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UNIVERSIDAD DE CHILE

VICERRECTORÍA DE INVESTIGACIÓN Y DESARROLLO


PROGRAMA DOMEYKO SOCIEDAD Y EQUIDAD

Memorias, Historia y Derechos Humanos

Cuaderno de trabajo volumen 1

Santiago de Chile, marzo de 2011


CUADERNO DE TRABAJO VOLUMEN 1
Memorias, Historia y Derechos Humanos

Programa Domeyko Sociedad y Equidad


Vicerrectoría de Investigación y Desarrollo
Universidad de Chile

Editor
Verónica Vives Cofré

Diseñadora Gráfica:
Amalia Ruiz Jeria

Fotografía de portada:
Banco de imágenes institucional

ISSN 0719-0069

Contacto Subprograma Domeyko:


http://www.uchile.cl/domeykoSociedad2
Belén Rojas Silva
domeykomemorias@u.uchile.cl

Contacto Departamento de Investigación:


Gloria Rojas Farfán
departamento.investigacion@uchile.cl
(56 2) 978 21 67
Portugal 265, Torre 15, piso 16
Santiago de Chile
Texto disponible también en versión electrónica en:
http://www.uchile.cl/domeykoSociedad2
Índice

A modo de introducción.
Belén Rojas Silva........................................................................................................ 7

Memorias del desarraigo.


Loreto Rebolledo..................................................................................................... 13

Lugares de memoria: usos, identidades y políticas en el Chile de hoy.


Roberto Fernández e Isabel Piper............................................................................ 31

Memoria, representación y estudios culturales. María Olga Ruiz,


Alicia Salomone, Tania Medalla, Jorge Montealegre y Alondra Peirano................. 45

La Historia Social: Sujeto social e historicidad en la construcción de memoria


para la acción. Gabriel Salazar, Mario Garcés y Pablo Artaza. . .............................. 67

Formas actuales de la violencia estatal.


Pilar Calveiro............................................................................................................ 85

Memorias Regionales y Archivos: problemas y desafíos de la construcción


de memorias públicas. Ludmila Da Silva Catela..................................................... 125
A modo de introducción…

La presente publicación es expresión del trabajo del Programa de In-


vestigación Memorias, Historia y Derechos Humanos – Domeyko So-
ciedad y Equidad. En ella se reúnen textos de nuestros/as investigado-
res/as así como de quienes han participado de nuestras actividades.
Los esfuerzos que aquí presentamos son diversos y dan cuenta de
nuestro interés acerca de la memoria colectiva, la historia social y las
políticas del recuerdo, desde la especificidad de nuestras disciplinas y
también desde ángulos compartidos. El trabajo conjunto nos ha per-
mitido establecer un diálogo colaborativo entre la Psicología Social, la
Historia Social, la Crítica Cultural y las Ciencias de la Comunicación,
que nos ha llevado a encontrar puntos de encuentro y también de
divergencias respecto de nuestros temas de investigación.
Estos ejercicios de y sobre la memoria interrogan a lugares, suje-
tos y objetos, dando cuenta que la memoria no sólo es diversa sino
que se encuentra diversamente simbolizada. La memoria, y su falta,
expresan y producen códigos de interpretación y significados partíci-
pes del intercambio de experiencias, dando espacio a la expresión de
lo que compartimos, de lo que nos divide; y al dinamismo de ambas
calificaciones.
La herencia de nuestro pasado reciente es compleja y variada,
como también lo son las versiones acerca del mismo en constante
y asimétrica pugna. Una parte central de esta herencia es la difícil y
controvertida gestión de la memoria de los hechos (Ferrándiz, 2007).

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MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
Los procesos de memoria que nuestra sociedad lleva a cabo son
heterogéneos, y se enmarcan dentro de mecanismos de apropiación
y transformación cultural, social y política de la violencia vivida. Esta
última va conformando memorias del pasado en constante cambio
que se encuentran ancladas en los marcos interpretativos del presen-
te que es desde los cuales se hace memoria (Jelin, 2003).
El significado asociado a los hechos del pasado y su impacto, está
en estrecho vínculo con el conjunto de tramas de memoria que exis-
ten en torno a ellos, ya sea que provengan de discursos expertos o
de memorias locales y narrativas familiares (Ferrándiz, 2007). Toda
memoria, incluso aquella considerada íntima, está socialmente situa-
da y es esa situación la que le ha dado forma. Este proceso es el que
hace que la memoria sea social y allana el camino para su puesta en
común. De lo dicho anteriormente se desprende que, quienes hacen
memoria son los individuos, los que sin embargo se encuentran siem-
pre inmersos en contextos grupales y sociales. Es por esto que la me-
moria tiene fundamentalmente una dimensión colectiva.
Si consideramos que la memoria social convoca a un conjunto de
sujetos y sucesos del pasado, entenderemos que ella misma es un
proceso de selección, y en tal calidad, sus elementos son variables,
con orígenes diversos y constante cambios en su escala de preponde-
rancia. Los contenidos de nuestra memoria no provienen solamente
de la propia experiencia, sino de la de otros alrededor del mundo, la
que hemos leído, escuchado u observado y que se encuentran hoy
más disponibles que nunca. La selección entre estos elementos signi-
ficativo afecta directamente los referentes desde los cuales los suje-
tos y grupos se evalúan a sí mismos y entre si. A partir de esto último
es que su importancia se amplía, por su relación cercana con la cons-
titución de referentes colectivos como la identidad y la historia.
La relación estrecha entre la memoria, la historia y la identidad
significa que las memorias operan impulsando, motivando. No sólo
animan a los miembros de colectivo a actuar de manera particular
también los predispone a creer que tienen obligación con el pasado,

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CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
su recuerdo y las consecuencias del mismo que afectan en la actuali-
dad (Thompson, 2009).
¿Cómo enfrentar el pasado?, ¿qué recordar?, ¿qué olvidar?,
¿cómo representar ambas decisiones? son interrogantes propias de
todo contexto social y la respuesta que se les otorga tiene resultados
constitutivos en la formación y recreación de identidades. La memo-
ria social es la experiencia mediada por la representación del pasado
que va definiendo y dando sustancia a la identidad (Misztal, 2010). La
memoria y el olvido no son soluciones en si mismas, ambos pueden
impulsar profundos distanciamientos y enfrentamientos. Cada grupo
tiene su memoria y en base a ella construye su relato que convive con
otros y la mayoría de las veces les es antagónico.
La ética de la memoria es sobre qué deben recordar o olvidar los
individuos o grupos, qué deben hacer para permitir este recuerdo y
olvido, y cómo deben responder a las demandas que se presentan
desde la memoria (Thompson, 2009). Hablamos entonces de ejerci-
cios de memoria que trascienden a la práctica académico-intelectual
para tornar en compromiso ético y político con el conjunto de la socie-
dad, que en el caso de las memorias violentas se vuelven ineludible.
Toda vez que la violencia se inscribe en la cotidianeidad ésta se
hace patente en los individuos y comunidades y en cómo estos hacen
memoria y narran dicha experiencia. Por esta razón, cuando habla-
mos de memorias violentas es inevitable afrontar las tensiones entre
pasado y presente. Para afrontar estar tensiones y poner en relación
el presente con el pasado, la puesta en común de los relatos acerca
del pasado se levanta como una necesidad
Hablamos de narraciones que den cuenta del cruce entre violen-
cia y subjetividad, a través de las cuales el cuerpo y los lugares, sus
pasados y presentes, se articulan de manera más o menos coherente.
La narración como registro actúa a través de la imaginación, la alteri-
dad y la heterogeneidad (Cortés, 2007); y refiere a las prácticas de la
vida cotidiana que pueden decantar en construcciones de comunidad
y de sujetos.

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MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
La narración del pasado es así una potencialidad dentro de la so-
ciedad al permitir explorar nuevas vías comprensivas para poner la
vida en perspectiva, “La perspectiva prepara una acción intencional
con ‘un mundo por hacer’” (Lechner, 2002). Este esfuerzo no significa
definir a priori el camino a seguir, pero si establecer códigos de senti-
do, significado e interpretación útiles a la interacción de experiencias.
En la medida en que los sujetos comparten sus vivencias del pa-
sado reciente así como las reelaboraciones y resignificaciones de las
mismas, entramos en el terreno de lo colectivo. En caso contrario
nos ubicamos frente a una clausura de los hechos que constituyen
nuestro pasado y de sus imaginarios. Cuando las interpretaciones del
pasado no pueden ser compartidas las trayectorias individuales y co-
lectivas pierden sentido; y situar dichas trayectorias en proyecto se
vuelve una tarea imposible
Los trabajos que componen esta publicación son un esfuerzo por
compartir experiencias y elaboraciones acerca del pasado:
Aquí se reúnen artículos que, desde la propuesta multidisciplina-
ria, abordan el pasado reciente del Cono Sur y que través del dialogo
con los Estudios culturales nos hablan de memoria y representación
(Ruiz, Salomone, Medalla, Montealegre y Peirano); que se refieren a
los espacios que remiten al pasado bajo la premisa que sólo aquellos
que son apropiados y utilizados por prácticas cotidianas se constitu-
yen en lugares de memoria (Piper y Fernández); y que nos hablan de
la construcción de memoria de los sectores populares de la ciudad de
Rancagua desde la perspectiva de la historia social, poniendo énfasis
en el presente y abordando la memoria en su vínculo con la acción
(Salazar, Garcés y Artaza).
También encuentran espacio la conversación y el debate acerca
de la reconstrucción del proceso de exilio-temática silenciada desde
la esfera pública- a partir del trabajo con generaciones de padres e
hijos sin dirigencia política y con distintos países de destino (Rebolle-
do); la interrogación a los sistemas de represión y violencia estatal en
busca de respuestas acerca de la reorganización actual de la hegemo-

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CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
nía, siguiendo las huellas de expresiones tan actuales como la guerra
antiterrorista y la transformación de los sistemas penitenciarios (Cal-
veiro); y sobre el proceso de investigación en relación a la represión
argentina y la perspectiva antropológica de la memoria y el trabajo de
campo (Catela).
Ahora bien, ¿por qué?, ¿por qué la memoria?, ¿por qué la memo-
ria hoy?
La simultaneidad de los procesos de desterritorialización y reterri-
torialización (Tomlinson, 2001) que definen nuestra vida social y cul-
tural actual implican una revisión del rol de la memoria. Es necesario
preguntarse entonces si es factible pensar en una memoria colectiva
y estable. Como plantea Huyssen (2000), incluso si algún día llegamos
a la integración mundial y surge algo así como una memoria global,
esta tendría un carácter prismático y heterogéneo, y no holístico o
universal.
Pero, esto no significa que podamos prescindir de la memoria
pues toda sociedad que experimenta el devenir necesita de ella, no
para relativizar su pasado sino para construir puentes en relación a su
presente y futuro. Sopesar el pasado, darle sentido, encontrarle un
lugar en los marcos de referencia que tanto ha costado construir y así
volver el mundo un lugar no sólo interpretable sino también común.

Belén Rojas Silva


Marzo, 2011

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MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
Memorias del desarraigo
Loreto Rebolledo1

Presentación

Quiero partir explicando porqué escogí el tema del exilio. Comencé


esta investigación el año 98, cuando el conjunto de testimonios y de-
nuncias que aparecían en la prensa o que circulaban en los discursos
públicos sobre las violaciones a los Derechos Humanos nunca men-
cionaban al exilio, lo que lo hacía aparecer como algo silenciado. Tan-
to silencio público contrastaba con el hecho que las personas que ha-
bían vivido afuera y retornado a Chile, cada vez que se encontraban,
comenzaban a rememorar el tiempo de exilio. Existía una cantidad de
recuerdos flotando por distintos lados de gente que había vivido en
diferentes lugares, pero que sólo se activaban cuando se encontraban
entre ellos mismos, sin lograr salir de ciertos círculos.
Esto en parte se puede explicar porque la gente vivió sus expe-
riencias de exilio en distintos lugares y momentos, por lo cual no ha-
bía muchos testigos de esa historia en Chile, excepto aquellos que
vivieron en el mismo lugar en el mismo período Muchas de las per-
sonas que volvieron decían “yo siempre estuve leyendo los diarios”,
“escuchaba la radio Moscú”, “escuchaba la radio Habana” (depen-
diendo del lugar en el que se estaba), “yo sabía todo lo que pasaba
en Chile”, “leía el Análisis”, “leía todas las revistas”, “cuando llegaba
1
Periodista y Antropóloga. Dra en Historia. Académica Instituto de Comunicación
e Imagen. Universidad de Chile. Investigadora Subprograma Domeyko Memorias, His-
toria y Derechos Humanos.

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MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
alguien pedía información”, “siempre estuve enterado de lo que pasó
en Chile, pero cuando volví, ni mis parientes me preguntaron qué fue
de mi vida afuera, y lo único que quedó fueron unas cartas y fotos
que mostraban como crecían los niños”. El soporte material para re-
construir las experiencias del exilio existe disperso en libros, artículos,
fotos publicados en diferentes lugares, pero básicamente está en los
recuerdos de las personas que lo vivieron.
Sin embargo, también hay otras razones para el silencio en el dis-
curso público del exilio. Dentro del conjunto de violaciones a los De-
rechos Humanos el exilio era bastante menor comparado con la eje-
cución, la desaparición, la tortura, la muerte. Pero el exilio involucró a
tres generaciones de chilenos: los padres que vieron partir a sus hijos,
los hijos que se exiliaron, y los hijos de esos hijos que, a su vez, cuando
los padres retornaron, se transformaron ellos en exiliados. A nivel de
cifras, se podría aproximar, a partir de distintas fuentes, que alrededor
de 250.000 personas constituyeron el exilio político netamente2, pero,
alrededor de un millón de chilenos estuvo viviendo fuera en la época
de dictadura, aunque muchos de ellos salieron en el contexto de las
políticas de ajuste que generaron una gran cesantía.
Si bien el exilio chileno tiene una dimensión política fundamen-
tal, ya que se produce a causa del golpe de Estado –lo que implicó
una derrota del proyecto de sociedad que se intentaba construir– en
él hay involucrados aspectos psicológicos y sociales importantes pro-
ducto de la incertidumbre, del desarraigo, de la pérdida de un mundo
conocido, de redes sociales y familiares, y donde el único proyecto
futuro es regresar3. Yo me planteé como objetivo dar cuenta de los
2
La Vicaría de la Solidaridad, calcula que alrededor de 260.000 personas habían
sido obligadas a vivir fuera del país por razones políticas. La historiadora Carmen No-
rambuena, a partir de los estudios hechos por la Vicaría de la Solidaridad calcula que
habrían salido del país 408.000 personas. Estas disparidades dan cuenta de la dificul-
tad de establecer las cifras del exilio, incluso utilizando la misma información de base.
3
En América Latina, particularmente en relación al exilio chileno, uruguayo y argen-
tino, psicólogos y psiquiatras han impulsado una amplia reflexión sobre los efectos trau-
máticos de los procesos exilio/ retorno en la salud mental de las personas involucrados
en ellos (CIMADE, 1978; Carrasco, 1980; CODEPU ,1989; Cohn, 1985; Gonzales 1978,
1990; Lira y Kovalskys, 1984), Vásquez y Araujo (1999)

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CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
procesos sociales y culturales que estaban involucrados en el exilio
y en el retorno, en la medida que frente a la vivencia de la alteridad
se hacen mucho más evidentes ciertos núcleos que revelan un ethos
colectivo, una identidad cultural chilena. Me interesaba ver cómo se
habían ido articulando las comunidades de chilenos, saber cómo eran
sus cotidianos, qué cosas había en común, porque eso justamente era
lo que me podía dar indicios de una cierta identidad cultural. Quería
indagar sobre el vínculo de esas comunidades con Chile y entre todas
ellas, porque hay que considerar que los chilenos exiliados se disper-
saron por los cinco continentes conviviendo con realidades culturales
bastante distintas, pero había ciertos elementos compartidos y un
sentido de comunidad, es decir, una especie de meta comunidad de
chilenos exiliados.
Busqué identificar los cambios en las identidades grupales y cuá-
les eran las memorias que se construían sobre el exilio y sobre el re-
torno, tanto desde la perspectiva de quienes vivieron estos procesos
como desde los discursos, percepciones y versiones que había en re-
lación al exilio desde los chilenos que se quedaron, fueran de derecha
o de izquierda.

Metodología

Para la reconstrucción del proceso de exilio– retorno trabajé con dos


generaciones, la de los padres y la de los hijos, desde una investi-
gación donde dialogan la antropología y la historia. Entrevisté a 40
hombres y mujeres que no tuvieron roles de dirigencia política, cuyas
edades iban entre los 21 y 80 años y que habían vivido en distintos
países. Además incluí cuatro historias de vida.
Las entrevistas las complementé con otras fuentes: testimonios
que se habían publicado en distintos países como libros, artículos y
entrevistas en revistas, ya que ese conjunto de material daba cuenta
de dos épocas distintas. Por un lado, los entrevistados eran personas
que habían retornado a Chile y su rememoración del exilio lo hacían

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MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
desde su presente viviendo en el país; pero por otro, los testimonios
escritos habían sido hechos – en su mayoría- cuando los exiliados re-
cién habían llegado al país de acogida, hablaban del tiempo inmedia-
to en que eso había ocurrido.
Además, revisé documentación que está en archivos de la Vicaría
de la Solidaridad y de Fasic4; papeles y documentos producidos en el
exilio y que algunas personas me hicieron llegar; tesis de doctorado
realizadas por chilenos en sus países de exilio. También trabajé con la
revista Araucaria, que recorre varios años y se alimenta de informa-
ción de varios países. Todo eso lo complementé con declaraciones,
decretos, bandos militares, revisión de prensa y con novela y poesía;
que tienen la ventaja de rescatar cierta subjetividad, que me aparecía
también en los testimonios.
El cruzar las distintas fuentes permitió, en algunos casos, consoli-
dar y validar información, ya que muchas veces los recuerdos indivi-
duales de varios testimoniantes coincidían con lo planteado por una
novela, o las sensaciones de desarraigo y fragilidad eran reflejadas
por la poesía. Por ejemplo la novela Morir en Berlín de Carlos Cerda
es como el paradigma de lo que ocurrió con la gente que fue a la Re-
pública Democrática Alemana (RDA). La anomia de los más jóvenes
aparece no sólo en los testimonios, está también muy bien reflejada
en el Cobro Revertido de Leandro Urbina.

Resultados
En las entrevistas seguí el periplo completo, desde el momento de la
salida hasta que la gente regresó y se volvió a instalar en Chile. De
una u otra manera, la forma en que salió marcó el cómo se llegó a los
países que acogieron a los exiliados. Llegar en la calidad de refugia-
do o haber sido expulsado o con pena de extrañamiento implicaba
que había ciertas garantías legales, en términos de que un Estado
decidía traerse a esta persona. Además había cierta responsabilidad
que se traducía en darles albergue al comienzo, enseñarles la lengua
4
Fundación de Ayuda Social de las Iglesias Cristianas.

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CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
y ayudarlos económicamente. En cambio, los que habían salido por
su propia cuenta se las tenían que arreglar como podían. Pero, más
aún, la forma de salida incidía en la manera en que se era recibido
por la comunidad de exiliados en el lugar al cual se llegaba. Hay que
recordar que algunos de los partidos llamaron a resistir y a quedarse
en Chile, castigando moralmente o expulsando a quienes se iban al
exilio por decisión propia, Por lo tanto, no era lo mismo llegar des-
de un campo de concentración a llegar por su propia cuenta, lo que
se refleja en frases como “los que salieron como ratones”, “los que
arrancaron primero”.
Sin embargo, pese a las formas de salida y a esta recepción inicial
distinta para algunos, existía un motivo mucho más fuerte que termi-
naba acercando a los exiliados; era el sentirse parte de la misma lucha
contra Pinochet, más allá de los partidos a los cuales se pertenecía,
más allá de las formas en las cuales se salió. Esto permitió ir confor-
mando, de a poco, comunidades de chilenos claramente identifica-
bles en cada uno de los países, que además desplegaban una gran
actividad política, complementada con actividades culturales como
las peñas, la música, la pintura, que servían tanto para denunciar los
atropellos de la dictadura como para ir consolidando un colectivo con
una clara identidad cultural.
Reconstruí los pasos de los exiliados desde su salida, la llegada
y la instalación de las personas en los respectivos países, tratando
de encontrar los elementos comunes en los modos de organizar la
comunidad chilena, los cotidianos, las formas de sociabilidad hasta el
momento del retorno y la reinstalación en Chile.
En diversos lugares y países se repitieron ciertas situaciones, por
ejemplo, equipos de fútbol llamados Salvador Allende o las nostalgias
por ciertos productos, como las marraquetas, que llevaron a crear pa-
naderías (en Canadá, la panadería Condorito). Esto como una forma de
reproducir elementos de la cultura cotidiana para poder seguir sintién-
dose chilenos; así también el continuar cocinando comida chilena en la
casa, escuchando música latinoamericana y hablando castellano, entre

17
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
otras cosas. Septiembre era un mes en que ocurrían muchas cosas,
las celebraciones del 18 de septiembre y la conmemoración del 11.
Además, como señalaban entrevistados que vivieron en el hemisferio
norte, Septiembre, era el único mes en que el clima se parecía con el
de Chile. Tema no menor si se considera que el cambio de hemisferio
trastocó los parámetros de tiempo y también las maneras de situar
recuerdos y experiencias a partir de las estaciones. Son cosas que hoy
día y desde acá parecen como anecdóticas, pero que dificultaban la
adaptación de las personas a esas situaciones.
Como los exiliados no salieron por su propia voluntad sino que fue-
ron forzados a hacerlo, su gran proyecto siempre era volver, esto impli-
có que aquellos que tenían niños, —ya que el exilio chileno se caracte-
rizó por ser joven y familiar— se hicieron el propósito de socializarlos
dentro de lo que era una lógica cultural chilena, de modo de preparar-
los para el momento del regreso. Pero eso generaba tensiones y situa-
ciones contradictorias, pues se criaba a los niños como chilenos, pero
también se los impulsaba a integrarse a los países de acogida y adap-
tarse a su cultura de modo de evitar las discriminaciones. En los testi-
monios de la segunda generación aparece que, cuando iban al colegio
o cuando estaban en el vecindario, los niños se comportaban como del
país donde vivían; y en la casa, con los padres, como chilenos.
Con respecto al retorno, es preciso decir que así como hubo dis-
tintas maneras de salir también hubo distintas maneras de volver. A
diferencia del exilio, que implicó la salida forzada por razones políticas
después de una derrota, el retorno –para algunos– teóricamente era
voluntario. Digo teóricamente voluntario, porque la gente que tenía
una militancia más comprometida, si no aceptaba volver cuando el
partido lo decidía perdía la militancia y era condenado al ostracismo
social, pues se perdía toda una red social, lo que condenaba a la or-
fandad en una situación de desarraigo bastante fuerte.
A partir de 1978 empieza el retorno clandestino de ciertos par-
tidos o grupos políticos, que deciden que algunos de sus militantes,
previa instrucción militar, puedan ingresar a Chile. Otra de las formas

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CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
de retorno fue el desplazamiento de gente que estaba en Europa ha-
cia América Latina, como paso previo al regreso a Chile. También exis-
tió el retorno testimonial, que buscaba mostrarle al régimen que se
podía transgredir sus órdenes. Es el caso del director de cine Miguel
Littin y del escritor Volodia Teitelboim, que dejan registrado sus in-
gresos en un documental y un libro, respectivamente. Después hubo
otras entradas que tuvieron una gran cobertura mediática, por ejem-
plo los tres intentos de ingresar del grupo donde venía Jorge Arrate y
Jaime Gazmuri, como una manera de presionar, de denunciar. Tam-
bién hubo ingresos clandestinos ampliamente publicitados de algu-
nos dirigentes, por ejemplo, Clodomiro Almeida, Julieta Campusano
y Mireya Baltra, dos mujeres del Partido Comunista, que tenían más
de 60 años y que con su ingreso no sólo mostraron las debilidades del
régimen para controlar las fronteras sino que lo ridiculizaron. Y luego,
está el retorno legal que es cuando empiezan a aparecer en los con-
sulados las listas de las personas que pueden regresar.

La influencia del género en la vivencia del exilio


Desde el momento en que empiezan a instalarse los exiliados en los
países de acogida, y comienzan a organizarse, se da una división del
trabajo de género, donde la primera prioridad de los hombres era la
militancia y la actividad política; mientras las mujeres se encargaban
de los niños, la comida y todos los afanes cotidianos. Se demarcan así
espacios claramente diferenciados: la gran política pública es mascu-
lina y las mujeres se dividen entre la casa y el apoyo a las actividades
político-culturales de denuncia de las violaciones de los derechos hu-
manos. Por el hecho de ser las encargadas de vincularse con los co-
legios, con el vecindario, de hacer las compras, las mujeres se sitúan
rápido en el medio social al que han llegado lo que incidirá a la postre
en un fortalecimiento y complejización de sus identidades de género.
Por otra parte, en algunos países europeos, en una primera eta-
pa, se produce una desvalorización de la masculinidad. Ello porque el
Estado de bienestar definía que cada una de las personas que tenía

19
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
el refugio, sin importar edad ni sexo, era sujeto de derechos, de ca-
pacitación, de dinero, etc. Entonces, ocurre que el hombre chileno,
jefe de hogar, acostumbrado a ser el que tenía la plata y mandaba,
se siente menoscabado en su autoridad y en su capacidad de pro-
veer. Simultáneamente, en muchos casos, los primeros trabajos que
se obtuvieron fueron de baja calificación, dado el desconocimiento
del idioma o por la falta de redes sociales. Así, hombres y mujeres en
Europa realizaron tareas de aseo, limpieza o ese tipo de oficios, que
no era lo que habían estudiado o lo que hacían en Chile. Los más afec-
tados con esta situación fueron los hombres, ya que las mujeres, con
tal de conseguir mayor bienestar familiar, estaban mejor dispuestas a
desempeñar cualquier trabajo sin sentirse disminuidas.
Todo esto hace que los hombres, tanto por un compromiso mili-
tante como por una compensación simbólica a esta devaluación de su
masculinidad, centren sus vidas en la actividad política. Por su parte,
las mujeres, muchas de las cuales habían tenido que recorrer campos
de concentración, hacer trámites en ACNUR5-incluso las pobladoras, o
campesinas que no conocían la ciudad-habían tenido que hacer un es-
fuerzo por salir de sus espacios restringidos domésticos. Por lo tanto,
al llegar al exilio, estaban mejor predispuestas a salir más allá de los
espacios y actividades familiares (esto se hizo imperativo en los casos
de separaciones matrimoniales, que en el exilio fueron muchísimos).
Las mujeres más jóvenes y las militantes que salieron por su cuenta,
en tanto militantes, estaban dispuestas a inscribirse en una lógica de
cambio social. Por lo tanto, también tenían una mayor apertura a las
nuevas experiencias que generaba el exilio. Ello incide en que fuesen
ganando más autonomía y, al contacto con movimientos feministas,
fuesen tomando conciencia de género, lo cual se constituyó en un
aporte a su regreso a Chile.
Este proceso de toma de conciencia de género no es menor si
se considera cuáles eran los modelos militantes de la izquierda de la
época: para los chilenos quedó instalado con la muerte de Allende,
pero tenía antecedente en el Che y Camilo Torres, que murieron como
5
Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados

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CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
héroes, defendiendo con su vida, sus ideas y su causa; hablamos de
una ética sacrificial. Por la militancia se deja otras cosas importantes
de la vida: el trabajo, la familia, los hijos. El modelo femenino que
acompaña a este ideal del hombre militante es la viuda, la cual es con-
vertida en un ícono a la muerte de su compañero. El caso más eviden-
te es el de Tencha, la viuda de Allende, pero también existieron otras
viudas cuya vida se organiza y se estructura en función del que murió;
van de un lado a otro, llevadas por el partido, como testigos vivientes
y testimoniantes de la justeza de la causa por la que sus compañeros
entregaron sus vidas. El tema de las viudas yo no lo desarrollo dema-
siado, pero creo que es tremendamente interesante, más si uno lo
compara con otros casos, por ejemplo el de Argentina. Allá están las
Madres de la Plaza de Mayo, con un pañal o un pañuelo blanco esta-
mos hablando de lo simbólico de la madre. En el caso de las chilenas
es lo simbólica de la viuda. Viuda de un hijo, de un hermano o de un
marido, con la foto en el pecho, que baila la “cueca sola”, que es el
baile sin pareja.
Siguiendo con el tema de género y el exilio hay que destacar que
existen diferencias muy grandes entre los partidos con respecto al tra-
tamiento de hombres y mujeres, y de las relaciones entre ellos. Hay
partidos que tratan de decidir sobre las separaciones de las parejas,
buscando evitarlas a toda costa, o que tratan de imponer los lugares
de residencia de sus militantes, e incluso se meten en si es correcto o
no tener hijos. En aquellos casos en que los partidos se entrometían
más en las vidas privadas de sus militantes, las mujeres mostraron
mucha más capacidad de desacato y desobediencia que los hombres,
lo que se explica porque dividían su vida entre la militancia y la fami-
lia.

Ser indígena en el exilio


Continuando con el tema de las identidades, es importante señalar que
se ha escrito poco respecto a las violaciones a los Derechos Humanos
de los mapuches. Yo empecé a rastrear el problema a partir de algu-
nos testimonios que tenía y de otros que encontré escritos.
21
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
Si nos situamos en los años 70, los mapuches sufrieron una repre-
sión, incluso antes de que comenzara el Golpe. Una semana antes,
llegaron los militares a la comunidad de Nehuentúe, retuvieron a la
gente, colgaron de helicópteros a los hombres jóvenes e hicieron vue-
los rasantes sobre los árboles con ellos, les mataron corderos, etc. Las
comunidades rurales, sobre todo las comunidades mapuches que ha-
bían estado vinculadas al movimiento campesino revolucionario del
MIR6, habían empezado a correr cercos, lo que les había generado
enfrentamientos con los dueños de fundos. Por esta razón, después
del Golpe no fueron sólo los militares los que reprimieron, sino que
fueron civiles, terratenientes que persiguieron y reprimieron a los di-
rigentes campesinos y mapuches.
Ese fue el comienzo de una represión fuerte y silenciosa, muchos
mapuches fueron detenidos y torturados, encarcelados en campos le-
jos de sus comunidades y las posibilidades de denuncia de las familias
fueron pocas, ya que en muchos casos estaban muy aterradas con lo
que había pasado. Además, los mismos partidos les dieron prioridad
a los dirigentes y a los militantes cuyas familias presionaban por su
salida. En los relatos de personas mapuches que llegaron al exilio se
señala que cuando estaban en los campos de concentración o en los
de detención veían que salía uno, salía otro, salía otro y ellos nunca
aparecían en primer lugar en la lista, entonces fueron de los últimos
que emigraron. Esto lo corroboraron posteriormente al encontrarse
con otros mapuches que habían vivido situaciones similares antes de
salir al exilio, lo que de una u otra manera marca una desventaja res-
pecto a los chilenos.
Un segundo momento de toma de conciencia de su diferencia se
da al llegar a algunos países europeos. Hay un testimonio que plantea
“cuando llegamos, a nosotros nos veían igual como exiliados chile-
nos”. Es decir, los europeos no hacían distinción y los ponían en la
misma categoría que a los otros, pero los chilenos a ellos no los veían
como iguales. A lo anterior contribuye además el ver que en algunos
países efectivamente los Estados tenían programas y financiamientos
6
Movimiento de Izquierda Revolucionario.

22
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
específicos para que la gente pudiera preservar su cultura, sus len-
guas, etc., etc. Se empieza a ver que las diferencias culturales son
respetadas.
Esto tiene gran importancia en la toma de conciencia étnica, pues
muchos de los mapuches que llegan al exilio eran militantes de izquier-
da cuya propuesta de cambios sociales partía de un análisis de clases,
sin tener en consideración los temas de las identidades. A partir de
comienzos de los 80 se crea un Comité Mapuche en el exterior, cuya
primera reunión se hace en Inglaterra. A esa reunión llegaron de dife-
rentes países y empezaron a organizarse, sacando una revista que se
llamaba Werkén, donde se comunicaban entre ellos. Posteriormente,
se hicieron otras reuniones y siguió funcionando este Comité Exterior
Mapuche, estableciendo relaciones con otras organizaciones étnicas, y
apoyando solidariamente a las organizaciones mapuches que existían
en Chile. De ese Comité y de las generaciones más jóvenes surgieron
algunos de los actuales intelectuales del movimiento mapuche.

La identificación como latinoamericanos


Otro de los cambios identitarios grupales, que atraviesa a la mayoría
de los chilenos que salieron, es el sentirse latinoamericanos. Por el
mismo hecho del aislamiento geográfico de Chile —pensemos que
para los años 70 la mayoría de la gente que sale exiliada no se había
subido nunca a un avión, se viajaba menos que hoy día y tampoco
Chile había sido un país receptor de gran cantidad de inmigrantes—
no existía la vivencia de la alteridad. Entonces, cuando llegan los exi-
liados chilenos a diferentes países, lo hacen casi en la misma época
que uruguayos y argentinos que también habían tenido que salir al
producirse golpes de Estado en sus respectivos países. En este esce-
nario, los chilenos son percibidos por las sociedades de acogida como
latinoamericanos, en un sentido genérico, cuando llegaron a Europa y
a otros países no hispanoparlantes, y como cono sureños en el resto
de América Latina. La vivencia compartida del exilio y de la derrota de
sus proyectos sociales de izquierda los une y, por otra parte, las per-

23
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
sonas de los países que los acogieron los asimilan como parte de un
mismo colectivo sociocultural. Todo eso va permitiendo diálogos y la
realización de actividades de solidaridad conjuntas, lo que se acentúa
posteriormente con el apoyo a la revolución en Nicaragua y a El Sal-
vador. En el caso de los que vivieron en Latinoamérica, fue descubrir
que había, además de la lengua, una cantidad de cosas en común,
que había dichos, que había historias similares y una solidaridad que
hermanaba.

Las memorias del exilio y el retorno


Ahora me referiré a las memorias que se construyen sobre el exilio
y sobre el retorno; entendiendo que la memoria es algo cargado de
subjetividad, que cuando la gente testimonia y habla, lo hace des-
de un presente donde inconscientemente va “acomodando” las co-
sas que ocurrieron; que es una interpretación. Pero como señalé al
comienzo, yo hice cruce de fuentes y de temporalidades, y ello me
permitió identificar cuatro memorias del exilio.
Una, que es la clásica de la primera época, es el exilio como un
drama y una condena que, además de aparecer en los testimonios
escritos de la época, aparece muy fuerte y con la carga de la subjetivi-
dad muy bien puesta en la poesía. Todos los autores que escriben en
esa primera época hablan de la nostalgia, del aquí y el allá, del vivir
con los pies puestos en Inglaterra o en cualquier otro lugar del mun-
do, pero soñando en chileno permanentemente. Esa memoria como
drama y condena da cuenta de tristezas, nostalgias, de la incertidum-
bre, de no saber qué va a ocurrir y, por otro lado, de estar viviendo
un castigo que implica que la vida ha quedado entre paréntesis, con-
gelada en un tiempo suspendido, en que no se está ni allá ni acá, sino
en un permanente vaivén de un lado hacia otro, que hace sentirse
tensionado entre dos mundos. Esto se agudiza por sentirse perdido
en términos de tiempo y espacio. O sea, al llegar a un país donde no
hay cordillera al chileno se le pierde para siempre el oriente y el po-
niente. Por otro lado, está el tema de la luz y la duración de los días en

24
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
los Países Bajos, que son cosas que pueden parecer banales, pero que
a la gente que le tocó vivirlas le magnificó la sensación de desarraigo.
Además en los países donde no hay estaciones tan marcadas
como en Chile y uno no podía decir “en la primavera del 74”, ya que
no había primavera, se sentía que todo el año era igual, pues se anda-
ba vestido siempre con la misma ropa. Esa es una primera memoria,
el exilio como drama y condena que se puede resumir en la frase: Fui-
mos derrotados y estamos sufriendo la condena, estamos sufriendo
este castigo terrible y nuestra vida es un drama.
Una segunda memoria tiene que ver con la traición, con el senti-
miento de culpa por haber roto un pacto. Esta es una memoria que
afectó mucho más a los hombres que a las mujeres, por el tema de
la centralidad y el valor que tenía la militancia en sus vidas y por la
concepción de la época sobre el militante de la izquierda como héroe,
mártir, etc. Esta memoria del exilio como traición afectó más a los que
se asilaron o salieron por decisión propia, ya que en algunos casos los
propios partidos sancionaron públicamente estas conductas. El prota-
gonista de la novela Morir en Berlín resume esta sensación a su llega-
da a Alemania con la idea de haber llegado con la mancha original por
haber salido por decisión propia. El exilio se vivía con una sensación
de culpa resumido en frases como “igual nos fuimos”, más cuando las
noticias desde Chile indicaban que la represión no cedía.
Sin embargo el tema de la culpa por vivir fuera de Chile no fue aje-
no a aquellos que fueron extraditados, o condenados a la pena de ex-
trañamiento. El pensar que mientras ellos vivían y dormían tranquilos
en otro país, otros compañeros militantes seguían siendo perseguidos
o torturados generaba una desazón culposa.
La percepción del exilio como una traición se vuelve a actualizar en
el retorno. Eso aparece en los testimonios de las dos generaciones y en
personas vinculadas a distintos partidos. Para los hijos de retornados no
fue extraño que sus compañeros de colegio, especialmente en los que
llegaron masivamente niños del exilio7 se les dijera “¡Ah!, tú papá es
7
Por ejemplo, a los colegio Latinoamericano de Integración, Francisco de Miranda,

25
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
de los que se fue, de los que arrancó”. Para los adultos las cosas no
fueron mejores con sus compañeros militantes. Algunos de los que
permanecieron en Chile les echaban en cara el haber vivido tranqui-
los, el haber podido estudiar o haber tenido oportunidades de desa-
rrollo que ellos no tuvieron. Así, de manera lateral, se reponía, entre
personas de izquierda, la idea del “exilio dorado”, del cual la publici-
dad del régimen había abusado para desprestigiar a los exiliados.
Hay una tercera memoria del exilio que se puede caracterizar como
un tiempo de anomia. Esta memoria se vincula especialmente con la ex-
periencia de los exiliados más jóvenes, con una militancia más laxa, y da
cuenta de la pérdida de normas, de actitudes y de prácticas vergonzosas
donde las fronteras de lo éticamente correcto se hacen difusas y, en al-
gunos casos, se perdieron del todo. Esta memoria circuló bajo la forma
de anécdotas o chismes entre exiliados y muestran situaciones de todo
tipo, desde la práctica de vivir a costa de la solidaridad de las sociedades
de acogida o cobrando el seguro de cesantía sin haber trabajado; hasta
cosas más complejas y privadas como infidelidades, abandono de la fa-
milia; mentiras sobre torturas o detenciones que nunca ocurrieron para
conseguir más ayuda o apoyo de algunas personas. Si bien esta memoria
involucra conductas minoritarias que podrían intentar explicarse por la
pérdida de los parámetros culturales conocidos o por la falta de control
social de personas muy jóvenes, es una memoria que tiende a ser poco
conocida, muy tapada; la más vergonzante8.
Finalmente, una cuarta memoria es la del exilio como oportunidad,
entendido como oportunidad de crecimiento en distintos ámbitos.
Esta memoria se recoge con más claridad en los discursos de mujeres,
jóvenes, y en hombres y mujeres de sectores populares, quienes vie-
ron en el exilio —una vez superada la incertidumbre, el desarraigo de
Regina Pacis, entre otros.
8
Un ejemplo de esta memoria del exilio como tiempo de anomia, se encuentra entre
gente que vivió en Rumania. En uno de los testimonios, se dice que todos los exiliados
fueron ubicados en bloques de edificios que estaban unos al lado del otro, lo que generó
una situación de conventillo, tanto en las conductas como en las habladurías. Muchos no
trabajaban —mientras los rumanos de los departamentos vecinos si lo hacían— porque
entendían que el Estado socialista tenía que mantenerlos.

