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Curso on-line

Sistema integral e integrado de


atención social y sanitaria a la
dependencia de las drogas desde la
atención primaria

El derecho a la
salud y a la
integridad de
los usuarios de
sustancias
psicoactivas

© COPOLAD. Programa de Cooperación entre América Latina y la Unión Europea en Políticas sobre Drogas
Lic. Graciela Touzé

© COPOLAD. Programa de Cooperación entre América Latina y la Unión Europea en Políticas sobre Drogas
Los contenidos originales de este curso han sido elaborados en el marco del Programa de Cooperación entre
América Latina y la unión Europea en Políticas Sobre Drogas –COPOLAD– y son propiedad del Consorcio COPOLAD,
quien ha autorizado el uso no comercial de los mismos a la Comisión Nacional para el Desarrollo y Vida sin
Drogas, DEVIDA (Perú)

COPOLAD es un Programa financiado por la Unión Europea

© COPOLAD. Programa de Cooperación entre América Latina y la Unión Europea en Políticas sobre Drogas
Lic. Graciela Touzé
Trabajadora Social, Docente e investigadora de la Facultad de Ciencias Sociales
Universidad de Buenos Aires, Argentina
Directora de Intercambios Asociación Civil, Argentina

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ÍNDICE

1. Resumen y palabras clave..............................................................................................................5

2. Lectura inicial.....................................................................................................................................6

3. Desarrollo del tema..........................................................................................................................7

4. Futuro...............................................................................................................................................21

5. Lecturas recomendadas................................................................................................................22

6. Referencias bibliográficas..............................................................................................................25

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1. Resumen y palabras clave

1.1. Resumen

Esta clase tiene como propósito resaltar el derecho a la salud como derecho humano universal. Ello
implica que debe ser respetado y protegido con independencia de cualquier condición, incluido el hecho
de que una persona consuma sustancias psicoactivas. Sin embargo, los usuarios de drogas con
frecuencia ven violentado este y otros derechos. Contrariamente a lo que cabría suponer, gran parte de
la sociedad –incluidos algunos profesionales de la salud- no sólo no se opone sino que justifica estas
violaciones como un intento para lograr un entorno libre de drogas.
Creemos que esta situación es producto de un proceso que se desarrolló a lo largo del siglo XX, y que
transformó los modos de percibir y de responder a los usos y a los usuarios de algunas sustancias
psicoactivas que fueron puestas en el campo de la ilegalidad.
Algunos conceptos que resultan útiles para comprender este proceso son el de representaciones
sociales, que nos permite identificar una serie de imágenes que se asocian con significados que
modelan nuestras prácticas, y el de estigma, entendido como un atributo negativo que da lugar a
actitudes y prácticas de discriminación, modelando la relación entre quienes se encuentran dentro de
la norma social y los estigmatizados.
Nos interesa poner de relevancia la situación de vulnerabilidad de las personas que consumen
sustancias psicoactivas, entendiendo este concepto como una condición estructural que entra en
tensión al despliegue de la autonomía y la posibilidad de control sobre los recursos materiales,
simbólicos e intelectuales. Un aspecto clave a tener en cuenta en un análisis estructural de la
vulnerabilidad de estas poblaciones lo constituye el actual sistema de fiscalización de drogas que se ha
centrado casi exclusivamente en la aplicación de políticas de ejecución de la ley y sanciones penales,
alejándose de los principios de derechos humanos. La necesidad de hacer converger ambos sistemas
(el de fiscalización de drogas y el de derechos humanos) viene siendo identificada por diversos
organismos internacionales, lo cual no ha logrado aun detener numerosas situaciones de abuso.
Respetar, proteger y cumplir los derechos humanos son en primera instancia obligaciones de los
Estados. El modo en que esos principios se encarnan en políticas, programas, dispositivos
institucionales y prácticas profesionales tensiona las respuestas clásicas y debería impulsarnos a
nuevos campos de intervención, donde posiblemente convivan formas tradicionales de respuestas
sanitarias con perspectivas y acciones más integrales y más inclusivas.

1.2. Palabras Clave

Derecho a la salud; Estigma; Discriminación; Vulnerabilidad; Sistema de fiscalización de drogas;


Criterios de disponibilidad, accesibilidad, aceptabilidad y calidad.

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2. Lectura inicial
“Sabemos que las políticas de control de las drogas expresan tensiones, contradicciones y conflictos
acerca de la manera de regular su producción y consumo. En el contexto latinoamericano –definido por
la desigualdad social, las disparidades de ingresos y la pobreza, producidas por una cada vez mayor
concentración de la riqueza – la vulnerabilidad de los usuarios de drogas se vincula además con el
encarcelamiento frecuente, la violencia, la estigmatización y la falta de acceso a los recursos sociales y
de salud. Factores de orden social, cultural, económico y político afectan el acceso de los usuarios de
drogas al tratamiento de los consumos problemáticos, a los tratamientos antirretrovirales de alta
eficacia, al cuidado general de la salud y a otros servicios sociales de asistencia y educativos.
Las políticas de control que la región lleva adelante incluyen medidas como la erradicación de los
cultivos de hoja de coca, la detención y el castigo de, en la mayoría de los casos, los eslabones más
débiles en la cadena del tráfico, y la interceptación de cargamentos de drogas ilícitas. Hay muchas
evidencias que sugieren que estos esfuerzos han tenido escaso impacto en la reducción de la oferta en
el hemisferio y, por el contrario, han generado inestabilidad social y política en algunas áreas, con
consecuencias como el aislamiento y encarcelamiento desproporcionado de usuarios de drogas y
‘mulas’, la persecución y empobrecimiento de poblaciones campesinas sometidas a la erradicación
forzada de cultivos sin alternativas sustentables, la violencia social y la violación de derechos humanos
básicos.
Hasta ahora, la mayoría de las leyes de drogas en América Latina se han centrado en el castigo de los
usuarios de drogas, en tanto que las políticas de reducción de daños permanecen en estadios iniciales
de desarrollo en muchos países. No obstante, han surgido diferentes iniciativas que han dado como
resultado cambios en las legislaciones y en las prácticas, desarrollando propuestas más inclusivas e
integrales para mejorar la atención de los problemas vinculados con las drogas. No es un dato menor el
hecho de que en algunos casos –como el uso de las hojas de coca, la proporcionalidad de las penas y
la desincriminación de la posesión de drogas para consumo personal – estas reformas hayan generado
tensiones a nivel internacional” (Touzé y Goltzman, 2011:12)

