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Laura Alvear Roa

201425581
Literatura

Habitar el espacio en Vientos del Apocalipsis

En “Construir, habitar, pensar”, Martin Heidegger plantea que la existencia de los hombres
está determinada por el habitar. Es decir, los hombres son en el mundo en tanto que lo
habitan. Habitar no se reduce a la ocupación de un lugar, es una relación de cuidado, de
permanencia de satisfacción y de paz dentro de un espacio. Pensar en los hombres implica
pensar en cómo habitan el mundo, en particular, cómo habitan los espacios en los que
residen y por los cuales se desplazan y mudan.
Heidegger explica que los espacios que se habitan, como las casas, son aquellos en
los que se genera un relación espiritual entre los objetos y los hombres. Esa relación se
determina por lo que él denomina la cuaternidad, un conjunto compuesto por los mortales,
los divinos, el cielo y la tierra. Ese habitar es una búsqueda constante que requiere del
cuidado de esos cuatro factores. “Cuidar la cuaternidad, salvar la tierra, recibir el cielo,
esperar a los divinos, guiar a los mortales, este cuádruple pensar es la esencia simple del
habitar. Así, las construcciones genuinas imprimen su sello en la esencia del habitar y
brindan una casa a esta esencia.” (43)
Heidegger habla sobre el desarraigo como un fenómeno moderno causado
principalmente por el desarrollo tecnológico, lo cual ha hecho que los lugares al construirse
de manera sistemática sean cada vez menos íntimos. Además, la tecnología ha facilitado el
transito, de manera virtual y física de los hombres, lo cual ha hecho que las fronteras entre
la casa y el resto del mundo se diluyan, por lo que se pierde la esencia de los espacios y el
sentido de pertenencia con los mimos.
Ahora bien, teniendo esto en cuenta, propongo una lectura de “Vientos del
Apocalipsis”, de Paulina Chiziane. Puesto que en el texto, las casas, ya sea por su ausencia
o por su permanente presencia, tienen un papel protagónico y permiten acercarse a la
existencia de los personajes que las habitan o no las pueden habitar.
En el libro de Paulina Chiziane, los personajes deben deambular por el país a causa
del desarraigo producido por la guerra y la sequía. Este desarraigo, aunque no es causado
por la tecnología, tiene los mismos efectos, hace imposible el habitar. Antes de tener que
desplazarse en busca de un lugar en el que puedan construir y habitar sus casas, intentan
reconstruir aquellas que se les están destruyendo, primero de manera metafórica y luego de
hecho. El pueblo en donde vive Sianga y Minosse sufre por la sequía, hay una escasez de
alimentos y de agua que agudiza el hambre de los pobladores. El cielo se impone de manera
agresiva, es “la inclemencia del tiempo” y la tierra, que “es la que sirviendo sostiene”
(Heidegger 21), ya no florece ni da frutos. Los mortales no obtienen los productos que les
son esenciales para vivir y deben sufrir el calor insoportable. El fenómeno natural se
desprende de las posibilidades de acción de los hombres. La tierra es inhabitable, en este
caso, la tecnología podría usarse de manera que se pueda transformar la relación entre
mortales, la tierra y el cielo, para hacerla de nuevo productiva, pero esta no es una opción
en absoluto. La pobreza y el desamparo de este pueblo hace que las posibilidades de
transformar esas relaciones se vean reducidas. Las adversidades desequilibran el habitar. La
cuaternidad ya no permanece en las cosas, en las casas. ¿Cómo puede habitarse una casa en
la cual no hay comida, donde no se puede preservar a los mortales?, ¿cómo se puede vivir
en un pueblo donde hay escasez y precariedad?, los espacios se vuelven hostiles y, a su vez,
la gente que vive en ella también.
Sin embargo, los personajes son conscientes de la cuaternidad. Son conscientes de la
correspondencia entre mortales, divinos, cielo y tierra. Los habitantes no piensan la sequía
sólo como un cambio climático, buscan la causa. Cuando hay una mutación en uno de los
elementos de la cuaternidad se cambian directamente las relaciones en el conjunto que, a su
vez, mutan a los otros elementos. ¿Qué dio origen al cambio de el cielo y de la tierra?, se
preguntan los habitantes. Heidegger afirma, “Cuando decimos cielo estamos pensando ya
en los otros tres.” (21), y lo mismo dice sobre cada uno de los elementos. El exceso de
calor, la dureza de los tiempos es para ellos una respuesta de los divinos a sus acciones, y
son también la posible salvación:

