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Es

preciso recordar que Simenon procede de cuna humilde. Pasó su


niñez en medio de la pobreza más absoluta. Por esto, quizás, tenía
poderosas razones para afirmar que «el recuerdo de la infancia persigue
a los hombres».
Esta frase guía la trayectoria de «EL SANTITO». En efecto, la obra traza
la semblanza de un hombre nacido en la calle Mouffetard, una de las
más míseras de París, cercana a Pigalle. Retrasado mental, ha de
soportar con mansedumbre los sarcasmos que la gente le dirige, a los
que no es capaz de responder. De ahí que se le apode «el santito».
Es la mansedumbre de los míseros, su inanición. En ella no existe
bondad ni maldad. Es ociosa la dialéctica en su pobreza: sin Dios y sin
Diablo.
Va creciendo en solitario, observando desde su isla los afanes de los
hombres y el colorido del ambiente. Imágenes que registra en su
memoria para recordar más tarde y plasmarlas en los lienzos, como
medio único de comunicación.
Si algo en esta obra testimonia al creador de Maigret es su profundidad
psicológica. Asombra observar la limpidez con la que se nos describe la
existencia del protagonista, conducido ante la vida por fuerzas
indeterminadas, sin aparecer como motor de lo que hace y de lo que
pasa dentro de él. Al leer «EL SANTITO», ¿quién no será capaz de
advertir cierta analogía con L’Etranger, de Camus? No en vano enjuició
Gide: «Simenon es un novelista genial, el más auténtico de nuestra
literatura actual».
Georges Simenon

El santito
ePub r1.0
Titivillus 20-06-2018
Título original: Le petit saint
Georges Simenon, 1965
Redacción: Epalinges (Vaud, Suiza), del 5 al 13 de octubre de 1964
Traducción: Caballero Álvarez

Editor digital: Titivillus


ePub base r1.2
Por fin… Ya lo he escrito
SIMENON
PRIMERA PARTE
EL NIÑO DE LA CALLE MOUFFETARD
CAPÍTULO I

R edacción: Epalinges (Vaud, Suiza), del 5 al 13 de octubre de 1964.


Tendría unos cinco años cuando empezó a darse cuenta del mundo que
vivía a su alrededor. Fue cuando tuvo ya conciencia del juego de los seres
humanos entre sí. Empezó también a darse cuenta de la distinción que existía
entre las gentes. Los podía situar en el espacio dentro de una determinada
decoración.
No pudo entonces precisar si era invierno o verano, aunque sí debía tener la
sensación de la variación de estaciones. Probablemente en otoño empezaba esa
noción, cuando los cristales sin visillos de la habitación, comenzaban a
empañarse matizando la amarillenta luz de los reverberos de la calle, única luz
que había en la casa.
¿Había dormido? Su cuerpo caliente bajo la manta rebosaba quietud. Ningún
ruido especial le había desvelado ni sobresaltado. Pero había percibido tras la
agujereada cortina que partía en dos el cuarto, la respiración fatigosa, salpicada
de gemidos, que le era tan familiar. Tanto como el rechinamiento de una cama.
Era su madre que casi siempre se acostaba con alguien. Al otro lado del trapo
que servía de cortina, estaban Vladimiro, Alicia, los gemelos y la pequeña en su
cama-jaula.
Vladimir era el mayor. Tenía unos 14 años. Alicia unos nueve y los gemelos
seis o siete. Los gemelos eran muy rubios, con pecas debajo de los ojos.
Los jergones en que dormían todos, estaban colocados en fila, sobre el santo
suelo y despidiendo el característico olor a heno húmedo. Existían otros olores.
Los de los cuerpos, los de la casa y los que venían de la calle cuando se abría la
ventana.
El niño abrió los ojos. Estaba desvelado y no era por curiosear. Es que había
visto el reflejo de la luz de gas en el techo del recinto, por encima de la varilla de
la que colgaba el trapo que servía de cortina.
Había oído vagamente la respiración de Vladimiro. Después distinguió su
silueta en camisa, de rodillas sobre el jergón.
Luis, el niño, no era curioso. No se sorprendía fácilmente. Todo aquello le
era familiar. Y no sabía por qué. Como si siempre lo hubiese vivido igual. Todo
aquello formaba un bloque que tenía sentido propio.
—Alicia —susurró Vladimiro, acercándose a su hermana.
—¿Qué?
—¿Duermes?
—Casi.
—¡Mira…!
Alicia estaba en camisa. En aquella casa nadie tenía pijamas. Se dormía con
la ropa interior del día.
—¿Qué?
Vladimiro la atrajo a su jergón y de rodillas ella también miraba donde
indicaba su hermano.
Los gemelos no se movían. Dormían tranquilamente. Emilia, la pequeña de
seis meses, no significaba nada aún. O casi nada, en aquella casa.
Alicia oyó otra vez la voz ahogada de su hermano. Luis oyó como decía:
—Házmelo.
—¿Me lo harás tú después?
Vladimiro ya estaba acostado otra vez. La camisa la había subido por encima
del vientre. Advirtió:
—¡Cuidado con tus dientes!
Luis, amodorrado aún, no se dio mucha cuenta de lo que pasaba. Cuando
volvió a despertarse, Vladimiro y Alicia parecían dormidos. Los gemelos
seguían sin moverse, pero la lámpara de petróleo, ya estaba encendida en la
cocina, que tenía abierta la puerta. De la calle venía un fuerte olor de café recién
hecho y alcohol. Dos personas hablaban en voz baja. ¿No ocurre esto en todas
las casas?
La abuela advirtió un día:
—Luis apenas habla. Parece algo retrasado. No sé a quien sale.
Alguien respondió:
—¿No será que los niños que hablan poco piensan mucho? Éstos suelen ser
los que saben observar mejor.
Luis no puso demasiada atención a lo que significaría aquella conversación.
Pero las palabras se le quedaron grabadas en la memoria. Luis retenía las
palabras mejor que las imágenes, porque, aun cuando fuese realmente un
retrasado mental, no en balde había vivido ya cuatro años mirando siempre a su
alrededor. Parecía como si él quisiera reducir el mundo a un espacio lo más
limitado posible.
—Si lo dejamos a su gusto, me parece que este niño jamás saldrá de casa.
¿Entendió Luis esta reflexión? ¿O es que se la repitieron más de una vez? Es
que realmente hay cosas que pasan en determinado momento y es distinto lo que
se nos dice de ellas.
Habían tenido como padre a un tal Lambert Heurteau a quien Luis sólo
conocía por una fotografía pegada a la pared de la habitación y que era el único
adorno que allí existía. Lo conocía muy bien. Como recordaba perfectamente
que a través del agujero de la vieja cortina había visto a Vladimiro y Alicia hacer
aquello muchas veces. E incluso a la luz del día, sin preocuparse si se les miraba
o no.
La fotografía era del padre Heurteau y la madre de ellos, Gabriela. Él estaba
bastante bien vestido. La madre llevaba un traje blanco y un amplio velo de ese
color.
Lambert Heurteau no era el padre de todos. ¿A qué edad había descubierto
que en la mayor parte de las familias todos tienen el mismo padre? Pero esto no
ocurría en la suya. Ni tampoco en otras de las que vivían en la Rue Mouffetard.
El nombre de la madre tenía como apellido de soltera Cuchas. En cuanto al
primer hijo, su verdadero nombre era José, pero él no sabía cómo, aunque lo
cierto era que había sido inscrito en la escuela con el de Vladimiro.
Alicia también se apellidaba Heurteau. Era difícil saber a quién se parecía.
En todo caso bastaba mirar atentamente a sus ojos brillantes y a su nariz aguda,
para predecir que llegaría lejos.
—A menos que como su madre y su abuela lleve un carrito para vender
hortalizas por la calle —dijo alguien.
Los gemelos también eran Heurteau. Los únicos de los que no se podía
renegar, observaba la persona del anterior comentario.
¿Por qué Luis no había conocido al hombre de la fotografía y por qué no se
apellidaba Heurteau él, y sí Cuchas? Nadie se preocupó nunca de explicárselo. Y
cuando se enteró de ese por qué, ya le resultó indiferente saberlo.
Lo tangible eran aquellas dos habitaciones donde vivían en común, o más
exactamente, la habitación partida en dos, más o menos, por la vieja colcha que
servía de cortina.
Durante el día se corría ese trapajo hacia la izquierda de la ventana y
entonces se descubría también a la izquierda una cama voladiza, con dos
colchones, una colcha y un gran edredón.
Esta imagen le era vaga. Luis hubiese jurado que una vez vio a su madre
rodeada de muchas mujeres. Que gritaba mucho, que a él le encerraron, más o
menos, en la cocina, y a poco le trajeron un bebé diciéndole que tenía otra
hermana. También estaba la abuela. Pero la abuela para Luis era solamente una
vieja que se llamaba Ernestina.
¿Había nacido Luis en aquella misma cama? ¿Había sido él también criado a
los pechos de su madre como veía a Emilia hacerlo? Emilia era la recién nacida,
pero sólo la llamaban «la pequeña». Lo mismo que sólo se llamaban «los
gemelos».
—Vosotros, los gemelos, id a jugar fuera, que no dejáis tranquila a la
pequeña —advertía con frecuencia la madre.
Mucho tiempo después, cuando ya era adulto, Luis reencontró otras
imágenes más precisas que las de antes, cuando apenas tenía conciencia de ellas,
porque tales imágenes eran habituales en su vida ordinaria y tal vez por eso
entonces no le llamaron la atención.
Las paredes del apartamento estaban cubiertas de un papel pintado del que
sólo quedaban algunos jirones. Representaban personas que vestían como en los
tiempos antiguos. En uno de esos fragmentos había una bella joven con faldas
muy largas que se columpiaba. El resto era de yeso, teñido con groseras figuras
representando partes sexuales que se habían tratado de borrar. ¿Quién había
hecho estos dibujos? ¿Quién había tratado de hacerlos desaparecer? Pero todo
eso no le inquietaba. Lo observaba simplemente.
En verano la habitación ofrecía el espectáculo de la madre completamente
desnuda, incluso en la cocina. Cuando ella se peinaba y desataba el moño, el
cabello le llegaba a los riñones y en su bajo vientre, algo rollizo, tenía un vello
de tono claro, igual color que el pelo de su hermana Alicia.
La madre era alegre. Cantaba cuando hacía las labores de la limpieza.
Cuando alguna vez tenía tiempo para esto.
Los jergones eran oscuros y revestidos de una tela áspera, menos el de
Vladimiro que tenía la tela azulada. Sólo en la cama voladiza había sábanas. Al
pie, una mecedora de rejilla.
—¡Alicia! Prepara el biberón de tu hermana.
—¿Por qué siempre yo?
—¿Quién se lo va a dar… Luis?
Los gemelos callaban y miraban.
Todas estas cuestiones no le preocupaban mucho a Luis. Salvo algunas,
excepcionalmente. Le parecían naturales. Más tarde Luis se preguntaba cómo
fueron las cosas durante su infancia en la Rue Mouffetard, pero lo rememoraba
como mera y divertida curiosidad.
Fue en 1897 o 98, cuando dio importancia al hecho de que su hermana Alicia
se prestara tan dócilmente a cuanto le pedía Vladimiro. Aunque esto era cosa que
no le quitaba el sueño en lo más mínimo. Como tampoco le extrañaba que su
madre llevara entonces un gran corsé y muy apretado, que le dejaba señales
azules en su fina piel. Y como no le sorprendía el recuerdo de ver por la calle
hombres cubiertos con gorras, otros con sombreros hongos y otros con
sombreros de copa de seda. La moda tampoco tenía importancia para él.
Siempre vio que su familia era pobre, pero casi todo el mundo lo era en la
calle Mouffetard. Aunque algunos, como Héctor, su tío, tuvieran una carnicería
en la próxima calle del Pot de Fer.
Si no hubiese sido de joven tan silencioso pero tan gentil, seguramente que
no hubiera embobado a la joven hija de Lenain. Verdad es que la muchacha era
coja. Pero no le interesaba. Todos los Lenain eran gente podrida. El abuelo
Lenain murió en un asilo, el hermano no se sabe dónde, aunque si Héctor le
hubiera ayudado algo, tal vez aún viviría, decía Gabriela, su madre.
Reía… Su madre reía mucho. Hasta cuando cantaba. Y cuando se acostaba
con un hombre, comenzaba por suspirar, luego gemía y concluía siempre con
una gran carcajada. Se levantaba muy pronto; en verano a las tres de la
madrugada; se aseaba en la cocina tomando el agua directamente del grifo de
cobre. En invierno encendía el fuego antes de salir a la calle. Luis casi nunca la
oía. Salía sin que se la sintiese.
Su madre tenía alquilada una carretilla a un tal Matías, que era dueño de un
gran corral en la rue Cousier. Luego se marchaba a les Halles para
aprovisionarse de frutas y hortalizas. A las seis y media de cada mañana, ya
estaba en la acera frente a la tienda de un vendedor de calzado. La abuela se
instalaba unos cien metros más abajo, cerca de la iglesia de San Medardo.
Todo esto lo percibió a sus cinco años o antes… Ignoraba otro mundo que
ése en que vivía y que no le daba una conexión exacta con la realidad de cada
día.
Por ejemplo, la estufa. Durante mucho tiempo fue este objeto el punto central
de su existencia. Aunque solamente fuera porque veía cómo su madre,
resoplando de fatiga, subía las escaleras llevando un saco de carbón cuyo peso la
hacía oscilar tremendamente hacia su derecha.
No había puerta de entrada en la cocina, y sí corredor, pues había que pasar
directamente a la cocina. No le desagradaba esto a Luis. Le gustaba que su
alojamiento sólo tuviese una salida. Le parecía que así quedaba más seguro
durante la noche. Se envolvía en la oscuridad de la misma forma que se envolvía
en la manta que lo arropaba.
La estufa quitaba en la cocina la mayor parte del espacio al fregadero.
—¡Es una suerte que tengamos agua en el piso! —decía a veces su madre—.
Hay mucha gente en la calle, incluso gente rica, que no la tienen. ¡Lástima que
no tengamos también gas!
Él sólo sabía del gas por los reflejos del alumbrado público que se filtraba
por la ventana, mezclado con la luz de las tiendas cercanas, a través del patio de
la casa donde había un taller de carpintería.
Desde su jergón notaba cómo le complacía el olor azufrado que despiden las
cerillas al encenderse por alguien. Le gustaba este olor. Después de esto su
madre suspiraba, pronunciaba algunas palabras ininteligibles y enseguida venía
el olor a petróleo, que luego quedaba anulado por el de carbón.
Luis hubiera querido levantarse para mirar de cerca todo aquello. Lo haría
más tarde, cuando ya tuviera seis años. Hasta entonces prefería columbrar el
misterio del fuego. Y como esto ocurría todas las mañanas bien temprano,
cuando aún no había luz del día, volvía a dormirse antes de que le despertara
nuevamente el chorro de vapor de la próxima destilería y el aroma de café que se
introducía más tarde en el lugar, procedente de una cafetería próxima y cuyo olor
acababa por dominarlo todo.
Esto de ahora lo contaba con fruición más tarde. Tenía ya diez años y
quisieron llevarlo a la escuela. Él no lloró ni pataleó, pero en el primer descuido
se escurrió por una ventana y se escapó cayendo a un patio donde habían los
carros de transporte. Allí se extravió. Un agente de policía se le acercó.
—¿Qué buscas, pequeño?
—A mi mamá.
—¿Y, dónde está?
—No lo sé.
—¿Te has perdido?
—Sí.
—¿Cómo te llamas?
—No lo sé.
—¿Qué no sabes tu nombre?
—No. No lo sé.
—¿Ni dónde vives?
—No.
Luis llevaba la ropa de los niños de aquélla época, con cabellera que le caía
cerca de los hombros.
—¿No serás una niña?
—No. La niña es mi hermana.
Entonces aún no había nacido Emilia. Y no sabía cuándo.
—¿Quién es tu padre?
—No lo tengo. Quiero volver a mi casa.
El agente lo llevó a una tienda cercana.
—¿Conocen a este niño?
El tendero lo examinó atentamente y acabó denegando con la cabeza.
—¿De qué barrio eres?
—No lo sé.
Al fin Luis divisó de lejos a su madre, tras su carrito con legumbres. O más
bien lo apercibió ella antes por cuanto se acercó aprisa al policía.
—¿Qué haces aquí, Luis?
—No lo sé.
—¿Cómo has salido de la escuela?
—No quería estar allí.
—Germaine, ¿me quieres vigilar un momento el carrito?
Gabriela llevó nuevamente a casa a su hijo. Allí estaban los gemelos
andando a gatas por la cocina y jugando con los cubos.
Estos recuerdos sí los tenía. Pero le era imposible a Luis remontarse más
lejos.
—Ya desde los seis años me estás dando quebraderos de cabeza por no
querer ir a la escuela. ¿Es que no quieres aprender?
Tal vez no fuera eso, precisamente, sino que no quería ser arrancado de un
lugar que consideraba suyo y en donde se sentía muy a gusto.
Amaba su pedazo de habitación con el trapajo colgado de la varilla que
cortaba en dos el recinto. Amaba el olor del heno de los jergones, amaba el
retrato colgado en la pared, con aquel hombre de largos bigotes rubios, amaba
los jirones del papel de la pared con sus escenas crudas y amaba aquella
jovencita que se mecía en el columpio en una de las pinturas de aquellos jirones
de papel. Amaba sobre todo el calor de la estufa, que bufaba y de la que, de
cuando en cuando, descendían brasas que atizaba con la badila.
—¡Tu hijo no habla mucho! —decía la abuela.
¿Qué querría decir con eso?
Más tarde y en épocas diferentes hubo de reconstituir las etapas sucesivas del
mundo que giraba a su alrededor. No es que le diera mucha importancia. Más
bien era como un juego secreto y voluptuoso.
Nunca llegaba a encadenar satisfactoriamente los sucesos. Le fallaban las
imágenes. Sobre todo sus imágenes. Porque no acababa de enterarse bien lo que
significaba aquella fotografía de su madre y de aquel hombre, que siempre
miraba. Se detenía en los largos bigotes caídos, luego en la mano que tenía
puesta sobre la espalda de su madre. Una mano enguantada. El otro guante
reposaba en el velador que estaba al lado de la pareja. Esa fotografía del
matrimonio de Lambert Heurteau y su madre le tenía fascinado. Sobre todo el
velador. Había visto otro igual en la tienda de chalán de la calle. De Lambert
Heurteau sólo se le ocurría que simplemente estaba muerto.
—¡No seas imbécil! Si estuviera muerto mamá sería viuda y no lo es. Y
nosotros seríamos huérfanos. Y no lo somos.
—¿Yo también?
—Tú no. Porque no era tu padre.
—¿Por qué?
Tal vez Luis se consideraba entonces un poco tonto. Tal vez también lo era
su madre.
—¿Por qué no era mi padre?
—Porque se marchó mucho tiempo antes de tú nacer.
Esta conversación con Vladimiro databa de varios años atrás cuando él tenía
nueve. Después de esto ya no hizo más preguntas a Vladimiro. Sabía que le
despreciaba y seguiría despreciándolo. Sólo por pura condescendencia
contestaba a las preguntas de Luis.
—¿Se peleaban?
—Cuando él estaba bebido, sí. Pero ¿has oído discutir a mamá con los otros?
—¿La pegaba?
—Algunas veces. Pero mamá es más fuerte, él era quien salía perdiendo
siempre.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque miraba desde el agujero de la cortina mando estaba bebiendo y
luego escuchaba sus conversaciones.
Vladimiro era un mozo que aguantaba altivamente cualquier mirada. Jamás
bajaba los ojos ante persona alguna. Era el único tipo moreno de la familia, el
más alto y el más nervudo de todos. Sus largas pestañas oscilaban palpitantes
cuando hablaba con alguien. Sobre todo cuando siguió diciendo:
—Yo me cisco en… No era mi padre. Mamá ya estaba encinta cuando se
conocieron. Mi verdadero padre era un ruso anarquista, según he oído decir a
mamá.
—¿Y qué hacía el ruso?
—Fabricaba bombas y las hacía estallar.
Antes de esto, Luis había descubierto que los polos de la habitación eran el
fregadero y el grifo, cosas más importantes que la estufa.
Los domingos por la mañana su madre no salía. Ponía agua a hervir y hacía
la colada. Para esto se veía obligada a pedir ayuda a su vecino Kob. Entre los dos
ponían la olla hirviendo sobre las baldosas rojas de la cocina. Por cierto que Mr.
Kob no se hacía rogar para esta ayuda, porque la madre sólo llevaba encima un
corto peinador que hacía salir generosamente el pecho cuando alzaba los brazos.
A esta hora ya el vecino había peinado su cabellera, bien untada de
cosmético, y llevaba aún el aparato que se ponía cuando dormía para tener
siempre enhiestos los bigotes.
Alicia, que competía en deshonestidad con su madre, se pasaba el agua por
todo el cuerpo bien jabonado, delante de todos, dejando su cabellera colgando
sobre sus espaldas.
A seguido de esto, Vladimiro exigía su turno y que le dejaran solo para
lavotearse.
—Por lo menos acuérdate de lavarte las orejas.
—Me lavo lo que me da la gana.
Luego les tocaba a los gemelos. Todo el mundo les llamaba ruines. Y bien
que se lo merecían, porque siempre estaban dispuestos a pelear con alguien. Pero
en su casa era lo contrario. Allí se mostraban indiferentes como si no se
considerasen de la familia. Tenían los ojos azules y la piel tan pálida como la de
Alicia. Cada invierno atrapaban conjuntamente la gripe.
—Ahora te toca a ti, Luis.
Pero entonces ya estaba azul el agua y llena de jabón. Cosa que a Luis no le
importaba. Jamás le molestó esto. Ni siquiera le molestaban los olores. ¿Es que
en aquel barrio se daba alguna importancia a los olores?
No existían retretes en el piso. Ni en la escalera ni en los techos había luz. La
luz resultaba el elemento más importante en aquella casa. Pero aún más
importante era el vaso de noche que servía para todos. Primero la madre,
después los chicos, que venían a ver cómo lo hacía; también los hombres que se
turnaban en la cama de Gabriela, aunque, de ordinario, no más de una noche.
—¡M…! —dijo uno de ésos—. Este maldito orinal está lleno.
Abrió la ventana y lo lanzó a la calle, provocando la risa de Gabriela. Ella lo
vertía siempre en la pila del fregadero y luego echaba agua.
El cochero amigo de turno los llevó un domingo en su coche a pasear por el
Bosque de Bolonia. Iban apelotonados. Emilia, en la falda de su madre,
Vladimiro en el pescante y usando a su placer el látigo. Fue la única excursión
larga que tuvieron ocasión de hacer los chicos.
Gabriela salía temprano de la casa, marchando a Les Halles, como su madre
y otras vendedoras, llevando cada una su carrito. Cuando comenzaba el mercado,
ella procuraba colocarse cerca de la casa para vigilar a sus hijos.
Cuando Emilia era pequeña, Alicia se cuidaba de repostar la estufa y atizar
los carbones. De cuando en cuando Gabriela confiaba el carrito a una vecina, iba
a la casa y decía a Alicia:
—Toma. Pon esta carne a cocer con cebollas y vinagre.
Gabriela no era lo mismo que su hermano Héctor el Rico, como ella lo
llamaba.
—Desde que ese mascarota se ha casado con la coja y ha comprado la tienda,
se ha hecho un patrón insufrible y no quiere conocer a la familia.
A pesar de lo que decía, la verdad era que quería a su hermano. Por lo menos
lo admiraba. Estaba orgullosa de la posición que él tenía. ¿No pasa así en
muchas familias?
Tenía otro hermano llamado Juan, un poco imbécil y que hacía de farolero.
Pasaba por las noches con su larga pértiga colgada al hombro y por la mañana
volvía a pasar para apagar los faroles.
—Un oficio tranquilo. El de no hacer nada. Y eso que es el único de la
familia que ha ido a la escuela hasta los catorce años.
Todo esto lo recordaba Luis de una manera confusa. Y no se aficionaba a
mirar. Miraba, pero no espiaba.
Las voces de la calle no le llegaban más que cuando era verano, en que las
ventanas se abrían todas. Principalmente la de la cocina. Entonces la algazara de
la calle sonaba, naturalmente, mucho más.
—Esto no interesa a nadie —decía.
Y acaso fuera verdad. Ciertas palabras y ciertas entonaciones se embotaban
en su memoria sin que él se preocupara de poner en orden los pensamientos, sin
intentar siquiera comprender.
—Y sin embargo es el que tiene aire de más inteligente —decían algunos.
A causa de su perenne sonrisa, una sonrisa dulce, sin ironía, sin malicia, sin
agresividad, alguien la comparaba a la sonrisa de San Medardo, el patrón de la
próxima iglesia.
Luis se consideraba feliz. Disfrutaba mirándolo todo. Así iba descubriendo
cosas y hechos, pero, al contrario de Vladimiro, no se esforzaba en comprender.
Le era suficiente contemplar. Aunque fuera una mosca sobre la pared, o las gotas
de la lluvia resbalando por los cristales. Por cierto que notaba que algunas gotas,
al ser más gruesas, iban absorbiendo a las otras. Otras zigzagueaban.
Contemplaba esto horas y horas poniéndolo en contraste con la enorme bota roja
con una borla dorada que figuraba como muestra de la tienda de calzado que
había enfrente. El dueño se llamaba Mr. Stieb, nombre que sólo alcanzó a leer
muy larde. Estaba escrito en el rótulo con hermosa letra Inglesa sobre las dos
vitrinas que encuadraban la estrecha puerta de entrada. Veía entrar y salir a la
gente con curiosidad. Sobre todo a las mujeres que llevaban niños. Observaba
sus gestos y sus charlas, aun cuando no las percibiera. Le resultaba fascinante.
Mr. Stieb tenía una barba cerrada, cuello postizo de punías quebradas y una
corbata de plastrón malva, vistiendo un chaqué gris. Hacía sentar a los
chiquillos, se arrodillaba para descalzarlos y cuando retiraba o ponía las cajas de
zapatos, parecía un prestidigitador.
—No —decía con un movimiento de cabeza una madre que llevaba el saco
de compra en la falda.
—Espere —contestaba Mr. Stieb—. Ya tengo lo que quiere. ¿Qué me dice de
este par?…
—No, no… Nada de charol, nada de cabritilla. Quiero suelas recias y si son
claveteadas, mejor.
En el lado izquierdo del establecimiento, en penumbra, delgada y severa,
estaba Mme. Stieb, indiferente a todo aquello. Los chicos la llamaban la mona
enferma.
La enterraron unos años más tarde. Toda la calle Mouffetard, incluso los
vendedores ambulantes, desfilaron en el duelo. Los postigos estuvieron cerrados
tres días. Y cuando Mr. Stieb abrió de nuevo la tienda, Luis observó una
maniobra interesante. Una manivela hacía subir el toldo y otra lo hacía bajar. Y
había una nueva vendedora. El toldo tenía franjas rojas y amarillas y era tan bajo
que mucha gente tropezaba en el borde con la cabeza.
Los comerciantes cerraban todos a la misma hora. El tendero de comestibles
era el que cerraba más tarde. Este tendero ocupaba un establecimiento muy
hondo y estrecho y cuando lo cerraba cruzaba la puerta con barra y cadenas, de
suerte que al volver para cerrar por dentro, tenía que agacharse mucho.
Luis se pasaba las horas muertas asomado a la ventana. Miraba también al
patio, donde había un taller de carpintería cuyo dueño era hombre alto y muy
delgado. Se llamaba Floquet, y cuando trabajaba lo hacía alternativamente con la
sierra, la gubia o el cepillo. El carpintero no era hombre rico, según le parecía a
Luis. Al menos no debía tener suficiente negocio como para poder pagar a un
aprendiz, y por eso, cuando tenía que ensamblar piezas, llamaba a su mujer, que
acudía solícita, siempre fresca, metida en un blanco delantal almidonado.
En primavera o verano, las vidrieras del taller aparecían abiertas y se
percibía el delicioso olor de madera fresca cortada y la cola de pegar. Claro que
luego venían tufaradas del único retrete del inmueble, que por cierto tenía como
respiradero un corazón tallado a marquetería. Este olor superaba a todos los
demás. Sobre todo cuando estaba la puerta abierta dejando ver dos posadores y
un agujero en medio.
Fuera del patio nacía otro mundo. Porque el inmueble era muy espacioso. Si
todos los inquilinos eran más o menos pobres, los que tenían ventanas eran como
privilegiados. Entre ellos se encontraba Mr. Rob, un caballero que siempre que
salía llevaba sombrero hongo, un tanto deformado y casi siempre vistiendo
chaqué. Se decía que era un auxiliar de la Facultad de Medicina que se ocupaba
de la disección de los cadáveres que no eran reclamados por alguien.
En esa parte de la casa se hallaban los inquilinos más viejos, o viejas, pues
había muchas viudas, algunas de las cuales recibían auxilios para los niños y
otras guardaban pequeños ahorros. Tres o cuatro estaban imposibilitados.
Una especie de túnel conducía al segundo patio, donde se alineaban los
cubos de basura que de noche eran escarbados por gatos y ratas. Una escalera
desembocaba a la derecha. Los primeros peldaños eran de piedra. Los demás, de
madera. El entramado era de hierro, pero con barras tan espaciadas, que algunos
niños se escurrían por ellas y uno resultó muerto.
No todos hablaban francés. Una niña y su hermano llevaban los ojos
vendados. Un enorme negro vivía con una mujer muy pequeñita y de una palidez
aún mayor que la de los gemelos.
Luis, sentado y mirando, nunca se planteaba problemas por nada de lo que
viese.
Su madre volvía a comer y estaba demasiado ocupada con los otros chicos. Y
como cada noche dormía con un hombre, casi siempre desconocido, lo normal
era que todos se estuviesen muy quietos. Algunos de aquellos hombres gustaban
de jugar con los chiquillos. Como le ocurría al cochero.
Solamente Vladimiro podía esclarecer algunas cosas, pero Luis no se atrevía
a planteárselas, porque siempre le miraba altanero y despreciativo. Por eso Luis
prefería callar. Y eso que podía haber acusado a Vladimiro de algunas cosas de
las que hacía, sobre todo cuando llevaba objetos robados, que escondía en el
jergón. Entre ellos había un cortaplumas de plata y un reloj que parecía de oro.
Un día Alicia descubrió el reloj, y cuando Vladimiro entraba en la habitación
se lo puso en las narices:
—¿Dónde has encontrado esto, Vladimiro?
—¡Dámelo!
—Te lo daré cuando traigas otro para mí.
—Te mando que me lo des.
—Y yo te advierto que si no me lo dejas se lo diré a mamá. Y le diré también
que miras por el agujero de la cortina y que me obligas a hacer lo que ves hacer a
ella.
—Me es igual. ¡Dame el reloj!
—No.
—Te prometo darte otro.
—Cuando me lo traigas te lo daré. ¿Es de oro?
—Chapado.
—¿De metal?
—Nada de eso. Es como si fuese de oro. Escúchame, Alicia…
—No.
Entonces Vladimiro descargó su furia con Luis. Cogió el cortaplumas con un
gesto decidido y le dijo:
—¿Qué es lo que haces tú aquí?
—Nada.
—¿Escuchabas?
—Oía.
—Si tú tienes la desgracia de decir algo a mamá, o a cualquier otra persona,
¡te pico! ¿Sabes lo que quiere decir esto?
—Sí.
—Ven aquí.
—No.
—Saldrás perdiendo.
Vladimiro avanzó, cogió la muñeca de su hermano, levantó la manga y con
un golpe seco le pinchó superficialmente.
—¿Hace daño?
—Sí.
—Bien. Ahora sólo hago esto. Pero puede que te haga ir al hospital. ¿Te
acuerdas de aquel hombre que el mes pasado encontraron tendido en la acera con
un cuchillo clavado en el vientre?
Luis asintió. Todos los que se levantaron temprano el día del suceso,
pudieron ver lo que Vladimiro recordaba a Luis. Y Luis recordaba también que
aquel hombre estuvo tendido largo tiempo sin recibir socorro alguno.
—Bueno. Pues boca cerrada. ¿Entendido?
CAPÍTULO II