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3. Desarrollo del tema

En mayo de 2010 durante su 47mo. período ordinario de sesiones, la Comisión Interamericana para el
Control del Abuso de Drogas (CICAD) adoptó la nueva Estrategia Hemisférica sobre Drogas, que fue
aprobada por la Asamblea General de la Organización de los Estados Americanos en Lima, Perú, el 8
de junio de 2010. Entre los principios en los que se basa, la nueva Estrategia señala en primer lugar:
“El pleno respeto al Derecho Internacional y a la Declaración Universal de los Derechos Humanos,
observando los principios de soberanía e integridad territorial de los Estados, la no intervención en los
asuntos internos de los Estados, las libertades fundamentales y la dignidad inherente a las personas y
de igualdad de derechos y respeto mutuo entre Estados” (OEA, 2010).
Por su parte en setiembre de 2010, el 50mo. Consejo Directivo de la Organización Panamericana de la
Salud (OPS) respaldó la Estrategia sobre el Consumo de Sustancias Psicoactivas y la Salud Pública,
instando a los Estados miembros a que “continúen fortaleciendo su marco jurídico con miras a proteger
los derechos humanos de las personas con trastornos debidos al consumo de sustancias y hacer
cumplir eficazmente las leyes sin que ello tenga efectos negativos en la salud pública” (OPS, 2010).
Estas explícitas menciones al respeto y la protección de los derechos humanos se fundamentan en el
hecho de que, en países de todo el mundo, las personas que usan drogas ilícitas enfrentan a menudo
situaciones de discriminación, rechazo y violencia que conducen a violaciones de sus derechos. Muchos
de estos incidentes se ocultan o se justifican, bajo el argumento de la “peligrosidad” o la “incapacidad”
de los usuarios de drogas, culpándolos así de los abusos a los que son sometidos.
Latinoamérica presenta un panorama disímil y complejo en relación con las respuestas estatales y de la
sociedad en su conjunto a los problemas asociados con las drogas, así como respecto del estado del
debate sobre el tema. En sus diversos contextos, algunas leyes y políticas son violatorias de derechos o
crean las condiciones para que ocurran estas violaciones. Los abordajes tradicionales en materia de
control de las drogas aún incluyen en distintos países el encarcelamiento por delitos menores
vinculados al uso y la posesión de sustancias ilícitas, la violencia física y/o psicológica por parte de las
fuerzas policiales, los tratamientos coercitivos, los programas de “rehabilitación” en establecimientos
cuasi carcelarios sin ninguna racionalidad terapéutica, los análisis compulsivos de VIH, y los
impedimentos explícitos o encubiertos para el acceso a los servicios de salud, a oportunidades de
empleo y a otros beneficios sociales.

En esta clase abordaremos la atención de los usuarios de sustancias psicoactivas


desde el marco del respeto a los derechos fundamentales de las personas, en especial
el derecho a la salud, con una perspectiva de universalidad y equidad. Analizaremos la
condición de vulnerabilidad de los usuarios de drogas y algunos factores que limitan su
acceso a los servicios de salud, tales como la estigmatización y la discriminación.
Relacionaremos el sistema internacional de fiscalización de drogas con el enfoque de
derechos, ejemplificaremos situaciones que comportan abusos y violaciones de
derechos y estableceremos correspondencias con los criterios de disponibilidad,
accesibilidad, aceptabilidad y calidad de los establecimientos, bienes y servicios de
salud.

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La complejidad del fenómeno y sus múltiples facetas imponen ciertos límites al abordaje del tema.
Aspectos como la producción y el tráfico de drogas, el papel de las fuerzas armadas, la corrupción
política, entre otros, si bien íntimamente relacionados, exceden los objetivos de esta clase; no obstante
deben tenerse presentes como telón de fondo del análisis. Asimismo, es menester encuadrar el impacto
de las políticas de drogas en un escenario más amplio que tome en consideración aspectos
estructurales de las sociedades latinoamericanas, caracterizadas por condiciones de pobreza e
inequidad, y que contemple la interacción con las políticas sociales y económicas llevadas adelante en
la región.

3.1. Salud y derechos humanos

Este apartado presenta una sucinta síntesis acerca del concepto de derechos humanos así como del
marco normativo y el sistema internacional que vela por su cumplimiento. Se presta especial atención al
derecho a la salud y a los criterios que permiten valorar su desempeño.

3.1.1. Los derechos humanos y el derecho internacional

Todos los Los derechos humanos son “garantías jurídicas universales que protegen a los
derechos individuos y los grupos contra acciones y omisiones que interfieren con las libertades y
humanos los derechos fundamentales y con la dignidad humana” (Oficina del Alto Comisionado
tienen de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, 2006:1).
carácter
común al ser universales (inherentes a la naturaleza humana independientemente del sexo, raza,
credo, religión o cualquier otra condición), indivisibles (ninguno es más importante que otro, por lo que
todos deben ser respetados por igual) e interdependientes (la vulneración o incumplimiento de uno
afecta la realización de los demás; del mismo modo cuando se implementa un derecho hay que tener en
consideración todos los demás). Los derechos humanos son inalienables; no deben suprimirse, salvo
en determinadas situaciones y según las debidas garantías procesales. Por ejemplo, se puede restringir
el derecho a la libertad si un tribunal de justicia dictamina que una persona es culpable de haber
cometido un delito.
Los derechos humanos abarcan lo que se conoce como derechos civiles, culturales, económicos,
políticos y sociales. Los derechos humanos incumben principalmente a la relación entre las personas y
el Estado; no obstante más recientemente se ha reconocido que el Estado también tiene la
responsabilidad de intervenir cuando los individuos actúan de forma que afecta los derechos de otros.
Las obligaciones de los gobiernos con respecto a los derechos humanos guardan relación en un sentido
amplio con los principios de respetar (abstenerse de obstaculizar el goce del derecho), proteger
(prevenir violaciones a estos derechos por parte de terceros) y cumplir (adoptar las medidas
legislativas, administrativas, presupuestarias y de otra índole adecuadas para lograr su plena
efectividad).
El concepto de derechos humanos precede en el tiempo a las Naciones Unidas pero con la fundación
de este organismo, obtuvieron reconocimiento formal. El 10 de diciembre de 1948 la Declaración
Universal de los Derechos Humanos fue adoptada y proclamada por la Asamblea General de las
Naciones Unidas en su Resolución 217 A (III). Aunque las declaraciones no son vinculantes, la
Declaración Universal de los Derechos Humanos goza de una aceptación universal; muchos países la

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citan o incluyen disposiciones de ésta en su legislación fundamental o en sus constituciones. Sí son
vinculantes para los gobiernos que los ratifican, los tratados internacionales. Tal es el caso del Pacto
Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales y el Pacto Internacional de
Derechos Civiles y Políticos, ambos aprobados en 1966. Desde entonces se han adoptado
numerosos tratados, declaraciones e instrumentos jurídicos de otro tipo, en los que se recogen los
derechos humanos.
El cumplimiento de los compromisos contraídos en virtud de tratados internacionales de derechos
humanos es vigilado por comités de expertos independientes denominados “órganos creados en virtud
de los tratados”, que llevan a cabo esta labor mediante recomendaciones dirigidas a Estados concretos
cuando examinan el cumplimiento por éstos de sus obligaciones en relación con los tratados, y
mediante “observaciones generales” sobre el significado de derechos concretos. Ese significado
también es elaborado por personas y órganos de expertos designados por la Comisión de Derechos
Humanos de las Naciones Unidas (órgano con sede en Ginebra, compuesto por 53 Estados Miembros
de las Naciones Unidas), en lo que se conoce como “procedimientos especiales”.

3.1.2. El derecho a la salud


El derecho al grado máximo de salud que se pueda lograr (denominado «derecho a la salud») se
consagró por primera vez en la Constitución de la Organización Mundial de la Salud (1946) y más
adelante se reiteró en la Declaración de Alma-Ata de 1978 y en la Declaración Mundial de la Salud
adoptada por la Asamblea Mundial de la Salud en 1998.
Este derecho ha sido reafirmado en toda una serie de instrumentos internacionales y regionales de
derechos humanos. En el párrafo 1 del artículo 25 de la Declaración Universal de los Derechos
Humanos se afirma que «toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así
como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la
asistencia médica y los servicios sociales necesarios». El Pacto Internacional de Derechos Económicos,
Sociales y Culturales contiene el artículo más completo sobre el derecho a la salud de toda la
legislación internacional relativa a los derechos humanos. En el párrafo 1 de su artículo 12, los Estados
Partes reconocen «el derecho de toda persona al disfrute del más alto nivel posible de salud física y
mental», mientras que en el párrafo 2 de ese mismo artículo se enumeran, a título de ejemplo, diversas
medidas que «deberán adoptar los Estados Partes [...] a fin de asegurar la plena efectividad de este
derecho». Además, el derecho a la salud se reconoce, entre otros instrumentos, en la Convención
Internacional sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial de 1963, la Convención
sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer de 1979 y la Convención
sobre los Derechos del Niño de 1989, y en diversos instrumentos regionales de derechos humanos,
como el Protocolo Adicional a la Convención Americana sobre Derechos Humanos en Materia de
Derechos Económicos, Sociales y Culturales de 1988 (el Protocolo entró en vigor en 1999). Asimismo,
el derecho a la salud ha sido proclamado por la Comisión de Derechos Humanos y tratado más a fondo
en la Declaración y Programa de Acción de Viena de 1993 y otros instrumentos internacionales.

