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Revista Latinoamericana de Psicología

Fundación Universitaria Konrad Lorenz


revistalatinomaericana@fukl.edu
ISSN (Versión impresa): 0120-0534
COLOMBIA

1986
Alfonso Martínez Taboas
TERAPIA SISTÉMICA DE FAMILIA: EVALUACIÓN CRÍTICA DE ALGUNOS
POSTULADOS
Revista Latinoamericana de Psicología, año/vol. 18, número 001
Fundación Universitaria Konrad Lorenz
Bogotá, Colombia
pp. 43-56

Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal

Universidad Autónoma del Estado de México

http://redalyc.uaemex.mx
REVISTA LATINOAMERICANA DE PSICOLOGIA
1986 VOLUMEN 18 - NP 1 43-56

TERAPIA SISTEMICA DE FAMILIA:


EVALUACION CRITICA DE ALGUNOS
POSTULA DOS l

ALFONSO MARTÍNEZ TABOAS·


U<7liversidadde Puerto Rico

Clinicians from a systems orientation usuaUy agree with such ba-


sic postula tes as that psychopathological behavior is best undestood as
a metaphor; that all dysfunctional behavior responds to a faulty famUy
system; and that to be elinieaUy effective one has to rearrange the com-
munications and messages of the family system. AU those assumptions
are. critieaUy examined in the light of a great number of clinical studies
conducted from a behavioral perspeetive. Behavioral elinicians have accu-
mulated a mass of important data that can be usefuUy applied to ana-
lyZe many of the clínical impressíons defended by certain systemíc schools.
The data, as appraised here, does not appear to support the systemie
viewpoint that it is cardinal and crucial to evaluate and modificare the
boundaries and metaphorieal transactions in the family system. To ex-
plaín this situatíon, it is suggested that certain of the processes advocated
by systemic elinicians as important have not been throughly investigated
nor critieaUy appraísed, Further research is urged.
Key words: family therapy, systemie therapy, behavioral criticisms.

Dentro del campo de las psicoterapias y terapias de familia hay


una vertiente terapéutica que cada vez va tomando más arraigo y
versatilidad: nos referimos a la corriente sistémica. Sus principales
representantes son Haley (1976, 1980), Hoffman (19tH), Madanes
(1981) y Minuchin (1974; Minuchin y Físhman, 1981), entre otros.
Aunque no todos los clínicos sistémicos hacen énfasis en los mismos

1 El autor desea expresar su agradecimiento a Julio Ribera, José J. Bauer,


meíster, Edwin Femández y Mayra Huergo, por comentarios y críticas a una
versión anterior de este trabajo.
• Dirección: Alfonso Martlnez Taboas, Calle 17, NQ 1088, Villa Nevárez, Rio
Piedras, Puerto Rieo 00927.
44 MAR TINEZ T ABüAS

procesos ni utilizan el mismo instrumental terapéutico, estos pare-


cen converger en algunos postulados básicos, que presentaremos a
continuación.
Nuestro propósito no es esbozar o exponer de manera sistemá-
tica las comunalidades o contrariedades de las escuelas sistémicas,
para eso remitimos al lector a los trabajos de Gurman y Kniskern
(1981) y de Nichols (1984). Sí deseamos analizar y criticar una se-
rie de postulados defendidos por la mayoría de las escuelas sisté-
micas, y a su vez responder a la crítica que dicho modelo hace so-
bre el modelo conductual.

POSTULADOS BASICOS DEL MODELO SISTEMICO

Podríamos decir sin temor a equivocarnos que la mayoría de los


clínicos /teóricos
sistémicos sustentan como ciertos los siguientes
postulados:

