincidencia
con Coriat, sobre la separación de concepción y ejecución del
trabajo, lo cual conlleva a que haya también separación físi-
ca entre los que conciben y controlan el trabajo, de aquellos
otros que ejecutan el trabajo; es decir, que haya diferencia
entre los planificadores y los operativos. Pero en esa cita hay,
además, una presunción de validez de lo que hoy podría ser

81
constatado en la normativa vigente, como muestra de lo que
mantiene vigente el Estado venezolano en la organización
capitalista del trabajo, normativa en la que se autoriza y se
mantiene la separación entre el “saber” y el “hacer”, en la
figura legal que establece la diferencia entre el trabajo inte-
lectual y el trabajo manual. Esta idea queda refrendada en
algunos de sus textos legales; un primer artículo define la
categoría de trabajador de la manera siguiente:
Artículo 39.- Se entiende por trabajador la persona natu-
ral que realiza una labor de cualquiera clase, por cuenta
ajena y bajo la dependencia de otra (Ley Orgánica del Tra-
bajo, Gaceta Oficial N.º 37271 del 29-8-2001, 18).
Otros artículos determinan la separación señalada:
Artículo 41.- Se entiende por empleado el trabajador en
cuya labor predomine el esfuerzo intelectual o no manual.
El esfuerzo intelectual, para que un trabajador sea califi-
cado de empleado, puede ser anterior al momento en que
presta sus servicios y en este caso consistirá en estudios
que haya tenido que realizar para poder prestar eficien-
temente su labor sin que pueda considerarse como tal el
entrenamiento especial o el aprendizaje requerido para el
trabajo manual calificado...
Artículo 43.- Se entiende por obrero el trabajador en cuya
labor predomina el esfuerzo manual o material (Ley Orgá-
nica del Trabajo, Gaceta Oficial N.º 37271, 29-8-2001, 19).
Efectivamente, la diferenciación entre trabajo intelectual y
trabajo manual queda reflejada tanto en un artículo como
en otro de la normativa legal vigente, lo cual debe ser inter-
pretado como vigencia de la discusión sobre la organización
capitalista del trabajo, que se produjo en el campo de las
ciencias sociales y que tiene reflejo en el campo jurídico. Una

82
constatación de existencia de la diferenciación aludida, pare-
ce determinar también una posición legal sobre este asunto
de abierta discusión e inconcluso debate.
Sin embargo, una aproximación a ese punto, que ronda alre-
dedor de la legalidad de la diferenciación entre trabajo inte-
lectual y trabajo manual, toca algunos criterios de la justeza
o no de sus apreciaciones, de sus problemas éticos, que no
será abordado en este trabajo.
Después de los años 60 del siglo XX, se renovó el interés y
la discusión por explicar adecuadamente el problema de la
organización del trabajo; especialmente en el campo marxis-
ta, una de sus tendencias lo identificaba como un elemento
fundamental de la estructura capitalista que la evolución de
la organización capitalista del trabajo va a hacer aparecer
vinculada a los efectos de la revolución científico técnica; se
suponía que el capitalismo había entrado en una nueva fase
en la cual se lo hacía depender del desarrollo tecnológico, es
decir, dependía de la automatización generalizada de los pro-
cesos productivos y la conversión de la ciencia en una fuerza
productiva fundamental. Un esquema así visualizado impli-
caba la desaparición del trabajo manual y, por supuesto, la
aparición de nuevas formas de trabajo por la recomposición
de la relación trabajo intelectual y trabajo manual, y la di-
visión entre ejecución y concepción del trabajo. El resultado
sería, entonces, la constitución de una clase obrera altamen-
te cualificada y culturizada, con capacidad para el ejercicio
de la dirección social. La tarea de la izquierda era en todo
caso promover la revolución científico técnica.
Sin embargo, a partir de la década de los setenta del siglo
XX, los resultados de múltiples análisis basados en datos
empíricos, constatarían que la realidad era diferente a la su-

83
puesta. No obstante la existencia de innovaciones tecnológi-
cas y de desarrollo científico, se mantenía la persistencia de
grandes masas de trabajadores no calificados, vinculados a
un trabajo repetitivo. Hay referencia expresa de esta situa-
ción con los trabajadores de la Europa mediterránea. Ligada
a esta visión aparece la obra de Harry Braverman, la cual
supone procesos sociales que acentúan las crisis del capita-
lismo. Y tanto los obreros de inicios del siglo XX, como los de
la segunda mitad del mismo siglo son obreros parcializados,
sin conocimiento propio y sin capacidad de control sobre los
medios de producción. El blanco de las críticas de Braver-
man lo constituyen las formulaciones del taylorismo y del
fordismo, las cuales habían propiciado la separación entre el
trabajo manual y el trabajo intelectual. Habían introducido
nuevos sistemas de máquinas que incorporaban tecnologías
al proceso de trabajo; control remoto de los trabajadores so-
bre los medios de producción, incapacidad de resistir a los
imperativos técnicos.
Pero ni los críticos ni los criticados, en opinión de A. Reccio:
... han tenido la virtualidad de promover un amplio
debate sobre la actual organización capitalista del tra-
bajo... Curiosamente las dos corrientes parten de una
base común: el olvido por los autores citados de que el
proceso de trabajo en el capitalismo es un proceso de
valorización del capital [Reccio, A., 1981,13].
Según el enfoque citado hay tres tipos de problemas surgi-
dos de la no consideración del proceso de trabajo como va-
lorización del capital. Un primer escollo es la producción de
valores de uso; la organización capitalista del trabajo está
condicionada en cada caso por los requisitos necesarios para
producir cada bien. Hay que sopesar que la producción de

84
los bienes tiene relación con la existencia de una competen-
cia entre capitales, que obliga permanentemente a la varia-
ción de los productos y los procesos de fabricación.
El segundo punto álgido es el referido a la relación costo/
beneficio; influye tanto en el volumen del producto obtenido
como en los costos necesarios para producirlo. Ello exige to-
mar en cuenta diversos factores como son los salarios, que
remuneran la fuerza del trabajo; la productividad de dicho
factor, la amortización del equipo y la maquinaria empleada;
los costos indirectos generados por el uso de los sistemas de
organización, etc.
El tercer problema resulta de la resistencia de la fuerza de
los trabajadores a las formas de organización del capital; por
ello la organización capitalista del trabajo debe romper la
resistencia de los trabajadores y evitar su constitución en
bloques sociales opuestos a la conformación de los nuevos
procedimientos de la organización capitalista.
En R. Panzieri se resumen algunos elementos que posibili-
tan la sumisión del trabajo al capital:
1. La base del modo de producción del capital es la
existencia del obrero libre, que vende su fuerza de
trabajo al capital, con el cual entra en relación en tanto
individuo. La cooperación comienza en el proceso de
trabajo cuando el trabajador ha dejado de ser libre y
pertenece al capital. El capital mantiene, entonces, la
posibilidad de organizar el proceso del trabajo.
2.El proceso de producción capitalista se desarrolla
como proceso de división del trabajo y es el capital
quien tiene capacidad de concentrar las capacidades
de control que los obreros individuales pierden.

85
3.La fábrica moderna basada en las máquinas
constituye la base técnica que consolida el poder del
capital... Esta base técnica aumenta el carácter parcial
del obrero, permite la utilización de mano de obra más
barata y con mayor cualificación, posibilita el control
de los tiempos de trabajo (citado por Reccio, A., 1981,
19).
A la luz de estas consideraciones parece exagerada la impor-
tancia dada por Braverman a las recomendaciones de las tesis
tayloristas, contenidas en la fórmula de “Dirección científica”.
Por último, el balance de esas críticas permite colocar en un
contexto más apropiado el papel jugado por la aparición del
taylorismo y el fordismo, que como tales dieron respuestas al
capital en una fase concreta de su desarrollo.
A pesar de las argumentaciones brindadas por Reccio, a pro-
pósito de sus observaciones críticas a Braverman, puede ob-
servarse que Donald Weiss tiene otra posición teórica sobre
la organización capitalista del trabajo, fundamentada en el
concepto de división del trabajo. Entiende Weiss que el pro-
ceso de trabajo sólo puede ser desarrollado articuladamente
en un cuadro de cooperación social, específicamente cuando
la complejidad de la tarea común es necesaria para la com-
prensión del fin común. Es decir, el proceso de trabajo, como
concepto complejo derivado en lo fundamental de la ciencia
económica, inunda las ciencias sociales con su categoriza-
ción aplicable a toda la compleja realidad social.
Sólo en un cuadro de cooperación social, las personas traba-
jan de manera conjunta para lograr un fin particular, pero
que en principio va asociada a esa forma específica de sa-
tisfacción de las necesidades comunes. Es en esa situación
cuando los que están cooperando pueden realizar tareas

86
cualitativamente diferentes, con lo cual se está en presencia
de una diferenciación de funciones, y la división del trabajo
es una forma particular de esa diferenciación de las funcio-
nes productivas.
La división del trabajo «se produce toda vez que diversas fun-
ciones son realizadas de tal forma que cada persona reci-
be en asignación una tarea como su ocupación particular»
(Weiss, D., 1981, 63).
No obstante, la diferenciación de funciones no es exactamen-
te igual a la división del trabajo. No se establece entre ellas
una relación de igualdad, sino que es una relación de parte
a todo. De manera que la división del trabajo es una de las
partes de un todo conformado por la diferenciación de fun-
ciones.
Esta distinción es crucial. Así, muchas veces se
argumenta que la división del trabajo es inevitable,
porque en cualquier sociedad existen diversas tareas
que se deben llevar a cabo, y en efecto, deben llevarse
a cabo simultáneamente. Es inevitable que una
persona haga una cosa mientras otra persona haga
otra cosa. Pero, por supuesto, todo lo que prueba esta
perogrullada es que lo inevitable es la diferenciación de
funciones. Para refutar un adagio vulgar: aun cuando
es verdad, [que] en una sociedad dada “alguien tiene
que ocuparse de la basura”, de ello no se deduce, sin
más ni menos, que debe haber basureros, gente que
se pase toda la vida trabajando en esta única tarea.
Y si, digamos, cada uno de nosotros debe pasar una
semana por año recolectando la basura, entonces,
mientras eso suceda, no tenemos división del trabajo
propiamente dicha [Weiss, D., 1981, 64].

