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GOTAS PARA EL PESCADOR

ESCENA 1

Nora no daba crédito a lo que Edward le estaba explicando. Él estaba tendido en la


camilla de su consulta como osteópata. Acudía de forma periódica para tratarse unos
dolores repetitivos en la zona de los hombros. “Mucho estrés” decía.

—¿Cómo puede ser que alguien, en plena juventud, con todo por descubrir, lo
abandone y viaje ocho mil quilóm etros para ayudar a personas que ni conoce, ni sabe
de sus vidas? No lo entiendo.

—¿No crees que esos pensamientos son un poco conservadores? ¿No crees
que alguien pueda sentir una necesidad vital y seguir lo que su corazón le dicte?

—Mira Nora, seguro que en este barrio hay mucha gente necesitada y no
todos estarán atendidos. ¿No es más fácil centrarse en la proximidad? Mejor sería que
cada pastor se ocupara de sus ovejas.

Nora se detuvo antes de seguir con los movimientos descontracturantes.

—Desde que te conozco, y hace tiempo, siempre te escucho el mismo


discurso. Te resistes a romper los patrones, defiendes tus rutinas mentales, parece
que tus experiencias personales no te aportan nada nuevo, ¿o no es cierto?

—Sigo sin ver la relación Nora. ¿Cuántas veces alimentamos pensamientos


ilusorios con el fin de salir de una situación de angustia? Serían como aspirinas
emocionales, ¿no? Pero todo acaba normalizándose. Creo que cada cual tiene que
aceptar lo que tiene y tirar con ello. Es lo que hay.

La intensidad de la conversación hizo que Edward no se quejara como de


costumbre. Se le escapó alguna mueca, pero tener razón era más importante que
manifestar el dolor. Nora así lo percibía. A diferencia de otras sesiones, no aprovechó
ningún movimiento óseo para invitarle a la reflexión. Aunque sentía cierta atracción
física, las teorías que él defendía sobre la vida la alejaban de aceptar alguna de las
insistentes invitaciones que él lanzaba en cualquier momento de cualquier visita.

—Bueno, parece que hoy me voy un poco más ligero. Ahora tengo que pasar
por la tienda de Arthur, el anticuario. Voy a recoger otra caja que he de restaurar.
Aunque me ha dicho que, esta vez, es un poco diferente. No sé qué querrá decir con
eso.

Cambiaba la toalla de la camilla para la siguiente visita cuando lo miró,


mientras se abrochaba la camisa.

—Se te iluminan los ojos cuando hablas de tus cajas.

—Hoy estás más insistente que de costumbre. Tendrías que prepararte un


frasquito de esas flores tuyas. Recuerda que lo de las cajas es un hobby. No podría
vivir solo de restaurarlas. Aunque dispusiera de más tiempo, mi pasión y mi auto
exigencia no me permitirían ser competitivo. Por eso, Arthur solo me llama en casos
“delicados”.
Cuando Edward se marchó, de regreso a la sala de terapias, ella tomó cuatro
gotas de una de sus esencias florales.

ESCENA 2

Una vez terminado el desayuno, Edward se miró la caja

—En esta ocasión me ha dado una tarea de aprendiz. Espero al menos poder
cubrir gastos.

La parte exterior estaba entera, sin daños aparentes en la superficie, con un


uniforme tono matizado, que mostraba el paso del tiempo, nada que una buena capa
de barniz de muñeca no reviviera. En la parte posterior de la tapa, se encontraba
encajado un espejo, de tonalidad amarillenta, pero con una visión aceptable de todo lo
que reflejaba. Ya en el interior, a primera vista, se veía un frasco de esencias de
treinta mililitros, un aro metálico y una maneta, ambos encajados en la superficie. El
mecanismo, que se accionaba girando la maneta desde el lateral, se encontraba
debajo y había que levantar esa parte de la caja para acceder a él.

Edward se dispuso a limpiar la zona donde se alojaba el mecanismo. Armado


con un pincel plano, intentó descubrir las posibles causas del fallo. El mecanismo lo
conformaba una pieza que parecía una bobina. Dos láminas de cobre la conectaban
por un lado al espejo y por el otro a la arandela de cobre. En uno de los laterales,
observó una etiqueta con unas anotaciones a mano: “Siete gotas al girar”. Ninguna
nota más, ningún mensaje que completase o aclarase al anterior.