Toda Conducta Problema es Metafórica

En otras palabras, si un niño desarrolla una urticaria, una ano-


rexia nervosa, o un tic nervioso, lo que ello implica es que el niño
ha desarrollado dicho problema con un motivo ulterior o no apa·
rente. Por ejemplo, en un matrimonio en donde la esposa y el esposo
se enfrascan en serias discusiones, el niño puede desarrollar ataques
psicomotores. Dichos ataques no representan una disfunción indio
vidual en el niño, sino que son conceptualizados como Un medio
de expresión por el cual el niño desvía el conflicto de sus padres en
él. Ligado a todo este proceso está el concepto de homeostasis en
donde se postula que el síntoma del niño traerá un estado de equi-
librio en la familia al encubrirse el disturbio familiar (Jacobson y
Bussod, 1983).
Por lo que todo problema o desorden en algún miembro de la
familia será visto como una metáfora. Haley (1976), por ejemplo,
detalla en unas 40 páginas el caso de un niño con una fobia a los
perros en la cual él asume que "la evitación a los perros por parte
del niño tiene una función en la familia" (p. 227). Como bien apun·
ta Nichols (1984): "Los teóricos de comunicación (sistémicos) creen
que los síntomas de las personas están repletos de significado -los
cuales funcionan como mensajes- controlando así a los otros miem-
bros de la familia" (p. 529).
Todo problema es definido como uno que envuelve por lo me-
nos a dos y usualmente (J¡ tres personas (Madanes, 1981. p. 22).
Los autores sistémicos simplemente no creen que las personas
desarrollan patrones desadaptativos individuales. Como explica Ni-
chols (1984): "Los problemas individuales son vistos como maniíes-
TERAPIA SISTEMICA DE FAMILIA 45

taciones de un disturbio familiar, y los síntomas son vistos como


comunicativos" (p. 431). Bross y Benjamin (1982) elaboran un poco
m.ás este punto: "La conducta individual desadaptatíva o desorde-
nada. .. es juzgada dentro de este modelo como una manifestación
de procesos interaccionales en los sistemas de familia... Son los
procesos de interacción en tales sistemas los responsables del desa-
rrollo y mantenimiento de conductas problemas... Concomitante-
mente, tales conductas pueden ser solamente comprendidas cuando
son analizadas dentro del contexto de reglas y prohibiciones familia-
res (p. 6, itálicas nuestras).
Una ayuda terapéutira efectiva implica la necesidad de rees-
tructurar el sistema familiar y/o modificar las transacciones entruel-
tas .en este.
El no hacer esto traerá en el cliente (o paciente) sustitución
de síntomas o recaídas innecesarias. Es por esto que los clínicos sis-
témicos rara vez trabajan directamente con la conducta problema.
Según éstos, lo indicado es cambiar o modificar las relaciones y co-
m.unicaciones existentes familiares. Si, por ejemplo, un niño de 12
años desarrolla una encopresis severa, seguramente es para desviar
algún conflicto familiar. La terapia indicada, según los sistémicos,
seria modificar la relación marital, y posiblemente, la relación de
los padres con el niño. Una vez modificado el sistema familiar, la
encopresis desaparecerá.

LA CRITICA SISTEMICA AL MODELO COMPORTAMENTAL

La terapia del comportamiento, históricamente ha estado enrai-


zada en enfoques individuales; esto es, la conducta problema de un
niño se tiende a ver como un desorden del niño y no de su familia.
Por lo tanto, si un niño o algún otro miembro de una familia desa-
rrolla algún desorden, el clínico comportamental usualmente enfo-
cará el problema como individual.
En los últimos diez años, sin embargo, este enfoque individua-
lista ha cambiado paulatinamente. Ya no es rara la lectura en don.
de se implementen técnicas conductuales a nivel familiar o en donde
se le pida al conjunto familiar su activa participación en la imple-
mentación de las mismas. Ejemplos fehacientes de esto los tenemos
en informes recientes con obsesivo-rompulsivos (Emmelkamp y Lan-
ge, 1983), agorafobia (jannoun, Mumby, Catalán y Gelder, 1980),
esquizofrenia (Falloon, Boyd y McGill, 1984», conflictos de identi-
dad sexual [Martínez-Tabcas, 1983), etc.
Pero dicha participación familiar dista aún bastante de un en-
foque' sistémico en donde el clínico mayormente se concentra en
transacciones familiares que supuestamente son las que generan ..,
46 MAR TINEZ TABOAS

mantienen el problema. Por lo que no es de sorprendernos que los


clínicos sistémicos critiquen severamente a los terapeutas comporta-
mentales de aplicarle a sus clientes técnicas que en sí no están ata-
cando la raíz central del problema. Las consecuencias. según ellos.
pueden ser serias: sustitución de síntomas o hasta recaídas.
Nichols (1984) sintetiza dicho sentir en las siguientes citas: ·'Los
terapeutas del comportamiento al restringir su énfasis a los síntomas
nos dan la clave para entender por qué. .. éstos no son muy exito-
sos en casos en donde los problemas de conducta de un niño funcio-
nan para estabilizar un matrimonio en conflicto. o en dónde las
riñas de una pareja los protegen de otras dificultades aún mayores"
(p. 580). Más aún: "Los terapeutas del comportamiento rara vez dan
tratamiento a un familia en conjunto. Por el contrario. llevan a su
oficina los subsistemas que consideran centrales. Desafortunadamen-
te. el acto de no incluir familias en tratamiento puede ser desas-
troso clínicamente" (p. 388).
Aunque algunos clínicos sistémicos utilizan con frecuencia téc-
nicas conductuales (Mínuchin, Rosman y Baker, 1978; Rosenberg
y Lindblad, 1976). la utilización de las mismas tiende a verse co-
mo auxiliar y de dudoso valor si no se cambian las estructuras o
patrones sistémicos familiares.