87
Indudablemente, de acuerdo con lo dicho por Weiss, hay di-
visión del trabajo sólo cuando hay especialistas. Esta razón
permite comprender cómo la división del trabajo implica cier-
to grado de destreza especial, por quienes practican diversas
funciones productivas de manera regular.
La correlación entre extensión de la división del trabajo y efi-
ciencia de la destreza queda expresada afirmativamente. Es
esa correlación la que Adam Smith considera como una pri-
mera ventaja de la división del trabajo, en opinión de Weiss.
Sin embargo, el mismo Weiss afirma que la expresión de esa
ventaja es la obtención de mayor grado de destreza por parte
de la gente en la ejecución de sus tareas particulares. Situa-
ción ésta que propende a generar una mayor promoción de la
inventiva, la cual se constituye en otra ventaja más.
Si se vinculan las reflexiones de Braverman y Weiss, que se-
ñalan la división del trabajo como promotora de la destreza
—pues genera eficiencia en cada fase productiva y convier-
te al práctico en especialista—, sería factible deducir que la
aceptación de tal percepción favorece el proceso productivo,
y en consecuencia es válido buscar su promoción. Pero, en
el capitalismo, el incremento de la productividad incrementa
el capital en detrimento del trabajador. Ésta es una aprecia-
ción distinta a la referida por Braverman en su texto, donde
destacaba la descalificación de los trabajadores de oficio y
su transformación en trabajadores no calificados, sólo aptos
para actividades repetitivas, simples y de poca complejidad,
pero necesarios para esa nueva fase del capitalismo indus-
trial.
Esa conexión entre especialización y destreza hace presumir
que haya, a su vez, una estrecha relación entre el grado de
cultura de un pueblo y el nivel de división del trabajo que ese

88
mismo pueblo haya alcanzado. Para Smith, eso significaba
que con una alta división del trabajo se produciría más y
mejores bienes en menor tiempo, y se incrementaría la pro-
ductividad del trabajo. Ésta es una parte positiva del pensa-
miento de Smith, pero lo negativo del mismo es que convierte
el desarrollo de la división del trabajo de una parte, en una
mera ampliación de las capacidades productivas colectivas,
y simultáneamente restringe la capacidad productiva indivi-
dual.
Si la actividad primaria individual reduce el desarrollo de
las sensibilidades y la creciente especialización aumenta
las riquezas de las naciones, la capacidad individual con la
cultura material disminuye, en tanto la riqueza colectiva se
incrementa de una manera significativa, lo que puede ser
tangiblemente apreciado. Todo puede ser mensurado, para
el pensamiento de Smith, a través de la suma del consumo
más las inversiones más las exportaciones y restando las
importaciones, lo cual puede ser sintetizado en un indicador
económico como lo es el producto nacional de un país, el
cual puede ser definido como «el valor total de los bienes y
servicios nacionales producidos en un país en el período de
un año».
La división del trabajo tiene unos efectos limitantes que a
lo sumo pueden ser controlados, pero no eliminados. Una
condición la constituye la provisión de un nivel mínimo edu-
cativo; la cual, en la perspectiva de Smith, no sólo incluye la
educación formal, también deben ser incorporadas formas
de capacitación diversas que pueden humanizar el estilo de
vida de las grandes poblaciones de trabajadores.
Surgen entonces interrogantes sobre la posibilidad, no sólo
de humanizar los descalabros de la división del trabajo, sino

89
de cambiar la forma de su acción, sin sacrificar la eficiencia
productiva alcanzada.
Según como lo concibe Weiss, fue Carlos Marx quien aportó
un marco teórico suficiente para responder las interrogantes
surgidas en relación con la división del trabajo y la organiza-
ción capitalista del trabajo.
En primer término, Marx suscribe lo dicho por Smith sobre
el vínculo de proporcionalidad creciente entre la división del
trabajo y la productividad, pero hace ver que Smith había
fracasado por no advertir que esa correlación sólo se mante-
nía en condiciones históricas particulares. Pues las mismas
estaban cambiando, de manera tal que esas condiciones se
establecerían de manera diferente: la división del trabajo se-
ría abolida y la productividad se incrementaría.
La fórmula de Marx la establece sobre la base de una pro-
puesta: «La división del trabajo, característica de la produc-
ción capitalista está en proceso de desaparición. Es una
tendencia inherente al capitalismo evolucionar hacia la cre-
ciente abolición de la especialización en la esfera industrial»
(Weiss D., 1981, 66).
Todo procede con el siguiente razonamiento: en el primer
estado importante de la producción capitalista, el de la ma-
nufactura, existe una tendencia hacia la extensión y la in-
tensificación de la división del trabajo. Ello significa que en
la producción manual se observa la presencia del dominio de
algunos movimientos físicos por parte de algunos trabajado-
res, en tanto que otros deben tener dominio de otro grupo de
movimientos.
En un segundo momento de la producción capitalista, el de
la industria, la incorporación de la máquina hace presente
una tendencia de alta significación: la diferencia entre las

90
habilidades desarrolladas en las diversas ramas industriales
comienzan a ser menos pronunciadas.
Es decir, en ese segundo momento, el de la industria al cual
alude Weiss, la producción es realizada por máquinas; si
bien es cierto que el trabajo humano está aún involucrado
en ella, también debe reconocerse que queda restringido a
un cierto margen de funciones de mantenimiento. A diferen-
cia del trabajador calificado que manejaba diestramente sus
herramientas, el obrero de la industria moderna es más bien
“un apéndice de la máquina”.
Los procesos de automatización hacen que las habilidades
necesarias para la fabricación de los diversos bienes presen-
ten menos diferencias entre sí, que las que pudieran haber
tenido en la base manufacturera.
Weiss dice:
La razón reside en que mientras los movimientos físicos
requeridos para producir A y B, en tanto no se ha lle-
gado a la automatización, deben ser dominados por las
manos humanas, cuando se impone la automatización
de esos movimientos físicos ya no son realizados por las
manos humanas en absoluto [Weiss, D., 1981, 67].
Por último, es prudente contrastar la tesis que pregona la abo-
lición de la división del trabajo como fórmula de transforma-
ción de cada individuo en hombre universal versus otro es-
quema que identifica la división del trabajo como mecanismo
que eterniza su articulación a la simplificación del proceso de
industrialización del trabajo operativo. Y ante esa presunción
surge otra tesis:
La producción automatizada no sólo reduce la necesi-
dad social del trabajo manual hasta el extremo de que

91
se hace posible la emancipación de la clase obrera; tam-
bién es responsable de un nivel tan alto de productivi-
dad que la fijación por toda una vida de cada persona a
una tarea finalmente resulta innecesaria para la socie-
dad [Weiss, D., 1981, 71].
Esta lectura apreciativa de las consideraciones hechas por
Reccio y Weiss sobre la percepción que tenían A. Smith y la
escuela clásica de la economía, a propósito de la organiza-
ción capitalista del trabajo, contrasta con las apreciaciones de
Marx, así como con las observaciones hechas por H. Braver-
man y B. Coriat, incluidas anteriormente en las presentes
notas.
No obstante la diferencia existente, de Smith, los clásicos y
aun de Max Weber con la corriente marxista en opinión de
J. Habermas, en relación con la organización capitalista del
trabajo, los unos y los otros, marxistas y no marxistas, privi-
legian la mensura y tangibilidad de los hechos y fenómenos,
como los criterios que permiten identificar y conocer las orien-
taciones que enrumban el comportamiento y la estrategia de
los participantes en las acciones. El saber analítico presu-
puesto en el proceso descrito sobre la organización capitalis-
ta del trabajo y de la división del trabajo hace suponer una
racionalidad instrumental, que organiza los medios de una
manera adecuada para generar eficiencia, tal como lo señala-
ra Smith, en una perspectiva orientada a la obtención del be-
neficio y a la satisfacción de las necesidades, donde subyacen
la productividad, el rendimiento y la maximización.
En efecto, parte de las consideraciones que fueron sometidas a
la revisión anterior forman lotes del cuadro global identificado
como teoría de la racionalización. Entre los autores citados,
Weber acompaña sus investigaciones guiado por la idea de la

92
racionalidad con arreglo a fines, concepto éste que es similar,
a su vez, al sustentado anteriormente tanto por Smith y Marx,
tal como en otra parte se define este tipo de acción teleológica
o intencional, en la cual el actor realiza un fin y objeto, ha-
ciendo que se produzca el estado de cosas deseado, al elegir
en una situación dada los medios congruentes y aplicándolos
de manera adecuada.
A la luz de las discusiones actuales, se hace necesario redi-
mensionar en ese cuadro el papel del lenguaje, su simboliza-
ción, las condiciones en que se interactúa, dando prioridad
a un modelo de acción en términos utilitaristas, es decir,
donde la gente que actúa en el cálculo de su éxito hace in-
tervenir al menos a otro agente que también actúa con vista
a realizar sus propios fines y propósitos, como caracteriza J.
Habermas la posición monológica anteriormente expuesta.
La teoría de los actos de habla está derivada en lo fundamen-
tal en los trabajos de John L. Austin (1911-1960) y de John
R. Searle (1932- ), quienes en diferentes etapas, pero en todo
caso consecutivas, estructuran un cuadro teórico nuevo,
que corre paralelo con la actual filosofía del lenguaje. Ese
esquema teórico parece haber influenciado la formulación de
la “teoría de la acción comunicativa” de J. Habermas, cuyos
aspectos centrales han sido incorporados en el capítulo pri-
mero de esta investigación.
Aunque a primera vista la teoría de los actos de habla pa-
rece estar integrada en el marco general de la lingüística,
una aproximación a la rigurosidad de definir su pertenencia
permite incorporar algunos comentarios al respecto. Cierta-
mente la lingüística, al estar orientada hacia el estudio de
las estructuras correspondientes a lo fonológico, lo sintáctico
y lo semántico de los lenguajes naturales humanos, define

