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Estrategia

por Elvio E. Gandolfo*

Los días feriados o los domingos salía a la vereda y se entretenía con la corriente de
automóviles nuevos y brillantes que desfilaba por la avenida. Cabeceaba, saludando, y a
veces de una de las ventanillas se asomaba una cabeza y gritaba: "Adiós, don Lope".
A mediodía entraba a almorzar, haciendo un intervalo de media hora, que coincidía con
una falta casi total de coches sobre la avenida.
Por lo general asaba unos pedazos de carne sobre una pequeña parrilla de alambres
retorcidos que él mismo había construido el verano anterior.
Mientras masticaba pausadamente, deteniéndose a veces para tomar un trago de vino, se
entretenía imaginando las clases de comida que estarían tragando en el resto del pueblo,
las maneras de mascar de cada uno de los que lo saludaban por la mañana. Le hacía
gracia sobre todo imaginar al hijo del intendente, con aquel tic incontrolable que le
sacudía la mandíbula, desparramando a intervalos regulares una nube de migas o arroz o
pastas sobre la mesa inmaculada. Se reía solo en el patio, rodeado por las tres paredes de
adobe, y a veces, aún riéndose, perdía la mirada en el paisaje que enmarcaba el
rectángulo del fondo, abierto al campo en el que se veían cada vez más construcciones y
en el ángulo izquierdo, los autos o camiones lejanos que se deslizaban sobre la ruta, en
el invierno nítidos y brillantes como pequeños escarabajos y en el verano un poco
borroneados por la emanación titilante del alquitrán.
Cuando terminaba, entraba a la piecita que hacía de cocina y dormitorio y sacaba la
pava de un gran cajón de madera que había junto a la cama. Salía al patio y la ponía
sobre la parrilla. Mientras esperaba que el agua se calentara, caminaba hasta el
alambrado, se apoyaba en uno de los postes, y se hundía en la contemplación de los
autos y los camiones y los ómnibus, o, si era verano, en las trayectorias epilépticas de
las mariposas, murmurando a medida que las reconocía "una lechera, un relojito, una
reina amarilla.". El regocijo máximo era ver, sin que el bicho lo advirtiera, alguna
lagartija o liebre que, despreciando el pellejo, se hubiera cruzado desde el otro lado de
la ruta, donde solo había campos interminables.
De pronto salía de la abstracción y se apartaba del alambre, con movimientos mínimos,
que sin embargo concentraban una tensión desmedida a su alrededor, tan inmóvil había
estado hasta entonces.
Un par de niños acostumbraba jugar en el campito donde circulaban las mariposas:
cuando veían estos movimientos comentaban que ahí estaba despertándose don Lope. A
veces se acercaban al alambre y el viejo, sin moverse, los invitaba a comer algún pedazo
de carne sobrante, o a tomar mate.
Luego de salir de su inmovilidad se acercaba a la parrilla, pasaba de largo, entraba a la
pieza y sacaba del cajón de madera un paquete de yerba y un mate en forma de cuerno.
Volvía a pasar junto a la parrilla y entraba al baño, donde estaba la única canilla de la
casa. Allí lavaba parsimoniosamente el interior del cuerno, a veces haciendo visajes
frente al pequeño espejo, o mirándose los dientes y las encías. Si hacía mucho calor se
sacaba la camisa y se refrescaba un poco el cuerpo con agua. Levantaba la pava, recogía
de paso el banco de madera en el que se había sentado a comer, y abría la puerta que
daba a la avenida. Entrecerrando los ojos ante el resplandor del sol, se sentaba con el
cuerno en una mano y la pava junto a la alpargata, y se reclinaba contra la pared (volvió
a dormirse don Lope, decían los niños si llegaban a verlo).
Cuando oía pasar dos o tres autos seguidos y veía que la sombra de la pared se había
alargado, llegando casi hasta el borde de la calle, entraba, se ponía nuevamente la

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camisa, dejaba adentro el mate, la pava y el banquito y volvía a salir. Se apoyaba en el
mismo lugar, cabeceando a los conocidos.
Uno de sus entretenimientos era imaginar un gran choque, en el que el auto que pasaba
en ese momento, por alguna causa indefinida (un defecto en la dirección, un reventón, o
simplemente una explosión devastadora en el motor: no entendía mucho de mecánica),
se atravesaba en la ruta y el resto, sin verlo, iba incrustándose lentamente, a la misma
velocidad con que pasaban en el montón de hierro, formando poco a poco una gran
masa retorcida frente a su casa. No había odio en la idea, era como un chiste: se reía
hacia adentro mientras seguía cabeceando.
Cuando anochecía entraba y salía poco después con el saco puesto, caminando con un
lento balanceo, que le hacía demorar diez minutos para llegar al bar "Las dos estrellas".
Allí era saludado por los parroquianos, y el dueño le servía una copita de anís, que
engrosaba una cuenta religiosamente pagada a fin de cada mes. Se quedaba un rato,
jugando una partida por garbanzos, o dinero si era principio de mes, y volvía a caminar
con el mismo balanceo las cuadras de tierra hasta la casa. Entraba al dormitorio y
acomodaba el saco en una silla antigua que había junto a la cama. Salía al patio y
colgaba la parrilla de un clavo. Alzaba la chapa con las cenizas grasientas e iba hasta el
fondo, desparramándolas parejamente sobre las lechugas. Si era verano, se apoyaba en
el poste del alambrado y se entretenía en mirar las luces de los coches, los camiones y
los ómnibus sobre la ruta. A veces miraba el cielo durante cinco o diez minutos,
fijamente.
Cuando se aburría, alzaba la chapa y volvía al patio. La ponía bajo la parrilla y entraba
al dormitorio. Se desvestía lentamente, colocando el pantalón y la camisa sobre la silla
en la que ya descansaba el saco. Luego iba hasta el roperito que había a la derecha de la
cama y lo abría. Estaba repleto de revistas. Pilas desparejas que llegaban del piso al
techo. Dudaba un momento y al fin sacaba algún Patoruzú, o algún Mundo Deportivo,
de veinte años atrás. Se acostaba y los hojeaba cuidadosamente, deteniéndose a veces en
algún chiste que le gustaba particularmente, o en alguna foto de Osvaldo Suárez, o
Zatopek, o cualquier otro atleta de su época, cuando vivía su mujer y todos sus hijos
estaban en la casa, coleccionando el Patoruzú, El Gráfico o el Mundo Deportivo.
Cuando terminaba de leerla, o se cansaba, apagaba la luz y se dormía.
Como en verano dejaba la puerta abierta y en invierno la luz pasaba a través de los
vidrios sin postigos, se despertaba temprano, casi siempre antes de que el sol asomase
en el rectángulo del fondo.
Recogía la revista que había dejado caer al dormirse y la ubicaba en las pilas del ropero,
bien abajo, cosa de volver a leerla mucho después, cuando ya hubiera olvidado los
chistes y las fotos. Luego se ponía la camisa y el pantalón. Sacaba del cajón de madera
un pequeño calentador de alcohol y cebaba unos mates antes de irse.
Caminaba con el lento balanceo las siete cuadras de avenida, hasta llegar al paredón que
la cerraba. Allí doblaba hasta llegar a la plaza. La cruzaba saludando todas las mañanas
a las mismas dos o tres personas: el guardián, que en ese momento comenzaba a regar
los canteros, y uno o dos tipos encorvados y hoscos aún por el sueño, que sonreían al
verlo y le decían adiós.
Al llegar a la municipalidad, rodeaba el pulcro edificio de tejas hasta llegar a los fondos.
Abría la pequeña casilla de madera que se recostaba contra el alambrado y sacaba un
uniforme azul desteñido y una gorra de tela con visera negra. Lo hacía con calma,
dejando correr la vista sobre los árboles cercanos y el cielo, límpido a esa hora. Luego
sacaba el carrito de mano, que ya tenía adentro el escobillón y la pala.
Desde allí, la misma vereda de la municipalidad, comenzaba a barrer el pueblo, sin
olvidar una sola calle. Al mediodía paraba un par de horas en la fonda "Las hermanas".

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Dejaba estacionado el carrito junto al cordón y entraba a almorzar. Podía hacerlo en su
casa, pero nunca se le hubiera ocurrido: desde que había muerto su mujer, y sus hijos se
habían ido a vivir en las ciudades, prefería comer acompañado por dos o tres personas,
casi siempre las mismas. Como la fonda era uno de los dos únicos lugares donde se
podía almorzar en el pueblo, a menudo se agregaba algún corredor o viajante, cuya
conversación le resultaba tan entretenida como leer las revistas antes de dormirse.
Cuando terminaba el postre se sentaba en uno de los sillones del vestíbulo y dormitaba
una siesta corta. Cuando salía, empuñaba el carrito y se dirigía nuevamente a la
municipalidad. Allí descargaba la basura recogida en un depósito de chapa que vaciaban
una vez por semana. Luego se dedicaba a barrer, hasta cerca de las cinco de la tarde, las
calles del barrio tras las vías. Allí las casas eran viejas, y la gente más amable. Solían
pararse a conversar con él, sobre temas tan neutros y repetidos como el tiempo y las
enfermedades. Al fin volvía al pulcro edificio de tejas, abandonaba el carrito, los
implementos y el uniforme en la casilla de madera, y repetía el trayecto del amanecer
con su lento balanceo.
A la mañana pasaba con el carrito frente a las puertas del banco. Era un edifico nuevo,
construido por rigurosa necesidad, ya que el anterior, embestido por un ciclón, se había
partido de arriba abajo, volviéndose inhabitable. En verano su recorrido coincidía con la
hora en que el camión blindado descargaba las bolsas de dinero. A veces se detenía a
mirar a los dos o tres uniformados y a uno de los cajeros del banco, que controlaba con
una planilla, parado en mangas de camisa junto a la gruesa puerta blindada. Luego de
saludarlos seguía barriendo, doblando hacia la plaza al llegar a la esquina.
Casi siempre seguía pensando en las bolsas de dinero durante dos o tres cuadras. Y su
imaginación repetía siempre los mismo pasos: trataba de pensar fríamente que dentro de
aquellas cinco o seis bolsas enormes había nada más que billetes, y luego trataba de
calcular una suma, fijando distintos valores. "Si fueran billetes de mil, por ejemplo",
comenzaba. Pero siempre terminaba abandonando la cuenta, confundido. Y a veces
relacionaba las bolsas de billetes con las pilas de revistas viejas que llenaban el ropero.
Luego se olvidaba por completo del asunto, y seguía, rumbo a la fonda de las hermanas.
De vez en cuando lo visitaba alguno de sus dos hijos. Uno de ellos prefería dormir en el
hotel del centro. Cuando venía el otro corrían el ropero y sacaban de atrás un catre tijera
medio apolillado que ubicaban junto a la cama o si hacía mucho calor en el patio.
Al que vivía en el hotel la vida de don Lope le parecía aburrida, y algunas de las cosas
que hacía absurdas. Le proponía que se fuera a vivir con él a la ciudad, allí él y su mujer
lo atenderían bien. También le sugería que se decidiera a quemar las revistas del ropero,
en vez de poner la ropa sobre una silla y lo demás en el cajón de madera. Acostumbraba
quedarse poco.
El otro estudiaba y todavía no se había casado. Se había ido hacía más de diez años,
pero aún seguía a media carrera.Tanto él como el padre acostumbraban hablar del
estudio como de algo eterno; algunos se dedicaban a pintar o a escribir toda la vida, él
estudiaba. A la noche, una vez que comían un asado o volvían de la fonda, se quedaban
horas conversando en voz baja, tanto que a veces don Lope casi unía el fin de la
conversación con la salida hacia el municipio. Cuando volvía encontraba al hijo
hojeando alguna de las revistas del ropero o parado en la puerta, esperándolo con el
mate de cuerno en la mano, cruzado de brazos. Cuando más solía venir era en verano, a
veces a quedarse una o dos semanas.
Su hijo partió a la madrugada, prometiéndole volver pronto. El viejo le había preparado
un par de sandwiches. El viaje hasta la ciudad era largo. Se dieron un abrazo corto
mientras el ómnibus frenaba. Don Lope vio cómo tomaba la curva para entrar en la ruta.
Después comenzó a caminar por la avenida.

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Estuvo barriendo las calles prolijamente. Cuando llegó al banco, estaban descargando
las bolsas. Mientras se iba acercando, los tres uniformados y el cajero entraron en la
fresca penumbra del banco. El camión blindado parecía abandonado sobre la vereda,
con la puerta abierta y tres o cuatro bolsas apoyadas contra el cordón. La cuadra estaba
perfectamente limpia y decidió seguir sin barrerla. Cuando pasó junto al camión alzó
una de las bolsas y la metió en el carrito. Siguió caminando con lentitud. Cuando dobló
hacia la plaza los uniformados y el cajero aún no habían salido. Ahora no se ocupó en
imaginar cuánto tendrían las bolsas. Se concentró en la que había en el carrito. No sabía
por qué lo había hecho, pero lo divertía. Se iba riendo para adentro, hasta que llegó a la
fonda. Antes de entrar removió un poco la basura con la pala, para que tapara la bolsa.
Mientras dormitaba en uno de los sillones, acunado por la voz grave y solemne de un
viajante de comercio que conversaba con una de las hermanas, entró el comisario. Lo
despertó y le preguntó si había visto algo raro al pasar por el banco a mediodía, si había
alguien además de los uniformados y el cajero. Le contestó que no, que ni ellos estaban,
que eso le había extrañado, porque era un peligro dejar toda esa plata en la calle. El
comisario estuvo de acuerdo. Después lo miró fijo, lo saludó y se fue.
Antes de descargar la basura en el depósito de chapa, paró el carrito junto a la casilla de
madera y metió la bolsa adentro, entre los picos y las palas. Barrió las calles del barrio
viejo hasta las cinco.
Al otro día se vino con el bolso viejo y grande, con el que acostumbraba comprar carne
y verduras. Barrió calles hasta el mediodía, descargó la basura, y a la tarde volvió a la
casa con el bolso. Se hizo un asadito, desparramó las cenizas sobre las lechugas y leyó
un Mundo Deportivo antes de apagar la luz.
Un mes más tarde caminó balanceándose hasta el bar "Las dos estrellas", con el bolso a
cuestas. El comisario había venido a la casa dos o tres veces a hacerle una cantidad
interminable de preguntas acerca del día en que había pasado por el banco y no había ni
uniformados ni cajero al lado del camión blindado. Don Lope le cebaba un mate tras
otro en el cuerno, mientras entrecerraba los ojos, como recordando, y volvía a repetir
exactamente lo que había visto.
En el bar jugó dos partidas por doscientos pesos y ganó. Luego de tomar la copita de
anís se levantó y saludó a los parroquianos. Algunos bromearon sobre el tamaño del
bolso, como siempre que lo llevaba al bar.
Al salir tomó por el rumbo contrario al de la casa. Cortó camino por dos baldíos y al fin
llegó a la laguna. Era chica, pero decían que sin fondo. Uno sólo podía bañarse en los
bordes. Más que bañarse revolcarse en el barro, con el riesgo de clavarse un vidrio o una
lata, porque la gente de los alrededores descargaba basura en las orillas, confiando en la
falta de fondo.
No había luna y el silencio era total. Don Lope sacó la bolsa, dejando el bolso vacío a
un lado. La revoleó dos o tres veces sobre la cabeza y la soltó. El bulto describió un
círculo y cayó en el centro de la laguna, levantando una pequeña columna de agua
negra.
Cuando entró a la pieza estaba demasiado cansado como para leer. Apagó la luz sin abrir
la puerta del ropero.
A las dos semanas vino el comisario. Don Lope lo notó nervioso. Además sabía que
afuera estaba Lucio, un agente delgado y morocho, que siempre lo saludaba cuando
pasaba barriendo frente a la comisaría. Cuando el comisario, devolviéndole el cuerno,
empezó a tartamudear y dar vueltas, le dijo que si había venido a revisar él no tenía
ningún problema; es más, la policía nunca le había registrado la casa: iba a ser algo
interesante para contarle al hijo, cuando viniera, en la semana entrante. Hizo algunas
bromas más, hasta que el comisario se sintió totalmente aliviado. Llamó a Lucio y

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dieron un vistazo general. Abrieron el ropero, intercambiando comentarios acerca de las
revistas con don Lope. Todo les llevó menos de diez minutos, porque lo que había en la
pieza era la cama, un par de sillas, el ropero, el cajón de madera y el catre tijera atrás del
ropero. Después se asomaron al baño y dieron una vuelta por la quinta. Se movían con
rapidez, sin ganas. Al fin le dijeron que estaba bien, era una simple formalidad para
añadir al expediente. Don Lope comprendía perfectamente. Tomaron unos mates más y
se fueron.
El domingo a la mañana se apoyó en la pared, cabeceando a los conocidos que se
asomaban por las ventanillas de los coches y lo saludaban. Imaginó el choque y se rió
para adentro. Al mediodía preparó la parrilla y se refrescó la cara. No hacía demasiado
calor. El verano estaba terminando y sólo había una que otra mariposa volando en el
campo encuadrado por el alambre del fondo. Los niños pasaron a unos veinte metros y
lo saludaron con las manos en alto, mostrándole dos ranas gigantescas que habían
cazado y que brillaban al sol.
Se entretuvo imaginando la bolsa cayendo en el agua negra, y en cómo se habrían
podrido los billetes después, lentamente, quizá mordisqueados por los peces. A lo mejor
la laguna era realmente sin fondo, y la bolsa seguía cayendo, o iba a parar al mar, por
más lejos que estuviera. De alguna manera la idea de todo ese dinero desperdiciado le
hacía gracia. Se reía para adentro mientras hacía visajes frente al espejo del baño,
lavando el cuerno para prepararse unos mates.

*Elvio Gandolfo nació en 1947 en San Rafael, Mendoza. Es narrador y periodista.


Escribió, entre otras obras, La reina de las nieves (cuentos), Boomerang (novela) y
Ferrocarriles Argentinos (cuentos). A este último libro pertenece "Estrategia".

El precio del amor


Por Ricardo Piglia*

Entró en el zaguán bajo la suave claridad del atardecer: imperturbable, de sombrero, un


poco ridículo y como disfrazado, esforzándose en parecer más viejo o más seguro,
menos frágil con sus veintidós años recién cumplidos y el paquetito envuelto en papel
de seda. Reconoció el olor a humedad y a madera quemada que bajaba por el pozo de
aire, una neblina pálida, invisible, que siempre asociaba con la piel de Adela. Se miró la
cara en el espejo del ascensor, satisfecho, y después bajó, lento y oscuro, repasando lo
que había preparado para decir cuando le abrieran. Tardaron un rato en contestar y él
siguió inmóvil, de perfil a la puerta del departamento, ensayando un gesto humilde,
temeroso de que si trataba de insistir ya no lo recibieran. Del otro lado llegaba un
quejido apenas perceptible, como si alguien rezara en voz baja o llorara bajo el agua.
"Parece una gata que maúlla", pensó él, "una gata con cría". Volvió a llamar y después
de un rato la puerta se entreabrió. En el umbral una nena que no debía tener más de seis
años lo miraba inclinando la cabeza hacia un lado en un ademán tímido que la hacía
parecer un pájaro. Llevaba trencitas y anteojos sin aro de mucho aumento, que le daban
una expresión adulta, concentrada. Él se agachó hasta quedar a la altura de la chica.
-¿Cómo te va? -le dijo-. ¿Eh? Lucía.
La nena lo siguió mirando en silencio, distante, ajena.
-Mamá no está -dijo, por fin, como si recitara-.Y yo no puedo abrir la puerta a los
desconocidos.
-¡Pero cómo no te acordás de mí! ¿No te acordás de Esteban?

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La chica negó con la cabeza y se quedó quieta contra el reflejo del sol que brillaba en el
fondo del pasillo. "La misma cara pero avejentada", pensó él, "como si la hija
envejeciera en lugar de la madre".
-Estaba jugando con él -dijo la chica de pronto, y le mostró un muñeco de goma.
-Lindo.
-No. Lindo no es, lo que tiene que flota.
-No me digas.
-En la bañadera, lo pongo y flota.
-Así que lo ponés en la bañadera y flota -dijo él y se sintió un poco idiota hablando con
la chica ahí abajo. Ella lo miraba de frente ahora, los ojos muy pálidos, la mirada
agradecida y turbia de los miopes detrás del cristal de los anteojos.
-¿Y vos quién sos? -dijo después.
-Te dije. Soy Esteban. ¿Cómo no te acordás de mí?
La chica se acomodó los lentes y se tocó la cara, suave, con la yema de los dedos.
-¿Sabés cómo se llama él? -dijo mostrando el muñeco-. Se llama Oscar.
-Muy bien. Ahora escuchame: ¿te dijo Adela dónde iba?
-Ella no va a volver.
-¿Por qué no va a volver?
-Siempre se va y después no viene.
"Está adentro. Está encamada con un tipo", pensó él, y sintió una especie de alegría,
como si eso hubiera sido lo que había venido a buscar. "Ella con un tipo y la nena
jugando con agua".
-Bueno -dijo-. Voy a entrar, voy a esperarla.
La chica apretó el muñeco contra el cuerpo y pareció que iba a largarse a llorar, pero se
movió hacia un costado dejando libre la puerta.
Adentro la luz de la tarde se aquietaba contra las cortinas de tela cruz. Todo seguía
igual, las cosas en el lugar de siempre, pero no había rastros de Adela. "Mujeres", pensó,
tratando de darse ánimo. "Sucias, abiertas. Se desangran y lloran. Mujeres", pensó él,
como si estuviera soñando. Buscó un sillón y se acomodó en medio del cuarto, el
sombrero apoyado en las rodillas, cubriendo el paquetito color rosa. La chica se había
sentado enfrente, en una silla baja y acunaba al muñeco. "Parece una sonámbula", pensó
él sin emoción, "una versión en miniatura de la mujer que habrá de ser.Tonta, miope,
desencantada".
-¿Vos eras un novio de mamá?
-Sí -dijo él-. ¿Te acordás ahora?
-Me parecía -dijo la chica, y le sonrió, tímida, sosegada.
Él prendió un cigarrillo y decidió que iba a quedarse. No tenía a dónde ir, en el fondo
todo le daba lo mismo. "Esperar acá, esperar en otro lado".
-Sabés -dijo la chica de pronto-, yo sé cantar canciones.
-¿No me digas?
-¿Querés ver? -dijo ella, y se acomodó los lentes antes de empezar a cantar en voz baja
y serena, siempre con el mismo rostro indiferente:
"Oh Madre, madre mía
oh consuelo del altar
amparadme y guiadme
hacia el mundo celestial",
cantó la chica, rígida en la silla, y después se detuvo, bruscamente.
-Muy bien -dijo él-. Bárbaro como cantás. ¿Quién te enseñó?
-Adela -dijo la chica, y volvió a quedarse callada.

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El rumor de la ciudad llegaba sordamente por la ventana como una respiración, un
jadeo. Esteban sintió que el olor de ese lugar lo ponía triste. Era un olor dulce, a jugo de
naranja, a tierra húmeda, que lo obligaba a pensar en su infancia, en los viajes en tren a
Bolívar, sentado en el vagón comedor. La chica se había bajado de la silla y jugaba en
un rincón. Él la sentía murmurar y reírse, hablando sola. Se levantó y caminó hacia la
ventana. Desde ahí se veían los techos y las azoteas de Buenos Aires. Chapas,
esqueletos de cajones, antenas de televisión. "Ciudad de mierda", pensó él, "sucia,
arruinada".
Cuando volvió a mirar hacia adentro la chica estaba agazapada en un rincón y parecía
olfatear el aire, la cara alzada hacia el ruido que hacían los tacos de la mujer en las
baldosas del pasillo: "Ahí está", pensó él, endurecido, desafiante. "Ahí está ella" y trató
de encontrar una frase para recibirla: "Soy yo. Soy Esteban, estaba cerca y quise verte.
Estaba cerca, pasaba, tuve ganas de verte", pensó él, como quien reza, mientras la mujer
abría la puerta y su figura alta y suave se recortaba contra el último resplandor de la
tarde.
-Corazón -dijo Adela, levantando a la nena -. ¿Qué dice mi hermosura?
-Está un señor -dijo la chica, y Adela buscó en el fondo de la pieza, encandilada, la
figura del hombre que sonreía, borroso, rígido.
-Esteban -dijo ella, turbada-. Querido.
-Pasaba. Vine a verte -dijo él-. La chica estaba sola y yo...
-Pero sí, claro. Dejame que reaccione. Dios mío, mirá cómo me encontrás. Pero sentate,
no te quedes así, sentate, por favor.
-Pasaba -se empecinó él-. Me dieron ganas de verte.
-Mamá -dijo la chica-, ¿es tu novio?
-Es Esteban -dijo ella-. Esteban. Pero vení, Dios mío, cómo te has puesto. Se pasa la
vida jugando con el agua. Esperame un minuto, un minuto y ya estoy.
Esteban la miró abrazar a la nena y pasar al otro cuarto, atropellada y un poco culpable,
como siempre que trataba con su hija. Después sintió que hablaban, escuchó ruido de
papeles, ruido de agua en las cañerías y se quedó quieto, sin pensar, hasta que Adela
reapareció, sonriendo, un tenue brillo de recelo en los ojos húmedos. Se había retocado
la cara; las finas arrugas que marcaban su piel le daban una expresión fatigada, turbia.
-Estás igual -dijo él-. Todo está igual.
-Salí. No me hables. Vieras lo que fue hoy -dijo ella-. De un lado a otro todo el santo
día.
Se miraron sin hablar, disueltos en la líquida claridad del cuarto.
-Es tan raro -dijo ella, y trató de sonreír-. No sé qué decirte.
-¿Raro? ¿Qué?
-No sé. Que hayas venido, que yo llegue y vos... Pero no me hagas caso.
-Pasaba, ya te digo -dijo él, y se movió, apenas, hacia un lado-. Te traje esto -dijo, y
empezó a desenvolver el paquete con cuidado, tratando de no arruinar el papel
transparente con florcitas de colores-. Es perfume. Te traje perfume. ¿Te gusta?
"Es tan ridículo, Dios mío. Me trae perfume", pensó ella. "Tan hermoso. Me hace sentir
tan vieja".
-¿No lo abrís? -dijo él-. Abrilo. ¿No lo querés? Si no te gusta te lo puedo cambiar.
-No. Sí. Gracias -dijo ella, y se obligó a sentir el perfume vulgar y a emocionarse.
-Es importado -dijo él-. Consigo perfume de contrabando. Todo el que quiero.
-¿En serio?
-Tengo un amigo en la aduana -dijo él, siempre serio y solemne-. Consigo lo que quiero:
perfume, ropa fina. Cualquier cosa de esas que quieras no tenés más que decirme.