26
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
la primera etapa— la posibilidad de haber accedido a oportunidades
de desarrollo personal y profesional que en Chile no necesariamen-
te habrían tenido. La posibilidad de haber aprendido otro idioma, la
apertura de mundo, la oportunidad de estudiar y de capacitarse, la
mejora de las condiciones materiales de vida, la posibilidad para las
mujeres de ser más autónomas, menos dependientes, y en el caso de
los jóvenes, se reconoce la ventaja de haber vivido en dos culturas,
con los pro y contra que ello pudo tener en algún momento.
Con respecto a las memorias del retorno, primero me interesa
aclarar que las entrevistas las hice hasta el año 2003, hoy día proba-
blemente esos discursos han ido cambiando, porque la gente hace
más tiempo que retornó y probablemente se han reconciliado con el
país y su gente.
De las memorias del retorno la más importante es la del desen-
cuentro, a diferentes niveles, por ejemplo, con la ciudad. Un entrevis-
tado decía “me habían inventado una calle 11 de septiembre, las pro-
vincias me las cambiaron por regiones, me habían puesto las alas de
un avión en Providencia”. El espacio al que se volvió no era el mismo,
después de varios años había cambiado hasta hacerse difícilmente
reconocible en un primer momento. La gente tampoco era la misma.
Lo que parece lógico si se piensa que en muchos casos habían pasado
más de 10 o 12 años en los que no se vivió en Chile, pero en las nos-
talgias y en el imaginario de los exiliados el tiempo se quedó congela-
do en el momento de su salida, y al regreso esperaban encontrar las
cosas como las habían dejado, o como las recordaban.
Por lo tanto, cuando vuelven, sus nostalgias no encajan con la
nueva realidad del país y de su gente, entre otras cosas, porque efecti-
vamente se produjeron cambios importantes en el plano económico,
con la implementación de las políticas de ajuste y en lo sociocultural
con el incremento del consumo y del individualismo.
El desencuentro producido cuando se retornó llevó a que, en mu-
chos casos, los exiliados, como un modo de autoprotección, reins-
talaran una práctica del exilio, la cual era funcionar en una especie

27
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
de ghetto, es decir, una comunidad que se juntaba entre sí misma,
que cuando tenía los medios económicos vivía en los mismos luga-
res, educaba a los hijos en los mismos colegios y tendía a trabajar en
ONG, porque en el Estado no podían trabajar por ser retornados. Eso
funcionaba como un estigma que también pesaba sobre sus hijos que
llegaron con otras costumbres y hablando con otros acentos.
Entonces, una segunda memoria se vincula con la recreación del
ghetto. En una primera etapa, especialmente entre aquellos que vol-
vieron en dictadura, el volver a juntarse entre las personas que vivie-
ron en el mismo lugar, reprodujo lo que se hacía en los primeros tiem-
pos de exilio: reunirse a recordar lo que se hacía en el lugar donde ya
no se estaba.
En la generación joven, especialmente entre los adolescentes hi-
jos de retornados, las memorias del retorno de sus padres dan cuen-
ta de una vivencia de desarraigo que se parece a la que sus padres
sufrieron cuando llegaron al exilio. Algunos jóvenes manifiestan, de
manera muy directa, que el retorno de sus padres fue el inicio de
su propio exilio, tanto por la sensación de desarraigo que sintieron
como por no haber tenido ingerencia en la decisión del traslado. Hay
un entrevistado que dice “a mí nadie me preguntó, nadie me dijo
nada, mi vieja arregló las maletas y dijo ‘nos vamos a Chile’”. Muchos
jóvenes y niños llegaron a un país que solo conocían de oídas, un
país mitificado en el recuerdo de sus padres y, por tanto, al llegar los
decepcionó, especialmente a los que venían de Europa, a quienes
les choqueó la pobreza. Hay una chica que venía de Italia, que decía
que estaba acostumbrada a ver cosas lindas y encontró que todo olía
a parafina, que las micros eran horrorosas, etc. Es importante tener
en consideración que, en muchos casos, la llegada a Chile coincidió
con el fin de la infancia, con el momento en que se acaba el paraíso
de la infancia.
Una tercera memoria del retorno de los padres es la sensación de
no encajar en el país, de ser la pieza que sobra o que no se logra ajus-
tar, lo que en muchos casos implicó el retorno a los países de exilio

28
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
donde fueron criados, y en otros casos, la búsqueda de un tercer país
para vivir. Otros, con el tiempo se adaptaron y en ello jugó un papel
importante su cercanía con la política, ya fuera a través de la militan-
cia en partidos o en movimientos sociales.

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29
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
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30
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
Lugares de memoria: usos, identidades y
políticas en el Chile de hoy1
Roberto Fernández2
Isabel Piper3

Introducción

En los años que siguieron a la dictadura militar de Pinochet nuestro


país ha tenido dos comisiones de verdad, convocadas con el fin de
establecer una memoria compartida de lo ocurrido en dicho período.
Cada una de estas comisiones elaboró un informe en el que se consig-
nan los acontecimientos y sus contextos de ocurrencia, los nombres
de quienes son considerados víctimas, y sugieren medidas de repara-
ción. La primera de ellas, la Comisión Nacional de Verdad y Reconci-
liación, conocida también como Comisión Rettig, elaboró en 1991 un
informe orientado al esclarecimiento de los más graves atropellos a
1
Este texto expone resultados y reflexiones de las siguientes investigaciones: Fondecyt
Regular 1070926 "Usos del espacio, identidades sociales y políticas del recuerdo, análisis
psicosocial de lugares de memoria de los conflictos violentos de nuestro pasado reciente",
Proyecto en Ciencias Sociales, Humanidades y Educación VID Universidad de Chile 2006
"prácticas del recuerdo y usos del espacio: análisis del proceso de constitución de lugares
de memoria", y el trabajo de investigación documental realizado por la línea de Psicología
Social de la Memoria, en el marco del Sub Programa Memorias, Historia y Derechos Huma-
nos- Domeyko Sociedad y Equidad- Universidad de Chile.
2
Magíster en Psicología Social y Dr. (c) en arquitectura y estudios urbanos. Académico
del Departamento de Psicología de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile
3
Dra. En Psicología Social. Académica del Departamento de Psicología de la Facultad de
Ciencias Sociales de la Universidad Académica de Chile. Coordinadora del Sub Programa Me-
morias, Historia y Derechos Humanos- Domeyko Sociedad y Equidad- Universidad de Chile.

31
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
los derechos humanos ocurridos la dictadura militar. La segunda, la
Comisión Nacional Sobre Prisión Política y Tortura, elaboró en el año
2005 un informe relativo al esclarecimiento de los hechos de privati-
zación de libertad y tortura durante la dictadura. Entre las diferentes
medidas de reparación propuestas se habla de medidas de repara-
ción simbólicas y colectivas como aquellas destinadas a reivindicar
la memoria de las víctimas, expresando el reconocimiento moral del
Estado y la sociedad hacia ellas. De esta manera se busca estable-
cer nuevas bases para la convivencia social y una cultura de respeto
de los derechos humanos que asegure que esos actos de violencia
no vuelvan a ocurrir (Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación,
1991; Comisión Nacional Sobre Prisión Política y Tortura, 2005). Para
ello la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación propone “erigir
un monumento recordatorio que individualice a todas las víctimas de
derechos humanos y a los caídos de uno y otro lado, y construir un
parque público en memoria de las víctimas y los caídos, que sirva de
lugar de conmemoración y enseñanza, a la vez que de recreación y de
lugar de reafirmación de una cultura por la vida” (Comisión Nacional
de Verdad y Reconciliación, 1991, p.1255). Mientras que la Comisión
Nacional Sobre Prisión Política y Tortura sugiere la “declaración de
los principales centros de tortura como monumentos nacionales y la
creación de memoriales y sitios recordatorios de las víctimas de viola-
ciones a los derechos humanos y violencia política”, así como “la erec-
ción de un monumento recordatorio en un lugar céntrico de Santiago,
como capital del país, que simbolice este compromiso” (Comisión Na-
cional Sobre Prisión Política y Tortura, 2005, p. 528).
Dichas sugerencias se han implementado a través de diversas
acciones que inscriben la memoria en el espacio público. Se han re-
cuperado casas, edificios y terrenos en los que el Estado ejerció su
violencia; se han instalado placas y otros objetos conmemorativos;
y se han construido monumentos y memoriales que recuerdan a las
víctimas. Estas iniciativas han buscado materializar los recuerdos de
ese período conflictivo de modo de poder ejercer y mantener una
memoria viva en torno a la cual poder crear y recrear un sentido del

32
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
pasado. Se ha buscado transformar estos espacios físicos en lugares
de memoria, en el sentido que les da Pierre Nora al definirlos como
“unidad significativa, de orden material o ideal, de la que la voluntad
de los hombres o el trabajo del tiempo ha hecho un elemento simbó-
lico del patrimonio memorialista de una comunidad” (Nora 1984, en
Candau, 2001, p. 153).
Al acercarnos teóricamente al tema, hemos entendido la memo-
ria como una acción social (Vázquez, 2001; Fernández, 1994; Vázquez
& Muñoz, 2003). Para este enfoque, deudor de los planteamientos
de Maurice Halbawchs (1925, 1950), en la reconstrucción del pasa-
do se producen marcos sociales que permiten encuadrar y estabilizar
los contenidos de la memoria. Los marcos, que funcionan como un
conjunto de objetivaciones que posibilitan el recuerdo, son en nues-
tra cultura, según el autor, tiempo y espacio, ambos construcciones
colectivas de las que los grupos disponen. Es importante entender
el tiempo y el espacio como marcos inseparables, y como objetos sig-
nificativos, de experiencia y afectividad. Éstos facilitan a la memoria
ser reconocida como tal (distinguida de la imaginación o la fantasía) y
nos permiten situar los recuerdos en la experiencia de la colectividad
(Piper, 2005). Lugares y fechas se constituyen en puntos de referencia
en torno a los cuales se despliegan e inscriben los recuerdos.
Estos marcos no son dados sino que se construyen a través de
prácticas sociales que los producen y definen por su dimensión sig-
nificativa (Vázquez & Muñoz, 2003). En este sentido, la existencia de
lugares de memoria es resultado de esfuerzos concertados y soste-
nidos que buscan preservar la memoria inscrita en dicho espacio. Al
respecto Nora afirma que “los lugares de memoria nacen y viven del
sentimiento de que no hay memoria espontánea, que hay que crear
archivos, que hay que mantener los aniversarios, organizar celebra-
ciones, pronunciar elogios fúnebres, levantar actas, porque estas
operaciones no son naturales” (Nora, 1984, p. 6).
En nuestro país el esfuerzo de preservación de la memoria ha es-
tado preferentemente en mano de agrupaciones y organizaciones de

33
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
derechos humanos, que se han constituido en lo que Jelin (2003) lla-
ma emprendedores de la memoria. Si bien muchas de las iniciativas
de memorialización del espacio público han tenido el respaldo del
Estado, especialmente en los gobiernos de Ricardo Lagos y Michelle
Bachelet, su construcción, gestión y uso han sido producto, principal-
mente, de las acciones de estos grupos.

Nuestra investigación

Cuando hablamos de lugares de memoria consideramos como una


dimensión fundamental su utilización y apropiación por medio de
acciones que enuncian, articulan e interpretan sentidos del pasado.
Es decir, aunque son relevantes la intencionalidad y proyección que
se le da a la inscripción de un espacio por parte de las autorida-
des gubernamentales y/o de los actores sociales que lo originan,
más aún lo será el cómo dicho espacio es habitado por personas y
grupos en el presente, es decir, las prácticas que se llevan a cabo
en ese lugar. Este habitar es siempre polisémico, pues el lugar es
significado de diversas formas según las experiencias y los puntos
de vista que se tengan de él. Para algunos, un lugar puede tener un
alto valor simbólico y ser utilizado para recordar, mientras que para
otros el mismo lugar puede pasar completamente desapercibido
(Raposo, 2007).
Una consecuencia fundamental de este planteamiento es que no
todos los espacios que remiten al pasado se constituyen en lugares de
memoria. Así, por ejemplo, no todos los centros de detención y tortura
consignados en las listas de los informes de nuestras comisiones de
verdad son por sí mismos lugares de memoria, sino sólo aquellos que
son apropiados y utilizados por medio de prácticas cotidianas actuales.
Considerando lo anterior es que nos propusimos analizar aquellos
espacios que se constituyen como lugares de memoria por medio de
las prácticas de organizaciones vinculadas a los derechos humanos,

34
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
así como la relación entre dichas apropiaciones y las identidades so-
ciales de esos grupos.
Los lugares de memoria sintetizan el reconocimiento de lo sucedi-
do en el pasado, la posibilidad de recordarlo en el presente, así como
la de reflexionar y aprender respecto a éste en vías de construir fu-
turos posibles. Dichos lugares se construyen con pretensión de du-
ración, de generar continuidad entre pasado, presente y futuro. Se
anclan en territorios y permanecen en el tiempo, posibilitando que el
ejercicio de hacer memoria se proyecte hacia el futuro. De este modo,
su análisis no sólo permite comprender el pasado que se recuerda,
sino también el presente, que es el tiempo en el cual se realiza la
memoria, y los escenarios que se prefiguran hacia el futuro desde
aquellas marcaciones territoriales.
Investigar lugares de memoria, implica referirse a elementos que
están vivos en el imaginario o que pueden ser rescatados para él. Al
mismo tiempo, permite comprender las políticas del Estado respecto
de la memoria, así como las acciones políticas que diversos grupos
realizan a través de promoción y construcción de dichos espacios. Su
análisis entrega elementos para la configuración de políticas del re-
cuerdo que tiendan a dinamizar memorias sociales que posibiliten la
reparación y construcción de una convivencia que no reniegue del
pasado, sino al contrario, que lo reconozca y asuma como posibilidad
para una construcción futura. Como afirma Vázquez, “No se trata de
apelar a lo que pudo haber sido y no fue sino de generar la posibili-
dad de que con nuestras prácticas se produzca alguna perturbación o
algún cambio” (Vázquez, 2001, p.25).
Una de las primeras preguntas que surgieron en nuestro acerca-
miento al tema es qué espacios considerar como posibles lugares de
memoria. Desde una perspectiva que entiende la memoria como una
práctica social, consideramos como lugar de memoria aquel donde
ésta trabaja, es decir, una inscripción simbólica material y/o inmate-
rial que se sostiene desde particulares prácticas sociales. Ello nos ha
llevado a centrarnos en aquellos procesos a través de los cuales la

35
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
memoria se materializa y emplaza en el espacio público, rescatando y
construyendo espacios para hacer presente el pasado vivido. Se trata
de inscripciones en la trama urbana con las que se encuentran los
y las ciudadanos/as en su andar cotidiano: casas, edificios, animitas,
placas, monolitos, murales, monumentos, memoriales, entre otros,
que en su contenido aluden a la dictadura, sus crímenes, sus víctimas,
sus héroes y las luchas en su contra.
En la actualidad existen memoriales y monumentos conmemora-
tivos en todas las regiones de nuestro país, mucho de los cuales se
han constituido en referentes simbólicos fundamentales de las agru-
paciones de derechos humanos y de memoria. Se han construido va-
rios catastros de dichos lugares4. Nuestro equipo de investigación los
integró, registrando sólo en la Región Metropolitana la existencia de
aproximadamente 240 de ellos. A partir de la observación y análisis
de 100 de estos lugares, hemos realizado algunas reflexiones que se
organizan en torno a dos ejes analíticos: en primer lugar las estrate-
gias a través de las cuales dichos espacios se vinculan con el pasado, y
en segundo lugar las relaciones existentes entre ellos y las agrupacio-
nes de derechos humanos de la misma Región.

Los lugares de memoria y sus estrategias de vinculación


con el pasado

Los lugares de memoria se vinculan con el pasado a través de estra-


tegias diversas que en ningún caso son excluyentes entre sí. Por el
contrario, se entrecruzan y muchas veces se sintetizan en un mismo
espacio, generando particulares características y efectos respecto a
cómo hablan del pasado.
4
"Un catastro para la Memoria", realizado por el Ministerio de Bienes Nacionales;
El Catastro del Programa de Derechos Humanos, dependiente del Ministerio del Interior,
denominado "Obras de Reparación Simbólica"; y el Catastro de Memoriales realizado por
la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO). También están los registros de
los informes de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación, y de la Comisión Nacional
sobre la Prisión Política y la Tortura.

36
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
Una primera estrategia es la de nominación. Avenidas, calles, pla-
zas, salas, auditorios, bibliotecas, patios, entre otros, son nombrados
o renombrados recordando a personas y/o figuras significativas de
la Unidad Popular y/o de la lucha contra la dictadura. Una segunda
estrategia es aquella que establece un lugar en función del espacio
donde se supone está la presencia de la persona muerta o desapa-
recida. Nos encontramos con tumbas y animitas que operan como
hogares de la persona perdida, donde habitan simbólicamente quie-
nes fueron asesinados por las fuerzas de la dictadura. En tercer lugar
nos encontramos con la estrategia de situar el lugar en función de
un hecho acontecido. Se trata de aquellos espacios donde ocurrió la
represión y/o donde se realizaron acciones de resistencia contra la
dictadura. Entre los primeros están los centros de detención y tortura,
campos de prisioneros, recintos militares y comisarías, entre otros.
Los espacios recordados por ser lugares donde se hizo resistencia son
muchos menos. Entre ellos podemos mencionar la Plaza Víctor Jara,
de Pudahuel, y la Intendencia de Santiago. Es importante destacar
que, mientras algunos de estos lugares se encuentran señalados ma-
terialmente, existen otros que, aunque no cuenten con ningún tipo de
marca, sí son señalados en las conversaciones de los vecinos/as, los
imaginarios sociales, y/o los catastros oficiales. Por último, nos encon-
tramos con la estrategia de construcción material de lugares, es decir,
la creación de un espacio, como un monumento o muro de nombres,
con el fin intencionado y específico de hacer presente el carácter vio-
lento del pasado dictatorial. (Piper et al, 2010)
En tanto estrategias enunciativas, los lugares de memoria promue-
ven ciertas claves de significación, sin embargo, los sentidos que ins-
talan no son unívocos. Como ya hemos dicho, es su uso, apropiación
e interpretación los que los dotan de significación y los constituyen en
lugares de memoria. Así, aunque buscan decir algo sobre el pasado a
través de diversos dispositivos de significación (señaléticas, represen-
taciones, estéticas, información, etc.), los significados que contribuyen
a construir no son unívocos ni tampoco permanentes. Dicho de otra
forma, la significación que personas y grupos construyen en torno a un

37
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
lugar (dimensión interpretativa) es el resultado de una lectura propia
que hacen de él, de lo que éste dice, del mensaje que busca transmi-
tir (dimensión enunciativa). Raposo lo dice de la siguiente manera:
“un mismo espacio puede ser entendido como muchos lugares yux-
tapuestos, en el sentido que cargan con diversas significaciones. En
otras palabras, un mismo espacio puede contener una valorización y
prácticas de apropiación por parte de un grupo de personas, en tanto
que para otras puede pasar desapercibido”(2007, p. 75). Esta mul-
tiplicidad de sentidos posibles nos recuerda justamente el carácter
conflictivo de la memoria.

Relaciones entre agrupaciones y lugares de memoria

Con el fin de construir un mapa de las relaciones entre organizaciones de


derechos humanos de la Región Metropolitana y los lugares que estos
usan para recordar se encuestó a 26 de ellas. La información producida
fue procesada mediante el método de análisis de redes lo que permitió
visualizar y comprender los tipos de relación que existen entre dichos
grupos, así como las que éstos mantienen con los lugares de memoria.
Un primer elemento a destacar de este mapa de relaciones es que
los lugares de memoria operan como conectores y escenarios de in-
teracción entre organizaciones. Éstas se relacionan entre sí, principal-
mente, a través de acciones conjuntas relacionadas con el espacio ta-
les como la reivindicación, construcción y/o uso de estos lugares, que
se transforman en escenarios de encuentro, colaboración e intercam-
bio, pero también de tensión, conflicto y negociación entre diversas
posiciones, ya sea entre grupos o entre el conjunto de ellos y el Estado.
Un segundo elemento significativo es la diversidad de usos, fre-
cuencias y valoraciones que las agrupaciones hacen de cada lugar, lo
cual se relaciona con las identidades e historias de cada uno de ellos.
La siguiente tabla muestra los lugares de memoria más elegi-
dos por las agrupaciones entrevistadas, es decir, aquellos que estas

38
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
organizaciones nos dicen que son más importantes y los que más uti-
lizan. Como se puede observar, Londres 38 y la estatua de Salvador
Allende de la Plaza de la Constitución ocupan un lugar central en la
red de relaciones que existe entre las agrupaciones de derechos hu-
manos de la RM y los lugares de memoria.

Lugares más Lugares más Lugares usados Principales


usados significativos con más lugares usados
frecuencia para conmemorar
Londres 38 Estatua de Londres 38 Londres 38
Salvador Allende
Estatua de Londres 38 Estatua de Estatua de
Salvador Allende Salvador Allende Salvador Allende

Londres 38 operó durante los primeros años de dictadura como cen-


tro de detención, tortura, asesinato y desaparición. Ubicado en pleno
centro de la ciudad de Santiago, es entre los principales centros clandes-
tinos, el único que no ha sido destruido. Desde el año 2005, producto la
presión de las agrupaciones de derechos humanos y memoria vincula-
das al lugar, el inmueble fue declarado Monumento Histórico, reconoci-
miento que impide su modificación, destrucción o venta.
La estatua de Salvador Allende es un monumento de bronce cons-
truido en el año 2000 como una forma de rendir homenaje a la figura
del presidente. La estatua se encuentra ubicada a pocos metros del
palacio de La Moneda y es permanentemente utilizada para la reali-
zación de actos, ceremonias, homenajes y manifestaciones entre las
que destacan la conmemoración del golpe de estado, todos los 11 de
Septiembre.
Entre los principales usos que se le da a estos lugares está la con-
memoración, es decir, un conjunto de acciones de memoria de carác-
ter simbólico que instala formas, estéticas y contenidos del recuerdo,
promoviendo ciertas versiones del pasado. Otro uso relevante es su
utilización para la educación, es decir, para la transmisión y apropia-
ción de la memoria, tanto por parte de la sociedad en su conjunto

39
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
como de las nuevas generaciones. A través de ambas prácticas (con-
memorativas y educativas) los lugares de memoria se configuran
como puentes entre pasado y presente, pero también entre pasado y
futuro, y entre distintas generaciones.
Otros usos significativos que se hacen de dichos los lugares son la
reflexión y la reivindicación. La primera busca articular el análisis del pre-
sente con la mirada sobre el pasado, preguntándose cómo éste incide en
el ahora y en la construcción del futuro. El lugar opera como un espacio
desde el cual leer el acontecer actual, estableciendo un diálogo entre pa-
sado, presente y futuro, contribuyendo de esta forma a la discusión y el
debate político. La reivindicación apunta a destacar y visibilizar la impor-
tancia del lugar en la memoria de las víctimas, sus familias y amistades,
el reconocimiento de la lucha política de quienes sufrieron la represión
en dichos lugares y también las batallas por la recuperación de estos
espacios por parte de las agrupaciones de derechos humanos.
En todos los casos, la relación entre agrupaciones y lugares, y los
diversos modos de utilización de éstos está cruzada por el impacto
de la represión en la identidad social de las personas y grupos invo-
lucrados. La experiencia de víctima de la violencia política, o bien, su
cercanía a ella –en tanto familiar o amigo/a– opera como la principal
definición en torno a la cual giran la mayor parte de las actividades
que se desarrollan en los lugares y en torno a la cual se articulan los
grupos. A menudo los lugares de memoria se definen por ser espa-
cios de victimización, es decir aquellos donde quien se recuerda fue
encarcelado/a, torturado/a, asesinado/a y/o desaparecido/a. De esta
manera quien fue victimizado/a en un lugar forma parte del recuerdo
de ese espacio, al mismo tiempo que éste constituye un elemento
fundamental del recuerdo del sujeto. Los nombres de las víctimas, sus
edades al momento de la muerte o desaparición, su militancia polí-
tica y otros datos, se plasman en placas, memoriales y otros objetos
recordatorios en los lugares donde son recordados.
Otro elemento que participa de las prácticas de memoria propias
de estos lugares es la pertenencia ideológica al mundo de la izquierda

40
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
(entendida en sentido amplio y heterogéneo), lo que se refleja y re-
produce en la estética y los contenidos tanto de los espacios como de
los ritos y manifestaciones simbólicas que se realizan en ellos. Esta
dimensión ideológica de la memoria no deja de ser conflictiva, tanto
por las diferencias adscripciones partidistas de las propias víctimas
como por los modos de apropiación de ese legado ideológico en el
ámbito de las agrupaciones.

Para terminar: lugares de memoria y políticas del recuerdo

Los lugares de memoria muestran dos dimensiones articuladoras de


las políticas del recuerdo. Por una parte, la acción de las agrupaciones
de derechos humanos en torno a la re apropiación de espacios de
memoria con el fin de establecer una seña pública, una marca visible
para que la sociedad sepa lo que allí ocurrió y utilizar la historia del
lugar con fines de recuerdo, educación y normatividad (es decir, para
señalar a la posteridad lo que no debe volver a ocurrir). Por otra par-
te, la acción del Estado y sus instituciones, quienes han colaborado
con las agrupaciones para llevar adelante diversas iniciativas de me-
morialización del espacio público.
Evidentemente, estas dos dimensiones interactúan entre sí. La ac-
ción del Estado ha sido fuertemente influenciada por las prácticas polí-
ticas de las agrupaciones, que se remontan a los inicios de la dictadura
y se mantienen después del regreso a la democracia. Estas constituyen
un campo vivo y dinámico: surgen colectivos nuevos y otros dejan de
funcionar, se producen asociaciones y también separaciones; pero so-
bre todo le siguen demandando al Estado que se posicione y actúe
respecto del tema de la memoria y los derechos humanos. Los gobier-
nos de transición responden a esa demandada de diversas maneras:
entregan apoyo para la construcción de memoriales; otorgan algunos
financiamientos temporales; autorizan el uso conmemorativo de cier-
tos espacios o bien entregan algunos para ser usados por las agrupa-
ciones. En este último caso la figura administrativa utilizada es la del

41
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
comodato. Es decir, el Estado le concede a una entidad el usufructo de
cierto espacio por una cantidad determinada de tiempo y bajo ciertas
condiciones. En este escenario la agrupación se convierte en garante
de lo que pasa con el lugar, sin llegar a tener plenos derechos sobre
él. Es su responsabilidad decidir qué se hace con el lugar (aunque
siempre bajo las reglas de juego del dueño, es decir el Estado), llegar
a acuerdos con las otras agrupaciones y movimientos, conseguir el
dinero para hacer aquello que se decida, llevar a cabo el proyecto,
administrarlo, cuidarlo, etc. Sin embargo el Estado puede revertir la
situación y retirar el derecho a uso que ha sido concedido a determi-
nado movimiento. No existen criterios claramente establecidos para
otorgar un comodato o entregar apoyo financiero a un determinado
lugar. A través de acciones diversas y dispersas, erráticas en sus estra-
tegias y confusas en sus objetivos, se le otorga apoya a algunas agru-
paciones en algunos de sus proyectos. (Piper, 2008). Por esta vía, el
Estado se desvincula de su responsabilidad en la conservación, man-
tención y gestión de los lugares, dejando esta labor en manos de las
agrupaciones, sin el apoyo de recursos suficientes para respaldar esta
labor. Aunque hay algunas excepciones, como es el caso de Londres
38, cuya Corporación está recibiendo los recursos necesarios para im-
plementar un espacio para la memoria, se trata de un financiamiento
temporal cuya disponibilidad futura no está garantizada por ninguna
ley ni política de la memoria.
Las políticas de memoria no solamente participan de la construc-
ción del pasado de nuestras sociedades, sino que también van con-
figurando su sentido del presente y sus proyectos de futuro. La exis-
tencia de una u otra política de la memoria contribuye a fortalecer o
debilitar el desarrollo y consolidación de sociedades democráticas, en
la medida que el pasado es utilizado para promover ciertos valores y
no otros Todorov (2000). La mera práctica de la memoria no tiene en
sí misma un componente progresista sino que ésta puede servir para
diversos fines, justificando tanto prácticas autoritarias como prácticas
democráticas y emancipadoras.

42
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
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44
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
Memoria, Representación y Estudios
Culturales
María Olga Ruiz, Alicia Salomone, Tania Medalla , Jorge Montealegre
y Alondra Peirano

Red de Estudios de la Memoria1

La Red de Estudios de la Memoria es un espacio formado por inves-


tigadores/as del campo de las Humanidades y las Ciencias Sociales
que abordan, desde una perspectiva multidisciplinaria, problemáticas
del pasado reciente del Cono Sur. Esta mirada propone superar los
marcos estrictamente nacionales para comprender la trayectoria so-
ciopolítica y cultural de tres países (Argentina, Chile y Uruguay) en un
marco regional, detectando elementos comunes y también diferen-
cias específicas. Por otra parte, hacemos propia la idea de “período
post-dictatorial”, lo que supone relativizar el impacto de las transicio-
nes democráticas en nuestras naciones, con el objeto de compren-
der las particularidades de ciertas prácticas históricas, culturales y
estéticas de las últimas décadas. En particular, nos interesan aquéllas
que, como propone Idelber Avelar (2000), evidencian una huella post-
dictatorial y post-traumática, es decir, que incorporan reflexivamente
la derrota inflingida a los proyectos de transformación radical de las
estructuras sociopolíticas desarrollados en la región entre finales de
los años sesenta y comienzos de los setenta.

1
Perfil de Investigación, Subprograma Domeyko Memorias, Historia y Derechos
Humanos.

45
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
Entendemos que el Cono Sur es un territorio privilegiado para
analizar las “batallas por la memoria” que se han desplegado en los
escenarios post-dictatoriales, puesto que las sociedades han enfren-
tado de modos diversos un pasado traumático que ha seguido ma-
nifestándose: la presencia/ausencia de los desaparecidos, la lucha
del movimiento de derechos humanos por el establecimiento de la
verdad y la justicia, la aparición de archivos secretos y las confesio-
nes de victimarios. Todo ello ha conspirado en contra de las políticas
pro-olvido impulsadas en función de proteger la precaria estabilidad
de las nacientes democracias. En estas batallas podemos reconocer la
presencia de distintos actores, donde cada uno de ellos porta sus pro-
pias memorias (en muchos casos antagónicas): la de las víctimas, los
familiares directos, los victimarios, los grupos de derechos humanos y
los distintos sectores de la sociedad civil (Jelin, 2002).
Esta diversidad de enfoques, miradas y líneas de trabajo dialo-
ga productivamente con algunas de las propuestas de los Estudios
Culturales, entre ellas, la concepción de la cultura como materiali-
dad, la perspectiva de género y el quehacer académico vinculado
al compromiso político. Para los Estudios Culturales —en particular,
para la corriente vinculada a la Escuela de Birmingham y sus tres “pa-
dres fundadores”: Richard Hoggart, Raymond Williams y Edward P.
Thompson­— la relación con el marxismo es estrecha y, al mismo tiem-
po, crítica. Lo anterior es especialmente evidente en relación a aque-
llos enfoques economicistas en los cuales los procesos culturales e
ideológicos estaban subordinados a los procesos de índole económica
que tenían lugar en la “base” o “estructura”, es decir, a nivel de los
modos y relaciones de producción. Estos eran los que determinaban
la dirección de los procesos históricos y, por tanto, la cultura no podía
tener sino un papel subsidiario en ellos. Desde esta perspectiva, la
cultura era entendida como un efecto (o derivación superestructural)
de lo que sucedía en el nivel socioeconómico, que definía todos los
procesos “en última instancia”, a pesar de que solía decirse que el ni-
vel superestructural tenía autonomía relativa. Para los autores men-
cionados, este argumento era insuficiente o incluso erróneo, pues

46
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
consideran que todo estaba permeado por la cultura de una socie-
dad, incluso las relaciones económicas. Como señala Williams (1958),
la cultura es la totalidad de la vida, es decir, vivimos inmersos en la
cultura y todo pasa dentro de ella. De este modo, incluso para ocupar-
nos de la economía, de la sociedad y de la política, inevitablemente
tenemos que hacerlo desde el piso cultural.
Desde esta base, dichos autores proponen un enfoque teórico al
que Williams denominó materialismo cultural, y que buscaba devol-
verle a la cultura el espesor que le era propio, en tanto mediadora
en la configuración de relaciones sociales, políticas, económicas, etc.
La concepción de la cultura en un sentido antropológico, es decir, en
tanto modo global de vida que incluye prácticas y relaciones sociales,
instituciones y producciones simbólicas, equivale a rechazar la asimi-
lación de la cultura con el campo restringido de las actividades y obje-
tos intelectuales y artísticos (“la alta cultura”) para incorporar no sólo
las instituciones, sino también las representaciones. La comprensión
de lo social desde una perspectiva más abarcadora, que incorpora los
sistemas de representación en tanto productores del mundo social,
propone comprender las relaciones que se tejen y articulan entre las
condiciones objetivas de existencia y el modo en que los sujetos las
resignifican, cuestión que supera la dicotomía entre una supuesta ob-
jetividad de las estructuras (especialmente económicas) y la subjeti-
vidad de las representaciones. Asimismo, de acuerdo a la perspectiva
de estos tres autores, la cultura se construye en una tensión entre los
mecanismos de dominación y los mecanismos de resistencia.
Años más tarde, y a partir del rescate del pensamiento gramsciano,
los Estudios Culturales incorporan los conceptos de hegemonía y domi-
nación, relativos al modo en que se ejerce el poder en la sociedad. El
concepto tradicional de dominio sostenía que las visiones de mundo de
las clases subalternas eran cooptadas por las ideas y valores de la clase
dominante hasta subsumirse completamente en ellos. Con la introduc-
ción del concepto de hegemonía, comienza a pensarse en un modo de
ejercicio del poder que no anula totalmente al subordinado, en tanto
le permite conservar ciertas cuotas de independencia. Esto incidió en

47
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
que el campo de estudios se abriera al estudio de las subculturas, ya
no sólo de clase, sino de generación y su cruce con la etnia y el géne-
ro-sexual, así como a la indagación en torno a las trasgresiones a las
normas, a la socialización a través de la escuela, a la música popular,
a lenguajes e identidades juveniles, entre otros. Consideramos que
esta perspectiva es productiva para el estudio de la(s) memoria(s) en
los contextos post-dictatoriales, pues nos permite analizar y explorar
las representaciones, imágenes, ideas y discursos acerca del pasado
reciente, que constituyen la materia misma de la memoria y las expe-
riencias sociales (Vezzetti, 2002).
En tanto reconstrucción y no repetición estática de los hechos pa-
sados, adscribimos a una comprensión de la memoria como proce-
so socio-cultural de significaciones y representaciones, que adquie-
re forma en realidades sociales y actores específicos que dan origen
a memorias particulares y diversas. La memoria es una práctica de
producción, apropiación y reelaboración de sentidos y, al igual que la
Historia, es una representación de lo que no está y no una restitución
de lo pasado. Se trata de representaciones sobre lo sucedido cuya
producción y circulación se dan en el marco de luchas de poder, en
contextos sociales, históricos y culturales específicos. Al respecto, Je-
lin plantea que es necesario “reconocer a las memorias como objeto
de disputas, conflictos y luchas, lo cual apunta a prestar atención al
rol activo y productor de sentido de los participantes en esas luchas,
enmarcadas en relaciones de poder” (Jelin, 2001:2).
La significación del pasado-presente no encuentra sosiego en una
interpretación unívoca ni en un discurso monolítico. Cada grupo con
su relato y su historia, donde se cuelan permanente e inevitablemen-
te recuerdos, olvidos y silencios, construye su propia interpretación-
narración del pasado; con justificaciones, legitimaciones e intereses
particulares, coherentes dentro de su lógica. Cada persona y/o grupo
va tejiendo una trama determinada, en parte, por la necesidad ac-
tual de encontrarle un sentido a la experiencia pasada. Por eso, “la
‘memoria contra el olvido’ o ‘contra el silencio’ esconde lo que en

48
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
realidad es una oposición entre distintas memorias rivales (cada una
de ellas con sus propios olvidos). Es en realidad ‘memoria contra me-
moria’” (Jelin, 2001:6).
La memoria —o más precisamente, la posibilidad de trabajarla y
reelaborarla— instala la necesidad de interrogar el pasado reciente,
de problematizarlo de modo que vuelva como un cuestionamiento
acerca de las acciones y omisiones de la propia sociedad (Vezzetti,
2002). Ello supone trabajar desde ciertos compromisos éticos y polí-
ticos, puesto que no se trata de una producción intelectual aséptica.
En relación a la dimensión intelectual de los trabajos de la memoria,
suscribimos aquellas perspectivas que apuestan a la comprensión de
lo sucedido, afirmando la inteligibilidad del pasado (Traverso, 2007).
Si bien ese entendimiento puede ser parcial y complejo, creemos en
la posibilidad de incrementar las opciones de comprensión acerca de
las condiciones que permitieron el terrorismo de Estado y sus reper-
cusiones políticas y culturales en el presente.