93
claramente su objeto de estudio, donde aplica no solamente
un cuerpo de categorías, sino que a su vez también define un
campo objetual sobre el cual se diserta de manera coherente
y con argumentaciones precisas.
En tanto que acerca de los actos de habla, Habermas dice:
La teoría de los actos de habla es una tesis que se sus-
tenta en el postulado de que tanto el lenguaje como el
habla son accesibles al análisis formal, tanto de las
oraciones como de las emisiones, a partir de una pre-
sunción inicial de validez: las oraciones como unidades
elementales del lenguaje y las emisiones como unida-
des elementales del habla y dentro de una metodología
de ciencia reconstructiva [Habermas, J., 1997, 304].
No basta considerar sólo las reglas gramaticales básicas,
ni los contenidos proposicionales, porque un mismo conte-
nido semántico puede pertenecer a dos actos de habla muy
diferentes. Ejemplo: ‘Voy a estar mañana en la Facultad’.
Con lo dicho se podría estar en presencia de un acto de
habla, que bien pudiera estar denotando una predicción y
que puede ser considerado efectivamente una predicción.
Pero la misma oración pudiera servir para ser considerada
una promesa. En el primer caso la predicción puede resul-
tar equivocada sin que se tenga que dar explicaciones por
ello. En cambio, si se trataba de una promesa, entonces al
no haber acudido a la Facultad, se puede mostrar respeto
hacia los compromisos adquiridos al ofrecer las disculpas
correspondientes. No se rompe el compromiso al dar una
explicación.
Con las mismas palabras se pueden realizar diferentes ti-
pos de actos de habla; con el ejemplo de: “Dame el dinero”,
dicho por el hijo al padre; por el comerciante al cliente o por

94
el atracador a sus víctimas (eventualmente con el agregado
“¡Esto es un atraco!”), queda ilustrado el denominado acto
ilocutivo explícito de Austin.
El redimensionamiento del enfoque de actos de habla da la
sensación de suficiencia porque no considera sólo el conte-
nido proposicional sino el tipo de relación social que se es-
tablece entre dos personas en particular, o entre hablantes
y oyentes en general.
También es prudente analizar algunas apreciaciones de J.
Habermas, en el cuadro del uso del lenguaje orientado al
entendimiento, a partir de los actos de habla regulativos
tales como las promesas, las declaraciones y las órdenes
o mandatos, donde es menester incorporar los que están
insertos en contextos normativos, para introducir una dife-
renciación en esta dimensión del entendimiento y clarificar
los usos comunicativos del lenguaje.
Es decir, que en los escritos de Habermas se entiende por
norma una regla que se da como justificada y no sólo como
fácticamente obedecida. Sin embargo, una breve considera-
ción en el uso del lenguaje, tanto en sentido débil como en el
sentido fuerte y su significación en el discurso, pone de ma-
nifiesto, como se ha señalado en párrafos precedentes, que
el enfoque de actos de habla no sólo considera el contenido
proposicional, sino también el tipo de relación social entre
dos personas en particular, o dicho de manera genérica, en-
tre hablantes y oyentes.
A manera de explicación, es prudente observar que esta di-
ferenciación introducida por J. Habermas a propósito del
uso del lenguaje orientado hacia el entendimiento, entre el
sentido fuerte y el sentido débil [Habermas, J., 2002 (1999)]
modifica el planteamiento que sobre el particular hubiese

95
formulado el mismo autor en oportunidades anteriores. [Ha-
bermas, J., 1997 (1984)].
En el uso del lenguaje orientado al entendimiento pueden
ser detectadas una acción comunicativa con un sentido dé-
bil y una acción comunicativa con un sentido fuerte. En el
primero de los casos el entendimiento está referido por el
hablante hacia hechos y razones establecidos por voluntad
unilateral sin importar la del oyente. En el segundo caso, co-
rrespondiente a la acción comunicativa en sentido fuerte, el
entendimiento se extiende a razones y hechos que toman en
cuenta el nivel de intersubjetividad del hablante y del oyente,
de manera que las orientaciones de valor en cuanto a su in-
teracción sean comparadas intersubjetivamente.
Una breve consideración de la acción comunicativa, tanto en
el sentido débil como el sentido fuerte y su significación en el
discurso, evidencia los diferentes tipos de relaciones de clase
que se establecen entre dos o más personas en particular, o
de manera genérica entre oyente o hablante.
Las numerosas situaciones que quedan expresadas en el
marco de las organizaciones humanas es altamente signi-
ficativo. Una voluminosa tendencia teórica administrativa,
por no decir mayoritaria, podría ser considerada dentro del
cuadro que se orienta por una acción comunicativa en el
sentido débil, porque el discurso está orientado por el enten-
dimiento débil que establece hechos y razones por voluntad
monológica, donde no importa el oyente. Piénsese, entonces,
en un entendimiento fundado en la voluntad monológica del
gobernante sin importar el gobernado, del dirigente sin el
dirigido, del administrador sin el administrado; etc. Reflexió-
nese sobre las situaciones de las organizaciones públicas y
privadas; sobre organizaciones económicas; sobre organiza-
ciones políticas; sobre organizaciones culturales; sobre orga-
96
nizaciones académicas, etc, que se encuentran por lo regular
en una situación donde sencillamente aprueban y aplican
el plan concebido por ellas, donde la instrucción se aplica,
donde la orden se da, sin reparar si lo aplicado, instruido u
ordenado fue entendido por quienes les fue aplicado, ordena-
do o a quienes les fue instruido.

Capítulo IV
La teoría de la organización y la teoría de la acción.
Otros aspectos de la teoría de la organización

El enfoque de H. Simon es conocido en lengua española como


la escuela de la teoría de la organización; nombre derivado
del título Teoría de la organización, de la traducción (1961) de
su libro Organizations, publicado en 1958 en coautoría con
James March.
H. Simon aborda en 1947 el estudio de los procesos de deci-
sión, según se ha señalado anteriormente, dentro del mar-
co de la teoría administrativa, por cuanto considera que al
darse especial importancia a los procesos y a los métodos
encaminados para lograr de manera segura la acción de los
grupos humanos, «se establecen principios para asegurar la
acción combinada entre grupos de hombres» (Simon, 1964,
3) con lo cual, el cuadro teórico así establecido, a la vez que
permite caracterizar la actividad administrativa como una
actividad de grupo, con un propósito definido claramente,
también sitúa el proceso dentro de un marco de una mayor
complejidad de la interacción humana, ya que esta caracte-

97
rización le confiere mayor densidad teórica, al determinar el
carácter colectivo de la acción organizada en la cual puede
destacarse la participación y la acción de varios, con lo que
se involucran los planes individuales en la conjunción de
una acción grupal.
Explícitamente queda formulada esta apreciación en Simon,
de la forma siguiente: «La actividad administrativa es activi-
dad de grupo», y argumentada por el mismo autor, a partir
del trabajo individual y de su crecimiento, con lo dicho a
continuación:
Las situaciones sencillas son conocidas donde un
hombre proyecta y ejecuta su propio trabajo; pero tan
pronto como una tarea crece hasta el punto de que
exige el esfuerzo de varias personas para realizarla,
ya es necesario desarrollar procesos de aplicación del
esfuerzo organizado a la actividad del grupo» [Simon,
H., 1964 (1947), 9].
Pero, en esa argumentación a la cual recurre el autor, el
núcleo es el incremento de la tarea, la cual si aumenta pue-
de hacer cambiar la naturaleza del trabajo. De manera que,
cuando el nivel de exigencia del trabajo es mayor que lo que
puede rendir el esfuerzo individual, se produce un cambio en
la naturaleza del trabajo. Es decir, la tarea individual cederá
el paso a la tarea de grupo; pero sólo a través del desarrollo
de procesos de aplicación del esfuerzo organizado, captados
en la categoría cooperación, es decir, donde hay procesos de
aplicación que implican técnicas administrativas, procesos
decisorios, que coadyuvan a la realización de las tareas del
esfuerzo organizado, procesos del grupo.
Dice Simón:
Debe hacerse notar que los procesos administrativos

98
son procesos decisorios: consisten en segregar deter-
minados elementos en las decisiones de los miembros
de la organización y establecer los procedimientos de
organización para seleccionar y determinar estos ele-
mentos y para comunicárselos a los miembros a quie-
nes afectan. Si la tarea del grupo consiste en construir
un barco, se empieza por hacer el diseño del mismo, di-
seño que adopta la organización y que limita y guía las
actividades de las personas que efectivamente cons-
truyen el barco [Simon, H., 1964 (1947), 10].
La aparición de un proceso organizacional, corporativo,
compuesto por procedimientos, reglas, que posteriormente
va a encontrar un desarrollo en el concepto de institución,
limita la autonomía del individuo y la sustituye en gran par-
te por un patrón de toma de decisiones de la organización.
Patrón que el individuo debe interiorizar para convertirlo en
el comportamiento observable de su actuación dentro de la
organización, como miembro de ella. Dentro de ese cuadro
normativo en que la organización debe instruir al individuo
pueden ser destacadas las siguientes normas: 1) una espe-
cificación de sus funciones, con las indicaciones del alcance
general y de los deberes que tiene asignado; 2) asignación de
la autoridad, es decir, definición de quién tendrá la autori-
dad en la organización para tomar nuevas decisiones que lo
involucren; y 3) establecimiento de tantos límites como sean
necesarios para coordinar las actividades de los individuos
miembros de la organización.
La aparición de la organización administrativa va a estar
caracterizada por la especialización, es decir, por la asigna-
ción de tareas a determinadas partes de la organización, las
cuales adoptan el papel de reglas contentivas de las instruc-
ciones correspondientes al nivel de especialización definido.