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Ella lo miró alzando, ávida, el rostro agudo y pálido, tratando de parecer dichosa,
humilde.
-Me alegra tanto que viniste. Todo este tiempo, siempre pensando, vieras. Primero me
enteré que estabas viviendo con Adolfo, si serás loco, vivir con ése. Solo a vos se te
ocurre. Lo encontré un día, ¿no te dijo?
-Viví, sí, en la casa de él, un tiempo. Al final me harté: todo el día hinchando con la
política. Es un samaritano, un tipo del Ejército de Salvación. Ahora estoy en un hotel.
-Yo estuve por ir a verte, ¿sabés? ¿No te dijo Adolfo? Te quiero decir, mirá: yo fui tan
mala, ese día. Quiero pedirte disculpas, Esteban. Estaba tan nerviosa, fui injusta con
vos, estaba como loca.
-Está bien -dijo él-. No es la primera vez que me echan de algún lado.
-No -dijo ella, la cabeza gacha, jugando con las perlas del collar-. Vos vieras, querido.
Yo me sentía...
-Ya sé -la cortó él-. No te hagas mala sangre.
-Es que tengo que decirte, quiero que sepas: estaba como loca, yo, nerviosa,
neurasténica.
-Está bien -dijo él-. ¿Por qué no hacés un poco de café?
-Pero sí. Mirá, ves cómo soy. Te tengo ahí pobre querido. Te traigo algo de comer.
¿Querés comer algo? ¿Con el café?
Él se quedó mirando la figura delgada, elegante, de Adela, enfundada en el vestido azul:
el brillo azulado de la carne de la mujer que caminaba, taconeando, hacia la cocina.
Desde el otro cuarto llegaba la risa sofocada de la nena que jugaba, hablando sola.
-Esta nena es una santa, ¿vos viste? -dijo ella, volteando la cara desde la cocina-. Vieras
cómo se queda solita, vieras cómo me hace compañía.
Sin motivo, como queriendo prepararla para lo que vendría, él se obligó a mentir.
-Me conoció perfectamente, apenas me vio, tu hija. Se acordaba de una vez que la llevé
al zoológico.
-Pero, claro, ¿cómo no se va a acordar? Desde que te fuiste no hace más que hablar de
vos.
"Bien", pensó él. "Empezamos los juegos, ella y yo".
-Pero qué hiciste todo este tiempo -dijo ella, entrando con la bandeja y sin mirarlo-.
Decime. ¿Qué habrás hecho? Salvaje.
-De todo un poco.
-Te mataría, mirá. Sos un salvaje -dijo ella acomodando las tazas en la mesita baja-.
Tengo strudel. ¿Te gusta el strudel?
-Sí, claro -dijo él, y empezó a comer, inclinado, tirando el cuerpo hacia adelante-.Te vi,
un día. Ibas con un tipo. ¿Vos no me viste a mí?
-No -dijo ella-. ¿Cuándo?
-Raro. Ibas por Suipacha, con el tipo. Raro que no me hayas visto. Llevabas un vestido
rojo, parecías de lo más feliz. No sé por qué pensé que el tipo era brasilero.
-¿Brasilero? Qué loco sos. No. Seguro era, ya me acuerdo, seguro era el amigo de
Patricia que...
-No sé por qué pensé que el tipo era brasilero -la interrumpió él-. Uno tiene esas cosas,
¿no? Por la manera de caminar, supongo.
-Ya te digo, era un amigo de Patricia, iríamos a la casa de ella. Pero, ¿qué importa eso
ahora? No importa nada. Ahora viniste, estás acá, soy tan feliz. Yo nunca me hubiera
atrevido a buscarte. Me conocés, sabés cómo soy. Nunca me hubiera atrevido y sin
embargo desde ese día, no me vas a creer, estaba segura que ibas a volver. Nos íbamos a
encontrar para hablar, para que yo pudiera decirte, Esteban, querido -dijo ella, y pareció
que la piel se le agrietaba, disuelta en la piedad que sentía por sí misma-.Te he

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extrañado tanto. Estaba loca, como vacía. Nunca vas a saber -dijo ella, y se inclinó tan
cerca que Esteban alcanzó a sentir el perfume dulce que desprendía la piel de la mujer.
Era un perfume como una niebla turbia que lo entristecía y lo decidió, por fin, a
empezar a decirle para qué había venido.
-Sí, claro. Pero yo, sabés -dijo él sin poder mirarla-. Quiero decirte, vine a despedirme.
Me vuelvo a Bolívar.
-Dios mío -dijo ella-. Estás loco.
-¿Por qué? Quiero cambiar de aire. Mi viejo me va a poner al frente del negocio.
Porvenir asegurado -dijo él-. Buenos Aires no es para mí. Mientras estaba con vos no
me daba cuenta. Claro, como vos me mantenías.
-Esteban, por favor.Te dije que ese día, te dije que yo...
-No. Si tenés razón. Sos una mujer práctica. Tus cosas siempre van a ir bien. Vos te
arreglás.
-Me acostumbro, querrás decir.
-Puede ser. Pero yo no, ves. Nunca me acostumbro, nunca me voy a acostumbrar a nada.
Los que hacen eso es como si estuvieran muertos.
Ella buscó un cigarrillo y lo encendió, agazapada, tratando de disimular la mano que
temblaba.
-¿Y por qué te volvés, si se puede saber?
-Porque uno piensa las cosas de un modo y después todo sale distinto. Parecía fácil
¿no?, cuando recién llegué. Me acuerdo y me mato de risa. Me iba a llevar el mundo por
delante, fijate vos, y ahí tenés -Se detuvo como si no pudiera respirar-. En esta ciudad
de mierda, ¿te das cuenta? Uno llega, piensa que lo están esperando. Cuando quiere
acordarse está perdido, triturado. La oscuridad iba llegando de a poco; en la ventana la
ciudad era una mole gris.
-¿Y cuándo te pensás ir?
-No sé todavía. Mañana, pasado. Lo peor va a ser cuando llegue. Hay cada hijo de puta
en los pueblos, no te imaginás. Cada uno que se vuelve hacen una fiesta.
Adela trató de calmarse y fumó quieta, el humo nublándole la cara.
-¿Qué pensás? -dijo él.
-Nada. Estoy tratando de entender.
-A la larga va a ser mejor -dijo él, y se levantó. Caminó hasta la ventana. Al fondo el río
era una mancha sucia-. Todavía tenés la estatua -dijo él, y la alzó con las dos manos. Era
una figura de plata. La imagen de una virgen con rostro de pájaro-. El Cuzco.
Trescientos años. Nunca me gustó esta estatua, te voy a confesar. Demasiado cara para
ser un adorno. Siempre pensé que vos eras como esta estatua: demasiado fina para mí.
Ella siguió quieta, las manos flojas; lo miró acomodar suavemente la imagen en la
repisa y volver al sillón.
-Gran cara de turro el tipo que iba con vos, la verdad -dijo él-. Te gusta coleccionar. A
los hombres, quiero decir.
-No seas tonto.
-Si es lo que hacés.
-Bueno, ¿y qué?
-Nada -dijo él.
Se había sentado otra vez y miraba el piso, un lugar en el piso, concentrado, rencoroso.
-Tonto -dijo ella-. Sos tan tonto.
Tendió la mano y le rozó la cara con la yema de los dedos. Él la miró de frente,
indeciso, como sin verla.
-¿Qué nos habrá pasado a nosotros, Adela?
-¿Quién sabe? -dijo ella.

9
-Siempre me acuerdo cuando llegaste de Chile. Me acuerdo de eso, no sé por qué.
Estabas tan hermosa. Nos íbamos a querer toda la vida.
-Sí -dijo ella-. Nos íbamos a querer toda la vida.
-Me trajiste una botella de pisco, ¿te acordás?, cuando viniste de Chile -dijo él-. Nunca
vas a saber cómo te quería. Me quería casar con vos para que no pudieras dejarme, mirá
si seré pelotudo.
-No -dijo ella-. Querido.
-Estoy tan jodido -dijo él, y hundió la cara en el cuerpo de la mujer.
-Hermoso -dijo ella, y lo abrazó-. Mi chiquito.
Él se había recostado en el sofá y la acariciaba, los ojos cerrados, la cara tensa. Ella
sentía las manos de él contra su cuerpo, rozándole los muslos, el cruce de los muslos, y
se dejaba hacer, húmeda, abierta.
-Viste el perfume que te traje. Consigo todo el que quiero -dijo él de pronto, sin dejar de
acariciarla.
-Sí -dijo ella-. Sí.
-Pensaba, con eso puedo salir a flote. El tipo que te dije, el tipo de la aduana, me dice
que teniendo el efectivo puedo ponerme por mi cuenta.
-Por favor -dijo ella-. No hablés ahora, esperá, no hablés, por favor.
-Todo lo que necesito, a lo sumo son cien mil pesos. Ella se sintió floja. Disuelta. Sintió
que se ahogaba.
-No -dijo-. No. Soltame -dijo ella.
-¿Qué hacés? -dijo él-. ¿Qué pasa?
Adela estaba parada frente a él, un leve temblor en la piel de los párpados.
-¿Cuánto necesitás? ¿Cuánta plata querés? -dijo-. Yo te la doy. Te venís acá, yo te doy la
plata. ¿Está bien?
-Pero ¿qué pasa? -dijo él, mal sentado en el sofá y trató de sonreír-. ¿Estás loca?
-Viniste a eso, ¿no? Te traés todo, te doy la plata. Esteban se levantó, despacio, hasta
quedar de cara a la mujer.
-¿Por qué me humillás? -dijo.
-¿Quién? -dijo ella-. ¿Quién?
-Vos. ¿Por qué me humillás? ¿Qué estás buscando? ¿Por qué me humillás? Querés
verme tirado, arrodillado. ¿Eso querés? -dijo él, y se arrodilló a los pies de la mujer-.
Ahí está -dijo-. Bien. La señora es una señora. Tiene sentido práctico, es orgullosa, tiene
sentido de la oportunidad. La señora -dijo él.
-Levantate, por favor. No seas ridículo.
-¿Ridículo? Claro que soy ridículo. Ridículo. ¿Y? ¿Con eso?
-No sigas. No arruines todo.
-Claro que arruino todo. No tengo salida, no tengo adónde ir, ¡para vos es fácil!
La chica se había recostado contra el marco de la puerta y los miraba.
-Esteban, la nena -dijo Adela-. Te pido que...
Él buscó la cara de la chica y le sonrió; después abrió los brazos y empezó a cantar:
"Oh María, madre mía
oh consuelo del altar
amparadme y guiadme
hacia el mundo celestial".
La nena le sonreía, el rostro suavizado, apretando el muñeco contra el cuerpo, mientras
Adela la abrazaba para alzarla.
-Va a ser como vos -dijo él-. Igual que vos: miope, tonta.
-Andate -dijo ella-. Te vas.
-Está bien -dijo él, y empezó a levantarse-.Tenés razón.

10
En la otra pieza, el aire todavía era claro y transparente, luminoso contra las paredes
blancas.
-¿Qué le pasa? -dice Lucía.
-Nada -dice Adela-. No te preocupes.
Arrodillada, le acomoda el pelo, le pasa la mano por la cara, tratando de no llorar. Desde
ahí, como envuelto en una bruma, lejano en la penumbra del otro cuarto, ve a Esteban
que esconde, torpemente, la estatua de plata bajo el abrigo.
-¿Por qué cantaba? -dice la nena.
-No importa -dice Adela, y la abraza-. No importa, mi querida. Mamá ya viene.
Cuando sale, él sigue en el mismo lugar, con el sobretodo abrochado, el sombrero en la
mano, un brazo apretado contra el cuerpo.
-¿Te vas? -dice ella.
-Me voy -dice él.
Adela lo mira acomodarse, con una mano, el ala del sombrero y caminar despacio hacia
la puerta.
-Esteban -dice.
Él se da vuelta, pálido, tenso.
-Me das tanta pena -dice ella.
-Sí -dice él-. Sí. Ya sé.
Ella mira la puerta que se cierra y sigue quieta, las manos flojas. Del otro lado de la
ventana ya es noche cerrada: las luces de la ciudad arden, suaves, en la oscuridad.
-¿Se fue? -dice la chica.
-Sí. Se fue -dice Adela-. Pero va a volver. Mañana va a volver.

* Ricardo Piglia nació en Adrogué, provincia de Buenos Aires, en 1941. Narrador,


crítico y docente, publicó Nombre Falso (1975, al que pertenece el cuento "El precio del
amor") y las novelas Respiración artificial (1980), La ciudad ausente (1992) y Plata
Quemada (1997), entre otras obras.

Las doce a Bragado


por Haroldo Conti*

(A mi tío Agustín, por si algún día para de andar y alcanza a leerlo)


Bien, ahora mismo, desde este invierno que empapa el pavimento y las paredes y las
ropas y el alma, si tenemos, lo que sea, esa finita tristeza que se enrosca por dentro
como una madreselva y en días así, justo, asoma sus floridas puntas por las orejas y la
nariz y los ojos, en días así, digo, cierro los ojos y veo ese largo camino polvoriento del
verano que se extiende hasta el horizonte como un río seco bajo el sol. Es el camino de
tierra entre Chacabuco y Bragado, ese mismo semejante a una áspera corteza de árbol
viejo con tantos y tantos surcos, el almacén de don Luis Stéfano en una esquina de
acacias hasta el año 33 y después para siempre en la memoria, y la de Iglesias a la
derecha, más adelante, ya por el camino de Sastre, después esa loma que trepa
brevemente hacia el cielo y después el puente sobre el río Salado, que es el mismo
límite entre los dos partidos, según dicen los carteles de chapa en una y otra punta, y
uno imagina que hay en el aire una línea invisible y que el aire es sutilmente distinto a
cada lado de esa línea. Y ahora, es lo que veo desde este húmedo y triste invierno, el tío
Agustín aparece saliendo de la curva, un poco antes del almacén de Iglesias, a la altura
del mojón de hierro fundido que casi tapan los pastos, del lado de Chacabuco todavía.
Viene corriendo con sus largas piernas huesudas perseguido por una nubecita de polvo y
un perro escuálido que ladra a sus zapatillas de badana.

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La gente del almacén lo aplaude hasta que trepa a la loma y se pierde tras ella, plaf, plaf,
el tío Agustín, y el viejo Iglesias le grita a sus espaldas: "¡Dale, flaco!". Porque el tío es
puro hueso, y una llama bien encendida que alumbra por debajo de su piel. Los ladridos
del perro se sofocan detrás de la loma y el tío debe estar cruzando el puente. Hace seis
horas que largó punteando desde la plaza San Martín, en Chacabuco, frente a la iglesia
de San Isidro Labrador. Hoy es justamente la festividad de San Isidro, 15 de mayo, y se
corre la Vuelta del Salado o La Fondo de las 12, es decir, La Carrera de Fondo de las 12
leguas a Bragado. El tío estuvo haciendo trote en la largada una hora antes de la partida.
Tenía puesta una camiseta de frisa con el número 14 pintado en la espalda y unos
pantaloncitos negros y las zapatillas de badana y cuando el viejo Pelice disparó la
bomba de estruendo el tío pegó un tremendo salto y un grito y salió a los trancos, plaf,
plaf, plaf, perseguido en la mañana neblinosa por una hilera de hombres semidesnudos,
entre ellos el loco Garbarino que no pasaba del cementerio y se cansaba tanto de agitar
los brazos y saludar hasta a los perros, dio una vuelta a la plaza y cuando comenzaba a
encendérsele aquella blanca llama enfiló por la Avenida Alsina, pasó punteando frente al
bar japonés y rumbeó serenamente hacia las quintas. El tío corre con la huesuda cabeza
echada hacia atrás como un pájaro y a medida que entra en combustión sus trancos son
más largos y más altos.
La gente resbala como una mancha oscura por el costado de sus ojos y, después del
hospital municipal, se corta, se disuelve y cuando no hay más gente y sólo queda por
delante el camino pelado, el campo húmedo y la mañana olorosa, la llama le brota por
los ojos y corre todavía más fuerte, más liviano. Los pasos de badana resuenan
suavemente cuando golpean sobre las tablas del puente y cuando el tío se embala por la
pendiente de la loma, al otro lado, ya en el partido de Bragado, la llama le brota a
chorros a través de la piel, los ojos se le borran con tanto brillo y corre, corre locamente
bebiendo el aire perfumado de la mañana, los campos verdes inundados de esa blanda
luz de mayo, loco caballo desbocado, loco. En tres horas más, a ese paso, puede estar en
Bragado, por lo menos en la laguna, pero un poco antes de Warnes, cuando ya asoman
los palos del alumbrado entre los altos y oscuros árboles de la entrada, esto es antes de
las vías del ferrocarril Sarmiento, tuerce el tío hacia la izquierda y se lanza sin cambiar
la marcha por el estrecho camino que bordea el monte de eucaliptos del campo de
Cirigliano cuyos negros árboles saltan desde hace un rato en el hueco encendido de sus
ojos. El tío es ahora el tibio camino de tierra cruzado por frescas sombras que atraviesan
sus largas piernas. Corre y corre saltando las sombras húmedas, blandos terrones de
tierra, solo y alado, sobre este recuerdo, sobre puntos y líneas, sobre el raído invierno de
mi tristeza, sobre años y tiempos, siempre volante, eterno, perenne corredor de las 12 a
Bragado, el bravo tío Agustín empujando su intensa llama por aquel solitario camino
recruzado por espantados cuises y liebres y pájaros que arrancan veloces un poco antes
de sus pasos. Salta un alambrado y sigue la carrera a campo traviesa, llama y llama,
fuego y fuego. Sólo una vez llegó hasta el Bragado porque el tano Cersósimo, esto es, el
Gringo del Pito como se lo conocía por aquellos años, lo siguió con un sulky y cuando
se quería desviar le cerraba el paso y lo golpeaba con el látigo y llegó con dos leguas de
ventaja sobre el Chino Motta, nada menos, pero cuando la gente lo aclamaba ya y el
intendente se paró en el palco con un banderín en la mano no lo pudieron atajar porque
saltó sobre la meta con un grito profundo y siguió de carrera hacia 25 de Mayo, muy
campeón, el grandes piernas de acero de mi tío, el formidable tío Agustín. Eso fue en el
32, que batió todos los récords, aunque a él no le importaba eso sino tan sólo correr y
correr.
Pero las otras veces torció a derecha o izquierda antes del Bragado, aturdido por el
campo, y algunos lo vieron y avisaron que el tío iba a los saltos entre las doradas

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espigas o las oscuras hebras de pasto o las chalas que brillaban como vidrios y azotaban
sus duras piernas, espantando liebres y pájaros y cuises, y un día o dos después lo
hallaron dormido debajo del álamo carolina, ese que se levanta solitario detrás del
campo de Cirigliano y que desde el camino real aparece todo un monte y que para el tío
era su única meta reconocida y hasta ella corrió por premio o por mero gusto,
acompañado o solo, el día de San Isidro o un día cualquiera mientras le duró, por
muchos años, aquel berretín de caballo desbocado.
Yo era pibe entonces y veía al tío, joven, como desde una enorme distancia, a través de
nieblas y velos, porque yo estaba por ser, no tenía sombra ni casi historia, era tan sólo
presente, pequeño, mero estar y ver y sentir a la sombra de los grandes, mi abuelo, ciego
por terquedad que un día prometió rezar un millón de padrenuestros porque dijo que se
le había aparecido Jesús, carpintero como él, mi padre, que entonces correteaba para el
frigorífico La Blanca montado en un fragoroso Ford A o la tía Juana, por siempre joven,
que tenía un cuarto para ella sola y una cama muy alta que olía a jazmín y una
escupidera de loza que parecía una sopera y un novio que venía todas las tardes a las
cinco y se marchaba apenas caían las sombras en el patio de baldosas con la parra de
uva chinche y la bomba pie de molino y por supuesto el tío, tío Agustín, ese ansioso
caballo de verano. A veces cuando pateo la calle cierro los ojos, y aun sin cerrarlos lo
veo pasar entre la gente, al trote con su pantaloncito negro y la camisa de frisa y el
número 14 en la espalda, que siempre me falló en la quiniela, lo veo, por ejemplo, trotar
a las zancadas por el medio de Corrientes o trasponer de un salto Alem, en dirección al
puerto.Yo me suspendo y pienso, casi grito, ¡Ahí va mi tío, hijos de puta! ¡Miren qué
lindo loco! Pasa como entonces con la terca y dura mirada clavada en el horizonte, con
las narices anchas de viento, cavando el aire con sus largas, muy largas piernas.
Después crecí, eché sombra como un árbol y hasta yo mismo participé en La Fondo de
las 12 a Bragado, pero no pasé del cementerio. Cuando doblé por el hospital y vi a lo
lejos los altos humos de los hornos de ladrillo, algo que, supongo, trastornaba al tío, el
cual quería darle alcance a cuanto se ponía al fondo del camino, las sienes me
empezaron a temblar y me dolían las encías como si fuese a echar un puñado de dientes.
Al llegar al cementerio rodé con un grito entre polvo, sudores y piernas que pasaron
zumbando al lado de mi cabeza.
El tío, por ese entonces, trabajaba en la carpintería del abuelo, sobre el pasaje Intendente
Beltrán, frente a la plaza Gral. Necochea o la Plaza del Mercado donde está hoy la
estación de colectivos. Ahora cierro los ojos y me veo en la penumbra del taller con
paredes de ladrillo a la vista y un espeso olor a polvo, sillas y elásticos que cuelgan de
las vigas y al fondo la mesa de carpintero en la que trabajaba el tío. A veces no recuerdo
al tío sino que mi pensamiento se sujeta de un objeto cualquiera y ese objeto cubre casi
todo mi día. Hoy, por ejemplo, mientras cruzaba hasta el bar Falucho aguantando el
viento que barría la Avenida Santa Fe, me acordé de buenas a primeras de aquella sierra
de ingletes o de falsa escuadra que había en una punta de la mesa. El día crece
lentamente alrededor de ese objeto, lo rodea como la pulpa de un fruto y el día en todo
caso vale nada más que por eso. Aquella sierra que había sido construida en Inglaterra
en 1895, que en consecuencia había atravesado el mar embalada cuidadosamente en un
cajón de pinotea, me atraía misteriosamente. Era una sierra montada sobre un bastidor,
con una empuñadura negra como la de una ametralladora y servía para cortar marcos,
escuadras, ángulos, encastres y demás cortes de precisión. La veo ahora mismo en el
aire, negra y pulida y, por fuerza, al rato veo en la punta de la empuñadura al tío
Agustín. Él se movía silenciosamente de un lado a otro del taller aporreando maderas,
reparando vencidos elásticos de cama o reemplazándolos por otros nuevos que estiraba
para encajarlos en el armazón en una prensa, especie de potro que giraba con bruscos

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chirridos metálicos. El tío era de una silenciosa precisión en todo. Yo me maravillaba de
que hombre tan silencioso y preciso en sus movimientos produjese a ratos tanto ruido de
una vez. Por ejemplo cuando se calzaba un pañuelo negro delante de su aguda nariz y
echaba a andar aquella cardadora mecánica que era el supremo orgullo de la mueblería y
carpintería El Mercurio. El tío metía la lana apelmazada por un lado y ya mismo salía
por el otro en blandos copos que caían lentamente dentro de un corralito de alambre de
gallinero. La máquina rechinaba en la punta de las manos del tío. Por aquel tiempo
había dejado de correr hasta el álamo carolina, pero después del trabajo emprendía
largas caminatas hasta el zanjón o el cementerio o el Prado Español o la quinta de
Pastore, o la estación del Pacífico, donde esperaba ver pasar al "Cuyano" que hendía la
noche como un carbón encendido aventando sombreros y papeles. Los años lo habían
enflaquecido aún más y un día que lo sorprendí inclinado sobre la fabulosa sierra de
ingletes le vi brillar las blancas sienes y el emplumado mechón de pelos encanecidos
que le caía sobre la frente. Y esa vez sentí verdadero amor por el tío, aquel ansioso
caballo del verano que ahora descendía a la carrera la larga cuesta de sus días.Yo, en
cambio, trepaba los míos. Esos días me llevaron lejos del pueblo y cuando volví, algún
verano después, y entré en el taller penumbroso, el tío levantó la cara por encima de la
sierra y me observó con una mansa sonrisa por arriba del armazón de metal de unos
lentes. La luz de la tarde penetraba por una claraboya y el tío flotaba, blando y casi
transparente, en aquella luz polvorienta. Me preguntó qué tal estaba la ruta 7. Por lo que
recuerdo, fue la primera vez que habló conmigo demostrando cierto interés sobre algo
concreto. Señal que yo había crecido realmente y ahora era un hombre, al menos para él,
que la medida de mi tiempo. Siempre preguntaba sobre caminos. La ruta 7 terminaba de
ser reparada entre San Andrés de Giles y Carmen de Areco. Eso lo alegró al tío. Ese
mismo año había ido a pie hasta Luján portando el estandarte de la Congregación de
San Luis Gonzaga. Me explicó que era cuestión de echarse a andar y no cambiar el
paso, vendarse los pies y calzar botines bien armados. Volvió con el Expreso Rojas y
recién entonces notó que la ruta estaba levantada en algunos tramos. Fue toda una
conversación. Por él me enteré de que el camino entre Chacabuco y Bragado seguía
siendo de tierra, pero que ahora le habían puesto la electrificación rural y era probable
que en un par de años le echaran encima cemento. Ya no va a ser lo mismo, dijo el tío
con tristeza.
Seguía haciendo sus largas caminatas, pero ahora se extraviaba cada dos por tres. Una
vez lo trajo un vigilante que lo encontró perdido por el Agua Corriente, y otra el viejo
Punta que lo cruzó en el camino a Salto, por el almacén de Cattaneo, y él le preguntó
dónde quedaba el Tiro Federal y el viejo entendió el Estadio Municipal y como de todas
maneras ambos quedaban para el otro lado, lo subió a la jardinera y lo trajo hasta la
mueblería.
Un día el tío, esto lo supe dos veranos después, ya hombre entero y él más viejo y más
flaco, y el camino a Bragado todavía sin asfaltar, fue hasta la farmacia de Marino, al
otro lado de la plaza, pero cuando llegó a la Avenida Alsina, que fue asfaltada en el 32,
bajo la intendencia de don Esteban Cernuda, la encontró de tierra, como cuando era
chico y después mozo y corría ya en la Vuelta del Salado. Los charrés y los sulkys iban
y venían por la avenida de tierra y algunos jinetes trotaban entre espumosas nubes de
tierra. El tío, flaco y encorvado, vio con algo de sorpresa cómo avanzaba por el medio
de la calle un landó descapotado como los de la cochería Grossi Hermanos con la
señorita Lombardi en su interior. El coche se detuvo justo enfrente del tío y la señorita
Lombardi asomó su cabeza cubierta con una capelina de raso y apuntándole con su
sombrilla de seda estampada le preguntó por la abuela Adela que había muerto, si mal
no recordaba, seis años atrás. Él se quitó el sombrero, sonrió complacido a la tan

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señorita y se inclinó hasta que la sombra del carruaje desapareció de su vista.
Naturalmente, no cruzó la avenida ni fue hasta la farmacia de Marino porque en aquel
tiempo la farmacia no existía todavía. Volvió al taller y el resto del día, hasta que vino la
luz de la tarde, se sentó en un rincón, detrás de la mesa de carpintero, entre cajas de
herramientas y rollos de elásticos y tablones de pino que olían a resina y pensó en la
muy dulce señorita Lombardi que para él, el tiempo le daba la razón, no iba a envejecer
nunca. Quizá dentro de unos pocos días, pensó, si se entrenaba un poco, podía volver a
correr en La Fondo de las 12 a Bragado.Ya no quedaban campeones y en el tiempo que
tardaba ahora cualquier buen fondista de la zona él podía llegar a Bragado saltando
sobre un pie. Cuando entró aquel melancólico rayo de luz por la alta claraboya, el tío
echó a andar hasta el Prado Español.
Días después, al cruzar la plaza, le dio un salto el corazón. Debajo de la pérgola que
había sido echada abajo en tiempos de Fresco vio y hasta escuchó a la banda del
maestro Marsiletti. La banda tocaba aquel número de fuerza que le hacía temblar las
piernas al tío, Tremi gli insani del mio furore, Nabucco, Acto I, y que el maestro
Marsiletti tarareaba y por momentos aullaba tratando de imitar a Titta Ruffo. No sólo
estaba aquella pérgola, que semejaba una jaula florida, sino que hacia el lado del Palacio
Municipal vio brillar entre los oscuros árboles al lago artificial que mandó rellenar el
intendente Barcán y en el que el loco Garbarino se zambulló un 25 de mayo. La banda,
con el maestro Marsiletti que blandía la batuta y un Avanti que sacudía en la boca al
compás de la música, parecía flotar en el aire de la pérgola debajo de una luz amarilla
como la que penetraba en la claraboya del taller. Después de Nabucco, tocaron Alegría
de la hoguera, una polca-mazurca de Strauss con la cual el maestro Marsiletti parecía
remontar un vuelo y la plaza comenzó a poblarse de muchachas y muchachos que en
dos hileras giraban por el centro, alrededor de la estatua de San Martín, que de golpe
había reemplazado a la pérgola y que en aquel tiempo era pedestre, no ecuestre, según
se acostumbra, por razones de economía, pues la partida que votó el Concejo
Deliberante no alcanzó para el caballo, lo cual terminó por convertirse en una curiosidad
y hasta en una atracción hasta que en tiempo del gobernador Aloé, que era de
Chacabuco, le pusieron el caballo y es así como cabalga ahora en el alto cielo de mi
pueblo entre las espléndidas copas de los árboles, en dirección a la confitería San
Martín, hacia la que apunta un dedo.
En eso el tío vio pasar al Cholo Barrios que, según tenía entendido, porque estuvo en el
velatorio, se voló la cabeza mientras probaba una escopeta de un caño, calibre 20, vio al
Cholo con sus bigotazos renegridos, rancho, polainas blancas y un bastoncito con el
pomo de plata que lo saludó con el brazo en alto, muy en su contexto, lustroso caballero
el Cholo, gran amigo de violentas farras y fuerte apostador en las cuadreras y reñideros,
propietario de un gallo "Ají Seco", apodado Racoto, de origen peruano, que batió a
todos los gallos de combate del 36 al 45.
Otra vez el tío iba para el Círculo Obrero donde estaba cambiando el esterillado de las
sillas y no pudo seguir de la Avenida Alsina, pues se tropezó con la procesión de
Nuestra Señora del Carmen, con el padre Doglia debajo del palio y los tanos Minervino
y Visiconti tocando la gaita a la cabeza, todos muy de solemnis sobre la calle de tierra
mientras las campanas de la iglesia batían a fiesta bien pulsadas por el viejo Santiago,
gordas palomas de bronce por el aire limpio de la mañana.