“¿De qué servirá generar corriente si no existe ningún elemento que necesite
electricidad? Tendrá que ver con la caja pero, ¿con qué? Siete gotas al girar ¿Será tan
fácil como aparenta? No pierdo nada por probar” pensaba.

Intentó de nuevo girar la manivela, pero sin éxito. El botellín estaba casi vacío.
Decidió no arriesgar. Vertió tres gotas en el centro de la arandela antes de girar la
maneta, en una dirección y luego en la contraria. Tres gotas más por si acaso y algo
ocurrió: el espejo de la tapa, por un instante, reflejó unas sombras. Quedaban pocas
gotas y un gran dilema. Ante la duda de si habría siete gotas más, tenía que pensar
muy bien su siguiente paso, y todo apuntó a que arriesgar no era la mejor opción.

Se planteaba la duda de donde podría conseguir más cantidad de esencia o


que tipo de esencia era la que contenía el frasco, Entonces cayó en la cuenta:

“Nora trabaja con esencias, será una buena opción preguntarle. Tampoco
tengo muchos más recursos.”

—Hola Nora, buenos días. Soy Edward. Disculpa que te llame en sábado, pero
necesito tu ayuda.

—¿Ha ocurrido algo? ¿Te encuentras bien?

—Sí, sí, todo bien, pero, ¿te puedo pedir que te acerques a mi casa? Tiene
que ver con la caja que estoy reparando. Es un tema profesional y necesito que
vengas. No será más de media hora.

—La verdad es que estoy un poco liada pero, si es por un tema de trabajo,
mejor me acerco ahora, ¿te parece?
ESCENA 3

Ya en su casa, mientras se quitaba la chaqueta, él tropezaba con las palabras


al intentar sintetizar lo que le había ocurrido esa mañana con la caja.

—Por favor Edward, ¿puedes calmarte un poco? ¿Qué ocurre?

Respiró profundo.

—Necesito que me ayudes a encontrar que tipo de esencia es. Te he llamado


porque no sabía a quién acudir. Como sabes, no me muevo en este terreno, lo mío es
la madera y el barniz.

Quitó el tapón, olfateó su interior e impregnó la esquina de una servilleta con


una gota, observando su textura y color.

—Parece una tintura, aunque no contiene alcohol. No la reconozco por su olor.


Podría dejarlo así: decirte que no puedo ayudarte y marcharme, pero me ha picado la
curiosidad. Tengo un amigo, Jordi, que prepara todo tipo de esencias y extractos. Es
mi proveedor. Tiene un pequeño laboratorio. Intento hablar con él y a ver qué nos dice.

Cogió su teléfono móvil, desbloqueó el dispositivo, miró la agenda, seleccionó


el contacto y pulsó la tecla verde. El receptor daba señal.

—Hola, Jordi, soy Nora. Ya sé que es sábado pero, necesito tu ayuda. Por un
tema que te explicaré cuando nos veamos, tengo una esencia que necesito que
analices y me digas qué es. Me urge. ¿Cuándo podemos vernos?

Eran casi las seis de la tarde, de un sábado. Jordi intentó retrasarlo todo lo
posible pero Nora era sutil e insistente.

—Como favor especial, podemos quedar mañana temprano en mi taller. Pero


no te retrases. Tengo una comida familiar.

Edward intentaba reconstruir la conversación a través de las preguntas y


respuestas que escuchaba, hasta que colgó el teléfono y le dio la noticia.

—Mañana iremos a su laboratorio. Hemos quedado sobre las nueve de la


mañana.

Edward se sentó en una de las sillas, mirando hacia la caja. No era la misma
mirada que la de la mañana. Con los dedos entrecruzados, blancos por la presión que
se ejercían entre ellos, respiraba para calmar su angustia.

—Nora, ¿quieres que salgamos a cenar? Me gustaría compensarte por tanto


trajín, pero ya ves que es importante. No me hubiera atrevido a molestarte de no ser
así.

—No es una molestia. Tu llamada me ha generado algo de confusión, pero


porque no entendía lo que me pedías. No necesito recompensa. Todavía no hemos
terminado.

