Вы находитесь на странице: 1из 166

LOS CONCILIOS ECUMÉNICOS

GLOSAS AL MARGEN
© Los Concilios Ecuménicos - Glosas al margen Arcadio Sierra Díaz
Bogotá D. C., Colombia - 2001

Derechos reservados por el autor. ISBN: 978-958-46-3864-9

2
ARCADIO SIERRA DÍAZ

LOS CONCILIOS ECUMÉNICOS


GLOSAS AL MARGEN
2001 CONTENIDO

Capítulos Páginas Introducción ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... . 9i 1 - Nicea ... ... ...
... ... ... ... ... ... ... ... ... .. 13 2 - Constantinopla I ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... 25 3 -
Efeso ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... .. 35 4 - Calcedonia ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
... . 45 5 - Constantinopla II ... ... ... ... ... ... ... ... ... .. 55 6 - Constantinopla III ... ... ...
... ... ... ... ... ... .. 63 7 - Nicea II ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... . 73 8 -
Constantinopla IV ... ... ... ... ... ... ... ... ... .. 81 9 - Lateranense I ... ... ... ... ... ... ... ...
... ... .. 89 10 - Lateranense II ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... 97 11 - Lateranense III ... ...
... ... ... ... ... ... ... .. 103 12 - Lateranense IV ... ... ... ... ... ... ... ... ... .. 107 13 - Lyón
I ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... 117 14 - Lyón II ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... .. 121
15 - Vienne ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... .. 127 16 - Constanza ... ... ... ... ... ... ... ...
... ... .. 139 17 - Basilea-Ferrara y Florencia . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 153 18 -
Lateranense V ... ... ... ... ... ... ... ... ... .. 163 19 - Trento ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
... 167 20 - Vaticano I ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... 185 21 - Vaticano II ... ... ... ... ...
... ... ... ... ... .. 205 Epílogo ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... .. 227 Apéndice: Discurso
del obispo Strossmayer . . . . . . . . . . 233 Bibliografía ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ..
250

INTRODUCCIÓN

En materia religiosa, se suele dar el nombre de concilio a una reunión formal de obispos
o supervisores y otros altos dignatarios de diversas iglesias cristianas con el fin de tratar,
decidir y legislar sobre cuestiones relacionadas con la disciplina eclesiástica y dirimir
controversias doctrinales; aunque han sido muchos en los que se han debatido temas
políticos y de intereses seculares. Es ecuménico cuando participan los obispos de todo el
mundo habitado (oikumene), constituyendo así una asamblea con extensión y autoridad
mayor que las de cualquier dirigente eclesiástico particular; de manera que la máxima
autoridad de la Iglesia residía en los concilios ecuménicos, parlamento de todos los
obispos de la cristiandad. De acuerdo con la opinión de muchos teólogos, de las
organizaciones eclesiásticas históricas de la cristiandad después del Cisma de Oriente, no
se han dado más concilios auténticamente ecuménicos, y que el último es el Concilio de
Nicea II, en el año 787, pues los subsiguientes han sido convocados por el sistema
católico romano, y solamente Roma los tiene por ecum énicos, sin la asistencia de otras

3
ramas de la cristiandad; y además porque los concilios terminaron por convertirse en
dóciles instrumentos de la política papal romana. De manera que a partir del primer
concilio de Letrán, los concilios perdieron su ecumenicidad debido a que se convirtieron
en meros sínodos de obispos del sistema papal romano, en los cuales la norma absoluta
es la suprema autoridad del papa y su curia romana. Después de protocolizados los
cismas, no se puede hablar de concilios ecuménicos de toda la cristiandad, sino de una de
las instituciones, la cual se limita a defender sus propios intereses y puntos de vista.

Paradójicamente, los primeros ocho concilios, los tenidos por legítimos ecuménicos,
todos fueron convocados por el emperador, y una vez aprobados los temas deliberados y
convertidos en cánones, pasaban a ser decretos de ley imperial, de obligado
cumplimiento en todo el Imperio. En el curso del desarrollo de estas glosas, es
sumamente importante tener en cuenta a qué nos referimos cuando usamos la palabra
iglesia. Durante la convocatoria y desarrollo de los primeros concilios -Nicea,
Constantinopla, Éfeso, Calcedonia-, aún había una clara distinción entre la Iglesia
Universal de Cristo y las iglesias locales; y las iglesias se reunían en un plano de plena
igualdad. En ese tiempo lo católico tenía la connotación de “universal”, y para nada se
relacionaba con lo romano, pues el obispo de Roma no se había arrogado la supremacía
posterior. Con el tiempo la Iglesia del Señor fue sufriendo un proceso de
institucionalización al margen de la Biblia, y ya a partir del quinto concilio -
Constantinopla II- empieza a dar sus primeros pasos la diferenciación o distanciamiento
entre lo que pudiéramos llamar la Iglesia como institución y la Iglesia como Cuerpo de
Cristo. Una cosa es la Iglesia de Cristo, Su Cuerpo, y otra muy diferente son las
caparazones o instituciones de factura humana.

Es indudable que en los concilios se han definido controversias relacionadas con Dios
mismo, con la Trinidad, con Cristo, con el Espíritu Santo, con la salvación, pero también
han agravado las divisiones, y han contribuido a producir nuevas grietas. Con claras
excepciones, por lo general los concilios "ecuménicos" han sido escenario de amarguras,
recriminaciones y enemistades, por la práctica de enfrentamientos entre contrincantes
irreconciliables, que no han servido sino para profundizar las disensiones, las cuales
fueron motivadas muchas veces por los concilios mismos. Nicolás Berdiaev dijo que
«pocas cosas expresan más elocuentemente la mezquindad humana, la deslealtad y el
fraude como la historia de los concilios ecuménicos» (Citado por E. Caillet en
Christianity Today, 5-7-63. P. 9).

La historia se ha encargado de confirmar que muchos de los concilios ecuménicos, han


errado en puntos cruciales referentes a la Iglesia, pues se debe tener presente que la
normatividad emana de las Escrituras, que es a la que nos debemos remitir a fin de
examinar y probar todo lo que los concilios han deliberado. Ningún canon conciliar puede
anular lo que dice Dios en Su Palabra. Se dieran los hombres cuenta de ello o no, lo
cierto es que la constante a través de los siglos fue que los concilios iban demostrando su
incapacidad para purificar un corrupto sistema religioso y efectuar drásticas reformas,

4
volviendo para ello a las fuentes bíblicas, pues casi siempre sus miembros se hallaban
demasiado comprometidos en los abusos contra lo que las mismas naciones seculares se
quejaban. No es fácil remover las estructuras y adelantar cambios fundamentales, cuando
se compromete una institución secularizada y la comodidad de personas puestas en
eminencia, ambiciosas del lujo ostentoso, poder y prestigio, contrarios al espíritu del
evangelio cristiano, en un marco institucional que llegó a su nadir prácticamente
descristianizando a la cristiandad.

1 EL CONCILIO DE NICEA

(I Ecuménico)

Convocado por el emperador Constantino el Grande. Reunido en Nicea, Bitinia (comarca


de Asia Menor en el Ponto Euxino), cerca de Constantinopla, en el año 325. La
posteridad lo conoce como el primer Concilio Ecuménico del Cristianismo, es decir,
universal. Declaró que el Hijo es de la misma sustancia que el Padre, en oposición a
Arrio, que consideraba al Hijo de sustancia distinta a la del Padre.

Primer gran concilio ecuménico

Asistieron alrededor de unos trescientos obispos, algunos dicen que 318, la mayoría de
ellos era de la parte oriental del Imperio Romano. Paradójicamente este Concilio no fue
convocado por apóstoles, obispos o líderes representantes de la Iglesia, sino por el
emperador Constantino, quien, a pesar de que ni siquiera estaba bautizado, se hacía
llamar obispo de obispos, pero que en materia religiosa, en el fondo no era sino el
Pontifex Maximus de la religión imperial, como un precursor del papado romano, pero
que convocaba este concilio por razones políticas, para proteger la unidad del Imperio
amenazada por el arrianismo .1

Constantino había puesto término a más de dos siglos de persecuciones contra la Iglesia,
mediante el Edicto de Tolerancia promulgado junto con Licinio en Milán en 313.
Silvestre, el obispo de Roma, no pudo asistir a causa de su longevidad, pero se hizo
representar por dos presbíteros. Eusebio de Cesarea, el conspicuo historiador
eclesiástico, en su Vida de Constantino nos narra lo siguiente:
1 "Constantino compartía los sentimientos paganos de su tiempo y de sus vasallos.
Apreciaba el monoteísmo cristiano pero la persona de Cristo no le preocupaba en
demasía. Para él, como para tantos ciudadanos romanos, el Evangelio no era más que un
monoteísmo pagano. De ahí que las discusiones cristológicas fueran tenidas como un
problema de palabras. Mas, si su interés teológico era escaso, no así su preocupación
política por la unidad de la Cristiandad que él creía proteger y de la cual, en realidad, se
servía para sus proyectos imperiales de unificación. El estado romano quería tratar con

5
una sola organización de Iglesias y no con un número incontable de sectas”. José Grau.
Catolicismo Romano: Orígenes y desarrollo. EEE. Barcelona. 1965.

«Allí se reunieron los más distinguidos ministros de Dios, de Europa, Libia [es decir,
África] y Asia. Una sola casa de oración, como si hubiera sido ampliada por obra de
Dios, cobijaba a sirios y cilicios, fenicios y árabes, delegados de la Palestina y de
Egipto, tebanos y libios, junto a los que venían de la región de Mesopotamia. Había
también un obispo persa, y tampoco faltaba un escita en la asamblea. El Ponto,
Galacia, Panfilia, Capadocia, Asia y Frigia enviaron a sus obispos más distinguidos,
junto a los que vivían en las zonas más recónditas de Tracia, Macedonia, Acaya y el
Epiro. Hasta de la misma España, uno de gran fama [Osio de Córdoba] se sentó como
miembro de la gran asamblea. El obispo de la ciudad imperial [Roma] no pudo asistir
debido a su avanzada edad, pero sus presbíteros lo representaron. Constantino es el
primer príncipe de todas las edades en haber juntado semejante guirnalda mediante el
vínculo de la paz, y habérsela presentado a su Salvador como ofrenda de gratitud por
las victorias que había logrado sobre todos sus enemigos».

Al surgir la controversia arriana, eso amenazaba el desmembramiento de la Iglesia, la cual


por ser la institución más fuerte en el mundo mediterráneo, ponía en peligro la unidad del
Imperio. Por intermediación de Osio de Córdoba, su consejero en asuntos eclesiásticos,
Constantino había escrito a los implicados en esta controversia: Arrio, presbítero en
Alejandría desde el año 313 d.C., y su oponente inicial Alejandro, a la sazón obispo de la
misma ciudad, invitándolos a arreglar sus diferencias, sin que en ello tuviera éxito.

Entonces determinó convocar el concilio ecuménico, haciendo que el Estado pagase


todos los gastos, poniendo la posta imperial al servicio de los obispos allí reunidos; y
siendo un simple catecúmeno, fue quien presidió la asamblea en su sesión inaugural,
tomando parte activa en todas las deliberaciones. ¿Habría podido un curtido y sagaz
político, versado guerrero e importante administrador de la cosa pública, sin experiencias
en las controversias teológicas y filosóficas, apreciar la profunda importancia de lo que se
disputaba en cuestiones cristológicas? Por el contexto de la carta que había enviado a
Arrio y Alejandro, se conoce que para Constantino el motivo de la disputa "era de
carácter realmente insignificante".

Antecedentes y primeras causas del arrianismo

¿Cuáles habían sido las raíces y fuentes de las cuales Arrio tomó esas ideas heréticas
causantes de la controversia que motivaba el Concilio de Nicea? En primer lugar hay que
tener en cuenta que en Antioquía, en donde posteriormente estudió Arrio, en el año 260
fue nombrado obispo el heresiarca Pablo de Samosata, el más famoso y conspicuo
exponente de los monarquistas racionalistas de su tiempo, quien fue condenado en un
sínodo reunido en Antioquía entre los años 260 y 268, por sostener que el Señor Jesús
era un hombre ordinario en el cual habitó el Verbo impersonal, negando por consiguiente

6
la divinidad de Jesucristo, de quien decía que era superior a Moisés, pero no era el Verbo
de Dios. Como todos los monarquistas racionalistas,2
Pablo Samosata negaba la deidad de Cristo, pues negaba la personalidad del Logos y del
Espíritu Santo, considerándoles meras fuerzas o poderes de Dios, como son la mente y la
razón del hombre. Samosata creía en una trinidad puramente nominal; es decir, no creía
en la pluralidad de Personas en la Deidad, sino que aceptaba solamente una trinidad
económica. La Trinidad económica se entiende como un triple modo de revelación de
Dios en la historia.3 Allí hunde sus raíces el arrianismo.
2 Los monarquistas eran grupos antitrinitarios que surgieron durante el siglo III. También
eran llamados unitarios acaso por causa del excesivo énfasis que le daban a la unidad
numérica y personal de la Deidad.

3 Tengamos en cuenta que si negamos la Trinidad de Personas en Dios (Padre, Hijo y


Espíritu Santo), difícilmente podríamos comprender la trinidad económica. En la
economía de Dios (Su plan eterno, Su propósito, la administración de Su casa), en todos
los tiempos y actividades de Dios han intervenido las tres Personas de la Deidad, pero
específicamente se nos revela que el Padre mayormente intervino en la creación, el Hijo
en la redención, y el Espíritu Santo en la santificación y preparación de la Iglesia, así
como en la ejecución de la voluntad de Dios. Dios el Padre es la fuente universal de
todas las cosas, y Él tiene el propósito de habitar en Su Iglesia como Su casa, pero para

Recuérdese además que los cristianos hicieron apropiaciones sustanciales de la filosofía


griega, sobre todo del estoicismo y del neoplatonismo, contribución que entró a través de
muchos conductos, como Clemente de Alejandría, Ambrosio de Milán, el judío helenista
Filón, Justino Mártir, Orígenes y más tarde por Agustín de Hipona y en los escritos que
llevan el nombre de Dionisio el Areopagita. Respecto de esa contribución quiero aclarar
que el término Logos, usado extensamente por los cristianos cuando se trata de Cristo en
relación con Dios, vino de la filosofía griega, tanto por el estoicismo como por el
platonismo, y más tarde usado por el neoplatonismo.

A partir de las enseñanzas de Orígenes, con el tiempo se fueron creando en el


cristianismo dos corrientes de pensamiento filósofo teológicas. Una de las corrientes se
basaba en la enseñanza de Orígenes en el sentido de que Cristo es el unigénito Hijo de
Dios, y que como Dios el Padre había existido siempre, la conclusión era que el Padre
jamás habría podido existir sin haber engendrado al Hijo, siendo así el Hijo coeterno con
el Padre, habiendo existido, entonces, antes de toda la creación. Esta corriente daba
suma importancia a la verdad de que Cristo es el Hijo de Dios, la Sabiduría y el Logos
(Palabra) de Dios, afirmando que eternamente lo había sido, y que el Logos,
consecuentemente, era igual al Padre.

La otra corriente surgió por la idea de que también al parecer Orígenes había afirmado

7
que Cristo es una criatura, y en relación con el Padre, el Hijo es secundario y
subordinado, haciendo esta corriente de pensamiento énfasis en esa subordinación. Un
exponente importante de esta segunda corriente es Dionisio, llamado el Grande (264),
discípulo de Orígenes, obispo de la iglesia en Alejandría y director de la escuela
catequística en la misma ciudad. En principio se cree que Dionisio era un erudito, de
carácter moderado y conciliador, predicando a la sazón contra el sabelianismo, herejía
que estaba tomando fuerza en su diócesis.

poder habitar dentro de nosotros fue necesario que Su Hijo se encarnara en humanidad y
nos redimiera en la cruz y resucitara, y aun así, para que el Padre y el Hijo puedan morar
en nosotros (la Iglesia, Su cuerpo) es necesario que sea por medio de Su Santo Espíritu,
quien le imparte vida a la Iglesia. Todo el propósito de Dios se desarrolla desde el Padre,
en el Hijo y mediante el Espíritu.

Se trataba de una escuela teológica que consideraba al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo,
no como tres personas distintas de un mismo y Trino Dios, sino como aspectos o formas
de Dios. Dionisio en su disensión de esa línea de pensamiento, le daba énfasis a la
distinción del Hijo como persona, con la connotación de que el Padre hubiera creado al
Hijo, y lógicamente se desprendía que hubo un tiempo cuando el Hijo aún no existía, y
luego que el Hijo estaba subordinado al Padre.

Aquello tuvo su trascendencia y traspasó las fronteras del Norte de África. Por esa
época, un amigo suyo llamado también Dionisio, obispo de Roma, terció en el asunto y
por escrito le advertía que tuviese mucho cuidado en el uso del lenguaje en ese espinoso
y delicado tema de cristología, pues el Hijo era homoóusion, que significa del mismo ser
esencial o sustancial que el Padre y no simplemente homoúsion, que significa, de
sustancia similar. Parece que nada cambió en el modo de pensar de Dionisio de
Alejandría.

Además de ese importante aporte al semillero de ideas precedentes al arrianismo, también


encontramos otro medio de dispersión de esta segunda corriente por el lado de Antioquía,
en donde el presbítero Luciano, ardiente estudiante de la Biblia y de teología, discípulo
que había sido también de Orígenes, enseñaba estos principios cristológicos, y entre sus
discípulos estaban Arrio de Alejandría y Eusebio de Nicomedia. Luciano de Antioquía
basaba su enseñanza cristológica en las teorías adopcionistas de Pablo de Samosata.
Aquellas enseñanzas hicieron de Arrio el centro de una no pequeña controversia, la cual
llevó hasta el presbiterio de la iglesia en Alejandría, enfrentándose con Alejandro, su
obispo. Arrio sostenía que el Hijo tiene principio, pero que Dios es sin principio y que el
Hijo no es una parte de Dios, es engendrado, creado por el Padre, y extremaba tanto la
diferencia entre las personas del Padre y del Hijo, hasta el punto de negar la divinidad del
Hijo, de manera que sostenía que Cristo era de una sustancia diferente a la del Padre y,
por lo tanto, no era Dios en el sentido estricto de la Palabra. Pero, ¿qué dice la Palabra?

8
“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios” (Juan 1:1).
“Y aquel Verbo fue hecho carne” (Juan 1:14).
2 “ (Dios) en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó
heredero de todo, y por quien asimismo hizo el 3universo; el cual, siendo el resplandor
de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con
la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por
medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas” (Hebreos 1:2-
3).

Arrio decía que el Padre es el único ser realmente eterno, y que el Hijo no existía antes
de ser engendrado, en contraposición con Atanasio y los sínodos y concilios ortodoxos,
los cuales sostenían que el Hijo es coeterno, igual y consustancial al Padre. El arrianismo
pretende dar una explicación racional del dogma cristiano de la Trinidad, diciendo que
Cristo es Hijo por denominación y adopción y no por naturaleza, siendo así la más
perfecta de las criaturas. Vemos que la cristología de Arrio era semejante al estricto
monoteísmo unipersonal de los monarquianos. Para sustentar su cristología se fijaban
únicamente en versículos bíblicos aislados como Proverbios 8:22, Romanos 8:29 y
Colosenses 1:15, sin que jamás tuviesen en cuenta la suma de la Revelación
proposicional que irrumpe en la historia, cuyos cimientos escriturales se cristalizan en el
testimonio de los apóstoles del Señor Jesús.

Conforme Juan 1:18, Cristo era el Hijo unigénito de Dios desde la eternidad (1 Juan 4:9;
Juan 1:14; 3:16); pero Su divinidad tomó carne y se hizo hombre, y pasó por la muerte y
resucitó, y al resucitar nació como el Hijo primogénito de Dios (Hechos 13:33), pues la
resurrección de Cristo produjo la resurrección de todos Sus creyentes (1 Pedro 1:3), y
fueron engendrados juntamente con Él, en el nuevo hombre, para que Él fuese el
primogénito entre muchos hermanos (Romanos 8:29).

El arrianismo se había popularizado entre un gran sector de la sociedad, en especial de


aquel conglomerado curioso, que sin ser realmente convertidos, llenaron los templos;
pues el cristianismo se había puesto de moda después de la “conversión” de Constantino.
Para muchas de esas personas, el arrianismo les daba la oportunidad de entrenarse en los
medios cristianos sin que necesariamente se desprendieran de su antiguo modo de pensar
pagano. El obispo Alejandro, tal vez alentado por el celo del diácono Atanasio, su joven
secretario, había reunido en el año 321 en un sínodo en Alejandría a los obispos
procedentes de Egipto y Libia, e hizo que Arrio y sus amigos fuesen anatematizados y
depuestos. Pero como el asunto siguió extendiéndose, fue necesario llevarlo hasta el
concilio de Nicea, pues Arrio, después de haber sido excomulgado, se dio a la tarea de
difundir sus creencias dondequiera tuviese una audiencia, consiguiendo adeptos no sólo
en Egipto, sino también en Siria, Palestina y otras regiones.

El Concilio

9
Su sesión inaugural se llevó a cabo el 20 de mayo, y después de unos contactos
preliminares entre ortodoxos y arrianos, la apertura formal se protocolizó con un discurso
pronunciado por Constantino. La presidencia de las sesiones fue confiada al obispo Osio
de Córdoba. Cuando el Concilio abordó el escabroso tema principal estalló una violenta
controversia entre los conciliares. Se dice que la mayoría de los concurrentes no había
tomado partido alguno frente al asunto. Muchos de ellos se lamentaban del surgimiento
de esta controversia entre los alejandrinos Arrio y Alejandro, en momentos en que la
Iglesia había alcanzado tiempos de paz en todo el territorio imperial. Arrio era apoyado
por una pequeña minoría de convencidos, de los cuales el más prominente era su antiguo
condiscípulo Eusebio de Nicomedia. Pero aclaramos que Arrio no era obispo, de manera
que no podía participar en las deliberaciones del concilio.

Asimismo Alejandro era seguido inicialmente por una decidida minoría convencida que
las doctrinas de Arrio eran de condenar, por el daño que le estaban causando a la Iglesia,
entre los cuales se contaba el joven Atanasio, quien actuaba de diácono y secretario del
obispo Alejandro, y quien llegó a sucederle como obispo de Alejandría. Se distinguía
Atanasio por sus conocimientos, su elocuencia y profundo celo, y por ser uno de los más
fuertes opositores de Arrio. Definitivamente el defensor más prominente de la posición
nicena fue Atanasio. Atanasio de Alejandría sostenía la revelación bíblica de que Cristo
tenía las dos naturalezas, la divina y la humana; de manera que era verdadero Dios y
verdadero hombre; decía que Cristo fue hecho hombre para que nosotros pudiésemos ser
hechos la imagen de Él; o dicho de otra manera, que Cristo participó de nuestra
naturaleza humana, para que nosotros pudiésemos participar de Su naturaleza divina.
Asimismo ponía mucho énfasis en la salvación de los hombres, explicando que mediante
la salvación, rescata al hombre de la mortalidad que le ha traído el pecado, a la
participación de la naturaleza divina.

Un muy pequeño tercer grupo se inclinaba por el patripasionismo,4 o doctrina según la


cual el Padre es el Hijo revelado en carne, de manera que el Padre se autolimitó,
haciéndose hombre y sufriendo la muerte en la cruz del Calvario, y que el Hijo era una
manifestación del Padre. Praxeas, Noeto de Esmirna y sus seguidores no pudieron
distinguir entre persona y esencia, y por esa confusión insistían en llamar triteístas
(supuestamente los que creen en tres dioses) a todos los ortodoxos. Este punto de vista
también fue condenado después.

Una cuarta y moderada tendencia era la asumida por Eusebio, obispo de Cesarea y gran
historiador de la Iglesia de su tiempo. Eusebio se contaba entre los obispos que ansiaban
lograr una posición conciliatoria. Por otro lado, había asumido una posición contraria al
sabelianismo y a esto se debía su sutil inclinación hacia los arrianos. No obstante sugirió
que el concilio aprobase el credo que estaba en uso en Cesarea, y que había sido usado
por sus antecesores en el episcopado cesareano y las comunidades de Palestina, lo cual
sirvió de base para lo que desde entonces se ha conocido como el Credo Niceno. El texto

10
del Credo de Cesarea presentado por Eusebio es el siguiente:

“ Creemos en un Dios, Padre Omnipotente, creador de todas las cosas, de las visibles y
de las invisibles; y en un Señor, Jesucristo, la palabra (Logos) de Dios. Dios de Dios,
luz de luz, vida de vida, el Hijo Unigénito, el primogénito de toda la creación,
engendrado del Padre desde antes de todos los tiempos, por quien también fueron
hechas todas las cosas. Quien por nuestra salvación fue hecho carne y habitó entre los
hombres; y quien sufrió y resucitó al tercer día, y ascendió al Padre y vendrá otra vez
en gloria para juzgar a los vivos y a los muertos. Creemos también en un solo Espíritu
Santo”.
4 El patripasionismo es el mismo monarquismo modalista, cuyo principal exponente es
Praxeas, procedente de Asia Menor, y que vivió en Roma en tiempos del emperador
Marco Aurelio (161-180). Tertuliano dijo de Praxeas que había crucificado al Padre y
anulado al Espíritu Santo. Tengamos en cuenta que trinitarianismo no es lo mismo que
triteísmo. En Dios una es la esencia; tres son las personas de esa única esencia. Pablo de
Samosata, Praxeas, Sabelio y todos sus seguidores en la historia no han podido
armonizar lo que revela la Biblia al respecto.

Una de las primeras intervenciones seguramente fue la de Eusebio de Nicomedia, paladín


del partido arriano y gran convencido de las doctrinas que sostenían, a tal punto que
narran que se sentía muy seguro de que tan pronto como los conciliares escuchasen su
exposición, aprobarían sin reparo las doctrinas arrianas. Pero cuando aquellos obispos
escuchaban lo de que el Hijo, el Señor Jesucristo, el Verbo de Dios, no era sino una
criatura
-no importa que fuese la más exaltada de las criaturas-, toda aquella diatriba la recibieron
como el peor de los insultos al centro neurálgico de su fe, hasta tal punto que muchos de
ellos hicieron callar al orador a los gritos de "blasfemia", "mentira", “herejía", y algunos
le arrancaron los papeles de su discurso a Eusebio de Nicomedia, haciéndolos pedazos y
pisoteándolos. A partir de ese momento todo cambió en el Concilio, y la asamblea llegó al
consenso mayoritario de condenar por heréticas las doctrinas expuestas por el vocero de
Arrio.

El Credo de los Apóstoles

Como es de suponer, los asambleístas intentaron rebatir y condenar las doctrinas arrianas
con el uso de citas bíblicas, mas los seguidores de la escuela arriana (aun nuestros
contemporáneos los llamados "Testigos de Jehová", suelen interpretar la Biblia a su
acomodo, como mejor les convenga), y con la aprobación del Emperador, decidieron
aceptar y modificar el Credo presentado por las comunidades de Palestina con Eusebio
de Cesarea a la cabeza, añadiéndole la palabra homoóusion (consustancial) referida a
Cristo, quedando así el Credo de Nicea:

11
“ Creemos en un solo Dios Padre Omnipotente, hacedor de todas las cosas, las visibles
y las invisibles; y en un solo Señor, Jesucristo, el Hijo de Dios, el unigénito del Padre,
es decir, de la sustancia (ousías) del Padre, Dios de Dios, luz de luz, verdadero Dios
de verdadero Dios, engendrado, no creado, de una sustancia (homoóusion) con el
Padre, por medio de quien todas las cosas fueron hechas, las cosas que están en el
cielo y las cosas que están sobre la tierra, quien por nosotros los hombres y por
nuestra salvación descendió a la tierra y fue hecho carne y habitó entre los hombres,
padeció, resucitó al tercer día, ascendió a los cielos, y vendrá a juzgar a los vivos y a
los muertos; y en el Espíritu Santo”.

Aclaramos que en su momento a este Credo Niceno inicialmente le había sido añadido
un párrafo de anatemas, pero que pronto le fue quitado, y que transcribimos a manera de
información: "A quienes digan, pues, que hubo un tiempo en que el Hijo de Dios no
existía, y que antes de ser engendrado no era, y que el Hijo de Dios fue hecho de las
cosas que no son, o que fue formado de otra sustancia o esencia que el Padre, o que es
una criatura, o que es mutable o variable; a éstos anatematiza la iglesia universal".
Habiéndosele añadido con el tiempo varias cláusulas, este credo vino a ser entonces el
más aceptado por la iglesia, llamado también "Credo de los Apóstoles" por el hecho de
haber sido originado entre las iglesias occidentales del Imperio, cuyo centro era Roma, en
donde desde esos tiempos se arrogaban sucesoría apostólica.

Si analizamos un poco el Credo Niceno, salta a primera vista que se trata de un


documento eminentemente cristocéntrico, destinado a excluir toda doctrina que enseñe
que el Verbo es en alguna forma una criatura. La palabra Logos que pudieran emplear los
arrianos, fue reemplazada por la palabra Hijo, enfatizándola con "unigénito", palabra que
encierra la idea de que fue engendrado de una manera distinta a la de los hijos de Dios
por adopción, y las contundentes afirmaciones: “Dios de Dios; luz de luz"; y en vez de
"vida de vida", fue reemplazado por "Dios verdadero de Dios verdadero", de modo que
descartase cualquier equívoco. Muy significativo y de mucha importancia fue haber
insertado la palabra homoóusion (consustancial al Padre), destruyendo así el punto
esencial de diferencia entre las tendencias controversiales, pues Cristo no es hecho de la
nada como las criaturas. En las demás oraciones encontramos que "descendió", y luego
"ascendió al Padre" para dar a entender que Cristo había estado con Dios y a Él regresó,
después de haber sido hecho carne, crecido y vivido su humanidad como verdadero
hombre.

La mayoría de los obispos conciliares firmaron el credo, como expresión de su fe y en


respuesta a la arremetida arriana. Diecisiete obispos se negaron a aceptar la decisión de la
mayoría, pero al enterarse de que Constantino aprobaba el credo, sólo dos, finalmente,
rehusaron aceptarlo, y uno de ellos fue Eusebio de Nicomedia, quienes fueron rebatidos,
condenados y depuestos por herejes por el Concilio, y, además, fueron sentenciados al
exilio por el mismo Constantino. Este credo niceno por mucho tiempo llevó el nombre de
Atanasio, pues aunque pudo ser su redactor, por lo menos fue su principal abogado.

12
Aunque se dice que en toda la controversia había poco del espíritu de Jesús, sin
embargo, en Nicea, sin duda, se estaba evidenciando que el eterno Dios era nuestro
Salvador en la persona de su Hijo, y que para ser ese Redentor fue necesario haberse
hecho hombre. El credo fue suscrito y se fue abriendo paso paulatinamente como una
evidencia de aquel hecho histórico de tremenda significación, la encarnación de Cristo, su
muerte, resurrección y gloriosa ascensión al Padre. Esta afirmación de que Jesús el Cristo
era el verdadero Dios hecho hombre, hacía de la fe cristiana algo único y diferente de
cualquier otra corriente religiosa.

Siendo el Señor Jesús el fundamento y piedra angular de la Iglesia, la casa de Dios, es


entendible que la primera de las grandes controversias que se han debatido en la historia
en torno a la Iglesia, sea precisamente lo relacionado con cristología. Dios quería que
algo tan fundamental quedara definido desde los comienzos. Es paradójico que siendo el
Concilio de Nicea quien definiera tan acertadamente la naturaleza metafísica del Señor
Jesucristo, no obstante hay quienes opinan que el concilio estaba lejos de entender la
doctrina cristológica en toda su amplitud, y que se demuestra en el hecho de haber
excomulgado a todos los cristianos orientales porque continuaban celebrando la Pascua
de Resurrección de acuerdo al cómputo judaico, sin adoptar la costumbre romana.
Aunque más tarde el arrianismo experimentó un resurgimiento, sin embargo, hay
consenso en el sentido de que el Concilio de Nicea contribuyó a un mejor entendimiento
y convicción en la Iglesia en cuanto a la relación de Jesucristo con Dios, dando énfasis en
el carácter único y peculiar del Señor Jesús.

Es de suma importancia asimismo acotar que con el Concilio de Nicea se inicia en la


historia el hecho según el cual el estado interviene en los asuntos internos de la Iglesia, y
peor aun, para asegurar la ortodoxia de la doctrina y el destino de sus miembros. El
concilio de Nicea, calcando la administración civil imperial, estableció el principio de la
provincia eclesiástica, con un obispo metropolitano como superior de los obispos de la
región, y de esta manera confirmó la preponderancia de los obispos de Roma, Alejandría
y Antioquía.

Ahondando más en detalles, anotam os que este concilio le concedió al obispo de Roma
una posición de supremacía en Italia, semejante a la otorgada al obispo de Alejandría en
Egipto, Libia y Pentápolis. Luego en el sínodo de Sárdica se le otorga al de Roma un
privilegio único en Occidente, aunque todavía restringido; este privilegio se le otorga
debido a las circunstancias de las controversias arrianas; pero de ninguna manera basados
en textos bíblicos, como si fuera una exigencia divina, tal vez a la manera del Concilio
Vaticano I (1869-1870), que arbitrariamente invoca un jure divino y convierte al romano
pontífice en juez de todos los fieles.

2 PRIMER CONCILIO DE CONSTANTINOPLA

(II Ecuménico)

13
Reunido en la ciudad de Constantinopla en 381; convocado por el emperador Teodosio.
Confirmó y formuló el llamado credo de Nicea. Condenó la posición de Apolinar quien
negaba la perfecta humanidad de Cristo. También condenó el macedonismo, que negaba
la deidad del Espíritu Santo.

Panorama pre-conciliar

A pesar de que en Nicea 300 obispos habían firmado condenando la herejía arriana, esta
controversia siguió conmoviendo a la cristiandad por más de medio siglo, pues muchos
obispos orientales habían firmado con reservas, y sus respectivas iglesias siguieron
enseñando la cristología con cierta inclinación semiarriana. Los sucesivos emperadores
iban tomando las cuestiones de la Iglesia como problemas del Estado, de modo que su
intervención podía tener visos de garantía para la aparente y veleidosa unidad. Pero en el
fondo acarreaba problemas y alejaba a la Iglesia de la sencillez que emana de la Palabra
de Dios. Por muy confesional que pueda parecer el Estado, no se ajusta a los parámetros
bíblicos de la Iglesia, de modo que las intervenciones del Estado son basadas muchas
veces en motivaciones diferentes a los intereses del Señor de la Iglesia; y así vemos que
el mismo Constantino que convocó el Concilio de Nicea para dirimir y condenar el
problema arriano, y decretó el exilio de Arrio y dos de sus seguidores, es el mismo
vacilante Constantino que después protegía tanto a los arrianos como a los seguidores de
la ortodoxia nicea, pues dos años después del primer concilio ecuménico, Arrio se
reconcilió con el emperador, en parte debido a que se presentó con la astucia de una
confesión de fe ambigua guardándose de hacer referencia a los puntos controvertidos, y
en parte a los buenos oficios de Eusebio de Nicomedia y los discípulos de la escuela de
Luciano de Antioquía, quienes lograron formar una coalición anti-nicea, arremetiendo de
paso contra Atanasio y demás dirigentes nicenos, diez de los cuales fueron llevados al
exilio, así como a Eustaquio, el anciano obispo de Antioquía, acérrimo opositor del
arrianismo, quien fue desterrado el año 330, junto con un buen número de sus
presbíteros.

Atanasio, el abanderado de la causa nicea, sucedió a Alejandro de Alejandría en el cargo


de obispo, cuando éste falleció en la primavera del año 328, tres años después del
Concilio de Nicea; y ya en sus funciones episcopales siguió sufriendo las arremetidas de
los arrianos. Por ejemplo, en el año 335, Atanasio hizo acto de presencia en un sínodo de
unos 150 obispos reunidos en Tiro, pero la mayoría estaba dirigida por Eusebio de
Nicomedia. En sus acaloradas sesiones, no hallando sus enemigos cargos de herejía en
contra de Atanasio, lo acusaron de “tiranía episcopal”.

Pero aquel sínodo, considerado escandaloso, lleno de farsa e iniquidad, llegó al colmo
cuando designó una comisión, lógicamente compuesta por arrianos, para que investigara
en Alejandría, sede del episcopado de Atanasio; en vista de lo cual, Atanasio y sus
amigos abandonaron aquel sínodo. Después Eusebio de Nicomedia acusó a Atanasio ante
el emperador como culpable del retraso que habían venido sufriendo los abastecimientos

14
de trigo de Egipto a Constantinopla; y sin fórmula de juicio, Atanasio fue desterrado a
Tréveris, de donde más tarde regresó a reasumir sus funciones de obispo de Alejandría.

Después de la muerte de Constantino, acaecida el 22 de Mayo del 337, Constancio, hijo


y sucesor de Constantino, depuso y desterró de nuevo a Atanasio en el 339, y en su lugar
hizo que un concilio eligiera como obispo de Alejandría al arriano Gregorio de
Capadocia. Después del de Tiro, se suceden una serie de sínodos, unos con supremacía
de obispos occidentales celosos de la ortodoxia nicena, y otros con supremacía de
obispos orientales pro-arrianos o semi-arrianos; y es así como en Roma, Antioquía y
Sárdica se continúan esas discusiones y acusaciones contra Atanasio de Alejandría y sus
amigos, acusándolos de fantásticas inmoralidades y crímenes. El emperador Constancio
arremetía su persecución contra Atanasio, y sin razones les pedía a los obispos de
occidente que lo condenaran. Los nuevos sínodos reunidos en Arlés y Milán, sólo
sirvieron para mandar al exilio a todos los obispos que no se sometieran, como Paulino
de Tréveris, Dionisio de Milán e Hilario de Poitiers, quien fue deportado a Asia en la
primavera del 356. La misma suerte sufrió Liberio, el obispo de Roma, por haberse
opuesto a condenar a Atanasio sin haberlo escuchado. Atanasio mismo tuvo que escapar
al desierto egipcio la noche del 8 de febrero de 356, con ocasión en que una tropa
imperial de cinco mil hom bres rodeó el templo de Theonas y le cayó a la congregación
como en una ratonera; pero desde el desierto, con sus escritos, testimonio e influencia en
los fieles, Atanasio seguía persiguiendo las arbitrariedades e injusticias de un emperador
ciego a la realidad.

Es sumamente importante registrar en estas notas al margen que Liberio (352-366), el


obispo de Roma exiliado por el emperador Constancio, y a quien el catolicismo romano
tiene en la lista de papas de ese sistema, apostató de la bíblica verdad cristológica que
confesaba Atanasio y que fue defendida por 300 obispos en Nicea, desmintiendo las
pretensiones del posterior concilio Vaticano I, de que el obispo de Roma, como supuesto
sucesor de San Pedro, no puede equivocarse en cuestiones de fe, y es considerado
exento de todo error. Le dieron duro los rigores del exilio, añorando las comodidades de
su sede episcopal romana, y dando su consentimiento a una fórmula de fe semi-arriana,
el emperador lo reintegró a su cargo. De este deplorable hecho dan evidencias más de
dos testimonios, como el de Atanasio en sus escritos Apología contra los arrianos y la
Historia de los arrianos; Jerónimo relata dos veces esta apostasía; Hilario de Poitiers en
su obra Contra Constantium Imperatorem; Hermias Sozomeno en su historia
eclesiástica, y por último las cartas del mismo Liberio. A Constancio le sucedió en el
trono Juliano el apóstata (361-363), uno de los dos sobrinos que pudieron escapar de ser
asesinados por orden de los hijos de Constantino. Juliano quiso revivir en el imperio el
cadáver del paganismo, pero sin éxito. Durante su gobierno, en 362, se reunió en
Alejandría un concilio con setenta y un obispos. Como la política de Juliano tampoco fue
favorable para los arrianos, en ese concilio retornaron a la fe de Nicea muchos de los
arrianos, quienes fueron admitidos sin otra condición que su confesión de dicha fe.

15
Juliano mandó al exilio una vez más a Atanasio, «el detestable Atanasio», como le
llamaba él, cuando supo que un considerable número de damas paganas habían recibido
el bautismo. Pero Atanasio, posteriormente, durante el gobierno del emperador Valente
(364-378) sufrió su quinto y último destierro, muriendo en el año 373, después de pasar
sus últimos siete años dedicados a su trabajo en su sede episcopal.

El emperador Graciano (367-383), uno de los hijos y sucesores del cristiano Valentiniano,
renunció al título pagano de Pontifex Máximus, que más tarde tomaría para sí el obispo
de Roma. Graciano nombró al general español Teodosio emperador de Oriente (379-
395), quien acabó con la libertad de todos los cultos decretada por Constantino en Milán,
y convirtió el Cristianismo de acuerdo a la fe nicena, en religión oficial del estado
romano. Con Teodosio toma fuerza un punto eclesiológico controversial de difícil
diferenciación: la Iglesia-institución y la Iglesia del Espíritu.

El concilio

Teodosio, a fin de dar término definitivo a las disputas teológicas que habían venido
dividiendo la cristiandad y la unidad del imperio, decidió convocar un concilio en
Constantinopla, ciudad convertida ya en la capital del Imperio, considerada la “Nueva
Roma”. Este concilio, el Segundo Ecuménico, es el primero de Constantinopla, y fue
inaugurado en mayo del 381, bajo la presidencia de Melecio, obispo de Antioquía, y con
la asistencia de unos ciento cincuenta obispos, todos del ala oriental de la cristiandad,
entre los cuales podemos nombrar a Gregorio de Niza, Heladio de Cesarea, Timoteo de
Alejandría, Cirilo de Jerusalén y Gregorio Nacianceno, obispo de Constantinopla. No
hubo delegados de occidente, ni siquiera de Dámaso, obispo de Roma.

Melecio, obispo de Antioquía, ocupó la presidencia del concilio por poco tiempo, pues
falleció poco después de inaugurada la asamblea. Pero lo curioso es que Melecio se había
disputado la sede episcopal con Paulino; y no obstante que Dámaso, el obispo de Roma,
estaba a favor de Paulino, los obispos orientales dieron su apoyo a Melecio; donde se
prueba que en esa época, año 375, los obispos de la cristiandad aún no consideraban
primacía alguna en el obispo de Roma, pues aún no se había producido la doctrina del
Concilio Vaticano I al respecto. Y lo m ás curioso es que a la muerte de Melecio, los
obispos no se preocuparon por reconocer a Paulino para sucederle, y así buscar un
acercamiento con Dámaso, sino que eligieron a Flavio. Dámaso ni siquiera fue invitado al
concilio. A la muerte de Melecio, en la presidencia del concilio le sucedió Gregorio
Nacianceno, quien en el año 379 había llegado a Constantinopla como misionero, pero
después de un trabajo fructífero, el 24 de Noviembre del 380, el emperador Teodosio le
entregó el episcopado de la ciudad, pero el obispo de Alejandría y los egipcios, llevados
por celos de supremacía de Constantinopla sobre Alejandría, le hicieron oposición a
Gregorio, quien en un sorpresivo gesto de nobleza cristiana, se retiró del concilio y de la
sede constantinopolitana. Entonces, tanto en la sede episcopal de Constantinopla como
en la presidencia del concilio, Gregorio fue sucedido por Nectario, un senador que a la

16
sazón aún era un catecúmeno.

Algunos puntos conciliares canonizados

Deseando Teodosio tener un patriarcado cerca de su corte, los obispos reunidos en este
concilio, dividieron la cristiandad confirmando cinco patriarcados (que en la práctica era
considerado un grado superior de la jerarquía eclesiástica aun por encima de los obispos):
Roma, Constantinopla, Alejandría, Antioquía y Jerusalén; pero advirtiéndoles que se
circunscribieran a sus respectivas sedes y que se guardaran de inmiscuirse en los asuntos
de otras provincias eclesiásticas, pues se trataba de primacías de honor y no de
autoridad. De esta manera le conceden un primado de honor al patriarca de
Constantinopla después del de Roma, ya considerada la “Nueva Roma”, y esto, en vez
de resolver ciertos problemas de rivalidades entre obispos, los agravó, pues estos cánones
jamás fueron admitidos por Roma.

Por mucha fuerza que hubiese gozado en todo el Imperio el arrianismo alrededor del año
355, debido al favor oficial, esto no impidió que treinta años después, en la época del
primer concilio de Constantinopla, esa herejía ya se encontraba casi completamente
desgarrada, pues hay que tener en cuenta que no se puede impunemente negar bien sea
la humanidad o la divinidad de Jesucristo, y que la fe cristiana no puede imponerse ni
destruirse mediante decretos del Estado, ni la Iglesia del Señor sobrevive porque sea
amparada por personerías. La vida de la Iglesia es el Señor mismo, quien está por encima
de los juicios de los hombres, y las puertas del Hades no pueden prevalecer contra ella.

Este concilio, en el Canon I, confirmó la fe de Nicea y anatematizó a los que no la


aceptasen, condenando específicamente al arrianismo, al semi-arrianismo, a los
eunomianos o amoneos, a los sabelianos, a los marcelianos, a los totinianos, al
macedonianismo, y al apolinarismo. Todas estas escuelas de error se relacionan en una u
otra forma con la cristología. No olvidemos que el arrianismo fue una reacción filosófica
en contra del Evangelio del Hijo de Dios.

Eunomio ( ^ 395), obispo de Cízico, de raíces aristotélicas y neoplatónicas, fue el


inspirador de un cierto arrianismo, con cuya doctrina afirmaba que lo único que sabemos
de Dios es que es el Ser no engendrado, sin que entrara el Señor Jesús en la revelación
divina.

El macedonianismo es un semi-arrianismo que viene de Macedonio, quien con la ayuda


arriana fue elegido obispo de Constantinopla en 341. Macedonio negaba la divinidad de
Cristo y del Espíritu Santo, pues decía que si el Hijo es una criatura del Padre, por la
cual han sido hechas todas las cosas, se desprende entonces que el Espíritu Santo es una
creación del Hijo. El macedonianismo fue combatido por Atanasio, Gregorio de Niza e
Hilario de Poitiers y perseguido por el emperador Teodosio.

17
¿Qué era el apolinarismo? Proviene de Apolinar, obispo de Laodicea por el año 360 d.C.
Nacido por el año 310, había sido amigo de Atanasio de Alejandría y por consiguiente
opositor de Arrio y defensor del Credo de Nicea, tomando como punto de partida el
hecho de que Cristo es Dios y hombre, pero negaba la perfecta humanidad de Cristo.
Mezclando sus conocimientos filosóficos con los bíblicos, Apolinar se fue al otro extremo
de Arrio, pues éste negaba la perfecta deidad de Cristo, y Apolinar la perfecta humanidad
del Redentor. ¿En qué consistía su enfoque cristológico? Basándose en textos tales como
Juan 1:14, Romanos 8:3 y 1 Tesalonicenses 5:23, admitía la tricotomía humana (espíritu,
alma y cuerpo), pero que la humanidad de Cristo sólo poseía el cuerpo y principio de
vida, es decir, el alma, pues el Logos divino había tomado el lugar del espíritu, de manera
que negaba que Cristo tuviese espíritu humano, y en consecuencia Su humanidad era
imperfecta. Los Capadocios (Gregorio Nacianceno, Gregorio de Nisa y Basilio el
Grande) respondieron y refutaron a Apolinar, declarando que si Cristo no es verdadero
hombre, ¿cómo se explicarían las limitaciones que demostró durante su vida en esta tierra
y la lucha entre la voluntad humana y la divina (Lucas 22:42)? Además, ¿una humanidad
imperfecta no afectaría Su capacidad para salvar, pues el pecado afecta al hombre en las
tres partes que lo componen?

El concilio de Nicea, por causa del arrianismo, se había centrado en defender la divinidad
de Jesucristo, pero no se había ocupado de precisar cuestiones cristológicas como la
relación entre la naturaleza divina y la humana del Salvador, ni trinitarias como la
divinidad del Espíritu Santo, asuntos que fueron surgiendo y que entraron en el temario
de los próximos concilios, sobre todo el de Calcedonia en materia cristológica. A
continuación transcribimos el credo aprobado en el primer concilio de Constantinopla,
que por ser una ampliación del de Nicea, se le llama Credo Niceno-Constantinopolitano,
el cual confiesa la plena divinidad del Espíritu Santo:

“ Creemos en un solo Dios, Padre omnipotente, creador del cielo y de la tierra, de


todas las cosas visibles o invisibles. Y en un solo Señor Jesucristo, el Hijo unigénito
de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos, luz de luz, Dios verdadero de Dios
verdadero, nacido no hecho, consustancial con el Padre, por quien fueron hechas todas
las cosas; que por nosotros los hombres y por nuestra salvación descendió de los cielos
y se encarnó por obra del Espíritu Santo y de María Virgen, y se hizo hombre, y fue
crucificado por nosotros bajo Poncio Pilato y padeció y fue sepultado y resucitó al
tercer día según las Escrituras, y subió a los cielos, y está sentado a la diestra del
Padre, y otra vez ha de venir con gloria a juzgar a los vivos y a los muertos; y su reino
no tendrá fin. Y en el Espíritu Santo, Señor y vivificante, que procede del Padre, que
juntamente con el Padre y el Hijo es adorado y glorificado, que habló por los profetas.
En una sola Santa Iglesia Católica y Apostólica. Esperamos la resurrección de la
carne y la vida del siglo futuro. Amén”.

El emperador Teodosio convirtió los cánones de este concilio en ley del estado imperial.
Teniendo en cuenta que Roma no aceptó las decisiones de este concilio, el mismo marca

18
el comienzo de las rivalidades entre los bloques de la cristiandad de Oriente y Occidente,
que perduran hasta hoy. Este concilio representa un rotundo mentís a las pretendidas
teorías de la legitimidad del papado romano. En todo el desarrollo, deliberaciones y
acuerdos de este concilio, ni siquiera se hace una alusión al obispo de Roma, pues el
papado no había sido inventado todavía.

Algunas consideraciones cristológicas


Como hemos visto, en los primeros siglos de la vida de la

Iglesia, el Espíritu Santo se estaba moviendo a fin de que quedara establecida toda la
claridad sobre Dios, sobre la Trinidad Divina y sobre Jesucristo. Nótense las causas
fundamentales que motivaron la convocación de los dos primeros grandes concilios
ecuménicos. El arrianismo había irrumpido en torno a las tergiversaciones cristológicas
del momento, aunque el Señor por Su Palabra ya había hablado al respecto. ¿Qué dice la
Palabra de Dios respecto de Jesucristo? Veamos algunas de las muchas citas en donde
Dios afirma, entre otras cosas, que Su Hijo es Dios desde toda la eternidad, que el Hijo
es verdadero Dios y verdadero hombre, que todas las cosas fueron hechas por Él, que el
Hijo murió en la cruz y no el Padre.
1“ En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el
23

Verbo era Dios. Éste era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron
hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Juan 1:1-3).
2 “ Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, 3es de Dios; y todo
espíritu que no confiesa que Jesucristo no ha venido en carne, no es de Dios; y este es
el espíritu del anticristo” (1 Juan 4:2-3).

“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y
se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de
paz” (Isaías 9:6).

“Entonces Jesús les dijo: Mi alma (humana) está muy triste, hasta la muerte; quedaos
aquí, y velad conmigo” (Mat. 26:38).

“Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi
espíritu (humano). Y habiendo dicho esto, expiró” (Lucas 23:46)

“Ahora, pues, Padre, glorifícame tú para contigo, con aquella gloria que tuve contigo
antes que el mundo fuese” (Juan 17:5).
15 “ Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación.16Porque en él

19
fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra,
visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades;
todo fue creado por medio de él y para él.17Y él es antes de todas las cosas, y todas las
cosas en él subsisten” (Col. 1:15-17).

De acuerdo al contexto de la cita anterior, todas las cosas fueron hechas por medio de
Cristo; una criatura no puede ser el creador de las cosas. Cuando dice que Él es el
primogénito de toda creación, no implica que Jesucristo fuera una creación, sino que la
Palabra de Dios lo dice en el sentido de gozar de una posición única en relación con la
creación.
3 “ El cual (Cristo), siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su
sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo
efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la
diestra de
4 la Majestad en las alturas, hecho tanto superior a los ángeles, cuanto heredó más
excelente nombre que ellos. Porque ¿a cuál5
de los ángeles dijo Dios jamás: Mi Hijo eres tú, yo te he engendrado hoy, y otra vez:
Yo seré a él Padre y él será a mí hijo?6Y otra vez, cuando introduce al Primogénito en
el mundo, dice: Adórenle todos los ángeles de Dios” (Hebreos 1:3-6).

Cristo fue engendrado (desde toda la eternidad) por el Padre, no creado. El Hijo es
engendrado al contemplar el Padre la imagen de Sí mismo; y el amor que une al Padre y
al Hijo es el Espíritu Santo. La Biblia habla de tres Personas en esencia (la Trinidad
esencial) (la imagen misma de Su sustancia), las cuales aunque todo lo hacen en
comunión, cada una tiene su actividad específica en los propósitos de Dios (la Trinidad
económica).

“Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para
conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Éste es
el verdadero Dios, y la vida eterna” (1 Juan 5:20).

CONCILIO DE EFESO

(III Ecuménico)

El Concilio de Efeso fue convocado por el emperador Teodosio el Joven en el año 431,
para fallar sobre la controversia nestoriana. Nestorio amenazaba separar la Persona de
Cristo. Éfeso, la antigua capital de la provincia romana de Asia, es una de las siete

20
ciudades cuyas iglesias locales recibieron sendas cartas del Señor por medio de Juan en
Apocalipsis.

Antecedentes

El Credo Niceno se refería primariamente a la Trinidad y a las relaciones entre Sus


miembros, Padre, Hijo y Espíritu Santo; pero quedaba sin aclarar la relación de lo divino
y lo humano en Jesucristo, controversia que habría de continuar hasta el siglo VII,
generando divisiones, de las cuales algunas siguen persistiendo hasta nuestros días, por
las diferentes interpretaciones acerca de cómo el Hijo de Dios y lo humano se habían
unido en Jesús de Nazaret. A pesar de los credos aprobados en Nicea y Constantinopla,
del todo no habían terminado las especulaciones en torno a la Persona del Señor Jesús.

Las dos principales escuelas teológicas de ese tiempo, la de Alejandría y la de Antioquía


tuvieron su enfrentamiento encabezado por sus dos patriarcas, Nestorio de
Constantinopla de la de Antioquía y Cirilo de Alejandría. La escuela de Alejandría
interpretaba las Escrituras alegóricamente, reduciendo al mínim o lo histórico, con la
tendencia de enfatizar al elemento divino, reduciendo el aspecto humano en Jesús, y su
gran exponente fue Apolinar, obispo de Laodicea. En la escuela de Antioquía, con
teólogos de la talla de Diodoro de Tarso, Teodoro de Mopsuestia, Nestorio y Teodoreto,
se cultivaba la erudición, se rechazaba la exégesis alegórica y daba mucha importancia al
estudio de documentos sobre el aspecto histórico de los evangelios y que contenían la
vida de Jesús; de ahí que allí le diesen mayor énfasis al elemento humano, sin que
negaran la deidad del Señor, pero diferenciándolo de tal manera del elemento divino, que
daba la impresión que para algunos de sus representantes, en Jesús hubo dos seres
separados.

Como se ve, ambas escuelas se iban a extremos tales, que se salían de la sana exégesis
del contexto bíblico. La escuela de Alejandría en ese punto era como una ampliación de
la enseñanza de Atanasio. Recordemos que Atanasio enfatizaba que «el Logos, quien era
Dios desde la eternidad, se hizo hombre».

Muchos pensadores cristianos, tanto de la escuela de Alejandría como de la de


Antioquía, no tenían claridad sobre la relación existente entre la divinidad y la humanidad
del Señor. Aunque ambas escuelas aceptaban la humanidad y la divinidad del Salvador,
sin embargo en Alejandría pensaban que la naturaleza divina penetró en la humana como
el fuego en una brasa encendida. Mientras que en Antioquía conceptuaban que en Cristo
había dos Personas, la divina y la humana.

Esta controversia cristológica continuó hasta el punto de señalarse dos extremos: por un
lado Nestorio, obispo de Constantinopla, discípulo de Teodoro de Mopsuestia, como
seguidor y sostenedor de la tesis de la escuela de Antioquía, sostenía lo de las dos
personas en Cristo, enseñando que el Verbo de Dios vino a morar en el hombre Jesús; y

21
por el otro, el ambicioso Cirilo, sucesor de Teófilo en el patriarcado de Alejandría desde
412 hasta 444, quien hablaba de una sola naturaleza en Cristo, como si en el Verbo
encarnado, la divinidad hubiese absorbido a la humanidad; de manera que ninguna de las
dos escuelas de pensamiento veía con claridad las dos naturalezas en una misma persona
invisible. Con Cirilo estaban varias clases de monofisitas, o sea, los seguidores de la
doctrina teológica que no reconoce dos naturalezas distintas en Jesucristo, la divina y la
humana, sino una sola naturaleza teándrica. Los monofisitas a la larga fueron creando
históricamente sus propias iglesias nacionales como la Armenia, la Etiópica, la Copta de
Egipto y la Siríaca-Jacobita.

Como se ve, Nestorio y Cirilo son los dos grandes protagonistas del Concilio de Éfeso;
grandes rivales, cuyas raíces se ahondan en las ambiciones, poder y hegemonía
eclesiástica en Oriente, y entre toda esa maraña de conflictos y odios, se enredaba el
asunto cristológico; pero lo que aparentemente encendió la rivalidad entre Cirilo y
Nestorio fue la polémica relacionada con María en cuanto madre de Jesús. La escuela de
Alejandría, con Cirilo a la cabeza y bajo una capa de ortodoxia nicena, le aplicaba a
María el nombre de Theotocos (Madre de Dios), lo cual no aceptaba la de Antioquía.

Nestorio, hombre erudito y prudente, como obispo de Constantinopla, atacó las herejías,
en especial los rezagos de las corrientes arrianas; pero como auténtico representante de la
escuela de Antioquía, para referirse a María en sus sermones, rehusaba emplear el
término griego Theotokos (Madre de Dios), y prefería en cambio Christotokos (madre
de Cristo), pues decía que lo que había nacido de María no era Dios, sino el templo en
donde vino Dios a morar, y dejaba al descubierto que no comprendía el significado de la
unión de las dos naturalezas en la Persona de Cristo.

Cirilo sostenía que el Verbo eterno vino y nació según la carne porque asumió
personalmente la naturaleza humana, por nuestra salvación. En este sentido, toda esta
controversia sigue girando en torno a la cristología, pues aún no se había iniciado la
mariología como sistema teológico. Es cierto que siendo el Verbo de Dios, Dios desde
toda la eternidad, María no fue la madre de Su naturaleza divina. Sin embargo, es bueno
ubicarnos en un prudente término medio, pues si bien es cierto que María es madre de la
humanidad del Hijo de Dios, no es menos cierto que lo que nació de su vientre también
es Dios desde toda la eternidad, y no es bueno confundir las palabras naturaleza y
persona, que son bien distintas, y así evitar el monofisismo. En Jesús hay dos
naturalezas pero una sola Persona. Recuérdese que sólo en el concilio de Calcedonia
vinieron a afirmarse las dos naturalezas de la única persona de Cristo. Aclaramos que
fueron los seguidores de Nestorio los que posteriormente concluyeron que en Jesús tenía
que haber dos personas.

Se dice que hubo un acalorado e inútil intercambio de cartas entre los dos obispos,
Nestorio y Cirilo. Más tarde ambos escribieron a Celestino, obispo de Roma, quien falló
contra Nestorio, tal vez movido porque Cirilo había sido más condescendiente para con

22
él que su rival, y, además, porque Nestorio se había mostrado un poco hospitalario con
unos pelagianos que habían huido a Constantinopla. Todo esto se fue agravando, y fue
necesaria la convocatoria de un concilio general que tratara esta controversia.

El Concilio

El concilio de Éfeso fue convocado por el emperador Teodosio el Joven, para ser
iniciado para Pentecostés del año 431. Como dato curioso anotamos que a este concilio
fue invitado Agustín de Hipona, pero no recibió la invitación debido a que su ciudad
eventualmente se hallaba sitiada por los vándalos, año en que también murió.