El último verano que estuve en el pueblo, este que pasó, fui hasta la vieja casa del
abuelo y, como siempre, después de los saludos y los mates penetré en el empolvado
taller del fondo. Tardé un rato en acostumbrarme a la penumbra, cegado como entré por
el sol del patio, y en aquella momentánea ceguera sentí el tibio olor a maderas y a cola

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de carpintero y oí el escamoso crujir de las chapas del techo recalentadas por el sol.
Cuando mis ojos se fueron acostumbrando a aquel velado y quieto paisaje de objetos
sepultados por el polvo descubrí cada cosa en su exacto lugar, como si el tiempo no se
hubiese movido y yo tornara de golpe a mi infancia.
Allí estaba la tremenda cardadora a motor, la carcomida mesa de carpintero y sobre ella,
en un extremo, mi querida sierra de ingletes que apuntaba hacia la puerta. En la prensa
había un elástico a medio tender. Aquella suave pero insistente permanencia de las
cosas, luego de tantos años y tantos cambios y tanto y tanto, recuperó por un momento
ese firme presente de mi infancia, sin sombras ni pesos, errante edad de mi pueblo. De
repente sentí un leve raspón junto al tablero de las herramientas y achicando los ojos vi
emerger por detrás de la mesa la blanca cabeza del tío que estaba sentado en un
banquito. Parecía un viejo pájaro, uno de esos viejos cóndores que con las raídas alas
abiertas toman el sol en la jaula del Zoológico. El tío se caló los anteojos que extrajo
lentamente de su estuche a presión y me observó en silencio con sus ojos lagañosos,
como de vidrio mellado. "¿De quién sos?", preguntó al cabo de un rato con una voz
finita. Quería decir de quién era hijo yo, que es lo que se pregunta o como se pregunta a
un muchacho cualquiera de los pueblos. Yo dije "El hijo de Pedro Isidro". Él cabeceó y
repitió para sí, sin reconocerme, posiblemente sin reconocer siquiera aquel nombre:
"Pedro Isidro...". Pedro Isidro es mi padre, su hermano. Se levantó y caminó hasta mí,
encorvado. Me echó una afilada mano encima del hombro y preguntó esta vez: "¿De
dónde venís, muchacho...?". No preguntó qué tal estaba la ruta 7, ni tampoco supe si por
fin habían asfaltado el fabuloso camino a Bragado.
Luego supe por la tía Teresa que en esos días se había encontrado en la esquina de la
tienda Ciudad de Messina con Pepe Provenzano, que pateaba como siempre la calle
vendiendo billetes de lotería y con Pancho Tonelli, ambos bien finados, lo mismo que la
tienda, que cerró allá por el 58. Después, cuando trató de volver a la casa no dio con la
calle y aunque pasó por enfrente de la puerta, al recorrer el pueblo por tercera vez, no
acertó a reconocerla. Por suerte se tropezó en la esquina del Almacén Inglés con el
gordo De Nigris, otro muertito, que lo condujo, siempre tan gentil caballero, hasta
aquella salteada puerta y se lo devolvió a la tía cuando ya oscurecía.
Para Reyes vino la hija de Buenos Aires y el tío se calzó los anteojos y le preguntó de
quién era. A partir de ahí empezó a equivocar las puertas y los cuartos y a veces
charlaba en los rincones del patio con personajes invisibles. No mucho después, como
lo pronosticó la madre Benedicta, ni siquiera reconoció a la tía a la que confundió una
vez con Martita Romero, su primer filo, y otra con Filomena Perrone, que fue reina del
carnaval del Club Porteño, en el año 38.
Acabo de volver del pueblo y por eso pienso tan fuerte en el tío en esta podrida noche
de invierno mientras bebo un semillón en el bar Falucho, en Fitz Roy y Luis María
Campos. Cuando fui a ver al tío lo encontré acostado en el medio de esa buena cama
inglesa con cabezales de bronce y remaches de cobre y elástico de flejes que perteneció
a la familia Mediavilla y compró en un remate de Warnes. Tenía puesto un camisón de
frisa y un gorrito de lana y de tan flaquito y huesudo se perdía sobre la pila de
almohadas. Hace meses que no sale de ahí. Fuera de los límites de esa cama no
reconoce nada en el mundo. A eso se ha reducido el suyo, a aquella buena cama inglesa
de bronce bien lustrado. Sin embargo, no la pasa tan mal. Siempre tiene algún muertito
con el que charlar y por detrás de la barras de bronce ve cosas de hermosa
extravagancia, como el corso del año 23 o el Circo Sarrasani, e incluso el día en que el
loco Garbarino ganó de tarro La Fondo de las 12 a Bragado.

16
*Haroldo Pedro Conti nació en Chacabuco, provincia de Buenos Aires, en 1925.
Fue, entre otras cosas, escritor, guionista, maestro rural y profesor de filosofía.
Algunas de sus publicaciones son: La balada del álamo carolina (1967), al que
pertenece el cuento "Las doce a Bragado", y las novelas Alrededor de la jaula
(1966), En vida (1971) y Mascaró, el cazador americano (1975). En 1976 fue
secuestrado por la dictadura militar; permanece desaparecido.

Petróleo
Héctor Tizón*

Un alargado grito, un llamado; algo que se escuchó con toda claridad desde el viaducto
hasta el vaciadero municipal de basuras, y aún más allá, interrumpió la sosegada siesta
de los ranchos. Nosotros, que desde el mediodía estábamos tratando de pescar algunas
viejas, levantando con la parsimonia necesaria las piedras de la costa luego de haber
enturbiado el agua, también lo oímos. Prestamos atención entonces y volvimos a
escuchar:
-¡Eh! ¡Julián, Segundo, Gertrudis, Gabino, doña Trinidad! ¡Vengan todos!
Buscamos al autor de los gritos y enseguida lo distinguimos. Nicolás agitaba los brazos
y volvía a repetir sus alaridos, desde la copa inmensa de un sauce.
-¡Petróleo! -exclamó-. ¡Es petróleo!
Sinceramente creo que aunque había escuchado alguna vez esa palabra no conocía
exactamente su significado. Por eso quizás El Laucha y yo, a pesar de los gritos, no
prestamos mayor interés al asunto. Por el momento nos preocupaban las viejas; alguien
había ofrecido comprárnoslas a razón de dos por quince centavos y además nos gustaba
meter los pies en el agua. Eso era bueno. Incluso creo que El Laucha, o yo mismo, no
recuerdo bien, dijimos:
-Nicolás ya está machao de nuevo.
Nos encogimos de hombros. El agua estaba buena y si juntábamos unas veinte viejas
más ya alcanzaría para algo: una camiseta de Boca Juniors que quería El Laucha y
también para esa careta de burro que a mí me gustaba para Carnaval. Era una linda
careta la que había visto, grande, de largas orejas suaves y a la que creo, por añadidura,
vendían con un pito, para Carnaval.
De modo que seguimos tratando de sacar el mayor número de viejas posible, por la
costa, aguas abajo.
De vez en cuando pasaba un tren y la vibración de su marcha, el torvo sonido de la
locomotora llegaba hasta donde estábamos. A veces ni siquiera levantábamos la cabeza
para mirarlo, pero cuando lo hacíamos alzábamos la mano saludando a los lejanos
pasajeros que miraban tristes o indiferentes desde las ventanillas.
-Raúl -me dijo por ahí El Laucha-, ¿vos sabés lo que es petróleo?
Deploré, no lo niego, no estar al tanto lo suficientemente sobre petróleo. Pero dije:
-Sí.
-¿Es eso que les echan a las máquinas? -volvió a preguntar.
-Sí.
-¿Para qué sirve?
-Andá a saber -dije yo.
El sol se había ocultado hacía un buen rato. El agua estaba turbia y ya casi no
distinguíamos nuestras propias manos.
-Vamos -dije entonces-. No se ve.
Fue un trabajo duro llevar entre los dos la bolsa con el pescado a cuestas.

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Atravesamos la playa del río, subimos al terraplén del ferrocarril y nuevamente
bajamos. Entonces distinguimos las luces del caserío; había más que de costumbre.
Escuchamos el sonido de fuegos artificiales y el loco ladrar de los perros; desde más
cerca ya el viento traía con intermitencia voces, gritos, risas y después nuevamente los
estampidos, carcajadas de pobre gente alegre. Hasta que llegamos al descampado, junto
a la playa, desde donde comenzaba el rancherío que se extendía barranca arriba. Casi
hasta el borde del alto terraplén de las vías ferroviarias.
Aparecimos por el patio del fondo arrastrando nuestra bolsa de pescados. Todo estaba
de fiesta. En la casa de Nicolás se bailaba al compás chillón, desafinado, monótono de
una ortofónica. Allí estaban todos, habían abandonado sus propias chozas para venir a
juntarse aquí, a escuchar la música de la ortofónica y a reír, como cuando llegaba el
Carnaval. Me acordé de pronto de la careta de burro y dije:
-Miren. Son ochenta y tres.
Mi tía, que iba y venía, riéndose a carcajadas, sin prestar mayor atención a nuestra
bolsa, dijo:
-¿El qué?
-¿Cómo el qué?... ¡Esto!, las viejas.
-¡Bah!... ¿Para qué eso ya?
-Son más de diez pesos. Sacamos la cuenta uno por uno. Este se comprará una camiseta
y yo una careta de burro, cuando las vendamos.
-¡Ja, ja, ja! -se rió mi tía- . ¿Para qué ya eso? ¡Hay petróleo, vengan y vean!
Un poco decepcionados dejamos la bolsa en un rincón y fuimos detrás de mi tía.
Bertoldo, un viejo ferroviario inválido, había descubierto el petróleo.Yo y los demás y
todas las cientos de personas que llegaron después escuchamos su historia. Y a cada uno
que llegaba a preguntar, Bertoldo, limpiándose una supuesta mugre de la boca y
escupiendo luego hacia un costado, le contaba: se había levantado esa mañana y después
del mate decidióse a plantar unas calas.
-Traeme la pala que voy a poner una fila aquí, al lado de esta barranca -le había dicho a
su mujer. La mujer le llevó la pala, y luego de quince minutos de afanoso trabajo,
mirando el fondo del pozo que había abierto, dijo:
-Aquí hay un barro podrido, negro y hediondo. Siguió cavando, pero después el barro se
hizo menos denso y al cabo todo el fondo estaba cubierto por una superficie negra y
líquida. Entonces cesó de trabajar, consultó a su vecino y luego a otro y a otro.
Comenzaron a cavar nuevos pozos y el resultado se fue repitiendo. Hasta que Nicolás
dio el aviso con aquellos alaridos que a todos les volcó el corazón.
Esa noche, mientras algunos bailaban y reían a carcajadas alrededor de la ortofónica, el
resto recorría la zona desde la playa hasta la falda de la barranca husmeando los
rincones. De lejos se dis- tinguían las luces de los faroles encendidos moviéndose,
deteniéndose, volviendo a andar de un lado para el otro.
Nicolás ahora vagaba por las vías como un loco, llamando a gritos a los desconocidos e
invitándolos a que vinieran a nuestra casa:
-¡Vengan, vengan! -decía-. ¡Todos seremos ricos!
Al cabo llegaron dos linyeras, un mendigo y un viejo ciego guiado de la mano por un
niño que tenía un manojo de diarios debajo del brazo.
Toda la noche duró la alegría; las risas continuaron hasta el amanecer, interrumpidas tan
solo por el estrépito de los trenes que pasaban.
Al día siguiente, desde temprano, todos estaban de pie, y cuando regresamos con El
Laucha luego de vender las viejas, sorprendimos a un centenar de personas cavando
pozos, hachando árboles, destruyendo los pequeños jardines, sumergiendo palos en los
charcos; todos se ayudaban mutuamente.

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Al mediodía, cuando llegó el cura, aquello parecía un campamento en actividad.
Algunas mujeres habían cocinado en la playa y repartían la comida a los que trabajaban
y también a los curiosos. Mi tía carneó la única gallina que teníamos y uno de los
linyeras repartía las presas entre la gente.
El cura llegó cubriéndose con una negra sombrilla y después de conversar con algunos
de los hombres se encaramó sobre una piedra y entre otras cosas dijo:
-No nos vanagloriemos, hijos, y demos gracias al Señor. Él les ha mandado esto porque
quiere a los pobres.
Después recorrió todo el rancherío echando agua bendita sobre el suelo y pronunciando
en voz muy baja y con rapidez, ininteligibles palabras. Luego aceptó unas empanadas.
Algunos perros ladraron frenéticamente al cura durante la ceremonia. El ciego, de la
mano del niño, permanecía sentado en un tronco en medio del alboroto y de vez en
cuando mordía un choclo asado, mirando a lo lejos con sus ojos vacíos.
Nicolás, que se había comprado un traje nuevo invirtiendo de un solo golpe sus ahorros,
paseábase auscultando la superficie de la tierra.
Al día siguiente fue convocada toda la gente a reunirse debajo de un gran ceibo. Nicolás
habló imponiendo silencio. Hombres y mujeres, bien peinados y vestidos, como cuando
iban al pueblo, escucharon atentos.
-Señores -dijo Nicolás-.Vamos a ser ricos. Tendremos casas de dos pisos, y también
tendremos zapatos y podremos andar en autos de alquiler. ¿Comprenden ustedes lo que
es ser ricos?
Nadie contestó y entonces Nicolás continuó hablando.
-Todos podrán comprarse una radio y un sombrero y tal vez un caballo y muchas
gallinas y chanchos, ¿comprenden? Y también podremos guardar dinero para cuando
seamos viejos y no como ahora; y comprar remedios para no andar muriéndonos por ahí
como unos podridos. Seremos ricos. ¿Comprenden lo que es ser ricos?

-Rico es el que jode al pobre- dijo entonces alguien.


-No solo eso -contestó Nicolás sin prestar mucha atención-. Vamos a envasar el petróleo
y entonces nos mandarán el dinero y podremos tener todo eso y tal vez un pedazo de
tierra, ahora sí.
Después de la reunión debajo del ceibo, todos volvieron al trabajo de la búsqueda; ya
algunos empezaron a juntar el líquido dentro de unos tachos, para envasarlo.
Así pasaron uno y dos días. Alguien había dado alojamiento al ciego y al niño y los
linyeras se instalaron en casa de doña Gertrudis.
De sol a sol la gente trabajaba moviendo las piedras y tratando de cavar más pozos, o
mirando horas y horas los que ya estaban abiertos.
Cuando pasaba algún tren, todos hacían un alto para saludar a los pasajeros, con los
brazos levantados, agitando los sombreros.
También nosotros abandonamos la pesca, porque debíamos ayudar a repartir la comida
-que ya era escasa- entre todos.
Al quinto día los linyeras se fueron y llegaron los técnicos. Eran tres hombres rubios;
apenas si hablaron; miraron en derredor, caminaron de un punto a otro, seguidos por la
gente que los miraba emocionada, tratando de escuchar alguna buena palabra. Pero
nadie entendió nada.
Al día siguiente volvieron a venir los hombres, acompañados de otros. Subieron hacia el
borde de la barranca, traspusieron las vías ferroviarias y luego regresaron. Después se
llevaron tres grandes botellas llenas de petróleo.
Y no volvieron. Pero al cabo lo supimos: el yacimiento no existía, sino que era una
pequeña acumulación subterránea escapada de la cisterna rota del ferrocarril.

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Después nada sucedió. Con El Laucha decidimos volver a pescar, sobre todo porque ya
era inminente el Carnaval y debíamos tener dinero para comprar serpentinas.
Los trenes seguían pasando, velozmente, haciendo vibrar el suelo.
Pero desde aquel día Nicolás había tomado la costumbre de encaramarse al sauce y
pasar allí largo tiempo atisbando, para de vez en cuando bajarse, cavar con dramático
entusiasmo un pequeño pozo, hundir un palo en el blando fondo humedecido y quedarse
por último mirando largo tiempo el extremo del palo. Sin decir una sola palabra.
Soñando.

* Héctor Tizón nació en Yala, Jujuy, el 21 de octubre de 1929. Finalizó su carrera de


Abogacía en 1953, en la Universidad de La Plata. Su obra evoca zonas del noroeste
argentino, y parte ha sido traducida al francés, inglés, ruso, polaco, ucraniano, alemán y
holandés. Además de cuentos, ha escrito novelas; algunas de ellas son: Fuego en
Casabindo (1969), El cantar del profeta y el bandido (1972), Sota de bastos, caballos de
espadas (1975), El hombre que llegó a un pueblo (1988), El viaje (1988) y La mujer de
Strasser (1997).

El milagro
Daniel Moyano*

Mientras se paseaba por la habitación trataba de recordar: No es que recurramos a vos


porque te creamos obligado hacia nosotros, pero en estos momentos no nos queda otro
remedio porque nuestra situación ha llegado a un límite insoportable.
Después pensó: "límite insoportable". Encendió otro cigarrillo y se dijo que la carta
aquella lo molestaba mucho, no porque le pidiesen dinero sino porque significaba que
hacía mucho tiempo que no veía al amigo. "Fue mi único amigo durante años y me mató
el hambre varias veces", se sorprendió pensando con palabras y expresiones que no
usaba siempre. La carta que acababa de leer y que había guardado en un bolsillo se le
reconstruía ahora fragmentariamente y él mismo tendía a deformarla: acordate que
nosotros nos despojamos de lo poco que teníamos para ayudarte; no se trata de recordar
cosas pasadas, pero ahora que sos rico podrías tendernos una mano y ayudarnos un
poco. No, la carta no decía tales cosas, pero ese era sin duda su significado.
Enrique no era capaz de decir cosas semejantes, pero podría decirlas. Llevó una mano al
bolsillo como para sacar la carta y volver a leerla, pero se sentó en un sillón y, con
abatimiento, pensó que todo lo que tenía, hogar, mujer, alimentos, comodidades,
posibilidades, era un simple regalo de las circunstancias, algo que verdaderamente no le
pertenecía. Al fin había conseguido un lugar en el mundo, hacia la mitad de su vida,
pero quizá todo pendiese de un hilo, de un simple cambio en la política, por ejemplo. La
carta de su gran amigo de otros tiempos le recordaba profundamente cosas que hubiera
sido necesario olvidar. Para evitar este pensamiento resolvió ir ese mismo día a la casa
de Enrique, en aquel barrio extremo. Llevaría cuatro o cinco mil pesos y se los daría.
Quizá así su conciencia quedase tranquila, aunque sabía que no del todo. "Yo te debo
muchos favores, hermano", le diría. "Esto no significa que quiera pagar todo lo que vos
y tu mujer hicieron por mí en aquellos tiempos, y te ruego que no lo tomes como un
reconocimiento sino más bien como una ayuda momentánea, ya que, por supuesto, a vos
te sobra capacidad para superar circunstancias como ésta". En eso entró su mujer.
Habían proyectado ir al cine ese día y venía a recordárselo. "De Enrique", le dijo él
después, y cuando ella caviló un momento para exclamar luego casi con alegría: "¡ah,
claro, tus viejos amigos!", él le dijo que iría ese mismo día porque necesitaban su ayuda.
A Enrique le había ido mal últimamente en los negocios y necesitaba sus consejos y

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quizá su dinero. "Hacés muy bien; él te ayudó mucho", dijo su mujer como si ella
misma hubiese averiguado ese hecho y no lo supiese por boca de su esposo.
La mujer salió y él pensó que le había mentido otra vez sobre Enrique. Se levantó del
sillón y volvió a pasearse por la habitación. Sin duda alguna no había llegado todavía a
lo que él llamaba el nivel normal. Había varias mentiras, varias cosas oscuras en su
vida, que alterarían, de tanto en tanto, la paz que había logrado finalmente. Era bueno
sin duda para pasearse por el centro de la ciudad hacia las diez de la mañana sin tener
que estar encerrado en alguna oficina, y mirar los escaparates despaciosamente, con
indiferencia, mirar tantas cosas que ya poseía y olvidaba, como el televisor por ejemplo,
o comprar los diarios y mirar con perfecta indiferencia las columnas de avisos de
empleos, que en otra época leía ávidamente para encontrar allí alguna posibilidad de
salvación. Eran avisos de los demás, del mundo perfecto y concordante donde los
dueños de lo normal ofrecían alguna posibilidad a los desposeídos como había sido él.
Sí, era hermoso todo esto, ahora que él parecía pertenecer al mundo de los que podían
solicitar los servicios de alguien en las columnas de un periódico, pero aquello estaba
cubierto, en su caso, con algunas mentiras que le servían de trampolín para poder
pasearse una mañana a las diez en punto por las calles de la ciudad sin obligación ni
temores.
Hablando tantas veces con su mujer él había descripto a Enrique y a la esposa como
una familia pudiente que lo ayudó con cierto capital para iniciarse en los negocios. Les
atribuyó costumbres refinadas, vacaciones en los lagos del sur y riquezas apreciables. Él
no era cualquiera y tenía amigos de esa clase y con esto ofrecía a los ojos de su mujer
un pasado acorde con la posición que, por un verdadero milagro, había obtenido
finalmente. La mentira dejaba todo perfectamente ordenado y lo convertía a él en un
legítimo poseedor de los bienes del mundo.
Se dijo firmemente que para ser un cabal poseedor de los bienes del mundo se
necesitaba valor.Y él lo había tenido muchas veces, claro que sí, salvo aquellas dos o
tres mentiras necesarias. Con un súbito valor sacó la carta del bolsillo y la leyó otra vez.
De la casa, que tantos sacrificios nos costó, debemos una barbaridad al Banco y es
posible que nos la remate si no pagamos pronto. Me deben una retroactividad y si Dios
quiere y la cobro en término tendremos tiempo de levantar esa deuda.
Se detuvo en este párrafo, decidido a solucionar uno por uno los problemas del amigo.
Era una tarea difícil, pero él encontraría la solución para cada caso. De esta manera, si
lograba moverse con rapidez y hallar las soluciones adecuadas, podría todavía ir al cine
con su mujer, tal como lo habían proyectado. Pensó que la retroactividad que le debían a
Enrique en la oficina pública donde trabajaba era un negocio problemático. Siempre
había oído hablar a su amigo de fabulosas retroactividades que no se concertaban nunca.
Había que encontrarle una casa. Instintivamente alzó los ojos hacia el techo y pensó en
los inquilinos del piso de arriba. "Puedo desalojarlos cuando quiera; el contrato está
vencido", se dijo. Sin embargo, al imaginarse a Enrique con su mujer y sus hijos allá
arriba, casi en su misma casa, obligándolo a una intimidad que no deseaba, desistió de
tal propósito. Además sería como volver al pasado.Trató de imaginar una cifra que
alcanzara para salvar la casa del amigo, pero no se le ocurrió ninguna. Miró el televisor,
que desde hacía algunos meses le parecía un artefacto inútil, pues ya lo había aburrido,
y pensó que con el valor de ese aparato su amigo podría evitar el remate de la casa. Pero
era absurdo. El televisor ya estaba allí y aunque fuese innecesario no veía una razón
adecuada para despojarse del mismo. Recorrió con la vista otros objetos de valor y
finalmente los ojos llegaron a la caja fuerte empotrada en un muro. Allí había dinero en
efectivo, tanto como para solucionar todos los problemas de su amigo. Pero el dinero

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era tal vez el mejor de los objetos y había que pensar muy bien antes de despojarse del
mismo.
Los chicos ya van todos a la escuela y no te imginás lo que cuesta esto. La maldita
manía de cargarse hijos. Pero en todo caso, este problema no demandaría una inversión
muy grande y bastarían unos pocos pesos para comprar centenares de cuadernos y de
libros. Este tipo de solución parecía ser la clave de todo. Se trataba simplemente de tirar
algo de plata solucionando así los distintos menesteres. Pero entonces vaciló: los chicos
seguirían yendo a la escuela durante algunos años todavía; a la casa había que seguir
pagándola, después de amortizar las cuotas atrasadas; la familia tendría que seguir
comiendo y era seguro que Enrique seguiría contrayendo deudas. Miró la caja de
caudales y pensó, como remotamente, en el dinero que además tenía en el Banco,
sintiendo, como una certeza terrible, que todo eso no alcanzaría para cubrir las
necesidades de su amigo. Ningún dinero del mundo servía para nada.Y los que poseían
el dinero del mundo no podrían jamás socorrer a los necesitados.
Pienso que cuando me jubile podré iniciar alguna otra actividad más lucrativa y
solucionar así el problema económico. Una vez me dijiste que con mi capacidad me
convenía dejar el empleo e intentar otro tipo de actividad, pero figurate vos que esto
resulta difícil porque ya llevo veinte años en la Administración Pública y en realidad me
falta poco para jubilarme. Mi esposa me dice que para entonces ya seré demasiado viejo
como para iniciar algo nuevo, pero.
El problema de Enrique era realmente difícil, pero se había propuesto resolverlo. "Hay
que darle una oportunidad, eso es todo", opinó, y en el acto pensó: "parezco el dueño
del mundo". Este último pensamiento le dio la sensación de hallarse en un callejón sin
salida. Y en circunstancias semejantes lo mejor era la acción. Se levantó resueltamente
y, pese a la tacañería que detestaba pero que tenía en el fondo, abrió la caja de caudales.
"Cinco mil", pensó. Se acordó de pronto de la deuda de la casa y vaciló. Como entonces
la cifra se elevaba mucho en su mente, se dijo que aquello se arreglaría con la
retroactividad. Él solucionaría otro tipo de necesidades. "Diez mil". Salió de allí y
cuando entró al garaje y vio el automóvil, volvió a vacilar. Le pareció una crueldad
presentarse con el auto. Enrique quizá no supiera que lo tenía.Volvió a la habitación y
abrió la caja fuerte. Estaba nervioso y decidido. "Veinte mil". Después le dijo a su
mujer: "Vuelvo enseguida; arreglo la situación de Enrique y vuelvo; a lo mejor todavía
podemos ir al cine". Explicó que no iba en el auto porque no andaba bien y temía
quedarse empantanado por allí. "Te espero", dijo ella. "Otra mentira", pensó él,
subiendo al ómnibus.
Durante el viaje pensó muchas cosas. "Me da vergüenza. Tanto tiempo sin verlos y caer
ahora con la plata". La mujer de Enrique lo invitaría a comer.
"No puedo", diría avergonzado. Hablarían de cualquier cosa y menos del dinero. Y
después tendría que sacarlo del bolsillo y entregarlo. Lo obligarían a quedarse a comer.
"Pero es dentro de nuestra pobreza, de nuestra humildad.", diría ella, según su maldita
costumbre. ¡Ah!, la conocía muy bien. Enrique obraría con sinceridad, para eso eran
amigos. Pero ella lo miraría como esquivando escollos, con esa mirada que parecía
surgir más de las cejas que de los ojos, y él recordaría, a través de esa mirada, la época
anterior, los tiempos en que se quitaban el pan de la boca para dárselo. No, no hablarían
del dinero. Enrique contaría sus proyectos fantásticos, expondría varias fórmulas de
enriquecimiento, todas infalibles. Claro, siempre que le pagasen la retroactividad.
Hablarían de cosas normales, en un nivel normal, y solo cuando él sacase el dinero del
bolsillo, apurado por irse y siendo ya tardísimo, Enrique y ella empezarían a agradecerle
y a contarle miserias. Y él estaría apurado y no lo dejarían salir. Estaba seguro de que
Enrique le diría, por ejemplo: "Bueno, te recibo esa plata pero tené en cuenta que te la

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debo". O quizá, pensativo y guardando los billetes: "Menos mal que pronto me pagarán
la retroactividad, de lo contrario no podría recibir esto". Enrique hablaría sinceramente,
convencido de que todo podría arreglarse más tarde, pero ella, desde las cejas, le diría
que era bueno que pagase por fin lo que ellos le habían dado antes. Y si por fin lograba
salir de allí hacia la libertad, Enrique todavía le diría desde la puerta: "Vení a vernos
cuando quieras; si en algo puedo ayudarte, ya sabés", como si todo fuese normal y
viviesen en el mejor de los mundos. Y pensar que en distintos huecos de la memoria
había muchos amigos más, muchos Enriques que aparentemente reposaban en el olvido.
Miró los edificios, las calles, y pensó que el barrio había progresado.Y advirtió también
que juntamente con todo lo anterior, había estado pensando también en un cambio
político. Y se decía que no podía ser, aunque sabía que era posible. El ómnibus dobló y
él vio la casa amarillenta, cerca de la esquina.Tenía que bajarse y todavía no había
elegido las palabras que diría al llegar. Ante la puerta, al levantar el puño para llamar,
pensó, como desesperado: "Treinta, treinta, ¿cómo no traje treinta mil?". Treinta mil era
una suma bastante elevada, pero habría servido para anticiparse a cualquier situación
que pudiera plantearle el amigo.Y en realidad pensaba esto para evitar que llegase a su
mente una certeza que había presentido en la casa, poco antes de salir: la de que todo
pendía de un hilo.