—Por favor, insisto. Yo necesito salir. Necesito aire fresco.

—Vaya, ¿no habrás probado la esencia del frasco? A ver si contenía alguna
substancia psicótica que te esté transformando.
—Todo lo que ha ocurrido me ha desbordado. No estoy acostumbrado a perder
el control sobre las circunstancias. Me siento un poco desbordado.

—No voy a insistir en el tema, ya hemos hablado largo y tendido sobre ésto.
Los cambios los hemos de ver por nosotros mismos. El guion de tu personaje es el
que es. Parece que nada ni nadie aporta nada nuevo a tu itinerario vital.

—¿Tan mal me ves?

—Esa no sería la pregunta, a mi entender. Pero dejemos esta conversación


para otro momento, si te parece. No quisiera ser impertinente, pero entiende que
ahora tenga que irme a mi casa. Mañana a las ocho te paso a recoger con el coche.
Gracias de todos modos.

Su posición en la silla indicaba una clara falta de energía. No hizo intención de


levantarse para acompañarla hasta la puerta. Permaneció sentado un rato más.

ESCENA 4

Puntual como un reloj suizo, a través del interfono de la portería, lo avisó de su


llegada. Después de saludarla y acomodarse en el coche, iniciaron el camino hacia el
laboratorio de Jordi. La música de la radio armonizaba las diferencias del día anterior.
Al llegar, aparcaron en la misma puerta. Al no disponer de timbre, tuvieron que golpear
la puerta. Luego de las presentaciones oficiales, entraron en la nave.

—Bueno, Nora, a ver que es esa esencia tan preciada que me hará trabajar en
domingo.

Ninguno de los dos pormenorizó detalles sobre la caja. Jordi tampoco hizo
muchas preguntas, tenía prisa por terminar. Extrajo el líquido que quedaba en el
frasco, lo colocó en diferentes probetas y las introdujo en un analizador de espectro. Al
cabo de media hora, la máquina inició la impresión de sus conclusiones.

—Por lo que veo la esencia es una dilución glicerinada. Se trata de una sola
planta. En concreto extracto de brote de castaño. ¿Tienes algún frasco en casa, Nora?

—Me queda alguno del último pedido. Qué bien que haya ido tan rápido. No
queremos robarte más tiempo de tu domingo. Tenemos nuestro misterio resuelto.
Muchas gracias, te debo una.

Tenían el nombre de la esencia, y una vez recuperado el frasco vacío, se


despidieron mientras caminaban hacia la puerta de salida. Ya en el coche, él concluyó
su silencio.

—¿Has puesto cara de sorpresa por el resultado? ¿Sabré por qué?

—Pasemos un momento por mi casa y recojamos el frasco que tengo. El


médico que las descubrió, trabajaba las emociones con ellas. No solo trataba con
fármacos a sus enfermos, sino que aseguraba que, las emociones que acompañaban
a las enfermedades, afectaban de forma negativa en su recuperación. Combinando los
dos métodos, obtenía mejores resultados. Quizá sea demasiado imaginar pero, por lo
que me explicaste de la caja, todo podría tener un sentido. No creo en la casualidad.
Esta caja no ha llegado a tus manos por un cruce cuántico del azar. Me gustaría
acompañarte y verificar mi teoría, si no te molesta.
—¿Igual era la caja de Blancanieves? A ver si aparecerá la madrastra con una
manzana mientras giro la manivela. ¿En serio crees en este tipo de magia?

—El brote de castaño habla de aquellos que no sacan provecho de las


experiencias de su vida. Se toman más tiempo que otros en aprender las lecciones.
Igual te suena de algo esta descripción.

ESCENA 5

Edward dejó el bote de la esencia junto a la caja y se desplazó a la cocina a por un


vaso de agua.

—¿Quieres algo de beber? Tengo refrescos, zumo, agua.

—Ahora no, estoy impaciente por ver qué ocurre.

—Yo no sé cómo empezar pero quisiera decirte que— ella no le dejó terminar
y le dijo,

—Centrémonos en la caja.

—Está bien, quizás no es el momento. A ver si la esencia funciona.