Cirilo y sus seguidores, en total unos setenta y ocho que ya habían llegado, y bajo la
presidencia de Cirilo, el principal opositor, y pese a las protestas de los presentes,
inauguraron las sesiones el 22 de junio del año 431, sin esperar al patriarca Juan de
Antioquía, ni a los amigos de Nestorio, los obispos de la escuela de Antioquía, ni a los
legados de Celestino, el obispo de Roma y el resto de obispos occidentales. Ante este
hecho, Nestorio se negó a comparecer. Nestorio veía en Cirilo no sólo al jefe del concilio
de Éfeso, sino también al juez, al acusador y acaparador de todo. Se dice que, en contra
de la práctica conciliar, en una sesión que duró todo el día, el Concilio condenó y depuso
a Nestorio, declarándolo el nuevo Judas, con el aval de Memnón, el obispo de Efeso,
quien se encargó de excitar el populacho de la ciudad, quienes más tarde cometieron
actos de violencia contra Nestorio y sus partidarios. La sentencia contra Nestorio
finalmente fue firmada por 198 obispos. Cirilo y sus partidarios celebraban un triunfo de
la Santa Virgen, más que de la doctrina cristológica, que en últimas era la cuestión del
debate, y toda la provincia estaba interesada en las conclusiones del concilio, si tenemos
en cuenta que de acuerdo a la tradición, la Virgen María vivió sus últimos años y murió
en la ciudad de Éfeso, y el fervor de los provincianos por María había borrado el que
antaño habían tenido por Diana de los efesios (cfr. Hechos 19). Haciendo gala de un
cristianismo decadente, es responsabilidad de Cirilo el haber mezclado un elemento de
tinte supersticioso, como es la piedad popular efesina hacia la virgen María, con la
discusión de una controversia teológica como es la cristología, con sus graves
consecuencias en el futuro del dogma de Occidente, a tal punto que en los tiempos que
vivimos hay serios proyectos de declararla dogmáticamente corredentora y mediadora de
todas las gracias.

Cuando llegaron Juan, obispo de Antioquía y el resto de partidarios de Nestorio,


sumando unos cuarenta y tres, y pretendiendo ser el legítimo concilio, también se
reunieron en asamblea y condenaron, depusieron y excomulgaron a Cirilo y a Memnón,
acusándolos de arrianos y apolinarios. Pocos días después arribó a Efeso la delegación de
obispos que representaba a Celestino de Roma, y sesionando con la mayoría,
excomulgaron a Juan y su partido.

Habiendo ambos bandos apelado al emperador, éste, tratando de conciliar los dos

23
partidos, confirmó se depusiera de sus cargos y se detuvieran los dos jefes de las dos
facciones, Juan y Cirilo, así como a Memnón; pero llegados los legados del obispo de
Roma, se pusieron de parte de Cirilo y solicitaron se reabriera el concilio, y se inició una
larga labor de reconciliación entre Juan y Cirilo, que a la postre resultó en que Cirilo
acabó aceptando una fórmula de fe propuesta por Juan de Antioquía. Este concilio, al fin
y al cabo dominado por Cirilo, se inclinó hacia la escuela de pensamiento teológico de
Alejandría con su sistema alegórico de interpretación bíblica, heredado de Filón, Orígenes
y Clemente, entre otros, y que ejerció influencia en la cristiandad, cuyas consecuencias
tuvieron que ver en el descuido de que fue objeto la Biblia en la edad media, y a la larga
el sistema alegórico de exégesis bíblica fortaleció el clericalismo y la hegemonía papal.
Sin embargo, la fórmula aportada por Juan de Antioquía, salvó a este concilio de caer en
el monofisismo, pues Cirilo tuvo que renunciar a algunos de sus puntos. La transcribimos
a continuación:

“Confesamos que nuestro Señor Jesucristo, Hijo unigénito de Dios, es verdadero Dios y
verdadero hombre, compuesto de un cuerpo y un alma racionales; que ha sido
engendrado del Padre desde antes de todos los tiempos en cuanto a su divinidad, y en
cuanto a su humanidad nació de una virgen en el cumplimiento del tiempo, por nosotros
y por nuestra salvación; que es de la misma sustancia que el Padre tocante a la divinidad
y de la misma sustancia que nosotros tocante a la humanidad, ya que las dos naturalezas
están unidas la una a la otra. De manera que no reconocemos más que un solo Cristo, un
solo Hijo y un solo Señor. A causa de esta unión, exenta de toda mezcla, reconocemos
igualmente que la Santa Virgen es madre de Dios, porque el Verbo, hecho carne, se unió
a partir de la concepción al templo tomado de ella. En cuanto a las expresiones
evangélicas y apostólicas sobre Cristo, una parte de las cuales los teólogos aplican a las
dos naturalezas, porque se refieren a una sola Persona, mientras que distinguen las otras,
porque se refieren a alguna de las dos naturalezas y las expresiones que convienen a Dios
se dirigen a la divinidad, mientras que las expresiones que señalan la humanidad se
dirigen a la humanidad”. Nestorio fue el que llevó la peor parte, pues se le mandó que

viviera en adelante en un monasterio, y más tarde se le exilió en el Alto Egipto en donde


vivió en condiciones supremamente angustiosas, tanto físicas como mentales. Se dice
que languideció por largos años en el desierto. Estando en el exilio escribió su defensa en
una confusa declaración de su fe, sosteniendo la presencia de lo divino y lo humano en
Cristo, pero con dos seres o personas distintas. Nestorio no admitía que el Logos divino
tuviera relación con sufrimiento o debilidad humana alguna, y sostenía que sus oponentes
alejandrinos incurrían en error al sobrestimar la divinidad de Jesucristo a expensas de su
humanidad. La opinión de la mayoría era que en Cristo hay dos naturalezas coexistentes
en una persona (prosopon) y una sustancia (hypostasis). A pesar de las persecuciones,
los nestorianos aún existen en países como Kurdistán, Persia y países del Cercano
Oriente, en donde suman unos 150.000 fieles.

Éfeso y el pelagianismo

24
Este concilio refutó los errores de Pelagio; controversia traída al concilio por la
representación occidental, ya no de tipo cristológico sino antropológico. Pelagio era un
monje británico que enseñaba la salvación del hombre por sus propios méritos y
esfuerzos, sin necesidad de la gracia divina, y que el hombre no hereda su naturaleza
pecaminosa de Adán. Pelagio no descartaba la gracia de Dios como valiosa, pero para él
no era indispensable para la salvación. Para refutar y condenar esta herejía, este concilio
usó el importante trabajo elaborado por Agustín, obispo de Hipona, en el norte de África,
en donde exponía claramente las doctrinas bíblicas de la universalidad del pecado, la
incapacidad natural del hombre para obrar el bien y conseguir su propia salvación, y de
que el hombre en forma absoluta necesita de la gracia de Dios para salvarse y perseverar
en la fe.

La doctrina bíblica de la gracia, ese don inmerecido de Dios a favor de nosotros los
hombres, tan claramente expuesta en el Nuevo Testamento, en especial en las cartas de
Pablo, ha sido duramente vilipendiada por el enemigo de Dios y de la Iglesia. Como
todos los errores y herejías, el pelagianismo y semipelagianismo, a pesar de haber sido
condenados en sínodos y concilios, ha tenido sus cultivadores a lo largo de la historia, y
paradójicamente hoy existen grandes vertientes de la cristiandad que siguen manteniendo
el énfasis en la gracia de Dios, pero mezclada con obras, en detrimento de la doctrina
bíblica de la predestinación y la soberanía de Dios en la elección y la perseverancia de los
santos. El hombre sí debe cooperar con la gracia de Dios en el sentido de usar su
voluntad para recibir voluntariamente la salvación, pues la salvación no es algo
irresistible; pero una vez salvo, el hombre es siempre salvo. La Palabra de Dios dice que
el hombre por sí solo no puede hacer el bien ni salvarse; y que la salvación es un regalo
de Dios que nadie merece ni en el pasado, ni en el presente ni en el futuro.
18 “ Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien
está en mí, pero no el hacerlo. Por cuanto7 la mente carnal es enemistad contra Dios;
porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede” (Ro. 7:18; 8:7).

“Porque la paga el pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo
Jesús Señor nuestro” (Ro. 6:23).

“28Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a
los que conforme a su propósito son llamados. 29Porque a los que antes conoció,
también los predestinó para que fuesen hechos conforme a la imagen de su Hijo, para
que él sea el primogénito entre muchos hermanos.30Y a los que predestinó, a éstos
también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a
éstos también glorificó. 38Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni
ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo porvenir, 39ni lo alto, ni lo
profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en

25
Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 8:28-30, 38-39).
3 “ Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda
bendición espiritual en los lugares celestiales 4en Cristo, según nos escogió en él antes
de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él,5en
amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de
Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad.11En él asimismo tuvimos herencia,
habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según
el designio de su voluntad” (Ef. 1:3-5, 11).

Nótese que la palabra dice que nadie se salva por sus propios méritos, nadie se salva por
obras u obedecer leyes; el hombre no tiene esa capacidad; sino que fue predestinado
desde antes de la fundación del mundo para esta salvación tan grande, cuya fuente es la
sola voluntad de Dios.
8“ Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de
9
vosotros, pues es don de Dios; no por obras para que nadie se gloríe” (Ef. 2:8,9).

“Los gentiles, oyendo esto, se regocijaban y glorificaban la palabra del Señor, y


creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna” (Hch. 13:48).

Consecuencias

Las dos grandes consecuencias negativas del concilio de Éfeso son el monofisismo y la
mariología. El monofisismo se desprende de los conceptos alejandrinos, con Cirilo como
uno de sus fundamentos, al presentar a la naturaleza divina de Cristo penetrando y
absorbiendo a la humanidad como el fuego a la brasa ardiendo, dando por resultado que
en Cristo se da una sola naturaleza.

En cuanto a la mariología, aunque en ese tiempo aún no se daba un culto público a


María, con el tiempo hemos visto la mariolatría que se ha desarrollado, debido al
innecesario énfasis que la declaración de Theotocos o Madre de Dios que le fue conferida
en Éfeso, se le ha concedido en los siglos posteriores, lo cual ha reñido en alguna manera
con el rigor de la cristocentricidad que caracteriza toda la teología bíblica.

El triunfo del arbitrario sistema alegórico alejandrino contribuyó asimismo a que se


oscureciera el significado de los textos bíblicos, lo cual trajo como consecuencia que la
Palabra de Dios perdiera autoridad, surgiera el escolasticismo en el afán de buscar luz por
medio del uso de la razón y la filosofía aristotélica, y se colocara la autoridad de la Iglesia
y de la Tradición por encima de la autoridad de la Escritura. A pesar de sus esfuerzos por
corregir esta situación, el sistema católico romano sigue insistiendo y arrogándose un
“magisterio” para la interpretación bíblica. Por estas razones hemos visto que a través de

26
los siglos la Biblia ha sido considerada como un libro oscuro, arcano, de difícil
interpretación, llegando a difundirse incluso la peregrina idea de que quien leyese la Biblia
podría perder la razón. Pero la misma Palabra de Dios dice:

“15Y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer
sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús.16Toda la Escritura es
inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en
justicia, 17a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para
toda buena obra” (2 Timoteo 3:15-17).

CONCILIO DE CALCEDONIA

(IV Ecuménico)

La ciudad de Calcedonia estaba ubicada frente a Constantinopla, sobre el Bósforo. Allí se


reunió el concilio, convocado por el emperador Marciano (450-457) en el año 451, para
fallar la controversia eutiquiana. Culminó la controversia cristológica y formuló lo que ha
sido considerado la doctrina ortodoxa de la relación entre las dos naturalezas de Cristo.
Este concilio condenó el monofisismo promovido por Eutiques.

Antecedentes

Como se esbozó en el capítulo anterior, Cirilo de Alejandría y con él el concilio de Éfeso


sembraron la semilla del monofisismo, y Eutiques (378-454), abad de un convento de
Constantinopla, fue uno de los que mejor se encargaran de que esta herejía se
desarrollara y el conflicto cobrara actualidad. Como se explicó, el monofisismo es el error
de los que niegan que Cristo tuviera las dos naturalezas. Sólo ven en Jesús al “Logos
humanizado”, que al encarnarse absorbió la humanidad, de tal manera que la anuló,
quedando sólo Su divinidad; echando por tierra de esta forma toda la teología de la
redención, pues al negarle la humanidad al Hijo de Dios, no podía ser el sustituto de los
hombres en la expiación. Estas desviaciones cristológicas tuvieron sus tenaces opositores
en las personas de Teodoro, patriarca de Antioquía, Flaviano, simpatizante de la escuela
antioquina y quien a la sazón ocupó la sede episcopal de Constantinopla en 446, y León
I, el Grande, obispo de Roma, quien al respecto escribió una carta dogmática al patriarca
de Constantinopla, la cual fue referida en su oportunidad en el concilio de Calcedonia, y
que se conoce como el Tomo de León I.

En el año 444, Dióscoro sucedió a Cirilo en el obispado de Alejandría, y fue asimismo su


seguidor en su celo por el prestigio y en su corriente teológica, pero fue más allá que
Cirilo en el énfasis dado a la naturaleza divina en Cristo. Eutiques se encargó de

27
denunciar que el credo acordado entre Juan de Antioquía y Cirilo en 433 era nestoriano,
y declarando un poco confusamente que antes de la unión (la encarnación) en Cristo
había dos naturalezas, la divina y la humana, pero después de la unión (encarnación) se
mezclaron las dos de tal manera que la divina absorbió la humana, y vinieron a constituir
una sola naturaleza, la cual fue plenamente divina. En esa forma, el Hijo vino a ser
homoóusion (de una sustancia) con el Padre, pero no con el hombre. Eutiques, al negar
que Cristo hubiese tenido una naturaleza humana, en la práctica estaba negando la
encarnación y la obra redentora del Salvador, y de ahí que se diga que Eutiques es el
verdadero fundador de la herejía monofisita (de monofusis = una sola naturaleza). En
verdad, Eutiques, no era un hombre tan erudito como para formular por sí solo una
cristología de reaccionar en contra del nestorianismo que dividía a Cristo en dos
personas, cayó en el error de declarar que las dos naturalezas de Cristo se habían
fusionado en una sola; cuya conclusión final fue que Cristo no era ni verdadero Dios ni
verdadero hombre. A pesar de que Eutiques fue denunciado y excomulgado como
injuriador de Cristo y depuesto de toda actividad sacerdotal en un sínodo reunido en
Constantinopla en 448 bajo la presidencia de Flaviano, este heresiarca no aceptó aquella
sentencia y apeló al emperador, presentando también su causa ante otros obispos,
incluyendo a León I el Grande, obispo de Roma. Otro tanto hizo Flaviano. León prestó
su apoyo a Flaviano, enviándole una extensa carta dogmática conocida como el Tomo
(Tomus Leonis), exponiéndole su punto de vista cristológico, el mismo que era sostenido
en Occidente desde Tertuliano, que consistía en afirmar que en Jesucristo, las dos
naturalezas completas, la divina y la humana, se unían en una persona, sin que ninguna
de ellas primara en detrimento de las propiedades de cualquiera de las naturalezas o
sustancias.

Eutiques halló un pleno apoyo en Alejandría, y sobre todo en Dióscoro, su patriarca,


quien consiguió con el emperador Teodosio II el Joven convocara nuevamente el concilio
en Éfeso. Al igual que había hecho Cirilo, Dióscoro llevó a Éfeso la guardia especial de
su obispado y gran número de monjes partidarios de Eutiques procedentes de las
fronteras de Persia y Siria, a fin de imponer por la fuerza sus convicciones teológicas.

El Sínodo Ladrón

El emperador convocó a los obispos de todo el imperio para tratar esta controversia, el
cual se reunió de nuevo en Efeso en 449, presidido y dominado por Dióscoro, quien
tomó la parte de Eutiques, y por no haber asistido León, obispo de Roma, sino que fue
representado por dos legados, se prohibió la lectura de su Tomo. Como es de suponer, el
concilio aprobó unánimemente el monofisismo, y Eutiques fue plenamente rehabilitado,
depuesto Flaviano y excomulgado León. Cuando alguien tan sólo aludió a las dos
naturalezas de Cristo, no faltaron voces pidiendo que el tal fuese quemado vivo o partido
en dos. Como Flaviano, el obispo de Constantinopla, era defensor de la ortodoxia,
Dióscoro, sin escuchar las protestas del legado romano, y con el apoyo de soldados
imperiales, monjes y guardias del obispo alejandrino, se abalanzaron contra Flaviano, lo

28
golpearon, lo pisotearon, muriendo al cabo de tres días, camino del destierro, como una
triste consecuencia de la intolerancia y del episcopal odio. Los obispos, en medio de
semejante alboroto y pavor, al hallar las puertas del templo cerradas cuando trataron de
huir, les obligaron a firmar en papel blanco unas actas que fueron después redactadas al
gusto de los dominantes. No es extraño, pues, que León I y los leales a Roma hayan
llamado a esta segunda reunión del concilio de Éfeso, "el sínodo de ladrones".

A pesar de las denuncias del obispo de Roma y el resto de obispos occidentales, el


emperador se negó a convocar un nuevo concilio a fin de arreglar este grave asunto. Los
obispos eran impotentes para hacerlo. A partir de Constantino, la Iglesia había aceptado
el apoyo estatal, y este era parte del precio que tenía que pagar. Por lo pronto el
monofisismo fue impuesto como religión oficial, so pena de infringir la ley. Pero León I
no permaneció pasivo y se opuso tenazmente al monofisismo, condenando las decisiones
del “sínodo ladrón”, y su intervención fue decidida, preocupándose por altas
disquisiciones teológicas, y por fin fue atendido en sus demandas de un nuevo concilio
ecuménico, para cuya convocatoria influyó Pulqueria, la esposa del emperador, a la
sazón partidaria de la ortodoxia.

Desarrollo del concilio

En el año 451, el emperador Marciano (450-457), sucesor de Teodosio el Joven,


convocó un nuevo concilio, el cual se reunió en Calcedonia, conocido más tarde como el
Cuarto Concilio Ecuménico. Abrió sus sesiones el 8 de octubre, y se reunieron alrededor
de unos seiscientos obispos, la mayoría procedente de Oriente. También esta vez León
se hizo representar por unos legados venidos de Roma, tres obispos y dos presbíteros, a
los cuales prodigaron un trato preferencial. Dióscoro no presidió por no estar de acuerdo
con tal concilio, sino que la presidencia estuvo a cargo de los comisionados imperiales,
compartida con los representantes romanos. Dióscoro se sentó en el banco de los
acusados, junto con otros de sus partidarios. Fueron anuladas las resoluciones del
“sínodo de ladrones” y se condenó la herejía de Eutiques y Dióscoro; este último fue
depuesto y excomulgado. Fue condenado el monofisismo. Fue leída la profesión de fe de
Nicea, y fue leído y aprobado el Tomo de León de donde extractaron unos puntos de
vista que incluyeron en un credo o declaración doctrinal que adoptaron los asambleístas,
en donde se denuncian los dos extremos erróneos del nestorianismo y el monofisismo,
condenando tanto la confusión de las dos naturalezas, como la división de la única
Persona de Cristo, cuya sustancia es del siguiente tenor:

“ Siguiendo, pues, a los santos padres, nosotros todos, a una voz, enseñamos que ha de
ser confesado uno solo y el mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, perfecto en
divinidad y perfecto en humanidad, verdadero Dios y verdadero hombre, de alma
racional y cuerpo, de la misma sustancia (homousios) con el Padre en cuanto a la
divinidad, y de la misma sustancia (homoóusion) con nosotros en cuanto a la
humanidad, semejante a nosotros en todo, menos en el pecado (Hebreos 4:15);

29
engendrado del Padre antes de todos los tiempos en cuanto a la divinidad, y el mismo,
en estos días posteriores, por nosotros y para nuestra salvación, nacido de la Virgen
María, Madre de Dios (Theotokos) en cuanto a la humanidad; que se ha hecho
reconocer uno y el mismo Cristo, Hijo, Señor, Unigénito, en dos naturalezas,
inconfundibles, inmutables, indivisibles, inseparables, no siendo quitada de ninguna
manera la distinción de las dos naturalezas por la unión, más bien siendo conservada
la peculiaridad de cada naturaleza y concurriendo cada naturaleza en una sola
persona (prosópon) y una sola sustancia (hypóstasis), no partidas ni separadas en dos
personas, sino uno y el mismo Hijo Unigénito, la Palabra divina (Theou Logon), el
Señor Jesucristo; como desde el principio declararon los profetas acerca de Él, y el
mismo Señor Jesucristo nos ha enseñado, y el credo de los santos padres ha
transmitido hasta nosotros.”

Como lo podemos ver en el anterior credo, Eutiques fue denunciado como hereje y su
creencia condenada. Diósforo fue depuesto y excomulgado, y Flaviano, aunque ya había
muerto, fue exonerado post mortem. Es importante anotar que el Concilio de Calcedonia
"oficializó" la supremacía de la sede del obispo de Roma sobre las de Constantinopla y
las más antiguas de Jerusalén, Antioquía y Alejandría, quedando como segunda la de
Constantinopla, diríamos que poniendo bases para el posterior Cisma de Oriente.
Hacemos claridad que, de acuerdo con las Sagradas Escrituras y a Cirilo de Alejandría, el
Señor Jesús fue concebido virginalmente por el Espíritu Santo en el vientre de María.
Dice Lucas 1:35: “Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y
el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que
nacerá, será llamado Hijo de Dios”; de manera pues que María fue madre de un Ser
hombre y Dios a la vez. Podemos afirmar, pues, que María no sólo era christotokos
(madre de Cristo) sino también, en cuanto a la encarnación del Verbo, theotokos (madre
de Dios).

Oficialmente la autoridad conciliar había condenado el arrianismo, el nestorianismo y el


monofisismo, en términos fieles a la Palabra de Dios, que han sido aceptados tanto por
los católicos, como por los ortodoxos orientales, y últimamente por los protestantes. Pero
no obstante, el peligro que encierran las definiciones teológicas conciliares es que ellos
mismos las consideraron ortodoxas y acertadas, no porque estuviesen de acuerdo a las
Sagradas Escrituras, sino porque eran inspiradas por el Espíritu Santo; acerca de lo cual
el mismo obispo de Roma Gregorio el Grande llegó a decir que las decisiones de los
primeros cuatro concilios debían honrarse a la par que los cuatro evangelios. Sin
embargo, no se les puede negar que históricamente fueron dotados de autoridad por
Dios, a fin de dirimir estas controversias sobre asuntos de tanta importancia para la vida
de la Iglesia, pero la declaración de que las decisiones conciliares deben honrarse a la par
que las Sagradas Escrituras, ha contribuido a introducir “dogmas” heréticos, por el hecho
de haber sido aprobados por concilios llamados ecuménicos, que muchas veces han
subestimado la verdad de Dios que aparece en la Biblia, Palabra sí inspirada por el

30
Espíritu Santo. Los hombres nos contradecimos y nos equivocamos, así sea que se trate
de perínclitos e ilustres obispos, doctores en teología y toda ciencia, duchos en los
intríngulis de la política y las veleidosas pasiones humanas, reunidos en asambleas de la
más alta confiabilidad; pero Dios no se equivoca. Dios es fiel a Su Palabra y a Su
propósito eterno.

“Por tanto, como la lengua del fuego consume el rastrojo, y la llama devora la paja,
así será su raíz como podredumbre, y su flor se desvanecerá como polvo; porque
desecharon la ley de Jehová de los ejércitos, y abominaron la palabra del Santo de
Israel” (Is. 5:24). “Sécase la hierba, marchítase la flor; mas la palabra del Dios
nuestro permanece para siempre” (Is. 40:8).

Consecuencias

No obstante la claridad doctrinal del credo calcedonio y las decisiones tomadas en el


terreno cristológico, continuó extendiéndose el monofisismo y las ideas alejandrinas, en
contraposición con Occidente bajo el liderazgo de Roma y la parte oriental que reconocía
a Constantinopla y que siguieron apoyando las determinaciones del Concilio de
Calcedonia.

Los monofisitas daban mayor énfasis a la naturaleza divina de Cristo, afirmando que la
naturaleza divina transformaba la humana de tal manera que todo llegaba a ser divino,
aunque quedándole algunas características humanas, de manera que los monofisitas no
aceptaron las decisiones del Concilio de Calcedonia. Fueron influidas por el monofisismo
regiones como parte de Egipto, Etiopía, mucho de Siria, con tendencias en Armenia y
Persia, con nuevos brotes de división en la Iglesia y amenazando la unidad del Imperio.
Rotos ya los vínculos, desde entonces las iglesias no calcedonenses, aunque muy
diezmadas por el triunfo del mahometanismo, continúan separadas de las grandes
tradiciones de las iglesias de oriente y occidente.

Como en el fondo el interés imperial era la unidad política del imperio por encima de los
intereses de la Iglesia, en el año 476, el emperador Basílico condenó el Tomo de León y
las decisiones de Calcedonia mediante un documento llamado Encyclion. Zenón, otro
astuto emperador, en 482, en un intento de acercar a los monofisitas con los calcedonios,
publicó un documento propenso a equívocos llamado Henoticón, y dirigido para que
fuera aceptado por los dos bandos, con la consecuencia de que fue rechazado por los
más radicales monofisitas, por los obispos de Occidente con el de Roma a la cabeza,
quien rompió relaciones con el de Constantinopla por haberlo aceptado. Téngase en
cuenta que a la par que se desarrollaba la doctrina del primado romano, es contrapesada
esta evolución por el desarrollo paralelo de la supremacía de Constantinopla en Oriente, y
el concilio de Calcedonia toma parte activa en esto. El concilio de Calcedonia, elevó al
obispo de Constantinopla a un rango de igualdad con el de Roma, en su condición de
patriarca de la otra capital del Imperio.

31
Justificación por la fe.

Por considerarlo contemporáneo con la época del desarrollo de los acuerdos de este
concilio, insertamos lo siguiente: Bíblicamente la salvación de los hombres es sólo por la
gracia de Dios, y que los recipientes de la gracia son predestinados y cuyo número es
infaliblemente fijo. Pues bien, el sínodo de Orange en 529, cuyas decisiones tuvieron la
aprobación papal, acordó que por la gracia transmitida mediante el bautismo, todos los
que se bautizan pueden, si trabajan fielmente, hacer aquellas cosas que “pertenecen a la
salvación del alma”.

Hay que tener en cuenta que hubo épocas de eventuales conversiones en masa, en que el
bautismo era prácticamente universal, y en las generaciones subsiguientes fue
suministrado incluso a los infantes, sin que ellos, como es lógico, tuvieran conciencia de
aquel acto, de modo que como resultado se presume que todos podrían ser salvos, si
trabajan únicamente con Dios, en caso de que ejecutaran aquellas cosas que eran
consideradas como mandadas por Dios por medio de la Iglesia. Pero, ¿es la salvación por
obras? ¿Esta clase de cristianismo profesado no es acaso patentemente superficial?
¿Habrá en estas prácticas comprensión del verdadero sentido del evangelio? ¿Dónde
había quedado la expresión de la vida interior del cristianismo?
9 “ Quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino
según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los
tiempos de los siglos,10pero que ahora ha sido manifestada por la aparición de nuestro
Salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte y sacó a la luz la vida y la inmortalidad
por el evangelio” (2 Ti. 1:9-10).

Conforme la enorme caída que la Iglesia experimentó en la historia, con su infidelidad al


Señor y unión con el mundo, casi todas las cosas con que Dios la había dotado se
perdieron, se olvidaron, quedaron desconocidas. Por ejemplo, se perdió la salvación por
la gracia mediante la fe, la cual fue cambiada por las obras; se perdió la vida en el
Espíritu, se perdió la regeneración espiritual, se perdió la verdadera comunión de los
santos; se prohibió la lectura de la Biblia, se perdió la expresión de la unidad del cuerpo
de Cristo. El Señor desde la Reforma de Lutero y otros, comenzó a restaurar todo eso
que hemos enumerado y otras cosas, pero todavía vemos muchos religiosos y aun
hermanos cristianos, aferrados a la salvación por obras, al cumplimiento de leyes y ritos,
a tener una apariencia de piedad para agradar a Dios y no perder la salvación; pero la
salvación no depende de nuestras obras, pues depende de la obra de Dios, la obra del
Señor Jesús mediante Su encarnación, Su muerte en la cruz y gloriosa resurrección y
ascensión a la diestra del Padre.

La Palabra de Dios dice que Él nos dio vida cuando estábamos muertos en nuestros
delitos y pecados. Nuestra salvación eterna no depende de lo que hagamos nosotros, sino
de lo Dios ha hecho; somos salvos por la pura gracia de Dios. De nuestras obras y de

32
nuestra fidelidad y obediencia al Padre, sí depende que participemos o no con el Señor
en el reino milenial. Todos compareceremos ante el tribunal de Cristo, y ahí es donde
habrá claridad de si nos hemos negado a nosotros mismos y hemos llevado cada día
nuestra cruz.

Sin embargo, ¿cuál es nuestra responsabilidad? Dios nos ha dado la salvación por medio
de la obra de Su Hijo, y nuestra responsabilidad es aceptar esa salvación. El Señor te
extiende ese regalo y tú estás en la libertad de aceptarlo o rechazarlo. El evangelio dice:
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito (la parte
de Dios), para que todo aquel que en él cree (la parte del hombre), no se pierda, mas
tenga vida eterna” (Juan 3:16). Dios nos revela a Cristo y por Su Espíritu nos convence
de pecado de no creer en Cristo y nos trae al Señor, pero espera que usemos nuestra
voluntad para recibir esa salvación. “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el
que desobedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Juan
3:36). La Biblia dice que algunos no le recibieron, “mas a todos los que le recibieron, a
los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12).
El Señor manifiesta en Su Palabra que Él muchas veces ha querido hacer algo, pero
nosotros no hemos querido; y Él respeta nuestra voluntad.

CONCILIO DE CONSTANTINOPLA II

(V Ecuménico)

El Segundo Concilio Ecuménico de Constantinopla, considerado el Quinto Concilio


Ecuménico, fue celebrado en el año 553, convocado por el emperador Justiniano I, para
resolver la controversia monofisita. Sus sesiones se llevaron a cabo en Constantinopla, la
Nueva Roma. Este concilio rechazó el punto de vista de los tres prominentes teólogos de
Antioquía (y los famosos «tres capítulos») y de ese modo aprobó la interpretación que
Cirilo había dado a las deliberaciones de Calcedonia.

Antecedentes

Veamos un apretado panorama de la situación político religiosa que se vivía en el Imperio


Romano en su ala bizantina, en los años previos a la convocatoria del Segundo Concilio
de Constantinopla. El emperador Justiniano I (gobernó entre 527-565), se interesó por la
uniformidad religiosa del imperio y trabajó por una política eclesiástica fuertemente
centralizada. Es interesante saber que este emperador cerró todas las escuelas de filosofía
de Atenas, por considerarlas inconsistentes con el cristianismo; por mandato de él, tanto
obispos como oficiales civiles debían perseguir las supersticiones paganas; decretó la
pena de muerte para los maniqueos y para todos los herejes que después de haberse
retractado, volviesen a sus antiguas creencias. Condenó por decreto a los nestorianos.

33
En su Código « Corpus Juris Civilis» (Cuerpo de leyes civiles), estableció con su
autoridad al obispo romano, en ese momento Juan II, como Jefe de todo el cuerpo
eclesiástico del Imperio. En su carta lo trata de «Su Santidad», y «por ser cabeza de
todas las santas iglesias», aunque su posterior proceder respecto de la sede romana da a
entender que Justiniano no entendía muy bien lo de la primacía romana, como el caso de
llegar a deponer al papa Silverio (536-537) al cabo de un año, pretextando que durante el
sitio de Roma por los godos, Silverio había favorecido a los sitiadores, (aunque en el
fondo la verdadera razón era que el papa se había negado a reconocer un patriarca
monofisita de Constantinopla), y en su lugar elevó a la sede romana a Vigilio, un diácono
favorecido por la emperatriz Teodora, a la sazón simpatizante de los monofisitas. Pero lo
curioso es que a la convocatoria del Segundo Concilio de Constantinopla, ante la negativa
de Vigilio de asistir, Justiniano lo trajo a la fuerza a Bizancio, y ante las continuas
protestas del papa, éste fue destituido por Justiniano y desterrado, ante lo cual Vigilio
tuvo que ceder, y entonces fue cuando pudo volver a Roma, con la condición de que
aceptara el concilio. Bajo su concepción de las cosas y en su confusión de las potestades
civiles y eclesiásticas, en realidad Justiniano considera a Vigilio a manera de un dócil jefe
del “Departamento de Religión” del Estado. ¿Por qué esto precisamente con la sede de
Roma? Para tener influencia sobre un gran número de iglesias occidentales.

Justiniano tomó el nombre de « Isapóstolos» (igual a los apóstoles), y dictó leyes en que
sujetaba las cuestiones de la vida de la Iglesia bajo la jurisdicción del emperador y el
gobierno bizantino, tales como la elección de obispos, el culto público, la administración
de los bienes y propiedades de la Iglesia, la ordenación del clero, la injerencia en la
moralidad del clero con relación a la simonía, la compra de puestos eclesiásticos, y el
nombramiento de los abades de los monasterios.

Justiniano trabajó para lograr el triunfo sobre sus rivales de la fe ortodoxa acordada en el
concilio de Calcedonia, especialmente sobre los arrianos. Justiniano trataba de efectuar
un convenio entre los partidarios de Calcedonia y los más moderados de los monofisitas,
sobre la base de mantener en ejecutoria los decretos de Calcedonia, pero inclinándolos
hacia los puntos de vista de Cirilo de Alejandría, quien al mismo tiempo que reconocía el
elemento humano de Cristo, lo subordinaba a lo divino. Para ello Justiniano se apoyó en
los escritos de León de Bizancio, un monje contemporáneo, quien empleando las
“categorías” aristotélicas sostenía que se podían asegurar las dos naturalezas en Cristo sin
caer en el extremismo nestorianista, y que esas dos naturalezas podían estar tan
mezcladas y unidas entre sí, que en Cristo no habría sino una hypóstasis, la del Logos.

Aún en los tiempos de Justiniano, eran tantos los obispados y los monasterios fieles a la
herejía monofisita, que fácilmente era confundida con la ortodoxia oficial, a tal punto que
la emperatriz Teodora simpatizaba con ese error cristológico, y el mismo emperador lo
consideraba un punto de vista capaz de ser reconciliado con la ortodoxia de Occidente,
en donde había sido plenamente aceptada la fe de Calcedonia, a pesar de que el concilio
de Calcedonia había tenido mayoría de participación de obispos de Oriente.

34
¡Cómo se había alejado la cristiandad de aquel espíritu evangélico que caracterizaba a los
que anduvieron con el Señor por los caminos de la Tierra Santa, y luego de los discípulos
de éstos! ¡Cómo se había perdido el primer amor y el humilde celo por las cosas del
Señor! ¡Cómo había caído la Iglesia del lugar en donde el Señor la había levantado
cuando Él fue levantado a la cruz, cuando Él fue resucitado, y cuando fue glorificado
ascendiendo al Padre y enviando a Su Santo Espíritu! En los tiempos de este pujante
emperador, lastimosamente continúan en pugna las rivalidades patriarcales y el rigor de
imponer sus divergentes opiniones teológicas. La escuela alejandrina seguía sosteniendo
que la antioquena había sido aplastada en Éfeso en el año 431, y el monofisismo tendría
que triunfar, con ese inusitado florecimiento que había tenido en Oriente. El emperador
observaba todo aquello, viéndolo como un peligro para la unidad política del imperio, y
debía tomar cartas en el asunto.

Como el monofisismo había tomado tanta fuerza, como una medida conciliatoria, y para
aplacar a los egipcios y su corriente alejandrina, el emperador Basiliso había condenado
el Tomo, la carta dogmática de León I Magno, así como la declaración ortodoxa de
Calcedonia, en su decreto « Encyclion», del año 476. Asimismo Zenón, en el año 482,
en su decreto « Henotikon», había condenado a Eutiques y a Dióscoro, rechazando el
concilio de Calcedonia. Pero a pesar de estas medidas, no se había encontrado solución
para el latente cisma de la cristiandad en el Imperio. Los orientales no los aceptaron y los
occidentales los consideraban una traición a Calcedonia.

En el año 544, para mostrarse complaciente con los poderosos monofisitas, el emperador
Justiniano, asesorado por un consejero, expidió un edicto imperial por medio del cual
condenaba tres escritos algunas veces conocidos con el nombre de «Los Tres Capítulos»,
por medio del cual condenaba:

1 . La persona y los escritos de Teodoro de Mopsuestia, quien había tratado de justificar


las ideas de Nestorio sobre las dos naturalezas de Cristo, y que habían sido rechazadas
por el Iglesia. Teodoro era teólogo de la Escuela teológica de Antioquía, donde se
cultivaba la erudición y se rechazaba la exégesis alegórica.

2 . Los escritos de Teodoreto de Ciro (386-458), exégeta y5


teólogo de la escuela de Antioquía, quien también se había levantado en favor de
Nestorio, contra Cirilo de Alejandría y el concilio de Éfeso.

3. Una carta de Ibas de Edesa, que defendía a Teodoreto contra Cirilo.

Este edicto despertó nuevas disensiones en vez de contribuir a la armonía, y Occidente


creyó ver en este edicto imperial que condenaba los Tres Capítulos, una reivindicación
del monofisismo y un repudio al concilio de Calcedonia, en donde Teodoreto de Ciro e
Ibas de Edesa habían sido reconocidos dentro de la comunidad ortodoxa; además,
muchos obispos consideraron este decreto como inicuo por tratarse de personas

35
fallecidas.

El “infalible” papa Vigilio intervino en esta controversia con una actitud vacilante y
contradictoria de sí mismo. Recuérdese que le debía fidelidad a la ortodoxia occidental,
pero a la vez a Justiniano y a su esposa, quienes en el año 537 lo habían elevado a la
sede romana. Comenzó oponiéndose al edicto imperial y rompiendo relaciones con el
patriarca de Constantinopla. Luego fue a Constantinopla y, bajo la presión del
emperador, cambió de parecer expidiendo un «Iudicátum» apoyando a Calcedonia, pero
condenando los escritos anatematizados por el edicto imperial, tratando de quedar bien
con todos. A su vez el «Iudicátum» papal fue censurado por occidente en pleno, y en
especial por muchos obispos de Galia, África del Norte, Escitia, Dalmacia e Iliria, en
donde lo tenían por hereje, ya que comprometía la fe de Calcedonia, por lo cual el
veleidoso Vigilio retiró y anuló su propio «Iudicátum» en 550. Lo anterior dio por
resultado que el emperador Justiniano convocara el llamado Quinto Concilio Ecuménico,
reunido en Constantinopla en 553.
5 Teodoreto de Ciro, fue obispo. Historiador eclesiástico antiguo, además de exégeta,
teólogo y polemista. A él se le debe la clarificación de las dos naturalezas en Cristo, base
del concilio de Calcedonia, en contra de las ideas monofisitas de Eutiques. Es
considerado el más distinguido teólogo de la escuela de Antioquía.

El concilio

Huyendo de las retaliaciones del emperador, Vigilio se había refugiado en Calcedonia, en


la catedral de Santa Eufemia, en donde habían tenido lugar las sesiones del último
concilio ecuménico, y había solicitado como condición para asistir al nuevo concilio, que
fuese igual el número de obispos occidentales que orientales, lo cual no se cumplió; y a
pesar de las protestas de Vigilio, el concilio fue inaugurado el 5 de mayo del año 553, por
el patriarca Eutiquio de Constantinopla, en el templo episcopal.

A pesar de la oposición de Vigilio y su negativa a asistir por la abrumadora mayoría


griega, la asamblea confirmó la condenación de los Tres Capítulos. Paralelamente,
secundado por dieciséis obispos, y en su intención de dar un juicio independiente sobre
los asuntos tratados en el concilio, publicó un documento conocido como el
«Constitutum», en donde condenaba sesenta proposiciones de Teodoro de Mopsuestia, y
prohibiendo la condenación de los otros capítulos. El concilio, sin romper relaciones con
Roma, acusó a Vigilio de nestorianismo, e hizo que el nombre de Vigilio fuese borrado de
los registros de los obispos, por lo cual, habiendo sido desterrado por un edicto imperial,
después de seis meses de exilio, mediante un segundo « Constitutum», Vigilio concedió
legitimidad al concilio, aceptó las decisiones conciliares, condenando de paso de nuevo
“los Tres Capítulos” y a sus defensores, y de regreso a Roma, murió en el camino en
554.

36
De esta manera fue hecha oficial para el cristianismo ortodoxo la interpretación cirílica de
Calcedonia. Con la condena de tres de sus más insignes representantes, la escuela
antioquena recibía un duro golpe de su rival alejandrina, cuya sistema alegórico se
impondría nefastamente por muchos siglos en la historia de la Iglesia. No obstante, este
concilio de Constantinopla II no tuvo el reconocimiento de muchos obispos en Italia y
Galia.

Para compensar ante el resto de la cristiandad las decisiones expuestas arriba, este
concilio condenó algunas de las enseñanzas erróneas atribuidas a Orígenes y tres obras
atacadas por los monofisitas. Orígenes, antiguo maestro de la escuela de Alejandría,
había enseñado la creación eterna del mundo, la negación de la resurrección corporal, la
salvación universal y la existencia preterrestre de las almas. También confirmó el concilio
las prerrogativas del patriarca de Constantinopla, pues lo libró de la jurisdicción del
metropolitano de Heraclea, en Tracia, y le asignó un rango solamente superado por el de
Roma.

Consecuencias

Pese a la intención de Justiniano, el Quinto Concilio Ecuménico no restauró la unidad de


la Iglesia, pues no logró reprimir lo que amenazaba a la ortodoxia. Este concilio, que no
aportó nada constructivo a la Iglesia, no fue considerado ecuménico sino mucho más
tarde, y por más de un siglo una parte de las iglesias del Occidente estuvo separada del
resto de la Iglesia. Como es de suponer, la herejía monofisita no fue extinguida, sino que
se vigorizó, y la condena de los Tres Capítulos iba en contra vía de las decisiones de
Calcedonia, y paradójicamente un concilio condenaba parte de lo que otro había
aprobado. De ahí que Justiniano, agotados los medios de la negociación, de la
persuasión, de la convocatoria de un concilio, decidió a última instancia conseguir esa
unidad cristiana y ortodoxa por medio de la fuerza, pero la muerte lo sorprendió en su
intento de imponer de ese modo sus puntos de vista cristológicos. El monofisismo llegó a
desarrollarse tanto, que Jacobo Baradeo, nacido aproximadamente en el año 490, siendo
obispo y dedicado a la vida ascética, viajando casi siempre a pie, vestido sólo de ropas
hechas de pelo de caballo, extendió el monofisismo y lo fortaleció, de tal manera que
llegó a consagrar a dos patriarcas, ochenta y nueve obispos y cien mil sacerdotes, desde
el año 542 a 578.

Por un lado el Código de Justiniano, el « Corpus Juris Civilis», serviría para encumbrar
al Romano Pontífice sobre todos los dominios políticos y religiosos de Europa, y como
consecuencia la institución católica romana impidió que la luz del evangelio iluminara
sobre el continente europeo, y en su lugar sobreviniese una era de tinieblas y de
paganismo disfrazado de cristianismo. ¿De dónde surgió el cesaropapismo medieval?
Remítase al Código de Justiniano y la dominación de la Iglesia por el emperador, que se
había iniciado con Constantino y que había llegado a su clímax con Justiniano, y que hizo
de la Iglesia un instrumento del Estado. Por eso al cesaropapismo también se le llamó

37
bizantinismo.

Por otro lado, el triunfo de la escuela alejandrina le dio bases al papado para que se
erigiese por encima de las Escrituras, como único intérprete autorizado, dándole a la
Palabra de Dios un carácter misterioso y un significado oscuro, que el Señor nunca le
dio.

La Biblia misma se encarga de rebatir el error monofisita. Las Sagradas Escrituras nos
dicen que en la única Persona del Señor Jesucristo existen las dos naturalezas, la divina y
la humana; que es verdadero Dios y verdadero Hombre. Por ejemplo:

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el verbo era Dios” (Juan 1:1).

15 “ Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación.16Porque en él


fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra,
visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades;
todo fue creado por medio de él y para él.17Y él es antes de todas las cosas, y todas las
cosas en él subsisten. Porque en él habita9
corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Col. 1:15-17; 2:9).

“El cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y


quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder” (Hebreos 1:3).
2 “ En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha
venido en carne, es de Dios; y todo3 espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido
carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído
que viene, y que ahora ya está en el mundo” (1 Juan 4:2,3).

“Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo
hombre” (1 Timoteo 2:5).

“Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos
pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos
justos” (Romanos 5:19).

“Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la
resurrección de los muertos” (1 Corintios 15:21.

Las Escrituras abundan en textos que declaran que el Señor Jesús es Dios y Hombre, o
mejor Dios-Hombre. Quien pretenda anularle Su naturaleza humana, con ello está
negando Su poder de ser nuestro sustituto en Su obra en la cruz.

38
CONCILIO DE CONSTANTINOPLA III

(VI Ecuménico)

Celebrado mediante dos convocatorias: La primera en el año 680-681, por el emperador


Constantino IV Pogonato, quien invitó al papa Agatón a que enviara sus legados; la
segunda convocada por el emperador Justiniano II en el año 692. Se debatió sobre la
doctrina de las dos voluntades en Cristo y Sus dos naturalezas, condenando el
monoenergismo o monotelismo. La conclusión fue que Cristo tenía dos voluntades,
existiendo una perfecta armonía entre ambas. Su voluntad humana estaba siempre en
sujeción a Su voluntad divina. Sus sesiones fueron llevadas a cabo en la ciudad de
Constantinopla, la Nueva Roma.

Antecedentes

En el siglo VII el cristianismo atravesaba una crisis decadente debido a una relajación
moral y espiritual de la mayor parte del pueblo cristiano. La Iglesia estaba sufriendo una
preocupante debilidad; por doquier reinaba una frialdad debida a que la fe en las personas
era sólo nominal; el clero y los monjes daban un pobre testimonio de vida, y ya
empezaba mucha de la desorientación e ignorancia que caracterizó a los creyentes de la
Edad Media.

A comienzos del siglo VII se había cerrado la era histórica del mundo antiguo y alboraba
el medioevo con su oscurantismo a cuestas, y aún persistía el error monofisita en torno a
las dos naturalezas de Cristo, pues muchos obispos orientales seguían defendiendo esta
doctrina, sin que muchos otros dejaran de ser simpatizantes. Los emperadores bizantinos
habían hecho fallidos intentos por reconciliar a los ortodoxos con los monofisitas, y una
vez más lo intentó el emperador Heraclio (610-641) por sugerencia de Sergio, patriarca
de Constantinopla (610-638), hallando para ello apoyo en ciertos escritos atribuídos a
Dionisio el Areopagita, el cual había dicho que Cristo obraba acciones divinas y humanas
por una sola energéia.

Sergio, tratando de solucionar el conflicto divisivo propone una “bizantina” fórmula que a
la postre no fue más que una nueva herejía, pues pidió suspender esta controversia sobre
si Cristo obraba por medio de una o más energéia. Sergio propuso que todos estuviesen
de acuerdo en que en el Verbo encarnado había dos naturalezas, pero una sola operación
y una sola voluntad (thélema) divino-humana, que él denominaba “única energía
natural divino-humana”, a lo cual se le llamó “monotelismo”, de monos, uno, solo, sin
compañía, y thélein, querer, escoger, actuar por voluntad; es decir, un solo querer, una
sola voluntad. En otras palabras, Sergio quería conjugar dos afirmaciones
pretendidamente complementarias: Cristo posee una sola energía (complaciendo a los
monofisitas) y doble naturaleza (complaciendo a los partidarios de Calcedonia); de aquí
que se le diera también el nombre de monoenergismo. En el año 633 se prohibió hablar

39
de una o de dos energías en Cristo; no obstante, Sergio mantuvo su rotunda oposición a
las dos energías, por creer que ello exigía asignar a Cristo dos voluntades apuestas entre
sí. En principio, Sergio tuvo un relativo éxito en sus propósitos, pues logró la
reconciliación de muchos obispos orientales, y de paso obtuvo la aprobación papal en el
poco versado Honorio I (625-638), quien por escrito estuvo de acuerdo con los puntos
de vista heréticos de Sergio; también obtuvo la aprobación del emperador Heraclio, quien
oficializó al monotelismo mediante edicto imperial, y esta controversia seguía su curso
interminable.

A pesar de que esta herejía había sido elevada a la categoría de doctrina oficial del
Estado, el monotelismo pronto encontró sus decididos opositores tales como Sofronio,
obispo de Jerusalén, y muchos partidarios de los anteriores concilios ecuménicos, en
especial el de Calcedonia.

Pablo, el sucesor de Sergio en el patriarcado de Constantinopla, viendo que lejos de unir,


el monotelismo había dividido más la cristiandad, tuvo la decisión de suspender las
discusiones acerca de la voluntad de Cristo, lo cual registró en el documento llamado
“Typus”, que fue convertido en edicto imperial por Constante II (641-668). En Roma,
Martín I (649-655), el sucesor de Honorio en el papado, condenó el monotelismo en un
sínodo de 105 obispos reunido en Letrán en el año 649, declarándose a favor de las dos
energías o voluntades en Cristo, condenando a Sergio y pronunciándose en contra de los
edictos imperiales de los años 638 y 648. Esa osadía, por orden del Emperador
Constante II, le costó el destierro y su posterior muerte en Crimea, a causa de los
maltratos de que fue víctima.

El más conspicuo, atrevido y competente oponente a la herejía del monotelismo fue el


monje Máximo el Confesor (580-662), discípulo de Sofronio y considerado el más
destacado teólogo griego del siglo VII, quien por esta causa, y también por orden del
Emperador Constante II, sufrió la cárcel, la mutilación de la lengua y de la mano derecha
y posterior destierro, a fin de que no siguiera hablando o escribiendo sobre este prohibido
tema. Él era oriundo de Hasfin, Palestina, localidad sobre el Golán, en Tiberías. Entre
otras cosas, él había escrito en 642 en el Opúsculo 7: Exposición doctrinal remitida a
Chipre, para el diácono Marino, lo siguiente:

« Por consiguiente, aceptando la doctrina de los santos padres, rechazamos cualquier


merma en la voluntad, en las operaciones naturales y en la naturaleza misma del solo y
único Verbo de Dios hecho hombre y creemos que Él mismo es, al mismo tiempo, en
todos los aspectos, perfecto Dios y perfecto hombre, pues posee por naturaleza y de
modo perfecto todas las características propias de las naturalezas divina y humana,
sus voluntades y operaciones. De esta suerte evitamos que, por la sustracción de
alguna de las propiedades que definen a una u otra de esas dos naturalezas, lleguemos
no sólo a disminuir la realidad de cada una de las dos partes en las que y a las que
subsiste, sino incluso a la completa eliminación de ambas o de alguna de ellas. Y que

40
tenía una verdadera voluntad humana, como cumple a su naturaleza, al igual que
posee una voluntad divina por su esencia, lo manifiesta el propio Verbo con aquella
humanísima súplica con la que rogaba ser librado de la muerte y que hizo en favor de
nuestra salvación, diciendo: “Padre, si es posible, aleja de mí este cáliz”. Revelaba de
este modo la debilidad de su carne y que su manifestación en la carne no era una
fantasía que engañara a quien la veía, haciendo errar sus sentidos. Sino que realmente
era hombre, como lo prueba su voluntad natural, de la que emanó esa súplica de
liberación, según el proyecto de la salvación» (Máximo el Confesor. Meditaciones
sobre la agonía de Jesús. Editorial Ciudad Nueva. 1990. Pág. 28.).

El concilio

Así estaban las cosas cuando es entronizado un nuevo emperador bizantino, Constantino
IV (668-685), quien veía la necesidad de restablecer la armonía eclesiástica y el
fortalecimiento político en el imperio, convocando un nuevo concilio ecuménico,
inclinándose a la sazón a favor de la corriente de Calcedonia. Es bueno anotar que para
esa época, muchas provincias del antiguo imperio romano bizantino habían sido
invadidas, no sólo por los bárbaros, sino también por los árabes musulmanes, de manera
que los principales obispados monofisitas estaban en mano de los árabes islámicos; de
modo que la controversia monofisita estaba casi que eliminada.

«Trullanum Primun»

El Tercer Concilio Ecuménico de Constantinopla fue inaugurado el 7 de noviembre del


año 680, y duraron las reuniones hasta el 16 de septiembre del siguiente año. Muchos
historiadores designan este concilio con el nombre de “Trullanum Primun” debido a que
se realizaron sus sesiones en la cúpula del palacio imperial, llamada “Trullo”. A sus
reuniones asistieron unos 174 obispos orientales y ocho emisarios occidentales, los cuales
llevaron un documento escrito del sínodo romano, defendiendo la misma posición que
había tomado Martín I, y que le había costado el destierro y la muerte.

A pesar de la abrumadora mayoría oriental, fue presidido el concilio por los legados
romanos juntamente con el emperador. En las tres primeras sesiones, de un total de
veintidós, fueron leídas las actas de los concilios ecuménicos de Éfeso, Calcedonia y
Constantinopla II; en las siguientes se barajaron los textos de los llamados antiguos
padres, tanto por parte de los monotelitas como por los ortodoxos.

Este concilio condenó definitivamente el monotelismo, que afirmaba la existencia en


Cristo de una única voluntad, anulando de paso los edictos imperiales de Heraclio y
Constante II. Asimismo fue excomulgado Macario, patriarca de Antioquía, principal
defensor de la herejía monotelita. Como autores y propagadores de la herejía fueron
condenados post mortem, entre otros, Sergio, patriarca de Constantinopla, Pablo y Pedro
de Constantinopla. No obstante que este concilio era presidido por legados papales, fue

41
excomulgado el papa Honorio I, y su nombre eliminado de la lista de los obispos,
declarándolo hereje, lo mismo que al patriarca Sergio. A todos ellos los tildaron de
instrumentos del diablo, y los anatematizaron.

El concilio se declaró claramente en favor de dos voluntades y dos energías existentes en


Cristo, como "concurrentes mas mutuamente en Él para la salvación de la raza humana".
Conciliando la doctrina de los cinco concilios precedentes, en este concilio queda fijada la
doctrina cristológica: Se dejó sentado que puesto que Jesucristo era verdadero Dios como
también verdadero hombre, tenía que tener, en la unidad de persona, dos naturalezas,
una divina y otra humana, con dos voluntades correspondientes a cada una de sus
naturalezas. De esta manera este concilio dio por terminado el prolongado debate que
durante muchos siglos se había sostenido sobre la relación de Jesucristo con Dios y sobre
la manera en que habían de hallarse en el Señor Jesús lo divino y lo humano. Lo anterior
fue consignado en la siguiente fórmula de fe:

“ Creyendo que es uno de la Santa Trinidad, aún después de la encarnación, nuestro


Señor Jesucristo, nuestro verdadero Dios, decimos que sus dos naturalezas
resplandecen en su única hipóstasis, en la que mostró tanto sus milagros como sus
padecimientos, durante toda su vida redentora, no en apariencia, sino realmente;
puesto que en una sola hipóstasis se reconoce la natural diferencia por querer y obrar,
con comunicación de la otra, cada naturaleza lo suyo propio; y según esta razón,
glorificamos también dos voluntades y operaciones naturales que mutuamente
concurren para la salvación del género humano”.

No obstante esto, el monotelismo fue resucitado por un emperador bizantino a principios


del siglo VIII, y los maronitas en el Líbano lo enseñaron hasta el siglo XII, cuando se
reconciliaron con el papado romano. Anotamos los siguientes versículos bíblicos, los
cuales también nos hablan de las dos naturalezas y de las dos voluntades del Verbo
encarnado:

“Jesús entonces, al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban, también


llorando, se estremeció en espíritu (humano) y se conmovió” (Jn. 11:33).

“38Entonces Jesús les dijo: Mi alma (humana) está muy triste, hasta la muerte;
quedaos aquí, y velad conmigo.39Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro,
orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como
yo quiero (voluntad humana), sino como tú (voluntad divina)” (Mt. 26:38-39).

“Padre, si quieres, para de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad (humana) (en
griego thelema, 2X80:V), sino la tuya (la voluntad divina)” (Lc. 22:42).

“Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi
espíritu (humano). Y habiendo dicho esto, expiró” (Lc. 23:36).

42
“Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad (la humana), sino la
voluntad (divina) del que me envió” (Jn. 6:38).
“Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para
esto he llegado a esta hora” (Jn. 12:27).

«Trullanum» segundo
Transcurridos once años desde el Sexto Concilio Ecuménico,

Tercero de Constantinopla, el emperador Justiniano II (685-695) convocó un nuevo


concilio en el año 692, en el palacio imperial, con la asistencia de obispos de Oriente. Por
haber sesionado en el mismo lugar del anterior, se le conoce como el segundo
”Trullanum”. Algunos historiadores no lo consideran como Concilio Ecuménico,
alegando que finalmente el papado romano no lo aceptó y que las iglesias orientales sí lo
consideraron como ecuménico, pero suplementario de los concilios quinto y sexto, los
cuales no habían decretado leyes de disciplina eclesiástica, y por eso fue llamado
“Quinisexta” o “Quinisextum”.

La convocatoria de este nuevo concilio obedeció a que los anteriores no habían tratado
de resolver cuestiones relacionadas con la moral del clero y la disciplina eclesiástica. El
anterior concilio no se había ocupado de tocar el tema de una reforma de costumbres,
especialmente en los círculos eclesiásticos. El
6 nicolaísmo había echado raíces profundas y estaba haciendo sentir sus efectos
devastadores en la Iglesia. Era tan lamentable la situación moral de la iglesia oficial, que
este concilio llegó a aprobar 102 rigurosos cánones relacionados con ética y disciplina del
clero. En contraposición a la costumbre clerical romana, este concilio aprobó el
casamiento de los diáconos y presbíteros, y para evitar groseros escándalos, el clero fue
sometido a un estricto control en las altas esferas eclesiásticas, pues el prurito de castidad
había conducido a una falsa moral y a un mal disimulado fariseísmo. Esto equivalía a una
ratificación de lo acordado en el primer concilio de Nicea, en contra del celibato
obligatorio. En esta materia y en todas las relacionadas con vida de la Iglesia y los
asuntos que atañen a Dios y Sus propósitos, debemos siempre remitirnos a las Sagradas
Escrituras, las cuales nos enseñan la verdad. Por ejemplo dice en 1 Timoteo 4:1-3:
1 “ Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán
de la fe, escuchando a espíritus engañadores 2y a doctrinas de demonios; por la
hipocresía de mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia,3prohibirán casarse,
y mandarán abstenerse de alimentos que Dios creó para que con acción de gracias
participasen de ellos los creyentes y los que han conocido la verdad”.

Ahí vemos claramente que el celibato clerical es una doctrina de demonios heredada de
las raíces religiosas babilónicas. El celibato fomenta el escándalo y la inmoralidad sexual.

43
En esa misma carta, 1 Timoteo 3:2, Pablo dice:

“Pero es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio,
prudente, decoroso, hospedador, apto para 6Doctrina y práctica espúrea introducida en
la iglesia con la formación de una casta clerical o hierarquía dominante, con autoridad
sobre el pueblo o laicos, los creyentes comunes. Esta enseñanza la heredó el
protestantismo del sistema católico romano. El nicolaísmo comenzó en la iglesia aún en
tiempos del apóstol Juan en su fase de meras obras, las cuales eran aborrecidas por la
iglesia (Apo. 2:6); pero esas obras sufrieron un desarrollo y se convirtieron en doctrina en
tiempos de Constantino el Grande (Apo. 2:15).
enseñar”.

5 “ Por esta causa te dejé en Creta, para que corrigieses lo deficiente, y establecieses
ancianos (obispos) en cada ciudad, así 6como yo te mandé; el que fuere irreprensible,
marido de una sola mujer, y tenga hijos creyentes que no estén acusados de disolución
ni de rebeldía” (Tito 1:5-6).
Este concilio reconoció el Canon completo de los libros del

Nuevo Testamento, tal como había sido reconocido por los sínodos romanos (382) y el
tercero de Cartago (397), sin que ello signifique que estos concilios hayan determinado el
Canon. Ese es un asunto del Espíritu Santo. El Canon de los libros inspirados por el
Espíritu Santo no es determinado por la Iglesia. La normatividad y autoridad de las
Escrituras Sagradas son determinadas por Dios; y los libros que componen el Nuevo
Testamento estuvieron en uso desde los primeros días del cristianismo, y el mismo Señor
se fue encargando de que la Iglesia fuera rechazando los que no eran inspirados, pero la
autoridad y la inspiración de los libros sagrados sólo la determinó el Espíritu Santo. La
labor de los concilios sólo consistió en reconocerlos como sagrados, por causa de los
libros apócrifos que circulaban ya en la época. La Iglesia reconoce lo que Dios ha
revelado en Su Palabra y da testimonio de ello.