Memoria y literatura

En relación con el campo literario, queremos señalar algunos puntos


de partida de nuestra mirada. Recurrimos a la propuesta del crítico
brasileño Antonio Cándido, para quien los derechos humanos debe-
rían definirse a partir de todo aquello que se considera indispensable
para una buena vida: la casa, la comida, la educación y la salud, pero
también el acceso a la cultura, en tanto ésta garantiza la integridad
espiritual de los seres humanos. De ahí sostiene la importancia del
acceso de todas las personas a la experiencia del arte y la literatura.
Este autor hace el símil entre la idea del sueño, como una necesidad
física y psíquica de todos los seres humanos, y la capacidad que tiene
la literatura y el arte de permitirnos soñar en el mundo consciente
y de la vigilia. No tendríamos equilibrio psíquico sin lo primero y no
tendríamos equilibrio espiritual sin lo segundo. Ahora bien, cuando él

49
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
define la literatura, lo hace desde un criterio bastante amplio que nos
permite entender también, en un diálogo con los Estudios Culturales,
la experiencia literaria como algo más allá de lo estrictamente res-
tringido al campo de lo literario, autónomo, especializado, etc. Dice
Cándido:
“Entiendo por literatura todas las creaciones de todo poético, fic-
cional o dramático, en todos los niveles de una sociedad, en todos los
tipos de cultura, desde lo que llamamos folclore, leyendas y chistes,
hasta las formas más complejas y difíciles de la producción escrita de
las grandes (ilustraciones). Vista de este modo, la literatura aparece
claramente como una manifestación universal de todos los hombres
(y mujeres) en todos los tiempos. No hay pueblo ni hombre (ni mu-
jer) que pueda vivir sin ella, es decir, sin la posibilidad de entrar en
contacto con alguna especie de fabulación, así como no hay (…) no
hay equilibrio social sin literatura en tanto factor indispensable de la
humanización” (Cándido, 1995:243).
Desde la amplitud de esta idea de literatura, pensamos en la rela-
ción que vincula la literatura con los imaginarios sociales que circulan
por toda la sociedad a través de discursos. Y en ese sentido, conside-
ramos que cada sociedad crea sus manifestaciones ficcionales, poé-
ticas, dramáticas, de acuerdo a sus creencias y pulsos, normas, etc.,
que, a veces, tienen un peso comparable a otros discursos conscien-
temente intencionados. De esta manera, entendemos a la literatura
como texto traspasado de discurso ideológico o, si lo pensamos desde
Williams (1977), donde se expresan ciertas estructuras de sentimien-
to, y, que en ese sentido, participan de la lucha por la hegemonía y se
hacen parte del espacio de las batallas por la memoria.
Consideramos que aquellos textos producidos con posterioridad
a los golpes militares, y hasta la actualidad, pueden ser entendidos
dentro de un contexto post-dictatorial o post-golpista. En este es-
cenario podemos observar la emergencia de un sujeto que se va a
posicionar críticamente respecto al desarrollo político de esta so-
ciedad post-dictatorial y de los procesos de transición política, que

50
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
están caracterizados por el silenciamiento o la minimización de las
huellas de una historia traumática, en pos de mantener el orden so-
cial y la búsqueda de una inserción exitosa en el nuevo escenario in-
ternacional globalizado. En este marco, nos interesa observar cuáles
serían estas representaciones de la memoria histórica que podemos
enmarcar en una literatura testimonial.
La literatura testimonial es un género de larga trayectoria en Amé-
rica Latina. Entre sus principales rasgos podemos señalar la relación
entre historia y ficción, que es lo que permite vincular la cuestión li-
teraria con la cuestión política. Asimismo, quienes han analizado la
literatura testimonial se refieren a la enunciación subjetiva, es decir,
cómo el sujeto enuncia, desde un punto de vista bastante marcado,
un afán no ficcional, una función de denuncia, el apego a hechos veri-
ficables y un uso del lenguaje menos intervenido por una descripción
estética. La intencionalidad estética, o del efecto estético más allá de
las intencionalidades, es ineludible. Además, hay otras conceptualiza-
ciones que hablan de lo testimonial como discurso más que como gé-
nero estricto. Lo testimonial no necesariamente sería un género, sino
un tipo de discurso que puede plasmarse en distintos géneros; puede
haber una narrativa testimonial, pero también puede haber una poe-
sía testimonial, drama, incluso géneros menores como la crónica, los
manifiestos, las autobiografías, los textos memorialísticos, etc.
Por otro lado, nos encontramos frente a la pregunta sobre las es-
trategias retóricas o representacionales, es decir, ¿cómo representar
aquello que se acerca a lo inenarrable o a lo incomunicable? ¿Cuáles
son los límites de la representación? ¿Cuáles son las estrategias posi-
bles para representar? ¿Cuáles son las inscripciones retóricas a que se
apela? Ahí es interesante ver cómo se posiciona el yo en el enunciado
de lo que es narrado, cómo se apela a la ironía, al humor negro, al
distanciamiento, a la fractura del yo, o por el contrario, a posiciones
más objetivistas, etc.
En ese sentido, también nos sirve una perspectiva que aporta Phi-
lippe Lejeune (1991) cuando dice que lo que prima en el testimonio,

51
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
más que una definición estricta respecto de un género, es un pacto,
un pacto de verdad entre actor y lector, donde partimos de la base de
que lo que se cuenta es verdadero o tiene un fondo de verdad, pero
que, a la vez, eso supone complejidad y ambigüedad.
Otra idea que nos inquieta es la problematización del lenguaje,
porque nosotros sabemos que los lenguajes están afectados por los
contextos de producción en los cuales emergen. El lenguaje durante
la época de la dictadura pierde toda inocencia como instrumento de
transmisión para convertirse en una herramienta política y ciertamen-
te peligrosa. Entonces, eso supone ver cómo cada autor y cada texto
problematiza su relación con el lenguaje, y la tensión que se va a esta-
blecer entre lenguaje y representación.
En cuanto a las escrituras testimoniales, nos interesa destacar dos
cosas. Una es lo que nosotras podemos observar como un corpus de
escrituras de primera generación que correspondería a los afectados
directos e indirectos. Esto tiene que ver con testimonios de personas
que han estado —ellas mismas o sus familiares— en distintos centros
de reclusión, o incluso de aquellas otras personas que, si bien no han
experimentado por sí mismos esa realidad, quieren dar testimonio por
su generación. Lo que hemos observado, después de hacer un segui-
miento de sus escrituras, es una cierta evolución en el discurso de los
70’ y 80’, donde el énfasis estaba puesto en la denuncia, distinto al
de los 90’ y 2000, donde se resitúa una mirada que es más expresiva
y más genealógica; una mirada que, desde un giro autobiográfico del
testimonio, apunta hacia una resignificación de esta historia y un po-
sicionamiento crítico ante el presente. Luego están las escrituras tes-
timoniales de segunda y tercera generación, que corresponderían a la
de hijos/as y nietos/as, en las que uno de los rasgos más característicos
es la aparición de una mirada muy radical, muy crítica, a veces más que
la de los propios afectados directos, sobre su (la) experiencia pasada.
Por otro lado, la poesía es un género interesante porque, a pe-
sar de que siempre se le ve como más etérea o más desligada de la
realidad, en este caso parece ser especialmente apta para transmitir

52
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
huellas de aquello que es difícil de nombrar o representar. En la me-
dida en que no está sometida a los rigores lógicos de la narrativa o la
prosa, es posible que allí opere tanto la representación de distintas
huellas de la maquinaria represiva, como la dificultad de transmisión
a un mundo que, por lo general, no quiere oír lo que el testigo o la
testigo tiene para decir.
En el caso del drama, hemos abordado algunas resignificaciones
de los clásicos en función de dar cuenta de esta experiencia dictato-
rial, a partir de esquemas simbólicos de larga data. En ese sentido,
trabajamos el caso de Antígona Furiosa de Griselda Gambaro (1986),
que problematiza la cuestión del poder, y más específicamente, el po-
der autoritario y la desaparición forzada nada menos que a través del
discurso de Sófocles. Otro ejemplo es la obra Kinder, para poner un
caso muy opuesto al anterior, obra de dos jóvenes dramaturgas chile-
nas que abordan desde una generación más nueva, la experiencia de
la formación infantil durante la dictadura.
Otro género que nos parece importante es la crónica, en la me-
dida que permite enfatizar la dimensión cotidiana de la experiencia
post-dictatorial, incluyendo la manifestación de la experiencia de la
diferencia sexual. Autores como Pedro Lemebel (1995, 1998), en Chi-
le, o Néstor Perlongher (1997), en Argentina, abordan la homosexua-
lidad en los contextos ya señalados.

Memoria y representaciones estéticas

Cuando hablamos de memoria y representación, lo hacemos refirién-


donos a dos aspectos: por una parte, la comprensión de la memoria
como un conjunto de prácticas de producción, apropiación y reelabora-
ción de sentidos acerca del pasado en el sistema histórico y cultural de
las representaciones; por otra, la concepción de la memoria como un
campo de circulación de discursos acerca del pasado en el que intervie-
nen diversas mediaciones que articulan la relación entre conocimiento

53
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
y poder, atendiendo a circunstancias históricas, sociales y culturales
específicas.
Lo anterior pone en el centro de la reflexión la cuestión de la re-
presentación de la(s) memorias(s), que se materializará en diversas
estrategias de inscripción y que posibilitarán diversas lecturas y en-
tradas al pasado. Estas estrategias de representación2 se insertan en
el devenir temporal y no están ajenas al influjo de las potencias, ten-
siones y conflictos del devenir histórico social. En este sentido, estas
representaciones se encuentran fuertemente vinculadas a los marcos
sociales de la memoria (Halbwachs, 2005), y a las relaciones conflic-
tivas que se manifiestan entre los diversos actores y las distintas me-
morias que portan (Pollack, 2006; Jelin, 2001).
Una categoría central para el análisis de las representaciones es la
noción de mónada propuesta por Walter Benjamin (2005). Compren-
der las representaciones como “imagen dialéctica” o como mónada (es
decir, como concentración de totalidad histórica), permite acceder, a
través de la lectura de esos objetos, prácticas o discursos, a las contra-
dicciones de un momento de la historia que se cristalizan en ella. De
esta manera, las distintas representaciones del pasado podrían ser leí-
das desde el vínculo que establecen con la historia y con los discursos
acerca de ella. Se insertan en la temporalidad y, sin embargo, su rela-
ción con esta dimensión puede ser de afirmación, ruptura o negación.
Considerando los elementos señalados, en la reflexión acerca de
esta problemática en las sociedades post-dictatoriales de América La-
tina, y en específico, en las sociedades del Cono Sur, confluyen diver-
sas discusiones: la impronta que marca la experiencia de Auschwitz y
las especificidades del contexto del Cono Sur, el denominado “boom
de la memoria” (Huyssen, 2001) y la circulación de estos discursos en
un contexto signado por la fetichización de las imágenes en el merca-
do, la irrupción de nuevos sujetos y nuevas memorias, etc.
2
Utilizamos la noción de “estrategias de representación” y no de “arte”, entendido
en su acepción más canónica, porque muchas de las prácticas que analizamos (mural-
ismo, lugares de memoria, fotografía e intervenciones urbanas, etc.), desbordan esta
noción tradicional.

54
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
En esta reflexión ocupa un lugar fundamental la experiencia de la
“Shoá” y de Auschwitz como su referente obligado. A partir de este
hito, Giorgio Agamben, en su libro Lo que queda de Auschwitz (2002),
aborda la discusión acerca de las limitaciones del testimonio, ponien-
do en evidencia la tensión existente entre memoria y representación.
Desde esta perspectiva, la pregunta por la representación de la catás-
trofe y sus limitaciones es una pregunta acerca de la (im)posibilidad
de nombrarla, “de dar cuenta del testimonio de los ‘vencidos’”, o de
los ‘hundidos’ de la historia (Agamben, Levi y la figura del “musul-
mán”). Por otro lado, es también un cuestionamiento acerca de si las
formas de recuperación del pasado, el testimonio ((im)posible) de esa
experiencia, pueden constituirse en relato social, en la medida que
ya no existe “aquella” comunidad o colectividad convocable. Esto en
tanto, el despojo del contexto original, fracturado, no es capaz de per-
mitir la inscripción de las huellas y los vestigios en un relato colectivo;
en la medida que esa comunidad ha sido avasallada, y los relatos que
la constituían, también. La pregunta sobre la (im)posibilidad de ins-
cripción de la catástrofe es particularmente relevante, pues pondría
en evidencia la relación existente entre dichas representaciones y los
usos del pasado en el presente. Es decir, pondría de manifiesto el vín-
culo entre estética y política.
En el caso de la reflexión en torno a los procesos del Cono Sur,
es necesario cuestionar y tensionar estos marcos de referencia euro-
peos, preguntándose por la pertinencia, resignificación, apropiación
y traducción de esta reflexión para nuestra experiencia. Del mismo
modo es necesario considerar rasgos como la expresión particular de
las dictaduras del Cono Sur, las herencias y tradiciones culturales que
configuran los diversos modos de representación de las memorias y
la relación de la existencia de estos modos de representación con el
acceso material a los medios de producción o reproducción artística,
etc. Un claro ejemplo de esto lo constituye la relevancia que adquiere
en América Latina el uso de la fotografía en la denuncia y en la lucha
contra la Desaparición Política. La utilización de ésta o aquella foto-
grafía (carnet o del álbum familiar) estaba claramente determinada

55
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
por la posibilidad de existencia de estas imágenes en cada una de las
familias. La problemática del acceso a este medio queda graficada de
modo evidente en la película de Sebastián Moreno La ciudad de los
fotógrafos (2006) y el rescate de la experiencia en la construcción del
Muro de la Memoria, de Claudio Pérez (2001).
A modo de síntesis, es posible señalar que una práctica de memo-
ria que integre una lectura político-estética de las diversas estrategias
de representación de las memorias en el Cono Sur, debe dar cuenta,
al menos, de las siguientes dimensiones: la colectiva, ya que se trata
de fotografías, obras, intervenciones, etc., que construyen su mirada
acerca del pasado desde un lugar de enunciación, marcado por la per-
cepción colectiva de la experiencia, que se funde con la individual. Lo
que se refiere, cómo se refiere, está en gran parte determinado por
esos marcos sociales colectivos.
Por otra parte, esta perspectiva debería dar cuenta del carácter
conflictivo de las memorias y sus usos en el presente, comprendiendo
sus silencios, olvidos y borramientos. Sólo de esa manera, la lectura
de estas representaciones es capaz de articular una visión crítica acer-
ca de la realidad de nuestras sociedades, revelando las tensiones y los
conflictos políticos que se expresan en esas dinámicas: ¿Quiénes o
qué es lo silenciado? ¿Cuáles son las memorias subterráneas? ¿Quié-
nes son los sujetos que las portan?
Por último, toda definición de memoria que dialogue con una
práctica de representación debe dar cuenta de su problemática des-
pués de Auschwitz, en general, y de las dictaduras en América La-
tina en particular, incluyendo los alcances éticos y políticos de esta
reflexión. El desarrollo de estos tres ejes es lo que permite otorgar un
asidero con la suficiente profundidad y espesor histórico a la reflexión
estética que se propone en nuestros trabajos, permitiendo el diálo-
go y aportando al análisis de los procesos específicos de memoria en
nuestras sociedades (Medalla, 2010).

56
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
Historia oral y la cuestión testimonial: nuevas preguntas
a (desde) la memoria

El cruce entre Historia Oral y Estudios de Memoria resulta particular-


mente útil para rescatar las memorias vivas, sin dejar por ello de ser
un territorio complejo y fundamentalmente contradictorio. Lo recien-
te de las dictaduras del Cono Sur tiene como uno de sus efectos que la
transmisión de la experiencia de los y las protagonistas aún se realice
de manera directa. Es por esto que en las últimas décadas las historias
de nuestra región han sido reconstruidas fundamentalmente en base
a la historia oral (Peirano, 2010).
Dicho cruce teórico-metodológico nos permite abordar una re-
construcción particular de nuestra historia actual, desde la subje-
tividad de los y las protagonistas de la violencia política. Como una
herramienta para conocer y comprender reconstrucciones narrativas
colectivas sobre el pasado, la historia oral constituye un campo fun-
damental en la construcción y transmisión de memorias colectivas
(Pollak, 2006). Para analizarlas es necesario hacer un doble ejercicio
de contextualización: el contexto individual de re-significación (como
identidad), y el contexto social de significación de esas memorias
(como escucha), indisociables entre sí. La reconstrucción que es la
memoria —ese proceso ondulante, conflictivo, lleno de sinuosidades
y meandros— paradójicamente (o podríamos decir, dialécticamente)
constituye e interroga a la identidad; la tensiona. La búsqueda de este
sentido o, más precisamente, la unidad experiencial y temporal que
permite construir la narración, se proyecta en la “ilusión de un sujeto
unificado en el tiempo” (Sarlo, 2005).
Más aún, dichas memorias son analizadas como parte constituti-
va de procesos sociales más amplios y desde un enfoque político; son
interpretadas dentro de tramas complejas de relaciones de poder, in-
tereses políticos y correlaciones de fuerza. Esta línea de trabajo abre
espacios para matizar y complejizar la pretendida Historia oficial: nos
permite rescatar las memorias subterráneas de los procesos históricos

57
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
y sociales, las voces silenciadas. No por ello deja de ser un proble-
ma la pregunta por ¿Cómo analizar y comprender esas narraciones?
¿Cómo esos relatos, que responden a lógicas, expectativas y construc-
ciones subjetivas, nos permiten interrogar discursos más establecidos
y/u oficiales?
Además, estos relatos orales tensionan las unidades temporales ta-
jantemente definidas y comprendidas de forma lineal de la Historia clá-
sica o tradicional: la relación entre pasado, presente y futuro se comple-
jiza. Desde esta perspectiva, hoy entendemos que el pasado está vivo
en el presente (Huyssen, 2001), que el segundo interroga al primero y
que la reconstrucción o reinterpretación del pasado se nutre también
de anhelos y deseos futuros. Esta conjunción de temporalidades tiene
profundas implicancias tanto sociales e históricas, como epistemológi-
cas y filosóficas. Por un lado, este entrelazamiento de temporalidades
se expresa en la construcción misma de los relatos y, por otro los senti-
dos de la acción presente están determinados por las experiencias (pa-
sadas) y las expectativas (futuras) de las subjetividades.
Las reflexiones en torno a la posibilidad de dar testimonio sobre
situaciones asociadas a experiencias de catástrofe social (como el ge-
nocidio nazi o, en nuestro caso, el terrorismo de Estado en países la-
tinoamericanos) son múltiples y abordan diversas problemáticas. La
palabra testigo alude tanto a quien vivió una experiencia y puede, en
un momento posterior, narrarla, como a quien ha sido observador
de la experiencia de otros. Mientras en el primer sentido se relata en
primera persona, en el segundo se testimonia desde un tercer lugar,
para dar cuenta de la existencia de ciertos hechos. En el caso de los
sobrevivientes, ellos pueden testimoniar desde ambos lugares: como
protagonistas y observadores del horror. Para Primo Levi, el ejercicio
de testimoniar es asumido como un deber, puesto que ´los hundidos`,
—aquella inmensa mayoría que llegó hasta el fondo, sin posibilidades
de retorno—, no pueden hacerlo por sí mismos. Se testimonia enton-
ces, para justificar la audacia de haber vivido y, sobre todo, se escribe
por delegación, pues en rigor, el pasado pertenece a los muertos y

58
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
el testimonio del sobreviviente contiene en su centro las lagunas y
los silencios de lo intestimoniable. Otra de las tensiones que encierra
el ejercicio del testimonio consiste en que el recuerdo y el relato de
los hechos pueden suponer una reedición de los mismos, es decir,
pueden ´volver a pasar por el corazón` las humillaciones, el dolor, las
violaciones a la intimidad. Por lo mismo, y como ya fue señalado, la
mayoría de los sobrevivientes experimentan una enorme dificultad
para comunicar lo vivido (estados de excepción que se hicieron regla,
circunstancias extremas que eran habituales y cotidianas), a las que
se reacciona con miedo, estupor, perplejidad y, por ende, con silencio.
Existen, por cierto, testimonios de distinta naturaleza, cuestión
que se debe tener en consideración al momento de analizar sus con-
tenidos. El testimonio judicial o aquel realizado ante comisiones de
verdad, la narración autobiográfica, o el relato desarrollado en el mar-
co de una entrevista, configuran resultados diferentes, de acuerdo al
contexto, los objetivos y el sentido de cada uno de ellos. Pero más allá
de las diferencias, en todos los casos se requiere de la existencia de
un otro que escuche a quien ´toma la palabra`, sin embargo, el o los
´oyentes` no siempre están dispuesto a recepcionar esos relatos, de
manera que muchas veces es necesario que transcurra cierto tiempo
para acoger los testimonios de los sobrevivientes. Esto invita a inte-
rrogarnos acerca de la capacidad y voluntad para escuchar sus testi-
monios. Por cierto, la respuesta del entorno social es fundamental,
pues es indispensable que se reconozca socialmente el quiebre y las
rupturas profundas provocadas por la dictadura. Tanto el cuerpo so-
cial como los cuerpos individuales fueron quebrados por la experien-
cia autoritaria, y un primer paso para enfrentar el pasado traumático,
es el reconocimiento público de los hechos y la creación de un espacio
de recepción para que dichas voces sean escuchadas y acogidas.
De acuerdo a Elizabeth Jelin, la era del testimonio se inauguró con
el juicio a Eichman en Jerusalén en 1961, y se extiende hasta nues-
tros días, en los que junto al boom de la memoria, presenciamos lo
que algunos han denominado una ´fiebre testimonial`. A partir de la

59
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
misma década, en América Latina la producción testimonial ha tenido
una presencia significativa, de modo que el testimonio ha ganado le-
gitimidad en tanto discurso de resistencia que posibilita a los sectores
subalternos hablar por sí mismos.
“Lo primero y lo principal es recordar que el testimonio es intrín-
secamente un reto a las estructuras tradicionales de poder del go-
bierno y del discurso. El testimonio por definición, abre un espacio
para el reconocimiento público y personal de la voz antes marginada,
de lo reprimido social y políticamente, de aquellos cuyo silencio se
exige por el privilegio tradicional del discurso y de la ´historia oficial`”
(Sepúlveda, 1995:19).
Definido como una ´narración de urgencia` (Jara y Vidal, 1986:2),
en tanto surge en el marco de condiciones irregulares (represión, po-
breza, marginalidad, luchas u otras) que el sujeto desea comunicar, el
testimonio logró un sitial de relevancia significativa en 1970, cuando la
Casa de las Américas estableció un premio específico a la narrativa tes-
timonial. Años más tarde, en 1992, la asignación del Premio Nobel de
la Paz a Rigoberta Menchú demostraría su potencial social y político.
Entre las múltiples razones que explican la proliferación testimo-
nial, John Beverley (1992) señala la relevancia alcanzada en la cultura
latinoamericana por una serie de textos poco clasificables de acuerdo
a las normas literarias canónicas. Asimismo, la popularidad adquiri-
da por la historiografía etnográfica en las ciencias sociales (expresada
en el uso recurrente de las historias de vida), la difusión masiva del
testimonio guerrillero (en el marco de la revolución cubana y su im-
pacto a nivel regional) y por último, el reconocimiento de su potencial
emancipador en el contexto de la contracultura de los sesenta (cuya
máxima ´lo personal es político` coincidía con los relatos en primera
persona que —con un efecto metonímico— intentaban representar
una situación problemática colectiva) son parte de un contexto que
favoreció la irradiación de este tipo de narrativa (Ruiz, 2007).
En las últimas décadas se ha desarrollado una intensa producción
crítica acerca de la narrativa testimonial. Ello se produce en un ambiente

60
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
intelectual interesado en conocer la voz del otro, en el entendido
de que a esas voces había que hacerles un lugar, un espacio para
que se manifestaran y expresaran. En América Latina “...el testimo-
nio surge precisamente en el contexto de una crisis de representa-
tividad de los viejos partidos políticos, incluidos los de la izquierda.
(...) Concretamente, tenemos la impresión que, tanto en las revo-
luciones centroamericanas como en los movimientos civiles en pro
de los derechos humanos y la redemocratización en el Cono Sur,
el testimonio ha sido no sólo una representación de formas de re-
sistencia y lucha, sino también un medio y hasta un modelo para
éstas” (Beverley, 1992:16-17).
Para Beverley, en tanto crítico literario que rechaza los marcos
disciplinarios, el testimonio opera como un entramado ideológico y
como posibilidad de resistencia que debe resguardarse de la domes-
ticación académica.
Este ´giro subjetivo` —que ha logrado instalarse exitosamente
tanto en la academia como en el mercado de los bienes simbólicos—
se propone reconstruir el pasado en base al rescate de la experiencia
y la revaloración de la primera persona como punto de vista. Los su-
jetos terminaron por desplazar a las estructuras, en tanto perspectiva
privilegiada para analizar la realidad social. Con ello, el testimonio se
ha convertido no sólo en el recurso más demandado en los inten-
tos por reconstruir el pasado, sino que incluso opera como un íco-
no de ´verdad` que ofrece certezas acerca de lo sucedido, lo que no
va acompañado necesariamente de miradas que estimulen el deba-
te y/o la reflexión crítica acerca de la historia reciente. En relación a
ello, Beatriz Sarlo parte de la base del reconocimiento del testimonio
como instrumento jurídico (indispensable para la condena y posterior
juzgamiento de los militares), y como forma de reconstrucción del pa-
sado, en especial cuando otro tipo de fuentes y documentos han sido
destruidos por los responsables de los crímenes. Sus críticas al boom
testimonial apuntan a su “...autorepresentación como verdad de un
sujeto que relata su experiencia, pide no someterse a las reglas que se

61
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
aplican a otros discursos de intención referencial, alegando la verdad
de la experiencia, cuando no la del sufrimiento, que es la que precisa-
mente necesita ser examinada” (Sarlo, 2005:49).
Por las víctimas —muertas y desaparecidas— han debido testi-
moniar los sobrevivientes. Esa urgencia, que también se puede com-
prender como una prioridad ética y política, ha postergado, sin em-
bargo, una mayor reflexión sobre la cotidianidad de la sobrevivencia;
principalmente de aquella parte que puede connotar cierta alegría
en esa vivencia al contener, por ejemplo, expresiones lúdicas o ar-
tísticas. Experiencias que, posteriormente, se callan o se recuerdan
con melancólica nostalgia. Es probable que la culpabilidad por vivir de
los sobrevivientes —tema abordado por Levi (2006), Todorov (2004),
Semprún (2002), Agamben (2002), refiriéndose principalmente a los
supervivientes de Auschwitz, Buchenwald y otros campos de concen-
tración europeos; y por Ana Longoni (2007) y Paz Rojas (2004), entre
otras, para el caso latinoamericano— haya inhibido las posibilidades
de compartir experiencias positivas que permitieron sobrellevar la
adversidad con humor, creatividad y espíritu comunitario. Nos refe-
rimos a las víctimas que enfrentaron su infortunio desde la cotidia-
nidad de la prisión política y que sobrevivieron realizando acciones
que –como en un oasis en medio del terror y la incertidumbre- algu-
nos han recordado como “una extraña felicidad compartida”3. En este
punto, es necesaria una advertencia. En la contracara de la “banalidad
del mal” que conceptualizara Hannah Arendt, la banalidad de la co-
tidianidad de la prisión deja de ser insustancial. Las expresiones cul-
turales aparentemente frívolas y las manifestaciones de humor son
sustanciales, porque constituyen lo esencial en el hallazgo de resortes
para la acción colectiva y pilares de resiliencia en las circunstancias
adversas. La banalidad de la cotidianidad es diversa a lo que Lechner y
3
Expresión utilizada en el Manifiesto del Teatro de la Memoria “Villa Grimaldi
Social Club”, leído en enero de 2009 en la ex casa de tortura Villa Grimaldi, por el
actor y director Oscar Castro, ex preso político: “…En el Campo de Concentración
compartimos momentos inolvidables de una extraña felicidad compartida. Porque
reímos tanto como lloramos. Imagínense entonces cuanto reímos porque sufrimos
tanto como amamos así que imagínense otra vez cuanto amamos.”

62
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
Güell llaman “una memoria banal”, expresión de la “mala memoria”;
vale decir, una memoria “no dramática, que no ha sufrido ni muertes
ni torturas, pero que tampoco las ignora. Una memoria de dolores y
miedos cotidianos, sin discurso legitimatorio, que asume lo aconteci-
do como parte de lo normal y natural. Una normalidad que, en ausen-
cia de sangre visible, es incapaz de reflexionar sus daños”. (Lechner
y Güell, 1998:13) Ambas, sin embargo, son parte de la construcción
social de las memorias. Así, en plural.
Interesa entonces poner atención a las experiencias de la cotidia-
nidad y al ejercicio de aquello que Todorov (2004) llama las “virtu-
des cotidianas” que se expresan en acciones que, generalmente, no
se declaran ni son objeto de preguntas, porque son aparentemente
banales; incluso “enjuiciables” por los propios supervivientes que si-
túan la experiencia preferentemente en el ámbito de la memoria del
horror. Sin olvidar por un segundo el contexto de prisión política, es
dable reconocer que los momentos de contemplación gozosa de la
naturaleza, de creatividad y humor compartidos pueden ser no sólo
reivindicados, sino que también producen —como lo han dicho ex
prisioneros— “nostalgias contradictorias”, nostalgias escondidas y, a
fin de cuentas, culposas: los sobrevivientes no sólo no murieron, sino
que, además, tuvieron momentos —al decir de Jorge Semprún— de
“felicidad insensata” que perturba, porque el ser testigo implica ha-
blar por los que no están y representar, por tanto, el horror que moti-
va la ausencia, postergando el relato de la cotidianidad que contiene
sin aspavientos pilares de resiliencia y explica, en parte, la sobreviven-
cia (Montealegre, 2009).

63
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
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66
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
La Historia Social:
Sujeto social e historicidad en la construc-
ción de memoria para la acción1
Gabriel Salazar, Mario Garcés y Pablo Artaza2

Presentación

La línea de investigación Memoria y Movimientos Sociales, es aborda-


da por un equipo que trabaja la perspectiva de la historia social, tanto
del pasado remoto –siglo XIX y comienzos del XX– como del pasado
reciente y de la contemporaneidad, e incluso con proyección a futuro.
Y ello, porque a la historia social le interesa la historicidad en sí misma,
no el pasado por el pasado, no la memoria por la memoria, sino que lo
que implica la historicidad, que es precisamente el drama de tener que
decidir acciones, arriesgando el futuro, e insertando e incorporando en
ello el pasado. La historicidad está siempre en tiempo presente; desde
allí convoca y produce los otros tiempos de la historia.
La historia social, a diferencia de la “vieja historia”, no mira sólo
hacia el pasado, sino más bien tiende a centrarse en el presente y en
los presentes, porque tampoco el presente actual es el único, también
1
El presente texto corresponde a una versión revisada de la transcripción del Cuarto
Seminario Taller del Subprograma “Memoria, Historia y Derechos Humanos”, del Progra-
ma de Investigación Domeyko Sociedad y Equidad, de la Vicerrectoría de Investigación y
Desarrollo de la Universidad de Chile. Realizado en la sala Nº 3 del Decanato de la Facultad
de Ciencias Sociales.
2
Investigadores responsables del perfil de investigación Memoria y Movimientos So-
ciales del Subprograma Domeyko Memorias, Historia y Derechos Humanos.

67
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
ha habido presentes hacia el pasado. Desde esta perspectiva, nos inte-
resa, entonces, el sujeto histórico, porque es el que tiene que asumir la
historicidad, tiene que tomar las decisiones, tiene que darle forma a su
presente-futuro: tiene que construir sociedad sobre la base de su me-
moria histórica. Nos interesa el sujeto por encima de todo y, a través
de él, la historicidad. Es por eso que la memoria, para nosotros, no es
una entidad en sí misma, que la estudiamos por separado de lo demás,
sino que es una categoría funcional con un sujeto que tiene que deci-
dir, cualquiera sea su pasado: siglo XIX, XX o el actual. Para nosotros
la memoria es una categoría que contiene los elementos que entran
a configurar los insumos que van a incorporarse en las decisiones de
esos momentos claves. Y eso nos lleva, inmediatamente, a pensar que
la memoria no nos interesa tampoco por sí misma, en tanto contiene
un pasado, un recuerdo, una verdad objetiva; nos interesa en tanto
entra a sistematizarse para colaborar en la acción, porque la memoria
entra en la acción sistematizada, y entra subjetivada. Y si entra subjeti-
vada, entonces, a lo mejor, renuncia, en buena medida, a una cuota de
objetividad, esa objetividad que tanto amaba la ciencia tradicional, las
ciencias en su noción positivista. Ya cuando la objetividad es subjetiva-
da se convierte en una energía para la acción.
En este sentido, es muy importante la memoria, pero no como
dato objetivo; si vamos a estudiar sistemáticamente la memoria en
la línea de la acción, nos interesa sobre todo para que este actor sea
exitoso en sus acciones. Esto, aplicado en la práctica histórica concre-
ta, implica poder decidir con eficiencia, lo que nos lleva directamente
al tema del poder. No tiene sentido estudiar la memoria, la acción
histórica, si no estamos tratando de colaborar en la producción de la
realidad y, por lo tanto, de un poder social, de un poder cultural, de
un poder ciudadano, que es el poder crítico que tiene que desarrollar
todo actor histórico que se quiere a sí mismo como una potencia de
verdad a construir. Esos son los parámetros gruesos que nos llevan
a estudiar la memoria, en tanto se incorpora como un proceso de
reflexión para la acción, y en esa medida es una categoría en la cons-
trucción de poder. Desde esta mirada es que nos interesa la historia

68
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
social; como definición epistemológica la entendemos en tanto cons-
trucción de políticas y de empoderamiento de los sectores populares.
Ahora, esto implica renunciar a algunas tendencias que se han
dado últimamente en los discursos, en los simbolismos, en las imá-
genes, etc. Nosotros bien sabemos que el sujeto histórico está en-
frentado a cuestiones absolutamente concretas de su vida cotidiana:
trabajo, alimento, casa, señora o marido, educación, dinero. Esto no
es una cuestión del discurso; es cuestión de elementos concretos con
los cuales hay que armar una vida. Y la memoria está referida en pri-
merísimo lugar a eso mismo. Ella no se mueve en abstracciones sim-
bólicas, en consideraciones de significante y significado; la memoria
se mueve en recuerdos concretos y que tienen que ver con la natura-
leza práctica de la vida. Entonces, nos interesa la memoria en tanto
incluye estos elementos concretos.

Las propuestas de trabajo al interior del grupo

Pablo Artaza3, por ejemplo, trabaja, a partir de este registro, en el


estudio de los sujetos históricos populares desde fines del siglo XIX a
comienzos del siglo XX, concentrándose en torno a los trabajadores,
los peones, los obreros, especialmente de la zona norte del país, de
las salitreras, en un registro distinto de la historia tradicional que ha
hecho la izquierda, que describe movimientos como huelgas, confron-
tación con el patrón, explotación, salarios, imperialismo. Los trabajos
de Pablo se han orientado a reconstruir al sujeto: las transiciones in-
ternas de este sujeto, de ser peón a ser obrero; de ser obrero a ser
rebelde; de ser rebelde a ser político. Es toda una transición interna
que se vive en el plano de la subjetividad, y que no se vive sólo por
resultados de una huelga o masacre. Pablo viene estudiando los su-
jetos populares en tanto sujetos que tienen que tomar decisiones y
3
Académico de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile,
miembro de la línea de investigación Memoria y Movimientos Sociales.