El sentido de la historia
Por Julia Coria*

Un domingo por la tarde, en 1998, encontré en una revista una nota acerca de la tarea
del Equipo Argentino de Antropología Forense. Según el artículo, se trataba de un grupo
de especialistas abocado a la búsqueda y reconocimiento de restos de personas
desaparecidas. Sin pensarlo mucho, tomé el teléfono y, por medio del servicio de info r
m aciones conseguí el número de uno de los antropólogos entrevistados.
Me atendió una mujer mayor, le dije que quería hablar con el antropólogo -no recuerdo
su nombre- y me contestó que él no podía atenderme porque en ese mismo momento
estaban preparando su mudanza. Me preguntó qué quería y le expliqué; la mujer insultó
a los militares y enseguida me comunicó con su hijo.
Quizás porque lo había interrumpido, él me pareció más que antipático. Me contó que
estaba ocupado y que debía llamar durante la semana a la oficina.
Cuando al fin tuve la cita, él me pareció tan antipático como por teléfono. Por suerte
-quizás porque atenderme no estaba entre sus funciones o porque él ya estaba harto de
mí-, me derivó con otro antropólogo al que llamaban Maco. Me presenté:
- Soy Julia Coria -le dije y, aunque todavía no estaba segura de lo que esperaba de aquel
encuentro, nunca me hubiera imaginado lo que obtuve como respuesta:
- Ah, un gusto, la hija de Roberto ¿no?
Así es que, con un estilo bien distinto al de su colega, desde el comienzo Maco me hizo
sentir como si allí hubieran esperado mi llegada. Le dije que quería saberlo todo. Cómo
no, me respondió; luego escribió los nombres de mis padres en la pantalla y apretó
enter.
***
En esta historia, saberlo " todo" -entonces lo sospechaba y ahora estoy segura- es una
meta imposible. Al salir de allí yo tenía mucha más información de la que jamás hubiera
pensado, por eso no había tenido dudas al decir que mi intención era saberlo "todo".Y
además de esas "novedades" -aunque no parece la palabra justa para describir nada de lo
que ocurrió hace tanto tiempo- obtuve otros dos datos.

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Del primero de ellos me enteré mientras dejaba una muestra de sangre. Le pregunté a la
chica que me la tomó cómo se proseguiría entonces, si bastaba con contrastar esa
muestra con los restos que guardaban en cajas que yo -por desgracia- había visto en una
habitación cuya puerta estaba entreabierta. Sonrió con compasión: cada análisis de ADN
es tan costoso que los cuerpos buscados podrían estar allí mismo sin que se supiera por
mucho tiempo -quizás nunca- a falta de una buena hipótesis que condujera la
investigación.
Esta información me llevó a una nueva pregunta, que me reveló al fin el segundo dato.
Me acerqué a Maco otra vez. ¿De dónde surgía la información que él me había
mostrado en la computadora? La mayoría de ellos, contestó, de la carta enviada por un
ex detenido uruguayo, un tal Juan. La buscó, me entregó el original y conservó una
copia. El remitente era de Amsterdam, y lo último que Maco sabía de Juan era que
estaba preso en Holanda.
Después de eso, ya en mi casa en Adrogué, me comuniqué con la agencia de turismo
para organizar mi viaje.
***
La tarde en que un grupo de chicos vestidos con uniforme de colegio entraron al bar en
que yo estudiaba y me robaron la cartera colgada del respaldo de la silla, yo ya había
comprado mi pasaje y depositado demasiadas expectativas en mi viaje a Europa como
para volverme atrás, aunque la dirección del tal Juan -en el sobre de su carta- se hubiera
perdido con la cartera. Me quedé con los antejos, un apunte y un lápiz negro en la mano,
de manera que mi amiga Dana -que estaba allí conmigo- debió prestarme dinero para
volver a Adrogué.
Al llegar, llamé a Maco. Como yo lo había anticipado en el trayecto a casa, él no había
guardado una copia del sobre, de manera que no conservaba la dirección de Juan. Visto
desde ahora, el panorama parece desalentador, pero con seguridad, en aquel momento
-más allá de la angustia inicial -la complicación no hacía más que agregar a la historia
cierto misticismo: cuando al fin encontrara a Juan, lo habría logrado "a pesar de todo".
***
Algunos meses después de mi visita a Antropólogos, pero antes del viaje a Europa, asistí
a un homenaje a los desaparecidos del Vesubio, también conocido como Puente 12; en
el expediente que me había mostrado Maco pude leer que mis padres habían estado allí.
Los detalles no vienen al caso, pero sí que en el evento conocí a Ana.
Nos presentó una conocida en común, y no sé cómo pero terminamos casi "amigas": Al
principio me interesé en ella con la intención de obtener datos sobre mis padres, pero
pronto me confirmó que jamás los había visto ni tampoco había oído hablar de ellos. No
me resultó del todo extraño: en su carta, Juan explicaba que él -y con él mis padres-
habían estado en una casa apartada del edificio principal, aunque dentro del predio del
Vesubio. La casa se conocía como "El Infierno".
Con Ana hablábamos bastante por teléfono, al punto que mi abuela -con quien yo vivía
por entonces- también conversaba con ella. Por supuesto le conté mi idea de viajar en
busca del tal Juan, y Ana se contuvo por un tiempo pero al fin -cuando faltaba poco y
nada para la partida- me llamó y me dijo: No vayas , Juan no existe. Había hablado con
otros ex detenidos, y nadie conocía o había oído hablar de Juan; por otra parte, la
versión sobre aquella "otra casa" les resultaba inverosímil y Ana no veía motivos para
creerle a alguien de quien nadie sabía nada. Por alguna razón no logró perturbarme.
Le dije que repensaría la idea del viaje, pero solo para tranquilizarla: me iría de todas
formas.
Dos noches antes de mi partida, Ana volvió a llamarme. De pronto, de la nada, había
recuperado un recuerdo: la mujer de Juan, el encuentro con él, a quien habían llevado a

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la casa donde su mujer estaba con Ana y con otras detenidas, para que se despidieran
antes de que a él lo liberasen y a ella terminaran por matarla. Andá nomás, me dijo, y yo
ya tenía la valija hecha.
***
Mis compañeras de viaje fueron Monique y Macarena, mis amigas de la infancia.
Pasamos por New York, Londres y París. De allí Monique volvió a Buenos Aires;
Macarena y yo nos quedamos en la ciudad otra semana, ella entretenida con un tal
Cameron y yo con todas las intenciones de contactar a María Laura, de quien había
leído un testimonio en Ni el flaco perdón de Dios, el libro de Juan Gelman. Su historia
era bastante distinta de la mía. Una abuela malísima -materna- las había criado a ella y a
su hermana tras la desaparición del padre y el "encarcelamiento a disposición del Poder
Ejecutivo" de la madre. Pero la versión de la abuela era otra: que el padre las había
abandonado, que la madre -desde luego por culpa de él- se había vuelto loca. Con el
regreso a la democracia, la madre se había llevado a las hermanitas a Francia. María
Laura, ya adulta, había estudiado Antropología y ganado una beca para estudiar no sé
qué cosa en las costas argentinas. Pero en realidad, en buena medida, viajaba para
buscar los restos de su padre.
Y los encontró. No recuerdo si lo relataba en el libro o me lo contó más tarde ella
misma, pero tras muchas idas y vueltas dio con el cuerpo de su papá. Como una
merecida venganza, velaron los restos en el pueblo en que la abuela malvada las había
criado.
Yo había diseñado el viaje para cruzarme con María Laura antes de llegar a Amsterdam,
con la sensación de que buscar no sería tan sencillo y de que quizás ella pudiera
enseñarme.
La llamé en cuanto llegamos a París, y ella me citó frente a la Bastilla, en un acto
político en repudio al presidente de Chile, a quien se le había ocurrido la loca idea de
viajar a Europa mientras en Londres se dirimía la suerte del dictador Pinochet.
Tampoco recuerdo cómo la reconocí o me reconoció, pero pronto tomábamos café en un
bar cercano junto a otros exiliados, algunos de la edad que tendrían nuestros padres. Las
marchas, cuando terminan bien, terminan así.
Por un momento tuve la fantasía de que alguno de los presentes podía haber conocido a
mis papás, pero como de costumbre nadie sabía nada de ellos. María Laura, por su
parte, parecía una experta en conservar el misticismo que dominaba en su relato del
libro: seria, distante, dispuesta a no hablar de más.
Aunque esta imagen no cierra con el hecho de que esa noche terminé en su casa, en una
cena que también compartimos con una chica a quien yo había conocido en mi paso por
HIJOS y a quien encontramos de casualidad en la marcha creo que con su novio, tal vez
él también estaba en esa casa aquella noche. Entonces María Laura sí habló bastante, de
hecho fue casi un monólogo en el que a los demás solo nos tocaba hacer exclamaciones
de sorpresa.
Quizás a fuerza de repetirlo, María Laura había construido un relato de su búsqueda en
el que "la más cruel realidad" se intercalaba con elementos mágicos, casi siempre
alguna especie de "huella" que su padre habría dejado en el mundo solo para que ella la
encontrase. Recuerdo algunas: por ejemplo, la tarde en que en no sé qué archivo, harta
de pasar diarios hoja por hoja en busca de la noticia de la "caída en combate" de su
papá, María Laura arrojó algunas de entre las que se soltó la que contenía el recorte
buscado. También hubo un sueño mítico en que ella se contactaba con no sé qué
personaje de la Biblia -quizás Ruth- que antecedió a la tarde en que, ya en el cementerio
al que la habían conducido todas sus averiguaciones, ese nombre guió de alguna manera
también mágica, el rastro de su padre en el eterno registro de NN.

25
Me acuerdo de mí misma esa noche, de mis vanos intentos por dormir bajo el techo a
dos aguas de la habitación del hermanito de María Laura -el hijo de la madre de ella con
su marido actual- , aterrorizada por el hecho de que no había ni un solo indicio mágico
en mi propia búsqueda, ante la evidencia de que los rastros corrientes no bastaban y de
que sin intervención sobrenatural yo nunca encontraría nada.
Antes de viajar a Amsterdam pasé por Amien Nord a visitar a una antigua pen friend; y
por Beckum, Alemania, donde una especie de e x me hospedó en la casa de los padres
de su pareja, donde también él mismo vivía. La madre de la chica lavó toda mi ropa con
suavizante y me preparó comida casera. Mi amigo hizo lo que pudo en la antesala de mi
partida hacia Holanda, y recuerdo la tarde anterior, cuando no pude evitar llorar y él
-para explicarse mis lágrimas- me preguntó si había estornudado.
***
Al llegar a Amsterdam, caminé demasiadas cuadras con la mochila al hombro,
encaprichada en el error de que en Holanda la numeración de las calles funciona de
acuerdo con un sistema similar al de Argentina. Al fin di con un deprimente albergue de
alguna asociación cristiana en el que dejé mis cosas antes de salir hacia el Correo
Central.
Todavía siento vergüenza cuando pienso en aquel episodio. Dos empleados se
divirtieron muchísimo con mi búsqueda de un hombre de quien yo solo sabía el nombre
y apellido. Pensarían que me había roto el corazón, pero no los contradije porque la
verdadera historia era demasiado larga y complicada, y además estaban en lo cierto: ese
nombre era para mí una verdadera fuente de desconsuelo.
Cansados de la broma, al cabo me sugirieron buscar en la guía telefónica que señalaron
a mis espaldas: decenas y decenas de tomos que yo debería explorar ya que ignoraba la
localidad en la que Juan vivía.
Tardé unas horas en darme por vencida, y como me quedaban pocos días en la ciudad,
salí a recorrerla. Quizás pensaba que me cruzaría con Juan por la calle, y que tal vez él
llevara su nombre pintado en la ropa.
***
Mi psicóloga me había dado el teléfono de una colega suya, Ildish; ya no sé si para que
le preguntase por Juan o para que, si resultaba necesario, d esahogara mi angustia con
ella. En cualquier caso, hice ambas cosas. Acordamos una cita en la que hablé sin
detenerme hasta que ella me interrumpió para preguntar cómo se llamaba el hombre al
que yo buscaba. Se lo dije. Y entonces dijo: Ah, sí, fue paciente mío.
Ildish había atendido a Juan a su llegada a Holanda, hacía de esto más de veinte años.
No rec uerdo si me contó algo acerca de él o no, pero sí que buscó en los archivos un
número telefónico que más tarde yo comprobaría fuera de servicio. Para no volver a
molestarla, seguí una de sus sugerencias: ir al Centro de Estudios Latinoamericanos en
Amsterdam .
Tal como Ildish había anticipado, en el lugar solo había argentinos, chilenos y uruguayo
s, más algunos holandeses que hablaban un defectuoso pero amable español. Estaban de
festejo, y ahora que lo escribo recuerdo que era 24 de marzo -anive rsario del golpe- y
que acababa de decidirse que Pinochet se quedaría en Inglaterra. Fue raro entrar a un
lugar así: como tele transportarme de Europa a algún café cercano a mi facultad o a una
asamb l ea de HIJOS, con la particularidad de que nadie me incluía en los abrazos que
los acontecimientos multiplicaban. La situación me resultó penosa, y también la
compasión que vi en los que aseguraban no conocer a Juan, ni a sus hijos ni -por las
dudas también pregunté por ellos- a mis padres.

26
Estaba a punto de retirarme, cuando se me ocurrió que tal vez me permitieran usar
internet para ahorrarme la fortuna que significaba el contacto regular con Buenos Aires.
Me dijeron que sí, creo que en gran medida porque ya no se atrevían a negarme nada.
Como me lo indicaron, en el fondo había una habitación con bibliotecas que
desbordaban de carpetas y libros, y cuatro o cinco computadoras (solo una estaba
ocupada). Saludé y me senté junto a una máquina. Al abrir mi casilla de mail encontré
unos cuantos mensajes, varios de ellos de los amigos que me apoyaban desde Argentina
y uno de Fabián que decía algo acerca de las búsquedas, nada trillado sino pensado y
escrito para mí, a pesar de que concluía con la consigna No olvidamos, no perdonamos,
no nos reconciliamos.
El hombre a mis espaldas giró para preguntarme si estaba bien y ofrecerme un pañuelo.
Yo, que apenas podía hablar, lo escuché a él: Pablo, ch i l eno, exiliado junto a sus
padres desde hacía dos décadas, periodista. Cuando me recuperé le conté mi historia y,
en una mezcla de solidaridad y curiosidad profesional, me ofreció ayuda. Q uedamos en
que él haría algunas averiguaciones y nos encontraríamos esa noche en su casa.
Mientras tanto, por si necesitaba "contención", me dio el teléfono de una familia
argentina que también había llegado a Amsterdam durante los setenta.
Al salir, llamé. Como me atendió un contestador, dejé un mensaje atolondrado en el que
sintetizaba quién era y qué hacía en la ciudad. No sabía bien por qué llamaba, pero por
si había alguien dispuesto a responder sin saber por qué, dejé el teléfono de mi albergue.
El resto del día recorrí Amsterdam.
Al llegar la noche tomé el tranvía hacia la casa de Pablo, que me recibió contento por
haber encontrado un dato para mí. Me senté junto a él y compartí el auricular del
teléfono para escuchar las con versaciones que mantenía con unos cuantos miembros de
la comunidad uruguaya en Holanda. El primero de ellos dijo que Juan estaba en
Barcelona, con una de sus hijas. No tenía la dirección, pero sí el nombre de la chica y no
creía que fuera difícil encontrarlos. Pablo cortó y llamó a la estación de trenes para
reservarme un pasaje, pero luego de eso, por las dudas, llamó a otro exiliado. No, Juan
está en Madrid, con el hijo: otro llamado a la terminal, otra reserva. Pero no podíamos
que darnos con aquellas versiones contradictorias; Pablo hizo un nuevo llamado, y al
parecer desde hacía algunos meses Juan se encontraba en Bélgica. Todo esto duró varias
horas, y al fin la mayoría de los consultados afirmaron con certeza que Juan había
regresado a Uruguay.
La novedad me desalentaba: en Europa, dispuesta a terminar esta historia "de una vez y
para siempre", la soledad me hubiera permitido no solo no afectar a mi familia con mis
inquietudes sino también angustiarme a mis anchas. Pablo compartió mi decepción: de
alguna forma, la historia ya no se resolvería cerca de él. Íbamos a cenar pero no
cenamos. Tomamos bastante vino y luego me acompañó al tranvía.
Al llegar al albergue, una recepcionista norteamericana con una crucecita al cuello me
dijo de mala manera que había recibido un mensaje de Raquel, la mujer a quien yo
había llamado por la tarde. Más por hablar con alguien que por otra cosa, la llamé. Me
dijo que no había entendido bien mi mensaje y que le explicara otra vez toda la historia.
Me interrumpió a la mitad: ¿Juan qué? Se lo dije. Ah, sí. Mi familia compartió el
refugio con la de él a nuestra llegada a Holanda, nuestros hijos crecieron juntos.
No necesitó mucho para convencerme de que diera de baja la reserva y me quedara en
Amsterdam para conocerla a ella y a sus hijos, que tenían el padre desaparecido y -a la
distancia de la Argentina- sentían una enorme curiosidad por una historia como la mía.
Halagada, pensé que esta vez María Laura sería yo. La única diferencia era que yo
nunca había encontrado nada, y que las pistas parecían no conducir a ninguna parte.
***

27
Raquel y dos de sus hijas me recibieron en Amsterdam como si nos conociéramos desde
siempre. Me hospedaron alternativamente en sus casas, una de esas extrañas costumbres
de los lugares a los que uno va de viaje y que yo soy incapaz de corresponder. Aunque
todavía me costaba creer que alguien pudiera interesarse en el relato de una búsqueda
frustrada, ellas me escucharon con atención; el elemento en verdad fantástico, por mi
parte, lo encontraba en que aquella familia hubiera vivido -hasta la hora de su exilio- en
Adrogué.
A pesar de que pronto terminó de comprobarse que Juan ya no vivía en Holanda, la
estadía no estuvo mal. Por un lado me sentía frustrada; por el otro, decidí dejarme llevar
por mis nuevas amigas que, al haber encontrado un nexo con su propio pasado, me
ofrecían incontables muestras de cariño. Dejé la ciudad solo dos días antes de la fecha
que indicaba mi pasaje de regreso. Visité Brujas y luego abordé un tren a París, donde
volvería a encontrarme con Macarena. Por que Raquel lo había conseguido para mí,
llevaba anotado el teléfono de Juan en Montevideo.
***
A pocos días de llegar a Buenos Aires, intenté llamar a Juan desde un locutorio, pero de
acuerdo con la operadora el número solicitado no correspondía con un abonado en
servicio. Agotada, decidí que Juan no existía, y que no incluiría en mi vida más gente
imposible de encontrar.
***
Un año más tarde, en el Bar del Lector, preparaba un trabajo para la facultad con mis
amigas Dana y Mayra; se habían sumado al grupo otra chica y un chico, ni siquiera
recuerdo sus nombres. Discutíamos la matriz burocrático disciplinaria del paradigma
educativo moderno y, al hablar del concepto de docilidad del cuerpo, alguien hizo
mención a la recién estrenada película Garage Olimpo. Yo no la había visto, pero los
demás contaban algo acerca de la celda de la protagonista. Hice un comentario sobre las
dimensiones de la celda de mi papá, y la chica me preguntó cómo conocía esos detalles.
Luego de explicarle que lo había leído en la carta del único sobreviviente del centro en
que habían estado mis padres, por alguna razón dije algo así como Pensar que fui a
buscarlo a Holanda y estaba en Uruguay... Entonces la chica dijo: No será Juan ¿no?
Su novio -Rodrigo- era el abogado de Juan en los trámites para cobrar la indemnización
que el Estado ofrecía a los ex detenidos, pero le habían robado la agenda y no tenía de
Juan más datos que yo: el nombre y el apellido, la ciudad de residencia. Hubo que
esperar a que él llamara.
Y Juan llamó cerca de tres meses después. Su abogado le había contado de mí y él había
accedido a verme. Rodrigo me había advertido que se trataba de un hombre muy
"básico", que apenas sabía leer y escribir. No es gran cosa, me dijo, él no habla mucho,
y yo le aseguré que no tenía grandes expectativas para aquel encuentro.
Ellos irían a la Cancillería a terminar un trámite, y quedamos en encontrarnos allí luego
de eso. Me acuerdo de esa mañana. Había dos policías en la puerta del edificio y por
cómo me miraron supuse que pensarían que yo era capaz de poner una bomba. Cuando
vi a Rodrigo ya no les presté atención: detrás de él llegaba Juan.
***
Tiempo después, cuando nació mi hija Juana, tardé unos segundos en comprender que
esa maravilla que la médica me enseñaba y el bebé que Fabián y yo habíamos estado
esperando eran una misma cosa. Esta vez fue similar: el Juan que me había imaginado
no se correspondía con aquel hombre que al caminar, encorvado, arrastraba los pies: el
perfecto estereotipo del ex detenido.
Yo había pensado en un caluroso abrazo, pero él apenas me extendió su mano, y cuando
Rodrigo propuso que fuéramos al bar de enfrente comprendí que no vería a Juan a solas.