En el canon 36, el concilio confirmó de nuevo la decisión de Calcedonia de que “la sede
de Constantinopla gozará de privilegios iguales que la sede de la vieja Roma... y segunda
después de ella”. Alejandría ocupaba el tercer lugar, Antioquía el cuarto y Jerusalén el
quinto. Para esta época, las sedes patriarcales de Alejandría, Antioquía y Jerusalén,
estaban en manos de los musulmanes, de manera que esos rangos eclesiásticos tenían
más de simbólicos que de reales. El espíritu de esta decisión era consolidar a
Constantinopla frente a las pretensiones romanas, que a la postre eran puntales sólidos
para que se protocolizara más tarde el Cisma de Oriente.

Este concilio prohibió la representación de Cristo como un cordero, ordenando a cambio


que fuese representado en forma humana.

44
El papa romano Sergio I (687-701), no reconoció este concilio como ecuménico, y se
negó a asentir las decisiones de este concilio, debido principalmente al canon 36; pero
poco más tarde otro papa, Juan VII (705-707), en el año 705, las confirmó con algunas
modificaciones; pero se iba ensanchando el abismo de separación entre ambas facciones
de la cristiandad, y los sucesores de Juan VII, no obstante, finalmente rechazaron la
ecumenicidad del mismo.

Resumen cristológico

Dios no ha permitido que un asunto tan fundamental como la cristología haya quedado
en la historia sin la debida y correcta definición. Aquí podemos intercalar un resumen de
lo que al respecto fue aclarado en los primeros concilios ecuménicos.

En Nicea (325) se combatió el arrianismo y se proclamó que Cristo es de la misma


sustancia que el Padre, y por consiguiente, Cristo es Dios.

En Constantinopla I (381) se condenó el apolinarismo y se definió la humanidad de


Cristo; es decir, que Cristo es verdadero, perfecto e impecable hombre.

En Éfeso (431), condenando al nestorianismo, se definió que en Jesús hay una sola
persona.
En Calcedonia (451), fallando la controversia eutiquiana y su monofisismo, aclaró que
Jesús es una persona única que posee dos naturalezas, la divina y la humana.
En Constantinopla III (680-681), al condenar al monotelismo, se definió que en Jesús
operaban dos voluntades, la divina y la humana, estando la humana sometida a la divina
en perfecta armonía. Estas han sido las principales controversias en torno al Señor
Jesucristo.

SEGUNDO CONCILIO DE NICEA

(VII Ecuménico)

Este séptimo concilio ecuménico fue reunido en Nicea en el año 787. Convocado por
Irene, la emperatriz regente. Sancionó el culto a las imágenes; es decir, declaró la
legitimidad de darle reverencia a cuadros e imágenes que representaran realidades
divinas.

Antecedentes

Los albores del siglo VIII significaron una época crucial para el Imperio Bizantino, por la
abrupta irrupción de los ejércitos musulmanes; pero cuando éstos asediaban en las

45
mismas puertas de Constantinopla, sube al poder imperial León III (717-740), de la
dinastía isaura, salvando así a la capital del imperio, devolviéndole al Este el prestigio
perdido, y reconquistando muchos territorios que habían sido tomados por los árabes.
Este mismo empuje que habían sido tomados por los árabes. Este mismo empuje 775),
quien llegó hasta las mismas márgenes del río Éufrates, en los límites de las antiguas
tierras mesopotámicas.

Por las actas del concilio de Elvira (España), se sabe que el cristianismo antiguo, post
primitivo, era adverso al culto y adoración a las imágenes religiosas, pero ante la
decadencia de la cristiandad a partir de Constantino el Grande, se fue introduciendo esa
costumbre debido a la influencia pagana; pero a raíz de las invasiones y de la influencia
de los musulmanes, al parecer enemigos de la idolatría, surgió un movimiento
iconoclasta, y fue cuando el emperador León III, oriundo de Anatolia, menos dado a la
idolatría que los griegos, comprendió lo justo de las burlas de los infieles, y dentro del
paquete de sus reformas imperiales, introdujo la prohibición del culto de las imágenes en
el año 730, y aquello duró por más de un siglo, situación conocida en la historia como la
controversia de las imágenes. Hay que reconocer que el cristianismo gradualmente se fue
transformando, de tal manera que sus elementos originales ya en el medioevo era difícil
reconocerlos; y no es de extrañar que, por ejemplo, el genuino arrepentimiento llegase a
degenerarse en penitencia, la Cena del Señor, se convirtió en un sacrificio expiatorio
ofrecido por un sacerdote terrenal, con el raro poder de salvar a vivos y a muertos, rito
que hasta hoy llaman misa, término del latín, que significa reunión. Entonces, imagínese
el lector aquella situación.

Mahoma, el originador del islamismo había conocido los textos del Antiguo Testamento;
él sabía que era descendiente de Abraham por la línea de Ismael, él conocía los textos de
Moisés incluido el Decálogo donde está prohibida la idolatría; por la lectura del Nuevo
Testamento, Mahoma sabía acerca de Jesús de Nazaret, y estaba en contra de la
adoración de las imágenes, y sus seguidores se encuentran un cristianismo decadente e
idolátrico, el cual sin duda es el blanco de las burlas del islamismo. A tal punto conocía
Mahoma la Biblia, que para él la revelación de Dios en el mundo es progresiva y
reconoce seis fases o grados en ella: Adán, Noé, Abraham, Moisés, Jesús y, por
supuesto, Mahoma. Es innegable que los árabes habían sido idólatras antes del
islamismo. La Meca, antes del advenimiento de la religión iniciada por Mahoma, era un
verdadero panteón de divinidades árabes, pero al surgir el Corán, el islamismo consolidó
la adoración al solo Alá, que ellos por tradición desde antiguo ya conocían como el padre
de todos los dioses, y a quienes los peregrinos ya venían adorando en una piedra negra
que era guardada dentro de un edificio, la do en una piedra negra que era guardada
dentro de un edificio, la 6:

34 “ No tendrás dioses ajenos delante de mí. No te harás

imagen, ni ninguna semejanza de lo que está arriba en el cielo, ni abajo en la tierra,

46
ni en las aguas debajo de la tierra. No te5 inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque
yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos
hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y6 hago misericordia a
millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos”.

“No haréis para vosotros ídolos, ni escultura, ni pondréis en vuestra tierra piedra
pintada para inclinaros a ella; porque yo soy Jehová vuestro Dios (Levítico 26:1).

“15Guardad, pues, mucho vuestras almas; pues ninguna figura visteis el día que
Jehová habló con vosotros de en medio del 16fuego; para que no os corrompáis y
hagáis para vosotros escultura, imagen de figura alguna, efigie de varón o hembra,
17figura de animal alguno que está en la tierra, figura de ave alguna alada que vuele

por el aire,18figura de ningún animal que se arrastre sobre la tierra, figura de pez
alguno que haya en el agua debajo de la tierra.19No sea que alces tus ojos al cielo, y
viendo el sol y la luna y las estrellas, y todo el ejército del cielo, seas impulsado, y te
inclines a ellos y les sirvas; porque Jehová tu Dios los ha concedido a todos los
pueblos debajo de todos los cielos” (Deuteronomio 4:15-19).

“Por tanto, amados míos, huid de la idolatría” (1 Co. 10:14). Como es de suponer, la
política religiosa del emperador León

III tuvo sus opositores, en especial entre los monjes, dados como eran a las
representaciones religiosas (iconos e imágenes), y con ellos el pueblo supersticioso y
cuasi pagano. Uno de esos monjes que lideraba esa oposición fue Juan Damasceno,
quien escribió tres apologías en favor del culto de las imágenes, en donde, por ejemplo se
pueden leer las siguientes palabras: “No corresponde al Emperador hacer leyes para
regir a la Iglesia. Los apóstoles predicaron el evangelio; el monarca debe cuidar del
bienestar del Estado; los pastores y maestros se ocupan de la Iglesia”. Es cierto lo que
escribe aquí el monje; pero, la Iglesia misma, al aceptar la unión con el Estado, ¿no
perdió el derecho de usar este argumento?

A pesar de todo esto, el emperador siguió su política iconoclasta, y sus soldados


destruyeron toda suerte de esculturas y cuadros, cosa que también sirvió de pretexto para
frenar el creciente poder de los ricos monasterios, y sujetar a la Iglesia bajo el poder del
Emperador. A esto siguieron las luchas opositoras tanto de monjes como del desorientado
pueblo y hasta por el mismo patriarca Germán de Constantinopla. Muchos de ellos
fueron ejecutados, depuesto el patriarca iconólatra y sustituido por el iconoclasta
Atanasio. En Roma, el papa Gregorio III (731-741) en oposición a la política del
emperador, convocó un sínodo romano en el año 731 al que asistieron 93 obispos,
decretando que en adelante el que destruyese o injuriase imágenes de Cristo, de María o
de los apóstoles y demás santos sería excomulgado.

47
Constantino V (741-775) sucedió a su padre León III en el trono imperial, y en su celo
iconoclasta convocó un concilio en Hiereia en el año 754, con la asistencia de 300
obispos, quienes basados en las Escrituras y la tradición patrística, condenaron el culto a
las imágenes, dejando por sentado que los únicos símbolos del culto cristiano se hallan
representados en el pan y el vino de la cena del Señor, y de paso denunciaron la
tendencia arriana o nestoriana que implicaba representar sólo la naturaleza humana de
Jesucristo. Debido a que esto encontró fuerte oposición en Roma y el posterior triunfo de
la iconolatría en el segundo concilio de Nicea, este concilio de Hiereia no tuvo aceptación
ecuménica. Como consecuencia de los edictos imperiales y la imposición a la fuerza de
los acuerdos del concilio de Hiereia, los templos y monasterios del Imperio fueron
despojados de imágenes e iconos, a veces con el uso de la violencia. La verdad es que a
un idólatra no se le libra de la idolatría arrebatándole y destruyéndole sus ídolos; eso trae
consecuencias adversas. Esa sanidad debe empezar en el corazón, que en última
instancia es de donde sale toda la maldad, y ese trabajo de sustitución de la adoración a
los ídolos por la adoración al Dios vivo, sólo lo hace el Señor mediante Su Espíritu y por
la obra de Su Hijo Jesucristo.

La política del emperador León IV (775-780), hijo y sucesor de Constantino V, fue de


más tolerancia, se cree que por la influencia de su esposa Irene, quien se inclinaba hacia
la adoración de iconos. A la muerte del emperador León IV en el año 780, Irene, su
viuda, tuvo la oportunidad de gobernar en calidad de regente en el trono de su hijo menor
Constantino VI (780-797).

El concilio

Irene destituyó al patriarca de Constantinopla y en su lugar elevó a Tarasio al patriarcado,


quien venía desempeñándose como oficial civil; de manera que debió hacer los votos
monásticos y ordenado sacerdote antes de ser elegido para ocupar la vacancia en el
patriarcado. Con un patriarca surgido de esa manera, Irene bien podía emprender la
restauración del culto de las imágenes en el Imperio; y para ello decidieron convocar un
concilio en Constantinopla en 786, pero encontraron la férrea oposición de la guardia
imperial, quienes lograron disolver la asamblea reunida en la Basílica de los Apóstoles.
Para librarse de esa oposición, tuvo que depurar el ejército, y logró inaugurar el concilio
el 24 de septiembre del año 787, pero en la ciudad de Nicea, en donde los obispos
iconoclastas no tuvieron representación. El papa romano Adriano I (772-795) no asistió a
este concilio, pero mandó sus legados, y la asamblea se ha considerado por el sistema
católico romano como el séptimo concilio ecuménico. El número de obispos asistentes
superaba los trescientos cincuenta.

En reemplazo del emperador, fue Tarasio quien presidió las reuniones del concilio,
interesándose por normalizar las relaciones entre esa facción de la iglesia y el Estado, a
fin de que el patriarcado fuese reconocido como autoridad suprema en lo relacionado con
los dogmas, además de que se concediera al emperador autoridad tanto en lo relacionado

48
con las leyes eclesiásticas como en la administración.

Restauración del culto a la imágenes

El segundo concilio de Nicea tenía como objetivo anular las decisiones del sínodo de
Hiereia y condenar todos los decretos iconoclastas; estableció el culto de las imágenes,
aprobó el uso de los iconos, fomentó la idolatría y la superstición. Asimismo prohibió el
nombramiento de obispos por el poder laico. Para justificar la adoración de las imágenes,
los obispos conciliares pretextaron, entre otras cosas, que la Escritura era insuficiente al
respecto. Este concilio condenó, acusándolos de “sacrílegos herejes”, a todos los que
consideraban a las imágenes “cristianas” como simples ídolos, y estableció, bizantina y
sutilmente, el embeleco de que a Dios se le rinde culto de latría, y a los santos de dulía
(Palabra tomaba del verbo griego “douleno”, servir).

Consecuencias

A pesar de que Roma había avalado las decisiones aprobadas en Nicea, lo que siguió fue
que lo aprobado por este concilio no tuvo inmediata aceptación universal, pues muchos
sectores eclesiásticos de Oriente continuaban adheridos a sus convicciones iconoclastas,
y Occidente se levantó en contra de la veneración de imágenes. En Occidente los papas
habían aprobado el uso de iconos, pero había sectores que, aunque admitiendo las
imágenes, se negaban a venerarlas, reprobando las decisiones del Concilio de Nicea. Así
continuó por algún tiempo el forcejeo entre los favorecedores de los iconos e imágenes,
por una parte, y los iconoclastas, por la otra.

Carlomagno (742-814), primer emperador del restaurado Imperio Romano de Occidente,


se opuso a las decisiones del concilio de Nicea en un escrito teológico, “Libri Carolini”.
Incidentalmente un sínodo o anti-concilio reunido en Frankfort y convocado por el
emperador Carlomagno en 794, con la asistencia de trescientos obispos occidentales,
incluidos dos representantes papales, condenó el decreto del concilio de Nicea de 787 por
el cual permitían tributar reverencia a las imágenes, considerando de paso dicha asamblea
no como un concilio ecuménico, sino simplemente como una reunión de los obispos
griegos. Este sínodo pidió al papa Adriano I que excomulgase a los obispos participantes
en Nicea, pero el papa soslayó el asunto enredándolo todo con sutiles distinciones entre
“veneración” y “adoración”. Dice en Mateo 16:24:

“Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a
sí mismo, y tome su cruz, y sígame”.
En el versículo anterior la Escritura habla de llevar la cruz, no de adorarla. En la práctica
religiosa, quien acostumbra adorar la cruz, es enemigo de llevarla para muerte del ego
carnal. Pero no se trata de la religiosa costumbre de cargar una cruz metálica o de
madera colgada en el pecho. La cruz de Cristo no es ostentación de algo objetivo, sino la
obediencia subjetiva, y la muerte al mundo, al pecado, a la carne y al yo. Pero al final,

49
Roma terminó imponiendo toda suerte de idolatría y superstición, porque su destino era
convertirse en la gran ramera.
Como en esos tiempos la región norteña de Italia aún no había acatado la hegemonía
papal, es meritorio de mencionarse que en la época carolingia, Luis el Piadoso, sucesor
de Carlomagno, nombró obispo de Turín al español Claudio (murió en 839), famoso
predicador, quien reprobó enérgicamente la veneración de ídolos, de la cruz y la práctica
de solicitar la intercesión de los santos; enfatizaba la importancia de la devoción espiritual
y la consagración personal a Dios. Crítico acérrimo de la institución papal, declaró que no
debe ser llamado apostólico el que se sienta en la supuesta silla del apóstol, sino el que
hace la obra de un apóstol. En toda esa región de Piam onte perduraron testigos fieles de
la ortodoxia bíblica, sin que se contaminaran de idolatría ni de papismo, virtuosa semilla
que iba germinando hasta que siglos más tarde esta verdad entroncara con el movimiento
de los sufridos valdenses.
Después de Irene, en Bizancio hubo emperadores que condenaron la idolatría, pero
resurgió definitivamente con Teodora, la esposa del emperador Teófilo, mujer idólatra
que a la muerte de su esposo (año 842) gobernó como regente de su hijo Miguel III
(842-867), a la sazón menor de edad. Entonces, a raíz de la aceptación tanto en Oriente
con el culto a las imágenes en cuadros o iconos, como en Occidente con el culto a las
imágenes esculpidas, las reliquias religiosas, la cruz, y otros objetos de dudoso origen, el
segundo concilio de Nicea adquirió el carácter de ecuménico. Este concilio también se
destaca por la promulgación de la «tradición» eclesiástica como autoridad, poniendo bajo
anatema al que la rechazara; asunto que completó el contrareformador concilio de Trento
ocho siglos más tarde.

CONCILIO DE CONSTANTINOPLA IV

(VIII Ecuménico)

Este octavo concilio ecuménico fue reunido en Constantinopla en el año 868 -


Convocado por el emperador Basilio; y celebradas sus sesiones en la basílica de Santa
Sofía.

Panorama histórico

En pleno desarrollo del siglo VIII, ya avanzado el medioevo, los cambios políticos en
Europa eran muy complejos; se había afianzado el indiscutible dominio papal en
Occidente. Debido a que el papado veía un peligro en el poderío de los lombardos en el
sur de Italia, el papa Zacarías (741-752), en procura de ayuda y protección, estrechó
relaciones con el reino de los francos, legitimando la entronización de Pipino el Breve,
quien había destronado al último rey de la dinastía merovingia, constituyéndolo en
protector de Roma. En breve, y a cambio del respaldo recibido, Pipino le cedió al papado

50
los territorios invadidos del Exarcado griego y la Pentápolis, arrebatados a la sazón a los
lombardos, plantando de este modo la semilla de los posteriores Estados Pontificios.

La alianza franco-papal obviamente era mal vista en Oriente, pero eso no fue obstáculo
para que el 25 de diciembre del año 800, el papa León III coronara en Roma a Carlo-
Magno, hijo primogénito de Pipino el Breve, como Emperador de Occidente, hecho que
fue considerado por Bizancio como una traición, viendo en Carlos I a un impostor.

Todo eso iba constituyendo fuertes raíces para el rompimiento entre Oriente y Occidente.
Recuérdese que con Carlo-Magno el cesaropapismo recibió un fuerte espaldarazo, si
tenemos en cuenta que él, basándose en el libro “De Civitate Dei” (La Ciudad de Dios),
de Agustín de Hipona, consideraba su Imperio como un Estado divino, en el cual él era la
cabeza.

De la concepción de estos poderes, el imperial y el papal, aliados pero en el fondo


opuestos e impulsados por sus respectivas ambiciones, se desprende la variabilidad de su
conflictiva coexistencia. ¿Quién manda en la cristiandad hecha Estado? ¿Quién manda en
el Imperio, si tras el emperador existe un poder papal que corona los emperadores de
Occidente?

Los territorios de los Estados Pontificios fueron generosamente ensanchados con la


donación que Carlo-Magno le hiciera al papa Adriano (772-795), aumentando la
hegemonía papal sobre Occidente del continente europeo. Cuanto más incrementaba el
papa romano su poder temporal y jurisdiccional, tanto más menguaba su carácter
espiritual, pues era tanta la desorientación reinante y el desconocimiento de la economía
de Dios, que la vida religiosa llegó a ser controlada por el poder civil, y el nombramiento
de arzobispos por parte de Carlo-Magno y sus sucesores degeneró en que surgieran
iglesias feudales y arzobispales.

De ahí que los obispos comenzaron a buscar la manera de sacudirse de aquellas


ingerencias seculares, y apelaron a Roma; pero se tropezaron con que aún en el siglo IX
Roma carecía de los instrumentos jurídicos adecuados para respaldar esa posición, pues
aún no estaba clara la jurisdicción de Roma sobre las demás iglesias del Imperio.

Pero los genios del romanismo resolvieron remediar eso inventándose unos falsos
documentos llamados históricamente “Fraudes píos” o “Donaciones pías”, o “Pseudo-
Decretales” llamadas isidorianas, dentro de los cuales se encontraba la “Donación de
Constantino”7, por medio de los cuales el papa romano tenía perpetuo derecho sobre la
ciudad de Roma y todas las provincias, distritos y ciudades de Italia y de Occidente.

El objetivo principal de estas fábulas tenidas por documentos auténticos, era asegurar la
posición de los obispos y del clero, guardándolos de la intromisión de los laicos; pero los
mismos obispos que habían apelado a Roma y habían aceptado los fraudes píos, tarde ya

51
se dieron cuenta que habían sido víctimas de su propio invento, pues el terrible yugo
impuesto por Roma, resultó peor que el de los reyes y príncipes feudales .8
7 Remito al lector a mi libro “La Iglesia de Jesucristo, una perspectiva histórico
profética”, capítulo IV, Tiatira. Allí encontrará más amplia información sobre los famosos
fraudes píos.

Estos obispos ignoraban el poder absoluto de los papas, lo cual halló legitimación en las
falsas Decretales, estableciéndose definitivamente la supremacía espiritual y temporal de
los papas sobre todos los obispos y gobernantes seculares de la cristiandad,
convirtiéndose así Roma en el verdadero centro de la cristiandad medieval.

Antecedentes

La emperatriz Teodora, a la sazón regente de su hijo Miguel III, nombró a Ignacio como
patriarca de Constantinopla; pero la integridad moral de éste chocaba con las maniobras y
la conducta de los cortesanos, en especial con Bardas, el desenfrenado tío del monarca, a
quien Ignacio negó la comunión, suceso por el cual fue destituido el patriarca en el año
858, y reemplazado por Focio, un noble elevado al rango patriarcal desde el cargo civil
de canciller imperial; para lo cual, en una semana escaló todos los cargos jerárquicos
eclesiásticos. Como consecuencia se dividió el clero bizantino entre partidarios de Ignacio
y partidarios de Focio, con las consabidas persecuciones y destituciones de los obispos
amigos de Ignacio, circunstancia que llevó a reunir un sínodo en Constantinopla en el año
861, a fin de esclarecer las cosas, al cual asistieron representantes del obispo de Roma.

Aunque Focio tuvo eventualmente el apoyo romano para permanecer en el cargo, sin
embargo tenía muy presente que debía encararse con las pretensiones del papado. Para
ese tiempo las rivalidades entre Roma y Bizancio, con sus poderosas y atractivas
influencias religiosas, rituales y políticas, ya parecían irreconciliables. Focio fue repudiado
y condenado por el papa Nicolás I (858-867) y un sínodo romano del año 863, papa que
apelaba a las falsas Decretales Isidorianas para imponer su soberana voluntad. El
emperador seguía respaldando a Focio, y a su vez convocaron un sínodo en
Constantinopla en el año 867, que bajo la presidencia de Focio, condenó a Nicolás I,
acusándolo sobre todo de falsificación del credo niceno, aduciendo que los latinos habían
introducido en el Credo la palabra “Filioque” (y del Hijo), en el sentido de que el
Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo.
8 El poeta italiano Dante Alighieri, aun desconociendo la falsedad de estos documentos,
dice en su famoso libro La Divina Comedia, “Infierno”, canto XIX: “¡Ah, Constantino!
¡A cuántos males dio origen, no tu conversión al cristianismo, sino la donación que de
ti recibió el primer papa que fue rico!”

Pero las cosas dieron un vuelco en Bizancio, pues Focio, ya sin sus amigos más

52
influyentes en la corte, se vio obligado a renunciar debido a que emerge Basilio el
Macedonio (867-886) y llega al poder imperial tras asesinar a Bardas y más tarde a
Miguel III, volviendo Ignacio a la sede patriarcal.

El concilio

Basilio, el nuevo emperador, se puso de acuerdo con el nuevo papa, Adriano II (867-
872), a fin de convocar un concilio, pero con la condición papal de que los legados
romanos presidieran las sesiones; pero lo más grave del asunto fue que el papa exigió que
toda la asamblea conciliar firmase un escrito suyo, el “Liber satisfaccionis”, el cual
confirmaba el primado de la sede romana.

Con escasa asistencia, este concilio inició sus reuniones el 5 de octubre del 868 hasta el
28 de febrero del siguiente año, en la basílica Hagia Sophía (Santa Sofía). Sus
principales acuerdos se pueden resumir en los siguientes:

- Fue condenado Focio, en su presencia.

- A la tradición eclesiástica y dichos patrísticos les fue concedido la misma autoridad que
la Palabra de Dios transmitida por los Apóstoles.

- Fue ratificada la legitimidad del anti-bíblico culto a las imágenes, anatematizando al que
no lo hiciera.

- Este concilio definió que ningún poderoso del mundo removiese de su sede a los
patriarcas, principalmente al papa romano, y siguiendo el orden, a los de Constantinopla,
Alejandría, Antioquía y Jerusalén.

- Establece, en el canon 21, la superioridad del concilio sobre el papa.

Como vemos, la convocatoria, desarrollo y acuerdos de este concilio tienen un trasfondo


eminentemente secular. El hombre, al apartarse cada día más de Dios, por muy
eclesiástico que sea, como muy representante de Dios que pretenda ser, actúa impulsado
por su naturaleza caída; y de ahí que, sin la intervención de la voluntad de Dios y muy
lejos de los principios bíblicos, nombren y condenen muchas veces a un patriarca Focio,
tengan la autoridad de la Palabra de Dios a la par que los dichos y tradiciones de los
hombres, se olviden de adorar a Dios y obliguen a los demás bajo anatema a adorar a las
imágenes, y cuiden de que nadie los deponga de sus encumbrados puestos, cargos de
alcurnia inventados por los mismos hombres.

Por la Palabra de Dios, sabemos que el Señor aborrece el nicolaísmo. “Pero tienes esto,
que aborreces las obras de los nicolaítas, las cuales yo también aborrezco”. Le dice a
la iglesia en Éfeso en Apocalipsis 2:6, cuando los nicolaítas empezaban a obrar, pero
luego vemos en el versículo 15, que esas prácticas se habían convertido en doctrina, y el

53
Señor le dice a la iglesia en Pérgamo: “Y también tienes a los que retienen la doctrina
de los nicolaítas, la que yo aborrezco”. Desafortunadamente el nicolaísmo continuó
hasta nuestros días y se ha vuelto un cáncer en la cristiandad moderna.

Rompimiento entre Oriente y Occidente

A pesar de haber sido anatematizado, Focio logró la amistad con el nuevo emperador y
con Ignacio, a quien sucedió en la sede patriarcal de Constantinopla después de la muerte
de éste en 877; y para que su persona fuese totalmente reivindicada, convocó un nuevo
sínodo en Constantinopla. El papa Juan VIII (872-882), envió representantes a este
sínodo, y reconoció a Focio, a cambio de que los misioneros bizantinos abandonaran
Bulgaria en favor de los de Roma.

Este sínodo reconoció a Focio como legítimo patriarca bizantino. Los legados papales
repudiaron la actitud que había tomado el anterior papa Adriano II respecto de Focio;
pero se inició un irreversible divorcio entre la cristiandad oriental y la occidental, más si
se tiene en cuenta que las “Decretales pseudo-isidorianas” fueron impugnadas en
Oriente desde un principio. Después de eso siguió un pujante desarrollo de la cristiandad
oriental con su expansión en Bualgaria, Rusia, los países Balcanes, y hasta en el sur de
Italia, frente a una cristiandad latina temporalmente languidecida, debido al embate de los
musulmanes y la debilidad de su aliado, el imperio carolingio de los francos; de manera
que sobrevino la ruptura formal entre Roma y Constantinopla ya entrado el siglo XI.

Todas esas rivalidades y celos se habían consolidado en tiempos del papa León IX
(1048-1054), mientras que en Oriente el patriarca era Miguel Cerulario, quien se opuso a
Roma. Por un lado el papa ataca las costumbres del clero oriental, sobre todo porque se
casaban, en tanto que Cerulario era un celoso defensor de la libertad de la Iglesia, tanto
frente al Estado como del papado romano. Esto le valió el destierro y la muerte. Además
de las que hemos venido insistiendo a lo largo de los capítulos anteriores, las causas de la
ruptura total y definitiva de las cristiandades bizantina y la latina, no obedecen histórica y
teológicamente a causas fundamentales, de peso, sino a rudimentarios pareceres y
nimiedades, tales como que el clero occidental se afeitaba la barba y los popes orientales
no, asuntos sobre el día de ayuno, el comer ciertas carnes, el uso del pan ácimo en la
eucaristía, y otras cosas por el estilo.

Como Cerulario se negara a aceptar el primado romano, basado en la espuria “Donación


de Constantino”, el papa León IX envió a Constantinopla una bula de excomunión, la
cual fue colocada en el altar de la Basílica de Santa Sofía, el 16 de julio del año 1054.
Con este gesto, Roma renuncia a la hasta ahí verdadera expresión de catolicidad de la
Iglesia, e inaugura la época de catolicidad romana. Como respuesta, Miguel Cerulario y
con él la cristiandad oriental, al año siguiente celebraron un sínodo que se encargó de
excomulgar a su vez al papa León IX; y cada una de esas facciones de la cristiandad
mutuamente se siguieron considerando cismáticas. Téngase en cuenta que Miguel

54
Cerulario también abrigaba serias aspiraciones de un papado oriental. Esa mutua
excomunión de esos jerarcas del catolicismo romano y la ortodoxia oriental protocolizó lo
que históricamente se conoce como el Cisma de Oriente, división que perdura hasta hoy,
y que ha causado hasta derramamiento de sangre.

Otras consecuencias

Pese a todas las dificultades, controversias, errores y bajezas, hasta aquí se había
buscado el entendimiento y la unanimidad en el reconocimiento de los concilios
ecuménicos que de alguna m anera expresaban la vida de la Iglesia universal antigua.
Después del rompimiento definitivo, ya en plena Edad Media, Roma sólo tiene como
ecuménicos sus propios sínodos; de manera que los que siguen los continuamos
comentando con esa salvedad, debido a que revisten especial interés por el proceso
general de corrupción de la verdad evangélica, y por el desarrollo de la cristiandad
occidental que nos atañe a todos. La palabra profética en la Biblia misma nos describe
cómo se prostituyó el pueblo de Dios con los gentiles, y vemos en la historia cómo Dios
empieza a trabajar para restaurar a Su Iglesia a partir de la Reforma. Todos los concilios
tenidos por Roma como ecuménicos repercuten aun dentro del protestantismo, y al
analizarlos se esclarecen las raíces, causas y orígenes de muchas de las prácticas que el
pueblo tiene como auténticas de Dios, dentro y fuera del catolicismo romano.

Por otra parte, en los momentos actuales el proceso de restauración de la Iglesia bíblica
trasciende los límites del protestantismo histórico, pues éste no alcanzó a llenar las
expectativas bíblicas de la auténtica Iglesia del Señor Jesucristo; de manera que fue
apenas un eslabón. Hace ya casi dos centurias que el Señor sacó del protestantismo un
cristianismo de vanguardia, que expresa la auténtica comunión y unidad del Cuerpo de
Cristo, donde sólo Él es la Cabeza.

Nótese que hasta aquí, todos los concilios ecuménicos fueron realizados en Oriente, cuya
cristiandad quiere ser la guardiana de la fe antigua, la ortodoxa; no así Roma, llena de
cartas y escritos papales, con sus falsas decretales a bordo, que le dieron al papado las
bases canónicas para erguirse durante siglos sobre toda la cristiandad occidental; de
manera que seguimos hablando del desenvolvimiento de una cristiandad en la cautividad
babilónica, donde todo estaba impregnado de lo romano, desde la cual Dios siguió
trabajando para sacar a Su Iglesia del cautiverio.

Entonces a partir de aquí entramos plenamente en el período católico romano, pues


Roma, libre ya de toda crítica y oposición, con un respaldo político diferente del
emperador de Constantinopla, como lo es el de los emperadores carolingios de los
francos, se encontraba ya en pleno poder y facultad para desarrollar una monarquía
universal del papado romano. Ahora la cristiandad occidental pierde su sentido católico,
girando hacia lo romano. Con el tiempo en Occidente se confunde lo católico con lo
romano, y todo viene a girar alrededor de un personaje que, entre sus muchos títulos, se

55
ha arrogado el de “Vicario de Cristo”, y la gente se lo cree, pues en esa época, mucho
más que ahora, se ignoraba en general el contenido bíblico del evangelio y muy poco se
sabía de la persona del Señor Jesús, de Su obra, de Su ministerio, de lo que ha hecho por
nosotros, de que el verdadero Vicario de Cristo es el Espíritu Santo. Pero el Señor ha
estado trabajando incansablemente para restaurar las cosas. La construcción de la casa
del Señor ha seguido su curso; y oportunamente el Señor empezó a levantar apóstoles,
profetas, evangelistas, pastores y maestros, que edificaran a los santos “para la obra del
ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo”.

PRIMER CONCILIO DE LETRÁN

9
(IX Ecuménico , según Roma)

El Concilio Lateranense I, fue convocado por el papa Calixto II y reunido en el año 1123
en la basílica de San Juan de Letrán, una de las mayores de Roma, para resolver la
controversia de las investiduras, la reforma gregoriana del calendario y las indulgencias
para los que se enrolaran en las cruzadas y la Tregua de Dios. Este concilio decidió que
los obispos católicos fuesen nombrados por el papa romano.

Panorama eclesiástico en tiempos del feudalismo

En el siglo décimo, ya la iglesia, o mejor, su gobierno nicolaíta, se había convertido en la


prolongación de la sociedad feudal, y los prelados eclesiásticos llegaron a ser nombrados
por los señores feudales, de entre sus propios adictos; de donde, obispos, abades y
sacerdotes que llegaron a poseer tierras, debían ocuparse de su administración. Sin duda,
hombres sin sentimientos religiosos y mucho menos vocación, escalan las altas jerarquías
eclesiásticas con el único objetivo de usufructuar sus múltiples beneficios. A esto la
Palabra de Dios le llama nicolaísmo; ésto, y la simonía, o compra de investiduras
eclesiásticas al señor feudal por parte de impíos, impregnaron la cristiandad de un espíritu
mundano sin parangón en la historia. Pero lo curioso es que el feudalismo eclesiástico
había tenido su origen en Roma y su sistema papal, con las falsas donaciones de
Constantino, luego las de Pipino el Breve, Carlo-Magno y sus sucesores; de modo que el
papa también era un señor feudal, y todo el que dispone de algún poder temporal, lo
defiende hasta con el uso de las armas, como de hecho ha ocurrido en el sistema papal
romano. Todo ese incontenible desliz de inmoralidad y corrupción en las esferas
eclesiásticas romanas llegó al colmo durante un período llamado “pornocracia romana”,
en tiempos de la famosa Marozia.
9A partir del concilio Lateranense I, reunido en 1123, los concilios no han sido
considerados auténticamente ecuménicos por la totalidad de la cristiandad, pues sólo han

56
sido convocados por el sistema católico romano.

Aún a comienzos del siglo noveno, la elección de los papas era hecha por el clero y la
nobleza romana, pero condicionada a la ratificación de los emperadores franco-
germánicos; esto último impuesto desde el sínodo romano del año 898, el famoso
”sínodo del cadáver”, cuando el papa Juan IX (898-900) reivindicó la memoria del
tristemente célebre papa Formoso (891-896), cuyo cadáver había sido desenterrado y
juzgado por el papa Esteban VI (896-897); de manera que fue una época cuando se
derramó mucha sangre papal debido a la ambición de los hombres, las intrigas políticas,
matándose unos con otros para escalar una tan alta posición eclesiástica; pero lo más
triste es que dicen que lo hacen en el nombre del Señor. Incluso al mismo Juan IX y sus
sucesores fueron considerados como intrusos y lobos rapaces; pero no queremos
ocuparnos de la lista de muertes sangrientas, sino destacar que como los emperadores
debían ratificar la elección de los papas, llegó la ocasión en que emperadores llegasen a
deponer papas y a colocar anti-papas en su lugar, y algunos de ellos fueron asesinados
por la nobleza romana, por el hecho de ser extranjeros, tales como Benedicto VI (972-
974), impuesto por el emperador Otón, y Clemente II (1046-1047), impuesto por el
emperador Enrique II, de quien había sido capellán de la corte. Los grandes nobles
romanos se creían con derecho a elegir al papa.

Durante el reinado de Benedicto IX (1033-1045,47), por cierto uno los papas más
libertinos de la historia, hubo tanta intriga, que durante cierto tiempo hubo tres pontífices
rivales simultáneamente, cada uno con la ostentación de la pretendida legitimidad.
Gregorio VI (1045-1046), en el sínodo de Sutri (en el cual fue depuesto Silvestre III)
confesó que había alcanzado la sede romana mediante una buena suma de dinero pagada
a Benedicto IX.

Aun en las épocas más oscuras por las que ha pasado la Iglesia de Jesucristo, es
alentador saber que no todo ha sido tenebroso y corrupto. Aunque lo dudemos, pero
como en los tiempos de Elías en el Antiguo Testamento, también en esa época hubo
verdaderos y fieles siervos del Señor, los cuales, aunque escondidos e incógnitos, estaban
enterados de la amarga situación, y clamaban por una reforma de la Iglesia.

La reacción hacia el ascetismo que había ocurrido con ocasión del matrimonio de la
Iglesia con el mundo a partir de Constantino el Grande, en un intento por reformar las
cosas, se vuelve a repetir en el Medioevo frente a las nuevas incursiones de inmoralidad
clerical, feudalización de las altas jerarquías eclesiásticas, el nicolaísmo y la simonía, en
una afanosa búsqueda de una forma perfecta de vida cristiana. Hubo épocas en la
historia en que la gente huía del mero nominalismo, pensando que podían ganar el cielo
sometiéndose a disciplinas y rigores religiosos; de modo que se multiplicaron los
movimientos monásticos, los cuales influyeron en algunos cambios en la política papal,
en especial el de Cluny, al norte de Lion, Francia, cuya escuela de pensamiento se hizo
sentir sobre todo con Hildebrando, un personaje que decididamente tuvo mucha

57
influencia sobre el papado y sobre los concilios papales de la Edad Media, quien después
de ser consejero de muchos papas, llegó a la sede pontificia con el nombre de Gregorio
VII (1073-1085), y se destacó trabajando para independizar a la iglesia del poder
temporal; pero se le fue la mano, llegando incluso a colocar a los reyes y señores
feudales bajo la autoridad papal.

Hildebrando despliega una tortuosa política a fin de imponer su dominio sobre el


emperador y todos los príncipes europeos. Gregorio VII afirmó que cada hombre
bautizado, por el mismo hecho de serlo, se convierte en un súbdito del papa romano
durante toda su vida, quiéralo o no, quien puede castigarlo por cada pecado incluso con
la pena de muerte y confiscación de bienes. Este astuto papa, para llevar a cabo
tremenda transformación de orden moral, político, religioso, doctrinal y ritual, además de
su maquinaria (sus monjes clunicenses), puso a funcionar las famosas Decretales
pseudo-isidorianas, base fundamental para la reforma gregoriana, de cuyos falsos
documentos surgen sus veintisiete pretendidas afirmaciones, que se conocen como
“Dictatus papæ”, de las cuales destacamos las siguientes:

2. “Sólo el romano pontífice ha de ser llamado universal”.


3. “Sólo él puede deponer o rehabilitar a los obispos”.
8. “Sólo él puede usar las insignias imperiales”.
9. “Él es el único hombre cuyos pies deben besar todos los príncipes”.
11. “El título de Papa le pertenece sólo a él (al obispo romano)”.
12. “A él le es lícito deponer a los emperadores”.

13. “Ningún capítulo y ningún libro ha de tenerse por canónico sin su autoridad”.

16. “Ningún sínodo puede ser llamado general sin su autorización”.


18. “Una sentencia del papa no puede ser anulada por nadie, sino por él mismo”.
19. “El papa no puede ser juzgado por nadie”.
20. “Nadie se atreva a condenar al que recurre a la Santa Sede”.
21. “Las causas de mayor entidad de cualquier iglesia han de llevarse ante el tribunal
de dicha sede”.
22. “La iglesia romana no erró jamás ni errará”.
26. “El que no está en paz con la Iglesia romana no será tenido por católico”.
27. “El papa puede relevar a los súbditos del deber de fidelidad a los soberanos
perversos”.
Juzgue el lector si el que escribe y demanda estas cosas puede ser vicario de Aquel que,
no teniendo ni una piedra para recostar Su cabeza, dijo: “Sabéis que los gobernantes de
las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad.
Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros
será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo;
como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida
en rescate por muchos10”. Es curioso que el punto dos ya había sido condenado por el

58
papa Gregorio I (590-604), quien había afirmado que quienquiera llamarse a sí mismo
sacerdote universal, resulta ser precursor del anticristo, pues se coloca por encima de
todos los demás.
A medida que se fue abandonando la simplicidad del evangelio, se fue difundiendo entre
la cristiandad la creencia en supersticiones, hasta el punto de llegar al convencimiento (lo
cual ha perdurado hasta el día de hoy en los medio católicos romanos) de que mediante
la adoración de reliquias y la peregrinación a ciertos lugares de la “Tierra Santa” que
habían sido escenarios de la vida y ministerio terrenal de Jesús, podrán tener beneficios
espirituales especiales. Fue así como desde el siglo V se habían iniciado las
peregrinaciones a Palestina, con el convencimiento de que quien moría durante ese viaje,
ipso facto ganaba el cielo; de ahí las grandes multitudes que se han dirigido a Palestina en
el discurrir de los siglos.
Al surgir el Islam, y en particular la irrupción de los turcos, esas peregrinaciones se
imposibilitaron. Fue así como fue impactante y decisivo el llamado a las Cruzadas
lanzado por el papa Urbano II (1088-1099) (rival y contemporáneo del papa Clemente
III) en el siglo XI, lo cual fue contestado por las masas feudales con el famoso “Dios lo
quiere”. Con las Cruzadas, el papa, además de rescatar los lugares santos, obtenía un
pretexto para formar un frente común contra los musulmanes y de paso canalizar el
“fervor” religioso y unificar la cristiandad occidental, que a la sazón se desangraba en
lucha fratricida, en un continente “cristiano”, en donde hasta el mismo papa romano
hubo épocas de disponer de un ejército regular. Para animar tanto a los príncipes
europeos como a sus gentes a que se alistasen a matar a sus semejantes en nombre de la
verdadera fe, el papa mismo se encargaba de arengarlos, prometiéndoles el perdón de los
pecados y el cielo mismo. De manera que en Clermont, Urbano II inventó el asunto de
las indulgencias, que tanto daño ha hecho a la humanidad. Una síntesis de sus arengas
puede ser: “Si aquellos que fueren a la cruzada pierden la vida durante el viaje, en la
tierra o en el mar, o en alguna batalla contra los paganos, sus pecados serán perdonados.
Lo concedo por el poder que Dios me ha dado. A un lado los enemigos de Dios; al otro
sus amigos”. Es triste registrar que por orden del supuesto representante de Dios, en
1099, Jerusalén fue tomada por estos cruzados, y casi todos sus habitantes fueron
pasados a cuchillo, fueran musulmanes o cristianos de Oriente; y los sacerdotes cristianos
griegos, coptos y sirios que guardaban los Santos Lugares sufrieran horribles torturas a
fin de que revelaran dónde se encontraba la verdadera cruz donde fue crucificado el
Señor.
Después de muchos años de luchas e intrigas entre los nobles, el emperador y el papado
romano, con antipapas a bordo, sobre todo por lo relacionado con el asunto de las
investiduras secular de los obispos, dudosas y hasta espurias elecciones de los papas e
imposición de rivales, por fin, y después de la convocatoria de muchos sínodos, fue
firmada la paz mediante un concordato firmado en una asamblea reunida en la ciudad de
W orms, el 23 de septiembre del año 1123; y para confirmar solemnemente esos
acuerdos, el papa francés Calixto II (1119-24) convocó el Concilio de Letrán, reunido el
15 de marzo de 1123. Al subir al pontificado, el papa Calixto II revocó la concesión de

59
investidura laica concedida al emperador Enrique V, lo que había originado una serie de
disputas, pero ya firmado el Concordato, se solemniza en el Concilio.
10 Mateo 20:25-28
El concilio

Haciendo un poco de historia registramos que el templo de San Juan de Letrán es una de
las cinco basílicas patriarcales de Roma, construida por el emperador Constantino en el
año 324 junto al palacio de Letrán de la antigua Roma, y que fue de propiedad de la
familia de Constantino, el cual, conforme la falsa ”Donación de Constantino”, éste donó
para que fuese la sede del obispo de Roma, lo cual se dio durante unos diez siglos.

A partir del presente Concilio ecuménico de Letrán, estas grandes asambleas fueron
convocadas y controladas por el papado romano, de manera que hasta el Concilio
Vaticano II se trata de concilios papales en todo el rigor de la palabra. Hildebrando,
basado en la Decretales pseudo-Isidorianas, acabó con los concilios soberanos, y no es
un secreto que los concilios medievales eran meramente unos consejos, pues quien en
verdad legislaba era el papa.

En el primer Concilio de Letrán se ratificaron los documentos del Concordato de W


orms. El emperador renunció al derecho de investidura, se reconcilió con la iglesia y
devolvió las regalías expropiadas. La Iglesia Católica Romana restauró su libertad para la
elección y consagración de sus prelados. Prohibición de la simonía y el concubinato de
los clérigos.

Fue prohibida la intromisión laica en los asuntos eclesiásticos. Téngase en cuenta que en
ese tiempo ya estaba bien arraigado el nicolaísmo y la división de la iglesia entre clero y
laicos, de manera que se había consolidado la idea de llamar “iglesia” al sistema
dominado por el clero. Dice la Palabra de Dios que en la Iglesia del Señor todos somos
sacerdotes.
4 “ Acercándoos a él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para
Dios escogida y preciosa, vosotros también5
como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para
ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo.9Mas
vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por
Dios, para que anunciéis las virtudes de Aquel que os llamó de las tinieblas a su luz
admirable” (1 Pedro 2:4-5,9).

Respecto a las cruzadas, se aprobó la remisión de penas temporales a los que se alistasen
para la “guerra santa contra los infieles”, le garantizaban sus bienes y familia, pero
castigaban a quienes se negaran a cumplir sus votos de ir a rescatar el Santo Sepulcro y

60
otros lugares. Con esto se aprobó un método de “evangelización” muy distante del
ordenado por el Señor, el Príncipe de Paz, pues la piedad medieval no dependía ni se
alimentaba de la vida del Espíritu, verdadero vicario de Cristo, sino de las reliquias
impuestas por el sistema de un falso vicario. Téngase en cuenta que Palestina era el
venero de las reliquias, donde supuestamente se encontraban los objetos “sagrados”
relacionados con el Señor y Sus mártires.

El partido gregoriano y el espíritu cluniacense predominantes en este concilio, estuvieron


lejos de arreglar la rivalidad imperante entre las dos fuerzas que regían la vida en el
Medioevo: la Iglesia y el Estado, pues las doctrinas gregorianas propugnaban por la
supremacía del papado sobre los demás poderes. Los legos no podrán disponer de las
propiedades eclesiásticas, pero los obispos y el papa seguirían gozando de sus privilegios
y régimen feudal, lo cual genera nuevos enfrentamientos posteriores.

Con este Concilio se inicia una nueva modalidad canónica: Los cánones conciliares no
fueron decretados por la asamblea de obispos sino por el papa. Por fin la cristiandad
occidental caía enteramente en manos del papado romano, y en cuyas asambleas
“ecuménicas” los obispos eran unos meros títeres, y la política gregoriana coronaba un
gran triunfo. El catolicismo romano había logrado la completa sumisión de la autoridad
civil a la eclesiástica. ¿Quedaría resuelto el consuetudinario enfrentamiento entre el papa
romano y el emperador?

10 SEGUNDO CONCILIO DE LETRÁN

( X Ecuménico, según Roma)

Convocado por el papa Inocencio II en el año 1139, reunido en la basílica de San Juan
de Letrán en Roma, inmediatamente después de la muerte de su rival Anacleto II.
Produjo la excomunión del monarca Rogelio II de Sicilia y la condena de los seguidores
de Pedro de Bruys, predicador precursor de la reforma en el sur de Francia y Arnaldo de
Brescia en Roma, por oponerse al papado. En este concilio hubo un intento de sanar la
división entre la iglesia ortodoxa oriental y el catolicismo romano.

Panorama pre-conciliar

En el panorama preconciliar corrían vientos de reforma. En la cristiandad medieval se


destacaron figuras prominentes como el monje abad de los cistercienses Bernardo de
Claraval, conspicuo místico, que por escrito y en elocuente oratoria defendía lo que en su
momento él consideraba ortodoxo, y ataca las “herejías”. Bernardo estaba convencido de
la gracia perdonadora de Cristo, gracia obnubilada por su vinculación a las causas
oficiales de la iglesia de Roma. A pesar de ser devoto de la Virgen, nunca creyó en la
inmaculada concepción de María. Por venir esto de uno de los personajes más
destacados de la cristiandad medieval, este nuevo “dogma” se retardó durante siglos en

61
ser aprobado oficialmente por Roma.

En tiempos de Bernardo, y durante siete años, hubo simultáneamente dos papas:


Inocencio II (Gregorio Papareschi) y Anacleto II (Pedro Pierleoni, de origen hebreo),
también conocido como “el papa del ghetto”; pero Bernardo de Claraval se inclinó a
favor de Inocencio II, e influyó ante el emperador Lotario III para que se pusiera al lado
de Inocencio. Ambos papas tenían a su favor un sector de la cristiandad latina.

Hubo otros personajes que en ese mismo tiempo anhelaban una verdadera reforma de la
Iglesia, la cual se había apartado de la primitiva pureza; además, la reforma según los
principios gregorianos había dado muestras de ser impotente. Los hechos registrados en
el Antiguo Testamento fueron escritos para nuestro ejemplo y luz. En los tiempos del
profeta Elías, en medio de una gran apostasía nacional, ni aun el profeta mismo sabía
que había cinco mil israelitas que se habían guardado de adorar a Baal. También en el
siglo XII, Dios había preservado algunos núcleos evangélicos, antirromanistas y
antijerárquicos; núcleos que siempre han existido a lo largo de toda la historia de la
Iglesia. Si tú eres cristiano en el mejor sentido de la palabra, y no apelas a los legalismos,
a las tradiciones y lo meramente eclesiástico y clerical, es porque apelas a la Escritura y
al Espíritu.

Entre esas personas que en su momento se opusieron al sistema, se destacan Pedro de


Bruys, Enrique de Lausana y Arnaldo de Brescia. De estos tres personajes, transcribimos
las palabras de José Grau, en su libro: Catolicismo Romano: Orígenes y Desarrollo:

“ Cabe destacar en primer lugar a Pedro de Bruys, sacerdote francés de vida casi
ascética, que rechazaba el bautismo de niños, las ceremonias eclesiásticas, el
sacerdocio y las oraciones por los muertos. Atacaba la Iglesia visible y sólo reconocía
la invisible en el corazón de los verdaderos creyentes. Estaba en contra de los templos
y la veneración de crucifijos. Enseñaba que lo que fue instrumento de la muerte de
Jesús debía ser despreciado, por lo que se dio a la quema de cruces, usándolas incluso
para cocinar sus alimentos. El populacho supersticioso no pudo resistir al radical
reformador y lo echó a la hoguera en 1124. Sus numerosos seguidores fueron llamados
petrobrusianos y se extendieron ampliamente por las tierras dominadas por el papado.
Tanto Pedro de Bruys como sus seguidores, fueron muy exagerados y radicales en
cuestiones secundarias, pero hemos de interpretar sus reacciones a la luz (o mejor
dicho: a la sombra) del tenebroso espectáculo religioso de sus días”.

“ Enrique de Lausana, que al parecer tuvo contactos con Pedro de Bruys, era un ex-
monje de Cluny, hombre muy erudito y piadoso, que se condolía por la falsa y
supersticiosa esperanza que el pueblo tenía en las reliquias. Predicó vehemente en contra
de las reliquias e incitó al arrepentimiento y fe genuinos. Creía además que los
sacramentos serían válidos solamente cuando fueran administrados por sacerdotes
santos. Condenaba la ostentación y el lujo del clero de su tiempo y seguía el movimiento

62
petrobrusiano. El obispo de Arles, indignado por el apostolado de Enrique, lo arrestó y lo
condujo ante un Sínodo reunido en Pisa el año 1135, del que pudo salir bien librado,
pero al oponérsele Bernardo de Claraval, fue apresado nuevamente y condenado a
cadena perpetua. Murió en 1149".

“ Figura descollante entre estos pioneros de la Reforma, es la de Arnaldo de Brescia,


del cual se ocuparía ampliamente el papa Inocencio II y su segundo concilio de
Letrán. Arnaldo era un joven y entusiasta canónigo que atacó con ferviente oratoria el
poder secular de la Iglesia, basándose en una concepción más espiritual y bíblica del
Cuerpo de Cristo. Predicó en favor de una Iglesia más santa y pura, de acuerdo con el
modelo de la Iglesia apostólica. Sostenía que sólo la renuncia de las posesiones
materiales y de la ambición secular podría llevar a una renovación auténticamente
cristiana. Mientras las teorías de Hildebrando abogaban por la supremacía teocrática
de la Iglesia, Arnaldo deseaba la completa separación entre el Estado y la Iglesia. Esto
le llevó a pedir la restauración de la antigua República de Roma en sustitución del
gobierno secular del papa. Arnaldo creía firmemente que la misión de la Iglesia es
puramente espiritual y que por consiguiente no tenía que ir tras el poder y las
riquezas, sino contentarse con los diezmos y las ofrendas voluntarias” (José Grau.
Catolicismo Romano: Orígenes y Desarrollo. Ediciones Evangélicas Europeas,
Barcelona. Tomo I. 1987. P. 314.).

Milán y gran parte de las provincias del norte de Italia habían permanecido por siglos
remisas a someterse a la jurisdicción del papado romano; de manera que cuando
Inocencio II logró por fin someterlas a su autoridad en el año 1133, a los pocos años, en
esas mismas regiones surgió el foco principal del gran movimiento evangélico medieval
de los valdenses, que toma su nombre de Pedro Valdo, y que se relacionan con los
llamados “pobres de Lyon”, condenados en el Concilio III de Letrán en 1179. Estas
cosas sucedieron mucho antes de que naciera Martín Lutero.

El concilio

Convocado el concilio por el papa Inocencio II, sus sesiones de casi un mes de duración,
se celebraron en la basílica de San Juan de Letrán, a partir del 4 de abril de 1139, con la
sola asistencia de los obispos y abades de occidente.

Como es de suponer, este concilio bajo el dominio absoluto de Inocencio II, procedió a
deponer a todos los obispos y clérigos que habían estado del lado de su rival Anacleto II,
con anatemas y acusaciones de herejes y cismáticos a bordo. A pesar de que Anacleto II
había sido elegido por un número de cardenales ligeramente mayor que a Inocencio II. A
cuántos incautos y sencillos creyentes harían daño los jerarcas romanos con todas estas
medidas politiqueras. Vaya usted a entender estas cosas de esos infalibles personajes.
Además el concilio:

63
- Condenó la simonía, la usura, el lujo y relajación de clérigos y monjes. A éstos se les
prohibió estudiar medicina.
- Declaró nulo el matrimonio contraído por clérigos y monjes a partir del subdiaconado.
- Aprobó el canon llamado del “Privilegio”, que condenaba con la excomunión a los que
injuriasen o maltratasen con violencias físicas a los clérigos.
- Condenó a Arnaldo de Brescia a guardar silencio, y sus teorías acerca de una iglesia
apostólica y humilde, tenidas por heréticas.
- El canon 23 acusó de herejía a Pedro de Bruys, al cual el populacho quemó.
- Excomulgó políticamente al rey Rogerio de Sicilia, por haber apoyado a Anacleto.

Consecuencias

Arnaldo de Brescia, después de haberse trasladado a París, huyó a Zurich, donde fue
acusado de herejía por Bernardo de Claraval; luego fue apresado por orden del
emperador Federico Barbarroja, en 1154, y más tarde ahorcado (1155) por orden del
papa Adriano IV, su cuerpo quemado y sus cenizas lanzadas al río Tíber.

Pero en el pueblo iban siendo aceptados los planteamientos de Arnaldo, hasta el punto
que los romanos se levantaron en contra del poder secular del papa, y que se proclamara
la República. No podían la exaltación papal y la política gregoriana hacer más que daño
en la cristiandad; y en el fondo muchos papas sinceros lo reconocían, como un Eugenio
III (1145).

11
TERCER CONCILIO DE LETRÁN

(XI Ecuménico, según Roma)

Este concilio fue convocado por el papa Alejandro III (Rolando Bandinelli) (1159-81).
Reunido en la basílica de San Juan de Letrán, en Roma, en el año 1179, para imponer la
disciplina eclesiástica. Se tomaron medidas adicionales para reformar al clero frente a la
simonía. Se ocupó asimismo del cisma entre los papas del período del emperador
Federico I Barbarroja.

Antecedentes

A pesar de lo aprobado en los dos concilios lateranenses anteriores, aún seguía


fermentando la virulencia de la teocracia legada por Hildebrando en el romanismo; pero
frente a esta teocracia, se erigían las ambiciones de Federico I Barbarroja (1125-1190),
quien subió al trono imperial con el firme propósito de revivir las ideas imperiales de
Carlo-Magno, y restaurar la grandeza del Sacro Imperio Romano Germánico. Después
de haber apresado a Arnaldo de Brescia por sus ideas de restaurar la República en Roma,
Federico fue coronado en San Pedro el 18 de Junio de 1155 por el papa Adriano IV,

64
quien no veía en Federico a un gobernante superior al papado, al estilo de Carlo-Magno,
sino a alguien inferior al Sumo Pontífice, lo cual tuvo sus enojosas consecuencias.

Es interesante tener en cuenta que la supremacía que invocaba cada uno -papa y
emperador- sobre el otro, se reflejaba en pingües regalías y beneficios. Federico
interponía las concepciones imperiales según el Derecho Romano de Justiniano (lea el
capítulo 5, Concilio de Constantinopla II), queriendo volver así al poder absoluto de los
césares, pero el papa también movía sus fichas para reivindicar sus supuestos derechos
de señor feudal.

A Adriano IV lo sucedió en el trono papal Alejandro III, ducho en doctrinas relacionadas


con las pseudo-isidorianas y opositor empedernido de Federico Barbarroja; pero la
facción imperial eligió al cardenal Octaviano con el nombre de Víctor IV, volviéndose a
repetir temporalmente el caso de dos papas rivales, proliferando los sínodos para
excomulgarse mutuamente; pero después de muchos años de luchas e intrigas, el
emperador cedió en favor de Alejandro III, a quien en un acto de arrepentimiento, y para
que se le levantase la excomunión, le besó los pies en Venecia, el 24 de julio de 1177.

Como es de suponerse, frente a una jerarquía eclesiástica dominante y entregada a las


intrigas feudales e intereses temporales y mundanos, hubo reacciones del pueblo, a veces
mal enfocadas y fundamentadas en errores, como el caso del movimiento surgido al sur
de Francia y norte de Italia, de los llamados Cátaros (“los puros”) o albigenses, de Albi,
ciudad francesa. Ellos, aunque de vida moralmente alta, retomando ideas gnósticas y
maniqueas, eran dualistas; creían en dos fuerzas antagónicas igualmente eternas: una que
personificaba el Bien y otra el Mal. De manera que también estaban alejados de la
verdad del evangelio, atribuyendo al diablo todo o parte del Antiguo Testamento; eran
enemigos del matrimonio, teniéndolo por obra de la carne; negaban la encarnación real y
resurrección corporal de Cristo; de manera que ellos atribuían la salvación a las obras de
vida y ritos como el ayuno, la repetición de ciertas oraciones y un llamado bautismo
espiritual. La reacción del sistema en contra de todo lo que consideraran herejía y se les
opusiera, era persecución con el uso de la espada y la hoguera.

El concilio
Para consolidar la paz y borrar malos recuerdos, el papa

Alejandro III convocó un concilio ecuménico, el cual se reunió en la basílica de San Juan
de Letrán los días 5, 7 y 19 de marzo de 1179, con la participación de 291 obispos y
abades, la mayoría italianos. En sólo tres sesiones, el papa hizo aprobar 27 cánones. Con
razón el emperador llamó a este concilio “el concilio del Sumo Pontífice”, el cual aprobó
asuntos como los siguientes:

- En adelante el papa sería elegido por una mayoría de votos de las dos terceras partes,
so pena de excomunión y privación del orden eclesiástico.