El derecho al goce del grado máximo de salud que se pueda lograr, previsto en el
3.1.3. derecho internacional relativo a los derechos humanos, entraña la reivindicación de que
mediante un conjunto de mecanismos sociales - normas, instituciones, leyes y un
entorno propicio - se pueda garantizar de la mejor manera el disfrute de ese derecho.
Disponibilidad, accesibilidad, aceptabilidad y calidad de los establecimientos, bienes y servicios de
salud

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En mayo de 2000, el Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, encargado de supervisar
la aplicación del Pacto, adoptó la Observación general Nº 14: El derecho al disfrute del más alto nivel
posible de salud (artículo 12). Las observaciones generales sirven para aclarar la naturaleza y el
contenido de los derechos individuales y las obligaciones de los Estados Partes (de aquellos que han
ratificado los instrumentos correspondientes). En la Observación 14 se reconoce que el derecho a la
salud está estrechamente vinculado con otros derechos - y depende de su realización -, en particular el
derecho a la alimentación, a la vivienda, al trabajo, a la educación, a la participación, al disfrute de los
beneficios del progreso científico y sus aplicaciones, a la vida, a la no discriminación, a la igualdad, a no
ser sometido a torturas, a la vida privada, al acceso a la información y a la libertad de asociación,
reunión y circulación.
Además, el Comité interpreta el derecho a la salud como un derecho inclusivo, que no sólo abarca la
atención de salud oportuna y apropiada, sino también “abarca una amplia gama de factores
socioeconómicos que promueven las condiciones merced a las cuales las personas pueden llevar una
vida sana”.

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3.2. F En la observación general se establecen cuatro “elementos esenciales e
actores interrelacionados, cuya aplicación dependerá de las condiciones prevalecientes en un
que determinado Estado Parte”, y que constituyen criterios con respecto a los cuales se
limitan el puede evaluar el respeto del derecho a la salud.
acceso a
- Disponibilidad. Deberá haber un número suficiente de establecimientos, bienes y
la salud
servicios públicos de salud y centros de atención de la salud, así como de
de los
programas. Esos servicios deberán incluir los factores determinantes básicos de la
usuarios
salud, como agua limpia potable y condiciones sanitarias adecuadas, hospitales,
de drogas
clínicas y demás establecimientos relacionados con la salud, personal médico y
Este profesional capacitado y bien remunerado habida cuenta de las condiciones que
apartado existan en el país, así como los medicamentos esenciales definidos en el Programa
analiza de Acción sobre Medicamentos Esenciales de la Organización Mundial de la Salud.
algunos - Accesibilidad. Los establecimientos, bienes y servicios de salud deben ser
factores accesibles a todos, sin discriminación alguna, dentro de la jurisdicción del Estado
que Parte. La accesibilidad presenta cuatro dimensiones superpuestas:
dificultan
o No discriminación. Los establecimientos, bienes y servicios de salud deben
la
atención ser accesibles a todas las personas, de hecho y de derecho, sin
integral de discriminación alguna por cualquiera de los motivos prohibidos.
los o Accesibilidad física. Los establecimientos, bienes y servicios de salud
usuarios deberán estar al alcance geográfico de todos los sectores de la población,
de drogas. en especial los grupos vulnerables o marginados, como las minorías étnicas
Sin y poblaciones indígenas, las mujeres, los niños, los adolescentes, las
personas mayores, las personas con discapacidades y las personas con
VIH/SIDA, inclusive en las zonas rurales.
o Accesibilidad económica (asequibilidad). Los establecimientos, bienes y
servicios de salud deberán estar al alcance de todos. Los pagos por
servicios de atención de la salud y servicios relacionados con los factores
determinantes básicos de la salud deberán basarse en el principio de la
equidad, a fin de asegurar que esos servicios, sean públicos o privados,
estén al alcance de todos.
o Acceso a la información. El acceso a la información comprende el derecho
de solicitar, recibir y difundir información e ideas acerca de las cuestiones
relacionadas con la salud. Con todo, el acceso a la información no debe
menoscabar el derecho de que los datos personales relativos a la salud
sean tratados con confidencialidad.
- Aceptabilidad. Todos los establecimientos, bienes y servicios de salud deberán ser
respetuosos de la ética médica, culturalmente apropiados y sensibles a los
requisitos del género y el ciclo de vida, y deberán estar concebidos para respetar la
confidencialidad y mejorar el estado de salud de las personas de que se trate.
- Calidad. Los establecimientos, bienes y servicios de salud deberán ser apropiados
desde el personal médico capacitado, medicamentos y equipo hospitalario
científicamente aprobados y en buen estado, agua limpia potable y condiciones
sanitarias adecuadas.

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desconocer la compleja interacción entre las cuestiones de salud, la dimensión legal y las condiciones
socioeconómicas y políticas, nos centraremos en las representaciones sociales sobre el uso y los
usuarios de sustancias ilegales, fuente de procesos de estigmatización y discriminación social y
abordaremos la particular situación de vulnerabilidad de los usuarios de drogas, que impacta
negativamente en el reconocimiento y ejercicio de sus derechos.

3.2.1. Representaciones sociales sobre el uso y los usuarios de sustancias ilícitas


A finales de los años sesenta, Berger y Luckmann (1968) marcaron un hito en el desarrollo de las
corrientes simbólicas al mostrar que toda la realidad social es una construcción de la misma sociedad.
Los significados que una sociedad da a una cierta cosa repercuten en el modo mismo de ser de esa
cosa, en las formas en que nos comportamos en relación a ella, y también en las maneras en que la
“cosa” se comporta. De ahí que hechos que consideramos objetivos “verdaderos” y “eternos”, son
producto de procesos sociales generados por circunstancias históricas específicas.

Desde esta perspectiva nos resulta útil el concepto de representaciones sociales para
Las interpretar la construc¬ción social del “problema droga”. Este concepto que permite
articular aspectos de lo psicológico y lo social, refiere a “imágenes que condensan un
conjunto de significados; sistemas de referencia que nos permiten interpretar lo que
nos sucede, categorías que sirven para clasificar las circunstancias, los fenómenos y a
los individuos con quienes tenemos algo que ver; teorías que permiten establecer
hechos sobre ellos” (Jodelet, 1986:472-473).
representaciones sociales no se corresponden necesariamente con las características objetivas del
fenómeno en sí. Pero, en los fenómenos sociales, es tan importante lo que la gente cree que pasa como
lo que en realidad pasa. Para la gran mayoría de la población -incluidos los propios usuarios de drogas-
el “problema droga” se define y se diseñan respuestas al mismo, a partir de una serie de preconceptos y
estereotipos. Alessandro Baratta (1994) reconoce al menos cuatro elementos que caracterizan la
“construcción de la realidad” sobre el tema drogas:
 Establecer un vínculo necesario entre consumo y dependencia.
 Suponer la vinculación de los usuarios de drogas con una subcultura con un sentido diferente de
la realidad al de la mayoría “normal”.
 Asociar el uso de drogas con el comportamiento delictivo que separa de la vida productiva e
introduce en carreras criminales.
 Considerar a los “adictos” en estado de enfermedad psico-física y a la “dependencia” como
irreversible.