¿SE JUSTIFICAN DICHAS CRITICAS?

La impresión que podemos sacar de dichas críticas es que la


terapia conductual debería tener poco éxito terapéutico. en especial
en trastornos serios interpersonales tales como problemas de con-
ducta anti-social en los niños. dificultades sexuales-maritales y en la
agorafobia. La razón. tal como lo expone Gurman (1978) es clara:
" ... si el paciente mejora. entonces alguien en la familia (quizás;
digamos. el esposo) automáticamente empeorará a menos que los
otros miembros de la familia también sean tratados" (p. 524).
En esta sección de nuestro trabajo evaluaremos las conjeturas e
inferencias sistémicas a una abundante masa de datos empíricos que
precisamente guardan relevancia para la debida evaluación de las
aserciones sistémicas.
Niños con Conducta Desadaptativa " Anti-social
Hay un cúmulo impresionante de estudios longitudinales que
indican que la conducta extrema agresiva en los niños tiende a pro-
seguir en su adolescencia y. en menor grado. hasta su adultez (01-
weus, 1979; patterson. 1982; Robins, 1979; Rutter, 1980). La evi-
dencia también señala que hay una correlación significativa entre
dificultades maritales y conducta anti-social en algún hijo (Oltmanns,
Broderick y O'Leary, 1977; Porter y O'Leary, 1980). aunque esto no
siempre ha sido verificado (Griest, Forehand, Wel1s y McMahon.
TERAPIA SISTEMICA DE FAMILIA 47

1980). Además, aun en esos estudios en donde se ha hallado una


correlación positiva ésta tiende a ser débil, encontrándose que sólo
una tercera parte de los padres con hijos anti-sociales tenían a su vez
dificultades maritales.
Clínicos conductuales como Griest y WeIls (1983) han hecho én·
fasis en tres hipótesis para explicar dicha relación: 1) padres con
desajustes comportamentales (depresión, ansiedad) ejercen una in-
fluencia significativa en la ocurrencia de problemas en sus hijos; 2)
el desorden de conducta en el niño causa desajuste en el sistema fa-
miliar; 3) la relación se puede deber a un tercer factor (stress en
el ambiente) .
Terapeutas comportamentales de la talla de Forehand (1977)
y de Patterson (1982) han desarrollado independientemente un en-
trenamiento que se le explica a los padres de estos niños para que
implementen en el hogar una serie de técnicas conductuales depro-
bada efectividad. Los resultados de estos estudios son sumamente
relevantes y pertinentes para la evaluación crítica de las ideas sis-
témicas, debido a que los terapeutas del comportamiento enfocan y
modifican el problema del niño de una manera diferente a como lo
haría un clínico sistémico, que generalmente hace más hincapié en
las transacciones comunicativas del sistema familiar. Más aun, el
terapeuta comportamental va a modificar directamente la conducta
anti-social del niño, usualmente con la ayuda de sus padres y maes-
tros, por creer que esa es precisamente la parte cardinal del pro-
blema; para un clínico sistémico esa sería una solución simplista ya
que la conducta del niño vendría a ser una metáfora de algo mucho
más complejo.
Por lo que los clínicos sistémicos podrían hacer unas prediccio-
nes bastante claras sobre el resultado de una terapia conductual: re-
caída, psicosis en algún otro familiar, empeoramiento de dificulta-
des maritales, etc. Pero, ¿qué nos indica la evidencia?
Primero que nada veamos el efecto de un entrenamiento con-
ductual en el niño: Los estudios de Forehand y colaboradores (Fore-
hand, 1977; Forehand y Atkenson, 1977; Forehand y McMahon, 1981;
Forehand, Wells y Griest, 1980; Griest y Wells, 1983) han sido con-
sistentes en demostrar mejorías clínicas marcadas en la mayoría de
los niños tratados por problemas severos de conducta. Esto ha sido
verificado utilizando diversas medidas tales como observaciones con-
ductuales y reportes de padres y maestros (Atkenson y Forehand,
1978). Adicional a esto, seguimientos de hasta tres años indican que
1!lSmejorías tienden a mantenerse (Forehand, Steffe, Furey y Wa-
lley, 1983). No hay recaídas ni sustitución de síntomas.
Patterson y colaboradores (Patterson, 1974; Patterson, Chamber-
lain y Reíd, 1982; Reíd, Taplin y Lorber, 1981) han tratado a más
._---,-"'-_.-------------------------------