“Difuntos, salven a mis descendientes, nacidos de mis pecados, alimentadlos con la sangre
de vuestra sangre. Dioses, ahorrémonos el sufrimiento. Desobedecemos las leyes de la
tribu, no cumplimos vuestros deseos, no seguimos los caminos por vosotros enseñados.
Olvidamos saludar al sol cada mañana. La cerveza la bebemos y olvidamos ofrecérsela.
Dioses, reconocemos nuestros errores, por amor a nuestros hijos que son los vuestros,
¡envíennos la lluvia!” (Chiziane 50)

Si se cohesionan de nuevo los habitantes y los divinos puede esperarse un cambio de la


tierra. El rompimiento con los divinos se ha dado por la influencia de la cultura colonial
que relegó las tradiciones tribales con la imposición de su religión y su idioma. Se generó
un desarraigo cultural. No existe un sentido de pertenencia en tanto que han perdido su
cultura y no se sienten totalmente aceptados en la nueva religión. Hay ambigüedad e
inseguridad. ¿Cuáles son los verdaderos dioses o el verdadero dios?, ¿a qué dios se le debe
dar tributo?, ¿con qué divinidad se pueden relacionar?, ¿cómo se puede restablecer la
cuaternidad?, y, de nuevo, ahora ¿los dioses son el único problema?
Según Heidegger, el restablecimiento de la cuaternidad se debe hacer a partir de una
conciencia del habitar y el construir en conjunto. Para que sea posible el habitar se debe
construir como se quiere habitar, por ejemplo, dice, “una casa rural en la Selva Negra que
fue construida hace dos siglos de acuerdo con el modo de vivir de los campesinos.”(47) Y
dice, más adelante. “la construcción consiste en edificar lugares por medio de la disposición
de sus espaciosos.” (47) Es decir, para la construcción se debe conocer cuál es ya la
relación que se tiene con la cuaternidad de manera que se pueda reflejar en los espacios y
estos sean adecuados para que se puedan mantener esas relaciones.
El pueblo considera que para que el espacio que ocupan vuelva a ser habitable se
deben sacar del cajón las tradiciones antiguas. El problema, creen ellos, consiste en la
ruptura con las divinidades y por lo tanto se deben restituir esas relaciones. Eso es posible a
través de los ritos que se han ido olvidando a través de los tiempos. Sianga propone que se
realice el ritual de la lluvia, una especie de baile dionisíaco, en el cual las mujeres bailan
desnudas al rededor de una hoguera. A pesar de que el pueblo acepta y el ritual se realiza no
se obtiene ningún beneficio, no se genera cambio alguno. El problema reside en que ya no
se entiende la esencia del ritual, pues hace mucho ha sido abandonado y sólo algunos tienen
conocimiento real de su estructura, su proceder y su significado. El intento de volver a
construir el lugar pensando en una manera de habitar anterior no funciona, pues ya no lo
saben hacer de esa manera ni representa sus necesidades ni su forma de ser, que, al final, es
el asunto, ¿quiénes son?, y de ahí ¿cómo habitan?
Por otro lado, la guerra es otro motivo del desarraigo, el miedo, la desconfianza y la
confusión hacen que la la unión espiritual con las cosas, el entendimiento de su esencia que
se traduce en la capacidad de vivir en la cuaternidad pase a un segundo plano. “El momento
es de dificultades. Quien escapa del hambre no escapa de la guerra; quien escapa de la
guerra es amenazado por el hambre.” (Chiziane, 50) Lo principal es sobrevivir, sin importar
a costa de qué. La dureza de los tiempos genera una inestabilidad entre los mortales, entre
los habitantes del mismo lugar. Ya no existe un sentido de comunidad. Los unos roban a los
otros para poder alimentarse. Todos se miran por el rabillo del ojo, son su propio enemigo.
El rito de la lluvia sólo fue un engaño, para que los hijos de los ancianos tomaran
posiciones y atacaran a su pueblo por las espaldas. Así, los habitantes son obligados a huir
por el hambre, la muerte, los disparos. Sus casas han sido quemadas por sus vecinos, por