28
Al rato pensé que eso era una suerte: el silencio me incomoda y Juan, sin mucho interés
por hablar, respondía a todas mis preguntas con sí, no o ahá. Rodrigo, que parecía más
inquieto que yo, cada tanto hacía algún comentario acerca de algún otro de sus "casos".
Pronto comprendí que no obtendría mucha información, no solo por la poca disposición
de Juan sino también porque una de las primeras cosas que dijo fue que los detenidos
tenían prohibido hablar entre sí. Entonces me limité a preguntar cosas sencillas pero que
también me importaban, como si los dejaban bañarse o qué comían. Respondió a todo,
pero siempre tras algún rodeo: Viste como es la vida o las cosas son así.
Durante casi una hora mi frustración no hizo más que crecer al ritmo de la de Rodrigo, y
todo empeoraba porque los dos nos angustiábamos también por el otro. Juan, mientras
tanto, persistía con su actitud. Por un momento pensé que si yo fuera él, la situación me
daría tanta pena que intentaría hablar de cualquier cosa para hacerla más distendida,
pero claramente eso no estaba entre sus preocupaciones.
Y ya habíamos pedido la cuenta cuando Juan dijo, al pasar: Y sí, yo al único que le vi la
cara fue a Roberto Coria. Dije: ¡Pero Juan! ¡Roberto Coria es mi papá! No sé cómo
encontró la manera de responderme con uno de sus ahá. Después de eso, sin embargo,
logró contarme con lentitud pero de corrido la escena de la conversación con mi padre.
Al parecer, las duchas estaban en un nivel distinto al de las celdas, y para bajar por las
escaleras, los detenidos tenían permitido levantarse un poco las capuchas (de pronto
pensé en las capuchas, recordé a las costureras de la Iglesia de Adrogué y las imaginé
fabricándolas por docenas). En una ocasión mi padre bajaba apoyado en la pared cuando
reparó en que unos ladrillos estaban flojos y empujó hacia fuera. Después giró, y tras él
estaba Juan. Si salís avisá que estamos en Puente 12. Soy Roberto Coria y estoy acá con
mi mujer. No sé qué más le dijo -aquello ya parecía demasiado para el contexto de la
prohibición de hablar-, pero Juan también recordaba que mi madre era maestra. Sólo
una vez en Europa transmitió aquel mensaje, cuando alguien redactó por él la carta que
veinte años después me entregarían en Antropólogos.
El encuentro terminó luego de que Juan concluyera su anécdota; y cuando nos
despedimos, me dijo: Al final hice lo que me pidió tu papá, te di su mensaje. Aquel
instante de lucidez me sorprendió, como si las palabras hubieran salido de la boca de
otra persona. En efecto, en cuanto terminó de pronunciarlas, Juan recuperó su apatía
habitual y nos despedimos.
Dos noches más tarde fuimos a comer a lo de Rodrigo, q ue preparó un riquísimo guiso
en otro de sus intentos de hacer amable la situación. Pero Juan, una vez más, arruinó sus
planes al despacharse con dos o tres detalles escabrosos por los que yo había preguntado
en el primer encuentro y que él entonces no había podido recordar. Me mantuve serena,
para no apenar aún más a Rodrigo y para que Juan siguiera contándome. En algún
momento de la noche, ambos me acompañaron a la parada del colectivo y nos
despedimos para siempre.
***
Dos meses antes de que la secuestraran , mi madre había dejado en casa de mis abuelos
el álbum de fotos de toda su vida, la pulsera de oro que le habían regalado para sus
quince años y el tapado de piel que había comprado con su sueldo de maestra. Como
crecí en la casa donde ella había vivido, escuché sus discos de Los Beatles, leí sus
ejemplares de El Principito y de Mafalda y, durante el revival hippie de los '90, usé sus
vestidos y polleras.
Mi tía Gloria me regaló las cartas que mi madre le había enviado a Estados Unidos a
principios de los '70. En cada una se describían en detalle los eventos del período, de
manera que conocí su versión de las vacaciones familiares en Mar del Plata, de la vida

29
cotidiana en la Facultad de Filosofía y Letras y de los avatares de las elecciones en las
que Cámpora accedió a la presidencia como avanzada de Perón.
Somos, como dice todo el mundo, "dos gotas de agua". En una ocasión, en Adrogué,
una mujer me miró asustada; pronto comprendí y me adelanté a aclararle que era la hija,
para que no se desmayara ante el fantasma de mi madre. Lo mismo me pasó con un ex
novio de ella, al que contacté y me visitó en casa de mis abuelos. Una tarde, mis
primitas me cantaron "tiene novio, tiene novio" porque vieron en mi cuarto una foto del
casamiento de mis padres y creyeron que la novia era yo.
Fui al mismo colegio que ella, de manera que a ambas nos aburrió la profesora de
literatura conocida como "La Momo" y nos sermoneó la Hermana Isabel; solo que
mientras mi madre estudiaba, la monja era maestra y para cuando yo empecé la primaria
ya había ascendido a directora. Su amiga Denise, la que al fin la delató con su novio
policía, fue a mediados de los noventa mi profesora de psicología, y también ella
parecía impresionada por el parecido, o tal vez la expresión de su rostro se debía a la
culpa.
De mi padre, en cambio, no conservo casi nada, salvo por el hecho de que Juana y yo
tenemos sus cejas. La noche en que los secuestraron, dos hombres desconocidos me
dejaron en la casa de mis abuelos maternos, y conmigo dejaron el bolso de maternidad
que llevaba mi madre. Lo había fabricado mi papá, que era artesano y hacía cosas con
cuero. Mi abuela materna lo conservó y también dos o tres monederitos que él les había
regalado a ella y a mis tías.
Además, en casa de mis abuelos estaban las fotos del casamiento, y hace dos años mi tía
Gloria encontró una de él poniendo un disco, la mejor de todas las que tengo. Mi tía
Cristina me regaló una foto que me había tomado con mi mamá, pero con él no tengo
ninguna; los militares que robaron todo lo que había en nuestra casa se llevaron también
la cámara de fotos con el rollo sin terminar.
De entre las cosas de mi abuela paterna -Blanca- rescaté los boletines escolares, dos
fotos de la niñez, una cartita infantil y una postal que mi papá le mandó desde la costa.
En una de sus cartas mi madre menciona que fueron a no sé dónde y se sumó también "
Robertito, el hermano de Silvia". Silvia, la única hermana, murió cuando yo tenía
dieciocho años, y mi abuela Blanca hace cinco, pero desde hacía mucho el alzheimer le
impedía recordar; mi abuelo los había abandonado cuando mi padre tenía cuatro años,
de modo que no queda nadie para contar nada.
Hace algunos meses contacté al cura que los casó, pero que antes de eso se había
debatido entre el amor de mi madre y el seminario, y al parecer ella misma lo había
convencido de que se ordenara. Una noche, le dije a Fabián: No puedo evitar pensar:
¿por qué mi mamá no se fue con este? Se hubiera ido con él al interior y no le hubiese
pasado nada. Fabián se enojó: Al final, reproducís el discurso de que tu mamá era una
tonta y tu papá la llevó de las narices. Tiene razón, y me impresioné por lo que yo
misma había dicho.
Recién ahora, que me dispongo a terminar este relato, comprendo por qué lo escribí.
Todos los hijos de desaparecidos queremos contar, pintar o filmar la historia de nuestros
padres: es porque necesitamos que tenga un sentido. Como María Laura, intento
presentar las cosas de modo que parezca que mi padre dejó para mí huellas en el mundo.
De alguna forma, siempre estuve enojada con él porque no me había dejado " nada", y
me reconforta imaginar esta especie de comedia de enredos por la que mi padre me hizo
llegar su mensaje. No creo en Dios ni en el destino, de manera que la manipulación que
hice de estos sucesos me parece irreprochable. Y por eso me alcanza y me sobra.
12 de octubre de 2005

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* Julia Coria nació en Adrogué (Prov. de Buenos Aires) en 1976. Es licenciada en
Sociología (UBA) y especialista en Educación (UDESA). Es docente de Sociología
General en la UBA. Publicó diversos cuentos en varias antologías y la novela Permiso
para quererte en el 2003.

La salvación
Por Isidoro Blaisten*

Buenas tardes, señor -dijo el viejo-, ¿qué desea?


-Señor -dijo el hombre que buscaba la salvación-, ¿tiene algo que me salve?.
El viejo dejó el lápiz encima de la boleta, lo corrió justo hasta el borde del talonario,
cerró las tapas, apoyó las manos sobre el mostrador, ladeó la cabeza, y se lo quedó
mirando por encima de los lentes.
El hombre ya empezaba a ponerse nervioso.
Por fin, el viejo dijo:
-Ajá, ¿conque algo que lo salve?
-Sí. ¿Tiene? -preguntó el hombre esperanzado.
El viejo tiró de la punta que asomaba apenas, extrajo el lápiz y dio unos cuantos
golpecitos en el mostrador.
-Conque algo que lo salve -dijo nuevamente.
"Qué despacioso", pensó el hombre, "parece un telegrafista".
El viejo arrugó la cara y miró los estantes de arriba, con un ojo achicado, como si
estuviera recordando. Después volvió a observar al hombre, salió de atrás del mostrador,
y se alejó hacia el fondo del local, que era muy largo y bastante oscuro. Regresó
empujando lentamente una escalera con rueditas, que estaba unida por un riel a los
estantes de arriba.
El hombre notó que el viejo renqueaba un poco de la pierna derecha. Creyó que iba a
subir, porque ya había apoyado la escalera, muy cerca de él, como a cinco pasos, pero el
viejo la sacudió un poco verificando la solidez de los peldaños, se sonrió y dijo:
-Ahora, señor, si usted se diera vuelta...
-¡Eso nunca! -dijo el hombre con el rostro demudado y haciendo un ademán de irse.
- Por favor -dijo el viejo sonriéndose más todavía-.
Por favor -volvió a decir-. No me interprete mal. Tiene que ser sin mirar. Dese vuelta y
cierre los ojos.
El hombre se dio vuelta y cerró los ojos.
El viejo tardaba. Por fin oyó que subía, respirando fuerte, como si le costase.
El hombre hizo un amago de girar el cuerpo. Desde lo alto escuchó la voz del viejo.
- Ah, no, así no vale. Ya le dije que tiene que ser sin mirar. Dese vuelta y cierre los ojos.
¡Y no espíe, eh!
El hombre apretó fuertemente los párpados, tanto, que la cara se le distendió en una
mueca, como si estuviese riendo con la boca cerrada.
Atrás, arriba, el viejo estaba revolviendo algo, alguna mercadería, que hacía ruido a lata.
De pronto el sonido cesó.
El hombre sintió que el corazón le empezaba a latir apresuradamente. Tuvo miedo. El
viejito no la podía encontrar. Ya la había vendido toda. Se daría vuelta en la escalera, y
le diría:
- Señor mío, lo siento mucho. No queda más. Ya puede mirar. Y bajando
despaciosamente los escalones, agregaría:
- Hasta la semana que viene no hay nada que hacer... Usted tendría que darse una
vueltita el jueves, o más seguro el viernes.

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Entonces él, saturado de cansancio, preguntaría por rutina:
-Y dígame, señor, ¿no sabe dónde se podrá conseguir por acá cerca?
-Pero no le estoy diciendo, señor, que la semana entrante la recibimos seguro -insistiría
el viejo ya un poco amoscado y apoyando la pierna renga en el suelo.
-No, no puedo esperar. Gracias -y tendría que irse, y suicidarse con bicloruro de
mercurio.
Pero no fue así. El viejo seguía revolviendo cosas. "Probablemente debe de haber cajas
de cartón, también", pensó el hombre, porque por momentos el ruido a lata se
amortiguaba.
El viejo dijo:
-Ajá, já, por ai cantaba Garay.
Por la forma como le salió la voz, parecía que estaba tironeando de algo. "Como si
estuviera sacando una muela", pensó el hombre.
-Ya está -dijo el viejo.
El hombre dio un salto. Una media vuelta como los soldados.
- Ah, no -dijo el viejo desde arriba-, sin darse vuelta.
El hombre volvió a su posición. No había alcanzado a ver más que el saco color gris rata
del viejo, un poco del pantalón marrón, de un marrón muy antiguo, porque le trajo un
recuerdo impreciso de cuando era chico, y dos rayas anchas y blancas.
La escalera empezó a crujir. El viejo bajaba. Al hombre le pareció que el descenso se le
hacía interminable. De frente, escondiendo algo detrás de la espalda, el viejo tarareaba
las palabras como los chicos:
-Ya está, ya está, ya está.
Llegó hasta donde estaba el hombre.
- Ahora, sin espiar, se me va a dar vuelta para el otro lado -dijo.
Y le apoyó la mano libre en el hombro, lo ayudó a girar, y verificó que tuviese los ojos
bien cerrados.
-¿Ya está? -preguntó el hombre.
-Ya va a estar, ya va a estar -dijo el viejo pasando detrás del mostrador.
Hizo un ruido con la bobina que al hombre le pareció raro, sobre todo al tirar del papel y
al cortarlo. Pensó que ya estaba exagerando. "Cuánta parsimonia", se dijo.
"Evidentemente, ya está haciendo el paquete. "Y lo que el viejito le estaba por vender
debía de ser bastante pesado, porque hizo un ruido contundente al ponerlo sobre el
mostrador.
- ¿Ya está? -volvió a preguntar el hombre, impaciente, aunque sabía que no estaba,
porque recién, recién el viejito lo había acomodado para envolverlo.
-Ya va a estar, ya va a a estar -y el hombre oyó nítidamente el crujido del primer doblez.
Además, pensó, debía de ser cuadrado, porque el viejito hacía los pliegues con golpes
secos, como siguiendo con la palma de la mano unos ángulos rígidos.
Ahora le estaba poniendo el piolín.
El viejo cortó el sobrante del hilo. "Seguro que con un alicate", pensó el hombre.
Después el viejo golpeó con el paquete ya hecho sobre el mostrador y dijo, canturreando
la a final como dándole la seguridad al hombre de que efectivamente había terminado:
-Ya está.
El hombre primero abrió los ojos, después sacudió la cabeza como un nadador que sale
del agua, se dio vuelta y miró el paquete.
El viejo lo sostenía colgado del moñito, con dos dedos, en un gesto casi gracioso. El
hombre vio que tenía forma de prisma, y que estaba eficientemente hecho, con papel
madera verde.

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"La verdad, que da gusto", pensó. Y sonriendo, lo agarró con las dos manos, como si
sacara la sortija.
Lo tuvo un momento contra el pecho. Después, como si recapacitara, lo puso debajo de
la axila, y metiendo la mano en el bolsillo del pantalón, preguntó apurado:
-¿Cuánto es?
- Novecientos noventa y cinco pesos -dijo el viejo-. ¿Necesita factura?
-No, no hace falta -dijo el hombre.
El viejo rebuscaba en el cajón del mostrador. El hombre hizo un gesto con la mano
rechazando el vuelto.
- Está bien, señor, déjelo.
- Valiente -dijo el viejo dándole una moneda de cinco pesos-.Que lo pase usted bien.
Buenas tardes -Y se agachó para recoger el lápiz que se había caído.
El hombre apretó el paquete y salió. Recién entonces se dio cuenta de que al abrirse la
puerta, sonaba como un carillón, o una caja de música.
El paquete era más o menos como un ladrillo, no tan grande, como le había parecido al
verlo, ni tampoco tan pesado.
El hombre deshizo el nudo con impaciencia, y consiguió desenvolver la primera vuelta
del hilo, porque el viejo le había dado dos. Cuando le estaba sacando los parches de
dúrex, y mientras pensaba: "Qué curioso, no me había dado cuenta de que le había
puesto dúrex. Prolijo, el viejito", lo atropelló el Mercedes de color verde musgo.
Prácticamente le aplastó la cabeza con la rueda izquierda.
Se juntó un montón de gente.
Lo taparon con una bolsa de cal, que un corredor de seguros mandó traer enseguida de
la obra en construcción que estaba al lado.
Cuando llegó la ambulancia, todos se corrieron y le dejaron paso. Deportivamente,
bajaron el chofer y el practicante; parecían dos jugadores al entrar a la cancha. Trotaron
hasta el hombre, se agacharon, lo destaparon y se miraron entre ellos.
El practicante quiso saber qué había en el paquete. El muerto lo sostenía apretado contra
el pecho. Trató de abrirle las manos, pero no pudo. Tampoco pudo separarle los dedos.
Entonces lo llevaron al hospital Pirovano. Lo bajaron con camilla y todo, y lo dejaron
en la guardia, encima de otra camilla verde, con las patas despintadas.
El enfermero fue a llamar a la doctora.
Vino la doctora. La doctora era joven y gorda. Hablaba como un hombre, y decía malas
palabras. Cuando lo destapó, hizo un gesto negativo con la cabeza.
Sintió curiosidad por el paquete. Intentó sacárselo. El practicante le dijo que no era tan
fácil, que él ya había probado.
La doctora dijo, poniendo cara de inteligente: "Es que los muertos son muy duros". Y el
practicante dijo: "Sí, parecen hijos de vascos".
La doctora tironeó de los restos del dúrex, y los desprendió. Sacó el papel
nerviosamente, el doble papel, porque el viejo había sido muy minucioso. Entonces su
expresión cambió. Su cara tenía ahora un visaje de asombro y desencanto.
La doctora creyó necesario hacer una frase entre el silencio de todos. La ocasión era
propicia y a la doctora le gustaban mucho las frases. Miró alternativamente al
enfermero, al chofer y al practicante, y dijo:
- Vean a qué cosas se aferran los seres humanos.

* Isidoro Blaisten nació en 1933 en Concordia, Entre Ríos. Fue periodista, fotógrafo y
librero. Publicó catorce libros, entre ellos: Cerrado por melancolía (cuentos), Cuando
éramos felices (ensayos), Al acecho (cuentos). Murió en 2004, año en que se editó su

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única novela: Voces en la sombra. "La salvación" pertenece al libro de cuentos del
mismo nombre (1971).

Caballo en el salitral
Por Antonio Di Benedetto
Agosto de 1924

El aeroplano viene toreando el aire.


Cuando pasa sobre los ranchos que se le arriman a la estación, los chicos se desbandan y
los hombres envaran las piernas para aguantar el cimbrón. Ya está de la otra mano,
perdiéndose a ras del monte. Los niños y las madres asoman como después de la lluvia.
Vuelven las voces de los hombres:
-¿Será Zanni..., el volador?
-No puede. Si Zanni le está dando la vuelta al mundo.
-¿Y qué, acaso no estamos en el mundo?
-Así es; pero eso no lo sabe nadie, aparte de nosotros.
Pedro Pascual oye y se guía por los más enterados: tiene que ser que el aeroplano le sale
al paso al "tren del rey".
Humberto de Saboya, príncipe de Piamonte, no es rey; pero lo será, dicen, cuando se le
muera el padre, que es rey de veras.
Esa misma tarde, dicen, el príncipe de Europa estará allí, en esa pobrecita tierra de los
medanales.
Pedro Pascual quiere ver para contarle a la mujer. Mejor si estuviera acá. A Pedro
Pascual le gusta compartir con ella, aunque sea el mate o la risa. Y no le agrada estar
solo, como agregado a la visita, delante del corralón. No es hosco; no está asentado, no
más: los mendocinos se ríen de su tonada cordobesa.
Se refugia en el acomodo de los fardos de pienso. Tanta tierra, la del patrón que él
cuida, y tener que cargar pasto prensado y alambrado para quitarles el hambre a las
vacas. Las manos que ajustan y cinchan dan con los yuyos que han segado en el camino:
previsión medicinal para la casa. Perlilla, tabaquillo, té de burro, arrayán, atamisque...
Mueve y ordena los manojos y la mezcla de fragancias le compone el hogar, resumido
en una taza aromática. Pero se adueña del olfato la intensidad del tomillo y Pedro
Pascual quiere compararlo con algo y no acierta, hasta que piensa, seguro: "...este es el
rey, porque le da olor al campo".
¿Eso, el tren del rey? ¿Una maquinita y un vagón dándose humo? No puede ser; sin
embargo, la gente dice...
Pedro Pascual desatiende. Lo llama esa carga de nubes azuladas, bajonas, que están
tapando el cielo. Se siente como traicionado, como si lo hubieran distraído con un
juguete zampándole por la espalda la tormenta. No obstante, ¿por qué ese disgusto y esa
preocupación? ¿No es agua lo que precisa el campo? Sí, pero... su campo está más allá
de la Loma de los Sapos.
La maquinita pita al dejar de lado la estación y a Pedro Pascual le parece que ha
asustado las nubes. Se arremolinan, cambian de rumbo, se abren, como rajadas, como
pechadas por un soplido formidable. El sol recae en la arena gris y amarronada y Pedro
Pascual siente como si lo iluminara por dentro, porque el frente de nubes semeja haber
reculado para llevarle el agua adonde él la precisa.
Ahora Pedro Pascual se reintegra al sitio donde está parado. Ahora lo entiende todo: la
maquinita era algo así como un rastreador, o como un payaso que encabeza el desfile
del circo. El "tren del rey", el tren que debe ser distinto de todos los trenes que se
escapan por los rieles, viene más serio, allá al fondo.

34
Es distinto, se dice Pedro Pascual. Se da razones; porque en el miriñaque tiene unos
escudos, y dos banderas... ¿Y por qué más? Porque parece deshabitado, con las
ventanillas caídas, y nadie que se asome, nadie que baje o suba. El maquinista, allá, y un
guarda, acá, y en las losetas de portland de la estación un milico cuadrado haciendo el
saludo, ¿a quién?
La poblada, que no se animaba, se cuela en el andén y nadie la ataja. Los chicos están
como chupados por lo que no ocurre. Los hombres caminan, largo a largo, pisan con
vigor y arrogancia, y harían ruido si pudieran, pero las alpargatas no suenan. Se hablan
alto, por mostrar coraje, mas ni uno solo mira al tren, como si no estuviera.
Después, cuando se va, sí, se quedan mirándole la cola y a los comentarios: "¡Será!...".
Antes que el tren sea una memoria, llega de atrás el avioncito obsequioso, dispuesto a
no perderle los pasos.
Tendrá que arrepentirse, Pedro Pascual, de la curiosidad y de la demora; aunque poco
tiempo le será dado para su arrepentimiento.
A una hora de marcha de la estación, donde ya no hay puestos de cabras, lo recibe y lo
acosa, lo ciega el agua del cielo. Lo achica, lo voltea, como si quisiera tirarlo a un pozo.
Lo acobarda, le mete miedo, trenzada con los refusilos que son de una pureza como la
de la hoja del más peligroso acero.
Pedro Pascual deja el pescante. No quiere abandonar el caballito; pero el monte es
achaparrado y apenas cabe él, en cuclillas. El animal humilde, obediente a una orden no
pronunciada, se queda en la huella con el chaparrón en los lomos.
Entonces sucede. El rayo se desgarra como una llamarada blanca y prende en el
alpataco de ramas curvas que daban amparo al hombre. Pedro Pascual alcanza a gritar,
mientras se achicharra. Ruido hace, de achicharrarse.
El caballo, a unos metros, relincha de pavor, ciego de luz, y se desemboca a la noche
con el lastre del carro y el pasto que le hunde las ruedas en la arena y en el agua, pero no
lo frena.
Clarea en el bajo, mas no en los ojos del animal.
Ha huido toda la noche. Afloja el paso, somnoliento y vencido, y se detiene. El carro le
pesa como un tirón a lo largo de las varas; sin embargo, lo aguanta.
Cabecea un sueño. La pititorra picotea la superficie del pasto y a saltitos lleva su osadía
por todo el dorso del caballo, hasta la cabeza. El animal despierta y se sacude y el
pajarito le vuela en torno y deja a la vista las plumas blancas del pecho, adorno de su
masa gris pardusca. Después lo abandona.
El cuadrúpedo obedece al hambre, más que a la fatiga. El pienso mojado de su carga le
alerta las narices. Hunde el casco, afirma el remo, para darse impulso, y sale a buscar.
Huele, tras de orientarse, si bien donde está ya no hay ni la huella que ayuda y el
silencio es tan imperioso que el animal ni relincha, como si participara de una mudez y
una sordera universales.
El sol golpea en la arena, rebota y se le mete en la garganta.
No es difícil -todavía- beber, porque la lluvia reciente se ha aposentado al pie de los
algarrobos y el ramaje la defiende de una rápida evaporación.
El olor de las vainas le remueve el instinto, por la experiencia de otro día de hambre
desesperada, pero el algarrobo, con sus espinas, le acuchilla los labios. El atardecer
calma el día y concede un descanso al animal.
La nueva luz revela una huella triple, que viene al carro, se enmaraña y se devuelve. La
formaron las patitas, que apenas se levantan, del pichiciego, el Juan Calado, el del
vestido trunco de algodón de vidrio. El pasto enfardado pudo ser su golosina de una
noche; estacionado, su eterno almacén. Muy elevado, sin embargo, para sus cortas
piernas.

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Muy feo, además, como indicio del desamparo y la pasividad del caballo de los ojos
impedidos. Ahí está, débil, consumiéndose, incapaz de responder a las urgencias de su
estómago.
Una perdiz se desanuda del monte y levanta con sus pitidos el miedo que empieza a
gobernar, más que el hambre, al animal uncido al carro. Es que vienen volteando los
yaguarondíes. La perdiz lo sabe; el caballo no lo sabe, pero se le avisa, por dentro.
Los dos gatazos, moro el uno, canela el otro, se tumban por juego, ruedan empelotados
y con las manos afelpadas se amagan y se sacuden aunque sin daño, reservadas las uñas
para la presa incauta o lerda que ya vendrá.
El caballo se moja repentinamente los ijares y dispara. El ruido excesivo, ese ruido que
no es del desierto, ahuyenta a los yaguarondíes, si bien eso no está en los alcances del
carguero y él tira al médano.
La arena es blanda y blandas son las curvas de sus lomadas. Otra, de rectas precisas, es
la sólida geometría del carro que se esfuerza por montarlas.
Sin embargo, en esa guerra de arena tiene un resuello el animal. Ofuscado y resoplante,
tupidas las fosas nasales, no ha sondeado en largo rato en busca de alimento, pero el pie,
como bola loca, ha dado con una mancha áspera de solupe. La cabeza, por fin, puede
inclinarse por algo que no sea el cansancio. Los labios rastrean codiciosos hasta que dan
con los tallos rígidos. Es como tragarse unos palos; no obstante, el estómago los recibe
con rumores de bienvenida.
El ramillete de finas hojas del coirón se ampara en la reciedumbre del solupe y, para
prolongar las horas mansas del desquite de tanta hambruna, el coirón comestible se
enlaza más abajo con los tallos tiernos del telquí de las ramitas decumbentes.
El olor de una planta ha denunciado la otra, mas nada revela el agua, y el animal
retorna, con otro día, hacia las "islas" de monte que suelen encofrarla. Un bañado turbio,
que no refleja la luz, un bañado decadente que morirá con tres soles, lo retiene como un
querido corral.
Las islas y las isletas se pueblan de sedientos animales en tránsito; disminuye su
población cuando unos se dañan a otros, sin llegar a vaciarse.
El caballo se perturba con la vecindad vocinglera y reñidora, aunque nadie, todavía, se
ha metido con él. Un día guarda distancia, condenándose al sol del arenal; al otro se
arriesga y puede roer la miseria de la corteza del retamo.
De las islas se suelta la liebre. Ahonda su refugio el cuí. El zorro prescinde de su odio a
la luz solar y deja ver a campo abierto su cola ampulosa detrás del cuerpo pobrete.
Únicamente en el ramaje que da vida, la de los pájaros; pero ellos también se silencian:
viene el puma, el bandido rapado, el taimado que parece chiquito adelante y crece en su
tren trasero para ayudar el salto.
No busca el agua, no comerá conejos. Desde lejos ha oteado en descubierto el caballo
sin hombre. Se adelanta en contra del viento.
A favor, en cambio, tiene el aire una yegua guacha, libre, que no conoció jamás montura
ni arreo alguno. Acude a las islas, por agua.
La inesperada presencia del macho la hace relinchar de gozo y el caballo en las varas
vuelca la cabeza como si pudiera ver, armando sólo un revuelo de moscas. En los
últimos metros, la yegua presume con un trotecito y al final se exhibe, delante, cejada,
con sus largas crines y su cuerpo sano.
En el caballo resucita el ansia carnal. Si ella postergó la sed, él puede superar la
declinación física.
Se arrima, se arriman él y su carro. La hembra desconfía de ese desplazamiento
monstruoso, no entiende cómo se mueve el carro cuando se mueve el macho. Corcovea,

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se escurre al acercamiento de las cabezas que él intenta, como un extraño y atávico
parlamento previo.
Brinca ella, excitada y recelosa; se aturde por el ímpetu cálido que la recorre. Y
aturdida, conmovida, descuidada, depone su guardia montaraz y rueda con un relincho
de pánico al primer salto y el primer zarpazo del puma.
Como herido en sus carnes, como perseguido por la fiera que está sangrando a la
hembra, el caballo enloquece en una disparada que es traqueteo penoso rumbo adentro
del arenal.
Corta fue la arena para el terror. La uña pisa ya la ciénaga salitrosa. Es una adherencia,
un arrastre que pareciera chuparlo hacia el fondo del suelo. Tiene que salir, pero sale a
la planicie blanca, apenas de cuando en cuando moteada por la arenilla.
Gana fuerzas para otro empujoncito mascando vidriera, la hija solitaria del salitral, una
hoja como de papel que envuelve el tallo alto de dos metros igual que si apañara un
bastón.
Más adelante persigue los olores. Huele con avidez. Capta algo en el aire y se empeña
tras de esto, con su paso de enfermo, hasta que lo pierde y se pierde.
Ahora percibe el olor de pasto, de pasto pastoso, jugoso, de corral. Lo ventea y mastica
el freno como si mascara pasto. Masca, huele y gira para alcanzar lo que imagina que
masca. Está oliendo el pienso de su carro, persiguiendo enfebrecido lo que carga detrás.
Ronda una ronda mortal. El carro hace huella, se atasca y ya no puede, el caballejo, salir
adelante.
Tira, saca pecho y patina. Su última vida se gasta.
Tan sequito está, tan flaco, que luego, al otro o al otro día, como ya no gravita nada, el
peso de los fardos echa el carro hacia atrás, las varas apuntan al firmamento y el cuerpo
vencido queda colgado en el aire. Por allá, entretanto, acude con su oscura vestimenta el
jote, el que no come solo.
Un setiembre
Lavado está el carro, lavados los huesos, más que de lluvia, por las emanaciones
corrosivas y purificadoras del salitre.
Ruina son los huesos, caídos y dispersos, perdida la jaula del pellejo. Pero en una punta
de vara enredó sus cueros el cabezal del arreo y se ha hecho bolsa que contiene, boca
arriba, el largo cráneo medio pelado.
Sobre la ruina transcurre la vida, a la búsqueda de la seguridad de subsistencia: una
bandada de catitas celestes, casi azules los machos, de un blanco apenas bañado de cielo
las hembras.
Con ellas, una pareja de palomas torcazas emigra de la sequía puntana. Ya descubren,
desde el vuelo, la excitante floración del chañar brea, que anchamente pinta de amarillo
los montes del oeste.
Sin embargo, la palomita del fresco plumaje pardo comprende que no podrá llegar con
su carga de madre. Se le revela, abajo, en medio de la tensa aridez del salitral, el carro
que puede ser apoyo y refugio. Hace dos círculos en el aire, para descender. Zurea, para
advertir al palomo que no la sigue. Pero el macho no se detiene y la familia se deshace.
No importa, porque la madre ha encontrado nido hecho donde alumbrar sus huevos.
Como una mano combada, para recibir el agua o la semilla, la cabeza invertida del
caballito ciego acoge en el fondo a la dulcísima ave. Después, cuando se abran los
huevos, será una caja de trinos.