¿
E ra un juego de su memoria o una ilusión óptica? Porque tenía la
impresión que su infancia había sido un período de descubrimientos
sucesivos, con altibajos de actividad o apatía intensa. No le quedaban recuerdos
de detalle, sino una tonalidad gris, como una neblina más o menos iluminada.
Su contacto con otros seres tuvo la misma circunstancia. Algunos parecía
como si hubiesen desaparecido por un tiempo y luego aparecían flanqueados por
minuciosos detalles que parecían absurdos.
Éste fue el caso de Mr. Stieb, cuyos gestos, cuyo juego de fisonomía, estaban
profundamente grabados en su espíritu, hasta el punto de acordarse cuando se
recortaba la barba y cuando se cambiaba los cuellos postizos.
Luis seguía en su ventana contemplando el ajetreo de la calle, sin él darle
importancia, aun cuando para Mr. Stieb sin duda la tenía muy grande.
La nueva vendedora era una mujer de pecho robusto, abundante, nalgas
opulentas, color moreno y vestía de negro como si quisiera guardar luto; como
una ofrenda a la mujer muerta de su patrón.
Al principio era ella la que se arrodillaba para probar el calzado a los
clientes, subir y bajar las cajas y recoger las cosas. Antiguamente, cuando había
que servir a alguien, Mr. Stieb se ponía a la puerta y se limitaba a indicar a los
clientes que entrasen.
Ahora, en cuanto tenía un momento libre lo aprovechaba y entraba con la
vendedora en la trastienda largo rato.
Luego se vio que Mr. Stieb volvía a servir a la clientela y que la vendedora
de gallarda figura estaba en la caja como en un trono.
Luis no recordaba si es que se habían casado. Si así fue, debió ocurrir en
medio de algunas de las crisis de apatía en que solía sumirse su inteligencia.
Tampoco supo si Vladimiro había robado otro reloj y se lo había dado a
Alicia. Hasta el quinto año hubo en su memoria un vacío de ideas y en el que
sólo existía una impresión de calor, de sol, de vituallas, de pescados y de todos
los olores de la calle.
Vladimiro había vuelto de la escuela con un cartapacio que tiró en un rincón,
cerca de la cama de Emilia. Luis no le había visto jamás abrir un libro ni hacer
unos deberes.
Todos eran ahora diferentes. Salvo el hecho de vivir en la misma casa, comer
juntos (no siempre) y dormir en los mismos jergones, realmente la convivencia
era escasa.
Vladimiro se peinaba su negro y sedoso cabello, haciéndose una crencha que
le caía sobre los ojos. Los gemelos tenían las caras más cuadradas, más huesudas
y se hacían cortar el cabello en forma de brocha.
Alicia, la rubia Alicia, de apariencia frágil, empezaba a mostrar su feminidad
por las hinchazones pectorales.
Luis no podía verse a sí mismo. El único espejo que había en la casa, clavado
en la pared, estaba muy alto para él, y para lo que más servía era para que su
madre se hiciese el moño.
Luis era tan corto de estatura que parecía más niño que los otros niños. ¡Y
bien que él lo sabía…! Pero sus cabellos aún eran más finos que los de los otros,
e incluso que los de Alicia.
Emilia comenzaba a andar a gatas dentro de un amurallamiento de colchones
que se le preparaba cuando todos estaban ya levantados.
¿Por qué retenía más la imagen de Emilia que la de los gemelos? No lo sabía.
Y no le era posible recordar de ellos ni los gestos ni las actitudes.
Un verano, Gabriela le cortó el pelo y quedó sorprendido de ver cómo cogía
un mechón y lo guardaba en un papel de seda. Pero si ciertamente se acordaba de
este detalle, no podía hacerlo respecto al sitio ni el día en que se lo hizo.
Empezó a descubrir entonces las características de la calle Mouffetard,
recorriéndola de punta a punta. Paseaba solo, con las manos metidas en el
pantalón. Una calle que él tenía clasificada en dos mitades diferentes.
A la derecha y subiendo hacia la contraescarpa, las tiendas estaban pegadas
las unas a las otras. Se veían menos callejones sombríos y había pocas carretillas
en las aceras. Era un mundo extraño.
Descendiendo hacia la iglesia de San Medardo, la calle se hacía más
despejada y sobre todo más bulliciosa, llena de ruidos diferentes, gritos de
comerciantes, montones de detritus y apilamiento de vituallas.
Iba muchas veces a ver a su madre, que ya de muy lejos divisaba, detrás de
su carretilla verde y, en los días de sol, bajo el toldo sujeto con bramantes.
—Pruebe mi pescado, señorita… No tenga miedo. No lo hay igual en todo
este mercado.
La mercancía variaba cada día, unas veces pescado, otras frutas, otras
hortalizas.
—¡Míster William! Mis peras. ¡Mírelas! Vamos, no sea tímido. Su mujer no
le va a regañar por esto.
Una pizarra puesta en lo alto de la carretilla, un tablero conteniendo la
balanza de hierro, el toldo y una silla, era todo el ajuar de su comercio.
La madre no tenía tiempo de atenderlo antes. Jamás hablaban en familia.
Pero ahora sí; le hablaba, le atendía.
—¿Está Alicia con la pequeña?
Él se preguntaba cuándo iba Alicia a la escuela. Su madre le daba una fruta,
una rama de ruibarbo ácido y algunas habas. Rara vez una moneda de un sueldo.
Entonces él se marchaba culebreando entre la multitud y parándose a veces a
mirar lo que hubiera en la panadería o los montones de mejillones, amén de
aquellos pescados raros de ojos glaucos.
Una vez tuvo que pasar por encima de un hombre vestido de harapos, que
dormía en el suelo, de barba hirsuta, y en medio de un charco de vómitos.
Nunca fue más allá de la iglesia. No le interesaban los coches, ni los
omnibus, ni las carrozas de dos y cuatro caballos. Era una batahola que le
molestaba.
Salvo aquella vez que paseó prensado en la berlina del cochero, con la
familia, no había vuelto a salir de su barrio. Y en aquella excursión lo que le
pareció más fantástico fue cómo las aguas del Sena discurrían mansamente, cuán
anchas y altas eran las casas, las avenidas, y cómo las jovencitas vestidas de
blanco jugaban con sus sombrillas. También recordaba a aquellos caballeros
encopetados, de calzado brillante, y aquellos oficiales del ejército, con sus
charreteras de oro. Todo era indudablemente bello. A su madre le entusiasmaba.
—Fijaos. La tela es de blonda y las joyas auténticas. Suficientes para
comprar toda la calle de Mouffetard.
Pero a él no le causaba tanta impresión. No le desorbitaba de la realidad.
Pero acababa doblegándose.
Los Doré vivían enfrente. Eran para Luis la cosa más extraordinaria del
barrio. Durante algún tiempo fueron lo más importante en su vida. Habitaban en
el primer piso, encima de la tienda de M. Stieb, ocupando todo el piso, que tenía
por lo menos seis habitaciones. Era todo lo que Luis podía escudriñar cuando se
abría la puerta, un buen rato, en aquel piso.
Los suelos, entarimados y bien encerados, refulgían al sol como si fuesen de
vidrio. En algunos sitios estaban cubiertos por alfombras de colores en las que
predominaba el Corinto.
Mme. Doré y su marido eran viejos. Lo menos tenían cincuenta años. En
verano estaban abiertas las tres ventanas todo el día y una doncella joven, con
delantal y cofia blancos, sacudía los trajes y las alfombras echando el polvo a la
calle.
¿Quién de los otros inquilinos tenía criada? Ninguno. Mme. Doré llevaba un
duro corsé, tan tieso que le daba el aspecto de una estatua. Su negro moño
presentaba algunas hebras blancas. Jamás se la veía desaliñada. Llevaba largos
vestidos con mangas afaroladas. Los colores eran siempre indefinibles. Por
ejemplo, el violeta que tiraba a malva o el amarillento que verdisqueaba.
Las dos habitaciones delanteras eran el comedor y el salón. Para el desayuno,
los Doré ya bajaban completamente peripuestos, sin que en la cabeza de ella
hubiese un solo pelo fuera de sitio y llevando una gargantilla negra que la
obligaba a tener el cuello tieso y el mentón estirado.
Numerosos utensilios que Luis no sabía para lo que sirvieran, estaban
simétricamente colocados sobre el blanco mantel. Casi todos los días Mme. Doré
llamaba a la criada agitando una campanilla para decirle que pusiera tal o cual
objeto en su sitio exacto.
Monsieur Doré era grueso, llevaba largas patillas y un batín color habano,
con los galones de pasamanería.
Jamás se les veía hablar. M. Doré leía su periódico hundido en la butaca de
terciopelo. Después de cada comida se le enrojecía enormemente la cara. Su
mujer abría el aparador, le servía un vaso de licor y le daba un puro.
Eran los propietarios del inmueble. Tenían otros muchos en la misma calle.
En verano M. Doré salía a la calle con chaqué gris perla y tenía gran cuidado
en no mancharse los pies en los detritus de la calle. Llevaba siempre un bastón
con puño de marfil. Sus ojos reflejaban un cierto aire de melancolía.
Monsieur Doré había tenido anteriormente una quincallería en la misma
calle, algo más abajo de donde vivía. El abuelo Doré fue el fundador del negocio
y creador de la fortuna. Había comenzado de herrero.
Los Doré tenían para Luis una cierta conexión con la idea de la enfermedad.
Igual les ocurría a sus hermanos. Lo pensó en un verano muy cálido mientras
Luis paseaba incesantemente por la calle. El calor produjo relámpagos, los
relámpagos lluvia torrencial, y las alcantarillas se salieron de cauce, inundando
la calle. Acudieron los bomberos y brigadas de limpieza para reparar los
destrozos.
Acabaron los relámpagos, pero no la lluvia. Más fría cada vez. No recordaba
si esto fue en octubre o noviembre, pero sí que ya los cristales se empañaron y
podía hacer dibujos en ellos con sus dedos.
Una noche, Luis se sintió muy enfermo. Tenía grandes dolores de vientre y
necesitó usar varias veces el vaso de noche. A la mañana siguiente sintió fiebre y
gran pesadez en los ojos. No se lo dijo a nadie, porque le resultaba muy
desagradable. Cuando por la mañana salió un momento encontró a M. Doré que
llevaba abrigo y paraguas.
—¿Tú no comes?
—No tengo apetito.
—¿Has ido al retrete esta mañana?
—Una vez.
—¿Muy líquido?
—No me he fijado. Me parece que muy claro.
—Si eso te continúa, debes llamar al médico.
Jamás había entrado en su casa un médico. Pero conocía al hombre vestido
de negro, con la cartera de instrumental bajo el brazo, y que caminaba
fatigosamente. Decían que era el médico.
Su madre prefería ir al farmacéutico, que no le planteaba problemas y se
limitaba a darle un jarabe o un polvo soluble que tenía gusto amargo.
—¿Estás enfermo, Luis? —preguntó Gabriela.
Alicia cuidaba de la pequeña, que nunca jugaba. No estaba triste, pero no era
tan vivaz como otras niñas.
—No, mamá. Solamente el vientre que me duele un poco.
—¡Pero si tienes la cara muy encendida…!
Ya lo notaba él, que sentía cada vez mayor ardor y tenía que arrimar su rostro
a los cristales para refrescarse. Era frío y calor al mismo tiempo. Cosa
desagradable y agradable al mismo tiempo. Hubiera querido acostarse, pero no
se atrevía a hacerlo, porque si realmente estaba enfermo lo llevarían al hospital,
donde nadie de la familia había ido nunca.
—El niño de la pescatera está en el hospital.
—¿Y qué es lo que tiene?
—No se sabe. Algo de la cabeza.
Algunas veces veía pasar una ambulancia, los enfermeros entraban en una
casa y volvían a salir con una persona en la camilla. Ordinariamente una mujer o
un hombre viejos. Él recordaba una que chillaba y trataba de escapar de los que
la conducían.
—¡No quiero, no quiero!… ¡Socorro!… No dejen que me lleven… ¡María,
Hortensia!… ¡Socorro!… Si entro en el hospital no volveré a salir. ¡Yo quiero
morir en mi casa!
Luis había presenciado la escena en silencio, pero la recordaba, así como las
palabras de una vieja que comentaba:
—Yo la comprendo… ¡Pobre! Sin duda estará mejor cuidada en el Hospital
Cochin, pero yo también preferiría morir en mi cama.
Y a Luis le ocurría lo mismo. Tampoco quería morir en el Hospital, si había
que morir. Por eso callaba su dolor, y aunque la habitación le daba vueltas, tuvo
pesadillas y alucinaciones, quería seguir allí. Unas veces notaba que se inflaba
como un globo y se pegaba al techo. Otras que estaba prendido allá arriba y
nadie le ayudaba a bajar.
Cuando superó la crisis, la colcha en que se envolvía estaba húmeda y su
cuerpo como desinflado. Su madre ya se había marchado a Les Halles. Hacía un
buen día y seguramente que ella estaba con su carrito en la acera.
Sentada en uno de los jergones de los gemelos, Alicia, con la barbilla pegada
a la mano y el codo sobre sus piernas, miraba a su hermano fijamente. Como
jamás lo había hecho. Preguntó:
—¿Tienes ganas de comer?
—No. ¿Estoy muy encamado?
—Al contrario. Estás muy blanco.
Alicia parecía sumergida en un ensueño profundo, pero no quitaba los ojos
de los de su hermano.
—¿Quieres un vaso de café con leche?
—No.
No tenía gana de nada. Deseaba solamente dormir. Los párpados le pesaban.
Sentía un gran decaimiento.
—Bueno, ¿quieres o no?
Al fin dijo que sí. Alicia entró en la cocina mientras Emilia andaba a gatas
por la habitación jugando con una caja de metal.
Volvió Alicia con el vaso, ayudó a su hermano a beberlo y le dijo con grave
expresión:
—Como notarás, estás muy malito. Si te llevan al hospital, seguramente te
abrirán la barriga como a una niña que yo conozco. Y le salió una enorme
cantidad de pus. Luego la cosieron. Me enseñó la cicatriz enorme. Luego bajé y
vi en el sótano un cuarto lleno de ataúdes preparados para los que se mueren.
Cuando Alicia hablaba así, parecía una persona mayor. Luis no dudaba de
que todo aquello que contaba era cierto, con la autoridad del que sabe mucho,
aunque no pueda hacer nada.
—Yo no estoy enfermo.
—No seas tonto. Lo estás. Y mucho.
—No lo creo. No es cierto.
—Sí que lo es. Quiero cuidarte.
Y entonces él se la representaba abriéndole el vientre con un cuchillo o unas
tijeras.
—Pediré un medicamento al farmacéutico.
—No digas nada a mamá.
—No. No se lo diré.
—Pero ¿de dónde sacarás el dinero?
—Del jergón de Vladimiro, donde seguramente encontraré algo.
—¿Tú quieres mucho a Vladimiro?
—Sí… Verlo muerto.
Luis amaba a todos, incluso a los gemelos, que sólo se ocupaban de él para
burlársele en sus narices. Decían que era el más bajito de toda la casa, que nunca
crecería y que se quedaría enano, como aquel que vivía en la calle Pot de Fer.
—No. No le quiero.
Y confirmaba con rotundos signos de cabeza, mientras registraba sin
escrúpulo el jergón de Vladimiro, mirando si allí había dinero. Luego agregó:
—Vladimiro es muy cruel. Algunas veces, en lugar de lamer, muerde…
Luis no la vio salir. Desde entonces no supo lo que pasaba a su alrededor.
Pasó varios días inconsciente y cuando se recuperó, su madre estaba ante él con
una lámpara encendida y apretando una compresa húmeda sobre el vientre de su
hijo. Aunque procuraba reprimirse, no pudo evitar algunos gemidos. Su madre
seguía arrodillada a sus pies. Los otros dormitaban.
—¿Te encuentras peor?
—No. Pero me ahogo.
—Estate quieto. La quietud te hará mucho bien.
Su madre le puso la mano sobre la frente:
—Ya no estás tan ardoroso. Bebe un poco de este caldo que te he preparado.
No tenía apetito alguno. Sólo sed. Sed de agua bien fresca. Pero su madre le
obligaba a tomar el caldo. Seguía fatigado y no quería más que dormir. Preguntó:
—¿Por qué está esto tan mojado?
—Porque has sudado mucho y no te he cambiado el jergón para que no te
enfríes.
Aquello duró varios días, pero él no se dio cuenta del tiempo y de lo ocurrido
hasta bastante después. Su abuela pasaba algunos días por la casa. Le hacía
tomar el caldo a cucharadas.
Cuando cedió la crisis y abrió los ojos, la primera cosa de la que quiso
cerciorarse era de que seguía en su cuarto. Temía hallarse en el hospital.
También quiso asegurarse de que el viejo médico ya no estaba allí.
Una vez le pareció que Vladimiro lo contemplaba algo al estilo de Alicia.
Como si esperase verlo morir por curiosidad de ver de qué manera sucedía.
—¿Estás malo?
—No.
—¿Tienes frío?
—Al contrario.
—Pues ayer tiritabas y te crujían los dientes. ¿Vino el doctor?
—No. —Y agregó—: Gracias.
Porque esta vez fue la primera en que Vladimiro le ofreció bombones y por
eso le daba las gracias. Vladimiro siempre tenía provisión abundante de
golosinas.
Este gesto de su hermano le llenó de ternura hacia él. Y también la sentía por
Alicia y los gemelos. Sobre todo, sin saber por qué, por la pequeña Emilia, que
había sido llevada a la cocina para apartarla del contagio. Los otros ya eran lo
suficientemente mayores para temerse este peligro. Y además habían tenido
también esa clase de diarrea febril.
—¡Gracias! —repetía Luis con la mayor solemnidad. Él hubiera deseado ver
allí en aquel momento a su madre y a su abuela, que estuviera toda la familia,
para que el bloque se uniese más. Porque aunque todos eran distintos entre sí,
entre todos podían organizar mejor la defensa.
Se consideraba un simple chiquillo. Tenían razón, pues, los gemelos. Era el
más pequeñito de todos. En estatura y en espíritu. Pero si él seguía viviendo, los
ayudaría a todos, en cuanto pudiese, aunque fuera el más insignificante de la
familia.
Sabía, pues, que no era más que un chiquillo. Y le asustaba dejar de serlo,
porque cuando llegara a ser viejo, su madre aún lo sería más que la abuela, si es
que vivía aún. Y si es que él vencía aquella enfermedad y se hacía fuerte.
Cuando Vladimiro llegase a hombre, seguro que se iría de la casa. Y los
gemelos también. A veces se preguntaba: «¿Por qué no casarse ellos con la
misma mujer?». Él podría hacerlo con Alicia, para que siempre ella estuviese a
su lado. Temía quedarse solo, porque creía que la soledad le mataría.
En la cocina hablaban de una manera que él no entendía mucho. Eran las
voces de su madre y de una vieja vecina que hacía faenas domésticas y era
bastante sorda.
—Usted puede hacerle la cura, poniendo esto en una cucharada de harina con
agua, una pulgarada de salvado y haciendo una masa bien caliente.
—Necesito volver a trabajar. Estas semanas, entre la lluvia y la enfermedad,
casi no he hecho nada. Así es que me voy. Y si ocurriese algo, Mme. Gibelin,
avíseme enseguida.
—Descuide, Mme. Heurteau. El trabajo es lo primero. Yo lo comprendo.
Váyase tranquila. Yo sé lo que es esto, porque toda la vida no he hecho otra cosa
que trabajar.
—Pero si ocurre algo, ¿eh?… ¿Si ocurre…?
Parecía, pues, que Luis estaba en trance de concluir. Pero la verdad es que él
no lo sentía así.

* * *

Nunca supo cuánto tiempo duró la enfermedad, ni de qué clase era la


dolencia. Sólo recordaba las enfermedades que tuvieron sus hermanos, cuando al
volver de la escuela se quejaban también de dolor de cabeza, más luego los
vómitos. Gabriela estaba en casa. Hizo beber a los pequeños una tisana, que les
dejó rendidos, poniéndoles luego compresas húmedas, que llegaron a aplacar la
fiebre.
El invierno se había anticipado. Luis recordaba muy bien que se encontraba
arrodillado viendo caer la nieve. Mme. Doré también contemplaba el mismo
espectáculo. Fue ésta una época extraordinaria a pesar de que Vladimiro le
miraba de manera torva y diciéndole:
—¡Ya está! ¡Ya me has pegado tu mal!
Con motivo de las enfermedades se aumentó el tiempo de encendido de la
estufa y se la recargaba todo lo posible de combustible. El vaso de noche se
vaciaba dos veces por día. Gabriela se veía obligada a trabajar porque, según ella
decía, el crédito sólo se les da a los ricos.
Mme. Gibelin iba dos o tres horas al día y se ocupaba principalmente de
Emilia. Guy, uno de los gemelos, dedicaba a su hermano enfermo el lado
preferente del jergón.
Luis veía cómo su madre dejaba el carrito unos momentos, subía al piso,
tocaba la frente de los pequeños, preparaba las compresas y les daba cucharadas
de un jarabe viscoso, para volverse enseguida a la calle, bien arropada en su chal
de punto de lana.
—Si tenéis necesidad de mí, que venga Luis a buscarme.
Porque Luis era el más servicial de todos. Su pelo se iba haciendo más
sedoso. Se le rizaba también cada vez más.
Pasaba la mayor parte del tiempo asomado a la ventana, o se entretenía
contemplando las brasas de la estufa.
La pequeña Emilia gateaba por toda la habitación jugando con cualquier cosa
que le venía a las manos. Se la acostaba en su jaula de hierro. Una mañana que
no se la sintió despierta, vino su madre a verla y la encontró muerta.
Mme. Gibelin, que aquel día vino más tarde, se encontró con el triste
acontecimiento y se consoló bebiendo un gran vaso de vino.
—Es preciso hacer la declaración del fallecimiento en la Alcaldía, y esto lo
ha de hacer el doctor.
Luis no lloró ni estaba triste. Su verdadero sentimiento era más bien una
especie de extrañeza.
Sobrevinieron las idas y venidas. Emilia había comenzado la serie de niños
que morían de la misma enfermedad. Luis hubiese querido que todas las gentes
que venían a la casa mirasen bien aquella lívida carita de la hermana muerta. Los
visitantes hacían comentarios, daban consejos, contaban historias similares y
luego se informaban de cuándo iban a celebrarse los funerales en la próxima
iglesia.
Naturalmente, también vino el doctor que la asistió, siempre con su estuche
quirúrgico bajo el brazo. Lo que más sorprendió al viejo médico fue aquel
trapajo agujereado que dividía en dos la estancia.
Auscultó a los gemelos. A Alicia también, pero Vladimiro se escondió detrás
de la alacena, para evitar el reconocimiento. El doctor, con aire resignado de
hombre que nada puede hacer ya, empezó a murmurar: «¿Cómo empezó
aquello? ¿Lo tuvo también Luis? ¿Cómo es que no está aquí? ¡Ah! —Luis
acudió—. Enséñame la lengua, pequeño, no tengas miedo. ¿Eras tú el que estaba
tan mal? ¿Tenías mucho dolor de vientre? ¿Evacuabas mucho? ¿Qué es lo que te
dio tu madre? Ah, sí, compresas frías… Bueno, enséñame otra vez la lengua.
¿Comes bien? Luego tú también has tenido este mal. ¿Y tu hermano?
Evidentemente. Evidentemente, evidentemente… Estos niños debieron haber
estado aislados desde el primer síntoma. No le hago reproches, no, porque de
todas maneras ahora no hay plazas libres en el hospital. ¿Y tú, pequeña Alicia?
¿Te sientes mejor? Apuesto a que has sido tú la que has cuidado de tus
hermanos».
Buscó una mesa para escribir y tuvo que ir a la cocina a extender el
certificado de defunción y las recetas que creyó necesarias.
—Señora, ¿verdad que usted vende hortalizas y pescado? ¿Verdad que en un
carrito abajo de la calle? La he visto varias veces. ¿Es usted del barrio? Hasta me
parece que mi esposa es clienta de usted.
Antes de poner a la nena en el ataúd, encerraron a los otros chicos en la
cocina. Luis oyó los martillazos del carpintero, que no era el del patio, sino otro,
más importante, que se dedicaba a construir féretros.
¿Había pasado el cadáver de Emilia la noche con ellos? No lo recordaba
Luis. Ni otros detalles, tal vez más importantes.
El entierro se hizo en una mañana muy fría y ventosa. Los vecinos que
esperaban en la calle se sujetaban los sombreros y las gorras. Las faldas de las
mujeres ondeaban como banderolas.
Vladimiro ya estaba lo suficientemente bien como para poder salir. Pero no
por eso compareció al entierro. Prefirió huir y volver tarde a casa. Gabriela
regresó bastante bebida del cementerio. Su madre la acompañaba y hacía
esfuerzos para meterla en la cama con una botella caliente sobre la espalda.
—Tengo miedo de que hayas cogido una pulmonía.
—No, mamá. Hoy no es día de dejarse hacer mimos.
Preparó Gabriela un estofado y todo el mundo comió con apetito. Incluso los
gemelos, que aún tenían temperatura.
—Lo que me consuela es que la nena seguramente no ha sufrido. Vale más
que se haya ido de este cochino mundo antes de conocer nuestra vida de perros.
—¡Gabriela!…
Su madre la llamaba al orden y, para consolarse, ella también se atizaba sus
buenos tragos de vino tinto.
—Tienes razón, mamá. ¿Qué le vamos a hacer?… Así es la vida, ¿no?
Mucho más tarde conoció Luis detalles de boca de Vladimiro y Alicia. No se
equivocaba ésta cuando decía que Vladimiro era cruel. Un día se confió a Luis:
—No puedes imaginarte lo que me obliga a hacerle.
—Lo he visto.
—Cuando miraba por el agujero de la cortina me empujaba a hacer lo mismo
que hacía mamá.
—Sí… —admitió Luis, enrojeciendo.
—Pues eso no es todo. A él le daba rabia no poder hacerlo lo mismo que los
hombres. No sé por qué. Y sacaba del jergón una zanahoria grande y me la
hundía. Yo no podía gritar para que mamá no se enterase, ni tampoco el tipo que
se acostaba con ella. Yo no sé cuántas veces he sangrado, ni los días que me
duraba la irritación.
Luis no quería más testimonio ni detalles y escuchaba aquello de una manera
distraída, como si le interesase poco. No quería tomar partido por nadie.
Una vez, al intervenir su madre en una pelea entre los gemelos, le interrogó:
—¿Quién ha comenzado?
—No lo sé —respondió dulcemente—. Yo no estaba mirando.
Y no era cierto. Él observaba y retenía muchas cosas y gentes, pero no ponía
atención más que en aquello que hondamente le interesaba.
Aquel invierno, que vino más anticipado que otros, Luis entró en la escuela
comunal.
No guardaba impresiones de su primer día de clase, y eso que suele ser el día
que más se nos queda grabado en la memoria. Pero a él no le dejó rastro. En
cambio, sí tenía recuerdos muy precisos de cuando entró a trabajar en casa de
M. Lenain, un almacén de confecciones, cerca del cual su madre ponía siempre
su carrito. Lo que más grabado le quedó fue el apresto de las telas, la tiesura de
los delantales almidonados y luego la cercana vista del establecimiento de
calzado de M. Stieb. Éste decía a una clienta:
—Mire qué bien ajustan. Parecen hechos a su medida.
¿Se habrían casado M. Stieb y la señorita de la caja? Sí. Lo hicieron,
discretamente, en una primavera suave, llevando ella traje blanco, velo y azahar,
y habiendo durado el cierre de la tienda, con este motivo, más de tres días.
En la pared había un letrero diciendo: «Prohibido fijar anuncios». Era un
edificio gris con las puertas pintadas de verde. En la calle, la tierra estaba
endurecida a fuerza de pasar gente, y dentro el suelo enlosado, más una
marquesina para resguardar a la gente en días de lluvia.
Su clase en la escuela estaba en el piso bajo. Le habían puesto en el primer
banco, porque como era tan bajo de estatura, podía atender mejor sin que le
estorbaran los cuerpos de sus camaradas. Desde allí veía perfectamente los
castaños del patio. El maestro le preguntó:
—¿Estás seguro de que tienes seis años?
—Sí, señor.
Esto no se lo preguntó solamente el primer día, sino otros más.
Desde su sitio contemplaba las paredes cubiertas de mapas murales, aunque
ignoraba de qué países eran, porque todavía no sabía leer. Aun cuando distinguía
bien las diferentes manchas de color de las regiones o provincias, colores
diferentes, y sobre todo el rosa malva de las más grandes de aquellas manchas.
En su pupitre había un revoltijo impresionante de trazos burilados. En
algunas partes los nudos de la madera sobresalían venciendo la pintura negra.
Casi todos los dibujos estaban punzados con cortaplumas.
—¿Qué es lo que miras, Cuchas?
—Nada, señor.
Cada vez que el maestro se dirigía a él le llamaba por su apellido, y un
alumno se enderezaba siempre que lo oía nombrar, como si le divirtiese tan
extraño apellido.
—¿Qué es lo que te he dicho?
—No lo sé, señor.
—Pues ahora ponte a hacer palotes en tu pizarra, cuidando de que siempre
guarden entre sí la misma distancia.
Luis hizo como se le decía. Él no se revolvía, como Vladimiro, ni tenía
horror por la escuela, como les sucedía a los gemelos, que solamente se
encontraban bien en el recreo.
Los alumnos mayores bajaban al patio para el asueto a las diez de cada
mañana, y los pequeños una hora más tarde. El barullo se iniciaba
repentinamente con el claqueteo de los duros zapatos cuando los escolares
descendían a todo correr por las escaleras.
Los gemelos jugaban con un balón rojo de caucho, que sus camaradas les
disputaban enérgicamente, enviándolo por encima de sus cabezas. Una especie
de fútbol.
Vladimiro estaba con los mayores, pero siempre se paseaba muy distanciado
de los demás, con un amigo que Luis conocía sólo de vista, hijo de un
comerciante de la calle. Ignoraba cómo se llamaba. La tienda de su padre tenía
este letrero: «Casa de los españoles». No tenía escaparates. Era como un largo
corredor cuyos dos lados estaban rebosantes. Luis contemplaba con envidia y
admiración aquellas mercancías. Los cocos, por ejemplo, de pelo áspero y una
mecha roja en forma de perilla, abiertos algunos para que se viese la sabrosa
pulpa blanca de su interior.
Luis no había comido nunca de aquello. Ni granadas, ni mandarinas de
aquellas envueltas en papel plateado, ni naranjas, también envueltas en papel, ya
no de plata, sino de seda plisada; los suculentos salchichones colgados del techo
y los jamones curados, al lado de pilas de dátiles africanos trenzados por los
tallos. Todo tenía un aspecto estimulante, muy diferente de lo que se comía en
casa, porque ellos no tenían muchas variaciones. Peces más o menos grandes,
más menos que más, ensalada con salsa picante, gambas y anchoas prensadas
formando rueda. En aquel almacén, en cambio, también había botellas de vino
de varios tipos y marcas, latas de conservas de diferentes contenidos y otros
artículos a cuál más excitante del apetito.
Todo eso maravillaba a Luis, que envidiaba a Vladimiro por ser amigo de los
españoles y principalmente de aquel compañero suyo que vivía en medio de
tanta cosa buena que Luis comería con gran placer.
Dicho amigo de Vladimiro era moreno, pelo negro y ojos de largas pestañas.
Los labios eran rojos, tanto que parecían maquillados.
Vladimiro y su amigo despreciaban la curiosidad de los demás escolares de
su clase, y hablaban entre sí secretamente. Observaba Luis que el amigo de
Vladimiro lo trataba no como si éste fuera su amigo, sino su jefe. Y un jefe
admirado.
—¿En qué piensas, Cuchas?
—Miraba a mi hermano, señor.
—Pues ya lo mirarás en la calle. Aquí se viene a estudiar y a trabajar.
Después del recreo los mayores dejaban pasar a los pequeños para su turno.
Luis, entonces, no sentía deseo de jugar con sus compañeros, ni entablar amistad
con ellos. El que compartía el pupitre con él y era poco más o menos de su
misma edad, tenía la particularidad de una gran verruga roja en la frente.
—¿Por qué te apellidas Cuchas?
—Porque es ése mi apellido.
—¿De qué país es?
—No lo sé.
—¿Tienes padre?
—No.
—¿Murió?
—No lo sé.
—¿Tampoco lo sabe tu madre?
Esta pregunta le pareció absurda a Luis, por lo que se limitó a encogerse de
hombros. Volvió a su idea de mirar desde la clase el negro tronco de los
castaños, y sobre todo uno de ellos, que también tenía una verruga enorme en la
mitad del palo. Le gustaba pasar la mano por ella.
—¿Dónde vives?
—Rue Mouffetard.
—¿Qué hace tu madre?
—Vende hortalizas. También pescado.
—¿Tiene establecimiento?
—No. Sólo una carretilla.
—¿Sois pobres?
—No lo sé.
Y era verdad que no lo sabía, porque nunca se había molestado en
preguntarlo.
Se acordaba sólo de que en el inmueble donde tenían la habitación,
prácticamente todos eran pobres. Incluso M. Kob, el que descuartizaba
cadáveres y llevaba cuello de celuloide.
—Esas gentes se ven obligadas a gastar en vestidos —decía su madre— lo
que ahorran de comida. Porque estoy segura que comen menos que nosotros.
Hay personas que juegan a ser damas o caballeros, y sólo emplean un cuarto de
hora en hacer la compra. Terminan preguntándome si tengo mercancía de
desecho.
—Mi padre trabaja en un Banco.
Esto no impresionó a Luis, porque no sabía lo que era un Banco.
—Mi madre no trabaja y tenemos mujer de hacer faenas, que viene todos los
sábados. Mis dos hermanas van a un colegio de monjas. ¿Eres tú tan bajito
porque no comes lo suficiente?
—Siempre he sido bajito.
—¿Por qué?
—¡Y yo qué sé…!
Este problema nunca se lo había planteado Luis. Su calma amable y su
perenne sonrisa venían seguramente del hecho de que nunca se planteaba
problemas.
—Tanto peor para ti, porque los grandes te pegarán siempre y tú no podrás
defenderte.
En esto llegó la hora de alinearse para entrar en clase, Y cada uno a hacer sus
palotes.
CAPÍTULO III

E l profesor era un hombre muy gordo, deforme e incoloro. Se llamaba


M. Charles. Tenía 28 años, soltero, y vivía en una pensión de la calle
Lhomond, donde se le repasaban las camisas apurándolas y sus viejos vestidos
bastante raídos. Casi no tenía nariz, y esto, con su boca pequeña, le hacía parecer
un niño grande. Se le notaba el complejo de su fealdad y ni siquiera podía
presumir de elegancia.
Desde los primeros días se establecieron entre Luis y su profesor unas
misteriosas relaciones mentales, que podía decirse que eran como una corriente
eléctrica. No era simpatía. Tampoco era antipatía. Era una especie de afinidad
mental.
La única nota de coquetería en el profesor eran sus chalecos de fantasía, que
contrastaban con sus chaquetas tan usadas, en las que se veía incluso la trama del
tejido.
Daba las clases en una pieza con las paredes pintadas de verde claro, y
mientras los pequeños hacían palotes, los de la próxima clase, que también
atendía M. Charles, estudiaban Historia de Francia.
Luis era aplicado, pero sin ardor y sin mucho entusiasmo. Trabajaba en lo
que se le mandaba, porque creía que esto era lo correcto, y nada más.
Cuando su compañero de pupitre, el hijo del empleado de Banca, salió de la
comunal para ir a otro colegio, el profesor dijo a Luis:
—Cuchas: en lo sucesivo usted encenderá la estufa.
Los escolares todos se echaron a reír. ¿Era una burla del profesor? Porque la
estufa era un grueso cilindro, alto y negro, de más de dos metros, cuyo caño
entraba en el techo, y Luis se las vería muy negras para alcanzarlo. Pero Luis
resolvía bien las cosas cuando echaba paletadas de carbón, con la suficiente
habilidad para que no se notasen sus dificultades de talla. Eran éstos los mejores
momentos de la jornada. Nadie encendía la estufa como Luis. Entonces no se
utilizaban bolas de cok, sino antracita corriente. Era una cosa sorprendente
contemplar las filigranas que había de hacer Luis para cerrar la boca de la estufa.
En el patio, ya dijimos que él no solía jugar. No le apetecía. Se quedaba en
un rincón, mirándolo todo, recogiendo piedrecitas o removiéndolas con el pie.
Sus compañeros, cuando pasaban corriendo, hacían como que tropezaban con él
sin querer, pero en realidad con intención. Él se daba cuenta de todo, pero no
protestaba. Sin malhumorarse, sin rencor, siempre con una vaga sonrisa en los
labios y una luz íntima en sus ojos azules.
Estos dos años de clase con M. Charles le pasaron muy pronto. No hubiera
podido precisar cuándo comenzó a leer y a escribir.
Para Luis el paso del tiempo se lo marcaban los árboles del patio. Los
troncos se ponían más negros, menos rugosos, y las yemas primaverales
apuntaban blanquecinas para desarrollarse en verdes hojas, que luego daban
sostén a los pajarillos, muchos de los cuales eran de especie desconocida, a su
entender.
—¿Qué hace, Cuchas?
Entre sus compañeros había la costumbre de llamarle «Cuchas» con cierto
deje cómico.
—Estoy mirando.
—¿Puedo preguntarle qué es lo que mira con tanto interés?
—Esa nube.
Era una nube ligera que estaba en lo alto del castaño y tenía un reflejo
azulino.
—Supongo que le resulta interesante.
—Sí, señor.
Los alumnos se solazaban a hurtadillas de tal respuesta. Se había convertido
Luis para ellos en un juego del que, a veces, participaba el maestro. Al que
siempre contestaba con una voz melodiosa.
—¿Para qué le sirve la pizarra?
—Para escribir, señor.
El incidente de las canicas de cristal ocurrió más tarde, en plena primavera,
cuando nacían las hojas nuevas. Todo el mundillo aquel jugaba con canicas
durante el recreo. Él también tenía en el bolsillo unas de ágata, muy lindas. Otras
eran de cristales multicolores con estrías polícromas en su interior. No las había
comprado, sino que se las había dado Vladimiro, que por aquel entonces
adoptaba un aire protector hacia Luis, y un día que se sintió generoso le hizo el
regalo.
—Puedes quedártelas, si te divierten. Yo ya no juego a eso.
Estaba Luis jugueteando con las bolas y el sol las hacía centellear. Un chico
se le acercó:
—¿Dónde las has comprado?
Se llamaba Randal aquel chico y era el gallito de la clase.
—No las he comprado.
—Entonces las has robado.
Le pareció que Randal se ponía amenazador.
—No las he robado. Me las ha dado mi hermano.
—Está bien: Dame la amarilla y la azul.
—No.
—Sí. Inmediatamente.
—No.
Cuatro o cinco chicos les rodearon curiosos. Eran de la banda de Randal.
—¿No me has entendido?
—Sí.
—¿Sabes lo que va a pasar?
—No.
Entonces Randal, que era mucho más alto, se abalanzó hacia Luis, haciendo
antes un guiño a sus camaradas. Luis, con un movimiento instintivo, apretó
firmemente las canicas que se metió en el bolsillo. Randal le asió el brazo y se lo
retorció.
—¿Y ahora?
—No.
Rodaron los dos por el suelo y Randal golpeaba firme, mientras se esforzaba
por sacar la mano de Luis de su pantalón, el cual quedó desgarrado.
—¿Te resistes aún?
—Sí. Son mías.
—Eso no es cierto. Me las has robado.
A Luis le sangraban los labios. A su alrededor había un círculo de piernas.
Sonó la voz del maestro:
—¿Qué pasa aquí? ¿Quiénes pelean?
Randal se levantó inmediatamente, gritando:
—Es él, es él…
—¿Me quiere usted hacer creer que Cuchas le ha pegado?
Luis se levantó también y se pasó la mano por la boca llena de sangre.
—¿Por qué han peleado ustedes?
—No nos hemos peleado. Cuchas me ha quitado las canicas y no me las
quiere devolver.
Mr. Charles miró a su alrededor. Los alumnos ni negaban ni asentían. Uno o
dos, de los más amigos de Randal, fueron los únicos que bajaron la cabeza
afirmando.
—¿Es verdad eso, Cuchas?
Luis, en vez de contestar, sacó del bolsillo su puño cerrado, lo abrió, cogió
las dos bolas que Randal quería y se las ofreció. Randal titubeó.
—Vamos, Randal —dijo el maestro—. ¿Es que no las quiere?
—Sí, señor.
—Pues ya ve que no hay necesidad de romper el pantalón de su camarada, ni
hacerle sangre, por eso.
—Excúseme, señor.
Entonces a todos les pareció que Cuchas sonreía de una manera
imperceptible, como el reflejo de un gozo interior.
—Que no vuelva a suceder. Al primero que vea peleando le pondré dos horas
de castigo.
A partir de ese día se produjo en la clase una evolución mental en los chicos.
También en el fuero interno de Luis.
Salían en grupos de la escuela, cada cual con los de su clase. Él no. Él salía
siempre solo, la cartera a la espalda, marchando calle arriba, mirando las
fachadas, gozando del sol y contemplando cómo la lluvia resbalaba en los
tejados de las casas.
A Vladimiro le irritaba la mansedumbre de su hermano. Cuando aún era más
pequeño que Randal, ya embestía a sus compañeros por el menor motivo, tal vez
porque sentía placer en sentirse fuerte y dominador. Y, en cambio, Luis sonreía a
todo. Una sonrisa dulce y apacible, como reflejo suave de una placidez interior.
—Me parece que si yo te diese un guantazo, tú no te volverías.
¿Qué podría replicar? Encajaba los golpes y no tenía reparo en llevarse la
mano a la cara cuando le azotaban.
—Creo que te falta algún tornillo en la cabeza. Para mí que eres tonto.
—No es tonto —le decía a Vladimiro un camarada—. ¿No comprendes que
quiere ser un pequeño Santo? Yo creo que terminará cantando en el coro de la
parroquia.
Pero Luis jamás había ido a misa. Su madre nunca le habló de Dios, como no
fuera para soltar una maldición:
—¿Qué le habré hecho al buen Dios, si es que existe?
Y, sin embargo, Gabriela se casó por la Iglesia y además pidió exequias antes
de enterrar a su pequeña Emilia.
Luis no había tenido instrucción religiosa alguna, salvo lo que oía decir al
vicario, que algunas veces entraba a explicar catecismo en su clase.
—¡Ah!… No —protestó su madre cuando él le llevó una papeleta que había
de autorizar para que el niño recibiese formación católica—. No, no. ¿Para que
te cuenten historias de pecados y te metan en la cabeza que tu madre es una mala
mujer? No, no… La religión se ha hecho para los ricos.
¡El pequeño Santo! ¡El Santito! Esta palabra que alguien deslizó una vez
durante el recreo, ya le quedó colgada para toda su vida.
—Ven aquí, Santito. ¿Tienes algún trompo en el bolsillo?
Porque después del incidente de las bolas, todos abusaban de su bondad y
todos se aprovechaban de ella.
Empezaban a florecer los castaños y se hacían cada vez más frondosos. Mr.
Charles observaba atentamente a Luis, con cierta extrañeza. Cuando llegó el fin
de curso, Luis quedó sorprendido al saber que le había señalado como el primero
de su clase. Y, sin embargo, él tenía la idea de que no había estudiado
demasiado. Ni tal vez mucho. Cuando le hicieron ese honor, Luis estaba
cohibido por las miradas burlonas de sus compañeros.
Salió silenciosamente, se deslizó entre la multitud huyendo de los gritos de
un mozalbete que le seguía gritando:
—¡Eh!… ¡Santito!…
No. Él no era un santo. Si no robaba como Vladimiro, no era por honradez,
sino porque nada deseaba, ni nada tenía gran valor para él. Otros podían correr
mucho, ser forzudos y hacer travesuras, pero él no quería terminar en la cárcel,
como seguramente terminarían algunos de aquéllos.
Lo que durante mucho tiempo temió que a Vladimiro le ocurriese.
Un día, en época de vacaciones de Navidad, con un frío tremendo, al punto
de tener que duplicar el combustible del brasero y de la estufa y tener que llevar
el brasero hasta donde estaba instalada su madre en el mercado para que pudiese
calentarse las manos, sucedió algo que le daba motivo para aquel temor.
Se hallaban todos en la cocina, alrededor de la mesa con mantel de hule. Se
oyó llamar a la puerta. Cosa que resultaba alarmante, porque allí entraba poca
gente y los que les conocían lo hacían sin llamar.
—Ve a abrir, Vladimiro.
Vladimiro, con la boca llena, obedeció a su madre.
—¿Vive aquí la mujer de Lambert Heurteau?
Vladimiro se quedó rígido y sin palabra, palideciendo intensamente. El que
llamaba era un agente de Policía.
—¿Su apellido es Heurteau? ¿Verdad?
Y sacó un papel del bolsillo. Sus manos estaban amoratadas. Repitió:
—Heurteau, Gabriela Francisca Josefina, nacida Cuchas.
Gabriela no se espantó como Vladimiro, pero se turbó bastante:
—Si usted es del barrio, es que hace poco que presta aquí servicio, porque no
le conozco. Sus compañeros pueden decirle que yo jamás he defraudado en el
peso, y que no he dado ningún escándalo en la vía pública.
Y tomando un vaso de café lo ofreció al guardia y se puso a beber otro ella:
—Tome, guardia, tómelo que hace mucho frío.
—¿Cuándo vio a su marido por última vez?
Ella se quedó estupefacta ante la evocación de un marido olvidado.
—¿Quién? ¿Lambert?
—Sí. Lambert Xavier María Heurteau, nacido en Saint Josephère, Nièvre,
el… —y leyó los demás datos en el papel que tenía en la mano.
—Espere que haga memoria. Luis con ocho años.
Y así contando con los dedos, continuó:
—¡Ah! Sí. Hará unos ocho años en septiembre próximo. Los gemelos tienen
ya diez. Lambert se marchó un día entre dos borracheras, diez u once meses
antes de nacer Luis. Al punto de que yo me he preguntado siempre si Luis era
hijo de Lambert. Pero ¡tómese el café!…
Luego de decir esto, se levantó, buscó otra taza en el armario y dijo:
—Pero siéntese…
No había más sillas que las que ocupaba cada uno de la familia. Vladimiro
estaba muy quieto y receloso.
—Como ve usted, el café reanima. ¿Dos terrones? Y volviendo a Lambert,
¿de qué se trata?
—¿No lo ha vuelto a ver?
—Nunca más. Desapareció. Voló sin dejar señal alguna, salvo las deudas en
las tabernas que tuve yo luego que ir pagando. Parece que esto es la Ley.
—¿Y no le ha escrito nunca?
—Para eso era preciso que supiese hacerlo. Apenas si acertaba a poner su
nombre.
—Yo leo aquí que tenía el oficio de pavimentador.
—Eso era cuando le daba por trabajar. Yo más bien diría que tenía el oficio
de parado. En ninguna casa duraba más de ocho días. Cuando no se hería una
mano, se peleaba con el capataz, se torcía un pie o cogía una bronquitis. Anote
que yo no le quería. Ni le quiero. No estaba muy bien del pecho. Escupía sangre.
Una vez, en invierno, fue al consultorio Cochin, donde había que esperar largo
tiempo en cola para que a uno le atendiesen. Y al aire libre. Le dijeron que tenía
que reponerse y que el ambiente de París no era bueno para su salud, que
marchase a la Costa Azul, si podía. Lo tuvieron unos días y lo primero que hizo
cuando salió fue entrar en la taberna y volver a casa como una cuba. Ni siquiera
acertaba a desabrocharse el pantalón.
—¿Disputaban ustedes?
—Míreme bien, señor agente. ¿Tengo yo cara de dejarme pegar? Y en la
calle pregunte si yo soy de la clase de camorristas habituales. Incluso con los
clientes más chinchosos, si bien les digo cuatro verdades; lo hago siempre con
una amable sonrisa. Alguna que otra vez sí que he tenido que defenderme a
puñetazos de algún salvaje. Y crea que no lo hago del todo mal.
—Tengo orden de llevarla.
—¿Adónde? ¿A la Comisaría?
—No. A la Morgue. Los «clochards» de la plaza Maubert han reconocido a
su marido, y como en los registros usted figura como su esposa, precisa que lo
vaya a reconocer para que conste oficialmente.
—¿Lambert ha muerto?
Lo dijo sin ninguna clase de pena. Meramente extrañada.
—Al final han tenido que meterlo en el hospital. Pero ¡qué bestia soy!… Si
hubiera muerto en el hospital no estaría en la Morgue, ni usted me llevaría a
reconocerlo. En fin…, hijos míos, si yo hubiese recibido la noticia encendiendo
el fuego esta mañana… ¡qué sé yo!…
Los gemelos, indiferentes, continuaban deglutiendo sus tartinas y bebiendo
el café con leche. Se trataba de un padre al que no habían conocido, ni visto, por
tanto, jamás. ¿Se acordaba Alicia de su cara, de sus bigotes, de su olor a vinazo?
¿Había alguna vez tenido Lambert a sus hijos en las rodillas, o los había llevado
a paseo siquiera una vez en domingo? Pero ¿es que acaso tenía traje de
domingo?
Alicia se fijaba mucho en la cara enrojecida del guardia, que aún era joven. A
Luis le fascinaban los botones plateados del uniforme, que tenía ganas de tocar.
—¿Cómo murió?
—Fue extraído del Sena desde el Puente María, a eso de las once de la
noche. Los «clochards» habían encendido fuego debajo del puente y como lo
conocían y echaban de menos, se decidieron a llamar a la brigada fluvial,
habiendo sido hallado el cadáver dos horas más tarde. Sólo se encontró en su
bolsillo la cartilla militar.
—¡Bueno! Puesto que hay que ir, ¡vámonos!
Gabriela cogió su chal de punto de lana y sus mitones. Alicia le preguntó, sin
sentir mucho lo que decía, si quería que la acompañara. No estaba emocionada,
pero su cara parecía más afilada y sus rasgos más salientes. Las aletas de la nariz
titilaban. Gabriela la miró de una manera que Luis no había observado nunca.
Respondió:
—No, y no. ¿Es que te coge el vicio? ¿Es que te apetece ver un fiambre?
Luis no fue al entierro. Ni siquiera supo si realmente hubo entierro o tiraron
a aquel hombre simplemente a la fosa común.
Cierta vez, Luis había seguido a un coche mortuorio por pura curiosidad,
para saber cómo se desarrollaba toda aquella ceremonia. Y sobre todo porque
admiraba las carrozas mortuorias. Principalmente las de primera clase, con sus
caballos engualdrapados, los negros florones y los bellos adornos de plata. Le
impresionaban mucho aquellos hombres enlutados que llevaban alguna vez sus
pañuelos a los ojos.
El cementerio era bonito. Le agradó pasear por sus avenidas cubiertas de
hojas secas que chascaban cuando alguien las pisaba.
Si ellos hubieran sido católicos, él hubiese querido formar parte del coro de
niños de la Parroquia, y llevar la cruz alzada delante de todos, cuando había
ceremonias.
Heurteau era indigente. Esta palabra la había oído muchas veces, pero su
sentido supo discernirlo únicamente muy tarde. En alguna parte de aquel barrio
fabuloso que el cochero les enseñó el único domingo que les llevó de excursión
en su fiacre, vivían las gentes ricas, una especie que difícilmente se hallaría en la
calle Mouffetard. Después venían los barrios burgueses de los que tanto hablaba
su madre y que él situaba en las largas y tranquilas calles de los Gobelinos o el
boulevard de Port-Royal, cuyos vecinos habitaban en grandes casas de piedra
gris.
Aún quedaban los propietarios, como Mr. Doré, y que sólo se ocupaban de
cobrar sus rentas y poner en la calle a los inquilinos morosos.
Los comerciantes vivían aparte. Y, finalmente, la masa. Los pobres, que eran
mayoría en aquella calle y en aquel barrio.
Los indigentes no tenían de qué comer. Los personajes de la Asistencia
Pública iban a visitarlos cuando estaban enfermos, les distribuían bonos de pan y
cuando los encontraban borrachos y tendidos en las calles, los cubrían con unos
trapos viejos. Pues Heurteau era de ésos, como aquel que vio Luis, también
tendido y con un puñal clavado en el vientre.
—¿Qué hacen con los indigentes cuando mueren? —preguntó una vez. Y le
contestaron:
—Se les entierra en la fosa común. Y si nadie los reclama, Mr. Kob se
encarga de descuartizarlos en la Morgue. Igual que se hace en las tiendas de los
carniceros.

