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Fe y Comunidad para una cultura de paz:

Cherán
Dios se está valiendo de un pueblo indígena olvidado entre los bosques de Michoacán para
darnos un abrazo de esperanza a todo nuestro país. He recorrido muchas ciudades y pueblos
donde me ha tocado escuchar historias de mucha desesperanza e impotencia ante el avance de
la violencia, pero ahora me tocó contemplar rostros deseosos de platicar historias de esperanza.
Historias que me invitan a compartirlas pues aquí se están gestando claridades para quienes
deseamos trabajar por una cultura de paz.

Cherán es un pueblo con más de 18,000 habitantes de habla purépecha y castellana. Lo conocí
hace dos años cuando fui a platicar con los jóvenes integrantes de la comunidad ignaciana
llamada Apogen. Ellos me contaron acerca de la capacidad que tenía este pueblo para mostrar su
autoridad ante los abusos del gobierno local y estatal. Ahora están en un momento de resistencia
ante quienes pretenden saquear sus bosques y alterar la tranquilidad con que habían vivido por
siglos.

Quienes se dedican a la tala ilegal de árboles hicieron una alianza con un grupo de hombres
armados dedicados al narcotráfico para que les dieran “protección”. Así podían subir a los cerros,
cortar los árboles y transportarlos a los aserradores sin ningún problema. Esta “gente mala”, como
le dice la gente de Cherán, quiso atemorizar al pueblo paseándose por la comunidad con
camionetas ostentosas y asustando con sus armas. La policía municipal era cómplice de estas
actitudes prepotentes. La gente había dejado de salir en las noches por miedo, ya no se sentía
segura para caminar por las calles de Cherán. Además, no conforme con talar los árboles,
también quemaban los terrenos donde ya habían cortado la madera. Algo que sólo puede
entenderse como quien pretende mostrar su poder.

Contemplar los cerros quemados y la gente atemorizada hizo que los líderes se organizaran para
detener la tala de árboles. Empezaron a reunirse en asambleas comunitarias para discutir qué
hacer ante esta situación. De esto se enteró la gente mala y secuestró a dos personas de las ahí
reunidas para generar el miedo y paralizar a la comunidad. Dicen que en lugar de detenerse, esto
les vino a mostrar la gravedad del asunto y la necesidad de hacer algo pronto. Fue así que
prepararon una emboscada. La gente se organizó para colocar piedras y troncos en el camino
donde tenían que pasar los camiones con la madera y obstaculizar el paso; lograron detener a
cinco personas que estaban robando la madera de la comunidad. Con gran alboroto y rabia los
encerraron en la capilla del Calvario a la orilla del pueblo.

Dicen que se empezó a correr la bulla en todo el pueblo de que cerraran las calles con lo que
pudieran. La gente atravesó carros, bajó de los camiones la misma madera que traían los
taladores y la colocó en las calles, usaron piedras y troncos para no permitir que pasara
camioneta alguna. Esto pensando en las represalias que pudieran tener por parte de la gente
mala o los intentos por recuperar a sus cinco compañeros.

Mientras los señores cerraban las calles y cuidaban de que no llegara alguna gente mala, las
señoras sacaron sus imágenes a la calle armando altares en las esquinas. La Virgen de
Guadalupe que tenían en su sala ahora la colgaban en la esquina donde se anunciaba la
tortillería, el Cristo que tenían en la recámara lo colgaban en la pared junto a la ventana de la
banqueta, sacaron mesas y pusieron flores y veladoras. La gente se apoderaba de lo que sabían
era suyo y que otros pretendía robarles: el espacio público.

Al llegar la noche decidieron hacer fogatas junto a los altares para vigilar la comunidad. Al
principio hicieron esto quienes estaban cerca de la capilla donde estaban los detenidos, la gente
se organizó de manera improvisada, pero conforme pasaron los días se instaló un altar y una
fogata por calle. El párroco animó a los pobladores a rezar el rosario a las 10 de la noche para
generar un solo espíritu y un solo cuerpo en esta lucha por expulsar a la gente mala.

El espíritu de comunidad que surgió en esos momentos los llevó a armar fogones para comer
juntos en las esquinas. Fue así como la gente empezó a cooperar para comer juntos y se empezó

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a generar una experiencia de conversión comunitaria. Conocieron y trataron a vecinos que no
sabían que existían, se reconciliaron aquellos que estaban molestos, la solidaridad y la esperanza
del otro alimentaba más la suya, etc. Después se colocaron techos para cubrir los altares, los
fogones y las cocinas provisionales.

Comer y rezar juntos en la calle fue la estrategia de resistencia que creó la comunidad de Cherán.
Todo lo contrario a quienes recorrían las calles con camionetas ostentosas generando temor y
reflejando su ambición del dinero. Fue sorprendente recorrer las calles por la noche y encontrar
mucha vida entre sus habitantes. Al verlos preparar sus alimentos comunitariamente junto a sus
altares recordaba mi experiencia con las comunidades indígenas de Chiapas. Actualmente son
200 altares y cocinas repartidas en toda la comunidad que a partir de las ocho de la noche se
activan para cerrar las calles y crear altares vivos de esperanza y comunión.

El organizarse para comer y rezar juntos en la calle fue recuperar la pertenencia a la comunidad.
Más allá de detener o no la tala ilegal de los árboles, Cherán ha sabido emprender las acciones
que permitan crear vida desde el dolor y la injusticia. Quienes han decidido emprender el camino
de la corrupción son personas que se desvincularon de la comunidad. Tanto individualismo los
condujo a sentirse separados de los otros. Para ellos, los bosques, al ser de la comunidad, son de
nadie; sólo saben hacer alianzas con quienes convienen a sus intereses, perdieron la capacidad
de sentirse parte de otros.