69
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
que, por ello, de acuerdo a sus memorias, se van auto-transformando
con el paso del tiempo. Es decir, está trabajando en el movimiento
popular del norte, en la transición de las identidades populares, pero
vistas desde esas categorías.
Algo similar hace Mario Garcés4 referido, especialmente, a po-
bladores y otros sectores urbanos populares actuales, en tanto
esos sujetos también han vivido una transición que les conduce a
constituir movimientos sociales, transición donde la sensación más
importante es haber pasado por un movimiento de masas —a un
movimiento social que existe hoy. Entendemos por movimiento de
masas a esa aglomeración de trabajadores que adoptaban la for-
ma física de la masa en la calle, más que nada ocupando espacio;
mientras los movimientos sociales no se constituyen como masas
en la calle, y por eso no son siempre tan visibles. Eso lleva a Mario
a estudiar los movimientos sociales a partir de los propios sujetos,
la transición interna que viven ellos y los grupos locales. Entonces,
la memoria otra vez se mueve en el mismo sentido que planteé al
principio: él estudia la memoria de determinados bolsones popula-
res, en ciertas comunas de Santiago, como poblaciones, y en tanto
están determinando, por la sistematización de esa memoria, una
transición del identitario de los grupos poblacionales. El grupo de
Mario –la ONG ECO—está participando en un proyecto de recupe-
ración de memorias locales a lo largo de Chile de la Dirección de
Bibliotecas, Archivos y Museos (DIBAM). Y lo que se ha discutido
fundamentalmente con él es que esta recuperación de memoria no
es para reconstituir allí un acervo, un archivo de memorias como un
patrimonio que se constituye estáticamente, sino una recuperación
de memoria que permita la recuperación de una actitud hacia la
acción, hacia la proyección y, por tanto, hacia la conformación de
un movimiento social, que en este caso parte de las mismas comu-
nidades locales.

4
Académico de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile,
miembro de la línea de investigación Memoria y Movimientos Sociales.

70
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
Por otra parte, mi trabajo va en la misma dirección del de Pablo:
me muevo entre el siglo XIX, el XX y el XXI, y también por eso me
encuentro con Mario. Comparto con Mario el trabajo que él hace de
educación popular, porque, en última instancia, ésta consiste en tra-
bajar con los pobladores en un intento por sistematizar sus memorias
y, a partir de eso, reconstruir sus identidades, y reconstituir y re-pro-
yectar sus proyectos de vida y sus posibles procesos de politización.
La educación popular acompaña muy de cerca esta concepción de
la memoria como componente de la acción social, y Mario trabaja,
vinculándolo con la pedagogía social, con la educación popular, que
es en lo que yo también trabajo acompañando diversos procesos. Tal
vez la diferencia de lo que yo hago con lo que hace Pablo y Mario
tiene que ver con que vengo de otras épocas, que soy más viejo, de
aquellas épocas donde la teoría –de todo tipo— era más importan-
te. Asimismo, tiendo a trabajar también a los otros: la oligarquía, la
burguesía y los empresarios, las clases políticas. Porque no podemos
definir a los otros, que nos obstaculizan en nuestros procesos y de
repente nos imponen encima estructuras que no queremos, sólo en
función de ficciones ideológicas. No se puede nunca menospreciar al
enemigo y mistificarlo demoníacamente. La idea es también estudiar
a los otros, exactamente como uno estudia a los sujetos populares:
como sujetos. No me interesa estudiar a la clase dominante en tanto
clase perversa, expropiadora, imperialista, que lo es; me interesa más
por qué son así y cuál es su estructura de sujeto como para hacer
eso. Por qué son “tontos”, o por qué “meten la pata”, o por qué, a
pesar de la dominación que han tenido, no han desarrollado un país
y vivimos un capitalismo sin industria, con las enormes consecuen-
cias que ello acarrea. Entonces uno tiene que pensar también con la
mente del otro y pensar con toda seriedad qué significa desarrollar
un país, dominar un país, meternos en 17 tratados de Libre Comercio
con medio mundo, con sesentaitantos países amarrados a la vigencia
de una ley, en un mundo neo-liberal, cuando no tenemos industria,
cuando siguen quebrando las industrias. Quebró hace poco la última
armaduría de autos en Arica; quebró hace poco la Textil Tomé. Somos

71
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
un país sin burguesía industrial. Somos un país sin clase media dura-
ble. Somos un país sin clase media minera. Somos un país con clases
sociales menos.
Hay que pensar también el horizonte histórico de los pobres,
mirándolo también desde dentro, y sacar de allí algunas conclusio-
nes generales más o menos teóricas, entendiendo muy bien que
la teoría actual no puede ser como la de los ’60. En esa década
uno teorizaba yéndose por los conceptos abstractos, guiándose por
las teorías generales, en la idea de que la teoría explicaba el pa-
sado, diagnosticaba el presente, pronosticaba el futuro; que tenía
un alcance infinito de certeza. Todos sabemos que eso hoy no co-
rre, pero eso no significa dejar de lado la teoría, sino que la teoría
tiene que ser cultura social, como la producida espontáneamente
en estos grupos sociales, en estos colectivos, en estas redes que
están por todas partes. Mi intención va en esa dirección: estudiar
los sujetos populares por dentro, pero tratando de agregarles el
horizonte histórico, porque si uno no conoce el horizonte histórico
me parece que vamos a ir de cabecita al hoyo donde hemos caído
cien veces a lo largo de estos dos siglos.
Bueno, esto a modo de presentación de grupo y de las propuestas
de cada cual.
Nos interesó este grupo pues creemos que estudiar la memoria
no puede ser hecho por una asignatura, son fenómenos que no son
de asignatura: la memoria no es sólo histórica, también es psicológi-
ca, sociológica, antropológica, literaria, artística. Tiene que ser, inevi-
tablemente, multidisciplinaria. Creemos que esa es la única manera
de rodear el fenómeno, de atacarlo por todos lados y como corres-
ponde; y, a la vez, entregar a los actores todos los elementos posibles
en ese plano –como decía el Papa— “el mercado es más fuerte “. Se
llevaron a todos los grandes para pensar en conjunto, con los fondos
del BID y con fondos del gobierno, y se han puesto a pensar no la
sociedad civil, sino el Estado. ¿Para qué? Para el modelo neoliberal.
Entonces, ante ese peso pesado, ese tanque monstruoso que se nos

72
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
instaló, nosotros pensamos que hay que contrarrestar. No puede ser
que lo que podemos llamar izquierda no tenga un centro pensante
de nivel histórico y sea capaz de hacer su papel histórico. Espero que
acá podamos ampliar nuestro radio de acción y producción.

Una experiencia concreta de construcción de memoria

Hay interés también en que yo presente una experiencia que realiza-


mos tiempo atrás, y que refleja esta opción nuestra. Fue un proyec-
to que se fraguó entre la municipalidad de Rancagua, una agencia
internacional holandesa y una ONG chilena, SUR Profesionales. Ese
proyecto tenía objetivos estratificados: el interés y el objetivo del
alcalde de Rancagua era tener una información de primera mano
acerca de la identidad social, cultural e histórica de los habitantes,
particularmente de sus sectores más pobres, que son el sector sur
y el sector poniente, a objeto de poder montar mejor sus políticas
de participación ciudadana que estaban buscando el Fondo de Soli-
daridad e Inversión Social (Fosis) y el gobierno, ya que no les estaba
yendo bien con las políticas de desarrollo local. Implementaban un
programa tras otro y no dejaban ninguna huella. O sea, quería en-
marcar y encarnar sus proyectos. Mientras que el interés de SUR
Profesionales era conocer en qué condiciones podía darse un tipo
de educación popular, a objeto de implementar el empoderamiento
de los ciudadanos en los sectores populares.
Iniciamos la investigación acerca de la memoria histórica del sur y
poniente de Rancagua, de grandes sectores populares –casi la mitad
de la población de toda la ciudad—que se caracterizaban porque ha-
bían sido frutos prácticamente de la auto-construcción popular. Una
parte había surgido a orillas del río, y la otra, de callampas que habían
montado los mismos pobladores allí. El proyecto consistía en trabajar
con el método de entrevistas e historia oral, con una muestra lo más
amplia posible de pobladores de esos sectores. El equipo estaba for-

73
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
mado por jóvenes que se reclutaron entre los mismos grupos pobla-
cionales, las profesoras de los colegios que había allí, funcionarios del
municipio, y nosotros, un pequeño equipo de dos historiadores, uno
joven y yo. Logramos conformar un equipo de unas veinte personas;
muy activos los jóvenes y las profesoras; los funcionarios muy activos
al principio, pero no hacia el final.
La idea matriz era recolectar la memoria en todos sus rincones, es-
tratos y tiempos: desde la formación hasta ese momento; la memoria
de los viejos que fundaron esas poblaciones, la de los jóvenes que ha-
bían experimentado la llegada del mercado, y la memoria de los cabros
chicos, que estaban viviendo el impacto de todo lo anterior. Tres me-
morias, ya que pensamos que una memoria de un sector tan grande
era una memoria estratificada, y que no podíamos confiar sólo en los
viejos. Estuvimos un año haciendo entrevistas. Entrevistamos también
al alcalde, al equipo técnico que trabajaba en desarrollo social local,
“los hormigones”, como le decían los pobladores, porque andaban por
todas partes en sus automóviles. Entrevistamos a los profesores del
sector más pobre y a todos los que pudimos pillar, aunque se nos es-
caparon los curas. La idea era recoger estos testimonios para luego
proponerle a los pobladores un proyecto de sistematización de esas
memorias, o sea, que ellos mismos lo hicieran, y que así llegaran a
plantear los problemas del presente. De modo que surgiría un proyec-
to de acción, de vida.
Desafortunadamente, el proyecto no pudo llegar a esa etapa, por-
que en el camino los funcionarios no colaboraron. Fueron de nuevo,
poco a poco recuperados por la alcaldía, ya que mientras más com-
plicada estaba la coyuntura —esto fue entre 1998 y el año 2000— a
más reuniones los convocaban. Y ellos eran clave, porque tenían que
indicar un montón de cosas acerca de lugares, tenían que citar a la
gente, facilitar la infraestructura, etc. Por lo tanto, tuvimos que hacer
nosotros, los historiadores, la sistematización, aunque con consulta
permanente a los profesores.

74
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
La sistematización la hicimos sin considerar ningún documento de
Estado: ni política pública, ni del municipio, ni de los pacos, ni nada:
solamente la memoria, tal como la expresaron oralmente. Ese fue el
primer criterio que aplicamos. Un segundo criterio fue que hicimos
una sistematización fingiendo que nosotros éramos un poblador más
de Rancagua, y el historiador por tanto se ponía el traje de un sujeto
popular. Eran tantos los testimonios que no era difícil hacerlo. Eso
terminó en un libro que se llamó “La sociedad civil popular del sur y
poniente de Rancagua”, que lo publicó SUR Profesionales, y que fue
recogido por la escuela del sector para que los mismos estudiantes
pudieran discutir su propia historia.
Entre paréntesis, algo que no cuentan estos documentos. Noso-
tros hicimos entrevistas en profundidad a las profesoras de los dos
colegios más pobres donde nos concentramos. Realizamos una histo-
ria de ellas mismas también, porque, a esa altura, las profesoras no
eran sólo profesoras, sino también actores sociales pertenecientes a
la comunidad local. Ellas estaban más identificadas con eso que con
sus propios hijos. Así que hicimos un capítulo destinado únicamente
a explicar la historia de estas actoras de estas poblaciones, que son
centrales. Ocurrió que eran tan pobres los niños que llegaban a estas
escuelas con un tremendo déficit afectivo, porque el grueso de los
papás no estaba, se habían ido, estaban con otra, estaban sin pega,
estaban borrachos. Las madres trabajaban todo el día afuera, llega-
ban a las 10 de la noche, los cabros estaban todos los días solos, no
tenían afecto, la mayoría eran allegados, y cuando los padres llegaban
se agarraban con los dueños de la casa. Un desastre. Entonces los
cabros vivían drogándose con neoprén y pasaban en las calles. Eran
chiquillos muy violentos y con un rendimiento muy bajo en su edu-
cación. Las profesoras tenían el siguiente dilema: o le enseñamos a
leer y a escribir para cumplir con los requerimientos del Ministerio,
y que den una prueba SIMCE adecuada, o nos dedicamos a darles
afecto. Nos hemos convertido, me dijeron, en dadoras profesionales
de afecto, y los niños han reconocido a la escuela como el único lugar
donde lo encuentran, se llevan metidos acá. Producto de eso es que

75
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
descuidaron la parte estrictamente técnica y muchos cabros llegaban
a sexto, séptimo, sin saber leer. Porque ellas decían “¿qué sacamos?,
si en la realidad necesitan que alguien los acoja”. Esto lo supo el Mi-
nisterio, evaluaron estos colegios y degollaron a todo el equipo do-
cente, las profesoras salieron volando. Entonces ellos echaron mano
del librito y lo mostraron: esta es la realidad con la que trabajamos,
esta es la realidad que hay que enfrentar con la pedagogía concreta,
con sentido realista. De alguna manera eso les impactó a los viejos del
Ministerio, las reintegraron a la escuela, pero ya no como directoras
de colegios, sino en otros cargos. Y el librito sigue siendo usado como
elemento defensivo en los colegios y en algunos centros de madres
por esa razón.
Ahora bien, las conclusiones que sacamos de esa investigación se
las resumo rápidamente. En primer lugar, que los pobladores eran los
constructores de esa ciudad. Ellos habían ocupado los terrenos y los
habían comprado a plazo. Ellos habían construido sus casas o sus ran-
chos. Ellos habían peleado y muchos de ellos habían comprado los
aparatos para instalar la luz eléctrica. Ellos hicieron las veredas. Ellos
habían peleado por instalar el agua potable, todo con un esfuerzo
gigante de las parejas jóvenes en el ’40 y ’50. Por tanto, los viejos que
hicieron eso estaban orgullosos, esa es la memoria histórica de esa
población. Los viejos no monopolizaban la memoria todavía, pero se
constituyeron en los dirigentes de todas las organizaciones. Estaban
orgullosos de sus conquistas, y peleaban con los cabros jóvenes, por-
que todavía no habían conquistado nada. Nunca los vieron como los
hijos propios, eran siempre los “patos malos” de la otra población. O
sea, los viejos, dueños de su memoria y de las organizaciones, vieron
un obstáculo en los jóvenes.
La memoria de los jóvenes, en cambio, no estaba orgullosa de
nada, porque estaban viviendo el desempleo, no podían irse de la
población porque no había pega ni oportunidades y se querían casar.
Entonces estaban aprisionados en la casa de sus viejos, y al no poder
estar dentro, entonces estaban fuera. Hay dos memorias distintas

76
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
y en contradicción. Era un problema grave, porque no podía cons-
tituirse una sola memoria de los pobladores para constituir –en la
perspectiva de Mario tal vez– un solo movimiento social.
Y luego, la memoria de los cabros chicos, que es la más interesan-
te de todas, la que nos gustó más. Es cierto que los padres no podían
acogerlos, por tanto eran “huachos botados”, pero en esa condición
de niños de la calle encontraron muestras de solidaridad que venían
de los jóvenes, adolescentes. Y posteriormente, una gran solidaridad
de los viejos que dirigen los clubes deportivos. Los clubes deportivos
juegan un rol importantísimo en las poblaciones para mantener la
unidad. Son entidades que nadie cuida, aunque hay clubes depor-
tivos que son más viejos que la junta de vecinos. Los clubes duran
decenas de años, pensemos en el Club Magallanes que fue fundado
en 1892, o el Iberia, el Caupolicán de Renca, el Sporting de Renca, el
de Casablanca, que tienen más de cien años. Son los viejos los que
dirigen y las viejas son las tesoreras. Luego está el equipo principal
–los jóvenes, los cadetes, los adolescentes–, y se van de paseo todos
juntos. Eso es lo que encontramos en Rancagua. Además, los cabros
encuentran la acogida de las profesoras de estos colegios. Entonces,
la memoria del niño, pese a esta exclusión que encuentra por los pa-
pás, está llena de experiencias de solidaridad.
Entonces, a partir de lo que encontramos, fuimos concluyendo
en torno a la presencia de memorias distintas que marcaban identi-
dades diferentes. De ahí que la sociedad civil del sur y poniente de
Rancagua no se constituyó como una sola sociedad civil, sino como
actores en una integración difícil. Por ello es que la tarea nuestra
era justamente sistematizar las tres memorias, trayendo a los tres
actores a una sola reunión y que pudieran trabajar en conjunto,
porque los cabros no han escuchado nunca a los viejos. Y en esta
mezcla de triunfo en lo chico y derrota en lo grande, en los viejos,
los cabros pasan la cuenta: “¿de qué sirve tener casa, viejo, si el
país está como la mierda?” En ese plano, ¿cómo hacer que la me-
moria sirva para algo?

77
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
Diálogo del autor con el público

Público: Yo quería retomar esta idea de que percibir la memoria


como acción sea alejarse de la memoria como acción y simbolismo.
Particularmente yo no veo el alejamiento, porque veo que en la estra-
tegia de reconstituir memoria a través de las entrevistas, de cómo la
gente cuenta lo que pasó, cómo busca argumentar el presente con el
pasado, son todas reconstrucciones del pasado hechas desde el pre-
sente, y no entiendo en qué sentido eso lo aleja de lo simbólico.
G. Salazar: No, en el sentido de que lo discursivo y lo simbó-
lico le dan un carácter reificante, como si el discurso existiera en
sí mismo, no obstante, a medida que uno entrevista a pobladores
salen puras cosas concretas. “Cuando llegamos aquí no había agua”,
te empiezan a decir. Te cuentan el detalle y tú lo estás viendo, no
es una cosa de lenguaje. Y yo vi que estaba todavía el empedrado
donde estaban las vacas y de donde sacaban agua. Te van contando
toda la asociatividad que surgía en torno a eso. No es el símbolo
por el símbolo, la estética por la estética. Lo mismo respecto a las
peleas. Claro, son imágenes, pero no es la imagen en sí, no es la
seducción de la imagen, ni es su contenido simbólico abstracto lo
relevante, sino un conjunto de hechos concretos que marcó físi-
camente su existencia. A eso me refiero. De todas maneras usan
lenguaje, eso es obvio, y el recuerdo es una imagen. Puede tener
mayor o menor estética. Yo traté de reproducir, por ejemplo, toda
esa memoria del agua, tremendo drama cuando en un campamen-
to no hay agua. La primera memoria colectiva es la memoria de que
no hay agua, y todo lo que eso significaba, como había que cuidarla,
purificarla, etc.
Público: La perspectiva categorial con la cual se asume la memo-
ria social, en el sentido que se valora mucho más la experiencia en sí
misma, más que referida a categorías de imagen, discurso, es por el
miedo a quedarse en el referente, y no dar el paso de la proyección
a la acción. La primera diferencia que me llamó la atención fue la dis-

78
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
tinción entre historicidad y memoria, en tanto el concepto central fue
historicidad, y la impresión que a mí me quedó del uso de la noción de
historicidad es el peso del pasado que tiene que ver con las posibilida-
des de decidir. Y esto, de que hay muchos presentes, y que incluso hay
muchos presentes del pasado, que me parece sugerente, no sé meto-
dológicamente cómo ha sido. Otra cosa que me parece más compleja
es cómo determinar qué es lo que es utilizar la memoria para decidir
efectivamente.
G. Salazar: La historicidad la entendemos más que como el peso
del pasado, el peso del presente, porque es ahí donde se toman las
decisiones y se corren riesgos. El presente es un drama por esto, y
para el caso de los pobres, ninguna decisión es muy buena, hay que
inventársela; que es distinto a lo que le pasa a un niño del barrio alto,
que tiene sus posibilidades dadas por el pasado. El peso del pasado
en los pobres es muy determinante. En muchos de ellos el pasado
es frustración, y se come el funcionamiento de la memoria, porque
comienza a girar obsesivamente en torno a ese hecho del pasado.
Entonces la memoria sistematizada no avanza linealmente hacia el
futuro, sino en círculo. En este sentido, la historia oral puede ayudar
a resistematizar esa historicidad, no tanto en base a las frustraciones,
sino en base a los éxitos, consiguiendo cambiar la actitud hacia la
acción. Lo hicimos varias veces y es sorprendente el resultado. No es
fácil, pues no basta con una entrevista, tienen que ser varias y con
devolución del análisis, y pasan cosas como que el entrevistado se
convierte en el principal amigo del entrevistador, y tiene que ser así
para que sirva. Y pasa que todo se convierte en una explosión de risa,
se pierde todo control metodológico del grupo.
Público: ¿Y esos cambios son perdurables?
G. Salazar: No sé. Yo conozco dos casos en que ha sido para toda
la vida. El bloqueo que se produce en las memorias frustradas es terri-
ble, pues se van sedimentando experiencias negativas. Esto no lo he-
mos experimentado en grande, sino en experiencias pequeñas. Des-
cubrimos a un grupo de psicólogas comunitarias que trabajaba con

79
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
cabros drogadictos, financiadas por políticas de rehabilitación. Ellas
hacían lo mismo que nosotros: trataban de construir historia nueva,
positiva, para que se creara una memoria nueva.
Público: Si estamos comentando que la memoria puede “crear-
se”, ¿quiere decir que la interpretación es más importante que lo que
ocurrió?
G. Salazar: No pues, lo que ocurre tiene que ser exitoso para que
marque nueva memoria convincente, pero eso te obliga a interpretar
el pasado. La labor del historiador es entender un presente y enten-
derlo interiormente, es decir, estoy condicionado por esto. La historia
social abarca todo eso, tanto lo que ocurrió como la forma en que es
interpretado y las posibilidades que, a partir de eso, se abren.
Público: Me llamó la atención cuando habló de ponerse el traje
de poblador para describir la memoria. Esto, metodológica y teórica-
mente, es complejo, porque uno tiene que tener más o menos claro
su lugar de enunciación, el rol que cumple en la construcción de esa
memoria. ¿Cómo logró usted ponerse en ese traje?
G. Salazar: Ahí hay una opción clara. Si uno es un historiador,
¿tiene que ser todo el tiempo historiador, renunciando a su sujeto
real de carne y hueso? ¿Puede un sujeto de carne y hueso identifi-
carse con otro aunque influya en él? ¿No influye uno todos los días
en los otros? Ese el tráfico cotidiano de la sociedad. Esto lo hemos
planteado teóricamente como la posibilidad de que el investigador
llegue a tal nivel de identificación con su sujeto de estudio que pue-
da hablar como uno más de ellos. En el libro de los huachos que
yo hice, fue difícil encontrar tantos documentos emanados desde
los mismos huachos, así que hablamos nosotros como si fuéramos
ellos, pero respetando todos sus testimonios. Si uno hace historia
oral, se da cuenta que rápidamente se mete en la intimidad del
otro, el otro se desnuda y uno no puede quedarse completamente
vestido como investigador. Yo no puedo irme así no más, sacarlo
como una biopsia, luego publicar el libro, agregarlo al currículum, y
después olvidarme de los pobladores. Los pobladores han alegado

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CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
hace mucho tiempo que llegan a hacer entrevistas, las ONGs, los
estudiantes que están haciendo tesis, etc., pero llegan, lo pregun-
tan todo, se van y no vuelven. Nosotros fuimos devolviendo todo lo
que pudimos, porque precisamente queríamos que ellos reacciona-
ran. Yo me convierto en amigo leal de ello, manteniendo el respeto
por ellos, a la vez que manteniendo un mínimo de objetividad. Esto
implica políticamente también asumir los intereses de ellos, lo que
implica renunciar a la ciencia objetiva. Aquí influimos y más vale
que lo asumamos en serio.
Público: Quizás es un poco auto-referente, pero tiene que ver
con una experiencia de nosotros que hace un tiempo empezamos a
trabajar en Chiloé, a propósito del tema de intervención comunita-
ria. Nos dimos cuenta que el fútbol era un tema bien impresionan-
te y comenzamos a meternos en el tema de los clubes deportivos.
Finalmente hicimos un libro que contaba la historia, pero también
nuestra idea era “llegar” a un lugar bien precario, que además su-
fría las secuelas de las salmoneras. Y era como: “bueno, si son ca-
paces de organizarse en clubes deportivos, ¿por qué no lo hacen
también para mejorar sus condiciones básicas?” Queríamos causar
una suerte de impacto, pero no resultó tal cual. Mi pregunta va con
el qué se hace después, ¿cómo podríamos haber sistematizado de
otra forma?
G. Salazar: Yo te haría una contra-pregunta: ¿qué habría pasado
si la metodología que ustedes usaron, si la pregunta que tú hiciste
hubiera quedado instalada allá para seguirla desarrollando? Yo veo
que el problema es que ustedes no están radicadas allá y están a
2000 km de distancia. La otra pregunta es: Ok, estas metodologías
funcionan muy bien, pero cuando tenemos la plata, ¿por qué no
educar a los profesores en eso?, porque ellos están radicados allá.
La continuidad, el impacto último, ustedes no pueden lograrlo. Se-
gún yo, los clubes deportivos son el residuo de lo que quedó de
las sociedades mutuales, que manejaban fondos propios, luego pa-
saron al Estado y ahora son de privados. Al principio eran los que

81
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
practicaban la política. Practicaban la auto-educación. Lo único que
le dejaron a las mutuales fue la sociabilidad, que es lo esencial de
los clubes deportivos. Además no han sido reprimidos, y por eso
es que tienen cien años. Los clubes deportivos ahora son muy cui-
dadosos de no meterse en lo que le quitaron, evitan la política; la
unidad es lo que ahí manda. Yo creo que eso se puede aprovechar,
en el sentido de aprovechar esa integración, precisamente para in-
tegrar memoria y otras cosas.
Público: ¿En qué medida si la memoria se va sistematizando en la
acción, y ante el riesgo de llevar una memoria a un colegio, ésta se va
institucionalizando en una historia con mayúscula? Mi duda es si ge-
neraron un mecanismo alternativo de estar ahí para generar ese nexo
de identidad en la combinación de estas tres memorias.
G. Salazar: La intención nuestra era llegar a un consenso de me-
moria, que venía en la segunda parte y que no pudimos hacer. La otra
intención era, más que entregarles una versión definitiva sobre su me-
moria, que los chiquillos jóvenes aprendieran del método, para que
después ellos solos pudieran reproducir la experiencia: sistematizar
su memoria, discutirla, proyectarse al futuro. El método no puede ser
más simple: escuchar sistemáticamente al otro, cosa que no hacemos
en la vida cotidiana. Esto es lo que los “pingüinos” ya descubrieron:
trabajar en grupo.
Público: ¿Cuántas entrevistas se necesitan para hacer una historia
de vida?
G. Salazar: Yo pienso que para una historia de vida corta, no un
libro, se necesitan al menos tres, para empezar. Recién en la segunda
se rompe el hielo y aparece ya lo fundamental: la persona cuenta lo
que quiere contar. La tercera es para redondear eso.
Público: En el caso de que usted pudiese haber terminado exi-
tosamente esta investigación, ¿cómo uno puede pensar en el térmi-
no de un trabajo? ¿Hasta dónde llega lo que el equipo puede hacer?

82
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
¿Hasta dónde se llega con esta devolución? ¿Hasta dónde uno, como
persona implicada, se compromete con esa acción?
G. Salazar: Voy a dar otro ejemplo, desarrollado en Santiago. En el
caso de “Herminda de la Victoria”5 el objetivo era un poco distinto. Se
trataba de reconstruir la memoria de los pobladores para los efectos
de construir en la población un centro cívico, un espacio público que
monumentalizara su memoria. Para eso teníamos que entrevistarlos
a todos sobre los hechos relevantes para el conjunto de la población.
La metodología exigía que todos se reunieran para que, en conjunto,
y habiendo leído el texto, se propusiera cómo construir ese espacio
público. Los pobladores propusieron una serie de cuestiones, desde
poner asientitos, anfiteatro, baldosas, etc. Entre paréntesis, nadie sa-
bía por qué había muerto la guagüita de “Herminda de la Victoria”,
pero no importaba el hecho, lo que importaba es que les daba unidad
a todos. Ahí se completó la experiencia a diferencia de lo que pasó en
Rancagua. Aquí los jóvenes aprendieron la metodología y la siguieron
durante un tiempo. El punto es que resulta difícil que esto siga hasta
el final, porque por más que uno se haga amigo y tenga cariño, uno
tiene que volver a su retiro. Por eso es importante que alguien quede
haciendo de historiador local. Los viejos no sirven porque se centran
en el pasado, el presente no existe, por eso tienen que ser jóvenes,
porque trabajan problemas vivos, y muchos se convierten en historia-
dores naturales, no del pasado, sino del presente.

5
Herminda es el nombre de una niña que muere a causa del disparo de un carabinero
en 1967 , esto en el marco de la toma que da origen a la población que hoy lleva el mismo
nombre

83
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
Formas actuales de violencia estatal1
Pilar Calveiro2

Presentación

Como lo propuso Foucault, la teoría jurídica puede ser una forma de


aproximarnos a la anatomía de los sistemas políticos. En este sentido
intento analizar los sistemas de la represión y la violencia estatal, para
desde ahí ver qué nos dice y a qué nos remite con respecto al actual
sistema hegemónico. Es decir, qué indicios nos da en relación con la
reorganización hegemónica en curso.
Una de las primeras cuestiones es que pienso que esta reorga-
nización hegemónica, de alguna manera, se inicia justamente en el
periodo de las guerras sucias. Lo que ocurre en América Latina en los
años 70, sería un primer corte que está anunciando la actual reorga-
nización de la hegemonía. Creo entender al observar las formas de
represión que ocurren en la década del setenta, algo en lo que yo
había trabajado previamente, y que considero como preanunciando
algunos de los asuntos que vamos a encontrar ahora en dos grandes

1
El presente texto corresponde a una versión revisada de la presentación real-
izada por la autora en el Sexto Seminario Taller 2008 del Subprograma —Memoria,
Historia y Derechos Humanos—, del Programa de Investigación Domeyko Sociedad y
Equidad, de la Vicerrectoría de Investigación y Desarrollo de la Universidad de Chile.
Realizado en la sala Nº 3 del Decanato de la Facultad de Ciencias Sociales.
2
Académica e Investigadora argentina. Doctora en Ciencias Políticas Universidad
Autónoma de México.

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MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
temas: la construcción de la guerra antiterrorista y la transformación
de los sistemas penitenciarios.
Haré entonces una suerte de recordatorio de los principales ele-
mentos que aparecían, a mi juicio, en el modelo represivo de los 70,
para después retomarlo en el análisis de lo que entiendo que está
ocurriendo en este momento.
En los setenta, teníamos la conformación de un estado de excep-
ción que implicó un reordenamiento jurídico y un reordenamiento
institucional que se planteaba como defensa de la civilización occi-
dental. Para eso, en aquel momento, el Estado construyó un enemi-
go definido como —el subversivo—, que era un sujeto irrecuperable,
frente al cual solo cabía la eliminación. Se construye una categoría
difusa y se la orienta principalmente a la militancia política que plan-
teaba un proyecto alternativo.
A partir de entonces se va a llevar a cabo un sistema represivo
que articula una red represiva legal con otra ilegal, ambas gestiona-
das desde el propio Estado. Es decir, se verifica esta doble circulación,
esta doble trama en donde, por un lado, está el aparato de las cár-
celes legales y, por otro, el de los centros clandestinos de detención
como modalidad privilegiada para el exterminio de la disidencia, ope-
rando dentro del propio aparato legal. Podríamos decir entonces que
el aparato legal monta una doble red y —switchea— entre una y otra
según sus necesidades.
Esta situación nos habla de un estado de excepción prolongado,
prácticamente permanente. que implica un doble rasero, con recur-
sos de carácter ilegal, pero dirigidos y sostenidos de manera clandes-
tina desde el propio Estado.
Otro elemento que me parece importante es que ya desde en-
tonces esta red legal-ilegal (la llamaré así) excede las fronteras na-
cionales. En el caso del Cono Sur, por ejemplo, la Operación Cóndor,
de carácter regional, excede la idea de soberanía nacional y plantea
el problema en otros términos. Este funcionamiento de la red y de

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CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
la represión ilegal, aparentemente clandestina, es negado, pero, al
mismo tiempo, se dan permanentemente actos claros del Estado
que permiten señalarla, verla. Es decir existe esta doble dimensión:
desconocimiento de la legalidad de la red y de lo que ella opera,
pero, al mismo tiempo, se la exhibe con los cadáveres en las calles,
los grupos armados operando de civil, etc. Esta visibilización de lo
que siendo ilegal y negado se practica y exhibe con total impunidad;
funciona como dispositivo para la expansión del terror en el colec-
tivo social.
Una cuestión que también aparece en ese momento, y que va-
mos a volver a encontrar ahora, es que dentro de estas redes hay una
estricta compartimentación de funciones operativas, de inteligencia,
de vigilancia, etc., al interior de un dispositivo del que nadie se hace
finalmente responsable. Su núcleo son los servicios de inteligencia,
colocando lo policíaco, y en particular los servicios de inteligencia, en
el centro del sistema.
Otro rasgo de los 70 es la utilización ilimitada de la tortura; al-
canzando su máximo rendimiento, en el sentido de la obtención de
información, de someter a sujetos a condiciones en las que se les
pueda hacer cualquier cosa durante un período de tiempo ilimita-
do, como característica principal de la red ilegal. Hay una decisión
política de recurrir a ella y de —desaparecer— a las personas con
distintos objetivos. Por un lado, el de obtener información útil —y
así desactivar las redes de resistencia política—, pero también está
presente la tortura en tanto procesamiento de los sujetos, de los
cuerpos, para acabar con cualquier resistencia, entendiendo que
lo que se hace sobre el cuerpo del secuestrado, del prisionero, se
está haciendo simultáneamente sobre el conjunto social. Hay una
repercusión de esto que está ocurriendo sobre el condenado, pero
también mas allá de él, que orienta, simbólicamente, la forma de
organización del poder. Entonces, la centralidad que tiene la tortura
en el tratamiento de los sujetos, a los que se les intenta arrebatar su
humanidad, señala lo que se está haciendo sobre toda la sociedad.

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MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
Creo que una cuestión también muy importante es la disposición
física de los espacios de desaparición. A diferencia, por ejemplo, de
los campos de concentración nazis, en donde parte del tormento re-
side en el amontonamiento de los cuerpos y la masificación —muy
acorde con la forma de organización del poder en el nazismo-, en el
caso de los centros clandestinos en Argentina existe un modelo com-
pletamente diferente que se basa en el aislamiento radical. Es decir,
hay un lugar de concentración de personas, pero cada prisionero está
específicamente separado del otro, tabicado en relación con el otro.
Pareciera ser que lo que se intenta sobre el sujeto, la tortura, la des-
trucción del cuerpo, de la subjetividad, de la resistencia, es a partir de
un proceso de aislamiento.
Los centros clandestinos que operaron en los 70 corresponden a
un momento intermedio, en donde hay elementos de concentración.
Son, en efecto, lugares de concentración de detenidos, pero los pro-
cesos de alojamiento y de depósito de las personas son a partir del
aislamiento, que ya no es sólo físico, sino también sensorial. La idea
del sujeto con los ojos vendados, aislado sensorialmente, es también
un elemento que aparece en esa década.
Estos rasgos presentes en los 70 van a tener cierta continuidad
con los procedimientos utilizados actualmente en las políticas de des-
aparición de personas.

La violencia estatal del nuevo siglo

En la actualidad la violencia estatal ocurre principalmente con la cons-


trucción de dos supuestas guerras: la “guerra antiterrorista” y la “gue-
rra contra el crimen”.
Cuando digo “guerra antiterrorista”, quisiera aclarar en qué sen-
tido hablo de una construcción de esta “guerra”, y quisiera hacer un
breve recuento histórico de esto.

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CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
Con el fin de la Guerra Fría y la desaparición de un enemigo exter-
no a quien enfrentar, comienza el proceso de reorganización capitalis-
ta, de corte corporativo. En ese momento aparece la necesidad de en-
contrar una guerra, una confrontación, que justifique la intervención
militar que se requiere para mantener y expandir este orden global.
La desaparición de la URSS, de cierta manera, diluye la legitimación
de una acción armada por parte de los países occidentales, siempre
esgrimida en defensa de la “libertad” de Occidente. Es imperativo en-
contrar un nuevo enemigo –peligroso, indefinido, potente-, para jus-
tificar las intervenciones bélicas que se requirieran para garantizar la
expansión global.
Ya en 1987, tres años antes de la caída del bloque socialista, se
empezó a hablar de la “guerra contra el narcotráfico”. Es decir, a par-
tir de ese momento la lucha contra los traficantes de drogas se ca-
racterizó como guerra. De hecho, si ustedes recuerdan, la invasión a
Panamá, en 1989, ésta se justificó bajo el supuesto de una “guerra
en contra del narcotráfico”, por la política de unilateralidad que aún
abrigaba EE.UU., que lo autorizaba a intervenir en cualquier lugar del
planeta sin mayor consulta.
Pero el hecho de plantear la guerra como lucha contra del narco-
tráfico tiene y tenía una serie de problemas. Por un lado, el narco está
fuertemente enlazado con la red corporativa de los negocios legales,
tal como ocurre con los nexos entre la represión legal e ilegal. Podría-
mos decir que esta conexión de redes legales e ilegales es una de las
características del mundo actual. Entonces, la red corporativa estaba
muy ligada con el narco y éste resulta un negocio extraordinariamen-
te rentable (el segundo en importancia a nivel mundial, aunque hay
quienes dicen que probablemente es el primero). A su vez, el narco
estaba fuertemente ligado con la red internacional del propio poder
político. Por ejemplo había financiado las operaciones encubiertas de
la CIA contra Nicaragua en los 80. En el caso de Afganistán también
está claramente documentado por Chosudovsky, en cuanto a cómo la
CIA financió operaciones a través de su relación con narcos. Entonces,

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MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
en principio, el narcotráfico no resultaba un enemigo demasiado po-
table, porque de alguna manera convenía mantenerlo.
Entonces poco a poco va a ir apareciendo el terrorismo como po-
sible enemigo. Sin embargo, la utilización del concepto de terrorismo
se venía dando desde mucho antes. En los 60 ya se hacía alusión a
este término en los atentados de grupos nacionalistas.
Si bien este fenómeno tenía cierta regularidad, también era inter-
mitente. Lo que cambió en los 80, donde la utilización del concepto
de terrorismo recomienza a abordarse de manera más insistente. Por
ejemplo, los atentados que hasta entonces se designaban como “isla-
mistas” comienzan a caracterizarse como “terroristas”. Uno de los gran-
des ataques que recibe esta denominación ocurrió en 1988, contra un
avión Jumbo estadounidense. Es durante la Presidencia de Reagan que
se empieza a hablar del terrorismo internacional como amenaza para
EE.UU., y precisamente en esa época comienza a aparecer este debate.
A partir de los 90, los medios se refieren al terrorismo como ame-
naza para la seguridad global, es decir, mucho antes de los atentados
contra las Torres Gemelas en 2001. En 1995, por ejemplo, hubo una
serie de atentados, entre ellos, uno con gas sarín en el metro de Tokio
y otro perpetrado por un grupo fascista norteamericano en Oklahoma
City. Inmediatamente después de ese atentado, que cobró varias víc-
timas, el Senado norteamericano aprobó una ley antiterrorista, que
implicaba la ampliación de la competencia de la policía.
Luego se registran más atentados, aunque, según reportes perio-
dísticos, entre 1988 y 1999 la cifra total de víctimas no llegaba a dos
mil, lo cual muestra claramente que no se trataba de un fenómeno
que pudiera entenderse como una amenaza a la seguridad global. De
hecho muchísimos otros problemas implicaron un número de vícti-
mas muy superior a éste. Sin embargo, se insiste en el discurso del
terrorismo como amenaza internacional.
En el 2000, antes de las Torres Gemelas, se firmó un protocolo
antiterrorista en la cumbre hispanoamericana y, por supuesto, el

90
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
2001 se aprovechó para la declaración formal de guerra. Es muy
interesante observar que Bush hace una declaración de guerra in-
mediatamente después de los ataques del 11 de septiembre. Por
supuesto hay quienes señalan que esto era una decisión previa a
los atentados; los cuales resultaron funcionales a una decisión pre-
viamente tomada.
Es en este sentido que hablo de la construcción de la guerra anti-
terrorista, en donde lo que hay es efectivamente una serie de fenó-
menos que se asimilan dentro de la categoría de terrorismo, siendo
en realidad, asuntos muy distintos. Hay una diferencia fundamental
entre lo que ha hecho la red de Al Qaeda públicamente —que ni si-
quiera sabemos bien si existe y las acciones de grupos palestinos, por
ejemplo. Son cosas muy diferentes en términos de la territorialidad
en la que se mueven, a quiénes consideran sus enemigos, las formas
de operación, etc. Sin embargo, se construye la figura del terrorismo
asimilando estos y otros procesos y presentándolos como "LA" ame-
naza para la seguridad global.