* * *

Gabriela seguía recibiendo hombres, como siempre, pero durante la semana


siguiente a la muerte de Emilia suspendió su costumbre. No así cuando supo la
muerte de Heurteau. Al cual nunca más se le nombró siquiera. Aunque la foto
del matrimonio seguía colgada en su marco negro y oro.
¿Reclamó Gabriela el cuerpo de Heurteau? Luis no estaba muy seguro.
Juraría que no.
Por eso lo imaginaba en la mesa de mármol de Mr. Kob, hecho pedazos.
Hasta mentalmente se describía una escena tétrica: la de unos hombres
tirando a paletadas en la fosa común los restos de Lambert Heurteau.
En la casa sólo hubo una manera de guardar el luto y un solo luto que
guardar. Que consistió en hacer, pocos días, una vida retirada, principalmente
por parte de Gabriela.
Luis dábase ya cuenta de que era un joven atractivo. Se solía mirar en los
reflejos de los cristales de la tienda donde trabajaba, que era un almacén de
modas, lleno de sombreros adornados. Gustaba de contemplarse. Aunque seguía
siendo muy bajo de talla, sus rasgos fisonómicos ya no eran los de un niño, sino
los de todo un hombre en pequeño. Los vivos ojos le chispeaban y sus labios
eran más gruesos que los de su madre y su hermana, encendidos y de simpático
gesto. Se ruborizaba con facilidad. Sobre todo cuando alguien le sorprendía
mirándose al espejo. Y no es que fuese presuntuoso. Tal vez pensaba que hubiese
estado mejor si fuese más alto, más robusto; hasta tan brutal como Vladimiro.
El día que recibió su libreta de fin de curso, la puso sobre la mesa de la
cocina y pasaron más de dos días antes de que su madre la abriese, viendo que su
hijo era el primero de la clase.
—Así, pues —dijo algo extrañada—, que tú eres el más inteligente de la
familia.
Vladimiro saltó:
—Sí. Es el santito.
—¿Qué quieres decir?
—Nada. Que todo lo aguanta.
Luis calló. Su madre lo miraba extrañada.
No se hicieron más comentarios, pero Luis sí se los hacía él mismo.
Cuando sus compañeros se metían con él, pellizcándole, él aguantaba las
bromas o veras sin rechistar, y nunca queriendo denunciarlo al maestro.
—¿Es eso verdad, Luis? —le preguntaba su madre.
—Es que soy el más bajito de la clase.
Mentía. No era por eso. La prueba era que cuando contestaba de esa forma
no podía reprimir el rubor que le asomaba a las mejillas. Incluso si le hubieran
dado una paliza es probable que él también esto lo aguantase. Como si los golpes
no le hiciesen daño. Después de unos segundos ya nada sentía y no quería
entablar batallas. Ya se cansarían de fastidiarle.
Porque Luis prefería que no se ocupasen de su persona, que no le plantearan
problemas, que lo dejaran sumergido en sus reflexiones.
Empezaba a interesarse por algo más que por la estufa, la escalera, el taller
del carpintero y las turbamultas de la calle. Por lo que ocurría a su familia
tampoco se sentía afectado. Ni sufría ni gozaba con ello.
—Un amigo, Mr. Pliska.
Su madre les presentaba el amante de turno. Llevaba ya con él varias
semanas.
Mr. Pliska no tardó en aficionarse a los chicos y jugar con ellos. Tenía de
nombre Esteban y era checo. Duró más que los otros que le precedieron.
En Navidad aún estaba en la casa. Era un hombre corpulento y nervudo.
Cuando estaba de pie en la habitación, parecía más pequeña. Cuando se sentaba
las sillas crujían como si fueran a desplomarse.
No se sabía en qué se ocupaba.
Si Gabriela tenía que ir al mercado, entonces él ocupaba casi toda la cama,
escarranchado y durmiendo profundamente. Ningún ruido le despertaba.
—¡Bonita!… ¡Mucho bonita! —Parecía extasiado mirando a Alicia.
No tenía empacho de bajar en calzones y el torso desnudo. Se hacía las
abluciones con agua fría en el retrete y, cuando volvía, relinchaba de
satisfacción, cantaba canciones de su país y afilaba cuidadosamente la navaja de
afeitar. No llevaba bigotes ni barba.
—¿Eso es…? —y señalaba el espejo.
—Un espejo.
—Es… pe… jo —repetía lentamente.
—O un cristal.
—¿Cristal? —(glace en francés significa lo mismo hielo que espejo)—.
¿Hielo?… ¡Oh!… ¿Por qué hielo?… Mi patinar hielo.
Si bien el frío no le daba miedo, tampoco le estorbaba el calor, porque se
arrimaba mucho a la estufa cuando se ponía a jugar, él solo, al ajedrez portátil
que siempre llevaba en el bolsillo.
—¿Cómo se dice «maboul»? —y se ponía un dedo en la sien barrenando—.
¿Tocado?… ¿Idiota?… —Entonces repetía impaciente—. ¿Loco?… —reía
victorioso—. ¡Eso es, loco! Pues loco va a tomar… ¿cómo se dice? —Usaba
mucho el vocablo «¿cómo se dice?». Luego empezó a brincar como si cabalgase.
—¿Caballo?
—Eso… caballo. Loco tomar caballo. Pero loco enfermo. —Para dar más
fuerza a la frase se ponía a toser—. Enfermo, sí. Muy enfermo —y daba
puñetazos al aire.
—¿De golpes?
—Eso es. De golpes —y se señalaba a la cabeza—. Loco tomaría reina ¿eh?
Con caballo.
Era apasionante ver que gracias a la mímica del checo, Luis había llegado a
aprender el juego del ajedrez y algunas de las jugadas más clásicas.
—Tú jugar. Yo darte reina y torre.
Fue el único día de Navidad que se celebró con gran fiesta. Los años
anteriores se habían contentado con comer unas morcillas. Pero este año
M. Pliska les trajo por la tarde un árbol muy alto que instaló en mitad de la
habitación, colgando cosas: un pollo, una lata de foie-gras, un jamón, una botella
de champaña… Para Gabriela había comprado un broche esmaltado que figuraba
una rosa. A Vladimiro, un silbato; a Alicia, un dedal de plata, muy delgado. Pero
el valor no tenía importancia para ellos, sino el gesto. Los gemelos recibieron
cada uno un trompo y Luis una caja de lápices de colores.
Todos bebieron champaña y cuando la botella quedó vacía, Pliska se marchó
escapado a la calle, volviendo enseguida con otra botella y con pastelillos.
Se puso luego a cantar y obligó a Gabriela a que cantase también:
—¡Esta mujer de mi vida!… —exclamó lleno de entusiasmo cuando
Gabriela terminó la canción, de la cual nadie recordaba más que el último
estribillo.
La calle refulgía. Todas las tiendas estaban abiertas; las ventanas dejando ver
las iluminaciones interiores. Se hubiera dicho que todo aquel lugar era un canal
de luz. Luis fue varias veces a la ventana para contemplar aquello. No tenía
apetito y el champaña le daba hipo.
A Pliska le salían las ideas de repente. Se levantaba de la silla y se lanzaba al
corredor como si tuviera prisa de satisfacer una necesidad. Esta vez duró su
ausencia más rato, y cuando regresó los muchachos ya se habían metido en la
cama. Blandía una botella conteniendo un licor amarillento y que llevaba una
etiqueta en lenguaje desconocido para Gabriela.
—¡Por la Navidad! —exclamó—. ¡Sólo por la Navidad! Salud, mujer de mi
vida… De mi vida siempre.
Gabriela bebió, pero halló el licor demasiado fuerte, aunque al fin se
acostumbró y al segundo trago ya se había animado. Pasaron parte de la noche
en la cocina. Los chicos dormían intranquilos por efectos del vino y de los
cantos de Pliska, que terminó sollozando. Poco después los muelles de la cama
rechinaban estrepitosamente.
Pliska acostumbraba a desaparecer todas las tardes.
—Mi trabajo. Siempre mi trabajo.
Y se señalaba la cabeza para dar a entender que era un intelectual. Otras
veces pasaba dos o tres días sin pronunciar palabra, contentándose con decir a
Luis, que decididamente era su favorito:
—¡Madre cruel! Todas las mujeres crueles. Hombres desgraciados. Pliska
desgraciado.
Había llevado a la casa una maleta de una rara forma. Estaba llena de
etiquetas de ferrocarriles y quedó bastante tiempo en un rincón de la casa, en el
mismo sitio donde estuvo la cuna de Emilia. Colocaba allí con mucho cuidado
sus vestidos y los objetos de su uso personal.
¿Qué se había hecho de la cama de Emilia? Había desaparecido al mismo
tiempo que la pequeña y seguramente habría ido a parar a casa de cualquier
ropavejero.
Pliska y su maleta desaparecieron. Gabriela no explicó a nadie el motivo de
tal desaparición. Ella nunca daba explicaciones. Tal vez tampoco sabía
explicarse a sí misma.
Para Luis aquel invierno fue una época señalada de descubrimientos. El
primero no le extrañó mucho. Era una noche que había tenido pesadillas y se
levantó sobresaltado. Vio como la luna llena se reflejaba en el interior y también
esto le impedía dormirse, porque entre la luna y la luz del gas el ambiente tenía
un aspecto fantasmal.
En la calle estaban en hilera los cubos de basura del vecindario; algunos de
ellos mal cerrados. Él había visto que los traperos solían rebuscar en los cubos
cosas que parecían interesarles. Esta noche eran dos personas, un hombre y una
mujer, que solamente rebuscaban para coger mendrugos de pan y comérselos con
avidez. No eran viejos. No llevaban harapos como los «clochards» de la plaza
Maubert. Eran más jóvenes que su madre y poco más o menos de la edad de
monsieur Pliska.
Por lo visto aún existía una clase más indigente que los miserables que él
conocía. Porque éstos recibían bonos de pan, o podían comer la sopa del Ejército
de Salvación.
Cuando la pareja hubo rebuscado en todos los cubos, siguieron calle abajo
sin pronunciar palabra.
El segundo descubrimiento fue más importante. Él sabía que el amigo
español de Vladimiro y que se llamaba Ramón estaba casi siempre con su
hermano. Al pasar por la tienda le llamó su madre y le dijo algo que Luis no
entendió.
Dos o tres veces, y siempre por la noche, había notado que su hermano y
Ramón caminaban tan aprisa que parecían animales en fuga. Vladimiro no
solamente era el mayor, sino que ejercía una enorme influencia sobre su amigo.
Parecían un jefe y un esclavo.
Recordaba que era aquella tarde de sábado, porque había mucha gente en la
calle y se veían obligados a sortear de cualquier manera los transeúntes y las
carretillas.
Luis acababa de hablar con su madre. Subía otra vez al piso cuando vio a
Vladimiro y Ramón hablando en voz baja. Se veía que era cosa importante. Se
adivinaba que Vladimiro daba una orden.
Ramón llevaba un abrigo azul con botones dorados y parecía vacilar,
abriéndoselo y cerrándoselo, como si pusiera objeciones. Al fin Vladimiro
decidió a su amigo dándole un rodillazo en la espalda y despidiéndolo de la
acera.
Todavía otra vez Ramón se volvió suplicante y se encontró la dura mirada de
Vladimiro.
Enfrente existía una tienda de volatería y caza. Colgado había un jabalí, en
parte ya cortado. Al lado una hilera de patos salvajes. Luego unos conejos
enteros. Al otro lado, unos pollos sin desplumar. Dos mujeres esperaban su turno
para ser despachadas. Un señor viejo, con hongo y chaqué, examinaba los
pájaros que Luis no sabía cómo se llamaban. El hombre discutía el precio con el
comerciante.
Ramón esperó el momento en que nadie le veía, cogió un conejo, se lo metió
debajo del abrigo y comenzó a andar aprisa. Vladimiro, desde la otra acera, lo
seguía con más lentitud.
Luis los siguió también, pero de más lejos. Los dos amigos se encontraron en
la calle l’Arbalette, mal iluminada, y Ramón dio a Vladimiro el conejo, como si
le hiciese un homenaje. Vladimiro cogió el animal por las orejas, le hizo
describir dos vueltas sobre su cabeza y lo tiró en medio del primer callejón que
encontraron. Luis se acordó entonces del reloj, de los bombones y de los otros
objetos que su hermano guardaba en su colchón. ¿Continuaba Vladimiro
atesorando objetos robados? Después de lo que acababa de ver, Luis ya no tenía
duda de que sí. Vladimiro y Ramón, pues, se dedicaban al robo. ¿Fue el español
quien robó el reloj? No era probable, porque parecía novato en estos menesteres.
Titubeó mucho antes de cruzar la calle cuando le obligó a hacerlo Vladimiro.
¡Lástima de conejo que podría haber alimentado a una familia! Y allí quedaba
para ser el placer de gatos y ratas.
Luis no lo contó a su madre. Él nunca decía nada de lo que veía.
Otro día vio un corro de personas al final de la calle. No le fue difícil ponerse
en primera fila. Había allí un vendedor ambulante rodeado de papanatas. El
vendedor era muy alto y delgado; casi esquelético. Tenía una enorme nariz y el
mentón muy saliente. Su cara hacía tal variedad de gestos y con tal flexibilidad,
que parecía como si fuese de goma.
—Atiendan bien, señores y señoras y verán cómo las damas inteligentes y
los hombres de buen sentido sacarán ganancia de lo que les voy a mostrar. —Y
sacaba un cuello alto y vuelto de los que se llevaban entonces, haciendo como
señales de que no podía abotonárselo—. Primera operación y la más fácil, si esta
señora me presta su colaboración.
Metió la mano en la maleta que estaba a su lado y sacó una corbata de un
violeta agresivo.
—He aquí la segunda operación matinal a la que estamos condenados todos
los hombres elegantes. Fíjense que esta corbata es nueva y por lo tanto siempre
más fácil de meter que una vieja.
Hizo nuevas gesticulaciones como si le fuera imposible conseguir lo que se
proponía, torciendo la boca y moviendo todo su cuerpo en contorsiones
grotescas. Después, como agotado, señaló a otra mujer y le pidió:
—Usted, señora, acepte por un momento el papel de esposa. No tenga miedo.
Estamos en público y yo sé dominarme. Hágame el favor de meter esta corbata
en el cuello.
Trató ella de conseguirlo, cosa a la que llegó con dificultades, y el vendedor
sacaba la lengua como si le estuviesen estrangulando.
—¿Lo ven ustedes? Aquí tienen ustedes la consabida escena de todos los
hogares. Un cuarto de hora para colocarse la corbata y otro cuarto para
encorsetar a la esposa. Pero no se preocupen ustedes. Yo no vendo corsés. La
policía tampoco me dejaría hacer demostraciones en público.
Cogió de nuevo la maleta y sacó un aparato de celuloide que con una ligera
presión colocaba la corbata en unos instantes dentro del cuello de doble tela.
—Señores y señoras. Todo el mundo debe aprovecharse de este invento
genial que estoy seguro que va a dejar en paro forzoso a los ayudas de cámara de
los distinguidos caballeros.
La maleta volvió a abrirse, comenzó la venta, y entre los espectadores alguno
se fijó en Luis, que disfrutaba con todo aquel espectáculo. El desconocido dijo:
—Jamás he visto una mirada más burlona que la de ese chico.
Lo oyó Luis y se puso serio. No era maliciosa su mirada, no. Solamente le
gustaba contemplarlo todo a su placer, y su sonrisa era de diversión, no de ironía
ni burla. Por ejemplo, la boca torcida del vendedor ambulante, la tela a lunares
blancos sobre negro de la regordeta mujer que estaba a su lado con una gran
verruga en la nariz. Le gustaba captar esos detalles. No se mofaba de nadie. No
los encontraba ridículos. Él no encontraba nada ridículo. Sencillamente tenía
interés por contemplar detalles que a él le parecían originales. Valían la pena
para él.
CAPÍTULO IV

V ladimiro, como casi no había ido a la escuela, no tuvo su certificado de


estudios. No se tomaba la molestia de explicar a nadie, salvo a Ramón,
que él no quiso obtenerlo como protesta y como desafío.
Al principio fue tenido por el primero de la clase. Siempre había
representado más edad de la que realmente tenía. Y a sus quince años, parecía
que tuviese tres más. Dio un estirón de lo menos diez centímetros.
No solamente le quedaron estrechos los trajes, sino que tampoco encajaba en
los que parecían ser de su talla en los almacenes. Sus movimientos eran al
mismo tiempo viriles e infantiles. Su cara se iba cubriendo de una pelusa negra
que le daba el aspecto de desaseado. Luis le sorprendió una vez empolvándose
con los polvos de arroz de su madre, para recatar sus granos.
Durante dos o tres semanas no se le vio durante el día. Vagaba por la calle
Mouffetard con su amigo español, que ya iba al Liceo y lucía un brillante
uniforme.
¿Qué hacía Vladimiro durante aquellas jornadas de las que regresaba febril y
arrogante, pero también como desalentado en el fondo?
—¿Cuándo te decides a trabajar? —le preguntó su madre.
Él contestó con suficiencia de hombre que no tiene que dar cuenta de sus
actos:
—Ya lo verás.
Su madre quedó inquieta. Otro día lo vio con un traje nuevo y zapatos
relucientes. Ella no le daba dinero para esos desembolsos. Vladimiro le explicó:
—El lunes entré como aprendiz en casa de monsieur Berillanneau.
—¿El cerrajero de la calle Tournefort? ¿Eso es lo que quieres ser, cerrajero?
Vladimiro no tomó este oficio porque sí, sino porque alguien se lo había
indicado. No se supo quién. Luis conocía el taller de M. Berillanneau. Estaba ese
taller, como tantos otros, en un callejón sin salida del barrio. No había luz del
sol. Todo el día alumbraba la estancia un mechero de gas.
El patrón tenía el color propio del oficio: gris triste. Siempre llevaba
colgando de su boca una pipa, apagada por lo general y como incrustada entre
sus canosos bigotes.
Vladimiro comenzaba el trabajo a las siete de la mañana. Se llevaba un bote
lleno de café, tartinas y galletas.
La vida de la casa cambiaba rápida y frecuentemente. Alicia tenía ya trece
años, aunque parecía mayor. Pero siempre con su apariencia frágil. Había
obtenido ya su certificado de estudios, pero no quiso ampliarlos. Prefería
quedarse en casa y ayudar a su madre en las labores del hogar.
—¿Qué hacías tú a mi edad? —preguntó a Gabriela.
—Prefiero no decírtelo.
Alicia reemplazaba, pues, a su madre, en el cuidado de la casa, porque
Gabriela, como siempre, salía temprano con su carrito. A veces tardaba mucho
en volver y se tiraba en el colchón cercano al de Luis, que solía estar aún
acostado. Le notaba entonces olor de hombre.
Alicia, siempre pálida, pero muy bonita, atraía la mirada de los hombres, que
se volvían admirados. Comenzaba a afectar esas maneras equívocas de las
busconas. Sus pechos, redondos y pequeños, tenían la tersura y dureza de las
peras, e incluso algo de su forma. En su sexo nacía frondosa una pelusa rubia. Le
gustaba contemplarse desnuda en el espejo.
Se presentía una dislocación familiar. La antigua cohesión iba perdiéndose.
Cierta noche estalló la tormenta. Fue la primera vez que Luis vio furiosa a su
madre.
Después de pasados varios días, Alicia entró en la casa con un hombre
maduro al que llamaba papá. Vio Luis cómo pasaba la noche con ella.
Era un hombre enorme y velludo, con grandes manazas y garras
impresionantes. Seguramente trabajaba en Les Halles como cargador, porque
salía tan temprano como su madre y por cierto que ni se preocupaba de lavarse.
Era un hombre que amaba fuerte, de prisa, haciendo retemblar el piso con sus
movimientos. Después quedaba derrengado y sumergido en un pesado sueño.
Una noche la voz aguda de Gabriela despertó a Luis. Gritaba a aquel
hombre:
—¡Déjala ya, so puerco!…
Todavía no había amanecido. El cielo iniciaba una aurora gris que iluminaba
vagamente la habitación, mezclándose con los reflejos del gas.
Luis, sin moverse, entreabriendo los ojos, observó que aquel gigante cubría
casi totalmente a Alicia, de la que sólo había el rastro de sus largos cabellos
rubios escapándose. Gabriela seguía chillando:
—¡Déjala ya, crapulón!…
Pero él continuaba respirando fuerte y barboteando una especie de risa
bestial. Parecía que Gabriela y el hombre estuviesen bebidos, cosa que ocurría
con frecuencia. Gabriela tiraba inútilmente de aquel corpachón. Él gruñó:
—¡Déjame en paz, p…!
Vladimiro también estaba despierto, se levantó y dio dos puñetazos en la
nuca del cargador. No le hicieron el menor efecto. Entonces Gabriela cogió la
badila de atizar la estufa y comenzó a golpearle en la cabeza. El hombre, a su
vez, comenzó a gruñir, y a cuatro patas caminó por el suelo, derramando sangre.
Trataba, como podía, de ponerse en pie.
Los gemelos tampoco se movieron, aunque seguramente estaban despiertos.
La escena oscilaba entre lo trágico y lo grotesco. Todos estaban en camisa y, no
se sabe por qué razón, el hombrón tenía escondidos sus zapatos.
Se hubiera dicho que era un buey al que estuviese machacando un matarife.
Los ojos se le ponían rojos y vacilaba si emplear a fondo sus garras contra
aquella mujer que le atacaba. Gabriela, con el hierro en la mano, le hizo frente
corajuda.
—¡Mamá! —gritaron los gemelos, que temblaban al ver que el gigante se
abalanzaba sobre su madre.
—No os preocupéis. Ya le daré yo a este tipo lo que necesita.
Nuevamente lo golpeó con todas sus fuerzas, esta vez con más fortuna,
porque la badila le arañó la cara y finalmente le tocó fuertemente en la nuca. El
hombre cayó de espaldas y se oyó un estrepitoso crujir de huesos.
—Ahora, ¡montón de basura!, si no tienes bastante, no tienes más que
decírmelo.
Gabriela seguía en actitud de pelea. No le tenía miedo. El hombre lo pensó
mejor, recogió sus zapatos y se fue. Gabriela tiró a la escalera las demás cosas
del intruso.
—¡Vete de una vez a la… si no quieres que acabe contigo, pedazo de
carroña!
No tardó en oírse el claqueteo de los zapatones del cargador que bajaba las
escaleras tambaleándose.
El hombre al que Alicia llamaba papá no volvió por la casa, y Gabriela no se
ocupó de saber si los vecinos habían oído o no la trifulca. Luego interpeló a su
hija:
—¿Por qué no gritaste, ramera? ¿O es que te gustaba ese ejercicio?
Los «enmerdamientos», como decía Gabriela, que gustaba de usar
palabrotas, fueron sucediéndose. Porque al siguiente día de lo que narramos,
recibió un aviso del director del Colegio adonde iban los gemelos «rogándole
que acudiese a visitarle para un asunto de importancia».
Luis esperaba algo de esto, porque hacía varios días que no había visto a los
gemelos en el recreo.
Gabriela volvió de la visita al director otra vez furiosa, aunque en esta
ocasión había un poco de teatro en su actitud y en sus palabras:
—¿Qué es lo que pensáis? ¿Que yo tengo la vida fácil? ¿Que necesito que
me la compliquéis vosotros? ¿Dónde habéis pasado estos días? Responde tú,
Guy, que eres el primero.
Guy, además, era el más vulnerable, y aunque había nacido el primero, era
más enclenque que el otro.
—No lo sé, mamá.
—¿Que no lo sabes? —y su mano se levantó amenazadora; pero Olivier se
interpuso:
—No nos gusta la escuela, mamá. Nos han cogido manía. A nosotros antes
que a ninguno. Y cuando cualquiera charla en clase, hemos de ser siempre los
«rubitos», como nos llaman, los que pagamos las consecuencias. Aunque no
hagamos nada. Y los chicos se apartan de nosotros porque dicen que olemos a
coles podridas.
—¿Qué quieren decir con eso?
—Que todos están contra nosotros.
Aquel vocablo de «coles podridas» tuvo la virtud de hacer renacer la
solidaridad familiar.
—¿Tú no has preguntado lo que hacen sus madres?
—No, mamá.
—Aún hay quienes hacen peores oficios que yo. Conozco algunas que
vivirían de lo que nosotros dejamos. Podéis decir esto en cuanto tengáis ocasión.
Pero hay que ir a la escuela, porque parece ser que se está haciendo una
investigación para saber si yo soy una buena madre y si os dejo vagabundear en
vez de ocuparme de vosotros. El imbécil que me ha recibido y que dicen que es
el director, me ha amenazado con denunciarme a la policía y hacer que os metan
en un correccional.
—¿Y qué es eso?
—Mejor es que no lo probéis, porque es lo más parecido a una cárcel. Un
reformatorio, según dicen. Así es que vosotros mismos debéis pensar lo que
queréis hacer.
¿Hubo un nexo entre estos acontecimientos y la costumbre que adoptó Luis
de acompañar a su madre a Les Halles? Jamás se hizo él esta pregunta. Pero
rememorando frases, gestos y circunstancias, de las cuales él tenía una gran
provisión almacenada en su cerebro, cabe pensar que, al menos remotamente,
había una relación de causa y efecto, más o menos consciente por parte suya. Lo
cierto es que una mañana de primavera, muy temprano, y mientras su madre se
arreglaba, le pidió con voz sumisa, recostándose en su jergón:
—¿Puedo ir contigo?
—¿A Les Halles?
—Sí. Hace tiempo que lo deseo.
—Tú tienes necesidad de dormir.
—Ya dormiré después. ¡Aunque sólo sea una vez, mamá! ¡Una sola!…
No la engañaba. Verdaderamente en aquel momento sólo pensaba ir una vez.
—¿Qué? ¿Puedo ir?
Mientras hablaba ya se había puesto el pantalón y se había acabado de vestir
más pronto que nunca, mientras su madre preparaba el café, porque era invierno.
El resto de la temporada, menos fría, desayunaba fuera de casa.
—¿Podrás tú con la carretilla?
—Lo intentaré.
La experiencia fue magnífica. En el patio ya notaba él que el olor de la noche
no era el mismo que de día, y se quedó sorprendido cuando ya en la calle
descubrió una luz que iluminaba la entrada de una pequeña taberna, con
mostrador de cinc, tras el cual había un hombre calvo, con una camisa muy
blanca, bien arremangada, y por delante un delantal azul. Cerca estaba la caja
con una mujer que tenía echada la toquilla sobre sus hombros y estaba mojando
croissants en un vaso de café con leche. Luis disfrutaba pensando que a aquella
hora todo el mundo estaba durmiendo aún.
—Salud, Celma. Dos cafés, Ernesto.
El patrón colocó dos vasos bajo la maquinilla, que enseguida comenzó a
expandir vapor con aroma de café.
—¿Crema para el pequeño?
—¿Quieres leche, Luis?
—Sí. Una poca con el café. ¿Puedo comer croissants?
Había allí una bandeja llena, de los recién hechos. Su madre le dejó comer
hasta cuatro, cosa que en su vida había podido hacer.
El patrón cogió luego una botella y sin preguntar nada, como si se tratase de
un rito indispensable para Gabriela, le echó una buena cantidad de licor en su
café.
Gabriela también comía croissants. Pidió otro café con su correspondiente
chorro de licor.
—¿Cómo vas, Gabriela? ¿Vendiste todo ayer?
—Aún queda lo suficiente para hacer una sopa.
Todo era diferente, el ruido de los pasos en las aceras, el aspecto de las casas,
el ambiente. De aquellas casas había muchas que tenían cuatro pisos. Dos o tres
con ladrillos rojos. Una estaba totalmente pintada de blanco. Al lado, casas de un
solo piso. Un fiacre con el cochero durmiendo pasaba por allí a paso corto. A la
derecha, la calle de Pot de Fer. En un patio había otras mujeres, entre las cuales
Luis divisó a su abuela. Estaban alrededor de un hombre pequeño y ventrudo,
escogiendo las carretillas que iban a alquilar. Luego entraban a buscar las
balanzas y las pesas.
—¿Adónde pasaste la noche, Henriette?
Se interpelaban las unas a las otras, riendo como chiquillas, cambiando
signos y guiños que sólo ellas entendían. Las había jóvenes y viejas. La mayor
parte eran gordas, con la cara muy curtida, los dedos gordinflones y los tobillos
hinchados, como todas las que tienen que estar mucho tiempo de pie. Al fin
salieron todas del patio y enfilaron la rue Lohmond.
Cuando pasaban por el Panteón, el cielo se iba ya aclarando, y en el
boulevard St. Michel se veían los primeros ómnibus tirados por percherones, y
que pasaron rozando las carretillas de las mujeres, salpicándolas.
—¡Ya está bien!, pedazo de catafalco —gritó su madre al conductor.
Franquearon el puente de Saint Michel, Luis a la derecha porque así su
madre podía hacer más fuerza. Él hubiera querido ir entre las varas del carrito y
conducirlo él solo, pero no se atrevió a pedirlo.
El Palacio de Justicia estaba oscuro y vacío. Una luz que brillaba sobre una
puerta indicaba el lugar de la Morgue.
Pasado el edificio del Cambio, comenzaba ya la animación, y varios ómnibus
esperaban a los pasajeros. Después, la calle de Les Halles, donde ya empezaba la
algarabía de ruidos y luces, de gentes que marchaban aprisa, de volquetes
cargados de mercancías, de pirámides de lombardas, de zanahorias, de frutas, y
más allá innumerables jaulas con la volatería y algunos conejos.
Aquí se veía a la gente bien despierta ya, porque la vida había comenzado
para ella hacía rato. Más allá de los pabellones iluminados por el gas, salía un
ruido constante de fuertes pisadas, blasfemias y risas. Un pequeño tren alineaba
sus vagones tras la locomotora humeante.
—¿Te duelen los pies?
—No, mamá.
—¿Tienes frío?
Ni tenía frío ni tenía dolor en los pies. Estaba viviendo una de las más bellas
páginas de su vida. Su naricilla vibraba de placer, captando todos los olores, que
cambiaban cada diez o doce metros.
Se veían las hortalizas, las cajas de huevos, en fin, toda clase de mercancías
que se apostaban a cada lado de los pasillos. Y todo cambiaba de sitio para ser
trasladado a otro, según se iban recibiendo órdenes. Y se anotaban cifras. Se
escribía con lápiz en las negras agendas de los asentadores. Con un gran
sombrero puesto, los mozos de transporte cargaban sobre sus espaldas cada uno
medio buey. Los cubos rebosaban de tripería y las mujeres, sentadas en
taburetes, iban desplumando centenares de pollos, con la misma agilidad de los
prestidigitadores.
Todo parecía caótico y sin embargo se podía apreciar, sin esfuerzo, que ese
aparente desorden era simplemente un procedimiento. Porque cada caja, cada
bulto, cada hombre, tenía su sitio prefijado y exacto.
Luis rememoraba las siluetas de la calle Mouffetard: los viejos barbudos
vestidos de harapos, y que portaban pesadas cajas hasta colocarlas en un
depósito. Cada recorrido de estos hombres era anotado cuidadosamente por un
empleado.
Pasaba la abuela y su madre le gritó:
—Hoy es un buen día para comprar brécolis.
¿Por qué? No tardó en comprender que su madre había mirado todos los
letreros puestos sobre cada mercancía y las hortalizas que iban saliendo con más
rápido paso.
—En nuestro oficio se necesita mucho olfato —explicaba Gabriela a su hijo.
Y él le agradeció, en su interior, aquella primera confidencia que le hacía, en
cuanto a su vida de trabajo—. Algunos compran porque una cosa está bien de
precio. Pero no es esto sólo lo que hay que tener en cuenta.
Gabriela seguía mirando los letreros y de repente se paró ante una caja de
manzanas.
—¿Cuánto?
Sin duda no le convino el precio porque siguió andando, empujando la
carretilla. En la calle también había ya gran bullicio. Luego pasaron a los pisos
altos de Les Halles. En una pizarra estaban marcados con tiza los diferentes
precios de cada artículo. Frecuentemente estos precios se borraban y se ponían
otros, cosa que hacía seriamente un hombre que estaba sobre un estrado, vestido
con una gran blusa negra.
Los empleados trabajaban dentro de una nave acristalada. Todo se hacía de
prisa. Hacía falta allí un gran ojo avizor para no ser atropellado por los mozos de
carga. Luis se había agarrado fuertemente al delantal de su madre.
—¿Tienes lombardas, Samuel? Porque no las veo señaladas.
—¡Vaya pregunta! Dile a Francisco si le quedan algunas cajas.
Gabriela no cambiaba fácilmente de pensamiento. Seguía buscando. Y a Luis
le enorgullecía ver que todos la conocían y la trataban con gran familiaridad.
Por fin consiguió Gabriela sus lombardas, y después de esto volvieron sobre
sus pasos para evitar las aglomeraciones, pues ya entonces empezaban a acudir
las cocineras y los maîtres de hotel, con sus grandes bolsas de compra. Una
mujer discutía con un hortelano al que quería alquilar sus percherones para poder
sacar de allí enseguida sus compras.
Luis empujaba cuanto le era posible, sintiendo que esto le era por allí más
difícil, por ser el suelo pedregoso. Al poco rato hicieron una parada ante el
Châtelet.
—Espérame aquí.
Dicho esto, Gabriela se fue a la casa de un comerciante de vinos para tomar
fuerzas con un buen vaso de tinto, que se echó al coleto de un solo trago. Sacó
luego una moneda y la echó sobre la caja.
A Luis le pareció aquella mañana más deliciosa que ninguna de su vida.
Todo vivía. Todo tenía un color propio y fugaz. Todo le caía bien. Bebía el aire
más aún que lo respiraba.
—¿Estás cansado?
—¡Oh, no, mamá!
—¿Qué harás mientras llega la hora de ir al colegio?
Porque a las seis y media ella colocó su carrito en el sitio donde
acostumbraba a vender, frente a la pescadería. Pero no era la primera que había
llegado.
—No hay que preocuparse. Ya encontraré mejor sitio.
A Luis empezaba ya la cabeza a darle vueltas y sus piernas flaqueaban más
de la cuenta. Subió cansadamente las escaleras de su casa y empujó la puerta.
Los gemelos dormían aún y su hermana estaba en la cocina preparando el café.
—¿Salió ya Vladimiro?
—Hace cinco minutos. ¿De dónde vienes?
—He ido con mamá.
—¿A Les Halles? ¿Y te ha dejado? ¡Es raro! ¿Tienes apetito?
—Ya he tomado café con leche y croissants.
—¡Vaya suerte!…
Le entraron grandes deseos de tumbarse en su jergón para digerir a gusto
todo cuanto acababa de ver y vivir. Dudaba en acostarse, porque temía volverse
a quedar dormido y perder la escuela. Decidió irse a la ventana de sus ilusiones.
Alicia fue por su lado a despertar a los niños. Aún tenían los ojos soñolientos y
los cabellos erizados.
—¿Qué hacéis?
—Nada de particular —contestaron un poco agresivos los gemelos.
—¿Has ido con mamá al mercado? ¿O Luis?
—Pregúntaselo a él.
—Sí he ido —contestó Luis.
—¿A qué?
—A mirar —contestó Luis tranquilamente. No se había dado cuenta bien de
que era su pasión dominante, porque también era algo que lo dejaba suspendido
siempre entre el ensueño y la realidad.
—¿Sueña usted, Cuchas?
—No, señor.
—Bien. ¿Cuántas son doce por siete?
—Trescientas veinticuatro.
Una vaga sonrisa, que nadie podía comprender, se dibujó claramente en su
rostro.