99
Anteriormente se señaló que esta especialización asume dos
formas primarias en la división del trabajo de la organiza-
ción: el trabajo operativo y el trabajo administrativo. Además
se usan, a los efectos de descripciones gráficas, tanto los
organigramas, diseños de figuras triangulares que represen-
tan las relaciones de la autoridad formal, como los flujogra-
mas con los que se determina la secuencia lógica de la parte
operativa que integra un procedimiento, es decir, el cómo se
llevan a cabo las decisiones programadas que existen en la
organización y con las cuales se intenta particularizar las
funciones decisorias entre los miembros de la organización.
Destaca también el autor que la escuela clásica administra-
tiva había logrado una primera división horizontal del tra-
bajo operativo. Habríanse constituido estructuras de trabajo
a partir de la formación de bloques homogéneos de activi-
dades operativas, que asumen diversos nombres (gerencias,
direcciones, departamentos, divisiones, etc.), que sintetizan
la denominada departamentalización de las organizaciones.
Habríase logrado la constitución de bloques homogéneos de
actividades —departamentos— a partir del uso de un con-
junto de criterios de clasificación de actividades, a saber, ac-
tividades agrupadas según su participación en el producto o
servicio; en el mismo tipo de proceso; en el uso de un mismo
equipo; según el uso del mismo espacio; con la misma clien-
tela o el mismo tipo de usuario; y según su realización en el
mismo lapso. Evidentemente, los departamentos o estructu-
ras operativas se constituyen con la integración de un bloque
o de varios bloques de actividades, por cuanto los criterios
usados para su clasificación no son contradictorios entre sí.
De manera que puede haber un departamento conformado
por actividades que usan el mismo material y que a su vez
participan en el mismo proceso y se ejecutan en una misma

100
jornada de trabajo.
Así mismo, el autor observa que en la especialización vertical
o trabajo administrativo de la organización se aplican tres
criterios para su conformación. En primer lugar, si existen
diversos departamentos hará falta como criterio la coordi-
nación entre los empleados operativos. En segundo lugar, el
trabajo operativo o especialización horizontal permite que el
grupo de trabajadores operativos adquiera y desarrolle ma-
yor habilidad y destreza en la ejecución de sus tareas. En
tercer lugar, el desarrollo del trabajo operativo faculta a los
operarios para asumir la responsabilidad de sus decisiones.
En este nivel del desarrollo explicativo del trabajo de las or-
ganizaciones, donde se distingue entre el personal operativo
y el personal administrativo, Simon formula la siguiente in-
terrogación: «¿Cómo, pues, influye el personal administrativo
y supervisor de una organización en el trabajo de la misma?».
Esta pregunta la responde señalando:
El personal no operativo de una organización
administrativa participa en el cumplimiento de los
objetivos de esa organización en cuanto influye en
las decisiones del personal operativo; es decir, de las
personas que se encuentran en el nivel más bajo de
la jerarquía administrativa [Simon, H. 1964 (1947), 4].
La explicación anterior autoriza a Simon para la formulación
y uso de la denominada teoría de la influencia; la cual queda
introducida con una aclaración que subyace en el proceso ad-
ministrativo, como un problema cuya pertinencia correspon-
dería más a la psicología social, que a la ingeniería industrial,
porque para él, el proceso de influencia alude al establecimien-
to de relaciones entre el personal administrativo y el personal
operativo, de manera que el primero logre un influjo sobre el

101
segundo inclinándolo hacia la adopción de un determinado
tipo de comportamiento en el trabajo de la organización.
Simon expresamente especifica, que:
empleamos aquí el término influir más bien que el di-
rigir porque la dirección —es decir, el empleo de la
autoridad administrativa— es sólo una de las diferen-
tes maneras en que el personal administrativo puede
afectar a las decisiones del personal operatorio; y, por
consiguiente, la construcción de una organización ad-
ministrativa es algo más que una simple distribución
de funciones y una asignación de autoridad [Simon,
H., 1964 (1947), 4-5].
El escenario propuesto alude a un acto que muestra una
actividad productiva, donde puede ser identificado el grupo
de trabajadores operativos y el supervisor de las operaciones.
Todos participan en la ejecución de un trabajo determinado,
es decir, participan en el cumplimiento de los objetivos de la
organización. Tanto el supervisor que está presente, como
el ingeniero responsable del proyecto, donde está inscrito el
proyecto que esa cuadrilla de trabajadores está atendiendo,
pueden influir en el trabajo que los trabajadores realizan;
al explicar el proyecto y señalar a las diversas cuadrillas
subordinadas sus tareas concretas, están decidiendo el lu-
gar y el proyecto concreto que debe ser atendido, es decir,
su objetivo. En las grandes organizaciones la influencia de
los “ejecutivos” sobre los empleados operativos está mediada
por varios niveles de supervisores intermedios, los cuales,
a su vez, reciben la influencia de otros niveles más altos, y
quienes elaboran, modifican estas influencias antes de que
lleguen a los empleados y trabajadores operativos.
Parece muy interesante la apreciación que en su conjunto

102
ofrece Simon sobre lo que denomina teoría de la influencia.
Adquiere forma la diferencia que anteriormente tratara de
establecer en el seno de la concepción de la administración,
entre escuela clásica y escuela no clásica. Cuando pregunta
por el modo como el personal administrativo y supervisor
influye sobre el trabajo de la organización, está precisando,
en primer término, que efectivamente la participación de este
tipo de personal —no operativo— se lleva a cabo, conjunta-
mente, con el personal operativo a través de un proceso de
interacción. En segundo lugar, que la denominada “influen-
cia” no es sino una forma de interacción que se establece
entre los miembros de una misma organización. De manera
que el escenario aludido no se corresponde a un cuadro fo-
tográfico, con factores productivos pasivos, inmóviles. No es
precisamente lo recogido gráficamente en un instante. En
modo alguno. Es un modelo de acción lo que subyace en esa
apreciación, donde la comunicación, plena de simbolizacio-
nes organizativas, legales y económicas, juega un papel cen-
tral. Ese modelo teórico, de acción normativa, aparece defini-
do en la teoría de la acción. Corresponde a lo que Habermas
llama concepto de acción regulada por normas, el cual
se refiere no al comportamiento de un actor en princi-
pio solitario que se topa en su entorno con otros acto-
res, sino a los miembros de un grupo social que orien-
tan su acción por valores comunes [Habermas,1992
(1981),123].
De manera que esa forma de influencia que identifica Simon
en su enfoque teórico, parece quedar aprehendida en un es-
quema más genérico desarrollado por Habermas. Esta apa-
rente circunstancia, donde se recuperan similitudes teóricas
en definiciones de un problema, es decir, un mismo fenóme-
no que es captado por dos enfoques teóricos diferentes, no es

103
un problema del azar en esta referencia de cruce conceptual
entre ambos autores.
En este sentido, cuando Habermas trabaja los diversos con-
ceptos de acción, que asiduamente son referenciados en so-
ciología, dice que los mismos «pueden reducirse en lo esencial
a cuatro conceptos básicos que analíticamente es menester
distinguir con cuidado” [Habermas, J., 1992 (1981), 122] y
descubre en cuanto tales a los conceptos de acción teleoló-
gica, acción estratégica, acción dramatúrgica y acción comu-
nicativa. Pues bien, cuando referencia argumentativamente
aspectos teóricos de la acción estratégica, señala que ésta se
define como tal
cuando en el cálculo que el agente hace de su éxito
interviene la expectativa de decisiones de a lo menos
otro agente que también actúa con vistas a la realiza-
ción de sus propios propósitos. Este modelo de acción
es interpretado en términos utilitaristas; entonces se
supone que el actor elige y calcula medios y fines des-
de el punto de vista de la maximización de utilidad o
de expectativas de utilidad [Habermas, J., 1992 (1981),
122-123].
Un patrón de este tipo es el que parece estar en los plantea-
mientos que la teoría de la decisión y la teoría de los juegos
hacen dentro de la economía, la sociología y la psicología
social.
Los planteamientos de Simon en relación con la concepción
de la teoría administrativa y del concepto de dirección, y la
correspondiente concepción de la escuela clásica son dife-
rentes. El primero incorporó nuevos elementos en la deter-
minación y definición de la dirección. La dirección no per-
tenece sólo al ámbito del mundo externo del individuo, sino