65
- Invalidación y deposición de todas las ordenaciones hechas por los antipapas y sus
ordenados.
- Prohibición de poseer y usufructuar varias dignidades eclesiásticas, pues a veces una
sola persona recibía el producto de varias parroquias, y por ser beneficiario ausente,
empleaba sustitutos.
- Este concilio, además de la excomunión, proclamó una cruzada contra los grupos
considerados herejes, como los cathari, la que fue, en la opinión de algunos, la primera
ocasión en que el sistema católico romano empleara este método contra quienes se
llamaban cristianos.
- Hubo también disposiciones contra los usureros, sarracenos y piratas. Por ejemplo,
prohibió que los judíos y musulmanes tuvieran esclavos cristianos. Este concilio, obrando
en teoría a nombre del cristianismo, declaró que ningún cristiano debía ser sujeto a
servidumbre. Esto iba encaminado a que entraran nuevamente en vigor las antiguas leyes
antijudías, que prohibían rigurosamente a los judíos emplear cristianos a su servicio. A
los cristianos se les prohibía vivir en los barrios donde vivían los infieles, como un paso
hacia el futuro ghetto. También este concilio declaró a los judíos sospechosos de
colaboración con los “herejes” albigenses.
- Como en otros concilios medievales, se legisló en contra de la simonía y la
incontinencia del clero.
- Pedro Valdo y sus seguidores, “los pobres de Lyon”, ante las restricciones por parte de
muchos obispos para predicar y evangelizar en su calidad de seglares, pidieron la
autorización a este concilio, pero les fue denegada. Aunque el papa alabó y admiró la
pobreza de los evangélicos valdenses, no les concedió lo que solicitaban, a pesar de que
ellos buscaban la reforma de las costumbres sin apartarse de la obediencia a Roma, ni
criticarla. Lástima grande, que cada vez que el Señor ha tocado las puertas de ese
sistema para que vuelvan a Dios, han rehuido escuchar los emisarios del Señor; al
contrario, los han perseguido, los han afrentado, los han golpeado, los han encarcelado,
les han confiscado sus bienes y los han llevado a la hoguera. No han tenido luz en sus
ojos para ver lo que el Señor dice: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí
mismo, y tome su cruz, y sígame (Mateo 16:24). El lenguaje de los valdenses era extraño
para estos eclesiásticos, más preocupados por las intrigas políticas y el engrandecimiento
del papado, que por glorificar al Señor que ellos decían representar, y ser instrumentos de
Dios para la salvación de las almas. Tan es cierto lo de esta ceguera, que años más tarde
un inquisidor de Passau llegó a declarar que los valdenses eran la secta más perniciosa
para la Iglesia Romana, alegando que era la más antigua, la más extendida y por su gran
semblanza de piedad. Eso nos demuestra que siempre ha habido un remanente fiel al
Señor y a la fundamental doctrina de los apóstoles.

Consecuencias

A pesar de la paz de Venecia y de su ratificación en el concilio, las fricciones y contiendas


entre Federico y los sucesores de Alejandro III en el papado continuaron, hasta que el

66
emperador pereció ahogado el 10 de junio de 1190, cuando se puso a la cabeza de la
tercera cruzada, en un intento por liberar el Santo Sepulcro.

El papa Lucio III excomulgó a los valdenses en un sínodo en Verona en 1183, pero ellos,
por la poderosa voluntad de Dios, se siguieron extendiendo por todo Occidente. Un
sistema dominado por el eclesiasticismo y la jerarquía clerical como el romanismo, ve
una amenaza en un movimiento sencillo y laico que además tiene interés en serle fiel al
Señor. En la historia de la Iglesia, a los valdenses se les conoce como un movimiento
precursor de la Reforma, protagonistas como eran de una lucha frente a un sistema que
se apartaba cada día más de la verdad; eran como un espejo donde podían mirar los
romanistas sus desvaríos, mientras que el papado se iba fortaleciendo más. En la medida
en que el papado se alejaba más de las doctrinas que predicaba el apóstol Pedro, más se
hundía en las “grandezas” de las glorias terrenas por las teorías legadas por Hildebrando
sobre el gobierno de la iglesia romana y su hegemonía universal.

12

CONCILIO LATERANENSE IV

(XII Ecuménico, según Roma)

Reunido a fines del año 1215 en la catedral de San Juan de Letrán en Roma. Inocencio
III, el pontífice romano que marca la máxima cumbre del poder e influencia papal en
Europa en todos los tiempos, convocó lo que se ha considerado la más importante de las
asambleas del catolicismo romano, sobre el cual él mantuvo el absoluto dominio.

Panorama del antecedente histórico

El papado romano había llegado a la cumbre de su poder, convirtiéndose en el dueño


indiscutible de Occidente, pudiendo dictar su voluntad a todos los monarcas y príncipes y
a todos sus súbditos. Lotario de Segni, un hijo de condes, fue elevado a la tiara pontificia
romana a los treinta y siete años de edad con el nombre de Inocencio III, la cual ostentó
desde 1198 hasta 1216, tiempo durante el cual gobernó en Europa con mano férrea,
siendo en realidad, a juicio de un bizantino, “no el sucesor de Pedro, sino de
Constantino”, sobrepasando la audacia y ambición de Hildebrando. Con él se perfeccionó
la ley canónica de tal manera que se estableció el principio de que el papa romano es el
oráculo de Dios en la tierra, sin oposición posible por parte de ninguna criatura. Habiendo
proclamado la independencia política del papado, se erigió por encima de todos los reyes
y príncipes laicos, aportando la doctrina de una teocracia pontificia y el papa como
emperador del mundo. Inocencio III, no obstante haber acrecentado el poder papal como
lo hizo, jamás recibió en la historia el calificativo de “grande”, ni fue canonizado, como
los otros “grandes”.

67
Con base en las falsificaciones Seudo-Isidorianas, bajo el pontificado de Inocencio III, el
poder papal llegó a la cumbre, y sobre todo con la falsa premisa de que al apóstol Pedro,
más que a la Iglesia, le había sido confiado el mundo; y para completar la farsa, antes de
Inocencio III los papas habían asumido el título de vicario de Pedro, pero a partir de este
papa, empezó a llamarse vicario de Cristo; pero fue más lejos, diciendo ser el vicario de
Dios en el mundo, de modo que todo poder político tenía que estar supeditado al papa
romano. Entonces, como vicario de Cristo podía ser rey de reyes y señor de señores.

El papado romano ha echado mano de cualquier interpretación a su acomodo de las


Escrituras para entronizarse sobre el mundo entero. Es así como dice Inocencio III que el
hecho de que Pedro haya caminado sobre las aguas, les da derecho a ellos, sus supuestos
sucesores, a gobernar sobre todas las naciones. Asimismo la mención de dos espadas en
Lucas 22:38, lo tomaron como la simbología del poder eclesiástico y el poder real; pero
lo más grave es que ambas pertenecían al papa, el cual otorgaba una de ellas al rey para
que la usara según sus instrucciones y al servicio de la iglesia romana; y de hecho puso y
quitó emperadores, reyes, condes y otras dignidades seculares, conforme sus intereses.
Tergiversó e interpoló asimismo textos bíblicos como Deuteronomio 17, haciendo decir a
la Escritura que quien no se sometía a la decisión del sumo pontífice romano era reo de
muerte.

Al principio, Inocencio III tuvo la intención de capitalizar con los valdenses, y en vez de
“Pobres de Lyon”, les ofreció se convirtiesen en una orden monacal de “Pobres
Católicos”, pero cuando eso ocurría, ya los valdenses habían tenido claridad de que la
iglesia papal no era bíblica; de manera que cruelmente fueron perseguidos y miles
llevados al martirio. Cuando en 1517 se inició la Reforma protestante, los valdenses,
bastante diezmados pero firmes, estaban diseminados por las regiones de Piamonte y
Saboya, en Italia. Tenía Inocencio III un ejército propio y una maquinaria de numerosos
legados pontificios y de eclesiásticos asociados con las órdenes religiosas, de lo cual se
valió para perseguir a los albigenses y a los judíos. Inocencio III proclamó una cruzada
para exterminar a los albigenses, y para ello, por ser los obispos más mercenarios que
pastores, utilizaba el brazo secular para acabar con la “herejía”, y ofrecía el perdón de
todos los pecados y el paraíso a todos los que se alistasen para acabar con los albigenses.
La guerra contra los albigenses en el sur de Francia (1209-1229), tuvo como
consecuencia la Inquisición con sus hogueras contra los que el sistema consideraba
“herejes”. Por ejemplo, en Beziers, baluarte de los albigenses, los cruzados papales
organizaron un indescriptible baño de sangre. Fue tanta la barbarie, la rapiña, la crueldad
y la destrucción, que fue exterminada la casi totalidad de la población de ciudades
enteras, sin discriminar si eran albigenses o no, ni respetando la edad ni el sexo. Ellos se
jactaban de que la “venganza divina” en esa carnicería no había respetado ni clase social
ni sexo ni edad, cayendo bajo la espada casi veinte mil personas. Contra los judíos la
política era conseguir que se enfriara su perseverancia hacia sus principios religiosos, más
que de exterminio, so pena de castigarlos por su rígida postura. Es claro que durante el

68
reinado de Inocencio III se destacó la intolerancia religiosa.

El concilio

Las sesiones del concilio se llevaron a cabo del 11 al 30 de septiembre de 1215, con la
asistencia de 800 abades y más de 400 obispos del ala latina de la cristiandad, además de
representantes del Emperador Federico II, y de los reyes de Inglaterra, Francia, Aragón,
Hungría, y de los patriarcados latinos de Jerusalén y Constantinopla. Sin la asistencia de
los obispos griegos, Letrán IV fue en realidad un concilio de la iglesia papal, en donde los
obispos se reunieron en tres sesiones para que fuesen proclamados y ratificados los
decretos papales, personaje que se había arrogado plena jurisdicción en la iglesia, y los
obispos eran apenas sus asistentes.

Aprobaciones en el concilio

1. Condena de Joaquín de Flora (o Fiore) y su monacato profético. Joaquín de Flora


(1130-1202) nació en Calabria, en el extremo sur de Italia, y habiendo ingresado en un
monasterio cisterciense, después de haber sido ordenado sacerdote, de mala gana había
sido hecho abad del mismo desde 1178 a 1188. Siempre deseó un camino de vida
monacal más rígida, estricta y austera que el que había vivido allí, y seguido por un buen
número de discípulos, fundó un monasterio, el de San Juan Fiore, el cual obtuvo la
aprobación papal. Entonces, ¿cuál fue su problema frente al papado? Joaquín sentía un
profundo pesar por la progresiva corrupción de la iglesia, y siendo un dedicado estudiante
de profecía, aplicó su forma de ver las cosas, en el entorno eclesiástico de su época, a la
interpretación profética, sobre todo el libro de Apocalipsis, viendo factible una reforma
de la iglesia por cauces monásticos, a los cuales pretendía “espiritualizar”. Dividía la
historia en tres edades o dispensaciones: la del Padre, la del Hijo, y la del Espíritu Santo,
las cuales se componían a su vez de subdivisiones, de tal manera que el último período
terminaría en una sociedad contemplativa. Como es de suponer, su curiosa interpretación
profética, chocaba con los principios imperiales e intereses papales de la época,
institución, con Inocencio III a la cabeza, que condenó las visiones proféticas de Joaquín
de Flora. A raíz de este incidente, y alarmados por la proliferación de nuevos
movimientos monásticos, dispuso que cualquiera que desease fundar una nueva casa
religiosa, debía aceptar para su gobierno las normas y disciplina de las ya existentes

2. Condena de Berengario de Tours y definición de la “transubstanciación”. Como se


sabe, el sistema católico romano, y particularmente los monasterios medievales, había
llegado a convertir el sencillo memorial que celebraba la iglesia primitiva de la Cena del
Señor, en una diaria renovación del sacrificio del Señor en el Calvario, al cual llamaban
Eucaristía, o Misa, palabra que en latín significa reunión; de manera que no es incorrecto
decir que Cristo instituyó la Santa Cena y los monjes la Misa. Téngase en cuenta que en
esa época la Biblia se había constituido en un libro de prohibida lectura, de manera que
muy pocas personas tenían el privilegio de conocer las Sagradas Escrituras y tener la

69
oportunidad de ser fieles por lo menos a algunas de las doctrinas apostólicas contenidas
en el Nuevo Testamento; porque si el clero de esa época, o por lo menos los que tuvieran
el poder de decisión, hubiera retornado a la Escrituras, la Misa hubiera sido desterrada de
la iglesia. En cuanto a la “transubstanciación” implícita en la Misa, en esa época aún no
había sido declarada dogma, aunque ya empezaba a recibir carta de legitimidad en la
iglesia, y autores de la talla de Pascasio Radberto de Corbie, en el siglo IX ya se habían
pronunciado a favor de la misma.

De los pocos que conocían las enseñanzas apostólicas, y mucho antes de este concilio,
Berengario de Tours (998-1088), versado teólogo, canónico que había sido de la catedral
de Tours y luego archidiácono y maestro de Angers, había sostenido que la Santa Cena
no tenía que entenderse en sentido material sino espiritual; por lo cual había sido
condenado en varios sínodos, y en forma definitiva en este concilio. ¿Qué es la
“transubstanciación”? Este concilio la proclamó como un dogma, con la siguiente
definición:

“ Su cuerpo y su sangre (de Cristo) están verdaderamente contenidos en el Sacramento


del altar bajo las especies del pan y el vino; el pan es transubstanciado en su Cuerpo y
el vino en su Sangre por el poder divino, de manera que para perfeccionar el misterio
de la unidad, nosotros recibimos de Él lo que Él recibió de nosotros”.

De manera que por un acto de poder milagroso, el sacerdote aparentemente podía hacer
que Cristo se convirtiera en una galletita y en un poco de vino, y como consecuencia sólo
bajo la mediación del sacerdote podían participar los fieles, del Hijo de Dios, y sólo por
ellos ser salvos, pues los sacramentos, de acuerdo con ese sistema, son el único medio de
salvación; entonces la situación es triste cuando el catolicismo romano más tarde en el
concilio de Trento, sella y hace normativo e imperativo que una persona no puede ser
salva si no es través del bautismo que le administra un sacerdote católico, de una
confesión de pecados a un sacerdote católico y comiendo el pan y bebiendo el vino en
que supuestamente se ha convertido Cristo en virtud del exclusivo poder de hacer ese
milagro que tiene el sacerdote católico.

Si meditamos un poquito en esta situación del romano-papismo, tenemos que ya el papa,


por medio de armas tan poderosas como la excomunión a las personas que no se le
sujetaran, y el entredicho a ciudades, regiones y hasta a países, ponían bajo su sujeción a
los reyes; pero a esto se le agregó que por medio de los “sacramentos” podían sujetar la
vida de todos los individuos. Respecto de la Cena del Señor, ¿qué dice la Palabra de
Dios? Que es un memorial. Dice 1 Corintios 11:23-25: “Porque yo recibí del Señor lo
que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó
pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que
por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la
copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre;
haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí”. ¿Por qué la Cena del

70
Señor es un memorial? Porque al comer el pan y beber la copa estamos participando y
disfrutando del Señor, quien se nos ha dado mediante Su muerte en la cruz; es hacer
auténtica memoria de Él como nuestro Redentor; es anunciar Su muerte redentora, de la
que se produjo la Iglesia. De manera que el pan y la copa del Señor representan Su
Cuerpo quebrantado por nosotros, y Su sangre derramada por nuestro pecados.

En las Escrituras no encontramos fundamento alguno que apruebe que los sacramentos y
decretos católicos romanos sean los medios puestos por Dios para ser salvos. Nuestro
Salvador es Jesucristo. Dice Juan 1:12-13: “Mas a todos los que le recibieron (a Cristo),
a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales
no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino
de Dios”.

3. Establecimiento de la Inquisición. No contentos con lo anterior, aunque ya había


comenzado en la práctica, este concilio aprobó canónicamente la Inquisición, e instituyó
los tribunales llamados del “Santo Oficio”, por medio de los cuales “santificaban” la
reprensión sangrienta de toda actitud contraria al papado romano; de manera que a través
de la historia fueron millones los seres humanos que fueron encarcelados, torturados, sus
bienes confiscados, quemados o pasados por las armas porque fuesen albigenses,
valdenses, moriscos, judíos o protestantes. Al respecto dice José Grau:

“ En contraste con lo que había sido costumbre en la antigua ley romana, la


Inquisición tenía por culpables a los acusados mientras no se probaba su inocencia,
cosa difícil cuando mediaba la tortura como instrumento ‘judicial’. No podían los
acusados tampoco oír ni conocer a sus acusadores, de manera que cualquier persona
estaba expuesta a la perversidad de las calumnias de sus enemigos. Se les negaba toda
protección legal. No podían apelar ni recurrir a nadie y quedaban desprovistos de todo
asesoramiento jurídico, pues cualquier abogado que hubiese tomado su causa hubiera
sido excomulgado a su vez. Los hijos tenían que denunciar a sus padres o viceversa. A
los hijos de los herejes debía perdonárseles la vida, decía Inocencio III, como un acto
de misericordia, pero tenían que ser depuestos de todos sus cargos, sin posibilidad de
volver a ocupar ninguna dignidad civil, además de serles confiscados todos sus bienes.
Estos pasaban, la mitad al tesoro papal y la otra mitad a los inquisidores. Las
autoridades civiles tenían que encargarse de las provisiones de leña para las hogueras
y de las ejecuciones decretadas por el ‘Santo Oficio

11 ’.

4 Legislación antijudía. Este papa se ensañó contra los judíos. Además de las medidas
contra los albigenses, este concilio decretó que todos los judíos llevasen algún distintivo
sobre sus vestiduras; es decir, ordenó que los judíos y sarracenos tuvieran que vestir un
sambenito o indumentaria especial que los distinguieran de los demás. Parte del canon
decía: “Los judíos, tanto si es hombre como una mujer, en todos los países cristianos y

71
en lugares públicos deben distinguirse del resto de la población mediante un tipo especial
de vestuario...”. Con ello, en parte, se evitaría la relación sexual entre judíos y cristianos,
lo cual era un delito. Con estas medidas, empezaba para ellos la discriminación, la
formación del “ghetto”, la degradación y considerándolos unos parias, un espectáculo
para los “cristianos” de la época, y entre quienes (cristianos y hebreos) de esta manera, y
a partir del siglo XIII, se fue creando un muro de separación, cuyas bases fueron puestas
por el papado. Prohibió a los judíos ocupar cargos públicos. El concilio condenó la usura
y prohibió a los cristianos tener trato comercial con los judíos, para evitar que éstos se la
exigieran. En el fondo querían evitar que los cristianos, por pagar la usura a los judíos,
pusiesen obstáculos para que la iglesia les cobrase los diezmos. Prohibió a los judíos
ejercer “profesiones cristianas” y los confinó en guettos, con imposición de un horario de
salida y entrada.

También este concilio se ocupó de gran variedad de controvertidos temas, de los cuales
enumeramos los siguientes:

* Reconoció y confirmó la corona imperial a Federico II, el protegido del papa.


* Se declaró en contra de la Carta Magna, la constitución política inglesa y la mejor de
Europa, con la cual el pueblo inglés se libraba del fuero papal, pues sometía a su
soberano, en ese momento Juan sin Tierra, a las leyes determinadas por su pueblo y no
al papa romano. Pero los ingleses no cedieron ante las pretensiones papales ni ante las
amenazas de excomunión.
* Convocó a los reinos feudales latinos a una nueva cruzada, la V, para la conquista de
Tierra Santa, llamamiento asociado con la curiosa afirmación de Inocencio III de que
Mahoma era el hombre de pecado, el hijo de perdición, la bestia de que nos hablan las
Escrituras, y de que a su reino (el de los sarracenos) ya se le acercaba su fin, pues sólo
sería de 666 años. Pero esta cruzada, por el lado de Tierra Santa fue un fracaso, pues la
anterior cruzada había dejado un mal recuerdo entre los ortodoxos orientales, pues en
vez de ir a rescatar los lugares santos, se habían ido a saquear a Constantinopla, y a
cometer toda clase de lujurias y vejámenes, dejando en los griegos una huella imborrable.
* Estableció un cuerpo de legislación más amplio que cualquier otro concilio subsecuente,
incluyendo el de Trento.
* Procuró la reforma del cristianismo católico y el mejoramiento de vida de la
cristiandad. Dictó leyes a favor de una mejor preparación del clero católico, en una época
en que un porcentaje considerable de los sacerdotes desconocían hasta las Sagradas
Escrituras. Ordenó que en cada sede episcopal metropolitana hubiese una cátedra de
teología.
* Redactó definiciones precisas acerca de muchas doctrinas cristianas, como una fórmula
de la Trinidad, y otras.
* Promovió la unión con el ala bizantina del cristianismo.
* Trató de elevar el nivel de la vida matrimonial y de familia, regulando las leyes e
impedimentos del matrimonio entre seglares.

72
* Impuso a todos los católicos el deber de hacer su confesión a un sacerdote cuando
menos una vez al año, pues la práctica anterior de la penitencia consistía en castigo y
restauración públicos. También promulgó el precepto de la comunión pascual.

11José Grau. “Catolicismo Romano: Orígenes y Desarrollo”. E.E.E., Barcelona. 1987.


Pág. 350.
Consecuencias

Es fundamental tener en cuenta que la reforma promovida por Hildebrando e Inocencio


III para el catolicismo romano, afectó en primer lugar al clero y a la organización
eclesiástica, pues en la práctica no fue sino para engrandecer temporalmente ese sistema
y no para reivindicar los principios bíblicos de la Iglesia, ni para llevar al ignorante pueblo
de la época a un mayor conocimiento del Señor y a las prácticas de las doctrinas
apostólicas.

Es encomiable que este concilio se preocupara porque en cada catedral hubiese un


maestro de gramática y otro de teología, para la instrucción del clero, pues muchas veces
ese gremio apenas sabía leer y escribir. ¿Cómo estarían los feligreses de esos tiempos?
Cuando movimientos evangélicos como los valdenses quisieron adelantar la educación
bíblica a las gentes, fueron perseguidos y obstaculizados. Por ese tiempo, el saber se
había ido concentrando en los monasterios de las órdenes religiosas, así como el anhelo
de vivir una vida más santa; de modo que el laico tenía muy poca participación y
conocimiento como para alcanzar una perfección evangélica.

En este concilio y la culminación de la reforma de la iglesia occidental, se establecía que


por iglesia sólo se entendía a los obispos, los abades, el clero y monjes que se som etían
a la autoridad del papa; y eso no ha cambiado, con sus nefastas consecuencias. A partir
de Inocencio III fue decayendo la teocracia pontificia que pretendiera perpetuar la
reforma gregoriana.

13

PRIMER CONCILIO DE LYON

(XIII Ecuménico, según Roma)

Reunido en la ciudad de Lyon, Francia, en el año 1245. Convocado por el papa


Inocencio IV, para, mayormente, fallar la querella del papa con el emperador.

Antecedentes

El Emperador Federico II, acaecida la muerte de Inocencio III, libre ya de la tutela de su


mentor de recia personalidad, se ocupó de reivindicar los derechos del Imperio. Pero

73
viéndose envuelto en antagonismos con el papado, hábilmente decidió prometer entrar a
defender los intereses de la Iglesia, como el de partir pronto a la Cruzada aprobada en el
anterior concilio. Pero en lo que sí puso especial empeño fue en la persecución de los
herejes, y no porque tuviera especial interés por motivos religiosos, sino debido a que so
pretexto de herejía, se le presentaba la oportunidad de exterminar a sus enemigos
políticos. Con estas estratagemas logró que el papa Honorio III (1216-1227) lo coronase
Emperador en 1220.

Pero el papa Gregorio IX (1227-1241), sucesor de Honorio, excomulgó al Emperador, y


éste, en un gesto más de astucia política que de penitencia religiosa, partió a Palestina,
pero en vez de usar las armas, contrajo matrimonio con la princesa Isabel, heredera del
reino de Palestina. A raíz de algunos acercamientos pacíficos con los musulmanes, firmó
un tratado con Malek el Kumel de El Cairo, por medio del cual tanto cristianos como
musulmanes podían convivir en los Lugares Santos y adorar en sus respectivos templos y
mezquitas. Como es de suponer, esta cruzada pacífica no fue bien vista por la jerarquía
romana, porque lesionaba los intereses del papado, y era visto como un desacato a la
autoridad espiritual del papa; de manera que el papa y el emperador, por los intríngulis de
la política de su tiempo, se acusaban mutuamente mediante libelos y rumores; lo que
trajo como consecuencia otra excomunión para el Emperador Federico II, y cargos de
herejía y blasfemia; y mutuamente se acusaban de ser “el precursor del anticristo”.

El enfrentamiento armado hubiera sido nefasto para el papado, de modo que el sumo
pontífice decidió usar frente al Emperador el arma de la pluma, mediante la recopilación
de una serie de “Decretales”, para reclamar la supremacía papal, basadas, como es de
suponer, en las “Seudo-Isidorianas”, a las que ya nos hemos referido.

El 25 de junio de 1243, Sinibaldo Fieschi, cardenal de Génova, era elegido papa, quien
tomó el nombre de Inocencio IV. Para esa fecha, Federico II se había apoderado de los
Estados de la Iglesia, tiempo en el cual el Emperador cerró las rutas terrestres y
marítimas, apresando muchos obispos, arzobispos y cardenales que a la sazón acudían al
llamado papal para la celebración de un concilio que pusiera fin a aquella situación;
incluso algunos prelados y muchos genoveses murieron en los enfrentamientos armados.

El Concilio

Inocencio IV, resultó siendo un papa enérgico y decidido a hacer prevalecer las
pretensiones teocráticas del papado romano; no obstante que Roma estaba sitiada, buscó
la forma de burlar el cerco y viajó hasta Francia, y en la ciudad de Lyon, el 3 de enero de
1245, convocó un concilio.

Aunque es de suponer que a este concilio asistieron unos 140 prelados de la iglesia latina,
sin embargo esta cifra es dudosa para los historiadores; y aun teniéndola por cierta,
históricamente este concilio es considerado un simple sínodo, y tenido por concilio

74
ecuménico sólo por el mandato del papa romano.

Sus sesiones, que fueron tres en total, se abrieron el 28 de junio de 1245, en la catedral
de Lyon. El punto central a discutir era la situación de la Iglesia frente al Emperador, a
quien se le acusó de perjurio, sacrilegio y herejía, y del maltrato en contra de los
prelados. Finalmente Federico II fue nuevamente excomulgado, y sin consultar ni
siquiera con la representación eclesiástica alguna, menos la política, de Italia y Alemania,
Federico fue depuesto como Emperador y como Rey de Alemania, jugándose el papado
el destino de los países europeos basándose en fábulas y pretendidos derechos sobre el
mundo, como pretendido dueño y señor de todo el mundo y sus naciones, personas,
bienes y cosas en general.

Inocencio IV era un hombre de un carácter enérgico y ambicioso, hábil político y dotado


de la astucia capaz como para declarar que no había sido Constantino quien le hubiera
dado el poder secular al papado, como ya se había inventado, sino el mismo Cristo,
declarando que el Señor había fundado un reino terrenal y celestial; de manera que el
príncipe sólo era legítimo cuando había recibido el poder secular por delegación del papa
romano.

Vemos, pues, a la cabeza de la cristiandad latina medieval a un autócrata adueñándose


del mundo en el nombre del Señor Jesús, ordenando que todo clérigo debía obedecer al
papa aun en las determinaciones injustas, pues ¿quién juzgaba al papa? Y para cimentar
mejor esta tiranía universal, dispuso las cosas de tal manera que el clero mismo estuviera
integrado por hombres ignorantes, que desconocieran las Sagradas Escrituras; esto sin
que se ignorase que en la misa se logra hacer de la hostia el cuerpo de Cristo; de manera
que el clero, y cuánto más el laicado, sólo podían saber que hay un Dios que premia y
castiga, las verdades básicas del Credo apostólico y toda la sarta de mentiras difundidas
por el romanismo medieval.

¿Qué le sucedía, entonces, a quien le encontraran una Biblia en su poder o lo pillaran


conversando públicamente o en privado sobre materias de fe? Sencillamente era
excomulgado, y acababa como reo de la Inquisición. De manera, pues, que vemos los
nefastos frutos de la reforma gregoriana comentada en los capítulos anteriores. Entre
otras cosas, este concilio trató de desalentar la supervivencia de agrupaciones que surgían
en una época en que se puso muy de moda la imitación de las grandes órdenes
mendicantes al estilo de los Franciscanos, Dominicos, Carmelitas y Ermitaños
Agustinianos.

Consecuencias
Habiéndose ocupado mayormente en asuntos políticos, más que en los anteriores, las
consecuencias del primer concilio de

Lyon fueron eminentemente políticas. No nos debe extrañar, pues, observar que ese

75
concilio es una fehaciente declaración de que la Iglesia definitivamente se había
convertido en una fuerza política más, pero gracias al Señor, la teocracia papal, aunque
fuera su más alta ambición, no llegó a sustituir del todo al Imperio secular europeo que,
por cierto, había sido invención del papado mismo en tiempos de Carlomagno.

Esas continuas luchas y enfrentamientos entre el poder secular y el eclesiástico, entre el


Emperador y el papa romano, en aras al dominio de las naciones europeas y aun de los
reinos latinos de Constantinopla y Jerusalén, habían hecho mucho daño a Europa, y
fueron el comienzo del debilitamiento y desprestigio paulatino de ambas fuerzas. Jamás
se logró un conveniente y prolongado equilibrio en las relaciones entre el Estado y la
Iglesia. A partir de ese momento, el papado maquiavélicamente fue trasladando su
atracción política de Alemania hacia Francia; mientras tanto la corrupción de la curia
romana iba en aumento, en detrimento sobre todo de la curia alemana, pues todo lo que
tuviera que ver con ese reino, estaba en la mira de la desgracia. ¡Oh épocas negras de la
historia!

14 SEGUNDO CONCILIO DE LYON

(XIV Ecuménico)

Reunido en el año 1274, en la ciudad de Lyon, Francia. Convocado por el papa romano
Gregorio X para adelantar una reforma de la Iglesia, la unión con los griegos y la
situación de Jerusalén.

Antecedentes

¿Qué había sucedido con el Emperador Federico II? Continuó en su pugna virulenta con
el papa Inocencio IV, hasta su muerte acaecida cuatro años antes que este polémico papa.
No obstante, las luchas continuaron entre los sucesores de ambos bandos, con la
consecuencia de la muerte en batallas contra Roma de Manfredo y Conradino, hijo y
nieto sucesivamente de Federico, en tiempos del papa Clemente IV (1265-1268). Otra
consecuencia fue el debilitamiento político de Alemania y el robustecimiento de Francia,
nación que prácticamente llegó a subyugar al papado romano, comenzando con la
famosa Pragmática Sanción, documento decretado por Francia en 1269, con el cual
protegía a la iglesia francesa en contra de la simonía y de las excesivas ingerencias de la
curia romana.

El 27 de enero de 1272, Teobaldo Visconti de Piacenza fue consagrado sumo pontífice


romano con el nombre de Gregorio X, quien a la sazón poco antes residía en San Juan
de Arce, avanzada latina en Oriente, y por ende conocedor de las preocupaciones del
papado por los asuntos de Oriente.

Este papa convocó un concilio general que inició sus reuniones el 7 de mayo de 1274 en

76
la ciudad de Lyon, Francia; ciudad escogida de nuevo para las sesiones conciliares debido
a que el papa esperaba de los franceses mucha ayuda económica y militar para llevar a
buen término y ejecución sus planes en Oriente.

El concilio

A sus sesiones asistieron unos 200 obispos y cerca de 400 abades, encontrándose entre
ellos Buenaventura, el famoso superior de los franciscanos; también asistieron numerosos
dignatarios eclesiásticos y representantes de algunos reyes europeos. Los motivos por los
cuales había el papa convocado este concilio eran tres: La reforma de la iglesia, la unión
con los ortodoxos griegos; es decir, en un nuevo intento de reunir al Oriente con
Occidente, y la situación de Jerusalén.

La reforma de la iglesia se limitó a la promulgación de leyes eclesiásticas como la


relacionada con la elección de prelados. Pero fue en este concilio donde se aprobó la
forma canónica aún casi vigente, de elegir al papa. El papa Gregorio X en este concilio
redactó, mediante la constitución Ubi periculum, los reglamentos del cónclave de
cardenales para la elección papal, y determinó que los cardenales, diez días después de
muerto el papa, deben encerrarse en lugar absolutamente fuera de toda comunicación
con el mundo exterior, es decir encerrarse bajo llave (“in conclave”), en un palacio de la
misma ciudad en donde hubiere fallecido el anterior, y proceder a la elección del nuevo
papa con absoluta libertad y por voto secreto. Cada día se efectúa una elección y si
ninguna alcanzare los dos tercios de los votos, estas boletas se queman en una pequeña
chimenea, por cuyo motivo, cuando el pueblo ve salir de ella el humo negro, la fumata,
se da cuenta que todavía el papa no ha sido elegido. Para que la elección no se dilatase,
los cardenales eran apremiados por ciertas medidas como la de racionarles la comida a
medida que avanzare el tiempo, y que cada cardenal debía ceder sus ingresos a la iglesia
universal mientras durara el “conclave”.

Este decreto lo derogó Juan XXI (1276), un papa que los Anales de Colmar hablan de él
como de un mago. Los católicos romanos dicen que el Espíritu Santo dirige el cónclave;
en cambio la historia muestra que es un espíritu mundano el que preside y quien hizo
elegir hombres como Alejandro Borgia y otros perversos personajes que le han mostrado
a un mundo ciego que esa institución, como institución, no es de Dios.

En las Escrituras no se habla más que de dos ordenanzas o sacramentos, que son el
bautismo y la Santa Cena, pero el segundo concilio de Lyon, basándose en su propia
autoridad eclesiástica, añadió cinco sacramentos más, a saber: la confirmación, la
penitencia, el orden, el matrimonio, y la extrema-unción; tal vez siguiendo la
enumeración propuesta por Pedro Lombardo en 1161. Estos cinco, como se sabe, tienen
la inconveniencia de que no pueden ser ordenanzas o sacramentos sencillamente porque
no fueron instituidos por Cristo. Aunque más tarde el concilio de Trento declarase que sí
son sacramentos, el catolicismo romano jamás puede probarlo.

77
La unión con los griegos fue a la larga un rotundo fracaso; mejor dicho un fraude urdido
por el Emperador bizantino Miguel VIII Paleólogo. En este concilio se logró una efímera
reconciliación entre las facciones del papado romano y el patriarcado bizantino, incluida
la facción búlgara. El Emperador, quien en el año 1261 había restaurado el dominio
bizantino en Constantinopla, y ante el peligro de enemigos tanto internos como externos,
para tener la seguridad de su trono, necesitaba la ayuda papal, envió al concilio una
brillante delegación del ala griega del cristianismo oficial con el ánimo de llevar a cabo
negociaciones de aproximación con Roma. Esta delegación estaba compuesta por el
patriarca Germán de Constantinopla, el arzobispo de Nicea y el canciller del propio
emperador. Ellos llegaron mes y medio después de inaugurado el concilio. Los griegos
representados por esta delegación, aprovecharon a su favor la vanidad romana para
hacerles creer que se sometían a todo cuanto pidiera el papa, y accedieron a todo cuanto
fue pedido por el romano pontífice, y se declaró que la unidad había sido restaurada.
Pero la realidad es que la aplastante mayoría de los constituyentes bizantinos no quiso
asentir a lo allí aprobado. Pudo más el nacionalismo y la aversión a todo cuanto oliera a
sumisión a los aborrecidos latinos; de manera que los ortodoxos griegos simularon
aceptar entre otras cosas, el primado pontificio, la doctrina del Purgatorio y el número de
sacramentos aprobado en este concilio, y prometiéndole al papa llevar la fe romana a
Oriente. Pese a los resultados conciliares, Miguel logró su propósito de la seguridad para
su trono, pero después de acaecida su muerte, se volvió a ahondar la vieja brecha entre
cristianos latinos y griegos, dado que el hijo y sucesor de Miguel, creyéndose dotado de
algún poder, renunció a los acuerdos de Lyon.

Consecuencias

Con excepción de lo relacionado con la elección papal y el número de los sacramentos,


nada de lo que se trató y aprobó en este concilio llegó a tener un completo cumplimiento;
comenzando porque la iglesia no fue reformada, las cruzadas no fueron continuadas, y la
“unión” con los griegos no llegó ni siquiera a un acercamiento. Por mucho que el papado
se afanara en acrecentar la jurisprudencia eclesiástica y en el acopio de “Decretales”, la
reforma de la iglesia continuaba siendo letra muerta, pues tales decretos y normas de
Derecho Canónico estaban lejos de producir efectos en la vida moral de las gentes,
mucho menos en el aspecto espiritual.

Las disposiciones sobre elección del papa entraron en vigor, pero ésto y la promulgación
de otras leyes no lograban remediar los males que afligían al clero y a la gran masa de la
cristiandad latina, sumida en la más oscura ignorancia.

El segundo concilio de Lyon se puede tomar también como memorable porque allí
convergieron las tres grandes fuerzas creadoras de la iglesia medieval, a saber: el papado
romano, el monacato y el escolasticismo. Del papado nos hemos venido refiriendo
ampliamente como la más alta expresión de gobierno eclesiástico no bíblico de todos los
tiempos. El monacato, sobre todo en la Edad Media, constituía y era considerado la más

78
alta norma de vida; téngase en cuenta que allí descolló la presencia de Buenaventura, una
de las figuras más prominentes del franciscanismo y del escolasticismo. Y por último, el
escolasticismo, que era en esos tiempos el grado más alto del pensamiento teológico
filosófico. Es muy importante saber que a este concilio fue invitado Tomás de Aquino,
considerado el más grande de los teólogos católicos y perínclito exponente del
escolasticismo; pero no logró asistir a sus sesiones debido a que lo sorprendió la muerte
camino de Lyon el 17 de marzo de aquel mismo año.

Téngase en cuenta que en la Edad Media, la Biblia era un libro ignorado, desconocido,
supersticiosamente temido; y alrededor de la Biblia se había creado la tergiversada
creencia de que era un libro oscuro y difícil de entender; concepto que ha perdurado
hasta nuestros tiempos en ciertos círculos católicos por infinidad de personas. Pues bien,
ante esa ignorancia y temor de recurrir a las páginas de las Escrituras, los teólogos
medievales bebían de las fuentes de la filosofía griega, en especial de Aristóteles, a la cual
untaban con un barniz bíblico, simbiosis hasta mal proporcionada, que dio origen a lo que
se conoce con el nombre de escolasticismo, un raro intento de querer explicar la
revelación por medio de la razón, y que en muchos casos, como en la teología de Tomás
de Aquino, recibió aportaciones canonistas y sus respectivas huellas de las Decretales
Seudo- Isidorianas, las cuales incluían citas espúreas atribuidas a los llamados “padres”
de la Iglesia. Todo esto ha desorientado incluso a muchas mentes estudiosas y bien
intencionadas, que han tenido influencia sobre las masas católicas a través del tiempo, en
un sistema donde esos escritos se tienen por casi tan infalibles como la Escritura misma.

Toda la altura, importancia y sabiduría de los escritos de los doctores Buenaventura y


Tomás de Aquino y otros insignes exponentes de la escolástica, toda esa minucia del
Derecho Canónico derivado de las famosas Decretales, nada de eso ha logrado atajar lo
que tenía que ocurrir en un sistema cuyas bases están cimentadas en la arena de la
ambición humana; y, como lo veremos en los próximos capítulos, todo eso dio como
resultado el llamado “Cautiverio de Avignon”.

15
CONCILIO DE VIENNE

(XV Ecuménico, según Roma)

Reunido en Vienne en 1311-1312. Convocado y presidido por el papa aviñonés Clemente


V. Este concilio fue convocado en principio para tratar el “problema” de los Templarios,
el rescate de Tierra Santa y la reforma de la iglesia.

Antecedentes históricos

Como lo hemos venido comentando, todo ese codicioso enfrentamiento entre el poder
papal y el imperial dio como resultado la caída de los Hohenstaufen, la familia imperial

79
alemana del Emperador Federico II. Los tiempos fueron cambiando el panorama político
y eclesiástico en Europa, y la ambición humana trajo como consecuencia la decadencia
del poder pontificio. Los gobiernos seculares aprovecharon sucesos coyunturales para
irse sacudiendo del poder eclesiástico de la pretendida teocracia papal.

Desde Inocencio III, la curia romana se había inclinado hacia un cordial entendimiento
con los reyes de Francia; pero no obstante surge un fuerte enfrentamiento entre el rey
cristiano Felipe IV el Hermoso (nieto del rey san Luis) de Francia, y el papa Benedetto
Gaetani, conocido como Bonifacio VIII (1294-1303), hijo de un noble de Anagni, y
digno émulo de Hildebrando. Bonifacio VIII quiso mediar entre Eduardo de Inglaterra y
Felipe IV de Francia, pero éste lo rechazó y entró en conflicto con él.

Felipe el Hermoso fue un gobernante que le dio prestigio a Francia, pero se le califica de
cruel y trapacero, quien derramó mucha sangre para satisfacer sus ambiciones. El papa
Bonifacio VIII había prohibido al clero, incluyendo el francés, prestar ayuda financiera a
los soberanos; y ante la firme oposición de Felipe, promulgó una bula12, la Ausculta fili,
mediante la cual cita al rey a comparecer en persona o por medio de un enviado, y
justificarse ante la asamblea eclesiástica en Roma. Ante la negativa de Felipe, y como las
cosas se tornaran peores, el pontífice promulgó su famosa bula Unam Sanctam (1303),
con la cual, y las innumerables Decretales, quiso coronar el edificio construido por
Gregorio VII (Hildebrando), y definitivamente establecer la autoridad de los papas por
encima de todos los gobiernos del mundo. Declaraba que la iglesia reinante no es “un
monstruo bicéfalo”. Declaraba enfáticamente que el jefe de la iglesia en la tierra era sólo
el vicario de Cristo y sucesor de san Pedro, el padre santo de Roma, quien dispone de
dos espadas, la espiritual y la temporal; que los príncipes de la tierra pueden usar la
espada temporal, pero sólo estando de acuerdo con la voluntad del papa romano, y bajo
su poder espiritual, juicio y eventual castigo.

Como en Francia se había creado un clima amenazador en contra de los prelados, el


papa amenazó a Felipe con la excomunión y otras medidas; las relaciones con Roma se
quebrantaron de tal manera que el rey francés, con la colaboración de Sciarra Colonna,
de la nobleza italiana y enemigo del papa, envió a Italia a su consejero Guillermo de
Nogaret, con la misión de apoderarse del papa y traerlo a Francia. Toda la pontificia
arrogancia e ínfulas políticas papales se le vinieron en su contra a Bonifacio VIII, y en su
reinado llegó el fin del papa-emperador, pues en la ciudad de Anagni, Bonifacio VIII fue
maltratado y hecho prisionero por Nogaret, Colonna y sus esbirros; pero habiendo
reaccionado el pueblo a favor del papa, éste fue liberado a los tres días, y un mes
después murió envejecido, apesadumbrado y lleno de melancolía. Por eso es de observar
que si en Canosa el papa había humillado al rey, en Anagni resultó lo contrario. Además,
todo lector de “La Divina Comedia” sabe que Dante Alighieri colocó a este papa en el
Infierno (Dante. La Divina Comedia. Infierno, XIX.).

Empieza, pues, la decadencia del poderío papal, y con la elección de Clemente V (1305-

80
1314) de nacionalidad francesa, se inicia lo que se conoce como el “cautiverio
babilónico” de los papas en Aviñón, Francia, pues, a semejanza del de los judíos, este
cautiverio también dura setenta años. Fue también la causa directa de lo que
históricamente se conoce como el Gran Cisma de Occidente. Clemente V, no sólo por ser
francés, sino para agradar a Felipe el Hermoso, decide hacerse coronar en Lyón, y por
sentirse incómodo en la Roma de las luchas familiares y partidos rivales, decide fijar su
residencia y sede papal en la ciudad de Aviñón, Francia, en 1309.
12 Se trata de determinados documentos pontificios que llevan el nombre de bulas por la
forma del sello de plomo adherido al extremo de un cordón de seda que colgaban de los
mismos, a imitación de los antiguos romanos.

¿Qué se conoce como el “cautiverio babilónico” de los papas? Es una frase acuñada por
los romanos. El papado había sido, pues, víctima de su propio invento al decidir no
apoyar a los gobernantes alemanes y acercarse al país galo, en procura de sus beneficios
políticos y económicos; pero antes de que se protocolizara el “cautiverio”, ya los
franceses habían prohibido la salida de dinero de su país con destino a Roma, y en vez
de someterse a la supremacía papal, los pontífices vinieron a ser dóciles instrumentos en
manos de los gobernantes franceses, quienes los usaban como una arma más en sus
propósitos de supremacía en toda Europa; y para colmo, a partir de Clemente V, durante
setenta años, la sede de los papas no fue Roma sino la ciudad francesa de Aviñón,
período durante el cual todos los papas fueron de nacionalidad francesa. Esto duró hasta
que Gregorio XI, aunque de nacionalidad francesa, accedió a regresar a Roma en 1376.

Bertrand de Got, quien como papa tomó el nombre de Clemente V (1305-1314), antiguo
arzobispo de Burdeos, fue coronado en presencia del propio rey Felipe el Hermoso, de
quien fue un instrumento valioso para que el rey se viese libre del fantasma de Bonifacio
VIII y sus bulas; a la vez para apoderarse de las cuantiosas riquezas acumuladas por los
Templarios gracias a sus actividades mercantiles y bancarias, orden monástica
religiosomilitar fundada por Hugo de Payens, en 1118, con el fin de proteger los
peregrinos que se dirigían a Tierra Santa. ¿Qué hacer para conseguir estos objetivos?
Nada mejor que la convocatoria de un concilio por parte de su papa títere, Clemente V, el
cual quedó para celebrarse en Vienne del Delfinado, Francia. Clemente V, en la historia
papal, se distinguió por su dureza para con los “herejes” y por las decretales o
constituciones canónicas que elaboró, conocidas por el nombre de Clementinas, y que
Juan XXII las publicó en 1317 bajo el título de Constitutiones Clementis, dándoles
autoridad pública mediante la bula Quoniam nulla.

El concilio

Si los concilios convocados por el papado a la verdad no revisten la condición de


ecuménicos, éste sí que menos. Fue inaugurado el 16 de octubre de 1311, con la
asistencia sólo de los obispos que quiso el rey de Francia, es decir, los que defendieran

81
los intereses franceses. A este concilio, lo que le faltó en la seriedad y profundidad de su
contenido, le sobró en la forma, pues fue deslumbrante y magnificente su liturgia y
pompa ceremonial.

Los Templarios . Circulaban toda clase de rumores acerca de los supuestos vicios de los
Templarios y su vida inmoral, acusándolos además de que en sus reuniones adoraban al
diablo y otras prácticas tenebrosas. Ellos estaban diseminados por todos los países, pero
en Francia tenían concentrada una enorme fuerza, y al rey francés le interesaban sus
caudales, y a través de su consejero Nogaret empezó a perseguirlos. Entonces por la
codiciosa presión de Felipe el Hermoso, este concilio creó una comisión conciliar que
investigara y aportara “pruebas” de culpabilidad en contra de los Caballeros Templarios;
y como resultado, el papa suprimió la orden, pues ellos años antes ya habían sido
acusados de haber renegado de Cristo, de escupir la cruz durante sus reuniones y de
entregarse a la idolatría y a vicios contra natura. Ya habían sido sometidos a prisiones,
torturas, pero faltaba la aprobación papal para llevarlos a la hoguera. El papa aprobó la
muerte de centenares de templarios y suprimió la orden por medio de la bula “Vox in
Excelso”; ellos fueron quemados a fuego lento, incluyendo su general Jacobo de Molay,
y sus bienes fueron a parar a la orden de los Caballeros de Malta y a las arcas de Felipe.
¡Qué ironía, que unos astutos títeres eclesiásticos mandaran a la hoguera a unos monjes
fieles a Roma, y muchos tal vez a Cristo, por la sola orden de un rey ambicioso!

Vemos también cómo el papado mismo se contradice una vez más en lo de la infalibilidad
papal, pues le fue concedido al rey lo de la supresión de los Templarios a cambio de no
condenar la memoria y los escritos de Bonifacio VIII, pero a la postre fueron cancelados
todos los documentos que resultaran injuriosos para Felipe.

Los “fratricelli” . Este concilio en su tercera sesión tomó medidas contra los beguinos,
basándose para ello en que eran medios de difusión de herejías. Los beguinos eran una
especie de grupos cristianos de laicos parecidos a las terceras órdenes de los frailes, que
originalmente se componían de sólo mujeres; vestían ropa diferente, y por lo general
llevaban una vida colectiva en las casas beguinas. Se relacionan a menudo con los
monjes franciscanos. También condenó a los “Fratricelli”, el ala estricta de los
franciscanos, quienes llegaron a denunciar al papa romano como el anticristo, y
fustigaban al clero a fin de que los jerarcas se desprendieran de las posesiones materiales
que disfrutaban.

Reforma de la iglesia . Hubo serios intentos por reformar la iglesia, pero mientras no se
ataque el mal de raíz, los frutos seguirán siendo podridos en un clero más preocupado en
los intereses materiales y seculares, prebendas y prerrogativas eclesiásticas, que por los
intereses del Señor y Su Reino, que es a fin de cuentas lo que se supone por lo que se
deberían preocupar. Todas las quejas de los prelados en el concilio, se limitaban a
defender esos intereses. Si el clero daba ese ejemplo, ¿qué quedaba para los laicos? Si no
había dinero de por medio para enviar al obispo o engrosar las arcas papales, llovían las

82
excomuniones, y la posterior compra de las respectivas absoluciones salía por sumas
exorbitantes.

Consecuencias

Como lo hemos visto, Felipe el Hermoso de Francia fue el ideólogo y directo autor del
“Cautiverio de Aviñón” del papado romano, y el Concilio de Vienne fue el primer fruto
directo de ese cautiverio, y evidentemente la decadencia del papado se hizo sentir, no
tanto debido a que se había trasladado su sede de Roma, sino porque con el prestigio que
aún tenía, sirvió a los intereses de la corona francesa, en donde sus reyes hicieron del
papado lo que quisieron; entidad babilónica que las Escrituras llaman ramera.

Vemos, pues, que siendo el papado romano un ente cuyos orígenes no provienen
propiamente de Jesucristo y sus propósitos eternos, su misma naturaleza de raigambre
netamente humana, ha estado sujeta a través de la historia a los vaivenes de los intereses
y veleidades propias del hombre; de donde vemos que de los augustos y encumbrados
ideales de Hildebrando, Inocencio III y Bonifacio VIII a la triste realidad de Clemente V
y sus sucesores en Aviñón hay una abismal diferencia. Un papado que había luchado por
el dominio mundial aun por encima del mismo emperador, ahora ha llegado a la
vergonzosa realidad de ser títere en el tinglado político de una corona europea.

En el Concilio de Vienne, Clemente V condenó los “Fratricelli” y algunas de las doctrinas


de su dirigente, Juan Pedro Olivi (_ 1297), quien había denunciado en visiones y
revelaciones proféticas al papado romano como el anticristo. El papa Juan XXII (1316-
1334), sucesor de Clemente V, condenó post mortem a Olivi en 1318 y condenó de
nuevo a todo el movimiento de los “Fratricelli”, y a raíz de toda esa persecución fueron
quemados más de 115 franciscanos de esa línea espiritual que tanto se oponía al papado,
por orden de la Inquisición; y a pesar de que el cadáver de Olivi fue desenterrado y
quemado por hereje, sin embargo, el papa Sixto IV (1471-1484), después de examinar
algunos de los escritos de Olivi, reivindicó su memoria, anulando las decisiones de sus
“infalibles” predecesores.

Los siete papas que establecieron su sede en Aviñón, gozaron de una vida llena de lujo
en sus residencias palaciegas, rodeados de una formidable burocracia, cardenales y
subordinados; a la verdad se considera que los papas aviñonenses llegaron a ser los
potentados más poderosos de su época. Aunque algunos de estos papas fueron hombres
aparentemente honrados, sin embargo, la maquinaria y estructura eclesiástica despótica
que el mismo papado se había encargado de crear para sus propósitos políticos y de
prestigio en Europa, impedía corregir los abusos, el pluralismo en beneficios de
prebendas, el ausentismo de los titulares en los lugares en donde debían ejercer sus
cargos eclesiásticos y de donde percibían pingües entradas, la avaricia y la inmoralidad
del clero en la cristiandad occidental.

83
De manera, pues, que vemos que ya mediaba un gran abismo entre la iglesia liderada por
el papado y el puro cristianismo apostólico; y, como lo hemos venido señalando, todas
las voces de protesta eran acalladas, como el caso de los valdenses, los franciscanos del
ala “espiritual” y otras minorías que siempre fueron perseguidas por el monstruo
babilónico. Pero gradualmente Dios iba suscitando esclarecidas y lúcidas mentes, que
fueron intuyendo las falsificaciones que sostenían este poderoso y confuso edificio, en la
medida en que podían tener acceso a los documentos originales de las resoluciones de los
primeros concilios ecuménicos y otros, en los que supuestamente o a pesar de ellos,
basaban las falsas Decretales en las cuales sustentaban su estructura cancerosa. Entre
esas voces de censura, protesta y condena, surgieron figuras como:

Roberto Grostête de Lincoln (1175-1253), obispo inglés quien con su obra “De
corruptelis Eclesiæ” atacó la relajación moral y espiritual del clero y la Curia romana.

Jacobo de Vitry (^ 1240), cardenal e historiador francés. Dante Alighieri (1265-1321),


el gran poeta florentino, quien en sus obras “Monarquía” y la “Divina Comedia”,
aunque fiel católico, abogaba porque el Imperio secular se viera libre de las injerencias
pontificias, y coloca a muchos papas en el “infierno” de su “Divina Comedia”.
Rogerio Bacon (1214-1294), científico franciscano, quien en su obra “Opus Tertium”
acusó con dureza a la Curia romana.
Álvaro Pelayo (^ 1329), quien, aunque empleado en la Curia romana, la acusó de
simonía y corrupción, de lo cual fue testigo presencial.
Durando de Mende (^ 1334). Este dominico, aunque basándose en las falsas donaciones
de Constantino, creía en el dominio absoluto de los papas sobre la iglesia; sin embargo,
estaba en contra del proceder y la corrupción de la Curia Romana. Cayeron en oídos
sordos las medidas de reforma que incluyó en su obra “Tratado sobre la manera de
celebrar el Concilio General”.
Francesco Petrarca (1304-1374), gran poeta y humanista italiano del Renacimiento,
quien en sus escritos testimoniaba que la corte papal daba cumplimiento a las profecías
sobre el anticristo, dada la corrupción y el alto grado del vicio reinante allí.
Marcilio de Padua (1275-1343), médico, teólogo y rector de la Universidad de París,
coautor de la, para su época, revolucionaria obra “Defensa de la fe contra la
jurisdicción usurpada por el Romano Pontífice”. Abogaba por la absoluta separación
entre la Iglesia y el Estado, atacando la institución del papado y el poder temporal del
clero.
Guillermo de Occam (1300-1349), filósofo y teólogo inglés que atacó la institución del
papado como no necesaria para la iglesia, y defendió la sola infalibilidad de las Escrituras;
todos los demás, concilios ecuménicos, papas, cardenales, pueden errar. Sostuvo Occam
que el Señor jamás nombró a Pedro como príncipe de los apóstoles. Fue un verdadero
precursor de la Reforma Protestante.

El Gran Cisma de Occidente

84
Como se sabe, la institución del colegio de carnales fue algo tardío, extraño y perturbador
para la vida de la Iglesia; fue algo introducido mil años después de iniciada la Iglesia en
Jerusalén, y cuya influencia era y ha sido nefasta, pues es un elemento cuyos orígenes no
son bíblicos sino babilónicos. Durante el llamado cautiverio babilónico del papado en
Aviñón, este colegio cardenalicio, formado en su mayoría por franceses, se constituyó en
una oligarquía enfrentada por mucho tiempo a la soberanía absoluta del papado, sobre
todo por lo relacionado con la participación en los ingresos que se repartían los
cardenales y el papa. Ellos se sentían con derechos por ser quienes elegían a los papas;
pero ante la presión y amenazas de las turbas romanas, a la muerte de Gregorio XI
(1370-1378), fueron obligados a elegir un papa italiano, y la elección recayó en
Bartolomeo Psignano, arzobispo de Bari, con el nombre de Urbano VI (1378-1389),
quien se estableció en Roma; pero habiendo creído que Urbano rehusaría el pontificado,
por aquello de que sería consciente de que su elección había sido efectuada bajo presión
del populacho, y ante su rotunda negativa y por su autoritaria intención de llevar a cabo
la reforma de la Curia, los purpurados lo tildaron de apóstata y anticristo, entonces lo
abandonaron y eligieron a un nuevo papa, al cardenal Roberto, con el nombre de
Clemente VII (1378-1394), protocolizándose así, con dos papas rivales, lo que se conoce
en la historia como el Gran Cisma de Occidente (1378-1409), con sus respectivas
anatematizaciones, excomuniones mutuas y desprestigio.

Toda la cristiandad occidental se desorientó y dividió de tal forma, que unos países
estaban con un papa y otros reconocían al otro. El Imperio Germánico, Inglaterra,
Bohemia, el reino de Castilla, se inclinaron por el papa romano; Francia, el reino de
Aragón, el reino de Nápoles y Escocia, reconocieron al papa francés; de manera que en
este punto la infalibilidad papal quedó en entredicho a la luz de todo el mundo. Hubo,
pues un momento histórico en que no sólo había dos papas y dos colegios cardenalicios,
sino que a veces había dos obispos disputándose la misma diócesis, dos abades
disputándose la misma abadía y dos párrocos la misma parroquia. Pero lo más triste es
que los desprevenidos cristianos de esa época eran víctimas inocentes de esa guerra de
intereses políticos y económicos, amenazados como eran por las maldiciones lanzadas
por cada papa en contra de los seguidores de su rival, advirtiéndoles del peligro de perder
su propia salvación por el hecho de seguir a un impostor, cismático, apóstata y blasfemo;
como si la salvación eterna dependiese del hecho de seguir a un “guía infalible” que se
hace llamar vicario de Cristo. ¡Vaya la suerte de esa gente! pues no intuían que si ese
guía infalible hubiera sido puesto por Dios, conforme las Escrituras, Él mismo les hubiera
aclarado quién de los dos era el legítimo. En el fondo, Dios permitía esta situación a fin
de que la gente fuese abriendo los ojos, conociendo la verdad, siendo testigos de esa gran
farsa, madurando, suscitando algunos voces que clamaran en el desierto, como un Juan
W icleff en Inglaterra y un Juan Husss en Bohemia, que fuesen preparando el camino
para la futura Reforma.

Juan W icleff, nacido en 1320, estudio filosofía y teología en Oxford, y se doctoró en

85
teología después de haber sido ordenado sacerdote; pero tuvo claridad de la corrupción
reinante entre el clero, incluyendo los monjes, los sacerdotes, la Curia y hasta el mismo
papa, y enfilaba sus baterías contra esas cuadrillas de frailes perezosos y comilones, que
practicaban “una religión para vacas gordas”. Como es de suponer, todo esto le valió que
el papado ordenara lo prendieran por “hereje”, pero el pueblo inglés lo apoyó, y W icleff
se negó a presentarse ante la autoridad romana para el interrogatorio inquisitorial. La
integridad moral llevó a W icleff a tomar como único guía religioso al texto de la Sagrada
Escritura, y a reconocer al papa como jefe de la Iglesia a condición de que viviera en
pobreza apostólica y renunciara a toda pretensión al poder temporal. Como auténtico
precursor de la Reforma, atacó al celibato clerical, el negocio de las indulgencias, la
veneración de santos y reliquias, y negó el valor de las misas en sufragio de los difuntos;
él puso en tela de juicio el dogma de la transubstanciación. W icleff tuvo muy claro que
para que una persona consiga su salvación no tiene necesidad de papas ni de obispos. En
una época en que la Biblia era un libro de prohibida lectura, en que pocas personas
sabían leer y en que aún no se había inventado la imprenta, se dio W icleff a la tarea de
traducir la Biblia al idioma inglés, sirviéndose para ello de la Vulgata latina de Jerónimo;
esto para demostrar delante de todo el mundo que sus ataques contra el corrupto sistema
clerical se apoyaban en las Sagradas Escrituras.