* * *
El viaje matinal a Les Halles, empujando la carretilla, tuvo un importante
lugar en sus memorias, al punto de que casi degeneró ese recuerdo en una
especie de leyenda. De tal modo que, pasado el tiempo, le era difícil deslindar la
parte exacta de la verdad con la otra parte de exageración mental suya. Por
ejemplo, él calculó cómo pudo ser que a tan corta edad su madre le permitiera
acompañarla. Y lo continuaba haciendo en verano. Y en las siguientes épocas y
días.
Su madre se levantaba más o menos temprano según las estaciones y el
tiempo. Poco más o menos a las seis de la mañana salían ya para buscar la
carretilla, comprar los frutos y rodar por las calles, cuando aún las luces del gas
no habían sido apagadas.
Algunas mañanas, según era la compra que se hacía por parte del público, su
madre se regalaba una o dos horas más de sueño al día siguiente.
Luis no siempre se despertaba por sí mismo. Lo hacía generalmente cuando
su madre empezaba a arreglarse. A veces se levantaba antes que ella, pero volvía
a dormirse, si no era jueves o día de fiesta. O bien durante las vacaciones, que
entonces lo hacía mucho más tarde.
Se enteró de que las mujeres de Les Halles le decían también «Santito».
Porque estaban maravilladas de que aquel niño se adaptara a la disciplina ruda
del madrugar para trabajar tanto corporalmente, y por ayudar a su madre. ¿Cómo
podía hacerlo, tan menudo y débil? Y era que él gozaba al ir renovando, día a
día, sus encantamientos, porque necesitaba alimentar la fantasía, ya que esto era
lo que le sucedía contemplando los cambiantes de luz de la madrugada, los
remolcadores que tiraban de las chalanas río Sena arriba, los carros que también
tiraban de otras embarcaciones menores, desde las veredas contiguas al agua,
guiados por mozos despaciosos en sus movimientos. Discurría todo aquello río
adelante, viendo cambiarse las fachadas, flamear las banderolas y cargar
pirámides de toneles y otros bultos que los iban recogiendo por los muelles.
No sólo eran los comerciantes de Les Halles los que le llamaban «Santito»,
sino también sus camaradas de escuela, de los que provenía tal vez el mote que
llegara también al mercado. Una mujer amiga de su madre se quedaba extasiada
mirándolo cuando le veía llegar con Gabriela. Aún llevaba entonces la cabellera
larga que le daba aspecto de niña.
—¡Qué lindo muchacho!
Porque ciertamente su rostro era de una belleza poco común, pero varonil, a
pesar de sus cabellos largos. Tenía rasgos muy delicados y una dulzura de
expresión que atraía.
Gabriela replicó:
—Para él hubiera sido mejor que en lugar de ser como una miniatura, fuera
más bien un brutote. Porque en la escuela se aprovechan de su poca estatura para
pegarle. Y como él no quiere nunca denunciar lo que le pasa, por ello le llaman
«Santito». Y es muy inteligente. Desde los seis años que ya sabe jugar al ajedrez.
Efectivamente: Pliska le había enseñado este juego, que pronto asimiló Luis.
Dos o tres años más tarde, cuando había domingos en que se aburría, y de
sus economías, se compró un tablero de bolsillo, con sus piezas de cartón. Las
guardaba celosamente. Y así, cuando hacía mal tiempo, en vez de contemplar las
gotas que caían por los cristales, se ponía a jugar, él solo, al ajedrez.
En esta época, los propietarios de la casa, monsieur Doré y su esposa,
decidieron instalar el gas en todos los pisos. Se acabó, pues, la luz de petróleo,
de igual modo que desapareció la cuna de Emilia. En la cocina había un mechero
y otro en la habitación más grande. Estaban colgados del techo, eran muy
livianos y se llenaban constantemente de polvo. Cuando se les sacudía o se
movían por alguna causa, despedían pequeñas nubes. Lo cual dio lugar a un
pequeño drama.
Porque arriba vivía una familia numerosa de italianos que en junto eran diez
personas. El padre trabajaba de albañil y calzaba botas muy pesadas. Cada vez
que andaba por el piso, el techo retemblaba. Y cuando por las noches se ponía a
jugar con sus hijos, parecía que fuera a quebrarse. Por eso los mecheros de
Gabriela habían de ser cambiados casi cada semana. Hasta que ella se cansó de
la molestia y subió:
—Voy a decirles cuatro palabras a esos brutos.
La escalera sólo tenía una lamparilla de aceite con la consiguiente oscilación
de luz y sombras. Lo que no le impidió llegar enseguida al piso de arriba y
cambiar con los vecinos, durante cerca de una hora, todo un repertorio de
injurias en los dos idiomas nativos. Si se entendieron o no, es cosa que todavía
no se ha averiguado. Lo cierto es que la madre chillaba, los hijos lloraban, y
cuando llegó Vladimiro subió también para ayudar a su madre en la reyerta.
Otros inquilinos, molestos por el barullo, tomaba cada uno su partido, según las
simpatías respectivas. Luis entreabrió la puerta para observar el debate.
Vislumbró una vieja a la que no parecía afectarle la cosa.
Sin este incidente Luis nunca hubiera sabido que aquella vieja mujer existía,
porque ella nunca salió de la casa. Pocos meses más tarde se la llevaron en un
ataúd blanco, bastante parecido a las cajas de fruta de Les Halles, en opinión de
Luis.
Vladimiro continuaba trabajando en casa de monsieur Brillanceau. Llevaba
un traje de faena de tela cruda teñida de azul. Ya fumaba cigarrillos que él
mismo se liaba. Presumiendo de hombre, se los dejaba colgando del labio
mientras trabajaba. Por la calle marchaba con las manos metidas en los bolsillos
del pantalón y contoneándose, porque le parecía que así se fijaba todo el mundo
en su gallarda figura. Pero si esto era verdad, también lo era que adelgazaba y
sus ojeras eran cada vez más oscuras y profundas. Trasnochaba mucho. A veces
se acostaba de madrugada. En una ocasión entró a la hora del desayuno.
Ya tenía otra manera de no admitir que su madre siguiera acostándose con
cualquier hombre. Gruñía, tosía fuerte y les miraba agresivo, como para dar a
entender que él estaba allí para algo más que para ser testigo de una porquería.
Un domingo de invierno halló a un hombre fornido tomando el desayuno con
su madre y con Luis. Vladimiro tenía los ojos enrojecidos de no dormir lo
suficiente. Se dirigió al huésped ocasional.
—Usted no tiene suficiente Con hacer el amor a mi madre, sino que, además
de eso, se aprovecha de la comida y pide que le distraigan. —Parecía dispuesto a
la pelea.
—¡Calla, Vladimiro! Métete en lo tuyo. Y tú, Felipe, no hagas caso. Quédate.
Por las mañanas siempre está así, pero se le pasa pronto.
El hombre aquel prefirió, no obstante, marcharse acto seguido y dentro del
penoso silencio general. Una vez cerrada la puerta, Vladimiro volvió al ataque.
Apoyó los codos sobre la mesa y apostrofó a su madre:
—¿Le haces pagar?
—Si le hiciese pagar, yo sería una… Y no lo soy.
—Entonces lo tuyo es congénito.
—No sé lo que quieres decir. Sencillamente soy una mujer que tendré un
hombre en la cama cuantas veces me parezca bien, sin haber de darte cuenta.
Recuerda que me casé con un borracho, medio impotente, y que sólo venía a
casa para vomitar.
—Ésa no es una razón.
—¿Una razón para qué?
—Para nada.
Se notaba que Vladimiro llevaba una idea obsesionante en su caletre. Pero
frenó su cólera y calló.
—Si no estás contento con la madre que tienes, búscate otra. ¿Y no te da
vergüenza hablarme así delante de tu hermana y de tu hermano?
Vladimiro miró a Alicia irónicamente y abrió la boca como para decir algo,
mas se contuvo. Pero al salir se le oyó gruñir:
—¡Todas rameras! Sí, todas rameras.
Veinte años más tarde Vladimiro hizo a Luis la confidencia de haber
encontrado un verdadero primer amor, que también le traía el primer drama
sentimental. Había trabado amistad con una joven con la que salía todas las
tardes y que para evitar gastos a Vladimiro se dejaba hacer el amor por otros
cobrándoles lo que a Vladimiro no le costaba nada. La vio emparejada con un
hombre y tapados los dos con el abrigo del acompañante, viendo el espectáculo
del amor a pie, cuando les arrancó el abrigo que los tapaba. Rugió un insulto y se
dispuso a atacar a aquel hombre, pero éste salió corriendo a todo escape, de tal
manera que acabó por perderlo de vista. Sin duda se había escondido el fugitivo
en alguno de los callejones, o en alguna escalera del lugar. Vladimiro lo buscó
inútilmente.
—¡Los hubiera matado! —afirmaba. Sin embargo, trató de volver a ver a su
amiga, pero ésta se espantó y le rehuía siempre. Afirmaba Vladimiro que por
primera vez lloró, como cuando era un niño.
En la casa se habían ya acostumbrado a la nueva luz de gas. Todo quedaba
mejor iluminado, pero esto hacía también que se vieran más perfiladas todas las
llagas de la habitación. Porque los desconchados aparecían más claramente, los
remiendos de los colchones resultaban más evidentes, y los colores de las
colchas, más desvaídos. El cielo raso presentaba unas grietas inquietantes. Se
veían grandes trozos en que quedaba al descubierto el yeso.
Este invierno o el siguiente, cosa que no podía precisar bien Luis, aunque
debió ser el tercer año de ir a la escuela, seguía ocupando un sitio en el primer
banco delante del estrado del profesor. Aparecía más soñador aún que en el
anterior curso.
Había encontrado, sin buscarlos, los lápices que le regaló Pliska y que
guardaba en su cartapacio. Empezó a usarlos distraídamente.
El profesor era otro, muy delgado, con bigotes y perilla a lo Artagnan,
apéndices que acostumbraba a acariciarse y aun tirar de ellos, casi
constantemente, mientras hablaba. Sus manos eran bellas y cuidadas. Debía
ganar poco dinero porque sus trajes eran muy usados, pero denotaban un corte
elegante y un aseo especial. No eran de confección, sino a medida. Siempre
pulido y con relucientes zapatos negros.
La actitud de Luis llamó la atención del nuevo profesor desde que lo vio.
Había observado la placidez de aquel rostro, su constante sonrisa, que al profesor
le parecía algo irónica, y su actitud sumisa.
Se había puesto detrás de Luis, sin éste darse cuenta, y por sorpresa le
preguntó:
—¿Qué piensa ser usted, Cuchas?
—No lo sé, señor.
—¿No hay nada que le atraiga especialmente?
—¡No, señor!
—¡Ah! ¿Pues qué es esto?
Luis no notó que el profesor había bajado del estrado y estaba mirando lo
que dibujaba. Luego le quitó el papel sin terminar. ¡Cosa curiosa! Monsieur
Huguet, que así se llamaba el profesor, no le riñó. Pero unos días más tarde le
repitió la pregunta. Luis, sincero siempre, le respondió lo mismo. Fue todo lo
que ocurrió. Sin consecuencias de mala nota. Y fue en esa época cuando su
madre recibió un aviso del director de la escuela pidiéndole que fuese a hablar
con él, lo más pronto posible. Supo entonces que los gemelos llevaban tres días
sin aparecer por la escuela y habían intervenido el juez de menores y la policía.
Los gemelos dejaron pasar la ráfaga que les soltó Gabriela sin rechistar. A la
mañana siguiente estaban en la mesa, como de costumbre, pero a la tarde ya no
comparecieron.
Por dos veces, a pesar del mal tiempo, Gabriela recorrió la calle preguntando
a los comerciantes si habían visto pasar a los «rubitos». Nadie sabía nada de
ellos.
El gas de la cocina estuvo encendido toda la noche. La siguiente mañana
tuvo Vladimiro una inspiración. Cogió la caja de galletas donde Gabriela
guardaba el dinero, procurando siempre que la caja ésta se mezclase cada vez
con las otras donde guardaba el café, el azúcar, las especias y algunas hierbas.
Estas cajas constituían todo el ajuar cocineril, además de las dos cacerolas.
Con el dinero guardaba Gabriela las partidas de su casamiento y las de
nacimiento de los chiquillos. Nunca había grandes cantidades; unas decenas de
francos y un portamonedas de hombre con la calderilla para los cambios.
Gabriela comprendió lo que le indicaba Vladimiro y rebuscó en la caja de
galletas.
—Se han llevado la plata y han dejado estas monedas de cobre solamente. —
Y siguió hablando: ¿Qué te parece, Vladimiro?
Era la primera vez que le pedía consejo a su hijo mayor, como si ya fuera
algo parecido a un jefe de familia.
—No irán muy lejos. Cualquiera los descubrirá y los entregarán a la policía.
—A menos que se presenten espontáneamente cuando se les concluya el
dinero. ¿Dónde dormirán con semejante noche?
—Me parece que por su voluntad no volverán.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque los conozco mejor que tú. Opino que debes denunciar el caso en la
comisaría.
—Entonces no me los darán. Sobre todo después de lo que me ha dicho el
director de la escuela. Él cree que se los llevarán a un reformatorio. ¡Y son muy
pequeños, Vladimiro!
Luis no pudo precisar nunca si los gemelos entonces tenían once o trece
años.
—No les admitirán en ningún hotel. Y no van a dormir debajo de un puente
mis pobres pequeños.
Gabriela y Alicia lloraban. Alicia era la más próxima en edad a los gemelos.
Habían jugado juntos muchas veces y ellos le hablaban con sinceridad de cosas
que guardaban en secreto para los demás. Vladimiro dijo:
—Es la hora de irme al trabajo, mamá. Sobre todo no dejes de hacer la
denuncia en la comisaría, porque, si no lo haces, es más que posible que te pidan
cuentas.
—¿Qué quieres decir?
—Nada. Vete. Es la única solución.
Casi de repente Vladimiro se había hecho un hombre. Su madre lo
comprendió enseguida. Se estaba arreglando para salir, poniéndose la ropa más
nueva que tenía. Con toda aquélla sedería y encajes, aparecía rejuvenecida, casi
una jovencita. No tenía arrugas y era muy jovial. Sobre todo sabía reír y hacer
reír.
—No te olvides de la clase, Luis. Si el director te hace preguntas, tú le dices
que no sabes nada de tus hermanos.
Gabriela salió apesadumbrada, pero ya en la calle parecía otra, la brava
mujer de mercado que estaba dispuesta a hacer frente a todo, incluso al
comisario, según lo que éste le plantease.
El director no hizo comparecer a Luis. Sabía que Cuchas y sus hermanos
eran de la misma familia, pero sin más detalles. Era un nombre entre tantos de la
lista, y él sólo trataba a los alumnos cuando los tenía que llamar para
reprenderles.
Hacía frío y llovía. Las calzadas estaban llenas de pequeños arroyuelos que
empujaban los desperdicios y que esta vez flotaban más descarados y
malolientes. Para Luis esta jornada fue una jornada sin color, sin gusto, sin
sonidos de los habituales. Él caminaba como sobre un vacío, y cuando vio a su
madre y a su hermana en la mesa de la cocina no les hizo preguntas, porque por
su talante ya veía que nada bueno habrían de decirle.
—¿No te han preguntado, Luis?
—No, mamá.
—He ido a la comisaría.
—Ya lo sé.
—Trataron de encontrarlos. Han sido muy gentiles conmigo. Incluso han
hecho que estuviese sentada ante el comisario. ¡Ah! Aquí viene Vladimiro.
Siéntate y come, porque yo no tengo apetito. He dicho a tu hermano que en la
comisaría han estado muy atentos y que el comisario ha hecho que me siente.
Debe tener hijos, porque enseguida me ha comprendido. Y como yo no podía
aguantar las lágrimas, se ha acercado a mí, me ha dado golpecitos en la espalda
para animarme.
—Quiero hacer cuanto pueda por hallar a sus hijos —dijo—, aunque me
parece que no los vamos a encontrar en París. Es lo que suele suceder. Todas las
semanas hay fugas de las mismas características. Me preguntó si habíamos
vivido en el campo, o si teníamos parientes fuera de aquí, y si alguna vez hemos
hecho vacaciones en provincias, porque en estos casos suelen aparecer en alguno
de los sitios que ya conocen. La mayor parte de los que huyen se meten en un
tren de mercancías. Le pregunté si pensaba encerrarlos y me dijo que no, que yo
estaba considerada en el barrio como una comerciante honrada, que nunca había
defraudado a nadie en el peso, ni tenido cuentas con la policía. Por lo tanto, que
estuviera tranquila, que ya aparecerían y me los daría.
—¿Lo ves…?
—Sí. Es un hombre amable. Por cierto, corpulento y que lleva una gran
cadena de reloj con colgantes.
—¿Es que has estado tú alguna vez en la comisaría?
—Sí. Cuando tenía más o menos la edad de Luis un agente me sorprendió
robando un puñado de bombones, me levantó en vilo y me condujo ante el
comisario. No te he explicado nunca nada de eso porque bastante miseria tenías
a tu cargo para que yo te la aumentase.
—¡Oh! Entonces… ¿Tú…?
Gabriela quedó trastornada, tanto que casi olvidó a los gemelos. Pero no más
de dos días después se los trajeron de Rouen, donde los habían encontrado
agazapados detrás de una pila de cajas de frutas. Ellos creyeron que el tren les
llevaría a El Havre, donde contaban con poder meterse de polizones en algún
buque. Pero como el vagón que tomaron fue desenganchado en Rouen hacia una
vía muerta, allí los pescaron.
Los gemelos no dieron detalles de la aventura. Pasaron medio día en la
comisaría y el portamonedas volvió a su sitio en la caja de galletas. Sólo faltaban
dos francos.
CAPÍTULO V


E scuchadme, Guy y Oliver. Aunque lo que voy a decir os toca a todos.
Gabriela estaba alicaída. La fuga de los gemelos la había hecho
reflexionar mucho, porque la había impresionado más. En el momento que
hablaba, parecía como si estuviese ausente su fuerte voluntad. Parecía muy
fatigada.
—He tenido una conversación hoy con el comisario. Te suplico, Guy, tú que
eres el más fuerte, que no mires la vida como si no te interesara. Se trata de tu
porvenir y del de tu hermano. El comisario ha tomado mucho interés por
vosotros. Pero le parece que no debéis seguir en la escuela. Opina que si os
mandara a otra, volveríais a escaparos y que nunca obtendréis un certificado de
estudios. Ni yo ni mi madre los tenemos tampoco y no estamos mal situadas.
Así, pues, para evitar que os lleven a un correccional, me aconseja que os haga
aprendices de algún oficio. Ha encontrado un patrón impresor, M. Cottin, de la
calle Cardenal Lemoine, que os aceptará.
El taller que nombraba Gabriela estaba poco más allá de la contraescarpa y
en un mundo en el que Luis no le gustaría hacer incursiones.
—Os prevengo que M. Cottin es muy severo, pero me afirma el comisario
que en cambio es muy justo en sus decisiones. La primera idea del comisario ha
sido de colocaros separadamente, pero yo le he convencido de que no lo haga,
porque no podríais soportarlo. ¿Queréis ser tipógrafos?
Los gemelos se encogieron de hombros.
—Yo creo que es vuestra mejor oportunidad. ¿No lo crees tú también,
Vladimiro?
—Sí, mamá. Vale más el taller que el correccional.
Comenzaron un lunes por la mañana. Gabriela les compró ropa adecuada
para la faena que tendrían que hacer.
Le pareció a Luis que en la casa comenzaba a reinar una atmósfera distinta.
Flotaba en el ambiente algo así como una pena sorda e indefinida. ¿Significaría
esto que también habría un nuevo estilo en aquella familia? Hasta este momento
habían vivido los unos para los otros, como en una madriguera, al abrigo del
mundo exterior, porque su madre los protegía. Los jergones alineados formaban
en realidad un solo lecho. La madre estaba separada de ellos solamente por la
agujereada cortina.
¿Era el principio y el fin de la cama voladiza? ¿Desaparecería como
desapareció la cuna de hierro de Emilia? Vladimiro ya era un hombre y aparecía
en casa con mucha irregularidad. Llevaba un género de vida del que nadie sabía
gran cosa.
Alicia ya tenía quince años y había dejado traslucir que se aburría sola en
casa y que prefería buscar trabajo. Se había hecho muy bonita y garbosa. Salía
muchas veces por la tarde y volvía a casa trascendiendo a raros perfumes y
olores.
Los gemelos estaban en el taller y Luis en la escuela. A Alicia le pareció que
aquella blanca luz de gas había destruido lo más íntimo de la casa, y en la
soledad las cosas aparecían más feas y descamadas. Sus vidas habían cambiado
y la madriguera se iba derrumbando. Incluso en los días que se encendía la
estufa, aquel artefacto ya no tenía el solemne aspecto de piedra fundamental, y
aquellas cenizas con brasas ya no relucían como en otros tiempos, ni la parrilla
se enrojecía tanto.
¿Fue esto lo que le aproximó más a su madre? Desde entonces fue a verla
con más frecuencia a su puesto de vendedora y la ayudaba con más ahínco
cuando en las madrugadas iban a aprovisionarse a Les Halles. Lo cierto es que, a
partir de entonces, parecía como si los lazos entre ellos fuesen aún más
profundos. Luis era el último de la nidada, el más pequeño. Así se lo dijo
Vladimiro cierto día que pidió a su madre que cambiasen de alojamiento por otro
más confortable, porque quería una habitación para él solo.
Luis no tenía armario y compartía el de su madre. Y le ilusionaba tener uno
para él solo también.
—¿Para qué? —replicaba Gabriela—. Yo estoy poco tiempo en casa y
Vladimiro ha de ir al servicio militar. Alicia, a la que conozco bien, aprovechará
la primera cosa que le salga para casarse. Los gemelos trabajan fuera y sólo
están en casa para el desayuno.
Un día Luis se detuvo en la lavandería, cuya puerta siempre abierta, y su
fachada pintada de blanco, despedía un olor casi tan agradable como el de la
panadería. Como el resto de las tiendas de la calle, tenía una fachada estrecha,
largo fondo y allí había una mesa larga donde habían alineadas varias mujeres
que iban planchando las telas arrugadas. Detrás se alzaba una gran estufa donde
se calentaban las planchas.
La mayor parte de las obreras eran jóvenes y en verano iban sin corsé, así es
que con el movimiento de los brazos había la repercusión natural de pechos y
caderas, que se cimbreaban cadenciosamente.
La patrona, se llamaba madame Antoine y había comenzado su negocio de
simple aprendiza hasta convertirse en ama. Ocupaba un pequeño despacho al
fondo del obrador e iba anotando las piezas que se recibían y las facturas con las
que se habían de entregar.
El lavadero estaba en el sótano, una especie de cueva con grandes toneles y
cuyos tragaluces daban al patio.
Aquí era donde trabajaba Alicia. Y desde entonces apenas si le daba tiempo a
comer. ¿Es que lo tuvo antes?
Unos y otros entraban a horas diferentes. Sabían dónde tenían que coger el
plato con el trozo de bistec, el foie-gras, el pan y el queso, minuta casi diaria.
Todo ello colocado en la alacena, de tela metálica y colocada a su vez junto a la
ventana. Los domingos se hacía guisado especial de cordero o buey asado. Por lo
tanto, salvo los domingos, rara vez se encontraba la familia reunida, con algunas
excepciones, o sea, cuando el tiempo era bueno.
Vladimiro se había hecho hombre y se había comprado en los Almacenes
«La Samaritaine» un conjunto de tela a cuadros negros y blancos, en moda
entonces. En verano llevaba un canotier de ala ancha que ponía algo ladeado. A
veces llevaba un pequeño bastón con el que hacía molinetes.
Desde hacía tiempo el espacio vital de Vladimiro se había trasladado. Para él
la calle Mouffetard no era otra cosa que el sitio de refugio. Ordinariamente
tomaba el tren los domingos para ir a Saint Cloud o Bougival y hablaba de
comprarse una bicicleta cuando tuviera ahorrado algún dinero.
Alicia también llevaba canotier en verano y un traje blanco con adornos de
punto inglés, porque para el invierno soñaba con tener un vestido de terciopelo
que había visto en el escaparate de la tienda de mademoiselle Pochon.
—¿De dónde queréis que yo saque tanto dinero? —exclamaba la madre,
cuando exponían esos deseos.
El sábado por la tarde iba Alicia con sus amigas a un baile al Boulevard
Saint Michel al que concurrían también los estudiantes. Por eso contaba historias
donde relucían nombres como los de Valeria, Olga, Eugenio, Rolando…,
Rolando sobre todo, el tipo más chic de la banda estudiantil de la Universidad.
Estudiaba para abogado, como lo era su padre, quien había defendido a los
anarquistas que tiraron una bomba en la taberna «Royal».
Se hablaba mucho de anarquistas y de bombas. Y del Metropolitano,
ferrocarril subterráneo que se estaba construyendo y que cruzaría todo París en
diversas direcciones, con mucha más rapidez que los ómnibus y tranvías. Nadie
de la familia leía los periódicos. Sólo Vladimiro llevaba alguna vez cuadernos
con las aventuras de Nick Carter y cuyas cubiertas mostraban a un hombre
forzudo que amenazaba a alguien con su revólver, o aparecía liberando a una
muchacha que estaba atada a un árbol. A veces al pie de la cama.
Frente a la iglesia de San Medardo y alrededor del quiosco de periódicos,
sujetos con pinzas, habían los diarios y revistas como «Le Petit Parisien Illustré»
que publicaba notas gráficas en colores chillones y describía los sucesos de la
semana: un viejo estrangulado, una mujer envenenada, o cosas por el estilo, de
tipo truculento.
Todo eso existía para Luis como al borde de su vida. Anteriormente el
mundo se reducía al pequeño espacio cerrado de su casa y de su barrio, pero
poco a poco, se ampliaba sin darse cuenta. Como les ocurría a los gemelos que
pasaban ahora casi todos los domingos en las fortificaciones.
Esto le recordaba una de las pocas conversaciones que tenía con su madre.
Cuando iban a las Halles hablaban poco. Luis no le preguntaba nunca por qué
iba tan absorta, pero de manera distinta que él. Ella hacia dentro: él
contemplando siempre el espectáculo de la calle. Le hechizaba el paso del Sena
por el Puente de Saint Michel, sin poder precisar si había poca o mucha
corriente. Pero su madre le parecía que ni siquiera se fijaba en las bellas torres de
Nôtre Dame. Ella sólo vivía para su trabajo, entonces. Todas las personas
mayores trabajaban. Menos los propietarios como M. Doré y las gentes ricas que
veía a caballo, o en calesas, que rodaban hacia las carreras llevando caballeros
de fuste con sombrero de copa alta y damas encopetadas como las que se veían
en los grandes restaurantes reclinadas en divanes de terciopelo, tras los grandes
ventanales. De todo eso no se dio cuenta bien Luis, hasta después de mucho
tiempo. Antes sólo lo había visto en las primeras páginas de las revistas
ilustradas.
—¿Qué piensas, Luis?
—Nada, mamá.
Ella empujaba el carrito y sus bellos ojos azules miraban hacia adelante,
fijamente.
—¡Eres muy extraño!
Existía entre los dos una intimidad hecha de ternura un poco vaga y que no
estaba en las palabras, ni en las caricias, sino en ciertas miradas furtivas y
púdicas o en el arpegio suave de la voz.
Él no recordaba haber estado nunca sumergido en el regazo maternal, como
por ejemplo Emilia. ¿Lo estuvo de recién nacido? Esto es cosa que no podía
saber, ni quería preguntar. Pudo ser. Él sólo guardaba la imagen de Emilia
amamantada por su madre.
—¿Es cierto que no piensas en nada?
—No lo sé.
—Siempre pensamos en alguna cosa, aunque no nos demos cuenta de ello
muy bien. Esto me lo dijo hace tiempo una persona muy instruida.
Seguían caminando y a poco estalló la algarabía de la circulación, el bramido
del tranvía rojo y amarillo, el timbre que pateaba el conductor, sobre todo, el
cárdeno centelleo del trole.
Después, cuando llegaba la noche él se aventuraba un poco por el Boulevard
de Saint Michel, porque gustaba mucho de ver pasar aquellos artefactos
estridentes y que en la oscuridad hacían más bello el panorama. De las gentes
que se veían en el interior sólo se apreciaba la mitad del cuerpo, como si fuera
un guignol. Iban codo con codo, silenciosas, las miradas fijas como en la luz de
otro mundo y a cada curva todos oscilaban inertes, volviendo rítmicamente a sus
tiesas posturas, lentamente, como muñecos autómatas.
—Cuando tenían tus hermanos la misma edad que tú, y aún antes, no se
preocupaban en adivinar si me fastidiaban o no sus preguntas. ¿Por qué tú no
eres lo mismo? ¿Tampoco en la escuela preguntas?
Luis reflexionó. ¡Era tan distinto el ambiente de la Escuela del de las Halles!
Al fin respondió:
—No, mamá.
—¿Y a tus camaradas?
—No los tengo.
—¿No juegas con tus compañeros?
—No.
—¿Es que son ellos los que no quieren jugar contigo?
La pregunta le había dejado confuso, porque no le gustaba mucho que, sin
razón definida, su madre tratase de penetrar en su mundo secreto. No porque
fuera un mundo propiamente dicho, sino más bien porque le parecía que no era
un mundo de mujeres, y si de imágenes, tal vez ridículas, pero de las que no le
gustaba hablar. Su madre insistió:
—¿No te gusta jugar?
—Ya juego.
—¿Solo?
—Algunas veces. Al ajedrez.
—Pero ése no es un juego para niños.
—También juego al trompo, a las bolicas, al aro. —La verdad era que a Luis
no le parecía que ésta fuera una cuestión de importancia.
—No te ríes nunca. ¿Es que no te sientes dichoso?
—Mucho, mamá.
—¿No hubieras preferido tener otra familia? ¿No encuentras a faltar algo?
—Ya lo tengo. Te tengo a ti.
Gabriela lo miró estupefacta y los ojos brillantes.
—¿Tanto me quieres?
—¡Oh, mamá!… Muchísimo.
Si no hubiese tenido que seguir empujando el carro, Gabriela lo hubiera
estrujado contra su pecho. Pero estaban ya cerca de les Halles y no era prudente
detenerse. Trató de poner cara de duda burlona y reír un poco, pero la risa que le
salió era más bien una emoción casi rezada.
—¿No pretenderás decirme que lo soy todo para ti?
—Sí, mamá. Lo eres.
—Tú sí que eres… ¡El chico más adorable del mundo! Admito que tienes
una rara manera de ser dichoso. ¡Pero si yo pudiese adivinar lo que hay dentro de
tu cabeza! Con Vladimiro, con Alicia, incluso con los gemelos, por salvajes que
éstos sean, rara vez me equivoco. Pero tú eres un misterio para mí. Y aunque no
debiera decírtelo, es sin embargo a ti al que prefiero.
No pudo seguir hablando Gabriela, más que murmurar:
—¡Pero Vladimiro!…
Porque Vladimiro era para ella una cosa aparte. Habíalo engendrado antes de
casarse con Heurteau. Era de otra raza, hasta el punto de que si bien figuraba en
el Registro con el nombre de José, ella le llamaba Vladimiro siempre. ¿Fue ése
el nombre del verdadero padre? ¿Fue ruso? ¿Le había amado ella? ¿Quién
abandonó a quién?
Todas estas cuestiones le pasaban raras veces por la imaginación, porque no
les concedía demasiada importancia, ni se inquietó nunca porque no les hallara
respuesta.
Habían ya entrado en el puesto de Samuel. Su madre fue mirando los letreros
y los precios puestos en las negras pizarras. Se manifestaba claramente su gozo
interior por aquella conversación con Luis. Una conversación insólita.
—¿Qué compraría yo hoy?
La pizarra ya era familiar para Luis. Desde que entró por primera vez en les
Halles y observara las enormes pilas de frutos con sus precios arriba en las
pizarras, ya captaba las orientaciones del mercado por las voces de los
vendedores y las pujas.
—Manzanas, mamá.
—¿Por qué manzanas?
—Porque son de las rojas y las que más nos gustan a los chicos. Y hoy no
son caras.
Lo que no decía a su madre es que las manzanas aquéllas le gustaban
principalmente por su purpúreo color y las estrías doradas que cruzaban sus
achatadas pulpas.
—¿A cómo me pones las manzanas, Samuel?
—¿Cuántas cajas?
—Las suficientes para hacer un gran montón. Porque puestas a granel en el
carrito atraen más a la gente y parece como si una temiese quedárselas sin
vender.
Y era verdad. Él había visto cómo su madre tenía que esperar muchas horas
para vender toda la fruta, cuando la presentaba envuelta y empacada y en cambio
cuando estaba suelta se despachaba con facilidad.
—A dos sueldos menos te compro diez cajas.
Observó que su madre quería complacerle y esto le tuvo inquieto hasta que,
por suerte, todo se vendió bien, como supo al salir de la escuela y lo gozosa que
estaba su madre por el éxito de la operación.
—¡Chiquito!… me has dado suerte. Te voy a comprar una barra de
chocolate. —Y además le dio un sueldo, que no quiso rehusar, pero sintiendo en
el fondo de su alma que le quisiera recompensar por lo que él creía que no valía
la pena, pues principalmente sugirió aquello como un placer para él mismo, por
gozar de aquellos colores. No obstante compró el chocolate y sin duda su madre
le dio moneda de más valor por cuanto tuvo una barra más grande de lo que
correspondía. La comió por el camino y cerca de su casa oyó la voz de Alicia
que le llamaba desde la lavandería:
—¿Por qué te ha dado dinero mamá?
—Porque le he aconsejado comprase manzanas y las ha vendido todas.
Por entonces debía ser otoño, aunque todavía no se sintiese el frío; más bien
hacía calor, como lo reflejaba Alicia por las grandes gotas de sudor que le caían
por las mejillas y los brazos.
Solamente Alicia y Luis desayunaron aquel día en casa. Su madre prefería
liquidar todo, cuando la venta iba bien. Entretanto comía un pedazo de salchicha
y un trozo de pan, con alguna que otra visita a la próxima taberna para trincar un
par de vasos de buen vino.
—¿Qué queso prefieres tú, Luis: Holanda o Camembert?
—¿No hay otra cosa?
—Sí; confitura de grosella, pero tú ya sabes que no quiere mamá que se
coma de ella, hasta el mediodía.
—Pues dame Camembert.
Estos recuerdos insignificantes dejaron sin embargo en Luis el regusto de
una leyenda. El chocolate, por cierto, le había hartado tanto, que cuando fue a
comer, aún notaba el sabor del cacao. Tal vez por eso el camembert le pareció
menos bueno de lo que realmente era. Porque Luis no era muy goloso.
Vladimiro sí, sobre todo cuando lo podía birlar.
A la mañana siguiente su madre continuó ya entregada al estímulo de las
confidencias del día anterior y hasta le pareció a Luis que manifestaba una
ternura desacostumbrada. Le pareció también que de repente lo amaba como a
un gatito recién destetado, al que había que mimar hasta que supiera defenderse.
—Oye, Luis —le asaltó su hermana—. Yo creo que me quieres bien y sabes
que nunca te he hecho trastadas. —Mascaba Alicia como sin apetito y casi no
movía los labios—. Tú eres un gran chico —continuó— y sabes guardar un
secreto. Yo tengo necesidad de hablar con alguien. A Vladimiro no se lo quiero
decir porque se pondría furioso. Y en cuanto a mamá…
Estaban comiendo frente a frente y Alicia unas veces miraba a su hermano y
otras a la ventana, inquieta y dudosa. Pero continuó hablando:
—Me parece que voy a tener un hijo.
Quedó sorprendida al ver que Luis no se inmutaba. Como si la confidencia
no tuviera nada de sorprendente ni de dramática.
—¿Me has entendido bien? ¿Sabes lo que quiero decir?
—Claro que sí. Que vas a tener un niño.
—Yo me pregunto si debo dejarlo nacer. No tengo más que dieciséis años.
—Mamá no tenía más cuando nació Vladimiro.
—No es lo mismo.
—¿Por qué?
—Porque yo no sé quién es el padre. Silvia, mi compañera de trabajo, ha
estado encinta dos veces. Y las dos veces una mujer del barrio se lo hizo perder.
La primera no sufrió, pero la segunda estuvo a morir. Hubo de consultar a un
médico y seguir un tratamiento costoso. Ella me aconseja que vea a esa mujer,
pero yo tengo miedo, Luis. ¿Qué harías tú en mi caso?
—Nada.
—¿Lo dejarías nacer?
—Sin duda.
—¿Aunque estropee mi vida?
—¿Por qué te la ha de estropear?
Luis sintió como si Alicia le sacara de su aparente indiferencia. ¿Pero, qué
otra cosa podía decir? Alicia tendría un hijo y esto era todo.