48 MARTINEZ T ABOAS

de 250 familias en donde los padres no han podido controlar la


extrema violencia o el problema de sus hijos. Patterson y Fleishman
(1979) en una revisión de literatura han documentado el hecho de
que' tanto su programa conductual como las replicaciones que el
mismo ha inspirado traen mejorías clínicas sustanciales en casi un
75% de los casos referidos.
Michelson y colaboradores (1983) completaron un estudio con-
trolado en donde se comparó la efectividad de técnicas comporta-
mentales (tales como modelaje, entrenamiento en habilidades so-
ciales, etc.) contra técnicas de consejería humanista en diversos ca-
sos de niños con problemas severos de ajuste social y con serios dé-
ficits en sus habilidades interpersonales. Los resultados no sólo in-
dicaron que la intervención conductual eliminó con más eficiencia
el desorden sino que además en un seguimiento de un año los sujetos
seguían en franca mejoría. Este último hallazgo cobra más interés
cuando nos enfrentamos con el hecho de que los sujetos en psicote-
rapia humanista perdieron las pocas mejorías logradas en el período
de seguimiento.
Finalmente, Blagg y Yule (1984) en un estudio controlado en
donde se comparó la terapia comportamental con otras dos psicote-
rapias no-conductuales en problemas de ausencia escolar crónica, se
volvió a confirmar la extrema efectividad de la modalidad conduc-
tual frente a las otras dos psicoterapias, las cuales prácticamente no
ayudaron en la solución del problema clínico.
Estudios como estos, tanto controlados como no controlados,
ofrecen apoyo empírico a la efectividad y durabilidad de interven-
ciones conductuales, aun en problemas cHnicos que generalmente
son juzgados como recalcitrantes (véase a Wells y Forehand, 1981,
para una abarcadora revisión de esta área). Este punto, a nuestro
juicio, guarda relevancia con el argumento que estamos analizando,
ya que si las afirmaciones de los autores sistémicos fueran rigurosa-
mente ciertas, entonces parecería que nos tendríamos que enfrentar
con una perspectiva mucho más desalentadora al evaluar la moda-
lidad conductual.
Pero, ¿qué tiende a suceder con los demás miembros de la fa-
milia? La evidencia indica que los efectos terapéuticos conductuales
usualmente crean unas condiciones más favorables de vida en el
ambiente familiar. Por ejemplo, Amold, Levine y Patterson (1975),
Horne y VanDyke (1983), Humphreys, Forehand, McMahon Y 'Ro-
berts (1976) Y Resíck, Forehand y McWorter (1976) han documen-
tado el hecho de que los hermanos del niño problema tienden a
comportarse mejor y a demostrar menos irritabilidad aun cuando
ellos no fueron intervenidos directamente. Asimismo, Horne y Van-
Dyke (1983), Forehand, WeUs y Griest (1980) y Patterson y Fle~
TERAPIA SISTEMICA DE FAMILIA 49

hmann (1979) apuntan que en muchos casos los padres de dichos


niños que al comienzo tenían depresión mental y ansiedad, tienden
a mejorar concomitantemente con éstos. A su vez, Karoly y Rosen-
thal (1977) en su interesante estudio documentaron que luego de la
implementación exitosa de un programa conductual, la cohesión fa-
miliar aumentó de manera notable.
Tangencial a ésto Gordon, Lerner y Keefe (1979), Y Peusner
(1982) luego de aplicarle un entrenamiento intensivo conductual
a niños anti-sociales, demostraron que ciertas conductas problemas
que no fueron tratadas directamente mejoraban a su vez. Por otro
lado, McMahon y Forehand (1983) han documentado, en una ex-
tensa revisión de literatura, la extrema satisfacción de la familia por
los programas conductuales luego de la aplicación de los mismos.
En las conclusiones discutiremos las implicaciones de estos
hallazgos.