Carlos Esta construcción del “problema droga” está conformada por estereotipos, es decir
González imágenes mentales muy simplificadas y con pocos detalles.
Zorrilla
(1987) señala que el propio concepto de droga es una noción que no responde a la lógica científica.
Para la representación social, la droga siempre es un producto “mortalmente dañino”, lo que justificaría
la prohibición de su uso. Por ello, considera drogas a algunas sustancias (cocaína, cannabis, opiáceos)
y no reconoce como tales a las sustancias permitidas (alcohol, tabaco, psicofármacos) o, en todo caso,
estima que su nocividad es mucho menor.
Como correlato de la distorsión del concepto de droga, se instala lo que se ha llamado el fetichismo de
la sustancia. “La droga no es un objeto de comunicación plana, sin relieve, está animada por la cultura.

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Desde esta perspectiva los objetos no son sólo cosas, resultan producto de la complejidad humana, de
representaciones simbólicas y relaciones sociales. Los objetos –como la droga– se encuentran
revestidos de totetismos y fetiche” (Bialakowsk y Cattani, 2001:11).
La droga se identifica con un ente mágico, se le asignan poderes y capacidades contaminantes, se la
explica como algo externo a la sociedad que amenaza a la población “sana”.

Por Otro contenido presente en las representaciones sociales de la “droga” la identifica


último, la como expresión de una actitud individual o colectiva de oposición a la sociedad, de no
imagen aceptación de las normas sociales; a su vez se asocia a los jóvenes con esta postura.
del
usuario de drogas constituye otro estereotipo. Debido a las distorsiones en las representaciones
sociales, en el caso de las sustancias ilegales no se admiten diferencias en los patrones de consumo.
Esto es, al consumidor –cualquiera sea la dosis, frecuencia y circunstancias del uso– se lo asocia con
un patrón único de uso de drogas y con escasos vínculos sociales e institucionales. Se lo considera un
“adicto”, lo que deriva en identificarlo necesariamente como alguien peligroso “para sí” o “para otros”,
violento, con una personalidad autodestructiva y una actitud despreocupada respecto de su salud.

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3.2.2. Estigma y discriminación
Como resultado de los estereotipos anteriormente descriptos, muchos usos de drogas constituyen
estigmas. En relación a este concepto, introducido en los años sesenta al análisis sociológico, Erving
Goffman señala: “Los griegos, que aparentemente sabían mucho de medios visuales, crearon el término
estigma para referirse a signos corporales con los cuales se intentaba exhibir algo malo y poco habitual
en el status moral de quien los presentaba. Los signos consistían en cortes o quemaduras en el cuerpo,
y advertían que el portador era un esclavo, un criminal o un traidor –una persona corrupta, ritualmente
deshonrada, a quien debía evitarse, especialmente en lugares públicos-. Más tarde, durante el
cristianismo, se agregaron al término dos significados metafóricos: el primero hacía alusión a signos
corporales de la gracia divina, que tomaban la forma de brotes eruptivos en la piel; el segundo,
referencia médica indirecta de esta alusión religiosa, a los signos corporales de perturbación física. En
la actualidad, la palabra es ampliamente utilizada con un sentido bastante parecido al original, pero con
ella se designa preferentemente al mal en sí mismo y no a sus manifestaciones corporales. Además, los
tipos de males que despiertan preocupación han cambiado” (Goffman, 1986:11).
Goffman describe el estigma como un proceso de devaluación que «desacredita significativamente» a
un individuo ante los ojos de los demás. Los atributos que justifican el estigma pueden ser totalmente
arbitrarios; por ejemplo, color de la piel, manera de hablar o preferencias sexuales. Dentro de culturas o
contextos particulares, ciertos atributos se magnifican y son definidos por los demás como deshonrosos
o indignos.

Estudios Este autor argumenta que al individuo estigmatizado se lo ve como una persona con
una “diferencia indeseable”. Señala también que la sociedad conceptúa el estigma en
función de lo que constituye la “diferencia” o “desviación”, y aplica reglas o castigos que
conducen a una suerte de “identidad deteriorada” en el individuo en cuestión. De este
modo, la etiqueta del estigma -entendido como un atributo negativo- se les coloca a las
personas, quienes a su vez y en virtud de su diferencia, son valoradas negativamente
por la sociedad.
antropológicos más recientes señalan las limitaciones de este enfoque en torno al estigma,
caracterizándolo como individualista e indicando que reduce el problema al estudio de atributos
desacreditadores, considerados como culturalmente construidos en el marco de las interacciones entre
individuos o grupos, y sobre todo, de relaciones diádicas o microgrupales.
Parker y Aggleton (2003) han indicado como parte sustancial de las limitaciones que, si bien se
reconoce la complejidad y diversidad cultural de la estigmatización y discriminación, las aproximaciones
conceptuales tienden a considerar la estigmatización en términos estáticos y a enfatizar su construcción
cultural, independizando estos fenómenos de las condiciones estructurales y los contextos de
desigualdad y poder en los que anclan la construcción de estos estereotipos. Como correlato,
reproduciendo las definiciones de sentido común, la discriminación queda reducida a una cuestión de
“trato injusto”, dependiente de voluntades individuales o grupales.
Cuando el estigma se instala, el resultado es la discriminación.

La discriminación hace referencia a cualquier forma de distinción, exclusión o


restricción arbitrarias que afecte a una persona, generalmente pero no exclusivamente,
por motivo de una característica personal inherente o por su presunta pertenencia a un
grupo concreto, con independencia de que exista o no alguna justificación para tales
medidas.

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La discriminación consta de tres componentes: las actitudes discriminatorias (también conocidas
como prejuicios), el comportamiento discriminatorio y la discriminación. Los dos primeros (las
actitudes y el comportamiento discriminatorios) se aplican a las personas que están dentro de la norma
social; en cambio, el último (la discriminación) se aplica a la relación entre los que están dentro de la
norma social y los estigmatizados. “El estigma y la discriminación existen en un círculo vicioso. El
estigma facilita o promueve las actitudes discriminatorias. Estas actitudes a menudo se reflejan en el
comportamiento que da lugar a actos de discriminación. Los actos de discriminación acentúan o
favorecen el estigma” (Foreman et al, 2003:12)
El siguiente ejemplo da cuenta de hasta qué punto los usuarios de drogas son víctimas del estigma y la
discriminación. “En uno de los pocos informes que ha examinado la discriminación contra los
consumidores de drogas inyectables (...) se llegó a la conclusión de que cierta proporción de los 300
consumidores de drogas inyectables en Nueva Gales del Sur, Australia, había sido ‘maltratada` por la
policía (80%), el personal del hospital (60%), los médicos (57%), los farmacéuticos (57%), los
empleadores (47%), los dentistas (33%), los proveedores de metadona (33%), los servicios de
tratamiento de abuso de sustancias (33%) y los trabajadores de salud de la comunidad (7%). Según el
informe: ‘Las experiencias de discriminación son tan comunes e implacables que muchos usuarios no
se dan cuenta que los discriminan. Parece normal ser tratado mal y vilipendiado si se es usuario`”
(Burrows, citado en Foreman et al, 2003:16).