* * *

Pasó el tiempo aprisa. Luis había conocido ya épocas de largas semanas


interminables, inviernos que no se acababan o parecían no acabarse nunca, las
ansias de primavera y los signos de esta estación con los brotes de incipientes
yemas verdes en los árboles. Hacía tiempo que Luis no iba a la escuela y sin
embargo tenía la sensación de no haberla dejado aún.
Se acordaba de las tardes que pasaron Alicia y él, del hijo que iba a nacer y
de este acontecimiento que por fin había anunciado a su madre, porque ya
empezaba a manifestarse el embarazo, acentuando aún más la palidez de Alicia,
que llevaba el sello de una forzada resignación.
Al mismo tiempo notaba que su madre recibía con mucha menos frecuencia
hombres en su cama. Si ella tenía amantes fijos en otro lugar, es cosa que nunca
sintió deseos de averiguar.
Los gemelos volvían fatigados del taller, con las uñas ennegrecidas por la
tinta de imprenta. Se acostaban enseguida. Seguían asistiendo con regularidad al
taller. Verdad era que M. Cottin no toleraba faltas. Siempre tenía una actitud
feroz. Por eso hacían lo que se les mandaba, pero soñando siempre con tomarse
un día el desquite.
Luis seguía su modo de vivir, siempre escudriñando todo aquello que
rebasaba su mundo interior. Prefería que el mundo entrase en él, poco a poco,
más que introducirse en las cosas por su propia voluntad.
—¿Quieres que vaya contigo?
—Me gustaría, pero si tienes algo que hacer hoy no me es preciso.
—Pues iremos juntos. —Pensaba entonces en los grandes almacenes que
había cuando de paso por la ruta de les Halles, él contemplaba los maniquíes de
cera que había en los escaparates y que eran colocados en raras posturas.
La tarde fue inolvidable.
—¿Quieres que me vista? —preguntó su madre.
Luis no dijo ni sí ni no. Entonces Gabriela se vistió con esmero, como si
fuera a una aventura amorosa, con el perfume de los días especiales y un rojo
discreto en sus graciosos labios.
—¿No me encuentras ya muy vieja para ponerme así?
—¡Oh, no! —exclamó fervoroso Luis.
Gabriela cerró la puerta, echó la llave debajo de la estera y ya en la calle
propuso de repente:
—Cógeme del brazo. Como si fuera tu novia.
Jamás se le había ocurrido tal cosa a Luis. Estaba cohibido porque su
pequeña estatura le haría aparecer como una cesta colgada de su madre. La gente
le miraría extrañada, y si los gemelos lo viesen se echarían, de fijo, a reír.
—¿Tomamos el tranvía hasta el Châtelet?
Asintió. Las luces parecían como si se le hubieran metido en el cerebro y le
bailasen dentro. Conforme iban discurriendo por las calles, disfrutaba del
espectáculo que ofrecían las grandes terrazas de los cafés, llenas de gente y
profusamente iluminadas.
En el tranvía Luis contenía su aliento para no perderse ni un átomo de las
emociones que iba experimentando. Sonreía vagamente, como de costumbre y
esta vez a la dama vestida de negro que tenía a su lado y que oscilaba sobre él a
cada vaivén. Le pareció que iba medio dormida, como era en efecto, porque
súbitamente le cayó sobre el hombro la cabeza de aquella mujer. Entonces, ella
abrió los ojos sorprendida.
Vio Luis con placer los arcos voltaicos de tulipas como bolas opalinas, que
expandían una luz viva y azulada. No se les podía mirar fijamente porque
deslumbraban y quedaba luego en las pupilas un resplandor molesto, aunque se
cerrasen los ojos.
—En primavera, si todo marcha bien, te compraré un traje nuevo, Luis.
Como ése.
Y señalaba al maniquí donde una figura de niño de cabello ensortijado,
portaba un bello traje azul marino con cuello duro y blanco. Su postura era la de
un niño que quisiera echar a andar, con la mano tendida como si pidiera algo. El
calzado era muy reluciente.
—Ven, Vamos a beber un vaso.
Gabriela lo llevó a Les Halles, donde Luis tomó un refresco y Gabriela un
vaso de vino, no en la taberna de costumbre, sino en un café de cierta categoría,
con las paredes cubiertas de espejos, mesas de mármol blanco y mucha gente
ociosa.
Los hombres miraban a su madre con ojos brillantes y sonrisas insinuadoras.
Porque, verdaderamente, Gabriela estaba resplandeciente. Luis la encontraba
muy hermosa y embellecida, más aún, por la tonalidad azulina de los arcos de
luz y realzada por el chispear de sus ojos alegres que parecían salpicados por el
azul de su traje. Repitieron el convite.
—Un jarabe para mi hijo y, para mí, licor de albaricoque.
Eran dos nombres nuevos para Luis. Descubría una nueva faceta del
temperamento de su madre, muy distinta, entonces, de la que llevaba su
carretilla, pero que no desentonaba en aquel ambiente tan elegante.
Aunque tal vez le reprochase que le plantease cuestiones, Luis iba rumiando
todo lo que veía y no entendía; los espejos, el techo decorado con pinturas de
mujeres desnudas, el amplio mostrador adonde iban los camareros para tomar los
servicios que pedía el público y una espléndida cajera sentada en un estrado que
parecía un trono, con un soberbio camafeo colgado al pecho y que resaltaba en
su negro vestido. Parecía la gobernadora de toda aquella baraúnda. Pero lo que
más fascinaba a Luis eran aquellas bolas de bruñido metal, que colgaban de las
columnas.
—Dime, mamá, ¿para qué sirven esas bolas?
—Para meter los trapos de limpiar las mesas.
El uso a que estaban dedicadas aquellas lindas bolas, le dejó un tanto
desconcertado.
Luis ya había obtenido su certificado de estudios. Pero esta vez no era el
primero de clase, sino el tercero. Y no había estudiado ni más ni menos que otros
años. Tal vez es que se había distraído demasiado con el mundo exterior.
Hacía ya mucho tiempo que Alicia estaba en gestación. Su vientre era
pronunciado. Sus rasgos fisonómicos aparecían como nublados. Había dejado de
hacer la canastilla.
—Es que, en realidad, resulta más barato comprarlo todo hecho —decía
como disculpándose.
En realidad era que se había aficionado a la lectura. Había descubierto en el
Boulevard de Port-Royal una librería que tenía en la acera un tenderete lleno de
esas novelas populares que son la delicia de las porteras. Ya las había visto antes
en los muelles del Sena.
—¿Tienes sueño, Luis?
Sólo estaban los tres en la habitación, su madre, Alicia y Luis. Y como no le
respondiese enseguida, Alicia le hizo un signo de inteligencia, entró con su
madre al sitio de ésta, cerró la puerta y él se quedó callado e inquieto,
aguardando la próxima explosión, porque se figuraba lo que iban a hablar.
Pero la conversación fue monótona. Apenas si pudo percibir Luis alguna
palabra suelta. Ni oyó a su madre cuando salía a la calle, porque él continuaba
acostado.
Alicia dejó la cafetera a un lado del fuego, comió de prisa y bajó saltando por
la escalera, a pesar de su volumen. Vio como su hermana se iba con sus
compañeras de trabajo y cómo él tenía el rostro pegado a los cristales de la
ventana, Alicia lo vio y le hizo un gesto que significaba: «Todo marcha bien».
Casi enseguida de esto empezó a aumentar el volumen de Alicia, de tal modo
que ya su estado interesante era evidente. Luis se preguntaba si ella hacía a
propósito que fuera más ostensible su estado, por cuanto se apretaba tal vez
demasiado la cintura y así abultaba más el vientre. Caminaba un poco a lo
borracho, para compensar el desnivel de su peso central.
—¿Conoces la noticia, Luis? —le preguntó un día su madre.
—Sí, mamá.
—¿Estás contento porque vas a ser tío?
—Sí, mamá.
Únicamente Vladimiro fue el que frunció mucho su cara, como demostrando
su disconformidad con lo que tenía su hermana. Un día le dijo:
—Eres bestia. ¿Por qué no te lo has hecho perder? Es que sin duda te gusta
jugar a muñecas.
Alicia no había dejado de ir al baile Nucher.
En cuanto a Gabriela, si bien ya no recibía hombres en su casa, solía salir los
sábados, de modo que Luis se quedaba entonces solo en casa. Su madre se
arreglaba coquetamente con su vestido de azul lavanda, que antes no usaba
mucho. Se ponía también un corsé último modelo y que Luis tenía que ayudar a
encajárselo.
—Estoy engordando demasiado. Si continúo así voy a ponerme como un
elefante. Aunque tal vez esto vaya bien para mi oficio.
Gabriela había reformado sus vestidos, pero aún así le venían muy justos.
Un día que se estaba empolvando y perfumando, dijo a Luis:
—Pequeño hombrecito, eres formidable ¿lo sabes? Espero que de aquí en
adelante yo no llegue a dejarte un mal recuerdo de mí.
Varias semanas después Alicia le explicó:
—Mamá ha estado muy amable conmigo. Le he propuesto que por ella y por
todos, me deje ir a trabajar en el campo, sólo por la comida. Podéis decir a la
gente que estoy fatigada y que me habéis enviado a casa de unos parientes o que
me he ido a un sanatorio. Tendré el bebé, lo dejaré con una nodriza y nadie sabrá
más. Mamá me ha dicho que no tengo por qué sufrir vergüenza, porque hay
muchas y aun de gente engolada, que han tenido un hijo antes de casarse. Y que
debo llevar mi huevo como una real hembra y que no debo bajar los ojos.
Se hacían entonces en París grandes obras públicas. En casi todas las calles
había zanjas porque se estaba instalando la electricidad por toda la ciudad. Un
sábado por la tarde Luis preguntó súbitamente a su madre:
—¿Puedo ir a la «Belle Jardinière»?
—A esta hora ya están cerradas las tiendas.
—Ya lo sé mamá, pero es que me gustaría ir a ver la iluminación de los
escaparates.
Se hablaba entonces de muchas cosas que aún no se conocían. De la Torre
Eiffel, por ejemplo, que Luis sólo había visto de lejos y a cuyo último piso
muchos de sus compañeros de colegio ya habían subido.
En verano tomaban el tren otros camaradas, iban a visitar a sus parientes del
campo y muchos de su clase incluso habían visto el mar.
Luis no había subido aún al tranvía. No le preocupaba mucho porque no
tenía gran interés en ello. No sentía curiosidad por ensanchar el universo de sus
conocimientos. Tal vez porque todo aquello le sobraba.
Alicia seguía leyendo insaciablemente. Prefería las revistas que tenían
páginas de color y los periódicos dominicales que también las tenían. Sólo le
costaban sesenta céntimos y con otros diez céntimos más podía hacer
intercambios.
La mayor parte eran ilustraciones obscenas y las páginas estaban llenas de
grasa, pero su papel oscuro y rugoso no olía mal. Llegaba a leer tres o cuatro
cuadernos por semana. Sobre todo los fines de semana en que tenía que quedarse
en casa para repasar la ropa. A veces se sentía pesada y pedía a Luis que fuese en
su lugar a hacer el cambio de libros.
—¿Qué es lo que quieres?
—Ya lo sabes. Algo triste.
Y no es que ella lo estuviese, sino porque le agradaba ese género literario.
Por el contrario, Alicia estaba muy contenta de llegar a tener su bebé.
—Yo creo que mamá tiene razón. Si nace aquí no podré ir a trabajar, ni salir
por las tardes. Soy todavía muy joven para vivir encerrada. Será mejor para el
bebé y para mí. Él tendrá aire puro y yo iré a verle todos los domingos.
Vinieron días de gran actividad familiar. Se compraban varios periódicos
buscando los anuncios que interesaban y se discutía en comunidad lo que más
convenía hacer.
—¡Meudon! Esto va bien. No es lejos de París. Es más largo el camino desde
casa al tren que lo que éste tarda en llegar a ese pueblo.
Se habló también de otros lugares y les gustó más el nombre de Etampes. Por
fin, escribieron a una madame Campois que tenía una casa de campo en
Meudon. No había más que varios minutos de tren desde Montparnasse.
Como Vladimiro tenía una buena y constante amiga, sólo fueron a Meudon
el resto de la familia, pero sin los gemelos, por lo que ese resto quedaba muy
reducido.
Gabriela se puso su mejor traje. Alicia también, con la agregación de un gran
sombrero de paja sujeto a la barbilla con una cinta, para que el viento no se lo
llevara.
Luis tomó el tranvía y se reunió con ellas en la estación de Montparnasse. Se
metieron en un vagón de tercera, lleno de militares con pantalones rojos.
Llegados a Meudon tuvieron algunas dificultades para encontrar el camino
que les habían indicado en una carta que escribió en su nombre un vecino.
La carretera estaba cubierta de una espesa capa de polvo, en la que se
hundían los pies. Millares de amapolas salpicaban de rojo los trigales. Hacía
calor. Todo les caía bien, el aire, los prados, los establos, las vacas.
Como estaban algo despistados trataron de informarse en una de las granjas
de aquel camino. Las piernas empezaban a flojear y el sol les calentaba
excesivamente las espaldas. Al fin vieron un hombre con zapatones de cuero y
traje de pana, que al borde del camino parecía esperarles. Se dirigió a ellas:
—¿Madame Heurteau? Celebro. ¿Les ha sido difícil encontrarnos? Es que
nos hallamos en un rincón perdido.
Les señaló un tejado rojizo y unas paredes blancas. Los manzanos estaban
llenos de fruto. La hierba brillaba. Dos cabras se acercaron a mirarles y luego se
marcharon saltando y jugueteando.
—¿Son de Vd.? —preguntaba Alicia.
—Sí; tenemos varios animales. Afortunadamente mi mujer puede ocuparse
de ellos.
Varios pollos y gallinas picoteaban alrededor de la casa blanca. Gansos y
patitos se movían de un lado a otro bajo la vigilancia de una gran oca que
acababa de salir del agua.
—¡Rosalía…! —gritó el hombre.
Apareció la campesina que salía de la parte baja de la casa y que acudía
luciendo una amable sonrisa. Tenía una cara ancha y unos senos enormes, que,
cada vez que se movía, parecían oleadas de mantequilla. En la cocina se veía un
galopín de poco más de un año, sentado en el suelo.
—Es mi primer hijo. Lo he criado al mismo tiempo que el nieto del Dr.
Dubois, del cual es cochero mi marido. Tengo tanta leche que podría amamantar
a tres retoños. Pero, entren y siéntense a tomar cualquier cosa.
Había suficientes sillas, todas con asiento de paja. No se veía estufa ni resto
de cenizas. De una chimenea colgaba un gran gancho de hierro.
—¿Para cuándo lo tendrá usted?
—Creo que de aquí a quince días.
—Pues yo, como ustedes ven, tanto puedo tenerlo esta noche como mañana,
o pasado lo más tarde, ¿verdad, Leonard? Vengan por aquí a ver la casa.
Les mostró una gran habitación con ventanas a ambos lados, un lecho
cubierto con una colcha blanca, dos camas de mimbre guarnecidas de volantes
de tul y que parecían estar aguardando a próximos inquilinos, amén de un
enorme armario junto al cual estaba la cama del pequeño de los Campois.
—Como ustedes pueden ver, yo tengo suficiente vigor para criar a dos bebés,
así es que si nos ponemos de acuerdo en las condiciones, pueden traerme
enseguida que lo tengan, al que haya de nacer. El Dr. Dubois sabe lo bien
cuidados que estarán los dos pequeños.
Leonard permitió a Luis coger manzanas, para lo cual tiró de una rama que
puso a su alcance.
—Toma las que quieras. Este año hay muchas. ¿Quieres ver los conejos?
Luis dijo que sí, encantado, y lo llevó a una conejera donde los animalitos
estaban muy quietos sin hacer otro gesto que ese mohín de sus inquietos hocicos,
tan gracioso, cuando comen la hierba.
—¿Te gustaría vivir en el campo?
—No lo sé.
—¿Prefieres París?
—No lo sé tampoco.
A Gabriela le dieron un vaso de aguardiente y Alicia se limitó a chuparlo de
un terrón de azúcar. Luis bebió con deleite el agua fresca que salía de un pozo
artesano y que se cogía con un cubo de madera.
Luis regresó dormido a la estación de Montparnasse. Tuvo que despertarlo su
madre. Sentía fuego en la cara y febrilidad en los ojos. Le parecía que un
acontecimiento importante acababa de tener lugar y que la cáscara protectora que
envolvía a la familia, acababa de romperse bruscamente. Lo sentía y se alegraba
a la vez.
SEGUNDA PARTE
EL NIÑO DE LA CALLE L'ABBÉ DE L'EPÉE
CAPÍTULO I

L os días transcurrían insensiblemente. No había calendario en la pared. Ni


siquiera se apercibían del paso de los solsticios. Si Gabriela lo notaba, era
más por las cambiantes de los productos del campo que llevaba en su carretilla y
los pescados que eran más o menos baratos según las épocas.
La aparición o desaparición del brasero marcaba el signo central de las
estaciones. Y los días de niebla hielo y lluvia, la de lo crudo del invierno.
Cuando caía la nieve los días se hacían más largos y entonces ella iba más
tarde a les Halles, porque la gente salía menos de las casas y se vendía menos.
Gabriela no podía decir exactamente la fecha en que habían nacido sus hijos.
Se guiaba siempre por algún acontecimiento especial y en caso de no tener
pereza para ello, mirando las partidas que guardaba en la caja de galletas. Para
ella el tiempo estaba siempre en función de algún acontecimiento memorable.
Por ejemplo, el año que el Sena quedó helado, la época en que murió Emilia, o el
día que Vladimiro entró de aprendiz en casa de monsieur Brillanceau.
En Luis, el tiempo iba ligado a épocas como la del nacimiento del hijo de
Alicia, el viaje a Meudon a casa de la nodriza o la perennemente fija silueta de
Vladimiro, que era el mayor de todos. Lo recordaba mirando a través del agujero
de la colcha. A Alicia cayéndole los rubios cabellos sobre la cara hasta cubrirle
el vientre desnudo y su matrimonio con un tal Gastón Cottereau que trabajaba en
una charcutería de la calle de Rennes.
Luis continuaba viviendo siempre un poco al margen de todos e incluso de su
madre. Por ejemplo, en el caso de Vladimiro siempre lo había mirado como a un
hombre, incluso cuando su hermano era niño y Luis pequeñito. Sin embargo, de
todo esto, lo que más se le había quedado en su ser físico y mental, eran los
olores de la calle, por ejemplo, los diferentes sonidos de las voces, la
peculiaridad de los pasos de algunas personas, o de los hombres que pasaban en
casa unos días, e incluso una sola noche, como Pliska. Pliska para Vladimiro era
sólo una silueta. Para Luis era algo más importante.
Pliska era el único que le pareció siempre más adicto a su madre y a los
pequeños. Sobre todo a él. Su madre en cambio nunca más lo nombró siquiera.
Tal vez esto era porque Pliska y Luis eran los que más tiempo estaban en casa.
Vladimiro y Alicia habían sido los dos primeros hijos, los que por eso se
entendían mejor y se contaban mutuamente sus secretos, por lo general. Pero
casi de repente Vladimiro se hizo hombre al que su madre empezaba ya a pedir
consejo. Los gemelos y Luis quedaban a más distancia.
No solía recordar Luis más que ciertos detalles. Por ejemplo el de su primer
día en la escuela y aquel otro en que le golpearon por no querer dar las bolas de
cristal. También de cuando el maestro se le puso detrás y le arrancó el dibujo que
estaba haciendo. No fue monsieur Charles, el de la boca fofa, sino monsieur
Huguet el atildado.
La fuga de los gemelos no había quedado tan impresa en cuanto a fecha. En
cambio sí lo fue, en grande, la primera vez que estuvo en les Halles
acompañando a su madre. Fueron estas las huellas que le quedaron más precisas
en el tiempo y en el espacio. También lo eran aquellos pajaritos que acudían a él
cuando sentados en un banco les echaban migas de pan los transeúntes y a su
madre y a él se les había olvidado llevar. ¿Fue en una plaza y al mediodía? Esto
no lo recordaba, pero sí que estaban cerca del Hospital y que él era aún muy
niño. Retenía bien los detalles de cuando tenía sólo cinco años y sin embargo
otros de cuando ya era mayor, se le habían borrado de la mente.
—Tú eres inteligente, Luis. Aprendes las cosas con facilidad. Eres el único
de todos nosotros que tiene certificado de estudios. ¿Te gustaría continuar
estudiando?
—No lo creo, mamá.
—Pues, ¿qué piensas hacer cuando seas hombre?
—No lo sé muy exactamente.
—Tú eres un chico menos robusto que tus hermanos. Yo no te concibo
trabajando en un oficio. Si quieres entrar en alguna Escuela Superior, no te
preocupes por el gasto. Tus hermanos ya ganan dinero, yo tengo buena venta y
aún me sostengo muy bien sobre las piernas.
—Gracias, pero no me atrae seguir estudiando.
—Tú no puedes seguir acompañándome siempre en esta faena por la mañana
y el resto del día pasarlo soñando.
—Quisiera trabajar en les Halles con monsieur Samuel.
—¿Y qué harás allí?
—He visto un chico que lleva y trae papeles de un lado para otro, sube y baja
y da recados.
—¡La pulga…!
—Sí, sí. Yo sería capaz de hacer lo mismo.
Monsieur Samuel jamás llevaba chaqueta. Era muy gordo, de piernas cortas
y un enorme vientre que le desbordaba las pretinas, pese a unos tirantes azules,
siempre tensos. Su mentón y su barba variaban de forma según bajaba o subía la
cabeza moviendo una pequeña boina que llevaba en la coronilla de su calva.
Llevaba también siempre un lápiz en la oreja, bien arrellanado en la especie de
estrado que en lo alto del puesto servía para dominar a la multitud, gritando los
precios, de los que no hacía mucho caso la gente.
Por las noches se iluminaba una bóveda de cristal como en las estaciones de
ferrocarril. Mozos y mujeres no paraban de ir apilando sacos y bultos y en una
garita de cristales había un empleado que iba tomando nota de las entradas y
salidas de mercancías, o ponía cifras en las negras pizarras que se alzaban por
encima del puesto.
Durante años este almacén, especie de pequeña Bolsa de Comercio que eran
les Halles de París, llegó a constituir el espacio vital para Luis, así como el agua
es el elemento para los peces.
Ya no iba con su madre en la madrugada. Empezaba su trabajo a las diez de
la noche para abrir los postigos que daban paso a la nave de contrataciones.
Al principio solía estar vacío el espacio aquel y monsieur Samuel, siempre
con su lápiz en la oreja, atendía a los primeros y sucesivos carros de frutas que
iban arrastrados por robustos caballos, como los percherones que se ven en
Argenteuil o en cualquier otro lugar del campo.
Las luces de gas fueron, poco a poco, sustituidas por lámparas eléctricas o
arcos voltaicos como los del almacén «La Belle Jardinière».
—No, Víctor, no puedo pagar ese precio. Tú ya conoces a mi clientela. No
son gente que puedan vender lo que ellos quisieran, ni de los que pueden
conquistar el corazón de una cocinera de casa rica o de un maître de Hotel.
Esto lo decía monsieur Samuel para mover el lado sentimental de su
mundillo de negocio. Él mismo también tenía las lágrimas fáciles.
—Yo alimento al pueblo humilde —continuaba—. El que trabaja de firme y
que ignora que es a Samuel a quien toman su mercancía indirectamente. Y
Samuel no come lo que los burgueses y ha de contentarse con ciruelas de cerdo.
Vosotros, los del campo, os creéis que en París todos son ricos.
Su repertorio de esta clase de argumentos comerciales, era muy extenso y no
daba lugar a que se le interrumpiese.
—Buenos días, pequeño. Ven aquí, que yo te vea.
Para Samuel, Luis siempre era «el pequeño». Decía:
—Este pequeño lo he tomado por caridad, porque su madre tiene unos
cuantos chicos. Esta noche vendrá a llenar su carrito. La abuela también vive de
este pequeño comercio desde hace treinta años. Pequeño, pregunta por teléfono
qué hay de las peras…
Luis salió corriendo con una ficha que tomó del despacho. Todo el
mecanismo comercial de les Halles se arreglaba mediante intercambio de hojas,
cuya copia al carbón, se conservaba por quien correspondía.
—Y aún hay gente que me toman por Creso…
Cogía el lápiz, ponía una cifra, borraba otra y anotaba alguna cosa.
—Diles que esto, o se toma o se deja.
Luis volvía a trotar por los pasillos enlosados, donde sus pasos resonaban
fuerte.
Los almacenistas empezaban a recibir sus mercancías. El teléfono mural
metido en la jaula acristalada sonaba incesantemente. El empleado gritaba
mucho para sobresalir de la algarabía.
—Sal a la calle y vete a ver a ese sucio Chaillaux y dile…
Tuvo que ir a la calle Rambuteaux, a la de Sainte Opportune y a la
Ferronière, corriendo por los fantásticos pabellones para localizar al mandatario
o al mayorista que fuese y que ordinariamente estaba tan atareado, o más, que
monsieur Samuel.
Se pasaban dos o tres horas comprándose mercancías los unos a los otros, y
teniéndose al corriente de los precios que variaban según iban llegando más o
menos remesas de género.
El pequeño tren de Arpajon alineaba sus vagones que acababan de llegar del
campo. Entonces los almacenes se llenaban de mercancía y volvían a irse
diluyendo por las ventas a los pequeños comerciantes al detall.
Al segundo año, tuvo Luis que encargarse de verificar las entradas y salidas
de los productos del campo, anotando minuciosa, pero rápidamente, el número
de cajas o fardos y sobre todo sus marcas.
Algunos de los empleados invertían en su trabajo dos o tres horas. Luego se
iban a comer un pedazo de pan con salchichas en un rincón de la calle
Montmartre. Eran muchachos provincianos recién llegados de alguna tranquila
villa y se encontraban con un París duro e indiferente.
Los otros, los viejos, los que se encontraban casi siempre a la salida de las
tabernas, eran los que ya habían perdido sus ilusiones de prosperidad y se
tambaleaban al influjo del vino barato y poca comida.
Las mujeres de amplias retaguardias y gruesos zapatos, pasaban y repasaban.
Solían pararse a charlar bajo los globos luminosos de los hoteles. En algunos
momentos la marea humana volvía a decrecer. Las pizarras renovaban las cifras
con frecuencia cada vez que Luis iba de la jaula a los pasillos o de los pasillos a
la jaula de cristal. Apenas entraban los productos y ya salían vendidos.
Generalmente por lotes grandes.
Luis no veía a su madre. Se detuvo un poco y al fin la divisó. Se acercó y en
voz baja le dijo, sin dejar de andar:
—Compra zanahorias cuando pasen unos minutos.
A las ocho de la mañana el ruido ya había cesado. Se aquietó la marea. Pasó
un hombre con la pizarra debajo del brazo y le dijo:
—Hasta la tarde, pequeño.
Luis entró en un bar para comer unos «croissants» y beber un vaso de café
con leche; cosa habitual, aunque en ocasiones lo acompañaba con patatas fritas
en cucurucho.
En la calle Mouffetard no había nadie en su casa más que su madre. Se
desnudó y se puso a dormir.
Los colchones habían ido desapareciendo de la misma manera que
desapareció la cuna de Emilia.
En estos días tuvo que empezar Vladimiro su servicio militar en Tolon. Luis
no comprendió por qué se había enrolado en la Marina. Él no conocía el mar más
que por fotografía.
Cuando tuvo el primer permiso, Vladimiro fue a ver a su familia y Luis
admiraba sus pantalones largos, el cuello azul y la gorra con pompón rojo.
Pasó Vladimiro varios días en París y en sucesivos permisos no siempre iba a
visitar a su madre.
Una primavera desaparecieron los colchones de Vladimiro y Alicia. Los
gemelos también desaparecieron de la casa en una fuga que parecía definitiva.
Dejaron un papel escrito que decía: «No os molestéis en avisar a la Policía. No
volveremos. Adiós a todos». Firmaban los dos y en tan pocas líneas había sin
embargo cuatro faltas de ortografía. En esta última fuga no cogieron dinero
alguno. Solamente se llevaron sus partidas de nacimiento, vestidos, sábanas y
todo lo que les podía no pesar demasiado en la mochila.
La casa quedó, pues, vacía. Hasta la cortina desapareció. Un día que Gabriela
estaba enferma de gripe, habló a Luis:
—No sé para qué guardo puesto este trozo de colcha que a nadie sirve.
¿Quieres que lo quite, Luis?
Ahora ya le pedía siempre consejo. Luis quitó la colcha que les separaba con
cierta pena.
—¡Dios mío! ¡Qué grande parece ahora la habitación!
Sin duda Gabriela recordaba, al decir esto, los tiempos de su matrimonio con
Heurteau, cuando aún no había nacido Vladimiro.
Una tarde compareció Alicia y sin sentarse exclamó estupefacta.
—¡Qué grande es esto!… ¡Oye, mamá! ¿Te importaría que me acostase
contigo?
—Olvidas que eres mi primera hija.
El colchón ya resultaba inútil.
Luis dejó el cubo de la basura en el patio.
El carpintero no era el mismo. El que conoció de niño se había suicidado. Lo
encontraron un día colgado, del montante donde se había ahorcado, abajo en el
sótano. Habíanlo buscado y cuando iban a darlo por desaparecido, un día que
alguien bajó a buscar carbón, se encontró con el macabro espectáculo. Decían
que estaba bastante neurasténico.
Ramón, el español amigo de su hermano Vladimiro, también había
desaparecido de la circulación, pero por otro motivo. Alguien que estaba al
corriente de noticias le dijo un día a Luis:
—¿Sabes que Ramón está preso?
A Luis no le sorprendió. ¡Un hombre tan joven, tan elegante y cuidadoso de
su persona! Se había metido en una banda que por la noche atracaba a las
mujeres. Los padres pagaron el valor de lo robado y consiguieron echar tierra
encima al asunto.
Enviaron a España al hijo y se decía que había entrado en una Academia
Militar.
Todo iba cambiando…
Iban aumentando los taxis y disminuyendo los fiacres. Además del Metro,
que ya circulaba en extensa red, se veían aviones por encima de les Halles. Las
mujeres llevaban altos tacones. Brujuleaban por allí algunas de ojos negros e
insinuantes gestos. Sobre todo una con largos cabellos, negros también. Una
mañana, cuando Luis volvía del trabajo, esa mujer le preguntó descaradamente:
—¿No has hecho ningún ensayo, pequeño…?
Él respondió ingenuamente que no. Aquella mujer había observado que cada
vez que la veía Luis, ardía de deseo.
—¿Quieres que te enseñe?
Le chocó la pregunta.
—Ya sé cómo se hace.
—Pero no sabes aún lo que es bueno, con toda seguridad. Ven y verás. Tengo
una especialidad. Ya me darás lo que tú quieras.
La mujer aquella tenía una habitación en el cuarto piso de uno de aquellos
hoteles de bola iluminada a la puerta. La siguió. Ella continuó:
—Tienes suerte. Como eres el último hoy, ya me quedo a dormir y así me
verás desnuda.
Luis la dejó hacer, sin desnudarse él. Cuando ella se echó en la cama, sólo
cubierta por una tela impermeabilizada, le susurró:
—Ven. Aproxímate. Voy a ayudarte, porque me parece que tienes vergüenza.
Anda, enséñame tus atributos…
Él bajó la cabeza y quedó vacilante ante lo que veía. No quiso herir el amor
propio de aquella mujer, pero le entró una enorme desgana y perdió el encanto
de poseerla. Había visto un sexo totalmente cubierto de largos pelos negros, que
empezaban en el ombligo y llegaban casi a la mitad de los muslos. Y lo
comparaba con el pequeño musgo rosado de su madre. Los de su hermana eran
como una pelusa rubia.
—¿Qué te ocurre?
—No lo sé.
—¿No te gusto?
—No sé…
—¿Vienes, o no?
Luis bajó la cabeza y empezó a retroceder balbuciendo:
—Le pido perdón…
—¡Vaya! ¡Esto sí que es grande! Yo te ofrezco una flor que veo que hace
tiempo que deseas, me desnudas mentalmente cuando paso por tu lado, me
pongo desnuda para encenderte y el señor resulta que tiene la boca muy fina.
Dime tú, hombre para media ración, ¿qué es lo que te imaginabas?
No esperó al final. Salió disparado escaleras abajo, temblando ante la idea de
que ella le persiguiese insultándolo y provocara una apertura general de
habitaciones con sus gritos de despecho.
Ya en la calle, moderó la velocidad, pero no estuvo tranquilo y normal hasta
que pudo ver que nadie le seguía. Entonces se acordó de que no había comido.
Estaba cerca del Châtelet. Entró en un bar, tomó un refrigerio y se fue
calmando poco a poco. Pero en definitiva, mohíno. Cuando iba comiendo
pensaba si es que no tenía la misma facultad que otros hombres. Se decía en su
interior, que si aquella mujer no hubiese sido tan velluda, tal vez la cosa hubiera
sido distinta, porque, en cuanto a su figura era muy gentil y tenía irnos ojos muy
lindos.
Le había dicho que era hombre para media ración. Burla semejante ya la
había oído también en la escuela. Pero aquella mujer había metido en la frase un
especial veneno.
Hubiera intentado repetir la cosa con otra que fuese rubia, por ejemplo, para
asegurarse de que él no era lo que se temía y que ya cuando pequeñito un
comerciante le azoró al preguntarle a su madre:
—¿Es niño o niña?
No lo intentaría en mucho tiempo. Tal vez fuese impotente.
Luis no estableció ninguna relación entre este incidente y otro más
importante que sobrevino después. La imagen de aquella mujer se le aparecía
frecuentemente en sueños. Reencontraba detalles incluso pequeños, como el
cerco marrón de sus pezones, y otras islas de vello largo en muslos y
pantorrillas.
Aquel día llevaba veintidós francos en el bolsillo. Las cifras no las recordaba
bien en el decurso del tiempo, pero ésta sí que la retenía fuertemente grabada. El
valor de la moneda, ciertamente, cambia con relativa frecuencia, pero no era
esto. No podía explicarse qué era.
Ganaba 40 francos al mes y se los daba a su madre juntamente con las
propinas que recibía y ella le daba cada semana algo para que no fuese con el
bolsillo vacío. Veintidós francos representaban las propinas de dos meses.
Trabajaba siempre con monsieur Samuel pero ahora en la parte baja que daba a
la calle Richelieu, no lejos de la Biblioteca Nacional. Allí había una importante
papelería, con dos grandes escaparates donde trabajaban diez dependientes y en
el establecimiento había una parte dedicada exclusivamente a la exposición de
pinturas de autores célebres.
Luis se paraba con frecuencia ante los escaparates examinando lo que él
llamaba colores fuertes, porque aún no tenía idea concreta de la técnica del Arte.
Todo lo que era color, le atraía.
Miraba con deleite los platillos de porcelana blanca alineados en cajas de
metal, los colores al pastel, los tubos al óleo, los lápices y pinceles, en fin, todos
los utensilios del oficio de pintar, incluso una paleta enorme que tenía los más
variados tonos.
Serían alrededor de las cinco de la tarde. Según el tiempo que hacía, según
estaba más o menos cansado, o según su humor del momento, tenía dos modos
de emplear el día. Algunas mañanas entraba en su casa, se acostaba enseguida y
hacia las nueve de la mañana se despertaba y se levantaba. Comía y volvía a
acostarse hasta las cuatro o las cinco de la tarde. Otros días se dedicaba a vagar
por las calles, sentarse en un banco, buscar a su madre para darle un abrazo y
volverse a casa para cenar y dormir pronto.
En aquella papelería, vendedores y vendedoras, llevaban grandes blusas de
tela cruda. Se acercó a uno de ellos y esperó a que despachara a tres clientes que
estaba atendiendo. Cuando hubo terminado le preguntó:
—¿Qué desea, jovencito?
A causa de su menguada estatura todos le daban menos edad de la que tenía
y le miraban siempre con cierto aire de protección.
—Desearía unos colores, señor.
—¿Lápices?
—No. De eso ya tengo.
Porque conservaba aún la caja de lápices que le regaló Pliska aquella famosa
Navidad, pero que nunca usaba, sin saber por qué.
—¿A la acuarela o al óleo?
—No sé…
Apenas se atrevía a decir lo que quería, temeroso de que se mofasen de él.
Pero se lanzó:
—Los colores más brillantes.
Después de unos instantes de vacilación y echando una ojeada a las
maravillas que contenían aquellos estantes, agregó:
—Colores puros.
Pronunció estas palabras con tal acento de fervor que el dependiente, hombre
de cierta edad, lo miró algo sorprendido y aún más interesado.
—Si no recuerdo mal, usted jamás ha pintado.
—Sí. He dibujado algo con lápices de color.
—¿Ha visto alguna persona sus dibujos?
—Nadie.
—¿Usted ha visto muchas pinturas?
—Jamás.
Porque solamente se había parado algunas veces ante los escaparates de las
Galerías de Arte, pero no había penetrado en ninguna para saborear a su placer
las obras que traslucía. Le daba vergüenza entrar y no comprar nada.
—Mucha gente joven empieza por las acuarelas.
Y el dependiente le enseñó una caja abierta, sacando más tarde otra.
—Éstas son de tubo y éstas de platillo.
—¿Quedarán muy brillantes los colores?
—No enseguida. Los que palidecen menos son los que sirven para el guache.
—¿Qué es lo mejor?
—Eso depende de lo que usted quiera hacer, paisajes o retratos.
No se atrevió a decir: «de todo». Manchas, colores, sombras, todo mezclado
como lo veía cuando observaba el tránsito de las calles y tal como guardaba estas
impresiones en su memoria.
—Si usted quiere tener más pronto éxito, creo que debe usar la pintura al
óleo. —Y abrió un cofrecillo en el que había alineados treinta tubos, sobre dos
placas de metal.
—Aquí hay colores que no me gustan. —Y señalaba con el dedo—. Éste,
aquél, ese otro…
—¿Por qué no le gustan?
—Porque son sombríos. Producen tristeza. No centellean.
—Lo más sencillo y usual es imitar a los buenos pintores. Comprar una
paleta, escoger los colores que le gusten, mezclarlos y buscar el matiz que
quiera. Venga a ver.
Lo llevó al mostrador de la parte baja de la tienda y donde había una tal
riqueza de colores, que Luis quedó embobado.
—¿Los puedo tocar?
—Claro que sí.
Cogió un tubo largo y delgado que llevaba este nombre en la etiqueta:
«Verde Veronés».
—¿Es el más verde?
—Hay muchas gamas de verde y su esplendor depende de los colores que lo
rodeen.
—Comprendo.
Era verdad lo que decía y por eso empleó un cuarto de hora examinando la
pequeña franja que cada tubo tenía y del mismo color que su contenido.
Preguntó:
—¿Lo de dentro es igual?
—Absolutamente. Bien entendido que usted puede obtener gamas
mezclándolos con otros colores en la paleta.
Aquellos nombres le encantaban. Eran más evocadores que los poemas que
había aprendido en la escuela: amarillo de Nápoles, tierra de Siena, laca carmín,
azul de Ultramar…
Puso aparte los que él conceptuó esenciales, aunque si le hubiera sido posible
se hubiera quedado con todos.
—¿Usted cree que tengo lo que necesito?
—A mi entender le faltan marrones, amarillos, ocres…
—No me gustan.
—También le hace falta aceite, trementina y, naturalmente, una paleta.
—¿Es caro todo eso?
—Le haré un buen precio: doce francos. Y vea qué hermosa es la paleta.
Luis ignoraba cómo usarla. Se lo tuvo que enseñar el dependiente:
—Así… ¿ve usted? Pegada al cuerpo y la parte curva hacia afuera. Cuando
sea mayor, su mano también crecerá y le será más fácil.
—Y ahora, ¿cuánto es todo?
Estaba radiante. Su mano removía las monedas de plata que llevaba. El
vendedor sumó:
—Treinta y cuatro francos con sesenta céntimos.
Luis no pensó que aquellos tubos tan pequeños valiesen tanto dinero. Un
tubo grande de azul valía dos francos y contenía diez veces más material. No osó
pedir explicaciones, pero balbució:
—No llevo suficiente dinero. Ya volveré. Pero sobre todo, guárdemelo.
¿Hasta qué hora está abierto?
—Hasta las siete.
El vendedor pensó que no volvería, cosa que le produjo un cierto desencanto.
Luis corrió a ver a su madre. Apenas la divisó se le acercó anhelante:
—¡Mamá…!
—¿Qué te pasa?
—Nada. Escúchame. Es muy importante. Necesito que me prestes quince
francos. Te juro que te los devolveré.
—¿Qué vas a hacer con los quince francos?
—Ya lo verás. Te lo diré después. Ahora tengo prisa.
Nunca hubiera creído Gabriela que su hijo fuese capaz de tanta excitación.
Por primera vez en su vida demostraba una pasión viva y exigente.
—Toma. Pero no te sofoques de ese modo…
Compró otros más. El vendedor le iba tomando simpatía. Uno y otro
ignoraban sus respectivos nombres, pero en el trato comercial nació una secreta
afinidad.
—Llegará un día en que necesitará usted un caballete. ¿Ahora sobre qué
pinta?
—Sobre cartón.
—Pruebe de hacerlo sobre tela.
Le enseñó varias ya preparadas y le explicó la diferencia que existía entre sus
clases y formatos.
—Fíjese: usted mismo puede prepararse la tela mezclando cola con blanco
de zinc. Muchos pintores lo hacen de ese modo.
No llegaba a creer que le hubiera sido tan fácil este trabajo y le tomó tal
afición, que parecía como si los años anteriormente transcurridos hubiesen sido
como un allanamiento para este camino. Pintaba de la mañana a la noche en
cuanto empezaba a clarear el día.
Le hubiera sorprendido que le hablasen de modelos. Nunca miraba afuera.
Iba sacando de sí mismo las imágenes retenidas en su cerebro desde que era
pequeño. Algunas veces, sí, copiaba algo. Por ejemplo, el movimiento de
aquellos obreros que estaban revocando una fachada, la de la tienda de Mr.
Stieb, o la mondonguería que estaba al lado. Dibujaba los andamios, las posturas
de los obreros conforme iban transformando aquellas fachadas en escaparates
anchos y acristalados superlativamente. Así vio nacer el más bello
establecimiento de la calle, aquella gran sala amueblada con butacas de caoba y
taburetes de varios estilos. A un lado se atendía a las señoras y en el de enfrente
a los del otro sexo. En este lado había un caballito de madera para entretener a
los chiquillos.
Mr. Stieb contrató a vendedoras jóvenes y atractivas. Alicia había vuelto a
trabajar en la lavandería, se presentó también y fue admitida. Todas habían sido
uniformadas muy decorativamente por Mr. Stieb. Tal vez aquello fue lo que
facilitó el que Alicia encontrase marido. Tres meses más tarde anunciaba el
acontecimiento a su madre:
—Se llama Gastón Cottereau. Tiene veinticinco años y es dependiente de una
charcutería de la calle de Rennes. ¡Si vieras todo lo que hay en aquella tienda!…
Conchas de langosta, ensalada de mariscos, croquetas de pollo…
—¿Dónde vive?
—Ahora con su patrón. Pero estamos buscando piso, preferiblemente en el
barrio.
—¿Y Paquito?
—Gastón no quiere que yo trabaje. Cuando nos casemos Paquito vendrá con
nosotros.
Paquito era el primer nieto de Gabriela. Un niño robusto, chatillo, sonrosado,
que no se parecía a nadie de la familia. Caminaba ya, con cierto miedo,
protegido por una chichonera. Pronto se soltó, porque sus piernas eran firmes.
Luis no recordaba apenas la ceremonia de la boda. Lo más que retuvo fue el
blanco color del traje de desposada, la comida en un restaurante y una vaga idea
de los parientes de Gastón, que vivían en Le Nièvre y que todos ellos
presentaban unas caras rubicundas y angulosas como si estuvieran talladas en
madera.
Al día siguiente hizo el retrato de los novios, rígidos, ante un mantel blanco,
sobre el cual Luis pintó una figurilla desnuda en cierto modo parecida a su
hermana. Sin darse cuenta tal vez, Luis hizo que la cabeza de esta figurilla fuese
más bien una vaporosa insinuación.
No estaba contento de lo que iba produciendo. Le resultaba todo pastoso e
inexpresivo. No se decidía a mezclar los colores. Apenas si hacía otra cosa que
poner las personas y los objetos sobre planos diferentes.
Él ya sabía que existían escuelas en el arte de pintar. El vendedor de la calle
Richelieu le había preguntado si se decidiría a ir a alguna Escuela de Artes
cuando tuviera algo más de edad. Luis le contestó que sólo tenía certificado de
estudios y que por la noche trabajaba en Les Halles. Pensaba seguir trabajando
allí toda su vida e ir ascendiendo poco a poco, si Mr. Samuel, que le demostraba
gran afecto, le daba oportunidad.
—Ahora, pequeño, sube en el escabel y trepa por las columnas para escribir
los números.
Luis no sabía que el empleado que antes hacía aquello, tantos años, lo habían
llevado la noche anterior al hospital, del que no era probable que saliese. Tenía
que ser operado no se sabía de qué.
—No llego tan arriba, señor.
—Pues escribe más abajo.
Comenzó, pues, Luis su nueva labor y se pasaba las horas de su trabajo
trazando constantemente precios en la pizarra. La tiza crujía como en la escuela.
Luis iba poniendo, borrando y volviendo a poner precios y más precios, como si
toda su vida dependiera de eso.
—Tus números son mejores que los del pobre Albert. Los puedo leer sin
gafas. Vamos a ver ahora tu letra. Lombardas, coliflores, zanahorias, nabos. No
tan aprisa. Pescado de primera, melones de Cavaillon… ¡Bien! Ya puedes bajar.
Voy a decirle a Michel que suba el escabel treinta centímetros más para que te
sea más cómodo. A partir del lunes te daré 60 francos por mes y a fin de año
veré si te aumento el sueldo.
¿No era esto maravilloso? No se lo dijo a su madre. Quería darle la sorpresa
de que lo supiese cuando fuera a aprovisionarse. Los comerciantes ya lo habían
visto y llamaron a su madre como sorprendidos:
—¡Mira, Gabriela! Mira quién está allá arriba.
También Gabriela estaba sorprendida y le hacía señas demostrativas de su
contento. Pero Luis no podía atender más que a su trabajo, números y más
números, mirando por encima de aquella multitud de cabezas que le daban la
impresión de que estaba flotando sobre un suelo diferente.
Este trabajo le apasionaba. El aspecto del mercado cambiaba a cada instante.
Pero él podía hacerlo sin agotarse.
Alicia y su marido habían encontrado un apartamento en un cuarto piso de la
calle de las Escuelas, frente a la Sorbona.
—¡Hasta tenemos balcón! De modo que Paquito puede tomar el aire
mientras yo hago las faenas de la casa.
Alicia salía a pasear con frecuencia llevando de la mano a su hijo, que ya
empezaba a balbucear su nombre. Casi nunca subía a la casa de la calle
Mouffetard. Se limitaba a ir a ver a su madre donde ésta tenía el carrito. Alicia
parecía que empezaba a olvidar aquella casa donde había pasado buena parte de
su vida.
Por lo tanto, ya sólo eran tres los que ocupaban el apartamento: Gabriela,
Luis y Vladimiro. Estaban más holgados y sólo se encontraban fijamente los
domingos.
Luis encontró una cama de ocasión que colocó contra la pared, en el mismo
sitio que ocupara Emilia. Compró también, casi por nada, una mesita de noche.
Así estaba más cerca de su madre. Aún quedaba un espacio vacío donde Luis
colocaría su caballete, que también acabaría por comprar.
Había encontrado el procedimiento para que sus pinturas no fuesen
embadurnamientos, como él decía, pero sin que estuviese aún seguro de haber
acertado. En lugar de extender los colores con cuidado, como si lo hiciera sobre
una puerta o sobre una pared, estampaba pequeñas manchas de tonos puros. Pero
salía aquello monótono. Nunca los tonos brillantes ni las notas coloridas. Él
buscaba que tuvieran más vida.
Aún no se había decidido a ofrecer ninguna de sus telas a los marchantes.
Buscaba cartones en los cubos de basura para que le costasen menos dinero sus
ensayos. Preparaba los colores como el vendedor le aconsejara. Lo cual le
ocupaba mucho tiempo, del que no disponía como él quisiera. A pesar de que su
noción del tiempo era bastante relativa.
A tantos años de distancia los acontecimientos se le colocaban como sobre
una larga línea. Dormía de día con un sueño cálido y voluptuoso. Como ahora
que alguien le despertaba tocándole en la espalda.
—Luis, despierta.
Tenía una extraña gravedad en la voz. Casi trágica. Ella lo estaba mirando
con triste expresión, muy pálida y las facciones contraídas, como petrificadas
por un golpe bajo de la suerte.
—¡Es la guerra, Luis!
—¿Dónde?
—Aquí, en Francia. Los alemanes han atacado y se ha decretado la
movilización general.
—¿Crees que los alemanes vendrán a París?
—Yo espero que los venceremos. Los hombres marchan. Los regimientos
desfilan…
Como no llegaba a reaccionar notó un chispazo de reproche en el gesto de su
madre.
—¡Vladimiro será de los primeros!
No lo había pensado Luis. Aún creía que su hermano sólo tenía dieciséis
años, como él ahora. Y esto le consolaba, porque entre su poca edad y menos
estatura, seguramente que él no sería llamado a filas. Y por el momento, los
alemanes no estaban en París, así es que la vida continuaría como antes.
Gabriela iba contando con los dedos, moviendo sus labios silenciosamente.
—Sí. Creo que ya tienen los diecinueve, puesto que nacieron en abril. Y si no
dan señales de vida, los declararán desertores.
—Perdóname, mamá.
—No, si es natural… Y el marido de Alicia también tendrá que marchar,
porque es del regimiento de dragones, de los que van en primera línea. Él ya me
indicó una vez que esto de ahora tendría que llegar.
Gabriela se acercó a su hijo, pero su alma estaba muy lejos de allí.
—Imagino que Vladimiro no dejará de venir a decirme adiós.
Y, efectivamente, vino. Con traje de campaña, mochila a la espalda y no
impresionado, al parecer.
—Salud, mamá. Salud, tú también, Luis.
Los abrazó a los dos.
—He de marchar por la estación del Este. No es día en que convenga perder
el tren. Hasta pronto, los dos. No temáis; volveremos a vernos.
Una mujer joven, de tacones altos, le esperaba en la calle. Se cogió a su
brazo. Los comerciantes les dieron, uno un queso, otro una botella de cognac,
quien un salchichón. Vladimiro iba metiéndolo todo en su macuto. Una florista
le dio un clavel, que Vladimiro puso en el cañón de su fusil. Cuando
desaparecieron, calle abajo, Gabriela se apartó de la ventana, sentóse ante la
mesa y murmuró:
—Luis, ¿quieres darme la botella del vino?
Aquella fue una borrachera lúgubre. Por la calle sonaban gritos patrióticos y
cantos marciales. Apenas si le llegaban…
CAPÍTULO II

