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EL VANIDOSO ANFITRIÓN

MÉXICO 1970
Guillermo Fadanelli

El futbol creció conmigo desde mi cuna en la colonia Portales, y es posible que aun
antes de estrellar el biberón de cristal por primera vez contra el suelo —esa
saludable costumbre que culminó cuando las mamilas se volvieron plásticas—,
hubiera yo escuchado los gritos eufóricos que cantaban ¡gol!, provenientes de la
sala de estar en casa de mi abuela paterna, o desde los intestinos de las
ergástulas vecinas cuyos inquilinos aullaban, gruñían y vociferaban razones
extraordinarias con el propósito de apoyar a su equipo o denigrar al de sus
oponentes. El recurso de la dialéctica llegaba también a los albañales en forma de
discusión deportiva. La atmósfera futbolera se revelaba como nuestra capa de
ozono y nuestro vientre lúdico y maternal. Los perros ladraban nerviosos, presas
de su ausencia de entendimiento y azuzados por la alharaca insólita se
tropezaban y enredaban sus patas en la alfombra verde olivo de aquella casa que
congregaba a la familia alrededor del televisor.
No éramos nosotros, durante la segunda mitad de los años sesenta, una tribu
electrónica (la televisión a color cumplía apenas unos cuantos años de expandirse
y recién comenzaba su labor de centro de atracción y hormiguero visual), sino más
bien gente de cancha terrena y gradas de cemento, de árbitros llaneros e insultos
lanzados por el entrenador desde el margen pintado a golpe de cal en el erial
pelotero o campo de juego. Los domingos mi padre, centro delantero de la Alianza
de Tranviarios de México, quebraba las redes contrarias en los campos de San
Andrés Tetepilco mientras sus hijos retozaban a las orillas del juego o se
postraban detrás de la portería contraria para reír y gritar cada vez que su
padre anotaba un gol. Cuando el partido dominguero en el campo se suspendía,
entonces sí el televisor hacía lo suyo en la casa de Avenida 9, número 36,
colonia Independencia; el futbol y el mole; las discusiones sobre las pifias
arbitrales; el escarceo inocente y sexual entre los primos que buscaban
habitaciones lejanas al televisor para manosearse; y el tufillo a cerveza que se
acumulaba en la espuma de los ojos y en las gargantas concentradas en la sala,
amplia y alta en sus techos, y generosa en sus sillones del tamaño de un
trasatlántico varado en la costa. El futbol como pretexto y horizonte: el Mundial
de 1970 en México llegaba a paso acelerado y se divulgaría vía satélite. ¿Qué
carajos era eso? Nadie en mi familia podría explicarlo, pero los colores
deslavados de la televisión nos decían que el mundo había mudado su residencia
para instalarse, moderno, dentro de aquella caja, ruda en apariencia, pero
seductora, bella y trivial en su contenido.
El Estadio Azteca, aquel enorme mastodonte de cemento cuyo esqueleto
imbatible continúa aún de pie, se inauguró en mayo de 1966 vía un partido entre
los equipos América, de México, y Torino, de Italia. Su diseño y creación
provenían del mismo arquitecto y patriarca político que imaginara también el
Museo Nacional de Antropología y la Basílica de Guadalupe: Pedro Ramírez
Vázquez. Este hombre, presidente del comité organizador de los Juegos Olímpicos
de 1968, creador de los más importantes templos mexicanos en donde albergar la
historia, la religión y el circo, fue también el artífice del Estadio Cuauhtémoc, de
Puebla, coliseo que comenzó a ver acción pelotera en su campo sólo cuatro días
después de la violenta represión y masacre en contra de los estudiantes
universitarios que se concentraron en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco.
La sangre y la odisea olímpica; la tiranía paternal de un partido político, y el
futbol mexicano que se consagraba a través de la epopeya de un Mundial que
habría de debatirse entre dieciséis selecciones internacionales. Túmulos y festones;
marabunta patriotera, olímpica y mundialista. ¿Y a nosotros, habitantes del
fervor deportivo y de la hazaña guerrera, qué nos importaban las revoluciones?
Es decir,
¿qué podía interesarnos la revolución política y social a los cómplices de mi
sangre y techo, a los que coreábamos los goles de mi padre en los campos de
Tetepilco y aplaudíamos su disciplina obrera a favor del trabajo duro y del
progreso a golpe de electrones? Todavía recuerdo la adulación y vanidad con que
mis tíos hablaban del amigo aquel con quien jugaron futbol en las calles de su
infancia y que vivía a sólo unas cuadras de nuestra casa en Avenida 9: Aarón
«el Ganso» Padilla, delantero Puma, seleccionado mexicano en dos mundiales:
Inglaterra, 1966; y México, 1970.
Fue parecido a treparse a un juego de feria, a un armatoste mecánico que, cuando
menos lo esperas, amenaza con lanzarte por los aires como pañuelo. El 7 de junio
de 1970 nuestro Volkswagen color cereza, conducido por mi padre, recorrió la
Calzada de Tlalpan entre cláxones estridentes, gritería y bullicio civil. La selección
mexicana de futbol había masacrado cuatro goles a cero a la selección de El
Salvador: dos anotaciones de Javier Valdivia, una más del Chalo Fragoso y otra
de Ignacio Basaguren. La celebración fue apoteósica (por utilizar una palabra
apoteósica) y la figura de Javier Valdivia, casaca chiva, nuestro máximo rompe
redes en el Mundial mexicano (dos goles), fue loada y sahumada en el zócalo del
Distrito Federal a donde nos dirigíamos, mis padres y sus tres hijos, en nuestro
carrito para unirnos a la algarabía descomunal. Merecíamos aquella gesta y
felicidad luego del empate a cero, unos días antes, en el partido inaugural frente a
la Unión Soviética, quizás uno de los partidos más tediosos del torneo, y sólo
animado por la gritería y algazara colorida de la muchedumbre azteca.