De: El cariño de los tontos, de Antonio Di Benedetto, 1961.


* Antonio Di Benedetto nació en Mendoza en 1922. Periodista y escritor, sus novelas
Zama, El silenciero y Los suicidas constituyen, al decir de Juan José Saer, "uno de los

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momentos culminantes de la narrativa en lengua castellana de nuestro siglo". En 1976
fue secuestrado por el ejército; lo liberaron en 1977. Se exilió en EE.UU., Francia y
España. Otras obras: Annabella, Novela en forma de cuento (1974), Cuentos claros
(1969). En 1984 regresó a la Argentina, donde murió en 1986.

Berkeley o Mariana del universo


Por Liliana Heker

- ¿Cuánto falta para que vuelva mamá?


Es la cuarta vez que Mariana ha hecho esta pregunta. La primera, su hermana Lucía
contestó que enseguida volvía; la segunda que cómo diablos iba a saber ella cuándo
volvía; la tercera no contestó nada: todo lo que hizo fue levantar las cejas y mirarla a
Mariana. Razón por la cual Mariana decidió que las cosas empezaban a marchar mal y
que lo mejor era no hacer más preguntas. Después de todo, pensó, para qué quiero que
mamá vuelva si Lucía..., se corrigió: para qué quiero que mamá vuelva si mi hermana
mayor está aquí conmigo. Entrecerró los ojos, conmovida. Las hermanas mayores
protegen a las hermanas pequeñas, pensó como quien declama; qué suerte tan grande es
tener una hermana mayor. Lucía, con anchas alas de ángel de la guarda, planeó durante
un segundo sobre su cabeza. Pero ferozmente la imagen alada fue reemplazada por otra:
la que volvía cada vez que su madre se iba y las dejaba solas: Lucía, con los ojos
desorbitados y el pelo revuelto, estaba apuntándola con un revólver. Otras veces no
había tenido revólver: todo lo que intentaba entonces era arrancarle los ojos con las
uñas. O ahorcarla. La causa sí era siempre la misma: se había vuelto loca.
Ya se sabe que los locos matan a la gente, es decir que si Luci se volvía loca cuando
estaban solas, la iba a matar a ella: he ahí la cuestión. De modo que Mariana decide
abandonar sus buenos propósitos y por cuarta vez pregunta:
- ¿Cuánto falta para que vuelva mamá?
Lucía deja de leer y suspira.
- Lo que yo querría saber -dice, y Mariana piensa: dijo querría; es decir que en estos
casos se dice querría, no: quisiera- ; lo que yo querría saber es para qué diablos la
necesitás siempre a mamá.
- No -Ahora ella me va a preguntar: ¿no, qué?; esta idiota siempre se las arregla para
amargarle la vida a una, pero Lucía no dice nada y Mariana sigue- : Preguntaba por
curiosidad, nomás.
- A las doce -dice Lucía.
- ¡Cómo a las doce! -grita Mariana- . ¡Si recién son las nueve menos diez!
- Caminando -dice Lucía.
Mariana se ríe enormemente del chiste; por un momento cree que va a reventar de risa.
Para ser franca, nunca ha conocido ni cree que exista sobre la tierra alguien tan gracioso
como su hermana. Es la persona más chistosa y simpática del mundo; y nunca se va a
volver loca. ¿Por qué tendría que volverse loca justamente ella que es tan fantástica?
- Lu - dice con adoración- , juguemos a algo, ¿querés?
- Estoy leyendo.
- ¿Qué leés?
- El Hombre Mediocre.
- Ah - seguro que ahora me pregunta si yo sé qué quiere decir hombre mediocre, y yo no
voy a saber, y ella me va a decir para qué decís ah si no sabés, pedazo de estúpida.
Rápidamente pregunta:
- Luci, ¿qué era lo que quería decir "hombre mediocre"?
- El hombre mediocre es el que no tiene ideales en la vida.

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- Ah -eso la tranquiliza porque ella sí tiene ideales en la vida: siempre se imagina que ya
es grande y que entonces los problemas se acaban, y todos la comprenden a una, y las
cosas salen bien, y el mundo es maravilloso. Y eso es tener ideales en la vida.
- Luci -dice- , nosotras dos no somos mediocres, ¿no?
- Una hincha -dice Lucía- . Eso es lo que sos vos.
- Luci, ¿por qué será que vos nunca te podés llevar bien con la gente?
- Oíme, Mariana, ¿por qué no me dejás leer en paz?
- Te llevás mal con toda la gente. Qué barbaridad, Luci. Siempre te peleás con mamá y
papá. Y con toda la gente -Mariana suspira- . Vos les das muchos disgustos a tus padres,
Luci.
- Ojalá te mueras, Mariana.
- ¡Sos una porquería, Luci, eso es lo que sos! La muerte no se le desea a nadie, ni al
peor enemigo se le desea, y mucho menos a una hermana.
- Claro, ahora ponete a llorar, ¿sabés?, así después me gritan que yo te torturo.
- ¿Después? ¿Cuándo después?¿Vos sabés con exactitud cuándo va a volver mamá?
- Después -Lucía ha vuelto a la lectura de El Hombre Mediocre- . Después es después -
levanta los ojos y frunce el ceño como si estuviera meditando algo muy serio- . El
futuro, quiero decir.
- ¿Qué futuro? Vos me dijiste que mamá va a volver enseguida.
Lucía sacude la cabeza con fatalismo y vuelve al libro. - Sí, sí, sí, va a volver enseguida
-dice.
- No. Sí, sí, sí, no. ¿Va a volver enseguida o no va a volver enseguida?
Lucía mira a Mariana con ojos fulminantes; después parece recordar algo y sonríe
brevemente.
- ¡Y qué más da, después de todo? -se encoje de hombros.
- ¿Cómo qué más da? Decís cada cosa, vos. Si uno vuelve antes, está antes, ¿no?
- Si uno vuelve, sí.
- ¿Qué?
- Digo que si uno vuelve, sí. ¿Me vas a dejar leer?
- ¡Perra! ¡Eso es lo que sos! Lo que pasa es que a vos te gustaría que mamá no vuelva
nunca.
Lucía cierra el libro y lo apoya sobre la cama.
Suspira.
- No es que a mí me guste -dice- . Decía que para el caso da lo mismo que mamá esté
acá, o esté allá.
- ¿Allá, dónde?
- Allá. Da lo mismo.
- ¿Cómo, da lo mismo?
Lucía apoya el mentón sobre las dos manos y mira fijamente a Mariana.
- Oíme, Mariana -dice- . Tengo que decirte algo: Mamá no existe.
Mariana se sobresalta.
- No digas idioteces, querés -dice, aparentando serenidad
- . Ya sabés que a mamá no le gusta que digas idioteces.
- No son idioteces. Además, ¿qué importa lo que diga mamá, si mamá no existe?
- Luci, por última vez te lo digo: no-me-gus-ta que inventes estas cosas.
- Aay, Mariana -dice Lucía con tono de fatiga- , si no lo invento yo: hay toda una teoría
que dice eso; un libro.
- ¿Dice qué?
- Lo que te dije. Que nada existe. Que el mundo lo inventamos nosotros.
- ¿Inventamos qué, del mundo?

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- Todo.
- Querés asustarme, Luci. Las teorías no pueden decir cosas así. ¿Cómo, cómo dice? En
serio, Luci.
- Te lo dije mil veces. El escritorio, ¿entendés? No es que acá haya un escritorio de
verdad: vos pensás que hay un escritorio. ¿Te das cuenta? Vos, en este momento, creés
que estás adentro de una pieza, sentada en la cama, hablando conmigo, y te parece que
en otro lugar, lejos, está mamá. Por eso querés que mamá vuelva. Pero resulta que los
lugares no existen, que no hay ni cerca ni lejos. Que todo está dentro de tu cabeza. Vos
lo estás imaginando.
- ¿Y vos?
- ¿Yo qué?
- Claro -dice Mariana con súbita alegría- , ¿cómo puede ser que vos pienses que el
escritorio existe justo en el mismo lugar en que yo pienso que existe?
- Pero no, Marianita mía. Nunca entendés nada.
No es que las dos nos imaginemos que existe en el mismo lugar: es que vos te imaginás
que las dos nos imaginamos que existe en el mismo lugar.
- No, no. Vos no me entendés, Luci. No es que cada uno piense por separado y una no se
pueda enterar de lo que pensó la otra. Una habla de lo que se imagina. Yo te digo:
¿cuántos cuadros hay en esta pieza? Yo pienso: en esta pieza hay tres cuadros. Y justo
en ese momento vos me decís que en esta pieza hay tres cuadros. Quiere decir que los
tres cuadros están aquí, que nosotras los vemos, no que los pensamos.
Porque dos personas no pueden pensar lo mismo al mismo tiempo.
- Dos personas, no.
- ¿Qué?
- Que dos personas, no.
- No entiendo.
- Que a mí también me estás imaginando, Mariana.
- ¡Mentira!¡Mentira! Sos la persona más mentirosa que vi en el mundo. Te odio, Lucía.
Pero, ¿no te das cuenta? Si yo te estoy imaginando, ¿vos cómo lo sabés?
- Yo, ni lo sé ni lo dejo de saber. Sos vos la que me inventa. Inventás a una persona que
se llama Lucía y es tu hermana, y que sabe que vos la inventás. Eso es todo.
- No, ¡Luci! ¡Decí que no! ¿Y el libro?
- ¿Qué libro?
- El libro que lo dice.
- ¿Qué dice qué?
- Que las cosas no existen.
- Ah, el libro... El libro también te lo imaginás vos.
- ¡Mentira, Luci, mentira! Yo nunca me podría imaginar un libro así. Si yo nunca sé esas
cosas, ¿te das cuenta, Luci? Cómo iba a imaginarme algo tan difícil.
- Pero Mariana, ese libro no es nada comparado con las otras cosas que te imaginaste.
Pensá en la historia, y en la ley de gravedad, y en las matemáticas, y en todos los libros
que se escribieron en el mundo, y en las vacunas, y en la telegrafía sin hilos, y en los
aviones. ¿Te das cuenta?
- No, Lucía, por favor. Todo el mundo conoce estas cosas. Mirá: yo traigo un montón de
gente a esta pieza; les digo: cuando cuente hasta tres, todos, al mismo tiempo,
señalamos la radio con un dedo. Y todos, vas a ver, todos íbamos a señalar para el
mismo lado. Juguemos, Luci, juguemos a señalar cosas. Te lo pido por favor.
- ¿Pero sos estúpida, vos? ¿No te estoy diciendo que sos vos la que se imagina a toda la
gente del mundo?

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- No te creo. Lo decís para asustarme. Cómo me voy a imaginar a toda la gente del
mundo. ¿Y mamá? ¿Y papá?
- También.
- ¡Entonces yo estoy sola, Lucía!
- Completamente sola.
- ¡Mentira! ¡Mentira! ¡Decí que mentís! Lo decías para asustarme, ¿no es cierto? Claro.
Si acá está todo: las camas, el escritorio, las sillas. Yo lo veo, lo toco si quiero. Decí que
sí, Luci. Que todo es como antes.
- ¿Y para qué querés que te lo diga si igual vas a ser vos imaginando que yo te lo digo?
- ¿Siempre yo? ¿Pero entonces no hay nada más que yo en el mundo?
- Claro.
- ¿Y vos?
- ¿No te digo que me estás pensando?
- No quiero, Luci. Tengo miedo. Tengo mucho miedo, Luci. ¿Cuánto falta para que
venga mamá?
Mariana se asoma al balcón. ¡Mamá, vení pronto!, ruega. Pero ya no sabe a quién le está
rogando, ni para qué. Cierra los ojos y el mundo desaparece; los abre y vuelve a
aparecer. ¿Por qué justamente ella, existiendo sola en el Universo? Si no puede pensar
en mamá, ya no tendrá mamá, y son demasiadas cosas para pensarlas al mismo tiempo.
De pronto puede olvidarse del sol, o de la casa, o de Lucía. O peor: puede acordarse de
Lucía, pero de Lucía loca que viene con un revólver para matarla, y ahora sí que ella
sabe lo peligroso que es eso. Porque si no puede dejar de pensarlo, Lucía será así, loca,
y la matará. Y ya no existirá nadie para pensar en todas las cosas.
Se irán los árboles, y el escritorio, y las tormentas. Se irá el color rojo y se irán los
países. Y los leones en África, y el globo terráqueo, y la luna, y los cantos. Y nadie sabrá
nunca que una vez, una chica que se llamaba Mariana inventó un lugar muy
complicado, que llamó el Universo.

* Liliana Heker nació en Buenos Aires en 1943. Crítica literaria y escritora, fue
cofundadora y codirectora de las revistas literarias: "El Escarabajo de Oro" (1961-1974)
y "El Ornitorrinco" (1976-1985), donde trabajó -entre otros- junto con Abelardo Castillo
y Julio Cortázar. Entre sus libros se encuentran: Los que vieron la zarza (1966), Las
peras del mal (1982), El fin de la historia (1996) y La crueldad de la vida
(2001)."Berkeley o Mariana del universo" pertenece a Acuario (1972).

Los ahogados
Por Orlando Barone*

La mujer tendría treinta y tantos años. O más quizás. Pero el tono bronceado de su piel,
su cuerpo deportivo y delgado metido en un buzo, y el pelo rubio, revuelto, la
rejuvenecían. Al menos ante los ojos del pescador solitario que sin querer la había
descubierto cuando ella caminaba entre los peñascos.
Era un atardecer de otoño en Punta del Diablo, ese pueblito uruguayo que sin los turistas
del verano parece sacado de Moby Dick, y donde solo es posible encontrar hombres
toscos, barquitos destartalados que al alba se hacen al mar, tiburones vaciados y
secándose en largas filas al sol, y una taberna miserable llena de olor a tabaco. Hay allí
un cementerio increíble con diez o doce cruces desorientadas semihundidas en un arenal
sin fronteras ni ninguna entrada ni salida. Se siente la impresión de que allí no se muere
nadie, aunque se sabe que son menos los que se entierran que los que se ahogan y
pierden para siempre en el mar.

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La muchacha -ahora podemos decir la muchacha, desde la visión de aquel hombre duro
y fatalmente solitario- vacilaba cada tanto entre los pequeños obstáculos de piedra. Al
rato pudo lograr su objetivo: pararse en la roca más alta desde donde se alcanzaba a
dominar todo el mar. Mientras ella, levemente temblorosa por el viento o la soledad, o
quién sabe qué sentimientos profundos que la acosaban miraba como encantada hacia lo
infinito, el hombre la miraba a ella arrebatado.
A lo lejos, entonces, se oyó el motor del auto que ella había contratado en el Este, que se
volvía con el chofer. En el pueblo nadie parecía darse cuenta de nada; los rumores del
paisaje sepultaban los pequeños rumores de una bomba de agua o de una voz entre las
casas sin destino aparente. La muchacha y el pescador seguían en la playa, apenas
separados por un trecho de arena húmeda. Ninguno de los dos se había visto nunca;
aunque ahora el pescador era el único de los dos que había visto al otro.
Acaso para la sencilla preocupación de aquel hombre esa mujer, esa tarde, había ido allí
por extravagancia, sin saber dónde iba. Tantas turistas aburridas de una situación
confortable se creían capaces, un instante, de integrarse a esa vida incómoda que les
parecía bellamente salvaje. Pero solo un instante.
Sin embargo, la manera en que ella se inclinaba en la roca sin interés por el pueblito ni
por ninguna otra cosa fuera del mar, revelaban una actitud decidida, una elección
meditada, no empujada por el azar o por un acto irreflexivo.
El hombre antes de eso había tomado vino. El vino dentro de él se movía como el agua
que él veía agitarse delante. Eran dos mares, el de afuera y el de adentro buscándose,
arañándose, lamiéndose, y él en el medio ahogándose. Por culpa de la intrusa, de esa
presencia conmovedora y confusa, el vino empieza a inquietarlo. Ve imágenes alteradas:
las de una mujer desnuda entrando y saliendo del mar; un tiburón arponeado en el
corazón, desangrándose; una gaviota sobre una almeja, picoteándola. En cada una de
esas imágenes hay curvas, hay algo rojo o húmedo, hay movimientos eróticos. Aunque
el hombre no sabe interpretar esos signos y jamás se le hubiera ocurrido esa palabra
-eróticos- siente que esa circunstancia es un privilegio y quiere asumirla. Gozarla.
Se toca instintivamente la nuca como si se acariciara con un cuchillo. Tiene calor, a
pesar de que está casi desnudo y el viento es frío. Hay un olor a peces y a gaviotas vivas
y muertas y en la playa no hay nadie. Los barquitos de pesca duermen en la arena como
si los hubieran abandonado hace mucho y hubieran de estar así eternamente. Las
casuchas, apenas iluminadas por un pabilo o una lámpara a kerosén o garrafa, se pierden
semienterradas entre los médanos. Las sombras entre las dunas hacen que todo parezca
mar. Algo irreal le concierne a esa parte del mundo; ni siquiera tocándose el cuerpo el
hombre siente que es una prueba de que existe. Nunca el vino y el mar juntos le han
producido ese efecto: el de un náufrago en una isla desierta que acabara de descubrir un
tesoro. No se pregunta si el tesoro le sirve en esa situación límite. Tampoco si el tesoro
es auténtico o apócrifo, y si no lo han puesto allí para engañarlo. Es crédulo esta vez
porque la pasión no duda: arremete.
La luna surge como un ojo de pescado obsesivo y lleno de una luz muerta, una luz
alimentada por restos de cosas hundidas e irrevocables; ahogadas.
La mujer, ágil y decidida, se saca el buzo; no tiene puesto nada debajo. A treinta metros
el otro cuerpo se sacude instintivamente; jamás sintió el hombre lo que ahora sentía con
una lucidez saturada de perversión y de incontrolables varahadas de algo sucio o limpio,
quién sabe.
En él la tentación de saltar los treinta metros y atraerla hacia sí, cede paso a un
pensamiento estratégico y paciente. Intuye que la muchacha ha ido hacia allí a buscar
algo. A despojarse de alguna historia de amor, a borrar a un hombre. Cree recordarla un
domingo anterior acompañada de un muchacho rubio con su tabla de velas. Los

42
recuerda besándose; los ve una y otra vez desde el barco mientras se hace a la mar y
prepara sus redes. La escena se disipa en un remolino de ideas turbias que achaca al
vino. La mujer se agita, se altera como si la recorriese una anguila eléctrica. No sabe
cómo ni por qué: presiente una desproporción entre lo que él espera y la realidad, entre
lo que él desea poseer y lo que el destino le concede.
Han pasado pocos minutos y acaba de sacarse el cuchillo del cordel que ajusta el único
trapo que usa, más por hábito que por pudor, entre la cintura y los muslos. El tacto en la
empuñadura lo inquieta. O lo excita. Ve el hermoso pecho de la muchacha lleno de luz
blanca y se acuerda de aquel gran pez al que nunca pudo atrapar aunque se colgaba de
sus anzuelos y después de simular y hacerle creer que cedía, desaparecía otra vez en el
mar, burlándose.
Clava el cuchillo en la arena y siente que se desprende de un mal con alivio. Una
reacción extraña si se piensa cuánta violencia ha provocado siempre en su corazón no
medir la frontera del vino.
En ese momento oye el ruido de un cuerpo arrojándose al mar. No tiene tiempo de
pensar nada; ve a la muchacha nadar y alejarse y ve que su estilo es suave, como de
alga.
Absorbido por su propia inocencia el hombre resume su perpleja visión lleno de
esperanza: piensa que la muchacha nadará y volverá antes de cruzar la rompiente. Él se
le acercará entonces, se le acercará, eso piensa ya olvidado del cuchillo que ha clavado
en la arena. Ya olvidado de todo.
Se agarra con los pies en el médano. Está en una posición de animal hechizado por una
presa. Pero lo que distingue en la oscuridad lo sacude y conmueve: la ve alejarse hasta
hacerse chiquita que parece perderse. Donde ella se pierde los tiburones podrían
encontrarla.
Tiene miedo de eso, de que ella no vuelva; aunque tal vez ella ya sabe lo que hace. Es
rubia. Y está triste. Rubia o morena, del color que alguien sea la tristeza es la misma.
Nunca el pescador lo ha sabido como ahora.
Todo se esfuma de pronto; se complica como si alguien enturbiara el paisaje agitándolo
con la mano. El pescador ha decidido arrojarse al agua; se zambulle mirando el pelo de
oro de la muchacha plateado por la luna y las olas. Nada. Sus brazadas son fuertes y
profundas y desprolijas, no obstante cree que llegaría a cualquier parte si se trata de
seguirla.
Ha nacido en el mar. Sin darse cuenta nada y nada hasta convertirse él también en un
puntito indescifrable desde la orilla.
Son dos puntos colocados tangencialmente en el borde del paisaje lejano. En el borde
del mundo. Hay una escena vacía iluminada brutalmente por los faros de un auto
detenido en la playa. A la escena se incorporan el cuchillo del pescador semihundido en
la arena; y más allá la ropa de la muchacha lamida y arrastrada por la creciente.
El enamorado que acaba de bajarse del auto corre en la oscuridad de un lado a otro.
Mira el cuchillo. Mira el mar sin ver nada. Los pobladores de las casuchas destartaladas,
todos, dormirán hasta el alba. Mañana la imaginación popular tejerá historias
desorbitadas.

* Orlando Barone nació en Buenos Aires en 1941. Periodista y escritor. Sus textos se
caracterizan por su aguda e irónica observación sociológica. Su última novela La
locomotora de fuego (1991) fue finalista del Premio Plaza y Janés, de España.
Actualmente es columnista del diario La Nación, la revista Debate y Radio Continental.