Las ideas de W icleff, difundidas mediante sus escritos y a través de la predicación de las
falanges de oradores enviados por él, a los cuales llamaban “lolardos”, llegaron de Oxford
a la Universidad de Praga, en donde tuvieron buena acogida por muchos profesores y
discípulos. Allí se formó un partido de W icleff cuyo caudillo fue Juan Huss, profesor de
la Universidad, sacerdote y conductor de multitudes. Huss llegó a ser rector de la
Universidad de Praga, pero tanto él como sus adeptos fueron excomulgados por el papa
Juan XXIII, el tenido por antipapa en el catolicismo romano. Pero eso no impidió que
Huss prosiguiera su lucha contra una iglesia corrompida, sobre todo cuando este papa
envió a Praga un legado que a redoble de tambor ofrecía indulgencias por dinero
contante y sonante. Juan Huss decía que “hay dos clases de sacerdotes, los de Cristo y
los del anticristo”. Huss estaba de acuerdo en la convocatoria de un concilio general que
pusiera fin a todos esos desmanes dentro de la cristiandad.

El concilio de Pisa

Téngase en cuenta que hubo voces como las de los profesores alemanes de la
Universidad de París, Enrique de Langenstein y Conrado de Gehnhausen, que en su
momento, pese a no descartar el papado, declararon en forma verbal y escrita, que se
resistían a identificar la iglesia romana con la Iglesia universal. Enrique designa a los
monasterios como “prostíbula meretricum” ( Prostíbulos de meretrices), y a las
catedrales “speluncæ raptorum et latrorum” (Cuevas de raptores y ladrones). De
acuerdo al espíritu de la época, nadie concebía la unidad de la Iglesia como Cuerpo de
Cristo sino como una organización, y ya que el papado no garantizaba esa unidad, era
necesario la convocatoria a un concilio general.

86
concilio general.

1420), canciller de la Universidad de París y cardenal desde 1411. También Nicolás de


Cusa y Gerson, el Italiano Zarabella y los españoles Escobar y Juan de Segovia. La idea
de los conciliaristas era que el papado debía convertirse de una monarquía absoluta a una
monarquía más o menos constitucional, sometida a los poderes legislativo y judicial
ejercidos por el concilio general, poniendo como única cabeza infalible al Señor
Jesucristo.

En todo esto se intuye un clamor de reforma, de romper las asfixiantes cadenas de la


Curia y sus simonías. Pero faltaban voces que personificaran una verdadera reforma, un
auténtico retorno a la Sagrada Escritura, al sencillo evangelio que predicaran el dulce rabí
de Galilea y sus apóstoles. Todos los cristianos que tenían una mejor claridad de las
cosas veían que el Cisma se estaba dilatando demasiado, de modo que era inminente la
convocatoria del concilio anhelado.

En Aviñón, el español aragonés Pedro de Luna sucedió en 1394 a Clemente VII, con el
nombre de Benedicto XIII; mientras que en Roma reinaba pontificalmente Gregorio XII.
Como ninguno de los dos abdicaba, al fin con la presión ejercida por los hombres de la
Universidad de París, como Gerson, cuajó la convocatoria de un concilio general, y
algunos cardenales animosos, tanto de Roma como de Aviñón, tomaron la firme decisión
de celebrar un concilio en Pisa, Italia, el cual inició sus sesiones el 23 de marzo de 1409,
con la protesta de ambos papas.

Este concilio congregó a más de mil participantes, entre los que se contaban no sólo
cardenales y obispos, sino también abades, generales de las órdenes monásticas,
procuradores de obispos y abades, representantes de las universidades europeas,
doctores en teología y derecho canónico, y legados de las cortes europeas, quienes
adoptaron la enérgica determinación de condenar, deponer y declarar heréticos y
cismáticos a los dos papas que habían quebrantado la unidad de la Iglesia, despojándolos
de todas sus dignidades y excluirlos de la comunión de la Iglesia. No procuraron aplicarse
a una inmediata y genuina reforma, sino que allí mismo, y mediante un cónclave, fue
elegido un nuevo papa oriundo de Creta, el cual tomó el nombre de Alejandro V. La
solución salomónica de este concilio no fue el remedio, sino que se agravó la
enfermedad, pues los dos papas depuestos hicieron caso omiso de las determinaciones
del concilio, y en vez de dos, la cristiandad tuvo tres pontífices. Había sido una falsa
ilusión. Nosotros, los actuales lectores de la historia, aunque distanciados en el tiempo de
una época llena de oscuros manejos en las esferas eclesiásticas, debemos comprender
que, aunque ellos hubiesen querido abdicar para contribuir a la unidad de la cristiandad
latina, era más fuerte la efímera gloria que gozaban, y además, detrás de ellos se movían
muchos intereses y voluntades más fuertes, como los cardenales y parientes que vivían
de sus rentas.

87
Ya con tres papas, uno en Aviñón y dos en Roma, el escándalo se había triplicado.
Alejandro V fue sucedido por Baltasar Cossa, quien adoptó el nombre de Juan XXIII
(1410-1415), napolitano de nacimiento, cargado de pasiones, quien antes de ser elegido
pontífice romano había dirigido la política de la Curia Romana, lo cual usó para comprar
las conciencias en medio de los banquetes y francachelas palaciegas.

Vemos, pues, que el tan anhelado concilio tampoco fue el instrumento adecuado para
llevar a cabo una reforma tajante y decisiva; comenzando porque el concilio no supo
prescindir del papado como cabeza de la Iglesia, y poner al concilio por encima del
papado. Por lo cual, los partidarios de un rotundo cambio, depositaron sus esperanzas en
el poder temporal; y fue así como surge una nueva figura en el panorama político
europeo; el rey Segismundo de Hungría, más tarde rey de Bohemia y emperador de
Alemania, quien, de acuerdo con el papa Juan XXIII, se propuso convocar un nuevo
concilio en el cual se pusiera remedio a toda esa situación.

16

CONCILIO DE CONSTANZA

(XVI Ecuménico, según Roma)

Convocado por el emperador Segismundo de Alemania mientras se discutía el


nombramiento y sucesión papal; hay quienes afirman que fue inaugurado por el
considerado antipapa Juan XXIII en noviembre del año 1414 y clausurado por Martín V
en abril de 1418. Es el concilio más representativo de los hasta entonces reunidos en
Europa Occidental.

Trasfondo histórico

Como trasfondo histórico comentamos que el papado atravesaba una crisis. Cuando
Europa salía del ocaso de la Edad Media, la bestia se sacudió un poco de sus lomos a la
ramera y en ese remesón la lealtad de los gobiernos nacionales empezó a enfrentarse con
el poder eclesiástico, y se dice que la decadencia del poder papal tuvo sus comienzos con
Bonifacio VIII en 1303. Tuvo problemas con el rey Eduardo I de Inglaterra cuando éste
decretó grabar con impuestos las propiedades eclesiásticas. Felipe el Hermoso de Francia
lo encarceló. Libertado que fue, murió poco después de tristeza; y en esa época, de 1309
a 1378, período conocido como la “cautividad babilónica” del papado, por mandato del
rey francés fue trasladado la sede del papado a Aviñón, y no obstante esta ciudad no
corresponder técnicamente a Francia, sí estaba bajo la potestad del reino francés y los
romanos pontífices fueron franceses y escogidos bajo el control de los reyes de Francia,
de cuya voluntad eran subalternos; durante ese tiempo el pontificado romano pierde
autoridad debido a la corrupción y el nepotismo. La mudanza de la sede papal a Aviñón
constituyó un serio indicio de que había comenzado la decadencia del papado. En Aviñón

88
los papas mantenían una corte y administración fastuosas, llegando a ser los papas
aviñonenses las personas más potentadas de la Europa occidental en su época.

Surgían papas y antipapas (en total unos siete), pero en 1378, cuando Gregorio XI volvió
a Roma, y a su muerte surge el gran cisma de occidente, pues para sucederle, los
cardenales aunque en su mayoría eran franceses, debido a la presión del populacho
romano, eligieron a un arzobispo napolitano, quien tomó el nombre de Urbano VI, pero
éste pronto fue considerado ilegítimo y tachado de apóstata y anticristo por los mismos
que lo habían elegido, por el hecho de que les reprendió públicamente por su
mundanalidad, pluralismo en cargos y beneficios eclesiásticos, simonía, y les ordenó
residir en sus respectivas sedes. Ellos eligieron a otro papa extractado de su propio
aristocrático grupo, quien se fue a establecer con sus adeptos cardenales en Aviñón,
tomando el nombre de Clemente VII. Por su parte, Urbano VI continuó en Roma y
nombro un grupo de unos ocho cardenales. Como consecuencia del cisma, los países
europeos también se dividieron tomando partido, unos por Roma y otros por Aviñón.
Muchos, apenados a causa de esta ruptura, trabajaron varios años para que se convocara
un concilio que pusiera término a aquel vergonzoso cisma.

En la línea romana, Urbano VI fue sucedido ininterrumpidamente hasta Gregorio XII, y


en la línea de Aviñón, Clemente VII fue sucedido por el español Pedro de Luna
(Benedicto XIII), quien se mantuvo en el puesto por más de un cuarto de siglo. La
universidad de París, entre otros, sugirió que se indujera a los pontífices de ambas líneas
a renunciar y permitir la elección de uno nuevo, con el fin de protocolizar la unidad del
catolicismo. Los cardenales de ambos bandos aunaron criterios y resolvieron convocar
un concilio general, que se reunió en Pisa en 1409. Este concilio no es reconocido por el
papado romano por no haber sido convocado por papa alguno. A este concilio, el de
Pisa, asistieron 500 representantes de todos los países de Europa: cardenales, patriarcas,
arzobispos, obispos, abades, superiores de órdenes religiosas, eruditos y representantes
de universidades, de reyes y príncipes. En sus deliberaciones la asamblea depuso a los
papas Benedicto XIII, que pretendía regir al catolicismo desde Peñíscola, y a Gregorio
XII de Roma, y sin esperar que éstos se sometieran, nombraron a Pedro Filólogo bajo el
nombre de Alejandro V, pero ninguno de los papas obedeció, y debido a la inmediata
muerte del elegido, el concilio hizo papa a Baltasar Cossa con el nombre de Juan XXIII,
haciendo más grave el cisma debido a que aumentó el número de papas. Baltasar Cossa,
un napolitano que estudió leyes en Bolonia, después de haber sido un militar, en 1402
había sido nombrado cardenal diácono por Bonifacio IX. Participó en su oportunidad en
la convocatoria del concilio de Pisa. Tenemos entonces que después del concilio de Pisa,
contaba el catolicismo con tres papas disputándose el puesto: Gregorio XII de la línea de
Roma, Benedicto XIII de la de Aviñón y Juan XXIII de la de Pisa, por lo cual se había
agravado la cuestión cismática, y fue tan fuerte la pertinacia del papa aviñonense, que se
estableció en un castillo o fortaleza en la península de Peñíscola, en la costa rocosa del
litoral valenciano, castillo que había pertenecido a los Templarios, y el papado llegó a tal

89
pérdida de prestigio, que se pensó incluso en abolir tal institución. Una de las primeras
acciones de Juan XXIII fue aliarse con Luis de Anjou y su ejército, con el cual se tomó
la ciudad de Roma derrotando a Ladislao de Durazzo, aliado de Gregorio XII. Entonces
Juan XXIII envió un delegado a Praga a vender indulgencias y a difamar a su enemigo
político, pero Ladislao con su poder militar obligó a Juan XXIII a trasladar su sede a
Florencia.

Tanto Alejandro V, el papa elegido en el concilio de Pisa, como su sucesor Juan XXIII,
no son considerados legítimos papas en los círculos modernos del catolicismo romano,
no obstante que sus efigies figuran en la serie de pontífices representados en los mosaicos
de la basílica de San Pablo en Roma. Baltasar Cossa, como papa Juan XXIII, había sido
pirata y conductor de salteadores en su juventud; pero lo grave no es que lo hubiese sido,
sino que al llegar a ocupar la silla papal, continuaba con ese mismo espíritu de hombre
mundano y vicioso, sospechoso incluso de haber envenenado a su antecesor; de manera
que una de las tres sillas papales la ocupaba un hombre experto en intrigas y ambiciones,
ajeno a las cosas del espíritu; más ducho en el manejo de la espada del mercenario
conquistador de tierras, que del báculo del pastor de almas; más preocupado por extender
el reino terrenal de los estados temporales del papado, que de hacer conocer el reino de
los cielos entre los hombres, del cual ni él mismo tenía ni la más remota idea. Una
persona de tal talante acabó por desprestigiar al papado, y llegó el momento en que toda
Europa estaba hastiada hasta la coronilla de los males que acarreaba el Cisma del podrido
sistema.

Todo ello revestía tal gravedad, que hasta los más importantes nobles y prelados
europeos, com o Juan Gerson y Pedro d’Ailly, decidieron trabajar para que se convocara
un nuevo concilio ecuménico. Pedro d’Ailly (1350-1420), teólogo y filósofo, canciller de
la universidad de París, confesor del rey de Francia y eventualmente arzobispo de
Cambrai, cardenal y legado papal; Juan Gerson (1363-1429), discípulo de d’Ailly,
canciller de la universidad de París.

Surge, pues, la figura de Segismundo (1410-1437) como nuevo emperador de Alemania,


quien, haciendo eco del clamor de ilustres teólogos como los anteriores, prelados,
canonistas y eminentes profesores y alumnos de las universidades, y siguiendo los pasos
de Constantino y sus sucesores, época en que los concilios ecuménicos eran convocados
por los emperadores romanos, el 30 de octubre de 1413 convocó un concilio ecuménico
que habría de reunirse en Constanza al año siguiente. Aunque la convocatoria inicial
había sido la del Emperador, en la cual citaba la comparecencia de los tres papas, no
obstante Juan XXIII, a fin de granjearse la simpatía de Segismundo y el reconocimiento
del próximo concilio, se apresuró a publicar una encíclica convocando una asamblea
ecuménica.

El Concilio

90
El 16 de noviembre de 1414 fueron inauguradas las sesiones del concilio de Constanza
con una asistencia jamás experimentada en concilio alguno hasta la fecha. Más de 1.800
clérigos se dieron cita, además de príncipes, nobles, profesores universitarios y hasta el
mismo Emperador Segismundo. Las figuras más importantes del concilio fueron Pedro
d’Ailly y Juan Gerson, indiscutibles creadores y defensores de las doctrinas conciliaristas.

Propósitos. El concilio de Constanza se declara competente para:

1. Causa unionis. Dar fin al Cisma de Occidente que engendró la doble sede papal de
Roma y Aviñón, y decretar la unidad del cristianismo.

2. Causa fidei. Purificar la doctrina. Impugnar las doctrinas tenidas por el sistema
católico romano por heréticas propugnadas por Juan Huss, Juan Wicleff y Jerónimo de
Praga.

3. Causa reform ationis. La reforma (eclesiástica) del sistema católico romano.


Desarrollo:

1. Causa unionis. Iniciadas las reuniones de la asamblea, se logró imponer como


principio general la supremacía del concilio sobre el papado, y que era competente para
destituir, en caso necesario, a los tres papas; constituyéndose así al concilio como la
suprema autoridad eclesiástica. La asamblea decidió permanecer reunida y decretó la
superioridad de la autoridad conciliar sobre la pontificia. El concilio de Constanza tenía la
firme intención de acabar con el despotismo eclesiástico y poder absoluto de Roma, y esa
vasta maquinaria financiera de hacer dinero. En sus sesiones cuarta y quinta decretó que:

“Los concilios ecuménicos, representando a toda la Iglesia, derivan su autoridad


directamente de Cristo y todo cristiano está obligado a obedecerlos, incluso el papa, en
todo lo tocante a la fe, la extirpación del cisma y la reforma de la Iglesia... El concilio de
Constanza tiene inmediatamente de Cristo la potestad, al que todos, de cualquier estado o
dignidad, aunque sea papal, están obligados a obedecer en lo que atañe a la fe... Del
mismo modo, cualquiera cuiuscumque conditionis, status, dignitatis etiam papalis que no
obedeciere los decretos de ese sagrado concilio general en la susodichas materias, será
castigado...”

Juan XXIII pretendió, inútilmente, hacerse reconocer como papa legítimo, aunque de los
tres papas, éste era considerado legítimo por la mayoría de los conciliares; y cada
mañana los tres papas se acusaban entre sí de anticristos, sodomitas, demonios,
adúlteros, enemigos de Dios y de la humanidad. Habiéndose negado Juan XXIII a
abdicar voluntariamente, por petición de Pedro d’Ailly, la votación fue hecha por
naciones, para evitar que dominase la camarilla que Juan XXIII había podido reunir para
apoyar sus pretensiones, y fue depuesto de su cargo y obligado a firmar el acta de
exención. Asimismo fue acusado como antiguo pirata, perjuro y nombrado por un

91
concilio ilegítimo. Temiendo por su vida, huyó de Constanza, pero el emperador
Segismundo lo hizo detener, no sin antes haber tratado de esconderse en el ducado de
Austria y haber huido a diversas ciudades como Friburgo, Borgoña, Breisach y
Nuremberg, en donde fue detenido por el burgomaestre, poniéndolo a disposición de
Segismundo. Este papa fue acusado por 37 testigos, entre los que abundaban obispos y
sacerdotes, de negar la inmortalidad del alma, "fornicación, adulterio, incesto, sodomía,
hurto y homicidio".

De los otros dos papas, Gregorio XII, de la línea de Roma, abdicó libremente (1415), fue
hecho cardenal obispo de Porto, y murió, honrado, dos años después a la edad de
noventa años. Benedicto XIII, de la línea de Aviñón, se negó a abdicar, y fue depuesto
en 1417, declarándolo perjuro y hereje, y huyó a Peñíscola y ejerció su autoridad
pontifical sobre Aragón y otras provincias españolas; fue seguido por dos sucesores en la
línea aviñonesa, pero con un mínimo insignificante de seguidores. En estas condiciones,
los asambleístas llenaron la vacante papal eligiendo, el 11 de noviembre de 1417, como
romano pontífice al cardenal Otón Colonna, adoptando el nombre de Martín V, quien
presidió la última fase del concilio. Baltasar Cossa, después de haber estado recluido y
vigilado en varios castillos hasta 1429, se reconcilió con el nuevo papa y fue nombrado
Cardenal obispo de Tusculum (Frascati), muriendo poco después. Su insignia papal figura
sobre su tumba en el baptisterio de Florencia, pero al ser elegido papa Ángel José
Roncalli en 1958 y tomar el nombre de Juan XXIII, Baltasar Cossa perdió su nombre
entre los papas.

2. Causa fidei. Vemos que por un lado los profesores de la Universidad de París y
muchos teólogos se interesaron por llevar a cabo una reforma más bien externa de la
Iglesia, basados más en los cánones y decretos de los papas; pero en Inglaterra y
Bohemia, con Juan W icleff y Juan Huss, se había iniciado, en la luz que en su momento
tenían sobre las verdades evangélicas, un verdadero movimiento precursor de la Reforma
del siglo XVI, con miras a volver a las fuentes bíblicas de la Iglesia. Aprobaron, pues, en
este concilio una serie de acuerdos para poner fin a los argumentos y puntos de vista
doctrinales que ellos consideraban como herejías. Pese a disponer de salvoconducto
imperial, este concilio tuvo a Juan Huss como el más peligroso hereje contemporáneo, y
lo procesó y sentenció, lo mismo que a Jerónimo de Praga, a morir en la hoguera (1415 y
1416, respectivamente) y condenó, asimismo 45 tesis de Juan W icleff (bula Inter
Cunctas, 1418), entre las cuales destacamos las siguientes:

“1. La sustancia del pan material e igualmente la sustancia del vino material permanecen
en el sacramento del altar.
5. No está fundado en el Evangelio que Cristo ordenara la misa.
7. Si el hombre estuviese debidamente contrito, toda confesión exterior es para él
superflua e inútil.
8. Si el papa es un precito y malo y, por consiguiente, miembro del diablo, no tiene
potestad sobre los fieles que le haya sido dada por nadie, si no es acaso por el César.

92
14. Lícito es a un diácono o presbítero predicar la Palabra de Dios sin autorización de la
Sede Apostólica o de un obispo católico.
17. El pueblo puede a su arbitrio corregir a los señores que delinquen.
24. Los frailes están obligados a procurarse el sustento por medio del trabajo de sus
manos, y no por la mendicidad.
30. La excomunión del papa o de cualquier otro prelado no ha de ser temida, por ser
censura del anticristo”. (Denzinger, pág. 581-625. Citado por José Grau. Op. Cit.)
Juan W icleff, como profesor de la Universidad de Oxford, gozó de prestigio y simpatía
de los eruditos y parlamentarios de su patria, Inglaterra, y encontró amplio apoyo en su
enfrentamiento en contra de los abusos y errores doctrinales de la Curia papal, de las
órdenes mendicantes y del catolicismo romano que se apartaban de las Escrituras. Pero
se acarreó las iras de las jerarquías eclesiásticas, y en 1337, varias bulas papales
condenaban sus doctrinas, ordenando que el “hereje” fuese entregado al arzobispo de
Canterbury para su ejecución. Aquello no podía llevarse a la práctica porque el
Parlamento inglés estaba de lado del reformador.
Su enfoque bíblico doctrinal fue tildado de cismático aun por muchos de los que lo
habían apoyado en el movimiento que revestía visos independentistas de la opresión
romana, y se vio forzado a salir de la Universidad y retirarse en su parroquia de
Lutterworth, desde donde organizó el envío de los llamados “pobres sacerdotes”, que a
la postre algunos de ellos fueron martirizados, y él mismo fue perseguido por orden de
Courtenay, arzobispo de Canterbury y la participación de ocho obispos y veinticinco
doctores en teología, y en la catedral de San Pablo, en Londres, fueron denunciadas
públicamente las doctrinas del reformador, como las que hemos transcrito arriba.
Las medidas condenatorias no fueron aplicadas debido a sus muchos amigos y adeptos
en la Universidad y en el gobierno, y por la preocupante gravedad del cisma papal que
aquejaba a la cristiandad occidental.
W icleff insistía en las Escrituras como la máxima autoridad del cristiano. En su
momento no tuvo la suficiente luz para entender muchos puntos fundamentales, sobre
todo en lo relacionado con la justificación, la iglesia, el sacerdocio de todos los santos, el
apostolado y otros temas, pero para él la verdadera iglesia era aquella que tenía sólo a
Cristo por cabeza, a Su Palabra como suficiente norma y al Espíritu Santo inspirador y
guiador a la verdad.
Los seguidores de W icleff, llamados “lolardos”, se encargaron de propagar sus
doctrinas; y fue así como esta semilla llegó hasta las tierras de Bohemia, donde fueron
bien recibidas por Juan Huss, sacerdote y catedrático de filosofía de la Universidad de
Praga.
Nació Huss el año 1369. Estando aún de predicador en la capilla de Belén de Praga,
recibió los escritos de W icleff de manos del caballero bohemio Jerónimo de Praga, quien
entusiasmado regresaba de Oxford, y empezó a hallar partidarios en la Universidad y
entre los bohemios cansados de la ocupación alemana y de los abusos eclesiásticos. Pero
Huss fue acusado en Roma por el mismo arzobispo de Praga, por lo que fue
excomulgado por Juan XXIII, quien lanzó un entredicho contra Praga (1413).

93
Como se sabe, Segismundo era oriundo de Bohemia, y estaba interesado que en su país
se pusiera fin a toda herejía; de manera que a petición del Emperador y con un
salvoconducto de él, Huss consintió en comparecer voluntariamente ante el Concilio de
Constanza. Sus amigos insistieron en que no fuera, pero él ingenuamente consideró que
debía defender sus opiniones ante el concilio, convencido como estaba de que no era un
hereje, de que respetarían el salvoconducto imperial, y dispuesto a que si le demostraban
que estaba en un error, él se enmendaría. Pero una vez hubo comparecido y expuesta su
inocencia, fue hecho prisionero y confinado siete meses en un oscuro y angosto
calabozo, en un monasterio enclavado en un islote del lago de Constanza. Ante la
protesta del Emperador, los conciliares le respondieron que si se ponía en libertad a Huss,
el concilio sería aplazado indefinidamente. Después de largos y penosos interrogatorios,
instándole a que se retractara incondicionalmente, fue condenado y llevado a la hoguera
el 6 de julio de 1415.
Cuando Huss vio que era inminente su muerte, se arrodilló exclamando: “¡Señor Jesús,
perdono a mis enemigos en nombre de tu infinita misericordia! Tú sabes que me han
acusado sin razón y han levantado falsos testimonios contra mí. ¡Perdónales, según tu
gran bondad!” Sus cenizas fueron dispersadas en el Rin.
Un año después, corrió la m isma suerte su amigo y discípulo Jerónimo de Praga, quien
habiendo sido desaconsejado por el mismo Huss, se presentó ante el concilio para
defender a su amigo y sus planteamientos. Después de sufrir cárcel y tortura, también
murió en la hoguera. Ambos fueron declarados héroes nacionales por el pueblo bohemio.
Si no hubiesen sido acalladas sus voces, estos varones hubieran sido los realizadores de
la reforma un siglo antes que Lutero y Calvino, de manera que el concilio de Constanza
acabó con el cisma y aplazó un siglo la Reforma.
Huss consideraba a la Iglesia como la totalidad de los escogidos de Dios. Su muerte y la
de todos los mártires de Jesús constituye un desafío para que sus jueces de todas las
épocas comparezcan ante el tribunal de Cristo. He aquí algunas de las tesis de Juan Huss
condenadas en Constanza:
“7. Pedro ni es ni fue cabeza de la Santa Iglesia Católica.
9. La dignidad papal se derivó del César y la perfección e institución del papado emanó
del poder del César.
10. Nadie, sin una revelación, podría afirmar razonablemente de sí o de otro que es
cabeza de una iglesia particular, ni el Romano Pontífice es cabeza de la iglesia particular
de Roma.
12. Nadie hace las veces de Cristo o de Pedro, si no le sigue en las costumbres; como
quiera que ninguna otra obediencia sea más oportuna y de otro modo no reciba de Dios
la potestad de procurador, pues para el oficio de vicariato se requiere tanto la
conformidad de costumbres, como la autoridad del instituyente.
13. El papa no es verdadero y claro sucesor de Pedro, príncipe de los apóstoles, si vive
con costumbres contrarias a Pedro; y si busca la avaricia, entonces es vicario de Judas
Iscariote. Y con igual evidencia, los cardenales no son verdaderos y claros sucesores del
colegio de los otros apóstoles de Cristo, si no vivieren al modo de los apóstoles,

94
guardando los mandamientos y consejos de nuestro Señor Jesucristo.
17. Los sacerdotes de Cristo que viven según Su ley y tienen conocimiento de la
Escritura y afecto para edificar al pueblo, deben predicar, no obstante la pretendida
excomunión; y si el papa u otro prelado manda a un sacerdote, así dispuesto, no predicar,
el súbdito no debe obedecer.
20. Si el papa es malo y, sobre todo, si es precito, entonces como Judas, es apóstol del
diablo, ladrón e hijo de perdición, y no es cabeza de la Santa Iglesia militante, como
quiera que no es miembro suyo.
25. La condenación de los 45 artículos de Juan W icleff, hecha por los doctores es
irracional, inicua y mal hecha. La causa por ellos alegada es falsa, a saber, que «ninguno
de aquellos es católico, sino cualquiera de ellos herético o erróneo o escandaloso».
27. No tiene una chispa de evidencia la necesidad de que haya una sola cabeza que rija a
la Iglesia en lo espiritual, que haya de hallarse y conservarse siempre en la iglesia
militante.
28. Sin tales monstruosas cabezas, Cristo gobernaría mejor a su Iglesia por medio de sus
verdaderos discípulos esparcidos por toda la redondez de la tierra.
29. Los apóstoles y fieles sacerdotes del Señor gobernaron valerosamente a la Iglesia en
las cosas necesarias para la salvación, antes de que fuera introducido el oficio de papa:
así lo harían si, por caso sumamente posible, faltara el papa, hasta el día del juicio”
(Denzinger, pág. 627-656. Citado por José Grau. Op. Cit.).

El cáliz en la Santa Cena . Para rebatir los argumentos de Juan Huss relacionados con
la Santa Cena, el Concilio de Constanza decretó que aun cuando Cristo instituyó la Cena
del Señor o eucaristía después de haber cenado con sus discípulos, y aunque los
primitivos cristianos celebrasen esta ordenanza o sacramento participando todos del pan
y del vino, no obstante debía participarse sólo en ayunas, y de tal manera que solamente
el sacerdote participara del pan y vino, pero los laicos sólo del pan, suprimiendo así el
cáliz para los legos.

Para tomar semejante determinación los conciliares en Constanza argumentaban que el


Señor en ese momento sólo se dirigió a los apóstoles. Eso es verdad, pero ¿quiénes más
estaban con Él en esa ocasión? También argüían que el Nuevo Testamento, al referirse a
la comunión entre los primitivos cristianos, usa la expresión: "Rompían el pan", sin que
mencione el vino.

Es bíblico que el Señor Jesús instituyó la Santa Cena, y las Escrituras lo registran
diciendo: "26Y mientras comían, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus
discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo.27Y tomando la copa, y habiendo
dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos" (Mateo 26:26-27). La intención
del Señor es que participen de ambas especies todos los santos en la iglesia, teniendo en
cuenta que la Iglesia es el pueblo sacerdotal del Nuevo Testamento.

95
Cuando se llevó a cabo el Concilio de Constanza se había perdido muchos siglos atrás la
expresión de ese bíblico sacerdocio de todos los santos, y se había reemplazado por una
élite sacerdotal por encima del conglomerado de laicos. En la época apostólica de la
Iglesia era costumbre que todos los fieles participaran de ambas especies en la
celebración de la Santa Cena, y esto se continuó haciendo durante muchos siglos. El
apóstol Pablo al escribirle a la iglesia de la localidad de Corinto, se dirige "a la iglesia de
Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con
todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor
de ellos y nuestro" (1 Co. 1:2), y a todos ellos sin excepción les dice: "26Así, pues, todas
las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis
hasta que él venga.27De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta
copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor.28Por
tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa.29Porque el
que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe
para sí" (1 Co. 11:26-29).

Hay constancia de que Juan Crisóstomo (347-407) escribió: "No es así como en el
antiguo pacto, en el que el sacerdote comía su parte y daba lo restante al pueblo; aquí un
mismo cuerpo es dado a todos y un mismo cáliz también, y todo lo que hay en la
eucaristía es común al ministerio y al pueblo". ¿Por qué los bohemios, guiados por Juan
Huss resistían con osadía la innovación? Porque en la Edad Medía había empezado a
darse solamente el pan, aunque mojado en el vino. En 1120 definitivamente se estableció
que el discriminado laicado participase solamente del pan.

3. Causa reformationis. Martín V aceptó una lista de reformas favorables al sistema


católico romano, pero no las desarrolló una vez estuvo en el uso del poder en Roma. En
cambio elaboró concordatos con cada nación, que involucraban la apariencia de medidas
reformistas. Con estas y otras medidas, hábilmente debilitó al concilio y reforzó su
autoridad y la supremacía pontificia. En lo relacionado con las reformas hubo mucha
dificultad, dado que muchos de los conciliares, sobre todo los cardenales, temían perder
algunos privilegios al aprobar la eliminación de algunos abusos. Una de esas reformas
aprobadas por el concilio fue la condena del nepotismo y la simonía dentro del clero,
reduciendo las exacciones financieras del papado, poniéndole fin a lo de destinar rentas
de varios beneficios y disposiciones especiales a personas no ordenadas ni consagradas.
También fue limitado el poder papal y se hizo el esfuerzo por disminuir algunos de los
males asociados con las indulgencias. En realidad no hubo reforma alguna de la Iglesia.

Para mayor comprensión del lector, explicamos algo sobre lo relacionado con el
pluralismo en los beneficios. Pluralistas ausentes eran las personas inescrupulosas que
percibían rentas correspondientes a varios puestos eclesiásticos a veces de 13muchas
canonjías , y a su vez hacían desempeñar esos oficios

96
encargando a mal remunerados sustitutos, en la ausencia de ellos; pero esto se prolongó
por tanto tiempo y llegaron a ser tan numerosos los interesados, que resultaron inútiles
todos los esfuerzos, conciliares y extraconciliares, para acabar con este escándalo.

Consecuencias
Paradójicamente, el concilio que supo poner fin al cisma, en

Constanza venció el conciliarismo, pero fue el papado el que salió triunfante, pues no
hubo una verdadera renovación de la Iglesia, y la corrupción del sistema siguió su curso.
Y el papado salió ganancioso, a pesar de haber sido un concilio no convocado ni
presidido ni confirmado por papa romano alguno, conforme las “condiciones” o
exigencias canónicas necesarias para la legitimidad de un concilio ecuménico, pues la
“legitimidad” y la pretendida “sucesión apostólica” del papado se hallaba envolatada en
ese momento histórico.

El concilio de Constanza decretó que el concilio es superior al papa, pero más tarde el
concilio Vaticano I lo contradijo; luego según el Derecho Canónico romano esto es una
“herejía”, y por el resumen que hemos hecho tendríamos que un concilio ilegítimo eligió
un papa, a Martín V, que por consiguiente debe ser ilegítimo así como todos sus
sucesores hasta el día de hoy.

Sabe Dios si el papa Roncalli tomara el nombre de Juan XXIII buscando alguna
“legitimidad” y “sucesión apostólica” anterior al concilio de Constanza, y no
necesariamente por considerar antipapa a Baltasar Cossa. Como lo hemos comentado
someramente, lejos de extirpar la “herejía” con la muerte de Juan Huss y Jerónimo de
Praga, y la condena de las doctrinas de Juan W icleff, el concilio de Constanza sembró la
semilla de la verdadera reforma que ellos, en su ceguera e ignorancia, no pudieron llevar
a cabo.

En Bohemia se levantó un gran clamor de indignación cuando los checos se enteraron del
martirio de Juan Huss. Todos los seguidores de las ideas de Huss tuvieron así sus propios
mártires, y se levantaron en masa contra la autoridad del monarca, que no supo hacer
valer su salvoconducto y su imperial palabra. Tanto los husitas como el pueblo dirigido
por el caballero Juan Ziska, se sublevaron contra la influencia germánica; pues hasta el
mismo papa había recomendado que las tropas germanas iniciaran una cruzada contra los
“herejes” de Bohemia. Un siglo más tarde se vio que toda esta sangre derramada había
abonado la semilla de la reforma que Dios promovió a través de figuras como Martín
Lutero, Juan Calvino y otros.
13 Canonjía es el cargo o la prebenda del clero, o canónigos, y se relaciona a menudo con
el empleo de poco trabajo y bastante provecho.
17

97
CONCILIO DE BASILEA-FERRARA Y FLORENCIA

(XVII Ecuménico, según Roma)

Al parecer este concilio fue convocado por el romano pontífice Martín V, antes de su
muerte. Reunido de 1431 a 1449 con el propósito inicial de reformar a la iglesia. Durante
sus sesiones ejercía el cargo de papa Eugenio IV, quien nombró como presidente del
concilio en su lugar al cardenal Cesarini (1389-1444).

Panorama histórico precedente

Uno de los principales compromisos adquiridos por el papa en el concilio de Constanza


fue la convocatoria de concilios ecuménicos con alguna regularidad, cada cinco años
aproximadamente; pero tanto Martín V como sus sucesores estuvieron remisos a la
convocatoria de concilios, y no estaban dispuestos a aceptar la supremacía conciliar por
encima del papado. Por otro lado, el colegio de cardenales, bajo la presión del concilio
conciliarista, en su mayoría francés, y en particular por la Universidad de París, estaba
interesado en impulsar una reforma, pero una curiosa reforma que se caracterizara en
que el papa compartiese la mitad de las rentas de la iglesia de Roma con los cardenales, y
que los feudatarios de los Estados pontificios no sólo jurasen fidelidad al papa sino
también a los cardenales; de manera que se pretendía fortalecer el pluralismo de poderes,
queriendo sustituir al absolutismo papal con la oligarquía curial.

Acuciado por las presiones, Martín V se vio forzado a convocar un concilio en Pavía,
Italia, en 1423; pero so pretexto de escasa asistencia, fue disuelto poco después. Pero
arreciaban las presiones y veladas amenazas; entonces convocó, después de siete años,
un nuevo concilio en Basilea, Suiza; pero no pudo estar presente en la inauguración de
sus sesiones, debido a que lo sorprendió la muerte el 20 de febrero de 1431. Su sucesor,
Eugenio IV (1431-1447), a regañadientes, y dado que su convocatoria ya era una
realidad, consintió en el nombramiento hecho por su predecesor como delegado papal en
Basilea, al cardenal Cesarini. El cardenal Cesarini era de humilde nacimiento, pensador,
humanista, asceta, devoto, afable, pero en el curso del desarrollo de concilio protestó
enérgicamente ante el intento de Eugenio IV de disolver el concilio mediante una bula.

El concilio en Basilea
La asamblea inició sus reuniones en Basilea el 23 de julio de

1431, en donde los conciliares se colocaron por encima del papa, por lo cual Eugenio IV
lo combatió receloso de que el concilio adquiriera más autoridad, intentando disolverlo
mediante una bula en el mismo año de su iniciación. Eran dos fuerzas antagónicas, pues
el concilio trataba de tomar una actitud independiente con respecto al papa y su
absolutismo; era un forcejeo que se hizo sentir hasta en la asistencia, pues los obispos
estimulados por el papa, aun en la primera reunión no había llegado ni uno; en cambio

98
gran número de abades, canónicos y doctores que favorecían los decretos de Constanza,
acudieron desde el principio para respaldar las doctrinas proconciliares de Constanza. Por
ejemplo, Nicolás de Cusa (1401-1464), filósofo, teólogo, místico y reformador, se
declaró decididamente por la autoridad conciliar por encima del papa.

En vista de esto, y ante el número creciente de participantes, Eugenio IV trata de


restaurar el prestigio papal, y el 18 de diciembre ordenó la disolución del concilio
mediante una bula, y para tener algún respaldo prometió que en año y medio convocaría
un nuevo concilio en Bolonia, pero el concilio no lo creyó, y hasta el propio Cesarini
protestó por estas medidas papales. Los decretos papales no impidieron que el concilio
continuara sus reuniones, ante lo cual Eugenio siguió sus ataques.

Reanudadas las sesiones, el concilio reiteró el Decreto “Sacrosancta”, afirmando que el


concilio no podía ni disolverse ni trasladarse a otro sitio sin el consentimiento de la
asamblea. El trabajo se lo dividieron en cuatro comisiones: una de cuestiones generales,
otra de la fe, otra de la reforma y otra de la paz. Se destaca este concilio de Basilea
porque se arrogó la suprema representación y gobierno de la cristiandad, por encima de
los cuales no podía haber ninguna autoridad judicial ni administrativa de la Iglesia.

Como el papa Eugenio IV no estaba de acuerdo con el concilio porque desestimaba su


suprema autoridad, su situación era difícil, y se negó a presentarse ante la asamblea aun
cuando se le dieron tres meses de plazo para que compareciera con sus cardenales a
rendir cuenta de sus actos; de manera que no valieron excomuniones en contra de los
conciliares; el concilio siguió recibiendo adhesiones de parte de reyes, príncipes, obispos
y universidades; y el 4 de febrero de 1433, el papa reconoció la legitimidad del concilio.
Sin embargo, los cuatro cardenales que envió para que lo presidieran, llevaron consigo
seis bulas diferentes para usarlas según como se presentaran las circunstancias, a fin de
hacerle daño al concilio. Se distingue este concilio por el carácter firme de los conciliares
ante un papa inestable e inseguro como Eugenio IV, quien se debatía entre la firmeza y la
debilidad. A lo mejor no estaba seguro de su legitimidad en el trono papal.

El 29 de julio de 1433, el papa decreta nulo todo lo aprobado en Basilea, y el 1 de


agosto, mediante la bula “Dudum Sacrum” aprueba que el concilio siga sus sesiones; el
13 de septiembre, mediante la bula “In Arcano”, Eugenio IV rechaza todo lo aprobado en
la sesión 12. Ante la amenaza de tropas comandadas por Francisco Sforza, quien
pretende ser enviado por el Concilio de Basilea, el papa se retracta y se muestra
complaciente con el Concilio, retirando sus bulas con las cuales se había opuesto. Vemos,
pues, a un papa humillado y a un sistema papal absoluto derrotado y a un reconocimiento
de la superioridad del Concilio por encima del papado. Si el papa Eugenio IV llegó a
aprobar la superioridad del Concilio sobre el papa, ésto no se debió a que estuviera
convencido de ello, ni fue un acto que sustentara su pretendida infalibilidad. Bien sabe la
historia que en su fuero interno era completamente contrario a esas medidas, pues la
cristiandad occidental entera ya estaba hastiada del absolutismo papal.

99
Todos los miembros del concilio eran conscientes de que una verdadera reforma de la
Iglesia en esos momentos era imposible. ¿Por qué? Porque la mayoría de los miembros
del Concilio, ante una verdadera reforma se hubieran perjudicado en sus intereses. A lo
más que se llegó fue a aprobar las medidas que prohibían la simonía, pues al parecer lo
aprobado en Constanza no había sido suficientemente acatado; prohibieron el teatro y
otras diversiones en los templos o en sus patios, y a confirmar el celibato del clero, cosa
que no les impedía tener concubinas, pues esto no quebrantaba el mandamiento; pero no
se abolió ninguna de las tasas y anatas que se pagaban a la Curia romana. Mientras
existiera una Curia oligarca y absorbente de ingentes sumas de dinero, era casi imposible
llevar a cabo una verdadera reforma de la Iglesia. Si definitivamente se hubiera
determinado cambiar la Curia romana por la superioridad conciliar, había el peligro de
que el Concilio se convirtiera en una nueva curia que a la final llegara a ser el mismo
problema que quisieron acabar en una eventual reforma. Lo ideal era regresar al régimen
de independencia episcopal de la iglesia antigua. Por su antagonismo con el papa, entre
otras cosas el concilio pretendió el derecho de conceder indulgencias; por ello, conciliares
como Cesarini y Nicolás de Cusa, desilusionados por esos excesos, se adhirieron a los
apoyadores del papado.

Como lo hemos comentado, todo el poderío y privilegios del papado romano se fueron
desarrollando a través de la historia con base en documentos espúreos como el “Corpus
Juris” y las “Decretales” del Pseudo-Isidoro; pero surge una figura como Nicolás de
Cusa, ya mencionado, quien llegó a ser nombrado cardenal, y en su “Concordancia
Catholica” aportó las primeras pruebas históricas de la falsedad de la “Donación de
Constantino”, asunto que completó Lorenzo Valla en 1440, iniciador de la crítica
histórica; más tarde, ya como secretario del papa Nicolás V, desenmascaró muchos
fraudes históricos, y muchos documentos antiguos fueron anulados por falsos. Claro que
todo esto por poco le cuesta la hoguera.

Ante la presión del concilio, Eugenio IV pareció ceder, y anuló sus bulas contra el
concilio, pero en el año 1434 una rebelión suscitada en Roma lo obligó a huir de la
ciudad y el prestigio papal descendió aun más bajo. Como se ve, la autoridad entre la
élite del catolicismo estaba destrozada por las luchas internas de poder y por la
revolución hussita, pero el concilio de Basilea negoció con el ala moderada de los hussitas
el compromiso llamado "Compactata de Praga", concediendo a los laicos la comunión
en ambas especies, restaurando aparentemente así al seno del catolicismo romano un
considerable elemento que había sido condenado por herético.

El Concilio había atraído suficiente notoriedad y prestigio, tanto que las disputas civiles y
eclesiásticas ya no fueron traídas a la Curia romana sino a la nueva curia en que se había
estado convirtiendo el Concilio; y debido a esto ya empezaba a tener sus detractores;
coyuntura que aprovechó el papado para desprestigiarlo.

El momento decisivo para el triunfo papal se presentó cuando el emperador bizantino, a

100
la sazón Juan VII Paleólogo, buscando la ayuda de Occidente por su enfrentamiento con
los turcos, que estaban acabando con su Imperio, manifestó el aparente deseo de unir la
iglesia griega y adherirla a la de Roma; pero los contactos se hicieron tanto con Roma
como con Basilea ante la ambigüedad de autoridad en esos momentos, y esto dio como
resultado que tanto el papa como el concilio designaran diferentes ciudades para el
encuentro con los griegos. El papa sugería ciudades italianas como Florencia o Udine, y
el concilio propuso a Basilea o Aviñón, temiendo que siendo en Italia, el papa tendría
más adeptos a su favor. Los griegos, inclinados más por la decisión del papa, decidieron
que las reuniones se llevaran a cabo en Ferrara; de manera que el papa convocó un
concilio paralelo en Ferrara (Italia) para discutir las proposiciones del emperador
bizantino. En Basilea el concilio llegó hasta a deponer a Eugenio IV y excomulgarlo, y
exoneró a todos los católicos de la obediencia al mismo, declarando nulos y sin valor sus
actos. Con la ida a Ferrara de la minoría moderada y propapal, los radicales en Basilea
gozaron de mayor libertad para que en la primavera y verano del año 1439, por medio de
un decreto declararan que un concilio general es superior al papa en asuntos de fe. En
otoño de ese mismo año los reformadores radicales eligieron como (último) antipapa al
duque Amadeo VIII de Saboya, quien asumió el cargo con el nombre de Félix V (1439);
pero no prevaleció porque las naciones europeas ya estaban cansadas de cisma. Mientras
tanto los moderados, dirigidos por Nicolás de Cusa, se adhirieron a Eugenio.

Concilio en Ferrara-Florencia

Como antecedentes podemos mencionar que, similar a lo que había sucedido en el


segundo concilio de Lyón, los emperadores bizantinos, desesperados por la amenaza
turca, procuraban socorros de parte de Occidente, y para ello enviaban embajadas, y a la
sazón ofrecieron entablar negociaciones con el papa. Eugenio IV, que deseaba una
oportunidad para afirmar su autoridad por encima de los concilios, aprovechó la
coyuntura para adelantar tal unión bajo sus auspicios y así capitalizar prestigio. Pero a
Ferrara solamente asistió una minoría de Basilea afecta al papa. Allí se hizo un gran
esfuerzo del papado, en apariencia afortunado, para unificar entre sí a los cristianos
orientales y occidentales. Las sesiones fueron inauguradas el 9 de abril de 1439 en la
catedral de Ferrara y continuadas en el templo de los franciscanos, con la asistencia de la
delegación bizantina compuesta por el emperador, el patriarca de Constantinopla, los
obispos de Éfeso y Nicea; también asistieron representantes de los patriarcas de
Antioquía, Alejandría y Jerusalén y alrededor de unos 20 obispos orientales más (como
Isidoro, el metropolitano de Kiev, de Rusia), y otros eclesiásticos ortodoxos. Al
emperador le interesaba que se fingiera ese deseo de unión del cristianismo oriental
(griego) con la cristiandad occidental (latina), por la necesidad que tenían de ayuda militar
de Occidente para defender al Imperio bizantino de los ataques de los turcos que ya
prácticamente lo habían reducido a Constantinopla y sus alrededores.

En Ferrara sólo sesionó el concilio ocho meses; pues el 16 de enero de 1440 trasladaron
las reuniones a Florencia, traslado que el papa aceptó debido a que los florentinos se

101
ofrecieron a sufragar los gastos de los miembros del concilio. Allí el papa obtuvo un
enorme prestigio. Continuaron las reuniones durante nueve años más, trasladándose a
Lausana en 1448, disolviéndose el 25 de abril de 1449. Félix V abdicó y el concilio
nombró a Nicolás V. Aquellas querellas concilio- papales fueron aprovechadas por los
príncipes europeos para hacerse más independientes del dominio papal e ir preparando el
ambiente para la Reforma.

Intentos de “unión”
En las reuniones se pusieron de acuerdo sobre cuestiones de poca importancia, de
procedimientos, pero en el fondo sobre el

tapete surgieron algunas divergencias, cuyos principales puntos eran:

1. El “ Filioque” o doctrina latina de que el Hijo, además del Padre, procede del Espíritu
Santo, mientras que los ortodoxos decían que era nacido del Padre, conforme al Credo
Nicenoconstantinopolitano.

2. El uso del pan ázimo para la Eucaristía.


3. Cuestiones relativas al purgatorio.
4. El primado del papa.
De los anteriores puntos, el referente al purgatorio fue aceptado

por los griegos, pues ya en esa fecha Oriente ya la había asimilado, pero con la diferencia
de que no aceptaban el purgatorio como un lugar físico de fuego, sino un estado
intermedio. Como se sabe, la teología de la cristiandad oficial ya no tenía conciencia que
el Verbo de Dios había tomado carne y había muerto en la cruz y resucitado para darnos,
por la sola fe, salvación eterna por pura gracia, o si la tenían era sólo letra muerta; de
modo que la creencia entre los latinos era que los que morían sin bautizar o en pecado
mortal se perdían eternamente y que sólo iban al Paraíso los que hubiesen expiado sus
pecados veniales. En cambio los griegos creían tanto en el castigo como en el gozo
eterno, pero que comenzarían sólo después del juicio universal.

Pero los puntos difíciles de llegar a un acuerdo eran el primero y el último, que si los
griegos llegaron a aceptar fue obligados por la necesidad. Recordemos que los orientales
no conocían otro sistema que el de los cinco patriarcas que lideraban la Iglesia, a saber:
Roma, Constantinopla, Alejandría, Jerusalén y Antioquía; de los cuales, según el canon
28 de Calcedonia, el de Roma era el primero entre iguales; de manera que la monarquía
universal del papado iniciada en 845 y perfeccionada en 1073, era algo extraño para los
griegos, así como era desconocido para ellos todo ese comercio de indulgencias. Toda
esa tiranía, orgullo, opresión, sibaritism o y yugo del sistema papal era la causa suprema
de la desunión, no sólo con los griegos, sino también entre la cristiandad occidental. Los
ortodoxos estaban convencidos que todos esos cánones como el Pseudo-Isidoro, eran
apócrifos, y así se los manifestaron.

102
Teniendo en cuenta que los griegos no aceptaron los cánones de origen espúreo y falsas
“Decretales”, habiendo clara conciencia de que el papado no tenía su origen ni en las
Escrituras ni los dichos de los llamados “padres”, el artículo aceptado finalmente por
ambas partes fue la siguiente ambigua declaración: “Reconocemos al papa como
pontífice soberano, vice-regente y vicario de Cristo, cabeza de toda la Iglesia, pastor de
todos los cristianos, y tiene plena autoridad de Cristo para gobernar y apacentar a la
Iglesia de acuerdo con las actas de los concilios ecuménicos y de los cánones, dejando
salvos los privilegios y derechos de los patriarcas de Oriente”. Estos vagos “privilegios y
derechos” probablemente a propósito no fueron definidos con el fin de llegar a un
acuerdo, y en julio de 1439 se firmó el decreto de unión, de mala gana por la mayoría de
los griegos, y uno de ellos negó su asentimiento, a pesar del peligro turco y la
consecución de socorros militares, y esa unión fue repudiada por la mayoría aplastante
de los constituyentes del cristianismo ortodoxo griego. Hay que tener en cuenta que los
orientales sólo tenían por ecuménicos los concilios realizados en los primeros ocho siglos
y que el primado de Roma podría tener un origen de derecho eclesiástico, pero no divino.
La unión no fue más allá de ser letra muerta en el papel. Así también hubo un aparente
acuerdo de “unión” con los cristianos armenios (1439), los coptos monofisitas de
Alejandría y Etiopía (1441), los jacobitas de Siria (1441) y los maronitas de Chipre
(1445). Al final de esto, quedaron en la historia comunidades católicas pero de rito
oriental.

Consecuencias

La buscada unión entre Oriente y Occidente fue un rotundo fracaso, pues aún en el
transcurso de las sesiones ambos bandos tenían conciencia de que todo eso era una farsa;
la ayuda militar de Occidente jamás llegó, y el 29 de mayo de 1454, el rey turco
Mohamed II, tomó Constantinopla, la saqueó y acabó con el Imperio Bizantino, la
segunda Roma que había fundado Constantino el Grande en el siglo IV. A partir de
entonces fue constituida la capital del Imperio otomano, con el nombre de Estambul, e
históricamente se perdió toda posibilidad de unión entre las dos grandes facciones de la
cristiandad.

Este concilio, a la verdad, fue un fiasco en todos sus aspectos, pues de él no salió nada
nuevo, y la tan anhelada reforma de la Iglesia jamás se daba, por las barreras
infranqueables de los intereses humanos. Ningún concilio había sido capaz de purificar la
Iglesia.

18 CONCILIO LATERANENSE V

( XVIII Ecuménico, según Roma)

Reunidas sus asambleas en la basílica de San Juan de Letrán en Roma en 1512-1517,


para reformar a la iglesia. Este concilio fue convocado por Julio II en respuesta al anti-

103
papal concilio de Pisa, y proseguido por León X (Juan de Médicis) , que ocupó el14
cargo en 1513-17. Trató los abusos de las indulgencias, así como la urgente necesidad de
una reforma en la conducta y moral del clero. Se dieron decretos para la reforma del
catolicismo romano, pero no se crearon instituciones que asegurasen permanentemente
su cumplimiento.

Coyuntura histórica

La triste historia del absolutismo y de la relajación moral del sistema papal había seguido
su curso; y así vemos a un Pablo II (1464-1471) haciendo surgir el carnaval romano; a
un Sixto IV (1471-1484) reglamentando los lupanares romanos con fines lucrativos; a un
Inocencio VIII (1484-1492) obteniendo el papado mediante simonía, vendiendo oficios
eclesiásticos rodeado de sus numerosos hijos ilegítimos; a un Alejandro VI (1492-1503),
el famoso español Rodrigo Borgia, papa pagano célebre en la historia por haber llegado a
la silla papal mediante el soborno, por su inmoralidad, por su “pornocracia romana”, por
haber mandado a la hoguera al dominico florentino Jerónimo Savonarola, un verdadero
pre-reformador, debido a que éste denunciaba la corrupción papal y clerical; también por
haber sido dizque equivocadamente envenenado por su propio hijo César Borgia, entre
otras cosas.
14 León X, hijo de Lorenzo el Magnífico, es el papa que posteriormente llegó a ser el
antagonista de Lutero, alrededor del negocio romano de las indulgencias. Perteneciente a
la encumbrada familia florentina de los Médicis, llegó a ser nombrado cardenal a la edad
de trece años. Más que el engrandecimiento del Estado pontificio y de los asuntos
religiosos, León X se preocupó desde el principio de darle impulso a las artes, de las
representaciones teatrales, de la caza, del mecenazgo y de la bufonería. En su reinado,
tras la muerte de algunos cardenales que supuestamente habían hecho parte de una
conspiración para asesinar al papa León X, en julio de 1517 creó y nombró 31 nuevos
cardenales, escogidos entre sus parientes y amigos de confianza.

En el campo político, algunas naciones, con Francia a la cabeza, habían venido


extremando el separatismo, cosa que se agudizó durante el reinado del papa Julio II
(1503-1513), quien más que papa era un auténtico guerrero, tanto en el campo de batalla
como en la diplomacia, en su desmedido afán de engrandecer los Estados pontificios.
También el emperador alemán Maximiliano (1493-1519), haciéndose vocero del
fragmentado pueblo alemán, encargó a W impheling, erudito humanista, para que, como
lo habían hecho los franceses, redactara una Pragmática Sanción, que liberara al sufrido
pueblo alemán del insostenible saqueo a que estaba sometido por la sede papal mediante
insoportables impuestos y de llevarse el oro de la nación.

Coyunturalmente el español Bernardino de Carvajal, encabezó la lista de nueve


cardenales que, con el apoyo de Maximiliano de Alemania y Luis XII de Francia,
convocaron un concilio ecuménico anti-papal que debía reunirse en Pisa el 1º de

104
septiembre de 1511, al que citaban compareciese el papa Julio II. Tropas francesas
fueron movilizadas para enfrentarse con las tropas pontificias, pues, ante tal situación, el
papa había creado una Liga militar form ada por los Estados pontificios, Fernando V de
Aragón, la República Veneciana, y más tarde con la ayuda de Inglaterra y Suiza.

El concilio anti-papal de Pisa trasladó sus sesiones a Milán, en donde fue excomulgado el
papa; y el papa a su vez, excomulgó al rey de Francia y a todos los activistas del concilio.
Frente a tan difícil panorama, y como reacción al concilio de Pisa, el papa Julio II
convocó un concilio ecuménico a celebrarse en la basílica de San Juan de Letrán, en
Roma, pese a que los últimos papas eran contrarios a toda apelación a un concilio
general.

El concilio

Sus sesiones fueron inauguradas el 10 de mayo de 1512, presididas, dominadas y


manipuladas por el papa Julio II, pues este concilio, si es que se puede llamar ecuménico
aun en los círculos católicos romanos, tuvo un carácter eminentemente papal, tanto que
hasta sus mismos decretos adoptaron la forma de bulas. Asistieron 79 obispos y 15
cardenales, casi todos de nacionalidad italiana.

En principio, este concilio fue convocado a fin de reformar a la Iglesia, para extirpar las
herejías, para determinar medidas que contrarrestaran el peligro de la amenaza turca, y
para preservar la unidad de la Iglesia ante eventuales cismas. Por ejemplo, en la sesión
VI fueron nombradas tres comisiones para tratar a cerca de la paz, la represión de la
herejía hussita y la reforma de la curia.

En cuanto a la reforma de la Iglesia, vemos que desde hacía siglos podía ser un anhelo y
una necesidad, como lo hemos venido acotando en los capítulos precedentes, pero la
ambición humana se había venido interponiendo, empotrada en un sistema papal y
clerical extraño a las Escrituras, y enemigos del conciliarismo de Constanza y Basilea
debido a que lesionaba los intereses y la jurisdicción papal. Tanto Julio II como después
León X fueron objeto de blasfemas exaltaciones en este concilio, a tal punto de tratarlos
de Dios sobre la tierra y equipararlos con el Señor Jesús, y a la Jerusalén celestial
identificarla con la iglesia romana. Los hombres pueden reformar sus organizaciones con
base en sus principios humanos y usando herramientas terrenales; pero sólo Dios puede
reformar Su Iglesia, porque la Iglesia somos todos los hombres redimidos y sólo Dios
puede transformar el corazón del hombre. Y si una organización humana dice ser y se
confunde con la Iglesia de Jesucristo, pero todo su organigrama y sus principios rectores
no proceden de Dios, una verdadera reforma de la misma equivaldría a extirparle todo lo
que procede de los hombres. Dios no quiere reformar odres viejos, sino restituir odres
nuevos para el vino nuevo.

Este concilio también se ocupó de definir la transubstanciación, o sea, la presencia real

105
del Señor en la eucaristía, como objeto de la fe, lo mismo que la individualidad e
inmortalidad de las almas. En su X sesión, el concilio determinó se crearan en cada
diócesis comisiones de censores, que se encargarían de la censura previa de todo libro a
publicarse, las cuales en cada diócesis estaría presidida por el respectivo obispo y el
Inquisidor papal local. Pero con la invención de la imprenta, la represión de la literatura
resultó muy difícil.

Consecuencias

Teniendo en cuenta que el papado se había encargado de silenciar toda opinión disidente
por medio del terror, de la tortura, de la espada y la hoguera, en ese momento histórico
nadie se atrevía a desafiar al papado romano, y las grandes esferas de la jerarquía
eclesiástica se ufanaban de que toda la cristiandad estaba sujeta al papa.

Aunque su sesión de clausura, el 16 de marzo de 1517, diese la impresión de triunfo


definitivo, el quinto concilio de Letrán fue un fracaso, y este fracaso se atribuye también
al éxito de la Reforma, que tuvo su inicio en 1520. Como el concilio no actuó con mano
fuerte para cristalizar una reforma que por lo menos pusiera fin a tanta inmoralidad
clerical, siguieron existiendo los antiguos y enquistados vicios, como la acumulación de
prebendas en una misma persona, el no residir el clérigo en el lugar donde se suponía
ejercía su prebenda; y lo que se aprobaba, nadie tenía la voluntad de practicarlo.