L a guerra había dejado en Luis pocas huellas, salvo algunos recuerdos que
afectaban sobre todo a su familia. Leía poco los periódicos antes de ocurrir
aquello, pero ahora aún los leía menos. Habían quedado en la casa sólo su madre
y él. Intentó alguna vez interesarse por las noticias, pero no llegó a conseguirlo
del todo. Eran palabras y más palabras impresas, pero que a él no le aportaban
ninguna sensación tangible. No le repercutían. Él necesitaba ver y tocar para
sentir y vibrar.
Posiblemente, si hubiese tenido dos años más y más centímetros de altura, se
hubiese contagiado de aquel delirio colectivo. Tal vez se hubiese enrolado
también, sin esperar a que lo llamasen. De ese modo sí que hubiese entrado la
guerra en él, habría formado parte de su ser, como en tantos otros, y hubiera
tenido esa impronta para todo el resto de su vida.
En la calle de Mouffetard no se notó tanto la conmoción popular. Fuera de
algunos cantos o de algunas borracheras, prácticamente no existía preocupación
mayor. Allí todos estaban demasiado ocupados en ganar el pan de cada día y, en
los que tenían hijos, el ver de sacar lo más posible de sus quehaceres para
atenderlos. En Les Halles se veía cada vez menos gente joven, e incluso gente
madura, pero el ritmo comercial seguía siendo el mismo, la misma cantidad de
lombardas, de volatería, de frutos, de cuartos de buey. El pequeño tren de
Arpajon continuaba alineándose a lo largo de Les Halles.
Luis no conservaba más que un recuerdo algo borroso de aquellos días
críticos en que las batallas se grababan en piedra y en que los nombres de los
generales sonaban a diario, pero él no lograba retenerlos en su mente.
Aparte la movilización general, el verdadero recuerdo de guerra que tuvo
Luis fue aquella escena de la visita de Alicia a su madre. Llevaba su hermana a
la casa una actitud que a él más bien le parecía teatral, no obstante los ojos
llorosos y el gesto triste. Se había lanzado a los brazos de su madre:
—¡Oh, mamá! ¡Es terrible!
La voz le sonaba a falsa, porque su hermana no era como representaba ser en
aquel momento. Su madre también estaba trágica, pero no teatral. Tal vez fuesen
sinceras las dos. A Luis no se lo parecía.
Alicia sollozaba en el pecho de su madre, donde él jamás la había visto
protegerse. No hablaban. Al fin se desprendieron una de la otra y Alicia le tendió
una comunicación oficial:
—Me anuncian que Gastón ha muerto en un bosque cerca de Charleroi,
cuando iba de patrulla.
Para Luis siempre fue un extraño Gastón y si hubiese vivido lo hubiera
considerado al margen. Como consideraba a Paquito, que si bien era hijo de su
hermana físicamente, no se parecía a nadie de la familia en nada.
—¡Pobre hija mía! Te has casado en un mal momento. Pero ¿quién lo iba a
saber? ¿Dónde está Paquito?
—Lo he dejado en casa de una vecina que también tiene su marido en el
frente.
—¿Y tú qué vas a hacer?
—No lo sé aún. Creo que me darán una ayuda y una pensión. Apenas hemos
disfrutado del piso.
Entonces Alicia miró a su hermano:
—Tú sí que tienes suerte.
Aludía claramente a su poca talla.
Luis no compartía las lamentaciones de las dos mujeres, porque no las creía
sinceras. Tal vez porque él nunca sintió inclinación por Gastón y los parientes de
éste.
Seguía trabajando. En el puesto de Samuel nada había cambiado, salvo que
dos empleados y dos almaceneros habían marchado al frente y sido
reemplazados inmediatamente.
Sus colores, como él decía, porque no se atrevía a decir que eran pinturas,
constituían el centro de sus preocupaciones. La guerra la reflejaba bajo la forma
de banderas, de clarines brillando al sol, soldados con pantalones rojos y
aquellas brillantes charreteras. Más tarde, cuando los uniformes fueron
cambiados, él prefería el azul que era el elegido para sus composiciones.
Su hermana no estuvo mucho tiempo en Paris. Los padres de Gaston
conservaban el recuerdo de la guerra del 70, con las terribles hambres de París,
cuando la gente tenía que comer ratas. Ellos preferían seguir en el campo.
Escribieron a Alicia ofreciéndole una huerta, con casa, establo y cuatro vacas,
allá en Saint Aubin, donde nunca le faltaría sustento a Paquito.
—He encontrado alguien que quiere le subarriende mi piso. Es la mujer de
un oficial inglés destinado en París.
Apenas un año después, Luis tuvo que pasar a la jaula de cristal, porque el
empleado anterior también fue movilizado. Le daban ya cien francos. Su madre
también ganaba más dinero que antes de la guerra. Se consideraban los dos casi
ricos.
Como sus respectivas ocupaciones les obligaban a tener que vivir como si
jugaran al escondite y no encendían fuego más que para hacer café o cocer un
par de huevos, se acostumbraron a sustituir la vieja estufa por una pequeña
cocina a gas. Se acostumbraron tanto que se preguntaban a veces por qué no se
les había ocurrido hacerlo así antes.
Cuando comían juntos, veía cómo Gabriela se hundía frecuentemente en
ensueños melancólicos. No era la tristeza de los primeros días, pero seguía
siendo una actitud impresionante.
—Vladimiro no escribe. Dos breves cartas y sólo para decir que está bien y
que le han hecho cabo. En cambio estoy segura de que a cierta chica le escribirá
largo y tendido. Y ni siquiera nos la ha presentado, ni dicho su nombre.
Tampoco sabían de qué había vivido hasta entonces. Era un hombre distinto
a aquel que vino de Tolón, tostado por el aire del mar. Ahora tenía gestos que
parecían tics nerviosos. Y aparecía más agresivo que nunca.
—¿Volverás a casa de Mr. Brillanceau? Lo he encontrado hace dos meses y
le gustaría volver a emplearte.
—Pues se arriesga a tener que esperar mucho tiempo.
Lo dijo con una sonrisa burlona. Siempre había sido irónico. Ahora parecía
cínico.
—¿Pues qué piensas hacer?
—No lo sé. He alquilado un piso y ya veré lo que me convendría emprender.
Vladimiro no hizo la menor alusión a la probabilidad de que volviese a la
casa en que nació.
—¿Vivirás al menos en nuestro barrio?
—Ya lo tengo demasiado visto. Iré a la calle Clichy.
Gabriela le hablaba con timidez, como si temiese enfadarlo y no volverle a
ver.
—¿Vendrás?
—Claro que sí.
—¿Me darás tu dirección?
—Por el momento vivo en un hotel.
—¿No es muy caro?
—Y eso qué importa.
En suma, recibió Gabriela dos cartas. Y había venido varias veces a París sin
dignarse visitarlos.
Ciertamente Vladimiro no estaba muy apegado a su familia. Tal vez porque
pesaba en su ánimo el recuerdo de que Gabriela sólo había atendido a su modo
de vivir, sin ocuparse mucho de sus hijos, desde que éstos pudieron valerse por
sí mismos. El cordón umbilical que tenía aquella familia era para Gabriela
mucho más fuerte de lo que sus hijos creían. Su amor maternal no era un amor
modelo, pero ella nunca había pensado en cortar aquel cordón.
Gabriela rara vez hablaba a Luis de sus pinturas. Estaba seguro de que no le
gustaban. Les echaba una ojeada y como no entendía nada, prefería callarse.
Pero un día se atrevió a quebrantar su silencio:
—¿Crees que tendrás éxito con ese oficio?
—No es un oficio.
—Pues hay quien vive bien de ello. Yo he conocido a un hombre que llevaba
un enorme chambergo y que decían que era un especialista en Arte. En esa época
yo no estaba del todo mal. Aquel hombre decía que era muy bella y que podía
ganarme muy bien la vida con sólo tumbarme desnuda y estarme quieta. Fui a
posar a su taller cerca de Saint Germain des Prés y jamás me tocó siquiera.
Apenas me hablaba. A mí me entraban ganas de reír con esa comedia. No sé por
qué. Encontraba chistoso eso de ponerme desnuda durante horas y horas delante
de un señor que ni siquiera me daba el más ligero pellizco. Me pagó cinco
francos y aseguró que podía yo volver cuando quisiera. Ganaba mucho dinero,
tenía un bonito apartamento amueblado y un gran balcón. Tú deberías pintar
como él.
Pero Luis se inclinaba a sus impresionismos de color puro, sobre todo más
puro cuando estaban las telas recién preparadas. La dificultad era encontrar un
conjunto de cosas que parecían no tener entre sí la menor relación. No buscaba
copiar la realidad: una silla, una calle, una persona. Lo hacía como ejercicio y le
salía muy bien. Pero eso eran imágenes y lo que él aspiraba a pintar era la
realidad por ella misma, en lo sustancial. Al menos tal como él concebía la
sustancia de las cosas y de las personas.
Por ejemplo, había dibujado a Paquito vacilando sobre sus rollizas piernas,
solo en medio del patio de la escuela. Era invierno y había nieve, pero él quería
que hubiese también un cielo de verano que representó por un trazo amarillo y
rojo, lleno de matices filtrados por las vidrieras y que se estampaban en la pared.
No hubiera podido explicarlo. Era algo muy complicado. El vendedor de la calle
Richelieu le había aconsejado frecuentemente que se pasara por las Galerías de
Arte del Faubourg Saint Honoré y de la calle La Botte, en la cual también había
algunas galerías de pintura.
—Allí verá a los mejores impresionistas: Cézanne, Renoir, Sisley, Pissarro.
No hace mucho tiempo que la gente se burlaba de ellos y hoy hace falta ser
millonario para poder adquirir sus telas. También verá usted a los «fauves», de
los que no saben qué decir los críticos: Vlaminck, Dérain y otros, cuyos nombres
no recuerdo. Y un tipo raro, medio «clochard», que se pasa la vida en las
tabernas de Montmartre, pero cuyas telas se reconocen desde lejos.
Luis había visto esas telas en los escaparates y se había quedado frío. Era
bello, sin duda. Se sentía impresionado por el «oficio» de estos pintores que
sabían donde poner las pinceladas justas para obtener el máximo de valor. Pero
le decepcionaban. No era eso lo que él buscaba.
Si enseñaba sus telas al empleado de la calle Richelieu, temía que se
desinteresase de sus obras. Llegó a saber el nombre de este empleado, M. Suard.
Era amigo de un pintor llamado Marquet y de otro llamado Otto Friesz.
—Algunos vienen a comprarnos colores porque disponemos de marcas
extranjeras y muy difíciles de hallar en París.
—¿Y son puras?
—En mi opinión, por lo menos conservan largo tiempo su esplendor. Lo
fastidioso de esos colores es que se ponen mates y los pintores actuales no
quieren barnizar las telas. Además, ¿cómo barnizar un cuadro pintado con
colores pastel?
Luis iba conociendo palabras y términos para él insospechados.
—¿No ha intentado usted trabajar en algún taller, por ejemplo, en casa de
Julián? Éste tiene muy buenos modelos y un profesor que aconseja bien.
La ingenuidad de Luis regocijaba al vendedor, sobre todo por la pasión que
llevaba dentro. Siguió hablando:
—No se trata de ninguna escuela como la de Bellas Artes. Cada uno hace lo
que quiere, lleva sus materiales, se instala ante un caballete y escoge el modelo
que se le antoja pagando a tanto la hora.
Luis estuvo tentado de preguntar «¿Qué modelo?». No se atrevió. Pero se
acordaba de lo que le había dicho su madre de aquel pintor para el que posó ella
y que dedicaba su trabajo a los grandes marchantes. Luis comprendió.
—Aquí cerca, en Faubourg Montmartre, existe un taller.
Fue allá una mañana, con su caja de pinturas. La luz era fría, más que a
ciertas horas de la madrugada en el puesto de Samuel, con la diferencia de que
en éste no se veía el sol porque la vidriera estaba orientada hacia el Norte.
En aquel taller el silencio era impresionante. Cuarenta personas entre
hombres y mujeres, se ponían delante de sus caballetes, sentados o de pie,
alrededor de un pedestal de madera sobre el cual había una jovencita desnuda, de
piernas delgadas, y que ponía sus dos manos detrás de la nuca.
Unos pintaban y otros dibujaban. Un señor viejo, con barbilla y lentes,
recorría silenciosamente la sala mirando lo que hacía cada uno. De vez en
cuando señalaba un punto con el dedo sin pronunciar palabra. O bien cogía el
pincel de una jovencita y corregía los toques de movimiento de un brazo o la
línea de una pierna.
—¿Desea un caballete?
—No, señor. Gracias.
Él no hubiera podido trabajar en aquel ambiente ni con aquella modelo. Tal
vez algún día hablara con M. Suard, si tenía valor para ello, de lo que él llevaba
en su cabeza. Pero le sería imposible hacerlo sin una tela delante.
Cuando terminaba, era corriente que borrase todo con la espátula o con un
instrumento duro y flexible a la vez, difícil de manejar. Después la repintaba y la
ponía a secar, como si fuera nueva tela, cosa que le resultaba más barata.
—Luis, me pregunto qué será de los gemelos.
Él también se acordaba de ellos. Incluso evocaba también a Emilia, de la
cual hacía muchos años que nadie hablaba. Gabriela guardaba recuerdos muy
profundos de cada uno de sus hijos, pero no solía manifestarlos a Luis y por
tanto no salían muchas veces en sus conversaciones.
—¿Te acuerdas del día en que un señor bien portado, con una condecoración
en el ojal, trajo a Oliver desvanecido, porque al saltar un banco de piedra, cayó y
se dio un fuerte golpe en la cabeza y que parecía que se había matado?
—¿Había yo nacido?
—Creo que sí. Pero ¡qué bestia soy! Tú ya tenías lo menos seis años. Ya ibas
a la escuela.
Luis no tenía el menor recuerdo de este episodio. La mayor parte de los
acontecimientos que ella rememoraba, no le habían quedado impresos en la
memoria.
—Lo que me consuela es saber que no son desgraciados.
Luis la miraba sin comprenderla. De la mezcla de los recuerdos de su madre
con los suyos resultaban a veces notas discordes.
—¿Te has olvidado ya de aquella mañana que los trajeron desde Rouen,
adonde se habían escapado?
—De eso sí que me acuerdo.
—¿Y del Comisario?…
Luis escuchaba distraídamente. Parecía que le repugnaba conocer más
detalles.
—La segunda vez…
—Ya lo sé, mamá.
Ella le dirigió una mirada que era como un reproche.
—La semana pasada he tenido que ir a un doctor porque sufro del vientre.
No te lo he dicho antes para no inquietarte y porque esto es una cosa de mujeres.
Él había oído de ciertas enfermedades venéreas y al pensar que pudiera
tratarse de eso, le hizo enrojecer.
—No hay que preocuparse. El doctor ha sido muy amable. Y muy
comprensivo. No me ha planteado cuestiones por el género de vida que hago. Le
hablé de si los gemelos han hecho lo que han hecho por mi mal ejemplo.
ȃl me ha asegurado que no. Muy discretamente ha tratado de todo. Pero me
ha afirmado que hay personas que siempre tienden a la fuga, que es algo
congénito. Los médicos saben muy bien lo que son estos casos. Y cuando me
explicaba lo que era, me di cuenta del por qué el Comisario estuvo tan
indulgente cuando se escaparon por primera vez. Lo llevan en la sangre. Lo
heredaron de su padre. Es decir: que son vagabundos por naturaleza. Porque
éstos sí que eran de Heurteau. Tengo mis buenas razones para asegurarlo.
Aunque hubiese preferido que no fuesen de Lambert.
Luis soportaba estas explicaciones, pero hubiera preferido que su madre no
hablara de ello.
—Algunos se fugan cinco o seis veces al año. Incluso cuando están
enfermos, si les entra el impulso, se marchan aunque sea saltando la ventana.
Como los sonámbulos que a veces se matan así. ¿Sabías esto?
—No.
—Lo que me consuela es que se trata de algo que tendrá remedio conforme
se vayan haciendo mayores. Espero, pues, que algún día los volveré a ver. Lo
que me extraña es que no los hayan llamado a revisión.
—Ya sabes cómo van las cosas de los Ministerios.
—Pues eso es lo raro. Que cuando se trata del ser vicio militar nunca faltan
gendarmes. ¡Para eso sí que hay suficientes!
Esto ocurría por el año 1916. La guerra aún duró dos años más. De lo que
nadie se extrañaba mucho.
Algunos días después de esta conversación, Gabriela recibió un comunicado
como el que dos años antes había tenido Alicia. En él se le comunicaba que su
hijo Oliver Heurteau, el sargento Heurteau, había muerto delante del fuerte de
Douaumont en una operación peligrosa, para la cual se presentó voluntario. Por
ello había sido condecorado a título póstumo con la medalla militar y palma.
Que los efectos personales del héroe estaban a disposición de su madre.