3.2.3. Vulnerabilidad social y uso de drogas


La investigación internacional en materia de VIH ha realizado importantes aportes para comprender la
particular situación de vulnerabilidad de individuos y grupos, entre ellos los usuarios de drogas. Autores
como Parker, Easton y Klein (2000) indican que existe en la actualidad un importante corpus que ha
desplazado su enfoque desde los comportamientos individuales hacia el examen de las fuerzas
estructurales y los contextos socioculturales.
Algunos estudios tienden a encuadrar las discusiones en términos de “economía política” y buscan
subrayar las formas en las que procesos históricos generales en la economía y la sociedad han
contribuido a desigualdades en la estructura social (tales como clase, raza, etnia y género) que a su vez
condicionan la vulnerabilidad de diferentes individuos y grupos.
Otras investigaciones se enmarcan en términos de “factores estructurales y del entorno”, incluyendo las
desigualdades sociales estructurales así como las políticas y las prácticas institucionales, que influyen el
contexto de las conductas de riesgo y de cuidado. Estos estudios se han focalizado en los efectos
interactivos o sinérgicos de factores sociales tales como la pobreza y la explotación económica, el poder
de género, la opresión sexual y el racismo, que crean lo que puede describirse como “violencia
estructural” que determina directamente la vulnerabilidad social de grupos e individuos. También se ha
vinculado esto con las formas en que tal violencia estructural se sitúa en sistemas políticos y
económicos históricamente constituidos, sistemas en los cuales diversos procesos y políticas
(relacionados al desarrollo económico, la vivienda, el trabajo, las migraciones, la salud, la educación y el
bienestar social) afectan las situaciones de vulnerabilidad.
A su vez, el estigma y la discriminación constituyen también otros factores estructurales que aumentan
la vulnerabilidad.

Entendemos entonces a la vulnerabilidad como una condición estructural que expresa


el daño potencial a la salud en personas sin poder social, al que se puede asociar la
violación de derechos humanos como resultado de la carencia de recursos
económicos, sociales y legales, de la condena social a conductas consideradas
reprochables, del estigma y la discriminación.

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Como han indicado Hernández-Rosete Martínez et al (2005), la vulnerabilidad es un fenómeno que se
produce históricamente y se puede conceptualizar como el conjunto de factores económicos, políticos y
socioculturales que, ligados a la identidad e historia de vida de las personas (sexo, edad, escolaridad,
condición étnica, nivel socioeconómico), colocan a los individuos en situaciones que pueden limitar su
capacidad para evitar o reducir riesgos y daños. Por eso, la vulnerabilidad es una condición que se
adquiere en el proceso de interacción entre los sujetos y los contextos por los que transitan, y que
depende de las condiciones estructurales en que se desenvuelven las poblaciones.
Podemos entonces relacionar la vulnerabilidad de los usuarios de drogas con al menos los siguientes
indicadores:
 Las altas tasas de inequidad social
 La pobreza
 La situación legal de las sustancias ilícitas
 El encarcelamiento frecuente
 El estigma asociado al uso de drogas ilícitas
 Las políticas de drogas
 Las prácticas institucionales
 El rol social definido por el sexo y la edad

3.3. El derecho a la salud y la fiscalización de drogas

En este apartado se relacionan los principios de derechos humanos y los criterios para valorar el
cumplimiento del derecho a la salud con las medidas emanadas del sistema de fiscalización de drogas.
La presentación de algunos ejemplos reales de abusos y violaciones nos permitirá corroborar la
necesidad de una activa defensa de los derechos humanos como horizonte político que debe orientar
las diversas respuestas sociales que se instrumentan en relación con el uso y los usuarios de
sustancias psicoactivas.

3.3.1. Divergencias entre el sistema de fiscalización de drogas y los principios de derechos humanos
El sistema actual de fiscalización de drogas en todo el mundo se basa en dos convenciones y un
convenio internacionales: la Convención Única de Estupefacientes de 1961, enmendada por el
Protocolo de 1972; el Convenio sobre Sustancias Psicotrópicas de 1971; y la Convención contra el
Tráfico Ilícito de Estupefacientes y Sustancias Psicotrópicas de 1988.

La noción Las tres convenciones sobre el control de drogas de las Naciones Unidas se fundan en
de la prohibición de una serie de sustancias y en el establecimiento de medidas para
eliminar su producción, distribución y consumo.
prohibición, construida a lo largo del siglo XX, resulta clave para la génesis de los estereotipos
anteriormente descriptos y alimenta los procesos de estigmatización social. Sobre este concepto se
construye socialmente el problema de las drogas -en tanto sustancias prohibidas-, y de su uso, en tanto
desvío. La prohibición se constituye en una encrucijada en la que se reencuentran dos lógicas: la
sanitaria, de cura, y la punitiva, de control (Touzé, 2006).

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El sistema internacional de fiscalización de drogas se desarrolló sobre la premisa de que la reducción
del mercado de drogas ilícitas puede lograrse con medidas prohibicionistas de control de la oferta. A
pesar de que las convenciones relativas a las drogas mencionan la preocupación por la “salud y el
bienestar de la humanidad”, esto no se refleja en forma proporcional en las convenciones, que se
enfocan principalmente en la criminalización y contienen limitadas previsiones para el tratamiento y la
rehabilitación de las personas que usan drogas (Barret et al, 2008). Por su parte, el sistema
internacional de derechos humanos, además de las protecciones específicas y las libertades
establecidas en cada tratado de derechos humanos, sostiene una serie de principios claves que son de
considerable relevancia para el control internacional de drogas.

El principio de no discriminación
Este principio se encuentra en todos los tratados de derechos humanos y establece para los estados
dos obligaciones separadas pero relacionadas. Una es la “obligación negativa” de evitar discriminar a
individuos o grupos en base a una serie de motivos como raza, color, sexo, idioma, religión, opinión
política, etc., o “por otras condiciones”, lo que se interpreta que incluye condiciones de salud. El
segundo aspecto es la “obligación positiva” de identificar a individuos o grupos que requieren medidas
especiales para disminuir o eliminar las condiciones que causan discriminación.
A pesar de estas obligaciones positivas y negativas, existen ejemplos de la aplicación desproporcionada
de las leyes penales relacionadas con el control de drogas en indígenas, minorías étnicas y poblaciones
en situación de pobreza. Por ejemplo, un estudio de Human Rights Watch (2000) muestra que en
Estados Unidos los hombres afroamericanos son encarcelados en causas por drogas, 13,4 veces más
que los hombres blancos, a pesar de que hay 5 veces más usuarios de drogas blancos que negros. En
Nueva York, el 94% de los sentenciados por delitos de drogas son afroamericanos o hispanos.

El principio de protección a los más vulnerables


Este principio permea todo el sistema de derechos humanos. No obstante, las personas que usan
drogas (a menudo las más marginalizadas en una comunidad) son criminalizadas y estigmatizadas.
Estudios realizados en Argentina y Brasil, por ejemplo, señalan que el mayor número de procesados por
infracción a las leyes de drogas, son personas (en general hombres jóvenes) que fueron detenidas en la
vía pública, con escasa cantidad de drogas y sin estar cometiendo otro delito (Metaal y Youngers, ed.,
2010).
A su vez, las comunidades campesinas en países en desarrollo enfrentan la peor parte de los esfuerzos
de control de la oferta. La erradicación de cultivos y, en particular las fumigaciones aéreas, son un claro
ejemplo. En su informe sobre Colombia, el Comité de los Derechos del Niño señalaba su “preocupación
por los problemas de salud ambientales por el uso de la sustancia glifosato en las campañas de
fumigación aérea de las plantaciones de coca (que forman parte del Plan Colombia), ya que afectan la
salud de grupos vulnerables, incluidos niños” (Comité de los Derechos del Niño, 2006:14).

El principio de empoderamiento
Este principio se refleja en los tratados de derechos humanos en cuestiones como la autodeterminación
de las personas, los derechos a la libertad de expresión, religión, a la intimidad y a la asociación, el
derecho a la participación política, el derecho de los niños a ser escuchados, etc. Estrechamente
conectada a este principio está la necesidad de involucrar a la sociedad civil y de consultar y escuchar a
las comunidades afectadas en la toma de decisiones que las afectan. Una de las formulaciones más

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importantes de este principio es la “Mayor Participación de las Personas que Viven con o están
Afectadas por el VIH/SIDA”, conocido como el principio GIPA (ONUSIDA, 1999). Al respecto, el sistema
de control de drogas se mantiene muy rezagado.