Problemas Sexuales
Numerosas encuestas tanto entre hombres (Hite, 1981; Pietro-
pinto y Simenauer, 1977)como entre mujeres (Grosskopk, 1983; Hite,
1976) subrayan el hecho de que la sexualidad juega un papel im-
portante dentro de una buena relación marital. Innumerables es-
tudios confirman una y otra vez que en matrimonios en donde hay
poca satisfacción marital suele también haber poca satisfacción se·
xual (Gebhard, 1966; Schenk, Pfrang y Rausche, 1983). En adición
a ello, se ha hallado que un porciento considerable de personas con
severas disfunciones sexuales, tienen a su vez serias dificultades ma-
ritales (Chesny, Blakeney, Cole y Chan, 1981; Zimmer, 1983).
Afortunadamente, y gracias a la labor pionera de Wolpe (1958)
y de Masters y johnson (1970), muchas de dichas disfunciones pue.
den ser tratadas con relativa eficacia. Los datos recopilados apoyan
la efectividad de dichas técnicas, las cuales mayormente provienen
de un paradigna conductual (Arentewicz y Schmidt, 1983; Heíman
y LoPiccolo, 1983; Schover y LoPiccolo, 1982).
De primordial importancia clínica es el hallazgo de que conco-
mitante a la mejoría sexual, se reporta un mejor ajuste matrimonial
(Hartman, 1983; Hartman y Daly, 1983; Schover y LoPiccolo, 1982).
De igual manera O'Leary y Arias (1983) en su estudio de terapia
conductual marital, notan que otras dificultades no tratadas (sexua-
les) tendían a aminorarse a su vez.

Agorafobia
La agorafobia no sólo es una de las fobias más recalcitrantes
para modificar (Emmelkamp, 1982; Mathews, Gelder y Johnston,
1981) sino que en adición suelen presentarse serias disfunciones ín-
so MARTINEZ TABOAS

terpersonales (Thorpe y Burns, 1983). Milton y Hafner (1979) a


través de unos casos clínicos, han intentado darle credibilidad a la
idea de que una vez el agorafóbico mejora, su matrimonio se dete-
riorará. Por lo que el divorcio, la separación o hasta recaídas tota-
les serían la consecuencia en el tratamiento conductual de muchos
agorafóbicos.
Sin embargo, estudios clínicos controlados (Cobb, Mathews,
Child-Clarke y Blowers, 1984; Cobb, McDonald, Marks y Stern,
1980; Emmelkamp, 1980; O'Brien, Barlow y Last, 1982) no han con-
firmado tal relación. Por ejemplo, Cobb y colaboradores (1984) en-
contraron que en general el ajuste marital tiende a mejorar alelimi-
nar los 'síntomas agorafóbicos. Por su parte, O'Bríen y colaborado-
res (1982) concluyen su estudio señalando lo siguiente: "La mayoría
de los clientes (agorafóbicos) mostraron ganancias considerables en
su felicidad marital luego de completada la terapia conductual"
(p. ISO).
Finalmente, Barlow y Seidner (1983) analizando varios casos
con agorafóbicos adolescentes, encontraron que una mejoría en la
problemática agorafóbica traía concomitantemente una mejoría en
las relaciones familiares.

DISCUSION

La evidencia traida a colación en este trabajo ciertamente no


apoya las críticas que sobre el modelo conductual hacen ciertos auto-
res sistémicos. Tal y como hemos señalado, según muchos de los
clínicos sistémicos, un tratamiento "directo" o "lineal" como el con-
ductual no será suficiente para lograr unas mejorías clínicas mar-
cadas. O, en caso de que éstas se lograran, se propone entonces que
habría recaídas, o surgiría un nuevo problema en algún otro miem-
bro del sistema familiar.
La evidencia presentada sugiere una conclusión contraria. Una
terapia "lineal" como la conductual no sólo resulta marcadamente
efectiva sino que las mejorías tienden a morüenetse. Más aún, no
son pocos los casos en donde la mejoría de un miembro particular
de Ia familia produzca consigo unos efectos colaterales beneficiosos
para otros miembros del sistema.
Ciertamente, no esdífícil de imaginarnos que un niño con una
severa enuresis nocturna predisponga a sus padres a desarrollar ano
siedades y tensiones como consecuencia del problema. No sería na-
da extraño, pues, que una intervención que controle o elimine la
enuresis traiga consigo un alivio en los desajustes de sus padres. A
todo ello se añadirá que en adelante el niño establecerá una rela-
ción interpersonal más fructífera con sus padres. Eso; precisamente,
TERAPIA SISTEMICA DE FAMILIA 51
es 10 que se ha encontrado en el tratamiento conductual de la enure-
sis (Baker, 1969). Por lo que podríamos apoyar a Gurman (1976)
cuando señala: "Una disfunción individual no necesariamente tiene
que reflejar un conflicto interpersonal; de hecho, el funcionamiento
individual en ocasiones puede precipitar un conflicto interpersonal"
(p. 525).