Rasgos en común de la violencia estatal de ayer y hoy

Quisiera señalar ahora algunos rasgos de esta guerra antiterrorista


que, a mi juicio, tienen una fuerte relación con lo que ocurrió en los 70.
El primer fenómeno que encontramos es una flexibilización del de-
recho, que permite una política efectiva de desaparición de personas,
legalizada en relación con la figura del terrorista. Se conforma una nue-
va figura legal, la de “combatiente enemigo”, que queda fuera del de-
recho nacional o internacional; fuera de cualquier derecho, marcando
claramente el lugar de la excepción dentro de la sociedad. Se intenta
entonces hacer una nueva tipificación, una nueva figura legal para de-
signar a estos excluidos del derecho. También va a haber una redefini-
ción legal sobre lo que se considera tortura. Estados Unidos hará una
serie de esfuerzos por redefinirla, restringiéndola a los castigos físicos
que dejan determinadas secuelas. Se va a diferenciar entre tortura y

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MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
tratos crueles, inhumanos y degradantes, estableciendo una suerte de
jerarquización según la intensidad del dolor, por la que ciertas prác-
ticas, que históricamente fueron consideradas tortura, queden fue-
ra de esta categoría. Por ejemplo, el famoso waterboarding,3 que en
buen castellano se llamaba submarino, se considera como algo que
no es propiamente tortura. Asimismo quedan fuera aquellas prácticas
que implican castigos psicológicos. Hay también una redefinición y
búsqueda de una figura legal que justifique las llamadas “rendicio-
nes”, que no son otra cosa que el traslado ilegal de prisioneros entre
diferentes países, en particular hacia lugares que garantizan una ma-
yor impunidad en el uso de la tortura. Pero ahora estas prácticas se
llaman “rendiciones” y aparecen como algo legal. Entonces, hay una
redefinición del derecho y se crean nuevas figuras que exceptúan de
la protección del derecho a determinados sujetos.
Un segundo elemento que vamos a encontrar es la superposición
de los circuitos legales e ilegales. Podríamos decir que Guantánamo
es como una especie de bisagra entre estos dos espacios de lo legal y
lo ilegal. Guantánamo, de alguna manera es reconocido públicamen-
te, aunque dentro de Guantánamo no rige ningún derecho. Existe una
política de desaparición de personas tanto en instituciones legales
como ilegales. Cuando digo legales me refiero a instituciones penales,
prisiones como la de Abu Ghraib (Irak) o la de Bagram (Afganistán),
dentro de las cuales hay “prisioneros fantasmas”, que no están re-
gistrados, a los que no se reconoce, es decir, que son desaparecidos
dentro de instituciones legales. También existe toda una red de luga-
res clandestinos de detención, manipulada por la CIA, y claramente
documentada, por entidades como Amnistía Internacional. Existe do-
cumentación de algunos lugares de funcionamiento de estas redes y
material testimonial de personas que han sobrevivido a éstas y que
han relatado lo vivido ahí, de la misma manera que lo ocurrido con
los centros clandestinos de detención en los 70. Entonces tenemos

3
El waterboarding es una técnica de ahogamiento del prisionero, que consiste
en sumergir su cabeza en agua durante periodos prolongados, impidiéndole respirar.

92
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
la siguiente superposición: detenidos legales y detenidos ilegales en
instituciones reconocidas o no reconocidas.
Por el relato de estos prisioneros encontramos, además, que
Guantánamo es también un lugar de aislamiento radical. Existen fo-
tografías donde se aprecian una especie de jaulas con prisioneros en
su interior. Además, tras algunos años, se construyeron diferentes
campos. Por lo menos en algunos de éstos, cada prisionero perma-
nece en una celda muy pequeña, de paredes sólidas, encerrado de
forma permanentemente, sin comunicación con otros reos. Es decir,
el modelo es también de incomunicación radical, como el aplicado a
los llamados sobrevivientes de los “sitios negros de la CIA”. También
estas personas relatan haber estado durante meses encerrados en lu-
gares individuales donde no tuvieron contacto con nadie. Ni siquiera
se les permitía hablar con sus captores. Sólo tuvieron algún tipo de
comunicación cuando venían los torturadores, el personal de inteli-
gencia que les hacía un interrogatorio. Nos encontramos frente a la
siguiente transición: del modelo del campo de concentración a lo que
podríamos llamar campo de aislamiento.
El otro elemento a considerar, es que se trata de una red global.
Estos “sitios negros” se encuentran en muchos países europeos y asiá-
ticos. Se sabe, además, de la existencia de los famosos aviones-prisión
que circularon en territorio europeo. Algunas investigaciones en Eu-
ropa, identificaron por lo menos 800 vuelos con traslado ilegal de pri-
sioneros, lo cual nos habla de la dimensión del problema. Es decir, no
puede ser que sólo existan 30 desaparecidos, como supuestamente
se dice. Estamos hablando de 800 vuelos y de la colaboración de toda
una red de servicios de inteligencia de muchos países, en la que están
involucrado; no sólo Europa del Este de los que generalmente hablan
los diarios, sino también Alemania, Italia, Inglaterra, Suecia, es decir,
países de Europa Occidental. De hecho, algunos informes refieren la
existencia de los Counter Terrorist Inteligence Center (CTIC), red de
la CIA articulada a los servicios de inteligencia de 20 países, con los
que se realizan estos procedimientos ilegales. Tenemos de nuevo esta

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MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
doble red: una parte no reconocida, pero manejada por una instancia
legal como es la CIA. La red articula al mismo tiempo con instancias
ilegales y servicios de inteligencia legales dentro de los países que
autorizan la ilegalidad. Una cosa interesante es que en los modelos
de represión nacionales existe la posibilidad del exilio, de salir del sis-
tema de persecución, pero en este modelo no hay un afuera. Se habla
de una mega-policía planetaria.
También acá nos encontramos con el fenómeno de visibilizar lo que
se niega. Todos hemos visto las fotos de Abu Ghraib que nos aterrori-
zan, así como todos hemos visto en la prensa las imágenes de prisio-
neros de Guantánamo con trajes naranja, con los rostros totalmente
cubiertos y en camillas. Siempre son fotos aterrorizantes; van total-
mente vendados y no se sabe si los llevan en camilla porque han sido
torturados y no se pueden mover o si van camino a ser torturados.
Creo que esta visibilización tiene un sentido semejante a lo que
ocurría en los 70 con los cadáveres tirados en la calle. Tiene que ver
con este alarde del poder, con esta exhibición de impunidad y con una
cuestión que no habría que menospreciar: es también una forma de
incluirnos, de hacernos en algún sentido sus cómplices, de tender una
especie de lazo de complicidad con la población completa, Es decir,
¿cómo que no sabían? Esto lo vimos en los distintos genocidios y en
las distintas represiones brutales.
Una cuestión que también vale la pena señalar es la forma es-
pecífica de la tortura. No se trata de detenernos allí por una suerte
de precisión morbosa, sino de entender que lo que se hace sobre el
cuerpo de los castigados, de alguna manera indica cómo se ejerce y,
por lo tanto, cómo se percibe el poder a sí mismo. En este sentido,
hay algunas cosas interesantes y diferentes en el ejercicio de la tortu-
ra en estos lugares. Por un lado, se mantienen las formas clásicas, las
que ya conocemos, la tortura directamente física con golpes, shocks
eléctricos, etc. Pero aparece también el aislamiento radical, al que
ya hicimos referencia, y que es en sí mismo una forma de tortura.
También se recurre muchísimo a la privación del sueño. Esto creo que

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CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
es nuevo y no lo vimos en los 70. La privación de los sentidos que sí
aparecía en esa época, ahora se practica de una manera mucho más
radical, con el taponamiento de ojos, de oídos y, también del tacto,
con guantes en las manos para que las personas pierdan el sentido
del tacto. Se practica, además, el mantenimiento de posiciones es-
tresantes al mismo tiempo que las personas se exponen a lo que se
llama “ruido blanco”4. Daría la impresión que se busca no solamente
el sufrimiento físico, sino un desquiciamiento psíquico, y aquí vale la
pena detenerse. Creo que hay que prestarle particular atención a la
centralidad de la ruptura de lo comunicativo; la incomunicación pare-
ce una clave importante.
Otro elemento para analizar a partir de las fotos es cierta “norma-
lización” de lo que está ocurriendo, casi como si fuera un juego. ¿Se
acuerdan de aquellas imágenes de Abu Ghraib, en donde aparecía
Lynndie England, una soldado norteamericana que salía sonriendo,
haciendo la V de la victoria, como festejando junto a los cuerpos ator-
mentados o muertos? Sin duda se trata de una cuestión de impuni-
dad. Es decir, esto es posible porque existe la impunidad, porque de
lo contrario, no se podría asumir como un juego. Alguien puede jugar
con la tortura en la medida que hay autorización institucional para
practicarla, y como existe autorización e instigación institucional, hay
espacio para esta suerte de “juego”. Existen muchos testimonios de
militares estadounidenses que se refieren a estas prácticas como si se
tratara de un juego. Esos soldados utilizan estas palabras: diversión,
entretenimiento, juego, como una forma de volverlas “inocentes”,
descargándolas de su componente real, la tortura.
Entonces, por un lado está la autorización y la impunidad, pero
por otro, no descartaría la idea de que existe también cierta obtura-
ción sensorial. Lo que se pretende hacer en los prisioneros —el ta-
ponamiento de los sentidos— está ocurriendo también con sus guar-
dianes. Es como si pudieran estar frente a otro sin reconocerlo como
humano, como si todo se redujera a un videojuego que no involucra
4
El ruido blanco consiste en un tipo de señal que se puede usar para desorientar
a las personas y como técnica de privación sensorial.

95
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
personas. Hay una suerte de pérdida de lo sensorial de aquel que
aplica estos castigos. Si bien, no centraría la explicación en esto, me
parece que es un elemento a tomar en cuenta, aunque la explicación
fundamental tiene que ver con la autorización, con la instigación, con
la impunidad. A su vez, debemos considerar que lo que se hace sobre
los cuerpos reprimidos, se hace también, de distintas maneras, sobre
el cuerpo del perpetrador y sobre el colectivo social. Es decir, eso que
está pasando, nos está pasando.

Diálogo de la autora con el público

Público: Usted decía que de alguna manera el torturador termina


viendo el castigo, la tortura, como un juego, como una diversión. Y
me quedé pensando en que si eso es absolutamente distinto o muy
parecido a lo que planteaba Hannah Arendt sobre la banalidad del
mal. Creo que es distinto si lo vemos desde el punto de vista de la
normatividad –lo que está bien y lo que está mal –, efectivamente
a nadie se le ocurriría pensar que alguien, en su sano juicio, puede
llegar a considerar la tortura como un juego. Entonces, quienes la
ejercen, en este caso los torturadores que terminan considerándo-
la como un juego, una diversión. ¿Son seres anormales o son psi-
cópatas o hay un proceso? Yo no comparto esa postura que dice
que la gente que torturó es porque tiene una psicopatía de base.
Más bien, lo terrible, como dice Arendt, es que era gente común y
corriente. Entonces, ¿es, como usted dice, el proceso de la tortura
hacia el otro lo que termina deshumanizando y convirtiendo al ver-
dugo en una persona incapaz de discernir si lo que está haciendo
está bien o está mal?, ¿Se pierde todo sentido de la realidad? Por
otro lado, es diferente a lo que plantea Arendt, en el sentido de que
cuando ella habla de la banalidad del mal, dice que no es porque
dé lo mismo, sino porque el tipo está pensando que está haciendo
bien su trabajo, que es su deber, por lo tanto es algo muy serio, que
es muy distinto a esto otro de la diversión, de jugar. Entonces quie-

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CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
ro que nos detengamos un poco en eso, es decir, ¿en qué punto se
tocan y en qué punto se separan estos dos análisis con respecto al
torturador?
P. Calveiro: Sí, yo creo que está ligado con el análisis de la bana-
lidad del mal en el sentido que lo señala Arendt. Lo que vimos en
otros procesos, como el de Argentina, es que hay una suerte de ru-
tinización. El perpetrador, al estar dentro de un aparato institucional
que autoriza la práctica y que luego la rutiniza, asume que no tiene el
control, que es parte de un dispositivo, de un aparato que lo excede y
que no puede modificar. Entonces, normaliza estas prácticas y cancela
todo sentido de responsabilidad. Esto tiene bastante que ver con la
idea de banalidad del mal. Sin embargo, en las prácticas previas existe
la normalización de la tortura a partir de la autorización institucional,
pero también su ocultamiento, cierta “vergüenza” del torturador, que
no se asume como tal.
Me parece que esta exhibición de sacarse fotos para enviarlas por
el computador a la familia es algo relativamente nuevo. Esto nos ha-
bla de una normalización que excede incluso al espacio de lo militar.
Es decir, los soldados norteamericanos se sacaban estas fotos y las
enviaban casi como si fueran postales, una especie de “diario de via-
je” perverso, registrado en sus ordenadores, con una foto llegando al
aeropuerto, otra con un camello, otra comprando en el mercado y la
otra con un prisionero. Creo que ahí hay un paso diferente. Es en este
doble canal en donde, de alguna manera, opera la memoria.
Público: Tengo la impresión, por los testimonios que he leído en
la prensa, por las fotos que yo he visto y por la gente que ha sido con-
denada finalmente, que esas personas, en general, son soldados bien
común y corrientes…
P. Calveiro: Ah sí, y mujeres.
Público: … Y que la mayor relación que tienen con estos presos es
ser sus carceleros, pero no son los que hacen la tortura en forma de
interrogatorio, la tortura dura.

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MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
P. Calveiro: Exactamente.
Público: Y en ese sentido, los condenados que hay son este tipo
de personajes, ¿no?
P. Calveiro: Exactamente.
Público: Entonces, ahí me cabe la pregunta si es que se conocen o
no fotos de los torturadores profesionales. Creo que ahí hay una cosa
que vale la pena diferenciar.
P. Calveiro: Sí, lo que usted dice es muy importante, porque pre-
cisamente lo que se desprende de la investigación que se hace en el
caso de Abu Ghraib está orientando a oficiales de la CIA. Ellos son los
que interrogan, o sea, los que torturan en un lugar diferente al de las
fotos, en un edificio especial. Lo que nosotros vemos en las imágenes
es el proceso de “ablande” Los oficiales de la CIA llegaban, instigaban
a estos soldados de baja graduación a que realizaran estas prácticas
para que “ablandaran a los detenidos” para la hora del interrogatorio.
Y si lo que vimos era el “ablande”, podemos suponer lo que harían los
oficiales del otro lado.
Esto es muy importante, porque muestra que la práctica de la tor-
tura es una decisión que viene desde los servicios de inteligencia. Los
que mandan allá adentro son los oficiales de inteligencia, no el Ejér-
cito. Entonces hay una autorización institucional para que se realicen
estas prácticas. Inclusive, Lynndie England dice; en el juicio que se le
siguió, que cuando el prisionero llegaba muy deteriorado a la tortura,
los oficiales de inteligencia los felicitaban a ellos, les decían que ha-
bían hecho un buen trabajo.
La división de funciones entre el guardia y el oficial de inteligen-
cia la tenemos desde mucho antes, pero cambian algunas prácticas
sobre los cuerpos. Muchas las conocemos, no por las fotos, sino por
relato directo de los prisioneros. Son atroces. A quien le interese re-
visarlas, puede verlo en las páginas de Amnistía Internacional. Allí
están las declaraciones de personas, con nombre y apellido. Allí se
puede ver cuáles son los mecanismos de tortura, pero está también

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CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
esta otra situación en la que el propio guardia tiene esta autoriza-
ción para torturar, asumiéndolo como una suerte de juego. También
en Guantánamo, los guardias dicen, por ejemplo, que “jugaban” a
desorientar a los prisioneros, a sacarlos de sus celdas y hacer cosas
con ellos; aparece mucho esta idea de juego. En cuanto a estas fotos
que tenemos con los perros, los soldados relataron que había apues-
tas, a ver quién de ellos, asustando, azuzando a los prisioneros con
los perros conseguía que se orinaran encima más rápido; era una
apuesta, un juego. Creo que el último texto de Susan Sontag habla
precisamente de eso.
Este tipo de cosas lo registro como algo nuevo, que yo por lo me-
nos no conocía.
Público: Lo que me llamó la atención es algo que no es nuevo,
pero que sí se ha ido afinando y quizás institucionalizando más, que
es el carácter científico de todo este aparataje. Dentro de la Psicolo-
gía ha habido debates fuertes porque la American Psychological Asso-
ciation (APA), decidió no sancionar la participación de psicólogos en
la tortura.
P. Calveiro: Exacto.
Público: Entonces toda la cosa de la privación sensorial, la priva-
ción del sueño, tiene como antecedente una línea de experimenta-
ción súper fuerte, financiada. Se han desclasificado archivos de la CIA
que muestran que hay financiamiento. Hay una investigación sobre
la relación entre los colores y el llanto en Punta Arenas; otra sobre la
relación entre los olores y el dolor en Canadá; y otra sobre el dolor y
los procesos fisiológico, en Chihuahua; y se van juntando esas distin-
tas cosas, que aparentemente no tienen conexión, en un sistema que
permite ir planificando y pensando esto. Al parecer acá lo que están
mostrando es eso, llevado a niveles instrumentales tremendamente
sofisticados, quizás mucho más sofisticados que antes.
P. Calveiro: Sí, inclusive hay un informe —aunque nunca encon-
tré una confirmación de eso—, que hablaba de que en Guantánamo

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MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
funcionaba un laboratorio de mentalidades. Así lo llamaban. Creo
que tiene un poco que ver con esto que estás mencionando. La ex-
perimentación sobre prisioneros es muy antigua, y en EE.UU. se ha
hecho muchísimo, pero daría la impresión de que aquí estamos en
condiciones más agudas. Creo que en esto de la “diversión” hay que
ver dónde lo coloca uno, a mí me cuesta mucho, pero no tenemos
que perderlo de vista. Algo pasa dentro del propio sistema represivo
para que una práctica de este tipo se inscriba en ese registro. Porque
la referencia que tenía y que tiene que ver con lo de Arendt y, por
ejemplo en el caso de Argentina, con declaraciones de torturadores y
demás, hacía alusión a un trabajo necesario, pero no a algo divertido.

La situación en las prisiones

Quiero hacer una referencia también al caso de las prisiones. Si


nosotros consideramos que estamos frente a una reorganización he-
gemónica, en los términos en los que hablamos al principio, también
podríamos decir que esa reorganización hegemónica -además de la
reconfiguración del derecho, de la economía, de la política, del Es-
tado-, implica una reorganización penitenciaria. Quizás el indicador
más claro de esta reorganización penitenciaria tiene que ver con la
modificación del derecho penal y las reformas legales y jurídicas en
muchos países, pero sobre todo, con el incremento de la población
carcelaria en el mundo. Este es un fenómeno generalizado y alarman-
te que en los últimos diez, quince años, ha sido sostenido. Todos los
países centrales son parte de este proceso. Por supuesto, EE.UU. va
a la cabeza de esta tendencia, con la tasa de personas encarceladas
más alta del planeta. No escapan a este proceso ni los países de Eu-
ropa Occidental, ni los de América Latina excepto dos: Venezuela y
Ecuador5, lo cual es muy interesante. Además de los países mencio-
nados, es un proceso que abarca China, Japón, todos los países del
G8, en fin, es un proceso global.

5
Esta tendencia en Ecuador se modificó en los años posteriores a esta charla.

100
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
Hay algunos datos, por ejemplo en el caso de EE.UU., que son es-
tremecedores, en particular en los estados de Louisiana y Texas. En
el Distrito de Columbia (Washington DC) más del 1% de la población
está en prisión o en libertad condicional. Por su parte Bauman, señala
que en Anacostia, el distrito que concentra la población más pobre
de Washington, la mitad de los hombres de entre 16 y 35 años espera
juicio, cumple condena o tiene libertad condicional. Esto nos da una
idea de la dimensión del asunto.
Les doy algunas cifras. La tasa de personas encarceladas se mide
en relación a 100 mil habitantes. La evolución de esta tasa, en el caso
argentino, marca lo siguiente: En 1995 era de 75; en 1998 llegó a 100;
en 1999 de 104 y en 2006 de 154. En el caso de Chile, en 1995 era de
155; en 1998 de 181; en 2002 era de 204 y en 2008 es 304, una cifra
muy alta. En Brasil ocurre algo similar: pasó de 109 en 2003 a 227
en 2008. De ese nivel es el incremento. La tasa baja en Bolivia y se
sostiene en Venezuela. Pero en todos los demás países hay un incre-
mento importante. En Chile subió abrumadoramente. Entiendo que
es el índice más alto de América Latina, con excepción de Surinam y
la Guyana Francesa que tienen unas tasas altísimas. También Cuba
supera la tasa chilena.
Frente a estos registros, que en la mayor parte de América Lati-
na oscilan entre 100 y 200 por cada 100 mil personas, en EE.UU. se
registró en 2007 la más alta del mundo (772). Rusia no canta mal las
rancheras, como dicen en México, y alcanza a 630. Este es un caso
muy interesante, ya que el incremento de la tasa se desata justamen-
te después de la caída de la URSS. En 1995 llegó a 622, después 688,
638, bajó a 584 y volvió a subir a 630. Estos son rangos muy altos. A
su vez, Japón también incrementó su tasa, mientras que China pasó
de 119 en 2003 a 189 en 2008.
Leo estas cifras solamente para mencionar que se trata de un pro-
blema que excede lo nacional o lo regional; obedece a una política de
corte global. No puede ser que en todos los países el fenómeno de la
delincuencia se dispare; no es real. En EE.UU. se incrementa el número

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MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
de personas encarceladas a la vez que baja el índice de delitos, lo cual
también es un indicador interesante.
Esta tendencia creciente a encarcelar cada vez a más personas, va
de la mano de una sobre-ocupación de las cárceles, del hacinamien-
to. Hay una serie de fenómenos que son parte de una reorganización
carcelaria. Por ejemplo, hay un análisis comparativo de prisiones de
cinco países de América Latina, hecho por Pérez Guadalupe, donde se
muestra cómo dentro de las cárceles existen redes informales parale-
las a la organización formal, institucional, de la prisión, y cómo la vida
cotidiana de los reclusos depende de ellas. Estas redes reproducen las
redes delictivas, y están controladas en muchos casos desde afuera
de la prisión, pero son las que rigen. Entonces, por una parte está la
institución, que garantiza el encierro; por otra, en la vida cotidiana, ri-
gen estas redes informales, controladas, delincuentes vinculados a las
grandes redes criminales, que imponen la ley, la obediencia y contro-
lan vidas y bienes de las personas. Así, tendríamos dos organizaciones
y dos normatividades paralelas. Por un lado, la de los reclusos y la ley
delictiva, por otro lado la institución y las leyes formales. Quiere de-
cir que los reclusos que llegan por primera vez, los encarcelados por
un delito menor o las personas que llegan sin haber delinquido pero
están en proceso, quedan sujetos simultáneamente a las dos redes.
Es decir, por un lado a la red institucional que garantiza el encierro y,
por otro, a esta red delictiva que controla la vida interna, con fuertes
lazos con las redes delictivas del exterior y con las redes de ilegalidad
de la institución.
De nuevo tenemos esta colusión entre redes legales e ilegales, o
sea, las autoridades legales de la prisión son las que garantizan que
funcione adentro la red delictiva y obtienen beneficios de esa red.
Aquel que adentro comercia con sustancias prohibidas obtiene una
ganancia de la cual pasa una parte a la red institucional, que se bene-
ficia de ello. De hecho dentro de los penales el consumo de drogas y
el uso de armas sólo pueden garantizarse por la red institucional. Es
esta red la que permite la entrada, la que facilita la distribución y la

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CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
que cobra una parte de los beneficios. Esto ocurre prácticamente en
todas las prisiones.
En la mayoría de las cárceles hay mercados de todo tipo: por ejem-
plo de celdas, donde los que pagan tienen un alojamiento mejor que
quienes no pueden costear aquello. Entonces hay distintas secciones:
unas hacinadas, donde van los pobres y otras con más comodidades,
dónde van los grandes delincuentes que manejan el dinero dentro de
la prisión. Esto sólo puede ocurrir con el permiso de las autoridades,
que distribuyen los espacios y permiten que alguien tenga una celda
individual y otros carezcan de un espacio mínimo para dormir y deban
hacerlo de pie o por turnos.
La población predominante de las cárceles pertenece a los secto-
res sociales más desprotegidos; realmente la prisión es un sistema de
encierro de pobres y marginales. Esto va de la mano de otros fenóme-
nos que ya todos conocemos, como la criminalización de los pobres,
pero también del hecho de que la desocupación hace que los sectores
marginales no puedan encontrar un trabajo formal, pero tengan una
sobreoferta de “trabajitos”, comparativamente bien pagados, aunque
riesgosos dentro de las redes delictivas.
Ahora, cabe preguntarnos a qué obedece este incremento de
la población carcelaria, qué sentido tiene, cuál es la funcionalidad.
Hay quienes sostienen que es menos costoso un delincuente preso
que uno libre, sobre todo en el caso de los pobres, porque ellos
no tienen capacidad de consumo y no resultan funcionales para el
mercado. Pero aquí hay otra cuestión que me parece central, que
es el tema de la privatización de las cárceles. En la medida en que
la prisión se privatiza, se convierte en un negocio rentable. Y en la
medida en la que es un negocio rentable, como tal, tiene interés
en sostener o incrementar la población carcelaria, que no estaba
incorporada al mercado, pero lo hace por esta vía, por fin da ga-
nancias.
Por otra parte, la red delictiva fortalece sus vínculos y consigue la
incorporación de mano de obra barata, en el momento en que salen de

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MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
la prisión. Cuando se dice que la cárcel es un lugar en donde se hacen
delincuentes, es cierto. Allí se concretan los contactos con personas
que al ser liberadas no van a conseguir trabajo, pero va a aparecer
un amigo de la prisión que le va a ofrecer algún “trabajito” y debe-
rán “elegir” entre permanecer desocupados o aceptar. Entonces, hay
también una funcionalización de estos sectores que los orienta hacia
las redes delictivas.
Público:, ¿Cuándo empieza la privatización de la cárcel?
P. Calveiro: Hay formas de privatización que son bastante anti-
guas, y tienen que ver con la inclusión dentro de las prisiones de cier-
to tipo de concesiones. Constituye un buen negocio porque se trata
de clientela literalmente cautiva, a la que se le cobra cualquier cosa,
pero es un negocio muy limitado. Luego se han ido incorporando
nuevas formas, como los servicios. Hay una serie de empresas que
prestan servicio a las cárceles: educativos, de salud, de alimentos, de
mantenimiento, en fin. Estas son empresas cada vez más importan-
tes. Hay otro nivel más alto de privatización, cuando una compañía
comercial se encarga del funcionamiento completo; las instituciones
penitenciarias siguen siendo estatales, pero la empresa opera com-
pletamente la prisión. Este modelo existe en EE.UU., en Inglaterra
y en varios países donde hay prisiones que, siendo estatales, toda
la operación, inclusive la guardia, se realiza por medio de servicios
privados. Por último, hay otras cárceles que son totalmente privadas,
como en Sudáfrica, por ejemplo.
Ahora, teóricamente la responsabilidad recae siempre en el Es-
tado, pero está claro que cuanto más privatizada sea una cárcel, los
presos están más en poder de la compañía que maneja la prisión. El
interés general de cualquier compañía es reducir costos, incremen-
tar ganancias. Para ello, estas empresas tendrán especial interés en
que aumente el número de presos -cobran de acuerdo a ello- con el
menor costo posible por persona, haciendo más difíciles las condicio-
nes de subsistencia dentro de las cárceles.

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CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
El tema de la privatización está en auge. Hace tres años en EE.UU.
había 120 centros penitenciarios privados. Ahí las compañías carcela-
rias son cada vez más importantes, hay algunas que cotizan en Wall
Street, y tienen grandes ganancias. De hecho, una de ellas, Correction
Corporation of America (CCA), fundada por el líder del Partido Repu-
blicano de Tennessee, cotiza con gran éxito en la Bolsa.
Al tema de la administración privada se suma el de la construc-
ción de cárceles como negocio rentable que logra incorporar indi-
rectamente al mercado a este sector que, de otra manera, quedaría
fuera. Ahora también hay un sistema por el cual se concesiona la
construcción de la prisión. Una vez terminada, el Estado la alquila
durante cierta cantidad de años y luego pasa a ser propiedad del
Estado. Si se sacan cuentas, los Estados terminan pagando dos o tres
veces más de lo que cuesta la construcción. Esto es muy interesante
y se puede entender como parte de todo este mecanismo de transfe-
rencia de recursos públicos a sectores privados. Los casos de conce-
siones por muchos años se dan en Venezuela, acá en Chile, y también
en Perú.
Hay otra cuestión importante: el trabajo de los reclusos. La ley
prohíbe que sea obligatorio, pero de hecho lo es, porque para que
las personas tengan acceso a lo que llaman beneficios —libertad an-
ticipada, en especial— tienen que trabajar. Y entonces lo hacen para
compañías que tienen acuerdos con el Estado y con las cárceles, por
sueldos irrisorios. Es mano de obra muy dócil, barata y, además, no
hace huelgas. Entonces funciona perfecto, por ejemplo, para empre-
sas electrónicas.
Público: Acá, para Lan Chile.
P. Calveiro: Ah, Lan Chile, ¿y qué hacen?
Público: Unas cajitas.
P. Calveiro: Hacen las cajitas de Lan Chile. Bueno, entonces la pri-
sión se convierte en un negocio a través de las distintas formas de pri-
vatización, de la prestación de servicios, de la explotación de la fuerza

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MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
laboral de los presos, de un aparente abaratamiento de los costos del
Estado, que no es más que una transferencia de recursos públicos.
Todo esto explicaría el interés en el incremento constante del encierro
de personas, su funcionalidad dentro del actual sistema.
Por último, haré una referencia muy somera sobre las prisiones de
alta seguridad, cada vez más extendidas en los distintos países. Su sis-
tema se basa en el encierro radical, algo muy parecido a lo que veía-
mos en Guantánamo: celdas individuales, de paredes sólidas, donde
no se ve el exterior, con luz artificial, a veces con un monitor de tele-
visión. Ese preso no interactúa con otros, no tiene comunicación; los
guardias dejan la comida, recogen el plato, pero no hay interacción
alguna. Generalmente esa persona sale al patio de manera individual,
si acaso con una persona más, durante una o dos horas al día. Es un
modelo diferente al de la cárcel que ya mencionamos, de hacinamien-
to, de re-funcionalización delictiva. La prisión de alta seguridad es una
prisión de aislamiento total.
¿Quiénes van a dar ahí? Los que se supone que son mafiosos
importantes y dirigentes políticos acusados de terrorismo. Estos úl-
timos suelen ser luchadores sociales que participan de algún mo-
vimiento de resistencia un poco más confrontacional o de carácter
alternativo al sistema político. Así ocurre en México, y creo que Chile
es el mismo caso.
Aunque es imposible demostrarlo, todo parece indicar que los
capos mafiosos que van a dar a las prisiones de máxima seguridad
no son las verdaderas cabezas de estas redes —que deben ser nece-
sariamente banqueros, jueces, políticos y los capos norteamerica-
nos, que controlan la distribución en el punto de mayor ganancia—,
sino apenas personajes intermedios que las operan en los países
de América Latina. No son las verdaderas cabezas, pero tienen in-
formación suficiente y peligrosa, conocen cómo opera la red. Creo
que esto explica el interés por “guardarlos” en situaciones de aisla-
miento radical. Podríamos decir que la prisión de alta seguridad es
una especie de maquinaria de contenedores aislantes de productos

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CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
considerados tóxicos, ya sea por su práctica social o política, o por la
información que poseen. De esta manera se los aísla, se los controla,
e igualmente, cuando las redes mafiosas quieren, los liberan. De las
prisiones de alta seguridad también ocurren fugas, asesinatos, sólo
posibles con el acuerdo de las autoridades de esas mismas prisiones y
de otros personajes políticos.
Creo que esos son los tres grandes modelos represivos que exis-
ten en la actualidad: 1) el de los centros clandestinos de desaparición
forzada, a partir de la supuesta lucha contra el terrorismo, en donde
no rige absolutamente ningún derecho, 2) la prisión de alta seguri-
dad, de aislamiento radical, y 3) la prisión masiva, lugar de encierro
de amplios sectores sociales que se convierten en grupos funcionales
al mercado, en dos sentidos: la producción de ganancias a través del
encierro de personas y la provisión de mano de obra para las grandes
redes delictivas, que son parte clave de la acumulación de riqueza en
el mundo actual.
Público: ¿Las cárceles de alta seguridad también son privadas?
P. Calveiro: No sé si las hay totalmente privadas, pero son de mu-
cho interés para el sector privado por sus requerimientos de construc-
ción, de operación y de seguridad, que ocupan muchísima tecnología.
La cárcel de máxima seguridad es como el modelo en auge. Cada vez
se habla más de la necesidad de crear nuevas cárceles de alta seguri-
dad; es mucho más cara e implica una infraestructura y una serie de
servicios muy costosos. No podrían nunca instaurarse masivamente,
pero cada vez hay más construcción de estas prisiones de alta seguri-
dad, y también de las otras. Todo el tiempo los Estados están diciendo
que hacen falta más prisiones.
Público: Bajo la lógica que usted presenta de continuidad y de rup-
turas, hay un problema metodológico que nos impiden, a veces, ana-
lizar sociopolíticamente este tipo de fenómenos de encierro, castigo y
exterminio. Cuando emplea las categorías jurídicas, ¿no piensa que
hay un obstáculo?