3.3.2. Fiscalización de drogas y violaciones de derechos


En agosto de 2010, el Relator Especial sobre el derecho de toda persona al disfrute del más alto nivel
posible de salud física y mental presentó a la Asamblea General de Naciones Unidas un informe
examinando las medidas que atañen fundamentalmente al consumo y la tenencia de sustancias
psicoactivas, y sus diversos efectos en el derecho a la salud.

Atención a El informe señala: “La penalización del consumo y la tenencia de drogas constituye una
usuarios violación de varios derechos humanos, incluido el derecho a la salud. Otras
de drogas infracciones del derecho a la salud son menos directas, pero se derivan del desvirtuado
y criterios objetivo del régimen internacional de fiscalización de drogas: por ejemplo, el acceso
de insuficiente a medicamentos esenciales. El Relator Especial considera que cada una
de esas violaciones tiene su origen en última instancia en la atención
desproporcionada que se da a la penalización y las prácticas de aplicación de la ley a
expensas del disfrute del derecho a la salud y la reducción de los daños asociados a
las drogas” (Grover, 2010:9).
disponibilidad, accesibilidad, aceptabilidad y calidad de los servicios
Como señala Diana Rossi, en América Latina y el Caribe “la mayor parte de los tratamientos para
usuarios de drogas contemplados dentro de las políticas públicas están orientados al abandono del
consumo” (Rossi, 2009:36). Otros expertos indican que la investigación sobre “patrones de utilización
de servicios, efectividad y eficacia de los tratamientos virtualmente no existe en América Latina” (Aguilar
et al, 2006:S89). Lo que es evidente es que, en muchos países de la región, resulta insuficiente el
número de servicios de atención para los usuarios de drogas.
Esta falta de disponibilidad no solamente impide satisfacer la demanda de tratamiento sino que puede
traer aparejadas otras consecuencias. Por ejemplo, en la Provincia de Mendoza, Argentina, una mujer
fue condenada a la pena de 6 meses de prisión, condena que se dejó supeditada a la realización de una
medida de seguridad curativa. El tiempo pasó y la mujer no realizó el tratamiento. Ante esta situación los
jueces consideraron que la falta de cumplimiento, aun cuando en esa región de la Argentina no existían
organismos públicos para realizarlo -circunstancia que se menciona en el voto en disidencia- debía
sancionarse con el cumplimiento efectivo de esa pena (Tribunal Oral Criminal Federal N° 1 de Mendoza,
1998).
Con respecto a los programas de reducción de daños, “han sido poco sistemáticos, han tenido escasa
cobertura y no se han replicado en la medida de lo necesario” (Rossi, 2009:37). Según releva la
International Harm Reduction Association, “la mayoría de los programas de intercambio de jeringas
operan en Brasil y Argentina, aunque hay pequeños proyectos en otros países. México y Colombia, con
más usuarios de heroína que otros países latinoamericanos, son los únicos estados que prescriben
tratamiento de sustitución por opiáceos y la cobertura es baja. El desarrollo de intervenciones de
reducción de daños para cocaína y sus derivados es incipiente” (Cook, 2010:44).
A la escasa disponibilidad se suman los problemas de accesibilidad a los servicios de atención, en
buena medida provocados por la criminalización y estigmatización que sufren los usuarios de drogas.
Como indica el Relator Especial en su informe: “Las personas que consumen drogas tal vez eviten

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solicitar atención médica por temor a que la información sobre su consumo de drogas sea compartida
con las autoridades, lo cual podría conducir a su detención, encarcelamiento o tratamiento contra su
voluntad” (Grover, 2010:9). Al respecto resulta interesante un fallo de la Corte Suprema de Justicia de
Argentina que absolvió a una persona que había sido acusada del delito de transporte de
estupefacientes tras haber sido intervenido quirúrgicamente en un hospital público por una obstrucción
intestinal producida por la presencia de cápsulas —que más tarde se determinó contenían clorhidrato de
cocaína-, lo cual fue puesto en conocimiento de personal policial por los profesionales médicos. Entre
otros argumentos, los jueces de la Corte priorizaron el derecho a la vida por sobre el derecho del Estado
a perseguir al responsable de un delito, argumentando que “el principio republicano de gobierno impide
que el Estado persiga delitos valiéndose de medios inmorales, como sería aprovecharse del inminente
peligro de muerte que pesa sobre el procesado que acude a la atención médica, mediante la imposición
de un deber al médico que lo convierta en un agente de la persecución penal del Estado” (Corte
Suprema de Justicia de Argentina, 2010:454).
También los usuarios de drogas suelen sufrir discriminación cuando concurren a los servicios de salud.
Un estudio realizado en las ciudades de Buenos Aires y Rosario, Argentina, indagó las representaciones
de los trabajadores de salud respecto de las barreras de acceso. Al referirse a todos los pacientes que
llegan a sus servicios, los trabajadores de salud ofrecieron una mirada crítica hacia el sistema de salud
en el que están insertos, al señalar como obstáculos los problemas organizacionales, la atención
hospitalaria y la falta de recursos en los hospitales. Pero al especificar sobre los usuarios de drogas
individualizaron el problema del acceso o lo redujeron a problemas del propio sujeto, mientras que las
cuestiones de tipo organizacional no aparecían como una barrera importante. “Estas interpretaciones
ponen de manifiesto las representaciones sociales de los trabajadores sobre los usuarios de drogas,
argumentando que la barrera de acceso de tipo cultural se relacionaba con ‘el estilo de vida’ del sujeto,
la no preocupación por su salud y/o el ‘olvido’ de las citas pautadas aduciendo, por ejemplo, que no
concurrían a las consultas ‘por estar drogados’” (Rossi et al, 2007:38).
Las desigualdades estructurales y la discriminación se observan también en el acceso de los usuarios
de drogas que viven con VIH. Investigadores brasileños encontraron que “aunque los UDIs (usuarios de
drogas inyectables) no diferían en términos del número promedio de consultas y mostraban períodos
más largos de atención, tenían significativamente menores oportunidades de recibir prescripciones de
ARV (antirretrovirales), y solicitudes de recuento de CD4 y carga viral” (de Melo et al, 2006). Otro
estudio halló que, pese a la política brasileña de acceso universal y gratuito al tratamiento para
VIH/sida, el riesgo de muerte para los usuarios de drogas inyectables es dos veces más alto que para
los hombres que tienen sexo con otros hombres (Malta et al, 2009).
El acceso a la información también suele ser objeto de restricciones, pudiendo llegar a penalizar al
personal que realiza trabajo de campo con usuarios de drogas. En 2004, un particular efectuó una
denuncia contra una organización no gubernamental argentina que desarrollaba actividades de
reducción de daños, por la presunta comisión del delito de “apología del consumo de drogas”. El juez
interviniente desestimó la denuncia, basado en el dictamen del fiscal quien indicó que las instrucciones
dadas “no intentan fomentar o instruir a las personas para el consumo de estupefacientes, sino que,
partiendo de la base que es una realidad que la gente consume estupefacientes, se debe procurar que
no dañen aún más la salud a causa de droga adulterada y combinándola con elementos que produzcan
mayor perjuicio” (Tribunal Oral Federal de Buenos Aires, Secretaría 7, 2004). Si bien la situación se
resolvió en el ámbito judicial, es indicativa de los obstáculos que pueden enfrentar intervenciones
orientados a reducir la exposición a mayores riesgos en el consumo de drogas.