¿Y el Señor qué se había hecho? El Señor actuó y sigue actuando. Si durante tantos
siglos, emperadores y reyes, teólogos y catedráticos de las grandes universidades
europeas, cardenales y prelados, gente que manejaba un inmenso poder, no habían
tenido la voluntad de darle un vuelco reformador a una cristiandad que agonizaba bajo la
opresión babilónica, en un momento histórico determinado por Dios, el Señor llenó de
coraje, sabiduría y revelación a un monje alemán, y el 31 de octubre del mismo año en
que se clausuró el V Concilio de Letrán, el agustino Martín Lutero, a la sazón catedrático
de la universidad de W ittenberg, clavó sus 95 tesis en el portal de la catedral de esa
ciudad alemana. Fue el florero que encendió la chispa de la Reforma; fue el comienzo de
la reacción de Dios ante una mujer dominante llamada Tiatira. Fue el inicio del trabajo
del Señor en la restauración de la Iglesia de Jesucristo, conforme el modelo del Nuevo
Testamento.

19

CONCILIO DE TRENTO

(XIX Ecuménico, según Roma)

Concilio reformista reunido en la ciudad de Trento, ciudad de Italia en la región de Tirol,


entre 1545-1563, convocado por el papa Pablo III (Alejandro Farnese), bajo la presión

106
del emperador Carlos V, iniciando su primera sesión en diciembre de 1545. Este concilio
fue convocado para contrarrestar la Reforma protestante.

Antecedentes históricos

De la Reforma se ha escrito mucho. Aquí sólo incursionamos con unas cuantas glosas.
Circunstancialmente, Martín Lutero, el hombre que se enfrentó con el negocio pontificio
de las indulgencias, encontró un ejemplar de la Biblia en la biblioteca de la Universidad
de W ittemberg, en donde a la sazón era profesor, libro cuyo contenido desconocía,
salvo, como los demás profesores y teólogos de la época, algunos pasajes aislados y
comentarios patrísticos ya de por sí envenenados con las espúreas falsificaciones
medievales. Así, estudiando y enseñando las Escrituras desde su propio contexto, pudo
tener claridad de la justicia de Dios, de la distorsión religiosa de las indulgencias, y de que
“el justo vivirá por la fe”, y pudo ver con mayor claridad que en los siglos precedentes
el evangelio había sido distorsionado por el papado romano, el monasticismo y el
escolasticismo. En una sociedad paganizante, la ponderación del falso misticismo, las
prácticas de la vida monástica y la importancia dada a los méritos personales y a la
práctica de obras muertas, y sobre todo el desconocimiento de las Escrituras, todo eso
había obrado en detrimento de la salvación por la sola fe.

Téngase en cuenta que desde 1343, y basado en las teorías escolásticas, el papa
Clemente VI había dado aprobación a la venta de indulgencias; y los maestros
escolásticos que promulgaron esas peregrinas teorías fueron Alberto Magno y Tomás de
Aquino, y, como se sabe, para ello se basaron en el famoso “tesoro” de la Iglesia,
consistente en que Cristo, María y los santos habían acumulado un sobrante de méritos
personales de perfección, tanto que ahora se podía disponer de los mismos en favor de
otros, para que, acompañados de genuinas penitencias, fueran libres de penas
eclesiásticas y tormentos del “purgatorio”, y sirvieran además para librar almas de
difuntos que supuestamente hubieran ido a parar a ese lugar. En la época medieval había
una ignorancia absoluta de la verdad bíblica. El pueblo caminaba en una oscuridad tan
aberrante e ignoraba tanto de lo que es Dios en verdad, que tenía del Señor una imagen
muy equivocada, de un Dios severamente vengativo, al que había que buscar la forma de
agradarle haciendo cosas, metiéndose a monje como el caso de Lutero, venerar reliquias,
rezar rosarios e involucrarse en peregrinaciones; en fin, nadie sabía qué hacer para
salvarse. La gente desconocía que Dios es amor y que había mandado a Su propio Hijo a
que se encarnara y muriera por nosotros para salvarnos por gracia. ¿Qué había hecho el
papado romano con la sangre vertida por el Señor Jesús en la cruz del Calvario? ¿Qué
había sido del sacrificio del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo? El mundo
había vivido casi un milenio en que faltaba la luz de la Biblia, fuente del cristianismo y de
la doctrina de los apóstoles; faltaba la vida en el Espíritu; faltaba la salvación por la
gracia; faltaba la vivencia de que ”el justo por la fe vivirá”. Sin todo esto, ¿dónde
estaba la Iglesia? Sólo se veía la manifestación de una institución humana de obras
muertas.

107
De manera que la venta de indulgencias podía ser aprovechada para recaudar dinero,
como en el caso de Julio II y León X, a fin de allegar fondos para la construcción de un
gran mausoleo papal llamado catedral de San Pedro en Roma, bajo la dirección y
embellecimiento artístico de Miguel Ángel. Además, una corte papal que navegaba en
boato, nepotismo y afán de poder y grandezas terrenales, exigía ingentes sumas para
cubrir sus exorbitantes erogaciones.

El papado vendía esos certificados de salvación y el pueblo lo aceptaba dando por


sentado que aquello procedía de Dios; de manera que un profesor de teología y Sagradas
Escrituras como Lutero, no atinaba a comprender cómo Dios podía perdonar a personas
sin arrepentimiento, o cómo no perdonaba a los pobres sin que mediara esa suma de
dinero. Todo eso podía ser ignorado por el pueblo, pero para un hombre que cada día
tenía más luz de las Escrituras, aquello era una perversión escolástica. Por el estudio de
la carta a los Romanos, Lutero empezó a tener claridad sobre la corrupción de la
naturaleza humana heredada de Adán; Lutero llegó a ver que el bautismo y demás
sacramentos enseñados por el catolicismo romano son incapaces de liberarnos del
pecado, y la inutilidad de las buenas obras como medio de salvación. Todo eso eran
desviaciones medievales de las cuales Lutero se iba alejando por la lectura de la Biblia.
Lo de las indulgencias era sólo un aspecto de la decadencia de Roma, muy grave de por
sí, pues el mal era de mayor envergadura.

En Roma se necesitaba dinero, por lo cual el papado reglamentó la venta de indulgencias


en todo el territorio europeo, de manera que Alberto de Maguncia, príncipe elector y
arzobispo de Magdeburgo, asumió la dirección de la venta de indulgencias en todo sus
territorios, encargo que asumió con una ganacia pactada del cincuenta por ciento, dinero
con que podía atender sus deudas, entre ellas la contraída con el papado al comprar el
título de arzobispo. Pero la venta física en todas las plazas del Imperio Germánico fue
encomendada a los frailes dominicos, entre los cuales se contaba Juan Tetzel, quien llegó
a W ittemberg en Octubre de 1517 a pregonar “los pasaportes para franquear el furioso
océano y arribar en derechura al Paraíso”, según el decir de Daniel Rops (Citado por
José Grau. Op. Cit. P. 498.).

Un sistema religioso tan apartado del evangelio como el catolicismo romano, aun
haciéndose pasar por el legítimo representante de Dios y de Su Cristo sobre la tierra,
estaba engañando y estafando al ignorante pueblo de la época. Empieza, pues, el preludio
de la Reforma protestante en la cátedra de un profesor universitario, y después con las
95 tesis15 que ese mismo catedrático propusiera para un debate público, clavándolas en la
puerta del templo del castillo de W ittemberg, el 31 de octubre de 1517.
15 Se puede leer las 95 tesis de Lutero en el excursus I del capítulo V de mi libro “La
Iglesia de Jesucristo, Una Perspectiva Histórico-Profética”.

En esas tesis Lutero simplemente exponía la verdad. Ni siquiera tuvo Lutero la intención

108
de reproducir esas tesis y distribuirlas y crear una revolución; de eso se encargaron otros;
incluso hubo apoyo de algunos clérigos involucrados en el papado en Roma.

Toda Europa se conmovió. Lutero fue citado por el legado papal en Alemania el cardenal
Cayetano para que acudiera a la Dieta16 de Augsburgo, para que se retractara
incondicionalmente. Ante la negativa de Lutero, quien apelaba a la Biblia, los libros de
Lutero eran quemados por orden de Roma, y su vida peligraba, pero Federico el Sabio,
el elector-gobernador de Sajonia, tomó la iniciativa de defender a Lutero, incluso ante el
emperador Carlos V. Como Bernardo de Claraval lo había hecho con el papa Eugenio III,
Martín Lutero le escribió al papa León X, no atacando a su persona sino a la pestilente
silla pontificia donde estaba entronizado, e invitándole a que se salvara de esa puerta del
infierno en donde estaba rodeado de su mal cristiana corte.

Lutero estaba convencido de que de parte del papado y de las altas jerarquías romanas
jamás se llegaría a una verdadera reforma de la Iglesia, primero, porque los jerarcas
romanos querían estar siempre por encima del poder secular, alegando que lo espiritual
está por encima de lo temporal; segundo, el papado se arrogaba el exclusivo derecho de
interpretar las Escrituras a su acomodo, y tercero, cuando la cristiandad pedía la
convocatoria de concilios para la reforma de la Iglesia, se chocaba con la afirmación del
papa de que sólo él podía convocar concilios. Aunque, como sabemos por las Escrituras,
la Iglesia no necesita reformas, pues ya tiene su propia forma en el Nuevo Testamento, a
la cual hay que volver. Más grave que la baja moral y corrupción del clero medieval, era
su silencio y alteración organizados de la Palabra de Dios, pues la Palabra es el testigo
que acusa.

Pese a que le aconsejaron que no fuese, Lutero acudió a la Dieta de W orms el 16 de


Abril de 1521, con la presencia del emperador, y en donde fue interrogado, entre otros,
por Juan Eck, el arzobispo de Trier, quien en su posición semi-pelagiana había estado
atacando las doctrinas contenidas en las 95 tesis, demostrando que Lutero era un hereje
hussita; buenos oficios que le valieron que fuese a Roma, de donde regresó en calidad de
nuncio del papa con una bula fechada el 15 de junio de1520, en la cual se excomulgaba a
Lutero y se declaraban heréticas sus doctrinas. Pero esa bula fue quemada por Lutero
junto con un numeroso grupo de profesores y estudiantes de W ittemberg, y junto con la
bula fueron quemados el ‘Derecho Canónico’, las ‘Decretales’, las ‘Clementinas’, las
‘Extravagantes’ de los papas, y algunos escritos de Eck y de Emser.
16 En Alemania se le llamaba Dieta a las asambleas o juntas políticas con carácter
consultivo y deliberante, para discutir los asuntos públicos. En Alemania generalmente
asistían los electores-gobernadores, y el emperador.

Cuando se le pidió que se retractara de sus escritos, humilde pero firmemente solicitó que
se le probaran sus errores con las Escrituras. Dijo: “Que se me presente una refutación
fundada en los profetas o en el Evangelio, y me retractaré inmediatamente y yo mismo

109
arrojaré mis libros al fuego”.

En la Reforma hay causas religiosas, pero también hay causas políticas, económicas,
morales y sociales. Muchos siglos de historia nos dicen que los sucesos seculares se
confundieron íntimamente con los eclesiásticos, como desafortunada consecuencia de la
unión ocurrida a comienzos del siglo IV cuando hubo un matrimonio de la Iglesia con el
mundo y el Estado. Pero como no es el tema del presente libro, dejamos al lector que
investigue libremente en la historia los sucesos que siguieron a la condenación de Lutero
después de terminada la Dieta de W orms, y cómo se fue desarrollando la Reforma
protestante y la formación de las diferentes iglesias nacionales europeas, que se iban
desvinculando de Roma.

Enfoque pre-conciliar

Muchos eran los motivos por los cuales la llamada Santa Sede posponía la realización de
un concilio ecuménico, pues esa gran máquina de extraer dinero podría tener sus
desgastes, y los ingresos de todos esos nobles curiales y prelados se verían afectados. En
los capítulos anteriores hemos comentado sobre el nivel moral en que se encontraba esa
institución religiosa. Algunos, muy pocos, dentro de las altas esferas del catolicismo
romano, aspiraban se reformara todo ese corrompido sistema eclesiástico, pero sin alterar
sustancialmente la maquinaria papal.

El Concilio de Trento fue convocado con el doble propósito de reformar al interior de la


institución romano papista y de hacerle frente a la Reforma protestante en marcha. La
reforma al interior del catolicismo romano era una imperiosa necesidad desde hacía
muchos siglos. Cuando surge un Lutero enarbolando la bandera de la reforma, nueve
concilios medievales no habían logrado llevar a cabo una renovación de la iglesia de
Occidente, y jamás fue su intención. El movimiento reformista o intentos reformadores
dentro del sistema católico habían comenzado antes de Lutero, como lo vemos entre los
que históricamente se han llamado prereformadores como Juan Huss, Jerónimo
Savonarola; otros como el cardenal español Francisco Jiménez de Cisneros, Felipe Neri,
Vicente Ferrer y muchos más, pero mientras que esto sucedía, fueron personas
rechazadas por el sistema, y en la corte papal ocurría lo contrario, donde personajes
como el español Alejandro VI, sumían al papado al punto más bajo de la degradación
moral. Muchos clamaban por la convocatoria de un concilio general.

Para acabar con la Reforma protestante, la Roma papal había desplegado armas tan
poderosas como la Inquisición, el Índice, y últimamente a los jesuitas, con el español
Ignacio de Loyola a la cabeza. Pero mediante una bula, el papa Pablo III manifiesta
hacer volver a los “herejes” a la iglesia católica romana mediante un concilio ecuménico;
pero en realidad de allí surgió la Contrarreforma. Téngase en cuenta, además, que el
Concilio de Trento, no fue un concilio amplio donde tuviera participación por lo menos
toda la cristiandad occidental, sino que fue un asunto de los italianos, bajo el control de la

110
Sede romana. Este concilio no fue ni ecuménico ni romano, si tenemos en cuenta que las
dos terceras partes de los asistentes eran italianos, pagados con dinero de las arcas
pontificias.

El concilio

De 1547 a 1551 las reuniones se llevaron a cabo en Boloña, pero tuvo un receso de casi
una década, reiniciándose en enero de 1562 hasta diciembre de 1563. Durante ese
período se sucedieron los papas Pablo III, Julio III, Marcelo III, Pablo IV y Pío IV. En
este concilio, uno de los más importantes y significativos de la historia del catolicismo
romano, los Jesuitas afirmaron la espina dorsal, en su intransigencia a los protestantes y
en su acatamiento a la dirección papal, entre los cuales se cuenta Pedro Canisio (1521-
1597), uno de los más conspicuos fundadores de la Sociedad de Jesús, y quien se
destacó por su señalada influencia en este concilio. A pesar de que se han efectuado dos
concilios ecuménicos católicos romanos posteriores a éste, de hecho el enfoque
doctrinario del romanismo sigue siendo tridentino, pues allí realmente comenzó una
nueva era para un catolicismo romano “reform ado”.

El Concilio de Trento, aunque no fue convocado por el poderoso emperador romano


germánico Carlos V, él, entre muchos, esperaba que este concilio llevara a cabo una serie
de reformas y subsanara definitivamente la división entre protestantes y la iglesia de
Roma, pero sufrieron un chasco, pues este concilio cortó con toda posibilidad de
reconciliación con los protestantes. Allí surgieron m uchas corrientes encontradas, sobre
todo por la cuestión del dominio y autoridad papal. No pocos de los obispos,
particularmente los españoles y franceses, admitían que el obispo de Roma era primus,
pero solamente primus inter pares (el primero entre iguales). Entre los puntos discutidos,
podemos desglosar los siguientes.

La tradición y las Escrituras . Por iniciativa del papado romano, la Biblia había sido un
libro de prohibida lectura por el lapso de casi mil años, so pena de muerte. Una de las
características de la Reforma protestante fue la de poner a las Escrituras como única
fuente de la verdad, y cuya autoridad está por encima de la de la Iglesia. Cuando el
humanista y teólogo Juan Eck, le dice a Lutero que sus ideas reformistas ya habían sido
condenadas por el concilio de Constanza, el mismo que había condenado a la hoguera a
Juan Huss, Lutero le responde que los concilios generales habían errado, que se habían
contradicho unos a otros, que así como los papas, eran falibles, y que los artículos de fe
deben derivarse de las Escrituras y no de otra fuente. Ante la avalancha de la Reforma
protestante, este concilio declaró que la Biblia, tanto el Antiguo como el Nuevo
Testamento, y las tradiciones inéditas que según el sistema católico fueron recibidas por
los apóstoles de boca de Cristo y conservadas por la iglesia católica, fueron dictadas por
el Espíritu Santo, teniendo a Dios por Su autor; de esta manera le otorga igual autoridad
a la tradición y a las Escrituras como fuentes de la verdad. Esto trajo la fatal
consecuencia de que toda vez que la iglesia romana pretende justificar una doctrina que

111
no tiene respaldo bíblico, apelan a la supuesta tradición. Esta llamada tradición es un
subterfugio, una claraboya por donde se cuela toda suerte de componendas que han
desorientado al pueblo, por cuanto las Escrituras ya contienen todo lo relativo a la
salvación. Este es un asunto muy delicado, que el Señor no ha dejado a la veleidosas
conjeturas de una supuesta tradición. Poner a la Escritura al mismo nivel autoritativo que
una supuesta tradición humana es el más sutil engaño que el romanismo se ha inventado.
Hay una palabra apostólica en el Nuevo Testamento en la cual no se ha fundamentado el
romanismo; y hay una palabra eclesiástica encerrada en la supuesta tradición.

A fin de prohibir y descartar las versiones bíblicas a los idiomas vernáculos, declaró que
la Vulgata, versión latina de Jerónimo, fuese considerada como la auténtica, ordenando
de paso que nadie se atreviera a interpretar la Biblia en sentido contrario al autorizado
por el romanismo. ¿Por qué ese afán de acallar las Escrituras? Porque la Palabra de Dios
desenmascara las mentiras y los oscuros propósitos de ese sistema religioso. Este concilio
insertó en el canon del Antiguo Testamento los llamados libros apócrifos, y que algunas
versiones católicas de la Biblia por lo menos catalogan como deuterocanónicos, a saber:
Sabiduría, Eclesiástico, Tobías, Judit, I y II de Macabeos, Baruc.

El pecado original . El concilio de Trento afirmó la transmisión del pecado de Adán a su


posteridad, y que el pecado original es quitado solamente por los méritos de Jesucristo, el
mediador; pero incluyendo este merecimiento también a los párvulos, motivo por el cual
quedó institucionalizado que debían ser bautizados para remisión del pecado original. El
decreto sobre la transmisión del pecado de Adán a toda la humanidad, contraviniendo las
Escrituras, excluye a María, apoyándose en constituciones anteriores del papa Sixto IV,
poniendo las bases para que en el Concilio Vaticano I, en 1854, se proclamara el dogma
de la inmaculada concepción de María contradiciendo la Palabra de Dios. Dice la
Escritura: “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”
(Romanos 3:23), “Mas la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa
que es por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes” (Gálatas 3:22). “Por tanto,
como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la
muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5:12). La
Palabra de Dios no excluye a María, y ella misma admite que es pecadora cuando en el
magníficat dice: “Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi
Salvador” (Lucas 1:46-47). Teólogos y m uchos llamados Padres de la Iglesia cuyos
testimonios son aceptados por la iglesia romana, como Tomás de Aquino, Agustín de
Hipona, el historiador Eusebio de Cesarea, Anselmo, el papa Inocencio III, en sus
escritos declararon que María nació con la mancha del pecado original, según le llaman.
Al colocar en este concilio a un mismo nivel la llamada tradición eclesiástica con las
Escrituras, sobrevinieron consecuencias nefastas como el dogma de la infalibilidad papal
en 1870, el dogma de la Inmaculada Concepción de María en 1854 y el de la Asunción
corporal de María en 1950.

112
Justificación . Se puede afirmar con justicia que el fundamento y la razón de ser de la
Reforma protestante es la justificación por la fe, lo cual removía las bases mismas de las
doctrinas salvíficas reinantes en el sistema católico de la Edad Media. De ahí que este
tema fuera uno de los primeros que abordó el Concilio de Trento. El aristócrata
veneciano Gasparo Contarini, del equipo de delegados papales, se inclinaba a encontrar
una aproximación con los protestantes sobre el asunto de la justificación por la fe, por lo
cual con Reginaldo Pole, fue sospechoso de herejía, pues Marcelo Cervini y Garafa (más
tarde Pablo IV), representaban a los reformadores que abogaban por la dogmatización de
que la iglesia de Roma no podía tener ninguna suerte de vínculos con el protestantismo.
El concilio define que la justificación puede ser impartida por medio del nuevo
nacimiento, pero que éste es obrado por medio del bautismo. Sin embargo, este concilio
define un agustinianismo modificado, es decir, una posición semi-pelagiana y escolástica
respecto de la gracia y de la predestinación, manteniendo el énfasis en la gracia de Dios,
pero afirmando, además, el libre albedrío y la necesidad del hombre de cooperar con la
gracia. Tengamos en cuenta que los decretos de Trento confunden la justificación con la
santificación. Aunque van entrelazadas, no son lo mismo, pues muchos de esos decretos
están plagados de ambigüedades. Dice la Escritura en 2 Corintios 5:21: “Al que no
conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos
justicia de Dios en él”. Y en Romanos 3:24-26 leemos: “24Siendo justificados
gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús,25a quien
Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su
justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados,26con
la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que
justifica al que es de la fe de Jesús”.

Ampliando un poco más, tenemos que el Concilio de Trento declaró que Dios por su
gracia mueve a los hombres para que vuelvan a Él, sin la cual nadie puede tomar la
iniciativa para su justificación, y que usando de su libre albedrío pueden rechazar o
cooperar en la gracia, repudiando de paso este concilio la tesis de la gracia irresistible, la
justificación limitada y la perseverancia de los redimidos. Tengamos en cuenta que el
catolicismo romano suele confundir la justificación con la santificación.

El concilio expresó asimismo que no se podía aseverar que uno sea justificado por la fe
solamente, afirmando que los cristianos pueden progresar y ser justificados aun más, con
observar los mandamientos de Dios y de la iglesia; es decir, la fe cooperando con las
buenas obras. El concilio anatematiza a quienes enseñen que desde el pecado de Adán ya
no existe el libre albedrío, la justificación por la sola fe, obtenida solamente por los que
están predestinados para la vida. El concilio se declaró a favor de la doctrina del
purgatorio y los merecimientos ganados por las buenas obras.

¿Qué dice la Escritura? 4“ Según nos escogió en él (Cristo) antes de la fundación del
mundo, para que fuésemos santos y sin 5mancha delante de él, en amor habiéndonos

113
predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro
8afecto de su voluntad. Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de

vosotros, pues es don de Dios;9no por obras, para que nadie se gloríe” (Ef. 1:4-5; 2:8-
9). “De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis
caído” (Gá. 5:4).

Sacramentos . En contraposición a la Reforma protestante, el concilio reafirmó la


creencia en siete sacramentos, insistiendo en que Cristo los instituyó, declarándolos
necesarios para la salvación y como medios para recibir la gracia por el acto en sí (ex
opere operato), incluso sin tener en cuenta si obra la fe para recibir la gracia, como si los
sacramentos obraran por un poder mágico. Contraponiendo la posición de mucha parte
de la Reforma protestante, el concilio se opuso al acceso de todos los cristianos de
administrar la Palabra y los sacramentos, repudiando de paso el sacerdocio de todos los
creyentes. Referente al sacramento de la penitencia (confesión), el concilio declaró que
solamente los obispos y los sacerdotes ordenados tenían el poder de pronunciar la
remisión o la retención de los pecados, imponiendo con anatema la obligación de la
penitencia previa a la comunión eucarística (tomar la hostia). Al respecto Lutero había
dicho que la verdadera penitencia no se limita a la práctica de ese sacramento, sino que
se necesita una vida de arrepentimiento permanente. Lutero enfatiza que esa confesión
privada requerida por el catolicismo romano es apenas una ordenanza humana, pues la
confesión se debe hacer a Dios directamente, aunque hay ocasiones que es conveniente
confesar nuestros pecados, no necesariamente a un sacerdote, sino mayormente a la
persona ofendida. Bíblicamente se consideran dos ordenanzas del Señor: El bautismo y la
Cena del Señor.

El Concilio de Trento se encargó de oficializar y canonizar de una vez por todas muchos
intentos, intromisiones y prácticas medievales, como la de esclavizar a las masas laicas a
la dependencia del sacramentalismo sacerdotal. Quien se detenga un poco a leer los
cánones tridentinos, se encontrará con la triste realidad de que oscurecen la gloria de
Dios y la gracia de Cristo. Entonces, ¿qué buscan con anatematizar a todo lo que se les
oponga en esta materia? Sencillamente enaltecer la figura y el dominio del sacerdote
católico.

Celibato : El marcionismo, una herejía surgida en el siglo II, prohibió el casamiento. La


Iglesia desde sus inicios no exigía el celibato para admitir nuevos miembros, pero en año
305, un sínodo en Elvira, España, exigió el celibato de los obispos y demás clero, siendo
el primero en legislar sobre este asunto. Parece ser que aun antes de esa fecha se había
establecido la costumbre no respaldada por la Biblia, de que un obispo, presbítero
(sacerdote) o diácono, si era soltero antes de su ordenación o viudo después de ella, no
debía casarse. En el año 385, el obispo romano Ciricio ordenó el celibato para todos los
sacerdotes, alegando que era necesario para el ofrecimiento diario del "sacrificio de la
eucaristía". El concilio de Cartago del año 390 ordenó la castidad para obispos,

114
sacerdotes y diáconos. A mediados del siglo V, León I el Grande extendió el celibato
hasta el subdiaconado. Los reformadores protestantes se pronunciaron a favor del
matrimonio de los ministros, de conformidad con la Palabra de Dios que, por ejemplo, en
Tito 1:5-6 dice: 5“ Por esta causa te dejé en Creta, para que corrigieses lo deficiente, y
establecieses ancianos17 en cada
6
ciudad, así como yo te mandé; el que fuere irreprensible, marido

de una sola mujer, y tenga hijos creyentes que no estén acusados de disolución ni
rebeldía”.. Algunos, entre ellos el emperador Carlos V, deseaban que el concilio aprobara
el casamiento de los sacerdotes, pero el concilio de Trento reafirmó el celibato.

Dejamos constancia que conforme a la Palabra de Dios, el

Dejamos constancia que conforme a la Palabra de Dios, el 3 dice: 1“ Pero el Espíritu


dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando
a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios; por la hipocresía de2
mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia, prohibirán3 casarse, y mandarán
abstenerse de alimentos que Dios creó para que con acción de gracias participasen de
ellos los creyentes y los que han conocido la verdad”.

Indice . El concilio de Trento también nombró una comisión de inquisidores que se


encargara de expurgar las obras patrísticas con el objeto de que fuesen suprimidas o
modificadas aquellas frases y párrafos que no estuvieran de acuerdo con el papismo. Esta
comisión se ocupó de una revisión del índice de libros prohibidos, porque en alguna
forma contradijesen las doctrinas romanas, que ellos llaman contener “doctrinas
perniciosas”. Prohibieron todas las versiones de la Biblia en lengua vernácula.

Transubstanciación . El concilio de Trento definió la transubstanciación eucarística


como dogma de fe, doctrina que el concilio Lateranense IV se había ocupado de
oficializar, promulgando el deber de la adoración a la hostia con culto latréutico. La
transubstanciación ha sido tema de vigorosos y prolongados debates a través de muchos
siglos. Por ejemplo, uno de los primeros en institucionalizarla fue el pontífice romano
Gregorio I el Grande. Alrededor del año 831, Pascasio Radberto, un fraile del
monasterio de Corbie (Amiens), escribió un extenso tratado sobre la eucaristía,
afirmando que mientras que para nuestros sentidos los elementos o “accidentes” de pan y
vino en la eucaristía permanecían inmutables, por un milagro la sustancia del cuerpo y
de la sangre de Cristo, el mismo cuerpo que era Suyo aquí sobre la tierra, se hace
presente en ellos. Sin embargo, aclara, este cambio en la sustancia o transubstanciación,
se realiza únicamente para aquéllos que creen y lo aceptan por fe, y que no es efectivo
para el no creyente. Para el creyente, sigue sosteniendo Radberto, como se había

115
expuesto siglos antes, es la medida para alcanzar la inmortalidad.
17En el Nuevo Testamento la palabra anciano (gr., presbúteros) tiene la connotación de
obispo (gr., epískopos) y pastor.

La definición que le dieron los escolásticos a la transubstanciación, como sucedió con


otros temas, fue en extremo tan precisa, que ha empobrecido sus posteriores
formulaciones teológicas antes que contribuir a la comprensión de la verdad revelada.
Tomás de Aquino ya había elaborado sistemáticamente la enseñanza católico romana de
la transubstanciación. Berengario (999-1088), teólogo francés, canónico y prior de la
escuela catedrática de Tours, criticó y condenó la teoría católica romana sobre la
presencia de Cristo en la eucaristía, o transubstanciación, denunciando la supuesta bajada
desde los cielos del cuerpo carnal de Cristo para estar presente en el altar, según la
enseñanza teológica de su tiempo. En su tratado De Sancta Cœna, sostiene que Cristo no
estará presente en forma material y carnal en la tierra hasta cuando regrese
victoriosamente al final de los tiempos, y que el cuerpo glorioso del Salvador está ahora
físicamente en el cielo, y asimismo sostiene que a la hora de la comunión (eucaristía) no
se hace presente de una manera virtual, tipológica o figurativa, sino de una manera ideal.
Esas osadas y a veces equívocas ideas fueron consideradas peligrosas, por lo que
Berengario fue condenado y pasó sus últimos años en una ermita. Berengario despertó en
Lanfranc el interés para tomar la iniciativa en su defensa. Contrario a Berengario, el
escolástico Hugo de San Víctor (1096-1141) se expresó claramente en favor de la
transubstanciación en la eucaristía.

El Concilio de Trento, al reafirmar la transubstanciación, repudió la consubstanciación, y


afirmó que el Cristo íntegro estaba tanto en el pan como en el vino, y que, por tanto, era
innecesario darle el cáliz a los laicos. A la eucaristía (misa) la han entendido en la doctrina
católica como una repetición del sacrificio de Cristo, y le han atribuido poder de remitir
pecados, tanto de vivos como de muertos, y de ahí que sea oficiada en honor de los
santos y aplicada a favor de los muertos que padecen temporalmente en el “purgatorio”.
El concilio ordena que la misa sea oficiada en latín. Dentro del paquete de reformas que
los católicos romanos germanos con Carlos V a la cabeza solicitaban al concilio de
Trento, estaba el de que se les diera el cáliz a los laicos en la eucaristía.

Otros . En los últimos decretos aprobados, el concilio se declaró enfáticamente a favor


de la invocación de los santos, de la veneración de las reliquias de los santos, de las
sagradas imágenes y pinturas, del purgatorio y de las indulgencias, cuya venta fue
reglamentada, eliminando algunos de los “abusos peores”. En cuanto a las imágenes, en
vez de eliminarlas en obediencia a la Palabra de Dios, se denegaron las propiedades
mágicas que se le atribuían popularmente.

Se sabe que por siglos muchos nobles compraban cargos eclesiásticos que ni siquiera
ejercían, sino que usufructuaban sus rentas. En este concilio fueron renovados los

116
decretos en contra de la no residencia de los obispos en sus sedes, restringiendo el
ausentismo de los encargados del cuidado de las almas (cura animarum), y prohibiendo
el asunto de los clérigos que usufructuaban el cargo en varias catedrales
simultáneamente, o que gozaran las rentas de varios beneficios.

Este concilio declaró expresamente que el papa romano era en la tierra el vicario de Dios
y de Jesucristo, y todos los patriarcas, primados, arzobispos y obispos habían de
prometerle obediencia, y asimismo el concilio dejó al papa la confirmación de sus
decretos, cosa que se protocoliza con la bula “Benedictus Deus”, por medio de la cual el
papa aclaró su posición de que el concilio había obrado solamente con el permiso suyo,
reafirmando de paso su autoridad mandando a los prelados a observar los cánones
conciliares, y amonestando al emperador electo, a todos los reyes y príncipes cristianos a
cooperar para que todos esos decretos se impusieran en las naciones bajo su influencia, y
con reservar para su sede papal todo el derecho de interpretación de los mismos.

El papa que reconvocó el Concilio de Trento para su último

El papa que reconvocó el Concilio de Trento para su último 1565). Este pontífice
romano confirmó los decretos del mismo. Hizo asimismo acusar de altos crímenes a los
dos cardenales Carafa, sobrinos de su predecesor, ejecutando a uno de ellos para
demostrar así su poder.

Consecuencias

La Iglesia Católica Romana, es víctima de sus propios inventos. Ellos en el fondo son
conscientes de sus errores, pero no pueden zafarse de esas cadenas insertos como están
en ingentes intereses creados, y además porque esos errores en su oportunidad fueron
canonizados y hasta dogmatizados, caracterizados como infalibles, sobre todo en
concilios como el de Trento y Vaticano I.

Indudablemente, el Concilio de Trento es considerado uno de los más importantes en la


historia de la cristiandad, no por su ecumenimidad, pues en realidad no cumplió con ese
requisito, sino porque sus decretos y cánones fueron la respuesta oficial romanista a la
Reforma protestante, y hasta el día de hoy son considerados como dogma infalible; de
manera que este concilio se centró en sus cánones, se consolidó la figura del papa como
un monarca romano, como sucesor de San Pedro y vicario de Jesucristo; y la “Iglesia
Católica Apostólica Romana” tenida por madre (Apocalipsis 17:5) y señora de todas las
iglesias.

Como lo hemos anotado en capítulos anteriores, desde cuando en la historia se


protocolizó la ruptura con la iglesia ortodoxa oriental, la iglesia romana perdió su
catolicidad externa; hecho que ahora ahondó, pues en Trento, lejos de buscar un
acercamiento y conciliación con los protestantes, oficializó la ruptura con una importante

117
ala de la cristiandad que buscaba la suprema autoridad de las Escrituras por encima de la
supuesta tradición defendida por Roma, con su semi-pelagianismo implícito. En Trento
Roma puso a un mismo nivel la tradición y la Escritura, con sus nefastas consecuencias.
Allí no hubo ningún interés por conocer si las aspiraciones protestantes eran
genuinamente cristianas. De manera que en Trento definitivamente finiquitó el
catolicismo universalista y se dio comienzo al catolicismo romano, como religión
pontificia; de modo que desde Trento ser católico es equivalente a ser romano y a ser
bueno; incluso para muchos, ser católico llegó a ser lo contrario a ser ateo. Esa es la
moderna catolicidad; el catolicismo antiguo definitivamente fue enterrado en Trento.

Después de Trento, el papado desplegó una política eficaz para reconquistar el terrero
perdido, y lo logró en muchas partes de Europa, no sólo usando medios pacíficos como
el envío de misioneros, sino las prácticas de hostigamiento de los jesuitas y la Inquisición,
y hasta enfrentamientos armados entre los pueblos.

APÉNDICE

A continuación transcribimos el credo de Pío IV, en donde encontramos el más breve


resumen de doctrinas tridentinas por las que se sigue rigiendo la Iglesia Católica Romana,
las cuales son opuestas a la revelación proposicional de Dios y a Su Palabra. Cada uno
de los numerales del siguiente credo son contrarios a la Escritura y ampliamente
refutables con ella.

CREDO DEL PAPA PÍO IV

“I. Admito y abrazo muy firmemente las tradiciones apostólicas y eclesiásticas, y todos
los demás estatutos y constituciones de la misma Iglesia.

II. Admito también la Santa Escritura conforme a aquel sentido que nuestra Santa Madre
Iglesia ha mantenido y mantiene, a la cual pertenece juzgar del verdadero sentido e
interpretación de las Escrituras; ni jamás las recibiré e interpretaré de otra manera que en
conformidad al unánime consentimiento de los Padres.

III. Confieso, además, que verdadera y propiamente hay siete sacramentos de la nueva
Ley, instituidos por Nuestro Señor Jesucristo, y que son necesarios para la salvación del
género humano, aunque no todos ellos para cada particular individuo, a saber: el
Bautismo, la Confirmación, la Eucaristía, Penitencia, Extrema Unción, el Orden y el
Matrimonio; y que ellos confieren gracia; y que de ellos, el Bautismo, la Confirmación y
el Orden, no pueden sin sacrilegio ser reiterados; y recibo también y admito las recibidas
y aprobadas ceremonias de la Iglesia Católica usadas en la solemne administración de
todos los dichos Sacramentos.

IV. Abrazo y recibo todas y cada una de las cosas que han sido definidas y declaradas en

118
el Santo Concilio de Trento tocante al pecado original y a la justificación.

V. Confieso, asimismo, que en la misa se ofrece a Dios un verdadero, propio y


propiciatorio sacrificio por los vivos y por los difuntos; que en el Santísimo Sacramento
de la Eucaristía están verdadera, real y sustancialmente, el cuerpo y la sangre,
juntamente con el alma y la divinidad, de Nuestro Señor Jesucristo; y que se verifica una
conversión de toda la sustancia del pan en el cuerpo del Señor, y de toda sustancia del
vino en su sangre; a cuya conversión llama transubstanciación la Iglesia Católica.
También confieso que bajo cualquiera de ambas especias se recibe a Cristo total y
cumplidamente y un verdadero Sacramento.

VI. Mantengo firmemente que hay un Purgatorio, y que las almas en él detenidas reciben
socorro por los sufragios de los fieles.

VII. Asimismo, que los santos que reinan juntamente con Cristo, deben ser honrados e
invocados; y que ellos ofrecen a Dios oraciones por nosotros, y que deben ser tenidas en
veneración sus reliquias.

VIII. Sostengo firmísimamente que las imágenes de Cristo, las de la madre de Dios,
siempre virgen, y también las de otros santos, se pueden tener y conservar, y que ha de
dárseles debida veneración y honra.

IX. Del mismo modo afirmo que Cristo dejó a la Iglesia el poder de las indulgencias, y
que el uso de ellas es muy provechoso al pueblo cristiano.

X. Reconozco la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana por madre y señora de todas
las Iglesias; y prometo leal obediencia al obispo de Roma, sucesor de San Pedro,
Príncipe de los Apóstoles y Vicario de Jesucristo.

XI. Igualmente recibo sin duda y profeso todas las demás cosas dadas, definidas y
declaradas por los sagrados Cánones y generales Concilios, especialmente por el santo
Concilio de Trento; y condeno y anatematizo todo lo contrario a ellas, y las herejías que
la Iglesia ha condenado, repelido y anatematizado.

XII. Yo, N. N., confieso ahora libremente y en verdad abrazo esta verdadera fe Católica;
sin la cual nadie puede ser salvo; y con la ayuda de Dios, prometo retener
perseverantemente y confesar la misma entera e inviolable hasta el fin de la vida.”

20
CONCILIO VATICANO I

(XX Ecuménico, según Roma)


Reunido entre los años 1869-1870, convocado y controlado por el papa Pío IX. Declaró

119
la infalibilidad del papa.
Antecedentes

No obstante que Roma ejerciera un indiscutible control sobre el concilio de Trento, y de


la inauguración del “nuevo catolicismo”, el papal y romano, con la indiscutible
hegemonía sobre la cristiandad occidental, no obstante eso, aún no se cristalizaba el
magisterio dogmático romano, pues aún tenía peso en Occidente la tradición eclesiástica
antigua, y eso se debía a la influencia de las doctrinas conciliaristas, por medio de las
cuales aún seguían considerando las asambleas conciliares como superiores al papa,
principios que tuvieron su triunfo en Constanza y Basilea.

Pero ese paciente trabajo que durante siglos había venido realizando Roma para
desarrollar e imponer un papado omnipotente y pretendidamente infalible, sólo esperaba
una favorable circunstancia que se presentó en el pontificado del italiano circunstancia
que se presentó en el pontificado del italiano 1878). En consecuencia, en los países
católicos europeos se fortalecieron las monarquías absolutistas, apoyadas por el papado,
pues Roma también gobernaba los Estados pontificios a la manera absolutista, de manera
que en esos absolutismos monárquicos, como en la Francia de Luis XIV (1643-1715), en
cierta manera resurgió el cesaropapismo, fundamentados como estaban en las ideas
conciliaristas y la tradición de la Iglesia antigua, con la conformación de iglesias
nacionales autónomas (aunque en este caso de la línea católica) respecto de Roma, las
cuales eran consideradas meros departamentos de religión del Estado. La de Francia se
llamaba Galicanismo. Esta situación frenaba el ambicionado absolutismo papal tanto en el
aspecto religioso como en lo político, lo mismo que ponía en tela de juicio la infalibilidad
papal; este estado de cosas aún continuaba vivo en tiempos de Napoleón Bonaparte.

La Iglesia Reformada había salido de ese sistem a papal, apoyada por los príncipes
europeos que aprovechaban coyunturalmente la ocasión para verse libres de la opresión
romana, pero muchos Estados que siguieron bajo el sistema católico, también
organizaron sus propias iglesias nacionales, como Francia, Austria, Irlanda y España en
su momento. A su vez muchos líderes protestantes vieron la necesidad apremiante de
que la Iglesia Reformada siguiera su proceso de renovación y no se durmiera en los
principios iniciales; pero si los hombres se detienen, Dios continúa su proceso de
restauración, y vemos que de las iglesias protestantes nacionales iniciadas con la Reforma
van surgiendo denominaciones protestantes modernas promovidas por líderes que tienen
nueva visión del cielo acerca de la Escritura. Entonces surgen las iglesias reformadas
libres, los metodistas y otros, así como los Hermanos en Plymouth y otras ciudades
dentro del marco de la restauración de la unidad del Cuerpo de Cristo.

La Iglesia, para reformarse y comenzar su restauración bíblica tuvo que salir del
cautiverio babilónico, del catolicismo romano (que jamás se reforma), y para continuar el
desarrollo de su reforma, el Iglesia tuvo que salir del protestantismo. En cada concilio
controlado por el papado, la Iglesia Católica Romana jamás pretendió reformarse, sino

120
que sus esfuerzos iban encaminados a consolidar el primado del pontífice romano,
implantar su absolutismo pontifical y establecer su infalibilidad; tópicos todos no
respaldados por las Escrituras. Es innegable que el esfuerzo en el concilio de Trento fue
encaminado a fortalecer y afianzar el moderno poder papal, y su autoridad administrativa
se incrementó debido a que fue fortalecido su derecho de definir los dogmas; facultad
que se relaciona con la presunta infalibilidad, que luego es aprobada en el Concilio
Vaticano I.

Pío IX reemplazó a Gregorio XVI (1831-1846), quien se había mostrado proclive a los
principios absolutistas de Austria y otros países europeos. Pío IX, quien reinó con el
apoyo de las bayonetas francesas, se vio despojado de los Estados Pontificios, asunto
que tuvo su culminación por la vieja aspiración de los italianos de unificar y reconstruir la
nación italiana desde los tiempos de Maquiavelo. El 11 de septiembre de 1870, se
enfrentaron las tropas italianas del rey Víctor Manuel con las tropas pontificias. Saliendo
victoriosos, los italianos ocuparon Roma entre los aplausos del pueblo; convirtiéndose
Roma en la capital del nuevo Estado italiano, dando por terminada la existencia de más
de mil años de poder temporal de los papas, fundamentado que estaba en la falsa
“donación de Constantino” y las espúreas Pseudodecretales Isidorianas. Pero lo que
perdió el papado en el campo político y territorial, lo ganó en sus aspiraciones teológicas
y en la romanización del poder eclesiástico.

La Inmaculada Concepción de María.

A fin de preparar el camino para la imposición del dogma herético de la infalibilidad


papal, y mucho antes de convocar el concilio, Pío IX declaró dogmática la creencia en la
inmaculada concepción de la virgen María, dándole fin al debate que hacía tiempo se
tenía sobre el asunto. Al decretar el dogma de la inmaculada concepción, Pío IX obra a
título personal y no en nombre de cuerpo eclesiástico alguno, y mucho menos del sistema
eclesial que representa, y para ello aprovecha el respectivo decreto del Concilio de
Trento, que excluye a María de la transmisión del pecado de Adán a toda la humanidad.
Entonces, pues, antes de la convocación del Concilio Vaticano I, Pio IX había
proclamado el dogma romano, que no es bíblico ni revelado por Dios, de la inmaculada
concepción de María el 8 de diciembre de 1854, en medio de una comparsa de
cardenales, obispos y otros dignatarios eclesiásticos, que le sirvieron de telón de fondo
para su bien montada y nefasta comedia.

Ese día fue impuesta a la cristiandad romana una doctrina que había sido repudiada entre
otros, por figuras de la talla de Agustín de Hipona, Juan Crisóstomo, Tomás de Aquino y
Bernardo de Claraval. Dice aparte del dogma a la letra:

“ Para honor de la santa e indivisiva Trinidad, para gloria y ornamento de la Virgen


Madre de Dios, para exaltación de la fe católica y acrecentamiento de la fe cristiana,
con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados Apóstoles Pedro y

121
Pablo y con la nuestra, declaramos y definimos que la doctrina que sostiene que la
beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en
el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios
omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano,
está revelada por Dios, y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos
los fieles”.

Las fiestas en honor de María por lo regular son de origen oriental. Entre esas fiestas,
una de las más prominentes es la de la concepción de María, aunque hay quienes opinan
que ésta puede haber sido de procedencia irlandesa, y se extendió por toda Europa
Occidental alrededor del siglo XI, mayormente impulsada por los monjes benedictinos.
Un dato curioso es que Bernardo de Claraval reprobaba esta fiesta por considerarla
contraria a las Escrituras. La fiesta de la concepción de María tardó mucho en ser
aceptada en Roma. En 1550 ya se cocinaba lo de la inmaculada concepción de María en
los círculos de la facultad de teología de la Universidad La Sorbona de París, época en
que ya era un asunto de fe; pero lo curioso es que los jesuitas de la época aún no estaban
dispuestos a aceptar este proyecto de dogma.

Tanto Sixto IV (1474-1484) como Alejandro VI (Rodrigo Borgia), quien ocupó el cargo
de papa entre 1492 al 1503, y que se le acusa de haber logrado tal elección mediante el
soborno de los cardenales del cónclave, tomaron partido entre los que defendían la
concepción inmaculada de la virgen María. Vemos que este dogma católico romano tuvo
su origen, no en las Sagradas Escrituras, las cuales no lo respaldan, al contrario, lo
rebaten, sino en la ígnara devoción de un pueblo al que se le había negado el acceso a la
Biblia, fuente misma de la revelación de Dios; de manera que la creencia del pueblo se ha
alimentado siempre de supersticiones y de falsas orientaciones, más alimentadas de los
principios religiosos babilónicos que de la Palabra de Dios.

En este concilio, algunos obispos pretendían que se aprobara el dogma de la asunción


corporal al cielo de María, pero no fue proclamado como dogma que debía ser creído
por todos los fieles sino hasta el 1 de noviembre de 1950, por una demostración de poder
del papa Pío XII (Eugenio Pacelli). Pero, ¿cuál es el origen de la gran falacia de la
asunción de María? A través de la historia han querido hacer de María una imagen
emblemática, muy lejos de la auténtica y sencilla María bíblica. En el siglo IV, cuando
surgía la adoración de la Virgen, en reemplazo de la babilónica reina del cielo, fue escrito
un libro apócrifo y espurio llamado La Asunción de María, el cual estaba lleno de
absurdos milagros y otras desorientaciones mentirosas, cuya terminación remata diciendo
que el “inmaculado y precioso cuerpo” de María fue trasladado al Paraíso.

El origen de la oración del Ave María es oscuro, pero empezó a aparecer alrededor del
año 1050, compuesta en parte por una porción de la salutación angélica al tiempo de la
anunciación,18 y en parte por la salutación de Elizabeth a María,19 agregándole un ruego
para que la virgen orase por los suplicantes. Pudo haberse originado esta oración en los

122
monasterios de la época.

Al tiempo de escribirse las presentes glosas, el sistema católico romano ha aprobado tres
dogmas en torno a María: lo de ser la madre de Dios, lo de la inmaculada concepción y
lo de la asunción en cuerpo y alma al cielo. Desde hace más de veinte años supe que el
sistema católico tenía ya el proyecto de lanzar un nuevo dogma para el año dos mil, el de
elevarla a la categoría de “corredentora y mediadora de todas las gracias”, poniendo a
María en rivalidad con el Señor Jesucristo, único Redentor y Mediador entre el Padre y
los hombres.20

Hasta el momento no han proclamado este dogma por el temor de dividir al catolicismo
mismo, pues ya no vivimos en las oscuras épocas de la edad media y su tenebroso
espectro a través de los últimos siglos. Este, como todos los dogmas sobre María que ha
aprobado la satánica iglesia apóstata, son contrarios a la Palabra de Dios. En estos días,
Juan Pablo II, uno de los pontífices más marianos de la historia, está solicitando a todos
los marianos del mundo, a que envíen cartas y firmas al Vaticano para que las
18“Y entrando el ángel donde ella estaba, dijo: ¡Salve, muy favorecida! El Señor es
contigo; bendita tú entre las mujeres” (Lucas 1:28).
19“Y (Elizabeth) exclamó a gran voz, y dijo: Bendita tú entre as mujeres, y bendito el
fruto de tu vientre” (Lucas 1:42).
20“Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo
hombre” (1 Timoteo 2:5).

comisiones de mariólogos en Roma empiecen a respaldar la aprobación de uno de los


dogmas más diabólicos de los anales del catolicism o.

Hace alrededor de mil quinientos años la gran ramera del Apocalipsis cerró las puertas de
la Biblia al pueblo, para que la gente no se enterara por el Sagrado Libro de la verdad de
Dios y ella, la ramera, pudiera introducir todas las profundidades satánicas que le
convinieran. Desde antes de los tiempos del profeta Jeremías, más de seiscientos años
antes de nacer María, Dios se enojó con su pueblo porque estaba alejándose de Él por ir
en pos de la reina del cielo, Istar, la diosa babilónica de la fertilidad, llamada por los
cananeos Astoret y Astarté, y que posteriormente los griegos la llamaron Artemisa y los
romanos Venus. El Señor le dice al profeta Jeremías que no ore por ese pueblo, ni le
ruegue porque no escuchará. ¿Por qué se pondría el Señor así? Porque su pueblo estaba
adorando a la reina del cielo, la misma a la que hoy llaman María, como para dorar un
poco la píldora. Le dice el Señor a Jeremías:

“17¿No ves lo que éstos hacen en las ciudades de Judá y en las 18calles de Jerusalén?
Los hijos recogen la leña, los padres encienden el fuego, y las mujeres amasan la masa,
para hacer tortas a la reina del cielo y para hacer ofrendas a dioses ajenos, para

123
provocarme a ira” (Jer. 7:17-18).

En el capítulo 44 del libro de Jeremías dice que eso le trajo maldición al pueblo hebreo
(favor leer los versículos 17 al 23 de ese capítulo).

María, una simple humana, se consideró a sí misma una pecadora, como lo confirma la
Palabra de Dios en Romanos 3:23 y Lucas 1:46-47. Toda persona simplemente humana
está manchada por el pecado y necesita de un salvador. El mundo ignora, no entiende o
no quiere entender que una persona sólo humana no puede ser nuestro redentor; que
Dios tuvo necesidad de tomar carne en una mujer, en este caso María, para que como
hombre sin pecado y Dios a la vez, el Señor Jesucristo, pudiese salvarnos. El Señor
mismo dice claramente:

“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Jn.
14:6). “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que desobedece al Hijo no verá
la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Jn. 3:36). “Porque hay un solo Dios, y
un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Ti. 2:5). “Tú, pues,
hijo mío, esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús” (2 Ti. 2:1).

En estas y en muchas otras citas bíblicas no se menciona para nada a María. Dios vino a
salvar también a María y no tendría sentido que la Palabra de Dios incluyera también a
María como corredentora. Ella nos da ejemplo de abnegación, obediencia, santidad,
sufrimiento, confianza en Dios, solidaridad con el Señor, pero quien fue levantado en el
madero, murió por nosotros, resucitó en gloria y fue ascendido al cielo fue el Señor
Jesucristo.

Todas las apariciones de la virgen María tampoco tienen fundamento bíblico y sólo
sirven para desorientar a la gente respecto del verdadero camino de la salvación, que es
el Señor Jesucristo. La Palabra de Dios explica que todas las personas que hayan gustado
la muerte, sean salvas o no, no pueden salir del lugar donde se encuentren, sea el Paraíso
o el Hades de fuego; y esto incluye a María. Eso sólo ocurrirá cuando, por el poder de
Dios, sean resucitadas para salvación eterna o para condenación eterna.

El concilio

Los preparativos de este concilio estuvieron a cargo de los jesuítas, quienes, con años de
antelación, se encargaron de organizar asambleas pre-conciliares en diversos países
europeos y de Norte América, cuyas deliberaciones y asuntos aprobados se mantuvieron
en secreto y bajo absoluto control de Roma, sobre todo lo relacionado con lo de la
infalibilidad papal. El objetivo era a todas luces, que cuando el concilio iniciase sus
sesiones, nada se debatiese, sino que todos llegasen a firmar los decretos sugeridos por
otros. Ya la batalla estaría ganada antes de comenzar cualquier enfrentamiento. ¿Qué
intervención le dejarían al Espíritu Santo?

124
Inició sus sesiones en la basílica de San Pedro, Roma, el 8 de diciembre de 1869. A este
concilio el papado no sólo convocó a todos los obispos católicos romanos, los abades con
jurisdicción episcopal, a los directores de las órdenes religiosas, sino que también invitó a
los obispos ortodoxos y protestantes; pero lo curioso es que este astuto papa pretendía
que si los obispos ortodoxos y protestantes aceptaban la invitación, con ello estarían
reconociendo la supremacía del papa; lo cual por supuesto no sucedió porque ninguno de
ellos acudió a la cita. Este concilio, por el contrario, ensanchó el abismo existente entre el
catolicismo romano y las otras organizaciones eclesiásticas cristianas.

Primado de Pedro

En capítulos anteriores hemos comentado acerca de lo del primado de Pedro. Pero, ¿qué
es primado? Primado, en derecho canónico, es el obispo metropolitano que preside a
todos los arzobispos u obispos de una nación; o primado universal, en el caso del papa,
en su supuesta dignidad como sucesor del "primado" de san Pedro. Es importante
registrar que la constitución conocida como la “primera constitución de la Iglesia de
Cristo”, iniciada con las palabras Pastor æternus, afirma que “el primado de jurisdicción
sobre la iglesia universal de Dios fue inmediata y directamente prometida y dada al
bendito Pedro el Apóstol por Cristo el Señor”; que los sucesores de Pedro son “los
obispos de la Santa Sede de Roma”, y que “por la institución de Cristo mismo obtuvieron
el prim ado de Pedro sobre toda la iglesia..., a cuya jurisdicción todos deben someterse”.

Este concilio estableció la superioridad del papa incluso sobre los concilios. Todo este
esfuerzo de hacer del catolicismo romano un cuerpo estrechamente coordinado bajo la
dirección de un solo hombre con semejante autoridad administrativa, iba encaminado
entre otras cosas para evitar que ese sistema siguiese considerado como una secta, la
mayor tal vez, dentro del concierto del cristianismo organizado, pero el efecto fue lo
contrario.

El capítulo de la Constitución Dogmática que registra «La institución del primado


apostólico en el bienaventurado Pedro» dice, entre otras cosas:

“ Según el testimonio de los Evangelios, el primado de jurisdicción sobre la Iglesia


universal de Dios fue prometido y conferido inmediata y directamente al
bienaventurado Pedro por Cristo nuestro Señor. Porque sólo a Simón -a quien ya antes
había dicho: «Tú te llamarás Cefas» (Jn. 1:42)-, después de pronunciar su confesión:
«Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo», se dirigió el Señor con estas solemnes
palabras: «Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque ni la carne ni la sangre
te llo ha revelado, sino mi Padre que está en los cielos, y sobre esta piedra edificaré
mi iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella, y a ti te daré las
llaves del reino de los cielos. Y cuanto atares sobre la tierra, será atado también en los
cielos; y cuanto desatares sobre la tierra, será desatado también en el cielo» (Mt.
16:16-20). Y sólo a Simón Pedro confirió Jesús, después de su resurrección, la

125
jurisdicción de pastor y rector supremo sobre todo su rebaño, diciendo: «Apacienta a
mis corderos... pastorea mis ovejas» (Jn. 21:16-17)”.

La Palabra de Dios dice que nosotros, los miembros de la familia de Dios, la Iglesia, el
cuerpo de Cristo, estamos “edificados sobre el fundamento de los apóstoles (de todos,
no sólo de Pedro) y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo”
(Ef. 2:20). Esa piedra del versículo 18 de Mateo 16 se relaciona con el fundamento, que
es Jesucristo, el Señor confesado y predicado por los apóstoles (Jn. 17:20), por todos los
apóstoles, no sólo por Pedro, y cuyo testimonio encontramos en el Nuevo Testamento.
Ahora, ese fundamento es único. El papa ni es sucesor de Pedro, pues Pedro no se sentó
en silla papal, ni es fundamento, pues un fundam ento no puede prolongarse en la
historia, pues dejaría de ser fundamento. Después del fundamento sigue la sobre-
edificación. En Apocalipsis 21:14 vemos la Ciudad de Dios ya terminada, y allí vemos a
los apóstoles, a los doce, no sólo a Pedro, como fundamento, pero no a los papas.21

De acuerdo con Mateo 18:18, el Señor confiere a la Iglesia el poder de atar y desatar, no
sólo a Pedro; y de acuerdo con el contexto, alude al gobierno y disciplina en la Iglesia, y
no tiene nada que ver con la pretendida infalibilidad arrogada por el papa romano.

Por último, es necesario aclarar que el Señor no le confirió a Pedro la jurisdicción de


pastor y rector supremo de Su Iglesia. El Señor aborrece el nicolaísmo. Recordemos que
Pedro había prometido que jamás negaría al Señor (Mateo 26:33), y luego públicamente
tuvo una lamentable caída, le negó tres veces. El Señor para demostrar públicamente que
Pedro no ha caído en una apostasía, le restaura a su oficio apostólico, haciéndole
confesar tres veces que ama al Señor, por las mismas tres que le había negado, y por eso
el Señor le reitera: “Apacienta mis ovejas”. El apacentar las ovejas del Señor no es
monopolio de Pedro. El Señor quiere que Pedro participe de la obligación del servicio
pastoral que tienen los demás de apacentar y alimentar el rebaño. El mismo Pedro le dice
a los ancianos (obispos) de las iglesias locales:

21“Y el muro de la ciudad tenía doce cimientos, y sobre ellos los doce nombres de los
doce apóstoles del Cordero” (Apocalipsis 21:14).
2 “ Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza,
sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como
teniendo señorío3
sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey” (1 Pe. 5:2-3).

También el apóstol Pablo le dice a los ancianos (pastores) de la iglesia en Éfeso: “Por
tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto
por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre”
(Hch. 20:28). De manera, pues, que Pedro ni tuvo primado ni lo legó en herencia; y mal

126
puede subsistir en pretendidos sucesores algo que jamás existió. Esto no lo sustentan ni
las Escrituras ni la historia.

Y una de las cosas más graves en todos estos abusos del catolicismo romano y sus
jerarcas, es que declaraban canónicamente que quienes no estuvieran de acuerdo con
todos estos “dogmas”, los declaraban anatemas, es decir, malditos, dignos de
excomunión.

Infalibilidad pontificia

El principal asunto debatido por este concilio fue la infalibilidad papal. Esta herética
doctrina católica romana enseña que cuando el papa habla ex cathedra está libre de error
cuando se refiere a asuntos de fe y moral, habiendo sido iniciada por Pío IX (1846-78).
Esta doctrina del sistema católico romano fue aprobada y definida por este concilio como
un dogma de fe, aunque no pocos obispos se declararon contrarios a él, y se resume lo
aprobado así: El romano pontífice, con la asistencia divina que recibe, goza de la
infalibilidad, prometida por Cristo a su iglesia, cuando habla ex cathedra, como pastor y
maestro universal de la "iglesia", en virtud de su autoridad apostólica, al definir una
doctrina que debe ser tenida por verdadera por la "iglesia"; lo cual hace que las
definiciones del papa sean irreformables, pero sólo en materia de fe y de costumbres.
Aunque esta potestad puede ejercitarla el papa por sí solo, muchas veces lo hace a través
de los concilios ecuménicos, los cuales no pueden desaprobar esas “infalibles definiciones
papales”. La infalibilidad papal es una consecuencia y necesidad de su primado.

El documento que define la infalibilidad papal es la «Constitución Dogmática sobre la


Iglesia», más conocida como Pastor æternus. Esa parte de la constitución Pastor
æternus dice:

“ Es un dogma divinamente revelado que el Pontífice Romano, cuando habla ex


cáthedra, eso es, cuando en el cumplimiento de su oficio de pastor y doctor de todos
los cristianos, por virtud de su suprema autoridad apostólica define una doctrina
acerca de la fe y moral para ser sostenida por la iglesia universal, por el divino
auxilio a él prometido en Pedro bendito, es poseedor de aquella infalibilidad con la
cual el divino Redentor quiso que su iglesia fuese dotada para definir doctrina acerca
de la fe y la moral: y que por lo tanto tales definiciones del pontífice romano son por sí
mismas irreformables, y no del consentimiento de la iglesia”.