En la costra reseca

43
Juan José Saer*

Al día siguiente de rendir el examen de geometría, Tomatis consiguió que el padre le


renovara el carnet de socio del club de Regatas, así que pasó casi toda la tarde en la
secretaría del club haciendo los trámites de la renovación. Mientras esperaba el carnet
nuevo, sentado en una salita de la secretaría, concibió el plan del mensaje y cuando le
entregaron el carnet pasó por el bar y llamó a Barco por teléfono. Barco estuvo de
acuerdo con la idea. Dijo que él tenía lacre -porque había que lacrar el pico de la
botella- y que era necesario reunirse esa misma noche para discutir el contenido del
mensaje. Así que a eso de las nueve, cuando acababa de oscurecer, Tomatis oyó desde
su cuarto la voz de Barco que hablaba con su padre en la cocina, y después sus pasos
subiendo la escalera hacia la terraza. La ventana de la pieza estaba abierta y después de
entrar sin saludar, Barco dijo algo sobre el cielo estrellado cuando se asomó por ella. Se
desabrochó dos botones de la camisa y empezó a sacudírsela a la altura del pecho para
secarse el sudor. Tomatis le gritó a su madre desde la ventana que le preparara una
sangría, porque en su casa había inclinación a darle todos los gustos desde el día
anterior, en que con el examen de geometría había terminado su bachillerato. Mientras
esperaban la sangría Barco le ayudó a colgar en la pared amarillenta, sobre el sofá cama,
al costado de la biblioteca, la reproducción del Campo de trigo de los cuervos que
Tomatis había hecho enmarcar esa mañana en un taller de cuadros.
Discutieron el texto del mensaje durante más de dos horas, tomando la sangría que
Barco revolvía con una cuchara para que el azúcar no se asentara en el fondo y el hielo
que tintineaba en el interior de la jarra helada se fundiera más rápido. La idea de que el
texto debía escribirse en verso, propuesta por Tomatis, fue descartada inmediatamente.
"Pueden llegar a creer que hablábamos así", objetó Barco. Enseguida comenzaron a
barajar posibilidades: una reseña de la historia de la ciudad, o bien un catálogo de los
inventos de la época, o mejor todavía una síntesis biográfica de Carlos Tomatis y
Horacio Barco, y hasta una descripción deliberadamente falsa del cuerpo humano para
inducir en el futuro una teoría errónea de la evolución. Por un momento, esta última
posibilidad los tentó y estuvieron riéndose un buen rato, a las carcajadas, tan fuerte que
el padre de Tomatis, que se había acostado desde hacía rato, les chistó desde abajo,
desde la oscuridad, para que bajaran la voz. Entonces Barco dijo que la inclinación al
humor siempre echaba todo a perder y que, al fin de cuentas, el contenido del mensaje
no importaba, que lo fundamental era el mensaje mismo, porque lo importante de un
mensaje no era lo que decía sino su facultad de revelar que había hombres dispuestos a
escribir mensajes. Dijo que si un mensaje le daba tanta importancia al contenido no era
en realidad un mensaje sino una simple información. "Lo mejor que puede decir un
mensaje", dijo Barco, "es justamente, mensaje. Por lo tanto, aun cuando todo pareciera
indicar que debiéramos escribir ¡Socorro!, propongo que escribamos Esto es un mensaje
o lisa y llanamente mensaje". Tomatis estuvo pensando un momento y por fin aceptó, y
enseguida planteó la cuestión nueva, la de quién escribiría la palabra. "Teniendo en
cuenta", dijo Barco, "que la idea ha sido tuya y que hay fuertes razones para pensar que
con el tiempo te vas a convertir en escritor de profesión, propongo que la redacción del
texto corra por tu cuenta". Así que Tomatis separó una hoja blanca, la colocó sobre la
mesa bajo la luz de la lámpara, limpió la pluma de su lapicera, la probó en el margen de
su cuaderno de geometría y después, lentamente, con gran cuidado, sintiendo la mirada
de Barco por encima de su hombro, fija en la mano firme que sostenía la lapicera, fue
escribiendo en grandes letras de imprenta, negras, la palabra: MENSAJE; y a medida
que la mano iba moviéndose, de izquierda a derecha, la hoja blanca, rectangular, salía
de la blancura extrema, indiferenciada, del limbo, del horizonte plano y anónimo,

44
sacada al azar por una mano ciega de entre el montón de hojas idénticas que yacían
polvorientas y mudas en el cajón del escritorio, hasta que la palabra estuvo toda escrita,
nítida y pareja, y la identidad de la hoja se borró otra vez, comida por la titilación oscura
del mensaje. Al otro día se levantaron al amanecer. Tomatis telefoneó a Barco
diciéndole que en un minuto bajaba a tomar el tranvía, que esperara el próximo tranvía
número dos porque en ese iba él y después vio por la ventanilla, en la esquina de la casa
de Barco, que este traía la pala, la botella y la barra de lacre. Él, por su parte, llevaba
una lata de sardinas, tomates y duraznos, y una botella de vino que había sacado de la
heladera. El mensaje lo llevaba doblado en cuatro, cuidadosamente, en el bolsillo
derecho de la camisa. Llegaron al club, se pusieron los trajes de baño, guardaron todo en
una bolsa de lona, salvo la pala, pusieron la pala y la bolsa en el fondo de la canoa, y
después metieron la canoa en el río. Barco empezó a remar alejándose del muelle del
club y del puente colgante, se metió por entre islas y riachos, bordeando orillas que por
momentos se estrechaban, y cuando por fin fue maniobrando con pericia y
aproximándose a la costa, eran más de las once. Barco tenía la cara roja y estaba
cubierto de sudor. El sol estaba blanco, árido, y sus rayos perforaban la fronda de por sí
porosa y abierta de los sauces llorones y proyectaban manchas de luz sobre el agua.
Dejaron la canoa a la sombra -la canoa recibió las manchas de luz en el fondo- y se
internaron en la isla con la pala y la bolsa de lona. Vagabundearon cerca de media hora.
Barco descubrió una culebra y con el filo de la pala de punta le sacó la cabeza, limpia,
de un solo golpe; después eligieron el lugar. Era un claro rodeado por un círculo de
árboles, pero tan chicos que sus ramas no se entreveraban en la altura para formar
ninguna bóveda de sombra.
El sol había resecado el suelo y la hierba de alrededor era rala y amarillenta. Tomatis
empezó a cavar: los primeros golpes de la pala sonaron secos y la pala rebotaba contra
la tierra, descascarándola y haciendo saltar astillas de barro endurecido en todas
direcciones, pero la capa superficial cedió enseguida y después vino la tierra profunda,
blanda, fría y oscura cuyo peso tiraba suavemente hacia abajo los brazos de Tomatis
cada vez que sacaba una palada y la dejaba caer sobre el montón que iba formándose al
lado del pozo. Después de un rato siguió Barco, y Tomatis se apoyó jadeando en uno de
los árboles irrisorios y se dedicó a mirarlo trabajar. Cavaron un hoyo de casi dos metros,
lo suficientemente ancho como para enterrar a un hombre en posición vertical. Después
se sentaron a la sombra y Barco dobló cuidadosamente la hoja de papel, la introdujo por
el pico de la botella, puso el corcho golpeándolo con la palma de la mano hasta hundirlo
lo suficiente, y enseguida preparó el lacre y los fósforos y encendiendo uno comenzó a
hacer girar la barra de lacre en la punta de la llama cuidando de que las gotas fuesen
cayendo sobre el pico de la botella y la superficie redonda del corcho. Gastó muchos
fósforos antes de terminar. Y la mirada de Tomatis iba alternativamente de la punta de la
llama en la que la barra se fundía (a veces seguía la caída de las gotas rojas que
destellaban diseminándose sobre el pico de la botella, gotas a las que Barco teminaba de
empastar y distribuir con la punta fofa de la barra) al interior de la botella en el que
podía ver, a través del vidrio verde, la hoja doblada muchas veces hasta adquirir la
forma de una cinta rígida una de cuyas puntas se apoyaba en la base de la botella y la
otra en la pared verde, en posición oblicua. Aun cuando Barco moviese la botella, la
hoja de papel quedaba inmóvil. Y cuando terminó, Barco la recogió y la sostuvo con
tanta delicadeza que Tomatis se preguntó si no se trataba de otra de las bufonadas de
Barco, pero enseguida, viéndolo alejarse hacia el hoyo sosteniendo la botella con las dos
manos, y arrodillarse después junto a la boca e inclinarse metiendo el brazo con la
botella para depositarla lo más suavemente posible en el fondo, hasta casi tocar la tierra
con la frente, Tomatis comprobó que Barco no bromeaba, y que si bien no estaba

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rebajándose hasta la solemnidad, se sentía lisa y llanamente dispuesto a llevar las cosas
hasta el fin. Barco dejó caer la botella en el fondo, consideró el resultado de la caída, lo
juzgó adecuado, y después se incorporó y empezó a echar tierra con la pala. Después le
pasó la pala a Tomatis y cuando la tierra cubrió el hoyo hasta la superficie, volvió a
tener la pala entre sus manos y empezó a emparejar la superficie tratando de no dejar
rastros de la excavación. "Si esta noche llega a llover", dijo cuando terminó, apoyándose
en la pala y secándose el sudor, "mañana no va a quedar rastro de la tierra removida".
Y llovió. Tomatis oía la lluvia golpear contra el techo, en la oscuridad, acostado en su
cuarto de la terraza. Después habían dejado otra vez la pala en la canoa, se habían dado
un chapuzón, habían comido las sardinas y los duraznos y se habían tomado la botella
de vino, habían dormitado un rato bajo los árboles y después habían vuelto remando
lentamente, turnándose, río abajo, y llegaron tan tarde que cuando amarraron la canoa al
muelle del club, enredados en una nube de mosquitos, ya era el anochecer, azul y lleno
de ruidos y de voces que llegaban desde la playa y desde el bar iluminado. Tomaron el
tranvía y Barco bajó de un salto y desapareció por la puerta de su casa. Tomatis se dio
una ducha fría, comió algo y se acostó. Casi enseguida estuvo dormido. Más que el
rumor lo despertó el olor de la lluvia que hacía chisporrotear los techos caldeados, y
después la frescura, como gruesa, del agua, entrando por la ventana abierta de par en
par. Cuando estuvo lúcido, Tomatis pensó en la botella enterrada en la oscuridad de la
tierra, como él mismo estaba enterrado en la oscuridad del mundo, y se preguntó cuál
sería el destino del mensaje. Porque podía pasar que, o bien quienes lo encontraran
hablasen ya un idioma diferente, o el mismo idioma conocido en el que, no obstante, la
palabra mensaje tenía ya un significado diferente, incluso opuesto al que ellos le habían
dado, incluso el sentido de "información" que Barco había querido eliminar, o bien que
nadie encontrara jamás la botella, se borrara la raza de los hombres, y la botella
continuase perpetuamente enterrada en el interior de un planeta vacío, reseco, girando
en el espacio negro. Pero, finalmente, antes de dormirse, Tomatis consideró que aun
cuando hombres capaces de comprenderlo encontraran el mensaje, ellos, Barco y
Tomatis, no estarían en él, así como no estaban tampoco las orillas que cabrilleaban, los
sacudones lentos de la canoa a cada golpe firme del remo, el bar iluminado que
divisaron desde el muelle, engastado en la oscuridad azul, y el olor de la lluvia fría que
entraba por la ventana, de a ráfagas, en ese mismo momento.

* Juan José Saer: Nació en 1937 en Serodino, Santa Fe; murió en París el 11 de junio de
2005. En su producción figuran cuentos: Lugar (2000), Unidad de lugar (1967), Palo y
hueso (1965); novelas: Glosa (1985), Nadie nada nunca (1980), El entenado (1983);
Cicatrices (1969) de la que Carlos Gamerro ha dicho: "La mejor (en mi modesta
opinión) novela del autor y una de las mejores -y más conmovedoras de nuestra
literatura"; ensayos: La narración-objeto (1999), El concepto de ficción (1997). Ha
sido traducido al francés, inglés, alemán, italiano, holandés, portugués, sueco y griego.

Tito nunca más


Mempo Giardinelli
Para Pierpaolo Marchetti
1/
El mundo se le vino abajo el día que le cortaron la pierna. Solo tenía dieciocho años y
era un centrodelantero natural, uno de los mejores número nueve surgido jamás de las
divisiones inferiores de Chaco For Ever. Acababa de ser vendido a Boca Juniors, donde
iba a debutar semanas después, cuando recibió la citación para ir a la Guerra. Aquel

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verano del '82 el General Galtieri ordenó atacar las Islas Malvinas y Tito Di Tullio fue
convocado al término de la primera semana. Ahí empezó su calvario.
Le tocó estar en la batalla de Bahía de los Gansos, en la que los cañones ingleses
convirtieron las praderas en infierno, los Harriers atacaban como palomas malignas y
los gurkas se movían como alacranes. Un granadazo hizo volar por los aires la trinchera
que habían cavado por la mañana y una esquirla en la pierna derecha le quebró el fémur
y lo dejó tendido, boca arriba, mirando un punto fijo en el cielo como pidiéndole una
explicación. Enseguida reaccionó y, en medio de la balacera, se hizo un torniquete para
detener la pérdida de sangre. La herida no hubiera sido demasiado grave si lo hubiesen
atendido a tiempo, pero la incompetencia militar argentina y la furia británica lo
obligaron a permanecer allí por muchas horas, durante las que fue sintiendo cómo la
gangrena o como se llamase esa mierda que lo paralizaba le tomaba toda la pierna. El
bombardeo y la metralla, ruidosamente unánimes, impedían todo movimiento, y Tito,
que parecía un muerto más en el campo de batalla, solo pudo llorar amargamente,
inmóvil y aterrado por el dolor y por el miedo, dándose cuenta, además, de que nunca
más volvería a jugar al fútbol.
Lo encontraron desvanecido y alguno dijo después que los ingleses lo habían dado por
muerto. Unos soldados enfermeros del 7º de Artillería que marchaban en retirada, al día
siguiente, lo reconocieron. Chaqueños todos ellos, uno dijo ché éste se parece al Tito Di
Tullio, el nueve de For Ever, y otro dijo no parece, boludo, es el Tito y está vivo.
Lo colocaron en una camilla improvisada y lo llevaron hasta el comando del regimiento,
que por esas horas empezaba a rendirse. La desmoralización era general y nadie sabía
quién mandaba. Todos los oficiales estaban desconcertados y de hecho habían
abandonado a sus tropas. Batallones enteros estaban a cargo de sargentos, o simples
cabos, y cuando llegó la camilla en la que agonizaba ese soldado que había perdido
muchísima sangre, alguien, seguramente un oficial británico, dispuso que fuese operado
de urgencia en uno de los hospitales de campaña que los ingleses instalaron en Puerto
Argentino, nuevamente llamado por ellos Port Stanley.
Allí le cortaron la pierna. Nadie supo ni sabría jamás si fue lo mejor que se podía hacer
en aquel momento, pero fue lo que hicieron. Así terminó la guerra para Tito Di Tullio, y
también se terminaron su carrera futbolística y sus ganas de vivir.
2/
Cuando regresó al Chaco, cuatro meses después, apenas sostenía su cuerpo magro y
encorvado apoyándose en un par de muletas. Pero lo que más impresionaba era la
expresión de tristeza infinita que se le había estampado en la cara como un tatuaje
virtual.
Esa misma, primera semana, las autoridades de Chaco For Ever le hicieron un homenaje
en la cancha de la Avenida 9 de Julio. Con las tribunas repletas, minutos antes de un
partido de liga todo el estadio lo aplaudió de pie, como a un héroe. Pero todos vimos,
también, que Tito no se emocionaba ni sonreía; era apenas un cuerpo irregular coronado
por esa tristeza imbatible. Era una mueca mezcla de horror, angustia y rabia, y todos
vimos cómo sus ojos velados miraban la gramilla con resentimiento y más allá a unos
chicos que jugaban con una pelota a la que Tito, me pareció, hubiese querido patear para
siempre.
Desde entonces, muchas veces me pregunté cómo se hará para soportar semejante
frustración. Los que estamos completos, y somos jóvenes, no podemos siquiera
redondear la dimensión de nuestra piedad. Incapaces de imaginar la crueldad de la
tragedia, nos la figuramos como un fantasma que jamás nos alcanzará, ocupado como
está -suponemos- en hacer estragos con las vidas de los otros.
3/

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Como dos o tres años después, recuperada la democracia, un día yo salía del Cine Sep
llevando del brazo a la que era mi novia, Lilita Martínez, y de pronto lo vi y me quedé
paralizado. En pleno centro de la ciudad y a las nueve de la noche, apoyado sobre dos
muletas deslucidas, de maderas cascadas por el uso y con un par de calcetines
abullonados en las puntas a manera de absurdos zapatos silenciosos, Tito Di Tullio
extendía una lata esperando que alguien depositara allí unas monedas.
Creo que él no me vio, y yo, cobardemente, no me atreví a acercarme. Di un rodeo
arrastrando a Lilita del brazo, y luego me pasé la noche, en rueda de amigos, criticando
estúpidamente al sistema político que permitía que nuestros pocos héroes de guerra
fuesen humillados. Se suponía que los veteranos recibían algún subsidio del Estado,
pero evidentemente eso no impedía que acabaran pordioseros. No había programas de
trabajo para ellos, y además la sociedad los despreciaba: por duro que fuese
reconocerlo, nadie quería ver en los ex combatientes su propia estupidez. Por eso,
automarginados por el resentimiento infinito que los vencía, los supuestos héroes se
habían convertido en un problema incómodo e irresoluble. Eran glorias de una guerra
que ya no importaba a nadie y no valían más que un discurso por año en boca de algún
cretino con poltrona en el poder.
4/
Durante un largo tiempo dejé de verlo, y nunca supe si fue por pura casualidad o porque
Tito desapareció de las calles de la ciudad. Ya nadie hablaba de esa guerra y todo el país
se alarmaba con otras crisis más visibles y cercanas.
La democracia era una ardua tarea a finales de los ochenta. La crisis económica
empezaba a hacer estragos, y, como si la decadencia de muchas instituciones fuese una
de sus consecuencias inevitables, también For Ever se vino abajo. El club entró en una
pendiente de la que todavía no termina de recuperarse: desafiliado de todas las ligas
durante años, solo después de una amnistía se le permitió volver a jugar en los
campeonatos promocionales del interior del país. Y esa reactivación futbolera demostró
que la vieja pasión de los chaqueños por el único equipo que llegó a jugar en primera en
varios torneos nacionales se mantenía intacta, y todos volvimos al viejo estadio de la 9
de Julio con las mismas antiguas banderas, bombos y entusiasmos.
Ahí reencontré a Tito, afuera del estadio, junto a las puertas de acceso a las tribunas
populares. Los días de partido llegaba temprano, abría una mesita de tijera y colocaba
sobre ella un canasto con golosinas y banderines, cigarrillos y cosas de poco valor, casi
insignificantes, y se quedaba distraídamente apoyado en su único pie y con la muleta en
el sobaco.
La primera vez me acerqué a saludarlo y él se dejó abrazar, mansamente, como un
hombre resignado a su desdicha. Me pareció que no le disgustaba que la gente lo viese y
saludase como a un viejo héroe, de la Guerra y de los listones blanquinegros de la
casaca forevista. Pero enseguida me di cuenta de que, aunque devolvía todos los
saludos, conservaba ese gesto mínimo, esa leve mueca de resentimiento que los viejos
amigos, al menos, podíamos advertir.

Yo pensé que no aceptaba convertirse a sí mismo en recuerdo y que esa era su tragedia,
porque seguía siendo un símbolo del For Ever campeón de los años de la Dictadura. El
reconocimiento de la gente no era más que eso: un saludo momentáneo. Y aunque todos
le brindaban su afecto, y más de uno le compraba cosas que no necesitaba, era obvio
que en el fondo todo eso lo enfurecía secretamente. Por eso no entraba jamás a la
cancha.
Lo observé durante varios fines de semana: desinteresado de lo que pasaba adentro,
siempre de espaldas al estadio, su patético desprecio solo conseguía subrayar cuánto

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odiaba asumirse como mito, como estatua viviente del gran centrodelantero que la
Guerra había malogrado.
Y en el exacto minuto en que comenzaba cada partido, Tito se iba. Casi en simultáneo,
podía escucharse el pitazo dentro del campo y verlo desarmar la mesita. Velozmente
plegaba la bandeja, la reconvertía en maletín, se la cargaba a la espalda y se marchaba a
toda la velocidad que le permitía su andar irregular y roto.
5/
Una tarde me quedé afuera, y antes de que huyera me le acerqué. Yo había pensado
varias veces, antes, en ayudarlo de algún modo. Una vez lo propuse para un trabajo en
la universidad; otra convencí a los japoneses del Zan-En para que lo admitieran en la
panadería. Pero él ni siquiera se presentó para hacerse cargo. Tampoco me agradeció las
gestiones ni pareció apreciar mi comedimiento. De modo que dejé de insistir y aquella
tarde, a las puertas de la cancha, simplemente quise invitarlo a ver juntos el partido
desde la platea. For Ever jugaba contra Racing de Córdoba por las semifinales del
Promocional, era un sábado soleado, la cancha estaba llena y yo había conseguido un
par de buenos lugares.
Pero apenas formulé la invitación Tito me dijo que no con la cabeza, que movió
frenéticamente. Nervioso, pero sobre todo enojado por mi insolencia, golpeó el piso con
la muleta y me dijo "No jodás, andate de acá". Y me miró fijo y sin pronunciar otras
palabras me rogó con los ojos, que parecían de fuego, que me alejara de allí.
Me aparté, por supuesto, y entré a la cancha justo en el momento, apenas comenzado el
partido, en que For Ever marcó un gol. A juzgar por el estallido jubiloso en las tribunas,
la gritería y el rumor de los tablones repletos, había sido un golazo de esos que vuelven
loca a la hinchada porque se producen en los primeros segundos del partido, cuando el
equipo rival está apenas ordenándose en el campo. Me di vuelta para decirle dale Tito,
vení, no te pierdas esta alegría, pero él ya se iba y cuando lo llamé no se dio vuelta, ni
siquiera vaciló.
6/
Nunca más vi a Tito Di Tullio. Nunca más volvió al estadio, no lo vi más en la ciudad y
aunque hice algunas preguntas, meses después, nadie supo darme razón. Muchas veces
pensé que se habría suicidado, como tantos ex combatientes de Malvinas. Imaginé que
lo encontraban colgado de una viga, o que se tiraba al Paraná desde lo más alto del
puente que lleva a Corrientes. Y más de una mañana me descubrí, vergonzantemente,
buscando una nota luctuosa en los diarios locales.
Pero nunca más lo vi y creo que fue lo mejor que pudo pasar. Tito perdió por goleada
con la vida y acaso su único triunfo fue saber evaporarse.
Suelo pensar que esa es la clase de resultados que arrojan las guerras idiotas: nunca hay
un final, un verdadero final para sus protagonistas anónimos. Solo ellos, cada uno de
ellos y absolutamente nadie más, han de saber lo insoportable que es vivir con el
resentimiento quemándote el alma.
Por eso, me dije, mejor olvidar a Tito, no buscarlo nunca más. En todo caso, capaz que
un día de estos escribo un cuento y lo hago literatura.

MEMPO GIARDINELLI: Nació en Resistencia, Chaco. Su obra ha sido traducida a


veinte idiomas y recibió numerosas distinciones, entre ellas el Premio Rómulo Gallegos
1993. Es autor de novelas Santo Oficio de la Memoria, 1991; Final de novela en
Patagonia, 2000, cuentos para adultos y para niños, ensayos. En 1996 donó su biblioteca
personal de 10.000 volúmenes para la creación de una fundación con sede en el Chaco
(www.fundamgiardinelli.org.ar). "Tito nunca más" pertenece a su último libro, Estación
Coghlan y otros cuentos, Ediciones B, Buenos Aires, 2006.

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Bon Voyage
Antonio Dal Masetto

Somos cinco. Carlitos Terapeuta. Sarita Reumatóloga, esposa de Carlitos. Pancho


Administrador de Consorcios. Tita Abogada Especializada en Divorcios, esposa de
Pancho. Y yo.
Venimos de la presentación de un libro en un teatro del barrio del Abasto. El autor es un
conocido de todos nosotros. Título del libro: Expedicionarios al Desierto en la
Argentina. Se trata de una investigación histórica que incluye capítulos de ficción y
varios extensos poemas épicos y odas. Hubo tres conferencistas. La lectura de textos
estuvo a cargo de una actriz y un actor. Para cerrar: palabras del autor. La presentación
fue un plomazo. Nos vamos a cenar y charlamos.
-Mi problema es que, por más que me aburra como una ostra, no me puedo
desenganchar -comento-. Presto atención a todo. Soy un galeote de la oreja. Tengo esa
maldición. Hoy casi me muero.
-Yo en situaciones como esta me voy -dice Pancho-. Hoy me rajé casi enseguida.
-Yo aguanté un rato y después también me fui -dice Carlitos.
-Yo igual -dice Sarita.
-Yo a los cinco minutos ya había partido -dice Tita.
-¿De qué están hablando? -digo-. ¿Adónde se fueron? Si estuve sentado todo el tiempo
con ustedes.
-Por ahí -dice Sarita.
-Uno deja el cuerpo y se va -dice Carlitos.
-Yo por ejemplo me fui a jugar un picadito con los muchachos de la inmobiliaria -dice
Pancho-. Ganamos ocho a dos. Hice tres goles.
-Este es un viajero terrible -dice Tita-. Un día se va a olvidar y no vuelve más. Hasta me
lo hace a mí.
-¿Cómo que te lo hago a vos? ¿De qué estás hablando?
-Vamos, que ya te pesqué varias veces cuando estamos en los momentos más íntimos.
-Les pido que me cuenten cómo hacen para irse -digo-. Por favor.
-Yo tengo una técnica que, modestia aparte, me parece que es única -dice Tita-. Aprendí
a silbar para adentro. Hoy, sin ir más lejos, me silbé enterita la Obertura 1812 de
Tchaikovski con campanas y cañones e tutti quanti. Puedo hacer todos los instrumentos
y tengo un repertorio de lo más variado. Últimamente ensayo a Luigi Nono.
-¿Podría hacerme una demostración?
-¿Ahora?
-Dale, Tita, hacele una demostración -dice Pancho.
-Está bien, ahí va -dice Tita.
Me clava los ojos durante un rato. Parece que me mirara pero me doy cuenta de que
efectivamente ya no está.
-¿Qué interpretó?
-Beethoven, Para Elisa. Una cosa sencillita.
-¿Y ustedes? -les pregunto a Sarita y a Carlitos.
-Lo mismo. Nos vamos cuando queremos.
-Estoy azorado. Cómo me gustaría tener esa capacidad.
-A veces pasan cosas graciosas -dice Sarita-. Cuando estamos juntos en una reunión
importante nos ponemos de acuerdo, uno parte y el otro se queda. Es un problema de
responsabilidad. Voy a contar una anécdota. Fue en la conferencia de un colega. Ese día
estábamos peleados y no nos hablábamos. ¿Te acordás, Carlitos? Después de un rato de
escuchar al conferencista me agarró nostalgia de volver a ver Lo que el viento se llevó.

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Me fui y me lo veo a Carlitos mirando la misma película. Hace treinta años que estamos
casados, se entiende que tengamos los mismos gustos. Le digo: "Carlitos, ¿qué hacés
acá?". Y él a mí: "A vos te digo qué hacés acá, mirá si cuando termina la conferencia al
doctor se le da por preguntarnos qué nos interesó más?". Fue gracioso.
-Quiero aprender. Explíquenme todo, desde el principio -digo.
-Empezó con los problemas naturales de nuestras profesiones -dice Carlitos-. Debido a
nuestras especialidades tenemos los oídos muy maltratados y es lógico que hayamos
inventado técnicas de supervivencia. Imagínese la vida de un administrador de
consorcios como Pancho, aguantando las reuniones, las trifulcas, las quejas diarias de
los inquilinos. Una reumatóloga como Sarita, tolerando las historias de los pacientes,
con todos los minuciosos detalles de los achaques. Una abogada divorcista como Tita,
soportando los mismos tediosos casos, las peleas por la plata, las acusaciones, las
amenazas de suicidio. ¿Quién resiste? Te tenés que ir. Y ni hablar de mi profesión, esta
es la peor de todas, yo soy el más sufrido, la víctima mayor, veinticinco años
escuchándolos hablar de la mamá y la mamá y la mamá, si al final lo único malo que
hizo la mamá fue traerlos al mundo y no dejarlos morir de inanición en la cuna como se
lo merecían, y después el hermano que no le prestaba el juguete y el papá que no le
compraba el chupetín, y el rollo del sexo, las indecisiones, las dudas, que quieren que no
quieren, que les gusta que no les gusta, y ni hablar de las fobias, millones de fobias, me
las conozco todas, a cual más aburrida, se las puedo enumerar una por una, ya van a ver
qué divertido, terrores a las biromes, pánicos a las cerraduras, convulsiones por haber
tocado una pila, mareos por mirar las agujas del reloj, y suman y siguen, y suman y
siguen, y los insoportables nunca se rinden, pasan los meses, pasan los años, y repiten y
repiten las mismas historias cada vez, y ustedes tres, Sarita, Pancho y Tita, no se me
hagan los idiotas, que ya me avivé que se mandaron a mudar, que se fueron de viaje,
vuelvan para acá, y a usted también se lo digo, Dal Masetto, que para ser un pichón de
aprendiz me parece que está yendo demasiado rápido.
Yemanyá
Afuera llovizna. Dentro del bar, contra la barra, en la pálida claridad de la primera hora
de la mañana, somos cuatro clientes. Una mujer madura, un flaco de pelo largo, un
gigantón que usa muleta y yo. Esperamos que el Gallego nos pueda servir café. Estamos
todos un poco melancólicos. Menos el flaco de pelo largo que derrocha buen humor y
buscó conversación sin encontrarla. Después entra un tipo joven, gordito, de lentes, y
también pide café. El Gallego le explica lo que los demás ya sabemos: la máquina
todavía está fría, anda un poco lenta, hay que esperar. El gordito de lentes aprieta los
puños, mira el cielo raso y se lamenta:
-Es lo único que me faltaba para completar la mañana. Tuve una noche con pesadillas,
me despertó un llamado equivocado a las cuatro de la madrugada y ya no pude dormir
más, al bajar de la cama pisé una chinche y me la clavé en la planta del pie, abrí las
canillas para ducharme y no salía ni una gota, la poca agua que quedaba en la pava se
recalentó y cuando fui a tomar mate me quemé la boca, me puse la camisa limpia y le
faltaban dos botones, al atarme los cordones de los zapatos se me cortó uno, cuando
tomé el portafolio para irme resultó que estaba abierto y todos los papeles cayeron al
piso, junto a la puerta encontré una cuenta de expensas extraordinarias con una cifra que
me dejó temblando, para colmo la lluvia, todo está contra mí, y ahora ni siquiera hay
café.
-No se lo tome así -dice el flaco melenudo.
-Estoy podrido.
-Tranquilidad.
-Podrido.