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La aceptabilidad y calidad de los servicios para usuarios de drogas en muchas ocasiones tampoco
alcanzan estándares mínimos. En su informe, el Relator Especial aborda “los programas de tratamiento
obligatorio que utilizan principalmente intervenciones disciplinarias, sin tener en cuenta las pruebas
médicas. En esos programas no suele haber acceso a un personal médico capacitado para atender los
trastornos relacionados con la drogodependencia como enfermedades. El trabajo forzoso, la reclusión
en régimen de aislamiento y los tratamientos experimentales administrados sin consentimiento del
paciente violan las normas internacionales de derechos humanos y son sucedáneos ilegítimos de
medidas fundamentadas en pruebas, como la terapia de sustitución, las intervenciones psicológicas y
otras formas de tratamiento administrado con el consentimiento pleno e informado del paciente” (Grover,
2010:12). En enero de 2012, un incendio en un “centro de rehabilitación para drogadictos y alcohólicos”
en Lima, Perú, dejó un saldo de 27 muertos; los internos no pudieron escapar pues estaban
encerrados. Testimonios recogidos por medios periodísticos dan cuenta de las características de los
servicios que el centro ofrecía: “Solo cuando nos portábamos mal, recibíamos un correctivo. Nos ponían
a meditar, sin ver tele, todo el día con tu biblia o sin dormir. Correctivos suaves, no más (…) “En un
cuarto entraban tres camarotes de tres pisos, cada uno dormía en un camarote. En la sala dormían los
que no tenían cama, había colchonetas, eran las personas mayores” (ElComercio.pe, 2012).

Un enfoque de la fiscalización de las drogas basado en los derechos humanos


Como indicábamos en la introducción, las Estrategias aprobadas por la CICAD y la OPS han incluido
explícitamente el tema de los derechos humanos en el tratamiento de los problemas vinculados a las
sustancias psicoactivas, haciéndose eco de la Resolución 51/12 de la Comisión de Estupefacientes que
reafirmó que “la lucha contra el problema mundial de las drogas es una responsabilidad común y
compartida a la que se ha de hacer frente en un contexto multilateral, que exige un planteamiento
integral y equilibrado y que ha de llevarse a cabo en plena conformidad con los objetivos y principios de
la Carta de las Naciones Unidas y otras disposiciones del derecho internacional, en particular, con pleno
respeto de (…) todos los derechos humanos y las libertades fundamentales” (Comisión de
Estupefacientes, 2008).
Estos énfasis deben leerse en clave de la falta de coordinación y de debate que todavía existe entre los
organismos que se ocupan de la lucha contra las drogas y los que se ocupan de los derechos humanos.
Un camino posible para iniciar su superación son las recomendaciones formuladas a los Estados
Miembros por el Relator Especial sobre el derecho de toda persona al disfrute del más alto nivel posible
de salud física y mental:

“- Garantizar que todas las medidas encaminadas a reducir los daños ocasionados por
las drogas (conforme los detalla el ONUSIDA) y los servicios destinados a tratar la
dependencia de las drogas, en especial, la terapia de sustitución de opiáceos, estén a
disposición de los consumidores de drogas, sobre todo entre la población penitenciaria.
- Destipificar como delito o despenalizar la posesión y el uso de drogas.
- Derogar o reformar de manera importante la legislación y las normas que coartan la
prestación de servicios de salud esenciales a los consumidores de drogas, y examinar
las iniciativas relativas a la imposición de la ley en materia de fiscalización de drogas
para garantizar que se cumplan las obligaciones ligadas a los derechos humanos.
- Enmendar las leyes, las regulaciones y las normas para aumentar el acceso a los
medicamentos esenciales sujetos a fiscalización” (Grover, 2010:27).

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4. Futuro
Durante demasiado tiempo hemos visto cómo los prejuicios, los dogmas y el engañoso sentido común
han hecho que la investigación rigurosa no sea siempre tenida en cuenta en el diseño y la aplicación de
las políticas. Hemos constatado que las políticas de drogas potenciaron una construcción
estigmatizante, centrándose en las categorías de delito y enfermedad, ocultando así las profundas
raíces sociales del problema y consolidando procesos de criminalización y medicalización que acarrean
tanto sufrimiento.
Creemos llegado el momento de fortalecer una agenda de trabajo que contemple varios aspectos:
- Ampliar los puntos de vista del análisis en una perspectiva interdisciplinaria, reconocer la
complejidad del problema en los múltiples contextos, y redefinir las terminologías, los
argumentos y las intervenciones.
- Instar al trabajo multisectorial entre distintas áreas de gobierno con la participación de la
academia, la sociedad civil y los propios usuarios de drogas.
- Teniendo en cuenta las barreras producto del deterioro de las condiciones de supervivencia
y desamparo de los mínimos derechos de los usuarios que viven en condiciones de
pobreza, articular propuestas que combinen la despenalización del uso y la posesión de
drogas con sistemas de protección social, dada la superposición entre criminalización de
usuarios de drogas y de sectores empobrecidos y vulnerables en contextos de crisis.
- Entendiendo que la salud es una cuestión indisociable del respeto de los derechos
humanos fundamentales, desarrollar políticas y programas para la atención integral de los
usuarios de drogas, así como la diversificación de la oferta de cuidados. Esto
necesariamente debe conllevar el incremento de los recursos y las prioridades para la
reducción de la demanda, incluyendo una amplia gama de acciones que abarquen
prevención, tratamiento, rehabilitación, reducción de daños e integración social, en el
marco de programas de inclusión social que reduzcan la pobreza y la marginación que se
enlazan al problema de las drogas.
Tenemos la certeza de que debemos continuar con los esfuerzos en el control de las drogas, pero es
necesario preguntarnos qué clase de esfuerzos y en qué combinación tendrán el mayor impacto positivo
en su uso problemático, y en el tipo, gravedad, y distribución de los daños. La persecución a los
usuarios de drogas, que por otra parte se aplica en forma desigual recayendo sobre los sectores
pobres, dificulta su acceso al cuidado de la salud y los somete a intolerables situaciones de
discriminación. El desafío es repensar los modelos regulatorios e identificar políticas que protejan
simultáneamente la salud pública, los derechos humanos y el orden público.

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5. Lecturas recomendadas
Reproducimos a continuación algunas citas bibliográficas, invitando a la lectura del material completo
disponible en la web.

1. El filósofo chileno Martín Hopenhayn deconstruye el problema de la droga utilizando la noción de


“fantasma”, que le sirve para señalar la brecha entre la percepción del problema y la magnitud del
mismo, develar su uso político con fines de control social y también de hegemonía global, y que opera
estigmatizando grupos de población.
“La droga es un fantasma en la medida que su incidencia estadística no guarda proporción con su
resonancia simbólica. Hay algo de signo, de señal y de síntoma en la droga, o más bien en la proyección
significante que la sociedad hace sobre la sustancia-droga, que hace que su impacto desborde ampliamente
su efecto o su daño “medible”. Importa, entonces, deconstruir el fantasma, vale decir, desmontar el
prejuicio común respecto del daño efectivo de la droga en la sociedad (daño estadísticamente acordado por
la tasa de prevalencia de consumo/mes) y reconstruir, desde allí, las zonas de transferencia que explican el
fantasma. Definiré aquí tales zonas de transferencia como los desplazamientos imaginarios desde un ámbito
de problemas a otro ámbito, en el entendido que la sobrecarga simbólica de la droga viene dada por la
proyección desde otros problemas sociales, más o menos difusos, hacia esta sustancia que “concentra”
temores y aprehensiones que tienen otro origen.
Dicho de otro modo, lo propio del fantasma, en este caso, es su condición de “punta de iceberg” y de
“caballo de Troya”. Lo primero, porque la aprehensión frente al consumo de drogas revela temores y
vulnerabilidades respecto de dinámicas societales que trascienden largamente la droga misma, pero que a la
vez se condensan imaginariamente en el uso de drogas. Lo segundo –el caballo de Troya- porque la lucha
contra el consumo de drogas enmascara un cúmulo de agresiones, más o menos indefinidas en sus
motivaciones y objetos reales, y que se escudan tras la cruzada por “una sociedad libre de drogas.”