Edward agitó el frasco, apretó la pipeta hasta llenar el gotero y, con sumo
cuidado, las depositó dentro del anillo de cobre a la par que giraba la maneta. Una
imagen apareció en el espejo. Era la caricatura de un hombre mayor sujetando una
marioneta en la orilla de un río. Un par de peces saltaban por encima del agua. La
marioneta intentaba cogerlos, pero los hilos eran demasiado cortos. Al minuto, la
escena desapareció del espejo. Se hizo un silencio mientras se miraban. Ella cargó el
gotero y se lo dió. Gotas y girar. Apareció de nuevo la imagen, pero ahora las cuerdas
que sujetaban al muñeco se habían roto. Ya no manifestaba vida. Una línea que
simulaba el nivel del agua lo cubrió y lo engulló. De nuevo desapareció todo reflejo.
Otro silencio y otro cruce de miradas. Llenar el gotero, verter su contenido, girar la
maneta. Sin resultados. Hasta en dos ocasiones repitieron la acción. Pero nada.

—No sé si he entendido lo que he visto. Parece un mini relato. Todo en sí


mismo me parece surrealista. ¿Quieres probar tú ahora?

Lo intentó un par de veces, pero no ocurrió nada. Se hizo un breve silenció que
él rompió empujado por su incredulidad.

—Si me dijeran que hay una cámara oculta, me lo creería.

—Si dejamos las creencias de lado y recuerdas el significado que el médico le


dio a la flor, la historieta que acabamos de ver, ¿no tiene ningún significado para ti?
¿Quién maneja la marioneta? ¿Que representan los hilos, los peces, el río, las
cuerdas? ¿Por qué no puede alcanzar la comida? ¿Qué o quién limita el movimiento
de la marioneta? No me parece que todo esto sea una casualidad. Creo que esta caja
tiene un mensaje claro. Y solo ha funcionado contigo.

—La caja tiene unos años. No te negaré mi sorpresa pues, desconozco que
tipo de mecanismo es capaz de producir ese efecto sobre el espejo. A mi entender,
parece una caja de juguete que, por el efecto de la limpieza, ha funcionado un
instante, como si de los últimos coletazos se trataran. Pero de ahí a que ese relato
caricaturesco pase a la categoría de mensaje, me cuesta aceptarlo

—Tu duda es razonable, sin embargo, para mí, todo tiene su sentido, la
evidencia es clara. Quizás no soy objetiva. Ha sido una experiencia agradable de
compartir. Ahora me tendrás que disculpar, ya es tarde para mí. Tengo cosas que
preparar para mañana y ha pasado el tiempo volando. Si descubres algo nuevo, ya
me lo contarás.

ESCENA 6

La jornada laboral del lunes discurría entre cansancio y expectación. El fin de semana
había sido intenso. Seguir probando con la caja, añadía un poco de ansiedad a la
mañana. En todos sus años en la empresa, no recordaba haber estado tan pendiente
del reloj. Una vez en casa, recuperó cuatro sobras de la nevara del día anterior. Su
idea era comer rápido y volver a la caja. Siete gotas y giraba la maneta. Pero la caja
seguía sin dar señales. El espejo solo reflejaba su cara de asombro. Desmontó de
nuevo la parte del mecanismo, revisó las conexiones, intentó limpiar el trapo de la
arandela, lo probó todo, pero nada nuevo sucedía. Hasta que decidió no continuar.
Encendió el televisor con el fin de distraerse y relajarse. Aposentado en el sofá,
encendió el televisor a través del mando. El concurso de moda estaba en su recta
final.

—Muy bien pareja —comentaba el presentador— ¿Cuál es vuestra respuesta a


mi pregunta?

El matrimonio había conseguido llegar a la final y optar al suculento premio. El


marido no tardó ni dos segundos en contestar.

—Cariño, tenemos tiempo. Pensemos con calma. Creo que la respuesta es


otra.

—Estoy convencido de lo dicho. No necesito más tiempo para pensar.


Confirmo mi respuesta.

—¿Seguro que no desea pensárselo? ¿No desea valora la respuesta que


propone su esposa?

—Afirmo mi respuesta.

—Pues lamento comunicarles que la respuesta no es correcta. Su señora tenía


razón. Ella se hubiera llevado el premio. Lo siento.