* * *

Tanto a Gabriela como a Luis les intrigó que Oliver hubiese entrado en los
batallones de África, cuerpo de ejército al que pertenecía y de donde vino la
comunicación de su muerte. Creían que aquellas unidades sólo incluían los
castigados, por malas cabezas, o los delincuentes, para eludir la acción de la
justicia.
También les intrigaba no saber nada del otro gemelo. Tal vez hubiesen caído
los dos a la vez.
No tardó en recibir Gabriela los papeles de Oliver, en los que constaba que se
había enrolado voluntariamente bastante antes de estallar la guerra «con el
consentimiento de sus padres». Esto hizo suponer a Gabriela que su firma había
sido imitada por alguno de los gemelos. En aquellos papeles había la dirección
de Oliver. Era la de una calle de Orán y constaba su profesión: labrador. Había
también un cuchillo de muelles, cuya hoja aparecía afilada varias veces y que
aún tenía huellas de la tierra de las trincheras, una vieja cartera llena de barro,
con algunos billetes dentro, sellos de correo (¿para qué los querría si los
soldados tenían franquicia?) y una postal de Argelia, con la dirección casi
ilegible, firmada con un nombre indescifrable. Arriba de la firma había dibujado
un corazón, un estrella y un animal que lo mismo podía ser una cabra que un
caballito. Finalmente había una foto mal hecha, que acaso fuese la clave de todo.
En ella una joven y bella beduina aparecía acurrucada en el suelo, al lado de un
asno que portaba dos alforjas al lomo. Salvo que fuese una mancha, en la frente
de la joven africana había marcada una señal como un tatuaje, según se
acostumbra en aquellas tierras a marcar a las mujeres de cada tribu.
Representaba la muchacha unos trece o catorce años. Tenía unos grandes ojos
que parecían maravillados, como si expresaran una tierna adoración.
—¿Sería su amiga?
—No lo sé, mamá.
—Yo no creo que allá abajo tengan derecho a casarse y menos con una
indígena, cuando se está cumpliendo el servicio militar. Pero si estuvieran
casados, es a ella a la que corresponden todas estas cosas.
Encontraron después una pipa, una bolsa de tabaco que aún contenía algo del
de reglamento y un mechero con yesca.
—Seguramente que Guy se enroló al mismo tiempo y en el mismo
regimiento. Voy a informarme en el Ministerio, porque si les escribo es probable
que no me contesten.
Gabriela pasó un día entero recorriendo las diferentes secciones y cuando
volvió extenuada, aún le quedaba cierta esperanza, no obstante no haber
encontrado detalles.
—Por fin encontré el sitio. Jamás he visto tantas mujeres jóvenes y viejas
trabajando en oficinas y haciendo cola en los pasillos. Un teniente, que tiene
cierto parecido con el Comisario, me ha prometido que antes de diez días
recibirá la lista de cuantos se han enrolado voluntariamente en África y podré
saber algo definitivo.
Con una sonrisa, en la que se respiraba cierto orgullo, agregó:
—¿No sabes, Luis? Estábamos equivocados cuando pensábamos que en la
Legión sólo había maleantes. El teniente me dijo que también iba gente decente,
pero éstos forman una legión distinta. Son gente a la que les tira el afán de
aventura y suelen aficionarse a la dura vida del desierto, prefiriendo la tienda de
campaña a la cama del cuartel. En el frente —me ha dicho— suelen ser los
mejores soldados. Conocía a uno que después de diez años de servicio, llegó a
teniente y luego se hizo cura.
La respuesta tardó más. Tardó un mes. La llevó un ordenanza, como si en el
correo de los Ministerios no se fiasen de la Administración. Se comunicaba a
Gabriela que Oliver Heurteau se enroló el 21 de octubre de 1912, pero que no se
encontraba mención alguna de Guy, ni en ese año, ni en ninguno de los
siguientes.
—¿Tú crees que eso quiere decir que ha muerto?
—No lo sé. Pero acaso se hayan separado antes. Y que Guy se haya casado.
—No podría hacerlo sin mi consentimiento. Eran menores.
—Tampoco Oliver podía enrolarse y lo hizo sin tu consentimiento. Tal vez
Guy vive en otro país; de América, por ejemplo. A nosotros nos hablaba mucho
de que le gustaría conocer la América del Sur.
Ella inclinó la cabeza convencida. Le resultaba un misterio. Por sucesivos
silencios y miradas perdidas, se veía que le preocupaba mucho la falta de
noticias de Guy.
Luis se hacía cada vez más amigo de M. Suard y llegó incluso a entrar en el
interior de las galerías cuando iba a comprarle tubos de colores.
—Es una lástima que yo me haya casado tan joven y enseguida tuviéramos
dos hijos, uno de ellos hembra, lo cual ha sido una suerte, porque es la mayor y
ahora hubiese tenido que ir a la guerra. No es que me queje. Yo también quise
ser pintor. Por eso me he dedicado a este oficio de surtirlos. Más tarde ¡quién
sabe! No es imposible que pueda abrir una tienda y me haga marchante. Pero
nada de comprar a grandes firmas. Prefiero descubrirlas yo antes de que lleguen
a la fama. Ya poseo algunas telas que he adquirido baratas.
Por pura gentileza, que no para avergonzar a Luis, un día le dijo:
—Cuando usted se encuentre más o menos satisfecho de lo que produce, me
gustaría ver algo suyo.
—Yo nunca estaré contento de mis obras, porque usted sabe muy bien que yo
no soy un pintor.
A principios de 1917, que tuvo un invierno durísimo, en el que llegó a faltar
el carbón, hubo motines de soldados con sus consiguientes fusilamientos.
Gabriela supo por una vendedora amiga suya que Vladimiro estaba en París y
que lo había visto no lejos de la rue Montmartre, adonde ella había tenido que ir
a visitar a una hija suya, que también era vendedora.
—Te juro, Gabriela, que era él. Lo conozco desde pequeño. Más de una vez
me ha birlado pescado. Vestía de marino, sin gorra y con vendaje en la cabeza.
Los transeúntes le miraban y él se erguía orgulloso. Le llamé:
»—¡Eh! Vladimiro. ¿No conoces ya a los amigos?
»—Salud, Emma.
»Ya sabes que me llamaba así cuando teníamos juntas los carritos.
—¡Y pensar que no ha venido a verme!
—Si está herido y convaleciente, apenas tendrá un momento, entre las curas
y las revisiones. Les dan poco tiempo de permiso.
—O bien que sólo está para la mujer con la que vive.
—Si se ha casado, es lo natural.
—Tienes razón. Soy algo celosa de mis hijos. Su hermana no me escribe,
Vladimiro no viene a verme, de los gemelos sólo me queda uno, y nada sé de su
vida. ¡Si no fuera por Luis…!
Pero al fin Vladimiro fue a ver a su madre e incluso le llevó el obsequio de
un amuleto oriental, que tal vez no fuese de oro, pero que Gabriela llevó
orgullosamente sobre su pecho. Vladimiro le había hablado de los Balcanes, de
Constantinopla, y de otros países de allá, como si fuesen tan conocidos para él
como la puerta de Lilas.
—¿Tú sabes que Oliver murió?
—No.
—Era sargento y condecorado con la medalla militar. Yo la tengo. ¿La
quieres ver?
—¡He visto tantas…! ¿Y Guy también ha muerto?
—No lo sé. No tenemos noticias suyas. Nadie sabe dónde está.
Con razón Vladimiro decía que había visto muchas medallas militares de
gente muerta en el campo de batalla. ¡Fueron tantísimos los que cayeron…!
—Y tú, con tu herida, ¿no has tenido condecoración?
Luis se inquietó cuando observó el gesto ambiguo de su hermano.
—¿Yo? No. Yo no soy de esa clase de tipos a los que se dan medallas,
aunque estuviese muerto como Oliver.
—¿Quieres dejarme tus señas, para el caso de que sepamos algo de Guy?
Contestó evasivo:
—Ya vendré a verte antes de marcharme.
—¿Y cuándo te vas?
—Cuando los jefes dispongan.
—¿Es grave?
—Un casco de granada en el cráneo. Me han quitado lo que han podido, pero
aún me queda algo.
—¿Sufres?
—De cuando en cuando.
Cierto día tuvo Luis un encuentro inesperado. Con el colosal Pliska, barbudo,
con su cabellera rubia muy crecida cayendo sobre la nuca. Luis no hubiera
estado muy seguro de que era Pliska si no hubiese sido porque el gigantesco
checo se le adelantó gesticulante e interrogativo:
—¿Pequeño Luis? ¿Eh? ¿Cómo pasar?
Aún no llegaba a hablar bien el francés. Seguía sirviéndose de los gestos para
apoyar sus locuciones.
—Tu madre Gabriela, ¿verdad que Gabriela?
Se acordaba de la bella rubia con la que había vivido cerca de dos meses,
aunque no estuviera muy seguro del nombre.
—Hermano Vladimiro, pequeña hermana Alicia, ¿grandes ya?
—Alicia está casada y tiene un hijo.
—Yo mucho difícil. Muchas miserias por ser extranjero. Dos años en campo
concentración, ¿no se dice así? Palabra difícil. ¡Bello país! Sol. Sur de Francia,
pero dentro hilos de puntas.
—Alambradas.
—Eso, alambradas. Barracas alambradas. Cosa mala. Muchas bestias.
¿Pulgas? Sí, eso, pulgas. Y piojos, muchos piojos. Todo el mundo piojos. Ahora
concluido. Yo taller. Ven ver taller. Gran trabajo. Esculturas. Marchantes venir,
ver esculturas. No comprar, pero sí venir ver.
Por no desairarlo fue Luis al taller. Habían tomado el tranvía en el boulevard
Montparnasse y Pliska le llevó a una casa recién construida.
—Hay ascensor. ¿Conoces?
En efecto, había ascensor, que les llevó al sexto piso. Pliska abrió muy ufano
la puerta exclamando:
—¡Mi taller!
Luis quedó deslumbrado. La pieza era muy grande y muy clara. Estaba casi
toda acristalada por la parte de la fachada y por el techo del mismo lado.
—¡Magnífica!, ¿no? Yo trabajar mucho.
Pliska se quitó la chaqueta y el chaleco, quedándose en camisa y con el gesto
de un luchador que ofrece desafío en una barraca de feria.
En el centro de la estancia había un gran bloque de yeso sobre un pedestal
giratorio.
—¿Ves? Cuando termine, formidable. ¿Se dice formidable?
Más o menos aquella mole se parecía a una pareja que se abrazase. Se
apreciaban ciertas formas humanas semejantes a descomunales brazos y piernas.
Luis, turbado a su pesar, miraba con ojos muy abiertos, sintiendo que una dulce
sensación le invadía. En aquella mole se podía apreciar, aunque de forma no
muy definida, una enorme grupa de mujer que manifestaba y encendía una rara
sensualidad.
—Escultor duro, muy duro.
Sobre un monolito de madera se veía un caballo y un caballero, como
forjados a golpes de machete.
—¡Don Quijote!
—Sí. Don Quijote. No grotesco, ¿verdad?
Y sus cejas se fruncieron, mientras sus claros ojos se encendían furiosos.
—Marchantes decir grotesco. Yo no. Yo…
E hizo un muy expresivo gesto con la pierna en alto como dando un
tremendo puntapié.
—Mucho trabajar. Mucho hacer el amor. Poco comer, porque poco vender.
Pero cargo bueyes.
—¿Cómo? ¿En Les Halles?
—Sí. Halles. ¿Conoces Halles?
Cuando se enteró de que Luis también trabajaba allí lo quiso celebrar. Abrió
una botella de aquel licor amarillo que por su forma y etiqueta recordaba el que
trajo aquel famoso día de Navidad.
—¿No beber?
—Soy demasiado joven.
—Yo mucho beber. No es bueno. Pero yo beber.
Y se golpeaba el pecho con gesto de gorila. Se echó a reír.
—Te veré Halles. Tú volver. Verás Amor acabado.
Lo que él llamaba Amor era el bloque aquel de yeso que a lo menos pesaba
media tonelada.
Trabajaban juntos a horas distintas, y aunque estaban en el mismo mercado
rara vez se encontraban, porque la organización de Les Halles tiene
compartimentos independientes, de actividades diversas y de completa
autonomía de organización, dentro del gran orden general. Por consiguiente, las
horas de Luis no coincidían casi nunca con las de Pliska. Sobre todo porque
como Luis había subido de categoría con su correspondiente aumento de sueldo,
se encontraba siempre encerrado en su garita de cristal y casi no veía a nadie,
entregado por completo a la labor de escribir nombres y precios en la pizarra y
llevar las notas que Samuel enviaba a sus clientes o vendedores.
A partir de este inesperado encuentro con Pliska, fue cuando Luis le tomó
cariño a la idea de tener también su taller propio, y por eso todos los días iba
mirando por las calles que pasaba algún letrero que le indicase el local libre que
él buscaba, en cualquiera de aquellos patios.
Le llegó la hora de recibir él también una comunicación oficial. El 12 de
marzo tenía que presentarse a reconocimiento, llevando su partida de nacimiento
a fin de comparecer ante el Consejo de Revisión. Se la habían echado por debajo
de la puerta. Pasó una semana angustiado, no por el temor al reconocimiento y
que se le diera por útil, sino porque tendría que ponerse desnudo delante de otros
hombres. Era el único de la familia que tenía sentido del pudor. Lo contrario que
su hermana y su madre, que sin el menor empacho se ponían desnudas delante
de cualquiera y exhibían sus carnes con una especie de candor artístico.
Vladimiro no había comenzado a ocultar su sexo hasta los trece años, poco más
o menos, y los gemelos no le daban a la cosa la menor importancia.
Luis nunca hizo sus necesidades en el cubo familiar, salvo el período de su
infancia, del que no tenía el menor recuerdo. Salía a la escalera e iba al retrete
general. Y eso que en el invierno aquello estaba helado. En el patio había una
oscuridad total y sobrecogedora, por lo que se retenía todo lo posible para no
pasar mal rato, llegando a ponerse casi enfermo por la contención.
Cuando se lavaba en el fregadero, siempre llevaba una toalla que se liaba a la
cintura, aunque a veces tuviera que llenarla de espuma.
En la sala habían cuarenta mozos en una pieza en la que no había colgadores
y donde se les ordenó ponerse totalmente desnudos.
—Y aprisa, chicos, que espera la otra hornada.
Tuvo que desnudarse de mal grado, junto a antiguos compañeros de colegio,
algunos de cuyos nombres había olvidado, y que se habían diseminado por otras
escuelas, pasada la época de la comunal. Uno exclamó:
—¡Anda!… El «Santito».
Otro le lanzó una pulla, después de ojearle de arriba a abajo:
—¿Estás seguro de que no eres una niña? Te teníamos por macho, pero acaso
hayas evolucionado. A ver, enséñanos tus atributos.
Luis se había puesto las manos en el sexo y procuraba esforzarse para huir de
las burlas de sus antiguos compañeros.
—No seas idiota. No tendrás más remedio que enseñarlo todo. ¿Y tú sabes lo
que hará el mayor? Te arreará un trastazo para hacerte bajar la guardia; por las
buenas, o por las malas. Si no es que te mete un dedo por la retaguardia. No
creas que te engaño. Mi hermano ha pasado por aquí el año anterior y me ha
contado la broma. Oye, ¿por qué te llaman «Santito»? ¿Es que vas todas las
mañanas a comulgar? ¿O es que te reservas virgen para el casamiento?
Se abrió la puerta de la sala y los hicieron pasar a todos a otra mayor, en la
que había, al fondo, una larga mesa tras la cual había sentados varios hombres
que se acodaban sobre un tapete verde. No se distinguían los unos de los otros, y
por más que Luis abría bien los ojos, sólo notaba siluetas y colores de uniformes
azules enfrente de una larga fila de hombres desnudos.
—Sube. Ponte más derecho. Más aún. ¿Qué es lo que mueves con las
manos?
Uno de aquellos hombres anunció:
—Un metro cincuenta centímetros.
Brotaron risas.
—Aproxímate más.
Era el mayor el que se lo dijo. ¿Resultaría quizá que a pesar de su talla
tendría que ir al frente? Él no tenía miedo de recibir un balazo. Lo que le
asustaba era aquella manera brutal de tratar a los soldados y la obligación que se
tenía de obedecer sin rechistar. Estaba decidido a que, si se le daba un fusil, no
tirar contra nadie o tirar al aire.
El mayor le metió un dedo entre los omoplatos y las costillas, y después de
haberle auscultado unos momentos, pronunció:
—Desechado.
Le pusieron aparte.
—¿Qué aguardas, pequeño? ¿No has oído al mayor? La patria no quiere nada
de ti.
Pasaron tres días antes de decidirse a contar a su madre lo ocurrido. Al fin, y
durante la comida, le dijo con voz apagada:
—¿Sabes, mamá? Estoy desechado.
—Eso no es ninguna desgracia. Así estaré segura de conservar uno.
Luis la miró con una vaga sonrisa por la que lo mismo podía entenderse que
estallaba de júbilo, como que todo aquello simplemente le divertía.
Para él la guerra había concluido.
CAPÍTULO III

G abriela continuaba yendo todas las mañanas a Les Halles, pero ya no tenía
tanta arrogancia. Ni la voz tan clara y vibrante. Tampoco era tan bromista.
Luis se acordaba del tiempo aquel de sus explosiones sentimentales y de sus
desmelenamientos.
Se aburría también. Continuaba llevando el carrito por las oscuras calles, de
madrugada y en todo tiempo. Gabriela hacía unos días que no encontraba a su
madre y se acercó a verla. Vivía la abuela cerca de San Medardo. Gabriela estaba
algo preocupada por si estuviese enferma o le ocurriese algo.
Luis no conocía mucho el piso de su abuela. Sólo había estado dos o tres
veces. Y volvía a verlo oscuro, los muebles amontonados, un aparador de puertas
acristaladas a través de las cuales se veía la vajilla. Seguía la vieja mesa de
comedor, con sillas talladas, cortinas de terciopelo muy usadas, vasos de bacará,
estatuillas y unas bomboneras de porcelana.
—Fíjate, Luis. La última vez que estuvo aquí Vladimiro, rompió una
salvadera que tenía mi madre en mucha estima. Todos esos cachivaches son
recuerdos.
Allí había otra clase de valores distintos a los de su casa y Luis suponía que
la vieja no debía gustar de que nadie fuese mucho allí. Ni siquiera sus nietos. Él
siempre la conoció vieja, aunque realmente no lo era tanto cuando él era niño, si
bien siempre envejecida, porque se veía que las mujeres de aquella familia
empezaban todas a gozar muy pronto de los placeres de la vida, por lo que a los
dieciséis años eran ya madres.
La abuela, naturalmente que había adelgazado, pero ese día de la última
visita la encontró acartonada. Y con peor carácter que nunca, pues nunca lo tuvo
muy bueno. A Luis se le notaba preocupado. Gabriela le dijo:
—No temas por mi madre. Puede vivir perfectamente de sus rentas, porque
ha podido guardar dinero. Siempre ha gastado poco en vivir, ni ayudó a nadie. Ni
a mí, cuando tuve que empezar a trabajar. Me decía: «Cada uno a lo suyo». Una
ha de levantar a sus hijos hasta que están en edad de trabajar. Yo no espero nada
de nadie, pero que nadie espere nada de mí. Cuando sea vieja ni a tu hermano ni
a ti os pediré pensión alguna.
Era una tarde en la que Gabriela y Luis llegaron a la casa de la calle
Mouffetard alrededor de las ocho.
—¿Qué quieres cenar, Luis? ¿Una tortilla o un bistec?
—Una tortilla con queso, si lo hay.
Se sentaron frente a frente y en total silencio. Cualquiera hubiese dicho que
se estaban observando mutuamente. En lo que tocaba a Luis, así era. Durante
muchos años la había visto siempre igual, como si el tiempo no corriese para
ella. No había cambiado físicamente. Su cuerpo tenía la misma gallardía de la
juventud. No se le notaban arrugas. Y sin embargo ahora lo que Luis encontraba
era una cosa nueva: una especie de halo que ensombrecía su rostro. Porque antes
nunca se la veía triste. Cuando Emilia murió estuvo algún tiempo abatida, pero
se recuperó pronto. Ella aceptaba la vida como era, saboreando lo mejor que da y
ella encontraba, sin quejarse de los contratiempos, cuando los tenía. Procuraba
dar de lado a todo lo desagradable, como si fuera cosa que no existiese.
¿Fueron los sucesos, o fueron aquellas miradas de sus hijos, interrogativas,
nuevas para ella, lo que le hizo rectificar la vida alegre, cesando de repente de
llevar hombres a su alcoba? No se sabe. Lo cierto fue que, sin darse cuenta, se le
había ensordecido la vida. A Luis le pasaba algo por el estilo. Para hablar en
términos pictóricos, como hacía M. Suard, las sombras empañaban la tela.
Cuando se le ocurría salir los sábados por la tarde no llevaba ya el traje color
lavanda, que tanto gustaba a Luis. La moda había cambiado con el fin de la
guerra. Empezaban a desaparecer las faldas largas y los corsés de ballena. Las
botas que llegaban a media pantorrilla, se convirtieron en zapatos de tacón alto.
Las mujeres no sólo enseñaban ya los tobillos, sino hasta más arriba de la
pantorrilla. Las chaquetas tenían corte militar. Llegó un momento en que Luis ni
casi se acordaba de las modas de antes de la guerra.
Gabriela continuaba desnudándose sin pudor alguno delante de Luis.
—¿No te molesta que salga?
—¿Por qué, mamá?
—Tal vez me encuentras demasiado vieja para estos trotes.
—Tú jamás serás vieja.
—¿No te disgusta ver que tu madre va de baile en baile como una perra
salida?
Él se limitó a sonreírle como para tranquilizarla.
—Tú nunca sales.
—Salgo por el día, mamá.
—Nunca te he visto con una amiga. ¿No la tienes?
—No, mamá.
—¿Por qué? A los diecinueve años un chico necesita mujer.
Él comprendía lo que inquietaba a su madre. Eso le recordaba las burlas de
sus compañeros de colegio durante el Consejo de Revisión.
—No tengas miedo, mamá. Soy un hombre.
Ella conservaba la costumbre de ir derecha al bulto.
—¿No lo haces?
—Algunas veces.
—Podrías tener las chicas que quisieras, ahora que los hombres jóvenes están
en el frente. ¡Si tú vieras cómo se disputan a los soldados que vienen con
permiso!
Era verdad. Más bien una parte de la verdad. Su verdad era más complicada
y él mismo no estaba muy seguro de entenderla. Durante algún tiempo el
recuerdo de su impotencia ante aquella mujer de pelo negro, enmarañado y
extenso, le impidió hacer ninguna otra prueba. Tenía, eso sí, sus sueños eróticos
que le dificultaban el descanso, pero había encontrado un método para cumplir la
necesidad física de una manera menos punzante. Las imágenes que en esos casos
le acudían a la mente, él las derivaba a escenas de la calle y las convertía en
manchas de color, envolviéndolas con otros elementos que creaban en su cerebro
un cuadro definitivo donde podía reconstituir todos los detalles.
Había terminado una tela que tuvo vergüenza de enseñar a su madre. Los
colores eran muy vivos, más que de ordinario, habiendo encontrado un nombre
sencillo: «La Guerra». Cuando él tuviera su taller ampliaría el tema, cuya
perspectiva serían los Campos Elíseos, con las notas verdes intensas de los
árboles alineados, y las casas confluyendo en el Arco sin detallarlas mucho,
bastando con poner abundantes banderas en las ventanas. La multitud eran
numerosos puntos negros picoteados de azul, blanco y rojo.
Lo importante era el desfile. Él oscilaba entre titularlo «La Guerra», o mejor
«El Desfile», cosa que esperaba decidir cuando el cuadro estuviese terminado.
Las hileras de soldados serían más numerosas que las de espectadores, no le
importaba que en sus obras hubiese desproporción entre las personas y los
objetos.
Soldados desnudos, más rubios, más pálidos, casi lívidos, tal como los había
visto en el Consejo de Revisión. Cada uno llevaría su fusil y un casco de
trinchera. No lo tenía resuelto aún. Un oficial, también desnudo, parecido al
mayor, caracolearía con su caballo delante de los soldados. Se dirigirían todos al
Arco de Triunfo. Aunque tal vez el Arco sería reemplazado por el sexo
monumental y oscuro de una mujer con las piernas abiertas. Era difícil de
realizar. Dudaba de si lo llegaría a hacer nunca. La idea le nació pareja con otra
que también llevaba tiempo elaborando. Lo que él titularía «El pequeño tren de
Arpajón». Monsieur Suard le dijo que le gustaría ver estos cuadros cuando los
terminase.
—Cuando tenga taller.
—Hay algunos libres. En Montmartre.
—Demasiado lejos.
No quería estar muy apartado de su madre. Pero si, al fin, tuviese que ir
lejos, ya procuraría verla todos los días y comer con ella también todos los días.
No sabía cómo llegaría a poder hacer todo esto y se temía que le iba a resultar
penoso. La verdadera razón de no querer ir a Montmartre era que allí se sentiría
extraño a todo y a todos, lejos de cuantas imágenes había ido recolectando
durante diecinueve años.
Una tarde, muy cálida y húmeda, cuando salía de la papelería, se cruzó con
una joven, no muy alta, un poco madura, algo metida en carnes y que tenía una
linda y sonriente cara. Al mirarla cuando pasaba, ella entendió la mirada
admirativa y le sonrió insinuadora, aun cuando a él le parecía que no era una
mujer de la vida. Ésas no suelen mirar así. La miraba con atención cuando iba
pensando esto y al darse cuenta de que ella hacía lo propio, dio media vuelta y
trató de separarse. Pero volvió a mirarla por aquellos botones dorados que
llevaba sobre la chaqueta de corte militar y un gorro airoso, graciosamente
colocado sobre sus ondulados cabellos. Intentó volver otra vez la espalda y ella
se adelantó:
—¿Vienes? Yo vivo a cinco minutos de aquí.
Él le advirtió honradamente que no era rico.
—Eso no importa. Ya lo arreglaremos.
Aparentaba unos treinta años. Se la podía tomar por cualquier vendedora de
almacenes de los grandes bulevares o por una mecanógrafa. Se parecía un poco a
mademoiselle Carella, que trabajaba por las noches en otra garita de cristal de
Les Halles y a la que jamás se atrevió a dirigirse, no obstante gustarle mucho.
Fueron a la habitación de ella, situada en un cuarto piso de una calle próxima
al Palais Royal, detrás de la Comedia Francesa. En la ventana, un canario saltaba
alegremente en su jaula. El suelo estaba encerado y los muebles relucían de
limpios.
—¿Te acercas con frecuencia a las mujeres que encuentras en la calle?
—Es la primera vez.
O casi la primera. Ella le interpelaba y él la seguía.
—¿Qué edad tienes?
—Diecinueve años.
—¿Diecinueve? Pareces mucho más joven. ¿Sabes que tienes una carita muy
linda y un aire malicioso de todos los diablos?
Se quitó el gorrito y la chaqueta. Una puerta abierta descubría el pequeño
comedor, tras el cual se divisaba la cocina.
—¿Estás azarado?
—No lo sé. Tal vez un poco.
—¿No te has desnudado nunca ante una mujer?
—Nunca.
—¿No has hecho tampoco nunca el amor?
Ella comprendió su silencio:
—Eso no es ninguna vergüenza. Cada uno comienza en su día. A tu edad yo
estaba en el mismo caso. Por fin me decidí y te extrañarías si te dijera cómo me
imaginaba de distinta la cosa.
No se había desnudado ella todavía. Solamente descubrió su pecho, tan bello
como el de su madre, salvo que el de aquella mujer era de un matiz nacarado.
—Siéntate aquí.
Era un diván tapizado de seda amarilla. Precisamente del color que Luis
usaba mucho en sus cuadros.
—¿Te gustan mis pechos?
—Sí.
—¿Qué es lo que más te excita de una mujer?
Ella le iba hablando con llaneza y al cabo de poco tiempo dialogaban como
antiguos amigos.
—No creas que esto es habitual en mí. Tal vez se parece a lo que hacen las
prostitutas, pero te aseguro que es muy distinto. ¿No has ido nunca a esas casas,
que se anuncian en los periódicos como gabinetes de masaje? Por lo general son
apartamentos para estos casos. Yo estoy con mademoiselle Georgette, calle Nôtre
Dame de Lorette. Es casa tranquila y discreta. Sólo vamos cuatro. Raramente
cinco. Los clientes son gente seria, me refiero a los habituales. Conviene que
vengas a verlo. Una de mis compañeras, Arlette, sólo tiene veintiún años.
Él le iba acariciando el pecho mirando al canario. No se sentía rechazado,
pero ella continuaba charlando en tono ligero. Le había ido desabotonando poco
a poco y él no sintió vergüenza al encontrarse desnudo al lado de ella. Se
preguntaba si podría llegar hasta el final. La penetración fue cosa de una
suavidad que nunca se había imaginado así. Un intenso y dulce bienestar le
invadió todo el cuerpo.
—Quédate unos momentos así —le suspiró acariciándole los cabellos y
mirándose fijamente en sus ojos con una enternecida curiosidad.
Luis se extrañó que la aventura no hubiese concluido ya y que continuasen
tendidos el uno junto al otro, mirando distraídamente el techo.
—¿Qué es lo que haces? Yo diría que eres estudiante.
—No. Trabajo en Les Halles.
—¿Tú en Les Halles?
—Sí, pero un día seré pintor. Ya he comenzado este arte, pero lo que llevo
hecho todavía no me gusta.
Ella no volvió a vestirse, sino que le pidió sacase de un armario una bata azul
parecida al vestido de su madre. Lo hizo así. Luego, algo confuso, metió la mano
en el bolsillo, espantado ante la idea de no llevar suficiente dinero, como aquel
primer día que quiso comprar colores y tuvo que ir corriendo a su casa a por
más.
—No. Hoy no. Tengo otra idea. Bajarás y encontrarás una pastelería a la
izquierda de la calle des Petits Champs. Compras un pastel, el que quieras, pero
que no sea de chocolate, que no me cae bien. Enfrente de la pastelería hay una
bodega. Compra una botella de oporto. Nada de marcas caras. El oporto siempre
es oporto, sea la etiqueta que sea.
¿Le inspiraba confianza a ella? ¿No pensaría que volvería Luis las espaldas?
Por si acaso leyó el nombre de la calle, pues no conocía el barrio y temía
perderse. Era la calle Montpensier, y para llegar a la de Petits Champs tuvo que
pasar por la de Beaujolais. Encontró la pastelería y la bodega enfrente. Aún
conservaba el olor de la piel de aquella mujer y le parecía que los transeúntes
notaban que había hecho dos veces el amor.
Ella, acodada en la ventana, cerca del canario, vio cuando volvía con los
paquetes. Cuando llegó al piso ella le esperaba en la puerta.
—Eres muy gentil.
—¿Cómo te llamas?
—Luisa. Pero en casa de mademoiselle Georgette me dicen Lulú.
—¿Te puedo llamar yo también Luisa?
—¿Lo prefieres? Bien. Parece que eso es romántico. Hay una ópera que se
llama así.
—Mi nombre es Luis.
—Luis ¿qué?
—Cuchas.
—¿Es apellido extranjero?
—No lo creo. Es el de mi abuela y de mi madre, nacidas las dos en París,
como yo, calle Mouffetard.
—Descorcha la botella. Hay un sacacorchos en el aparador.
Pasaron al comedor. El cielo estaba muy suave y refulgía por encima de los
tejados del Palais Royal.
Ella llenó los vasos. Le dio uno a él y otro lo bebió ella, mirándole a los ojos.
Luis no quería beber mucho. El alcohol se le subía pronto a la cabeza.
—¿Puedo volver?
—Se diría que te ha gustado mucho.
—¡Sí! Yo…
No encontraba la palabra justa. Se sentía turbado e inmerso en un
sentimiento que jamás había conocido, sino ante su madre y su hermana, cuando
era mucho más joven. Deseaba que aquella mujer tuviera lo mejor del mundo.
Ella volvió a llenar los vasos:
—A tu salud.
El gusto de aquel vino no le desagradaba, ni tampoco el calor que le subía
del pecho a la cabeza. Sus ojos brillaban.
—Usted sabe…
—Antes me decías de tú.
—Tú sabes, Luisa…
Le resultaba muy difícil darle las gracias como ella merecía y la importancia
que había tenido para él lo que acababa de ocurrir, el maravilloso regalo que ella
le había hecho, cuya emoción le duraría toda la vida. Estaba seguro. Ella no
podía ni siquiera adivinarlo. Hubiera querido decirle que la calle Nôtre Dame de
Lorette no le atraía, que ella era…
Y se perdía balbuciente, teniendo que hacer esfuerzos para que las lágrimas
no le saltasen.
—Eres un buen chico, Luis. Estás lleno de caballerosidad. A mí también me
gustaría volverte a ver, pero no vengas a la misma hora de hoy, porque lo de este
día ha sido pura casualidad, ya que tenía que ver a uno, en vista de que esta tarde
no trabajo.
—¿Quién? —se atrevió a decir.
—¡Oh, no! Celoso no. Te extrañaría que te dijera que se trata de un tío mío
que viene de vez en cuando a París y me invita a comer. Es viñador, como lo era
mi padre, que murió en agosto de 1914. De los primeros que cayeron.
—Como mi cuñado.
—Estaba en dragones.
—Mi cuñado también.
—Yo trabajo hasta las siete de la tarde y como en un restaurante de la plaza
Saint Georges. Aquí no suelo venir hasta las diez.
—¿Y por la mañana?
—Duermo hasta tarde, me aseo y voy a la compra.
—Yo empiezo a trabajar a las diez de la noche.
—¿Todas?
—Menos el domingo.
—Yo el domingo voy al campo con unas amigas.
—¿Entonces…?
—Ven y llama de cuando en cuando, hacia las diez de la mañana. Pero ¿no es
ésta la hora en que tú duermes?
—No. Lo hago después de comer.
—Bueno. Todo será que estaré desaliñada y con la cara reluciente, porque
me encontrarás en la cama. Y ahora terminemos la botella, ¿no te parece?
Luis bebió otro vaso y la mitad de otro más. Cuando ella salió a despedirle,
Luis estaba resplandeciente:
—Ha sido un día, que… un día… ¿No me encuentras ridículo?
—No. Pero ya es hora de que vayas a comer con tu madre.
Él no recordaba haberle dicho esto. Insistió ella:
—Anda. Vete ahora.
Y se quedó mirándole muy pensativa mientras Luis bajaba la escalera.
* * *

Sólo vio a Luisa dos veces más. Siempre le llevó una botella de Oporto y
pasteles. Por la mañana cuando salía de les Halles tenía demasiado sueño y caía
rendido en la cama sin tomarse siquiera la molestia de correr la cortina. Otras
veces su ansia de trabajar en alguna tela le hacía precipitarse a la calle
Mouffetard.
La última vez que subió a ver a Luisa no se sentía en forma. Fue por mera
cortesía. Tocó el timbre y oyó pasos. A poco se entreabrió la puerta y vislumbró
un hombre que se había puesto apresuradamente la bata azul de Luisa.
—¿Qué hay?
—Nada —respondió sin insistir.
Varios meses después pintó una tela que tituló: «Retrato de Luisa». No se
veía persona alguna. Solamente una jaula y un canario dentro colgado en la
ventana que daba a la calle Palais Royal, bajo un brillante cielo azul. El más
límpido y suave que había podido lograr hasta entonces.
En octubre, un mes antes del armisticio, esperaba febrilmente a su madre a la
hora de comer. Sentía remordimiento por lo que iba a decirle; como si hubiera de
ser un verdugo. Estaba dispuesto a hacer concesiones, sin embargo.
—Tengo que darte una noticia.
—¿Te casas?
Pensaba en que después de que él saliese, el piso estaría vacío, en contraste
con aquel tiempo pasado en que Gabriela tenía que ingeniárselas para hallar un
puesto vacío.
—No. No me caso ni creo que me casaré nunca. Es que he encontrado un
taller. Escúchame bien. Esto no significa que yo vaya a dejarte. ¿Qué es lo que
pasa ahora? Solamente nos encontramos a la hora de comer. Tú trabajas a otras
horas que yo. El taller sólo será mi lugar de trabajo, como lo fue para Vladimiro
el taller de M. Brillanceau. No veías a Vladimiro y a los gemelos más veces que
me ves a mí.
—¿Y dónde dormirás?
Luis se ruborizó.
—¿Dónde es?
—No lejos de aquí. En la calle l’Abbé de l’Epée.
—¿Es caro?
—Treinta francos por mes. Y hay retrete y lavabo.
—¿Firmaste ya el contrato?
—Lo haré mañana, si me lo permites.
Gabriela tuvo una explosión de risa:
—¿Y si no lo permitiera? Descuida, pulguita, que sí que te lo permito. Ya te
han nacido las plumas y los espolones, sin casi yo darme cuenta que tienes
veinte años. ¡Y tú te ruborizas por tener que decirme lo que me dices!
—Compréndelo. Es por mi pintura.
—Sí, hombre, sí. Por tu pintura o por cualquier otra cosa.
No lloraba ni parecía triste.
—¿Cuándo te vas?
—Mañana me llevaré mis cosas.
—¿En mi carrito?
—Cuando ya no lo necesites. Dormiré aquí mañana y pasado mañana.
Luis pensaba en la habitación donde ya sólo quedaría la cama de su madre,
probablemente en el medio. Estaría muy vacía la casa.
Él no se daba cuenta bien de la suerte que había tenido. Un mes más tarde,
cuando volviese la gente desmovilizada, los pintores de Montparnasse buscarían
sitios y subirían los precios de los alquileres como la espuma.
Tenía el taller en un patio de una vieja casa, más bien antigua que vieja,
porque era sólida. Antes había sido un hotel particular y tenía de existencia dos
siglos. Los muros de piedra le daban gran solidez. Había un patio con un tilo en
el centro y sólo tenía viviendas en la parte de la fachada, casi todas ocupadas por
burgueses, funcionarios y un dentista que había estado prisionero en Alemania,
casado y con un hijo de tres años, el cual estaba gran parte del día jugando en el
patio. En el fondo de este patio había una edificación baja que parecía haber sido
construida para cuadra en otros tiempos. Actualmente estaba habilitada para un
taller de ebanista donde se restauraron muebles y objetos antiguos durante
cincuenta años.
—El dueño ha muerto hace poco. Justamente un mes. Yo llevo en la casa
diez años y él trabajaba ya aquí hacía cincuenta. Se dice que estuvo casado y
enviudó, no habiéndose visto después ninguna otra mujer en la casa. Se lo
arreglaba él solo todo.
La portera continuaba hablando mientras le mostraba la habitación:
—Si hubiera usted visto todo eso lleno de muebles de mérito se daría cuenta
de por qué yo lo encuentro tan vacío y desolado ahora. Un sobrino que tenía en
provincias y su único heredero, ni siquiera se tomó la molestia de venir al
entierro. Dio orden de venderlo todo en subasta, incluso una bella estufa como
yo no he visto otra igual en mi vida, con adornos de cobre y que el viejo usaba
para hacer la cola. Él mismo se construyó aquel tabique para formar esa pequeña
y linda habitación. Detrás verá el retrete, que también se construyó él mismo, sin
ayuda de nadie. Créame que puede usted estar tranquilo. Si de algo vale, yo no
querría que usted fuese de esos pintores que convidan a sus amigos a pasar las
noches de juerga con las modelos y arman un barullo que suele durar hasta la
madrugada.
—Si lo vieras, mamá. Hasta tiene electricidad.
En sus más optimistas sueños no creyó tener tanta suerte.
Al siguiente día, con la faz radiante, metió en la carretilla de su madre todo
el ajuar, que verdaderamente no pesaba mucho. Otro día después desmontó la
cama y procuró que la de su madre quedase en el centro de la habitación.
La locuaz portera le había dado una idea. Durante varios días anduvo
merodeando por las salas del Hotel Drouot, donde se vendían los cuadros de los
maestros, o muebles antiguos procedentes de subastas. Adquirió una estufa
cilíndrica que parecía escapada de cualquier estación ferroviaria de provincias,
una butaca en buen uso y alguna otra pequeñez.
Cumplía siempre la promesa de ir a comer con su madre.
—Quiero que me cobres mi parte de comida.
—Pero, Luis mío, ¡tú eres tonto! Comprendo por qué te llaman «Santito».
¿Te he cobrado acaso la leche de mis pechos?
—Es diferente. Si tú tuvieras que seguir alimentando a todos tus hijos…
Se hubiera mordido la lengua cuando dijo «todos», porque de cinco sólo
quedaban tres. De Guy nada se sabía, Vladimiro venía pocas veces a ver a su
madre, unos escasos minutos, mientras su amiga le esperaba en la calle, y Alicia
había escrito que, pensándolo bien, había decidido no volver a París. Había
vendido los muebles al subarrendatario y posiblemente volvería a casarse. Ni
siquiera enviaba fotografías de su hijo. Se contentaba con decir que marchaba
bien.
—¿Quieres venir el domingo, mamá? Aún faltan algunos muebles. No he
comprado más que la vajilla indispensable, la cocina es muy pequeña, con una
buena alacena, y tengo un hornillo de gas.
Gabriela fue el sábado siguiente. Se vistió de fiesta y cuando entró
olisqueaba la madera verde y el humo invisible del barniz del pintor.
—Está bien esto —pero lo dijo más por halagar a Luis que porque realmente
lo sintiera así.
—¿Has visto mi tilo?
Porque Luis había incorporado aquel árbol a su manera de vivir, porque tal
vez él también viviera cincuenta años o más contemplándolo, como el ebanista
anticuario.
—Ahora parece demasiado grande, pero cuando verdaderamente yo sea un
pintor, aún tendré necesidad de más espacio.
—¿Por qué no cuelgas en la pared lo que haces?
La mayor parte de las telas estaban en crudo, sin preparar, y las guardaba
alineadas en la pared para después prepararlas para sus pinturas.
—Más tarde. Lo que hago todavía no vale nada. Si volviese a ver lo que
hago después de unos días, seguramente que rasgaría las telas y tal vez decidiese
no pintar nunca más.
Gabriela volvió raras veces. Allí no se encontraba como en su casa. Menos
aún que si Luis viviese con otra mujer.
—El sábado tendré una visita importante. Es un gran conocedor de la
pintura. Me vende los colores, me da consejos, y como es amigo de muchos
pintores, espera poder instalarse algún día por su cuenta como marchante.
No se daba cuenta de que hablando así, siempre dulcemente y sonriendo, a
pesar de su interior exaltación, se iba alejando de su madre más aún que Alicia y
Vladimiro. Gabriela sí que se daba.
Luis vivía a cinco minutos de la calle Mouffetard. En su nueva calle había
tiendas semejantes. El boulevard Saint Michel, donde ponía su madre el carrito,
estaba casi a dos pasos, unas cuantas calles más lejos. Justamente frente a los
árboles, los bancos y las sillas del Luxemburgo.
—No son más que las nueve, mamá. Tengo tiempo de acompañarte.
—¿Para qué obligarte a dar ese rodeo?
Luis comprendía. Se sentía ya desplazado. Esto ocurría un domingo por la
tarde, con las tiendas cerradas y las gentes asomadas a las ventanas. No era la
misma imagen que guardaba en su memoria. Parecía como si se la hubiesen
robado, cuando le era más necesaria. Había prometido a su madre ir a comer con
ella todos los días, pero en el fondo de su espíritu se preguntaba si sería capaz de
dejar de cumplir su palabra.
Los acontecimientos se precipitaron a partir de la visita de M. Suard. Éste
manifestó extrañeza de no ver cuadros de Luis en las paredes.
—¿Puedo verlos?
Luis sacó la primera tela que le vino a la mano, y era la del pequeño tren de
Arpajón. El primer movimiento de M. Suard fue de sorpresa. Ni agradable ni
desagradable. Estuvo mirándola varios minutos y sus ojos iban de la tela a Luis y
de Luis a la tela, como si quisiera confrontarlos.
—En suma… bueno, no. Iba a decir una tontería. Trataré de centrarme.
Supongo que usted no ha querido plasmar aquí la realidad…
Algo turbado, respondió Luis:
—¿Por qué?
—Es una impresión de Les Halles lo que usted ha querido pintar. ¿Es así?
—No he intentado pintar Les Halles. ¿Por qué lo dice?
—Por el pequeño tren, por el pabellón de la izquierda, por el cuarto de buey,
por las lombardas del primer plano.
—Pues no; no es eso.
—Entonces, ¿qué ha querido pintar?
—No lo sé. Comencé por el tren y por eso intenté llamarle desde el primer
momento «El pequeño tren de Arpajón». Pero por otra parte pudiera también ser
algo de los Campos Elíseos.
—Ya. En cierto modo cada cosa pintada es una cosa real.
—Todo es real.
—¿Usted ha visto telas de Odilon?
—No.
—Él también cree que pinta la realidad y de alguna manera eso es verdad.
¿Sueña usted mucho?
—Cuando duermo, no.
—Pero ¿sueña?
—No sé… Camino. Me siento en un banco. Miro…
—¿Pensando qué?
—Nada.
Seguramente M. Suard le iba a contestar como aquel profesor de la escuela
que tenía la cara fofa, que es imposible no pensar en nada.
—¿Y esta tela? ¿Cómo la llama?
—Debo decirle que los títulos los escojo para mí, de la misma manera que se
da nombre a un niño, un apodo más tarde, un diminutivo acaso, o algo que luego
cambia. Esta pequeña tela es en mi mente un retrato de Luisa.
—¿Está enamorado?
—Lo estoy más ahora que lo estuve antes.
—¿Ha jugado un importante papel en su vida?
—Pudiera ser. Así lo creo al menos. Lo que no llego a obtener es la chispa
que yo busco, el espacio trémulo que hay entre los objetos.
—Comprendo. Monet pasó toda su vida buscando eso.
Quedó desalentado. Hubiese querido ser él quien primero tuviese esa
ambición.
—Sólo que Monet esperaba llegar al resultado utilizando la luz. Los objetos
no tenían para él importancia.
—Mis lombardas, el buey, el pequeño tren, sí que tienen importancia.
Monsieur Suard soñaba a su vez.
—Es usted un curioso tipo de hombre. Debería decir de joven, porque me
parece que tiene poco más o menos veinte años, ¿no?
—Los tendré en diciembre.
—¿Le fatiga su trabajo en Les Halles?
—Me ocupa tiempo y me obliga a dormir buena parte del día.
—Y esta tela más grande que las otras, ¿qué es?
—Una tela fallida. Más bien un esbozo. Tenía la intención de ampliarla al
fresco. Cuando tenga dinero lo haré.
Volvió la tela para enseñarla a M. Suard. Éste quedó aún más sorprendido
que con la anterior pintura.
—No me diga el título porque lo adivino. Es «La Guerra», ¿verdad?
—Yo dudaba en ponerle «La Guerra» o «El Desfile». También es posible que
la recomience algún día. Los soldados seguirán desnudos, con el casco o con un
quepis. Yo prefiero el quepis por el color.
—¿Y qué pondrá en lugar de la mujer?
Monsieur Suard adivinó también lo que quería significar el monstruoso sexo
femenino. Pero ¿adivinaba el porqué?
—No lo sé aún. Pudiera eso ser el Arco de Triunfo.
—¿Necesita éste para empezar el otro?
—No. Trabajaré sin necesidad de mirarlo siquiera, porque lo llevo en el
corazón.
—Escúcheme, Luis. ¿Permite que le llame así?
Algunos meses más tarde ya le tuteaba, pero sin conseguir que Luis hiciese
lo mismo. Durante muchos años continuó nombrándolo respetuosamente
monsieur Suard.
—Estoy encantado de que se lo lleve. Me place mucho.
—Yo querría comprarle desde ahora la tela de la que usted parece renegar y
de la que acaso renegará usted algún día más, pero a la que yo le doy mucha
importancia.
—¿Por qué?
—Usted es un artista y no tiene necesidad de comprender. Quizá le vale más
no comprender demasiado. Los expresionistas alemanes han trabajado con ese
mismo criterio artístico, pero son demasiado intelectuales. Saben dónde van y se
esfuerzan siempre en remarcarlo demasiado. Al poner en marcha los soldados,
¿usted sabía que iban rectos hacia un sexo monumental?
—No.
—Pues, entonces, ¿adónde van, según usted?
—No lo sé. En el Consejo de Revisión todos estábamos desnudos. Yo he
agregado el fusil y el quepis y en lugar de ponerlos a desfilar delante del mayor
los he colocado en línea.
—¡Pero esta mujer aquí…! Usted no me responde. Yo no soy rico. Conozco
pintores que aún no exponen en galerías. Les compro una tela de cuando en
cuando. Aquí, entre nosotros, le juro que me he privado de muchas cosas, a
veces, para adquirir una tela que me guste. Ahora le ofrezco por la suya cien
francos; cincuenta que le doy ahora y cincuenta que le daré a fin de mes. Si al
vender su tela obtengo más precio, no sé cuándo, me comprometo a entregarle el
resto de lo que valga.
—Ahora es mucho. Yo se la regalo.
—Yo sé lo que hago. Ahí van los cincuenta francos. Estaba seguro cuando
vine de que habría de comprarle cualquier cosa, pero nunca una obra semejante.
—¿Por qué?
—El pequeño tren de Arpajon tendrá más éxito; no enseguida, pero lo tendrá.
Usted no es un impresionista, ni un cubista, ni un «fauve», ni un pintor de
domingos. Si como se lo deseo, sigue usted siendo fiel a sí mismo, será muy
difícil clasificarlo. Yo no le comprendo mucho, pero en usted hay algo.
—Pues no llego a poner en las telas todo lo que yo quisiera. Creo que no lo
conseguiré jamás.
—¿Tiene un trozo de papel? Llueve y quisiera envolver la tela.
Poco tiempo después dormía Luis como de costumbre en pleno día. Había
comprado unas cortinas oscuras y así descansaba mejor, con las ventanas
tapadas. Llamaron con estrépito a la puerta:
—¡Monsieur Cuchas, monsieur Cuchas! ¡Levántese!
Era la voz de la portera, que gritaba:
—¡La guerra ha terminado!
Le dio las gracias sin abrir la puerta, porque estaba en mangas de camisa y
calzoncillos. Un rumor de cantos se acercaba gradualmente. Provenía del
boulevard de Saint Michel. Se incorporó unos momentos, titubeó y se volvió a
echar.
Por la tarde se tomó la molestia de ir a Les Halles. En la calle había parejas
que bailaban alegremente. En el almacén de la rue Coquillière no había regocijo.
Monsieur Samuel no decía palabra. Acababa de saber que su hijo había muerto
de gripe en el Hospital Militar de Amiens.
Monsieur Samuel murió poco más tarde, en pleno trabajo, en pleno bullicio,
en plena turbamulta. Cayó de un ataque de apoplejía. Antiguos empleados,
desmovilizados, ocuparon sus puestos. El negocio fue traspasado a dos socios
que no conocían bien el oficio y empezaron por prohibir el acceso a la nave de
las pequeñas carretillas y de las vendedoras callejeras, porque decían que
estorbaban y dejaban poco rendimiento.
Los comerciantes de la calle Mouffetard se dispersaron, dejando los asuntos
a otro administrador, y fueron situándose en otros lugares de negocio, lejos del
mercado.
Gabriela fue una de tantas que se alejaron. Luis la veía muy poco. De la
garita acristalada pasó a la pizarra. Llegó a fatigarse demasiado y hasta llegaba a
embrollarse con las cifras que tenía que poner. Uno de los socios, que había
ganado mucho dinero traficando con metales durante la guerra, tenía una forma
de tratar grosera y antipática. Se llamaba M. Smelke y era difícil averiguar de
qué país procedía.
M. Suard, que había dado los otros cincuenta francos a Luis, se había llevado
la tela del pequeño tren de Arpajon para que la vieran unos clientes suyos a los
que parecía interesar. Comenzaba a tener una buena clientela de gentes
conocedoras de la pintura y empleaban el poco dinero de que podían disponer
para ir haciéndose una colección a su gusto. Eran abogados, médicos,
funcionarios y comerciantes que pagaban todo lo que podían pagar.
—Siento decírtelo, Luis, pero hay uno que sólo puede darme veinticinco
francos.
—Es mucho, ¿no?
—Yo en tu lugar no aceptaría.
—¿Y si eso me permite dejar el trabajo de Les Halles?
—Ah, entonces es diferente.
Tocó el turno de salida al pequeño tren de Arpajon. No mucho tiempo
después se hallaba la reproducción de este cuadro en la mayor parte de las
librerías de Francia y del extranjero, incluso de África. Ochenta francos era el
precio de cada reproducción.
CAPÍTULO IV