104
que la integra a su mundo interno. El concepto de dirección
guarda íntima relación con el concepto de autoridad, la cual
es utilizada de manera análoga a la definición establecida
por Chester Barnard y que Simon parafrasea de la manera
siguiente: «Se dice que un subordinado acepta la autoridad
siempre que consiente que su comportamiento sea guiado
por la decisión de un superior, sin examinar libremente las
razones de esa decisión» (1964, 13). Este tipo de autoridad se
encuentra entremezclado con la sugerencia y la persuasión,
porque es una forma más de la influencia organizativa.
El proceso atinente a la generación de decisiones, regular-
mente deberá apelar a una comunicación que no deja de ser
coercitiva, para que las decisiones tomadas tengan efecto
sobre los empleados operativos para lograr su realización.
Las influencias que se ejercen sobre los miembros de la or-
ganización son de dos tipos: 1) la formación de aptitudes,
hábitos y un estado de espíritu que lo conduzca a decisiones
favorables para la organización; y 2) la imposición de las de-
cisiones tomadas dentro de la organización a sus empleados
operativos y no operativos.
Otro aspecto que Simon refiere como una característica del
comportamiento de los seres humanos es que los miembros
de un grupo organizado, en tanto individuos, presentan una
tendencia a identificarse con el grupo al cual pertenecen. En
un proceso de toma de decisiones, esa lealtad organizativa
los lleva a valorar las vías alternativas de acción, en relación
con las consecuencias que la decisión tendrá para el grupo
de su preferencia. Cuando una persona aficionada al fútbol
prefiere una determinada vía de acción que favorece al «Real
Madrid» se identifica a sí mismo con los aficionados madri-
distas.
Las lealtades que presentan un interés particular en el es-
105
tudio de la administración son las que van ligadas a las or-
ganizaciones administrativas. En la administración militar,
la bandera militar del regimiento es el símbolo tradicional
de esta identificación. En la organización universitaria uce-
vista, el grito «Más presupuesto para la Universidad» es una
prueba de lealtad que se encuentra con frecuencia en las
consignas de la Universidad Central de Venezuela (UCV, de
donde viene ucevista).
La lealtad organizativa parece desempeñar un aspecto im-
portante en la administración, pues, si cada vez que un eje-
cutivo de una organización va a tomar una decisión debe
ponderarla en relación con toda la gama de los valores hu-
manos, la racionalidad de la administración es imposible. En
cambio, si sólo tiene que tomarlas en cuenta en los límites
objetivos de su organización, su tarea queda más al alcance
de los poderes humanos, de manera que pueda ser alcanza-
da, convirtiéndose en una limitación que se establece, que el
individuo crea con su interacción humana.
Aún más, el criterio de eficiencia no es olvidado en el aná-
lisis de Simon, puesto que si el ejercicio de la autoridad y
el desarrollo de las lealtades organizativas son dos de los
principales instrumentos con que la organización influye
sobre las premisas valorativas del decisor, ¿cómo no tomar
en cuenta los factores de hecho que sirven de base a sus
decisiones? Estos resultan determinados en gran parte por
la aplicación de un principio inherente al comportamiento
racional, como lo es el criterio de eficiencia. Ser eficiente
significa, en un sentido llano, tomar el camino más corto
para llegar al objetivo, los medios más baratos para alcan-
zar las metas que se desean. Agrega todavía el autor una
idea adicional referida al criterio de eficiencia: el criterio de
eficiencia es completamente neutral en cuanto a las metas

106
que han de ser alcanzadas.
Ante este cúmulo de influencias, el autor se interroga por qué
el individuo acepta estas influencias de la organización, por
qué acomoda, amolda su comportamiento a los requerimien-
tos de la organización, cómo combina sus objetivos indivi-
duales con los de la organización. Los individuos que habrán
de ser reconocidos como miembros de la organización serán
aquellos que cumplen con la condición de participantes: los
empresarios, los empleados y los clientes. Los empresarios
pueden ser identificados, porque son los que controlan las
actividades de los empleados; los empleados porque con su
tiempo y su esfuerzo contribuyen con la organización a cam-
bio de sus remuneraciones; y los clientes porque aportan con
su dinero a la organización a cambio de sus productos.
Y si la interrogación ampliara su alcance hasta las orga-
nizaciones públicas, es decir, hasta aquellas donde no sea
factible definirle un estatus de participación derivado de su
contribución en la producción del lucro propio de la adminis-
tración de negocios, y la condición de membresía es defini-
da por categorías tales como directivos, empleados, obreros,
usuarios y público, o simplemente funcionarios, usuarios y
público; queda planteada también la pregunta sobre la nece-
sidad de identificar el comportamiento de los grupos, gran-
des y pequeños, simples, complejos, etc., adscritos a las or-
ganizaciones.
La interrogante anterior permite a Simon formular la de-
nominada teoría del equilibrio, adoptando el punto de vista
de la teoría económica, que plantea una relación de compa-
ración cuantitativa entre las contribuciones aportadas por
cada tipo de participante, y las remuneraciones obtenidas
por cada uno de ellos de parte de la organización. De manera

107
que cada tipo de participante decidirá aceptar las influencias
que la organización le establece, de acuerdo con el resultado
de la comparación planteada. Si las remuneraciones recibi-
das por cada uno de los participantes son apreciadas como
iguales o mayores que las contribuciones aportadas a la or-
ganización, los participantes permanecerán en la organiza-
ción. En tanto que si las contribuciones de los participantes
son mayores que las remuneraciones recibidas por los parti-
cipantes de la organización, la decisión más probable será la
de abandonar la organización.
Ciertamente, la teoría del equilibrio propuesta, ya de suyo
las más de las veces difícil de aplicar, se vuelve más difícil de
hacerlo a las organizaciones públicas o a las organizaciones
sin fines de lucro, pero en sus explicaciones y en el enfoque
general de su teoría de la administración incorpora aprecia-
ciones que amplían sus puntos de vista.
Grosso modo, vista una posición teórica general, debe precisar-
se una inflexión del discurso de Simon donde pone énfasis en
el siguiente planteamiento: no se estudia o no se da cuenta en
la literatura anterior sobre el tema, de la fase previa de la ac-
ción misma, del proceso previo de elección que lleva a la acción,
creándose con ello un problema en el marco de su conocimien-
to, y el cual es estudiado por el autor en la primera de sus obras
citadas, es decir, en El comportamiento administrativo.
La precisión de Simon es categórica en ese sentido:
Una teoría de la administración debe incluir principios
de organización que aseguren una toma de decisiones
correcta, de la misma manera que debe incluir prin-
cipios que aseguren una acción efectiva [Simon, H.,
1964 (1947), 3].
Cuando Simon propone que se establezcan principios y mé-

108
todos, para asegurar la acción efectiva, está incorporando
además de las razones que lo definen como una nueva pers-
pectiva teórica administrativa, ciertamente, argumentacio-
nes que lo ubican en el campo de la teoría de la acción. De
manera que la categoría acción atrapa con el alcance de su
significado al proceso deliberativo, el cual es parte esencial
del proceso decisorio, y cuyo desarrollo explicativo posterior
permitirá su delimitación más precisa; pero que, en todo
caso, pretende hacer que el proceso decisorio sea una parte
de la acción en el sentido más amplio, en particular así como
la teoría sociológica viene elaborando esta noción.
La lectura de algunas frases iniciales del capítulo primero
de El comportamiento administrativo parece hilvanar una es-
tructura silogística, con una serie de premisas, que debería
alcanzar una conclusión adecuada y coherente. Así, se tiene
el siguiente grupo de oraciones: a.- «Se da importancia a los
procesos y a los métodos encaminados a asegurar una ac-
ción expedita» (1964, 3). b.- «Se establecen principios para
asegurar la acción combinada entre grupos de hombres»
(1964, 3). c.- «No se atiende mucho, sin embargo, a la elección
que precede a toda acción, sino a la determinación de lo que
hay que hacer, más bien que a la acción misma» (1964, 3).
El énfasis puesto en la palabra “acción” deja traslucir un
problema significativo, pues, a la vez que lo dicho explíci-
ta la intención del autor de estudiar la toma de decisiones,
como el proceso que conjuntamente con la ejecución de las
decisiones, conforma y delimita el objeto de estudio de la
teoría administrativa, pareciera así mismo, dejar implícita-
mente planteado otro problema que estaría subyacente en
la formulación del primero. Es decir, en la medida en que el
autor va delimitando el problema alrededor del cual la teoría
administrativa centra sus argumentaciones para alcanzar

109
sus pretensiones de validez, en esa misma línea, pareciera
ir perfilando otra problemática teórica, aquella que descubre
un vínculo entre el proceso de toma de decisiones y la teoría
de la acción.
Efectivamente, Simon pareciera inscribir una síntesis del
silogismo iniciado con las premisas anteriores, al afiliar la
frase siguiente: «De este problema —el proceso de elección
que lleva a la acción— se ocupa el presente estudio» (1964,
3). Esta especie de conclusión derivada de las premisas ante-
riores, parece evidenciar la relación de existencia del vínculo
entre el proceso de toma de decisiones y la teoría de la acción.
Vínculo éste que, proposicionalmente y de una manera explí-
cita, al relacionar el proceso decisorio con la acción expedita,
lo convierte en objeto de estudio de la teoría administrativa,
y al mismo tiempo lo integra dentro de otro cuadro teórico, el
correspondiente al cuadro de la teoría de la acción.
El mismo Simon definió el objeto de la teoría administrativa,
para cuyo núcleo propuso la inclusión del proceso de toma
de decisiones, de modo que conjuntamente con el proceso
de ejecución de las decisiones conformara la razón de esa
nueva formulación teórica; pues bien, diez años después
de ello reconoce el vínculo que estrecha las posiciones de
la teoría de la acción y la teoría de la decisión, vínculo que
para el año 1957, él visualiza sólo en los planteamientos de
Talcott Parsons. Sus consideraciones pueden vincularse con
los planteamientos de Aristóteles, en los cuales por acción no
se entiende meramente la ejecución de un acto, sino también
y hasta preponderantemente, los procesos deliberativos, a la
vez individuales y sociales.
Es esa misma proposición con pretensiones de validez la que,
además, va a construir otro problema, la que autoriza poner
énfasis en la palabra acción para suponer la existencia de un
110
presunto vínculo entre el proceso de toma de decisiones y la
teoría de la acción, con lo cual quedaría planteado de esta
forma: la teoría administrativa al integrar la fase del proceso
decisorio con la fase de ejecución de las decisiones conforma
su dominio cognoscitivo, delimita el objeto de conocimiento y
se articula en la teoría de la acción.
Como consecuencia de lo expuesto, podría entenderse que,
por la explicación brindada por Simon de relacionar las dos
fases ‹resolver› y ‹hacer› va a constituirse la acción adminis-
trativa como el objeto de conocimiento de la teoría adminis-
trativa y a la vez, de manera simultánea, se va a identificar
con uno universal: el concepto de acción, lo cual, por su
naturaleza, haría que ese cruce entre ambos conceptos que-
dara ubicado en el nivel cognoscitivo.
Una misma manifestación es atrapada por dos perspectivas.
Sus explicaciones constituyen ese conocimiento que se co-
rresponde con ese saber de estructura proposicional, en el
cual las opiniones pueden exponerse explícitamente en for-
ma de enunciados. En tanto que, como vínculo del proceso
de toma de decisiones con la teoría de la acción, se presenta
en un plano diferente al anterior, de naturaleza explicativa,
el cual asume una naturaleza explicativa en el plano meto-
dológico, donde se destaca el acoplamiento de las relaciones
que le dan forma al saber hacer de ese conocimiento.
Pero no es exagerado decir que esta propuesta de definición de
teoría administrativa elaborada por H. Simon, en su primera
publicación importante, podría verse refrescada por un trabajo
de análisis, donde se puede dejar traslucir la aparente proximi-
dad entre las propuestas de Simon sobre la definición de admi-
nistración y los procesos que la integran con lo correspondiente
a la teoría de la acción comunicativa de J. Habermas.