La conciencia ancestral de que Dios es dueño de la creación, que los bosques no pueden ser
negocio, ni las calles propiedad privada, y que esto se aprende en comunidad, es la fuerza que
está moviendo a este pueblo. “El mejor profeta del futuro es el pasado”, fue la frase que puso una
joven de la comunidad de Tancítaro, a una foto donde convivía un indígena y un hombre del
futuro. Y tiene razón, ante la situación que vive nuestro país necesitamos contactar con ese
espíritu indígena que tenemos todos los mexicanos para fortalecer nuestra fe y nuestro sentido
comunitario.

Con los jóvenes de Apogen tuvimos una puesta en común de lo que más impresionó el corazón
durante este tiempo de resistencia. Fue entrar a tierra sagrada y entender que la fe y el sentido
comunitario son dinamita pura contra el temor, la desesperanza, la ambición, la soberbia y el
miedo. A los jóvenes les pregunté ¿cuándo sintieron que Jesús se apareció en Cherán? Algunas
respuestas fueron las siguientes:
-Cuando se le pidió a la gente que cerrara las calles y la gente respondió cerrándolas.
-En las palabras de una mamá que gritaba “son mis hijos” desde ahí Dios trasmitió el
amor por la comunidad.
-Dios está en la gente que se organizó.
-Que ya no hubo más muertes.
-En cada una de las fogatas y en la oración de la comunidad.
-En la lluvia que llegó cuando quemaron los cerros y la gente se organizó.
-Cuando la gente salía a las calles, hacía su fogata y rezaba.
-Dios está acompañando a la gente para sacar del pueblo al crimen organizado.
-Sentir que Dios me acompañaba al salir de la casa.

Aquí entendí que el miedo hace encerrarnos en la casa, nos vuelve desconfiados del otro, incluso
sutilmente siembra el deseo de mostrar nuestra fuerza ante el mal simplemente para decir que
tenemos la razón. Sin embargo, encontrarnos con el otro que también se indigna, que también
llora, que también se siente impotente, que también está dispuesto a enfrentar el mal, abre la
posibilidad de la esperanza. Y hacer una lectura creyente de este encuentro da una fuerza tal que
sólo así es posible entender lo que ahora sucede en la comunidad de Cherán.

Posteriormente los jóvenes platicaron sobre las necesidades de la comunidad, ellos la resumían
en dos: animar a la comunidad pues existe el cansancio después de tantas noches de desvelo, y
hacer conciencia de que esta lucha debe llevar a una conversión para alejar la ambición y el
individualismo de la comunidad. Desde estas necesidades redefinieron su misión quedando de la
siguiente manera: Animar a la comunidad mediante actividades que ayuden a hacer una lectura
creyente de su organización y vinculando nuestra comunidad con otras ciudades por medio de la
Red Juvenil Ignaciana.

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El compartir de estos jóvenes estuvo acompañado de muchas lágrimas, que surgían al reconocer
la presencia de Jesús en la comunidad. Los vi débiles y fuertes a la vez. Sentí que Dios está
haciendo algo grande en este lugar. Tanta claridad sólo puede venir de Dios. Sentí que también a
mi me compartía este abrazo de esperanza y que me enviaba a compartirlo con otros. Me llegó la
claridad de que el principal enemigo que ha dañado a Cheran, y que ahora están atacando, es el
individualismo que engendra la ambición. Esta gente mala es solo una parte del enemigo a
vencer. El verdadero enemigo a vencer es la cultura de la ambición, el deseo de fama y de poder.
Eran claridades que me venían al escuchar a estos jóvenes.

En estos momentos yo me preguntaba, ¿no será acaso que al conducirnos hacia una sociedad
consumista hemos perdido la fuente de donde brota la indignación que hace salir el espíritu
comunitario que aún existe en el fondo del corazón de cada mexicano?, ¿por qué este pueblo tan
lejos y tan marginado ha sido elegido por Dios para darnos un abrazo lleno de esperanza?, ¿por
qué esta lucha no se da a conocer al pueblo de México para imaginar por dónde tendríamos que
enfrentar a esta gente mala?, ¿no será acaso que dar a conocer a Cherán es mostrar que la
sociedad consumista, cuyos dioses son lo material, el dinero y el máximo beneficio, se quedó sin
el aceite necesario para crear los vínculos comunitarios?

Me acordaba de algo que vi en Monterrey cuando balacearon un café bar en el centro antiguo de
la ciudad. En este lugar, testigo de la barbarie a la que hemos llegado, la gente colocó veladoras
e imágenes de Dios. La desgracia nos obliga a contactar nuevamente con Dios. Ahí está la fuerza
que puede sostenernos ante tanta maldad. El colocar imágenes en la calle en estos contextos es
una manera de expresar públicamente que Dios tiene la última palabra y no la maldad de quienes
buscan el poder y el dinero a como dé lugar en complicidad con algunos gobiernos.

Quienes dirigen nuestro país ofrecieron progreso económico a costa de todo, se pensó que
alcanzar un mejor nivel de vida se podía realizar sin necesidad de los vínculos comunitarios y sin
necesidad de la creencia en Dios mediador entre los hombres. Deslumbrados por el desarrollo
económico perdimos la fraternidad suficiente como para convivir sanamente. Hoy la comunidad
de Cherán nos hace ver que la armonía se podrá recuperar en la medida que podamos comer y
rezar juntos. Ahí surgirá la fuerza y la sabiduría para reorganizarnos social, económica y
políticamente.

Jorge Atilano González Candia sj

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