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MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
P. Calveiro: ¿Desprenderse del derecho? Mira, yo estaría de
acuerdo con la mirada de BenjamIn en relación con el derecho. El de-
recho no es algo independiente de la política, por eso trato, a lo me-
jor no lo logro, de no moverme dentro de la lógica jurídica. Cuando
intento plantearlo como una reorganización hegemónica, justamente
lo que trato de decir es que es un fenómeno que excede a la lógica
jurídica. Sin embargo, es importante observar que como, en la reor-
ganización de la hegemonía, hay también un esfuerzo por la modifi-
cación del derecho. Creo que la modificación del derecho acompaña
a la reorganización hegemónica. Cuando no hay una reorganización
hegemónica, está claro cómo opera el derecho y cuáles son los espa-
cios de excepción que abre. Pero justamente cuando hay una reor-
ganización de la hegemonía, al mismo tiempo que se reestructuran
las relaciones económicas, políticas, también hay una necesidad de
transformación del derecho. Es en ese sentido que trato de recuperar
este aspecto. Ahora, por supuesto que al hablar de derecho jamás
estoy suponiendo que lo que rige estos procesos es el derecho; lo
que rige estos procesos son relaciones de fuerza, relaciones de poder
políticas.
Sobre el tema de la continuidad y la ruptura, no sé si te entendí
bien. Creo que tú enfatizarías el aspecto de la continuidad, eso es lo
que entiendo, ¿no? Bueno, yo creo que es importante establecer las
conexiones y las continuidades, pero me parece igualmente impor-
tante ver las distinciones. Porque si uno se centra demasiado en las
continuidades pierde de vista las transformaciones específicas que se
van dando en cada momento. Entonces sería fácil decir que esto es lo
mismo que X, pero no, yo creo que justamente al observar las formas
de organización de lo represivo se van viendo cambios que señalan
otras formas de pensar el poder, el poder político, el sujeto. Me pa-
rece que es importante detenernos en eso, en la particularidad, en la
distinción. No se trata de algo que surge de la nada, por supuesto, o
sea tiene estas conexiones con lo previo, pero creo que también tiene
especificidades y considero que las especificidades, las transforma-

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CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
ciones, lo particular, lo diferente, nos da más pistas para entender lo
que está pasando.
Público: Sí, pero podríamos decir que, en la lógica de la continui-
dad, el objeto del castigo ha sido siempre el mismo, pero lo que ha
cambiado es la metodología.
P. Calveiro: Sí.
Público: Primera constatación. Y después decir que en la lógica
del capital, siempre de todas maneras es necesario exterminar a un
fragmento de la población que es rebelde, de acuerdo a la geometría
variable. Puedes dar todas las estigmatizaciones que quieras, pero la
gran ruptura, es con una lógica industrial administrativo burocrática,
como paradigma hacia atrás y adelante, es Auschwitz, por plantearlo
de alguna manera.
P. Calveiro: Sí, pero planteado así, lo que tenemos hoy no es Aus-
chwitz. A mí me parece que es interesante ver qué conecta con esa ló-
gica, por ejemplo, qué conecta con Auschwitz. Desde mi punto de vista,
conecta con Auschwitz en lo desaparecedor, pero no en los procedi-
mientos. Creo que estamos frente a una cosa diferente. Estamos dentro
de una sociedad capitalista, pero no creo que el capitalismo de hoy sea
el mismo que el que se planteaba en la segunda mitad del siglo XX.
Público: Me parece que al analizar esos procesos lo que no se
puede perder de vista es que son procesos históricos, por lo tanto
contextualizados en un momento particular, que responden a un lu-
gar designado. Creo que no podemos establecer modelos súper es-
quemáticos y decir que todo es lo mismo, todas las formas de repre-
sión son iguales, todas las víctimas son lo mismo, los rivales son los
mismos. No podemos decir que Auschwitz es lo mismo que Guan-
tánamo. Por mucho que la lógica que esté detrás pueda ser similar.
Considero que, deshistorizar la represión sería un error, porque nos
impide comprender de mejor manera el fenómeno y me parece que
es fundamental tratar de comprenderlo.

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MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
En ese sentido tengo una duda en cómo lo plantea usted, hay
continuidades por cierto, pero también hay cambios que tienen que
ver con una serie de cuestiones que tienen que ver con los procesos
históricos. Evidentemente no es lo mismo el Holocausto que la re-
presión en Chile o en Argentina, aun cuando efectivamente existan
eventos sobre los que uno dice, “esto se parece mucho a esto otro”;
y no es casual que se parezcan tampoco, muchas veces creo que
incluso se utilizan como cierto mecanismo para que se sepa de qué
estamos hablando.
Voy a poner un ejemplo para que se entienda más. Después del
golpe en Chile, entre todas las cosas que se hicieron, se realizó una
quema de libros, allanamiento de las casas, etc. Desde el punto de
vista operativo o militar, o como se le quiera llamar, son acciones bas-
tante inútiles, no tienen ningún sentido, pero desde el punto de vista
del imaginario del horror, sí tiene mucho sentido, porque ver a los
milicos quemando libros en las calles, eso conecta con una memoria
que todos más o menos tienen sobre, por ejemplo, “La noche de los
cristales rotos”. No es que sea lo mismo que Auschwitz, pero tampoco
es casual.
¿No sé si me entiende? Hay continuidad y hay cambio. Entonces
creo que lo central para recibir eso es nunca perder de vista el con-
texto histórico. Eso por una parte. Y si me permiten un minuto más,
voy a tratar de ser breve con respecto al tema de la visibilidad y del
ocultamiento. A mí me parece que también varía de acuerdo a que
hay situaciones diversas pero que, en general, se ha jugado mucho
con el ocultamiento y exhibicionismo al mismo tiempo y eso es lo in-
teresante: ¿Cómo muestro lo que quiero mostrar para causar terror
y oculto lo que no quiero que se sepa para mantener la impunidad,
o incluso también para causar más terror, porque eso que no se ve,
se imagina, y por lo tanto, puede llegar a ser mucho más horroroso
en la mente de cada una. O sea, el Estadio Nacional, todo el mundo
supo que ahí había un campo de concentración. Nadie puede decir:
“es que yo no sabía”. Ahora, qué pasaba allí adentro exactamente, no

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CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
había cómo saber. Entonces creo que hay una lógica, muy perversa
por cierto, pero que es un juego, y que tiene que ver también con
esto de Irak, que es: cómo muestro lo que quiero mostrar para cau-
sar terror y oculto lo que quiero ocultar también para causar terror.
Entonces, en ese sentido el tema del exhibicionismo es nuevo, pero
tampoco tanto.
P. Calveiro: Mostrar y esconder es una cosa común, como la chi-
menea de Auschwitz, echa el humo y se siente el olor pero…
Público: Claro, puede ser, pero no puede ser, y me puedo imaginar
lo peor o no me imagino nada.
P. Calveiro: Hablen por favor, hablen…
Público: Me pareció una exposición completa y tremendamente
interesante que, además, empieza a develar y permite atar cabos de
cosas que uno ve y percibe y que se van viendo en conjunto. Uno em-
pieza a entender lógicas y estrategias que son impresionantes, pero
al mismo tiempo, agobiantes. Entonces, pensaba, y ahí quizás el vicio
disciplinar del psicólogo, me da la impresión que fuéramos entonces
como simples piezas que son movidas por el capital o por los mer-
cados financieros o etc. Mi pregunta ahí es: ¿dónde está la co-cons-
trucción?, porque evidentemente este es un marco que es sostenido
también desde abajo, es sostenido en nuestra vida cotidiana, que está
lleno de consumo, en prácticas estratégicas de relación, y que tiene
que ver un poco con algo que se te preguntaba ayer cuando usted
hablaba de la construcción del otro: ¿Cómo el otro, ese otro, sostiene
también esa categoría que no solamente es construida desde fuera,
sino que es sostenida de ambos lados? Porque en la medida que pode-
mos entender también cómo nosotros contribuimos a sostener este
orden global es por donde podríamos entender también las vías de
resistencia a ese orden global. Porque, claro, de lo contrario, entonces
o atentamos contra el orden global, y atacamos las Torres Gemelas o
así, o ¿cómo podemos pensar los órdenes de resistencia más locales
en función de que podamos entender como localmente contribuimos
a la formación de esto otro? No sé si se entiende.

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MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
P. Calveiro: Sí, claro que se entiende. Tiene que ver también con
lo que decía él. En esta exposición no aparece la resistencia. O sea,
aparece la gran máquina del poder, pero una cosa es decir: “ésta es
la maquinaria que se monta”, y otra, “esto es lo que pretende esa
maquinaria”. De ahí a que lo logre es otro asunto. Lo que trato de
explicar son las razones por las que se monta esta maquinaria y sus
formas de operación, pero de ninguna manera pienso que sea todo-
poderosa. Al contrario, creo que por más poderosa que sea siempre
existen distintas formas de la resistencia de los sujetos individuales,
de los colectivos; hay un montón de formas, al interior de estos apa-
ratos.
Si uno se mete a la institución carcelaria puede encontrar no sólo
distintas formas de resistencia, también de fuga, en un sentido deleu-
ziano. Y lo mismo, por ejemplo, en relación con este universo concen-
tracionario, que aparece como tan poderoso. No solamente lo que
hace Amnistía Internacional resiste. La referencia que tenemos de los
sujetos que sobreviven y escapan de esos centros es una referencia
de testimonio de resistencia, de oposición. Hay gente que ha salido
de ahí, ha hecho juicio. Esto tiene que ver con el ámbito del derecho,
con todas sus limitaciones, pero es una forma de resistencia. Yo diría
que en distintas prácticas de la sociedad aparece esta posibilidad de
resistencia. Enfatizo mucho en el tema del terrorismo y de la delin-
cuencia, porque muchas veces, desde lugares incluso de la izquierda
y progresistas, hay una incorporación de estas lógicas. El peligro del
terrorismo, el peligro de la delincuencia, garantizar la seguridad, etc.
Discursos “progresistas” que enfatizan en la seguridad, planteando
que la inseguridad afecta sobre todo a los sectores populares. Y des-
de ahí proponen cosas muy parecidas a toda esta política, que es de
ampliación de lo represivo. Es en ese sentido que hago el énfasis, pero
de ninguna manera creo que este modelo de poder y represión no
tenga fisuras.
Público: Yo tengo una pregunta en relación a los centros clandes-
tinos de desaparición. Tomando tres hitos de los que se ha hablado

112
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
acá —el Holocausto, las dictaduras latinoamericanas o del Cono Sur
y Guantánamo— uno podría decir que en el caso de las primeras dos
está más o menos claro cuál es la comunidad afectada. En el primer
caso es una comunidad con una identidad común, que da una religión
o una cultura. En el caso de las dictaduras del Cono Sur, yo creo que,
si bien las sociedades no son homogéneas, el hecho de que la repre-
sión ocurra en el mismo territorio o en la misma nación, en la que la
misma sociedad resiste a ello, se facilita como para que ocurran fenó-
menos como que los familiares, los amigos, las iglesias se organizan y
desarrollan prácticas de resistencia locales. Pero con el caso de Guan-
tánamo me queda una preocupación tremenda, porque Guantánamo
–o los similares–, es un centro donde llegan personas de todo el mun-
do, que no responden entre ellos a una identidad necesariamente co-
mún, aunque Bush quiera decir que son todos árabes, y árabes malos.
Pero me preocupa el hecho de que no facilita o no abre caminos como
para que, por ejemplo, existan los hijos y hermanos que se organizan
en Irak por los presos de Guantánamo. Entonces, primero, ¿cómo ve
usted ese fenómeno que es totalmente distinto a los dos anteriores,
en las formas de organizar resistencia? Y segundo, ¿cómo se podrían
rastrear esas resistencias para visibilizarlas más, para facilitarlas? Por-
que yo creo que existen, sería iluso pensar que no existen.
P. Calveiro: Lo que pasa es que hablamos de la gente que se sabe
que ha pasado por estos lugares. De muchos otros no se sabe. Las
personas que se sabe que cayeron dentro de esa red, son los que han
sobrevivido y han hecho una declaración pública, que debe ser una
milésima parte. Es perfectamente posible pensar que hay muchos
otros que sobrevivieron y no declararon, como ocurre normalmente
en estos casos.
Los sobrevivientes aducen, en un primer momento, que no tenían
nada que ver con nada. Es posible que así sea en algunos casos, pero
también es muy posible que muchos de ellos pertenecieran a redes
políticas, a redes de resistencia. Por ejemplo, hay gente que fue se-
cuestrada en el contexto de la resistencia a la invasión a Irak; otros

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MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
fueron secuestrados en el contexto de la invasión a Afganistán. No-
sotros no conocemos las redes a las que ellos pertenecían, pero las
había, de la misma manera que la gente que era secuestrada en nues-
tros países pertenecía a colectivos; aunque en un primer momento
dijeran: “a mí me ‘levantaron’ cuando pasaba por la calle y no tengo
nada que ver con nada”. Entonces, en realidad, son parte de colecti-
vos políticos, y esta es una de las cosas que nosotros desconocemos.
Nos dicen: “es un terrorista” y parece que es alguien en el aire o un
“loquito”. Pero no es cierto, la mayoría es gente que tiene que ver con
luchas nacionales, con luchas políticas específicas.
Público: Sí, pero yo me refiero a que, para poner un ejemplo más
práctico, en el caso chileno la represión ocurre en Chile. En cambio,
en el caso de estas redes –yo en realidad no estoy tan informado– me
imagino que muchas operan dentro de sus naciones.
P. Calveiro: Sí claro.
Público: Son nacionalistas, pero la represión no ocurre dentro de
sus naciones. Entonces ahí está la inquietud, las formas de resistencia
son muchos más difíciles, porque de nada va a servir que los familia-
res se organicen y hagan ollas comunes o cosas así. Quiero decir que
atentar contra el poder central de esta represión es prácticamente
imposible desde los territorios donde se organizan. Me preocupa por
el tema de la importancia de la territorialidad en los casos de los mo-
vimientos, porque finalmente si no tienen territorialidad les cuesta
aferrarse.
Público: Pero yo creo que los cambios son desconcertantes, y ahí
entiendo que lo que decía Pilar es súper importante y claro; una cosa
es entender la continuidad, pero si uno entiende la especificidad, ten-
dría que entender que la articulación de formas de resistencia tam-
bién tiene que ser distinta.
P. Calveiro: Claro.

114
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
Público: Evidentemente esta forma de resistencia que sirve en un
contexto, no digo que sea inútil, pero no tiene la misma efectividad
en ese otro contexto.
P. Calveiro: (…) eso es lo nuevo.
Público: Claro, por eso que es también tan importante pensar en
otras formas de resistencia porque las que usted muestra son denuncias.
Me imagino que efectivamente hay articulaciones de prácticas de re-
sistencia que no las estamos viendo, por eso estamos aquí.
P. Calveiro: No, es que son resistencias. Creo que justamente en el
momento actual hay que pensar en términos de una transformación
de la organización hegemónica, donde la articulación entre lo local,
lo nacional, lo regional y lo global es fundamental. Esto ocurre a nivel
del poder, pero también se da en las resistencias Por eso cada vez más
hay resistencias que plantean la articulación, por ejemplo, de lo local
con lo global. Me parece que ésta es una de las cuestiones que se
modifican y hay redes de resistencia que buscan el contacto entre lo
local, lo nacional y lo global. En América Latina, en los distintos luga-
res, el movimiento indígena se piensa, cada vez más, como un movi-
miento que no es nacional, que opera en redes mucho mas vastas. Lo
mismo ocurre con el movimiento de las mujeres; muchísimas de las
organizaciones sociales hoy se plantean no sólo dentro de un contex-
to nacional. Entonces bueno, creo que por ahí habría que pensarlo.
Público: Me gustaría agregar que, en la práctica, muchos de los
que están presos ahí son ciudadanos europeos o norteamericanos
también. De hecho, muchas de las personas que han sobrevivido son
ciudadanos alemanes o ingleses, o que tienen doble nacionalidad.
Yo estudié en Alemania, y cuando entraba a la universidad, era muy
común ver un grupo de gente presionando por nombres concretos,
que se sabe que están presos en Irán o en EE.UU. y en ese sentido
la resistencia existe. En el fondo, también están en el lugar correcto,
porque están presionando en EE.UU. o en Inglaterra o en Alemania y
son gobiernos que están directamente involucrados…

115
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
P. Calveiro: Claro.
Público: Tanto los gobiernos que deberían estar preocupados de
sus propios ciudadanos, muchas veces son ciudadanos alemanes, y a
la vez también están involucrados, porque están coludidos, o sea eso
es lo que tú contabas de las cárceles de la CIA. Alemania tuvo que re-
conocer que, al menos, sabían de todos los vuelos, que también hay
alemanes interrogando…
P. Calveiro: Claro.
Público: Entonces, la presión que se ejerce es sobre esa parte de
la responsabilidad. La discusión en Alemania, por ejemplo, es que
Alemania transparente y clarifique su actuación en esto. Tú, al hacer
presión por una, cinco, o diez personas, igual estás hablando de Guan-
tánamo completo, eso está claro.
P. Calveiro: Sobre lo que tú dices es importante señalar que los
ciudadanos americanos tienen que ser detenidos en prisiones ameri-
canas. Entonces, ellos están igual en prisiones de máxima seguridad,
sin protección legal, pero están en prisiones americanas. En estos lu-
gares son ciudadanos de otros países, como tú bien dices. El caso, por
ejemplo, de Khaled al-Masri, famosísimo, es alguien que tiene nacio-
nalidad alemana. Bueno él hace una de las denuncias más claras, más
explicitas y tiene luego más posibilidad de presionar en lugares es-
pecíficos. Pero el conocimiento de estas prácticas es muy incipiente.
Pienso que, en la medida que esto avance se crearán también redes
de resistencia, más especificas también, y más allá de lo nacional. Am-
nistía Internacional y otras organizaciones de denuncia y documenta-
ción tienen también un papel importante.
Público: Yo estaba pensando a propósito de lo que decía él, esto de
la construcción del “otro”. O sea, lo brutal que puede resultar la cons-
trucción del otro y su ocultamiento. Estaba pensando, por ejemplo, en
los estados de excepción, que uno podría decir que vivimos en Santia-
go con las comunas intervenidas. Cómo hay poblaciones intervenidas
donde uno no puede hacer nada. Entonces me parece que el tema

116
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
de la construcción del otro da igual, y que uno lo ve cotidianamente,
pero no se da cuenta.
P. Calveiro: Eso es.
Público: Entonces, claro, cómo pensar la resistencia en términos
de globalización. En Santiago tenemos cuántas comunas intervenidas
y no es un tema que aparezca, por ejemplo, en la academia.
P. Calveiro: Claro, y acabamos de ver las cifras de encarcelamiento
aquí en Chile, en Argentina y en México. O sea, hay una serie de ele-
mentos que sí tienen que ver con nuestra vida cotidiana y sobre las
cuales podemos actuar. En primer lugar, identificarlas, porque una de
las cosas que me preocupa, y que tiene que ver con estos textos, es
que hay una especie de naturalización de estos discursos. Si asumi-
mos que el terrorista es un desquiciado que anda por ahí y el delin-
cuente es un tipo muy jodido que anda por allá, y les tenemos miedo,
entramos en esta lógica, cuando en realidad lo que deberíamos poder
hacer es desmontarla. Ese es un poco el asunto y creo que por ahí
empieza la resistencia, desmontar esa lógica y poder poner en cues-
tionamiento estas construcciones del terrorista, del delincuente, del
crimen organizado. De pronto la prensa, los medios de comunicación,
son muy poderosos y terminan por ganar nuestro propio discurso, y
nosotros terminamos diciendo esas cosas.
Público: Yo agregaría, quizás un poco sintetizando, cosas que sa-
lieron acá. Lo que contaba el compañero del caso alemán, o sea, la
necesidad de interpelar al Estado respecto del sinceramiento de sus
políticas en relación a DD.HH., a la legalidad, etc., y lo que dice ella,
que parece ser que uno viviera una necesidad de ciertos estados de
excepción respecto de otros para la mantención de un orden, que ya
está consagrado a través de los medios o del cual todos más o me-
nos compartimos. Entonces, yo siento que eso de alguna manera –y
ahí para meter un tema que quizás tiene que ver con la memoria del
pasado reciente de las dictaduras– tengo la sensación de que el ha-
ber vivido ese período, pareciera relativizar cualquier otro estado de

117
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
excepción, que nosotros estemos viviendo cotidianamente, pareciera
que después de eso no hay nada peor.
P. Calveiro: Exacto, por eso hay que hablar de esto.
Público: Exactamente, entonces, al menos para nuestra genera-
ción, eso es un desafío súper importante, porque la verdad es que pa-
reciera ser que las dictaduras fueran una especie de hoyo negro que
se lo traga todo y después de eso vivimos una especie de bienestar
y no hay estados de excepción. Y aquí se hacen informes de DD.HH.
anualmente y no hay difusión en los medios, y parece que no pasara
nada, y no solamente a nivel carcelario, sino lo que lo que menciona-
ba ella es una cosa cotidiana. Entonces, está la necesidad de interpe-
lar al Estado, a uno mismo, a la academia o desde donde uno está, de
poder sincerar y ver, justamente, cómo uno contribuye también a la
mantención de un orden basado en la necesidad de estados de excep-
ción al interior del territorio y en otros lados.
P. Calveiro: Exactamente.
Público: Lo que usted ha planteado en esta oportunidad apare-
ce centrado en los instrumentos y en las prácticas principalmente
represivas, los mecanismos más implícitos, materiales de domina-
ción. Pero surge ahí la pregunta por el tema de la hegemonía, lla-
mémosle así, de cómo se construye ese orden natural de las cosas,
en qué se sustenta, y dónde está esa legitimidad. La pregunta por la
legitimidad del orden no se hace, por lo menos acá, y yo creo que,
en general, estas prácticas se generalizan, se institucionalizan y se
vuelven naturales, porque no hay una pregunta por la legitimidad
de ese orden que se extiende. Y ahí yo vuelvo a lo que planteaba
usted ayer en el sentido de la política, o sea, esa pregunta solamen-
te puede plantearse en el ámbito de la política, no en el ámbito del
derecho o de la pura reivindicación de los derechos. Y tal vez por
eso mismo que este tema no se plantea. Porque la política, y aquí
hablo por Chile, la política es inexistente, como debate, como espa-
cio público, como expresión de sus instituciones, como pensamien-
to sobre proyectos posibles. Aquí pensar un orden distinto es casi

118
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
una herejía. A mí me hace un poco falta eso, o sea, aparte de pensar
los mecanismos como implícitos de la dominación, es pensar sobre
el orden de la legitimidad, donde se está construyendo, donde se
está pensando, como intervenir ahí. De alguna manera eso permi-
tiría tal vez comenzar a, no digo a desmontar, pero a pensar, en el
desmontaje.
Recuerdo que hace un tiempo, un año, no sé, aparecieron en el
“The Clinic” los resultados de una encuesta sobre algo como qué tan
conservador es este país. Y salía que un porcentaje muy significativo,
creo que alrededor de un 40%, apoyaba la práctica de la tortura en
algunos casos, que era por ejemplo, en el caso de los delincuentes.
Entonces, tiene que ver con la legitimidad que tiene, o sea, no siem-
pre escandaliza, o no nos escandaliza a todos. Y lo otro, y respecto al
tema de la exhibición, del alarde de la dominación, yo estaba pensan-
do en todos los programas de televisión que aparecieron este año o
quizás desde antes, de “133 emergencias” o algo así, donde hay una
exhibición y una celebración con pirotecnia de la represión de los
sectores populares, y que revientan el rating. Han sido muy exitosos
en términos de audiencia. Hay escenas de mucha violencia, entonces
me hace como mucho sentido lo que usted plantea.
P. Calveiro: Sí, este ejemplo de la televisión ocurre no solamente
en Chile. En México es lo mismo, casi no hay un programa en el que
no haya alguna escena de tortura directa, o de maltrato a alguien,
más si está detenido. Y hay una celebración de eso. Yo creo que,
efectivamente, parte de este discurso está fuertemente legitimado
en la sociedad y en las llamadas democracias. Ese es otro de los
asuntos, qué es lo que concebimos como democracia, y nuestro te-
rror —lo que tú decías— de perderla. Pareciera que estamos en un
lugar tan diferente al de las dictaduras, que entonces nadie quiere
tocar estas democracias que, en realidad, funcionan en muchos sen-
tidos como estados de excepción y promueven estas prácticas que
parecen legítimas. Son democracias las que realizan esta ampliación
del derecho para obtener una potencia represiva más amplia, las

119
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
que encarcelan cada vez a más personas, las que adhieren a los tra-
tados antiterroristas.
Público: Es que también ahí está la construcción de una dicotomía
entre dictadura y democracia… Si tú criticas esta democracia, entonces
¿qué prefieres?, ¿la dictadura? Obviamente es preferible que maltra-
ten a otro que está lejos y que tiene apellido árabe, que uno no ve,
o que sólo se ve por You Tube, a que te toque a ti o al de al lado. En-
tonces, pareciera que esta es la democracia posible, que es difícil de
alcanzar y la alternativa a lo otro es el hoyo negro de la dictadura. Y
yo creo que hay que desmontar eso y poner en cuestionamiento estas
democracias.
Público: Me parece súper importante. Si estamos de acuerdo en
que la única posibilidad de salir de este marasmo, de este embrollo es
a través de la puesta en escena de la politización del debate, que es lo
que nos hace falta y que en este momento no tenemos, yo creo que
es la única posibilidad de lograr dirimir la diferencia entre las distintas
subversiones. Evidentemente si yo me planteo subversivamente en
relación al orden actual y por hacerlo me suben en el mismo avión
en que va Bin Laden a reventar las Torres Gemelas, voy a dudar en
hacerlo. No sólo porque no quiero volar las Torres Gemelas o no por
la misma razón o no de la misma manera que Bin Laden, sino porque
tampoco me quiero arriesgar a aterrizar en Guantánamo. Y porque
mis razones van a ser razones políticas no van a ser estas razones me-
siánicas de destrucción de un sistema que tiene aplastado y relegado
a calidad de enemigo, de eje del mal, etc., etc., personas que no se
plantean en términos de un cuestionamiento político de la hegemo-
nía del poder, sino en términos de rabia. Eso es lo que yo trataba
de decir ayer cuando decía qué pasa con ese odio que sale única y
exclusivamente enrabiado a destruir, pero sin ninguna posibilidad de
situarse políticamente en su necesidad de subvertir el sistema.
P. Calveiro: A mí me parece que muchos de esos que aparecen
despolitizados, tienen, sin embargo, razones políticas. No me refiero a
Bin Laden, en el caso de Al Qaeda habría que ver muy bien de qué se

120
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
trata, porque Al Qaeda es una red muy oscura, que tiene de hecho co-
nexiones muy especiales con la CIA, que aparece casi como el gemelo
del terrorismo de Estado, como si uno fuera el espejo del otro. Pero
hay otros “terroristas” que tienen que ver con la defensa en Afga-
nistán, donde hubo una invasión, gente que detuvieron en Irak, que
también fue una invasión. Muchos de los grupos que a nosotros nos
dicen son islamistas, y entonces suponemos que se trata de alguna
clase de fanatismo religioso, son políticos. Creo que se juega también
nuestro propio desconocimiento de esos otros. Creo que hay un es-
fuerzo por “irracionalizar” a unos otros que además no son uno, son
un montón, como siempre pasa, pero se meten en una misma bolsa,
se los homogeniza y se los caracteriza como el “terror islamista”. Pero
yo pensaría que ahí hay muchos que son sujetos políticos y, bueno, en
ese sentido, aun los grupos sociales que aparecen como enrabiados
“como tú dices”, esa rabia, muchas veces, aunque no tenga un proyec-
to político, es expresión de rechazo a un proyecto político, y eso tam-
bién es una expresión política que deberíamos observar con atención.
Público: No, eso sí, pero bueno, me imagino que en todas par-
tes debe ser similar, pero aquí, si tú te metes a indagar en esos gru-
pos, por ejemplo, que sé yo, los punk antifascista, los punk skinhead,
da lo mismo, la confusión ideológico política es demasiado grande.
Por lo tanto, no sé si esos grupos alcancen a plantearse algún tipo de
sentido. O sea, que todo eso tendrá algún tipo de devenir en algún
momento no tan lejano. A mí lo que me genera problema es cómo
políticamente nos podemos crear espacios desde los cuales actuar,
esa es mi pregunta.
Público: Labbé, por ejemplo, el candidato a alcalde de Providen-
cia, que en realidad va a ser reelegido, tiene dentro de su currículum
el haber sido torturador en Tejas Verdes Y el otro día en el programa
de televisión “Tolerancia Cero”, que se supone es de debate político,
decían: “Bueno, pero eso ya a quién le importa, si el tipo es tan buen
alcalde”. Así como a quien le importa eso si él es tan buen alcalde. Es
casi una anécdota en su curriculum haber sido torturador.

121
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
P. Calveiro: Hace poco, en México, un periódico sacó la noticia de
que uno de los alcaldes de una ciudad del interior estaba entrenando
a su policía en prácticas de tortura, lo que se podía apreciar en fotos.
Entonces él dijo: “No, bueno, pero eso es para los delincuentes; no se
preocupen”. Entonces hubo quienes dijeron: qué barbaridad, por su-
puesto que para los delincuentes es igual una barbaridad. Finalmente
se dijo: “Bueno, vamos a cancelar el programa y punto”. Se canceló
el programa, ya no se instruyó sobre la tortura, supuestamente. O
sea, apareció como un error, vamos a decir, una decisión equivocada
que había que rectificar, nada más. Como tú decías, no hay escándalo
frente a eso.
Público: Es que no sólo tiene que ver con las lógicas del poder,
creo que, no es que lo haya dicho o lo haya pensado así, pero creo
que es importante que quede claro, creo que lo más grave de Labbé,
y que sea alcalde de Providencia y que vaya a ser elegido como por
octava vez, no es que haya sido torturador, sino que a la gente no
le importe que haya sido torturador. Que sea legal o no legal, que
se permita o no se permita, sino que cada uno de nosotros no sea
capaz, o no seamos capaces, entre todos, de sancionar, aunque sea
moralmente conductas de ese tipo. Eso me parece que es lo tremen-
damente grave.
Público: Es la comuna de Providencia, ¿por qué le pides otra cosa?
Público: Es que a lo mejor en Puente Alto también, o en Conchalí,
en todos lados.
Público: Ese es el problema, la continuidad y ¿la ruptura cuándo?,
la especificidad, ¿dónde está?
Público: Pero es como cuando se supo de los desfalcos del Riggs,
que Chile entero se mostró escandalizado porque Pinochet había ro-
bado, nunca nadie se escandalizó.
Público: Es un tema social que no tiene que ver sólo con las
lógicas del poder, que no tiene que ver sólo con la dictadura y la
democracia. Efectivamente cada uno de nosotros aporta a legitimar

122
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
ciertas prácticas, por ejemplo como lo que decía de la tortura bajo
el contexto de la democracia, para proteger la democracia, que es
el mejor sistema posible y que es distinto porque en dictadura es
mucho más difícil legitimar. Por último para eso tienen la fuerza.
Lo que tú hablabas me recordaba, por ejemplo, la película “En el
Nombre del Padre”.
Público: Claro, bueno, también hay una suerte como de perver-
sión de las palabras, o sea que habría que volver a recuperarlas. Digo,
decimos democracia y hablamos de cosas que no son democracia.
Hay usos que ya no nos deberíamos permitir, para volver a nombrar
como...
Público: Porque las alternativas son dos, ésta no es una verdadera
democracia, o si no, la dictadura. A lo mejor la democracia es lo que
es y hay que inventar otro sistema.
P. Calveiro: Sí, así es.
Público: Pero yo creo que tiene que ver también con cómo signifi-
can ciertas ideas. En la cadena Fox dan una serie que se llama “24” y
que es muy conocida y quizás hasta varias de ustedes la han visto. Ahí
se usa la amenaza de la tortura como un elemento muy recurrente,
que en cada episodio está presente. Entonces yo me imagino cómo
eso ha naturalizado un poco en los gringos. Y a eso iba yo con que
tiene que ver con cómo se significan las prácticas, porque la tortura,
en un contexto de dictadura, puede ser mal vista, pero en este caso,
claro, se transforma hacia otro sentido.
Público: Es que la televisión ya no agarra nada que no esté ya más
o menos naturalizado en la sociedad. “24” no inventó la amenaza de
la tortura, ni los que están viendo “24”.
Público: Yo no estoy diciendo que “24”lo signifique, pero es par-
te del aparataje. No es sólo político estatal o estructural, es también
cultural, y lo cultural es lo que va significando las cosas. Y ahí está la
complicidad de la sociedad también.

123
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
Público: Yo diría que en este caso la serie es como el síntoma de
lo que ya estaba, de lo que ya estaba ahí. O sea, tiene éxito porque
ya tiene resonancia, nadie se anima a hacer un programa que no va a
tener resonancia.
P. Calveiro: Y también profundiza eso, las dos cosas.

124
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
Memorias Regionales y Archivos:
Problemas y desafíos de la construcción
de Memorias Públicas1
Ludmila Da Silva Catela2

Introducción

En esta presentación, básicamente voy a contar mi trayecto como in-


vestigadora, cómo cada una de esas investigaciones me abrió nuevas
preguntas que finalizan en mi actual posición de directora de un Ar-
chivo Provincial de la Memoria. Intentaré también reflexionar sobre
estos pasos entre el mundo académico y la gestión, que son intere-
santes, desafiantes y nos colocan en el ojo de la tormenta, conside-
rando las dudas que nos generan a todos estar en espacios de gestión
política. Espero que esto sea un diálogo. Expondré primero algunas
líneas y después conversamos.
Dado que soy antropóloga, debo aclarar que desde que me plan-
teé comenzar a estudiar temas que tenían que ver con la memoria,
me pareció importante una consideración inicial, a saber, explicitar
1
El presente texto corresponde a una versión revisada de la presentación reali-
zada por la autora en el Primer Seminario Taller 2009 del Subprograma “Memoria,
Historia y Derechos Humanos”, del Programa de Investigación Domeyko Sociedad y
Equidad, de la Vicerrectoría de Investigación y Desarrollo de la Universidad de Chile.
Realizado en la sala Nº 3 del Decanato de la Facultad de Ciencias Sociales.
2
Doctora en Antropología, investigadora de la Universidad Nacional de Córdo-
ba y del CONICET. Actualmente Directora del Archivo Provincial de la Memoria de
Córdoba-Argentina.

125
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
que trabajo con la memoria ligada al período represivo en Argentina.
Esto porque me parece que uno de los primeros errores que comete-
mos todos, es creer que sabemos de qué hablamos cuando hablamos
de memoria y, para quien viene de una tradición más antropológica,
la memoria es una categoría que distingue a cualquier grupo social.
Es decir, cualquier grupo étnico porta su memoria, como porta el sa-
ber. En las comunidades indígenas se dice que una generación que no
logró captar o que no logró recibir de la generación anterior las acti-
tudes con respecto al cuerpo o cómo hacer una vasija o cómo tejer
un tejido no tiene saber, o sea, se las considera una generación o una
cultura sin saber.
Desde ese punto de vista, yo parto de una noción de memoria no
ligada a una bandera política o a una categoría nativa, o que tenga
que ver solamente con los movimientos de DD.HH. en Argentina,
sino de una categoría mucho más amplia que tiene que ver con la
noción de identidad. Y una noción de memoria que está siempre en
plural. En los grupos sociales, se manifiestan estas producciones de
memoria desde diferentes puntos de vista, porque ellas hacen a la
clasificación del mundo, y un grupo clasifica el mundo, tienen una
cosmovisión del mundo diferente a otros y, por lo tanto, no exis-
ten sociedades sin memoria, porque tampoco existen sociedades
sin identidad. Entonces, cuando a veces desde el movimiento de
DD.HH., o desde los propios intelectuales, decimos: “este pueblo no
tiene memoria”, me parece que tenemos que reflexionar un poco,
porque no tener memoria es exactamente como no tener identidad
y, por lo tanto, no se puede no ser pueblo, no ser nación, no ser gru-
po, no ser individuo.
Por otro lado, también parto de un punto de vista bastante clá-
sico sobre la memoria, pensándola siempre como un proceso colec-
tivo. Si bien los individuos portan las memorias, éstas siempre son
colectivas, porque compartimos un lenguaje y, al compartir la lengua,
inevitablemente estamos compartiendo significados sobre lo que cla-
sificamos. En ese sentido, para mí, la memoria siempre es colectiva a

126
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
pesar de todas las críticas que se le hacen a Maurice Halbwachs3. Yo
soy bastante clásica en ese sentido, simplemente incorporo todas las
producciones post holocausto, que más que mirar a la memoria como
una elemento de cohesión, la miran como un elemento de conflicto.
Entonces, la memoria colectiva tiene para mí esta doble característi-
ca: es un elemento de cohesión interna en los grupos, pero también
un elemento de conflicto no sólo hacia el otro, hacia el diferente, sino
también hacia el interior de los grupos.

Oralidad y escritura

Otro elemento que me gustaría resaltar de manera más general, es


el tema de la oralidad y la escritura. Me parece que, muchas veces,
cuando hablamos de memoria, no tenemos en cuenta esta diferen-
ciación clásica de las ciencias sociales, porque cada cultura procesa
o construye las memorias de manera diferente, pero en nuestras so-
ciedades la escritura generalmente es percibida como dominante. Sin
embargo, no se sobrepone a la transmisión oral que permanece como
una de las estrategias de circulación de las identidades y las memo-
rias.
Creo que hay que tener en cuenta estos dos registros, porque
muchas veces cuando las memorias dominantes –después avanzaré
sobre ese concepto– se imponen en el espacio público, lo hacen con
soportes escritos, y le dan una legitimidad a lo que está escrito y un
valor de verdad que el testimonio oral, o la transmisión oral, pierde.
Yo siempre estoy teniendo en cuenta esta tensión, y esta relación
entre la oralidad y la escritura, sobre todo en el caso de las memo-
rias locales, donde realmente lo escrito no aparece como tal, pero, a
veces, el soporte escrito funciona como un elemento de poder que
silencia a estas memorias locales. Esta relación de oralidad y escritura
es central para pensar los procesos de memoria, y aquí básicamente
3
Sociólogo francés, creador de la noción de memoria colectiva. Autor de La me-
moria colectiva (1950) y Los cuadros sociales de la memoria, entre otros.

127
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
trabajo con Jack Goody, que es un antropólogo inglés, que no trabaja
específicamente sobre memoria, pero sí esta relación.