111
De manera que, para ajustar este análisis de corresponden-
cia propuesto, es necesario establecer una estrategia de inves-
tigación que primeramente pondere la compatibilidad entre
ambos esquemas teóricos, correspondientes a los puntos des-
tacados en la introducción del presente desarrollo analítico.
El establecimiento de esta estrategia podría comenzar por
situar cierta relación de analogía entre los planteamientos
teóricos de Simon a propósito de su concepción de la teoría
de la decisión y los de la teoría de la acción, donde el primero
de ellos, por ejemplo, al elaborar su definición de adminis-
tración, acota algunas ideas, tales como las derivadas de la
diferenciación y complementación entre “resolver” y “hacer”.
En su formulación, Simon dará a entender que se da impor-
tancia especial a los procesos y a los métodos encaminados
a asegurar una acción expeditiva, la cual identifica con el
“hacer”. En tanto, la elección que es previa y precede a toda
acción, porque, precisamente, es esa fase donde se delibera
y se elige el camino que se va a seguir, es ese proceso de
elección el que lleva o concluye en la acción expeditiva, y
en consecuencia, identifica con el proceso de resolver. Con
ese cuadro diferenciado, de manera explícita, se lograría una
identificación más completa de la definición de administra-
ción, por cuanto ambos procesos deben ser descritos como
partes integrantes de la acción administrativa; pero como
fenómeno, parece pertenecer y lograr explicación dentro del
cuadro de la teoría de la acción. Es lo que se constata en la
siguiente proposición:
A pesar de que toda actividad práctica abarca ambas
cosas, “resolver” y “hacer”, no es corriente reconocer
que una teoría de la administración debe ocuparse de
los procesos de decisión como de los procesos de acción
[Simon, H., 1964 (1947), 3).

112
No obstante las observaciones incluidas a propósito de las
congruencias existentes entre el proceso de toma de decisio-
nes y la teoría de la acción, la emisión de las proposiciones
de Simon, tanto en la versión de 1947 de El comportamiento
administrativo como en la incorporación de la “Introducción
a la segunda edición norteamericana” incluida en el mismo
libro, en su edición de 1964, hay una manifestación expresa
de las ciencias del comportamiento, especialmente del com-
portamiento racional. Esta expresión será la que pudiera ser
extraída de la cita siguiente:
Parece igualmente evidente, a quien observa el
comportamiento dentro de las organizaciones, que la
racionalidad allí expuesta nada tiene de la omnisciencia
global que se atribuye al hombre económico. Por tanto,
no resuelve el problema el hecho de que tiremos,
sencillamente, por la borda la psicología y coloquemos
la teoría de la organización sobre base económica.
Precisamente —y me ocuparé detalladamente de este
punto en la próxima sección— es en el ámbito en que
el comportamiento humano trata de ser racional,
aunque lo consiga solo de una manera limitada, donde
hay lugar para una auténtica teoría de la organización
y de la administración [Simon, H., 1964 (1947), XXII].
El aspecto referente a la racionalidad lo hace aparecer como
un elemento central a ser considerado en el cuadro teórico
de la administración. No sólo en lo referente a la elección que
supone cada decisión, sino al proceso que abre su conside-
ración y estudio en relación con las alternativas y las limita-
ciones que cada una de ellas supone.
Pero además, es importante destacar que la ciencia social de
la posguerra adoptó el conductismo como compromiso meto-

113
dológico, en el entendido de que en dicha corriente la ciencia
generaba y manipulaba información sobre el comportamien-
to social observable, a fin de comprobar hipótesis generadas
sobre bases puramente teóricas. (J. Tamayo Castro Paredes
en Harmon M y R. Mayer, 1999, 12). Este término, conduc-
tismo, traduce la palabra inglesa “Behaviorism”. Su senti-
do general está derivado de cierta tendencia de las ciencias
sociales a fundamentar el estudio de los seres humanos en
la observación de su conducta, proceso este último que pro-
pende a derivar resultados de las regularidades observables.
Una gran parte del comportamiento grupal, y especialmen-
te de los individuos agrupados —organizados— dentro de
las organizaciones administrativas, es intencionado, es de-
cir, está orientado hacia metas y objetivos, tal como Simon
lo plantea y agrega: «Esta intencionalidad o finalidad trae
como consecuencia una integración en el modelo de compor-
tamiento» [Simon, H.,1964 (1947), -6].
Parece haber una cierta relación de semejanza entre lo di-
cho por Simon y los planteamientos explicativos elaborados
por Habermas, a propósito de su concepto de acción sujeta
a normas.
La teoría decisoria incorporada por Simon al análisis teórico
de la administración parte del examen del proceso de traba-
jo; pero ello lleva expresamente definido la adopción de un
enfoque epistemológico determinado:
... Las ideas precisas para ello son ya accesibles en la
literatura de la filosofía. De aquí que las conclusiones
a que ha llegado una escuela de filosofía moderna —
la del positivismo lógico— se acepten como punto de
arranque y se examinen sus consecuencias para la
teoría de las decisiones [Simon, H., 1964 (1947), 44].

114
Efectivamente, la supuesta adopción de este enfoque epis-
temológico conlleva a asumir no sólo algunas categorías
centrales de esa escuela del pensamiento, sino que también
implícita está, en materia de la teoría del conocimiento, lo
relativo a las posiciones que se asumen acerca de la produc-
ción del conocimiento, a su justificación, así como la relación
que se asume ante la teoría y la praxis, o ante la ciencia y
la ideología. Ello conllevaría, presumiblemente, a admitir la
absolutización de los fines. Sin embargo, la manera como Si-
mon aborda el análisis y consideración del proceso de toma
de decisiones, introduce algunas consideraciones ajenas al
positivismo lógico.
En efecto, en algunas de sus consideraciones se produce la
inclusión de una metodología diferente de la que se incor-
poraba al estudio de toda la teoría administrativa anterior,
y diferente también de la que él definiera dentro del cuadro
del esquema positivista que supuso una nueva perspectiva.
Pero, con la adopción de la nueva perspectiva, surgen nuevas
representaciones que permiten la incorporación de nuevos
enfoques teórico-metodológicos para el estudio de la prácti-
ca administrativa. La adopción de este enfoque presume, en
consecuencia, la admisión de los problemas que tienen que
ver con la teoría de la acción comunicativa, lo cual supone
la inclusión de algún concepto de racionalidad; de la teoría
de los actos de habla, del método de la comprensión, del pro-
blema de la verdad, y de las pretensiones de validez de sus
manifestaciones y emisiones.

115
Otros aspectos de la teoría de la organización

Ahora bien, en una primera aproximación que hace Simon


al proceso de trabajo, señala que un trabajo, por su natura-
leza de alta complejidad y por su volumen, para ser efectua-
do, requiere la asociación de varias personas para realizarlo
efectivamente, así como de organizar el trabajo de cada una
de las personas involucradas, de modo que puedan lograrse
los resultados de conjunto que se esperan obtener.
En Public Administration, Simon mantiene ese mismo nivel
descriptivo de la actividad administrativa, como se puede
constatar en la siguiente expresión: «Cuando dos hombres
cooperan para mover una piedra que ninguno podría haber
movido solo, los rudimentos de administración han apareci-
do» (2000, 3).
En realidad, esa idea inicial de ese tipo de organización del
trabajo es muy sencilla: reúne a varias personas para lograr
un objetivo común, establece un modo de hacerlo y asigna
a cada persona su parcela de actividad, de manera que las
tareas individuales se sumen para generar los resultados de-
seados. De acuerdo con esta conjetura, organizar consiste,
fundamentalmente, en asignar a cada trabajador operativo,
sea éste obrero o funcionario, su ocupación o tarea, de modo
que no haya ni duplicaciones, ni omisiones, ni confusiones
en el trabajo asignado.