Hopenhayn, Martín (2002) Droga y Violencia: Fantasmas de la Nueva Metrópoli Latinoamericana. En: Polis.
Revista Académica de la Universidad Bolivariana, Volumen I, Nª 3. Santiago, Chile.
Disponible en: http://redalyc.uaemex.mx/pdf/305/30510304.pdf

2. La antropóloga argentina Mabel Grimberg desarrolla un enfoque antropológico político de la


estigmatización y la discriminación, indicando su arraigo en el ámbito del poder, la dominación y las
desigualdades sociales, que a su vez refuerzan.
“Como he propuesto en otro trabajo, los estereotipos estigmatizantes y las prácticas discriminatorias se
producen y mantienen desde modos de relación y prácticas entre conjuntos sociales en desiguales
relaciones de poder, contribuyen, a la vez, a legitimar y reforzar esas desigualdades (Grimberg, 2002, 2003).
Por eso, más que de ‘estigma`, que induce a una visión individual y estática, resulta adecuado entender
estos fenómenos como un proceso social e histórico en constante cambio, en el que nuevos y viejos
sentidos y prácticas sociales son producidos, reactualizados y frecuentemente resistidos (Parker y Aggleton,
2003).

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En este marco, me interesa subrayar que los procesos de estigmatización no pueden comprenderse fuera de
su entramado a prácticas de discriminación social que impactan la vida y las identidades de vastos conjuntos
sociales. Estas prácticas de discriminación articulan dispositivos de dominación y opresión entre categorías
de clase, género, edad, étnicas etc., que se traducen en diversas formas de sufrimiento social, persecución y
violencias contra sujetos y grupos. De ahí la necesidad de un enfoque antropológico político que entienda la
estigmatización y la discriminación social como un proceso histórico social, que opera en estructuras de
desigualdades sociales y políticas, resistencias y negociaciones en el marco de un campo societal de disputa
por la hegemonía y la legitimación del poder.”

Grimberg, M. (2003) Estigmatización y discriminación social relacionada al VIH en países de América Latina:
sexualidad y uso de drogas en jóvenes en contextos de precarización social urbana. En: Estigma y
discriminación por el VIH/sida: un enfoque antropológico, Estudios e Informes, Serie Especial, Número 20.
División de Políticas Culturales y Diálogo Intercultural, UNESCO. 11-22.
Disponible en: http://unesdoc.unesco.org/images/0013/001307/130756s.pdf

3. Un grupo de expertos internacionales presenta un análisis crítico de los sistemas de la ONU sobre
fiscalización de drogas y derechos humanos y su relación relativa con el gobierno general de la ONU, y
explica los fundamentos de la primacía de los derechos humanos.
“El derecho internacional de los derechos humanos –—basado en la Carta de las Naciones Unidas, la
Declaración Universal y numerosos tratados internacionales— brinda una vía para abordar las deficiencias
históricas y sistémicas, y las insuficiencias e inequidades del sistema internacional de fiscalización de
drogas, y para trabajar con el objeto de evitar nuevas violaciones y la aplicación de medidas
desproporcionadas como las descritas previamente. Más que un mero contrapeso respecto a los tratados
sobre fiscalización de drogas, las normas sobre derechos humanos ocupan una posición de mucha mayor
autoridad legal. En realidad, para que el sistema de fiscalización de drogas de las Naciones Unidas sea
compatible con las obligaciones de la organización establecidas en la Carta, los derechos humanos no
deben ser considerados solamente como una herramienta para corregir abusos específicos, sino como un
tamiz a través del cual deben filtrarse todas las iniciativas de fiscalización de drogas. Por lo tanto, lo que se
necesita, si la ONU desea crear la base para la fiscalización de drogas y si se piensa en prevenir abusos
específicos de los derechos humanos, es un enfoque de las políticas y actividades de fiscalización de drogas
que esté basado en los derechos humanos.”

Barret, D.; Lines, R.; Schleifer, R.; Elliot, R.; Bewley-Taylor, D. (2008) Reajustar el Régimen: la necesidad de
una política internacional de drogas basada en derechos humanos fundamentales. Londres: Beckley
Foundation.
Disponible en: http://www.ihra.net/files/2010/06/16/BarrettRecalibratingTheRegimeSpanish.pdf

4. La Comisión Global de Políticas de Drogas, conformada por 19 personalidades reconocidas del


mundo académico y político, acordó en cuatro principios fundamentales que debieran guiar las
estrategias y las políticas de drogas nacionales e internacionales. Una de ellos se desarrolla en la
siguiente cita:
“Las políticas de drogas deben llevarse a cabo de una manera integral, involucrando a las familias,
las escuelas, los especialistas de salud pública, los profesionales del desarrollo y los líderes de la

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sociedad civil, en colaboración con las agencias de orden público y otros organismos
gubernamentales relevantes.
Con su fuerte foco en la aplicación de la ley y el castigo, no es sorprendente que las instituciones principales
en la implementación del sistema de control de drogas hayan sido la policía, y las autoridades de control de
fronteras y militares dirigidas por los Ministerios de Justicia, Seguridad o Interior. En el nivel multilateral, las
estructuras regionales o de las Naciones Unidas también están dominadas por estos intereses. Aunque los
gobiernos han reconocido cada vez más que las estrategias de aplicación de la ley para el control de drogas
necesitan integrarse en un enfoque más amplio con programas sociales y de salud pública, las estructuras
para el diseño de políticas, la asignación presupuestaria, y la implementación, no se han modernizado al
mismo ritmo.
Esta dinámica institucional obstaculiza el diseño objetivo y basado en evidencia de las políticas. Esto es más
que un problema teórico – reiterados estudios han demostrado que los gobiernos logran beneficios
financieros y sociales mucho mayores para sus comunidades invirtiendo en programas sociales y de salud,
antes que invirtiendo en actividades de reducción de la oferta y aplicación de la ley. Sin embargo, en la
mayor parte de los países, la enorme mayoría de recursos disponibles se gastan en el cumplimiento de las
leyes de drogas y en el castigo de las personas que usan drogas.
La falta de coherencia es aún más notoria en las Naciones Unidas. El desarrollo del régimen global de
fiscalización de drogas involucró la creación de tres cuerpos para supervisar la implementación de las
convenciones – la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD), la Junta
Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE), y la Comisión de Estupefacientes (CND). Esta
estructura se asienta en la premisa de que el control internacional de drogas es ante todo una lucha contra el
crimen y los delincuentes. Como es de esperar, hay un intrínseco interés personal en mantener el foco en la
aplicación de la ley y los funcionarios de alto rango en estos cuerpos tradicionalmente han estado más
familiarizados con este marco.
Ahora que la naturaleza del desafío de la política de drogas ha cambiado, las instituciones deben acompañar
este cambio. La política de drogas global debería crearse a partir de las estrategias compartidas de todas las
agencias multilaterales interesadas – ONUDD por supuesto, pero también ONUSIDA, OMS, PNUD, UNICEF,
ONU Mujeres, el Banco Mundial, y la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos. La
marginación de la Organización Mundial de la Salud es especialmente preocupante dado el hecho que a la
OMS se le ha dado un mandato específico bajo los tratados de fiscalización de drogas”.

Comisión Global sobre Políticas de Drogas (2011) Informe de la Comisión Global sobre Políticas de Drogas.
Disponible en:
http://www.globalcommissionondrugs.org/wp-
content/themes/gcdp_v1/pdf/Global_Commission_Report_Spanish.pdf

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