51
-Yo antes reaccionaba como usted. Era un tipo más amargo que la cicuta. Hasta que me
fui al Brasil. Viví tres años en San Salvador de Bahía y ahí mi vida cambió. Se lo
recomiendo. Trate de ir cuando pueda. Alegría, fantasía. Un poco de fantasía y le
aseguro que las cosas cambian. Esfuércese por mirar el mundo de otra manera y ya verá
que nada es tan grave. Alegría, fantasía.
-Estoy repodrido de que todo me salga al revés.
-Olvídese, no piense más. Hágase una escapadita a San Salvador de Bahía y después me
cuenta. Allá disponen de dioses para lo que sea. Cuando necesitan algo sólo tienen que
pedir.
-No creo en dioses -dice el gordito.
-No se trata de creer o no creer, usted los llama y ellos se encargan. Sólo tiene que
llamarlos.
-¿Qué clase de dioses?
-Del tipo y color que a uno le guste. Se los puedo nombrar a todos, elija el que le
convenga.
-¿Por ejemplo?
-Bueno, tenemos al poderoso Xangó. Dios del rayo y del fuego. A Oxum, diosa de la
elegancia, la riqueza, la hermosura. Ogum, dios de la guerra, luchador de espada.
Oxóssi, dios de los bosques, invencible cazador. Oxalá, ataviado de blanco, dios de la
procreación. Omolu, que manda sobre la enfermedad y la salud. Logun Edé, que durante
seis meses es macho y los otros seis es hembra. Ossain, que domina las yerbas, las
medicinales, las litúrgicas. Exu, caballero andante, señor de los caminos, mensajero de
los dioses. Oxumaré, que es el arco iris, macho y hembra al mismo tiempo. Yansá,
dominadora del viento y las tempestades. Ifá, dios de las adivinaciones. Onilé, señor de
la tierra, montado en su caballo al que nunca abandona. Pero si yo tuviera que
recomendarle a una es Yemanyá, madre de todos, esposa de Oxalá, diosa de las aguas, la
más hermosa, la vestida de azul, reverenciada por los pescadores, a la que le cantó como
nadie Dorival Caymmi.
El gordito se queda pensando, sacude la cabeza dubitativo un par de veces. Reflexiona
en voz alta:
-¿Yemanyá?
Advierto que el Gallego, el grandote de la muleta y la mujer mueven los labios y sin
sonido pronuncian:
Yemanyá. También yo, mentalmente, repito: Yemanyá. De pronto el sol estalla en los
vidrios del bar. En la radio aparece Vinicius de Moraes cantando: "Si quieres amar, si
quieres conocer el amor, ven conmigo a Salvador, a ver a Yemanyá". La máquina de
café entra a soplar como una locomotora. El potus colgado sobre la caja lanza un gajo
de por lo menos treinta centímetros. El cactus mustio que está en el extremo de la barra
acaba de soltar una gran flor amarilla. El gato salta, da una vuelta completa en el aire y
después camina en dos patas como un perro amaestrado.
El Gallego, eufórico, grita:
-Un café, dos cafés, tres cafés, cuatro cafés.
Se abre la puerta y entra una mulata llena de collares, aros y pulseras. Es una de esas
morenas capaz de dejarlo a uno preocupado por una buena temporada. Tiene los ojos
como luces de bengala. Desde la radio nos saluda la voz de Vinicius:
-Saravá.
-Saravá -contesta la mulata y empieza a sacudirse.
Ella sola es una escola de samba completa. El rengo tira la muleta y la acompaña
bailando. El melenudo lleva el ritmo golpeando la cucharita en el pocillo. La mujer lo
acompaña. También el gordito de lentes entró en el juego y sacude una cajita de

52
fósforos. La mulata reparte sonrisas mientras gira entre las mesas, seguida siempre por
el rengo. Al fondo del local el gato no para de realizar proezas. Saravá. Saravá.

Antonio Dal Masetto. Nació en 1938 en Intra (Italia), su familia emigró a la Argentina
en 1950, y se radicó en Salto. El tema de la inmigración está presente en varios de sus
textos, como en La tierra incomparable. Lacre, su primer libro de cuentos, tuvo una
mención en el Premio Casa de las Américas; algunas obras suyas: Reventando corbatas,
Amores -con ilustraciones de Luis Pollini-; Hay unos tipos abajo y Siempre es difícil
volver a casa, ambas llevadas al cine. Sus libros fueron traducidos al francés, al italiano
y al alemán. Los presentes relatos pertenecen al libro Señores más señoras, Ed.
Sudamericana (2006).

Las leyendas
Leopoldo Brizuela

DESPUÉS. A los cuarenta días las aguas se retiraron, pero el mundo parecía contagiado
de sus maneras. Todo huía en la tierra, todo fluía. Un paisaje ondulante y borroso como
el fondo del mar: médanos que perseguían a otros médanos, nieblas a otras nieblas,
aguas a otras aguas, y la luna y el sol, entre nubes de espuma, como grandes peces. El
viento, el viento, el viento. Y de pronto, allá abajo, en la cumbre del más alto volcán
-advirtió el Ángel-, un montón de hojas secas. -No son hojarasca -dijo el Creador,
viéndolos bajar al valle inundado-, son los pocos que se salvaron del diluvio, en sus
toldos de cuero. Los araucanos: las hojas casi secas de mi árbol de la vida.
SUEÑO. Entre los nómades, nada se aprecia más, nada merece mayor atención y
reflexión que los sueños recurrentes. Ningún objeto, ningún espacio dura más que un
instante en la vigilia. Cuídate de amar a lo que pasa, dice la canción araucana, oh tú que
pasas. Pero un sueño que pareció igualmente pasajero puede abrirte una casa salvadora,
pues si vuelve y te recuerda tu pasado, ha de brindarte la trabajosa noción de identidad.
Por eso ningún nómade revela los que sueña: sería poner en manos del otro lo más
inalienable, "lo más mío". Por eso cuando un indio araucano quiere demostrar amor,
revela a la muchacha su sueño recurrente; ella lo escucha con los ojos cerrados, como si
al fin admitiera la más íntima caricia, pero al abrirlos nuevamente el indio ha
desaparecido, aterrado por lo irreversible de su propia entrega, reintegrado para siempre
a la fugacidad de las cosas.
Desde siempre habíase contado mucha historia a este respecto sobre el gran cacique
Calfucurá, Piedra Azul.
Entre sus súbditos se rumoreaba que había sido allá en el País-de-las-lluvias,* en su
primerísima infancia, cuando Calfucurá empezó a tener el sueño que le confirió su gran
poder: el poder de cruzar la cordillera y conquistar la pampa y luego también la
Patagonia y por fin confederar todas sus tribus bajo el lema muerte al blanco. Entre los
generales argentinos se sabía que el único deseo confeso del Cacique era el de echarse a
dormir, y se aseguraba que era una treta para esconderse y revestir ante los enemigos el
prestigio de lo invisible y aun de lo improbable. Pero los indios sabían que en verdad el
cacique dormía días y días tan sólo para encontrarse con su sueño secreto cuya
protección, por lo demás, lo obligaba a extrañísimas costumbres: durante esas siestas
legendarias ni siquiera sus esposas podían permanecer a su lado, para evitar que
escucharan las palabras delatoras que decimos en sueños; cuatro guardianes sordos
custodiaban el toldo, para impedir que se acercasen los espías, y hasta se sabe que un
día en que el viento hizo volar su toldo Calfucurá mandó asesinar a los cuatro
guardaespaldas, temeroso de que, con el talento suplementario que Dios concede al

53
sordo, hubieran podido "leer en los gestos" de su cuerpo dormido el signo que revelara
una u otra estrategia de su plan.
Pero una noche, en la cumbre de su felicidad y poderío, Calfucurá cayó derrumbado en
su cuero de puma, y sus cinco esposas preferidas corrieron a asistirlo. Tan pronto se
inclinaron solícitas a alzarlo del suelo, tan pronto comprobaron que había cerrado los
ojos y que empezaba a murmurar como murmura el río, las pobres mujeres se alejaron
escandalizadas, con miedo de que las acusasen de haber escuchado algo indebido. Pero
los veinticinco Príncipes, alertados por esas mismas mujeres que huían (y a las que no
intentaban detener, porque en muchos casos eran sus propias madres y la ley ordenaba
que las reinas murieran cuando muriera el marido), los veinticinco Príncipes digo
empezaron a llegar uno a uno desde los frentes de combate y, con la excusa de
reemplazarlas en la atención del "Gran Papá", que no se sabía si agonizaba o si dormía,
empezaron a apostarse día y noche junto al toldo del viejo.
Disimulando, mirando con aire distraído el horizonte invariable, los hijos trataban
vanamente de escuchar alguna palabra que les diera, como esos conjuros que en las
leyendas consiguen dominar los elementos, el poder que el Cacique obtenía del sueño,
el don misterioso que los ungiría sucesores. Al principio, y al igual que las esposas, sólo
oyeron una voz inapresable como agua de torrente. Pero luego, poco a poco, sí,
empezaron a entender palabras sueltas que, carajo, no hacían más que nombrar todo esto
que veían: toldos, cardos, cielos, nubes, médanos, perros, polvaredas, y entre ellas,
escalofriante siempre, el nombre de alguno de los hijos que escuchaban... y que huía
despavorido, suponiendo que el viejo Zorro del Desierto estaba fingiéndose dormido
para comprobar quién violaba su prohibición, y luego castigarlo. Y hasta se dice que
uno de ellos, la princesa Catricurá, Alma de Piedra, habiendo quedado por fin sola con
el viejo y al oír que éste la nombraba, empezó a verterle en la boca y la nariz puñaradas
de arena... hasta que llegó Namuncurá, el hijo menor, al que todos daban por muerto:
Namuncurá, Pie de Piedra, el que había sido enviado a defender las fronteras más
lejanas, las de la Tierra del Fuego, y a quien la misma intimidad con el confín le
otorgara el poder de imponer respeto... Y a Alma de Piedra no le quedó otro remedio
que fingir piedad, y con la excusa de dejarlos a solas, se retiró a meditar amargamente, a
decidir si, tras las huellas de su madre cautiva, también ella escapaba para siempre.
De Namuncurá, en cambio, se sabe muy bien cuál era el sueño recurrente: sus hijos y
los hijos de sus hijos se encargarían de legarlo a la historia como prueba de legitimidad
de una nobleza. Este sueño era una escena nocturna, con una medialuna alegre y
relumbrante coronando la bóveda del cielo, y el mismo Calfucurá que entre sombras lo
nombraba sucesor. Y por eso ahora desde la Tierra del Fuego, Namuncurá traía un gesto
de desesperación y de furia, como si el viejo al enfermar en su ausencia hubiera faltado
a una cita o traicionado un pacto; como si hubiese quebrado un antiguo compromiso que
había dado sentido a todos los pesares y trabajos del hijo, a todos los tormentos del
terrible confín. Pero como acaso sólo vemos la realidad a través del cristal de nuestros
propios sueños, tan pronto Namuncurá comprobó que su padre dormía, sí, y hablaba
soñando; tan pronto lo oyó nombrar estas mismas cosas que él veía, comprendió
también, deslumbrado, que esta realidad y el sueño de su padre, con sus toldos y sus
cardos y sus cielos y sus hijos libres y poderosos e invencibles por el blanco, habían
llegado a ser absolutamente idénticos. Que Calfucurá nunca había soñado con un Dios o
un conjuro mágico capaces de dale poder, sino con una perdida armonía que al fin,
gracias a años y años de lucha, los araucanos habían logrado restaurar en esta Patagonia.
El poder de su sueño no estaba en lo soñado. Su sueño revelaba, simplemente, del poder
de soñar.

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"Namuncurá", dijo entonces el viejo, como si hubiera estado esperándolo desde el
mismo momento en que empezó su enfermedad. Y el hijo elegido comprendió que así lo
ungía. Y que en lugar de conquistar el Paraíso le tocaría defenderlo. "Namuncurá",
repitió. Era ya medianoche en aquel pago del Carhué. Calfucurá pareció por fin callar
disponiéndose a morir, abandonar su sueño para que se concretara el sueño de su hijo y
heredero. Namuncurá, sólo entonces, como con pudor, salió del toldo, y algo en su
apostura denunció lo sucedido, porque allá a lo lejos los indios que lo veían gritaron y
lloraron de fingido dolor y corrieron, consternados, a dar caza a las esposas. Pero
Namuncurá miró sonriendo el paisaje en torno, glorioso en ese instante en que su sueño
y el de su padre eran uno y el mismo. Y al mirar el arco de la Luna le pareció que
también, por esa boca de luz, le sonreía Dios, el que une todo; Gnechén, como ellos lo
llamaban, "el gran hacedor de sueños".
ANCIANO. Abandonado por la caravana, según la tradición, de pronto la enfermedad
comenzaba a envararle el cuerpo, cada anciano apenas si notaba la diferencia: todo a su
alrededor, el desierto seguía cambiando tan incesantemente como en cada día de su
vida, cuando la tribu dejaba atrás médanos y valles, cañadas y polvaredas, zanjones y
bañados y cangrejales y talas, y bandadas y noches y combates y pueblos y lagunas e
incendios y manadas y lunas. Y a la misma velocidad, empecinada y secreta, su mismo
cuerpo quieto comenzaba a mutar sin salirse del sitio, cada ceja un gusano, cada ojo una
flor, cada mano una hoja, y el regazo era un nido y médanos los pies, y riachos las venas
y cardos las dos piernas y el pelo escaso al viento uno de esos copos que llevan las
semillas.
"Si te quedaras con él", decían los indios a los deudos, "pronto lo verías disolverse en el
mundo, y es seguro que no podrías decir cuándo murió, ni si murió siquiera o si sigue
viviendo simplemente en otro estado. Y del mismo modo, ¿quién sabe si el alma del
viejo, al ver llegar ahora la Caravana de los Muertos, al conchabarse por fin a su
cabalgata por la pampa aciaga de nuestra memoria, podrá incluso distinguirla de
nosotros, de esta turba de seres irreales que un día lo perdimos? ¿Quién sabe si no
sentirá, como quien se duerme sin tiempo de decir 'me duermo', que ha cruzado el
umbral de otra existencia?".
Abandonada por la Caravana de los Muertos, según la tradición, cuando moría el último
de los vivos capaz de recordarla, cada alma vagaba hasta encontrar a dos amantes y se
albergaba en su abrazo y reencarnaba en su hijo. Por eso no hay heroísmo alguno en su
falta de miedo a la muerte; en los nómades el arrojo es, en más de un sentido, una
inconsciencia, una ignorancia de fin o incluso de dolor verdadero. De ahí aquella
maldición: "Cuando nos mates a todos, oh enemigo, cuídate del pájaro y del río, y del
viento y del agua: eso también somos nosotros". De ahí la frase del general Roca: "Sólo
los matamos verdaderamente cuando los encerramos en cárcel, misión o cementerio".
Porque lo único comparable a nuestra idea de la muerte era, para ellos, la de dejar de
derivar.
© Leopoldo Brizuela
* Hoy Temuco, en el Sur de Chile.

Brasil al sur
Ana Quiroga

Quise sacar el pie por el costado de la cama y así, boca abajo, quedarme todavía
haciendo algo de fiaca mientras el sol me daba en el pelo, un sol suave de mañana de
verano, pero no pude lograr que el pie se desenredara de cierta dureza de las sábanas y
con el empeine adormecido fui abriendo los ojos para acordarme de que me había
dormido en una cama de hotel, que la playa más allá de la ventana estaba aguardando

55
para justificar mis vacaciones. No tuve que tantear el lado tibio de su ausencia para
adivinar que se había ido muy temprano; seguramente me había dado un beso en la
cabeza, un beso que debí confundir en medio de un sueño lleno de perturbaciones que
venía atormentándome desde la primavera. Mi mano derecha se posó sobre mi vientre y
sentí una caricia que yo misma estaba ensayando, una arcaica manera de averiguar si
había engordado, si el ombligo conservaba su forma original.
Me incorporé con pereza, lamentando la luz a pesar de las cortinas, lamentando el
exceso de equipaje a un costado de la cama, lamentando la distancia hasta el teléfono,
lamentándolo todo porque él se había ido. Por aquel entonces, yo leía con entusiasmo
Middlemarch por lo que mi mirada fue distorsionándose, como si cierto clima inglés
completamente inadecuado para ese calor aplastante estuviera afectando las cosas.
Bajé a desayunar sin recordar hacerme un buen peinado y en los ojos de una mesa
vecina me pareció advertir que se burlaban. Recién llegada, el portugués de Pântano do
Sul era todavía una simbología indescifrable y el sueño y la nostalgia por que él me
hubiera acompañado en ese desayuno primero hicieron que volcara un poco del café con
demasiada azúcar. Quedaron los vasos de jugo postergados para otra vez y apenas comí
un bocado de un postre pastoso de bananas cuando lo vi acercarse a mí, tan lleno de sus
ojos vitales que me hizo traer a la memoria el vestido de novia mojado de champagne y
su risa en la promesa de ese viaje y que, a fin de cuentas, nuestra luna de miel, pese a mi
embarazo, podía convertirse en una fiesta.
-No sabés el lugarcito que encontré -y fue apoyándose sobre la silla sin dejar de
mirarme- un sendero en medio del morro, tenemos que ir, va a estar buenísimo. No
había terminado de girar el pedazo de fruta bajo mi lengua: su comentario me hizo
atragantarme. Todavía no había aprendido a decirle que estaba cansada, cansadísima,
que los hombros me llegaban a la altura de los pechos, que un miedo atroz a
desequilibrarme me venía persiguiendo en las sombras del verano.
Después de sofocar el ahogo fuimos al cuarto a que yo me cambiara y dejé el vestido
azul sobre una silla para salir después muy señora en pantalones cortos y zapatillas de
plástico. Temía que volviera a llover, como en la tarde anterior, cuando el avión nos dejó
en Florianópolis bajo un agua calurosa en bienvenida.
Las zapatillas daban toda la sensación de saber aferrarse a los morros por sí mismas
como un molusco en trance de sopapa. Así y todo, a mitad de un camino de precipicio,
los ojos se me fueron cayendo hacia el mar y tuve que sujetarme hacia arriba en una
proeza que me dio mareo y fiebre; él, que venía tras de mí y que vio cómo casi caigo al
agua, se compadeció del ser que llevaba dentro. Un hombre es padre mucho antes de
tener a su criatura entre los brazos.
Pero yo no iba a desistir tan fácilmente, aunque estuviera agachada de miedo y doblada
de pudores. Más que nunca debía demostrarle cuánto era capaz de demostrarme a mí,
por el bien de mi raza y por el suyo propio.
Pasaron dos días hasta que el coraje despertó en mi pecho un tierno deseo de ir al
mismo sendero acompañada por otro, que fue fácil hallarlo como cualquier mujer sabe
(basta salir a caminar y mirar unas estrellas distintas bajo una luna alumbrando blancos
cangrejos que aparece un pescador devenido pintor en su posada).
En mitad de la osadía, la cara de una desconocida nos sobresaltó: una francesa hablando
un portuñol sin gracia, desbordada de gritos, apuntando con gestos lo que no sabía
decirnos. Ni el pescador de tanto fruto marino ni yo pudimos entenderle, hasta que un
novio latino bien bronceado, muy rulitos rubios y patillas de oro, muy me las sé todas,
me comí una francesa, intervino: no le hagan caso a lo que dice.
Hay playas de difícil acceso donde unos hombres barbudos, acechando entre la maleza,
son capaces de golpear a una europea que hace topless; hay hombres adormecidos como

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para defender el ultraje de una hembra en apuros: los hay quienes se ponen a pensar,
entre otros temas, si estuvo bien que Telémaco saliera en pelea por su madre.
Yo estaba mirando las casitas que parecen caerse encima de las rocas cuando nos
avisaron que habían degollado a un argentino. Desde esa tarde vimos la policía montada
rodear unos barquitos esparcidos por la playa. También había una pescadería abierta: un
hombrecito arrastraba unas redes y unas mujeres le pedían un sobrante de pesca en una
ceremonia que parecía un carnaval.
Otra tarde nos fuimos por un camino ancho de tractores recientes; nos detuvo el ruido
de una sierra eléctrica y la visión de una escena sangrante de cine de culto hizo que
retrocediéramos. Arriba, como unos cuervos augurando un desenlace, un helicóptero
estuvo rondando a los turistas. Era fácil de explicar: estaban buscando a unos narcos
ladrones que habían violentado a unas muchachas. Y a partir de ahí luego él me dio la
mano y ya nunca anduve sola, ni cuando sacábamos fotos a tan opuestos intereses.
A su debido tiempo nació una niña con rasgos de mulata, como si el pescador o el
pintor, que eran el mismo, hubieran podido dejar huella.
Breve postergación
"Por caminos torcidos había venido a caer en un destino de mujer, con la sorpresa de
caber en él como si ella lo hubiera inventado"1.
Clarice Lispector
Vas a ver, te va a encantar, le había dicho el amigo y ella había pensado que ninguna
otra cosa iba a importarle más que ver crecer a su hijo, esos pies que ahora se paraban
firmes sobre la alfombra del cuarto. Te va a encantar, es algo increíble, había dicho el
amigo y había mirado de reojo las canas inocultables en el pelo de ella, un pelo que se
había desmejorado muchísimo durante el largo embarazo y que era algo pendiente para
ella, ocuparse de una lista infinita que le quitaría incontables minutos del niño que ahora
estaba despertándose y reclamaba algo de alimento desde la cuna.
El marido fue a abrir la puerta y ella escuchó el ruido que hizo la mesa al tambalear;
pensó en una bolsa de pañales, en bolsas de supermercado, en abrigos y platos todavía
en la mesa y en ese paquete que acababan de traer y que acusaba la presencia de algo
pesadísimo, tal vez algunos libros. Es increíble, un poeta increíble, no podés
imaginártelo hasta que lo leas, porque no son solo sus poemas, y ella fue entonces y
abrió la alacena y sacó un envase pequeño, la medida justa para una mamadera, y cortó
el cartón de leche hasta los seis meses y volcó el contenido y le puso miel y Nestum
cuatro cereales y las gotas de limón que convertían el líquido en un yogurt amarillento.
Porque no son solo sus poemas, también está el diario que llevaba y las cartas escritas a
las mujeres que amó y ella amaba tanto a su hijo y verlo avanzar por esta titubeante
persecución hacia el futuro la enorgullecía de promesas que se había hecho para evitarle
dolores y volverle la vida llena de felicidades. Las cartas que escribió a las mujeres
amadas y a sus amigos, son cartas de no poder creerlas, como sus poemas, no, no, vas a
ver cuando las leas, las recopilaron en un libro, yo te los voy a mandar, te voy a mandar
todo a tu casa y tarde a la noche el portero se acordó de acercarles el paquete, un
paquete pesado que fue a parar a la mesa de la cocina, detrás de los platos sucios y la
bolsa de pañales sin abrir, la bolsa del supermercado con unos baberos manchados de
manzana rallada y zapallitos. Los poemas, tenés que leer sus poemas, hay un poema a
una mujer embarazada, no sirve que yo te lo cuente, tenés que leerlo, vas a ver qué
increíble y esas cartas, no podés olvidarte de leer las cartas. El microondas hizo sonar
dos veces el bip de ya está listo, la temperatura medida en la palma de la mano, muy al
calor de la boca de un niño, tan apetecible para el estómago implorante. Le dijo al
marido dale vos la leche que yo miro los libros, voy a tardar un minuto, enseguida
vuelvo.

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Los libros eran seis, tres de poemas, dos de cartas, uno del diario. Elisa abrió el primero
al azar y leyó el poema "Natural de la casa". Pensó entonces que ese poema era único,
era el mejor que nunca antes había leído y se inquietó porque hubiera más para leer y
preguntándose si acaso los otros poemas fueran todavía mejores, detuvo sus ojos en las
palabras nuevas, en las combinaciones que estaban agobiándola, que eran júbilo y vida,
indagación y tragedia. Fue buscando un lugar donde sentarse sin dejar de leer en el libro
y trató de acomodarse para continuar leyendo los sucesivos poemas que se desprendían
para deslumbrarla en la intimidad de sus anhelos descubiertos, tentativas de frases que
hubiera soñado haber escrito, imposibilidad de explicar cómo a medida que crecía la
admiración más abrumada estaba, más ausente y más efímera. Sus ojos se demoraron en
el poema presente y fue leyendo uno a uno antes de que se hiciera de día, una carrera
por que el sol no saliera, antes de que la luz inundara la casa y las tareas del desayuno
vinieran a distraerla, ella quiso consumirlo todo, poema tras poema, y luego aquellas
cartas que la empobrecieron de anécdotas compartidas y la cubrieron de nostalgias
incapaces de calmarle la sed. De las cartas a las mujeres amadas -a las que también
quiso y abandonó en concordancia con él- a las cartas a los amigos por quienes una
lágrima acabó de caerse muy lentamente por el pómulo, llegando a mojarle apenas el
lado izquierdo de los labios. Cuando leyó el último párrafo del diario y sus notas, el
ruido del portero barriendo la vereda la desconcertó con un silbido nunca antes
escuchado y se asomó a la ventana y vio que la calle había cambiado de mano y ahora
pasaban colectivos que no conocía.
Miró la hora, eran las seis menos cuarto. Fue a ver a su hijo pero no encontró la cuna.
Su esposo, de lado, dormía mirando a la pared; vio la lenta espalda en un piyama nuevo.
Abrió la puerta del cuarto contiguo y la silueta de un hombre que dormía la sobresaltó y
en un paso hacia atrás arrojó una lámpara al piso:
-Mamá, sos vos. Qué susto, gracias por despertarme - dijo una voz grave debajo de las
mismas cejas del padre.
Elisa no pudo responderle.
-Si llegaba a quedarme dormido hoy, me moría. Es el último examen, mamá, ¿te das
cuenta? Y ya me recibo de abogado, justo como vos querías.
Hijo, ¿dónde estuve este tiempo? ¿Quién te tuvo en los brazos hasta que crecieras?,
quiso preguntarle Elisa al hombre que se ponía de pie sobrepasándola en altura, pero la
voz salió como un ronquido de mujer que ha pasado la noche despierta y que, sin
desayunar, conserva aún un grueso quejido sofocado en la garganta.

1. "Por caminhos tortos, viera a cair num destino de mulher, com a surpresa de nele caber como se
o tivesse inventado". Clarice Lispector.

Ana Quiroga. Nació en Rodeo, provincia de San Juan, en 1967. Colaboró en La Prensa,
Planeta Urbano, Proa, La mujer de mi vida, Puro cuento. Es autora de Dormir juntos
una noche y El poeta que sangra. Los cuentos que aquí se publican pertenecen a su
último libro Breve postergación -Mención Premio Literario Casa de las Américas-, que
fue presentado este año en la Feria del Libro de La Habana.
www.anaquiroga.blogspot.com.

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INDICE

Estrategia. Elvio E. Gandolfo =========================================== 1

El precio del amor. Ricardo Piglia ======================================= 5

Las doce a Bragado. Haroldo Conti ======================================11

Petróleo. Héctor Tizón ================================================ 17

El milagro. Daniel Moyano ============================================= 20

El sentido de la historia. Julia Coria ===================================== 23

La salvación. Isidoro Blaisten =========================================== 31

Caballo en el salitral. Antonio Di Benedetto ================================ 34

Berkeley o Mariana del universo. Liliana Heker ============================ 38

Los ahogados. Orlando Barone ========================================== 41

En la costra reseca. Juan José Saer ======================================= 44

Tito nunca más. Mempo Giardinelli ====================================== 46

Bon Voyage. Antonio Dal Masetto ======================================== 50

Las leyendas. Leopoldo Brizuela ========================================= 53

Brasil al sur. Ana Quiroga ======================================== 55

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