Los obispos conciliares estaban divididos en torno al tema central del concilio, la
infalibilidad papal, tanto que la prensa internacional difundió la noticia acerca de esos dos
bandos antagónicos. Además de muchos de la intelectualidad católica romana, entre ellos
eminentes historiadores y teólogos, muchos obispos católicos se opusieron en este
concilio a declarar dogma la doctrina de la infalibilidad papal, y uno de ellos fue José
Strossmayer, obispo de Dirmio y Bosnia, argumentando el hecho de que muchos papas

127
en la historia habían sido contrarios y contradictores de otros papas, contradiciéndose
entre sí, envueltos en inmoralidades, luchas e intrigas, narrando el famoso y curioso
juicio y condenación del papa Formoso por parte de su colega Esteban, después de haber
transcurrido ocho meses de haber muerto el enjuiciado, haciendo para ello desenterrar el
cadáver. Se cuenta del ambicioso papa Formoso, muerto en 896, que al año siguiente su
cadáver fue sacado del sarcófago por orden de su sucesor para ser sometido a juicio ante
un concilio, condenado, despojado de sus vestiduras (pues para ello el cadáver fue
vestido con las vestiduras papales), echado en una tumba profana y más tarde tirado al
Tiber por el populacho, de donde fue rescatado y sepultado por un ermitaño. Pocos
meses después otro papa, Juan X, amigo de Formoso le dio honorable sepultura entre las
tumbas de los antiguos pontífices romanos e hizo que un sínodo rehabilitara a su difunto
amigo y cambiara en sentido contrario las anteriores actas condenatorias a Formoso,
contradiciendo así a Esteban. ¿Cuál de todos ellos tuvo la razón? Al final del presente
libro aparece un apéndice con todo el discurso pronunciado por el obispo José
Strossmayer ante la asamblea en pleno del Concilio Vaticano I.

Durante este concilio, concretamente el 9 de enero de 1870, fue proclamado: "El papa es
Cristo en oficio, Cristo en jurisdicción y poder... nos postramos ante vos, oh Pío, como
la voz de Cristo, el Dios de la verdad. Al afianzarnos en ti, nos afianzamos en Cristo".
¡Comparar al papa con Cristo! ¡No puede haber dos personas tan opuestas!

Los obispos italianos fueron nombrados para establecer una monstruosa mayoría. La
mayoría de los prelados que votaron a favor de la infalibilidad, fueron comprados, unos
elevándolos al obispado, sus pasajes y viáticos corrieron por cuenta de las arcas papales,
constantemente eran objetos de condecoraciones y regalos especiales. Sesenta y un
prelados contrarios a esta definición dogmática se marcharon de Roma antes de la sesión
de aprobación, y en la votación no hubo unanimidad moral. Pero fue aprobado el 18 de
julio de 1870, dos meses antes de que el papado perdiera los Estados Pontificios,
terminando así el poder temporal del papado.

Definiciones . Antes de analizar y rebatir sobre este asunto, es necesario definir algunos
términos relacionados con la pretendida infalibilidad papal:

Dogma . Se dice que es una verdad revelada definida solemnemente y que no admite
contradicción, contraponiéndose así al método exegético. El concilio de Trento consideró
dogma una regla fija, una verdad segura, y el término se aplicó entonces incluso a las
tradiciones del sistema católico romano y a su particular disciplina eclesiástica. Para el
concilio Vaticano I, los dogmas son la proclamación auténtica, autoritativa e infalible de la
Palabra de Dios por parte de la jerarquía eclesiástica y la determinación de una verdad
revelada concreta. La fe en un dogma no se refiere únicamente a su contenido
conceptual, sino también, y en primer lugar, al misterio inexpresable de la misma realidad
salvífica que alcanzamos a través del concepto. En sentido estricto, el objeto de un
dogma es la realidad salvadora.

128
Ex cathedra , (que significa, desde la cátedra, asiento alto del maestro) se refiere a
cuando el papa enseña a todos los católicos, o define verdades y doctrinas pertenecientes
a la fe o a las costumbres, haciéndolo desde la cátedra, asiento o silla supuestamente
construida por san Pedro, o sea, desde su posición o dignidad de romano pontífice,
supuestamente sucesor de san Pedro. De esa cátedra o silla de Pedro dice Bowers en su
Historia de los papas: "Hasta 1662 tenían los romanos la creencia de que el apóstol
había hecho construir esta silla. Y esta silla en la que se suponía se había sentado Pedro,
fue expuesta al público para que la venerara... en el festival de la silla. Pero
desdichadamente, mientras se limpiaba para situarla en algún lugar del Vaticano,
aparecieron en ella las doce obras de Hércules". Esta afirmación es corroborada por la
Enciclopedia Católica.

El término « ex cathedra» no se halla en la Biblia, ni fue usado por ninguno de los


llamados Padres de la Iglesia; es sencillamente un acomodo inventado para poder darle
cierto viso de credibilidad al “dogma” de la infalibilidad. Pero ni los mismos teólogos
católicos romanos más versados saben cuándo el papa habla «ex cathedra» y cuándo no;
pues se supone que todo lo que el papa romano habla, lo hace en cuanto romano
pontífice, pues su persona está ligada a su oficio. ¿Cómo sabe el católico romano cuándo
este personaje habla infaliblemente? ¿Quién se lo garantiza? ¿Será que en la historia
todos los papas que han cometido errores garrafales en sus definiciones, no han hablado
«ex cathedra»? ¿Cuántas decisiones papales han sido palpablemente erróneas? Se sabe
que en los archivos de documentos históricos reposan muchas encíclicas, decretos, bulas,
con definiciones papales que han sido desmentidas y rebatidas a su vez por otros papas y
por concilios, y sobre todo por la voz autoritativa de las Escrituras, las cuales desmienten
a la institución misma del papado romano, como algo que Dios condena. Por ejemplo,
¿serán inspiradas por el Espíritu Santo, en contra vía de las Escrituras, definiciones
dogmáticas tan extrañas a la Palabra de Dios y contrarias a la verdad revelada, como la
de la Inmaculada Concepción de María, y más tarde la Asunción de María?

Infalible , que no puede engañar ni engañarse; seguro, cierto, indefectible, que no se


equivoca.
Lo de esa decisión infalible papal «ex cathedra» es ni más ni menos una argucia de los
teólogos infalibilistas, en que ni ellos mismos se han puesto de acuerdo para definirla. Por
ejemplo, unos dicen que el papa es infalible cuando define algo para toda la iglesia y no
necesariamente cuando define algo para parte de la misma. Otros dicen que es infalible
cuando decide sobre doctrina, pero no en asuntos personales; otros dicen que es infalible
cada vez que abre la boca.

Consideraciones históricas
Empezamos citando la afirmación bíblica cuando dice: "Sea

Dios veraz, y todo hombre mentiroso" (Romanos 3:4). Allí no dice si hay alguna
dignidad que lo exima de esta verdad de Dios. El catolicismo romano está edificado sobre

129
muchas capas de falsificaciones y fraudes. En el año 503, a Ennodius, diácono y
secretario del papa Símaco, se le ocurrió la peregrina invención de que los Papas heredan
inocencia y santidad del apóstol Pedro; noción que después fue hecha doctrina por
alguna decretal pseudo-isidoriana, inventando para ello dos sínodos romanos que
supuestamente la aprobaron y suscribieron. Esta doctrina era indispensable para que la
infalibilidad papal fuese más firmemente creída.

Es curioso que antes de que el papa definiese el dogma de su propia infalibilidad en 1870,
el sistema romano declaraba que esta doctrina era un invento de los protestantes
“repugnante a nuestra fe”. Citamos un ejemplo: Un catecismo escrito por el sacerdote
Esteban Keenan, en tres ediciones anteriores a 1870, y con la aprobación (Imprimatur)
de cuatro obispos católicos, decía (página 112):

« Pregunta: ¿No deben creer los católicos que el Papa es en sí mismo infalible?
Respuesta: Esto es una invención protestante; no es un artículo de la fe católica;
ninguna decisión suya puede obligar, bajo pena de herejía, a menos que se reciba y
esté garantizada por todo el cuerpo docente; es decir, el conjunto de los obispos de la
Iglesia».
Después del concilio Vaticano I, el mismo catecismo dice lo contrario, así:
«Pregunta: ¿Qué creen los católicos en relación con la infalibilidad del papa?
Respuesta: Que la cabeza visible de la Iglesia en lla tierra, recibió de Cristo la misma
prerrogativa de Infalibilidad, como cosa necesaria, y perfectamente a la Iglesia por
institución divina.
Pregunta: ¿Cuáles son las palabras exactas de la definición de la Infalibilidad Papal
pronunciadas por el Concilio Vaticano del año 1870 y que obligan a todos los
cristianos?
Respuesta: Adheridos fielmente a una tradición recibida desde los mismos orígenes de
la fe cristiana, que por la asistencia divina prometida a él en la persona de Pedro,
cuando habla ex catedra, el Romano Pontífice goza de aquella misma Infalibilidad con
la que el Divino Redentor quiso que su Iglesia estuviera provista en sus definiciones
sobre fe y moral» (Citado por José Grau, op. cit., tomo II, pág. 743.).
La infalibilidad papal es el asunto considerado como el "dogma" más reciente en el
romano papismo. Pero debemos tener en cuenta algunas consideraciones históricas frente
a estas antibíblicas pretensiones de infalibilidad papal. Estas consideraciones históricas en
torno a este delicado tema lo relacionamos siguiendo un orden cronológico y lo más
coherente posible:
Por ejemplo, ninguno de los llamados padres de la Iglesia tuvo al obispo de Roma como
maestro infalible. Cipriano, obispo de Cartago y mártir del tercer siglo, declaró que
ningún obispo, incluyendo el de Roma, debería exaltarse como obispo de obispos, y, al
igual que Agustín de Hipona, con muchos obispos africanos resistieron a las decisiones
en materia eclesiástica del obispo de Roma, y eso les acarreaba a menudo conflictos.
Esto nos muestra que en esa época no existía ni cátedra de Pedro, ni primado de Pedro,

130
ni episcopado universal romano. Hay registros que atestiguan que muchos grandes
doctores del catolicismo romano de todas las épocas han negado la infalibilidad papal, e
históricamente se sabe que más de una vez los mismos papas han caído en
contradicciones y herejías sobre cuestiones de fe y de moral.
El papa Zósimo aprobó el pelagianismo de Celestio. El papa Juliano declaró ortodoxo el
sabelianismo de Marcelo de Ancira.
El papa Vigilio se contradijo tres veces con relación a una cuestión de fe. Primero se
opuso al edicto imperial por el cual en 544 el emperador Justiniano condenó "los tres
capítulos", incluyendo los de Teodoro de Mopsuestia, Teodoreto de Ciro e Ibas de
Edesa, acerca de las dos naturalezas comprendidas en Cristo, asunto asociado con el
nombre de Nestorio. Luego Vigilio expidió un Iudicátum condenando
independientemente los escritos que habían sido anatematizados por el edicto imperial.
Pero el Iudicátum fue censurado por muchos obispos de Galia, África del Norte, Escitia,
Dalmacia e Iliria, dado que comprometía al concilio de Calcedonia, y en el año 550
Vigilio lo retiró. En el llamado quinto concilio ecuménico de Constantinopla, en 553, fue
borrado el nombre de Vigilio de los registros de los obispos y el emperador mismo lo
desterró, pero Vigilio fue librado del destierro al concederle legitimidad al concilio
convocado por el emperador.
Honorio I, después de muerto, en 680 en el concilio de Constantinopla III, fue declarado
hereje e impío, y condenado como monotelista (de mono, uno, y el griego thélein,
querer), herejía que afirmaba que en Cristo hay dos naturalezas, pero una sola operación
y una sola voluntad (thelema). «Durante siglos a cada nuevo papa que asumía el cargo se
le exigía mediante juramento que declarara que Honorio había sido un hereje y el concilio
había actuado correctamente al condenarlo. Sin embargo, él también sigue en la lista
oficial de los sucesores de Pedro» (Dave Hunt. Una Mujer Cabalga la Bestia. Harvest
House Publishers, 1994. Pág. 123.). En esa ocasión fueron anatematizados otros herejes
monotelistas como Teodoro, Ciro y Sergio. El papa León II confirmó esas actas de
condenación; anatematización ratificada en el séptimo concilio (II de Nicea). El papa
Martín I en el año 649 en un sínodo que convocó en Roma se declaró a favor de dos
voluntades en Cristo, por lo cual fue llevado preso a Constantinopla por orden del
emperador Constante II, tratado cruelmente, y desterrado a Crimea, donde murió.
El papa Gregorio I (590-604) rechazó el título de obispo universal por considerarlo
pagano, profano, supersticioso, orgulloso e inventado por el primer apóstata, y declaró
que quien se hace obispo universal se convierte en precursor del anticristo. En cambio su
sucesor Bonifacio III se hizo dar el título de obispo universal por el emperador Focas. El
papa Adriano II (867-872) declaró válido el matrimonio civil, pero Pío VII (1800-1823)
lo condenó como no válido.
Se registra que en los años 879-880 se reunió en Constantinopla un concilio de mucha
asistencia bajo la presidencia de Focio, patriarca de Constantinopla. Asistieron legados
del papa Juan VIII, como también los representantes de los patriarcas de Jerusalén,
Antioquía y Alejandría, los cuales reconocieron a Focio como el legítimo patriarca y
canónicamente elegido, pues Focio había sido un distinguido erudito y de una eminente

131
familia bizantina, y siendo un oficial civil había sido hecho patriarca en reemplazo de
Ignacio (hijo de un emperador bizantino), pero muchos prelados se habían sublevado
contra Focio, no reconociendo sino a Ignacio. El papa Adriano II, en un sínodo reunido
en Roma en 869 había decidido en contra de Focio y a favor de Ignacio, pero en este
concilio de Constantinopla la condenación de Adriano II contra Focio fue repudiada por
el representante de Juan VIII. Este papa romano, aunque reprendió a Focio por su falta
de humildad, confirmó su reinstalación a cambio de que fuesen retirados de Bulgaria los
misioneros bizantinos. Por el momento la controversial desavenencia entre las alas
occidental y oriental del cristianismo ortodoxo se subsanó técnicamente, no obstante
continuaban las diferencias y pronto se verían de nuevo resurgidas.
El papa Juan VIII, muerto en 882, fue envenenado por sus mismos asistentes, y como la
ponzoña tuviese un efecto demasiado lento, decidieron romperle el cráneo a martillazos.
Después del año 904, el papado fue manejado durante más de una generación por una
familia romana, entre cuyos miembros se mencionan a Teofilacto, su hija Marozia,
Alberico el esposo de ésta, y Alberico el joven, hijo de ambos. De esta familia se cuenta
por ejemplo que Juan XI, papa entre 931-935, era hijo bastardo de Marozia y el papa
Sergio III (904-911). También se cuenta que Juan X, papa entre 914-928, cayó de la
gracia de Marozia por haberse opuesto a que ella al enviudar se casara con Guy,
Marqués de Tuscana, por lo cual ella hizo que el hermano del papa fuese asesinado ante
los papales ojos de su propio hermano, y luego hizo que Juan X fuese encarcelado y
muerto. En el año 932, el joven Alberico hizo que Marozia, su madre, fuese encarcelada
junto con el papa Juan XII en el castillo de San Angelo, y en consecuencia quedó en
libertad de seguir poniendo sus propias fichas sobre el trono de los romanos pontífices.
Pascal III y Eugenio III (1145-1153) autorizaron el duelo a muerte entre contrincantes,
mientras que Pío IV (1506) y Julio III (1509) lo prohibieron.
En la primera mitad del siglo XIV, el franciscano Guillermo de Occam abogó porque la
Iglesia fuese independiente del estado y que no fuese necesario que el pontífice romano
confirmara la elección del emperador, y en cambio el papa debía estar sujeto al
emperador en asuntos seculares. Insistió asimismo en que el papado romano no era una
forma de gobierno necesaria para la Iglesia. Aun se fue más lejos al declarar que la Biblia
no enseña que Cristo asignara a Pedro la dignidad de príncipe de los apóstoles;
enseñando, además, que solamente la Palabra de Dios es infalible y que los pontífices
romanos pueden errar y ser depuestos; incluso pueden errar hasta los colegios de
cardenales y hasta un concilio general de la Iglesia.
Eugenio IV (1431-1447) condenó a Juana de Arco a ser quemada por bruja. En cambio,
en 1919, Benedicto IV la declaró santa.
Los papas anteriores a Pío IX no se consideraban infalibles. Gregorio VI, Gregorio XIII
y Clemente VI declararon que "de haber enseñado cosa alguna contraria a la fe católica,
se retractan". Inocencio II dice que "los pecados que él haya podido cometer contra la fe,
pertenece a la iglesia juzgarlos". Adriano VI dice que los papas pueden equivocarse y que
varios fueron herejes. Pablo IV confiesa que él y sus predecesores han podido
equivocarse a veces.

132
Hay un dato curioso acerca de los orígenes de la infalibilidad papal. El gran medievalista
Brian Tierney escribió en 1972 una minuciosa monografía titulada «ORÍGENES DE LA
INFALIBILIDAD PAPAL (1150-1350). UN ESTUDIO SOBRE EL CONCEPTO DE
LA INFALIBILIDAD, SOBERANÍA Y TRADICIÓN EN LA EDAD MEDIA».
“Su tesis resultaba sensacional: llegaba a la conclusión de que la doctrina de la
infalibilidad del papa no pertenece al depósito tradicional de la fe, ni tiene sus raíces
en el Nuevo Testamento como declaró solemnemente el Vaticano I- sino que fue más
bien una idea de Pedro Olivi, franciscano italiano del siglo XIII, hombre neurasténico
y sospechoso de herejía. Posteriormente, los «franciscanos espirituales» hicieron uso
de esta idea de Olivi para poder definir como dogma de fe, definido por un papa -y
por lo tanto como verdad irreformable- su concepto radical de la pobreza, aceptado
años antes por el papa Nicolás III, y atacado implacablemente por uno de sus
sucesores, Juan XXII. Este papa, reaccionando enérgicamente, condenó en 1324,
mediante una bula pontificia, la doctrina franciscana de la infalibilidad papal
propuesta por Olivi; doctrina que estigmatizó como «pestífera, producto de la
ofuscación mental provocada por el diablo, padre de la mentira». A pesar de que Juan
XXII tenía enemigos encarnizados, a ninguno se le ocurrió levantar la más leve
protesta contra esta condena. El papa, como buen canonista que era, la supo
argumentar totalmente de acuerdo con las ideas teológicas aceptadas comúnmente en
la Edad Media. Pero la bula antinfalibilista de Juan XXII quedó al margen de las
grandes colecciones del Derecho Canónico medieval, y de ahí que pasara por alto a
los amigos y enemigos de la declaración dogmática del Vaticano I” (José Grau, op. cit.
págs. 1017 1018).

Consecuencias

Muchos valientes obispos, sacerdotes y laicos del catolicismo romano, se negaron


rotundamente a ser aduladores del papa Pío IX, y a reconocer como revelación divina
este dogma, aun a costa de su excomunión; y empezaron a ver al romanismo como una
caricatura y apariencia externa de la verdadera Iglesia universal de Cristo.

El dogma de la infalibilidad papal le dio un golpe mortal a todo intento de reforma dentro
del seno del catolicismo romano, y un freno a cualquier acercamiento ecuménico con
otras facciones en que se encuentra dividida la cristiandad. A decir verdad, la infalibilidad
papal le ha hecho más mal que bien a la Iglesia Católica. Tomemos por ejemplo, que una
definición equivocada de un papa, ataría las declaraciones y definiciones de sus
sucesores. Hablemos claro, no sólo el papa romano, ni siquiera la Iglesia (no hablo de
algún sistema, incluido el católico, sino de la auténtica Iglesia de Cristo, Su cuerpo) puede
jactarse de infalibilidad, pues la Iglesia debe sujetarse a la autoridad de Dios. El lenguaje
de la Iglesia no es de jactancia sino de arrepentimiento, perdón y de enmendar errores,
en una actitud de creciente humildad. Las religiones del mundo, aun las de la cristiandad,
no quieren someterse a la voluntad de Dios, sino al contrario, manejarla a su antojo y
ponerla a su servicio.

133
En el concierto de la cristiandad organizada, vemos en la Iglesia Católica Romana una
secta bajo la dirección de un solo hombre, cuyos principales artífices han sido un León I,
un Hildebrando, un Inocencio III y un Pío IX, con sus heréticos dogmas del primado e
infalibilidad.

21

CONCILIO VATICANO II

(XXI Ecuménico)
(XXI Ecuménico)
1965; terminaron sus sesiones durante el papado de Pablo VI.
Movimiento pre-conciliar

El concilio Vaticano II fue convocado por el papa Juan XXIII (Angelo Roncalli), quien
esperaba de este concilio, “aire fresco en la Iglesia”.

Roncalli procedía de familia de humildes campesinos, y fuertemente marianos. Sirviendo


en el cuerpo diplomático del Vaticano, había viajado a muchos países del mundo en
calidad de Nuncio papal (especie de embajador plenipotenciario), lo que le dio la
oportunidad de conocer de cerca los problemas de católicos y no católicos y de la
verdadera situación de la vida religiosa y moral en muchas partes del mundo; de manera
que cuando llegó a ocupar el cargo de papa, a la muerte de Pío XII, veía la necesidad de
intentar una reforma en el interior de la Iglesia romana, asunto que la Curia romana no
estaba dispuesta a emprender y sí a obstaculizar si le fuere posible. Ya se entienden las
razones; de manera que para ello era necesario la convocatoria de una reunión de obispos
católicos venidos de todo el mundo; convocatoria que intempestivamente anunció el 25
de enero de 1959. Roncalli a veces se refirió a este concilio como “un nuevo
Pentecostés”.

De manera, pues, que al principio hubo un forcejeo entre la Curia romana (los cortesanos
del Vaticano), quienes trataban de cerrar las ventanas, y el papa Roncalli (el monarca),
quien a su vez trataba de abrirlas a fin de que pudiera entrar ese tan necesitado aire
fresco en la anquilosada institución religiosa. En ese momento, este monarca religioso se
negaba a ser una figura decorativa en manos de sus cortesanos.

Se sabe, además, que en el espíritu de la convocatoria de este concilio había la intención


ecuménica de promover la unidad de las diversas iglesias cristianas; aunque a decir
verdad, de las organizaciones cristianas no católicas más representativas sí fueron
invitados a las sesiones pero sólo en calidad de simples espectadores. Al concilio Vaticano
II asistieron representantes de confesiones cristianas no católicas, como David du Plessis
de la corriente pentecostal, pero en calidad de simples observadores, no interlocutores; de
manera que ese simple hecho nos muestra que el objetivo de esa asamblea no fue la

134
unión de las diferentes corrientes de la cristiandad. Es decir, Roma sólo quería que
hubiese una renovación interna, el famoso agiornamento, un poner antes en orden la
casa, a fin de lograr que las comunidades separadas se le uniesen. Pero, ¿querrá la Iglesia
Católica Romana una verdadera reforma en su interior? ¿Querrá el romanismo volver a
vivir las doctrinas de los apóstoles? ¿Sería todo eso mucha ingenuidad de Roncalli o
exaltadas pretensiones?

La verdad es que este simple planteamiento significaba que admitían que el estado actual
del romanismo era un fuerte impedimento para ejercer atracción sobre los que
permanecían fuera de su maternal seno. Recordemos que el catolicismo romano, entre
otros puntos controversiales insalvables, considera a la Iglesia Católica Romana como el
Cuerpo Místico de Cristo. En principio la motivación para convocar el concilio se puede
reducir a reforma, restauración, desarrollo, renovación y adaptación.

Es innegable que a Roma le preocupaba el desarrollo del movimiento ecuménico


protestante sin que la tuvieran en cuenta, especialmente el que trabaja en torno al
Consejo Mundial de Iglesias, en Ginebra, en donde sí han entrado a formar parte un gran
número de iglesias ortodoxas, entre ellas la rusa. De modo, pues, que Juan XXIII tuvo el
cuidado en instituir, entre otros, el pre-conciliar “Secretariado para la unión de los
cristianos”, abriendo las puertas y creando la atmósfera para el diálogo ecuménico, tan
extraño en tiempos de Pío XII. Claro que a pesar de las apariencias, toda esa esperada
unidad ecuménica debía realizarse en torno al fundamento dogmático de Roma y su
“sede apostólica”, como le llaman.

A decir verdad, Roma no quiere la unidad sino en los asuntos periféricos y rudimentarios,
pero nada en torno a lo que se refiera con lo fundamental, como la bíblica y
neotestamentaria salvación por la fe (cfr. Efesios 2:8-9). Roma sólo quiere que haya
identidad en cuestiones relacionadas con la liturgia, la disciplina y la organización. No
sobra decir que una verdadera reforma no iba a ser fruto del concilio, si partimos de la
premisa de que todos los documentos preparatorios del mismo iban pasando por el
cedazo de la anti-reformista Curia romana.

Las organizaciones eclesiásticas protestantes responsabilizan a la Iglesia Católica Romana


de no quererse reformar. Al respecto debemos hacer claridad que la única reforma
genuina y verdadera, la que quiere el Señor, es la que es operada por el Espíritu Santo, y
las iglesias protestantes tampoco están precisamente empeñadas en esta clase de reforma.

El Señor está a la puerta llamando (Cfr. Apocalipsis 3:20), pero ellas están muy ocupadas
en otras cosas dentro de los límites de sus propias organizaciones eclesiásticas. En
muchos círculos protestantes, buscar un verdadero retorno a la vida de la iglesia bíblica
(como lo era la iglesia apostólica) es algo muy extraño, por no decir una ofensa, como en
la práctica lo vemos. El camino está en tinieblas mientras no nos dejemos iluminar por el
Espíritu Santo. No es difícil ver que en el protestantismo cada uno es guardián de su

135
propia prisión. Cuando el creyente no tiene visión del cielo es prisionero de su ceguera y
de su situación espiritual. De ahí que el Señor hable de ciegos guías de ciegos (Cfr. Lucas
6:39). Bueno, definitivamente las componendas hum anas no le sirven a Dios.

El concilio

De este concilio en particular se han escrito numerosos libros. Como lo indica el subtítulo
de la presente obra, aquí sólo hacemos unas cortas glosas. La sesión inaugural de la
primera etapa del Concilio Vaticano II tuvo lugar el día 11 de octubre de 1962, etapa que
fue clausurada también por el papa Roncalli, el 8 de diciembre de 1962, quien falleció el
3 de junio de 1963. La sesión inaugural fue precedida por una solemne procesión de dos
horas de duración, presidida por el propio papa y todo la comparsa de dignatarios,
guardias, nobleza y eclesiásticos. La anacrónica pomposidad y el alarde de fastuosidad de
ciertas ceremonias, por no decir de todas, de la Iglesia Católica Romana, obedece, no a la
simplicidad apostólica neotestamentaria, sino al fantasma del latente Imperio Romano y
reminiscencias medievales que todavía rondan por los palacios del Vaticano y por todas
sus ramificaciones en todas las naciones de un mundo ciego. Los asistentes a este
concilio estaban divididos entre una ala conservadora y otra de progresistas. Como es de
suponerse, los prelados conservadores se oponían a todo conato de reforma e innovación
en cualquiera de sus manifestaciones, aferrados como estaban al esquema dogmático
tridentino, a la famosa tradición y al ceremonial medieval. Podemos resumir los temas
aprobados así:

Liturgia

El Concilio Vaticano II prácticamente no se ocupó de la parte dogmática, aunque hubiera


mucha intención de abordarla. La Iglesia Católica sigue funcionando bajo el fundamento
doctrinal del Concilio de Trento. Si este concilio hubiese intentado una seria reforma
dogmática, hubiera sido necesario enfrentarse con dos barreras infranqueables: Trento y
Vaticano I. Empezó, pues, por la cuestión litúrgica, aunque a la verdad en esto tampoco
avanzó profundamente; realizó cambios periféricos, como la de que sus ritos litúrgicos,
como la Misa, fuesen rezados en los idiomas vernáculos de los fieles, en un intento (que
quedó más en la letra que en la práctica) de que los laicos tuviesen más participación
cultual.22
22 “El Vaticano II terminó en 1965 con un programa revolucionario que llevó años para
ser totalmente implantado en las iglesias católicas alrededor del mundo. El cambio más
impresionante exigió la realización de la misa en las lenguas de los pueblos en lugar del
latín. Se exigió también que los sacerdotes se colocasen de frente a la congregación
durante la misa. Los himnos deberían ser cantados por la congregación, en vez de ser
cantados sólo por los sacerdotes y coros. Las Escrituras serían leídas tanto por los laicos
como por el clero. Los católicos fueron animados a orar con otros cristianos, aunque la
participación mutua de la mesa del Señor aún fuese prohibida. Fue permitida la informal

136
“misa popular”. Las monjas tuvieron permiso para abandonar sus hábitos tradicionales y
cambiarlos por vestidos convencionales”. La Iglesia del Siglo XX - La historia que no
fue contada. John Walker, pág 63.

Una reforma litúrgica de fondo se esperaba que fuese, por ejemplo, la abolición de la
anti-bíblica Misa. A la verdad se sabe que las reformas litúrgicas, periféricas o de fondo,
al fin y al cabo elemento decorativo y espectacular de las religiones, no tienen
consecuencias que realmente beneficien al pueblo cristiano. Las reuniones bíblicas de la
iglesia local que no lleven a los santos, en su condición de sacerdotes, a la verdadera
participación activa, a la comunión y adoración en el Espíritu, por la mediación y en el
nombre de Cristo, con abundancia de lectura y enseñanza de la Palabra de Dios, no le
interesan al Señor.

La salvación y la Iglesia
La Constitución Lumen Gentium (no.16) de este concilio, dice:

“ Los que sin culpa suya no conocen el evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan
con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad
de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la
salvación eterna”.

El anterior postulado se sale del marco de la revelación proposicional bíblica relativa a la


salvación. Si bien es cierto que las cosas invisibles de Dios, su eterno poder y deidad, se
hacen claramente visibles desde la creación del mundo, porque se entienden por medio
de las visibles, también es bíblico que no basta con conocer a Dios; es necesario creer
también en Jesucristo, por quien tam bién recibimos la gracia, la salvación y la adopción
como hijos de Dios (Cfr. Romanos 1:5,20; Juan 14:1). El problema de los judíos es que
habiendo conocido a Dios lo rechazaron al hacerlo con el Hijo. El que recibe al Hijo,
recibe al que le envió y viceversa.

Es necesario descartar el pensamiento m edieval de que la Iglesia es una organización de


corte imperial terrena, con emperador reinante y príncipes a bordo, y de que la salvación
se reduce a que las personas no vayan al infierno y luego vayan a un cielo de gozo tipo
nirvana. La Iglesia normal y bíblica es algo totalmente diferente. La salvación debe ser a
través de Jesucristo, de su obra expiatoria, porque sin Jesucristo no puede haber Iglesia.
Al hablar de Iglesia no podemos referirnos a alguna organización religiosa terrenal,
incluyendo el sistema católico romano, sistemas todos que mal pueden usar la palabra
iglesia, porque la Iglesia es el Cuerpo de Cristo y Él es la Cabeza; y a eso se refería
precisamente Cipriano en el Siglo III, cuando dijo: “Fuera de la Iglesia no se da
salvación”, pues alguien que sea salvo no puede estar fuera de la Iglesia de Jesucristo,
entendida en su verdadero significado bíblico; Él murió en la cruz del Calvario por Su
Iglesia; mal puede alguien salvarse fuera del alcance y el poder de ese único sacrificio
expiatorio.

137
La Biblia dice que desde antes de la fundación del mundo el Padre nos escogió en Cristo
para que fuésemos santos y sin mancha. “Según nos escogió en él (en Cristo) antes de
la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él” (Efesios
1:4). También dice que a los que antes conoció también los predestinó, y a los que
predestinó también los llamó, los justificó y los glorificó, en ese orden, desde antes de la
fundación del mundo. “29Porque a los que antes conoció, también los predestinó para
que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito
entre muchos hermanos. 30Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que
llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó” (Rom
anos 8:29-30). Al que Dios haya predestinado lo llama, se le revela, y conoce al Señor
Jesús y llega a ser una piedra del templo de Dios. La Iglesia es la morada de Dios, el
verdadero templo de Dios para la eternidad.

Si se asocia la salvación con un medio diferente, se desvirtúa la obra salvífica del Señor
Jesús. El sacrificio vicario de Cristo, de hecho tiene un valor universal, pero bíblicamente
tiene una aplicación parcial en la humanidad, sólo para los escogidos desde antes de la
fundación del mundo; y sólo son hechos hijos de Dios los que oyendo el evangelio por la
predicación de la Palabra de Dios, y siendo convencidos por el Espíritu Santo de pecado
de justicia y de juicio, reciben a Su Hijo y creen en Su nombre, porque la vida eterna
consiste en conocer al único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien el Padre ha enviado
(Cfr. Juan 17:3). La Palabra de Dios descarta cualquier medio religioso de salvación, y
esos conceptos de religión verdadera o falsa más bien los relaciona la Biblia con las obras
de los creyentes, que dan testimonio de su fe23.

La Iglesia Católica romana dice que fuera de ella no hay salvación, debido a que ella se
cree señora de la revelación y dispensadora de la salvación. La Iglesia Católica es una
tradición tan desvirtuada que se ha sobrepuesto a la Palabra de Dios. Ahí tenemos la
experiencia Bíblica de los judíos frente al Señor Jesús. “Respondiendo él (Jesús a los
fariseros), les dijo: ¿Por qué también vosotros quebrantáis el mandadimiento de Dios
por vuestra tradición?”

Ecumenismo

En materia de ecumenismo, algunas escuelas teológicas opinan que la expresión de la


apostasía venidera se interpreta como una fusión de todas las organizaciones eclesiásticas
de la cristiandad para la formación de una super iglesia apóstata; es decir, la gran ramera
rodeada y unida con sus hijas. Este asunto es discutible. En la práctica esa unión
nominal, aun en el marco de cualquier eventual acercamiento organizacional, no es viable
ni deseable, dadas las ambiciones piramidales de supremacía del papado romano, la
creciente mariología del sistema católico romano, y otros escollos insalvables. Sin
embargo, al darse esa unión ecuménica en tiempos del anticristo, se hará, no con
cristianos renacidos espiritualmente, que tengan luz para mirar la realidad espiritual, sino

138
al más alto nivel eclesiástico nominal e institucional, que es otra cosa. Hay que tener en
cuenta que la segunda etapa de las sesiones del concilio fue inaugurada el 29 de
septiembre de 1963 por el papa Montini (Pablo VI), quien invitaba muy cortésmente a
las demás iglesias cristianas a reinjertarse “al único árbol de la única iglesia de Cristo”,
cuyo único pastor era el papa de Roma, de acuerdo con el ecumenismo romano. El
ecumenismo católico consiste “en colocar a la iglesia romana en el centro de varios
círculos concéntricos de los cuales el primero, el más cercano, es la Iglesia ortodoxa,
luego la anglicana, y después las iglesias reformadas, más lejos se hallan los judíos, las
religiones no cristianas y finalmente el mundo” José Grau. Op. cit. Pág. 934..
23 Leer el contexto del capítulo 1 de la epístola de Santiago.

De acuerdo con las siete cartas de Apocalipsis 2 y 3 (cada carta es una profecía para los
siete períodos históricos de la Iglesia), cuando venga el Señor estarán existiendo las
cuatro últimas condiciones de la Iglesia, es decir, Tiatira, que representa el catolicismo
romano; Sardis, el protestantismo; Filadelfia, la iglesia bíblica restaurada, y Laodicea, la
iglesia degradada de los últimos tiempos. Al ocurrir la formación histórica de una super
iglesia, se debe entender con la base bíblica de Apocalipsis 13:8: “Y la adoraron (a la
bestia o anticristo) todos los moradores de la tierra cuyos nombres no estaban escritos
en el libro de la vida del Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo”.
Esto sería el resultado de un descomunal engaño diabólico, y se entiende como acuerdo
ecuménico entre los más conspicuos representantes oficiales de las más destacadas
organizaciones eclesiásticas confederadas en sistemas, como el catolicismo romano, la
ortodoxia oriental, los sistemas protestantes con el Concilio Mundial de Iglesias a la
cabeza, a la cual se unirán todas las religiones del mundo, incluyendo hasta los
musulmanes, para formar una nueva religión mundial en un nuevo orden mundial
globalizado que ya se está organizando. Todos los verdaderos creyentes del Señor Jesús
no harán parte de esa gran religión mundial. ¿Qué es el catolicismo romano? Una mezcla
de cristianismo y paganismo que tuvo su origen en tiempos de Constantino. Eso mismo
será la religión mundial venidera. Un cristianismo pervertido y paganizado. Hay que tener
muy en claro que la gran ramera, de acuerdo con Apocalipsis 17, va a ser destruida por
los diez reyes que entronizarán al anticristo.

La verdadera comunión de los santos no es un asunto que se da por la firma de tratados


y protocolos entre los hombres, por muy ilustres y conspicuos que sean en materia
religiosa. La verdadera comunión de los santos es una obra exclusiva del Espíritu de Dios
en Cristo, “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del pleno conocimiento del
Hijo de Dios, a un hombre de plena madurez, a la medida de la estatura de la plenitud
de Cristo” (Efesios 4:13). No se da en el papel sino en el espíritu, y allí sólo hay cabida
para Dios.

El ecumenismo de Roma no se fundamenta en cuánta fidelidad al Evangelio pueda haber


en las comunidades no católicas, pues históricamente lo que menos le ha importado a

139
Roma es su fidelidad al Evangelio; de manera que su ecumenismo se basa en cuánto
acercamiento pueda haber hacia Roma misma y sus doctrinas extrañas al fundamento
apostólico. ¿Quieren ustedes que haya unidad? Pues acepten nuestro sacerdocio y
nuestros sacramentos. Para Roma, si no hay sacerdocio no hay eucaristía, y si no hay
eucaristía no hay iglesia.

La Iglesia Católica romana dice ser la única iglesia de Jesucristo, pero ¿cuántos siglos
duró esa institución sin que en sus púlpitos se predicara la Palabra de Dios? ¿Cuántos
siglos duró persiguiendo y matando a los que buscaban leer y obedecer la Palabra? ¿Se
arrepiente Roma de esto? Pero el asunto no estriba en que seamos católicos, ortodoxos o
protestantes, o ecuménicos; el asunto va mucho, pero muchísimo más allá; el asunto va
hasta Cristo, el asunto va hasta Su verdadero Cuerpo, la Iglesia que lo contiene y donde
Él mora; el asunto va hasta el Espíritu Santo, que vino a darle vida a la Iglesia, la vida de
Cristo.

La unidad no puede darse en torno a Roma y sus mentiras; la unidad sólo puede darse en
torno a Cristo, en Su cuerpo y por Su Espíritu. Aquí no podemos dejar un vacío; no
podemos fomentar la desorientación. Aquí debemos guiar al pueblo de Dios a la verdad.
La verdadera unidad de los cristianos se da no en el seno de una organización sino en
cada comunidad de creyentes cuyos límites no deben traspasar la localidad donde viven,
sencillamente como lo vem os en el Nuevo Testamento: sin papa, sin curia, sin reina del
cielo, sin sacerdocio hegemónico, sin sacramentos, con excepción de las dos ordenanzas
del Señor, bautismo y santa cena. En cada ciudad o villa vemos a los santos unidos en
Cristo, con sus ancianos y diáconos. Allí no se vendían indulgencias para salvarse, pero
tampoco se negociaba con la predicación del Evangelio. La auténtica iglesia del Señor
Jesús no se confunde con una organización ramera ebria de la sangre de los santos y de
los mártires de Jesús (Cfr. Apocalipsis 17:5-6), ni con organizaciones que tienen nombres
de que viven, pero que están muertas (Cfr. Apocalipsis 3:1).

Acerca de la Madona

A la luz de la Biblia, ninguno de los puntos aprobados en las diferentes constituciones del
Concilio, resiste un examen. Por ejemplo, al tratar sobre María, y no podía faltar ese
tema, juzgue el lector que medianamente conozca las Escrituras, la contradicción
aprobada en la Constitución De Ecclesia, VIII, 62, mediante la cual le dan el título de
Mediadora a María, pero sutilmente puntualizando que esa mediación “nada quita ni
agrega a la dignidad y eficacia de Cristo, único mediador. Porque ninguna criatura
puede compararse con el Verbo encarnado nuestro Redentor”; pero el veneno ya había
sido inyectado en esos enredos contradictorios, y muchas almas ingenuas en el mundo
tienen ahora a María por mediadora, poniendo en peligro su propia salvación, que es en
Cristo únicamente ( (1 Timoteo 2:5).). Eso se llama jugar con la salvación de las
personas. Este título de Mediadora en María, aún no ha sido elevado a la categoría de
dogma; por ahora sólo es un título litúrgico. Pero es la primera piedra para que en el

140
futuro sea lanzado como dogma, como mediadora de todas las gracias, como ya se está
cocinando. Recuérdese que el Concilio de Trento dejó las bases para el dogma de la
Inmaculada, más tarde oficializado en tiempos del Concilio Vaticano I. Hay algo peor que
lo anterior. La constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen Gentium (o De Ecclesia),
nr. 56, proclama a María corredentora con la siguiente declaración: “...estiman a María,
no como un mero instrumento pasivo, sino como una cooperadora a la salvación
humana por la libre fe y obediencia... obedeciendo fue causa de la salvación propia y
la del género humano entero”.

Indudablemente la Iglesia Católica tomó de los misterios babilónicos el culto a la


madona, idolatría iniciada en Babilonia con Semíramis, en tiempos de Nimrod, le cambió
de nombre y llevó a la cristiandad poco a poco al mayor culto a un humano en la persona
de María. En Babilonia y su religión de los misterios, Semíramis es la primera
representación de la reina el cielo, culto a la cual condena el Señor por boca del profeta
Jeremías (Jeremías 7:18) 600 años antes de que naciera María de Nazaret. En tiempos
del profeta Jeremías la reina del cielo babilónica se llamaba Istar, y entre los cananeos era
conocida como Astoret o Astarté, que posteriormente tomaría el nombre de Venus. Es
vergonzoso involucrar a la sencilla María en la adoración a la reina del cielo.

Renovación carismática
Parecieran proféticas las palabras del papa Angelo Roncalli

(Juan XXIII) pronunciadas con ocasión a la pregunta que le formularon a raíz de su


elección a la silla papal, sobre cuál era su propósito para la iglesia, y él, abriendo las
ventanas de su despacho, manifestó su deseo de convocar un concilio ecuménico, y
habló de que la iglesia necesitaba estar abierta a los “vientos del Espíritu”. Para este
papa, el propósito de este concilio era “abrir las ventanas para que la iglesia pudiese
respirar aire fresco”.

Poco después de clausurado el concilio en 1965, concretamente en 1967, año en que


Israel tomó a Jerusalén después de casi dos mil años de haberla perdido, se inició un
derramamiento del Espíritu sobre los católicos, que fue conocido como el Movimiento
Carismático Católico, cuyos efectos se hicieron sentir en muchas partes del mundo en
una institución eclesiástica que estaba atravesando por tiempos de profunda quiebra,
crisis y decadencia. Hay que tener en cuenta que las superficiales reformas que habían
surgido del concilio, llevaron a millares de sacerdotes, religiosas y monjes católicos a
abandonar sus vocaciones y volver a la vida secular. Entonces, a raíz del aire fresco del
Espíritu, muchos sacerdotes y una élite de laicos fueron guiados al liderazgo de una ola
renovadora, y por primera vez en las reuniones católicas empezaron a cantar cánticos
privativos de los círculos protestantes, en especial de los pentecostales, y sacerdotes
católicos comenzaron a participar de reuniones protestantes y viceversa.

¿Qué había ocurrido en el concilio? Es una lástima que muchos conciliaristas, en especial

141
los integrantes de la Curia romana y los llamados conservadores, se anquilosaron en su
propia fortaleza de la institución misma como guardianes de la fe católica tradicional, de
los decretos, de las definiciones humanas, de la famosa Tradición, de los dogmas
contrarios al evangelio, de su sacramentalista sucesión apostólica, de su infalibilidad
papal, de sus anacrónicos anatemas, y, como en los farisaicos tiempos de Jesús, en su
ceguera, no se dieron cuenta que Dios los visitaba en un viento pentecostal renovador.

Pero había en el concilio una fuerza contraria al mismo, que se inclinaba por el espíritu
nuevo movido por el viento renovador del avivamiento pentecostal, de apertura a la auto-
reforma, de ver la verdad e infalibilidad en la Palabra de Dios, de ver en las Escrituras al
auténtico evangelio y a la primacía; hubo voces que proclamaron el sacerdocio real del
pueblo de Dios. Por primera vez se escucharon en un concilio católico voces hablando
abiertamente de una “nueva reform a”. Nunca tal lenguaje había sido usado en la iglesia
desde los días de Martín Lutero. Pero esas voces no fueron escuchadas. En el
catolicismo romano no basta la Escritura; toda declaración, para que sea normativa debe
ser aprobada, no por el Espíritu Santo y la Palabra de Dios, sino por el papa romano o
por una mayoría conciliar democrática, y una vez aprobada, debe ser registrada en sus
decretos.

Libertad religiosa
El concilio Vaticano II fue el último ejemplo de que la Iglesia

Católica misma, a pesar de la aparente soberanía papal, no da de la unidad sino una


mera fachada, un mero y admirable espectáculo. Muchas veces y alrededor de casi todos
los tópicos debatidos, el concilio dio serias muestras de verdaderos y profundos
enfrentamientos entre progresistas y conservadores, estos últimos timoneados por la gran
rosca del papa y su mano derecha la Curia romana. Y cuando el ala progresista
vislumbraba una ventajosa mayoría frente a espinosos temas como el de la libertad
religiosa, se daban las mañas para posponer su votación a fin de interponer subterfugios
para que a la postre triunfara la voluntad de la minoría aferrada a la tradición romana y
tridentina.

A propósito de la libertad de conciencia, una entidad religiosa como la Iglesia Católica,


responsable de la ignominiosa inquisición y la muerte de tanta gente inocente, ¿podrá
estar de acuerdo con que haya libertad de conciencia en el mundo? Cuando no hay
libertad religiosa prolifera la intolerancia, la beligerancia, la persecución, la mentira y la
hipocresía.

El cristianismo no puede imponerse como una obligación civil; lejos está eso de la
voluntad del Señor. El Señor dice: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba” (Juan 7:37).
A nadie se le obliga que tenga esa sed, y mucho menos que se acerque al Señor. Muchas
veces quise, pero tú no quisiste, dice el Señor.24 La sangre de Juan Huss y de millones de
hermanos más sigue hablando.

142
24Cfr. Lucas 13:34

Hay que tener en cuenta que la Iglesia Católica es esclava y víctima de su propio
invento, de sus errores pasados. Todo progreso serio tanto en materia de libertad de
conciencia como en muchos otros casos, pondría en descubierto ante la faz del mundo
sus pecados históricos. Algunos llamados «padres» conciliares, los conservadores,
admitían cierta libertad de conciencia, pero no libertad de religión. Los progresistas, que
eran la mayoría, estaban a favor de la plena libertad religiosa, pero en pleno siglo XX, la
Iglesia Católica al querer enmendar errores, pondría en peligro de destrucción algo tan
valioso para ellos como la infalibilidad romana.

Aunque Vaticano II progresó considerablemente en materia de libertad de conciencia en


comparación con la intransigencia histórica de una entidad religiosa que se arroga el
monopolio de la verdad, sin embargo, no corresponde con la Declaración universal de los
derechos del hombre de la ONU del 10 de diciembre de 1948.25

En vez de declarar una auténtica libertad religiosa, el Catolicismo romano presiona a


determinados gobiernos a ser reconocido de manera unilateral mediante Concordatos, es
decir, en Estados confesionales, en detrimento de las otras confesiones cristianas.

El mundo espera de la Iglesia Católica un acto verdaderamente penitencial y un


auténtico arrepentimiento y confesión de sus aberrantes pecados históricos que ha
cometido en detrimento de la humanidad, usando para ello el nombre del Señor; pero no
un arrepentimiento de meras palabras, sino efectuando una verdadera reforma. Lástima
que la Escritura dice que eso no se efectuará, que la ramera nunca se arrepentirá de sus
pecados.

Divina revelación
Fruto de este concilio, la Constitución dogmática «Dei verbum» trata sobre la Divina
Revelación, la cual, siguiendo las huellas de
25 Al respecto la ONU dice: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de pensamiento,
de conciencia y de religión, ese derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de
credo y libertad de manifestar, aisladamente o en común, ya sea en público como en
privado, la propia religión o el propio credo en la enseñanza, en las prácticas, en el culto
y en la observancia de los ritos”.

los concilios de Trento y Vaticano I, equipara a la “tradición” eclesiástica con la sagrada


Escritura como dos modos de la revelación divina, y afirmando que en ambas, tradición
y Escritura, la Iglesia contempla a Dios. El párrafo 6 del capítulo II de esa Constitución
dice que “la Iglesia no deriva solamente de la Sagrada Escritura su certeza acerca de
todas las verdades reveladas. Por eso se han de recibir ambas (Escritura y tradición)
con un mismo espíritu de piedad”. Vemos, pues, que descaradamente el Concilio

143
Vaticano I confirma que las Escrituras son insuficientes como norma de vida y de fe de la
Iglesia, y fuente de revelación; lo que ya Trento y Vaticano I habían aprobado.

¿Cuál ha sido el resultado histórico de echar mano de una supuesta tradición apostólica
paralela a las Escrituras, por considerar a éstas como insuficientes? Todos esos dogmas
contrarios al evangelio donde se fundamenta el poder temporal papal romano y su
pretensión de ser vicario de Cristo, la sede apostólica romana, el primado papal, la
infalibilidad, la Curia romana, el nicolaísmo, el sacramentalismo sacerdotal, el celibato
clerical, la tesorería de méritos de santos difuntos, el purgatorio, la venta de indulgencias,
la idolatría, la misa, la inmaculada concepción de María, la ascensión de María en cuerpo
y alma al cielo, y muchas cosas más.

En realidad este concilio equipara como iguales tres cosas: la Sagrada Escritura, la
tradición y el magisterio de la iglesia, diciendo que “están entrelazados y unidos de tal
forma que no tiene consistencia el uno sin el otro, y que juntos, cada uno a su modo,
bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a las salvación de las almas”.
En la economía divina, todo lo que Dios ha revelado a través de las dispensaciones
progresivas, está contenido en el depósito de las Sagradas Escrituras, que es el patrón
normativo que regula toda la vida de la Iglesia. Lo que no está de acuerdo con la
Escritura, sencilla y llanamente no es de Dios. Ahí está toda la revelación proposicional
desde Génesis hasta Apocalipsis, y ya todo fue dado. La revelación se cerró con
Jesucristo.
1 “ Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los
padres por los profetas, en estos postreros2
días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien
asimismo hizo el universo” (Hebreos 1:1-2).

Judas habla de la fe que sido trasmitida a los santos una vez para siempre, refiriéndose a
nuestra fe objetiva, al conjunto de creencias; es decir al contenido del Nuevo
Testamento, con miras a nuestra común salvación. Judas dice: 3“ Amados, por la gran
solicitud que tenía de escribiros acerca de nuestra común salvación, me ha sido
necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido
una vez dada a los santos”. Cuando se escribió el Nuevo Testamento, se acabó la
tradición oral que existió durante la vida y ministerio de los apóstoles del Señor; por una
razón muy sencilla, la tradición oral prolongada y sostenida por otras personas distintas a
los testigos oculares de los hechos hubiera sido vulnerable; y además, a la Palabra de
Dios no puede reglamentarla ninguna tradición oral.

El Señor Jesús mismo dice que las Escrituras son las que dan testimonio de Él,
excluyendo la tradición. “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en
ella tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39). Por

144
otra parte, tenemos el libro de Apocalipsis. Apocalipsis no es un libro aislado en la
Palabra de Dios, sino que contiene la conclusión de todas las cosas iniciadas en Génesis.
La Palabra de Dios es un todo coherente que se inicia en Génesis y se concluye en
Apocalipsis. Existe una perfecta relación de lo que se inicia en Génesis con lo que se
concluye en Apocalipsis, de manera que las últimas palabras de Apocalipsis también son
las últimas palabras de toda la Escritura, donde leemos lo siguiente: “18Yo testifico a todo
aquel que oye las palabras de la profecía de este libro: Si alguno añadiere a estas
cosas, Dios traerá sobre él las plagas que están escritas en este libro.19Y si alguno
quitare de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del libro de la
vida, y de la santa ciudad y de las cosas que están escritas en este libro” (Apocalipsis
22:18-19).

Otros . Este concilio reafirmó la doctrina de la infalibilidad papal, pero añadiendo un


prolijo contexto explicando que este "carisma" pertenece al papa como cabeza de los
obispos, quien, cuando habla ex cathedra, tiene esta autoridad de un modo particular, y
finalmente extiende esta infalibilidad a los obispos reunidos en concilio.

En el esquema Eclessia se debatió mucho sobre la colegialidad episcopal, pero encontró


la insalvable barrera puesta por el Vaticano I al encumbrar al papa romano por encima de
los demás obispos, con su primado y su infalibilidad. Sin embargo, en la tercera etapa de
sesiones fue aprobada la sacramentalizada colegialidad episcopal, sin fundamento bíblico
alguno, pero dependiente de la voluntad papal, menos bíblica aun.

Otro asunto tratado fue lo relacionado con la sucesión apostólica impuesta por el
romanismo, la cual está fundamentada en el sacramentalismo no bíblico de ese sistema.
La Biblia dice que “Él mismo (Cristo) dio a unos como apóstoles, a otros como
profetas, a otros como evangelistas, a otros como pastores y maestros” (Ef. 4:11). ¿A
quién los dio? A la Iglesia, “a fin de perfeccionar a los santos para la obra del
ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo” (v.12). Pero en cambio, en la
Iglesia Católica Romana, la jerarquía misma del romanismo es quien los nombra usando
el llamado sacramento del orden. Hay que tener en cuenta que el Vaticano II hizo
esfuerzos para reconocer un poco el papel de los laicos, y disipar en parte el profundo
aspecto clerical que caracteriza al romanismo. Claro que se estrellaba con que en Trento
hubo un definitivo rechazo a la enseñanza bíblica del “sacerdocio universal de los
creyentes” (1 Pedro 2:5,9). Ante un mundo moderno que ha superado la ignorancia
medieval, el catolicismo romano trata de ponerse a tono con esa circunstancia, pero se
estrella con sus crasos errores pasados y con la mal fundamentada herejía de la
infalibilidad.

Aunque en la práctica sigue siendo todo igual, sin embargo, en teoría, la Constitución
«Lumen Gentium» (La luz de las naciones, o las gentes.), que es la misma «De
Ecclesia», admite el sacerdocio de los fieles (laicos) con la salvedad de que hay un

145
sacerdocio común para los fieles y un sacerdocio ministerial o jerárquico para el clero; de
manera, pues, que se trata sólo de renovaciones semánticas.

CONSIDERACIONES FINALES Y CONSECUENCIAS

Es decepcionante que un concilio que movilizó todos los obispos católicos del mundo,
con tan larga duración, no satisficiera los anhelos renovadores de mucha gente. Durante
las sesiones del concilio se vendió la idea de un cambio reformador, pero a la verdad eso
resultó siendo un verdadero espejismo; a la Curia romana no le interesa una reforma de
fondo de la Iglesia Católica Romana. El catolicismo romano se ha especializado en las
superficialidades y en las fachadas.

En su momento, el Vaticano II vendió la imagen de verdadera renovación, y muchos


ingenuos y despistados veían tanto cambio (superficiales, por supuesto), que no
vaticinaban sino la desintegración del catolicismo. Pero todos sabemos que hace más de
cien años que el catolicismo no ha experimentado cambio de fondo alguno. Un
“aggiornamento” no es ni una renovación ni una desintegración, ni mucho menos una
reforma de fondo. El “aggiornamento” es más sincretista que renovador. ¿Saben por qué
a la Iglesia Católica Romana no le interesa una reforma profunda y bíblica?
Sencillamente porque los fundamentos del catolicismo romano no se centran en el
evangelio. Roma no nació en Jerusalén. Roma está más emparentada con Babilonia que
con Jerusalén. La Iglesia Católica Romana no puede volver al evangelio debido a que
jamás estuvo allí, y sus raíces no es precisamente el Nuevo Testamento. No nos
engañemos, a pesar de los concilios Vaticano I y II, la Iglesia Católica no ha cambiado
ni un ápice; sigue rigiéndose ciento por ciento por los principios contra reformistas del
concilio de Trento.

El Vaticano II no es más que un superficial verbalismo teológico que Karol Wojtyla, Juan
Pablo II, se encargó de meter en cintura, y se ha cuidado de tomar las medidas a fin de
regresar al catolicismo romano del mismo nivel del Vaticano I; y como muestra tenemos
la cantidad de teólogos e historiadores católicos, que por cuestionar la dogmática católica
surgida fuera y dentro de estos concilios, han sido perseguidos, destituidos de sus
cátedras y desautorizados, por no decir excomulgados, por orden del papa, de la Curia
romana y de la Congregación para la Defensa de la Fe, como le llaman ahora al Santo
Oficio o Inquisición.

Habrá quien se escandalice frente a estas afirmaciones; pero tengamos en cuenta que tal
cantidad de concilios en la historia, han sido tantas oportunidades que ha tenido el
catolicismo romano para reformarse y no lo ha hecho. ¿Querrá reformarse una
institución que lo que ha hecho en la historia es edificar poco a poco una fortaleza cuya
cúpula es un gobierno monárquico absolutista e infalible, cuya organización eclesiástica
está copiada del modelo político del Imperio Romano? ¿Acaso dejó el Señor Jesús por
vicario Suyo a semejante monarca absolutista? ¿Tiene idea la iglesia católica romana

146
acerca del genuino gobierno bíblico y la jurisdicción bíblica de las iglesias bíblicas?

El Concilio Vaticano II estuvo muy lejos de la voluntad de renovar la iglesia que tuvo la
Reforma del siglo XVI, pues el espíritu del concilio es integrador y no excluyente. Para
que haya una verdadera reforma es necesario excluir todo lo que no esté a tono con el
evangelio y la doctrina de los apóstoles (Efesios 2:20). En cambio el concilio propugna
por la “integración”, es decir, la asimilación o incorporación al catolicismo romano de
todo aquello que incluso habían condenado en el pasado. ¿Como qué? El estudio de la
Biblia, la libertad religiosa, el lugar de los laicos en la vida de la iglesia, la predicación
misma del evangelio, si es que en realidad lo hacen. Pero si eso fuese todo lo que asimila,
no estaría mal del todo. La Iglesia Católica romana tiene un espíritu camaleónico para
adaptarse e integrarse a cualquier situación por dispar que sea. Es tan camaleónica la
actitud de Roma, que se ha inventado una paradójica justificación ideológica denominada
«la evolución del dogma», a fin de acomodar las cosas en su afán de que sus
aprobaciones pasadas no la aten y dificulten sus asimilaciones modernas, según la
conveniencia histórica.

Dentro del seno de la Iglesia Católica postconciliar se originó un progresismo


contestatario, es decir, teólogos y clérigos que intentaban interpretar las decisiones del
Vaticano II más allá de los fundamentales principios de la fosilizada iglesia romana.
Intentaron que la iglesia local y las comunidades eclesiales de base no giraran en torno de
la persona del obispo, sino de la asamblea de los fieles; se opusieron a la enquistada
oligarquía jerárquica, y contra la estructura de poder de la iglesia institucionalizada, entre
otras cosas. Los progresistas usaron la Biblia, pero sin dejarla de hermanar con algo más:
con la tradición, con la historia, con el concilio; de manera que jamás salieron del marco
católico romano, ni buscaron a Dios únicamente en Su Palabra, como norma suprema y
única.