A nuestro juicio ciertos autores sistémicos en ocasiones presen-


tan y apoyan ciertos procesos que más bien podrían ser tildados de
supuestos sin fundamento empírico. Esto es, se toman como definiti-
vos ciertos postulados teóricos que rara vez han sido sometidos al
análisis crítico y empírico. Tomemos como ejemplo la siguiente de-
claración de Stanton (1981), un influyente autor sistémico: "El te-
rapeuta no debe de concientizar a la familia del ciclo (disfuncional)
en el cual están envueltos, ya que esto usualmente crearía más re-
sistencia a cambiar" (p. 372). En otras palabras, se debería cambiar
el patrón familiar sin ofrecerle a los miembros de la familia retro-
alimentación de lo que les sucede.
Lo curioso de esta suposición es que mucha de la literatura como
portamental va en contra de la misma. La evidencia es consistente
en señalar el valor terapéutico de las instrucciones y la retroalimen-
tación en el cliente (Agras, 1972, Jacobson y Margolin, 1979). Por
lo que la aserción de Stanton (1981), al igual que otras ya exami-
nadas aquí, debe verse más bien como una inferencia con cierto
potencial de aplicabilidad en, quizás, algunos casos.
Es pertinente aclarar que no todos los clínicos sistémicos sos-
tienen con la misma convicción los postulados que hemos criticado
aquí. Por ejemplo, Bowen (1976), un clínico sistémico, usualmente
selecciona para la intervención clínica a sólo una pequeña parte del
sistema familiar. Bowen cree que los cambios logrados en alguna
parte del sistema -digamos, la esposa- van a "rebotar" a través
de todo un andamiaje, lo que causará cambios importantes en la es-
tructura familiar. Sin embargo, la posición de Bowen es más bien
"disidente", y es fuente de crítica por parte de otras escuelas sis-
témicas.
De hecho, la posición de algunos clínicos comportamentales, tao
les como Birchler y Spinks (1980), es que las terapias de aprendiza.
je social de cierta manera son "sistémicas". Al igual que Bowen
'(1976), éstos señalan que rara vez el clínico comportamental trabaja
en un vado en relación al sistema familiar. Es por ello por 10 cual
abundan reportes en la literatura conductual en donde la mejoría de
un miembro en la familia moviliza mejorías en otros a su vez. Pe-
ro, aunque esto parece ser cierto, no menos cierto es que la defini-
ción e inc1usividad que le dan la mayoría de los clínicos sistémicos
52 MARTINEZ TABOAS

a sus modelos, colocan al modelo. conductual con unas comunalida-


des marginales a lo sumo.
En resumen, parece patente que algunas ideas y postulados es-
bozados por ciertos autores sistémicos guardan poca consistencia con
una impresionante evidencia empírica. Es posible que la creencia
compartida por muchos autores sistémicos de que toda sintomato-
logía individual tiene un significado metafórico o comunicativo se
basa en una confusión entre consecuencias y [unciones. Sea esto cier-
to o no, sí tenemos que señalar que innumerables autores sistémi-
cos están presentando, con lo que aparenta ser una convicción inde-
bida, ciertas creencias clínicas que a la luz de lo discutido parecen
injustificadas.
Con este señalamiento no queremos desvirtuar en su totalidad
el valor potencial que guardan las escuelas sistémicas para el clí-
nico. Los volúmenes de Gurman y Kniskern (1981) y de Nichols
(1984) son elocuentes documentos qua parecen dejar pocas dudas
sobre la riqueza conceptual y la relativa efectividad de estas modali-
dades terapéuticas. Pero, y como tan sagazmente apunta Gurman
(1978), todo sistema terapéutico tiene sus "doctrinas sagradas", unas
con más fundamento que otras. En este trabajo hemos analizado al-
gunas de las "doctrinas sagradas" de ciertas escuelas sistémicas. El
resultado parece razonablemente claro: algunas de dichas "doctri-
nas" necesitan ser reevaluadas y reexaminadas COSade poder cua-
lificarlas, depurarlas y, de ser necesario, modificarlas sustancialmente.

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