Memoria, identidad y situación límite

Las memorias ligadas a situaciones límites es otra categoría que tomo


de Michael Pollak4. Durante todos estos años he trabajado la rela-
ción entre memoria, identidad y situación límite. Una situación límite
puede ser la desaparición de personas, pero también la “masacre de
Cromañón”5 o una catástrofe natural como una inundación que arrasa
con la identidad, con los álbumes de familia o libretas; algo que gene-
re una ruptura y una crisis terrible. Sin embargo, como dice Michael
Pollak, la idea de situación límite es que ésta nos revela lo que coti-
dianamente no podemos ver por el accionar normal de la vida; es un
elemento extremo que nos permite ver cómo somos en la sociedad
normalmente, si es que la normalidad existe de alguna forma.
La pregunta que yo mantengo desde el inicio, y que es una pre-
gunta construida a medida que uno avanza en lo que trabaja, es cómo
ingresar a este mundo de representaciones y de prácticas sociales
que, basadas en el horror, en el mal o en el dolor de un grupo, espe-
cíficamente nacidos de violencia política, en mi caso, y de las situacio-
nes límites, parecen inenarrables. Cómo ingresar a ese mundo, cómo
tornar esas memorias o poder traducirlas para poder estudiarlas so-
ciológicamente y no generar un panfleto político ni algo totalmente
técnico y desacralizado, que tampoco da cuenta de esas situaciones.
Cómo uno ingresa a ese mundo, en términos metodológicos, tam-
bién es central. Por ejemplo, para trabajar sobre la memoria de las
madres de Plaza de Mayo, no es lo mismo si yo ingreso pidiéndole a
4
Michael Pollak ha escrito diversos artículos sobre situación límite, memoria e
identidad. En español puede ser consultada la compilación de alguno de sus textos
en: Memoria, olvido, silencio. La producción social de identidades frente a situaciones
límite. Michael Pollak (2006). La Plata, Ediciones Al Margen.
5
Incendio al interior de la discoteca Cromañón, en Buenos Aires, Argentina, que
dejó a 193 muertos en el año 2004.

128
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
Hebe de Bonafini que me diga a quiénes entrevistar o si yo ingreso
porque mi suegra es amiga de toda la vida de una madre de Plaza de
Mayo. Ese ingreso también marca las formas del narrar, lo que van
a decir, cómo me lo van a decir y la tensión. Ahora incorporo otra
categoría, entre las memorias más encuadradas y las memorias más
subterráneas. Si yo ingreso como antropóloga que porta títulos y que
va al interior de Chile o al interior en la provincia argentina, y tengo
que entrevistar a ex presos políticos analfabetos, inevitablemente la
relación va a demarcar cómo va a ser esa investigación.
La pregunta de cómo ingresar tiene una doble intencionalidad:
tanto metodológica como teórica-epistemológica. Entonces, les voy
a contar qué es lo que yo hago, lo que no es una receta y no significa
que sirva para todos.

Metodología de trabajo

Lo primero que intento hacer en todas mis investigaciones es construir


mapas que recuperen procesos y formas de construcción de la memo-
ria; mapas que me permitan, después, a lo largo del tiempo, comparar
qué hay de similar o de distante entre mi investigación en La Plata —
que fue mi investigación para el doctorado— y mi investigación so-
bre los sitios de memoria en la actualidad. Y, también, hago algo así
como cuadros de doble entrada, en los propios grupos donde trabajo.
Supongo que ninguno de ustedes trabaja con estadísticas, trabajamos
básicamente con completar estos mapas, completar jerarquías de cla-
se social, género, etnia, generaciones, en fin. Después cuando hable de
La Plata les puedo contar cómo hice ese mapa específicamente.
Lo segundo es tener siempre en cuenta la temporalidad, es de-
cir, localizar el proceso de memoria que estoy estudiando en ese
momento, para después poder hablar con una mirada retrospecti-
va, poder comparar cómo el proceso de memoria va cambiando. Lo
que se puede decir en un momento no necesariamente se puede
decir en otro, y tal vez los silencios con los que yo entré al campo

129
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
hoy ya no existen. No es lo mismo empezar el trabajo de la memo-
ria en Argentina post Kirchner, que haberlo hecho antes. La coyun-
tura política tiene un peso profundo, porque estamos hablando de
procesos donde la memoria es una bandera política. Hoy, sin más,
que tuve que ir al consulado argentino. Había una placa enorme que
decía: “Aquí se recuerda a todos los exiliados chilenos que usaron
la embajada argentina como un lugar de resguardo”, y lo firma el
ex presidente de la nación argentina que era Kirchner en 2003. Me
dije: “esto es una política de Estado”, y evidentemente si uno trabaja
en estos días, no es lo mismo que durante los 90’ ni menos en los
80’. Y, aunque en el momento no se puedan percibir exactamente
esos cambios, uno tiene que tener en cuenta que antes pasaron esos
procesos que influyen sobre éstos. Entonces, siempre hay que hacer
como una arqueología de la memoria, por qué esa placa en el con-
sulado argentino está donde está en este momento; se requiere de
un análisis del proceso que llevó a que esa placa esté ahí y no de la
placa en sí misma.
Otro tema es la espacialidad o materialidad. Yo creo que todas
las memorias dejan rastros materiales y que esa materialidad de la
memoria no necesariamente la tenemos en cuenta cuando estamos
trabajando, ya sea porque esa materialidad está, se dio, existe en un
monumento, en un libro, en una categoría especial, o simplemente
por el silencio, por la no existencia. Doy un ejemplo muy banal. En
Argentina, en la mayoría de los pueblos, existen monumentos a los
caídos en la guerra de Malvinas, y no necesariamente monumentos
a los desaparecidos. Entonces, esa materialidad, de esa memoria
específica que habla de los muertos de la patria, que el Estado los
conmemora, que no generan conflicto al interior de la comunidad;
está presente en casi todos los pueblos, los otros no. Entonces, esa
materialidad me está hablando de algo. En las municipalidades es
muy común que también estén las fotos de los que fueron muertos
en Malvinas y recién ahora se están incorporando las de los desapa-
recidos.

130
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
Público: Los veteranos además…
L. Da Silva: Claro, están los intendentes, los veteranos de gue-
rra y, recién a partir de estos años, están los desaparecidos. Esto
también es llamativo, porque uno se podría preguntar por qué ellos
tienen que estar en una municipalidad y por qué no los jóvenes ase-
sinados por el gatillo fácil. Entonces, la materialidad nos muestra
también qué es lo que se tornó público y qué circula en el espacio
público que todo el mundo de alguna forma puede consumir, entre
comillas también.
El cuarto elemento que intento no perder de vista es quiénes son
los agentes y los grupos que están involucrados en la producción de
estas memorias, sean éstas públicas, más subterráneas, más familia-
res o más individuales.
Para el espacio público, me gusta usar la categoría de Elizabeth
Jelin6, que es la de emprendedores de memoria. Son aquellos que tor-
nan o hacen de su vida un proyecto que tiene que ver con imponer,
vigilar, conmemorar, tornar pública la memoria que ellos consideran
que es la más legítima, la mejor versión del pasado, la que necesita
ser defendida. Y, sobre todo, desde un punto de vista más relacionado
con la materialidad y la espacialidad de la memoria, los que tienen
que generar una vigilancia conmemorativa para que esa memoria siga
en el espacio público y tenga eficacia simbólica en él.
Ya en el espacio más privado o en las memorias subterráneas, uno
puede usar categorías como el de guardián de memoria, mucho más
ligado a las memorias familiares. En ese sentido, es un individuo den-
tro de la familia que decide reconstruir la biografía que, en general,
es uno de los hermanos, y no todos, que habla por la generación de
los hijos, o la abuela de Plaza de Mayo que guarda todas las fotos de
sus hijos desaparecidos y no se las quiere dar a sus nietos porque son

6
Elizabeth Jelín, socióloga argentina. Una de las pioneras en los estudios sobre la
memoria en el cono sur. Ha dirigdo la colección Memoria sde la Represión, Silgo XXI
editores.

131
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
como un archivo sagrado. En ese sentido, la idea de guardián me gus-
ta más, pues no corresponde en este caso a un emprendedor.
Y quinto punto, es que estoy siempre atenta a tres elementos: la
producción, la circulación y la apropiación o uso de esas memorias.
En cuanto a la circulación, evidentemente puede ser la circulación
a nivel de un mercado. Por lo menos en Argentina hay un mercado de
la memoria: arte, fotos, libros, etc., donde está siempre presente el
riesgo de la banalización. Pero también, cuando pienso en la circula-
ción, estoy pensando en los procesos de trasmisión de la memoria,
con todas las dificultades que esa transmisión intergeneracional tiene
y, por otra parte, en la dificultad metodológica. Desde mi punto de
vista, estudiar la transmisión de la memoria, por ejemplo en la vida
cotidiana, es todo un tema. Uno debería ir a hacer etnografía a mu-
chísimas familias para ver el tema de la transmisión, porque así como
para aquellos que estudian los medios de comunicación es muy difícil
estudiar la recepción, me parece sumamente difícil estudiar la trans-
misión de la memoria, es algo que se escapa metodológicamente.
Público: Y la apropiación o uso, ¿cómo lo haces?
L. Da Silva: Básicamente ahí está la cuestión de lo público y de
lo privado. Ahí podría dar muchos ejemplos. Sobre el uso, lo que me
interesa en este momento es la capacidad de otros grupos sociales de
apropiarse de ciertas construcciones de memoria que han sido legi-
timadas por los organismos de DD.HH. Por ejemplo, lo que pasa con
las Madres que, desde mi punto de vista, “inventaron” una forma de
hacer política en el espacio público que no existía como tal, existía de
otra forma, que es el uso de la fotografía. El uso de un símbolo, en el
caso de las Madres, sus pañuelos, acompañado de un ritual semanal,
como el de la plaza; y un ritual anual, como el de la marcha del 24
de marzo. Eso logró reproducirse en todo el país, no sólo en Buenos
Aires. Cada jueves eso se genera en muchas plazas, pero no sólo eso;
además las Madres tienen una escuela internacional sobre qué cosas
hacer para denunciar públicamente lo que está pasando. Por ejemplo,
fueron a Brasil a darles clases a las madres de Acarí, que son madres

132
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
de jóvenes que fueron asesinados por la policía, y ellas se apropiaron
de un motón de esos símbolos. No es que reproduzcan exactamente
igual, y eso es lo que me parece sumamente interesante. Hay otras
experiencias en otros lugares del mundo, no necesariamente con las
Madres de Plaza de Mayo, pero lo interesante es la apropiación y el
uso, aunque no exactamente iguales, porque hay algo de sagrado en
todo ello. Nadie osa usar el pañuelo blanco de las madres en otras
circunstancias.
Pero lo que más me interesa sobre la apropiación y el uso, es que
no necesariamente los grupos que se apropian de esos símbolos o de
esas formas, de esa manera de hacer política, coinciden ideológica-
mente con los grupos que los crearon. La masacre de Cromañón es un
ejemplo de apropiación de todo esto, en que las Madres inicialmente
los apoyaron y finalmente los terminaron de apoyar y hasta se opu-
sieron a los familiares de Cromañón, pues los consideraban violentos.
Sin embrago, ellos usan absolutamente toda la simbología: la foto, la
zapatilla en vez del pañuelo, el discurso de la violación de los dere-
chos humanos, aunque no haya sido en sentido normativo del térmi-
no, porque fue una tragedia.
Sucede, por ejemplo, que Blumber, que era el padre de un se-
cuestrado que fue asesinado y que es lo opuesto ideológicamente a
las madres, porque reivindica una política mucho más de derecha,
se apropió de un montón de símbolos, pero siempre para estar en el
mundo de la política de los partidos políticos y no en el mundo de la
política como escenario público. En Argentina, cada vez que hay un
joven asesinado por la policía, lo primero que hace la madre es portar
su foto. Todos tenemos un cierto bagaje cultural para interpretar eso
que está pasando y una rápida politización de los casos. Hay madres
del dolor que se reúnen en torno a diferentes jóvenes asesinados por
distintos motivos. Ahora también existen los padres de las víctimas de
los accidentes de tránsito, en fin. Lo que caracteriza esto es que quie-
nes tienen legitimidad para hablar en el espacio público son aquellos
que portan la sangre —aquello que genera el lazo más primordial con

133
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
el otro— es decir, las madres, los hijos y las abuelas, y ahí termina la
legitimidad para hablar de los muertos en Argentina; ni los ex presos
políticos, ni las esposas, ni los antropólogos.
Público: Sólo como ejemplo, siempre me ha llamado la atención
que, comparativamente hablando, tengo la impresión de que en Chile
justo en ese punto es diferente. Las esposas siempre han tenido una
primacía súper importante. El tema de la sangre no es lo más impor-
tante, la viudedad tiene mucho más peso.
Público: La alianza por sobre la filiación.
L. Da Silva: Alianza por sobre la filiación.
Público: Y no necesariamente porque ellas no hayan sido militan-
tes políticas. Justamente en su calidad incluso de militantes actúan en
el espacio público como viudas, lo que les da legitimidad.
L. Da Silva: Yo creo que uno tiene que ir a buscar el por qué mucho
más atrás, no puede restringir el por qué al período de la dictadura.
En Argentina la identidad sobre quién uno es como argentino está
basado en una representación sobre la sangre. Es la creencia —que
esté bien o está mal no importa— que la cultura se trasmite por la
sangre, y como antropóloga eso me costó mucho tiempo aceptarlo.
Lo que pasa es que eso tiene consecuencias políticas, porque cuando
las Abuelas de Plaza de Mayo hacen una propaganda diciendo “podés
recuperar tu identidad”, están diciendo “podés recuperar tus lazos
sanguíneos”. Pero, en realidad, ese chico tiene identidad, porque vi-
vió y hoy tiene 30 años. Entonces, es negarle un proceso, es bastante
complejo. El tema de la sangre en Argentina es fuerte, tendrá que ver
con las inmigraciones, con cómo nos representamos la nación y con
cosas muchos más estructurales y profundas que sólo con el hecho
de la dictadura.
En Brasil tampoco son los familiares de los desaparecidos los que
tienen legitimidad para hablar, porque tampoco hay una memoria so-
bre el desaparecido que prevalece, sino una memoria sobre la tortu-
ra. Los monumentos se hacen sobre la tortura. De los grupos, el más

134
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
conocido es Tortura Nunca Mais, mientras que en Argentina es Abue-
las de Plaza de Mayo, Madres de Plaza de Mayo, Hijos.
Público: Aquí son familiares también, pero lo que pasa es que las
esposas son…
L. Da Silva: Sí, pero ¿cómo se reúnen?, ¿Como familiares? ¿El
nombre cuál es?
Público: Familiares.
Público: Pero hay agrupaciones de hijos e incluso de nietos.
Público: Pero ha costado, porque las agrupaciones de familiares
involucran madres, esposas, hermanas, hijas, y cuando los hijos se
han tratado de organizar de manera separada ha sido una tensión
compleja con la agrupación de familiares. Como que a las madres-
esposas les costara hacer la posta.
Público: Yo estoy trabajando memoria e identidad con hijos e hi-
jas, pero como hijos, no como “hijo de”. Llevamos un año trabajando,
pero no hay ninguna relación con las agrupaciones. Los hijos que son
parte, son la sección juvenil de los ex presos políticos, no están parti-
cipando con nosotros, han tenido problemas, se han disculpado. Ellos
sí son parte de las agrupaciones de ex presos políticos. Yo creo que
la identidad “hijos” es muy fuerte en toda Latinoamérica, en todo el
Cono Sur, por lo menos.
L. Da Silva: Sí, de todas formas. Por ejemplo, en Uruguay, también
son las esposas. Uno se tiene que preguntar sobre las tradiciones po-
líticas. En el caso argentino, la política, es decir, el partido peronista,
el partido radical, no fueron un lugar en que hayan sido cobijadas o
donde ellas se hayan refugiado inicialmente, si bien había otros orga-
nismos como la Asamblea Permanente por los derechos del Hombre
(APDH) y demás. ¿Qué fue lo que hicieron las madres? Se reunieron
como lo hacían las madres en la escuela, y ellas te lo cuentan así.
Apelaron a lo que más sabían. Las cooperadoras, la escuela y la iglesia
fueron los lugares que usaron.

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MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
Mi gran pregunta es qué pasaba con las mujeres de los desapare-
cidos. En el caso argentino muchas de ellas estaban presas, pero otras
se fueron al exilio con los hijos, pocas quedaron en el país. Pero ojo,
que las mujeres en Argentina no es que no eran militantes, eso es un
mito, todas venían de familias de clase media con trayectorias políti-
cas. Entonces, también hay que de-construir el mito, porque también
las sacralizamos más diciendo: ‘ay pobres, ellas lo único que sabían
era lavar platos’. Y sí sabían lavar platos, pero también sabían hacer
otras cosas.
Público: Pero el temas madres en Argentina es pre dictadura…
L. Da Silva: Pero por supuesto, y también post dictadura. En el
fondo todos tenemos una madre, es muy fuerte esa figura. Y hay que
ver cómo funcionó la cuestión del otro lado. La verdad no logro des-
cifrar sociológicamente todo ese mundo, porque si bien en un punto
no mataron a las madres, sólo a algunas, a su vez, en los campos de
concentración y en los centros clandestinos asesinaban a las muje-
res embarazadas y se quedaban con sus hijos. Entonces el valor de
la madre no me queda tan claro como un valor moral por respetar el
cuerpo del otro.
Público: Pero es que son las madres de ellos, no son las mujeres
que mataban y se apropiaban de los bebés. No eran las madres de
ellos, en el sentido de los represores.
L. Da Silva: Sí, no sé, da para mucho.
Público: Las otras eran mujeres terroristas.
L. Da Silva: Sí, pero a su vez se quedaba con sus hijos. Ahí la sangre
no funcionó.

Tres esferas de investigación

Bueno les voy a contar entonces rápidamente tres esferas de inves-


tigación. La primera, con los familiares de desaparecidos de La Plata,

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CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
que ya dijimos muchas cosas por lo tanto voy a pasarlo rápidamente.
Básicamente me interesó trabajar en cómo un mundo estructurado de
determinada forma se desintegraba, se desestructuraba. La pregunta
que yo me hice en esa investigación fue cómo estos familiares de des-
aparecidos pudieron reconstruir ese mundo sin apelar a la venganza,
cómo ante una acción incivilizada del Estado, que hizo desaparecer a
30.000 personas, la respuesta del otro lado no era la venganza, sino
la construcción de una nueva práctica política. Nosotros no solemos
hacernos la pregunta de la venganza, pero yo vengo de la antropolo-
gía donde la venganza es parte de las culturas indígenas. En nuestras
sociedades evidentemente los familiares de desaparecidos creían en
el monopolio legítimo del estado de la violencia y del porte de armas,
y siguieron apelando y sometiéndose a ese estado para demandarle
acciones civiles civilizadas.
Entonces, lo que hice en esa investigación fue elaborar estas dos
nociones: la de desintegración del mundo y la de reestructuración del
mundo. El mundo de esos familiares de desaparecidos de distintas ge-
neraciones generó un rompecabezas donde las piezas se dispersaron
—entre ellas la pieza más importante que era la de familiar desapare-
cido— y de alguna forma lograron reconstruir y restituir ese mundo
generando nuevas identidades.
Ahora, de nuevo volvemos al tema de las esposas de los desapare-
cidos. Nunca se llamaron viudas, sino esposas de desaparecidos. Los
hijos nunca se llamaron huérfanos, sino hijos de desaparecidos. Las
madres pasaron a ser las Madres de Plaza de Mayo, ligadas además a
un espacio público como la plaza, nada menos, en fin. Esta nueva pro-
ducción de identidades genera un mundo nuevo, un mundo que se
desestructura, que es el mundo de los ministerios, de los hospitales,
de las iglesias, todo el mundo en el que ellas creían, a lo que ellas ape-
laron inicialmente, y un mundo que se reconstituye en función de una
acción civil que es la de organizarse grupalmente. Un mundo donde la
política es básicamente masculina y la respuesta es femenina, lo que
cambia en la generación de los hijos, que se mezcla. Pero hasta esa

137
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
generación, básicamente es el mundo de lo femenino interpelando
al mundo masculino de la política. Entonces, a mí no me interesaba
trabajar con la noción de los desaparecidos o el desaparecido, sino
con la experiencia de esos propios familiares, la vida cotidiana de esos
familiares, desde el momento de la desaparición hasta la actualidad.
Lo que también me gustaría remarcar de esta investigación es que
yo veía la noción de situación límite como algo que producía algo po-
sitivo y no negativo, en el sentido de que esa experiencia límite de la
desaparición de personas generó nuevas identidades, nuevas signifi-
caciones sobre el mundo, nuevas formas de hacer política, experien-
cias diferentes de asociativismo. Argentina tiene mucha tradición de
mutuales, de cooperativas, etc. y reflotaron todas esas experiencias.
Es decir, lo más interesante no era tanto el momento de la desinte-
gración, sino el momento de la reestructuración. Ahí básicamente he
trabajado con entrevistas, con fotografías, con el uso de la fotografía
que ellas hacen, de la estrategia de primero portarla en un cartel en
función de los 30.000 y a medida que fue avanzando el proceso toda
una necesidad de individualizar a esa personas. Entonces, del cartel
se pasó al cuerpo y el pañuelo de la cabeza bajó al territorio, a la ma-
terialidad de la plaza, tanto que hoy los pañuelos de la Plaza de Mayo
son patrimonio histórico. Entonces, todo ese proceso está hablando
de una enorme creatividad para enfrentar ese dolor individual que
solamente pudo ser superado al producir algo colectivamente.
No me interesaba tanto una etnografía de aquel que había vivi-
do la experiencia de los campos de concentración, sino justamente la
de los familiares de desaparecidos. Trabajé con madres, abuelas, hijos,
esposas, compañeros de desaparecidos e hice etnografía del espacio
íntimo de la casa y del espacio público, haciendo todo un análisis de
quiénes tenían legitimidad en cada lugar para decir qué cosas. Y tam-
bién hice un análisis que iba desde el nombre de las organizaciones
hasta cómo eso se plasmaba en una manifestación: las madres siempre
van delante, luego abuelas, los hijos, los familiares y, al último, los ex

138
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
presos políticos, que en esa jerarquía son los que menos tienen legiti-
midad para hablar hasta la actualidad.
De ese trabajo, lo que me gustaría compartir con ustedes es la
noción de territorio de memoria a diferencia de la noción de lugar de
memoria. A mí me parecía que era más adecuado para poder plasmar
todas estas experiencias del ámbito de lo privado y lo público, ámbi-
tos no separados tajantemente, sino justamente invadiéndose unos a
otros todo el tiempo. Entonces, para poder dar cuenta de todas esas
manifestaciones, me parecía que la noción de lugar, de Pierre Nora7,
era demasiado estática, y por eso pensé en la de territorio, en el senti-
do de pensar las movilidades, las fronteras, los litigios, las conquistas,
los retrocesos.
Público: Antes que pase a otro punto me gustaría comentar una
cosa. Pienso que en esto que usted dice del último puesto en la ma-
nifestación de los ex presos políticos. Acá es distinto, tienen un gran
protagonismo. Puede deberse a un tema de cifras, porque en Argen-
tina son 30.000 detenidos desaparecidos, que generan muchos fami-
liares. En Chile los desaparecidos fueron el 10% de los de ustedes, y
son muchos más los presos políticos. Entonces eso también hace que
tengan más voz en relación a la situación que usted dice.
L. Da Silva: Sí, puede ser, hay que pensarlo. En el caso argentino,
tienen poca voz, o podemos decir que están silenciados, porque en
ellos pesa la culpa y la sospecha. La culpa de haber sobrevivido de los
campos de concentración, pero la sospecha también de por qué él
sobrevivió y mi hijo no. Eso es algo que los propios ex presos políticos
no logran revertir. Es algo que cargan sobre su propio cuerpo y que es
muy difícil de trabajar, porque, a su vez, ellos son los únicos testigos
de lo que pasó adentro de los campos de concentración y los centros
clandestinos. Son los llamados a hablar en los juicios. Los homena-
jes a los desaparecidos en las universidades los hicieron ellos, pero

7
Pierre Nora, historiador francés, ha dirigido la monumental obra “Los lugares de
Memoria” que reúne trabajos desde diversas miradas sobre los lugares de memoria
en Francia.

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MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
cuando hay que hablar de los desaparecidos ellos no tienen voz, de-
cididamente. Y ahí está la cuestión del silencio, que es algo que a mí
me perturba y estoy todo el tiempo trabajando sobre eso, en cómo
conocer los silencios. Necesitamos desentrañar cómo se produce, así
como se produce la memoria también se produce el silencio. El silen-
cio es la tensión con no generar malos entendidos en la comunidad
de pertenencia y, también, qué es lo que el espacio público nos ha-
bilita a decir públicamente, es decir, si tenemos un escucha o no del
otro lado. En ese sentido, me parece que trabajar sobre el silencio es
tan importante como trabajar sobre la memoria. No logramos enten-
der qué es lo que se torna visible públicamente de la memoria, si no
comprendemos qué es lo que se silencia y cuáles son los mecanismos
que se generan para que eso se torne un tabú, algo de lo que no se
puede hablar, un no dicho, que era el segundo punto que quería tra-
bajar un poquito.
Público: ¿Cómo entiende entonces esta idea de territorio de la
memoria? Entiendo cuál es su aprensión con Nora, porque también
nosotros venimos terminando una investigación sobre lugares de me-
moria y desde un inicio nos quedó muy corto el concepto de Nora.
¿Cómo entiende un territorio de memoria?, ¿Qué transforma un te-
rritorio en un territorio de memoria?
L. Da Silva: Para mí la idea de lugar tiene la noción más estática.
Pienso que los espacios, los lugares y los sitios no se pueden enten-
der si no es en la relación de unos con otros, y de las imposiciones de
unos sobre otros, y de los procesos que generan que esa placa hoy
esté en el consulado y no en otra parte. Básicamente la noción de
territorio es poder analizar esa materialidad en una red de relaciones
con otros lugares y con otros sitios. Voy a dar un ejemplo. El Nunca
Más no se entiende si no logro hacer un nexo entre ese soporte de
memoria, que es un lugar de memoria, con el monumento que se
hizo en Jujuy que reivindica a los desaparecidos de Calilegua el 27
de julio. Porque en el Nunca Más, ese episodio de desaparición apa-
rece como el 20 de julio. Los habitantes de esa pequeña población

140
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
nunca lograron imponer la fecha del 27 de julio, porque, a su vez,
había una marcha anual conformada y dirigida desde Buenos Aires
que reivindicaba la fecha del 20, porque aparecía en el Informe de la
Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas (CONADEP). En-
tonces, también se da imposición de una memoria dominante sobre
una memoria subterránea, que es la de la experiencia de esa pobla-
ción. Ellos sólo lograron hacer ese monumento cuando se murió la
emprendedora de memoria que reivindicaba el libro, no se podía ir
en contra de lo que decía el libro. Comprender todo este proceso da
cuenta de esta noción de territorio, en el sentido de que hay litigios,
hay conquistas de un grupo sobre el otro, hay conflictos, hay demar-
caciones —que en este caso se corrieron porque había una fecha que
era reivindicada públicamente y cuando se muere esta emprendedo-
ra las memorias más subterráneas logran imponer y hace un monu-
mento. Sólo quisieron hacer el monumento para poner que el evento
fue el 27 de julio y no el 20. Entonces, en ese sentido, me parece que
el concepto de territorio complejiza un poco la noción de lugares.
Público: Y lo politiza también.
L. Da Silva: Bueno, sí lo politiza y le da la noción de conflicto, que
Nora lo trabaja muy poco cuando se refiere a los contra monumentos,
las contra marchas, en fin. Me parece una categoría que nos permi-
te ir incluyendo las modificaciones que sufren los lugares que en la
noción de lugar, al ser más estática, no lo permite porque los lugares
sufren muchas modificaciones, los sitios, los espacios o los lugares de
memoria…
Público: Con los usos…
L. Da Silva: Con los usos, pero también porque uno hace un me-
morial, como por ejemplo nosotros hicimos en el archivo provincial
de la memoria que son unas huellas con todos los nombres de los
desaparecidos, y ese memorial está ahí, pero ¿cuáles son los usos de
eso? Nosotros no los podemos prever. Y la gente va y pone una flor.
Puede ser que muchos de lo que pensaron en ese mural estaban en
contra de que alguien pusiera una flor, pero bueno, ahí hay una con-

141
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
quista de ese espacio por otro grupo social que no necesariamente es
para lo que uno lo pensó o la mujer de un asesinado que por primera
vez se reconoce el nombre públicamente va y cuelga la foto. Enton-
ces, me parece que todo eso también requiere de parte del investi-
gador un cierto trayecto. Básicamente es la idea de que se corran las
fronteras, de que hay litigios, conflictos, luchas y de que también se
puede plasmar en un mapa, en el sentido más concreto del término.
No sé si es algo muy original, pero a mi me sirvió y me sigue sirviendo
para trabajar sobre archivos, para trabajar sobre los muesos, sobre
los sitios; es una categoría un tanto metodológica.
Público: Le quería preguntar cómo relacionaría usted esa noción
que plantea de territorio con el tema de las memorias regionales en
Argentina. En particular, quizás un poco al margen de la noción de te-
rritorio que habló respecto a los lugares, ¿cómo le sirve esa categoría
para pensar el tema de la memoria en términos regionales?
L. Da Silva: No las llamo memorias regionales, sino locales, porque
el término local es bastante relativo, o sea, me permite jugar porque
no tiene que ver con una distancia geográfica del centro, sino con
una relación entre centro y periferia, que puede ser entre el centro
de Córdoba y la Villa Miseria, pero también puede ser entre Buenos
Aires y Jujuy. En función de la noción de territorio de memoria, estoy
siempre usándola porque lo que permite es trabajar la noción entre
centro y periferia. En el caso básicamente de Jujuy, donde trabajo,
que es el norte argentino, hay comunidades indígenas, campesinas,
no auto-reconocidas, o auto-reconocidas en algunos momentos y en
otros no, trabajo la noción de territorio en función de estas tres cate-
gorías que ya dije antes: memorias dominantes, memorias subterrá-
neas y las memorias denegadas.
La cuestión sobre la noción de territorio es más metodológica,
te permite poder ubicar esto. Básicamente lo que yo aprendí traba-
jando sobre las memorias locales, es algo básico, banal y elemental:
que los procesos de memoria son procesos y relaciones de poder. Y,
que aquellos que logran imponer memorias en el espacio público o

142
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
que logran adherir a las memorias dominantes son los que tienen
mayor capital cultural, político, social y simbólico, y que general-
mente las memorias locales son memorias dominadas, son memo-
rias periféricas, son memorias subterráneas en ese sentido, porque
no portan estos capitales y porque están lejos del centro, tanto geo-
gráficamente como en términos de dominación. Y, en eso, la noción
de territorio es fundamental porque el territorio también habla de
las relaciones de poder.
Otra de las cuestiones sobre las memorias locales que es impor-
tante, por lo menos en los trabajos que he hecho hasta ahora, es
que, a diferencia de las memorias dominantes, son memorias mu-
cho menos encuadradas, y entonces, de alguna forma, uno logra
trabajar sobre los grises. Mientras que las memorias dominantes
básicamente son La memoria, esto está cristalizado de esta forma
-el Nunca Más, el juicio, la voz de las madres de Plaza de Mayo,
de los familiares, para el caso argentino, el Archivo Nacional de la
memoria, el Monumento a todos los desaparecidos que está en el
Parque de la Memoria-. Son memorias súper imperialistas, en el
sentido que no respetan las prácticas locales, no les interesan, ni
las conocen. Intenta imponer un modelo en ese territorio, que no
siempre es eficaz.
Por ejemplo, un monumento con una lista de desaparecidos. Bue-
no, eso puede ser eficaz para Buenos Aires, Córdoba o Santa Fe, donde
hay una práctica en los monumentos, en las listas, pero no necesaria-
mente para Calilegua, Tumbaya o la Villa Miseria a quince cuadras de
donde está el Archivo Provincial de la Memoria en Córdoba. ¿Por qué?
Porque tenemos diferentes formas culturales de recordar el pasado.
Eso lo aprendí en Guatemala, en un encuentro en el que estábamos,
los “blancos” le decían a las universitarias indígenas: “ustedes no re-
cuerdan a sus muertos, porque en ninguno de sus poblados hay lista
de desaparecidos” y ellas contestaron: “para nosotros la lista no tiene
ningún sentido”. También tiene que ver con lo oral y la escritura. Ellas
decían: “para nosotras, cada uno de los desaparecidos está registra-

143
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
do en los tejidos”. Y eso es algo elemental, el tejido tiene un sentido,
es la cosmovisión del mundo, la clasificación del mundo, la forma de
trasmitir una experiencia, y para ellos la plata no es nada. Entonces
también está presente la dominación o la imposición de modelos de
cómo debe recordarse, de cómo se debe producir memoria. Eso tiene
muchas implicancias políticas, desde un monumento hasta, vuelvo, al
libro Nunca Más, de Argentina. El libro Nunca Más de Argentina tiene
aproximadamente siete categorías de personas que son consideradas
desaparecidas: obreros, estudiantes, amas de casa, periodistas, abo-
gados, curas y otros. Pero no tiene ni indígenas ni campesinos, uno
puede decir ¿no existían? Mi hipótesis es que había un modelo, el mo-
delo de la nación argentina —sin indios— y que una vez más el Estado
argentino los silenció, los desapareció.
Las memorias locales son muy reveladoras de cómo la memoria do-
minante sobre el pasado reciente de Argentina es una memoria corta,
temporalmente, y lo que eso implica en términos de dominación del
otro. Mientras que las memorias subterráneas y las memorias locales
son memorias largas, en el sentido que no hablan sólo del período de
la represión, sino que extienden sus fronteras a nociones de violencia
mucho más prolongadas en el tiempo y que tal vez –estoy trabajando
en un lugar que tiene que ver con culturas andinas— tenga que ver
también con el tiempo mucho más circular que lineal. Eso se relaciona
con una cuestión ética del investigador, cómo el propio investigador
porta modelos dominantes. A mí me llevó mucho tiempo comprender
todos estos elementos casi banales de las memorias locales, siendo
otro polo y cometiendo muchos errores.
Público: Me llama la atención que usted contrapone todo el tiem-
po las memorias dominantes a las memorias locales. No sé si será el
argentino de Buenos Aires versus los otros, porque hay muchas me-
morias que no necesariamente siendo locales pueden ser memorias
contra hegemónicas o memorias dominadas. O sea, ¿por qué esa con-
traposición más bien de lo local contra lo dominante?