116
Semejante concepción de la organización parece demasiado
elemental. Es posible pensar que la misma se deriva de la
aplicación del principio de la división del trabajo, el mismo
que hubiera definido Adam Smith. Más aún, sería válido in-
terrogar si es suficiente el asignar lo que se debe hacer a
cada individuo del grupo, para que éste efectivamente haga
su trabajo. Es necesario además supervisar a los trabaja-
dores operativos, es decir, obreros y funcionarios para que
efectivamente trabajen, y trabajen bien, es decir, de acuerdo
con lo que se les ha establecido. Es necesario, en consecuen-
cia, motivarlos, sea pagándoles un sueldo, o estimularlos de
otras maneras. Es necesario revisar y corregir si han enten-
dido mal o deficientemente sus asignaciones o tareas, y en-
trenarlos o adiestrarlos adecuadamente. En oportunidades
será necesario establecer mayor severidad creando niveles
disciplinarios para implantar grados de disciplina, que ga-
ranticen el cumplimiento de lo establecido en cuanto a lo
requerido, en un tiempo definido.
Así, una concepción más adecuada de lo que es la organi-
zación, no se alcanza con la idea de distribución del trabajo
incoada con el principio de la división del trabajo. Se intro-
duce también la idea de que organizar es generar la creación
de las condiciones para que se cumplan con las activida-
des de supervisión, que provea de la revisión, corrección e
insuficiencias a que diera lugar o de los cambios o ajustes
que hubieren de introducirse. En otras palabras, no basta
atender al principio de dividir o departamentalizar el trabajo
según los criterios de la finalidad, del proceso, de la clientela
y del lugar, tal como lo expresa explícitamente: «Se supone
que la eficiencia administrativa se aumenta agrupando a los
trabajadores de acuerdo con: a) la finalidad; b) el proceso;
c) la clientela; d) el lugar» [Simon, H., 1964 (1947), 28]. De

117
esto se deriva que hay una atención principal a lo que dice
el principio “del ángulo de control”, o sea, al ámbito donde
se constituyen las condiciones del ejercicio de la supervisión
sobre el trabajo asignado. Es altamente significativo precisar
que en esta segunda manera, más compleja, de entender las
necesidades que se deben satisfacer en la organización, va a
hacerse presente la diferencia entre los que hacen el trabajo
(los trabajadores operativos, o sea, los trabajadores manua-
les, como los obreros, los artesanos y los funcionarios que
participan en la prestación de un servicio) y los administra-
dores, o sea, los jefes o supervisores. A su vez, se producirán
conceptos tales como trabajo operativo, trabajo administrati-
vo, de uso muy frecuente en los trabajos de Simon. Además,
podría decirse que también surge de esta diferenciación,
como característica de los administradores, su condición de
decisores.
En tanto que la primera tesis comentada sobre organiza-
ción se circunscribe al trabajo operativo, y de allí que debe
ahondar en su conocimiento; la segunda concepción de or-
ganización pone mayor énfasis en el trabajo administrativo,
y procura ver en la organización antes de todo, la manera
por la cual se reparte la actividad administrativa entre los
diferentes jefes, cómo se evitan los conflictos de autoridad,
cómo se respetan líneas de autoridad. Es decir, el proceso
de trabajo es analizado en términos de dos componentes: el
trabajo operativo y el trabajo administrativo. Si se requiere
elaborar una representación gráfica según esta concepción
habrá de diseñarse un organigrama que sólo llegaría a re-
presentar al cuadro de administradores de la organización,
y no mencionaría ni a los obreros ni a los empleados. Sería
un cuadro que sólo contendría, presumiblemente, líneas de
representación de la autoridad formal de la organización.

118
Es prudente introducir un proceso de diferenciación den-
tro del cuadro tradicional de la teoría administrativa hasta
ahora descrita; la primera, derivada de la concepción que
pone su acento sobre el trabajo operativo, se desgrana de
las obras de Taylor, cuyo enfoque de las actividades básicas
estaban referidas a la organización del trabajo productivo.
La segunda, cuyo énfasis recae en la explicación del trabajo
administrativo, se conoce como teoría clásica. La denomina-
da teoría clásica de organización se justificaba al tratar de
explicar la organización en términos de una organización
de la autoridad, la cual estaba concebida y proyectada sobre
una dada división de trabajo o departamentalización que se
consideraba necesario atender en cada caso. Las reglas para
seleccionar, en cada caso, una u otra modalidad de depar-
tamentalización del trabajo eran un tanto ambiguas, pues
no se sabía cuándo era adecuado usar el criterio para de-
partamentalizar o dividir el trabajo, según la finalidad, o el
proceso, la clientela o el lugar o territorio; es decir, en cada
caso existían ventajas o desventajas que le eran propias. Pro-
bablemente, resultaban positivas aquellas normas relativas
a los criterios denominados como de unidad de mando, án-
gulo de control, jerarquía de autoridades, funciones de línea
y asesoramiento, donde subyacía el concepto de autoridad.
La explicación introducida por Simon sobre las diferentes
formas de organización se sitúa dentro del marco referen-
ciado básicamente por la literatura americana del campo
sociológico y administrativo, y da cuenta del estado del co-
nocimiento administrativo, tal como se deduce de los traba-
jos de F. Taylor, Urwick y Gulick, quienes con considerados
como fuente primaria del conocimiento administrativo. Los
aportes generados por la escuela europea son introducidos
en sus consideraciones, sólo en la medida en que están me-

119
diadas por los paradigmas que permiten su incorporación,
pero no en sus versiones originales. Es decir, que las consi-
deraciones hechas por la escuela europea son comentadas,
aparentemente, en la medida en que están situadas en los
niveles de consideración de cada caso. De manera que los
trabajos teóricos sobre economía política, derecho adminis-
trativo, Estado, etc., adelantados desde el período de la Ilus-
tración, hasta bien entrado el capitalismo, y que privilegian
el trato de la racionalización social de la sociedad, parecen
encontrar un trato diferente a las revisiones que adelantó
Simon sobre las formas conceptuales de la organización del
trabajo. Sin embargo, queda ausente por ejemplo Charles-
Jean Bonin, Principios de administración pública, editado en
París en el año de 1808, el cual está bien distante en el tiem-
po del contenido taylorista.
Un concepto de la ciencia administrativa correspondiente al
pensamiento de Bonin, la identifica como el conocimiento
de los principios de las relaciones sociales, es decir, el aná-
lisis de las propiedades y fenómenos de estas relaciones, así
como su aplicación a las personas y las cosas de esas reglas
que conjugan dichas relaciones con el interés común (Cita de
Omar Guerrero, J. M., Bonin, 2004 (1808), 109).
Ahora bien, la crítica a la teoría clásica es realizada de modo
riguroso por Simon, básicamente con sus libros, El compor-
tamiento administrativo y Teoría de la organización. En el pri-
mero de ellos, comienza por hacer una observación sobre
las dos concepciones que acabamos de distinguir, o sea, que
organizar es dividir el trabajo entre varias personas y que or-
ganizar es garantizar el ejercicio de la autoridad de los jefes
sobre sus subordinados, y en donde se preocupan honda-
mente por «hacer» las cosas. De acuerdo con ello, la organi-
zación puede ser entendida como una especie de constructo

120
mecánico con capacidad para producir determinados bienes
y/o servicios. Y así mismo, donde es necesario cumplir, de
modo ordenado, con todas las operaciones necesarias en la
producción deseada y, también, porque al tratarse de seres
humanos, podrían ser influenciados para que efectivamente
cumplieran con las funciones o tareas asignadas.
Pero Simon tiende a distanciarse de la concepción de la or-
ganización entendida como una máquina productora de ser-
vicios o bienes, ya que ésta supondría no comprender un
aspecto fundamental de la organización: el proceso identi-
ficado con la toma de decisiones. En esta concepción se en-
tiende que la más alta contribución de la organización, está
en el hecho de concebir la organización como máquina, con
capacidad de aprender y de modificarse. Su preocupación
por destacar en la organización el aspecto de la autoridad
o influencia sobre los operadores, ha llevado a una concep-
ción de la organización como un monstruo que exige de los
individuos subalternos una misma y repetitiva actividad. En
función de ese esquema, mucha gente entiende así la admi-
nistración pública, o sea, una maquinaria rutinaria, sobre la
cual se pierde el control.
La ansiedad por deshacer los males de la administración pú-
blica mediante renovaciones sucesivas, una divorciada de la
otra, responde en el fondo a esas concepciones de que deter-
minadas instrumentaciones (imágenes de hombres creado-
res de máquinas en administración) pueden acertar creando
las máquinas eficientes. Al contrario, lo que se entendería
actualmente es que las organizaciones estarían dotadas, en
clara contradicción de lo que ocurre con las máquinas me-
cánicas, de un cierto poder de racionalidad, en cuanto a su
poder decisorio, tanto en el sentido de que es en las orga-
nizaciones donde el hombre puede alcanzar sus más altas

121
manifestaciones de racionalidad, como en el sentido de que
continuamente y en todos los niveles, el funcionamiento de
una organización exige y debe estar habilitada para la toma
de decisiones. De acuerdo con Simon, se puede admitir que
todo lo que hacen los individuos de una organización, sean
operadores o administradores, lo hacen en términos de las
decisiones que necesitan tomar; en cada caso concreto, con
respecto a ciertos aspectos de la situación, subyace la pro-
blemática de la racionalidad.
Simon ha señalado que cuando las teorías modernas de la
organización sostienen que organizar es crear condiciones
para la toma de decisiones, de manera adecuada, para la
marcha del trabajo de varias personas, con vista a ciertos
resultados finales, simultáneamente incorpora una concep-
ción de organización que es más compleja y más completa
que las dos anteriores. No habría necesidad exclusiva de or-
ganizar de acuerdo con el principio de división del trabajo
ni según la idea de que cada operario debe ser debidamente
supervisado. El enfoque de Simon exige que la organización
sea concebida como una manera de garantizar que se tomen
las decisiones adecuadas para la realización de los objetivos
que ella se propone y que posibilite el perfeccionamiento de
esos objetivos a la luz de sus propias experiencias y del desa-
rrollo de innovaciones. No se trata de organizar con la orien-
tación de crear una estructura mecánica, tipo máquina con
capacidad repetitiva, sino más bien de crear una estructura
estable con capacidad de innovación, de aprender de las
situaciones que vaya resolviendo. En ello subyace la impor-
tancia que tiene la teoría de la decisión organizacional, tanto
para el sector público como para el sector privado.
Puede entenderse la teoría de la decisión organizacional como
lo hace Simon en su primera formulación, a partir de las li-