sus propios hijos. Lo único que quedaba del habitar que reside en lo simbólico de las casas
ha sido destruido por las llamas. Ya no hay nada que se pueda resignar ni nada en lo que se
puede permanecer.
Arturo Leyte, en un comentario sobre el texto de Heidegger explica que “el habitar
auténtico es una búsqueda constante nunca satisfecha.” (59) El pueblo de Mananga ha
realizado distinto movimientos en esa búsqueda, hasta quedar ya sin otra opción que la de
tener que abandonar su tierra y salir en éxodo hacia un lugar que les prometiera la
estabilidad y la seguridad que habían perdido. El viaje no es sólo un desplazamiento de
lugar, es una búsqueda de la unión dentro los pobladores. ¿Cuáles son las tradiciones que
los van a regir?, ¿cuál va a ser la clave de su reconciliación? La desolación es una
característica compartida que los ha llevado al destierro, en ella reside ahora la
comprensión entre sus integrantes y un apoyo mutuo vital para soportar las adversidades
del camino.
El camino los lleva a un refugio, donde otras comunidades que han padecido las
mismas circunstancias los reciben. El refugio es un lugar de paso, que sirve como un lugar
de reflexión y de tranquilidad para luego poder ubicarse en un lugar definido. Este espacio
permite en un principio la reconciliación entre los mortales. Esta se hace a través del trabajo
de la tierra, de las buenas condiciones climáticas y, sobre todo, por la posibilidad de
recordar. Minosse se vuelve la guía espiritual del pueblo, gracias a que se convierte la
contadora de historias de la comunidad. El pueblo se convierte en un pueblo que tiene voz,
la voz de Minosse y la de los otros viejos, que permite, por un lado, controlar la situación y,
por otro, impedir el olvido. Esas dos circunstancias logran que haya un comprensión del
presente, que de manera directa, hacen que se pueda entender el pasado y conocer el futuro.
El proceso de memoria e identidad están directamente relacionados con la manera
en la que los hombres habitan la tierra. De todos modos, el libro no deja ninguna esperanza
al final. De manera metafórica, sus refugios son igual de frágiles que su identidad y su
memoria. Sin memoria, no hay identidad. Y el sufrimiento es tal que muchos prefieren
olvidar. Pero cuando se hace, no sólo se olvida aquello que causa dolor, con ello se va
también los momentos de tranquilidad, que, sea como sea, están enmarañados a los otros
momentos. El sufrimiento y el dolor hace parte de la identidad, y al querer olvidarlos se
niega la identidad misma. Analógicamente, viven por un tiempo en chozas y logran
significar ciertos lugares, como el árbol donde los ancianos se reúnen para hablar. Pero ante
cualquier amenaza de hambre, de lluvia o de sequedad, aquello que han construido se
estropea y se deshace. Los anteriores rencores renacen y el lugar se vuelve otra vez
inhabitable. No pierde la esencia de la cuaternidad, porque sólo la empezaba a tener de
manera aparente. Las casas se las lleva el vendaval, todos quedan como en un principio sin
casas, sin identidad, ni memoria.
Al final, las mismas preguntas que se planteaban a la historia del libro sobre qué
tradiciones se va regir el pueblo, vuelven a salir a flote. Se construye una iglesia cristiana,
porque va avenir de visita un padre que dará una misa y pedirá por los pobladores del
refugio. Todos, que antes se inquietaban por el regreso a la tradiciones tribales y por el
homenaje a sus antepasados, recurren a aquello más próximo y que promete la salvación.
Pero la iglesia se incendia y son presas otra vez de la guerra. El refugio, pierde, una vez
más, su sentido protector. Y ellos se encuentran a la deriva, sin identidad, memoria y por lo
mismo, sin un lugar que poder habitar.

Bibliografía
Chiziane, Paulina. Vientos del apocalipsis. Tafalla: Txalaparta, 2002. Impreso.
Heidegger, Martin. Construir, habitar, pensar. Madrid: Oficina de arte y ediciones,
2015. Impreso