El desenlace del concurso le hizo reflexionar. Recordó la conversación de la


tarde anterior.

“Parece que querer tener razón no le ha traído buenas consecuencias. Mi total


seguridad respecto a lo que pienso y siento puede tener otras interpretaciones igual de
válidas. Aferrarme a mis creencias puede llegar a limitar lo que pienso y siento.”

Como un resorte se levantó del sofá y entró en su despacho. Anotó en una hoja
todo lo que recordaba de la escena reflejada en el espejo, tan detallada como su
memoria le permitió, así como los comentarios en forma de pregunta que Nora le
formuló. Acto seguido, inició una búsqueda en todas aquellas páginas de internet que
hablaran de interpretación simbólica, sin discriminar la fuente que opinaba. Anotaba
todas aquellas acepciones para trazar su propio esquema interpretativo.

—Bueno, veamos. El agua habla de emociones, el anciano representa la


personalidad, la marioneta es la voluntad, las cuerdas son las creencias, los peces
parecen ser los anhelos, los proyectos. Nunca hubiera imaginado estar haciendo esto.

ESCENA 7

Aquel viernes cambió el orden que seguía en circunstancias parecidas. Primero fue a
entregar el encargo de Arthur. Quería comentarle un par de cosas. También tenía
dudas de si explicarle lo sucedido con la caja. Finalmente le dijo que el mecanismo era
muy antiguo, que no encontró piezas de recambio y que lo había dejado tal como
estaba. La felicitación por su trabajo la recibió como siempre, así como las respuestas
a sus preguntas. De camino a la consulta de Nora, pensaba en todo lo que le
explicaría. Desde el domingo anterior no había vuelto a tener contacto con ella.

—Parece que no hay tantas contracturas en tu espalda. ¿Has tenido una mejor
semana? Por cierto, ¿cómo terminó el asunto de la caja?

—Ya está restaurada y entregada Arthur ha quedado muy contento. He estado


hablando con él. Le he pedido que me promocione entre sus contactos del gremio. He
decidido que voy a implicarme más en el trabajo de restauración. Albergo dudas sobre
la envergadura que tomará todo esto. Siento un poco de miedo por el camino que esto
pueda tomar, aunque creo que estoy en lo correcto. Al final tenías razón.

—¿Tanto has disfrutado con esta caja para decidir ampliar tus horas de trabajo
en la restauración?

—Tiene que ver con lo que pasó el domingo, con lo que se reflejó en el espejo.
Busque su significado o algo que me permitiera comprender que podía decir. De
pequeño aprendí un fragmento de un poema de Campoamor, “En este mundo traidor
nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”.
Ahora lo interpreto de otra manera.

—Mi madre decía que formamos una definición de nosotros mismos basada en
nuestro pasado. Que esa creencia no nos define como realmente somos. Defender
esta estructura nos genera sufrimiento. Dejamos poco espacio para descubrirnos en
cada instante, como lo haría la inocencia de un niño.

—Siento que me he pasado la vida justificando mis creencias con el fin de


defenderme de las circunstancias. He defendido a ultranza verdades inexistentes, que
no me han aportado la plenitud que esperaba. Parece como si me hubiera pasado
una parte importante de mi vida interpretándome.

—Tendríamos que vivir en plenitud y nos pasamos media vida defendiendo


nuestros límites.

—Grabaré con fuerza estas ideas y, en lugar de amargarme por todo lo que
creo haber perdido, intentaré disfrutar de cada instante. Decidiré desde lo que siento y
como lo sienta.

Hacía rato que Nora estaba de pie, junto a la camilla, desconectada de


cualquier fascia, músculo o tendón. Sólo escuchaba.
—Espero que la próxima caja que restaures sea de música. O no resistirás
tanto cambio de golpe.

—Esta semana ha sido tan importante que me ha llevado a plantearme los


cambios que te he explicado. Albergo alguna esperanza más, pero se verán en el
tiempo. Me lo merezco.

—Todos nos lo merecemos.

—Lo que a quedado del contenido del frasco se ha quedado en mi casa. Ya me


dirás como tengo que tomarlo.

-----------------------------------------------------------------------------------------------Adolfo López

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