122
mitaciones del individuo para tomar una decisión racional
y cómo la organización crea las condiciones para alcanzar
un alto grado de racionalidad en sus decisiones. Lo incon-
veniente de esta manera de apreciar la teoría de la decisión
organizacional radica en que se privilegia la consideración
de la decisión individual, sin llegar a plantearse cuáles son
los requerimientos que la organización tiene con relación a
la toma de decisiones que llevan adelante los individuos que
la integran.
Ahora bien, la organización no debe ser concebida única-
mente como un intento para garantizar, a los individuos que
la conforman, decisiones más racionales mediante la correc-
ción de las limitaciones que tienen con relación a un proce-
so racional de toma de decisiones óptimas. La situación es
un tanto diferente, va más allá de esa idea expresada. La
organización exige un ajuste del proceso de toma de decisio-
nes, para que pueda funcionar de modo efectivo y eficiente,
e innovarse. Es decir, no se trata de que las decisiones in-
dividuales sean correctas, lo cual supone una identificación
conceptual del término, ni que sean decisiones individuales
dentro de la organización, sino más bien que sean decisio-
nes organizacionales, y que las mismas involucren un diseño
decisional propio, donde «la organización quita al individuo
una parte de su autonomía decisoria y la sustituye por un
proceso organizativo de toma de decisiones» [Simon, H.,1964
(1947),10].
Si, ciertamente, la racionalidad es un importante criterio
para decidir, es necesario precisar que no es el único para
lograr optimizar las decisiones organizacionales; lo son tam-
bién: la integración, la oportunidad en el tiempo y la posibi-
lidad de repetición. Es decir, la racionalidad no copa la dis-

123
crecionalidad con la cual selecciona las alternativas válidas
para el proceso decisorio.
De acuerdo con el desarrollo explicativo anterior, en breve
síntesis podría decirse que los procesos fundamentales de
una organización, bien sea pública, bien sea privada, son el
proceso de toma de decisiones y el proceso de ejecutar las
decisiones tomadas. No obstante, el proceso más estudiado
de los dos ha sido el que se corresponde con el de hacer cum-
plir las decisiones tomadas, denominado proceso operativo.
Aún se sigue actuando en función del proceso de toma de
decisiones que podrían denominarse operativas. Asimismo,
deberán ser estudiados el proceso de influencia, el proceso
político y el proceso de control e información, que simultá-
neamente coexisten en las organizaciones formales de las
sociedades modernas.
El análisis llevado a cabo en esta parte, sobre el plantea-
miento de Simon acerca de la teoría administrativa y la com-
paración y distinción a que fue sometida con la teoría de
la acción, específicamente, con la acción intencional, (1) tie-
ne una incidencia significativa sobre el alcance teórico de
la propuesta, (2) en relación con la aceptación del término
“sentido” como concepto básico de la sociología, (3) sobre la
aceptación de los términos, “reglas” y “normas”, “seguir una
regla”, como conceptos válidos para el reconocimiento inter-
subjetivo de un proceso de acción comunicativa.
Esas tres intersecciones teóricas, derivadas de la distinción
entre ciencias del comportamiento y ciencias de la acción,
inciden sobre el alcance conceptual de la teoría administra-
tiva cuando se quiere conciliar con la proyección de teorías
sociales que está presente en la teoría de la acción. De mane-
ra que las organizaciones sujetas al análisis organizacional

124
constituyen todo ese universo, aprehendido en los supuestos
de la teoría administrativa, la que se refiere a las organiza-
ciones existentes en la sociedad, sean públicas o privadas, o
bien sean económicas, políticas, sociales, etc. El interés po-
dría ser el que expresa Simon [Simon y March, 1961 (1958),
1], cuando afirma que su trabajo «trata de la teoría de la or-
ganización formal», con lo cual su producción de conocimien-
to está dirigida a interpretar todo tipo de organización que
combine y estructure su funcionamiento de acuerdo con un
orden normativo previamente establecido. No están conteni-
dos en esta definición los entes no organizados formalmente,
ni los estructurados sin normas. Tal vez tampoco participen
los entes que no están orientados al entendimiento.

Capítulo V
Conclusiones

Se ha trabajado, de manera tentativa, en el proceso de dife-


renciación metodológica, dentro del cuadro de las ciencias
sociales y en el seno del pensamiento administrativo, que no
sólo se distinguen por las problemáticas abordadas y por las
estrategias de investigación, sino por cuestiones de génesis
del conocimiento. Es decir, la elección de la matriz epistemo-
lógica y del método hizo brotar diferencias y conflictos per-
ceptibles, aparentes y profundos. Con base en ello, he aquí
algunas de las conclusiones conseguidas:
1) El proceso de diferenciación metodológica que se produ-
ce en las ciencias sociales, en el cuadro del debate surgido

125
como consecuencia de la insurgencia y reconstrucciones
entre los enfoques de la teoría de la acción y los enfoques
de la teoría del comportamiento, adquiere expresión pro-
pia en mayor o menor grado en las diversas ciencias en
las cuales participan las categorías analíticas de acción y
comportamiento respectivamente, y que sus matrices epis-
temológicas contienen en sus ámbitos objetuales.
2) El proceso de diferenciación metodológica que se produ-
ce en la teoría administrativa, como desarrollo análogo al
que se produce en las ciencias sociales, parece deslindar
los campos entre las corrientes que se conforman bajo la
categoría comportamiento y las que se amparan bajo la
categoría acción.
3) El proceso de diferenciación metodológica no se deriva de
la adscripción a priori de las categorías analíticas de la so-
ciología o de la teoría administrativa a esas disciplinas en
cuanto tales, sino al proceso de fundamentación derivado
de la reconstrucción de las categorías analíticas, de la re-
construcción del ámbito objetual, de la lógica que la concibe
y del sentido que contiene la intencionalidad de la acción,
así como la teoría de los actos de habla en los cuales fueron
formulados.
4) El origen de la teoría administrativa se encuentra vincula-
do al objeto de conocimiento de la ciencia económica por los
problemas expresados, en cuanto al dilema que existe entre
la escasez de recursos y la multiplicidad de necesidades. Ello
obliga a integrar la racionalidad como criterio de pertinencia
tanto de la teoría de la acción como de la teoría de la deci-
sión, ambas con participación tanto en la economía como en
la administración.
5) El análisis realizado por Herbert A. Simon a la categoría
de la racionalidad, destaca la pertinencia analítica de esta
126
categoría para el proceso de toma de decisiones, pues es ella
la que parece identificar la suficiencia del proceso decisorio,
no sólo al momento de la ejecución y evaluación correspon-
dientes, sino cuando se constituyen las condiciones que se
requieren para la toma de decisiones. Es decir, la racionali-
dad no es un criterio ex-post, sino concomitante a la formu-
lación de la decisión. No obstante lo dicho, el comportamiento
en Simon, al incluir las actividades correspondientes al “re-
solver” y al “hacer”, en el objeto de conocimiento de la teoría
administrativa, el mismo es equivalente a desempeño, con lo
que se hace evidente que su significado participa del signi-
ficado de acción, en Habermas, y queda interpretado con el
significado de este último.
6) El proceso de revisión y diferenciación metodológica reve-
la que la administración, en tanto ciencia social, basa sus
enunciados no sólo en las regularidades empíricas, sino
también en reglas de acción hipotéticamente normativas, lo
que la articula en una teoría más amplia en cuanto su es-
pectro social, como lo es la teoría de la acción.
7) La teoría administrativa en H. A. Simon, como eje cen-
tral de la teoría de la organización formulada por él, es un
cuerpo de reglas que si ciertamente regulan “acción social”
contrastan con las reglas de la “acción instrumental”, cuyo
saber está constituido por la tecnología administrativa que
permite operar a las organizaciones.
8) A los efectos de delimitar la diferenciación metodológica en
estudio, es válido destacar que las proposiciones descriptivas
de un lenguaje, que son relativas a cosas y sucesos, empíri-
camente observables y sujetos a mediciones científicas, pare-
cen moverse en el campo de las ciencias del comportamiento,
en tanto que las proposiciones contentivas de interpretación,
en términos de competencia del sentido, relativas a personas
127
y sus manifestaciones, quedan atrapadas bajo la etiqueta de
ciencias de acción.
9) La categoría emitida en términos que explica la adopción
de un punto de vista observacional sobre lo que ocurre, ex-
presada en tercera persona, donde el hablante queda en pla-
no observacional o descriptivo, identifica el comportamien-
to. En cambio, la categoría acción, referida al agente que se
enfrenta a un problema y responde, queda expresada por el
hablante en primera persona, lo cual le entraña y lo invo-
lucra en la situación que lo requiere. Pero en ese contraste
también se manifiesta que la acción instrumental determina
un tipo de organización de los medios, que responde a lo que
Weber denominó acción racional con arreglo a fines.
10) Las acciones no son actos únicos; están constituidas por
operaciones, movimientos corporales orientados por reglas,
que a su vez suponen relaciones entre valores, fines y me-
dios; relaciones éstas que variarán según el tipo de acción:
acción teleológica, acción estratégica, acción dramatúrgica y
acción comunicativa, todo ello según Habermas. Las acciones
así concebidas guardan íntima relación con el concepto de los
procesos decisorios de H. A. Simon, en los cuales se operó una
evolución conceptual desde una primera formulación (1947),
concebida sobre la base de la perspectiva del concepto de la ra-
cionalidad instrumental hasta otra formulación hecha (1983),
tomando como base un concepto de racionalidad con arreglo a
valores.

128
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