¿
C uánto tiempo fue a comer con su madre todos los días? La respuesta que
él se hacía daba una época más o menos aproximada, porque el tiempo,
a sus cuarenta años, ya empezaba a parecerle más lejano que lo fue cuando tuvo
sesenta. Los acontecimientos los situaba de tal a tal época y el orden cronológico
que se establecía variaba bastante.
Su madre, que aún vivía después de la guerra de 1940, le hacía algunos
reproches que Luis no podía discernir enteramente.
—Si tú te hubieses quedado conmigo, si tú hubieses continuado viniendo a
verme, yo no estaría ahora aquí con este loco. Yo hubiese continuado, como mi
madre, en la calle de Mouffetard.
En 1945 Gabriela residía en un coqueto pabellón en Joinville, al borde del
Marne.
—León está cada día más imposible. Figúrate que a su edad y a la mía se ha
puesto celoso, y cuando se va a pescar se pone precisamente enfrente de la casa
para vigilarme.
Gabriela había ya pasado de los setenta años, y ese León que ella nombraba
era su segundo marido, que pasaba de los setenta y ocho, aunque no lo parecía,
porque se le veía siempre erguido, con anchas espaldas fornidas, igual que la
primera vez que lo vio Luis, hacía ya muchos años. Sólo que los cabellos ya eran
completamente blancos.
Luis creía estar seguro de que él había ido con regularidad a comer a casa de
su madre, y desde que tuvo más dinero llevaba manjares selectos que compraba
condimentados y sólo tenían que calentarse. Y vinos de marca.
Gabriela recibió una carta de Guy, por fin, fechada en 1920. Aún no había
conocido a León. Gabriela la sacó de su bolso y se la dio a leer a Luis. El sobre
llevaba matasellos de la República del Ecuador.
—Es curioso, Luis. Está firmada por él, pero escrita por otra mano. Lee.
«Mi querida mamá:

»Supongo que durante la guerra y después de terminada,


habrá llegado un tiempo en que ya no se abren las cartas por la
censura. Así podré escribirte sin complicaciones. Tú extrañarás
esta carta, que yo espero te encuentre con buena salud. Perdona
que no te escriba yo mismo. Ya sabes que no ando fuerte en
ortografía, porque apenas fui a la escuela.
»No tengo noticias de Oliver, ni de nadie. Ignoro si Oliver se
ha casado con su pequeña beduina y si sigue viviendo en Orán.
Cuando nos separamos, él hablaba de enrolarse en la Legión
Extranjera, cuyos batallones están en África. Deseo que no haya
cometido semejante estupidez.
»Puedes encontrar el sitio donde yo estoy en cualquier mapa
de la América del Sur, casi enfrente de la Isla de los Galápagos.
¿Te acuerdas que muchas veces hablábamos Oliver y yo de ir a
la Isla de los Galápagos? ¿Y que tú no creías que hubiesen
tortugas gigantes que contaban centenares de años? Grandes,
muy grandes, tanto que las personas pueden montarlas
cómodamente.
»Pues bien: existen. La idea de visitar y vivir en una isla
semejante fue la que nos llevó a Oliver y a mí a salir de
Francia. Desgraciadamente, el barco en que nos metimos de
polizones hizo escala en Argelia, donde nos descubrieron.
Entonces pensábamos ganar dinero para poder continuar hasta
Dakar.
»Trabajamos en diferentes oficios. Oliver encontró a una
bella muchacha que pedía limosna por las calles. Reconozco
que para ser beduina era muy bella. Por lo general son muy
orgullosas y viven en las montañas. Yo me he preguntado
siempre cómo es que fue ella a Orán y por qué pedía limosna.
Tenía entonces miseria y los ojos llenos de moscas.
»Oliver no quiso seguirme. Disputamos y me fui yo solo,
llegando un buen día a Panamá, que es un extraño país. Allí me
enrolé en un barco que hacía la ruta del Pacífico.
»No te doy detalles porque harían demasiado larga esta
carta, tantas fueron las aventuras y las dificultades que yo he
tenido. La pobre Dorothy, que es quien escribe esta carta que yo
le dicto, no acabaría nunca de hacerlo. Ella sí que tiene cultura.
Es una inglesa nacida en Quito, capital del Ecuador, donde su
padre es cónsul. La hizo estudiar allí, después en Panamá, en un
colegio americano, y posteriormente en Inglaterra, donde ha
cursado Ciencias Naturales.
»Me suplica que no hable tanto de ella cuando le dicto estas
palabras. Ha trabajado mucho tiempo en un museo. Y ha venido
aquí, donde vivimos, como si fuese a una misión.
»Yo siempre ambicionaba ir a la isla de los Galápagos, y no
lo hice antes porque no pude alquilar un barco para que me
llevase. No tenía suficiente dinero.
»He trabajado de botones de ascensor en un hotel de ocho
pisos. Me fui desenvolviendo hasta que la encontré, y hace ocho
años que Dorothy y yo estamos casados. Lo hicimos ante un
pastor inglés, de manera que me he vuelto protestante. Pero ni
Dorothy ni yo damos mucha importancia a este cambio. Lo que
no comprendo aún es cómo ella ha podido enamorarse de un
zoquete como yo, que apenas si sé escribir.
»Ahora vivimos en un bungalow, o sea una casita campestre,
muy confortable, en la que nada falta, y a treinta kilómetros de
la ciudad. Como la carretera no sigue adelante mucho más allá
de donde estamos, puede decirse que vivimos en plena selva.
»Hace más calor que en África. Las plantas crecen a una
velocidad fantástica. Te quedarías sorprendida de ver cómo nos
ganamos la vida. Cazamos mariposas, pájaros, moscas, aves del
paraíso y otros animalitos, que enviamos a Nueva York, donde
nos los pagan muy bien.
»Hay aquí una especie de lagartos y pájaros raros, que
cogemos vivos con trampas y que los parques zoológicos de
todo el mundo nos disputan. Dorothy se ocupa de la
correspondencia y me acompaña a la selva, donde hay que
caminar con mucha prudencia, tanto a causa de las fieras como
de las picaduras de los insectos.
»Nos damos la gran vida. Tres mestizos se ocupan del
bungalow y de hacernos la comida. Yo hablo español, inglés, y
francés, naturalmente, pero éste lo voy perdiendo. Lo que siento
es que nunca podré ir a Francia a verte, porque me prenderían
como desertor.
»Cuando estalló la guerra, yo dudé qué hacer. El cónsul me
hubiera pagado el viaje. Me recriminó mucho cuando supo que
no quería moverme. Durante años hizo como si no me
conociese. Ahora ya no piensa en eso. Me llama cabeza dura y
aun tenemos bastante amistad, al punto de que la pasada
semana estuvimos en su casa bebiendo un vaso de whisky.
»No tenemos hijos. Escríbeme noticias de todos.
Encontrarás la dirección al pie de esta carta. San José es el
nombre del pueblo que tenemos más próximo.
»Te abrazo tanto como te amo. Perdóname la fuga. No
habría podido hacer otra cosa.
»Tu hijo que te quiere mucho,
GUY».

A los setenta y cinco años ya pasados, aún guardaba Gabriela esta carta en la
misma caja de galletas donde estaba aquel dinero que cogieron los gemelos en su
primera fuga. La había llevado a Joinville como si fuera una reliquia.
El tropiezo con León se produjo allá por el año 1922. Luis no estaba muy
seguro de la fecha, aunque a veces creía que sí. Gabriela continuaba yendo a Les
Halles.
Un domingo que fue Luis a ver a su madre, porque a Gabriela no le
entusiasmaba mucho ir ella al taller de su hijo, en la habitación había un hombre
algo canoso, desarreglado y que parecía algo fanfarrón.
—No te vayas, Luis. No es lo que te piensas. Te presento a León Hamet,
contramaestre en una gran empresa del boulevard Voltaire dedicada a la
fundición de piezas de plomo. Es viudo desde hace diez años y tiene dos hijas
casadas, una de ellas con un médico.
Aquel hombre sólo llevaba pantalones, una camisa blanca, sin cuello, y los
pies, sin calcetines, dentro de sus gruesos zapatos.
Su madre tenía una risa inquietante:
—Figúrate que León se empeña en casarse conmigo. Dice que tiene
abundantes ganancias para que yo sólo me dedique a la casa y deje el carrito.
Le había llegado el turno a Gabriela de hacer traición a la casa de la calle
Mouffetard. Como todo el clan. Los hijos se habían marchado, sí, pero Luis se
había encariñado con la idea de que su madre jamás abandonaría la casa.
En los periódicos y en las biografías llegó a decirse que en un tiempo no
lejano Luis había pasado hambre, teniendo que buscar los desperdicios en los
cubos de basura. No era cierto. Le habían oído tal vez referir el suceso de aquella
pareja silenciosa que él vio cómo rebuscaba y comía de los desperdicios, y
seguramente habían confundido el hecho. O pudiera ser que lo hiciesen como
mejor publicidad. Pero Luis no daba a eso la menor importancia. Nunca había
sido glotón y muchas veces se alimentaba de un par de huevos duros y un trozo
de queso. Pero eso no era hambre. Muchísimos días era lo que aún seguía
comiendo, según le daba. Aunque verdad es que de modo intermitente. Como un
recuerdo o como una coquetería. Tal vez como un sacrificio.
Había la tendencia a incluirlo entre los pintores de Montparnasse que
después de la guerra habían invadido el «arrondissement». XVI y a los que se
veía charlando en la Rotonde, en el Dôme o en la Coupole.
En estas tertulias no había solamente pintores y escultores de ambos sexos,
con vestidos extravagantes, sino escritores, poetas, críticos, a los que no tardaron
en admirar los turistas como una nota de tipismo.
Ciertamente, Luis pasaba a veces un buen rato tomando café en un rincón de
la Rotonde, pero sin dirigir la palabra a nadie. Había conocido a pintores
célebres que no tardaban en verse rodeados de una corte de muchachos «snobs»
que llevaban coches estridentes y papanatas seguidores.
Luis nunca se mezcló en ningún grupo. Nadie en Montparnasse conocía su
nombre. Si acaso lo miraban como a un hombrecillo raro, delgado, desgreñado,
que sólo se destacaba por una perenne sonrisa llena de expresiva serenidad.
Monsieur Suard había dejado la papelería y se había establecido por su
cuenta en la calle de Richelieu. ¿Muy tarde? ¿Muy pronto? Tal vez tarde, porque
en 1923 se veían muchas galerías de pintura en Montparnasse. Tantas como
cabarets, sin contar con las lujosas del Fauborg de Saint Honoré. Tal vez
pronto…
El dinero había cambiado de valor. Antes se contaba por céntimos o «sous».
Ahora se contaba por centenares o millares de francos. Pintores de los que no se
hablaba hacía lo menos diez años, vendían sus telas a precios más altos que las
de un maestro del Renacimiento.
Sí, tal vez pronto, porque aún no se había empezado a distinguir, como se
hizo más tarde, entre lo que quedaría o terminaría en el mercado de las pulgas.
La rue de la Seine, en que últimamente estaba, no se hallaba mal situada,
pero sí su tienda, encerrada entre una carnicería con estantes de mármol
cubiertos también de volatería y el escaparate pintado de verde claro, junto a una
tienda de legumbres, modesta, pero cuyas cestas y cajas desbordaban hasta llenar
la acera. Por lo tanto los transeúntes, si no iban ex profeso, apenas se fijaban en
la estrecha tienda del marchante, que, por otro lado, exponía casi siempre telas
de firmas desconocidas. A este período es al que se hacía alusión en la Prensa a
la miseria que había pasado Cuchas.
La verdad es que hasta 1927 y 1928 tuvieron altibajos. Para contrarrestar la
situación, M. Suard vendía, además de los cuadros que podía, parte de sus
muebles, para resistir la crisis. Incluso se cambió a un apartamento más sencillo
de la Puerta de Orleáns.
Cuando entonces veía entrar a Luis con una tela bajo el brazo, se dividía
entre su entusiasmo y su desesperación, por no tener con qué pagarle.
—¿Estás al fin de tu rollo?
Luis, sonriendo, bajaba la cabeza.
—Un conocedor tiene que venir el lunes. Estoy seguro de que lo hará. Ha
quedado prendado por una de tus telas: «Las Cestas», pero yo no he querido
dársela. Daba un pedazo de pan. Es ahora cuando se debe cimentar tu reputación,
y si yo vendiese lo tuyo a precios bajos, nadie te tomará en serio.
La «olla» estaba llena o vacía según eran los meses o las semanas. Se trataba
de una gran olla de terracota que habría servido Dios sabe a quién, pero a la que
había logrado el alfarero poner un color rojo metálico que había seducido a Luis.
La había adquirido en la feria de Saint Ouen, adonde iba los domingos muchas
veces, La tenía colocada en una pequeña repisa, porque el taller estaba repleto de
telas y caballetes y de varios objetos que a casi nadie interesaban, salvo a él,
como un vulgar pisapapeles de cristal, de esos que volviéndolo simulan la nieve
que cae en un paisaje de invierno. A esto llamaba Luis «su tesoro».
La olla roja reemplazaba, en la calle de l’Abbé de l’Epée, a la caja de galletas
de la calle Mouffetard. Cuando Luis tenía dinero, lo metía allí, fuera moneda o
fueran billetes.
—Mira si aún queda dinero para comprar salchichón —solía decir sin dejar
de pintar.
Con frecuencia había allí una mujer. Se había construido un diván estrecho,
para él solo, porque detestaba dormir acompañado.
No tenía un «no» para nadie. Cada mujer que se le acercaba comprendía su
aceptación por su suave inclinación de cabeza y la sonrisa de indulgencia. Una le
dijo:
—Me parece que tú eres un gran pintor.
Llevaba siempre el mismo traje, hasta que se hacía inservible. Y de pana,
como vio en su infancia que lo llevaban los trabajadores del campo. Y no lo
hacía por parecer así más artista. Es que siempre le gustó esa tela. Por lo demás,
no le preocupaba en absoluto tener un guardarropa. Incluso solía aguantar una
camisa quince días puesta. Alguien le dijo:
—Debes vigilar lo que te pueden quitar las mujeres.
Le era indiferente. Las dejaba hacer. Como a los tres gatos que, sin saber él
cómo, aparecieron un día en el taller y allí campaban por sus respetos. Aceptaba
a los gatos como en cierto modo aceptaba a las mujeres.
No le disgustaba ver pasear por la habitación un cuerpo de mujer desnudo.
Pero esto le trajo alguna complicación, porque, dando al patio el taller,
abundantemente acristalado, uno de los inquilinos denunció ese acontecimiento
y Luis se vio obligado a comprar unas cortinas burdas para evitarse discusiones.
Ni era pobre ni era rico. Pasaba el tiempo pintando, buscando siempre aquel
centelleo del espacio que era la obsesión artística de su vida.
Algunas de sus compañías femeninas solían quedarse dos días, o más. A
veces un mes. En una ocasión se metieron allí dos lesbianas. Una de ellas sueca.
No sabían dónde ponerse a dormir. Tenía cautivada a la sueca, que le comparaba
a un duendecillo de las leyendas de su país.
Hablando de esta sueca, un día M. Suard decidió descorazonar a Luis, tanto
como él lo estaba, por lo que creía dominio de la escandinava. A Luis le gustaba
porque le recordaba a M. Pliska, al cual había vuelto a ver varias veces en la
terraza del Dôme, en medio de un corro de gente que hablaba diversos idiomas.
La voz de la sueca era la más fuerte de las dos. Su voz era de tal potencia, que
incluso se alzaba sobre la algarabía de la calle. Se la podía oír bien de un
extremo a otro de la terraza del Dôme, como a monsieur Pliska.
—¿Tú pides mi nombre? Nada nombre. Sólo Pliska… ¡Pliska!… ¡Pliska!…
Entiéndelo bien…, y todos.
Estaba borracho, tanto que no había reconocido a Luis. Por eso se dirigió a
su auditorio:
—Pido un amigo… ¿conozco niño ése? Pliska gran escultor. Más gran
escultor del mundo. Ya haber visto Pareja… Mi pareja… ¡Hein! Cambiado
nombre. ¡Procreación! ¿Comprendéis?
Fue «Procreación» lo que dio gloria a Pliska e hizo lanzar fuera de la calle de
la Seine a la Galería Suard, que se trasladó a la calle Boetie. Llamó el grupo la
atención de un crítico norteamericano en viaje por Europa a cuenta de un
multimillonario yanqui y que compraba todo lo que hallaba de algún mérito,
para transportarlo al museo particular del potentado.
De ese modo fue como también salió una pequeña tela de Cuchas titulada
«La Boda» y que atravesó el Atlántico en el mismo barco que el monumento de
Pliska, «Procreación».
Cuchas era a los treinta años algo regordete, por lo que al llenarse sus
pómulos fueron un tanto borrados los finos trazos peculiares de su rostro.
Casi todos los días iba a comer a un restaurante cuya clientela principal eran
conductores de taxis. El mobiliario era sencillo, las sillas con asiento de paja y
en el respaldo el título: «Caves d’Anjou». Cuchas se sentaba siempre en el
mismo rincón. En medio de la sala le parecía que resultaba más vulnerable.
—¿Un vasito de blanco, M. Cuchas?
Un gato rubio le saltó a las rodillas. Cuchas lo acarició silenciosamente, casi
inconsciente. Bebía poco. Dos o tres vasos de vino blanco.
Caminaba por las calles sin rumbo fijo. A veces se paraba a contemplar cómo
unos albañiles hacían obra.
Monsieur Suard comenzaba ya a vender más caras sus telas y la olla estaba
casi todos los días llena.
—¿Es aquí donde guardas el dinero?
—Es bonito, ¿no? Yo jamás he podido obtener ese rojo.
—¿No te importa que puedan robarte?
Se encogió de hombros. Dinero o no dinero, era cosa que cambiaba poco su
estilo de vida. Se diría que muchas veces rodaba mentalmente alrededor de la
calle Mouffetard, como si fuera un círculo mágico. Había estado mucho tiempo
recluido en sí mismo y ahora dudaba si debería o no volver a hacerlo. ¿No había
escogido el restaurante «Caves d’Anjou» porque era la frontera de su antiguo
universo?
Vladimiro vivía entre Marsella y Lyon. Había pasado dos o tres veces por el
taller de Luis. Más irónico y agresivo que nunca. Y con cierta fijeza inquietante
en la mirada.
—¿Has visto a mamá?
—Sí. No me gusta el tipo que ha cazado.
—Están casados.
—Ya lo sé.
—Alicia también. Con un gran comerciante. Pretende hacernos creer que es
dichosa.
Alicia también había ido a verle. Sin su marido y sin sus hijos. Había tenido
dos más.
—¿Estás sola en París?
—Hemos venido los cinco al Salón del Automóvil.
Estaba más gorda. Su mirada expresaba ternura.
—Estamos construyendo una villa a cinco kilómetros de Nevers y allí
tendremos nuestra nueva casa. Mi marido compra todos los terrenos que puede.
Es la mejor inversión. Mañana iré a ver a mamá.
—¿Tienes su dirección?
—Me la ha escrito.
—Ha vuelto a casarse.
—Es chistoso ¿verdad? ¡A su edad! Yo estaría avergonzada.
Cuando salió su hermana pensaba continuar trabajando porque le quedaba
tarea para cinco o seis horas más. Pero se dejó caer en la cama.
Cuando después vio a Pliska éste le animaba. Cada día iba con una mujer
distinta, repitiendo invariablemente:
—Tú no hablar… No sabes… Tú sólo besar.
Pliska examinó las telas con las cejas fruncidas. Manifestaba una sorpresa
emotiva al ver sobre la mesa la caja de lápices de color que había regalado a
Luis.
—¿Tú guardas?…
Estaba casi intacta. Sólo la había usado para dibujar el árbol que había en el
patio de la escuela y para dos o tres croquis infantiles. Faltaba el azul metálico
porque Alicia lo había cogido una tarde en que se puso a calcar de una revista de
modas el patrón de la falda que le gustaba. También había pintado Luis el tilo del
patio de su taller. Lo titulaba «Señor Árbol».
—¿Por qué señor?
¿Qué podía responder Luis? Sonrió confuso:
—No lo sé.
Igual le ocurría con las lombardas. Había pintado muchas. Las gentes comen
los frutos del campo o de la huerta, sin ver otra cosa que la forma, una pera, una
lombarda, unas zanahorias…
—¿No encuentra decorativas las lombardas?
—No. No decorativas.
Los periodistas solían preguntarle:
—¿Es un recuerdo del tiempo en que usted trabajaba en les Halles?
—No lo sé.
Un día en que asistía en la Galería Suard al barnizaje de obras de otro pintor,
oyó una exclamación que brotó a su lado:
—¡Anda! El Santito.
Y tras ello una mano que se le tendía cordialmente. Luis trataba en vano de
recordar quién era aquella persona, a la que vagamente, sin embargo, reconocía.
—¿No te acuerdas? Randal. El que te pegó a causa de las bolitas de cristal.
¿Eres tú quien expone?
—No.
—Me han dicho que te has hecho pintor. ¿Te va bien?
—Trabajo.
—¿Vendes?
—Algunas veces.
—¿Está bien lo que expone este tipo? No le conozco. He recibido una
invitación del semanario en el que he metido algún dinero y me quiero orientar.
Alguien que les había oído se les acercó.
—¿Por qué le llama Santito?
—¿A Cuchas? Pues porque en la escuela comunal en la que hemos sido
compañeros, se dejaba achuchar o pegar por todos, sin que jamás se quejase al
maestro. Como tenía que ayudar a su madre a llevar el carrito de compra a les
Halles, pues ella era vendedora, se ve que no quería disgustarla. Porque eran
pobres. Si no recuerdo mal tenía dos hermanos gemelos que eran más malos que
la tiña.
Cuchas no contestó. Continuó sonriendo como lo hacía siempre. Como
también lo hacía en el colegio si recibía arañazos o puntapiés.
Aquello dio lugar a que en su periódico se contara la historia que un día, la
portera de su taller, en cierto modo entusiasmada, vendría a traerle para que la
leyera.
—Ahora comprendo por qué aguanta a los gatos y a las zorras que le quitan
lo que se les antoja.
La leyenda se extendió. En la Segunda Guerra, la del 1940, ya muchos le
llamaban el Santito, y hacían su biografía poniéndole una aureola.
A los cuarenta y dos años aún no había sentido la curiosidad de los viajes,
pero como en el 1940 los alemanes estaban cerca de París, comenzó con otras
gentes el éxodo hacia el Sur. Casi le empujó a ello uno de sus compradores que
le forzó a meterse en su coche, si bien éste no llegaba más que hasta Moulins
donde su cliente tenía familia y pensaba que allí no llegarían los alemanes.
Tuvo que continuar su fuga a pie, en camiones, o en auto-stop. Toda una
noche tuvo que pasar en el andén de una estación ferroviaria hasta que pasara un
tren que le llevara a Cannes, donde, por fin, pudo encontrar alojamiento.
La vista del mar le exaltó. Luego se vio obligado a continuar su huida hasta
Mougins primero y después a Monans-Sartoux, un verdadero poblacho, sin
villas, sin hoteles y a varios kilómetros de Grasse.
Pasó la guerra. Él no leía periódicos, indiferente como siempre a las noticias.
Igual que en la primera guerra. Había alquilado una casucha que le servía de
taller. M. Suard y su familia se habían instalado en Niza.
—¿Y qué? ¿Encuentras aquí la luz más brillante y los colores más puros?
—Al principio lo creí.
Durante años se había encarnizado en captar el estallido de la Naturaleza.
—¿No lo crees ahora?
—Aquí la luz lo come todo, sofoca todo. No queda casi más que una especie
de neblina vaporosa. Hubiera sido mejor que me quedara en París.
—Pronto estaremos allí. Ten. Te he traído un poco de mantequilla de la que
me han enviado unos amigos.
—¡Pronto!… ¡Pronto!…
La guerra aún duró tres años. M. Suard vendía tan caras las telas de Cuchas,
que éste no sabía que hacer con el dinero. Las gentes temían una devaluación de
la moneda y compraban todo lo que se les ponía por delante y tenía algún valor
futuro.
—¿Quieres que te guarde el dinero?
—Me es igual.
En su posada tenía, como siempre, un rincón preferido y desde su ventana
sorbía materialmente el olor del campo y se deleitaba con la lozanía del
ambiente. Había empezado a perder vigor físico y temía no volver a hallarlo.
Cuando regresó a París y a su taller, quedó gratamente sorprendido. Todo
estaba en su sitio.
Sus cabellos se iban tornando grises y al revolotear con el aire, cayendo
sobre su faz, hacía que pareciese más delgado y más delicadamente atractivo que
cuando era niño.
Había telas suyas en diferentes Museos. Por eso se encontraba rara su afición
por este refugio tosco y sencillo; como lo era su traje, de pana con coderas, como
siempre. Pero él se lamentaba en su interior de no haber podido encontrar
nuevamente aquella tela áspera y caliente de sus trajes de antes de la guerra.
Su abuela había muerto. Su madre y su segundo marido continuaban
ocupando su pabellón de Joinville. Nadie de la familia iba ya a la calle
Mouffetard. Cuando una vez se acercó Cuchas a aquellos lugares encontró ya
muy pocas caras conocidas. M. Stieb y los Doré habían muerto. Su antigua casa
aún existía, pero al lado habían construido un inmueble de seis pisos.
—¿Es usted M. Cuchas?
Eran dos agentes de policía que le mostraron sus carnets. Al contestar Luis
afirmativamente siguieron preguntando.
—¿El medio hermano del llamado José?
—¿Quieren decir Vladimiro?
—¿Conoce el sobrenombre?
—Le llamábamos así desde que nació.
—¿Por qué?
—No lo sé.
Esto ocurría en 1960. Ya tenía el pelo blanco y hubiérase dicho que estaba
descarnándose, para no ser otra cosa que el continente de una mirada limpia y
una dulce sonrisa. Dulce y turbadora a la vez.
—¿Desde cuándo no lo ha visto?
—La última vez fue en Cannes, durante la guerra.
—¿Qué hacía?
—No lo sé.
—¿No le preguntó dónde vivía?
—No.
—¿Gastaba mucho dinero?
—No lo sé.
—¿No observó usted si trataba con tipos sospechosos?
—Sólo le vi con una mujer. Lo encontré casualmente en un café.
—¿Nos permite registrar el taller?
Buscaron por todos los sitios, minuciosamente. Uno de ellos exclamó
desalentado:
—Tampoco aquí encontraremos nada, como sucedió en casa de su madre.
—¿Qué es lo que buscan?
—La droga. Joseph Heurteau, Vladimiro, es uno de los principales jefes del
tráfico de estupefacientes en Francia. Se le ha detenido por un asunto de
alcahuetería pero lo que buscamos es lo necesario para empaquetarlo bien.
Cuchas no supo nada más referente a Vladimiro. Pasó un año. Seguía
pintando y llegó a casi hacer vibrar los colores de sus telas, contorneándolos de
luz y aire. No enseguida. Y no a su gusto aún. Eso requería años.
Supo por su madre que Vladimiro había sido condenado a quince años de
trabajos forzados.
Todo el día pintaba. En la mayor parte de sus cuadros había rasgos de su
madre, de su hermana e incluso de la otra hermanita muerta. También solían
aparecer rasgos de los gemelos. Y la estufa, la bola amarilla, la vieja cortina
agujereada que separaba los jergones de la cama de Gabriela.
Estaba próximo a cumplir 70 años. Caminaba con paso menudo e inseguro,
como consciente de su fragilidad. Por las tardes gustaba de ir al cine del barrio y
mezclarse con la muchedumbre en la salida. Cuando se proyectaban cintas
retrospectivas, gustaba también de reconocer a los actores que eran célebres en
su juventud, incluso de cuando todavía no había visto él una película.
Había trabajado mucho. Siempre trabajaba. Creía que le faltaba todavía
mucho para aprehender el ideal artístico que llevaba en su alma. Le preguntaban:
—¿Cuál es su objetivo?
—No lo sé.
Era la frase habitual, casi monorrítmica, de su vida toda.
Monsieur Suard había muerto. Su hijo había heredado las Galerías y llamaba
siempre a Cuchas «maestro». Había mucha gente que también se lo decía.
Luis se acordaba frecuentemente de aquella tarde en que advirtió un ligero
velo de tristeza en el semblante siempre eufórico de su madre. Cuando uno de
los gemelos había muerto. Emilia también había muerto y no le hizo tanta
impresión.
Alicia se había hecho gruesa y dura. También había a veces en el rostro de su
hermana un cierto halo de tristeza.
Vladimiro no tenía ninguna probabilidad de salir de presidio. Quedaba
todavía un hermano, allá en el Ecuador, que no volvió a dar señales de vida.
Como Luis se aproximaba a los 75 años, y Guy tenía varios más, deducíase que
él habría ya pasado de los 80. ¿Seguiría viviendo y cazando aves del paraíso,
mariposas y lagartos?
También le invadía a Cuchas muchas veces un aire de tristeza. Pensaba en
los jergones, en la cunita de Emilia, en la calle Mouffetard, en el carrito con el
que marchaban con su madre a les Halles…
Él no estaba seguro y no lo estaría nunca, de que podría llegar a sus
ambiciones artísticas todas.
Continuaba marchando despacio por la vida y por la calle. Como continuaba
sonriendo siempre.
—¿Puedo preguntarle, maestro, qué imagen daría usted de sí mismo?
No tuvo que pensarlo muchos instantes. Su cara resplandeció y contestó con
gozo y rubor.
—La de un niño.

F I N
GEORGES SIMENON, nació en 1903 en Lieja, Bélgica, en una familia de
escasos medios. Estudia sólo hasta los 15 años porque tiene que buscarse la vida.
Tras vivir un año de toda suerte de trabajos, no siempre legales, entra, en 1919,
como reportero en La Gazette de Liège. En 1921, publica su primera novela, Le
Pont des Arches. Al año siguiente, parte hacia París, donde empieza a colaborar
en Le Matin. Tras diez años de intensa vida bohemia, durante la que escribe por
encargo más de mil novelitas populares, reportajes y artículos, consigue, en
1931, firmar su primer contrato con una editorial literaria y escribe la primera de
las 117 novelas que finalmente le llevarán a la fama. Curiosamente, ese mismo
año concibe al hoy célebre personaje del comisario Maigret que protagonizará
una serie de 76 novelas policíacas, clásicas ya del género.

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