144
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
L. Da Silva: Porque cuando me refiero a las memorias dominantes
hablo de un conjunto de elementos que conforman esa memoria y
que están ligadas hoy a la política del Estado, junto a los organismos
de Derechos Humanos. Es una política, una memoria dominante en el
sentido que es la que prevalece en el espacio público.
Público: Oficial.
L. Da Silva: Sí. Cuando yo empecé a trabajar sobre memorias lo-
cales hablaba de memorias oficiales versus memorias locales, de me-
morias centrales versus periféricas. Sin embargo, hoy por hoy creo
que hay una cuestión de memorias dominantes y memorias locales,
lo que no significa, por ejemplo, que en Jujuy no haya memorias do-
minantes.
Público: Es decir, que al interior de las memorias locales…
L. Da Silva: También hay dominantes, por supuesto.
Público: Pero también hay memorias contra hegemónicas que no
necesariamente son locales, ¿o no? ¿Por qué tendrían que ser loca-
les? ¿Por qué esa identificación?
L. Da Silva: En Buenos Aires también hay localidad. No se trata en-
tre lo grande (Buenos Aires) y lo chico, o en entre lo central y lo lejano.
Público: ¿Y por qué lo llama local entonces?
L. Da Silva: Porque lo local puede ser al lado mío, tiene que ver
con formas de relaciones entre ciertos grupos. Para mí lo local se con-
trapone a lo dominante, o sea, lo local siempre es subterráneo, en
algún punto, y por eso también se opone a lo dominante.
Público: Pero igual inter dialogan, son imposible separar, ¿o no?
L. Da Silva: A ver, esto lo estoy diciendo como categorías, casi tipo
ideales a lo Weber. Vuelvo a decir que son herramientas metodoló-
gicas con las que uno va a trabajar al campo. En ese sentido, no sólo
dialogan, sino que memorias locales y memorias dominadas se trans-
forman rápidamente en memorias dominantes porque empiezan a

145
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
adquirir ciertas prácticas que las hacen dominantes en el lugar donde
eran dominadas, en el propio territorio.
Público: Yo creo que eso, temporalmente, es muy importante,
en el sentido que, es muy importante situar el momento de la me-
moria que uno está estudiando dentro del proceso de construcción
de las memorias. Pensando, por ejemplo, en el tipo de memoria
que hoy día en Argentina es dominante, tiene que ver con la memo-
ria de los organismos de Derechos Humanos y con la memoria que
ha ido apropiándose el Estado en los últimos años
Público: Y aquí también.
Público: Y acá está pasando lo mismo, aunque a otro nivel. En-
tonces, sin deslegitimar ni dejar de historizar que muchas de las me-
morias que actualmente están siendo dominantes fueron las luchas
políticas y sociales de los años 80’, hoy se institucionalizan, se esta-
tizan y, en alguna parte, se petrifican también. Sin desmerecer toda
la historia de esas memorias, ¿cómo hacer que la memoria, o que
los estudios de memoria, o que las nociones de memoria, no sean
espacios que clausuren reflexiones, que clausuren ciertas luchas y
que permitan justamente que ese fenómeno social nos sirva analíti-
camente para entender otros fenómenos actuales, traspasando esa
noción de memoria de una relación pasado-presente a una relación
presente-futuro? El mismo conflicto mapuche, por ejemplo, ¿cómo
hacer que esos triunfos no petrifiquen ese trabajo o esos mismos
procesos de lucha?
Público: Voy a agregar una pregunta respecto a lo dicho. Si consi-
deramos que las memorias subterráneas son locales, lo que solemos
hacer nosotros, como investigadores, de alguna manera es, justamen-
te, ponerlas en el espacio público. Con lo cual pasa –lo estoy diciendo
muy caricaturescamente- como que uno palanquea para que sean do-
minantes. Entonces, me complica cómo usted lo resuelve. Por ejem-
plo, cuando habló de la investigación anterior, en donde sale todo
este cuento de enfatizar más la estructuración que la desintegración.
Es decir, ¿cómo enfrentar, como investigador o investigadora, esta

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CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
tensión? Por ejemplo, lo que puede suceder con Londres 388, o sea,
que ahora uno lo ve y algunos le entristece.
Público: Pero entristece, ¿por qué?
Público: O, porque está todo limpio.
L. Da Silva: Yo casi me muero. Le sacaron todas las capas y capas
de cosas, toda la lucha puesta en las paredes, hablando del territorio
de memoria. O, gente iba y pegaba cartelitos y luego pintaban arriba,
iban de nuevo y así.
Público: Claro, entonces Londres 38 uno podría decir que tiene
algo de eso, ha sido intervenido desde distintos lugares, inclusive por
investigadores. Entonces, ¿cómo ha pensado en esos casos?
L. Da Silva: Bueno, justo había escrito acá ‘reflexión sobre el lugar
del investigador en los espacios locales’. Para mí es un tema que pasa
del placer que da como investigador el generar algo en la comunidad,
a la desesperación de lo que uno generó que es irreversible. Cuando
uno va a una localidad donde no hay nada escrito, donde la trasmisión
ha sido oral, donde no hay un monumento, donde la gente habla mu-
cho sobre el tema, pero lo hace en sus casas, entre sus amigos, o no
lo habla, porque considera de que lo que le pasó es un estigma y que
necesita seguir viviendo y que, por lo tanto, no quiere hablar sobre
eso, inevitablemente uno cuando dice ‘bueno, mira yo estoy haciendo
una investigación’ el deseo más inmediato de las comunidades, en
general, es ‘buenísimo, alguien va a escribir sobre nuestra historia’.
Y ahí la gran responsabilidad que significa que aquello que uno está
trabajando sobre memoria, en un libro, se transforma en La historia
del lugar y genera tal efecto de credibilidad, que después eso pasa a
ser usado por los propios sujetos de esa comunidad como fuente de
legitimación de sus palabras. Yo no sé si hay una solución para eso.
Creo que queda asumir que al escribir y al producir historia, antro-
pología, sociología, reflexión, uno puede contribuir de manera posi-
tiva si hace buena antropología, buena sociología y buena historia, o

8
Centro de detención, tortura y desaparición durante la dictadura militar. …

147
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
puede contribuir de manera extremadamente negativa, en ese grupo
social. Lo que uno tiene que saber es que va a modificar al grupo, y
hay que asumir eso.
Público: Pero yo supongo que también habría que asumir como el
rol político. Finalmente, si uno alumbra lo subterráneo es porque lo
está haciendo más dominante o por lo menos está generando algunas
condiciones para…
Público: Pero público no es sinónimo de dominante.
L. Da Silva: Público no es sinónimo de dominante. Creo que en
muchos casos uno les da mayores herramientas para que ellos pue-
dan legitimar sus palabras, porque inevitablemente que alguien des-
de la universidad escriba algo genera una cierta autoridad para hablar
sobre eso. De todas formas, es mucho más complejo que eso, porque
uno, en el campo, desnaturaliza ese mundo, uno no reproduce ese
mundo tal cual es, y al desnaturalizarlo, uno muestra relaciones de
poder, muestra la manipulación de la memoria. Esas son las decisio-
nes que uno, como investigador, tiene que tomar: si está dispuesto
o no a tomar esa distancia y a desnaturalizar ese mundo. En algunas
ocasiones yo pude hacerlo y, en otras he desistido y no he escrito
sobre eso.
Público: Te quería contar que nosotros –grupo que nos llamamos
Psicología Social de la Memoria– hace unos años estábamos estudian-
do las conmemoraciones del “11”. En nuestro análisis de esas accio-
nes, una de las cosas que vimos es que en la conmemoración prin-
cipal, la más hegemónica, que es la de las agrupaciones, parte cada
año, hace 17 o 18 años, de la misma manera: de la Plaza Los Héroes,
pasa por La Moneda y camina hacia el cementerio. Entonces, lo que
decíamos era que, tanto en su trayectoria como en su estética, la mar-
cha del “11” reproducía, año a año, la derrota. O sea, partimos en Los
Héroes, pasamos por La Moneda –donde la gente gritaba el Vencere-
mos, cantaba el Pueblo Unido, estaba muy animada– y acababa en el
cementerio ya con los ánimos más bajos; ahí la gente ya no cantaba,
no gritaba; entrando al cementerio por una puerta trasera donde está

148
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
el memorial donde se hace un discurso, que nadie escucha, y ahí se
disuelve. Entonces, decíamos aquí lo que se hace de manera perfor-
mativa es, año a año, reproducir el discurso de le derrota: estábamos
en La Moneda y éramos felices y ahora terminamos en el cementerio,
en la muerte. Entonces nosotros, como grupo de investigadores, pro-
pusimos dar vuelta la marcha, o sea, hacer un retorno. Y claro, al prin-
cipio nuestro objetivo era movilizar a las agrupaciones de Derechos
Humanos, y que ellos dieran vuelta la marcha, pero por supuesto nos
dieron con la puerta en las narices. Su argumento era que nosotros
queríamos romper la memoria, que la gente sabía ese recorrido y que
si daban vuelta la marcha se iban a equivocar, que eso era suyo. Y que
si nosotros queríamos hacer una marcha al revés, que la organizára-
mos otro día, porque el 11 era de las agrupaciones
Público: Quiero agregar un pequeño dato. Tuvimos una discusión
en la Agrupación de Familiares de Ejecutados Políticos sobre ese pun-
to. Uno de los argumentos era que (ese recorrido) tenía que ver con
el dolor, ‘¿por qué voy a hacerlo al revés si lo que yo siento es este
dolor? Quiero llegar allá, porque eso es lo que en el fondo representa
mi vivencia del dolor’. Y ese era un discurso como súper fuerte.
Público: La gente lo que nos decía era que los nombres de los
desaparecidos estaban allá (en el cementerio). Entonces, nosotros
sacamos una foto gigante del memorial, la dividimos en 64 trozos,
los pegamos en una madera e invitamos a la gente a caminar hacia
el otro lado. Esperamos a que acabara la marcha “oficial”, le entregá-
bamos un trozo y los invitábamos a caminar de vuelta a La Moneda,
diciéndole: “llevemos los nombres de los compañeros de vuelta a la
plaza pública, al centro de la ciudad, y colguemos el memorial en La
Moneda para que saquemos la política del cementerio y la devolve-
mos a la plaza pública”. Yo creo que lo interesante de ahí, mirando
en retrospectiva, lo más bonito es que nosotros no incitamos a otro
movimiento social a hacer algo, sino que nos constituimos en uno,
que convocó a un montón de gente, que no se sentía convocada por
la otra marcha, y fueron más o menos 1.000 personas.

149
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
L. Da Silva: Me parece que son cosas muy diferentes. Una es tener
una acción propositiva y activa, como lo que hicieron ustedes. Y lo
otro es el rol del investigador y la producción, y lo que eso significa.
Son dos cosas diferentes, aunque están relacionadas. Me parece que
las consecuencias son diferentes también. Cuando yo voy a hacer tra-
bajo con memorias subterráneas, no tengo ninguna intención de que
ellos modifiquen nada, no es mi intención como investigadora, por
más que yo puedo ver que la comunidad podría hacer algo, jamás
tuve una acción propositiva.
Público: Es que usted no es psicóloga.
L. Da Silva: No, y no estoy diciendo que esté mal. Lo que digo
es que lo que modifico, lo hago como investigadora, por la produc-
ción y por mi presencia en ese lugar. El caso de Tumbaya, por ejem-
plo, es una población de 150 personas, donde durante el año 76’
secuestraron a 60 personas, casi todos hombres, por lo tanto, todos
los hombres del pueblo, y de esos, seis están desaparecidos. Lo más
llamativo, es que —para ustedes no va a ser llamativo, pero para
Argentina sí lo es—, ya que estaban todos afiliados al Partido Comu-
nista en Argentina. Ustedes sabrán que el partido peronista es el que
domina absolutamente todo, entonces el comunista nunca tuvo una
presencia ni un historial. Cuando empecé la investigación, el Partido
Comunista -a quien escribí un mail- no tenía idea de quiénes habían
sido esos desaparecidos. Tres meses después estaban llamando a los
familiares de esos desaparecidos a hablar en un acto en Buenos Ai-
res. Entonces, mi interferencia fue sin querer, por haber mandado
un mail. Por otro lado, ese era un pueblo, quizás el único, en que
había un montón de placas que decía ‘Dios, Patria, Hogar, proceso
de reconstrucción Nacional, 1979’. Es decir, el Ejército había llenado
de placas este pequeño pueblo. Y esas placas estaban ahí y no eran
visibles para nadie. Con mi investigación se tornaron visibles y las
sacaron. Y yo me quería morir, porque era la marca del Estado dic-
tatorial y lo que menos habría que haber hecho era sacarlos, sino
haberlas dejado y haberles puesto otra al lado. Pero bueno, no fue

150
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
mi intención como investigadora y, sin embrago, mi presencia –y la
de otra gente– generó eso. En ese sentido, a veces, es inmanejable lo
que uno genera.
Público: Pero también, al final del argumento siempre va haber
un diálogo. Lo más importante –es que los antropólogos tenemos un
poco de ventaja al menos frente a los historiadores– siempre puedes
escribir quién eres tú, qué estás haciendo, cómo lo hiciste y reflexio-
nar. Entonces, tienes que hacer historia de tu propia investigación,
en algún capítulo de tu libro o de tu artículo o lo que sea, para que
los que lo lean entiendan de dónde viniste y dónde llegaste. Eso en sí
genera una serie de problemas y todos sabemos cómo es trabajar con
un grupo. Tú sabes cosas que no puedes escribir o que piensas que no
puedes escribir, porque también hay un tema de selección de datos.
L. Da Silva: Subjetivo total.
Público: Que viene así con una subjetividad terrible, pero yo creo
que eso es lo que tenemos que hacer.
L. Da Silva: Y a veces es más fructífero que otras.
Público: Yo veo ahí dos cosas. Primero, que lo que ustedes hicie-
ron es una diferenciación entre investigador y actor social, es decir,
una opción donde confluyen ambos roles, no se diferencian. La comu-
nidad somos nosotros. Ahí es una investigación-acción. Lo otro, tiene
que ver con la tensión entre la víctima como elemento que inhabilita
y la víctima como herramienta social. Y yo creo que en esa tensión
se mueven sobre todo las agrupaciones que les cuesta mucho dejar
el rol de víctima y mantener el de agente social. Entonces se quedan
pegados en el dolor como retórica de posibilidad, de pertenencia al
espacio público.
L. Da Silva: Exacto, totalmente.
Público: Y de ahí es como la rabia que da de decir “salgan de ahí”,
porque la condición de víctima yo la veo como inhabilitante.

151
MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
L. Da Silva: Sí, creo yo que también en términos analíticos es inte-
resante ver cuándo las víctimas se posicionan como víctimas, frente
a quiénes, en qué momento, y frente a cuáles otros no lo hacen. Es
como cuando se hace un currículo, a veces uno ilumina ciertas cosas,
a veces oculta otras, porque tiene que ver con la identidad de uno. La
noción de víctima tampoco es tajante, va variando con el tiempo y en
función de los espacios.
En ese sentido, a mí me parece que la mejor forma de contribuir o
de que nuestros análisis no se encasillen es no esencializar el propio
concepto de memoria. Es decir, no partir de definiciones cerradas, de
que la memoria es tal cosa o los Derechos Humanos son otra, porque
es lo peor que podemos hacer como cientistas sociales, y también
en términos políticos. Creo que lo interesante es negociar siempre,
o sea, partir de concepciones teóricas, epistemológicas, metodoló-
gicas, pero que sea una relación dialéctica con las prácticas sociales.
En este caso que tú contaste, yo diría, para ustedes era la derrota,
para la agrupación era el dolor. Me parece que ahí hay interpreta-
ciones diversas que son necesarias poner en juego, en debate, pero
que el propio investigador lo tiene que hacer, porque si no lo que
hace es aplicar un modelo teórico y rellenarlo con los ejemplos del
mundo social que está analizando. Me parece que justamente lo que
uno debería hacer, que es mucho más interesante, más productivo en
términos de política científica, es construir las nociones a partir del
sentido y del punto de vista de los sujetos con los que uno trabaja, y
no imponerle las categorías teóricas. En ese sentido, no tenemos que
preocuparnos porque no vamos a encasillar. Es decir, si los jóvenes de
Cromañón dicen que lo que les pasó es una violación a los Derechos
Humanos, yo no lo discuto, no es mi rol como investigadora –aunque
voy a la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación y el secretario
de Derechos Humanos me dice que estoy loca y no me publica el texto
porque considera que lo que yo estoy escribiendo es descabellado–.
Pero, bueno, son opciones y se podría decir: “bueno, no me importa
que no me lo publiquen”.

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CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
Público: Sí, pero sabes a lo que yo iba, es que cuando tú dices ‘yo
voy y digo cosas y lo que escribo en un libro se transforma en la ver-
dad’, ciertamente.
L. Da Silva: En historia, dije, no en la verdad.
Público: Bueno, en algo verosímil.
L. Da Silva: La memoria nunca es la verdad.
Público: Sí, pero a lo que iba es que también ahí uno puede jugar
y en eso las ciencias sociales nos ha encasillado. Uno puede jugar con
distintas formas de poner en el espacio público aquello que estamos
analizando o pensando en nuestras investigaciones, porque el texto
escrito no es la única manera de poner lo que uno está pensando en
el escenario público. Entonces, precisamente fue decir “lo que quere-
mos es poner esto”, o sea, estamos estudiando, llegando al análisis de
lo no dicho con aquello que es actuado, que la memoria actúa, pero
que no dice, que son los afectos colectivos, entonces ¿cómo lo va-
mos a traducir en palabras?, hagámoslo como una forma de poner lo
que estábamos pensando. Entonces, evidentemente uno puede decir
lo mismo sobre esa acción o cualquiera, sobre los libros, uno nunca
sabe, no tiene cómo saber cuál va ser el efecto o prever el efecto de
esa acción. Pero en definitiva, lo que estaba diciendo es que no hay
una sola manera de ponerlo.
L. Da Silva: Yo te entiendo, pero el problema es que la acción de
ustedes tenía, de alguna forma, un deber ser, o sea, “es mejor que lo
hagan para el otro lado”. Estoy exagerando porque no sé y te estoy
escuchando, pero me parece que, cuando uno se distancia como in-
vestigador, tiene el control de nunca ejecutar un trabajo que sea el
deber ser, todo lo contrario, o sea, que uno no le da una receta a los
grupos sociales de cómo tienen que cambiar. Uno desnaturaliza su
mundo para hacer pensar ese movimiento social, si es que ese mo-
vimiento social quiere leer o ver una exposición de lo que uno hizo o
ver un documental de eso, pero me parece que es diferente. Y no sé
cuál es la mejor, no estoy diciendo que una cosa esté bien y la otra

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MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
esté mal. Yo ahora estoy en la gestión y desde ahí puedo hacer todo lo
que no pude hacer como antropóloga, en el sentido de que si quiero
hacer una muestra sobre algo y lo hago, pero obviamente tengo to-
dos los recursos de haber investigado durante diez años para poder
hacer eso. O sea, jamás le dije a la población “¿qué tal si hacen una
exposición sobre fotos?”. Pero eso tiene que ver con la trayectoria de
uno como investigador y desde dónde uno quiere influir en el proceso
político. Yo quiero influir en el proceso político haciendo buena antro-
pología, a veces lo logro, a veces no. Y me parece que ese es el aporte
que yo hago como investigadora, pero no creo que sea el único.
Público: Yo creo que eso tiene que ver con que la memoria, en
cualquier ámbito, –social, académico– es una herramienta más que
algo en sí mismo. Y en ese sentido, hay una cosa que me complica y
es que muchas veces siento que la noción de memoria, su relación
con el espacio público, tiende a darse por entendida. Yo creo que hay
que estar poniendo en duda la noción de memoria, pero además el
tema del espacio público. Hay un imaginario político común que aso-
cia el tema del espacio público a una memoria más o menos domi-
nante, o sea, qué se puede hacer y qué no se puede hacer en el espa-
cio público. Entonces yo creo que hay que entrar a poner en duda esa
noción. Cuando Isabel hablaba de la Marcha Rearme, yo me acordé
de otro caso, que es igual de paradigmático. Sucedió en una marcha
–del 2007 creo– donde tiraron una bomba Molotov a una ventana de
La Moneda por Morandé –que fue por donde el año 73’ salieron los
prisioneros– y se incendió la cortina. Eso produjo todo un debate en
varios aspectos, pero lo que yo quería rescatar es que la persona que
tiró esa bomba, lo más probable, es que no tenga el mismo respeto
por la noción de democracia que la gente que condenó muy fuerte-
mente eso, diciendo que era una atentado contra la lucha, contra las
personas que lucharon contra la dictadura. Y, claro, en algún sentido
sí, pero en otro sentido en ese hecho hay una irreverencia con el con-
cepto de democracia en sí mismo. Bueno, al año siguiente cerraron
Morandé y la gente ya no podía pasar —y la marcha tradicionalmente
pasa por Morandé 80— y ocurrió que un grupo de familiares se que-

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CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
daron ahí peleando con los pacos porque no los dejaban pasar. Para
ellos, pasar por Morandé 80, era un tema afectivo, más que político.
Entonces, en términos de las batallas de las memorias, con el concep-
to de memoria y de espacio público, ¿qué pasa con esas tensiones,
con esa misma bomba Molotov que le tiraron a La Moneda?, ¿Qué
hay detrás de todo eso?, o con el hecho de que este mismo gobierno
ya no deja marchar por la Alameda, que es un lugar en el que históri-
camente se han hechos marchas. Entonces, ¿qué pasa con un gobier-
no que supuestamente es socialista?, ¿Qué pasa con las batallas de la
memoria, el espacio público y la petrificación?
Público: Sí, pero igual eso va un poquito más allá.
L. Da Silva: No tengo demasiados elementos como para poder res-
ponder eso, porque en el caso argentino si el Estado llega a decir no
pueden pasar por acá, pasan todos y arrasan como un zoológico y
destruyen todo lo que hay.
Público: Claro, aquí no es así.
L. Da Silva: Bueno, por eso me cuesta decir algo sobre qué es
lo que pasa con el espacio público. Ahí hay un debate en el que no
me quiero meter, tendrías que preguntarle a un especialista, porque
eso tiene que ver también con qué pasa con las acciones civiles en
el espacio público. Es decir, ¿a qué punto se llegó para que el Esta-
do diga no a una marcha que siempre pasó por ahí y cuáles son las
presiones? ¿Qué pasa con la civilidad? ¿Qué pasa con la sociedad
civil? Pero, a su vez, uno también lo puede leer desde otro lado: la
Alameda o esa puerta, tenían tal peso simbólico y lo sigue teniendo
al punto de ser prohibido, que no necesariamente van a dejar de
tener la eficacia de un lugar de memoria por más de que no se pue-
da ir. Todo lo contrario, puede generar exactamente lo opuesto. La
cuestión es que hay que seguir en el tiempo para ver qué va a pasar.
Y sobre la bomba Molotov, creo que cuando hablamos sobre los
estudios de memoria cometemos el error de creernos que todo es la
memoria. Para mí la memoria es una puerta de entrada para pensar

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MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
procesos sociales, relaciones de poder o estigma, o el poder de la
sangre; es una ventana de entrada y no un punto de llegada. Porque
si todo lo queremos meter adentro de la bolsa de la memoria nos
quedamos sin preguntas sociológicas. La pregunta no es qué pasa
con la memoria, la pregunta es qué pasa con las relaciones entre
hombres y mujeres, qué pasa con el amor, qué pasa con el poder.
Me parece que tenemos que volver un poco hacia atrás, sanar un
poco el camino y hacernos preguntas, y hacer el esfuerzo —que es
re difícil— de usar cada vez menos la palabra memoria, describién-
dola más (a la memoria), haciendo más etnografía de esa propia
categoría, más descripción pura, para ver qué es lo que queremos
analizar. Me parece que la Molotov está hablando de otras cosas,
está hablando de los jóvenes y no de la relación entre la memoria
y espacio público. Me parece interesante, pero está bueno para mi-
rarlo desde otros lugares, no sólo desde el punto de vista de la me-
moria, porque tal vez el joven que va y tira la bomba ni siquiera está
pensando en los organismos de Derechos Humanos, si no que está
haciendo otra acción.
Público: En la democracia más como concepto general…
L. Da Silva: O no, la cuestión es saber qué lo lleva a armar una
Molotov, que tampoco me lo imagino porque en Argentina nadie lo
hace.
Público: Claro, no tiene una intencionalidad en términos de apa-
rición en el espacio público, pero el efecto sí lo tiene es más la rabia,
la impotencia, la sensación —según yo lo veo— de esos grupos que
dejan la “cagá” en la marcha del “11”, más por la impotencia de no
tener una voz.
L. Da Silva: Está bien, pero lo primero que hay que romper es
‘dejan la cagada en la marcha del 11’, si no preguntarnos: ¿Para qué
es la marcha del 11? Porque la marcha del “11” cada año deberá te-
ner diferentes actores y diferentes manifestaciones y eso es lo inte-
resante, eso es no encorsetar la memoria. Que a una marcha del 24
de marzo, cuando se conmemora el golpe militar en Argentina, a mi

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CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
me parece fabuloso que vayan, por ejemplo, los travestis a reivindi-
car su espacio en la vía o pública. Para las Madres de Plaza de Mayo
o los organismos de derechos humanos, esto puede ser visto nega-
tivamente, se pueden preguntar “por qué.. qué tienen que hacer los
travestis con los desaparecidos”. Considero que esa es la cuestión
que, como investigadores, primero tenemos que despojarnos. No
decir:‘pucha vinieron los travestis, qué horror’, si no pensar qué in-
teresante y qué es lo que eso nos está revelando sobre este mundo.
En realidad que todas las marchas conmemorativas sean diferentes
y que hoy puedan ir los jóvenes a tirar una Molotov, quiere decir
que ahí hay algo, hay algo de sociedad civil y hay que aprovechar ese
momento analíticamente.
Público: Lo que quería decir respecto de ese episodio era que
de todas maneras está dando cuenta de pugnas de memoria, que
no son de la izquierda respecto de la derecha, sino que son pugnas
internas, y que demuestran, efectivamente, cómo las organizaciones
de Derechos Humanos y cierto ámbito generacional ha construido
un discurso donde claramente se deslegitiman otras prácticas. In-
cluso un integrante de los Inti Illimani hace la comparación de la
Molotov con el bombardeo de La Moneda y pone en el mismo lugar
al encapuchado que a los milicos, entonces, ahí uno dice en térmi-
nos analíticos que hay un juego bien interesante. Yo lo que quería
aportar es sobre esto que de repente uno cuestiona si aparece como
elemento de memoria o no. Hace un par años han estado apare-
ciendo grupos de jóvenes, yo diría de entre 25 y 30 años, que están
reivindicando la memoria de los asesinados en democracia. Y este
año llegó un cartel muy grande a la conmemoración del “11” donde
había muchas figuras de jóvenes que fueron asesinados después de
la dictadura. Lo que se está produciendo ahí tiene que ver con el
lugar de los jóvenes en la sociedad, pero también hay una apropia-
ción del concepto de memoria que incluso superó lo que hacemos
los investigadores que, tal como usted decía, tendemos a quedarnos
atrapados en un período.

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MEmORIAS, HISTORIA Y DEREChOS HUmANOS
L. Da Silva: Y además que uno tiene que pensar, ahí sí políti-
camente, ¿para qué sirve la memoria? Si no sirve para pensar el
presente y, de nuevo, la diferencia entre la memoria ejemplar y la
memoria literal, si la memoria sólo sirve para pensar los 70’ y no po-
demos pensar hacia el presente y el futuro, entonces la consigna del
Nunca Más es una consigna vacía de contenido, porque en realidad
se vuelven a reproducir las misma prácticas en nuestras sociedades,
cambiadas de caras, metamorfoseadas, si no ¿qué es la tortura en
las cárceles a los pobres? Si no podemos comparar víctimas y si unas
víctimas tienen más valor que otras, entonces dejo los libros y me
dedico a estudiar las novelas de las 5 de la tarde.
Público: En ese sentido, es muy interesante ver cómo los movi-
mientos feministas, las organizaciones gay, etc., sí van a la marcha
del 11 de septiembre, pero las organizaciones de Derechos Humanos
no van a la marcha gay, no van a la conmemoración de las mujeres.
L. Da Silva: Ahí Todorov es el mejor para hacernos pensar en esto
de la memoria literal y la ejemplar de manera bien simple.
Público: Quería decir algo que tenía que ver con esta diferen-
ciación. Yo vengo de un mundo bien lejano a las ciencias sociales,
vengo de la literatura y ahora estoy haciendo estética, entonces en
general no he tenido este apremio de la verdad, del conocimiento
científico.
L. Da Silva: ¿Las letras no son ciencias sociales?
Público: Yo he decidido no meterme en esa pelea, porque en-
contré que era muy difícil de resolver ese afán de cientificismo. Las
escuelas con las que he comulgado no tienen que ver con eso. Pero,
en el fondo, de donde vengo es un ámbito mucho menos tensionado
con esa pregunta que sí está muy presente en las ciencias sociales.
Entonces, a partir de ahí, esta idea de la distancia crítica del inte-
lectual o del investigador a mí me parecía un poco compleja, en la
medida de que, finalmente, las consecuencias de la represión nos
llegaron a todos, a la universidad, al conocimiento, a la producción

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CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
de conocimiento, entonces la diferenciación ahí y la distancia crítica
y el límite entre el actor social y el involucrarse y ser el sujeto que
conoce esa realidad me complica un poco.
L. Da Silva: Para mí la distancia crítica —o no crítica— es una dis-
tancia metodológica, porque, de hecho, el antropólogo latinoame-
ricano siempre estudió sus propias culturas, nunca estudió culturas
distantes. Es más, puedo estudiar a mi vecino, puedo estudiar mis
propias prácticas, la cuestión es que eso es un tema de control y de
disponibilidad a desnaturalizar al mundo al que uno pertenece. Efec-
tivamente la dictadura nos afectó a todos, pero nos afectó de ma-
nera diversa, diferente, y yo soy de una generación que hago ciertas
preguntas sobre el pasado reciente y la generación que me sigue,
más joven, hace otras preguntas, y la generación de Elizabeth Jelin,
que es de la generación de los desaparecidos, se hace otras pregun-
tas. Eso es lo interesante. En mi generación casi todos trabajamos
sobre las víctimas, los familiares, y no es casual que la generación
que sigue trabaje sobre la lucha armada, sobre los ajusticiamientos.
Ahí también hay una cuestión de la propia trayectoria del investiga-
dor que, por lo menos en la antropología, nosotros dejamos muy en
claro quiénes somos, explicitamos desde donde escribimos, porque
no creemos que la ciencia sea objetiva, la distancia no significa ob-
jetividad.
Público: Estaba pensando en el ejemplo que nombraron hace un
rato. Primero, una pregunta que tiene que ver con la distancia entre
el mundo académico y el mundo social, que todo el mundo dice que
no existe. Creo que hay una distancia, es lo que usted decía, hay un
montón de memorias que no conocemos y hay una mediación muy
fuerte que está signada, en este caso puede ser por la escritura, por
la posibilidad de salir a la luz pública, por la posibilidad de situarse
en un lugar de enunciación que permita que podamos estudiarlo.
Entonces, es una inquietud más bien, yo creo que de verdad hay una
distancia, por lo menos en Chile.

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L. Da Silva: Es que no sé a qué se refieren con distancia del mun-
do social. ¿Cómo los intelectuales están en su torre de marfil hacien-
do no sé qué? ¿Eso?
Público: En el fondo, que lo que hacemos acá, en este espacio,
no necesariamente tiene como un diálogo ni con las organizaciones
ni con otros actores sociales.
Público: Se toma como algo en sí mismo.
Público: Claro. Una última cosa, es que quería que se refiriera
a la idea de recuperar las memorias regionales. Tuve la experiencia
de estar en algunos archivos revisando cartas y algunos testimonios
de gente que venía de Paine, que venía del campo, y en realidad
uno podría acceder —yo lo hice súper intuitivamente— a otra ex-
periencia de la represión. Entonces, era un poco preguntarte por la
metodología en eso.
L. Da Silva: Bueno, empiezo por esto último que es un poco más
fácil. Sobre la cuestión del lenguaje y las memorias locales o regio-
nales, de nuevo, volvemos a que los modelos dominantes sobre
cómo hay que recordar el pasado no necesariamente se reproducen
en estos espacios ni con ciertos grupos, porque no hay que pen-
sar sólo en una comunidad, sino que hay memorias subterráneas
en grupo determinados. Por ejemplo, sabemos muy poco sobre lo
que pasó con los homosexuales durante la dictadura o con comu-
nidades como los testigos de Jehová o los gitanos, en términos de
lenguaje, en cuanto a las localidades distantes del centro, donde hay
comunidades indígenas, por ejemplo, creo que la cuestión ahí es
tener un gran control sobre qué palabras usamos para referirnos a
ese pasado y estar más atentos a qué categorías ellos usan y poder
incorporarlas en las entrevistas.
Lo que yo decía la semana pasada es que la categoría tortura,
que es una categoría ligada a un lenguaje judicial, a un lenguaje que
tiene que ver con la declaración universal de los Derechos Humanos,
no necesariamente es usada entre los pobladores del norte argen-

160
CUADERNO DE TRABAJO/VOLUmEN 1
tino y me imagino que tampoco en el sur o las comunidades mapu-
ches en Chile; sí una enorme variedad de descripciones sobre la ani-
malización del cuerpo del otro, que es mucho más rico en términos
analíticos. Es decir, lo que ellos cuentan y cómo lo cuentan es esta
distancia entre lo humano y lo animal. Ellos sintieron que dejaron
de ser humanos para pasar al mundo de la animalidad y que quien
lo hacía era este otro torturador –en mi concepto– el policía o quien
lo secuestraba. Entonces, me parece que la cuestión del lenguaje es
central para poder entender y comprender, en el sentido de varias
capas de interpretaciones, cómo se vivió la represión en diferentes
regiones, y que también el lenguaje arrastra experiencias previas.
Esta cuestión de la animalización está hablando de que no hubo un
cambio tan rotundo entre el patrón de la mina y el patrón del inge-
nio azucarero y los militares, que más o menos lo que pasaba con el
cuerpo de esa persona era lo mismo. Para las clases medias —y ahí
hay una cuestión de clases que me parece que también es necesario
tener en cuenta— al menos en Argentina fue la primera vez que se
atacó a sus hijos, pero para otras clases sociales no fue la primera
ni la última. Hay que estar atentos a cómo se usa el lenguaje y tam-
bién los silencios. Por ejemplo, cuando yo trabajé en La Plata, me
fue muy difícil entrevistar a familiares de obreros. Al principio pen-
sé que tenían miedo, pero después, lo que vi, fue que, además de
no tener capital cultural, político y social para imponer esas memo-
rias públicas, sus hijos eran las nuevas víctimas, porque eran jóve-
nes desocupados, de suburbio de Buenos Aires, que seguían siendo
perseguidos por la policía. Entonces el silencio ahí tenía una razón
estratégica, más que el miedo a lo que había pasado sino a lo que
estaba pasando en el presente.
Creo que hay que estar alerta en el lenguaje porque son como
huellas, como un indicio que uno tiene que perseguir para compren-
der, porque un testimonio es mucho más que eso, es un texto con di-
ferentes capas de interpretación. Me están contando algo, pero me
lo están contando de cierta forma, en determinado lugar, con una
corporalidad determinada, con silencios determinados, en fin. Ahí

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también vale la idea de la materialidad de la memoria, que no está
sólo en lo que se dice, sino también en dónde se hace la entrevista,
en cómo la gente se comporta físicamente, etc.
Y sobre lo otro, sobre la distancia, es una discusión eterna. Vuel-
vo a lo que dije antes. Creo que el mejor aporte que uno puede ha-
cer es ser serio en lo que hace, tener una cierta ética. Por ejemplo,
si hago una investigación, devolverle a la comunidad lo que hice,
llevarle las entrevistas, interactuar con ellos, discutir con ellos lo que
se está produciendo, y no solamente ir, tomar las entrevistas e irme
a mi casa y escribir un texto. Me parece que la relación con el otro
tiene que ser lo menos jerárquica posible y, en ese sentido, uno tam-
bién construye una ciencia diferente.
Y acerca del otro aspecto, bueno, en la década del 60’ y del 70’
hubo toda una experiencia de universitarios que iban a militar a las
villas, a los barrios pobres o a las fábricas, y este es otro momento,
por más que nos pese. Si es de esa de la distancia de la que habla-
mos. Ahora, también creo que hay un montón de gente que trabaja
sobre el tema de la memoria en ámbitos públicos y que interactúa
con el otro desde otro lado. No sé si es más, menos, si es mejor o
no, pero no tengo otra respuesta para darles a eso, y que creo que si
uno tiene la inquietud, entonces tienen que trasformar su investiga-
ción en investigación acción y hacer otra cosa, pero me parece que
no hay una receta para que todos hagamos lo mismo. Eso siempre
es como una discusión media de café, en el sentido de que no ne-
cesariamente uno después lo pone en práctica. Uno dice: “bueno,
no hacemos nada, estamos distantes de la comunidad” y seguimos
diciendo lo mismo. Yo en eso tengo una cierta tranquilidad con mi
conciencia, yo hago esto y es lo que quiero hacer también, son op-
ciones, y la militancia política pasa por otro lado.
Público: Hay una experiencia que me sucedió en el sur de Chile,
en dos localidades distintas. Una es con una familia de campesinos
y la otra con pescadores en una caleta. En la familia de campesinos
que fui a entrevistar, al padre, cuyo hijo es detenido desaparecido,

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me echó los perros, no quiere saber nada. De diez hijos que se le
murieron, uno lo mataron los milicos y no quiere saber nada, me
echó. Y el otro, en Nehuentue, en la caleta de pescadores, es un ex
preso político, un pescador de la caleta, que no quiso por ningún
motivo hablar del tema. Yo lo conozco, somos amigos, pero no quiso,
no le interesaba, no quería saber nada. Entonces, hay una memoria
también que hay que tener en cuenta, o sea, no porque nosotros
queramos hacer memoria otros van a querer también, hay gente
que no quiere sacar del subterráneo su memoria.
L. Da Silva: Sí, porque ahí también hay otra cuestión, que es que
los procesos de memoria pueden ser usados como emblemas polí-
ticos y que legitiman a la persona, esta cuestión de la nueva identi-
dad, de por ejemplo, “yo soy hijo de desaparecido y entro a todos
los recitales de León Gieco”, porque es una carta de presentación. O
la memoria puede ser algo estigmatizante. En general, en las comu-
nidades pequeñas, las memorias son muy estigmatizantes, porque
fueron los subversivos, los guerrilleros, fueron el otro que fue ani-
malizado por el represor como también fue rechazado y colocado en
los márgenes de la comunidad por haber pertenecido a esta comuni-
dad sospechosa; era el desviante de alguna forma. Y en ese sentido,
el estigma es algo que es necesario analizar para no re victimizar a
las víctimas, para no generar como investigador un nuevo conflic-
to. Todos decimos que las entrevistas son catárticas, pero no nece-
sariamente lo son, menos en esas comunidades donde en general
víctimas y victimarios conviven, que es muy diferente a una ciudad
donde de alguna forma conviven, pero es más disperso.
Público: Sabiendo quién es quién.
L. Da Silva: Quién es quién.
Público: Me interesa lo que usted dice del lenguaje. Yo antes
trabajé con pueblos indígenas en Ecuador y ahí aprendí que hacer
una entrevista con tus propios códigos es difícil. Sólo tocas la capa
del idioma apropiado por ellos que también lo usan, que no es algo
negativo siempre.

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Yo trabajé con la Comisión Valech y entrevisté a los entrevista-
dores de la Comisión, para ver sobre qué hablaron las personas que
fueron a testimoniar, que tenían una pauta muy estricta. En el fon-
do, los testimonios de esa gente fueron puestos en otra malla que
entonces no fue la de ellos, pero igual esa gente contó su historia.
Y entrevistando a las entrevistadoras, ahí salieron a la luz cosas que
no salen en el Informe Valech. Y en mis entrevistas con gente de las
agrupaciones u otra gente muy vinculada al mundo de los Derechos
Humanos son muy inclinados a usar el idioma y los conceptos de ese
mundo. Una vez que bajas al nivel personal, ahí el lenguaje también
cambia, en el momento en el que empiezas a hablar sobre otras co-
sas. Bueno, sólo quería compartir contigo que efectivamente en las
entrevistas siempre hay que buscar ese lugar donde las personas se
expresan con sus propias palabras.
L. Da Silva: Ahí para mí no hay nada mejor que Michael Pollak so-
bre el testimonio. Si uno está haciendo un trabajo de investigación,
lo mejor es poder comparar diferentes formas de testimonio, si es
posible, de esa misma persona. Porque no es lo mismo esa persona
testimoniando frente al juez, que a una Comisión de Verdad, ni que
auto testimoniando en una biografía o frente a un historiador, un so-
ciólogo o un antropólogo. Y todo eso conforma diferentes demandas
de enunciación, pero también diferentes habilitaciones, y en cada
uno de ellos habrá silencios y no dichos muy diferentes.
Público: Claro, y ahí la riqueza de esa memoria, pero también
lo puedes historizar. Porque yo creo que, en el fondo, eso es lo que
queda ahora, que puedes comparar justamente los testimonios de
la gente que salió, cuando salieron y fueron los notarios para dar sus
declaraciones, después frente a las distintas comisiones, luego en
los juicios y ahora hoy en día que hay muchas iniciativas de historia
oral que está recopilando historias de vida de personas que hablan
con la retrospectiva que antes no hablaban. Hay mucha gente que
dice que sí, que quieren ser entrevistados. Muchas veces son aque-
llos que siempre hablaron, pero ese es otro tema, pero sí hay una

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inter textualidad de alguna manera, esos textos hablan entre ellos,
entonces el testimonio no es algo que existe por sí mismo.

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