Ni siquiera la teología de la liberación logró reconciliarse con el Evangelio, pues sí se


opuso a una jerarquía comprometida con el feudalismo de raíz medieval, pero ella misma
se identificó con el marxismo, otra ideología que tampoco es aprobada por la Palabra de
Dios, ni responde a las intenciones divinas. Pero indudablemente las comunidades
eclesiológicas de base fueron dando forma a lo que fue llamado la “iglesia de los pobres”,
bien vista por la segunda conferencia episcopal plenaria latinoamericana, en Medellín,
1968, pero vista con mucho recelo por el papado y la iglesia “oficial” romana

El sistema eclesiástico oficial del Israel de ese tiempo rechazó al Señor y Su mensaje, y el
Señor salió de Jerusalén y se fue a Betania, en donde sí le creyeron y en donde sí pudo
dar vida. Jerusalén lo crucificó, pero Betania lo ungió. La higuera de Israel no le dio
fruto, pero en Betania tuvo el banquete con el remanente.

Definitivamente, la Iglesia Católica Romana, con su papado, con su primado romano,


con su supuesta jerarquía de Pedro, con su sumo pontificado, con su Curia romana, con

147
su nicolaísmo jerarquizado, con su infalibilidad eclesial y papal, con su sacramentalismo,
con su centralismo romano, con su mariolatría, con sus indulgencias, con su purgatorio,
con su misa, con su santoral, con su fastuosidad, con su inquisición, con su índice, con
su “Opus Dei”, con su sacerdotalismo, con su celibato y una larga serie de etcéteras, está
muy lejos de ser la iglesia santa que compró el Señor Jesús con Su cruento sacrificio.
Pero, ¿a quién tratan de engañar en un mundo que hace rato superó la ignorancia del
medioevo? ¿A quién trata de engañar una institución religioso-político-económica más
ocupada, con sus intereses hegemónicos, en las cosas de este mundo que en le Reino de
Dios?

La Iglesia Católica romana sigue siendo constantiniana, pues a partir del Edicto de
Tolerancia del emperador Constantino, toda la sociedad imperial fue incorporada a la
iglesia, y a partir de Teodosio el Grande todos tenían que ser cristianos a la fuerza; de
manera que en el neoconstantinismo, por el hecho de ser bautizados por un cura católico
ya se es cristiano sin más; sin importar si la persona cree y confiesa a Jesús como Señor
y confía en Dios que le levantó de entre los muertos (Romanos 10:9). En el
constantinismo prácticamente no hay diferencia entre iglesia y mundo. Tenemos el caso,
por ejemplo de América Latina. Es un error creer que el pueblo latinoamericano es
cristiano, o al menos católico por convicción.

Uno no puede estar convencido de lo que ignora. Este pueblo ha venido despertando de
su feudal sueño de ignorancia; es un pueblo que ha venido conociendo a Dios a través de
fuentes fuera del redil católico; es decir, en los abrevaderos de la Palabra de Dios,
guiados por otros alimentadores que el Señor ha designado. Cualquier misionero cristiano
sincero sabe que América Latina es aún un campo virgen que necesita que se le
evangelice. La Iglesia Católica ha estado muy ocupada en la camaleónica política de los
Estados, aliada con los poderosos.

En el siglo XVI, con la Reforma, el Señor dio los primeros pasos para liberar a Su Iglesia
de la esclavitud babilónica, y en todos estos siglos de la modernidad y contemporaneidad,
ese trabajo liberador ha continuado, labor que en este momento atraviesa por una etapa
de franca restauración de la Iglesia a su condición bíblica, primigenia, genuina y
verdadera. Con la Reforma el Señor reaccionó frente al catolicismo romano, pero ante la
formación de iglesias nacionales que en nada se diferenciaban de Roma, y la posterior
formación de un protestantismo nominal, el Señor tiene una segunda reacción a
comienzos del siglo diecinueve hacia la restauración total de Su Iglesia bíblica.

¿Qué es la Iglesia de Cristo? ¿Es una institución terrenal con nombre, élite clerical y
personería jurídica? No. La Palabra dice: “Tienes nombre de que vives, y estás muerto”
(Ap. 3:1). La Iglesia de Cristo es celestial (Efesios 1:3); no necesita personería jurídica ni
autorización otorgada por gobierno terrenal para existir y tener vida. La vida de la Iglesia
es el Señor mismo (Colosenses 3;3,4) por Su Espíritu que mora en ella (Ro. 8:9).

148
¿Es la Iglesia de Cristo un templo? Sí, es un templo, pero no hecho con manos humanas
(Hechos 7;48; 17:24). El verdadero templo de Dios es Cristo y todo el que crea en
Cristo. “19Respondió Jesús y les dijo: Destruid este templo, y en tres días lo
levantaré.20Dijeron luego los judíos: En cuarenta y seis años fue edificado este templo,
¿y tú en tres días lo levantarás?21Mas él hablaba del templo de su cuerpo” (Juan 2:19-
21). “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en
vosotros?” (1 Co. 3:16).

¿Es la Iglesia de Cristo un edificio? Sí, es un edificio; pero no un edificio construido con
materiales físicos. La Palabra lo responde: “Porque nosotros somos colaboradores de
Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios” (1 Co. 3:9). La Iglesia de
Cristo es una casa que se está edificando sobre el fundamento único de Jesucristo (1 Co.
3:10-12; 1 Pedro 4:17); es Su hogar, Su familia. “19Así que ya no sois extranjeros ni
advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y m iem bros de la fam ilia
20 de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la
principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, 21en quien todo el edificio, bien
coordinado, va creciendo para ser un tem plo santo en el Señor;22en quien vosotros
también sois juntamente edificados para m orada de Dios en el Espíritu” (Efesios
2:19-22).

La Iglesia es el cuerpo de Cristo (Efesios 1:23; Col. 1:18), y como tal debe dar testimonio
de unidad de los creyentes en cada localidad (Efesios 4:,3,4,13; Col. 2:2), con sus
obispos y diáconos (Filipenses 1:1); sin más nombres que el del Señor y de la ciudad
donde está asentado el candelero, porque la iglesia local es el candelero (Apo. 1:11-12;
3:8).

Todo lo que se ha formado en la historia diferente al modelo bíblico de la Iglesia, por


muy bueno que parezca a los ojos de los hombres, si se distancia del modelo dado por el
Señor y de la auténtica sobreedificación en oro, plata y piedras preciosas, simplemente es
madera, heno y hojarasca, y habrá de quemarse a su debido tiempo; y cuando el Señor
venga y disponga Su tribunal para juzgar a la Iglesia, hemos de dar cuenta de todo lo que
estamos haciendo, sea bueno o sea malo.

EPÍLOGO

Si profundizamos un poco en los misterios que Dios revela en las Escrituras, vemos que
este mundo está regido por Satanás, la serpiente antigua. La Palabra de Dios llama a
Satanás “el dios de este siglo” (2 Co. 4:4), “el príncipe de este mundo” (Juan 12:31);
que los hombres inmersos en las tinieblas están “siguiendo la corriente de este mundo,
conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de

149
desobediencia” (Ef. 2:2).

La Palabra de Dios dice que ese príncipe de las tinieblas llevó al Señor Jesús “a un
monte alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: Todo
esto te daré, si postrado me adorares” (Mt. 4:4). Claro que el Señor no le adoró ni le
aceptó la oferta, pero nótese que en el contexto bíblico el Señor no desmiente al diablo
en el sentido de que le haya dicho que Satanás no tiene poder sobre las naciones. Satanás
empezó a tener poder sobre las naciones el día que Adán obedeció a la serpiente antigua
(Génesis 3:1-6) y se hizo su esclavo (Romanos 6:16; 2 Pedro 2:19), pues Adán había
recibido el señorío de las naciones (mar, cielo y tierra) del Señor mismo (Génesis 1:26),
señorío que entregó a Satanás el día que le obedeció y se convirtió en su esclavo;
esclavitud que heredó toda la humanidad (1 Corintios 15:22), y esclavitud de la cual
somos libertados sólo por Cristo (Juan 8:36; Ro. 8:16-18).

Pues bien, en ese orden de ideas, la Biblia dice que aun la Iglesia, la asamblea de los
santos redimidos por Cristo en la cruz del Calvario, no tiene “lucha contra sangre y
carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las
tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes”
(Ef. 6:12). Eso significa que toda oposición contra los santos de Jesús viene por orden y
orquestada por Satanás mismo (así se presente con el nombre de Inquisición, Santo
Oficio o Congregación para la Defensa de la Fe), y que Satanás oprime al mundo desde
una organización en las regiones celestes donde él es, digamos, el gran emperador; pero
en cada nación gobierna un príncipe diabólico invisible (Daniel 10:13), el cual a su vez
tiene la colaboración jerárquica de otros espíritus llamados potestades, seguidos por los
gobernadores de las tinieblas, al mando de huestes espirituales de maldad que pululan en
los aires.

Esa organización diabólica ha estado gobernando este sistema mundial bajo la cruel y
sangrienta dirección (color escarlata) de una pequeña y astuta serpiente que se llegó a
convertir en “un gran dragón escarlata, que tenía siete cabezas y diez cuernos, y en sus
cabezas siete diademas” (Ap. 12:3). Pero si esos seres son invisibles, ¿cómo pueden
gobernar este sistema mundial que también tiene su manifestación física? Gobiernan por
medio de “una bestia que tenía siete cabezas y diez cuernos; y en sus cuernos diez
diademas; y sobre sus cabezas, un nombre blasfemo” (Ap. 13:1).

Vemos, pues, que la bestia visible es la impronta del dragón invisible. El dragón es el
mismo Satanás y la organización que está detrás de cada trono terrenal, porque las siete
cabezas (tanto en el dragón como en la bestia) representan a los siete grandes imperios
históricos que han gobernado y gobernarán al mundo, a saber, Egipto, Asiria, Babilonia,
la coalición medo-persa, el imperio griego de Alejandro Magno y a su muerte sus cuatro
grandes generales y sucesores, el Imperio Romano, y por último el imperio romano
restaurado en los últimos tiempos, que son los diez dedos de la gran imagen revelada a
Nabucodonosor (Daniel 2:41-43), y los diez cuernos (Daniel 7:24) de la bestia, que son

150
los gobernantes de diez naciones que antiguamente fueron provincias romanas, y que se
encargarán de llevar al poder al anticristo, el último emperador romano bestial (Daniel
7:8; Apocalipsis 17:12,13), ya a las puertas de la gloriosa venida del Señor. De manera,
pues, que el dragón es el gran titiritero que maneja la bestia a su antojo, y el anticristo, la
última cabeza de la bestia, es la corporificación de Satanás, el cual gobernará al mundo
durante los últimos siete años del presente orden mundial.

Ahora bien, en tiempos del Imperio Romano (la cuarta bestia de Daniel 2), cuando surgió
el emperador Constantino el Grande (3l3 d. C.), la Iglesia del Señor descendió de los
lugares celestiales (Efesios 1:3), a morar en esta tierra, “donde está el trono de Satanás”
(Ap.2:13), y hubo un misterioso compromiso matrimonial (Pérgamo) entre la Iglesia y el
mundo, y su sistema de gobierno con su religión babilónica a bordo, donde el mismo
emperador era el sumo pontífice de esa religión; y la Iglesia se degradó y empezó a
contaminarse de mundanalidad, dejándose comprar a la manera de Balaam, y se fue
dejando envolver del culto idolátrico, pues en tiempos del emperador Teodosio el Grande
(380 d. C.), las masas paganas del Imperio fueron obligadas a aceptar por la fuerza el
abrazar el cristianismo (no a conocer a Cristo, que es otra cosa); hecho que introdujo la
idolatría pagana a la iglesia. Y se fue creando una casta clerical dominante que avasalló al
común de la gente. Como consecuencia surge una mujer dominante (Tiatira) llamada
Jezabel que, como aquella esposa de Acab en tiempos del profeta Elías, se auto-proclama
profetisa, arrogándose el exclusivo derecho de interpretar y enseñar las cosas
relacionadas con Dios, pero desorientando a los siervos del Señor y seduciéndolos “a
fornicar y a comer cosas sacrificadas a los ídolos” (Ap. 2:20).

¿Qué sucedió entonces? Que la Iglesia perdió su antigua condición de católica, en su


connotación de universal, la catolicidad de la iglesia antes de Constantino, compuesta y
representada por todas las iglesias locales, cuando cada una ocupaba el terreno de la
localidad y estaba integrada por todos los santos en Cristo Jesús de la respectiva ciudad,
con sus obispos y diáconos (Filipenses 1:1), y en cambio surgió otra catolicidad espúrea
llamada Iglesia Católica Romana, la iglesia del imperio, la del mundo, enemiga de los
santos de Jesús, la que no evangeliza para llevar a la gente a Cristo, sino que busca
prosélitos para que se integren al catolicismo romano.

Esa Jezabel le ha sido infiel al Señor; por eso la Palabra le llama la gran ramera. Pero
¿por qué grande? Porque a través de la historia se ha engrandecido de tal manera que se
convirtió en una torre alta, llegando a dominar al mundo por encima del poder imperial
secular (la bestia). La gran ramera se creyó con el poder de poner y quitar reyes, y de
que los mismos emperadores y reyes de la tierra le besaran los pies en la persona de su
cabeza, el papa romano. Vemos, pues, en la historia a la gran ramera sentada y
cabalgando sobre los lomos de la bestia, como lo profetizó el apóstol Juan en Apocalipsis
17:1-6:
1 “ Vino entonces uno de los siete ángeles que tenían las siete copas, y habló conmigo

151
diciéndome: Ven acá, y te mostraré la sentencia contra la gran ramera, la que está
sentada sobre muchas aguas (las naciones);2con la cual han fornicado los reyes de la
tierra, y los moradores de la tierra se han embriagado con el

3 vino de su fornicación. Y me llevó en el Espíritu al desierto; y vi a una mujer sentada


sobre una bestia escarlata llena de nombres de blasfemia, que tenía siete cabezas y
diez cuernos. Y la mujer4 estaba vestida de púrpura y escarlata, y adornada de oro, de
piedras preciosas y de perlas, y tenía en la mano un cáliz de oro lleno de
abominaciones y de la inmundicia de su fornicación;5y en su frente un nombre escrito,
un misterio: BABILONIA LA GRANDE, LA MADRE DE LAS RAMERAS Y DE LAS ABOMINACIONES
DE LA TIERRA6. Vi a la mujer ebria de la sangre de los santos, y de la sangre de los
mártires de Jesús; y cuando la vi, quedé asombrado con gran asombro”.

Entonces ¿cuál será el fin de esta gran ram era ebria de la sangre de los santos? La
Palabra de Dios nos dice que será destruida por el mismo poder y sistema gubernamental
que ha de entronizar al anticristo al final de los tiempos. Al apóstol Juan se le dio toda la
claridad sobre este asunto. Lo leemos en Apocalipsis 17:15-18:

“15Me dijo también: Las aguas que has visto donde la ramera se sienta, son pueblos,
muchedumbres, naciones y lenguas.16Y los diez cuernos que viste en la bestia, éstos
aborrecerán a la ramera, y la dejarán desolada y desnuda; y devorarán sus carnes, y la
quemarán con fuego;17porque Dios ha puesto en sus corazones el ejecutar lo que él
quiso: ponerse de acuerdo, y dar su reino a la bestia, hasta que se cumplan las
palabras de Dios.18Y la mujer que has visto es la gran ciudad que reina sobre los reyes
de la tierra”.

En el momento de escribir esta profecía, la gran ciudad que estaba reinando sobre los
reyes de la tierra era Roma. Esa es la clave para entender que en nuestro tiempo se trata
del Vaticano, sede del sistema religioso-político que ha dominado el mundo, que se ha
embriagado con la sangre de los santos de Jesús, y que hizo de la Biblia un libro de
prohibida lectura. La gran ramera tiene hijas que han heredado muchas cosas de su
madre, y que son abominaciones a los ojos del Señor.

Pero hay un llamado de Dios para todos los hijos de Dios en Cristo Jesús que por
ignorancia, intereses personales, tradiciones familiares o cualquier otro motivo aún estén
dentro de ese sistema de la gran ramera y de sus hijas, a que salgan de ese sistema
abominable. Dice el apóstol Juan: “Y oí otra voz del cielo, que decía: Salid de ella,
pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus
plagas” (Ap. 18:4). El Señor invita a los hermanos creyentes en Cristo, a salir de
Babilonia, pero ¿para ir a dónde? El Señor invita a que nos incorporemos a la iglesia
bíblica constituida en el lugar donde vivimos; debemos buscar esos hermanos que han

152
salido de toda organización eclesiástica terrena, de toda denominación y facción que han
estado dividiendo la cristiandad, y que ya están, los hermanos, formando el candelero de
su respectiva localidad, con sus obispos y diáconos.

Apéndice
DISCURSO PRONUNCIADO POR EL OBISPO STROSSMAYER EN EL
CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO I DEL AÑO 1870

El conocimiento disipa las tinieblas de la ignorancia


Referente a: La infalibilidad del papa
Venerables padres y hermanos:

No sin temor pero con una conciencia libre y tranquila ante Dios que vive y me ve, tomo
la palabra en medio de vosotros, en esta augusta asamblea. Desde que me hallo sentado
aquí con vosotros he seguido con atención los discursos que se han pronunciado en esta
sala, ansiando con grande anhelo que un rayo de luz, descendiendo de arriba, iluminase
los ojos de mi inteligencia y me permitiese votar los cánones de este Santo Concilio
Ecuménico con perfecto conocimiento de causa. Penetrado el sentimiento de
responsabilidad por el cual Dios me pedirá cuenta, me he propuesto estudiar con
escrupulosa atención los escritos del Antiguo y el Nuevo Testamento; y he interrogado a
estos venerables monumentos de la verdad, para que me diesen a saber si el Santo
Pontífice, que preside aquí, es verdaderamente el sucesor de San Pedro, Vicario de
Jesucristo e infalible doctor de la Iglesia.

Para resolver esta grave cuestión, me he visto precisado a ignorar el estado actual de las
cosas y a transportarme en mi imaginación, con la antorcha del Evangelio en las manos a
los tiempos en que, ni el Ultramontanismo, ni el Galicanismo26 27 existían, y en los cuales
la Iglesia tenía por doctores a San Pablo, San Pedro, Santiago y San Juan, doctores a
quien nadie puede negar la autoridad divina sin poner en duda lo que la Santa Biblia, que
tengo delante, nos enseña, y la cual el Concilio de Trento proclamó como la regla de la fe
y de la moral.

He abierto, pues, estas sagradas páginas; y bien, ¿me atreveré a decirlo? Nada he
encontrado que sancione próxima o remotamente la opinión de los ultramontanos. Aún es
mayor mi sorpresa, porque no encuentro en los tiempos apostólicos nada que haya sido
cuestión de un Papa sucesor de San Pedro y Vicario de Jesucristo, como tampoco de
Mahoma, que no existía aún.

Vos, monseñor Manning, diréis que blasfemo; monseñor Fie, diréis que estoy demente.
¡No monseñores, no blasfemo ni estoy loco! Ahora bien, habiendo leído todo el Nuevo
Testamento, declaro ante Dios con mi mano elevada al gran Crucifijo, que
26 ULTRAMONTANISMO (Siglo XVII). Los católicos ultramontanos permanecieron

153
fielmente adheridos a la idea de que el papa tenía una autoridad eclesiástica superior a
todos los reyes, y que sus enseñanzas eran infalibles; lo que preparó el terreno para el
Syllabus de Pío IX, la proclamación de la infalibilidad papal.

27 GALICANISMO (Siglo XVII). Movimiento que trataba de definir las autoridades


civil y eclesiástica y su relación mutua. Los obispos franceses redactaron los cuatro
artículos galicanos a requerimiento de Luis XIV. La revolución francesa y la constitución
civil del clero efectuó un secularismo galicano mucho peor que la tendencia antigua, que
era simplemente prescindir de la autoridad papal. A esta lucha (entre el católico Luis XIV
perseguidor de los hugonotes protestantes y el papa Inocencio XI) se le llama el conflicto
de las regalías, y surgió cuando Luis XIV quiso llenar las vacantes de cuatro obispados y
controlar sus entradas financieras.
La declaración redactada por el obispo Basuel trataba de evitar el rompimiento con Roma
a la vez que trataba de reconocer la supremacía que Luis XIV pretendía. El primer
artículo afirmaba que el rey no estaba sujeto al papa en las cosas temporales, y no podía
ser depuesto ni sus súbditos relevados de obediencia al rey por la autoridad papal. El
segundo decía que el papa gozaba de plena autoridad en todos los asuntos espirituales, y
que esta autoridad estaba sujeta a los concilios generales, como lo había decretado ya el
Concilio de Constanza (1414-1418). El tercero decía que el ejercicio de la autoridad
papal estaba sujeto, sin embargo, a los cánones y constituciones del reinado francés. El
cuarto concedía que el papa tenía la parte principal en cuestiones de fe, pero no estaba
exento de corrección (es decir, negaba la infalibilidad papal).

ningún vestigio he podido encontrar del papado tal como existe ahora.

No me rehuséis vuestra atención, mis venerables hermanos, y con vuestros murmullos e


interrupciones justifiquéis los que dicen como el padre Jacinto, que este Concilio no es
libre, porque vuestros votos han sido de antemano impuestos. Si tal fuese el hecho, esta
augusta asamblea hacia la cual las miradas de todo el mundo están dirigidas, caería en el
más grande descrédito.

Si deseáis ser grandes, debéis ser libres. Agradezco a Su Excelencia monseñor


Dupanloup, el signo de aprobación que hace con la cabeza. Esto me alienta y prosigo.
Leyendo, pues, los Santos Libros con toda la atención de que el Señor me ha hecho
capaz, no encuentro un solo capítulo o un corto versículo, en el cual Jesús dé a San
Pedro la jefatura sobre los apóstoles, sus colaboradores. Si Simón, el hijo de Jonás,
hubiese sido lo que hoy día creemos sea su Santidad Pío IX, extraño es que no les
hubiese dicho: «Cuando haya ascendido a mi Padre, debéis todos obedecer a Simón
Pedro, así como ahora me obedecéis a mí. Le establezco por mi Vicario en la tierra».

No solamente calle Cristo sobre este particular, sino que piensa tan poco en dar una
cabeza a la iglesia que, cuando promete tronos a sus apóstoles, para juzgar a las doce
tribus de Israel (Mateo 19:28), les promete doce, uno para cada uno, sin decir que entre

154
dichos tronos uno sería más elevado, el cual pertenecería a Pedro. Indudablemente, si tal
hubiese sido su intento, lo indicaría. ¿Qué hemos de decir de su silencio? La lógica nos
conduce a la conclusión de que Cristo no quiso elevar a Pedro a la cabecera del colegio
apostólico.

Cuando Cristo envió a los apóstoles a conquistar el mundo, a todos dio la promesa del
Espíritu Santo. Permitidme repetirlo: si Él hubiese querido constituir a Pedro en su
Vicario, le hubiera dado el mando supremo sobre su ejército espiritual. Cristo, así lo dice
la Santa Escritura, prohibió a Pedro y a sus colegas reinar o ejercer señorío o tener
potestad sobre los fieles, como lo hacen los reyes gentiles (Lucas 22:24-26). Si San
Pedro hubiese sido elegido papa, Jesús no diría esto, porque según vuestra tradición, el
papado tiene en sus manos dos espadas, símbolo del poder espiritual y temporal. Hay
una cosa que me ha sorprendido muchísimo. Resolviéndola en mi mente, me he dicho a
mí mismo: Si Pedro hubiese sido elegido Papa, ¿se permitiría a sus colegas enviarle con
San Juan a Samaria para anunciar el Evangelio de Dios? (Hechos 8:14). ¿Qué os
parecería, venerables hermanos, si nos permitiésemos ahora mismo enviar a su Santidad
Pio IX, a su Eminencia monseñor Plautier al patriarca de Constantinopla para persuadirle
a que pusiese fin al cisma de Oriente? Mas, he aquí otro hecho de mayor importancia.
Un concilio ecuménico se reúne en Jerusalén para decidir cuestiones que dividían a los
fieles. ¿Quién debía presidirlos? San Pedro o su legado. ¿Quién debería formar o
promulgar los cánones? San Pedro. Pues bien, ¡nada de eso sucedió! Nuestro apóstol
asistió al Concilio, así como los demás; pero no fue él quien reasumió la discusión sino
Santiago; y cuando se promulgaron los decretos se hizo en nombre de los apóstoles,
ancianos y hermanos (Hch. 15).

¿Es esta la práctica de nuestra iglesia? Cuanto más lo examino ¡oh venerables hermanos!
tanto más estoy convencido que en las Sagradas Escrituras el hijo de Jonás no parece ser
el primero. Ahora bien, mientras nosotros enseñamos que la Iglesia está edificada sobre
Pedro, San Pablo, cuya autoridad no puede dudarse, dice en su epístola a los Efesios
2:20, que está edificada sobre el fundam ento de los apóstoles y profetas, siendo la
principal piedra del ángulo, Cristo mismo.

Este mismo apóstol cree tan poco en la supremacía de Pedro que abiertamente culpa a
los que dicen: «somos de Pablo, somos de Apolos» (1 Corintios 1:12); así como culpa a
los que dicen: «Somos de Pedro». Si este último apóstol hubiese sido el Vicario de
Cristo, San Pablo se habría guardado bien de no censurar con tanta violencia a los que
pertenecían a su propio colega. El mismo apóstol Pablo, al enumerar los oficios de la
Iglesia, menciona apóstoles, profetas, evangelistas, doctores y pastores. ¿Es creíble, mis
venerables hermanos, que San Pablo, el gran apóstol de los gentiles, olvidase el primero
de estos oficios: el papado, si el papado fuera de divina institución? Ese olvido me parece
tan imposible como el de un historiador de este Concilio que no hiciese mención de su
Santidad Pio IX. (Varias voces: ¡Silencio, hereje, silencio!).

155
Calmaos, venerables hermanos, que todavía no he concluido. Impidiéndome que prosiga,
manifestaríais al mundo que procedéis sin justicia, cerrando la boca de un miembro de
esta asamblea. Continuaré: el apóstol Pablo no hace mención en ninguna de sus epístolas
a las diferentes iglesias, de la primacía de Pedro. Si esta primacía existiese; si, en una
palabra, la Iglesia hubiese tenido una cabeza suprema dentro de sí, infalible en
enseñanza, ¿podría el gran apóstol de los gentiles olvidar el mencionarla? ¡Qué digo!

Más probable es que hubiese escrito una larga epístola sobre esta importante materia.
Entonces, cuando el edificio de la doctrina cristiana fue erigido, ¿podría, como lo hace,
olvidarse de la fundación, de la clave del arco? Ahora bien, si no opináis que la iglesia de
los apóstoles fue herética, lo que ninguno de vosotros desearía u osaría decir, estamos
obligados a confesar que la iglesia nunca fue más bella, más pura, ni más santa que en los
tiempos en que no hubo papa.

(Gritos de: ¡No es verdad! ¡No es verdad!) No, digo monseñor Laval. ¡No! Si alguno de
vosotros, mis venerables hermanos, se atreve a pensar que la iglesia que hoy tiene un
papa por cabeza, es m ás firme en la fe, más pura en la moralidad que la iglesia
apostólica, dígalo abiertamente ante el universo, puesto que este recinto es un centro
desde el cual nuestra palabra volará de polo a polo. Prosigo: ni en los escritos de san
Pedro, san Juan o Santiago, descubro traza alguna o germen de poder papal. San Lucas,
el historiador de los trabajos misioneros de los apóstoles, guarda silencio sobre este
importantísimo punto. El silencio de estos hombres santos, cuyos escritos forman parte
del Canon de las divinamente inspiradas Escrituras, me parece tan penoso e imposible, si
Pedro fuese papa, y tan inexcusable como si Thiers, escribiendo la historia de Napoleón
Bonaparte, omitiese el título de em perador.

Veo delante de mí un miembro de la asamblea que dice, señalándome con el dedo: «Ahí
está un obispo cismático, que se ha introducido entre nosotros con falsa bandera». No,
no, mis venerables hermanos; no he entrado en esta augusta asamblea como un ladrón
por la ventana sino por la puerta, como vosotros; mi título de obispo me dio derecho a
ello, así como mi conciencia cristiana me obliga a hablar y decir lo que creo ser verdad.

Lo que más me ha sorprendido y que, además se puede demostrar, es el silencio del


mismo san Pedro. Si el apóstol fuese lo que proclamáis que fue, es decir, vicario de
Jesucristo en la tierra, él, al menos, debiera decirlo. Si lo sabía, ¿cómo sucede que ni una
sola vez obró como papa? Podría haberlo hecho el día de Pentecostés, cuando predicó
su primer sermón, y no lo hizo; en el concilio de Jerusalén, y no lo hizo; en Antioquía, y
no lo hizo; como tampoco lo hace en las dos epístolas que dirige a la iglesia. ¿Podéis
imaginaros un tal papa, mis venerables hermanos, si Pedro era papa?

Resulta, pues, que si queréis sostener que fue papa, la consecuencia natural es que él no
lo sabía. Ahora pregunto a todo el que tenga cabeza con que pensar y mente con que
reflexionar: ¿son posibles estas dos suposiciones? Digo, pues, que mientras los apóstoles

156
vivían, la iglesia nunca pensó que había papa. Para sostener lo contrario sería necesario
entregar las Sagradas Escrituras a las llamas o ignorarlas por completo. Pero escucho
decir por todos lados: “Pues qué, ¿no estuvo san Pedro en Roma? ¿No fue crucificado
con la cabeza abajo? ¿No se hallan los lugares donde enseñó, y los altares donde dijo
misa, en esta ciudad eterna?” Que san Pedro haya estado en Roma, reposa, mis
venerables hermanos, sólo sobre la tradición, mas aun, si hubiese sido obispo de Roma
¿cómo podéis probar con su episcopado su supremacía? Scalígero, uno de los hombres
más eruditos, no vacila en decir que el episcopado de san Pedro y su residencia en Roma
deben clasificarse entre las leyendas ridículas. (Repetidos gritos: ¡Tapadle la boca, tapadle
la boca, hacedle descender del púlpito).

Venerables hermanos, estoy pronto a callarme; mas ¿no es mejor en una asamblea como
la nuestra, probar todas las cosas como manda el apóstol y creer todo lo que es bueno?
Pero, mis venerables amigos, tenemos un dictador ante el cual todos debemos postrarnos
y callar, aun su santidad Pío IX, e inclinar la cabeza. Ese dictador es la historia. Esta no
es como un legendario que se puede formar al estilo que el alfarero que el alfarero hace
su barro, sino como un diamante que esculpe en el cristal palabras indelebles. Hasta
ahora me he apoyado sólo en ella, y no encuentro vestigio alguno del papado en los
tiempos apostólicos; la falta es suya, no es mía. ¿Queréis quizá acusarme de mentira?
Hacedlo si podéis.

Oigo a mi derecha estas palabras: “Tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi
iglesia” (Mt. 16:18). Contestaré esta objeción después, mis venerables hermanos; mas
antes de hacerlo, deseo presentaros el resultado de mis investigaciones históricas. No
hallando ningún vestigio alguno del papado en los tiempos apostólicos, me dije a mí
mismo: quizá hallaré al papa en los cuatro primeros siglos y no he podido dar con él.
Espero que ninguno de vosotros dudará de la gran autoridad del santo obispo de Hipona,
el grande y bendito san Agustín. Este piadoso doctor, honor y gloria de la Iglesia
Católica, fue secretario en el Concilio de Melive. En los decretos de esa venerable
asamblea, se hallan estas palabras: «Todo el que apele a los de la otra parte del mar, no
será admitido a la comunión por ninguno en el África». Los obispos de África
reconocían tan poco al obispo de Roma, amonestándole que no recibiese apelación de los
obispos, sacerdotes o clérigos de África; que no enviase más legados o comisionados y
que no introdujese el orgullo humano en la iglesia. Que el patriarca de Roma había desde
los primeros tiempos tratado de atraerse a sí mismo toda autoridad, es un hecho
evidente; y lo es también igualmente, que no poseía la supremacía que los ultramontanos
le atribuyeron. Si la poseyera, ¿osarían los obispos de África, san Agustín entre ellos,
prohibir apelaciones a los decretos de su supremo tribunal? Confieso, sin embargo, que el
patriarca de Roma ocupaba el primer puesto. Una de las leyes de Justiniano dice:
«Mandamos, conforme a la definición de los cuatro concilios, que el santo papa sea el
primero de los obispos y que su alteza el arzobispo de Constantinopla, que es la nueva
Roma, sea el segundo». Inclínate, pues, a la supremacía del papa, me diréis.

157
No corráis tan apresurados a esa conclusión, mis venerables hermanos, porque la ley de
Justiniano lleva escrito al frente: «Del cordón sedes patriarcales». Presidencia es una
cosa, y el poder de jurisdicción es otra. Por ejemplo, suponiendo que en Florencia se
reuniese una asamblea de todos los obispos del reino, la presidencia se daría,
naturalmente, al primado de Florencia, así como entre los occidentales se concedería al
patriarca de Constantinopla y en Inglaterra al arzobispo de Canterbury. Pero ni el
primero, segundo ni tercero, podría aducir de la asignada posición jurisdicción sobre sus
compañeros. La importancia de los obispos de Roma procede no del poder divino sino de
la importancia de los obispos de Roma donde está la sede. Monseñor Darvoy no es
superior en dignidad al arzobispo de Avignon; mas, no obstante, París le da una
consideración que no tendría, si en vez de tener su palacio en las orillas del Sena se
hallase sobre el Ródano. Esto, que es verdadero en la jerarquía religiosa, lo es también en
materia civiles y políticas. El prefecto de Roma no es más que un prefecto como el de
Pisa; pero civil y políticamente es de mayor importancia aquél. He dicho ya que desde
los primeros siglos, el patriarca de Roma aspiraba al gobierno universal de la iglesia.
Desgraciadamente, casi lo alcanzó; pero no consiguió ciertamente sus pretensiones
porque el emperador Teodosio II hizo una ley por la cual estableció que el patriarca de
Constantinopla tuviese la misma autoridad que el de Roma. Los padres del Concilio de
Calcedonia colocan a los obispos de la antigua y de la nueva Roma en la misma categoría
en todas las cosas, aun en las eclesiásticas (Canon 28). El sexto Concilio de Cartago
prohibió a todos los obispos se abrogasen el título de obispo universal, que los papas se
abrogaron más tarde. Gregorio I, creyendo que sus sucesores nunca pensarían en
adornarse con él, escribió estas notables palabras: «Ninguno de mis antecesores ha
consentido en llevar este título profano, porque cuando un patriarca se abroga a sí mismo
el nombre universal, el título de patriarca sufre descrédito. Lejos esté, pues, de los
cristianos, el deseo de darle un título que cause descrédito a sus hermanos». San
Gregorio dirigió estas palabras a su colega de Constantinopla, que pretendía hacerse
primado de la iglesia. El papa Pelagio II, llamaba a Juan, obispo de Constantinopla, que
aspiraba al sumo pontificado, impío y profano. «No se le importe, decía, el título
universal que Juan ha usurpado ilegalmente, que ninguno de los patriarcas se abrogue
este nombre profano, porque ¿cuántas desgracias no debemos esperar si entre los
sacerdotes se suscitan tales ambiciones? Alcanzarían lo que se tiene predicho de ellos: ‘Él
es el rey de los hijos del orgullo’» (Pelagio II, Lit. 13). Estas autoridades, y podría citar
cien más de igual valor, ¿no prueban con una claridad igual al resplandor del sol en medio
del día, que los primeros obispos de Roma no fueron conocidos como obispos y cabezas
de la iglesia, sino hasta tiempos muy posteriores? Y, por otra parte, ¿quién no sabe que
desde el año 325, en el cual se celebró el primer Concilio de Nicea, hasta 580 años en
que fue celebrado el Segundo Concilio Ecuménico de Constantinopla, y entre más de
1.109 obispos que asistieron a los primeros seis Concilios Generales, no se hallaron
presentes más que diecinueve obispos de Occidente? ¿Quién ignora que los concilios
fueron convocados por los emperadores sin siquiera informarles de ellos y
frecuentemente aun en oposición a los deseos del obispo de Roma? ¿Que Osio, obispo

158
de Códoba, presidió el primer Concilio de Nicea y redactó sus cánones? El mismo Osio,
presidiendo después el Concilio de Sárdica, excluyó al legado de Julio, obispo de Roma.
No diré más, mis venerables hermanos, y paso a hablar del gran argumento a que me
referí anteriormente para establecer el primado del obispo de Roma.

Por la roca ( petra) sobre la cual la santa iglesia está edificada, entendéis que es Pedro. Si
esto fuera verdad, la disputa quedaría terminada; mas nuestros antepasados, y
ciertamente debieron saber algo, no suponían sobre esto como nosotros. San Cirilo, en su
cuarto libro sobre la Trinidad, dice: «Creo por la roca debéis entender la fe inmóvil de los
apóstoles». San Hilario, obispo de Poitiers, en su segundo libro de la Trinidad, dice: «La
roca (petra) es la bendita y sola roca de la fe confesada por la boca de san Pedro», y en
su sexto libro sobre la Trinidad, dice: «Es sobre esta roca de la confesión de fe, que la
iglesia está edificada». Dice san Jerónimo en su sexto libro sobre san Mateo: «Dios ha
fundado su iglesia sobre esta roca y es de esta roca que el apóstol Pedro fue apellidado».
De conformidad con él, san Crisóstomo dice en su Homilía 53 sobre san Mateo: «Sobre
esta roca edificaré mi iglesia, es decir, sobre la fe de la confesión». Ahora bien, ¿cuál fue
la confesión del apóstol? Hela aquí: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”.
Asombroso, el santo arzobispo de Milán, sobre el segundo capítulo de la epístola a los
Efesios; san Basilio de Seleucia, y los padres del Concilio de Calcedonia, enseñan
precisamente la misma cosa. Entre todos los doctores de la antigüedad cristiana, san
Agustín ocupa uno de los primeros puestos por su sabiduría y santidad. Escuchad, pues,
lo que escribe sobre la primera epístola de san Juan: «¿Qué significan las palabras:
“edificaré mi iglesia sobre esta roca”? Sobre esta fe, sobre eso que dices, tú eres el
Cristo, el Hijo del Dios viviente». En su tratado 124 sobre san Juan, encontramos esta
muy significante frase: «Sobre esta roca, que tú has confesado, edificaré mi iglesia,
puesto que Cristo mismo era la roca».

El gran obispo creía tan poco que la iglesia fuese edificada sobre san Pedro, que dijo a su
grey en su sermón 13: «Tú eres Pedro, y sobre esta roca (petra) que tú has confesado,
sobre esta roca que tú has reconocido, diciendo: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios
viviente”, edificaré mi iglesia; sobre mí mismo, que soy el Hijo del Dios viviente. La
edificaré sobre mí mismo, y no sobre ti». Lo que san Agustín enseña sobre este célebre
pasaje, era la opinión de todo el mundo cristiano en sus días; por consiguiente, reasumo
y establezco:

1 /. Que Jesús dio a sus apóstoles el mismo poder que dio a Pedro.
2/. Que los apóstoles nunca reconocieron en san Pedro al vicario de Jesucristo y al
infalible doctor de la iglesia.
3/. Que los concilios de los cuatro primeros siglos, mientras reconocían la alta posición
que el obispo de Roma ocupaba en la iglesia por motivo de Roma, tan sólo le otorgaron
una preeminencia honoraria, nunca el poder y la jurisdicción.
4/. Que los santos padres en el famoso pasaje: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra
edificaré mi iglesia”, nunca entendieron que la iglesia está edificada sobre san Pedro, sino

159
sobre la Roca, es decir, sobre la confesión de la fe del apóstol.
Concluyo victoriosamente, conforme a la historia, la razón, la lógica, el buen sentido y la
conciencia cristiana, que Jesucristo no dio supremacía a san Pedro, y que los obispos de
Roma no se constituyeron soberanos de la iglesia, sino tan sólo confesando uno por uno
los derechos del episcopado: (Voces: ¡Silencio! ¡Silencio! ¡Insolente protestante!
¡Silencio!). ¡No soy un protestante insolente! La historia no es católica, ni anglicana, ni
calvinista, ni luterana, ni arminiana, ni griega cismática, ni ultramontana. Es lo que es, es
decir, algo más poderosa que todas las confesiones de la fe, que todos los cánones de los
concilios ecuménicos. ¡Escribid contra ella si osáis hacerlo! Mas no podréis destruirla,
como tampoco sacando un ladrillo del Coliseo podríais hacerlo derribar. Si he dicho algo
que la historia pruebe ser falso, enseñádmelo con la historia; y sin un momento de
titubeo, haré la más honorable apología. Mas tened paciencia, y veréis que todavía no he
dicho todo lo que quiero y puedo; y aún si la pira fúnebre me aguarda en la plaza de San
Pedro, no callaría, porque me siento precisado a proseguir.
Monseñor Dupanlop, en sus célebres Observaciones sobre este Concilio Vaticano, ha
dicho, y con razón, que si declaramos a Pio IX, infalible, debemos necesariamente y de
la lógica natural, vernos precisados a mantener que todos sus predecesores eran también
infalibles. Pero, venerables hermanos, aquí la historia levanta su voz con autoridad
asegurándonos que algunos papas erraron; podéis protestar contra esto o negarlo, si así
os place; mas yo lo probaré. El papa Víctor (192) primero aprobó el montanismo28y
después lo condenó. Marcelino (296-303) era un idólatra.
28 Montanismo. Poco después de la mitad del segundo siglo (156-160 d.C.) tuvo lugar
en Frigia un despertamiento espiritual. Montano proclamó la venida inminente de
Jesucristo, diciendo que era señal de ello el derramamiento del Espíritu Santo que se
originó en las iglesias que aceptaron su predicación. Montano creía que Dios lo había
escogido para ser el profeta y preparar el advenimiento de Cristo, que según la profecía
de Joel, citada por Pedro, precedería a la segunda venida del Señor. Profesaba estar en
ciertas ocasiones bajo la absoluta influencia del Espíritu, de modo que podía en esas
condiciones ser el instrumento para nuevas revelaciones a la iglesia. El Montanismo
reafirmaba tres verdades que la iglesia, general, iba abandonando. A) Que el poder del
Espíritu de Dios es el poder activante en la iglesia, y que su obra podía hacerse no sólo
por el así llamado clero, sino por todo creyente. Así enfatizaba la verdad del sacerdocio
de todo creyente y la necesidad de que la obra de la iglesia fuese hecha por el poder del
Espíritu.
B) Apoyaba fuertemente las prácticas ascéticas comunes en la iglesia e incluso insistía en
que eran obligaciones sobre todo creyente. Los días de ayuno, por ejemplo, cuya
observación era voluntaria para la mayor parte de la iglesia, eran considerados por ellos
como obligatorios. Tenían alto concepto del celibato, aunque predicaban la santidad del
matrimonio. Pero como creían que el matrimonio era una unión espiritual que no se
disolvía con la muerte, decían que segundas nupcias era pecado. Enseñaban que el
creyente no debía procurar evitar el martirio y que incluso debía buscarlo.

160
C) Reafirmaba la verdad sobre la venida del Señor. Según el testimonio de sus enemigos,
había ciertas ideas extrañas mezcladas con su enseñanza en este punto. Mayormente, los
montanistas no se separaban de la Iglesia Católica, sino que formaban dentro de la iglesia
un grupo de los “espirituales”, con el tiempo fueron obligados a salir.
Desafortunadamente el montanismo, en vez de mostrarse un testimonio en favor de las
verdades que enfatizaba, desprestigió esas mismas verdades por las extravagancias
fanáticas con que las acompañaba. Sin embargo, la iglesia católica adoptó uno de los
peores errores del montanismo: la idea de que era posible agregar algo a la revelación
dada por Dios. Rechazaba, es cierto, toda agregación por profetas individuales, pero
manteniendo que el Espíritu daba especial inspiración a la sucesión apostólica de obispos,
y aprobando en la práctica continuada, supuestas agregaciones a la revelación por las
decisiones de

Entró en el templo de Vesta y ofreció incienso a la diosa. Diréis que fue acto de
debilidad, pero contesto: un vicario de Jesucristo muere, mas no se hace apóstata. Liberio
(382) consintió en la condenación de Atanasio; después hizo profesión a arrianismo29
para lograr que se le revocase el destierro y se le restituyese su sede. Honorio (625) se
adhirió al monotelismo;30 el padre Gatry lo ha probado hasta la evidencia.

Gregorio I (578-590) llama anticristo a cualquiera que se diese

Gregorio I (578-590) llama anticristo a cualquiera que se diese 608) persuadió al


emperador parricida, Focas, a que le confiriera dicho título. Pascal II (1088-1099) y
Eugenio III (1145-1153) autorizan los desafíos; mientras que Julio II (1199) y Pío IV
(1560) los prohibieron. Eugenio IV (1431-1439) aprobó el Concilio de Basilea y la
restitución del cáliz a la iglesia de Bohemia, y Pío II (1458) revocó la concesión. Adriano
II (867-872) declaró válido el matrimonio civil, pero Pío VII (1800-1823) lo condenó.
Sixto V (1585-1590) compró una edición de la Biblia y con una bula recomendó su
lectura; mas Pío VII condenó su lectura. Clemente XIV (1700-1721) abolió la Compañía
de los Jesuitas, permitida por Pablo II y Pío VII la restableció.

Mas, ¿a qué buscar pruebas tan remotas? ¿no ha hecho otro tanto nuestro santo padre,
que está aquí, en su bula, dando reglas para este mismo Concilio, en el caso de que
muriese mientras se halla reunido, revocando cuanto a tiempos pasados fuese contrario a
ello, aun cuando procediese en las decisiones de sus predecesores? Y ciertamente, si Pío
IX ha hablado ex cáthedra, no es cuando desde lo profundo de su tumba impone su
voluntad sobre los soberanos de la iglesia. Nunca concluiría, mis venerables hermanos, si
se tratase de presentar a vuestra vista las contradicciones de los papas en sus enseñanzas;
por lo tanto, si proclamáis la infalibilidad del papa actual, tendréis que probar o, bien, que
los papas nunca se contradijeron, lo que es imposible, o bien, tendréis que declarar que el
Espíritu Santo os ha revelado que la infalibilidad del papado es tan sólo de fecha 1870.
¿Sois bastante atrevidos para hacer esto? Quizás los pueblos estén indiferentes y dejen

161
pasar cuestiones teológicas que no entienden, y cuya importancia no ven; pero aun
cuando sean indiferentes a los principios, no lo son en cuanto a los hechos.

concilios de obispos.

29 Arrianismo. Arrio fue presbítero de Alejandría, iniciador de la herejía que lleva si


nombre. Nació en el norte de África en la segunda mitad del siglo III. Cuando formaba
parte del presbiterio alejandrino comenzó a difundir una doctrina según la cual Jesucristo,
el Hijo de Dios, era una criatura, las más perfecta, pero no Dios eterno que existía con el
Padre y el Espíritu Santo desde la eternidad, tal como habían enseñado los apóstoles,
particularmente san Juan. Desautorizado por un sínodo de cien obispos convocados por
Alejandro de Alejandría, pasó a Palestina y recibió el apoyo de su antiguo compañero de
estudio, Eusebio de Nicomedia y del historiador Eusebio de Cesárea. En 325 fue
condenado por el Concilio de Nicea y desterrado por el emperador Constantino. Gracias
a Eusebio de Nicomedia fue perdonado y murió cuando se disponía a entrar en
Constantinopla. Solamente quedan de él dos cartas dirigidas a Eusebio de Nicomedia y a
Alejandro de Alejandría, y luego fragmentos de su obra popular “Talía”.
30Monotelismo. Corriente que surgió en el siglo VII tratando de explicar que en las dos
naturalezas de Cristo, la divina y la humana, obraba una sola voluntad.

Pues bien, no os engañéis a vosotros mismos. Si decretáis el dogma de la infalibilidad


papal, los protestantes, nuestros adversarios, montarán la brecha con tanta bravura
cuanto que tienen la historia de su lado; mientras que nosotros sólo tendremos nuestra
negación de oponerles. ¿Qué les diremos cuando expongan a todos los obispos de Roma,
desde los días de Lucas hasta su santidad Pío IX ¡ay!? Si todos hubiesen sido como Pío
IX triunfaríamos en toda la línea; mas ¡desgraciadamente no es así! (Gritos de: ¡Silencio,
silencio! ¡Basta, basta!) No gritéis, monseñores. Temer la historia es confesaros
derrotados; y, además, aun si pudierais hacer correr toda el agua del Tíber sobre ella, no
podríais borrar ni una sola de sus páginas. Dejadme hablar y seré tan breve como sea
posible en este importantísimo asunto. El papa Virgilio (538) compró el papado a
Belisario, teniente del emperador Justiniano. Es verdad que rompió su promesa y nunca
pagó por ello. ¿Es esta una manera canónica de ceñirse la tiara? El segundo Concilio de
Calcedonia lo condenó formalmente. en uno de sus cánones se lee: «El obispo que
obtenga su episcopado por dinero, lo perderá y será degradado». El papa Eugenio II
(1145) limitó a Virgilio. San Bernardo, la estrella brillante de su tiempo, reprendió al
papa, diciéndole: «¿Podrías enseñarme en esta gran ciudad de Roma alguno que os
hubiera recibido por papa sin haber primero recibido oro y plata por ello?»

Mis venerables hermanos, ¿estará el papa que establece un banco a las puertas del
templo, inspirado por el Espíritu Santo? ¿Tendrá derecho alguno de enseñar a la iglesia la
infalibilidad? Conocéis la historia de Formoso demasiado bien, para que yo pueda añadir
nada. Esteban VI hizo exhumar su cuerpo vestido con ropas pontificales; hizo cortarle los

162
dedos con que acostumbraba dar la bendición y después lo hizo arrojar al Tíber,
declarando que era un perjuro ilegítimo. Entonces el pueblo aprisionó a Esteban, lo
envenenó y lo agarrotó. Mas, ved cómo las cosas se arreglaron. Romano, sucesor de
Esteban, y tras él Juan X, rehabilitaron la memoria de Formoso. Quizás me diréis, esas
son fábulas, no historia. ¡Fábulas! Id, monseñores, a la biblioteca del Vaticano y leed a
Platina, el historiador del papado y los Anales de Baronio (897). Estos son hechos, que
por honor de la Santa Sede, desearíamos ignorar; mas cuando se trata de definir un
dogma que podrá provocar un gran cisma en medio de nosotros, el amor que abrigamos
hacia nuestra venerable madre la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, ¿debería
imponernos el silencio? Prosigo, el erudito cardenal Baronio, hablando de la corte papal
dice: Poned atención, mis venerables hermanos, a estas palabras: «¿Qué parecía la Iglesia
Romana en aquellos tiempos? ¡Qué infamia! Sólo las poderosísimas cortesanas
gobernaban a Roma. Eran ellas las que daban, cam biaban y se tomaban obispados; y,
¡horrible es relatarlo!, hacían a sus amantes, los falsos papas, subir al trono de san
Pedro». (Baronio 912). Me contestaréis: esos eran papas falsos, no los verdaderos. Séalo
así, mas en este caso, si por cincuenta años la sede de Roma se hallaba ocupada por
antipapas, ¿cómo podréis unir el hilo de la sucesión papal? ¡Pues qué! ¿Ha podido la
iglesia existir, al menos por el término de un siglo y medio sin cabeza, hallándose acéfala?
¡Notad bien! La mayor parte de esos antipapas se ven en el árbol genealógico del
papado; y seguramente deben ser los que describe Baronio; ¿por qué aun Genebrardo, el
gran adulador de los papas, se atrevió a decir en sus crónicas (901)?

«Este centenario ha sido desgraciado, puesto que por cerca de ciento cincuenta años los
papas han caído de las virtudes de sus predecesores y se han hecho apóstatas más bien
que apóstoles».

Bien comprendo por qué el ilustre Baronio se avergonzaba al narrar los actos de estos
obispos romanos. Hablando de Juan IX (931), hijo natural del papa Sergio y de Marozia,
escribió estas palabras en sus Anales: «La Santa Iglesia, es decir, la Romana, ha sido
vilmente atropellada por un monstruo». Juan XII (956) elegido papa a la edad de 18 años
mediante las influencias de las cortesanas, no fue en nada mejor que su predecesor.

Me desagrada, mis venerables, tener que mover tanta suciedad. Me callo tocante a
Alejandro VI, padre y amante de Lucrecia Borgia; doy la espalda a Juan XXII (1219),
que negó la inmortalidad del alma y que fue depuesto por el santo concilio ecuménico de
Constanza. Algunos alegarán que este Concilio fue sólo privado. Séalo así; pero si le
negáis toda clase de autoridad, deberéis deducir, consecuencia lógica, que el
nombramiento de Martín V (1417) era ilegal. Entonces, ¿dónde va a parar la sucesión
papal? ¿podréis hallar su hilo? No hablo de los cismas que han deshonrado a la Iglesia.
En estos desgraciados tiempos la Sede de Roma se halla ocupada por dos y hasta por tres
competidores. ¿Quién de éstos era el verdadero papa? Reasumiendo una vez más, vuelvo
a decir que si decretáis la infalibilidad del actual obispo de Roma, deberíais establecer la
infalibilidad de todos los anteriores, sin excluir a ninguno; mas ¿podréis hacer esto

163
cuando la Historia está allí probando con claridad igual a la del sol mismo, que los papas
han errado en sus enseñanzas? ¿Podréis hacerlo y sostener que papas avaros,
incestuosos, demoníacos, han sido vicarios de Jesucristo? ¡Ay, venerables hermanos!
Mantener tal enormidad sería hacer traición a Cristo peor que Judas; sería echarle
suciedad en la cara. (Gritos: ¡Abajo del púlpito! ¡Pronto! ¡Cerrad la boca del hereje!).

Mis venerables hermanos, estáis gritando. ¿Pero no sería más digno pesar mis razones y
mis palabras en la balanza del santuario? Creedme, la Historia no puede hacerse de
nuevo, allí está y permanecerá por toda la eternidad, protestando enérgicamente contra el
dogma de la infalibilidad papal. Podréis declararla unánime. ¡Pero faltaría un voto, y ese
será el mío! Los verdaderos fieles, monseñores, tienen los ojos sobre nosotros,
esperando de nosotros algún remedio para los innumerables males que deshonran la
Iglesia. ¿Desmentiréis esperanzas? ¿Cuál no será nuestra responsabilidad ante Dios, si
dejáramos pasar esta solemne ocasión que Dios nos ha dado para curar la verdadera fe?
Abracémosla, mis hermanos; aunémosnos con un ánimo santo, hagamos un supremo y
generoso esfuerzo; volvamos a la doctrina de los apóstoles, puesto que, fuera de ella, no
hay más que horrores, tinieblas y tradiciones falsas. Aprovechémosnos de nuestra razón
e inteligencia, tomando a los apóstoles y profetas por nuestros únicos maestros, en
cuanto a la cuestión de las cuestiones. “¿Qué debo hacer para ser salvo?” Cuando
gayamos decidido esto habremos puesto el fundamento en nuestro sistema dogmático,
firme, inm óvil como la roca, constante e incorruptible de las divinamente inspiradas
Escrituras. Llenos de confianza, iremos ante el mundo y, como el apóstol san Pedro, en
presencia de los libre pensadores, no reconocemos “a nadie más que a Jesucristo, y éste
crucificado”. Conquistarem os mediante la predicación de la “locura de la cruz”, así
como san Pablo conquistó a los sabios de Grecia y Roma, y la iglesia romana tendrá su
glorioso... (Gritos clamorosos: ¡Bájate! ¡Fuera con el protestante, el calvinista, el traidor
de la iglesia!).

Vuestros gritos, monseñores, no me atemorizan. Si mis palabras son calurosas, mi cabeza


está serena. No soy de Lutero, ni de Calvino, ni de Pablo, ni de los apóstoles; pero sí de
Cristo. (Renovados gritos: ¡Anatema al apóstata!). Anatema, monseñores, anatema. Bien
sabéis que no estáis protestando contra mí, sino contra los santos apóstoles, bajo cuya
protección desearía que este Concilio colocase a la iglesia.

¡Ah! Si cubiertos con sus mortajas saliesen de sus tumbas, ¿hablarían de una manera
diferente a la mía? ¿Qué les diríais, cuando con sus escritos os dicen que el papado se ha
apartado del Evangelio de Dios que ellos predicaron y confirmaron tan generosamente
con su sangre? ¿Os atreveríais a decirles: “Preferimos las doctrinas de nuestros papas,
nuestro Belarmino, nuestro Ignacio de Loyola a la vuestra”? ¡No, mil veces no! A no ser
que hayáis tapado vuestros oídos para no oír, cubierto vuestros ojos para no ver,
embotado vuestra mente para no entender.

¡Ah! Si el que reina arriba quiere castigarnos, haciendo caer pesadamente su mano sobre

164
nosotros, como hizo a Faraón; no necesita permitir a los soldados de Garibaldi que nos
arrojen de la ciudad eterna; bastará con dejar que hagáis a Pío IX un dios, así como se
ha hecho una diosa a la bienaventurada virgen. ¡Deteneos! ¡Deteneos! Venerables
hermanos, en el odioso y ridículo precipicio en que os habéis colocado. Salvad a la iglesia
del naufragio que la amenaza, buscando solamente en las Sagradas Escrituras la regla de
fe que debemos creer y profesar. He dicho. ¡Dígnese Dios asistirme! (Hasta aquí el
discurso de Strossmayer).31
31 José Jorge Strossmayer nació en febrero 4 de 1815 en Croacia-Slavonia, y murió en
1905. Fue elegido obispo de Diavovár en 1849, con el título oficial de Obispo de Bosnia
y Slavonia. Su vida fue dedicada al progreso de la vida nacional entre los croatas, él
construyó un oalacio y catedral en Djakovo, y fundó un seminario para los croatas en
Bosnia. Su discurso en el Concilio Vaticano de 1870, en que él defendió al
Protestantismo, causó mucha controversia. Él fue uno de los oponentes contra la
infalibilidad papal. Después del Concilio Vaticano de 1870, se mantuvo su oposición más
tiempo que todos los demás obispos. Él tuvo amistad con Dollinger y Reinkens hasta
octubre de 1871. Entonces él los notificó que iba a ceder al Vaticano ‘por lo menos, por
fuera’. Después, proclamó su lealtad al papa, usando un lenguaje muy extravagante, en
varias ocasiones. Fue ayudante de Agustín Theiner, quien tuvo el puesto sobre la
Biblioteca del Vaticano en Roma en 1863. Él fue un alto funcionario al Santo Imperio
Romano, y obispo al trono pontificial. En este libro insertamos este documento debido a
la información histórica contenida en el mismo, y al valor, intrepidez y oportunidad con
que fue expuesto en ese momento coyuntural.

BIBLIOGRAFÍA

* Babilonia, Misterio Religioso. Ralph W oodrow.


* Catolicismo Romano - Orígenes y desarrollo. José Grau. Ediciones Evangélicas
Europeas, Barcelona. 1987.
* Compendio Manual de la Biblia. Henry H. Halley. Ed. Portavoz, 1955.
* Enciclopedia Ilustrada de Historia de la Iglesia. Samuel Vila,

Darío A. Santamaría. Editorial CLIE, 1979.


* Historia de la Iglesia Cristiana. Jesse Lyman Hurlbut, J.
Roswell Flower, Miguel Narro. Editorial Vida, 1978.
* Historia del Cristianismo. Kenneth Scott Latourette, 2 tomos.
Casa Bautista de Publicaciones, 1979.
* Historia de los Papas y de los Reyes. Mauricio de la Chàtre.
CLIE. 1993
* Historia del Protestantismo. Ricardo Cerni. El Estandarte de
la Verdad, Gran Bretaña, 1992.
* La Deidad de Cristo. Evis L. Carballosa. Editorial Portavoz.

165
1982.
* Las Dos Babilonias. Alexander Hislop. Ransom Press
International. 1998.
* La Historia que no fue contada. La Iglesia del siglo XX. John
W alker y otros. W . P. 1997.
* Meditaciones sobre la agonía de Jesús. Máximo Confesor.
Editorial Ciudad Nueva. 1990.
* Nadie se atreve a llamarlo engaño. Clayton E. Sonmore.
M.S.M. 1995.
* Tratados Espirituales. Máximo Confesor. Edit. Ciudad
Nueva.1997.
* Una Historia Ilustrada del Cristianismo - La Era de los
Gigantes. Tomo 2. Justo L. González. Editorial Caribe. 1978. * Una Introducción a la
Historia y Teología de la Reforma. Theo
G. Donner. Seminario Bíblico de Medellín, 1987.
* Una mujer cabalga la bestia. Dave Hunt. Harvest House
Publishers. 1994

166